Escrito en inglés por Karl Marx (correspondencia fechada en París el 22 de abril de 1858) y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 5319, del 8 de mayo de 1858. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 12 (Berlín, 1961, pp. 450-455), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Se corrigen algunas erratas de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
París, 22 de abril de 1858
Desde la absolución del doctor Bernard1 y el entusiasmo público con que se aclamó ese veredicto, la alianza anglo-francesa ha dado un nuevo giro. Primero fue el periódico Univers el que declaró a Inglaterra no solo una «cueva de asesinos», sino un pueblo de asesinos, jurados y jueces incluidos, porque tuvo la agudeza de comprender que «el corazón de Inglaterra» no se manifestaba «en los honores protocolarios con que el ayuntamiento de Dover colmó la franca naturaleza del duque de Malájov», sino más bien «en el infame griterío de alegría que la gente lanzó en el tribunal de Old Bailey». La tesis original de los coroneles2 queda confirmada así sobre una base más amplia. Pisándole los talones al Univers viene el Constitutionnel con un editorial firmado por el señor Renée,3 yerno del señor Mocquard, que a su vez es, como se sabe, secretario, confidente y factótum de Bonaparte. Si el Univers había tomado de los coroneles la definición del pueblo inglés ampliando su sentido, el Constitutionnel repite las amenazas de los coroneles, solo que intenta respaldar la furia de los cuarteles con la supuesta indignación de «las ciudades y los distritos rurales». Adoptando ese tono de delicadeza moral herida tan característico de la literatura venal del Segundo Imperio, el periódico exclama:
«No queremos detenernos mucho en semejante absolución, que constituye un ataque inaudito y escandaloso a la moral pública; pues ¿qué hombre de honor, en Francia o en Inglaterra, podría albergar una duda sobre la culpabilidad de Bernard? Solo queremos informar a aquellos de nuestros vecinos que desean el mantenimiento de buenas relaciones entre los dos países de que al gobierno, aun con la mejor intención, le sería difícil evitar las consecuencias de la indignación pública si por desgracia el discurso pronunciado por el abogado de Bernard —un discurso que se permitió aunque rebosaba de calumnias e injurias contra el emperador, contra la nación que lo eligió, contra el ejército y contra nuestras instituciones— llegara a difundirse en las ciudades, los cuarteles y los distritos rurales de Francia». (¡Curiosa esta posición de los cuarteles entre las ciudades y los distritos rurales!)
Hasta aquí, todo bien. Que Francia se arroje o no sobre Inglaterra dependerá, pues, de la mera posibilidad de que el discurso anunciado por el propio Constitutionnel se difunda o no en Francia. Pero a esta cuasi declaración de guerra sigue un día después un extraño y llamativo cambio de frente en la Patrie. Se renunciará a la invasión francesa, pero solo en el caso de que se dé una nueva orientación a la alianza franco-inglesa. La absolución de Bernard habría revelado el creciente poder de la anarquía en la sociedad británica. Lord Derby debería salvar la sociedad en Inglaterra del mismo modo que Bonaparte la había salvado en Francia. Tal sería el desenlace de la alianza, y tal su conditio sine qua non. El conde de Derby, se añade, es «un hombre de talento extraordinario y de parentescos casi regios» y, por consiguiente, ¡el hombre que ha de salvar la sociedad en Inglaterra! Los diarios ingleses se ocupan por extenso de la debilidad, la inconstancia y la falta de rumbo que se delatan en esta alternancia de furia, amenaza y sofisma. El corresponsal en París del Daily News cree haber resuelto el enigma de estas opiniones contradictorias expresadas en el Univers, el Constitutionnel y la Patrie señalando el hecho bien conocido de que Bonaparte tiene un doble tiro de consejeros: los compañeros borrachos de la noche y los consejeros sobrios de la mañana. En los artículos del Univers y del Constitutionnel huele el aroma del Château-Margaux y de los puros, y en el de la Patrie los escalofríos del baño de agua fría. Pero ese mismo doble tiro ejerció su influencia durante el duelo de Bonaparte con la República francesa. Unos, a partir de enero de 1849, amenazaban con un coup d'état en sus periodiquillos de la tarde, mientras los otros los desmentían rotundamente en las graves columnas del Moniteur. Y sin embargo no fue en los «tiesos» artículos del Moniteur, sino en el ebrio «hurra» del Pouvoir, donde se perfilaron las sombras de los acontecimientos venideros. Estamos, sin embargo, lejos de creer que Bonaparte posea los medios de cruzar con éxito el «ancho foso». Las cómicas visiones nocturnas incubadas en esa dirección, que el New-York Herald se ha encargado de publicar, harán sonreír sin duda incluso a los meros principiantes en la ciencia militar. Pero somos decididamente de la opinión de que Bonaparte, un civil a la cabeza de un gobierno militar, cosa que nunca debe olvidarse, ha dado en la Patrie la última y única interpretación posible de la alianza anglo-francesa que contentará a sus «coroneles». Se encuentra en una situación sumamente grotesca y a la vez sumamente peligrosa. Para engañar a los gobiernos extranjeros tiene que hacer sonar el sable. Para aplacar a los portadores de espada e impedir que se tomen en serio sus bravatas, tiene que recurrir a fictiones juris tan imposibles como la de que la alianza anglo-francesa significa la salvación de la sociedad en Inglaterra a la acreditada manera bonapartista. Naturalmente, los hechos tienen que entrar en contradicción con sus doctrinas y, si su gobierno no es derribado por una revolución, como nos inclinamos a suponer, el final será que su fortuna se extinguirá como empezó, en aventuras descabelladas, en alguna expedición de Boulogne4 a mayor escala. El emperador volverá a caer en aventurero, igual que el aventurero se había convertido en emperador.
