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Title: Reguero y sendero de Francia
Description: El antipatriotismo del proletariado francés ante la guerra, la responsabilidad de stalinistas y socialistas en la derrota y las perspectivas de la revolución en Francia.
Author: Félix Galán
Date: 01/09/1944
Category: Contra la Corriente n.º 19-20
URL: https://marxismo.school/hemeroteca/contra-la-corriente/1944-09-cc-reguero-y-sendero-de-francia
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*Contra la Corriente*, n.º 19-20, septiembre-octubre de 1944 (págs. 19-26). [PDF del número completo](https://marxismo.school/assets/archivo/1939-58%20Hemeroteca%20del%20GCI/Contra%20la%20Corriente/18-19-20-21.pdf)

Hablando de la historia de Francia, Federico Engels decía que era el país en donde las formas sociales habían adquirido contornos más acabados. El feudalismo fué allí más puro y completamente dominante que en ningún otro país; su revolución burguesa creó un prototipo inigualado antes ni después; la dominación política de los propietarios de capital no ha tenido que mezclarse con la de la nobleza, cual en Inglaterra, Alemania y otros países. En la actualidad, pasado reciente y acontecimientos presentes están convergiendo de manera que pueden producir en Francia el mejor modelo de revolución socialista. No se basaría, como en Rusia, sobre un bajo nivel de productividad técnica, un proletariado reducido, atrasado política y culturalmente, y un campesinado mayoritario y conservador. El sustento material y cultural de que dispondría desde el primer momento la revolución socialista en Francia, la convertiría en paradigma ante los pueblos.

Lo que dió a la revolución francesa de 1789 su altivez y su grandeza características no fue sólo el desarrollo anterior de la burguesía dentro de la sociedad feudal; fué la gran difusión de las ideas revolucionarias que desde antes de los enciclopedistas venían removiendo las consciencias. Inglaterra un siglo antes, con parecido desarrollo burgués al de Francia, y Estados Unidos durante la guerra de secesión, con mucho mayor predominio de la nueva clase, se quedan muy por debajo. Si un Cromwell, un Pim, un Hampden son comparables por su energía a un Robespierre o un Saint Just, les son muy inferiores en consciencia política y en ejemplaridad revolucionaria para toda la humanidad; un Jefferson o un Lincoln, vástagos de una burguesía bien asentada, ya no les son comparables ni por la energía siquiera. La liberación de los esclavos (mano de obra barata) constituía para ellos una operación comercial más, que cubrían con el manto de la santurronería bíblica que aun no abandona la burguesía americana. Así, no dejaron de entrar en tratos y componendas con los esclavistas, hasta el último momento. No insisto en todo ésto sino para subrayar la importancia del medio ideológico. Pese al carácter burgués de la revolución, el desenvolvimiento de las ideas de los enciclopedistas y la acción de las clases en el curso de la lucha, condujeron a brotes ideológicos y de acción (Marat, Hebert, Babeuf), con los que enlaza directamente el movimiento revolucionario del proletariado moderno. A su particular carácter ideológico se debe que el aporte de la Revolución Francesa rebasara aquí y allí su mezquindad burguesa, apuntando imperfectamente al horizonte de una revolución que pusiese la igualdad económica en lugar de la mentirosa igualdad ante la ley. Hasta entonces, los muchos conatos comunistas surgidos en el mundo no habían sobrepasado el límite de sectas religiosas, incluyendo los niveladores ingleses. La Revolución Francesa desbrozó el camino de los matorrales religiosos e idealistas que impedían la formulación de un socialismo científico, aun antes de que el proletariado ocupase un lugar predominante en la producción.

