Escrito en inglés por Karl Marx (correspondencia fechada en París el 15 de noviembre de 1859) y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 5807, del 2 de diciembre de 1859. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 13 (Berlín, 1961, pp. 535-539), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Se corrige una errata de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

París, 15 de noviembre de 1859

Ahora está a la orden del día una querelle allemande1 que, por insignificante que haya de parecerle al gran público, puede acarrear sin embargo una catástrofe alemana e incluso europea. El pequeño país que da a las potencias teutónicas dominantes el pretexto para la disputa se ganó mala fama en la historia de los Estados Unidos. Es sabido que, de los miles de mercenarios que Inglaterra compró en Alemania para enviarlos al otro lado del Atlántico y lanzarlos contra sus colonias sublevadas, el contingente principal lo aportó Hesse-Kassel, donde un príncipe elector patriarcal2 solía cobrar rentas en oro británico a cambio de sus leales súbditos. Desde aquella memorable época, las relaciones entre los príncipes electores y sus súbditos parecen haberse vuelto cada vez más hostiles, hasta que en 1830 la revolución francesa de julio dio la señal para una revolución en Hesse-Kassel. Esta revolución la alentó en secreto el actual príncipe elector,3 muy deseoso de compartir con su amado padre la responsabilidad del poder supremo. La pequeña revolución abrió el camino a la Constitución hesiana del 5 de enero de 1831, que es hoy la gran consigna de combate entre Austria y Prusia; ella había empujado a estas dos potencias en 1850 a la batalla incruenta de Bronzell y, si las circunstancias ayudan, puede inducir pronto a Luis Bonaparte a estudiar la «cuestión alemana», después de haber logrado convertir la «cuestión italiana» en un asunto aburrido. Para aclarar el conflicto actual puede ser útil un breve esbozo de la Constitución hesiana de 1831, de las metamorfosis por las que ha pasado y de los acontecimientos que enredaron con su destino las pretensiones rivales de Austria y Prusia.

Con excepción de lo dispuesto sobre el modo de elección, es decir, la elección de los diputados por los antiguos estamentos (nobles, burgueses, campesinos), la Constitución hesiana de 1831 puede considerarse la ley fundamental más liberal que se haya promulgado nunca en Europa. No hay otra constitución que mantenga las atribuciones del poder ejecutivo dentro de límites tan estrechos, que haga a la administración tan dependiente del legislativo y que confíe a la justicia un control tan amplio. Para explicar este hecho curioso puede decirse que la revolución hesiana de 1831 fue en realidad una revolución de los juristas, los funcionarios y los oficiales contra el príncipe, de acuerdo con los descontentos de todos los «estamentos». En la primera sección se establece que todo príncipe hesiano que se niegue a jurar la Constitución queda excluido de la sucesión al trono. La disposición sobre la responsabilidad ministerial, lejos de ser una frase sin importancia, faculta a los diputados para destituir, por medio del Tribunal de Estado, incluso a cualquier ministro al que se declare culpable de haber interpretado erróneamente alguna resolución del legislativo. En este caso se priva al príncipe del derecho de gracia. No goza del privilegio de jubilar contra su voluntad a los miembros de la administración ni de destituirlos, ya que siempre les queda el derecho de apelar a los tribunales. A estos se les confiere el derecho de decisión última en todas las cuestiones referentes a la disciplina de servicio de los funcionarios. La Cámara de Diputados elige de entre sus miembros una comisión permanente que constituye una especie de Areópago, vigila y controla al gobierno y acusa a los funcionarios por violación de la Constitución, sin hacer excepción cuando funcionarios subalternos actúan en ejecución de disposiciones de una autoridad suprema del Estado. De este modo, el funcionariado se hizo independiente de la Corona. Por otra parte, los tribunales, que pueden decidir en última instancia sobre todas las ordenanzas del ejecutivo, se volvieron omnipotentes. Los concejales de los municipios, elegidos por el pueblo, han de velar no solo por la ejecución de las disposiciones locales, sino también de las leyes generales del país. Los oficiales quedan obligados por juramento, antes de entrar en el servicio militar, a obedecer la Constitución, y gozan en todos los aspectos de los mismos privilegios frente a la Corona que los civiles. La Cámara de Diputados, que consta de una sola cámara, tiene derecho a bloquear, en todo conflicto con el ejecutivo, la recaudación de todas las tasas, impuestos y aranceles.

Tal es la Constitución de 1831 para Hesse-Kassel, que proclamó el príncipe elector Guillermo II, padre del príncipe que hoy reina,

«de pleno acuerdo con los estamentos» y «con el sincero deseo de que perdure aún en siglos lejanos como firme monumento de la concordia entre el príncipe y los súbditos».

El gobierno envió luego un ejemplar de la Constitución a la Dieta Federal alemana, que, si bien no asumió su garantía, pareció aceptarla como fait accompli. Era de prever que, pese a todos los pia desideria,4 la maquinaria constitucional de Hesse-Kassel no funcionaría sin roces. De 1832 a 1848 se reunieron no menos de diez legislaturas, de las que ni dos lograron llegar al término normal de su vida. La revolución de 1848 y 1849 llenó la Constitución de 1831 de un espíritu más democrático: suprimió la elección por estamentos, puso en manos del legislativo el nombramiento de los miembros del Tribunal Supremo y, además, quitó al príncipe el mando supremo del ejército y lo traspasó al ministro de la Guerra, es decir, a una persona responsable ante los representantes del pueblo.