Entretanto, mientras la Patrie ha dicho la última palabra que Bonaparte puede pronunciar sobre el significado de la alianza anglo-francesa, vale la pena llamar la atención sobre la manera en que se habla ahora de esta alianza en los círculos dominantes de Inglaterra. A este respecto merece especial atención un artículo del Economist de Londres titulado «La alianza francesa, su carácter, su valor y su precio». Está escrito con una pedantería deliberada, como corresponde a la posición de un antiguo secretario del Tesoro del gobierno de Palmerston y de un representante de las opiniones económicas de los capitalistas ingleses. El señor Wilson5 empieza con la tesis de que
«la cosa que se ha recibido puede no corresponder exactamente a la cosa por la que se negoció». «Difícilmente», dice, «puede estimarse en demasía el valor de una alianza real entre Francia e Inglaterra»;
pero hay distintas clases de alianzas, reales y artificiales, alianzas auténticas y alianzas criadas en invernadero, alianzas «naturales» y «de gobierno», alianzas «de gobierno» y «personales». Primero el Economist da rienda suelta a su «imaginación»; y del Economist puede decirse lo que se ha dicho de los abogados: cuanto más prosaico es el hombre, más malas pasadas puede jugarle su imaginación. El Economist apenas puede fiarse de su «imaginación»
«para examinar la influencia que una alianza real entre los dos grandes pueblos que están a la cabeza de la civilización moderna ejercería sobre los destinos de Europa y sobre la suerte y la felicidad de todos los demás países».
Pero se ve obligado a reconocer, aunque espera y cree que las dos naciones «maduran» hacia una alianza auténtica, «que todavía no están maduras para ella». Si, por consiguiente, Inglaterra y Francia no están todavía maduras para una auténtica alianza nacional, surgirá naturalmente la pregunta de qué clase es la actual alianza anglo-francesa. «Nuestra alianza recientemente concluida», confiesa el exmiembro del gobierno de Palmerston y oráculo de los capitalistas ingleses,
«ha sido en gran medida, lo reconocemos, inevitablemente una alianza concluida con el gobierno más que con la nación, con el emperador más que con el Imperio, con Luis Bonaparte más que con Francia; y además, en el valor que hemos atribuido a la alianza y en el precio que hemos pagado por ella, hemos perdido un poco de vista este hecho significativo y de peso».
Bonaparte es, naturalmente, el elegido de la nación francesa, y más tonterías por el estilo, pero por desgracia
«solo representa la mayoría numérica, no la mayoría intelectual del pueblo francés. Quiere la desgracia que las clases que se mantienen apartadas de él comprendan precisamente aquellos partidos cuyas opiniones sobre casi todas las grandes cuestiones de la civilización son análogas a las nuestras».
Después de exponer así, en un lenguaje sumamente cauto y cortés y en frases prolijas con las que no queremos molestar al lector, el axioma de que la actual llamada alianza anglo-francesa es una alianza de gobiernos más que de naciones, el Economist llega a admitir que es incluso más una alianza personal que una alianza meramente de gobierno.
«Luis Napoleón», dice, «ha dado a entender más abiertamente de lo que conviene al jefe de una gran nación que era nuestro amigo especial en Francia, que deseaba y mantenía la alianza inglesa más que su pueblo, y puede que nosotros hayamos asentido a esta opinión con más presteza y menos reservas de lo que propiamente aconsejaban la prudencia y la sinceridad».
En resumidas cuentas, la alianza anglo-francesa es una mercancía falsificada, adulterada: una alianza con Luis Bonaparte, pero no una alianza con Francia. Surge, pues, naturalmente la pregunta de si este artículo falsificado valía el precio que se pagó por él. Aquí el Economist se golpea el pecho y exclama en nombre de las clases dominantes de Inglaterra: «Pater, peccavi!».6 Ante todo, Inglaterra es un país constitucional, mientras que Bonaparte es un autócrata.
«Nos debíamos a nosotros mismos que nuestra cortesía franca y leal con el gobernante de facto de Francia solo hubiera podido madurar y caldearse hasta convertirse en admiración cordial y entusiasta en la medida en que su política resultara ser de tal clase que pudiéramos aprobarla honrada y rectamente».
