Escrito por Friedrich Engels en Londres el 7 de julio de 1855 y publicado en la Neue Oder-Zeitung (Breslau), núm. 317, del 11 de julio de 1855. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 11 (Berlín, 1961, pp. 348-350), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Se corrigen dos erratas de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Londres, 7 de julio. Ayer expusimos el plan original de los aliados para el asalto del 18 de junio.1 Muy tarde, la noche del 17, supo Pélissier2 que los rusos se proponían lanzar al día siguiente un gran ataque nuevo contra el Mamelón.3 Debería haberlo considerado un verdadero golpe de suerte, pues la defensa del Mamelón contra cualquier fuerza que los rusos pudieran echarle encima tenía que estar fuera de toda duda. ¿Cómo, si no, habría podido servir el Mamelón (rebautizado ahora reducto Brancion) de base de operaciones para el asalto al Malájov? Así, los rusos, derrotados en su ataque al Mamelón, se habrían visto en la fatal situación de tener que librar una segunda batalla por el Malájov, y en tales circunstancias el éxito de las operaciones contra esta última posición parece haber sido poco menos que seguro. Pero Pélissier lo entendió de otro modo. Muy entrada la noche revocó el cañoneo y ordenó el asalto para las 3 de la madrugada. La señal se daría con tres cohetes. También a los ingleses se les informó de este cambio de disposiciones.
Este proceder terminó como tenía que terminar, del modo en que Napoleón, el Napoleón auténtico, describe la suerte de los generales vacilantes y chapuceros: «Ordre, contre-ordre, désordre», orden, contraorden, desorden. Media hora antes de la hora fijada, la columna francesa del extremo derecho entró en combate con el enemigo. No está del todo claro si los rusos la atrajeron con una salida fingida o si, como dice Pélissier, el general tomó una bomba francesa por los cohetes de señal. En todo caso, Pélissier se vio obligado a precipitar su señal, y las columnas, todavía ocupadas en buscar sus puestos en las trincheras, tuvieron que ponerse en marcha medio en desorden y en parte desde puntos de ataque distintos de los asignados. La columna francesa del centro, destinada a envolver el flanco del Malájov, alcanzó su objetivo y penetró en las obras rusas; pero las otras dos columnas no pudieron abrirse paso bajo la granizada de metralla y de fuego de fusilería que las recibió. Cada columna consistía en una brigada de cuatro batallones; la segunda brigada de cada división estaba en segunda línea, mientras que la Guardia formaba la reserva general. Había, pues, unas cuatro divisiones o 20.000 hombres disponibles. La segunda línea fue enviada a apoyar el primer ataque, pero en vano; por último se ordenó avanzar a la Guardia, que fue detenida y finalmente rechazada también. Solo quedaron disponibles 2 batallones. Eran ya las ocho y media. La brigada de la columna del centro, que había penetrado en las obras rusas, fue expulsada; en todos los puntos los franceses habían sido rechazados con grandes pérdidas, y no había tropas frescas a mano. Los ingleses no tuvieron más éxito. Pélissier dio la orden de retirada, que, según dice, se efectuó «con dignidad».
En el lado inglés, las columnas de cabeza contaban solo con 1.800 hombres cada una, 1.000 menos que las francesas. De estos 1.800, 1.000 estaban destinados a combatir y 800 a ejecutar los trabajos necesarios. En segunda línea, detrás de cada columna, estaba el resto de la brigada de la que se había sacado, 1.200-1.400 hombres. En tercera línea, la segunda brigada de cada división, detrás de su primera brigada. Por último, la Guardia y los highlanders (primera división) formaban la reserva general. Así, de toda la infantería inglesa reunida en el lugar, solo 7.200 hombres habían de lanzarse adelante en la primera salida, y de ellos solo 4.000 debían tomar parte realmente en el combate. Esta delgadez de las primeras columnas se debía en parte a las tradiciones del servicio británico, en parte a su costumbre de atacar en línea. Todos los informes permiten concluir que también en esta ocasión atacaron en línea y ofrecieron así a las balas enemigas un blanco inútilmente extenso. El embrollo causado por la disposición de cuatro líneas distintas, una detrás de otra, en trincheras estrechas e irregulares, creó desde el comienzo gran desorden y estragos, y por fuerza habría provocado una confusión extrema si el combate hubiera llegado a ser serio. La primera y la tercera columna (de derecha a izquierda) debían envolver los flancos del Redán, mientras que la segunda debía atacar su ángulo saliente en cuanto aquellas hubieran logrado su objetivo. La cuarta columna, la del extremo izquierdo, debía atacar el fondo del puerto interior.
En cuanto se dio la señal, las columnas, exactamente igual que las francesas, estaban todavía en marcha hacia sus posiciones respectivas. Con todo, la primera columna saltó el parapeto de las trincheras y fue recibida al instante por un fuego mortífero de metralla. Las tropas, desordenadas por la escalada, no pudieron formar. El coronel Yea, su comandante, pedía ya a gritos un corneta para que tocara retirada; no se encontró ningún corneta, y siguieron adelante a la carga en gran desorden. Algunos llegaron hasta las abatidas que rodean el Redán, pero en vano. El grueso de la columna retrocedió de golpe y buscó el amparo de las trincheras. La tercera columna avanzó uno o dos minutos más tarde. Equivocó el camino y cargó contra el frente del Redán en vez del flanco. Avanzó tambaleándose bajo una espantosa granizada de proyectiles, fue rota y se retiró en completa desbandada al cabo de unos pocos minutos. Así terminó el ataque al Redán, antes de que ninguna de las complicadas reservas de lord Raglan4 tuviera tiempo de acudir en su apoyo. La segunda columna quedó tan sorprendida por este hundimiento repentino de sus apoyos de flanco que ni siquiera salió de sus trincheras. Solo la cuarta columna logró establecerse en el cementerio y en las casas de alrededor. Allí resistieron unos 1.800 hombres durante todo el día; no podían retirarse, porque el terreno a sus espaldas estaba al descubierto y bajo el fuego cruzado de los rusos. Así combatieron como pudieron hasta las 9 de la noche, cuando emprendieron la vuelta amparados por la oscuridad. Sus pérdidas superaron un tercio de sus efectivos. Así terminó el gran ataque de Pélissier contra el arrabal de Karabélnaya. Fue una empresa decidida a toda prisa, alterada con más prisa aún en sus rasgos principales poco antes del momento decisivo y ejecutada con una torpeza extraordinaria. Tenía razón aquel oficial ruso que, durante la tregua del 19, preguntó a un oficial inglés: «¿Estaban borrachos ayer vuestros generales cuando ordenaron el asalto?».
En la correspondencia anterior, «Choques entre la policía y el pueblo — Sobre los sucesos de Crimea», publicada en la Neue Oder-Zeitung del 9 de julio de 1855. ↩
Aimable Pélissier (1794-1864), general francés, comandante en jefe del ejército francés en Crimea desde mayo de 1855. ↩
El Mamelón Verde, colina fortificada ante el Malájov, en el lado sur de Sebastopol, tomada por los franceses el 7 de junio de 1855. ↩
FitzRoy Somerset, lord Raglan (1788-1855), comandante en jefe del ejército británico en Crimea; murió diez días después del asalto, el 28 de junio de 1855. ↩