Escrito por Karl Marx en Londres el 28 de marzo de 1855 y publicado en la Neue Oder-Zeitung (Breslau), núm. 153, del 31 de marzo de 1855. Buena parte del texto coincide con «El ejército británico», escrito para el New-York Daily Tribune. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 11 (Berlín, 1961, pp. 161-164), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Londres, 28 de marzo. La comisión investigadora de los Comunes ha celebrado ya más de una docena de sesiones, y los resultados de sus pesquisas están en gran parte ante el público. Desde el duque de Cambridge1 hasta el señor Macdonald, del Times,2 se ha interrogado a testigos de las más diversas esferas sociales, y rara vez ha caracterizado a un interrogatorio semejante coincidencia de las declaraciones. Las distintas ramas de la administración han pasado revista, y de todas se ha comprobado que no solo eran deficientes, sino que estaban en un estado vergonzosamente escandaloso. El estado mayor del ejército, el departamento médico, el departamento de suministros, la Intendencia, el servicio de transportes, la administración de los hospitales, la policía sanitaria, la policía portuaria de Balaklava y de Constantinopla han sido condenados todos sin oposición. Pero, por malo que fuera cada departamento considerado en sí mismo, toda la gloria del sistema solo se desplegó en el contacto y la cooperación de todos. Los reglamentos estaban tan bien dispuestos que, en cuanto entraron en vigor, nadie sabía dónde empezaba o dónde terminaba su autoridad ni a quién dirigirse. Léase la descripción del estado de los hospitales, de las infames brutalidades cometidas por negligencia o indolencia contra los enfermos y heridos a bordo de los transportes y a su llegada a destino. Nada más espantoso ocurrió en la retirada de Moscú. Y estas cosas sucedían en Scutari, a la vista de Constantinopla, una gran ciudad con recursos variados; no en una retirada precipitada, con los cosacos pisando los talones de los fugitivos y cortándoles los suministros, sino a consecuencia de una campaña hasta entonces victoriosa, en una plaza a salvo de cualquier ataque enemigo, en el gran depósito central donde Gran Bretaña había acumulado sus provisiones para su ejército. Y los autores de todos estos horrores no eran bárbaros, sino caballeros pertenecientes a «los diez mil de arriba»,3 hombres apacibles a su manera. Fiat el reglamento, pereat el ejército.4 «Diríjase usted a otra autoridad, el asunto no es de nuestra competencia». «Pero ¿a quién dirigirse?». «No es de nuestra competencia saber cuál es el departamento competente, y aunque lo fuera, no seríamos competentes para decírselo». «Pero los enfermos necesitan camisas, jabón, ropa de cama, alojamiento, medicinas, arrowroot,5 oporto. Mueren por centenares». «Siento muchísimo, de verdad, que la mejor sangre de Inglaterra se agote tan deprisa, pero no podemos remediarlo. No podemos dar nada, aunque lo tengamos, sin las requisiciones debidas, firmadas por media docena de personas, de las que dos tercios están ausentes, en Crimea o en otra parte». Y, como Tántalo, los soldados tenían que morir a la vista, y hasta al olor, de las comodidades que podían salvarles la vida. Ningún hombre sobre el terreno tuvo la energía de romper la red de la rutina, de actuar bajo su propia responsabilidad, como exigían las necesidades del momento, y a despecho de los reglamentos. Solo una persona se atrevió a hacerlo, y fue una mujer, miss Nightingale.6 Una vez que se aseguró de que las cosas necesarias estaban almacenadas, escogió a unos cuantos mozos robustos y cometió literalmente un robo con fractura en los almacenes de Su Majestad. A los proveedores, petrificados de espanto, les dijo:

«Ya tengo lo que necesitaba. Id ahora a contar en casa lo que habéis visto. Lo tomo todo bajo mi responsabilidad».

Las viejas que ejercían la autoridad en Constantinopla y en Scutari, lejos de ser capaces de semejante audacia, eran cobardes hasta un grado que parecería increíble si no tuviéramos su propia confesión abierta. A uno de ellos, por ejemplo, un tal doctor Andrew Smith,7 durante un tiempo jefe de los hospitales, le preguntó la comisión investigadora si en Constantinopla no había fondos para comprar ni mercado para procurarse los artículos necesarios.

«¡Oh, sí!», respondió. «Pero, después de cuarenta años de rutina y de fatigas en casa, le aseguro a usted que durante algunos meses apenas pude hacerme a la idea de que tenía realmente fondos puestos a mi libre disposición».

