Escrito en inglés por Karl Marx hacia el 1 de abril de 1856 y publicado en el periódico cartista The People’s Paper (Londres), núm. 205, del 5 de abril de 1856, y con variantes en el New-York Daily Tribune, núm. 4676, del 14 de abril de 1856. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 11 (Berlín, 1961, pp. 594-599), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
La Francia de Bonaparte el Pequeño, que celebra banquetes por el nacimiento de un hijo de la Montijo1 y derrocha los tesoros de una nación en una pompa ridícula, «toda reluciente, toda de oro, como dioses paganos», esa Francia contrasta terriblemente con la Francia que es atormentada en Cayena, sufre en Lambessa, languidece en Belle-Île y se pudre en los presidios,2 con la Francia que perece en Crimea y con la Francia de dentro de Francia, que está al borde de la bancarrota.
En la carta del ciudadano Tassilier, traducida literalmente del original, el lector encontrará la historia verdadera y conmovedora de los ciudadanos franceses deportados a Cayena. La prensa del servilismo genuinamente británico pregona a los oídos del mundo adormilado, con exagerada palabrería, la gran noticia de la magnanimidad sin límites y la clemencia casi sobrehumana del héroe de las salchichas del campo de Satory,3 que decreta una amnistía general y ahoga los primeros llantos de su obstinado lactante con los gritos de júbilo de miles de franceses que recobran la libertad y son devueltos a sus familias.
Pero apartémonos del entusiasmo venal de los aduladores y prestemos oído al lenguaje insobornable de los hechos. Boustrapa4 está dispuesto a librar de sus cadenas a los hombres que ha atormentado durante cuatro años, a condición de que consientan en cubrirse de una vergüenza indeleble y pasar por las horcas caudinas del Bajo Imperio.5 Si declaran su sumisión leal al Imperio, es decir, si sancionan el golpe de Estado y reniegan de la República; si venden su alma, Boustrapa está dispuesto a venderles la vida.
«Ya en la proclamación solemne del Imperio», dice el Moniteur,6 «se hizo este ofrecimiento generoso». Así reconoce el propio Moniteur que la amnistía general, inflada ahora hasta convertirla en una noticia maravillosa, no es más que la repetición de la vieja farsa representada hace cuatro años. Este genio de la abyección se jacta de que sus víctimas están ya rebajadas a su propio nivel y lo bastante domadas como para aceptar ahora, en 1856, como una gracia lo que en 1852 rechazaron indignadas como una afrenta.
El Moniteur envuelve su «llamamiento magnánimo» a la vileza en mentiras y falsificaciones astutamente calculadas. Afirma que, de las 11.000 personas condenadas a la deportación a Argelia tras los sucesos de junio de 1848, por la clemencia del presidente solo han quedado en África 306. Con el mismo Moniteur en la mano, comprobamos por nuestra parte que, de los 11.000 prisioneros hechos en junio de 1848, en noviembre de 1848, cuando se discutía en la Asamblea Constituyente la ejecución del decreto de deportación, solo quedaban 1.700; que de ellos se había enviado a 1.500 a Belle-Île y, el 8 de marzo de 1849, bajo el gobierno de Odilon Barrot,7 a 700 de estas 1.500 personas a Bona,8 en África. Así pues, la clemencia de Boustrapa redujo a 306 esta última cifra de 700, y no, como anuncia el mentiroso Moniteur, la enorme cifra de 11.000 personas; y esta minúscula clemencia no fue en sí más que una jugarreta contra la Asamblea. Le estamos, sin embargo, agradecidos al Moniteur por recordar a Francia las abominables infamias cometidas por Cavaignac9 y la república burguesa.
