Escrito por Karl Marx en Londres entre diciembre de 1851 y marzo de 1852. Publicado por primera vez en Nueva York en mayo de 1852, como primer número de la revista Die Revolution, de Joseph Weydemeyer. Traducido de la segunda edición, revisada por el autor (Hamburgo, Otto Meissner, 1869; transcripción del Deutsches Textarchiv), con el prólogo de Marx a esa edición, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras, salvo las señaladas como notas de Marx. Texto original en alemán.

Mi amigo Joseph Weydemeyer,1 muerto prematuramente, se proponía publicar en Nueva York, a partir del 1 de enero de 1852, un semanario político. Me pidió que escribiera para él la historia del coup d'état.2 Le envié, pues, cada semana, hasta mediados de febrero, artículos con el título «El 18 Brumario de Luis Bonaparte». Entretanto, el plan original de Weydemeyer había fracasado. En cambio, en la primavera de 1852 publicó una revista mensual, Die Revolution, cuyo segundo número3 lo forma mi «Dieciocho Brumario». Algunos cientos de ejemplares llegaron entonces a Alemania, aunque sin entrar en el comercio de librería propiamente dicho. Un librero alemán que presumía de radicalísimo, al que ofrecí la distribución, me contestó con un horror verdaderamente moral ante semejante «pretensión tan inoportuna».

Por estos datos se ve que el presente escrito nació bajo la presión inmediata de los acontecimientos y que su material histórico no va más allá del mes de febrero (de 1852). Si ahora se reedita, se debe en parte a la demanda de los libreros y en parte a la insistencia de mis amigos de Alemania.

De los escritos que trataron el mismo asunto aproximadamente al mismo tiempo que el mío, solo dos merecen mención: Napoléon le Petit, de Victor Hugo, y Coup d'État, de Proudhon.4

Victor Hugo se limita a una invectiva amarga e ingeniosa contra el editor responsable del golpe de Estado. El acontecimiento mismo aparece en él como un rayo caído de un cielo sereno. No ve en él más que el acto de fuerza de un individuo aislado. No se da cuenta de que engrandece a ese individuo en vez de empequeñecerlo, al atribuirle una fuerza personal de iniciativa que no tendría ejemplo en la historia universal. Proudhon, por su parte, intenta presentar el golpe de Estado como resultado de un desarrollo histórico anterior. Pero bajo su mano la construcción histórica del golpe de Estado se le convierte en una apología histórica de su héroe. Cae así en el defecto de nuestros llamados historiadores objetivos. Yo, por el contrario, demuestro cómo la lucha de clases creó en Francia las circunstancias y las condiciones que permitieron a un personaje mediocre y grotesco representar el papel de héroe.

Una refundición de este escrito lo habría despojado de su colorido propio. Por eso me he limitado a corregir las erratas y a suprimir alusiones que hoy ya no se entenderían.

La frase final de mi escrito, «Pero cuando el manto imperial caiga por fin sobre los hombros de Luis Bonaparte, la estatua de bronce de Napoleón se desplomará desde lo alto de la columna Vendôme»,5 ya se ha cumplido.

El coronel Charras abrió el ataque contra el culto a Napoleón en su obra sobre la campaña de 1815.6 Desde entonces, y sobre todo en los últimos años, la literatura francesa ha acabado con la leyenda napoleónica con las armas de la investigación histórica, de la crítica, de la sátira y del ingenio. Fuera de Francia se ha prestado poca atención, y se ha comprendido todavía menos, esta ruptura violenta con la fe popular tradicional, esta inmensa revolución intelectual.

Por último, espero que mi escrito contribuya a desterrar la frase escolar, hoy corriente sobre todo en Alemania, del llamado cesarismo. Con esta analogía histórica superficial se olvida lo principal: que en la antigua Roma la lucha de clases solo se desarrollaba dentro de una minoría privilegiada, entre los ricos libres y los pobres libres, mientras que la gran masa productiva de la población, los esclavos, formaba el pedestal meramente pasivo de aquellos combatientes. Se olvida la importante sentencia de Sismondi:7 el proletariado romano vivía a costa de la sociedad, mientras que la sociedad moderna vive a costa del proletariado. Con una diferencia tan completa entre las condiciones materiales, económicas, de la lucha de clases antigua y de la moderna, tampoco sus engendros políticos pueden tener más en común que el arzobispo de Canterbury con el sumo sacerdote Samuel.8

Londres, 23 de junio de 1869.

Karl Marx.

I

Hegel observa en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal se producen, por así decirlo, dos veces.9 Se olvidó de añadir: una vez como tragedia y la otra como farsa. Caussidière por Danton, Louis Blanc por Robespierre, la Montaña de 1848-1851 por la Montaña de 1793-1795, el sobrino por el tío.10 ¡Y la misma caricatura en las circunstancias en que se publica la segunda edición del Dieciocho Brumario!11

Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo circunstancias con las que se encuentran directamente, que les han sido dadas y transmitidas. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Y justamente cuando parecen dedicados a transformarse a sí mismos y a transformar las cosas, a crear algo que no ha existido nunca, precisamente en esas épocas de crisis revolucionaria, conjuran temerosos en su auxilio los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su vestuario, para representar con ese disfraz venerable y con ese lenguaje prestado la nueva escena de la historia universal. Así, Lutero se disfrazó de apóstol Pablo; la revolución de 1789-1814 se vistió alternativamente con el ropaje de la república romana y con el del imperio romano, y la revolución de 1848 no supo hacer nada mejor que parodiar aquí a 1789 y allá la tradición revolucionaria de 1793-1795. Así, el principiante que ha aprendido una lengua nueva la traduce siempre a su lengua materna; pero solo se ha apropiado del espíritu de la nueva lengua, y solo es capaz de producir libremente en ella, cuando se mueve en ella sin reminiscencias y olvida en ella su lengua natal.

Al examinar esas evocaciones de muertos de la historia universal salta a la vista enseguida una diferencia. Camille Desmoulins, Danton, Robespierre, Saint-Just, Napoleón, los héroes, igual que los partidos y la masa de la antigua Revolución francesa, cumplieron con el traje romano y con frases romanas la tarea de su época: liberar e instaurar la moderna sociedad burguesa.12 Los unos hicieron pedazos el suelo feudal y segaron las cabezas feudales que habían crecido en él. El otro creó en el interior de Francia las condiciones sin las cuales no habría podido desarrollarse la libre competencia, explotarse la propiedad parcelaria de la tierra ni emplearse la fuerza productiva industrial de la nación, liberada de sus trabas; y más allá de las fronteras francesas barrió por todas partes las formaciones feudales, en la medida necesaria para dar a la sociedad burguesa de Francia un entorno adecuado y acorde con los tiempos en el continente europeo. Una vez instaurada la nueva formación social, desaparecieron los colosos antediluvianos y, con ellos, la romanidad resucitada: los Brutos, los Gracos, los Publícolas, los tribunos, los senadores y el propio César.13 La sociedad burguesa, en su sobria realidad, había engendrado sus verdaderos intérpretes y portavoces en los Say, los Cousin, los Royer-Collard, los Benjamin Constant y los Guizot;14 sus verdaderos jefes de ejército se sentaban detrás del mostrador, y la cabeza de tocino de Luis XVIII era su cabeza política. Enteramente absorbida por la producción de riqueza y por la lucha pacífica de la competencia, ya no comprendía que los fantasmas de la época romana habían velado su cuna. Pero, por poco heroica que sea la sociedad burguesa, para traerla al mundo había hecho falta el heroísmo, la abnegación, el terror, la guerra civil y las batallas entre pueblos. Y sus gladiadores encontraron en las tradiciones clásicamente severas de la república romana los ideales y las formas artísticas, las ilusiones que necesitaban para ocultarse a sí mismos el contenido burguesmente limitado de sus luchas y mantener su pasión a la altura de la gran tragedia histórica. Así, en otra fase de desarrollo, un siglo antes, Cromwell y el pueblo inglés habían tomado prestados del Antiguo Testamento el lenguaje, las pasiones y las ilusiones para su revolución burguesa. Alcanzada la meta real, consumada la transformación burguesa de la sociedad inglesa, Locke desplazó a Habacuc.15

La resurrección de los muertos servía, pues, en aquellas revoluciones, para glorificar las nuevas luchas, no para parodiar las antiguas; para exagerar en la fantasía la tarea dada, no para huir de su solución en la realidad; para volver a encontrar el espíritu de la revolución, no para hacer que su fantasma volviera a rondar.

En 1848-1851 solo rondó el fantasma de la antigua revolución, desde Marrast, el républicain en gants jaunes,16 que se disfrazó del viejo Bailly, hasta el aventurero que esconde sus rasgos trivialmente repulsivos bajo la férrea máscara mortuoria de Napoleón. Todo un pueblo que creía haberse dado mediante una revolución una fuerza de movimiento acelerada se encuentra de pronto devuelto a una época muerta, y, para que no quepa engaño sobre la recaída, resucitan las viejas fechas, el viejo calendario, los viejos nombres, los viejos edictos, que hace mucho que habían pasado a ser materia de la erudición de anticuario, y los viejos esbirros, que parecían podridos hacía tiempo. La nación se siente como aquel inglés loco de Bedlam17 que cree vivir en tiempos de los antiguos faraones y se lamenta cada día de los duros trabajos que tiene que realizar como buscador de oro en las minas de Etiopía, emparedado en esa prisión subterránea, con una lámpara de luz mortecina sujeta a la cabeza, detrás de él el capataz de esclavos con un largo látigo y, en las salidas, una confusa multitud de soldados bárbaros que no entienden ni a los forzados de las minas ni se entienden entre sí, porque no hablan una lengua común. «Y todo esto se me impone a mí», suspira el inglés loco, «a mí, un británico nacido libre, para hacer oro para los antiguos faraones». «Para pagar las deudas de la familia Bonaparte», suspira la nación francesa. El inglés, mientras estuvo en su sano juicio, no podía librarse de la idea fija de hacer oro. Los franceses, mientras hicieron revoluciones, no podían librarse del recuerdo napoleónico, como demostró la elección del 10 de diciembre.18 Huyendo de los peligros de la revolución, añoraron las ollas de carne de Egipto,19 y el 2 de diciembre de 1851 fue la respuesta. No solo tienen la caricatura del viejo Napoleón: tienen al viejo Napoleón en persona, caricaturizado como tiene que aparecer a mediados del siglo XIX.

La revolución social del siglo XIX no puede sacar su poesía del pasado, sino solo del porvenir. No puede empezar consigo misma antes de haberse despojado de toda superstición respecto al pasado. Las revoluciones anteriores necesitaban reminiscencias de la historia universal para aturdirse acerca de su propio contenido. La revolución del siglo XIX debe dejar que los muertos entierren a sus muertos20 para llegar a su propio contenido. Allí la frase desbordaba el contenido; aquí el contenido desborda la frase.

La revolución de febrero fue un asalto por sorpresa, una sorpresa para la vieja sociedad, y el pueblo proclamó este golpe de mano inesperado como un hecho de alcance histórico universal que abría la nueva época. El 2 de diciembre, la revolución de febrero es escamoteada por el truco de un tahúr, y lo que parece derribado no es ya la monarquía, sino las concesiones liberales que se le habían arrancado en luchas seculares. En lugar de que la sociedad misma se haya conquistado un contenido nuevo, parece únicamente que el Estado ha vuelto a su forma más antigua, a la dominación desvergonzadamente simple del sable y la sotana. Así, al coup de main de febrero de 1848 responde el coup de tête de diciembre de 1851.21 Lo que el viento trae, el viento se lleva. Entretanto, el intervalo no ha pasado sin provecho. Durante los años 1848-1851, la sociedad francesa ha recuperado, y por cierto con un método abreviado, por ser revolucionario, los estudios y experiencias que, en un desarrollo regular, por así decirlo académico, habrían tenido que preceder a la revolución de febrero para que esta fuera algo más que una sacudida de la superficie. La sociedad parece ahora haber retrocedido más allá de su punto de partida; en realidad, lo que tiene que hacer primero es crearse el punto de partida revolucionario, la situación, las relaciones, las condiciones, que son las únicas en que la revolución moderna adquiere seriedad.

Las revoluciones burguesas, como las del siglo XVIII, avanzan arrolladoramente de éxito en éxito, sus efectos dramáticos se superan unos a otros, hombres y cosas parecen engastados en diamantes de fuego, el éxtasis es el espíritu de cada día; pero son de corta vida, pronto alcanzan su apogeo y una larga resaca se apodera de la sociedad antes de que aprenda a asimilar serenamente los resultados de su periodo de ímpetu y tormenta.22 Las revoluciones proletarias, en cambio, como las del siglo XIX, se critican constantemente a sí mismas, se interrumpen continuamente en su propia marcha, vuelven sobre lo que parecía terminado para empezarlo de nuevo, se burlan concienzuda y cruelmente de las vacilaciones, de los lados flojos y de la mezquindad de sus primeros intentos, parecen derribar a su adversario solo para que este saque de la tierra nuevas fuerzas y vuelva a levantarse frente a ellas más gigantesco, retroceden una y otra vez ante la indeterminada enormidad de sus propios fines, hasta que se crea la situación que hace imposible toda vuelta atrás y las circunstancias mismas gritan:

Hic Rhodus, hic salta!
¡Aquí está la rosa, baila aquí!23

Por lo demás, cualquier observador medianamente capaz, aunque no hubiera seguido paso a paso la marcha de la evolución francesa, tenía que presentir que a la revolución le esperaba un ridículo inaudito. Bastaba con oír los complacientes ladridos de victoria con que los señores demócratas se felicitaban mutuamente por los efectos milagrosos del 2 de mayo de 1852.24 El 2 de mayo de 1852 se había convertido en sus cabezas en una idea fija, en un dogma, como en las cabezas de los quiliastas el día en que Cristo había de volver y comenzar el reino milenario. La debilidad, como siempre, se había refugiado en la fe en los milagros; creía vencido al enemigo cuando lo había hecho desaparecer por arte de magia en su fantasía, y perdía toda comprensión del presente a fuerza de glorificar ociosamente el porvenir que le esperaba y las hazañas que guardaba in petto, aunque todavía no quería sacarlas a relucir. Aquellos héroes, que tratan de refutar su probada incapacidad compadeciéndose mutuamente y formando un corro, habían hecho las maletas, se habían embolsado por adelantado sus coronas de laurel y estaban ocupados precisamente en descontar en el mercado de letras de cambio las repúblicas in partibus25 para las que ya habían organizado previsoramente, en el silencio de su ánimo modesto, el personal de gobierno. El 2 de diciembre cayó sobre ellos como un rayo en cielo sereno, y los pueblos que, en épocas de abatimiento pusilánime, dejan con gusto que los gritones más estridentes acallen su angustia interior quizá se habrán convencido de que pasaron los tiempos en que el graznido de los gansos podía salvar el Capitolio.26

La Constitución, la Asamblea Nacional, los partidos dinásticos, los republicanos azules y los rojos, los héroes de África,27 el trueno de la tribuna, los relámpagos de la prensa diaria, toda la literatura, los nombres políticos y las reputaciones intelectuales, la ley civil y el derecho penal, la liberté, égalité, fraternité y el 2 de mayo de 1852: todo se ha esfumado como una fantasmagoría ante el conjuro de un hombre al que ni sus propios enemigos tienen por brujo. El sufragio universal solo parece haber sobrevivido un instante para hacer de su puño y letra su testamento ante los ojos del mundo entero y declarar en nombre del pueblo mismo: todo lo que existe merece perecer.28

No basta con decir, como hacen los franceses, que su nación fue sorprendida. A una nación, como a una mujer, no se le perdona el momento de descuido en que el primer aventurero que llega ha podido violarla. Con giros de este tipo no se resuelve el enigma; solo se formula de otra manera. Quedaría por explicar cómo una nación de 36 millones puede ser sorprendida por tres caballeros de industria y llevada al cautiverio sin resistencia.

Recapitulemos a grandes rasgos las fases que recorrió la revolución francesa desde el 24 de febrero de 1848 hasta diciembre de 1851.

Son inconfundibles tres periodos principales: el periodo de febrero; del 4 de mayo de 1848 al 29 de mayo de 1849, periodo de constitución de la república o de la Asamblea Nacional Constituyente; del 29 de mayo de 1849 al 2 de diciembre de 1851, periodo de la república constitucional o de la Asamblea Nacional Legislativa.

El primer periodo, del 24 de febrero, o de la caída de Luis Felipe,29 al 4 de mayo de 1848, fecha en que se reunió la Asamblea Constituyente, el periodo de febrero propiamente dicho, puede calificarse de prólogo de la revolución. Su carácter se expresó oficialmente en que el gobierno que improvisó se declaró a sí mismo provisional, y, como el gobierno, todo lo que en ese periodo se propuso, se intentó o se proclamó se presentó como solo provisional. Nadie ni nada se atrevía a reclamar para sí el derecho a existir y a actuar de verdad. Todos los elementos que habían preparado o determinado la revolución, la oposición dinástica,30 la burguesía republicana, la pequeña burguesía republicano-democrática y el mundo obrero socialdemócrata, encontraron provisionalmente su sitio en el gobierno de febrero.

No podía ser de otra manera. Las jornadas de febrero tenían por objeto inicial una reforma electoral que ampliara el círculo de los privilegiados políticos dentro de la propia clase poseedora y derribara la dominación exclusiva de la aristocracia financiera. Pero cuando se llegó al conflicto real, cuando el pueblo subió a las barricadas, la Guardia Nacional se mantuvo pasiva, el ejército no opuso resistencia seria y la monarquía huyó, la república pareció caer por su propio peso. Cada partido la interpretó a su manera. Conquistada por el proletariado con las armas en la mano, este le imprimió su sello y la proclamó república social. Así quedó apuntado el contenido general de la revolución moderna, que estaba en la más extraña contradicción con todo lo que, con el material disponible, con el grado de educación alcanzado por la masa, en las circunstancias y relaciones dadas, podía llevarse a la práctica de forma inmediata. Por otra parte, la pretensión de todos los demás elementos que habían contribuido a la revolución de febrero fue reconocida con la parte del león que obtuvieron en el gobierno. Por eso en ningún periodo encontramos una mezcla más abigarrada de frases altisonantes y de inseguridad y torpeza efectivas, de afán innovador más entusiasta y de dominio más completo de la vieja rutina, de mayor armonía aparente de toda la sociedad y de más profunda enajenación de sus elementos. Mientras el proletariado de París se recreaba todavía en la contemplación de la gran perspectiva que se le había abierto y se entregaba a discusiones serias sobre los problemas sociales, las viejas potencias de la sociedad se habían agrupado, reunido y recobrado, y encontraban un apoyo inesperado en la masa de la nación, los campesinos y los pequeños burgueses, que se precipitaron todos de golpe a la escena política una vez caídas las barreras de la monarquía de Julio.

El segundo periodo, del 4 de mayo de 1848 a finales de mayo de 1849, es el periodo de la constitución, de la fundación de la república burguesa. Inmediatamente después de las jornadas de febrero, no solo la oposición dinástica había sido sorprendida por los republicanos, y los republicanos por los socialistas, sino toda Francia por París. La Asamblea Nacional que se reunió el 4 de mayo de 1848, surgida de las elecciones de la nación, representaba a la nación. Era una protesta viva contra las pretensiones de las jornadas de febrero y debía reducir los resultados de la revolución a la medida burguesa. En vano intentó el proletariado de París, que comprendió enseguida el carácter de esa Asamblea Nacional, negar por la fuerza su existencia pocos días después de que se reuniera, el 15 de mayo, disolverla, dispersar de nuevo en sus elementos individuales la forma orgánica con que le amenazaba el espíritu reaccionario de la nación. Como es sabido, el 15 de mayo no tuvo otro resultado que alejar de la escena pública, durante todo el ciclo que estamos examinando, a Blanqui y sus compañeros, es decir, a los verdaderos dirigentes del partido proletario.31

A la monarquía burguesa de Luis Felipe solo puede seguirle la república burguesa; es decir, si bajo el nombre del rey había dominado una parte limitada de la burguesía, ahora dominará en nombre del pueblo la totalidad de la burguesía. Las reivindicaciones del proletariado de París son quimeras utópicas con las que hay que acabar. A esta declaración de la Asamblea Nacional Constituyente respondió el proletariado de París con la insurrección de junio,32 el acontecimiento más colosal de la historia de las guerras civiles europeas. Venció la república burguesa. De su lado estaban la aristocracia financiera, la burguesía industrial, las capas medias, los pequeños burgueses, el ejército, el lumpenproletariado organizado como Guardia Móvil,33 las eminencias intelectuales, los curas y la población rural. Del lado del proletariado de París no estaba nadie más que él mismo. Más de 3000 insurrectos fueron masacrados después de la victoria y 15 000 deportados sin juicio. Con esta derrota, el proletariado pasa al fondo de la escena revolucionaria. Intenta de nuevo abrirse paso cada vez que el movimiento parece tomar un nuevo impulso, pero con un despliegue de fuerzas cada vez más débil y con un resultado cada vez menor. En cuanto una de las capas sociales situadas por encima de él entra en fermentación revolucionaria, se alía con ella y comparte así todas las derrotas que sufren sucesivamente los distintos partidos. Pero estos golpes posteriores se van debilitando cada vez más a medida que se reparten por toda la superficie de la sociedad. Sus dirigentes más destacados en la Asamblea y en la prensa van cayendo uno tras otro víctimas de los tribunales, y a su cabeza se ponen figuras cada vez más equívocas. En parte se lanza a experimentos doctrinarios, bancos de cambio y asociaciones obreras,34 es decir, a un movimiento en el que renuncia a transformar el viejo mundo con los grandes medios conjuntos que le son propios, y busca más bien conseguir su redención a espaldas de la sociedad, por la vía privada, dentro de sus limitadas condiciones de existencia, y por eso fracasa necesariamente. Parece que no puede ni volver a encontrar en sí mismo la grandeza revolucionaria ni sacar nueva energía de las alianzas que contrae de nuevo, hasta que todas las clases con las que luchó en junio yacen postradas a su lado. Pero al menos sucumbe con los honores de la gran lucha histórica; no solo Francia, toda Europa tiembla ante el terremoto de junio, mientras que las derrotas posteriores de las clases superiores se compran tan baratas que necesitan la exageración descarada del partido vencedor para que puedan pasar por acontecimientos, y son tanto más ignominiosas cuanto más lejos está del partido proletario el partido que sucumbe.

La derrota de los insurrectos de junio había preparado y allanado, ciertamente, el terreno sobre el que podía fundarse y levantarse la república burguesa; pero había mostrado al mismo tiempo que en Europa se trata de otras cuestiones que la de «república o monarquía». Había revelado que república burguesa significa aquí el despotismo ilimitado de una clase sobre otras clases. Había demostrado que en los países de vieja civilización, con una formación de clases desarrollada, con condiciones modernas de producción y con una conciencia intelectual en la que todas las ideas tradicionales se han disuelto por un trabajo secular, la república en general solo significa la forma política de la transformación revolucionaria de la sociedad burguesa, y no su forma conservadora de vida, como ocurre por ejemplo en los Estados Unidos de Norteamérica, donde ya existen clases, es cierto, pero todavía no se han fijado, sino que, en flujo constante, cambian continuamente sus elementos y se los ceden unas a otras; donde los medios modernos de producción, en lugar de coincidir con una sobrepoblación estancada, suplen más bien la escasez relativa de cabezas y de brazos, y donde, por último, el movimiento febrilmente juvenil de la producción material, que tiene que apropiarse un mundo nuevo, no ha dejado tiempo ni ocasión para acabar con el viejo mundo de los espíritus.

Durante las jornadas de junio, todas las clases y todos los partidos se habían unido en el partido del orden frente a la clase proletaria como partido de la anarquía, del socialismo, del comunismo. Habían «salvado» a la sociedad de «los enemigos de la sociedad». Habían repartido entre sus tropas como santo y seña las consignas de la vieja sociedad, «propiedad, familia, religión, orden», y habían gritado a la cruzada contrarrevolucionaria: «¡Con este signo vencerás!».35 Desde ese momento, en cuanto uno de los numerosos partidos que se habían agrupado bajo ese signo contra los insurrectos de junio intenta mantenerse en el campo de batalla revolucionario en su propio interés de clase, sucumbe ante el grito: «propiedad, familia, religión, orden». La sociedad es salvada tantas veces como se estrecha el círculo de sus dominadores, como se impone un interés más exclusivo frente a otro más amplio. Toda reivindicación de la más simple reforma financiera burguesa, del liberalismo más vulgar, del republicanismo más formal, de la democracia más trivial, es castigada a la vez como «atentado contra la sociedad» y estigmatizada como «socialismo». Y, por último, los sumos sacerdotes de «la religión y el orden» son expulsados a patadas de sus trípodes de pitonisa, sacados de sus camas de noche y a escondidas, metidos en coches celulares, arrojados a la cárcel o enviados al destierro; su templo es arrasado, su boca sellada, su pluma rota, su ley desgarrada, en nombre de la religión, de la propiedad, de la familia, del orden. Burgueses fanáticos del orden son acribillados en sus balcones por pelotones de soldados borrachos, su santuario familiar es profanado, sus casas son bombardeadas para pasar el rato,36 en nombre de la propiedad, de la familia, de la religión y del orden. La hez de la sociedad burguesa forma finalmente la sagrada falange del orden, y el héroe Crapulinski37 entra en las Tullerías como «salvador de la sociedad».

II

Retomemos el hilo de la evolución.

La historia de la Asamblea Nacional Constituyente desde las jornadas de junio es la historia de la dominación y de la disolución de la fracción republicana de la burguesía, la fracción conocida con los nombres de republicanos tricolores, republicanos puros, republicanos políticos, republicanos formalistas, etc.

Bajo la monarquía burguesa de Luis Felipe había formado la oposición republicana oficial y, por tanto, una parte reconocida del mundo político de entonces. Tenía sus representantes en las Cámaras y un considerable campo de influencia en la prensa. Su órgano parisino, Le National, pasaba a su manera por tan respetable como el Journal des Débats.38 Su carácter correspondía a esta posición bajo la monarquía constitucional. No era una fracción de la burguesía mantenida unida por grandes intereses comunes y delimitada por condiciones de producción propias. Era una camarilla de burgueses, escritores, abogados, oficiales y funcionarios de ideas republicanas, cuya influencia descansaba en las antipatías personales del país contra Luis Felipe, en los recuerdos de la antigua república, en la fe republicana de unos cuantos exaltados y, sobre todo, en el nacionalismo francés, cuyo odio contra los tratados de Viena y contra la alianza con Inglaterra mantenía constantemente despierto.39 Una gran parte de los seguidores que Le National tenía bajo Luis Felipe se la debía a este imperialismo encubierto, que por eso pudo más tarde, bajo la república, alzarse frente a él como un competidor demoledor en la persona de Luis Bonaparte. Combatía a la aristocracia financiera, como lo hacía todo el resto de la oposición burguesa. La polémica contra el presupuesto, que en Francia estaba estrechamente ligada a la lucha contra la aristocracia financiera, proporcionaba una popularidad demasiado barata y una materia demasiado rica para puritanos leading articles40 como para no explotarla. La burguesía industrial le estaba agradecida por su defensa servil del sistema proteccionista francés, que, sin embargo, había adoptado más por razones nacionales que por razones de economía nacional; la burguesía en su conjunto, por sus odiosas denuncias del comunismo y del socialismo. Por lo demás, el partido de Le National era puramente republicano, es decir, reclamaba una forma republicana de la dominación burguesa en lugar de una monárquica y, sobre todo, la parte del león de esa dominación. Sobre las condiciones de esa transformación no tenía ninguna claridad. Lo que en cambio veía con claridad meridiana, y se declaró públicamente en los banquetes reformistas de los últimos tiempos de Luis Felipe,41 era su impopularidad entre los pequeños burgueses demócratas y, en especial, entre el proletariado revolucionario. Estos republicanos puros, como corresponde a republicanos puros, estaban ya a punto de conformarse de momento con una regencia de la duquesa de Orleans42 cuando estalló la revolución de febrero, que dio a sus representantes más conocidos un puesto en el Gobierno provisional. Tenían de antemano, naturalmente, la confianza de la burguesía y la mayoría de la Asamblea Nacional Constituyente. De la Comisión Ejecutiva que formó la Asamblea Nacional al reunirse se excluyó en el acto a los elementos socialistas del Gobierno provisional, y el partido de Le National aprovechó el estallido de la insurrección de junio para despedir también a la Comisión Ejecutiva y librarse así de sus rivales más próximos, los republicanos pequeñoburgueses o demócratas (Ledru-Rollin, etc.).43 Cavaignac, el general del partido republicano burgués, que dirigió la batalla de junio, ocupó el lugar de la Comisión Ejecutiva con una especie de poder dictatorial.44 Marrast, antiguo redactor en chef de Le National, fue el presidente perpetuo de la Asamblea Nacional Constituyente, y los ministerios, como todos los demás puestos importantes, recayeron en los republicanos puros.

La fracción republicana de la burguesía, que se consideraba desde hacía mucho la heredera legítima de la monarquía de Julio, se vio así superada en su ideal; pero llegó al poder no como había soñado bajo Luis Felipe, mediante una revuelta liberal de la burguesía contra el trono, sino mediante un motín del proletariado contra el capital, aplastado a metralla. Lo que se había imaginado como el acontecimiento más revolucionario se produjo en la realidad como el más contrarrevolucionario. El fruto le cayó en el regazo, pero cayó del árbol de la ciencia, no del árbol de la vida.45

La dominación exclusiva de los republicanos burgueses solo duró del 24 de junio al 10 de diciembre de 1848. Se resume en la redacción de una Constitución republicana y en el estado de sitio de París.

La nueva Constitución no era en el fondo más que la edición republicanizada de la Carta constitucional de 1830.46 El estrecho censo electoral de la monarquía de Julio, que excluía de la dominación política incluso a una gran parte de la burguesía, era incompatible con la existencia de la república burguesa. La revolución de febrero había proclamado en el acto, en lugar de ese censo, el sufragio universal directo. Los republicanos burgueses no podían deshacer este hecho. Tuvieron que contentarse con añadir la disposición restrictiva de un domicilio de seis meses en el lugar de la elección. La vieja organización de la administración, del régimen municipal, de la justicia, del ejército, etc., se mantuvo intacta, o, donde la Constitución la modificó, el cambio afectó al índice, no al contenido; al nombre, no a la cosa.

El inevitable estado mayor de las libertades de 1848, libertad personal, libertad de prensa, de palabra, de asociación, de reunión, de enseñanza y de culto, etc., recibió un uniforme constitucional que las hacía invulnerables. Cada una de estas libertades se proclama, en efecto, derecho incondicional del citoyen francés, pero con la glosa marginal constante de que es ilimitada en tanto no esté restringida por «los derechos iguales de los demás y la seguridad pública», o por «leyes» que han de armonizar precisamente las libertades individuales entre sí y con la seguridad pública. Por ejemplo: «Los ciudadanos tienen derecho a asociarse, a reunirse pacíficamente y sin armas, a dirigir peticiones y a expresar sus opiniones por medio de la prensa o de cualquier otro modo. El disfrute de estos derechos no tiene más límite que los derechos iguales de los demás y la seguridad pública» (capítulo II de la Constitución francesa, § 8). «La enseñanza es libre. La libertad de enseñanza se disfrutará en las condiciones fijadas por la ley y bajo la alta inspección del Estado» (ibídem, § 9). «El domicilio de todo ciudadano es inviolable, salvo en las formas prescritas por la ley» (capítulo I, § 3), etc., etc. Por eso la Constitución remite constantemente a futuras leyes orgánicas que han de desarrollar esas glosas marginales y regular el disfrute de estas libertades ilimitadas de modo que no choquen ni entre sí ni con la seguridad pública. Y más tarde los amigos del orden dieron vida a esas leyes orgánicas y regularon todas esas libertades de tal modo que la burguesía, en su disfrute, no tropieza con los derechos iguales de las demás clases. Allí donde prohíbe del todo esas libertades a «los demás» o les permite disfrutarlas en condiciones que son otras tantas trampas policiales, lo ha hecho siempre únicamente en interés de la «seguridad pública», es decir, de la seguridad de la burguesía, como prescribe la Constitución. Por eso, en lo sucesivo, ambas partes invocan con pleno derecho la Constitución: tanto los amigos del orden, que suprimieron todas esas libertades, como los demócratas, que las reclamaban todas. Cada artículo de la Constitución contiene, en efecto, su propia antítesis, su propia Cámara alta y su propia Cámara baja: en la frase general, la libertad; en la glosa marginal, la supresión de la libertad. Así pues, mientras se respetara el nombre de la libertad y solo se impidiera su realización efectiva, por la vía legal, se entiende, la existencia constitucional de la libertad permanecía intacta, incólume, por mucho que se hubiera matado su existencia vulgar.

