Escrito por Karl Marx en Londres entre abril y mayo de 1871 como manifiesto del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores, que lo aprobó el 30 de mayo de 1871, dos días después de la caída de la Comuna. Publicado en inglés en Londres a mediados de junio de 1871, en un folleto editado por Edward Truelove. Le preceden, como en la edición alemana preparada por Engels en 1891, los dos manifiestos del Consejo General sobre la guerra franco-prusiana (23 de julio y 9 de septiembre de 1870), redactados también por Marx. Traducido de la tercera edición inglesa (Londres, 1871) por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.
Primer manifiesto del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores sobre la guerra franco-prusiana
A los miembros de la Asociación Internacional de los Trabajadores en Europa y en los Estados Unidos.
En el Manifiesto inaugural de la Asociación Internacional de los Trabajadores, de noviembre de 1864, decíamos:1
«Si la emancipación de las clases trabajadoras exige su concurso fraternal, ¿cómo van a cumplir esa gran misión con una política exterior que persigue designios criminales, que juega con los prejuicios nacionales y que derrocha en guerras de piratería la sangre y el dinero del pueblo?»
Y definíamos con estas palabras la política exterior a la que aspira la Internacional:
«Reivindicar las sencillas leyes de la moral y de la justicia que deben regir las relaciones entre los particulares como leyes supremas del trato entre las naciones.»
No es de extrañar que Luis Bonaparte,2 que usurpó el poder explotando la guerra de clases en Francia y lo perpetuó mediante guerras periódicas en el exterior, tratara desde el principio a la Internacional como a un enemigo peligroso. En vísperas del plebiscito3 ordenó una redada contra los miembros de los comités administrativos de la Asociación Internacional de los Trabajadores en toda Francia, en París, Lyon, Ruán, Marsella, Brest, etc., con el pretexto de que la Internacional era una sociedad secreta metida en un complot para asesinarlo, pretexto cuyo absoluto absurdo pusieron poco después al descubierto sus propios jueces. ¿Cuál era el verdadero crimen de las secciones francesas de la Internacional? Que habían dicho al pueblo francés, pública y enérgicamente, que votar el plebiscito era votar el despotismo dentro y la guerra fuera. Y fue obra suya, en efecto, que en todas las grandes ciudades, en todos los centros industriales de Francia, la clase obrera se levantara como un solo hombre para rechazar el plebiscito. Por desgracia, la pesada ignorancia de los distritos rurales inclinó la balanza. Las bolsas, los gabinetes, las clases dominantes y la prensa de Europa celebraron el plebiscito como una victoria señalada del emperador francés sobre la clase obrera francesa; y fue la señal para el asesinato, no de un individuo, sino de naciones.
La conjura bélica de julio de 1870 no es más que una edición corregida del golpe de Estado de diciembre de 1851.4 A primera vista, la cosa parecía tan absurda que Francia no quería creer que fuera en serio. Prefería creer al diputado que denunciaba la palabrería belicista de los ministros como una simple maniobra de agiotaje. Cuando el 15 de julio se anunció por fin oficialmente la guerra al Corps législatif,5 toda la oposición se negó a votar los créditos preliminares; hasta Thiers6 la calificó de «detestable»; todos los periódicos independientes de París la condenaron y, cosa asombrosa, la prensa de provincias se les unió casi por unanimidad.
Entretanto, los miembros parisienses de la Internacional se habían puesto de nuevo a trabajar. En Le Réveil del 12 de julio7 publicaron su manifiesto «a los obreros de todas las naciones», del que extraemos los siguientes pasajes:
«Una vez más», dicen, «con el pretexto del equilibrio europeo y del honor nacional, ambiciones políticas amenazan la paz del mundo. ¡Obreros franceses, alemanes, españoles! ¡Unamos nuestras voces en un mismo grito de reprobación contra la guerra!
…
»Una guerra por una cuestión de preponderancia o por una dinastía no puede ser, a ojos de los obreros, más que un absurdo criminal. En respuesta a las proclamas belicosas de quienes se eximen del impuesto de sangre y encuentran en las desgracias públicas una fuente de nuevas especulaciones, protestamos nosotros, que queremos paz, trabajo y libertad.
…
»¡Hermanos de Alemania! Nuestra división solo conduciría al triunfo completo del despotismo a ambas orillas del Rin…
»¡Obreros de todos los países! Sea cual sea por ahora el resultado de nuestros esfuerzos comunes, nosotros, miembros de la Asociación Internacional de los Trabajadores, que no conocemos fronteras, os enviamos, como prenda de una solidaridad indisoluble, los buenos deseos y los saludos de los obreros de Francia.»
A este manifiesto de nuestra sección de París siguieron numerosos mensajes franceses del mismo tenor, de los que aquí solo podemos citar la declaración de Neuilly-sur-Seine, publicada en La Marseillaise del 22 de julio:
«¿Es justa la guerra? ¡No! ¿Es nacional la guerra? ¡No! Es puramente dinástica. En nombre de la humanidad, de la democracia y de los verdaderos intereses de Francia, nos adherimos completa y enérgicamente a la protesta de la Internacional contra la guerra.»
Estas protestas expresaban los verdaderos sentimientos del pueblo trabajador francés, como pronto mostró un curioso incidente. La banda del 10 de Diciembre,8 organizada por primera vez bajo la presidencia de Luis Bonaparte, fue disfrazada con blusas y soltada por las calles de París para que ejecutara allí las contorsiones de la fiebre guerrera; pero los verdaderos obreros de los faubourgs salieron con manifestaciones públicas por la paz tan abrumadoras que Pietri, el prefecto de policía,9 creyó prudente prohibir de inmediato toda nueva política callejera, con el pretexto de que el verdadero pueblo de París ya había dado suficiente desahogo a su patriotismo contenido y a su desbordante entusiasmo bélico.
Sean cuales sean las peripecias de la guerra de Luis Bonaparte con Prusia, en París ha sonado ya la campana fúnebre del Segundo Imperio. Acabará como empezó, con una parodia. Pero no olvidemos que fueron los gobiernos y las clases dominantes de Europa los que permitieron a Luis Bonaparte representar durante dieciocho años la feroz farsa del Imperio restaurado.
Por parte alemana, la guerra es una guerra de defensa. Pero ¿quién puso a Alemania en la necesidad de defenderse? ¿Quién permitió a Luis Bonaparte hacerle la guerra? ¡Prusia! Fue Bismarck10 quien conspiró con ese mismo Luis Bonaparte para aplastar la oposición popular en su país y anexionar Alemania a la dinastía de los Hohenzollern. Si se hubiera perdido la batalla de Sadowa en lugar de ganarse,11 los batallones franceses habrían invadido Alemania como aliados de Prusia. Después de su victoria, ¿soñó Prusia un solo momento con oponer una Alemania libre a una Francia esclavizada? Todo lo contrario. Conservando cuidadosamente todas las bellezas autóctonas de su viejo sistema, añadió encima todas las artimañas del Segundo Imperio: su despotismo real y su democratismo de pega, sus simulacros políticos y sus chanchullos financieros, su retórica altisonante y sus bajos juegos de manos. El régimen bonapartista, que hasta entonces solo había florecido a un lado del Rin, tenía ahora su imitación en el otro. De semejante estado de cosas, ¿qué otra cosa podía resultar sino la guerra?
Si la clase obrera alemana permite que la guerra actual pierda su carácter estrictamente defensivo y degenere en una guerra contra el pueblo francés, la victoria o la derrota serán igualmente desastrosas. Todas las miserias que cayeron sobre Alemania después de sus guerras de independencia12 revivirán con intensidad acumulada.
Sin embargo, los principios de la Internacional están demasiado extendidos y demasiado firmemente arraigados en la clase obrera alemana para temer un desenlace tan triste. Las voces de los obreros franceses han encontrado eco en Alemania. Una asamblea de masas de obreros celebrada en Brunswick el 16 de julio expresó su plena conformidad con el manifiesto de París, rechazó la idea de un antagonismo nacional con Francia y cerró sus resoluciones con estas palabras:
«Somos enemigos de todas las guerras, pero sobre todo de las guerras dinásticas… Con hondo pesar y dolor nos vemos obligados a sufrir una guerra defensiva como un mal inevitable; pero llamamos al mismo tiempo a toda la clase obrera alemana a hacer imposible que se repita una desgracia social tan inmensa, reivindicando para los propios pueblos el poder de decidir sobre la paz y la guerra y haciéndolos dueños de sus propios destinos.»
En Chemnitz, una asamblea de delegados que representaba a 50.000 obreros sajones adoptó por unanimidad una resolución en este sentido:
«En nombre de la democracia alemana, y especialmente de los obreros que forman el Partido Socialdemócrata, declaramos que la guerra actual es exclusivamente dinástica… Estrechamos con alegría la mano fraternal que nos tienden los obreros de Francia… Fieles a la consigna de la Asociación Internacional de los Trabajadores: ¡Proletarios de todos los países, uníos!, nunca olvidaremos que los obreros de todos los países son nuestros amigos y los déspotas de todos los países nuestros enemigos.»
