Escrito en inglés por Friedrich Engels hacia el 14 de septiembre de 1855 y publicado como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 4508, del 1 de octubre de 1855. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 11 (Berlín, 1961, pp. 530-535), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Aparte de una lista incompleta de oficiales británicos muertos y heridos, los periódicos traídos por el vapor America, y los hemos examinado con cuidado, apenas añaden nada a lo que ya sabemos de las circunstancias en que se produjo la conquista del lado sur de Sebastopol. Es cierto que se hacen muchos vaticinios tanto sobre las razones como sobre las consecuencias del repentino abandono por Gorchakov1 de una plaza tan larga y desesperadamente defendida; y entre estas consideraciones merecen especial atención las de nuestros corresponsales en Londres y en París. Pero hay algunos puntos de vista y algunas consideraciones de los que ninguno de estos informadores, por mucho que se contradigan sus opiniones, parece haberse ocupado con suficiente cuidado o a los que no parece haber dado la importancia que merecen.

El giro que tomen ahora las cosas en Crimea depende precisamente en gran parte de las razones que movieron a los rusos a abandonar el lado sur. Es evidente que en esta repentina decisión no pesaron en absoluto motivos puramente tácticos y estratégicos. Si Gorchakov hubiera opinado que, tras la caída del Malájov, ya no podían sostenerse el lado sur y ni siquiera la Karabélnaya, no habría hecho levantar tantas obras de fortificación interiores en ese arrabal. Aunque el éxito final del sitio pudiera considerarse asegurado con la toma de aquel punto dominante, una defensa tenaz, primero de las obras interiores del arrabal y luego de la ciudad misma, habría podido ganar un respiro de cuatro a seis semanas. A juzgar por los mejores mapas, planos y esquemas, desde un punto de vista puramente táctico y estratégico no era necesario abandonar con tal precipitación lo que hasta entonces se había defendido con tal tenacidad. Con la sola ciencia militar no puede explicarse un paso así, que difícilmente puede atribuirse a la confusión y al miedo provocados por una derrota inesperada y decisiva. Motivos de otra índole tienen que haber forzado a Gorchakov a dar un paso que compromete tan seriamente como lo hace su posición y su carrera militares.

Solo hay dos explicaciones posibles. O bien la morale de los soldados rusos estaba tan quebrantada que habría sido imposible volver a reunirlos con algún orden detrás de la línea de defensa interior para proseguir la lucha, o bien la falta de víveres empezaba a hacerse sentir con dureza no solo en Sebastopol, sino también fuera, en el campamento. La serie casi ininterrumpida de derrotas infligidas al ejército ruso, desde Oltenița y Cetate2 hasta la batalla del Chernaya y el asalto del 8 de septiembre, tiene que haber quebrantado sin duda por completo el ánimo de los defensores de Sebastopol, tanto más cuanto que se componían principalmente de las mismas tropas que habían sido derrotadas en el Danubio y después en Inkerman. Los rusos tienen una sensibilidad bastante embotada para soportar adversidades y peligros y pueden aguantar derrotas durante más tiempo que la mayoría de las demás tropas; pero ningún ejército del mundo puede mantenerse unido eternamente si lo derrota cada enemigo con que tropieza y si no tiene nada que oponer a una larga cadena de derrotas salvo la satisfacción negativa de su resistencia tenaz y prolongada y un solo ejemplo de defensa activa victoriosa, como la del 18 de junio.3 Pero semejante resistencia en una fortaleza sitiada tiene ya de por sí, a la larga, un efecto desmoralizador. Implica duras penalidades, falta de sueño, enfermedad y la presencia no de ese peligro agudo que mantiene en tensión el espíritu, sino del peligro crónico que a la larga lo embota. Las derrotas que se sucedieron rápidamente en el Chernaya y en el Malájov tienen que haber completado el proceso de desmoralización, y es más que probable que las tropas de Gorchakov que estaban en la ciudad ya no sirvieran para ser llevadas contra el enemigo. Y como el Malájov dominaba el puente que conducía al otro lado, y los cañones franceses podían destruirlo cualquier día, un socorro se volvió imposible, mientras que la retirada al menos podía salvar a las tropas. No es de extrañar que esta desmoralización se apoderara por fin de la guarnición; lo asombroso es más bien que no ocurriera mucho antes.

