Publicado sin firma en la Neue Rheinische Zeitung, núm. 7, del 7 de junio de 1848; la MEW lo recoge entre los escritos de Marx y Engels sin precisar el autor. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 5 (Berlín, 1971, pp. 39-43), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
**Colonia, 6 de junio. Ayer comunicamos a nuestros lectores el «Manifiesto motivado del partido radical-democrático en la Asamblea Nacional constituyente de Fráncfort del Meno».1 En la sección de Fráncfort encontrarán hoy el manifiesto de la izquierda. A primera vista, los dos manifiestos apenas parecen distinguirse más que en la forma: el partido radical-democrático tiene un redactor torpe y la izquierda uno hábil. Mirándolos más de cerca, sin embargo, destacan algunos puntos de diferencia esenciales. El manifiesto radical pide una Asamblea Nacional surgida «sin censo y por elección directa»; el de la izquierda, una surgida de la «libre elección de todos». La libre elección de todos excluye el censo, pero en modo alguno el método indirecto. ¿Y para qué, en general, esa expresión imprecisa y equívoca?
Volvemos a encontrar esa mayor amplitud y flexibilidad de las reivindicaciones de la izquierda frente a las del partido radical. La izquierda pide «un poder central ejecutivo elegido por la Asamblea Nacional por un tiempo determinado y responsable ante ella». Deja sin decidir si ese poder central ha de salir del seno de la Asamblea Nacional, como establece expresamente el manifiesto radical.
Por último, el manifiesto de la izquierda exige que se fijen, se proclamen y se aseguren inmediatamente los derechos fundamentales del pueblo alemán frente a cualquier injerencia de los gobiernos particulares. El manifiesto radical no se contenta con eso. Declara que
«la Asamblea reúne todavía en sí todos los poderes públicos del Estado en su conjunto, y que los distintos poderes y formas de vida política que está llamada a decidir tiene también que ponerlos inmediatamente en funcionamiento y llevar la política interior y exterior del Estado en su conjunto».
Ambos manifiestos coinciden en querer dejar «la constitución de Alemania única y exclusivamente a la Asamblea Nacional» y en excluir la colaboración de los gobiernos. Ambos coinciden en dejar a los Estados particulares, «sin perjuicio de los derechos del pueblo que ha de proclamar la Asamblea Nacional», la libre elección de su constitución, ya sea la monarquía constitucional, ya la república. Ambos coinciden, por último, en querer convertir Alemania en un Estado federal o federativo.
El manifiesto radical expresa al menos la naturaleza revolucionaria de la Asamblea Nacional. Reclama la actividad revolucionaria que le corresponde. La mera existencia de una Asamblea Nacional constituyente, ¿no demuestra que ya no existe ninguna constitución? Pero si ya no existe constitución, ya no existe gobierno. Si ya no existe gobierno, la Asamblea Nacional tiene que gobernar ella misma. Su primera señal de vida tenía que haber sido un decreto de seis palabras: «La Dieta federal queda disuelta para siempre».2
Una Asamblea Nacional constituyente tiene que ser ante todo una asamblea activa, activa de un modo revolucionario. La Asamblea de Fráncfort hace ejercicios escolares de parlamentarismo y deja actuar a los gobiernos. Supongamos que este docto concilio lograra, tras la más madura reflexión, discurrir el mejor orden del día y la mejor constitución: ¿de qué sirven el mejor orden del día y la mejor constitución si entretanto los gobiernos han puesto las bayonetas a la orden del día?
La Asamblea Nacional alemana, aparte de haber salido de una elección indirecta, padece una enfermedad peculiarmente germánica. Reside en Fráncfort del Meno, y Fráncfort del Meno no es más que un centro ideal, como correspondía a la unidad ideal, es decir, solo imaginaria, que Alemania ha tenido hasta ahora. Fráncfort del Meno tampoco es una gran ciudad con una gran población revolucionaria que respalde a la Asamblea Nacional, en parte protegiéndola, en parte empujándola hacia delante. Por primera vez en la historia universal, la asamblea constituyente de una gran nación reside en una ciudad pequeña. El desarrollo alemán anterior lo traía consigo. Mientras que las asambleas nacionales francesas e inglesas se asentaban sobre un suelo volcánico, París y Londres, la Asamblea Nacional alemana tuvo que darse por contenta con encontrar un suelo neutral, un suelo neutral donde poder meditar con toda la apacible calma del alma sobre la mejor constitución y el mejor orden del día. Y, sin embargo, la situación del momento en Alemania le ofrecía la ocasión de superar su desdichada situación material. Le bastaba con oponerse dictatorialmente en todas partes a las extralimitaciones reaccionarias de unos gobiernos caducos, y habría conquistado en la opinión del pueblo un poder contra el que se habrían hecho astillas todas las bayonetas y todas las culatas. En lugar de eso, abandona ante sus propios ojos Maguncia a la arbitrariedad de la soldadesca3 y a los alemanes extranjeros a las vejaciones de los filisteos de Fráncfort.4 Aburre al pueblo alemán, en vez de arrastrarlo consigo o de dejarse arrastrar por él. Existe para ella, desde luego, un público, que por ahora todavía contempla con humor bonachón los movimientos burlescos del fantasma redivivo de la Dieta del Sacro Imperio Romano Germánico; pero no existe para ella ningún pueblo que reconozca en su vida su propia vida. Lejos de ser el órgano central del movimiento revolucionario, hasta ahora no ha sido ni siquiera su eco.
