Escrito por Friedrich Engels en Londres en octubre de 1850; manuscrito inacabado, que no se publicó en vida del autor. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 7 (Berlín, 1960, pp. 417-420), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

«La abolición del Estado solo tiene sentido en los comunistas, como resultado necesario de la abolición de las clases, con las que desaparece por sí misma la necesidad del poder organizado de una clase para mantener sometidas a las otras. En los países burgueses, la abolición del Estado significa la reducción del poder del Estado a la escala de Norteamérica. Allí los antagonismos de clase solo están desarrollados de manera incompleta; los choques de clase se disimulan cada vez mediante la marcha hacia el Oeste de la población proletaria sobrante; la intervención del poder del Estado, reducida al mínimo en el Este, no existe en absoluto en el Oeste. En los países feudales, la abolición del Estado significa la abolición del feudalismo y el establecimiento del Estado burgués corriente. En Alemania se esconde tras ella o bien la huida cobarde de las luchas inmediatamente planteadas, o bien la exaltada mistificación de la libertad burguesa, convertida en independencia y autonomía absolutas del individuo, o bien, por último, la indiferencia del burgués ante cualquier forma de Estado, con tal de que los intereses burgueses no se vean estorbados en su desarrollo. De que esta abolición del Estado “en sentido superior” se predique de manera tan necia no tienen la culpa, naturalmente, los berlineses Stirner y Faucher. La plus belle fille de la France ne peut donner que ce qu'elle a.» (N. Rh. Z., cuaderno IV, p. 58.)1

La abolición del Estado, la anarquía, se ha convertido entretanto en Alemania en una consigna general. Los discípulos alemanes dispersos de Proudhon, la democracia «superior» de Berlín e incluso los olvidados «espíritus más nobles de la nación» del Parlamento de Stuttgart y de la regencia del Imperio2 se han apropiado, cada uno a su manera, de esta consigna de aspecto feroz.

Todas estas fracciones coinciden en el mantenimiento de la sociedad burguesa existente. Con la sociedad burguesa defienden, por tanto, necesariamente la dominación de la burguesía, y en Alemania incluso la conquista de la dominación por la burguesía; solo se distinguen de los verdaderos representantes de la burguesía por la forma extraña que les da la apariencia de «ir más lejos», de «ir más lejos que nadie». En todos los choques prácticos esta apariencia se desvaneció; frente a la anarquía real de las crisis revolucionarias,3 en las que las masas4 combatían unas contra otras con «violencia brutal», estos representantes de la anarquía hicieron cada vez todo lo posible por poner coto a la anarquía. El contenido de esa tan cacareada «anarquía» acabó reduciéndose al mismo que en los países más desarrollados se expresa con la palabra «orden». Los «amigos de la anarquía» en Alemania están en plena entente cordiale5 con los «amigos del orden» en Francia.6

En la medida en que los amigos de la anarquía no dependen de los franceses Proudhon y Girardin,7 en la medida en que su modo de ver es de origen germánico, todos tienen una fuente común: Stirner.8 El periodo de disolución de la filosofía alemana ha proporcionado en general al partido demócrata en Alemania la mayor parte de sus frases generales. Las ideas y las frases de los últimos escribas alemanes, sobre todo de Feuerbach y de Stirner, habían pasado ya antes de Febrero, en una forma bastante disoluta, a la conciencia vulgar de la literatura amena y a la literatura periodística, y estas fueron a su vez la fuente principal de los portavoces demócratas posteriores a Marzo. La prédica de Stirner sobre la ausencia de Estado, en particular, viene de perlas para dar a la anarquía de Proudhon y a la abolición del Estado de Girardin la «consagración superior» filosófica alemana. El libro de Stirner Der Einzige und sein Eigenthum9 ha caído en el olvido, es cierto, pero su modo de ver, en especial su crítica del Estado, reaparece en los amigos de la anarquía. Si ya hemos examinado antes las fuentes de estos señores en la medida en que eran de origen francés, para examinar sus fuentes alemanas tenemos que descender de nuevo a las profundidades de la antediluviana filosofía alemana. Cuando uno no tiene más remedio que ocuparse de la polémica alemana del día, siempre es más agradable atenerse a los inventores originales de un modo de ver que a los ropavejeros de segunda mano.

Ensilladme una vez más el hipogrifo, oh musas,
¡para cabalgar al viejo país romántico!10

Antes de entrar en el libro de Stirner mencionado, tenemos que trasladarnos al «viejo país romántico» y a la época olvidada en que apareció este libro. La burguesía prusiana, aferrándose a los apuros financieros del gobierno, empezaba a conquistarse poder político, mientras que, al mismo tiempo, junto al movimiento burgués constitucional, el movimiento comunista ganaba terreno día a día en el proletariado. Los elementos burgueses de la sociedad, que todavía necesitaban el apoyo proletario para alcanzar sus propios fines, tenían que afectar en todas partes cierto socialismo; el partido conservador y feudal se veía asimismo obligado a hacer promesas al proletariado. Junto a la lucha de los burgueses y los campesinos contra la nobleza feudal y la burocracia, la lucha de los proletarios contra los burgueses; en medio, una serie de grados intermedios socialistas que abarcaban toda clase de socialismo, el reaccionario, el pequeñoburgués, el socialismo burgués; todas estas luchas y aspiraciones, reprimidas, amortiguadas en su expresión por la presión del poder dominante, por la censura, por la prohibición de asociaciones y reuniones: esa era la posición de los partidos en aquella época en que la filosofía alemana celebraba sus últimos y mezquinos triunfos.

