Artículo publicado sin firma en la Neue Rheinische Zeitung, n.º 37, 7 de julio de 1848 (Colonia), pp. 3-4; atribuido a Friedrich Engels por la MEGA² (I/7). Traducido del original del periódico (colección digital de la USB Köln) por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán
*Roma. El periódico romano Il Contemporaneo1 dedica algunas reflexiones al Congreso eslavo,2 cuya suerte final, naturalmente, aún desconocía. «Los eslavos —dice— hacen lo que nosotros, los pueblos italianos, no hacemos. Que nuestros príncipes no pasen por alto lo que los eslavos hacen sin sus príncipes, y que, si los italianos, por el contrario, han puesto sus esperanzas en sus gobiernos, no tengan que arrepentirse un día de su generosidad. Al arrepentimiento seguirá el deseo de reparar el daño.
»Ese Congreso eslavo no solo asesta una herida profunda al Imperio austriaco, sino que destruye también el viejo sueño del emperador ruso, que se figuraba ponerse a la cabeza de la raza eslava y, por ese camino, asentarse más hondo en Europa. ¡Pero Rusia aumenta sus ejércitos en las fronteras! ¿No sería este el momento de que las grandes nacionalidades, la francesa, la alemana y la italiana, se hermanaran y acabaran para siempre con la barbarie del norte? Si no sucede así, ¡que toda la responsabilidad recaiga sobre quienes prolongan la guerra en Italia! Austria ya no es el Imperio de Austria; la guerra en Italia la hacen generales austriacos por cuenta de una dinastía en decadencia, y no del pueblo austriaco, y menos aún del alemán… ¡Tengamos un enemigo común, y un deber común nos llama a otros campos de batalla!»
✓ Nápoles, 22 de junio. El general Ribotti se ha puesto al frente de los calabreses. Su proclama a estos dice así:
«¡Calabreses! Aquí veis a los héroes sicilianos que os traigo. El beso del amor y la fraternidad nos une. Poderosas falanges, a cuya cabeza ondea la bandera de la libertad italiana, acudiremos a dondequiera que sigan anidando los mercenarios del tirano común. Con solo vernos rendirán las armas, o, si un mal consejo los empujara a enfrentarse con nosotros, nuestro valor arrancaría al infame Borbón su último sostén. ¡Calabreses! Ha sonado la hora de vuestra liberación. Italia tiene puestos los ojos en vosotros y está dispuesta a inscribir vuestras hazañas en las tablas de la historia. Vuestro nombre pasará a la posteridad y quedará unido a la idea de la venganza por los derechos pisoteados de un pueblo y al recuerdo de un trono reducido a polvo.»
De una segunda proclama del mismo general tomamos los pasajes siguientes:
«¡Soldados calabreses y sicilianos! Por fin estamos unidos bajo una misma bandera. Somos los vengadores de tantos y tan bárbaros malos tratos, sufridos durante tanto tiempo. Somos los adalides del más sagrado derecho del hombre, la libertad. Mientras el norte de Italia está en armas para expulsar del país al opresor común, el infame que se llama nuestro monarca, y cuyo corazón y cuya alma se han formado en todas las vilezas del gabinete austriaco, se afana por sostener precisamente esa causa que, gracias al valor italiano, está a punto de sucumbir. Sí, las artes infernales del Borbón superaron incluso los preceptos de aquella escuela inicua del despotismo. Para engañaros prometió sumarse a la santa cruzada. Con ese fin, con pérfida jactancia, puso hombres en armas y ordenó a los jefes retrasar todo lo posible las marchas, mientras en secreto ayudaba a los austriacos con oro y otros medios y, de acuerdo con los demás pilares de la tiranía, ordenaba reducir Ancona a ruinas. Para haceros odiosos a Sicilia y a sus hijos, proclamó que los sicilianos querían separarse de vosotros con su declaración de independencia y sembrar la discordia cuando el interés de Italia exige la unión. A esa vil acusación Sicilia no respondió, porque no tenía necesidad de justificarse ante el tirano. Pero si alguien hubiera dudado de las intenciones de Sicilia, pues bien, aquí estamos nosotros como prueba de lo contrario. Toda Europa tiene ahora los ojos puestos en nosotros, que estamos aquí unidos para arrancar el cetro a la mano manchada de sangre y la corona a la frente cargada de crímenes, etc.»
Paolo Versace, funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores, ha partido hacia Suiza con una misión extraordinaria. Se supone que tiene que ver con el contrato entre la Dieta y el gobierno de aquí sobre los regimientos suizos. Nuestros temores de que se tomaran medidas contra la prensa se han confirmado con creces. Los periódicos Il Telegrafo e Il Mondo Vecchio han sido suspendidos y procesados por orden del fiscal general ante el alto tribunal de lo criminal.(*) ¡Pero qué lástima!, el alto tribunal de lo criminal ha rechazado toda acusación contra dichos periódicos. Quizá sepa usted ya qué circular ha dirigido el actual ministro Bozzelli a todos los intendentes del reino a propósito de las elecciones. Les encarece que se valgan de todos los medios para que solo salgan elegidas personas entregadas en cuerpo y alma al soberano. La circular dice, entre otras cosas: «No le prescribo norma alguna para su posible intervención; al contrario, dejo esta difícil tarea por entero a su criterio. Del resultado responderá usted tanto ante su conciencia como ante el gobierno del rey. Solo deseo que emplee en lo posible todos los medios indirectos u oficiosos, por ejemplo, apelar a la religiosidad de los obispos y de sus feligreses y a las opiniones y fines conservadores de los ciudadanos más honrados e influyentes…». Esta circular indignó al intendente de L'Aquila, que publicó de inmediato la protesta siguiente:
«Protesta del intendente.» «Este lenguaje no es nuevo para nosotros. Reconocemos en él al autor de una política que es la causa principal de nuestros males. Porque siembra en el corazón de todo hombre honrado la sospecha de que el Estatuto no es más que una farsa, nuestras libertades una mentira, nuestro renacimiento un espejismo político. ¡El hecho en contradicción con la idea, la idea en contradicción con los hechos! Ese es el programa de un poder tan deshonesto e inmoral como débil y corruptor… No ha comprendido que el triunfo de la fuerza sobre la opinión pública es pasajero y que la seguridad de los gobiernos constitucionales descansa en el asentimiento del pueblo…» En estos términos, y en otros mucho más duros, se expresa el intendente de L'Aquila, que se ha pasado a los insurrectos y participa ahora activamente en el movimiento de las provincias.
(*) Para disfrutar de semejantes amenidades no hace falta vivir en Nápoles, bajo Su Majestad bombardeadora. De eso no cabe la menor duda.