Hay también algunos indicios muy graves de que la falta de víveres para el ejército en general tuvo mucho que ver con la repentina retirada del príncipe Gorchakov. La interrupción de la navegación rusa en el mar de Azov, aunque no tuvo efectos tan inmediatos como esperaba la prensa británica y francesa, necesitada entonces de una noticia de éxito, tenía que estorbar a la larga a los rusos, ya que los limitaba a una sola línea de operaciones y restringía sus suministros. Las enormes dificultades del transporte de víveres, munición y forraje desde Jersón a través de una región esteparia poco poblada tienen que haber aumentado todavía cuando este camino se convirtió en el único por el que podía abastecerse el ejército. Los medios de transporte, reunidos por requisa en Ucrania y en las provincias del Don, tienen que haber quedado al fin inservibles; caballos y bueyes de tiro tienen que haber sucumbido en gran número tanto al exceso de esfuerzo como a la escasez de forraje; y, una vez agotadas las provincias más próximas, cada vez era más difícil traer las provisiones necesarias. Esta falta de suministros había de manifestarse al principio no tanto en Sebastopol (donde tenían que haberse almacenado depósitos para el caso de que la plaza fuera cercada también por el lado norte) como en el campamento por encima de Inkerman, en Bajchisarái y en la ruta de marcha de los refuerzos. Los jefes aliados han mencionado más de una vez en sus informes que así ocurría, pero también otras circunstancias indican que así debió de ser. Esta incapacidad de abastecer siquiera a las tropas que están ahora en Crimea es lo único que explica por qué no se dejó avanzar y tomar parte en la batalla del Chernaya a las dos divisiones de granaderos que llevan tanto tiempo en marcha y que, según se dice, han llegado ahora a Perekop; con ello se explica también que, aunque no llegara la mayor parte de las tropas que debían avanzar en socorro de Sebastopol, se arriesgara pese a todo la batalla, si bien con fuerzas ridículamente pequeñas en relación con la tarea que tenían que cumplir.

Todos los indicios señalan, pues, que tanto la desmoralización de la mayor parte de las tropas rusas como la falta de suministros para el ejército en campaña movieron a Gorchakov a no arriesgar demasiado aplazando por poco tiempo la caída de una fortaleza que ya no podía sostenerse. Aprovechó la última posibilidad de salvar a la guarnición, y parece haber obrado bien. A juzgar por todo, de otro modo habría tenido que abandonarla a su suerte, reunir su ejército de campaña y retirarse al interior de Crimea, si no hasta Perekop. En ese caso, la guarnición del lado sur se habría visto muy pronto obligada a abrirse paso a escondidas hasta el lado norte o a capitular; y el lado norte, privado de toda perspectiva de ser relevado alguna vez y ocupado por tropas desmoralizadas, se habría visto pronto obligado a rendirse por hambre.

Mientras los rusos tuvieron la posibilidad no solo de mantener en Crimea su ejército con una fuerza aproximadamente igual a la de los aliados, sino incluso de esperar refuerzos que los harían muy superiores a sus adversarios, el lado norte de Sebastopol representaba una posición de inmensa importancia. Sostener el lado norte con las fuerzas de una guarnición, mientras el ejército de campaña ocupaba la posición en que se encontraba según las últimas noticias que nos han llegado, significaba confinar al ejército aliado en la meseta del Quersoneso Heracleótico.4 Significaba también mantener sus barcos lejos de la bahía de Sebastopol y privarlos de una base de operaciones adecuada para la flota más cercana que el Bósforo, pues ni Kamysh ni Balaklava podían servir para ello. Mientras los rusos estuvieron en condiciones de sostener el campo de batalla en Crimea, el lado norte era la llave de toda Crimea y de lo que da al país entero alguna importancia militar o marítima, igual que el Malájov lo era del lado sur. Pero desde el momento en que los rusos ya no pueden sostener el campo de batalla, el lado norte ya no tiene ninguna importancia especial. Es una posición bastante fuerte, pero que, si se la sitia con fuerzas suficientes, está condenada a caer, porque no puede esperar ayuda de ninguna parte.

