Escrito en inglés por Friedrich Engels hacia el 15 de septiembre de 1857 y publicado sin firma en The New American Cyclopaedia. A Popular Dictionary of General Knowledge (Nueva York, D. Appleton and Company), tomo I, 1858, págs. 348-351. Traducido del texto de la enciclopedia, cotejado con la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 14 (Berlín, 1961), págs. 95-106, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en inglés
ARGELIA, región del norte de África, antiguamente el bajalato turco de Argel, pero incluida desde 1830 en los dominios de ultramar de Francia. Limita al norte con el Mediterráneo, al este con Túnez, al oeste con Marruecos y al sur con el gran Sáhara. Su mayor longitud es de 500 millas de este a oeste; su mayor anchura, de 200 millas de norte a sur. La cordillera del Atlas constituye un rasgo físico importante del país y separa la tierra cultivable de la costa del desierto. Forma también la divisoria de aguas norte y sur de la provincia. La cadena principal corre de este a oeste, pero toda la provincia está surcada en todas direcciones por estribaciones de la cordillera central. La más alta de las montañas occidentales es el monte Uarsenis, el Mons Zalacus de Ptolomeo; de las orientales, el Yuryura y el Aurés. Alcanzan una altura de cerca de 7.000 pies. El río principal es el Chelif. Hay también ríos de considerable tamaño que bajan de la vertiente sur del Atlas y se pierden en el desierto. Ninguno de estos ríos es navegable. En verano se secan casi por completo, pero en primavera inundan una extensión considerable del país y fertilizan el suelo. Algunos viajeros no consideran insano el clima. La oftalmía y las enfermedades de la piel son comunes. Se dice que no hay fiebres endémicas, pero las grandes pérdidas de las tropas francesas por enfermedad pueden llevar quizá a una conclusión distinta. La atmósfera es pura y clara, el verano muy caluroso, y en invierno se padece a veces un tiempo riguroso, sobre todo en la región montañosa. En los límites del desierto el suelo es árido y arenoso, pero entre las zonas montañosas es fértil, y en especial cerca de los ríos. En Argelia crecen cereales de todas clases, frutas europeas y tropicales, flores, sobre todo rosas, de notable belleza, y una especie de caña de azúcar que se dice que es la más grande y productiva de todas las conocidas. Los animales domésticos de todas las variedades son numerosos. Los caballos, naturalmente, son excelentes; los asnos son de buena alzada y se usan mucho para montar. El camello y el dromedario de Argelia son muy superiores. La oveja merina es autóctona, y España se abasteció de ella primero en Argelia. El león de Numidia, la pantera y el leopardo, los avestruces, las serpientes, los escorpiones y otros reptiles venenosos abundan. Los bereberes, cabilas o amazigh, pues se les conoce por estos tres nombres, se consideran los habitantes primitivos. De su historia como raza poco se sabe, salvo que en otro tiempo ocuparon todo el noroeste de África y que también se encuentran en la costa oriental. Los cabilas viven en la región montañosa. Los demás habitantes son árabes, descendientes de los invasores musulmanes. Se encuentran en el país moros, turcos, kuluglis1, judíos y negros, y por último los franceses. La población en 1852 era de 2.078.035 habitantes, de ellos 134.115 europeos de todas las naciones, además de una fuerza militar de 100.000 hombres. Los cabilas son una raza laboriosa: viven en aldeas regulares, son excelentes agricultores y trabajan en las minas, en los metales y en toscas fábricas de lana y algodón. Hacen pólvora y jabón, recogen miel y cera y abastecen a las ciudades de aves de corral, fruta y otras provisiones. Los árabes siguen las costumbres de sus antepasados, llevan una vida nómada y trasladan sus campamentos de un lugar a otro según los obliguen las necesidades de los pastos u otras circunstancias. Los moros son probablemente los menos respetables de los habitantes. Viven en las ciudades y son más amantes del lujo que los árabes o los cabilas; la constante opresión de sus gobernantes turcos ha hecho de ellos una raza tímida, que conserva, sin embargo, su crueldad y su espíritu vengativo, mientras que en carácter moral están muy bajos. Las principales ciudades de Argelia son Argel, la capital; Constantina, con unos 20.000 habitantes, y Bona, ciudad fortificada de la