Redactado por Karl Marx y Friedrich Engels entre diciembre de 1847 y enero de 1848, por encargo del segundo congreso de la Liga de los Comunistas. Publicado en Londres en febrero de 1848, sin nombre de autor, en la imprenta de la Asociación Cultural Obrera. Traducido de la primera edición alemana (Londres, 1848; transcripción del Deutsches Textarchiv) por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo. Todas las potencias de la vieja Europa se han aliado en una santa cacería contra ese fantasma: el papa y el zar, Metternich y Guizot, los radicales franceses y los policías alemanes.

¿Dónde está el partido de oposición al que sus adversarios en el gobierno no hayan tachado de comunista? ¿Dónde el partido de oposición que no haya devuelto el infamante reproche de comunismo tanto a los opositores más avanzados como a sus adversarios reaccionarios?

De este hecho se desprenden dos cosas.

El comunismo está ya reconocido como una potencia por todas las potencias europeas.

Ya es hora de que los comunistas expongan abiertamente ante el mundo entero su manera de ver, sus fines, sus tendencias, y opongan a la leyenda del fantasma del comunismo un manifiesto del propio partido.

Con este fin se han reunido en Londres comunistas de las más diversas nacionalidades y han redactado el manifiesto que sigue, que se publicará en inglés, francés, alemán, italiano, flamenco y danés.

I. Burgueses y proletarios

La historia de toda sociedad hasta hoy es la historia de luchas de clases.1

Libre y esclavo, patricio y plebeyo, barón y siervo, maestro de gremio y oficial, en una palabra, opresores y oprimidos, se enfrentaron siempre, sostuvieron una lucha ininterrumpida, unas veces velada y otras abierta, una lucha que terminó siempre con una transformación revolucionaria de toda la sociedad o con el hundimiento común de las clases en lucha.

En las épocas anteriores de la historia encontramos casi en todas partes una completa división de la sociedad en distintos estamentos, una múltiple gradación de las posiciones sociales. En la antigua Roma tenemos patricios, caballeros, plebeyos, esclavos; en la Edad Media, señores feudales, vasallos, maestros de gremio, oficiales, siervos, y además, en casi cada una de esas clases, nuevas gradaciones particulares.

La moderna sociedad burguesa, surgida del hundimiento de la sociedad feudal, no ha abolido los antagonismos de clase. Solo ha puesto nuevas clases, nuevas condiciones de opresión, nuevas formas de lucha en lugar de las antiguas.

Nuestra época, la época de la burguesía, se distingue sin embargo por haber simplificado los antagonismos de clase. Toda la sociedad se divide cada vez más en dos grandes campos enemigos, en dos grandes clases directamente enfrentadas: burguesía y proletariado.

De los siervos de la Edad Media surgieron los villanos libres de las primeras ciudades; de este estado llano se desarrollaron los primeros elementos de la burguesía.

El descubrimiento de América y la circunnavegación de África abrieron a la burguesía naciente un terreno nuevo. El mercado de las Indias Orientales y de China, la colonización de América, el intercambio con las colonias, la multiplicación de los medios de cambio y de las mercancías en general dieron al comercio, a la navegación y a la industria un impulso jamás conocido, y con ello un rápido desarrollo al elemento revolucionario de la sociedad feudal en descomposición.

El modo de producción feudal o gremial de la industria ya no bastaba para la demanda, que crecía con los nuevos mercados. La manufactura ocupó su lugar. Los maestros de los gremios fueron desplazados por el estamento medio industrial; la división del trabajo entre las distintas corporaciones desapareció ante la división del trabajo dentro de cada taller.

Pero los mercados no dejaban de crecer, ni la demanda de aumentar. Tampoco la manufactura bastó ya. Entonces el vapor y la maquinaria revolucionaron la producción industrial. El lugar de la manufactura lo ocupó la gran industria moderna; el lugar del estamento medio industrial, los millonarios de la industria, los jefes de ejércitos industriales enteros, los burgueses modernos.

La gran industria ha creado el mercado mundial, que el descubrimiento de América había preparado. El mercado mundial ha dado al comercio, a la navegación y a las comunicaciones por tierra un desarrollo inmenso. Este desarrollo, a su vez, ha influido en la expansión de la industria, y en la misma medida en que se extendían la industria, el comercio, la navegación y los ferrocarriles, se desarrollaba la burguesía, multiplicaba sus capitales y relegaba a segundo plano a todas las clases heredadas de la Edad Media.

Vemos, pues, que la burguesía moderna es ella misma el producto de un largo proceso de desarrollo, de una serie de revoluciones en el modo de producción y de cambio.

Cada una de estas etapas de desarrollo de la burguesía fue acompañada de un progreso político correspondiente. Estamento oprimido bajo el dominio de los señores feudales, asociación armada y autónoma en la comuna, aquí república urbana independiente, allá tercer estado tributario de la monarquía, después, en la época de la manufactura, contrapeso de la nobleza en la monarquía estamental o absoluta y fundamento principal de las grandes monarquías en general, conquistó por fin, desde el establecimiento de la gran industria y del mercado mundial, la dominación política exclusiva en el Estado representativo moderno. El poder del Estado moderno no es más que una junta que administra los negocios comunes de toda la clase burguesa.

La burguesía ha desempeñado en la historia un papel altamente revolucionario.

Allí donde ha llegado a dominar, la burguesía ha destruido todas las relaciones feudales, patriarcales, idílicas. Ha desgarrado sin piedad los abigarrados lazos feudales que ataban al hombre a sus «superiores naturales» y no ha dejado entre hombre y hombre otro lazo que el desnudo interés, que el insensible «pago al contado». Ha ahogado el sagrado éxtasis del fervor piadoso, del entusiasmo caballeresco y de la melancolía del pequeñoburgués en las aguas heladas del cálculo egoísta. Ha disuelto la dignidad personal en el valor de cambio y ha puesto, en lugar de las innumerables libertades escrituradas y bien adquiridas, la única y desalmada libertad de comercio. En una palabra, en lugar de la explotación velada por ilusiones religiosas y políticas, ha puesto la explotación abierta, desvergonzada, directa y descarnada.

La burguesía ha despojado de su aureola a todas las actividades hasta entonces venerables y miradas con piadoso respeto. Ha convertido al médico, al jurista, al cura, al poeta y al hombre de ciencia en sus asalariados.

La burguesía ha arrancado a la relación familiar su velo de conmovedor sentimentalismo y la ha reducido a una pura relación de dinero.

La burguesía ha revelado cómo la brutal manifestación de fuerza que la reacción tanto admira en la Edad Media tenía su complemento adecuado en la más indolente holgazanería. Ha sido ella la primera en demostrar lo que puede lograr la actividad humana. Ha realizado maravillas muy distintas de las pirámides de Egipto, los acueductos romanos y las catedrales góticas; ha llevado a cabo expediciones muy distintas de las migraciones de los pueblos y las cruzadas.

La burguesía no puede existir sin revolucionar constantemente los instrumentos de producción, y con ello las relaciones de producción, y con ello todas las relaciones sociales. La conservación inalterada del viejo modo de producción era, por el contrario, la primera condición de existencia de todas las clases industriales anteriores. La transformación constante de la producción, la conmoción ininterrumpida de todas las condiciones sociales, la inseguridad y el movimiento perpetuos distinguen la época burguesa de todas las anteriores. Todas las relaciones fijas y enmohecidas, con su séquito de representaciones e ideas veneradas durante siglos, se disuelven; las nuevas envejecen antes de llegar a osificarse. Todo lo estamental y estancado se evapora, todo lo sagrado es profanado, y los hombres se ven por fin obligados a mirar con ojos desapasionados su posición en la vida y sus relaciones recíprocas.

La necesidad de dar salida a sus productos en un mercado cada vez más amplio lanza a la burguesía por todo el globo. Tiene que anidar en todas partes, establecerse en todas partes, crear vínculos en todas partes.

Mediante la explotación del mercado mundial, la burguesía ha dado un carácter cosmopolita a la producción y al consumo de todos los países. Con gran pesar de los reaccionarios, ha quitado a la industria el suelo nacional bajo los pies. Las antiquísimas industrias nacionales han sido destruidas y siguen siéndolo cada día. Las desplazan industrias nuevas, cuya introducción se convierte en una cuestión vital para todas las naciones civilizadas; industrias que ya no elaboran materias primas del país, sino materias primas procedentes de las regiones más apartadas, y cuyos productos no solo se consumen en el propio país, sino a la vez en todas las partes del mundo. En lugar de las viejas necesidades, satisfechas con productos del país, surgen necesidades nuevas, que reclaman para su satisfacción productos de los países y climas más lejanos. En lugar del antiguo aislamiento local y nacional, de las naciones que se bastaban a sí mismas, se establece un intercambio universal, una interdependencia universal de las naciones. Y lo mismo que en la producción material, en la intelectual. Los productos intelectuales de cada nación se convierten en patrimonio común. La estrechez y el exclusivismo nacionales se hacen cada vez más imposibles, y de las muchas literaturas nacionales y locales se forma una literatura universal.

