Advertencia
Después de subir Hitler al poder, a principios de 1933, y tras de la tentativa de golpe de estado fascista, en París, el 6 de febrero de 1934, me dejé convencer por algunos amigos, especialmente por Simone Weil, de que había que combatir al fascismo por medio de investigaciones «eruditas». Exponer las verdaderas razones de la victoria fascista, desenmascarar sin contemplaciones los fallos de los partidos obreros vencidos, que tantos otros se obstinaban en ocultar, convencer al lector de que no se podía combatir al fascismo agarrándose al clavo ardiendo de la democracia burguesa, y que, en definitiva, había que elegir entre fascismo y socialismo. Ese fue mi propósito al escribir este libro.
Pero para llevar a cabo este proyecto había que empezar por diagnosticar cuál era la verdadera naturaleza del fascismo. Este era para mí una enfermedad, y como para describir un mal que no conoce o que conoce mal, un médico no tiene otro remedio que comparar minuciosamente los síntomas observados en sus víctimas, es lo que intenté, examinando los dos casos clínicos a mi disposición: Italia y Alemania. Eliminando aquellos rasgos particulares y diferentes en los dos países estudiados, traté de obtener como residuo los rasgos comunes del fenómeno fascista.
Los escritos de Trotsky sobre Alemania y Francia1 me sirvieron de guía en tan vasto trabajo. Me ayudaron a comprender el problema, tan complejo, de unas clases medias que oscilaban entre el proletariado y la burguesía, y a las que la crisis económica por un lado, y la carencia de las organizaciones obreras por otro, arrojaban a la extrema derecha. Me dieron también la pista que me llevó a describir cómo el fascismo, ya en el poder, elimina a los más izquierdistas de sus «plebeyos» y, terminada esta purga, desemboca, al menos en cierto modo, en una dictadura militar y policíaca de tipo clásico.
Otras dos obras me fueron de gran ayuda: primero, el análisis teórico del fascismo italiano, tan notable por su precisión como por su documentación, su clarividencia y su estilo, que Ignazio Silone, emigrado en Suiza, había publicado en alemán con el título Der Faschismus, y luego, un escrito del discípulo español de Trotsky, Andrés Nin: Las dictaduras de nuestro tiempo, que Pierre Naville había traducido al francés y cuyo manuscrito (que no llegó a publicarse) me había prestado. Fue Nin quien me enseñó los papeles respectivos de la industria ligera y la industria pesada en la marcha del fascismo hacia el poder, y las razones por las que el «gran capital» necesitaba más al «Estado fuerte» fascista que otros grupos de presión económicos.
En cuanto a los innumerables datos que tuve que reunir, a medida que evolucionaba la peste fascista, los saqué del diario Le Temps, conservador, pero muy bien documentado, y de dos publicaciones, una «estalinista» y otra «reformista»: los cuadernos mensuales que el Instituto para el Estudio del Fascismo publicaba en París, con el título Etudes sur le fascisme, y el boletín de información publicado en Amsterdam por la Federación Internacional de los Trabajadores de los Transportes, animada por su secretario general, Eddo Fimmen, y que se titulaba sencillamente: Fascisme.
Prólogo a la primera edición (1936)
El objeto de este libro es definir la naturaleza del fascismo. Para ello no hay otro camino que el estudio del fenómeno en aquellos países donde se ha manifestado de forma más característica, que podríamos llamar clásica.
Este libro no es una historia del fascismo en ambos países. Tampoco una comparación de los dos fenómenos; es decir, un balance de sus semejanzas y diferencias: precisamente hemos dejado a un lado esa diferencia para tratar de aislar, por encima de las contingencias propias a cada país, cierto número de rasgos generales y, si los términos científicos fuesen aplicables a la política, un cierto número de leyes.
Pero estas leyes no tienen interés en política más que si permiten sacar conclusiones prácticas: nuestra intención es convencer al lector de que el único medio verdaderamente eficaz de cerrar el paso al fascismo consiste en derribar al capitalismo. El fascismo, escribió en 1923 Clara Zetkin, es el castigo que cae sobre el proletariado por no haber continuado la revolución que empezó en Rusia2.
El fascismo podría ser mañana nuestro castigo si dejamos pasar la hora del socialismo.
Prólogo de marzo de 1945
Fascismo y gran capital, le empecé en 1934, poco después del 6 de febrero, y apareció en las librerías en julio de 1936. ¿Qué hacer: reeditarle tal como se publicó, o hablar de todos los acontecimientos que se han producido en estos años?
Sin duda, la fecha en que terminé mi trabajo era prematura. El fenómeno fascista estaba entonces en plena evolución (sobre todo en Alemania) y algunas de sus características no se traslucían lo suficiente. Hubiera sido necesario llegar más lejos.
Pero este afán de perfección presentaba también sus inconvenientes. El objeto de este libro es, en cierto modo, el estudio del fenómeno fascista en estado puro. Ahora bien, a partir de 1939, dicho fenómeno empezó a confundirse con la guerra imperialista. Nada se parece más a un país en guerra que otro país en guerra. Los rasgos característicos del fascismo quedan así en parte (aunque no por completo) borrados por los del militarismo omnipotente y de la economía de guerra. Sin duda la explicación materialista de la guerra es una tarea tan importante3 por lo menos como la explicación materialista del fascismo. Pero quien mucho abarca, poco aprieta. Por eso preferí limitarme al estudio del fenómeno fascista exclusivamente.
Se me puede objetar que fascismo y guerra son una misma cosa y que la guerra no es, sino el producto monstruoso del fascismo. Y yo responderé que no estoy de acuerdo, aunque exista sin duda un vínculo entre guerra y fascismo, aunque uno y otra sean productos de la misma descomposición, la del capitalismo decadente. Ambos nacen de la contradicción fundamental del sistema: la incompatibilidad entre el formidable desarrollo de las fuerzas productivas y a) la propiedad privada de los medios de producción y b) la división del mundo en Estados nacionales. Uno y otra tratan, con medios diferentes, de romper el anillo de hierro de estas contradicciones en las que el sistema se encuentra encerrado, y los dos tienen por objeto restaurar el beneficio capitalista amenazado.
Además de estas relaciones generales, en los casos de Alemania e Italia encontramos una relación más directa entre guerra y fascismo: como ambos países carecen de materias primas y de mercados, como pueden calificarse de naciones hambrientas en comparación con otras potencias capitalistas, la crisis en que se debate el sistema capitalista en su conjunto tiene en sus casos un carácter sobremanera agudo y por eso, al contrario que aquellos otros países, o antes que ellos, edifican el Estado fuerte. Como quieren arrebatar a las naciones ricas una parte de su botín, y obtener con las armas un nuevo reparto del mundo, su comportamiento es agresivo, mientras sus adversarios, que se oponen a un reparto, que habría de ser en su detrimento, aparecen como potencias pacíficas.
Así pues, el vínculo entre guerra y fascismo existe, pero no es casual. Aunque desaparezca el fascismo no se suprimirán las causas de las rivalidades y de las guerras imperialistas. Durante cuatro años, de 1914 a 1918, dos grupos de grandes potencias se disputaron con las armas en la mano el mercado mundial. En ninguno de los dos campos había potencias fascistas. En realidad, el fascismo y la guerra son dos fenómenos diferentes que tienen la misma causa, y aunque se entremezclen y a veces parezcan confundirse (y tendenciosamente se trate de confundirles), tienen una existencia distinta y han de estudiarse separados.
¿Lo ocurrido después de 1939 aclara el fenómeno fascista? Prefiero pasar por presuntuoso o inmovilizado en mis viejas posiciones, pero creo que los acontecimientos de estos últimos años no modifican de modo sustancial las conclusiones de este libro. La única cosa que el fascismo ha aportado, después de 1939, ha sido la prueba renovada y múltiple de su barbarie. Pero nadie que recordara cómo aplastó al proletariado italiano y alemán, antes de asolar Europa, ha podido asombrarse.
Lo que sí es cierto es que la guerra y la ocupación alemana, al permitirnos observar el fenómeno desde cerca, nos ha enseñado claramente algo que ya sospechábamos, que el régimen fascista, pese a sus pretensiones totalitarias, no es homogéneo. Nunca consiguió fundir en una aleación única los diversos elementos que le componían. Sus mecanismos funcionaban defectuosamente, y aunque Hitler trató durante años de encontrar una fórmula para poner de acuerdo al partido y al ejército, la Wehrmacht por un lado, la Gestapo y las S. S. por otro, colaboraban como el perro y el gato. Detrás de este conflicto hay en cierto modo una tensión entre clases. El régimen fascista, a pesar de las apariencias, no ha dominado a la burguesía. Cuando hace años dije que el fascismo no es, sino un instrumento al servicio del gran capital, se me respondió que en Italia, y sobre todo en Alemania, el gran capital obedecía al partido. Nada más falso.
La burguesía capitalista se ha conservado como una fuerza autónoma en el Estado totalitario. Hizo que otros se vistieran con la camisa parda, pues las bandas hitlerianas le hacían falta para aplastar al proletariado, pero cuando ella lucía el uniforme lo hacía para la galería. Hermann Rauschning fue quien difundió la tesis de que la clase dirigente había sido eliminada por los plebeyos nazis, gentes sin ley ni honor, verdaderos nihilistas4. Es cierto que algunos burgueses fueron perseguidos u obligados a expatriarse. Pero el gran capital, en su conjunto, no fue devorado por la marea parda, sino todo lo contrario.
El ejército es, en todo tiempo y lugar, el instrumento por excelencia de la clase dirigente. La relativa independencia del ejército respecto al régimen, su negativa a dejarse nazificar por completo, expresan la autonomía del gran capital (y de los terratenientes) respecto al régimen fascista, su negativa a dejarse encuadrar por él. Las depuraciones que Hitler se ha visto obligado a hacer en el ejército son precisamente una prueba de esta resistencia.
Después del 20 de julio de 1944 fueron ahorcados o fusilados varios generales, grandes burgueses o miembros de la nobleza, a raíz del atentado contra Hitler. Lo que ocurrió ese día en Alemania, lo mismo que en Italia el 25 de julio de 1943, es una prueba bien clara de que la clase dirigente no había desaparecido en el llamado Estado totalitario. Después de haber subvencionado y alzado al poder al fascismo, la burguesía toleró, pese a ciertos inconvenientes secundarios, que la plebe nazi se adueñara del Estado: tenía interés en hacerlo. Pero cuando los inconvenientes del régimen le parecieron mayores que las ventajas, no dudó en tratar de arrojarle por la borda, con el apoyo del ejército.
Ya en 1936, en las conclusiones de este libro, presenté esta hipótesis como plausible. El golpe que triunfó en Italia, fracasó en Alemania. Pero después de la bomba del 20 de julio, Hitler está virtualmente muerto. El gran capital, las altas esferas del ejército no están con él. Desde este atentado, escribe un periodista norteamericano, Hitler sabe que (...) la nobleza y la casta militar, los grandes industriales y los banqueros (...) están en contra suya. Sobrevive artificialmente, gracias a un terror inimaginable que ejerce, incluso en el interior del ejército, sobre el conjunto de la población la policía y las S.S. de Himmler. Sobrevive, porque la clase dirigente teme desencadenar una guerra civil en plena guerra mundial. Lo único que esto demuestra es que, gracias al instrumento de represión que se ha forjado, el fascismo puede mantenerse algún tiempo, aunque el gran capital le haya abandonado ya. El plomo destinado a los obreros puede matar también a algunos burgueses. Pero es una situación que no puede durar mucho.
Ningún régimen político puede gobernar contra la clase que detenta el poder económico. A pesar de lo que puedan creer algunos ingenuos, las viejas leyes que han regido siempre las relaciones entre las clases siguen siendo válidas. El fascismo no las ha suprimido, y entre éste y el gran capital el vínculo es tan estrecho que, cuando el gran capital le retira su apoyo, llega el principio del fin de aquél.
En las conclusiones de este libro insisto sobre la extraordinaria capacidad de mantenerse que tiene el fascismo. La tenacidad desesperada con la que aún resiste en estos momentos, aunque tiene que darse cuenta de que ha perdido la partida, es aún mayor de todo lo que se podía esperar hace unos años. Sin embargo, nada más comprensible, si tenemos en cuenta que el fascismo no es solamente un instrumento al servicio del gran capital, sino al mismo tiempo, una rebelión mística de la pequeña burguesía empobrecida y descontenta. Aunque gran parte de los miembros de las clases medias que llevaron el fascismo al poder están hoy completamente desengañados, no ocurre lo mismo con los militantes. En el enorme aparato burocrático del Estado fascista hay muchos logreros y corrompidos, pero también hay verdaderos fanáticos. Estos no defienden, al defender al régimen, única y exclusivamente su posición social o su vida, sino también un ideal en el que creen con fe ciega y hasta la muerte. (Digamos de paso, que no será la fuerza ni las bayonetas extranjeras lo que desintoxicará los cerebros.)
El fascismo, en aquellos países en que ha conseguido instalarse, puede dejar también secuelas por una razón: tanto en el momento de su decadencia como en el de su nacimiento, le ayuda mucho la complacencia de sus adversarios. El Estado democrático que le sucede está tan infectado del virus fascista como el Estado democrático que le precedió. La depuración no es más que una comedia, pues para desinfectar realmente al Estado burgués, haría falta vaciarle por completo de su contenido y destruir sus mecanismos. La alta administración, el ejército, la política y la magistratura siguen llenas de cómplices auxiliares del régimen anterior; los mismos, en general, que entregaron al fascismo las llaves del poder. En Italia, el mariscal Badoglio es el hombre que puso antaño a disposición del fascismo los oficiales y los medios materiales del ejército. No es extraño que el sucesor de Mussolini haya dejado escapar tan fácilmente a éste de su prisión. Bonomi es el hombre que, en 1921 y 1922, abrió el camino al fascismo. Tampoco es extraño que, bajo su gobierno, con la complicidad de sus funcionarios, el general fascista Roatta haya conseguido evadirse.
En las conclusiones de este libro hay un punto en el que acaso no he hecho suficiente hincapié: la continuación subterránea de la lucha de clases bajo la losa del fascismo. Forzosamente tenía que insistir sobre los terribles métodos empleados por los regímenes totalitarios para disolver y atomizar el movimiento de la clase obrera, para descubrir científicamente, si se me permite esta expresión, y aplastar en germen, toda forma de oposición. Pero a medida que la losa fascista se va alzando, vemos que, debajo, la lucha de clases que los reaccionarios creyeron extirpada para siempre, no interrumpió en ningún momento su camino. En el momento en que escribo estas líneas, aún no se ha liberado el norte de Italia, pero ya llegan a nosotros los ecos del espíritu revolucionario que anima a los trabajadores de Milán, de Turín, de las grandes aglomeraciones industriales que izaron en 1920 la bandera roja. Más de veinte años de dictadura fascista no han conseguido cambiar al obrero italiano.
En Alemania, el control del régimen y el terror policíaco han sido infinitamente mayores. Pero a pesar de la mordaza que pusieron en la boca del pueblo alemán, se manifiesta ya la supervivencia de una vanguardia revolucionaria, en especial en los campos de concentración y en las prisiones. El fascismo no ha podido detener la marcha de la humanidad hacia su emancipación. No ha conseguido sino suspenderla temporalmente, o sobre el papel.
Puede que algunos piensen que no es muy necesario reeditar este libro en el momento en que el hundimiento de Hitler y de Mussolini ha de desmoralizar forzosamente a sus émulos de otros países, y que más que actual, este libro sólo puede tener un valor retrospectivo. Sin embargo, al releerle he tenido la impresión que su tema es más el socialismo que el fascismo. Pues, en el fondo ¿qué es el fascismo, sino el producto directo de la carencia del socialismo? Detrás del fascismo la sombra del socialismo está siempre presente, y yo estudié al primero en relación con el segundo. Más de una vez, a lo largo de estas páginas, el fascismo me ha servido de contraste, permitiéndome de esa manera definir mejor ciertos aspectos esenciales del socialismo. El día en que, como esperamos, el fascismo no sea, sino un mal recuerdo, lo que quede de este libro será una tentativa para situar el socialismo en relación con lo que fue, en un momento, su más temible adversario. Quizás gracias a eso, Fascismo y gran capital conserve una cierta actualidad.
Pero, además ¿es seguro que la epidemia fascista ha perdido definitivamente su virulencia? Lo deseo con todo corazón, pero no estoy muy seguro. Todo el mundo piensa que con la derrota del Eje se ha terminado el fascismo en el mundo, pero me temo que sea una peligrosa ilusión.
Las grandes democracias nos ocultan buena parte de la verdad. Cuando se enfrentaron con Hitler, no lo hicieron, como pretenden actualmente, a causa de la forma autoritaria y brutal del régimen nacionalsocialista, sino porque el imperialismo alemán, en un momento dado, trató de disputarlas la hegemonía mundial. Muchos han olvidado que Hitler subió al poder con el beneplácito de la burguesía internacional. Durante los primeros años de su reinado, el capitalismo anglosajón, de los británicos a Henry Ford, le apoyó. Era, para ellos, el hombre fuerte, el único capaz de restablecer el orden en Europa y de preservar al continente del bolchevismo.
Sólo mucho después, la burguesía de los países democráticos, al sentir amenazados sus intereses, sus mercados y sus fuentes de materias primas por la irresistible expansión del imperialismo alemán, empezó a predicar contra el nacionalsocialismo y su carácter inmoral y anticristiano. E incluso entonces hubo burgueses y príncipes de la Iglesia que, más precavidos contra el peligro rojo que contra el peligro nazi, conservaron ciertas simpatías por el gendarme de Europa.
Hoy, las grandes democracias se proclaman antifascistas. No hablan de otra cosa que de antifascismo. Y en efecto, es que el antifascismo les ha sido muy necesario para vencer a su rival alemán. No hubieran podido obtener la plena adhesión de las masas populares sólo con la explotación del patriotismo, pues a pesar de las apariencias, la hora de las guerras nacionales ha terminado. Nuestra época es la de la lucha de clases, la época de la guerra social. Las masas obreras no se hubieran lanzado a liberar Europa si los gobernantes no hubieran sabido despertar en ellas el ansia de otro orden social, si no hubieran apelado a sus instintos de clase. Charles de Gaulle, que empezó su carrera política como discípulo de Maurras, no ha tenido escrúpulos en dar la mano a Stalin.
Pero el día de mañana, las grandes democracias quizás releguen el antifascismo al cuarto de los trastos. Incluso ahora, esa palabra mágica, que hizo levantarse a los trabajadores contra el hitlerismo, empieza a ser sospechosa cuando sirve de bandera a los adversarios del capitalismo. En Bélgica o en Grecia, los aliados no han dudado en tratar sin contemplaciones a aquella misma Resistencia cuyos servicios acababan de utilizar alborozados. Para restablecer el orden, como han hecho ya en Grecia, tarde o temprano tratarán de establecer sus puntos de apoyo en el seno de las poblaciones liberadas, sosteniendo, en contra de la vanguardia popular, a formaciones más o menos fascistas. Naturalmente que las bautizarán, como lo están haciendo ya con otros nombres, pues la palabra fascismo ha quedado definitivamente inutilizable. Pero veremos reaparecer con nuevas etiquetas la vieja mercancía. El fascismo, sea cualquiera el nombre que le den, seguirá siendo el arma de reserva del capitalismo decadente.
Los últimos acontecimientos han confirmado la conclusión esencial de este libro; es decir, que al fascismo, fruto de la carencia del socialismo, no le puede combatir eficazmente, ni vencerle definitivamente, más que la revolución proletaria. Todo antifascismo que la rechace es pura charlatanería. Pero desgraciadamente hemos dejado que los demócratas burgueses se apoderen del antifascismo. Estos temen al látigo fascista, pero no más que al poder obrero. Para conciliar ambos temores han inventado una solución bastarda, la de los frentes populares. Los defensores se guardan muy bien de tomar medidas radicales para extirpar sus raíces. A pesar de sus discursos demagógicos contra las doscientas familias o los trusts, se guardan muy bien de hacer nada contra el capitalismo y, lo que es mucho peor, agravan, con su política económica y social, las causas de fricción entre el proletariado y las clases medias, rechazando a éstas hacia el fascismo del que pretenden alejarlas.
La amenaza fascista hizo descubrir a muchos el problema de las clases medias. Antaño, los partidos de izquierdas no veían en ellas sino una clientela electoral fácil, fiel y estable. Pero cuando se vio que sus oscilaciones, ampliadas por la crisis económica, podían llevarlas al campo enemigo, que las podía dominar una especie de locura colectiva, haciéndolas vestir camisas de diversos colores, esos mismos partidos no tuvieron otra preocupación que la de retener a las clases medias.
Por desgracia, ni comprendieron (o no quisieron comprender), ni comprenden el problema. Lamento no haber podido tratar en este libro una cuestión tan importante, pero mi objeto no era tanto hacer ver cómo el socialismo hubiera podido atraer a esas clases medias que engrosan el fascismo, como exponer de qué modo consiguió éste conquistarlas. Por eso me permitiré una breve digresión.
Las clases medias y el proletariado tienen intereses comunes contra el gran capital, pero su anticapitalismo no coincide por completo, y si la burguesía utiliza, agravándola en lo posible, esa divergencia de intereses, no la inventa. Por eso es imposible reunir a la pequeña burguesía y al proletariado en torno a un programa común que satisfaga a ambos. Uno de los dos tiene que hacer concesiones. El proletariado puede hacer algunas, es cierto. Debe de procurar que sus ataques contra el gran capital no dañen al mismo tiempo a los rentistas modestos, a los artesanos, a los comerciantes individuales o a los agricultores que labran su propia tierra. Pero en ciertos puntos esenciales no puede transigir, pues, si para no enfrentarse con las clases medias, lo hiciera, renunciaría al mismo tiempo a herir de muerte al capitalismo.
Y además, ha sido precisamente cuando ha fallado en su misión de destruir al capitalismo, siempre que ha retrocedido cuando las clases medias, comprimidas entre un gran capital implacable y una clase reivindicativa, se han inclinado por el fascismo.
En definitiva, no se trata de que el proletariado atraiga a las clases medias renunciando a su propio programa socialista, sino de convencerlas de que es capaz de conducir a la sociedad por un nuevo camino, con la fuerza y la seguridad de su acción revolucionaria. Esto es precisamente lo que los inventores de los frentes populares se niegan a comprender. Su única idea es hacer que las clases medias piquen en su anzuelo, y su habilidad es tanta, que finalmente las rechazan hacia el cebo del fascismo.
Sólo triunfará el antifascismo cuando deje de ir a remolque de la democracia burguesa. Hay que desconfiar de los anti, siempre insuficientes porque son puramente negativos. A un principio sólo puede vencer otro principio superior. El mundo de hoy, en medio de sus convulsiones, no sólo busca una forma de propiedad que corresponda al carácter colectivo y a la gigantesca escala de la producción moderna, busca también una forma de gobierno capaz de sustituir el caos por el orden racional, liberando al hombre. El parlamentarismo burgués sólo le ofrece una caricatura de la democracia, cada vez más impotente y putrefacta. Decepcionado y asqueado, puede caer en la tentación del Estado fuerte, del hombre providencial, del principio del jefe.
Desde el punto de vista ideológico, sólo podremos desarraigar total y definitivamente el fascismo cuando presentemos a la humanidad y hagamos triunfar prácticamente, una nueva forma de gobierno de la sociedad, una democracia auténtica, total, directa, que asocie a todos los productores a la administración de las cosas. Este nuevo tipo de democracia no es una utopía, un producto de la imaginación. En la gran Revolución francesa se oyeron sus primeros vagidos. La Comuna de 1871 fue la primera tentativa de llevarla a la práctica, como reconocieron Marx y Lenin. Los soviets rusos de 1917 propusieron su modelo al mundo. Luego, la democracia soviética ha sufrido, en la misma URSS, por razones que no podemos exponer aquí, un largo eclipse, y este eclipse ha coincidido en el tiempo con la ascensión del fascismo.
Hoy, el fascismo tiene sus días contados. Pero sólo le venceremos definitivamente demostrando con nuestros actos que la verdadera democracia, la de la Comuna o de los soviets de 1917, es posible y que es superior a cualquier otra forma de gobierno humana. Lenin dijo, todo el poder a los soviets y Mussolini, caricaturizando esta consigna, fabricó el lema del Estado totalitario: Todo el poder al fascismo.
El Estado totalitario es un monstruo moribundo, pero no conseguiremos librarnos de su cadáver si no hacemos triunfar su antítesis: la república de los consejos obreros.
I. Los financieros del fascismo
El Estado, desde que existe, es el órgano que utiliza una clase social para mantener su dominio sobre las demás. Cuando un Estado cambia de fisonomía, cuando un régimen político deja sitio a otro, el primer pensamiento que nos viene a la mente es: ¿qué ocurre en este momento entre bastidores? ¿Es una nueva clase la que sube al poder? Pero cuando hay señales inequívocas de que es la misma clase la que gobierna, la pregunta que nos hacemos es: ¿qué interés tiene la clase dirigente en organizar todo este revuelo?
El régimen moderno de la mayoría de los Estados modernos adelantados era, hasta ahora, la democracia. O mejor dicho, la seudodemocracia, la democracia parlamentaria, la democracia falsificada y no la auténtica. Cuando se la miraba de cerca, en esta democracia se distinguían sin esfuerzos rasgos de cesarismo. Pero, en general, es cierto que en los Estados adelantados de nuestro tiempo, era la solución política que se aplicaba.
Sin embargo, en estos últimos años, en dos grandes países de Europa occidental, Italia y Alemania, este régimen ha sido sustituido por otro nuevo, que se diferencia de modo bien visible del anterior: el fascismo. Como se manifestó por vez primera en Italia, se le dio un nombre de origen romano5. Pero no tiene nada de específicamente italiano. Por esto la palabra italiana ha terminado por designar un fenómeno universal.
Hasta estos últimos años se creía que la democracia era el mejor régimen político para la clase dominante. ¿Por qué, en dos países europeos, que no son de los menos importantes precisamente, la burguesía ha cambiado de opinión?
Los revolucionarios tienen una tendencia bien natural a ver todo desde su punto de vista. Por eso tienen la impresión de que el capitalismo recurre a la solución fascista, única y exclusivamente para vencer a la revolución proletaria que le amenaza. Es cierto que hay en ello algo de verdad; que los propietarios tienen miedo de la revolución y subvencionan a bandas de matones para atemorizar a los obreros. Pero no es por miedo a la revolución por lo que se deciden a confiar el poder al fascismo. Ni en Italia ni en Alemania existía un peligro revolucionario en el momento en que el fascismo tomó posesión del Estado. En realidad, aquéllos recurren a la solución fascista no tanto para protegerse contra los disturbios callejeros, como contra los trastornos ocasionados por su propio sistema económico. El mal que tratan de evitar está más bien dentro que fuera del sistema.
La ley del sistema capitalista es el beneficio. Durante un largo período, que podríamos llamar la fase ascendente del capitalismo, el desarrollo continuo de la producción y la ampliación incesante de los mercados han permitido a la burguesía, pese a ciertas crisis periódicas de crecimiento, un progreso ininterrumpido de sus beneficios. Después de la guerra de 1914-1918, que fue a la vez el producto y la primera manifestación pública de sus dificultades internas, el capitalismo en su conjunto ha entrado en una fase descendente. A las crisis económicas cíclicas se ha superpuesto una crisis crónica, una crisis permanente del sistema. La misma fuente del beneficio capitalista está amenazada.
Durante el período precedente, la democracia era muy ventajosa para el capitalismo. Todo el mundo ha oído argumentos como: la democracia es el gobierno menos caro; el espíritu de empresa necesita la libertad; los derechos políticos concedidos a las masas son como una válvula de seguridad que evita los choques violentos; la democracia desarrolla el mercado capitalista al crear nuevas necesidades en las masas y darles al mismo tiempo la posibilidad de satisfacerlas, etc. Cuando el festín es abundante, se puede dejar al pueblo que recoja las migajas.
Pero en el período actual, en la fase de decadencia del capitalismo, la clase dominante se encuentra ante los platillos de la balanza en que mide las ventajas y los inconvenientes de la democracia tan perpleja como el asno de Buridán. En algunos países y circunstancias le parece que los inconvenientes pesan más que las ventajas. Cuando la crisis económica (cíclica y crónica a la vez) es muy aguda, cuando el beneficio tiende a cero, no ve otra salida, no ve otro remedio para restablecer el mecanismo del beneficio que vaciar los bolsillos —ya bien vacíos— de la pobre gente que constituye las masas. Esto es lo que Joseph Caillaux, ese gran burgués de verbo florido, ha llamado entre nosotros la gran penitencia: la brutal reducción de los salarios, de los seguros sociales, el aumento de los impuestos (sobre todo de los impuestos sobre el consumo). Con el producto de esta operación, el Estado saca a flote a las empresas al borde de la quiebra, las sostiene artificialmente a fuerza de subvenciones y de ventajas fiscales, a fuerza de contratas de obras públicas y encargos de armamentos. En una palabra, el Estado sustituye de este modo a la clientela privada, al ahorro insuficiente.
Pero el régimen democrático se presta mal a la realización de tal plan. Mientras la democracia subsista, las diversas categorías sociales que componen el pueblo (aunque estén engañadas) tienen algunos medios de defenderse contra la gran penitencia: libertad de prensa, sufragio universal, derecho sindical, derecho de huelga, etc. Medios insuficientes, pero que imponen ciertos límites a las ilimitadas exigencias de los poderosos del dinero. En especial, la resistencia del proletariado organizado impide una excesiva disminución de los salarios.
Por esto, en ciertos países y en determinadas circunstancias, cuando los beneficios están gravemente amenazados, cuando le parece necesaria una deflación brutal, la burguesía tira por encima de la borda la democracia tradicional y pide —sin que, naturalmente, se limite a pedirlo— un Estado fuerte. Este empieza por quitar al pueblo todos sus medios de defensa, le ata las manos a la espalda, para poder vaciarle los bolsillos con mayor facilidad. Si hemos dicho: en ciertos países y en determinadas circunstancias, es porque se trata, en este caso, de aquellas naciones que reivindicaron un lugar al sol cuando ya todos los buenos sitios están cogidos, que carecen tanto de materias primas como de mercados amplios. En los países más favorecidos, de recursos económicos y financieros más importantes, la burguesía puede reparar el mecanismo del beneficio, sin reemplazar el régimen democrático por una dictadura declarada. El método que sigue es en el fondo el mismo: el Estado saca a flote al capitalismo privado gracias a importantes obras públicas y a encargos de material bélico. Pero gracias a las riquezas acumuladas por las generaciones precedentes, no tiene necesidad de vaciar con tanta brutalidad los bolsillos de los trabajadores. En los Estados Unidos no hizo falta el garrote del fascismo, el New Deal de Roosevelt bastó.
No es suficiente decir que por todas estas razones la burguesía italiana y alemana subvencionaron al fascismo y le elevaron al poder. Semejante afirmación no sería exacta, pues al contrario de lo que generalmente se cree, la burguesía capitalista no es absolutamente homogénea. Sin duda, cuando sus intereses esenciales de clase se ven amenazados, forman un bloque de granito. Pero, salvo en estos casos excepcionales, se trata de un bloque que presenta multitud de grietas. Según la actividad económica a la que se dedican, ciertos grupos capitalistas defienden intereses que están en oposición con los de otros grupos capitalistas. Es cierto que dichos grupos mantienen relaciones más o menos estrechas y que la línea de demarcación entre ellos no es siempre fácil de trazar. Pero a pesar de todo, la oposición de sus intereses es algo real.
Por eso es importante investigar si en Alemania e Italia fue la burguesía entera la que quiso una dictadura, la que subvencionó al fascismo, o si fueron en especial unos grupos capitalistas. No creo que sea necesario repetir que los distintos partidos burgueses no son sino los reflejos, o instrumentos más bien, de los diversos grupos capitalistas. El papel que desempeñaron los partidos políticos durante el período precedente a la subida al poder de Hitler y de Mussolini es diverso, complejo y nada claro. Para descifrarle es mejor empezar por analizar la actividad de los diferentes grupos capitalistas respecto al fascismo. El fascismo, en Italia y en Alemania, fue subvencionado y apoyado esencialmente por los magnates de la industria pesada (metalurgia, minas) y por los banqueros que tenían intereses en dicha industria. ¿Por qué los demás grupos capitalistas, esencialmente aquellos que podemos incluir en la industria ligera o de transformación, tuvieron una actividad más reservada, o incluso a veces hostil, hacia el fascismo naciente?
No es sólo en Alemania e Italia donde la industria pesada y la industria ligera tienen intereses económicos y estrategia social y política divergentes. Entre los dos grupos hay en todos los países incesantes conflictos: la segunda se queja de la hegemonía de la primera, que le hace pagar un pesado tributo proporcionándole a precios de monopolio materias primas y máquinas. En cuanto a la política exterior, la industria pesada, que vive en gran parte gracias a los pedidos de armamentos (tanto del propio Estado como de las potencias amigas), es partidaria casi siempre de una política de prestigio, de fuerza, de aventuras imperialistas; mientras que la industria ligera, interesada en exportar productos no militares, no tiene nada que ganar con la guerra y la autarquía. Además, está más ligada al capitalismo internacional que la industria pesada, por eso es partidaria generalmente de una política de colaboración entre las naciones. En cuanto a sus relaciones con la clase obrera, la industria pesada y la industria ligera son partidarias de métodos muy diferentes. Los jefes de las empresas metalúrgicas y mineras se distinguen por su actitud autoritaria, por su mentalidad de patronos de combate. Su voluntad de dominio se explica por la magnitud de sus empresas y por el papel preponderante que desempeñan en la economía y en el Estado. Pero otra causa está también en lo que Marx llama la composición orgánica del capital de sus empresas, es decir, la relación entre el capital constante (invertido en medios de producción, en materias primas, etc.) y el capital variable (que sirve para remunerar la mano de obra). Esta composición orgánica del capital es mucho más elevada en la industria pesada que en otras ramas industriales, y de aquí que los límites en los que dicha industria resulta lucrativa son bastante estrechos6. Cuando las grandes empresas metalúrgicas no pueden utilizar un porcentaje suficientemente elevado de su potencial productivo, los gastos fijos de amortización de sus instalaciones se distribuyen en una cantidad insuficiente de productos fabricados y el beneficio se ve amenazado7. En caso de huelga, unas pocas horas de paro pueden traducirse por millones de pérdidas8. Si la coyuntura económica empeora, como los gastos fijos no pueden reducirse, cualquier ahorro ha de hacerse a costa de la mano de obra; la reducción brutal de los salarios se convierte en una imperiosa necesidad.
La actitud de los dirigentes de la industria ligera es bastante distinta: como la composición orgánica de su capital es menor, sus gastos fijos menos pesados y su orgullo menos excesivo, la mayoría de ellos prefieren lo que llaman la colaboración de clases, la paz social, lo que es, en realidad, una forma más hipócrita e insidiosa de domesticar al proletariado.
Por eso no es sorprendente que en los dos países estudiados, la industria pesada y la industria ligera hayan tenido una actitud diferente respecto al fascismo. La industria pesada quiere llevar la lucha de clases hasta aplastar la resistencia del proletariado, y la industria ligera cree poder solucionar todos los problemas con la paz social. La industria pesada exige una política exterior belicosa, la industria ligera, conciliadora; la industria pesada espera reforzar su hegemonía económica con ayuda de un Estado dictatorial, y la industria ligera teme semejante exceso de poderío.
Pero los grupos capitalistas de la industria ligera son incapaces de resistir al fascismo y, aunque no desean su triunfo, no hacen gran cosa para cerrarle el camino. ¿Por qué? En primer lugar porque el fascismo es un movimiento nacional, es decir, al servicio de las clases poseedoras, y por ello merece su simpatía o, al menos, su indulgencia. Además, ingenuamente, creen que el fascismo no llegará a instaurar una dictadura totalitaria, que el fascismo es un movimiento político más, y que, como tal, le podrán manejar y utilizar de acuerdo con sus conveniencias. Por eso los políticos liberales, que tienen estrechas relaciones con los medios de la industria ligera, tratan con gran tolerancia al fascismo. Fieles a sus tácticas habituales de paz social, se imaginan que el fascismo, una vez domado y parlamentarizado, les servirá de contrapeso de las fuerzas proletarias.
Pero el día que el fascismo, con gran asombro suyo, se haya convertido en una fuerza política considerable que persigue sus propios fines, un movimiento de masas que no pueden contener sin emplear contra él la fuerza armada, entonces la industria ligera y los políticos liberales colocarán su solidaridad de clase por delante de su divergencia de intereses. Se horrorizan ante la perspectiva de verter la sangre de patriotas y se resignan al triunfo del fascismo. Entonces, el capitalismo en su conjunto se une para instalar al fascismo en el poder.
Veamos ahora de un modo más detallado, en Italia primero, y en Alemania después, según el método que hemos adoptado, cuál ha sido la actitud de los diversos grupos capitalistas hacia el fascismo.
Para que se comprenda mejor, hemos descompuesto este análisis en dos fases sucesivas:
Al principio, el gran capital no piensa en empujar al fascismo para que conquiste el poder. Se sirve de sus bandas uniformadas como milicia antiobrera.
A raíz de la guerra del 14, los patronos tuvieron que hacer, en ambos países, para evitar una revolución social, importantes concesiones a la clase obrera. Decididos a recuperar el terreno perdido, tienen la idea, verdaderamente nueva, de confiar a ciertas bandas armadas y militarizadas, especializadas en la lucha antiobrera, el hostilizar al proletariado y debilitar su resistencia. Los grandes terratenientes se suman a este proyecto. Beneficiarios de la explotación ilimitada del proletariado rural, habían tenido también que arrojar lastre y quieren recuperar lo perdido.
Sus financieros asignan también otro objetivo a las bandas armadas de Mussolini y de Hitler. Italia y Alemania se encuentran, después de la guerra, en la posición de países vencidos y humillados frente a las grandes potencias ricas. Los grandes industriales, ávidos de encargos de armamento, subvencionan la lucha contra la injusticia de los tratados. Lucha que emprenden, pasando por encima del gobierno legal, por medio de las bandas fascistas.
Pero el día en que una crisis más o menos aguda amenaza con secar la fuente de sus beneficios, cuando sólo un Estado fuerte les parece susceptible de asegurar una rentabilidad creciente a sus empresas, se arriesgan a dar un nuevo paso. Lanzan a las bandas fascistas a la conquista del poder político e instauran, con su ayuda, una dictadura de nuevo tipo.
1. En Italia. Para quitar al proletariado las concesiones que éste había conseguido después de la guerra, los magnates de la industria pesada y los terratenientes subvencionan a los fasci
En Italia, tras de la guerra mundial, hay un verdadero resurgir del ímpetu revolucionario de las masas. Obreros y campesinos, aunque no tratan, faltos de madurez política, de conquistar el poder, consiguen, gracias a su combatividad, considerables ventajas. En la industria, los obreros logran mejores salarios, la jornada de ocho horas, la generalización de los contratos colectivos y su representación en el seno de la empresa en comisiones interiores de fábrica. Las huelgas se suceden (1.663 en 1919, 1.881 en 1920). En Génova y en otros grandes puertos, los cargadores se imponen gracias a una sólida organización. Los obreros metalúrgicos, en septiembre de 1920, amplían un simple conflicto de salarios en una gran batalla de clases. Como los magnates de la industria pesada deciden cerrar sus fábricas, los 600.000 obreros las ocupan, y administran la producción gracias a consejos de fábrica elegidos por ellos mismos. No vacilan en violar el santuario del patrono, abriendo sus cajas fuertes y revelando los secretos, celosamente guardados, de los precios de costo y los beneficios. El conflicto termina con la promesa de los patronos de permitirles un control sobre la gestión de las empresas. Pero este proyecto de ley sobre el control obrero no llegará a aplicarse. A fines de 1920, los magnates de la metalurgia aprovechan el pretexto de la crisis económica para aplazarlo indefinidamente.
Los campesinos se muestran también muy combativos. Al volver de las trincheras reclaman la distribución de las tierras que se les había prometido, y como no la obtienen se instalan ellos mismos en los campos reclamados. Un decreto del gobierno sanciona el hecho consumado. A condición de organizarse en cooperativas obtienen el derecho a permanecer durante cuatro años en las tierras ocupadas (decreto Visochi del 2 de septiembre de 1919). Los aparceros consiguen mejorar las cláusulas de sus contratos. Los trabajadores obreros agrícolas, apoyándose en los ayuntamientos rurales socialistas, que se convierten en auténticos feudos proletarios, se organizan sólidamente en sindicatos o ligas rojas. Discuten con los grandes propietarios de igual a igual y logran también contratos colectivos, entre otras ventajas.
Todas estas conquistas amenazan tanto los intereses como la autoridad de las dos clases que gobiernan Italia: los grandes industriales y los grandes terratenientes.
La primera clase es de creación reciente. A primeros del siglo XX es cuando empieza a surgir la industria metalúrgica moderna en Italia. En un país que no tiene hierro ni carbón, esta industria no puede ser rentable sino sometiendo a todas las fuerzas políticas y económicas del país, oprimiendo a las industrias de transformación y a los consumidores, viviendo gracias a la protección aduanera y a los encargos del Estado. La expedición de Tripolitania (1911-1923) y luego la Gran Guerra le dieron un fuerte impulso. Después de haber ganado enormes fortunas fabricando instrumentos mortíferos, algunos grandes industriales, los Perrone, los Agnelli, etc., aspiran, después del armisticio, a dominar la vida económica del país. Aunque se ven obligados, para evitar una verdadera revolución, a hacer concesiones a los que explotan, están decididos a recuperar cuanto antes lo que han tenido que ceder. La ocupación de las fábricas les ha aterrorizado y, por un momento, han visto venir la expropiación.
Una vez pasada la crisis, ellos y sus aliados, los armadores —en especial los de Génova— están decididos a hacer cualquier cosa para evitar el control obrero y la intervención de los trabajadores en la gestión de las empresas. Los terratenientes tienen las mismas intenciones. En Italia, la antigua aristocracia sigue siendo propietaria de la tierra, y animada de una fuerte conciencia de clase se ha organizado, desde 1908, en una poderosa Associazione Agraria. La guerra la ha reforzado numéricamente con una nueva capa de propietarios agrícolas. En Génova, a primeros de abril de 1919, los grandes industriales y los terratenientes firman una santa alianza contra el bolchevismo. Esta reunión, escribe Rossi, es el primer paso hacia la reorganización de las fuerzas capitalistas para hacer frente a las amenazas de la situación9. El 7 de marzo de 1920 se reúne en Milán la primera conferencia nacional de los industriales italianos. Allí se crea la Confederación General de la Industria. Se elabora un plan preciso y detallado de acciones comunes, en el que se prevén también las formas de lucha contra los sindicatos obreros. Poco después, el 18 de agosto, se constituye la Confederación General de la Agricultura. Industriales y agrarios, observa Rossi, ya no irán al combate en orden disperso.
Pero ni los industriales ni los terratenientes pueden luchar personalmente contra el proletariado organizado, y confían esta labor a bandas armadas, entre las que figuran los fasci de Benito Mussolini, que se denominan órganos del frente único antibolchevique. La misión confiada a estas bandas es, sobre todo, la de hostigar a la clase obrera, debilitando su capacidad de lucha y de resistencia para que los industriales y los terratenientes puedan recuperar el terreno perdido.
En abril de 1919, Mussolini saluda a la asamblea de las congregaciones económicas y les ofrece su ayuda, que aquéllas aceptan. Pero es sobre todo a fines de 1920, después de la ocupación de las fábricas, cuando las subvenciones de los grandes industriales empiezan a llover en sus cofres.
2. Las bandas fascistas al servicio del nacionalismo: la aventura de Fiume
Hay también otra razón para que, a raíz de la guerra de 1914-1918, los magnates de la península se decidan a subvencionar a estas bandas armadas. El joven imperialismo italiano apareció demasiado tarde en un mundo donde todos los buenos sitios estaban ya ocupados. Apenas le tocaron unas migajas, como los arenales de Tripolitania. Italia es, en vísperas de la guerra mundial, la gran proletaria, como dice el nacionalista Corradini. Pero, después del armisticio sigue siéndolo. La Entente le prometió diversas compensaciones territoriales, pero no ha cumplido sus promesas. Los magnates de la industria pesada tienen un interés directo en que su país siga una política exterior nacionalista y agresiva, para seguir enriqueciéndose con los encargos de material de guerra, y al mismo tiempo conseguir nuevos mercados por la fuerza. Por eso, pasando por encima del gobierno italiano, subvencionan y arman a grupos de ex combatientes y de aventureros. Como la Conferencia de la Paz ha negado a Italia la ciudad de Fiume, a orillas del Adriático10, envían a estas bandas, bajo el mando del literato d'Annunzio, a ocupar la ciudad (17 de septiembre de 1919), acto que tiene sobre todo un valor simbólico.
A fines de 1919, los grandes industriales dan a Mussolini los medios necesarios para que con su órgano Il Popolo d'Italia —convertido gracias a esta ayuda en diario de gran tirada— haga una gran campaña en favor del rearme naval y aéreo. En el número del 23 de diciembre, Mussolini anuncia que va a defender una política exterior expansionista11.
3. A esta política se opone la de la industria ligera
A esta política de los magnates de la industria pesada se opone la de los dirigentes de la industria ligera (especialmente la textil). Esta industria precedió en Italia a la pesada, y fue financiada por un importante establecimiento de crédito, la Banca Commerciale. En vísperas de que Italia entrara en la guerra, durante y después de las hostilidades, hubo una lucha bastante viva entre los dos grupos: los hermanos Perrone, directores del trust metalúrgico Ansaldo, contra Toeplitz, director de la Banca. La industria ligera teme la hegemonía de la pesada, cuyas consecuencias serían la protección aduanera a ultranza y el verse obligada a comprar sus máquinas a precio de monopolio. En sus relaciones con la clase obrera, la industria ligera prefiere la conciliación: todo el arte de su hábil dirigente político, Giolitti, consiste en la domesticación del proletariado por medio de la colaboración de las clases.
En 1915, la industria ligera y Giolitti se opusieron, sin éxito, a que Italia entrara en la guerra. Pero en julio de 1919, Giolitti vuelve al poder, y propone en la Cámara que se realice una investigación sobre los beneficios de la guerra, medida claramente dirigida contra la industria pesada. A continuación liquida la aventura de Fiume (fines de diciembre de 1920) y practica una política de colaboración internacional. Finalmente, en el momento de la ocupación de las fábricas desempeña un papel ambiguo, empeñándose en aparecer equidistante de los patronos y los obreros, frenando las veleidades revolucionarias de éstos y obligando a los primeros a hacer ciertas concesiones. Por su parte, los dirigentes de la Banca Commerciale manifestaban a la federación de obreros metalúrgicos (FIOM) su benévola neutralidad12.
4. La crisis seca la fuente del beneficio capitalista: los magnates lanzan al fascismo a la conquista del poder
Pero, luego, los magnates de la industria pesada no se limitan a debilitar, por medio de las bandas fascistas, al proletariado organizado. Piensan lanzarlas a la conquista del poder, instaurando un Estado fuerte, por medio del cual impondrán directamente su voluntad.
Durante el año 1921, una grave crisis económica disminuye todavía más sus beneficios. Gracias a la guerra se han desarrollado sus empresas de un modo fantástico. Se han creado trusts como el Ansaldo, vasto consorcio de empresas metalúrgicas y siderúrgicas, o el Ilva, que engloba numerosas empresas mineras, metalúrgicas y una compañía de navegación. El Ansaldo tiene, en esta época, un capital en acciones de 500 millones de liras y 100 millones en obligaciones; el Ilva, de 300 millones y 146 millones13, respectivamente. La noción de precio de coste se ha perdido. Se han creado industrias completamente artificiales, parásitas. Minas que se habían abandonado muchos años antes, se han vuelto a explotar. La demanda de armamentos hizo creer en una capacidad indefinida de venta de la producción y en un incremento indefinido de los beneficios. Pero, cuando llegó la hora de la paz y los pedidos de guerra cesaron de la noche a la mañana, el mercado interior se evaporó. Los mercados exteriores esperados no llegaron. No sólo la Entente olvidaba las compensaciones prometidas a Italia, sino que los mercados penosamente conquistados antes de 1914 en Europa oriental y el Oriente Medio estaban cerrados. ¿Cómo remunerar los inmensos capitales invertidos en la industria pesada? ¿Cómo reducir un potencial de producción que había crecido de un modo tan desordenado? Uno tras otro, los grandes mastodontes metalúrgicos, como el Ansaldo y el Ilva, así como su banco, la Banca di Sconto, se derrumbaron. En enero de 1921 había ya 60.000 parados.
Los magnates de la metalurgia habían llegado a un punto en que sólo el Estado podía hacer rentables de nuevo sus industrias, ayudándoles a vencer la resistencia obrera y a reducir los salarios, a sacar a flote a las empresas en dificultad, gracias a subvenciones y exenciones de impuestos, aumentando la protección aduanera para sus productos, volviendo de nuevo a los encargos de armamentos. Entre los responsables del hundimiento de la Banca di Sconto hay, escribe Rossi, varios financieros del fascismo y del nacionalismo, que quisieran salvarse a costa del Estado14. Pero el Estado no está por completo en sus manos. Los hombres políticos que tienen el poder (Giolitti o sus lugartenientes) representan más los intereses de la industria ligera que los suyos. Y, además, las libertades democráticas permiten, en cierto modo, a las masas trabajadoras defender su nivel de vida. Aunque las organizaciones obreras hayan quedado debilitadas y sus afiliados desmoralizados por las feroces expediciones punitivas de las bandas fascistas, el partido socialista y la CGT siguen siendo una fuerza con la que hay que contar.
La solución que se impone para ellos es aniquilar radicalmente las libertades democráticas y las organizaciones obreras, poniendo la dirección del Estado en manos de hombres fieles a sus intereses. Las bandas fascistas pueden ser algo más que milicias antiobreras. En su congreso de Roma (7 al 10 de noviembre de 1921), los fascios se transforman en partido político. En el consejo nacional de Florencia (20 y 21 de diciembre de 1921), Mussolini da al nuevo partido una consigna: La conquista del poder.
5. El plan de Giolitti. El conjunto del capitalismo italiano subvenciona la Marcha sobre Roma
Como hemos dicho, la industria ligera no quiere que triunfe el fascismo. Pero los hombres de Estado a su servicio tratan con todas consideraciones al partido de Mussolini, porque es un movimiento nacional. Giolitti se imagina que después de haber domesticado al proletariado organizado e impedido que la ocupación de las fábricas degenerara en una revolución, podrá, con los mismos métodos, domesticar al fascismo que, una vez parlamentarizado, será un contrapeso útil de las fuerzas revolucionarias proletarias. En la primavera de 1921 disuelve la Cámara, y procediendo a nuevas elecciones, integra al fascismo en el bloque nacional de los partidos gubernamentales. A través de toda Italia, los candidatos fascistas se presentan con el apoyo del gobierno. Giolitti permite así que haya 30 diputados fascistas, Mussolini entre ellos. Lo consideré un importante paso, escribe aquél en sus Memorias,
pues el fascismo representaba ya una fuerza real en el país y, según mi viejo principio de que todas las fuerzas políticas del país deben de estar representadas en el Parlamento y encontrar allí su expresión, era un hecho positivo que el fascismo tuviera una representación parlamentaria.
Creyendo haber tranquilizado tanto a los socialistas como a los fascistas, Giolitti trata de reconciliarlos, y su lugarteniente Bonomi les hace firmar, el 3 de agosto, un pacto de pacificación.
Pero el plan de Giolitti produce un resultado opuesto al que su autor esperaba, pues en lugar de domesticar al fascismo, apoyando a sus candidatos en las elecciones, no ha hecho sino proporcionarle el trampolín que necesitaba. En vez de terminar con la guerra civil, el pacto de pacificación permite a Mussolini tranquilizar a la opinión pública, que no veía bien las violencias de los fascistas, y, por otra parte, coordinar y disciplinar un movimiento que había crecido demasiado aprisa. Cuando consigue ese doble resultado, Mussolini denuncia el pacto (noviembre de 1921). Le había sido útil y necesario firmarle, dice el historiador Volpe, y ahora le era útil y necesario romperle15. La guerra civil se reanuda, aún más implacable.
A principios de 1922, los hombres de la industria ligera, así como la Corona, íntimamente ligada a la Banca Commerciale, comprenden que el fascismo es una fuerza autónoma que no podrán contener, a menos de emplear contra ella la fuerza armada. Ahora bien, los intereses generales de las clases poseedoras exigen que las fuerzas nacionales no luchen entre sí. Desde el punto de vista económico, ha habido además un importante cambio: después del hundimiento de los grandes consorcios metalúrgicos y de la Banca di Sconto, la Banca Commerciale ha adquirido algunas de las participaciones industriales de su rival, y estos nuevos intereses la identifican con la industria pesada. Ya no es sólo la industria pesada, sino también la Banca Commerciale la que empuja a Mussolini al poder. Por eso en octubre de 1922, los magnates de la Confederación de la Industria y Toeplitz proporcionan los millones necesarios para organizar la Marcha sobre Roma. El 28 de octubre, cuenta Rossi, en Milán...
...hay activos conciliábulos entre Mussolini (...) y los jefes de la Confederación General de la Industria, los diputados A. Stefano Benni y Gino Olivetti. Los dirigentes de la Asociación Bancaria, que habían dado 20 millones para financiar la Marcha sobre Roma, los dirigentes de la Confederación de la Industria y de la Confederación de Agricultura, telegrafían a Roma para advertir a Salandra que la situación no tiene, a su parecer, otra salida que la formación de un gobierno Mussolini.
El senador Ettore Conti, gran magnate de la electricidad, envía un telegrama análogo al presidente del consejo, Facta. Mussolini, sigue diciendo Rossi, es el candidato de la plutocracia y de las congregaciones económicas.
6. En Alemania. Para quitar al proletariado las concesiones que éste había conseguido después de la guerra, los magnates de la industria pesada y los terratenientes subvencionan a los cuerpos francos
También en Alemania se produce, a raíz del armisticio, un resurgir revolucionario de las masas de obreros y campesinos. Cuando se hunde, en noviembre de 1918, el militarismo prusiano, aparecen espontáneamente en unas horas los consejos de obreros y soldados, versión alemana de los soviets rusos. Durante algunos días, estos consejos son la única autoridad legal del Reich. En las ciudades, la asamblea de los consejos de obreros y soldados delega sus poderes en un consejo ejecutivo. En Berlín, el gobierno central de los comisarios del pueblo no es sino la emanación del comité ejecutivo de los consejos berlineses. La traición de la socialdemocracia, por un lado; la falta de educación y tradición democráticas de las masas, por otro, abreviaron la experiencia y, rápidamente, la república de los consejos tuvo que dejar paso a una república democraticoburguesa. Pero, bajo este nuevo gobierno, los obreros y los campesinos conquistan importantes beneficios políticos y económicos: extensión del sufragio universal a los dos sexos, jornada de ocho horas, generalización de los contratos colectivos, seguros contra el paro, consejos de empresa elegidos, etc. Los jornaleros agrícolas, al servicio de los grandes propietarios del Este, obtienen el derecho de asociación y se precipitan en masa a los sindicatos. La Federación de trabajadores de la tierra pasó así de 10.000 miembros a mediados de 1918 a 700.000 en 1920. Esto les permite conseguir mejores condiciones de trabajo, contratos colectivos, seguro contra el paro, e incluso el derecho a elegir consejos de empresa. Sin embargo, las ventajas conquistadas por los obreros agrícolas fueron mucho más restringidas que las obtenidas por los obreros de la industria. Por ejemplo, para poder elegir un consejo de empresa, debe haber al menos 20 obreros trabajando para un mismo patrono (en lugar de sólo 10 en la industria); la jornada de trabajo de un obrero agrícola es de 10 horas, en vez de las 8 diarias de la industria; una parte de los jornaleros quedan excluidos en la práctica del seguro contra el paro, y los criados, por ejemplo, no pueden hacer contratos colectivos16.
Pero todas estas conquistas ponen en peligro los intereses y la autoridad de los grandes industriales y los terratenientes, las dos clases gobernantes de Alemania. Los primeros habían alcanzado en este país un desarrollo mucho mayor que en Italia y desde mucho antes. Los Krupp, los Thyssen, los Kirdorf, los Börsig, etc., trataban a sus explotados como a siervos. El Estado militar y burocrático, escribe el profesor Bonn, no negociaba con sus súbditos, les mandaba. Del mismo modo, cuando el capitalismo alemán llegó al poder trató de gobernar a sus subordinados con autoridad, imponiendo el punto de vista del amo17. Sólo queremos, decía Krupp a su personal, obreros fieles que estén agradecidos a nosotros por el pan que les damos a ganar18. Desde mucho antes de la guerra, los grandes de la metalurgia alemana daban ya enormes subvenciones a la Unión alemana para la lucha contra la socialdemocracia.
Durante algunos días los magnates de la industria pesada temieron la expropiación. Pero cuando perdieron el miedo, la amarga experiencia multiplicó su voluntad de desquite. Las concesiones que habían tenido que hacer a la clase obrera para evitar una verdadera revolución social, les dolían en el alma y estaban decididos a anularlas. En una entrevista, en febrero de 1919, Stinnes decía:
Los grandes industriales y todos los jefes de la vida económica recobrarán su influencia y su poder. Será el pueblo desengañado el que volverá a llamarles, cuando medio muerto de hambre se dé cuenta de que lo que necesita es pan y no frases.19
Fritz Thyssen declara en 1924: En nuestro país la democracia no representa nada20. El ex ministro Dernburg, uno de los hombres políticos del gran capital, dramatiza: Las ocho horas, son los clavos del féretro en que han encerrado a Alemania. Los magnates detestan a los consejos de empresa, que, sin embargo, no son más que la pálida caricatura de los de 1918. Saboteando las llamadas leyes de socialización, no colaboran con su personal, sino esperando imponer de nuevo su poder absoluto en la empresa.
Pero la mentalidad de los terratenientes, propietarios de los grandes dominios al Este del Elba, es aún peor. En Alemania, como en Italia, es la antigua aristocracia la que posee todavía la tierra, y guarda una idea medieval de su autoridad. Está acostumbrada a tratar a los jornaleros agrícolas casi como a siervos, privados de todo derecho. Les llevan a votar, al mismo tiempo que su amo y señor, por el partido conservador si no quieren hacer el hatillo21. Un autor alemán ha descrito de modo impresionante estas regiones al Este del Elba, esta terra incognita donde reinan costumbres feudales, como el derecho de pernada22. Es necesario conocer ese ambiente para comprender el furor de los aristocráticos terratenientes cuando, a raíz del armisticio, se ven obligados a hacer ciertas concesiones, aunque sean mínimas, a sus explotados.
Pero ni los grandes industriales ni los agrarios pueden luchar por sí solos contra el proletariado organizado, industrial y rural. Confían esta labor a las bandas armadas —llamadas cuerpos francos o ligas de combate— especializadas en el antibolchevismo. Los cuerpos francos se convierten, según la expresión del profesor Gumbel23, en el cuerpo de guardia del capital. Están adiestrados para luchar contra el proletariado organizado de la ciudad y del campo, para debilitarle y dominarle. Una de esas bandas ha tomado en Múnich el nombre de partido nacionalsocialista y tiene por jefe, desde 1920, a Adolf Hitler.
7. Los cuerpos francos al servicio del nacionalismo: Baltikum, Reichswehr negra, etc.
Hay otra razón que empuja a los magnates alemanes, inmediatamente después de la guerra mundial, a subvencionar a las bandas armadas. El imperialismo alemán, que llegó demasiado tarde, había fracasado en su intento de provocar por las armas un nuevo reparto del mundo. Peor aún, el tratado de Versalles le privó de fuentes de materias primas y de importantes regiones industriales (Lorena, Alta Silesia, Sarre, etc.), así como de todas sus colonias. Alemania, desarmada, ha sido además condenada a pagar, como reparaciones, la astronómica suma de 132.000 millones de marcos oro. Los magnates de la industria pesada, a la vez para reconquistar los mercados perdidos, burlar las cláusulas del desarme, que les priva de una enorme fuente de beneficios, y desembarazarse del peso de las reparaciones que pesan sobre sus costos, quieren que Alemania siga una política agresiva y nacionalista. Por encima del gobierno del Reich, subvencionan a las bandas armadas, compuestas de desmovilizados y aventureros. Así, en 1919, envían el Baltikum, cuerpo de 50.000 mercenarios, a guerrear en Letonia contra los ejércitos bolcheviques. En 1923, utilizan los innumerables cuerpos francos y ligas de combate para resistir en el Ruhr a la ocupación francesa. La Reichswehr negra —expresión bajo la que se conoce todo este conjuro de formaciones— tiene la misión de transformar en resistencia activa la resistencia pasiva oficial. El 25 de septiembre de 1923, todas estas ligas de combate se unen en una organización única, al frente de la que está Adolf Hitler24.
8. A esta política se opone la de la Fertigindustrie
A la política de los magnates de la industria pesada se opone, como en Italia, la de los dirigentes de la Fertigindustrie (industria de productos terminados): electrotécnica y química, especialmente.
A raíz de la guerra, el antagonismo entre ambos grupos capitalistas es muy violento: Stinnes, Thyssen, los magnates de la industria pesada, contra Rathenau, presidente de la poderosa AEG (Sociedad General de Electricidad). La Fertigindustrie se alza contra la hegemonía de la industria pesada, que trata de hacerle pagar las materias primas que necesita a precios de monopolio. Rathenau denuncia públicamente la dictadura de la gran industria metalúrgica y minera: lo mismo que los feudales de la Edad Media se burlaban del Emperador del Sacro Imperio y dividían Alemania en grandes-ducados, los magnates de la industria pesada despedazan el Reich en señoríos económicos, no pensando más que en el carbón y el acero y descuidando, o incluso devorando, a las demás industrias25.
Desde el punto de vista social, la Fertigindustrie, debido a la composición orgánica menos elevada de su capital, es partidaria de la conciliación. Mientras los Stinnes y los Thyssen sueñan con arrebatar al proletariado las concesiones que han tenido que hacerle y subvencionan a las milicias antiobreras, Rathenau desarrolla sus planes de corporatismo, de colaboración entre patronos y asalariados26. Mientras los primeros sólo a la fuerza aceptan la república de Weimar y sueñan con una dictadura, Rathenau es ministro del gobierno democrático del Reich. En política exterior, la industria pesada, aunque viva en gran parte de la exportación, manifiesta tendencias nacionalistas y proteccionistas. La Fertigindustrie, orientada sobre todo hacia el comercio exterior y relacionada estrechamente con la poderosa General Electric norteamericana, que posee una importante participación en la AEG, es partidaria del librecambio y de la cooperación internacional. Rathenau firma los acuerdos de Wiesbaden con Francia, el tratado de Rapallo con la URSS, acepta el principio de las reparaciones. Con esto se convierte en el enemigo número uno de la fracción más reaccionaria del capitalismo alemán. Cuando es asesinado en 1922 por un grupo de jóvenes nacionalistas, los asesinos utilizan un automóvil prestado por un gran industrial sajón27.
9. La crisis seca la fuente del beneficio capitalista: los magnates lanzan al nacionalsocialismo a conquistar el poder
De 1924 a 1929, los magnates de la industria pesada subvencionan muy parcamente a las bandas armadas: lo justo para que no desaparezcan. En efecto, por entonces, han dejado de necesitarlas con urgencia y les basta conservarlas en reserva. Durante estos años, con la ayuda del capital extranjero, emprenden una gigantesca reorganización de la industria alemana. Esta necesita —provisionalmente— una política de colaboración, tanto en el exterior con la Entente —con la finanza anglosajona— como en el interior, con las organizaciones obreras. Cuando el marco queda definitivamente estabilizado y entra en vigor el plan Dawes, los capitales norteamericanos empiezan a llegar a Alemania. Hasta 1931 prosigue la inversión más enorme de la historia financiera28, que alcanzará la cifra total de 30.000 millones de marcos oro.
Pero esta operación tan audaz termina en una catástrofe económica sin precedentes. Con los dólares que ha tomado a préstamo, a intereses muy altos, la industria alemana ha aumentado en un tercio su capacidad productiva. Por su variedad de productos puede satisfacer las necesidades de todos los mercados del mundo, pero sólo le falta una cosa, eso sí, muy esencial: los clientes. En el interior, el poder de compra de los asalariados ha aumentado en una proporción mucho menor que la capacidad de producción industrial. Además, una fracción importante de la mano de obra, eliminada por la racionalización, ha quedado en paro. Este paro tecnológico se manifiesta desde 1927, y dos años más tarde hay ya en Alemania dos millones de trabajadores sin empleo. La cartelización, cada vez mayor, ha permitido a los grandes industriales elevar sus precios de venta y reducir la capacidad de compra de los consumidores. Los magnates cuentan, sobre todo, con el mercado exterior, y reduciendo al máximo los precios de exportación, a costa del consumo interior, preparan un gigantesco dumping.
Y brutalmente, cuando la nueva maquinaria está ya instalada y los productos empiezan a almacenarse en las fábricas, la clientela extranjera se evapora: la crisis mundial ha empezado. En los Estados Unidos el índice de producción (1928 = 100) cae brutalmente de 106,3 en 1929 a 64 a fines de 1931, y en Alemania, paralelamente, pasa de 101,4 en 1929 a 60 a fines de 1931. En febrero de 1930 hay ya cuatro millones de parados. El gigantesco aparato productivo de la industria alemana no funciona más que al 50 por 100 de su capacidad.
A la crisis industrial le acompaña una crisis financiera. La mayoría de los créditos norteamericanos son a corto plazo, pero con ellos la banca alemana ha prestado a largo plazo a su clientela industrial. El anuncio del proyecto aduanero austroalemán (19 de marzo de 1931), que suscita la oposición del imperialismo francés y de sus satélites, desencadena la cascada de krachs. El principio es la quiebra del Credit-Anstalt de Viena (11 de mayo). Como los carneros de Panurgo, los capitales extranjeros a corto plazo se apresuran a escapar del Reich. Los bancos que han prestado a largo plazo a la industria no pueden hacer frente a sus pagos (quiebra de la Danat-Bank, 13 de julio). El descuento bancario alcanza un porcentaje prohibitivo y esto acaba de paralizar a la industria alemana. La formación de capitales se interrumpe. Las sociedades anónimas no distribuyen dividendos y muchas se encuentran prácticamente en quiebra: el beneficio tiende a cero.
Los magnates de la industria pesada son los que más han perdido en el desastre: la magnitud de su capital inmovilizado les impone unos gastos de amortización muy elevados cuya carga han de soportar, aunque sus máquinas estén paradas. Sólo la ayuda del Estado puede ya resucitar sus beneficios, reduciendo los salarios obreros, elevados en los tiempos de la aparente prosperidad de la racionalización. Para reducir los salarios hay que liquidar el sistema de contratos colectivos, que en 1931 se aplican a 10 millones de obreros y 2 millones de empleados, y para esto reducir a la impotencia no sólo la organización sindical, sino su prolongación en la fábrica, el consejo de empresa. El Estado debe comprimir las cargas sociales que producen una excesiva presión fiscal. El Estado debe sacar a flote a las empresas en dificultad, subvencionándolas y aliviando sus impuestos, proporcionándoles un nuevo mercado con sus encargos. La crisis llega también a la agricultura, y los grandes terratenientes piden al Estado socorros de crisis y barreras aduaneras.
Pero el Estado no es un instrumento completamente dócil en manos de magnates industriales y terratenientes. Hombres como el canciller Brüning o el canciller von Schleicher representan más bien los intereses de la Fertigindustrie (en especial los de la industria química, tributaria de la exportación) que los de la industria pesada. Brüning es partidario de la colaboración con el proletariado organizado, Schleicher, su sucesor, prefiere también tratar con los jefes sindicales reformistas; contra la industria pesada, habla de proyectos de socialismo de Estado, más o menos inspirados en los de Rathenau. Brüning no cede a todas las exigencias de los terratenientes, y prepara un plan de colonización (reforma agraria) que amenaza, aunque sea ligeramente, sus privilegios. Schleicher no les concede tampoco la contingentación de las importaciones que reclaman y que el gobierno de von Papen (junio a noviembre de 1932) les había prometido. Pero las industrias electrotécnica y química, que temen que sus mercados exteriores puedan verse comprometidos por las represalias contra estas medidas proteccionistas, atacan los proyectos de von Papen y le obligan a dejar el poder. Schleicher ha irritado aún más a los terratenientes al sacar a la luz el escándalo del Osthilfe (socorros de crisis en el Este), de los que se ha beneficiado sobre todo la aristocracia de los junker, gracias a la intervención personal del presidente Hindenburg, que pertenece a ella.
Brüning, sin embargo, ha promulgado ciertos decretos-leyes que reducen los salarios obreros y comprimen las cargas sociales. Pero estas medidas son insuficientes. Papen ha tratado de reanimar la actividad económica con subvenciones y exenciones fiscales a la industria; pero tampoco esto basta. Además, los dirigentes de la socialdemocracia y de los sindicatos, que se han visto obligados a aceptar los decretos-leyes, no pueden hacer ya más concesiones. Si siguen cediendo, corren peligro de que las masas les desborden.
La única solución es que los magnates de la industria pesada y los terratenientes pongan el Estado a su servicio, entregando las riendas a un gobierno fuerte. Por eso sacan al nacionalsocialismo de la oscuridad en que había vegetado durante los últimos años y se lanzan a la conquista del poder. Fritz Thyssen, que no ha dejado de apoyar nunca a su amigo Hitler; el viejo Emil Kirdorf, jefe del poderoso consorcio metalúrgico Gelsenkirchen, que es un admirador de Hitler desde 1927, y otros, elevan la cuantía de sus subvenciones. Más tarde, el 1 de mayo de 1936, Emil Kirdorf hará esta declaración: Cuando pienso en lo que ha sido mi vida, doy gracias a Dios por haberme permitido vivir tantos años (...) y con ello haber podido ayudar en el momento oportuno a nuestro bien amado Führer (...)29. El 8 de abril de 1937, Hitler visita a Kirdorf en Duisbourg, para felicitarle por haber cumplido los 90 años, condecorándole con la orden del Águila del Reich, la más alta condecoración del régimen. El 16 de julio de 1938, el canciller en persona asistirá a los funerales de Kirdorf en Gelsenkirchen.
A partir del verano de 1930, la mayoría de los magnates de la industria pesada —y de los banqueros relacionados con ellos— subvencionan al partido nacionalsocialista. Gracias a los medios materiales a su disposición, éste conseguirá la victoria electoral de septiembre de 1930, ganando 107 escaños en el Reichstag. Mucho más tarde, cuando Hitler evoque en uno de sus discursos esta campaña asombrosa, enumerará entre los factores que contribuyeron al triunfo, lo que se puede hacer cuando mil oradores tienen un automóvil cada uno a su disposición y pueden celebrar en un año cien mil reuniones públicas30. En 1931 y 1932, las subvenciones siguen lloviendo, cada vez más abundantes, en las cajas del NSDAP.
10. El plan de Brüning y de Schleicher. El capitalismo alemán en bloque entrega el poder a Hitler
La Fertigindustrie no desea el triunfo de los nacionalsocialistas, pues teme la hegemonía de la industria pesada, pero sus hombres políticos tratan con toda consideración al partido nazi, movimiento nacional. El canciller Brüning cree que tras de haber domesticado a la socialdemocracia podrá repetir la operación con los nacionalsocialistas. Una vez parlamentarizados éstos, pueden servir para contrarrestar el peso de las fuerzas proletarias. En la primavera de 1930 disuelve el Reichstag. Pero de este modo no hace sino procurar a Hitler su gran triunfo electoral. Sin embargo, persiste en su error. Se vanagloria de haber cogido a Hitler en sus redes, de hacerle entrar en razón y de poder colocar a los pies del presidente del Reich, como el mejor trofeo, esta obra maestra de su política31. En enero de 1932 se entrevista con el Führer y trata de atraérsele. Pero su plan no da ningún resultado. Como tampoco el de Schleicher, que meses después trata de captar al ala moderada del nacionalsocialismo (Gregor Strasser) y reconciliarla con los sindicalistas moderados (Leipart).
La Fertigindustrie comprende al fin que el nacionalsocialismo se ha convertido en una fuerza autónoma que no podrá contener más que la fuerza de las armas. Lo que —naturalmente— iría en contra de los intereses generales de las clases poseedoras, que exigen que las fuerzas nacionales no luchen entre sí.
El 4 de enero de 1933, en una entrevista entre Papen y Hitler, celebrada en la casa de un banquero de Colonia, von Schroeder, muy ligado a la industria pesada renana, se decide la subida de Hitler al poder32.
El 30 de enero, el canciller von Schleicher deja su puesto y el capitalismo alemán en bloque celebra el nacimiento del III Reich.
II. Las tropas
1. Las clases medias urbanas. —Clases medias antiguas y nuevas. —Las clases medias subsisten, pero se pauperizan o proletarizan
Pero el fascismo no nace sólo de la voluntad y de las subvenciones de los magnates capitalistas. Declarar, escribe Silone, que esas organizaciones no son sino una invención diabólica del capital financiero, que quiere salvar su hegemonía, no basta para comprender la naturaleza de unas fuerzas que surgen de las entrañas de la sociedad33. Sin duda, al principio, cuando se limitan a su papel de milicias antiobreras, las bandas fascistas reclutan multitud de aventureros con mentalidad de mercenarios. Pero, a medida que el fascismo se convierte en un gran movimiento de masas, los móviles que llevan a él a millones de seres humanos se hacen más complejos y exigen un análisis minucioso. Los magnates capitalistas no hubieran podido nunca, a pesar de todo su oro, poner en pie34 a tales masas humanas, si éstas no hubieran estado previamente en tal inestabilidad y tan descontentas como para dejarse conquistar.
Precisamente, tanto en Italia como en Alemania, las distintas capas sociales intermedias entre la gran burguesía capitalista y el proletariado organizado, víctimas a la vez de la evolución y de la crisis del capitalismo, estaban profundamente descontentas de su situación, tanto material como moral, y querían que las cosas cambiaran radicalmente. El problema fundamental, y es lo que trataremos de explicar, es por qué se orientaron hacia el fascismo y no hacia el socialismo.
Veamos, en primer lugar, el caso de las clases medias urbanas.
El socialismo pensó durante muchos años que estas clases estaban destinadas a desaparecer en breve por efecto de la evolución capitalista misma: la competencia, la concentración de las empresas y de los capitales las eliminarían radicalmente. Pequeños comerciantes y rentistas, artesanos (...), todo el escalón inferior de las clases medias de antaño, decía ya el Manifiesto Comunista de 1848, caen en el proletariado (...). Ven que se acerca la hora en que desaparecerán completamente como fracción independiente de la sociedad moderna. En realidad, el proceso ha sido algo diferente o, por lo menos, menos rápido de lo que el socialismo científico había previsto. Efectivamente, las clases medias han sufrido los efectos de la concentración capitalista. Se han empobrecido y se ha agravado su situación, pero no han desaparecido. Los individuos que las componen, no todos han caído en el proletariado. Estas clases se han empobrecido, pero no se han proletarizado y se obstinan en seguir siendo una fracción independiente de la sociedad moderna: sus sufrimientos no hacen sino aumentar su voluntad de existir.
Desde fines del siglo pasado, Edouard Bernstein35, señalaba cómo los pequeños industriales, artesanos y comerciantes conseguían mantenerse e incluso aumentar numéricamente. Esto no se debe a que la concentración industrial o comercial disminuya, pues las grandes empresas se desarrollan más deprisa de lo que creen los pequeños productores o los pequeños comerciantes. La competencia de los grandes monopolios es para éstos cada vez más dura, pero subsisten. ¿A qué se debe esta resistencia? A que el productor independiente prefiere su precario destino a la condición obrera, y porque, por la misma razón, hay siempre proletarios que, evadiéndose de su clase, van a engrosar las filas de las clases medias.
Pero hay también otro factor que va en contra de la evolución prevista por el socialismo: en un determinado nivel de su desarrollo, el capitalismo engendra ciertas clases medias de un tipo nuevo. La característica que las diferencia de las antiguas es su dependencia económica. Al revés que los pequeños burgueses independientes, los recién llegados no disponen en general de sus medios de producción. Si no son verdaderos asalariados, viven de honorarios o comisiones36. Kautsky fue el primero que llamó la atención sobre ellos37. Y describió cómo los jefes de empresa modernos se descargan de ciertas funciones sobre trabajadores de un tipo especial: ingenieros, técnicos, mandos diversos, médicos y abogados de empresa. Por otra parte, los grandes consorcios organizan sus servicios comerciales gracias a un verdadero ejército de depositarios, agentes, garajistas, reparadores, etc. El pequeño artesano y el pequeño comerciante para subsistir tienen que renunciar a su independencia, convirtiéndose en una especie de asalariados indirectos: el pequeño comerciante se convierte en gerente de una sociedad de sucursales múltiples, el artesano se convierte en un simple destajista, etc.
Pero, aunque hayan perdido la independencia económica, los componentes de las clases medias no han caído en el proletariado. Como dice Lucien Laurat, el trabajo que realizan es un trabajo muy especializado y, aunque su remuneración tome la forma de un sueldo, su función dirigente en el proceso económico acerca a muchos de ellos a la clase capitalista (...). Una fracción muy amplia de esta categoría social (...) sigue considerándose muy por encima del proletariado38.
Ya antes de la guerra de 1914-1918, la condición de las clases medias antiguas había empeorado mucho. En cuanto a las nuevas, en rápido incremento, experimentaban el penoso sentimiento de su dependencia económica y veían venir, con alarma, el día en que serían unos asalariados como los demás.
2. Su calvario a raíz de terminar la guerra
La guerra aceleró a la vez la pauperización de las clases medias antiguas y la proletarización de las nuevas, pues, en definitiva fue financiada por el pequeño ahorro: la depreciación de la moneda y la conversión de las rentas amputaron los ingresos de los rentistas; los impuestos aplastaron a los pequeños contribuyentes; los sueldos de funcionarios y empleados no alcanzaron la subida de los precios; la disminución del poder de compra de las masas hizo bajar las cifras de venta de los pequeños comerciantes; la competencia del capital monopolizador aplastaba cada vez más a los pequeños productores independientes; los técnicos se sentían los esclavos del capital anónimo que les empleaba.
Estos síntomas, presentes en todos los países capitalistas, se manifestaron con especial agudeza, a raíz del armisticio, en Italia y sobre todo en Alemania.
En Italia
El hundimiento de la lira (1919-1920) perjudica sobre todo a los poseedores de rentas fijas. Todos éstos, pequeños rentistas, pensionados, jubilados, etc., encuentran tanto más insoportable su situación, puesto que a su lado el proletariado consigue una readaptación parcial de los salarios a las nuevas circunstancias debido a la acción sindical. Al tiempo, la crisis económica lleva a la quiebra a numerosos artesanos y pequeños comerciantes, y la concentración industrial, ya acelerada por la guerra, se acentúa. Disponiendo, escribe Russo,
de unos ingresos inferiores en algunos casos a los asalariados, obligados a sostener gastos superiores, bien para vivir o para educar a los hijos, su vida (la de las clases medias), desde la guerra, se ha convertido en una angustia diaria. Demasiado refinados para adaptarse a los límites estrechos de la existencia proletaria, demasiado pobres para soportar unos precios siempre en aumento, se sentían como apresadas por una tenaza que les iba aplastando lentamente (...). Maltratados por los gobiernos que no se preocupaban de sus necesidades, explotados por los nuevos ricos que, sobre sus ruinas, habían edificado su fortuna (...), las clases medias podían darse cuenta de que iban perdiendo diariamente un poco de su situación y superioridad de antaño39.
En Alemania
La suerte de las clases medias alemanas aún fue más trágica. Bajo el Imperio gozaban de una seguridad material y de un prestigio moral apreciables40, pero el hundimiento fabuloso del marco las dejó en la ruina. Todos aquellos que disfrutaban de una renta fija, o tenían un modesto ahorro quedaron en la más negra miseria. Después de la estabilización del marco, los títulos de la Deuda pública del Reich, de los países (länder) y de los Ayuntamientos se consolidaron hasta un 12,5% aproximadamente de su valor primitivo (ley de abril de 1925)41. Capas sociales enteras, profesiones respetadas hasta entonces, cayeron al nivel del proletariado a pesar de la resistencia desesperada de los particulares contra su suerte, escribe Moeller van den Bruck42.
El coeficiente de desvalorización de los sueldos de los funcionarios o empleados era mayor que el de los salarios de los obreros industriales. Un profesor cobraba menos que un obrero. Después de la inflación, el 97% de los alemanes no poseían fortuna alguna.
Después de esto vino la racionalización; es decir, un incremento de la concentración y la cartelización de las empresas. Las clases medias tenían que pagar los productos manufacturados a precios artificialmente elevados, y los pequeños industriales y los artesanos quedaban fuera de combate ante la competencia de los trusts y cartels. Los Bancos les prestaban dinero a intereses exorbitantes. Los pequeños comerciantes no podían luchar contra los grandes almacenes y los almacenes de sucursales múltiples, con la aparición de los uniprix. Los grandes almacenes como Tietz, Wertheim, Karstadt, se dedican a un número creciente de actividades (peluquerías, venta de productos alimenticios, pescaderías, carnicerías, salones de té, restaurantes, talleres de confección, fabricaciones y reparaciones de todas clases). A partir de 1925 se multiplicaron los uniprix en las ciudades grandes y medianas. En 1931, tres sociedades (una creada por Karstadt, la segunda por Tietz y la tercera por el grupo norteamericano Woolworth) poseían 250 almacenes. Los uniprix pueden vender sus artículos más baratos que cualquier comercio, porque compran las existencias a los fabricantes a precios ventajosos y por la rápida reconstitución de su capital circulante43.
Técnicos y miembros de profesiones liberales se van dando cuenta de que son los criados del capital. Convertidos en peones intelectuales, no son más que un número en la fábrica44. En cuanto a los pequeños accionistas, el gran capital les engaña fácilmente: la creación de acciones privilegiadas y con voto plural les retira dentro de la empresa todo medio de control y expresión, teniendo que contentarse con unos dividendos a veces ridículos.
En 1929, el ministro Stresemann exclamaba:
Si la evolución actual se prosigue algún tiempo más, pronto no quedará sino trusts por un lado y millones de obreros y empleados por otro (...) [La clase media] está ya casi proletarizada45.
Con la crisis de 1930 empieza un nuevo calvario para las clases medias. Sufren sus consecuencias con mayor brutalidad que el proletariado, a quien, en cierta forma, protegen los contratos colectivos, o el subsidio de paro. La situación del pequeño comercio y de la pequeña industria se hacen desesperadas. Empleados y técnicos ven de pronto que sus salarios han quedado a la altura de los de los obreros especialistas, y que pueden encontrarse de la noche a la mañana en la calle como cualquier proletario. Como muchos de éstos son hijos de los rentistas arruinados por la inflación, la antigua y la nueva clase media se encuentran confundidas en la misma catástrofe46. Las cotizaciones de los valores se hunden constantemente en la Bolsa, las pequeñas fortunas reconstruidas tras de la estabilización del marco, se volatilizan.
