Pronunciado en francés por Karl Marx en la sesión pública de la Asociación Democrática de Bruselas del 9 de enero de 1848. Publicado en Bruselas en 1848 en un folleto costeado por la Asociación, Discours sur la question du libre échange. La transcripción de la que partimos fecha el discurso el 7 de enero, pero la fecha correcta es el 9, como establecen las Marx-Engels-Werke; las ediciones alemanas de 1885 y 1892 lo fecharon por error en 1849. Traducido del texto del folleto, según la transcripción de marxists.org establecida con Les Classiques des sciences sociales (Universidad de Quebec en Chicoutimi), cotejada con la versión alemana de Marx-Engels-Werke, tomo 4, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en francés.

Señores:

La abolición de las leyes cerealistas1 en Inglaterra es el mayor triunfo que ha conseguido el librecambio en el siglo XIX. En todos los países donde los fabricantes hablan de librecambio, piensan sobre todo en el libre comercio de los granos y de las materias primas en general. Gravar con derechos protectores los granos extranjeros es infame, es especular con el hambre de los pueblos.

Pan barato, salarios más altos, cheap food, high wages: ese es el único fin por el que los free-traders2 han gastado millones en Inglaterra, y su entusiasmo ya se ha contagiado a sus hermanos del continente. En general, si se quiere el librecambio, es para aliviar la condición de la clase trabajadora.

Pero, ¡cosa asombrosa!, el pueblo, al que se quiere procurar a toda costa pan barato, es muy ingrato. El pan barato tiene en Inglaterra tan mala fama como el gobierno barato en Francia. El pueblo ve en los hombres abnegados, en un Bowring, un Bright y compañía,3 a sus peores enemigos y a los hipócritas más desvergonzados.

Todo el mundo sabe que en Inglaterra la lucha entre los liberales y los demócratas se llama lucha entre los free-traders y los cartistas.4

Veamos ahora cómo demostraron al pueblo los free-traders ingleses los buenos sentimientos que los movían.

Esto es lo que decían a los obreros de las fábricas:

El derecho que se cobra sobre los cereales es un impuesto sobre el salario; ese impuesto se lo pagáis a los señores de la tierra, a esos aristócratas de la Edad Media; si vuestra situación es miserable, es por la carestía de los víveres de primera necesidad.

Los obreros, a su vez, preguntaban a los fabricantes:

¿Cómo es que, en los últimos treinta años, en los que nuestra industria ha alcanzado su mayor desarrollo, nuestro salario ha bajado en una proporción mucho más rápida de lo que ha subido el precio de los granos?

El impuesto que pagamos a los propietarios de la tierra, como vosotros decís, supone para el obrero unos tres peniques (seis sous) por semana. Y sin embargo el salario del tejedor a mano ha bajado de 28 chelines por semana a 5 chelines (de 35 francos a 7,25 francos) entre 1815 y 1843; y el salario del tejedor en el taller mecánico se ha reducido de 20 chelines por semana a 8 chelines (de 25 a 10 francos) entre 1823 y 1843.

Y durante todo ese tiempo la parte del impuesto que hemos pagado nunca ha pasado de tres peniques. ¡Y además! En 1834, cuando el pan estaba muy barato y el comercio iba muy bien, ¿qué nos decíais? ¡Si sois desgraciados es porque hacéis demasiados hijos, y vuestro matrimonio es más fecundo que vuestra industria!

Esas son las palabras exactas que nos decíais entonces; y os fuisteis a hacer las nuevas leyes de pobres y a construir las work-houses, esas bastillas de los proletarios.5

A lo que replicaban los fabricantes:

Tenéis razón, señores obreros: no es solo el precio del trigo, sino también la competencia entre los brazos que se ofrecen, lo que determina el salario.

Pero pensad bien en una cosa: nuestro suelo no se compone más que de rocas y bancos de arena. ¿Os figuráis por casualidad que se puede cultivar trigo en macetas? Así pues, si en lugar de derrochar nuestro capital y nuestro trabajo en un suelo completamente estéril abandonáramos la agricultura para dedicarnos exclusivamente a la industria, toda Europa abandonaría las manufacturas, e Inglaterra formaría una sola gran ciudad manufacturera que tendría por campo el resto de Europa.

Mientras habla así a sus propios obreros, el fabricante es interpelado por el pequeño comerciante, que le dice:

Pero si abolimos las leyes cerealistas, arruinaremos, es verdad, nuestra agricultura, pero no por eso obligaremos a los demás países a abastecerse en nuestras fábricas y a abandonar las suyas.