Con el rápido perfeccionamiento de todos los instrumentos de producción y con las comunicaciones infinitamente facilitadas, la burguesía arrastra a la civilización a todas las naciones, incluso a las más bárbaras. Los bajos precios de sus mercancías son la artillería pesada con la que derriba todas las murallas chinas y obliga a capitular a los bárbaros más tenazmente hostiles a los extranjeros. Obliga a todas las naciones, si no quieren sucumbir, a adoptar el modo de producción burgués; las obliga a introducir en su seno la llamada civilización, es decir, a hacerse burguesas. En una palabra, se crea un mundo a su imagen y semejanza.

La burguesía ha sometido el campo al dominio de la ciudad. Ha creado ciudades enormes, ha aumentado considerablemente la población urbana frente a la rural y ha arrancado así a una parte importante de la población al idiotismo de la vida rural.2 Del mismo modo que ha subordinado el campo a la ciudad, ha subordinado los países bárbaros y semibárbaros a los civilizados, los pueblos campesinos a los pueblos burgueses, el Oriente al Occidente.

La burguesía suprime cada vez más la dispersión de los medios de producción, de la propiedad y de la población. Ha aglomerado la población, centralizado los medios de producción y concentrado la propiedad en pocas manos. La consecuencia necesaria fue la centralización política. Provincias independientes, apenas unidas por lazos federales, con intereses, leyes, gobiernos y aduanas distintos, han sido reunidas en una sola nación, bajo un solo gobierno, una sola ley, un solo interés nacional de clase y una sola línea aduanera.

En su dominación de clase, que apenas cuenta un siglo, la burguesía ha creado fuerzas productivas más abundantes y más colosales que todas las generaciones pasadas juntas. El sometimiento de las fuerzas de la naturaleza, la maquinaria, la aplicación de la química a la industria y a la agricultura, la navegación de vapor, los ferrocarriles, el telégrafo eléctrico, la roturación de continentes enteros, la canalización de los ríos, poblaciones enteras surgidas como por encanto de la tierra: ¿qué siglo anterior sospechó siquiera que semejantes fuerzas productivas dormían en el seno del trabajo social?

Pero ya lo hemos visto: los medios de producción y de cambio sobre cuya base se formó la burguesía fueron engendrados en la sociedad feudal. En un determinado grado de desarrollo de esos medios de producción y de cambio, las relaciones en que la sociedad feudal producía e intercambiaba, la organización feudal de la agricultura y de la manufactura, en una palabra, las relaciones feudales de propiedad, dejaron de corresponder a las fuerzas productivas ya desarrolladas. Frenaban la producción en lugar de impulsarla. Se convirtieron en otras tantas trabas. Había que romperlas, y se rompieron.

Su lugar lo ocupó la libre competencia, con la constitución social y política adecuada a ella y con la dominación económica y política de la clase burguesa.

Ante nuestros ojos se produce un movimiento semejante. Las relaciones burguesas de producción y de cambio, las relaciones burguesas de propiedad, la moderna sociedad burguesa, que ha hecho surgir como por encantamiento tan formidables medios de producción y de cambio, se parece al brujo que ya no es capaz de dominar las potencias infernales que ha conjurado. Desde hace decenios, la historia de la industria y del comercio no es más que la historia de la rebelión de las fuerzas productivas modernas contra las relaciones modernas de producción, contra las relaciones de propiedad que son las condiciones de vida de la burguesía y de su dominación. Basta con mencionar las crisis comerciales, que con su retorno periódico ponen en cuestión, cada vez más amenazadoramente, la existencia de toda la sociedad burguesa. En las crisis comerciales se destruye regularmente una gran parte no solo de los productos elaborados, sino incluso de las fuerzas productivas ya creadas. En las crisis estalla una epidemia social que en todas las épocas anteriores habría parecido un absurdo: la epidemia de la sobreproducción. La sociedad se encuentra de pronto retrotraída a un estado de barbarie momentánea; diríase que una hambruna o una guerra general de exterminio la han privado de todos sus medios de subsistencia; la industria y el comercio parecen aniquilados. ¿Y por qué? Porque tiene demasiada civilización, demasiados medios de subsistencia, demasiada industria, demasiado comercio. Las fuerzas productivas de que dispone ya no sirven para fomentar la civilización burguesa y las relaciones burguesas de propiedad; al contrario, se han vuelto demasiado poderosas para esas relaciones, que las frenan; y en cuanto superan ese freno, desorganizan toda la sociedad burguesa y ponen en peligro la existencia de la propiedad burguesa. Las relaciones burguesas se han vuelto demasiado estrechas para contener la riqueza que ellas mismas engendran. ¿Cómo supera la burguesía las crisis? Por un lado, mediante la destrucción forzosa de una masa de fuerzas productivas; por otro, mediante la conquista de nuevos mercados y la explotación más intensa de los antiguos. ¿De qué modo, entonces? Preparando crisis más generales y más violentas y reduciendo los medios de prevenirlas.

Las armas con que la burguesía derribó al feudalismo se vuelven ahora contra la propia burguesía.

Pero la burguesía no solo ha forjado las armas que le darán muerte; también ha engendrado a los hombres que las empuñarán: los obreros modernos, los proletarios.

En la misma medida en que se desarrolla la burguesía, es decir, el capital, se desarrolla el proletariado, la clase de los obreros modernos, que solo viven mientras encuentran trabajo y solo encuentran trabajo mientras su trabajo aumenta el capital. Estos obreros, obligados a venderse a trozos, son una mercancía como cualquier otro artículo de comercio, y por tanto están expuestos por igual a todas las vicisitudes de la competencia, a todas las oscilaciones del mercado.

Con la extensión de la maquinaria y la división del trabajo, el trabajo de los proletarios ha perdido todo carácter propio y, con ello, todo atractivo para el obrero. Este se convierte en un simple accesorio de la máquina, al que solo se le exige la operación más sencilla, más monótona y más fácil de aprender. Por eso lo que cuesta el obrero se reduce casi exclusivamente a los medios de subsistencia que necesita para mantenerse y para perpetuar su raza. Pero el precio de una mercancía, y por tanto también del trabajo, es igual a su coste de producción. Por eso, a medida que aumenta lo repulsivo del trabajo, disminuye el salario. Más aún: en la misma medida en que aumentan la maquinaria y la división del trabajo, aumenta también la cantidad de trabajo, ya sea por la prolongación de la jornada, ya por el aumento del trabajo exigido en un tiempo dado, por la aceleración de las máquinas, etc.

La industria moderna ha convertido el pequeño taller del maestro patriarcal en la gran fábrica del capitalista industrial. Masas de obreros, hacinadas en la fábrica, son organizadas militarmente. Como soldados rasos de la industria, quedan bajo la vigilancia de toda una jerarquía de suboficiales y oficiales. No solo son siervos de la clase burguesa, del Estado burgués: cada día y cada hora los esclavizan la máquina, el capataz y, sobre todo, el propio burgués fabricante. Este despotismo es tanto más mezquino, odioso y exasperante cuanto más abiertamente proclama que su único fin es la ganancia.

Cuanto menos habilidad y fuerza exige el trabajo manual, es decir, cuanto más se desarrolla la industria moderna, más desplaza el trabajo de las mujeres y de los niños al de los hombres. Las diferencias de sexo y de edad ya no tienen validez social para la clase obrera. Ya no hay más que instrumentos de trabajo, cuyo coste varía según la edad y el sexo.

Una vez que el fabricante ha terminado de explotar al obrero y este recibe su salario al contado, caen sobre él los demás sectores de la burguesía: el casero, el tendero, el prestamista, etc.

Los antiguos estamentos medios pequeños, los pequeños industriales, comerciantes y rentistas, los artesanos y los campesinos, todas estas clases se hunden en el proletariado: en parte porque su pequeño capital no basta para la explotación de la gran industria y sucumbe en la competencia con los capitalistas más grandes, en parte porque los nuevos modos de producción deprecian su habilidad. Así se recluta el proletariado en todas las clases de la población.

