Escrito por Friedrich Engels en inglés entre fines de enero y el 6 de abril de 1866, a petición de Marx, y publicado en tres cartas «Al director del Commonwealth» en The Commonwealth (Londres), n.º 159, 160 y 165, del 24 y 31 de marzo y del 5 de mayo de 1866. Traducido del original inglés, según la reimpresión de N. Riazánov en el Archiv für die Geschichte des Sozialismus und der Arbeiterbewegung de Carl Grünberg, tomo 6 (Leipzig, 1916, pp. 212-219), cotejada con la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 16 (Berlín, 1962, pp. 153-163), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.

I

Señor1: Dondequiera que las clases trabajadoras han tomado parte por su cuenta en los movimientos políticos, su política exterior se ha expresado desde el principio en estas pocas palabras: restauración de Polonia. Así ocurrió con el movimiento cartista mientras existió; así ocurrió con los obreros franceses mucho antes de 1848, y también en aquel año memorable en que, el 15 de mayo, marcharon sobre la Asamblea Nacional al grito de «Vive la Pologne!»: ¡viva Polonia!2 Así ocurrió en Alemania cuando, en 1848 y 1849, los órganos de la clase obrera exigieron la guerra con Rusia para restaurar Polonia3. Así ocurre todavía hoy: con una excepción, de la que hablaremos luego, los obreros de Europa proclaman por unanimidad la restauración de Polonia como parte integrante de su programa político, como la expresión más completa de su política exterior. También la clase media ha tenido, y tiene todavía, «simpatías» por los polacos; simpatías que no le han impedido dejar a los polacos en la estacada en 1831, en 1846 y en 18634; más aún, que ni siquiera le han impedido dejar que los peores enemigos de Polonia, como lord Palmerston, llevaran las cosas de manera que ayudaban de hecho a Rusia mientras hablaban a favor de Polonia. Pero con las clases trabajadoras es distinto. Ellas quieren intervención, no no intervención; quieren guerra con Rusia mientras Rusia se entrometa en Polonia, y lo han demostrado cada vez que los polacos se han alzado contra sus opresores. Y hace poco la Asociación Internacional de los Trabajadores ha dado una expresión más plena a este sentimiento instintivo universal de la clase que pretende representar, inscribiendo en su bandera: «Resistencia a las usurpaciones rusas en Europa; restauración de Polonia»5.

Este programa de la política exterior de los obreros de Europa occidental y central ha encontrado el asentimiento unánime de la clase a la que iba dirigido, con una excepción, como ya hemos dicho. Hay entre los obreros de Francia una pequeña minoría que pertenece a la escuela del difunto P. J. Proudhon. Esta escuela difiere in toto de la generalidad de los obreros avanzados y pensantes; los declara unos necios ignorantes y sostiene, en la mayoría de los puntos, opiniones del todo contrarias a las suyas. Esto vale también para su política exterior. Los proudhonianos, erigidos en jueces de la Polonia oprimida, pronuncian el veredicto del jurado de Stalybridge: «Le está bien empleado». Admiran a Rusia como el gran país del futuro, como la nación más progresista de la faz de la tierra, al lado de la cual un país tan mezquino como los Estados Unidos no merece ni ser nombrado. Han acusado al Consejo de la Asociación Internacional de enarbolar el principio bonapartista de las nacionalidades y de declarar a ese magnánimo pueblo ruso fuera de los límites de la Europa civilizada; lo cual sería un pecado gravísimo contra los principios de la democracia universal y de la fraternidad de todas las naciones. Estas son las acusaciones. Si se prescinde de la fraseología democrática del final, coinciden, como se verá enseguida, palabra por palabra y al pie de la letra con lo que los tories más extremos de todos los países tienen que decir sobre Polonia y Rusia. Tales acusaciones no merecen refutación; pero, como proceden de una fracción de las clases trabajadoras, por pequeña que sea, pueden hacer conveniente exponer de nuevo el caso de Polonia y Rusia y justificar lo que en adelante podemos llamar la política exterior de los obreros unidos de Europa.

Pero ¿por qué nombramos siempre solo a Rusia a propósito de Polonia? ¿No participaron en el botín dos potencias alemanas, Austria y Prusia? ¿No tienen también ellas partes de Polonia sometidas, y no trabajan, en unión con Rusia, para aplastar todo movimiento nacional polaco?