costa, con unos 10.000 habitantes en 1847. Cerca de ella están las pesquerías de coral, frecuentadas por pescadores de Francia y de Italia. Bugía está en el golfo del mismo nombre. La toma de esta plaza se precipitó por los atropellos de los cabilas de los alrededores, que hicieron naufragar un bergantín francés cortándole el cable, y luego lo saquearon y asesinaron a la tripulación. En el interior hay algunos restos de la Antigüedad, sobre todo en la provincia de Constantina, entre otros los de la antigua ciudad de Lambesa, con restos de las puertas de la ciudad, partes de un anfiteatro y un mausoleo sostenido por columnas corintias. En la costa están Koléa y Cherchell, la antigua Iulia Caesarea, plaza de cierta importancia para los franceses. Fue residencia de Juba, y en sus alrededores hay restos antiguos. Orán es una ciudad fortificada. Estuvo en poder de los españoles hasta 1792. Tremecén, antigua residencia de Abd el-Kader, está situada en una región fértil; la ciudad antigua fue destruida por un incendio en 1670, y la moderna casi la destruyeron los franceses. Tiene fábricas de alfombras y de mantas. Al sur del Atlas está el Zab, la antigua Getulia. Su localidad principal es Biskra; los biskríes son una raza pacífica, muy apreciada en los puertos del norte como criados y mozos de cuerda. Argelia fue conquistada sucesivamente por los romanos, los vándalos y los árabes. Cuando los moros fueron expulsados de España en 1492, Fernando envió una expedición contra Argel y, apoderándose de Orán, Bugía y Argel, amenazó con someter el país. Incapaz de hacer frente al poderoso invasor, Selim Eutemi, emir de la Mitidja, una llanura fértil en las cercanías de Argel, pidió ayuda a los turcos, y se le envió en su auxilio al célebre corsario Barbarroja (Aruch). Aruch se presentó en 1516 y, tras hacerse dueño primero del país y matar a Selim Eutemi con su propia mano, atacó a los españoles, y después de una guerra de fortuna varia se vio obligado a encerrarse en Tremecén, donde lo sitió un ejército español, que logró capturarlo y le dio muerte en 1518. Le sucedió su hermano, Jeireddín, que pidió ayuda al sultán Selim I y reconoció a este príncipe como su soberano. Selim, en consecuencia, lo nombró bajá de Argel y le envió un cuerpo de tropas con el que pudo rechazar a los españoles y hacerse finalmente dueño del país. Sus hazañas contra los cristianos en el Mediterráneo le valieron de Solimán I la dignidad de kapudan bajá2. Carlos V intentó restablecer la autoridad española, y una poderosa expedición de 370 barcos y 30.000 hombres cruzó el Mediterráneo en 1541. Pero una terrible tempestad y un terremoto dispersaron la flota y cortaron toda comunicación entre ella y el ejército. Sin abrigo y expuestas a los hostigadores ataques de un enemigo audaz, las tropas se vieron obligadas a reembarcar y a escapar con una pérdida de 8.000 hombres, 15 buques de guerra y 140 transportes. Desde entonces hubo hostilidades incesantes entre las potencias berberiscas y los caballeros de Malta; de ahí surgió aquel sistema de piratería que hizo tan terribles en el Mediterráneo a los corsarios argelinos y que las potencias cristianas soportaron durante tanto tiempo. Los ingleses al mando de Blake, los franceses al mando de Duquesne, los holandeses y otras potencias atacaron Argel en diversas ocasiones; y como Duquesne la bombardeó dos veces, el dey mandó llamar al cónsul francés de Luis XIV y, tras enterarse por él del coste del bombardeo, le dijo con sorna que por la mitad de ese dinero él mismo habría incendiado la ciudad. El sistema del corso continuó pese a la oposición constante de las potencias europeas, y hasta las costas de España y de Italia eran a veces invadidas por los desalmados que practicaban este terrible oficio de guerra y saqueo. Miles de esclavos cristianos languidecían constantemente cautivos en Argel, y se formaron sociedades de hombres piadosos cuyo objeto expreso era ir y venir a Argel todos los años para rescatar a los prisioneros con los fondos que les confiaban sus parientes. Entretanto, la autoridad del gobierno turco había quedado reducida a un nombre. Los deyes los elegían los jenízaros, y se habían declarado independientes de la Puerta. El último bajá turco había sido expulsado por el dey Ibrahim en 1705, y los jenízaros, en elecciones tumultuosas, nombraban nuevos jefes, a los que a menudo asesinaban en sus