También la sección de Berlín de la Internacional ha respondido al manifiesto de París:
«Nos unimos», dicen, «de corazón y de obra a vuestra protesta… Prometemos solemnemente que ni el son de las trompetas ni el estruendo de los cañones, ni la victoria ni la derrota, nos apartarán de nuestra obra común por la unión de los hijos del trabajo de todos los países.»
¡Así sea!
Al fondo de esta lucha suicida se alza la sombría figura de Rusia. Es un mal presagio que la señal de la guerra actual se haya dado justo en el momento en que el gobierno moscovita acababa de terminar sus líneas estratégicas de ferrocarril y concentraba ya tropas en dirección al Prut.13 Toda la simpatía que los alemanes puedan reclamar con justicia en una guerra de defensa contra la agresión bonapartista la perderían en el acto si permitieran al gobierno prusiano pedir o aceptar la ayuda de los cosacos. Que recuerden que, después de su guerra de independencia contra el primer Napoleón, Alemania yació durante generaciones postrada a los pies del zar.
La clase obrera inglesa tiende la mano fraternal a los pueblos trabajadores de Francia y de Alemania. Está profundamente convencida de que, tome el giro que tome la horrible guerra que se avecina, la alianza de las clases obreras de todos los países acabará por matar la guerra. El solo hecho de que, mientras la Francia y la Alemania oficiales se lanzan a una contienda fratricida, los obreros de Francia y de Alemania se envíen mensajes de paz y buena voluntad, este gran hecho, sin paralelo en la historia del pasado, abre la perspectiva de un futuro más luminoso. Demuestra que, frente a la vieja sociedad, con sus miserias económicas y su delirio político, está surgiendo una sociedad nueva cuya regla internacional será la paz, porque en todas partes su soberano nacional será el mismo: ¡el trabajo! La precursora de esa sociedad nueva es la Asociación Internacional de los Trabajadores.
El Consejo General:
Robert Applegarth, Martin J. Boon, Fred. Bradnick, John Hales, William Hales, George Harris, Legreulier, Fred. Lessner, W. Lintern, Zévy Maurice, George Milner, Thomas Mottershead, Charles Murray, George Odger, James Parnell, Pfänder, Rühl, Joseph Shepherd, Cowell Stepney, Stoll, Schmutz, William Townshend.
Secretarios corresponsales: Eugène Dupont, para Francia; A. Serraillier, para Bélgica y Holanda; Karl Marx, para Alemania y España; Hermann Jung, para Suiza; James Cohen, para Dinamarca; Giovanni Bora, para Italia; J. G. Eccarius, para los Estados Unidos; Antoni Zabicki, para Polonia.
Benjamin Lucraft, presidente; John Weston, tesorero; J. George Eccarius, secretario general.
Oficina: 256, High Holborn, Londres, W.C., 23 de julio de 1870.
Segundo manifiesto del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores sobre la guerra franco-prusiana
A los miembros de la Asociación Internacional de los Trabajadores en Europa y en los Estados Unidos.
En nuestro primer manifiesto, del 23 de julio, decíamos:
«En París ha sonado ya la campana fúnebre del Segundo Imperio. Acabará como empezó, con una parodia. Pero no olvidemos que fueron los gobiernos y las clases dominantes de Europa los que permitieron a Luis Bonaparte representar durante dieciocho años la feroz farsa del Imperio restaurado.»
Así pues, incluso antes de que comenzaran de verdad las operaciones militares, tratábamos ya la pompa de jabón bonapartista como una cosa del pasado.
Si no nos equivocamos sobre la vitalidad del Segundo Imperio, tampoco nos equivocamos al temer que la guerra alemana pudiera «perder su carácter estrictamente defensivo y degenerar en una guerra contra el pueblo francés». La guerra de defensa terminó, de hecho, con la rendición de Luis Bonaparte, la capitulación de Sedán y la proclamación de la república en París.14 Pero mucho antes de estos acontecimientos, en el mismo momento en que se hizo evidente la completa podredumbre de las armas imperiales, la camarilla militar prusiana había decidido la conquista. Se le cruzaba en el camino un obstáculo engorroso: las propias proclamas del rey Guillermo15 al comienzo de la guerra.
En un discurso de la corona ante la Dieta de la Alemania del Norte había declarado solemnemente que hacía la guerra al emperador de los franceses y no a la nación francesa. Decía así:
«Habiendo emprendido el emperador Napoleón por tierra y por mar un ataque contra la nación alemana, que deseaba y sigue deseando vivir en paz con el pueblo francés, he asumido el mando de los ejércitos alemanes para rechazar su agresión, y los acontecimientos militares me han llevado a cruzar las fronteras de Francia.»
No contento con afirmar el carácter defensivo de la guerra declarando que solo había asumido el mando de los ejércitos alemanes «para rechazar la agresión», añadía que solo los «acontecimientos militares» le habían llevado a cruzar las fronteras de Francia. Una guerra defensiva no excluye, desde luego, las operaciones ofensivas dictadas por los acontecimientos militares.
Así pues, el piadoso rey estaba comprometido ante Francia y ante el mundo a una guerra estrictamente defensiva. ¿Cómo liberarlo de su solemne compromiso? Los directores de escena tenían que presentarlo cediendo a regañadientes al mandato irresistible de la nación alemana. Dieron enseguida la entrada a la clase media liberal alemana, con sus profesores, sus capitalistas, sus concejales y sus plumíferos. Esa clase media, que en sus luchas por la libertad civil había ofrecido de 1846 a 1870 un espectáculo sin precedentes de irresolución, incapacidad y cobardía, se sintió, como es natural, encantadísima de pasearse por la escena europea como el león rugiente del patriotismo alemán. Volvió a reivindicar su independencia cívica fingiendo imponer al gobierno prusiano los designios secretos de ese mismo gobierno. Hace penitencia por su larga y casi religiosa fe en la infalibilidad de Luis Bonaparte reclamando a gritos el desmembramiento de la república francesa. ¡Escuchemos por un momento los alegatos de esos patriotas de corazón esforzado!
No se atreven a pretender que el pueblo de Alsacia y Lorena suspire por el abrazo alemán; todo lo contrario. Para castigar su patriotismo francés, Estrasburgo, una ciudad dominada por una ciudadela independiente, ha sido bombardeada durante seis días, gratuita y diabólicamente, con proyectiles explosivos «alemanes», que la han incendiado y han matado a gran número de sus habitantes indefensos.16 ¡Y sin embargo el suelo de esas provincias perteneció en otro tiempo al antiguo imperio alemán! De ahí se sigue, al parecer, que el suelo y los seres humanos que en él han crecido deben ser confiscados como propiedad alemana imprescriptible. Si hay que rehacer el mapa de Europa con el gusto del anticuario, no olvidemos en modo alguno que el elector de Brandeburgo, por sus dominios prusianos, era vasallo de la república polaca.17
Los patriotas más avisados, sin embargo, reclaman Alsacia y la Lorena de habla alemana como «garantía material» contra la agresión francesa. Como este argumento despreciable ha confundido a mucha gente de pocas luces, estamos obligados a examinarlo con más detenimiento.
No hay duda de que la configuración general de Alsacia, comparada con la orilla opuesta del Rin, y la presencia de una gran ciudad fortificada como Estrasburgo, a medio camino entre Basilea y Germersheim, favorecen mucho una invasión francesa del sur de Alemania, mientras que ofrecen dificultades particulares a una invasión de Francia desde el sur de Alemania. Tampoco hay duda de que la anexión de Alsacia y de la Lorena de habla alemana daría al sur de Alemania una frontera mucho más fuerte, puesto que sería entonces dueña de la cresta de los Vosgos en toda su longitud y de las fortalezas que cubren sus pasos septentrionales. Si se anexionara también Metz, Francia quedaría sin duda privada por el momento de sus dos principales bases de operaciones contra Alemania, pero eso no le impediría concentrar una nueva en Nancy o en Verdún. Mientras Alemania posee Coblenza, Maguncia, Germersheim, Rastatt y Ulm, todas ellas bases de operaciones contra Francia, y ampliamente utilizadas en esta guerra, ¿con qué apariencia de juego limpio puede regatear a Francia Estrasburgo y Metz, las dos únicas fortalezas de alguna importancia que tiene por ese lado? Además, Estrasburgo solo pone en peligro al sur de Alemania mientras el sur de Alemania sea una potencia separada del norte. De 1792 a 1795, el sur de Alemania no fue nunca invadido por ese lado, porque Prusia era parte en la guerra contra la Revolución francesa; pero en cuanto Prusia hizo una paz por su cuenta en 1795 y dejó que el sur se las arreglara solo, empezaron las invasiones del sur de Alemania con Estrasburgo como base, y continuaron hasta 1809. Lo cierto es que una Alemania unida puede siempre neutralizar Estrasburgo y cualquier ejército francés en Alsacia concentrando todas sus tropas, como se ha hecho en la guerra actual, entre Saarlouis y Landau, y avanzando, o aceptando batalla, sobre la línea de la carretera entre Maguncia y Metz. Mientras el grueso de las tropas alemanas esté estacionado allí, cualquier ejército francés que avanzara desde Estrasburgo hacia el sur de Alemania se vería desbordado por el flanco y con sus comunicaciones amenazadas. Si la campaña actual ha demostrado algo, es la facilidad de invadir Francia desde Alemania.