3. Por qué las clases medias en rebeldía no van al socialismo. —Puntos de desacuerdo entre el proletariado y las clases medias. —Carencia de un proletariado organizado
Lo mismo en Italia que en Alemania, las clases medias se rebelan ante esta situación. El pequeño burgués es normalmente de temperamento pacífico. Mientras su situación económica es soportable o mientras tiene esperanza de poder mejorarla, respeta el orden imperante y confía en mejorar su situación por medio de reformas. Pero cuando tiene que abandonar toda esperanza de mejora por medios legales y pacíficos, cuando se da cuenta de que la crisis que sufre no es pasajera, sino que es una crisis de todo el sistema social y que sólo puede resolverse mediante una transformación radical de ese sistema, entonces se vuelve rabioso y está dispuesto a tomar las medidas más extremas47.
Pero su heterogeneidad, su situación intermedia entre las dos clases fundamentales de la sociedad: la burguesía y el proletariado, impiden a las clases medias tener una política propia. Su rebelión no tiene un carácter autónomo y estará orientada por la burguesía o por el proletariado.
Y aquí encontramos la cuestión fundamental: ¿por qué las clases medias, arruinadas y expoliadas por el gran capital, no dan la mano a la clase revolucionaria y anticapitalista por excelencia que es el proletariado? ¿Por qué no se hacen socialistas?
Siempre han existido entre las clases medias y el proletariado organizado divergencias y antipatías que la burguesía, con un arte consumado, ha sabido mantener y avivar.
Desde los primeros tiempos del capitalismo, las clases medias están en conflicto con la gran burguesía industrial y financiera, y después de la guerra mundial de 1914-1918 se hacen francamente anticapitalistas. Pero su anticapitalismo es bien diferente del del proletariado. Este quiere destruir el motor esencial del beneficio: la explotación de la fuerza de trabajo, la apropiación capitalista de la plusvalía. Por esto ataca al sistema en conjunto y se propone como meta la socialización de los medios de producción.
Las clases medias no son víctimas de la explotación de la fuerza de trabajo, sino, primordialmente, de la competencia y de la organización del crédito. Por eso su anticapitalismo es reaccionario, pues en lugar de querer llevar la evolución hasta sus últimas consecuencias: la socialización de los medios de producción, sólo piden que la historia dé marcha atrás48. Lo que desean es una economía poco dinámica, poco progresiva, rutinaria (...). Quieren que el Estado reglamente la libertad y la actividad económicas para disminuir la capacidad de sus adversarios49. Sueñan con un capitalismo inofensivo, desembarazado de los abusos de la concentración, del crédito, de la especulación.
Por el contrario, los técnicos y empleados de los grandes consorcios industriales tienen aspiraciones que pueden ser compatibles con las del proletariado. Escribe Hérisson:
Muchos quisieran la estatización de estas grandes empresas que no han sabido atraérseles. Esperan que siendo funcionarios tendrían mejores ingresos, mayor prestigio y mayor seguridad. Son de un anticapitalismo mucho más socialista que los comerciantes...50
Mientras el proletariado rompe los marcos, demasiado estrechos, de la propiedad privada, las clases medias se agarran al clavo ardiendo de la propiedad privada. Y la burguesía capitalista que diariamente las expropia sin piedad, se presenta como la defensora de esa propiedad privada sacrosanta y aterroriza a las clases medias con el socialismo, negador de la propiedad.
Además, las clases medias se encuentran sentimentalmente vinculadas a sus privilegios de clase, y después de la primera guerra mundial su empobrecimiento creciente no hizo sino exasperar ese sentimiento. El pequeño burgués siente una repugnancia invencible por la clase obrera, por la condición proletaria. En Mein Kampf, Hitler confiesa: Para las personas de condición modesta que han superado una vez este nivel social, es algo insoportable tener que caer en aquella situación de nuevo. Las clases medias se resisten furiosamente a la proletarización. Cuanto más amenazadas se encuentran en su propio valor esencial, más se esfuerzan en consolidar su posición. El más ínfimo de los funcionarios o el tendero comido de deudas, siguen considerándose como miembros de una clase superior al proletariado, aunque ganen menos que la mayoría de los obreros industriales51. El proletario de corbata, a quien su patrono ha inculcado un falso sentimiento de respetabilidad burguesa52, es hostil al obrero; le envidia porque gana más que él y al mismo tiempo trata de diferenciarse de aquél por todos los medios. No perdona al socialismo proletario su intención de suprimir las clases; es decir, sus ilusorios privilegios de clase. Pensando en cómo escapar de la proletarización que le acecha, no puede sentir ninguna simpatía por un régimen socialista que, según él, acabaría de proletarizarle. Por el contrario, está dispuesto a escuchar a quienes prometan salvarle de la proletarización o, si ya ha caído en ella, a quienes prometan desproletarizarle.
La burguesía capitalista trata de utilizar a las clases medias contra el proletariado organizado. Utiliza el hecho de que toda alza de salarios obtenida por los sindicatos grava los costos de producción de las pequeñas empresas más que los de los consorcios. Excita al tendero contra las cooperativas obreras, como hizo después de la guerra en Alemania e Italia, donde el movimiento cooperativo había alcanzado un considerable auge.
La noción de lucha de clases, fundamento del socialismo proletario, es completamente extraña al pequeño burgués. Para él, el explotador capitalista sigue siendo anónimo, invisible, disimulado tras el telón de las transacciones libres53. Cuando defiende sus intereses amenazados, lo hace con la misma mentalidad que el capitalista contra el que lucha: un individuo contra otro. Hay conflictos de intereses, no hay lucha de clases. Su posición intermedia entre la burguesía y el proletariado explica también que las clases medias condenen toda lucha de clases, tanto la de la burguesía contra el proletariado como la del proletariado contra la burguesía. Creen que la colaboración de clases es posible, que existe un interés general por encima de los antagonismos de intereses. Y cuando hablan del interés general, se refieren a sus propios intereses, a sus intereses intermedios entre los de la burguesía capitalista y los del proletariado. Sueñan con un Estado por encima de las clases que no esté sometido a la burguesía ni al proletariado, que por consiguiente esté a su propio servicio. Ahora bien, mientras el proletariado no disimula sus armas ni sus objetivos y se declara partidario de la lucha de clases, la burguesía capitalista utiliza la máscara de la colaboración de clases y de este modo separa a las clases medias del socialismo.
Otro motivo de desacuerdo entre las clases medias y el proletariado es la idea de nación. Mientras el obrero que no posee, sino la fuerza de sus brazos, no tiene patria, según la famosa expresión de Marx, el pequeño burgués da a todo lo que posee el nombre de patria. Defender la patria es para él defender sus bienes: su taller, su comercio, sus títulos de la Deuda. Mientras el proletariado es proclive al internacionalismo, la burguesía capitalista, para la que el dinero no tiene patria, se disfraza de nacional y seduce así a las clases medias.
Sobre todo después de la guerra de 1914-1918, el nacionalismo de las clases medias estaba sobreexcitado, en Italia, por la decepción de la victoria mutilada, en Alemania por la humillación de la derrota. Los pequeños burgueses italianos o alemanes estaban convencidos de que su miseria tenía por causa principal la injusticia de los tratados o el Diktat de Versalles. En vez de odiar a los verdaderos responsables de su miseria, los capitalistas de su propio país, dirigen sus tiros contra la plutocracia internacional. Anticapitalismo y patriotería, liberación nacional y liberación social se confunden en su espíritu. Por el contrario, en aquella época, los trabajadores, hartos de la guerra y entusiasmados por la Revolución rusa, rechazaban el ídolo sangriento de la patria poniendo sus esperanzas en la Internacional.
Pero a pesar de todos estos malos entendimientos y antipatías, mantenidos y agudizados hábilmente por la burguesía capitalista, el proletariado socialista, en Italia como en Alemania, hubiera podido neutralizar y hasta llevarse con él a una gran parte de las clases medias. Hubiera podido hacerlo sin negarse a sí mismo, sin hacer concesiones que hubieran alterado fundamentalmente su programa. Las clases medias habrían superado su repugnancia si la clase obrera se hubiera mostrado audaz, resuelta a transformar radicalmente el orden social, a encontrar una salida a su desgracia. Pero, ni en Italia ni en Alemania, los partidos obreros quisieron o pudieron luchar contra el sistema en vigor.
En Italia
A raíz del armisticio, una fracción bastante importante de las clases medias buscaban una solución en el socialismo. En las elecciones de 1919, las papeletas de los pequeños burgueses se sumaron con más frecuencia que nunca a las de los trabajadores. Cuando en 1920, los obreros metalúrgicos ocuparon las fábricas, una buena parte de la pequeña burguesía simpatizó con su gesto. Pero el partido socialista fue incapaz de dirigir el impulso revolucionario de las masas. En lugar de ponerse a su frente, se dejó remolcar. Según dijo Mussolini, no supo aprovechar una situación revolucionaria como no se ha visto dos veces en la historia54.
En Alemania
Amplios sectores de la clase media votaron en 1919, por vez primera, por la socialdemocracia, mientras que empleados y funcionarios se sindicaban en masa. En 1923, en el momento de la ocupación del Ruhr y del hundimiento del marco, numerosos pequeños burgueses arruinados y desesperados se afiliaron al partido comunista. Pero ni en 1919 ni en 1923 triunfó la revolución proletaria en Alemania: en enero de 1919, los jefes socialdemócratas ahogaron en sangre la insurrección espartaquista, y en octubre de 1923, una nueva traición de la socialdemocracia, agravada por la política zigzagueante de la Internacional Comunista, paralizó la combatividad de las masas, y desembocó en una nueva derrota. Luego, a partir de 1930, ninguno de los dos partidos llamados obreros, ocupados sobre todo en luchar entre sí, supo aprovechar la crisis del capitalismo para destruir el sistema, para conquistar el poder.
El proletariado decepcionó a las clases medias al demostrar su incapacidad de encontrar una salida. Pero no sólo no supo hallar una solución global, sino que con sus reivindicaciones diarias, con sus luchas fragmentarias y tímidas, que no le permitieron ni siquiera conservar las posiciones conquistadas a raíz de la guerra, pero que mantenían una situación de constante inestabilidad, acabó enemistándose con ellas. Las clases medias dejaron de atribuir exclusivamente a los trusts su amarga situación, acusando también a los trabajadores. Los reaccionarios supieron explotar muy bien este rencor antiobrero. Como los partidos burgueses tradicionales (el partido nacionalista en Italia, el nacional-alemán en Alemania) no podían acoger en sus filas el descontento pequeñoburgués, pues su programa era precisamente la conservación del orden en vigor, la burguesía se disfrazó. El fascismo, lejos de confesar su deseo de conservar aquel orden, pretende hacer una labor subversiva. El fascismo presume de revolucionario y, para engañar mejor a las clases medias, de anticapitalista. Gracias a este instrumento ideal, la burguesía consigue canalizar en beneficio suyo la rebeldía de las clases medias con la que hubiera tenido que luchar, enrolando en organizaciones cuyo verdadero fin es defender la defensa de los privilegios, a las mismas víctimas del privilegio.
4. Los campesinos
Veamos ahora la situación de las clases medias campesinas. Es bien sabido que los campesinos, aunque constituyan una clase homogénea con intereses idénticos, no tienen casi nunca una política propia. Su situación intermedia entre las clases fundamentales de la sociedad, su dispersión geográfica que les impide estar en contacto y reunirse con frecuencia, así como su individualismo, dificultan la formación de un movimiento político puramente campesino.
El campesino oscila entre dos polos: el proletariado socialista y el gran terrateniente.
Al revés que el pequeño burgués de las ciudades, el campesino no se siente perteneciente a otra clase social distinta de la obrera. El obrero es en general un antiguo campesino o el hijo de un campesino, y como aquél, éste tiene conciencia de pertenecer al pueblo. No está lejos del socialismo en su oposición al gran terrateniente que acapara la tierra y al magnate capitalista que le estruja (trusts productores de abonos y máquinas agrícolas, semillas, energía eléctrica, especuladores, Bancos y compañías de seguros, etcétera). Pero la burguesía capitalista trata de enfrentar al campesino y al obrero. Cuando aquélla dice que el proletariado quiere socializar la tierra, el campesino tiembla por su parcela. Aprovecha también que el alza de los salarios en la industria ocasiona un alza de los artículos de consumo y que las cargas sociales del Estado acarrean la subida de los impuestos. Por otra parte, trata de convencer al campesino de que sus intereses son los mismos que los del gran terrateniente, utilizando la oposición que en el sistema capitalista existe entre la agricultura y la industria. En efecto, la agricultura quisiera ver sus productos protegidos por elevadas tarifas aduaneras para venderlos al precio más alto posible. La industria, por el contrario, quiere que se mantengan bajos los precios agrícolas porque su aumento incide sobre el costo de la vida y, por tanto, sobre sus precios de coste, y además, teme que su proteccionismo a ultranza desencadene medidas de represalia y la prive de sus mercados exteriores. Gracias a esta situación, el gran propietario consigue convencer al campesino de que tiene intereses comunes que defender contra la industria.
El campesino, en ciertas circunstancias, puede decidirse a formar parte de uno de los dos bloques: el de todos los agricultores, del campesino pobre al gran terrateniente, o el que forman todas las víctimas del capitalismo, del campesino pobre al proletario. Si el proletariado socialista emprende resueltamente la lucha contra la gran propiedad en la agricultura y contra los grandes monopolios capitalistas en la industria, si muestra mayor dinamismo que sus enemigos, puede, a pesar de ciertos desacuerdos, hacer que le sigan grandes masas de campesinos pobres. Si por el contrario, la iniciativa viene de los terratenientes, que se muestran más audaces y fingen defender los intereses de los cultivadores modestos, son ellos quienes movilizarán en beneficio propio al gran ejército de los agricultores.
Este segundo término de la alternativa es el que triunfó en Italia y Alemania.
En Italia
Los campesinos independientes son la minoría, pues en esa época Italia sigue siendo un país de grandes propiedades agrícolas. El 60% de la población campesina no tiene independencia económica alguna y pueden considerarse como proletarios, jornaleros agrícolas y aparceros. En cuanto a los campesinos independientes, su independencia es bastante relativa: se trata de granjeros que, aunque poseen sus utensilios de trabajo, ganado y el dinero necesario para su explotación, no son propietarios de la tierra o tienen tan poca que muchos de ellos tienen que trabajar también como jornaleros.
Recién terminada la guerra de 1914-1918, el socialismo podía haberse atraído —o al menos neutralizado— a esta capa reducida de campesinos independientes. El pequeño propietario, el granjero, quieren ser propietarios de la tierra sobre la que trabajan y el reparto de las tierras ataca directamente a la gran propiedad. Pero el partido socialista no se atrevió a emprender la lucha contra esta gran propiedad agrícola, disimulando su inercia tras una fraseología ultraizquierdista. No sólo no apoya a los campesinos que quieren adquirir las tierras, sino que les advierte que la revolución proletaria les volverá a quitar la tierra55. En un congreso, uno de los dirigentes de la Federación de Trabajadores de la Tierra declara que los socialistas italianos son más revolucionarios que los bolcheviques, pues éstos traicionaron al socialismo al dar la tierra a los campesinos56.
El congreso de la Confederazione Generale del Lavoro (CGL), en febrero de 1921, adoptó un proyecto de socialización de la tierra. Pero todo el mundo sabía muy bien que este proyecto no pasaría jamás al parlamento, y además presentaba un grave inconveniente, pues para consolar a los pequeños granjeros y aparceros amenazados de expropiación les decía que su única perspectiva es convertirse en proletarios. Este proyecto hizo que millones de familias campesinas, la mayoría de la población rural de Italia57, consideraran que el socialismo era su enemigo, dice Rossi.
El resultado es que los campesinos se alejan del proletariado socialista. Los más pobres engrosan las filas del partido católico (populare), que canaliza hábilmente su agitación en espera de entregarles al fascismo, mientras que los más acomodados pasan directamente bajo las banderas de los grandes terratenientes.
Los potentados de la agricultura, si mostraran su verdadera cara, defenderían un partido conservador de tipo tradicional, y con ello no conquistarían fácilmente a los campesinos. Por eso prefieren disimular y subvencionan una formación política de nuevo tipo: los fasci, que recogen la consigna demagógica de la tierra para el que la trabaja. En algunas regiones, como cuenta Rossi, llegan a convencer a la Asociación agraria de que ceda algunos miles de hectáreas en arriendo directo a cultivadores individuales. Naturalmente, se trata, en general, de tierras bastante malas. Pero los fascistas pueden decir:
Como veis, los socialistas os prometían todo y no os daban nada; incluso os impedían llegar a tener vuestra granja. Por el contrario, los fascios han instalado ya cientos de familias que podrán trabajar todo el año en sus tierras58.
De este modo consiguieron los grandes terratenientes enrolar en sus filas a los campesinos y utilizarles en defensa de sus privilegios.
En Alemania
La pequeña propiedad es entonces un tipo de explotación agrícola más frecuente que en Italia. Su formación se remonta al siglo XIX (legislación de von Stein y de Hardenberg). Sólo el 28% de la población rural está formado por jornaleros agrícolas sin ninguna independencia económica. Pero el 55% de los pequeños propietarios campesinos tiene menos de cinco hectáreas. Esta pequeña propiedad predomina en el Sur y en el Oeste. Por el contrario, en el Este del país (Pomerania, Prusia oriental, Brandeburg, Silesia) subsiste la gran propiedad: unos 18.000 terratenientes poseen el 20% de la tierra cultivable.
Al terminar la guerra de 1914-1918, los socialistas habrían podido poner de su parte, o al menos neutralizar, al campesinado alemán. En 1919, muchos agricultores votan por los socialdemócratas y forman consejos de campesinos, a imagen de los de obreros y soldados. Lo mismo que en Italia, su reivindicación esencial es el reparto de las grandes explotaciones, la Siedlung (colonización). Rosa Luxemburg y los primeros comunistas alemanes preconizan la alianza del proletariado y campesinado, sobre la base de una distribución de las grandes explotaciones a los agricultores y de la eliminación de la aristocracia terrateniente59. Pero los socialdemócratas prefieren aplastar al movimiento espartaquista y se guardan de entrar en conflicto con los grandes terratenientes, pues necesitan el apoyo del ejército, una gran parte de cuyos oficiales pertenece precisamente a la aristocracia prusiana.
El 11 de abril de 1919 se promulga una ley de colonización, según la cual el Estado puede adquirir los dos tercios de las explotaciones de más de cien hectáreas. Pero la burocracia estatal sabotea la ley y la socialdemocracia no intenta siquiera imponer su aplicación. Lo mismo ocurre con una ordenanza prusiana del 10 de marzo de 1919 que disuelve los bienes señoriales (fideicomisos), pero que queda casi completamente anulada por un decreto de noviembre de 1921. En 1933 sólo se han liquidado la tercera parte de los fideicomisos.
Por esto, en un momento tan decisivo para la historia, el proletariado alemán no consigue atraerse a los campesinos. Más adelante esta indiferencia de los campesinos se transformará en hostilidad. A partir de 1929, la agricultura alemana empieza a hundirse en una crisis excepcionalmente grave. Para comprenderla hay que tener en cuenta que en Alemania las buenas tierras son escasas, y que sólo tras de ímprobos esfuerzos se había conseguido cultivar la llanura del norte, antaño cubierta de bosques, arenales y pantanos60. En este país de un desarrollo industrial rapidísimo, la desigualdad de desarrollo entre la agricultura y la industria es mucho más acusado que en otros países capitalistas. Este desequilibrio se traduce en vísperas de la Gran Guerra, por una industria en pleno auge, al lado de una agricultura cuyas deudas suman más de 16.000 millones de marcos. Si, durante la guerra de 1914-1918 y la inflación, la agricultura alemana alcanza una aparente prosperidad y consigue deshacerse de la mayoría de sus deudas, el antiguo desequilibrio entre la agricultura y la industria no tarda en reaparecer. La industria sigue avanzando a pasos gigantescos y la agricultura no consigue seguirla. La intensificación de la agricultura está a la orden del día. Los agricultores necesitan para ello capitales que se ven obligados a pedir prestados, bien al extranjero (Estados Unidos), bien a los Bancos alemanes, a elevados réditos. Además, los trusts nacionales productores de abonos y maquinaria agrícola practican elevados precios. Aunque los rendimientos de la agricultura y de la ganadería aumentan sin cesar, los beneficios de los campesinos se escapan de sus manos. Cada año, la carga que pesa sobre la agricultura es mayor y la esperanza de poder amortizar las inversiones se aleja61. Los pequeños cultivadores no pueden siquiera seguir este camino de la racionalización, y siguen empleando los métodos tradicionales. Cuando recurren al préstamo no lo hacen para aumentar sus rendimientos, sino para poder pagar sus impuestos o los productos manufacturados necesarios para la vida diaria62. El resultado es que el total de las deudas de los agricultores se eleva anualmente, pasando de 1.500 millones de marcos en 1925, a casi 6.000 millones en 1928 y a 12.000 millones en 1930. Mientras los precios de venta, aunque sean poco remuneradores, se mantienen, mientras la abundancia de capital extranjero permite pagar las deudas con nuevos préstamos, los agricultores no se dan cuenta de su verdadera situación. Pero, durante el verano de 1929, los precios de venta empiezan a caer más deprisa que los precios industriales. La agricultura alemana entra en crisis.
Naturalmente, los campesinos pobres y medianos sufren las consecuencias más que los grandes propietarios. Estos cultivan, sobre todo, trigo y plantas forrajeras, mientras que los primeros se ocupan más bien de la ganadería y de sus productos derivados (mantequilla, leche, huevos, queso, etc.). Mientras los terratenientes consiguen, sobre todo a partir de 1930, una protección aduanera para los cereales, la industria se opone a que se tome la misma medida en favor de los productos derivados de la ganadería, ante el temor de que los países afectados tomen represalias contra la industria exportadora alemana. No sólo los pequeños propietarios están en desigualdad de condiciones, sino que, además, tienen que pagar a altos precios los cereales y forrajes que necesitan para sus animales. Además, los terratenientes gozan de subvenciones del Estado, como el famoso Osthilfe. Los impuestos a la agricultura (1.000 millones de marcos en 1932, en vez de 750 millones en 1929) recaen casi exclusivamente sobre los propietarios pequeños y medianos.
De este modo se consuma la ruina del campesinado alemán. Esta situación hubiera debido acercarles al proletariado, pero en la República de Weimar la socialdemocracia es un partido gubernamental y en Prusia está en el poder. Por eso los campesinos alemanes atribuyen su miseria al sistema y a los gastos sociales. Llenos de impuestos, perseguidos implacablemente por el fisco, teniendo que vender sus tierras en malas condiciones en muchos casos, los campesinos se sublevan contra el régimen existente. A partir de 1928, en el Schleswig-Holstein, estalla una verdadera sublevación campesina, cuyos promotores tienen por emblema la bandera negra, y luchan contra el aparato estatal, contra el recaudador de impuestos y los tribunales. Primero emplean la resistencia pasiva, y la huelga del impuesto. Parte de Schleswig, se extiende por todo el norte de Alemania, hasta Silesia y Prusia oriental. El gobierno socialista de Prusia detiene a los principales dirigentes del movimiento, que se convierten en terroristas. Estallan bombas y arden algunas oficinas de recaudación de impuestos.
Entonces, los grandes propietarios sugieren a los campesinos irritados la formación de un frente de toda la agricultura para defenderse de la industria. Prometen a los pequeños propietarios su apoyo, para conseguir del gobierno las mismas protecciones aduaneras de que ya se benefician ellos, y crean una asociación de defensa campesina: el Frente Verde (Grüne Front).
Pero esta organización depende de un modo demasiado visible de los grandes terratenientes, y no atrae a la mayoría de los campesinos. Entonces aquéllos prefieren subvencionar a un partido de nuevo tipo. El partido Nacional Socialista aparenta interesarse especialmente por la defensa de los cultivadores modestos. Hasta propone una reforma agraria, bastante tímida, es verdad. Con todo, su éxito entre los campesinos es mayor y gracias a este subterfugio, los terratenientes consiguen enrolar a todo el campesinado en la lucha para defender sus privilegios.
5. Los ex combatientes
El fascismo recluta también sus afiliados y simpatizantes en dos categorías sociales, compuestas de individuos que pertenecen a clases diferentes, pero que una cierta comunidad de intereses económicos y de aspiraciones morales une entre sí: los excombatientes y los jóvenes.
Los excombatientes tienen en común ciertas reivindicaciones materiales frente al Estado (pago de pensiones de guerra), y ciertos sentimientos y recuerdos, lo que se llama la camaradería del frente, el espíritu de las trincheras.
Cuando, una vez terminada la guerra de 1914-1918, los soldados desmovilizados vuelven a sus hogares, su descontento es profundo. Muchos de ellos no pueden acostumbrarse a la vida civil, y cuando encuentran libres sus antiguos puestos de trabajo, se encuentran cansados, inquietos, decepcionados63. Les cuesta volver a la monotonía de una existencia vulgar entre el trabajo, la familia y una partida de cartas en el café de la esquina64. Mucho peor es el caso de aquellos que no encuentran empleo, o que por no haber podido terminar sus estudios no tienen siquiera profesión. A ellos hay que añadir los ex oficiales y ex suboficiales: 60.000 en Italia, en 1920, y aún más en Alemania. Por último, todos aquellos que han conservado una necesidad de violencia física, adquirida en la guerra, que no pueden satisfacer en la prosaica existencia de los tiempos de paz65. Todos son hostiles al orden existente. Se quejan de que la nación que han defendido a costa de su sangre no les da el premio que esperaban. Sienten un afán confuso de renovación política y social.
Estas aspiraciones hubieran podido acercarles en parte al proletariado organizado, al socialismo. Pero entre ellos y el socialismo hay diferencias muy importantes. La camaradería del frente, nacida de la igualdad ante la muerte, es muy distinta, en su esencia, de la camaradería proletaria. Niega la lucha de clases, y el excombatiente reprocha al socialismo hasta el enunciado de su realidad. Además, el odio confuso que el soldado desmovilizado conserva hacia los de la retaguardia es de doble filo: casi socialista cuando apunta al político burgués, responsable de la prolongación de la matanza y, sobre todo, al que se ha enriquecido con ella, se convierte en antisocialista, cuando apunta a los militantes obreros, a quienes llama derrotistas y pacifistas.
A pesar de todo, el socialismo hubiera podido orientar este descontento de los excombatientes. Naturalmente, no podía, sin renunciar a sus principios, hacer concesiones al espíritu de las trincheras y colocar la solidaridad del frente antes que la solidaridad de clase. Tampoco podía, para atraerse a los excombatientes, renunciar al internacionalismo. Pero si hubiera tenido mayor audacia, si hubiera sabido unir el odio a los que se habían enriquecido con la guerra con la idea revolucionaria, si hubiera demostrado mayor decisión para derribar al capitalismo responsable de la gran matanza, para acelerar la aparición de esta humanidad mejor por la que tanta sangre se había derramado durante cuatro años, habría conseguido integrar en sus filas a muchos excombatientes. No lo hizo y demostró que era incapaz de hacerlo. A aquellos hombres ávidos de renovarlo todo, el socialismo les pareció un movimiento envejecido y congelado.
Este vacío le ocupó el fascismo que prometió satisfacer las aspiraciones de los excombatientes.
6. La juventud
Los jóvenes tienen en común a la vez una difícil situación material: el paro, y una aspiración sentimental: que la sociedad considere a la juventud como un factor autónomo.
Incluso en tiempos normales los jóvenes burgueses y los jóvenes proletarios tienen pocas cosas en común. El estudiante, de familia burguesa o pequeño burguesa, sigue en el instituto o en la facultad hasta una edad relativamente avanzada, generalmente hasta ya cumplidos los veinte años. Durante estos largos años de estudios, no está integrado en el proceso de producción y carece de independencia económica. En lugar de sostener a su familia es ésta la que le alimenta; es una especie de parásito, más que un ciudadano activo. Por eso tiene la ilusión de pertenecer a una categoría especial, como se diferencia de los adultos, cree tener intereses especiales que defender y aspiraciones que formular. Hace mucho ruido, sobre todo, acerca de las aspiraciones de la juventud. Siempre ha caracterizado a esta juventud estudiantil la impaciencia y la envidia: el médico, el abogado o el artista jóvenes, tienen que esperar muchos años antes de destacar en la carrera que han elegido, y contra todos los de mayor edad que les cierran el paso, forman un verdadero sindicato de descontentos.
En torno a 1910, la juventud intelectual y estudiantil italiana era futurista, como el poeta Marinetti. Estos jóvenes sólo se podían definir afirmando su juventud y escribían la palabra en sus banderas. No conocían más que un sentimiento: la impaciencia ante el futuro. Su enemigo era el adulto, el hombre situado, el hombre pasado. ¡Los mayores de nosotros no tienen todavía treinta años! ¡Hay que darse prisa para hacer todo de nuevo! ¡Hay que nadar contra la corriente!66; éstas eran sus consignas.
En Alemania, entre 1910 y 1914, la juventud intelectual y los estudiantes se agrupaban en la Jugenbewegung (movimiento de la juventud) para afirmar contra la edad madura la autonomía de la juventud, su misión específica. Muy característica de esta mentalidad es la invitación al congreso de 1913, celebrado en Hohen Meissner, cerca de Cassel, y al que asistieron 10.000 jóvenes.
Hasta ahora la juventud no ha sido para las generaciones anteriores más que un accesorio: excluida de la vida pública, reducida a un papel pasivo que consiste en aprender, limitada a una sociabilidad necia. Es ahora cuando empieza a darse cuenta de que existe, esforzándose para constituir su vida, de modo independiente de las costumbres y los gustos de sus mayores (...). Ahora es cuando, por vez primera, tiende a ser un factor propio, autónomo en la sociedad67.
Por el contrario, en el obrero joven, la noción de clase tiene más importancia que la noción de edad. Cuando deja la escuela primaria ya no le distingue nada del adulto. En el trabajo, jóvenes y adultos están sometidos a la misma explotación. A veces el joven obrero tiene que sostener a una familia. Pasa así sin transición de la infancia a la madurez: ya es un hombre.
Pero al día siguiente del armisticio, tanto en Italia como en Alemania, la suerte de los jóvenes burgueses o pequeñoburgueses, y de los jóvenes proletarios se parece mucho: todos los jóvenes son las víctimas predilectas de la crisis económica:
La condición de la juventud intelectual y de los estudiantes se hizo muy precaria. Sus aspiraciones particulares se exacerbaron. En Italia, los jóvenes desmovilizados cuyos estudios habían quedado a medio hacer, así como los diplomados más recientes, tienen grandes dificultades para encontrar una situación social. Sus familias sufren duramente con la inflación y la carestía de la vida. Además, la guerra, la hayan vivido en el frente o en la retaguardia, les ha inspirado el gusto por la aventura. Durante la guerra se ha exaltado a la juventud, carne de cañón: Juventud, juventud, primavera de belleza, cantaban los arditi, y este himno, Giovenezza, será el himno del fascismo.
Terminada la contienda se encuentran desocupados, desamparados, ávidos de acción. En Alemania, la crisis económica que empieza a fines de 1929 hunde más aún a la juventud intelectual y a los estudiantes en la miseria. Las familias arruinadas no pueden pagar sus estudios, y los jóvenes estudiantes no pueden trabajar con sus manos. Los que han terminado una carrera no se encuentran en mejor situación. Los candidatos a los empleos en la Administración del Estado tienen que esperar a tener veintisiete o incluso treinta años y sólo un 20% de las demandas pueden tomarse en consideración. Para 24.000 diplomas concedidos sólo hay 10.000 colocaciones disponibles. Estos jóvenes, desmoralizados y sublevados, se irritan contra una sociedad que les prohíbe demostrar sus aptitudes, que les condena a la inactividad.
El paro castiga especialmente a la juventud obrera. Desarraigado de su clase, el joven parado se encuentra en una situación económica y moral semejante a la del estudiante sin salida. Todos se rebelan contra la injusticia de su destino y exigen un nuevo régimen en el que la juventud no resulte sacrificada.
Este fenómeno llama la atención en Alemania sobre todo, pues en 1932, el 26% de los obreros parados tienen menos de veinticuatro años. Muchos jóvenes proletarios abandonan el hogar paterno, vagan por las calles, van de una ciudad a otra, sin esperanza de encontrar un trabajo e incluso sin haber trabajado nunca. Estos jóvenes vagabundos no esperan nada del triunfo de su clase y se sienten más cercanos al ejército de parados intelectuales.
En Italia y sobre todo en Alemania, el socialismo hubiera podido conquistar a buena parte de estos jóvenes desesperados. Naturalmente no podía, a menos de abandonar sus principios, colocarse en el terreno engañoso de la juventud en sí, dando más importancia a la edad que a la clase. Pero hubiera bastado mostrarse fuerte y audaz. Los jóvenes gustan del riesgo y el sacrificio, y desprecian el peligro. El movimiento más atrevido, más idealista, el que exige mayores sacrificios, mostrándose capaz de derribar el orden vigente, les hubiera conquistado. Si el socialismo hubiera demostrado mayor dinamismo, no sólo hubiera impedido que los obreros jóvenes desertasen de su clase, sino que hubiera atraído a numerosos intelectuales jóvenes y estudiantes.
Pero el socialismo no se mostró revolucionario ni fue un polo de atracción, y el fascismo, utilizando con habilidad la mística de la juventud, no sólo conquistó a la juventud intelectual, sino, lo que es mucho más grave, a la clase obrera.
7. Proletarios sin conciencia de clase
Por último, el fascismo consiguió también reclutar algunos obreros. Aunque no consiguió morder en la gran masa del proletariado, consiguió sacar de su clase a ciertas categorías de trabajadores que, por diversas razones, carecían de conciencia de clase. En período de crisis, una vanguardia obrera fuerte y audaz reúne en torno suyo a todas las capas periféricas del proletariado. Pero cuando falta este imán, la clase se descompone y se disloca. Y esto es lo que ocurrió en Italia y Alemania.
En estas circunstancias, la clase obrera pierde ciertos elementos, tanto por arriba como por abajo. Por arriba, el fascismo recluta entre lo que se llama la aristocracia obrera. Consigue atraer a cierto número de proletarios aburguesados, que se consideran ya por encima de su clase. Estos tránsfugas siguen siendo fieles a las organizaciones proletarias, mientras las necesitan para tener un trabajo y les aseguran un nivel de vida confortable. Pero el día que el sindicalismo obrero se debilita y no puede preservar las ventajas conseguidas, la aristocracia obrera le abandona. En Alemania, sobre todo, el nacionalsindicalismo recoge aquellas categorías de asalariados que fueron privilegiadas, y que odian a la socialdemocracia y a los sindicatos porque no han sabido realizar su ideal pequeñoburgués68.
Por debajo, el fascismo recluta a proletarios recientes: hijos de campesinos recién llegados a la industria y que no han tenido tiempo de adquirir una conciencia de clase; a los trabajadores que la técnica moderna ha reducido a simples peones y que pasan indiferentemente de una rama industrial a otra, sin oficio ni profesión, al margen de las organizaciones obreras y dispuestos, por consiguiente, a desertar de su clase69. Gracias a ellos, tanto en Italia como en Alemania, el fascismo se introduce en las fábricas70.
Más abajo aún, el fascismo recluta numerosos parados. Estos, alejados del proceso de producción, se encuentran también al margen de su clase, y no sólo los lazos que les unían a sus camaradas se aflojan cada vez más, sino que muy pronto, entre ellos y los obreros que tienen trabajo hay una verdadera oposición de intereses. La miseria, la inactividad, les desmoraliza e incluso les envilece. Desesperando de sí mismos y de su clase, están dispuestos a traicionarla por un pedazo de pan.
También recluta el fascismo un cierto número de desechos de la clase obrera. Por una parte, los amarillos; es decir, los refractarios a la organización obrera, prestos a lamer siempre las botas al patrono, a espiar, a aceptar salarios por debajo del mínimo legal, a romper las huelgas.
Por otra parte, lo que Marx llamó Lumpenproletariat, es decir, los malhechores, que prefieren quedarse al margen de su clase porque no quieren trabajar, y la traicionan porque odian una revolución que obligaría a trabajar a todo el mundo.
En Italia, ganapanes y malhechores se dan cita en las escuadras de acción de Benito Mussolini. Escogen sobrenombres bien característicos: los salvajes, los condenados, los desesperados71. Allí pueden satisfacer sus instintos depravados en la mayor impunidad72. Un exfascista, Aniante, evocando sus recuerdos de 1924, escribe: Aquel día, me di cuenta de que Mussolini y el fascismo habían recurrido a la hez de la sociedad73.
En las secciones de asalto de Hitler se respira el mismo olor de bajos fondos. Es bien simbólico el caso de Horst Wessel, vulgar rufián transformado en héroe nacional. Todos los que viven al margen de la ley de la sociedad, observan D. y P. Bénichou, los aventureros, los apaches y los chulos van a parar al movimiento fascista. Se les encuentra tanto en la cima como en la base de todas las organizaciones hitlerianas74.
8. Jefes a imagen de sus tropas
Los jefes fascistas, en todos los escalones de su jerarquía, están hechos a la imagen y semejanza de sus tropas: pequeños burgueses o proletarios que han roto con su clase. De los 308 jefes fascistas italianos (mandos del partido o de los sindicatos), 254 proceden de la pequeña burguesía75. Mussolini empezó a trabajar como maestro rural, y en ocasiones presume de proletario. A los veinte años, cuenta a los obreros de las Acerías Lombardas, ya trabajaba yo con mis manos. Trabajé como peón y luego de albañil76. Pero Benito Mussolini es un proletario de una especie muy singular. Angelica Balavanova, que le conoció por aquel entonces, le llamaba vagabundo desclasado. Individualista exasperado, desprecia aquella clase a la que sólo pertenece temporalmente.
Hitler, hijo de un financiero de Aduanas, sueña con ser arquitecto. También se ve momentáneamente obligado a hacer un trabajo manual: En Viena, cuentan sus panegiristas, trabajó como peón en la construcción, vivió con los obreros y luchó con ellos77. Pero es un extraño proletario. Sus compañeros de trabajo —confiesa en Mein Kampf— sólo le inspiraban repugnancia y estuvo a punto de saltar de un andamio por haberse negado a obedecer a la disciplina sindical.
El Duce y el Führer son bien representativos de sus tropas. Aun en pleno éxito siguen conservando un cierto aire plebeyo que halaga y tranquiliza a sus partidarios. Escuchemos a dos testigos oculares:
La impresión de conjunto que recibí entonces y que guardo aún, escribe Daniel Halévy después de una visita a Mussolini, es la de un hombre bastante tosco, no muy bien vestido y mal afeitado (...). Un organismo vigoroso, como la barba que le azulea el rostro pocas horas después de haberse afeitado78.
Y Georges Suarez dice después de haber visto a Hitler:
Llegó hasta la estación con grandes zancadas (...). Tenía un aspecto de bondad vulgar (...). Sólo era ya un honrado campesino que no sabía dónde poner las manos (...). Sus andares sin gracia, sus toscos ademanes y su increíble mechón de pelo, son otros tantos signos en los que se ha reconocido toda una nación79.
Los jefes fascistas, de arriba abajo de la jerarquía, no sólo conservan el aspecto de sus orígenes plebeyos, sino también su mentalidad. Son advenedizos típicos. Por eso detestan de todo corazón y desprecian a los mismos grandes burgueses que les subvencionan. Para cubrir las lagunas de su educación e instrucción, exigen para sus personas toda clase de consideraciones y homenajes, y cuando los magnates capitalistas les entregan la dirección del Estado, una de sus primeras preocupaciones es la de hacer desaparecer todo el antiguo personal político de la burguesía. Por eso exigen la totalidad del poder.
III. Primero, la mística
Razón de la primacía de la mística
¿Por qué ofrece el fascismo, en primer lugar, una mística a sus tropas?
Primero, porque sus tropas carecen de homogeneidad. Las categorías sociales en donde las ha reclutado tienen reivindicaciones y aspiraciones particulares. La demagogia anticapitalista para todos los gustos que les sirve, va acompañada de fórmulas destinadas especialmente a los obreros, a los campesinos, etc. Pero esta demagogia, a veces contradictoria, no puede ser el cemento que las una en un solo bloque. Esta es la función de la mística fascista, voluntariamente vaga, y en la cual, pese a sus divergencias de intereses o de ideas, todos pueden comulgar. Una mística gracias a la que, según las palabras de un nacionalsocialista, los numerosos individuos de una muchedumbre reunida se amalgaman en una unidad espiritual, en una unión sentimental80.
También, porque el fascismo prefiere suscitar la fe más que convencer razonando. Un partido sostenido por el gran capital y cuyo objetivo oculto es la defensa de los privilegios de los poderosos haría muy mal tratando de despertar la inteligencia de sus reclutas. O, al menos, cree más prudente apelar a su inteligencia cuando ya están completamente fascinados. A partir del momento en que el creyente tiene la fe, no es ya peligroso permitirle que maneje la verdad y la lógica. Si por casualidad abriera los ojos, bastaría emplear el argumento supremo: ¡es así porque el jefe lo ha dicho! Además el fascismo se dirige a los descontentos y a los que sufren, y es de sobra sabido que el sufrimiento predispone al misticismo. Más allá de un cierto grado de miseria, el hombre no razona, no busca remedios racionales para su desgracia, no tiene el valor necesario para tratar de salvarse por sí solo. Espera el milagro. Espera un salvador, y está dispuesto a sacrificar todo para seguirle.
Finalmente, el fascismo, al contrario que el socialismo, desprecia a las masas y no siente ningún escrúpulo en explotar sus debilidades. Mussolini se vanagloriaba públicamente de que su experiencia con el pueblo le había servido de mucho; le había permitido conocer la psicología de las multitudes y dado una especie de sensibilidad táctil y visual de lo que quieren y pueden81. Pero aparte de su experiencia personal, solía recitar las sentencias de la superficial Psychologie des Foules, de Gustave Le Bon:
Las masas son siempre femeninas (...). Son incapaces de tener otras opiniones que las que se les han impuesto (...). No se les puede guiar con reglas basadas en la igualdad teórica pura, sino buscando todo aquello que las impresione y seduzca (...). Las masas no conocen más que los sentimientos simples y extremados (...), sólo se impresionan con las imágenes.
Hitler se expresa de modo parecido:
En su gran mayoría, el pueblo se encuentra en una disposición y un estado de espíritu tan femeninos, que sus opiniones y sus actos se determinan más bien por las impresiones sensoriales que por la pura reflexión. La masa (...) es poco accesible a las ideas abstractas. Por el contrario, es fácil ganársela en el terreno de los sentimientos (...). El que quiera influir en las masas debe conocer la llave que abre la puerta de su corazón. En todos los tiempos, la fuerza que ha impulsado las más violentas revoluciones no ha sido una idea científica, sino un fanatismo dinámico y un histerismo auténtico que se apoderaban de la multitud82.
1. El fascismo es una religión
Así, pues, el fascismo se nos presenta, en primer lugar, antes incluso de intentar definirse, como una religión.
La religión parece haber tenido como origen, en los hombres primitivos, el miedo, el sentimiento de desamparo ante las fuerzas de la naturaleza que no sabían dominar ni aprovechar. Más adelante, ya en una sociedad diferenciada, la creencia en lo sobrenatural se mantiene debido a la miseria en que las clases explotadoras mantienen a la mayoría de la población: la esperanza en una vida celestial es la compensación de las privaciones de la vida terrenal. En los tiempos modernos, a medida que el hombre ha ido aprendiendo a dominar la naturaleza y logrando aliviar sus pesadumbres cotidianas, la religión ha experimentado un retroceso. Pero la crisis del capitalismo hunde a las masas en una consternación, en una confusión, análogas a las que debieron de sufrir nuestros lejanos antepasados ante las fuerzas incomprensibles de la naturaleza. Y como la religión tradicional ha ido perdiendo prestigio y sus vínculos con las clases poseedoras son demasiado visibles, se trata de fabricar un ersatz de religión, una religión modernizada, puesta al día. Pero si la forma es nueva, el fondo es el mismo.
El fascismo es una concepción religiosa, afirma Mussolini83. Si el fascismo no fuese una fe, ¿cómo daría a sus fieles el valor y el estoicismo que demuestran?84. No se puede realizar nada verdaderamente grande, sino en un estado de pasión amorosa, de misticismo religioso85. En Milán, al inaugurarse una escuela de mística fascista, escribía un diario: El fascismo es una reacción de lo divino86. Creo, dice el Credo del balilla, en nuestro Santo Padre el fascismo.
Creer es también el alfa y omega de la religión nacionalsocialista. Después de tomar el poder, Hitler decía así a sus tropas:
Vosotros habéis sido la guardia que desde mucho tiempo atrás me siguió con un corazón creyente. Vosotros fuisteis los primeros que creyeron en mí… No ha sido la inteligencia que todo lo analiza, la que ha sacado a Alemania del abismo en el que estaba, sino vuestra fe (...). ¿Por qué estamos aquí? ¿Por una orden de fuera? No, porque vuestro corazón lo ha ordenado; porque os lo ha dictado una voz de dentro, porque creéis en nuestro movimiento y en sus dirigentes. Sólo la fuerza del idealismo ha podido realizar esto (...). La razón os decía que no vinierais conmigo, pero la fe os ordenó seguirme87.
Como todas las religiones, el fascismo exige de sus fieles el más absoluto desprecio por la materia. Incita al hombre a resignarse con la miseria, sustituyendo por alimentos espirituales los que van al estómago. El fascismo plagia a la Iglesia Católica: ¿De qué le servía (al hombre) haber encontrado (...) la abundancia material, pregunta el Papa León XIII, si la escasez de alimentos espirituales pone en peligro la salvación de su alma?88.
Mussolini escribe que el fascismo cree en la santidad y en el heroísmo, es decir, en aquellas acciones que no están dictadas por ningún motivo económico ni próximo ni lejano. También rechaza la idea de la felicidad económica que (...) transformaría a los hombres en animales que no piensan más que en una cosa: comer y engordar89.
Hitler repite lo mismo:
El hombre, que para vivir satisfecho no necesita más que comer y beber bien, no puede comprender jamás al que prefiere sacrificar su pan para saciar la sed de su alma y el hambre de su espíritu90.
2. El culto al hombre providencial
Pero el ascetismo no basta. La gran astucia del fascismo ha sido exhumar la forma más antigua de sentimiento religioso: el culto al hombre providencial. Bajo el barniz de la civilización, los hombres siguen siendo idólatras. Antaño imaginaban divinidades que no eran sino el reflejo fantástico de su mismo ser91; actualmente sienten la necesidad de crear, como dice Marcel Martinet, un mito salvador que no es sino una proyección de sí mismos, pero que, en pago, les descarga de sus rencores, de sus necesidades, de sus pensamientos y hasta de su misma vida92. Abdican delante de la divinidad hecha a su imagen y semejanza, esperando la salvación de su Führer o su Duce.
Pero ese personaje mítico no se forma espontáneamente; el fascismo le fabrica pieza por pieza, con un largo y paciente trabajo de sugestión. En un principio vemos a una serie de hábiles charlatanes —y en primer lugar el futuro ídolo mismo— que se dedican a hacer brotar en el alma del pueblo esa necesidad oscura de un Mesías. Mussolini escribe en 1921 que, en los próximos decenios, los hombres sentirán sin duda la necesidad de un dictador93. Esperamos a un salvador que nos sacará de nuestra miseria, pero nadie sabe de dónde vendrá, declara Thyssen en 192294. Necesitamos un Führer, suspira en 1923 Moeller van den Bruck95. Y el mismo Hitler dice: Nuestra tarea es dar al dictador, cuando se presente, un pueblo preparado a seguirle96.
Tras de todos estos prólogos, el hombre providencial se presenta. Pero, como se trata de un mortal como los otros, hay que divinizarle de modo gradual. Esto no podría hacerlo él solo, afortunadamente ahí están los que le rodean para ayudarle. Mañana y tarde, los aduladores le presentan al pueblo como el Elegido. Al principio no les hacen mucho caso; sus tentativas de canonización son realmente groseras y hacen reír más que otra cosa. Pero son pacientes y el tiempo trabaja para ellos. Diez veces han propuesto sin éxito su Mesías. Pero la onceava vez, el pequeño burgués empieza a preguntarse si después de todo no será aquel hombre el esperado Salvador. En Italia, Farinacci y algunos más, incansables, tejen un mito (conde Sforza)97, en torno a Mussolini. En Alemania, Esser, desde febrero de 1921, consagra Führer a su amigo Hitler. Rosenberg y Goebbels prosiguen, durante años, el trabajo iniciado por Esser.
El hombre providencial, como dice el conde Sforza, aparece elevado al rango de semidiós. Es omnisciente e infalible. Mussolini siempre tiene razón, se lee en el Decálogo del miliciano. Y en el Credo del balilla: Creo en el genio de Mussolini. Adolf Hitler es una personalidad genial y universal, dice Wilhelm Kube. No existe parcela de las actividades humanas que el Führer no domine soberanamente98. Goering declara a un enviado especial del Morning Post: Lo mismo que los católicos consideran infalible al Papa en todo lo concerniente a la religión y a la moral, creemos nosotros, con una convicción idéntica, que el Führer es infalible en todo lo que concierne a los intereses morales y sociales del pueblo99. Hay una sola persona por encima de toda crítica, dice Rudolf Hess, y es el Führer. Todos sabemos que siempre tiene razón y que siempre la tendrá100.
De aquí a la devoción no hay más que un paso, y este se dará pronto. En Italia, la revista oficial Milizia fascista da esta consigna: Acuérdate de amar a Dios, pero no olvides que el Dios de Italia es el Duce101. Gentizon, corresponsal de Le Temps en Roma, relata:
Los campesinos y sus mujeres se arrodillaron al descubrir sobre una colina lejana el torreón donde el Duce pasaba unos días (...). Hay un aura de ideal y de poesía que le envuelve. Para muchos, se ha convertido en una persona fabulosa. Cuando aparece en una manifestación, la fisonomía de muchos espectadores se ilumina102.
Goebbels se convierte en Alemania en el sumo sacerdote del nuevo culto: La fe en el Führer, escribe, podríamos decir que aparece rodeada de una mística misteriosa y enigmática103. Habla de Hitler en un estilo plagiado de los Padres de la Iglesia:
En nuestra profunda desesperación hemos encontrado en vos al que muestra el camino de la verdadera fe (...). Habéis sido para nosotros la realización de un misterioso deseo. Habéis curado nuestra angustia con palabras de liberación. Habéis forjado nuestra confianza en el milagro que vendrá104.
Cuando su Führer se convierte en el dueño de Alemania, se dirige a él como si fuera Dios en persona. El 20 de abril de 1933, aniversario del nacimiento de Hitler, lee por la radio esta oración:
Debes saber hoy que detrás de Ti, y si hace falta delante de Ti, hay un ejército compacto de combatientes que, en cada momento, están dispuestos a sacrificarse por Ti y por Tu idea (...). Nosotros te prometemos solemnemente que serás siempre para nosotros lo que eres hoy: Nuestro Hitler105.
Roehm le llama nuevo redentor106. Hess asegura que este hombre guiará al pueblo alemán sin preocuparse de las influencias terrestres107. Su voluntad es efectivamente la voluntad de Dios, escribe un panegirista108.
3. Identificación de su culto con el de la patria
Todavía falta a esta religión algo para completar su poder de atracción sobre las masas: al viejo culto del hombre providencial, el fascismo añade el más reciente, de la patria, ídolo terrible de la edad moderna, escribe Martinet, seudónimo de la misma masa, en la que la muchedumbre adora su propia potencia multitudinaria109. Es fácil ver todo el partido que el fascismo puede sacar de la identificación de estos dos cultos: el jefe aparece ahora como la encarnación de la nación, y adorar al hombre providencial es adorar a la patria, como servir a la patria es servir al jefe adorado. Los fanáticos del jefe se convierten automáticamente en fanáticos de la idea nacional, y recíprocamente los fanáticos de la idea nacional en fanáticos del jefe. Cuando conquisten el poder, las leyes del Estado se convertirán en órdenes personales del Duce o del Führer.
En Italia
El fascismo practica la religión de la patria, escribe Gorgolini110. En vísperas de la marcha sobre Roma, el mismo Mussolini declara: Nuestro mito es la nación. Nuestro mito es la grandeza de la nación111. En Italia, escribe Gentizon,
ha nacido una nueva religión (...). Su divinidad es la patria (...). La veneración que se siente por ella lleva consigo toda una terminología sagrada. En los diarios fascistas se encuentran en cada página las expresiones: Italia santa, Italia divina112.
La oración diaria del miliciano dice: ¡Señor, tú que enciendes toda llama y paras todo corazón, renueva en mí diariamente mi pasión por Italia! Y ambos cultos se funden en uno: ¡Señor, salva Italia en la persona del Duce!
En Alemania
La palabra Deutschland se convierte en un fetiche ante el que se arrodilla todo un pueblo. Cuando Hitler la pronuncia, se arrebata y recita verdaderos sermones:
Yo no me puedo separar de la fe de mi pueblo, de la convicción que esta nación resucitará, no me puedo alejar del amor de este pueblo que es mi pueblo, de la convicción de que llegará la hora en que los millones de hombres que están detrás de nosotros verán el nuevo Reich alemán. Reich de esplendor, de honor, de fuerza y de justicia. ¡Amén!113
La realidad divina, dice el profesor Hauer, es el pueblo y la historia nacional114. Y Baldur von Schirach, jefe de las Juventudes hitlerianas, celebrando la fiesta pagana del Solsticio, hace este juramento:
Ante la llama ardiente, juramos todos consagrarnos al servicio de la patria, por la grandeza y la pureza del imperio alemán eterno115.
Las dos místicas se funden en una: Adolf Hitler es Alemania y Alemania es Adolf Hitler, esta será la consigna del nacionalsocialismo una vez en el poder116.
4. El culto a los muertos
En torno a esta mística central, el fascismo mantiene cierto número de místicas subsidiarias. Por ejemplo, el culto de los muertos. Los fascistas caídos en la guerra civil son objeto de una veneración constantemente mantenida.
En Italia
Una tradición, escribe el historiador Volpe, existe ya fundada y reforzada por los muertos117. Gentizon dice en uno de sus artículos: Los muertos por la patria o la revolución de los camisas negras son los mártires de un ideal del que fueron los apóstoles. Se elevan altares en su memoria, se encienden lámparas votivas, se celebran ritos118. Creo, dice el Credo del balilla, en la comunión de los mártires del fascismo. Estos tienen consagrada una sala especial en la Exposición de la Revolución fascista: De una galería circular se eleva un canto muy tenue que exalta la memoria de los desaparecidos119.
En Alemania
El himno oficial del nacionalsocialismo, el Horst Wessel Lied, evoca desde su primera estrofa el recuerdo de los muertos:
Los camaradas víctimas del Frente Rojo y de la Reacción marchan en espíritu en nuestras filas.
Rosenberg escribe que el sacrificio de todos los muertos del nacionalsocialismo hace de éste una religión120. Este culto tiene también, como en Italia, sus pompas grandiosas. En 1935, el aniversario del putsch de Múnich de 1923 está consagrado no sólo a las víctimas de aquel episodio, sino a todos los que han muerto por el partido, un total de 225:
Cada uno tiene su pilastra especial en la calle donde aparece su nombre en letras doradas. Al desfilar el cortejo se encenderá una llama en la copa que corona esos pilares cubiertos de un paño negro121.
5. La mística de la juventud
Otra mística es la de la juventud. El fascismo acapara con gran habilidad la herencia del futurismo, en Italia, de la Jugendbewegung, en Alemania. Exalta a la juventud en sí, reconociéndola como un factor propio en la comunidad social. Le promete su apoyo en la lucha contra los adultos, contra los hombres del pasado, contra el mundo viejo.
En Italia
Dice el historiador Volpe:
En los orígenes del fascismo hay una cosa que está por encima de la política y de sus problemas y por encima de todo: juventud, la juventud italiana, la juventud de la postguerra, una juventud que se desborda como si la nación entera floreciera de nuevo. La revolución fascista es su obra en un cincuenta por ciento. Allí es donde se forma el mito de la juventud en virtud del cual un hombre de cuarenta años casi tiene que pedir perdón por existir122.
Gentizon observa:
El fascismo ha considerado la adolescencia no sólo como un período transitorio entre la infancia y la edad viril, sino más bien como una fase autónoma dotada de caracteres, exigencias y necesidades particulares. Antes del fascismo, la juventud italiana era una especie de zona intermedia entre la inconsciencia de los niños y la carrera de los hombres. El fascismo por el contrario, al darle sus propias leyes, le ha dado un valor de por sí123.
En Alemania
Desde 1921, el ensayo de Spengler, Prusianismo y Socialismo, pone de moda los llamamientos a la juventud, que encontramos ya en todas las arengas de Hitler entre 1921 y 1923:
Ante todo nos dirigimos al poderoso ejército de nuestros jóvenes alemanes (...). Un día serán los arquitectos de un nuevo Estado racista124.
Más tarde dirá Goebbels: La revolución que hemos realizado (...) ha sido casi por completo la obra de la juventud alemana125. En Alemania es la juventud quien gobierna126.
6. La mística del excombatiente
El último tema de toda esta falsificación es la mística del excombatiente.
En Italia, los primeros grupos que creó Mussolini en 1915 se llamaban ya fascios de combate, y los fascios de 1919 se constituyeron bajo el signo del espíritu de las trincheras. Dice Hitler:
Sólo los desconocidos podían salvar al pueblo alemán, pero estos desconocidos tenían que venir del frente (...) tenían que salir de las filas de aquellos que habían cumplido con su deber durante la guerra127.
Y Rudolf Hess añade: El III Reich encontró su fundamento en una idea que venía de las trincheras128.
El Duce y el Führer se presentan como soldados anónimos de la gran guerra. Mussolini publica su Diario de guerra y Hitler cuenta en Mein Kampf sus hazañas bélicas.
7. La propaganda
Pero no basta crear una mística, hay que hacerla penetrar por todas partes, y para esto el fascismo forja un instrumento de prodigiosos recursos: la propaganda. Antes de tomar el poder es ya su arma principal, y una vez instalado en él, desempeña un papel tan importante en su sistema de gobierno, que se crea un ministerio especial confiado a uno de los más altos dignatarios del régimen: el yerno del Duce en Italia, Goebbels en Alemania.
En Mein Kampf, asombroso manual del agitador político que podría llevar como subtítulo El arte de conquistar a las masas, Hitler explica:
Siempre me interesó sobremanera el arte de la propaganda, que para los partidos burgueses fue casi letra muerta. La propaganda debe preceder a la organización y conquistar primero el material humano que aquélla trabajará después.
Goebbels afirmará más adelante que:
La propaganda es una función esencial en el Estado moderno. Nadie ha llegado a tal perfección en el arte de dominar a las masas. Las tentativas que se han hecho en otros países para imitarnos son intentos de principiantes129.
La propaganda fascista se basa en un principio fundamental, el desprecio por las masas: La propaganda debe mantenerse al nivel de la masa y sólo debe de apreciarse su valor por los resultados obtenidos130, aconseja Hitler. Y su alumno Goebbels repite cínicamente: La propaganda no tiene más que un objetivo: la conquista de las masas. Y todos los medios que sirvan para conseguirlo son buenos131.
Daremos una breve idea de tales medios:
Empleo de instrumentos técnicos modernos (que las subvenciones de la gran industria hacen económicamente posibles). Después de tomar el poder, Hitler explicará: Sin automóviles, sin aviones y sin altavoces, no habríamos podido conquistar Alemania. Estos tres medios técnicos permitieron al nacionalsocialismo llevar a cabo una campaña asombrosa. Nuestros adversarios perdieron porque habían subestimado la importancia de estos tres medios de propaganda132.
Empleo intensivo de símbolos.—Visuales: el haz del lictor o la cruz gamada. Vocales: Eia Eia Alalà o Heil Hitler. Plásticos: el saludo a la romana, etc.
La repetición.—El fascismo mete sus consignas en la cabeza de la gente repitiéndolas sin descanso: La facultad de asimilación de la gran masa, dice Hitler, es muy restringida, su inteligencia pequeña, su falta de memoria grande. Así pues, una propaganda eficaz debe limitarse a unos pocos puntos importantes, destacados por medio de fórmulas estereotipadas que se repetirán todo lo que haga falta, hasta que el último de los oyentes pueda captar la idea133. Por grosero que parezca este procedimiento, lo cierto es que ha dado resultado. Cuando se oyen varias veces estos rollos se acaba por tomarles por la expresión de nuestro propio pensamiento, celebrando volver a encontrarles en labios del orador134.
El poder de la palabra.—La propaganda hablada es mucho más eficaz que la escrita. Hitler alaba constantemente el mágico poder de la palabra, ese misterioso vínculo que se establece en una reunión pública entre oyentes y orador. Tiene una predilección por el gran mitin, que considera el único medio de ejercer una influencia real, por ser personal y directa, sobre muchedumbres importantes, y conquistarlas135. Gracias a la radio, la palabra humana se transmite hasta las más apartadas aldeas.
La sugestión.—Mussolini toma de Gustave Le Bon la idea de que la muchedumbre es sumamente sugestionable y que sus agitadores ejercen sobre ella una fascinación verdaderamente magnética136. Hitler exalta esa influencia milagrosa que llamamos la sugestión de la masa137. Todo el arte de la propaganda fascista consiste en poner en circulación el misterioso fluido. El modo de hablar de Mussolini —cuenta Volpe— era una acción, de tal manera conseguía hacerse con el alma de sus oyentes poniéndoles en un estado emotivo (...). Evocaba visiones138. Médium de las multitudes alemanas, llama a Hitler un periodista: Levanta los antebrazos, crispa las manos, su mechón de pelo termina por deshacerse sobre la frente, donde resaltan las venas hinchadas, su voz se ahoga y entra en una especie de trance que se comunica a la multitud139.
La reunión de enormes muchedumbres, la escenografía de gran espectáculo.—Cuando se reúnen grandes masas de seres humanos en un lugar y un decorado apropiado realza su valor, los oradores no necesitan hacer grandes esfuerzos. Ebria de su propia potencia, de la multitud misma surge el fluido de la sugestión. El fascismo consigue algunas obras maestras de este género de espectáculos. En Alemania se dice que el gran jefe mismo se ocupa de ello. Se interesa por los ensayos y no es extraño a la distribución de las masas, de las líneas y los colores, al ritmo de los movimientos140.
Hitler utiliza una especie de pupitre micrófono en sus discursos. Por medio de una serie de botones, puede aumentar o reducir la luz de los proyectores, y dar la señal a los operadores de cine para que pongan sus cámaras en acción141.
El desfile juntos y el uniforme-fetiche.—Esta es la misma impresión que consiguen los desfiles de las tropas fascistas: zusammenmarschieren, desfilar juntos. También en este caso brota espontáneamente el fluido de la columna de hombres que el uniforme identifica hasta que no forman sino un solo cuerpo. Y este fluido le comunican a toda la muchedumbre que les contempla pasar. Los espectadores aplauden a los que desfilan, identificándose con ellos, aplaudiéndose a sí mismos, idealizados, sublimados, transformados en un ejército en marcha.
8. Carencias del socialismo en el terreno de la mística, y por qué no recuperará su perdida fuerza de atracción más que volviendo a ser revolucionario
¿Qué antídoto ha encontrado el movimiento obrero a la mística fascista? En Italia como en Alemania, el socialismo se ha encontrado en inferioridad de condiciones en este terreno. Veamos por qué:
Algunas de las razones de esta inferioridad son legítimas y están en la naturaleza del socialismo
Este no es una religión, sino una concepción científica. Por eso se dirige con preferencia a la inteligencia, a la razón más que a los sentidos o a la imaginación. El socialismo no impone una fe que haya que admitir sin discusiones, sino que presenta una crítica racional del sistema capitalista y pide a cada individuo, antes de su adhesión, un esfuerzo personal de razonamiento y de enjuiciamiento. Apela más al cerebro que al ojo o a los nervios. Trata de convencer a su lector o a su oyente sin hacerle perder la sangre fría, no trata de sorprenderle, de confundirle, de hipnotizarle.
No cabe duda, de todos modos, que sus métodos de propaganda necesitan un rejuvenecimiento. Tiene que acercarse más a las masas, hablarles un lenguaje claro y directo que puedan comprender, recurrir a las modernas técnicas de comunicación, utilizando también consignas y símbolos. Pero so pena de traicionarse, no puede utilizar, como el fascismo, los bajos instintos de las multitudes. Al contrario que éste, no desprecia a las masas, las respeta y trata de hacerlas mejores de lo que son, a imagen del proletariado consciente del que emana. Se esfuerza por elevar su nivel intelectual y moral, no por rebajarle.
El socialismo que pretende, en primer lugar, mejorar la condición material de los trabajadores, no puede, como la Iglesia o el fascismo, predicar el desprecio de los bienes terrenales en el nombre de una supuesta religión.
Pero a todas estas razones, que se deducen de la esencia misma del socialismo, se han añadido otras que proceden de su degeneración
1.º) El socialismo es un movimiento viejo, que ha perdido su llama primitiva. Si en sus comienzos ponía ya en primer lugar las mejoras materiales inmediatas de los trabajadores, si prometía, a más largo plazo, la dicha en la tierra, nunca ocultó que la conquista de estas mejoras a corto plazo o del paraíso terrenal en el futuro exigía una lucha diaria, penosa, llena de sufrimientos y de sacrificios. Y de hecho, el primitivo socialismo exigía a sus pioneros y a sus militantes mucho más que cualquier otro movimiento, un enorme desinterés. Tuvo sus héroes y sus mártires. Por muy materialistas que fueran en un sentido, los revolucionarios proletarios fueron, como dice Marcel Martinet, los únicos idealistas del mundo moderno142.
Pero poco a poco, el socialismo fue degenerando. Fue dejando creer que tanto las ventajas inmediatas, como el paraíso terrenal, se podían conseguir sin lucha, sin sacrificios, por la práctica rutinaria de la colaboración de clases. Para poder seguir la curva de esta decadencia habría que narrar toda la historia del movimiento obrero, en Italia y en Alemania, desde sus orígenes hasta la guerra mundial, lo que rebasa con mucho nuestro objetivo. Habría que evocar la edad de oro del socialismo italiano, aquellos años 1890-1900 de lucha heroica contra la burguesía. En la edad de oro del socialismo, reconoce el fascista Gorgolini, es cierto que los jóvenes iban a él, movidos por un generoso impulso143. Luego habría que mostrar cómo el socialismo fue hundiéndose lentamente en el pantano de la paz social y del parlamentarismo, seguir el desarrollo de la burocracia sindical y de las cooperativas, mejor retribuida cada vez, más conservadora, cuya única ambición es hacer buenos negocios, recoger nuevas subvenciones, e incluso, en tiempos de guerra, encargos gubernamentales.
También en Alemania, habría que empezar por los años de 1880-1890, años de encarnizadas batallas de clases, evocar como hace Gregor Strasser aquella fe, aquella aspiración violenta, aquel entusiasmo de millones de hombres (...) aquel partido al que un temperamento ardiente como el de Bebel hizo grande, aquellos miles de corazones ardorosos y sacrificados, que se sacrificaron por el partido144, luego ver cómo la socialdemocracia iba degenerando poco a poco, transformándose en un vulgar partido de reformas democráticas. La Alemania (...) marxista —escribe el nacionalsocialista Rosenberg— estaba privada de mitos, no tenía un ideal en el que creer, por el que estuviera dispuesta a combatir. El ejército militante de los trabajadores no tenía héroes145. Habría que describir aquella burocracia obrera rutinaria y conservadora, instalada cómodamente en el orden vigente, aquellos bonzos satisfechos, reinando, gracias al óbolo de los trabajadores, en suntuosos edificios llamados casas del pueblo. Conquistar un escaño en el Parlamento, incrustarse en una oficina sindical era la mayor ambición de aquellos dirigentes de un socialismo degenerado. Sin creer en nada, viviendo al día, reclutaban unas tropas a su imagen y semejanza: sin ningún ideal, atraídas solamente por las ventajas materiales.
2.º) Paralelamente, en el aspecto teórico, el socialismo ha desfigurado una de sus concepciones esenciales, el materialismo histórico. Los primeros socialistas eran materialistas porque para ellos el modo de producción de la vida material condiciona en general el proceso de la vida social, política e intelectual146. Se oponían a los idealistas para quienes el motor de la historia es una idea previa de la justicia y del derecho que la humanidad lleva en sí misma y que va realizando lentamente a través de los siglos147. Para los socialistas, el papel preponderante en la historia es el de las relaciones productivas y económicas que los hombres establecen entre sí. Pero, a pesar de esta atención preferente por la infraestructura material, demasiado desdeñada antes de ellos, no despreciaban de ningún modo la superestructura jurídica, política, religiosa, artística y filosófica. Si pensaban que a ésta la condicionaba aquélla, no negaban que tuviera un valor propio ni que formara también parte integrante de la historia y de la vida148.
Pero los marxistas decadentes creen que es marxista y materialista desdeñar los factores humanos. Acumulan las cifras, las estadísticas y los porcentajes. Estudian con todo detalle las causas profundas de los fenómenos sociales, pero como no estudian del mismo modo la forma como dichas causas se reflejan en la conciencia de los hombres, no perciben la realidad viviente.
Como sólo se fijan en los factores materiales, nunca comprenderán cómo las privaciones sufridas por las masas se transmutan en una aspiración religiosa. Nunca comprenderán por qué esos pequeños burgueses, esos campesinos, esos intelectuales jóvenes, esos parados no han ido a buscarles a ellos, que tienen la verdad del marxismo, a ellos que con tanta claridad señalan las taras del régimen capitalista, a ellos que han analizado con tanta brillantez las causas económicas del fascismo.
Es cierto que el socialismo no se propone mantener ni explotar las tendencias místicas de las masas, sino, por el contrario, aboliendo el sistema capitalista, fuente de miseria y de caos, destruir las raíces materiales del sentimiento religioso. El medio más seguro de extirpar las místicas reaccionarias (la religión tradicional, la religión fascista) es el de acelerar el fin del capitalismo, la llegada del socialismo. Pero mientras tanto, los socialistas se encuentran ante un hecho que no debieran despreciar: la supervivencia del sentimiento religioso.
Este espiritualismo podrían utilizarle en su beneficio transformándole, oponiendo a la mística fascista un substituto de superior calidad, un idealismo no engañoso, apoyado en la realidad, guiado por una concepción científica de la historia y por la intención, enormemente espiritual, de desalienar al hombre. Pero su hundimiento en las corrompidas aguas de la colaboración de clases, más el desdén materialista que tienen por el factor humano, les impide llevar a cabo esta desmitificación. Esos miles y miles de hombres y mujeres, de adolescentes llenos de entusiasmo y de afán de entrega, el socialismo, reducido al parlamentarismo más oportunista, al corporatismo más pedestre, no les captará jamás. El socialismo sólo volverá a ser un polo de atracción si vuelve a ser revolucionario, si enseña a sus militantes que el paraíso terrenal, su fin supremo, no se conquistará sin grandes luchas y sacrificios.
IV. La demagogia fascista
El fascismo propone a sus tropas un anticapitalismo pequeñoburgués, que es muy diferente del anticapitalismo socialista.
Pero la mística no basta. Los miembros de las tropas fascistas no llegan todos al mismo grado de fanatismo, pero incluso los más fanáticos no pueden olvidar sus intereses materiales. Por eso, el fascismo se ve obligado a ofrecerles una solución práctica para sus males. Por eso, aunque esté al servicio del capitalismo, se ve obligado a exhibir un anticapitalismo demagógico; rasgo que le diferencia profundamente de los partidos burgueses.
Pero si observamos detenidamente este anticapitalismo, vemos que es muy distinto del anticapitalismo socialista, porque es esencialmente pequeñoburgués. Así, el anticapitalismo fascista halaga por una parte a las clases medias, haciéndose el intérprete de sus aspiraciones retrógradas, y por otras, arroja como carnaza a las masas obreras —en especial a ciertas categorías de trabajadores que carecen de conciencia de clase— un anticapitalismo utópico e inofensivo que les aleja del verdadero socialismo.
Sin embargo, a esta demagogia, demasiado general, el fascismo sustituye en ciertos casos un lenguaje más específico y radical, cuando trata de conquistar adeptos entre los obreros conscientes o entre los pequeños campesinos, por ejemplo. El lector se preguntará si merece la pena ocuparse de toda esta fraseología embustera. Yo creo que es necesario, tanto para comprender cuáles son las consignas sociales que los demagogos fascistas utilizan para deslumbrar a su clientela, como para señalar a continuación el abismo que media entre las promesas y las realidades.
1. El anticapitalismo transformado en nacionalismo
Todo el arte del fascismo estriba en proclamarse anticapitalista sin hacer nada serio contra el capitalismo. Una de sus artimañas es transmutar el anticapitalismo de las masas en nacionalismo. La hostilidad de las clases medias por el gran capital va unida a su adhesión tenaz a la idea nacional. En Italia y Alemania, especialmente, las masas están predispuestas a creer que el verdadero enemigo no es su propio capitalismo, sino el capitalismo extranjero. Por eso, el fascismo no tiene que hacer demasiados esfuerzos para desviar la cólera popular, preservando a quienes le mantienen financieramente, contra la plutocracia internacional.
En Italia
Desde antes de la guerra 1914-1918, los sindicalistas sorelianos —que se hicieron más adelante fascistas— unían su sindicalismo revolucionario a un nacionalismo cada vez más acentuado. Rossoni descubre que la suerte de los obreros italianos está unida indisolublemente a la de la nación italiana. Labriola dice que Italia tiene derecho a una oportunidad y a luchar contra la Europa plutocrática149. Sindicalistas y nacionalistas se unen para proclamar a Italia la gran proletaria150. De 1915 a 1918, Mussolini no deja de repetir que hay que dar a la guerra un contenido social151. Más tarde declara que la Sociedad de Naciones no es más que una especie de prima de seguros de las naciones que ahora son ricas contra las naciones proletarias152. El ministro Rocco recuerda que no sólo existe un problema interior, sino también un problema internacional de distribución de las riquezas y opone las naciones pobres a las naciones ricas: El proletariado italiano sufre de la condición de inferioridad en que se encuentra la nación italiana respecto a las naciones que compiten con ella, más que de la avaricia o de la avidez de los patronos. Por eso hace falta, para mejorar el destino de las masas italianas, mejorar en primer lugar la posición internacional de la nación proletaria153.
En Alemania
Ya en 1919, el fundador del partido nacionalsocialista, Drexler, afirma: La Alemania trabajadora es víctima de las ávidas potencias occidentales154. Moeller van den Bruck utiliza también la fórmula de nación proletaria: El socialismo, escribe, no puede aumentar la equidad entre los hombres hasta que no exista la equidad entre los pueblos. Los trabajadores alemanes tendrán que reconocer que jamás estuvieron tan oprimidos como les oprime hoy el capitalismo extranjero (...). Esta lucha de liberación del proletariado, en tanto parte más oprimida de una nación oprimida, es una guerra civil que ya no es una guerra entre nosotros, sino contra la burguesía mundial155.
Pero sobre todo, es Gregor Strasser el que se convierte en el propagandista brillante y obstinado de esta extraña síntesis: La industria alemana, la economía alemana en manos del capital financiero internacional es el fin de toda posibilidad de liberación social, es el fin de todos los sueños de una Alemania socialista (...). Nosotros, los jóvenes alemanes de la guerra; nosotros, los revolucionarios nacionalsocialistas; nosotros, socialistas ardientes, hemos emprendido la lucha contra el capitalismo y el imperialismo encarnado en la paz de Versalles (...). Nosotros, nacionalsocialistas, nos hemos dado cuenta de que existe un vínculo que el destino ha querido entre la libertad nacional de nuestro pueblo y la liberación económica de la clase obrera alemana. ¡El socialismo alemán no será posible ni duradero más que cuando Alemania sea libre!156. Este pensamiento le resume Goebbels en una fórmula bien acuñada: ¿Cuál es el fin del socialismo alemán? Quiere que en el porvenir no haya en Alemania ni un solo proletario. ¿Cuál es el fin del nacionalismo alemán? Que en el futuro, Alemania deje de ser el proletario del mundo. El nacionalsocialismo no es más que la síntesis de estas dos concepciones157.
2. El anticapitalismo transmutado en antisemitismo
¿Será posible transmutar el anticapitalismo de las masas en alguna otra cosa? El judío será para el fascismo —allí donde las circunstancias lo permitan— una nueva cabeza de turco.
El antisemitismo existe en estado latente en el subconsciente de las clases medias: a través de todo el siglo XIX, la pequeña burguesía, víctima de la evolución capitalista, ha tendido a cargar la responsabilidad de sus males al usurero o al banquero, e incluso al pequeño comerciante judío. El francés Toussenel daba como subtítulo a su Feudalismo Financiero: Los judíos, reyes de la época, y escribía: Aconsejo a todos los que sueñan con revoluciones que empiecen por quitar la banca a los judíos.
Explotando este tema racista, el fascismo puede estar seguro de encontrar el aplauso de las clases medias. Al mismo tiempo, preserva a sus generosos donantes de la cólera popular, y desvía el anticapitalismo de las masas contra los judíos.
En Italia
Como los judíos no eran sino una ínfima minoría de la población, esta clase de demagogia tenía pocas posibilidades. Lo que no quiere decir que el fascismo no la aprovechara. El director de la Banca Commerciale, Toeplitz, era de origen judío, y el diario Il Tevere escribía, después de la publicación de la Carta del Trabajo, que la época en que dominaban los banqueros judíos se ha terminado158. Los extremistas fascistas suelen atribuir todos los fallos económicos del régimen a la malevolencia de la banca judía internacional159.
Finalmente, a partir de julio de 1938, el fascismo italiano, imitando a su aliado alemán, y para hacer olvidar las dificultades del momento, añadió oficialmente el antisemitismo a su arsenal demagógico.
En Alemania
El antisemitismo encontró en Alemania un terreno mucho más favorable. Numéricamente, los judíos alemanes no eran más del 1 por 100 de la población. Pero, después de la guerra mundial, hubo una emigración de más de cien mil judíos procedentes de Polonia, Ucrania y Lituania, lo que despertó un antisemitismo latente. Otra razón era el papel que desempeñaban los judíos en la vida económica, política e intelectual del país. Al frente de los grandes bancos había suficientes judíos para que el pueblo pudiera aceptar la identificación entre alta finanza y judaísmo. Al frente de los grandes almacenes había bastantes judíos como para que la cólera de los comerciantes individuales pudiera polarizarse contra la raza. Entre los grandes de la finanza anglosajona existen los suficientes judíos para que Alemania, endeudada con aquélla, pueda presentarse como esclava del judaísmo mundial. Entre los especuladores que ganaban dinero en la Bolsa a costa de los pequeños rentistas, había bastantes judíos, como para que aquéllos les responsabilicen de su ruina. Los partidos marxistas contaban con suficientes dirigentes judíos, activos y brillantes, para que la reacción pudiera inventar la historieta de la colaboración entre el capitalismo y el marxismo, y que una leyenda, forjada ya en el siglo XIX, presentara a banqueros y militantes judíos trabajando de común acuerdo, según el plan descrito en los apócrifos Protocolos de los Sabios de Sión, para implantar la dominación universal de la raza judía. Y por último, había bastantes judíos en las clases medias, en las profesiones liberales, entre los pequeños comerciantes; los suficientes médicos, abogados, periodistas, escritores y artistas judíos, odiados o envidiados por sus competidores arios, como para que un buen día se desencadenase contra ellos el furor popular, protegiendo con esta operación de diversión no sólo a los magnates industriales y a los banqueros arios, sino hasta a los grandes financieros judíos160.
Todo el arte del nacionalsocialismo se emplea en transmutar el anticapitalismo de sus tropas en antisemitismo. El socialismo —escribe Goebbels— no se podrá realizar sin luchar contra los judíos, y si nosotros somos antisemitas es porque somos socialistas161.
Más adelante, el aprendiz de brujo, como en la balada de Goethe, caerá prisionero de los genios malignos que imprudentemente invocó. Asediado por una temible coalición de potencias, que su temeraria política ha hecho unirse en contra suya, colocado ante el dilema de ser o no ser, su imaginación creerá que el judío perseguido no es sólo una víctima propiciatoria, sino un ente diabólico: en el interior, el adversario más irreductible, y en el exterior, el que dirige esa operación de cerco mundial. Le verá como un cuerpo extraño, que tiene que suprimir si no quiere verse aniquilado. En su delirio de perseguidor perseguido, tratará de exterminar a todo un pueblo, y como el Herodes del Evangelio, no perdonará ni a los niños, inocente amenaza, porque en ellos se perpetúa la raza maldita. La mayor parte de las víctimas de esta hecatombe serán los judíos de la Europa oriental, los más pobres y numerosos, cuando aquellos territorios se conviertan, después de la invasión hitleriana, en el glacis del Tercer Reich.
Así es como el antisemitismo, en su origen prejuicio racial explotado como artificio demagógico, culminará en el más abominable genocidio de todos los tiempos.
3. El fascismo contra la burguesía
Aunque el fascismo excita sobre todo el odio de las masas populares contra la plutocracia internacional y contra los judíos, no puede evitar —so pena de quitarse la careta— atacar también a la burguesía nacional. Pero sus declamaciones retóricas contra ésta, si se las examina en detalle, no tienen nada de socialistas.
Las clases medias no detestan a la burguesía del mismo modo que la clase obrera. No pretenden que aquélla desaparezca como tal clase. Por el contrario, su mayor ambición es llegar a ser burgueses. Cuando el fascismo ataca a la burguesía, habla de su degeneración, pero no critica el orden social existente. Intenta vigorizar a este orden gracias a una inyección de sangre nueva, de sangre plebeya: halaga a las clases medias y aparta al mismo tiempo a las masas de la lucha de clases, del socialismo proletario.
En Italia
Gorgolini se burla de esa burguesía disminuida por esa timidez que afecta a veces a las personas demasiado cultas y que tienen una digestión difícil162. Lanzillo, en el momento de la ocupación de las fábricas, se ríe de la burguesía humillada, inepta, putrefacta y corruptora163. Pero en seguida se da a conocer: para devolver a esa burguesía un poco de energía164, es necesario que entren en escena gentes más capaces. Como declara el 5 de octubre del año 1924 un congreso de los sindicatos fascistas: La ley dinámica de la historia social consiste menos en una lucha implacable entre las clases (...) que en una lucha de capacidades, es decir, una lucha entre grupos de categorías profesionales, que adquieren la capacidad de desempeñar funciones dirigentes contra grupos de categorías que van perdiendo la capacidad de ejercer esas funciones de mando. Traduciendo esta jerga en un lenguaje comprensible: los burgueses deben dejar paso poco a poco a los eficaces, es decir, a los plebeyos fascistas.
En Alemania
Los nazis hacen blanco de sus injurias al burgués. Hitler no encuentra palabras bastante duras para atacar a la burguesía. Habla de su proverbial cobardía, de su senilidad, de su podredumbre intelectual, de su cretinismo. Pero después de toda esta palabrería aparece lo que piensa de verdad, cuando escribe que es necesario velar, porque las clases cultivadas se renueven constantemente, gracias a una corriente de sangre nueva procedente de las clases inferiores165. August Winnig consagra un libro entero a este tema: la misión de las masas populares es rejuvenecer un orden social envejecido, regenerar una clase dominante, agotada: Esa materia prima viviente que es el proletariado tiene por vocación crear en sí misma los nuevos valores; sus propios ideales, e introducir estas fuerzas en la vieja comunidad, no para destruirla, sino para darle una nueva juventud166.
4. El fascismo contra el capital usurario
Sin embargo, el fascismo no puede evitar, so pena de quedar al descubierto, los ataques contra el sistema capitalista mismo. Pero también en este caso, su anticapitalismo es algo muy diferente del socialismo proletario.
