Escrito en inglés por Karl Marx hacia el 28 de diciembre de 1855 y publicado como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 4597, del 12 de enero de 1856. Traducido del original inglés según The Eastern Question (Londres, 1897, pp. 607-610), cotejado con la versión alemana de la MEW (Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 11, Berlín, 1961, pp. 573-576), que da la fecha, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de ambas ediciones. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.

Sobre la política exterior de los whigs ingleses reina una impresión de lo más errónea: se supone que han sido siempre enemigos jurados de Rusia. La historia demuestra claramente lo contrario. En el diario y la correspondencia de James Harris, primer conde de Malmesbury1 —durante varios años, bajo gobiernos whigs y tories, ministro de Inglaterra en la corte de San Petersburgo—, y en las Memorias y correspondencia de Charles James Fox, editadas por lord John Russell,2 encontramos revelaciones asombrosas de la política whig tal como la inspiró e inauguró Fox, que sigue siendo el hierofante político de los whigs, venerado por ellos de hecho tanto como Mahoma por los osmanlíes. Para entender, pues, cómo Inglaterra ha estado siempre sometida a Rusia, volveremos por un momento a hechos anteriores a la entrada de Fox en el gabinete.

En el diario del conde de Malmesbury vemos la prisa ansiosa e impaciente con que Inglaterra apremiaba con su diplomacia a Rusia durante la guerra de Independencia americana.3 Su embajador tenía instrucciones de concertar por cualquier medio una alianza ofensiva y defensiva. La respuesta de la zarina fue, en primera instancia, evasiva: la sola palabra «ofensiva» le resultaba odiosa a Catalina, y era necesario esperar primero el curso de los acontecimientos. Finalmente el diplomático inglés descubrió que el obstáculo era el deseo de Rusia de obtener el apoyo inglés para su política turca, y Harris advirtió a su gobierno de la necesidad de alimentar el apetito ruso si se quería asegurar su ayuda contra las colonias americanas.

Al año siguiente la propuesta de sir James Harris adopta una forma más suave: no pide una alianza. Una protesta rusa para contener a Francia y a España, si la respalda un armamento naval, será aceptable para Inglaterra. La emperatriz responde que no ve motivo alguno para semejante medida. El embajador, con servil adulación, le objeta que «un soberano ruso del siglo XVII bien habría podido hablar así, pero que desde aquella época Rusia se ha convertido en una potencia rectora de Europa y que los asuntos de Europa son también los suyos. Si Pedro el Grande pudiera contemplar la marina rusa aliada con la de Inglaterra, confesaría que ya no era el primero de los soberanos rusos», y así sucesivamente en el mismo tono.

La emperatriz aceptó la lisonja, pero rechazó las propuestas del embajador. Dos meses después, el 5 de noviembre de 1779, el rey Jorge4 escribió a su «señora hermana», la zarina, una carta autógrafa en un francés anticuado. Ya no insistía en una protesta formal, sino que se daría por satisfecho con una simple demostración. «La mera aparición», tales fueron sus regias palabras, «de una parte de la flota imperial bastará para restablecer y afianzar la paz de Europa, y la Liga unida contra Inglaterra se desvanecerá al instante». ¿Ha suplicado alguna vez de modo tan abyecto otra potencia de primer orden?

Pero todo este engatusamiento por parte de Inglaterra no logró su objeto, y en 1780 se proclamó la neutralidad armada.5 Inglaterra se tragó pacientemente la píldora. Para endulzar la dosis, su gobierno había proclamado de antemano que los buques mercantes de Rusia no serían detenidos ni estorbados por los cruceros ingleses. Así, sin que nadie la obligara, Inglaterra renunció entonces al derecho de visita. Poco después el diplomático inglés aseguró al gabinete de San Petersburgo que los buques de guerra británicos no molestarían a los súbditos de la emperatriz en sus actividades comerciales; y en 1781 sir James Harris reclamaba como un mérito del Almirantazgo inglés que hubiera hecho la vista gorda en los frecuentes casos de buques rusos que llevaban pertrechos navales a los enemigos de Inglaterra y que, siempre que tales buques habían sido detenidos o estorbados por error, el Almirantazgo hubiera concedido una generosa indemnización por la detención. El gabinete inglés empleó todos los alicientes para apartar a Rusia de la neutralidad. Así, lord Stormont6 escribe al embajador en San Petersburgo: «¿No hay ningún objeto querido con el que tentar la ambición de la emperatriz, ninguna concesión ventajosa para su marina y su comercio que pueda moverla a ayudarnos contra nuestras colonias rebeldes?». Harris responde que la cesión de Menorca será un buen cebo. En 1781 se le ofreció Menorca a Catalina, pero no la aceptó.