En lugar de atenerse en su bonapartismo a una especie de escala móvil, la población inglesa, una población constitucional,
«ha prodigado a un emperador que había destruido las libertades constitucionales de sus súbditos atenciones como nunca antes había recibido un rey constitucional que había concedido y respetado esas libertades. Y cuando estaba enojado e irritado, nos humillamos para aplacarlo con un lenguaje de adulación repugnante que sonaba extraño en boca inglesa. Nuestra conducta y nuestro lenguaje han enajenado a todos aquellos círculos del pueblo francés a cuyos ojos Luis Napoleón es o un usurpador o un déspota militar. Esto ha irritado y asqueado especialmente al partido parlamentario de Francia, sean republicanos u orleanistas».
El Economist descubre por fin que esta genuflexión ante un usurpador afortunado no fue nada prudente.
«Es imposible», dice, «suponer que el régimen existente en Francia pueda ser aquel régimen duradero bajo el que esta nación enérgica e inquieta consienta en vivir... ¿Es prudente, por tanto, ligarnos de tal modo a una fase pasajera de gobierno en Francia que despertemos la enemistad de su desarrollo futuro y más duradero?».
Además, la alianza con Inglaterra era más necesaria para Bonaparte que para Inglaterra la alianza con él. En 1852 era un aventurero, un aventurero afortunado, pero aventurero al fin.
«No estaba reconocido en Europa; era dudoso que fuera a serlo. Pero Inglaterra lo aceptó pronto y sin vacilar, reconoció en seguida sus títulos, le dio entrada en el círculo exclusivo de las testas coronadas y le procuró así crédito ante las cortes de Europa». «Más aún: con el intercambio de visitas y de relaciones cordiales, nuestra corte permitió que el trato se convirtiera en intimidad... Aquellos emprendedores círculos financieros y comerciales cuyo apoyo le importaba especialmente vieron en seguida cuán grande era la fuerza que ganaba con la estrecha y cordial alianza con Inglaterra».
Esta alianza le era necesaria, y la «habría comprado casi a cualquier precio». ¿Demostró el gobierno inglés su perspicacia comercial y su habitual despabilamiento al fijar ese precio? No se pidió precio alguno; no se insistió en ninguna condición, sino que se arrastró por el polvo como un sátrapa oriental al ofrecerle el don de la alianza. Ninguna bajeza por su parte fue bastante grande para que el gobierno inglés se detuviera un instante en su carrera de «liberalidad pródiga», como la llama el Economist, de servilismo sin freno, como la llamaríamos nosotros.
«Sería difícil probar», confiesa el pecador inglés, «que hayamos manifestado nuestra desaprobación, aunque solo fuera con una frialdad pasajera o un ceño fruncido ocasional, ante una sola de sus diversas medidas para entorpecer el protestantismo, reprimir el pensamiento, coartar la actividad de las autoridades municipales y degradar el Senado y la Cámara». «Hiciera lo que hiciera, proscribiera a quien proscribiera, por muchos periódicos que secuestrara o suprimiera, fueran cuales fueran los pretextos especiosos con que destituyó a profesores venerables y eminentes, nuestro lenguaje ha seguido siendo siempre el mismo; él ha sido siempre el gran hombre, el estadista sabio y sagaz, el soberano eminente y firme».
Así pues, los ingleses no solo han alimentado, apoyado y favorecido su abominable política interior, sino que, como confiesa el Economist, le han permitido entorpecer, modificar, debilitar y degradar su política exterior.
«Persistir por más tiempo en una posición tan falsa», concluye el Economist, «no puede redundar ni en nuestro honor, ni en nuestro provecho, ni en bien del Imperio inglés».
Si se compara esta declaración con la de la Patrie, no cabe duda de que la alianza anglo-francesa ha muerto, y con ella el único apoyo internacional del Segundo Imperio.
Simon François Bernard (1817-1862), médico francés emigrado en Londres, acusado de complicidad en el atentado de Orsini y absuelto por un jurado del Old Bailey el 17 de abril de 1858, tras un alegato de su abogado, Edwin James, contra Napoleón III. ↩
Los mensajes de los coroneles de los regimientos franceses publicados en el Moniteur tras el atentado de Orsini, que llamaban a Inglaterra «guarida de asesinos». ↩
Amédée Renée (1808-1859), director del Constitutionnel; Jean-François Mocquard (1791-1864), jefe del gabinete de Napoleón III. La versión alemana de la MEW escribe «Macquard». ↩
El intento de golpe de Luis Bonaparte en Boulogne-sur-Mer, en agosto de 1840. ↩
James Wilson (1805-1860), fundador y director de The Economist, secretario del Tesoro de 1853 a 1858. ↩
«¡Padre, he pecado!» (Lucas 15, 18 y 21). ↩