El anticapitalismo de las clases medias se fija sobre todo en la organización del crédito. A lo largo de todo el siglo XIX, los ideólogos pequeñoburgueses atacan al capitalista ocioso, al prestamista, al banquero, no al capitalista productor. Toussenel, en su Feudalismo financiero, denuncia la usura que grava el trabajo nacional de Francia con un impuesto de 2.000 millones por año, y pide que la banca se convierta en un monopolio del Estado. Proudhon piensa que el interés del dinero (...) es la carga más pesada que obstaculiza el trabajo y el consumo y la más injustificada deducción sobre el consumo, y propone el crédito mutuo, que tienda a ser gratuito, gracias al cual todo trabajador puede llegar a ser empresario y privilegiado.
El fascismo, a su vez, concentra sus tiros contra el capital de préstamo. Así traduce las aspiraciones de las clases medias, y al mismo tiempo desvía la atención de las masas trabajadoras de la lucha contra el capitalismo en su conjunto.
En Italia
Veamos algunas reivindicaciones del programa fascista de 1919: Disolución de las sociedades anónimas y demás sociedades por acciones; supresión de toda clase de especulación; supresión de los bancos y las bolsas; crédito del Estado por medio de la creación de un organismo nacional de distribución del crédito; confiscación de las rentas improductivas; impuesto progresivo extraordinario sobre el capital. Comentando este programa, Mussolini escribe en Il Popolo d'Italia del 19 de junio de 1919: Deben de pagar los que puedan hacerlo. Lo que proponemos actualmente es: o los poseedores se expropian por su propia voluntad, o invitaremos a las masas de excombatientes a que derriben semejante obstáculo.
En Alemania
En el programa nacionalsocialista alemán de 1920, la lucha contra el capital de préstamo ocupa un lugar esencial. Se exige la nacionalización de la Reichsbank y el control estatal de la banca privada; la transformación de los títulos al portador en títulos nominativos, y luego en participaciones personales, el cierre de las bolsas, etcétera. Pero la ocurrencia más genial es la de abolir la esclavitud del interés, como pide Gottfried Feder proponiendo la supresión del interés sin tocar al capitalismo. El engaño de la santidad del interés nos ciega, escribe. El interés tiene la misma relación con el dinero que el bocio con la circulación de la sangre (...). La abolición de la esclavitud del interés es (...) la solución de la cuestión social, el medio de conducir el combate gigantesco, que tiene lugar en todo el planeta, entre el Capital y el Trabajo a la liberación del Trabajo, pero sin menoscabar la propiedad ni la producción de riquezas167. Gracias a esta distinción, absuelve al capital industrial y reserva sus anatemas para el financiero: mientras el buen Krupp murió en 1826 sin nada, el capital de la sociedad que fundó es sólo de 250 millones de marcos, la fortuna del malvado Rotschild, que empezó ya con algunos millones, llega a los 40.000 millones de marcos.
Claramente vemos —termina Feder— que no es el sistema capitalista, el capital en sí, lo que constituye el azote del género humano, sino la sed insaciable de intereses, propia del gran capital financiero, que es una maldición para toda la humanidad trabajadora. Por eso, para remediar tal situación, no hace falta una revolución marxista: El Capital debe seguir existiendo y el Trabajo también (...). El bolchevismo cree que puede curar la enfermedad con una operación quirúrgica, cuando bastaría con eliminar el veneno, que es su única causa (...). Es inútil trastornar toda la economía, como se ha hecho en Rusia, basta formar un sólido frente de toda la población productora, desde el trabajador manual, al que abruman los impuestos indirectos, hasta los funcionarios y empleados, artesanos, campesinos, inventores y directores de empresas industriales, intelectuales, artistas, científicos, contra las cadenas del interés.
La promesa de abolir la esclavitud del interés se dirige en especial a los pequeños campesinos, cuya tierra está totalmente hipotecada: cuando el nacionalsocialismo llegue al poder, se prohibirá toda hipoteca sobre la tierra, proclamada inembargable e inalienable.
Pero cuando Feder trata de explicar de qué modo puede abolirse la esclavitud del interés dentro del sistema capitalista, cae en múltiples contradicciones. Preconiza la amortización de la deuda perpetua y de todas las obligaciones e hipotecas, sin explicar cómo sería posible financieramente tal operación. Y, después de haber condenado el interés, propone que los dividendos industriales se conviertan en rentas fijas al 5 por 100, bajo el control del Estado, mientras unas cooperativas de crédito, con base regional y corporativa, concederán, a un rédito reglamentado, ciertos préstamos garantizados por mercancías o de fuerza de trabajo168. Nadie confundirá con la esclavitud del interés los escasos ingresos procedentes de economías o de rentas del Estado169, escribía en 1930.
5. El fascismo contra la concentración industrial
El fascismo ataca incluso al capitalismo industrial, pero su anticapitalismo se queda bien corto, comparándole con el del socialismo proletario.
Las clases medias, al contrario que la clase obrera, no se preocupan por destruir el motor esencial del capitalismo: la explotación de la fuerza de trabajo, la apropiación de la plusvalía. A través de todo el siglo XIX e incluso hasta hoy en día, los ideólogos pequeñoburgueses se han limitado a declamar contra la competencia, contra la concentración industrial y a pedir que el Estado les proteja contra los grandes monopolios (cartels o trusts).
El fascismo recoge todas estas aspiraciones retrógradas de la pequeña burguesía, y al mismo tiempo se esfuerza en apartar a las masas del socialismo proletario.
En Italia
Gorgolini denuncia en términos vehementes, en 1921, a los magnates de la gran industria y del gran comercio, que han arruinado a Italia (es decir, a las clases medias)170. Más adelante, Bottai escribe: Debemos tender al desarrollo y a la victoria concreta del artesanado, en especial por el motivo siguiente: para oponer a la concentración del capital (...), unas fuerzas que se apoyan sobre el principio contrario (...). No hay que excluir que el fenómeno artesano pueda influir de modo decisivo sobre la evolución de nuestra industria171.
En Alemania
En Alemania, donde la concentración capitalista está mucho más avanzada, la demagogia antitrusts tiene un papel más importante. Unos cuantos individuos —dice Goebbels— no tienen ningún derecho a utilizar la economía nacional contra la nación. Y, en realidad, dominando algunos monopolios, esos individuos han logrado amasar fortunas enormes. Esas gentes tienen medios ilimitados para arrebatar al pueblo su trozo de pan cotidiano, para robarle el fruto de su trabajo172.
El programa de 1920 reclama la estatización de todas las empresas constituidas en sociedades anónimas (trusts). Aquí, el anticapitalismo fascista parece acercarse a las fronteras del socialismo. Pero los nazis se apresuraron a atenuar su atrevimiento. Feder explica que dicha estatización no tendrá nada que ver con la socialización marxista: será simplemente el prefacio de un desmenuzamiento de la gran industria. Cien mil zapateros independientes son más provechosos para la economía popular y la política del Estado, que cinco fábricas gigantes de calzado173. El programa de 1920 prevé que los grandes almacenes serán primero comunalizados, municipalizados, luego desmembrados y alquilados a precios módicos a los pequeños comerciantes.
Pero es quizá un joven nazi el que mejor define este tipo de socialismo retrógrado: El nacionalsocialismo quiere detener el movimiento mecánico de la rueda capitalista, poner un freno a esta rueda y luego hacerla girar en sentido contrario hasta su punto de partida, para, una vez allí, estabilizarla174.
6. Un paso atrás: la autarquía
Este capitalismo corregido y vuelto a sus orígenes supone el retorno a la autarquía de antaño.
El nacionalsocialismo exhuma el plan —típicamente pequeñoburgués— de un Estado comercial cerrado que ideó en 1800 el filósofo Fichte. En este tipo de Estado, la maldita competencia desaparece. Los precios de cada mercancía están determinados por las autoridades. No hay ningún peligro de superproducción ni de escasez. Ofertas y demandas encuentran en todo momento su contrapartida. Nadie puede enriquecerse ni arruinarse. Cada individuo es servidor de la colectividad y recibe su parte equitativa de los bienes de dicha colectividad. Pero una economía de este tipo no es posible más que si el Estado en cuestión está completamente aislado del extranjero, protegido de la competencia internacional. Para ello tiene que tener el monopolio del comercio exterior y emitir una moneda de cuenta que sólo es válida en el interior.
Gregor Strasser se inspira en Fichte, en sus Catorce tesis de la revolución alemana175, rechaza el sistema capitalista liberal cuya destrucción es el prefacio necesario al triunfo de la revolución alemana y propone, para reemplazarle, una economía cuyo fin sea satisfacer las necesidades de la nación y no el beneficio ni la rentabilidad. Como dice su hermano Otto: la satisfacción de las necesidades en alimentos, vestidos y vivienda de cada miembro de la comunidad176. La ley de la oferta y la demanda quedará abolida, el Estado fijará los precios de todas las mercancías y asegurará el equilibrio entre la oferta y la demanda. Los nacionalsocialistas no disimulan las dificultades prácticas del sistema, y por eso prefieren empezar por aplicarle en la agricultura que será el primer sector económico que se separará de la economía capitalista. Pero insisten que más pronto o más temprano, los demás sectores económicos tendrán que unirse al campesinado y adoptar sus principios177.
Semejante economía sólo es posible si se suprime la competencia internacional; es decir, si se establece la autarquía. La balanza comercial, las exportaciones, son cosas que pertenecen a una época desaparecida. Cada pueblo creará sus propias bases de vida sobre su propio suelo178. Lo primero es alimentar a los ciudadanos alemanes y luego pensar en la exportación179. Las mercancías alemanas que se exportan encontrarán un mercado en el interior. La crisis industrial, según los nazis, no es más que una consecuencia de la crisis agrícola. Gracias a la prohibición de las importaciones de productos agrícolas, el precio de éstos aumentará en el interior del país y la agricultura alemana, regenerada, será capaz de absorber los productos industriales.
¿Pero cómo llevar a cabo esta economía cerrada? Confiando al Estado el monopolio del comercio exterior, creando una nueva moneda exclusivamente reservada al interior y sin garantía metálica. La condición esencial para que haya una economía sana en el Tercer Reich, escribe Feder, es liberarla del patrón oro; sólo así el Trabajo volverá a estar por encima del Dinero.
7. Resurrección de las «corporaciones»
El corporativismo es uno de los cebos que el fascismo ofrece a los pequeñoburgueses y a los obreros de mentalidad pequeñoburguesa.
En la demagogia corporativista del fascismo se distinguen tres astucias distintas:
1ª La promesa a los obreros de mentalidad pequeñoburguesa de desproletarizarles, naturalmente, sin borrar la escisión consumada entre Capital y Trabajo, entre patronos y asalariados, sino acercando, reconciliando los dos factores de la producción. Asegurando a estos obreros que en el seno de las corporaciones mixtas podrán vivir como pequeñoburgueses, que se les garantizará el derecho al trabajo, que recibirán un salario justo, que no tendrán que inquietarse por su vejez, y, sobre todo, que los patronos les tratarán de igual a igual, como verdaderos colaboradores de la producción.
2ª La promesa a los pequeñoburgueses independientes (artesanos, pequeños comerciantes, etc.) víctimas de la competencia de los grandes monopolios capitalistas, y en proceso de proletarización, de resucitar en su beneficio un régimen inspirado de la Edad Media, de la era precapitalista. Un régimen donde no habrá competencia ni predominio del más fuerte, donde los pequeños productores en el seno de corporaciones autónomas, estarán protegidos, organizados y encontrarán por fin la estabilidad y la seguridad.
3ª Y por último, la promesa de que el Estado político y parlamentario, incompetente y parásito, dejará paso a un Estado corporativo en el cual todos los productores, agrupados por oficios, tendrán derecho a opinar, donde se conciliarán todos los intereses que en el parlamentarismo se enfrentan, bajo el signo por todos aceptado del interés general.
Esta triple utopía pequeñoburguesa no es una invención del fascismo. Se la encuentra expresada en formas diversas a lo largo de todo el siglo XIX. Sin embargo, esas formas son bastante diferentes, según se trate del pensamiento pequeñoburgués reaccionario o del pensamiento pequeñoburgués reformista.
Durante el siglo pasado, numerosos pequeñoburgueses pensaron con nostalgia en las abolidas corporaciones. El liberalismo económico les había lanzado sin defensa en la jungla capitalista, donde una competencia implacable les arruinaba y proletarizaba. Por eso se sublevan contra el progreso, tratan de detener su marcha y quisieran volver a un estadio anterior del capitalismo.
Los partidos reaccionarios (los monárquicos en Francia) y la Iglesia, explotan esas aspiraciones retrógradas en beneficio de sus propios objetivos e inscriben en sus programas el restablecimiento de las corporaciones. Se forja al mismo tiempo un verdadero mito de las corporaciones medievales, que no es más que una grosera falsificación histórica. Las corporaciones de la Edad Media, en efecto, no se parecían en nada a lo que pretenden hoy quienes quisieran imitarlas. Sólo existieron durante una pequeña parte de la Edad Media y el desarrollo del capitalismo las eliminó enseguida o alteró fundamentalmente su carácter. Aparecieron tarde y se desarrollaron únicamente en la artesanía y en el pequeño comercio. E incluso aquí existían oficios libres. Por el contrario, la gran industria, floreciente ya en la Edad Media, no tenía nada de corporativa. Los burgueses que la crearon estaban agrupados en verdaderos sindicatos patronales muy distintos a las corporaciones180.
A medida que se extiende el modo de producción capitalista, las corporaciones van perdiendo importancia económica. En Francia, las manufacturas reales, que anuncian ya la industria moderna, fueron creadas al margen de las reglas del régimen corporativo. Cuando Turgot (1776) y luego la Revolución (1791) abolieron las corporaciones en Francia, éstas habían muerto ya de muerte natural. El capitalismo había roto las cadenas181 que obstaculizaban su desarrollo.
Además, dentro de la corporación, la escisión entre Capital y Trabajo y la lucha de clases aparecieron muy pronto. La aristocracia de los maestros detentó enseguida todo el poder y cada vez era más difícil para el oficial llegar a la maestría. A partir del siglo XVII, el oficial no es más que un auténtico proletario, y la corporación un monopolio de casta, una bastilla donde se atrinchera una oligarquía celosa y avara182.
Sin embargo, los partidos reaccionarios y la Iglesia se empeñan precisamente en resucitar esas corporaciones medievales que la evolución económica condenó tiempo ha.
En Francia, por ejemplo, en la primera mitad del siglo XIX, una pléyade de escritores católicos (Sismondi, Buchez, Villeneuve-Bargemont, Buret, etc.) critican los desastres de la competencia y piden el restablecimiento de los oficios organizados. El conde de Chambord, en su Carta abierta sobre los obreros (1865), recuerda que la realeza ha sido siempre la patrona de la clase obrera y reclama la constitución de corporaciones libres. A partir de 1870, la Iglesia integra oficialmente el corporativismo en su doctrina. El único medio de volver a la tranquilidad social anterior a la Revolución, dice el Congreso católico de Lille (1871), es restablecer, por la asociación católica, el reino de la solidaridad en el mundo del trabajo. En 1894, el Papa León XIII publica la Encíclica Rerum Novarum, en la cual, tras de reconocer que el capitalismo ha dividido el cuerpo social en dos clases y abierto entre ellas un inmenso abismo, pretende reparar el mal por un retorno al pasado: Nuestros antepasados gozaron durante mucho tiempo de la benéfica influencia de las corporaciones (...). Por eso vemos con gran placer cómo se crean hoy en todo el mundo sociedades de este género. Algo más tarde, La Tour du Pin —que es a la vez católico y monárquico— espera que la corporación acercará a obreros y patronos y reemplazará por una soldadura natural los vínculos ficticios de la primera hora183.
A esas corporaciones, los reaccionarios no las dan, sino un papel consultivo. No pretenden sustituir por ellas el Estado político, sino subordinarlas estrechamente a éste. ¡Lo primero la política! Para el conde de Chambord, las corporaciones deben de convertirse en las bases del electorado y del sufragio. Para La Tour du Pin, serán los colegios electorales naturales e históricos de los cuerpos políticos. Pero por encima de ellas estará la monarquía patrona, o el Estado autoritario omnipotente, del que serán simples colaboradoras en sus funciones económicas184.
Mientras los reaccionarios quieren volver al pasado, los reformadores sociales del siglo XIX, aunque no piden el restablecimiento de las corporaciones medievales abolidas, sueñan con adaptar su principio a la sociedad moderna y organizar el trabajo. Pero sus aspiraciones son bastante confusas. Saint-Simon quisiera repartir a los productores en corporaciones industriales185. Sus discípulos afirman que el principio regenerador de la sociedad futura no es diferente de los principios que presidieron la organización medieval. Había disposiciones legislativas que tenían por objetivo establecer el orden en la industria. Existía entonces una institución que en estos últimos tiempos ha llamado mucho la atención y que respondía a una necesidad de unión, de asociación (...), hasta el punto que el estado y la sociedad de aquel entonces lo permitía: nos referimos a las corporaciones (...). No cabe duda que esta organización era defectuosa en muchos aspectos (...). Pero abolida esta mala organización, no se edificó nada en el vacío que habían dejado (...). De la existencia en el pasado de las instituciones llamadas corporaciones, cuyas formas nos repugnan, no debemos deducir que los industriales deben de abstenerse necesariamente de constituir toda especie de cuerpo (...). [Así vemos] que se producen esfuerzos instintivos cuya tendencia manifiesta es crear un orden gracias a una nueva organización del trabajo186. Proudhon, por su parte, quisiera reconstruir sobre la base de nuevas relaciones los grupos naturales del trabajo, las corporaciones obreras187.
Como los católicos o los monárquicos, los reformadores sociales de la primera mitad del siglo XIX no se hacen una idea clara de la escisión entre Capital y Trabajo, entre patronos y asalariados. O si se dan cuenta de ello, creen poder acabar con esa escisión y mantener en vida o hacer renacer artificialmente el pequeño productor independiente188.
Sus sucesores, los sindicalistas reformistas, han renunciado a la quimera de los productores independientes, pero esperan poder desproletarizar de otra forma a los obreros. Quieren volver a la corporación por otro camino: gracias a la colaboración de clases en el seno de la profesión organizada. Quisieran reconciliar a los factores que creen indispensables para la producción, gracias a un desarrollo paralelo del sindicalismo patronal y del sindicalismo obrero y haciendo obligatoria la intervención de las organizaciones profesionales. Presumen de poder compartir en condiciones de igualdad con los patronos la gestión económica, primero en el seno de cada profesión, luego en el marco de toda la nación, por medio de la institución de un parlamento económico.
Paul-Boncour fue, en su tiempo, uno de los más elocuentes intérpretes de esta utopía189. Después de la guerra mundial, numerosos reformistas de diversos países, sobre todo alemanes, pero también italianos o franceses, creyeron que había llegado la hora de la democracia económica, del corporativismo, de la colaboración de clases. Y pese a todos los desengaños, el reformismo internacional sigue creyendo en nuestros días en semejante utopía. En Suiza, los sindicatos han aceptado el principio de las comunidades profesionales legales que reúnen a patronos y obreros. En Austria, poco antes de la derrota, el Wiener Arbeiter Zeitung escribía que la socialdemocracia puede admitir perfectamente la idea del corporativismo. En Bélgica, De Man reclama una organización mixta de la producción bajo el signo del corporativismo, y en el plan del P.O.B., esta organización mixta va desde el reconocimiento sindical y la generalización de los contratos colectivos, hasta el establecimiento de un Consejo Económico en lugar del Senado190. En Francia, la clave del plan de la CGT es el Consejo Económico Nacional, compuesto de los representantes calificados designados por las organizaciones patronales y obreras más representativas191 y la Federación Sindical Internacional sueña también con un verdadero Estado corporativo que debe de traducirse efectivamente por la colaboración de asalariados y patronos, en una misma organización o un instituto común192.
Sin embargo, los reformistas no conceden a los organismos corporativos que preconizan sino un papel consultivo. Para los autores del plan de la CGT, por ejemplo, el parlamento económico inspira al poder político en sus decisiones. Pero no le sustituye. El Estado político sigue siendo el soberano.
El fascismo nutre su demagogia corporativista, tanto de los proyectos de los reaccionarios como de los de los reformistas. De los primeros recoge la idea de la resurrección de las corporaciones medievales de artesanos y pequeños comerciantes, y de los reformistas la idea de la corporación de colaboración de clases y la del parlamento económico consultivo. Pero en dos puntos esenciales se separa de los reformistas y coincide con los reaccionarios:
1º Los reformistas quieren instituir su corporativismo en el marco de un Estado democrático y los fascistas en el de un Estado autoritario.
2º Los reformistas quieren su colaboración de clases, en el seno de cada corporación, en un régimen de libertad sindical. Los fascistas, por el contrario, no disimulan su intención de dar como base a su Estado corporativo unos sindicatos bajo su tutela en vez de los constituidos libremente por los obreros.
En Italia
Mussolini tomó por modelo la constitución corporativa promulgada por D'Annunzio en Fiume (8 de septiembre de 1920) y que, por otra parte, jamás llegó a aplicarse. Esta constitución tiene numerosos rasgos de inspiración reaccionaria. Creaba en la pequeña ciudad artesana de Fiume diez corporaciones obligatorias dotadas de autonomía tal como se estableció y ejerció durante los cuatro gloriosos siglos de nuestro período municipal. Pero su redactor, el antiguo sindicalista De Ambris, introdujo también la idea de un parlamento económico, compuesto de 60 miembros y elegido por las corporaciones193.
Mussolini se inspira también directamente de los reformistas. Por la época en que la CGT italiana proponía que las leyes fueran elaboradas por cuerpos consultivos sindicales, escribió a un amigo: El futuro verá parlamentos múltiples de competencias sustituir al parlamento único de la incompetencia194. En la asamblea constitutiva de los fasci, el 23 de marzo de 1919, declaró: La representación política actual no puede bastarnos; queremos que los intereses estén representados directamente (...). Si alguien objeta que esto es volver a las corporaciones, ¡qué importa! De hecho, el programa fascista de 1919 exige la creación de consejos nacionales técnicos del trabajo, de la industria, de los transportes, etc., elegidos por la colectividad de la profesión o el oficio.
En Alemania
Desde Fichte a nuestros días, numerosos escritores reaccionarios preconizan en Alemania el restablecimiento de las corporaciones medievales. En especial después de 1918. Es lógico, escribe Moeller van den Bruck, que el ataque contra el parlamentarismo que los revolucionarios llevaban a cabo bajo la bandera de los «consejos», lo fuera entre los reaccionarios bajo el estandarte de la corporación (...). Se trataba de volver a dar vida a las corporaciones concebidas no de una manera histórica y romántica, sino inspirada en las ideas modernas195. El nacionalsocialismo se inspira en estas fuentes y, según Gregor Strasser, su punto de partida es el espíritu y el contenido del sistema profesional de las guildas y corporaciones medievales196.
Feder toma de los reformistas la idea de incorporar a los patrones y obreros de las diferentes ramas de la economía en corporaciones profesionales (...), para orientarles hacia ese fin común que es la producción nacional en un sentimiento de confianza y responsabilidad recíprocos197. En estas corporaciones, obreros y patronos se reunirán y gozarán de los mismos derechos198. Siguiendo a los reformistas, los nazis adoptaron la idea de un parlamento económico consultivo, de consejos económicos regionales elegidos, y en la cúspide, una Cámara suprema económica, encargada de conciliar los distintos intereses199.
¿Qué piensan los magnates capitalistas que subvencionan al fascismo de su demagogia corporativista? Mientras el fascismo no ha llegado al poder, encuentran en ella más ventajas que inconvenientes. No sólo permite atraer al fascismo a muchos pequeñoburgueses, sino también apartar a algunos obreros de la lucha de clases y del sindicalismo libre, y atacar al parlamentarismo democrático.
Pero, aunque dejan que los demagogos fascistas digan lo que quieran, en su fuero interno, los financieros del fascismo son hostiles a todo corporativismo, a toda colaboración de clases y a cualquier relación igualitaria con los explotados. Tanto en su empresa como en el seno de la profesión, quieren dar órdenes y no hablar de igual a igual con sus empleados. Temen, sobre todo, que éstos les lleguen a exigir un día el derecho de controlar sus negocios, o a reivindicar una participación en la gestión de sus empresas.
No se les olvida el gran terror de los días que siguieron al final de la guerra mundial, cuando, en Italia, los obreros ocuparon las fábricas y pretendieron organizar por sí mismos la producción; cuando en Alemania, durante algunos días, los consejos de obreros y de soldados fueron el único poder legal. Por eso habían torpedeado sistemáticamente todos los esbozos de corporativismo o de control obrero que se habían visto obligados a aceptar en aquellos duros tiempos. En Italia, el control obrero que prometieron a los obreros metalúrgicos, a raíz de que ocuparan las fábricas (1920), no llegó a aplicarse nunca. En Alemania, los patronos se oponen sistemáticamente a la aplicación de las llamadas leyes de socialización, de 1919, y se niegan, en el seno de organismos como los Consejos del Carbón y de la Potasa, a cualquier colaboración efectiva con los representantes de los trabajadores.
Los patronos no quieren oír hablar de corporación o, si la aceptan en principio, es después de convertirla en algo completamente distinto, después de dejarla convertida en una cáscara sin contenido. Por ejemplo, el industrial francés Mathon deplora que quienes han pensado hasta hoy en restablecer la corporación hayan visto en ella una colaboración, que llega a veces hasta la participación del obrero en la dirección y en los beneficios de la empresa. Este es un terreno que debe de seguir, por el contrario, en manos del patrono. En principio, dice, sólo los patronos deben dirigir la corporación económica (...). A ellos pertenecen las empresas que la constituyen, y debido a esta propiedad, les corresponden la alta dirección y la responsabilidad (...). Son los más aptos para esta dirección (...). Son los únicos que pueden juzgar con suficiente claridad y amplitud de miras, con toda la competencia y experiencia que hace falta (...). La necesidad de un jefe único es indiscutible200. En consecuencia, la corporación económica debiera estar compuesta exclusivamente de patronos. Pero, aparte de esto, Mathon no encuentra ningún inconveniente en que patronos y obreros se encuentren en la corporación social y discutan entre sí todo lo relacionado con los salarios y las condiciones de trabajo.
Todos los patronos franceses que han escrito sobre la corporación, como Maurice Olivier201 o Lucien Laine202, tienen la misma opinión: nada de participación de los trabajadores en la dirección económica, pues sería el desorden. Hitler, en un momento de sinceridad, dice malhumorado a Otto Strasser que le pregunta en 1930:
—¿Entonces, cada cual manda en lo suyo?
—Ese sistema es fundamentalmente justo, y no puede haber otro. Copropiedad y codecisión de los obreros, es marxismo (...)203.
Los magnates capitalistas son también hostiles a las corporaciones autónomas de los pequeñoburgueses independientes (artesanos, pequeños comerciantes). No tienen ningún interés en que éstos se protejan gracias a estas corporaciones contra su competencia. Se oponen también a un Estado corporativo donde todos los intereses puedan manifestarse realmente. No quieren armonizar sus intereses con los de los demás, sino que los suyos prevalezcan sobre todos.
El partido nacional-alemán, que no se dirige, como los nacionalsocialistas, a las masas, expresa el sentir de la gran burguesía cuando imprime en caracteres gruesos en su programa de 1932: Rechazamos el Estado corporativo. Ya veremos más adelante que, aunque el fascismo en el poder se adorna con las plumas del corporativismo, para no chocar con sus financieros, le convierte en una caricatura.
8. En el caso particular de los obreros conscientes, el fascismo se presenta a ellos como más socialista que el socialismo
Estos son los componentes esenciales del anticapitalismo fascista. Expresados, bien es verdad, de manera harto sistemática, pues el fascismo, al revés que el socialismo, ni tiene ni puede tener una doctrina coherente y definida: Hay —dice Pierre Gérôme— una demagogia fascista que varía según los países, y dentro de cada país, según la clase social a la que se dirige, y según las circunstancias en las que se encuentra. Al fascismo no le preocupa que se acumulen las contradicciones en su programa204. Por eso, el anticapitalismo del que acabamos de trazar las grandes líneas admite diversas variantes. Sin contar con que el fascismo, a medida que se va acercando al poder, atenúa su programa, para —cuando ha llegado— acabar traicionándole.
Sobre todo, cuando se esfuerza en conseguir, sin gran éxito, la adhesión de los obreros conscientes (socialistas, comunistas o sindicalistas) el fascismo se ve obligado a reforzar su programa. Cuando habla a esta vanguardia proletaria, no sólo le propone un vago corporativismo que no engañaría ni un minuto a sus oyentes, sino que adopta en su honor toda la terminología de la lucha de clases: no sólo pretende asumir los principios del socialismo, sino que asegura que es más socialista que los partidos socialistas.
En Italia
El fascismo no se opone al socialismo en sí, sino a sus degeneraciones teóricas y prácticas, afirma el Vademécum del Fascismo Italiano. Gorgolini escribe: No es el fascismo quien impedirá seguir su camino y cumplir sus promesas al socialismo, cuya esencia no puede rechazarse. El fascismo, añade, tiene mayor audacia reformadora que el socialismo integral205.
En Alemania
Gregor Strasser habla del movimiento obrero alemán, movimiento absolutamente justificado, que reconocemos y afirmamos en su contenido más profundo206. Nosotros no combatimos al marxismo —dice Goebbels— porque sea un movimiento obrero, sino porque es su caricatura207. ¡Los únicos socialistas de Alemania, e incluso de toda Europa, somos nosotros!208.
9. Pretende ser el protector de las organizaciones de defensa de la clase obrera
A los obreros conscientes, el fascismo se presenta como el defensor natural de los sindicatos obreros.
En Italia
Mussolini —escribe Gorgolini— concede suma importancia al movimiento sindicalista de clase (...). Simpatiza con sus grupos profesionales (de las masas obreras), sus sindicatos, sus cooperativas, de las que aquéllas están justamente orgullosas, porque tales instituciones representan un esfuerzo constante y duradero. Aprecia su fuerza organizada en sólidas federaciones nacionales e internacionales, que viven desde hace años y que traducen no sólo el deseo de una emancipación teórica, sino los intereses reales del proletariado. El fascismo no piensa en privar al proletariado de sus organizaciones209. Las conquistas obreras son intangibles: Nadie puede soñar en condenar a la masa obrera a condiciones de existencia peores que las de hoy, escribe Mussolini210.
En la víspera misma de la marcha sobre Roma, el fascismo afirma en una proclama: Los hombres del Trabajo no tienen nada que temer del poder fascista (...). Sus justos derechos quedarán garantizados lealmente211.
En Alemania
El partido nacionalsocialista hace las mismas promesas solemnes: Nosotros consideramos —declara Gregor Strasser— como absolutamente necesaria la organización de los trabajadores en sindicatos en el seno del sistema capitalista dominante (...). Nosotros hemos reconocido siempre a los sindicatos como los representantes necesarios de los trabajadores y seguiremos reconociéndolos siempre212. August Winnig dice: Hoy más que nunca, la existencia de una comunidad sana es inconcebible sin los sindicatos. Esto hay que decirlo con toda claridad213.
10. Admite las huelgas económicas
El fascismo dice ser partidario si no de la huelga política, al menos sí de la económica.
En Italia
El fascismo —leemos en el Vademécum del Fascista Italiano— aconseja al proletariado servirse de todos los medios de lucha y de conquista capaces de asegurar el desarrollo de la colectividad y el bienestar de los productores. Rossoni declara: No debe condenarse a priori la huelga como arma de combate, cuando son causas económicas las que las determinan. Cuando un partido, como el fascismo, ha hecho una revolución con 100.000 bayonetas, no hay que asombrarse si en ciertas contingencias recurre a medios enérgicos para imponer el reconocimiento de un derecho justo214. En 1924, Mussolini advierte a los industriales que si no elevan los salarios, los obreros tendrán derecho a obrar por su cuenta.
Pero la huelga fascista no debe estar politizada. En la sesión del 24 al 25 de abril de 1925, el Gran Consejo considera la huelga como un acto de guerra, al que puede recurrirse cuando se han probado todos los medios pacíficos y han fracasado (...); establece claramente la diferencia entre la huelga fascista, excepcional y con fines definidos, y la huelga socialista, que es una regla, un ejercicio de gimnasia revolucionaria, y cuyos fines son lejanos e inaccesibles.
En realidad, mientras subsisten los sindicatos libres, el fascismo rivaliza con ellos en cuanto a huelgas. En 1924, sostiene la huelga de los mineros de San Giovanni Val d'Arno, la de los 30.000 obreros de las canteras de mármol de Carrara, etcétera. En marzo de 1925, los sindicatos fascistas de la metalurgia dan la orden de huelga general a los obreros de la fábrica Togni, en Brescia, etcétera, etcétera.
En Alemania
Hitler escribe: Mientras existan patronos incomprensivos o que carecen del sentido del derecho y de la justicia, sus empleados (...) tendrán el derecho y el deber de defender los intereses de la comunidad contra la avidez o la insensatez de un individuo (...). Cuando hay hombres tratados indignamente (...) y que la resistencia se convierte en una necesidad (...), sólo la fuerza puede decidir el resultado de los conflictos215. El folleto de propaganda editado por las células de empresa nacionalsocialista, afirma aún con mayor cinismo: Como partido obrero, el nacionalsocialismo reconoce un derecho de huelga sin restricciones (...). Es una mentira vergonzosa decir que los nacionalsocialistas, cuando lleguen al poder (...) arrebatarán a los trabajadores su arma suprema: el derecho de huelga216.
Pero la huelga debe de conservar un carácter económico y no convertirse en un acto político. Para Hitler, la huelga no es un medio de destrucción y de desorganización de la producción nacional, sino un medio de incrementarla y darle salida, gracias a una lucha contra todos los obstáculos, que, debido a su carácter antisocial, impiden el florecimiento económico de las masas217.
Y, en realidad, antes de su llegada al poder, el nacionalsocialismo sostiene grandes movimientos reivindicativos. Por ejemplo, en octubre de 1930 apoya la huelga de los metalúrgicos berlineses, en la que participan 100.000 obreros. En noviembre de 1932 colabora con los comunistas en la huelga de los transportes urbanos de Berlín.
11. Deja una puerta entreabierta hacia la socialización de los medios de producción
Pero el fascismo va aún más lejos. Para seducir a los obreros conscientes, entreabre una puerta hacia la gestión de la producción por los trabajadores.
El fascismo italiano no rechaza en absoluto la idea de que un día sean los trabajadores los que administren toda la producción. El programa de 1919 promete a las organizaciones sindicales la gestión de los servicios públicos y de las empresas, pero sólo si son dignos moral y técnicamente. En su discurso en la asamblea constitutiva de los Fascios (23 de marzo), Mussolini se expresa de modo deliberadamente ambiguo: Queremos que las clases obreras vayan haciéndose poco a poco capaces de dirigir las explotaciones, aunque sólo sea para convencerlas de que no es tan fácil dirigir una industria o un comercio. Durante la época de ocupación de las fábricas, no sólo acepta el famoso control de las fábricas, sino también su autogestión cooperativa, pero con esta reserva: Lo que exijo es que las fábricas produzcan más. Si los obreros me lo garantizan y los industriales no, no tendré ningún inconveniente en reconocer que los primeros tienen derecho a sustituir a los segundos218.
A raíz de la toma del poder, la gestión proletaria se convierte ya en una esperanza lejana: El sindicalismo fascista no excluye que, en un futuro lejano, los sindicatos de productores sean las células de un nuevo tipo de economía. Pero niega que el proletariado sea capaz hoy en día de crear su tipo específico de civilización219.
12. También hacia una profunda transformación de la propiedad
Por último, el fascismo trata de engañar a los obreros conscientes, prometiéndoles una profunda transformación del derecho de propiedad.
En Italia
El fascismo —leemos en el Vademécum del Fascista Italiano— se asienta sobre una realidad que no conoce un tipo único en materia política y se declara favorable a todas las formas, individualistas, colectivistas o de otra clase, con tal de que aseguren el máximo de producción y de bienestar. Rossoni declara en una entrevista: Las corporaciones fascistas no admiten ningún prejuicio en cuanto al sistema de producción. Entre el capitalismo y el comunismo prefieren el sistema que garantiza la producción más abundante y se deciden según las necesidades del movimiento histórico220.
El profesor Ugo Spirito desea que un día las corporaciones sean las propietarias de todos los medios de producción. Cuando el capital y el trabajo hayan terminado su fusión y la corporación posea todos los medios de producción y de cambio, los miembros de dicha corporación serán los accionistas de ella, y la noción de propiedad en sentido capitalista habrá quedado superada221.
En Alemania
Gregor Strasser exhuma hábilmente la vieja concepción germánica de la propiedad colectiva de la tribu o nación sobre los medios de producción y la tierra, propiedad de la que cada productor individual es sólo el vasallo, al servicio de la comunidad. Los marxistas —explica— tienen razón al reivindicar la propiedad de los medios de producción, pero no es una sola clase —aunque se trate de la clase obrera— la que debe de apropiárselos, sino la nación entera222. Hay que saber distinguir entre Eigentum (propiedad) y Besitz (posesión). Sólo la comunidad popular debe ser la propietaria de las riquezas nacionales; los particulares sólo pueden ser los depositarios y están en deuda por ello con la colectividad. Por el momento, la posesión de las riquezas debe dejarse tal cual está, pero en el futuro será quizá diferente. Como la única propietaria verdadera es la nación, todo el mundo puede esperar que un buen día la distribución de los feudos entre los vasallos se modifique223.
Otto Strasser va más allá que su hermano. Propone que cada camarada del pueblo se convierta en coposesor de la economía alemana. Basta para ello que el Estado, único propietario de las riquezas nacionales, entregue en feudo a cada patrono su propia empresa a cambio de un impuesto pagadero en cinco o diez años. La empresa es inalienable. La posesión, la dirección y los beneficios de la empresa se dividen en tres tercios, entre el patrono, el personal y el Estado. El derecho de herencia quedará limitado: si el poseedor de un bien muere sin dejar heredero masculino apto para sucederle, el feudo pasa a la comunidad popular224.
13. En el caso particular de los pequeños campesinos, el fascismo les promete el «reparto de las tierras»
Al dirigirse a los pequeños campesinos, el fascismo se ve también obligado a extremar su programa. Acepta la consigna del reparto de la tierra. Y en este punto pretende ser más socialista que los socialistas, que, tanto en Italia como en Alemania, no se han atrevido a tocar la gran propiedad agrícola.
En Italia
El programa de los fascios de 1919 es categórico: Nosotros daremos directamente la tierra a los campesinos (...), la tierra se entregará a los campesinos para que la cultiven asociados. Todavía en 1921, Gorgolini declara que el fascismo se opone irreductiblemente a la propiedad demasiado grande. Ataca al latifundio con su absentismo improductivo, que deja enormes extensiones sin cultivar (...). Los latifundistas que descuidan el cultivo de sus dominios (...) pierden solemnemente su derecho de propiedad225. Mussolini, en un artículo del 23 de marzo del año 1921, escribe estas frases: Dentro de unos meses, toda Italia estará en nuestro poder (...) y estará en nuestras manos la realización de la única revolución posible en Italia: la revolución agraria que debe dar la tierra a quien la trabaja.
En Alemania
También el nacionalsocialismo inscribe en su programa la división de los grandes latifundios o colonización. Walter Darré multiplica los ataques demagógicos contra los feudales de la agricultura instalados sobre sus bienes y sus cuentas bancarias como la nobleza romana decadente estigmatizada por Ferrero226. Otro especialista, el doctor Carl Hartwich, consagra a la cuestión un folleto entero, y espera que Hitler solucione el problema del Este: La gran propiedad del Este debe desaparecer en su mayor parte (...). Hay que colonizar el Este. No se puede conservar la gran propiedad por respetar la tradición227. Incluso después de conseguir el poder, el gobernador de Prusia Oriental, Koch, proclama que una gran evolución histórica acaba de empezar con el socialismo del Este, y anuncia un gran plan de colonización realizable en un plazo de cinco a ocho años228. Kube, gobernador de Brandeburg, promete un plan análogo más importante que la liberación de los siervos campesinos que realizó Von Stein229. Los verdaderos socialistas —escribe el Tägliche Rundschau—, como los presidentes superiores Erich Koch y Helmuth Brückner, han pronunciado estos últimos días palabras que anuncian la revolución agraria, que terminará con el capitalismo en la agricultura y con unas condiciones de propiedad caducas e insoportables. La reacción encarnada por el gran capital y los grandes latifundistas será arrastrada por la ola que se acerca, y no quedará más que su recuerdo en los libros de historia230.
V. La táctica fascista
Vamos a ver ahora cómo entra en acción el fascismo. Primero, atacando al proletariado organizado, luego lanzándose a conquistar el poder y, por último, ya dueño de la plaza, utilizando los mecanismos del Estado para liquidar completamente la democracia y las organizaciones proletarias e instaurar una dictadura sin careta.
1. Primera fase: las bandas fascistas actúan como «milicias antiobreras»
En un principio, las bandas fascistas tienen el carácter de milicias antiobreras, a las que los magnates capitalistas y los terratenientes confían la tarea de hostigar al proletariado organizado, de reducir su capacidad de resistencia. Aunque el modo de empleo de estas bandas varía de un país a otro, su táctica es siempre la misma en el fondo: militar y ofensiva. El fascismo enfrenta sus «minorías audaces» y armadas a masas obreras amorfas y generalmente sin armas.
En Italia
Nada más terminar la guerra de 1914-1918, florecen en Italia multitud de ligas antiobreras: Fascios de combate de Mussolini, Liga antibolchevique, Fascios de Educación social, Umus, Italia rescatada, etcétera. Al mismo tiempo, los voluntarios de los «cuerpos francos» de tiempos de la guerra, los arditi, constituyen en el momento de su desmovilización una poderosa asociación de 20.000 miembros, que tiene secciones en las principales ciudades y se convierten en tropas de choque de las diversas ligas antiobreras231. En multitud de sitios, los arditi atacan de improviso, en grupos de veinte o treinta, con granadas de mano y puñales, a manifestaciones obreras que desfilan pacíficamente por las calles, incluso con mujeres y niños. En Milán, por ejemplo, el 15 de abril de 1919, a la salida de un mitin socialista, se forma una imponente manifestación. Pero cuando va a llegar al centro de la ciudad, una pequeña tropa de jóvenes se lanza contra la multitud. Sorprendidos por el ataque, los manifestantes se detienen, dudan y acaban batiéndose en retirada. Aquel mismo día por la tarde, otra banda saquea el local del periódico socialista Avanti. El 1 de diciembre de 1919, inauguración de la nueva Cámara, los diputados socialistas son atacados al salir del Parlamento. En julio de 1920 le toca el turno al local donde se tira la edición de Roma del Avanti. Muy pronto los arditi y otras ligas antiobreras se funden con los «fascios» de Mussolini.
El mismo año 1920, el ministerio de la Guerra encarga a un coronel el crear en toda Italia núcleos de oficiales con sus enlaces correspondientes. Después de haber recorrido Italia con este fin, dicho oficial publica un informe, que contiene ya, dice Rossi, «un plan preciso de ofensiva antisocialista»232. Pero como esos núcleos de oficiales no bastarían, el coronel sugiere que se les añadan «para sostener y dirigir mejor la acción, una milicia de idealistas, formada por los más expertos, los más valientes, los más fuertes y los más agresivos de nosotros». «Es necesario que esta milicia —añade— sea capaz de una acción de resistencia y, al mismo tiempo, de una acción política (...). Las acciones parciales, destinadas a castigar la insolencia de los centros más subversivos, serán una excelente escuela para nuestras milicias y servirán al mismo tiempo para desmoralizar y debilitar al enemigo». El coronel llama a este tipo de acciones expediciones punitivas locales. La milicia que preconiza deberá tener una organización y seguir una táctica estrictamente militares. De este modo podrá vencer fácilmente al adversario, «turbamulta heterogénea», mal armado, pasivo e incapaz de una acción organizada y coordinada. A Mussolini le bastó ejecutar las directivas del coronel.
A finales de 1920, después del fracaso de la ocupación de las fábricas, el fascismo empezó a recibir más dinero de los grandes industriales y terratenientes. Así obtuvo los medios materiales para desarrollarse en gran escala y perfeccionar la táctica de los arditi del año anterior. Compra armas, paga a sus jóvenes mercenarios y a los oficiales desmovilizados que les encuadran: nacen las «escuadras de acción revolucionaria». Éstas empiezan a actuar en el campo, donde los trabajadores, aislados, están a su merced. La ofensiva empieza en Bolonia, centro de las «ligas rojas» de la Emilia. En las elecciones municipales de 1920 ha triunfado el partido socialista. El 21 de noviembre, mientras está reunido el Ayuntamiento, los «camisas negras» atacan el edificio; una bala mata, en plena sesión, a un concejal reaccionario, el abogado Pietro Giordani, excombatiente. Nadie sabe de dónde ha venido la bala, pero la reacción se apresura a utilizar el cadáver. Este asunto de Bolonia, según un apologista de Mussolini, «abre la gran era fascista (...). La ley del talión, brutal, anacrónica, salvaje, reina en la península por voluntad del fascismo». «Año y medio después —cuenta Pietro Nenni— se encontró en Bolonia el cadáver de una mujer cortado en pedazos. Se detuvo al asesino, que no era otro que un individuo que había detenido la policía a la puerta del Ayuntamiento el mismo día del asesinato del abogado Giordani. Como era un hombre al servicio de los fascistas y de la policía, se le puso inmediatamente en libertad en aquella ocasión. Sin embargo, todo le acusaba (...). En Bolonia todo el mundo cree que fue quien mató al concejal y que le pagaron por ello»233.
En todas las aldeas del valle del Po, las «escuadras de acción» entran en escena. Las mandan generalmente los hijos de los terratenientes. Armadas por éstos, utilizan sus automóviles en sus «expediciones punitivas» contra los pueblos rojos. Luego, animados por su éxito en el campo, empiezan a atacar al proletariado urbano. Desde principios de 1921, en Trieste, en Módena, en Florencia, etcétera, las bandas fascistas devastan los locales sindicales, las cooperativas y los periódicos obreros.
Tanto en el campo como en las ciudades siguen la misma táctica: la sorpresa. Las escuadras, sometidas a una férrea disciplina, obedeciendo ciegamente a sus jefes, actúan con rapidez de rayo. Concentrados en un punto convenido, en camiones, los «escuadristas» caen de improviso en medio de enemigos mucho más numerosos. Como cuenta Malaparte, «están entrenados en la táctica de la infiltración, de los golpes de mano, armados de puñales, granadas y material incendiario»234. Antes de que los trabajadores tengan tiempo de reaccionar, han terminado su tarea de destrucción y muerte y se retiran con la misma rapidez que han llegado. Si se manifiesta la menor resistencia, intervienen refuerzos preparados con anticipación. Poco a poco, el temor que suscitan paraliza la resistencia de sus adversarios. Cuando los fascistas tienen que batirse en retirada, vuelven al día siguiente en mayor número, y ejercen terribles represalias. Hacen beber aceite de ricino, torturan o asesinan a los militantes obreros.
En esta época, las escuadras fascistas no sólo cuentan con los subsidios de la gran burguesía, sino con el apoyo material y moral de las fuerzas represivas del Estado: policía, carabineros, ejército. La policía recluta para las escuadras a gente fuera de la ley, con amenazas o con promesas de tolerancias. Presta sus vehículos a los escuadristas, niega permisos de uso de armas a obreros y campesinos y los concede o prorroga a los fascistas235. La fuerza pública tiene órdenes de no intervenir cuando atacan los fascistas, y, de hacerlo, sólo si los «rojos» resisten236. Con frecuencia, policías y fascistas preparan de común acuerdo las agresiones contra las organizaciones obreras.
El liberal Gobetti cuenta cómo un estudiante, que había tomado parte en varias expediciones punitivas, convocado por la policía, recibe efusivas felicitaciones y el gorro fascista237. Los mismos fascistas lo confiesan. Umberto Bianchelli cuenta en sus Memorias de un fascista: «El fascismo, hay que reconocerlo, podía desenvolverse con las manos bastante libres, porque había funcionarios y oficiales con corazón de italianos, que contemplaban entusiasmados cómo volvíamos al combate. Los suboficiales y soldados rivalizan entre ellos para ayudar al fascio».
Un estudiante fascista, miembro de una escuadra, escribe en una especie de confesión pública que envió a un periódico comunista: «Si hacíamos que la policía os desarmara antes de avanzar contra vosotros no era por miedo, sino porque nuestra sangre es preciosa y no hay que malgastarla contra una plebe vil y abyecta»238.
Los magistrados, por su parte, distribuyen «siglos de cárcel a los antifascistas y siglos de indulgencia a los convictos de fascismo»239. En 1921, el ministro de Justicia, Fera, envía una circular a la magistratura, aconsejando que dejen dormir los expedientes sobre las acciones criminales de los fascistas240.
Pero el apoyo decisivo es el que les presta el ejército. El 20 de octubre de 1920, el general Badoglio, jefe del Estado mayor general, envía una circular confidencial a los jefes de las regiones militares. Les anuncia que los oficiales que están siendo desmovilizados (unos 60.000 en aquel momento) irán a los centros más importantes, con obligación de afiliarse a los «fascios de combate» para dirigirles y encuadrarles. Seguirían recibiendo los 4/5 de su sueldo. El material de los parques pasa a manos de las bandas fascistas, a las que entrenan oficiales en situación de reserva o incluso en el servicio activo. Muchos oficiales, que saben las simpatías que sus superiores sienten por el fascismo, no tienen inconveniente en afiliarse a éste. Los casos de colaboración entre el ejército y los «camisas negras» se multiplican: el fascio de Trento rompe una huelga con ayuda de una compañía de Infantería; el de Bolzano le fundan los oficiales del 232 de Infantería.
En noviembre de 1921, con la colaboración del general Gandolfi, las «escuadras» se funden en una verdadera organización militar. Los elementos más combativos y más seguros, los principi, se organizan en secciones, centurias, cohortes, legiones, y lucen un uniforme especial. Al lado de este auténtico ejército en activo existe una especie de reserva territorial, los triari, a los que se encargan misiones secundarias.
Ahora que cuentan con efectivos suficientes, los principi ocupan sistemáticamente las regiones que quieren someter. «Miles de hombres armados —cuenta Malaparte—, hasta 15.000 ó 20.000 en ciertas ocasiones, caen de pronto sobre una ciudad, o varias aldeas, yendo rápidamente de una provincia a otra en sus camiones»241. Atacan las sedes de los sindicatos, las cooperativas y diarios obreros; a primeros de agosto de 1922, se apoderan del Ayuntamiento de Milán y de Livorno, dos municipios socialistas, incendian los locales del diario Avanti, de Milán; del diario Lavoro, de Génova, y ocupan el puerto de esta ciudad, plaza fuerte de las cooperativas obreras de los cargadores. Con esta táctica, desgastan y desmoralizan al proletariado organizado, privándole de sus medios de acción, de sus puntos de apoyo, en espera de aniquilarle definitivamente después de la conquista del poder.
En Alemania
A raíz del armisticio florecen por doquier las ligas antiobreras, compuestas de oficiales desmovilizados, de aventureros y mercenarios: son los «cuerpos francos», que contribuyen a aplastar la Comuna de Berlín (enero de 1919), la de Munich (abril de 1919), que aterrorizan a los obreros agrícolas de Pomerania (verano de 1919) o a los obreros del Ruhr (primavera de 1920), y quienes, de 1919 a 1923, ejecutaron todos los asesinatos de políticos de izquierdas242.
El partido nacionalsocialista, que en su origen no era más que una de estas «ligas de combate», terminó, como los fascios en Italia, por absorber a todas las demás. Su táctica se inspira en la del fascismo italiano: cuando los «camisas negras» de Mussolini empiezan a atacar a las manifestaciones obreras, Hitler constituye una pequeña tropa de choque a la que llama «servicio de orden», y que se encarga de perturbar las reuniones políticas de sus adversarios (verano de 1920). El 4 de enero de 1921 declara delante de la multitud, reunida delante de la cervecería Kindl, «que el movimiento nacionalsocialista impediría desde aquel mismo momento, por la fuerza si era necesario, todas las reuniones o conferencias susceptibles de ejercer una influencia deprimente»243.
Su táctica, como la de los «camisas negras», es esencialmente ofensiva: un pequeño grupo de hombres audaces que irrumpen en el seno de una masa de obreros reunidos y que, gracias a su cohesión, a su acción rápida y brutal, se hacen dueños del terreno. «Más de una vez —cuenta Hitler— un puñado de nuestros camaradas ha conseguido hacer frente heroicamente a una enorme masa de rojos aullando y golpeando. Es cierto que fácilmente les hubieran podido vencer, pues no eran más que 15 ó 20 hombres, pero los rojos sabían que el doble o el triple de los suyos habrían terminado con la cabeza rota (...). Había que verles lanzarse como un enjambre de avispas sobre los perturbadores (...) sin miedo a su superioridad numérica, a veces aplastante, sin miedo a caer heridos ni a derramar su sangre»244.
Es en esta época cuando el comisario principal de policía de Munich, Pöhner, a quien alguien se quejaba de que había «verdaderas organizaciones de asesinato político», responde: «Sí, sí, pero demasiado pocas»245.
En la reunión de la Hofbräuhaus del 4 de noviembre de 1921, el «servicio de orden» se supera a sí mismo. Antes de empezar el acto, Hitler reúne a sus hombres en posición de firmes y les dice que sólo muertos o por orden suya podrán abandonar la sala. «Mis hombres se lanzaron al ataque como lobos. En manadas de ocho o diez se arrojaban sobre el enemigo, echándoles de la sala a palos. El tumulto duró veinte minutos. En ese momento, los adversarios, que eran en un principio de 700 a 800, habían rodado por la escalera. En la sala no quedaba ninguno. Mis hombres eran menos de 50 (...). Esa noche aprendimos muchas cosas»246. En efecto, la lección fue bien aprovechada: en octubre de 1922, Hitler, acompañado por 800 nazis, fue a un congreso a Coburgo. Al salir de la estación, les recibió una enorme muchedumbre obrera con gritos de «¡asesinos!, ¡bandidos!, ¡criminales!», y empezó a tirarles piedras. Los nazis, fieles a su táctica ofensiva, pasaron al ataque. «Nuestra paciencia —cuenta Hitler— se había terminado, y empezamos a repartir golpes a diestra y siniestra. Al cabo de un cuarto de hora no quedaba un solo rojo en las calles»247.
Después de la batalla de la Hofbräuhaus, el «servicio de orden» recibió el nombre, mucho más adecuado, de «sección de asalto» (Sturm-Abteilung), mejor conocido por sus iniciales: S. A. Más adelante, en agosto de 1923, Hitler forma una guardia personal: las «tropas de choque de Hitler». De esta guardia pretoriana saldrán las «columnas de protección» (Schutz-Staffel), más conocidas por sus iniciales: S. S.
Tras de algunos años de eclipse, el nacionalsocialismo reconstruye en 1926 y 1927, primero las S. S. y luego las S. A. Como los principi italianos, las S. S. son tropas de choque cuidadosamente seleccionadas. Las S. A. son más bien un vasto ejército popular, al que se le confían misiones secundarias.
Las bandas hitlerianas vuelven a perturbar las reuniones políticas obreras. En 1927, un discípulo de Hitler, el joven Goebbels, consigue implantarse en los barrios rojos de Berlín. Se vanagloria de haber «ido a buscar al enemigo a su misma fortaleza» y de haberle «obligado a luchar». Alquila para celebrar un mitin la sala Pharus, donde suelen celebrar los comunistas los suyos, dispersa a sus hombres por la sala, y a una señal convenida se arrojan sobre los revolucionarios, que tratan de contradecirle. Éstos, que se han agrupado, se ven obligados a abandonar el terreno frente a un número inferior de enemigos248.
A partir de 1930, la lucha salta a la calle: las milicias pardas provocan y asesinan en la calle a sus adversarios obreros. Todos los domingos hay alguna pelea, con muertos y heridos, en algún lugar de Alemania.
Las fuerzas represivas del Estado apoyan y arman a las bandas fascistas. A fines de 1930, el general Von Schleicher tiene un encuentro amistoso con el capitán Roehm, jefe de las S. A., y le declara que ve con muy buenos ojos a las secciones de asalto, pero con tal de que respeten las atribuciones de la Reichswehr249. El Estado Mayor autoriza a los milicianos a entrenarse en las instalaciones militares, donde les instruyen oficiales y suboficiales del ejército250.
Al revés de lo que pasaba en Italia, aquí las bandas fascistas no se atreven a atacar los locales de las organizaciones obreras. Pero con la exhibición de su fuerza y con toda clase de violencia, impresionan y desmoralizan a sus adversarios, debilitando su capacidad de resistencia, en espera de que llegue, con su instalación en el poder, la hora de aniquilarlas definitivamente.
2. ¿Qué hace entonces el proletariado?
¿Cómo se defiende el movimiento obrero en esta primera fase contra las bandas fascistas? Al principio, la táctica audaz, militar, de los «camisas negras» y «camisas pardas» le sorprende y su respuesta es débil. Pero no hubiera tardado en adaptarse, espontáneamente, a la táctica del adversario, si sus jefes —por miedo a la acción directa— no hubieran tratado de frenar sistemáticamente su voluntad de lucha.
En Italia como en Alemania, los jefes reformistas se niegan a responder violentamente a la violencia de los fascistas, por miedo a indisponer a la «opinión pública», y sobre todo a constituir grupos de combate y formaciones paramilitares, para no molestar a las autoridades, esperando que éstas disolverán las formaciones paramilitares del fascismo. Se niegan tenazmente a luchar en el mismo terreno y con las mismas armas que los fascistas, pues creen que en tales condiciones su derrota es segura. Esta táctica legalista y derrotista desmoviliza a la clase obrera y aumenta la audacia, la confianza en sus fuerzas y el sentimiento de ser invencibles, del adversario. Si desde el primer momento las bandas fascistas hubieran encontrado una resistencia proletaria organizada y hubieran sufrido duras represalias, habrían pensado dos veces antes de emprender «expediciones punitivas» o interrumpir los mitines proletarios. Su reclutamiento no hubiera sido tan fácil. Y, por el contrario, los éxitos del proletariado en la lucha antifascista le habrían dado el dinamismo que precisamente le hacía falta.
En Italia
Los jefes socialistas y sindicalistas se niegan con obstinación a responder al fascismo con sus mismas armas, a organizarse militarmente. «Al fascismo no se le puede vencer en una lucha armada, sino sólo en una lucha legal», escribe Battaglia Sindacale. En la provincia de Rovigo, Matteotti y los sindicatos dan la siguiente consigna: «Quedaos en casa, no respondáis a las provocaciones. Incluso el silencio y la cobardía pueden ser heroicos»251. En algunas circunstancias, ciertos simpatizantes socialistas que ocupan puestos importantes en el aparato del Estado les ofrecen armas para que se protejan de los fascistas. Pero éstos «rechazan dichas ofertas, diciendo que corresponde al Estado el proteger a los ciudadanos contra los ataques armados de otros ciudadanos»252.
Confían su defensa al Estado burgués, y por eso, en la primavera de 1921, toman en serio la tentativa del presidente del Consejo, Bonomi, que quiere «reconciliar» a socialistas y fascistas. Se imaginan que los fascistas van a disolver voluntariamente sus formaciones paramilitares. En la Cámara, Turati, volviéndose hacia Mussolini y sus amigos, exclama con tono patético: «Me limitaré a decir: “¡desarmémonos de verdad!”»253. El «pacto de pacificación» se firma el 3 de agosto.
Pero unos meses después, los fascistas rompen el «pacto» y vuelve a empezar la guerra civil. Entonces, los socialistas esperan que los poderes públicos disuelvan las bandas fascistas. Y es cierto que el gobierno envía el 26 de diciembre una circular a los gobernadores, encargándoles la disolución de todas las formaciones paramilitares, la ocupación de sus locales, la confiscación de sus armas, así como el procesamiento de todos los que intenten reorganizarlas. Pero las autoridades locales se limitan a ordenar algunos registros, generalmente en las casas del pueblo y en las sedes de los sindicatos socialistas «para apoderarse —dice Rossi— de las pocas armas que podían tener, y dejar así la puerta abierta a la agresión fascista»254.
Para suplir esta carencia de los jefes socialistas y sindicales, militantes de diversas tendencias: sindicalistas revolucionarios, socialistas de izquierda, jóvenes socialistas, comunistas, republicanos, etcétera, a los que se agregan algunos ex oficiales, crean en 1921, por iniciativa de un tal Mingrino, una milicia antifascista: los Arditi del Popolo. Pero a esta milicia no la reconocen oficialmente ni el partido socialista ni la CGT, a quienes inspira gran desconfianza: «Los Arditi del Popolo —dice Avanti, del 7 de julio del año 1921— se creen capaces quizá de acabar con el movimiento armado de la reacción». En cuanto el partido socialista firma el «pacto de pacificación» con los fascistas, aprovecha la oportunidad para «desautorizar la organización y las acciones de los Arditi del Popolo». Por su parte, los comunistas ordenan a sus afiliados que abandonen esta milicia, con el pretexto de que entre sus miembros hay «elementos dudosos y sin conciencia de clase». Organizan separadamente unas «escuadras comunistas», que, salvo algunas acciones en Milán y otros lugares, no hacen gran cosa255. «Los Arditi del Popolo —según Ignazio Silone— habrían podido agrupar a todas las fuerzas proletarias, dispuestas a responder al fascismo con las armas en la mano»256. Pero, abandonados a sí mismos y desautorizados por los dos partidos proletarios y por la CGT, sólo fueron una fuerza auténtica en algunas ciudades aisladas.
Como resultado de toda esta política, cuando los «camisas negras» emprendían una expedición punitiva contra una localidad o atacaban las sedes de las organizaciones obreras o de los ayuntamientos «rojos», los militantes eran incapaces de resistir o sólo ofrecían una resistencia improvisada, anárquica y generalmente ineficaz. La mayor parte del tiempo, los asaltantes quedaban dueños del terreno. Mientras los fascistas desplazaban a sus tropas en camiones y podían llevar rápidamente refuerzos al teatro de operaciones, sus adversarios no tenían ni comunicaciones, ni organización permanente que les permitiera enviar refuerzos de una ciudad a otra. «El fascismo —escribe Rossi— tiene una inmensa superioridad sobre el movimiento obrero: sus posibilidades de desplazar y concentrar sus fuerzas de acuerdo con una táctica militar (...). Los fascistas son en muchos casos marginales que pueden vivir en cualquier parte (...). Los trabajadores, por el contrario, se aglomeran en torno a su Casa del pueblo (...). Los trabajadores están unidos a su tierra (...). Esta situación deja al enemigo todas las superioridades: la de la ofensiva sobre la defensiva, la de la guerra de movimiento sobre la guerra de posiciones»257.
Después del ataque fascista, los obreros se abstienen de tomar represalias, respetan los locales fascistas y no desencadenan un contraataque. Se contentan con proclamar «huelgas generales de protesta». Pero estas huelgas, cuyo objeto es obligar a las autoridades a proteger a las organizaciones obreras contra el terror fascista, terminan en ridículas declaraciones o en conferencias con unas autoridades que son en realidad cómplices del fascismo258. Al no ir acompañadas de ninguna acción directa, dejan intactas las fuerzas del adversario, que, además, se aprovecha para redoblar sus violencias. En efecto, los fascistas protegen a los «amarillos» o actúan como rompehuelgas, y «ante ese vacío amenazador que la huelga crea en torno de ella, dan golpes rápidos y violentos en el corazón de la organización enemiga»259.
Sin embargo, las raras veces que los antifascistas resisten de un modo organizado, suelen triunfar temporalmente. En Parma, por ejemplo, en agosto de 1922, la población obrera rechazó victoriosamente un ataque fascista, a pesar de la concentración de varios millares de escuadristas, «porque la defensa de los barrios obreros de Parma se organizó siguiendo métodos militares», bajo la dirección de los Arditi del Popolo260.
En Alemania
Si desde un principio, cuando las bandas hitlerianas eran todavía débiles, los partidos obreros hubieran respondido con sus mismas armas, seguramente aquéllas no habrían prosperado. Los mismos jefes nacionalsocialistas lo reconocieron retrospectivamente. Hitler confiesa: «Sólo una cosa podía impedir nuestro desarrollo: que el adversario comprendiera el principio y que, desde el primer día, con toda la brutalidad posible, hubiera aplastado el núcleo de nuestro nuevo movimiento»261. Y Goebbels dice: «Si el enemigo hubiera conocido nuestra debilidad, probablemente nos hubiera aplastado (...). Habría ahogado en sangre los primeros logros de nuestro trabajo»262.
Pero nadie arrancó de raíz al nacionalsocialismo, que se convirtió en una gran fuerza. Para resistir su empuje, los socialistas alemanes se fiaron del Estado burgués, pidiéndole protección y ayuda. En lugar de contar con la combatividad de las masas, prefirieron confiar en la policía prusiana —que creían controlar, pues el gobierno de Prusia era socialista—, en la Reichswehr, en el presidente Hindenburg. Esperaban que los poderes públicos cumplieran con su obligación, es decir, según ellos, disolvieran las secciones de asalto. En abril de 1932, el general Groener, ministro de Brüning, les dio una efímera satisfacción, prohibiendo las S. A. Pero tuvo que dimitir el 13 de mayo y tras de él todo el gabinete Brüning (30 de mayo). El nuevo canciller, Von Papen, se apresuró a autorizar de nuevo las secciones de asalto y a destituir al gobierno socialista de Prusia.
Es cierto que los socialistas tenían, desde 1924, una milicia antifascista, la Reichsbanner, cuyos efectivos no eran muy importantes. Pero esta milicia, que solía desfilar uniformada en formaciones impecables, jamás entraba en acción. Siempre que podía encontrarse con las bandas fascistas, los dirigentes socialistas se apresuraban a retirarla. Por ejemplo, el 22 de enero de 1933, cuando los nazis desfilan delante de la Casa Karl Liebknecht, sede del partido comunista, las secciones de la Reichsbanner emprenden una larga marcha de entrenamiento fuera de Berlín263. No sólo los jefes de la Reichsbanner esquivan el combate, sino que terminan por dejarse desarmar como corderos por la policía de Von Papen.
Por su parte, cierto número de organizaciones sindicales crean grupos de autodefensa bien en las empresas donde tienen afiliados o entre los parados. Pero la central socialista considera que la «situación no es grave como para justificar la preparación de una lucha de los trabajadores para defender sus derechos». En vez de «centralizar y generalizar esas medidas preventivas», las considera «superfluas»264.
También los comunistas tenían una milicia antifascista: la «Liga de los combatientes del Frente Rojo», que de 1929 a 1931 tenía por consigna: Atacad a los fascistas donde les encontréis. Y, valientemente, los «combatientes del Frente Rojo» no sólo hicieron frente a los milicianos nazis, sino que en ciertos casos llegaron a atacar sus locales, sus cuarteles. Pero a partir de 1931, el partido renuncia a luchar contra las bandas fascistas. Torgler confesará más tarde: «Desde mucho tiempo antes los comunistas habían dado órdenes a sus militantes de renunciar a todo terror. La fórmula Atacad a los fascistas fue condenada.» Se abandona la lucha física por la «lucha ideológica». Torgler se vanagloria de haber discutido con los nacionalsocialistas y los miembros de las secciones de asalto, en muchas reuniones públicas, sin perder nunca su sangre fría265.
Cuando las secciones de asalto anuncian que van a desfilar, el 22 de enero de 1933, delante de la casa Karl Liebknecht, los jefes del partido suplican al ministerio del Interior que prohíba la manifestación nazi. «El P. C. —declaran a la prensa— hará responsables a las autoridades de lo que ocurra en la Bülow Platz.» Por otra parte, piden a los obreros que envíen cartas de protesta al jefe de la policía266, y los grupos de combate, que estaban dispuestos, reciben la orden de no intervenir y tienen que obedecer muy a su pesar.
Esta táctica no sólo deja desarmados a los obreros frente a las bandas armadas del fascismo, sino que les desmoraliza. Al ver que no pueden luchar, los «combatientes del Frente Rojo», que no son todos militantes conscientes, se pasan en gran número a las secciones de asalto267. Otros comunistas se ponen la camisa parda con el pretexto de «infiltrarse» en las S. A.
3. Segunda fase: el fascismo se lanza a conquistar el poder
En un momento dado, los magnates no sólo se sirven de los «camisas negras» o los «camisas pardas» como milicias antiobreras, sino que lanzan al fascismo a la conquista del Estado.
Para comprender bien la táctica fascista en esta segunda fase hay que disipar un error muy extendido: el de creer que tomar el poder se plantea de la misma forma para el socialismo proletario y para el fascismo268. En realidad, entre una y otra forma la diferencia es capital: el socialismo es el enemigo de clase del Estado burgués, aunque sea «democrático», mientras que el fascismo está al servicio de la clase representada por dicho Estado. El socialismo revolucionario sabe que no conquistará el poder sino tras de dura lucha, y que tendrá que romper la tenaz resistencia del adversario. Aunque utilice todos los medios legales que le proporcione la ley o la Constitución, lo hace sin ninguna ilusión, pues sabe que la victoria es, en definitiva, una cuestión de fuerza. (Naturalmente, esto no puede aplicarse al «socialismo» oportunista, que no trata de conquistar el poder, sino todo lo más de «ejercerle», gobernando por cuenta de la burguesía.)
Por el contrario, el fascismo, a partir del momento en que se lanza a la conquista del poder, cuenta ya con el asentimiento de la fracción más poderosa de la burguesía capitalista. Además se ha asegurado la complicidad de los jefes del ejército y de la policía, cuyos vínculos con los financieros del fascismo son muy estrechos; en cuanto a los que tienen aún en sus manos las riendas del Estado burgués «democrático», saben perfectamente que aunque representen intereses algo distintos de los de sus financieros no están dispuestos a ofrecer una resistencia armada, y que la solidaridad de clase será más fuerte que las divergencias de intereses o de métodos.
Los ejemplos del «putsch» del 9 de noviembre de 1923 en Munich y del motín del 6 de febrero de 1934 en París no deben engañarnos. Si en esas dos ocasiones el ejército y la policía abrieron fuego contra los sediciosos de extrema derecha, es porque la burguesía no estaba decidida a entregar el poder a las bandas fascistas.
El fascismo sabe pues que, en realidad, la conquista del poder no es para él una cuestión de fuerza. Podría, si lo quisiera, apoderarse del Estado, y si no lo hace es porque no ha conseguido atraerse a una fracción suficientemente grande de la opinión pública. Ahora bien, es imposible, actualmente, gobernar sin conseguir el asentimiento de masas lo suficientemente amplias, y por eso el fascismo quiere ganárselas para poder presentar su subida al poder como el efecto de un vasto movimiento popular y no sólo porque los capitalistas que le subvencionan, los jefes del ejército y de la policía están dispuestos a entregarle el Estado. Por eso su táctica es tan legalista. Por eso quiere llegar al poder utilizando la Constitución y el sufragio universal.
Pero, por otro lado, el fascismo tiene que dar a sus tropas de choque la ilusión de que es un movimiento «revolucionario»; que, como el socialismo, se lanza también al asalto del Estado, y que sólo la valentía y el sacrificio de sus camisas negras o pardas le darán la victoria. Por eso juega a la guerra, simulando que se prepara a asaltar la ciudadela.
Cuando su táctica legalista le ha permitido reunir las masas indispensables, cuando todas las condiciones sicológicas se han conseguido, entonces, sin ruido, del modo más legal del mundo, se instala en el Estado. La comedia ha terminado.
En Italia
Los magnates de la industria pesada, los dirigentes de la industria ligera y los grandes terratenientes estaban ya de acuerdo, desde principios de 1922, para llevar el fascismo al poder. Los jefes del ejército y de la policía simpatizaban con el fascismo. Entre julio y septiembre de 1922, once generales se afilian al partido. Otros dos generales, Fara y Ceccherini, asisten el 18 de octubre a la reunión preparatoria de la marcha sobre Roma. El fascismo goza de «muchas simpatías entre los oficiales subalternos»269. E incluso entre los soldados existen muchas células fascistas. En cuanto a los miembros del gobierno Facta, o son secretamente cómplices de Mussolini o se han resignado a no oponerle ninguna resistencia.
Pero el fascismo necesita extender su audiencia entre la población. Mussolini piensa «en una conquista legal del poder por medio de una penetración constante y creciente en todas las regiones, en todos los municipios, sobre todo en los más importantes; por una mayoría aplastante en todo el país, acompañada de una reforma de la ley electoral, para en unas nuevas elecciones conseguir la mayoría de la Cámara y, por lo tanto, poder formar un nuevo gobierno»270.
El 3 de abril de 1922, el Consejo nacional del partido fascista aprueba una orden del día que obliga al fascismo a concentrar su actividad en el Parlamento y en las instituciones administrativas. El 11 de agosto, en Nápoles, declara que la «Marcha sobre Roma» de la que se habla «es posible, pero no estrictamente necesaria ni inevitable». El 13, en Milán, Michele Bianchi reclama unas elecciones que den al fascismo una «representación proporcional a su importancia política en el país»271. Incluso en octubre, Mussolini está dispuesto a «participar» en un gobierno Facta si se confían al fascismo ciertas «palancas de mando». Y sobre todo, vuelve a pedir al gobierno que adopte cuanto antes la nueva ley electoral y convoque rápidamente las elecciones.
Pero al mismo tiempo tiene que dar ciertas satisfacciones a los milicianos impacientes de pasar a la acción. En las filas fascistas hay muchos que planean una acción «extralegal, insurreccional, militar», y que «sueñan con un golpe de Estado más grande, más revolucionario» que una mera conquista del poder gracias a nuevas elecciones272. Para contentarles se multiplican en esos momentos los ejercicios de entrenamiento y las concentraciones de los principi. A fines de mayo de 1922, diez mil «camisas negras» procedentes de Ferrara, Módena, Venecia, etc., se concentran en Bolonia, ocupando verdaderamente la ciudad, como si se tratara de un ejército, instalando sus tiendas en las plazas públicas. Todos los fascios de Toscana, varios millares de hombres, se reúnen en Florencia el 28 de mayo. A finales de este mismo mes escribe Mussolini en Il Popolo: «Fascistas de toda Italia: consideraos movilizados, material y moralmente. Si hace falta os concentraréis con la rapidez del rayo en los lugares que se os indiquen, y ante vuestro empuje todo se hundirá.» El 29 de julio amenaza a la Cámara con una «insurrección fascista». Este lenguaje y el despliegue de fuerzas de la «Marcha sobre Roma» han hecho creer a algunos que Mussolini, al contrario que Hitler, llegó al poder por la violencia. Es un error. Si Mussolini no esperó, para subir al poder, a ganar unas nuevas elecciones, no es porque creyera en la necesidad o en la virtud de un golpe de Estado, sino porque le empujaban sus dificultades financieras. Le faltaban los recursos enormes de que dispondría su imitador alemán. El mantener a la milicia costaba mucho dinero; el fascismo tenía miles de parados a su cargo, y necesitaba con urgencia «encontrar unos ingresos regulares que sólo puede asegurar el presupuesto del Estado»273.
Por eso Mussolini, sin renunciar a una táctica legalista, decidió acortar los plazos. El 20 de septiembre se concentran los fascios de Venecia. El 16 se nombran los «cuadrumviros» de la «Marcha sobre Roma»: Bianchi, De Vecchi, el general De Bono y Balbo. El 18, los cuadrumviros elaboran su «plan de movilización», fijan los lugares de concentración de las columnas fascistas. El 24, Mussolini pasa revista en Nápoles a 30.000 «camisas negras», 20.000 obreros de los «sindicatos» fascistas, más algunas secciones de jinetes y ciclistas. El 26 se da la orden secreta de «movilización» de los legionarios fascistas, que se pone en ejecución al día siguiente, después de medianoche.
Pero Mussolini, como no tiene ninguna necesidad, se guarda de «romper los últimos vestigios de la legalidad»274. Y el Estado democrático se rinde sin combate. Sólo tras de representar una pequeña comedia: Facta proclama el estado de sitio. El rey se niega a firmar el decreto. En todo el norte de Italia las autoridades militares dejan que los «camisas negras» ocupen los edificios públicos, entren en los cuarteles, se armen, fraternizando con la tropa y los oficiales. El rey llama a Mussolini, que acude a Roma por ferrocarril, en un cómodo coche-cama. El rey le encarga, según la fórmula parlamentaria, que «forme el ministerio». Todo ha terminado. Entonces es cuando empieza el desfile llamado la «Marcha sobre Roma». Los 50.000 «camisas negras» llegan a la capital de Italia en trenes especiales.
En Alemania
Los magnates de la industria pesada y los terratenientes lanzan al nacionalsocialismo, a partir de 1930, a la conquista del poder. Los jefes de la Reichswehr protegen abiertamente a los «camisas pardas». En mayo de 1932, los generales advierten al presidente Hindenburg que no intervendrán para defender al gabinete Brüning en caso de golpe de Estado fascista275, y desde que el 20 de julio de 1932 ha sido destituido el gobierno socialdemócrata de Prusia, los nazis no tienen nada que temer de la policía prusiana.
Tanto Hitler como Mussolini están seguros de poder conquistar el poder sin chocar con las fuerzas del orden, pero antes quieren tener consigo a la mayoría de la opinión pública. Por eso, entre 1930 y 1933, los nacionalsocialistas mantienen una campaña electoral casi ininterrumpida y coronada por el éxito: 12 escaños en el Reichstag de 1928 a 1930, 107 en septiembre de 1930 y 230 en julio de 1932. Hitler se explica así, a fines de 1930, ante el Tribunal Supremo de Leipzig: «Dentro de dos o tres elecciones generales el movimiento nacionalsocialista será mayoritario en el Reichstag, y entonces preparará la revolución nacionalsocialista (...). Entraremos en el cuerpo legislativo para dar a nuestro partido la influencia preponderante, y una vez en nuestras manos los poderes constitucionales fundiremos el Estado en el molde que creemos el mejor.» Y como el presidente le pregunta: «¿Quiere decir que sólo utilizarán las vías legales?», Hitler le responde: «Sin ninguna duda»276.
Cuando el mariscal Hindenburg suspende por un decreto-ley las garantías constitucionales (28 de marzo de 1931), Hitler invita a su partido a respetar literalmente la voluntad presidencial. Y como algunos de sus partidarios se asombran o impacientan, dice para que no quede lugar a duda: «Cualquier nacionalsocialista que se permita infringirlas (las ordenanzas presidenciales) será excluido inmediatamente.»
Hitler está tan seguro de llegar a realizar sus fines sin salirse de la legalidad que no tiene inconveniente en «participar», aunque sea del modo más modesto, en el gobierno del Reich. Pese a las protestas de sus extremistas, autoriza en 1930 al Dr. Frick a entrar en el gobierno reaccionario de Turingia, y en 1931, a Dietrich Klagges a formar parte del de Brunswick. Incluso, a fines de 1932, está dispuesto a dejar a Gregor Strasser entrar en el gabinete Schleicher, y son Goebbels y Goering los que le hacen cambiar de opinión277.
Éstos creen que el nacionalsocialismo tiene que mantener a toda costa sus apariencias de movimiento «revolucionario», y en las filas del partido hay muchos militantes que no han renunciado a la conquista insurreccional del poder. Por eso, en marzo de 1931, las secciones de asalto de Berlín, al mando del capitán Stennes, se amotinan, reprochando a la dirección política del partido «tendencias burguesas y liberales» que acabarán haciendo «del partido nacionalsocialista un partido como los demás». Para mantener la fidelidad de sus tropas, Hitler se ve obligado a jugar a la guerra; en el seno del «departamento agrario» del partido, dirigido por Walter Darré, se traman misteriosos complots278. El plan de éste y de sus amigos consiste en conquistar el poder por la violencia, aprovechando una «sublevación comunista» completamente inventada. En marzo de 1932, la policía prusiana, al hacer un registro en los locales de las secciones de asalto de Pomerania, encuentra un proyecto de golpe de Estado basado en tales ideas. Al mismo tiempo, el nacionalsocialismo exhibe sus fuerzas: un verdadero ejército que vive en sus propios cuarteles, se entrena como los soldados, desfila por las calles, mientras sus escuadrillas de aviones surcan el cielo.
Pero el ejército de los «camisas pardas» es un ejército de fachada, y no está destinado a conquistar el poder. El Estado se rinde sin lucha. El canciller Schleicher no moviliza la guarnición de Potsdam, aunque se diga que está dispuesto a hacerlo. Y el 30 de enero de 1933, el mariscal-presidente invita muy burguésmente a Adolf Hitler a que constituya un nuevo gabinete. Sólo cuando la operación política ha terminado los «camisas pardas» desfilan triunfalmente por las calles de Berlín.
4. ¿Qué hace entonces el proletariado?
¿Qué hace en esta fase el proletariado organizado para cortar el paso al fascismo? Pregunta impropia, pues en realidad los jefes de las organizaciones obreras no piensan ni un momento en hacer tal cosa, convencidos hasta el fin de que una victoria fascista es imposible.
En Italia
El fascista italiano Giurati habla de la «subestimación terca y estúpida del fascismo y de sus hombres. Para nuestros adversarios, Mussolini no era más que un tribuno más (...). Nadie sospechaba que bajo el agua estancada y podrida de la charca política se preparaba la erupción del volcán»279. Los socialistas italianos, enfermos de «cretinismo parlamentario», no creen en el peligro del fascismo porque en las elecciones no ha logrado gran número de sufragios y en el Parlamento sólo dispone de 35 escaños. Peor aún, periódicamente anuncian su decadencia e incluso su desintegración280. En vísperas de la «Marcha sobre Roma», los jefes del partido se ríen cuando alguien trata de ponerles en guardia281. En cuanto a los jefes comunistas, son completamente incapaces de distinguir el peligro fascista, al afirmar que todas las formas de dominación burguesa son idénticas y que «democracia» o «fascismo» sólo son etiquetas. En 1922, en el segundo congreso del partido comunista, en Roma, Bordiga rechaza la hipótesis de conquista del poder por los fascistas y cree en la inevitabilidad de un compromiso entre todos los partidos burgueses. Cuando empieza, el 28 de octubre, la movilización de los «camisas negras», la secretaría del P. C. envía una circular a las organizaciones de base afirmando que «jamás habrá una marcha sobre Roma»282.
En Alemania
Ni los socialistas ni los comunistas alemanes creen en el triunfo del nacionalsocialismo. Más aún, anuncian periódicamente su pronto hundimiento. Los socialistas aprovechan cualquier oportunidad para lanzar gritos de triunfo: en agosto de 1932, porque Hindenburg ha rechazado las exigencias de Hitler; después de las elecciones del 6 de noviembre, porque los sufragios nazis han bajado. En esta fecha el Vorwärts escribe: «Hace diez años que habíamos previsto el fracaso del nacionalsocialismo, y está escrito con todas las letras en nuestro periódico»283. En vísperas de que Hitler suba al poder, dice uno de los dirigentes socialistas, Schiffrin: «Sólo se percibe un olor a cadáver. El fascismo está definitivamente muerto, y no se levantará jamás»284.
