Publicado sin firma en la Neue Rheinische Zeitung, núm. 246, del 15 de marzo de 1849; la MEW lo atribuye a Karl Marx. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 6 (Berlín, 1959, pp. 346-350), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Colonia, 14 de marzo. «Los estados de sitio excepcionales se levantarán en cuanto el estado de sitio general se haya otorgado por ley a todo el reino y se haya introducido en nuestras costumbres constitucionales. El baile de estas leyes “enérgicas” lo abrirá una legislación de septiembre sobre las asociaciones y la prensa».

Con estas palabras acompañamos la publicación del discurso de la Corona (núm. 234 de la Neue Rheinische Zeitung).1 ¿Y en qué consiste el primer acto parlamentario del ministerio? Se presenta ante las Cámaras y dice:

«Nosotros os suspendemos el estado de sitio; vosotros, a cambio, decretáis una ley marcial permanente sobre las reuniones, las asociaciones y la prensa».

No debemos ocultar ni por un instante que la izquierda parlamentaria, con su modesto comportamiento, ha facilitado de antemano al ministerio lanzarse a la ofensiva.

Compararemos en détail los famosos 3 proyectos de ley con las leyes de septiembre,2 con el proyecto de código penal de antes de marzo y con el Código prusiano. Pero antes comunicamos a nuestros lectores el plan general de los reformadores de la vieja Prusia, al que ya aludía nuestra hoja extraordinaria de anteayer.

El mismo día en que los periódicos berlineses no oficiales publicaron los 3 famosos proyectos de ley, la Neue Preußische Zeitung,3 ese Moniteur de la Providencia brandenburguesa, publicó un «Voto sobre las tareas esenciales de la llamada representación popular ahora reunida». La casa de los Hohenzollern y su ministerio Brandenburg son de sangre demasiado «noble» para fingir en momentos en que el sol de la «fuerza» brilla sobre la corona no debilitada. En tales momentos el corazón de los reyes no se hace violencia y humilla a la masa plebeya ya con la expresión áspera y sin ceremonias de sus más íntimos apetitos y pensamientos. El destino, no se puede ocultar, el destino desalmado se ha complacido más de una vez en frustrar con sucesos extraños las profecías, amenazas y voluntades que «nuestro buen rey», el «ingenioso» Federico Guillermo IV, que se puso la corona exactamente con las mismas palabras con que Napoleón se puso la corona de hierro de Lombardía,4 dio a conocer en momentos de plenitud de poder segura de la victoria, de «embriaguez divina», como dice Goethe. Pero, como es sabido, el hado de hierro domina incluso a los dioses. Y en todo caso, para un corazón real, como para un corazón femenino, como para cualquier corazón, sigue siendo un goce embriagador dejar estallar sin freno los pensamientos más íntimos y ajustar el mundo, aunque solo sea mediante un discurso, mediante escritos, al propio corazón.

La efusión más o menos real de la Neue Preußische Zeitung ofrece, pues, ya un gran interés psicológico; por otro lado, da a conocer al pueblo lo que se espera de él, lo que en caso necesario se le quiere imponer por la fuerza, naturalmente en su propio interés bien entendido.

La Neue Preußische Zeitung (núm. 59, suplemento) ha presentado, para facilitar la visión de conjunto, el plan general de reforma de los Hohenzollern por rúbricas, lo que es en todo caso una condescendencia digna de reconocimiento hacia el público. ¿Acaso no era libre de comunicar los designios reales en forma apocalíptica, a la manera de la Revelación de san Juan? ¡Atengámonos a las rúbricas!

Las «tareas esenciales de la llamada representación popular ahora reunida» se dividen así:

  1. «Depuración de las Cámaras de criminales políticos». A Jove principium.5 La primera ley de una Cámara que ha de actuar según el corazón del rey es transformarse a sí misma según el corazón del rey. Por ahora su composición es todavía una obra del irreverente sufragio universal, aunque sea indirecto.

¿Y qué pide el corazón real?

Sobre la actual representación popular, cuenta la Neue Preußische Zeitung, pesa «una mácula» que la hace indigna e incapaz de «presentarse en su conjunto como portadora del honor prusiano, de la fidelidad prusiana y del amor a la patria». Hay en ella un escándalo que debe arrojar de sí para ser «justa» a los ojos del Altísimo.

«Esta mácula, este escándalo, está en la pertenencia a ella de hombres que participaron en los criminales desafueros de la fracción Unruh,6 y en particular en su resolución de negarse a pagar los impuestos».

