I Congreso Internacional de los Sindicatos Revolucionarios de Oficio y de Industria, congreso de fundación de la Internacional Sindical Roja (Profintern), Moscú, 3-19 de julio de 1921. Traducido de la edición inglesa de época: Resolutions and Decisions of the First International Congress of Revolutionary Trade and Industrial Unions, Chicago, The Voice of Labor / American Labor Union Educational Society, noviembre de 1921, pp. 11-96 (archive.org), sin la introducción de Lozovski (pp. 3-10). Aviso: el inglés no es la lengua en que se redactaron y votaron los textos; la única edición libre de las resoluciones es esta inglesa de época, que traducimos. De las ediciones rusa y alemana no hay copia libre, y el boletín francés del Buró Ejecutivo, L'Internationale syndicale rouge (n.º 1-10, 1921, archive.org), no reproduce los textos del congreso. Las tesis del III Congreso de la Internacional Comunista sobre la Internacional Sindical Roja están en la página de ese congreso. No hay copia libre de las actas del congreso. Traducción de la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en inglés
Manifiesto del Congreso a los trabajadores del mundo
La guerra criminal desencadenada por los gobiernos capitalistas de Europa y América, que había sacudido los cimientos del viejo mundo, ha terminado. Las monstruosas secuelas del horrible crimen cometido contra la humanidad se revelan en toda su amplitud. Es cierto que los diez millones de asesinados están enterrados; sus cadáveres no turban la paz de quienes los condenaron a muerte. Pero quedan todavía once millones de heridos y mutilados, en cuyos cuerpos los capitalistas han dejado constancia, con las ametralladoras, las bayonetas y las balas, de su crimen sin precedentes.
El bloqueo ha terminado. Con la firma de la llamada «Paz de Versalles» parece haber terminado también el despilfarro, en los campos de batalla, de la riqueza de los pueblos creada con el sudor y la sangre del proletariado. Pero ¿quién puede calcular cuántos años más de sufrimiento, degradación, hambre y miseria serán el precio que las masas trabajadoras de todos los países tendrán que pagar por la riqueza destruida, que se estima en muchos miles de millones?
La guerra ha terminado, pero en todos los países sigue habiendo más soldados en armas que antes de la guerra, y los gastos en armamento son también mayores que antes de la guerra en todos los países empobrecidos. La humanidad no solo salió de la guerra mermada en diez millones de personas, sino también muy empobrecida y arruinada. Y además, tras una breve reactivación especulativa del comercio y la industria, el mundo atraviesa una crisis industrial terrible e inaudita: es el precio de la guerra imperialista. La guerra no solo destrozó las fuerzas productivas del capitalismo mundial, sino que hizo trizas los lazos económicos gracias a los cuales existía antes de la guerra el equilibrio entre los distintos sectores capitalistas de la economía nacional. Los capitalistas de los países industriales, con América a la cabeza, no pueden vender sus productos por falta de mercados. Los países empobrecidos no pueden comprarlos; los obreros no tienen medios para comprar los productos necesarios.
El resultado es la extraordinaria ola de paro en todos los países y un horrible despilfarro de fuerzas productivas. Diez millones de obreros aptos para el trabajo han sido arrojados a la calle en todos los países del mundo; las máquinas están paradas y se deterioran; mercancías por valor de miles de millones se pudren en los almacenes o son destruidas deliberadamente por los capitalistas para no venderlas más baratas a los consumidores; millones de hombres y mujeres caen en las garras del hambre y el sufrimiento. Y al mismo tiempo el capital lanza un ataque feroz contra aquellos obreros a los que graciosamente permite quedarse en sus fábricas. En todos los países se recortan los salarios, empeoran las condiciones de trabajo, y la extracción de sudor y sangre a los obreros ha llegado al colmo. Sostenidos por el poder del gobierno capitalista, el ejército, la policía, la prensa a sueldo, los tribunales, los mercenarios religiosos y sus lacayos de la Internacional amarilla de Ámsterdam,1 los capitalistas se sienten seguros de su dominación.
¿Qué hacer?
¡Hermanos y camaradas de la clase obrera que seguís a la Federación de Sindicatos de Ámsterdam y a los viejos dirigentes sindicales! El congreso constituyente de los sindicatos rojos se dirige a vosotros en nombre de muchos millones de obreros revolucionarios organizados de todos los países, que trabajan con vosotros en los mismos talleres y con los que estaréis juntos —estamos completamente seguros— en la lucha final; el Congreso os llama a haceros esta pregunta. Para responderla, mirad a vuestro alrededor, sin fiaros de las palabras sino solo de los hechos, y ved lo que vuestros dirigentes de la Internacional de Ámsterdam han hecho y siguen haciendo. Cuando estalló la guerra mundial, junto con los dirigentes de la II Internacional, os llamaron a ir obedientemente a los cuarteles y a los campos de batalla. Durante la guerra os pidieron la paz civil, que os abstuvierais de hacer huelgas, que hicierais sacrificios sobrehumanos en nombre de la guerra. Gritaban más fuerte aún que los propios capitalistas y que la prensa corrompida sobre la recompensa que os esperaba después de la guerra. ¿Es esta vuestra recompensa, cuando los capitalistas pagan todas sus promesas con recortes, con terribles cierres patronales, con el cierre de fábricas, con el paro, con la violencia policial y con la organización de bandas de matones y esquiroles? Solo los vencidos tienen que pagar. ¿Y quién es entonces el vencido, el derrotado, el engañado, el sometido, sino la clase obrera?
¿Qué hacen los dirigentes de Ámsterdam, esos supuestos defensores de la clase obrera? ¿Exigen, junto con la clase obrera, que paguen los capitalistas? No. Esa gente no piensa hablar de esta cuestión; por instrucciones del capital repiten a los obreros siempre lo mismo: trabajad con todas vuestras fuerzas para reconstruir las ruinas de la guerra. Pero si los embaucadores callan, quiere decir que tienen que hablar los embaucados. Que expresen su voluntad, que el grito indignado del proletariado lance una sola consigna: ¡abajo la Internacional amarilla de Ámsterdam! ¡Abajo la dominación de la burguesía!
El capital ataca, teniendo en reserva un enorme ejército de parados. Paso a paso arrebata todas las conquistas del periodo anterior. El proletariado tiene que defender en lucha tenaz cada palmo de su posición. ¿Qué méritos tiene la Internacional de Ámsterdam en esta lucha económica de la clase obrera? ¿Os condujo con éxito en vuestra lucha? Esa es la pregunta a la que todo obrero organizado, aunque esté formado en la comprensión de la causa del socialismo y de la revolución, tiene que recibir una respuesta clara y concisa en nombre de sus necesidades inmediatas.
Hasta ahora la Internacional de Ámsterdam o bien ha entregado la clase obrera al capital sin luchar, o bien con su táctica cobarde le ha asegurado una derrota tras otra. La historia de la última y heroica huelga de los mineros ingleses2 muestra claramente cómo los dirigentes sindicales traicionaron a las masas obreras cuando había que rechazar los ataques del capitalismo. En lugar de llevar en apoyo de los mineros atacados nuevas fuerzas del proletariado organizado y aplastar al enemigo con un sólido frente único, esos dirigentes se abstuvieron de la lucha y en el momento decisivo retuvieron las reservas proletarias, dando así a los capitalistas la ocasión de destruir a la clase obrera poco a poco.
Hasta ahora, mientras la mayoría de los obreros organizados en los sindicatos estuvo dirigida por Gompers, Jouhaux y Henderson,3 no podía ser de otro modo. Hemos entrado en una época de lucha de clases despiadada y terrible. Y aquellos dirigentes que temen las huelgas, que se asustan de su desarrollo, que quieren ahorrarle sacrificios al capital, que temen por la suerte de la industria capitalista más que los propios capitalistas, esos dirigentes que no se atreven ni quieren llevar a la clase obrera a la victoria, traicionarán inevitablemente a la clase obrera. Todos vuestros ahorros reunidos durante largos años de privaciones se malgastarán en huelgas fracasadas por culpa de la táctica traidora de los dirigentes amarillos. Esos dirigentes solo son capaces de hacer lo que hacían durante el periodo de desarrollo pacífico del capitalismo, es decir, vender la fuerza de trabajo en nombre de sus sindicatos. En un periodo en que la clase obrera necesitaba dirigentes combativos, esos traficantes del trabajo han vendido siempre a los obreros al precio que ofrecían los Morgan, los Stinnes y los Creusot.4 Todos los dirigentes de la Internacional de Ámsterdam que ponen obstáculos al proletariado cuando este se esfuerza por defender sus derechos, con un frente único, contra las tentativas de los explotadores no son otra cosa que una organización internacional de esquiroles.
Cada día aumentan los casos en que grupos aislados de obreros, que no quieren esperar a ser traicionados, se lanzan caóticamente a huelgas y a la lucha revolucionaria. Obedeciendo a su fiel instinto de clase, rompen la disciplina que les imponen los traidores, rompen la disciplina del capital y mantienen el derecho sagrado de todo proletario que no quiere rendirse sin lucha al enemigo. Pero, para librarse de los dirigentes amarillos y traidores que venden la causa de la clase obrera, el Congreso Internacional de los Sindicatos Rojos llama a todos los obreros que siguen adheridos a Ámsterdam a echar, cuando y donde puedan, a los burócratas y traidores que están al frente de los sindicatos amarillos y a unirse de manera organizada a la Internacional de los sindicatos revolucionarios. Dos quintas partes de los obreros organizados del mundo se han unido ya a la Internacional Sindical Roja. Ha llegado el momento de que el ejército internacional del trabajo se una bajo la bandera roja de la revolución proletaria.
En la lucha feroz entre el trabajo y el capital que se libra en todo el mundo, la burguesía actúa de manera más organizada, más consciente y más decidida que el proletariado. Y en nada se ha revelado tan claramente la habilidad y la superioridad de la burguesía como en la posibilidad de mantener atados y sometidos a muchos millones de obreros por mano de la propia clase obrera, con la ayuda de aquellos de sus dirigentes que, como bellacos, apuñalan por la espalda al proletariado y no le dejan quitarse de encima la superestructura capitalista.
Si el orden capitalista existe todavía, si la clase capitalista todavía puede, en el momento más crítico, cuando terminó la guerra y empezó la desmovilización, mantenerse en el poder y seguir derrotando a la clase obrera en escaramuzas, se lo debe a los héroes de Ámsterdam y de la II Internacional. Pero todo tiene un fin. Los obreros de todo el mundo se convencen cada vez más de que el capitalismo no es todopoderoso, de que el poder del capital se debe únicamente a su propia debilidad, a su desorganización en la lucha y a su resignación. Ha empezado una nueva época de luchas gloriosas, en la que el proletariado se hace digno de dirigentes mejores que los esquiroles de Ámsterdam. Los nuevos dirigentes sabrán defender las trincheras proletarias y pasarán a la ofensiva. La Internacional Roja de los Sindicatos Revolucionarios tendrá muy pronto consigo a la inmensa mayoría de la clase obrera de todo el mundo, y entonces el proletariado de todos los países presentará su cuenta a la clase capitalista y exigirá el pago completo e inmediato.
¡Trabajadores del mundo entero! El I Congreso Internacional de los Sindicatos Revolucionarios, reunido en ese trozo del globo que el proletariado ruso arrancó de las manos del capital, en nombre de los millones de mutilados y asesinados en la guerra criminal, en nombre de los sufrimientos que ha pasado la clase obrera bajo la dictadura del capital, en nombre de las víctimas del terror burgués, en nombre de las derrotas que habéis sufrido bajo la dirección de los traidores amarillos, en nombre de las victorias futuras bajo la bandera revolucionaria de la Internacional Sindical Roja y, por último, en nombre de la clase obrera rusa, que mantiene firmemente, completamente sola, por cuarto año, la bandera roja sobre el país de los sóviets y espera la ayuda de sus camaradas de más allá de las fronteras, os llama a uniros a nuestras filas, os llama a la batalla final y decisiva.
¡Trabajadores del mundo, uníos!
¡Viva la revolución proletaria!
¡Viva la dictadura del proletariado!
¡Viva la República Internacional de los Sóviets!
¡Viva el comunismo!
Resolución sobre el informe del Consejo Internacional Provisional
Sobre el informe del camarada Rosmer5 acerca de la actividad del Consejo Provisional de los Sindicatos Rojos durante el año transcurrido.
Oído el informe del Consejo Internacional de los Sindicatos presentado por el camarada Rosmer, el I Congreso Internacional de los Sindicatos reconoce:
Que la creación del Consejo Internacional de los sindicatos revolucionarios con consciencia de clase responde a las necesidades inmediatas de las masas obreras revolucionarias en su lucha contra el capitalismo;
Que desde su fundación el Consejo Internacional ha seguido una política justa respecto a la dictadura de la burguesía, oponiéndole la dictadura proletaria;
Que el Consejo Internacional ha valorado así acertadamente el papel de la Federación Internacional de Ámsterdam, ligada a la Oficina del Trabajo de la Sociedad de Naciones,6 y ha librado contra ella una lucha decidida y despiadada;
Que durante los once meses de su existencia el Consejo Internacional, en condiciones dificilísimas, ha realizado un considerable esfuerzo de propaganda para llevar a la práctica sus objetivos fundamentales;
Que la adhesión al Consejo Internacional de millones de obreros de cuarenta y dos países distintos atestigua la gran fuerza de atracción del Consejo y de sus consignas y prueba de la manera más viva la importancia de la tarea que ha cumplido.
Tomando en consideración lo anterior, el congreso resuelve:
- Aprobar el informe presentado por el camarada Rosmer, así como la línea de conducta seguida por el Consejo Internacional contra la consigna dañina y peligrosa, contraria a los intereses del movimiento obrero revolucionario, de destruir los viejos sindicatos de masas.
Resolución sobre las relaciones entre la Internacional Sindical Roja y la Internacional Comunista
(Sobre el informe de los camaradas Rosmer y Tom Mann.7)
Considerando que la lucha entre el trabajo y el capital ha adquirido en todos los países capitalistas, como consecuencia de la guerra mundial y de la crisis, un carácter excepcionalmente agudo, implacable y decisivo;
Considerando que, en el curso de su lucha cotidiana, las masas trabajadoras comprenden cada vez con mayor claridad la necesidad de eliminar a la burguesía de la administración de la industria y, por consiguiente, del poder político;
Considerando que ese resultado solo puede alcanzarse con el establecimiento de la dictadura del proletariado y de un régimen comunista;
Considerando que, en la lucha por conservar la dictadura burguesa, todas las clases dominantes capitalistas han logrado ya consolidar y concentrar en alto grado sus organizaciones nacionales e internacionales, tanto políticas como económicas, en un frente sólido de todas las fuerzas burguesas, defensivo y ofensivo a la vez, contra el empuje del proletariado;
Considerando que la lógica de la lucha de clases moderna exige una mayor consolidación de las fuerzas proletarias y de la lucha revolucionaria y significa, por consiguiente, que debe haber el contacto más estrecho y una vinculación orgánica entre las distintas formas del movimiento obrero revolucionario, y ante todo entre la III Internacional Comunista y la Internacional Sindical Roja, y que es también deseable que se haga todo lo posible, en el terreno nacional, por establecer relaciones semejantes entre los partidos comunistas y la Internacional Sindical Roja;
Por todo ello, el congreso resuelve:
Tomar todas las medidas para unir de la manera más enérgica a todos los sindicatos en una sola organización de combate unida, con un único centro internacional directo: la Internacional Sindical Roja.
Establecer el contacto más estrecho posible con la III Internacional Comunista, como vanguardia del movimiento obrero revolucionario en todas las partes del mundo, sobre la base de la representación recíproca en ambos comités ejecutivos, de conferencias conjuntas, etc.
Que esa vinculación tenga un carácter orgánico y práctico y se exprese en la preparación conjunta de la acción prerrevolucionaria a escala nacional e internacional.
Que es imprescindible que en cada país se tienda a unir las organizaciones sindicales revolucionarias y a establecer el contacto más estrecho entre los sindicatos rojos y los partidos comunistas para la ejecución de las decisiones de ambos congresos.
Resolución sobre la cuestión italiana
Oídas las explicaciones de los representantes de la Confederación del Trabajo de Italia,8 Bianchi y Azzimondi, y tras discutirlas, el I Congreso Internacional de los Sindicatos Revolucionarios declara:
- La Confederación del Trabajo de Italia, que firmó el acuerdo con el Consejo Central de los Sindicatos de toda Rusia y otras organizaciones para formar la Internacional Roja, no ha hecho absolutamente nada durante once meses por consolidar la organización creada.
En lugar de intentar fortalecer la recién creada organización internacional de los sindicatos revolucionarios, opuesta a la Internacional amarilla de Ámsterdam, la Confederación General del Trabajo de Italia ha participado en la Internacional de Ámsterdam y ha mantenido su vinculación con los dirigentes de esa organización. La Confederación del Trabajo de Italia llegó incluso a asistir con voto deliberativo al congreso de Londres de la Internacional de Ámsterdam9 y no votó en contra de la resolución aprobada contra la Internacional Sindical Roja.
En lugar de aflojar sus lazos con la Internacional de Ámsterdam, la Confederación General del Trabajo de Italia, por el contrario, los estrechó al pedir en abril ayuda a la Internacional de Ámsterdam en su lucha contra los fascistas.
El congreso de la Confederación General del Trabajo en Livorno10 decidió «participar sin reservas en la creación de la Internacional Roja de acuerdo con las decisiones que se tomen en el congreso de los sindicatos en Moscú». A pesar de esa decisión, la Confederación del Trabajo de Italia envía a sus delegados solo a título informativo. Así, la confederación cree posible participar con voto deliberativo en el congreso de la Internacional de Ámsterdam, y al congreso de la organización a la que el congreso de Livorno decidió adherirse sin reservas envía delegados solo a título informativo.
En el último momento, para retrasar el congreso, la Confederación General del Trabajo intentó aplazarlo proponiendo trasladarlo a Reval11 o a Estocolmo, con el pretexto de que allí sería más cómoda la verificación de las credenciales de los delegados que llegaran.
Al constatar todos estos hechos, el I Congreso Internacional de los Sindicatos Revolucionarios considera que el proletariado italiano no tiene la culpa de esta perniciosa duplicidad, dañina para el propio proletariado y para los intereses de la revolución mundial; que toda la responsabilidad de esta política de balancín recae en los elementos dirigentes de la Confederación General del Trabajo, que se esfuerzan por mantener al proletariado italiano apartado de los sindicatos revolucionarios de todos los países.
Una situación en la que la central sindical general del país rinde homenaje de palabra a la Internacional Sindical Roja pero de hecho pertenece a la Internacional de Ámsterdam no puede tolerarse por más tiempo. Por ello, el I Congreso de los Sindicatos Revolucionarios pide al proletariado revolucionario de Italia, a todos los sindicatos locales, a las cámaras del trabajo y a las federaciones nacionales que se pronuncien sobre la cuestión de a qué organización se unirán los sindicatos revolucionarios de Italia: a la Internacional de la lucha revolucionaria o a la Internacional de la colaboración de clases. ¿Irán de la mano de quienes defienden la revolución social y la dictadura del proletariado o de la burguesía, con la Internacional Sindical Roja o con la Internacional de Ámsterdam?
Este congreso está completamente seguro de que el proletariado revolucionario de Italia hará muy pronto su elección y de que, incluso antes del próximo congreso internacional, la Confederación General del Trabajo de Italia ocupará entre los sindicatos revolucionarios el lugar que el proletariado italiano merece plenamente.
Resolución sobre la cuestión de la táctica
(Sobre el informe del camarada Lozovski.12)
1. La situación general de la lucha
Las tareas y la táctica de los sindicatos están determinadas por las condiciones y la intensidad de la lucha de clases a escala internacional y nacional. Como punto de partida debemos tomar el hecho irrefutable de que la sociedad moderna ha entrado en una fase de descomposición y de ruptura de las viejas relaciones y vínculos capitalistas y se encamina a su hundimiento definitivo. Los síntomas de esta decadencia se manifiestan en el enorme crecimiento de la deuda nacional; en una prosperidad pasajera en algunas ramas de la industria, seguida rápidamente de una aguda crisis industrial; en las guerras que todavía se libran en muchos frentes; en la inestabilidad económica de muchos de los países capitalistas más antiguos de Europa; en la atroz crisis industrial que hace estragos en todo el mundo; en el enorme crecimiento del paro; en el estancamiento de la agricultura; en las montañas de mercancías amontonadas en algunos países mientras en otros faltan por completo los artículos de consumo; en la inevitabilidad de nuevas guerras para la obtención de condiciones de trabajo y, por último, en la imposibilidad absoluta de restablecer la estabilidad económica y el equilibrio político y social con los métodos normales de la explotación capitalista.
Sobre el fondo de esta creciente crisis económica y de las devastaciones sin precedentes causadas por los largos años de guerra, la lucha social se agudiza en todos los países y adquiere una dureza nunca vista. En un país tras otro estallan huelgas de magnitud insólita; por medio de ellas el proletariado intenta mantener sus posiciones frente al asalto del capital. Pero el proletariado libra su lucha en grupos dispersos y aislados, y condena así a sus filas mejor organizadas a la derrota completa y a la destrucción.
La lucha de la clase obrera y su organización se complican por el hecho de que la burguesía ha aprovechado plenamente las lecciones de la guerra y de la revolución, y crea y refuerza afanosamente su organización para la destrucción material del movimiento revolucionario. No hay un solo país burgués que, además de las organizaciones de represión habituales y normales (el ejército, la policía, la justicia, etc.), no haya creado nuevas organizaciones, cuerpos voluntarios de representantes de las clases dominantes, para la represión armada y la prevención de los levantamientos de los obreros rebeldes.
En esta lucha contra el descontento creciente de las masas, la burguesía presenta un frente único y lanza a la pelea todas sus organizaciones económicas. Comprende perfectamente que solo el más alto grado de unidad y de concentración de fuerzas, una organización centralizada, el apoyo moral y material de su máquina estatal y la creación de organizaciones de combate especiales pueden salvarla de la derrota o, al menos, aplazar la revolución social que se acerca. La burguesía nunca separa la política de la economía.