Esta Constitución, hecha inviolable de manera tan ingeniosa, era sin embargo vulnerable, como Aquiles, en un punto: no en el talón, sino en la cabeza, o más bien en las dos cabezas en que remataba: la Asamblea Legislativa, por un lado, y el presidente, por otro. Recórrase la Constitución y se verá que solo los artículos en los que se determina la relación del presidente con la Asamblea Legislativa son absolutos, positivos, sin contradicción, sin posibilidad de tergiversación. Aquí se trataba, en efecto, de que los republicanos burgueses se pusieran a salvo a sí mismos. Los artículos 45 a 70 de la Constitución están redactados de tal manera que la Asamblea Nacional puede destituir al presidente constitucionalmente, mientras que el presidente solo puede deshacerse de la Asamblea Nacional inconstitucionalmente, deshaciéndose de la propia Constitución. Aquí, pues, ella misma provoca su destrucción violenta. No solo consagra, como la Carta de 1830, la división de poderes, sino que la amplía hasta la contradicción insoportable. El juego de los poderes constitucionales, como llamaba Guizot a las riñas parlamentarias entre el poder legislativo y el ejecutivo, juega constantemente va banque47 en la Constitución de 1848. De un lado, 750 representantes del pueblo elegidos por sufragio universal y reelegibles, que forman una Asamblea Nacional incontrolable, indisoluble e indivisible, una Asamblea Nacional que goza de omnipotencia legislativa, decide en última instancia sobre la guerra, la paz y los tratados de comercio, posee en exclusiva el derecho de amnistía y, por su permanencia, ocupa sin cesar el primer plano de la escena. Del otro, el presidente, con todos los atributos del poder real, con la facultad de nombrar y destituir a sus ministros con independencia de la Asamblea Nacional, con todos los medios del poder ejecutivo en sus manos, otorgando todos los cargos, es decir, decidiendo en Francia sobre la existencia de al menos un millón y medio de personas, pues tantas dependen de los 500 000 funcionarios y de los oficiales de todos los grados. Tiene detrás toda la fuerza armada. Goza del privilegio de indultar a delincuentes individuales, de suspender a las guardias nacionales y de destituir, de acuerdo con el Consejo de Estado, a los consejos generales, cantonales y municipales elegidos por los propios ciudadanos. La iniciativa y la dirección de todos los tratados con el extranjero le están reservadas. Mientras la Asamblea actúa constantemente sobre las tablas, expuesta a la luz vulgar y crítica del día, él lleva una vida oculta en los Campos Elíseos,48 y por cierto con el artículo 45 de la Constitución ante los ojos y en el corazón, que le grita cada día: «Frère, il faut mourir!».49 ¡Tu poder termina el segundo domingo del hermoso mes de mayo del cuarto año de tu elección! Entonces se acabó la gloria, la función no se representa dos veces, y si tienes deudas, procura a tiempo pagarlas con los 600 000 francos que te asigna la Constitución, ¡a no ser que prefieras emprender el camino de Clichy50 el segundo lunes del hermoso mes de mayo! Si la Constitución atribuye así al presidente el poder efectivo, intenta asegurar a la Asamblea Nacional el poder moral. Aparte de que es imposible crear un poder moral con artículos de ley, la Constitución vuelve a anularse aquí a sí misma al hacer que el presidente sea elegido por todos los franceses mediante sufragio directo. Mientras que los votos de Francia se dispersan entre los 750 miembros de la Asamblea Nacional, aquí, en cambio, se concentran en un solo individuo. Mientras que cada representante del pueblo representa solo a este o aquel partido, a esta o aquella ciudad, a esta o aquella cabeza de puente, o incluso solo la necesidad de elegir a un setecientoscincuentavo cualquiera, sin mirar demasiado ni la causa ni al hombre, él es el elegido de la nación, y el acto de su elección es el gran triunfo que el pueblo soberano juega una vez cada cuatro años. La Asamblea Nacional elegida está con la nación en una relación metafísica, pero el presidente elegido, en una relación personal. La Asamblea Nacional representa, sí, en sus diversos representantes los múltiples aspectos del espíritu nacional, pero en el presidente ese espíritu se encarna. Frente a ella posee una especie de derecho divino: es presidente por la gracia del pueblo.

Tetis, la diosa del mar, había profetizado a Aquiles que moriría en la flor de la juventud. La Constitución, que tiene su punto débil como Aquiles, tenía también, como Aquiles, el presentimiento de que había de morir prematuramente. A los republicanos puros de la Constituyente les bastaba con echar una mirada, desde el cielo nebuloso de su república ideal, al mundo profano para reconocer cómo la arrogancia de los realistas, de los bonapartistas, de los demócratas, de los comunistas, y su propio descrédito crecían día a día a medida que se acercaban a la culminación de su gran obra de arte legislativa, sin que Tetis tuviera que dejar el mar para comunicarles el secreto. Intentaron burlar el destino con una astucia constitucional mediante el artículo 111 de la Constitución, según el cual toda propuesta de revisión de la Constitución tenía que votarse en tres debates sucesivos, separados cada uno por un mes entero, por al menos tres cuartas partes de los votos, y además con la condición de que votaran no menos de 500 miembros de la Asamblea Nacional. Con ello no hicieron más que el intento impotente de ejercer todavía, como minoría parlamentaria, que es como ya se veían proféticamente en espíritu, un poder que en ese momento, cuando disponían de la mayoría parlamentaria y de todos los medios del poder de gobierno, se les escapaba cada día más de sus débiles manos.

Por último, la Constitución, en un artículo melodramático, se confía a sí misma «a la vigilancia y al patriotismo de todo el pueblo francés y de cada francés en particular», después de haber confiado ya en otro artículo a los «vigilantes» y «patriotas» a la tierna y sumarísima atención del alto tribunal, la «haute cour», inventado expresamente por ella.

Esa era la Constitución de 1848, que el 2 de diciembre de 1851 no fue derribada por una cabeza, sino que se cayó al roce de un simple sombrero; aunque, eso sí, ese sombrero era un tricornio napoleónico.

Mientras los republicanos burgueses estaban ocupados en la Asamblea en cavilar, discutir y votar esta Constitución, Cavaignac mantenía fuera de la Asamblea el estado de sitio de París. El estado de sitio de París fue la comadrona de la Constituyente en sus dolores de parto republicanos. Si más tarde la Constitución es quitada de en medio a bayonetazos, no hay que olvidar que también tuvo que ser protegida por bayonetas, y además vueltas contra el pueblo, ya en el seno materno, y que fueron bayonetas las que la trajeron al mundo. Los antepasados de los «republicanos honestos» habían hecho que su símbolo, la bandera tricolor, diera la vuelta a Europa. Ellos, por su parte, hicieron también un invento que encontró por sí solo el camino a través de todo el continente, pero que volvía a Francia con un amor siempre renovado, hasta que ahora ha adquirido carta de ciudadanía en la mitad de sus departamentos: el estado de sitio. Excelente invento, aplicado periódicamente en cada una de las crisis sucesivas en el curso de la revolución francesa. Pero el cuartel y el vivac, que se le ponían así periódicamente en la cabeza a la sociedad francesa para comprimirle el cerebro y hacerla callar; el sable y el mosquete, a los que periódicamente se dejaba juzgar y administrar, tutelar y censurar, hacer de policía y de sereno; el bigote y el capote de cuartel, a los que periódicamente se pregonaba como la suprema sabiduría y como el rector de la sociedad: ¿no tenían que acabar el cuartel y el vivac, el sable y el mosquete, el bigote y el capote de cuartel, por ocurrírseles salvar a la sociedad de una vez para siempre, proclamando su propio régime como el supremo y liberando por completo a la sociedad burguesa de la preocupación de gobernarse a sí misma? El cuartel y el vivac, el sable y el mosquete, el bigote y el capote de cuartel tenían que tener esta ocurrencia tanto más cuanto que podían esperar entonces un mejor pago al contado por su mayor mérito, mientras que con el estado de sitio meramente periódico y con los salvamentos pasajeros de la sociedad por orden de esta o aquella fracción burguesa sacaban poca cosa sólida, aparte de algunos muertos y heridos y de algunas muecas amables de los burgueses. ¿No debían los militares jugar por fin alguna vez al estado de sitio en su propio interés y para su propio interés, y sitiar de paso las bolsas burguesas?51 Por lo demás, no hay que olvidar, dicho sea de paso, que el coronel Bernard, el mismo presidente de comisión militar que bajo Cavaignac ayudó a deportar sin juicio a 15 000 insurrectos, se encuentra en este momento otra vez al frente de las comisiones militares que actúan en París.

Si los honestos, los republicanos puros, con el estado de sitio de París, habían creado el vivero en el que habían de crecer los pretorianos del 2 de diciembre de 1851, merecen en cambio el elogio de que, en lugar de exagerar el sentimiento nacional como bajo Luis Felipe, ahora, cuando disponían del poder nacional, se arrastraron ante el extranjero y, en vez de liberar Italia, dejaron que la reconquistaran austriacos y napolitanos.52 La elección de Luis Bonaparte como presidente, el 10 de diciembre de 1848, puso fin a la dictadura de Cavaignac y a la Constituyente.

En el artículo 44 de la Constitución se dice: «El presidente de la República francesa no debe haber perdido nunca su condición de ciudadano francés». El primer presidente de la República francesa, L. N. Bonaparte, no solo había perdido su condición de ciudadano francés, no solo había sido condestable especial en Inglaterra,53 sino que era incluso ciudadano suizo naturalizado.

En otro lugar he expuesto el significado de la elección del 10 de diciembre.54 No vuelvo aquí sobre ello. Basta observar aquí que fue una reacción de los campesinos, que habían tenido que pagar los costes de la revolución de febrero, contra las demás clases de la nación, una reacción del campo contra la ciudad. Encontró gran eco en el ejército, al que los republicanos de Le National no habían proporcionado ni gloria ni aumento de sueldo; en la gran burguesía, que saludaba a Bonaparte como puente hacia la monarquía; entre los proletarios y los pequeños burgueses, que lo saludaban como azote de Cavaignac. Más adelante tendré ocasión de detenerme en la relación de los campesinos con la revolución francesa.

La época que va del 20 de diciembre de 1848 a la disolución de la Constituyente, en mayo de 1849, abarca la historia de la caída de los republicanos burgueses. Después de haber fundado una república para la burguesía, de haber expulsado del terreno al proletariado revolucionario y de haber reducido de momento al silencio a la pequeña burguesía democrática, son ellos mismos apartados por la masa de la burguesía, que con razón se incauta de esta república como de su propiedad. Pero esa masa burguesa era realista. Una parte de ella, los grandes propietarios de tierras, había dominado bajo la Restauración y era, por tanto, legitimista. La otra, los aristócratas de las finanzas y los grandes industriales, había dominado bajo la monarquía de Julio y era, por tanto, orleanista.55 Los altos dignatarios del ejército, de la Universidad, de la Iglesia, del foro, de la Academia y de la prensa se repartían entre los dos bandos, aunque en distinta proporción. Aquí, en la república burguesa, que no llevaba ni el nombre de Borbón ni el nombre de Orleans, sino el nombre de capital, habían encontrado la forma de Estado bajo la cual podían dominar en común. Ya la insurrección de junio los había unido en el «partido del orden». Ahora se trataba en primer lugar de deshacerse de la camarilla de los republicanos burgueses, que todavía ocupaban los escaños de la Asamblea Nacional. Con la misma brutalidad con que estos republicanos puros habían abusado de la fuerza física frente al pueblo, con la misma cobardía, apocamiento, desánimo, quebranto e incapacidad de lucha retrocedían ahora, cuando se trataba de afirmar su republicanismo y su derecho legislativo frente al poder ejecutivo y a los realistas. No tengo que contar aquí la vergonzosa historia de su disolución. No fue un hundimiento, fue un desvanecerse. Su historia ha terminado para siempre, y en el periodo siguiente, ya sea dentro o fuera de la Asamblea, solo figuran como recuerdos, recuerdos que parecen revivir en cuanto vuelve a tratarse del mero nombre de república y cada vez que el conflicto revolucionario amenaza con descender al nivel más bajo. Observo de pasada que el periódico que dio su nombre a este partido, Le National, se convierte al socialismo en el periodo siguiente.

Antes de cerrar este periodo tenemos que echar todavía una mirada retrospectiva a las dos potencias de las cuales una aniquila a la otra el 2 de diciembre de 1851, mientras que, desde el 20 de diciembre de 1848 hasta la retirada de la Constituyente, vivieron en relaciones conyugales. Nos referimos a Luis Bonaparte, por un lado, y al partido de los realistas coaligados, del orden, de la gran burguesía, por otro. Al asumir la presidencia, Bonaparte formó en el acto un ministerio del partido del orden, a cuya cabeza puso a Odilon Barrot,56 nota bene, el viejo jefe de la fracción más liberal de la burguesía parlamentaria. El señor Barrot había cazado por fin el ministerio cuyo fantasma le perseguía desde 1830, y aún más, la presidencia de ese ministerio; pero no, como se había imaginado bajo Luis Felipe, como el jefe más avanzado de la oposición parlamentaria, sino con la tarea de matar a un parlamento y como aliado de todos sus archienemigos, jesuitas y legitimistas. Por fin se lleva a la novia a casa, pero solo después de que la hayan prostituido. El propio Bonaparte se eclipsó aparentemente por completo. Aquel partido actuaba por él.

Ya en el primer consejo de ministros se decidió la expedición a Roma, que se acordó llevar a cabo a espaldas de la Asamblea Nacional y para la que se convino en arrancarle los medios con un falso pretexto.57 Así se empezó con una estafa a la Asamblea Nacional y con una conspiración secreta con las potencias absolutistas del extranjero contra la república romana revolucionaria. Del mismo modo y con las mismas maniobras preparó Bonaparte su golpe del 2 de diciembre contra la Legislativa realista y su república constitucional. No olvidemos que el mismo partido que el 20 de diciembre de 1848 formaba el ministerio de Bonaparte formaba el 2 de diciembre de 1851 la mayoría de la Asamblea Nacional Legislativa.

En agosto, la Constituyente había decidido no disolverse hasta haber elaborado y promulgado toda una serie de leyes orgánicas que debían completar la Constitución. El 6 de enero de 1849, el partido del orden le hizo proponer por el representante Rateau que dejara correr las leyes orgánicas y decidiera más bien su propia disolución. No solo el ministerio, con el señor Odilon Barrot a la cabeza, sino todos los miembros realistas de la Asamblea Nacional le espetaban en aquel momento que su disolución era necesaria para restablecer el crédito, para consolidar el orden, para poner fin a la provisionalidad indefinida y fundar una situación definitiva; que estorbaba la productividad del nuevo gobierno y solo trataba de prolongar su existencia por rencor; que el país estaba harto de ella. Bonaparte tomó buena nota de todas estas invectivas contra el poder legislativo, se las aprendió de memoria y demostró a los realistas parlamentarios el 2 de diciembre de 1851 que había aprendido de ellos. Repitió contra ellos sus propias consignas.

El ministerio Barrot y el partido del orden fueron más allá. Promovieron por toda Francia peticiones a la Asamblea Nacional en las que se le rogaba muy amablemente que desapareciera. Así lanzaron al fuego, contra la Asamblea Nacional, expresión del pueblo organizada constitucionalmente, sus masas inorgánicas. Enseñaron a Bonaparte a apelar al pueblo contra las asambleas parlamentarias. Por fin, el 29 de enero de 1849 llegó el día en que la Constituyente debía decidir sobre su propia disolución. La Asamblea Nacional encontró su sede ocupada militarmente; Changarnier,58 el general del partido del orden, que reunía en sus manos el mando supremo de la Guardia Nacional y de las tropas de línea, pasó en París una gran revista de tropas, como si fuera inminente una batalla, y los realistas coaligados declararon amenazadoramente a la Constituyente que se emplearía la fuerza si no se avenía. Se avino y solo regateó un plazo de vida muy breve. ¿Qué fue el 29 de enero sino el coup d'état del 2 de diciembre de 1851, solo que ejecutado por los realistas con Bonaparte contra la Asamblea Nacional republicana? Los señores no se dieron cuenta, o no quisieron darse cuenta, de que Bonaparte aprovechó el 29 de enero de 1849 para hacer desfilar ante sí a una parte de las tropas delante de las Tullerías, y de que se apresuró a aprovechar precisamente esta primera movilización pública del poder militar contra el poder parlamentario para dejar entrever al Calígula. Ellos, desde luego, solo veían a su Changarnier.

Un motivo que impulsaba particularmente al partido del orden a abreviar por la fuerza la vida de la Constituyente eran las leyes orgánicas que debían completar la Constitución, como la ley de enseñanza, la ley de cultos, etc. A los realistas coaligados les importaba muchísimo hacer ellos mismos estas leyes y no dejar que las hicieran los republicanos, que se habían vuelto desconfiados. Entre estas leyes orgánicas figuraba, sin embargo, también una ley sobre la responsabilidad del presidente de la República. En 1851 la Asamblea Legislativa estaba ocupada precisamente en redactar una ley así cuando Bonaparte se adelantó a este golpe con el golpe del 2 de diciembre. ¡Qué no habrían dado los realistas coaligados, en su campaña parlamentaria de invierno de 1851, por haber encontrado ya hecha la ley de responsabilidad, y además redactada por una asamblea republicana, desconfiada y hostil!

Después de que el 29 de enero de 1849 la Constituyente rompiera ella misma su última arma, el ministerio Barrot y los amigos del orden la acosaron hasta la muerte, no dejaron de hacer nada que pudiera humillarla y arrancaron a su debilidad, que desesperaba de sí misma, leyes que le costaron el último resto de respeto ante el público. Bonaparte, ocupado con su idea fija napoleónica, fue lo bastante osado como para explotar públicamente esta degradación del poder parlamentario. En efecto, cuando el 8 de mayo de 1849 la Asamblea Nacional votó una censura contra el ministerio por la ocupación de Civitavecchia por Oudinot59 y ordenó devolver la expedición romana a su supuesto fin, Bonaparte publicó esa misma tarde en el Moniteur60 una carta a Oudinot en la que le felicitaba por sus hazañas y se presentaba ya, en contraste con los parlamentarios chupatintas, como el magnánimo protector del ejército. Los realistas sonreían. Le tenían sencillamente por su juguete. Por último, cuando Marrast, el presidente de la Constituyente, creyó por un momento en peligro la seguridad de la Asamblea Nacional y, apoyándose en la Constitución, requirió a un coronel con su regimiento, el coronel se negó, alegó la disciplina y remitió a Marrast a Changarnier, que lo despachó con sorna diciendo que no le gustaban las baïonnettes intelligentes.61 En noviembre de 1851, cuando los realistas coaligados quisieron iniciar la lucha decisiva con Bonaparte, intentaron imponer, con su famoso proyecto de ley de los cuestores, el principio de la requisa directa de las tropas por el presidente de la Asamblea Nacional.62 Uno de sus generales, Le Flô, había firmado la propuesta de ley. En vano votó Changarnier a favor de la propuesta y rindió Thiers homenaje a la previsora sabiduría de la antigua Constituyente. El ministro de la Guerra, Saint-Arnaud, le respondió como Changarnier había respondido a Marrast, ¡y con los aplausos de la Montaña!

Así pues, el propio partido del orden, cuando todavía no era Asamblea Nacional, cuando todavía no era más que ministerio, había estigmatizado el régimen parlamentario. ¡Y pone el grito en el cielo cuando el 2 de diciembre de 1851 lo destierra de Francia!

Le deseamos buen viaje.

III

El 29 de mayo de 1849 se reunió la Asamblea Nacional Legislativa. El 2 de diciembre de 1851 fue disuelta por la fuerza. Este periodo abarca la vida de la república constitucional o parlamentaria.

En la primera revolución francesa, a la dominación de los constitucionales sigue la dominación de los girondinos, y a la dominación de los girondinos, la dominación de los jacobinos.63 Cada uno de estos partidos se apoya en el más avanzado. En cuanto ha llevado la revolución lo bastante lejos como para no poder ya seguirla, y menos aún ir por delante de ella, es apartado por el aliado más audaz que tiene detrás y enviado a la guillotina. La revolución se mueve así en línea ascendente.

Con la revolución de 1848 ocurre a la inversa. El partido proletario aparece como apéndice del partido pequeñoburgués-democrático. Este lo traiciona y lo abandona el 16 de abril,64 el 15 de mayo y en las jornadas de junio. El partido democrático, a su vez, se apoya en los hombros del partido republicano burgués. Apenas creen los republicanos burgueses tenerse firmes, se sacuden al molesto camarada y se apoyan a su vez en los hombros del partido del orden. El partido del orden encoge los hombros, deja que los republicanos burgueses se caigan de bruces y se echa sobre los hombros de la fuerza armada. Todavía cree estar sentado sobre sus hombros cuando una buena mañana se da cuenta de que los hombros se han convertido en bayonetas. Cada partido cocea por detrás al que empuja hacia delante y se apoya por delante en el que empuja hacia atrás. No es de extrañar que, en esta postura ridícula, pierda el equilibrio y, después de hacer las muecas inevitables, se desplome con extrañas cabriolas. La revolución se mueve así en línea descendente. Se encuentra en este movimiento de retroceso antes de que se haya retirado la última barricada de febrero y se haya constituido la primera autoridad revolucionaria.

El periodo que tenemos ante nosotros abarca la mezcla más abigarrada de contradicciones clamorosas: constitucionales que conspiran abiertamente contra la Constitución; revolucionarios que se declaran constitucionales; una Asamblea Nacional que quiere ser omnipotente y sigue siendo siempre parlamentaria; una Montaña que encuentra su vocación en la paciencia y que para sus derrotas presentes con la profecía de victorias futuras; realistas que forman los patres conscripti65 de la república y se ven obligados por la situación a mantener en el extranjero las casas reales enemigas a las que son adictos y en Francia la república que odian; un poder ejecutivo que encuentra su fuerza en su propia debilidad y su respetabilidad en el desprecio que inspira; una república que no es más que la infamia combinada de dos monarquías, la Restauración y la monarquía de Julio, con una etiqueta imperialista; alianzas cuya primera cláusula es la separación; luchas cuya primera ley es no decidir nada; en nombre de la tranquilidad, una agitación desaforada y vacía; en nombre de la revolución, la más solemne prédica de la tranquilidad; pasiones sin verdad, verdades sin pasión, héroes sin heroicidades, historia sin acontecimientos; un desarrollo cuya única fuerza motriz parece ser el calendario, fatigoso por la repetición constante de las mismas tensiones y distensiones; antagonismos que solo parecen agudizarse periódicamente para embotarse y derrumbarse sin poder resolverse; esfuerzos exhibidos con pretensión y terrores burgueses ante el peligro del fin del mundo y, al mismo tiempo, las intrigas más mezquinas y las comedias cortesanas representadas por los salvadores del mundo, que con su laisser aller66 recuerdan menos el Juicio Final que los tiempos de la Fronda;67 el genio oficial de toda Francia, puesto en ridículo por la astuta estupidez de un solo individuo; la voluntad colectiva de la nación, cada vez que habla por el sufragio universal, buscando su expresión adecuada en los enemigos inveterados de los intereses de las masas, hasta que la encuentra por fin en la voluntad caprichosa de un filibustero. Si hay un fragmento de la historia pintado gris sobre gris, es este. Hombres y acontecimientos aparecen como Schlemihls al revés, como sombras que han perdido su cuerpo.68 La propia revolución paraliza a sus portadores y solo dota de violencia apasionada a sus adversarios. Cuando el «espectro rojo», conjurado y exorcizado constantemente por los contrarrevolucionarios, aparece por fin, no aparece con el gorro frigio de la anarquía en la cabeza, sino con el uniforme del orden, con calzones rojos.69

Ya hemos visto que el ministerio que Bonaparte instaló el 20 de diciembre de 1848, el día de su ascensión, era un ministerio del partido del orden, de la coalición legitimista y orleanista. Este ministerio Barrot-Falloux70 había sobrevivido al invierno de la Constituyente republicana, cuya vida había abreviado de manera más o menos violenta, y seguía al timón. Changarnier, el general de los realistas aliados, seguía reuniendo en su persona el mando general de la primera división militar y de la Guardia Nacional de París. Las elecciones generales, por último, habían asegurado al partido del orden la gran mayoría en la Asamblea Nacional. Aquí los diputados y los pares de Luis Felipe se encontraron con una sagrada legión de legitimistas, para los que numerosas papeletas de la nación se habían convertido en entradas para la escena política. Los representantes bonapartistas del pueblo estaban demasiado desperdigados para poder formar un partido parlamentario independiente. Solo aparecían como la mauvaise queue71 del partido del orden. Así pues, el partido del orden estaba en posesión del poder de gobierno, del ejército y del cuerpo legislativo, en una palabra, de todo el poder del Estado, fortalecido moralmente por las elecciones generales, que hacían aparecer su dominación como la voluntad del pueblo, y por el triunfo simultáneo de la contrarrevolución en todo el continente europeo.

Nunca un partido abrió su campaña con mayores medios y bajo auspicios más favorables.

Los republicanos puros, náufragos, se encontraron en la Asamblea Nacional Legislativa reducidos a una camarilla de unos 50 hombres, a cuya cabeza estaban los generales africanos Cavaignac, Lamoricière y Bedeau. Pero el gran partido de oposición lo formaba la Montaña. Este nombre de pila parlamentario se lo había dado el partido socialdemócrata. Disponía de más de 200 de los 750 votos de la Asamblea Nacional y era, por tanto, al menos tan poderoso como cualquiera de las tres fracciones del partido del orden por separado.72 Su minoría relativa frente a toda la coalición realista parecía compensada por circunstancias especiales. No solo las elecciones de los departamentos mostraban que había ganado un número considerable de partidarios entre la población rural. Contaba en sus filas con casi todos los diputados de París; el ejército había hecho una profesión de fe democrática al elegir a tres suboficiales, y el jefe de la Montaña, Ledru-Rollin, a diferencia de todos los representantes del partido del orden, había sido elevado a la nobleza parlamentaria por cinco departamentos que habían reunido en él sus votos. Así pues, el 29 de mayo de 1849, ante los choques inevitables de los realistas entre sí y de todo el partido del orden con Bonaparte, la Montaña parecía tener ante sí todos los elementos del éxito. Quince días después lo había perdido todo, incluido el honor.

Antes de seguir la historia parlamentaria, son necesarias algunas observaciones para evitar los engaños habituales sobre todo el carácter de la época que tenemos ante nosotros. Según la manera de ver democrática, durante el periodo de la Asamblea Nacional Legislativa se trata de lo mismo que en el periodo de la Constituyente: de la simple lucha entre republicanos y realistas. Pero el movimiento mismo lo resumen en una sola consigna: «reacción», noche en la que todos los gatos son pardos y que les permite recitar sus lugares comunes de sereno. Y, desde luego, a primera vista el partido del orden presenta una maraña de diferentes fracciones realistas que no solo intrigan unas contra otras para elevar cada una al trono a su propio pretendiente y excluir al pretendiente del partido contrario, sino que además se unen todas en un odio común y en ataques comunes contra la «república». La Montaña, por su parte, aparece, frente a esta conspiración realista, como representante de la «república». El partido del orden aparece constantemente ocupado en una «reacción» que, ni más ni menos que en Prusia, se dirige contra la prensa, la asociación, etc., y que se ejecuta, como en Prusia, en brutales injerencias policiales de la burocracia, de la gendarmería y de las fiscalías. La «Montaña», a su vez, está igual de ocupada continuamente en rechazar esos ataques y defender así los «eternos derechos del hombre», como ha hecho más o menos desde hace siglo y medio todo partido llamado popular. Sin embargo, al examinar de cerca la situación y los partidos, se desvanece esta apariencia superficial que encubre la lucha de clases y la fisonomía peculiar de este periodo.

Legitimistas y orleanistas formaban, como hemos dicho, las dos grandes fracciones del partido del orden. Lo que ataba a estas fracciones a sus pretendientes y las mantenía separadas entre sí, ¿era solo la flor de lis y la bandera tricolor, la casa de Borbón y la casa de Orleans, distintos matices del realismo?, ¿era en general la profesión de fe del realismo? Bajo los Borbones había gobernado la gran propiedad de la tierra, con sus curas y sus lacayos; bajo los Orleans, la alta finanza, la gran industria, el gran comercio, es decir, el capital, con su séquito de abogados, profesores y retóricos. La monarquía legítima no era más que la expresión política de la dominación hereditaria de los señores de la tierra, como la monarquía de Julio no era más que la expresión política de la dominación usurpada de los advenedizos burgueses. Lo que separaba a estas fracciones no eran, pues, los llamados principios; eran sus condiciones materiales de existencia, dos tipos distintos de propiedad; era el viejo antagonismo entre la ciudad y el campo, la rivalidad entre el capital y la propiedad de la tierra. ¿Quién niega que al mismo tiempo viejos recuerdos, enemistades personales, temores y esperanzas, prejuicios e ilusiones, simpatías y antipatías, convicciones, artículos de fe y principios las ataban a una u otra casa real? Sobre las diferentes formas de propiedad, sobre las condiciones sociales de existencia, se levanta toda una superestructura de sentimientos, ilusiones, modos de pensar y concepciones de la vida distintos y conformados de manera peculiar. Toda la clase los crea y les da forma a partir de sus fundamentos materiales y de las relaciones sociales correspondientes. El individuo aislado, al que le llegan por la tradición y la educación, puede imaginarse que constituyen los verdaderos motivos determinantes y el punto de partida de su actuación. Si orleanistas y legitimistas, cada fracción, intentaban convencerse a sí mismos y convencer a la otra de que lo que los separaba era la adhesión a sus dos casas reales, los hechos demostraron más tarde que era más bien la división de sus intereses lo que impedía la unión de las dos casas reales.73 Y así como en la vida privada se distingue entre lo que un hombre piensa y dice de sí mismo y lo que realmente es y hace, todavía más en las luchas históricas hay que distinguir entre las frases y fantasías de los partidos y su organismo real y sus intereses reales, entre la idea que se hacen de sí mismos y su realidad. Orleanistas y legitimistas se encontraron en la república uno al lado del otro con las mismas pretensiones. Si cada bando quería imponer frente al otro la restauración de su propia casa real, eso no significaba otra cosa sino que los dos grandes intereses en que se divide la burguesía, la propiedad de la tierra y el capital, intentaban restaurar cada uno su propia supremacía y la subordinación del otro. Hablamos de dos intereses de la burguesía, porque la gran propiedad de la tierra, a pesar de su coquetería feudal y de su orgullo de raza, se había aburguesado por completo con el desarrollo de la sociedad moderna. Así, los tories en Inglaterra se imaginaron durante mucho tiempo que se entusiasmaban por la monarquía, la Iglesia y las bellezas de la vieja Constitución inglesa, hasta que el día del peligro les arrancó la confesión de que solo se entusiasman por la renta de la tierra.

