Escrito por Karl Marx en Londres el 3 de enero de 1855 y publicado en la Neue Oder-Zeitung (Breslau), núm. 9, del 6 de enero de 1855. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 10 (Berlín, 1961, pp. 593-596), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Londres, 3 de enero.

«Se dice que el emperador de Rusia», informa un corresponsal del Times desde el campamento ante Sebastopol, «se ha ofrecido a devolver a Inglaterra en un solo barco de guerra todo lo que quede con vida de nuestro ejército a comienzos de mayo».

Sigue luego una descripción gráfica de la mortandad, la miseria, el desorden y la descomposición que reinan en el campamento inglés. Esta situación proporciona hoy el tema casi exclusivo de los editoriales de la prensa diaria de Londres.

«El ejército británico», dice el Times, «no es un ejército en el sentido militar de la palabra. Es una masa de gente valiente, nada más que una simple masa, y más bien menos, en la medida en que la mandan quienes no deberían mandarla y queda así privada de su utilidad natural… El mando del ejército británico ante Sebastopol es puramente nominal, y, peor todavía, oficiales excelentes aseguran que el ejército podría mandarlo igual de bien su suboficialidad que la gente que pretende mandarlo. Sentimos que es un acto penoso arrojar por la borda a hombres valientes y leales, colmados de años y de honores».

Pero à la guerre comme à la guerre.1

«Si alguna vez un ministerio tuvo abierto el camino para tomar una medida de fuerza así, es el actual».

¿Por qué?

«Porque se resistió con tanta obstinación a declarar la guerra». Por eso «el gobierno tiene la partida en su mano y no le ata ninguna consideración a las personas».

¡Bien rugido, león!2 Como el ministerio actual hace la guerra contra Rusia contra su voluntad, los errores de la conducción de la guerra no pueden atribuírsele a él, sino solo al general en jefe, y el público tiene que comprender que no es el ministerio quien le estorba a lord Raglan, sino lord Raglan quien le estorba al ministerio.

Mientras el Times ataca así a lord Raglan para cubrir al ministerio, el Morning Chronicle, el órgano de los peelitas,3 ataca al Times, supuestamente para defender a lord Raglan, pero en realidad para aceptar agradecido la concesión del Times sobre la inocencia del ministerio, para explotarla y, al mismo tiempo, para lograr una diversión con el combate fingido entre dos órganos ministeriales.

«El abatimiento», dice el honrado Chronicle, «que se ha apoderado de la opinión pública en los últimos días hay que atribuirlo, lamentamos tener que escribirlo, exclusivamente a la influencia del Times. Se han ensombrecido los acontecimientos, se han exagerado las desgracias, se ha estigmatizado la merecida reputación de nuestros generales y se ha pasado por alto la proverbial generosidad del británico con el ausente, ¡y todo ello solo con el fin de causar sensación, de hacer efecto! Ha sido sobre la cabeza del mariscal Raglan, sin embargo, donde se han acumulado sobre todo el odio y el veneno de estos ataques… La miseria en que se encuentra el ejército de Crimea desde comienzos de diciembre, aunque los últimos informes vuelven a ser más consoladores, hay que atribuirla principalmente a la terrible tempestad del 14 de noviembre».

Y el ministerio es tan magnánimo que no hace a lord Raglan responsable de la tempestad del 14 de noviembre. No queda, pues, más que el afán de efectismo del Times.

Llegamos ahora a la parte de la prensa de Londres que representa ciertos intereses particulares dentro del ministerio: el Daily News, que desde hace algún tiempo es el órgano secreto de Palmerston, y el Morning Post, que lo es oficialmente desde hace años.

«Nuestros sistemas administrativos», dice el Daily News, «son casi tan inmutables como si pertenecieran a los medos y a los persas.4 Cualquier crisis imprevista, y se hunden. Pero, ante los más terribles sacrificios de vidas y de bienes, rara vez se los reforma de modo que puedan hacer frente a catástrofes semejantes en el futuro… Así ocurre con el departamento de la Guerra. ¡Qué expectativas cuando hace poco se nombró un ministro supremo de la Guerra! Y con ello no se ha conseguido ni una jota de mejora. ¿Hemos de censurar al duque de Newcastle,5 o no hemos de aplicar más bien el hacha de la reforma al propio sistema paralizante, que encarcela las funciones del Estado en la fría sombra de la aristocracia? Sean cuales sean los méritos del duque de Newcastle, no es el Hércules oficial capaz de extirpar el sistema. Pero el pueblo inglés insistirá en que se haga lo que él es incapaz de hacer».

El Daily News es todavía nuevo en su papel ministerial. Además, tiene que tener en cuenta a su público burgués.