Las tareas de los sindicatos en el periodo de desarrollo orgánico y pacífico de la sociedad capitalista consistían en elevar, por medio de organizaciones de masas, el nivel de vida de los obreros, en mejorar las condiciones de trabajo y, apoyándose en las conquistas ya obtenidas, en avanzar gradualmente hacia la realización de la sociedad socialista. Los sindicatos reformistas consideran posible una transición lenta y gradual del capitalismo al socialismo mediante la transformación de la democracia burguesa en democracia socialista. Los sindicatos revolucionarios sostienen que, sin el derrocamiento del capitalismo por la fuerza, la clase obrera no puede abolir el sistema de la esclavitud asalariada.
Los sindicatos revolucionarios se han propuesto siempre como tareas fundamentales la cohesión, la disciplina y la educación de la masa. Esta tarea es especialmente importante en el periodo actual de descomposición de la sociedad capitalista. El sindicato es la escuela y el taller del comunismo. Su tarea es preparar a los obreros para el derrocamiento del sistema capitalista.
La cuestión principal consiste en cómo y sobre qué base de la lucha cotidiana se llevará a cabo esa preparación y cohesión de las masas. Hay que plantear a la clase obrera las tareas y el modo de organizar su lucha cotidiana y de enlazarla con las tareas generales de la clase obrera, llevándola hasta el choque final con su enemigo de clase. Las condiciones de esta lucha se han complicado considerablemente en el momento actual.
Las relaciones mutuas entre sus muchos elementos son completamente distintas de lo que eran antes de la guerra o durante la guerra. Por eso la tarea de los sindicatos es distinta, y los métodos y medios de lucha deben ser también distintos.
2. Los sindicatos antes de la guerra
En la segunda mitad del siglo XIX y a comienzos del siglo XX había tres grupos principales de movimientos sindicales: el anglosajón (tradeunionismo), el germano-austriaco (reformismo socialdemócrata) y el franco-español (sindicalismo revolucionario). Estos tres grupos del movimiento obrero internacional se diferenciaban entre sí tanto por su método como por su carácter. Representaban tres ideologías y tres programas de acción diferentes.
El rasgo fundamental del tradeunionismo anglosajón era el estrecho corporativismo de oficio y la neutralidad política respecto a los partidos socialistas; concentraba toda su atención en los problemas concretos e inmediatos del día; el tradeunionismo solo aceptaba la lucha social desde el estrecho punto de vista del sindicalismo de oficio, y desde ese ángulo abordaba la solución de todos los problemas económicos y sociales. El movimiento tradeunionista comprendía sobre todo a la aristocracia de la clase obrera. La filosofía misma del tradeunionismo es la filosofía de la aristocracia obrera.
Los exponentes teóricos y prácticos del tradeunionismo no consideraban el capital y el trabajo como dos enemigos de clase mortales, sino como dos factores que se complementan mutuamente. Sostenían que el desarrollo de la sociedad depende enteramente de la armonía entre el capital y el trabajo y del reparto justo entre ellos de la riqueza social y pública.
El movimiento sindical germano-austriaco, que apareció más tarde que el de tipo anglosajón y se formó en circunstancias distintas, estuvo impregnado desde el principio de ideas socialistas. Los socialdemócratas de Alemania y Austria estuvieron en la cuna misma del movimiento sindical y le transmitieron así el espíritu socialdemócrata. Pero el programa y la táctica socialdemócratas respecto al movimiento sindical adquirieron un carácter de socialismo reformista. Los sindicatos de Alemania fueron la cuna del reformismo, cuya esencia puede reducirse a lo siguiente: preconizan un desarrollo gradual y pacífico hacia el socialismo a través de la democracia; difuminan los intereses de la clase obrera; temen la revolución y el terror blanco, y esperan al mismo tiempo que el desarrollo de las formas democráticas traiga automáticamente el socialismo sin revoluciones ni conflictos sociales. En el terreno estrictamente sindical, su intención es mantener a los sindicatos fuera de la lucha política y revolucionaria; preconizan la neutralidad ante el socialismo revolucionario y están estrechamente ligados al socialismo reformista. Aparte de eso, sobrevaloran extraordinariamente el beneficio de la negociación colectiva y del sistema de juntas de conciliación. De este modo esperan establecer unas relaciones sociales en las que los obreros gozarían en los terrenos político y económico de los mismos derechos que los capitalistas, mientras se mantiene el sistema de explotación.
El sindicalismo revolucionario, que se desarrolló como reacción contra el oportunismo del Partido Socialista francés, tenía como base cierto número de puntos revolucionarios. Propugnó la idea de la acción directa, de la lucha inmediata de las masas, preconizó la huelga general y el derrocamiento del capitalismo por la fuerza; llevó a cabo agitación y propaganda antimilitaristas y creó la teoría antiestatal. Creó también una teoría según la cual los sindicatos son las únicas organizaciones que harán la revolución y construirán por sí mismos la sociedad socialista.
Los teóricos del sindicalismo revolucionario pretendían que este era la síntesis del proudhonismo y del marxismo.
El sindicalismo revolucionario sacó a la luz una serie de ideas —y ese ha sido su mérito— que lo colocaron muy por encima de todas las demás formas del movimiento sindical y lo pusieron en estrecho contacto con [...] la presión revolucionaria de las masas sobre el capital y el Estado, la abolición del capitalismo, la propaganda de la revolución social:13 todo esto debe acreditarse a los sindicalistas revolucionarios y constituye el lado positivo del sindicalismo revolucionario. Por otro lado, encontramos en el sindicalismo el principio de la independencia y la neutralidad respecto a todos los partidos políticos, incluido el partido político del proletariado, la negación incluso del Estado proletario, la sobrevaloración de la huelga general y una actitud equivocada ante las reivindicaciones paliativas de los obreros. La economía y la política son para los sindicalistas revolucionarios dos cosas diferentes, aunque está perfectamente claro que «la política no es más que economía concentrada».14 Estas últimas ideas, pese a su aparente carácter revolucionario, son en realidad aprovechadas por la burguesía, aunque esta nunca ha hecho, en su propia lucha, diferencia alguna entre la política y la economía.
El movimiento sindical creció y tomó forma principalmente durante el periodo de desarrollo pacífico y orgánico de la sociedad capitalista, y por ello tenía rasgos que permitieron a la burguesía utilizarlo, sobre todo durante la guerra, en beneficio de sus intereses de clase.
Esos rasgos peculiares —el estrecho corporativismo de oficio, el exclusivismo de los sindicatos, la lucha de algunos sindicatos contra el trabajo femenino, la profunda devoción a la patria y a la industria nacional, etc.— encontraron su máxima expresión durante la guerra, cuando los intereses de clase chocaron con los intereses nacionales.
3. Los sindicatos durante la guerra
- La guerra mundial, resultado del antagonismo entre los afanes nacionales de los capitalistas, mostró en toda su extensión la influencia de la burguesía sobre la clase obrera y sus organizaciones. En la mayoría de los grandes países de Europa los sindicatos, inmediatamente después de la declaración de guerra, dejaron de existir como organizaciones combativas de clase y se convirtieron de golpe en organizaciones militares imperialistas, cuya tarea consistía únicamente en ayudar al gobierno y a la burguesía a aplastar a sus competidores en el mercado mundial con un esfuerzo común y a cualquier precio.
Las viejas alineaciones del movimiento sindical desaparecieron. Los dirigentes sindicales de todos los países, con muy pocas excepciones, aunque luchaban en lados opuestos de la línea de fuego, encontraron un lenguaje común con su propia burguesía; los intereses de la burguesía nacional triunfaron sobre los intereses de clase.
- El periodo de la guerra mundial fue un periodo de decadencia moral de los sindicatos en todos los países capitalistas. La inmensa mayoría de los dirigentes del movimiento sindical fueron agentes del gobierno.
Asumieron la función de sofocar todo intento de protesta revolucionaria; sancionaron repetidamente medidas que empeoraban las condiciones de trabajo para complacer a los capitalistas; los dirigentes sancionaron muchas veces el encierro de los obreros en las fábricas; permitieron que se anularan los privilegios ganados en años de lucha. En una palabra, ejecutaron sumisamente todas las órdenes de las clases dominantes.
La oposición a la guerra y los movimientos de masas que surgieron de ella fueron cortados de raíz, ante todo, por los propios dirigentes del viejo movimiento sindical. El miedo a la revolución, que durante muchos años había frenado a las clases dominantes ante la guerra y las aventuras militares, había desaparecido, pues no solo la burguesía, sino también los obreros organizados en los sindicatos estaban contra la revolución. Esta conversión de los dirigentes del movimiento sindical en perros guardianes del capitalismo es la mayor victoria moral de la clase dominante y, a la vez, la mayor derrota de la clase obrera durante la guerra mundial.
La actividad nacionalista de los dirigentes sindicales provocó profundas divisiones en las masas. En lugar del evangelio de la lucha de clases y de la solidaridad de clase, el único llamamiento de los dirigentes a la clase obrera que se oyó durante años fue el de exhortar a los obreros a tensar todas sus fuerzas contra el enemigo nacional, el llamamiento a la defensa de la patria y a la sagrada unión de las clases. Esta labor traidora, llevada a cabo con el apoyo de la prensa burguesa y la ayuda financiera del gobierno, fue la causa principal de la prolongación de la guerra y de los innumerables sacrificios humanos que la clase obrera se vio obligada a hacer como consecuencia de la carnicería internacional.
La guerra fue la manifestación de la bancarrota sin precedentes de las tres formas del movimiento sindical. Los dirigentes de los sindicatos de Inglaterra y América, de Alemania y Austria, y los sindicalistas revolucionarios de Francia se agruparon en la plataforma de la traición a los intereses de la clase obrera.
4. Los sindicatos después de la guerra
La política de posguerra de los dirigentes sindicales de los distintos países tuvo los mismos rasgos fundamentales que su política en tiempo de guerra. Consistió en prolongar la «sagrada unión» de las clases concertada durante la guerra, en procurar subordinar los intereses de las masas trabajadoras a los intereses del restablecimiento del orden económico capitalista.
En Francia esta política adquirió un carácter de lo más repugnante porque sus defensores son los sindicalistas revolucionarios de ayer, antiestatistas y antimilitaristas.
Los dirigentes de la Confederación General del Trabajo se afanan por el honor de sentarse en las comisiones que preparan el Tratado de Paz de Versalles. Toman la iniciativa de hacer pagar a los obreros alemanes indemnizaciones a Francia por las pérdidas causadas por la guerra y de desbaratar el movimiento huelguístico revolucionario. Codo con codo con el gobierno y la burguesía, combaten hasta la idea misma de la revolución social. Proclaman el principio de la reconstrucción del capitalismo sobre la base de la colaboración de todas las fuerzas vivas «de la sociedad actual»: los obreros, los patronos y los representantes del gobierno. Esta política vuelve a la burguesía del país más arrogante, corrompe la consciencia proletaria y lleva a las masas a desengañarse de las consignas y los llamamientos revolucionarios. Cuanto más sometida y dependiente de la burguesía está la Confederación General del Trabajo, más grita sobre la «independencia» y la «autonomía» del movimiento sindical respecto al comunismo, invocando la «Charte d'Amiens».15
- Sobre la base de esta inaudita traición y de este desvergonzado abandono de los principios revolucionarios y de clase más elementales, ha crecido en Francia un fuerte movimiento que se ha expresado en la organización del comité central de los sindicatos revolucionarios.16
La oposición revolucionaria ha agrupado ya a cerca de la mitad de los afiliados de la Confederación General del Trabajo, pero, a pesar de su crecimiento numérico, es débil por su insuficiente unidad interna.
Toda la oposición está unida en su lucha contra la traición, abierta o encubierta, a los intereses de la clase obrera. Pero aunque la oposición lleva adelante esta lucha y hasta obtiene victorias gracias a su frente único, todavía no ha aclarado del todo los problemas concretos, el programa y sus consignas de combate. La oposición, compuesta de anarquistas, sindicalistas revolucionarios y comunistas, proclama la consigna: «¡Volvamos a la Carta de Amiens!». Esta consigna es ya insuficiente, por cuanto la mayoría de la Confederación General del Trabajo invoca también la Carta de Amiens.
- La Carta de Amiens, que fue el resultado de la protesta obrera contra el oportunismo de los partidos socialistas, no puede considerarse base de la actividad, no solo porque se escribió hace quince años, antes de la guerra y de la revolución, sino sobre todo porque ni siquiera en aquel momento respondía a todas las cuestiones que se planteaban a la clase obrera.
La guerra mundial, la descomposición del capitalismo y la revolución, todo ello junto, imponen de manera absoluta a la minoría de la Confederación General del Trabajo de Francia no quedarse en el marco de la anticuada Carta de Amiens, sino redactar una nueva carta acorde con las nuevas circunstancias.
- Los dirigentes de los sindicatos alemanes han desempeñado después de la guerra, en esencia, el papel de salvadores de la burguesía alemana y de la camarilla militar alemana. La revolución de 1918 asustó tanto a la burguesía alemana que esta recurrió al movimiento sindical para protegerse contra la transformación de la revolución burguesa en revolución social.
Los dirigentes sindicales concluyeron con la burguesía alemana un acuerdo para la creación de juntas de conciliación laboral compuestas por igual número de obreros y de patronos, en el que se basa toda la actividad de posguerra del movimiento sindical alemán.17 La base del acuerdo fue el principio aplicado a la discusión de las reformas sociales. El resultado de esta filosofía de la cooperación de clases fue la dominación económica y política de la burguesía. La consecuencia de este acuerdo fue el aplastamiento del movimiento revolucionario de las masas con la ayuda activa de los sindicatos.
Los dirigentes de los sindicatos alemanes, olvidando los intereses de la clase obrera, han emprendido la labor de restauración del capitalismo y ni siquiera se han detenido ante el apoyo a las sangrientas represalias contra la clase obrera.
- Este papel contrarrevolucionario desempeñado por la burocracia sindical que, gracias a la miseria causada por la guerra, se convirtió en dirigente de muchos millones de trabajadores, provocó grandes protestas entre los obreros.
Esta protesta en el seno del movimiento sindical encontró su expresión en la formación de núcleos de oposición de grupos comunistas dentro de los sindicatos, que, extendiéndose como una red por toda Alemania, han adquirido el carácter de un movimiento de masas.
La visión desesperanzada de los sindicatos encontró su expresión en la consigna «destruid los sindicatos», contraria a los intereses de la clase obrera y de la revolución social. Además de la oposición en los viejos sindicatos, hay algunos grupos fuera de ellos (la Unión Obrera Libre de Gelsenkirchen, la Unión Obrera General, la Unión Sindicalista).18 Cada una de estas organizaciones trabaja por su cuenta, sin llevar adelante una lucha coordinada contra los capitalistas y sus partidarios salidos de las filas de los sindicatos.
A estos grupos se han sumado los sindicatos expulsados, ya que la burocracia sindical, aterrada por el crecimiento de la oposición dentro del viejo movimiento sindical y de los núcleos comunistas, ha empezado a expulsar de los sindicatos centralizados secciones, distritos y agrupaciones locales enteras, así como a individuos aislados.
- Los sindicatos de Inglaterra, inmediatamente después de la guerra, empezaron a librar una lucha tenaz por mejorar las condiciones de trabajo y conservar las posiciones conquistadas.
Las grandes huelgas de los mineros del carbón y de otros oficios muestran la fuerza y la tenacidad del proletariado inglés en la lucha. El periodo de posguerra ha mostrado hasta qué punto ciertos dirigentes del movimiento obrero en Inglaterra están ligados a la burguesía.
Cada choque, cada gran conflicto, ha encontrado resistencia ante todo dentro de la propia organización, así como en otros sindicatos.
Estas peculiaridades del movimiento sindical inglés, acompañadas de un crecimiento indudable de ideas revolucionarias, aunque confusamente entendidas, son muy características. El movimiento obrero inglés ha dado sin duda un gran paso adelante en comparación con el periodo de preguerra.
- Durante la guerra surgieron los comités de los delegados de taller y los comités obreros,19 que alcanzaron una eficacia relativamente grande en los años 1917 y 1918; después perdieron su influencia anterior, aunque el reconocimiento de la necesidad de una lucha revolucionaria y las ideas revolucionarias en general han crecido considerablemente entre las masas de Inglaterra. La debilidad de los elementos de oposición en Inglaterra se debe a que no coordinaron su trabajo entre las masas. La unidad de todos estos elementos revolucionarios podría lograrse ampliando y profundizando la actividad de los delegados de taller y de los comités obreros.
En tales condiciones la tarea no consiste en sacar de la masa obrera, de los sindicatos, a miembros destacados para crear ciertas organizaciones al margen de los sindicatos, sino en procurar que los elementos más conscientes y revolucionariamente activos trabajen orgánicamente en el seno mismo de la clase obrera: en las fábricas y talleres, en los núcleos de base de los sindicatos, esforzándose por conquistar puestos de responsabilidad y dirección en el movimiento sindical de arriba abajo.
Solo un método así —un trabajo sistemático, incesante y constante— puede dar resultados reales y duraderos en un país con un movimiento obrero tan gigantesco, tan saturado de viejas tradiciones y de conservadurismo, como es el movimiento sindical inglés.
- En América, como en ningún otro país, los sindicatos y sus elementos dirigentes desempeñan el papel de agentes directos del capital. Para Gompers y su camarilla, que están al frente de la Federación Americana del Trabajo,20 hasta la Internacional de Ámsterdam resulta demasiado revolucionaria, y les parece imposible participar en ella a causa de su «excesivo revolucionarismo». La AFL pone todas sus esperanzas en la rectitud de la burguesía y se niega a oír hablar de la posibilidad de una lucha revolucionaria por un orden nuevo.
Este es el ejemplo más típico y clásico de fusión de los dirigentes del movimiento obrero con la burguesía, y los millonarios americanos son la razón principal de que esos gompersistas hablen tanto y tan alto de la autonomía y la independencia del movimiento sindical.
La AFL sirve como el instrumento más fiable en manos de la burguesía para reprimir el movimiento revolucionario. Pero también ella se ve arrastrada a la lucha, porque la burguesía no se da por satisfecha con su devoción: los capitalistas quieren sacar de la AFL mayores beneficios que los que han obtenido hasta ahora.
Y si la AFL no entra todavía ella misma en la lucha, sus destacamentos aislados, las organizaciones locales, entran cada vez más en conflicto con el capital y con la máquina del Estado. Si no organizativamente, al menos en el terreno de las ideas se alejan cada vez más de los principios básicos en que descansa la AFL.
Los Trabajadores Industriales del Mundo,21 organización independiente de América, son demasiado débiles para ocupar el lugar de los viejos sindicatos. La IWW tiene un prejuicio puramente anarquista contra la política y la acción política, y está dividida en partidarios y adversarios en una cuestión tan cardinal como la dictadura proletaria. Además de estas dos organizaciones hay sindicatos independientes, solo formalmente independientes de la AFL; muchos de ellos dependen en sus ideas y en su práctica de sus dirigentes contrarrevolucionarios. Por eso la cuestión de crear células y grupos revolucionarios dentro de la Federación Americana del Trabajo y de los sindicatos independientes tiene una importancia vital. No hay otro camino para ganar a la masa obrera en América que llevar a cabo una lucha sistemática dentro de los sindicatos.
En Italia las circunstancias son muy peculiares. Una gran mayoría del proletariado italiano acepta la lucha revolucionaria y la dictadura del proletariado. Los dirigentes de la Confederación General del Trabajo no tienen fe en los métodos revolucionarios y en su teoría y su práctica están más cerca del oportunismo que del socialismo revolucionario. Junto a la Confederación General del Trabajo existen la Unión Sindical22 y sindicatos independientes que, al contrario que los de América, están impregnados de un profundo espíritu revolucionario y comunista. Aceptan en la práctica el programa de la III Internacional y de la Internacional de los Sindicatos Revolucionarios.
En el resto de los países europeos y en América el movimiento obrero ha avanzado rápidamente. Dentro de muchos viejos sindicatos se han formado en muchos países importantes minorías de oposición (Checoslovaquia, Polonia, etc.); en otros países (Bulgaria, Yugoslavia, Noruega, etc.) la mayoría está a favor de la revolución social y de la dictadura del proletariado. Este estado peculiar del movimiento obrero en todos los países muestra el profundo significado del cambio que han experimentado las masas trabajadoras. Las lecciones de la guerra y de la revolución rusa no se han perdido para las grandes masas. La revolucionarización de los sindicatos es resultado del desarrollo objetivo de los acontecimientos. El objetivo de los dirigentes de los sindicatos rojos es facilitar el proceso de cristalización de esta consciencia y la organización de este creciente movimiento revolucionario espontáneo para una batalla decisiva contra la burguesía por la dictadura obrera.
5. Neutralidad, independencia y socialismo
El socialismo ha dejado de ser una mera cuestión de discusión teórica: es una cuestión práctica del día. Por eso cada organización obrera debe adoptar una posición definida al respecto. No responder a las exigencias imperiosas de la clase convierte a la organización obrera en espectadora pasiva de la lucha de clases actual; en otras palabras, esa actitud ayuda indirectamente al enemigo. Cada sindicato debe decidir hacia dónde se vuelve: hacia el oportunismo o hacia el socialismo revolucionario, es decir, el comunismo. En esto reside el defecto de la neutralidad y de la «independencia».
Los objetivos de los sindicatos revolucionarios son la destrucción del capitalismo y la instauración de un orden socialista. El partido revolucionario proletario, el Partido Comunista, persigue el mismo fin.
Como el objetivo y los métodos fundamentales de lucha son los mismos, la organización política y la organización económica del proletariado no pueden existir una junto a otra sin cruzarse en la lucha. Su lucha cotidiana está entrelazada. Ninguna campaña puede llevarse a cabo con algún éxito sin ayuda mutua y sin un contacto cada vez mayor. La acción aislada está condenada de antemano al fracaso y a la derrota.