«El gobierno», sigue diciendo, «por su propia debilidad lamentable o por desconfianza hacia una justicia que está, sin duda, infectada en alto grado de mentalidad revolucionaria, no ha llevado a aquellos hombres ante los tribunales. Reparar esta omisión, este error, es tarea de las Cámaras; insistir en ello es especialmente deber de todos los jueces y juristas de entre sus miembros, también para salvaguardar el honor de su estamento, que se desvanece. Debe pedirse al gobierno —y sea este uno de los primeros pasos tras la constitución de la Cámara— que el ministro de Justicia promueva todavía ahora la instrucción judicial y el castigo de aquellos malhechores. Semejante extirpación es la primera y más urgente necesidad para la buena marcha de las deliberaciones».

El rey alberga el deseo más íntimo de ver castigados hasta la tercera generación a los malhechores que se negaron a pagar los impuestos y profanaron lo sagrado. El gobierno real fue demasiado débil para realizar este deseo. El pueblo real prusiano fue tan desvergonzado, tan travieso, que volvió a nombrar a los malhechores y pecadores sus representantes, en abierta rebelión contra el corazón del padre de la patria. A las Cámaras les toca ahora obligar al gobierno real a ejecutar los propósitos más propios de Su Majestad. De rodillas deben suplicar al ministerio que les permita eliminar de sí todos los elementos sarnosos y, en un sentido superior, indignos de la corte. Y sobre todo los escribas y fariseos, los «jueces y juristas», tienen que salvar su «estamento», cuyo «honor» se desvaneció desde el momento en que surgió en Manteuffel la sospecha, ciertamente infundada, de que la Temis prusiana pudiera permanecer ciega ante las claras señas de la Corona. ¿Cómo va a salvar su honor ante el pueblo un estamento judicial para el cual cualquier ocurrencia de la gracia de Dios encarnada no fuera ley, que no obedeciera incondicionalmente las órdenes del propio rey?

Como se sabe, en todas las religiones la contrición, el sacrificio, a ser posible el autosacrificio, forman el núcleo propiamente dicho del culto divino. La llamada representación popular, para demostrar que es una representación del corazón real —y el corazón real es el corazón del pueblo vivo, individualizado, hecho hombre, real—, la «llamada» representación popular debe por tanto ante todo inmolarse a sí misma, como emanación de la soberanía popular, en las gradas del trono.

Debe expulsar a todos los miembros que desagraden a Su Majestad y entregarlos a la cárcel y al verdugo en expiación ante la religión de la monarquía absoluta. Así expía en primer lugar el crimen de su origen pecador por naturaleza,7 nacido de la soberanía popular. Expía al mismo tiempo un pasado preñado de sacrilegios, blasfemo contra la majestad y, por tanto, contra Dios. Se purifica hasta convertirse en una verdadera emanación de la plenitud del poder real. De representación popular «llamada» pasa a ser representación popular real, en el sentido superior, real y prusiano. El rey es el pueblo prusiano real. El pueblo prusiano real —que en modo alguno debe confundirse, según la mala costumbre extranjera, con el superficial número de cabezas de los habitantes del Estado— solo elige representantes para que los deseos reales resuenen ante el rey como deseos del pueblo y de este modo las exigencias más secretas de su propio altísimo corazón cobren, en forma de proposiciones de ley públicas y de resoluciones de las Cámaras, una realidad tan prosaica como universalmente válida.

Esperamos, pues, de las Cámaras de Berlín que inauguren su culto al rey con el autosacrificio, con la extirpación de los pecadores que se negaron a pagar los impuestos.

La Neue Preußische Zeitung no lo oculta. Ni aun así es justa la Cámara ante el Altísimo. Pero la otra parte del sacrificio no tiene que realizarla ella como corporación. Queda confiada a la conciencia activa del pecado y a la autocrucifixión de cada uno de los miembros afectados.

«Es verdad», suspira la Neue Preußische Zeitung, «que con semejante depuración no quedarían excluidos todos aquellos miembros a los que, por sus antecedentes políticos e incluso de hombres de Estado, habría que desear fuera mientras no reconozcan y se arrepientan de su parte en la miseria de la patria y no hagan y atestigüen públicamente el voto de poner coto con todas sus fuerzas a los crímenes desencadenados en parte por su culpa personal. Pero se entiende que no puede hablarse de un fundamento jurídico para expulsar en bloque de las Cámaras a tales hombres que han servido a la revolución y que, en particular, entre el 18 de marzo y el 8 de noviembre,8 han sido “gastados” como altos funcionarios en este servicio» (¡gramática genuinamente prusiana!). «Solo sería de desear que su propia conciencia los hubiera mantenido alejados, en caso de que no hayan llegado a la conversión desiderada más arriba. Además, en este» (altísimo) «deseo se hacen valer equitativamente distinciones, por ejemplo, entre comerciantes renanos, que de la noche a la mañana han de convertirse en columnas del Estado, y hombres de linajes de la vieja Prusia» (feudales) «cuyos honrosos nombres están ligados desde antiguo de la manera más estrecha con la historia de nuestra casa real y de las tierras originarias del núcleo» (¿es también Silesia9 una tierra originaria del núcleo?) «de la monarquía».

