Escrito en inglés por Karl Marx el 19 de julio de 1859 y publicado como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 5704, del 4 de agosto de 1859. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 13 (Berlín, 1961, pp. 423-427), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Si la guerra urdida por Luis Napoleón con el pretexto de liberar Italia provocó una confusión general de las opiniones, un trastrueque de las posiciones y una prostitución de los hombres y las cosas sin paralelo en la historia europea, la paz de Villafranca ha roto el funesto hechizo. Dígase lo que se quiera de la astucia de Luis Napoleón, esta paz ha destruido su prestigio y lo ha enajenado incluso del pueblo y del ejército franceses, a los que su principal empeño era atar a su dinastía. Cuando dice a ese ejército que hizo la paz por miedo a Prusia y al cuadrilátero austriaco, le dice algo que no puede sino disgustarle. Y cuando cuenta a ese pueblo, en el que cada cual es un revolucionario nato, que en su marcha triunfal solo lo detuvo el hecho de que habría tenido que dar el siguiente paso con la revolución como aliada, puede estar seguro de que lo mirarán con mucha más desconfianza y repugnancia que al coco con el que quiere asustarlos. En toda la Europa actual no hay fracaso comparable al que Luis Napoleón ha sufrido con su guerra italiana. La estafa reventó en Villafranca. Los especuladores de la Bolsa triunfan, los demagogos desenmascarados están horrorizados, los italianos engañados tiemblan de rabia, las «potencias mediadoras» hacen un papel lamentable, y los británicos y norteamericanos que creyeron en la misión democrática de Luis Bonaparte ocultan su vergüenza tras protestas insignificantes y explicaciones sutiles; pero quienes se atrevieron a hacer frente a una oleada de autoengaño, aun a riesgo de que se les acusara de austrófilos, han resultado ser ahora los únicos que tenían razón.

Veamos primero cómo se concluyó el tratado. Los dos emperadores se reúnen; Francisco José entrega Lombardía a Napoleón, que se la regala a Víctor Manuel. Víctor Manuel, aunque a todas luces el protagonista de la guerra, no es admitido siquiera en las negociaciones de paz. Las dos partes contratantes se burlan de la idea de oír, aunque solo sea por guardar las formas, la opinión de la mercancía humana con la que aquí se trafica. Francisco José dispone de lo suyo, y Napoleón III también. Si se hubiera tratado de traspasar una fortuna, habría sido indispensable la presencia de un funcionario judicial y el cumplimiento de algunas formalidades legales. Nada de eso en el traspaso de tres millones de personas. Ni siquiera se recaba el consentimiento de Víctor Manuel, que al fin y al cabo recibe la propiedad. Semejante humillación era demasiado para un ministro, y Cavour dimitió. Un rey, naturalmente, puede decir de un país anexionado lo que el emperador romano decía del dinero recaudado: Non olet.1 Probablemente no tiene para él un olor ofensivo.

Este proceder representa presumiblemente lo que en el vocabulario de las idées napoléoniennes2 se llama el «restablecimiento de las nacionalidades». Comparado con el negocio de Villafranca, al Congreso de Viena se le podría acusar directamente de principios revolucionarios y de simpatía por los pueblos. La inauguración de la nacionalidad italiana se escarnece deliberadamente con un acuerdo que declara en letras grandes que Italia no ha tomado parte en la guerra contra Austria y que, por tanto, no tiene nada que decir en la paz con Austria. Garibaldi con sus audaces montañeses, las insurrecciones de Toscana, Parma, Módena y la Romaña, Víctor Manuel con su país invadido, sus finanzas arruinadas y su ejército diezmado: nada de eso cuenta. Fue una guerra entre un Habsburgo y un Bonaparte. No fue una guerra italiana. Víctor Manuel no puede reclamar siquiera el honor de un aliado subalterno. No fue un socio en esta lucha, sino solo un instrumento, y por eso queda excluido de los derechos que, según el derecho de gentes, corresponden a todo cobeligerante, por pequeño que sea. No se le conceden los honores que se concedieron a los príncipes alemanes mediatizados en la paz de 1815. Es un pariente pobre y modesto, al que se permite comer en silencio las migajas que caen de la mesa de su primo rico y poderoso.

Si pasamos ahora al contenido, nos referimos al contenido oficial, del tratado de Villafranca, veremos que concuerda perfectamente con el procedimiento. Lombardía se entrega al Piamonte, pero esa misma oferta, en condiciones más favorables y sin cargas, ya se la había hecho Austria en 1848 a Carlos Alberto y a lord Palmerston. Entonces ninguna potencia extranjera se había adueñado del movimiento italiano. La entrega debía hacerse a Cerdeña, no a Francia; también Venecia debía separarse de los territorios austriacos y constituirse en un Estado italiano independiente, no con el emperador austriaco a la cabeza, sino con un archiduque austriaco. El generoso Palmerston rechazó entonces con desdén esas condiciones y las tachó de insuficientes para poner fin a la guerra de independencia italiana. La misma Lombardía se entrega ahora a la dinastía de Saboya como regalo francés, mientras Venecia, con el cuadrilátero, incluidas las fortalezas del Mincio, ha de quedar en las garras de Austria.