Los comunistas no son mucho más perspicaces. Al día siguiente de las elecciones del 14 de septiembre de 1930, Rote Fahne escribe: «El 14 de septiembre, el partido nacionalsocialista ha llegado a su punto culminante. De aquí en adelante no conocerá más que la decadencia»285. En 1932, Thaelmann critica la «sobreestimación oportunista del fascismo hitleriano»286. En toda la literatura comunista de este año no se habla más que del retroceso, la descomposición, la desintegración, la decadencia del fascismo. Al día siguiente de las elecciones del 6 de noviembre se lee en el Rote Fahne: «En toda Alemania los S. A. abandonan las filas hitlerianas y se colocan bajo la bandera del comunismo. La oposición contra Hitler, dentro de su propio movimiento, es cada vez mayor»287. Y en vísperas de que Hitler suba al poder, Thaelmann habla de una «reactivación de las fuerzas de clase en favor de la revolución proletaria»288.
¿Qué táctica hubiera debido seguir el proletariado organizado para cerrar el paso al fascismo? No olvidemos que el fascismo conquista el poder legalmente. Las milicias obreras, indispensables para derrotar a las bandas fascistas cuando éstas se limitan a hostilizar al movimiento obrero, no bastan para impedir que el fascismo gane escaños en el parlamento, se atraiga a la opinión pública o se introduzca en el Estado aprovechando los recursos que le concede la ley. Una «huelga de protesta», aunque abarque todo el territorio nacional, tampoco puede impedir que el fascismo llegue al poder, a menos que no sea el punto de partida de una ofensiva revolucionaria. Los reformistas italianos hicieron la experiencia, desencadenando a fines de julio de 1922 una huelga general en toda la península. Pero su único fin era forzar al gobierno, al Parlamento, a la Corona, a defender las «libertades públicas y la Constitución». Como ninguna acción ofensiva acompañó al paro, el fascismo pudo vencer con toda facilidad dicho movimiento, al asegurar con «amarillos» los servicios públicos esenciales y hacerse dueño de la calle. En lugar de cerrarle el paso al poder, esta huelga fue una victoria moral para el fascismo y al mismo tiempo el Caporetto289 del movimiento obrero290.
¿Qué hubiera podido hacer, entonces, el proletariado organizado? A partir del momento en que el fascismo se pone en marcha hacia el poder, el movimiento obrero no puede sino tratar de ganarle en rapidez, haciéndose con el poder antes. Pero ni en Italia ni en Alemania los partidos proletarios pensaron ni un instante en conquistar el Estado.
La razón es que el movimiento obrero, en vísperas de la victoria fascista, está debilitado y profundamente desmoralizado. No sólo a causa del paro, ni de sus repetidas derrotas debidas a su falta de audacia en la lucha diaria contra las bandas fascistas, sino, sobre todo, porque las organizaciones sindicales no han sabido conservar las ventajas conquistadas por la clase obrera. La C. G. T. italiana no ha sabido oponerse eficazmente a las reducciones de salarios durante la crisis, ni obligado a los patronos de la industria metalúrgica a observar la ley sobre el control obrero. En cuanto a la A. D. G. B. alemana291, impidió que sus afiliados combatieran los decretos-leyes de Brüning, con el pretexto de que si trataban de defender el poder adquisitivo de sus salarios los obreros podrían poner en peligro la supervivencia del gabinete Brüning, que, al fin y al cabo, era preferible a Hitler. Esta táctica del «mal menor» desmoralizó profundamente a los trabajadores.
Por eso cuando el fascismo emprendió la conquista del poder, el movimiento obrero se quedó paralizado y fue incapaz de ganarle por la mano.
En Italia, los socialistas, en lugar de preparar la insurrección, prefirieron defender el orden vigente, arrastrándose ante los dirigentes del Estado burgués. Suplican a los carabineros reales y al ejército que no cedan el poder a Mussolini, y a fines de julio, su líder, Turati, visita al rey para «recordarle que es el supremo defensor de la Constitución». En Alemania, los jefes reformistas exigen a Hindenburg y al ejército que «cumplan con su deber» y no entreguen el poder a los nazis. Cuando Von Papen destituye al gobierno socialista de Prusia (20 de julio de 1932), se contentan con protestar ante esta «violación de la Constitución» y reclamar al Tribunal Supremo de Leipzig. Diez días después de la subida de Hitler al poder, la dirección del A. D. G. B. visita al presidente Hindenburg. Los jefes sindicales «se agarran a las autoridades del Estado. Siguen esperando que el presidente del Reich les ayudará»292. Y el mismo día en que Hitler constituye su gobierno (30 de enero de 1933), el Vorwärts escribe en una edición especial: «Frente a ese gobierno de amenaza de golpe de Estado, la socialdemocracia se mantiene con los dos pies sobre el terreno de la Constitución y de la legalidad.» En cuanto a los comunistas, a pesar de su verborrea revolucionaria, se excusan con que los reformistas no quieren hacer nada y ellos tampoco lo hacen.
5. Tercera fase: una vez conseguido el poder, el fascismo instaura la dictadura
El fascismo ha llegado al poder. Su jefe recibe el encargo de formar gobierno. Pero su verdadero enemigo, el proletariado organizado, no está todavía derrotado. Los partidos obreros y los sindicatos subsisten y conservan una existencia legal. Es ahora cuando el fascismo utiliza los mecanismos del Estado para terminar su victoria, exterminando a las organizaciones obreras e imponiendo la dictadura.
En la etapa precedente, cuando el fascismo emprende la conquista del poder, su táctica es esencialmente legalista. Y sus preparativos insurreccionales, un recurso para mantener la cohesión de sus tropas. Pero ahora es al revés. La táctica legalista es un engaño destinado a adormecer al enemigo, una máscara tras de la cual el fascismo viola la legalidad y se prepara metódicamente para emplear la fuerza.
En Italia
Mussolini, cuando recibe el encargo de formar gobierno, se da cuenta de que no hay que ir demasiado deprisa. El movimiento obrero no está muerto, y queriendo imponer en ese momento su dictadura, las reacciones podrían ser peligrosas, no sólo por parte de las organizaciones proletarias, sino también de los partidos democráticos y liberales. Hay que adormecer a los unos y tranquilizar a los otros. El lobo se disfraza de cordero. El 31 de octubre de 1922, el nuevo jefe del gobierno telegrafía a sus lugartenientes: «Tenemos que conservar la disciplina y el respeto hacia los demás. En ningún caso podemos vulnerar las libertades personales.» El 9 de noviembre publica un comunicado en el que manifiesta su decisión de defender la libertad, de volver a abrir las sedes de los sindicatos, etc., y por entonces declara también que tiene la intención de «conservar un programa democrático».
Esta táctica da unos resultados excelentes. Mussolini consigue domesticar así a los liberales, que creen que el fascismo no es sino un «liberalismo más firme» que se limitará a corregir algunos de los defectos del sistema democrático: fortalecimiento del ejecutivo, conciliación de la autoridad con la libertad, etc.293. El viejo Giolitti sonríe lleno de amabilidad al nuevo César; Amendola declara en una entrevista que, por primera vez, Italia tiene un gobierno estable y duradero, capaz de emprender una obra a largo plazo. La masonería, que ha subvencionado también la «Marcha sobre Roma», presta vasallaje al nuevo régimen en la persona de su gran maestre, Torrigiani.
Mussolini tiene un plan bien definido: obtener, con la ayuda de los liberales, la mayoría parlamentaria. En julio de 1923 consigue que la Cámara vote una nueva ley electoral: a partir de entonces, los dos tercios de los escaños serán ocupados por el partido que obtenga la mayoría de los votos, con tal de que éstos supongan el 25 por 100, por lo menos, de los votantes. No sólo los liberales aceptan la nueva ley, sino que forman listas comunes con los fascistas en las elecciones del 6 de abril de 1924. El fascismo, que no tenía más que 35 diputados, alcanza 286: ya tiene la mayoría absoluta.
Pero mientras Mussolini se complace en observar las reglas constitucionales a la vista de todos, por debajo viola la legalidad y prepara su dictadura. En toda la península, los jefes fascistas locales se apoderan de los municipios socialistas, liberales o popolari (católicos) y se comportan como pequeños déspotas. Incita en secreto a sus bandas a continuar la lucha sangrienta contra el proletariado organizado. Los diarios, autorizados legalmente, son confiscados; las imprentas, saqueadas; las sedes de los sindicatos y de las cooperativas, incendiadas. En el primer año de la era mussoliniana, los diarios registran 166 asesinatos de militantes antifascistas. Las elecciones de 1924 se desarrollan en una atmósfera de violencia y de fraude. A medida que se va quitando la careta aparece el rostro de la dictadura. El 6 de junio de 1924, Mussolini interrumpe a un comunista en la Cámara y dice: «Tenemos en Rusia unos maestros admirables. No tenemos más que imitar lo que hacen (...). Y si pecamos en algo es en no seguir su ejemplo por completo. Si lo hiciéramos usted no estaría aquí, sino condenado a trabajos forzados (...). Aunque mejor le vendrían unas cuantas balas por la espalda. No tenemos miedo y lo vamos a demostrar mucho antes de lo que usted se supone.»
Mussolini, en efecto, no puede continuar con su táctica tranquilizadora durante más tiempo. No se pueden hacer compatibles indefinidamente el agua con el fuego, la legalidad con la ilegalidad. Cuando se emprende el camino de la violencia hay que llegar hasta el final. Y en ese momento las garantías constitucionales no han perdido su vigencia ni se ha abolido la libertad de expresión. El diputado socialista Matteotti denuncia en la Cámara las violencias cometidas durante la campaña electoral (10 de junio). Poco después cae asesinado por hombres de Mussolini. Este crimen desencadena una verdadera ola de indignación en toda Italia. La prensa le dedica sus primeras páginas. Los liberales parecen darse cuenta, al fin, de lo que es el fascismo. Durante seis meses, la oposición, que no está amordazada todavía, emplea contra el gobierno todas las armas constitucionales de que dispone. Mussolini se da cuenta de que ha llegado el momento de pasar a la dictadura. El 3 de enero de 1925, en la Cámara, revela cínicamente sus intenciones en uno de sus más célebres discursos. A continuación, la policía monta una serie de atentados contra él que le permiten promulgar una legislación de excepción para terminar con sus adversarios. Disuelve los partidos obreros y democráticos y las organizaciones sindicales. Suprime las libertades fundamentales y asume poderes dictatoriales, en especial el de gobernar por medio de decretos-leyes, sin contar ya para nada con el Parlamento.
En Alemania
También Hitler, cuando llega a la cancillería del Reich, se da cuenta de que sería una torpeza quemar las etapas. Las fuerzas de los partidos obreros y de la A. D. G. B. están intactas. Una dictadura improvisada podría incitar al proletariado a la huelga general, a la insurrección armada. Es mejor adormecer al adversario simulando respetar la Constitución. Durante todo el mes de febrero, Hitler multiplica las declaraciones legalistas, pide calma294. Lo mismo que Mussolini, aprovecha este período para obtener la mayoría absoluta en el Parlamento. Tras de conseguir que el presidente Hindenburg disuelva el Reichstag, fija la fecha de las nuevas elecciones el 5 de marzo y empieza una nueva campaña electoral.
Pero mientras Hitler hace el papel del lobo disfrazado de cordero, su amigo Goering prepara febrilmente el golpe. La experiencia italiana le ha enseñado que no es posible utilizar simultáneamente durante mucho tiempo la legalidad y la ilegalidad. Su primera tarea es la depuración de la policía prusiana. Todos los elementos «republicanos», desde el jefe de la policía de Berlín al último inspector de la policía criminal, son reemplazados por nazis de confianza. Un decreto-ley del 4 de febrero permite a la policía prohibir cualquier periódico o reunión pública adversa. Goering promete su aval a todos los agentes de policía que empleen sus armas contra los «rojos». Por otro decreto añade a la «Schupo» una «policía auxiliar» de 50.000 hombres reclutados entre los S. A. y S. S.
Al mismo tiempo incita secretamente a sus bandas a continuar la lucha sangrienta contra el proletariado: en toda Alemania los nazis atacan a sus adversarios, invaden sus locales, desorganizan sus reuniones públicas. En Berlín acechan por la noche a los obreros que vuelven a sus casas y los apalean o los asesinan. Según cifras oficiales, 51 antifascistas mueren en peleas políticas del 30 de enero al 5 de marzo.
Al mismo tiempo incita secretamente a sus bandas a continuar la lucha sangrienta contra el proletariado: en toda Alemania los nazis atacan a sus adversarios, invaden sus locales, desorganizan sus reuniones públicas. En Berlín acechan por la noche a los obreros que vuelven a sus casas y los apalean o los asesinan. Según cifras oficiales, 51 antifascistas mueren en peleas políticas del 30 de enero al 5 de marzo.
Pero cada vez se ve más claro que no podrán aplazar el golpe hasta después de las elecciones, si quieren obtener la mayoría absoluta. Antes del 5 de marzo, fecha del escrutinio, hay que aterrorizar a los indecisos y a los recalcitrantes con algún acontecimiento extraordinario y, en el caso de que el número de escaños obtenido no sea suficiente, excluir sin más rodeos a los diputados comunistas del nuevo Reichstag. Goering recurre a la provocación. Recoge la vieja idea de Darré y sus amigos de servirse de un falso golpe de Estado comunista para desencadenar el suyo. El 24 de febrero la policía registra minuciosamente los locales del partido comunista. Goering pretende haber encontrado documentos que demuestran la inminencia de una revolución bolchevique, pero se abstiene de publicarlos. Por la noche del 26 hay un conato de incendio en el castillo de Berlín. Por último, en la noche del 27 al 28 de febrero, los hombres de Goering incitan a un ingenuo terrorista a incendiar el Reichstag. Esta vez las llamas consumen el edificio y el gobierno presenta el incendio como la señal de una insurrección comunista, y pone a la firma del presidente Hindenburg un decreto por el que quedan abolidas todas las libertades constitucionales y proclamado el «estado de excepción».
En las cuarenta y ocho horas que siguen a la firma del decreto, todos los poderes pasan a la policía. Los «policías auxiliares» golpean, torturan y asesinan a los militantes obreros. Las reuniones electorales de los partidos antifascistas quedan prohibidas. Gracias a este terror, los nazis obtienen en las elecciones del 5 de marzo la mayoría esperada: 288 escaños. Para disponer de la mayoría absoluta les basta poner fuera de la ley al partido comunista y enviar a algunos diputados socialistas a los campos de concentración que acaban de abrirse.
El 24 de marzo, el nuevo Reichstag, cuya sala está ocupada por milicianos armados, vota por 441 votos a favor y 9 en contra los «plenos poderes» a Hitler. Éste podrá ya legislar «sin seguir el procedimiento constitucional», es decir, por medio de decretos-leyes. Dos meses después los partidos obreros y los sindicatos son disueltos o maniatados295.
6. ¿Qué hace entonces el proletariado?
¿Qué hace durante esta etapa el proletariado organizado? ¿Cómo intenta resistir? Los jefes obreros se dejan adormecer por la táctica aparentemente legalista del fascismo. Ni dan órdenes de tomar las armas ni desencadenan una huelga general insurreccional. Esperan poder vencer al fascismo, instalado ya en el gobierno, gracias a una victoria electoral.
En Italia
Los socialistas italianos siguen agarrándose a la legalidad y a la Constitución. En diciembre de 1923 la C. G. L. envía a Mussolini un informe sobre las fechorías de las bandas fascistas y le pide que proceda contra sus propias tropas296. El partido socialista se toma muy en serio la campaña electoral de abril de 1924; Turati discute incluso con un fascista en una sala protegida por los «camisas negras». Y cuando, a raíz del asesinato de Matteotti, la indignación conmueve toda la península, los socialistas no saben explotar la situación: «En aquel momento preciso en que habría sido necesario salir a la calle y lanzarse a una insurrección —dice Nenni—, fue la táctica de lucha legal en el terreno judicial y parlamentario la que prevaleció»297. La oposición se contentó con no aparecer en el Parlamento, en señal de protesta, «retirándose al Aventino», como la antigua plebe. «¿Qué hacen nuestros enemigos? —dice Mussolini en la Cámara—. ¿Desencadenan huelgas generales o al menos parciales? ¿Organizan manifestaciones en la calle? ¿Tratan de provocar revueltas en el ejército? Nada de eso. Se limitan a las campañas de prensa»298. Los socialistas lanzan la triple consigna de dimisión del gobierno, disolución de la milicia y nuevas elecciones. Siguen confiando en el soberano y le exhortan a separarse de Mussolini, enviándole memoria tras memoria. Pero el rey les decepciona una vez más.
En Alemania
Los socialistas alemanes multiplican los llamamientos para calmar a sus simpatizantes. El 7 de febrero de 1933, Künstler, jefe de la federación socialista de Berlín, da la siguiente consigna: «No os dejéis provocar. La vida y la salud de los obreros de Berlín valen demasiado para ponerlas en juego a la ligera. Hay que conservarlas para el día de la lucha»299. El partido se toma con toda seriedad las elecciones. «El pueblo tendrá por fin la ocasión, el día 5 de marzo, de coger de nuevo su destino en sus manos», dice Otto Wels en un discurso300. Y cuando Hitler, después del incendio del Reichstag, desencadena la violencia fascista, la directiva de la A. D. G. B. envía al presidente Hindenburg la siguiente protesta: «Los sindicatos se han pronunciado siempre contra todas las formas de terrorismo y han educado a sus afiliados en la idea de luchar por la edificación de un nuevo orden social sin usar la violencia»301. En la noche del 5 al 6 de marzo, los responsables de las secciones del Reichsbanner de las principales ciudades de Alemania acuden a Berlín en moto para pedir que se les dé por fin la orden de emprender la lucha. La respuesta de la dirección del partido socialista es: «¡Mucha calma! ¡Sobre todo, nada de sangre!»302.
Los comunistas no organizan una resistencia más eficaz. «El partido comunista —confiesa Torgler en el proceso de Leipzig— no tenía nada que ganar con una insurrección armada y no pretendía sino una cosa: llegar sin problemas a las elecciones en las que tenía la esperanza de triunfar»303. El 23 de febrero, uno de los jefes del partido, Pieck, escribe: «¡Que los obreros sean prudentes para que el gobierno no tenga un pretexto para tomar nuevas medidas contra el partido comunista!» Y Dimitrov clamará en el proceso de Leipzig: «A todos los políticos nacionalsocialistas, a todos los funcionarios de la policía que se han presentado en esta sala a declarar, he preguntado si en la época del incendio del Reichstag pudieron observar preparativos con vistas a una revolución. Todos me han respondido, con algunas variantes, de forma negativa»304.
En cuanto a los jefes de los sindicatos, su actitud es aún más singular: piensan que el movimiento sindical podrá pactar con el movimiento fascista como con los gobiernos precedentes, y que no hay una oposición absoluta entre libertad sindical y dictadura. Insensiblemente, de abdicación en abdicación acaban por unirse al fascismo.
En Italia
Los dirigentes de la CGL están dispuestos a continuar con el nuevo Estado la «colaboración» que les ha dado tan buen resultado con el antiguo. Por eso Mussolini, que conoce su mentalidad, al día siguiente de la «Marcha sobre Roma» invita al secretario general de la Confederación a entrar en el gobierno: D'Aragona acepta. Si Mussolini renuncia finalmente a su proyecto es debido a la oposición de los fascistas. Pero los jefes sindicales siguen ofreciéndose. El órgano de los ferroviarios, Tribuna dei Ferrovieri, publica un editorial donde propone al gobierno fascista la «colaboración» de los sindicatos de los ferrocarriles305. Durante algunos meses se prosiguen las negociaciones directas entre los jefes sindicales y Mussolini. En agosto de 1923, en el comité nacional de la CGL, D'Aragona explica que la «colaboración» no sería en ningún caso política, sino «técnica». La CGL participaría en los órganos consultivos del Estado interesados en los problemas del trabajo y de la producción. «La política confederal no puede basarse en prejuicios.» Al mismo tiempo, la organización sindical rompe con el partido socialista.
Pero este servilismo resulta bien gratuito. A fines de 1926, la Confederación se ve obligada a disolverse. Sus jefes crean un Centro de asociación y ayuda cultural destinado a «ayudar con sus consejos y críticas la acción social del gobierno», y publican en esta ocasión un manifiesto que dice: «El régimen fascista es una realidad y hay que tomar en consideración todo lo que es una realidad.» El movimiento sindical, explican, no ha podido decidirse en el pasado ni por el Estado ni contra el Estado. Esa actitud no puede continuar, hay que elegir: o luchar contra el Estado o colaborar con él, integrándose en su seno. Naturalmente, se pronuncian por la segunda alternativa, que «implica lógicamente el abandono del principio de la lucha de clases»306.
En Alemania
Los dirigentes sindicales alemanes se parecen como hermanos gemelos a sus colegas italianos. Ciertos jefes nazis que les conocen bien tratan, ya en 1932, de ponerles de su parte. Gregor Strasser, en un discurso, celebra que los debates del congreso de la A. D. G. B. hayan revelado una oposición entre la Confederación y el partido socialista. «Es una evolución que haría posible el frente común de todos los productores alemanes.» En octubre, en un mitin en el Sportpalast, su invitación al secretario de la Central se precisa. Éste acaba de pronunciar un discurso claramente nacionalista, y Strasser comenta: «Si Leipart piensa realmente así, tenemos ante nosotros importantísimas perspectivas.»
Cuando Hitler toma el poder, la dirección confederal declara que «juzgará al gobierno por sus actos». Para empezar, la A. D. G. B. abandona al partido socialista, y el 20 de marzo publica un manifiesto: «Las organizaciones sindicales son la expresión de una necesidad social innegable, una parte indispensable del orden social mismo (...). De un modo completamente natural se han ido integrando progresivamente en el Estado. La obra social de los sindicatos es la misma, y no puede abandonarse, sea cual sea la naturaleza del régimen (...). Las organizaciones sindicales no pretenden influir directamente en la política del Estado. Su obligación es poner a disposición del gobierno y del Parlamento los conocimientos y las experiencias que han adquirido en este terreno.»
El 7 de abril, Leipart da un paso más, y afirma que los sindicatos «persiguen el mismo objetivo grandioso que el gobierno, que consiste en basar la libertad exterior e interior de la nación sobre la fuerza productiva de todo el pueblo». Y el 20 de abril, el Comité confederal invita a los sindicatos a asistir a la fiesta del Primero de mayo, presentándola como símbolo de la incorporación de la clase obrera en el Estado nacionalsocialista307.
VI. Grandeza y decadencia de los plebeyos
1. Primera fase: los plebeyos fascistas conquistan «todo el poder», y el partido fascista se confunde con el Estado
El fascismo ha llegado al poder, y sus capitalistas alcanzado sus objetivos: destrucción de la democracia parlamentaria y del proletariado organizado, instauración de un Estado autoritario capaz de imponer sus voluntades e incrementar sus beneficios.
Pero hay también un pasivo: los magnates capitalistas se ven ahora acosados por las exigencias de los plebeyos fascistas. Estos han conquistado el poder, objetivamente por cuenta de los primeros, pero subjetivamente por la suya propia. Según la expresión de Mussolini, forman «una nueva clase política»308. Están dispuestos a expulsar sin contemplaciones, con una brutalidad de advenedizos, al antiguo personal político de la burguesía, y exigen todos los puestos, todas las funciones.
Los magnates se sienten un poco inquietos ante estas pretensiones. No es que les sorprendan, pues ya se habían dado cuenta del peligro que encerraba el abandonar completamente la dirección del Estado a la plebe fascista. Por eso hubieran preferido, al menos para empezar, una simple «participación» del fascismo en un gobierno burgués tradicional. Pero la impaciencia de los plebeyos ha echado a rodar sus planes.
Es cierto que han obtenido algunas garantías: los ministros fascistas están encuadrados por personajes de confianza pertenecientes a la «vieja clase política». Pero los plebeyos no están satisfechos con este arreglo, y exigen todo el poder, pretendiendo expulsar hasta el último de los antiguos servidores de la burguesía. Los magnates, por desgracia para ellos, no pueden elegir. Siguen necesitando a los plebeyos para transformar el Estado democrático en una dictadura, para dar el tiro de gracia al proletariado organizado. ¿Quiénes perseguirán mejor a los militantes obreros que estos hombres salidos del pueblo? La burguesía se resigna —no sin temores— a sacrificar a todo su antiguo personal político, y abandona todo el poder a los plebeyos fascistas.
Este fenómeno no es completamente nuevo. El 2 de diciembre de 1851, la burguesía francesa permitió a los plebeyos que seguían a Luis Bonaparte «suprimir y aniquilar» a su antiguo personal político, «los oradores, los escritores, los políticos y los literatos, la tribuna y la prensa de la burguesía». «La Corte, dice Marx, los ministerios, los altos puestos de la Administración y del ejército se ven invadidos por individuos, de quienes lo mejor que puede decirse es que no se sabe de dónde vienen: una bohemia agitada, de mala reputación, ávida de pillaje.» La burguesía se resignó también entonces a aquella invasión, pues gracias a la ayuda de los plebeyos, iba a disponer del «gobierno fuerte y absoluto» que necesitaba para salvar sus ganancias. Engañado por estas apariencias, tomando este relevo de una «clase política» por otra, por una verdadera revolución, Guizot escribe en aquel entonces: «¡Es el triunfo completo y definitivo del socialismo!»309.
En Italia
Mucho antes de tomar el poder, los plebeyos italianos ya exigen que la «clase contaminada (la burguesía política) entregue los asuntos públicos a otra más digna que ella»310. Por eso el gobierno que forma Mussolini al día siguiente de la Marcha sobre Roma, no les satisface: más de la mitad de los ministros pertenecen a la «vieja clase política». Los ministros fascistas se ven encuadrados por señores como el general Diaz en Guerra, el almirante Thaon di Reval en Marina, el liberal Gentile en Instrucción pública, el nacionalista Federzoni en Colonias y el radical Colonna di Cesaro en Correos y Telégrafos. Los plebeyos se irritan por la duración de lo que ven como mero «régimen transitorio» e incitan a Mussolini a deshacerse de sus colaboradores no fascistas, a fundar lo que llaman el Estado totalitario. Durante el año 1923 hay una gran tensión, dentro del partido, entre los contemporizadores y los extremistas. Se expulsa a Rocca por declarar que «la revolución la han hecho los fascistas para Italia y no sólo para ellos» y preconizar la transformación del partido fascista en un gran partido nacional. Mussolini defiende a Rocca contra el cabecilla de los plebeyos, Farinacci311. En 1924, aún escribe frases como: «Al lado del fascismo-partido, existe la nación italiana»312.
Pero, en el fondo, ha optado ya por el Estado totalitario. Desde el 11 de agosto de 1922 en que declara en Nápoles: «Se ha abierto un proceso al final del cual el fascismo encarnará el Estado.» Más adelante confesará a Emil Ludwig que, deliberadamente, prefirió empezar a «cincuenta por ciento», con un gobierno de coalición, antes de llegar al fascismo totalitario313. En abril de 1923, una nota oficiosa de la agencia Volta informa al público que «el régimen fascista propiamente dicho no ha empezado todavía y que el período actual no es más que un período preparatorio»314.
Sin embargo, en estas fechas, el Estado fascista se superpone al Estado precedente. El 13 de enero de 1923, Mussolini, al lado del Consejo de ministros, crea el «Gran Consejo», compuesto por los principales jefes del partido fascista. Este organismo decide en una de sus primeras sesiones crear, al lado del ejército regular, una «milicia voluntaria de seguridad nacional», formación personal del jefe del gobierno. En todos los escalones de la jerarquía administrativa, al lado de los funcionarios, se colocan fascistas encargados de vigilarles. Y, después del asesinato de Matteotti, Mussolini se decide a dar entera satisfacción a los plebeyos, proclamando el «Estado totalitario»: «Nuestra consigna es, todo el poder a todo el fascismo»315, dice, caricaturizando la de la Revolución de Octubre, «todo el poder a los soviets». Olivetti explica que el partido fascista, como es un gran ejército, «no puede coexistir con otros ejércitos que tengan fines distintos del suyo. Exige un mando único (...). Los demás partidos no tienen derecho a existir»316. El fascismo pretende identificarse con el Estado y Sergio Pannunzio crea la expresión «Estado-partido»317.
Entre 1925 y 1926, todos los demás partidos desaparecen. El fascismo no sólo destruye a las organizaciones obreras y a los partidos proletarios, sino también a los burgueses, persiguiendo al antiguo personal político de la burguesía. «Los liberales, escribe Volpe, se hicieron fascistas o se vieron obligados a abandonar la vida política. Muchos adversarios irreductibles (del fascismo) se expatriaron por su propia voluntad o se vieron obligados a hacerlo»318. Malaparte cuenta: «Tras de disolver por la violencia las organizaciones republicanas y católicas, los camisas negras pasaron a hacer lo mismo con los liberales, los demócratas, los masones»319. Un decreto-ley del 26 de noviembre de 1925 pone fuera de la ley a la masonería, y pronto se ven «las logias masónicas invadidas y saqueadas, sus muebles y símbolos destruidos y arrastrados por las calles»320. El mismo destino sufre la biblioteca del filósofo liberal Benedetto Croce. Los dirigentes liberales Amendola y Gobetti, y luego el gran maestre de la masonería italiana, Torrigiani, mueren a consecuencia de actos de violencia. Todo intento de reconstruir los partidos disueltos está penado con veinte años de cárcel. Se crea una policía política (OVRA) y un «tribunal especial» por las leyes del 26 de noviembre de 1926, como instrumentos excepcionales de represión.
A partir de 1925, el gobierno «se compone íntegramente y exclusivamente de fascistas»321. Los antiguos servidores políticos de la burguesía, como Federzoni y Gentile, han tenido que pasarse al fascismo para seguir en el gobierno. Una de las leyes «fascistísimas» de 1925, la del 24 de diciembre, autoriza al jefe del gobierno a «licenciar a todos los funcionarios civiles y militares del Estado, que, por sus manifestaciones en el servicio o fuera de él, no den todas las garantías de poder cumplir fielmente con su deber o sean incompatibles con los principios políticos del gobierno». Ciertos oficiales del ejército pasan a la reserva, sustituyéndoles elementos adictos al fascismo. «Una preocupación constante» para los plebeyos es el «conseguir concentrar en sus manos el control discrecional sobre el ejército»322. La aviación, arma moderna por excelencia, pasa a manos de un plebeyo, Italo Balbo.
Con la ley del 9 de diciembre de 1928 queda terminada la edificación del Estado totalitario. El Gran Consejo fascista pasa a ser el «órgano supremo encargado de coordinar todas las actividades del régimen». El Gran Consejo delibera sobre todos los problemas gubernamentales antes del Consejo de ministros, cuya función es simplemente ejecutiva. El soberano no es más que una máquina de firmar, y el Gran Consejo se arroga el derecho de intervenir en ciertas cuestiones, como la declaración de guerra, que eran hasta ese momento prerrogativas de la Corona. La sucesión al trono queda regulada por una ley constitucional previa consulta del Gran Consejo, so pena de nulidad. El nombramiento de jefe de gobierno —en caso de que el puesto quedara vacante— pertenece exclusivamente al Gran Consejo, que «propone respetuosamente» a la Corona el nombre del nuevo jefe de gobierno y el de sus colaboradores. En cuanto al partido fascista, se confunde con el Estado, y de ser una mera asociación privada se convierte en una institución de derecho público. «Es el fundamento del poder del Estado»323, «el eje del régimen, sin el cual no se concibe, como no puede imaginarse un hombre sin vértebras»324.
Al secretario del partido le nombra el gobierno por decreto. Tiene el título y la función de ministro, y es el segundo personaje del régimen después del jefe del gobierno, a quien sustituye, en caso de ausencia, como presidente del Consejo de ministros. La interpenetración del partido y del Estado no se limita a las más altas jerarquías, sino que se extiende también a las jerarquías locales: todos los secretarios regionales del partido son nombrados también por decreto gubernamental325.
El Estado totalitario está listo, y la «aristocracia de palurdos sin desbastar que son los jefes fascistas»326, según la expresión de Aniante, ha logrado sus objetivos. Ya tiene todo el poder, ocupa todos los puestos, disfruta de todas las prebendas. Como escribe Silvio Trentin: «Fue una carrera fantástica hacia la fortuna, el puesto, el enchufe, la aventura (...) la Administración pública estaba en venta»327.
En Alemania
Los plebeyos nacionalsocialistas pretenden también sustituir por completo al antiguo personal político de la burguesía. «Nunca se ha visto en la historia, escribe el Völkischer Beobachter, que quienes han creado y promovido la idea nueva no sean quienes restauren el Estado. Nadie, salvo nosotros, tiene la voluntad y la competencia que hacen falta para instaurar el nuevo orden»328. Y Goebbels añade: «Cuando conquistemos el Estado, este será nuestro Estado (...). Si, por el momento, en nuestra lucha contra un sistema corrompido, tenemos que ser un “partido” (...), en cuanto ese sistema se hunda, nos convertiremos en el Estado»329. Por eso el gobierno que Hitler forma el 30 de enero de 1933 no satisface completamente a los plebeyos. Algunos miembros del antiguo personal político encuadran a los ministros nazis: von Papen es vicecanciller y comisario de Prusia, Hugenberg ministro de Economía Nacional y de Agricultura, von Neurath ministro de Asuntos Exteriores; el conde Schwerin von Krosigk, ministro de Hacienda; el barón Eltz von Rübenach, ministro de Comunicaciones; Seldte (jefe de los «cascos de acero»), ministro del Trabajo; Gerecke, comisario encargado del paro, etc.
Ebrios por su victoria, los plebeyos nazis exigen que desaparezca el viejo personal político de la burguesía. Goering se apresura a doblar la policía prusiana con una «policía auxiliar» reclutada entre las secciones de asalto. Y al día siguiente al incendio del Reichstag los nazis empiezan a liquidar todos los partidos políticos, no sólo los proletarios y las organizaciones obreras, sino también los partidos burgueses. Aquel mismo día Hitler obtiene plenos poderes (23 de marzo de 1933) y el comisario Gerecke, antiguo agente electoral del presidente Hindenburg, es detenido con el pretexto de una malversación de fondos. El 11 de abril, Hitler quita a von Papen su título de comisario del Reich en Prusia. El 26 destituye a uno de los jefes de los «cascos de acero», Duesterberg. El partido nacionalista trata de resistir, y al no poder contar con los «cascos de acero», improvisa una nueva milicia con camisas verdes, el Kampfring. Pero desde primeros de junio, los plebeyos de las secciones de asalto empiezan a atacarla, ocupan sus permanencias, mientras los jefes locales de policía disuelven sus secciones locales. Hugenberg se da cuenta de que toda resistencia es inútil y abandona sus dos carteras ministeriales. El 28 de junio el partido nacionalista se disuelve. El 5 de julio, es el partido católico (Zentrum) el que vota su propia disolución.
Los fascistas no perdonan a los antiguos servidores políticos de la burguesía. El doctor Oberfohren, adjunto de Hugenberg en la dirección del partido nacional, se «suicida» en su domicilio el 6 de mayo. La ley del 15 de julio prohíbe reconstruir los partidos suprimidos o formar un nuevo partido bajo penas que van de los tres años de prisión a misteriosas «sanciones más elevadas». La policía secreta política (Gestapo) y el «tribunal del pueblo» están encargadas de aplastar cualquier tentativa de este género.
El gobierno del Reich se compone ahora exclusivamente de nazis. Los miembros del antiguo personal político que siguen en él, como von Neurath, Schwerin von Krosigk y Seldte, se ven obligados a abrazar la fe nacionalsocialista. Los plebeyos son mayoría entre los miembros del gobierno: Goering, Goebbels, Darré, Hess, Roehm, Rust, Frank y Kerrl se convierten en ministros del Reich.
Una ley del 7 de abril de 1933 permitirá al Führer-canciller revocar a todos los funcionarios que no «ofrezcan la garantía de ser siempre fieles a la revolución nacional». Los oficiales sospechosos de tibieza hacia el nuevo régimen pasan a la reserva, como el mismo comandante en jefe del ejército, el general Von Hammerstein, amigo personal de von Schleicher. Los plebeyos tienen en el Ministerio de la Guerra a dos de sus «simpatizantes», el general von Blomberg y su consejero, el coronel von Reichenau. Goering, como Balbo en Italia, ha tomado el mando de la aviación.
El 10 de julio, los diarios publican un «aviso del gobierno» en letras gruesas: «Ya no hay partidos. El movimiento nacionalsocialista se ha convertido en el único pilar del Estado (...). Hay nacionalsocialistas de confianza en todos los puestos importantes.» El 15 de julio se promulga una ley que dice: «En Alemania no existe más que un solo partido político: el partido nacionalsocialista.» Y, a menos de un año de la toma del poder, el partido se confunde definitivamente con el Estado. La ley del 2 de diciembre de 1933 proclama que después de la victoria de la revolución nacionalsocialista, el partido se ha convertido en «el soporte del pensamiento del Estado y se encuentra unido a él de modo indisoluble». El partido se convierte en una corporación de derecho público. Para simbolizar esta fusión entre el partido y el Estado, Rudolf Hess, suplente de Hitler al frente del partido y Roehm, jefe del Estado mayor de las S. A., son nombrados ministros del Reich. La última piedra del Estado totalitario se colocará el día de la muerte de Hindenburg, cuando Hitler, jefe del partido, añada por decreto a su título de canciller el de jefe del Estado (2 de agosto de 1934). Por último, en el congreso de Nuremberg de 1935, la bandera roja con la cruz gamada se convierte en la única bandera del Reich, la antigua bandera imperial, negra, blanca y roja, va a parar al cuarto de los trastos. Hitler pronuncia la fórmula: «El Estado es el partido y el partido es el Estado.»
Con la instauración del Estado totalitario, los plebeyos nazis han logrado los fines que se proponían. Ya tienen todo el poder, ocupan todos los puestos, disfrutan de todas las prebendas. Una casta de parásitos, ávida y corrompida, se instala en la Administración. Su importancia numérica queda bien demostrada todos los años, en Nuremberg, cuando se reúne un millón de jefes locales de todas las categorías en una formación inmensa. Los jefes de cierta categoría «viajan en automóviles de lujo y habitan palacios, que brotan como hongos por todas partes»330. «Estamos en manos de jefes de banda», suspira una señora perteneciente a la clase de los ci-devant331.
Un representante de la vieja burguesía «respetable», Hermann Rauschning, al darse cuenta de que él y sus iguales, por odio al proletariado, han terminado por entregar Alemania a gentes que no respetan nada, escribirá todo un libro sobre el tema: No queríamos eso. En su despecho llega a olvidar que esos «nihilistas» (a los que honra con exceso tratándoles de revolucionarios) en una hora crítica, salvaron a su clase y al sistema que la sustenta. Lleno de despecho, no ve más que el precio del servicio332.
2. Segunda fase: el Estado fascista domestica al partido fascista, eliminando a los plebeyos. La «revolución» de los plebeyos se transforma en una dictadura militar y policíaca de tipo tradicional
La inquietud de la burguesía aliada del fascismo, cuando éste se hace con todo el poder, no deja de estar muy justificada. Es cierto que los plebeyos no tienen la menor intención de atacar seriamente a los privilegios de quienes les han alimentado y abierto el camino hacia el poder. Tanto más cuanto que los magnates capitalistas siguen llenando las cajas del partido y de sus organizaciones anejas.
Por ejemplo, en Alemania, estas subvenciones se llaman «fondos Adolf Hitler de la Industria alemana». Además, los magnates gratifican directamente a los jefes plebeyos y les reservan puestos bien retribuidos en los Consejos de sus sociedades. Pero los plebeyos tienen que tener en cuenta las aspiraciones de las masas populares a las que se han atraído hablándoles en un lenguaje «anticapitalista». Las masas les han creído, y ahora les exigen que cumplan su palabra. El fascismo puede proclamar que ha abolido la lucha de clases, pero los pequeños burgueses y los proletarios que han vestido las camisas negras o pardas no pueden olvidar con esas palabras su situación de clase. Sus intereses siguen oponiéndose a los de los magnates capitalistas, y, como el fascismo vencedor no parece tener prisa en suprimir los privilegios capitalistas, los plebeyos que no han conseguido un buen puesto en la jerarquía se impacientan, exigen la continuación de la revolución e incluso reclaman una segunda revolución.
Los jefes plebeyos, pequeños o grandes, no pueden desoír tales reclamaciones. En el régimen fascista como en el «democrático», y pese a la supresión del derecho de voto, los hombres políticos no adquieren y conservan influencia más que en la medida en que pueden apoyarse en una «base social» lo más amplia posible. Cada cual ha procurado conseguir un feudo personal y pretende no sólo conservarle, sino engrandecerle. Si pierde su base social no representará más que a sí mismo y automáticamente dejará de ser un respetado y temido personaje, quedando en el vacío, a merced de un capricho del dictador o de una conjura de sus rivales. Por eso se ve obligado en cierto modo, a interpretar y a defender las exigencias y aspiraciones de sus tropas, proclamando a su vez —con más o menos convicción— que la revolución no ha hecho más que empezar y que es necesaria una segunda revolución.
Este es un lenguaje que desagrada sobremanera al gran capital, que no ha cambiado de personal político para entregar la defensa de sus intereses a agitadores y demagogos. El espectro de la «segunda revolución» le aterra, y exige la eliminación de los plebeyos más turbulentos.
Vimos cómo absorbía el partido al Estado. Veremos ahora cómo domestica el Estado dictatorial al partido. Aunque todos los puestos del Estado siguen ocupados por fascistas, se establece una selección entre ellos. Sólo conservan sus puestos los que prefieren callarse, los que se resignan a no ser más que una «oligarquía que ha renunciado expresamente a la libertad de pensar»333, los servidores dóciles del jefe y de las potencias económicas que gobiernan cubiertas por él. Los otros, los demagogos, o se arrepienten públicamente y dan marcha atrás, o desaparecen. Después de esta depuración, el partido tiende a convertirse en un aparato estatal, en un organismo burocrático sin vida propia, mientras las milicias fascistas, también depuradas, pierden sus armas y quedan reducidas a la impotencia. La dictadura tiende a prescindir cada vez más del apoyo de las masas populares y a fiarse sobre todo de las fuerzas represivas tradicionales, del ejército y de la policía. Como dijo Trotsky, en 1932: «El fascismo burocrático se asemeja cada vez más a las demás formas de dictadura militar y policíaca»334.
Aunque hemos presentado ambos procesos como sucediéndose uno a otro, en realidad, están íntimamente mezclados, y cuando aún no ha terminado la fusión del Estado con el aparato del partido fascista, ya empieza a advertirse el proceso de subordinación de éste por el Estado dictatorial.
En Italia
Al día siguiente de tomar el poder, la decepción de las tropas fascistas es tal que los jefes plebeyos no pueden dejar de tomarla en cuenta y se ven obligados a emplear un lenguaje violentamente demagógico. «Hemos hecho la revolución (...). Estamos dispuestos, si es necesario, a volver a empezar», escribe el 13 de enero de 1923 Il Popolo di Lombardia, y L'Assalto, de Bolonia, publica el 14 de abril las siguientes líneas debidas a un jefe plebeyo: «Los agrarios y los industriales piensan que el fascismo tiene la obligación de moderar las reivindicaciones de los trabajadores, pero no la explotación del capital. Para eso no han muerto dos mil fascistas ni hay otros doscientos mil dispuestos a morir (...). He mandado apalear a los trabajadores revolucionarios y estoy dispuesto a hacer lo mismo con los agrarios.» Eduardo Frosini dirige una carta abierta a Mussolini, en la que dice: «Has transformado de tal modo el programa de 1919, que ahora proteges a los que el fascismo había prometido combatir. Te has echado en brazos de los que querías aplastar. Hoy el fascismo se identifica con la reacción al servicio de la monarquía y de la burguesía.» Forni habla de la necesidad de una nueva Marcha sobre Roma. Y el conflicto no es sólo verbal, pues en Roma, los partidarios de Mussolini y los extremistas se enfrentan a tiros en varias ocasiones. En Livorno, los extremistas se apoderan del cuartel de la milicia y de la sede del partido. En varias provincias, los jefes fascistas locales, los ras, se rebelan contra la política del jefe335.
La alta burguesía se alarma y exige a Mussolini que liquide a los plebeyos más extremistas. Este cuenta a Emil Ludwig: «Tuve que deshacerme en el primer año de 150.000 fascistas para dar más intensidad al partido. Sólo después conseguí atraer una élite, para lograr transformar la violencia en orden»336. Silone habla de decenas de miles de fascistas que participaron en la Marcha sobre Roma y que fueron expulsados en 1923. Según Aniante, Mussolini «envió a muchos al extranjero, encarceló a algunos y “confinó” en sus provincias a otros con orden terminante de estarse tranquilos (...). Colocó también a un cierto número en puestos que no tenían nada que ver con la política»337. Transforma profundamente al partido, y disuelve numerosos fascios. Según Silone, «se elimina a los que manifiestan su descontento, reemplazándoles por funcionarios y empleados de los servicios públicos, cuya lealtad no ofrece duda»338.
En 1925-1926 hay una nueva depuración. «Hemos tenido, explica Mussolini, que hacer el partido de arriba abajo»339. Expulsión de numerosos «viejos fascistas». Farinacci abandona la secretaría del partido, y se suspenden todas las nuevas adhesiones. No se admitirán nuevos miembros hasta 1931.
En 1928, se disuelve la Confederación de los «sindicatos» fascistas y su secretario general, Rossoni, así como sus hombres de confianza en los diversos puestos de la organización, pierden sus puestos.
En realidad, Mussolini no se decide a unir definitivamente el partido y el Estado hasta que aquél, limpio de sus elementos más díscolos, no es sino una máquina administrativa dócil. La ley del 9 de diciembre de 1928 no sólo representa la culminación del Estado totalitario, sino también la domesticación del partido por dicho Estado. Aparentemente, el partido y el Estado se confunden, pero, de hecho, aquél no es más que, como dice la ley, una «milicia civil al servicio del Estado». Comentando el decreto que concede al secretario del partido, el título y la función de ministro, el corresponsal de Le Temps en Roma escribe: «La preeminencia del Estado sobre el partido ha quedado establecida. El partido ha quedado integrado en el Estado»340.
Mientras tiene lugar esta evolución en el partido, se subordina la milicia, depurada de sus elementos indeseables, al ejército regular. Antes de llegar al poder, Mussolini había revelado ya sus propósitos. En un artículo del Popolo d'Italia, del 26 de octubre de 1922, escribía: «¿Qué haremos con las escuadras de acción cuando estemos en el poder? (...). Habrá que transformar la milicia fascista. Las escuadras ya no serán órganos del partido y se convertirán en órganos del Estado; transformadas en cursos de instrucción premilitar, realizarán el ideal de la nación en armas»341. Las «escuadras de acción» se incorporaron en la milicia en 1923, pero después de una severa selección. En agosto de 1924, Mussolini encuadra la milicia con oficiales del ejército. Poco a poco, jóvenes procedentes de las organizaciones juveniles van reemplazando a los «viejos fascistas». Por último, cosa más importante, se desarma a la milicia. En lenguaje militar es lo que se llama una «reserva en permiso». El miliciano es un civil que, de vez en cuando tiene que ponerse el uniforme, entrenarse y figurar en ciertos desfiles. Sólo una parte de la milicia se encuentra en servicio permanente, pero incluso en este caso, su misión es la de una policía auxiliar, encargada de vigilar ferrocarriles, puertos, carreteras, bosques, costas, etcétera. En tiempo de guerra, los milicianos se incorporan individualmente en sus regimientos del ejército regular, y aunque hay también algunas unidades exclusivamente milicianas, se integran en los cuerpos del ejército, a las órdenes de jefes militares. Así ocurre con las divisiones de «camisas negras», que participan en la conquista de Abisinia342. Desde el 1 de febrero del año 1935, la milicia se encarga, a las órdenes de los jefes militares, de organizar la enseñanza premilitar y postmilitar.
La milicia deja de ser, como fue inmediatamente después de la «revolución» fascista, la encargada del orden interno y de la defensa del régimen. Estas funciones incumben ahora a los carabineros, que forman parte del ejército y están mandados por un general. A fines de 1935, los efectivos de este cuerpo aumentan notablemente.
También la organización juvenil, la Opera balilla, pierde su autonomía y se convierte, con el nuevo nombre de Juventud italiana del Lictor, en una asociación de preparación militar, controlada por el ejército y sometida a los reglamentos militares343.
Mientras continúa esta evolución, no cesa de crecer la importancia del ejército. «El ejército —escribe el Giornale d'Italia— se ha convertido, por voluntad del fascismo, en la nueva aristocracia de la nación»344. Hechos simbólicos: en varias circunstancias, los soldados del ejército regular, en vez de los milicianos, montan guardia en la Exposición de la revolución fascista345. Con ocasión del XII aniversario de la fundación de la milicia (1 de febrero de 1935), desfilan en Roma destacamentos de todas las tropas regulares de guarnición en la capital346.
La «victoria» conseguida en Etiopía tras de ímprobos esfuerzos por el general —ascendido a mariscal entonces— Badoglio acaba de asegurar la hegemonía del ejército. El soberano, comandante supremo del ejército, pasa a desempeñar un papel de primer orden en el régimen fascista. Un periodista en 1936 escribe: «La casa real y el alto mando militar son los que reciben todos los honores»347. Se nombra mariscal del Imperio al rey, al mismo tiempo que al Duce348.
Estas transformaciones del fascismo agradan al ejército, que, al principio, había manifestado una cierta reserva. A partir del invierno de 1934, no tienen inconveniente en dejarse «fascistizar». A partir del invierno de 1934 se dan clases de «educación fascista» en todas las academias de oficiales y de suboficiales, se dictan medidas para facilitar la entrada de los oficiales en el partido fascista; en Génova, los oficiales de un regimiento de caballería rinden una visita de homenaje al secretario del local del partido fascista349. Paralelamente, los lazos entre la Casa de Saboya y el régimen se estrechan. El soberano emplea en un decreto la expresión «patria fascista»350. Visita la casa natal de Mussolini, en Predappio351. Su primo, el duque de Pistoia, escribe un artículo en el diario del Duce, Il Popolo d'Italia. Como dice en esta ocasión el corresponsal de Le Temps en Roma, «es la primera vez que un miembro de la Casa de Saboya toma oficialmente posición en un asunto político desde la llegada del fascismo al poder»352.
La «revolución» fascista, apoyada en los plebeyos de camisa negra, tiende a confundirse con una dictadura conservadora de tipo tradicional.
En Alemania
En cuanto Hitler llega al poder, se ocupa de domar las fuerzas plebeyas que desencadenó. Pero le desborda una verdadera marea, mucho más poderosa que la producida diez años antes en Italia. Los millones de pequeños burgueses y de parados que han creído en la demagogia nacionalsocialista empiezan a portarse como si estuvieran en país conquistado. Exigen el cumplimiento integral de las promesas «anticapitalistas» del nacionalsocialismo. Los jóvenes hambrientos de las secciones de asalto, los obreros de las «células de empresa nacionalsocialistas» reclaman aumentos de salarios, el control e incluso la nacionalización de las empresas. Tratando de ensanchar sus feudos respectivos, los jefes plebeyos abren de par en par las puertas del partido, de las secciones de asalto, de las «células de empresas», y numerosos «marxistas» que abandonaron decepcionados las organizaciones proletarias, o «infiltrados» en servicio activo, llenan las formaciones del ejército pardo; la masa ya de por sí efervescente, entra en ebullición con semejante levadura. La ola es tan violenta que parece que va a terminar por arrasarlo todo.
Los jefes plebeyos, so pena de aislarse de sus tropas, tienen que hablar en un lenguaje radical. En una reunión popular, organizada por los S. A., uno de ellos exclama: «Nuestra revolución no ha hecho más que empezar. Todavía no hemos conseguido ninguno de nuestros fines. Se habla de un gobierno nacional, del despertar nacional (...) ¿Qué quiere decir eso? Lo que importa es la parte socialista de nuestro programa (...). No tenemos más que un enemigo enfrente: la burguesía»353.
Pero no tarda en producirse la reacción. La burguesía no ha sacrificado a sus viejos servidores políticos, ni abandonado la totalidad del poder a los plebeyos nazis, sino para que éstos defiendan sus intereses. No les ha encargado la destrucción del bolchevismo para que de su seno salga un nuevo bolchevismo, aunque sea «nacional». Desde el mes de mayo se manifiestan ya los primeros signos de un cambio radical. El 9, Goering prohíbe a los agentes de policía prusianos pertenecer a las S. A. o a las S. S., así como lucir la cruz gamada354. Goebbels anuncia en un artículo: «El partido nacionalsocialista sufrirá una depuración en breve, y se excluirá a todos los elementos indeseables. Hay que tener mucho cuidado de que los marxistas no invadan las células de empresa»355. Pero estas primeras depuraciones no bastan, y la paciencia de los magnates capitalistas está a punto de agotarse. Mientras, en su nombre, el presidente Hindenburg convoca al canciller en Neudeck y le exige un cambio inmediato, los generales de la Reichswehr le hacen saber que «si sigue el camino que ha emprendido, los inconvenientes pueden ser muy graves»356.
Hitler obedece. En una reunión de los jefes de los S. A. y S. S., en Bad-Reichenhall (Baviera), el 1 y 2 de julio, hace esta inesperada declaración: «Estoy dispuesto a oponerme con la mayor energía a una segunda ola revolucionaria (...). A todo el que se levante contra la autoridad regular del Estado, hay que cogerle del cuello sin contemplaciones»357. El 10, los diarios publican en grandes caracteres un «aviso gubernamental», confirmando la «terminación de la revolución alemana»: «Hablar de continuar la revolución e incluso de hacer una segunda revolución (...) constituye un sabotaje de la revolución nacional y serán severamente castigados»358. Al mismo tiempo que ciertos pasajes de este aviso proclaman la fusión definitiva del Estado y del partido, otros pasajes anuncian la domesticación del partido por el Estado dictatorial. «Las organizaciones y los grupos del partido nacionalsocialista no pueden arrogarse poderes gubernamentales (...). Hay que mantener en todo lugar y a toda costa la autoridad del Estado».
Pero este viraje a la derecha despierta una gran resistencia. Estallan numerosos motines en las secciones de asalto, en las células de empresa y en los campamentos del servicio del trabajo. Los plebeyos, decepcionados por estas medidas, se rebelan abiertamente. Goering tiene que interrumpir sus vacaciones para decretar que los delitos políticos serán castigados con la mayor dureza, llegando hasta la pena capital (23 de julio). En esa misma fecha, una modificación de la ley militar permite a los Statthalter recurrir a las fuerzas militares en casos de disturbios políticos359. La ley del 2 de diciembre de 1933 no sólo consagra la unión definitiva del partido y del Estado, sino también la domesticación de aquél por éste. De ahora en adelante, los miembros del partido y de las secciones de asalto quedan sometidos a la jurisdicción civil, que podrá infligirles legalmente severas penas (arresto y prisión) por faltas contra la disciplina y el orden. En enero de 1934, Goering da órdenes a la policía de detener, en caso de necesidad, a los milicianos nazis, aunque vayan de uniforme; toda tentativa de resistencia por parte de éstos se considerará como un atentado contra la autoridad del Estado360.
Pero el torrente plebeyo es demasiado impetuoso para poder canalizarle tan pronto. Un joven nazi dice: «¿Cómo pueden pensar nuestros camaradas del gobierno que el capitalismo, la esclavitud del interés, la explotación desvergonzada han desaparecido?». Desfilan delante de las Bolsas con sus frontones coronados, leen en los periódicos burgueses los balances interminables y las distribuciones de dividendos (...). Ven cómo los capitalistas defienden desesperadamente sus últimos bastiones. Por eso, el movimiento no puede descansar. Seguimos luchando con el mismo espíritu que antes, pues hay muchos objetivos que no se han alcanzado (...). Seguimos con la esperanza de que nuestra revolución nacionalsocialista no cambiará de aspecto hasta que no hayamos edificado el III Reich»361.
El joven jefe de las secciones de asalto de Berlín, que será fusilado el 30 de junio de 1934, escribe una especie de testamento, muy característico, aunque su autenticidad no esté demostrada: «He servido al Führer durante once años, y le seguiré hasta la muerte (...). Pero no puedo soportar el pensamiento de que las S. A. puedan ser traicionadas por aquellos que elevaron al poder»362.
Para conservar el contacto con su base social, los jefes plebeyos tienen que recurrir a la demagogia. En especial, el jefe de Estado mayor de las secciones de asalto, Roehm. Sin duda, este militarote inculto, que no desdeña vivir en las delicias de Capua con los más complacientes de sus jóvenes subordinados, es un «socialista de broma»363. Pero, entre los dos millones de hambrientos de camisa parda, la idea de la «segunda revolución» sigue viva. Roehm, para conservar su prestigio entre sus tropas, tiene que convertirse en su intérprete: «El que piense —grita— que la tarea de las S. A. ha terminado, tiene que meterse en la cabeza que aún estamos aquí y que permanecemos»364. «Hay que mantener la tendencia revolucionaria en las S. A. No quiero dirigir un rebaño de borregos para divertir a la burguesía, sino un ejército de revolucionarios»365. «La revolución que hemos hecho no es una revolución nacional, sino nacionalsocialista. Y hay que acentuar lo de socialista (...). Nuestras secciones de asalto son la encarnación total de la idea revolucionaria»366.
Roehm tiene tanta necesidad de apoyarse en sus hombres que su posición personal es poco segura. Los generales de la Reichswehr le detestan por un antiguo conflicto: los generales no han tolerado nunca que las S. A. reduzcan sus atribuciones, no tienen inconveniente en que las secciones de asalto sean una especie de asociaciones de preparación militar, pero les desagrada que traten de «jugar a los soldados». El ejército alemán desconfía de la mentalidad plebeya, de esas formaciones improvisadas. «Algunos jóvenes ambiciosos y sin ningún escrúpulo han llegado en pocos meses a la categoría de general de división o de jefe de cuerpo de ejército. A su edad, en el ejército regular serían, como mucho, jefes de compañía o de batallón, y ahí están al frente de 80.000 ó 100.000 hombres»367. Las S. A., por su parte, detestan de todo corazón al ejército regular, ciudadela de «reacción». «Mientras haya una fuerza que tenga sus fines propios, como ocurre con el ejército, no puede haber un Estado totalitario». Roehm declara: «No hay ningún vínculo entre la Reichswehr y las secciones de asalto, pues el ejército no ha tenido ninguna participación en la revolución nacional»368.
En realidad, los jefes militares no son hostiles al nacionalsocialismo, sino todo lo contrario. Agradecen a Hitler su decisión de restaurar la potencia militar alemana y aceptan incluso, en principio, la fusión del ejército y del régimen. Pero con la condición de que esta fusión no beneficie a los plebeyos extremistas, y que Hitler empiece por reducir a la impotencia a todos estos locos. Durante un breve crucero por el Báltico, al comienzo de la primavera, el Führer acepta sus exigencias. Roehm queda excluido de las asociaciones de oficiales y recibe un permiso de varias semanas. También las secciones de asalto «se van de vacaciones» durante el mes de julio. Durante ese período, los hombres no tienen derecho a vestir el uniforme.
Pero todas estas medidas agravan el descontento, en vez de calmarle. Los magnates capitalistas se alarman cada vez más, y el 28 de junio, Hitler se ve obligado a ir en persona a Essen, a entrevistarse con Krupp, que le dicta sus órdenes. En el Völkischer Beobachter, del 29 de junio, el general Von Blomberg promete su apoyo ilimitado al canciller, y decreta, al mismo tiempo, el «estado de alarma» en el ejército.
El día 30, por orden de Hitler, algunos de sus más antiguos colaboradores —Roehm, Gregor Strasser, Ernst, etcétera— son fusilados como perros. En el caso del primero se exhiben sus «vicios» como excusa. Pero en toda Alemania son centenares los partidarios de la «segunda revolución» ejecutados. El ejército queda detrás de los bastidores, pero dispuesto a intervenir, como en Munich369. Al día siguiente de la matanza, el general Von Blomberg levanta el estado de alarma y felicita ostensiblemente al Führer por haber «atacado y aplastado a los traidores rebeldes».
Lo ocurrido el 30 de junio puede calificarse de verdadero golpe de Estado. A partir de entonces, el principal apoyo de la dictadura no es la milicia plebeya, sino el ejército regular. Los síntomas de esta evolución se multiplican: Hitler se presenta siempre en público, rodeado de generales, y asegura al ejército que «siempre podrá confiar en él»370. En el congreso del partido, en Nuremberg, al que por vez primera asisten los generales, alaba al «maravilloso y glorioso ejército»371, que tiene un día especial.
Hitler ha dado satisfacción a la exigencia esencial de los militares: «sólo el ejército lleva armas en el Estado». La liquidación de las secciones de asalto empieza por la abrogación de la ley que confería a su jefe de Estado mayor la dignidad y el título de ministro del Reich; se renueva la alta jerarquía de las S. A., colocándose hombres seguros. Hay también una vasta depuración en la base: expulsión de todos los elementos dudosos; los que quedan sólo podrán vestir el uniforme durante las raras horas de servicio. Los ejercicios de entrenamiento, que se celebraban antes todos los domingos, sólo tienen lugar de tarde en tarde. Se crea una nueva gendarmería, el Feldjägerkorps (cuerpo de cazadores de campaña), encargado de vigilar a los milicianos y de obligarles a observar las prescripciones relativas al uso del uniforme. En cuanto a las armas, se colocan en los parques militares. De milicianos armados, los miembros de las S. A. pasan a ser «propagandistas» de la causa.
Las «secciones de protección» (S. S.), que han satisfecho su enemistad por las S. A., desempeñando un papel esencial en la acción del 30 de junio, no obtienen el beneficio que pensaban. No sólo el ejército se opone a que absorban a las S. A. liquidadas, sino que las reduce a su vez. La S. S. intenta resistir y falta poco para que a fines del año 1934 se vuelva a repetir el episodio del 30 de junio. Pero, por último, se cumple la voluntad de los generales: sólo quedan unas pocas unidades de S. S., bien seleccionadas, que ejercerán funciones de policía.
Pero el hecho capital es que por un decreto del 16 de enero de 1936, el ejército queda definitivamente encargado de mantener el orden en caso de disturbios de origen político372.
Al mismo tiempo que se reduce a los milicianos, empieza una depuración del partido de arriba abajo. En el congreso de Nuremberg, de 1934, Hitler anuncia una rigurosa selección y la expulsión de todos los que no se sometan a su voluntad. En el congreso de 1935373, confirma: «Nuestros efectivos han sufrido una severa depuración»374. En la enorme masa de más de cuatro millones de afiliados, las expulsiones, detenciones e incluso ejecuciones secretas se multiplican. La dictadura ataca en especial a los «sub-Führer», a los «pequeños Hitler», que, como los ras italianos de los años 1923 y 1924, han conseguido hacerse un feudo y apropiarse de una parcela de la autoridad estatal. Numerosos funcionarios subalternos del partido pierden sus cargos. La depuración tampoco perdona a los plebeyos de la alta jerarquía.
Progresivamente, el partido va pasando bajo la tutela del Estado. En noviembre de 1934, se promulga un decreto diciendo que «todas las reuniones públicas y todas las manifestaciones del partido (...) tienen que ser aprobadas por la autoridad competente (gubernamental)». En abril de 1935, el delegado del Führer a la dirección del partido, Hess, declara que de allí en adelante el partido debe de considerarse subordinado al Estado e inclinarse ante la «razón de Estado»375.
El restablecimiento del servicio militar obligatorio, el día 16 de marzo de 1935, corona esta evolución. Las nuevas leyes militares arrebatan a los plebeyos nazis una de sus últimas bases sociales: el «servicio del trabajo», que, despolitizado, se convierte en un servicio premilitar, con carácter obligatorio, es decir, en un simple anejo del ejército. La policía verde («policía Goering») se incorpora al ejército. Y el partido pierde también una de las funciones que más le interesaban: la formación de la juventud. Las Hitlerjugend —«juventudes hitlerianas»— pierden su autonomía, y se convierten en una vasta asociación de preparación militar dependiente del ejército, encuadrada por oficiales y suboficiales. Se proyecta la creación de una nueva juventud, la «juventud del Reich», institución estatal, en vez de organización nacionalsocialista376.
Paralelamente a la evolución del nacionalsocialismo, empieza la «fascistización» del ejército. Su portavoz, el mayor Foertsch, dice: «Ninguna fuerza del mundo podrá destruir la unión que existe entre el ejército y sus diversas organizaciones»377. «El nacionalsocialismo, como base del nuevo Estado, es algo intangible para el ejército, que no podrá ser sino nacionalsocialista»378. En todos los cuerpos se estudian los principios del nacionalsocialismo. En febrero de 1934 se decide que los soldados y los marinos llevarán la cruz gamada en sus uniformes. En marzo, se aplica la «cláusula aria» en el ejército y en la marina. Cuando muere el viejo Hindenburg (2 de agosto de 1934), el general Von Blomberg no duda en jurar fidelidad a Hitler como jefe del Estado y comandante supremo del ejército, y todos los soldados prestan juramento de fidelidad al Führer. Los soldados, suboficiales y oficiales reciben la orden de saludar militarmente a los jefes del partido nacionalsocialista cuando éstos luzcan su uniforme379. En noviembre del año 1935, la Reichswehr acepta que su antigua bandera de guerra (negra, blanca y roja) desaparezca, y la sustituya otra donde figura la cruz gamada380.
La «revolución» nacionalsocialista, apoyada en los plebeyos de camisa parda, tiende a parecerse cada vez más a una dictadura militar de tradición prusiana.
3. Sin embargo, en cierto modo, el Estado dictatorial tiene que contar con una «base social», satisfacer al menos formalmente a los plebeyos, guardándose contra una «amenaza derechista»
Hay algo que distingue, no obstante, al Estado dictatorial fascista, en esta fase de su evolución, de las dictaduras de tipo antiguo: el fascismo no puede prescindir por completo de una «base social». Para que las masas tengan paciencia, para disimular sus vínculos con el capital, el fascismo tiene que seguir recurriendo a la demagogia, en cierta medida.
Además necesita conservar algunos puntos de apoyo en el seno del pueblo para evitar que se produzcan cristalizaciones independientes. No puede suprimir las organizaciones del partido y de la milicia, no puede «prescindir —como dice Gentizon— de un medio de control como ese, que puede penetrar en todas las células sociales, un instrumento que ni el ejército ni la policía podrían reemplazar (...). En un pueblo no vigilado, las más diversas corrientes extremistas (podrían) reconstituirse sin ningún trabajo»381.
Otra razón es que la dictadura fascista no puede olvidar que hay un peligro «a su derecha». El triunfo del Estado totalitario, la expulsión brutal del antiguo personal político de la burguesía, la «fascistización» del ejército no impiden que ciertas fuerzas conservadoras tradicionales sigan siendo hostiles al régimen y le ofrezcan una resistencia sorda. Parte de los antiguos políticos burgueses, parte del ejército, de la corte o entre quienes rodean al jefe del Estado, han aceptado de mala gana el fascismo, incluso corregido y depurado. Un día, gracias a circunstancias particulares, esas fuerzas conservadoras podrían reaparecer en escena, sobre todo si las ayudan ciertos grupos capitalistas. Hay una amenaza latente, a la que el supremo plebeyo, el dictador, no puede hacer frente más que apoyándose, en cierto modo en su «izquierda», en sus plebeyos. Sin embargo, el peligro que viene de la «izquierda» sigue siendo el mayor, y por eso su política oscila entre límites muy estrechos.
En Italia
A partir de 1932, Mussolini se da cuenta de que su «régimen se oxida y se va hundiendo»382, de que ha perdido todo contacto con el pueblo. El partido no es más que una máquina administrativa sin vida alguna. La agravación de la crisis económica exige que la dictadura recree artificialmente una especie de base social, y para esto emplea de nuevo la demagogia.
Además, Mussolini tiene que guardarse de un posible enemigo a su «derecha». La liquidación total del partido, como quieren los conservadores nacionalistas, sería la «liquidación de su poder personal y la asimilación del Estado fascista al Estado conservador tradicional»383. Las fuerzas conservadoras no han desaparecido por completo. Aunque el ejército se haya dejado «fascistizar», todos sus jefes no aceptan a gusto el régimen fascista. Un viajero que recorre Italia en 1935 escribe: «Los oficiales superiores no se entusiasmaron jamás en exceso por el fascismo (...). Pero actualmente, esas viejas divergencias brotan a la superficie y, al menos entre los militares, nadie se toma el trabajo de disimularlas»384. En la alta administración, en la corte, hay muchos que murmuran contra el fascismo.
En caso de conflicto agudo con las fuerzas conservadoras, Mussolini y sus fieles no podrían contar con la milicia, desarmada y controlada por el ejército, ni con los carabineros, que forman parte del ejército, su única arma —eso sí, temible pero insuficiente— es la policía política, la OVRA. Para rejuvenecer su régimen y guardarse a la vez de los conservadores, el Duce necesita apoyarse en la base plebeya del partido fascista.
«Hasta estos últimos meses —escribe Gentizon— se manifestaba la tendencia, en ciertos medios, de considerar al partido como un elemento negativo, un peso muerto político. Ahora, por el contrario, las altas esferas parecen concederle un nuevo valor»385. Después de la gran depuración de 1925-1926, sólo se admitía en el partido a los jóvenes procedentes de las organizaciones juveniles. Pero a partir de 1932-1933, las puertas del partido se abren de nuevo. Todos los que no habían estado nunca inscritos pueden ingresar a petición propia, a condición de haber «servido al régimen con total pureza de intenciones», es decir, después de una severa selección. Entre octubre de 1933 y fines del año 1934, los efectivos del partido se duplican: entra un millón de miembros nuevos. A principios del año XII (28 de octubre de 1934), el secretario general Starace se felicita de que la actividad del partido se haya «desarrollado en el sentido de una participación más amplia y más activa en la vida del país, de modo que en vez de seguir siendo una organización cerrada, el partido penetra ahora en todos los terrenos»386. Pero esta brusca afluencia de elementos nuevos hubiera podido «debilitar al partido y estorbar su acción». Para evitarlo, se admite con preferencia a los jóvenes, que no tienen el espíritu revoltoso de los antiguos fascistas plebeyos. Se incrementa también el control sobre el partido, reforzando la disciplina, multiplicando las inspecciones y estrechando las relaciones entre las direcciones centrales y la periferia387.
Al mismo tiempo se hacen grandes esfuerzos para insuflar un poco de vida al partido, para darle su aspecto «revolucionario» de antaño. Mussolini habla de «ir al pueblo». Recomienda a los funcionarios del partido «frecuentar los medios obreros y estar no sólo moralmente, sino también físicamente, con el pueblo, sobre todo en estas horas difíciles». Y añade esta recomendación significativa: «En las ceremonias oficiales, nada de traje de etiqueta, sino la sencilla camisa negra de la Revolución». Al poner en marcha el llamado «Estado corporativo», exhuma la vieja demagogia «revolucionaria» y «anticapitalista», volviendo a la carga con motivo de la guerra de Etiopía: «guerra de los pobres, guerra de los proletarios»388. «(Esta) acelerará, en vez de retrasar, la evolución social que se está produciendo en Italia». La revolución fascista es una «revolución social»389.
Con todas estas incitaciones, los plebeyos vuelven a utilizar el lenguaje de «izquierda». Hay muchos que sobrepasan los estrechos límites de lo autorizado y acaban en las islas Lípari, y se prohíben sus órganos y discursos. En julio de 1935, se suprime la revista de jóvenes fascistas, Cantiere; en noviembre, la socializante, Problemi del Lavoro390.
Incluso el último episodio de la aventura fascista coincide con este análisis. Mussolini, abandonado en 1943 por el ejército y el rey, tiene que buscar un apoyo en su izquierda. De aquí, su «república social». Pero esta concesión demagógica no es más que una fachada. El último avatar del fascismo es esencialmente un régimen policíaco, apoyado en las bayonetas de un ejército: el ejército alemán.
En Alemania
Hitler —aún más que Mussolini— se ve obligado a guardar ciertas consideraciones con su ala izquierda, a apoyarse en una base social plebeya. Le resulta indispensable engañar a las masas todavía en fermentación y conservar entre ellas ciertos puntos de apoyo. Y, sobre todo, guardarse contra el peligro que le amenaza por la derecha. A primeros del invierno de 1934, los elementos monárquicos se agitan peligrosamente, trabajando por la restauración de los Hohenzollern. El gobierno del Reich disuelve todas las asociaciones monárquicas. A primeros de junio del año siguiente se registra una nueva ofensiva, mucho más peligrosa, ya que proviene de los medios conservadores, que tanto hicieron para preparar el advenimiento del Tercer Reich.
El 17 de junio, el vicecanciller Von Papen, en persona, en un discurso pronunciado en Marburg, recuerda que el gobierno de Hitler nació el 30 de enero de 1933 de una «alianza entre el nacionalsocialismo y las fuerzas conservadoras». Ataca violentamente el principio del Estado totalitario: «El sistema de partido único no tiene otra justificación que la de ser necesario para cambiar de régimen, y mientras entra en funciones la nueva élite (...). Sostener que en un país pueda haber ciudadanos con derechos amputados, es volver a la separación que existía en la antigüedad en Esparta entre los espartanos y los ilotas, que fue la causa de la ruina de Lacedemonia».
Estas palabras despertaron la cólera de los plebeyos nazis. Una fracción de la burguesía, después de haberles cedido una parte del escenario político, amenazaba con volvérselo a coger. Goebbels responde con ira: «Esa gente que nos critica hoy (...) representa el atraso y la reacción. Pasaremos por encima de ellos. Nosotros somos la juventud de un nuevo Reich, y sólo nosotros representamos ahora a Alemania»391.
La gran burguesía y el ejército exigen la eliminación radical de los plebeyos extremistas. Se les dará satisfacción, pero serán los mismos dirigentes nacionalsocialistas quienes se encargarán de la operación, para no permitir que nadie pueda sacar beneficio sino ellos. En realidad, atacarán en dos frentes a la vez. Hitler, Goering y Goebbels, al mismo tiempo que diezman a sus secuaces de izquierdas, ejecutando a algunos de sus más viejos partidarios, hacen lo propio con algunos de los elementos de las fuerzas conservadoras hostiles al Estado totalitario. Los colaboradores de Von Papen, que redactaron el discurso de Marburg, son asesinados o encarcelados. El mismo vicecanciller hubiera perecido sin la intervención de Hindenburg. Varios generales —Von Bredow, Von Lossow—, terratenientes, monárquicos, miembros del Herrenklub392 —Von Gleichen, Von Alvensleben, Von Wechmar, etcétera— caen bajo las balas de los asesinos.
Lo mismo que el general Von Schleicher, que, al parecer, trataba de recuperar el poder, al margen de las maniobras de Von Papen, con la ayuda de Roehm y de Gregor Strasser y el apoyo de los magnates de la industria química, sin duda los mismos que le apoyaron a fines de 1932 en su conflicto con la industria pesada393.
Después del 30 de junio de 1934, el Führer, no contento con esta represión contra los elementos derechistas, trata de reanimar el ala izquierda de su partido, que acababa de diezmar. Es que la fermentación de las masas le alarma: algunos milicianos licenciados se vanaglorian de haber votado no en el plebiscito del 19 de agosto, y el descontento se expresa hasta en las reuniones públicas del partido.
También algunos de sus colaboradores directos sienten que su posición personal está en peligro: Goebbels, Rosenberg, Darré, Ley, Von Schirach, Streicher, Rust, Frank, pasan algunos meses incómodos, mientras reaparece buena parte del antiguo personal político de la burguesía, detrás del nuevo dictador económico, el doctor Schacht, que nombra jefe suplente de la Cámara económica del Reich al doctor Trendelenburg, ex ministro de la república de Weimar, comisario de precios al Dr. Goerdeler, antiguo colaborador de Brüning, llegando en su desvergüenza hasta tener un consejero personal israelita, el Dr. Goldschmid.
Dentro del ejército, los partidarios fieles del nacionalsocialismo, como el ministro general Von Blomberg y su consejero, el general Von Reichenau, pierden terreno frente a la tendencia adversa, encabezada por el comandante supremo, general Von Fritsch. En noviembre de 1934, las conferencias periódicas que se celebran en todas las guarniciones para la educación política de los soldados y suboficiales, se sustituyen por conferencias sobre temas militares394. En el verano de 1935, el general Von Reichenau y el mayor Foertsch pierden sus puestos en la dirección central del ejército por haber manifestado demasiada simpatía por el nacionalsocialismo395. El ala derecha militar trata de agrupar a todas las fuerzas conservadoras tradicionales. Encuentra apoyo en ciertos altos funcionarios, que pertenecen a la casta aristocrática, a los que ha respetado la «fascistización» o incluso que han abandonado el partido nacionalsocialista396. Protege al «Casco de Acero», organización que no ha sido asimilada realmente por los nazis, y en cuyas filas forman los restos del antiguo partido nacional-alemán. Mantiene relaciones, más o menos ocultas, con los grupos monárquicos, cuya actividad marca durante el invierno de 1935 tal recrudecimiento, que Hitler convoca al ex Kronprinz y le afea su conducta397.
El dirigente nacionalsocialista, que se siente más amenazado es Goering. Entre éste y el ala derecha del ejército hay una lucha a muerte. Los generales no le perdonan haber ejecutado a tres de sus compañeros el 30 de junio, y quieren poder controlar la aviación y la policía, que aquél tiene en sus manos. Goering pretende dominar también el ejército de tierra: quiere ser ministro de la Guerra, y pide la destitución del general Von Fritsch. Pero no consigue lo que quiere, y el 20 de abril de 1936, el ministro de la Guerra, general Von Blomberg, asciende a feldmarschall y quedan bajo sus órdenes los tres jefes de los ejércitos de tierra, mar y aire, ministros los tres: general Von Fritsch, almirante Raeder y general Goering398.
En caso de conflicto con las fuerzas conservadoras, los dirigentes nacionalsocialistas no pueden apoyarse en las S. A. y S. S., desarmadas, ni en la policía verde, incorporada al ejército. Les queda un arma terrible, pero insuficiente, la Gestapo. Eso explica sus intentos de reanimar a su ala izquierda. Poco después del 30 de junio, en el congreso de Nuremberg, que se celebra el 9 de septiembre de 1934, Hitler sostiene cínicamente que las S. A. siguen siendo más que nunca la fuerza sobre la que reposa el régimen, la organización más poderosa de la historia alemana, tanto que «nadie osaría enfrentarse con ella». No olvida amenazar a quienes piensen en quebrantar el Estado totalitario: «Tenemos el poder, nadie podrá arrebatárnosle, y nosotros no le abandonaremos jamás»399. En noviembre, Goebbels exhorta a los dos mil veteranos de la «vieja guardia» a darse cuenta de lo que todavía queda por hacer y aludiendo a un regreso del antiguo personal político de la burguesía, dice: «Cerremos filas, impidamos la entrada a cualquier elemento extraño»400. El 1 de enero de 1935, Hitler insiste en un mensaje al partido, diciendo que éste es «más que nunca el apoyo político efectivo de la voluntad nacional».
El 29 de junio de 1935, Goebbels organiza una gran «jornada del partido nacionalsocialista de Berlín». Sin olvidar rendir homenaje al ejército, ataca violentamente a los detractores del Estado totalitario, a la burocracia estatal, en la que subsisten o se infiltran elementos «reaccionarios»: «Por todas partes se oye reclamar la supresión del partido (...). Se nos asegura que todo el mundo se ha hecho nacionalsocialista. Lo esperamos así, pero no nos hacemos demasiadas ilusiones (...). El partido es quien mantiene la fe en el país»401. El 18 de julio, los nazis berlineses, cuyo jefe es precisamente Goebbels, obtienen la dimisión del jefe de la policía de Berlín, contraalmirante Von Levetzow, que simpatiza con los «reaccionarios» y consiguen el nombramiento de un extremista conocido, el conde Helldorf, que tuvo la suerte de escapar de la depuración del 30 de junio. El Angriff anuncia triunfalmente «el fin sin gloria de esta reacción (...), que se reúne en ciertos medios y en ciertos salones, y que, gracias a sus relaciones con la burocracia, cree poder poner trabas a la evolución actual»402. El 12 de agosto, Lutze, jefe del Estado mayor de las S. A., pasa revista a 14.000 milicianos, que, por un día, se han vuelto a poner el uniforme y les declara: «No dejaremos de reivindicar la totalidad del poder».
Para que sus tropas no pierdan la paciencia, los jefes nacionalsocialistas utilizan el antisemitismo y el anticatolicismo. En julio de 1935, Goering envía una vehemente circular contra el «catolicismo político», y Streicher pronuncia constantemente diatribas contra los judíos.
El congreso de Nuremberg, en septiembre de 1935, se consagra por completo a la satisfacción verbal de los plebeyos: «No nos apartaremos una pulgada de los principios fundamentales del nacionalsocialismo (...). La conquista del poder es un proceso que nunca quedará terminado», dice Hitler403. Añade que no son ni los jefes de la Economía ni los soldados quienes sacaron a Alemania del abismo, sino exclusivamente los soldados políticos del partido. «Podrá hundirse todo, pero nuestro partido, jamás». Y exclama con tono inspirado: «Yo te saludo, mi viejo S. A.; yo te saludo, mi viejo S. S. Para mí, seguís siendo la vieja guardia de la revolución nacionalsocialista»404.
Es entonces cuando decide que la bandera de la cruz gamada será el único estandarte del Tercer Reich, y se desata en improperios contra las fuerzas conservadoras tradicionales, esos «miembros de una estúpida burguesía reaccionaria, que jamás aprenderá nada»405. Poco tiempo después (7 de noviembre) disuelve definitivamente la organización «Casco de Acero», así como las viejas corporaciones estudiantiles, «focos de oposición aristocrática y reaccionaria».
Pero todas estas satisfacciones dadas a los plebeyos son puramente formales e ilusorias: las secciones de asalto siguen desarmadas y en permiso permanente. El poder está en manos del ejército y de la alta burocracia nazi.
Algunos interpretaron la jornada del 4 de febrero del año 1938 como una reacción ofensiva de la izquierda nazi, cuando el general Von Fritsch y el mariscal Von Blomberg pasaron a la reserva. Interpretación incorrecta, primero, porque aquel episodio fue una revolución de palacio, sin ninguna intervención de la masa de plebeyos nazis, definitivamente condenada al silencio. El conflicto se reduce a la lucha entre ciertos elementos de la alta burocracia nacionalsocialista (Goering y sus amigos) con otros del ala derecha de la Reichswehr (Fritsch y su grupo), que termina no por la victoria de uno de los dos, sino por un compromiso.
Si Von Fritsch y otros catorce generales sospechosos de simpatizar demasiado con la monarquía, pasan a la reserva406, no hay que olvidar que Von Blomberg, que es en esos momentos el hombre de confianza de los nacionalsocialistas en el ejército, sufre la misma suerte. Es cierto que poco después se introduce el saludo nazi en las fuerzas armadas407, a lo que se habían opuesto siempre los generales. Pero la autonomía del ejército dentro del Estado totalitario subsiste. Sus nuevos jefes, el general Keitel y el general Von Brauchitsch son militares profesionales educados en el espíritu y la tradición de la Reichswehr. Goering no ha conseguido ser ministro del Ejército. El general Von Reichenau (un hombre del ala nazi dentro del ejército) no ha podido llegar a jefe del Estado mayor general, ni Himmler a ministro del Interior.
En el consejo privado de Hitler sobre política exterior, los representantes militares y los de la alta burocracia nazi están igualados en número. La voluntad de Hitler, sin embargo, logrará convencer a sus generales de entrar en guerra.