Es bien sabido cuánto se esforzó Austria por mantenerse al margen del asunto polaco y cuánto tiempo se resistió a los planes de reparto de Rusia y Prusia. Polonia era una aliada natural de Austria contra Rusia. Una vez que Rusia se hizo temible, nada podía convenir más a los intereses de Austria que mantener viva a Polonia entre ella y el imperio que acababa de surgir. Solo cuando Austria vio que la suerte de Polonia estaba decidida y que, con ella o sin ella, las otras dos potencias estaban resueltas a aniquilarla, solo entonces, en defensa propia, entró a participar en el reparto del territorio. Pero ya en 1815 abogó por la restauración de una Polonia independiente; en 1831 y en 1863 estaba dispuesta a ir a la guerra por ese objetivo y a renunciar a su propia parte de Polonia, siempre que Inglaterra y Francia estuvieran dispuestas a unirse a ella. Lo mismo durante la guerra de Crimea. No decimos esto para justificar la política general del gobierno austriaco. Austria ha mostrado bastantes veces que oprimir a una nación más débil es tarea grata a sus gobernantes. Pero en el caso de Polonia el instinto de conservación fue más fuerte que el afán de nuevos territorios o que los hábitos de gobierno. Y esto deja a Austria fuera de la causa por el momento.

En cuanto a Prusia, su parte de Polonia es demasiado insignificante para pesar mucho en la balanza. Su amiga y aliada, Rusia, se las ha arreglado para aliviarla de nueve décimas partes de lo que obtuvo en los tres repartos6. Pero lo poco que le queda pesa sobre ella como una pesadilla. La ha encadenado al carro triunfal de Rusia; ha sido el medio que ha permitido a su gobierno, todavía en 1863 y 1864, practicar impunemente en la Polonia prusiana aquellas violaciones de la ley, aquellas infracciones de la libertad individual, del derecho de reunión y de la libertad de prensa que tan poco después iban a aplicarse al resto del país; ha falseado todo el movimiento liberal de la clase media, que, por miedo a arriesgar la pérdida de unas pocas millas cuadradas de tierra en la frontera oriental, permitió al gobierno dejar a un lado toda ley en lo que se refería a los polacos. Los obreros, no solo de Prusia sino de toda Alemania, tienen en la restauración de Polonia un interés mayor que los de cualquier otro país, y han mostrado en todo movimiento revolucionario que lo saben. La restauración de Polonia es para ellos la emancipación de su propio país del vasallaje ruso. Y esto, creemos, deja también a Prusia fuera de la causa. Cuando las clases trabajadoras de Rusia (si es que existe tal cosa en aquel país, en el sentido en que se entiende en Europa occidental) formulen un programa político y ese programa contenga la liberación de Polonia, entonces, pero no antes, quedará también Rusia como nación fuera de la causa, y solo el gobierno del zar seguirá bajo acusación.

Frederic Engels

II

Señor: Se dice que reclamar la independencia de Polonia es reconocer el «principio de las nacionalidades», y que el principio de las nacionalidades es un invento bonapartista urdido para apuntalar el despotismo napoleónico en Francia. Ahora bien, ¿qué es este «principio de las nacionalidades»?

Con los tratados de 1815 se trazaron las fronteras de los diversos Estados de Europa solo para conveniencia de la diplomacia, y en especial para conveniencia de la potencia continental entonces más fuerte, Rusia. No se tuvieron en cuenta ni los deseos, ni los intereses, ni las diferencias nacionales de las poblaciones. Así, se dividió Polonia, se dividió Alemania, se dividió Italia, por no hablar de las muchas nacionalidades menores que habitan el sudeste de Europa y de las que poca gente sabía entonces algo. La consecuencia fue que para Polonia, Alemania e Italia el primerísimo paso de todo movimiento político fuera intentar restablecer aquella unidad nacional sin la cual la vida nacional no era más que una sombra. Y cuando, tras el aplastamiento de los intentos revolucionarios de Italia y España de 1821-1823, y de nuevo tras la revolución de julio de 1830 en Francia, los políticos extremos de la mayor parte de la Europa civilizada entraron en contacto unos con otros e intentaron trazar una especie de programa común, la liberación y la unificación de las naciones oprimidas y divididas se convirtieron en una consigna común a todos ellos. Así ocurrió de nuevo en 1848, cuando el número de las naciones oprimidas aumentó con una más, a saber, Hungría. No podía haber, en efecto, dos opiniones sobre el derecho de cada una de las grandes divisiones nacionales de Europa a disponer de sí misma, con independencia de sus vecinos, en todos los asuntos internos, siempre que no atentara contra la libertad de las demás. Este derecho era, de hecho, una de las condiciones fundamentales de la libertad interior de todas. ¿Cómo podía, por ejemplo, Alemania aspirar a la libertad y a la unidad si al mismo tiempo ayudaba a Austria a mantener sometida a Italia, ya directamente, ya por medio de sus vasallos? ¡Pero si la completa disolución de la monarquía austriaca es la primerísima condición de la unificación de Alemania!

