Escrito en inglés por Karl Marx a fines de agosto de 1855 y publicado como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 4493, del 13 de septiembre de 1855. El original inglés completo no tiene hoy fuente libre: la edición de 1897, The Eastern Question (Londres, pp. 567-572), lo da con el título «Austria and England» y con las citas parlamentarias abreviadas. Se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 11 (Berlín, 1961, pp. 503-508), sin su aparato editorial, cotejada con ese texto inglés, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Se corrige una errata evidente de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

En otra página ofrecemos a nuestros lectores el relato de un oficial austriaco sobre un viaje de inspección del emperador Francisco José al ejército de Galitzia. Los sucesos del viaje que narra el autor y sus observaciones sobre la ubicación de las fuerzas imperiales confirman la opinión que hemos expuesto en ocasiones anteriores: que Austria, cuando el año pasado hizo preparativos de guerra, no representaba en absoluto una comedia para engañar a las potencias occidentales. Desde luego, no habría podido hacer semejante sacrificio solo para arrojar arena a los ojos del mundo.

Es verdad que solo la necesidad más extrema llevó a Austria a armarse contra Rusia; y, de hecho, mientras fue posible un aplazamiento, Austria se aferró al hilo de telaraña de una paz en perspectiva que la diplomacia rusa le tendía como cebo. Por fin, sin embargo, se le agotó la paciencia, y San Petersburgo supo con sorpresa, y no sin espanto, que en la frontera de Galitzia se desplegaban columnas austriacas. Eso ocurrió en un momento en que los rusos ni siquiera admitían la mera posibilidad de semejante armamento, y en que estaba completamente descartado concentrar del lado ruso, en un tiempo igual de corto, un ejército de la misma fuerza. Por eso hubo que recurrir de nuevo al arte de la diplomacia. No hace falta repetir de qué manera y con qué éxito se hizo. Todo el gigantesco ejército, concentrado hasta hacía poco en las fronteras de Galitzia, se disolvió en el acto, y con ello se disiparon en parte los temores de Rusia respecto de esa zona. Decimos en parte porque con ese ejército han aparecido dos elementos importantes que no desaparecen con su disolución: las fortificaciones y los ferrocarriles que se construyeron, renovaron o completaron durante la estancia del ejército en Galitzia.

Mientras que en todas las demás partes del imperio el gobierno se guiaba por el principio de dejar las empresas ferroviarias a especuladores privados, mientras que el ferrocarril del Oeste, que había de unir Viena con Múnich, se descuidaba incluso de manera llamativa, el barón Hess,1 comandante en jefe en Galitzia, empleaba a miles de soldados en la construcción de una línea que, por grande que sea su valor estratégico, es al menos por ahora de dudosa utilidad comercial. En otras circunstancias, el proyecto de esa línea habría podido seguir otros treinta años en los cajones de ingenieros privados. Nada podía ser más desagradable para Rusia que la construcción de esas vías férreas, gracias a las cuales Austria está ahora en condiciones de reunir de nuevo el ejército recién disuelto en menos de la quinta parte del tiempo que Rusia necesitaría para poner en pie un ejército semejante. Quien se tome la molestia de examinar las estadísticas de las empresas ferroviarias austriacas y compare lo que se ha hecho con fines puramente políticos en el Este con la escasa atención prestada a los intereses comerciales en el Oeste no podrá creer que la construcción de esas vías férreas de Galitzia se acelerara solo para engañar al mundo. Está claro, en efecto, que la rápida terminación de las líneas occidentales que unen Austria con Baviera habría servido mucho mejor a semejante fin.