¿Qué resultará de ello? Perderé la clientela que tengo ahora en el campo, y el comercio interior perderá sus mercados.

El fabricante, dando la espalda al obrero, responde al tendero:

En cuanto a eso, dejadnos hacer. Una vez abolido el impuesto sobre el trigo, tendremos del extranjero trigo más barato. Entonces bajaremos el salario, que subirá al mismo tiempo en los demás países de los que sacamos los granos.

Así, además de las ventajas que ya tenemos, tendremos también la de un salario menor, y con todas estas ventajas obligaremos al continente a abastecerse en nuestra casa.

Pero he aquí que el arrendatario y el obrero del campo se meten en la discusión.

¿Y nosotros, entonces? ¿Qué será de nosotros?, dicen.

¿Vamos a dictar una sentencia de muerte contra la agricultura que nos da de vivir? ¿Tendríamos que consentir que nos quitaran la tierra de debajo de los pies?

Por toda respuesta, la Anti-corn-law league6 se contentó con ofrecer premios a los tres mejores escritos que trataran de la influencia saludable de la abolición de las leyes cerealistas sobre la agricultura inglesa.

Estos premios los ganaron los señores Hope, Morse y Greg,7 cuyos libros se difundieron por el campo en miles de ejemplares.

Uno de los premiados se esfuerza en demostrar que con la libre importación del grano extranjero no perderán ni el arrendatario ni el jornalero agrícola, sino solo el propietario de la tierra.

El arrendatario inglés, exclama, no tiene por qué temer la abolición de las leyes cerealistas, porque ningún país podría producir trigo de tan buena calidad y tan barato como Inglaterra. Así que, aunque bajara el precio del trigo, eso no podría perjudicaros, porque esa baja recaería únicamente sobre la renta, que habría disminuido, y en absoluto sobre la ganancia industrial ni sobre el salario, que seguirían siendo los mismos.

El segundo premiado, el señor Morse, sostiene, por el contrario, que el precio del trigo subirá a consecuencia de la abolición de las leyes cerealistas. Se toma un trabajo infinito para demostrar que los derechos protectores nunca han podido asegurar al trigo un precio remunerador.

En apoyo de su afirmación, cita el hecho de que, cada vez que se importaba trigo extranjero, el precio del trigo subía considerablemente en Inglaterra, y cuando se importaba poco, bajaba muchísimo. El premiado olvida que la importación no era la causa del precio elevado, sino que el precio elevado era la causa de la importación.

Y, en el polo opuesto a su compañero de premio, afirma que toda subida del precio de los granos redunda en beneficio del arrendatario y del obrero, y no en beneficio del propietario.

El tercer premiado, el señor Greg, que es un gran fabricante y cuyo libro se dirige a la clase de los grandes arrendatarios, no podía quedarse en semejantes simplezas. Su lenguaje es más científico.

Reconoce que las leyes cerealistas solo hacen subir la renta haciendo subir el precio del trigo, y que solo hacen subir el precio del trigo imponiendo al capital la necesidad de aplicarse a tierras de calidad inferior, y esto se explica con toda naturalidad.

A medida que la población crece, como el grano extranjero no puede entrar en el país, no hay más remedio que poner en explotación tierras menos fértiles, cuyo cultivo exige más gastos y cuyo producto es, por consiguiente, más caro.

Como el grano es de venta forzosa, su precio se regirá necesariamente por el precio de los productos de las tierras más costosas. La diferencia que hay entre este precio y los costes de producción de las mejores tierras constituye la renta.

Así pues, si a consecuencia de la abolición de las leyes cerealistas bajan el precio del trigo y, por consiguiente, la renta, es porque las tierras ingratas dejarán de cultivarse. Por tanto, la reducción de la renta acarreará infaliblemente la ruina de una parte de los arrendatarios.

Estas observaciones eran necesarias para hacer comprensible el lenguaje del señor Greg.

Los pequeños arrendatarios, dice, que no puedan sostenerse en la agricultura encontrarán un recurso en la industria. En cuanto a los grandes arrendatarios, tienen que salir ganando. O bien los propietarios se verán obligados a venderles sus tierras muy baratas, o bien los contratos de arrendamiento que hagan con ellos serán a plazos muy largos. Esto les permitirá invertir grandes capitales en la tierra, aplicar en ella las máquinas a mayor escala y ahorrar así trabajo manual, que, por lo demás, será más barato por la baja general de los salarios, consecuencia inmediata de las leyes cerealistas.8

El doctor Bowring dio a todos estos argumentos una consagración religiosa al exclamar en un mitin público:

¡Jesucristo es el free-trade; el free-trade es Jesucristo!