Esto puede parecer extraño después de la gran importancia que con razón se atribuye al lado norte. Y sin embargo es del todo cierto. Toda esta guerra ha sido en apariencia una guerra de fortificaciones y de sitios y, a los ojos de observadores superficiales, ha anulado por completo el progreso logrado con la rápida maniobra de Napoleón, devolviendo así el arte de la guerra a la época de la guerra de los Siete Años. En realidad, sin embargo, lo que corresponde a los hechos es exactamente lo contrario. Hoy en día las fortalezas y los grupos de fortificaciones no tienen otra importancia que la de puntos firmes en los que se apoya en sus movimientos un ejército en campaña. Así, el campamento de Kalafat era una cabeza de puente que permitía a Omer Bajá amenazar de flanco a los rusos; así, Silistra, Ruse, Varna y Shumla eran, por así decirlo, los cuatro ángulos salientes de un gran campamento fortificado en el que Omer Bajá podía retirarse y donde no se le podía perseguir antes de que se hubieran tomado o neutralizado al menos dos de esos ángulos salientes. Así, Sebastopol formaba el pivote del ejército ruso en Crimea, y siempre que ese ejército era inferior en número o se veía contenido de otro modo, Sebastopol le daba un respiro hasta que llegaban nuevos refuerzos. Para los aliados, Sebastopol era un puerto de guerra ruso que había que destruir y una base de operaciones para la flota que había que conquistar; para los rusos significaba la posesión de Crimea, porque era la única posición que había que sostener frente a una gran superioridad numérica hasta la llegada del socorro. Así, la decisión última correspondió siempre a los ejércitos en campaña, y la importancia de las fortalezas no dependía de su fuerza natural o artificial ni de sus obras propiamente dichas, sino de la protección y el apoyo (appui) que podían dar al ejército de campaña. Su valor se ha hecho relativo. Ya no son factores independientes en el juego de la guerra, sino solo posiciones valiosas que a veces puede ser aconsejable defender con todos los medios y hasta el extremo, y a veces no. Esto lo prueba el asunto de Sebastopol más que ningún acontecimiento anterior. Sebastopol, como todas las fortalezas verdaderamente modernas, ha desempeñado el papel de un campamento fortificado permanente. Mientras las fuerzas disponibles bastan para defender ese campamento, mientras hay provisiones en abundancia y están aseguradas las comunicaciones con la base principal de operaciones, mientras, sobre todo, ese campamento lo sostiene un ejército fuerte e impide al enemigo pasar de largo sin poner en juego su propia seguridad, mientras tanto, el campamento es de primera importancia y puede desbaratar los planes de un enemigo durante toda una campaña. Pero cuando ya no es así, cuando las fuerzas defensoras sufren un revés tras otro, las provisiones escasean y existe el peligro de que les corten las comunicaciones y de correr ellas mismas la misma suerte que los austriacos en Ulm en 1805,5 entonces es hora de anteponer el bienestar del ejército al valor abstracto de la posición y retirarse en el acto a otro lugar que ofrezca mayores ventajas.

Tal parece ser ahora la situación de los rusos. La mayor parte de su ejército activo original, catorce divisiones de veinticuatro, ha sido empeñada y en parte aniquilada en Crimea, y lo que hay de reservas y de milicias (opolchenie) u otras formaciones nuevas no resiste la comparación con las tropas que han perdido. Sin duda harán bien en no enviar más soldados a esa peligrosa península y en abandonarla más bien lo antes posible. Los aliados les son muy superiores en número y, sobre todo, en valor. Arriesgar una batalla en campo abierto con el ejército actual de Gorchakov sería buscar una derrota. Gorchakov puede ser envuelto desde la costa sur y el valle del Salguir o por Eupatoria. Ambas operaciones le obligarían a abandonar su comunicación con el lado norte sin recuperarla jamás, porque la superioridad numérica de los aliados aumenta de día en día. Parece que lo mejor que podría hacer ahora Gorchakov es mantener el frente con toda la audacia posible mientras lo prepara todo para volar los fuertes del norte y escapar a sus adversarios con una o dos marchas. Cuanto antes llegue a Perekop, mejor. Esto vale sobre todo si es cierta la noticia que hemos recibido de París de que los aliados, inmediatamente después de tomar posesión de Sebastopol, han empezado a enviar un ejército a Eupatoria. Si actúan con energía, ya sea en esa dirección o a lo largo de la costa sur y los pasos del Chatyr-Dag, la campaña tiene que terminar pronto y dejar a los aliados en posesión de Crimea. Hasta donde alcanzamos a ver, los únicos errores que pueden cometer ahora son un serio ataque frontal contra la posición rusa por encima de Inkerman o una semana de inactividad. El próximo vapor, que debe llegar aquí mañana por la noche, dará sin duda respuesta a la pregunta de qué piensan hacer.

  1. Mijaíl Gorchakov (1793-1861), comandante en jefe del ejército ruso en Crimea desde marzo de 1855. ↩

  2. Combates de la guerra en el Danubio, en Oltenița (4 de noviembre de 1853) y Cetate (6 de enero de 1854), en los que los turcos rechazaron a los rusos. ↩

  3. El asalto fallido de franceses e ingleses al Malájov y al Gran Redán del 18 de junio de 1855. ↩

  4. La meseta al sudoeste de Sebastopol, entre la ciudad y Balaklava, donde estaban acampados los ejércitos sitiadores. ↩

  5. En octubre de 1805 el ejército austriaco de Mack, envuelto por Napoleón, capituló en Ulm. ↩