El proletariado pasa por distintas etapas de desarrollo. Su lucha contra la burguesía comienza con su existencia.

Al principio luchan los obreros aislados, después los obreros de una fábrica, después los de una rama de la industria en una localidad, contra el burgués concreto que los explota directamente. No dirigen sus ataques solo contra las relaciones burguesas de producción, sino contra los propios instrumentos de producción; destruyen las mercancías extranjeras que les hacen competencia, rompen las máquinas, incendian las fábricas, intentan reconquistar la posición perdida del obrero de la Edad Media.

En esta etapa los obreros forman una masa dispersa por todo el país y dividida por la competencia. La cohesión masiva de los obreros no es todavía el resultado de su propia unión, sino de la unión de la burguesía, que para alcanzar sus propios fines políticos tiene que poner en movimiento a todo el proletariado, y que por el momento aún puede hacerlo. En esta etapa, pues, los proletarios no combaten a sus enemigos, sino a los enemigos de sus enemigos: los restos de la monarquía absoluta, los terratenientes, los burgueses no industriales, los pequeñoburgueses. Todo el movimiento histórico se concentra así en manos de la burguesía; cada victoria alcanzada de este modo es una victoria de la burguesía.

Pero con el desarrollo de la industria el proletariado no solo crece en número; se concentra en masas más grandes, su fuerza aumenta y él la siente más. Los intereses y las condiciones de vida dentro del proletariado se igualan cada vez más, a medida que la maquinaria borra más y más las diferencias del trabajo y reduce el salario casi en todas partes a un mismo nivel bajo. La creciente competencia de los burgueses entre sí y las crisis comerciales que de ella resultan hacen cada vez más inestable el salario de los obreros; el perfeccionamiento incesante de la maquinaria, cada vez más rápido, hace cada vez más insegura toda su posición en la vida; los choques entre el obrero individual y el burgués individual adquieren cada vez más el carácter de choques entre dos clases. Los obreros empiezan formando coaliciones contra los burgueses; se unen para defender su salario. Llegan a fundar asociaciones permanentes para abastecerse de cara a esas sublevaciones ocasionales. Aquí y allá la lucha estalla en motines.

De vez en cuando los obreros vencen, pero solo de forma pasajera. El verdadero resultado de sus luchas no es el éxito inmediato, sino la unión cada vez más extensa de los obreros. La favorecen los crecientes medios de comunicación creados por la gran industria, que ponen en contacto a los obreros de distintas localidades. Y basta ese contacto para centralizar las numerosas luchas locales, que tienen en todas partes el mismo carácter, en una lucha nacional, en una lucha de clases. Pero toda lucha de clases es una lucha política. Y la unión que los burgueses de la Edad Media, con sus caminos vecinales, tardaron siglos en lograr, los proletarios modernos la logran en pocos años con los ferrocarriles.

Esta organización de los proletarios en clase, y con ello en partido político, vuelve a ser destruida a cada momento por la competencia entre los propios obreros. Pero resurge siempre, más fuerte, más firme, más poderosa. Aprovechando las divisiones dentro de la burguesía, la obliga a reconocer en forma de ley algunos intereses de los obreros. Así ocurrió con la ley de la jornada de diez horas en Inglaterra.

Los choques dentro de la vieja sociedad favorecen de muchas maneras el desarrollo del proletariado. La burguesía vive en lucha constante: al principio contra la aristocracia; después, contra aquellos sectores de la propia burguesía cuyos intereses entran en contradicción con el progreso de la industria; siempre, contra la burguesía de todos los países extranjeros. En todas estas luchas se ve obligada a apelar al proletariado, a pedir su ayuda y a arrastrarlo así al movimiento político. Es ella misma, pues, la que proporciona al proletariado sus propios elementos de formación, es decir, armas contra sí misma.

Además, como hemos visto, el progreso de la industria precipita en el proletariado a sectores enteros de la clase dominante, o al menos amenaza sus condiciones de vida. También ellos aportan al proletariado una masa de elementos de formación.

Por último, en los tiempos en que la lucha de clases se acerca a su desenlace, el proceso de descomposición dentro de la clase dominante, dentro de toda la vieja sociedad, adquiere un carácter tan violento y tan crudo que una pequeña parte de la clase dominante reniega de ella y se une a la clase revolucionaria, a la clase que lleva en sus manos el porvenir. Y así como antes una parte de la nobleza se pasó a la burguesía, ahora una parte de la burguesía se pasa al proletariado, y en particular una parte de los ideólogos burgueses que se han elevado hasta la comprensión teórica del conjunto del movimiento histórico.

De todas las clases que hoy se enfrentan a la burguesía, solo el proletariado es una clase verdaderamente revolucionaria. Las demás clases decaen y desaparecen con la gran industria; el proletariado es su producto más genuino.

Los estamentos medios, el pequeño industrial, el pequeño comerciante, el artesano, el campesino, todos combaten a la burguesía para salvar del hundimiento su existencia como estamentos medios. No son, pues, revolucionarios, sino conservadores. Más aún, son reaccionarios, pues pretenden hacer girar hacia atrás la rueda de la historia. Si son revolucionarios, lo son en vista de su inminente paso al proletariado; entonces no defienden sus intereses presentes, sino sus intereses futuros, y abandonan su propio punto de vista para adoptar el del proletariado.

El lumpenproletariado, esa podredumbre pasiva de las capas más bajas de la vieja sociedad, puede verse arrastrado aquí y allá al movimiento por una revolución proletaria; pero, por todas sus condiciones de vida, estará más dispuesto a venderse a las maquinaciones reaccionarias.

Las condiciones de vida de la vieja sociedad están ya destruidas en las condiciones de vida del proletariado. El proletario carece de propiedad; su relación con su mujer y sus hijos ya no tiene nada en común con la relación familiar burguesa; el trabajo industrial moderno, el moderno sometimiento al capital, el mismo en Inglaterra que en Francia, en América que en Alemania, le ha despojado de todo carácter nacional. Las leyes, la moral, la religión son para él otros tantos prejuicios burgueses tras los que se esconden otros tantos intereses burgueses.

Todas las clases anteriores que conquistaron la dominación trataron de asegurar la posición que ya habían adquirido sometiendo a toda la sociedad a las condiciones de su modo de apropiación. Los proletarios solo pueden conquistar las fuerzas productivas sociales aboliendo su propio modo de apropiación anterior y, con ello, todo el modo de apropiación anterior. Los proletarios no tienen nada propio que salvaguardar; tienen que destruir todas las seguridades y garantías privadas existentes hasta ahora.

Todos los movimientos anteriores fueron movimientos de minorías o en interés de minorías. El movimiento proletario es el movimiento independiente de la inmensa mayoría en interés de la inmensa mayoría. El proletariado, la capa más baja de la sociedad actual, no puede levantarse, no puede erguirse, sin hacer saltar por los aires toda la superestructura de las capas que forman la sociedad oficial.

Aunque no por su contenido, sí por su forma, la lucha del proletariado contra la burguesía es al principio una lucha nacional. El proletariado de cada país tiene que acabar, naturalmente, ante todo con su propia burguesía.

Al trazar las fases más generales del desarrollo del proletariado, hemos seguido la guerra civil más o menos oculta dentro de la sociedad existente hasta el punto en que estalla en una revolución abierta y el proletariado funda su dominación mediante el derrocamiento violento de la burguesía.

Toda sociedad anterior, como hemos visto, ha descansado en el antagonismo entre clases opresoras y oprimidas. Pero para poder oprimir a una clase hay que asegurarle unas condiciones dentro de las cuales pueda, al menos, arrastrar su existencia de esclavo. El siervo, en plena servidumbre, llegó a ser miembro de la comuna, del mismo modo que el pequeñoburgués llegó a ser burgués bajo el yugo del absolutismo feudal. El obrero moderno, en cambio, lejos de elevarse con el progreso de la industria, se hunde cada vez más por debajo de las condiciones de su propia clase. El obrero se convierte en pobre de solemnidad, y el pauperismo crece todavía más deprisa que la población y la riqueza. Con ello se pone de manifiesto que la burguesía es incapaz de seguir siendo la clase dominante de la sociedad y de imponer a la sociedad, como ley reguladora, las condiciones de vida de su clase. Es incapaz de dominar porque es incapaz de asegurar a su esclavo la existencia siquiera dentro de su esclavitud, porque se ve obligada a dejarlo caer en una situación en que tiene que alimentarlo en lugar de ser alimentada por él. La sociedad ya no puede vivir bajo su dominación; es decir, su vida ya no es compatible con la sociedad.