Se comprende que toda esta hipocresía no era la más indicada para hacer que a los obreros les supiera bien el pan barato.

¿Cómo, por otra parte, iban a entender los obreros la súbita filantropía de los fabricantes, de esas gentes que todavía estaban ocupadas en combatir el bill de las diez horas,9 con el que se quería reducir la jornada del obrero de fábrica de doce horas a diez?

Para que os hagáis una idea de la filantropía de esos fabricantes, os recordaré, señores, los reglamentos establecidos en todas las fábricas.

Cada fabricante tiene para su uso particular un verdadero código en el que hay multas fijadas para todas las faltas, voluntarias o involuntarias. Por ejemplo, el obrero pagará tanto si tiene la desgracia de sentarse en una silla, si cuchichea, si habla, si se ríe, si llega unos minutos tarde, si se rompe una pieza de la máquina, si no entrega los artículos con la calidad requerida, etc., etc. Las multas son siempre mayores que el daño realmente causado por el obrero. Y para darle al obrero toda clase de facilidades para incurrir en sanciones, se adelanta el reloj de la fábrica y se le suministran materias primas malas para que saque de ellas piezas buenas. Se despide al capataz que no sea lo bastante hábil para multiplicar los casos de infracción.

Ya lo veis, señores: esta legislación doméstica está hecha para engendrar infracciones, y se hace que se cometan infracciones para hacer dinero. Así, el fabricante emplea todos los medios para reducir el salario nominal y para sacar provecho hasta de los accidentes que no dependen del obrero.

Estos fabricantes son los mismos filántropos que han querido hacer creer a los obreros que eran capaces de hacer gastos enormes únicamente para mejorar su suerte.

Así, por un lado, recortan el salario del obrero de la manera más mezquina con los reglamentos de fábrica y, por otro, se imponen los mayores sacrificios para hacerlo subir por medio de la Anti-corn-law league.

Construyen con grandes gastos palacios donde la league establecía, por así decir, su residencia oficial; hacen marchar un ejército de misioneros hacia todos los rincones de Inglaterra para que prediquen la religión del librecambio; hacen imprimir y distribuir gratis miles de folletos para ilustrar al obrero sobre sus propios intereses; gastan sumas enormes para ganarse a la prensa para su causa; organizan una vasta administración para dirigir los movimientos librecambistas, y despliegan todas las riquezas de su elocuencia en los mítines públicos. Fue en uno de esos mítines donde un obrero exclamó:

Si los propietarios de la tierra vendieran nuestros huesos, vosotros, los fabricantes, seríais los primeros en comprarlos para echarlos a un molino de vapor y hacer harina con ellos.

Los obreros ingleses han comprendido muy bien el significado de la lucha entre los propietarios de la tierra y los capitalistas industriales. Saben muy bien que se quería rebajar el precio del pan para rebajar el salario, y que la ganancia industrial aumentaría en lo que hubiera disminuido la renta.

Ricardo,10 el apóstol de los free-traders ingleses, el economista más eminente de nuestro siglo, está en este punto perfectamente de acuerdo con los obreros.

Dice en su célebre obra sobre la economía política:

Si, en lugar de cosechar trigo en nuestro país, descubrimos un nuevo mercado donde podamos procurarnos esos objetos más baratos, en ese caso los salarios deben bajar y las ganancias aumentar. La baja del precio de los productos de la agricultura reduce los salarios no solo de los obreros empleados en el cultivo de la tierra, sino también de todos los que trabajan en las manufacturas o están empleados en el comercio.

Y no creáis, señores, que al obrero le dé absolutamente igual cobrar solo 4 francos porque el trigo está más barato cuando antes cobraba 5.

¿No ha bajado siempre su salario en relación con la ganancia? ¿Y no está claro que su posición social ha empeorado frente al capitalista? Además, pierde también en los hechos.

Mientras el precio del trigo era más alto, y el salario también, un pequeño ahorro en el consumo de pan le bastaba para procurarse otros disfrutes; pero en cuanto el pan, y en consecuencia el salario, están muy baratos, ya no podrá ahorrar casi nada en pan para comprar otras cosas.