Pero, de buena fe, ¿no es un absurdo y un anacronismo completo hacer de las consideraciones militares el principio por el que hayan de fijarse las fronteras de las naciones? Si prevaleciera esta regla, Austria seguiría teniendo derecho al Véneto y a la línea del Mincio, y Francia a la línea del Rin para proteger París, que está sin duda más expuesto a un ataque desde el nordeste de lo que lo está Berlín desde el sudoeste. Si los límites han de fijarse según los intereses militares, las reclamaciones no tendrán fin, porque toda línea militar es necesariamente defectuosa y puede mejorarse anexionando algo más de territorio periférico; y, además, nunca podrán fijarse de manera definitiva y justa, porque siempre los impondrá el vencedor al vencido y, por consiguiente, llevarán en sí la semilla de nuevas guerras.
Tal es la lección de toda la historia.
Lo mismo ocurre con las naciones que con los individuos. Para privarlos del poder de atacar hay que privarlos de los medios de defenderse. No basta con agarrotar: hay que asesinar. Si algún conquistador tomó alguna vez «garantías materiales» para quebrar los nervios de una nación, fue el primer Napoleón con el tratado de Tilsit18 y con la manera en que lo ejecutó contra Prusia y el resto de Alemania. Y sin embargo, pocos años después, su gigantesco poder se quebró como una caña podrida contra el pueblo alemán. ¿Qué son las «garantías materiales» que Prusia, en sus sueños más delirantes, puede o se atreve a imponer a Francia, comparadas con las «garantías materiales» que el primer Napoleón le había arrancado a ella? El resultado no será menos desastroso. La historia medirá su castigo, no por la extensión de las millas cuadradas arrebatadas a Francia, sino por la magnitud del crimen de resucitar, en la segunda mitad del siglo XIX, la política de conquista.
Pero, dicen los portavoces del patriotismo teutón, no hay que confundir a los alemanes con los franceses. Lo que nosotros queremos no es la gloria, sino la seguridad. Los alemanes son un pueblo esencialmente pacífico. Bajo su sobria tutela, la propia conquista deja de ser una causa de guerra futura y se convierte en prenda de paz perpetua. Por supuesto, no fueron alemanes los que invadieron Francia en 1792 con el sublime propósito de acabar a bayonetazos con la revolución del siglo XVIII. No fueron alemanes los que se mancharon las manos con el sojuzgamiento de Italia, la opresión de Hungría y el desmembramiento de Polonia. Su sistema militar actual, que divide a toda la población masculina apta en dos partes —un ejército permanente en servicio y otro ejército permanente con licencia, ambos igualmente sujetos a la obediencia pasiva a gobernantes por derecho divino—, semejante sistema militar es, por supuesto, ¡«una garantía material» para mantener la paz y la meta última de las tendencias civilizadoras! En Alemania, como en todas partes, los aduladores de los poderes establecidos envenenan el espíritu popular con el incienso de un autoelogio mentiroso.
Esos patriotas alemanes, que fingen indignarse a la vista de las fortalezas francesas de Metz y Estrasburgo, no ven nada malo en el vasto sistema de fortificaciones moscovitas de Varsovia, Modlin e Ivangorod. Mientras se estremecen ante los terrores de la invasión imperial, cierran los ojos ante la infamia de la tutela autocrática.
Así como en 1865 se intercambiaron promesas entre Luis Bonaparte y Bismarck, así en 1870 se han intercambiado promesas entre Gorchakov y Bismarck.19 Así como Luis Bonaparte se hacía la ilusión de que la guerra de 1866,20 al agotar a la vez a Austria y a Prusia, lo convertiría en árbitro supremo de Alemania, así Alejandro se hacía la ilusión de que la guerra de 1870, al agotar a la vez a Alemania y a Francia, lo convertiría en árbitro supremo del continente occidental. Así como el Segundo Imperio consideraba la Confederación de Alemania del Norte incompatible con su existencia, así la Rusia autocrática tiene que considerarse amenazada por un imperio alemán bajo dirección prusiana. Tal es la ley del viejo sistema político. Dentro de sus límites, la ganancia de un Estado es la pérdida de otro. La influencia preponderante del zar sobre Europa tiene su raíz en su tradicional ascendiente sobre Alemania. En un momento en que, en la propia Rusia, fuerzas sociales volcánicas amenazan con sacudir los cimientos mismos de la autocracia, ¿podría el zar permitirse soportar semejante pérdida de prestigio exterior? Ya los periódicos moscovitas repiten el lenguaje de los periódicos bonapartistas de la guerra de 1866. ¿Creen de verdad los patriotas teutones que se garantizarán a Alemania la libertad y la paz empujando a Francia a los brazos de Rusia? Si la fortuna de sus armas, la arrogancia del éxito y las intrigas dinásticas llevan a Alemania a desmembrar el territorio francés, solo le quedarán dos caminos. O bien convertirse a toda costa en el instrumento declarado del engrandecimiento ruso, o bien, tras un breve respiro, prepararse de nuevo para otra guerra «defensiva», no una de esas guerras «localizadas» de nuevo cuño, sino una guerra de razas: una guerra contra las razas eslava y latina.
La clase obrera alemana ha apoyado resueltamente la guerra, que no estaba en su poder impedir, como una guerra por la independencia de Alemania y por la liberación de Francia y de Europa de esa pesadilla pestilente que era el Segundo Imperio. Fueron los obreros alemanes quienes, junto con los trabajadores del campo, pusieron los nervios y los músculos de unas huestes heroicas, dejando atrás a sus familias medio muertas de hambre. Diezmados por las batallas en el extranjero, volverán a ser diezmados por la miseria en su tierra. A su vez, se presentan ahora a pedir «garantías»: garantías de que sus inmensos sacrificios no se han hecho en vano, de que han conquistado la libertad, de que la victoria sobre los ejércitos imperiales no se convertirá, como en 1815, en la derrota del pueblo alemán; y, como primera de esas garantías, reclaman una paz honrosa para Francia y el reconocimiento de la república francesa.
El Comité Central del Partido Obrero Socialdemócrata alemán publicó el 5 de septiembre un manifiesto que insistía enérgicamente en estas garantías.21
«Protestamos», dicen, «contra la anexión de Alsacia y Lorena. Y tenemos conciencia de hablar en nombre de la clase obrera alemana. En el interés común de Francia y de Alemania, en el interés de la civilización occidental contra la barbarie oriental, los obreros alemanes no tolerarán pacientemente la anexión de Alsacia y Lorena… ¡Estaremos fielmente al lado de nuestros compañeros obreros de todos los países por la causa internacional común del proletariado!»
Por desgracia, no podemos confiar en su éxito inmediato. Si los obreros franceses, en plena paz, no lograron detener al agresor, ¿es más probable que los obreros alemanes detengan al vencedor en medio del fragor de las armas? El manifiesto de los obreros alemanes exige que Luis Bonaparte sea entregado a la república francesa como un vulgar delincuente. Sus gobernantes, por el contrario, se esfuerzan ya por devolverlo a las Tullerías22 como el hombre más indicado para arruinar Francia. Sea como fuere, la historia demostrará que la clase obrera alemana no está hecha de la misma materia maleable que la clase media alemana. Cumplirá con su deber.
Como ellos, saludamos el advenimiento de la república en Francia, pero al mismo tiempo nos asaltan recelos que esperamos resulten infundados. Esa república no ha derribado el trono; solo ha ocupado su lugar vacante. Ha sido proclamada, no como una conquista social, sino como una medida nacional de defensa. Está en manos de un gobierno provisional compuesto en parte por conocidos orleanistas23 y en parte por republicanos de clase media, sobre algunos de los cuales la insurrección de junio de 184824 ha dejado su estigma indeleble. El reparto del trabajo entre los miembros de ese gobierno tiene mal aspecto. Los orleanistas se han apoderado de los bastiones del ejército y de la policía, mientras que a los republicanos declarados les han tocado los departamentos de hablar. Algunos de sus actos muestran a las claras que han heredado del imperio no solo sus ruinas, sino también su miedo a la clase obrera. Si en nombre de la república se prometen, con fraseología desatada, cosas que a la larga serán imposibles, ¿no es para preparar el clamor por un gobierno «posible»? ¿No pretenden algunos de sus empresarios de clase media que la república sirva de simple recurso provisional y de puente hacia una restauración orleanista?
