Escrito en alemán por Karl Marx y publicado en Die Presse (Viena), núm. 354, del 25 de diciembre de 1861. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 15 (Berlín, 1961, pp. 427-429), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Una de las sorpresas más llamativas de la guerra anglo-franco-turco-rusa, tan rica en sorpresas, fue sin duda la declaración sobre el derecho marítimo acordada en París en la primavera de 1856.1 Cuando empezó la guerra contra Rusia, Inglaterra suspendió sus armas más temibles contra Rusia: la confiscación de las mercancías pertenecientes al enemigo en buques neutrales, y el corso. Al terminar la guerra, Inglaterra rompió esas armas y sacrificó sus pedazos en el altar de la paz. Rusia, la parte supuestamente vencida, obtuvo una concesión que en vano había tratado de arrancar desde Catalina II con una serie de «neutralidades armadas», de guerras y de intrigas diplomáticas.2 Inglaterra, la supuesta vencedora, renunció en cambio a los grandes medios de ataque y de defensa que nacían de su poder naval y que había mantenido durante siglo y medio contra un mundo en armas.

Las razones humanitarias que sirvieron de pretexto a la Declaración de 1856 se desvanecen ante el examen más superficial. El corso no es una barbarie mayor que la acción de los cuerpos francos o de las guerrillas en la guerra terrestre. Los corsarios son las guerrillas del mar. La confiscación de los bienes privados de una nación beligerante se da también en la guerra terrestre. ¿Acaso las requisas de guerra, por ejemplo, afectan solo a la caja del Gobierno enemigo y no también a la propiedad de los particulares? La naturaleza de la guerra terrestre protege los bienes enemigos que se hallan en suelo neutral, es decir, bajo la soberanía de una potencia neutral. La naturaleza de la guerra marítima borra esos límites, pues el mar, como camino real común de las naciones, no puede caer bajo la soberanía de ninguna potencia neutral.

Pero en realidad la Declaración de 1856 envuelve bajo la frase filantrópica una gran inhumanidad. Convierte por principio la guerra de una guerra del pueblo en una guerra de gobiernos. Dota a la propiedad de una inviolabilidad que niega a la persona. Emancipa al comercio de los horrores de la guerra y vuelve así indiferentes ante los horrores de la guerra a las clases que viven del comercio y de la industria. Por lo demás, se comprende que los pretextos humanitarios de la Declaración de 1856 solo iban dirigidos a la galería europea, exactamente igual que los pretextos religiosos de la Santa Alianza.3

Es un hecho conocido que lord Clarendon, que con su firma liquidó el derecho marítimo inglés en el Congreso de París, actuó, como reconoció más tarde en la Cámara de los Lores, sin conocimiento ni mandato de la Corona.4 Sus únicos poderes consistían en una carta privada de Palmerston. Hasta hoy Palmerston no se ha atrevido a pedir al Parlamento inglés la sanción de la Declaración de París y de su firma por Clarendon. Aparte de los debates sobre el contenido de la Declaración, eran de temer debates sobre la cuestión constitucional de si un ministro inglés podía usurpar el derecho de barrer de un plumazo, con independencia de la Corona y del Parlamento, el viejo fundamento del poder naval inglés. Que este coup d'état ministerial no diera lugar a tormentosas interpelaciones, sino que se aceptara en silencio como un fait accompli, se lo debió Palmerston a la influencia de la Escuela de Manchester.5 Esta encontró conforme a los intereses que representaba, y por tanto también a la filantropía, a la civilización y al progreso, una innovación que permitiría al comercio inglés seguir haciendo tranquilamente sus negocios con el enemigo en buques neutrales mientras los marineros y los soldados se baten en duelo por el honor de la nación. Los hombres de Manchester se alegraron de que el ministro, con un golpe de mano anticonstitucional, hubiera obligado a Inglaterra a unas concesiones internacionales que por la vía constitucional y parlamentaria era del todo improbable conseguir. ¡De ahí, en este momento, la indignación del partido de Manchester en Inglaterra ante las revelaciones del libro azul que Seward ha presentado al Congreso de Washington!6

Los Estados Unidos fueron, como es sabido, la única gran potencia que negó su adhesión a la Declaración de París de 1856. Si renunciaban al corso, tenían que crear una gran marina de guerra del Estado. Todo debilitamiento de sus medios de guerra en el mar los amenazaba a la vez con la pesadilla de un ejército de tierra permanente a escala europea. A pesar de todo, el presidente Buchanan se declaró dispuesto a aceptar la Declaración de París si se aseguraba la misma inviolabilidad a toda la propiedad embarcada, enemiga o neutral, con exclusión del contrabando de guerra. Su propuesta fue rechazada.7 Del libro azul de Seward se desprende ahora que Lincoln, nada más llegar al gobierno, ofreció a Inglaterra y a Francia la adhesión de los Estados Unidos a la Declaración de París en lo que se refiere a la abolición del corso, con la condición de que la prohibición del corso se extendiera también a las partes de los Estados Unidos en rebeldía, es decir, a la Confederación del Sur. La respuesta práctica que recibió fue el reconocimiento de los derechos de beligerante de la Confederación del Sur.

«La humanidad, el progreso y la civilización» susurraron a los gabinetes de St. James y de las Tullerías que la prohibición del corso reduciría extraordinariamente las posibilidades de la secesión y, por tanto, de la disolución de los Estados Unidos. Por eso se reconoció a toda prisa a la Confederación como parte beligerante, para contestar después al gabinete de Washington que Inglaterra y Francia no podían, naturalmente, reconocer la propuesta de una de las partes beligerantes como ley obligatoria para la otra parte beligerante. La misma «noble sinceridad» ha animado todas las negociaciones diplomáticas de Inglaterra y de Francia con el Gobierno de la Unión desde el estallido de la guerra civil, y si el San Jacinto no hubiera detenido al Trent en el canal de Bahama, cualquier otro incidente habría bastado para dar el pretexto para el conflicto que lord Palmerston buscaba.

  1. La Declaración de París del 16 de abril de 1856, firmada por las potencias del Congreso de París que puso fin a la guerra de Crimea (Inglaterra, Francia, Turquía, Cerdeña, Rusia, Austria y Prusia), abolió el corso y estableció que la bandera neutral cubre la mercancía enemiga, salvo el contrabando de guerra; que la mercancía neutral, salvo el contrabando, no puede apresarse bajo bandera enemiga, y que el bloqueo, para ser obligatorio, ha de ser efectivo. ↩

  2. Las ligas de neutralidad armada de 1780 y de 1800, promovidas por Rusia contra la práctica inglesa de apresar en buques neutrales las mercancías del enemigo. ↩

  3. La alianza de Rusia, Austria y Prusia formada en 1815 en nombre de los principios cristianos para sostener la restauración monárquica en Europa. ↩

  4. George Villiers, conde de Clarendon (1800-1870), ministro de Asuntos Exteriores de 1853 a 1858 y representante británico en el Congreso de París. ↩

  5. La corriente librecambista de los industriales de Manchester, encabezada por Cobden y Bright. ↩

  6. La correspondencia diplomática que el Gobierno de Lincoln presentó al Congreso con el mensaje presidencial de diciembre de 1861. ↩

  7. La contrapropuesta norteamericana a la Declaración de París (la llamada enmienda Marcy, por el secretario de Estado William Marcy) se formuló en 1856, todavía bajo el presidente Pierce, y Inglaterra la rechazó. ↩