Los obreros ingleses han hecho sentir a los free-traders que no se dejan engañar por sus ilusiones ni por sus mentiras, y si, a pesar de ello, se han aliado con ellos contra los propietarios de la tierra, ha sido para destruir los últimos restos del feudalismo y no tener que vérselas más que con un solo enemigo. Los obreros no se equivocaron en sus cálculos, pues los propietarios de la tierra, para vengarse de los fabricantes, hicieron causa común con los obreros para que se aprobara el bill de las diez horas, que estos habían reclamado en vano durante treinta años y que se aprobó inmediatamente después de la abolición de los derechos sobre los cereales.

Si en el congreso de los economistas11 el doctor Bowring sacó del bolsillo una larga lista para mostrar todas las piezas de buey, de jamón, de tocino, de pollos, etc., etc., que se habían importado en Inglaterra para que las consumieran, como él dice, los obreros, olvidó por desgracia deciros que en ese mismo momento los obreros de Mánchester y de las demás ciudades manufactureras se veían arrojados a la calle por la crisis que empezaba.12

Por principio, en economía política nunca hay que agrupar las cifras de un solo año para sacar de ellas leyes generales. Hay que tomar siempre el término medio de seis o siete años, el lapso durante el cual la industria moderna pasa por las distintas fases de prosperidad, superproducción, estancamiento y crisis y cumple su ciclo fatal.

Sin duda, si el precio de todas las mercancías baja, y esa es la consecuencia necesaria del librecambio, podré procurarme con un franco muchas más cosas que antes. Y el franco del obrero vale tanto como cualquier otro. Por tanto, el librecambio será muy ventajoso para el obrero. Solo hay en ello un pequeño inconveniente: que el obrero, antes de cambiar su franco por otras mercancías, ha hecho primero el cambio de su trabajo por el capital. Si en ese cambio recibiera siempre por el mismo trabajo el franco en cuestión, y el precio de todas las demás mercancías bajara, siempre saldría ganando con el trato. Lo difícil no es demostrar que, si baja el precio de todas las mercancías, tendré más mercancías por el mismo dinero.

Los economistas toman siempre el precio del trabajo en el momento en que se cambia por otras mercancías. Pero dejan completamente de lado el momento en que el trabajo realiza su cambio por el capital.

Cuando haga falta menos gasto para poner en movimiento la máquina que produce las mercancías, las cosas necesarias para mantener esa máquina que se llama trabajador costarán también menos. Si todas las mercancías están más baratas, el trabajo, que también es una mercancía, bajará igualmente de precio, y, como veremos más adelante, este trabajo mercancía bajará proporcionalmente mucho más que las demás mercancías. El trabajador, que sigue fiándose de la argumentación de los economistas, se encontrará con que el franco se le ha derretido en el bolsillo y no le quedan más que cinco sous.

A esto los economistas os dirán: pues bien, admitimos que la competencia entre los obreros, que desde luego no habrá disminuido bajo el régimen del librecambio, no tardará en poner los salarios de acuerdo con el bajo precio de las mercancías. Pero, por otra parte, el bajo precio de las mercancías aumentará el consumo; el mayor consumo exigirá una mayor producción, a la que seguirá una demanda más fuerte de brazos, y a esta demanda más fuerte de brazos sucederá una subida de los salarios.

Toda esta argumentación se reduce a esto: el librecambio aumenta las fuerzas productivas. Si la industria va en aumento, si la riqueza, si el poder productivo, si, en una palabra, el capital productivo aumenta la demanda de trabajo, el precio del trabajo, y por consiguiente el salario, aumenta también. La mejor condición para el obrero es el crecimiento del capital. Y hay que reconocerlo. Si el capital permanece estacionario, la industria no solo permanecerá estacionaria, sino que declinará, y en ese caso el obrero será su primera víctima. Perecerá antes que el capitalista. ¿Y en el caso de que el capital vaya en aumento, en ese estado de cosas que hemos dicho que es el mejor para el obrero, cuál será su suerte? Perecerá igualmente. El crecimiento del capital productivo implica la acumulación y la concentración de los capitales. La centralización de los capitales trae consigo una mayor división del trabajo y una mayor aplicación de las máquinas. La mayor división del trabajo destruye la especialidad del trabajo, destruye la especialidad del trabajador y, al poner en el lugar de esa especialidad un trabajo que todo el mundo puede hacer, aumenta la competencia entre los obreros.

Esta competencia se vuelve tanto más fuerte cuanto que la división del trabajo da al obrero el medio de hacer él solo el trabajo de tres.