Un régimen militar y policíaco no puede evitar cierta dualidad. La fusión entre la alta burocracia del partido y su instrumento, la Gestapo, por un lado, y el Ejército por otro, deja mucho que desear. En los mecanismos del llamado Estado totalitario abundan choques y fricciones, que se agudizarán a medida que la descomposición del régimen se agrave con el curso desfavorable de la guerra mundial. La alta burocracia del partido acabará luchando abiertamente contra el ejército. Las S. S. de Himmler, convertidas en un ejército dentro del ejército, en este período, desempeñarán un papel cada vez más importante, a medida que los jefes militares se alejan de Hitler. Pero ese proceso no significa en ningún caso el desquite de los plebeyos de camisa parda. Los hombres que en 1933 y 1934 soñaban con una «segunda revolución», no conseguirán el poder. El fracaso del complot militar del 20 de julio de 1944 colocará en primer plano al siniestro Himmler, pero no a los militantes de base del nacionalsocialismo.
VII. La verdadera «doctrina» fascista
1. La «doctrina» fascista no es más que la vieja ideología reaccionaria
El fascismo vencedor no tiene ya tanta necesidad de esconder su verdadero rostro, e incluso trata de dar un fundamento teórico a su hegemonía con una «doctrina». Es cierto que esta doctrina se la podía encontrar, antes de la conquista del poder, en los escritos y discursos de sus jefes, pero disuelta en la fraseología «anticapitalista». Pero ahora que la demagogia pasa a segundo plano, vemos mejor que la «doctrina» fascista es una vieja conocida, hermana gemela de la filosofía reaccionaria del antiguo régimen feudal, clerical y absolutista.
Se trata precisamente de la misma filosofía que la burguesía, en el alba de su reinado, combatió enérgicamente. Al dogma pesimista de la caída del hombre, aquélla opuso entonces la idea del progreso indefinido; al conocimiento revelado, la razón y el pensamiento libre; al «principio aristocrático», al «Estado Moloch», el gobierno de las masas y la democracia; a la fuerza brutal, el derecho.
Pero llega un día en que la burguesía, como dice Marx, se da cuenta de «que todas las armas que ha forjado contra las ideas feudales se vuelven contra ella, que todos los medios de instrucción que ha imaginado se alían contra su propia cultura, que todos los dioses que ha creado le vuelven la espalda», en que se da cuenta de que «todo lo que se han llamado libertades burguesas u órganos del progreso ataca y pone en peligro su dominio de clase»408.
Conmovidos sus cimientos por la crisis del capitalismo, no pudiendo salvar sus beneficios más que destruyendo las instituciones democráticas y exterminando brutalmente al proletariado organizado, la burguesía rechaza la ideología que utilizó para vencer al absolutismo. Más aún: se apodera de la ideología absolutista, niega el progreso, ridiculiza la razón, niega a las masas el derecho a gobernar y pisotea la democracia. Ahora es ella la que invoca el «principio aristocrático» y la «razón de Estado», rehabilitando la violencia. Nada tiene de extraño que aquellos pensadores reaccionarios, autores de los más elocuentes anatemas contra las ideas de la Revolución francesa, la democracia y el liberalismo, se conviertan en los maestros de la burguesía decadente. El fascismo europeo toma su «doctrina» de lo que Louis Dimier llamaba los «maestros de la contrarrevolución»409. «Representamos la antítesis (...) del mundo de los inmortales principios de 1789»410, una reacción contra el «movimiento de los ilustrados del siglo XVIII y de la Enciclopedia»411, dicen los fascistas italianos. Y los nacionalsocialistas: «El año 1789 desaparecerá de la historia»412. «Queremos destruir la ideología inmoral de la Revolución francesa»413.
2. El fascismo niega el progreso
Contra las bastillas del absolutismo, la burguesía empleó antaño la idea de progreso como un ariete. La Antigüedad y la Edad Media se basaron en la idea de la corrupción, de la decadencia del género humano, en el dogma de la caída del hombre. Para ellas, la humanidad, perfecta al salir de las manos de Dios, se había hundido, debido al pecado original, en la corrupción y en el mal. El hombre nace ya malo inevitablemente. El régimen político, económico y social ha sido impuesto por Dios, y el hombre debe de aceptarle sin discusión y sin tratar de enmendarle. A esta doctrina pesimista, justificación cómoda de la tiranía y de la miseria, la burguesía opuso la idea del progreso indefinido: la edad de oro no está en el pasado, sino ante nosotros; la humanidad es perfectible y se eleva en un proceso constante de la miseria al bienestar, de la ignorancia a la ciencia, de la barbarie a la civilización. Los grandes descubrimientos de la segunda mitad del siglo XVIII, el nacimiento del maquinismo y de la industria moderna dieron al ideal del progreso su justificación: la joven burguesía industrial llegó a creer que los nuevos medios de producción que había inventado eran capaces de asegurar a la humanidad la mejora indefinida de su suerte. Este era el optimismo simplón de los burgueses saintsimonianos como Michel Chevalier.
Pero llega un día en que la idea de progreso se vuelve contra la burguesía. Las fuerzas productivas, a modo y medida que prosigue su desarrollo vertiginoso, entran en conflicto con el régimen de la propiedad privada, que cesa de ser progresivo, y que lejos de asegurar a la humanidad el bienestar prometido, engendra el paro y la miseria. Entonces la burguesía cesa de creer en el progreso y hace, de los pensadores que negaban el progreso, sus maestros.
El fascismo italiano utiliza las diatribas contra el progreso de un teórico del sindicalismo y filósofo reaccionario: Georges Sorel. Este ensayista, ambivalente y original, escribió todo un libro para demoler precisamente las Ilusiones del progreso. Sorel detesta, sobre todo en la idea de progreso, su «facilidad». Quiere que el hombre esté siempre presto a combatir y no ocupado en un dolce farniente, la felicidad en la tierra. Pero en el fondo, niega el progreso mismo. En 1913 confía a un amigo: «El progreso es sólo una apariencia (...). La idea de progreso es una idea ingenua que la historia de la humanidad desmiente»414. Mussolini, discípulo de Sorel, rechaza también la idea del progreso: «El fascismo rechaza el mito del bienestar y del progreso indefinido (...). No cree en la posibilidad de la “felicidad en la tierra”, como dicen los economistas del siglo XVIII». Por eso condena también las «concepciones teleológicas, según las cuales, en un cierto momento de la historia, el género humano llegará a alcanzar una organización definitiva»415.
3. El fascismo es enemigo de la razón
Otra de las armas de la burguesía ascendente fue la razón. Al conocimiento revelado sustituyó el libre ejercicio de la inteligencia, la primacía del buen sentido. Pero hoy esta arma se vuelve en contra suya. El uso de la razón, del análisis científico, minan las bases de su dominio, condenan el modo de producción capitalista y sólo recurriendo a lo «irracional» puede prolongar su reinado. El hombre debe renunciar a dominar el mundo y sentirse subyugado por él como por un «fenómeno místico» —la expresión es de Edouard Berth416—; su inteligencia debe estar dispuesta a abdicar ante todas las fuerzas instintivas, a dejarse arrebatar por un «movimiento» cualquiera en vez de tratar de razonar y de comprender; debe de estar dispuesta a seguir al primer charlatán o al primer hacedor de milagros o de mitos que llegue, dispuesta a buscar una solución a sus sufrimientos no en una acción racional, sino en la fe ciega por un Duce o por un Führer.
En Italia
El fascismo italiano utiliza —forzándolas un poco— las teorías de Sorel. Este detesta el racionalismo moderno, considera que Descartes es «charlatanesco» y le opone a Pascal, el creyente417. «Pascal —dice— ha vencido a Descartes»418. Y su discípulo Edouard Berth añade: «Vencer a Descartes es vencer al racionalismo, a ese intelectualismo moderno (...) que fue inventado para destruir las creencias cristianas y sustituir a la religión por una concepción científica del mundo, que es la cosa más tonta y vulgar que se ha podido inventar a lo largo de los siglos»419. Sorel opone la «intuición» —como Bergson— a la razón; quiere llenar la imaginación popular con mitos, «utilizar conjuntos de imágenes capaces de evocar en bloque y sólo por intuición, antes de cualquier análisis reflexivo, la masa de sentimientos». Estos mitos no es necesario que se conviertan en realidad: «Puede incluso que nada de lo que encierran se produzca»420.
Enemigo de la razón, el fascismo se proclama también un «movimiento», una «intuición que se resume en una visión o en una fe»421, «un mito», le llama también Mussolini, que añade, en la más típica jerga soreliana: «No es necesario que sea una realidad»422.
De aquí a rebajar la inteligencia no hay más que un paso: «Mussolini —confiesa Volpe— extendía entre quienes le rodeaban una especie de intolerancia casi de desprecio hacia los intelectuales (...). Es lógico que esta actitud degenerase entre sus adeptos en un auténtico desprecio por la cultura, que manifestaba con grosera ironía. No faltaron las manifestaciones de una ironía grosera, un desprecio total por la cultura y sus representantes»423. En uno de sus discursos dice Mussolini: «El siglo del fascismo verá el fin del trabajo intelectual, de esos intelectuales infecundos y que son una amenaza para la nación»424.
En Alemania
El nacionalsocialismo encuentra en Oswald Spengler una filosofía similar. Como Sorel, el autor de La Decadencia de Occidente se burla del racionalismo, del «conocimiento natural irreligioso» de la «ciencia crítica», que se atreve, llena de orgullo, a entrar en conflicto con la religión y pretende dominarla, cuando en realidad la ciencia es un fenómeno de decadencia. Como Sorel, opone la intuición a la razón, la potencia mítica del alma, «esa capacidad de un alma para llenar su mundo de símbolos».
El nacionalsocialismo sustituye a la razón por un vago misticismo de la vida y un dinamismo bastante difícil de definir425. «Hitler es el adelantado del dinamismo alemán», declara gravemente un profesor426. Rosenberg propone mitos nebulosos a nuestro siglo: mitos de la Tierra y de la Sangre427.
Los nazis rechazan furiosos «el racionalismo, la lección de la razón que quiere reconocer sólo la inteligencia y el cerebro (...) como conductores de los destinos del pueblo»428. Goering afirma que «los verdaderos jefes no tienen ninguna necesidad de cultura y de ciencia»429. Hitler compara los intelectuales a las reinas que viven a costa de las abejas obreras430. Y un personaje del drama Schlageter dice esta frase, que se atribuye también a Goebbels: «Cuando oigo hablar de “cultura” saco la pistola»431.
4. El fascismo está en contra de la democracia
Una vez vencido el absolutismo, la burguesía instauró la forma de gobierno que se adaptaba mejor a su misión histórica. La libre competencia, el laisser faire, laisser passer eran condición indispensable para el progreso del capitalismo. El liberalismo político, la «democracia» parlamentaria, eran la consecuencia del liberalismo económico. Pero llega finalmente el día en que la libertad y la «democracia» son incompatibles con el dominio de la burguesía. A la era de la libre competencia sucede la del capitalismo monopolista. Como hemos visto, los magnates capitalistas necesitan, para salvar sus beneficios, amenazados por la crisis, el apoyo del Estado. Necesitan que el Estado autoritario sustituya al Estado «democrático». Entonces la burguesía pisotea con rabia sus antiguos ídolos, y los teóricos reaccionarios de la antidemocracia se convierten en sus maestros.
En Italia
El fascismo italiano se inspira a la vez en Sorel y en Maurras.
En la obra de Sorel se respira un verdadero odio por la democracia. En su libro L'Avenir socialiste des syndicats432 (1898), escribe: «El gobierno por el conjunto de los ciudadanos ha sido siempre una ficción. Pero esta ficción [es] la última palabra de la ciencia democrática.» Este hombre de gabinete rinde un culto de maniático al heroísmo, y reclama constantemente tremendas luchas capaces de procurarle emociones intensas. El inmundo «charco democrático», la práctica de la «paz social» le privan de esas sensaciones. En ese pantano los dos adversarios, burguesía y proletariado, se van hundiendo lentamente a fuerza de concesiones. Hay que sacarles de su letargo. Sorel juega en los dos tableros. Por un lado pone en guardia al proletariado contra los peligros de la «paz social», y al mismo tiempo se dirige también a la burguesía, incitándola a pegar fuerte, a reforzar su dominio: «El día que los patronos se den cuenta de que no tienen nada que ganar (...) con las obras de la paz social o de la democracia, hay alguna posibilidad de que recobren su antigua energía (...). Todo se puede salvar si [el proletariado] consigue comunicar a la burguesía algo de su energía.» Aconseja «apalear» a los oradores demócratas, y llega a invocar la dictadura, deseando que «una gran guerra con el extranjero nos traiga al poder hombres con voluntad de gobernar»433.
Esta singular teoría encontró, como era de esperar, más ecos entre la burguesía que entre el proletariado. Este no se engaña sobre el valor de la «democracia» burguesa, pero no desprecia las libertades democráticas, que son la condición indispensable para su emancipación.
La burguesía, por el contrario, escucha con satisfacción los consejos de Sorel. En 1910, Paul Bourget estrena una innoble obra antiobrera, La Barricade, cuya idea, según dice, se inspira en Sorel. Este, en vez de rechazar tan comprometedora paternidad, declara en una entrevista: «Me sentiría feliz si su gran talento [el de Bourget] convenciera a la burguesía de que tiene que armarse, defenderse y abandonar definitivamente, frente al valeroso ardor de su adversario, su culpable y poco gloriosa resignación»434.
Y muy pronto, Sorel, que no ha conseguido convencer al proletariado, juega ya sólo en uno de los dos tableros: el odio que siente por la democracia le lleva a la extrema derecha. Sus discípulos fundan con los monárquicos los Cahiers du Cercle Proudhon y adoptan esta plataforma común: «Es absolutamente necesario destruir las instituciones democráticas»435. Georges Valois, inquietante camaleón, explica así su adhesión a Action Française: «A Sorel debo mi dirección definitiva. Él nos arrancó definitivamente de la democracia»436. Los discípulos italianos de Sorel siguen exactamente la misma evolución, y el odio por la democracia les lleva al fascismo: «Es a Georges Sorel —dirá Mussolini— a quien más debo (...); él fue quien fortaleció las tendencias antidemocráticas de mi naturaleza»437.
El odio por la democracia es también la pasión dominante de Charles Maurras. «Ponemos al cielo por testigo —escribe el autor de Enquête sur la Monarchie— de la vivacidad de nuestro odio por la democracia y por el principio, absolutamente falso, de la soberanía del número»438. «No hay un solo ejemplo en la historia de una buena iniciativa adoptada por mayoría»439. Para Maurras, las masas son incapaces de gobernarse solas.
Las dos corrientes, la de los antiguos sindicalistas italianos, discípulos de Sorel, y la de los nacionalistas de la Idea Nazionale, discípulos de Maurras, se reúnen y funden en el fascismo. El fascismo es la «antidemocracia»440 por excelencia. Mussolini se burla con acentos sorelianos de esa «costumbre democrática en la que todo debe de ser gris, mediocre»441. Se «niega a adorar la nueva divinidad, la masa»442. «En el siglo XVIII se pretendió que el poder es una emanación de la libre voluntad del pueblo, pero el pueblo es una abstracción»443. «El fascismo niega que el número, por sólo ser el número, pueda dirigir la sociedad humana»444. «Las masas son incapaces de tener espontáneamente una voluntad propia»445.
En Alemania
El nacionalsocialismo se inspira, sobre todo, en Oswald Spengler. El autor de La Decadencia de Occidente es también un adversario mortal de la democracia, a la que odia por considerarla el régimen de las masas. Considera a éstas como una vil plebe, y le parece que no merece la pena preocuparse por su bienestar, su progreso moral o material446. Se alegra de que a la democracia no la queden muchas victorias que celebrar, y espera que pronto la destruirá el cesarismo, reemplazándola un «poder completamente personal, que se acerca lenta e irresistiblemente»447.
Su discípulo, Goebbels, escribe: «La masa era para mí un monstruo oscuro (ein dunkles Ungeheuer). El nacionalsocialismo no adora ciegamente, como los partidos democrático-marxistas, la masa y el número»448. «Numerosos valores —dice Roehm—, que son sagrados para la democracia (...), están desmonetizados en la nueva Alemania (...); la igualdad absoluta de todos los que presentan un rostro humano, la divinización de la voluntad mayoritaria y del número»449. Y Moeller van den Bruck: «Las masas se dan cuenta perfectamente de que no pueden dirigirse ellas mismas»450.
5. El fascismo saca a relucir el viejo «principio aristocrático»
Como las masas no pueden gobernarse por sí solas, han de serlo por una minoría de hombres a quienes la naturaleza ha conferido capacidades excepcionales, por una minoría de jefes. Para justificar la dictadura fascista, la burguesía exhuma el viejo «principio aristocrático» derrocado por sus antepasados.
En Italia
Este principio, los fascistas italianos le encuentran también en Sorel y en Maurras. Sorel tiene una mentalidad aristocrática que no cree sino en la virtud de las minorías. Su interés por el sindicalismo revolucionario se debe a que cree encontrar en él un nuevo modo de selección451 o, como dice Maurras, «una doctrina esencialmente aristocrática, a pesar de sus lazos provisionales con la democracia»452, y porque creyó ver en las «élites» sindicalistas el embrión de una nueva aristocracia. Casi no vale la pena señalar la diferencia que hay entre esta concepción y la del sindicalista obrero. Este es un demócrata (en el verdadero sentido de la palabra) y no un aristócrata; no trata de diferenciarse de la masa. Sabe que ésta tiene una cierta inercia y que por eso sus mejores elementos han de actuar en su seno como un fermento, pero siendo siempre, como dice Marcel Martinet, «la emanación directa de la masa, constante y fraternalmente controlada por ella»453. Por el contrario, tanto Sorel como Maurras quieren que las minorías aristocráticas impongan su ley a las mayorías «inertes, indiferenciadas y torpes». «A las minorías corresponden la virtud, la audacia, la potencia y la concepción»454.
Mussolini explota a fondo esta idea esencialmente reaccionaria y exalta también el papel de las minorías audaces. Pretende que «en el movimiento obrero nunca ha habido más que minorías»455. «Hay que sentirse en la sangre la aristocracia de las minorías», leemos en el Vademécum del fascista italiano. Esto significa que una minoría aristocrática debe de imponer su voluntad a la masa, si es necesario, «obligándola con la violencia»456. La masa, escribe Rocco, «tiende a hacer lo que quieren algunos elementos dominadores»457. Malaparte lleva esta idea a sus últimas consecuencias: «El pueblo necesita tiranos»458.
En Alemania
El nacionalsocialismo encuentra fórmulas de este jaez en Nietzsche, cuyos textos saquea y adultera, con la complicidad de su hermana. El autor de la Genealogía de la Moral exalta la «terrible y encantadora consigna de la prerrogativa del menor número». Tanto mejor si, a lo largo de la historia, una minoría de amos, nacidos de las razas aristocráticas y conquistadoras, han subyugado siempre a la plebe vil. Hitler deduce, a su manera, que «todo lo extraordinario que se ha hecho desde que el mundo es mundo ha sido obra de las minorías»459. Para gobernar a las masas es necesario que haya por encima de ellas una «élite», una aristocracia natural, cuyo derecho a mandar se basa en su superioridad racial460.
6. El fascismo resucita el Estado-Moloch
Pero por encima de los jefes está el Estado, el Estado omnipotente, el Estado-Moloch. Idea vieja también. «El Estado-rey, el Estado-Dios es, como escribe Gentizon, la característica más profunda de todo Estado cesarista, de toda dictadura»461. Al principio de su reinado la burguesía capitalista exigía al Estado manifestar lo menos posible su existencia, y refutó victoriosamente el «bárbaro» concepto del Estado-Moloch. Pero en su época de decadencia necesita un Estado fuerte. Por eso vuelve sus ojos al Estado de Hobbes, «verdadero dios mortal»; al Estado de Hegel, cuyo fin no es sino él mismo, y para el cual, al contrario que para Stirner, el individuo no es nada; el Estado de Treitschke, que «no ha de pedir al pueblo que consienta, sino que obedezca»462.
En Italia
El fascismo italiano profesa una verdadera «estatolatría», como dice el Papa Pío XI463. «Para el fascismo —escribe Mussolini—, el Estado es el absoluto ante el cual los individuos y los grupos sólo son relativos (...). Individuos y grupos sólo pueden concebirse dentro del Estado (...). El Estado ha llegado a ser la verdadera realidad del individuo (...). Para el fascista todo está en el Estado, y nada humano o espiritual existe o tiene valor fuera del Estado»464. Para Rocco, «la libertad individual es solamente una concesión del Estado al individuo»465.
En Alemania
El nacionalsocialismo no le cede en nada al fascismo italiano. «Lo primordial para nosotros —declara Goering— no es el individuo (...). La única cosa importante es: el Estado nacionalsocialista está por encima de todo»466. La «razón de Estado» es el concepto fundamental del derecho nazi. El individuo debe desaparecer frente al Estado, cuya «existencia, desarrollo y perennidad declaramos superiores»467. El cardenal Faulhaber critica esta concepción, según la cual «el individuo es un cero a la izquierda y un esclavo sin ningún derecho», ese «Estado absoluto en medio del cual el individuo se pierde como una gota en el océano»468.
7. El fascismo rehabilita la violencia
Al principio de su ascenso, la burguesía negó la legitimidad de la violencia, el «derecho del más fuerte», viejas nociones bárbaras propias de las primeras edades de la humanidad y sobre las cuales reposaba aún la sociedad feudal y absolutista. Los filósofos del siglo XVIII oponen a la fuerza el derecho: los conflictos entre los hombres no deben resolverse por la fuerza, sino regularse por medio de contratos. Rousseau refuta el «supuesto» derecho del más fuerte y afirma que «la fuerza no crea la ley»469. En realidad, bajo la máscara del «derecho», la burguesía, clase dominante, reina por la fuerza. Pero como no tiene necesidad de exhibirla demasiado, encuentra cómodo disimularla bajo la ficción del «derecho».
Pero llega un día en que ve que no puede salvar sus beneficios amenazados sino exterminando al proletariado organizado, gobernando por el terror. Entonces exhuma las viejas nociones de las épocas bárbaras, rehabilita la violencia, vuelve a los apologistas reaccionarios de la violencia.
Estos fanáticos transponen del terreno de la biología al de la sociología, falsificándoles, los descubrimientos de Darwin. El gran naturalista descubrió que el desarrollo de las especies está sometido a la ley de la selección, y que es siempre el más apto el que sobrevive en la naturaleza. Aquéllos reemplazan el más apto por el más fuerte470. Y decretan que los hombres, como las especies animales, tienen que competir en una feroz «lucha por la vida»; que los más fuertes deben exterminar a los más débiles, y que una lucha sangrienta es la condición imprescindible de la evolución del mundo. Nietzsche exalta la «voluntad de poderío, la preeminencia fundamental de las fuerzas de un orden espontáneo, agresivo, conquistador, usurpador, transformador». Se burla de aquel sueño de Rousseau de que un contrato pueda ser el origen del Estado. El Estado es la creación de una raza de conquistadores y de jefes cuyas garras formidables se han abierto paso a través de una población inferior471.
Para Treitschke, «la fuerza es el principio mismo del Estado; el Estado es la fuerza»472. Georges Sorel, que ama la violencia por la violencia, proclama que la «violencia es moral». Lamenta que la introducción de los principios de 1789 en la legislación, al civilizar el derecho, le hayan «envilecido». Lanza sus diatribas contra la educación democrática, «dirigida con el fin de atenuar de tal modo nuestras tendencias violentas que hemos llegado a pensar instintivamente que todo acto de violencia manifiesta una regresión a la barbarie»473. Aconseja el uso de esta violencia al proletariado y a la burguesía. Para el proletariado no tiene ningún atractivo semejante teoría, pues no ama la violencia por la violencia. Desde un punto de vista ideal podría decirse que el proletariado se opone a cualquier forma de violencia (Lenin)474. Para él, la violencia no es una cuestión de ética y no cree que la violencia en sí sea «regeneradora», ni quiere una sociedad basada en el «derecho del más fuerte». Si recurre a la violencia es porque no existe ningún otro medio de vencer la violencia del enemigo, de liberar a la humanidad del principio de la violencia, de instaurar una sociedad sin clases, una sociedad de productores y no de guerreros, una sociedad de la que todo vestigio de barbarie y toda forma de opresión haya desaparecido.
Por el contrario, la teoría soreliana de la violencia es muy apta para la contrarrevolución. Simplificada groseramente, se presta a legitimar las formas más brutales de dominación.
En Italia
Mussolini, en un estilo soreliano, proclama el «valor de la violencia»475, y afirma: «La violencia es perfectamente moral»476. «Durante casi toda mi vida he hecho la apología de la violencia»477. «La lucha es el origen de todas las cosas (...). La lucha estará siempre en el fondo de la naturaleza humana como una suprema fatalidad. Además, es bueno que así sea. El día en que no haya ninguna lucha será un día de melancolía, de fin, de ruina»478. El hombre no se revela de verdad sino «en el esfuerzo sangriento»479.
En Alemania
Hitler celebra también la «eficacia victoriosa de la violencia». «La humanidad ha crecido en un eterno combate; en la paz eterna degeneraría (...). La naturaleza aniquila a los débiles para dejar sitio a los fuertes». Exalta el derecho del más fuerte, ese «derecho que en la naturaleza es el único posible, el único razonable», y se vanagloria de «utilizar todas las armas, incluso las más brutales»480.
Así es como una clase social culta, que presume de «respetabilidad», encarnada por un anciano caballero al que honra todo un pueblo, termina por confiar el poder a los más siniestros canallas de la historia.
VIII. El fascismo contra la clase obrera
1. El Estado fascista destruye los sindicatos, paraliza la resistencia obrera
Los magnates capitalistas han logrado sus objetivos: por fin disponen del «Estado fuerte» que deseaban. Por una serie de medidas sociales y económicas, el Estado fascista se va a ocupar de elevar sus beneficios, de hacer «rentables» sus empresas.
Esta acción se ejerce, en primer lugar y esencialmente, contra la clase obrera. El Estado fascista empieza por crear las condiciones que permitirán el hundimiento de los salarios: destrucción de los sindicatos obreros, supresión de sus secciones de fábrica, abolición del derecho de huelga, anulación de los contratos colectivos, restablecimiento del absolutismo patronal en el seno de la empresa.
Pero esto no es más que la primera parte del programa. Además hay que impedir toda cristalización independiente en el seno de las masas obreras en el futuro. El Estado fascista pone toda su autoridad al servicio de los patronos: encierra a los trabajadores en organizaciones de vigilancia policíaca, cuyos jefes, nombrados por las autoridades, escapan a todo control de los cotizantes, aunque sigan llamándose, cínicamente, «representantes» de los trabajadores; castiga severamente toda tentativa de huelga: luchar contra el patrono es como luchar contra el Estado, que para evitar todo conflicto de trabajo ejerce obligatoriamente su «arbitraje», es decir, disfraza de sentencias arbitrales las voluntades patronales, convirtiendo así en enemigo del Estado a todo el que se niega a acatarlas. Por último, sanciona con su autoridad los salarios que los magnates quieren pagar a sus explotados: no aceptar esos salarios es desobedecer al Estado.
En Italia
La destrucción de los sindicatos obreros empezó mucho antes de que el fascismo llegara al poder, por eso tenemos que volver un poco atrás. El fascismo atacó, en primer lugar, al sindicalismo rural, más vulnerable que el de los obreros industriales. Empezó devastando los locales de las «ligas rojas» y de las cooperativas de trabajadores agrícolas, asesinando a los militantes responsables de dichas organizaciones. Al mismo tiempo se fundan los «sindicatos» fascistas, patrocinados por los grandes terratenientes. Mussolini lo explicará más tarde así: «¿Cómo nació el sindicalismo fascista? Fecha de nacimiento: 1921. Lugar: el valle del Po. Circunstancias: la conquista y destrucción de las fortalezas revolucionarias»481. Se emplean todos los medios de presión para obligar a los trabajadores a afiliarse a los «sindicatos» fascistas. Los propietarios no dan trabajo a más jornaleros ni tratan con más aparceros que con los que pertenecen a ellos. Los bancos no conceden créditos sino a los labradores que están afiliados a las organizaciones fascistas482.
De otras provincias del país llegan parados «fascistas» escoltados por una escuadra. Entonces los propietarios de la región ignoran la oficina sindical de colocación, rompen los contratos de trabajo, sin temor a ninguna huelga, pues tienen a su disposición a los parados inmigrados para reemplazar a la mano de obra local... De este modo rompen los fascistas los sindicatos «rojos»483. En algunos lugares donde la idea socialista y cooperativista está sólidamente arraigada, la resistencia es tenaz y dura años enteros484.
Pero poco a poco, los trabajadores de la tierra, condenados a morir de hambre si no ceden a las exigencias de sus patronos, se resignan a entrar en los «sindicatos» fascistas, unos individualmente, otros en bloque. «Hacían —cuenta Gorgolini— un paquete con los carnets, los libros de actas y las banderas e iban en formación a depositarlos en la sede del fascio más cercano»485.
Pero es, sobre todo desde el poder, como el fascismo ataca a los sindicatos de trabajadores industriales. A raíz de la «Marcha sobre Roma», los fasci locales consiguen en muchos sitios hacerse con las listas de los obreros sindicados, les reúnen y les aconsejan, entre amenazas, afiliarse a los «sindicatos» fascistas. Los que conservan el carnet de un sindicato «rojo» son apaleados o pierden su empleo. Los patronos y las oficinas de colocación rechazan a los obreros que no llevan el carnet «sindical» fascista. En algunos casos, los mismos industriales apuntan a todo su personal a los «sindicatos» fascistas y retienen las cotizaciones de los salarios. Rossi, en su libro sobre el Nacimiento del fascismo, cuenta cómo ayudó al fascismo la dirección de las grandes Acerías de Terni a destruir los sindicatos «rojos». A partir de julio de 1922, las fábricas cerraron por falta de pedidos. Los sindicatos «rojos» consiguieron que la dirección se comprometiera a abrirlas el 1 de septiembre. Pero llegó aquel día y no sonaron las sirenas. Los fascistas llegaron en gran número a la ciudad y empezaron a recorrer las calles, llamando embusteros a los socialistas, que habían prometido a los obreros la reapertura de las instalaciones, e incendiaron dos centros sindicales. En cuanto los fascistas se hicieron dueños de la calle, la dirección anunció la reanudación del trabajo y que a partir de entonces sólo trataría con los «sindicatos» fascistas.
Desde agosto de 1923, el Gran Consejo fascista entró en relación con la Confederación General de la Industria (asociación patronal), invitándola a mantener un contacto permanente con los «sindicatos» fascistas. En diciembre se firma el acuerdo «del palacio Chigi», que consagra el reconocimiento oficial de los «sindicatos» fascistas por los patronos. La Confederación patronal y la «sindical» fascista nombraron una comisión mixta permanente destinada a «armonizar» la política de ambas asociaciones. A partir de entonces, los «sindicatos» fascistas empiezan a apoderarse de todo el patrimonio de los sindicatos obreros, con el apoyo de la ley. Un decreto-ley del 24 de enero de 1924 permite a los gobernadores provinciales revocar a los administradores de aquellas organizaciones y nombrar unos «comisarios» encargados de liquidar sus bienes después de la disolución. En cuanto consiguen reunir en una ciudad a un cierto número de tránsfugas del sindicato obrero, el «sindicato» fascista rival reivindica y obtiene el patrimonio del antiguo sindicato: inmuebles, fondos en caja, etc.486.
Pero esta táctica no consigue todo el éxito apetecido. Pues mientras subsiste una libertad sindical y la CGL sigue teniendo existencia legal, los «sindicatos» fascistas, a pesar de todos los medios de presión, no progresan entre los trabajadores industriales. En todas las elecciones para «comisiones internas de fábrica», las listas fascistas quedan «literalmente sumergidas bajo un alud de votos rojos»487. En marzo de 1925, cuando el sindicato de los obreros metalúrgicos de Brescia, manejado por los fascistas, lanza una orden de huelga, sólo responde un 20 por 100 de los obreros, que seguirán mayoritariamente dos días después la consigna de huelga de la federación de obreros metalúrgicos (FIOM).
Por eso los fascistas tienen que recurrir a la coacción. Cuando empieza la dictadura totalitaria, en 1925, lo que subsiste aún de los sindicatos obreros queda definitivamente suprimido. El acuerdo del 2 de octubre, firmado en el palacio Vidoni, entre la Confederación general de la Industria y los «sindicatos» fascistas, reconoce a éstos un monopolio exclusivo para concluir contratos de trabajo. Al mismo tiempo queda abolido el derecho de huelga y se suprimen las «comisiones internas de fábrica». En noviembre se disuelven todas las bolsas de trabajo, sindicatos y federaciones subsistentes y se confiscan sus bienes. Por último, a fines de 1926, la CGL, que no tenía ya más que una existencia nominal, desaparece definitivamente.
Ahora ha llegado el momento de tomar las precauciones para el futuro. ¿Cómo paralizar la resistencia obrera una vez liquidado el sindicalismo?, se pregunta Kérillis en su Encuesta en la Italia fascista488. Esta será la labor de los «sindicatos» fascistas, convertidos en órganos de «disciplina política»489. Se distribuye a los trabajadores en una serie de «departamentos profesionales»490, dentro de los cuales toda actividad puede controlarse y ahogarse.
Por la ley del 3 de abril de 1926491, los «sindicatos» fascistas reciben la confirmación de su monopolio de la «representación sindical». Pero de sindicatos no tienen más que el nombre. El «sindicato» fascista no posee ningún derecho, ni siquiera el de designar libremente a sus representantes. Por ejemplo, los tipógrafos romanos eligen, en lugar del consejo saliente, a los antiguos dirigentes de la época prefascista; inmediatamente les sustituye un «comisario del gobierno» con plenos poderes492. Estos supuestos «sindicatos» no son sino unos órganos más de la administración del Estado. Mussolini dice en un discurso, pronunciado el 11 de marzo de 1926: «El sindicalismo fascista es un poderoso movimiento de masa completamente controlado por el fascismo y por el gobierno, un movimiento de masa que obedece.» Los jefes sindicales son, según confiesa Rossoni, «camisas negras designados por el gobierno para conducir los sindicatos»493. Cuando se reúnen de tiempo en tiempo los sindicatos, las federaciones o las uniones provinciales, en sesiones de información o en congresos, no se tolera ninguna discusión. Un obrero escribe al diario L'Universale, de Florencia: «En realidad yo, que estoy regularmente inscrito al sindicato de mi industria, no he tenido jamás la posibilidad de entrar en contacto con la organización, de discutir en las asambleas ni de expresarme libremente»494.
La adhesión a estos sindicatos es oficialmente «voluntaria». Pero en realidad, los obreros que no forman parte de un sindicato tienen que pagar las cotizaciones «sindicales» y quedan obligados a observar las condiciones de trabajo y los salarios fijados por ellos de acuerdo con los patronos. Además se emplean todos los medios de presión imaginables para obligar a los obreros a afiliarse: un parado, por ejemplo, no tiene ninguna posibilidad de encontrar un trabajo o de cobrar un subsidio si no puede exhibir el carnet «sindical».
Recíprocamente, el Estado fascista puede expulsar de los «sindicatos», es decir, privar de su único medio de vida a cualquier obrero. La ley prevé que los estatutos de los «sindicatos» deben indicar el órgano al que corresponde el poder disciplinario sobre sus miembros convictos de indignidad moral o política.
Pero el fascismo no se contenta con «militarizar» a los trabajadores en sus organizaciones «amarillas», sino que además castiga severamente toda veleidad de independencia de los obreros. La huelga, sobre todo, está considerada como un crimen «contra la colectividad social», y como tal penada con multas de hasta 1.000 liras y cárcel de uno a tres años, salvo los «cabecillas», que pueden sufrir condenas de tres a siete años.
En los «contratos de trabajo» firmados por los sindicatos fascistas con el visto bueno del Estado, los deberes de los asalariados ocupan más espacio que los derechos. Por ejemplo, en el de los obreros de la construcción hay doce artículos dedicados a la disciplina. Este contrato recuerda a un reglamento militar: «Todos los obreros dependen de su jefe inmediato siguiendo el orden establecido por la jerarquía»495.
La ley del 16 de agosto de 1935 somete a todo el personal de las fábricas relacionadas directa o indirectamente con la industria de guerra a la disciplina y al código militares. El obrero que falte injustificadamente cinco días se le considera desertor y puede pasarse de dos a nueve años en la cárcel. Toda infracción a la disciplina, toda «insubordinación» o violencia hacia los dirigentes técnicos son castigadas con penas de seis meses a nueve años de prisión; toda obstrucción o sabotaje, con uno a cinco años. En 1938 hay 580.000 obreros militarizados en las industrias que «trabajan para la defensa nacional» regidos, por lo tanto, por esta ley496.
El Estado fascista resucita la «cartilla de trabajo» por un decreto-ley del 30 de junio de 1934. En este documento las autoridades declaran si la conducta de su titular es o no «satisfactoria desde el punto de vista nacional», y el patrono indica, en caso de despido, si el obrero era apto o no, digno de confianza o poco seguro.
En enero de 1936, esta cartilla fue sustituida por otra nueva en la que constaban todas las actividades posibles de un ciudadano entre los once y los treinta y dos años, que, entre otras cosas, resultaba imprescindible para obtener un empleo497.
Para prevenir cualquier conflicto laboral, el Estado fascista ejerce un «arbitraje» obligatorio en el seno de los «comités provinciales intersindicales» (de 1927 a 1931), en el de los «comités provinciales de la economía corporativa» (desde 1931), en los «comités de conciliación» de las «corporaciones» (creados en 1934) o, en el más alto nivel, ante la magistratura del Trabajo (desde 1926). En realidad, unos funcionarios del Estado fascista fingen la imparcialidad entre los representantes de los patronos y los «representantes obreros», pero disfrazando la voluntad patronal de sentencias arbitrales. En un momento de sinceridad declara Mussolini al presidente de la Confederación de la Industria: «Le aseguro, Benni, que mientras yo siga en el poder, los patronos no tendrán nada que temer de la magistratura del Trabajo»498.
Resistir a la voluntad patronal es desobedecer al Estado; los trabajadores que se resistan a obedecer las sentencias de la magistratura del Trabajo incurren en penas de un mes a un año de privación de la libertad y multas de 100 a 10.000 liras.
Además, el Estado fascista sanciona con su autoridad los salarios pagados por los patronos a su personal. El ministro de las Corporaciones redacta en Roma unos mal llamados «contratos colectivos», siguiendo las directrices de los patronos, y luego envía esos contratos a los funcionarios «sindicales», que se limitan a firmarlos en nombre de su organización. Como dice el profesor Pic, «no se trata de contratos libremente discutidos, sino de auténticos reglamentos administrativos»499.
No aceptar los salarios y condiciones de trabajo fijadas por los patronos es obrar como un enemigo del Estado: toda discusión, toda tentativa de violación de esos «contratos» está penada con multas de 100 a 5.000 liras.
Los jefes de la industria han conseguido sus objetivos:
1.º Reemplazar los antiguos salarios contractuales por salarios de empresa: los mal llamados «contratos colectivos», que imponen a sus obreros por medio del Estado fascista no son, en efecto, contratos «nacionales», o, mejor dicho, todas las cláusulas son nacionales, salvo las referentes a los salarios. Los antiguos contratos colectivos, firmados por los sindicatos libres tendían a reducir la distancia entre los salarios de regiones distintas y a conseguir que los trabajadores de las regiones atrasadas se beneficiaran de ciertas ventajas conquistadas por los trabajadores de las más adelantadas. En cambio, en los «contratos» fascistas, los salarios varían de una región a otra, de una localidad a otra, e incluso de una empresa a otra. El patrono puede fijar de hecho, según su conveniencia, los salarios de sus obreros.
2.º Poder reducir los salarios sin encontrar resistencia: al contrario de lo que ocurría con los contratos fijados tras de una discusión con los sindicatos libres, los «contratos» fascistas no consolidan para un cierto período las tarifas fijadas y son modificables en cualquier momento. La ley precisa, en efecto: «La acción para establecer nuevas condiciones de trabajo se admite (...) antes incluso de la expiración del período de validez que se haya previsto, a condición de que se haya producido un cambio sensible de la situación de hecho existente en el momento en que aquéllas se estipularon»500. En todo momento y con ocasión de un conflicto de trabajo laboral, la magistratura del trabajo puede tomar una decisión modificando las condiciones especificadas en el contrato y hacerlas aplicables a todos los trabajadores de la industria en cuestión501.
Pero con frecuencia, los patronos no tienen siquiera que tomarse el trabajo de anular los «contratos» en vigor: les basta con la complicidad del Estado, con falsear o violar abiertamente las cláusulas. Por ejemplo, hacen pasar a algunos obreros a una categoría inferior, consideran los mínimos como máximos y reducen desde el momento de la firma del contrato todos los salarios que rebasan dichos mínimos. A veces, los «sindicatos» fascistas aconsejan a sus afiliados que acepten unas condiciones inferiores a las tarifas fijadas por contrato, para no perder un trabajo posible502.
En Alemania
Antes de llegar al poder, el nacionalsocialismo empieza no a destruir, como en Italia, sino a tratar de desplazar a los sindicatos libres. En 1928, un nazi berlinés de origen obrero, Reinhold Muchow, funda las «células de empresa nacionalsocialistas» (N. S. B. O.). Su objeto es competir en las empresas con los sindicatos, tratando de conseguir la mayoría en las elecciones a los «consejos de empresa». Las NSBO empiezan por implantarse en las empresas pequeñas y medias. En 1931, reorganizadas, se lanzan a conquistar las grandes503. Pero en dicho año, pese a una propaganda masiva, no consiguen sino el 0,5 por 100 de los votos en las elecciones para los consejos, contra 83 por 100 los sindicatos libres. Incluso, en marzo de 1933, cuando ya estaba Hitler en el poder, sólo llegan al 3 por 100 de los votos, a pesar de todos sus esfuerzos. Según una evaluación, probablemente optimista, el 1 de mayo de 1933 contaban escasamente con medio millón de miembros. Y además, teniendo en cuenta que en esta cifra figuraban los empleados de los servicios públicos, enrolados obligatoriamente en la organización «sindical» nazi, y bastantes parados, que esperaban obtener una colocación gracias al carnet de las NSBO504.
Los nacionalsocialistas se dan cuenta de que mientras subsista la libertad sindical, no tienen ninguna oportunidad de llevar al proletariado industrial a sus organizaciones. Queda el recurso a las medidas coactivas. A raíz del incendio del Reichstag, el derecho de huelga queda prácticamente suprimido: toda incitación a la huelga está penada con un mes a tres años de prisión. Los «camisas pardas» ocupan espontáneamente algunas casas del pueblo. A primeros de abril, el gobierno nacionalsocialista toma medidas preparatorias, que no dejan duda alguna sobre sus intenciones: los sindicatos pierden el monopolio de la representación obrera en el Consejo Económico del Reich y en los tribunales del trabajo. Las atribuciones y los derechos de los consejos de empresa, apéndice de los sindicatos en la misma fábrica, se restringen, y las elecciones para renovarles se aplazan, mientras se advierte que algunos de sus miembros pueden ser destituidos «por razones económicas o políticas» y reemplazados por miembros nombrados (por los nazis, naturalmente). Los consejos mismos pueden ser disueltos por «razón de Estado». Los patronos quedan autorizados a despedir a cualquier trabajador «hostil al Estado», sin que el interesado pueda recurrir al procedimiento de defensa previsto por la legislación social del Reich. Y paralelamente, las NSBO activan su propaganda y empiezan a reclutar por la fuerza a los miembros de los sindicatos libres.
Después del Primero de Mayo, «fiesta nacional» por decreto del nuevo Gobierno y celebrada con gran pompa en toda Alemania, se «sincronizan»505 todos los sindicatos obreros, las secciones de asalto ocupan sus inmuebles y los dirigentes van a parar a la cárcel. Un «Comité de acción para proteger el trabajo alemán», dirigido por el jefe de la administración del partido nacionalsocialista, Dr. Ley, se hace cargo del patrimonio social de las asociaciones difuntas. Las casas del pueblo, ocupadas sin resistencia, se convierten en las «casas del trabajo alemán». En una proclama dice el Dr. Ley: «No tenemos, ni mucho menos, la intención de destruir los sindicatos. ¡Para nosotros, trabajador alemán, tus instituciones son sagradas e inviolables!». El 10 de mayo se constituye el «Frente del Trabajo Alemán», que hace entrar en sus filas a todos los miembros de los sindicatos «sincronizados», agrupándolos en catorce federaciones profesionales.
Pero desde el congreso constitutivo del Frente del Trabajo, Hitler desmiente las buenas palabras del Dr. Ley: los nacionalsocialistas, dice, han cogido en sus manos los sindicatos «sin ninguna intención de conservarles íntegramente en el futuro»506. El 8 de junio, en la revista Soziale Praxis, el jefe de la federación nacionalsocialista de los empleados, Schneider-Landmann, confirma: «Puede darse por seguro que se retirará a las organizaciones profesionales las tareas que les han dado hasta ahora su carácter de sindicatos». Y de hecho, el 16 de mayo queda definitivamente abolido el derecho de huelga. El 19 de mayo, una ley quita a los sindicatos «sincronizados» la capacidad de concluir contratos colectivos de trabajo. El 29 de noviembre se suspende la admisión de nuevos miembros en las catorce federaciones profesionales. Del 1 de enero al 1 de octubre del año 1934 son disueltas una tras otra.
Quedan las precauciones a tomar para el futuro. «Nada es más peligroso para un Estado —explica el Dr. Ley— que unos hombres sin raíces, a los que se quitan sus organizaciones de defensa (...). Tales hombres se convierten sin duda en víctimas de agitadores sin escrúpulo y, por lo tanto, en un foco de perturbación (...). El Frente del Trabajo se ha creado para apartar a esos agitadores sin escrúpulo»507. En realidad, éste se convierte en una vasta administración del Estado, encargada de intoxicar los cerebros de los obreros y de vigilarles. Su jefe de propaganda, Selzner, declara que no tiene por misión la defensa social de los trabajadores, sino que es una organización puramente política, «ensanchando oportunamente» el radio de acción de la propaganda nacionalsocialista. Su tarea esencial es «la preparación, por la educación, de todos sus miembros al nacionalsocialismo». La organización de base del Frente del Trabajo es ahora la «comunidad de empresa», que agrupa a todos los trabajadores de una misma empresa, cualquiera que sea su profesión. Los trabajadores están así adoctrinados y vigilados por el patrono, miembro de derecho de la «comunidad de empresa» y por la «célula de empresa nacionalsocialista».
Hay estrechas relaciones entre el Frente del Trabajo y la policía. Himmler, jefe de la policía secreta, visita el día 13 de febrero de 1936 las oficinas de la dirección del Frente del Trabajo y declara: «Las S. S. y la policía no pueden mantener la seguridad interior si todos los hombres no han sido conquistados por las ideas del nacionalsocialismo; esta es una tarea que incumbe en especial al Frente del Trabajo»508.
La adhesión al Frente de Trabajo no es obligatoria, pero en realidad, la presión patronal es tal, que ningún obrero puede quedar fuera. Con una frecuencia cada vez mayor, los patronos introducen una cláusula en los contratos de empresa, según la cual sólo admiten a los afiliados al Frente del Trabajo509. Recíprocamente, el Estado nacionalsocialista puede expulsar del Frente del Trabajo, quitándole todo medio de ganarse la vida, a quien le parezca bien. El Angriff del 14 de enero de 1936 (convertido en el diario del Frente del Trabajo) escribe: «El Frente del Trabajo no tiene obligación de admitir a todos los que se presentan. Se reserva el derecho de rechazar sus demandas de adhesión o de expulsar a miembros ya admitidos».
Pero el Estado nacionalsocialista no se contenta con «militarizar» a los obreros en sus organizaciones «amarillas», sino que además castiga severamente cualquier tentativa de independencia suya. Los trabajadores que ponen en peligro la «paz social en la empresa excitando malévolamente al personal» pasan ante los «tribunales de honor» del trabajo por «faltar al honor social» y están expuestos no sólo a perder su colocación, sino a multas o penas de prisión (ley del 20 de enero de 1934). Se reprimen con especial severidad las tentativas de huelga, consideradas oficialmente como «una ofensa a la comunidad»510.
En los «reglamentos internos de la empresa», redactados por los patronos bajo la inspiración y con el asentimiento del Estado se prevén toda clase de penas disciplinarias contra la difamación y excitación de los «camaradas de trabajo», la divulgación de las mejoras prácticas introducidas en la empresa, los secretos de fabricación o simplemente los salarios de los obreros511. El Angriff del día 1 de octubre de 1936 reconoce que algunos de estos reglamentos se asemejan a códigos penales. «Todo lo que el ingenio de los juristas —escribe— ha podido acumular en cuanto a multas, despidos, prohibiciones, etcétera, es verdaderamente increíble». Hay que añadir que el nuevo código penal alemán hace del «espionaje industrial» (por ejemplo, el hecho de «revelar los elementos del costo de producción») un crimen de alta traición, que puede llegar a castigarse con la pena de muerte512.
La Ley del 26 de febrero de 1935 instituye una «cartilla de trabajo», en la que el patrono inscribe sin el conocimiento del asalariado, su apreciación sobre éste. Dicho documento es imprescindible para poder conseguir otro puesto. Un decreto de Goering estipula que si un obrero, rompiendo su contrato, deja su empleo antes de cumplir el plazo convenido, el patrono tiene derecho a conservar su cartilla de trabajo hasta la expiración del contrato. De este modo, el obrero no puede conseguir otro empleo.
Los asalariados no tienen derecho a cambiar de patrono, pero las autoridades se arrogan el derecho a desplazarles, según su conveniencia. Un decreto de Goering, de fines de junio de 1938, permite enrolar, transferir y emplear a cualquier trabajador cuando la fábrica es de «utilidad nacional». Los individuos desplazados no conservan necesariamente los ingresos que tenían en su empleo precedente513.
Para prevenir todo conflicto del trabajo, el Estado nacionalsocialista ejerce un «arbitraje» obligatorio. Aquél se discute en primer lugar ante la «comunidad de empresa», que ejerce un papel conciliador, luego pasa, si no hay avenencia, ante el «comité del trabajo» local o la «comisión del trabajo» del distrito (organismos ambos supuestamente paritarios), pero en último término es el representante oficial del Estado en cada distrito, el «curador del trabajo», quien decide, ayudado por un «consejo de expertos» (también paritario en principio). Entre los 13 «curadores del trabajo», nombrados el 19 de mayo de 1933, nueve eran antiguos empleados de asociaciones patronales. El curador, cuando cree que el conflicto cae dentro de lo penal, le traspasa al «tribunal de honor» de su distrito, compuesto por un funcionario magistrado inamovible, como presidente, y de un empresario y un «representante» de los trabajadores como asesores. El veredicto del «tribunal de honor» puede apelarse ante el «tribunal de honor del Reich», instancia suprema que se reúne en Berlín, y está también compuesto por los magistrados de carrera, de patronos y de «representantes» de los trabajadores.
En todos los escalones, la realidad de este «arbitraje» es la misma: unos funcionarios del Estado nacionalsocialista, bajo un disfraz de imparcialidad entre representantes de los patronos y «representantes» de los obreros, imponen su voluntad a los trabajadores. El que se atreve a discutir semejante «arbitraje» es considerado como un enemigo del Estado y castigado en consecuencia.
Por último, el Estado nacionalsocialista sanciona autoritariamente los salarios pagados. Bajo la égida y con el asentimiento de los curadores del trabajo, los patronos fijan en los «reglamentos internos de la empresa» los salarios, la jornada y las condiciones de trabajo de su personal. El curador del trabajo de Westfalia confiesa: «Se presentan tantos contratos a mi aprobación, que no tengo tiempo de verlos todos»514. No aceptar el salario indicado en el «reglamento interno» es «carecer de honor social», y el culpable puede ser condenado por los tribunales del trabajo.
La gran burguesía ha conseguido así lo que deseaba:
1.º Abolir las antiguas remuneraciones contractuales y reemplazarlas por salarios de empresa: de ahora en adelante, los contratos colectivos nacionales (o más generalmente, regionales) quedan reemplazados por salarios de empresa: «El centro de gravedad (Schwergewicht) será de ahora en adelante la empresa», dice el comentario oficial de la ley.
2.º Diferenciar los salarios. Los patronos reprochaban a los antiguos contratos colectivos que tendían a igualar los salarios y a suprimir toda prima a la iniciativa, a la habilidad profesional. Gracias a la nueva legislación, la diferenciación entre salarios aumenta: «Las retribuciones mínimas, dice la ley, deben establecerse de modo que quede un margen para la retribución de cada miembro de la empresa según su rendimiento. Además, deben de quedar posibilidades de recompensar debidamente todo servicio excepcional».
3.º Reducir los salarios sin encontrar resistencia. Como los salarios no están estipulados en contratos concluidos para un determinado plazo, sino en unos «reglamentos internos de la empresa», que el patrono puede modificar (con la complicidad del curador del trabajo), según sus conveniencias, ningún obstáculo serio se opone al hundimiento de los salarios.
Es cierto que los nazis tuvieron que emplear ciertas precauciones para hacer «tragar» tales innovaciones a la clase obrera: la ley del 20 de enero de 1934 entró en vigor el 1 de mayo. Pero, temiendo una reacción demasiado viva de los trabajadores, el gobierno, por un decreto del 28 de marzo, prorrogó por un nuevo plazo la validez de los contratos colectivos. Sólo después de la represión del 30 de junio se fue autorizando a los empresarios a hacer caso omiso de sus antiguas obligaciones contractuales y a fijar ellos mismos los salarios de empresa.
2. El Estado fascista extirpa todo vestigio de lucha de clases de sus propias organizaciones «obreras»
Pero este ingenioso sistema destinado a paralizar la resistencia obrera no funciona al menos en sus comienzos, tan perfectamente: el fruto tiene un gusano, que también habrá que eliminar.
En los «sindicatos» fascistas italianos, en el Frente del Trabajo alemán se han instalado los plebeyos. Aunque no piensan poner en peligro los privilegios del capital, necesitan para conservar y aumentar su influencia personal dentro del régimen apoyarse en una «base social». Los que se han instalado en las organizaciones «obreras» del fascismo y han hecho en ellas sus feudos, se dan cuenta de que sólo pueden atraer y conservar a los trabajadores, disfrazando esas organizaciones de organizaciones de clase. Por eso se ven obligados a utilizar un lenguaje demagógico y la presión de sus tropas les obliga a hacerse sus intérpretes con más o menos convicción.
Pero esta demagogia alarma a los patronos: temen que las organizaciones «obreras» fascistas, en vez de encuadrar y vigilar a los trabajadores, como es su función, acaben dejándose desbordar por sus afiliados. No han subvencionado al fascismo para permitir que renazca, bajo otras formas, el temido sindicalismo de clase, por eso exigen que se trate con mano dura a los plebeyos, que se depuren a fondo los aparatos de las organizaciones «obreras» fascistas y que se extirpe hasta el último vestigio de lucha de clases.
En Italia
Antes de tomar el poder, cuando se trataba de disputar las masas laboriosas a los sindicatos obreros, fue necesario confiar la dirección de los «sindicatos» fascistas a demagogos plebeyos. El fascismo italiano utilizó para esos menesteres a varios ex sindicalistas revolucionarios, discípulos de Sorel, convertidos en vísperas de la guerra al nacionalismo. Esos «sindicalistas» se agruparon, de 1918 a 1920 en la «Unión Italiana de Trabajadores» (U. I. L.), organización sindical disidente, cuyo programa era una extraña mezcla de sindicalismo revolucionario y de nacionalismo. Cuando el fascismo, en 1921, creó sus propias organizaciones, Rossoni y sus amigos dejaron la U. I. L. y tomaron la dirección de los «sindicatos» fascistas. Rossoni se aprovechó del sistema eminentemente «jerárquico», de nombramiento de dirigentes del nuevo «sindicato» para instalar a sus amigos en todas las secretarías de las organizaciones locales y provinciales.
Una vez conquistado el poder, los dirigentes de los «sindicatos» fascistas comprendieron que para atraerse a las masas obreras necesitaban disfrazar de clasistas a sus organizaciones, y no escatimar la demagogia. Así pues, Rossoni se atreve a escribir: «Decimos que la lucha entre las clases, bajo sus diversos aspectos, puede desenvolverse y presentarse como inevitable»515. A fines de 1927, a raíz de una operación de estabilización de la lira a un tipo muy elevado, los magnates industriales redujeron brutalmente los salarios. El profundo descontento de las masas llegó a las organizaciones de base de la Confederación de los «sindicatos» fascistas; Rossoni y los jefes plebeyos se sintieron desbordados. Para conservar el ascendiente sobre sus tropas, en varias ocasiones tuvieron que aconsejar la resistencia a los patronos y aparentar oponerse a las reducciones de salarios.
Incluso puede hablarse de sincera irritación contra los industriales, que les colocan con sus exigencias intempestivas en una situación imposible, que puede desenmascararles ante los obreros, como dirigentes de unas organizaciones «amarillas». Por eso, el congreso de los «sindicatos» fascistas, que se celebra en Roma en 1928 se desenvuelve en una atmósfera tormentosa. Los delegados no se privan de decir que los únicos que se han aprovechado de la «colaboración entre las clases» han sido los empresarios516. Rossoni va demasiado lejos en el camino de la demagogia: «Nosotros, los fascistas —dice—, quemamos los legajos del gran proceso abierto por el comunismo a la propiedad. Pero si los que poseen los bienes no se dan cuenta de cuál es su deber, pasarán a ser nuestros enemigos, y entonces volveremos a instruir ese proceso». Los magnates industriales se indignan. No subvencionaron al fascismo para que la lucha de clases reaparezca de otra forma, para que los organismos de represión y vigilancia de los obreros se pongan al frente de los trabajadores en contra suya, para que la Confederación de «sindicatos» fascistas resucite bajo otra forma a la difunta Confederación General del Trabajo.
Así, pues, imponen a Mussolini la disolución de la Confederación (decreto del 22 de noviembre de 1928) y la desgracia de Rossoni. Una vez destruida la organización central, sólo subsisten las trece federaciones de industria517. Los dirigentes «sindicales» ya no pueden apoyarse sobre un «bloque obrero» de más de dos millones de miembros518. En cada industria, los patronos, en lugar de tener que tratar con la Confederación, pueden hacerlo con la federación correspondiente, es decir, con dirigentes de inferior categoría. Al mismo tiempo, la burocracia de los «sindicatos», de las organizaciones locales y provinciales, y de las federaciones sufre una depuración severa. Todos los plebeyos colocados por Rossoni dejan paso a funcionarios serviles: criaturas de los patronos o jóvenes intelectuales recién salidos de sus universidades y que no saben nada de las masas obreras.
Pero, pese a todas estas depuraciones sucesivas, el empuje de la base, aunque muy debilitado, obliga de tiempo en tiempo a los burócratas de los «sindicatos» fascistas a cierta demagogia. Por ejemplo, en el congreso de la Confederación fascista de los obreros industriales (30 de junio y 1 de julio de 1936), de un total de 33 oradores, 29 piden aumentos de salarios..., sin olvidarse de expresar a Mussolini su «agradecimiento por todo lo que ha hecho por los obreros italianos»519.
Pero cuando esta demagogia rebasa los límites autorizados, la dictadura pone las cosas en su sitio.
En Alemania
Para disputar las masas obreras a los sindicatos libres, los jefes plebeyos de las «células de empresa» emplean antes de subir los nazis al poder, sin tasa, la demagogia. Una vez sus amigos en el poder, creen poder continuar, y de hecho, entre marzo y julio de 1933, están literalmente desbocados. En cada empresa, los miembros de las «células» quieren intervenir en las admisiones y despidos de personal, y multiplican sus intervenciones en los servicios técnicos y comerciales de la empresa. Como los miembros de estas «células» son al mismo tiempo miembros de las secciones de asalto, se atreven hasta a detener a ciertos patronos «antisociales».
Evidentemente, esa situación no podía continuar. Los magnates capitalistas se enfadan, y los más díscolos de los jefes de las NSBO pierden su empleo, su carnet del partido y acaban en un campo de concentración. Goering, en una circular a la policía, le recomienda «actuar con energía contra los miembros de las células de empresa, que no han comprendido todavía el verdadero carácter del Tercer Reich».
Con gran decepción de los plebeyos de las células, la sucesión de los sindicatos «sincronizados» no va a parar a las NSBO, sino a un nuevo organismo: el Frente del Trabajo. Las «células» quedan en segunda fila. Sus miembros que creyeron ser los soldados de vanguardia de la «revolución» nacionalsocialista en cada empresa, tienen que volver a entrar en filas: en el seno del Frente del Trabajo no gozan de privilegio alguno y les está prohibido intervenir en la vida interior de la organización. Las NSBO pierden su autonomía financiera: es el tesorero del Frente del Trabajo el que establece su presupuesto. Pierden todo derecho a intervenir en las cuestiones económicas y sociales, o en las relaciones entre asalariados y empresarios, sin autorización expresa del Frente del Trabajo. En diciembre del año 1933, cuando el partido queda integrado en el Estado, los miembros de las NSBO quedan sometidos automáticamente a la legislación rigurosa de los miembros del partido. En febrero de 1934, los patronos reciben la autorización de despedir al presidente de la «célula de empresa», culpable de criticar «con ligereza». A partir de los días 22 y 25 de junio, las NSBO ya no pueden percibir cotizaciones ni celebrar reuniones públicas. La jornada del 30 de junio consagra su eclipse definitivo, junto con el de las S. A. Uno de los ejecutados es el presidente nacional de las NSBO520.
A partir de esa fecha, desembarazadas de su virus extremista, las «células de empresa» cambian completamente de carácter: compuestas de elementos seguros, bajo la alta dirección del empresario, miembro por derecho propio de la «célula», se convierten en el núcleo nacionalsocialista de la nueva «comunidad de empresa», es decir una organización de espionaje en el seno de la fábrica.
Pero los plebeyos no han abdicado completamente: la lucha pasa a las altas esferas burocráticas del Frente del Trabajo. Un cierto número de los fundadores y dirigentes de las NSBO se han consolado aceptando puestos importantes en el Frente de Trabajo. En el nuevo organismo, las mismas causas producen los mismos efectos, aunque en menor grado: para conservar o ampliar su influencia necesitan apoyarse en una cierta base social, y debido a esto sufren, aunque sea amortiguada, una presión de las masas, y con más o menos convicción se ven obligados a ser sus intérpretes ante las altas esferas gubernamentales.
En la primavera de 1934, la próxima entrada en vigor de la ley del 20 de enero «para la reglamentación del trabajo nacional», desencadena en las masas obreras una ola de cólera. Los jefes plebeyos del Frente del Trabajo temen verse desbordados. Para conservar el ascendiente sobre sus tropas acuden de nuevo a la demagogia, aparentando ser los más celosos defensores de las condiciones de vida de los trabajadores. Esto indispone a los patronos, y a raíz del 30 de junio hay una verdadera hecatombe de jefes y jefecillos del Frente del Trabajo. El mismo Dr. Ley se encuentra en una situación comprometida; en Wiesbaden, en octubre, ha tenido la osadía de declarar que «la arrogancia patronal subsiste interiormente, a pesar de las apariencias»521. Es cierto que no puede perdonar a los patronos, que, debido a sus exigencias intempestivas, sea cada vez más difícil ocultar el verdadero carácter del Frente del Trabajo: el de organización amarilla.
Los magnates capitalistas encuentran tal actitud intolerable. Ya en julio de 1934, algunos de ellos han pedido a Hitler que destituya al Dr. Ley, «cuya agitación demagógica sigue perturbando la economía»522. En agosto, la posición del jefe del Frente del Trabajo es tan difícil, que corre por Berlín el rumor de su suicidio, y sólo, gracias al apoyo personal de Hitler, logra resistir la tormenta. Pero en diciembre se produce un nuevo conflicto entre él y el Dr. Schacht. Este no oculta su aversión por las «tendencias socializantes del Frente del Trabajo» y su deseo de ver desaparecer al Dr. Ley523. El Frente del Trabajo pierde su diario, Der Deutsche524. Y su congreso de Leipzig (26 a 30 de marzo de 1935) consagra la derrota de los plebeyos: el Dr. Schacht anuncia que a partir de entonces el Frente del Trabajo estará bajo el control directo de los patronos: «En cada órgano del Frente del Trabajo, que no esté dirigido por un empresario, habrá siempre un empresario como suplente de aquél». Sin permiso del patrono, ningún inspector del Frente del Trabajo podrá investigar la situación de una empresa. El Dr. Ley conserva su puesto, pero tiene que abjurar pública y humildemente sus errores: «Es verdad —reconoce— que de la coexistencia de estas dos organizaciones (una patronal y otra «obrera») hubiera podido salir algo parecido a la lucha de clases de aquellos tiempos felizmente superados».
3. Hundimiento de los salarios
Una vez que el Estado fascista ha destruido los sindicatos, paralizado la resistencia proletaria y extirpado todo vestigio de lucha de clases de sus propias organizaciones «obreras», puede empezar a reducir los salarios.
En Italia
Según las cifras de la prensa italiana525, los salarios nominales, entre 1927 y 1932, quedaron reducidos a la mitad. Como esta disminución de los salarios no se detiene en 1932, no es exagerado decir que entre 1927 y 1935, la reducción es del orden del 60 al 75 por 100. Los salarios de 1935 alcanzan en muy pocos casos los de antes de 1914. Después de esta fecha hay dos aumentos del 10 por 100, pero el costo de la vida ha subido un 30 por 100 en el mismo período526.
Hay que tener en cuenta, además, los distintos descuentos y amputaciones que sufren esos salarios, ya de por sí reducidos: impuesto sobre el salario, restablecido por el decreto-ley de 1922, cotizaciones «sindicales» obligatorias, «contribuciones voluntarias» para ayudar a los parados en período invernal, cotizaciones de los seguros sociales, cotizaciones al partido, al Dopolavoro527, etcétera.
Añadamos las repercusiones que tiene sobre el nivel de los salarios de los obreros italianos, la llamada «lucha contra el paro»: en efecto, el Estado fascista carga sobre las espaldas de los obreros que trabajan la ayuda a los parados. En noviembre de 1934 se introduce la semana de 40 horas en la industria, pero reduciendo el salario semanal. El periódico Il Lavoro Fascista confiesa que esa «reducción del trabajo supondrá un importante sacrificio para los obreros que tienen una ocupación individualmente»528. Se establece una compensación para los jefes de familia numerosa, pero también a cargo de los otros obreros, que dejan el 1 por 100 de su salario a la caja de «subsidios familiares» para ese fin. En algunas industrias se llega a establecer un turno entre los obreros que trabajan una semana de cada dos, lo que, naturalmente, reduce sus ingresos en un 50 por 100529.
En noviembre de 1934, se firma un acuerdo entre la Confederación patronal y los «sindicatos», según el cual los jóvenes y las mujeres con trabajo pueden ser sustituidos por adultos en paro. Pero los ingresos de éstos serán los que aquéllos tenían.
Otra medida que contribuye al envilecimiento de los salarios es el empleo de los parados en las obras públicas, a las que se da el «carácter extraordinario de lucha contra el paro».
Todo lo dicho se refiere a salarios nominales. Pero la disminución de los salarios reales es aún mayor, debido al alza ininterrumpida del costo de la vida.
También habría que tener en cuenta la aceleración de los ritmos del trabajo y la extensión de la jornada en la industria de guerra, sin aumentos correspondientes ni horas extraordinarias. Los italianos, dice Mussolini, superarán todas las dificultades, «aunque tengan que trabajar 25 horas diarias»530.
En Alemania
Se calcula que desde el triunfo del nacionalsocialismo (30 de enero de 1933) hasta el verano de 1935, los salarios bajan en Alemania entre el 25 y el 40 por 100. En muchos casos, el salario de hoy es inferior al subsidio de paro de la República de Weimar. Más de la mitad de los obreros alemanes ganan menos de 30 marcos por semana531. El Angriff reconoce que el salario mensual de un obrero oscila entre 80 y 150 marcos532. Si hemos de creer las cifras oficiales, el 80 por 100 de los trabajadores ganan menos de 150 marcos al mes533. Hitler ha tenido que reconocer que «el nivel de vida de innumerables alemanes es totalmente insuficiente»534 y el ministro de Baviera, Wagner, que «muchos obreros alemanes pasan hambre»535.
Pero tampoco estos miserables salarios están libres de descuentos: impuesto sobre el salario (aumentado entre el 25 y el 35 por 100), impuesto municipal de «capitación» (más que duplicado), impuesto de soltería, cotizaciones para el seguro del paro, el seguro de invalidez, el de enfermedad, las contribuciones al Frente del Trabajo, a la asociación Kraft durch Freude536, al Socorro de Invierno, para la defensa antiaérea, para el partido o las juventudes hitlerianas, etcétera. Todos estos descuentos sumados disminuyen aún el salario en un 20 o un 30 por 100. Por el contrario, las prestaciones de seguros sociales (enfermedad, invalidez, accidentes, vejez, paro) disminuyen mucho, tras de la disolución de las cajas obreras de socorros mutuos y de previsión y la entrega de sus haberes a las compañías de seguros privadas537.
La llamada «lucha contra el paro» grava los salarios de los que trabajan. El Estado nacionalsocialista obliga a los empresarios a contratar mayor número de obreros de los que necesitan, con el fin de absorber el paro, pero les permite compensar esta carga suplementaria, bien reduciendo los salarios en conjunto, bien disminuyendo las horas de trabajo de cada obrero, y, por lo tanto, sus ingresos.
Como en Italia, los parados adultos reemplazan a los jóvenes y a las mujeres que han conservado un empleo: un decreto del 28 de agosto de 1934 da plenos poderes a los «servicios del trabajo» para quitar su empleo a las mujeres y a los solteros menores de 25 años. Pero los patronos no pagan a los nuevos obreros más que los reducidos salarios que pagaban a los despedidos. Al aplicar este decreto perdieron su empleo 130.000 trabajadores menores de 25 años. (Más adelante dejó de aplicarse, pues el rearme requería cantidades crecientes de mano de obra y, por ejemplo, en 1937, 370.000 mujeres que habían perdido sus empleos fueron admitidas de nuevo).
Otra causa del hundimiento del nivel general de los salarios es que los parados empleados en obras públicas reciben sumas ridículas. En 1934, los 400.000 obreros afectados a trabajos auxiliares no reciben sino el subsidio de paro por toda retribución, más algunos pagos en especie. Los obreros que construyen las autopistas (casi medio millón en marzo de 1936), aunque se trata en este caso de un «trabajo libre» y no excepcional de lucha contra el paro, reciben, con la complicidad de los «curadores del trabajo», un salario inferior al de los peones. Los jóvenes alistados en el Servicio del Trabajo (unos 250.000) y ocupados en trabajos duros, reciben única y exclusivamente el sueldo de un soldado, es decir, medio marco al día. Las jóvenes sin empleo tienen que trabajar como «criadas» en familias burguesas o de campesinos, con el pretexto de aprender las tareas domésticas, sin que quienes las emplean estén obligados a darles un salario fijo por ello538.
A principios de mayo de 1936, Hitler pone a la disposición de los magnates del Ruhr «mano de obra barata», en forma de parados que recibían únicamente de 1,50 a 2 marcos diarios. «Esta mano de obra, comenta un corresponsal de un diario francés, puede permitir (...) comprimir los salarios de las demás categorías de obreros».
Hay que tener también en cuenta la superexplotación a que se somete a los obreros. Con motivo de la fundación de la organización La Fuerza por la Alegría, el Dr. Ley confiesa: «Nos veremos obligados a aumentar mucho más el ritmo del trabajo»539. Y un informe patronal se felicita de que las nuevas leyes sobre el trabajo hayan tenido buenos efectos «precisamente en la actualidad, cuando es necesaria una mayor intensidad del trabajo»540.
Goering declara en un discurso: «Debemos trabajar el doble para sacar al Reich de la decadencia, de la impotencia, de la vergüenza y de la miseria. Ocho horas diarias no bastan. Hay que trabajar»541. Una de sus ordenanzas autoriza a los curadores e inspectores del trabajo a conceder horas suplementarias «en derogación de los contratos». Esto significa que en lugar de horas suplementarias pagadas a un precio superior, la prolongación de la jornada de trabajo puede llegar a diez horas y más542. El número de casos de enfermedad, que causa una incapacidad laboral es en el período 1934-1935, un 20,7 por 100 mayor que el de 1933543.
4. La mentira del «Estado corporativo»
Una vez paralizada la resistencia proletaria, destruidos los sindicatos libres, extirpado todo germen de lucha de clases de sus mismas organizaciones «obreras» y reducido los salarios por debajo del mínimo vital, el fascismo trata de disimular a los ojos de los trabajadores su verdadero carácter, el de una dictadura del capital.
Para esto recurre al truco del «Estado corporativo». Como vimos, antes de llegar al poder el fascismo, lanza el cebo del «corporativismo» a los obreros. Una vez en situación de poder realizar sus promesas, se coloca la máscara de la «colaboración de clases» y trata de hacer creer a los trabajadores que sus amos les tratan ya «de igual a igual» y les permiten intervenir en la gestión de la economía.
También en este caso, los plebeyos fascistas, por las mismas razones que expusimos antes, crean graves dificultades a la dictadura, defendiendo con ardor intempestivo el «corporativismo». No quieren admitir que una parcela cualquiera de la actividad nacional quede fuera de su alcance, y por eso se irritan de que sólo se hayan «fascistizado» los sindicatos obreros, dejando a las organizaciones patronales fuera de su control. Su intención no es atacar seriamente los privilegios de los capitalistas, sino imponer sus servicios a los magnates de la industria y tener voz y voto en la dirección de la economía nacional. Por eso sueñan con absorber en una organización única, en una vasta máquina corporativa en la que ellos ocuparían los puestos claves, tanto al Capital como al Trabajo, a los sindicatos patronales y los «sindicatos» obreros.
Pero los patronos no están dispuestos a tolerar que nadie se meta en su terreno, quieren seguir gobernando sus empresas, sus cartels y trusts y sus organizaciones profesionales. Temen que en una organización mixta los plebeyos les desborden, y no se aparta de su mente el espectro amenazador del control obrero. No han subvencionado al fascismo para eso. Ponen tenazmente su veto a todas las experiencias corporativistas que puedan ir en su detrimento, y sólo aceptan una caricatura, totalmente inofensiva, de Estado corporativo —necesaria para engañar a los obreros— después de la eliminación radical de los plebeyos.
La impostura es siempre difícil de descubrir. Por eso el lector tendrá que seguirnos con paciencia a través de un laberinto de organismos ficticios para poder desmontar los castillos de naipes edificados por una demagogia embustera y descubrir, pese a todas sus apariencias bizantinas, la realidad de la palabrería fascista y al mismo tiempo la permanencia, en pleno régimen totalitario, de la lucha de clases: es decir, la aspiración constante de la clase obrera al control de la producción y a la autogestión, así como la hostilidad irreductible de la burguesía a cualquier tentativa, por inofensiva que parezca, de poner en discusión su poder absoluto.
En Italia
Desde 1921, Rossoni y sus amigos llaman corporaciones a los «sindicatos» fascistas, dando así fe de su intención de convertirlos en organizaciones mixtas, agrupando obreros y empresarios. «El sindicalismo nacional —escribe el primer número del Lavoro d'Italia— reorganiza en un grandioso marco a los italianos de todas las profesiones, animados por una convicción única»544. Cuando el periódico fascista habla de «italianos de todas las profesiones», se refiere, naturalmente, a obreros y patronos. Los magnates dejan hablar, pero se guardan muy bien de entrar en los sindicatos fascistas.
A raíz de la «Marcha sobre Roma», los plebeyos exigen la aplicación del principio corporativo y la transformación de los «sindicatos» fascistas en organizaciones mixtas. Pero, como escribe Louis Rosenstock-Franck, de esas organizaciones mixtas «los industriales no quieren ni oír hablar, pues están seguros de quedar desbordados en ellas»545. La resistencia de los magnates industriales y agrarios es tal que Mussolini tiene que obligar a votar al Gran Consejo fascista (15 de marzo de 1923) una orden del día condenando formalmente el principio de los sindicatos mixtos. «Así conserva la vida —escribe Hautecoeur— la Confederación general de la Industria y la de la Agricultura. Las organizaciones de corporaciones tuvieron que renunciar al sueño de los sindicatos mixtos (...). La Confederación general de la Industria, en una sesión que Mussolini ha calificado de histórica, declaró que aunque estaba dispuesta a trabajar de acuerdo con las corporaciones, pretendía seguir siendo independiente»546.
Pero los plebeyos no se dieron por vencidos. No renunciaban a imponer el concurso de sus personas y su autoridad a los industriales y los terratenientes547: a partir de 1925 su audacia va aumentando. Ya no soñaban con absorber en su feudo sólo a las fuerzas económicas, patronales y obreras, sino hasta el Estado mismo, reclamando la instauración del Estado corporativo integral, el «autogobierno de los productores», al estilo de Proudhon.
Una comisión llamada de los «Dieciocho», nombrada por Mussolini a fines de 1925 para preparar el estatuto sindical y corporativo, deja expresarse de este modo a su mayoría extremista: «Se creará una organización corporativa nacional que englobará a todos los ciudadanos repartidos según su actividad económica en los diferentes órdenes y que absorberá todas las instituciones existentes»548.
Pero esta proposición inquieta a los patronos, que temen verse desbordados por los plebeyos en el seno de esta inmensa máquina corporativa y donde aquéllos, a su vez, se verían desbordados por las masas. Por eso se niegan a aceptar la disolución de sus propias organizaciones. «Es muy comprensible —escribe el ministro Rocco— que la idea de una organización unitaria, de una disciplina única del trabajo y de la producción, alarme a los empresarios, sobre todo si la corporación se constituye al margen del Estado, en un régimen de libertad preñado de peligros»549. La minoría reaccionaria de la «Comisión de los Dieciocho» responde a la mayoría: «La reforma corporativa reduce el Estado a una mera federación jerárquica de intereses, en contraste absoluto con la concepción moderna del Estado, síntesis de todos los intereses morales y materiales de la nación»550.
Mussolini se encuentra en una situación difícil. Por una parte, no quiere molestar lo más mínimo a sus financieros, y en su fuero interno es partidario de la concepción reaccionaria del Estado omnipotente; por otra, se ve obligado a disimular sus verdaderas intenciones y a seguir contentando a sus plebeyos. Por eso, la ley del 3 de abril de 1926 (completada por el reglamento del 1 de julio de 1926) tiene un carácter híbrido y, en el fondo, bien inofensivo. Las corporaciones adquieren existencia formal: «Las asociaciones de patronos y las asociaciones de obreros pueden reunirse por medio de órganos centrales de enlace en una jerarquía superior común (art. 3) (...). Las organizaciones así reunidas constituyen una corporación.» Pero estas corporaciones no existirán en la base como «sindicatos» mixtos, sino sólo en la cumbre, en el plano nacional: «Los órganos de enlace (...) agrupan a las organizaciones sindicales nacionales de los diversos factores de la producción, patronos, trabajadores intelectuales y manuales, para una rama determinada de la producción.»
La autonomía patronal queda garantizada, y el artículo 3.º de la ley del 3 de abril de 1926, continúa así: «(...) pero dejando intacta la representación separada de patronos y obreros.»
Por último, el Estado político, lejos de «disolverse» en la corporación, como pretendían los plebeyos, no deja a ésta —en el caso de que se cree— ninguna vida propia: «La corporación carece de personalidad civil, pero constituye un órgano de la administración del Estado.»
Al año siguiente (1927), la «Carta del Trabajo» afirma: «El trabajador es un colaborador activo de la empresa económica», pero añade a continuación: «En la que tanto la dirección como la responsabilidad incumben al empresario.» Estamos bien lejos de la colaboración «de igual a igual».
Sin embargo, esas «corporaciones», aunque casi vacías de contenido, siguen desagradando a los patronos, que exigen que se aplace su realización práctica. La razón es que los plebeyos, dueños de la Confederación de los «sindicatos» fascistas, tienen demasiado poder y se permiten una demagogia inquietante. Toda fórmula de Estado corporativo, por desvirtuada que esté, puede reforzar su influencia y restar prerrogativas a los patronos. Por eso se dejan para más tarde las corporaciones; para después de la liquidación de los plebeyos. Se volverá a hablar de «Estado corporativo» cuando se dé por terminada la depuración del «sindicalismo» fascista, cuando se haya extirpado de él todo vestigio de lucha de clases, cuando se le haya convertido, de arriba abajo, en un vasto aparato policíaco. «Tenemos tiempo», suele decir Mussolini.
Y para calmar a los impacientes crea un Ministerio de las Corporaciones (1926), cuyo fin es controlar más eficazmente a los «sindicatos» fascistas; un Consejo nacional de las Corporaciones (1926 también, reorganizado en 1930), simple órgano destinado a aprobar las decisiones del dictador, donde todos los miembros han sido elegidos por él; una Cámara corporativa de diputados, cuyos componentes elige el dictador de una lista presentada por las organizaciones «sindicales», y donde para poder ser elector hace falta pagar la cotización «sindical». En 1931 transforma los Comités provinciales intersindicales en Consejos provinciales de la Economía corporativa, pero las Corporaciones siguen brillando por su ausencia.
Unos cuantos extremistas siguen reclamando el Estado corporativo integral y escribiendo sobre el tema, pero, privados de toda base social, han dejado de ser peligrosos. En general son intelectuales y no hombres de acción. Por eso Mussolini les deja expresarse libremente y hasta se permite darles algunas satisfacciones aparentes. En 1934 es más necesario que nunca hacer algo para que las masas obreras soporten con la mayor conformidad posible la crisis que gravita cruelmente sobre sus espaldas. El paro aumenta constantemente, y la «mística» con la que el régimen ha conseguido mantener el entusiasmo de sus partidarios empieza a perder fuerza. Entonces Mussolini decide hacer algo grande: en las organizaciones económicas patronales, de carácter paraestatal, bautizadas con el nombre de «corporaciones» para estos menesteres, entran algunos altos funcionarios de los «sindicatos» fascistas (ley del 14 de febrero de 1934). Ya se puede anunciar urbi et orbi el nacimiento del Estado corporativo. Mussolini exhuma todos los viejos tópicos demagógicos: «El siglo fascista proclama la igualdad de los hombres frente al trabajo»551. «Hay que enseñar poco a poco a gobernarse al pueblo»552. «Los obreros deben llegar a conocer más profundamente el proceso productivo y su disciplina»553. «El obrero será libre»554. El corporativismo tiende hacia una «mayor justicia social, hacia una disminución gradual del abismo que separa las grandes riquezas de las grandes miserias, etcétera.»555.
Pero del dicho al hecho hay gran trecho: la «colaboración» entre empresarios y asalariados no existe ni en la empresa, ni en el «sindicato», ni en la localidad o en la provincia, y ni siquiera en las federaciones de oficios. El patrono no trata «de igual a igual» al obrero ni en la empresa ni en el «sindicato», que no participa tampoco en la gestión de la economía. Es verdad que algunos fascistas extremistas afirman que el sistema actual no es más que un comienzo. Spirito y Bottai anuncian «para más adelante» la corporación «provincial» e incluso en el seno de la empresa. Pero Mussolini no tiene inconveniente en disipar todas estas ilusiones diciendo en una entrevista a un periodista: «No es nuestra intención rehacer los Consejos de fábrica»556. [Los patronos] están absolutamente decididos a negarse a cualquier cosa que se parezca a una resurrección de las antiguas «comisiones internas de fábrica», escribe Rosenstock-Franck557.
