Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 28 de julio de 1860 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 6021, del 11 de agosto de 1860. El original inglés no está disponible en una edición libre; traducimos de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 15 (Berlín, 1961, pp. 98-102), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título, entre corchetes, es de los editores de la MEW. Se corrigen algunas erratas evidentes de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Londres, 28 de julio de 1860

Como el Libro Azul sobre los disturbios de Siria acaba de publicarse y lord Stratford de Redcliffe1 ha anunciado para el próximo martes su interpelación sobre los asuntos sirios, vacilo en entrar en este importante asunto y solo quisiera advertir a sus lectores que no se dejen engañar por las declamaciones sentimentales de la prensa decembrista2, por el estremecimiento ante las espantosas atrocidades de tribus salvajes ni por la natural simpatía que se siente por los que sufren. Pero hay algunos puntos que conviene tener en cuenta. En primer lugar, el Imperio ruso, a consecuencia de las sacudidas internas que han traído el movimiento por la emancipación de los siervos y la ruina de las finanzas, se encuentra en un atolladero del que el gobierno actual no sabe salir si no es mediante una guerra de gran envergadura. La guerra les parece el único medio de quitarse de encima la revolución que amenaza y que tan fundadamente se predice en La vérité sur la Russie, del príncipe Dolgorúkov3. Por eso el príncipe Gorchakov4 intentó hace unos tres meses volver a plantear la cuestión de Oriente publicando su circular sobre las quejas de los cristianos de Turquía; pero su llamamiento, al que respondió una sola voz desde las Tullerías, se perdió sin eco en los oídos de Europa. Precisamente desde ese momento, los agentes rusos y franceses se esforzaron por provocar una contienda político-religiosa, los primeros en la costa dálmata y los segundos en la siria, y ambos movimientos se apoyaron mutuamente desde que los disturbios de Montenegro y de Herzegovina obligaron a la Puerta a retirar casi todo el ejército turco estacionado en Siria, dejando así el campo libre a la exacerbada resistencia de las tribus bárbaras del Líbano. El emperador de los franceses se vio, como el zar ortodoxo, ante la misma necesidad de buscar una nueva y excitante cruzada y de sumir otra vez a su imperio en el Leteo de las alucinaciones bélicas. El movimiento italiano, que se le escapó de las riendas que lo guiaban y tomó un rumbo opuesto a la dirección que él deseaba darle, se ha convertido en una carga en opinión de París, como cautelosamente dio a entender el Constitutionnel. Sus intentos de engatusar al príncipe regente de Prusia para una «consolidación de Alemania» por la fuerza, que había de pagarse a Francia con «una compensación moral» en forma de las provincias del Rin, resultaron un fracaso completo e incluso cubrieron de cierto ridículo al entrepreneur de la añagaza de la emancipación de las nacionalidades. El conflicto con el papa, en el que Luis Napoleón se vio enredado, dañó el puntal en que descansa su dominio sobre los campesinos: el clero católico de Francia. El tesoro imperial quedó reducido durante algún tiempo a un estado de agotamiento en el que todavía se encuentra y al que se intentó en vano poner remedio insinuando la emisión de un emprunt de la paix (empréstito de la paz). Eso fue demasiado, incluso para la Francia decembrista. Completar un empréstito emitido con el pretexto de la guerra con otro emitido a continuación con el pretexto de la paz era una osadía abominable incluso para los especuladores de la Bolsa de París. Una voz tímida de la afeminada prensa parisina se atrevió a señalar que los beneficios del Segundo Imperio eran tan grandes como costosos, ya que la nación los había comprado con un aumento de la deuda pública del cincuenta por ciento. Por eso se abandonó el proyecto de un empréstito de la paz por importe de 500.000.000 de francos, retirada que no hizo más que animar al señor Favre5 a hablar prolijamente en el Corps législatif del amenazador «crac financiero» y a hacer trizas el velo de flores que el tendero imperial del presupuesto ha echado sobre el arca del Estado. Las observaciones críticas sobre los rasgos característicos del régimen decembrista que el señor Favre y el señor Ollivier6 se atrevieron a hacer en el Corps législatif ante los chiens savants (perros sabios) de la representación de pega, así como el ataque furioso contra las intrigas de los «viejos partidos» del que está llena la prensa oficial y oficiosa de París, atestiguaban unánimes el hecho grave de que el espíritu rebelde de la Galia vuelve a llamear desde sus cenizas y de que la continuidad del dominio del usurpador depende de nuevo de que se monte un gran espectáculo bélico, como dos años después del coup d'état y otra vez dos años después de terminado el episodio de Crimea7. Es evidente que el autócrata de Francia y el autócrata de Rusia, empeñados ambos, bajo la misma necesidad apremiante, en tocar la trompeta de guerra, dan un concierto a dúo. Mientras folletos bonapartistas semioficiales ofrecían al príncipe regente de Prusia la «Unión Alemana», unida a una «compensación moral» para Francia, el emperador Alejandro, según acaba de hacerse constar oficialmente en las publicaciones de la Asociación Nacional Alemana8 sin que la prensa gubernamental de Berlín lo haya desmentido, propuso abiertamente a su tío la anexión por Prusia de toda la Alemania del Norte hasta el mar, a condición de ceder las provincias del Rin a Francia y de consentir el avance de Rusia hasta el Danubio. Este plan, presentado a la vez por ambos autócratas, es lo que ha provocado el encuentro entre el emperador de Austria y el príncipe regente en Teplitz. Pero los conspiradores de San Petersburgo y de París guardaban en reserva, por si fallaba su tentativa de seducir a Prusia, el excitante incidente de las matanzas de Siria; a él había de seguir una intervención francesa que, si no se lograba entrar por la puerta principal, abriría la puerta trasera a una guerra europea general. En cuanto a Inglaterra, solo añadiré que en 1841 lord Palmerston proveyó de armas a los drusos, que estos han conservado desde entonces, y que en 1846, por un acuerdo con el zar Nicolás, destruyó de hecho la dominación turca que mantenía a raya a las tribus salvajes del Líbano y puso en su lugar una cuasi independencia que, con el tiempo y bajo la hábil dirección de agentes extranjeros, no podía dar más que una cosecha sangrienta.