Las máquinas producen el mismo resultado a una escala mucho mayor. El crecimiento del capital productivo, al obligar a los capitalistas industriales a trabajar con medios cada vez mayores, arruina a los pequeños industriales y los arroja al proletariado. Además, como el tipo de interés baja a medida que se acumulan los capitales, los pequeños rentistas, que ya no pueden vivir de sus rentas, se verán obligados a lanzarse a la industria, para ir luego a aumentar el número de los proletarios.

Por último, cuanto más aumenta el capital productivo, más se ve obligado a producir para un mercado cuyas necesidades no conoce, más precede la producción al consumo, más trata la oferta de forzar la demanda y, en consecuencia, más aumentan las crisis en intensidad y en frecuencia. Pero toda crisis, a su vez, acelera la centralización de los capitales y engrosa el proletariado.

Así, a medida que crece el capital productivo, la competencia entre los obreros crece en una proporción mucho mayor. La retribución del trabajo disminuye para todos, y la carga del trabajo aumenta para algunos.

En 1829 había en Mánchester 1.088 hilanderos ocupados en 36 fábricas. En 1841 ya no había más que 448, y estos obreros trabajaban con 53.353 husos más que los 1.088 obreros de 1829. Si el trabajo manual hubiera aumentado en proporción al poder productivo, el número de obreros habría tenido que llegar a la cifra de 1.848; de modo que las mejoras introducidas en la mecánica han quitado el trabajo a 1.100 obreros.

Ya sabemos de antemano la respuesta de los economistas. Esos hombres privados de trabajo, dicen, encontrarán otro empleo para sus brazos. El doctor Bowring no dejó de repetir este argumento en el congreso de los economistas, pero tampoco dejó de refutarse a sí mismo.

En 1833, el doctor Bowring pronunciaba un discurso en la Cámara de los Comunes13 sobre los 50.000 tejedores de Londres que desde hace muchísimo tiempo se mueren de inanición sin poder encontrar esa nueva ocupación que los free-traders hacen vislumbrar a lo lejos.

Vamos a dar los pasajes más destacados de este discurso del doctor Bowring.

La miseria de los tejedores a mano, dice, es la suerte inevitable de toda clase de trabajo que se aprende fácilmente y que puede ser sustituido en cualquier momento por medios menos costosos. Como en este caso la competencia entre los obreros es extremadamente grande, el menor aflojamiento de la demanda provoca una crisis. Los tejedores a mano se encuentran situados, en cierto modo, en los límites de la existencia humana. Un paso más y su existencia se vuelve imposible. El menor choque basta para lanzarlos por la senda del deterioro. Los progresos de la mecánica, al suprimir cada vez más el trabajo manual, traen consigo infaliblemente, durante la época de la transición, muchos sufrimientos temporales. El bienestar nacional solo puede comprarse al precio de algunos males individuales. En la industria solo se avanza a costa de los rezagados; y de todos los descubrimientos, el telar de vapor es el que pesa con más fuerza sobre los tejedores a mano. Ya en muchos artículos que se hacían a mano el tejedor ha quedado fuera de combate, y será derrotado en muchas cosas que todavía se hacen a mano. Tengo en mis manos, dice más adelante, una correspondencia del gobernador general con la Compañía de las Indias Orientales. Esta correspondencia se refiere a los tejedores del distrito de Dacca.14 El gobernador dice en sus cartas: hace algunos años, la Compañía de las Indias Orientales recibía de seis a ocho millones de piezas de algodón fabricadas en los telares del país; la demanda fue bajando gradualmente y se redujo a un millón de piezas, poco más o menos. En este momento ha cesado casi por completo. Más aún, en 1800 la América del Norte sacó de la India casi 800.000 piezas de algodón. En 1830 ya no sacaba ni siquiera 4.000. Por último, en 1800 se embarcó un millón de piezas de algodón para transportarlas a Portugal. En 1830 Portugal ya solo recibía 20.000. Los informes sobre la penuria de los tejedores indios son terribles. ¿Y cuál fue el origen de esta penuria? La presencia en el mercado de los productos ingleses; la producción del artículo por medio del telar de vapor. Un grandísimo número de tejedores murió de inanición; el resto pasó a otras ocupaciones, sobre todo a las faenas agrícolas. No saber cambiar de ocupación era una sentencia de muerte. Y en este momento el distrito de Dacca rebosa de hilados y tejidos ingleses. La muselina de Dacca, famosa en todo el mundo por su belleza y la firmeza de su textura, ha quedado igualmente eclipsada por la competencia de las máquinas inglesas. En toda la historia del comercio sería difícil encontrar sufrimientos semejantes a los que han tenido que soportar de esta manera clases enteras en las Indias Orientales.