Este derecho de las grandes divisiones nacionales de Europa a la independencia política, reconocido como estaba por la democracia europea, no podía dejar de encontrar el mismo reconocimiento en las clases trabajadoras en particular. No era, de hecho, más que reconocer a otros grandes cuerpos nacionales de indudable vitalidad el mismo derecho a una existencia nacional propia que los obreros de cada país reclamaban para sí mismos. Pero este reconocimiento, y la simpatía por estas aspiraciones nacionales, se limitaban a las grandes naciones históricas de Europa, bien definidas: estaban Italia, Polonia, Alemania, Hungría. Francia, España, Inglaterra y Escandinavia no estaban ni divididas ni bajo dominio extranjero, y por tanto solo les interesaba el asunto indirectamente; y en cuanto a Rusia, solo podía mencionarse como detentadora de una inmensa cantidad de bienes robados que tendría que devolver el día del ajuste de cuentas.

Después del golpe de Estado de 1851, Luis Napoleón, el emperador «por la gracia de Dios y la voluntad nacional», tuvo que encontrar un nombre democratizado y de sonido popular para su política exterior. ¿Qué podía haber mejor que inscribir en sus banderas el «principio de las nacionalidades»? Cada nacionalidad, árbitro de su propio destino; a cada fracción desprendida de cualquier nacionalidad, permitirle anexionarse a su gran madre patria: ¿qué podía ser más liberal? Solo que, fíjense bien, ya no se trataba de naciones, sino de nacionalidades.

No hay país en Europa en el que no haya diversas nacionalidades bajo un mismo gobierno. Los gaélicos de las Highlands y los galeses son sin duda de nacionalidad distinta de la inglesa, aunque nadie dará a estos restos de pueblos desaparecidos hace mucho el título de naciones, como tampoco a los habitantes celtas de la Bretaña francesa. Además, ninguna frontera estatal coincide con la frontera natural de la nacionalidad, la de la lengua. Hay mucha gente fuera de Francia cuya lengua materna es el francés, lo mismo que hay mucha gente de lengua alemana fuera de Alemania; y con toda probabilidad seguirá siendo siempre así. Es una consecuencia natural del desarrollo histórico, confuso y lento, por el que ha pasado Europa en los últimos mil años, que casi toda gran nación se haya desprendido de algunas porciones periféricas de su propio cuerpo, que se han separado de la vida nacional y en la mayoría de los casos han participado en la vida nacional de algún otro pueblo; tanto, que no desean volver a unirse a su propio tronco principal. Los alemanes de Suiza y de Alsacia no desean reunirse con Alemania, como tampoco los franceses de Bélgica y de Suiza desean quedar unidos políticamente a Francia. Y, después de todo, no es pequeña ventaja que las diversas naciones, tal como están constituidas políticamente, tengan en su mayoría algunos elementos extranjeros en su seno, que forman eslabones de unión con sus vecinos y dan variedad a la uniformidad, de otro modo demasiado monótona, del carácter nacional.

Aquí vemos, pues, la diferencia entre el «principio de las nacionalidades» y el viejo principio democrático y obrero del derecho de las grandes naciones europeas a una existencia separada e independiente. El «principio de las nacionalidades» deja completamente intacta la gran cuestión del derecho a la existencia nacional de los pueblos históricos de Europa; más aún, si la toca, es solo para perturbarla. El principio de las nacionalidades plantea dos clases de cuestiones: en primer lugar, cuestiones de frontera entre estos grandes pueblos históricos; y en segundo lugar, cuestiones sobre el derecho a una existencia nacional independiente de aquellos numerosos pequeños restos de pueblos que, después de haber figurado durante un periodo más o menos largo en el escenario de la historia, acabaron absorbidos como partes integrantes por una u otra de aquellas naciones más poderosas cuya mayor vitalidad les permitió vencer obstáculos mayores. La importancia europea, la vitalidad de un pueblo, no es nada a los ojos del principio de las nacionalidades; ante él, los rumanos de Valaquia, que nunca tuvieron historia ni la energía necesaria para tenerla, tienen la misma importancia que los italianos, que tienen una historia de 2.000 años y una vitalidad nacional intacta; los galeses y los habitantes de la isla de Man, si lo desearan, tendrían el mismo derecho a una existencia política independiente que los ingleses, por absurdo que fuera. Todo el asunto es un absurdo, vestido con ropaje popular para echar polvo a los ojos de la gente superficial y para usarlo como frase cómoda o dejarlo a un lado si la ocasión lo requiere.