- Por eso los sindicatos revolucionarios se opusieron siempre a la idea de la neutralidad y de la independencia de los sindicatos respecto al partido revolucionario del proletariado. Sabían que esas ideas no eran más que el disfraz del plan urdido por los reformadores burgueses, que separaban la lucha económica del proletariado de su lucha política con el objeto de debilitar y corromper a las masas obreras. La neutralidad política y la independencia de los sindicatos respecto al socialismo revolucionario han sido siempre, y siguen siendo, la divisa enarbolada por los sectores más atrasados del movimiento obrero de todos los países.
Durante los últimos años, cuanto más estrechos eran los lazos que unían a los dirigentes sindicales de todos los países con la Sociedad de Naciones y cuanto más controlados están esos dirigentes por la burguesía de sus respectivos países, más ruidosa y firme se ha vuelto su defensa de la idea de la independencia del sindicato respecto a la Internacional Comunista. Esta idea debe, por tanto, rechazarse decidida y totalmente.
- La tarea de los sindicatos es combatir las opiniones y la mentalidad neutralistas, que llevan la descomposición y la corrupción a las filas y organizaciones obreras. Todo sindicato abandona su neutralidad y su independencia en la medida en que participa en la lucha social y en el combate contra el capitalismo y la dominación capitalista.
La situación actual impone imperiosamente que los sindicatos revolucionarios y el partido comunista actúen juntos en la lucha por la revolución social y por la dictadura del proletariado. Ahora bien, esa acción concertada es la mejor refutación práctica de la opinión, completamente gastada y puramente teórica, sobre la neutralidad y la independencia: una doctrina que nunca se ha llevado a la práctica.
- En las condiciones actuales, toda lucha económica adquiere inevitablemente un significado político.
En tales condiciones, la propia lucha, cualquiera que sea la fuerza numérica de los obreros que intervienen en ella en un país dado, solo puede ser realmente revolucionaria y llevarse a cabo con el mayor beneficio para el conjunto de la clase obrera cuando los sindicatos revolucionarios marchen hombro con hombro, en la más estrecha cooperación y unidad, con el partido comunista del país de que se trate.
La teoría y la práctica de partir la lucha de la clase obrera en dos mitades independientes es sumamente perjudicial, sobre todo en el momento actual.
Toda acción de masas exige la máxima concentración de fuerzas, lo que solo es posible cuando todas las energías revolucionarias de la clase obrera se tensan al máximo, es decir, cuando entran en juego todos sus elementos revolucionarios y comunistas. La acción revolucionaria por separado del partido comunista y de los sindicatos rojos revolucionarios está condenada de antemano al fracaso y a la ruina. Por eso la unidad de acción, la vinculación orgánica de los partidos comunistas y los sindicatos, es una condición necesaria para la lucha victoriosa contra el capitalismo.
VI. La Internacional de Ámsterdam
La política contraria a la lucha de clases que siguieron durante la guerra los sindicatos de los países beligerantes provocó la ruptura de todos los vínculos internacionales que existían antes de la guerra, como el Secretariado Internacional encabezado por Legien,23 así como de todas las federaciones internacionales independientes (de obreros textiles, metalúrgicos, etc.). Se escindieron, según su respectiva ubicación, en unidades proaliadas y proalemanas.
La miseria general engendrada por la guerra, el mayor antagonismo de clase, la inseguridad, la incertidumbre del mañana, el creciente paro y el completo desengaño ante los resultados de la guerra actuaron como una gran fuerza impulsora que empujó a las masas hacia los sindicatos. La guerra hizo subir a la superficie a las capas más bajas de los obreros, las despertó, les hizo desconfiar de sus propios esfuerzos individuales y obligó al obrero más atrasado a reflexionar seriamente sobre las causas y las consecuencias del desastre que vive hoy toda la humanidad. El sentimiento de solidaridad internacional, tanto tiempo reprimido durante la guerra, despertó con nueva fuerza en las masas obreras, que la guerra había desgarrado en unidades nacionales; este nuevo sentimiento exigía la reconstrucción de los vínculos internacionales, cuya necesidad sienten instintivamente hasta los sectores más atrasados de la clase obrera.
De ahí los esfuerzos de los dirigentes sindicales en bancarrota por tomar la iniciativa de reconstruir la Internacional y ponerse al timón del movimiento. Tras haber intentado crear una Internacional sindical del tipo de la Entente (Leeds, 1916),24 los dirigentes de los sindicatos de la Entente empezaron, inmediatamente después de la guerra, a «restablecer» los vínculos internacionales tomando parte en algunas de las comisiones laborales organizadas para elaborar artículos complementarios del Tratado de Versalles. Así sellaron a escala internacional la labor traidora que habían llevado a cabo dentro de sus respectivos países burgueses.
La victoria de la «democracia» en la carnicería internacional quedó señalada con la creación de la Oficina del Trabajo como parte de la Sociedad de Naciones, que representa la más alta revelación de la idea del desarrollo pacífico y de la colaboración de clases. Esta Oficina, compuesta por seis dirigentes obreros, seis patronos y seis representantes de gobiernos burgueses, tiene por objeto no solo estudiar la lucha, sino también encauzarla por los canales del desarrollo pacífico y de la solución amistosa de los conflictos entre el trabajo y el capital.
En Berna (febrero de 1919) y en Ámsterdam (julio de 1919)25 se restableció formalmente la Internacional sindical. Esta Internacional es la continuación de la política nacionalista a escala internacional. La nueva Internacional empezó su labor declarándose a favor de la Oficina Internacional del Trabajo y ligó estrechamente a sus dirigentes con el imperialismo mundial. Su programa es el desarrollo pacífico, la cooperación de las clases, la transición gradual al socialismo, y el miedo y el odio mortales al movimiento revolucionario de las masas.
Semejante traición internacional por parte de quienes durante muchos años han vendido a los obreros de sus países, al por mayor y al por menor, era completamente natural y lógica, pero estaba en plena contradicción con los intereses fundamentales del proletariado sin patria. Vemos que, a la vez que se creaba este baluarte internacional de la burguesía, crece en todas direcciones y en todos los países un movimiento de protesta contra la línea del imperialismo de guerra. Esta protesta, agudizada por la creciente lucha socialista, no tuvo al principio su propia organización central internacional. Ese centro se creó por iniciativa del Consejo Central de los Sindicatos de toda Rusia en julio de 1920, y lo representa el Consejo Sindical Internacional.26 El nacimiento de este centro del sindicalismo revolucionario es el punto de partida de una guerra implacable dentro del movimiento sindical mundial, librada bajo la consigna: «Moscú o Ámsterdam». La escisión dentro de las viejas organizaciones avanza a un ritmo rápido, a medida que la crisis económica se agrava y que las perspectivas de desarrollo pacífico se vuelven más desesperadas para el proletariado.
El hecho mismo de la aparición de la Internacional Sindical Roja dio un impulso tremendo al crecimiento incesante del número de quienes se ponen del lado de la Internacional Roja. Este hecho y la formación de diversos grupos en el movimiento sindical mundial, por un lado, y la constante decadencia del consorcio de Ámsterdam, por otro, plantean a los sindicatos revolucionarios de todos los países la cuestión de los métodos futuros de organización de sus propias fuerzas, así como de los métodos que deben emplearse para atacar al capital internacional y a los dirigentes amarillos que están al frente del consorcio sindical de Ámsterdam.
VII. Métodos de lucha
Los sindicatos revolucionarios solo podrán derrotar a los viejos dirigentes si los elementos revolucionarios y con mayor consciencia de clase no consienten en separarse ni por un momento de las masas y de sus necesidades y esperanzas cotidianas. El trabajo debe hacerse en el campo de batalla de los conflictos que conmueven profundamente a las masas. La actitud desdeñosa y altiva ante la lucha cotidiana por los intereses materiales de los afiliados separará a la vanguardia de las masas y abrirá un abismo entre ella y las columnas compactas del ejército proletario. Por eso la respuesta rápida a la lucha cotidiana y la capacidad de aprovecharla desde el punto de vista de nuestro objetivo revolucionario final es, en conjunción con la lucha sindical general por la dictadura proletaria, la cuestión más importante de la táctica sindical.
La base para ampliar nuestra influencia debe estar en la lucha económica. Las cuestiones del salario, de la asistencia a las víctimas de la guerra, de los seguros sociales, del paro, del trabajo de las mujeres y los niños, de las condiciones sanitarias en los establecimientos industriales, de la carestía, de la vivienda, etc., los impuestos, la movilización, los planes coloniales, las combinaciones financieras: todo esto debe utilizarse como material cotidiano de organización y de educación socialista combativa. Los partidarios de la Internacional Sindical Roja no deben en ningún caso quedarse fuera de las organizaciones obreras ni influir sobre los obreros desde fuera. Nuestra tarea es trabajar con insistencia y sistemáticamente dentro de los sindicatos, dando a las grandes masas obreras lecciones prácticas de espíritu revolucionario, de abnegación y de comunismo.
Es necesario llevar a cabo una propaganda sistemática y tenaz entre los obreros de las fábricas, los talleres y las empresas en general, interesándolos por la Internacional Sindical Roja. Esta misma cuestión —a favor o en contra de Moscú— debe plantearse dentro de los sindicatos reformistas; con este fin, los partidarios de la Internacional Sindical Roja deben aprovechar todas las asambleas, congresos y conferencias sindicales, oponiendo en la práctica y en la lucha el socialismo revolucionario al reformismo y a la cooperación de clases.
- Solo podremos conquistar a las masas y, por consiguiente, a los sindicatos, a condición de estar a la cabeza, en las primeras filas de la clase obrera, en el ataque o en la resistencia. Este punto de vista no debe interpretarse en ningún caso en el sentido de que sea aconsejable llamar a la acción en cualesquiera circunstancias. Los partidarios de la Internacional Sindical Roja no solo deben ser revolucionarios ejemplares, sino también modelos de perseverancia en la acción y de sangre fría. Toda la clave del éxito está en la preparación sistemática, eficaz y tenaz de cada paso, de cada acción de masas; la rapidez y la seguridad en la acción deben ir de la mano de un estudio detallado de cada situación y de sus condiciones, así como de la fuerza organizada del enemigo. En las luchas de clases, como en las batallas del frente, no solo hay que saber atacar, sino también retirarse en formación ordenada y compacta. Tanto en la guerra ofensiva como en la defensiva es siempre necesario contar con la simpatía de las grandes masas proletarias y con toda la atmósfera social y política en que se desarrolla la lucha.
VIII. Programa de acción
Partiendo de los principios expuestos más arriba, de las condiciones del movimiento sindical internacional, de la crisis económica, de la agudeza de la lucha de clases, de los crecientes conflictos sociales y de la necesidad de conducir a los sindicatos hacia la revolución social y la dictadura del proletariado, el I Congreso Internacional de los Sindicatos ha adoptado el siguiente programa de acción:
La política fundamental de los sindicatos es la acción directa de las masas revolucionarias y de sus organizaciones contra el capital. Todas las conquistas de los obreros están en proporción directa al grado de presión revolucionaria que han ejercido. Por acción directa se entiende toda forma de presión inmediata de los obreros sobre los patronos y el Estado, como el boicot, las huelgas, los levantamientos callejeros, las manifestaciones, la ocupación de fábricas, la resistencia violenta a que se saquen mercancías de las fábricas y almacenes y cualquier otra actividad revolucionaria que lleve a la clase obrera al derrocamiento del capitalismo y la cohesione en la lucha por el socialismo. La tarea de los sindicatos revolucionarios con consciencia de clase consiste en transformar todas las manifestaciones de la lucha en un instrumento de la revolución social de la clase obrera y de su preparación combativa para la revolución social y la instauración de la dictadura del proletariado.
Los últimos años de lucha han mostrado con especial claridad la incapacidad de las organizaciones estrictamente de oficio para hacer frente a la situación. El hecho de que los obreros de una misma empresa pertenezcan a distintos sindicatos de oficio debilita su eficacia en la lucha. Es necesario —y este debe ser el punto de partida de una lucha implacable— pasar de la organización estrictamente por oficios a la organización por ramas de industria. «Todos los obreros empleados en una empresa deben pertenecer al mismo sindicato»: esta es la divisa de combate en cuanto a la estructura de la organización. La fusión de los sindicatos afines en un solo sindicato debe llevarse a cabo de manera revolucionaria, planteando directamente la cuestión a los afiliados del sindicato en las fábricas y en las industrias, así como ante los organismos de distrito y de región y ante los congresos nacionales.
Cada fábrica y cada taller deben convertirse en una ciudadela de la revolución. Las viejas formas de comunicación entre los afiliados de base y el propio sindicato, como los cobradores de cuotas, los representantes, los apoderados y otras, son insuficientes; es necesario tender a construir el sindicato sobre la base de los comités de fábrica. Este comité debe ser elegido por los obreros que trabajan en la fábrica de que se trate, independientemente del sindicato al que pertenezcan y de las convicciones políticas que profesen. La tarea que se impone a los partidarios de la Internacional Sindical Roja es atraer a todos los obreros de la empresa a la elección de su órgano representativo. Debe condenarse severamente el intento de elegir los comités de fábrica exclusivamente entre los partidarios de un mismo partido, dejando de lado a los obreros de base sin partido. Eso sería solo un núcleo y no un comité de fábrica. Los obreros revolucionarios deben influir, por medio de esos núcleos, de los comités de acción y de sus afiliados de base, sobre las asambleas generales y sobre el comité de fábrica elegido.
La primera cuestión que debe plantearse a los obreros en el comité de fábrica es el mantenimiento de los obreros despedidos por falta de trabajo a costa de los patronos de la rama de industria de que se trate. No debe permitirse que los obreros sean arrojados a la calle sin que los patronos se preocupen lo más mínimo de la existencia ulterior de los despedidos. Hay que obligar al propietario a pagar el salario completo a los parados. Esto debe plantearse ante los parados y sobre todo ante los obreros ocupados en las fábricas, explicándoles al mismo tiempo que el problema del paro no tiene solución dentro del régimen capitalista y que el único medio de abolir el paro es la revolución social y la dictadura del proletariado.
El cierre de empresas y la reducción de la jornada de trabajo son los medios más eficaces con ayuda de los cuales la burguesía obliga a los obreros a aceptar salarios más bajos, jornadas más largas y la abolición de los contratos colectivos. Los cierres patronales adoptan cada vez más claramente la forma de una acción directa de los patronos contra los obreros organizados. Por eso los sindicatos deben luchar contra el cierre de las fábricas y por el derecho de los obreros a investigar las causas de esos cierres. Con este fin deben organizarse comisiones especiales de control del combustible, de las materias primas y de los pedidos, para comprobar la cantidad de materias primas disponibles y necesarias para la producción, así como los recursos financieros de las empresas en los bancos. Comisiones de control elegidas especialmente deben investigar con el mayor cuidado las relaciones financieras que existen entre la fábrica de que se trate y otras fábricas; para ello es preciso plantear a los obreros, como tarea práctica del momento, el fin del secreto de las operaciones comerciales.
Uno de los medios de combatir el cierre de las empresas, cuyo fin es rebajar los salarios y el nivel de vida, debe ser la toma de las fábricas y talleres por los obreros y la continuación de la producción por ellos mismos contra la voluntad de los propietarios.
Debido a la escasez de mercancías, es sumamente importante que la producción continúe, y por eso los obreros deben oponerse al cierre premeditado de fábricas y talleres. Según las condiciones locales y las de la producción, la situación política y la tensión de la lucha de clases, a la ocupación de las empresas pueden y deben seguir otros métodos de presión sobre el capital. Una vez tomada la empresa, su dirección debe confiarse a los representantes del comité de fábrica y a los delegados sindicales designados especialmente para ello.
La lucha económica debe seguir la consigna de «aumento de los salarios, mejora de las condiciones de trabajo y defensa de los intereses fundamentales de los obreros». El agotamiento de la clase obrera durante el periodo de la guerra debe compensarse con un aumento de los salarios y la mejora de las condiciones de trabajo. Las alegaciones de los capitalistas sobre la competencia extranjera no deben tenerse en cuenta en modo alguno: los sindicatos revolucionarios están obligados a abordar la cuestión de los salarios y de las condiciones de trabajo no desde el punto de vista de la competencia entre los rapaces capitalistas de las distintas naciones, sino únicamente desde el de la conservación y la defensa de la fuerza de trabajo.
Los patronos emplean todos los medios a su alcance para provocar la escisión en las filas del movimiento obrero. Aprovecharon a fondo el trabajo de las mujeres durante la guerra y siguen utilizando esta fuerza de trabajo barata para rebajar los salarios de los hombres. En lugar de combatir a los patronos, en varios países los obreros exigen que se aparte a las mujeres de la industria y que se las expulse de los sindicatos. Los sindicatos revolucionarios deben oponer una resistencia decidida a esta política y luchar por la igualdad de condiciones de trabajo para ambos sexos y por igual salario en igualdad de condiciones de trabajo.
Cuando la clase capitalista recurre a la táctica de la reducción de salarios durante una crisis económica, la tarea de los sindicatos revolucionarios consiste en hacer fracasar la reducción de salarios en las industrias capitalistas, para no ser derrotados por partes. Los obreros de las industrias básicas, como las minas, los ferrocarriles, las empresas de gas y otras, deben librar su lucha simultáneamente, para que la lucha contra las acometidas del capital toque el nervio mismo del organismo económico.
Hay que recurrir a todos los medios de resistencia, desde la huelga intermitente hasta una huelga general que abarque las industrias clave a escala nacional. Tales acciones, bien preparadas, podrían convertirse en un arma poderosa contra la burguesía reaccionaria de todos los países. Los sindicatos deben seguir atentamente la situación mundial y escoger la ocasión más favorable para su ataque económico, sin olvidar ni por un momento que toda acción a escala internacional solo será posible con la creación de unos sindicatos internacionales verdaderamente revolucionarios y con consciencia de clase, que no tengan nada en común con la Internacional de Ámsterdam.
- La creencia en la santidad de los contratos colectivos, propagada por los oportunistas de todos los países, debe encontrar una resistencia resuelta y decidida por parte del movimiento sindical revolucionario. El contrato colectivo no es más que un armisticio. El propietario viola siempre estos contratos colectivos en cuanto se le presenta la menor oportunidad. El respeto a los contratos colectivos solo prueba cuán profundamente arraigadas están las concepciones burguesas en la mente de los dirigentes de la clase obrera. Los sindicatos revolucionarios, sin rechazar por regla general los contratos colectivos, deben comprender su valor relativo y definir claramente los métodos para romper esos contratos cuando resulte ventajoso para la clase obrera.
Por consiguiente, toda gran huelga no solo debe prepararse bien, sino que, al mismo tiempo que se declara, deben organizarse fuerzas especiales para impedir el esquirolaje y contrarrestar las provocaciones de las organizaciones de guardias blancos alentadas por la burguesía y el gobierno. Los fascistas en Italia, la Ayuda Técnica en Alemania,27 las organizaciones civiles de guardias blancos formadas por antiguos oficiales y suboficiales en Francia y en Inglaterra: todas ellas, idénticas en sus fines aunque diferentes en su forma de organización, siguen la política de desorganizar y anticiparse a toda actividad de los obreros, con el propósito no solo de sustituir a los huelguistas por esquiroles, sino de destruir sus organizaciones y matar a los dirigentes del movimiento obrero. En estas condiciones, la organización de milicias especiales de huelga y de destacamentos especiales de autodefensa es para los obreros una cuestión de vida o muerte.
Estas organizaciones de combate no solo deben resistir los ataques de los patronos y de las organizaciones rompehuelgas, sino tomar la iniciativa deteniendo todos los cargamentos y mercancías en su camino hacia la fábrica y desde ella; en tales casos los obreros del transporte deben desempeñar un papel especialmente destacado; el transporte de cargamentos que es su deber detener puede lograrse fácilmente con el apoyo unánime de todos los obreros de la localidad.
Toda la guerra económica de la clase obrera en el próximo periodo debe centrarse en la consigna del «control de la industria». Este control debe llevarse a cabo sin esperar a que los gobiernos y las clases dominantes hayan puesto en marcha un control ficticio. Debemos librar una guerra tenaz contra todos los intentos de las clases dominantes y de los reformistas de crear asociaciones laborales en las que cooperen el trabajo y el capital, o comisiones de control compartidas por obreros y patronos. Este control de la industria debe imponerse por la acción directa; solo así dará resultados concretos. Los sindicatos revolucionarios deben salir con determinación al paso de los trucos y planes fraudulentos que se hacen pasar por «socialización» de la mano de los dirigentes de los viejos sindicatos y con la cooperación de las clases dominantes. Todas las palabras de estos señores sobre la nacionalización pacífica no tienen más objeto que apartar a los obreros del trabajo revolucionario por la revolución social.
Para desviar la atención de los obreros de su tarea revolucionaria inmediata y despertar en ellos aspiraciones pequeñoburguesas, los capitalistas y los reformistas lanzan la idea de la participación en los beneficios, es decir, de devolver a los obreros una parte realmente insignificante de la plusvalía producida por ellos. Este plan de corrupción de los obreros debe encontrar una crítica severa e implacable. No «participación en los beneficios», sino «supresión del beneficio capitalista»: esta es la consigna de los sindicatos revolucionarios.
Para paralizar y anular la fuerza combativa de la clase obrera, los gobiernos burgueses militarizan, con el pretexto de defender los intereses vitales y proteger el bienestar nacional, empresas aisladas y hasta ramas enteras de la industria. Con el pretexto de prevenir en lo posible la crisis económica, han introducido, en interés del capital, tribunales obligatorios de arbitraje y comisiones de conflictos. También en interés del capital, algunos países han introducido el impuesto directo sobre el salario con el fin de echar todo el peso de la guerra sobre los hombros de la clase obrera, y los recaudadores son los propios patronos. Incumbe a los sindicatos librar contra estas medidas estatales, que sirven exclusivamente a los intereses de la clase capitalista, una batalla implacable y despiadada.
