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Title: A propósito de las crisis belga y griega
Description: Las crisis de Bélgica y Grecia tras la expulsión de los nazis: el desarme de los trabajadores por los ejércitos aliados y la tarea de ganar a sus soldados.
Author: B. Peralta
Date: 01/11/1944
Category: Contra la Corriente n.º 21-22
URL: https://marxismo.school/hemeroteca/contra-la-corriente/1944-11-cc-a-proposito-de-las-crisis-belga-y-griega
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*Contra la Corriente*, n.º 21-22, noviembre-diciembre de 1944 (págs. 14-16). [PDF del número completo](https://marxismo.school/assets/archivo/1939-58%20Hemeroteca%20del%20GCI/Contra%20la%20Corriente/18-19-20-21.pdf)

Bélgica, último país de Europa occidental "libertado" por los aliados, ha entrado de llano en la revolución socialista, pese los esfuerzos conjugados de los reformistas, stalinistas y burgueses. Un primer choque sangriento se ha producido ya entre las clases dirigentes y las masas, de las cuales, impudentemente, los stalinistas se pretenden jefes.

Grecia, único país de Europa oriental de donde las tropas anglosajonas echaron los ejércitos nazis, está en plena guerra civil.

A medida que los hitleristas están siendo expulsados de los territorios conquistados en la primera fase de la guerra, sus rivales angloamericanos, considerados como "libertadores" gracias a las ilusiones que las masas han conservado respecto a ellos, se encuentran pues ante una situación más y más radical.

En Italia, donde los agentes nacionales de los imperialistas anglosajones alimentaron tenaces ilusiones democrático-burguesas, los ejércitos "libertadores", a medida que avanzaban, vieron la población entregarles los fascistas locales, y la población vió, en cambio, esos jefes fascistas reinstalados en el poder por los oficiales aliados del AMGOT. De ahí un alejamiento creciente de las masas italianas, quienes, poco a poco, están viendo en sus "libertadores" de ayer no más que aliados de sus enemigos fascistas.

El rechazo por el gobierno británico de un ministerio Sforza indica que la situación general de Italia se ha agravado considerablemente y, a su vez, bordea la guerra civil, lo que no deja al "libertador" inglés otra alternativa que la manera fuerte de su lacayo Bonomi. Las trifulcas recientes de Palermo y de Roma indican toda la inestabilidad de la situación italiana, que necesita ser controlada muy de cerca por la burguesía aliada substituyéndose a la burguesía italiana impotente por sí misma para dominar la revuelta latente de las masas.

Un año después de Italia, Francia ha sido libertada, a su vez, del hitlerismo, al menos tanto por la acción de las masas como por la de las tropas aliadas. Y los trabajadores, tomando las fábricas y encarcelando a los fascistas, han indicado inmediatamente que sentido querrían dar a su liberación.

Casi simultáneamente, los nazis fueron arrojados de Bélgica, donde los trabajadores, igual que en Francia, tomaron las fábricas y castigaron a los fascistas. Pero la alta concentración del proletariado belga le permitió una acción más coherente y sus resultados que en Francia, y el gobierno burgués se encontró ante un poder obrero en vía de constitución, y se vió obligado a tratar de someterlo apenas vuelto a la capital. De ahí los incidentes sangrientos de Bruselas.

Por fin, Grecia ha visto, a su vez, el fin de la esclavitud hitleriana, habiendo sido expulsados los nazis tanto por los trabajadores como por los ejércitos aliados. Pero Grecia casi nunca ha conocido la democracia burguesa, salvo a raros intervalos. Además, la situación material de las masas es y continúa siendo una de las más trágicas de Europa. Por fin, allí fué siempre muy débil el partido stalinista (lo mismo que en Bélgica), mientras que varios grupos se investían de las ideas y del programa de la IV Internacional y ejercían una influencia real sobre ciertos sectores de las masas. Más, durante el período de ocupación, esos agrupamientos se unificaron en el Partido Comunista Internacionalista, Sección griega de la IV Internacional, con lo que su acción fué considerablemente reforzada. Notemos aquí que esa situación no carecía de rasgos comunes con la de Bélgica, donde nuestro partido vió crecer considerablemente su influencia durante el período de ilegalidad.

Consecuentemente, al mismo tiempo que los opresores nazis estaban siendo expulsados del país, y que sus cómplices belgas y griegos se veían encarcelados por las masas, éstas tomaban la ofensiva de una manera más decidida que en Francia y en Italia, y los stalinistas fueron obligados a dejarse llevar por la ola revolucionaria so pena de desenmascararse en caso de oposición categórica. Los reformistas, en cambio, se alinearon abiertamente del lado burgués, uniéndose al gobierno Pierlot en Bélgica, mientras el "socialista" Papandreu en Grecia, encabezaba la contrarrevolución apoyándose en los ejércitos ingleses.