En marzo de 1782 Fox entró en el gabinete, e inmediatamente se avisó al ministro ruso en Londres de que Inglaterra estaba dispuesta a tratar con Holanda, a la que el ministerio anterior había declarado la guerra en virtud del tratado de 16747 —en el que se concedía que el buque libre hace libre la mercancía—, y concluiría enseguida un armisticio. Fox da instrucciones a Harris de presentar estos pasos como prueba de la deferencia que el rey desea mostrar a los deseos y opiniones de la emperatriz. Pero Fox no se detiene ahí. Un consejo de gabinete aconseja al rey que haga saber al ministro ruso residente ante su corte que Su Majestad desea compartir las miras de la emperatriz y entablar las relaciones más estrechas con la corte de San Petersburgo, haciendo de la declaración de neutralidad la base de los acuerdos entre los dos países.

Poco después Fox dimitió. Su sucesor, lord Grantham,8 certificó que la disposición bastante favorable de San Petersburgo hacia Londres era fruto de la política de Fox; y cuando Fox volvió a entrar en el gabinete, proclamó la idea de que la alianza con las potencias del Norte era la política propia de un inglés ilustrado y debía seguir siéndolo para siempre. En una de sus cartas a Harris le exhorta a considerar la corte de San Petersburgo como aquella cuya amistad tiene para Gran Bretaña la máxima importancia, y asegura que el objetivo más orgulloso de su primer y breve gobierno fue dejar claro a la emperatriz con qué sinceridad deseaba el ministerio inglés seguir sus consejos y ganarse su confianza. La predilección de Fox por una alianza rusa era extrema. Aconsejó al rey que escribiera a la emperatriz y la invitara a prestar su condescendiente atención a los asuntos de Inglaterra.

En 1791 Fox, que estaba entonces en la oposición, dijo en el Parlamento que «era algo nuevo para una Cámara británica oír presentar la creciente grandeza de Rusia como motivo de inquietud. Veinte años antes Inglaterra había introducido barcos rusos en el Mediterráneo. Él (Fox) había aconsejado al rey que no impidiera la anexión de Crimea a Rusia. Inglaterra había confirmado a Rusia en su propósito de fundar su propio engrandecimiento sobre la ruina de Turquía. Sería una locura mostrarse celosos del aumento del poder de Rusia en el mar Negro». En el curso del mismo debate, Burke, entonces whig, observó: «Es algo nuevo considerar el Imperio turco como parte del equilibrio europeo»; y estas opiniones las sostuvo Burke —al que todos los partidos de Inglaterra tienen por modelo de estadistas británicos— una y otra vez, en términos aún más enérgicos, hasta el final de su vida política; y las recogió el gran jefe de los whigs que después tomó el mando de aquel partido.

Durante el gobierno de lord Grey,9 en 1831 y 1832, este aprovechó la ocasión, en un debate sobre política exterior, para declarar su convicción de que redundaría en provecho de la propia Turquía y de la felicidad de Europa que aquella potencia se fundiera en el Imperio ruso. ¿Era Rusia entonces menos bárbara de lo que se la pinta ahora? ¿Era entonces menos aquel horrible despotismo que los whigs modernos retratan con colores tan terribles? Y, sin embargo, no solo se buscó su alianza con servilismo rastrero, sino que estadistas liberales ingleses la animaron en el mismo designio por el que ahora se la denuncia con tanta vehemencia.

  1. James Harris (1746-1820), primer conde de Malmesbury, embajador británico en San Petersburgo de 1777 a 1783. Sus Diaries and Correspondence los publicó su nieto en 1844. ↩

  2. Memorials and Correspondence of Charles James Fox, editados por lord John Russell (1853-1857). Charles James Fox (1749-1806), jefe de los whigs, secretario de Estado de Asuntos Exteriores en 1782, en 1783 y en 1806. ↩

  3. La versión alemana de la MEW dice «durante nuestra guerra de Independencia», como corresponde a un editorial escrito para un periódico de Nueva York. ↩

  4. Jorge III (1738-1820), rey de Gran Bretaña desde 1760. ↩

  5. La Liga de Neutralidad Armada, promovida por Catalina II en 1780 contra el derecho de visita que Gran Bretaña ejercía sobre los buques neutrales. ↩

  6. David Murray, vizconde Stormont (1727-1796), secretario de Estado del Departamento del Norte de 1779 a 1782. ↩

  7. El tratado anglo-holandés de Westminster de 1674. Gran Bretaña declaró la guerra a las Provincias Unidas en diciembre de 1780. ↩

  8. Thomas Robinson, segundo barón Grantham (1738-1786), secretario de Asuntos Exteriores en 1782-1783. ↩

  9. Charles Grey, segundo conde Grey (1764-1845), primer ministro whig de 1830 a 1834, sucesor de Fox al frente de los whigs. ↩