Mientras luchamos por mejorar las condiciones de trabajo, elevar el nivel de vida de las masas y establecer el control obrero de la industria, debemos tener siempre presente que es imposible resolver todos estos problemas en el marco del sistema capitalista. Por eso los sindicatos revolucionarios, a la vez que arrancan gradualmente concesiones a las clases dominantes y las obligan a promulgar leyes sociales, deben inculcar a las masas obreras la idea clara de que solo el derrocamiento del capitalismo y la instauración de la dictadura del proletariado pueden resolver la cuestión social. Por eso ni una sola acción de masas, ni un solo pequeño conflicto deben pasar, desde este punto de vista, sin dejar una huella profunda. Es deber de los sindicatos revolucionarios explicar estos conflictos a los obreros y llevar siempre a las bases hacia la idea de la necesidad y la inevitabilidad de la revolución social y de la dictadura del proletariado.
Resoluciones sobre el control obrero
- El análisis de las condiciones económicas actuales demuestra irrefutablemente que las fuerzas productivas de la sociedad se hallan en contradicción aguda e insoluble con las relaciones industriales y de propiedad vigentes. Durante la guerra mundial esta contradicción solo era evidente para los elementos proletarios más avanzados. Pero la agudeza de la crisis mundial de posguerra, que golpea por igual a los países vencedores, a los vencidos y a los neutrales, ha hecho llegar esta lección a las grandes masas proletarias. La guerra interminable, a pesar del Tratado de Versalles, y la crisis general y crónica, a pesar de la necesidad absoluta de restablecer la industria, han puesto a la sociedad entera, y en particular al proletariado del mundo entero, ante la cuestión candente de su propia existencia futura. En cuanto se intenta resolver esta cuestión, se ve con absoluta claridad que las contradicciones mencionadas han llegado a tal grado que la burguesía, que hasta ahora había dirigido la industria como clase, se convierte en su desorganizadora; es decir, que no solo ya no favorece su desarrollo, sino que, al contrario, le pone obstáculos y se convierte en una traba para la producción.
La clase obrera es la primera que siente con toda su crudeza el peso insoportable de esta contradicción, porque está ligada a la producción en los grandes centros industriales, en los talleres y en las fábricas más que ninguna otra clase, y también porque esa contradicción lleva a la matanza en masa de los obreros en los campos de batalla o al hambre en masa en los periodos de paro.
Por eso surge primero en la mente de la clase obrera la necesidad de definir el papel de la burguesía en la organización actual de la industria y de determinar cómo cumple su tarea y, en consecuencia, de reorganizar todo el sistema de producción por los propios obreros y en su propio interés. Esta necesidad, que es en realidad el prólogo de la solución de las contradicciones del sistema capitalista por la acción violenta, es decir, por la revolución social, toma de hecho la forma de control obrero de la producción.
Esta fase primitiva del control obrero se manifiesta en intentos esporádicos de los obreros de cada empresa de vigilar el trabajo, el abastecimiento y el estado de la maquinaria, y de comprobar si el cierre de la fábrica o la reducción de la producción responden de verdad a una necesidad y no a una mala intención del patrono. Pero los obreros se convencen muy pronto de que la vigilancia y el control por sí solos no bastan para impedir que el capitalista desorganice el trabajo en las fábricas. El sistema de reducir artificialmente la producción o de cerrar del todo las fábricas, adoptado por los capitalistas de distintos países, muestra muy bien los límites de esta forma de control. Igual de insuficientes son los intentos espasmódicos de los obreros de algunas empresas de continuar la producción a toda costa, incluso contra la voluntad del patrono. En estos intentos ocasionales, como en Rusia después de la revolución de marzo o, no hace mucho, en Italia, Alemania, Inglaterra y otros países, se manifiesta el rasgo fundamental de la nueva posición de la clase obrera en la industria. De la posición de fuerza pasiva y explotada, a la que hasta ahora se consideraba una máquina o un apéndice de la máquina, la clase obrera se eleva a la de pionera de la idea de la organización de la producción, a la de heredera directa de la burguesía, que, por sus intereses de clase, se ha convertido ahora en desorganizadora de la producción.
A los sindicatos de viejo tipo, cuya actividad se limitaba a luchar por pequeñas mejoras dentro del sistema capitalista existente, este cambio en la mente de las masas obreras les asesta un golpe indiscutible. Atados por su burocracia al aparato burgués y enteramente dependientes de él, los viejos sindicatos son incapaces de captar el nuevo problema de la producción que se plantea a la clase obrera o de encontrarle una solución práctica. Por eso crecen ahora con especial fuerza y rapidez organizaciones nuevas que, sin dejar de emplear con fines revolucionarios el arma de los viejos sindicatos, la huelga, aspiran ya a hacerse con la industria. La actividad de los comités de fábrica no se limita ya a la huelga, sino que se expresa sobre todo en que asumen algunas funciones del patrono, en especial en el abastecimiento de la fábrica en materias primas, combustible y, más tarde, medios financieros, o en la incautación de las fábricas saboteadas o abandonadas por sus dueños. Por eso, en esta fase del control obrero, la burguesía y sus apologistas, los dirigentes de los viejos sindicatos, hacen los más encarnizados esfuerzos por oponer al control obrero revolucionario la llamada «democracia industrial», las comisiones mixtas de patronos y obreros, los planes de participación en los beneficios y otros trucos «democráticos» fundados en la teoría de la «igualdad» de derechos entre el trabajo y el capital, a condición de que los medios de producción sigan siendo propiedad privada de la burguesía. Este ideal de «igualdad», cultivado con esmero por los sindicatos ingleses, que halló su expresión acabada en el X Congreso de los sindicatos de Alemania (1919)28 y que aún domina la Confederación General del Trabajo francesa, no es en la práctica más que un intento de engañar a la clase obrera deformando el sentido del control obrero revolucionario, de desviarla de los problemas revolucionarios inmediatos hacia las ideas burguesas, completamente caducas, de la Internacional amarilla de los sindicatos.
El mismo significado tienen los intentos de los dirigentes amarillos de los sindicatos de oponer la «propiedad del Estado» al control obrero revolucionario. La burguesía los apoya, porque utiliza hábilmente el principio de la seudosocialización en su propio interés de clase. Ocultan de buen grado que la propiedad del Estado no significa en absoluto propiedad nacional, sino solo el paso de la producción de la gestión privada de un grupo de representantes de la clase a la gestión por la clase entera. La teoría del control estatal consiste en una administración compuesta por representantes elegidos, bien del gobierno y de los obreros, bien de los propietarios, el gobierno y los obreros. A los representantes del gobierno se los consideraba siempre representantes de toda la población, y a los obreros, representantes de una clase. Aquí la falsedad del principio democrático del control se revela como algo del todo inaceptable para los obreros revolucionarios, porque su idea del control obrero significa en realidad la negación del Estado moderno, que no es más que un arma de la burguesía; por eso rechazan el principio democrático y defienden en su lugar el principio del Estado obrero, que expresa las necesidades reales de los trabajadores. El control obrero es antagónico de la nacionalización burguesa de la industria o de la propiedad del Estado. Todo intento de combinar la propiedad del Estado con el control obrero, conservando de hecho el poder de administración de la industria en manos de la burguesía, solo conseguirá echar la responsabilidad sobre la clase obrera. Por otra parte, estos intentos de conciliar lo inconciliable pueden provocar la disgregación de los nuevos núcleos revolucionarios del movimiento sindical en los talleres, lo que es muy peligroso, dada la tendencia de la burocracia sindical a aprovecharse de su debilidad y de la falta de coordinación de su actividad para someterlos a su influencia disgregadora.
No menos peligrosa es la opinión seudorrevolucionaria, muy extendida entre los obreros de distintos países, de que el proletariado puede obtener resultados positivos del control incluso antes de derribar el Estado capitalista. La triste experiencia del control obrero italiano,29 traicionado por los pérfidos dirigentes del proletariado, ha demostrado de modo rotundo el puro disparate de esta opinión, y los obreros revolucionarios de los distintos países deben evitar que se repitan experimentos semejantes. A este respecto es particularmente importante no perder de vista que el control obrero no puede aplicarse en su expresión más completa si no comprende la función financiera además de la vigilancia técnica. Solo la plena aplicación del control financiero revela a los obreros la base fundamental del sistema capitalista. En el curso del control financiero los obreros aprenden en la práctica la dependencia de su fábrica respecto de los bancos y de los trusts financieros nacionales e internacionales. La revelación de los secretos comerciales, industriales y, sobre todo, financieros da al proletariado una imagen exacta de la fuente primera del sabotaje aplastante de la burguesía. Le revela la palanca principal del sistema de cierres patronales, de la reducción de la producción mediante la implantación de la jornada reducida y otros métodos que provocan artificialmente el paro, de la rebaja de salarios, de la desarticulación de las organizaciones obreras, etc.
La lucha por el control financiero lleva a la clase obrera al choque inmediato y decisivo con la burguesía, cuyo poder político descansa en cierta medida en el poder financiero. En esta fase el control adquiere inevitablemente un claro aspecto político y requiere una dirección política. Entretanto, los casos cada vez más frecuentes de toma de fábricas, y a la vez la imposibilidad de gestionarlas sin disponer del aparato financiero, plantean claramente a los obreros el problema, ya de actualidad, de apoderarse del sistema financiero y, a través de él, de toda la industria. En esta fase del control obrero la contradicción expuesta en el primer capítulo se resuelve en la lucha por el poder entre el proletariado y la burguesía, es decir, en la revolución social. En el curso de esta lucha, cuya duración depende del grado de organización y de cultura de la burguesía de cada país, ya no se trata de controlar al patrono para paralizar sus «malas intenciones», para quebrar sus actividades de sabotaje o para continuar la producción a toda costa, etc.: la cuestión que se plantea ahora al proletariado es arrebatar la industria a los capitalistas, tomar en sus propias manos como clase, y bajo su propia responsabilidad, la gestión de los recursos industriales del país. En este momento el control obrero se convierte en un intento combativo de la clase obrera de dirigir la organización de la producción en las fábricas, los talleres, las minas y los ferrocarriles, no solo en su propio interés o en el de grupos aislados de la clase obrera, sino en beneficio de todo el proletariado del país.
La victoria del proletariado es inevitable, porque la burguesía ya no puede sostener la industria. Esto pone al proletariado ante la difícil tarea de la reconstrucción del Estado en condiciones muy adversas, sobre todo porque las fases previas del control obrero fueron necesariamente destructivas para la maquinaria industrial. Mantener el poder sobre la producción en semejante situación al día siguiente de la revolución se convierte en una tarea particularmente difícil. El sabotaje de la burguesía y de sus serviles aduladores, oculto hasta entonces, se vuelve abierto y sistemático. Las fábricas, los talleres, las instituciones del Estado, las escuelas y las universidades se quedan sin personal directivo. La clase obrera no solo debe defender físicamente la revolución, sino también dar sus mejores obreros a la tarea de la administración. En un momento así, el papel de las organizaciones de masas, que comprenden no solo a la vanguardia del proletariado (el partido comunista), sino también a amplios sectores de neutrales, adquiere un significado muy importante y casi decisivo. Pero las organizaciones económicas del proletariado solo podían abrirse camino hasta el corazón mismo de la clase obrera creando núcleos en cada fábrica y en cada taller. Por eso la cuestión de las relaciones entre los sindicatos y los comités de fábrica tiene hoy la máxima importancia. La experiencia ha mostrado que los comités de fábrica son de gran valor, sobre todo donde los sindicatos son débiles o están en manos de dirigentes oportunistas. Pero el trabajo de los comités de fábrica no debe quedar encerrado en lo local; de lo contrario, la burguesía lo paralizará o lo desviará con facilidad. La vanguardia de la clase obrera debe encauzar el trabajo de los comités de fábrica a escala nacional. Esto muestra que hay que emplear el aparato de las centrales sindicales para hacerse con el control de los comités de fábrica y convertirlos en un arma poderosa del control y de la propiedad de masas de la producción.
Pero los sindicatos solo pueden asumir este trabajo con dos condiciones: 1) que su estructura pase de la base de oficio a la de industria, lo que permite agrupar a todos los obreros y empleados de cualquier rama de la industria en torno a un problema determinado de la producción; 2) que, frente a la burocracia sindical amarilla y contrarrevolucionaria, se cree en cada industria un núcleo revolucionario firme y resuelto que contrarreste la política corruptora de la burocracia y mantenga a las masas organizadas de las fábricas en la senda de la lucha revolucionaria por el control de la producción y por la gestión permanente de la industria.
En su vigorosa lucha contra Ámsterdam, que intenta encauzar las aspiraciones revolucionarias del proletariado hacia un control inútil y estéril dentro de los límites e intereses del sistema capitalista, los sindicatos rojos deben prestar especial atención a la práctica del control obrero, que es la mejor escuela preparatoria para el proletariado que aspira a tomar el poder en sus manos. La conclusión lógica es que, antes de la revolución social, la consigna del control obrero debe estar en el orden del día de toda reunión de obreros, no solo para revolucionarlos, sino para darles la educación política y económica que necesitarán en el futuro inmediato. De esta preparación depende la duración de la dominación política proletaria después de la revolución social, porque la revolución social y el mantenimiento del poder proletario están determinados por la preparación y la capacidad del proletariado para conquistar y someter a su voluntad el mecanismo de la producción, es decir, por si podrá resolver no solo política sino también económicamente la contradicción fundamental mencionada en el primer capítulo. Con una preparación adecuada esta tarea puede cumplirse con facilidad, sobre todo porque el obrero aprende poco a poco a gestionar la fábrica; luego ve con claridad la relación entre las distintas ramas de la industria y aprende a supervisarlas a gran escala nacional. Así, después de la revolución social, cuando inevitablemente haya que proceder a la nacionalización de todo el sistema financiero, del transporte industrial, de las fuentes importantes de materias primas, etc., el gobierno proletario contará con obreros suficientes capaces no solo de luchar por la revolución social, sino de construir sobre el terreno heredado una nueva comunidad socialista, nuevos órganos de distribución y de gestión de la industria.
En esta fase el control obrero adopta la forma de participación de los sindicatos en la configuración de los nuevos órganos económicos y en la gestión de la producción a través de estos; es decir, se transforma en uno de los órganos de reconstrucción económica y de control de la clase obrera a través de los soviets y de los órganos económicos.
Conclusiones generales
El control obrero es la escuela necesaria en la labor de preparar a las grandes masas para la revolución proletaria.
El control obrero debe ser el grito de guerra de los obreros de todos los países capitalistas, y debe utilizarse como arma para revelar los secretos financieros y comerciales.
El control obrero debe aprovecharse ampliamente para reconstruir sobre la base de las industrias los sindicatos caducos, pues estos se han vuelto perjudiciales para el movimiento revolucionario de los obreros.
5. El control obrero se distingue de los planes burgueses de «comités mixtos», nacionalización, etc., y a la dictadura de la burguesía opone la dictadura del proletariado.30
Al establecer cualquier forma de control obrero o de toma de empresas hay que prestar gran atención a la necesidad de atraer a las masas proletarias más atrasadas a la discusión de las cuestiones en juego. Al mismo tiempo, en el curso del control obrero, hay que hacer una cuidadosa selección de los obreros más capaces, con vistas a prepararlos para los puestos dirigentes en la tarea de organizar la industria.
Para que el control obrero funcione eficazmente en cada localidad es necesario que los sindicatos dirijan el trabajo de los comités de fábrica, y que coordinen y combinen el trabajo de los comités de control locales de una misma industria de modo que se evite todo intento de crear un «patriotismo de fábrica» sobre la base del control localizado.
Para orientar el trabajo de los comités de fábrica, los sindicatos deben publicar desde el principio instrucciones especiales que traten las cuestiones del control obrero, hacer propaganda en la prensa diaria y en las fábricas, no solo explicando la necesidad del control obrero, sino dando también informes detallados de los resultados del control obrero en distintas empresas, y convocar con ese fin reuniones conjuntas, conferencias, etc.
Para llevar a cabo estos objetivos en los sindicatos que no aceptan los principios de la Internacional Sindical Roja, es necesario organizar núcleos revolucionarios fuertes que insistan especialmente en la reconstrucción de los sindicatos sobre la base de la industria y mantengan el carácter revolucionario de la lucha por el control obrero.
Resolución sobre los comités de fábrica
Para llevar a cabo las tareas expuestas más arriba (resolución sobre el control obrero), los comités de fábrica deben construirse según unas líneas determinadas. Se plantea la cuestión de si los comités de fábrica deben organizarse dentro o fuera de los sindicatos. En Alemania y en Inglaterra amplios círculos obreros opinaban que los comités de fábrica debían organizarse fuera de los sindicatos, que debían ocupar el lugar de los sindicatos de oficio y prescindir por completo de ellos. Según esta opinión, la forma de organización por oficios no se adapta a las necesidades de la lucha, pero, si se reorganizaran por industrias, los sindicatos podrían, junto con los comités de fábrica, estar a la altura de los problemas.
Los comités de fábrica no pueden ocupar el lugar de los sindicatos. Solo en el curso de la lucha pueden rebasar los límites de los talleres y fábricas aislados y unirse sobre la base de las distintas industrias, creando un aparato común para llevar adelante la lucha.
Por eso los sindicatos se han convertido ya en órganos centrales de la lucha, aunque no abarquen a un número tan grande de obreros como podrían abarcar los comités de fábrica, que son organizaciones libres, accesibles a todos los obreros de una empresa. La división de funciones entre los comités de fábrica y los sindicatos debe resultar del desarrollo histórico de la revolución social. Los sindicatos organizan a los obreros por el aumento de los salarios o la reducción de la jornada a escala nacional y de todo el Estado. Los comités de fábrica se organizan para controlar la industria y abarcan a los obreros de una empresa determinada, y su lucha solo poco a poco adquirirá una escala nacional y de todo el Estado.
En la medida en que la base de los sindicatos logre combatir las tendencias contrarrevolucionarias de su burocracia y transformar los sindicatos en organismos revolucionarios, los comités de fábrica se convertirán en los núcleos de los sindicatos en los talleres.
La organización de los comités de fábrica por industrias y su utilización en la lucha inmediata por los intereses de la clase obrera no pueden dejar de influir en la estructura actual de los sindicatos. La actividad de los comités de fábrica quebranta las viejas formas de los sindicatos, construidos según el principio del oficio, y acelera su transformación en sindicatos organizados por industrias.
Al convertir los sindicatos y los comités de fábrica en un arma poderosa de la revolución social, los obreros revolucionarios preparan a estas organizaciones de masas para la gran tarea que tendrán ante sí una vez instaurada la dictadura del proletariado: la de ser el baluarte de la nueva organización de la vida económica sobre la base de los principios socialistas.
Los sindicatos reconstruidos sobre la base de la industria y apoyados por los comités de fábrica familiarizarán a los obreros con los problemas de la industria, prepararán a los más experimentados para la gestión de las empresas y ejercerán el control sobre los técnicos. Así, bajo la dirección general del gobierno obrero y en cooperación con las demás organizaciones económicas de los obreros, los sindicatos llevarán a la práctica los principios fundamentales de una comunidad socialista.
Las tareas concretas de los comités de fábrica son las siguientes:
Incorporar a los parados al proceso de producción, para lo cual es necesario: a) determinar con claridad las posibilidades de la producción, hacer el inventario de las existencias de materias primas y auxiliares de la producción y ponerlas bajo control; b) trasladar la mano de obra disponible a las ramas de la industria en que se note falta de brazos; c) asegurar a los parados un socorro suficiente a cargo de los patronos hasta que vuelvan al trabajo; d) establecer relaciones con las organizaciones de distribución para conocer las necesidades exactas de las masas obreras y ajustar la producción a esas necesidades.
La organización del reparto del combustible para asegurar el trabajo regular de las empresas y un nivel de vida adecuado a los obreros, es decir, organizar un abastecimiento sistemático de combustible tanto a las distintas empresas como a los hogares obreros.
La suspensión de todo trabajo improductivo, en especial la fabricación de armas, municiones y artículos de lujo.
El establecimiento del control sobre el transporte, para impedir que lo sobrecarguen los envíos improductivos: a) transporte de material de guerra; b) exportación de capitales; c) exportación del equipo de las empresas cerradas; d) exportación de víveres con fines especulativos. Ante todo hay que atender al abastecimiento de víveres y de artículos de consumo de masas y de las materias primas, el combustible y los materiales auxiliares necesarios para la producción; hay que asegurar igualmente el traslado de la población trabajadora a su lugar de trabajo.
El establecimiento del control financiero, para poder evaluar el capital y el efectivo disponible en las empresas; del control sobre las operaciones bancarias y demás operaciones financieras y, en general, del control sobre los bancos.
El establecimiento del control sobre el abastecimiento y la distribución de víveres, estableciendo relaciones entre la población trabajadora de la ciudad y la del campo. Debe prestarse especial atención a la organización del intercambio mutuo de productos agrícolas e industriales entre la ciudad y el campo.
La organización del control y la fijación de los precios de los productos agrícolas e industriales que necesita la población trabajadora.
El establecimiento del control sobre la exportación y la importación: a) en primer lugar, hay que dar preferencia a la importación de las mercancías necesarias para la masa obrera y para el mantenimiento de la producción; b) debe prohibirse la importación de artículos de lujo; c) debe prohibirse igualmente la exportación al extranjero de víveres y capitales, así como de los artículos necesarios para la producción del país.
Resoluciones sobre la cuestión de organización
(Sobre el informe del camarada Lozovski)
1. Consideraciones generales
La situación mundial actual plantea a la clase obrera problemas nuevos. La crisis económica mundial, con una caída desastrosa de los precios al por mayor y un mercado atestado de mercancías frente a una verdadera penuria de esas mismas mercancías; la burguesía, que ha emprendido una política de guerra ofensiva contra la clase obrera y se empeña tenazmente en rebajar sus salarios y en devolver a los obreros adonde estaban hace decenas de años, por un lado, y las masas cada vez más exasperadas, por el otro; la inercia de los viejos sindicatos con sus métodos gastados: todo esto obliga a los sindicatos revolucionarios a elaborar nuevos programas y nuevas tácticas. La descomposición del capitalismo exige nuevos métodos para llevar la lucha de clases. Los sindicatos deben adoptar una política de acciones económicas ofensivas, no solo para rechazar la ofensiva capitalista, sino para pasar ellos mismos a la ofensiva.