Los realistas coaligados urdían sus intrigas unos contra otros en la prensa, en Ems, en Claremont,74 fuera del Parlamento. Entre bastidores volvían a ponerse sus viejas libreas orleanistas y legitimistas y volvían a celebrar sus viejos torneos. Pero en la escena pública, en sus grandes acciones de Estado,75 como gran partido parlamentario, despachan a sus respectivas casas reales con simples reverencias y aplazan la restauración de la monarquía in infinitum. Hacen su verdadero negocio como partido del orden, es decir, bajo un título social, no bajo un título político; como representantes del orden burgués del mundo, no como caballeros de princesas errantes; como clase burguesa frente a las demás clases, no como realistas frente a los republicanos. Y como partido del orden ejercieron sobre las demás clases de la sociedad una dominación más ilimitada y más dura que nunca antes bajo la Restauración o bajo la monarquía de Julio, como en general solo era posible bajo la forma de la república parlamentaria, pues solo bajo esta forma podían unirse las dos grandes divisiones de la burguesía francesa y poner así a la orden del día la dominación de su clase en lugar del régimen de una fracción privilegiada de ella. Si, a pesar de ello, también como partido del orden insultan a la república y expresan su aversión hacia ella, no lo hacían solo por recuerdo realista. El instinto les enseñaba que la república completa, sí, su dominación política, pero al mismo tiempo socava su base social, pues ahora tienen que enfrentarse a las clases sometidas y luchar con ellas sin mediación, sin el escondite de la corona, sin poder desviar el interés nacional con sus luchas secundarias entre sí y con la monarquía. Era un sentimiento de debilidad lo que les hacía retroceder espantados ante las condiciones puras de su propia dominación de clase y añorar las formas más incompletas, menos desarrolladas y precisamente por eso menos peligrosas de esa dominación. En cambio, cada vez que los realistas coaligados entran en conflicto con el pretendiente que tienen enfrente, Bonaparte, cada vez que creen amenazada por el poder ejecutivo su omnipotencia parlamentaria, cada vez, pues, que tienen que sacar a relucir el título político de su dominación, se presentan como republicanos y no como realistas, desde el orleanista Thiers,76 que advierte a la Asamblea Nacional que la república es lo que menos los divide, hasta el legitimista Berryer,77 que el 2 de diciembre de 1851, ceñido con la faja tricolor, arenga como tribuno, en nombre de la república, al pueblo congregado ante la alcaldía del décimo distrito. Es cierto que el eco le devuelve burlón: «¡Enrique V! ¡Enrique V!».78

Frente a la burguesía coaligada se había formado una coalición de pequeños burgueses y obreros, el llamado partido socialdemócrata. Los pequeños burgueses se vieron mal recompensados después de las jornadas de junio de 1848, con sus intereses materiales en peligro y con las garantías democráticas que debían asegurarles la defensa de esos intereses puestas en cuestión por la contrarrevolución. Por eso se acercaron a los obreros. Su representación parlamentaria, por otra parte, la Montaña, apartada durante la dictadura de los republicanos burgueses, había reconquistado en la última mitad de la vida de la Constituyente su popularidad perdida gracias a la lucha con Bonaparte y con los ministros realistas. Había sellado una alianza con los dirigentes socialistas. En febrero de 1849 se celebraron banquetes de reconciliación. Se redactó un programa común, se fundaron comités electorales comunes y se presentaron candidatos comunes. A las reivindicaciones sociales del proletariado se les limó la punta revolucionaria y se les dio un giro democrático; a las pretensiones democráticas de la pequeña burguesía se les quitó la forma meramente política y se sacó a relucir su punta socialista. Así nació la socialdemocracia. La nueva Montaña, resultado de esta combinación, contenía, descontando algunos figurantes de la clase obrera y algunos sectarios socialistas, los mismos elementos que la vieja Montaña, solo que en mayor número. Pero en el curso de la evolución había cambiado, junto con la clase que representaba. El carácter peculiar de la socialdemocracia se resume en que exige instituciones democrático-republicanas como medio, no para abolir los dos extremos, el capital y el trabajo asalariado, sino para atenuar su antagonismo y convertirlo en armonía. Por distintas que sean las medidas que se propongan para alcanzar este fin, por mucho que se adorne con ideas más o menos revolucionarias, el contenido sigue siendo el mismo. Ese contenido es la transformación de la sociedad por la vía democrática, pero una transformación dentro de los límites de la pequeña burguesía. Solo que no hay que hacerse la idea estrecha de que la pequeña burguesía quiere imponer por principio un interés egoísta de clase. Cree más bien que las condiciones particulares de su emancipación son las condiciones generales, las únicas dentro de las cuales puede salvarse la sociedad moderna y evitarse la lucha de clases. Tampoco hay que imaginarse que los representantes democráticos son todos shopkeepers79 o que se entusiasman por ellos. Por su formación y por su situación individual pueden estar separados de ellos como el cielo de la tierra. Lo que los hace representantes del pequeño burgués es que no van más allá, en su cabeza, de los límites que este no rebasa en su vida, y que, por tanto, se ven empujados teóricamente a los mismos problemas y soluciones a los que a aquel le empujan en la práctica el interés material y la situación social. Esta es, en general, la relación entre los representantes políticos y literarios de una clase y la clase a la que representan.

Después de lo expuesto se comprende por sí mismo que, si la Montaña lucha constantemente con el partido del orden por la república y los llamados derechos del hombre, ni la república ni los derechos del hombre son su fin último, del mismo modo que un ejército al que se quiere despojar de sus armas y que se defiende no ha salido al campo de batalla para seguir en posesión de sus propias armas.

El partido del orden provocó a la Montaña nada más reunirse la Asamblea Nacional. La burguesía sentía ahora la necesidad de acabar con los pequeños burgueses demócratas, como un año antes había comprendido la necesidad de acabar con el proletariado revolucionario. Solo que la situación del adversario era distinta. La fuerza del partido proletario estaba en la calle; la de los pequeños burgueses, en la propia Asamblea Nacional. Se trataba, pues, de atraerlos de la Asamblea Nacional a la calle y de hacer que ellos mismos rompieran su poder parlamentario antes de que el tiempo y la ocasión pudieran consolidarlo. La Montaña se precipitó a rienda suelta en la trampa.

El bombardeo de Roma por las tropas francesas fue el cebo que se le echó. Violaba el artículo V de la Constitución, que prohíbe a la República francesa emplear sus fuerzas armadas contra las libertades de otro pueblo. Además, el artículo IV prohibía también toda declaración de guerra por parte del poder ejecutivo sin el consentimiento de la Asamblea Nacional, y la Constituyente había desaprobado la expedición romana con su resolución del 8 de mayo. Basándose en estas razones, Ledru-Rollin presentó el 11 de junio de 1849 un acta de acusación contra Bonaparte y sus ministros. Excitado por los aguijonazos de Thiers, se dejó arrastrar hasta amenazar con defender la Constitución por todos los medios, incluso con las armas en la mano. La Montaña se levantó como un solo hombre y repitió este llamamiento a las armas. El 12 de junio la Asamblea Nacional rechazó el acta de acusación y la Montaña abandonó el Parlamento. Los acontecimientos del 13 de junio son conocidos: la proclama de una parte de la Montaña que declaraba a Bonaparte y a sus ministros «fuera de la Constitución»; la procesión callejera de los guardias nacionales demócratas, que, desarmados como iban, se dispersaron al encontrarse con las tropas de Changarnier, etc., etc. Una parte de la Montaña huyó al extranjero, otra fue entregada al alto tribunal de Bourges, y un reglamento parlamentario sometió al resto a la vigilancia de maestro de escuela del presidente de la Asamblea Nacional. París fue declarado de nuevo en estado de sitio y la parte democrática de su Guardia Nacional fue disuelta. Así quedaron rotos la influencia de la Montaña en el Parlamento y el poder de los pequeños burgueses en París.

Lyon, donde el 13 de junio había dado la señal de una sangrienta insurrección obrera, fue declarado también en estado de sitio, junto con los cinco departamentos circundantes, una situación que dura hasta este momento.

El grueso de la Montaña había dejado en la estacada a su vanguardia al negarse a firmar su proclama. La prensa había desertado: solo dos periódicos se atrevieron a publicar el pronunciamiento. Los pequeños burgueses traicionaron a sus representantes: los guardias nacionales no acudieron o, donde aparecieron, impidieron que se levantaran barricadas. Los representantes habían engañado a los pequeños burgueses: los supuestos afiliados del ejército no se dejaron ver por ninguna parte. Por último, en lugar de ganar fuerza con el proletariado, el partido democrático le había contagiado su propia debilidad y, como suele ocurrir con las grandes hazañas democráticas, los dirigentes tuvieron la satisfacción de poder acusar a su «pueblo» de deserción, y el pueblo, la satisfacción de poder acusar a sus dirigentes de estafa.

Pocas veces se había anunciado una acción con más estrépito que la inminente campaña de la Montaña; pocas veces se había pregonado un acontecimiento con más seguridad y con más antelación que la victoria inevitable de la democracia. Desde luego, los demócratas creen en las trompetas a cuyo sonido se derrumbaron las murallas de Jericó.80 Y cada vez que se encuentran frente a los muros del despotismo, intentan imitar el milagro. Si la Montaña quería vencer en el Parlamento, no debía llamar a las armas. Si en el Parlamento llamaba a las armas, no debía comportarse en la calle de manera parlamentaria. Si la manifestación pacífica iba en serio, era estúpido no prever que sería recibida de manera belicosa. Si de lo que se trataba era de la lucha real, era original deponer las armas con las que había que librarla. Pero las amenazas revolucionarias de los pequeños burgueses y de sus representantes democráticos no son más que intentos de intimidar al adversario. Y cuando se han metido en un callejón sin salida, cuando se han comprometido lo bastante como para verse obligados a cumplir sus amenazas, lo hacen de una manera equívoca que lo que más evita son los medios para el fin y que anda buscando pretextos para sucumbir. La estruendosa obertura que anunciaba la lucha se pierde en un gruñido apocado en cuanto la lucha debe empezar, los actores dejan de tomarse au sérieux81 y la acción se desinfla del todo, como un globo lleno de aire al que se pincha con una aguja.

Ningún partido exagera más sus medios que el democrático, ninguno se engaña con más ligereza sobre la situación. Como una parte del ejército había votado por ella, la Montaña estaba ahora también convencida de que el ejército se sublevaría por ella. ¿Y con qué motivo? Con un motivo que, desde el punto de vista de las tropas, no tenía otro sentido que el de que los revolucionarios tomaban partido por los soldados romanos contra los soldados franceses. Por otra parte, los recuerdos de junio de 1848 estaban todavía demasiado frescos para que no existiera una profunda aversión del proletariado contra la Guardia Nacional y una desconfianza radical de los jefes de las sociedades secretas contra los jefes demócratas. Para allanar estas diferencias hacían falta grandes intereses comunes en juego. La violación de un artículo abstracto de la Constitución no podía ofrecer ese interés. ¿No había sido violada ya la Constitución repetidas veces, según aseguraban los propios demócratas? ¿No la habían estigmatizado los periódicos más populares como un engendro contrarrevolucionario? Pero el demócrata, como representa a la pequeña burguesía, es decir, a una clase de transición en la que los intereses de dos clases se embotan a la vez, se cree por encima del antagonismo de clases en general. Los demócratas reconocen que tienen enfrente a una clase privilegiada, pero ellos, con todo el resto de la nación que los rodea, forman el pueblo. Lo que representan es el derecho del pueblo; lo que les interesa es el interés del pueblo. Por eso, ante una lucha inminente, no necesitan examinar los intereses y las posiciones de las distintas clases. No necesitan sopesar con demasiado escrúpulo sus propios medios. No tienen más que dar la señal para que el pueblo, con todos sus recursos inagotables, caiga sobre los opresores. Y si en la ejecución sus intereses resultan no interesar a nadie y su poder resulta ser impotencia, la culpa la tienen o bien unos sofistas perniciosos que dividen al pueblo indivisible en diferentes campos enemigos, o bien el ejército, demasiado embrutecido y cegado para comprender que los fines puros de la democracia son lo mejor para él, o bien algún detalle de la ejecución ha hecho fracasar el conjunto, o bien un azar imprevisto ha frustrado esta vez la partida. En cualquier caso, el demócrata sale de la derrota más ignominiosa tan inmaculado como inocente entró en ella, con la convicción recién adquirida de que tiene que vencer; no de que él mismo y su partido tengan que abandonar el viejo punto de vista, sino, al contrario, de que las circunstancias tienen que madurar a su encuentro.

Por eso no hay que imaginarse demasiado desdichada a la Montaña, diezmada, quebrantada y humillada por el nuevo reglamento parlamentario. Si el 13 de junio había apartado a sus jefes, dejaba sitio, en cambio, a capacidades más subalternas, a las que halagaba esta nueva posición. Si ya no podía dudarse de su impotencia en el Parlamento, también tenían ahora derecho a limitar su acción a estallidos de indignación moral y a declamaciones atronadoras. Si el partido del orden pretendía ver encarnados en ellos, como últimos representantes oficiales de la revolución, todos los horrores de la anarquía, en la realidad podían ser tanto más vulgares y modestos. Y del 13 de junio se consolaban con este profundo giro: ¡pero que se atrevan a tocar el sufragio universal, que entonces...! Entonces mostraremos quiénes somos. Nous verrons.82

En cuanto a los montañeses huidos al extranjero, basta observar aquí que Ledru-Rollin, por haber conseguido arruinar sin remedio, en apenas dos semanas, el poderoso partido que encabezaba, se sintió llamado a formar un gobierno francés in partibus; que su figura, a lo lejos, apartada del terreno de la acción, parecía crecer en tamaño a medida que bajaba el nivel de la revolución y que las grandezas oficiales de la Francia oficial se volvían más enanas; que pudo figurar como pretendiente republicano para 1852; que dirigía periódicamente circulares a los valacos y a otros pueblos en las que se amenazaba a los déspotas del continente con las hazañas suyas y de sus aliados.83 ¿Le faltaba toda la razón a Proudhon cuando gritaba a estos señores: «Vous n'êtes que des blagueurs»?84

El 13 de junio, el partido del orden no solo había roto a la Montaña: había impuesto la subordinación de la Constitución a las decisiones de la mayoría de la Asamblea Nacional. Y así entendía la república: que la burguesía dominara aquí en formas parlamentarias, sin encontrar, como en la monarquía, un límite en el veto del poder ejecutivo o en la posibilidad de disolver el Parlamento. Esa era la república parlamentaria, como la llamaba Thiers. Pero si el 13 de junio la burguesía aseguraba su omnipotencia dentro del edificio del Parlamento, ¿no golpeaba al propio Parlamento, frente al poder ejecutivo y frente al pueblo, con una debilidad incurable, al expulsar a su parte más popular? Al entregar sin más ceremonias a numerosos diputados a los requerimientos de la fiscalía, abolía su propia inviolabilidad parlamentaria. El reglamento humillante al que sometió a la Montaña eleva al presidente de la República en la misma medida en que rebaja a cada representante del pueblo. Al estigmatizar la insurrección en defensa de la Constitución como un acto anárquico encaminado a subvertir la sociedad, se prohibía a sí misma la apelación a la insurrección en cuanto el poder ejecutivo violara la Constitución contra ella. Y la ironía de la historia quiere que el general que, por encargo de Bonaparte, bombardeó Roma y dio así el motivo inmediato del motín constitucional del 13 de junio, Oudinot, tenga que ser ofrecido al pueblo el 2 de diciembre de 1851, suplicante y vanamente, por el partido del orden como general de la Constitución contra Bonaparte. Otro héroe del 13 de junio, Vieyra, que cosechó elogios desde la tribuna de la Asamblea Nacional por las brutalidades que había cometido en los locales de los periódicos democráticos al frente de una banda de guardias nacionales pertenecientes a la alta finanza, ese mismo Vieyra85 estaba iniciado en la conspiración de Bonaparte y contribuyó de manera esencial a privar a la Asamblea Nacional, en su hora final, de toda protección por parte de la Guardia Nacional.

El 13 de junio tenía todavía otro sentido. La Montaña había querido arrancar la acusación de Bonaparte. Su derrota era, pues, una victoria directa de Bonaparte, su triunfo personal sobre sus enemigos demócratas. El partido del orden ganó la victoria; Bonaparte no tuvo más que cobrarla. Y la cobró. El 14 de junio podía leerse en las paredes de París una proclama en la que el presidente, como sin intervención suya, a su pesar, obligado por la mera fuerza de los acontecimientos, sale de su retiro monacal, se queja como virtud incomprendida de las calumnias de sus adversarios y, mientras parece identificar su persona con la causa del orden, identifica más bien la causa del orden con su persona. Además, la Asamblea Nacional había aprobado, ciertamente, a posteriori la expedición contra Roma, pero la iniciativa la había tomado Bonaparte. Después de haber devuelto al sumo sacerdote Samuel al Vaticano, podía esperar instalarse en las Tullerías como el rey David.86 Se había ganado a los curas.

El motín del 13 de junio se limitó, como hemos visto, a una procesión callejera pacífica. No había, pues, laureles bélicos que ganar contra él. Pese a todo, en esta época pobre en héroes y en acontecimientos, el partido del orden convirtió esta batalla sin derramamiento de sangre en un segundo Austerlitz.87 La tribuna y la prensa ensalzaron al ejército como la fuerza del orden frente a las masas populares como impotencia de la anarquía, y a Changarnier como el «baluarte de la sociedad», mistificación en la que él mismo acabó por creer. Pero bajo cuerda se trasladaron fuera de París los cuerpos que parecían dudosos, se desterró de Francia a Argelia a los regimientos cuyas votaciones habían resultado más democráticas, se envió a los cabecillas inquietos de las tropas a compañías de castigo y, por último, se llevó a cabo sistemáticamente el aislamiento de la prensa respecto al cuartel y del cuartel respecto a la sociedad burguesa.

Hemos llegado aquí al punto de inflexión decisivo en la historia de la Guardia Nacional francesa. En 1830 había decidido la caída de la Restauración. Bajo Luis Felipe fracasó todo motín en el que la Guardia Nacional estuvo del lado de las tropas. Cuando en las jornadas de febrero de 1848 se mostró pasiva frente a la insurrección y equívoca frente a Luis Felipe, este se dio por perdido y estaba perdido. Así arraigó la convicción de que la revolución no podía vencer sin la Guardia Nacional, ni el ejército contra ella. Era la superstición del ejército en la omnipotencia burguesa. Las jornadas de junio de 1848, en las que toda la Guardia Nacional aplastó la insurrección junto con las tropas de línea, habían afianzado la superstición. Tras la llegada de Bonaparte al gobierno, la posición de la Guardia Nacional decayó un tanto por la unión, contraria a la Constitución, de su mando con el mando de la primera división militar en la persona de Changarnier.

Así como el mando de la Guardia Nacional aparecía aquí como un atributo del comandante en jefe militar, ella misma aparecía solo como un apéndice de las tropas de línea. El 13 de junio, por fin, fue quebrantada; y no solo por su disolución parcial, que desde entonces se repitió periódicamente en todos los puntos de Francia y solo dejó de ella escombros. La manifestación del 13 de junio había sido sobre todo una manifestación de los guardias nacionales demócratas. Es cierto que no habían opuesto al ejército sus armas, pero sí sus uniformes, y precisamente en ese uniforme residía el talismán. El ejército se convenció de que ese uniforme era un trapo de lana como cualquier otro. El hechizo se perdió. En las jornadas de junio de 1848, la burguesía y la pequeña burguesía, como Guardia Nacional, estaban unidas con el ejército contra el proletariado; el 13 de junio de 1849, la burguesía hizo que el ejército dispersara a la Guardia Nacional pequeñoburguesa; el 2 de diciembre de 1851 había desaparecido la propia Guardia Nacional de la burguesía, y Bonaparte no hizo más que constatar este hecho cuando firmó a posteriori su decreto de disolución. Así había roto la propia burguesía su última arma contra el ejército; pero tenía que romperla desde el momento en que la pequeña burguesía ya no estaba detrás de ella como vasalla, sino delante como rebelde, del mismo modo que, en general, tenía que destruir con sus propias manos todos sus medios de defensa contra el absolutismo en cuanto ella misma se había vuelto absoluta.

Entretanto, el partido del orden celebraba la reconquista de un poder que en 1848 solo había parecido perderse para volver a encontrarse en 1849 libre de sus límites, con invectivas contra la república y la Constitución, con maldiciones contra todas las revoluciones futuras, presentes y pasadas, incluidas las que habían hecho sus propios jefes, y con leyes que amordazaban a la prensa, aniquilaban la asociación y regulaban el estado de sitio como institución orgánica. La Asamblea Nacional suspendió luego sus sesiones de mediados de agosto a mediados de octubre, después de nombrar una comisión permanente para el tiempo de su ausencia. Durante estas vacaciones, los legitimistas intrigaban con Ems, los orleanistas con Claremont, Bonaparte con giras principescas y los consejos generales de los departamentos con deliberaciones sobre la revisión de la Constitución: episodios que se repiten regularmente en las vacaciones periódicas de la Asamblea Nacional y en los que no quiero entrar hasta que se conviertan en acontecimientos. Aquí solo hay que observar que la Asamblea Nacional actuaba de manera impolítica cuando desaparecía de la escena por intervalos largos y solo dejaba ver a la cabeza de la república una única figura, aunque lamentable, la de Luis Bonaparte, mientras el partido del orden, para escándalo del público, se descomponía en sus elementos realistas y se entregaba a sus apetitos de restauración, enfrentados entre sí. Cada vez que durante estas vacaciones callaba el ruido desconcertante del Parlamento y su cuerpo se disolvía en la nación, se mostraba de manera inconfundible que solo faltaba una cosa para completar la verdadera figura de esta república: hacer permanentes sus vacaciones y sustituir su divisa, Liberté, égalité, fraternité, por estas palabras inequívocas: ¡Infantería, caballería, artillería!

IV

A mediados de octubre de 1849 volvió a reunirse la Asamblea Nacional. El 1 de noviembre, Bonaparte la sorprendió con un mensaje en el que anunciaba la destitución del ministerio Barrot-Falloux y la formación de un nuevo ministerio. Nunca se ha echado a unos lacayos del servicio con menos ceremonias que Bonaparte a sus ministros. Las patadas destinadas a la Asamblea Nacional las recibieron, de momento, Barrot y compañía.

El ministerio Barrot estaba compuesto, como hemos visto, por legitimistas y orleanistas: era un ministerio del partido del orden. Bonaparte lo había necesitado para disolver la Constituyente republicana, llevar a cabo la expedición contra Roma y romper el partido democrático. Detrás de este ministerio se había eclipsado aparentemente, había cedido el poder de gobierno a manos del partido del orden y se había puesto la modesta máscara que bajo Luis Felipe llevaba el gerente responsable de los periódicos, la máscara del homme de paille.88 Ahora arrojaba una careta que ya no era el ligero velo bajo el que podía ocultar su fisonomía, sino la máscara de hierro que le impedía mostrar una fisonomía propia. Había instalado el ministerio Barrot para disolver, en nombre del partido del orden, la Asamblea Nacional republicana; lo despedía para declarar su propio nombre independiente de la Asamblea Nacional del partido del orden.

No faltaban pretextos plausibles para esta destitución. El ministerio Barrot descuidaba incluso las formas de cortesía que habrían hecho aparecer al presidente de la República como un poder junto a la Asamblea Nacional. Durante las vacaciones de la Asamblea Nacional, Bonaparte publicó una carta a Edgar Ney en la que parecía desaprobar la actitud antiliberal del papa,89 del mismo modo que, en contra de la Constituyente, había publicado una carta en la que elogiaba a Oudinot por el ataque a la república romana. Cuando la Asamblea Nacional votó el presupuesto de la expedición romana, Victor Hugo, por supuesto liberalismo, sacó a relucir aquella carta. El partido del orden ahogó la ocurrencia entre exclamaciones de desdeñosa incredulidad, como si las ocurrencias de Bonaparte pudieran tener algún peso político. Ninguno de los ministros recogió el guante por él. En otra ocasión, Barrot, con su conocido patetismo hueco, dejó caer desde la tribuna palabras de indignación sobre los «abominables manejos» que, según él, se tramaban en el entorno inmediato del presidente. Por último, el ministerio, al tiempo que obtenía de la Asamblea Nacional una pensión de viudedad para la duquesa de Orleans, rechazaba toda propuesta de aumentar la lista civil del presidente. Y en Bonaparte el pretendiente imperial se fundía tan íntimamente con el aventurero venido a menos que la única gran idea, la de que estaba llamado a restaurar el Imperio, se completaba siempre con la otra, la de que el pueblo francés estaba llamado a pagar sus deudas.

El ministerio Barrot-Falloux fue el primero y el último ministerio parlamentario que creó Bonaparte. Su destitución marca, por tanto, un punto de inflexión decisivo. Con él perdió el partido del orden, para no recuperarla nunca, una posición indispensable para mantener el régimen parlamentario: el manejo del poder ejecutivo. Se comprende enseguida que en un país como Francia, donde el poder ejecutivo dispone de un ejército de funcionarios de más de medio millón de individuos y mantiene, por tanto, constantemente en la dependencia más absoluta una masa inmensa de intereses y de existencias; donde el Estado enreda, controla, reglamenta, vigila y tutela a la sociedad burguesa desde sus manifestaciones vitales más amplias hasta sus movimientos más insignificantes, desde sus modos de existencia más generales hasta la existencia privada de los individuos; donde este cuerpo parasitario adquiere, gracias a la centralización más extraordinaria, una omnipresencia, una omnisciencia, una capacidad de movimiento acelerada y una elasticidad que solo encuentran algo análogo en la desvalida falta de independencia, en la deformidad incoherente del cuerpo social real; se comprende, decíamos, que en un país así la Asamblea Nacional renunciaba a toda influencia real al perder la disposición de las carteras ministeriales, si no simplificaba al mismo tiempo la administración del Estado, reducía todo lo posible el ejército de funcionarios y dejaba, en fin, que la sociedad burguesa y la opinión pública crearan sus propios órganos, independientes del poder de gobierno. Pero el interés material de la burguesía francesa está entretejido precisamente de la manera más íntima con la conservación de esa amplia y ramificada máquina del Estado. En ella coloca a su población sobrante y completa, en forma de sueldos del Estado, lo que no puede embolsarse en forma de beneficios, intereses, rentas y honorarios. Por otra parte, su interés político la obligaba a aumentar día a día la represión, es decir, los medios y el personal del poder del Estado, mientras que al mismo tiempo tenía que librar una guerra ininterrumpida contra la opinión pública y mutilar, paralizar con desconfianza los órganos independientes de movimiento de la sociedad, allí donde no conseguía amputarlos por completo. Así, la burguesía francesa se veía obligada por su posición de clase, por un lado, a destruir las condiciones de vida de todo poder parlamentario, y por tanto también del suyo propio, y, por otro, a hacer irresistible el poder ejecutivo, que le era hostil.

El nuevo ministerio se llamó ministerio d'Hautpoul. No es que el general d'Hautpoul90 hubiera recibido el rango de presidente del consejo de ministros. Al contrario, junto con Barrot, Bonaparte suprimió esta dignidad, que, ciertamente, condenaba al presidente de la República a la nulidad legal de un rey constitucional, pero de un rey constitucional sin trono y sin corona, sin cetro y sin espada, sin irresponsabilidad, sin la posesión imprescriptible de la suprema dignidad del Estado y, lo que era más fatal, sin lista civil. El ministerio d'Hautpoul solo tenía un hombre de reputación parlamentaria, el judío Fould, uno de los miembros más famosos de la alta finanza.91 A él le correspondió el Ministerio de Hacienda. Consúltense las cotizaciones de la Bolsa de París y se verá que desde el 1 de noviembre de 1849 los fondos franceses suben y bajan según bajen y suban las acciones bonapartistas. Mientras Bonaparte encontraba así su afiliado en la Bolsa, se apoderaba al mismo tiempo de la policía con el nombramiento de Carlier como prefecto de policía de París.

Sin embargo, las consecuencias del cambio de ministerio solo podían manifestarse en el curso de la evolución. De momento, Bonaparte solo había dado un paso adelante para ser empujado hacia atrás de manera tanto más visible. A su brusco mensaje siguió la más servil declaración de sumisión a la Asamblea Nacional. Cada vez que los ministros se atrevían tímidamente a presentar sus manías personales como proyectos de ley, parecían cumplir a disgusto, y obligados por su posición, unos encargos cómicos de cuyo fracaso estaban convencidos de antemano. Cada vez que Bonaparte, a espaldas de sus ministros, dejaba escapar sus intenciones y jugaba con sus «idées napoléoniennes»,92 sus propios ministros lo desautorizaban desde la tribuna de la Asamblea Nacional. Sus apetitos de usurpación parecían hacerse oír solo para que no cesaran las risas maliciosas de sus adversarios. Se comportaba como un genio incomprendido al que todo el mundo tiene por un simple. Nunca gozó en mayor medida del desprecio de todas las clases que durante este periodo. Nunca dominó la burguesía de manera más absoluta, nunca exhibió con más jactancia las insignias de la dominación.

No tengo que escribir aquí la historia de su actividad legislativa, que durante este periodo se resume en dos leyes: en la ley que restablece el impuesto sobre el vino y en la ley de enseñanza, que suprime la incredulidad.93 Si a los franceses se les dificultaba beber vino, se les servía con tanta más abundancia el agua de la vida verdadera. Si la burguesía, con la ley del impuesto sobre el vino, declaraba intocable el viejo y odioso sistema fiscal francés, con la ley de enseñanza intentaba asegurar el viejo estado de ánimo de las masas que permitía soportarlo. Causa asombro ver a los orleanistas, a los burgueses liberales, a estos viejos apóstoles del volterianismo y de la filosofía ecléctica, confiar a sus enemigos hereditarios, los jesuitas, la administración del espíritu francés. Pero orleanistas y legitimistas podían separarse en lo referente al pretendiente a la corona; comprendían que su dominación conjunta exigía unir los medios de opresión de dos épocas, que los medios de sojuzgamiento de la monarquía de Julio tenían que completarse y reforzarse con los medios de sojuzgamiento de la Restauración.

Los campesinos, defraudados en todas sus esperanzas, más agobiados que nunca por el bajo nivel de los precios del grano, por un lado, y por la creciente carga fiscal y las deudas hipotecarias, por otro, empezaron a agitarse en los departamentos. Se les respondió con una cacería contra los maestros de escuela, a los que se sometió a los curas; con una cacería contra los alcaldes, a los que se sometió a los prefectos, y con un sistema de espionaje al que se sometió a todos. En París y en las grandes ciudades, la propia reacción lleva la fisonomía de su época y provoca más de lo que abate. En el campo se vuelve chata, vulgar, mezquina, fatigosa, vejatoria; en una palabra, gendarme. Se comprende cómo tres años de régimen del gendarme, bendecido por el régimen del cura, tenían que desmoralizar a unas masas inmaduras.