Por superficial que sea la cosa, hizo falta un cerebro más listo que el de Luis Napoleón para inventarla. El principio de las nacionalidades, lejos de ser un invento bonapartista para favorecer la resurrección de Polonia, no es otra cosa que un invento ruso urdido para destruir Polonia. Rusia ha absorbido la mayor parte de la antigua Polonia con el pretexto del principio de las nacionalidades, como veremos más adelante. La idea tiene más de cien años, y Rusia se sirve de ella ahora todos los días. ¿Qué es el paneslavismo sino la aplicación, por Rusia y en interés ruso, del principio de las nacionalidades a los serbios, croatas, rutenos, eslovacos, checos y otros restos de antiguos pueblos eslavos de Turquía, Hungría y Alemania? Incluso en este mismo momento el gobierno ruso tiene agentes que recorren el país de los lapones, en el norte de Noruega y de Suecia, intentando agitar entre estos salvajes nómadas la idea de una «gran nacionalidad finesa» que ha de restaurarse en el extremo norte de Europa, bajo protección rusa, por supuesto. El «grito de angustia» de los lapones oprimidos resuena muy alto en los periódicos rusos; no lo lanzan esos mismos nómadas oprimidos, sino los agentes rusos. ¡Y es en verdad una opresión espantosa obligar a estos pobres lapones a aprender la civilizada lengua noruega o sueca en vez de limitarse a su propio idioma bárbaro, medio esquimal! El principio de las nacionalidades, en efecto, solo podía inventarse en la Europa oriental, donde la marea de la invasión asiática, durante mil años, volvió una y otra vez y dejó en la orilla esos montones de ruinas de naciones entremezcladas que aún hoy el etnólogo apenas puede desenredar, y donde el turco, el magiar finés, el rumano, el judío y una docena de tribus eslavas viven mezclados en una confusión interminable. Ese era el terreno para hacer trabajar el principio de las nacionalidades, y cómo lo ha hecho trabajar Rusia allí lo veremos dentro de poco en el ejemplo de Polonia.

Frederic Engels

III

La doctrina de la nacionalidad aplicada a Polonia

Polonia, como casi todos los demás países europeos, está habitada por gentes de diversas nacionalidades. La masa de la población, el núcleo de su fuerza, la forman sin duda los polacos propiamente dichos, que hablan la lengua polaca. Pero desde 1390 la Polonia propiamente dicha está unida al gran ducado de Lituania, que formó, hasta el último reparto de 1794, parte integrante de la república polaca7. Este gran ducado de Lituania estaba habitado por una gran variedad de razas. Las provincias del norte, junto al Báltico, estaban en poder de los lituanos propiamente dichos, un pueblo que hablaba una lengua distinta de la de sus vecinos eslavos; estos lituanos habían sido en gran parte sometidos por inmigrantes alemanes8, a los que, a su vez, les costaba mantenerse frente a los grandes duques lituanos. Más al sur, y al este del actual reino de Polonia, estaban los rusos blancos, que hablan una lengua intermedia entre el polaco y el ruso, pero más próxima a este último; y, por último, las provincias del sur estaban habitadas por los llamados pequeños rusos9, cuya lengua la consideran hoy las mejores autoridades completamente distinta del gran ruso (la lengua que solemos llamar rusa). Por tanto, si se dice que reclamar la restauración de Polonia es apelar al principio de las nacionalidades, lo único que se demuestra es que no se sabe de qué se habla, pues la restauración de Polonia significa el restablecimiento de un Estado compuesto por lo menos de cuatro nacionalidades distintas.