La condición más esencial para la existencia y para la dominación de la clase burguesa es la acumulación de la riqueza en manos de particulares, la formación y el incremento del capital. La condición del capital es el trabajo asalariado. El trabajo asalariado descansa exclusivamente en la competencia de los obreros entre sí. El progreso de la industria, del que la burguesía es agente involuntario y pasivo, sustituye el aislamiento de los obreros, resultado de la competencia, por su unión revolucionaria mediante la asociación. Así, con el desarrollo de la gran industria, se le quita a la burguesía bajo los pies el terreno mismo sobre el que produce y se apropia de los productos. La burguesía produce, ante todo, sus propios sepultureros. Su hundimiento y la victoria del proletariado son igualmente inevitables.

II. Proletarios y comunistas

¿Qué relación guardan los comunistas con los proletarios en general?

Los comunistas no forman un partido aparte frente a los demás partidos obreros.

No tienen intereses separados de los intereses del conjunto del proletariado.

No establecen principios especiales con los que quieran moldear el movimiento proletario.

Los comunistas solo se distinguen de los demás partidos proletarios en que, por una parte, en las distintas luchas nacionales de los proletarios destacan y hacen valer los intereses comunes de todo el proletariado, independientes de la nacionalidad; y por otra, en que en las distintas etapas de desarrollo por las que atraviesa la lucha entre proletariado y burguesía representan siempre el interés del movimiento en su conjunto.

Los comunistas son, pues, en la práctica, la parte más decidida de los partidos obreros de todos los países, la que siempre impulsa adelante; en la teoría, tienen sobre el resto de la masa del proletariado la ventaja de comprender las condiciones, la marcha y los resultados generales del movimiento proletario.

El objetivo inmediato de los comunistas es el mismo que el de todos los demás partidos proletarios: constitución del proletariado en clase, derrocamiento de la dominación burguesa, conquista del poder político por el proletariado.

Las tesis teóricas de los comunistas no se basan en modo alguno en ideas, en principios inventados o descubiertos por tal o cual reformador del mundo.

No son más que expresiones generales de las relaciones efectivas de una lucha de clases existente, de un movimiento histórico que se está desarrollando ante nuestros ojos. La abolición de las relaciones de propiedad existentes hasta ahora no es nada que caracterice propiamente al comunismo.

Todas las relaciones de propiedad han estado sometidas a un cambio histórico constante, a una transformación histórica constante.

La Revolución francesa, por ejemplo, abolió la propiedad feudal en favor de la burguesa.

Lo que distingue al comunismo no es la abolición de la propiedad en general, sino la abolición de la propiedad burguesa.

Pero la moderna propiedad privada burguesa es la última y más acabada expresión de la producción y apropiación de los productos que descansa en antagonismos de clase, en la explotación de unos por otros.

En este sentido, los comunistas pueden resumir su teoría en esta sola fórmula: abolición de la propiedad privada.3

Se nos ha reprochado a los comunistas que queremos abolir la propiedad adquirida personalmente, fruto del propio trabajo; la propiedad que, según dicen, forma la base de toda libertad, actividad e independencia personales.

¡La propiedad fruto del trabajo, adquirida, ganada por uno mismo! ¿Habláis de la propiedad del pequeñoburgués, del pequeño campesino, que precedió a la propiedad burguesa? No necesitamos abolirla: el desarrollo de la industria la ha abolido y la sigue aboliendo a diario.

¿O habláis de la moderna propiedad privada burguesa?

Pero ¿acaso el trabajo asalariado, el trabajo del proletario, le crea propiedad? De ningún modo. Crea el capital, es decir, la propiedad que explota el trabajo asalariado y que solo puede multiplicarse a condición de engendrar nuevo trabajo asalariado para explotarlo de nuevo. La propiedad, en su forma actual, se mueve en el antagonismo entre capital y trabajo asalariado. Examinemos los dos términos de este antagonismo. Ser capitalista no significa ocupar una posición puramente personal, sino una posición social en la producción.

El capital es un producto colectivo y solo puede ponerse en movimiento mediante la actividad común de muchos miembros de la sociedad, y en última instancia solo mediante la actividad común de todos los miembros de la sociedad.

El capital no es, pues, un poder personal: es un poder social.

Por tanto, cuando el capital se transforma en propiedad común, perteneciente a todos los miembros de la sociedad, no es la propiedad personal la que se transforma en social. Solo cambia el carácter social de la propiedad. Pierde su carácter de clase.

Pasemos al trabajo asalariado.

El precio medio del trabajo asalariado es el mínimo del salario, es decir, la suma de los medios de subsistencia necesarios para mantener con vida al obrero como obrero. Por tanto, lo que el obrero asalariado se apropia mediante su actividad le alcanza justo para reproducir su vida desnuda. No queremos en modo alguno abolir esta apropiación personal de los productos del trabajo para reproducir la vida inmediata, una apropiación que no deja ningún excedente neto que pueda dar poder sobre el trabajo ajeno. Solo queremos suprimir el carácter miserable de esa apropiación, en la que el obrero solo vive para multiplicar el capital y solo vive en la medida en que lo exige el interés de la clase dominante.

En la sociedad burguesa, el trabajo vivo no es más que un medio para multiplicar el trabajo acumulado. En la sociedad comunista, el trabajo acumulado no es más que un medio para ampliar, enriquecer y favorecer el proceso de vida de los obreros.

En la sociedad burguesa domina, pues, el pasado sobre el presente; en la comunista, el presente sobre el pasado. En la sociedad burguesa el capital es independiente y tiene personalidad, mientras que el individuo activo carece de independencia y de personalidad.

¡Y a la abolición de esta relación la burguesía la llama abolición de la personalidad y de la libertad! Y con razón. Se trata, desde luego, de abolir la personalidad, la independencia y la libertad burguesas.

Por libertad se entiende, dentro de las actuales relaciones burguesas de producción, el libre comercio, la libre compraventa.

Pero si desaparece el tráfico, desaparece también el libre tráfico. Las frases sobre el libre tráfico, como todas las demás bravatas de nuestros burgueses sobre la libertad, solo tienen sentido frente al tráfico encadenado, frente al burgués sojuzgado de la Edad Media, pero no frente a la abolición comunista del tráfico, de las relaciones burguesas de producción y de la propia burguesía.

Os horroriza que queramos abolir la propiedad privada. Pero en vuestra sociedad actual la propiedad privada está abolida para nueve décimas partes de sus miembros; existe precisamente porque no existe para esas nueve décimas partes. Nos reprocháis, pues, que queramos abolir una propiedad que tiene como condición necesaria que la inmensa mayoría de la sociedad carezca de propiedad.

En una palabra, nos reprocháis que queramos abolir vuestra propiedad. Pues sí, eso es lo que queremos.

Desde el momento en que el trabajo ya no puede convertirse en capital, en dinero, en renta de la tierra, en una palabra, en un poder social susceptible de ser monopolizado, es decir, desde el momento en que la propiedad personal ya no puede convertirse en propiedad burguesa, desde ese momento declaráis que la persona queda abolida.

Confesáis, pues, que por persona no entendéis otra cosa que al burgués, al propietario burgués. Y esa persona, desde luego, debe ser abolida.

El comunismo no priva a nadie del poder de apropiarse de productos sociales; solo le quita el poder de sojuzgar mediante esa apropiación el trabajo ajeno.

Se ha objetado que con la abolición de la propiedad privada cesará toda actividad y se extenderá una pereza general.

Si así fuera, la sociedad burguesa habría perecido hace mucho por holgazanería, pues en ella los que trabajan no adquieren y los que adquieren no trabajan. Toda la objeción se reduce a la tautología de que deja de haber trabajo asalariado en cuanto deja de haber capital.

Todas las objeciones que se dirigen contra el modo comunista de apropiación y de producción de los productos materiales se han extendido igualmente a la apropiación y la producción de los productos intelectuales. Así como para el burgués el fin de la propiedad de clase es el fin de la producción misma, el fin de la cultura de clase es para él idéntico al fin de la cultura en general.

La cultura cuya pérdida lamenta es, para la inmensa mayoría, el adiestramiento para hacer de máquina.

Pero no discutáis con nosotros midiendo la abolición de la propiedad burguesa con el rasero de vuestras ideas burguesas de libertad, cultura, derecho, etc. Vuestras ideas mismas son productos de las relaciones burguesas de producción y de propiedad, del mismo modo que vuestro derecho no es más que la voluntad de vuestra clase erigida en ley, una voluntad cuyo contenido está dado por las condiciones materiales de vida de vuestra clase.