Por mucha pasión y declamación que el partido del orden gastara desde la tribuna de la Asamblea Nacional contra la minoría, su discurso seguía siendo monosilábico, como el del cristiano cuyas palabras han de ser: ¡sí, sí; no, no!94 Monosilábico en la tribuna como en la prensa. Soso como una adivinanza cuya solución se conoce de antemano. Ya se tratara del derecho de petición o del impuesto sobre el vino, de la libertad de prensa o del librecambio, de los clubes o de la organización municipal, de la protección de la libertad personal o de la regulación del presupuesto del Estado, la consigna vuelve siempre, el tema sigue siendo siempre el mismo, la sentencia está siempre lista y dice invariablemente: «¡Socialismo!». Se declara socialista incluso al liberalismo burgués, socialista a la ilustración burguesa, socialista a la reforma financiera burguesa. Era socialista construir un ferrocarril donde ya había un canal, y era socialista defenderse con un bastón cuando a uno le atacaban con una espada.

No era esto una mera figura retórica, una moda, una táctica de partido. La burguesía comprendía acertadamente que todas las armas que había forjado contra el feudalismo volvían su punta contra ella misma, que todos los medios de cultura que había engendrado se rebelaban contra su propia civilización, que todos los dioses que había creado la habían abandonado. Comprendía que todas las llamadas libertades burguesas y todos los órganos del progreso atacaban y amenazaban su dominación de clase a la vez en su base social y en su cúspide política, que se habían vuelto, pues, «socialistas». En esta amenaza y en este ataque encontraba con razón el secreto del socialismo, cuyo sentido y cuya tendencia juzga con más acierto que el llamado socialismo sabe juzgarse a sí mismo, el cual, por eso, no puede comprender por qué la burguesía se cierra obstinadamente a él, ya gimotee sentimentalmente sobre los sufrimientos de la humanidad, ya anuncie cristianamente el reino milenario y el amor fraterno universal, ya desbarre humanísticamente sobre el espíritu, la cultura y la libertad, ya urda doctrinariamente un sistema de conciliación y de bienestar de todas las clases. Pero lo que no comprendía era la consecuencia: que su propio régimen parlamentario, que su dominación política en general, tenía que caer también ahora bajo la condena general por socialista. Mientras la dominación de la clase burguesa no se había organizado por completo ni había adquirido su expresión política pura, tampoco el antagonismo de las demás clases podía manifestarse en forma pura ni, allí donde se manifestaba, tomar el giro peligroso que convierte toda lucha contra el poder del Estado en una lucha contra el capital. Si veía amenazada la «tranquilidad» en cada manifestación de la vida de la sociedad, ¿cómo podía pretender mantener a la cabeza de la sociedad el régimen de la intranquilidad, su propio régimen, el régimen parlamentario, ese régimen que, según la expresión de uno de sus oradores, vive en la lucha y por la lucha? El régimen parlamentario vive de la discusión: ¿cómo va a prohibir la discusión? Cada interés, cada institución social se convierte aquí en ideas generales y se debate como idea: ¿cómo podría un interés o una institución cualquiera situarse por encima del pensamiento e imponerse como artículo de fe? La lucha de los oradores en la tribuna provoca la lucha de los plumíferos de la prensa; el club de debate del Parlamento se completa necesariamente con clubes de debate en los salones y en las tabernas; los representantes, que apelan constantemente a la opinión del pueblo, autorizan a la opinión del pueblo a decir en peticiones su verdadera opinión. El régimen parlamentario lo deja todo a la decisión de las mayorías: ¿cómo no van a querer decidir las grandes mayorías que están fuera del Parlamento? Si vosotros tocáis el violín en la cumbre del Estado, ¿qué otra cosa podéis esperar sino que los de abajo bailen?

Así pues, al condenar ahora como «socialista» lo que antes había celebrado como «liberal», la burguesía reconoce que su propio interés le ordena librarse del peligro de gobernarse a sí misma; que, para restablecer la tranquilidad en el país, hay que tranquilizar ante todo a su Parlamento burgués; que, para conservar intacto su poder social, hay que romper su poder político; que los burgueses particulares solo pueden seguir explotando a las demás clases y disfrutando sin sobresaltos de la propiedad, la familia, la religión y el orden a condición de que su clase sea condenada, junto con las demás clases, a la misma nulidad política; que, para salvar su bolsa, hay que arrebatarle la corona y suspender sobre su propia cabeza, como espada de Damocles, la espada que debe protegerla.

En el ámbito de los intereses burgueses generales, la Asamblea Nacional se mostró tan improductiva que, por ejemplo, los debates sobre el ferrocarril París-Aviñón, que empezaron en el invierno de 1850, no estaban todavía maduros para concluir el 2 de diciembre de 1851. Donde no reprimía, donde no actuaba como reacción, estaba herida de una esterilidad incurable.

Mientras el ministerio de Bonaparte, en parte, tomaba la iniciativa de leyes en el espíritu del partido del orden y, en parte, exageraba todavía su dureza en la ejecución y la aplicación, él intentaba por otro lado conquistar popularidad con propuestas puerilmente necias, hacer constar su oposición a la Asamblea Nacional y dar a entender que tenía una reserva secreta que solo las circunstancias le impedían por el momento abrir al pueblo francés con sus tesoros ocultos. Así, la propuesta de decretar para los suboficiales un plus diario de cuatro sueldos. Así, la propuesta de un banco de préstamos de honor para los obreros. Recibir dinero regalado y dinero prestado: esa era la perspectiva con la que esperaba engatusar a las masas. Regalar y pedir prestado: a eso se reduce la ciencia financiera del lumpenproletariado, del distinguido y del vulgar. A eso se reducían los resortes que Bonaparte sabía poner en movimiento. Nunca un pretendiente especuló de manera más chata con la chatura de las masas.

La Asamblea Nacional estalló repetidas veces ante estos intentos inconfundibles de ganar popularidad a su costa, ante el peligro creciente de que este aventurero, al que espoleaban las deudas y no frenaba ninguna reputación adquirida, se atreviera a dar un golpe desesperado. El desacuerdo entre el partido del orden y el presidente había tomado un carácter amenazador cuando un acontecimiento inesperado lo devolvió arrepentido a sus brazos. Nos referimos a las elecciones parciales del 10 de marzo de 1850. Estas elecciones se celebraron para volver a cubrir los escaños de representante que habían quedado vacantes después del 13 de junio por la cárcel o el exilio. París solo eligió candidatos socialdemócratas. Reunió incluso la mayoría de los votos en un insurrecto de junio de 1848, De Flotte.95 Así se vengó la pequeña burguesía de París, aliada con el proletariado, de su derrota del 13 de junio de 1849. Parecía haber desaparecido del campo de batalla en el momento del peligro solo para volver a pisarlo, en una ocasión favorable, con fuerzas más masivas y con una consigna de lucha más audaz. Una circunstancia parecía aumentar el peligro de esta victoria electoral. El ejército votó en París por el insurrecto de junio contra La Hitte, ministro de Bonaparte, y en los departamentos, en gran parte, por los montañeses, que también allí, aunque no de manera tan decidida como en París, se impusieron a sus adversarios.

Bonaparte se vio de pronto otra vez frente a la revolución. Como el 29 de enero de 1849, como el 13 de junio de 1849, el 10 de marzo de 1850 desapareció detrás del partido del orden. Se inclinó, pidió perdón con pusilanimidad, se ofreció a nombrar cualquier ministerio que quisiera la mayoría parlamentaria; suplicó incluso a los jefes de los partidos orleanista y legitimista, a los Thiers, los Berryer, los Broglie, los Molé, en una palabra, a los llamados burgraves,96 que tomaran ellos mismos el timón del Estado. El partido del orden no supo aprovechar este momento irrepetible. En lugar de apoderarse audazmente del poder que se le ofrecía, ni siquiera obligó a Bonaparte a reponer el ministerio destituido el 1 de noviembre; se contentó con humillarlo con el perdón y con añadir al ministerio d'Hautpoul al señor Baroche. Este Baroche, como fiscal ante el alto tribunal de Bourges, se había ensañado una vez contra los revolucionarios del 15 de mayo y otra contra los demócratas del 13 de junio, las dos veces por atentado contra la Asamblea Nacional. Ninguno de los ministros de Bonaparte contribuyó después más a degradar a la Asamblea Nacional, y después del 2 de diciembre de 1851 lo volvemos a encontrar como vicepresidente del Senado, bien colocado y caro pagado. Había escupido en la sopa de los revolucionarios para que Bonaparte se la comiera.

El partido socialdemócrata, por su parte, parecía andar buscando pretextos para volver a poner en duda su propia victoria y quitarle la punta. Vidal, uno de los representantes de París recién elegidos, había sido elegido al mismo tiempo en Estrasburgo. Se le convenció de que renunciara al escaño de París y aceptara el de Estrasburgo.97 Así pues, en lugar de dar a su victoria en las urnas un carácter definitivo y obligar con ello al partido del orden a disputársela en el acto en el Parlamento, en lugar de empujar así al adversario a la lucha en el momento del entusiasmo popular y de la disposición favorable del ejército, el partido democrático cansó a París durante los meses de marzo y abril con una nueva agitación electoral, dejó que las pasiones populares excitadas se desgastaran en este nuevo juego electoral provisional, que la energía revolucionaria se saciara con éxitos constitucionales y se disipara en pequeñas intrigas, declamaciones huecas y movimientos aparentes, que la burguesía se reagrupara y tomara sus precauciones, y, por último, que la significación de las elecciones de marzo encontrara un comentario sentimental que la debilitaba en la elección complementaria de abril, la elección de Eugène Sue.98 En una palabra, convirtió el 10 de marzo en una inocentada.99

La mayoría parlamentaria comprendió la debilidad de su adversario. Sus diecisiete burgraves, pues Bonaparte le había dejado la dirección y la responsabilidad del ataque, elaboraron una nueva ley electoral, cuya presentación se confió al señor Faucher, que solicitó ese honor.100 El 8 de mayo presentó la ley, por la que se abolía el sufragio universal, se imponía a los electores como condición un domicilio de tres años en el lugar de la elección y, por último, la prueba de ese domicilio se hacía depender, para los obreros, del certificado de sus patronos.

Con la misma pasión revolucionaria con que los demócratas se habían agitado y enfurecido durante la contienda electoral constitucional, predicaban ahora de manera constitucional, cuando se trataba de demostrar con las armas en la mano la seriedad de aquellas victorias electorales, el orden, la calma majestuosa (calme majestueux), la actitud legal, es decir, la sumisión ciega a la voluntad de la contrarrevolución, que se imponía como ley. Durante el debate, la Montaña avergonzó al partido del orden oponiendo a su apasionamiento revolucionario la actitud desapasionada del hombre de bien que se mantiene en el terreno del derecho, y lo derribó con el terrible reproche de que procedía de manera revolucionaria. Hasta los diputados recién elegidos se esforzaron por demostrar con un comportamiento decoroso y prudente qué error era tacharlos de anarquistas e interpretar su elección como una victoria de la revolución. El 31 de mayo se aprobó la nueva ley electoral. La Montaña se contentó con colar una protesta en el bolsillo del presidente. A la ley electoral siguió una nueva ley de prensa, con la que se eliminó por completo la prensa periódica revolucionaria. Había merecido su suerte. Le National y La Presse,101 dos órganos burgueses, quedaron después de este diluvio como avanzadillas extremas de la revolución.

Hemos visto cómo los jefes demócratas habían hecho de todo durante marzo y abril para enredar al pueblo de París en una lucha aparente, y cómo después del 8 de mayo hicieron de todo para apartarlo de la lucha real. Además, no debemos olvidar que 1850 fue uno de los años más brillantes de prosperidad industrial y comercial, y que el proletariado de París estaba, por tanto, plenamente ocupado. Pero la ley electoral del 31 de mayo de 1850 lo excluía de toda participación en el poder político. Le arrebataba el propio terreno de lucha. Devolvía a los obreros a la situación de parias que habían ocupado antes de la revolución de febrero. Al dejarse dirigir por los demócratas ante un acontecimiento así y al poder olvidar el interés revolucionario de su clase por un bienestar momentáneo, renunciaron al honor de ser una potencia conquistadora, se sometieron a su destino, demostraron que la derrota de junio de 1848 los había incapacitado para la lucha durante años y que el proceso histórico tenía que desarrollarse de nuevo, de momento, por encima de sus cabezas. En cuanto a la democracia pequeñoburguesa, que el 13 de junio había gritado «¡pero que se atrevan a tocar el sufragio universal, que entonces...!», se consolaba ahora diciendo que el golpe contrarrevolucionario que la había alcanzado no era un golpe y que la ley del 31 de mayo no era una ley. El 2 de mayo de 1852, todo francés se presenta en las urnas con la papeleta en una mano y la espada en la otra. Con esta profecía se daba por satisfecha. El ejército, por último, fue castigado por sus superiores por las elecciones de marzo y abril de 1850, como lo había sido por las del 29 de mayo de 1849. Pero esta vez se dijo con decisión: «La revolución no nos engaña por tercera vez».

La ley del 31 de mayo de 1850 fue el coup d'état de la burguesía. Todas sus conquistas anteriores sobre la revolución tenían un carácter solo provisional. Quedaban en entredicho en cuanto la Asamblea Nacional actual saliera de escena. Dependían del azar de unas nuevas elecciones generales, y la historia de las elecciones desde 1848 demostraba irrefutablemente que, en la misma medida en que se desarrollaba la dominación efectiva de la burguesía, se perdía su dominación moral sobre las masas populares. El sufragio universal se había pronunciado el 10 de marzo directamente contra la dominación de la burguesía; la burguesía respondió proscribiendo el sufragio universal. La ley del 31 de mayo era, por tanto, una de las necesidades de la lucha de clases. Por otro lado, la Constitución exigía, para que la elección del presidente de la República fuera válida, un mínimo de dos millones de votos. Si ninguno de los candidatos a la presidencia obtenía ese mínimo, la Asamblea Nacional debía elegir al presidente entre los tres candidatos que hubieran obtenido más votos. Cuando la Constituyente hizo esta ley, había diez millones de electores inscritos en las listas. En su intención, pues, bastaba una quinta parte de los electores para que la elección presidencial fuera válida. La ley del 31 de mayo borró de las listas electorales al menos tres millones de votos, redujo el número de electores a siete millones y, sin embargo, mantuvo el mínimo legal de dos millones para la elección presidencial. Elevaba, por tanto, el mínimo legal de una quinta parte a casi un tercio de los votos con derecho a sufragio; es decir, hacía todo lo posible para hacer pasar de contrabando la elección del presidente de las manos del pueblo a las manos de la Asamblea Nacional. Así, con la ley electoral del 31 de mayo, el partido del orden parecía haber afianzado doblemente su dominación, al poner la elección de la Asamblea Nacional y la del presidente de la República en manos de la parte estacionaria de la sociedad.

V

La lucha entre la Asamblea Nacional y Bonaparte estalló de nuevo en cuanto pasó la crisis revolucionaria y quedó abolido el sufragio universal.

La Constitución había fijado el sueldo de Bonaparte en 600 000 francos. Apenas medio año después de su instalación, consiguió duplicar esta suma. En efecto, Odilon Barrot arrancó a la Asamblea Nacional Constituyente una asignación anual de 600 000 francos para los llamados gastos de representación. Después del 13 de junio, Bonaparte había dejado oír peticiones parecidas, sin que esta vez Barrot le hiciera caso. Ahora, después del 31 de mayo, aprovechó en el acto el momento favorable e hizo que sus ministros propusieran en la Asamblea Nacional una lista civil de tres millones. Una larga vida de aventurero vagabundo lo había dotado de antenas desarrolladísimas para detectar los momentos de debilidad en que podía sacar dinero a sus burgueses. Practicaba un verdadero chantage.102 La Asamblea Nacional había violado la soberanía popular con su ayuda y con su conocimiento. Él amenazaba con denunciar su crimen ante el tribunal del pueblo si no aflojaba la bolsa y compraba su silencio con tres millones anuales. Había despojado de su derecho de voto a tres millones de franceses. Él exigía, por cada francés retirado de la circulación, un franco en circulación, exactamente tres millones de francos. Él, el elegido de seis millones, reclamaba una indemnización por los votos que, a posteriori, le habían escamoteado. La comisión de la Asamblea Nacional rechazó al importuno. La prensa bonapartista amenazó. ¿Podía la Asamblea Nacional romper con el presidente de la República en un momento en que había roto por principio y definitivamente con la masa de la nación? Rechazó, es cierto, la lista civil anual, pero concedió una asignación única de 2 160 000 francos. Incurrió así en la doble debilidad de conceder el dinero y de mostrar al mismo tiempo, con su enfado, que lo concedía a disgusto. Más adelante veremos para qué necesitaba Bonaparte el dinero. Tras este enojoso epílogo, que siguió inmediatamente a la abolición del sufragio universal y en el que Bonaparte cambió su actitud humilde durante la crisis de marzo y abril por una insolencia desafiante frente al Parlamento usurpador, la Asamblea Nacional suspendió sus sesiones durante tres meses, del 11 de agosto al 11 de noviembre. Dejó en su lugar una comisión permanente de 18 miembros que no contenía ningún bonapartista, pero sí algunos republicanos moderados. La comisión permanente de 1849 no había contado más que con hombres del orden y bonapartistas. Pero entonces el partido del orden se declaraba en permanencia contra la revolución. Esta vez era la república parlamentaria la que se declaraba en permanencia contra el presidente. Después de la ley del 31 de mayo, el partido del orden ya no tenía enfrente más que a este rival.

Cuando la Asamblea Nacional volvió a reunirse en noviembre de 1850, parecía que, en lugar de las mezquinas escaramuzas que había tenido hasta entonces con el presidente, se había hecho inevitable una gran lucha sin contemplaciones, una lucha a vida o muerte entre los dos poderes.

Como en 1849, durante las vacaciones parlamentarias de este año el partido del orden se había dispersado en sus distintas fracciones, cada una ocupada en sus propias intrigas de restauración, que habían recibido nuevo alimento con la muerte de Luis Felipe.103 El rey de los legitimistas, Enrique V, había llegado a nombrar un ministerio en toda regla, que residía en París y en el que había miembros de la comisión permanente. Bonaparte estaba, pues, autorizado a hacer por su parte giras por los departamentos franceses y, según el humor de la ciudad que honraba con su presencia, a divulgar de manera más velada o más abierta sus propios planes de restauración y a ganar votos para sí. En estos viajes, que el gran Moniteur oficial y los pequeños Moniteurs privados de Bonaparte tenían naturalmente que celebrar como marchas triunfales, iba acompañado constantemente por afiliados de la Sociedad del 10 de Diciembre. Esta sociedad data de 1849. Con el pretexto de fundar una sociedad de beneficencia, se había organizado el lumpenproletariado de París en secciones secretas, cada una dirigida por agentes bonapartistas, con un general bonapartista a la cabeza del conjunto. Junto a roués104 arruinados, con medios de vida dudosos y de origen dudoso, junto a vástagos degenerados y aventureros de la burguesía, vagabundos, soldados licenciados, presidiarios liberados, forzados de galeras evadidos, timadores, saltimbanquis, lazzaroni,105 carteristas, prestidigitadores, jugadores, maquereaux,106 dueños de burdeles, mozos de cuerda, literatos, organilleros, traperos, afiladores, caldereros, mendigos; en una palabra, toda la masa confusa, descompuesta, zarandeada de un lado a otro, que los franceses llaman la bohème: con estos elementos afines a él formó Bonaparte el núcleo de la Sociedad del 10 de Diciembre. «Sociedad de beneficencia», en la medida en que todos sus miembros, como Bonaparte, sentían la necesidad de beneficiarse a costa de la nación trabajadora. Este Bonaparte, que se erige en jefe del lumpenproletariado, que solo aquí encuentra en forma masiva los intereses que persigue personalmente, que reconoce en esta hez, desecho y escoria de todas las clases la única clase en la que puede apoyarse sin reservas, es el verdadero Bonaparte, el Bonaparte sans phrase.107 Viejo roué astuto, concibe la vida histórica de los pueblos y sus grandes acciones de Estado como una comedia en el sentido más vulgar, como una mascarada en la que los grandes trajes, las grandes palabras y las grandes posturas solo sirven de disfraz a la más mezquina bellaquería. Así en su expedición a Estrasburgo, donde un buitre suizo amaestrado representa al águila napoleónica. Para su desembarco en Boulogne viste a unos cuantos lacayos londinenses con uniforme francés.108 Ellos representan al ejército. En su Sociedad del 10 de Diciembre reúne a 10 000 granujas que tienen que representar al pueblo, como Nick Bottom al león.109 En un momento en que la propia burguesía representaba la comedia más completa, pero de la manera más seria del mundo, sin infringir ninguna de las pedantes condiciones de la etiqueta dramática francesa, y medio engañada, medio convencida ella misma de la solemnidad de sus propias grandes acciones de Estado, tenía que vencer el aventurero que tomaba la comedia lisa y llanamente como comedia. Solo cuando ha apartado a su solemne adversario, cuando él mismo toma en serio su papel imperial y cree representar con la máscara napoleónica al Napoleón real, se convierte en víctima de su propia concepción del mundo, en el payaso serio que ya no toma la historia universal por una comedia, sino su comedia por la historia universal. Lo que para los obreros socialistas fueron los Talleres Nacionales110 y para los republicanos burgueses las Gardes mobiles, eso fue para Bonaparte la Sociedad del 10 de Diciembre: la fuerza de combate de partido que le era propia. En sus viajes, las secciones de esa sociedad, embaladas en el ferrocarril, tenían que improvisarle un público, representar el entusiasmo público, aullar vive l'Empereur, insultar y apalear a los republicanos, naturalmente bajo la protección de la policía. En sus viajes de regreso a París tenían que formar la vanguardia, adelantarse a las contramanifestaciones o dispersarlas. La Sociedad del 10 de Diciembre le pertenecía, era su obra, su idea más propia. Lo que por lo demás se apropia, se lo entrega la fuerza de las circunstancias; lo que por lo demás hace, lo hacen las circunstancias por él o se contenta con copiarlo de los hechos de otros; pero él, públicamente ante los ciudadanos, con las frases oficiales del orden, la religión, la familia y la propiedad, y detrás de él la sociedad secreta de los Schufterle y los Spiegelberg,111 la sociedad del desorden, de la prostitución y del robo: ese es Bonaparte mismo como autor original, y la historia de la Sociedad del 10 de Diciembre es su propia historia. Ahora bien, había ocurrido excepcionalmente que representantes del pueblo pertenecientes al partido del orden habían caído bajo los garrotes de los decembristas. Más aún. El comisario de policía Yon, adscrito a la Asamblea Nacional y encargado de velar por su seguridad, denunció a la comisión permanente, basándose en la declaración de un tal Alais, que una sección de los decembristas había decidido asesinar al general Changarnier y a Dupin,112 presidente de la Asamblea Nacional, y había designado ya a los individuos que debían ejecutarlo. Se comprende el susto del señor Dupin. Una investigación parlamentaria sobre la Sociedad del 10 de Diciembre, es decir, la profanación del mundo secreto bonapartista, parecía inevitable. Justo antes de que se reuniera la Asamblea Nacional, Bonaparte disolvió previsoramente su sociedad, naturalmente solo sobre el papel, pues todavía a finales de 1851 el prefecto de policía Carlier intentaba en vano, en una extensa memoria, convencerlo de que dispersara de verdad a los decembristas.

La Sociedad del 10 de Diciembre había de seguir siendo el ejército privado de Bonaparte hasta que consiguiera convertir el ejército público en una Sociedad del 10 de Diciembre. Bonaparte hizo el primer intento poco después del aplazamiento de la Asamblea Nacional, y precisamente con el dinero que acababa de arrancarle. Como fatalista, vive convencido de que hay ciertos poderes superiores a los que el hombre, y en especial el soldado, no puede resistirse. Entre estos poderes cuenta en primer lugar los cigarros y el champán, el fiambre de ave y el salchichón al ajo. Por eso, en los salones del Elíseo, agasajó primero a oficiales y suboficiales con cigarros y champán, con fiambre de ave y salchichón al ajo. El 3 de octubre repite esta maniobra con la masa de las tropas en la revista de Saint-Maur, y el 10 de octubre la misma maniobra a escala todavía mayor en la revista de Satory. El tío recordaba las campañas de Alejandro en Asia; el sobrino, las expediciones de conquista de Baco en el mismo país. Alejandro era, ciertamente, un semidiós, pero Baco era un dios, y además el dios protector de la Sociedad del 10 de Diciembre.

Después de la revista del 3 de octubre, la comisión permanente citó ante ella al ministro de la Guerra, d'Hautpoul. Este prometió que aquellas faltas de disciplina no se repetirían. Ya se sabe cómo cumplió Bonaparte el 10 de octubre la palabra de d'Hautpoul. En las dos revistas había mandado Changarnier, como comandante en jefe del ejército de París. Él, que era al mismo tiempo miembro de la comisión permanente, jefe de la Guardia Nacional, «salvador» del 29 de enero y del 13 de junio, «baluarte de la sociedad», candidato del partido del orden a la presidencia, el Monk113 presentido de dos monarquías, nunca había reconocido hasta entonces su subordinación al ministro de la Guerra, siempre se había burlado abiertamente de la Constitución republicana y había perseguido a Bonaparte con una protección equívocamente altiva. Ahora se mostraba celoso de la disciplina frente al ministro de la Guerra y de la Constitución frente a Bonaparte. Mientras el 10 de octubre una parte de la caballería hacía resonar el grito de «Vive Napoléon! Vivent les saucissons!»,114 Changarnier dispuso que al menos la infantería que desfilaba al mando de su amigo Neumayer guardara un silencio glacial. Como castigo, el ministro de la Guerra, a instigación de Bonaparte, relevó al general Neumayer de su puesto en París con el pretexto de nombrarlo comandante en jefe de las divisiones militares 14 y 15. Neumayer rechazó este traslado y tuvo, por tanto, que pedir el retiro. Changarnier, por su parte, publicó el 2 de noviembre una orden del día en la que prohibía a las tropas permitirse, bajo las armas, gritos y manifestaciones políticas de cualquier tipo. Los periódicos del Elíseo atacaban a Changarnier; los periódicos del partido del orden, a Bonaparte; la comisión permanente celebraba repetidas sesiones secretas en las que se propuso repetidamente declarar la patria en peligro; el ejército parecía dividido en dos campos enemigos con dos estados mayores enemigos, uno en el Elíseo, donde vivía Bonaparte, y el otro en las Tullerías, donde vivía Changarnier. Parecía que solo hacía falta que se reuniera la Asamblea Nacional para que sonara la señal de la lucha. El público francés juzgaba estos roces entre Bonaparte y Changarnier como aquel periodista inglés que los caracterizó con estas palabras: «Las criadas políticas de Francia barren la lava ardiente de la revolución con escobas viejas y se pelean mientras hacen su trabajo».

Entretanto, Bonaparte se apresuró a destituir al ministro de la Guerra, d'Hautpoul, a despacharlo precipitadamente a Argel y a nombrar ministro de la Guerra en su lugar al general Schramm. El 12 de noviembre envió a la Asamblea Nacional un mensaje de prolijidad americana,115 sobrecargado de detalles, perfumado de orden, deseoso de reconciliación, resignado constitucionalmente, que trataba de todo y de todos menos de las questions brûlantes116 del momento. Como de pasada dejó caer las palabras de que, según las disposiciones expresas de la Constitución, solo el presidente dispone del ejército. El mensaje terminaba con estas palabras de solemne protesta:

«Francia pide ante todo tranquilidad... Ligado únicamente por un juramento, me mantendré dentro de los estrechos límites que me ha trazado... En cuanto a mí, elegido por el pueblo y deudor solo a él de mi poder, me someteré siempre a su voluntad expresada legalmente. Si en esta legislatura decidís la revisión de la Constitución, una asamblea constituyente regulará la posición del poder ejecutivo. Si no, el pueblo proclamará solemnemente su decisión en 1852. Pero, sean cuales sean las soluciones del futuro, lleguemos a un entendimiento para que nunca la pasión, la sorpresa o la violencia decidan la suerte de una gran nación... Lo que ante todo ocupa mi atención no es saber quién gobernará Francia en 1852, sino emplear el tiempo de que dispongo de modo que el periodo intermedio transcurra sin agitación ni perturbación. Os he abierto mi corazón con sinceridad; responderéis a mi franqueza con vuestra confianza, a mis buenos propósitos con vuestra colaboración, y Dios hará el resto».

El lenguaje honesto, hipócritamente moderado, virtuosamente lleno de lugares comunes, de la burguesía revela su sentido más profundo en boca del autócrata de la Sociedad del 10 de Diciembre y del héroe de los pícnics de Saint-Maur y de Satory.

Los burgraves del partido del orden no se engañaron ni un instante sobre la confianza que merecía esta efusión del corazón. De juramentos estaban hartos desde hacía mucho; contaban en sus filas con veteranos, con virtuosos del perjurio político; no habían dejado de oír el pasaje sobre el ejército. Observaron con disgusto que el mensaje, en su prolija enumeración de las leyes promulgadas recientemente, pasaba por alto con silencio afectado la ley más importante, la ley electoral, y que, más bien, en caso de no revisarse la Constitución, dejaba al pueblo la elección del presidente en 1852. La ley electoral era la bola de plomo atada a los pies del partido del orden, que le impedía andar, ¡y no digamos lanzarse al asalto! Además, con la disolución oficial de la Sociedad del 10 de Diciembre y la destitución del ministro de la Guerra d'Hautpoul, Bonaparte había sacrificado con su propia mano a los chivos expiatorios en el altar de la patria. Había quitado la punta al choque esperado. Por último, el propio partido del orden intentaba, temeroso, eludir, atenuar, encubrir todo conflicto decisivo con el poder ejecutivo. Por miedo a perder sus conquistas sobre la revolución, dejaba que su rival recogiera los frutos. «Francia pide ante todo tranquilidad». Eso gritaba el partido del orden a la revolución desde febrero; eso gritaba el mensaje de Bonaparte al partido del orden. «Francia pide ante todo tranquilidad». Bonaparte cometía actos que apuntaban a la usurpación, pero era el partido del orden el que cometía la «intranquilidad» si armaba ruido por esos actos y los interpretaba de manera hipocondríaca. Los salchichones de Satory callaban como muertos si nadie hablaba de ellos. «Francia pide ante todo tranquilidad». Así pues, Bonaparte pedía que se le dejara hacer tranquilamente, y el partido parlamentario estaba paralizado por un doble miedo: el miedo a conjurar de nuevo la intranquilidad revolucionaria y el miedo a aparecer él mismo como el perturbador de la tranquilidad a los ojos de su propia clase, a los ojos de la burguesía. Como Francia pedía ante todo tranquilidad, el partido del orden no se atrevió a responder «guerra» después de que Bonaparte hubiera dicho «paz» en su mensaje. El público, que se había prometido grandes escenas escandalosas en la apertura de la Asamblea Nacional, vio frustradas sus expectativas. Los diputados de la oposición que exigían que se presentaran las actas de la comisión permanente sobre los sucesos de octubre fueron derrotados por la mayoría. Se huía por principio de todo debate que pudiera excitar los ánimos. Los trabajos de la Asamblea Nacional durante noviembre y diciembre de 1850 carecieron de interés.

Por fin, hacia finales de diciembre, empezó la guerra de guerrillas por prerrogativas aisladas del Parlamento. El movimiento se empantanó en mezquinas chicanas sobre las prerrogativas de los dos poderes desde que la burguesía, con la abolición del sufragio universal, había liquidado de momento la lucha de clases.