En cuanto a los deportados y desterrados de diciembre, el mismo Moniteur calcula su número en 11.201 personas y afirma que ahora se ha reducido a 1.058. Ahora bien, el golpe de Estado se cobró más de 11.000 víctimas solo en los departamentos de los Bajos Alpes, el Hérault, el Var y el Nièvre, y en este momento hay todavía por lo menos 12.000 víctimas condenadas al destierro o a la deportación. Es de dominio público que el golpe de Estado afectó a más de 50.000 personas. Hay que observar además que el «llamamiento magnánimo» del Moniteur se dirige exclusivamente a los deportados a Argelia y a otras posesiones de ultramar, y que en él no se menciona ni de lejos a los condenados de Angers10 ni a los encarcelados por pertenecer a sociedades secretas; tampoco afecta a los que los consejos de guerra ambulantes metieron en presidio en 1851, ni a los prisioneros de Belle-Île, ni a los estudiantes encerrados por silbar a los apologistas a sueldo de Boustrapa, etc. En compensación, el Moniteur proclama una amnistía plena e incondicional para cazadores furtivos, contrabandistas, falsificadores, ladrones, desertores, presidiarios id genus omne.11 Concuerda por completo con el carácter del Bajo Imperio y con las costumbres del Bonaparte de bisutería12 que el nacimiento de un hijo tuviera que convertirse en un día de fiesta para toda la chusma emparentada con el padre.
Pasemos ahora de las víctimas del golpe de Estado a sus instrumentos, de los hombres que le opusieron resistencia a los esclavos que lo ejecutaron, de los soldados de la libertad al ejército de Crimea. Si es un síntoma histórico significativo que Bonaparte, en medio de las ilusiones recientes de una dinastía recién horneada y del supremo triunfo de su admisión en el ungido círculo de la rancia legitimidad,13 necesite todavía el reconocimiento de sus desdichadas víctimas y solicite por eso hipócritamente su adhesión al Imperio, no es un ejemplo menos notable de la ironía de la historia el hecho de que, al mismo tiempo que el jefe y los miembros de la Sociedad del 10 de Diciembre14 celebran en París el éxito del golpe de Estado con pomposo derroche, el ejército que impuso a Francia este régimen deshonroso expíe su crimen en Crimea con privaciones, hambre, agonía y muerte en sus formas más terribles y dolorosas.
En el primer período de la campaña de Oriente, de noviembre de 1854 a marzo de 1855, se puso por las nubes al advenedizo de diciembre como una segunda providencia y se cantó en todos los tonos la excelente dirección militar del Imperio de todas las glorias, en contraste con los escandalosos padecimientos que tuvo que pasar el ejército inglés a consecuencia de la traición premeditada en la metrópoli y de las consecuencias naturales de un sistema anticuado. Pero, como cualquier otro acto del Bajo Imperio, lo que se tomaba por realidad no era más que una fantasmagoría teatral calculada para un efecto escénico inmediato. Durante dos años Bonaparte se había ocupado exclusivamente de preparar la guerra. Había tensado todas las fuerzas de la enorme Francia centralizada para asegurar el primer éxito de su ejército.15 No es de extrañar, sin embargo, que ni siquiera este miserable aventurero de Estrasburgo y Boulogne lograra destruir, en los dos primeros años de su mal gobierno, la excelente organización del ejército francés, herencia de la primera revolución. Lo asombroso es que haya alcanzado ese objetivo en los dos primeros años de la guerra actual. Después de haber derrochado en su propia Batracomiomaquia16 más dinero y bienes que Napoleón el Grande en los quince años de su Ilíada, descubre al comienzo del tercer año que los recursos de Francia están agotados, su administración militar hundida y su ejército consumiéndose de necesidad y privaciones. El cáncer que roe al ejército francés es el principio orgánico del Bajo Imperio, a saber, el robo y la malversación; y solo han hecho falta dos años para que su efecto se haga visible.
El lamentable estado del ejército francés se ocultó cuidadosamente durante mucho tiempo, no solo en la prensa francesa, sino también en la inglesa. Hoy lo pregonan a los cuatro vientos. Este estado del ejército es un hecho que ya no se discute, después de que hasta el Moniteur de Bonaparte se haya desmentido a sí mismo. Para el propósito presente, basta con citar la última carta del corresponsal del Times en Sebastopol:
«El ejército francés, por numeroso que lo presenten sobre el papel, está menguando mucho. El escorbuto y las fiebres hacen estragos en sus filas. Hace poco cifré su pérdida diaria en 170 hombres... Ahora los franceses reconocen que la mortalidad diaria en su ejército es de 120 hombres, y algunos días mucho mayor. El ala derecha del ejército, en el valle de Baidar, es la que más sufre... Cuando llegue el tiempo templado, cabe esperar un aumento considerable de las enfermedades... Las listas de enfermos de los franceses serán terribles... El ejército francés se está derritiendo ahora por lo menos tan deprisa como se derretía bajo las balas y las granadas durante la peor parte del sitio».
