Escrito en inglés por Karl Marx (correspondencia fechada en Londres el 28 de enero de 1860) y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 5868, del 14 de febrero de 1860. El original inglés no está disponible en una edición libre; traducimos de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 15 (Berlín, 1961, pp. 14-17), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Londres, 28 de enero de 1860

El tratado comercial con Francia no se presentará a la Cámara de los Comunes antes del 6 de febrero. Sin embargo, pese a las solemnes advertencias del señor Gladstone,1 por lo que se dijo en el debate sobre el mensaje de respuesta a la Corona, por lo que insinúan los periódicos franceses y por los rumores de Londres y París, ya puede aventurarse una valoración general de esa «dulce criatura cambiada en la cuna».2 El lunes 23 de enero el tratado se firmó en debida forma en París. Rouher, ministro de Comercio, y Baroche, ministro de Asuntos Exteriores ad interim [interino], fueron los padrinos franceses; por parte de Inglaterra desempeñaron esa función lord Cowley y el señor Cobden.3 Que el señor Michel Chevalier —el antiguo sansimoniano— metió la mano, y que en toda Francia se lamenta que Luis Napoleón no tuviera el tacto de permitir a esta eminente personalidad (es decir, al señor Chevalier) poner su nombre junto al de su confrère [colega] inglés en el tratado, es una noticia que la propia «eminente personalidad» se dignó enviar a Londres y hacer insertar en los distintos órganos del librecambio.4 Lo que los periódicos no saben, en cambio, es que el actor principal por parte francesa fue el Père Enfantin, el antiguo sumo sacerdote del sansimonismo.5 ¡No es sencillamente asombroso cómo estos sansimonianos, desde el Père Enfantin hasta Isaac Pereire y Michel Chevalier, se han convertido en los principales pilares económicos del Segundo Imperio! Pero volvamos al «confrère inglés» del señor Chevalier, el antiguo fabricante de Lancashire, que naturalmente se sintió no poco halagado por el honor de poder estampar de su puño y letra su firma al pie de un tratado internacional. Si se piensa que los tratados de reciprocidad y los tratados comerciales en general, salvo los tratados con los bárbaros, han sido siempre denunciados a voz en grito por los librecambistas ingleses, con el señor Cobden a la cabeza, como la peor y más pérfida forma del sistema proteccionista; si se piensa además que el presente tratado, incluso desde el punto de vista de la reciprocidad, parece un convenio bastante ridículo, y si, por último, se sopesan debidamente los fines y propósitos políticos que el tratado ha de encubrir, la gente podría sentirse inclinada a compadecer al señor Richard Cobden como víctima inocente de una maquinación palmerstoniana. Pero la medalla tiene también su reverso. Como es bien sabido, el señor Cobden recibió en su día de los agradecidos fabricantes unas 60.000 libras esterlinas por su éxito en la abolición de las leyes cerealistas. El señor Cobden invirtió la mayor parte en acciones norteamericanas y lo perdió casi todo con la crisis de 1857. Las esperanzas que aún abrigaba cuando emprendió su viaje a los Estados Unidos resultaron engañosas. El señor Cobden volvió a Inglaterra arruinado. Para llamar a una suscripción nacional hacía falta un pretexto nacional, alguna empresa a la que poder dar bombo, una empresa que volviera a presentar al señor Cobden como ángel custodio del Reino Unido, «que asegura bienestar y comodidad a millones de familias sencillas». Pues bien, el tratado anglofrancés era justo lo que hacía falta, y, como puede verse en los periódicos de provincias, está en marcha una nueva suscripción de 40.000 libras esterlinas, que ha de indemnizar al gran apóstol del librecambio por sus pérdidas norteamericanas y que encuentra grandes «simpatías». Sin duda alguna, sin embargo, si Disraeli, por ejemplo, hubiera presentado a la Cámara de los Comunes un tratado semejante, el señor Cobden se habría levantado a la cabeza de los librecambistas para proponer un voto de censura contra un gabinete que intentaba recaer en la legislación en los errores más funestos del pasado no ilustrado.

En la tabla siguiente puede verse el importe de los aranceles proteccionistas percibidos en 1858 por Inglaterra sobre mercancías francesas:

ArtículoLibras esterlinas
Cestos2.061
Mantequilla7.159
Porcelana y artículos de porcelana1.671
Relojes3.928
Café4.311
Huevos19.934
Bordados5.572
Flores artificiales20.412
Fruta7.347
Encajes1.858
Botas, zapatos y otros artículos de cuero8.883
Guantes48.839
Instrumentos musicales4.695
Aceite químico2.369
Papel pintado6.713
Trenzado de paja para sombreros, etc.11.622
Seda215.455
Aguardiente y otras bebidas espirituosas824.960
Azúcar275.702
Té14.358
Tabaco52.696
Relojes de bolsillo14.940
Vino164.855