Contra Mauguin, uno de los representantes del pueblo, se había obtenido una sentencia judicial por deudas. A consulta del presidente del tribunal, el ministro de Justicia, Rouher,117 declaró que había que extender sin más una orden de detención contra el deudor. Así pues, Mauguin fue arrojado a la cárcel por deudas. La Asamblea Nacional estalló cuando se enteró del atentado. No solo ordenó su inmediata puesta en libertad, sino que esa misma tarde hizo que su secretario lo sacara de Clichy por la fuerza. Sin embargo, para dar prueba de su fe en la santidad de la propiedad privada, y con la segunda intención de abrir en caso necesario un asilo para montañeses molestos, declaró admisible la prisión por deudas de los representantes del pueblo previa obtención de su permiso. Se olvidó de decretar que también el presidente pudiera ser encarcelado por deudas. Destruyó la última apariencia de inviolabilidad que rodeaba a los miembros de su propio cuerpo.

Se recordará que el comisario de policía Yon, basándose en la declaración de un tal Alais, había denunciado a una sección de decembristas por un plan de asesinato contra Dupin y Changarnier. En relación con esto, ya en la primera sesión los cuestores propusieron formar una policía parlamentaria propia, pagada con el presupuesto privado de la Asamblea Nacional y completamente independiente del prefecto de policía. El ministro del Interior, Baroche, había protestado contra esta intromisión en su ámbito. Se llegó entonces a un compromiso miserable, según el cual el comisario de policía de la Asamblea sería pagado, ciertamente, con su presupuesto privado y nombrado y destituido por sus cuestores, pero previo acuerdo con el ministro del Interior. Entretanto, el gobierno había hecho procesar a Alais, y allí fue fácil presentar sus declaraciones como una mistificación y arrojar, por boca del fiscal, una luz ridícula sobre Dupin, Changarnier, Yon y toda la Asamblea Nacional. Ahora, el 29 de diciembre, el ministro Baroche escribe una carta a Dupin en la que exige la destitución de Yon. La mesa de la Asamblea Nacional decide mantener a Yon en su puesto, pero la Asamblea Nacional, asustada por su violencia en el asunto Mauguin y acostumbrada a recibir del poder ejecutivo dos golpes a cambio de cada golpe que se ha atrevido a darle, no sanciona esta decisión. Destituye a Yon como recompensa por su celo en el servicio y se priva de una prerrogativa parlamentaria imprescindible frente a un hombre que no decide de noche para ejecutar de día, sino que decide de día y ejecuta de noche.

Hemos visto cómo la Asamblea Nacional, durante los meses de noviembre y diciembre, eludía y sofocaba la lucha con el poder ejecutivo en ocasiones grandes y contundentes. Ahora la vemos obligada a aceptarla en las ocasiones más mezquinas. En el asunto Mauguin confirma en principio la prisión por deudas de los representantes del pueblo, pero se reserva aplicarla solo a los representantes que le desagradan, y por este infame privilegio disputa con el ministro de Justicia. En lugar de aprovechar el supuesto plan de asesinato para decretar una investigación sobre la Sociedad del 10 de Diciembre y desenmascarar sin remedio ante Francia y ante Europa a Bonaparte en su verdadera figura de jefe del lumpenproletariado de París, deja que el choque descienda a un punto en el que entre ella y el ministro del Interior ya solo se trata de saber a quién compete nombrar y destituir a un comisario de policía. Así vemos al partido del orden, durante todo este periodo, obligado por su posición equívoca a disipar y desmenuzar su lucha con el poder ejecutivo en mezquinas disputas de competencias, chicanas, leguleyadas y litigios de lindes, y a hacer de las cuestiones de forma más insulsas el contenido de su actividad. No se atreve a aceptar el choque en el momento en que tiene un alcance de principio, en que el poder ejecutivo se ha comprometido de verdad y la causa de la Asamblea Nacional sería la causa nacional. Con ello daría a la nación una orden de marcha, y lo que más teme es que la nación se mueva. Por eso, en tales ocasiones, rechaza las propuestas de la Montaña y pasa al orden del día. Abandonada así la cuestión litigiosa en sus grandes dimensiones, el poder ejecutivo espera tranquilamente el momento en que pueda retomarla con ocasiones mezquinas e insignificantes, en que ya solo ofrezca, por así decirlo, un interés parlamentario local. Entonces estalla la rabia contenida del partido del orden, entonces arranca el telón de los bastidores, entonces denuncia al presidente, entonces declara la república en peligro; pero entonces también su patetismo parece insulso y el motivo de la lucha, un pretexto hipócrita o, en general, indigno de lucha. La tormenta parlamentaria se convierte en una tormenta en un vaso de agua; la lucha, en intriga; el choque, en escándalo. Mientras las clases revolucionarias se regodean con malicia en la humillación de la Asamblea Nacional, pues se entusiasman tanto por sus prerrogativas parlamentarias como aquella asamblea por las libertades públicas, la burguesía de fuera del Parlamento no comprende cómo la burguesía de dentro del Parlamento puede perder el tiempo en riñas tan mezquinas y comprometer la tranquilidad con rivalidades tan miserables con el presidente. Queda desconcertada ante una estrategia que firma la paz en el momento en que todo el mundo espera batallas y ataca en el momento en que todo el mundo cree firmada la paz.

El 20 de diciembre, Pascal Duprat interpeló al ministro del Interior sobre la lotería de los lingotes de oro. Esta lotería era una «hija del Elíseo»;118 Bonaparte la había traído al mundo con sus fieles y el prefecto de policía Carlier la había puesto bajo su protección oficial, aunque la ley francesa prohíbe todas las loterías salvo los sorteos con fines benéficos. Siete millones de billetes, a un franco cada uno; los beneficios, supuestamente destinados a embarcar a vagabundos de París hacia California. Por un lado, los sueños de oro debían desplazar los sueños socialistas del proletariado de París, y la perspectiva seductora del premio gordo, el derecho doctrinario al trabajo. Los obreros de París, naturalmente, no reconocieron en el brillo de los lingotes de oro californianos los modestos francos que se les sacaban del bolsillo. Pero en lo esencial se trataba de una estafa directa. Los vagabundos que querían abrir minas de oro californianas sin molestarse en salir de París eran el propio Bonaparte y su tabla redonda arruinada por las deudas. Los tres millones concedidos por la Asamblea Nacional se habían derrochado; había que volver a llenar la caja de un modo u otro. En vano había abierto Bonaparte una suscripción nacional para construir las llamadas cités ouvrières,119 a cuya cabeza figuraba él mismo con una suma considerable. Los burgueses, duros de corazón, esperaron desconfiados el desembolso de su acción, y, como naturalmente no se produjo, la especulación con los castillos en el aire socialistas se vino abajo. Los lingotes de oro tiraban más. Bonaparte y compañía no se contentaron con embolsarse en parte el excedente de los siete millones sobre los lingotes que se sorteaban: fabricaron billetes falsos, emitieron con el mismo número diez, quince y hasta veinte billetes; ¡operación financiera en el espíritu de la Sociedad del 10 de Diciembre! Aquí la Asamblea Nacional no tenía enfrente al presidente ficticio de la República, sino a Bonaparte en carne y hueso. Aquí podía sorprenderlo en flagrante delito, en conflicto no con la Constitución, sino con el Code pénal. Si ante la interpelación de Duprat pasó al orden del día, no fue solo porque la propuesta de Girardin120 de declararse «satisfait» recordara al partido del orden su propia corrupción sistemática. El burgués, y sobre todo el burgués hinchado hasta hombre de Estado, completa su vulgaridad práctica con una exaltación teórica. Como hombre de Estado se convierte, como el poder del Estado que tiene enfrente, en un ser superior al que solo se puede combatir de una manera superior, consagrada.

Bonaparte, que, precisamente como bohémien, como lumpenproletario principesco, tenía sobre el burgués canalla la ventaja de poder librar la lucha con vileza, vio llegado ahora el momento de pasar de la defensiva aparente a la ofensiva, después de que la propia Asamblea lo hubiera guiado de su mano a través del terreno resbaladizo de los banquetes militares, de las revistas, de la Sociedad del 10 de Diciembre y, por último, del Code pénal. Poco le molestaban las pequeñas derrotas que sufrían entretanto el ministro de Justicia, el ministro de la Guerra, el ministro de Marina y el ministro de Hacienda, con las que la Asamblea Nacional manifestaba su gruñón descontento. No solo impidió que los ministros dimitieran y reconocieran así la subordinación del poder ejecutivo al Parlamento. Podía ahora consumar lo que había empezado durante las vacaciones de la Asamblea Nacional: la separación del poder militar del Parlamento, la destitución de Changarnier.

Un periódico del Elíseo publicó una orden del día supuestamente dirigida durante el mes de mayo a la primera división militar, y procedente, por tanto, de Changarnier, en la que se recomendaba a los oficiales, en caso de rebelión, no dar cuartel a los traidores de sus propias filas, fusilarlos en el acto y negar las tropas a la Asamblea Nacional si esta las requería. El 3 de enero de 1851 se interpeló al gabinete sobre esta orden del día. Para examinar el asunto pide primero tres meses de plazo, luego una semana y, por último, solo veinticuatro horas. La Asamblea insiste en una aclaración inmediata. Changarnier se levanta y declara que esa orden del día no ha existido nunca. Añade que siempre se apresurará a atender los requerimientos de la Asamblea Nacional y que, en caso de choque, ella puede contar con él. La Asamblea recibe su declaración con aplausos indescriptibles y le vota la confianza. Abdica, decreta su propia impotencia y la omnipotencia del ejército al ponerse bajo la protección privada de un general; pero el general se engaña cuando pone a su disposición contra Bonaparte un poder que solo tiene como feudo del propio Bonaparte, cuando espera a su vez protección de este Parlamento, de su protegido necesitado de protección. Pero Changarnier cree en el misterioso poder con que lo ha dotado la burguesía desde el 29 de enero de 1849. Se tiene por el tercer poder junto a los otros dos poderes del Estado. Comparte el destino de los demás héroes, o más bien santos, de esta época, cuya grandeza consiste precisamente en la gran opinión interesada que su partido difunde de ellos y que se desploman convertidos en figuras corrientes en cuanto las circunstancias los invitan a hacer milagros. La incredulidad es, en general, el enemigo mortal de estos supuestos héroes y verdaderos santos. De ahí su indignación digna y moral contra los graciosos y burlones faltos de entusiasmo.

Esa misma tarde se convocó a los ministros al Elíseo; Bonaparte insiste en la destitución de Changarnier, cinco ministros se niegan a firmarla, el Moniteur anuncia una crisis ministerial y la prensa del orden amenaza con la formación de un ejército parlamentario al mando de Changarnier. El partido del orden tenía la facultad constitucional para dar este paso. Bastaba con nombrar a Changarnier presidente de la Asamblea Nacional y requerir para su seguridad la cantidad de tropas que quisiera. Podía hacerlo con tanta más seguridad cuanto que Changarnier todavía estaba efectivamente a la cabeza del ejército y de la Guardia Nacional de París y solo esperaba ser requerido junto con el ejército. La prensa bonapartista ni siquiera se atrevía todavía a poner en duda el derecho de la Asamblea Nacional a requerir directamente a las tropas, un escrúpulo jurídico que en las circunstancias dadas no prometía ningún éxito. Que el ejército habría obedecido las órdenes de la Asamblea Nacional es probable si se considera que Bonaparte tuvo que buscar durante ocho días por todo París hasta encontrar por fin dos generales, Baraguay d'Hilliers y Saint-Jean d'Angély, que se declararan dispuestos a refrendar la destitución de Changarnier. Que el partido del orden hubiera encontrado en sus propias filas y en el Parlamento el número de votos necesario para una decisión así es más que dudoso si se piensa que ocho días después 286 votos se separaron de él y que la Montaña rechazó una propuesta semejante todavía en diciembre de 1851, en la última hora de la decisión. Sin embargo, quizá los burgraves hubieran conseguido todavía arrastrar a la masa de su partido a un heroísmo que consistía en sentirse seguros detrás de un bosque de bayonetas y aceptar los servicios de un ejército que había desertado a su campo. En lugar de eso, los señores burgraves se dirigieron la noche del 6 de enero al Elíseo para disuadir a Bonaparte de destituir a Changarnier con giros y reparos de hombres de Estado. A quien se intenta persuadir se le reconoce como dueño de la situación. Bonaparte, al que este paso dio seguridad, nombra el 12 de enero un nuevo ministerio en el que permanecen los jefes del antiguo, Fould y Baroche. Saint-Jean d'Angély es nombrado ministro de la Guerra; el Moniteur publica el decreto de destitución de Changarnier; su mando se reparte entre Baraguay d'Hilliers, que recibe la primera división militar, y Perrot, que recibe la Guardia Nacional. El baluarte de la sociedad ha sido despedido, y, si por ello no se cae ni una teja del tejado, las cotizaciones de la Bolsa, en cambio, suben.

Al rechazar al ejército, que se le ponía a su disposición en la persona de Changarnier, y entregarlo así irrevocablemente al presidente, el partido del orden declara que la burguesía ha perdido la vocación de gobernar. Ya no existía ningún ministerio parlamentario. Al perder ahora también el manejo del ejército y de la Guardia Nacional, ¿qué medio de fuerza le quedaba para mantener a la vez el poder usurpado del Parlamento sobre el pueblo y su poder constitucional frente al presidente? Ninguno. Solo le quedaba la apelación a principios sin fuerza que ella misma siempre había interpretado únicamente como reglas generales que se prescriben a terceros para poder moverse uno mismo con más libertad. Con la destitución de Changarnier, con el paso del poder militar a manos de Bonaparte, se cierra el primer tramo del periodo que estamos examinando, el periodo de la lucha entre el partido del orden y el poder ejecutivo. La guerra entre los dos poderes está ahora declarada abiertamente, se libra abiertamente, pero solo después de que el partido del orden haya perdido armas y soldados. Sin ministerio, sin ejército, sin pueblo, sin opinión pública, sin ser ya, desde su ley electoral del 31 de mayo, la representante de la nación soberana, sin ojos, sin oídos, sin dientes, sin nada,121 la Asamblea Nacional se había convertido poco a poco en un antiguo parlamento francés,122 que tiene que dejar la acción al gobierno y contentarse con gruñonas amonestaciones post festum.123

El partido del orden recibe al nuevo ministerio con una tempestad de indignación. El general Bedeau recuerda la benevolencia de la comisión permanente durante las vacaciones y la excesiva consideración con que había renunciado a publicar sus actas. Ahora es el propio ministro del Interior quien insiste en que se publiquen esas actas, que ya, naturalmente, se han vuelto insípidas como agua estancada, no revelan ningún hecho nuevo y caen sin el menor efecto en un público hastiado. A propuesta de Rémusat, la Asamblea Nacional se retira a sus secciones y nombra un «comité de medidas extraordinarias». París se sale tanto menos de los raíles de su orden cotidiano cuanto que en ese momento el comercio prospera, las manufacturas tienen trabajo, los precios del grano están bajos, los víveres abundan y las cajas de ahorros reciben a diario nuevos depósitos. Las «medidas extraordinarias» que el Parlamento ha anunciado con tanto ruido se disipan el 18 de enero en un voto de censura contra los ministros, sin mencionar siquiera al general Changarnier. El partido del orden se vio obligado a redactar así su voto para asegurarse los votos de los republicanos, ya que estos, de todas las medidas del ministerio, solo aprobaban precisamente la destitución de Changarnier, mientras que el partido del orden no puede en realidad censurar los demás actos ministeriales, que él mismo había dictado.

El voto de censura del 18 de enero se aprobó por 415 votos contra 286. Solo salió adelante, por tanto, gracias a una coalición de los legitimistas y orleanistas decididos con los republicanos puros y la Montaña. Demostraba, pues, que el partido del orden había perdido no solo el ministerio, no solo el ejército, sino también, en sus conflictos con Bonaparte, su mayoría parlamentaria independiente; que un grupo de representantes había desertado de su campo por fanatismo conciliador, por miedo a la lucha, por cansancio, por consideraciones familiares hacia sueldos del Estado de sus parientes de sangre, por especulación con las carteras ministeriales que quedaban libres (Odilon Barrot), por el egoísmo chato con que el burgués corriente está siempre dispuesto a sacrificar el interés general de su clase a este o aquel motivo privado. Los representantes bonapartistas solo pertenecían al partido del orden, desde el principio, en la lucha contra la revolución. El jefe del partido católico, Montalembert,124 ya echaba entonces su influencia en la balanza de Bonaparte, porque desesperaba de la capacidad de vida del partido parlamentario. Por último, los jefes de este partido, Thiers y Berryer, el orleanista y el legitimista, se vieron obligados a proclamarse abiertamente republicanos, a confesar que su corazón era monárquico, pero su cabeza republicana; que la república parlamentaria era la única forma posible de la dominación de la burguesía en su conjunto. Se vieron obligados así a estigmatizar, a los ojos de la propia clase burguesa, como una intriga tan peligrosa como insensata los planes de restauración que seguían persiguiendo infatigablemente a espaldas del Parlamento.

El voto de censura del 18 de enero alcanzaba a los ministros y no al presidente. Pero no había sido el ministerio, sino el presidente, quien había destituido a Changarnier. ¿Debía el partido del orden acusar al propio Bonaparte? ¿Por sus apetitos de restauración? No hacían más que completar los suyos. ¿Por su conspiración en las revistas militares y en la Sociedad del 10 de Diciembre? Hacía tiempo que habían enterrado estos temas bajo simples órdenes del día. ¿Por la destitución del héroe del 29 de enero y del 13 de junio, del hombre que en mayo de 1850 había amenazado con prender fuego a París por los cuatro costados en caso de motín? Sus aliados de la Montaña y Cavaignac no les permitieron siquiera levantar el ánimo del caído baluarte de la sociedad con una manifestación oficial de condolencia. Ellos mismos no podían discutir al presidente la facultad constitucional de destituir a un general. Solo rabiaban porque hacía un uso antiparlamentario de su derecho constitucional. ¿No habían hecho ellos continuamente un uso anticonstitucional de su prerrogativa parlamentaria, y en particular con la abolición del sufragio universal? Estaban, pues, reducidos a moverse estrictamente dentro de los límites parlamentarios. Y hacía falta esa enfermedad peculiar que hace estragos en todo el continente desde 1848, el cretinismo parlamentario, que encadena a los contagiados a un mundo imaginario y les roba todo sentido, todo recuerdo, toda comprensión del rudo mundo exterior; hacía falta ese cretinismo parlamentario para que ellos, que con sus propias manos habían destruido todas las condiciones del poder parlamentario y tenían que destruirlas en su lucha con las demás clases, siguieran teniendo sus victorias parlamentarias por victorias y creyeran alcanzar al presidente golpeando a sus ministros. No hacían más que darle ocasión para humillar de nuevo a la Asamblea Nacional a los ojos de la nación. El 20 de enero, el Moniteur anunció que se había aceptado la dimisión de todo el ministerio. Con el pretexto de que ningún partido parlamentario tenía ya la mayoría, como demostraba el voto del 18 de enero, ese fruto de la coalición entre la Montaña y los realistas, y para esperar a que se formara una nueva mayoría, Bonaparte nombró un llamado ministerio de transición del que ningún miembro pertenecía al Parlamento: individuos todos ellos completamente desconocidos e insignificantes, un ministerio de simples dependientes y escribientes. El partido del orden podía ahora cansarse jugando con estas marionetas; el poder ejecutivo ya no consideraba que valiera la pena estar representado seriamente en la Asamblea Nacional. Cuanto más meros figurantes eran sus ministros, de manera tanto más visible concentraba Bonaparte todo el poder ejecutivo en su persona y tanto más libre margen tenía para explotarlo con sus fines.

El partido del orden, coaligado con la Montaña, se vengó rechazando la dotación presidencial de 1 800 000 francos que el jefe de la Sociedad del 10 de Diciembre había obligado a presentar a sus dependientes ministeriales. Esta vez decidió una mayoría de solo 102 votos; desde el 18 de enero se habían descolgado, pues, otros 27 votos: la disolución del partido del orden avanzaba. Para que nadie se engañara ni un instante sobre el sentido de su coalición con la Montaña, se negó al mismo tiempo incluso a tomar en consideración una propuesta de amnistía general de los delincuentes políticos firmada por 189 miembros de la Montaña. Bastó con que el ministro del Interior, un tal Vaïsse, declarara que la tranquilidad solo era aparente, que en secreto reinaba una gran agitación, que en secreto se organizaban sociedades omnipresentes, que los periódicos democráticos hacían preparativos para volver a aparecer, que los informes de los departamentos eran desfavorables, que los refugiados de Ginebra dirigían una conspiración a través de Lyon por todo el sur de Francia, que Francia estaba al borde de una crisis industrial y comercial, que los fabricantes de Roubaix habían reducido la jornada de trabajo, que los presos de Belle-Île se habían sublevado; bastó con que incluso un simple Vaïsse conjurara el espectro rojo para que el partido del orden rechazara sin discusión una propuesta que tenía que conquistar para la Asamblea Nacional una popularidad inmensa y devolver a Bonaparte a sus brazos. En lugar de dejarse intimidar por el poder ejecutivo con la perspectiva de nuevos disturbios, habría debido más bien conceder a la lucha de clases un pequeño margen para mantener al ejecutivo bajo su dependencia. Pero no se sintió a la altura de la tarea de jugar con fuego.

Entretanto, el llamado ministerio de transición siguió vegetando hasta mediados de abril. Bonaparte cansaba y burlaba a la Asamblea Nacional con combinaciones ministeriales siempre nuevas. Unas veces parecía querer formar un ministerio republicano con Lamartine y Billault; otras, uno parlamentario con el inevitable Odilon Barrot, cuyo nombre no puede faltar nunca cuando se necesita un incauto; otras, uno legitimista con Vatimesnil y Benoist d'Azy; otras, uno orleanista con Maleville. Mientras mantiene así en tensión entre sí a las distintas fracciones del partido del orden y las asusta a todas con la perspectiva de un ministerio republicano y del restablecimiento, entonces inevitable, del sufragio universal, provoca al mismo tiempo en la burguesía la convicción de que sus sinceros esfuerzos por formar un ministerio parlamentario fracasan ante la intransigencia de las fracciones realistas. Pero la burguesía clamaba tanto más fuerte por un «gobierno fuerte», le parecía tanto más imperdonable dejar a Francia «sin administración», cuanto más parecía avecinarse una crisis comercial general, que hacía propaganda del socialismo en las ciudades como el precio ruinosamente bajo del grano en el campo. El comercio decaía día a día, los brazos desocupados aumentaban a ojos vistas; en París había por lo menos 10 000 obreros sin pan; en Ruan, Mulhouse, Lyon, Roubaix, Tourcoing, Saint-Étienne, Elbeuf, etc., innumerables fábricas estaban paradas. En estas circunstancias, Bonaparte pudo atreverse, el 11 de abril, a restaurar el ministerio del 18 de enero: los señores Rouher, Fould, Baroche, etc., reforzados por el señor Léon Faucher, al que la Asamblea Constituyente, en sus últimos días, había estigmatizado por unanimidad, con la excepción de cinco votos de ministros, con un voto de censura por difundir despachos telegráficos falsos.125 Así pues, la Asamblea Nacional había obtenido el 18 de enero una victoria sobre el ministerio, había luchado durante tres meses con Bonaparte, para que el 11 de abril Fould y Baroche pudieran acoger al puritano Faucher como tercero en su alianza ministerial.

En noviembre de 1849 Bonaparte se había contentado con un ministerio no parlamentario; en enero de 1851, con uno extraparlamentario; el 11 de abril se sintió lo bastante fuerte para formar un ministerio antiparlamentario, que reunía armoniosamente en sí los votos de censura de las dos asambleas, la Constituyente y la Legislativa, la republicana y la realista. Esta escala de ministerios era el termómetro con el que el Parlamento podía medir el descenso de su propio calor vital. A finales de abril había bajado tanto que Persigny126 pudo invitar a Changarnier, en una entrevista personal, a pasarse al campo del presidente. Bonaparte, le aseguró, consideraba completamente aniquilada la influencia de la Asamblea Nacional, y ya estaba lista la proclama que había de publicarse después del coup d'état, siempre proyectado, pero aplazado de nuevo por casualidad. Changarnier comunicó a los jefes del partido del orden la esquela mortuoria; pero ¿quién cree que la picadura de una chinche mata? Y el Parlamento, por muy derrotado, disuelto y agonizante que estuviera, no podía decidirse a ver en el duelo con el grotesco jefe de la Sociedad del 10 de Diciembre otra cosa que un duelo con una chinche. Pero Bonaparte respondió al partido del orden como Agesilao al rey Agis: «Te parezco una hormiga, pero algún día seré león».127

VI

La coalición con la Montaña y con los republicanos puros a la que se vio condenado el partido del orden en sus vanos esfuerzos por conservar la posesión del poder militar y por reconquistar la dirección suprema del poder ejecutivo demostraba irrefutablemente que había perdido la mayoría parlamentaria independiente. El mero poder del calendario, la aguja del reloj, dio el 29 de mayo la señal de su disolución completa. Con el 29 de mayo empezaba el último año de vida de la Asamblea Nacional. Tenía que decidirse ahora entre la continuación sin cambios de la Constitución o su revisión. Pero revisión de la Constitución no significaba solo dominación de la burguesía o de la democracia pequeñoburguesa, democracia o anarquía proletaria, república parlamentaria o Bonaparte: ¡significaba al mismo tiempo Orleans o Borbón! Así cayó en medio del Parlamento la manzana de la discordia128 en torno a la cual tenía que encenderse abiertamente el conflicto de los intereses que dividían al partido del orden en fracciones enemigas. El partido del orden era una combinación de sustancias sociales heterogéneas. La cuestión de la revisión creó una temperatura política en la que el producto volvió a descomponerse en sus elementos originales.

El interés de los bonapartistas en la revisión era sencillo. Para ellos se trataba ante todo de suprimir el artículo 45, que prohibía la reelección de Bonaparte y la prórroga de su poder. No menos sencilla parecía la posición de los republicanos. Rechazaban de plano toda revisión, en la que veían una conspiración general contra la república. Como disponían de más de la cuarta parte de los votos en la Asamblea Nacional y la Constitución exigía tres cuartas partes de los votos para que la revisión se decidiera válidamente y se convocara una asamblea revisora, les bastaba con contar sus votos para estar seguros de la victoria. Y estaban seguros de la victoria.

Frente a estas posiciones claras, el partido del orden se encontraba en contradicciones inextricables. Si rechazaba la revisión, ponía en peligro el statu quo, pues no le dejaba a Bonaparte más que una salida, la de la fuerza, y entregaba a Francia a la anarquía revolucionaria el 2 de mayo de 1852, en el momento de la decisión, con un presidente que había perdido su autoridad, con un Parlamento que hacía tiempo que ya no la tenía y con un pueblo que pensaba reconquistarla. Si votaba por la revisión constitucional, sabía que votaba en vano y que tenía que fracasar constitucionalmente ante el veto de los republicanos. Si, contra la Constitución, declaraba vinculante la simple mayoría de votos, solo podía esperar dominar la revolución sometiéndose incondicionalmente a la autoridad del poder ejecutivo, y hacía a Bonaparte dueño de la Constitución, de la revisión y de sí mismo. Una revisión solo parcial, que prolongara el poder del presidente, allanaba el camino a la usurpación imperialista. Una revisión general, que abreviara la existencia de la república, hacía chocar inevitablemente las pretensiones dinásticas, pues las condiciones de una restauración borbónica y las de una restauración orleanista no solo eran distintas, sino que se excluían mutuamente.

La república parlamentaria era algo más que el terreno neutral en el que las dos fracciones de la burguesía francesa, legitimistas y orleanistas, la gran propiedad de la tierra y la industria, podían convivir con iguales derechos. Era la condición imprescindible de su dominación común, la única forma de Estado en la que su interés general de clase sometía a la vez las pretensiones de sus fracciones particulares y a todas las demás clases de la sociedad. Como realistas volvían a caer en su viejo antagonismo, en la lucha por la supremacía de la propiedad de la tierra o del dinero, y la expresión suprema de este antagonismo, su personificación, eran sus propios reyes, sus dinastías. De ahí la resistencia del partido del orden a la llamada de los Borbones.

El orleanista y representante del pueblo Creton había presentado periódicamente en 1849, 1850 y 1851 la propuesta de derogar el decreto de destierro contra las familias reales. El Parlamento ofrecía con la misma periodicidad el espectáculo de una asamblea de realistas que cerraba obstinadamente a sus reyes desterrados las puertas por las que podían volver. Ricardo III había asesinado a Enrique VI observando que era demasiado bueno para este mundo y que su sitio estaba en el cielo.129 Ellos declaraban a Francia demasiado mala para volver a tener a sus reyes. Obligados por la fuerza de las circunstancias, se habían vuelto republicanos y sancionaban repetidamente la decisión del pueblo que había expulsado de Francia a sus reyes.

La revisión de la Constitución, y las circunstancias obligaban a tomarla en consideración, ponía en cuestión, junto con la república, la dominación común de las dos fracciones burguesas y, con la posibilidad de la monarquía, devolvía a la vida la rivalidad de los intereses que esta había representado alternativamente con preferencia, la lucha por la supremacía de una fracción sobre la otra. Los diplomáticos del partido del orden creían poder zanjar la lucha mediante una unión de las dos dinastías, mediante la llamada fusión de los partidos realistas y de sus casas reales. La verdadera fusión de la Restauración y de la monarquía de Julio era la república parlamentaria, en la que se borraban los colores orleanistas y legitimistas y las especies burguesas desaparecían en el burgués sin más, en el género burgués. Pero ahora el orleanista debía hacerse legitimista y el legitimista orleanista. La monarquía, en la que se personificaba su antagonismo, debía encarnar su unidad; la expresión de sus intereses exclusivos de fracción debía convertirse en la expresión de su interés común de clase; la monarquía debía hacer lo que solo podía hacer, y había hecho, la abolición de dos monarquías, la república. Era la piedra filosofal en cuya fabricación se rompían la cabeza los doctores del partido del orden. ¡Como si la monarquía legítima pudiera convertirse alguna vez en la monarquía de los burgueses industriales o la realeza burguesa en la realeza de la aristocracia terrateniente hereditaria! ¡Como si la propiedad de la tierra y la industria pudieran hermanarse bajo una sola corona, cuando la corona solo podía caer sobre una cabeza, la del hermano mayor o la del menor! ¡Como si la industria pudiera reconciliarse con la propiedad de la tierra mientras la propiedad de la tierra no se decida a volverse ella misma industrial! Si Enrique V muriera mañana, el conde de París130 no se convertiría por ello en el rey de los legitimistas, a no ser que dejara de ser el rey de los orleanistas. Sin embargo, los filósofos de la fusión, que se hacían notar a medida que la cuestión de la revisión pasaba a primer plano, que se habían creado en L'Assemblée nationale un órgano diario oficial y que en este momento (febrero de 1852) vuelven a estar manos a la obra, se explicaban toda la dificultad por la resistencia y la rivalidad de las dos dinastías. Los intentos de reconciliar a la familia de Orleans con Enrique V, iniciados tras la muerte de Luis Felipe, pero representados, como las intrigas dinásticas en general, solo durante las vacaciones de la Asamblea Nacional, en los entreactos, entre bastidores, más como coqueteo sentimental con la vieja superstición que como negocio serio, se convirtieron ahora en grandes acciones de Estado, y el partido del orden los representó en la escena pública en lugar de en el teatro de aficionados como hasta entonces. Los correos volaban de París a Venecia, de Venecia a Claremont, de Claremont a París. El conde de Chambord publica un manifiesto en el que anuncia, «con la ayuda de todos los miembros de su familia», no su restauración, sino la restauración «nacional». El orleanista Salvandy se arroja a los pies de Enrique V. Los jefes legitimistas Berryer, Benoist d'Azy y Saint-Priest peregrinan a Claremont para persuadir a los Orleans, pero en vano. Los fusionistas se dan cuenta demasiado tarde de que los intereses de las dos fracciones burguesas no pierden exclusividad ni ganan en flexibilidad cuando se agudizan en forma de intereses de familia, de intereses de dos casas reales. Si Enrique V reconocía como sucesor al conde de París, el único éxito que la fusión podía conseguir en el mejor de los casos, la casa de Orleans no ganaba ningún derecho que no le hubiera asegurado ya la falta de hijos de Enrique V, pero perdía todos los derechos que había conquistado con la revolución de Julio. Renunciaba a sus derechos originarios, a todos los títulos que había arrancado a la rama mayor de los Borbones en una lucha de casi cien años; cambiaba su prerrogativa histórica, la prerrogativa de la monarquía moderna, por la prerrogativa de su árbol genealógico. La fusión no era, pues, otra cosa que una abdicación voluntaria de la casa de Orleans, su resignación legitimista, su vuelta arrepentida de la Iglesia protestante del Estado a la católica. Una vuelta que ni siquiera la llevaba al trono que había perdido, sino al escalón del trono en el que había nacido. Los viejos ministros orleanistas Guizot, Duchâtel, etc., que acudieron también a Claremont para abogar por la fusión, no representaban en realidad más que la resaca de la revolución de Julio, la desesperación ante la realeza burguesa y la realeza de los burgueses, la superstición de la legitimidad como último amuleto contra la anarquía. Mediadores entre Orleans y Borbón en su imaginación, en la realidad no eran más que orleanistas renegados, y como tales los recibió el príncipe de Joinville.131 La parte viable, combativa, de los orleanistas, en cambio, Thiers, Baze, etc., convenció con tanta más facilidad a la familia de Luis Felipe de que, si toda restauración monárquica inmediata presuponía la fusión de las dos dinastías y toda fusión de ese tipo la abdicación de la casa de Orleans, respondía en cambio por completo a la tradición de sus antepasados reconocer provisionalmente la república y esperar a que los acontecimientos permitieran convertir el sillón presidencial en un trono. Se hizo correr el rumor de la candidatura de Joinville, se mantuvo en vilo la curiosidad pública y, unos meses después, en septiembre, tras el rechazo de la revisión, se proclamó públicamente.