Las batallas sociales inminentes, y sobre todo las que la clase obrera tendrá que librar en el futuro, impondrán a los sindicatos revolucionarios un enorme trabajo, tanto en la preparación de la revolución social como, sobre todo, durante la revolución misma y después de la toma de los medios de producción, de transporte y de cambio y de la instauración de la dictadura del proletariado. Los sindicatos solo podrán llevar a cabo este enorme trabajo si reajustan sus filas y se preparan día a día, de manera sistemática y organizada, para sus funciones futuras de organizadores de la producción, que al mismo tiempo serán la base de la dominación proletaria.
En estas condiciones, la cuestión de los métodos y las vías de construcción de las organizaciones obreras adquiere especial importancia y significado. El fondo de esta cuestión se reduce a esto: crear una organización a la vez flexible y ágil, estrechamente soldada con las masas, que en todas las condiciones de la lucha, tanto en el triunfo como en la derrota, tenga sobre las grandes masas una autoridad indiscutible. Todo el trabajo de organización debe orientarse de modo que la masa responda cada vez que la organización la llame a la acción y, lo que es aún más importante, que una acción fracasada no sume a las masas en un estado de desánimo y apatía ni las haga dar la espalda al sindicato.
Para alcanzar estos objetivos, el sindicato debe concentrar su atención ante todo en la tarea de elevar la consciencia de clase, la cohesión y la disciplina de sus miembros. El trabajo de elevar la consciencia de clase y estrechar la unidad de los afiliados solo puede tener éxito si se lleva a cabo en relación con sus batallas diarias, en las condiciones existentes, y sobre su terreno. El único tipo de organización verdaderamente eficaz es el que une estrechamente a la base con su sindicato y forma un cuadro de combatientes infatigables y abnegados. Estos combatientes adaptarán las formas de organización a las necesidades de la lucha social y al grado de concentración del enemigo. Enseñarán también a mirar la organización no como un fin en sí misma, sino como un medio para realizar el fin.
II. Sindicatos organizados por oficio o por industria
- Los sindicatos nacieron simplemente como órganos de defensa de la clase obrera contra la explotación capitalista y, por la fuerza misma del desarrollo de los complicados métodos de explotación capitalista, tuvieron que cambiar de táctica y de métodos de lucha. Los estrechos límites de las agrupaciones gremiales, cuyos fines eran la mera «beneficencia», resultan cada vez más insuficientes en la lucha contra el capitalismo concentrado.
Las exigencias de la ayuda mutua dejan paso a una lucha económica encarnizada, que requiere reconstruir el sindicato pasando del estrecho espíritu de oficio al sindicalismo de industria.
- A pesar de los duros reveses y de la agudeza de la lucha de clases, la clase obrera va, en sus formas de organización, muy por detrás de los patronos. Los capitalistas, en sus organizaciones y en su aparato de Estado de Europa occidental y de América, llevan a cabo sistemáticamente la concentración de la fuerza, la centralización de la dirección y la uniformidad de los planes. La expresión organizada de la fuerza de la burguesía, pese a la fuerte competencia que existe en su seno, consiste en sus organizaciones, formadas por industrias o por ramas de la industria: propietarios de talleres metalúrgicos, propietarios de minas metalíferas, etc.
Las organizaciones patronales, en sus ataques estratégicos contra los obreros, operan con la fábrica entera, y no con grupos separados dentro de cada fábrica. Si tratan con grupos separados de obreros, es con el propósito de dividirlos y enfrentarlos.
- Al mismo tiempo, el principio del sindicato de oficio no se ha abandonado del todo. En Inglaterra, en Alemania, en Francia y en América se encuentran a menudo en una misma industria distintos sindicatos de oficio que compiten entre sí.
Esto tiende a debilitar la lucha de los obreros, que, en lugar de presentarse como un solo frente compacto, se presentan en pequeños grupos.
El principal problema de organización consiste en pasar del sistema de sindicatos de oficio al de sindicatos de industria. La consigna «Un solo sindicato para cada industria» debe convertirse en la consigna de los sindicatos revolucionarios combativos.
Todos los obreros de un taller mecánico, sean cuales sean su oficio o su cualificación, desde el mecánico hasta el peón, pertenecen todos al sindicato metalúrgico.
Todos los obreros de una fábrica textil, desde el tejedor, el mecánico, el peón, etc., deben pertenecer todos al sindicato textil. Con este sistema de organización los patronos se encontrarían frente a una masa fuerte y unida de obreros, de todos los obreros de una misma industria, en lugar de grupos separados y aislados.
III. Comités de fábrica
La concentración de las fuerzas revolucionarias en el movimiento sindical debe hacerse bajo la bandera de la organización de comités de fábrica. Los comités de fábrica deben ser elegidos por todos los obreros de la empresa, con independencia de sus convicciones políticas o religiosas. El intento de crear comités de fábrica en reuniones de correligionarios del partido, como practica en Alemania la Unión General Obrera,31 no es más que una caricatura y desacredita la idea misma de la organización a los ojos de las grandes masas obreras. En realidad, bajo el falso nombre de comités de fábrica, la Unión General Obrera ha creado sus núcleos fraccionales de partido: está, desde luego, en su derecho, como cualquier organización, pero no hay necesidad de dar nombres tan altisonantes a esos núcleos.
La cuestión de la creación de comités de fábrica no debe aplazarse en ningún caso hasta la convocatoria de los congresos ordinarios de los sindicatos. La organización de comités de fábrica debe propugnarse y llevarse a la práctica en todas partes, sin ideas preconcebidas. Un comité de fábrica, sea cual sea el sindicato del que surja, no puede quedarse como testigo pasivo de la crisis creciente; debe abordar y resolver las grandes cuestiones que afectan a su empresa. Mientras no esté asegurada la creación de una potente red de comités de fábrica, que más tarde se convertirá en el núcleo del sindicato, se mantiene la antigua vinculación del sindicato con las masas (apoderados, cobradores, delegados, etc.).
La organización de comités de fábrica debe ir acompañada de la creación de comités de control subordinados. Es necesario enseñar a los obreros, por medio de comités de control especiales, a vigilar atentamente lo que ocurre dentro y fuera de la empresa. Hay que aplicar ampliamente el sistema de comités de control permanentes o especiales. Toda la actividad del taller, desde los accidentes y las condiciones sanitarias hasta la actividad de las instituciones del Estado y municipales, debe ser objeto de interés del comité de control. Sería deseable organizar los comités de control tanto por sindicatos como por distritos, para sacar a los obreros del estrecho marco de su empresa.
Los sindicatos revolucionarios no deben negarse a utilizar las organizaciones mixtas de poderes limitados que el gobierno burgués ha creado en lugar de verdaderos comités de fábrica. La burguesía alemana, la italiana y la austriaca quieren encerrar el movimiento de los comités de fábrica en la actividad legal.32 Fue un gran error de nuestros camaradas negarse a participar en las elecciones de los comités de fábrica y dar ese nombre a grupos de adeptos creados por ellos. Los sindicatos revolucionarios no deben dejar pasar ninguna oportunidad de utilizar las instituciones legales para desarticularlas. La tarea de los sindicatos revolucionarios consiste en romper las formas legales, llenar los comités de fábrica de actividad revolucionaria y, con su trabajo cotidiano, sistemático y tenaz, transformar las organizaciones creadas por el gobierno en un arma de la revolución. Penetrar en esas organizaciones para hacerlas estallar desde dentro: esa es la tarea de los partidarios de la Internacional Sindical Roja. El boicot que se propugna en algunos países, aun con la mejor de las intenciones, no puede aceptarse como una política acertada. Semejante política revela que se subestima a las masas obreras y se sobrestiman los límites legales de la ley.
IV. La conquista de los viejos sindicatos
El papel contrarrevolucionario que desempeña en la actualidad la burocracia sindical, su estrangulamiento del movimiento revolucionario de la clase obrera, han despertado en ciertos sectores del proletariado revolucionario de todos los países la idea de abandonar los sindicatos y crear nuevos sindicatos puramente revolucionarios. Ese es el origen de las consignas «Destruir los sindicatos» y «Fuera de los sindicatos», que encontraron una acogida bastante favorable en el sector de los elementos revolucionarios que estaban más bien desesperados y con un ánimo pesimista y habían perdido la confianza en las masas. Esta política de ruptura de los elementos revolucionarios con los sindicatos, que deja a las grandes masas a merced de la influencia de la dirección reaccionaria, hace el juego a la burocracia contrarrevolucionaria y debe rechazarse resuelta y categóricamente. No destruir, sino conquistar los sindicatos, es decir, la gran masa de obreros que todavía están en los viejos sindicatos: esa debe ser nuestra consigna de reagrupamiento en el desarrollo de la lucha revolucionaria.
Saliendo al encuentro de la consigna «Fuera de los sindicatos», la burocracia sindical de todos los países empezó a expulsar a los elementos dirigentes del movimiento sindical revolucionario. Esto agudizó todavía más el ánimo pesimista y reforzó la consigna «Fuera de los sindicatos». Pero sería un gran error de los partidarios de la Internacional Roja dejarse arrastrar por esta provocación, abandonar el movimiento sindical y encerrarse en pequeños sindicatos revolucionarios.
Los obreros expulsados de los sindicatos no deben dispersarse. Deben seguir organizados en el mismo plano que antes de la exclusión, actuando siempre como una parte definida y legítima del sindicato que los expulsó. En ningún caso deben hacer el juego a la burocracia sindical ni facilitarle la lucha contra el espíritu revolucionario cada vez mayor de las masas.
Nuestra política respecto de los viejos sindicatos debe tener en cuenta que, en el momento actual, agrupan a muchos millones de obreros. La tarea de los elementos revolucionarios en los sindicatos no consiste en arrancar de ellos a los obreros mejores y más conscientes para crear pequeñas organizaciones. Su tarea debe ser revolucionar los sindicatos, transformarlos en un arma de la revolución social por medio de la lucha cotidiana en favor de todas las reivindicaciones revolucionarias que los obreros plantean dentro de los viejos sindicatos. Todo trabajo de organización debe desarrollarse en el sentido de combatir la traición y la desidia de la burocracia sindical en la lucha por los intereses cotidianos de los obreros. Conquistar los sindicatos significa conquistar a las masas, y a estas solo se las puede conquistar con un trabajo sistemático y tenaz, oponiendo a la política de colaboración de clases nuestra firme línea de acción revolucionaria. La consigna «Fuera de los sindicatos» nos impide ganar a las masas para nuestra causa y retrasa el avance de la revolución social.
Igualmente erróneo sería considerar la organización de los sindicatos como un fin en sí misma. Los sindicatos no son más que medios para un fin. Al rechazar la consigna «Fuera de los sindicatos», debemos declararnos resueltamente contra el fetichismo de la organización y contra la consigna «Unidad a cualquier precio y en todas las circunstancias». La conquista de los sindicatos no significa apoderarse de su caja o de sus bienes, sino conquistar a sus afiliados. La diferencia se olvida con facilidad, y a menudo se confunde el sindicato con su oficina, su caja y sus funcionarios. Este punto de vista del «aparato sindical» debe encontrar una oposición resuelta por parte de los sindicatos revolucionarios con consciencia de clase. Los sindicatos revolucionarios están en contra de la escisión. Defienden la unidad, pero no temen la escisión. Cada uno de nosotros debe tenerlo bien presente.
V. Problemas de organización en los principales países
Los problemas prácticos de organización de los partidarios de la Internacional Sindical Roja son distintos en cada país. Aunque los principios son los mismos, su aplicación práctica cambia según los rasgos peculiares de cada país y la forma de sus organizaciones obreras. El movimiento obrero es un producto orgánico del desarrollo industrial, social y económico de cada país. De ahí las diferencias en la estructura de los sindicatos y en las formas y métodos de su lucha. Cuanto antes pasen los sindicatos de ser puras y simples organizaciones de oficio a ser sindicatos revolucionarios con consciencia de clase, antes llegarán a una sola forma de organización y a un solo método de lucha. Acelerar este proceso es el principal problema de los partidarios de la Internacional Sindical Roja.
En Italia las organizaciones obreras están divididas; sin embargo, la presencia de un proletariado revolucionario en las filas de la Confederación General del Trabajo no justifica en absoluto la actitud de los ferroviarios y de la Unión Sindical,33 que se han negado a entrar en una organización proletaria general. Los esfuerzos reformistas de los dirigentes solo podrían contrarrestarse si todos los sindicatos revolucionarios se unieran en una sola organización proletaria. El terreno está maduro para esa unificación, y por eso los partidarios de la Internacional Sindical Roja deben entrar en la Confederación General del Trabajo y luchar por la posición revolucionaria y defenderla.
En Inglaterra, pese a la existencia de un poderoso movimiento obrero que está experimentando un cambio radical, hay intentos de crear nuevas organizaciones del tipo de la IWW o de la «One Big Union».34 Tales intentos deben condenarse de manera absoluta y tajante. A los obreros revolucionarios de Inglaterra les corresponde quedarse dentro de esos sindicatos gigantescos y luchar por que acepten los principios de la Internacional Sindical Roja. Arrancar a decenas de miles de obreros revolucionarios para formar nuevas organizaciones independientes es un crimen contra la clase obrera de Inglaterra y del mundo entero. Por eso todas las organizaciones que están de acuerdo con la Internacional Sindical Roja deben concentrar todos sus esfuerzos en ganar los sindicatos uno a uno y consolidar sus filas, sin perder el tiempo con unos pocos elegidos, «la cúpula», que no están en contacto con las masas.
En los Estados Unidos de América, donde tenemos la reaccionaria Federación Americana del Trabajo (AFL), algunos sindicatos independientes, la IWW y otros, también prevalece el principio de permanecer dentro de los viejos sindicatos. Los miembros de la IWW deben ingresar en sus respectivos sindicatos y difundir en ellos su propaganda, explicando los problemas de la clase obrera. Cuanto más tiempo se mantengan al margen de la Federación Americana del Trabajo, mayores serán los sufrimientos y más difícil el avance de los obreros no organizados de aquel país. Los sindicatos independientes partidarios de la Internacional Sindical Roja deben coordinar sus actividades y ponerse de acuerdo con los consejos sindicales locales que pertenecen oficialmente a la Federación Americana del Trabajo pero están de acuerdo con nuestra táctica. Debe establecerse también la coordinación y la unidad de acción entre las organizaciones locales de la Federación Americana del Trabajo y de la IWW partidarias de la Internacional Roja.
En Francia la minoría revolucionaria de la Confederación General del Trabajo adoptó la postura correcta al condenar al Consejo de los Sindicatos de las Bocas del Ródano por haber abandonado la Confederación. La conquista de los sindicatos avanza rápidamente en Francia y no hay motivo alguno para formar organizaciones separadas. Por eso el Congreso recomienda a la pequeña organización que lleva el nombre de «Confederación Internacional de los Trabajadores» que se disuelva, ingrese en la Confederación General del Trabajo y luche junto a la minoría revolucionaria contra la nefasta política de los señores Jouhaux, Merheim y compañía.35
En España, sobre todo a causa de la reacción que allí se desata, es imprescindible que las organizaciones económicas formen una sola unidad. La unidad, que ya estaba bastante encaminada, la bloquearon los dirigentes reformistas de la Unión General de Trabajadores.36 A pesar de esos dirigentes reformistas, esa unidad debe plantearse como la tarea de lucha del momento y llevarse a cabo por encima de la cabeza de sus adversarios. La segunda tarea que tenemos en España es formar sindicatos de industria de ámbito nacional (metalúrgicos, textiles, etc.), que fueron destruidos a causa de interpretaciones erróneas de la idea federalista. La falta de organizaciones de industria es un lastre muy pesado para la lucha de la clase obrera antes, durante y, sobre todo, después de la revolución social.
Los grupos comunistas que trabajan dentro de la Unión General deben formar un solo bloque con la Confederación Nacional del Trabajo de España37 para una acción defensiva y ofensiva coordinada. En cuanto a los sindicatos que se han separado de las organizaciones centrales reformistas y aceptan el punto de vista de la Internacional Sindical Roja, deben adherirse en el plazo más breve posible a la Confederación Nacional del Trabajo.
Más compleja y confusa es la situación en Alemania. Aquí las masas obreras están organizadas en sindicatos independientes. Los sindicalistas nunca han tenido ninguna influencia. A consecuencia de la pérfida traición de la burocracia sindical, después de los acontecimientos de noviembre38 se han organizado muchos sindicatos nuevos. Entre ellos, la «Unión Obrera Independiente de Gelsenkirchen», la «Unión General Obrera», la «Unión Libre de Obreros Agrícolas» y la «Unión de Trabajadores Manuales e Intelectuales». Todas estas organizaciones siguen siendo insignificantes, tanto por el número de sus afiliados como por su influencia económica y política en los acontecimientos de Alemania. Los principios de estos sindicatos no están del todo claros, por su consigna de destruir a toda costa los viejos sindicatos. Solo siembran la confusión en las filas de los obreros revolucionarios y debilitan su fuerza de combate dirigida contra la burocracia sindical.
Los elementos revolucionarios de los sindicatos han organizado dentro de estas organizaciones grupos fuertes y llevan una lucha eficaz contra la burocracia sindical. La burocracia ha respondido a su acción con la expulsión en masa de los dirigentes revolucionarios de los grupos locales y de la organización general. Los grupos de afiliados expulsados no deben quedarse aislados. Deben unirse y establecer estrechas relaciones con las fracciones revolucionarias de sus antiguos compañeros de afiliación, para no quedar inútiles en la lucha por la revolucionarización de los sindicatos. Las demás organizaciones partidarias de la Internacional Sindical Roja deben llevar a cabo una campaña decidida bajo la consigna «¡Abajo la burocracia sindical traidora que destruye a los sindicalistas!». No deben sacar de los viejos sindicatos independientes centralizados a nuevas categorías de obreros.
En todos los demás países el trabajo debe proseguir de acuerdo con los principios expuestos más arriba. Donde más cerca se está de la victoria de la Internacional Sindical Roja es en Checoslovaquia y en Polonia. En estos dos países hay un poderoso movimiento comunista. La tarea de los adversarios de Ámsterdam es arrancar en el plazo más breve posible a la Internacional de Ámsterdam la central sindical general de sus respectivos países. Podemos recomendar, de manera general, que en el plazo de tres meses, en cuanto se publiquen las resoluciones y decisiones del I Congreso de los Sindicatos Revolucionarios, todos los sindicatos de todos los países sometan a votación la cuestión de Moscú o Ámsterdam.
VI. La organización internacional por oficios y por industrias
- Las organizaciones internacionales de los distintos sindicatos empezaron a aparecer a finales del siglo XIX. Al comenzar la guerra existían ya unas treinta organizaciones obreras internacionales. El carácter de todas estas organizaciones era el mismo.
Eran organizaciones nacionales unidas por un vínculo laxo, que se reunían para adoptar resoluciones unánimes sabiendo de antemano que el órgano central elegido no haría otro trabajo que reunir datos estadísticos y material informativo. No eran organizaciones para la lucha de clases internacional, sino para la información mutua. Con rarísimas excepciones, estas organizaciones no tienen en su haber una sola manifestación, salvo la recaudación de fondos durante algunas grandes huelgas, etc.
La guerra destruyó estas organizaciones, y la clase obrera, al terminar aquella larga matanza, sintió la necesidad de restablecer los lazos rotos. Volvieron a aparecer en escena las mismas personas que durante largo tiempo habían tratado de demostrar que era imposible mantener intactas las organizaciones internacionales y que durante la guerra no cabía ninguna solidaridad proletaria. El reformismo y la política son la marca de fábrica de todas estas organizaciones. No se han constituido sobre un programa de acción revolucionaria, sino sobre la paz social y la armonía, y su objetivo no es luchar unidos contra el capital internacional, sino simplemente informarse unos a otros de lo que ocurre en cada país.
La Internacional Roja, desde su formación, reconoció la necesidad de que los sindicatos revolucionarios permanecieran dentro de las antiguas organizaciones internacionales de los distintos oficios o industrias con el fin de conquistarlas. Pero en cuanto la Internacional de Ámsterdam empezó a darse cuenta del peligro de la revolucionarización del espíritu de los sindicatos con consciencia de clase, adoptó una serie de medidas por las que el reconocimiento de la Internacional de Ámsterdam se convierte en condición primordial para que un sindicato pueda adherirse a su organización sindical internacional. Con esta decisión, como con muchas otras, la Internacional de Ámsterdam ha tomado la iniciativa de la ruptura del movimiento obrero, expulsando de las organizaciones a todos los que se han comprometido a la solidaridad moral con la internacional de la acción revolucionaria y de la lucha de clases.
Estas decisiones obligan a los sindicatos revolucionarios expulsados de su organización internacional a unirse para responder.
Sin intención de abandonar los sindicatos internacionales y crear nuevas organizaciones mientras no se hayan agotado todos los medios de resistencia dentro de los viejos sindicatos que conduzcan a la unidad, el I Congreso de los Sindicatos Revolucionarios recomienda a todos los sindicatos revolucionarios con consciencia de clase que reconocen la necesidad de la dictadura del proletariado que reúnan todas sus fuerzas y organicen, por industrias o por oficios, comités internacionales de propaganda con el fin de agrupar a los elementos revolucionarios dispersos. Estos comités internacionales de propaganda deben llevar a cabo su trabajo en todos los países según los principios aprobados por el I Congreso de los Sindicatos Rojos, y hacer agitación entre las masas sobre la inevitabilidad de la lucha de clases y lo absurdo de las ilusiones burguesas en una paz mundial.