Nuestra opinión se confirma en grado aún mayor por las extensas mejoras y la ampliación de las fortificaciones que se han llevado a cabo recientemente en las provincias orientales de Austria. Si la construcción de ferrocarriles puede explicarse por consideraciones estratégicas o de otra índole, la construcción y terminación de un sistema de fortificaciones y los gastos improductivos que tales obras ocasionan no admiten, desde luego, otra explicación que la necesidad inmediata de ellas. Lo que hemos dicho de la extensión relativa de las construcciones ferroviarias en el este y en el oeste de Austria vale en grado mucho mayor aún para estas fortificaciones. De las treinta y seis fortalezas del imperio austriaco, siete pertenecen directa y nueve indirectamente a la línea de defensa oriental, y la mayoría de ellas se han llevado hace poco a un alto grado de perfección, como, por ejemplo, Cracovia, Przemyśl y Zaleszczyki. Las dos primeras dominan, junto con Lemberg, que por su situación no puede fortificarse más, el camino de Varsovia; la última está en el extremo oriental de Galitzia, frente a la importante fortaleza rusa de Jotín. Cracovia se ha convertido en una fortaleza de primer orden, y todas sus obras, como las de las demás fortalezas de Galitzia, se han puesto en pleno pie de guerra. Era antes costumbre en el ejército austriaco confiar el mando de las fortalezas a viejos generales gastados en el servicio, como una especie de retiro honroso, y esas plazas se consideraban una especie de destierro para los oficiales caídos en desgracia en la corte; pero ahora encontramos en todo el Este y el Nordeste, al mando de las fortalezas, a hombres verdaderamente capaces, generales de mérito y distinguidos oficiales de estado mayor. Cracovia la manda el mariscal de campo Wolter; Przemyśl, el general de brigada Ebner; Zaleszczyki, el general de brigada Gläser; Karlsburg, en Transilvania, el general Sedlmayer, y Olmütz, en el flanco noroccidental, el general von Böhm. En el Oeste, en cambio, ocurre justo lo contrario: allí hombres y cosas son casi ruinas que se abandonan tranquilamente a un deterioro mayor. ¡Pero cómo cambiaría allí el cuadro si las potencias occidentales se permitieran calificar de equívoca la política de Austria! ¡Cómo se apresurarían las autoridades austriacas a restaurar Linz, con sus cuarenta torres de Maximiliano,2 que ahora apenas se considera una fortaleza, y Salzburgo, en otro tiempo plaza de primer orden! ¿Qué vemos en cambio? Inactividad completa y ausencia total de preparativos de guerra. Hasta los soldados que vuelven del Este, donde esperaban cosechar laureles, pierden su espíritu combativo en cuanto se acercan a la frontera bávara.

Siendo estos hechos que hablan por sí solos, queda una sola cuestión por aclarar, a saber: ¿por culpa de quién se frustró la política austriaca y se cargó a este país con una enorme deuda adicional, sin ventaja inmediata para él ni para sus aliados aparentes? Sabemos que en Viena está extendida la opinión, repetida por toda Alemania, de que Austria retrocedió por miedo a encontrar en Prusia un segundo adversario y porque una guerra emprendida sin la ayuda de Alemania no ofrecía garantía de terminar con la rapidez que exige la situación excepcional del imperio. Nosotros, sin embargo, hemos de sostener la opinión contraria. Creemos que, si Austria hubiera atacado con audacia al ejército ruso, Prusia y el resto de Alemania se habrían visto obligadas, más o menos despacio o a regañadientes, a seguir sus pasos.

¿A quién hay que hacer responsable, entonces, de la actual política austriaca? A Inglaterra, bajo la dirección de ese brillante chapucero y locuaz farsante que es lord Palmerston. Para demostrar esta afirmación hay que abandonar el campamento militar y adentrarse en el laberinto diplomático. El 23 de julio, el señor Disraeli preguntó a lord John Russell en qué autoridad se basaba su declaración de que «una de las causas principales de la expedición de Crimea fue la negativa de Austria a cruzar el Prut». Lord John no podía acordarse, es decir, dijo que su «autoridad era un recuerdo en general». El señor Disraeli dirigió entonces la misma pregunta a lord Palmerston, quien

«no quería contestar preguntas de ese tipo, arrancadas fragmentariamente de una larga serie de negociaciones entre el gobierno de Su Majestad y el gobierno de uno de los soberanos que era hasta cierto punto aliado de Su Majestad. Todo lo que podía decir en lo que a él tocaba era que siempre había sido de la opinión de que Crimea era el lugar donde podía asestarse el golpe más eficaz contra la preponderancia de Rusia en el mar Negro; y aunque no hubiera otra razón, eso bastaba, en su opinión, para una campaña». «Mi opinión —declaró— era que la expedición de Crimea era el mejor paso que podía darse.»

Así nos enteramos por lord Palmerston de que la campaña de Crimea no la inició Austria, ni Bonaparte, sino él mismo. El 26 de junio, lord Lyndhurst,3 en un violento ataque contra Austria, declaró que Austria

«a comienzos de junio se habría decidido a exigir a Rusia la evacuación de los Principados. La exigencia se habría hecho en términos muy duros, que incluían una especie de amenaza de recurrir a la fuerza de las armas si no se satisfacía».