La clase obrera francesa se mueve, pues, en circunstancias de extrema dificultad. Todo intento de derribar el nuevo gobierno en la crisis actual, cuando el enemigo casi llama a las puertas de París, sería una locura desesperada. Los obreros franceses deben cumplir con sus deberes de ciudadanos; pero, al mismo tiempo, no deben dejarse arrastrar por los recuerdos nacionales de 1792, como los campesinos franceses se dejaron engañar por los recuerdos nacionales del Primer Imperio. No tienen que repetir el pasado, sino construir el futuro. Que aprovechen con calma y resolución las oportunidades de la libertad republicana para la obra de la organización de su propia clase. Eso les dará nuevas fuerzas hercúleas para la regeneración de Francia y para nuestra tarea común: la emancipación del trabajo. De su energía y de su sabiduría depende la suerte de la república.
Los obreros ingleses ya han tomado medidas para vencer, mediante una saludable presión desde fuera, la resistencia de su gobierno a reconocer la república francesa. La actual dilación del gobierno británico pretende probablemente expiar la guerra antijacobina25 y la indecente prisa con que en otro tiempo sancionó el golpe de Estado. Los obreros ingleses piden también a su gobierno que se oponga con todo su poder al desmembramiento de Francia, que una parte de la prensa inglesa tiene la desvergüenza de reclamar a gritos. Es la misma prensa que durante veinte años divinizó a Luis Bonaparte como la providencia de Europa y que jaleó frenéticamente la rebelión de los esclavistas.26 Ahora, como entonces, trabaja como un peón para el esclavista.
Que las secciones de la Asociación Internacional de los Trabajadores de todos los países muevan a la acción a las clases obreras. Si desertan de su deber, si permanecen pasivas, la tremenda guerra actual no será más que la precursora de contiendas internacionales todavía más mortíferas y conducirá en cada nación a un nuevo triunfo sobre el obrero de los señores de la espada, de la tierra y del capital.
¡Viva la República!
El Consejo General:
Robert Applegarth, Martin J. Boon, Fred. Bradnick, Caihil, John Hales, William Hales, George Harris, Fred. Lessner, Lopatin, B. Lucraft, George Milner, Thomas Mottershead, Charles Murray, George Odger, James Parnell, Pfänder, Rühl, Joseph Shepherd, Cowell Stepney, Stoll, Schmutz.
Secretarios corresponsales: Eugène Dupont, para Francia; Karl Marx, para Alemania y Rusia; A. Serraillier, para Bélgica y Holanda; Hermann Jung, para Suiza; Giovanni Bora, para Italia; Zévy Maurice, para Hungría; Antoni Zabicki, para Polonia; James Cohen, para Dinamarca y España; J. G. Eccarius, para los Estados Unidos.
William Townshend, presidente; John Weston, tesorero; J. George Eccarius, secretario general.
Oficina: 256, High Holborn, Londres, W.C., 9 de septiembre de 1870.
La guerra civil en Francia. Manifiesto del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores
A todos los miembros de la Asociación en Europa y en los Estados Unidos.
I
El 4 de septiembre de 1870, cuando los obreros de París proclamaron la república, aclamada casi al instante en toda Francia sin una sola voz discordante, una camarilla de abogados a la caza de cargos, con Thiers como estadista y Trochu27 como general, se adueñó del Hôtel de Ville.28 En aquel momento estaban imbuidos de una fe tan fanática en la misión de París de representar a Francia en todas las épocas de crisis histórica que, para legitimar sus títulos usurpados de gobernantes de Francia, les pareció suficiente presentar sus mandatos caducados de diputados por París.
En nuestro segundo manifiesto sobre la pasada guerra, cinco días después del encumbramiento de estos hombres, os dijimos quiénes eran. Sin embargo, en el desconcierto de la sorpresa, con los verdaderos dirigentes de la clase obrera todavía encerrados en las cárceles bonapartistas y los prusianos ya en marcha sobre París, París toleró que se arrogaran el poder, con la condición expresa de que lo ejercieran con el único fin de la defensa nacional. Pero París no podía defenderse sin armar a su clase obrera, organizarla en una fuerza efectiva y adiestrar sus filas en la guerra misma. Y París armado era la revolución armada. Una victoria de París sobre el agresor prusiano habría sido una victoria del obrero francés sobre el capitalista francés y sus parásitos estatales. En este conflicto entre el deber nacional y el interés de clase, el Gobierno de la Defensa Nacional no vaciló un instante en convertirse en un Gobierno de la Defección Nacional.
Su primer paso fue enviar a Thiers de gira por todas las cortes de Europa para mendigar su mediación, ofreciendo trocar la república por un rey. Cuatro meses después de comenzado el sitio, cuando creyeron llegado el momento oportuno para soltar la primera palabra de capitulación, Trochu, en presencia de Jules Favre29 y de otros colegas suyos, se dirigió a los alcaldes de París reunidos en estos términos:
«La primera pregunta que me hicieron mis colegas la misma noche del 4 de septiembre fue esta: ¿puede París resistir con alguna probabilidad de éxito un sitio del ejército prusiano? No dudé en responder que no. Algunos de mis colegas aquí presentes pueden dar fe de la verdad de mis palabras y de que he mantenido esa opinión. Les dije, en estos mismos términos, que, tal como estaban las cosas, el intento de París de sostener un sitio frente al ejército prusiano sería una locura. Sin duda, añadí, sería una locura heroica, pero nada más… Los acontecimientos (dirigidos por él mismo) no han desmentido mi previsión».
Este bonito discursito de Trochu lo publicó después el señor Corbon,30 uno de los alcaldes presentes.
Así pues, la misma noche de la proclamación de la república, sus colegas sabían que el «plan» de Trochu era la capitulación de París. Si la defensa nacional hubiera sido algo más que un pretexto para el gobierno personal de Thiers, Favre y compañía, los advenedizos del 4 de septiembre habrían dimitido el día 5, habrían puesto al pueblo de París al corriente del «plan» de Trochu y lo habrían invitado a rendirse en el acto o a tomar su destino en sus propias manos. En lugar de eso, aquellos infames impostores decidieron curar la locura heroica de París con un régimen de hambre y cabezas rotas, y engañarlo mientras tanto con manifiestos altisonantes que proclamaban que Trochu, «el gobernador de París, no capitulará jamás», y que Jules Favre, el ministro de Asuntos Exteriores, no cedería «ni una pulgada de nuestro territorio ni una piedra de nuestras fortalezas».
En una carta a Gambetta,31 ese mismo Jules Favre confiesa que de lo que se «defendían» no era de los soldados prusianos, sino de los obreros de París. Durante todo el sitio, los matones bonapartistas a quienes Trochu había confiado sabiamente el mando del ejército de París intercambiaban en su correspondencia íntima chistes groseros sobre aquella farsa de defensa, que todos entendían muy bien. (Véase, por ejemplo, la correspondencia de Alphonse Simon Guiod, comandante supremo de la artillería del ejército de defensa de París y gran cruz de la Legión de Honor, con Suzanne, general de división de artillería, correspondencia publicada por el Journal officiel de la Comuna).32 La máscara de la impostura cayó por fin el 28 de enero de 1871.33 Con el verdadero heroísmo de la abyección más completa, el Gobierno de la Defensa Nacional apareció en su capitulación como el gobierno de Francia formado por prisioneros de Bismarck, un papel tan bajo que el propio Luis Bonaparte, en Sedán, se había negado a aceptarlo. Después de los sucesos del 18 de marzo, en su huida desenfrenada a Versalles, los capitulards34 dejaron en manos de París las pruebas documentales de su traición, y para destruirlas, como dice la Comuna en su manifiesto a las provincias, «esos hombres no retrocederían ante la idea de convertir París en un montón de escombros bañado por un mar de sangre».
Además, algunos de los miembros dirigentes del Gobierno de la Defensa tenían razones muy particulares para desear ardientemente semejante desenlace.
