Escrito por Friedrich Engels en Berlín en mayo de 1842. Publicado sin firma en la Rheinische Zeitung, n.º 161, del 10 de junio de 1842. El título es de los editores de 1930. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Historisch-kritische Gesamtausgabe, sección I, tomo 2 (Berlín, 1930, pp. 303-305), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

*×* Desde la Hasenheide,1 mayo. Lo que, según el ilustrado juicio de la Literarische Zeitung,2 no consiguió la filosofía hegeliana, a saber, levantar un sistema de las ciencias naturales basado en sus principios, lo emprende ahora desde su propio punto de vista y con un éxito grandioso la Evangelische Kirchenzeitung.3 Un artículo firmado H. L. (Leo)4 en sus últimos números desarrolla, con ocasión de un escrito del profesor Leupoldt de Erlangen,5 el programa de una revolución total en la medicina, cuyas consecuencias son hasta ahora imprevisibles. Como siempre, Leo empieza también aquí, aunque sin nombrarlos, por los hegelianillos; habla de la corriente panteísta y pagana que se ha adueñado de la investigación natural moderna, del «manoseo filosófico de la naturaleza y de la sutil sistematitis»6, fustiga la concepción anatomista que cura al enfermo individual y no, de una vez, a generaciones y pueblos enteros, y llega finalmente al resultado de «que la enfermedad es la paga del pecado; que, en el aspecto físico, las generaciones que están unidas responden solidariamente de su pecado, e incluso en el aspecto espiritual, si la fe concedida por la gracia de Dios no rompe la cadena de los castigos. Del mismo modo que el individuo, en el aspecto físico, no queda libre por su conversión del castigo del pecado cometido —por ejemplo, si a consecuencia de excesos pecaminosos ha perdido la nariz, no la recupera por la conversión—, del mismo modo, en el aspecto puramente natural, todavía hoy a los nietos se les destemplan los dientes por las uvas agrias que comieron los abuelos,7 y donde no interviene una fe firme, ni siquiera cesa la serie de los castigos espirituales. Cuántas veces un hombre que vivió en la opulencia y en el pecado y que en apariencia acabó felizmente habrá dejado al hijo, al nieto, el germen de la enfermedad más destructora de los nervios, que siguió haciendo estragos en ellos hasta que el bisnieto, en el estado más deprimido de sus dolencias abdominales, sin que todavía ninguna palabra de la gracia hubiera hallado en él tierra fértil, echó mano de la navaja de afeitar en su desesperación y ejecutó en su propia garganta el castigo que había merecido el causante de sus sufrimientos, su bisabuelo». Sin estas ideas, la historia universal aparecería como la injusticia más clamorosa. Y luego Leo añade: «El pecador desnarigado que se ha vuelto creyente no puede ver en su mutilación más que un monumento de la justicia divina, y lo que para el incrédulo era un castigo se convierte para el creyente en un nuevo fundamento de su fe». Con los pueblos ocurre lo mismo. «Las enfermedades y los desarreglos de la época, tanto espirituales como corporales, son todavía hoy, desde cierto punto de vista, tribunales de castigo divinos, igual que en los días del profeta.»