Hoy, Francia no puede ser considerada como el país de más numeroso proletariado y mejor técnica productiva, aunque baste como punto de partida para el socialismo. Pero en cambio, el proletariado francés es el de mayor cultura política y general; en él las ideas y los prejuicios reaccionarios del capitalismo están virtualmente muertos; en su lugar han aparecido ideas y costumbres que constituyen un avance sobre las del mundo futuro. Este proceso de enorme alcance está sólo entorpecido por la miserable traición de las organizaciones stalinista y reformista que pretenden hacer masticar al proletariado lo que él escupe con repugnancia. A pesar de ello su progresión ha seguido un acelerado curso desde la guerra de 1914-18 y sobrepasa los límites mismos del proletariado como clase. Algunos círculos de la pequeña burguesía, gran número de intelectuales y otros estratos intermedios de la población, consciente o inconscientemente, deshechan el caparazón ideológico del capitalismo, ampliando la atmósfera propicia a una cambio social radical. Si las bases materiales son prerrequisito indispensable de toda transformación histórica, el ambiente ideológico —que no es una simple "secreción" de las condiciones materiales—, determina su realización y el alcance de la misma. Pese a la densa cortina de humo que los imperialistas y sus limpiabotas del movimiento obrero lanzan a los ojos del mundo, a nadie se le oculta que la impulsión ideológica de la revolución socialista tiene en Francia raíces más profundas y frondosidad mayor que en ningún otro país. Ese factor, una vez dados los factores materiales, puede conducir muy lejos; puede encender la luz de la revolución proletaria con una potencia y brillo muy superior al de la revolución rusa.

Si el proletariado sabe vencer los poderosos obstáculos que le acumulan enemigos y "amigos", las tradiciones de 1789-1793, de 1848, de la Comuna, conjugándose con las de la revolución rusa y con la experiencia de las revoluciones fracasadas en Alemania, China, España, etc., renacerán con redoblado brío, dando a las nuevas generaciones ocasión de destacar la organización y los hombres capaces de marchar adelante sin timideces ni vacilaciones.

Ya al estallar la guerra, el proletariado francés dió muestras de una elevada mentalidad revolucionaria, aunque desorganizada y apática, debido a los desengaños que le acarrearon las traiciones del frente popular. Sin duda ninguna, la prueba más dura a que puede ser sometida en las condiciones modernas la consistencia revolucionaria del proletariado y de cada una de sus organizaciones, es, dejando aparte la revolución misma, la guerra imperialista. Todas las múltiples presiones de que es capaz la sociedad capitalista, desde el espiritual sermón religioso y el "bourrage de crâne" periodístico hasta la persecución y el terror, pasando por la zancadilla de dirigentes obreros infeudados a la burguesía, son desencadenadas para crear esa exaltación de matanza reaccionaria llamada patriotismo. El peso de esta campaña es ingente, arrollador, más aun que el de las modernas columnas motorizadas. Esta destinada a aniquilar la consciencia revolucionaria hasta sus más diminutos gérmenes. Por la guerra imperialista, el capitalismo hace un minucioso recuento de las consciencias, sometiéndolas a la prueba de su yugo, la defensa nacional. Hemos visto, por las experiencias de la guerra anterior y de la actual, cuán pocos las soportan victoriosamente. En 1914-18 sólo los bolcheviques rusos; ahora únicamente los partidos y grupos de la IV Internacional, más militantes aislados de otras organizaciones. Stalinismo y "socialismo" rampan miserablemente junto al altar de los dioses imperialistas, mientras "anarquistas" y centristas, cada quien a su modo, se tejen colchonetas ideológicas que les permiten sestear a la sombra de los imperialismos aliados. Entusiásticamente o rezongando, todos han sometido su consciencia al yugo del recuento imperialista. Aparte la IV Internacional, nada más han permanecido rebeldes algunos grupos anarquistas —los ingleses y uruguayos entre ellos—, más militantes españoles procedentes de los "Amigos de Durruti".