Cuando se estaba formando así el viejo Estado polaco por la unión con Lituania, ¿dónde estaba entonces Rusia? Bajo el talón del conquistador mongol, al que polacos y alemanes unidos habían rechazado 150 años antes al este del Dniéper. Hizo falta una larga lucha hasta que los grandes duques de Moscú sacudieron por fin el yugo mongol y se pusieron a reunir en un solo Estado los muchos principados diferentes de la Gran Rusia. Pero este éxito parece que solo aumentó su ambición. Apenas había caído Constantinopla en poder del turco, cuando el gran duque moscovita puso en su escudo de armas el águila bicéfala de los emperadores bizantinos10, afirmando así su pretensión de ser su sucesor y futuro vengador; y desde entonces, como es bien sabido, los rusos han trabajado por conquistar Tsargrad, la ciudad del zar, como llaman a Constantinopla en su lengua. Después, las ricas llanuras de la Pequeña Rusia excitaron su codicia anexionista; pero los polacos eran entonces un pueblo fuerte, y siempre un pueblo valiente, y no solo sabían luchar por lo suyo sino también devolver el golpe: a comienzos del siglo XVII llegaron incluso a ocupar Moscú durante unos años11.

La progresiva desmoralización de la aristocracia dominante, la falta de fuerza para desarrollar una clase media y las guerras constantes que devastaban el país quebrantaron por fin la fuerza de Polonia. Un país que se obstinaba en mantener intacto el sistema feudal de la sociedad, mientras todos sus vecinos progresaban, formaban una clase media, desarrollaban el comercio y la industria y creaban grandes ciudades, un país así estaba condenado a la ruina. Sin duda fue la aristocracia la que sí arruinó a Polonia, y la arruinó a fondo; y después de arruinarla se echaron en cara unos a otros el haberlo hecho y se vendieron, a sí mismos y a su país, al extranjero. La historia polaca de 1700 a 1772 no es más que la crónica de la usurpación rusa del poder en Polonia, hecha posible por la venalidad de los nobles. Los soldados rusos ocupaban el país casi constantemente, y los reyes de Polonia, si no eran ellos mismos traidores voluntarios, quedaban cada vez más bajo el pulgar del embajador ruso. Tan bien había salido este juego, y tanto tiempo se había jugado, que cuando Polonia fue por fin aniquilada no hubo en Europa clamor alguno, y en verdad la gente solo se asombró de una cosa: de que Rusia tuviera la generosidad de ceder una tajada tan grande del territorio a Austria y a Prusia.

La manera en que se llevó a cabo este reparto es especialmente interesante. Había ya en aquella época en Europa una «opinión pública» ilustrada. Aunque el periódico The Times no había empezado todavía a fabricar ese artículo, existía esa clase de opinión pública que había creado la inmensa influencia de Diderot, Voltaire, Rousseau y los demás escritores franceses del siglo XVIII. Rusia supo siempre que importa tener a la opinión pública de su lado, si es posible; y Rusia se ocupó también de tenerla. La corte de Catalina II se convirtió en el cuartel general de los hombres ilustrados de la época, sobre todo franceses; la emperatriz y su corte profesaban los principios más ilustrados, y tan bien consiguió engañarlos que Voltaire y otros muchos cantaron las alabanzas de la «Semíramis del Norte» y proclamaron a Rusia el país más progresista del mundo, la patria de los principios liberales, la campeona de la tolerancia religiosa.

La tolerancia religiosa: esa era la palabra que hacía falta para acabar con Polonia. Polonia había sido siempre extremadamente liberal en materia religiosa; testigo de ello, el asilo que encontraron allí los judíos mientras se les perseguía en todas las demás partes de Europa. La mayor parte de la población de las provincias orientales pertenecía a la fe griega, mientras que los polacos propiamente dichos eran católicos romanos. Una parte considerable de estos católicos griegos había sido inducida, durante el siglo XVI, a reconocer la supremacía del papa, y se les llamaba griegos unidos12; pero muchísimos siguieron fieles en todos los aspectos a su vieja religión griega. Eran sobre todo los siervos, cuyos señores nobles eran casi todos católicos romanos; por su nacionalidad eran pequeños rusos. Pues bien, este gobierno ruso que no toleraba en su casa otra religión que la griega y castigaba la apostasía como un crimen; que conquistaba naciones extranjeras y se anexionaba provincias extranjeras a diestro y siniestro; y que estaba entonces ocupado en remachar todavía más las cadenas del siervo ruso, este mismo gobierno ruso cayó pronto sobre Polonia en nombre de la tolerancia religiosa, porque se decía que Polonia oprimía a los católicos griegos; en nombre del principio de las nacionalidades, porque los habitantes de estas provincias orientales eran pequeños rusos y debían, por tanto, anexionarse a la Gran Rusia; y en nombre del derecho de revolución, armando a los siervos contra sus señores. Rusia no tiene escrúpulos en la elección de sus medios. Se habla de una guerra de clase contra clase como de algo extremadamente revolucionario; pues bien, Rusia puso en marcha una guerra así en Polonia hace casi cien años, y bonito ejemplar de guerra de clases fue aquel en que soldados rusos y siervos pequeños rusos fueron juntos a quemar los castillos de los señores polacos, solo para preparar la anexión rusa; una vez consumada esta, los mismos soldados rusos volvieron a poner a los siervos bajo el yugo de sus señores13.

