Escrito en inglés por Friedrich Engels el 28 de septiembre de 1855 y publicado como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 4519, del 13 de octubre de 1855. Traducido del original inglés según The Eastern Question (Londres, 1897, pp. 579-586), que lo atribuye a Marx, cotejado con la versión alemana de la MEW (Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 11, Berlín, 1961, pp. 548-554), que da la autoría y la fecha y las variantes de la Neue Oder-Zeitung, donde se publicó una versión alemana abreviada, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de ambas ediciones. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.

Los detalles del victorioso asalto general a Sebastopol del 8 del mes pasado nos son ya plenamente conocidos por los informes oficiales de los comandantes aliados y por la correspondencia de los periódicos europeos, la más importante de la cual ha ocupado ya un lugar en nuestras páginas. Como es natural, estas interesantes exposiciones las ha leído todo el mundo, y no es necesario que recapitulemos los hechos que contienen. Lo que queremos es dar a nuestros lectores una idea clara de las condiciones en que se produjo el asalto y explicar por qué en esa ocasión los aliados obtuvieron resultados tan opuestos en los distintos puntos del ataque.1

Según el general Niel,2 los franceses habían llevado sus trincheras en todos los puntos muy cerca de las obras rusas. Frente al Pequeño Redán de la bahía del Carenero (bastión n.º 1) y frente al Malájov (bastión n.º 2), la cabeza de zapa no distaba más de veinticinco yardas del foso ruso. Ante el bastión del Mástil (bastión n.º 4) la distancia era de treinta; ante el Central (bastión n.º 5), de cuarenta yardas. En todos estos puntos, por tanto, las columnas de asalto estaban cerca de las obras que debían asaltar. Los ingleses, en cambio, habían abandonado la zapa en cuanto llegaron a 240 yardas del Gran Redán (bastión n.º 3). Eso se debía al espíritu de rutina que aún predomina en el ejército inglés. En cuanto hubieron llevado sus trincheras hasta esa distancia, se encontraron con que, si seguían avanzando, quedarían enfilados desde el bastión del Mástil, que sobresale bastante de las demás obras rusas. Ahora bien, en la teoría de los sitios hay una regla general: no trazar ninguna parte de las trincheras de modo que su prolongación vaya a dar en algún punto ocupado por el enemigo, porque eso la expondría al fuego de enfilada.

Esto es muy justo, desde luego, cuando se puede prescindir de semejante trazado defectuoso. Pero aquí, donde ese fuego de enfilada no se podía evitar (el plan general del sitio y la naturaleza del terreno excluían la idea de tomar antes por separado el bastión del Mástil), era evidentemente mejor hacer trincheras defectuosas que no hacer ninguna. De hecho, las reglas teóricas ofrecen remedios de sobra para un mal inevitable como ese: para tal caso se prescriben los traveses y las variedades compuestas de zapa. Los oficiales de ingenieros franceses, al parecer, hicieron reproches a sus camaradas ingleses y les dijeron que, aunque perdieran muchos hombres llevando adelante sus trincheras en circunstancias tan adversas, era mejor perderlos ahora para acabar una obra que casi aseguraría el éxito de un asalto que perderlos durante un asalto de resultado muy dudoso por falta de aproches cubiertos. Pero los ingenieros británicos sabían más. El resultado muestra que estaban groseramente equivocados.

El general francés distribuyó sus fuerzas como sigue: contra la llave de toda la posición, el Malájov, la división de MacMahon; a su derecha, contra la cortina que lo unía al bastión n.º 1, la división de La Motterouge; en el extremo derecho, contra el propio bastión n.º 1, la división de Dulac. Como el Malájov era el único punto que, en caso de resistencia seria, había que forzar a toda costa, MacMahon tenía como reserva una división de la Guardia al mando de Mellinet. Hasta aquí el ataque francés por el lado de la Korabélnaya.3 Por el lado de la ciudad, el bastión del Mástil, que formaba una especie de ciudadela avanzada sobre un terreno muy fuerte y tenía obras interiores de considerable solidez, no debía atacarse de inmediato de frente; pero el bastión Central lo asaltaría la división de Levaillant, a la que, en caso de éxito, seguiría la división de d'Autemarre,4 con orden de envolver la gola del bastión del Mástil, para cuyo ataque frontal estaba concentrada en ese momento en las trincheras la brigada piamontesa de Cialdini. La posición entre el Malájov y el bastión del Mástil la ocupaban los ingleses, que debían atacar el Redán.