El discurso del doctor Bowring es tanto más notable cuanto que los hechos que en él se citan son exactos y las frases con que intenta paliarlos tienen por completo el carácter de hipocresía común a todos los sermones librecambistas. Presenta a los obreros como medios de producción que hay que sustituir por medios de producción menos costosos. Finge ver en el trabajo del que habla un trabajo completamente excepcional, y en la máquina que ha aplastado a los tejedores, una máquina igualmente excepcional. Olvida que no hay trabajo manual que no pueda sufrir de un día para otro la suerte del tejido.

El fin constante y la tendencia de todo perfeccionamiento del mecanismo es, en efecto, prescindir por completo del hombre o reducir su precio, sustituyendo la industria del obrero adulto por la de las mujeres y los niños, o el trabajo del artesano hábil por el del obrero tosco. En la mayoría de las hilaturas de continuas, en inglés throstlemills, el hilado lo ejecutan por completo muchachas de dieciséis años o menos. La sustitución de la mule-jenny ordinaria por la mule-jenny automática tiene por efecto despedir a la mayoría de los hilanderos y quedarse con niños y adolescentes.

Estas palabras del librecambista más apasionado, el doctor Ure,15 sirven para completar las confesiones del señor Bowring. El señor Bowring habla de algunos males individuales y dice al mismo tiempo que esos males individuales hacen perecer a clases enteras; habla de sufrimientos pasajeros durante la época de la transición y, al mismo tiempo que habla de ellos, no disimula que esos sufrimientos pasajeros han sido para la mayoría el paso de la vida a la muerte y, para el resto, la transición a una condición inferior a aquella en que se encontraban antes. Si dice más adelante que las desgracias de estos obreros son inseparables del progreso de la industria y necesarias para el bienestar nacional, dice simplemente que el bienestar de la clase burguesa tiene por condición necesaria la desgracia de la clase trabajadora.

Todo el consuelo que el señor Bowring prodiga a los obreros que perecen y, en general, toda la doctrina de la compensación que establecen los free-traders, se reduce a esto:

Vosotros, los miles de obreros que perecéis, no os desoléis. Podéis morir con toda tranquilidad. Vuestra clase no perecerá. Siempre será lo bastante numerosa para que el capital pueda diezmarla sin temor a aniquilarla. Además, ¿cómo queréis que el capital encuentre un empleo útil si no tuviera el cuidado de reservarse siempre la materia explotable, los obreros, para explotarlos de nuevo?

Pero, además, ¿por qué plantear todavía como un problema por resolver la influencia que la realización del librecambio ejercerá sobre la situación de la clase obrera? Todas las leyes que han expuesto los economistas, desde Quesnay16 hasta Ricardo, se basan en el supuesto de que ya no existen las trabas que todavía encadenan la libertad comercial. Estas leyes se confirman a medida que el librecambio se realiza.

La primera de estas leyes es que la competencia reduce el precio de toda mercancía al mínimo de sus costes de producción. Así, el mínimo del salario es el precio natural del trabajo. ¿Y qué es el mínimo del salario? Es justo lo que hace falta para producir los objetos indispensables para el sustento del obrero, para ponerlo en condiciones de alimentarse mal que bien y de propagar un poco su raza.

No creamos por ello que el obrero no tendrá más que ese mínimo de salario; tampoco creamos que tendrá siempre ese mínimo de salario.

No: según esta ley, la clase obrera será a veces más feliz. Tendrá a veces más que el mínimo; pero ese excedente no será más que el suplemento de lo que haya tenido de menos que el mínimo en los tiempos de estancamiento industrial. Esto quiere decir que, en un cierto lapso de tiempo, que es siempre periódico, en ese círculo que describe la industria pasando por las vicisitudes de la prosperidad, la superproducción, el estancamiento y la crisis, si se cuenta todo lo que la clase obrera haya tenido de más y de menos que lo necesario, se verá que en total no habrá tenido ni más ni menos que el mínimo; es decir, que la clase obrera se habrá conservado como clase tras muchas desgracias, miserias y cadáveres dejados en el campo de batalla industrial. Pero ¿qué importa? La clase sigue subsistiendo y, mejor aún, habrá aumentado.

Y no es eso todo. El progreso de la industria produce medios de existencia menos costosos. Así es como el aguardiente ha sustituido a la cerveza, el algodón a la lana y al lino, y la patata al pan.