En 1849, al reunirse la primera legislatura hesiana elegida según la nueva ley electoral, la reacción se había abatido ya en general sobre Alemania, pero las cosas seguían todavía en estado de fermentación. La antigua Dieta Federal había sido barrida por las olas de la revolución, mientras que la Asamblea Nacional alemana y su gobierno de fachada habían sido derribados por las bayonetas. Así pues, ya no existía ningún centro de toda la Confederación Germánica. En estas circunstancias, Austria exigió que se restableciera la antigua Dieta Federal en Fráncfort, donde su influencia siempre había prevalecido, mientras que Prusia deseaba formar una unión del norte en su provecho y bajo su control. Austria, apoyada por cuatro reinos alemanes y por Baden, logró en efecto reunir en torno suyo en Fráncfort del Meno los restos de la antigua Dieta Federal, mientras que Prusia hacía un débil intento de celebrar con algunos de los Estados más pequeños un parlamento de la Unión en Erfurt;5 Hesse-Kassel, con su legislatura liberal, estaba naturalmente en primera fila de los adversarios de Austria y era partidario de Prusia. Pero en cuanto el príncipe elector comprobó que Austria contaba con el apoyo de Rusia y que probablemente ganaría la partida, se quitó la máscara, se declaró por la Dieta Federal austriaca y contra la Unión prusiana, llamó a un ministerio reaccionario presidido por el famoso Hassenpflug6 y disolvió la legislatura opositora, que se había negado a votar los impuestos. Después de intentar en vano recaudar los impuestos por su propia autoridad, y como no encontró apoyo en las filas del ejército, del funcionariado ni de la justicia, declaró el estado de sitio en Hesse-Kassel. Pero, por precaución, había puesto pies en polvorosa y se había apresurado a ir a Fráncfort del Meno para vivir allí bajo la protección inmediata de Austria. Austria, en nombre de la antigua Dieta Federal que ella misma había restablecido, puso en marcha un cuerpo federal para suprimir la Constitución hesiana y restaurar el trono del príncipe elector. Prusia, por su parte, se vio obligada a salir en defensa de la Constitución hesiana y contra el príncipe elector, para reafirmar su protesta contra el restablecimiento de la Dieta Federal y su propósito de crear una unión del norte bajo su patrocinio. Así se convirtió la Constitución hesiana en la consigna de combate entre Prusia y Austria. Entretanto, las cosas se acercaban a una crisis. Las vanguardias del ejército federal y del ejército prusiano se encontraron frente a frente en Bronzell, pero solo para tocar retirada por ambos lados. El primer ministro prusiano, el señor von Manteuffel, se reunió el 29 de noviembre de 1850 en Olmütz con el príncipe Schwarzenberg, el ministro austriaco, para enterrar todas las pretensiones prusianas de una política propia respecto al parlamento alemán, a Hesse-Kassel y a Schleswig-Holstein.7 Prusia volvió a la Dieta Federal como pecador vencido y arrepentido. Su humillación se hizo aún más amarga con la marcha triunfal de un ejército austriaco hasta las costas del mar del Norte. La Constitución hesiana de 1831 fue abolida, naturalmente, sin pena ni gloria, para ser sustituida primero por el estado de guerra y luego, en 1852, por una constitución sumamente reaccionaria, tramada por Hassenpflug, recortada por el príncipe elector y enmendada y sancionada por la Confederación Germánica. Esta Constitución de 1852 fue en adelante la eterna manzana de la discordia entre la población y el príncipe elector; todos los intentos de reconciliación fracasaron. El gobierno prusiano vio en los recientes acontecimientos de Italia y en los movimientos que les siguieron en Alemania la mejor ocasión para tomarse la revancha de la derrota de Olmütz y renovar su vieja enemistad con Austria. Prusia sabe que Rusia, que en 1850 inclinó la balanza a favor de Austria, se moverá esta vez en sentido contrario. Hasta ahora, entre los dos rivales solo se han cruzado proyectiles de papel. Que las Constituciones hesianas de 1831 y 1852 no son más que el pretexto de su lucha lo prueba la simple circunstancia de que Austria se pronuncia por una modificación de la Constitución de 1852 conforme a las disposiciones de la de 1831, mientras que Prusia insiste en restablecer la Constitución de 1831 después de reelaborarla según los principios generales (monárquicos) de la Dieta Federal alemana. El pueblo y las cámaras de Hesse-Kassel, que cuentan con el apoyo de Prusia, exigen que se restablezca la antigua Constitución. Todo este negocio, dirigido desde fuera por consejeros interesados, puede acabar en una guerra civil alemana si el pueblo alemán no se vuelve en el momento oportuno contra «sus dos casas».8

  1. En francés en el original: «querella alemana», es decir, una disputa por nada. ↩

  2. Federico II, landgrave de Hesse-Kassel (1760-1785), que alquiló a Inglaterra unos 17.000 soldados para la guerra contra la independencia norteamericana. El título de príncipe elector lo tuvieron sus sucesores desde 1803. ↩

  3. Federico Guillermo I (1802-1875), corregente desde 1831 y príncipe elector de Hesse-Kassel desde 1847, hijo de Guillermo II (1777-1847). ↩

  4. En latín en el original: «piadosos deseos». ↩

  5. Las negociaciones de 1849-1850 sobre una Unión de Estados alemanes bajo la dirección de Prusia, cuyo parlamento se reunió en Erfurt en marzo y abril de 1850. ↩

  6. Ludwig Hassenpflug (1794-1862), ministro de Hesse-Kassel en 1832-1837 y de nuevo de 1850 a 1855, odiado por su política reaccionaria. ↩

  7. Por el acuerdo de Olmütz (Olomouc), Prusia renunció a su política de unión y aceptó el restablecimiento de la Confederación Germánica bajo la hegemonía austriaca y la intervención federal en Hesse-Kassel y en Holstein. ↩

  8. Alusión a Romeo y Julieta de Shakespeare (acto III, escena 1): «¡Mala peste a vuestras dos casas!». ↩