El Malájov había de asaltarse primero y, tras su captura, las demás columnas avanzarían sobre sus respectivos objetivos. El Malájov era un gran reducto en la cima de la colina dominante de ese nombre, cerrado por todos los lados, pero con amplias aberturas en la parte trasera para dar entrada a los refuerzos. Estaba unido por una cortina con el Gran Redán y el Pequeño Redán, a su derecha y a su izquierda; también estos eran reductos cerrados, que contenían obras más pequeñas destinadas a servir de reductos interiores, mientras que sus caras traseras, cuyas troneras daban al interior de los reductos, formaban una cortadura. Las golas de estas cortaduras estaban a su vez unidas al Malájov por una segunda cortina, o cortina interior, que formaba una segunda línea de defensa. El interior del Gran Redán y del Pequeño Redán estaba bastante libre de obstáculos y, por tanto, completamente dominado por la artillería de las cortaduras y de los reductos. Pero el reducto del Malájov, sobre el que se había concentrado el fuego del enemigo desde la toma del Mamelón,5 estaba atestado a lo largo de los terraplenes de traveses huecos que daban a los artilleros y a las tropas de servicio un abrigo a prueba de bombas, mientras que el interior estaba lleno de grandes blocaos con cubierta a prueba de bombas que servían de cuarteles y eran del todo inservibles para la defensa. Cuando llegaron las primeras noticias de la toma del Malájov, dijimos que sin duda los rusos habían cometido el mismo error que en la construcción del reducto de Kamchatka sobre el Mamelón, a saber, que para protegerse del fuego enemigo habían dejado evidentemente el interior del fuerte inservible para la defensa contra un asalto al dividirlo en pequeños compartimentos. Nuestra opinión se ve ahora plenamente confirmada. El laberinto del Malájov, como el del Mamelón, resultó del todo indefendible; en diez minutos fue tomado, para no ser recuperado nunca.

Las disposiciones de los franceses para este asalto al Malájov fueron admirables. Todo estaba previsto y preparado. Para cruzar el foso se usó una nueva clase de puentes, de los que no se ha dado descripción; se tendieron en menos de un minuto. Apenas había comenzado el asalto cuando los zapadores abrieron una zapa volante desde las trincheras hasta el foso, practicaron amplios pasos a través de los parapetos rusos, rellenaron el foso de enfrente y formaron un camino practicable hasta el interior del reducto del Malájov, por el que podían subir los apoyos, las reservas y hasta los cañones de campaña. En cuanto quedó tomado todo el reducto, se cerraron rápidamente los pasos de la gola, se abrieron troneras, se subieron cañones de campaña y, en un par de horas, antes de que los rusos pudieran intentar en serio reconquistar la obra, esta estaba completamente vuelta contra ellos, y llegaron demasiado tarde. Había artilleros dispuestos a clavar los cañones si era necesario, y los destacamentos de infantería llevaban en el cinturón herramientas de zapa de mango corto.

Este ataque estuvo bajo la dirección inmediata del mariscal Pélissier y del general Niel. No se nos dice si los demás ataques estaban igual de bien organizados; pero en general fracasaron, sobre todo el del bastión Central. Este asalto parece que lo emprendió el general de Salles con fuerzas del todo insuficientes, porque en cuanto los franceses llegaron al parapeto ruso se vieron obligados a buscar abrigo tras él; el asalto degeneró en un tiroteo de escaramuza y fue rechazado, como no podía ser menos. Lo que esto significa se ha encargado de mostrárnoslo el general Simpson en su asalto al Redán. El ataque al Pequeño Redán fue sangrientísimo, y los rusos defendieron bien la posición: solo aquí derrotaron a cinco brigadas francesas.