Así pues, el intento de una fusión realista entre orleanistas y legitimistas no solo había fracasado: había roto su fusión parlamentaria, su forma común republicana, y había vuelto a descomponer el partido del orden en sus elementos originales; pero cuanto más crecía el distanciamiento entre Claremont y Venecia, cuanto más se frustraba su reconciliación y más se extendía la agitación en favor de Joinville, tanto más celosas y serias se volvían las negociaciones entre Faucher, el ministro de Bonaparte, y los legitimistas.

La disolución del partido del orden no se detuvo en sus elementos originales. Cada una de las dos grandes fracciones se descompuso a su vez de nuevo. Era como si todos los viejos matices que antes se habían combatido y empujado dentro de cada uno de los dos círculos, ya fuera el legitimista o el orleanista, se hubieran descongelado como infusorios secos al contacto con el agua, como si hubieran recobrado bastante fuerza vital para formar grupos propios y antagonismos independientes. Los legitimistas volvían en sueños a las disputas entre las Tullerías y el pabellón Marsan, entre Villèle y Polignac.132 Los orleanistas revivían la edad de oro de los torneos entre Guizot, Molé, Broglie, Thiers y Odilon Barrot.

La parte del partido del orden deseosa de revisión, pero dividida de nuevo sobre los límites de la revisión, compuesta por los legitimistas de Berryer y Falloux, por un lado, y de La Rochejaquelein,133 por otro, y por los orleanistas cansados de luchar de Molé, Broglie, Montalembert y Odilon Barrot, se puso de acuerdo con los representantes bonapartistas en la siguiente propuesta, vaga y amplia: «Los representantes abajo firmantes, con el fin de devolver a la nación el pleno ejercicio de su soberanía, presentan la moción de que se revise la Constitución». Pero al mismo tiempo declaran por unanimidad, por boca de su ponente Tocqueville,134 que la Asamblea Nacional no tiene derecho a proponer la abolición de la república, que este derecho solo corresponde a la cámara revisora. Por lo demás, la Constitución solo podía revisarse de manera «legal», es decir, solo si las tres cuartas partes de los votos prescritas por la Constitución se pronunciaban por la revisión. Tras seis días de debates tempestuosos, el 19 de julio, la revisión fue rechazada, como era de prever. Votaron 446 a favor, pero 278 en contra. Los orleanistas decididos, Thiers, Changarnier, etc., votaron con los republicanos y la Montaña.

Así, la mayoría del Parlamento se declaró contra la Constitución, pero esta misma Constitución se declaraba a favor de la minoría y declaraba vinculante su decisión. Pero ¿no había subordinado el partido del orden la Constitución a la mayoría parlamentaria el 31 de mayo de 1850 y el 13 de junio de 1849? ¿No descansaba toda su política anterior en la subordinación de los artículos de la Constitución a las decisiones de la mayoría parlamentaria? ¿No había dejado a los demócratas la superstición veterotestamentaria de la letra de la ley, y no los había castigado por ella? Pero en este momento revisión de la Constitución no significaba otra cosa que continuación del poder presidencial, del mismo modo que continuación de la Constitución no significaba otra cosa que destitución de Bonaparte. El Parlamento se había declarado a favor de él, pero la Constitución se declaraba contra el Parlamento. Por tanto, actuaba en el sentido del Parlamento cuando desgarraba la Constitución, y en el sentido de la Constitución cuando dispersaba el Parlamento.

El Parlamento había declarado la Constitución, y con ella su propia dominación, «fuera de la mayoría»; con su decisión había derogado la Constitución y prorrogado el poder presidencial, y al mismo tiempo había declarado que ni la una podía morir ni el otro vivir mientras él mismo siguiera existiendo. Los pies de los que habían de enterrarlo estaban ya a la puerta.135 Mientras debatía la revisión, Bonaparte apartó del mando de la primera división militar al general Baraguay d'Hilliers, que se mostraba indeciso, y nombró en su lugar al general Magnan, el vencedor de Lyon, el héroe de las jornadas de diciembre, una de sus criaturas, que ya bajo Luis Felipe se había comprometido más o menos por él con ocasión de la expedición de Boulogne.136

Con su decisión sobre la revisión, el partido del orden demostró que no sabía ni dominar ni servir, ni vivir ni morir, ni soportar la república ni derribarla, ni mantener la Constitución ni echarla por tierra, ni colaborar con el presidente ni romper con él. ¿De quién esperaba, entonces, la solución de todas las contradicciones? Del calendario, de la marcha de los acontecimientos. Dejó de arrogarse el poder sobre los acontecimientos. Desafiaba, pues, a los acontecimientos a que la forzaran, y con ello al poder al que, en la lucha con el pueblo, había ido cediendo un atributo tras otro hasta quedar ella misma impotente frente a él. Para que el jefe del poder ejecutivo pudiera trazar con tanta más tranquilidad el plan de lucha contra ella, reforzar sus medios de ataque, elegir sus instrumentos, fortificar sus posiciones, decidió, en medio de este momento crítico, retirarse de la escena y aplazar sus sesiones durante tres meses, del 10 de agosto al 4 de noviembre.

No solo se había disuelto el partido parlamentario en sus dos grandes fracciones, ni se había disuelto solo cada una de estas fracciones dentro de sí misma, sino que el partido del orden del Parlamento había roto con el partido del orden fuera del Parlamento. Los portavoces y los escribas de la burguesía, su tribuna y su prensa, en una palabra, los ideólogos de la burguesía y la burguesía misma, los representantes y los representados, estaban enfrentados, distanciados, y ya no se entendían.

Los legitimistas de provincias, con su horizonte limitado y su entusiasmo ilimitado, acusaban a sus jefes parlamentarios, Berryer y Falloux, de haber desertado al campo bonapartista y de haber renegado de Enrique V. Su entendimiento de flor de lis creía en el pecado original, pero no en la diplomacia.

Incomparablemente más funesta y decisiva fue la ruptura de la burguesía comercial con sus políticos. No les reprochaba, como los legitimistas a los suyos, haber renegado del principio, sino, al contrario, aferrarse a principios que se habían vuelto inútiles.

Ya he indicado antes que, desde la entrada de Fould en el ministerio, la parte de la burguesía comercial que había tenido la parte del león en la dominación de Luis Felipe, la aristocracia financiera, se había vuelto bonapartista. Fould no solo representaba los intereses de Bonaparte en la Bolsa, sino al mismo tiempo los intereses de la Bolsa ante Bonaparte. La posición de la aristocracia financiera la describe de la manera más contundente una cita de su órgano europeo, el Economist de Londres. En su número del 1 de febrero de 1851 publica esta correspondencia de París: «Ahora hemos constatado por todas partes que Francia pide ante todo tranquilidad. El presidente lo declara en su mensaje a la Asamblea Legislativa, lo devuelve como un eco la tribuna nacional, lo aseguran los periódicos, lo proclama el púlpito, lo demuestran la sensibilidad de los títulos de la deuda pública ante la menor perspectiva de perturbación y su firmeza cada vez que vence el poder ejecutivo».

En su número del 29 de noviembre de 1851, el Economist declara en su propio nombre: «En todas las Bolsas de Europa se reconoce ahora al presidente como el centinela del orden». La aristocracia financiera condenaba, pues, la lucha parlamentaria del partido del orden con el poder ejecutivo como una perturbación del orden y celebraba cada victoria del presidente sobre sus supuestos representantes como una victoria del orden. Por aristocracia financiera no hay que entender aquí solo a los grandes contratistas de empréstitos y especuladores en títulos del Estado, cuyo interés, se comprende en el acto, coincide con el interés del poder del Estado. Todo el negocio moderno del dinero, toda la economía bancaria, está entretejida de la manera más íntima con el crédito público. Una parte de su capital de negocio se invierte necesariamente en títulos del Estado rápidamente convertibles, que dan interés. Sus depósitos, el capital puesto a su disposición y que ellos reparten entre comerciantes e industriales, proceden en parte de los dividendos de los rentistas del Estado. Si en todas las épocas la estabilidad del poder del Estado ha sido para todo el mercado del dinero y para los sacerdotes de este mercado la ley y los profetas,137 ¿cómo no iba a serlo hoy, cuando cada diluvio amenaza con arrastrar, con los viejos Estados, las viejas deudas de los Estados?

También la burguesía industrial, en su fanatismo por el orden, se irritaba con las disputas del partido parlamentario del orden con el poder ejecutivo. Thiers, Anglès, Sainte-Beuve, etc., recibieron, después de su voto del 18 de enero con ocasión de la destitución de Changarnier, reprimendas públicas de sus electores, precisamente de los distritos industriales, en las que se fustigaba sobre todo su coalición con la Montaña como alta traición al orden. Si hemos visto que las fanfarronas provocaciones y las mezquinas intrigas en que se manifestaba la lucha del partido del orden con el presidente no merecían mejor acogida, este partido burgués que exige a sus representantes que dejen pasar sin resistencia el poder militar de manos de su propio Parlamento a las de un pretendiente aventurero no valía, por otra parte, ni siquiera las intrigas que se derrochaban en su interés. Demostraba que la lucha por defender su interés público, su propio interés de clase, su poder político, solo le molestaba y le disgustaba como una perturbación de los negocios privados.

Los notables burgueses de las ciudades de los departamentos, los magistrados, los jueces de comercio, etc., recibieron a Bonaparte en todas partes, casi sin excepción, en sus giras, de la manera más servil, incluso cuando, como en Dijon, atacaba sin reservas a la Asamblea Nacional y en especial al partido del orden.

Cuando el comercio iba bien, como todavía a principios de 1851, la burguesía comercial se enfurecía contra toda lucha parlamentaria, no fuera a ser que el comercio perdiera el buen humor. Cuando el comercio iba mal, como ocurrió de forma continuada desde finales de febrero de 1851, acusaba a las luchas parlamentarias de ser la causa del estancamiento y clamaba por que callaran para que el comercio volviera a hacerse oír. Los debates sobre la revisión coincidieron precisamente con esta mala época. Como aquí se trataba de ser o no ser de la forma de Estado existente, la burguesía se sentía tanto más autorizada a exigir de sus representantes el fin de esta provisionalidad torturante y, al mismo tiempo, el mantenimiento del statu quo. No era una contradicción. Por fin de la provisionalidad entendía precisamente su prolongación, el aplazamiento a una lejanía azul del momento en que había que llegar a una decisión. El statu quo solo podía mantenerse por dos caminos: la prolongación del poder de Bonaparte o su retirada constitucional y la elección de Cavaignac. Una parte de la burguesía deseaba la última solución y no sabía dar a sus representantes mejor consejo que callar, no tocar el punto candente. Si sus representantes no hablaban, pensaban, Bonaparte no actuaría. Deseaban un Parlamento avestruz que escondiera la cabeza para no ser visto. Otra parte de la burguesía deseaba que se dejara a Bonaparte en el sillón presidencial, ya que estaba sentado en él, para que todo siguiera por los viejos raíles. Le indignaba que su Parlamento no rompiera abiertamente la Constitución y abdicara sin más ceremonias.

Los consejos generales de los departamentos, estas representaciones provinciales de la gran burguesía, que se reunieron a partir del 25 de agosto durante las vacaciones de la Asamblea Nacional, se pronunciaron casi por unanimidad a favor de la revisión, es decir, contra el Parlamento y a favor de Bonaparte.

De manera todavía más inequívoca que la ruptura con sus representantes parlamentarios, la burguesía manifestó su rabia contra sus representantes literarios, contra su propia prensa. Las condenas a multas exorbitantes y a penas de prisión desvergonzadas que los jurados burgueses imponían por cada ataque de los periodistas burgueses a los apetitos de usurpación de Bonaparte, por cada intento de la prensa de defender los derechos políticos de la burguesía frente al poder ejecutivo, asombraban no solo a Francia, sino a toda Europa.

Si el partido parlamentario del orden, como he mostrado, se condenaba a sí mismo a la quietud con sus gritos pidiendo tranquilidad; si declaraba la dominación política de la burguesía incompatible con la seguridad y la existencia de la burguesía, al destruir con sus propias manos, en la lucha contra las demás clases de la sociedad, todas las condiciones de su propio régimen, el régimen parlamentario, la masa extraparlamentaria de la burguesía, en cambio, con su servilismo hacia el presidente, con sus injurias contra el Parlamento, con el trato brutal de su propia prensa, invitaba a Bonaparte a reprimir, a aniquilar su parte que habla y escribe, a sus políticos y a sus literatos, su tribuna y su prensa, para poder dedicarse confiadamente a sus negocios privados bajo la protección de un gobierno fuerte e ilimitado. Declaraba inequívocamente que ansiaba deshacerse de su propia dominación política para deshacerse de los trabajos y los peligros de la dominación.

¡Y ella, que se había rebelado ya contra la lucha meramente parlamentaria y literaria por la dominación de su propia clase y había traicionado a los dirigentes de esa lucha, se atreve ahora, a posteriori, a acusar al proletariado de no haberse levantado por ella en una lucha sangrienta, en una lucha a vida o muerte! ¡Ella, que a cada instante sacrificaba su interés general de clase, es decir, su interés político, al interés privado más estrecho y más sucio, y exigía a sus representantes un sacrificio semejante, se lamenta ahora de que el proletariado haya sacrificado los intereses políticos ideales de ella a sus intereses materiales! Se comporta como un alma bella138 incomprendida por el proletariado, extraviado por los socialistas, y abandonada por él en el momento decisivo. Y encuentra un eco general en el mundo burgués. No hablo aquí, naturalmente, de los politicastros de rincón y los zafios biempensantes alemanes. Me remito, por ejemplo, al mismo Economist que todavía el 29 de noviembre de 1851, es decir, cuatro días antes del golpe de Estado, había declarado a Bonaparte «centinela del orden» y a los Thiers y los Berryer, en cambio, «anarquistas», y que ya el 27 de diciembre de 1851, después de que Bonaparte haya reducido a la quietud a esos anarquistas, clama contra la traición que «masas proletarias ignorantes, maleducadas y estúpidas» habrían cometido «contra la habilidad, el conocimiento, la disciplina, la influencia intelectual, los recursos intelectuales y el peso moral de las capas medias y superiores de la sociedad». La masa estúpida, ignorante y vulgar no era otra que la propia masa burguesa.

Es cierto que en 1851 Francia había sufrido una especie de pequeña crisis comercial. A finales de febrero se observó una disminución de las exportaciones respecto a 1850; en marzo el comercio sufrió y cerraron las fábricas; en abril la situación de los departamentos industriales parecía tan desesperada como después de las jornadas de febrero; en mayo los negocios aún no se habían reanimado; todavía el 28 de junio la cartera del Banco de Francia mostraba la paralización de la producción por un enorme aumento de los depósitos y una disminución igual de grande de los anticipos sobre letras de cambio, y solo a mediados de octubre empezó de nuevo una mejora progresiva de los negocios. La burguesía francesa se explicaba este estancamiento comercial por razones puramente políticas: por la lucha entre el Parlamento y el poder ejecutivo, por la inseguridad de una forma de Estado solo provisional, por la aterradora perspectiva del 2 de mayo de 1852. No quiero negar que todas estas circunstancias deprimieron algunas ramas de la industria en París y en los departamentos. Pero, en cualquier caso, esta influencia de las circunstancias políticas fue solo local e insignificante. ¿Hace falta otra prueba que el hecho de que la mejora del comercio llegara precisamente en el momento en que la situación política empeoraba, en que el horizonte político se oscurecía y en que se esperaba a cada instante un rayo procedente del Elíseo, hacia mediados de octubre? Por lo demás, el burgués francés, cuya «habilidad, conocimiento, perspicacia intelectual y recursos intelectuales» no llegan más allá de sus narices, podía haber tropezado con las narices con la causa de su miseria comercial durante toda la duración de la Exposición Industrial de Londres.139 Mientras en Francia se cerraban las fábricas, en Inglaterra estallaban quiebras comerciales. Mientras el pánico industrial alcanzaba en abril y mayo su punto culminante en Francia, el pánico comercial alcanzaba en abril y mayo su punto culminante en Inglaterra. Como la francesa, sufría la industria lanera inglesa; como la francesa, la manufactura sedera inglesa. Si las fábricas de algodón inglesas seguían trabajando, ya no lo hacían con el mismo beneficio que en 1849 y 1850. La única diferencia era que en Francia la crisis era industrial y en Inglaterra comercial; que mientras en Francia las fábricas paraban, en Inglaterra se ampliaban, aunque en condiciones más desfavorables que en los años anteriores; que en Francia los golpes principales los recibía la exportación, y en Inglaterra la importación. La causa común, que naturalmente no hay que buscar dentro de los límites del horizonte político francés, saltaba a la vista. 1849 y 1850 fueron años de la mayor prosperidad material y de una sobreproducción que solo se manifestó como tal en 1851. A principios de ese año la fomentó todavía especialmente la perspectiva de la Exposición Industrial. A ello se sumaron circunstancias particulares: primero la mala cosecha de algodón de 1850 y 1851, luego la seguridad de una cosecha de algodón mayor de lo esperado; primero la subida y luego la caída repentina, en una palabra, las oscilaciones de los precios del algodón. La cosecha de seda cruda había quedado, al menos en Francia, todavía por debajo de la media. La manufactura lanera, por último, se había ampliado tanto desde 1848 que la producción de lana no podía seguirle el paso, y el precio de la lana en bruto subió en enorme desproporción con el precio de los artículos de lana. Aquí tenemos, pues, en la materia prima de tres industrias del mercado mundial, triple materia para un estancamiento comercial. Aparte de estas circunstancias particulares, la crisis aparente de 1851 no era otra cosa que el alto que la sobreproducción y la sobreespeculación hacen siempre al recorrer el ciclo industrial, antes de reunir todas sus fuerzas para recorrer febrilmente el último tramo del ciclo y volver a llegar a su punto de partida, la crisis comercial general. En estos intervalos de la historia comercial estallan en Inglaterra quiebras comerciales, mientras que en Francia se paraliza la propia industria, en parte obligada a retirarse por la competencia de los ingleses, que precisamente entonces se vuelve insoportable en todos los mercados, y en parte porque, como industria de lujo, la ataca con preferencia todo estancamiento de los negocios. Así, Francia pasa, además de por las crisis generales, por sus propias crisis comerciales nacionales, que, sin embargo, están determinadas y condicionadas mucho más por la situación general del mercado mundial que por influencias locales francesas. No carecerá de interés contraponer al prejuicio del burgués francés el juicio del burgués inglés. Una de las mayores casas de Liverpool escribe en su informe comercial anual de 1851: «Pocos años han defraudado más las previsiones que se hacían a su comienzo que el que acaba de terminar; en lugar de la gran prosperidad que unánimemente se esperaba, ha resultado uno de los años más desalentadores desde hace un cuarto de siglo. Esto vale, naturalmente, solo para las clases mercantiles, no para las industriales. Y, sin embargo, a comienzos de año había sin duda motivos para concluir lo contrario: las existencias de productos eran escasas, el capital abundante, los alimentos baratos, una rica cosecha estaba asegurada; paz ininterrumpida en el continente y ninguna perturbación política o financiera en casa; de hecho, las alas del comercio nunca habían estado más libres de trabas... ¿A qué atribuir este resultado desfavorable? Creemos que al exceso de comercio, tanto en importaciones como en exportaciones. Si nuestros comerciantes no ponen ellos mismos límites más estrechos a su actividad, nada podrá mantenernos en vereda, salvo un pánico cada tres años».

Imagínese ahora al burgués francés, cómo en medio de este pánico de los negocios su cerebro enfermo de comercio es torturado, aturdido, ensordecido por rumores de golpes de Estado y de restablecimiento del sufragio universal, por la lucha entre el Parlamento y el poder ejecutivo, por la guerra de Fronda de orleanistas y legitimistas, por conspiraciones comunistas en el sur de Francia, por supuestas jacqueries140 en los departamentos del Nièvre y del Cher, por la propaganda de los distintos candidatos a la presidencia, por las soluciones charlatanescas de los periódicos, por las amenazas de los republicanos de defender con las armas en la mano la Constitución y el sufragio universal, por los evangelios de los héroes emigrados in partibus, que anunciaban el fin del mundo para el 2 de mayo de 1852, y se comprenderá que el burgués, en esta indescriptible y ruidosa confusión de fusión, revisión, prórroga, Constitución, conspiración, coalición, emigración, usurpación y revolución, le grite fuera de sí a su república parlamentaria: «¡Más vale un final con espanto que un espanto sin final!».

Bonaparte comprendió este grito. Su capacidad de comprensión se agudizaba con la impetuosidad creciente de sus acreedores, que con cada puesta de sol que acercaba el día del vencimiento, el 2 de mayo de 1852, veían una protesta del movimiento de los astros contra sus letras de cambio terrenales. Se habían convertido en verdaderos astrólogos. La Asamblea Nacional había cortado a Bonaparte la esperanza de una prórroga constitucional de su poder; la candidatura del príncipe de Joinville no permitía vacilar más tiempo.

Si alguna vez un acontecimiento proyectó su sombra mucho antes de producirse, ese fue el golpe de Estado de Bonaparte. Ya el 29 de enero de 1849, apenas un mes después de su elección, se lo había propuesto a Changarnier. Su propio primer ministro, Odilon Barrot, había denunciado de manera velada en el verano de 1849, y Thiers abiertamente en el invierno de 1850, la política de los golpes de Estado. En mayo de 1851, Persigny había intentado una vez más ganarse a Changarnier para el golpe; el Messager de l'Assemblée había publicado esta negociación. Los periódicos bonapartistas amenazaban con un golpe de Estado en cada tormenta parlamentaria, y cuanto más se acercaba la crisis, más alto era su tono. En las orgías que Bonaparte celebraba cada noche con swell mob141 masculino y femenino, cada vez que se acercaba la medianoche y las abundantes libaciones habían soltado las lenguas y encendido la imaginación, se decidía el golpe de Estado para la mañana siguiente. Se desenvainaban las espadas, chocaban las copas, los representantes salían volando por la ventana, el manto imperial caía sobre los hombros de Bonaparte, hasta que la mañana siguiente volvía a disipar el fantasma y el París asombrado se enteraba por vestales poco reservadas y paladines indiscretos del peligro del que se había librado una vez más. En los meses de septiembre y octubre se precipitaron los rumores de un coup d'état. La sombra tomó a la vez color, como un daguerrotipo coloreado. Consúltense las crónicas mensuales de septiembre y octubre en los órganos de la prensa diaria europea y se encontrarán literalmente indicaciones como esta: «Rumores de golpe de Estado llenan París. Se dice que la capital se llenará de tropas durante la noche y que la mañana siguiente traerá decretos que disolverán la Asamblea Nacional, declararán en estado de sitio el departamento del Sena, restablecerán el sufragio universal y apelarán al pueblo. Se dice que Bonaparte busca ministros para ejecutar estos decretos ilegales». Las correspondencias que traen estas noticias terminan siempre, fatalmente, con un «aplazado». El golpe de Estado fue siempre la idea fija de Bonaparte. Con esta idea había vuelto a pisar el suelo francés. Le poseía tanto que la traicionaba y la divulgaba constantemente. Era tan débil que la abandonaba también constantemente. La sombra del golpe de Estado se había vuelto tan familiar para los parisinos como fantasma que no quisieron creer en él cuando por fin apareció en carne y hueso. No fue, pues, ni la reserva hermética del jefe de la Sociedad del 10 de Diciembre ni un asalto imprevisto contra la Asamblea Nacional lo que hizo triunfar el golpe de Estado. Si triunfó, triunfó a pesar de la indiscreción de él y con el conocimiento previo de ella, como resultado necesario e inevitable de la evolución anterior.

El 10 de octubre, Bonaparte anunció a sus ministros su decisión de restablecer el sufragio universal; el 16 presentaron su dimisión; el 26 se enteró París de la formación del ministerio Thorigny. Al mismo tiempo, el prefecto de policía Carlier fue sustituido por Maupas,142 y el jefe de la primera división militar, Magnan, concentró en la capital los regimientos más seguros. El 4 de noviembre, la Asamblea Nacional reanudó sus sesiones. No tenía ya nada que hacer más que repetir en un breve y conciso repaso el curso que había seguido y demostrar que no fue enterrada hasta después de haber muerto.

La primera posición que había perdido en la lucha con el poder ejecutivo era el ministerio. Tuvo que reconocer solemnemente esta pérdida aceptando como bueno el ministerio Thorigny, un mero ministerio de apariencia. La comisión permanente había recibido entre risas al señor Giraud cuando se presentó en nombre de los nuevos ministros. ¡Un ministerio tan débil para medidas tan fuertes como el restablecimiento del sufragio universal! Pero de lo que se trataba precisamente era de no sacar adelante nada en el Parlamento y todo contra el Parlamento.

El mismo primer día de su reapertura, la Asamblea Nacional recibió el mensaje de Bonaparte en el que exigía el restablecimiento del sufragio universal y la abolición de la ley del 31 de mayo de 1850. Sus ministros presentaron ese mismo día un decreto en este sentido. La Asamblea rechazó en el acto la propuesta de urgencia de los ministros, y la ley misma el 13 de noviembre, por 355 votos contra 348. Así desgarró una vez más su mandato, confirmó una vez más que se había transformado de representación del pueblo libremente elegida en el Parlamento usurpador de una clase, reconoció una vez más que ella misma había cortado los músculos que unían la cabeza parlamentaria con el cuerpo de la nación.

Si el poder ejecutivo, con su propuesta de restablecer el sufragio universal, apelaba de la Asamblea Nacional al pueblo, el poder legislativo, con su ley de los cuestores, apelaba del pueblo al ejército. Esta ley de los cuestores debía establecer su derecho a requerir directamente a las tropas, a formar un ejército parlamentario. Si así nombraba al ejército árbitro entre ella y el pueblo, entre ella y Bonaparte, si reconocía al ejército como el poder decisivo del Estado, tenía que confirmar por otro lado que hacía tiempo que había renunciado a la pretensión de dominarlo. Al debatir el derecho de requisa en lugar de requerir tropas en el acto, delataba la duda sobre su propio poder. Al rechazar la ley de los cuestores, confesaba abiertamente su impotencia. Esta ley fue rechazada con una minoría de 108 votos; la Montaña había inclinado así la balanza. Se encontraba en la situación del asno de Buridán,143 no entre dos sacos de heno, para decidir cuál era el más apetecible, sino entre dos raciones de palos, para decidir cuál era la más dura. De un lado, el miedo a Changarnier; del otro, el miedo a Bonaparte. Hay que confesar que la situación no era heroica.

El 18 de noviembre se presentó a la ley sobre las elecciones municipales propuesta por el partido del orden la enmienda de que, en lugar de tres años, bastara un año de domicilio para los electores municipales. La enmienda fue rechazada por un solo voto, pero ese único voto resultó en el acto ser un error. El partido del orden, al dividirse en sus fracciones enemigas, había perdido hacía tiempo su mayoría parlamentaria independiente. Mostraba ahora que en el Parlamento ya no existía mayoría alguna. La Asamblea Nacional se había vuelto incapaz de decidir. Sus elementos atómicos ya no estaban unidos por ninguna fuerza de cohesión; había agotado su último aliento vital; estaba muerta.

Por último, la masa extraparlamentaria de la burguesía iba a confirmar solemnemente una vez más, pocos días antes de la catástrofe, su ruptura con la burguesía del Parlamento. Thiers, que como héroe parlamentario estaba contagiado con preferencia de la enfermedad incurable del cretinismo parlamentario, había urdido, después de la muerte del Parlamento, una nueva intriga parlamentaria con el Consejo de Estado, una ley de responsabilidad que debía encerrar al presidente dentro de los límites de la Constitución. Así como Bonaparte, el 15 de septiembre, al poner la primera piedra de los nuevos mercados centrales de París, había encandilado como un segundo Masaniello144 a las dames des halles, las vendedoras de pescado (ciertamente, una vendedora de pescado valía, en poder real, por diecisiete burgraves); así como, después de presentarse la ley de los cuestores, había entusiasmado a los tenientes agasajados en el Elíseo, así arrastró ahora consigo, el 25 de noviembre, a la burguesía industrial, reunida en el Circo para recibir de su mano las medallas de la Exposición Industrial de Londres. Reproduzco la parte significativa de su discurso según el Journal des Débats: «Con éxitos tan inesperados, tengo derecho a repetir cuán grande sería la República francesa si se le permitiera perseguir sus intereses reales y reformar sus instituciones, en lugar de verse perturbada constantemente por los demagogos, por un lado, y por las alucinaciones monárquicas, por otro. (Aplausos ruidosos, tempestuosos y repetidos desde todas las partes del anfiteatro.) Las alucinaciones monárquicas impiden todo progreso y todas las ramas serias de la industria. En lugar de progreso, solo lucha. Se ve a hombres que antes eran los más celosos defensores de la autoridad y de la prerrogativa reales hacerse partidarios de una Convención solo para debilitar la autoridad salida del sufragio universal. (Aplausos ruidosos y repetidos.) Vemos a hombres que más han sufrido por la revolución y que más la han deplorado provocar una nueva, y solo para encadenar la voluntad de la nación... Os prometo tranquilidad para el futuro, etc., etc. (¡Bravo, bravo, bravo tempestuoso!)». Así aplaude la burguesía industrial con su bravo servil el golpe de Estado del 2 de diciembre, la aniquilación del Parlamento, la ruina de su propia dominación, la dictadura de Bonaparte. El trueno de aplausos del 25 de noviembre recibió su respuesta en el trueno de los cañones del 4 de diciembre, y la casa del señor Sallandrouze, que había sido el que más bravos había aplaudido, fue la que recibió más bombas.145

Cromwell, cuando disolvió el Parlamento Largo, se presentó solo en medio de él, sacó su reloj para que no siguiera existiendo ni un minuto más allá del plazo fijado por él y expulsó a cada uno de los miembros del Parlamento con insultos alegres y humorísticos.146 Napoleón, más pequeño que su modelo, se presentó al menos el 18 Brumario en el cuerpo legislativo y le leyó, aunque con voz entrecortada, su sentencia de muerte. El segundo Bonaparte, que por lo demás se encontraba en posesión de un poder ejecutivo muy distinto del de Cromwell o Napoleón, no buscó su modelo en los anales de la historia universal, sino en los anales de la Sociedad del 10 de Diciembre, en los anales de la jurisdicción criminal. Roba al Banco de Francia 25 millones de francos, compra al general Magnan con un millón y a los soldados, uno por uno, con 15 francos y aguardiente, se reúne a escondidas con sus cómplices como un ladrón en la noche, hace allanar las casas de los jefes parlamentarios más peligrosos y sacar de sus camas a Cavaignac, Lamoricière, Le Flô, Changarnier, Charras, Thiers, Baze, etc., hace ocupar con tropas las principales plazas de París y el edificio del Parlamento y, de madrugada, fijar en todas las paredes carteles charlatanescos en los que se anuncian la disolución de la Asamblea Nacional y del Consejo de Estado, el restablecimiento del sufragio universal y la declaración del estado de sitio en el departamento del Sena. Del mismo modo, poco después inserta en el Moniteur un documento falso según el cual nombres parlamentarios influyentes se habrían agrupado en torno a él en una consulta de Estado.