A los comités de propaganda les corresponde no solo hacer agitación en favor de la lucha de clases revolucionaria y de la dictadura del proletariado, sino también desenmascarar las intrigas de los de Ámsterdam, que, para salvarse, siembran la disgregación en las filas del movimiento obrero. Los comités de propaganda toman la iniciativa de convocar consejos y conferencias, publican la literatura necesaria, recaudan fondos, informan a los sindicatos revolucionarios de lo que ocurre en su oficio, dan pronta información sobre huelgas y conflictos, luchan contra el esquirolaje; en una palabra, llevan a la vida el verdadero principio de la lucha de clases revolucionaria.
Cada comité internacional de propaganda está vinculado a la Internacional Sindical Roja por medio de su representante, que forma parte del Consejo Central de la Internacional Roja con voto consultivo. Todos los comités internacionales cumplen sus funciones con la estrecha participación y bajo el control continuo del Consejo Central de la Internacional Roja. Las conferencias y congresos que puedan convocar los Comités Internacionales de Propaganda deben celebrarse previa consulta con el Consejo Central de la Internacional Roja.
Los sindicatos expulsados de las organizaciones internacionales no deben quedar dispersos. Si todavía no se han adherido al Comité Internacional de Propaganda correspondiente, deben hacerlo de inmediato y plantear ante él la cuestión de constituir una organización internacional de su oficio o industria.
En caso de expulsión de varios sindicatos, el Comité Internacional de Propaganda puede, por decisión especial de la Internacional Roja, transformarse en Buró de Organización, para convocar un congreso de los sindicatos revolucionarios afectados y crear una organización internacional que contrarreste la labor de quienes, siguiendo las órdenes de Ámsterdam, expulsan a sindicatos de sus correspondientes organizaciones internacionales de oficio o de industria.
VII. Sindicatos nacionales
- La influencia de la ideología burguesa sobre las masas proletarias es todavía tan fuerte que en muchos países seguimos teniendo sindicatos que agrupan a obreros de una misma nacionalidad. Así, en Checoslovaquia existen sindicatos separados para los obreros checoslovacos y otros solo para los obreros alemanes. En Polonia, donde hasta hace poco los sindicatos correspondían a las distintas agrupaciones de partido, se ha producido ya la fusión de los sindicatos comunistas con los que estaban bajo la influencia del Partido Socialista Polaco (PPS).39 Pero estos sindicatos han conservado todavía su carácter nacional. Así, junto a los sindicatos de clase, tenemos sindicatos judíos, con su propio organismo central. En América hay sindicatos formados exclusivamente por negros, porque los viejos sindicatos se niegan a admitir a los obreros de color. Los partidarios de la Internacional Sindical Roja deben combatir con la mayor energía y actividad esta supervivencia de viejos prejuicios. La fusión de los sindicatos nacionalistas con los demás sindicatos del país debe ser la consigna práctica en la lucha por la unidad de las organizaciones económicas de la clase obrera. Hay que destruir de una vez por todas los prejuicios nacionales.
VIII. Exclusión de sindicatos
La Internacional de Ámsterdam y las organizaciones nacionales adheridas a ella llevan desde hace algunos meses un ataque cerrado contra los sindicatos revolucionarios. Sabiendo que han llegado sus últimos días, la amarilla Internacional de Ámsterdam proclama la consigna «Revolucionarios y comunistas, fuera de los sindicatos». Esta ofensiva de los de Ámsterdam debe encontrar en cada lugar la respuesta más decidida y resuelta, bajo la bandera de «¡Abajo los escisionistas! ¡Viva la unidad del movimiento sindical!». En ninguna circunstancia debemos ayudar a Ámsterdam abandonando voluntariamente los sindicatos: eso haría el juego a los de Ámsterdam y sería demasiado perjudicial para el ala izquierda del movimiento obrero.
La expulsión de grupos aislados y de secciones locales va acompañada por lo general de la formación, por la organización central, de nuevas unidades que aspiran a romper la unidad de la organización revolucionaria local. Para aplastar al sindicato revolucionario local, los de Ámsterdam entran en relaciones secretas con los patronos, quienes a su vez empiezan sus ataques contra los obreros. Como las cotizaciones para los fondos de huelga están en manos de la administración central del sindicato, la sección revolucionaria local queda así a merced de los patronos.
Esta traición monstruosa debe encontrar un ataque resuelto por dos flancos. Por una parte, todas las fuerzas de los sindicatos revolucionarios y del Partido Comunista deben dirigirse a la lucha contra esta traición, sacando a la luz los acuerdos abiertos y secretos entre los dirigentes sindicales y los enemigos de la clase obrera. Por otra, sin abandonar los sindicatos, hay que hacer todo lo posible por organizar cuanto antes a los sindicatos expulsados por oficios y crear un centro nacional de sindicatos expulsados que dirija, con arreglo a los poderes que le den las secciones locales del sindicato, la lucha contra los destructores del movimiento obrero, reclamando la readmisión en el sindicato de las organizaciones expulsadas.
IX. La prensa obrera
- La creación de una prensa sindical revolucionaria debe ser uno de los problemas más importantes de la organización de los sindicatos. Los viejos sindicatos poseen una prensa muy difundida y con tradiciones propias. Es necesario crear en cada país un órgano dirigente y una serie de periódicos para cada industria. Los partidarios de la Internacional Sindical Roja deben prestar la más seria atención a la creación de una buena prensa. Siguiendo paso a paso la actividad de los elementos dirigentes de cada sindicato, denunciando su inactividad, su pasividad, sus vacilaciones y titubeos en la lucha diaria, tomando nota de todos los puntos débiles de los dirigentes de Ámsterdam, el órgano central de tal o cual industria debe ser capaz de hacer comprender a las masas sin partido que los de Ámsterdam, además de traicionar los intereses de la clase obrera en las cuestiones de política general, adoptan siempre, en su trabajo práctico cotidiano en lo que toca a los intereses vitales de las clases trabajadoras, una posición que está en completa contradicción no solo con los intereses de la clase obrera en su conjunto, sino incluso con los intereses de tal o cual grupo de obreros.
X. Organización de las mujeres en los sindicatos
- Los partidarios de la Internacional Sindical Roja deben prestar especial atención a la organización de las obreras en el movimiento sindical revolucionario. No se crearán organizaciones separadas para las mujeres. El proletariado es uno, y como clase debe construir sus organizaciones sin tener en cuenta el sexo de los trabajadores, sino por industrias.
Las obreras, como la categoría más atrasada de los trabajadores, están más explotadas que los hombres; los sindicatos reformistas, siguiendo la línea de menor resistencia, fijan sus salarios no según la cualificación o la productividad, sino según el sexo de los trabajadores. Cuando estalla una crisis, los sindicatos conservadores toman la iniciativa de despedir primero a las mujeres. Es una política anticlasista muy perjudicial de los viejos sindicatos y debe encontrar una resistencia tenaz. La obrera es nuestra compañera en la explotación, y nuestro objetivo consiste en hacer de ella una luchadora activa por la revolución social y la dictadura del proletariado. Solo merecen ser miembros de la Internacional Sindical Roja los sindicatos que, en la cuestión del trabajo, se han liberado de los viejos prejuicios y han asumido la defensa y la protección del trabajo femenino, con el mismo objetivo ante sí: aumentar el ejército de la revolución social con nuevas e infatigables luchadoras salidas de las obreras explotadas y oprimidas.
XI. El trabajo entre la juventud
- Los sindicatos revolucionarios deben prestar particular atención a la educación de sus afiliados jóvenes. Los viejos sindicatos, en la medida en que se ocupaban de la joven generación, lo hacían desde el punto de vista de la formación técnica de obreros cualificados, mientras que los sindicatos revolucionarios deben poner el centro de gravedad de su trabajo únicamente en su educación comunista. Hay en la actualidad, en todos los países del mundo, más de un millón de jóvenes proletarios organizados en las asociaciones juveniles. Los sindicatos deben ser muy atentos con sus afiliados jóvenes, teniendo presente que sobre los hombros de la generación que crece recaerá la realización efectiva de la revolución social y de sus resultados.
Conquistar a la joven generación, educarla, elevar su consciencia hasta la comprensión de la inevitabilidad de la revolución social y de la dictadura del proletariado, hacer de cada uno de sus miembros un luchador consciente en las implacables batallas sociales que se avecinan: este es el deber imperioso de todos los partidarios de la Internacional Sindical Roja.
XII. Condiciones de adhesión a la Internacional Sindical Roja
Para que los sindicatos revolucionarios puedan resolver con éxito los problemas mencionados a escala nacional e internacional, son necesarias las dos condiciones siguientes: una comprensión común de los problemas de la Internacional Roja solo puede cumplir sus exigencias cuando se basa en la claridad y cuando cada sindicato que se adhiere a la Internacional revolucionaria está informado de sus deberes y exigencias y de la medida en que han de cumplirse.40
La Internacional Sindical Roja se ha creado para oponer al programa ambiguo y burgués de la amarilla Internacional de Ámsterdam una plataforma clara de acción revolucionaria. Está claro, por tanto, que solo se puede ser miembro de la Internacional Roja si se cumplen ciertas obligaciones, sin las cuales los miembros pueden volverse tan formales e inactivos como ocurre con nuestros adversarios.
La primera condición es, pues, el reconocimiento y el cumplimiento de los principios de la lucha de clases revolucionaria; esto significa que solo pueden ser miembros de la Internacional Roja los sindicatos que luchan contra el sistema basado en las clases y contra todas las formas de colaboración de clases; solo los que combaten, no de palabra sino de hecho, la teoría de la paz social y los intentos de resolver la cuestión social mediante la cooperación armoniosa con las clases dominantes; la lucha de clases revolucionaria es la base de la Internacional Roja.
La lucha de clases revolucionaria debe llevarse siempre con el objetivo constante de derribar el capitalismo e instaurar el poder de los trabajadores, es decir, la dictadura del proletariado. Para llevar a cabo la revolución social y suprimir el antagonismo de clase, la clase obrera tiene que estar sólidamente organizada y crearse los medios para su lucha; de lo contrario, será derrotada en los primeros días de la revolución. Debemos oponer a la dictadura de la burguesía la fuerza concentrada de la clase obrera consciente de sus fines y tareas de clase. El reconocimiento de la dictadura del proletariado es la segunda condición que hay que tener en cuenta.
En el primer periodo de existencia de la Internacional Roja, en el periodo de organización, hubo casos de sindicatos adheridos simultáneamente a las dos Internacionales. Hay que poner fin a esa «doble obediencia». Romper con la Internacional de Ámsterdam es, para las centrales sindicales generales, condición previa para adherirse a la Internacional Roja, porque la adhesión simultánea a dos organizaciones mutuamente antagónicas es inadmisible en teoría y sumamente perjudicial en la práctica. En los países donde las centrales sindicales generales pertenecen a la Internacional de Ámsterdam, los sindicatos aislados, las federaciones o las minorías nacionales pueden pertenecer a la Internacional Roja y permanecer al mismo tiempo dentro de las viejas organizaciones sindicales.
La cuarta condición para ingresar en la Internacional Roja consiste en la unidad de acción de todas las organizaciones adheridas a ella en cada país. Si, como medida transitoria, pudiéramos admitir la existencia de varias organizaciones adheridas a la Internacional Roja, sería solo a condición de que llevaran una acción defensiva y ofensiva concertada contra la burguesía. Esta condición es absolutamente esencial, porque de lo contrario podría ocurrir, como sucedió en las jornadas de marzo en Alemania,41 que algunas organizaciones pertenecientes a la Internacional Roja libraran una lucha armada contra la burguesía mientras otras atacaban a nuestros camaradas por la espalda.
Una organización internacional solo está debidamente constituida cuando sus decisiones las cumplen las organizaciones correspondientes de todos los países. La experiencia de las organizaciones internacionales antes y, sobre todo, durante la guerra muestra que muchas organizaciones no consideran obligatorias para las organizaciones nacionales las decisiones adoptadas por los congresos internacionales. Pero la Internacional Roja no puede hacer suyo ese punto de vista, y por eso establece la necesidad de una disciplina proletaria internacional, es decir, que las distintas organizaciones nacionales deben acatar las decisiones de los congresos y conferencias internacionales.
Estatutos de la Internacional Sindical Roja
La lucha de clases ha alcanzado hoy tal grado de desarrollo y de agudeza que la clase obrera, para llevar con éxito su lucha de emancipación hasta el final, debe combatir como una fuerza de clase revolucionaria compacta, no solo a escala nacional sino también internacional, contra la burguesía, que, pese a la dura competencia en el mercado mundial, está estrechamente unida en su odio a la revolución proletaria y sólidamente soldada contra el menor intento del proletariado de liberarse de la explotación. Puesto que la explotación es internacional, la lucha contra ella debe tener un carácter internacional. Todas las internacionales sindicales que han existido hasta el momento presente no eran, en el mejor de los casos, más que oficinas estadísticas internacionales de información mutua. El Secretariado Sindical Internacional de antes de la guerra era una simple agencia de información, sin ningún fin de lucha de clase. La Internacional Sindical de Ámsterdam está todavía menos capacitada que su predecesora para afrontar los problemas planteados. La primera no era más que una oficina de información; la segunda se dedica a la política de la peor especie, a una política antiproletaria y burguesa. Propugna la idea de la colaboración de clases, de la paz social y del paso pacífico del capitalismo al socialismo. En esencia es una internacional que contrarresta la lucha de emancipación de la clase obrera. A esta internacional de la impotencia, de la confusión y del servilismo ante la burguesía, que es la Internacional de Ámsterdam, debemos oponer una internacional de vigor revolucionario, de actividad de clase, una internacional que, junto con la Internacional Comunista, organice a la clase obrera para derribar el capitalismo, destruir el Estado burgués e instaurar la dictadura del proletariado; una internacional que se apodere de todos los medios de producción e instaure la comunidad comunista.
Una internacional sindical combativa así solo pueden construirla sindicatos revolucionarios de clase, conscientes del fin y de los métodos de la lucha defensiva y ofensiva contra el enemigo de clase. El problema que la historia ha planteado a los sindicatos revolucionarios exige la máxima concentración de fuerzas, una intensidad sin precedentes y la mayor abnegación de los elementos conscientes de vanguardia de la clase obrera.
I. Nombre
El congreso internacional de los sindicatos de oficio y de industria revolucionarios y con consciencia de clase, que agrupa a las organizaciones sindicales revolucionarias de todos los países, decide crear una organización internacional permanente con el nombre de Internacional Sindical Roja.
II. Fines y objetivos
La Internacional Sindical Roja tiene como fines:
(1) Organizar a las grandes masas obreras del mundo entero para derribar el capitalismo, emancipar a los trabajadores de la opresión y la explotación e instaurar la comunidad socialista.
(2) Llevar a cabo una amplia agitación y propaganda de los principios de la lucha de clases revolucionaria, de la revolución social, de la dictadura del proletariado y de la acción revolucionaria de masas, con el fin de derribar el sistema capitalista y el Estado burgués.
(3) Luchar contra la úlcera corruptora que roe las entrañas del movimiento sindical mundial: el compromiso con la burguesía, contra los ideales de la colaboración de clases y de la paz social y las absurdas esperanzas en un paso pacífico del capitalismo al socialismo.
(4) Unir a los elementos revolucionarios de clase del movimiento sindical mundial y librar una batalla decidida contra la Oficina Internacional del Trabajo adscrita a la Sociedad de Naciones y contra la Federación Sindical Internacional de Ámsterdam, que por su programa y su táctica no son más que el baluarte de la burguesía mundial.
(5) Coordinar y regular la lucha de la clase obrera de todos los países y organizar manifestaciones internacionales cada vez que la situación lo exija.
(6) Tomar la iniciativa de campañas internacionales con motivo de los acontecimientos destacados de la lucha de clases, abrir suscripciones en favor de los huelguistas en los grandes conflictos sociales, etc.
III. Afiliación
Toda organización económica revolucionaria de clase puede afiliarse a la Internacional Sindical Roja si acepta las condiciones siguientes:
(1) Adhesión a los principios de la lucha de clases revolucionaria.
(2) Aplicación de estos principios en su lucha diaria contra el capitalismo y el Estado burgués.
(3) Reconocimiento de la necesidad de derribar el capitalismo mediante la revolución social y de instaurar la dictadura del proletariado para el periodo de transición.
(4) Reconocimiento de la disciplina proletaria internacional y sometimiento a ella.
(5) Reconocimiento y aplicación de las decisiones del Congreso Constituyente de la Internacional Sindical Roja.
(6) Ruptura con la amarilla Internacional de Ámsterdam.
(7) Acción común con todas las organizaciones revolucionarias y con el Partido Comunista del país en todas las actividades defensivas y ofensivas contra la burguesía.
IV. Congresos internacionales
El Congreso Internacional de los Sindicatos de Oficio y de Industria Revolucionarios de Clase es el órgano supremo de la Internacional Sindical Roja. Los congresos se celebran con la mayor frecuencia posible, al menos una vez al año. Establecen los principios generales, el programa, la táctica y los estatutos, eligen el órgano dirigente y deciden todas las cuestiones relacionadas con la orientación de la Internacional Sindical Roja. Los congresos extraordinarios se convocan por decisión del Buró Ejecutivo o a petición de organizaciones que representen no menos de un tercio de los miembros de la Internacional Sindical Roja.
Todos los sindicatos de oficio y de industria que aceptan el programa y siguen las directrices de la Internacional Sindical Roja tienen derecho a enviar delegados a los congresos.
La representación se distribuye del modo siguiente:
Toda organización nacional de sindicatos de oficio o de industria con menos de 10.000 afiliados recibe un voto consultivo en el congreso; las organizaciones nacionales que tienen de 10.000 a 25.000 afiliados envían un delegado con voto deliberativo; de 25.000 a 100.000 afiliados, dos delegados con voto deliberativo; de 100.000 a 250.000, cuatro delegados con voto deliberativo; de 250.000 a 500.000, seis delegados, y por cada 500.000 afiliados más se añade un delegado con voto deliberativo. Las organizaciones internacionales revolucionarias de clase por oficios o por industrias tienen derecho a dos votos deliberativos cada una.
Las minorías organizadas de los distintos países tienen la misma representación, pero todas las organizaciones de un país adheridas a la Internacional Sindical Roja forman una sola delegación, dentro de la cual los votos se reparten en proporción al número de afiliados de cada organización. Las minorías y fracciones organizadas solo tienen representación en el congreso cuando la organización sindical general del país no está adherida a la Internacional Sindical Roja.
V. Órganos de la Internacional Sindical Roja
La Internacional Sindical Roja tiene dos órganos: el Consejo Central y el Buró Ejecutivo.
Consejo Central.—El Consejo Central se compone del modo siguiente: Inglaterra, Estados Unidos, Alemania, Italia, España, Checoslovaquia, Polonia y Francia tienen dos representantes cada uno; Rusia tiene cuatro; todos los demás países con más de 25.000 afiliados tienen un representante con voto deliberativo; los países con menos de 25.000, un representante con voto consultivo. Las organizaciones internacionales por oficios o por industrias tienen un representante con voto consultivo.
El Consejo Central dirige todo el trabajo de la Internacional Sindical Roja de un congreso a otro; toma todas las decisiones que exigen las circunstancias; representa a la Internacional Sindical Roja ante el mundo entero; actúa en su nombre; reúne en sus manos todos los materiales y documentos relativos al movimiento obrero internacional; administra todos los fondos, incluido el Fondo Internacional de Solidaridad Combativa; publica periódicos y revistas en distintas lenguas; en una palabra, es el órgano investido del poder de dirigir el trabajo entre los congresos mundiales.
El Consejo Central se reúne al menos dos veces al año, se ocupa sobre todo de aclarar las cuestiones de principio y deja todo el trabajo corriente al Buró Ejecutivo.
El Buró Ejecutivo.—El Buró Ejecutivo se compone de siete miembros elegidos por el Consejo Central, entre ellos dos miembros del país donde tenga su sede la Internacional Sindical Roja.
El Buró Ejecutivo dirige todos los asuntos corrientes de la Internacional Sindical Roja. Regula el trabajo de los departamentos y secciones; publica los órganos oficiales de la Internacional Sindical Roja; representa a la Internacional Sindical Roja y al Consejo Central dondequiera y siempre que sea necesario, y prepara todas las cuestiones para las sesiones del Consejo Central. El Buró Ejecutivo se reúne al menos una vez por semana.
VI. Unidad de acción y unidad de organización
Las minorías de las organizaciones sindicales generales y de las centrales nacionales adheridas a la Internacional Roja y las organizaciones separadas adheridas a ella deben coordinar todas sus acciones. Si en un país la federación general de todos los sindicatos se adhiere a la Internacional Roja, ninguna otra organización separada puede adherirse a ella. Las organizaciones revolucionarias que hacen suya la posición de la Internacional Roja deben ingresar en la organización sindical general de su país.
VII. Fondos
Los fondos de la Internacional Roja se componen de las cuotas regulares que pagan las organizaciones nacionales adheridas a ella y de contribuciones especiales. La cuantía de los pagos se establece así: al menos el 1 por ciento de los ingresos totales de las organizaciones que reciben en su caja central el 50 por ciento o más de las cuotas de los afiliados; al menos el 2 por ciento de las organizaciones que reciben en su caja central del 25 al 50 por ciento de las cuotas de los afiliados; al menos el 3 por ciento de las organizaciones que reciben del 10 al 25 por ciento de las cuotas de los afiliados, y al menos el 5 por ciento de las organizaciones que reciben menos del 10 por ciento de las cuotas de los afiliados. Hasta que se cree el fondo necesario, todos los medios financieros los aportará la organización obrera general del país donde tenga su sede la Internacional Sindical Roja.
VIII. El Fondo Internacional de Solidaridad Combativa
Para apoyar la lucha revolucionaria combativa de los obreros de los distintos países, el Congreso decide crear un Fondo Internacional de Solidaridad Combativa.
Este fondo se compone de ingresos especiales, de colectas especiales y de las sumas que se le transfieran del fondo general. El cincuenta por ciento de todos los ingresos de la Internacional Sindical Roja pasa directamente al Fondo Internacional de Solidaridad Combativa. Este fondo queda a disposición del Buró Ejecutivo, que rinde cuentas regularmente de los gastos al Consejo Central.