Estos son los principios filosóficos — — quería decir religiosos, sobre los que Leo, que sería digno de fraternizar con un Ringseis,8 funda su nueva práctica médica. ¿De qué sirve todo ese mezquino andar curando al hombre individual, e incluso al miembro más individual? ¡Hay que curar de una vez por familias, por pueblos! Si el abuelo tiene fiebre, ¡la familia entera, hijos, hijas, nietos con mujer e hijos, tiene que tragar quina! Si el rey tiene una pulmonía, que cada provincia envíe unos cuantos diputados a los que se sangre, ¡si no se prefiere sangrar de una vez a todos esos tantos millones, por precaución, una onza de sangre por cabeza! ¡Y qué resultados pueden sacarse de aquí para la policía sanitaria! No se admitirá al matrimonio a nadie que no traiga un certificado del médico de que tanto él como sus antepasados hasta el bisabuelo han sido de buena constitución, y un certificado del párroco de que él, como sus antepasados hasta el bisabuelo, se han aplicado siempre a una conducta cristiana, piadosa y virtuosa, para que, como dice Leo, «no se castiguen los pecados de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación».9 Por eso también el médico tiene «una posición de la más terrible responsabilidad y de la más espantosa relevancia, pues puede ser tanto un mensajero de Dios ante el individuo, que lo exime en el grado posible de la participación en el sufrimiento por el pecado, como un siervo del diablo, que con su fuerza trata de oponerse al castigo de Dios y de dejarlo sin efecto». ¡Otra vez resultados para el Estado! Hay que suprimir el curso de filosofía prescrito para los médicos e introducir en su lugar uno de teología; el examinando de medicina tiene que presentar un certificado de su fe, y la práctica de los médicos judíos, si es que no se la quiere suprimir del todo, ha de limitarse al menos a sus correligionarios. Leo prosigue: «El enfermo, como el delincuente, es sacer;10 la santa mano de Dios pesa sobre él: ¡quien pueda curar, que cure! Pero que no tema el acero candente ni el hierro cortante ni el hambre feroz allí donde solo ellos pueden ayudar. La ayuda débil hace daño en la medicina como en la comunidad civil». ¡Venga, a cortar y a cauterizar con brío! Donde hasta ahora se aplicaba la lamentable trepanación, ayudaremos ahora cortando sin más la cabeza; donde se manifieste un defecto en el corazón —que suele ser el castigo por pecados de amor que cometió la madre del enfermo— y la sangre se agolpe demasiado en el corazón, le abriremos una salida con una cuchillada en el corazón; al que sufra de cáncer de estómago le extirparemos el estómago entero: el viejo doctor Eisenbart,11 del que canta el pueblo, no era en verdad tan malo; lo que pasa es que su época no lo comprendió. Lo mismo ocurre, deduce Leo, con los delincuentes: no solo ellos son punibles, sino que el pueblo responde con ellos, y los castigos que aplica nuestra época blandengue no son bastante fuertes; hay que decapitar y martirizar más, o se tendrán más delincuentes que sitio en las casas de corrección. ¡Muy bien! Donde uno mata, hay que exterminar a toda su familia, y cada habitante de su ciudad natal ha de recibir al menos veinticinco palos por su complicidad en ese asesinato; donde un hermano se entrega al amor ilegítimo, hay que c— a todos sus hermanos.12 Y el endurecimiento de las penas solo puede ser útil. Desde el momento en que cortar la cabeza, como hemos visto antes, ya no es un castigo, sino solo una amputación médica para salvar el cuerpo, hay que borrar esa forma de muerte de los códigos penales y poner en su lugar la rueda, el descuartizamiento, el empalamiento, la hoguera, el desgarramiento con tenazas al rojo, etc.

De este modo Leo ha opuesto a la medicina y a la jurisprudencia que se habían vuelto paganas una medicina y una jurisprudencia cristianas, que sin duda se impondrán pronto en todas partes. Es sabido cómo introdujo el cristianismo en la historia según los mismos principios y cómo, por ejemplo, hace responsables a los hegelianillos, a los que tiene por hijos de los hombres de la Revolución francesa, de la sangre derramada en París, en Lyon y en Nantes y de las hazañas del propio Napoleón, y solo lo menciono aquí para mostrar la satisfactoria universalidad de este hombre infatigable. Según se dice, pronto podremos esperar de él una gramática alemana según principios cristianos.

  1. Parque al sur de Berlín, entonces paseo popular, donde Jahn había abierto en 1811 el primer campo de gimnasia. ↩

  2. La Literarische Zeitung, revista literaria conservadora de Berlín. ↩

  3. Órgano de la ortodoxia protestante prusiana, dirigido por Ernst Wilhelm Hengstenberg. ↩

  4. Heinrich Leo (1799-1878), historiador de Halle, de la ortodoxia pietista, enemigo declarado de los jóvenes hegelianos, a los que llamó «hegelianillos» (Hegelingen) en un folleto de 1838. ↩

  5. Johann Michael Leupoldt (1794-1874), médico y psiquiatra, profesor en Erlangen. ↩

  6. En el original, Systemströstelung, palabra de lectura dudosa; traducimos por el sentido. ↩

  7. «Los padres comieron las uvas agrias y a los hijos se les destemplan los dientes» (Jeremías 31, 29; Ezequiel 18, 2). ↩

  8. Johann Nepomuk von Ringseis (1785-1880), médico de Múnich, del círculo católico romántico, que concebía la medicina como disciplina cristiana y la enfermedad como consecuencia del pecado. ↩

  9. Éxodo 20, 5. ↩

  10. En latín, «consagrado» y a la vez «maldito», entregado a los dioses. ↩

  11. Johann Andreas Eisenbarth (1663-1727), cirujano ambulante, convertido por una canción estudiantil en el prototipo del curandero brutal. ↩

  12. «Castrar»; la palabra va abreviada en el original. ↩