La colaboración se limita a la que existe en la cúspide del sistema, en el seno de las 22 «corporaciones», donde un cierto número de funcionarios, servidores dóciles de la dictadura, que han sustituido a los plebeyos al frente de los «sindicatos» fascistas, representan a los asalariados frente a los patronos. Y si por casualidad alguno de estos representantes «obreros» se atreviera a votar en contra de los deseos de los empresarios, los tres representantes oficiales del Estado fascista están allí para sumar sus votos a los de los patronos, proporcionándoles una mayoría automática.
En Alemania
A raíz de su conquista del poder, los plebeyos nazis reclaman impacientes una «edificación corporativa» (ständischer Aufbau), que englobe a organizaciones patronales y obreras. Antes de la «sincronización» de los sindicatos libres ya intentan apoderarse de las organizaciones patronales. El 1 de abril de 1933, el doctor Wagener, jefe de la sección económica del partido nacionalsocialista interviene en la poderosa Confederación de la Industria alemana. El 6 de abril el Comité director de la Confederación se retira. Wagener consigue que ésta se llame a partir de entonces «Corporación de la Industria alemana», pero, aunque había pedido también la desaparición del presidente Krupp, éste sigue en la presidencia de la nueva «Corporación», acompañado de dos comisarios nazis. Durante algún tiempo, Wagener hace lo que quiere dentro de la poderosa organización patronal. A primeros de mayo, incluso, sus poderes aumentan y recibe el nombramiento de «comisario de la Economía del Reich». Pero Krupp, después de hablar con Hitler, anuncia la reorganización de la «Corporación» patronal bajo el principio del jefe (Führerprinzip): los síndicos serán nombrados y no elegidos558. «Esta reorganización —escribe Le Temps— precede y prepara la organización corporativa, calcada de la italiana, que englobará sindicatos obreros y agrupaciones patronales»559. Se dice por entonces que el Führer mismo es un convencido corporativista. El 31 de mayo promulga una ley trazando los cauces de la «edificación corporativa»560. Alfred Rosenberg declara en junio: «La edificación corporativa que vamos a realizar en Alemania representará el verdadero socialismo, el socialismo del siglo XX»561.
Se encarga a una comisión que redacte los estatutos del nuevo «Estado corporativo»: Cada plebeyo tiene su proyecto, y espera que el nuevo castillo de naipes tendrá por base su propio feudo, ensanchando así sus atribuciones. Hay un plan del doctor Wagener, otro del doctor Renteln, dirigente de la «Liga de combate de las clases medias». Pero el que parece tener más posibilidades de triunfar es el del doctor Ley, que sueña nada menos que con absorber en su Frente del Trabajo toda la Economía, organizaciones «obreras» y patronales: «La edificación corporativa del pueblo alemán —exclama— está terminada en sus grandes rasgos. Hoy mismo presentaré al Führer un plan completo. Será una de las obras más grandes que ha realizado la revolución. Nada menos que la creación de un vínculo orgánico entre los trabajadores y los empleados por un lado, y los empresarios por otro, y su integración común en el organismo económico»562.
Pero los empresarios no están muy de acuerdo. Desde julio de 1933, la gran industria, sostenida por los militares, pone su veto. Hitler anuncia bruscamente el fin de la revolución nacional... y la destitución del doctor Wagener. El 13 de julio, el nuevo ministro de la Economía, Schmitt, asegura a los industriales que la edificación corporativa esperará tiempos mejores. Las organizaciones actuales —explica— no están maduras para tan hermoso ideal; hay el peligro de que algunos imprudentes traten de hacer experimentos peligrosos.
Los plebeyos no se rinden, sin embargo, y el doctor Ley sigue anunciando imperturbable el próximo advenimiento de las corporaciones. A mediados de agosto de 1933 declara: «El Frente del Trabajo y la edificación corporativa son las dos partes de un todo y no se puede concebir uno sin otra. El Frente del Trabajo no tendría sentido si todo lo que ha creado en cuanto a formación y educación no se tradujera en actos con la edificación corporativa»563.
Hitler, lo mismo que Mussolini, tiene que obedecer a sus financieros y contentar a sus plebeyos. Por la ley del 30 de enero de 1934 instituye los «consejos de confianza» en cada empresa, presentados como los embriones del corporativismo. En ellos, los «hombres de confianza» colaboran con el empresario, y pueden pedirle ciertas informaciones confidenciales sobre los balances de la empresa. Pero esos «hombres de confianza» tienen la del patrono, que les designa, pues no están elegidos por los obreros. La misma ley establece que los expertos en conflictos laborales designados por el Frente del Trabajo lo serán «de acuerdo con las corporaciones (...) en la medida en que se vaya realizando la organización corporativa de la Economía.» Pero las corporaciones siguen en el mundo de las ideas puras y los empresarios se oponen tenazmente a su realización.
Cuando se crean las organizaciones económicas patronales de carácter paraestatal, llamadas «grupos profesionales» (ley del 27 de febrero de 1934), no entra en ellas ningún «representante» de los asalariados. Los plebeyos tienen demasiada influencia todavía. El autor de la ley citada, el ministro Schmitt, dice: «En las medidas actuales, no hay todavía una reforma corporativa. El Führer ha preferido aplazar la solución de este problema, pues piensa, con mucha razón, que una edificación corporativa sólo debe desprenderse lentamente de la evolución de los hechos»564.
Los plebeyos resisten tenazmente y, expulsados de una posición, se atrincheran más atrás. La ley del 27 de febrero de 1934, aunque sea para ellos un duro fracaso, les deja algunas cartas en las manos. De todos modos, han conseguido que la organización patronal tenga un carácter estatal bastante acentuado, que se aplique en ella el «principio del jefe» y que no haya asambleas deliberantes. Esperan en cierto modo poder controlar desde arriba la actividad de los industriales. También han logrado la desmembración de la Confederación (convertida en Corporación) de la Industria en siete «grupos profesionales» distintos, y el nombramiento de «Führer» de la Economía para Kessler, un hombre en quien tienen confianza. Este piensa disolver las antiguas asociaciones patronales libres que ahora son superfluas. Una vez hecho esto, los empresarios estarán encuadrados y controlados por los plebeyos del partido nacionalsocialista, y quizás llegue el momento de empezar la famosa «edificación» corporativa.
Pero las antiguas asociaciones patronales privadas, en especial la Confederación de la Industria, se niegan enérgicamente a disolverse, y ésta es una más de las razones de la crisis del 30 de junio de 1934, en la que Kessler pierde su puesto (11 de julio). Su adjunto y sucesor, von der Goltz, reincide y tiene su mismo destino (fines de noviembre de 1934). Y el 2 de diciembre, el nuevo ministro de la Economía, el doctor Schacht, acaba de demoler el trabajo de los plebeyos: reconstruye la Confederación de la Industria, reuniendo de nuevo los siete «grupos profesionales» en uno solo. Además, da cierta autonomía a los empresarios, aboliendo el «principio del jefe» y estableciendo la reunión de una asamblea general al menos una vez al año, donde la gestión del jefe del grupo se someterá a un voto secreto. «Siempre harán falta —dice el doctor Schacht— organismos independientes para aconsejar a los patronos. Este tipo de organismos existirá siempre»565. Los plebeyos del Estado y del partido nacionalsocialista tienen que renunciar a «sincronizar» las organizaciones patronales.
Pero como el doctor Ley sigue pretendiendo intervenir en la economía, los empresarios dicen indignados por medio de su órgano, el Deutscher Volkswirt del 7 de diciembre de 1934: «Que nadie piense en la posibilidad de una segunda organización de la economía alemana en el seno del Frente del Trabajo.» A fines de marzo de 1935, en el congreso del Frente del Trabajo, celebrado en Leipzig, los plebeyos «corporativistas» tienen que capitular definitivamente.
El doctor Schacht en persona acude para anunciar que la era de la competencia entre el Frente del Trabajo y los «grupos profesionales» ha terminado. La constitución «corporativa» promulgada satisface todas las exigencias patronales, disimulando la realidad con la colaboración entre patronos y «representantes» de los obreros en cuanto a salarios y condiciones de trabajo. La economía queda en manos de la burguesía, y el doctor Schacht ruega encarecidamente al doctor Ley que no meta las narices donde nadie le llama.
En todos los escalones del Estado corporativo, los patronos aparecen doblemente representados: desde el punto de vista orgánico, pertenecen a la vez a su «grupo profesional» y a la «comunidad de empresa» del Frente del Trabajo. Luego, en el distrito, forman parte tanto de la comisión económica como de la comisión del trabajo, y figuran tanto en el Consejo económico del Reich como en el Consejo del Trabajo del Reich. En las organizaciones, comisiones y consejos económicos no existe ninguna «representación obrera». La «colaboración» se limita a las organizaciones, comisiones y consejos del trabajo.
Pero hasta en este terreno, ya de por sí muy restringido, la «colaboración» no es más que una caricatura. El Frente del Trabajo no tiene nada que hacer, no sólo en el terreno económico, sino tampoco en el social. Los delegados «obreros» de las comisiones de trabajo tienen que ser miembros de los «consejos de confianza» de las empresas. Los secretarios del Frente del Trabajo no tienen derecho a participar en los trabajos de las comisiones, y como los miembros de los «consejos de confianza» están nombrados por los patronos, éstos encuentran en las comisiones del trabajo, a gentes completamente dóciles, más aún de lo que serían unos funcionarios del Frente del Trabajo566. Y si a pesar de todo surge un desacuerdo en esas comisiones entre los patronos y los delegados «obreros», como tales comisiones no son más que órganos consultivos, es el representante oficial del Estado, el curador del trabajo, quien decide en definitiva.
IX. Política económica del fascismo
El Estado fascista no se contenta con reducir a la esclavitud a los trabajadores y con crear las condiciones que hacen posible el hundimiento de los salarios. Además, se preocupa por restablecer el beneficio capitalista por medio de diferentes arbitrios económicos.
Su intención no es tratar de restablecer el mecanismo «normal» del capitalismo, restableciendo el beneficio por la producción y la distribución de nuevas riquezas, sino aumentar la rentabilidad de las empresas capitalistas por medios artificiales que perjudican a las masas populares.
Naturalmente, estos procedimientos no tienen nada de específicamente fascista o nacionalsocialista, y difieren más por el grado que por la naturaleza de los empleados en otros países. La economía «fascista» o «nacionalsocialista» no existe más que en la mente de los demagogos plebeyos. La economía fascista no es más que la forma acentuada de la economía capitalista «dirigida», experimentada por vez primera en Alemania, durante la guerra de 1914-1918, con el nombre de Kriegswirtschaft («economía de guerra»).
Todos estos procedimientos no tienen de anticapitalista absolutamente nada. Sólo algunos ingenuos han podido creer que el fascismo es una verdadera «revolución» económica, que «supera» al capitalismo. Pero por su magnitud obligan a ir al Estado fascista más lejos de lo que había previsto, haciéndole volver la espalda cada vez más a las soluciones capitalistas llamadas «liberales» u «ortodoxas».
Cuando el fascismo llega al poder, su corazón lleno de agradecimiento por los magnates que le han financiado, tanto sus palabras como sus actos aparecen impregnados del más puro liberalismo económico. Proclama en todo momento su intención de favorecer y proteger de todos modos la propiedad privada, la iniciativa individual, y rechaza horrorizado una intervención estatal en la producción. Pero el Estado fascista cumple estas promesas sólo en la medida en que los capitalistas le ruegan que no se meta en sus asuntos. Les exige unos impuestos ligeros y les vigila del modo más discreto posible, pero está dispuesto a acudir en su auxilio cuando aquéllos no puedan salir del atolladero. Entonces, acudiendo a su llamada, «socializa» sus pérdidas y saca a flote a sus empresas deficitarias, reanimándolas con sus encargos.
Pero esta intervención en la economía obliga al fascismo a modificar un poco su programa inicial. Impulsados por sus deseos de resucitar los beneficios del gran capital, se lanza, sobre todo en Alemania, a rearmar aceleradamente. Así es como mete el dedo en un engranaje que le llevará insensiblemente del liberalismo económico a la autarquía y a la «economía de guerra».
Empezando por querer dar la mayor autonomía posible a la industria privada, cae poco a poco en una burocratización de la economía. Cada vez se enreda más en la contradicción entre sus intenciones y sus actos. Zigzagueando, tanteando, consigue prolongar la vida del sistema capitalista, pero a costa de limitar la libertad de movimiento del capitalismo individual y sacrificando a la industria pesada las demás ramas de la actividad económica: mientras se paraliza el conjunto de la economía, mientras los individuos de todas las clases de la sociedad se ven arruinados y racionados, sólo los magnates siguen «produciendo beneficio». Y este beneficio lo producen a costa de todo el mundo, acelerando la ruina de todo el mundo.
Todos los médicos saben que existen remedios que parecen vencer momentáneamente la enfermedad, pero que no consiguen sino eliminarla de un lugar del organismo para hacerla reaparecer en otro bajo formas a veces diferentes. El fascismo da la impresión al principio, restableciendo el mecanismo del beneficio, de ser capaz de conjurar el mal que aqueja al sistema capitalista. Pero no hace sino exacerbarle, y encargado de salvar el sistema acaba por hundirle en la catástrofe de una nueva guerra mundial.
Este final desdichado no puede decirse que sea propio y exclusivo del fascismo. Los diferentes arbitrismos a los que ha recurrido el capitalismo en otros países le han llevado, en mayor o menor plazo, al mismo resultado. Los autores del New Deal norteamericano no consiguieron volver a poner en marcha el mecanismo capitalista hasta que emprendieron un programa de armamentos mucho más gigantesco que el alemán. Una vez llegada la paz, la supervivencia del capitalismo norteamericano se ha basado en una economía en pie de guerra, de una guerra nuclear que pone en peligro el porvenir de la humanidad entera.
1. Restitución al capitalismo privado de monopolios estatales
Apenas se ha instalado en el poder, el fascismo se apresura a dar muestras de su buena voluntad, restituyendo al capitalismo privado algunos monopolios bajo el control o propiedad del Estado.
En Italia
Poco después de la «Marcha sobre Roma», Mussolini declara: «Se trata de descargar al Estado de unas atribuciones que no son de su competencia y que cumple mal»567. «Pienso que el Estado debe renunciar a sus funciones económicas y en especial a las que se ejercen por medio de los monopolios, porque en esta materia el Estado no es competente»568. «Hay que terminar con el Estado ferroviario, el Estado cartero, el Estado asegurador»569. Se entregan vastos monopolios a la iniciativa privada, no sin haber saneado su gestión. El monopolio de fósforos se vende a un «Consorcio de fabricantes de cerillas». El Estado renuncia a explotar la red telefónica (1925) y a ejecutar por sí mismo algunas obras públicas. En cuanto a los seguros, una ley de 1912 había creado un Instituto de Estado que hubiera debido monopolizar todos los seguros en el plazo de diez años, pero por la ley del 19 de abril de 1923, Mussolini abandona los seguros de vida a las compañías privadas. Bajo la influencia de los socialistas se habían extendido considerablemente en Italia las explotaciones municipales, Mussolini ordena que se «frene el ritmo de la municipalización». Según el testimonio de un fascista, las poderosas compañías de electricidad no «disimulan, siquiera bajo las habituales fórmulas de cortesía, su voluntad de absorber —o mejor dicho, de devorar— las explotaciones municipales»570. Los podestà de Pola, Turín, etc., no dudan en abandonar las prósperas sociedades de servicios públicos a los magnates capitalistas.
En Alemania
En cuanto llega al poder, el gobierno nacionalsocialista anuncia que está dispuesto a «poner fin a todas las tentativas de estatización de los últimos años. Las empresas estatales se transformarán de nuevo en empresas privadas»571.
En 1932, el Estado había sacado a flote a la poderosa compañía de Gelsenkirchen, comprando 125 millones de marcos de acciones, lo que le permitía controlar las «Acerías Reunidas», el gran trust de la industria pesada. Pero Hitler manifiesta su agradecimiento al apoyo financiero de los Kirdorf, Thyssen, etc., cuando por una serie de funciones complicadas, el Estado les devuelve prácticamente el control de todo el negocio572. En marzo de 1936 devuelve a las «Acerías Reunidas» el paquete de acciones que conservaba.
Después del «crac» bancario de 1931, la mayoría de los grandes Bancos habían pasado bajo el control del Estado: el 90% del capital del Dresdner-Bank y del Danat (que habían fusionado), el 70% del capital del Commerz und Privatbank, el 35% del capital del Deutsche Diskonto-Bank. Pero los magnates de la finanza exigen la «reprivatización» de sus negocios, y en diciembre de 1933, el ministro de Economía, Schmitt, anuncia «que el Reich está dispuesto a abandonar las importantes participaciones que tiene desde hace dos años en el capital de algunos grandes establecimientos de crédito, como el Deutsche Diskonto-Bank»573.
A fines de 1933, una comisión de especialistas se encarga de estudiar la cuestión. Simultáneamente, el doctor Schacht declara en Londres que el «gobierno del Reich no tiene la intención de eternizar la influencia del Estado sobre los Bancos»574. En febrero de 1934 el doctor Reinhardt, secretario de Estado de Hacienda y gran banquero, afirma a su vez que «el gobierno no piensa estatizar los Bancos»575. Por último, el 1 de diciembre se publica el informe de la comisión, rechazando todo proyecto de estatización de la Banca. El Deutsche Diskonto-Bank adquiere a cambio de un inmueble 20 millones de marcos de sus acciones que estaban en poder del Estado, con lo que puede anunciar, en marzo de 1937, que vuelve a ser un negocio completamente privado576. En agosto de 1937 es el Commerz und Privatbank el que comunica que la mayoría de sus acciones se encuentran de nuevo en manos de particulares577, y, poco después, a raíz de una reunión del Consejo de Administración del Dresdner Bank, se pone en conocimiento del público que también este Banco ha vuelto a ser un negocio completamente privado578.
El Reich había ayudado a numerosas compañías de navegación y astilleros navales. En marzo de 1936 restituye la mayoría de las acciones de la Deutscher Schiff und Maschinenbau a un grupo de comerciantes de Bremen, y en septiembre devuelve 8 millones de marcos en acciones (sobre un capital total de 10 millones) de la Hamburg Süd-Amerika a un consorcio de Hamburgo579.
El nacionalsocialismo deshace las compañías de servicios municipales. Estas son tan prósperas que, incluso durante la crisis de 1932-1933, han registrado beneficios de más de 650 millones de marcos. Son por esto un buen bocado para la industria privada. El mismo día en que el doctor Schacht recibe el nombramiento de ministro de Economía (30 de julio de 1934), ordena que se acelere la liquidación de las empresas municipales. Como primera medida, a partir del 1 de enero de 1935, sufren éstas un recargo del 20% en el impuesto sobre los beneficios580. La ley del 13 de diciembre de 1935 anula luego la ley de 1919 sobre la «socialización» de la producción de energía eléctrica: «Esta organización de la distribución de energía eléctrica —explica la introducción de la ley— contradecía la idea básica de la concepción nacionalsocialista.» La ley tiene por objeto acabar con el desorden que había sembrado en la distribución de la energía eléctrica el «socialismo municipal». A partir de ese momento, las empresas privadas de producción y distribución de energía eléctrica quedan libres de todos los «frenos inútiles», y se ven favorecidas de diversos modos581.
2. Exoneraciones fiscales en favor del capital
El Estado fascista ayuda a los magnates capitalistas a «producir beneficio» concediéndoles toda clase de exoneraciones fiscales.
En Italia
El ministro de Hacienda, De Stefani, declara: «Hemos roto con la práctica que consiste en perseguir al capital. Un sistema financiero basado en la persecución del capital es un sistema insensato»582. Desde el 10 de noviembre de 1922, el nuevo gobierno suprime los títulos nominativos, es decir la obligación de declarar los valores, que impedía en cierto modo a los capitalistas el escapar al impuesto sobre la renta. Por un decreto del 19 de noviembre, se suprime la comisión investigadora sobre los «beneficios de guerra». Por la ley del 20 de agosto de 1923 queda abolido el impuesto sobre sucesiones dentro del círculo de la familia.
El impuesto sobre el capital, creado en 1920 y pagadero en anualidades es, para el ministro De Stefani, un impuesto estupidísimo. Así, pues, procede a liquidarle por medio de una serie de arreglos amistosos con los contribuyentes, muy ventajosos para éstos583. Una ley de febrero de 1925 suprime el impuesto complementario sobre los valores mobiliarios. Por el decreto-ley del 23 de junio de 1927 se establecen desgravaciones fiscales importantes, para favorecer las fusiones de sociedades anónimas. Citemos también: la abolición del impuesto del 10% sobre el capital invertido en la Banca y la industria, la reducción del 50% del impuesto sobre los administradores y directores de sociedades anónimas, la exoneración de toda clase de impuestos al capital extranjero, la abolición del impuesto sobre los artículos de lujo, etc. «La Hacienda fascista —escribe el católico Don Sturzo584— favorece a la riqueza capitalista.»
En Alemania
Nada más llegar al poder, el sistema fiscal nacionalsocialista se ocupa de favorecer al capital. Una ley del 1 de junio de 1933, completada por otra del 16 de octubre, autoriza a los industriales a deducir de sus ingresos imponibles todas las sumas destinadas a comprar nuevo material. Además, el Estado reembolsa a los propietarios una parte de los gastos de reparación de sus casas, fábricas o almacenes. Una amnistía fiscal reduce en un 50% los impuestos no pagados, a cambio de adquirir bonos de los empréstitos de la «lucha contra el paro». Los burgueses que tienen una sirvienta pueden contarla, al hacer su declaración de impuestos, como «menor de edad» a su cargo, beneficiándose de la rebaja correspondiente. Las leyes del 15 de julio de 1933 dictan exenciones de impuestos en beneficio de las nuevas empresas, así como de las que utilicen procedimientos nuevos de fabricación o fabriquen nuevos productos, y en favor de los locales de las viviendas recién construidas585.
En abril de 1934 el gobierno concede grandes desgravaciones de impuestos (500 millones de marcos aproximadamente) «para facilitar la reanudación de los negocios»586. El impuesto sobre la renta del ejercicio 1934-35 es la mitad del correspondiente a 1931-32587. La ley fiscal que entra en vigor el 1 de enero de 1935 no sólo confirma todas estas reducciones de impuestos, sino que, además, reduce los que gravan las sucesiones.
3. El Estado fascista prohíbe abrir nuevas industrias
El Estado fascista ayuda a los magnates capitalistas a elevar artificialmente sus precios de venta al prohibir, por medio de una legislación apropiada, la apertura de industrias nuevas, es decir protegiéndoles contra un aumento de la competencia. El consumidor pagará.
En Italia
El decreto del 11 de marzo de 1926 permite al ministro de Hacienda quitar todo valor legal a las actas de las sociedades en formación, cuyo capital exceda los 5 millones de liras o los aumentos de capital de sociedades ya existentes, si dicho aumento rebasa los 5 millones de liras. Por un decreto ley del 3 de noviembre de 1927, la apertura de establecimientos industriales de cierta importancia en las ciudades necesita una autorización gubernamental, y un decreto ley del 18 de noviembre de 1929 extiende la obligación de la autorización previa a las empresas que trabajan para la defensa nacional. Un decreto ley del 18 de julio de 1930 extiende dicha obligación a los nuevos astilleros, empresas de transporte, etc. El decreto ley del 12 de junio de 1932 sobre los consorcios obligatorios especifica: «Cuando las exigencias particulares de ciertas ramas de la producción lo aconsejen, puede decidirse que la instalación de nuevas fábricas o la ampliación de las ya existentes, quede subordinada a la autorización del gobierno.» Por último, la ley del 12 de enero de 1933 confirma y generaliza esas diversas obligaciones.
En Alemania
La ley del 15 de julio de 1933 da poder al ministro de Economía para poder ordenar en caso de necesidad, dentro de un sector económico dado, «la creación de nuevas empresas, así como la ampliación de la explotación o de la capacidad de producción de las empresas existentes, se suspendan durante un período determinado o queden sometidas a autorización previa». Pero esta ley va más lejos que la legislación italiana: el ministro puede determinar autoritariamente el porcentaje de utilización del potencial productivo de las empresas existentes.
El gobierno hace gran uso de esta ley. En 1933 se dictan cinco decretos y 17 en 1934, aplicando a diversas industrias la prohibición de crear empresas nuevas o de aumentar la capacidad de producción de las antiguas.
4. El Estado fascista obliga a los productores disidentes a entrar en las «uniones obligatorias». No hay nada de socialista en este tipo de intervención estatal
El Estado fascista ayuda también a los magnates a elevar de modo artificioso los precios de venta de sus productos, obligando legalmente a los productores «disidentes» a entrar en los convenios obligatorios. Es bien sabido que en cualquier convenio industrial, por importante que sea el número de los participantes, casi nunca entrarán todos los de la profesión. Como para ejercer una acción determinante sobre los precios de venta, hay que agrupar al menos el 90% de la capacidad de producción de una industria determinada588, y ese objetivo se consigue pocas veces, el Estado interviene para reducir las disidencias.
En Italia
En la industria metalúrgica existe un convenio voluntario desde los años 1928-1929. Pero los magnates no llegan a conseguir por sus propios medios el consorcio global para acabar con los disidentes. Entonces interviene el Estado en su ayuda, que por la ley del 31 de diciembre de 1931, se reserva el derecho de regular «las modalidades de la constitución de consorcios obligatorios en las distintas ramas de la siderurgia para disciplinar la fabricación y venta de los productos»589. Inmediatamente se constituyen los consorcios obligatorios.
Muy pronto se extienden estas medidas a todos los sectores de la industria, y el decreto ley del 16 de junio de 1932 decide que se podrá ordenar «la constitución de consorcios obligatorios entre industriales que explotan el mismo sector de la actividad económica, con el fin de reglamentar la producción y la competencia». Estos consorcios obligatorios se constituyen en todas las ramas de la industria en que los reclama «un número de interesados que representen al menos el 70% de la cifra global de negocios de las empresas y el 70% de la producción media efectiva de los tres últimos años».
En Alemania
Por una ley del 15 de julio de 1933, el ministro de Economía del Reich puede, «para reglamentar el mercado, reunir las empresas en sindicatos, cartels, convenios u organizaciones similares, o fusionarlas a los consorcios de empresas existentes, cuando dicha unión o fusión sea necesaria para los intereses de dichas empresas o del conjunto de la producción de la colectividad».
Entre julio y noviembre de 1933, en las industrias donde el grado de concentración era ya elevado, los 30 cartels existentes se reorganizan, se llama al orden a los disidentes y a cada adherente se le impone una parte alícuota de la producción de modo autoritario. En cuanto a las industrias menos concentradas (productos manufacturados) donde la cartelización es más difícil, se constituyen 38 cartels nuevos. Estos son los casos del Textil, el Papel, la Alimentación, etc.
Sería un grave error creer que esta intervención estatal tiene algo de socialista. No se busca con ella proteger los intereses de la colectividad, sino únicamente los de los magnates capitalistas. El Estado justifica su intervención diciendo que tiene sólo un carácter transitorio. El ministro italiano Bottai asegura en un discurso, que los consorcios obligatorios «deben considerarse como una forma totalmente excepcional de las agrupaciones de productores»590. El ministro de Economía del Reich, Schmitt, afirma también: «En principio, los cartels y los precios obligatorios me parecen indeseables. Si hemos tenido que admitir, e incluso que formar obligatoriamente un número demasiado considerable de cartels, ha sido para evitar graves perturbaciones económicas»591.
Intervención todavía discreta. Sin duda en Italia y en Alemania, la ley prevé un cierto «control» del Estado: el decreto ley italiano del 16 de junio de 1932 confiere al ministro el derecho de pedir a las empresas que forman el consorcio todas las actas y documentos que considere necesario conocer, y la Administración pública puede delegar un funcionario para que asista a las deliberaciones del consorcio. La ley alemana del 15 de julio de 1933 confiere al ministro unos vagos «derechos de vigilancia y de injerencia». Pero esas veleidades de control, sin embargo bien tímidas, son inoperantes. «Los industriales italianos han detestado siempre los consorcios obligatorios» —escribe Rosenstock-Franck—. En realidad, la ley les da, sobre todo, un medio de presión contra los disidentes. En Alemania, el ministro no ha tenido que utilizar apenas los poderes que le confería la ley del 15 de julio de 1933; la mayoría de los consorcios se han constituido por común acuerdo de los participantes y la ley ha servido sobre todo para quitar a los disidentes toda veleidad de resistir592.
5. El Estado fascista saca a flote a las empresas deficitarias, pero no «socializa» sino sus pérdidas
El Estado fascista rinde otro servicio a los magnates sacando a flote a las empresas en dificultad. Adquiere sus acciones, pero en vez de aprovechar la oportunidad para nacionalizarlas, se esfuerza en conservar su carácter de empresas privadas, y espera que llegue el día de devolverlas, tras de un saneamiento costoso a cargo de toda la sociedad, a sus antiguos propietarios.
Tampoco, cuando el Estado cree necesario (para satisfacer las necesidades de la «defensa nacional») extender ciertas industrias o abrir otras nuevas que presentan un riesgo comercial que la industria privada se niega a asumir, se aprovecha la oportunidad para crear empresas estatales. Por el contrario, constituyendo empresas de economía mixta en las que colabora con la industria privada, el Estado da una parte del capital, garantiza un dividendo a los inversores privados y corre con todos los riesgos, para cuando tales empresas sean rentables, acabar cediéndoselas a la industria privada.
En Italia
En cuanto Mussolini tomó el poder concedió 400 millones de liras de subvenciones al gran trust metalúrgico Ansaldo. En 1924, un organismo especial se encargó de la liquidación, a costa del Estado, de los Bancos e industrias en quiebra. Víctimas de la crisis deflacionista que empieza a fines de 1926, el Banco di Roma, el Banco di Napoli, el Banco di Sicilia y muchos otros establecimientos de menor envergadura tienen que acudir también a la ayuda estatal.
Pero la contribución del Estado es mucho más importante a partir de 1931, cuando la crisis mundial se abate sobre la península. La cartera de los grandes Bancos de negocios está llena de valores industriales que no valen nada. Uno tras otro, el Banco di Milano, el Credito Italiano, y hasta el más poderoso, la Banca Comerciale, se hunden. El Estado acude en su auxilio, se crean tres institutos autónomos, subvencionados más o menos directamente por el Tesoro público. Según la expresión de Mussolini, son unas «casas de convalecencia», y es el Estado quien paga los gastos de «estancia»593. La primera que se crea es la Sociedad para la Financiación de la Industria Italiana (Sofindit), en octubre de 1931, con un capital de 500 millones de liras, en su mayoría proporcionadas por el Estado. Este instituto, con la ayuda de emisiones públicas garantizadas por el Estado, obtiene 4.000 millones de liras que sirven para adquirir todas las acciones industriales que tenía en cartera la Banca Comerciale y los demás establecimientos bancarios en peligro. Un mes después se crea el Instituto Mobiliario Italiano (IMI), con un capital de 500 millones de liras, también a cargo en su mayor parte del Estado. Este Instituto emite 5.500 millones de liras de obligaciones garantizadas por el Estado y reembolsables en diez años. Estos capitales se prestan a la industria privada a largo plazo (diez años de duración máxima), contra la garantía de una parte de las acciones de la empresa beneficiaria. Por último, en enero de 1933 se constituye el Instituto de Reconstrucción Industrial (IRI), con una sección de «desmovilización industrial» a la que se concede una subvención presupuestaria de 85 millones de liras durante 20 años y una sección de «financiación industrial», con un capital de 100 millones de liras proporcionado por el Estado y que emite 1.000 millones de liras de obligaciones (duración entre 15 y 20 años), garantizadas por él. Gracias a este organismo, el Estado ayuda a los mayores trusts del país: por ejemplo, a fines de 1933, la poderosa Sociedad Hidroeléctrica Piamontesa, con un pasivo que rebasa los 600 millones de liras y cuyos títulos han caído de 250 a 20 liras594. En septiembre de 1934 es el trust metalúrgico Ansaldo, subvencionado ya poco después de la «Marcha sobre Roma», el que necesita una nueva consolidación. Después de la operación cuenta con un capital de 175 millones y emite obligaciones garantizadas por el Estado por una suma de 100 millones595.
Pero el fascismo se guarda de nacionalizar las empresas de las que el Estado tiene la mayoría de las acciones. «Las tres cuartas partes de la economía italiana —dice Mussolini— están en manos del Estado. Si yo quisiera instaurar en Italia (lo que no es el caso) el capitalismo o el socialismo de Estado, tendría en este momento las condiciones necesarias, suficientes y objetivas para hacerlo»596. Y Bottai confirma que no se quiere, en Italia, sino todo lo contrario, «acelerar el movimiento de expropiación, empezado por la crisis»597.
Pero, cuando el descontento crece, se vuelve a hablar de «nacionalización» de la Banca. Por ejemplo, en marzo de 1936.
A pesar de que el Estado fascista tiene en su poder desde 1931 un importante porcentaje de las acciones de la Banca Comerciale, del Credito Italiano y del Banco di Roma, se contenta con denominarlos «Bancos de derecho público», en virtud de lo cual sus acciones serán nominativas y sus poseedores ciudadanos italianos. Tampoco nacionaliza el Banco de Italia, «instituto de derecho público», es decir que sus acciones deberán ser nominativas y estar en poder exclusivamente de institutos paraestatales y de los Bancos de «derecho público». Pero éstos, como hemos visto, son meros establecimientos privados. De los 15 miembros del Consejo de regencia del Banco de Italia, 12 se eligen en asamblea general, lo que permite a los magnates capitalistas, administradores de los «Bancos de derecho público» seguir siendo los amos del Instituto de emisión598.
Por entonces, se hace también mucho ruido con una supuesta intención de «nacionalización» de la industria. En marzo de 1936, Mussolini anuncia que la «gran industria que trabaja directa o indirectamente para la defensa nacional» y aquella que se ha «desarrollado hasta convertirse en capitalista o supercapitalista» —las industrias que el Estado sacó a flote en 1930-31— «se organizarán en grandes unidades (...) y revestirán un carácter especial en la órbita del Estado». Pero a continuación añade toda una serie de vaguedades que dan buena idea de la seriedad de la supuesta transformación: «¿La intervención estatal en las grandes unidades industriales será directa o indirecta? ¿Será gestión o control? En ciertos sectores podrá aplicarse una gestión directa, en otros indirecta, y en otros limitarse a un control eficaz. Puede tomar también la forma de la empresa mixta, en la que el Estado y los particulares proporcionen el capital y organicen la gestión en común»599.
En este caso, los capitalistas que han salido por la puerta vuelven a entrar por la ventana. Pues, aunque los magnates no conserven más que el 49% del capital y el Estado posea el 51%, siguen estando de hecho al frente de sus empresas. Además ¿quién es ese Estado, cuyos delegados se sientan en los Consejos de Administración junto a los capitalistas? El Estado fascista, cómplice del gran capital. No hay que tener miedo, su intervención será de lo más discreta: se limitará a invertir, hacer importantes encargos, garantizar los dividendos y asumir todos los posibles riesgos.
Daremos algunos ejemplos. En 1936, el Estado y el gran trust Montecatini suscriben juntos el capital de la Azienda Nazionale Idrogenazione Combustibili, una sociedad cuyo objeto es la fabricación de gasolina sintética. En abril del año 1937, el Instituto de Reconstrucción Industrial —es decir, el Estado— adquiere más del 50% del capital de las sociedades Ansaldo, Odero-Terni-Orlando, United Shipyards of the Adriatic600. En junio se forma bajo los auspicios del ya citado IRI, una Sociedad Financiera Siderúrgica, con un capital de 900 millones de liras, en la que participan, al mismo tiempo que el Estado, los trusts Ilva, Terni, Dalmine, etcétera601.
En Alemania
El Estado nacionalsocialista no tiene necesidad de ayudar a las empresas industriales y bancarias en dificultad, pues ya se encargaron de hacerlo los gobiernos precedentes. Pero se guarda muy bien de nacionalizar esas sociedades, de las que posee la mayoría de las acciones. Por el contrario, en cuanto puede devuelve éstas a sus antiguos poseedores. El Reich no reemplaza a la iniciativa privada, sino cuando no puede hacer otra cosa: cuando se trata de crear empresas poco rentables donde el capital privado no quiere exponerse. Como en el caso italiano, estas empresas toman la forma de sociedades de economía mixta: el Estado garantiza determinados dividendos al capital invertido y asume todos los riesgos. Así se constituyen las Hermann Goering Reichswerke für Erzbergbau und Eisenhütten, para explotar yacimientos de mineral pobre. El capital le suscriben el Reich y la gran industria, y el corresponsal de Le Temps no olvida decir que «la forma jurídica de la sociedad anónima salvaguarda los intereses de la propiedad privada»602.
La Bergwerkszeitung, órgano de la industria pesada, se sorprende de que haya quien considere la constitución de tal sociedad como una nacionalización: «El Estado —escribe— evita a la industria privada el riesgo que supone la inversión de nuevos capitales y le deja la responsabilidad de participar voluntariamente en la ejecución de nuevos proyectos importantes»603. El general Hanneken, jefe de un departamento del ministerio de la Economía, declara en el congreso de los «grupos profesionales de la industria siderúrgica», que, «en cuanto sea posible, las Goering Werke volverán a la industria privada»604.
En espera de que llegue el glorioso día de la «reprivatización» de esas empresas, el Estado nacionalsocialista y los magnates del gran capital se entienden muy bien en los consejos de administración de las sociedades de economía mixta. Un ejemplo de la interpenetración del Estado y la industria privada nos le da el consejo de supervisión de la gran sociedad Rheinmetall-Börsig, incorporada a las Goering Werke, cuya composición es la siguiente: cuatro representantes de la gran industria: Börsig, Karl Bosch (de la I. G. Farben), un representante del Deutsche Bank y otro del Dresdner Bank; un representante de la vieja aristocracia pasada al nazismo, el duque de Saxe-Coburg-Gotha; dos representantes del Estado, conocidos por sus vínculos con el mundo de los negocios: el secretario del Estado Trendelenburg y un representante del ministerio de Hacienda; un representante del ejército, el general Thomas, jefe de la sección de Economía de guerra, en el ministerio de la Guerra y, por último, dos representantes de las Goering-Werke y uno de la Reichskreditgesellschaft, establecimiento semipúblico de crédito605.
6. El Estado se convierte en el principal cliente de la industria: obras públicas de prestigio y contratas de «defensa nacional»
De todas las medidas tomadas por el Estado fascista en favor de los magnates del capital, vamos a examinar ahora las de mayor importancia, no sólo por la acción decisiva que tienen en la reanimación del mecanismo del beneficio, sino porque son las que arrastran al fascismo a la autarquía y a la «economía de guerra».
Tanto en Italia como en Alemania, los capitalistas se encuentran ante una doble carencia debida a la misma crisis: la de la clientela privada, debilitada por la pérdida del poder adquisitivo de las masas y la del ahorro, que, cruelmente decepcionado por su experiencia más reciente, se aparta de las inversiones industriales. El Estado fascista con su intervención económica, sustituye a estos dos factores, al mismo tiempo. En Italia, en 1932, el 90% de las nuevas emisiones de títulos provienen de los institutos financieros paraestatales, y sólo el 10% de sociedades privadas606. En Alemania, en 1934, el 70% de las emisiones nuevas proceden del Estado, y sólo el 30 por ciento, de la economía privada. En 1935, «la formación de capitales en la economía privada sigue estando muy por debajo de las necesidades»607. En algunos casos, el nacionalsocialismo incita a aquellas empresas especialmente favorecidas por sus contratas a autofinanciarse. Por ejemplo, los beneficios de Krupp, que se elevan en 1935 a los 10 millones de marcos, se reinvierten totalmente en la empresa608.
Los encargos del Estado son de dos clases: grandes obras públicas de prestigio, generalmente poco rentables, y los encargos y obras para la «defensa nacional». No es fácil trazar en muchos casos una línea divisoria entre estas dos actividades; la segunda entra en escena cuando la primera no basta para reanimar la economía, y a medida que se intensifica tiende a desplazarla por completo. Además, muchas de las obras públicas pueden considerarse de gran utilidad para la «defensa nacional» sobre todo las de los transportes por carretera y ferrocarril.
a) Grandes obras públicas
En Italia
El fascismo italiano invierte entre octubre de 1922 y junio de 1934 43.000 millones de liras en obras públicas (sin contar con la mejora de los ferrocarriles), de las que más de 28.000 millones se pagaron efectivamente609. La mayoría de estos gastos son improductivos y el Estado invierte a fondo perdido: el déficit de los ferrocarriles es crónico (por ejemplo, 900 millones de liras en abril de 1935), pero se construyen constantemente nuevas líneas. El comercio exterior declina, pero se invierten grandes sumas en la mejora de puertos como Génova, Trieste, Venecia o para construir enormes transatlánticos de lujo. La circulación automóvil es reducida (cinco veces menor que la francesa), pero se emplean millones en la construcción de autopistas, cuyos elevados peajes alejan de ellas a la mayoría de los posibles usuarios (544 kilómetros construidos hasta el 30 de junio de 1934). Mussolini se da cuenta de que las autopistas no son más que una «grandiosa anticipación»610. El Estado fascista entierra enormes sumas en proyectos como el «embellecimiento de la Ciudad Eterna» (que cuesta 500 millones de liras), la construcción del ministerio del Aire, etcétera. Un fascista confiesa en un folleto de propaganda que el rendimiento económico de las enormes sumas invertidas «sólo será sensible en un futuro lejano»611. Pero por el momento, esas grandes obras permiten a algunos magnates, a algunos vendedores de acero y cemento, edificar enormes fortunas.
Sin embargo, lentamente los armamentos van sustituyendo a las obras públicas. Y en febrero de 1936, el jefe de la Confederación fascista de los obreros de la industria, Tullio Cianetti, declara a Le Matin: «Por razones de economía, el gobierno ha suspendido la mayor parte de las obras públicas en curso»612.
En Alemania
Nada más tomar el poder, los nacionalsocialistas se lanzan a ejecutar un vasto programa de obras públicas «no rentables», según la expresión de su mismo diario, el Völkischer Beobachter. El 1 de mayo de 1933, Hitler inaugura la primera «batalla del trabajo». Y el 1 de junio se promulga la ley sobre la «creación de trabajo», por la que el Reich concede a los «países» (länder) a los municipios y otras instituciones de derecho público, créditos sin interés y, en muchos casos, a fondo perdido, para realizar grandes obras públicas «auxiliares». Se prevé para estos fines una suma total de 1.000 millones de marcos repartida en cinco años fiscales.
El 21 de marzo de 1934, Hitler inaugura la segunda «batalla del trabajo» y anuncia que se van a invertir otros 1.000 millones de marcos en obras públicas. En esa misma época, el Reich emprende la construcción de una red de 7.000 kilómetros de autopistas, cuyo precio de costo se calcula en medio millón de marcos por kilómetro.
En diciembre de 1937 están ya terminados 2.000 kilómetros y Hitler anuncia: «Cada año haremos un millar de kilómetros más»613.
A pesar del déficit de los ferrocarriles alemanes (500 millones de marcos en 1935), se construyen nuevas vías férreas, por un importe total de 1.000 millones de marcos614; la crisis paraliza la navegación fluvial, lo que no impide destinar 28 millones de marcos a construir una esclusa de ascensores en el canal que une el Elba con el Oder615. Por último, el Estado nacionalsocialista entierra millones y millones en construcciones, como los nuevos edificios del partido, en Múnich, el estadio «de los congresos del partido», en Núremberg; el gigantesco ministerio del Aire, en Berlín, con 2.500 habitaciones, etcétera. El Estado acumula las deudas mientras algunos magnates del hierro y del cemento ganan fortunas enormes.
Pero poco a poco los gastos de armamento van sustituyendo a los de obras públicas. Ya el 13 de junio de 1934, el ministro de Hacienda declara en el Herrenklub, de Leipzig: «En el futuro no emprenderemos más (...) trabajos “auxiliares” para luchar contra el paro». El Dr. Schacht, dictador de la Economía, se opone enérgicamente a que siga subvencionándose la construcción de obras públicas a fondo perdido, y, pese a la oposición de los plebeyos nazis, especialmente del Dr. Ley, impide que se inaugure en la primavera de 1935 la tercera «batalla del trabajo»616.
b) Encargos y trabajos de «defensa nacional»
En Italia
En cuanto llega al poder, el fascismo italiano hace importantes encargos de armamento a la industria pesada. Durante siete u ocho años ha gastado «la bagatela de 5.000 a 6.000 millones de liras anuales para dotar al país de un ejército, una marina de guerra y una aviación que no guardan relación alguna con las necesidades de defensa nacional»617. Pero es, sobre todo, a partir de 1934 cuando se acelera la cadencia de la producción de armamentos: el índice de la producción industrial, que era de 75 en el año 1934 (sobre 100 en 1928), llega a 105 en abril de 1935. Pero este aumento se concentra casi exclusivamente en la industria pesada. «Las que más se han desarrollado han sido las industrias susceptibles de trabajar para el ejército»618. El costo de la guerra de Etiopía, según los más moderados cálculos, por ejemplo, los del profesor fascista Arias, es de unos 30.000 millones de liras, repartidos en los ejercicios 1934-35, 1935-36 y 1936-37619. El ministro de Hacienda, Thaon di Revel, confiesa en uno de sus discursos en la Cámara620, que entre el 1 de julio de 1934 y el día 31 de marzo de 1938 el Gobierno ha destinado 36.000 millones de liras a «gastos extraordinarios», y que calcula que para el ejercicio 1938-39 se necesitarán 12.000 millones más. Evidentemente, la mayor parte de estas sumas se gasta en material de guerra, es decir, que va a parar a la gran industria.
En Alemania
El nacionalsocialismo, al llegar al poder incrementa considerablemente los gastos de rearme. Mientras las industrias productoras de bienes de consumo siguen en pleno marasmo, la industria pesada trabaja a pleno rendimiento. Por ejemplo, Krupp tiene que volver a poner en servicio en el invierno de 1935 tres altos hornos, que estaban apagados desde 1931. El 1 de mayo de 1935 declara a su personal que los altos hornos, convertidores, trenes de laminado y talleres de construcción mecánica están trabajando hasta el límite máximo de su capacidad621.
Una revista inglesa, The Banker, calcula que los gastos en armamento del ejercicio 1933-34 al de 1936-37 sumarán más de 30.000 millones de marcos622. El secretario de Estado de Hacienda, Reinhardt, declara públicamente que la «recuperación económica de Alemania» la ha endeudado por un total de 40.000 millones de marcos623.
Los magnates de la industria pesada obtienen enormes beneficios. «Se edifican nuevas fortunas, corre el marco, vuelve el lujo»624. «El rearme ha puesto a la Economía al servicio del Estado en una proporción gigantesca —escribe el Völkischer Beobachter—. El aprovisionamiento del ejército es una bendición para la Economía»625.
7. ¿De dónde viene el dinero? Peligros de la inflación. El Estado paga con «promesas de pago» de vencimientos escalonados. Al llegar el vencimiento, soluciona el problema contrayendo empréstitos a largo plazo: gracias al control que ejerce sobre las Cajas de Ahorro y los Bancos, puede movilizar las economías de los pequeños rentistas. Recurre, finalmente, al impuesto
¿De dónde saca el Estado fascista las enormes sumas que le permiten convertirse en el principal cliente de la industria pesada, financiar las grandes obras públicas de prestigio y las contratas de armamento? ¿De dónde saca el dinero que va a parar a los bolsillos de los magnates capitalistas?
El fascismo utiliza algunas viejas artimañas. No hace sino lo que ya hicieron los gobiernos de los países beligerantes entre 1914 y 1918. Emite papel y deprecia la moneda nacional a costa de todos los que viven de ingresos fijos: rentistas, titulares de cuentas de ahorro, retirados, funcionarios, etcétera, y a costa también de la clase obrera, cuyos salarios se encuentran congelados o no siguen sino de lejos el alza del costo de la vida.
Pero tiene buen cuidado de enmascarar esta inflación. Después de la primera guerra mundial, las técnicas financieras se han perfeccionado, y el fascismo no olvida las graves consecuencias sociales de la inflación abierta, que en Alemania, en 1923, estuvo a punto de llevar a las desesperadas clases medias a unirse con el proletariado. Sería demasiado peligroso utilizar sin miramientos las máquinas de imprimir billetes. Por eso, Mussolini, a medida que va agravando el endeudamiento del Estado, se proclama «deflacionista», y los dirigentes del Tercer Reich rechazan horrorizados cualquier alusión a la posible inflación. El Dr. Dreyse, vicepresidente del Reichsbank, explica: «El nacionalsocialismo no puede repetir el engaño que fue, hace diez años, la inflación, engaño del que fueron víctimas los ciudadanos más confiados, y, en especial, la masa de funcionarios, trabajadores, empleados, modestos rentistas, etcétera. Repitiendo este engaño abriría el camino al comunismo»626. En abril de 1933, el Dr. Schacht declara: «La política del Reichsbank no tiene más que un solo objetivo: mantener la estabilidad del marco».
Por eso, los enormes gastos del Estado fascista no deben aparecer en el presupuesto oficial. En Italia, éste se presenta en equilibrio, o incluso con un excedente, pero según los cálculos del profesor fascista Arias, el déficit real es de más de 12.000 millones de liras en el ejercicio 1935-1936, y de más de 16.000 millones de liras en el de 1936-1937627. En Alemania, los gastos del rearme no aparecen en ningún sitio, pues para evitarse quebraderos de cabeza, los nazis dejan de publicar los presupuestos del Estado a partir del ejercicio 1934-1935.
Tampoco se traducen los gastos del fascismo, en un incremento importante de la circulación monetaria. Aunque ésta aumenta, no lo hace en la proporción en que crecen los gastos. En Italia aumenta de 13.000 millones de liras el 31 de diciembre de 1934 a 15.500 millones el 30 de abril de 1937. En Alemania pasa de 5.500 millones de marcos en junio de 1933, a 8.000 millones a fines de septiembre de 1938.
En lugar de recurrir al aumento vertiginoso de los billetes de banco, lo que se aumentan son las letras comerciales y los bonos a corto plazo.
En Italia
El Estado fascista emite bonos del Tesoro, con vencimiento de un año generalmente. Su monto global es de 10.500 millones de liras en 1934. También tiene la costumbre de pagar sus encargos con «promesas de pago», a plazos diversos, que descuentan los bancos a sus acreedores.
El informe de la comisión de presupuestos del año 1933 reconoce: «El saneamiento del presupuesto se ha visto retrasado por la inscripción de importantes gastos de pago diferido; el Estado paga a plazos, empleando uno de los inventos del espíritu inflacionista norteamericano».
En Alemania
El rearme alemán se financia principalmente por medio de letras llamadas de «creación de trabajo», con vencimiento a seis meses, pero renovable. El Estado paga con esas letras a los industriales, que las presentan en el banco para que se las descuenten. El monto global de estos documentos de créditos es difícil de calcular, pero en el año 1938 debe oscilar entre 20.000 y 30.000 millones de marcos.
El sistema tiene, entre otras ventajas, un mínimo de publicidad, pero presenta también serios inconvenientes. Puede llegar un día en que los bancos, saturados de ese papel, no puedan cumplir sus obligaciones y el Reichsbank se vea obligado a redescontarles las letras en cartera: en ese caso, la circulación monetaria se vería de pronto duplicada o triplicada. Que esto es algo más que una hipótesis lo demuestra una memoria que los industriales del Ruhr entregaron en junio de 1937 al canciller Hitler628.
Para guardarse contra este peligro, el gobierno del Reich renunció, a partir del 1 de abril de 1938, a este sistema, sustituyendo las letras de «creación de trabajo» por nuevos bonos del Tesoro, llamados «bonos de entrega». Estos se emiten por un plazo de seis meses solamente y no pueden redescontarse en el Reichsbank; su emisión queda estrictamente limitada al total que pueden cubrir los fondos presupuestarios «normales», y ese total se da a conocer públicamente. En agosto de 1938, esos bonos suman ya 3.000 millones de marcos629.
Pero al vencimiento de estos títulos, el Estado tiene que pagar. Cuantas más letras o bonos emite, más peligroso se convierte el vencimiento y aumenta el riesgo de verse obligado a imprimir vulgar papel moneda, con lo que la inflación fiduciaria —oculta— se transformaría en inflación monetaria. Por eso, el Estado fascista trata de «consolidar» estas deudas flotantes, convirtiéndolas en deuda a largo plazo, es decir, de cargar el fardo sobre el futuro. El único medio de conseguirlo es el empréstito obligatorio.
Para obligar a los particulares a adquirir este papel a largo plazo, el Estado fascista ejerce un severo control sobre todos los organismos financieros que captan el ahorro: cajas de ahorro, institutos semipúblicos diversos y bancos. Tanto en Italia como en Alemania, el objetivo proclamado de este control es la «protección del ahorro». El Estado dice preocuparse porque los establecimientos financieros conserven las liquideces suficientes para poder hacer frente a sus compromisos. Pero su verdadera intención es muy otra. La vigilancia que ejerce sobre todas las instituciones de ahorro le permite tener a su disposición los depósitos de éstas. Luego, el Estado fascista obliga a los depositantes a transformar sus economías, sus fondos disponibles en papel del Estado, cuya renta pierde lentamente su poder de compra con el aumento del costo de la vida y cuyo capital corre peligro de desaparecer completamente en caso de bancarrota o crisis monetaria.
El gran capital escapa a todos estos riesgos, pues los magnates de la industria pesada disimulan en sus balances enormes beneficios de las contratas de guerra, y se apresuran a convertirlos en «valores reales» por la autofinanciación de sus empresas y destinándolos a crear nuevos medios de producción.
En Italia
Por la ley del 10 de febrero de 1927, las cajas de ahorro, que disponían de sumas considerables (34.000 millones de liras aproximadamente en 1934) se reorganizan, unifican y agrupan en federaciones provinciales y regionales, colocadas bajo la tutela del Estado. Este interviene además en la administración de los Institutos llamados autónomos, como el Instituto Nacional de Seguros, el de Seguros contra accidentes de trabajo, etcétera. Los decretos-leyes del 7 de septiembre y del 6 de noviembre del año 1926 obligan a los bancos no sólo a comunicar al Banco de Italia sus balances mensuales y anuales, sino a someterse a las inspecciones de éste. El ministro de Hacienda puede retirar su licencia a los establecimientos que intenten escapar a su control.
A finales de 1935, se dictan medidas restringiendo los reembolsos en las cajas de ahorro. En marzo de 1936, la necesidad de procurarse de cualquier modo capitales para la guerra de Etiopía conduce a un nuevo endurecimiento del control impuesto a los establecimientos de crédito, creándose una «inspección para la defensa del ahorro y el ejercicio del crédito»; todos los establecimientos que recogen el ahorro y distribuyen el crédito quedan sometidos a esta inspección, a la que deben comunicar sus balances630. Este sistema permite transformar todos los depósitos en empréstito forzado.
Los más perjudicados son los titulares de cuentas o cartillas de ahorro y los propietarios inmobiliarios, pero la industria pesada escapa fácilmente, aunque un decreto de agosto de 1935 exija a todas las sociedades cuyos beneficios pasen del 6% de su capital invertir esa plusvalía en valores del Estado (un decreto del 20 de octubre de 1937 elevó el porcentaje de beneficio máximo del 6 al 8%). Pero los trusts se guardan de distribuir sus enormes beneficios, para escapar a la obligación de convertirles en papel del Estado.
En Alemania
«Todas las posibilidades de ahorro del pueblo alemán deben ponerse al servicio del rearme», declara el ministro de Hacienda, Schwerin von Krosigk631. Las cajas de ahorro que custodian sumas enormes (13.000 millones de marcos aproximadamente) quedan colocadas por la ley del día 5 de diciembre de 1934, bajo el control del Estado, vigiladas por la «oficina de servicio de control de los institutos de crédito», dependiente del Reichsbank, que puede hacer toda clase de investigaciones en sus libros. Este organismo aconseja a las cajas cómo deben colocar los fondos que administran632. También se adoptan medidas para impedir que los titulares de cuentas y cartillas de ahorro retiren sumas demasiado importantes.
El Estado interviene también en la administración de los llamados institutos autónomos, como las cajas nacionales de seguros de enfermedad, de seguro de paro, etcétera.
En cuanto a los bancos, cuyos depósitos se elevan a unos 2.000 millones de marcos, quedan obligados también por la ley citada a la vigilancia estatal. No sólo deben comunicar sus balances a la «oficina de control», sino someterse a cualquier inspección o verificación que ésta desee. El Estado vigila las cuentas de los particulares, y se opone en caso necesario a una retirada de fondos, asegurándose de que todas las disponibilidades se conviertan en papel del Estado633. El comisario del Reich para la Banca puede cerrar cualquier establecimiento financiero que se niegue a cumplir estas prescripciones.
Estas medidas transforman profundamente el carácter de la Banca alemana. «En vez de desempeñar, como antaño —dice el diario Information— un papel decisivo en la distribución del crédito a la economía privada, se han convertido [los bancos alemanes] en verdaderos holdings de valores del Estado y en organismos destinados en primer lugar a facilitar la tesorería de los poderes públicos»634.
El sistema permite al Estado utilizar el ahorro de todos los alemanes. Siempre que el Reich necesita préstamos para amortizar su deuda a corto plazo, utiliza los fondos de las Cajas de Ahorro de los institutos semipúblicos y de los grandes Bancos comerciales. El Reich, de esta forma, hipoteca su futuro. Se calcula que los intereses y amortizaciones de estos empréstitos, que representaban en el año 1936 unos 158 millones de marcos, podrán llegar en el año 1944 a 1.220 millones635.
Mientras los depósitos de ahorro modestos y medianos se movilizan al servicio del Tercer Reich y los establecimientos de ahorro se ven obligados a acumular un papel cuyo valor es puramente nominal, la gran industria transforma sus enormes beneficios en valores reales. Aunque la ley del 4 de diciembre de 1934 —prolongada por tres años en 1937— obliga a las sociedades a depositar en una cuenta especial en el Golddiskontbank todos los beneficios que rebasen el 6 ó el 8%, según los casos, del capital invertido, para su posterior conversión en valores del Estado, los magnates de la industria consiguen fácilmente ocultar sus beneficios y burlar la ley. Instalaciones que debieran amortizarse normalmente en diez o quince años, lo son en dos o tres. En cuatro años la industria de Renania-Westfalia consigue «amortizar» de esta forma más de la mitad de su capital declarado. Sólo en el año 1937, la amortización de maquinaria de la I. G. Farben se eleva al 28% de su valor total, y el del trust Rheinmetall-Börsig, al 27% de todo su activo declarado. La industria pesada no es tan ingenua como para invertir en papel que puede perder todo su valor en una noche sus inmensos beneficios; prefiere comprar con ellos nuevas máquinas, que, aunque se deprecien, siempre valdrán más636. Nada tiene de extraño que, pese a la ley del 4 de diciembre de 1934, la cuenta especial del Golddiskontbank no recibiera en el ejercicio 1935-1936 sino 30 millones de marcos, de los que 12 millones fueron depositados por el Reichsbank637.
Pero la emisión de obligaciones a largo plazo tiene sus límites: el ahorro disponible cada año no es inagotable. Para reembolsar su deuda a corto plazo, el Estado fascista tiene que recurrir no sólo al empréstito forzoso, sino a aumentar las contribuciones. La masa de la población, tanto en Italia como en Alemania, está ya abrumada de impuestos, y no se puede seguir sin peligro por ese camino. Por eso, el Estado fascista, que siempre había procurado aliviar los impuestos a los magnates, se ve obligado, pese a sus buenas intenciones, hacia ellos, a cambiar de política. Los magnates de la industria pesada resultan los mejor tratados, pues el Estado fascista tiene que permitirles, para su política de rearme y de autarquía, importantes amortizaciones y autofinanciación, pero, por otra parte, la necesidad de alimentar su tesorería le lleva a incrementar la vigilancia para que las sociedades no defrauden al fisco. Cogido en esta contradicción, el Estado fascista duda en imponer a la industria pesada el control draconiano que podría hacer rendir al máximo el impuesto sobre el beneficio de las sociedades638.
En Italia
Un decreto-ley de octubre de 1937 impone una contribución excepcional del 10% al capital declarado y a las reservas de las sociedades comerciales (impuesto que se reduce al 2,5% en el caso de que tales sociedades presenten un balance deficitario en sus tres últimos ejercicios, y al 5% si sólo el último balance es deficitario). El impuesto se paga en 15 cuotas, entre el 10 de marzo de 1938 y el 10 de junio de 1940, pero hay numerosas exenciones y reducciones: la mitad del impuesto puede pagarse con acciones de la sociedad, las sociedades interesadas pueden revalorizar sus activos (teniendo en cuenta la desvalorización de la lira) y distribuir sus reservas en ciertas condiciones. Este impuesto proporcionó entre 3.000 y 6.000 millones de liras.
En Alemania
En septiembre de 1936, el impuesto sobre la renta de todas aquellas sociedades con beneficios de más de cien mil marcos, que era del 20%, se elevó al 30%. El 30 de junio de 1938, volvió a elevarse al 35%, y al 40% para 1940. Este impuesto produjo 1.553 millones de marcos en 1937.
En agosto de 1938 se instituyó un nuevo impuesto, llamado Wehrsteuer (impuesto para la defensa nacional), equivalente al 3% del impuesto sobre la renta639. Casi todos los informes anuales de las sociedades, a primeros de 1938, se quejaban del aumento de los impuestos640. El producto total de aquéllos, para el ejercicio de 1937-38 era de 14.000 millones de marcos, el doble de la cifra correspondiente al ejercicio 1933-34. Los gravámenes fiscales, que en el ejercicio 1928-29 no pasaban del 18,4 por ciento de la renta nacional llegaron a ser en 1937 el 28,6% de la misma. Pero es el gran capital el que sale mejor parado, teniendo en cuenta sus enormes beneficios.
8. El Estado aísla la moneda nacional
Estos expedientes, tan variados como temerarios e ingeniosos, no pueden impedir indefinidamente la triunfal reacción de las viejas leyes de la economía política. Poco a poco se ve que la inflación oculta produce los mismos efectos que la inflación declarada: el poder de compra de la moneda baja vertiginosamente. El fascismo se esfuerza en frenar y disimular esta depreciación monetaria, en conservar el mayor tiempo posible el valor artificial de su divisa. En gran parte lo consigue por el terror y el secreto, en el interior del país, pero estas medidas no tienen ningún efecto fuera de sus fronteras, y es entonces cuando se ve obligado a recurrir a un nuevo expediente: aislar la moneda nacional.
En Italia
A partir de 1934, la depreciación real de la moneda se manifiesta por la fuga de capitales al extranjero, y correlativamente por las salidas de oro, que reducen el encaje metálico del Banco de Italia. De 7.105 millones de liras en febrero de 1934 (en vez de 12.106 millones de liras el 1 de enero de 1928), el encaje oro cae a 3.394 millones el 31 de diciembre de 1935.
A fin de preservar el valor ficticio de la lira, el fascismo se ve obligado a rodearla de una muralla china. Prohíbe por medidas radicales el éxodo de capitales. Por dos decretos leyes del 27 de mayo de 1934, instituye un control riguroso sobre los títulos extranjeros en posesión de los italianos, al mismo tiempo prohíben toda clase de operaciones de cambio de divisas, salvo las que hagan frente a las necesidades comerciales, así como la exportación de billetes de banco y de cheques italianos. Un decreto del 8 de diciembre refuerza estas medidas, subordinando la exportación de mercancías a la cesión previa al Estado de todas las divisas obtenidas como pago de dichas exportaciones. Todos los bancos, sociedades, empresas y particulares quedan obligados a declarar y a poner a la disposición de un «Instituto Nacional de Cambios», es decir, del Gobierno, todos sus créditos en el extranjero. Todos los súbditos italianos deben declarar, antes del 31 de diciembre, los haberes que poseen en bancos o empresas situadas fuera de Italia. En mayo de 1935, todo poseedor italiano de títulos extranjeros o italianos emitidos en el extranjero queda obligado a depositarlos en el Banco de Italia. El 28 de agosto se decide que todos los créditos extranjeros a favor de súbditos italianos serán adquiridos por el Instituto Nacional de Cambios y pagados en liras. Todos los títulos extranjeros en posesión de italianos serán adquiridos por el mismo Instituto y pagados con bonos del Tesoro al 5% y vencimiento en 9 años. Por el decreto del 8 de octubre queda prohibido sacar de Italia más de 2.000 liras.
Pero todas estas medidas draconianas no evitan la depreciación de la lira en el interior. El 5 de octubre de 1936, Mussolini, que en tiempos de la estabilización de 1927 había jurado defender la lira «hasta la última gota de su sangre», decide una desvalorización del 41% sobre el valor de la lira en aquel año. Pero ni esa operación quirúrgica consigue salvar la moneda italiana, que sigue perdiendo valor.
En Alemania
A partir de 1934, la depreciación real de la moneda alemana se manifiesta también por el éxodo de capitales y las salidas de oro consecutivas, que reducen la relación oro/billetes de un 20% a finales de 1932 al 1,5% el día 31 de diciembre de 1934.
Para cortar la «hemorragia» del oro, el Gobierno nacionalsocialista se ve obligado a impedir con medidas radicales el éxodo de capitales. Empieza por suspender parcialmente primero y completamente después el pago de los intereses de la deuda comercial exterior. A partir del 1 de julio de 1934 decreta una moratoria sobre todas las transferencias debidas a deudas comerciales, incluyendo las de los empréstitos Dawes y Young641; el 1 de julio de 1935 renueva dicha moratoria. Un decreto del 2 de octubre de 1934 prohíbe a todo viajero alemán que vaya al extranjero sacar del país una suma superior a 10 marcos. Finalmente se publica el célebre decreto terrorista del 1 de diciembre del año 1936: «Cualquier persona bajo jurisdicción alemana que envíe su fortuna al extranjero deliberadamente, por vil interés o cualquier otro bajo motivo, o infrinja las prescripciones legales, causando así un grave daño a la economía alemana, puede ser condenado a muerte. Su fortuna será confiscada.»
Tras de este decreto viene otro, de 15 de diciembre, por el que se concede a los culpables una amnistía, que expira el 31 de enero de 1937, para repatriar los capitales exportados.
Pero todas estas medidas extraordinarias no pueden impedir, pese a la congelación de los precios, que el valor adquisitivo del marco baje constantemente. En junio del año 1937, en su memoria a Hitler642, los industriales del Ruhr calculan dicha depreciación en un 40%, pero en realidad debe llegar al 50%.
Los dirigentes alemanes no se atreven a seguir el ejemplo de los italianos y resignarse a una desvalorización. A causa de las terribles experiencias del pasado, temen los efectos psicológicos de tal medida. En 1937, el Dr. Schacht presenta orgullosamente el marco como la «única moneda de un gran país que no ha sido desvalorizada»643. También es cierto que, como dicen los industriales del Ruhr en su memoria, los efectos de una desvalorización no serían duraderos. Mientras el Reich siga consagrando sumas enormes al rearme, el marco seguirá amenazado, con o sin desvalorización.
9. La economía nacional en circuito cerrado
Una medida lleva a otra. El fascismo va a verse obligado a aislar del exterior no sólo su moneda nacional, sino el conjunto de la economía nacional. Prohibir la exportación de capitales no basta. Hay que evitar cualquier salida de oro que no esté justificada por una necesidad urgente de importaciones. Sólo se autorizan las importaciones de materias primas para las industrias de armamento, que no se producen en el territorio nacional, o las de mercancías compensadas con exportaciones equivalentes. Este sistema exige un control severo del Estado sobre el comercio exterior. Y como hay que sustituir las mercancías, cuya importación está prohibida por productos nacionales, el Estado crea artificialmente, en vasta escala y con grandes gastos, una industria de «sucedáneos».
El fascismo emprende así sin haberlo buscado el camino de la autarquía, no de aquella autarquía utópica, que prometía antes de llegar al poder, capaz de «asegurar la satisfacción de las necesidades de cada miembro de la comunidad» y «la primacía del Trabajo sobre el Dinero», sino de un verdadero régimen de bloqueo, cuyas consecuencias son la penuria de artículos de primera necesidad para las masas y una tendencia al alza de todo lo que escasea, que se trata de frenar por un control draconiano de los precios.
En Italia
En 1934, el déficit de la balanza comercial es de 2.500 millones de liras, y las exportaciones de oro alarmantes. A partir de 1935, todo el comercio exterior se subordina a las necesidades militares, pues es necesario que «en caso de guerra, la nación disponga de los medios indispensables para conseguir la victoria»644. Un decreto del 18 de febrero de 1935 exige para cualquier importación de un producto extranjero la posesión de una licencia. Mientras los importadores de productos necesarios para la industria bélica consiguen sin dificultad estas licencias, los demás tienen que conseguir de un exportador la licencia de importación, que se le entrega a éste a cambio de la exportación efectuada.
El fascismo denuncia los acuerdos comerciales concluidos con los países extranjeros sobre la base de la «cláusula de la nación más favorecida», sustituyéndoles por el sistema de los «intercambios compensados», es decir, que trata de no comprar a cada país más de lo que le vende.
A partir del 1 de agosto, el Estado se atribuye el monopolio de las compras al extranjero de diversas materias primas: carbón, cobre, estaño, hierro, níquel, algodón, lana, carburantes, etcétera. A primeros de 1936 se crea un subsecretariado de Estado para el comercio con el extranjero, encargado en especial de mantener la disciplina de las importaciones y exportaciones.
El 2 de marzo de 1937, el Gran Consejo fascista decide «la máxima realización de la autarquía en lo concerniente a las necesidades militares y el sacrificio total, si es necesario, de las necesidades civiles a las militares». En junio, el consejo de administración de la Sociedad Financiera Siderúrgica, que acaba de constituirse, recibe este telegrama de Mussolini: «Si hay (...) un sector del que haya que esperar la máxima autarquía, ese es el sector del hierro»645. El 11 de octubre, el Comité corporativo central, reunido en Roma, se constituye en «Comisión suprema de la autarquía», con el fin declarado de «coordinar, controlar y estimular todas las actividades (...), con el objetivo de realizar la autarquía»646.
Pero esta autarquía cuesta muy cara. Es necesario crear una industria de sucedáneos que se mantiene gracias a las participaciones y subvenciones del Estado y a que éste garantiza los dividendos. Así ocurre, por ejemplo, con la Azienda Nazionale Idrogenazione Combustibili, sociedad creada para producir un carburante nacional sintético, a cuyos accionistas se garantiza un interés del 6 al 8%. Se construyen tres fábricas muy costosas para explotar los esquistos bituminosos albaneses, los lignitos de Toscana, los esquistos bituminosos y asfálticos de Sicilia y extraer de ellos el precioso combustible líquido.
Pero la autarquía no puede hacer que Italia, país pobre en materias primas, deje de necesitar al resto del mundo.
En 1938 no produce sino el 10% del carbón que necesita, y se calcula que, en el mejor de los casos, jamás llegará a satisfacer más de la tercera parte de sus necesidades. En cuanto a la siderurgia, está a merced de las potencias occidentales que le proporcionan el 50% de las materias primas necesarias. El mismo Mussolini tiene que confesarlo647. Sabe perfectamente que su país no tiene los medios para sostener una guerra. Durante el primer semestre de 1937, Italia tiene que importar 1.300.000 toneladas de productos petrolíferos. En 1938, su déficit de trigo oscila entre los 10 y 20 millones de quintales. En 1937, la balanza comercial acusa un déficit de 6.000 millones de liras, es decir, mucho más que todos los años precedentes.
El hecho mismo de que, a pesar de la autarquía, las importaciones sigan siendo elevadas obliga al fascismo a estimular por todos los medios las exportaciones. Comentando en la Cámara el déficit de la balanza comercial, el ministro Guarneri declara que las importaciones han quedado reducidas al mínimo. No se puede hacer gran cosa con ellas para restablecer el equilibrio de la balanza comercial. La única solución es exportar. El ministro termina dramatizando la necesidad absoluta de conquistar nuevos mercados: «Exportar o desaparecer»648. Pero las facilidades que se dan a los exportadores inciden cruelmente sobre el consumo interior. Las importaciones de aquellas materias primas necesarias para fabricar los productos exportables vienen inmediatamente después de las que requiere la industria bélica, quedando al final los productos necesarios al consumo interno. Todo exportador tiene que entregar al Estado el 75% de las divisas extranjeras recibidas en pago de sus ventas, pudiendo destinar el 25% restante a importar materias primas destinadas a la reexportación, incorporadas en productos manufacturados. El consumidor interior queda en último lugar.
Estos son los límites y los inconvenientes de la autarquía, que además no es ninguna panacea para los jefes fascistas, sino un mal menor. «El jefe del gobierno italiano —escribe el corresponsal de Le Temps en Roma— no juzga el problema desde un punto de vista doctrinario»649. Se contentaría con el «mínimo de autarquía indispensable».
Mientras tanto, las masas populares son las que pagan la experiencia. El resultado de ésta es la penuria y, a pesar de un control dictatorial de los precios, la tendencia al encarecimiento de los productos de primera necesidad destinados al consumo interior. El único recurso del consumidor es apretarse el cinturón.
En Alemania
En 1934, el déficit de la balanza comercial alemana alcanza los 285 millones de marcos. Todo el comercio exterior está subordinado a las necesidades del rearme. «El ministerio de la Economía no duda en importar metales y materias primas destinados únicamente a las fabricaciones militares, pero restringe las importaciones necesarias a la alimentación nacional»650. A partir de 1934, el gobierno del Reich empieza a reducir la cantidad de divisas extranjeras de las que pueden disponer los importadores alemanes. La ley del 23 de marzo de 1934 decide la creación, por cada categoría de productos importados, de una oficina de control encargada de conceder o de rehusar, según los casos, las licencias de importación. Se crean sucesivamente oficinas de control para el algodón, la lana y el cáñamo, los metales no ferrosos, el caucho, el cobre. El 11 de septiembre, el Dr. Schacht decide elevar a 25 el número de «oficinas de control», de tal modo que todos los productos importados estén sometidos a la vigilancia gubernamental. Ninguna importación puede llevarse a cabo sin que previamente la oficina de control correspondiente haya dado una autorización de adquisición de divisas. Las importaciones autorizadas (salvo cuando se trata de materias primas necesarias a la «defensa nacional») son proporcionales a las entradas de divisas producidas por la exportación.
El 26 de agosto de 1934, el Dr. Schacht anuncia que todos los acuerdos comerciales firmados por Alemania quedan anulados —o deberán adaptarse a las nuevas circunstancias después de una negociación— y que el comercio exterior responderá en el futuro a una nueva orientación: Alemania sólo comprará a aquellos países que compren mercancías alemanas. El 27 de abril de 1936, Goering, el hombre fuerte del régimen, se convierte en la autoridad suprema sobre todo lo referente al aprovisionamiento de materias primas y cuestiones de divisas extranjeras. En el congreso de Nuremberg, en septiembre de 1936, Hitler anuncia un «plan de cuatro años» destinado a convertir a Alemania en un país que no necesite ningún producto de otra parte del mundo, y en octubre, Goering se convierte en el dictador del «plan de los cuatro años». Puede ya, a partir de esta fecha, dar órdenes a todas las autoridades del país, incluidas las supremas autoridades del Reich, y a todos los órganos del partido651. A fines de noviembre de 1937, después de abandonar el Dr. Schacht el ministerio de la Economía nacional, la administración del «plan de los cuatro años» le absorbe.
La realización del plan requiere unas inversiones de 6.000 a 8.000 millones de marcos652. La rentabilidad no cuenta. Como dicen los industriales del Ruhr en su memoria a Hitler, no sin cierta ironía quizá: «El Estado no ha proyectado el plan de materias primas desde el punto de vista del costo de producción. Lo que le parece decisivo, para remediar la escasez peligrosa de materias primas, es la cuestión puramente cuantitativa»653. Es cierto que el Reich no retrocede ante ningún sacrificio. Por todos los medios, participaciones financieras, subvenciones, exoneraciones fiscales, garantías de precios y dividendos, promesas de contratas y encargos, etc., trata de impulsar la fabricación de sucedáneos. Por ejemplo, garantiza a la Braunkohlen Benzin A. G., que fabrica gasolina sintética a partir del lignito, la amortización de las instalaciones en diez años y un interés del 5% sobre el capital invertido654. Se construyen once fábricas para producir gasolina a partir del lignito o de la hulla. El Reich proporciona la mayor parte del capital de las Hermann Goering Reichswerke für Erzbergbau und Eisenhütten, creadas en julio de 1937 para tratar el mineral de hierro pobre.
Pero este enorme esfuerzo encuentra un obstáculo muy serio: el de los precios de costo. La mayoría de los productos sintéticos resultan a un precio mucho más elevado que los naturales, lo que hace ruinosa la sustitución de éstos en tiempo de paz. Por ejemplo, el precio mínimo de la gasolina sintética de la fábrica de Leuna era, a principios de 1936, de 140 francos el hectolitro, según el general Serrigny, mientras que un hectolitro de gasolina de petróleo costaba en la misma época 22 francos en el puerto de Hamburgo655. Aun admitiendo que más adelante se lograra abaratar el precio de la gasolina sintética, debió de subsistir una gran diferencia. «Si la diferencia de precios sigue siendo lo que es hoy, es decir, muy considerable —escribe el corresponsal de Le Temps en Alemania—, no se fabricarán sino unos cuantos productos nuevos. Pero las fábricas se reorganizarán de modo que se pueda incrementar rápidamente la producción en tiempo de guerra»656.
Esos esfuerzos febriles, esos gastos gigantescos, no consiguen, sin embargo, liberar del «yugo del extranjero» a un país cuya industria es esencialmente transformadora y que es pobre en materias primas. El coronel Thomas, jefe del departamento de la Economía de guerra en el ministerio de la Guerra, confiesa en una conferencia: «Ni la explotación a fondo de todas nuestras riquezas nacionales, incluidos los Ersatz y las sustancias sintéticas, ni las restricciones extremas de todas las necesidades del país nos pueden dar una autonomía que nos permita renunciar a toda importación»657. En 1937, la producción nacional abastece en un 20 ó 25% a la industria alemana en materias primas. Gracias al «plan de los cuatro años» podrá llegar quizá al 30 ó al 40%, pero no más allá. En el caso más favorable, la producción minera supondrá el 50% de las necesidades. En 1937, la producción de hierro no es sino de siete millones de toneladas, y el consumo, de 28 millones. La producción de combustibles líquidos (naturales y sintéticos) no cubrirá nunca más del 50% del consumo. Debido a este grave déficit, el Tercer Reich, a pesar de su potencial militar y sus victorias, fue siempre muy vulnerable.
La balanza comercial, que había registrado excedentes los tres años anteriores, acusó en el primer semestre de 1938, un déficit de 114 millones de marcos. Las importaciones gravan de tal modo la balanza comercial alemana, que su equilibrio sólo puede alcanzarse incrementando las exportaciones.
Para conseguirlo, el recurso empleado es reducir artificialmente los precios de venta al extranjero de las mercancías alemanas, es decir, vender con pérdidas y por lo tanto empobreciendo al país. Una ley del 1 de julio de 1935 autoriza al ministro de la Economía a imponer al conjunto de la industria alemana una contribución de 720 millones de marcos destinada a constituir un fondo de dumping; el Estado añade a esta suma 300 millones de marcos. En 1936 se constituye un fondo análogo entre el Estado y el conjunto de la Economía. Este fondo permite a los industriales alemanes vender en el exterior sus mercancías un 25 o un 50% más baratas que en el mercado interior. Contribución que pagan, en realidad, los consumidores alemanes. «En los medios industriales no se cree posible tan duro sacrificio sin elevar los precios interiores, lo que se traducirá, inevitablemente, por un aumento del costo de la vida»658.
Cuando la balanza comercial vuelve a ser deficitaria, en 1938, el ministro de Economía, Funk, decide aumentar la suma de divisas que el gobierno concede a los exportadores para importar las materias primas que necesitan sus fábricas659. Como en Italia, el consumidor interior es el último en la distribución de divisas.
Estos son los resultados de la autarquía alemana. A decir verdad, el Dr. Schacht, cuando se lanzó por este camino, no veía en él más que un mal menor. Siempre repitió que no era partidario de la autarquía por la autarquía y que prefería unas relaciones internacionales regulares y activas660. Consideraba la autarquía como un «expediente al que puede verse uno obligado a recurrir en determinadas circunstancias», pero no como un «verdadero sistema económico»661.
Lo mismo que en Italia, quienes pagan esta economía de cerco son las masas populares. En el interior del país escasean los artículos de primera necesidad. A esto hay que añadir un alza «invisible» de los precios debida a la peor calidad de los productos, que se puede cifrar entre el 10 y el 15%662.
La penuria es muy grande en cuanto a los productos alimenticios (mantequilla, grasas, carne de cerdo), que Alemania tiene que importar y para lo que faltan divisas. «El nuevo armamento —dice Goering— nos ha costado un gigantesco trabajo. Nos hacían falta materias primas que hemos tenido que traer del extranjero. Hemos tenido que decidir si íbamos a emplear nuestras divisas en importar minerales u otras cosas. Si comprábamos mantequilla, renunciábamos a la libertad, por eso hemos optado por la libertad y renunciado a la mantequilla»663. «Apretémonos el cinturón y ganaremos en salud», es el consejo que da Goebbels al pobre consumidor664.
10. «Economía de guerra». El Estado es quien dirige, pero ¿quién dirige el Estado? La verdadera función de las «corporaciones» y los «grupos profesionales»
Así, pues, de expediente en expediente, de modo puramente empírico más que siguiendo una teoría preconcebida, e incluso sin haber previsto adónde le iban a llevar sus enormes armamentos, el fascismo llega a una «economía de guerra» análoga a la que conocieron los países beligerantes entre 1914 y 1918. La única diferencia entre el pasado y el presente es que en aquel caso se trataba de una economía de guerra, en el verdadero sentido de la palabra, mientras que la economía fascista (hasta septiembre de 1939) es una economía de guerra en tiempo de paz665.
A partir de 1919, en cuanto se restablece la paz, los capitalistas, deseando recuperar su libertad de acción, exigieron la liquidación de la «economía de guerra». Por eso subvencionaron a Mussolini en Italia, para que hiciera campaña en Il Popolo d'Italia contra las «supervivencias de la economía de guerra»666. Ahora, cuando el fascismo, gracias a los subsidios del gran capital, está en el poder, resucita la «economía de guerra».
El carácter distintivo de esta economía es la continua extensión de las funciones del Estado. El Estado dirige el conjunto de la economía, se convierte en el cliente casi exclusivo de la industria, absorbe todo el ahorro privado, monopoliza el comercio exterior, controla los precios, dispone a su capricho de la mano de obra, reparte las materias primas, determina cuál es el sector de la economía que necesita nuevas inversiones y decide qué nuevas industrias deben crearse. «Hemos llegado a una situación —dice Mussolini— que si (...) el Estado se durmiera durante veinticuatro horas, bastaría para provocar una catástrofe»667. Y en Alemania, dice el Dr. Schacht: «Más que nunca, los particulares no son nada sin el Estado»668. «Sólo el Estado puede llevar el timón»669.
Así, pues, el Estado dirige la economía. ¿Pero quién dirige el Estado? ¿Quién se oculta detrás de esa abstracción?