Pues bien, el proletariado francés, en bloque, soportó airosamente la prueba suprema del recuento imperialista. Cuando a las voces ensordecedoras de escritores, oradores, clérigos, gobernantes, y líderes obreros prostituidos, sucedió la orden de movilización y el toque de generala se oyó en todos los cuarteles, el proletariado francés no dió la más leve muestra de patriotismo. La movilización y la partida para los frentes, salpicada de múltiples protestas inorganizadas, se efectuó con plena consciencia, por parte del proletariado, de ser llevado al matadero por la burguesía. Por primera vez en la historia, aparecía descarnada, tal cual es bajo la espesa corteza de mentiras oficiales la guerra imperialista. El mérito de haberla puesto al descubierto —que marcará un punto de transición para las generaciones venideras—, se debe a la consciencia revolucionaria del proletariado francés, difusa, inorganizada, exangüe, pero suficiente para ofrecer al mundo un gran ejemplo antipatriótico, suprema prueba anticapitalista.

Dejemos a los traidores de toda laya y a los oportunistas de cualquier grado, propagandistas y reflejos de los santos prejuicios burgueses, escandalizarse de lo anterior, o clamar al linchamiento contra nosotros. La ausencia total de patriotismo y la resistencia pasiva con que el proletariado francés respondió al llamado de la guerra imperialista, testimonian su ruptura con las salsas ideológicas reaccionarias y su disposición para superar material y culturalmente el mundo capitalista; más aun, testimonian una superación ideológica en aguda contradicción con su impotencia para superarlo materialmente. Ahí se engendra la historia particular de Francia desde 1939 acá.

Desde el fallido golpe de estado fascista, el año 1934, hasta la huelga general de 1938, la crisis del capitalismo mundial propició en Francia una gran oportunidad revolucionaria. Al mismo tiempo que triunfaban los obreros españoles en 1936, el proletariado francés, creyendo haber hecho la revolución empujando a Leon Blum a la presidencia del gobierno, ocupó las fábricas en son de expropiación. ¿No tenía un gobierno dirigido por socialistas y apoyado por comunistas? Pero el socialista Blum abandonó los obreros y dejó a los capitalistas el campo libre, mientras el líder stalinista, Thorez, le auxiliaba predicando el abandono de las fábricas ("no todo está permitido"; "hay que saber terminar una huelga"), en bien de la "unidad entre franceses". El movimiento revolucionario fué quebrado así, precisamente en el momento en que, combinándose con el movimiento revolucionario español pudo extenderse a toda Europa, sepultar en ella el capitalismo y evitar esta segunda matanza imperialista. Pero interponiéndose como un dique entre las masas y la revolución, reformistas y stalinistas introdujeron en las primeras una tremenda desmoralización, la pérdida de sus energías y de sus esperanzas. Y no hay peor derrota que la originada en la traición de las propias organizaciones; la ya larga historia de las revoluciones lo prueba con insistencia abrumadora. Son necesarios tiempo y acontecimientos muy importantes para que las masas salgan de su torpor, recuperen la confianza y reanuden la lucha.

Rechazada la revolución por socialistas y stalinistas, la reacción triunfó fácilmente, y apenas derrotados por los mismos —más que por Franco— los obreros españoles, precipitóse la guerra sorprendiendo al proletariado francés en medio de su inercia. Pero si el golpe sufrido había logrado descorazonarle y apuntalar el tambaleante poder de la burguesía, no podía lograr, sin embargo, devolver a ésta el imperio de su mística nacional sobre las masas. ¡Vencer no es convencer! Aturdidas y desorganizadas, las masas continuaban siendo profundamente hostiles al capitalismo y su guerra. El sentimiento revolucionario seguía arraigado en ellas, a despecho del nacionalismo que stalinistas y reformistas quisieron endilgarles en nombre de la patria y de la armonía con el enemigo de clase. Desgraciadamente el breve espacio de tiempo transcurrido entre su derrota y la declaración de la guerra, no les había permitido reaccionar y crear una nueva organización en consonancia con su mentalidad y sus necesidades históricas. Esta, por otra parte, obra que no se termina en un dos por tres si no en una sucesión de luchas. Prodújose así una situación singularísima. Mientras la hostilidad de las masas hacia la guerra y el capitalismo latía por doquier y se manifestaba ya a hurtadillas, ya sin recato, aquellas seguían siendo impotentes para emprender ninguna acción seria en contra. La mentalidad de las masas y la política de las dos organizaciones más fuertes se contraponía sin que ninguna de las dos anulara a la otra. Las masas estaban paralizadas revolucionariamente por reformistas y stalinistas, pero éstos no lograban inyectarles la droga patriótica indispensable a la conducta de la guerra imperialista. La actitud adoptada por el stalinismo a resultas del pacto Hitler-Stalin, no cambió esencialmente su política. Tan lejos como antes del derrotismo revolucionario, se puso prácticamente al servicio de Hitler. Fué una especie de patriotismo invertido semejante al de la burguesía. No empujaba las masas a la acción, sino a la pasividad; en lugar de orientarlas a la conquista del poder político les ofreció como única perspectiva existente la aceptación pasiva del yugo nazi. Este sesgo hitlerista del stalinismo fué particularmente visible en los territorios ocupados —con amplia tolerancia de la Gestapo—, donde sus oradores acusaban de provocación a quienes aconsejaban la lucha contra la ocupación. En todo momento, antes del pacto Hitler-Stalin y durante él, fuera por incitación al patriotismo o a la pasividad, los stalinistas actuaron a contrapelo de los intereses y convicciones de las masas; las dejaron abandonadas a las decisiones de la burguesía.

