Escrito por Karl Marx en inglés entre el 2 y el 9 de mayo de 1865, aprobado por el Consejo Central de la Asociación Internacional de los Trabajadores y entregado a la legación de los Estados Unidos en Londres; publicado en The Bee-Hive Newspaper, n.º 188, del 20 de mayo de 1865. Traducido por la Escuela de marxismo, 2026, del texto inglés impreso por el gobierno de los Estados Unidos en The Assassination of Abraham Lincoln… Expressions of Condolence and Sympathy Inspired by These Events (Washington, 1867, pp. 266-267), cotejado con la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 16 (Berlín, 1962, pp. 98-99). Esa edición estropea varios nombres de la lista de firmas; en la traducción los damos en su forma correcta, según la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.
Londres, W., 18 Greek Street, 13 de mayo de 1865.
Señor: El demonio de la «institución peculiar»1, por cuya supremacía se alzó en armas el Sur, no podía permitir a sus adoradores sucumbir con honor en campo abierto. Lo que había empezado en la traición tenía que acabar por fuerza en la infamia. Así como la guerra de Felipe II por la Inquisición engendró a un Gérard, la guerra esclavista de Jefferson Davis engendró a un Booth2.
No nos corresponde a nosotros rebuscar palabras de dolor y de horror mientras el corazón de dos mundos se agita conmovido. Incluso los sicofantes que, año tras año y día tras día, se aplicaron a su tarea de Sísifo de asesinar moralmente a Abraham Lincoln y a la gran república que encabezaba, se quedan ahora atónitos ante este estallido universal del sentimiento popular y compiten entre sí por esparcir flores retóricas sobre su tumba abierta. Ahora, por fin, han descubierto que era un hombre al que ni la adversidad podía doblegar ni el éxito embriagar; que avanzaba inflexible hacia su gran meta sin comprometerla nunca con una prisa ciega; que maduraba despacio sus pasos y nunca los desandaba; al que no arrastraba ninguna oleada de favor popular ni desanimaba ningún desfallecimiento del pulso popular; que templaba los actos severos con los destellos de un corazón bondadoso; que iluminaba con la sonrisa del humor las escenas oscurecidas por la pasión; que hacía su obra titánica con tanta humildad y llaneza como los gobernantes por la gracia de Dios hacen las cosas pequeñas con la grandilocuencia de la pompa y el boato; en una palabra, uno de esos raros hombres que consiguen hacerse grandes sin dejar de ser buenos. Tal era, en efecto, la modestia de este hombre grande y bueno, que el mundo no descubrió que era un héroe hasta que cayó como un mártir.
Ser escogido, al lado de semejante jefe, como segunda víctima de los dioses infernales de la esclavitud era un honor que merecía el señor Seward3. ¿No tuvo él, en un tiempo de vacilación general, la sagacidad de prever y la hombría de predecir «el conflicto irreprimible»? ¿No se mantuvo fiel, en las horas más oscuras de ese conflicto, al deber romano de no desesperar nunca de la república y de sus estrellas? Esperamos de todo corazón que él y su hijo sean devueltos a la salud, a la actividad pública y a los honores bien merecidos en mucho menos de «noventa días».
Tras una tremenda guerra civil que, si consideramos sus vastas dimensiones y su amplio alcance y la comparamos con las guerras de los Cien Años, de los Treinta Años y de los Veintitrés Años del Viejo Mundo4, apenas puede decirse que haya durado noventa días, a usted, señor, le ha tocado la tarea de arrancar de raíz por medio de la ley lo que ha sido abatido por la espada, de presidir la ardua obra de la reconstrucción política y de la regeneración social. Una profunda conciencia de su gran misión le preservará de toda componenda a costa de sus severos deberes. Nunca olvidará usted que, para inaugurar la nueva era de la emancipación del trabajo, el pueblo americano confió las responsabilidades de la dirección a dos hombres del trabajo: el uno, Abraham Lincoln; el otro, Andrew Johnson5.
Firmado, en nombre de la Asociación Internacional de los Trabajadores, por el Consejo Central:
Charles Kaub. Edwin Coulson. Ferd. Lessner. Carl Pfänder. N. P. Hansen. Karl Schapper. William Dell. George Lochner. George Eccarius. John Osborne. Emile Holtorp, secretario para Polonia. Karl Marx, secretario para Alemania. George William Wheeler. J. Whitlock, secretario de finanzas. P. Petersen. A. Janks. Eugène Dupont, secretario para Francia. H. Jung, secretario para Suiza. W. R. Cremer, secretario general honorario. H. Klimosch. John Weston. Henry Bolleter. Benjamin Lucraft. James Buckley. Peter Fox. N. Salvatella. George Howell. Bordage. A. Valltier. Robert Shaw. John H. Longmaid. W. Morgan. John D. Nieass. William C. Worley. D. Stainsby. F. de Lassassie. J. Carter. G. Odger, presidente.
A Andrew Johnson, presidente de los Estados Unidos.
Eufemismo con que en los Estados Unidos se designaba la esclavitud en los estados del Sur. Abraham Lincoln había sido asesinado por el actor sudista John Wilkes Booth en el teatro Ford de Washington el 14 de abril de 1865. ↩
Balthasar Gérard asesinó en 1584 a Guillermo de Orange, jefe de la sublevación de los Países Bajos contra Felipe II. Jefferson Davis (1808-1889) era el presidente de la Confederación sudista. ↩
William H. Seward (1801-1872), secretario de Estado de Lincoln, fue apuñalado en su casa la misma noche del asesinato de Lincoln por un cómplice de Booth; su hijo Frederick, subsecretario de Estado, resultó también gravemente herido. En un discurso de 1858 Seward había llamado a la lucha entre el Norte y el Sur un «conflicto irreprimible»; al comienzo de la guerra había pronosticado varias veces que terminaría en noventa días. ↩
La guerra de los Cien Años entre Inglaterra y Francia (1337-1453), la de los Treinta Años (1618-1648) y las guerras de la Revolución francesa y del Imperio (1792-1815). ↩
Andrew Johnson (1808-1875), vicepresidente con Lincoln desde marzo de 1865 y presidente tras su muerte, había sido sastre en su juventud. ↩