Como causas principales de sus padecimientos se señalan el alojamiento insuficiente, la falta de ropa y la escasez de víveres. El corresponsal, que describe el rigor del tiempo, con el que «en los barracones el agua se hiela hasta 3 pulgadas de hondo en los depósitos», y la frecuencia de las tormentas de nieve, que «dejaron pocos barracones en los que no entrara la nieve en grandes cantidades», pregunta qué no habrá tenido que soportar entonces el ejército francés en tiendas: no en barracones cuidadosamente equipados ni en tiendas dobles cuidadosamente rodeadas de zanjas, sino en tiendas sencillas y desprotegidas. Y concluye declarando que «es sencillamente insoportable cruzarse con los convoyes de enfermos franceses» y que el mariscal Pélissier se esfuerza más en ocultarlos al ejército inglés que en aliviar sus sufrimientos.
Añadimos otra cita del Morning Advertiser, el mismo periódico que compartió con el Morning Post el vergonzoso privilegio de saludar la toma del poder por Bonaparte en 1851 y que desde entonces glorifica a lord Palmerston como el verdadero ministro inglés:
«Hay 3.000 enfermos en el campamento francés del Chernaya, los hospitales de campaña están atestados y el personal médico diezmado por la enfermedad y el agotamiento, la intendencia está en plena descomposición e incapaz de alimentar a las tropas, los hombres mendigan literalmente galleta a los soldados de las avanzadas; el escorbuto, causado por la falta de verduras, y el tifus, causado por la falta de carne, hacen estragos con un rigor indomable; y el contraste entre los dos ejércitos es una fuente de descontento abierto para los soldados franceses. Los medios de transporte no bastan para llevar a los enfermos a Constantinopla —los hospitales de allí albergan a más de 12.000 pacientes—, la epidemia es una verdadera catástrofe y la mortalidad es espantosa; los transportes de tropas que llegan de Oriente a Marsella vienen cargados de víctimas de las fiebres, y los barcos con los enfermos de tifus se destinan a la cuarentena en Frioul».17
¿Qué hacer con el ejército que se consume?18 ¿Se lo calmará recitándole el cuento árabe de la «Natividad» del rey de Argel o describiéndole los uniformes bordados y galoneados de oro de la Guardia mimada del prudente héroe? Conviene recordar que los soldados franceses no están dispuestos, como los ingleses, a soportar la injusticia. Prueba de ello, si hiciera falta alguna, son los diversos intentos que ha habido en el ejército francés de pegarle un tiro al general Pélissier, hecho del que informa la Gazzetta di Milano, el Moniteur de Radetzky.19 Tampoco hay que imaginarse que el ejército de línea de Francia vaya a quedarse como espectador indiferente de la tragedia de Crimea. Las redadas de la policía de París empiezan a extenderse a los cuarteles. Los zuavos, llamados a París para enardecer con su presencia el entusiasmo público, ya han sido alejados de la capital porque despertaban sospechas. Otros dos regimientos que habían vuelto de Crimea también han sido enviados a provincias. El antagonismo entre la Guardia y la línea se agudiza de día en día, porque Bonaparte está creando en este momento nuevos regimientos de la Guardia en número suficiente para que este cuerpo privilegiado pueda hacer el servicio de guarnición en París sin los regimientos de línea. Bonaparte, que sobornó al ejército y provocó así el antagonismo entre él y el país, intenta ahora sobornar a un ejército dentro del ejército: un experimento bastante peligroso.