Así, como siempre se encuentra el medio de alimentar el trabajo con cosas menos caras y más miserables, el mínimo del salario va disminuyendo sin cesar. Si este salario empezó haciendo trabajar al hombre para vivir, acaba haciendo vivir al hombre una vida de máquina. Su existencia no tiene más valor que el de una simple fuerza productiva, y el capitalista lo trata en consecuencia.

Esta ley del trabajo mercancía, del mínimo del salario, se verificará a medida que el supuesto de los economistas, el librecambio, se haya convertido en una verdad, en una realidad. Así pues, una de dos: o hay que renegar de toda la economía política basada en el supuesto del librecambio, o hay que convenir en que bajo ese librecambio los obreros sufrirán todo el rigor de las leyes económicas.

En resumen: en el estado actual de la sociedad, ¿qué es, pues, el librecambio? Es la libertad del capital. Cuando hayáis derribado las pocas trabas nacionales que todavía encadenan la marcha del capital, no habréis hecho más que liberar por completo su acción. Mientras dejéis subsistir la relación del trabajo asalariado con el capital, por mucho que el intercambio de las mercancías entre sí se haga en las condiciones más favorables, siempre habrá una clase que explote y una clase que sea explotada. Cuesta de veras entender la pretensión de los librecambistas, que se imaginan que el empleo más ventajoso del capital hará desaparecer el antagonismo entre los capitalistas industriales y los trabajadores asalariados. Todo lo contrario: lo único que resultará de ello es que la oposición entre estas dos clases se dibujará todavía con más nitidez.

Admitid por un instante que ya no haya leyes cerealistas, ni aduanas, ni arbitrios municipales; en fin, que todas las circunstancias accidentales a las que el obrero todavía puede achacar su situación miserable hayan desaparecido por completo, y habréis desgarrado otros tantos velos que ocultaban a sus ojos a su verdadero enemigo.

Verá que el capital que se ha hecho libre no lo hace menos esclavo que el capital vejado por las aduanas.

Señores, no os dejéis impresionar por la palabra abstracta libertad. ¿Libertad de quién? No es la libertad de un simple individuo frente a otro individuo. Es la libertad que tiene el capital de aplastar al trabajador.

¿Cómo queréis seguir sancionando la libre competencia con esa idea de libertad, cuando esa libertad no es más que el producto de un estado de cosas basado en la libre competencia?

Hemos mostrado qué clase de fraternidad hace nacer el librecambio entre las distintas clases de una sola y misma nación. La fraternidad que el librecambio establecería entre las distintas naciones de la tierra no sería mucho más fraternal. Designar con el nombre de fraternidad universal la explotación en su estado cosmopolita es una idea que solo podía nacer en el seno de la burguesía. Todos los fenómenos destructores que la libre competencia hace nacer en el interior de un país se reproducen en proporciones más gigantescas en el mercado del mundo. No tenemos por qué detenernos más en los sofismas que los librecambistas despachan sobre este asunto, y que valen tanto como los argumentos de nuestros tres premiados, los señores Hope, Morse y Greg.

Se nos dice, por ejemplo, que el librecambio haría nacer una división internacional del trabajo que asignaría a cada país una producción en armonía con sus ventajas naturales.

Pensáis quizá, señores, que la producción de café y de azúcar es el destino natural de las Indias Occidentales.

Hace dos siglos, la naturaleza, que apenas se mete en el comercio, no había puesto allí ni café ni caña de azúcar.

Y quizá no pase medio siglo antes de que ya no encontréis allí ni café ni azúcar, porque las Indias Orientales, produciendo más barato, ya han combatido victoriosamente ese supuesto destino natural de las Indias Occidentales. Y esas Indias Occidentales, con sus dones naturales, son ya para los ingleses una carga tan pesada como los tejedores de Dacca, que también estaban destinados desde el origen de los tiempos a tejer a mano.

Hay otra cosa que nunca hay que perder de vista, y es que, igual que todo se ha convertido en monopolio, hay también hoy algunas ramas industriales que dominan a todas las demás y que aseguran a los pueblos que más las explotan el imperio sobre el mercado del mundo. Así, en el comercio internacional, el algodón por sí solo tiene un valor comercial mayor que todas las demás materias primas empleadas en la fabricación de vestidos juntas. Y es verdaderamente risible ver a los librecambistas destacar las pocas especialidades de cada rama industrial para ponerlas en la balanza frente a los productos de uso corriente, que se producen más baratos en los países donde la industria está más desarrollada.