En otras ocasiones hemos señalado el absurdo sistema que prevalece en el ejército británico de formar columnas de asalto tan débiles que no pasan de ser «esperanzas perdidas»6 en cuanto encuentran algo parecido a una resistencia seria. Ese desatino saltó a la vista en el plan de ataque de lord Raglan del 18 de junio,7 y parece que el general Simpson estaba decidido a superar incluso a su difunto jefe.8 El ángulo saliente del Redán había sufrido con el fuego inglés, y se decidió dirigir el asalto contra esa posición en cuanto el Malájov estuviera bien asegurado por los franceses. En consecuencia, el general Simpson destacó columnas de asalto de la segunda división y de la división ligera que sumaban en total unos 1.800 hombres: ¡la mitad de dos brigadas! Las otras dos brigadas de esas divisiones habían de servir de apoyo, y la tercera y la cuarta división formarían las reservas; además estaban en el lugar las divisiones de la Guardia y de los Highlanders: en total, una fuerza de 25.000 hombres; ¡y de ellos se confió el asalto propiamente dicho a unos 1.800, apoyados más tarde por unos 2.000 más! Ahora bien, estos 1.800 hombres, a diferencia de los franceses, que podían saltar de sus trincheras al foso ruso, tuvieron que recorrer 250 yardas a campo abierto, expuestos al fuego de flanco de las cortinas del Redán. Cayeron a montones, pero avanzaron, pasaron el foso por escalada y penetraron en el ángulo saliente, y allí se vieron de inmediato expuestos a un tremendo fuego de metralla y de fusilería desde la cortadura y los reductos de la parte trasera del Redán. La consecuencia fue que se dispersaron buscando abrigo detrás de los traveses y empezaron a disparar contra los rusos, exactamente como hicieron los franceses en el bastión Central. Eso no habría hecho ningún daño si los apoyos y las reservas hubieran avanzado y explotado, en ataque cerrado, las ventajas ya obtenidas. Pero apenas llegó un hombre, y los que llegaron lo hicieron a cuentagotas y en desorden. Tres veces el brigadier Windham,9 que mandaba, envió oficiales a pedir que avanzaran tropas en formación regular, pero no se llevó ninguna. Los tres oficiales cayeron heridos al cruzar el llano. Al final fue él mismo y consiguió que el general Codrington enviara otro regimiento, cuando de pronto las tropas británicas cedieron y abandonaron el Redán. Habían llegado los apoyos rusos y barrieron por completo el lugar. ¡Entonces el padre Simpson, que aún tenía 20.000 hombres intactos, decidió intentar otro asalto a la mañana siguiente!

Este flojo ataque de los ingleses contra el Redán marca a sus generales de Crimea con el sello indeleble de la incapacidad. Parecen tener una tendencia innata a superarse unos a otros en desatinos. Balaklava e Inkerman fueron grandes hazañas en ese sentido, pero el 18 de junio y el 8 de septiembre los dejan muy atrás. El asalto se preparó con tal descuido que, mientras los ingleses ocupaban el saliente del Redán, ni siquiera se clavaron los cañones que encontraron en él, y por eso esos mismos cañones acribillaron a los ingleses en su retirada con metralla y botes de metralla con el mismo brío que durante su avance. En cuanto a intentos de establecer un alojamiento como es debido, ni Simpson ni los corresponsales de los periódicos mencionan nada parecido. De hecho, parece que se descuidaron las precauciones más elementales.

Es verdad que los ataques al Redán, al bastión Central y al Pequeño Redán eran hasta cierto punto meras demostraciones. Pero el ataque al Redán tenía, con todo, una importancia propia. Era una posición con la que la conquista del Malájov se volvía decisiva de inmediato, porque si el Malájov domina el Redán por su altura, el Redán domina el acceso al Malájov y, una vez tomado, habría cogido de flanco a todas las columnas rusas que marcharan a reconquistar aquella colina. La conquista del Malájov llevó a los rusos a abandonar toda la parte sur; la conquista del Redán los habría obligado a evacuar a toda prisa por lo menos la Korabélnaya, y antes de que pudieran organizar aquel sistema bien dispuesto de destrucción por el fuego y las explosiones a cuyo amparo llevaron a cabo su retirada. Los ingleses, pues, no han hecho de verdad lo que sus aliados tenían derecho a esperar de ellos, y además en un punto muy importante. Y no solo han fallado los generales, sino que también los soldados han dejado de ser lo que habían sido. En su mayoría muchachos jóvenes recién llegados a Crimea, estaban demasiado deseosos de buscar abrigo y de disparar en vez de atacar a la bayoneta. Les faltaba disciplina y orden; los distintos regimientos se mezclaron, los oficiales perdieron todo control, y así la máquina se descompuso en pocos minutos. Hay que reconocer, sin embargo, que, a pesar de todo, aguantaron en el Redán casi dos horas en una resistencia tenaz y pasiva mientras no llegaba ningún apoyo; pero es que no estamos acostumbrados a ver a la infantería británica descender al nivel de los rusos y buscar su única gloria en la valentía pasiva.