Todo esto se hizo en nombre de la tolerancia religiosa, porque el principio de las nacionalidades no estaba entonces de moda en Europa occidental. Pero se puso ante los ojos de los campesinos pequeños rusos de la época, y desde entonces ha desempeñado un papel importante en los asuntos polacos. La primera y principal ambición de Rusia es la unión de todas las tribus rusas bajo el zar, que se llama a sí mismo autócrata de todas las Rusias (Samodergetz vseckh Rossyiskikh), y entre ellas incluye la Rusia Blanca y la Pequeña Rusia. Y para probar que su ambición no iba más allá, se cuidó muy bien, durante los tres repartos, de no anexionarse más que provincias rusas blancas y pequeñas rusas, dejando a sus cómplices el país habitado por polacos, y hasta una parte de la Pequeña Rusia (Galitzia oriental). Pero ¿cómo están las cosas ahora? La mayor parte de las provincias que Austria y Prusia se anexionaron en 1793 y 1794 están ahora bajo dominio ruso, con el nombre de reino de Polonia14, y de vez en cuando se despiertan entre los polacos esperanzas de que, con solo someterse a la supremacía rusa y renunciar a toda pretensión sobre las antiguas provincias lituanas, pueden esperar la reunión de todas las demás provincias polacas y la restauración de Polonia con el emperador ruso como rey. Y si en la coyuntura actual Prusia y Austria llegaran a las manos, es más que probable que la guerra no sea, en último término, por la anexión de Schleswig-Holstein a Prusia o de Venecia a Italia, sino más bien por la de la Polonia austriaca y al menos una parte de la prusiana a Rusia.

Basta con esto sobre el principio de las nacionalidades en los asuntos polacos.

Frederic Engels

  1. Semanario obrero londinense (1866-1867), sucesor del Workman's Advocate; en su dirección figuraban miembros del Consejo Central de la Internacional. ↩

  2. El 15 de mayo de 1848, una manifestación de obreros parisinos en favor de Polonia invadió la Asamblea Nacional; fue el preludio de la represión de los clubes revolucionarios. ↩

  3. Así lo hizo en especial la Neue Rheinische Zeitung de Marx y Engels, en Colonia. ↩

  4. Años de los levantamientos polacos contra Rusia (1830-1831 y 1863-1864) y del de Cracovia contra Austria (1846). ↩

  5. Punto del orden del día que la conferencia de Londres de la Internacional (septiembre de 1865) propuso para el congreso de Ginebra; los delegados proudhonianos franceses se opusieron a él. ↩

  6. En los repartos de Polonia de 1772, 1793 y 1795, Prusia obtuvo amplios territorios, Varsovia incluida; el Congreso de Viena de 1815 dio la mayor parte de ellos al reino de Polonia, unido a Rusia, y dejó a Prusia sobre todo el gran ducado de Posen. ↩

  7. La unión dinástica de Polonia y Lituania data de 1385-1386 (matrimonio del gran duque lituano Jogaila, Ladislao II Jagellón, con la reina Eduviges); el último reparto de Polonia se concertó en 1795, tras el levantamiento de Kościuszko de 1794. ↩

  8. Los caballeros de la Orden Teutónica y de la Orden Livonia. ↩

  9. Los ucranianos. ↩

  10. Iván III, casado en 1472 con Sofía Paleóloga, sobrina del último emperador bizantino; Constantinopla había caído en poder de los turcos en 1453. ↩

  11. Durante el «Periodo Tumultuoso», las tropas polacas ocuparon el Kremlin de 1610 a 1612. ↩

  12. Por la Unión de Brest (1596). ↩

  13. Probable alusión a la sublevación de los haidamakas ucranianos de 1768 (Koliivshchyna), hecha en nombre de la fe ortodoxa mientras las tropas rusas combatían en Polonia contra la Confederación de Bar, y aplastada luego con ayuda de esas mismas tropas. ↩

  14. El reino de Polonia (llamado «del Congreso») creado en 1815 en unión personal con Rusia; desde la insurrección de 1830-1831 había perdido casi toda su autonomía. ↩