Si esta explicación se revelase errónea, habría que concluir que se trata de una provocación deliberada de los stalinistas impulsando las masas a *putschs* sin salida, para dar a la burguesía pretexto a una represión despiadada destinada a degollar la revolución socialista desde sus primeros pasos.

Una vez consumada la expulsión de los ejércitos hitleristas tanto en Bélgica como en Grecia, un gobierno burgués reaccionario se instaló en el poder como si las masas no hubiesen evolucionado en absoluto durante los años de guerra y de ocupación. Un ciclo de derrotas obreras había concluido para los trabajadores en la derrota suprema de la guerra imperialista. Con el desarrollo de ésta, se abrió un nuevo ciclo, caracterizado por una ofensiva general de las masas europeas. Estas no solamente evolucionaron a la izquierda sino que durante los últimos años, han adquirido más o menos conciencia de su fuerza combatiendo al invasor nazi y a sus cómplices nacionales. Expulsados ambos, entienden hacer valer sus reivindicaciones que, concientemente o no, se resumen en la revolución socialista. Un divorcio completo existe pues entre explotados y explotadores. Pero, mientras en Francia, los reformistas y sobre todo los stalinistas logran provisionalmente establecer un acuerdo relativo y superficial entre las clases antagónicas, no se puede decir lo mismo para Bélgica, y menos aun para Grecia, donde, por otra parte, la situación material de las masas exige urgentemente un remedio. Pero la burguesía es impotente para resolver el problema sin abdicar su dominación de clase.

Recuperando el gobierno, los burgueses belgas y griegos no podían hacer otra cosa que alzarse contra la voluntad de las masas que reclamaban el castigo de los fascistas nacionales. Ese fué, en los dos países, el origen del conflicto que opone las dos clases adversas. Pero era evidente que si las masas seguían en armas, continuarían castigando sus verdugos de ayer para evitar que vuelvan a ser sus verdugos de mañana.

La primera exigencia de la burguesía tenía pues que ser el desarme de los trabajadores. Que éstos hayan echado a los nazis parecía a los burgueses la cosa más natural. ¿No era el papel tradicional de las masas hacerse matar sobre los campos de batalla en interés de sus opresores? Pero, que esas masas pretendiesen conservar las armas que conquistaron en dura lucha para volverlas contra la clase dominante, eso no se podía tolerar ni un solo instante. El estado burgués debe tener el monopolio de las armas y de su empleo y cuando las masas emprenden el arrebatárselo, su existencia misma está amenazada. Mientras las masas armadas estén controladas más o menos directamente por reformistas y stalinistas, el estado burgués no está más que frente a un peligro menor, pues esos reformistas y stalinistas son sus aliados y se encargarán de hacer su faena (hacer a los trabajadores rendir las armas, o hacer controlar su empleo por la burguesía) por medios pacíficos, mediante concesiones de pura forma que será fácil anular una vez desarmadas las masas. Por lo tanto, de Gaulle, sostenido por un fuerte movimiento stalinista, no ha insistido en desarmar a los trabajadores franceses. Por el contrario, en Bélgica y Grecia, donde el poder burgués está más seriamente puesto en cuestión, y donde la influencia staliniana es menor que en Francia y está contrabalanceada por un fuerte brote revolucionario, un peligro real amenazaba el poder burgués. Había que conjurarlo pronto. Pero en Grecia y Bélgica, la burguesía nacional sola es incapaz de oponerse a las masas, por una parte porque las fuerzas armadas de que dispone son insuficientes para contener los trabajadores, y de otra parte porque esas fuerzas armadas, excepto algunos contingentes de policía, son probablemente muy poco seguras.

Había llegado el momento para la burguesía internacional de mostrar que la solidaridad capitalista no es una palabra vana y los mandos de los ejércitos aliados declararon, tanto en Bélgica como en Grecia, que mantendrían el orden a todo costo. En Bélgica, ya han sido desarmadas por las tropas aliadas algunas milicias populares. En Grecia, el general inglés ha ordenado el alejamiento de las milicias de la región de Atenas y del Pireo, y declarado que intervendría para sostener al gobierno, "legal". Al día siguiente ese mismo general hacía ametrallar las masas atenienses para constreñirlas a permanecer bajo el yugo capitalista. Los trabajadores de todos los países de Europa están pues prevenidos: al primer peligro para la sociedad burguesa, serán ametrallados por sus "libertadores" de ayer. Deben pues prepararse en consecuencia. Su primer gesto debe ser dirigirse a las tropas aliadas en su lengua y decirles: "No seáis instrumento de vuestra burguesía, cómplices de vuestros verdugos". Sobre ese tema y desarrollando las consignas de la revolución socialista, deben llevar una propaganda incesante cerca de las tropas anglo-americanas: es el mejor medio de hacerlas aliadas, mientras una acción terrorista contra ellas no haría más que ayudar la burguesía, ampliando el foso entre las masas y los ejércitos anglosajones. Para llenarlo, no se puede emplear más que la tierra fértil del marxismo revolucionario, la única que sirva para enterrar definitivamente a la burguesía.