¡Y a semejantes viejas se había entregado el ejército británico! En verdad, las descripciones más vivas de la prensa y del Parlamento parecen pálidas ante la realidad tal como se despliega en los interrogatorios de testigos. ¿Y qué diremos de los Herbert, los Gladstone, los Newcastle y tutti quanti, de los elegantes clerks de Peel, que desmintieron repetidamente en el Parlamento todos los hechos ahora probados y los rechazaron con una amargura apasionada de la que hasta entonces nadie había creído capaces a estos «muy honorables» señores? Estos dandis de Exeter Hall,8 elegantes puseístas9 para quienes la distinción entre «transustanciación» y «presencia real» es una cuestión de vida o muerte, emprendieron, con la modesta arrogancia que los caracteriza, la dirección de la guerra y tuvieron tanto éxito en la «transustanciación» del ejército británico que su «presencia real» no está en ninguna parte. «Sí, está en alguna parte», replica Gladstone. «El 1 de enero el ejército británico en Crimea ascendía a 32.000 hombres». Por desgracia tenemos el testimonio del duque de Cambridge de que después de la batalla de Inkerman, el 6 de noviembre, el ejército británico no contaba 13.000 bayonetas, y sabemos que desde noviembre y diciembre ha perdido unos 3.000 hombres.

Entretanto, la noticia de la rebelión de los Comunes contra los ministros, de la comisión de Roebuck y de la indignación popular en Inglaterra ha llegado a Crimea. Saludada con júbilo por los soldados, llenó de espanto a los generales y a los jefes de departamento. Una semana después llegó la noticia de que estaban en camino unos comisarios con poderes para investigar y negociar.10 Esto actuó como una pila galvánica sobre los paralíticos. Al mismo tiempo, los obreros del ferrocarril11 se ponen manos a la obra, sin trabas de precedentes, reglamentos y costumbres de oficina. Aseguraron un desembarcadero, pusieron en marcha la pala, levantaron muelles, barracones, terraplenes, y antes de que los divertidos señores viejos se dieran cuenta ya estaba tendido el primer raíl. Por insignificante que probablemente sea el ferrocarril para el sitio —todas sus ventajas podían obtenerse de manera más barata y sencilla—, ha resultado de la mayor utilidad por el mero ejemplo, por el contraste vivo entre la Inglaterra industrial moderna y la Inglaterra impotente de la rutina. Las operaciones de «adelante» de los obreros del ferrocarril rompieron el hechizo que tenía cautivo a todo el ejército británico, el hechizo producido por el espejismo de imposibilidades fantásticas, que había acercado a oficiales y soldados británicos al sordo fatalismo de los turcos y los había llevado a contemplar tranquilamente una ruina segura como si fuera un destino ineludible. Con los obreros del ferrocarril reaparece en el ejército el Aide-toi et le ciel t'aidera.12 En el plazo de seis semanas todo tomó otro aspecto. Raglan y su estado mayor, los generales de división y de brigada están a diario en las trincheras, inspeccionando y dando órdenes. La Intendencia ha descubierto caballos, carros y carreteros, y las tropas, medios para poner bajo techo a sus enfermos y, en parte, a sí mismas. El cuerpo médico ha eliminado de las tiendas-hospital y de los barracones los horrores más clamorosos. Municiones, ropa, incluso carne fresca y verduras empiezan a llegar. Empieza a reinar cierto orden, y por mucho que quede todavía por curar del viejo mal, la mejora de las condiciones es indiscutible y sorprendente.

  1. Jorge, duque de Cambridge (1819-1904), primo de la reina Victoria, jefe de una división en Crimea hasta finales de 1854. ↩

  2. John Cameron Macdonald, enviado del Times a Scutari para administrar el fondo reunido por los lectores del periódico en favor de los soldados enfermos y heridos. ↩

  3. The upper ten thousand, expresión inglesa para la alta sociedad. ↩

  4. Parodia del lema Fiat iustitia, pereat mundus («Hágase justicia, aunque perezca el mundo»): «Viva el reglamento, perezca el ejército». ↩

  5. Fécula obtenida de la raíz de una planta americana, que se daba a los enfermos. ↩

  6. Florence Nightingale (1820-1910), que llegó a Scutari en noviembre de 1854 al frente de un grupo de enfermeras y reorganizó los hospitales militares británicos. ↩

  7. Andrew Smith (1797-1872), médico militar, director general del departamento médico del ejército británico. ↩

  8. Sala de reuniones de Londres, sede de las asambleas de las sociedades religiosas y filantrópicas. ↩

  9. Partidarios del movimiento de Oxford, encabezado por el teólogo Edward Pusey (1800-1882), que quería acercar la Iglesia anglicana al catolicismo; Gladstone y Herbert eran anglicanos de esa tendencia. ↩

  10. Las comisiones enviadas a Crimea por el gobierno Palmerston en febrero de 1855 para investigar el abastecimiento y el estado sanitario del ejército. ↩

  11. El ferrocarril de Balaklava al campamento ante Sebastopol, construido de febrero a marzo de 1855 por obreros (navvies) de la empresa de Peto, Brassey y Betts. ↩

  12. «Ayúdate y el cielo te ayudará». ↩