La concepción interesada que os lleva a convertir vuestras relaciones de producción y de propiedad, de relaciones históricas y transitorias en el curso de la producción, en leyes eternas de la naturaleza y de la razón, la compartís con todas las clases dominantes que han desaparecido. Lo que comprendéis para la propiedad antigua, lo que comprendéis para la propiedad feudal, no podéis ya comprenderlo para la propiedad burguesa.

¡Abolición de la familia! Hasta los más radicales se escandalizan ante este infame propósito de los comunistas.

¿En qué descansa la familia actual, la familia burguesa? En el capital, en el lucro privado. Plenamente desarrollada, solo existe para la burguesía; pero encuentra su complemento en la carencia forzosa de familia de los proletarios y en la prostitución pública.

La familia del burgués desaparece naturalmente al desaparecer este complemento suyo, y ambos desaparecen con la desaparición del capital.

¿Nos reprocháis que queramos abolir la explotación de los hijos por sus padres? Confesamos ese crimen. Pero, decís, destruimos los vínculos más entrañables al sustituir la educación doméstica por la social.

¿Y acaso vuestra educación no está determinada también por la sociedad? ¿Por las relaciones sociales dentro de las cuales educáis, por la intervención más o menos directa de la sociedad a través de la escuela, etc.? Los comunistas no inventan la influencia de la sociedad en la educación; solo cambian su carácter, arrancan la educación a la influencia de una clase dominante.

Las frases burguesas sobre la familia y la educación, sobre la entrañable relación entre padres e hijos, resultan tanto más repugnantes cuanto más, a consecuencia de la gran industria, se desgarran todos los lazos familiares de los proletarios y los niños se convierten en simples artículos de comercio e instrumentos de trabajo.

¡Pero vosotros, los comunistas, queréis introducir la comunidad de las mujeres!, nos grita a coro toda la burguesía.

El burgués ve en su mujer un simple instrumento de producción. Oye decir que los instrumentos de producción deben ser explotados en común y, naturalmente, no puede imaginar otra cosa sino que la suerte de la comunidad alcanzará también a las mujeres.

No sospecha que se trata precisamente de acabar con la situación de la mujer como mero instrumento de producción.

Por lo demás, nada hay más ridículo que el horror altamente moral de nuestros burgueses ante la supuesta comunidad oficial de las mujeres que atribuyen a los comunistas. Los comunistas no necesitan introducir la comunidad de las mujeres: ha existido casi siempre.

Nuestros burgueses, no contentos con tener a su disposición a las mujeres y a las hijas de sus proletarios, por no hablar de la prostitución oficial, encuentran un placer especial en seducirse mutuamente sus esposas.

El matrimonio burgués es en realidad la comunidad de las esposas. A lo sumo podría reprocharse a los comunistas que quieran sustituir una comunidad de las mujeres hipócritamente disimulada por una comunidad oficial y franca. Por lo demás, se comprende por sí mismo que con la abolición de las relaciones de producción actuales desaparecerá también la comunidad de las mujeres que de ellas se deriva, es decir, la prostitución oficial y no oficial.

Se ha reprochado además a los comunistas que quieren abolir la patria, la nacionalidad.

Los obreros no tienen patria. No se les puede quitar lo que no tienen. Como el proletariado tiene que conquistar primero la dominación política, elevarse a clase nacional, constituirse él mismo en nación, todavía es nacional, aunque de ningún modo en el sentido de la burguesía.

Las separaciones y los antagonismos nacionales entre los pueblos desaparecen cada vez más ya con el desarrollo de la burguesía, con la libertad de comercio, el mercado mundial y la uniformidad de la producción industrial y de las condiciones de vida que le corresponden.

La dominación del proletariado los hará desaparecer todavía más. La acción unida, al menos de los países civilizados, es una de las primeras condiciones de su emancipación.

En la medida en que se suprima la explotación de un individuo por otro, se suprimirá la explotación de una nación por otra.

Con el antagonismo de las clases dentro de la nación desaparece la hostilidad de las naciones entre sí.

Las acusaciones contra el comunismo formuladas desde puntos de vista religiosos, filosóficos e ideológicos en general no merecen un examen más detenido.

¿Hace falta una gran perspicacia para comprender que con las condiciones de vida de los hombres, con sus relaciones sociales, con su existencia social, cambian también sus representaciones, sus ideas y sus conceptos, en una palabra, su conciencia?

¿Qué demuestra la historia de las ideas sino que la producción intelectual se transforma con la material? Las ideas dominantes de una época han sido siempre solo las ideas de la clase dominante.

Cuando se habla de ideas que revolucionan toda una sociedad, no se hace más que expresar el hecho de que en el seno de la vieja sociedad se han formado los elementos de una nueva, y de que la disolución de las viejas ideas avanza al mismo paso que la disolución de las viejas condiciones de vida.

Cuando el mundo antiguo estaba hundiéndose, las viejas religiones fueron vencidas por la religión cristiana. Cuando en el siglo XVIII las ideas cristianas sucumbieron ante las ideas de la Ilustración, la sociedad feudal libraba su lucha a muerte contra la burguesía, entonces revolucionaria. Las ideas de libertad de conciencia y de religión no hacían más que expresar el dominio de la libre competencia en el terreno de la conciencia.

Pero, se dirá, las ideas religiosas, morales, filosóficas, políticas, jurídicas, etc., se han modificado sin duda en el curso del desarrollo histórico. La religión, la moral, la filosofía, la política y el derecho se han mantenido siempre a través de esos cambios.

Hay además verdades eternas, como la libertad, la justicia, etc., comunes a todas las situaciones sociales. Pero el comunismo abole las verdades eternas, abole la religión y la moral en lugar de darles una forma nueva; contradice, por tanto, todo el desarrollo histórico anterior.

¿A qué se reduce esta acusación? La historia de toda la sociedad hasta hoy se ha movido en antagonismos de clase, que en las distintas épocas han adoptado formas distintas.

Pero, cualquiera que haya sido la forma que adoptaran, la explotación de una parte de la sociedad por la otra es un hecho común a todos los siglos pasados. No es de extrañar, por tanto, que la conciencia social de todos los siglos, a pesar de toda su multiplicidad y variedad, se mueva en ciertas formas comunes, formas de conciencia que solo se disolverán por completo con la desaparición total del antagonismo de clases.

La revolución comunista es la ruptura más radical con las relaciones de propiedad tradicionales; no es de extrañar que en el curso de su desarrollo se rompa del modo más radical con las ideas tradicionales.

Pero dejemos las objeciones de la burguesía contra el comunismo.

Ya hemos visto más arriba que el primer paso de la revolución obrera es la elevación del proletariado a clase dominante, la conquista de la democracia.

El proletariado se servirá de su dominación política para ir arrancando gradualmente a la burguesía todo el capital, para centralizar todos los instrumentos de producción en manos del Estado, es decir, del proletariado organizado como clase dominante, y para aumentar con la mayor rapidez posible la masa de las fuerzas productivas.

Al principio, naturalmente, esto solo podrá hacerse mediante intervenciones despóticas en el derecho de propiedad y en las relaciones burguesas de producción, es decir, mediante medidas que parecen económicamente insuficientes e insostenibles, pero que en el curso del movimiento se rebasan a sí mismas y son inevitables como medio para transformar todo el modo de producción.

Estas medidas serán, naturalmente, distintas según los países.

Sin embargo, en los países más avanzados podrán aplicarse con bastante generalidad las siguientes:

  1. Expropiación de la propiedad de la tierra y empleo de la renta del suelo para los gastos del Estado.
  2. Impuesto fuertemente progresivo.
  3. Abolición del derecho de herencia.
  4. Confiscación de los bienes de todos los emigrados y rebeldes.
  5. Centralización del crédito en manos del Estado por medio de un banco nacional con capital del Estado y monopolio exclusivo.
  6. Centralización de todos los medios de transporte en manos del Estado.
  7. Multiplicación de las fábricas nacionales y de los instrumentos de producción, roturación y mejora de las tierras según un plan común.
  8. Obligación igual de trabajar para todos; creación de ejércitos industriales, sobre todo para la agricultura.
  9. Combinación de la agricultura y la industria; medidas para ir eliminando gradualmente el antagonismo entre la ciudad y el campo.
  10. Educación pública y gratuita de todos los niños. Abolición del trabajo infantil en las fábricas en su forma actual. Combinación de la educación con la producción material, etc., etc.