Poco después de concluido el armisticio, el señor Millière,35 uno de los diputados de París en la Asamblea Nacional, fusilado ahora por orden expresa de Jules Favre, publicó una serie de documentos jurídicos auténticos que probaban que Jules Favre, que vivía amancebado con la mujer de un borracho residente en Argel, había logrado, mediante una audacísima trama de falsificaciones prolongada durante muchos años, apoderarse, en nombre de los hijos de su adulterio, de una cuantiosa herencia que lo hizo rico, y que en el pleito entablado por los herederos legítimos solo se libró de quedar al descubierto gracias a la connivencia de los tribunales bonapartistas. Como de estos áridos documentos jurídicos no podía librarse ni con toda la fuerza de su retórica, Jules Favre, por primera vez en su vida, se mordió la lengua, a la espera tranquila del estallido de la guerra civil para denunciar entonces frenéticamente al pueblo de París como una banda de presidiarios evadidos en abierta rebelión contra la familia, la religión, el orden y la propiedad. Apenas llegó al poder, después del 4 de septiembre, este mismo falsario soltó compasivamente sobre la sociedad a Pic y a Taillefer, condenados, incluso bajo el Imperio, por falsificación en el escandaloso asunto de L’Étendard.36 Uno de ellos, Taillefer, que se atrevió a volver a París bajo la Comuna, fue devuelto en el acto a la cárcel; y entonces Jules Favre exclamó desde la tribuna de la Asamblea Nacional que París estaba poniendo en libertad a todos sus presidiarios.
Ernest Picard,37 el Joe Miller38 del Gobierno de la Defensa Nacional, que se nombró a sí mismo ministro de Hacienda de la república después de haber intentado en vano ser ministro del Interior del Imperio, es hermano de un tal Arthur Picard, individuo expulsado de la Bolsa de París por fullero (véase el informe de la Prefectura de Policía de 13 de julio de 1867) y condenado, por confesión propia, por el robo de 300.000 francos cuando era director de una de las sucursales de la Société Générale, en el número 5 de la rue Palestro (véase el informe de la Prefectura de Policía de 11 de diciembre de 1868). Ernest Picard hizo a este Arthur Picard director de su periódico, L’Électeur libre. Mientras el común de los especuladores se dejaba extraviar por las mentiras oficiales de este periódico del Ministerio de Hacienda, Arthur iba y venía entre el Ministerio y la Bolsa para descontar allí los desastres del ejército francés. Toda la correspondencia financiera de esta digna pareja de hermanos cayó en manos de la Comuna.
Jules Ferry,39 un abogado sin un céntimo antes del 4 de septiembre, se las arregló, como alcalde de París durante el sitio, para amasar una fortuna con el hambre. El día en que tuviera que rendir cuentas de su mala administración sería el día de su condena.
Así pues, estos hombres solo podían encontrar en las ruinas de París su libertad condicional; eran justamente los hombres que Bismarck necesitaba. Con un poco de barajar las cartas, Thiers, hasta entonces el apuntador secreto del gobierno, apareció ahora a su cabeza, con los presidiarios en libertad condicional40 como ministros.
Thiers, ese gnomo monstruoso, ha fascinado a la burguesía francesa durante casi medio siglo porque es la expresión intelectual más acabada de su propia corrupción de clase. Antes de ser estadista, había demostrado ya sus dotes para la mentira como historiador. La crónica de su vida pública es el registro de las desgracias de Francia. Aliado antes de 1830 con los republicanos, se coló en un ministerio bajo Luis Felipe traicionando a su protector Laffitte;41 se congració con el rey azuzando motines populares contra el clero, en los que fueron saqueados la iglesia de Saint-Germain-l’Auxerrois y el palacio del arzobispo,42 y haciendo de ministro espía y de partero carcelero de la duquesa de Berry.43 La matanza de republicanos en la rue Transnonain44 y las infames leyes de septiembre contra la prensa y el derecho de asociación,45 que vinieron después, fueron obra suya. Al reaparecer como jefe de gobierno en marzo de 1840, asombró a Francia con su plan de fortificar París.46 A los republicanos, que denunciaban ese plan como una siniestra conjura contra la libertad de París, les respondió desde la tribuna de la Cámara de Diputados:
«¡Cómo! ¡Imaginar que unas obras de fortificación puedan poner nunca en peligro la libertad! Y, en primer lugar, calumniáis a cualquier gobierno posible al suponer que pueda intentar algún día sostenerse bombardeando la capital…; pero ese gobierno sería cien veces más imposible después de su victoria que antes».
En efecto, ningún gobierno se habría atrevido jamás a bombardear París desde los fuertes, salvo el gobierno que antes había entregado esos fuertes a los prusianos.
Cuando el rey Bomba47 probó la mano en Palermo, en enero de 1848, Thiers, que llevaba ya mucho tiempo fuera del gobierno, volvió a levantarse en la Cámara de Diputados:
«Ya sabéis, señores, lo que está pasando en Palermo. Todos vosotros os estremecéis de horror (en el sentido parlamentario) al saber que durante cuarenta y ocho horas ha sido bombardeada una gran ciudad. ¿Por quién? ¿Por un enemigo extranjero que ejercía los derechos de la guerra? No, señores, por su propio gobierno. ¿Y por qué? Porque esa infortunada ciudad reclamaba sus derechos. Pues bien, por reclamar sus derechos ha recibido cuarenta y ocho horas de bombardeo… Permitidme apelar a la opinión de Europa. Es prestar un servicio a la humanidad levantarse y hacer resonar, desde la que quizá sea la mayor tribuna de Europa, algunas palabras (palabras, en efecto) de indignación contra tales actos… Cuando el regente Espartero, que había prestado servicios a su país (cosa que el señor Thiers no ha hecho nunca), pretendió bombardear Barcelona para sofocar su insurrección,48 se levantó en todas partes del mundo un clamor general de indignación».
Dieciocho meses después, el señor Thiers estaba entre los más feroces defensores del bombardeo de Roma por un ejército francés.49 En realidad, la falta del rey Bomba parece haber consistido solo en limitar su bombardeo a cuarenta y ocho horas.
Pocos días antes de la Revolución de Febrero, irritado por el largo destierro del poder y del botín a que lo había condenado Guizot,50 y olfateando en el aire una conmoción popular inminente, Thiers, en ese estilo seudoheroico que le valió el apodo de Mirabeau-mouche,51 declaró ante la Cámara de Diputados:
«Soy del partido de la revolución, no solo en Francia, sino en Europa. Deseo que el gobierno de la revolución permanezca en manos de hombres moderados…; pero, aunque ese gobierno cayera en manos de espíritus ardientes, incluso de radicales, no por eso abandonaría mi causa. Seré siempre del partido de la revolución».
Llegó la Revolución de Febrero. En lugar de sustituir el gabinete Guizot por un gabinete Thiers, como había soñado el hombrecillo, sustituyó a Luis Felipe por la república. El primer día de la victoria popular se escondió cuidadosamente, olvidando que el desprecio de los obreros lo ponía a salvo de su odio. Aun así, con su legendario valor, siguió esquivando la escena pública hasta que las matanzas de junio la despejaron para su tipo de acción. Entonces se convirtió en la cabeza pensante del «partido del orden»52 y de su república parlamentaria, aquel interregno anónimo en el que todas las facciones rivales de la clase dominante conspiraban juntas para aplastar al pueblo y conspiraban unas contra otras para restaurar cada una su propia monarquía. Entonces, como ahora, Thiers denunciaba a los republicanos como el único obstáculo para la consolidación de la república; entonces, como ahora, hablaba a la república como el verdugo a Don Carlos: «Te asesinaré, pero por tu propio bien».53 Ahora, como entonces, tendrá que exclamar al día siguiente de su victoria: L’Empire est fait, el Imperio está consumado.54
A pesar de sus homilías hipócritas sobre las libertades necesarias y de su rencor personal contra Luis Bonaparte, que lo había engañado y había echado a patadas el parlamentarismo (y, fuera de su atmósfera artificial, el hombrecillo sabe que se marchita hasta la nada), tuvo parte en todas las infamias del Segundo Imperio, desde la ocupación de Roma por tropas francesas hasta la guerra con Prusia, que él atizó con sus furiosas invectivas contra la unidad alemana, no por ser esta un disfraz del despotismo prusiano, sino por ser un atentado contra el derecho adquirido de Francia a la desunión alemana. Aficionado a blandir con sus bracitos de enano, ante la cara de Europa, la espada del primer Napoleón, de quien se había hecho limpiabotas histórico, su política exterior culminó siempre en la humillación más completa de Francia, desde el convenio de Londres de 184055 hasta la capitulación de París de 1871 y la actual guerra civil, en la que lanza contra París a los prisioneros de Sedán y de Metz con permiso especial de Bismarck.
A pesar de la versatilidad de su talento y de la volubilidad de sus propósitos, este hombre ha estado toda su vida casado con la rutina más fósil. Es evidente que las corrientes profundas de la sociedad moderna le permanecieron siempre ocultas; pero incluso los cambios más palpables de su superficie repugnaban a un cerebro cuya vitalidad entera se le había ido a la lengua. Así, nunca se cansó de denunciar como un sacrilegio cualquier desviación del viejo sistema proteccionista francés.