Si los librecambistas no pueden comprender cómo un país puede enriquecerse a costa de otro, no debe extrañarnos, puesto que esos mismos señores tampoco quieren comprender cómo, en el interior de un país, una clase puede enriquecerse a costa de otra clase.

No creáis, señores, que al criticar la libertad comercial tengamos la intención de defender el sistema proteccionista.

Uno se declara enemigo del régimen constitucional sin declararse por ello amigo del antiguo régimen.

Por lo demás, el sistema proteccionista no es más que un medio de establecer en un pueblo la gran industria, es decir, de hacerlo depender del mercado del mundo, y desde el momento en que se depende del mercado del mundo se depende ya, más o menos, del librecambio. Además, el sistema protector contribuye a desarrollar la libre competencia en el interior de un país. Por eso vemos que en los países donde la burguesía empieza a hacerse valer como clase, en Alemania por ejemplo, hace grandes esfuerzos por conseguir derechos protectores. Son para ella armas contra el feudalismo y contra el gobierno absoluto, son para ella un medio de concentrar sus fuerzas, de realizar el librecambio en el interior del mismo país.

Pero, en general, en nuestros días el sistema protector es conservador, mientras que el sistema del librecambio es destructor. Disuelve las antiguas nacionalidades y lleva al extremo el antagonismo entre la burguesía y el proletariado. En una palabra, el sistema de la libertad comercial acelera la revolución social. Solo en este sentido revolucionario, señores, voto yo a favor del librecambio.

  1. Las Corn Laws, aranceles que gravaban la importación de trigo en Inglaterra para sostener su precio en beneficio de los grandes propietarios de la tierra. Se abolieron en junio de 1846, tras la campaña de la Liga contra las leyes cerealistas. ↩

  2. «Librecambistas». Marx emplea a menudo la palabra inglesa. ↩

  3. John Bowring (1792-1872), político radical inglés, discípulo y editor de Bentham, diputado y propagandista del librecambio. John Bright (1811-1889), fabricante de algodón de Rochdale, uno de los dirigentes de la Liga contra las leyes cerealistas. ↩

  4. El cartismo, movimiento obrero inglés surgido en 1838 en torno a la Carta del Pueblo (People's Charter), programa de reformas democráticas encabezado por el sufragio universal masculino. ↩

  5. La ley de pobres de 1834 suprimió en lo esencial los socorros a domicilio y obligó a los pobres a acudir a las casas de trabajo (workhouses), de régimen casi carcelario. El pueblo las llamaba «bastillas». ↩

  6. La Liga contra las leyes cerealistas (Anti-Corn Law League), fundada en Mánchester en 1838 por fabricantes del algodón y dirigida por Richard Cobden (1804-1865) y John Bright. Disponía de grandes fondos y de una amplia red de propaganda; se disolvió en 1846, tras la abolición de las leyes cerealistas. ↩

  7. Los tres ensayos premiados por la Liga se publicaron juntos en 1842; sus autores eran el agricultor escocés George Hope, Arthur Morse y el fabricante de Mánchester Robert Hyde Greg. ↩

  8. Así en el folleto; la versión alemana de Marx-Engels-Werke dice «consecuencia inmediata de la abolición de las leyes cerealistas», que es sin duda el sentido. ↩

  9. La ley de las diez horas (Ten Hours Bill), aprobada por el Parlamento británico en junio de 1847, limitó a diez horas la jornada de trabajo de las mujeres y los menores de dieciocho años en las fábricas textiles. ↩

  10. David Ricardo (1772-1823), economista inglés, la cumbre de la economía política clásica. La obra citada son sus Principios de economía política y tributación (1817). ↩

  11. El congreso internacional de economistas celebrado en Bruselas del 16 al 18 de septiembre de 1847 para discutir el librecambio. Marx se inscribió para intervenir, pero no se le dio la palabra; el discurso que tenía preparado lo resumió Engels en la prensa. ↩

  12. La crisis comercial e industrial que estalló en Inglaterra en el otoño de 1847. ↩

  13. El folleto dice 1833; Bowring pronunció este discurso en 1835. ↩

  14. Dacca (hoy Daca, capital de Bangladés), en Bengala, centro de una famosa industria de muselinas que la competencia de los tejidos ingleses arruinó en las primeras décadas del siglo XIX. ↩

  15. Andrew Ure (1778-1857), químico y economista escocés, apologista del sistema fabril. El pasaje procede de su Philosophy of Manufactures (1835). ↩

  16. François Quesnay (1694-1774), médico y economista francés, fundador de la escuela fisiocrática. ↩