Escrito en inglés por Friedrich Engels y publicado en The Pall Mall Gazette, núm. 1711, del 8 de agosto de 1870, con el título «The Prussian Victories», dentro de la serie de sus «Notas sobre la guerra». Traducido del original inglés según la transcripción del texto de la Pall Mall Gazette hecha por Tony Brown en el Marx-Engels Internet Archive (marxists.org), cotejado con la versión alemana de la MEW (Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 17, Berlín, 1962, pp. 27-31), por la Escuela de marxismo, 2026. Se corrigen erratas evidentes de la transcripción. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.

La rápida acción del III Ejército alemán arroja cada vez más luz sobre los planes de Moltke.1 La concentración de este ejército en el Palatinado tiene que haberse hecho por los puentes de Mannheim y Germersheim, y quizá por puentes militares de pontones intermedios. Antes de tomar las carreteras que cruzan el Hardt hacia el oeste desde Landau y Neustadt, las tropas reunidas en el valle del Rin estaban disponibles para un ataque contra el ala derecha francesa. Semejante ataque, con las fuerzas superiores de que se disponía y con Landau inmediatamente a la espalda, era perfectamente seguro y podía conducir a grandes resultados. Si conseguía atraer a un cuerpo considerable de tropas francesas lejos de su grueso hacia el valle del Rin, derrotarlo y empujarlo valle arriba hacia Estrasburgo, esas fuerzas quedarían fuera de juego para la batalla general, mientras que el III Ejército alemán seguiría en condiciones de tomar parte en ella, al estar mucho más cerca del grueso de los franceses. En todo caso, un ataque contra la derecha francesa los despistaría si el ataque principal alemán, como seguimos creyendo pese a la opinión contraria de una legión de noveleros militares y no militares, había de hacerse contra la izquierda francesa.

El ataque repentino y afortunado contra Wissembourg muestra que los alemanes tenían sobre las posiciones de los franceses informaciones que los animaron a semejante maniobra. Los franceses, en su prisa por tomarse la revancha, cayeron de cabeza en la trampa. El mariscal MacMahon2 concentró inmediatamente su cuerpo en dirección a Wissembourg, y, según se dice, necesitó dos días para completar esa maniobra. Pero no era probable que el príncipe heredero3 le diera ese tiempo. Aprovechó en el acto su ventaja y lo atacó el sábado cerca de Wörth, sobre el Sauer, a unas quince millas al suroeste de Wissembourg. El propio MacMahon describe su posición como fuerte. Sin embargo, a las cinco de la tarde había sido expulsado de ella, y el príncipe heredero lo suponía en plena retirada hacia Bitche. De ese modo se habría librado de que lo empujaran excéntricamente hacia Estrasburgo y habría mantenido sus comunicaciones con la masa del ejército. Pero, según telegramas franceses posteriores, parece que en realidad se ha retirado hacia Nancy y que su cuartel general está ahora en Saverne.

Los dos cuerpos franceses enviados a resistir este avance alemán constaban de siete divisiones de infantería, de las que suponemos que al menos cinco entraron en combate. Es posible que todas fueran llegando sucesivamente durante la lucha, pero que no fueran más capaces de restablecer el equilibrio que las sucesivas brigadas austríacas a medida que aparecían en el campo de batalla de Magenta.4 En todo caso, podemos dar por seguro que aquí fue derrotada entre una quinta y una cuarta parte de la fuerza total de los franceses. Las tropas del otro lado eran probablemente las mismas cuya vanguardia había ganado Wissembourg: el 2.º Cuerpo bávaro y los cuerpos 5.º y 11.º de la Alemania del Norte. De ellos, el 5.º se compone de dos regimientos de Posnania, cinco de Silesia y uno de Westfalia, y el 11.º, de uno de Pomerania, cuatro de Hesse-Kassel y Nassau y tres de Turingia, de modo que entraron en combate tropas de las partes más diversas de Alemania.