Pero la burguesía, horrorizada de la iconoclástica general hacia sus lemas nacionales, viendo al trasluz de ella el duende bolchevique y sintiéndose mucho más débil económica y militarmente que la burguesía alemana, prefirió capitular ante ésta. Con tanta mayor razón cuanto que, considerando a Hitler seguro vencedor, la carta del Eje parecía prometerle mayor premio en la post-guerra que la carta aliada. Además, representaba a Hitler como el adalid inatacable de la dominación capitalista, mientras que el amenazante espíritu antipatriótico del proletariado podía encontrar la ocasión de romper la camisa de fuerza staliniano-reformista y desbordarse hacia la revolución. La elección no era dudosa. Por miedo a la revolución y con la esperanza de recibir algunas migajas de Hitler, la burguesía francesa transformó súbitamente su patriotismo en servilismo frente al invasor. En ambos casos defendía su dominación de clase. A través de la historia, las clases poseyentes han considerado siempre preferible la dominación extranjera al triunfo de la revolución. Sería vano extenderse en invectivas y dicterios contra la burguesía; el proletariado sabe a qué atenerse respecto a ella. Es más importante para la educación política de las masas el ignominioso papel representado por stalinistas y socialistas. Su democraticísima lucha contra la revolución dió a la burguesía posibilidad de sumar la dominación de Hitler a la suya propia, sin que las masas pudieran impedirlo. Comparten con la burguesía la responsabilidad por la ocupación de Francia y por los padecimientos de las masas bajo la bota nazi.