Una exposición detallada del estado de las finanzas —no querríamos llamarlas el talón de este Aquiles insólito, porque ese talón es bastante grande— exige un artículo aparte. De momento bastará con señalar que, como los valores venían bajando desde hacía algún tiempo, con la anunciada conclusión de la paz y también con el nacimiento de un nuevo Bonaparte se esperaba naturalmente que subieran. No se dejó del todo al azar que así fuera. No solo dio orden el gobierno de emplear generosamente los fondos públicos disponibles en la compra de valores del Estado, sino que también el Crédit Mobilier y otros establecimientos de crédito bonapartistas brotados de la noche a la mañana se dedicaron con ahínco, dos días seguidos, a comprar acciones. A pesar de todas estas maniobras, los valores, en lugar de subir, bajaron con la noticia de la «Natividad», y siguen bajando. Bonaparte, hecho una furia, ha prohibido ahora la venta en la Bolsa de valores que no sean los cotizados por el gobierno y ha hecho citar ante la prefectura de policía a los principales especuladores de bolsa.
Cuando se vino abajo la estatua de Palas Atenea en el Partenón, el suceso fue, según dicen, un mal presagio para la república de Atenas. El tambaleo del busto de Bonaparte sobre su pedestal en la sinagoga donde se fija el valor de mercado de los gobiernos y se descuenta la historia de los pueblos20 profetiza la caída del imperio de la usura.
Eugenia de Montijo (1826-1920), esposa de Napoleón III desde 1853. Su hijo, Eugenio Luis Napoleón, el príncipe imperial, nació el 16 de marzo de 1856. ↩
Lugares de deportación y prisión de los republicanos tras junio de 1848 y el golpe de Estado de 1851: la Guayana francesa (Cayena), Lambessa en Argelia y la fortaleza de Belle-Île, frente a la costa de Bretaña. ↩
En las revistas militares del campo de Satory, cerca de Versalles, en octubre de 1850, Luis Bonaparte, entonces presidente, hizo repartir a las tropas salchichas y champán para ganárselas. ↩
Apodo de Luis Bonaparte, formado con las primeras sílabas de Boulogne, Estrasburgo y París, escenarios de sus intentonas de 1840 y 1836 y de su golpe de Estado de 1851. ↩
El Bajo Imperio (Lower Empire, Bas-Empire): el Imperio romano tardío, tomado como modelo de decadencia y corrupción. Las horcas caudinas (furcae Caudinae) recuerdan el paso bajo el yugo impuesto por los samnitas a un ejército romano en el 321 a. C. ↩
Le Moniteur universel, diario oficial del gobierno francés. ↩
Odilon Barrot (1791-1873), presidente del consejo de ministros de diciembre de 1848 a octubre de 1849. ↩
La actual Annaba, en Argelia. ↩
Louis-Eugène Cavaignac (1802-1857), general, ministro de la Guerra y jefe del poder ejecutivo en 1848, que aplastó la insurrección obrera de junio de 1848 en París. ↩
Los obreros de las pizarreras de Trélazé y otros acusados juzgados en Angers en 1855 por un intento de insurrección republicana. ↩
«Y toda esa ralea». ↩
Brummagem: forma popular del nombre de Birmingham, ciudad famosa por la bisutería y la quincalla de imitación; de ahí «falso», «de pacotilla». ↩
Alusión a la visita de Napoleón III y Eugenia a la reina Victoria en abril de 1855 y a la de Victoria a París en agosto de 1855. ↩
Sociedad bonapartista fundada en 1849, formada sobre todo por elementos del lumpenproletariado de París, que sirvió a Luis Bonaparte de tropa de choque; Marx la describe en El 18 Brumario de Luis Bonaparte. ↩
En el New-York Daily Tribune, núm. 4676, del 14 de abril de 1856, esta frase continúa: «... que es el principal apoyo de su poder usurpado y que todavía no ha respondido a su propósito». ↩
La Batracomiomaquia, o guerra de las ranas y los ratones, parodia griega de la Ilíada. ↩
Las islas de Frioul, frente a Marsella, donde estaba el lazareto. ↩
En el New-York Daily Tribune, en lugar de esta frase: «¿Qué hacer con estas legiones descontentas que mueren por la miseria de la intendencia, la negligencia escandalosa y el robo abiertamente organizado?». ↩
El mariscal Joseph Radetzky (1766-1858), gobernador general austriaco del reino lombardo-véneto. ↩
La Bolsa. ↩