IX. Relaciones con las organizaciones internacionales de oficio y de industria
La Internacional Sindical Roja admite como miembros no solo a las organizaciones sindicales generales de cada país, sino también a las organizaciones internacionales por oficios y por industrias.
El Buró Ejecutivo creará una sección especial de organizaciones de oficio y de industria para atender las necesidades de las distintas organizaciones de industria y establecer con ellas las relaciones más estrechas posibles. Las organizaciones internacionales de oficio y de industria establecen su vinculación con la Internacional Sindical Roja por medio de sus representantes especiales en los congresos internacionales.
X. Relaciones con la Internacional Comunista
Para establecer relaciones estrechas e indestructibles entre la Internacional Sindical Roja y la III Internacional Comunista, el Consejo Central:
(1) Envía tres representantes con voto deliberativo al Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista, y viceversa.
(2) Organiza sesiones conjuntas con el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista para discutir las cuestiones más importantes del movimiento obrero internacional y para organizar acciones comunes.
(3) Publica, cuando los acontecimientos lo justifican, llamamientos conjuntos con la Internacional Comunista.
XI. Relaciones con la Internacional de las Cooperativas Revolucionarias
Para coordinar la acción y para la información mutua, el Consejo Central de la Internacional Sindical Roja envía un representante con voto consultivo al órgano ejecutivo de la Internacional de las Cooperativas Revolucionarias en cuanto esta se constituya definitivamente.
XII. Expulsión
Las organizaciones adheridas a la Internacional Sindical Roja que con su actuación hayan infringido las decisiones de los congresos o no acaten las decisiones del Consejo Central pueden ser expulsadas por decisión del Consejo Central, a condición de que la propuesta de expulsión se apruebe por no menos de dos tercios de los votos.
Si la infracción la cometen los órganos centrales de una organización, el Consejo Central de la Internacional Sindical Roja debe llamar a los afiliados de esa organización a examinar, en una conferencia o congreso especial, el litigio planteado entre su órgano dirigente y la Internacional Sindical Roja. El Consejo Central solo aborda la cuestión de la expulsión después de que la conferencia o el congreso de esa organización haya tomado una decisión sobre la cuestión en litigio. La organización expulsada tiene derecho a recurrir la decisión del Consejo Central ante el siguiente congreso internacional, que puede confirmar o anular la expulsión.
XIII. Estructura interna
La Internacional Sindical Roja, destinada a dirigir la lucha del proletariado y a informar a sus miembros de la situación en los distintos países, debe adaptar su aparato al trabajo que ha de realizar. Con este fin, el Consejo Central desarrolla su aparato creando las secciones y departamentos que sean necesarios.
Para la buena marcha de los asuntos y el estrecho contacto de la Internacional Sindical Roja con las organizaciones sindicales de los distintos países, la Internacional Roja debe establecer informes mensuales de todas las organizaciones adheridas a ella y viajes periódicos de los miembros del Consejo Central a los países más importantes, sobre todo cuando surjan grandes conflictos económicos.
XIV. Revista, boletín e información
La Internacional Sindical Roja publica su órgano oficial en cuatro lenguas (francés, alemán, inglés y ruso) y un boletín en las mismas lenguas. Además de estos dos órganos de información sistemática y de dirección ideológica, el Consejo Central de la Internacional Roja prestará atención al sistema de circulares y a los viajes de visita a las organizaciones.
XV. Comisión de control de cuentas
El Consejo Central de la Internacional Sindical Roja elige una comisión de control de cuentas de tres miembros, que vigila el empleo correcto de los fondos e informa periódicamente a los congresos.
XVI. Sede de la Internacional Sindical Roja
La sede permanente de la Internacional Sindical Roja la decide el congreso. La fecha y el lugar del congreso los fija el Consejo Central.
Resolución sobre la cuestión de la mujer
El congreso constituyente de la Internacional Sindical Roja, de acuerdo con la ponencia de la camarada Sturm42 sobre la mujer en la producción y en los sindicatos, declara:
Dondequiera que el capitalismo domina o se asienta firmemente, masas cada vez mayores de mujeres se ven obligadas a trabajar para ganarse la vida. Las mujeres trabajan hoy en número cada vez mayor en todas las ramas de la industria y en profesiones que hasta hace poco les estaban cerradas. Durante la guerra el trabajo de las mujeres adquirió proporciones enormes y, pese al retroceso pasajero de la posguerra bajo la influencia de la crisis económica mundial, las tendencias sociales y económicas que impulsan el aumento del trabajo femenino han seguido avanzando. Aunque en muchas ramas de la industria las mujeres predominan o tienen al menos una importancia muy amplia y decisiva, y aunque en algunos sindicatos las mujeres forman la mayoría de los afiliados, solo toman una pequeña parte en el trabajo sindical, y en algunos países la participación de las mujeres en el movimiento sindical apenas se percibe.
Sin embargo, la participación enérgica y amplia de las obreras en la lucha revolucionaria de los sindicatos por el derrocamiento del capitalismo es de la mayor importancia y de absoluta necesidad. El trabajo conjunto de hombres y mujeres dentro del sindicato y en favor del sindicato es el método más eficaz para atraer a las obreras a una participación activa en esa lucha, ahondando y cristalizando su consciencia de clase.
De los hechos expuestos se sigue que:
Debemos prestar la máxima atención a agrupar y formar a las mujeres bajo la bandera de la Internacional Sindical Roja. Para ello deben utilizarse todos los medios de agitación y de organización.
Debemos insistir en la necesidad de que las obreras, empleadas, etc., tomen parte activa en todos los tipos y formas de la vida y la actividad sindicales, y de atraerlas a desempeñar todas las funciones sindicales (comités de fábrica, comités de agitación y de tarifas salariales, comités ejecutivos, etc.).
Los afiliados de los sindicatos rojos deben combatir enérgicamente los esfuerzos de los patronos capitalistas, ayudados por los gobiernos, por aumentar sus beneficios y por fortalecer y mantener su industria explotadora utilizando a las mujeres baratas y no organizadas. Por eso es su deber, cada vez que se fijan los salarios en los convenios de tarifas y el subsidio de los parados, defender que se ponga a las obreras en pie de igualdad con los obreros del mismo oficio. Deben además esforzarse incansablemente por mejorar las condiciones de trabajo de las mujeres empleadas en la industria. Deben librar una lucha decidida contra el debilitamiento de la legislación protectora de las obreras y emprender la lucha por que esas leyes se perfeccionen a fondo y se hagan más amplias, prestando especial atención a la protección de las embarazadas, de las parturientas y de la maternidad.
Los afiliados de los sindicatos rojos deben librar una lucha insistente y enérgica contra todos los esfuerzos e intentos de los sindicatos de oficio adheridos a la Internacional de Ámsterdam por expulsar a las mujeres del empleo industrial en favor de los hombres. Deben denunciar y combatir todos los intentos de estas organizaciones, que actúan de acuerdo con los patronos, de obtener pequeñas ventajas para los obreros varones a costa de desatender los intereses de las obreras.
El Congreso constituyente de la Internacional Sindical Roja declara que la realización de las reivindicaciones anteriores supondrá un paso adelante en la solución del problema de atraer a las más amplias masas de mujeres a la lucha revolucionaria por el derrocamiento del capitalismo.
Resolución sobre la cuestión del paro
La crisis que atraviesa hoy todo el mundo capitalista no es una crisis industrial típica. La guerra mundial, las condiciones de paz rapaces y la interrupción del intercambio regular de mercancías en el mercado mundial han creado una situación en la que no solo se han puesto claramente de manifiesto en cada país los conflictos y choques habituales propios del sistema capitalista, sino que han salido a la superficie nuevos conflictos que abarcan el mundo entero: la acumulación de productos acabados y de artículos de consumo en algunos países, por una parte, y la falta casi total de esos productos, por otra; las grandes cantidades de materias primas que se pudren en algunos países y las fábricas y talleres cerrados por falta de esas materias primas en otros. Es imposible establecer bajo el capitalismo la utilización regular de los medios y las fuerzas de producción de todos los países. El crecimiento del paro, que condena a un número cada vez mayor de las masas trabajadoras al hambre y a la muerte —las mismas masas que acaban de volver del frente—, solo podrá eliminarse tras el derrocamiento del poder burgués. Por eso el I Congreso Internacional de los Sindicatos Rojos ve en el crecimiento del paro los síntomas de la destrucción final, ya próxima, del sistema capitalista.
Este Congreso señala a los obreros de todos los países que todas las medidas y energías empleadas por los capitalistas y los gobiernos burgueses en relación con el paro no se encaminan a salir de este callejón sin salida, sino que pretenden conservar la dominación de la burguesía y salvaguardar sus beneficios. Con este fin recurren ahora a la reducción deliberada de la producción, que ya se ha contraído enormemente, y aumentan así todavía más el número de parados. De este modo recortan los salarios, debilitan la energía combativa de las organizaciones obreras y condenan a las masas trabajadoras a la miseria y al hambre.
El paro amenaza a todo obrero; por eso la lucha contra las condiciones que provocan el paro es una cuestión de vida o muerte, no solo para los parados, sino también para los que todavía tienen trabajo.
La burguesía intenta, por medio del paro, dividir las filas de la clase obrera. Intenta enfrentar a los parados con sus camaradas que todavía trabajan, y a los que todavía trabajan con los parados. Por eso la tarea más importante de los sindicatos revolucionarios es impedir estos males de la pauperización, de la división y del decaimiento de la energía combativa del proletariado, agrupando en un solo frente de lucha sólido, con un único objetivo de combate, a los ocupados y a los parados, uniéndolos por medio de comités especiales. Sin embargo, el Congreso advierte contra la formación de organizaciones especiales de parados independientes de los sindicatos rojos.
Junto con la burguesía, los funcionarios sindicales reformistas intentan desviar la atención del proletariado, impidiéndole comprender la tremenda inminencia del peligro. Unos y otros intentan, por medio de diversas cajas de seguros y otras reformas mezquinas, despertar en los obreros la creencia de que la existencia del proletariado puede asegurarse incluso dentro del marco del sistema capitalista. Frente a esto, los sindicatos revolucionarios subrayan con fuerza que la cuestión del paro, en la sociedad capitalista moderna, no solo no tiene solución, sino que ni siquiera puede aliviarse durante un periodo algo prolongado.
No de acuerdo con los patronos, sino luchando contra ellos; no con medidas capitalistas pacíficas, sino en una guerra de clases abierta; no con la ayuda del Estado burgués, sino con su completa destrucción y la instauración de la dictadura proletaria: así puede resolverse la cuestión del paro.
- El Congreso de los Sindicatos Rojos sostiene que, mientras dure la actual crisis de paro, no podemos limitar las medidas de ayuda a los parados y a los obreros hambrientos a las que son posibles dentro de las condiciones del orden capitalista. Los obreros tienen hambre: exigimos pan para ellos. Les faltan ropa y combustible: exigimos que se les abastezca a ellos y a los obreros de los países arruinados por la guerra con lo que guardan los almacenes repartidos por todo el mundo, repletos de mercancías que no encuentran mercado. No podemos admitir la reducción de los salarios, aunque empiecen a bajar los precios de los artículos de primera necesidad. El obrero al que todavía no han echado del taller y el obrero parado no deben consentir en aceptar la mera limosna que ahora se les ofrece. Sus ingresos no deben rebajarse, y el subsidio de los parados debe ser igual al salario completo.
La guerra ha disminuido las reservas que necesita la humanidad, mientras que las necesidades de la población han crecido. Exigimos que se abran todos los talleres y empresas cerrados y que se vuelva a dar trabajo a los obreros.
La tarea de las fracciones revolucionarias de los sindicatos adheridos a la Internacional de Ámsterdam exige insistentemente toda la energía y la determinación posibles en favor de estas reivindicaciones de los parados. Todos los esfuerzos de los funcionarios sindicales por poner a los parados en la situación de «ciudadanos de segunda» deben rechazarse decididamente. Es sumamente importante que los proletarios que todavía tienen trabajo comprendan claramente que sus intereses y los de los parados son idénticos. El objetivo de las fracciones minoritarias de los sindicatos de Ámsterdam consiste en la defensa tenaz y enérgica de estas reivindicaciones. Allí donde, bajo la presión de las masas, los funcionarios sindicales acepten las reivindicaciones de los parados, es deber de la oposición revolucionaria llamar a las masas a la realización inmediata de esas reivindicaciones, incluso pasando por encima de los dirigentes.
La burguesía quiere fortalecer su posición a costa de la vida de millones de obreros. Opondrá la resistencia más frenética a las justas reivindicaciones de la clase obrera. Esta resistencia solo puede vencerse con los esfuerzos unidos de los obreros de todos los países. Los sindicatos rojos deben organizar mítines y manifestaciones de masas que no solo unan a los obreros, sino que abarquen a los obreros del mundo entero.
A medida que el proletariado vaya venciendo, se enfrentará a nuevos problemas, y ante todo al problema del control de la producción y después al de su dirección. Los obreros deben prepararse para ello. Al mismo tiempo, deben estar dispuestos también a una serie de choques con el poder burgués, a la lucha armada por la instauración de la dictadura proletaria y a la organización de la producción sobre la base de la propiedad socializada.
- El I Congreso Internacional de los Sindicatos Rojos llama a los trabajadores y trabajadoras del mundo entero: «¡Uníos! ¡Preparaos para la lucha decisiva!». El Congreso dice a los parados: «Fuisteis las primeras víctimas de la lucha: sed la vanguardia en el ataque. Pero no olvidéis que solo podéis vencer atacando en filas cerradas con el resto de los obreros, defendiendo los intereses de toda la clase obrera». Los obreros que están en el tajo no deben esperar librarse de la suerte de los parados. La lucha de sus hermanos parados debe ser la lucha de todos los obreros, y los sindicatos rojos deben recurrir a todos los medios para dirigir la lucha de los parados bajo la bandera de los sindicatos, de modo que los destacamentos de combate estén formados tanto por parados como por sus camaradas que todavía tienen trabajo.
Resolución sobre la cuestión de las víctimas de la guerra
La cuestión de las víctimas de la guerra forma parte del problema social de nuestro tiempo, que solo puede resolverse con la revolución social y la dictadura del proletariado.
Si las víctimas de la guerra se niegan a contentarse con la caridad de manos de sus amos capitalistas y quieren librarse de una situación que humilla la dignidad humana, su deber debe ser tomar parte en la lucha del proletariado revolucionario.
Influir en este sentido sobre la mente de millones de víctimas de la guerra y liberarlas de la influencia de las organizaciones reformistas de mutilados, así como de la sección de mutilados de la Oficina Internacional del Trabajo de Ginebra, debe considerarse uno de los objetivos más importantes de la Internacional Sindical Roja.
Por consiguiente, el Congreso resuelve:
Ponerse en comunicación con el Consejo Internacional de los Excombatientes Mutilados que comparta el punto de vista anterior y cuyo objetivo sea la educación de sus miembros en el espíritu de la lucha de clases contra el capitalismo y contra las guerras que el capitalismo provoca.
Organizar secciones que se ocupen de las cuestiones de las víctimas de la guerra en el Secretariado General de la Internacional Sindical Roja, así como en los consejos generales de los sindicatos de los distintos países adheridos a la Internacional Roja.
Los sindicatos adheridos a la Internacional Roja manifiestan su disposición a apoyar a las víctimas de la guerra en su lucha por mejores condiciones dentro del Estado capitalista y a llamar a quienes no estén del todo incapacitados para el trabajo en las fábricas a participar, junto con los demás obreros y en completa solidaridad, en la lucha que se avecina por la revolución social y la dictadura del proletariado.
Resolución sobre el movimiento obrero en los países del Próximo y del Extremo Oriente y en las colonias
En los últimos años se observa un enorme crecimiento del movimiento sindical en los países del Próximo y del Extremo Oriente y en las colonias. El crecimiento de las organizaciones obreras se debe, por una parte, al crecimiento del capitalismo en los países atrasados del mundo y, por otra, a las calamidades que han caído sobre esos países en relación con la catástrofe que hoy sufre la humanidad.
Los países del Próximo y del Extremo Oriente, explotados por el capitalismo mundial, como todas las colonias en general, viven una época en que el movimiento revolucionario está en pleno florecimiento y se desarrolla bajo dos banderas: la de la emancipación nacional del yugo del imperialismo mundial y la de la lucha directa de los obreros contra los explotadores extranjeros y nacionales.
Los sindicatos rojos de todos los países deben prestar especial atención al crecimiento del movimiento obrero revolucionario en los países de Oriente, comprendiendo plenamente que solo el creciente movimiento obrero de esos países será prenda de su emancipación de la opresión del imperialismo mundial.
Los sindicatos rojos deben prestar su ayuda fraternal a los obreros de las colonias explotados por la burguesía de los países a los que están sometidas, esforzarse por establecer relaciones estrechas con ellos y dar apoyo moral y material al movimiento obrero revolucionario.
Hay que tener presente que en esos países, que despiertan a una nueva vida comunista, luchan decenas de millones de obreros, y los sindicatos revolucionarios cometerían un grave error si dejaran pasar inadvertido este hecho en la historia de la humanidad.
El poderío de la burguesía europea y americana ha encontrado hasta ahora su principal apoyo en los países del Próximo y del Extremo Oriente y en las colonias. La organización de las masas explotadas de esos países, la creación de nuevos sindicatos revolucionarios, su unificación, el desarrollo de su consciencia de clase hasta la comprensión de la absoluta necesidad de la revolución social: todo ello no solo será una ayuda inmediata para los obreros explotados, sino también el mejor medio de lucha contra la burguesía imperialista de los países correspondientes.
Por eso el Congreso encarga a todos los sindicatos revolucionarios, y en particular al Consejo de la Internacional Sindical Roja, que sigan con especial atención y cuidado el movimiento que se extiende ahora por los países del Próximo y del Extremo Oriente, que lo apoyen y que hagan todo lo posible por unir en una sola familia fraternal a los obreros organizados de los países capitalistas avanzados y a los de los países del Próximo y del Extremo Oriente y de las colonias.
El Congreso llama a los obreros de Turquía, la India, Corea, China, Egipto y otros países explotados por el capital mundial a entrar en la familia fraternal de los sindicatos rojos para derrocar con sus esfuerzos unidos la dominación mundial de la burguesía y crear sobre sus ruinas una fraternidad industrial de los trabajadores y los oprimidos.
Llamamiento contra el terror blanco
Camaradas: el Congreso constata con la más profunda indignación la opresión, el sojuzgamiento, la tortura y la brutalidad reinantes a que se somete en todos los países capitalistas a los combatientes de vanguardia por la emancipación de los trabajadores.
De distintas partes del mundo nos llegan noticias de que cientos y miles de nuestros camaradas son arrojados a las cárceles, sometidos a brutalidades inauditas, y perecen bajo las balas de los guardias blancos. Nuestros saqueadores internacionales no se contentan con los cadáveres que amontonaron en los campos de todos los países durante la matanza mundial. Siguen condenando todavía hoy a muerte a cientos de miles de nuestros mejores combatientes y dejan que sus familias perezcan. Y todo esto se comete para que las clases gobernantes puedan aumentar sus beneficios, para que los obreros no les estorben en su odiosa obra. La historia del mundo no ha conocido un periodo en que una clase oprimida que lucha por su emancipación haya dado tal cantidad de víctimas. Hasta la venganza de la camarilla de Versalles contra los comuneros de París palidece en comparación con las brutalidades que las clases gobernantes cometen día tras día contra los obreros revolucionarios y sus dirigentes. En Hungría sigue en pleno vigor el régimen brutal de Horthy el Verdugo.43 Se ha propuesto borrar del corazón del país toda huella que pueda recordarle el régimen soviético. Cada día se descubren cuerpos mutilados de nuestros camaradas arrojados a las orillas del Danubio.
En Italia, los fascistas, financiados por los reyes de la industria y los terratenientes y respaldados por el gobierno, atacan las organizaciones obreras, destruyen cientos de círculos obreros y de locales de cooperativas, masacran o matan a obreros sin distinción de afiliación política, practican detenciones en masa y destierran a los dirigentes obreros a los que no han conseguido matar a traición desde una esquina. Muchos de ellos han caído víctimas de estas masacres, y el primero fue Spartaco Lavagnini,44 el ferroviario, asesinado en Florencia en los locales de la Confederación comunista local, en su mesa de secretario; los que lograron escapar de los guardias blancos fueron apresados por la policía y arrojados a la cárcel. Muchos miles de obreros han corrido la misma suerte, sin otro delito que pertenecer a la clase explotada. El viejo luchador anarquista Malatesta,45 de 70 años de edad, está actualmente en la cárcel pese a sus años. En España, los verdugos a sueldo de la reacción disparan contra nuestros hermanos obreros y quedan impunes. Según informaciones recibidas hace poco, los camaradas Arlandis, Evelis, Boal, Antonia Follin, José Domingo y Rodrigues fueron abatidos a tiros en la calle por los guardias blancos inmediatamente después de salir de la cárcel.46 Así ha recibido la infamia de la justicia burguesa su toque final de manos criminales de los verdugos blancos.
Las cárceles de Alemania no dan abasto para los miles de camaradas que envían a ellas las sentencias de los altos tribunales. Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht fueron asesinados a traición. Eugen Leviné fue fusilado.47 Sült fue muerto en una supuesta pelea.48 Max Hoelz fue condenado a cadena perpetua.49 Miles de obreros más han perecido de muerte dolorosa. Y esto ha sucedido en uno de los países más libres, en cuyo gobierno participan socialdemócratas y dirigentes sindicales. ¡Y todo esto en interés del capital, para proteger a la burguesía contra las legítimas reivindicaciones de la clase obrera!
En Francia, tras el intento de desarticular la organización comunista y de aplastar a las organizaciones juveniles deteniendo y procesando a sus dirigentes, se ha preparado un nuevo acto de venganza de clase contra el proletariado por medio de la ley de excepción conocida como las «lois scélérates».50
Quienes recuerden las sangrientas represalias de Thiers el Verdugo contra la Comuna vencida comprenderán claramente lo que el gobierno del renegado Briand51 prepara para el proletariado francés.