motines. Los jenízaros se reclutaban entre los inmigrantes de Turquía, y no se admitía en sus filas a ningún nativo, aunque fuera hijo de un jenízaro y de una mujer del país. El dey enviaba de vez en cuando regalos a Constantinopla en señal de su vasallaje nominal; pero se había suprimido todo tributo regular, y los turcos, atados por sus constantes luchas con Rusia, eran demasiado débiles para castigar a los rebeldes de una provincia lejana. Estaba reservado a la joven república de los Estados Unidos mostrar el camino para abolir aquella tiranía monstruosa. Durante las guerras de la Revolución francesa y de Napoleón, las poderosas flotas del Mediterráneo habían protegido el comercio, y los argelinos se habían visto obligados a una tregua en sus exacciones sin ley. Al renovarse la paz, los argelinos reanudaron sus depredaciones; y los norteamericanos, que en 1795 se habían visto obligados a seguir el ejemplo de las naciones europeas y a pagar un subsidio al dey a cambio de la paz, se negaron ahora a pagar el tributo. En 1815 el comodoro Decatur se encontró con una escuadra argelina, apresó una fragata y un bergantín y entró en la bahía de Argel, donde obligó al dey a entregar a todos los prisioneros norteamericanos y a renunciar a toda pretensión futura de tributo. Este audaz ejemplo lo siguieron los ingleses, que, al mando de lord Exmouth, bombardearon la ciudad en 1816, la redujeron a cenizas y obligaron al dey a entregar sus prisioneros. Esto, sin embargo, fue solo un castigo, pues la piratería no se suprimió, y en 1826 los argelinos se apoderaban abiertamente de barcos italianos en el Mediterráneo y llevaban sus incursiones hasta el mar del Norte. En 1818 Husein Bey3 subió al gobierno; en 1823, tras ser saqueada la residencia del cónsul francés y cometerse diversos atropellos contra barcos de pabellón francés, se exigió reparación sin éxito. Por último, el dey de Argel insultó personalmente al cónsul de Francia y empleó expresiones irrespetuosas hacia el rey de Francia, que no había respondido a una carta que el dey le había escrito a propósito de una deuda del gobierno francés con unos comerciantes judíos que eran deudores de Husein. Para obtener una satisfacción se envió una escuadra francesa, que bloqueó Argel. Se abrieron negociaciones entre Francia, Mehmet Alí y la Puerta, según las cuales Mehmet Alí, con ayuda de Francia, se comprometía a conquistar Argel y a pagar un tributo regular al sultán, del que tendría el gobierno. Esto fracasó, en parte por la oposición de Inglaterra y en parte porque Mehmet Alí y Francia no lograron ponerse de acuerdo sobre los arreglos precisos para llevar a cabo el plan. El gobierno de Carlos X emprendió entonces por sí solo una expedición contra Argel, y el 13 de junio de 1830 un ejército de 38.000 hombres y 4.000 caballos desembarcó ante Argel al mando del general Bourmont. Husein Dey había levantado un ejército de 60.000 hombres para oponérsele, pero, al dejarlos desembarcar, no pudo hacer una resistencia eficaz, y Argel capituló el 4 de julio con la condición de que se respetaran la propiedad privada de las personas y la religión del país, y de que el dey y sus turcos se retiraran. Los franceses tomaron posesión de la ciudad. Entre el botín se llevaron 12 buques de guerra, 1.500 cañones de bronce y cerca de 10.000.000 de dólares en metálico. Pusieron enseguida guarnición en Argel y establecieron una regencia militar. El gobierno de Carlos X se proponía entregar Argel al sultán, y las instrucciones en ese sentido estaban ya en camino de Constantinopla cuando los acontecimientos de julio de 1830 derribaron a Carlos X. Uno de los primeros actos de su sucesor fue decidir que se conservaría la conquista, y Clauzel fue enviado como general en jefe en lugar de Bourmont. Desde la primera ocupación de Argelia por los franceses hasta hoy, el desdichado país ha sido escenario de un incesante derramamiento de sangre, de rapiña y de violencia. Cada ciudad, grande o pequeña, ha sido conquistada una por una con un inmenso sacrificio de vidas. Las tribus árabes y cabilas, para las que la independencia es preciosa y el odio a la dominación extranjera un principio más querido que la vida misma, han sido aplastadas y quebrantadas por las terribles razias, en las que se queman y destruyen las viviendas y los bienes, se siegan las cosechas en pie y los desgraciados que quedan son