El Parlamento rabadilla147 reunido en la alcaldía del décimo distrito, compuesto principalmente por legitimistas y orleanistas, acuerda entre repetidos gritos de «¡viva la república!» la destitución de Bonaparte, arenga en vano a la masa que mira boquiabierta delante del edificio y, finalmente, escoltado por tiradores africanos, es llevado a rastras primero al cuartel de Orsay, después embalado en coches celulares y trasladado a las cárceles de Mazas, Ham y Vincennes. Así terminaron el partido del orden, la Asamblea Legislativa y la revolución de febrero. Antes de apresurarnos a concluir, he aquí brevemente el esquema de su historia:

I. Primer periodo. Del 24 de febrero al 4 de mayo de 1848. Periodo de febrero. Prólogo. Engaño de la fraternización universal.

II. Segundo periodo. Periodo de constitución de la república y de la Asamblea Nacional Constituyente.

  1. Del 4 de mayo al 25 de junio de 1848. Lucha de todas las clases contra el proletariado. Derrota del proletariado en las jornadas de junio.

  2. Del 25 de junio al 10 de diciembre de 1848. Dictadura de los republicanos burgueses puros. Elaboración de la Constitución. Declaración del estado de sitio en París. La dictadura burguesa, apartada el 10 de diciembre por la elección de Bonaparte como presidente.

  3. Del 20 de diciembre de 1848 al 29 de mayo de 1849. Lucha de la Constituyente con Bonaparte y con el partido del orden unido a él. Fin de la Constituyente. Caída de la burguesía republicana.

III. Tercer periodo. Periodo de la república constitucional y de la Asamblea Nacional Legislativa.

  1. Del 29 de mayo al 13 de junio de 1849. Lucha de los pequeños burgueses con la burguesía y con Bonaparte. Derrota de la democracia pequeñoburguesa.

  2. Del 13 de junio de 1849 al 31 de mayo de 1850. Dictadura parlamentaria del partido del orden. Completa su dominación con la abolición del sufragio universal, pero pierde el ministerio parlamentario.

  3. Del 31 de mayo de 1850 al 2 de diciembre de 1851. Lucha entre la burguesía parlamentaria y Bonaparte.

a) Del 31 de mayo de 1850 al 12 de enero de 1851. El Parlamento pierde el mando supremo del ejército.

b) Del 12 de enero al 11 de abril de 1851. Sucumbe en sus intentos de volver a apoderarse del poder administrativo. El partido del orden pierde la mayoría parlamentaria independiente. Su coalición con los republicanos y la Montaña.

c) Del 11 de abril al 9 de octubre de 1851. Intentos de revisión, de fusión y de prórroga. El partido del orden se disuelve en sus distintos elementos. Se consolida la ruptura del Parlamento burgués y de la prensa burguesa con la masa burguesa.

d) Del 9 de octubre al 2 de diciembre de 1851. Ruptura abierta entre el Parlamento y el poder ejecutivo. El Parlamento consuma su acto de defunción y sucumbe, abandonado por su propia clase, por el ejército y por todas las demás clases. Fin del régimen parlamentario y de la dominación burguesa. Victoria de Bonaparte. Parodia de restauración imperialista.

VII

La república social apareció como frase, como profecía, en el umbral de la revolución de febrero. En las jornadas de junio de 1848 fue ahogada en la sangre del proletariado de París, pero sigue rondando como fantasma en los actos siguientes del drama. Se anuncia la república democrática. Se esfuma el 13 de junio de 1849 con sus pequeños burgueses fugitivos, pero en su huida arroja tras de sí reclamos doblemente fanfarrones. La república parlamentaria, con la burguesía, se apodera de toda la escena, vive su existencia en toda su amplitud, pero el 2 de diciembre de 1851 la entierra entre los gritos de angustia de los realistas coaligados: «¡Viva la república!».

La burguesía francesa se rebeló contra la dominación del proletariado trabajador y ha llevado al poder al lumpenproletariado, con el jefe de la Sociedad del 10 de Diciembre a la cabeza. La burguesía mantenía a Francia sin aliento por el miedo a los futuros horrores de la anarquía roja; Bonaparte le descontó ese futuro cuando el 4 de diciembre hizo que el ejército del orden, enardecido por el aguardiente, abatiera a tiros en sus ventanas a los distinguidos burgueses del bulevar Montmartre y del bulevar de los Italianos. Ella hizo la apoteosis del sable; el sable la domina. Ella aniquiló la prensa revolucionaria; su propia prensa está aniquilada. Ella puso las reuniones populares bajo vigilancia policial; sus salones están bajo la vigilancia de la policía. Ella disolvió las guardias nacionales demócratas; su propia Guardia Nacional está disuelta. Ella impuso el estado de sitio; el estado de sitio se le impone a ella. Ella sustituyó los jurados por comisiones militares; sus jurados están sustituidos por comisiones militares. Ella sometió la enseñanza del pueblo a los curas; los curas la someten a ella a su propia enseñanza. Ella deportó sin juicio; ella es deportada sin juicio. Ella reprimió todo movimiento de la sociedad mediante el poder del Estado; todo movimiento de su sociedad es aplastado por el poder del Estado. Ella se rebeló, por entusiasmo por su bolsa, contra sus propios políticos y literatos; sus políticos y literatos han sido apartados, pero su bolsa es saqueada después de que su boca haya sido amordazada y su pluma rota. La burguesía gritaba sin descanso a la revolución, como san Arsenio a los cristianos: «Fuge, tace, quiesce! ¡Huye, calla, descansa!».148 Bonaparte grita a la burguesía: «Fuge, tace, quiesce! ¡Huye, calla, descansa!».

La burguesía francesa había resuelto hacía tiempo el dilema de Napoleón: «Dans cinquante ans l'Europe sera républicaine ou cosaque».149 Lo había resuelto con la «république cosaque». Ninguna Circe150 ha deformado con un maleficio la obra de arte de la república burguesa convirtiéndola en un monstruo. Aquella república no ha perdido más que la apariencia de respetabilidad. La Francia actual estaba contenida ya entera en la república parlamentaria. Solo hacía falta un bayonetazo para que estallara la burbuja y el monstruo saltara a la vista.

¿Por qué no se levantó el proletariado de París después del 2 de diciembre?

La caída de la burguesía solo estaba todavía decretada; el decreto no se había ejecutado. Cualquier levantamiento serio del proletariado la habría reanimado en el acto, la habría reconciliado con el ejército y habría asegurado a los obreros una segunda derrota de junio.

El 4 de diciembre, burgueses y tenderos incitaron al proletariado a la lucha. Al atardecer de ese día, varias legiones de la Guardia Nacional prometieron presentarse armadas y de uniforme en el campo de batalla. Burgueses y tenderos se habían enterado, en efecto, de que Bonaparte, en uno de sus decretos del 2 de diciembre, suprimía el voto secreto y les ordenaba inscribir su sí o su no detrás de sus nombres en los registros oficiales. La resistencia del 4 de diciembre intimidó a Bonaparte. Durante la noche hizo fijar en todas las esquinas de París carteles que anunciaban el restablecimiento del voto secreto. Burgueses y tenderos creyeron haber alcanzado su objetivo. Los que no acudieron a la mañana siguiente fueron los tenderos y los burgueses.

Con un golpe de mano de Bonaparte, en la noche del 1 al 2 de diciembre, el proletariado de París había sido privado de sus dirigentes, los jefes de barricada. Un ejército sin oficiales, poco dispuesto, por los recuerdos de junio de 1848 y 1849 y de mayo de 1850, a luchar bajo la bandera de los montañeses, dejó a su vanguardia, las sociedades secretas, salvar el honor insurreccional de París, que la burguesía entregó tan sin resistencia a la soldadesca que Bonaparte pudo desarmar más tarde a la Guardia Nacional con el pretexto burlón de que temía que los anarquistas abusaran de sus armas contra ella misma.

«C'est le triomphe complet et définitif du socialisme!».151 Así caracterizó Guizot el 2 de diciembre. Pero, si la caída de la república parlamentaria contiene en germen el triunfo de la revolución proletaria, su resultado inmediato y palpable fue la victoria de Bonaparte sobre el Parlamento, del poder ejecutivo sobre el poder legislativo, de la fuerza sin frases sobre la fuerza de las frases. En el Parlamento, la nación elevaba a ley su voluntad general, es decir, elevaba la ley de la clase dominante a voluntad general de la nación. Ante el poder ejecutivo, abdica de toda voluntad propia y se somete a los dictados de la voluntad ajena, de la autoridad. El poder ejecutivo, en oposición al legislativo, expresa la heteronomía de la nación en oposición a su autonomía. Francia, pues, solo parece haber escapado del despotismo de una clase para volver a caer bajo el despotismo de un individuo, y además bajo la autoridad de un individuo sin autoridad. La lucha parece zanjada de tal modo que todas las clases se arrodillan ante la culata, igual de impotentes e igual de mudas.

Pero la revolución es concienzuda. Está todavía de viaje por el purgatorio. Hace su trabajo con método. Hasta el 2 de diciembre de 1851 había cumplido la mitad de su preparación; ahora cumple la otra mitad. Primero perfeccionó el poder parlamentario para poder derribarlo. Ahora que lo ha conseguido, perfecciona el poder ejecutivo, lo reduce a su expresión más pura, lo aísla, se lo pone delante como único blanco, para concentrar contra él todas sus fuerzas de destrucción. Y cuando haya llevado a cabo esta segunda mitad de su trabajo preparatorio, Europa saltará de su asiento y exclamará jubilosa: ¡bien has hozado, viejo topo!152

Este poder ejecutivo, con su inmensa organización burocrática y militar, con su vasta y artificiosa maquinaria estatal, un ejército de funcionarios de medio millón junto a un ejército de otro medio millón, este espantoso cuerpo parasitario que envuelve como una red el cuerpo de la sociedad francesa y le tapona todos los poros, nació en la época de la monarquía absoluta, con la decadencia del feudalismo, que ayudó a acelerar. Los privilegios señoriales de los terratenientes y de las ciudades se convirtieron en otros tantos atributos del poder del Estado; los dignatarios feudales, en funcionarios a sueldo; y el abigarrado muestrario de las soberanías medievales en pugna, en el plan regulado de un poder del Estado cuyo trabajo está dividido y centralizado como en una fábrica. La primera revolución francesa, con su tarea de romper todos los poderes particulares locales, territoriales, urbanos y provinciales para crear la unidad burguesa de la nación, tuvo que desarrollar lo que había empezado la monarquía absoluta, la centralización, pero al mismo tiempo la extensión, los atributos y los servidores del poder de gobierno. Napoleón perfeccionó esta maquinaria estatal. La monarquía legítima y la monarquía de Julio no añadieron nada más que una mayor división del trabajo, que crecía en la misma medida en que la división del trabajo dentro de la sociedad burguesa creaba nuevos grupos de intereses y, por tanto, nuevo material para la administración del Estado. Todo interés común se separaba en el acto de la sociedad, se le contraponía como interés superior, general, se arrancaba a la actividad propia de los miembros de la sociedad y se convertía en objeto de la actividad del gobierno, desde el puente, la escuela y los bienes comunales de un municipio rural hasta los ferrocarriles, la riqueza nacional y la Universidad de Francia. La república parlamentaria, por último, se vio obligada, en su lucha contra la revolución, a reforzar con las medidas represivas los medios y la centralización del poder de gobierno. Todas las revoluciones perfeccionaron esta máquina en lugar de romperla. Los partidos que luchaban alternativamente por la dominación consideraban la toma de posesión de este inmenso edificio del Estado como el botín principal del vencedor.

Pero bajo la monarquía absoluta, durante la primera revolución, bajo Napoleón, la burocracia no era más que el medio de preparar la dominación de clase de la burguesía. Bajo la Restauración, bajo Luis Felipe, bajo la república parlamentaria, fue el instrumento de la clase dominante, por mucho que aspirara a un poder propio.

Solo bajo el segundo Bonaparte parece haberse independizado por completo el Estado. La máquina del Estado se ha consolidado tanto frente a la sociedad burguesa que basta con que esté a su cabeza el jefe de la Sociedad del 10 de Diciembre, un aventurero llegado del extranjero, alzado sobre el pavés por una soldadesca borracha a la que ha comprado con aguardiente y salchichón y a la que tiene que volver a echar salchichón una y otra vez.153 De ahí la desesperación apocada, el sentimiento de la más inmensa humillación y degradación que oprime el pecho de Francia y le corta la respiración. Se siente como deshonrada.

Y, sin embargo, el poder del Estado no flota en el aire. Bonaparte representa a una clase, y además a la clase más numerosa de la sociedad francesa: los campesinos parcelarios.

Así como los Borbones eran la dinastía de la gran propiedad de la tierra y los Orleans la dinastía del dinero, los Bonaparte son la dinastía de los campesinos, es decir, de la masa del pueblo francés. El elegido de los campesinos no es el Bonaparte que se sometía al Parlamento burgués, sino el Bonaparte que dispersó el Parlamento burgués. Durante tres años, las ciudades habían conseguido falsear el sentido de la elección del 10 de diciembre y escamotear a los campesinos la restauración del Imperio. La elección del 10 de diciembre de 1848 no se ha cumplido hasta el coup d'état del 2 de diciembre de 1851.

Los campesinos parcelarios forman una masa inmensa, cuyos miembros viven en la misma situación, pero sin entablar relaciones variadas entre sí. Su modo de producción los aísla unos de otros, en lugar de ponerlos en relación mutua. El aislamiento se ve favorecido por los malos medios de comunicación de Francia y por la pobreza de los campesinos. Su campo de producción, la parcela, no admite en su cultivo división alguna del trabajo, ninguna aplicación de la ciencia; por tanto, ninguna diversidad de desarrollo, ninguna variedad de talentos, ninguna riqueza de relaciones sociales. Cada familia campesina se basta casi a sí misma, produce directamente ella misma la mayor parte de lo que consume y obtiene así sus medios de vida más en el intercambio con la naturaleza que en el trato con la sociedad. La parcela, el campesino y la familia; al lado, otra parcela, otro campesino y otra familia. Unas cuantas docenas de ellas forman una aldea, y unas cuantas docenas de aldeas forman un departamento. Así, la gran masa de la nación francesa se forma por la simple suma de magnitudes homónimas, más o menos como un saco de patatas forma un saco de patatas. En la medida en que millones de familias viven en condiciones económicas de existencia que separan su modo de vida, sus intereses y su cultura de los de las demás clases y las oponen a estas de manera hostil, forman una clase. En la medida en que entre los campesinos parcelarios solo existe una conexión local y la identidad de sus intereses no engendra entre ellos ninguna comunidad, ninguna unión nacional y ninguna organización política, no forman una clase. Por eso son incapaces de hacer valer su interés de clase en su propio nombre, ya sea por medio de un parlamento o por medio de una convención. No pueden representarse, tienen que ser representados. Su representante tiene que aparecer al mismo tiempo como su señor, como una autoridad por encima de ellos, como un poder de gobierno ilimitado que los protege de las demás clases y les envía desde arriba la lluvia y el sol. La influencia política de los campesinos parcelarios encuentra, por tanto, su expresión última en que el poder ejecutivo se subordine la sociedad.

Por la tradición histórica nació en los campesinos franceses la fe milagrera de que un hombre llamado Napoleón les devolvería toda su gloria. Y apareció un individuo que se hace pasar por ese hombre porque lleva el nombre de Napoleón, gracias al Code Napoléon, que dispone: La recherche de la paternité est interdite.154 Tras veinte años de vagabundeo y una serie de aventuras grotescas, se cumple la leyenda y el hombre se convierte en emperador de los franceses. La idea fija del sobrino se hizo realidad porque coincidía con la idea fija de la clase más numerosa de los franceses.

Pero, se me objetará, ¿y las insurrecciones campesinas en media Francia, las batidas del ejército contra los campesinos, el encarcelamiento y la deportación en masa de campesinos?

Desde Luis XIV, Francia no ha conocido una persecución semejante de los campesinos «por manejos demagógicos».

Pero entiéndase bien. La dinastía Bonaparte no representa al campesino revolucionario, sino al conservador; no al campesino que pugna por salir de su condición social de existencia, la parcela, sino al que más bien quiere consolidarla; no a la población rural que, con su propia energía y unida a las ciudades, quiere derribar el viejo orden, sino, al contrario, a la que, sordamente encerrada en ese viejo orden, quiere verse salvada y favorecida, junto con su parcela, por el fantasma del Imperio. No representa la ilustración del campesino, sino su superstición; no su juicio, sino su prejuicio; no su porvenir, sino su pasado; no sus modernas Cevenas, sino su moderna Vendée.155

Los tres años de dura dominación de la república parlamentaria habían liberado a una parte de los campesinos franceses de la ilusión napoleónica y los habían revolucionado, aunque solo fuera superficialmente; pero la burguesía los hacía retroceder por la fuerza cada vez que se ponían en movimiento. Bajo la república parlamentaria, la conciencia moderna de los campesinos franceses luchaba con la tradicional. El proceso se desarrollaba en forma de una lucha incesante entre los maestros de escuela y los curas. La burguesía abatió a los maestros. Los campesinos hicieron por primera vez esfuerzos por mantener una actitud independiente frente a la actividad del gobierno. Esto se manifestó en el conflicto continuo de los alcaldes con los prefectos. La burguesía destituyó a los alcaldes. Por último, durante el periodo de la república parlamentaria, los campesinos de distintos lugares se levantaron contra su propio engendro, el ejército. La burguesía los castigó con estados de sitio y ejecuciones. Y esta misma burguesía clama ahora contra la estupidez de las masas, de la vile multitude,156 que la habría traicionado en favor de Bonaparte. Ella misma consolidó por la fuerza el imperialismo de la clase campesina, mantuvo las condiciones que forman la cuna de esta religión campesina. Ciertamente, la burguesía tiene que temer la estupidez de las masas mientras sigan siendo conservadoras, y el discernimiento de las masas en cuanto se vuelven revolucionarias.

En las insurrecciones que siguieron al coup d'état, una parte de los campesinos franceses protestó con las armas en la mano contra su propio voto del 10 de diciembre de 1848. La escuela de 1848 en adelante los había escarmentado. Pero se habían vendido al infierno de la historia, la historia los tomó por la palabra, y la mayoría estaba todavía tan obcecada que precisamente en los departamentos más rojos la población campesina votó públicamente por Bonaparte. A su juicio, la Asamblea Nacional le había impedido avanzar. Ahora no había hecho más que romper las cadenas que las ciudades habían puesto a la voluntad del campo. En algunos lugares acariciaban incluso la idea grotesca de una Convención al lado de un Napoleón.

Después de que la primera revolución convirtiera a los campesinos semisiervos en propietarios libres de la tierra, Napoleón consolidó y reguló las condiciones en que podían explotar sin trabas el suelo de Francia que acababa de corresponderles y satisfacer su juvenil afán de propiedad. Pero lo que ahora arruina al campesino francés es su propia parcela, la división de la tierra, la forma de propiedad que Napoleón consolidó en Francia. Son precisamente las condiciones materiales que hicieron del campesino feudal francés un campesino parcelario y de Napoleón un emperador. Dos generaciones han bastado para producir el resultado inevitable: empeoramiento progresivo de la agricultura, endeudamiento progresivo del agricultor. La forma de propiedad «napoleónica», que a comienzos del siglo XIX era la condición de la liberación y del enriquecimiento de la población rural francesa, se ha desarrollado en el curso de este siglo como la ley de su esclavitud y de su pauperismo. Y precisamente esta ley es la primera de las «idées napoléoniennes» que el segundo Bonaparte tiene que defender. Si comparte todavía con los campesinos la ilusión de buscar la causa de su ruina no en la propia propiedad parcelaria, sino fuera de ella, en la influencia de circunstancias secundarias, sus experimentos estallarán como pompas de jabón contra las relaciones de producción.

El desarrollo económico de la propiedad parcelaria ha invertido de raíz la relación de los campesinos con las demás clases de la sociedad. Bajo Napoleón, la parcelación de la tierra en el campo completaba la libre competencia y la gran industria incipiente en las ciudades. La clase campesina era la protesta omnipresente contra la aristocracia terrateniente que acababa de ser derribada. Las raíces que la propiedad parcelaria echó en el suelo francés privaron al feudalismo de todo alimento. Sus mojones formaban el baluarte natural de la burguesía contra cualquier golpe de mano de sus antiguos señores. Pero en el curso del siglo XIX el lugar del señor feudal lo ocupó el usurero de la ciudad; el lugar de las cargas feudales de la tierra, la hipoteca; el lugar de la propiedad aristocrática de la tierra, el capital burgués. La parcela del campesino ya no es más que el pretexto que permite al capitalista sacar de la tierra beneficio, intereses y renta y dejar que el agricultor se las arregle como pueda para sacar su salario. La deuda hipotecaria que pesa sobre el suelo francés impone a los campesinos franceses un interés tan grande como el interés anual de toda la deuda nacional británica. La propiedad parcelaria, en esta esclavitud respecto al capital a la que su desarrollo la empuja inevitablemente, ha convertido a la masa de la nación francesa en trogloditas. Dieciséis millones de campesinos (mujeres y niños incluidos) viven en cuevas, de las cuales una gran parte solo tiene una abertura, otra solo dos y la más privilegiada solo tres. Las ventanas son para una casa lo que los cinco sentidos para la cabeza. El orden burgués, que a principios de siglo puso al Estado de centinela ante la parcela recién nacida y la abonó con laureles, se ha convertido en un vampiro que le chupa la sangre del corazón y la médula del cerebro y la arroja a la caldera de alquimista del capital. El Code Napoléon ya no es más que el código de los embargos, de las subastas y de las ventas forzosas. A los cuatro millones (niños, etc., incluidos) de pobres oficiales, vagabundos, delincuentes y prostitutas que cuenta Francia, se suman cinco millones que flotan al borde del abismo de la existencia y que o bien viven en el propio campo o bien desertan constantemente, con sus harapos y sus hijos, del campo a las ciudades y de las ciudades al campo. El interés de los campesinos ya no está, pues, como bajo Napoleón, en armonía, sino en oposición con los intereses de la burguesía, con el capital. Por eso encuentran su aliado y dirigente natural en el proletariado urbano, cuya tarea es derribar el orden burgués. Pero el gobierno fuerte e ilimitado, y esta es la segunda «idée napoléonienne» que el segundo Napoleón tiene que llevar a cabo, está llamado a defender por la fuerza este orden «material». Y este «ordre matériel» es también la consigna en todas las proclamas de Bonaparte contra los campesinos sublevados.

Además de la hipoteca que le impone el capital, sobre la parcela pesa el impuesto. El impuesto es la fuente de vida de la burocracia, del ejército, de los curas y de la corte; en una palabra, de todo el aparato del poder ejecutivo. Gobierno fuerte e impuesto fuerte son idénticos. La propiedad parcelaria se presta por naturaleza a servir de base a una burocracia todopoderosa e innumerable. Crea un nivel uniforme de relaciones y de personas en toda la superficie del país. Permite, por tanto, también actuar de manera uniforme sobre todos los puntos de esta masa uniforme desde un centro supremo. Destruye los escalones aristocráticos intermedios entre la masa del pueblo y el poder del Estado. Provoca, por tanto, por todas partes la intervención directa de este poder del Estado y la interposición de sus órganos inmediatos. Produce, por último, una sobrepoblación sin ocupación, que no encuentra sitio ni en el campo ni en las ciudades y que por eso se aferra a los cargos públicos como a una especie de limosna respetable y provoca la creación de cargos públicos. Napoleón devolvía con intereses el impuesto forzoso en los nuevos mercados que abría con la bayoneta, en el saqueo del continente. El impuesto era entonces un estímulo para la laboriosidad del campesino, mientras que ahora priva a su laboriosidad de sus últimos recursos y completa su indefensión frente al pauperismo. Y una burocracia enorme, bien galoneada y bien alimentada, es la «idée napoléonienne» que más agrada de todas al segundo Bonaparte. ¿Cómo no iba a agradarle, si está obligado a crear, junto a las clases reales de la sociedad, una casta artificial para la que el mantenimiento de su régimen se convierte en una cuestión de pan?157 Por eso una de sus primeras operaciones financieras fue volver a elevar los sueldos de los funcionarios a su antiguo nivel y crear nuevas sinecuras.

Otra «idée napoléonienne» es la dominación de los curas como medio de gobierno. Pero si la parcela recién nacida, en su armonía con la sociedad, en su dependencia de las fuerzas de la naturaleza y en su sumisión a la autoridad que la protegía desde arriba, era naturalmente religiosa, la parcela arruinada por las deudas, enemistada con la sociedad y con la autoridad, empujada más allá de su propia estrechez, se vuelve naturalmente irreligiosa. El cielo era un añadido muy bonito a la estrecha franja de tierra recién conquistada, tanto más cuanto que es él quien hace el tiempo; se convierte en un insulto en cuanto se impone como sustituto de la parcela. El cura ya no aparece entonces más que como el sabueso ungido de la policía terrenal: otra «idée napoléonienne». La próxima vez, la expedición contra Roma tendrá lugar en la propia Francia, pero en el sentido opuesto al del señor de Montalembert.

El punto culminante de las «idées napoléoniennes» es, por último, la preponderancia del ejército. El ejército era el point d'honneur de los campesinos parcelarios: eran ellos mismos convertidos en héroes, defendiendo hacia fuera la nueva propiedad, glorificando su nacionalidad recién conquistada, saqueando y revolucionando el mundo. El uniforme era su propio traje de gala; la guerra, su poesía; la parcela, prolongada y redondeada en la fantasía, la patria, y el patriotismo, la forma ideal del sentido de la propiedad. Pero los enemigos contra los que el campesino francés tiene ahora que defender su propiedad no son los cosacos: son los huissiers158 y los recaudadores de impuestos. La parcela ya no está en la llamada patria, sino en el registro de hipotecas. El propio ejército ya no es la flor de la juventud campesina; es la flor de pantano del lumpenproletariado campesino. Está formado en gran parte por remplaçants, por sustitutos,159 del mismo modo que el segundo Bonaparte no es más que un remplaçant, el sustituto de Napoleón. Sus hazañas las realiza ahora en las cacerías y batidas contra los campesinos, en el servicio de gendarmería, y si las contradicciones internas de su sistema empujan al jefe de la Sociedad del 10 de Diciembre más allá de la frontera francesa, después de algunas fechorías de bandidos no cosechará laureles, sino palos.

Se ve: todas las «idées napoléoniennes» son ideas de la parcela sin desarrollar, en la frescura de su juventud; son un contrasentido para la parcela caduca. No son más que las alucinaciones de su agonía, palabras convertidas en frases, espíritus convertidos en fantasmas. Pero la parodia del imperialismo era necesaria para liberar a la masa de la nación francesa del peso de la tradición y poner de manifiesto en toda su pureza la oposición entre el poder del Estado y la sociedad. Con la ruina progresiva de la propiedad parcelaria se derrumba el edificio del Estado levantado sobre ella. La centralización estatal que necesita la sociedad moderna solo se levanta sobre las ruinas de la maquinaria de gobierno militar y burocrática que se forjó en oposición al feudalismo.

Las condiciones de los campesinos franceses nos desvelan el enigma de las elecciones generales del 20 y 21 de diciembre,160 que llevaron al segundo Bonaparte al monte Sinaí, no para recibir leyes, sino para darlas.

Evidentemente, la burguesía no tenía ahora otra elección que elegir a Bonaparte. Cuando, en el concilio de Constanza, los puritanos se quejaban de la vida viciosa de los papas y se lamentaban de la necesidad de reformar las costumbres, el cardenal Pierre d'Ailly les espetó con voz de trueno: «¡Solo el diablo en persona puede salvar ya a la Iglesia católica, y vosotros pedís ángeles!».161 Así gritó la burguesía francesa después del coup d'état: ¡solo el jefe de la Sociedad del 10 de Diciembre puede salvar ya a la sociedad burguesa! ¡Solo el robo puede salvar ya la propiedad; el perjurio, la religión; la bastardía, la familia; el desorden, el orden!

Bonaparte, como poder ejecutivo que se ha independizado, siente que su vocación es asegurar el «orden burgués». Pero la fuerza de este orden burgués es la clase media. Por eso se considera representante de la clase media y promulga decretos en ese sentido. Pero solo es algo porque ha roto y rompe cada día de nuevo el poder político de esta clase media. Por eso se considera adversario del poder político y literario de la clase media. Pero, al proteger su poder material, vuelve a engendrar su poder político. Hay que mantener, pues, viva la causa, pero eliminar el efecto allí donde se manifiesta. Pero esto no puede hacerse sin pequeñas confusiones entre causa y efecto, ya que ambos, en su acción recíproca, pierden sus rasgos distintivos. Nuevos decretos que borran la línea divisoria. Bonaparte se considera al mismo tiempo, frente a la burguesía, representante de los campesinos y del pueblo en general, que quiere hacer felices a las clases bajas del pueblo dentro de la sociedad burguesa. Nuevos decretos que escamotean de antemano a los «verdaderos socialistas»162 su sabiduría de gobierno. Pero Bonaparte se considera ante todo jefe de la Sociedad del 10 de Diciembre, representante del lumpenproletariado, al que pertenecen él mismo, su entourage, su gobierno y su ejército, y para el que se trata ante todo de beneficiarse y de sacar billetes de la lotería californiana del Tesoro público. Y se confirma como jefe de la Sociedad del 10 de Diciembre con decretos, sin decretos y a pesar de los decretos.

Esta tarea contradictoria del hombre explica las contradicciones de su gobierno, el confuso ir y venir a tientas que trata unas veces de ganarse y otras de humillar ya a una clase, ya a otra, y que las pone a todas por igual en su contra, cuya inseguridad práctica forma un contraste comiquísimo con el estilo imperioso y categórico de los actos de gobierno, copiado dócilmente del tío.