La mayoría de los derechos percibidos de este modo eran aranceles proteccionistas, como los de los cestos, los relojes, los encajes, las botas, los guantes, la seda, etc. Otros, como los derechos sobre el aguardiente, etc., eran más altos que el impuesto inglés sobre las bebidas espirituosas británicas y, en esa medida, proteccionistas. Incluso unos derechos de carácter puramente fiscal, como el del vino, podría considerarlos proteccionistas un librecambista consecuente, pues es casi imposible gravar con un arancel una mercancía extranjera sin proteger con ello alguna mercancía semejante, si no idéntica, en el mercado interior. Así, por ejemplo, un arancel de este tipo sobre el vino extranjero puede considerarse un arancel proteccionista de la cerveza nacional, etc. Como consecuencia del tratado recién concluido, se suprimen de inmediato todos los aranceles británicos sobre mercancías francesas, mientras que los derechos sobre el aguardiente, el vino y otras mercancías se igualan al impuesto inglés o a los aranceles que rigen actualmente para mercancías semejantes (por ejemplo, el vino) cuando se importan de las colonias británicas. En cambio, las modificaciones del arancel francés no estarán plenamente en vigor antes de octubre de 1861, como puede verse por los siguientes datos, tomados de un órgano del gobierno francés:

1 de julio de 1860: supresión de los derechos de importación sobre el algodón y la lana.
1 de julio de 1860: aplicación del arancel belga al carbón y al coque ingleses.
1 de octubre de 1860: arancel de 7 francos por 100 kg de hierro en lugar de los derechos actuales.
31 de diciembre de 1860: rebaja de los derechos de importación sobre la maquinaria.
1 de junio de 1861: supresión de la prohibición de importar hilo de cáñamo y manufacturas de cáñamo, y fijación de aranceles que no excedan del 30 por ciento.
1 de octubre de 1861: supresión de todas las demás prohibiciones de importación, que se sustituirán durante cinco años por aranceles proteccionistas ad valorem [según el valor] y que después no podrán exceder del 25 por ciento.

Salvo la rebaja del arancel sobre el carbón inglés al mismo importe que se paga ahora por el carbón belga, todas las concesiones que en apariencia hace Francia tienen un carácter muy equívoco. El precio de una tonelada de hierro en lingotes de primera calidad (de Gales), por ejemplo, es actualmente de 3 libras esterlinas y 10 chelines, pero el arancel francés sobre el hierro ascenderá a casi otras 3 libras. Que el 30 por ciento de arancel ad valorem sobre las mercancías cuya importación estaba prohibida es en esencia un arancel proteccionista lo reconoce el Economist de Londres. Mientras las rebajas arancelarias, reales o aparentes, para las mercancías inglesas se aplacen para más adelante, el gobierno inglés hará de hecho el papel de una compañía de seguros del poder de Luis Napoleón durante ese tiempo. El verdadero secreto del tratado comercial, a saber, que «no es en absoluto un tratado comercial», sino un simple engaño para confundir el sentido comercial de John Bull y encubrir un plan político astutamente urdido, lo desenmascaró magistralmente el señor Disraeli en el debate sobre el mensaje de respuesta. El meollo de sus revelaciones fue el siguiente:

«Hace algunos años, el emperador de los franceses hizo una comunicación parecida a la carta que dirigió recientemente al ministro del Interior, en la que proponía la supresión completa del sistema proteccionista y la introducción de medidas semejantes a las de su último manifiesto. En 1856 se presentó al Corps législatif un proyecto de ley en ese sentido. Antes de su aprobación, sin embargo, se sometió a los 86 consejos departamentales de Francia, que, con la excepción de seis, aprobaron todos la propuesta, a condición de que transcurriera cierto tiempo antes de la entrada en vigor del nuevo sistema. Entonces, de acuerdo el emperador con esta propuesta, se expuso en un documento público su decisión de llevar a cabo ese sistema y se fijó julio de 1861 como fecha de su comienzo. Por tanto, todo lo que Francia piensa empezar en julio de 1861 en virtud de este tratado estaba ya previsto en la legislación francesa.»

  1. William Ewart Gladstone (1809-1898), ministro de Hacienda en el gabinete de Palmerston. ↩

  2. Alusión a la creencia popular en los niños cambiados en la cuna por las hadas. ↩

  3. Eugène Rouher (1814-1884), ministro de Agricultura, Comercio y Obras Públicas; Jules Baroche (1802-1870), presidente del Consejo de Estado; Henry Wellesley, primer conde Cowley (1804-1884), embajador británico en París; Richard Cobden (1804-1865), fabricante de Mánchester, jefe con John Bright de la Liga contra las Leyes de Cereales, negociador del tratado comercial anglofrancés de 1860 (tratado Cobden-Chevalier). ↩

  4. Michel Chevalier (1806-1879), economista, sansimoniano en su juventud y después librecambista y senador del Segundo Imperio. ↩

  5. Barthélemy-Prosper Enfantin (1796-1864), llamado el Père Enfantin, jefe de la escuela sansimoniana tras la muerte de Saint-Simon y luego directivo de compañías ferroviarias. ↩