Escrito por Karl Marx en Londres el 23 de mayo de 1855 y publicado en la Neue Oder-Zeitung (Breslau), núm. 241, del 26 de mayo de 1855. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 11 (Berlín, 1961, pp. 241-244), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Londres, 23 de mayo. El amenazador descontento que ha provocado en el ejército y la flota aliados ante Sebastopol la retirada de la expedición contra Kerch1 ha encontrado eco, aunque débil y apagado, en la prensa londinense. Se empieza a temer que la unidad y el desarrollo artístico del drama bélico de Crimea estén amenazados, todavía menos por los rusos que por la intervención arrogante y caprichosa de un deus ex machina, el genio militar de Napoleón III. Las muestras de ese genio en el conocido «ensayo» didáctico de ciencia militar del Moniteur son, en efecto, todo menos consoladoras y tranquilizadoras. Pero hasta ahora la distancia entre el teatro de la guerra y las Tullerías ofrecía cierta garantía contra las intervenciones prácticas del diletantismo militar de París. Entretanto, el telégrafo submarino ha anulado las distancias y con las distancias la garantía, y John Bull, que suele llamarse a sí mismo the most thinking people of the world,2 empieza a ponerse pensativo, a murmurar y a quejarse de que la marina y la flota inglesas hayan de ser el corpus vile3 con el que experimente el «genio militar» heredado y providencialmente disponible.
El Morning Herald de hoy asegura positivamente que la expedición fue llamada de vuelta porque Bonaparte ha vuelto a la desdichada idea de asaltar Sebastopol por el lado sur. No dudamos ni un instante de que el genio militar de las Tullerías esté poseído por esta idea fija, pero no podemos convencernos de que incluso un simple sabreur como Pélissier sea capaz de ejecutar un plan tan insensato y ruinoso. Creemos, por tanto, que se ha decidido el paso en masa del Chernaya y que se ha considerado arriesgado dispersar la fuerza total destacando un cuerpo de 12.000 hombres. En efecto, en lugar de destacar a esos 12.000 hombres, habría que hacer lo contrario: justo antes de que se ponga en marcha el ejército, embarcar en Eupatoria a 15.000-20.000 turcos e incorporarlos al ejército principal, de modo que solo quedara la guarnición indispensable para sostener aquella plaza. Como se demostró en una carta anterior, todo el éxito de la campaña depende de la fuerza del ejército que cruce el Chernaya. Sea como fuere, la retirada de la expedición contra Kerch es una nueva prueba de la vacilación insegura y la chapucería a tientas que hoy se hacen pasar por idées napoléoniennes.4
Entretanto, los héroes improvisados para el golpe de Estado se desgastan con una rapidez inaudita. Abrió la serie Espinasse,5 al que los zuavos, tras su vergonzosa marcha a la Dobruja, obligaron a retirarse a París a toda prisa. Este Espinasse era el mismo hombre que, encargado de custodiar el edificio de la Asamblea Nacional, la entregó a sus enemigos. El segundo en la línea descendente fue Leroy, alias St-Arnaud, el ministro de la Guerra del 2 de diciembre. Le siguió Forey,6 tan valiente en la cacería de los desdichados campesinos del sudeste de Francia y tan considerado y humano con los moscovitas. La sospecha del ejército de que revelaba a los rusos los secretos del consejo de guerra francés obligó a despacharlo de Crimea a África. Por último, Canrobert, degradado por incapacidad notoria. La ironía de la historia ha nombrado a Pélissier su sucesor y, por tanto, más o menos, general en jefe del ejército anglofrancés: el mismo Pélissier del que en 1841, dentro del Parlamento, en los clubes de oficiales de Londres y en los country meetings, en el Times y en el Punch, se aseguró una y otra vez que nunca un oficial inglés de honor podría servir junto a este «monstruo» (that ferocious monster).7 ¡Y ahora el ejército inglés sirve no solo con él, sino a sus órdenes, el ejército inglés entero! Cuando los whigs y su ministro de Asuntos Exteriores, Palmerston, acababan de ser derribados por los tories, Palmerston reunió a sus electores de Tiverton y demostró su derecho a romper la alianza anglofrancesa y unirse con Rusia con el argumento de que el gobierno francés, de que Luis Felipe, empleaba a su servicio a un «inhumano» como Pélissier. Hay que reconocer que si el ejército francés paga cara su revuelta de diciembre, tampoco para Inglaterra es todo de color de rosa en la alianza con el imperio restaurado.