asesinados o sometidos a todos los horrores de la lujuria y la brutalidad. Los franceses han persistido en este sistema bárbaro de guerra contra todos los dictados de la humanidad, de la civilización y del cristianismo. Se alega como atenuante que los cabilas son feroces, dados al asesinato, que torturan a sus prisioneros y que con los salvajes la indulgencia es un error. Bien puede dudarse de que sea buena política para un gobierno civilizado recurrir a la lex talionis (ley del talión). Y juzgando el árbol por sus frutos, tras un gasto de probablemente 100.000.000 de dólares y el sacrificio de cientos de miles de vidas, todo lo que puede decirse de Argelia es que es una escuela de guerra para los generales y los soldados franceses, en la que recibieron su instrucción y su educación militar todos los oficiales franceses que ganaron laureles en la guerra de Crimea. Como intento de colonización, el número de europeos comparado con el de los nativos muestra su fracaso actual casi total; y esto en uno de los países más fértiles del mundo, el antiguo granero de Italia, a 20 horas de Francia, donde solo falta la seguridad de las vidas y de los bienes, tanto frente a los amigos militares como frente a los enemigos salvajes. Si el fracaso se debe a un defecto inherente al carácter francés, que lo incapacita para la emigración, o a una administración local desacertada, no nos corresponde discutirlo. Todas las ciudades importantes, Constantina, Bona, Bugía, Arzew, Mostaganem, Tremecén, fueron tomadas al asalto con todos los horrores que lo acompañan. Los nativos se habían sometido de mala gana a sus gobernantes turcos, que por lo menos tenían el mérito de ser correligionarios; pero no encontraron ninguna ventaja en la llamada civilización del nuevo gobierno, contra el que sentían además toda la repugnancia del fanatismo religioso. Cada gobernador venía solo para renovar los rigores de su predecesor; las proclamas anunciaban las intenciones más benévolas, pero el ejército de ocupación, los movimientos militares y las terribles crueldades practicadas por ambas partes desmentían todas las protestas de paz y buena voluntad. En 1831 el barón Pichon había sido nombrado intendente civil y se esforzó por organizar un sistema de administración civil que marchara a la par del gobierno militar, pero el freno que sus medidas habrían puesto al gobernador en jefe ofendió a Savary, duque de Rovigo, antiguo ministro de policía de Napoleón, y a instancias suyas Pichon fue llamado. Con Savary, Argelia se convirtió en el lugar de destierro de todos aquellos a quienes su mala conducta política o social había puesto bajo el látigo de la ley, y se introdujo en Argelia una legión extranjera a cuyos soldados se les prohibía entrar en las ciudades. En 1833 se presentó a la Cámara de Diputados una petición que decía: «Desde hace 3 años sufrimos todos los actos de injusticia posibles. Cada vez que presentamos quejas a las autoridades, solo se nos responde con nuevas atrocidades, dirigidas sobre todo contra quienes formularon las quejas. Por eso nadie se atreve a moverse, y por esa razón esta petición no lleva firmas. Oh señores, os suplicamos en nombre de la humanidad que nos libréis de esta tiranía aplastante, que nos rescatéis de los lazos de la esclavitud. Si el país ha de estar bajo la ley marcial, si no ha de haber poder civil, estamos perdidos; nunca habrá paz para nosotros». Esta petición dio lugar a una comisión investigadora, cuya consecuencia fue el establecimiento de una administración civil. Tras la muerte de Savary, bajo el gobierno interino del general Voirol, se habían iniciado algunas medidas destinadas a calmar la irritación: la desecación de pantanos, la mejora de los caminos, la organización de una milicia indígena. Pero todo ello se abandonó al regresar el mariscal Clauzel, bajo cuyo mando se emprendió una primera y desgraciadísima expedición contra Constantina. Su gobierno fue tan poco satisfactorio que en 1836 se envió a París una petición, firmada por 54 personas destacadas relacionadas con la provincia, que solicitaba una investigación de sus abusos. Esto llevó a la larga a la dimisión de Clauzel. Todo el reinado de Luis Felipe se ocupó en intentos de colonización que solo produjeron especulaciones con tierras; en una colonización militar que fue inútil, pues los colonos no estaban seguros lejos de los cañones de