Escrita por Friedrich Engels el 12 de octubre de 1867 para la Rheinische Zeitung, que no llegó a publicarla. Traducida del manuscrito, según Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 16 (Berlín, 1962, pp. 210-213), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Karl Marx, El capital. Crítica de la economía política, tomo I, El proceso de producción del capital, Hamburgo, O. Meissner, 1867

El sufragio universal ha añadido a nuestros partidos parlamentarios un partido nuevo, el socialdemócrata. En las últimas elecciones al Reichstag de Alemania del Norte presentó candidatos propios en la mayoría de las grandes ciudades y en todos los distritos fabriles, y sacó adelante seis u ocho diputados.1 Comparado con las elecciones anteriores, ha desplegado una fuerza considerablemente mayor, de modo que cabe suponer que, al menos por el momento, sigue creciendo. Sería una necedad seguir tratando con un silencio altanero la existencia, la actividad y las doctrinas de un partido así en un país donde el sufragio universal ha puesto la última decisión en manos de las clases más numerosas y más pobres.

Por divididos y desorientados que puedan estar los pocos parlamentarios socialdemócratas, puede darse por seguro que todas las fracciones de este partido saludarán el presente libro como su biblia teórica, como el arsenal del que sacarán sus argumentos esenciales. Ya solo por eso merece una atención especial. Pero también por su propio contenido es apto para causar sensación. Si la argumentación principal de Lassalle —y Lassalle no era en economía política más que un discípulo de Marx— se reducía a repetir una y otra vez la llamada ley ricardiana del salario, aquí tenemos ante nosotros una obra que, con una erudición indudablemente poco común, trata toda la relación entre capital y trabajo en su conexión con toda la ciencia económica, que se fija como fin último «descubrir la ley económica del movimiento de la sociedad moderna» y que, tras unas investigaciones evidentemente sinceras y llevadas a cabo con innegable conocimiento de causa, llega al resultado de que todo el «modo de producción capitalista» tiene que ser abolido. Pero quisiéramos además llamar especialmente la atención sobre el hecho de que, prescindiendo de las conclusiones de la obra, el autor presenta a lo largo de ella toda una serie de puntos capitales de la economía bajo una luz completamente nueva y llega aquí, en cuestiones puramente científicas, a resultados que se apartan mucho de la economía corriente hasta ahora y que los economistas de escuela tendrán que criticar y refutar científicamente en serio si no quieren ver naufragar su doctrina. En interés de la ciencia es de desear que la polémica se entable cuanto antes, en las revistas especializadas, precisamente sobre estos puntos.

Marx empieza exponiendo la relación entre la mercancía y el dinero, cuyo contenido esencial ya publicó hace bastante tiempo en un escrito aparte.2 Pasa luego al capital, y aquí llegamos enseguida al punto decisivo de toda la obra. ¿Qué es el capital? Dinero que se convierte en mercancía para volver a convertirse, de la mercancía, en más dinero que la suma inicial. Al comprar algodón por 100 táleros y venderlo por 110, acredito mis 100 táleros como capital, como valor que se valoriza a sí mismo. Ahora surge la pregunta: ¿de dónde salen los 10 táleros que gano en este proceso? ¿Cómo es que de 100 táleros salen 110 mediante dos simples intercambios? La economía supone, en efecto, que en todos los intercambios se cambia un valor igual por otro valor igual. Marx examina entonces todos los casos posibles (fluctuaciones de los precios de las mercancías, etc.) para demostrar que, con los supuestos que da la economía, la formación de 10 táleros de plusvalía a partir de 100 táleros iniciales es imposible. Sin embargo, este proceso tiene lugar a diario, y los economistas nos han quedado debiendo su explicación. Marx da esta explicación del siguiente modo: el enigma solo puede resolverse si encontramos en el mercado una mercancía de índole muy particular, una mercancía cuyo valor de uso consista en producir valor de cambio. Esta mercancía existe: es la fuerza de trabajo. El capitalista compra la fuerza de trabajo en el mercado y la hace trabajar para él a fin de volver a vender su producto. Así pues, lo primero que tenemos que investigar es la fuerza de trabajo.

¿Cuál es el valor de la fuerza de trabajo? Según la ley conocida, el valor de los medios de subsistencia necesarios para mantener y reproducir al obrero de la manera históricamente establecida en un país dado y en una época dada. Suponemos que al obrero se le paga su fuerza de trabajo por todo su valor. Suponemos además que este valor se representa en un trabajo de seis horas diarias, o de media jornada. Pero el capitalista sostiene que ha comprado la fuerza de trabajo para una jornada entera y hace trabajar al obrero doce horas o más. Así, con un trabajo de doce horas, ha adquirido el producto de seis horas de trabajo sin pagarlo. De ahí concluye Marx: toda plusvalía —se reparta como se reparta, como ganancia del capitalista, renta de la tierra, impuesto, etc.— es trabajo no pagado.