Con todo, se reconoce a primera vista que la gracia del artículo es el «Hércules oficial» que hace falta. ¿Y quién es este Hércules oficial? ¿Y cómo se llega hasta él? El Morning Post responde a eso; dice:

«Empezar atacando a lord Raglan es sin duda empezar por el extremo equivocado. Lord Raglan está por encima de los ataques del Times… Pero no se pueden poner en duda los defectos del gobierno en casa… Tomad, por ejemplo, el departamento de la Guerra. ¿Ha de seguir dirigiéndose con el espíritu y según el modelo de los últimos nueve meses?… Pensad que el ejército en el extranjero depende enteramente de la administración en casa… ¡De qué tremenda importancia es entonces que el jefe de este departamento posea el espíritu de un maestro y actúe como un maestro!… El viejo sistema, se dice, estorba. Pero un espíritu de maestro habría roto hace tiempo el sistema bajo su propia responsabilidad… El verdadero secreto es que la cabeza de este gobierno pesa como una losa de plomo sobre todo esfuerzo de cada departamento. El lento latido del pulso de Aberdeen se comunica a cada miembro de la administración y da el tono a todo el sistema… Refundid el conjunto y ponedle sobre los hombros una cabeza real y vigorosa».

En otras palabras: haced a Palmerston primer ministro. Él es el Hércules oficial con el que ha soñado el Daily News: el mismo Palmerston a quien lord Melbourne nombró en 1830 ministro de Asuntos Exteriores a propuesta de la princesa rusa Lieven;6 el que sacrificó a un ejército británico en la guerra de Afganistán de 18517 de un modo tan enigmático que sir Robert Peel8 le amenazó en sesión pública del Parlamento con «revelaciones» si seguía provocándole con sus fanfarronadas; el mismo Palmerston que supo dirigir con tanta habilidad la alianza ofensiva contra Rusia propuesta por Francia en 1839, y en apariencia ya en marcha, que una buena mañana de 1840 se había convertido en una alianza anglo-rusa contra Francia.9 Aunque Palmerston es el miembro más influyente de la administración actual y aparece, y tiene que aparecer, en todos los círculos parlamentarios como su campeón, despliega continuamente en la prensa todas las artes diplomáticas para aparecer en tensa oposición a Aberdeen y salvar así su popularidad del posible naufragio de la coalición. Al mismo tiempo, se aparta así a la oposición de los pasos decisivos y se la mantiene en una vana expectación ante las discordias internas del ministerio. Así, por ejemplo, el Morning Herald tory cae hoy por centésima vez en la trampa, da por definitiva la ruptura de la coalición y tiene mucho que contar sobre la indignación patriótica de los Palmerston y los Russell contra los Aberdeen, los Newcastle y los Gladstone. A propósito de Gladstone,10 señalemos todavía que de un editorial del Chronicle de hoy sobre el empréstito francés se desprende que Gladstone no está dispuesto a recurrir a empréstitos, sino decidido a financiar la guerra mediante impuestos directos, es decir, de la forma más impopular, más gravosa y menos económica.

  1. «En la guerra, como en la guerra», es decir, la guerra tiene sus propias leyes. ↩

  2. Palabras de Demetrio en El sueño de una noche de verano de Shakespeare (acto V, escena 1). ↩

  3. Los partidarios de Robert Peel, que habían roto con los tories por la abolición de las leyes cerealistas (1846) y formaban parte del gabinete de coalición de Aberdeen. ↩

  4. Alusión a las leyes «de los medos y los persas», que según el libro de Daniel (6, 8) no podían revocarse. ↩

  5. Henry Pelham-Clinton, duque de Newcastle (1811-1864), secretario de Estado para la Guerra desde junio de 1854, cuando se separó ese cargo del de las Colonias. ↩

  6. Palmerston fue ministro de Asuntos Exteriores en el gabinete whig de lord Grey (1830-1834) y después en los de lord Melbourne. Dorothea Lieven (1785-1857), esposa del embajador ruso en Londres, figura influyente de la diplomacia europea. ↩

  7. Así en el texto; la primera guerra anglo-afgana, que acabó con la destrucción del ejército británico en la retirada de Kabul (enero de 1842), fue de 1838-1842. ↩

  8. Robert Peel (1788-1850), jefe de los tories y primer ministro en 1834-1835 y 1841-1846. ↩

  9. En la crisis de Oriente de 1839-1840, Palmerston concluyó con Rusia, Austria y Prusia el tratado de Londres del 15 de julio de 1840 contra Mehmet Alí, el bajá de Egipto apoyado por Francia, que quedó aislada. ↩

  10. William Ewart Gladstone (1809-1898), peelita, canciller del Tesoro en el gabinete Aberdeen. ↩