Cuando, en el curso del desarrollo, hayan desaparecido las diferencias de clase y toda la producción se haya concentrado en manos de los individuos asociados, el poder público perderá su carácter político. El poder político, en sentido propio, es el poder organizado de una clase para la opresión de otra. Si el proletariado, en su lucha contra la burguesía, se une necesariamente como clase, se convierte por medio de una revolución en clase dominante y, como clase dominante, suprime por la fuerza las viejas relaciones de producción, suprime al mismo tiempo, junto con esas relaciones de producción, las condiciones de existencia del antagonismo de clases, las clases en general y, con ello, su propia dominación como clase.

En lugar de la vieja sociedad burguesa, con sus clases y sus antagonismos de clase, surge una asociación en la que el libre desarrollo de cada uno es la condición del libre desarrollo de todos.

III. Literatura socialista y comunista

1. El socialismo reaccionario

a) El socialismo feudal

Por su posición histórica, la aristocracia francesa e inglesa estaba llamada a escribir panfletos contra la moderna sociedad burguesa. En la revolución francesa de julio de 1830 y en el movimiento inglés por la reforma electoral, había sucumbido una vez más ante el odiado advenedizo.4 Ya no podía hablarse de una lucha política seria. Solo le quedaba la lucha literaria. Pero también en el terreno de la literatura se habían vuelto imposibles las viejas frases de la época de la Restauración. Para despertar simpatías, la aristocracia tuvo que perder de vista en apariencia sus propios intereses y formular su acta de acusación contra la burguesía únicamente en interés de la clase obrera explotada. Se preparó así la satisfacción de poder cantar coplas injuriosas contra su nuevo amo y susurrarle al oído profecías más o menos preñadas de desgracias.

Así nació el socialismo feudal, mitad lamento, mitad pasquín, mitad eco del pasado, mitad amenaza del porvenir; a veces hería a la burguesía en el corazón con su juicio amargo, ingenioso y desgarrador, pero siempre resultaba cómico por su completa incapacidad para comprender la marcha de la historia moderna.

Enarbolaban como bandera el saco de mendigo del proletario para reunir al pueblo tras de sí. Pero cada vez que el pueblo los seguía, veía en sus traseros los viejos blasones feudales y se dispersaba con sonoras e irreverentes carcajadas.

Una parte de los legitimistas franceses y la «Joven Inglaterra» ofrecieron este espectáculo.5

Cuando los feudales demuestran que su modo de explotación era distinto de la explotación burguesa, solo olvidan que explotaban en circunstancias y condiciones completamente distintas y hoy caducas. Cuando hacen ver que bajo su dominación no existía el proletariado moderno, solo olvidan que la burguesía moderna fue precisamente un vástago necesario de su orden social.

Por lo demás, ocultan tan poco el carácter reaccionario de su crítica que su principal acusación contra la burguesía consiste precisamente en que bajo su régimen se desarrolla una clase que hará saltar por los aires todo el viejo orden social.

Reprochan a la burguesía no tanto que engendre un proletariado como que engendre un proletariado revolucionario.

Por eso, en la práctica política participan en todas las medidas de fuerza contra la clase obrera, y en la vida corriente, a pesar de todas sus frases altisonantes, se avienen a recoger las manzanas de oro y a cambiar la fidelidad, el amor y el honor por el tráfico de lana de oveja, remolacha y aguardiente.6

Así como el cura fue siempre de la mano del señor feudal, el socialismo clerical va de la mano del socialismo feudal.

Nada más fácil que dar un barniz socialista al ascetismo cristiano. ¿Acaso el cristianismo no clamó también contra la propiedad privada, contra el matrimonio, contra el Estado? ¿No predicó en su lugar la caridad y la mendicidad, el celibato y la mortificación de la carne, la vida monástica y la Iglesia? El socialismo santo no es más que el agua bendita con la que el cura bendice el despecho del aristócrata.7

b) El socialismo pequeñoburgués

La aristocracia feudal no es la única clase derribada por la burguesía, la única cuyas condiciones de vida se marchitaron y murieron en la moderna sociedad burguesa. Los villanos de las ciudades medievales y el pequeño campesinado fueron los precursores de la burguesía moderna. En los países menos desarrollados en la industria y el comercio, esta clase sigue vegetando junto a la burguesía en ascenso.

En los países donde se ha desarrollado la civilización moderna se ha formado una nueva pequeña burguesía, que oscila entre el proletariado y la burguesía y que se forma una y otra vez como parte complementaria de la sociedad burguesa; pero sus miembros se ven constantemente precipitados en el proletariado por la competencia, e incluso, con el desarrollo de la gran industria, ven acercarse el momento en que desaparecerán por completo como parte independiente de la sociedad moderna y serán sustituidos en el comercio, la manufactura y la agricultura por capataces y criados.

En países como Francia, donde la clase campesina constituye mucho más de la mitad de la población, era natural que los escritores que tomaban partido por el proletariado contra la burguesía aplicaran a su crítica del régimen burgués el rasero del pequeño burgués y del pequeño campesino, y abrazaran la causa de los obreros desde el punto de vista de la pequeña burguesía. Así se formó el socialismo pequeñoburgués. Sismondi es el jefe de esta literatura, no solo en Francia sino también en Inglaterra.8

Este socialismo analizó con gran agudeza las contradicciones de las relaciones de producción modernas. Desenmascaró los embellecimientos hipócritas de los economistas. Demostró de manera irrefutable los efectos destructivos de la maquinaria y de la división del trabajo, la concentración de los capitales y de la propiedad de la tierra, la sobreproducción, las crisis, la ruina necesaria de los pequeños burgueses y campesinos, la miseria del proletariado, la anarquía en la producción, las desproporciones escandalosas en la distribución de la riqueza, la guerra industrial de exterminio entre las naciones, la disolución de las viejas costumbres, de las viejas relaciones familiares, de las viejas nacionalidades.

Pero, por su contenido positivo, este socialismo quiere o bien restablecer los viejos medios de producción y de cambio, y con ellos las viejas relaciones de propiedad y la vieja sociedad, o bien encerrar de nuevo por la fuerza los modernos medios de producción y de cambio en el marco de las viejas relaciones de propiedad, que esos medios han hecho saltar y tenían que hacer saltar. En ambos casos es a la vez reaccionario y utópico.

Corporaciones gremiales en la manufactura y economía patriarcal en el campo: esa es su última palabra.

En su desarrollo posterior, esta tendencia ha acabado en una cobarde resaca.

c) El socialismo alemán o «verdadero»

La literatura socialista y comunista de Francia, nacida bajo la presión de una burguesía dominante y expresión literaria de la lucha contra esa dominación, llegó a Alemania en un momento en que la burguesía acababa de empezar su lucha contra el absolutismo feudal.

Filósofos, semifilósofos y bellos espíritus alemanes se apoderaron ávidamente de esa literatura y olvidaron tan solo que, con la llegada de esos escritos desde Francia, no habían llegado al mismo tiempo a Alemania las condiciones de vida francesas. Frente a las condiciones alemanas, la literatura francesa perdió toda significación práctica inmediata y adquirió un aspecto puramente literario. Tenía que parecer una especulación ociosa sobre la verdadera sociedad, sobre la realización de la esencia humana. Del mismo modo, para los filósofos alemanes del siglo XVIII las reivindicaciones de la primera Revolución francesa solo tenían el sentido de ser reivindicaciones de la «razón práctica» en general, y las manifestaciones de la voluntad de la burguesía revolucionaria francesa significaban a sus ojos las leyes de la voluntad pura, de la voluntad tal como debe ser, de la voluntad verdaderamente humana.

El trabajo exclusivo de los literatos alemanes consistió en poner las nuevas ideas francesas en armonía con su vieja conciencia filosófica, o más bien en apropiarse de las ideas francesas desde su punto de vista filosófico.

Esta apropiación se hizo del mismo modo en que uno se apropia en general de una lengua extranjera: mediante la traducción.

Es sabido cómo los monjes escribieron absurdas vidas de santos católicos sobre los manuscritos en los que estaban recogidas las obras clásicas de la antigüedad pagana. Los literatos alemanes procedieron al revés con la literatura profana francesa. Escribieron sus disparates filosóficos detrás del original francés. Por ejemplo, detrás de la crítica francesa de las relaciones monetarias escribieron «enajenación de la esencia humana»; detrás de la crítica francesa del Estado burgués escribieron «abolición del dominio de lo universal abstracto», etc.

A esta sustitución de los desarrollos franceses por sus frases filosóficas la bautizaron «filosofía de la acción», «verdadero socialismo», «ciencia alemana del socialismo», «fundamentación filosófica del socialismo», etc.