La burocracia estatal es completamente incapaz de resolver problemas económicos de tal complejidad. «Está claro —dice Le Temps— que si el Estado emprende la dirección de la economía nacional necesita un aparato de dirección infinitamente más complejo que el que hoy tiene»670. Por eso la burocracia estatal, aunque sigue aparentando la más orgullosa independencia, se deja «aconsejar» por las «competencias», es decir, por los magnates capitalistas. Estos se convierten en el estado mayor de la economía —no de forma oculta, como antes, sino oficialmente— del Estado. Se establecen contactos permanentes entre los grandes capitalistas y el aparato burocrático: ellos mandan y la burocracia ejecuta sus órdenes. Este es el verdadero papel de las «corporaciones» creadas en Italia por la ley del 4 de febrero de 1934, de los «grupos profesionales» creados en Alemania por la ley del 27 de febrero de 1934, prototipos de los «comités de organización» de Pétain.
¿Cuál es el fin declarado de la «corporación» italiana? «Dar su opinión sobre todas las cuestiones que, de una u otra forma, interesan a la rama económica para la que se ha formado todas las veces que la consulten las administraciones públicas correspondientes»671. ¿Y el de los «grupos profesionales» alemanes? «Organizar una relación racional (entre los industriales) y los servicios del ministerio de Economía»672.
En el seno de las «corporaciones» y de los «grupos profesionales» los problemas relativos a la «economía de guerra» se resuelven entre los magnates y la burocracia estatal: reparto de los contingentes de materias primas destinadas a la fabricación de armamentos, constitución de stocks de materias primas y de mercancías para cuando estalle la guerra, creación de una industria de sucedáneos, intensificación de las exportaciones, etc. Y como siempre ocurre, cuando llega la hora de repartir, son los magnates los que se llevan la parte del león.
En Italia
Las «corporaciones» italianas se encargan, a partir de 1934, de constituir consorcios para la compra global de materias primas que se reparten luego entre los diferentes productores673. A partir de febrero de 1935, cuando empiezan las restricciones a la importación, el reparto de los contingentes y de las licencias de importación se confían a unos «comités de base corporativa»674. A primeros de 1936, «los comités técnicos corporativos preparan y realizan la explotación al máximo de todas las reservas y recursos de la nación (...). El trabajo de las corporaciones está orientado decididamente hacia estos objetivos»675. Por ejemplo, la Corporación de la industria mecánica se ocupa especialmente de lo concerniente a los metales especiales para la construcción aeronáutica676. El 11 de octubre de 1937, como vimos, el Comité corporativo central, compuesto de los representantes de las 22 corporaciones, se transforma en «comisión suprema de la autarquía», con amplios poderes. Las «corporaciones» tratan al mismo tiempo de reducir los costos de producción para intensificar las exportaciones. «Las nuevas corporaciones —escribe Il Giornale d'Italia— preparan el medio favorable al estudio integral y a la acción coordinada que el problema [de la exportación] exige a todos los factores productivos»677.
En Alemania
Los «grupos profesionales», cuyos jefes suelen ser los mismos de los cartels678, colaboran estrechamente, a partir de septiembre de 1934, con los diversos organismos de control de las importaciones creados en esta fecha. En íntima relación con ellos es como prepara el Estado un vasto programa de fabricación de sucedáneos. Cuando, en 1935, se constituye el fondo de dumping para fomentar las exportaciones, los «grupos profesionales» intervienen tanto en la colecta de dichos fondos como en su reparto entre los exportadores. Uno de sus fines primordiales es el de «desarrollar rápida y racionalmente la exportación» (Kessler), «desarrollar la exportación por todos los medios» (Von der Goltz y Schacht).
11. Los plebeyos quisieran aprovechar las circunstancias para nacionalizar la economía. Pero los magnates capitalistas se oponen
Sin embargo, algunos ingenuos siguen convencidos de que en el régimen fascista los grandes capitalistas no tienen poder alguno sobre el Estado y que, por el contrario, es éste el que los maneja a su capricho. ¿De dónde viene esa persistente ilusión? En parte se debe a los plebeyos fascistas que, tomando sus deseos por realidades, proclaman su intención de utilizar la «economía de guerra» y las «corporaciones» para someter el capitalismo, no al proletariado, naturalmente, sino a la dirección autoritaria del Estado, es decir, a sí mismos. Una vez dueños de la economía tendrían riqueza y poder. Para llegar a realizar sus fines emplean la demagogia, y dirigiéndose a su base social, al militante fascista de última fila, presumen de poder encadenar en breve a la bestia capitalista. Pero como vimos, todo se queda en palabras. Los capitalistas se defienden eficazmente contra sus pretensiones. Fieles al liberalismo económico, sólo aceptan la «economía de guerra» obligados por la necesidad y con la condición de que sean ellos los que la dirijan. No están dispuestos a que los plebeyos aprovechen la ocasión para encerrarles en un estatismo cada vez más riguroso. Tienen miedo de que las «corporaciones» o los «grupos profesionales», desviados de su primitivo fin, bien preciso y limitado, tanto en el espacio como en el tiempo, se conviertan en una trampa para ellos. Por eso utilizan su ascendiente sobre los dirigentes responsables del Estado fascista, haciéndoles condenar y repudiar toda tendencia «socializante». Una cosa son los expedientes temporales, a los que tiene que recurrir el capitalismo, y otra muy distinta los sueños de algunos que, inspirándose en una doctrina preconcebida, quisieran transformar el estatismo en un sistema permanente.
En Italia
El Lavoro Fascista quiere ver en el régimen «corporativo» una «transformación antiburguesa de la economía nacional», e incluso «una verdadera transformación revolucionaria de la economía»679. «Ciertos fascistas —señala Le Temps— encuentran incluso en las sanciones una ocasión excelente para acelerar el ritmo de aplicación del sistema corporativo, acostumbrando a la población a obedecer más que nunca el interés nacional, sin distinción entre ricos y pobres»680.
Contra tales tendencias, el capital reacciona vigorosamente. La Confederación de la Industria, organización privada patronal, sigue teniendo una existencia independiente fuera de las «corporaciones», aunque carezca de todo estatuto legal en el «Estado corporativo». Celebra sus congresos anuales, y al de 1934 asiste el mismo Duce. Su presidente, Pirelli, aprovecha la ocasión para recordar al supremo representante del Estado fascista que éste debe mantenerse respetuosamente alejado de la gestión de la producción. Sin duda, la intervención estatal se hace a veces necesaria, como cuando se trata de ayudar a una empresa que pasa por una situación difícil, pero «no tendrá necesidad de hacerse tan general (...). Se trata de no alterar las leyes de la economía». Los patronos no se apartarán «en ningún caso» del principio de la propiedad privada y de la iniciativa individual681.
Mussolini se apresura a tranquilizarles: las corporaciones seguirán siendo en Italia unos órganos de enlace entre el Estado y los magnates; ni domesticarán a la industria privada ni se mezclarán en la gestión de la producción. Mussolini lo promete solemnemente: «¿He de repetir una vez más que las corporaciones no constituyen un fin en sí mismas?»682. «Las corporaciones son órganos estatales, pero son sólo unos órganos burocráticos del Estado»683. «No se trata de socialismo de Estado, porque el Estado fascista no tiene ninguna intención de monopolizar la producción, ni trata tampoco de restringir la iniciativa individual y mucho menos de atentar a los derechos de la propiedad privada»684. Se niega a seguir una evolución que llevaría «de plano al capitalismo de Estado (...), a la burocratización de la economía nacional»685. «Creo que ninguno de vosotros querrá burocratizar, es decir, congelar lo que constituye la realidad de la vida económica, realidad compleja y cambiante»686. «No tenemos ninguna intención de multiplicar por diez el número ya enorme de los funcionarios del Estado»687.
En Alemania
Los plebeyos del Völkischer Beobachter quieren ver en la creación de los «grupos profesionales» la «construcción de la economía dirigida del socialismo alemán»688. «El Estado nacionalsocialista tiene la economía en sus manos (...). Las nebulosas “leyes económicas” del liberalismo (...) no son ya válidas y han sido reemplazadas por la voluntad y los objetivos del Estado (...). Después de veintiún meses de poder, el nacionalsocialismo se ha adueñado de la economía»689.
A fines de 1937, los plebeyos creen que las circunstancias son favorables al «izquierdismo». El Völkischer Beobachter, y otros periódicos nazis, desencadenan una campaña contra los enormes beneficios de la industria bélica690. El Frente del Trabajo del Dr. Ley y la Corporación del Suministro de Walter Darré llegan a pedir la nacionalización de las industrias de guerra691.
Estas palabras inquietan periódicamente a los grandes capitalistas, que no están dispuestos a que los «grupos profesionales» sirvan para otra cosa que para lo que han sido creados. Frankfurter Zeitung escribe: «No hay que dejar que la organización se convierta en su propio fin. La tendencia a la burocratización que manifiestan esos grupos tiene que ser limitada. No hay que ampliar sus atribuciones más de lo que ya lo están hoy»692. El espectro de un estatismo «socializante» sigue siendo la obsesión de los magnates: «Los medios industriales temen ver al Estado nacionalsocialista tratar de acabar con sus dificultades considerables, interviniendo en la gestión interna de la empresa»693. Y el órgano patronal Der Ring dice alarmado: «Nace hoy una especie de economía forzada, como ocurrió durante la guerra. Los efectos son cada vez más vastos y más profundos y pueden llevar demasiado fácilmente a una situación en la cual llegue a desaparecer la independencia de la industria privada, reemplazada por las directivas de las autoridades del Estado. Es tanto más necesario mirar este peligro cara a cara que el término de que esta evolución no correspondería a los principios que han presidido a la creación del nuevo Reich»694.
En enero de 1938, los círculos industriales se alarman ante los rumores que corren sobre la nacionalización de las industrias de armamento, «que ciertas informaciones presentan como inminente»695. Una comisión de industriales visita a Hitler en Berchtesgaden para protestar enérgicamente contra todo plan de nacionalización de las industrias de guerra696.
Los dirigentes del Tercer Reich disipan sus inquietudes. El Dr. Schacht critica las tentativas de utilizar los «grupos profesionales» para acentuar el estatismo y la burocracia. La organización no debe despojar en ningún caso al jefe de empresa de su responsabilidad personal: la empresa individual debe trabajar de modo independiente mientras pueda, y no atada por docenas de agrupaciones, pues todo exceso de organización acaba por hacer desaparecer el espíritu de empresa697. Nada de estatización de la economía: «La economía privada debe proseguir sus esfuerzos y su actividad»698. En un vehemente discurso sostiene, en contra de la charlatanería de los plebeyos, que el capitalismo no está «superado»: «El Estado solo no podría hacer funcionar un mecanismo tan vasto y ramificado como el de la Economía. El estímulo del interés individual es y sigue siendo el fundamento de toda la actividad económica. El nacionalsocialismo se basa en el principio de que es el Estado quien debe dirigir la economía, pero sin convertirse en un empresario más»699.
En noviembre de 1937, el Dr. Schacht abandona el ministerio de la Economía, pero sus sucesores, Goering y Funk, hablan como él. En un discurso pronunciado en la Feria de Koenigsberg, Funk declara: «Nada más falso que pretender, como suele hacerse en el extranjero, que Alemania se propone introducir un sistema de coacción económica y de capitalismo de Estado que excluirá a la iniciativa privada (...). No puede prescindirse de la fuerza creadora del individuo (...). No hacemos una política económica dogmática, sino una política de éxitos»700. El 31 de enero de 1938, un despacho de Berlín dice: «Los colaboradores del mariscal Goering desmienten que se proyecte la nacionalización de la industria pesada (...). Una nacionalización no presentaría más que inconvenientes, al burocratizar la industria y apagar la iniciativa de los industriales»701. El 7 de febrero, con ocasión de su toma de posesión del ministerio de la Economía, Funk declara: «Tampoco el plan de cuatro años debe oponerse a las iniciativas particulares (...). La economía privada y la economía pública no deben competir entre sí, sino complementarse»702.
Es significativo que los militares que forman parte de la dirección de la «economía de guerra» y del «plan de cuatro años», aunque sean partidarios de un control estricto de la industria en interés de la «defensa nacional», desaprueban las campañas «anticapitalistas» de los plebeyos y declaran inequívocamente su hostilidad a toda nacionalización. El coronel Thomas, ya citado, declara: «La ejecución se deja en lo posible en manos de la iniciativa privada. La “economía de guerra” alemana no socializará la industria bélica (...). El empresario y el comerciante deben ganar dinero. Esa es precisamente su función»703.
12. Malestar y contradicciones
A medida que el plan de cuatro años y la autarquía progresan, los círculos del gran capital alemán empiezan a manifestar inquietud y malestar, así como cierta falta de entusiasmo. No significa esto que las tendencias «socializantes» de los plebeyos puedan triunfar. Ni que los beneficios del capital corran un peligro inmediato: los magnates han acumulado durante los años precedentes enormes reservas y siguen obteniendo beneficios nada despreciables. Pero empiezan a tener la impresión de que aquel régimen que han llevado al poder, y del cual han sido los únicos beneficiarios, ha dado de sí todo lo que cabía esperar y empieza a gastarse. Poco a poco, imperceptiblemente, empiezan a reducirse los márgenes de beneficio.
En sus comienzos, el Estado fascista les concedía todas las exenciones fiscales que querían, pero ahora la economía de guerra exige grandes impuestos. En sus primeros tiempos, el Estado fascista les permitió, gracias a la cartelización obligatoria, fijar unos precios de monopolio; ahora, las necesidades de la economía de guerra obligan al Estado a controlar de modo más estricto los cartels y los precios. Se preguntan, con cierta alarma, qué efectos tendrán las Goering Werke sobre los precios y la situación de los cartels ya existentes, el día en que esta empresa gigante empiece a inundar el mercado con grandes cantidades de hierro y de acero. En sus inicios, el régimen les aseguraba unos réditos como no se habían conocido desde hacía mucho tiempo. Pero, ahora, con la participación forzada en las industrias de sucedáneos, con sus dividendos garantizados, no pueden conseguir un interés superior al del tanto oficial del mercado financiero. Y como para manifestar de modo tangible el estrechamiento de los márgenes de beneficios, a fines de julio de 1938 las acciones de la gran industria empiezan a bajar en la bolsa berlinesa.
Al mismo tiempo, las restricciones burocráticas le resultan cada vez más insoportables. Uno de los órganos del gran capital, el Deutsche Volkswirt, escribe: «¡Pobre del industrial que no pueda satisfacer sus obligaciones! Se desencadenan sobre él todas las furias aunque no le sea posible cumplir todas las obligaciones que se le imponen constantemente»704.
Por esto los magnates empiezan a protestar no sólo contra los demagogos plebeyos, sino contra el hombre que ha hecho tanto por ellos y que sin duda se libraría muy bien de imponerles tantas restricciones si no tuviera que asegurar el cumplimiento del «plan de cuatro años». Cada vez son más numerosos sus choques con Hermann Goering. El 17 de diciembre de 1936, éste reúne a los «trescientos hombres de la economía» y les habla de la «necesidad de una movilización industrial inmediata de Alemania». Esas declaraciones, según el corresponsal de Le Temps en Berlín, provocan en los asistentes una gran sorpresa, y Goering ataca entonces duramente a los industriales presentes, a quienes reprocha su falta de interés por realizar la gran idea del «plan de los cuatro años»705.
En diciembre de 1937, en la revista El plan de los cuatro años, Goering escribe: «La economía tiene que comprender que vive, en definitiva, para llevar a cabo las grandes tareas que se le han encargado y no para que los resultados de la cuenta de pérdidas y ganancias sean lo mejor posible»706.
Otro conflicto de intereses lleva a buena parte de la gran industria a dejar de lado el «plan de los cuatro años». La industria exportadora se queja de sus sacrificios. En efecto, a pesar de las subvenciones de dumping, las exportaciones alemanas retroceden en todos los mercados exteriores, y este retroceso se agrava por el hecho de que el comercio internacional, en su conjunto, pasa por una fase depresiva. En la memoria que envían a Hitler, en junio de 1937707, los más calificados representantes de este sector de la industria, y en especial los magnates del carbón de Renania-Westfalia, se quejan de que sus exportaciones tienen que vencer toda clase de trabas, que «acaban transformando el intercambio de mercancías en una actividad puramente burocrática».
La industria exportadora carece de materias primas, pues éstas se destinan casi únicamente a la industria bélica, y también sufre de una escasez de mano de obra: «Se quiere (...) despojar a ciertas ramas industriales de sus mejores trabajadores», para llevarles a las industrias de guerra y a las de productos sintéticos. Los exportadores no encuentran capitales, y no pueden conceder a su clientela extranjera los amplios créditos que exige una competencia internacional cada vez más aguda. Sus mercados se reducen: el resultado de la autarquía es el aislamiento de la economía alemana del mercado mundial: «Se ha podido ver también que el comercio exterior de los principales Estados del mundo (...) no dependía necesariamente del mercado alemán». En conclusión, los industriales exportadores exigen que se dé marcha atrás y que se vuelva a entrar en contacto con el mercado mundial. Pero, sin circunloquios, consideran imposible «hacer entrar (...) en el circuito de la economía mundial (...) una economía que funciona en detrimento del valor interno de la moneda (...) y que, además, ha servido únicamente a la ejecución de tareas (...) tales como el programa de grandes obras públicas, el rearme, la autarquía, etc.»
El Dr. Schacht se convierte en el abogado defensor de la industria exportadora. El 13 de abril de 1937, en Bruselas, hace unas declaraciones a la prensa que tienen una gran repercusión: se dice partidario de la estabilización de todas las monedas a una nueva paridad, y cree poder decir que Alemania está dispuesta a colaborar a tal obra. Su país es partidario de la libertad de comercio y la autarquía ha sido sólo un expediente circunstancial.
Pero los partidarios del «plan de cuatro años» y de la autarquía llevada a sus últimos extremos, apoyados por la industria pesada, que vive de la autarquía y de la «economía de guerra», consiguen la victoria, y el 26 de octubre de 1937, el Dr. Schacht abandona el ministerio de la Economía y le reemplaza Funk, un hombre de Goering.
El malestar que afecta a la gran industria en general y a la exportadora en particular tiene ciertas relaciones con la crisis política del 4 de febrero de 1938, que ocasiona la desgracia del mariscal Von Blomberg y del general Von Fritsch. Pero esa crisis, como vimos, termina en un compromiso. También en el terreno económico se da un compromiso entre los partidarios convencidos y los más tibios del «plan de cuatro años». A fines de noviembre de 1937, el Dr. Schacht recibe el nombramiento de ministro de Estado sin cartera, lo que le permite participar en las deliberaciones gubernamentales. En marzo de 1938 se le nombra, por un nuevo período de cuatro años, presidente del Reichsbank. En varias ocasiones, Goering y Funk le alaban públicamente. La Frankfurter Zeitung del 28 de noviembre de 1937 escribe: «Schacht se va y se queda»708.
El gobierno del Reich, sin dejar de proseguir el plan de los cuatro años, trata de contentar a los industriales en general y satisface algunas de las reivindicaciones de la industria exportadora: ésta podrá disponer de mayores contingentes de materias primas y de más divisas. En julio de 1938, Goering nombra «comisario mediador» a un tal Neumann, con el encargo de encontrar un «compromiso entre la economía de guerra y los intereses de los exportadores»709.
Gracias a los preparativos bélicos, que le permiten arrancar la firma del acuerdo de Múnich, Hitler cree haber encontrado, al menos por un tiempo, una solución a las contradicciones de la economía alemana. Los países danubianos y balcánicos, cuya economía es complementaria de la del Reich, se convertirán en los satélites de la «Gran Alemania». Estos países, una vez encerrados en la red de una unión aduanera, proporcionarán tanto un importante mercado como una fuente de materias primas indispensables a la economía de guerra.
Pero los adversarios imperialistas del imperialismo alemán se dan cuenta del peligro que supondría para ellos semejante incremento del potencial económico del Reich. Y contraatacan comprando a precio de oro la «amistad» de los países del Danubio y luego preparándose para un conflicto armado.
Hitler, por su parte, sabe bien que los mercados de Europa central no bastarían para solucionar a largo plazo las dificultades del capitalismo alemán. Por eso no duda en desafiar a sus adversarios y lanzarse a la conquista del mercado mundial. La pesada máquina de matar se pone en marcha: funcionará durante cinco años.
13. Los sacrificados: la industria ligera
Añadiremos que si la industria pesada no siente mucho entusiasmo por la autarquía, por la economía bajo campana neumática, las ramas de la industria ligera que producen para el consumo interior resultan aún más perjudicadas. Pagan muy caro el fortalecimiento de la industria pesada: encarecimiento de las máquinas, del combustible, etcétera. Y ven constantemente cómo disminuye su mercado al hacerlo también el poder de compra de las masas. La prioridad a las importaciones de productos destinados a la industria bélica las priva de materias primas. En este caso se encuentran la industria de la lana y de la seda natural en Italia, la industria textil, de vestidos, cueros, radio, etcétera, en Alemania. En 1937, la industria del cuero no trabajó más que veinticuatro horas por semana, y el índice de horas trabajadas, tomando por base 100, en el año 1929 fue de 82,9, y en el caso de la industria de la confección, de 84,9.
14. Los sacrificados: las clases medias
En cuanto a las clases medias, cuya rebelión había empujado al fascismo al poder y a las que éste había prometido salvar, se ven por el contrario más oprimidas que nunca.
Lo mismo que sucedió durante la primera guerra mundial, quienes pagan el rearme son, sobre todo, los que viven de unos ingresos fijos, entre los que se encuentran los rentistas, los jubilados y los funcionarios. Su vida es cada vez más difícil, a medida que la moneda nacional pierde poder de compra en el mercado interior.
Los pequeños industriales y artesanos sufren por la falta de materias primas y el enrarecimiento de la demanda. El partido nacionalsocialista alemán había prometido «favorecerles con contratas del Reich, de los Estados y los municipios». Pero, en realidad, los encargos de armamentos benefician casi exclusivamente a la industria pesada710.
El fascismo había prometido a las clases medias «dar marcha atrás» y volver a una economía de pequeños productores, suprimiendo los grandes monopolios capitalistas. Pero una vez en el poder no hace sino reforzar por todos los medios esos mismos monopolios que había jurado dejar fuera de combate y agudizar las tendencias del capitalismo a la concentración y a la mecanización. En Italia, Mussolini, después de hacerse la pregunta, se responde a sí mismo de esta manera: «¿Vamos (...) a destruir las máquinas (...) o a limitar su empleo?» «Esta sería una solución pueril (...). El volver al pasado no ha sido nunca una cosa beneficiosa»711. En Alemania, el Dr. Schacht se burla de un cierto «romanticismo artesano del pasado» y recuerda a los pequeñoburgueses retrógrados «que la rueca fue sustituida por la hiladora, el tambor por el motor eléctrico (...). Una industria que no utilice estos medios mecánicos modernos no puede soportar la competencia de los demás países en el mercado internacional»712.
En ambos países, la situación de la pequeña y mediana industria es lamentable.
En Italia, en 1934-35, mientras 20 grandes sociedades, cuyo capital pasa de 250 millones de liras, producen una renta neta de 675 millones de liras, 9.144 sociedades, cuyo capital no llega al millón de liras, no obtienen sino un beneficio neto de 95 millones; 649 sociedades, de capital inferior a 10.000 liras, pierden el 60,94% del capital invertido, y 290 sociedades, cuyo capital oscila entre 10.000 y 25.000 liras, pierden el 82,29% del capital invertido713.
En Alemania, el número de sociedades cuyo capital queda comprendido entre 5.000 marcos y un millón pasa de 7.512 en 1931 a 3.850 en 1937714.
Los pequeños comerciantes, en especial, son los que sufren una decepción mayor por la política económica del fascismo. Por un lado, en contra de lo que les habían hecho esperar, no encuentran ninguna protección contra la competencia de los grandes almacenes, y por otro, pagan las consecuencias de la contradicción entre el alza de los precios al por mayor, debido a la cartelización de los productores y el control sobre los precios de venta al público.
En Italia
Después que los fascistas italianos llegaron al poder, los grandes almacenes no cesaron de desarrollarse, en perjuicio del pequeño comercio. El magnate Volpi llega a celebrar en la tribuna del Senado que ciertas medidas «tengan por objeto la abolición gradual del pequeño comercio y la creación de grandes empresas comerciales centralizadas, que las autoridades pueden vigilar mejor»715.
Los pequeños comerciantes, abrumados por los impuestos, les ven aumentar año tras año. Por ejemplo, un decreto de noviembre de 1937 eleva el impuesto sobre la cifra de ventas del 2,5 al 3%, y le hace extensivo a toda venta superior a una lira, mientras que antes quedaban exceptuadas las operaciones inferiores a 10 liras716.
Además, el pequeño negocio sufre la reducción artificial de los precios de venta al público dictada por el gobierno, mientras los precios al por mayor siguen altos. Un decreto ley del 16 de diciembre de 1926 instituye comisiones municipales de vigilancia que pueden conceder o retirar sus licencias a los comerciantes y controlan los precios de venta al público. En diciembre de 1930 se decreta una baja general del 10% sobre todos los precios y los «camisas negras» obligan brutalmente a los pequeños comerciantes a cambiar sus etiquetas. En abril de 1934, el Estado fascista vuelve a repetir la operación, obligando a la Confederación del Comercio a excluir a todos los comerciantes que no hagan una nueva rebaja del 10%. Se adoptan medidas severas, tales como el cierre de almacenes y tiendas. Desde enero de 1934 a enero de 1938, el índice de los precios al por mayor de los veinte artículos alimenticios más importantes pasa de 100 a 141, mientras que la variación correspondiente de los precios de venta al público lo hace sólo de 100 a 129717.
En Alemania
En Alemania, en contra de todas las promesas del nacionalsocialismo, ni se «municipalizan» ni se limitan las actividades de los grandes almacenes. El Tercer Reich se contenta con suprimir sus establecimientos de consumo, aunque sólo si dicha prohibición no compromete «la buena marcha del negocio» (ley del 15 de julio de 1933). Pero luego, un decreto del 1 de febrero de 1935 autoriza a los almacenes «de primera importancia» de las grandes ciudades a «servir consumiciones».
Rudolf Hess dice, en nombre del Führer, que, «teniendo en cuenta la situación económica, la dirección del partido considera como indeseable cualquier acto que lleve a la ruina de los grandes almacenes (...). Queda prohibido a los miembros del NSDAP emprender contra ellos cualquier tipo de acción»718. En la primavera de 1934 la Federación nacionalsocialista del Comercio y de la Industria confirma que no se cerrarán los grandes almacenes, pues con tal medida se dejaría en la calle a miles de obreros y empleados719. No sólo la actividad de los grandes almacenes no se limita, sino que el Estado nacionalsocialista da subvenciones de millones de marcos a algunos de ellos (Karstadt, Tietz). La cifra de ventas de los grandes almacenes y establecimientos de precio único sigue aumentando, mientras se ven obligados a cerrar 16.000 pequeños comerciantes, 7.000 de ellos sólo en Berlín720.
El pequeño negocio sufre más que en Italia por el alza de precios al por mayor y la vigilancia de los precios de venta al público. El 5 de noviembre de 1934 se nombra un «comisario para la vigilancia de los precios». A los pequeños comerciantes que vendan por encima de los precios autorizados, se les multa (hasta con 1.000 marcos) y se cierran sus comercios. Al mismo tiempo, los «camisas pardas» se encargan de hacer campaña por la baja de precios y repiten contra los pequeños comerciantes «arios» las mismas hazañas que les dieron triste gloria en 1933 contra el comercio judío. En su proclama al Congreso de Nuremberg de 1935, Hitler declara: «Actuaremos brutalmente contra aquellos que (...) intenten provocar una alza de precios, y no dudaremos, si es necesario, en enviarles a los campos de concentración»721.
Desde el punto de vista «corporativo», los artesanos y pequeños comerciantes a los que el fascismo había prometido demagógicamente unas corporaciones «autónomas», se ven entregados a sus enemigos directos, los grandes monopolizadores capitalistas.
En Italia
Hasta 1934, los artesanos carecían de organización autónoma, su federación estaba incluida en la poderosa organización de los magnates de la industria, la Confederación general de la Industria. Los pequeños comerciantes tienen que entrar también en la Confederación de los sindicatos fascistas del Comercio, quedando bajo la tutela de los propietarios de los grandes almacenes.
A partir de 1934, el comercio y la artesanía, en lugar de obtener una representación autónoma, pasan a formar parte de alguna de las 22 nuevas «corporaciones», según la naturaleza de su actividad económica. Al no constituir en ellas más que una pequeña minoría sin influencia, sus representantes quedan de hecho, bajo la estrecha dependencia de los magnates capitalistas.
Por ejemplo, los artesanos tienen dos representantes en la Corporación de la Madera (sobre un total de 30 miembros), uno en la de la Industria Textil (50 miembros), dos en la de la Metalurgia y la Mecánica (50 miembros), tres en la del Vestido (43 miembros), uno en la del Libro y Papel (23 miembros), uno en la de las Industrias extractivas (20 miembros), dos en la del Vidrio y Cerámica (25 miembros). En cuanto al Comercio, no hay más que tres delegados patronales y tres «representantes de los asalariados» en las corporaciones de la Madera, Textiles, productos químicos y Confección; cuatro y cuatro en la Corporación de la Metalurgia, dos y dos en las del Libro y Papel, y Vidrio y Cerámica, y uno y uno en la de la industria extractiva. Y no hay que olvidar que los representantes del Comercio representan indistintamente a los pequeños comerciantes y a los grandes almacenes o sociedades de sucursales múltiples722.
En Alemania
A primeros de mayo de 1933 se crean dos corporaciones autónomas: una del Comercio al Detall (de la que se excluye a los grandes almacenes) y otra de la Artesanía. Al frente de ambas se coloca al doctor Renteln, el dirigente de las clases medias. Pero estas corporaciones no conservan mucho tiempo su autonomía, ni el doctor Renteln su dirección. Cuando, en 1934, se reparte toda la economía alemana en «grupos profesionales», la corporación del Comercio al Detall se convierte en el «grupo profesional del Comercio» y la de la Artesanía en el «grupo profesional de la Artesanía». Ambos grupos quedan bajo la tutela del ministro de la Economía; es decir, en realidad del estado mayor de la gran industria. Además, en el Grupo del Comercio entran no sólo los pequeños comerciantes, sino también los grandes almacenes y las sociedades de sucursales múltiples. De los tres miembros que componen su Consejo de dirección, uno es propietario de la gran sociedad de sucursales múltiples y el otro de un gran almacén723.
X. Política agrícola del fascismo
No fueron sólo los capitalistas quienes subvencionaron al fascismo para que llegara al poder, sino también los latifundistas. Por eso, cuando llega su victoria no sólo trata de frenar el descenso de los beneficios de los magnates de la industria, sino también los de los grandes propietarios agrícolas. Al hacerlo, no le mueven sólo motivos de agradecimiento a quienes le han abierto el camino, sino su afán por completar la autarquía logrando el abastecimiento de la nación en alimentos. En efecto, la gran propiedad se presta mucho mejor a la agricultura intensiva, racional, mecanizada, que la pequeña propiedad.
El fascismo trata también de crear, por motivos políticos, junto a la gran propiedad, una capa reducida de campesinos medios, reclutados entre los partidarios incondicionales del régimen, para disponer de una base social en el campo.
La política agrícola del fascismo tiende a conciliar lo que llama los «intereses de la agricultura» con los «intereses de la industria» —es decir, los de los latifundistas con los magnates capitalistas— a costa de los campesinos pobres y de los proletarios de la ciudad. En contra de lo que había prometido, no protege a los pequeños campesinos modestos contra el capitalismo, por el contrario, acentúa el dominio del capital sobre la agricultura.
1. El Estado fascista, en vez de repartir los latifundios, reconstruye las grandes y medianas explotaciones
Cuando trataba de atraer a los campesinos modestos, el fascismo no dudó en reclamar demagógicamente el reparto de las grandes propiedades. Pero, al llegar al poder se guardó mucho de tocarlas. La entrega de algunos millares de hectáreas a lo que llaman «colonización», es una medida de propaganda. Lo cierto es que los latifundios y otras grandes explotaciones agrícolas quedan como estaban, que trata de combatir el minifundio y procura reconstruir grandes y medianas propiedades a costa de los campesinos más pobres.
En Italia
El fascismo italiano no tiene en cuenta sus promesas para nada. En junio de 1922, en el primer congreso de los «sindicatos» fascistas, Mussolini cesa bruscamente de anunciar al proletariado agrícola una revolución agraria724. Durante el verano de aquel mismo año se aprueba en la Cámara un proyecto sobre la «colonización» de los latifundios, presentado por católicos, que prevé la expropiación con indemnización, por medio de un Instituto Nacional de la Colonización, de algunas grandes propiedades sin cultivar o mal explotadas por sus dueños. Pero este tímido proyecto encuentra la oposición del grupo parlamentario fascista, y después de la «Marcha sobre Roma», Mussolini le retira, antes de que se discuta en el Senado. El 11 de enero de 1923, el gobierno anula el «decreto Visochi», del 2 de septiembre de 1919, que había aprobado provisionalmente las ocupaciones de tierras sin cultivar por algunos campesinos. Los ocupantes, después de haber cultivado estas tierras, se ven obligados a devolverlas a los propietarios sin recibir indemnización alguna725.
Después de 1923, el fascismo no toca a la propiedad latifundista. Su propaganda habla de la «bonificación integral» como de un primer paso para la redistribución de la tierra en Italia. Pero del dicho al hecho hay gran trecho. Un fascista, G. C. Baravelli, en un folleto sobre esta cuestión726, escribe: «El régimen fascista cree en la importancia fundamental de la propiedad privada de la tierra, y deja tranquilos a los propietarios que encuentra (...). Respeta el principio de la propiedad (...) escrupulosamente.» Cuando presenta en la Cámara la segunda ley sobre la Bonificación (12 de diciembre de 1934), el ministro de Agricultura, Acerbo, declara que la ley ha sido recibida con entusiasmo por los propietarios de tierras, porque no ataca al sagrado derecho de propiedad, «ese derecho que después de la guerra el fascismo defendió y salvó contra ataques convergentes»727.
¿En qué consiste, pues, la «bonificación»? Los propietarios que no pueden pagar el costo de las mejoras de sus fincas que les corresponde —la mayor parte corre a cargo del Estado— pueden ser expropiados con arreglo a la ley del 24 de diciembre de 1928 (con indemnización, naturalmente) total o parcialmente por el «Consorcio de Bonificación», al que pertenecen. Pero no parece que hubiera muchas expropiaciones728. Las escasas tierras expropiadas, los consorcios de propietarios las cedieron a sociedades especuladoras que, después de una «bonificación», las volvieron a vender lo más caras posible. «La expropiación no benefició a todo el mundo, sino tan sólo a unas pocas sociedades mercantiles. Nada más lejos de cualquier especie de socialismo»729, dice Rosenstock-Franck.
La ley de diciembre de 1934 corrigió algunos de estos abusos diciendo que en el futuro sería el Estado, por medio del Instituto fascista para la bonificación integral, el que bonificaría y haría lotes con las tierras expropiadas. Además, la expropiación sería obligatoria cuando los propietarios no pudieran soportar su parte de los gastos de bonificación. Pero como la crisis de la agricultura perjudica mucho más a los agricultores modestos que a los latifundistas, la expropiación obligatoria amenaza más a los primeros que a los segundos. Además, la indemnización se fija teniendo en cuenta la capitalización de los ingresos netos de la propiedad expropiada que, siendo por definición irrisoria o nula, puede ser adquirida a un precio ventajoso por el Estado.
La bonificación resulta, además, muy cara (de 10.000 a 20.000 liras por hectárea) y el Estado se encuentra ante el dilema siguiente: o poner en venta las tierras bonificadas a un precio prohibitivo o regalárselas casi a ciertos colonos privilegiados. Como la Hacienda pública no permite tales generosidades en gran escala, la «colonización» es muy limitada. En 1935, G. C. Baravelli escribe que «la realización plena y acabada del rescate de una parte muy importante del territorio nacional es ya sólo cuestión de tiempo»730. Es decir, que en estas fechas aún no había empezado731.
En enero de 1936, un periodista inglés pregunta a Rossoni, ministro de Agricultura, por qué el fascismo no lleva a cabo una reforma agraria. Y éste responde sin circunloquios: «Nosotros no podemos confiscar las tierras de los propietarios agrícolas; somos fascistas y no socialistas»732. Mussolini, en marzo de 1933, declara que «la agricultura no es —en estructura— susceptible de notables transformaciones. No hay ninguna innovación sustancial a la forma tradicional de la economía agrícola italiana»733.
Pero no sólo el Estado fascista no «reparte las tierras», sino que su política agraria tiende a reconstruir las propiedades grandes y medianas, a costa de los campesinos modestos. Por ejemplo, desde la desaparición del feudalismo, todos los campesinos tenían derecho a usar colectivamente ciertas tierras de antiguos feudos que seguían siendo nominalmente propiedad de los descendientes de la vieja aristocracia. La ley del 8 de junio de 1924 restituye sin más estas tierras a sus poseedores nominales. Los campesinos tenían también ciertos derechos (sobre todo el de pasto) sobre los bienes comunales, como los tratturi de Italia central y meridional. Esas tierras, los grandes propietarios, a lo largo del tiempo, se las habían ido apropiando y quitando su uso a los campesinos. Después de la guerra ciertos municipios recuperaron las tierras robadas, pero en cuanto los fascistas llegaron al poder, los terratenientes volvieron a hacerse con ellas, de modo más desvergonzado que antes734.
En cuanto a las pocas tierras colonizadas previa bonificación, en lugar de entregárselas a cultivadores modestos, los fascistas las repartieron en explotaciones de tipo medio. Por ejemplo, en las Marismas Pontinas, que hizo cultivables, el Estado fascista instaló a algunos millares de familias de «excombatientes», que en realidad eran fascistas escogidos por su docilidad. En las 50.000 hectáreas distribuidas se construyeron 2.773 granjas735.
En Alemania
Tampoco el nacionalsocialismo vencedor se preocupa de cumplir sus promesas demagógicas a los campesinos. El ministro de Agricultura del primer gabinete de Hitler no es otro que Hugenberg, hombre de la aristocracia terrateniente. En el partido nazi se encuentran varios de estos aristócratas, como el duque de Saxe-Coburgo-Gotha, que posee 10.182 hectáreas; el príncipe de Hesse, amigo de Goering, que posee 7.913 hectáreas; el mariscal Von Blomberg, que posee 2.345 hectáreas; el conde de Schwerin von Krosigk, ministro de Hacienda, que posee 3.846 hectáreas, etc.736. No es extraño que el reparto de los latifundios quede para las calendas griegas. Hitler advierte que «la gran propiedad rural tendrá derecho a una existencia legal con tal de que trabaje para el bien común de todos los ciudadanos»737, y nombra comisario para la colonización interior a otro representante de los latifundistas, el barón Von Gayl, antiguo ministro del gabinete Von Papen. En vez de expropiar y distribuir los latifundios, que han dejado de ser rentables, Hugenberg les subvenciona (ley del 1 de junio de 1933). Su adversario y sucesor en el Ministerio de Agricultura, Walter Darré, sigue la misma política: «De acuerdo con el canciller —declara—, no tocaré a ninguna propiedad cualquiera que sea su extensión, si es económicamente sana y puede mantenerse por sus propias fuerzas»738.
Proclamando inalienables las «explotaciones hereditarias» (ley del 29 de septiembre de 1933) —y los latifundios pueden, sin duda, considerarse como tales— el Estado nacionalsocialista acaba cerrando el paso a cualquier perspectiva de «colonización» verdadera739. Por ejemplo, la finca de Leinfeld, propiedad del barón Von Neurath, es declarada «inalienable» (2 de febrero de 1935).
Sin embargo, la palabra «colonización» sigue apareciendo en la prensa. De tiempo en tiempo se publican ambiciosos proyectos de distribución de las tierras, como el que anuncia la Grüne Woche, en enero de 1934, que prevé la creación de 100.000 explotaciones nuevas. Darré crea en octubre de 1934 un «comité especial de colonización interior». Pero ésta, en lugar de progresar retrocede: mientras en 1932 se distribuyen a pequeños colonos 9.046 explotaciones nuevas, de una superficie total de 102.000 hectáreas, en 1933, la cifra es de sólo 4.914 explotaciones y 60.297 hectáreas y en 1937 de 1.785 explotaciones con 35.942 hectáreas.
Además, estas tierras no proceden de la parcelación de latifundios en la mayoría de los casos. En 1933, el Estado nacionalsocialista invita a la aristocracia terrateniente a poner parte de sus tierras a la disposición de la «colonización», pero esta «caritativa» iniciativa no tiene mucho éxito: las parcelas cedidas por los terratenientes son generalmente impropias, tanto por su situación como por su calidad, para una implantación de colonos. La ley de remisión de condenación de deudas, del 1 de junio de 1933, establece como contrapartida del saneamiento de las empresas agrícolas en dificultad la cesión de una fracción de tierras, pero en la práctica los terratenientes ceden unas parcelas insignificantes, de mediocre calidad, a precios exorbitantes. La mayoría de las tierras colonizadas proceden sobre todo de los bienes de propios y de zonas desérticas y pantanosas, saneadas a gran costo por el «servicio del trabajo».
Además, el Estado nacionalsocialista favorece a las grandes explotaciones en perjuicio de las pequeñas.
Las tierras «colonizadas» se reparten en explotaciones de tipo medio: en 1933, el 60% de las explotaciones creadas tienen más de 10 hectáreas y en 1934, el 70%. Los beneficiarios de la «colonización» son partidarios decididos del régimen. El objetivo esencial de la ley de las «explotaciones hereditarias» del 29 de septiembre de 1933 es crear una capa de campesinos acomodados y ricos, «una nueva nobleza de la sangre y del suelo», según dice Walter Darré740, dando así al régimen una base social en el campo. En enero de 1935, unas 700.000 explotaciones (de un total de cinco millones y medio de explotaciones agrícolas en toda Alemania) se declaran «fincas hereditarias». Estas tienen una superficie mínima de 10 hectáreas, son inalienables y no pueden corresponder en sucesión sino a un solo heredero (el hijo mayor o el menor, según las regiones), para impedir la división de la propiedad.
Para constituir granjas hereditarias de una superficie adecuada, el Estado nacionalsocialista confisca en algunas regiones ciertas propiedades pequeñas o despoja a los campesinos pobres del usufructo de otras. Por un decreto de febrero de 1934, el gobierno del «país» de Baden quitó a los campesinos el derecho secular a utilizar, contra pago de una pequeña contribución, los bienes comunales llamados Allmenden, adonde solían dejar pastar a su ganado. Estos bienes que representaban un 17% de la superficie de Baden, se destinaron a crear «fincas hereditarias» para algunos nazis privilegiados. En Hesse, un decreto gubernamental del 26 de diciembre de 1934 expropió de la misma manera y con el mismo fin 192.000 hectáreas (un 13,8% de la superficie del «país») de tierras. En la región pantanosa del Röhn, donde se realizaron trabajos de saneamiento, decenas de miles de campesinos, dueños de miserables parcelas, fueron expropiados para crear en las tierras «bonificadas» unos cientos de «fincas hereditarias».
2. El Estado fascista ayuda a los terratenientes a esclavizar de nuevo a los jornaleros agrícolas
El Estado fascista ayuda a los terratenientes a explotar con mayor rigor a sus jornaleros. Estos pierden sus organizaciones sindicales libres, y la garantía a una jornada fija. Se les imponen de nuevo formas de explotación que recuerdan a la Edad Media. Pierden el derecho a un seguro de paro y sus salarios descienden por debajo del mínimo vital. El resultado es que, todos los que pueden, tratan de irse a las ciudades, pero como el acceso a éstas está severamente controlado, se les rechaza sin contemplaciones. Se utilizan diversos sistemas arcaicos (reemplazo del salario por la retribución en especie, etc.), para ligarles más estrechamente a la gleba.
En Italia
Después de la guerra, los jornaleros agrícolas (braccianti) se agruparon en poderosos sindicatos que les permitían discutir de tú a tú con los propietarios. El fascismo empezó por destruir esos sindicatos, obligando a los jornaleros a alistarse en los «sindicatos» fascistas, organizaciones amarillas al servicio de los terratenientes. Los sindicatos de los trabajadores de la tierra se apoyan en los municipios rurales socialistas; por la ley del 4 de febrero de 1926, el Estado fascista suprime los Ayuntamientos elegidos y les reemplaza por los podestá, directamente nombrados por el gobierno. Naturalmente, el podestá de cada término municipal es el agricultor más rico, a veces un gran terrateniente. La ley del 30 de diciembre de 1923 excluye a los braccianti del seguro de paro. Los antiguos contratos colectivos pierden toda validez, sustituyéndoles otros que arrebatan a los proletarios rurales todas las ventajas que habían conquistado. En algunos casos se resucita la jornada de trabajo «de sol a sol»741. Por ejemplo, el de la provincia de Mantua dice que la duración nominal del trabajo es de ocho horas, pero establece numerosas excepciones, sin que las horas suplementarias den derecho a una compensación742.
Los nuevos contratos disminuyen mucho los salarios. Por ejemplo, en la provincia de Milán son menos de la mitad de los vigentes antes del fascismo743. En 1930, el salario medio en la agricultura es inferior en un 30% al de antes de 1914 y en un 40% al de 1919. Entre 1930 y 1938 se reduce todavía en un 20% más. Aunque Mussolini dijo que los salarios no debían ser de menos de ocho liras diarias744, en numerosas regiones quedan por debajo. En Ferrara, por ejemplo, el salario del jornalero medio es en 1934 de 6,60 liras diarias, en vez de 19,71 liras en 1925. El Corriere Padovano confiesa: «la situación de los obreros agrícolas de nuestra provincia podría, sin exageración, calificarse de trágica»745. Además, durante los meses de invierno, los salarios sufren una nueva reducción del 20 al 25% con el pretexto de «estimular a los agricultores a emplear más mano de obra y luchar de esa manera contra el paro invernal»746. Se prevén otras reducciones del mismo orden cuando se trata de «trabajos de mejora agraria y rústica» que tengan un «carácter extraordinario para combatir el paro»747. Por último, los braccianti no trabajan sino entre 80 y 150 días al año, lo que acaba de aniquilar sus ingresos medios: en la provincia de Forli, un jornalero agrícola gana efectivamente 1.297 liras al año, es decir 3,55 diarias748.
Estas precarias condiciones de existencia incitan a los proletarios agrícolas a dejar el campo para tratar de encontrar en la ciudad una suerte más favorable. Pero el Estado fascista les prohíbe abandonar sus pueblos y buscar trabajo en otro sitio. La «emigración interior» resulta imposible. Silone cuenta que los carabineros no dejan «montar en el tren a ningún obrero que vaya a otra región a buscar trabajo»749. Los gobernadores provinciales, por un texto legal de 1928, quedan autorizados, si lo consideran oportuno, a oponerse a toda emigración de la población rural750.
Para sujetar a la gleba al proletariado rural, el fascismo resucita una costumbre arcaica, especialmente odiosa: el salario en especie. Este ha sido siempre combatido con tenacidad por los proletarios agrícolas751. El bracciante, como escribe Le Temps, «al tener menos dinero líquido» tendrá «menos ganas de cambiar de residencia constantemente»752. Así queda atado a su explotador que, además, puede dar salida a sus propios productos en forma de salario.
La «coparticipación colectiva», sobre la que el fascismo hace bastante ruido y con la que pretende «desproletarizar» (sbracciantare) a los braccianti, no es más que una resurrección del salario en especie. En vez de recibir un salario diario, cierto número de campesinos que trabajan por cuenta ajena, o de familias de trabajadores agrícolas, «participan colectivamente» de los productos de la tierra. En efecto, los «coparticipantes» no reciben un salario, no son asalariados. Pero tampoco son aparceros. Mientras éstos tienen derecho a la mitad de la cosecha, el «coparticipante» y su familia sólo tienen derecho a una tercera parte. Y además, éste tercio no es algo seguro, sino que se trata de una «base» variable, según la productividad y la organización de las empresas. El «coparticipante» puede ser despedido, como un asalariado cualquiera, y pierde en tal caso «todo derecho a los beneficios de la participación, cualquiera que sea el período durante el que haya trabajado para la empresa»753. En suma, está estrechamente vinculado a su patrono, pero con todos los deberes y ningún derecho.
Además, los propietarios agrícolas dan en «coparticipación» sus peores tierras, en especial las recién roturadas. En la primavera de 1938, el gobierno fascista instaura una nueva forma de esclavitud para los trabajadores rurales: les manda a cultivar la tierra de los latifundistas alemanes. Van a trabajar a Alemania 30.000 jornaleros, vestidos de uniforme, con un gorrillo militar y una «pequeña guía para uso del trabajador agrícola en el extranjero», en la que se dice: «Gracias al régimen, vas en servicio organizado, como italiano, como soldado del gran ejército fascista del trabajo.» En Alemania su salario es de 7,60 liras diarias754.
En Alemania
Al terminar la guerra mundial, los trabajadores agrícolas alemanes, numerosos sobre todo en las regiones del Este, empezaron a emanciparse. Acudieron en masa a los sindicatos libres y obtuvieron mejores condiciones de trabajo, gracias a contratos colectivos. El triunfo del nacionalsocialismo volvió a reducirlos a su servidumbre anterior. Una vez sincronizados sus sindicatos con el conjunto de los sindicatos obreros el 2 de mayo de 1933, en marzo del 1934 pasan, disueltos aquéllos, a formar parte de la «Corporación de Abastecimientos del Reich», cuyas secciones locales están dirigidas por los terratenientes. En septiembre de 1933 pierden el seguro de paro, y vuelven a aparecer los métodos de explotación feudales: severas penas disciplinarias y hasta castigos corporales. Aunque en teoría esté reglamentada la duración de la jornada y también del año de trabajo, se admiten numerosas derogaciones, retribuyéndose las horas suplementarias de un modo ridículo755.
A partir del 1 de mayo de 1934, fecha en que entra en vigor la «reglamentación del trabajo nacional», los curadores del trabajo anulan o modifican numerosos contratos colectivos. Las reducciones de salarios alcanzan un promedio del 25%756. En otros casos se autoriza a los patronos a retribuir a sus obreros por debajo de los mínimos en vigor757. Con la complicidad de las autoridades, los terratenientes violan o burlan numerosos contratos, aun válidos legalmente. El resultado es que los salarios de los jornaleros agrícolas caen por debajo del mínimo vital. Un funcionario nacionalsocialista, Gutsmiedel, se ve obligado a confesar que «los salarios y las condiciones de existencia de los jornaleros son catastróficas», los salarios son inferiores a veces en un 50 o un 70% a los salarios de paro de los obreros industriales758. «No es un secreto para nadie —escribe Le Temps— que en las grandes fincas, todavía muy numerosas en Alemania, los obreros agrícolas reciben una retribución miserable»759.
Para reducir aún más el costo de la mano de obra en la agricultura, el Estado nacionalsocialista pone a disposición de los latifundistas medio millón de trabajadores urbanos que están obligados a trabajar casi gratis. Como dijimos, por el decreto del 28 de agosto de 1934, los jóvenes solteros menores de 25 años pierden su empleo en las ciudades. A continuación se les envía al campo para ayudar en los trabajos agrícolas, por un tiempo indeterminado. El salario en especie a que tienen derecho, pero que en realidad sólo reciben cuando el patrono quiere, es muy inferior al subsidio de paro. El Estado nacionalsocialista pone también a disposición de los terratenientes a los miembros del «servicio del trabajo», así como los adolescentes que, en aplicación de la ley del 1 de abril de 1934, deben efectuar, al salir de la escuela, un servicio de «un año en el campo». La llegada de los braccianti italianos deprecia todavía más el trabajo de los proletarios de la tierra.
Estos procuran abandonar sus aldeas, aunque tengan allí trabajo, para buscar una existencia menos precaria en las ciudades. Pero el Estado nacionalsocialista emplea toda clase de procedimientos para hacerles volver al campo, donde se encuentran «más que nunca, a merced de los terratenientes que les explotan»760. Por ejemplo, la ley del 15 de mayo de 1934 prohíbe que las empresas urbanas contraten a ningún obrero que haya trabajado en los tres años anteriores en la agricultura; el decreto del 28 de febrero de 1935 prescribe que los jornaleros agrícolas a quienes se aplique la ley precedente deben ser expulsados de las ciudades inmediatamente y residir en el campo so pena de sanción.
Para aumentar la dependencia del obrero agrícola, el nacionalsocialismo reemplaza progresivamente el salario en dinero por el salario en especie. Un funcionario nazi, Kräutle, declara que «la mano de obra debe estar de nuevo ligada a la explotación» y que «debe introducirse en todas partes el salario en especie»761.
También resucita el sistema arcaico de los Heuerlinge, que sólo quedaba como vestigio en algunas regiones, el Heuerling es un obrero agrícola al que el propietario concede una parcela a cambio de un considerable número de jornadas de trabajo. Según el jefe de los campesinos de Oldenburg, la extensión de este sistema es el «medio más eficaz de detener el éxodo del campo y sujetar al jornalero agrícola a la gleba»762.
3. A explotar con mayor dureza a los pequeños cultivadores y a los aparceros
El Estado fascista ayuda también a los grandes propietarios a explotar aún más a sus granjeros o aparceros.
En Italia
Después de 1922, el precio de los arrendamientos se multiplica por seis o siete, y muchos arrendatarios se ven obligados a trabajar como jornaleros763.
En cuanto a los aparceros, que habían conseguido, a raíz del conflicto de 1914-18, mejorar sus contratos de aparcería, pierden en aquella fecha todas las ventajas que habían conquistado. Por ejemplo, en los contratos firmados en 1920 en la provincia de Bolonia, el aparcero se reservaba el 60 o 70% de la cosecha, pero en el contrato de 1929 no recibe más que la mitad. En ciertas regiones reaparecen cláusulas medievales. Por ejemplo, en un contrato concluido en la provincia de Tarento, en 1935: «El aparcero y su familia mostrarán respeto y obediencia hacia el propietario. Se comprometen a hacerle el pan, lavarle la ropa, etc., así como a suministrarle la leña, la paja y otros productos a domicilio, en el campo o en la ciudad. Además, se prohíbe al aparcero tener malas relaciones con sus vecinos.»
Una ley de 11 de febrero de 1923 exime a los terratenientes del pago de las cuotas de seguros que quedarán a cargo de los aparceros exclusivamente. Un decreto del 10 de septiembre de 1923 anula las disposiciones que prohibían expulsar a los aparceros de sus tierras sin la autorización de una comisión paritaria; los propietarios se autorizan a infligir multas a sus aparceros por motivos fútiles764.
Los aparceros quedan incluidos en la Confederación fascista de la Agricultura que les dicta los contratos que deben concluir con los propietarios. Ahora bien, los dirigentes de la Confederación son terratenientes u hombres de su confianza. El príncipe de Torlonia, gran propietario, es el presidente provincial de la Confederación, e impone a los aparceros un contrato que el mismo Lavoro Fascista considera «algo de lo más antitécnico, antieconómico e injusto que se pueda imaginar»765.
Es significativo que cuando Razza, presidente de la Confederación fascista de los trabajadores asalariados de la Agricultura trata de absorber a los aparceros en su organización, los grandes propietarios agrícolas ponen su veto en el Senado a este proyecto (Razza no está inspirado por intenciones filantrópicas, sino por la ambición de ensanchar su base social, pero los aparceros hubieran salido ganando si se les hubiera asimilado a los jornaleros del campo, que, al menos, conservaban algunos modestos derechos). El gobierno cede a la presión de los terratenientes, y se adopta finalmente un texto legal que dice que los contratos de aparcería no contendrán cláusula alguna relativa al salario y ninguna otra de las habituales en los contratos de trabajo pagados en dinero766.
Las publicaciones fascistas no ocultan las duras condiciones de vida de los aparceros, que ganan aún menos que los jornaleros agrícolas. El economista fascista Perdisa escribe que «por desgracia es cierto que allí donde la tierra se cultiva en aparcería, las rentas descienden a niveles tan bajos que los campesinos, a pesar de su apego a la tierra, se ven obligados a trabajar como obreros agrícolas»767.
En Alemania
El Estado nacionalsocialista, por ley del 22 de abril de 1933, parece proteger al pequeño arrendatario. Pero esta protección se reduce, en realidad, a que en caso de denuncia del contrato por el propietario, la expulsión del arrendatario no se hará efectiva hasta un año después, salvo en el caso de que el arrendatario no estuviera al corriente en el pago de su renta. Además, la ley del 29 de septiembre de 1933, que creó las «fincas hereditarias», al especificar que éstas no podrán ser dadas en arriendo, produce una oleada espectacular de denuncias de contratos de arrendamiento por parte de los propietarios, ansiosos de obtener los beneficios de dicha ley768.
4. El Estado fascista da a los terratenientes grandes y medios toda clase de facilidades fiscales: subvenciones, reducción de deudas, de las que apenas se benefician los campesinos que trabajan personalmente la tierra
El Estado fascista concede a los grandes propietarios y a los campesinos ricos numerosas exoneraciones fiscales, subvenciones, condonación de deudas, etc., de las que no se benefician en absoluto los trabajadores del campo.
En Italia
Exenciones fiscales.—El decreto del 4 de enero de 1923 decide que el impuesto sobre las rentas rústicas se calculará sobre la renta neta del propietario no trabajador (es decir, después de deducir los salarios pagados), mientras que en el caso del campesino que trabaje la tierra directamente, sin asalariados, la base imponible son sus ingresos brutos. De esta manera, la cuota impositiva del campesino-trabajador es en muchos casos más elevada que la del terrateniente absentista (un 10% en el primer caso y un 5% en el segundo). La ley del 7 de enero de 1923 decide una revisión general del catastro; pero ésta se efectúa en todas las regiones bajo el control de los terratenientes y se valoran enormes fincas a precios ridículos, lo que reduce aún más los impuestos de los terratenientes respecto a los de los campesinos-trabajadores769. Por el decreto del 1 de agosto de 1927 y la ley del 28 de junio de 1928, el Estado fascista concede a los grandes terratenientes y a los campesinos ricos diversas exenciones fiscales. Según la estadística publicada por un periódico fascista, el campesino que trabaja personalmente sus tierras paga, en las regiones de llanura, 240 liras de impuesto sobre la renta por hectárea, mientras que el propietario que no trabaja sus tierras sólo paga 131 liras por hectárea770.
Subvenciones de bonificación integral.—Por la ley del 24 de diciembre de 1928 sobre la bonificación integral, el Estado fascista distribuye a los grandes propietarios enormes subvenciones. Las bonificaciones propiamente dichas (repoblación forestal, canales de riego, caminos, distribución de energía eléctrica, etc.) corren casi íntegramente a cuenta del Estado (en una proporción que oscila entre el 75 y el 92%). En cuanto a la mejora de las fincas, la subvención estatal es de un 33% por término medio, que puede llegar al 45% cuando se trate de instalaciones de energía eléctrica e incluso al 75% en caso de construcción de acueductos rurales. De un programa de obras que totaliza 7.000 millones de liras, el 1 de julio de 1934 el Estado fascista había gastado ya más de 4.000 millones de liras771. Pero la parte pagada por los propietarios es mucho menor. Rosenstock-Franck señala que en los consorcios de bonificación, una «minoría de grandes latifundistas» ejerce la influencia preponderante772. En realidad la «bonificación integral» tuvo por resultado mejorar a costa del Estado, grandes latifundios que antaño estaban sin cultivar, en muchas ocasiones.
Subvenciones para la batalla del trigo.—El Estado fascista favorece también a los latifundistas y a los campesinos ricos al establecer, a partir de 1925, un gran «concurso nacional» entre los productores de trigo, todos los años, destinado a recompensar a los que obtuvieran los mejores rendimientos. Los premiados reciben importantes cantidades en metálico: el vencedor de 1932 en la categoría de explotaciones de tipo medio recibe 38.000 liras773. En 1937, el importe total de los premios se eleva a casi 650.000 liras y entre los premiados figuran 60 arzobispos y obispos y más de 2.000 sacerdotes774. Pero en Italia son precisamente los grandes propietarios y los campesinos ricos los que cultivan trigo. Las familias campesinas que trabajan su finca familiar, o bien producen el trigo que necesitan para su consumo solamente, pues son incapaces de conseguir rendimientos elevados, o se dedican a otras actividades (ganadería, viticultura, etc.): las recompensas del «concurso nacional» no son para ellos.
En Alemania
Exenciones fiscales.—Las «fincas hereditarias», creadas por la ley del 29 de septiembre de 1933, quedan exoneradas completamente del impuesto sobre la sucesión y del impuesto sobre las fincas rústicas. La ley del 21 de septiembre de 1933 otorga una reducción del impuesto sobre la renta a aquellas explotaciones que tienen una elevada cifra de negocio. Por otra ley del 16 de octubre de 1934, el comercio al por mayor de los productos agrícolas queda completamente exento de dicho impuesto. Todas estas medidas benefician casi exclusivamente a las grandes explotaciones. Los latifundistas se aprovechan también de las exenciones de impuesto por adquisición de nuevos locales de habitación, etc. Por el contrario, los campesinos que trabajan personalmente sus fincas, sin asalariados, tienen que pagar nuevos impuestos. En 11.000 Ayuntamientos rurales donde no existía, se introduce la cuota de capitación, muy impopular siempre en el campo, etc. Además, los campesinos tienen que pagar diversas cotizaciones a la «Corporación del Abastecimiento del Reich», costoso organismo burocrático que monopoliza los intercambios de productos agrícolas775.
Moratoria.—Por una ley de febrero de 1933, el Estado nacionalsocialista extiende a todo el Reich la moratoria sobre las deudas de los agricultores que el gobierno de Brüning había instituido solamente para las provincias del Este y prolonga su vigencia hasta el 31 de octubre de 1933. Luego vuelve a renovarla hasta el 31 de diciembre, fecha en que queda abolida definitivamente. Es que mientras tanto, los propietarios ricos y acomodados, a quienes se aplica —o puede aplicarse— la ley del 29 de septiembre del año 1933 sobre las «fincas hereditarias», han conseguido una protección mucho más radical contra la venta forzosa: sus bienes son inalienables e inembargables. Como los grandes bancos protestan contra esta forma tan cómoda de no pagar las deudas, una ordenanza de diciembre de 1936 establece que una «finca hereditaria» no podrá estar hipotecada en más del 70% de su valor. «En muchos casos, dice Le Temps, los campesinos han tratado de conseguir para sus tierras el título de “finca hereditaria”, con el sólo fin de frustrar a sus acreedores. Las nuevas disposiciones tienen por objeto acabar con ese abuso»776. Los más endeudados de los agricultores no son los más protegidos. Pero, sobre todo, lo más importante es que la ley sobre las «fincas hereditarias» no se aplica a la masa de los agricultores modestos. Para éstos no tiene efecto la moratoria citada, aunque el régimen les haga beneficiarios, a título transitorio de otra moratoria, reservada a los inmuebles no agrícolas. Pero, según los términos de ésta, las ventas forzosas no se suspenden, sino por un máximo de seis meses. Una vez expirado este plazo, ningún obstáculo jurídico se opone a la venta pública de las explotaciones endeudadas. Poco a poco se reanudan las ventas forzosas, y en el último trimestre de 1934, su número es un 91,6% mayor que durante el último trimestre de 1933. En 1935 son más numerosas aún y conciernen sobre todo a las pequeñas explotaciones.
Conversión de deudas.—Por la ley del 1 de junio del año 1933, el gobierno del Reich reduce las deudas de los agricultores a los dos tercios del «valor» de la explotación y rebaja el interés al 4,5%. Pero esta ley beneficia sobre todo a los propietarios grandes y acomodados, pues las deudas de los campesinos modestos con los bancos no suelen alcanzar los dos tercios del valor de la explotación. Los campesinos pobres deben dinero a artesanos, proveedores, parientes o usureros del pueblo. Además, el «valor» de las explotaciones se calculará, según la ley, sobre la base del precio unitario de enero de 1931, aumentado en el caso de las pequeñas explotaciones por un coeficiente elevado. De hecho, el 1 de junio de 1934, un año después de haber sido promulgada la ley, no se había aplicado más que a 60.000 explotaciones rurales, entre más de cinco millones y medio.
Ayudas estatales.—A los latifundistas y campesinos ricos777, el Estado nacionalsocialista les sigue dando los créditos del Osthilfe (socorro a la crisis del Este). Antes de que Hitler llegara al poder, en diciembre de 1932, se habían repartido 132 millones de marcos de dichos créditos, y 60 millones habían ido a parar a explotaciones de más de 100 hectáreas. En aquel entonces los nacionalsocialistas habían protestado contra tamaño escándalo, pero una vez en el poder, lo agravan aún: en efecto, el 1 de noviembre de 1934 se habían concedido a las explotaciones de más de 125 hectáreas, 213 millones de marcos, 194 millones a las explotaciones entre 125 y 7,5, y sólo 33,5 millones a las inferiores a esta superficie778.
Subvenciones de la «batalla de la producción».—El Estado nacionalsocialista, para hacer autosuficiente a Alemania en alimentos, empieza en los últimos meses de 1934 una ruidosa «batalla de la producción», destinando grandes subvenciones a incrementar la producción agrícola. La ley del 1 de abril de 1935 dedica 100 millones de marcos del presupuesto de aquel mismo año a «estimular la agricultura». Se abre un crédito por la suma total de 1.000 millones de marcos, dentro del «plan de los cuatro años», para mejora de tierras y método de cultivo. Se conceden también subvenciones de 100 marcos por hectárea para la transformación de prados en tierras cultivadas. El Estado da toda clase de primas a la producción (para incrementar, por ejemplo, la producción de colza, lino, cáñamo, etcétera)779. Pero todas estas subvenciones suelen ir a parar a los propietarios grandes y medianos, que son los únicos que pueden emprender o aumentar la producción intensiva de los productos mencionados780.
5. La política agrícola del fascismo en materia de aduanas y precios favorece sobre todo a los grandes cultivadores
La política aduanera y de precios del fascismo favorece casi exclusivamente a los latifundistas y campesinos ricos, sacrificando a todos los demás. Tanto en Italia como en Alemania, «la separación técnica de los productos oculta una separación económica y política de los propietarios y de las clases»781. Los grandes propietarios y los campesinos ricos, favorecidos por la concentración de tierras, por la explotación racional, monopolizan la producción de cereales. Por el contrario, los campesinos modestos no producen cereales casi en absoluto.
El fascismo asegura precios remuneradores casi únicamente a los productores de cereales. Como los industriales temen el aumento de los precios de los productos agrícolas, a causa de la repercusión que tendría sobre sus propios precios de costo, el fascismo no se atreve a sacrificar completamente la agricultura a la industria cuando se trata de los productos predilectos de los latifundistas, pero la defiende con menos entusiasmo en los demás casos. En definitiva, busca un equilibrio entre los intereses de los grandes propietarios del campo y los de los magnates de la industria, pero los pequeños cultivadores son los que soportan las consecuencias.
En Italia
Toda la solicitud del Estado va a los productores de cereales. Los derechos de aduana sobre el trigo se elevan sucesivamente de 27,50 liras (julio de 1925) a 40,40 (septiembre de 1928), 51,40 (mayo de 1929), 60,60 (junio de 1930) y 75 liras (agosto de 1931)782. Esta protección aduanera asegura a los productores de trigo unos precios artificialmente elevados, a costa del consumidor: el profesor Mortara ha calculado que hasta 1931, el derecho de aduana sobre el trigo ha costado 1.500 millones de liras a los consumidores. Además hay una contingentación indirecta, debido a la obligación de emplear para fabricar harina un 95 por ciento de trigo nacional. Finalmente, para mantener unos precios altos, el Estado impone al mercado ciertas reglas sobre las ventas colectivas, el almacenaje, los anticipos sobre la cosecha, etcétera. Las cajas de crédito agrícola adelantan a los productores 80 liras por cada quintal de trigo almacenado.
Este sistema favorece sobre todo a los grandes productores: por varias razones:
1.ª Algunas cajas de crédito agrícola sólo hacen anticipos a partir de mínimos bastante importantes de trigo en almacén, como el campesino medio no tiene tales cantidades para vender, no puede aprovechar esas ventajas y se ve obligado a vender en el momento de la cosecha, a precios menos interesantes.
2.ª A partir de febrero de 1936, el campesino tiene que entregar toda la cosecha a un organismo estatal, conservando solamente tres quintales para su consumo783. Como esta cantidad no le basta, el campesino o paga el pan más caro o eleva el rendimiento de sus tierras, cosa nada fácil para los pequeños productores.
«Para aumentar —escribe Gaddi— la producción de trigo en un país donde hay o quedan pocas tierras sin cultivar hay que hacer una profunda transformación de la economía agrícola. Hay que intervenir [en la agricultura], reduciendo otros cultivos más beneficiosos para el campesino (...). Hay que aumentar el rendimiento empleando más máquinas y abonos químicos e invirtiendo, por lo tanto, en la tierra más capitales (...). La media de producción por hectárea, que era antes de 10 a 11 quintales, es hoy de 13 quintales. Pero esta media se compone de los ocho quintales por hectárea, que obtienen los labriegos de Cerdeña, y de los 25 a 30 quintales por hectárea que producen las grandes explotaciones capitalistas de Lombardía»784.
Los pequeños productores de otros productos agrícolas quedan perjudicados respecto a los de cereales. Los magnates de la industria se oponen a una protección general de todos los productos agrícolas. Cuando empieza la crisis mundial, las cotizaciones de los productos del campo poco protegidos (en especial los de la ganadería: carne, leche, huevos, queso) se hunden, no dejando un margen de beneficio apreciable. En 1933, la leche no se paga más que a 30 ó 40 céntimos de lira el litro785. En cuanto a los productos de la agricultura de exportación (vino, aceitunas, seda en bruto) se colocan difícilmente en los mercados exteriores. Primero la revalorización de la lira en 1927, y luego la competencia japonesa (caso de la seda) les privan de muchos mercados: «Las exportaciones agrícolas italianas caen verticalmente»786. El capullo de seda, por ejemplo, que en sus momentos de prosperidad llegó a cotizarse a 35 liras, sólo vale 3,50 en 1933787.
El Estado fija actualmente todos los precios. Pero el margen de beneficio de los productos agrícolas secundarios, sobre todo del ganado, es insuficiente. Además, el gobierno aplica fuertes impuestos a la ganadería. El impuesto anual por una cabra es de 20 liras, con lo que consigue hacer disminuir el número de cabezas de 3.100.000 en el año 1926 a 1.795.000 en 1936788. La política autárquica hace perder a la exportación de productos agrícolas sus últimos mercados.
Los campesinos modestos se arruinan, endeudándose «hasta la punta de los pelos»789. A finales de 1934, el diario La Terre calcula el total de deudas de la agricultura italiana en unos 10.000 millones de liras.
En Alemania
Los gobiernos de la República de Weimar, hasta 1932, se dedicaron a proteger exclusivamente a los grandes propietarios productores de trigo, sacrificando a los agricultores modestos, que se dedicaban sobre todo a la ganadería. Por eso, los nacionalsocialistas conquistaron el apoyo de los pequeños campesinos, prometiéndoles la misma protección de que disfrutaban los productores de cereales. Al llegar al poder, durante algún tiempo simularon que iban a cumplir todas sus promesas. En su discurso del 23 de marzo de 1933 en el Reichstag, Hitler dice: «Hay que salvar al campesino alemán (...) sin el contrapeso de una clase campesina alemana, la locura comunista habría sumergido ya a Alemania». Y uniendo la acción a la palabra, eleva entre 3 y 5 veces los derechos de aduana sobre los principales productos secundarios: huevos, queso, carne, etcétera.
Pero la política agrícola del Tercer Reich resulta desastrosa para las explotaciones agrícolas pequeñas y medianas. Por las leyes del 13 y 26 de septiembre de 1933, se crea un organismo de Estado, la Corporación del Abastecimiento del Reich, cuyo objeto es asegurar unos «precios fijos» para los principales productos del campo. El sistema se aplica en primer lugar a los cereales: «Nuestro objetivo —dice Walter Darré— es establecer un precio justo para los productos agrícolas, y en primer lugar para los cereales». La tonelada de centeno, que valía en enero de 1933, en Berlín, 152 marcos, sube a 172 en mayo de 1935; la de trigo candeal pasa de 185 marcos a 212. Pero esta política de «precios fijos» beneficia sobre todo a los grandes propietarios y a los campesinos ricos:
1.º Los «precios fijos» de los cereales se determinan anualmente, según una escala móvil: cuanto más se alejan de la fecha de la cosecha, más altos son. Así, el campesino que no puede almacenar el trigo y que tiene que venderlo inmediatamente después de la cosecha, encuentra los precios más bajos. Además, los «precios fijos» son válidos únicamente para una cantidad mínima (por ejemplo, un vagón) y el campesino que no dispone de tales cantidades, tiene que aceptar peores precios.
2.º Los campesinos, a partir de junio de 1934, están obligados a entregar a la Corporación de Abastecimiento del Reich sus cosechas. De éstas, una cantidad determinada (y absolutamente insuficiente) se destina a su propio consumo. Una ordenanza del 22 de julio de 1937 les obliga a entregar todos sus cereales panificables, so pena de severas sanciones (multas de hasta 10.000 marcos y prisión) en caso de inobservancia de la ley. Así pues, las ventajas de los «precios fijos» quedan anuladas por la imposibilidad en que se encuentra el campesino de consumir sus propios productos o destinarlos a alimentar su propio ganado.
En mayo de 1934, el sistema de los «precios fijos» se extendió a los productos de la ganadería. Pero la situación del pequeño ganadero no mejora por ello:
1.º La burocracia encargada de la comercialización del ganado y de la leche se preocupa mucho menos de aumentar el valor de los productos, cuya compra monopoliza, que de impedir que suban sus precios. Como estos productos constituyen un importante capítulo del presupuesto de los obreros industriales, los capitalistas presionan para que el Estado no los eleve, obligándoles indirectamente a subir los salarios de sus obreros. El resultado es que los productos lácteos tienen un índice de precios de un 10% inferior a los anteriores a 1914, mientras que el precio de los cereales es superior en un 15%790.
2.º El productor de productos lácteos no puede venderlos directamente, como hacía antes del nacionalsocialismo. Ahora, antes de poder fabricar mantequilla o queso tiene que entregar una cantidad fija de leche a la organización monopolística, a bajo precio. Un campesino de Silesia, que vendía directamente al consumidor un litro de leche a 22 pfennigs el litro, no recibe ahora más que 14, de los que tiene que pagar 2 para cubrir los gastos de la burocracia. Esta misma leche se vende en las ciudades al precio de 24 pfennigs791.
El resultado es que los campesinos se resisten a entregar la leche, hasta el punto que en diciembre de 1935 Goering tiene que dar orden a la Gestapo de proceder rigurosamente contra los recalcitrantes. «El sabotaje de la entrega de la leche por los agricultores —declara un comunicado oficial— es un acto de traición hacia el pueblo y la nación; el que manifiesta una resistencia pasiva o activa comete un crimen contra la comunidad nacional»792.
3.º Los granjeros modestos sufren un grave perjuicio al subir los precios de los forrajes. En Alemania sólo los grandes propietarios pueden producir forraje bastante para alimentar a sus ganados, los demás agricultores tienen que adquirirlos. La producción forrajera alemana no cubre más que el 25 ó 30% de las necesidades793. El Gobierno, en 1933 elevó mucho los derechos aduaneros sobre los forrajes, tanto para incrementar la producción nacional como para ahorrar divisas extranjeras. El resultado es que los forrajes alcanzaron en seguida precios exorbitantes. Los grandes terratenientes productores de forrajes hicieron buenos negocios, pero los campesinos modestos tuvieron que renunciar en muchos casos a tener algunas vacas o un corral, produciéndose una importante baja en la oferta de leche, huevos, mantequilla y carne (en especial de cerdo).
Una ordenanza del 22 de julio de 1937 prohibió rigurosamente utilizar los cereales panificables para alimentar al ganado, y casi al mismo tiempo se anunció que en vista de la penuria de divisas extranjeras, no sería posible importar cebada o maíz para alimento de los animales794.
A estas diversas causas de descontento, habría que añadir la tensión perpetua en la que obliga a vivir a los campesinos alemanes el «plan de los cuatro años». Constantemente llegan normas obligándoles a aumentar las superficies cultivadas y el rendimiento, o emprender el cultivo de una nueva planta. Son también objeto de todas las sospechas. Por ejemplo, el decreto del 23 de marzo de 1937 estipula que en el caso en que una explotación agrícola no esté suficientemente cultivada para contribuir como conviene al abastecimiento del pueblo alemán, las autoridades competentes pueden intervenir, bien haciendo una advertencia al cultivador, u obligándole a practicar un cultivo conforme a las necesidades de la nación. También pueden poner la explotación bajo el control de un comisario u obligar al propietario a arrendar sus tierras o confiar su explotación a una persona experimentada795.
Sin embargo, la tierra no es muy fértil en Alemania, y aumentar su rendimiento o cultivar tierras pobres cuesta mucho dinero. A pesar de las subvenciones distribuidas por el Reich y las reducciones de precio de los abonos (decreto del 23 de marzo de 1937), el esfuerzo que se exige de los campesinos es cada vez más intenso, sobre todo para los pequeños propietarios. Un secretario del ministro de Agricultura, Backe, confiesa en un artículo que el valor de la producción agrícola en 1937 no ha aumentado más que en 163 millones de marcos, mientras que los gastos de explotación lo han hecho en 335 millones796.
«Hay entre los agricultores —escribe el corresponsal de un diario francés— una creciente falta de interés por su trabajo cotidiano, desde que el nazismo ha transformado completamente el estatuto del campesino (...). Es dudosísimo que los campesinos alemanes estén entusiasmados con el nuevo orden. Todas las publicaciones y discursos oficiales terminan con patéticos llamamientos a los agricultores y a su espíritu de sacrificio, e incluso a su abnegación. Estos llamamientos no son superfluos»797.
6. El Estado fascista no libera al campesino del capitalismo; por el contrario, favorece la penetración del capitalismo en la agricultura
El fascismo no sólo eleva los beneficios de los latifundistas y campesinos ricos, sino que también abre al capitalismo industrial y bancario —que se encuentra vinculado por intereses comunes con la gran propiedad de la tierra— nuevos mercados en el campo. Para atraerse a los campesinos modestos, los demagogos fascistas prometieron defenderles de la explotación de los bancos, de los grandes fabricantes de maquinaria agrícola, abonos, electricidad, así como de los especuladores e intermediarios, que monopolizan los productos agrícolas, pagan precios ridículos a los productores y venden caro a los consumidores urbanos. Pero una vez en el poder, hicieron exactamente lo contrario de lo que habían prometido, acelerando por todos los medios la penetración del capitalismo en la agricultura.
En Italia
La política agrícola del fascismo («bonificación integral», «batalla del trigo», derechos de aduana sobre el trigo) no sólo tiene por resultado elevar los beneficios de los latifundistas y propietarios ricos, sino que también abre nuevas salidas al capitalismo bancario e industrial. La electrificación rural enriquece a los trusts de la industria hidroeléctrica, y tanto los fabricantes de maquinaria agrícola como los de abonos se aprovechan mejor que nadie de la «batalla del trigo». «Los italianos —comenta Rosenstock-Franck— dicen que es la Montecatini la que ha ganado la batalla del trigo»798. Al principio de 1938, un diario financiero escribe que la brillante situación de la Montecatini se debe a las ventas de abonos, en especial de nitratos, de los que se habían producido 5 millones de quintales durante la campaña 1937-38, en vez de 3 millones de quintales como en las anteriores799.
En Alemania
Algo similar sucede en Alemania. «El gobierno hitleriano —escribe Steinberger— ha rodeado a la agricultura de una cintura casi cerrada de industrias cartelizadas y colocado así los mercados y la producción campesina bajo la estrecha dependencia, tanto de los monopolios comerciales como de los cartels industriales». Una de las funciones esenciales de la «Corporación del Abastecimiento» es la de asegurar a los grandes intermediarios capitalistas una producción y unos mercados más extensos, eliminando del mercado a los pequeños productores. Ya vimos lo que pasa con la leche. Pero conviene mencionar que el beneficio resultante de la diferencia entre el precio que recibe el productor y el que paga el consumidor no lo utiliza la Corporación, que actúa como intermediaria solamente, sino empresas capitalistas o lecherías cooperativas (dirigidas y financiadas por los latifundistas).
Otro ejemplo es el de la industria azucarera. Por un decreto de noviembre de 1934, cada campesino productor de remolacha es asignado a una azucarera, que le paga a un precio muy bajo, y vende el azúcar a precios de monopolio800.
En una palabra, la política agrícola del nacionalsocialismo abre nuevos mercados en el campo a los cartels industriales, productores de maquinaria y de abonos. En un discurso, el Dr. Schacht ensalza así la mecanización de la agricultura, tan beneficiosa para la gran industria: «No podemos olvidar que los productos de la industria capitalista, como las cosechadoras y los arados mecánicos son indispensables para una agricultura que se propone alimentar a una población de 50 millones de habitantes. Una política agrícola que impidiera el progreso en este terreno no podría ganar la batalla de la producción y no serviría los intereses del pueblo»801.
Conclusión. Algunas peligrosas ilusiones
Hemos intentado en las precedentes páginas dar una idea de la verdadera naturaleza del fascismo, tratando de rectificar algunos de los errores que circulan sobre él. Para terminar, trataremos de disipar algunas ilusiones peligrosas.
1. Políticamente, el fascismo no es «progresivo». El secreto de su duración
Una de ellas consiste en creer que el fascismo es, pese al horror que inspira, un fenómeno político progresivo, una etapa, dolorosa pero efímera y hasta necesaria. Profetas imprudentes han anunciado diez y cien veces el hundimiento próximo e inevitable de la dictadura fascista en Italia o en Alemania, bajo los golpes de la revolución victoriosa. Han afirmado que el fascismo, al elevar al máximo la tensión en el antagonismo entre las clases, aceleraba el estallido de la revolución proletaria, e incluso, según cierto estalinista, que el «proletariado no podía conquistar el poder, sino a través del infierno de la dictadura fascista»802. Pero los hechos demuestran —con una trágica evidencia— que a partir del momento en que la clase obrera ha dejado pasar la ola fascista, se abre para ella un largo período de esclavitud y de impotencia, durante el cual, las ideas socialistas —o simplemente «democráticas»— no sólo desaparecen de los frontones de los monumentos públicos, sino que —cosa muchísimo más grave— se las extirpa de los cerebros. El fascismo destruye, en el sentido material de la palabra, todo lo que se opone, por poco que sea, a su dictadura; hace el vacío en torno suyo y detrás de él deja el vacío.
¿De qué elementos se compone su extraordinaria resistencia, aniquilando a todo lo que le sea extraño, contra todo y contra todos, durante años y años, a pesar de sus contradicciones internas, a pesar de la miseria y el descontento de las masas?