La industria y el comercio, es decir, los negocios de la clase media, deben florecer como en un invernadero bajo el gobierno fuerte. Otorgamiento de una infinidad de concesiones ferroviarias. Pero el lumpenproletariado bonapartista debe enriquecerse. Agiotaje con las concesiones ferroviarias en la Bolsa por parte de los iniciados de antemano. Pero no aparece capital para los ferrocarriles. Obligación del Banco de adelantar dinero sobre acciones ferroviarias. Pero al Banco hay que explotarlo al mismo tiempo personalmente y, por tanto, halagarlo. Exención del Banco de la obligación de publicar su balance semanal. Contrato leonino del Banco con el gobierno. Hay que dar trabajo al pueblo. Órdenes de obras públicas. Pero las obras públicas aumentan las cargas fiscales del pueblo. Por tanto, reducción de los impuestos atacando a los rentistas, mediante la conversión de las rentas del 5 por ciento en rentas del 4 ½ por ciento. Pero la clase media tiene que recibir de nuevo una gratificación. Por tanto, duplicación del impuesto sobre el vino para el pueblo, que lo compra en détail, y reducción a la mitad para la clase media, que lo bebe en gros.163 Disolución de las asociaciones obreras reales, pero promesa de futuros milagros asociativos. Hay que ayudar a los campesinos. Bancos hipotecarios que aceleran su endeudamiento y la concentración de la propiedad. Pero estos bancos deben servir para sacar dinero de los bienes confiscados de la casa de Orleans. Ningún capitalista quiere avenirse a esta condición, que no figura en el decreto, y el banco hipotecario se queda en un mero decreto, etc., etc.

Bonaparte quisiera aparecer como el bienhechor patriarcal de todas las clases. Pero no puede dar a ninguna sin quitar a la otra. Así como en tiempos de la Fronda se decía del duque de Guisa que era el hombre más obligeant164 de Francia porque había convertido todos sus bienes en obligaciones de sus partidarios para con él, así Bonaparte quisiera ser el hombre más obligeant de Francia y convertir toda la propiedad, todo el trabajo de Francia en una obligación personal para con él. Quisiera robar toda Francia para regalársela a Francia, o más bien para poder volver a comprar Francia con dinero francés, pues como jefe de la Sociedad del 10 de Diciembre tiene que comprar lo que ha de pertenecerle. Y en instituciones de compra se convierten todas las instituciones del Estado: el Senado, el Consejo de Estado, el cuerpo legislativo, la Legión de Honor, la medalla militar, los lavaderos, las obras públicas, los ferrocarriles, el état major de la Guardia Nacional sin soldados rasos, los bienes confiscados de la casa de Orleans. Todo puesto en el ejército y en la máquina de gobierno se convierte en medio de compra. Pero lo más importante en este proceso, en el que se toma Francia para dársela, son los porcentajes que durante la operación caen en manos de la cabeza y de los miembros de la Sociedad del 10 de Diciembre. La ocurrencia con que la condesa L., la amante del señor de Morny,165 caracterizó la confiscación de los bienes de los Orleans, «C'est le premier vol de l'aigle»,166 vale para cada vuelo de esta águila, que es más bien un cuervo. Él mismo y sus partidarios se dicen cada día, como aquel cartujo italiano al avaro que enumeraba ostentosamente los bienes de los que aún tenía para vivir muchos años: «Tu fai conto sopra i beni, bisogna prima far il conto sopra gli anni».167 Para no equivocarse con los años, cuentan por minutos. En la corte, en los ministerios, a la cabeza de la administración y del ejército se agolpa una caterva de tipos de los que del mejor puede decirse que no se sabe de dónde viene, una bohème ruidosa, de mala fama, ávida de saqueo, que se mete en casacas galoneadas con la misma dignidad grotesca que los grandes dignatarios de Soulouque.168 Uno puede hacerse una idea de esta capa superior de la Sociedad del 10 de Diciembre si considera que Véron-Crevel169 es su predicador de moral y Granier de Cassagnac,170 su pensador. Cuando Guizot, en la época de su ministerio, empleaba a este Granier en un periodicucho contra la oposición dinástica, solía elogiarlo con este giro: «C'est le roi des drôles», «es el rey de los bufones». Sería un error recordar, a propósito de la corte y del clan de Luis Bonaparte, la Regencia o a Luis XV.171 Pues «Francia ha conocido ya a menudo un gobierno de amantes, pero nunca todavía un gobierno de hommes entretenus [hombres mantenidos]».172

Acosado por las exigencias contradictorias de su situación, obligado al mismo tiempo, como un prestidigitador, a mantener fijos en él, como sustituto de Napoleón, los ojos del público mediante sorpresas constantes, y por tanto a ejecutar cada día un golpe de Estado en miniature, Bonaparte siembra la confusión en toda la economía burguesa, toca todo lo que a la revolución de 1848 le parecía intocable, hace a unos pacientes con la revolución y a otros deseosos de revolución, y engendra la anarquía misma en nombre del orden, mientras despoja a la vez a toda la máquina del Estado de su aureola, la profana, la vuelve a la vez repugnante y ridícula. El culto a la Santa Túnica de Tréveris173 lo repite en París con el culto al manto imperial napoleónico. Pero cuando el manto imperial caiga por fin sobre los hombros de Luis Bonaparte, la estatua de bronce de Napoleón se desplomará desde lo alto de la columna Vendôme.

  1. (Nota de Marx.) Durante la guerra civil norteamericana, comandante militar del distrito de San Luis. ↩

  2. «Golpe de Estado»: el del 2 de diciembre de 1851, con el que Luis Bonaparte, presidente de la República francesa, disolvió la Asamblea Nacional. ↩

  3. En realidad fue el primer número de Die Revolution. Eine Zeitschrift in zwanglosen Heften, que apareció en Nueva York en mayo de 1852. ↩

  4. Victor Hugo, Napoléon le Petit (Londres, 1852); Pierre-Joseph Proudhon, La Révolution sociale démontrée par le coup d'État du 2 décembre (París, 1852). ↩

  5. La columna de la plaza Vendôme, en París, levantada en honor de Napoleón I con el bronce de cañones tomados al enemigo y coronada por su estatua. En 1869 Marx da la profecía por cumplida en sentido figurado, por el descrédito de la leyenda napoleónica; dos años después, el 16 de mayo de 1871, la Comuna de París derribó la columna. ↩

  6. Jean-Baptiste-Adolphe Charras (1810-1865), militar y diputado republicano, desterrado tras el golpe de Estado, autor de Histoire de la campagne de 1815. Waterloo (1857). ↩

  7. Jean Charles Léonard Simonde de Sismondi (1773-1842), economista e historiador suizo. ↩

  8. Samuel: profeta y último de los jueces de Israel, que según el Antiguo Testamento ungió a los dos primeros reyes, Saúl y David. ↩

  9. Hegel, en sus Lecciones sobre la filosofía de la historia, observa que una revolución política queda sancionada a los ojos de los hombres cuando se repite: así Napoleón fue derrotado dos veces y los Borbones expulsados dos veces. ↩

  10. Marc Caussidière (1808-1861), demócrata, prefecto de policía de París tras la revolución de febrero de 1848. Louis Blanc (1811-1882), socialista reformista, miembro del Gobierno provisional de 1848. La Montaña: en 1848-1851, el grupo parlamentario de los demócratas pequeñoburgueses y los socialistas, que tomó el nombre de los jacobinos de la Convención de 1793-1795. El sobrino: Luis Napoleón Bonaparte (1808-1873), sobrino de Napoleón I, presidente de la República desde diciembre de 1848 y emperador, como Napoleón III, de 1852 a 1870. ↩

  11. El 18 Brumario del año VIII del calendario revolucionario (9 de noviembre de 1799), Napoleón Bonaparte derribó el Directorio con un golpe de Estado. La frase alude a la repetición de ese golpe por su sobrino en 1851. ↩

  12. Camille Desmoulins (1760-1794), periodista y orador de la Revolución francesa; Louis-Antoine de Saint-Just (1767-1794), jacobino, colaborador de Robespierre. ↩

  13. Bruto, los hermanos Graco y Publícola: figuras de la república romana que los revolucionarios de 1789 tomaron como modelos de virtud cívica. ↩

  14. Jean-Baptiste Say (1767-1832), economista; Victor Cousin (1792-1867), filósofo ecléctico; Pierre-Paul Royer-Collard (1763-1845), filósofo y político doctrinario; Benjamin Constant (1767-1830), escritor y político liberal; François Guizot (1787-1874), historiador y jefe de gobierno de la monarquía de Julio. ↩

  15. John Locke (1632-1704), filósofo inglés, teórico del régimen surgido de la revolución de 1688. Habacuc: uno de los profetas menores del Antiguo Testamento. ↩

  16. «Republicano de guantes amarillos». Armand Marrast (1801-1852), director del periódico republicano burgués Le National, alcalde de París en 1848 y presidente de la Asamblea Constituyente. Jean-Sylvain Bailly (1736-1793) fue el primer alcalde de París de la Revolución, en 1789-1791. ↩

  17. El antiguo hospital de Bethlehem, el manicomio de Londres. ↩

  18. En la elección presidencial del 10 de diciembre de 1848, Luis Bonaparte obtuvo unos cinco millones y medio de votos, la gran mayoría de ellos campesinos. ↩

  19. Éxodo 16, 3: los israelitas, en el desierto, añoran las ollas de carne de Egipto. ↩

  20. Mateo 8, 22, y Lucas 9, 60. ↩

  21. Coup de main, «golpe de mano», ataque por sorpresa; coup de tête, literalmente «golpe de cabeza», acción temeraria, arrebato. ↩

  22. «Drang- und Sturmperiode»: alusión al Sturm und Drang («tempestad e ímpetu»), el movimiento literario alemán de la década de 1770. ↩

  23. «Aquí está Rodas, salta aquí»: respuesta que, en una fábula de Esopo, se da a un fanfarrón que presumía de haber dado en Rodas un salto prodigioso. Hegel, en el prólogo de su Filosofía del derecho, la cita y la transforma jugando con el griego rhodon, «rosa», y el latín salta, «salta» y «baila». ↩

  24. El segundo domingo de mayo de 1852 terminaba, según la Constitución, el mandato de Luis Bonaparte y debían celebrarse elecciones presidenciales; los demócratas esperaban de ellas su victoria. ↩

  25. In partibus infidelium, «en tierra de infieles»: se decía de los obispos titulares de diócesis situadas en países no cristianos, que solo existían de nombre. Aquí, los gobiernos en el exilio que se repartían de antemano los emigrados demócratas. ↩

  26. Según Tito Livio, los gansos sagrados del templo de Juno dieron la alarma y salvaron el Capitolio del asalto nocturno de los galos, hacia el año 390 a. C. ↩

  27. Los generales que habían hecho carrera en la conquista de Argelia: Cavaignac, Lamoricière, Changarnier, Bedeau. ↩

  28. Palabras de Mefistófeles en el Fausto de Goethe (primera parte, escena del estudio). ↩

  29. Luis Felipe de Orleans (1773-1850), rey de los franceses de 1830 a 1848 (la llamada monarquía de Julio), derribado por la revolución de febrero. ↩

  30. La oposición liberal moderada de la monarquía de Julio, encabezada por Odilon Barrot, que aceptaba la dinastía de Orleans y reclamaba una reforma electoral. ↩

  31. El 15 de mayo de 1848, una manifestación popular en favor de Polonia invadió la Asamblea Constituyente y declaró su disolución; fue dispersada y sus dirigentes, entre ellos Louis-Auguste Blanqui (1805-1881), Armand Barbès, Albert y François-Vincent Raspail, fueron detenidos y condenados. ↩

  32. La insurrección de los obreros de París del 23 al 26 de junio de 1848, provocada por el cierre de los Talleres Nacionales y aplastada por el general Cavaignac. ↩

  33. Cuerpo creado por el Gobierno provisional en febrero de 1848 con jóvenes, en su mayoría desocupados, de París; fue empleado contra los insurrectos de junio. ↩

  34. Proyectos como el banco de cambio o «banco del pueblo» de Proudhon, que debía organizar el crédito gratuito, y las asociaciones obreras de producción. ↩

  35. In hoc signo vinces: lema que, según la leyenda, vio en el cielo el emperador Constantino, junto a una cruz, antes de su victoria del año 312. ↩

  36. Alusión a la matanza de transeúntes y vecinos del 4 de diciembre de 1851 en los bulevares de París, durante el golpe de Estado. ↩

  37. Personaje del poema de Heine «Dos caballeros» (Romanzero), un noble polaco arruinado y crapuloso. Aquí, Luis Bonaparte. ↩

  38. Le National: diario republicano moderado de París, fundado en 1830. Journal des Débats: diario conservador, órgano oficioso del gobierno bajo la monarquía de Julio. ↩

  39. Los tratados de Viena (1815) fijaron, tras la caída de Napoleón, las fronteras de Francia y el orden europeo de la Restauración. ↩

  40. «Editoriales», en inglés en el original. ↩

  41. La campaña de banquetes de 1847-1848 por la reforma electoral; la prohibición del banquete de París del 22 de febrero de 1848 desencadenó la revolución. ↩

  42. Helena de Mecklemburgo-Schwerin (1814-1858), viuda del primogénito de Luis Felipe, en favor de cuyo hijo, el conde de París, abdicó el rey el 24 de febrero de 1848. ↩

  43. La Comisión Ejecutiva, formada el 10 de mayo de 1848 por Arago, Garnier-Pagès, Marie, Lamartine y Ledru-Rollin, sustituyó al Gobierno provisional; Louis Blanc y el obrero Albert quedaron fuera. Alexandre Auguste Ledru-Rollin (1807-1874), dirigente de los demócratas pequeñoburgueses y de La Réforme. ↩

  44. Louis-Eugène Cavaignac (1802-1857), general republicano, ministro de la Guerra y jefe del poder ejecutivo de junio a diciembre de 1848. ↩

  45. Génesis 2, 9 y 3: los dos árboles del paraíso. ↩

  46. La Carta constitucional revisada tras la revolución de julio de 1830, base de la monarquía de Luis Felipe. ↩

  47. «Juega a todo o nada»: en los juegos de azar, apostar contra todo lo que tiene la banca. ↩

  48. Juego de palabras con el palacio del Elíseo, residencia del presidente, y los Campos Elíseos, morada de los bienaventurados en la mitología griega. ↩

  49. «Hermano, hay que morir»: saludo que se dirigían los monjes trapenses. ↩

  50. La cárcel por deudas de París. ↩

  51. En alemán, juego de palabras entre bürgerliche Börsen, «las bolsas de valores burguesas» y «las bolsas (de dinero) de los burgueses». ↩

  52. En abril de 1849 un cuerpo expedicionario francés desembarcó en los Estados Pontificios y en julio, tras un asedio, acabó con la república romana proclamada en febrero y restableció el poder temporal del papa. Al mismo tiempo, Austria reconquistaba el norte de Italia y el rey de Nápoles aplastaba la revolución en Sicilia. ↩

  53. En abril de 1848, durante su exilio en Londres, Luis Bonaparte se alistó como condestable voluntario (special constable) para mantener el orden ante la gran manifestación cartista del 10 de abril. ↩

  54. En Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850, artículos publicados en 1850 en la Neue Rheinische Zeitung. Politisch-ökonomische Revue. ↩

  55. Legitimistas: partidarios de la rama primogénita de los Borbones, derrocada en 1830, y de su pretendiente, el conde de Chambord (Enrique V). Orleanistas: partidarios de la casa de Orleans, reinante de 1830 a 1848. ↩

  56. Odilon Barrot (1791-1873), jefe de la oposición dinástica liberal bajo Luis Felipe; presidente del consejo de ministros de diciembre de 1848 a octubre de 1849. ↩

  57. La Constituyente votó en abril de 1849 un crédito para enviar tropas a Civitavecchia con el pretexto de proteger Italia de una intervención austriaca; en realidad sirvieron para restaurar al papa. ↩

  58. Nicolas Changarnier (1793-1877), general monárquico, comandante en jefe de la Guardia Nacional del Sena y de las tropas de la primera división militar (París) de diciembre de 1848 a enero de 1851. ↩

  59. El general Nicolas Charles Victor Oudinot (1791-1863), jefe del cuerpo expedicionario francés en Italia. ↩

  60. Le Moniteur universel, diario oficial del gobierno francés. ↩

  61. «Bayonetas inteligentes», es decir, soldados que deliberan si deben obedecer. ↩

  62. Los cuestores de la Asamblea, encargados de su administración y de su seguridad, propusieron en noviembre de 1851 que el presidente de la Asamblea pudiera requerir directamente a las tropas. La propuesta fue rechazada el 17 de noviembre. ↩

  63. Constitucionales: los monárquicos constitucionales que dominaron la Asamblea Constituyente de 1789-1791 (La Fayette, Bailly). Girondinos: los republicanos moderados que dirigieron la Revolución en 1792-1793. Jacobinos: los republicanos radicales de Robespierre, en el poder de junio de 1793 a julio de 1794. ↩

  64. El 16 de abril de 1848, una manifestación obrera pacífica que se dirigía al Ayuntamiento de París para presentar reivindicaciones al Gobierno provisional fue detenida por la Guardia Nacional burguesa, movilizada contra ella. ↩

  65. «Padres conscriptos»: los senadores de la antigua Roma. ↩

  66. «Dejar hacer»: abandono, despreocupación. ↩

  67. La Fronda (1648-1653): serie de revueltas de la nobleza y del Parlamento de París contra el poder real durante la minoría de Luis XIV, llenas de intrigas palaciegas. ↩

  68. Peter Schlemihl, protagonista de la novela de Adelbert von Chamisso La maravillosa historia de Peter Schlemihl (1814), vende su sombra al diablo. ↩

  69. Los pantalones rojos de la infantería francesa. ↩

  70. Frédéric-Alfred-Pierre de Falloux (1811-1886), legitimista y clerical, ministro de Instrucción Pública de diciembre de 1848 a octubre de 1849. ↩

  71. «Mala cola»: el séquito indeseable, la peor parte. ↩

  72. Las tres fracciones eran los legitimistas, los orleanistas y los bonapartistas. ↩

  73. Alusión a los intentos de «fusión» de las dos ramas borbónicas (véase el capítulo VI). ↩

  74. En Ems (Alemania) residía el pretendiente legitimista, el conde de Chambord; en Claremont (Inglaterra), Luis Felipe, exiliado tras 1848, y su familia. ↩

  75. «Haupt- und Staatsaktionen»: nombre de las piezas teatrales ampulosas, de tema histórico y político, de las compañías ambulantes alemanas de los siglos XVII y XVIII. ↩

  76. Adolphe Thiers (1797-1877), historiador y político orleanista, varias veces ministro y jefe de gobierno bajo Luis Felipe, uno de los dirigentes del partido del orden. ↩

  77. Pierre-Antoine Berryer (1790-1868), abogado, jefe parlamentario de los legitimistas. ↩

  78. Nombre que daban los legitimistas a su pretendiente, Enrique de Borbón, conde de Chambord (1820-1883), nieto de Carlos X. ↩

  79. «Tenderos», en inglés en el original. ↩

  80. Josué 6, 1-20. ↩

  81. «En serio». ↩

  82. «Ya veremos». ↩

  83. En el exilio de Londres, Ledru-Rollin formó en 1850, con Mazzini, el polaco Darasz y Arnold Ruge, un Comité Central Democrático Europeo que lanzaba manifiestos a los pueblos. ↩

  84. «No sois más que unos fanfarrones». ↩

  85. El coronel Vieyra, jefe de estado mayor de la Guardia Nacional de París. ↩

  86. Samuel ungió rey a David (1 Samuel 16). Aquí Samuel es el papa Pío IX, restablecido en Roma por las tropas francesas. ↩

  87. La gran victoria de Napoleón I sobre austriacos y rusos el 2 de diciembre de 1805. ↩

  88. «Hombre de paja». Bajo la monarquía de Julio, cada periódico debía tener un gerente responsable ante la justicia, que a menudo era un mero testaferro. ↩

  89. Carta de agosto de 1849 al teniente coronel Edgar Ney, ayudante de campo de Bonaparte en Roma, en la que el presidente pedía al papa una amnistía general, un gobierno laico y el Código Napoleón. ↩

  90. Alphonse Henri d'Hautpoul (1789-1865), general legitimista, ministro de la Guerra de octubre de 1849 a octubre de 1850. ↩

  91. Achille Fould (1800-1867), banquero, ministro de Hacienda de 1849 a 1852 y de nuevo de 1861 a 1867. ↩

  92. «Ideas napoleónicas»: alusión al libro de Luis Bonaparte Des idées napoléoniennes (1839). ↩

  93. El impuesto sobre las bebidas, abolido por la Constituyente, fue restablecido en diciembre de 1849. La ley Falloux de marzo de 1850 entregó al clero una amplia influencia sobre la enseñanza. ↩

  94. Mateo 5, 37. ↩

  95. Paul de Flotte (1817-1860), oficial de marina, socialista, participante en la insurrección de junio de 1848. ↩

  96. Los diecisiete jefes de la mayoría monárquica que preparaban la ley electoral, llamados así por Les Burgraves (1843), drama de Victor Hugo. Victor de Broglie (1785-1870) y Louis-Mathieu Molé (1781-1855) habían sido jefes de gobierno de Luis Felipe. ↩

  97. François Vidal (1814-1872), economista socialista, discípulo de Louis Blanc. La vacante de París se cubrió en la elección del 28 de abril de 1850. ↩

  98. Eugène Sue (1804-1857), autor de folletines de tema social como Los misterios de París. ↩

  99. «Er schickte den 10. März in den April»: juego de palabras intraducible con la expresión alemana in den April schicken, «dar una inocentada», engañar a alguien el 1 de abril. ↩

  100. Léon Faucher (1803-1854), economista y político orleanista, ministro del Interior en 1849. ↩

  101. La Presse: diario de Émile de Girardin. ↩

  102. «Chantaje», en francés en el original. ↩

  103. Luis Felipe murió en Claremont el 26 de agosto de 1850. ↩

  104. «Libertinos», calaveras. ↩

  105. Nombre que se daba en Nápoles a la gente sin oficio ni domicilio. ↩

  106. «Chulos», proxenetas. ↩

  107. «Sin frases», sin adornos. ↩

  108. En octubre de 1836, Luis Bonaparte intentó sublevar la guarnición de Estrasburgo; en agosto de 1840 desembarcó en Boulogne con un puñado de partidarios. Los dos intentos fracasaron; tras el segundo fue condenado a prisión perpetua en la fortaleza de Ham, de la que huyó en 1846. Fue en Boulogne donde llevó consigo un águila viva como emblema imperial. ↩

  109. En El sueño de una noche de verano, de Shakespeare, el tejedor Bottom (Zettel en la traducción alemana) quiere representar también al león en la función de los artesanos. ↩

  110. Talleres creados por el Gobierno provisional en febrero de 1848 para dar trabajo a los desocupados de París; su cierre provocó la insurrección de junio. ↩

  111. Bandidos sin escrúpulos de la pandilla de Karl Moor en Los bandidos (1781), de Schiller. ↩

  112. André-Marie-Jean-Jacques Dupin (1783-1865), jurista orleanista, presidente de la Asamblea Legislativa de 1849 a 1851. ↩

  113. George Monk (1608-1670), general inglés que en 1660 preparó la restauración de los Estuardo. ↩

  114. «¡Viva Napoleón! ¡Vivan los salchichones!». ↩

  115. Alusión a los extensos mensajes anuales de los presidentes de los Estados Unidos al Congreso. ↩

  116. «Cuestiones candentes». ↩

  117. Eugène Rouher (1814-1884), bonapartista, varias veces ministro de Justicia entre 1849 y 1852 y figura principal del Segundo Imperio. ↩

  118. «Tochter aus Elysium»: palabras del «Himno a la alegría» de Schiller («hija del Elíseo»), con juego de palabras sobre el palacio del Elíseo. ↩

  119. «Ciudades obreras»: viviendas colectivas para obreros. ↩

  120. Émile de Girardin (1806-1881), periodista y político, director de La Presse. Declararse «satisfecho» de la respuesta del ministro era una fórmula para cerrar una interpelación. ↩

  121. Shakespeare, Como gustéis, acto II, escena 7: «sin dientes, sin ojos, sin gusto, sin nada», del monólogo sobre las siete edades del hombre. ↩

  122. Los parlamentos del Antiguo Régimen en Francia eran tribunales superiores de justicia que registraban las ordenanzas reales y solo podían presentar «amonestaciones» al rey. ↩

  123. «Después de la fiesta», cuando ya es tarde. ↩

  124. Charles Forbes de Montalembert (1810-1870), jefe del partido católico. ↩

  125. En mayo de 1849, siendo ministro del Interior, Faucher envió a los departamentos un despacho telegráfico que, en vísperas de las elecciones a la Legislativa, desfiguraba el resultado de una votación de la Asamblea; la Constituyente lo censuró y tuvo que dimitir. ↩

  126. Jean-Gilbert-Victor Fialin, conde (después duque) de Persigny (1808-1872), confidente de Luis Bonaparte y uno de los organizadores del golpe de Estado. ↩

  127. Agesilao II, rey de Esparta (siglo IV a. C.). Según Ateneo (Deipnosofistas, XIV), Agesilao dirigió una réplica parecida al rey de Egipto Taco, que se había burlado de su pequeña estatura; Marx cita de memoria. ↩

  128. La manzana de oro que, según el mito griego, arrojó Eris, diosa de la discordia, entre las diosas, y que dio origen a la guerra de Troya. ↩

  129. Shakespeare, Ricardo III, acto I, escena 2. ↩

  130. Luis Felipe Alberto de Orleans, conde de París (1838-1894), nieto de Luis Felipe y pretendiente orleanista. ↩

  131. Francisco de Orleans, príncipe de Joinville (1818-1900), hijo de Luis Felipe y almirante, cuya candidatura a la presidencia para 1852 promovieron los orleanistas. ↩

  132. Bajo la Restauración, las Tullerías eran la residencia de Luis XVIII y el pabellón Marsan la de su hermano, el futuro Carlos X, jefe de los ultrarrealistas. Joseph de Villèle (1773-1854) y Jules de Polignac (1780-1847) fueron jefes de gobierno de la Restauración, el segundo más reaccionario que el primero. ↩

  133. Henri de La Rochejaquelein (1805-1867), legitimista partidario de apelar al pueblo y de buscar el acuerdo con Bonaparte. ↩

  134. Alexis de Tocqueville (1805-1859), historiador y político, ministro de Asuntos Exteriores en 1849. ↩

  135. Hechos de los Apóstoles 5, 9. ↩

  136. Bernard-Pierre Magnan (1791-1865), general, había reprimido la insurrección obrera de Lyon en 1849; dirigió las tropas en el golpe de diciembre de 1851. En 1840 Luis Bonaparte había intentado ganárselo antes del desembarco de Boulogne. ↩

  137. «Moses und die Propheten»: Lucas 16, 29. ↩

  138. Alusión al «alma bella» de Goethe (Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister, libro VI) y de Hegel (Fenomenología del espíritu), que se mantiene pura apartándose de la acción. ↩

  139. La primera Exposición Universal, celebrada en Londres de mayo a octubre de 1851. ↩

  140. Levantamientos campesinos, por la Jacquerie de 1358. ↩

  141. «Gentuza elegante», en el inglés de la jerga londinense: estafadores y rateros bien vestidos. ↩

  142. Charlemagne-Émile de Maupas (1818-1888), prefecto de policía de París desde octubre de 1851, uno de los organizadores del golpe. ↩

  143. El asno que, según el ejemplo atribuido al escolástico Jean Buridan (siglo XIV), moriría de hambre entre dos haces de heno iguales por no poder decidirse. ↩

  144. Tommaso Aniello, llamado Masaniello (1620-1647), pescador napolitano, jefe de la insurrección popular de Nápoles de 1647 contra el dominio español. ↩

  145. Charles Sallandrouze de Lamornaix (1808-1867), fabricante de alfombras y diputado. En alemán, juego de palabras entre klatschen («aplaudir») y zerklatschen («destrozar a golpes»). ↩

  146. El 20 de abril de 1653. ↩

  147. «Rumpfparlament»: alusión al Rump Parliament inglés, lo que quedó del Parlamento Largo tras la purga de 1648. ↩

  148. San Arsenio el Grande (siglos IV-V), preceptor en la corte imperial de Constantinopla y luego anacoreta en Egipto. Según la tradición, una voz le dijo: «Huye, calla, descansa». ↩

  149. «Dentro de cincuenta años Europa será republicana o cosaca». Palabras atribuidas a Napoleón en Santa Elena. ↩

  150. La hechicera de la Odisea que convierte en cerdos a los compañeros de Ulises. ↩

  151. «¡Es el triunfo completo y definitivo del socialismo!». ↩

  152. Shakespeare, Hamlet, acto I, escena 5: «Well said, old mole!». Hegel emplea la imagen del topo para el espíritu que trabaja bajo tierra en sus Lecciones sobre la historia de la filosofía. ↩

  153. «Mit der Wurst werfen»: la expresión alemana mit der Wurst nach der Speckseite werfen significa hacer pequeños regalos para obtener grandes ganancias. ↩

  154. «Queda prohibida la investigación de la paternidad»: artículo 340 del Código Civil napoleónico. Marx alude a los rumores que ponían en duda que Luis Bonaparte fuera hijo de Luis Bonaparte, rey de Holanda y hermano de Napoleón. ↩

  155. Cevenas: región del sur de Francia donde los campesinos protestantes, los camisards, se sublevaron contra Luis XIV a principios del siglo XVIII. Vendée: departamento del oeste donde los campesinos se alzaron en 1793 contra la Revolución en favor del rey y de la Iglesia. ↩

  156. «Vil multitud»: expresión de Thiers en el debate de la ley electoral de mayo de 1850. ↩

  157. «Messer- und Gabelfrage», literalmente «cuestión de cuchillo y tenedor». ↩

  158. Alguaciles, agentes judiciales encargados de los embargos. ↩

  159. El sistema de reclutamiento permitía a quien le tocaba en suerte el servicio militar pagar a otro para que lo sustituyera. ↩

  160. El plebiscito del 20 y 21 de diciembre de 1851, en el que, según las cifras oficiales, más de siete millones de votos aprobaron el golpe de Estado y dieron a Bonaparte poderes para redactar una nueva Constitución. ↩

  161. Pierre d'Ailly (1350-1420), cardenal y teólogo francés. El concilio de Constanza se celebró de 1414 a 1418. ↩

  162. Alusión al «socialismo verdadero» alemán de la década de 1840, que Marx y Engels criticaron en La ideología alemana y en el Manifiesto comunista. ↩

  163. En détail, «al por menor»; en gros, «al por mayor». ↩

  164. Juego de palabras con el francés obligeant, «servicial», y obligation, «obligación», en el sentido también de título de deuda. ↩

  165. Charles de Morny (1811-1865), hermanastro de Luis Bonaparte, ministro del Interior en el golpe de Estado. La «condesa L.» es la condesa Le Hon. ↩

  166. (Nota de Marx.) Vol significa vuelo y robo. ↩

  167. (Nota de Marx.) Haces cuentas de tus bienes; deberías hacer antes la cuenta de tus años. ↩

  168. Faustin Soulouque (hacia 1782-1867), presidente de Haití que en 1849 se proclamó emperador con el nombre de Faustino I y creó una nobleza de corte. ↩

  169. (Nota de Marx.) En La prima Bette, Balzac representa en Crevel, para el que tomó como modelo al doctor Véron, propietario de Le Constitutionnel, al filisteo parisino crapuloso hasta la médula. ↩

  170. Adolphe Granier de Cassagnac (1806-1880), periodista sin escrúpulos, orleanista y después bonapartista. ↩

  171. La Regencia de Felipe de Orleans (1715-1723), durante la minoría de Luis XV, y el reinado de este, famosos por la corrupción de la corte. ↩

  172. (Nota de Marx.) Palabras de la señora de Girardin. ↩

  173. La túnica sin costuras de Cristo que se conserva en la catedral de Tréveris; su exposición en 1844 atrajo a cientos de miles de peregrinos. ↩