Siendo ministro de Luis Felipe, se burló de los ferrocarriles como de una quimera disparatada; y en la oposición, bajo Luis Bonaparte, tachó de profanación todo intento de reformar el podrido sistema militar francés. Nunca, en su larga carrera política, se ha hecho culpable de una sola medida, ni siquiera de la más pequeña, que tuviera alguna utilidad práctica. Thiers solo ha sido consecuente en su codicia de riqueza y en su odio a los hombres que la producen. Entró en su primer ministerio, bajo Luis Felipe, pobre como Job, y salió de él millonario. Su último ministerio con el mismo rey (el del 1 de marzo de 1840) le valió en la Cámara de Diputados la acusación pública de malversación, a la que se contentó con responder con lágrimas, mercancía que maneja con tanta soltura como Jules Favre o cualquier otro cocodrilo. En Burdeos, su primera medida para salvar a Francia de la ruina financiera que la amenazaba fue asignarse tres millones al año, la primera y la última palabra de la «república económica» cuya perspectiva había abierto a sus electores de París en 1869. Uno de sus antiguos colegas de la Cámara de Diputados de 1830, capitalista él mismo y, sin embargo, miembro abnegado de la Comuna de París, el señor Beslay,56 se dirigió hace poco a Thiers en estos términos en un cartel público:
«La esclavización del trabajo por el capital ha sido siempre la piedra angular de vuestra política, y desde el mismo día en que visteis la república del trabajo instalada en el Hôtel de Ville no habéis dejado de gritar a Francia: “¡Son unos criminales!”».
Maestro en pequeñas bribonadas de Estado, virtuoso del perjurio y la traición, artesano de todas las mezquinas estratagemas, las astucias arteras y las viles perfidias de la guerra parlamentaria; sin escrúpulos para atizar una revolución cuando está fuera del poder y para ahogarla en sangre cuando está al timón del Estado; con prejuicios de clase en lugar de ideas y vanidad en lugar de corazón; con una vida privada tan infame como odiosa es su vida pública, todavía hoy, cuando representa el papel de un Sila francés,57 no puede evitar realzar lo abominable de sus actos con lo ridículo de su ostentación.
La capitulación de París, al entregar a Prusia no solo París, sino toda Francia, cerró la larga serie de intrigas de traición con el enemigo que los usurpadores del 4 de septiembre habían iniciado, como dijo el propio Trochu, aquel mismo día. Por otra parte, abrió la guerra civil que ahora iban a librar, con la ayuda de Prusia, contra la república y contra París. La trampa estaba tendida en los términos mismos de la capitulación. En aquel momento, más de un tercio del territorio estaba en manos del enemigo, la capital estaba aislada de las provincias y todas las comunicaciones estaban desorganizadas. Elegir en tales circunstancias una verdadera representación de Francia era imposible si no se daba un amplio plazo para prepararla. Por eso la capitulación estipulaba que debía elegirse una Asamblea Nacional en ocho días, de modo que en muchas partes de Francia la noticia de las elecciones inminentes llegó solo la víspera. Además, por una cláusula expresa de la capitulación, esta asamblea había de elegirse con el único fin de decidir sobre la paz o la guerra y, llegado el caso, concluir un tratado de paz. La población no podía dejar de sentir que los términos del armisticio hacían imposible continuar la guerra y que, para sancionar la paz impuesta por Bismarck, los peores hombres de Francia eran los mejores. Pero, no contento con estas precauciones, Thiers, antes incluso de que el secreto del armisticio se hubiera revelado a París, salió en gira electoral por las provincias para galvanizar y devolver a la vida al partido legitimista,58 que ahora, junto con los orleanistas, tenía que ocupar el lugar de los bonapartistas, imposibles por el momento. No les tenía miedo. Imposibles como gobierno de la Francia moderna y, por tanto, despreciables como rivales, ¿qué partido podía servir mejor de instrumento de la contrarrevolución que aquel cuya acción, según palabras del propio Thiers (Cámara de Diputados, 5 de enero de 1833), «se había limitado siempre a los tres recursos de la invasión extranjera, la guerra civil y la anarquía»? Creyeron de verdad en el advenimiento de su milenio retrospectivo, tanto tiempo esperado. Ahí estaban los talones de la invasión extranjera pisoteando Francia; ahí estaban la caída de un imperio y el cautiverio de Bonaparte; y ahí estaban ellos mismos. La rueda de la historia había retrocedido evidentemente para detenerse en la Chambre introuvable de 1816.59 En las asambleas de la república, de 1848 a 1851, los habían representado sus paladines parlamentarios, instruidos y entrenados; ahora irrumpía la tropa del partido: todos los Pourceaugnac60 de Francia.
En cuanto esta Asamblea de los «rurales»61 se reunió en Burdeos, Thiers les hizo ver que los preliminares de paz debían aprobarse de inmediato, sin siquiera los honores de un debate parlamentario, como única condición con la que Prusia les permitiría abrir la guerra contra la república y contra París, su baluarte. La contrarrevolución, en efecto, no tenía tiempo que perder. El Segundo Imperio había duplicado con creces la deuda nacional y hundido a todas las grandes ciudades en fuertes deudas municipales. La guerra había hinchado terriblemente las cargas y devastado sin piedad los recursos de la nación. Para completar la ruina, allí estaba el Shylock prusiano con su pagaré por el mantenimiento de medio millón de sus soldados en suelo francés, su indemnización de cinco mil millones62 y el interés del 5 por ciento sobre los plazos pendientes. ¿Quién iba a pagar esa cuenta? Solo derribando violentamente la república podían los apropiadores de la riqueza esperar echar sobre los hombros de sus productores el coste de una guerra que ellos mismos, los apropiadores, habían provocado. Así, la inmensa ruina de Francia empujó a estos patrióticos representantes de la tierra y del capital, bajo los ojos y el patrocinio mismos del invasor, a injertar en la guerra extranjera una guerra civil, una rebelión de esclavistas.
En el camino de esta conspiración se alzaba un gran obstáculo: París. Desarmar a París era la primera condición del éxito. Por eso Thiers intimó a París a entregar sus armas. Entretanto, París fue exasperado por las frenéticas manifestaciones antirrepublicanas de la Asamblea «rural» y por los propios equívocos de Thiers sobre la situación legal de la república; por la amenaza de descabezar y descapitalizar París; por el nombramiento de embajadores orleanistas; por las leyes de Dufaure sobre los efectos de comercio vencidos y los alquileres,63 que llevaban la ruina al comercio y a la industria de París; por el impuesto de Pouyer-Quertier64 de dos céntimos sobre cada ejemplar de cualquier publicación imaginable; por las condenas a muerte contra Blanqui65 y Flourens;66 por la supresión de los periódicos republicanos; por el traslado de la Asamblea Nacional a Versalles; por la renovación del estado de sitio declarado por Palikao67 y extinguido el 4 de septiembre; por el nombramiento de Vinoy, el Décembriseur,68 como gobernador de París, de Valentin,69 el gendarme imperialista, como su prefecto de policía, y de D’Aurelles de Paladine,70 el general jesuita, como comandante en jefe de su Guardia Nacional.
Y ahora tenemos que hacer una pregunta al señor Thiers y a los hombres de la defensa nacional, sus subalternos. Es sabido que, por mediación del señor Pouyer-Quertier, su ministro de Hacienda, Thiers había contratado un empréstito de dos mil millones. Pues bien, ¿es cierto o no
- que el negocio se arregló de modo que se aseguró una comisión de varios cientos de millones en beneficio privado de Thiers, Jules Favre, Ernest Picard, Pouyer-Quertier y Jules Simon,71 y
- que no había que desembolsar dinero alguno hasta después de la «pacificación» de París?
En todo caso, algo muy apremiante debía de haber en el asunto, porque Thiers y Jules Favre, en nombre de la mayoría de la Asamblea de Burdeos, solicitaron sin rubor la ocupación inmediata de París por tropas prusianas. Pero ese no era el juego de Bismarck, como contó burlonamente y en público a los admirados filisteos de Fráncfort a su regreso a Alemania.72
II
El París armado era el único obstáculo serio en el camino de la conspiración contrarrevolucionaria. Había, por tanto, que desarmar París.
En este punto, la Asamblea de Burdeos fue la sinceridad misma. Si los rugidos de sus rurales no hubieran sido bastante audibles, la entrega de París por Thiers a la tierna merced del triunvirato formado por Vinoy el Décembriseur, Valentin el gendarme bonapartista y Aurelles de Paladine el general jesuita habría cortado hasta el último subterfugio de la duda.