La palma del día corresponde a los generales Bosquet y MacMahon. Bosquet mandaba todo el asalto francés por la derecha, y MacMahon tenía la división que tomó y mantuvo el Malájov. Fue uno de esos raros días en que los franceses superaron de verdad a los ingleses en valentía. En todos los demás aspectos habían mostrado mucho antes su superioridad sobre ellos. ¿Hemos de concluir, pues, que el ejército inglés ha degenerado y que su infantería ya no puede jactarse de ser, en orden cerrado, la primera infantería del mundo? Sería prematuro decirlo; pero lo cierto es que, de todos los hombres del mundo, los generales británicos de Crimea son los más indicados para arruinar el carácter físico y moral del ejército; y, por otra parte, la materia prima para soldados que desde hace algún tiempo se mete en las filas es muy inferior a la de antes. Más le vale al pueblo británico ocuparse de esto: dos derrotas en tres meses son un rasgo nuevo en la historia militar británica.

De los rusos solo podemos decir que combatieron con su acostumbrada valentía pasiva y que en el asalto que hicieron para recuperar el Malájov mostraron incluso un gran valor activo. Cuáles fueron sus disposiciones tácticas, no tenemos medio de juzgarlo hasta que se publique su informe. Una cosa es segura: el Malájov fue tomado completamente por sorpresa. La guarnición estaba comiendo, y ninguna parte de ella, salvo los artilleros junto a las piezas, parece haber estado sobre las armas y preparada para hacer frente a un ataque.

Si miramos ahora lo que se ha hecho desde la toma de la parte sur, vemos por los informes de Gorchakov10 que 20.000 soldados aliados (no se dice de qué nación) han ido a Eupatoria y que al mismo tiempo se han lanzado fuertes destacamentos de reconocimiento contra la izquierda rusa en el valle de Baidar, donde las tropas avanzadas rusas se vieron obligadas a retirarse hacia Urkusta, en dirección al valle del alto Chulin, otro afluente del Chernaya. El cuerpo de 30.000 hombres que está ahora en Eupatoria es bastante débil y no podría aventurarse a gran distancia de la plaza. Pero pueden seguirle otros. En todo caso, han comenzado las operaciones de campaña, y otra quincena ha de decidir si los rusos pueden mantenerse o si tienen que dejar toda Crimea en manos de los aliados.

  1. En la Neue Oder-Zeitung, núm. 463, del 4 de octubre de 1855, en lugar de este párrafo se lee: «El 8 de septiembre entraron en combate 5 divisiones francesas y unidades de 2 divisiones inglesas. De unos 45.000 hombres, los aliados perdieron, según su propia confesión, 10.000, es decir, casi uno de cada cuatro. La pérdida rusa es indeterminable». ↩

  2. Adolphe Niel (1802-1869), general de ingenieros, que dirigía los trabajos de sitio franceses ante Sebastopol. ↩

  3. El arrabal de la Korabélnaya, en la parte sudeste de Sebastopol, defendido por el Malájov y los dos Redanes. ↩

  4. La edición de 1897 dice Le Vaillant y d'Antemarre; los nombres son los de los generales Charles Levaillant y Louis d'Autemarre d'Ervillé. ↩

  5. El Mamelón Verde, altura situada delante del Malájov, con el reducto de Kamchatka; lo tomaron los franceses el 7 de junio de 1855. ↩

  6. Forlorn hopes: en el ejército inglés, la avanzadilla de voluntarios que abría el asalto a una brecha, de la que se esperaban grandes pérdidas. ↩

  7. El asalto fracasado de los aliados al Malájov y al Redán del 18 de junio de 1855. Lord Raglan, jefe del ejército británico en Crimea, murió diez días después. ↩

  8. En la Neue Oder-Zeitung se lee en lugar de esta frase: «Esta rutina se basa en que las fortalezas con las que los ingleses tuvieron que vérselas sobre todo, en particular Wellington en España, estaban construidas según el sistema italoespañol y por eso rara vez podían albergar más de 500 hombres. Como todo es tradicional entre los ingleses, también lo es su manera de asaltar, aunque sus supuestos hayan desaparecido hace mucho. Así, lord Raglan imitó el 18 de junio, ya se sabe con qué éxito, la vieja manera de Wellington. En vez de aprender de su desgracia, Simpson creyó un deber no solo imitar a Raglan, sino superarlo. Simpson tenía el 8 de septiembre 25.000 hombres sobre el terreno. De ellos dejó el asalto propiamente dicho a un número de 1.800». ↩

  9. Charles Ash Windham (1810-1870), que mandaba una de las columnas del asalto inglés contra el Redán; la edición de 1897 escribe Wyndham. ↩

  10. El príncipe Mijaíl Gorchakov (1793-1861), jefe del ejército ruso en Crimea. ↩