La literatura socialista y comunista francesa quedó así literalmente castrada. Y como en manos del alemán dejó de expresar la lucha de una clase contra otra, el alemán tuvo conciencia de haber superado la «unilateralidad francesa», de haber defendido, en lugar de verdaderas necesidades, la necesidad de la verdad, y en lugar de los intereses del proletario, los intereses de la esencia humana, del hombre en general, del hombre que no pertenece a ninguna clase, que no pertenece en absoluto a la realidad, sino solo al cielo brumoso de la fantasía filosófica.

Este socialismo alemán, que tomaba tan en serio y con tanta solemnidad sus torpes ejercicios escolares y los pregonaba con tanto bombo, fue perdiendo poco a poco su inocencia pedante.

La lucha de la burguesía alemana, y en particular de la prusiana, contra los feudales y la monarquía absoluta, en una palabra, el movimiento liberal, se hizo más seria.

Al verdadero socialismo se le ofreció así la ocasión deseada de oponer al movimiento político las reivindicaciones socialistas, de lanzar los anatemas tradicionales contra el liberalismo, contra el Estado representativo, contra la competencia burguesa, la libertad de prensa burguesa, el derecho burgués, la libertad y la igualdad burguesas, y de predicar a la masa del pueblo que en ese movimiento burgués no tenía nada que ganar y sí todo que perder. El socialismo alemán olvidó oportunamente que la crítica francesa, de la que era el eco sin espíritu, presuponía la moderna sociedad burguesa, con las condiciones materiales de vida que le corresponden y la constitución política adecuada: precisamente las premisas que en Alemania todavía estaban por conquistar.

Sirvió a los gobiernos absolutos alemanes, con su séquito de curas, maestros de escuela, hidalgos de aldea y burócratas, de espantapájaros deseado contra la burguesía que avanzaba amenazadora.

Fue el complemento dulzón de los amargos latigazos y balazos con que esos mismos gobiernos trataban los levantamientos obreros alemanes.

Si el verdadero socialismo se convirtió así en un arma en manos de los gobiernos contra la burguesía alemana, representaba también directamente un interés reaccionario, el interés de la pequeña burguesía alemana. En Alemania, la pequeña burguesía, heredada del siglo XVI y que desde entonces reaparece una y otra vez bajo formas distintas, constituye la verdadera base social del orden existente.

Conservarla es conservar el orden existente en Alemania. De la dominación industrial y política de la burguesía teme su ruina segura, por un lado a consecuencia de la concentración del capital, por otro por el surgimiento de un proletariado revolucionario. El verdadero socialismo le pareció matar dos pájaros de un tiro. Se propagó como una epidemia.

La vestidura tejida con telarañas especulativas, bordada con flores retóricas de bellos espíritus, empapada del rocío sentimental de un amor bochornoso, esa vestidura exuberante con que los socialistas alemanes envolvían sus cuatro huesudas verdades eternas, no hizo más que aumentar la venta de su mercancía entre ese público.

Por su parte, el socialismo alemán reconoció cada vez más que su vocación era la de ser el representante altisonante de esa pequeña burguesía.

Proclamó que la nación alemana era la nación normal, y el filisteo alemán, el hombre normal. A cada vileza de este le dio un sentido socialista oculto y superior, en el que significaba lo contrario. Sacó la última consecuencia al oponerse directamente a la tendencia «brutalmente destructiva» del comunismo y proclamar su imparcial elevación por encima de todas las luchas de clases. Con muy pocas excepciones, todo lo que circula en Alemania como escritos supuestamente socialistas y comunistas pertenece al ámbito de esta literatura sucia y enervante.

2. El socialismo conservador o burgués

Una parte de la burguesía desea remediar los males sociales para asegurar la existencia de la sociedad burguesa.

A ella pertenecen economistas, filántropos, humanitarios, mejoradores de la situación de las clases trabajadoras, organizadores de la beneficencia, protectores de animales, fundadores de sociedades de templanza, reformadores de pacotilla de la más variada especie. Y este socialismo burgués ha llegado incluso a elaborarse en sistemas completos.

Citemos como ejemplo la Filosofía de la miseria de Proudhon.9

Los burgueses socialistas quieren las condiciones de vida de la sociedad moderna sin las luchas y los peligros que se derivan necesariamente de ellas. Quieren la sociedad existente sin los elementos que la revolucionan y la disuelven. Quieren la burguesía sin el proletariado. La burguesía se representa, naturalmente, el mundo en que domina como el mejor de los mundos. El socialismo burgués elabora esta representación consoladora en un sistema a medias o completo. Cuando invita al proletariado a realizar sus sistemas para entrar en la nueva Jerusalén, en el fondo solo le pide que se quede en la sociedad actual, pero que se desprenda de las ideas odiosas que se hace de ella.

Una segunda forma de este socialismo, menos sistemática y más práctica, intentó quitar a la clase obrera las ganas de todo movimiento revolucionario demostrándole que no tal o cual cambio político, sino solo un cambio de las condiciones materiales de vida, de las relaciones económicas, podía serle útil. Pero por cambio de las condiciones materiales de vida este socialismo no entiende en absoluto la abolición de las relaciones burguesas de producción, que solo es posible por vía revolucionaria, sino mejoras administrativas que se producen sobre la base de esas relaciones de producción; mejoras que, por tanto, no cambian nada en la relación entre capital y trabajo asalariado, sino que en el mejor de los casos reducen a la burguesía los costes de su dominación y simplifican su presupuesto.

El socialismo burgués solo alcanza su expresión adecuada cuando se convierte en mera figura retórica.

¡Libre comercio, en interés de la clase obrera! ¡Aranceles protectores, en interés de la clase obrera! ¡Prisiones celulares, en interés de la clase obrera! Esta es la última palabra, la única dicha en serio, del socialismo burgués.

Su socialismo consiste precisamente en afirmar que los burgueses son burgueses... en interés de la clase obrera.

3. El socialismo y el comunismo crítico-utópicos

No hablamos aquí de la literatura que en todas las grandes revoluciones modernas expresó las reivindicaciones del proletariado (los escritos de Babeuf, etc.).10

Los primeros intentos del proletariado de imponer directamente su propio interés de clase, en una época de agitación general, en el periodo del derrocamiento de la sociedad feudal, fracasaron necesariamente por la forma poco desarrollada del propio proletariado y por la falta de las condiciones materiales de su emancipación, que son precisamente el producto de la época burguesa. La literatura revolucionaria que acompañó a estos primeros movimientos del proletariado es necesariamente reaccionaria por su contenido. Enseña un ascetismo general y un igualitarismo tosco.

Los sistemas propiamente socialistas y comunistas, los sistemas de Saint-Simon, Fourier, Owen, etc., surgen en el primer periodo, aún no desarrollado, de la lucha entre proletariado y burguesía que hemos descrito más arriba (véase «Burgueses y proletarios»).

Los inventores de estos sistemas ven, es cierto, el antagonismo de las clases, así como la acción de los elementos disolventes dentro de la propia sociedad dominante. Pero no ven en el proletariado ninguna iniciativa histórica propia, ningún movimiento político que le sea propio.

Como el desarrollo del antagonismo de clases va al mismo paso que el desarrollo de la industria, tampoco encuentran las condiciones materiales de la emancipación del proletariado, y buscan una ciencia social, unas leyes sociales, para crear esas condiciones.

En lugar de la actividad social tiene que entrar su actividad inventiva personal; en lugar de las condiciones históricas de la emancipación, condiciones fantásticas; en lugar de la organización gradual del proletariado en clase, una organización de la sociedad urdida expresamente. La historia universal futura se reduce para ellos a la propaganda y la ejecución práctica de sus planes sociales.

Tienen conciencia, es cierto, de defender en sus planes principalmente el interés de la clase obrera como la clase que más sufre. El proletariado solo existe para ellos desde este punto de vista de la clase que más sufre.

Pero la forma poco desarrollada de la lucha de clases, así como su propia situación, hacen que se crean muy por encima de ese antagonismo de clases. Quieren mejorar la situación de todos los miembros de la sociedad, incluso de los más favorecidos. Por eso apelan continuamente a toda la sociedad sin distinción, e incluso con preferencia a la clase dominante. Basta con comprender su sistema para reconocerlo como el mejor plan posible de la mejor sociedad posible.

Por eso rechazan toda acción política, y sobre todo toda acción revolucionaria; quieren alcanzar su objetivo por la vía pacífica e intentan abrir camino al nuevo evangelio social con pequeños experimentos, que naturalmente fracasan, con la fuerza del ejemplo.

Esta descripción fantástica de la sociedad futura corresponde, en un momento en que el proletariado está todavía muy poco desarrollado y concibe aún de forma fantástica su propia posición, a su primer impulso intuitivo hacia una transformación general de la sociedad.