Tras algunas observaciones históricas, el docto lord prosiguió:

«¿Emprendió Austria inmediatamente algún ataque contra Rusia? ¿Intentó entrar en los Principados? ¡Muy lejos de eso! Se abstuvo de toda acción durante varias semanas, hasta que se levantó el sitio de Silistra y el ejército ruso estuvo en retirada, y después de que la propia Rusia declarara que en un plazo determinado evacuaría los Principados y se retiraría detrás del Prut.»

Con ello, lord Lyndhurst reprocha a Austria que diga una cosa y haga otra. Le siguió en el debate lord Clarendon,4 y por él podemos hacernos una idea del genio que transformó a la Austria de mayo y junio en la Austria de julio y agosto. Dice

«que, cuando Austria asumió sus sucesivos compromisos con Inglaterra y Francia e hizo sus extensos y costosos preparativos de guerra —cuando además propuso que se enviaran comisiones militares de Francia y de Inglaterra al cuartel general del general Hess—, sin duda pretendía y esperaba la guerra. Pero esperaba también que, mucho antes de que llegara la estación de comenzar las operaciones militares, los ejércitos aliados habrían obtenido victorias decisivas en Crimea y estarían libres y en condiciones de emprender otras operaciones de acuerdo con sus propias fuerzas. Por desgracia no fue así, y si Austria hubiera declarado la guerra a invitación nuestra, con toda probabilidad habría tenido que hacerla sola».

Con ello, la declaración de lord John Russell está en oposición directa con la exposición de lord Clarendon. Lord John declara que la expedición de Crimea se hizo a la mar porque Austria se negó a cruzar el Prut, es decir, a tomar parte en la guerra contra Rusia. Lord Clarendon nos dice que Austria no pudo tomar parte en la guerra contra Rusia a causa de la expedición de Crimea.

A continuación podemos considerar con provecho una declaración no refutada de lord Ellenborough:5

«Antes de que se enviara la expedición de Crimea, Austria propuso ponerse en comunicación con las potencias aliadas sobre las futuras operaciones de guerra; pero los aliados, obrando según opiniones preconcebidas, enviaron esa expedición, y entonces Austria declaró en el acto que no podía atacar sola a los rusos y que la expedición de Crimea la obligaba a adoptar otro modo de proceder. En un período posterior, justamente al comienzo de las conferencias de Viena, cuando era de la mayor importancia que Austria actuara con nosotros, en ese momento, ocupados todavía exclusivamente en el éxito de sus operaciones en Crimea, retiraron ustedes de la vecindad inmediata de Austria 50.000 buenas tropas turcas y la privaron así del único apoyo con que podía contar en caso de una expedición militar contra Rusia. Está claro, por tanto, milores, como se desprende también de las declaraciones del noble conde, que fue nuestra desacertada expedición de Crimea la que paralizó la política de Austria y la empujó a una posición tan difícil que le impidió en el acto seguir un rumbo conforme a su honor, su dignidad y sus intereses. Antes de que esta expedición zarpara hacia Crimea, me atreví a señalar al gobierno cuáles serían sus consecuencias necesarias. Señalé el efecto que esta expedición produciría en la política de Austria.»

No se siguió el consejo de lord Ellenborough. Palmerston envió la expedición de Crimea en el preciso momento en que su partida era más adecuada para impedir y evitar las hostilidades de Austria contra Rusia. Casi parece como si hubiera tenido la intención de prestar ayuda al gran enemigo de Inglaterra, y como si hubiera metido deliberadamente a Austria en su actual situación equívoca en los Principados para entregarla a la diplomacia rusa y empujarla aún más cerca del borde del abismo en el que acabará por hundirse. En este asunto, como en tantos otros a lo largo de su larga y poco gloriosa carrera, Palmerston ha obtenido brillantes éxitos en la defensa de los intereses de Rusia, fuera cual fuese su verdadero propósito.

  1. Heinrich von Hess (1788-1870), general austriaco, comandante en jefe de los ejércitos austriacos de la frontera oriental en 1854-1855. ↩

  2. El anillo de torres fortificadas que levantó en torno a Linz, entre 1831 y 1836, el archiduque Maximiliano de Austria-Este. ↩

  3. John Singleton Copley, lord Lyndhurst (1772-1863), antiguo lord canciller tory. ↩

  4. George Villiers, conde de Clarendon (1800-1870), ministro de Asuntos Exteriores británico de 1853 a 1858. ↩

  5. Edward Law, conde de Ellenborough (1790-1871), político tory, gobernador general de la India de 1842 a 1844. ↩