La censura imponía de antemano a todos los elementos más o menos desafectos el modo de expresión más abstracto posible; la tradición filosófica alemana, que acababa de llegar a la completa disolución de la escuela hegeliana, proporcionó esa expresión. La lucha contra la religión continuaba todavía. Cuanto más difícil se hacía en la prensa la lucha política contra el poder existente, con tanto mayor celo se proseguía en forma de lucha religiosa y filosófica. La filosofía alemana, en su forma más disuelta, se convirtió en patrimonio común de los «cultos», y cuanto más se convertía en patrimonio común, tanto más disueltos, deshilvanados e insípidos se volvían los filósofos, y esta disipación e insipidez les daba a su vez tanto mayor prestigio a los ojos del público «culto».

La confusión en las cabezas de los «cultos» era espantosa y crecía a cada instante. Era un verdadero cruce de razas de ideas de origen alemán, francés, inglés, antiguo, medieval y moderno. La confusión era tanto mayor cuanto que todas las ideas se poseían solo de segunda, tercera y cuarta mano y circulaban por eso en una forma desfigurada hasta hacerlas irreconocibles. No solo las ideas de los liberales y socialistas franceses e ingleses, también las de alemanes, por ejemplo las de Hegel, corrieron esa suerte. Toda la literatura de aquella época, y en especial, como veremos, el libro de Stirner, da de ello innumerables pruebas, y la literatura alemana actual sigue padeciendo todavía hoy gravemente sus consecuencias.

En medio de esta confusión, las esgrimas en el aire de la filosofía servían de imagen de las luchas reales. Cada «nuevo giro» de la filosofía despertaba la atención general de los «cultos», que en Alemania comprenden una infinidad de cabezas ociosas, pasantes de juzgado, aspirantes al magisterio, teólogos fracasados, médicos sin pan, literatos, etc., etc. Para esta gente, con cada uno de esos «nuevos giros» quedaba superada y liquidada para siempre una etapa de desarrollo histórico. El liberalismo burgués, por ejemplo, en cuanto un filósofo cualquiera lo había criticado de cualquier manera, estaba muerto, borrado del desarrollo histórico y aniquilado también para la práctica. Lo mismo el republicanismo, el socialismo, etc. Hasta qué punto estaban «aniquiladas», «disueltas», «liquidadas» estas etapas de desarrollo se vio luego en la revolución, en la que desempeñaron el papel principal y en la que de repente nadie hablaba ya de sus aniquiladores filosóficos.

La disipación en la forma y en el contenido, la arrogante chatura y la hinchada fadaise,11 la trivialidad sin fondo y la miseria dialéctica de esta última filosofía alemana superan todo lo que se había visto hasta entonces en este ramo. Solo las iguala la increíble credulidad del público, que tomaba todas estas cosas por moneda de buena ley, por flamantes, por «nunca vistas». La nación alemana, la «concienzuda»…

  1. Engels cita el final de la reseña de Émile de Girardin, Le socialisme et l'impôt, publicada por él y Marx en el cuaderno IV (abril de 1850) de la Neue Rheinische Zeitung. Politisch-ökonomische Revue. Max Stirner (1806-1856), autor de El único y su propiedad; Julius Faucher (1820-1878), publicista librecambista berlinés. «La muchacha más hermosa de Francia no puede dar más que lo que tiene» (proverbio francés). ↩

  2. El resto de la Asamblea Nacional de Fráncfort, trasladado a Stuttgart en junio de 1849 y disuelto por las tropas de Württemberg, y la regencia del Imperio que había nombrado. ↩

  3. Tachado en el manuscrito: «en las que el poder del Estado desaparecía ante el poder de las masas». ↩

  4. Tachado en el manuscrito: «se apoderan del poder». ↩

  5. «Entendimiento cordial»: la expresión con que se designaba el acercamiento entre Francia e Inglaterra en la década de 1840. ↩

  6. El «partido del orden», la coalición de monárquicos y conservadores que dominaba la Asamblea Legislativa francesa. ↩

  7. Pierre-Joseph Proudhon (1809-1865), que se proclamaba anarquista; Émile de Girardin (1806-1881), periodista francés, que en Le socialisme et l'impôt proponía sustituir los impuestos y el Estado por un seguro mutuo. ↩

  8. Max Stirner (seudónimo de Johann Caspar Schmidt, 1806-1856), filósofo joven hegeliano, cuyo libro criticaron Marx y Engels por extenso en La ideología alemana (1845-1846). ↩

  9. El único y su propiedad (Leipzig, 1845). ↩

  10. Versos iniciales del poema épico Oberón (1780) de Christoph Martin Wieland. ↩

  11. Necedad, simpleza. ↩