Lo que más nos sorprende en estos hechos de armas es el papel estratégico y táctico desempeñado por cada ejército. Es exactamente lo contrario de lo que, por tradición, cabía esperar. Los alemanes atacan; los franceses se defienden. Los alemanes actúan con rapidez y en grandes masas, y las manejan con soltura; los franceses confiesan tener sus tropas, tras quince días de concentración, tan dispersas que necesitan dos días para reunir dos cuerpos de ejército. En consecuencia, son batidos por partes. Por la manera en que mueven sus tropas, podrían ser austríacos. ¿Cómo se explica esto? Sencillamente, por las necesidades del Segundo Imperio. El escozor de Wissembourg bastó para soliviantar a todo París y, sin duda, para turbar también la serenidad del ejército. Había que tomarse la revancha: se manda en el acto a MacMahon con dos cuerpos a conseguirla; el movimiento es a todas luces erróneo, pero no importa, hay que hacerlo, y se hace, con el efecto que hemos visto. Si el mariscal MacMahon no recibe refuerzos que le permitan hacer frente de nuevo al príncipe heredero, este, con una marcha de unas quince millas hacia el sur, puede apoderarse del ferrocarril de Estrasburgo a Nancy y avanzar hasta Nancy, desbordando con ese movimiento cualquier línea que los franceses pudieran esperar sostener por delante de Metz. Es sin duda el temor a esto lo que lleva a los franceses a abandonar la región del Sarre. O bien, dejando a su vanguardia la persecución de MacMahon, puede desfilar por su derecha a través de las colinas, directamente hacia Pirmasens y Zweibrücken, para enlazar formalmente con la izquierda del príncipe Federico Carlos,5 que durante todo este tiempo ha estado en algún punto entre Maguncia y Saarbrücken mientras los franceses se empeñaban en mandarlo a Tréveris. No podemos determinar cómo afectará a su rumbo la derrota del cuerpo del general Frossard6 en Forbach, seguida, según parece, del avance de los prusianos hasta Saint-Avold ayer.

Si el Segundo Imperio necesitaba a toda costa una victoria después de Wissembourg, ahora la necesita en un grado mucho mayor, después de Wörth y Forbach. Si Wissembourg bastó para desbaratar todos los planes anteriores relativos al ala derecha, las batallas del sábado trastornan forzosamente todas las disposiciones tomadas para el ejército entero. El ejército francés ha perdido toda iniciativa. Sus movimientos los dictan menos las consideraciones militares que las necesidades políticas. Aquí hay 300.000 hombres casi a la vista del enemigo. Si sus movimientos han de regirse, no por lo que se hace en el campo enemigo, sino por lo que ocurre o puede ocurrir en París, están ya medio derrotados. Nadie, por supuesto, puede predecir con certeza el resultado de la batalla general que ahora es inminente, si no se está librando ya; pero esto sí podemos decir: que otra semana de una estrategia como la que ha mostrado Napoleón III desde el jueves basta por sí sola para destruir el mejor y más numeroso ejército del mundo.

La impresión que se saca de los partes prusianos sobre estas batallas no hará sino ahondarse con los telegramas del emperador Napoleón. A medianoche del sábado envió los hechos escuetos:

«El mariscal MacMahon ha perdido una batalla. El general Frossard se ha visto obligado a replegarse.»

Tres horas más tarde llegó la noticia de que sus comunicaciones con el mariscal MacMahon estaban cortadas. A las seis de la mañana del domingo se reconocía virtualmente el grave significado de la derrota del general Frossard con la confesión de que la había sufrido tan al oeste de Saarbrücken como Forbach, y se admitía además la imposibilidad de detener inmediatamente el avance prusiano con el anuncio de que «las tropas, que se habían visto divididas, se concentran en Metz». El telegrama siguiente es difícil de interpretar.

«La retirada se efectuará en buen orden» (?)