Pero los escritos socialistas y comunistas contienen también elementos críticos. Atacan todos los fundamentos de la sociedad existente. Por eso han proporcionado un material valiosísimo para la ilustración de los obreros. Sus tesis positivas sobre la sociedad futura, por ejemplo la supresión del antagonismo entre la ciudad y el campo, de la familia, del lucro privado, del trabajo asalariado, la proclamación de la armonía social, la transformación del Estado en una mera administración de la producción, todas esas tesis no expresan más que la desaparición del antagonismo de clases, que apenas empieza a desarrollarse y que ellos solo conocen en su primera indeterminación informe. Por eso estas tesis mismas tienen todavía un sentido puramente utópico.

La importancia del socialismo y del comunismo crítico-utópicos está en razón inversa del desarrollo histórico. A medida que la lucha de clases se desarrolla y toma forma, esta elevación fantástica por encima de ella, esta lucha fantástica contra ella, pierde todo valor práctico y toda justificación teórica. Por eso, aunque los autores de estos sistemas fueron revolucionarios en muchos aspectos, sus discípulos forman siempre sectas reaccionarias. Se aferran a las viejas ideas de los maestros frente al desarrollo histórico del proletariado. Por eso tratan consecuentemente de embotar de nuevo la lucha de clases y de conciliar los antagonismos. Siguen soñando con la realización experimental de sus utopías sociales, con la fundación de falansterios aislados, de colonias interiores, con el establecimiento de una pequeña Icaria, edición en miniatura de la nueva Jerusalén; y para levantar todos estos castillos en el aire tienen que apelar a la filantropía de los corazones y de las bolsas burguesas.11 Poco a poco caen en la categoría de los socialistas reaccionarios o conservadores descritos más arriba, y solo se distinguen ya de ellos por una pedantería más sistemática y por su fe supersticiosa y fanática en los efectos milagrosos de su ciencia social.

Por eso se oponen con encono a todo movimiento político de los obreros, que solo podría nacer de una ciega incredulidad en el nuevo evangelio.

Los owenistas en Inglaterra y los fourieristas en Francia reaccionan, allí contra los cartistas, aquí contra los reformistas.12

IV. Posición de los comunistas ante los diferentes partidos de oposición

Después de lo dicho en el capítulo II, se comprende por sí misma la relación de los comunistas con los partidos obreros ya constituidos, es decir, su relación con los cartistas en Inglaterra y con los reformadores agrarios en Norteamérica.

Luchan por alcanzar los objetivos e intereses inmediatos de la clase obrera, pero en el movimiento presente representan a la vez el porvenir del movimiento. En Francia, los comunistas se unen al partido socialista-demócrata contra la burguesía conservadora y radical, sin renunciar por ello al derecho de adoptar una actitud crítica ante las frases y las ilusiones procedentes de la tradición revolucionaria.13

En Suiza apoyan a los radicales, sin desconocer que este partido se compone de elementos contradictorios, en parte de socialistas demócratas en el sentido francés y en parte de burgueses radicales.

Entre los polacos, los comunistas apoyan al partido que hace de una revolución agraria la condición de la liberación nacional: el mismo partido que dio vida a la insurrección de Cracovia de 1846.14

En Alemania, el partido comunista lucha junto con la burguesía, en cuanto esta actúa de forma revolucionaria, contra la monarquía absoluta, la propiedad feudal de la tierra y la pequeña burguesía.

Pero no deja ni un instante de inculcar a los obreros la conciencia más clara posible del antagonismo hostil entre burguesía y proletariado, para que los obreros alemanes puedan volver enseguida contra la burguesía, como otras tantas armas, las condiciones sociales y políticas que la burguesía tiene que traer consigo con su dominación, y para que, tras la caída de las clases reaccionarias en Alemania, empiece inmediatamente la lucha contra la propia burguesía.

Los comunistas dirigen su atención principal hacia Alemania porque Alemania se encuentra en vísperas de una revolución burguesa y porque llevará a cabo esa transformación en condiciones más avanzadas de la civilización europea en general y con un proletariado mucho más desarrollado que Inglaterra en el siglo XVII y Francia en el XVIII; la revolución burguesa alemana, por tanto, solo puede ser el preludio inmediato de una revolución proletaria.

En una palabra, los comunistas apoyan en todas partes todo movimiento revolucionario contra el orden social y político existente.

En todos estos movimientos ponen en primer plano, como cuestión fundamental del movimiento, la cuestión de la propiedad, cualquiera que sea la forma más o menos desarrollada que haya adoptado.

Por último, los comunistas trabajan en todas partes por la unión y el entendimiento de los partidos democráticos de todos los países.

Los comunistas desdeñan ocultar sus ideas y sus propósitos. Declaran abiertamente que sus fines solo pueden alcanzarse derrocando por la fuerza todo el orden social existente. Que las clases dominantes tiemblen ante una revolución comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen un mundo que ganar.

¡Proletarios de todos los países, uníos!

  1. En la edición inglesa de 1888, Engels precisó: «Es decir, toda la historia escrita». En 1847 apenas se conocía la prehistoria de la sociedad; después, Haxthausen descubrió la propiedad común de la tierra en Rusia, Maurer la mostró como base de todas las tribus germánicas y Morgan reveló la organización de la gens. Con la disolución de esas comunidades primitivas, señala Engels, empieza la división de la sociedad en clases distintas y, al final, antagónicas. ↩

  2. «Idiotismus»: en el sentido griego de idiótes, el que vive apartado de los asuntos públicos. Se refiere al aislamiento y a la estrechez de horizontes de la vida rural, no a la falta de inteligencia de los campesinos. ↩

  3. «Aufhebung des Privat-Eigenthums». El verbo aufheben significa a la vez abolir, superar y conservar en un nivel superior; en el Manifiesto aparece casi siempre en el sentido de abolir, que es como lo traducimos. ↩

  4. La revolución de julio de 1830 derribó en Francia a los Borbones y dio el poder a la burguesía financiera bajo Luis Felipe de Orleans. En Inglaterra, la reforma electoral de 1832 rompió el monopolio parlamentario de la aristocracia terrateniente en favor de la burguesía industrial. Engels aclaró en 1888 que la «Restauración» de la que se habla a continuación no es la inglesa de 1660-1689, sino la francesa de 1814-1830. ↩

  5. Legitimistas: partidarios en Francia de la rama primogénita de los Borbones, derrocada en 1830. «Joven Inglaterra»: grupo de políticos y escritores tories de la década de 1840, entre ellos Disraeli, que idealizaban el paternalismo aristocrático frente a la burguesía industrial. ↩

  6. En la edición inglesa de 1888, Engels anotó que esto se refiere sobre todo a Alemania, donde la aristocracia terrateniente explotaba sus fincas por medio de administradores y era además gran productora de azúcar de remolacha y de aguardiente de patata. ↩

  7. La primera edición dice «heitige», errata por «heilige», «santo». ↩

  8. Jean Charles Léonard Simonde de Sismondi (1773-1842), economista e historiador suizo, crítico de la gran industria y de las crisis de sobreproducción desde el punto de vista de la pequeña producción. ↩

  9. Pierre-Joseph Proudhon, Sistema de las contradicciones económicas, o filosofía de la miseria (1846). Marx le respondió en 1847 con Miseria de la filosofía, escrita en francés. ↩

  10. François-Noël «Gracchus» Babeuf (1760-1797), dirigente de la Conjura de los Iguales, que en 1796 intentó una insurrección por la comunidad de bienes; fue ejecutado al año siguiente. ↩

  11. Falansterios: las comunidades de producción y vida que proyectó Charles Fourier. Home colonies, «colonias interiores»: las comunidades modelo de Robert Owen. Icaria: la sociedad comunista que imaginó Étienne Cabet en su Viaje a Icaria (1840), que sus partidarios intentaron fundar en Estados Unidos en 1848. ↩

  12. Cartistas: el movimiento obrero inglés por la Carta del Pueblo (1838-1848), que reclamaba el sufragio universal masculino. Reformistas: en Francia, los partidarios del periódico La Réforme, republicanos demócratas y socialistas. ↩

  13. El partido socialista-demócrata francés de la época, representado por Ledru-Rollin, Louis Blanc y el periódico La Réforme. ↩

  14. La insurrección de febrero de 1846 en la ciudad libre de Cracovia, que proclamó un gobierno nacional polaco y la abolición de las cargas feudales de los campesinos; fue aplastada por Austria, que anexionó la ciudad. ↩