Se lo hemos dicho hace mucho a los «comerciantes renanos». Solo con dégoût10 escogió la feudal casa de los Hohenzollern a esta canalla burguesa como instrumento vil, y acecha el momento de despedirla a patadas, pero también de raíz. ¡Hansemann! ¡Camphausen! ¡Kühlwetter!11 ¡De rodillas! Con hábito de penitente ante el palacio real, a la vista del pueblo, con ceniza en las cabezas cargadas de culpa, haced voto, atestiguad públicamente cómo os arrepentís con la más honda contrición de haberos atrevido por un momento a preparar con intrigas burguesas-constitucionales la contrarrevolución, cuya consumación solo correspondía a «Mi magnífico ejército», y —vosotros, cuentacéntimos, siervos chalaneros, pedantes vendedores de aceite, astutos especuladores de ferrocarriles— no solo de haber salvado el trono, sino de haberos jactado vosotros mismos de esa salvación con frases altisonantes de plañideros de entierro. ¡De rodillas! ¡Al hábito de penitente! ¡O id a un convento!

Y en cuanto a los «hombres de linajes de la vieja Prusia», esos vástagos de noble cuna, privilegiados por la elección de la gracia, del pueblo elegido, de ellos, de un Arnim, un Auerswald, un Bonin, un Pfuel,12 esperamos leer próximamente la esquela en el Staats-Anzeiger. Solo si van voluntariamente a la muerte podremos creer en su arrepentimiento. De un comerciante renano como Hansemann no cabe esperar esa grandeza de alma. Hansemann es un volteriano de la peor especie, superficial y, sobre todo en cuestiones de dinero, sin corazón.

¡Así que desapareced de las Cámaras, de la escena, monumentos vivientes y ambulantes del 18 de marzo, de las visitaciones, humillaciones, inconsecuencias y debilidades reales! ¡Retiraos de las Cámaras, o condenaos vosotros mismos a ser los chivos expiatorios del 18 de marzo!

Pero a los que se negaron a pagar los impuestos los ofrecerán las propias Cámaras al trono real como hecatombe de su purificación y expiación, y se harán así dignas de cumplir las demás «tareas» otorgadas por el rey a «la llamada representación popular».

(Continuará)

  1. Véase «El discurso de la Corona», Neue Rheinische Zeitung, núm. 234 y 235, 1 y 2 de marzo de 1849. ↩

  2. Las leyes de septiembre de 1835 restringieron en Francia la libertad de prensa y endurecieron las penas por delitos políticos. ↩

  3. Diario de la reacción feudal prusiana, conocido como Kreuzzeitung por la cruz de hierro de su cabecera. ↩

  4. Al coronarse rey de Italia en Milán en 1805, Napoleón se puso la corona de hierro de los reyes lombardos diciendo: «Dios me la ha dado, ¡ay de quien la toque!». ↩

  5. «Empecemos por Júpiter» (Virgilio, Bucólicas, III, 60). ↩

  6. Hans Victor von Unruh (1806-1886), presidente de la Asamblea Nacional prusiana cuando esta acordó, el 15 de noviembre de 1848, que el ministerio Brandenburg no tenía derecho a cobrar los impuestos mientras la Asamblea no pudiera reunirse libremente en Berlín. ↩

  7. En el original, erbsündlich, «marcado por el pecado original». ↩

  8. Del 18 de marzo de 1848, la revolución de Berlín, al 8 de noviembre, formación del ministerio Brandenburg. ↩

  9. Silesia fue conquistada por Federico II a Austria en 1740-1742. ↩

  10. «Asco» (francés). ↩

  11. Friedrich von Kühlwetter (1809-1882), ministro del Interior de Prusia de junio a septiembre de 1848. ↩

  12. Heinrich Alexander von Arnim (1798-1861), ministro de Asuntos Exteriores de marzo a junio de 1848; Rudolf von Auerswald (1795-1866), presidente del gobierno de junio a septiembre de 1848; Gustav von Bonin (1797-1878), ministro de Finanzas en el gabinete Pfuel; Ernst von Pfuel (1779-1866), presidente del gobierno de septiembre a noviembre de 1848. ↩