sus propios blocaos; en intentos de poblar la parte oriental de Argelia y de expulsar a Abd el-Kader de Orán y del oeste. La caída de este inquieto e intrépido caudillo pacificó el país hasta el punto de que la gran tribu de los hamián garaba se sometió en el acto. Con la revolución de 1848, el general Cavaignac fue nombrado para sustituir al duque de Aumale en el gobierno de la provincia, y este y el príncipe de Joinville, que también estaba en Argelia, se retiraron entonces. Pero la república no pareció tener más fortuna que la monarquía en la administración de esta provincia. Durante su breve existencia se sucedieron varios gobernadores. Se enviaron colonos a cultivar las tierras, pero murieron o se marcharon asqueados. En 1849 el general Pélissier marchó contra varias tribus y las aldeas de los Beni Sillem; sus cosechas y todos los bienes a su alcance fueron quemados y destruidos como de costumbre, porque se negaban a pagar tributo. En el Zab, comarca fértil al borde del desierto, como se había producido una gran agitación a raíz de las prédicas de un morabito, se envió contra ellos una expedición de 1.200 hombres, a la que lograron derrotar; y se vio que la revuelta estaba muy extendida y la fomentaban sociedades secretas llamadas de Sidi Abderrahmán, cuyo objeto principal era el exterminio de los franceses. Los rebeldes no fueron sometidos hasta que se envió contra ellos una expedición al mando de los generales Canrobert y Herbillon; y el sitio de Zaatcha, una ciudad árabe, demostró que los nativos ni habían perdido el valor ni habían cobrado afecto a sus invasores. La ciudad resistió los esfuerzos de los sitiadores durante 51 días y fue tomada al fin al asalto. La Pequeña Cabilia no se rindió hasta 1851, cuando el general Saint-Arnaud la sometió, estableciendo así una línea de comunicación entre Philippeville y Constantina. Los boletines y los periódicos franceses abundan en declaraciones sobre la paz y la prosperidad de Argelia. Pero no son más que un tributo a la vanidad nacional. El país sigue hoy tan agitado en el interior como siempre. La supremacía francesa es perfectamente ilusoria, salvo en la costa y cerca de las ciudades. Las tribus siguen afirmando su independencia y su aversión al régimen francés, y no se ha abandonado el atroz sistema de las razias; pues en el año 1857 el mariscal Randon llevó a cabo con éxito una razia contra las aldeas y los lugares habitados de los cabilas hasta entonces no sometidos, para añadir su territorio a los dominios franceses. Los nativos siguen gobernados con mano de hierro, y los continuos levantamientos muestran lo precario de la ocupación francesa y la vaciedad de una paz mantenida con tales medios. De hecho, un proceso celebrado en Orán en agosto de 1857, en el que se probó que el capitán Doineau, jefe del Bureau arabe, había asesinado a un indígena destacado y rico, reveló un ejercicio habitual del poder más cruel y despótico por parte de los funcionarios franceses, incluso de grado subalterno, que atrajo con razón la atención del mundo. En la actualidad el gobierno se divide en las tres provincias de Constantina al este, Argel en el centro y Orán al oeste. El país está bajo el mando de un gobernador general, que es también comandante en jefe, asistido por un secretario e intendente civil y por un consejo compuesto por el director del interior, el comandante de marina, el intendente militar y el fiscal general, cuya función es confirmar los actos del gobernador. El conseil des contentieux (consejo de lo contencioso) de Argel conoce de los delitos civiles y penales. Las provincias en que se ha organizado una administración civil tienen alcaldes, jueces y comisarios de policía. Las tribus indígenas que viven bajo la religión mahometana siguen teniendo sus cadíes; pero entre ellas se ha establecido un sistema de arbitraje que, según se dice, prefieren, y un funcionario (l'avocat des Arabes, el abogado de los árabes) está especialmente encargado de defender los intereses árabes ante los tribunales franceses. Desde la ocupación francesa, se afirma, el comercio ha aumentado considerablemente. Las importaciones se valoran en unos 22.000.000 de dólares, y las exportaciones en 3.000.000. Se importan tejidos de algodón, lana y seda, grano y harina, cal y azúcar refinado; se exportan coral en bruto, pieles, trigo, aceite y lana, además de otras cosas menores.