Y sin embargo, ¡cuántos anatemas van a lanzar los tres responsables sobre las masas, por su carencia de patriotismo! El episodio de la derrota será presentado como una vergüenza, la ocupación como la mayor mácula de la historia francesa, y la causa será atribuida a la "labor disolvente de los agitadores" que apartaron al pueblo de sus "altos deberes patrios". La estupidez pequeño-burguesa y perfidia preconcebida se darán cita en el numen de toda clase de escritores y oradores, venales y banales, para sacar partido de la obra de la burguesía en beneficio de la burguesía misma. Y al tan-tan de sus cencerros no dejarán de añadirse —solidarios en todo—, cencerros de modulación "comunista" y "socialista". ¡Ay del proletariado si se deja guiar nuevamente por los herrumbrosos cencerros de los viejos cabestros! Por el contrario, las masas en general y los revolucionarios en particular deben enorgullecerse de la mentalidad antipatriótica de que dieron muestras al estallar la guerra, y defenderla frente a la burguesía y los líderes social-patriotas como un desafío. Es el patriotismo de la una y de los otros, expresión de su comunidad de intereses con la degenerada sociedad capitalista, lo que produjo la catástrofe de Francia. Sobre ellos debe recaer toda la responsabilidad, y no en sentido puramente platónico. Lejos de avergonzarse de su hostilidad hacia la guerra imperialista, el proletariado ha de enarbolarla como un estandarte y llevarla hasta la consecuencia práctica que antes le fué imposible realizar: destrucción de la sociedad capitalista. Como ocurrió en el bando del Eje con las masas italianas, las francesas no quería batirse por sus capitalistas. ¿Qué revolucionario, qué obrero consciente de los intereses de su clase puede avergonzarse de este hecho? No, ello es para las masas francesas e italianas un soberbio galardón. Su estado de espíritu guardaba reservas de energía inagotables, cual no podrán nunca producir los intereses y lemas capitalistas. Contenía, no sólo la derrota del capitalismo en Francia, sino el principio de su derrota en toda Europa. Este espíritu y la acción que de él se desprende, no el capitalismo de ningún país, es el más mortal enemigo del fascismo. Sólo se precisaba dar a la hostilidad contra la guerra formas organizadas y objetivos precisos, dejar libre curso a la marcha de la historia, que venía exigiendo insistentemente la revolución desde muchos años antes; en otras palabras, practicar la lucha de clases hasta el fin, no la estupefaciente unidad nacional. Una lucha de este género habría tenido asegurado el concurso entusiasta de la mayoría de la población. Si al frente de ella se hubiesen puesto organizaciones tan fuertes como la socialista y la stalinista, al estallar la guerra o durante ella se habría presentado al proletariado oportunidad de conquistar el poder político y liquidar la moribunda sociedad capitalista. Todo el mapa político de Europa hubiese sufrido un cambio radical, sin exceptuar Alemania. Y la defensa de las fronteras de la revolución, lejos de dejar las masas indiferentes, hubiese centuplicado su energía y debilitado la de sus adversarios (Hitler o cualquier otro que se le hubiere sumado), en la misma proporción. Pero no se traiciona nunca impunemente las exigencias de la marcha histórica. Si, tras la toma del poder por el proletariado, la guerra revolucionaria contra Hitler tenía grandes probabilidades de victoria, en cambio, imponiendo a las masas la defensa nacional, stalinistas y socialistas las condenaron a cuatro años de opresión nazi. No había salida dentro del capitalismo. Las masas estaban dispuestas a darlo todo por la revolución, nada por el capitalismo. Taponándoles el camino de la primera, burguesía, socialistas y stalinistas transformaron lo que pudo ser el comienzo de la revolución europea en aparatoso triunfo de Hitler.

Así se distribuyen las responsabilidades de lo ocurrido en Francia. Todo lo contrario, ciertamente, de lo que ya empieza a propalar la propaganda de los mismos responsables, a través de ese nuevo conglomerado de vieja escoria designado genéricamente por gaullismo. La diferencia de interpretación entre ellos y el análisis marxista, no es más que un desdoblamiento de la antigua diferencia entre la mentalidad revolucionaria de las masas y la política burguesa staliniano-reformista. Y hoy como ayer no existe salida burguesa posible para las masas francesas. Si los esfuerzos de la vieja unidad nacional desembocaron en la dominación de Hitler, los de la nueva, triunfantes, desembocarán en la dominación yanky-británica. El peso específico del capitalismo francés en la economía mundial sólo le da derecho a mendrugos arrojados desde la mesa de los grandes comensales. Se someterá a ese trato, como se sometió al de Hitler tanto más satisfecho cuanto más amenazante es hoy la revolución. Ya no se trata, como en 1939-1940, de un revolucionarismo difuso, aletargado por recientes derrotas. La lucha contra el nazismo ocupante ha sido simultáneamente, en grado no menor, una lucha contra la propia burguesía, principalmente librada por el proletariado. Ha originado la avalancha revolucionaria más potente de la historia francesa. La necesidad de la revolución socialista es tan imperiosa, que no se deja rechazar sino para volver a la carga más imperiosamente. Si se le cierra una puerta, abre otra mayor. La burguesía entregándose a Hitler por miedo a la revolución, y el socialpatriotismo staliniano-reformista paralizando la actividad de las masas, sólo han conseguido que se desencadene una mayor acometida revolucionaria, aunque a costa de sufrimientos y sacrificios sin cuento. De todas maneras, el ejemplo de Francia prueba irrefutablemente que la derrota de la propia burguesía en una guerra imperialista, incluso en la forma inactiva por parte del proletariado que tuvo en Francia, es preferible a la victoria ganada gracias a la aceptación entusiástica por las masas de la mitología reaccionaria de la defensa nacional. Un proletariado que infectado ideológicamente por su burguesía, le da la victoria, apenas tiene posibilidades revolucionarias en el período inmediato. En cambio, el espíritu antipatriótico del proletariado francés ha engendrado la potente ola revolucionaria que ya vemos en marcha hacia adelante.