La centralización a ultranza
La fuerza de la dictadura reside primero en su centralización a ultranza. Como observa un diario francés, semejante régimen no puede «sufrir, por definición, el menor vestigio de federalismo o de autonomía. Como la Convención, como Napoleón, su objetivo tiene que ser el centralismo integral, consecuencia lógica de su sistema y medio necesario para asegurar su permanencia»803. Mussolini y Hitler refuerzan al máximo la autoridad del poder central, suprimiendo hasta el menor vestigio de particularismo. En Italia, las atribuciones de los gobernadores provinciales se extienden considerablemente. «Que quede bien claro —les dice el Duce en una circular— que no puede dividirse la autoridad (...). La autoridad es unitaria e indivisible, y si no lo fuera, volveríamos a caer en la desorganización del Estado»804. En Alemania, los diecisiete «países» (länder), que según la Constitución de Weimar tenían su propio gobierno y su propio parlamento, van siendo suprimidos por etapas, asimilados a meras provincias del Reich, administradas directamente por los representantes del poder central, los Statthalter. Exaltando su obra centralizadora, Hitler se vanagloria de haber «dado al pueblo la Constitución que le hace fuerte»805.
Marx podía en su tiempo alegrarse de que el poder ejecutivo, al concentrarse cada vez más, concentrara al mismo tiempo en contra suya todas las fuerzas de destrucción806. Y algunos teóricos, como Edouard Berth, que tienen de la dialéctica una concepción demasiado simplista, han pensado también que al centralizar al máximo, el fascismo no puede hacer sino trabajar involuntariamente en pro de la Revolución807. Pero es olvidar que el fascismo, al mismo tiempo que centraliza, suprime radicalmente todas las «fuerzas de destrucción».
Olvidar que lleva a su mayor perfección los métodos de represión policíaca al uso en los Estados modernos, haciendo de la policía política una verdadera organización científica. La Ovra, italiana, y la Gestapo, alemana, son verdaderos «Estados dentro del Estado», que extienden sus ramificaciones a todas las clases sociales, disponen de recursos financieros y materiales enormes y de poderes exorbitantes, pudiendo aniquilar literalmente, nada más brotar, cualquier intento de oposición donde quiera que se manifieste. En cualquier momento pueden detener, «poner a la sombra» en una isla perdida o en un campo de concentración e incluso suprimir, sin el menor proceso, a quien le parezca.
De semejante régimen puede decirse que es como «un bloque de granito liso, donde ninguna mano puede agarrarse»808. El corresponsal de Le Temps tiene razón (al menos en parte), cuando escribe refiriéndose a Italia: «La oposición ha desaparecido completamente (...). Con el sistema del Estado totalitario ninguna propaganda hostil es posible»809. O el Dr. Goebbels, cuando afirma: «Los enemigos del régimen están por tierra, no hay en todo el país ninguna oposición digna de ese nombre»810.
La atomización forzosa de la clase obrera
A estos métodos de represión policíaca se añade el estado de «fragmentación forzosa, de atomización e impotencia» en que el fascismo mantiene a la clase obrera811. Es cierto que no consigue suprimir la lucha de clases, fenómeno sociológico que ningún régimen político, ninguna policía, por perfeccionada y poderosa que sea, puede abolir. Bajo la losa del fascismo se agita la lucha de clases, y si no se la reconoce a primera vista es que toma formas un poco distintas de las que nos resultan habituales. Se manifiesta, por ejemplo, a través de la demagogia de los líderes plebeyos fascistas, en los sindicatos «fascistizados» o «sincronizados», etcétera, etcétera. Es cierto también que ni en Italia ni en Alemania puede alabarse el régimen de tener consigo al conjunto del proletariado. Por el contrario, el mismo Mussolini tiene que reconocerlo: «No puedo decir que tenga [conmigo] a todos los obreros (...). Son los eternos descontentos»812. En Alemania, las elecciones a los «consejos de confianza» de fábrica, celebradas en abril del año 1934 y en abril de 1935, fueron dos fracasos para el régimen. Según reconoció bastante después el Dr. Ley, apenas el 40 por 100 de los electores participaron en el voto en el año 1934813. En 1935, al menos el 30 por 100 de los electores se abstienen o votan en contra814. Así pues, las elecciones se «aplazan» los tres años siguientes y, por último, en junio de 1938 el gobierno decide que los «hombres de confianza» serán, sin más, nombrados por el empresario, y no elegidos por los obreros.
Pero este descontento latente apenas puede expresarse, y menos aún establecer una cierta coordinación. Estallan de vez en cuando movimientos reivindicativos, pero en empresas separadas, y sólo unos pocos obreros exteriores a la empresa donde se producen llegan a enterarse. En cada fábrica, los obreros en lucha se creen solos; no sólo los vínculos entre los obreros de diferentes empresas han quedado rotos, sino que en una misma empresa, las relaciones entre el personal de los diversos servicios no existen ya, y son muy difíciles de restablecer815. Cuando, tras grandes esfuerzos, se reconstruye un embrión de sindicato ilegal, la policía consigue casi siempre aplastarle antes de que se desarrolle816.
Quedan algunos militantes socialistas y comunistas que distribuyen, con riesgo de su vida, octavillas y publicaciones ilegales, pero no son más que una minoría heroica y constantemente diezmada.
Los trabajadores no salen de su pasividad más que cuando un acontecimiento les revela que no están solos, que al otro lado de la frontera hay otros trabajadores que luchan. Por ejemplo, las grandes huelgas de junio de 1936 en Francia, pese a los esfuerzos de la prensa fascista para disminuir su importancia, tuvieron un gran eco entre los trabajadores de Italia y de Alemania. El 18 de abril de 1937, Rudolf Hess pronunció un violento discurso anticomunista en Karlsruhe, que el corresponsal en Berlín de un diario parisino comenta en estos términos: «En el interior de Alemania, este discurso tiende (...) a hacer cesar las discusiones, que, pese a la censura, han surgido entre las masas populares del Reich a raíz de promulgarse la ley de las 40 horas y las otras nuevas leyes sociales del gabinete Blum»817.
El control directo sobre la juventud
Mientras el fascismo persigue a los opositores adultos, se esfuerza en forjar a la juventud a su imagen y semejanza. «La generación de los irreductibles desaparecerá por ley natural —dice Mussolini— ¡Pronto vendrán los jóvenes!»818. Volpe habla con una especie de glotonería de ese «material virgen que no han tocado aún las viejas ideologías»819. «Es la juventud alemana la que representa nuestro futuro —declara Hitler—. Nosotros la educaremos en nuestros ideales. Si la vieja generación no puede acostumbrarse, le quitaremos sus hijos»820. «Pretendemos inculcar nuestros principios a los niños desde su más tierna infancia»821. Y Goebbels afirma que mientras la juventud marche detrás de Hitler, el régimen será indestructible822. Desde los cuatro años en Alemania y desde los seis en Italia, el niño tiene que entrar en las formaciones paramilitares del fascismo, donde se le somete a un «lavado de cerebro» intensivo. El Estado dictatorial pone en sus manos un solo periódico, un solo libro de clase y le educa en una atmósfera de exaltación y de fanatismo.
Esta verdadera doma de la infancia consigue resultados tangibles. En Italia, escribe Gentizon: «La juventud no consigue concebir por sí sola las ideas socialistas y comunistas»823. Un militante obrero, Feroci, dice: «Una juventud que no ha leído jamás un periódico obrero, que jamás ha participado en una reunión obrera, que no sabe nada del socialismo y del comunismo (...), eso es (...) lo que constituye la verdadera fuerza del régimen de Mussolini»824. En Alemania la situación es todavía peor.
Naturalmente hay realidades que la educación fascista no puede borrar, y algo que no hace falta enseñar: el instinto de clase. Ningún «lavado del cerebro» impedirá jamás a un joven obrero el sentirse explotado. Pietro Nenni, aunque no pretenda ni mucho menos que la juventud en camisa negra haya conseguido liberarse de las cadenas fascistas, señala que en Italia «muchos jóvenes se portan como socialistas sin saberlo ni quererlo»825.
El semanario fascista Il Maglio, órgano de los «sindicatos» fascistas de Turín, se queja de que la juventud no comprende el «sindicalismo» fascista: «Es natural —escribe— que haya algunos jóvenes que aun reconociendo que la abolición de toda forma de lucha de clases es una necesidad absoluta (...), sigan creyendo que los intereses de los trabajadores pueden defenderse mejor con las huelgas y los métodos de lucha que se practicaban hasta ayer mismo en los conflictos laborales (...)»826.
También en Alemania, algunos jóvenes que habían creído que el Tercer Reich sería su Estado y que ven cómo se consolida la vieja explotación capitalista, se sienten engañados. Pero a unos y a otros les resulta muy difícil, con la formación que han recibido, deshacerse de las ideas falsas inculcadas, aclarar el sentido de su disgusto, rehacer sin ningún guía el trabajo realizado por un siglo de pensamiento y acción socialista. Por eso, el confuso despertar de su conciencia de clase lleva como máximo a muchos de ellos a la «extrema izquierda» del fascismo o del nacionalsocialismo, pero no a convertirles en militantes revolucionarios.
Sin duda, las familias pueden, en cierto modo, contrarrestar la influencia de los educadores fascistas. Pero el Estado se cuida de que en todas sus horas de asueto, el niño se encuentre fuera del hogar, y procura canalizar sus fobias contra los «adultos» en general y contra sus padres en particular. Y a veces se produce un conflicto trágico entre las dos generaciones: la antigua, que ha seguido siendo fiel a las ideas del socialismo, y la nueva, que, inspirada por los fascistas, la considera su enemiga.
Nota de 1964
Pero además, el fascismo en el poder practica con un arte consumado una política que consigue engañar a una fracción importante de las masas populares, que quizá no tuve en cuenta lo suficiente en las primeras ediciones de este libro, y que, actualmente, con la perspectiva que da el tiempo, me parece necesario hacer, pues desempeña un papel importante en la capacidad de durar del monstruoso régimen.
Algunos de los expedientes que utiliza el fascismo para hacerse popular los vimos en el capítulo sobre la «Mística fascista». Pero hay otros no tan «idealistas», que permitieron a los regímenes de Hitler y Mussolini engañar a unas masas escépticas e incluso hostiles al principio.
En primer lugar, la absorción del paro por medio de las grandes obras públicas (algunas tan útiles, en definitiva, como las autopistas) y, sobre todo, los armamentos.
Luego, el control dictatorial de las salidas de capitales y del nivel de precios, que gobiernos de izquierda del tipo frentepopulista fueron incapaces de llevar a cabo.
Por último, lo que tuvo mayor importancia, las «obras sociales» para organizar el tiempo libre de los trabajadores (Dopolavoro, Kraft durch Freude).
Aunque su formidable instrumento policíaco fue esencial para el mantenimiento del fascismo, sería erróneo creer que fue un régimen totalmente impopular, basado exclusivamente en el terror. No sólo puso a las masas un yugo, sino que consiguió una cierta adhesión de su parte. Si no, hubiera sido más frágil.
(Fin de la nota del 1964.)
2. El Estado autoritario puede prolongarse bajo la forma de dictadura militar
Hay quienes deducen de las contradicciones políticas que bullen en el seno del régimen fascista, su pronta desintegración. Es cierto que los magnates que subvencionaron y llevaron el fascismo al poder no están muy satisfechos de su logro.
En primer lugar, el régimen es caro. El mantenimiento de la pletórica burocracia estatal, del partido y de los múltiples organismos paraestatales, que a veces tienen las mismas funciones, cuesta enormes sumas y agrava las dificultades financieras del gobierno. El corresponsal de Le Temps en Berlín explica que «todas las grandes administraciones del Estado (...) están duplicadas por los organismos del partido nacionalsocialista (...). El partido penetra en los ministerios, delegando algunos de sus hombres de confianza, pero guarda, al margen de la administración tradicional, todos sus organismos propios (...)»827.
En su memoria de junio de 1937 a Hitler828, los industriales del Ruhr escriben: «Antes había un funcionario por cada doce personas que vivían de ocupaciones productivas. Hoy, si se tienen en cuenta las organizaciones oficiales del partido y los servicios paraestatales y corporativos con sus funcionarios, empleados, etcétera, por cada ocho personas que viven de ocupaciones productivas, hay una retribuida por el Estado». Renunciando a calcular «el nivel de gastos en personal y material que exige la máquina administrativa», los autores de la memoria se quejan de las «pérdidas incalculables que resultan de la falta de contacto entre las antiguas y las nuevas autoridades, de la duplicidad de competencias entre los antiguos y los nuevos servicios estatales del Estado y del Partido».
Por su parte, los magnates tienen que pagar «contribuciones voluntarias» para el partido y sus «obras», suscripciones diversas, fondos para soborno de las jerarquías, a las que, a veces, han de «hacer un sitio» en sus consejos de administración, etcétera.
Por si fuera poco, este parasitismo oneroso, los magnates tienen que aguantar la agitación demagógica a que se entregan los plebeyos fascistas, que, pese a las depuraciones y expulsiones, no cesa por completo. Además, aunque empujan al Estado fascista a una política agresiva, que les vale buenas contratas de armamentos y equipos militares, los magnates temen que los plebeyos fascistas, para buscar una diversión a la miseria popular, no acaben arrastrando al país a una guerra prematura o mal planeada, cuyo resultado sería la derrota del país. Es muy significativo que en el otoño de 1935 sean los jefes plebeyos, Farinacci, Rossoni y otros los que empujan a Mussolini a un conflicto con Inglaterra, mientras que la burguesía capitalista, el Estado Mayor, la corona se inquietan y aconsejan moderación y prudencia. Lo mismo sucede en Alemania, cuando Hitler, en marzo de 1936, decide la remilitarización de Renania: son los Goering, Goebbels y demás plebeyos los que empujan a la aventura, mientras los magnates capitalistas y su hombre, el Dr. Schacht, así como los generales de la Reichswehr manifiestan sus reservas —no sobre el gesto en sí—, sino sobre la forma imprudente en que se lleva a cabo829.
A fines de aquel mismo año, el general Von Fritsch, comandante del ejército alemán, observa que ni el Reich ni la armada podrían asumir una acción que trajera como consecuencia la guerra a corto plazo. Al parecer, incluso llega a amenazar con dimitir si no se le escucha830. Después se ha sabido que en vísperas de la segunda guerra mundial, la mayoría de los generales advirtieron desesperadamente y en vano al Führer de los riesgos de la aventura bélica.
Los magnates tampoco soportan sin inquietud la «locura de grandezas» que poco a poco se apodera del dictador. Evolución fatal: a medida que se elimina a los plebeyos y que el partido pasa a segundo plano, se hace más necesario «hinchar» al «hombre providencial», de manera que tras su persona se disimule la verdadera naturaleza del Estado fascista: una dictadura policíaco-militar al servicio del gran capital. Por eso siguen el consejo de Spengler: «No conserva significado sino el poder completamente personal ejercido por el César [en quien] la prepotencia del dinero se aniquila»831. En Italia, la dictadura del partido fascista se convierte en la dictadura personal del Duce. En Alemania, en las últimas campañas electorales «se habla muy poco del nacionalsocialismo y mucho de Hitler»832.
Pero el mismo dictador cae en la trampa de la que él es el cebo, ocurriéndole lo que a Luis Napoleón Bonaparte: «Es precisamente al tomar en serio su papel imperial (...), cuando se convierte en víctima de su misma teoría; el polichinela serio y pomposo que no toma ya la historia universal por una comedia, sino su comedia personal por la historia universal»833. Mussolini y Hitler acaban completamente autoenloquecidos. Los magnates capitalistas se ven obligados a contar cada vez más con su orgullo ilimitado, su humor variable y sus caprichos.
La política económica del fascismo, aunque les sea favorable, tampoco les satisface por completo. Naturalmente se embolsan todos los beneficios que les procuran las contratas de obras públicas y los encargos de material de guerra, pero están cada vez más asustados por las consecuencias de esta política, y temen sobre todo una catástrofe monetaria, que sublevaría en contra suya a las clases medias. Por eso reprochan al Estado fascista el aumentar sus gastos de un modo «imprudente». Temen también que el régimen de «economía de guerra» les imponga obligaciones cada vez más pesadas y coarte cada vez más la sacrosanta «iniciativa privada».
Por eso, los magnates no están contentos del todo. Y en la mente de algunos de ellos germina la idea de tirar definitivamente por la borda a los plebeyos fascistas y a su jefe, transformando el régimen totalitario fascista en una mera dictadura militar.
Pero, por una parte, no se atreven a perder ese medio incomparable de penetrar en todas las células de la sociedad que constituyen las organizaciones de masa fascista, y sobre todo vacilan en prescindir del «hombre providencial»: la mística del Duce o del Führer, aunque vacile, aún no se ha apagado. «El orden actual en Alemania —escribe Le Temps—, no existe y no subsiste sino gracias a la popularidad del canciller, a la fe de las masas alemanas en la acción de Hitler»834. «El Führer es sin duda más popular que su régimen»835. Por eso, el «hombre providencial», por molesto que resulte, sigue siendo necesario. Su misma locura es útil, y sólo él consigue realizar el milagro psicológico de transmutar en espíritu de sacrificio el descontento y la miseria de amplias capas de la población.
Pero lo más importante es que el gran capital teme que una transformación radical del régimen, en el sentido indicado, no cueste una guerra civil —aunque sea corta—, en la que choquen entre sí ambas fuerzas «nacionales». Lo que más teme es lo que en Alemania se llama, por anticipación, un «nuevo 30 de junio». Así pues, la burguesía vacila. Sin embargo, no habría que descartar que un día, las ventajas de un «Estado fuerte» sin Hitler ni Mussolini, no le parezcan mayores que sus inconvenientes836.
3. Económicamente, el fascismo no es «progresivo». Su verdadera naturaleza
Si el fascismo no es políticamente progresivo, tampoco lo es económicamente, pese a lo que crean algunos. Cuando se le despoja de todas las apariencias, de todas las contradicciones que disimulan su rostro y de todos los aspectos secundarios que ocultan a muchos sus aspectos esenciales, teniendo en cuenta las particularidades de cada país, se ve que el fascismo no es sino un «Estado fuerte», destinado a prolongar artificialmente el régimen económico, basado sobre la propiedad privada de los medios de producción y el beneficio. Como dijo Radek, la dictadura fascista «son los aros de hierro con los que la burguesía trata de consolidar el tonel desfondado del capitalismo»837.
Aquí haremos una observación: el «tonel» no está desfondado por la acción revolucionaria de la clase obrera, al contrario de lo que muchos creen, sino podrido. El fascismo no es la «respuesta de la burguesía a un ataque del proletariado», sino más bien «la expresión de la decadencia de la economía capitalista»838.
El fascismo es un reflejo de defensa de la burguesía, sin duda, pero de defensa contra la propia desintegración de su sistema más que contra un ataque proletario, en realidad, casi inexistente. La clase obrera, en efecto, en el momento de la descomposición de la economía capitalista, no supo, paralizada por sus organizaciones y por sus jefes, conquistar el poder para sustituir por el socialismo un régimen económico gravemente herido, según sus mismos defensores reconocen.
En cuanto a la naturaleza de esta crisis, el fascismo no se hace ilusión alguna. «La crisis —dice Mussolini— ha penetrado de tal modo en el sistema, que se ha convertido en una crisis del sistema. Ya no es un trauma, sino una enfermedad congénita»839. Aunque promete demagógicamente la reabsorción del paro y la reanimación de los negocios, el fascismo, en realidad, se contenta con menos. Trata sólo de frenar con medios artificiales la baja de los beneficios de un capital privado, que se ha convertido en parásito de la economía. A pesar de su verborrea demagógica, no tiene grandes pretensiones; vive al día, tratando de poner a flote —gracias a reducciones de salarios, a los encargos y a las subvenciones estatales, a su control sobre el ahorro y a la autarquía— a un puñado de magnates monopolizadores y de latifundistas. Para alargar el reino de esta oligarquía, a costa de limitar las prerrogativas de la libre empresa, acelera la ruina de todas las capas de la población: asalariados, consumidores, rentistas modestos, campesinos que viven de su trabajo, artesanos y hasta industriales que producen bienes de consumo.
Los inocentes que, sin vivir en Italia ni en Alemania, han caído en la trampa de la demagogia fascista y creen que estos regímenes representan una «revolución anticapitalista», podrían meditar sobre la siguiente carta de un obrero, que, por extraño que parezca, publicó el Völkischer Beobachter, órgano del partido nazi: «Nadie que esté al corriente de las cuestiones económicas puede pensar que el capitalismo ha desaparecido. Es cierto que los métodos de financiación pública han tomado un carácter diferente —un carácter coactivo—, pero el capital, o lo que generalmente se llama así, no ha tenido nunca tantos privilegios como hoy (...). La economía acumula enormes beneficios y reservas; los trabajadores deben esperar (...). Los gordos obtienen muchos beneficios, los pequeños reciben pagarés para un futuro impreciso. Si esto no es capitalismo, me gustaría saber lo que significa esa palabra (...). Un grupo realiza enormes beneficios a costa del resto de la población. Esto es lo que suele llamarse explotación capitalista»840. Otro corresponsal escribe al mismo diario: «No hay nacionalsocialismo, se trata meramente de capitalismo». Y el órgano oficial del partido nazi responde cínicamente que si el gobierno hubiera repartido entre los trabajadores los 2.000 millones largos de beneficios del gran capital, se habría colocado «en flagrante oposición con la Economía»841.
Así pues, el fascismo no tiene nada de «progresivo» desde el punto de vista económico. No «supera» al capitalismo; por el contrario, es una forma de lo que Lenin llamaba el capitalismo decadente842. A ese período de descomposición del sistema capitalista, que se «arrastra interminablemente»843, el fascismo trata de alargarle la vida por todos los medios; mantiene el absceso en vez de abrirle de un corte de bisturí. Lejos de llevar al socialismo, es decir, a la colectivización de los medios de producción y a la autogestión, consagra todos sus esfuerzos a luchar contra el movimiento, que, aprovechando la crisis, trata de hacer pasar toda la economía privada a manos del Estado. Agudiza al máximo el conflicto entre el carácter social de la producción y la propiedad privada de los medios de producción: cuando podría socializar sin dificultad sectores enteros de la vida económica, respeta y trata de resucitar el capitalismo privado. Ni siquiera lleva por un mal camino al socialismo. Sencillamente, es el mayor obstáculo para el socialismo.
4. Con su política internacional no consigue sino agravar los antagonismos imperialistas y acelerar la «caída en la barbarie»
Por otra parte, el fascismo, en la vida internacional, no hace sino agravar la tendencia del conjunto del sistema capitalista al repliegue en el reducto nacional, a la autarquía. Retirando a la economía de su país de la división internacional del trabajo, y adaptando las fuerzas productivas «al lecho de Procusto del Estado nacional», introduce «el caos en las relaciones mundiales», y crea para el trabajo futuro de planificación socialista «colosales dificultades suplementarias»844.
Al mismo tiempo, el fascismo lleva a una insoportable tensión las contradicciones que resultan del desigual desarrollo del sistema capitalista, y empuja de este modo a un nuevo reparto del mundo por la fuerza de las armas, acercándose a esa «caída en la barbarie» que Rosa Luxemburgo preveía si el proletariado tardaba en cumplir su deber de clase y en edificar el socialismo845.
Sin embargo, no es cierta la frase: el fascismo es la guerra. El bolchevique Bela Kun denunciaba no hace mucho esta interesada mentira: «La consigna de que el fascismo, que es una de las formas políticas de dominación de la burguesía, es la guerra, no tiene otro fin que librar de toda responsabilidad a uno de los grupos de potencias imperialistas, que enmascaran sus preparativos de guerra bajo apariencias democráticas y frases pacifistas. La vieja consigna del antimilitarismo marxista, la de la lucha revolucionaria contra la guerra imperialista, decía otra cosa muy distinta: El capitalismo es la guerra»846.
5. El fascismo no es un fenómeno local, sino que tiene un carácter universal
Una ilusión que habría que disipar si el triunfo del nacionalsocialismo en Alemania no le hubiera dado ya la puntilla es la que cree que el fascismo es un fenómeno local, un fenómeno «específicamente italiano» o «propio de los países retrasados, en los que predomina la agricultura», contra el que las grandes naciones industriales, las «grandes democracias occidentales» estarían inmunizadas. Ahora ya no podría escribir el italiano Don Sturzo «que en Inglaterra, en Francia, en Alemania existe una «clase política» sólida, que está a la altura de su papel», que no se vería «sin duda jamás una marcha sobre Londres, sobre París o sobre Berlín»847, y Nitti no podría afirmar con toda seriedad: «Toda empresa fascista en los países que han llegado a un alto grado de civilización económica, no podría ser sino una experiencia vana (...). En Alemania, los partidos democráticos y la república se han consolidado notablemente»848.
Tampoco podrían escribir hoy los socialdemócratas alemanes lo siguiente: «El fascismo, en su forma italiana, corresponde a las circunstancias italianas. La fuerza organizadora y la mayor educación política de la clase obrera alemana, así como la debilidad relativa de las masas no proletarias en Alemania, en comparación con Italia, hacen imposible entre nosotros ese hundimiento tan brutal de la democracia»849. O el bolchevique Martynov: «el fascismo de tipo puro será nuestro principal enemigo sólo en los países atrasados y medio agrícolas»850.
En Italia como en Alemania, el fascismo ha sido, por el contrario, el producto específico del capitalismo más adelantado, de la industria pesada monopolizadora. Sin embargo, en ambos países ha habido ciertas causas particulares que han acelerado su desarrollo, y en especial, que tanto Italia como Alemania se encontraron al final de la guerra mundial en la situación de naciones «proletarias» frente a otras mejor dotadas. El resultado fue que, por una parte, sus dificultades económicas fueron mayores, y, por otra, que en esos países resultó más fácil injertar la idea nacional sobre la idea social y fanatizar así las masas populares851.
No hay que excluir que las mismas causas profundas que llevaron a los magnates italianos y alemanes a financiar el fascismo y a llevarle al poder, reproduzcan en otros países los mismos efectos. Hay otras partes del mundo donde los trusts confían a un Estado reforzado —cuando no al «Estado fuerte»— la tarea de restablecer el nivel de sus beneficios. En otros países vemos también desmoronarse progresivamente las instituciones «democráticas» y proliferar un fascismo larvado.
La burguesía, instruida por los precedentes de Italia y Alemania, vacila en recurrir a un fascismo declarado. Pero sería imprudente sostener que ha renunciado a hacerlo, y menos aventurado suponer que guarda esta carta en reserva.
6. Fascismo o socialismo
De todos modos, la lección de los dramas italiano y alemán es que el fascismo no tiene nada de fatal. El socialismo habría podido detenerlo si hubiera vencido su parálisis y su impotencia; si hubiera sabido ir más deprisa que su adversario; si hubiera conquistado, o al menos neutralizado, a las clases medias pauperizadas; si se hubiera hecho con el poder antes que el fascismo —no para prolongar mejor o peor el sistema capitalista, como lo han hecho tantos gobiernos elevados al poder por la clase obrera—, sino para poner fuera de combate a todos los financieros del fascismo, socializando las industrias esenciales y confiscando las grandes propiedades. El antifascismo que se limita a la defensiva y no se propone abatir al capitalismo es ilusorio y frágil.
No hay que esperar algo así de los «frentes populares». Sus hombres se agarran al clavo ardiendo de la «democracia burguesa» y colaboran con los grupos capitalistas «menos reaccionarios», para guardarse de los «más reaccionarios». Esperan que les salven un Giolitti o un Brüning que acabarán por entregarles atados de pies y manos a un Mussolini o un Hitler. Si prefieren el suicidio, son muy dueños de suicidarse.
Los otros, los que quieran vivir, sabrán elegir entre el fascismo y el socialismo.
Trotsky, Problemas de la Revolución alemana, 1931; El único camino, 1932; ¿Y ahora?, 1932; La IV Internacional y la URSS, año 1934; «Bonapartismo y Fascismo» (artículo sin firma, publicado en La Verité, de 3 de agosto de 1934, que parece ser de Trotsky). ↩
Informe de Clara Zetkin en la sesión del Comité ejecutivo ampliado de la Internacional Comunista, Moscú, junio de 1923. ↩
Henri Claude, De la crisis económica a la guerra mundial, 1929-1939, 1945. ↩
Hermann Rauschning, La revolución del nihilismo, 1939. ↩
En la antigua Roma, algunos magistrados iban precedidos por oficiales llamados lictores, que llevaban como símbolo de su poder unas varas de abedul atadas, formando un haz en torno a un hacha. En el vocabulario político moderno italiano, se llamó fascio (plural fasci, es decir, haces) a diversas ligas de acción política y social, de tendencias avanzadas en la mayoría de los casos. Fue cuando Mussolini se apropió de la palabra. ↩
Marx, El capital. ↩
La importancia de los gastos fijos la puso de relieve el profesor alemán Schmalenbach en una conferencia en Viena, en junio de 1930. ↩
Profesor Bonn, El destino del capitalismo alemán, 1930. ↩
Rossi (Angelo Tasca), El nacimiento del fascismo (Italia, de 1918 a 1922), 1938. ↩
A partir de julio de 1919, Fiume quedó en manos de una comisión militar internacional. ↩
Rossi (Angelo Tasca), El nacimiento del fascismo (Italia, de 1918 a 1922), 1938. ↩
Rossi (Angelo Tasca), El nacimiento del fascismo (Italia, de 1918 a 1922), 1938. ↩
Perroux, «Economía corporativa y sistema capitalista», en Revue d'Économie Politique, septiembre-octubre de 1933. ↩
Rossi, op. cit. ↩
Volpe, Historia del movimiento fascista, Roma, 1935. ↩
Steinberg, La política agraria del nacionalsocialismo, 1935. ↩
Bonn, op. cit. ↩
Citado por G. Raphael en su obra Krupp y Thyssen, 1925. ↩
Stinnes, entrevista a la Deutsche Tageszeitung, 25 de febrero de 1919. ↩
Thyssen, declaraciones al Journal des Débats, 7 de febrero de 1924. ↩
Landarbeiter oder Kleinbauer? (¿Jornalero agrícola o campesino pobre?), folleto de propaganda nazi, 1932. ↩
Erwin Topf, El frente verde, 1933. ↩
Gumbel, Los crímenes políticos en Alemania, 1919-1929. ↩
Konrad Heiden, Historia del nacionalsocialismo, 1934. ↩
Declaraciones públicas de Walter Rathenau en julio de 1920, citadas por Beaumont y Berthelot en su libro Alemania después de la guerra y la revolución, 1922. ↩
Rathenau, La triple revolución (ensayos escogidos), 1921, en francés. ↩
Gumbel, op. cit. ↩
Knickerbocker, ¿Alemania, fascismo o comunismo?, 1932. ↩
Publicado por Der Ruhrarbeiter, órgano del Frente del Trabajo, 1 de mayo de 1936, citado por Fascisme, boletín de información de la Federación Internacional de Transportes, Amsterdam, 30 de mayo de 1936. ↩
Hitler, discurso pronunciado en Coburgo el 19 de octubre de 1935. ↩
Heiden, op. cit. ↩
Benoist-Méchin, Historia del ejército alemán, 1938. ↩
Ignazio Silone, El fascismo, 1934. ↩
Trotsky, El único camino, 1932. ↩
Edouard Bernstein, Socialismo teórico y socialdemocracia práctica. ↩
Henri de Man, Para un plan de acción, 1933. ↩
Kautsky, El marxismo y su crítico Bernstein. ↩
Lucien Laurat, El plan y las clases medias, conferencia publicada en Crise et Plan, 1935. ↩
Russo, Mussolini y el fascismo, 1923. ↩
Hérisson, El nacionalsocialismo y la protección de las clases medias, en la Revue Economique Internationale, marzo de 1934. ↩
Rivaud, Las crisis alemanas, 1932. ↩
Moeller van den Bruck, El Tercer Reich, 1923. ↩
Hérisson, op. cit. ↩
Feder, Lucha contra la alta finanza (artículos y discursos). ↩
Citado por Mussat en su libro De Marx a Hitler, 1933. ↩
Sternberg, La decadencia del capitalismo alemán, 1932. ↩
Trotsky, ¿Adónde va Francia?, 1934. ↩
Marx y Engels, Manifiesto comunista. ↩
Hérisson, op. cit. ↩
Ídem. ↩
H. de Man, op. cit. ↩
Marcel Déat, Perspectivas socialistas, 1930. ↩
Ídem. ↩
Mussolini, discurso de julio de 1923. ↩
Nicoletti, El fascismo contra los campesinos, 1929. ↩
Citado por Carlo Rossi en La Iglesia y el fascismo, 1923. ↩
Rossi (Tasca), op. cit. ↩
Ídem. ↩
Número de Masses, consagrado a Spartakus, 16 de agosto de 1934. ↩
Rivaud, op. cit. ↩
Ídem. ↩
Sternberg, op. cit. ↩
Volpe, op. cit. ↩
Artículo de Pietro Nenni, en Peuple, 24 de diciembre de 1934. ↩
Vercel, El capitán Conan (novela). ↩
Marinetti, El futurismo (1911). ↩
Citado por R. Patry, en Los orígenes de los movimientos juveniles, Revue d'Allemagne, noviembre de 1927. ↩
Wilhelm Reich, Psicología de masas del fascismo, 1933. ↩
Révolution prolétarienne, número de noviembre de 1932. ↩
Silone, op. cit. ↩
Salvemini, El terror fascista, 1929. ↩
Silone, op. cit. ↩
Aniante, Mussolini, 1933. ↩
Masses, número 15, 1934. ↩
Harold D. Lasswell y Renzo Sereno, artículo en American Political Science Review, octubre de 1937, citado por Robert Marjolin, en su artículo El reclutamiento de los jefes fascistas, Europe Nouvelle, 13 de agosto de 1938. ↩
Mussolini, discurso del 5 de diciembre de 1922. ↩
Arbeitertum, órgano de las células de empresa nacionalsocialistas, mayo de 1933. ↩
Daniel Halévy, Correo de Europa, 1933. ↩
Georges Suarez, artículo en Le Temps, 14 de noviembre del año 1933. ↩
Ernst Krieck, Educación nacionalsocialista, citado en Cerveaux en uniforme, 1934. ↩
Mussolini, discurso al Senado (discusión de la ley sindical del 3 de abril de 1926). ↩
Hitler, Mi lucha. ↩
Mussolini, El fascismo, doctrina e instituciones, 1933. ↩
Mussolini, artículo en Il Popolo d'Italia, 19 de enero de 1922. ↩
Mussolini, discurso del 5 de octubre de 1922. ↩
Roma Fascista, 21 de junio de 1931. ↩
Hitler, discurso en el congreso de Nuremberg, el 13 de septiembre de 1935. ↩
León XIII, encíclica Rerum Novarum, 1891. ↩
Mussolini, El fascismo, doctrinas e instituciones, 1933. ↩
Hitler, discurso en el congreso de Nuremberg, 1933. ↩
Engels, Ludwig Feuerbach, 1886. ↩
Marcel Martinet, «El jefe contra el hombre», Esprit del día 1 de enero de 1934. ↩
Mussolini, artículo de Il Popolo d'Italia, citado por Cambó, Sobre el fascismo italiano, 1925. ↩
Citado por G. Raphael, op. cit. ↩
Moeller van den Bruck, op. cit. ↩
Hitler, discursos (1920-1923). ↩
Conde Sforza, Los constructores de la Europa moderna, año 1931. ↩
Correspondencia oficial del NSDAP, reproducido por Le Temps del 15 de septiembre de 1934. ↩
Morning Post, 31 de enero de 1934. ↩
Rudolf Hess, discurso de junio de 1934. ↩
Le Temps, 19 de diciembre de 1933. ↩
Le Temps, 13 de febrero de 1935. ↩
Goebbels, Lucha por Berlín. ↩
Goebbels, carta a Hitler, citada en Pernot, La Alemania de Hitler, 1933. ↩
Goebbels, La Revolución de los alemanes. ↩
Príncipe zu Hohenlohe, «Su Redentor», en Pariser Tageblatt del 16 de julio de 1934. ↩
Rudolf Hess, discurso del 25 de febrero de 1934, en Múnich. ↩
Boettcher, Raza y Derecho. ↩
Martinet, op. cit. ↩
Gorgolini, El fascismo, 1921. ↩
Mussolini, discurso del 24 de octubre de 1922. ↩
Le Temps, 26 de julio de 1933. ↩
Ídem, 12 de febrero de 1933. ↩
Ídem, 28 de abril de 1935. ↩
Ídem, 25 de junio de 1935. ↩
Fórmula de juramento que repetía a coro la muchedumbre en las reuniones públicas nazis; ver en Le Temps, 2 de mayo de 1935. ↩
Volpe, op. cit. ↩
Le Temps, 26 de julio de 1933. ↩
Artículo del Dagens Nyheder, de Copenhague, citado por Lu, del 10 de febrero de 1933. ↩
Alfred Rosenberg, La estructura esencial del nacionalsocialismo. ↩
Le Temps, 10 de noviembre de 1935. ↩
Volpe, op. cit. ↩
P. Gentizon en Le Temps, del 26 de julio de 1933. ↩
Hitler, Mi lucha. ↩
Le Temps, 25 de agosto de 1935. ↩
Ídem, 21 de septiembre de 1935. ↩
Ídem, 26 de febrero de 1934. ↩
Ídem, 13 de septiembre de 1935. ↩
Hitler, discurso en el congreso de Nuremberg, en Le Temps del 8 de septiembre de 1934. ↩
Hitler, op. cit. ↩
Goebbels, Lucha por Berlín. ↩
Hitler, discurso de Coburgo el 19 de octubre de 1935, publicado en Le Temps del 21 de octubre. ↩
Hitler, op. cit. ↩
Heiden, op. cit. ↩
Hitler, op. cit. ↩
Gustave Le Bon, Psicología de las masas, 1896. ↩
Hitler, op. cit. ↩
Volpe, op. cit. ↩
Pierre Frédéric, en la Revue des Deux Mondes, 1 de marzo de 1934. ↩
Le Temps, 16 de septiembre de 1935. ↩
Íd., 15 de marzo de 1936. ↩
Martinet, op. cit. ↩
Gorgolini, op. cit. ↩
Gregor Strasser, Lucha por Alemania (artículos y discursos). ↩
Alfred Rosenberg, El mito del siglo XX. ↩
Marx, Contribución a la crítica de la Economía política (prólogo). ↩
Jaurès, Idealismo y materialismo en la concepción de la historia, 1896. ↩
Antonio Labriola, Ensayo sobre la concepción materialista de la historia, 1902. ↩
Citado por Rosenstock-Franck, en su libro La Economía corporativa fascista, 1934. ↩
La expresión es del nacionalista Corradini. ↩
Volpe, op. cit. ↩
Citado por Henri Massoul, en su libro La lección de Mussolini, 1934. ↩
Citado en La Reforme syndicale en Italie, Roma, 1926. ↩
Citado por Konrad Heiden, op. cit. ↩
Moeller van den Bruck, op. cit. ↩
Gregor Strasser, op. cit. ↩
Goebbels, Revolución de los alemanes. ↩
Citado por Rosenberg, en El combate mundial del fascismo. ↩
Citado por Georges Valois, en La Hacienda italiana, 1930. ↩
Hérisson, op. cit. ↩
Goebbels, Der Nazi-Sozi, 1931. ↩
Gorgolini, op. cit. ↩
Lanzillo, artículo publicado el 7 de septiembre de 1920. ↩
Malaparte, Italia contra Europa, 1927. ↩
Hitler, Mi lucha. ↩
Winnig, Del proletariado al Estado obrero, 1930. ↩
Feder, Lucha contra la alta finanza (artículos y discursos). ↩
W. Prion, «Los problemas de la reforma bancaria en Alemania», en Revue Economique Internationale, junio de 1934. ↩
Das Programm der NSDAP (Programa del Partido nacionalsocialista), ed. de 1932. ↩
Gorgolini, op. cit. ↩
Bottai, La organización corporativa del Estado, 1929. ↩
Goebbels, discurso en el Sportpalast, el 1 de octubre de 1931. ↩
Feder, El Estado alemán. ↩
Citado por Maurice Pernot, en La Alemania de Hitler, 1933. ↩
Citado por Konrad Heiden, op. cit. ↩
Otto Strasser, Construcción del socialismo alemán. ↩
Discurso de Darré en Goslar, publicado en Le Temps del 30 de noviembre de 1934. ↩
Daunderer, Los fines del partido nacionalsocialista, 1933. ↩
Gregor Strasser, op. cit. ↩
Tardy y Bonnefous, El corporativismo, 1935. ↩
Marx y Engels, Manifiesto comunista. ↩
Martin Saint-Léon, Historia de las corporaciones en oficios, 1922. ↩
La Tour du Pin, Hacia un orden social cristiano, 1907. ↩
Rocco, en «Crisis del estado y los sindicatos», en Política, diciembre de 1920 (en italiano). ↩
Saint-Simon, Sobre el sistema industrial, 1821. ↩
Doctrine de Saint-Simon. Exposé. Première année, 1829. ↩
Proudhon, Sobre la capacidad política de las clases obreras, 1864. ↩
Hay que precisar que Proudhon consideraba que la gran industria moderna debía socializarse y que los trabajadores asociados se encargarían de su autogestión. ↩
Paul-Boncour, El Federalismo económico, 1901. ↩
Henri de Man, Corporativismo y socialismo, 1935. ↩
Texto oficial del plan de la CGT. ↩
«La mentira del Estado corporativo», en Le Mouvement Syndical International, enero-abril de 1934. ↩
Ambrosini, «D'Annunzio y la constitución sindical de Fiume», en la Revue du Droit Public, 1926. ↩
Mussolini, carta del 23 de abril de 1918. ↩
Moeller van den Bruck, op. cit. ↩
Gregor Strasser, discurso del 20 de julio de 1925. ↩
Feder, «Fundamentos de la economía nacionalsocialista», en Lucha contra la alta finanza. ↩
Daunderer, op. cit. ↩
Programa del partido nacionalsocialista, febrero de 1920. ↩
Mathon, El corporativismo, base de la expansión económica, 2.ª edición de 1934. ↩
Maurice Olivier, Por qué y cómo salvar la economía nacional, 1935. ↩
Lucien Laine, Información social. ↩
Konrad Heiden, op. cit. ↩
Pierre Gérôme, ¿Qué es el fascismo?, 1935. ↩
Gorgolini, op. cit. ↩
Gregor Strasser, discurso del 14 de junio de 1932. ↩
Goebbels, op. cit. ↩
Goebbels, La segunda revolución. ↩
Gorgolini, op. cit. ↩
Mussolini, artículo acerca de un discurso de Salandra en Bari, citado por Gorgolini, ibídem. ↩
Proclama lanzada en la noche del 27 al 28 de octubre de 1922. ↩
Gregor Strasser, discurso del 15 de septiembre de 1929. ↩
Winnig, op. cit. ↩
Rossoni, marzo de 1925, citado por Hautecoeur en «El Fascismo», Année Politique, 1926. ↩
Hitler, op. cit. ↩
Gien, Nuestro combate contra los bonzos sindicales, 1933. ↩
Hitler, op. cit. ↩
Mussolini, septiembre de 1920, citado por Nenni en La lucha de clases en Italia, 1930. ↩
Mussolini, discurso del 19 de enero de 1923 a los obreros de la sociedad de transportes automóviles. ↩
Cronache Sociali d'Italia, marzo-abril de 1926. ↩
Ugo Spirito, informe presentado al Congreso de Estudios corporativos, Ferrara, junio de 1932. ↩
Gregor Strasser, op. cit. ↩
Gregor Strasser no hace más que inspirarse en un plan presentado en 1920 a la comisión de socialización por un industrial berlinés, Kraemer, compromiso curioso que trata de conservar a un tiempo los derechos de la propiedad individual y los de la colectividad (Beaumont y Berthelot, en su libro citado anteriormente). ↩
Otto Strasser, op. cit. ↩
Gorgolini, op. cit. ↩
W. Darré, Nueva nobleza de la sangre y la tierra, 1930. ↩
Dr. Carl Hartwich, ¿Gran explotación o aldea campesina? ↩
Le Temps, 29 de julio de 1933. ↩
Konrad Heiden, op. cit. ↩
Citado en Le Temps, 24 de junio de 1933. ↩
Silone, op. cit. ↩
Rossi (Tasca), op. cit. ↩
Gorgolini, op. cit., y Nenni, art. en Le Peuple del 2 de febrero de 1938. ↩
Malaparte, Técnica del golpe de Estado, 1931. ↩
Silone, op. cit. ↩
Adolf Saager, Mussolini, 1933. ↩
Gobetti, La Revolución liberal, 1924, citado por Borghi en Mussolini en camisa, 1933. ↩
Rossi (Tasca), op. cit. ↩
Gobetti, op. cit. ↩
Rossi (Tasca), op. cit. ↩
Malaparte, op. cit. ↩
Gumbel, Los crímenes políticos en Alemania, 1919-1929, 1931. ↩
Konrad Heiden, op. cit. ↩
Hitler, Mein Kampf, 1925. ↩
Heiden, op. cit. ↩
Hitler, op. cit. ↩
Ídem. ↩
Goebbels, Lucha por Berlín. ↩
Pernot, La Alemania de Hitler, 1932. ↩
Laurent, El nacionalsocialismo, 1932. ↩
Battaglia Sindacale, 29 de enero de 1921. Discurso de Matteotti en la Cámara el 10 de marzo de 1921, resumido por Rossi, op. cit. ↩
Kurella, Mussolini desenmascarado, 1931. ↩
Turati, discurso del 24 de junio de 1921. ↩
Rossi, op. cit. ↩
Kurella, op. cit. ↩
Silone, op. cit. ↩
Rossi, op. cit. ↩
Silone, op. cit. ↩
Malaparte, op. cit. ↩
Rossi, op. cit. ↩
Hitler, discurso al congreso de Nuremberg el 3 de septiembre de 1933. ↩
Goebbels, op. cit. ↩
Rustico, «La tragedia del proletariado alemán», en Masses, 1 de junio de 1933. ↩
Fascisme, 11 de enero de 1936. ↩
L'Humanité, 9 de noviembre de 1933. ↩
Rustico, op. cit. ↩
Gilbert (Boris Goldenberg), en «La Catástrofe alemana», La Gauche révolutionnaire, 10 de noviembre de 1935. ↩
Véase, por ejemplo, Paul Faure, en En el umbral de una revolución, y el artículo de Sixte-Quenin, en Le Populaire del 17 de enero de 1936. ↩
Volpe, op. cit. ↩
Ídem. ↩
Ídem. ↩
Ídem. ↩
Rossi, op. cit. ↩
Rocca, Fascismo y antifascismo en Italia, 1930. ↩
Heiden, op. cit. ↩
Ídem. ↩
Otto Strasser, Juni Sonnabend 30, 1934. ↩
Tels qu'ils sont: Walter Darré, París, 1934. ↩
Giurati, discurso en recuerdo de Michele Bianchi, citado por Massoul en su libro La lección de Mussolini, 1934. ↩
Silone, op. cit. ↩
Pietro Nenni, Seis años de guerra civil en Italia, 1930. ↩
Silone, op. cit. ↩
Citado por Rustico, op. cit. ↩
Leipziger Volkszeitung, 21 de enero de 1933. ↩
Rote Fahne, 15 de septiembre de 1930. ↩
Thaelmann, discurso al comité central del partido comunista alemán el 19 de febrero de 1932. ↩
Citado por Rustico, op. cit. ↩
Rote Fahne, fines de enero de 1932. ↩
En esta pequeña localidad del Véneto, las tropas italianas fueron derrotadas en 1917 por los austro-alemanes. ↩
Giustizia, 12 de agosto de 1932. ↩
Central sindical reformista. ↩
Seelbach, El fin de los sindicatos, 1934. ↩
Massoul, op. cit. ↩
Heiden, op. cit. ↩
Ídem. ↩
Buozzi y Nitti, Fascismo y sindicalismo, 1930. ↩
Nenni, op. cit. ↩
Mussolini, discurso en julio de 1924. ↩
Citado por Rustico, op. cit. ↩
Wels, discurso del 7 de febrero de 1933, citado por Rustico. ↩
Seelbach, op. cit. ↩
D. Guérin, La peste parda. ↩
L'Humanité, 17 de diciembre de 1933. ↩
L'Humanité, 23 de diciembre de 1933. ↩
Citado por Silone, op. cit. ↩
Manifiesto del 16 de enero de 1927, reproducido en La liberté syndicale: Italie, Sociedad de Naciones, 1927. ↩
Seelbach, op. cit. ↩
Mussolini, discurso de 11 de agosto de 1922 en Nápoles. ↩
Marx, El dieciocho brumario de Luis Bonaparte, 1852. ↩
Gorgolini, op. cit. ↩
Hautecoeur, «El fascismo», en Année politique, y Max Nomad, Rebeldes y renegados, 1934. ↩
Citado por Cambó, op. cit. ↩
Emil Ludwig, Entrevistas con Mussolini, 1932. ↩
Citado por Russo, op. cit. ↩
Mussolini, discurso al congreso del partido fascista, 1925. ↩
Olivetti, artículo en el Anuario de 1928 del Centre International d'études sur le fascisme. ↩
Citado por Manoilesco, El siglo del Corporativismo, 1934. ↩
Volpe, op. cit. ↩
Malaparte, op. cit. ↩
Volpe, op. cit. ↩
Ídem. ↩
Silvio Trentin, Antidemocracia. ↩
Informe de Starace resumido en Le Temps, 31 de diciembre de 1934. ↩
Cutelli en el congreso de Ferrara, mayo de 1932. ↩
Decreto-ley del 19 de octubre de 1934, en Le Temps, 11 de enero de 1937. ↩
Aniante, Mussolini, 1933. ↩
Silvio Trentin, op. cit. ↩
Artículo de Heinz Heckel, en el Voelkischer Beobachter, del 6 de agosto de 1932, citado por Pernot, op. cit. ↩
Goebbels, Der Nazi-Sozi. ↩
Le Temps, 11 de enero de 1936. ↩
L'Humanité, 22 de mayo de 1936. ↩
Hermann Rauschning, op. cit. ↩
Ferrari, El régimen fascista italiano, 1928. ↩
Trotsky, ¿Y ahora?, 1932. ↩
Véase Silone, op. cit. ↩
Ludwig, op. cit. ↩
Aniante, op. cit. ↩
Silone, op. cit. ↩
Citado por Kurella, op. cit. ↩
Le Temps, 11 de enero de 1937. ↩
Rossi (Tasca), op. cit. ↩
Gentizon, en Le Temps del 19 de septiembre de 1935. ↩
Le Temps, 5 de febrero de 1938. ↩
Le Temps, 30 de septiembre de 1934. ↩
Le Temps, 21 de diciembre de 1934. ↩
Le Temps, 2 de febrero de 1935. ↩
Paris-Midi, 10 de mayo de 1936. ↩
Le Temps, 1 de abril de 1938. ↩
Le Temps, 21 de diciembre de 1934. ↩
Le Petit Parisien, 22 de mayo de 1936. ↩
Le Temps, 10 y 11 de junio de 1938. ↩
Le Temps, 24 de diciembre de 1937. ↩
Guérin, op. cit. ↩
Heiden, op. cit. ↩
Le Temps, 25 de julio de 1933. ↩
Le Temps, 25 de julio de 1933. ↩
Le Temps, 5 de julio de 1933. ↩
Le Temps, 12 de julio de 1933. ↩
Heiden, op. cit. ↩
Le Temps, 12 de enero de 1934. ↩
Artículo de Heinz Ewald Bluhm en el Reichswart, citado por Le Temps del 15 de febrero de 1935. ↩
«Testamento», de Ernst, publicado por Le Journal del 4 de diciembre de 1934. ↩
Klaus Bredow, La sangrienta tragedia del 30 de junio de 1934. ↩
Heiden, op. cit. ↩
Le Temps, 22 de enero de 1934. ↩
Le Temps, 19 de abril de 1934; Lu, 6 de julio de 1934. ↩
Benoist-Méchin, Historia del ejército alemán, tomo II, 1938. ↩
Le Temps, 9 de diciembre de 1933. ↩
Le Temps, 2 de julio de 1934. ↩
Le Temps, 20 de julio de 1934. ↩
Hitler, discurso del 10 de septiembre de 1934. ↩
Le Temps, 1 de febrero de 1936; Fascisme, 7 de marzo de 1936. ↩
Le Temps, 12 de septiembre de 1934; Lu, 14 de septiembre de 1934. ↩
Le Temps, 12 de septiembre de 1935. ↩
Le Temps, 14 de abril de 1935. ↩
Le Temps, 19 y 23 de enero de 1936. ↩
Le Temps, 13 de diciembre de 1934. ↩
Le Temps, 28 de enero de 1935. ↩
Le Temps, 4 de agosto de 1935. ↩
Le Temps, 8 de noviembre de 1935. ↩
Gentizon, en Le Temps del 6 de julio de 1934. ↩
A. Leroux, en Le Populaire del 19 de agosto de 1935. ↩
Silone, op. cit. ↩
Fascisme, 29 de junio de 1935. ↩
Le Temps, 22 de diciembre de 1933. ↩
Le Temps, 28 de octubre de 1934. ↩
Le Temps, 28 de octubre de 1934. ↩
Mussolini, discurso del 18 de noviembre de 1935. ↩
Mussolini, discurso del 26 de octubre de 1935. ↩
Nenni, en Le Peuple, del 21 de julio y 12 de noviembre de 1935. ↩
Goebbels, discurso del 21 de junio de 1934. ↩
Círculo aristocrático conocido por sus opiniones reaccionarias. ↩
Benoist-Méchin, op. cit., y The New Statesman and Nation del 8 de julio de 1934. ↩
Le Temps, 26 de noviembre de 1934. ↩
Das Neue Tagebuch, 24 de agosto de 1935; Le Temps, 12 de septiembre de 1935. ↩
Le Temps, 8 de febrero de 1935. ↩
Le Populaire, 3 de marzo de 1936. ↩
Le Temps, 21 de abril de 1936. ↩
Le Temps, 10 de septiembre de 1934. ↩
Le Temps, 9 de noviembre de 1934. ↩
Le Temps, 1 de julio de 1935. ↩
Le Temps, 21 de julio de 1935. ↩
Hitler, discurso en el congreso de Nuremberg, 13 de septiembre de 1935. ↩
Hitler, discurso de clausura del congreso de Nuremberg, 16 de septiembre de 1935. ↩
Le Temps, 12 de septiembre de 1935. ↩
Le Temps, 7 de febrero de 1938. ↩
Le Temps, 11 de mayo de 1938. ↩
Marx, El dieciocho brumario de Luis Bonaparte. ↩
Louis Dimier, Los maestros de la contrarrevolución en el siglo XIX, 1907. ↩
Mussolini, discurso del 7 de abril de 1926. ↩
Mussolini, El Fascismo, doctrina e instituciones, 1933. ↩
Goebbels, Revolución de los alemanes. ↩
Gregor Strasser, discurso del 14 de junio de 1932. ↩
Jean Variot, Palabras de Georges Sorel. ↩
Mussolini, op. cit. ↩
Edouard Berth, La obra maléfica de los intelectuales, 1913. ↩
Georges Sorel, Las ilusiones del progreso, 1908. ↩
Georges Sorel, artículo en italiano en Il resto del Carlino. ↩
E. Berth, op. cit. ↩
G. Sorel, Reflexiones sobre la violencia. ↩
Mussolini, op. cit. ↩
Mussolini, discurso del 24 de octubre de 1922. ↩
Volpe, op. cit. ↩
Mussolini, discurso del 9 de julio de 1934. ↩
Paul Zillich, citado por Helvetus, «La mística de la vida en la revolución alemana», en Esprit, 1 de enero de 1934. ↩
Profesor Weber, citado por Le Temps, 1 de febrero de 1935. ↩
Alfred Rosenberg, El mito del siglo XX. ↩
Gregor Strasser, op. cit. ↩
Le Temps, 27 de junio de 1934. ↩
Hitler, discurso del 1 de octubre de 1934. ↩
Hanns Johst, Schlageter, 1933. ↩
«El futuro socialista de los sindicatos». (N. del T.) ↩
G. Sorel, op. cit. ↩
G. Sorel, entrevista en Le Gaulois, 11 de enero de 1910. ↩
Núm. 1 de los Cahiers du Cercle Proudhon, enero de 1912. ↩
Georges Valois, De un siglo al otro, 1924. ↩
Mussolini, entrevista a la revista ABC, citada por Pierre Dominique, en Los hijos de la Loba, 1926. ↩
Maurras, Liberalismo y libertades, democracia y pueblo. ↩
Maurras, Encuesta sobre la monarquía, 1909. ↩
La expresión es de Mussolini, discurso del 24 de octubre de 1922. ↩
Mussolini, discurso del 4 de octubre de 1922. ↩
Mussolini, discurso del 20 de septiembre de 1922. ↩
Mussolini, prólogo a El príncipe, de Maquiavelo. ↩
Mussolini, Fascismo, doctrina e instituciones. ↩
Rocco, citado por Georges Roux, en su libro La Italia fascista, 1932. ↩
René Lauret, «Un enemigo del Estado: Oswald Spengler», en Le Temps, 26 de diciembre de 1934. ↩
Spengler, La decadencia de Occidente. ↩
Goebbels, Lucha por Berlín. ↩
Roehm, discurso del 19 de abril de 1934. ↩
Moeller van den Bruck, op. cit. ↩
G. Sorel, El futuro socialista de los sindicatos, 1898. ↩
Maurras, Liberalismo y libertades, etc. ↩
Martinet, en su art. «El jefe contra el hombre», en Esprit, 1 de enero de 1934. ↩
Maurras, Encuesta sobre la monarquía. ↩
Mussolini, discurso al Senado en 1926, recogido en La reforma sindical en Italia. ↩
Mussolini, art. escrito en 1917. ↩
Rocco, citado por Georges Roux, op. cit. ↩
Malaparte, citado por Silone, op. cit. ↩
Hitler, op. cit. ↩
Hitler, informe al congreso de Nuremberg, 1934. ↩
Gentizon, Roma bajo el fascio, 1933. ↩
Citado por Mac Cabe, en Treitschke y la gran guerra, 1916. ↩
Pío XI, Encíclica del 29 de junio de 1931. ↩
Mussolini, op. cit. ↩
Rocco, art. en La Revue des Vivants, julio de 1927, «La crisis del Estado». ↩
Goering, conferencia a la prensa alemana, citada por Lu, 6 de julio de 1934. ↩
Le Temps, 8 de noviembre de 1933. ↩
Faulhaber, Judíos y cristianos ante el racismo, 1934. ↩
Rousseau, El contrato social. ↩
«El nuevo materialismo», en Le Temps del 25 de agosto de 1935. ↩
Nietzsche, Genealogía de la moral. ↩
Mac Cabe, op. cit. ↩
G. Sorel, Reflexiones sobre la violencia. ↩
Lenin, citado por Gorki, en Lenin y el campesino ruso. ↩
Mussolini, op. cit. ↩
Mussolini, discurso ante el Gran consejo fascista, 1925. ↩
Mussolini, discurso del 26 de mayo de 1927. ↩
Mussolini, discurso del 20 de septiembre de 1920. ↩
Mussolini, discurso del 20 de mayo de 1934. ↩
Hitler, op. cit. ↩
Mussolini, discurso al Senado, 1926. ↩
Nicoletti, El fascismo contra el campesino, 1929. ↩
Rossi (Tasca), op. cit. ↩
Pietro Nenni, su art. «La quiebra del sindicalismo fascista», en Cahiers bleus, 27 de julio de 1929. ↩
Gorgolini, op. cit. ↩
Salvemini, «El sindicalismo fascista», art. en La Nouvelle Revue Socialiste, 1925. ↩
Nenni, op. cit. ↩
Kérillis, «Una encuesta en la Italia fascista», en L'Echo de Paris, serie de artículos publicados del 6 al 16 de octubre de 1933. ↩
Confesión del jefe fascista Razza, 3 de octubre de 1933. ↩
Valois, Hacienda italiana, 1930. ↩
Ley completada por el reglamento del 1 de julio de 1926. ↩
Nuovo Avanti, París, 11 de febrero de 1934. ↩
Artículo en Il Popolo d'Italia, en 1929, citado por Le Peuple, 9 de febrero de 1935. ↩
Universale, Florencia, 25 de abril de 1933. ↩
R. Boatti, «Adonde lleva la domesticación de los sindicatos», en La Révolution prolétarienne, 15 de mayo de 1934. ↩
Mussolini, discurso citado en Le Temps, 1 de abril de 1938. ↩
Le Temps, 1 de febrero de 1936. ↩
Citado por Jouhaux en su artículo «La carta fascista del trabajo», Revue des Vivants, octubre de 1927. ↩
Citado por Million, Le Peuple, 2 de agosto de 1925. ↩
Decreto del 1 de julio de 1926. ↩
Gaddi, Miseria de los trabajadores en la Italia fascista, 1938. ↩
J. Lazard, «La agricultura en la Italia del Norte», en Le Correspondant, 25 de octubre de 1933. ↩
Heiden, op. cit. ↩
Fascisme, 11 de enero de 1936. ↩
En alemán: gleichgeschaltet. ↩
Hitler, discurso del 10 de mayo de 1933. ↩
Dr. Ley, artículo del 15 de noviembre de 1933. ↩
Fascisme, 22 de febrero de 1936. ↩
Fascisme, 25 de enero de 1936. ↩
Ley para la reglamentación del trabajo nacional, comentada por el Dr. E. Schlichting. ↩
Fascisme, 15 de diciembre de 1934, y núm. 3, febrero de 1935. ↩
Le Temps, 11 de enero de 1927. ↩
Le Temps, 30 de junio y 2 y 6 de julio de 1938. ↩
Der Ruhrarbeiter, núm. 5, septiembre de 1936. ↩
Rossoni, art. en Il Lavoro d'Italia, citado por Russo en Mussolini y el Fascismo, 1923. ↩
Nenni, La lucha de clases en Italia. ↩
Cada una de estas federaciones lleva impropiamente el nombre de «confederación», pero para evitar equívocos, he preferido emplear el primer término. ↩
Rosenstock-Franck, op. cit. ↩
Il Lavoro fascista, 1, 2 y 3 de julio de 1936, citado por Fascisme, 25 de julio de 1936. ↩
Fascisme, 9 de marzo de 1935. ↩
Le Temps, 9 de octubre de 1934. ↩
Le Temps, 21 de julio de 1934. ↩
Le Temps, 22 de diciembre de 1934. ↩
Le Temps, 2 de febrero de 1935. ↩
Il Corriere della Sera, 29 de marzo de 1932; Il Lavoro fascista, 27 de marzo de 1932. ↩
L'Information, 22 de mayo de 1937. ↩
«Después del Trabajo», organización de actividades para llenar el tiempo libre de los trabajadores. ↩
Citado por Le Temps del 18 de febrero de 1935. ↩
Id., 20 de febrero de 1934. ↩
Mussolini, discurso del 15 de mayo de 1937. ↩
Le Temps, 12 de agosto de 1935. ↩
Citado por Le Temps del 28 de enero de 1936. ↩
Le Temps, 30 de julio de 1938. ↩
Hitler, discurso del 1 de octubre de 1934. ↩
Le Temps, 28 de enero de 1936. ↩
«Fuerza por la alegría», equivalente del Dopolavoro antes citado. ↩
Fascisme, 11 de enero de 1936. ↩
Le Temps, 26 de febrero de 1938. ↩
Dr. Ley, discurso del 27 de noviembre de 1934. ↩
Informe de la Cámara de comercio de Essen, sobre el año 1935. ↩
Goering, discurso del 13 de mayo de 1938, citado por Le Temps, 15 de mayo de 1938. ↩
Le Peuple, 19 de agosto de 1937. ↩
Wirtschaft und Statistik, núm. 23, 1935. ↩
Il Lavoro d'Italia, abril de 1921. ↩
Rosenstock-Franck, op. cit. ↩
Hautecoeur, «El Fascismo», art. en L'Année Politique, 1926. ↩
Modigliani, «La ley sindical fascista», en La Nouvelle Revue Socialiste, 1927. ↩
Citado por Fucile, en El movimiento sindical y la realización del Estado corporativo en Italia, 1929. ↩
Rocco, La nueva disciplina. ↩
Citado en La libertad sindical: Italia, encuesta de la SDN, 1927. ↩
Mussolini, discurso del 10 de noviembre de 1934. ↩
Mussolini, discurso a los miembros del Comité Francia-Italia, septiembre de 1933. ↩
Mussolini, discurso del 6 de octubre de 1934. ↩
Mussolini, discurso del 18 de marzo de 1934. ↩
Mussolini, alocución del 8 de enero de 1935. ↩
Vu, 9 de agosto de 1933. ↩
Rosenstock-Franck, op. cit. ↩
Heiden, op. cit. ↩
Le Temps, 5 de mayo de 1933. ↩
Citado por Heiden, op. cit. ↩
Le Temps, 25 de junio de 1933. ↩
Dr. Ley, discurso de mayo de 1933. ↩
Citado por Fascisme del 6 de octubre de 1934. ↩
Dr. Schmitt, discurso del 13 de marzo de 1934. ↩
Le Temps, 7 de septiembre de 1935. ↩
Fascisme, 7 de marzo de 1936. ↩
Mussolini, discurso de 1923, citado por Laporte en La recuperación financiera de Italia, 1924. ↩
Mussolini, discurso del 18 de marzo de 1923. ↩
Mussolini, discurso del 20 de septiembre de 1922. ↩
Perroux, «Economía corporativa y sistema capitalista», en Revue d'Economie Politique, septiembre-octubre de 1933. ↩
Le Temps, 12 de febrero de 1933. ↩
L'Information, 13 de septiembre de 1933. ↩
Le Temps, 13 de diciembre de 1933. ↩
Le Temps, 19 de diciembre de 1933. ↩
Le Temps, 1 de marzo de 1934. ↩
L'Information, 18 de marzo de 1937. ↩
L'Information, 7 de agosto de 1937. ↩
Le Peuple, 24 de octubre de 1937. ↩
La Correspondance Internationale, 15 de marzo de 1937. ↩
Fascisme, 26 de enero de 1935. ↩
Le Temps, 21 de enero de 1936. ↩
De Stefani, discurso del 25 de noviembre de 1922. ↩
Marini, El impuesto sobre el capital en Italia, 1928. ↩
Don Sturzo, Italia y el fascismo, 1927. ↩
Le Temps, 16 de julio de 1933. ↩
Le Temps, 20 de abril de 1934. ↩
L'Humanité, 9 de marzo de 1935. ↩
De Rousiers, Los cartels y trusts y su evolución, 1927, y Hirsch, Los monopolios nacionales e internacionales, 1927. ↩
Rosenstock-Franck, op. cit. ↩
Citado por Perroux, art. citado. ↩
Dr. Schmitt, discurso del 13 de marzo de 1934. ↩
Heiden, op. cit. ↩
Mussolini, discurso del 13 de enero de 1934. ↩
Le Temps, 9 de enero de 1934. ↩
Le Temps, 23 de septiembre de 1934. ↩
Mussolini, discurso del 26 de mayo de 1934. ↩
Bottai, artículo en Critica Fascista, citado por Le Temps, 22 de octubre de 1934. ↩
Decretos-leyes del 12 de marzo de 1936, Gazzetta Ufficiale, 16 de marzo de 1936. ↩
Mussolini, discurso del 23 de marzo de 1936. ↩
Le Temps, 20 de abril de 1937. ↩
A. Leroux, en Le Populaire del 7 de julio de 1937. ↩
Le Temps, 26 de julio de 1937. ↩
Bergwerkszeitung, 27 de julio de 1937. ↩
Declaraciones del general Hanneken a la prensa alemana, 12 de junio de 1938. ↩
Deutsche Freiheit, 7 de julio de 1938. ↩
Aquila, en L'Humanité, 11 de diciembre de 1934. ↩
Informe anual del Reichsbank, en Le Temps, 21 de marzo de 1936. ↩
Le Temps, 30 de enero de 1936. ↩
Según los cálculos del ex ministro De Stefani. ↩
Citado por E. Schneider, en «Italia en automóvil», en Le Temps, 18 de agosto de 1935. ↩
Bavarelli, Política de obras públicas del régimen fascista, Roma, 1935. ↩
Le Matin, 14 de febrero de 1936. ↩
Hitler, discurso del 17 de diciembre de 1937, en Le Temps, 19 de diciembre de 1937. ↩
Fascisme, 17 de marzo de 1936. ↩
Le Temps, 22 de marzo de 1934. ↩
Fascisme, 14 y 18 de mayo de 1935. ↩
Nenni, en Le Peuple del 21 de diciembre de 1935. ↩
Le Temps, 3 de septiembre de 1935. ↩
Arias, art. en Il Popolo d'Italia, 3 de febrero de 1938. ↩
Thaon di Revel, discurso del 18 de mayo de 1938. ↩
Le Populaire, 5 de mayo de 1935. ↩
Citado por L'Information, 19 de febrero de 1937. ↩
Reinhardt, discurso en el congreso de Nuremberg, en Le Temps del 16 de septiembre de 1937. ↩
Le Temps, 19 de diciembre de 1935 y 12 de abril de 1936. ↩
Le Temps, 18 de agosto de 1935. ↩
Dr. Dreyse, discurso publicado en Das Pariser Tageblatt el 25 de abril de 1935. ↩
Arias, op. cit. ↩
Memoria de los industriales, publicada en L'Information los días 28 y 31 de agosto y 7 y 9 de septiembre de 1937. ↩
Le Temps, 18 de agosto de 1938. ↩
Decretos-leyes del 12 de marzo de 1936, en Gazzetta Ufficiale, 16 de marzo de 1936. ↩
Citado por Lu, 20 de diciembre de 1935. ↩
«La ley del Reich sobre el crédito del 5 de diciembre de 1934», suplemento de Le Bulletin Quotidien, 19 de marzo de 1935. ↩
G. Jèze, «Los métodos financieros alemanes», Das Neue Tagebuch, 13 de septiembre de 1935. ↩
L'Information, 28 de octubre de 1937. ↩
L'Information, 30 de septiembre de 1937. ↩
Rud. Lang, art. en Deutsche Freiheit, 21 de julio y 11 de agosto de 1938. ↩
L'Information, 2 de abril de 1937. ↩
Rud. Lang, op. cit. ↩
Le Temps, 18 de agosto de 1938. ↩
Le Temps, 17 de febrero de 1938. ↩
Por medio de estos empréstitos, los vencedores de Alemania comercializaron la deuda del vencido en conceptos de «reparaciones», dejando a cargo de éste el pago de intereses a los suscriptores y la amortización de los empréstitos. ↩
Memoria de los industriales, citada. ↩
Dr. Schacht, discurso en Le Temps, 22 de abril de 1937. ↩
Comunicado de la Comisión suprema de defensa nacional, 20 de febrero de 1935. ↩
Citado por A. Leroux en Le Populaire, 7 de julio de 1937. ↩
Le Temps, 28 de octubre de 1937. ↩
Mussolini, discurso del 15 de mayo de 1937, en Le Temps del 16 de mayo de 1937. ↩
Le Temps, 27 de febrero de 1938. ↩
Le Temps, 24 de marzo de 1938. ↩
Le Temps, 12 de agosto de 1935. ↩
Voelkischer Beobachter, 21 de octubre de 1936. ↩
Memoria de los industriales, citada. ↩
Ídem. ↩
Le Temps, 20 de febrero de 1936. ↩
General Serrigny, art. en La Revue des Deux Mondes, 1 de abril de 1936. ↩
Le Temps, 2 de diciembre de 1937. ↩
Coronel Thomas, conferencia del 6 de febrero de 1937, publicada en Le Temps el 8 de febrero de 1937. ↩
Le Temps, 3 de julio de 1935. ↩
Funk, discurso del 24 de mayo de 1938, en Le Temps del 28 de mayo de 1938. ↩
Le Temps, 2 de febrero de 1937. ↩
Le Temps, 28 de noviembre de 1937. ↩
Memoria de los industriales, citada. ↩
Goering, discurso del 6 de diciembre de 1935 en Hamburgo. ↩
Goebbels, discurso del 10 de marzo de 1936. ↩
Lucien Laurat, art. en Le Peuple, 13 de diciembre de 1936. ↩
Rossi (Tasca), op. cit. ↩
Mussolini, discurso del 14 de noviembre de 1933. ↩
Dr. Schacht, discurso en Múnich, en Le Temps del 30 de enero de 1935. ↩
Dr. Schacht, conferencia en Berlín, en Le Temps del 6 de febrero de 1935. ↩
Le Temps, 21 de marzo de 1935. ↩
Ley del 4 de febrero de 1934. ↩
Dr. Schmitt, discurso del 13 de marzo de 1934. ↩
Guillaume, Las corporaciones en Italia. ↩
Le Temps, 14 de junio de 1935. ↩
Le Temps, 31 de diciembre de 1935. ↩
Le Temps, 1 y 2 de enero de 1936. ↩
Il Giornale d'Italia, 22 de mayo de 1934. ↩
Le Temps, 15 de noviembre de 1936. ↩
Citado por Buozzi, en Le Peuple, 24 de mayo de 1934. ↩
Le Temps, 7 de enero de 1936. ↩
Roma, 15 de octubre de 1934; ver Le Temps del 21 de octubre de 1934 y Fascisme de 3 de noviembre de 1934. ↩
Mussolini, discurso del 8 de noviembre de 1934. ↩
Mussolini, discurso del 24 de marzo de 1936. ↩
Mussolini, art. en Les Annales, 10 de noviembre de 1933. ↩
Mussolini, discurso del 14 de noviembre de 1933. ↩
Mussolini, discurso del 13 de enero de 1934. ↩
Mussolini, discurso del 6 de octubre de 1934. ↩
Voelkischer Beobachter, 14 de noviembre de 1934. ↩
Voelkischer Beobachter, 20 de noviembre de 1934. ↩
Fascisme, 27 de junio de 1936. ↩
Voelkischer Beobachter, 7 de enero de 1938, citado por Syndicats, 18 de febrero de 1938. ↩
Frankfurter Zeitung, 11 de julio de 1934. ↩
Le Temps, 29 de abril de 1935. ↩
Citado por Fascisme, 11 de agosto de 1934. ↩
L'Information, 21 de enero de 1938. ↩
Le Temps, 7 de febrero de 1938. ↩
Dr. Schacht, discurso del 4 de diciembre de 1935. ↩
Dr. Schacht, discurso reproducido en Le Temps del 28 de septiembre de 1935. ↩
Dr. Schacht, discurso del 20 de noviembre de 1935. ↩
Funk, discurso en la feria de Koenigsberg, en Le Temps del 29 de noviembre de 1937. ↩
Le Populaire, 1 de febrero de 1938. ↩
Le Temps, 9 de febrero de 1938. ↩
Coronel Thomas, conferencia reproducida en Le Temps, 20 de abril de 1936. ↩
Citado por Le Temps, 24 de abril de 1938. ↩
Le Temps, 21 de diciembre de 1936. ↩
Citado por Le Temps, 23 de diciembre de 1937. ↩
Memoria de los industriales, citada. ↩
Frankfurter Zeitung, 28 de noviembre de 1937. ↩
Freies Deutschland, 28 de julio de 1938. ↩
Edmond Landau, L'Oeuvre, 18 de enero de 1938. ↩
Mussolini, «No hay retroceso alguno», art. en L'Agence économique et financière, 15 de febrero de 1932. ↩
Dr. Schacht, discurso del 30 de noviembre de 1935. ↩
Gaddi, La miseria de los trabajadores en la Italia fascista, 1938. ↩
Landau, op. cit. ↩
Volpi, discurso del 12 de febrero de 1928, citado por Ferrari en El régimen fascista italiano, 1928. ↩
Gaddi, op. cit. ↩
Ídem. ↩
Heiden, op. cit. ↩
Le Temps, 13 de abril de 1934. ↩
Landau, op. cit. ↩
Le Temps, 12 de septiembre de 1935. ↩
Guillaume, op. cit. ↩
Das Pariser Tageblatt, 14 de febrero de 1935. ↩
Saager, Mussolini (1933). ↩
Silone, op. cit. ↩
Baravelli, La bonificación integral en Italia (Roma, 1935). ↩
La Gazzetta del Popolo, 13 de diciembre de 1934. ↩
Rosenstock-Franck, op. cit. ↩
Ídem. ↩
Baravelli, op. cit. ↩
Murat, La propiedad agraria en Italia (1936). ↩
Rossoni, entrevista en The New Statesman and Nation, enero de 1936. ↩
Mussolini, discurso del 23 de marzo de 1933. ↩
Silone, op. cit. ↩
Le Temps, 19 de noviembre de 1935. ↩
Le Peuple, 19 de agosto de 1937. ↩
Le Journal du Commerce, 29 de junio de 1933. ↩
Walter Darré, discurso del 20 de julio de 1933. ↩
Steinberger, Die Agrarpolitik des Nationalsozialismus (1935). La mayor parte de las informaciones que damos están tomadas de este libro. ↩
W. Darré, Nueva nobleza de la sangre y del suelo (1930). ↩
Nicoletti, op. cit. ↩
Ricardo Boatti, Révolution Prolétarienne, 1934. ↩
Lachin, La cuarta Italia. ↩
Mussolini, discurso del 18 de diciembre de 1930. ↩
Il Corriere Padovano, 15 de noviembre de 1934. ↩
L'Oeuvre, 8 de diciembre de 1934. ↩
Silone, Fontamara. ↩
Il Lavoro Fascista, 23 de octubre de 1934. ↩
Silone, op. cit. ↩
Perroux, Revue d'Economie Politique, 1933. ↩
Ricardo Boatti, op. cit. ↩
Le Temps, 28 de octubre de 1934. ↩
Sobre la «coparticipación» en la provincia de Mantua, Il Lavoro Agricolo Fascista, 24 de enero de 1932, citado por Ricardo Boatti, op. cit. ↩
Le Temps, 21 de abril de 1938. ↩
Steinberger, op. cit. ↩
Véase, por ejemplo, el Niederdeutscher Beobachter, 28 de marzo de 1934. ↩
Das Reichsarbeitsblatt, 5 de octubre de 1934. ↩
Der Deutsche Landarbeiter, 3 de marzo de 1934. ↩
Le Temps, 9 de abril de 1934. ↩
Ídem, 18 de mayo de 1934. ↩
Nationalsozialistische Landpost, septiembre de 1933. ↩
Ídem, 21 de octubre de 1933. ↩
Études sur le fascisme, núm. 5 y 6 (1934-1935). ↩
Pietro Nenni, Le Peuple, 9 de abril de 1935. ↩
Il Lavoro Fascista, 22 de febrero de 1935. ↩
Rosenstock-Franck, op. cit. ↩
Citado por Gaddi, op. cit. ↩
Steinberger, op. cit. ↩
Silone, El Fascismo. ↩
Assalto, Bolonia, 15 de octubre de 1932. ↩
Baravelli, op. cit. ↩
Rosenstock-Franck, op. cit. ↩
J. Lazard, «La agricultura en Italia del Norte», Le Correspondant, 25 de octubre de 1933. ↩
Le Temps, 9 de enero de 1938; L'Information, 11 de enero de 1938. ↩
Steinberger, op. cit. ↩
Le Temps, 25 de diciembre de 1936. ↩
Steinberger, op. cit. ↩
Ídem. ↩
L'Information, 14 de agosto de 1937. ↩
Steinberger, op. cit. ↩
Le Fascisme et les paysans (París, 1935). ↩
Para permitir la comparación se ha calculado en este último caso la lira al tanto de estabilización de 1927. ↩
Gaddi, op. cit. ↩
Gaddi, op. cit. ↩
J. Lazard, op. cit. ↩
A. Leroux, Le Populaire, 28 de mayo de 1934. ↩
J. Lazard, op. cit. ↩
Gaddi, op. cit. ↩
Paul Decharme, reseña en Le Temps del 15 de septiembre de 1936 del ya citado libro de Murat. ↩
E. Landau, L'Oeuvre, 18 de enero de 1938. ↩
Freies Deutschland, 28 de junio de 1938. ↩
Le Peuple, 22 de diciembre de 1935. ↩
Memoria de los industriales, citada. ↩
Revista Le plan de quatre ans, citada por Loutre en Le Petit Parisien, 30 de agosto de 1937. ↩
Le Temps, 25 de marzo de 1937. ↩
Ídem, 9 de enero de 1938. ↩
Loutre, op. cit. ↩
Rosenstock-Franck, op. cit. ↩
L'Information, 4 de enero de 1938. ↩
Steinberger, op. cit. ↩
Doctor Schacht, discurso del 30 de noviembre de 1935. ↩
Véase L. Magyar: «¿Qué es el fascismo?», Les Cahiers du bolchevisme, 15 de diciembre de 1933. ↩
Le Temps, 17 de abril de 1933. ↩
Citado por Volpe, op. cit. ↩
Le Temps, 28 de enero de 1936. ↩
Marx: El 18 brumario de Luis Bonaparte. ↩
Edouard Berth: «Por fin tenemos a Hitler», La Révolution prolétarienne (1933), núm. 161-162. ↩
Esta metáfora la encontró Elie Halévy en un artículo de un diario. Me la comunicó, pero no pudo darme la referencia. ↩
Le Temps, 25 de marzo de 1934. ↩
Ídem, 23 de enero de 1935. ↩
Trotsky: ¿Y ahora? (1932). ↩
Mussolini, declaraciones a un periodista inglés, citadas por Kérillis en «Una encuesta en la Italia fascista», L'Echo de Paris, 6 a 16 de octubre de 1933. ↩
Dr. Ley, comunicado de prensa, 27 de abril de 1935. ↩
Le Bulletin quotidien, 14 de mayo de 1935. ↩
Fascisme, 11 de enero de 1936. ↩
Sobre el «caso de Wuppertal», en Alemania, ver Le Populaire de 24 de febrero y 19 de marzo de 1936. ↩
L'Information, 20 de abril de 1937. ↩
Mussolini, discurso del 26 de mayo de 1927. ↩
Volpe, op. cit. ↩
Hitler, discurso del 18 de junio de 1933. ↩
Íd., del 13 de septiembre de 1935. ↩
Le Temps, 13 de julio de 1933. ↩
Gentizon, Le Temps, 25 de marzo de 1934. ↩
Feroci, Unser Wort, mediados de diciembre de 1933. ↩
Nenni, Le Peuple, 26 de junio y 31 de diciembre de 1934. ↩
Citado por Gaddi, op. cit. ↩
Le Temps, 15 de febrero de 1938. ↩
Memoria de los industriales, citada. ↩
Le Temps, 11 de marzo de 1936. ↩
Ídem, 11 de enero de 1937. ↩
Spengler: La decadencia de Occidente. ↩
Le Temps, 11 de enero de 1937. ↩
Marx, op. cit. ↩
Le Temps, 28 de octubre de 1935. ↩
Ídem, 29 de marzo de 1936. ↩
Véase el prefacio de marzo de 1945. ↩
Artículo de Radek citado por Lu, 12 de marzo de 1933. ↩
Clara Zetkin: Informe al Comité ejecutivo ampliado de la Internacional Comunista, Moscú, junio de 1923. ↩
Mussolini, discurso del 14 de noviembre de 1933. ↩
Voelkischer Beobachter, 7 de junio de 1936. ↩
Ídem, 13 de junio de 1936. ↩
Lenin: El imperialismo, última etapa del capitalismo (1916). ↩
Trotsky: La IV Internacional y la URSS (1934). ↩
Ídem. ↩
Rosa Luxemburgo: Discurso sobre el Programa (1918). ↩
Bela Kun: L'Internationale communiste, 15 de agosto de 1933. ↩
Don Sturzo, op. cit. ↩
Nitti, op. cit. ↩
Artículo de Decker en Gesellschaft, órgano teórico de la socialdemocracia (1929, II). ↩
Martynov, discurso en el X Pleno de la Internacional Comunista, julio de 1929. ↩
Silone, op. cit. ↩