Pero, mientras exhibían de forma insultante el verdadero propósito del desarme de París, los conspiradores le pedían que depusiera las armas con un pretexto que era la más flagrante, la más descarada de las mentiras. La artillería de la Guardia Nacional de París, decía Thiers, pertenecía al Estado, y al Estado debía devolverse. Los hechos eran estos. Desde el mismo día de la capitulación, por la que los prisioneros de Bismarck habían firmado la rendición de Francia, pero se habían reservado una numerosa guardia personal con el propósito expreso de intimidar a París, París se mantenía vigilante. La Guardia Nacional se reorganizó y confió su dirección suprema a un Comité Central elegido por todo su cuerpo, salvo algunos restos de las viejas formaciones bonapartistas.73 En vísperas de la entrada de los prusianos en París, el Comité Central tomó medidas para trasladar a Montmartre, Belleville y La Villette los cañones y las ametralladoras (mitrailleuses) que los capitulards habían abandonado traicioneramente en los mismos barrios que iban a ocupar los prusianos, o en sus alrededores. Esa artillería se había costeado por suscripción de la Guardia Nacional. Como propiedad privada suya había sido reconocida oficialmente en la capitulación del 28 de enero y, por ese mismo título, exceptuada de la entrega general al vencedor de las armas pertenecientes al gobierno. ¡Y Thiers estaba tan desprovisto hasta del pretexto más endeble para iniciar la guerra contra París que tuvo que recurrir a la mentira flagrante de que la artillería de la Guardia Nacional era propiedad del Estado!
La incautación de su artillería solo debía servir, evidentemente, como preliminar del desarme general de París y, por tanto, de la revolución del 4 de septiembre. Pero esa revolución se había convertido en el estatuto legal de Francia. La república, obra suya, había sido reconocida por el vencedor en los términos de la capitulación. Después de la capitulación, la reconocieron todas las potencias extranjeras, y en su nombre se había convocado la Asamblea Nacional. La revolución de los obreros de París del 4 de septiembre era el único título legal de la Asamblea Nacional reunida en Burdeos y de su poder ejecutivo. Sin ella, la Asamblea Nacional habría tenido que ceder inmediatamente el sitio al Corps législatif elegido en 1869 por sufragio universal bajo dominio francés, no prusiano, y dispersado por la fuerza por el brazo de la revolución. Thiers y sus presidiarios en libertad condicional habrían tenido que capitular para obtener salvoconductos firmados por Luis Bonaparte que les ahorraran un viaje a Cayena.74 La Asamblea Nacional, con su poder para negociar las condiciones de paz con Prusia, no era más que un incidente de aquella revolución, cuya verdadera encarnación seguía siendo el París armado, que la había iniciado, había soportado por ella cinco meses de asedio con sus horrores de hambre y había hecho de su prolongada resistencia, a pesar del «plan» de Trochu, la base de una obstinada guerra de defensa en las provincias. Y ahora París tenía que elegir: o deponer las armas ante la orden insultante de los esclavistas rebeldes de Burdeos y reconocer que su revolución del 4 de septiembre no había significado más que un simple traspaso del poder de Luis Bonaparte a sus rivales monárquicos, o erguirse como campeón abnegado de Francia, cuya salvación de la ruina y cuya regeneración eran imposibles sin el derrocamiento revolucionario de las condiciones políticas y sociales que habían engendrado el Segundo Imperio y que, bajo su solícito cuidado, habían madurado hasta la podredumbre completa. París, extenuado por cinco meses de hambre, no vaciló un momento. Resolvió heroicamente correr todos los riesgos de una resistencia contra los conspiradores franceses, aun con los cañones prusianos apuntándole desde sus propios fuertes. Sin embargo, en su aversión a la guerra civil a la que se quería empujar a París, el Comité Central siguió aferrado a una actitud meramente defensiva, a pesar de las provocaciones de la Asamblea, de las usurpaciones del poder ejecutivo y de la amenazadora concentración de tropas en París y sus alrededores.
Thiers abrió la guerra civil enviando a Vinoy, al frente de una multitud de sergents-de-ville y de algunos regimientos de línea, a una expedición nocturna contra Montmartre para apoderarse por sorpresa de la artillería de la Guardia Nacional.75 Es bien sabido cómo fracasó ese intento ante la resistencia de la Guardia Nacional y la confraternización de la tropa de línea con el pueblo. Aurelles de Paladine había hecho imprimir de antemano su parte de victoria, y Thiers tenía preparados los carteles que anunciaban sus medidas de golpe de Estado. Ahora hubo que sustituirlos por llamamientos de Thiers en los que comunicaba su magnánima resolución de dejar a la Guardia Nacional en posesión de sus armas, con las que, decía, estaba seguro de que se agruparía en torno al gobierno contra los rebeldes. De 300.000 guardias nacionales, solo 300 respondieron a este llamamiento a agruparse en torno al pequeño Thiers contra sí mismos. La gloriosa revolución obrera del 18 de marzo se adueñó sin disputa de París. El Comité Central fue su gobierno provisional. Europa pareció dudar por un momento de si sus recientes y sensacionales hazañas de Estado y de guerra tenían alguna realidad o eran los sueños de un pasado remoto.
Desde el 18 de marzo hasta la entrada de las tropas de Versalles en París, la revolución proletaria se mantuvo tan libre de los actos de violencia en que abundan las revoluciones, y más aún las contrarrevoluciones, de las «clases superiores», que a sus adversarios no les quedaron más hechos de los que clamar que la ejecución de los generales Lecomte y Clément Thomas y el asunto de la plaza Vendôme.
Uno de los oficiales bonapartistas que participaron en el intento nocturno contra Montmartre, el general Lecomte,76 había ordenado por cuatro veces al 81.º regimiento de línea que disparara contra una multitud desarmada en la plaza Pigalle y, ante su negativa, insultó furiosamente a los soldados. En lugar de disparar contra mujeres y niños, sus propios hombres lo fusilaron a él. Los hábitos inveterados que adquiere la soldadesca bajo la instrucción de los enemigos de la clase obrera no van a cambiar, por supuesto, en el mismo momento en que esos soldados se cambian de bando. Los mismos hombres ejecutaron a Clément Thomas.
El «general» Clément Thomas,77 un antiguo sargento furriel descontento, se había enrolado en los últimos tiempos del reinado de Luis Felipe en la redacción del periódico republicano Le National,78 para servir a la vez de testaferro responsable (gérant responsable) y de espadachín pendenciero de aquel periódico tan combativo. Tras la revolución de febrero, una vez llegados al poder los hombres del National, metamorfosearon a este antiguo sargento furriel en general, en vísperas de la carnicería de junio, de la que fue, como Jules Favre, uno de los siniestros conspiradores y luego uno de los verdugos más ruines. Después, él y su generalato desaparecieron durante mucho tiempo, para volver a salir a la superficie el 1 de noviembre de 1870. La víspera, el Gobierno de la Defensa Nacional, atrapado en el Hôtel de Ville, había empeñado solemnemente su palabra ante Blanqui, Flourens y otros representantes de la clase obrera de abdicar su poder usurpado en manos de una comuna que París elegiría libremente.79 En lugar de cumplir su palabra, lanzaron sobre París a los bretones de Trochu, que sustituían ahora a los corsos de Bonaparte.80 Solo el general Tamisier,81 que se negó a manchar su nombre con semejante quebrantamiento de la palabra dada, dimitió del mando supremo de la Guardia Nacional, y en su lugar Clément Thomas volvió a ser general por una vez. Durante todo su mando hizo la guerra, no a los prusianos, sino a la Guardia Nacional de París. Impidió su armamento general, enfrentó los batallones burgueses a los batallones obreros, depuró a los oficiales hostiles al «plan» de Trochu y disolvió, con el estigma de la cobardía, aquellos mismos batallones proletarios cuyo heroísmo ha asombrado ahora a sus enemigos más encarnizados. Clément Thomas se sentía muy orgulloso de haber reconquistado su preeminencia de junio como enemigo personal de la clase obrera de París. Solo unos días antes del 18 de marzo presentó al ministro de la Guerra, Le Flô,82 un plan de su cosecha para «acabar con la fine fleur», la flor y nata, «de la canalla de París». Tras la derrota de Vinoy, se empeñó en aparecer en el escenario de la acción en calidad de espía aficionado. El Comité Central y los obreros de París fueron tan responsables de la muerte de Clément Thomas y de Lecomte como la princesa de Gales de la suerte de las personas que murieron aplastadas el día de su entrada en Londres.83