El ministerio sufrió ayer en la Cámara de los Comunes una derrota que no prueba otra cosa sino que el Parlamento se venga de vez en cuando en los ministros del desprecio de que goza out of doors, fuera de sus muros. Un tal señor Wise8 presentó la moción
«de que es opinión de esta Cámara que se lleve a cabo la revisión completa de nuestras representaciones diplomáticas recomendada en el informe de la comisión especial de 1850 sobre los sueldos de los funcionarios».
El señor Wise es amigo de Palmerston. Su moción lleva quizá dos años rodando por el orden del día de la Cámara sin llegar a discutirse. El azar la echó ayer ante los descontentos Comunes. Wise pronunció su discurso y creyó luego, tras unas observaciones de Palmerston, que podía jugar el juego de costumbre y retirar su moción. Pero, del todo en contra de lo convenido, el señor Baillie9 recogió la propuesta que Wise dejaba caer y la hizo aprobar contra Wise y Palmerston por una mayoría de 112 votos contra 57. Esta derrota no inquietó en absoluto a un táctico viejo y experimentado como Palmerston, que sabe que la Cámara, para salvar la apariencia de independencia, tiene que condenar de vez en cuando a muerte una moción ministerial y a vida una antiministerial. En cambio, la moción de Disraeli10 cayó como una descarga eléctrica sobre los bancos ministeriales. El propio Palmerston, maestro de la comedia parlamentaria, felicitó «a los poetas y actores de esta escena incomparable». No era ironía. Era el homenaje involuntario que un artista rinde al rival que lo vence en su propio oficio. Palmerston había jugado en la sesión del lunes con Milner Gibson, con Gladstone, con Herbert, con Bright y con lord Vane11 con tanta habilidad que todo debate sobre política exterior parecía aplazado hasta después de las vacaciones de Pentecostés, el ministerio y la Cámara obligados a una conducta determinada y asegurada al noble vizconde una dictadura de varias semanas. El único día en que todavía podía debatirse, el jueves, estaba reservado para la moción de reforma de Layard. Así nadie podía impedir a Palmerston concluir la paz durante las vacaciones de Pentecostés y, como había hecho más de una vez, sorprender a la Cámara, al reunirse de nuevo, con uno de sus famosos tratados. La Cámara, por su parte, quizá no se habría sometido de mala gana a esta suerte de la sorpresa. Una paz concluida a sus espaldas, aun una paz à tout prix,12 era aceptable con algunas protestas post festum, por guardar las formas. Pero desde el momento en que la Cámara y el ministerio se veían obligados a pronunciarse antes del aplazamiento, ni el uno podía ya sorprender ni la otra dejarse sorprender. De ahí la consternación cuando Disraeli se levantó y presentó su moción y Layard cedió su día a Disraeli. Esta «conspiración entre Layard y Disraeli», como llamó la cosa el Post, desbarató así todas las hábiles maniobras desde el «cierre» de la conferencia de Viena, que todavía no se ha roto.
Una expedición naval aliada zarpó contra Kerch a comienzos de mayo de 1855 y fue llamada de vuelta, antes de desembarcar, por una orden telegráfica de Napoleón III. ↩
«El pueblo más pensante del mundo». ↩
«Cuerpo vil», el objeto de poco valor con el que se hacen experimentos. ↩
Des idées napoléoniennes (1839), libro de Luis Napoleón Bonaparte. ↩
Charles Espinasse (1815-1859), coronel que el 2 de diciembre de 1851 ocupó con su regimiento el palacio de la Asamblea Nacional; en el verano de 1854 mandó una división en la expedición a la Dobruja, diezmada por el cólera. ↩
Élie-Frédéric Forey (1804-1872), general que participó en el golpe de Estado de 1851; mandó una división en Crimea hasta comienzos de 1855. ↩
En junio de 1845, en Argelia, las tropas de Pélissier asfixiaron con humo a centenares de árabes refugiados en las grutas del Dahra. ↩
John Ayshford Wise, diputado liberal por Stafford. ↩
Henry James Baillie, diputado conservador. ↩
La moción de Benjamin Disraeli contra la política del gobierno en la conferencia de Viena, presentada el 22 de mayo de 1855 y debatida en los días siguientes. ↩
Thomas Milner Gibson (1806-1884), radical de la Escuela de Manchester; William Ewart Gladstone (1809-1898) y Sidney Herbert (1810-1861), peelitas que habían salido del gabinete de Palmerston en febrero de 1855, y John Bright (1811-1889). ↩
«A cualquier precio». ↩