Del interés del fabricante en sacar cada día la mayor cantidad posible de trabajo no pagado, y del interés opuesto del obrero, nace la lucha por la duración de la jornada de trabajo. En una ilustración muy digna de leerse, que llena unas cien páginas, Marx describe el curso de esta lucha en la gran industria inglesa, que, pese a las protestas de los fabricantes librecambistas, terminó la primavera pasada con la sumisión a los límites de la ley fabril no solo de toda la industria fabril, sino también de toda la pequeña industria e incluso de toda la industria doméstica, de modo que el tiempo de trabajo diario de las mujeres y de los niños menores de dieciocho años —y con ello, indirectamente, también el de los hombres— queda fijado en las ramas más importantes de la industria en diez horas y media como máximo.3 Explica también por qué la industria inglesa no ha sufrido con ello, sino que, al contrario, ha salido ganando: porque el trabajo de cada uno ganó más en intensidad de lo que se acortó en duración.

Pero la plusvalía puede aumentarse también de otra manera que prolongando el tiempo de trabajo más allá del necesario para producir los medios de subsistencia indispensables o su valor. En una jornada de trabajo dada, digamos de doce horas, hay, según lo supuesto antes, seis horas de trabajo necesario y seis horas de trabajo empleado en producir plusvalía. Si por cualquier medio se consigue reducir a cinco horas el tiempo de trabajo necesario, quedan siete horas durante las cuales se produce plusvalía. Esto puede lograrse acortando el tiempo de trabajo requerido para producir los medios de subsistencia necesarios; en otras palabras, abaratando los medios de subsistencia, y esto, a su vez, solo mediante mejoras en la producción. Marx da en este punto otra ilustración detallada, en la que investiga y describe las tres palancas principales con las que se logran estas mejoras: 1) la cooperación, o multiplicación de las fuerzas que nace de la acción conjunta, simultánea y planificada, de muchos; 2) la división del trabajo, tal como se desarrolló en el periodo de la manufactura propiamente dicha (es decir, hasta 1770 aproximadamente), y por último 3) la maquinaria, con cuya ayuda se desarrolló desde entonces la gran industria. También estas descripciones son de gran interés y muestran un asombroso conocimiento de la materia, hasta en el detalle tecnológico…4

No podemos entrar en los demás detalles de las investigaciones sobre la plusvalía y el salario; solo observamos, para evitar malentendidos, que, como demuestra Marx con multitud de citas, tampoco a la economía de escuela le es ajeno el hecho de que el salario es menor que todo el producto del trabajo. Es de esperar que este libro dé a los señores de la escuela ocasión de ilustrarnos más a fondo sobre este punto, ciertamente extraño. Es muy de alabar que todas las pruebas de hecho que aduce Marx estén tomadas de las mejores fuentes, en su mayoría informes parlamentarios oficiales. Aprovechamos la ocasión para apoyar la propuesta que el autor hace indirectamente en el prólogo: que también en Alemania se investiguen a fondo, por medio de comisionados del Gobierno —que no deben ser, eso sí, burócratas con prejuicios—, las condiciones de los obreros en las distintas industrias, y que los informes se presenten al Reichstag y al público.

El primer tomo termina con el estudio de la acumulación del capital. Sobre este punto se ha escrito ya muchas veces, aunque hemos de confesar que también aquí se aportan muchas cosas nuevas y se ilumina lo viejo desde nuevos ángulos. Lo más original es el intento de demostrar que, junto a la concentración y acumulación del capital, y al mismo paso que ella, se produce la acumulación de una población obrera sobrante, y que ambas acaban haciendo una revolución social, por un lado necesaria y, por otro, posible.

Piense lo que piense el lector de las ideas socialistas del autor, creemos haberle mostrado en lo que antecede que se trata aquí de un escrito que está muy por encima de la literatura socialdemócrata corriente del día. Añadimos que, salvo las cosas un tanto dialécticas de las primeras cuarenta páginas, el libro, pese a todo su rigor científico, es muy fácil de entender y, gracias al estilo sarcástico del autor, que no perdona a nadie, está escrito incluso de forma amena.

  1. Las elecciones al Reichstag de la Confederación de Alemania del Norte del 31 de agosto de 1867; entre los elegidos estaban August Bebel y Wilhelm Liebknecht, y varios lassalleanos, como Johann Baptist von Schweitzer. ↩

  2. Contribución a la crítica de la economía política (Berlín, 1859). ↩

  3. La ley fabril (Factory Acts Extension Act) y la ley sobre los talleres (Workshops' Regulation Act) de agosto de 1867, que extendieron la legislación fabril a casi todas las ramas de la industria. ↩

  4. Aquí termina una página del manuscrito; la siguiente, en la que sin duda se analizaban la plusvalía y el salario, se ha perdido. ↩