¿Qué retirada? No la del mariscal MacMahon, pues las comunicaciones con él seguían cortadas. No la del general Frossard, pues el emperador sigue diciendo: «No hay noticias del general Frossard». Y si a las 8.25 de la mañana el emperador solo podía hablar en futuro de una retirada que habían de efectuar unas tropas de cuya posición no sabía nada, ¿qué valor hay que conceder al telegrama de ocho horas antes, en el que dice, en presente, que «la retirada se está efectuando en buen orden»? Todos estos mensajes posteriores prolongan la nota que dio el «Tout peut se rétablir»7 del primero. Las victorias de los prusianos eran demasiado serias para permitir recurrir a la táctica que naturalmente habría adoptado el emperador. No podía arriesgarse a ocultar la verdad con la perspectiva de poder borrar su efecto con un relato simultáneo de una batalla posterior de resultado distinto. Era imposible ahorrar al orgullo del pueblo francés la noticia de que dos de sus ejércitos habían sido vencidos, y por eso el único recurso que quedaba era apoyarse en el deseo apasionado de resarcirse de las pérdidas que la noticia de desastres semejantes ha despertado antes de ahora en los corazones franceses. Sin duda, unos telegramas privados trazaron a la emperatriz y a los ministros la línea que habían de seguir sus declaraciones públicas, o, más probablemente, se les suministró desde Metz el texto mismo de sus respectivas proclamas. De unas y otras deducimos que, sea cual sea el ánimo del pueblo francés, todos los que tienen autoridad, del emperador abajo, están profundamente desalentados, y nada podría ser por sí solo más significativo. París ha sido declarado en estado de sitio, indicio indiscutible de lo que puede seguir a otra victoria prusiana, y la proclama ministerial termina así:

«Luchemos con vigor, y la patria se salvará.»

¿Salvarse de qué?, pueden preguntarse quizá los franceses. De una invasión emprendida por los prusianos para impedir una invasión francesa de Alemania. Si los prusianos hubieran sido derrotados y una exhortación semejante hubiera venido de Berlín, su sentido habría estado claro, porque cada nueva victoria de las armas francesas habría significado una nueva anexión de territorio alemán a Francia. Pero, si el Gobierno prusiano está bien aconsejado, una derrota francesa solo significará que ha fracasado el intento de impedir a Prusia proseguir sin estorbo su política alemana, y difícilmente podemos creer que la leva en masse,8 sobre la que se dice que deliberan los ministros franceses, sirva para reanudar una guerra ofensiva.

  1. Helmuth von Moltke (1800-1891), jefe del Estado Mayor General prusiano y director efectivo de las operaciones alemanas. ↩

  2. Patrice de MacMahon (1808-1893), mariscal de Francia, mandaba el 1.er Cuerpo del Ejército del Rin y las fuerzas francesas de Alsacia. En la batalla de Wörth (o de Frœschwiller), el 6 de agosto de 1870, fue derrotado por el III Ejército alemán. ↩

  3. El príncipe heredero de Prusia, Federico Guillermo (1831-1888), luego emperador Federico III, mandaba el III Ejército alemán. ↩

  4. En la batalla de Magenta (4 de junio de 1859), durante la guerra de Italia, los franceses y los sardos derrotaron a los austríacos. ↩

  5. Federico Carlos de Prusia (1828-1885), sobrino del rey Guillermo I, mandaba el II Ejército alemán. ↩

  6. Charles Auguste Frossard (1807-1875), general francés, mandaba el 2.º Cuerpo; fue derrotado el 6 de agosto de 1870 en la batalla de Spicheren (o de Forbach). ↩

  7. «Todo puede restablecerse.» Frase del primer telegrama de Napoleón III tras las derrotas del 6 de agosto de 1870. ↩

  8. Levée en masse: leva general de todos los hombres útiles, como la decretada por la Convención en 1793. ↩