Aun, gaullistas, stalinianos y socialistas, tratan de presentar la reacción de las masas como eminentemente nacional, genéricamente francesa. Aunque la tupida red de la censura no deje atravesar sino lo que conviene a los designios del conglomerado gaullista, es de toda evidencia que la reacción de las masas es eminentemente revolucionaria, proletaria e internacionalista. El curso de los acontecimientos lo probará contundentemente. Hoy como ayer, tras la fachada nacional, francesa y antialemana, burguesía y staliniano-reformistas trabajan por retener al proletariado dentro de los grilletes capitalistas. Procurando intoxicar la consciencia de las masas de odio antialemán tratan de impedirles fraternizar con el proletariado alemán en la común tarea socialista. Pero no les será ahora tan fácil como entonces. Entonces terminaba un período revolucionario, ahora comienza otro; entonces las masas no tenían energía ni tiempo bastante para romper la camisa de fuerza staliniano-reformista y crear una nueva organización, ahora la censura misma es impotente para ocultar el crujido de esa camisa.

La clave de todo reside ahí: ¿romperán o no las masas la soga nacional burguesa que en forma de partido socialista y partido comunista amenaza extrangularla otra vez? ¿Hallarán el camino de una nueva organización sólidamente fundida con los intereses históricos del proletariado? Las masas darán toda la energía y combatividad necesarias, la están dando ya. A los revolucionarios franceses principalmente a los cuartinternacionalistas, corresponde el saber aprovechar la coyuntura de arrancar las masas a la influencia deletérea de stalinistas y socialistas. Doy por descontado que sin éstos la burguesía, gaullista o no, será incapaz de vencer la ola revolucionaria. ¡El peligro está ahí: partido stalinista y partido socialista!

La educación política y mentalidad revolucionaria del proletariado no pueden elevarse más dentro del capitalismo. Todas las condiciones objetivas de la revolución están dadas superlativamente; únicamente falta que la minoría más consciente sume su acción a la acción espontánea de las masas. El grito, ¡abajo el capitalismo y viva la revolución proletaria!, encontrará en Francia un eco grandioso. Siguiendo el sendero marcado por gaullistas, stalinianos y socialistas, se va a la dominación por el imperialismo yanky-británico, a un nuevo fascismo, a otra guerra imperialista. La fuerza potencial de la revolución socialista, es, en cambio, inagotable. Los elementos de producción, anquilosados en manos burguesas, alcanzarían todas sus posibilidades, el país sería independiente, no subsidiario de los tiburones extranjeros; Europa entera, sumándose al ejemplo de Francia, arrojaría paletadas de tierra sobre el pasado, fundiéndose en un bloque invencible de Estados Unidos Socialistas de Europa. En fin, por el camino del conglomerado gaullista sólo puede llegarse a la decadencia total del país; por el de la revolución, las tradiciones culturales de Francia conocerían un florecimiento comparable con todo lo anterior. Pero ese proletariado que ha sabido convertir el triunfo de Hitler en una poderosa ola revolucionaria, sabrá también destruir los obstáculos que le impiden llegar al fin. Dará nacimiento, en conjunción con el proletariado europeo, a una nueva civilización.

México, Octubre 6 de 1944.