Los gobiernos de guardias blancos de los pequeños Estados no se quedan atrás de sus hermanos mayores. Se nos informa desde Letonia de que, desde el otoño de 1919 hasta el momento presente, se han producido solo en la ciudad de Riga siete detenciones en masa de militantes del movimiento sindical, que suman en total unas 150 o 200 personas. La mayoría de ellas fueron desterradas a la Rusia soviética, y algunas fueron abatidas a tiros en la frontera.
En vísperas del Congreso Sindical Internacional que se celebra ahora en Moscú, los socialdemócratas emprendieron una campaña de provocación en la prensa burguesa dando los nombres de los sindicatos que habían decidido adherirse a la Internacional Roja, así como los nombres de sus dirigentes.
El resultado fueron detenciones en masa, la deportación de casi todos los detenidos y los fusilamientos del 9 de junio.
En la frontera rusa, el camarada Kuperman, miembro de la presidencia del Buró Sindical Central de Libau,52 y Matheson, miembro del Buró Central de Riga, fueron fusilados sin juicio. El camarada Miglan, miembro de la junta directiva del Sindicato de los Metalúrgicos de Riga, fue condenado también a ser fusilado, pero logró escapar del lugar de la ejecución en ropa interior y cruzó la frontera.
En Finlandia no menos de 40.000 obreros cayeron víctimas del terror blanco después de la guerra civil; cerca de 80.000 personas fueron llevadas a campos de concentración, donde sufrieron torturas inauditas y se enfrentaron a una muerte segura.
Los sindicatos fueron aplastados, pero aun hoy los verdugos blancos prosiguen sus atrocidades, como si trataran de superar las hazañas del verdugo húngaro Horthy. Los nuevos sindicatos son objeto de persecución. Muchos de sus afiliados y de sus militantes responsables han sido encarcelados por largos periodos. Entre ellos está el camarada Loukhenko, secretario general de la Federación Central de Sindicatos de Finlandia.
En Checoslovaquia, después de la huelga general de diciembre,53 miles de obreros cayeron en manos de los guardias blancos, cientos de ellos fueron condenados a largas penas de trabajos forzados, y también allí la justicia de los tribunales democráticos hace el trabajo sucio en interés de la dictadura burguesa.
¡Obreros y obreras del mundo! Incontables e indescriptibles son los sacrificios que ya ha hecho el proletariado revolucionario. Esos sacrificios se hicieron por vosotros, por vosotros, a quienes amenaza la misma suerte. El odio de los explotadores contra la clase obrera que despierta a una nueva vida no tiene límites. Lo que hoy les sucede a nuestros camaradas que languidecen en las cárceles puede sucederos mañana a vosotros. Su muerte puede llevar mañana a vuestra propia destrucción. Si la banda internacional de los capitalistas logra aplastar y aniquilar a los combatientes avanzados que luchan por vuestros intereses y vuestra emancipación, quedaréis a merced de vuestros verdugos y tendréis que pasar por sufrimientos inauditos sin defensa alguna.
Obreros y camaradas: os llamamos a acudir en auxilio de vuestros hermanos perseguidos, sobre quienes pende la espada amenazadora. ¡Uníos! Vuestros sindicatos actuales son insuficientes. Al frente de vuestras organizaciones hay gentes que apoyan a vuestros enemigos de clase y a vuestros perseguidores. Al frente de vuestros sindicatos que se han adherido a Ámsterdam siguen estando quienes os traicionaron durante la guerra mundial. Los señores Dumoulin, Thomas, Henderson y compañía54 se sientan en Ámsterdam y pretenden representar a 30.000.000 de obreros, pero en realidad han entregado a 30.000.000 de obreros a la destrucción por las bandas blancas, negras y verdes.
¡Cuántas vidas obreras ya perdidas se habrían salvado de no ser por la sumisión silenciosa al terror sangriento por parte de los traidores a la clase obrera que representan los dirigentes amarillos! Todavía no han movido un dedo para resistir a los guardias blancos ni para organizar con ese fin las fuerzas combativas de la clase obrera. Se han vendido a vuestros enemigos de clase. El señor Thomas saquea los siete millones de francos puestos a su disposición por Vanderbilt y la Sociedad de Naciones. Sus amigos emplean todos los medios posibles para combatir a los revolucionarios. ¿Qué les importan vuestros sufrimientos, vuestra miseria, qué les importa que cientos de miles de obreros se queden sin pan, que nuevos cientos y miles de ellos caigan víctimas del terror blanco? Ahora son socios de la firma que se llama Capital Internacional. Ahora son los servidores del vampiro capitalista que traerá nuevas matanzas y nuevas guerras. Son responsables de las persecuciones a que se somete a vuestros hermanos obreros en todos los países.
Trabajadores del mundo: no confiéis en esos dirigentes. Romped las cadenas con que Ámsterdam os ha encadenado. ¡Cerrad filas! Uníos a las filas de los combatientes, vuestros hermanos y hermanas. Abandonad las banderas ensangrentadas de los traidores a los intereses obreros. Abandonad en masa Ámsterdam, que os ha dejado en la estacada en un momento crítico y ha defendido siempre los intereses de vuestros enemigos, los capitalistas. Reforzad las filas de nuestra Internacional Sindical Roja. Ella os traerá alivio del terror y los horrores a que estáis sometidos ahora. Al mismo tiempo, sin perder un momento, organizaos y oponed una resistencia unida a los opresores y asesinos, insolentes mientras quedan impunes pero cobardes ante el primer revés firme.
¡Abajo los verdugos de la clase obrera!
¡Abajo Ámsterdam!
¡Viva la lucha de clases revolucionaria!
¡Viva la Internacional Sindical Roja!
Manifiesto a los trabajadores del Reino Unido
El Congreso de la Internacional Sindical Roja os envía su más cordial saludo. Queremos felicitar especialmente al millón de mineros de Gran Bretaña que, en su tenaz lucha contra los propietarios de las minas y el gobierno, han mostrado una solidaridad tan magnífica durante trece semanas. Los delegados de este Congreso, reunido ahora en Moscú, han seguido las distintas fases de la lucha con el más vivo interés y admiración. Vimos lo cerca que estuvieron los mineros de la victoria final cuando se les prometió formalmente el pleno apoyo de la Triple Alianza, y compartimos vuestro pesar cuando ese apoyo les fue retirado. Nos alegramos de que la perfecta solidaridad y disciplina de los mineros no se debilitara en modo alguno, a pesar de que la Triple Alianza, bajo las amenazas de vuestro gobierno, hubiera negado el apoyo prometido. Esperamos y creemos además que en la próxima tentativa —que inevitablemente habrá de hacerse bajo el sistema capitalista— de aumentar la presión económica, junto con la explotación despiadada de la clase de los amos, veremos un verdadero espíritu de solidaridad fraternal en el terreno industrial. Creemos también que los obreros apuntarán directamente al derrocamiento completo del capitalismo y a tomar en sus propias manos la organización de la industria.
Conocemos la lucha de los carpinteros navales y los ebanistas, que empezó el 1 de diciembre pasado y continúa todavía contra las reducciones de salario que los patronos tratan de imponer. Vemos que, pese a las prolongadas negociaciones sobre las condiciones de trabajo en la industria mecánica, los patronos siguen insistiendo en nuevas reducciones de salario, y que el millón y medio de obreros de la industria mecánica y de la construcción naval se enfrentan ahora a una lucha gigantesca, y esto en un momento en que los recursos financieros de los sindicatos están ya sometidos a una tensión excepcional. Los delegados presentes en el Congreso Internacional de los Sindicatos de Moscú se apresuran a enviar su saludo y a ofrecer su caluroso aliento a los obreros que combaten por la emancipación del trabajo. Nosotros mismos estamos empeñados en luchas semejantes en nuestros respectivos países, porque la lucha de clases es mundial y no puede ser de otro modo, y es deber de todos nosotros conducir esta lucha de clases de manera científica y, en cada lucha parcial que se produzca, procurar llevar a los obreros cada vez con mayor claridad a una comprensión adecuada de su verdadero objetivo y desarrollar la solidaridad de la clase obrera para las luchas futuras.
Insistimos también en la absoluta necesidad de que los obreros se nieguen a identificarse con los planes y las instituciones de la clase gobernante y no tomen parte en ellos. Vemos que en todos los países los gobiernos recurren cada vez más a la violencia y encarcelan sin juicio a quienes se atreven a alzarse con valentía en defensa de la causa obrera. En todos los países por igual, incluso cuando pretenden ser los más democráticos, tanto en los viejos países como en los nuevos, formados a raíz de la guerra y de las revoluciones, en todas partes se recurre constantemente a los mismos métodos: el encarcelamiento de los dirigentes y el fusilamiento de las bases. Esto limita el uso de la huelga y obliga imperiosamente a los obreros a prepararse como clase para un movimiento de clase organizado por la plena realización de la revolución social. Aquí, a la vista de lo que han logrado, nosotros, junto con ellos, enviamos un saludo fraternal internacional a los trabajadores de Gran Bretaña e Irlanda y os aseguramos nuestra profunda preocupación por vuestro bienestar. Dejando a un lado los prejuicios nacionales y raciales, tendemos la mano del buen compañerismo a todos, y en particular a los obreros de la industria mecánica y de la construcción naval, y, al tiempo que llamamos a una oposición organizada a la clase patronal plutocrática, os enviamos nuestros más sinceros deseos de éxito completo.
¡Viva la solidaridad industrial!
¡Viva la revolución social!
Llamamiento al proletariado español
Con honda emoción y gran interés seguimos cada fase de vuestra lucha contra los explotadores y sus protectores, las castas militares y gubernamentales. Con horror indescriptible nos enteramos de los crímenes del terror blanco, del que caen víctimas los mejores de vosotros. Los horrores del poder burgués han llegado a su colmo en estos actos sangrientos. Con tales medios la burguesía intenta decapitar la revolución y reforzar los cimientos del régimen capitalista, que se tambalea bajo el ataque incesante del proletariado organizado. Uno se llena de admiración al contemplar vuestra lucha heroica contra la represión despiadada, que será una de las páginas más ignominiosas de la historia de la burguesía y una de las más gloriosas de la historia del proletariado. Camaradas, los gobernantes de hoy os hacen, en verdad, un gran honor. Porque al encarcelaros, desterraros y asesinaros muestran claramente su miedo al gran peligro con que los amenazan vuestra consciencia de clase y vuestra voluntad de lucha.
Si os asestan duros golpes, es sencillamente porque vuestros golpes los alcanzan con dureza. Y si el peso de la reacción aumenta cada día, eso atestigua el tremendo crecimiento de vuestro avance revolucionario. ¡Firmes, camaradas! Pese a los ignominiosos ultrajes que se cometen contra vosotros, no cedáis ni un palmo de terreno en vuestros esfuerzos por derrocar el poder burgués y a toda la clase burguesa. Recordad a los que han caído en la lucha. Nos son queridos, pero no los lloremos: vengémoslos. Al abrir sus sesiones, el Congreso de los Sindicatos Revolucionarios os envía su saludo fraternal y la expresión de su completa y estrecha unidad con vosotros en estos días de dura prueba, que soportáis con tanto valor. Os enviamos nuestro consejo de prepararos metódicamente, de organizaros sistemáticamente, de fortalecer vuestros destacamentos de combate, para que podáis, con un golpe decisivo, alcanzar la victoria sobre aquellos cuyo yugo implacable y cruel os oprime. Tomad posesión de todos los medios de producción, la tierra, las fábricas; tomad en vuestras propias manos todo el mecanismo de la construcción social, ¡protegiendo victoriosamente las conquistas de la revolución!
¡Viva el proletariado español!
¡Viva la revolución mundial!
Saludo al pueblo ruso
El Congreso constituyente de la Internacional Sindical Roja, en el que han participado varios cientos de delegados que representan a los obreros revolucionarios de cuarenta y dos países, al acercarse al final de sus trabajos, expresa su gran admiración por el pueblo ruso, que lleva cuatro años luchando con valentía, tenacidad y abnegación sin ejemplo por el triunfo de la revolución mundial.
El Congreso protesta contra la continuación del criminal bloqueo, que contribuye a agravar aún más la situación económica, ya bastante crítica a causa de las calamidades naturales que afectan a una parte considerable de la Rusia soviética,55 causando así el hambre y amenazando de muerte a millones de seres humanos.
Los miembros del Congreso se comprometen a luchar contra el imperialismo y el bandidaje de los gobiernos de sus respectivos países. Declaran solemnemente que es su deber ineludible impulsar la educación de clase de las amplias masas proletarias para unirlas en la Internacional Sindical Roja y dirigir sus acciones contra la dictadura de los capitalistas y por la dictadura del proletariado en todo el mundo.
Al enviar su caluroso saludo al pueblo ruso, a su admirable Ejército Rojo, a sus campesinos y obreros revolucionarios y a los dirigentes que han asumido la dura tarea de defender y organizar la revolución, el Congreso constituyente de la Internacional Sindical Roja, hablando en nombre del proletariado internacional, es consciente de sus fines revolucionarios y declara que esos fines se alcanzarán con sus propios esfuerzos, en cooperación con la III Internacional.
¡Viva la unidad de las fuerzas revolucionarias en la Internacional Sindical Roja!
¡Viva la revolución proletaria mundial!
La Federación Sindical Internacional, reconstituida en Ámsterdam en julio de 1919, de orientación reformista y vinculada a la II Internacional. ↩
La huelga (cierre patronal) de los mineros británicos de abril a junio de 1921, que terminó en derrota después de que los sindicatos ferroviario y del transporte de la Triple Alianza retiraran su apoyo el 15 de abril («viernes negro»). ↩
Samuel Gompers (1850-1924), presidente de la Federación Americana del Trabajo (AFL); Léon Jouhaux (1879-1954), secretario general de la CGT francesa; Arthur Henderson (1863-1935), dirigente del Partido Laborista británico. ↩
El banquero estadounidense J. P. Morgan, el industrial alemán Hugo Stinnes y la empresa siderúrgica y de armamento francesa Schneider, de Le Creusot. ↩
Alfred Rosmer (1877-1964), sindicalista revolucionario francés, miembro del Consejo Internacional Provisional de los Sindicatos Rojos. ↩
La Oficina Internacional del Trabajo, creada en 1919 por el Tratado de Versalles junto a la Sociedad de Naciones. ↩
Tom Mann (1856-1941), dirigente sindical británico, después fundador del Partido Comunista de Gran Bretaña. ↩
La Confederazione Generale del Lavoro (CGL), la principal central sindical italiana, dirigida por socialistas reformistas. ↩
El congreso extraordinario de la Federación Sindical Internacional celebrado en Londres en noviembre de 1920. ↩
El congreso de la CGL celebrado en Livorno a finales de febrero y comienzos de marzo de 1921. ↩
Nombre alemán de Tallin, capital de Estonia. ↩
Solomón Lozovski (1878-1952), bolchevique, dirigente de los sindicatos soviéticos y secretario general de la Internacional Sindical Roja desde su fundación. ↩
El impreso repite aquí por error una línea («revolutionary pressure of the masses upon capital and»), y parece faltar en su lugar el renglón original, probablemente con otras ideas del sindicalismo revolucionario (la acción directa, etc.). Traducimos la frase una sola vez y señalamos la laguna con [...]. ↩
Fórmula de Lenin en el folleto Una vez más acerca de los sindicatos (enero de 1921): «la política es la expresión concentrada de la economía». ↩
La Carta de Amiens, resolución del congreso de la CGT celebrado en Amiens en 1906, que proclamaba la independencia del sindicalismo respecto a los partidos políticos. ↩
Los Comités Sindicalistas Revolucionarios (CSR), organizados en 1919-1920 por la minoría revolucionaria de la CGT; la escisión de esta dio lugar a la CGTU (Confederación General del Trabajo Unitaria) a finales de 1921. ↩
El acuerdo de noviembre de 1918 entre los sindicatos (Legien) y la patronal (Stinnes), que creó la Zentralarbeitsgemeinschaft, comunidad de trabajo paritaria de patronos y obreros. ↩
Organizaciones sindicales radicales alemanas de la época: la Freie Arbeiter-Union de Gelsenkirchen, la Allgemeine Arbeiter-Union (AAU), ligada al KAPD, y la Freie Arbeiter-Union Deutschlands (FAUD), anarcosindicalista. ↩
Movimiento de los delegados de taller (shop stewards) y de los comités obreros, nacido en la industria mecánica británica durante la guerra, sobre todo en el Clyde y en Sheffield. ↩
American Federation of Labor (AFL), federación de sindicatos de oficio de Estados Unidos, presidida por Samuel Gompers. ↩
Industrial Workers of the World (IWW), organización sindicalista revolucionaria fundada en Chicago en 1905. ↩
La Unione Sindacale Italiana (USI), central sindicalista revolucionaria fundada en 1912. ↩
Carl Legien (1861-1920), presidente de la Comisión General de los sindicatos alemanes y del Secretariado Sindical Internacional antes de la guerra. ↩
La conferencia sindical interaliada celebrada en Leeds en julio de 1916. ↩
La conferencia sindical internacional celebrada en Berna en febrero de 1919, paralela a la conferencia socialista de la misma ciudad, y el congreso de Ámsterdam de julio-agosto de 1919, que reconstituyó la Federación Sindical Internacional. ↩
El Consejo Internacional Provisional de los Sindicatos Rojos (Mezhsovprof), constituido en Moscú en julio de 1920, durante el II Congreso de la Internacional Comunista. ↩
La Technische Nothilfe, organización paramilitar de voluntarios creada en Alemania en 1919 para mantener los servicios esenciales durante las huelgas, es decir, para romperlas. ↩
El X Congreso de los sindicatos alemanes (Núremberg, junio-julio de 1919), que fundó la Confederación General de Sindicatos Alemanes (ADGB) y ratificó la «comunidad de trabajo» con la patronal pactada en noviembre de 1918. ↩
La ocupación de las fábricas de septiembre de 1920 en Italia, que terminó con un acuerdo entre el gobierno de Giolitti y la dirección de la Confederación General del Trabajo que prometía una ley de control sindical sobre las empresas, que nunca llegó a aprobarse. ↩
Así en el impreso: la numeración salta del punto 3 al 5. ↩
La Allgemeine Arbeiter-Union Deutschlands (AAUD), fundada en 1920, unión de organizaciones de empresa vinculada al Partido Comunista Obrero de Alemania (KAPD). ↩
En Alemania, la ley de consejos de empresa (Betriebsrätegesetz) de febrero de 1920; en Austria, la ley de mayo de 1919. Ambas daban a esos consejos un estatuto legal con atribuciones limitadas. ↩
Los ferroviarios italianos estaban organizados en su propio sindicato, el Sindacato Ferrovieri Italiani, que no pertenecía a la CGL. ↩
«Un gran sindicato único», consigna de la IWW; con ese nombre se fundó en Canadá, en 1919, una central sindical industrialista. ↩
Alphonse Merrheim (1871-1925), secretario de la Federación de los Metales de la CGT y, con Jouhaux, cabeza de su mayoría reformista. ↩
Central sindical socialista fundada en 1888. ↩
Central anarcosindicalista fundada en 1910; en su congreso de diciembre de 1919 se adhirió provisionalmente a la Internacional Comunista. ↩
La revolución alemana de noviembre de 1918. ↩
Polska Partia Socjalistyczna, fundado en 1892. ↩
Así en el impreso: el párrafo anuncia dos condiciones, pero la frase que sigue no las enumera; las condiciones se exponen en los puntos siguientes. ↩
La Acción de Marzo de 1921, insurrección de los comunistas en Alemania central, aplastada en pocos días. ↩
Probablemente Hertha Sturm, comunista alemana dedicada al trabajo entre las obreras y colaboradora del Secretariado Femenino Internacional de la IC. ↩
El almirante Miklós Horthy (1868-1957), regente de Hungría desde 1920 tras el aplastamiento de la República Soviética Húngara de 1919 y el terror blanco que lo siguió. ↩
Spartaco Lavagnini (1889-1921), ferroviario y comunista, asesinado por los fascistas en Florencia el 27 de febrero de 1921. El impreso escribe «Spartac Lavanini». ↩
Errico Malatesta (1853-1932), el principal dirigente anarquista italiano, encarcelado en octubre de 1920 y absuelto en julio de 1921. ↩
Los nombres van como los da el impreso. Se trata de los asesinatos de militantes de la CNT en la Barcelona de Martínez Anido, en particular el de su secretario general Evelio Boal y el de Antonio Feliu, abatidos en junio de 1921 al salir de la cárcel por aplicación de la «ley de fugas»; «Evelis, Boal» y «Antonia Follin» parecen deformaciones de esos nombres. Hilario Arlandis no fue asesinado: asistía a este mismo congreso como delegado de la CNT. ↩
Eugen Leviné (1883-1919), dirigente comunista de la República Soviética de Baviera, fusilado en Múnich en junio de 1919. ↩
Wilhelm Sült, dirigente de los obreros de las centrales eléctricas de Berlín, muerto a tiros en la jefatura de policía de Berlín en marzo de 1921. El impreso escribe «Silt». ↩
Max Hoelz (1889-1933), comunista alemán, jefe de las guerrillas obreras del Vogtland y de la Alemania central, condenado a cadena perpetua en junio de 1921 tras la Acción de Marzo. El impreso escribe «Helz». ↩
Nombre que se dio a las leyes francesas de 1893-1894 contra los anarquistas, invocadas de nuevo contra los comunistas. ↩
Aristide Briand (1862-1932), antiguo socialista, presidente del Consejo de ministros de Francia en 1921. ↩
Nombre alemán de Liepāja, puerto de Letonia. ↩
La huelga general de diciembre de 1920 en Checoslovaquia, dirigida por la izquierda socialdemócrata, que fue reprimida por el gobierno. ↩
Georges Dumoulin (1877-1963), secretario de la CGT francesa; Albert Thomas (1878-1932), socialista francés, ministro de Armamento durante la guerra y director de la Oficina Internacional del Trabajo desde 1919. ↩
La sequía y la gran hambruna de 1921-1922 en la región del Volga. ↩