Si la Asamblea Nacional forma de su seno un poder central, poco grato cabe esperar de ese gobierno provisional, dada su composición actual y después de haber dejado pasar sin aprovecharlo el momento favorable. Si no forma ningún poder central, habrá firmado su propia abdicación y se dispersará en todas direcciones al más leve soplo revolucionario.
El programa de la izquierda, igual que el del lado radical, tiene el mérito de haber comprendido esta necesidad. Ambos programas exclaman también con Heine:
«Si lo pienso bien a fondo,
no necesitamos emperador ninguno»,5
y la dificultad de saber «quién ha de ser el emperador», las muchas buenas razones a favor de un emperador electivo y las razones igual de buenas a favor de un emperador hereditario obligarán también a la mayoría conservadora de la Asamblea a cortar el nudo gordiano no eligiendo ningún emperador.
Es incomprensible que el llamado partido radical-democrático haya podido proclamar como constitución definitiva de Alemania una federación de monarquías constitucionales, principaditos y republiquitas, un Estado federal compuesto de elementos tan heterogéneos con un gobierno republicano a la cabeza, pues no otra cosa es, al fin y al cabo, el comité central aceptado por la izquierda.
No hay duda. Primero, el gobierno central de Alemania elegido por la Asamblea Nacional tiene que alzarse junto a los gobiernos que de hecho todavía existen. Pero con su existencia empieza ya su lucha con los gobiernos particulares, y en esa lucha o perece el gobierno de conjunto con la unidad de Alemania, o perecen los gobiernos particulares con sus príncipes constitucionales o sus republiquitas de rincón.
No planteamos la exigencia utópica de que se proclame a priori una república alemana una e indivisible, pero sí exigimos al llamado partido radical-democrático que no confunda el punto de partida de la lucha y del movimiento revolucionario con su punto de llegada. La unidad alemana, lo mismo que la constitución alemana, solo pueden salir como resultado de un movimiento en el que empujarán a la decisión tanto los conflictos internos como la guerra con el Este. La constitución definitiva no puede decretarse: coincide con el movimiento que tenemos que recorrer. Por eso tampoco se trata de realizar esta o aquella opinión, esta o aquella idea política; se trata de comprender la marcha del desarrollo. La Asamblea Nacional solo tiene que dar los pasos que sean prácticamente posibles de inmediato.
¡Nada más confuso que la ocurrencia del redactor del manifiesto democrático, por mucho que nos asegure que «todo el mundo se alegra de librarse de su confusión», de querer tomar como medida de la constitución alemana el Estado federal norteamericano!
Los Estados Unidos de Norteamérica, aparte de que todos están constituidos de manera homogénea, se extienden sobre una superficie tan grande como la Europa civilizada. Solo en una federación europea podrían encontrar una analogía. Y para que Alemania se federe con otros países tiene que llegar a ser, ante todo, un país. En Alemania la lucha de la centralización con el federalismo es la lucha entre la cultura moderna y el feudalismo. Alemania cayó en un feudalismo aburguesado en el mismo momento en que se formaban en Occidente las grandes monarquías, pero también quedó excluida del mercado mundial en el mismo momento en que este se abría a la Europa occidental. Se empobreció mientras ellas se enriquecían. Se volvió aldeana mientras ellas se hacían metrópolis. Aunque Rusia no llamara a las puertas de Alemania, las relaciones económicas por sí solas la obligarían a la centralización más estricta. Aun considerada solo desde el punto de vista burgués, la unidad sin fisuras de Alemania es la primera condición para sacarla de la miseria en que ha vivido hasta ahora y para crear la riqueza nacional. ¡Y cómo resolver además las tareas sociales modernas en un territorio fragmentado en 39 paisecitos!6
Por lo demás, el redactor del programa democrático no necesita entrar en relaciones económicas materiales, que son secundarias. En su argumentación se atiene al concepto de federación. La federación es una unión de libres e iguales. Luego Alemania tiene que ser un Estado federativo. ¿Es que los alemanes no pueden federarse también en un gran Estado sin pecar contra el concepto de una unión de libres e iguales?
La Asamblea Nacional alemana, elegida por sufragio indirecto en casi todos los Estados, se reunía en la iglesia de San Pablo de Fráncfort desde el 18 de mayo de 1848. Sus diputados demócratas se repartían entre la extrema izquierda (el «partido radical-democrático») y la izquierda moderada. ↩
La Dieta federal (Bundestag) era el órgano de los gobiernos de la Confederación Germánica, con sede en Fráncfort; siguió existiendo hasta julio de 1848, cuando traspasó sus poderes al regente del Imperio elegido por la Asamblea. En alemán, la frase del decreto tiene seis palabras. ↩
A finales de mayo de 1848 hubo en Maguncia choques entre soldados prusianos de la guarnición federal y la guardia cívica; el gobernador de la fortaleza amenazó con bombardear la ciudad y la guardia cívica fue desarmada. ↩
Alusión a las trabas que la ciudad libre de Fráncfort ponía a los alemanes de otros Estados, tratados allí como extranjeros. ↩
Heinrich Heine, Alemania. Un cuento de invierno (1844), capítulo XVI. ↩
La Confederación Germánica se había fundado en 1815 con treinta y nueve Estados. ↩