Habrán observado ustedes que la actual legislatura del Parlamento no tiene igual por la espantosa serie de fracasos del gobierno. Aparte del aborto de los aranceles protectores del señor Gladstone, no se ha llevado a cabo una sola medida importante. Pero mientras el gobierno retiraba un proyecto de ley tras otro, planeaba hacer pasar de contrabando en segunda lectura una pequeña resolución que contenía una sola cláusula menuda, pero que, de llevarse a efecto, habría producido el mayor cambio constitucional desde 1689. Esta resolución proponía simplemente suprimir el ejército local inglés de la India e incorporarlo al ejército británico y, por consiguiente, transferir su mando supremo del gobernador general de Calcuta a la Horse Guards de Londres, alias el duque de Cambridge9. Aparte de las demás graves consecuencias que habría traído semejante cambio, sustraería una parte del ejército al control del Parlamento y reforzaría en grado sumo el patronazgo real. Parece que algunos miembros del Consejo de la India, que se oponían unánimes al plan del gobierno, pero que en virtud de la ley de la India de 1858 no pueden tener escaño en la Cámara de los Comunes, susurraron sus protestas al oído de algunos diputados, y así ocurrió que, cuando el gobierno creía ya logrado su subterfugio, un repentino motín parlamentario, encabezado por el señor Horsman10, desbarató su intriga justo a tiempo. El apuro de un gabinete sorprendido de improviso y la consternación de una Cámara de los Comunes indignada por las trampas tendidas a su profunda ignorancia componen un espectáculo verdaderamente ridículo.

El valor declarado de las exportaciones del mes pasado muestra la constante tendencia descendente del comercio británico. En un artículo anterior expuse que, en comparación con las exportaciones de junio de 1859, se registra en junio de 1860 un descenso de casi millón y medio de libras esterlinas.

Las cifras de los meses de junio de los tres últimos años son las siguientes:

185818591860
10.241.433 libras10.665.891 libras9.236.454 libras

En el semestre hasta el 30 de junio, el valor declarado de las exportaciones es un millón menor que en los mismos seis meses del año pasado:

185818591860
53.467.804 libras63.003.159 libras62.019.989 libras

El descenso del mes pasado se reparte entre el comercio de tejidos e hilados de algodón y el de lino, metales y cuchillería, hierro y estambre. Incluso en la exportación de artículos de lana, el comercio, que hasta ahora mostraba en ella una prosperidad en continuo aumento, presenta este mes un descenso, salvo en los hilados de lana y de estambre. La exportación de géneros de algodón a la India británica en seis meses ha bajado de 6.094.430 libras en el primer semestre de 1859 a 4.738.440 libras en el primer semestre de 1860, es decir, en 1.360.000 libras de valor de mercancías.

En cuanto a las importaciones, el rasgo más llamativo es el enorme volumen de las importaciones de algodón. En junio de 1860 se importaron 2.102.048 quintales11, frente a 1.665.306 en junio del año pasado y 1.339.108 en junio de 1858. El aumento en los seis meses no es menor de tres millones de quintales, de modo que las importaciones semestrales son más de un sesenta por ciento mayores. El algodón importado en mayo de 1860 supera en valor en 1.800.000 libras a lo importado en mayo de 1859. En los cinco primeros meses de 1860 se han gastado en algodón en rama nada menos que 6½ millones de libras esterlinas más que la suma gastada en él en el mismo periodo del año anterior.

Si se compara la rápida disminución de la exportación de géneros e hilados de algodón con el aumento todavía más resuelto de las importaciones de algodón, se comprende que se avecina una crisis algodonera, tanto más cuanto que las nuevas entradas de materia prima llegan a unos almacenes de algodón inusualmente llenos.

  1. Stratford Canning, vizconde Stratford de Redcliffe (1786-1880), diplomático británico, durante muchos años embajador en Constantinopla. ↩

  2. Partidaria de Luis Bonaparte, autor del golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851. ↩

  3. Piotr Vladímirovich Dolgorúkov (1816-1868), príncipe ruso emigrado, publicista liberal; su La vérité sur la Russie («La verdad sobre Rusia») se publicó en París en 1860. ↩

  4. Aleksandr Mijáilovich Gorchakov (1798-1883), ministro ruso de Asuntos Exteriores desde 1856. ↩

  5. Jules Favre (1809-1880), abogado y diputado republicano, uno de los «Cinco» de la oposición en el Cuerpo Legislativo. ↩

  6. Émile Ollivier (1825-1913), diputado republicano, también de los «Cinco»; más tarde se pasó al Imperio y presidió su último gobierno (1870). ↩

  7. La guerra de Crimea (1854-1856), dos años después del golpe de Estado de 1851, y la guerra de Italia (1859), dos años después de la paz de París. ↩

  8. El Deutscher Nationalverein, fundado en 1859, que propugnaba la unificación de Alemania bajo la dirección de Prusia. ↩

  9. Jorge, duque de Cambridge (1819-1904), primo de la reina Victoria, comandante en jefe del ejército británico de 1856 a 1895. ↩

  10. Edward Horsman (1807-1876), diputado liberal. ↩

  11. En el original, cwts. (hundredweights), quintales ingleses de 112 libras (unos 50,8 kilos). ↩