La independencia de Italia se convierte así en la dependencia de Lombardía respecto del Piamonte y en la dependencia del Piamonte respecto de Francia. El orgullo de Austria puede haber quedado herido por la cesión de Lombardía, pero su poder real más bien se ha consolidado al evacuar un territorio que absorbía parte de sus fuerzas militares sin poder ser defendido contra una invasión extranjera ni sufragar él mismo su sostenimiento. Los recursos que se gastaban inútilmente en Lombardía pueden emplearse ahora con provecho en otra parte. Austria conserva la posición militar dominante desde la que, en el momento oportuno, puede caer sobre su débil vecino. El Piamonte no ha ganado más que una frontera abierta y un territorio de súbditos inquietos, descontentos y desconfiados, con lo que en realidad no ha hecho más que debilitarse. Al mismo tiempo ha perdido todo título para representar los derechos de Italia. Ha cerrado un trato dinástico, pero ha abandonado su misión nacional. De Estado independiente, Cerdeña ha caído a Estado tolerado, que tiene que arrastrarse ante su protector del oeste para poder sostenerse frente a su enemigo del este.

Pero eso no es todo. Según las estipulaciones del tratado, Italia debe constituirse, a imagen de la Confederación Germánica, en una confederación italiana bajo la presidencia honoraria del papa. Parece haber algunas dificultades para llevar a cabo esta idea napoleónica, y queda por ver cómo se las arregla Napoleón III con los obstáculos que se interponen en el camino de su manía. Porque, acabe como acabe la cosa, no cabe duda de que una federación así, con el papa a la cabeza, es su manía. Y sin embargo la caída del poder papal en Roma se ha considerado siempre la conditio sine qua non de la liberación italiana. Hace mucho tiempo que Maquiavelo, en su Historia de Florencia, encontró en la supremacía papal la fuente de la degradación italiana. Ahora, según los propósitos de Luis Napoleón, en lugar de liberarse la Romaña, toda Italia ha de someterse al dominio nominal del papa. Si la federación llega alguna vez a existir, la tiara papal no será en realidad más que el emblema del dominio austriaco. ¿Qué quería conseguir Austria con sus tratados particulares con Nápoles, Roma, Toscana, Parma y Módena? Una confederación de príncipes italianos bajo dirección austriaca. El tratado de Villafranca, con una confederación italiana en la que el papa, Austria y los duques restaurados (si su restauración es posible) formarán un partido y el Piamonte el otro, supera las esperanzas más audaces de Austria. Desde 1815 aspiraba a formar una confederación de príncipes italianos contra el Piamonte. Ahora tiene la posibilidad de someter al propio Piamonte. Tiene la posibilidad de apagar la fuerza vital de este pequeño Estado en una confederación cuya cabeza nominal será el papa, que ha excomulgado a Cerdeña,3 y cuyo jefe real será el enemigo irreconciliable de Cerdeña. Por consiguiente, no se ha liberado a Italia, sino que se ha sometido al Piamonte. El Piamonte ha de desempeñar frente a Austria el papel de Prusia, pero sin los recursos que han permitido a este último Estado paralizar a su rival en la Dieta federal alemana. Francia, por su parte, puede jactarse de haber tomado respecto de Italia la posición que Rusia tiene respecto de la Confederación Germánica, aunque con la diferencia de que la influencia rusa en Alemania descansa en el equilibrio de fuerzas entre los Habsburgo y los Hohenzollern. El único camino por el que el Piamonte puede restablecer su prestigio se lo señala claramente su protector. En su proclama a sus soldados, Luis Napoleón dice:

«La unión de Lombardía con el Piamonte nos crea» (a la familia Bonaparte) «un aliado poderoso, que nos deberá su independencia».

Con ello declaró que el Piamonte independiente se ha convertido en una lugartenencia napoleónica. Para librarse de esa posición humillante, a Víctor Manuel le faltan recursos. Solo puede apelar a Italia, cuya confianza ha traicionado, o a Austria, con cuyo botín lo han cebado. Es muy posible, sin embargo, que intervenga una revolución italiana que cambie la faz de toda la península y vuelva a poner en escena a Mazzini y a los republicanos.

  1. «No huele»: palabras que Suetonio atribuye al emperador Vespasiano a propósito del impuesto sobre las letrinas. ↩

  2. Des idées napoléoniennes (1839), libro de Luis Napoleón Bonaparte. ↩

  3. Pío IX había excomulgado en 1855 a los responsables de las leyes sardas contra los conventos. ↩