La matanza de ciudadanos desarmados en la plaza Vendôme es un mito que el señor Thiers y los rurales silenciaron obstinadamente en la Asamblea, confiando su propagación exclusivamente a la servidumbre del periodismo europeo. «Los hombres del orden», los reaccionarios de París, temblaron ante la victoria del 18 de marzo. Para ellos era la señal de que por fin llegaba el castigo popular. Los espectros de las víctimas asesinadas por sus manos desde las jornadas de junio de 1848 hasta el 22 de enero de 187184 se alzaron ante sus ojos. Su pánico fue su único castigo. Incluso a los sergents-de-ville, en lugar de desarmarlos y encerrarlos, como habría debido hacerse, se les abrieron de par en par las puertas de París para que se retiraran a salvo a Versalles. A los hombres del orden no solo se los dejó indemnes, sino que se les permitió reagruparse y ocupar tranquilamente más de un punto fuerte en el mismo centro de París. Esta indulgencia del Comité Central, esta magnanimidad de los obreros armados, tan extrañamente opuesta a las costumbres del «partido del orden», la interpretó este como simple síntoma de una debilidad consciente. De ahí su estúpido plan de intentar, bajo la máscara de una manifestación desarmada, lo que Vinoy no había conseguido con sus cañones y sus ametralladoras. El 22 de marzo partió de los barrios del lujo una turba alborotadora de petimetres, con todos los petits crevés85 en sus filas y a su cabeza los notorios familiares del Imperio: los Heeckeren, Coëtlogon, Henri de Pène, etc.86 Con el cobarde pretexto de una manifestación pacífica, esta chusma, armada en secreto con las armas del matón, se puso en orden de marcha, maltrató y desarmó a las patrullas y centinelas aislados de la Guardia Nacional que encontraba a su paso y, al desembocar de la rue de la Paix, al grito de «¡Abajo el Comité Central! ¡Abajo los asesinos! ¡Viva la Asamblea Nacional!», intentó romper la línea allí formada y tomar así por sorpresa el cuartel general de la Guardia Nacional en la plaza Vendôme. En respuesta a sus pistoletazos se hicieron las sommations reglamentarias (el equivalente francés de la lectura de la Riot Act inglesa),87 y, como resultaron ineficaces, el general de la Guardia Nacional ordenó abrir fuego. Una sola descarga dispersó en desbandada a los estúpidos petimetres, que esperaban que la mera exhibición de su «respetabilidad» surtiera sobre la revolución de París el mismo efecto que las trompetas de Josué sobre las murallas de Jericó. Los fugitivos dejaron tras de sí dos guardias nacionales muertos, nueve gravemente heridos (entre ellos un miembro del Comité Central) y todo el escenario de su hazaña sembrado de revólveres, puñales y bastones de estoque, como prueba del carácter «desarmado» de su manifestación «pacífica». Cuando, el 13 de junio de 1849, la Guardia Nacional de París hizo una manifestación realmente pacífica en protesta contra el criminal asalto de las tropas francesas a Roma,88 Changarnier,89 entonces general del partido del orden, fue aclamado por la Asamblea Nacional, y en especial por el señor Thiers, como salvador de la sociedad por haber lanzado sus tropas desde todos los lados sobre aquellos hombres desarmados, para fusilarlos y acuchillarlos y pisotearlos bajo los cascos de sus caballos. París fue entonces declarado en estado de sitio. Dufaure hizo aprobar a toda prisa por la Asamblea nuevas leyes de represión. Nuevas detenciones, nuevas proscripciones: se abrió un nuevo reinado del terror. Pero las clases bajas arreglan estas cosas de otro modo. El Comité Central de 1871 se limitó a no hacer caso de los héroes de la «manifestación pacífica»; tanto que, solo dos días después, pudieron reunirse a las órdenes del almirante Saisset90 para aquella manifestación armada que culminó en la famosa desbandada hacia Versalles. En su resistencia a proseguir la guerra civil abierta por la tentativa de allanamiento de Thiers contra Montmartre, el Comité Central se hizo culpable esta vez de un error decisivo: no marchar en el acto sobre Versalles, entonces completamente indefensa, y acabar así con las conspiraciones de Thiers y sus rurales. En lugar de eso, se permitió una vez más al partido del orden medir sus fuerzas en las urnas el 26 de marzo, día de la elección de la Comuna.91 Aquel día, en las mairies de París, intercambiaron suaves palabras de conciliación con sus vencedores, demasiado generosos, mientras mascullaban en su corazón el solemne juramento de exterminarlos a su debido tiempo.
Miremos ahora el reverso de la medalla. Thiers abrió su segunda campaña contra París a comienzos de abril. La primera remesa de prisioneros parisienses llevada a Versalles fue sometida a atrocidades repugnantes, mientras Ernest Picard, con las manos en los bolsillos del pantalón, se paseaba entre ellos burlándose y las señoras Thiers y Favre, en medio de sus damas de honor (?), aplaudían desde el balcón los ultrajes de la chusma de Versalles. Los soldados de línea capturados fueron asesinados a sangre fría; nuestro valiente amigo el general Duval, fundidor de hierro, fue fusilado sin ninguna forma de juicio.92 Galliffet,93 el mantenido de su mujer, tan célebre por sus desvergonzadas exhibiciones en las orgías del Segundo Imperio, se jactó en una proclama de haber ordenado la muerte de un pequeño destacamento de guardias nacionales, con su capitán y su teniente, sorprendidos y desarmados por sus cazadores. Vinoy, el fugitivo, fue nombrado por Thiers gran cruz de la Legión de Honor por su orden general de fusilar a todo soldado de línea capturado en las filas de los federados. Desmarets, el gendarme, fue condecorado por haber descuartizado traidoramente, como un carnicero, al magnánimo y caballeroso Flourens, que había salvado la cabeza a los miembros del Gobierno de la Defensa el 31 de octubre de 1870.94 Thiers se explayó triunfalmente en la Asamblea Nacional sobre «los detalles alentadores» de su asesinato. Con la vanidad exaltada de un Pulgarcito parlamentario al que se permite representar el papel de un Tamerlán,95 negó a los rebeldes el derecho a la neutralidad de sus ambulancias. Nada más horrible que ese mono al que se permite durante un tiempo dar rienda suelta a sus instintos de tigre, como ya previó Voltaire.96
Después del decreto de la Comuna del 7 de abril, que ordenaba represalias y declaraba que era su deber «proteger a París contra las hazañas caníbales de los bandidos de Versalles y exigir ojo por ojo y diente por diente»,97 Thiers no puso fin al trato bárbaro de los prisioneros, sino que además los insultó en sus partes en estos términos: «Nunca rostros más degradados de una democracia degradada se ofrecieron a las miradas afligidas de las personas honradas»; honradas como el propio Thiers y sus ministros en libertad condicional. Sin embargo, los fusilamientos de prisioneros se suspendieron durante algún tiempo. Pero, apenas se dieron cuenta Thiers y sus generales decembristas de que el decreto comunal de represalias no era más que una amenaza vana, de que se respetaba la vida incluso de sus gendarmes espías capturados en París disfrazados de guardias nacionales, e incluso de los sergents-de-ville sorprendidos con bombas incendiarias encima, se reanudaron los fusilamientos en masa de prisioneros, que continuaron ya sin interrupción hasta el final. Las casas en las que se habían refugiado guardias nacionales eran rodeadas por gendarmes, rociadas de petróleo (que aparece aquí por primera vez en esta guerra) y luego incendiadas; los cadáveres carbonizados los sacaba después la ambulancia de la Prensa en Les Ternes.98 Cuatro guardias nacionales que se habían rendido a una tropa de cazadores a caballo en Belle Épine, el 25 de abril, fueron después abatidos uno tras otro por el capitán, digno hombre de Galliffet. Una de sus cuatro víctimas, Scheffer, dada por muerta, se arrastró de vuelta hasta las avanzadillas parisienses y declaró este hecho ante una comisión de la Comuna. Cuando Tolain99 interpeló al ministro de la Guerra sobre el informe de esa comisión, los rurales ahogaron su voz y prohibieron a Le Flô responder. Sería un insulto a su «glorioso» ejército hablar de sus hazañas. El tono frívolo con que los partes de Thiers anunciaban la matanza a bayonetazos de los federados sorprendidos durmiendo en Moulin-Saquet y los fusilamientos en masa de Clamart100 alteró los nervios hasta del no muy sensible Times de Londres. Pero hoy sería ridículo intentar enumerar las atrocidades simplemente preliminares cometidas por los bombardeadores de París y los fomentadores de una rebelión de esclavistas protegida por la invasión extranjera. En medio de todos estos horrores, Thiers, olvidado de sus lamentos parlamentarios sobre la terrible responsabilidad que pesa sobre sus hombros de enano, se jacta en sus partes de que l’Assemblée siège paisiblement (la Asamblea sigue reuniéndose en paz), y demuestra con sus continuos banquetes, unas veces con generales decembristas, otras con príncipes alemanes, que su digestión no se altera lo más mínimo, ni siquiera por los espectros de Lecomte y Clément Thomas.
III
Al amanecer del 18 de marzo, París se despertó con un estallido de «Vive la Commune!». ¿Qué es la Comuna, esa esfinge que tanto atormenta al entendimiento burgués?
«Los proletarios de París», decía el Comité Central en su manifiesto del 18 de marzo,101 «en medio de los fracasos y las traiciones de las clases dominantes, han comprendido que ha llegado la hora de salvar la situación tomando en sus manos la dirección de los asuntos públicos... Han comprendido que es su deber imperioso y su derecho incuestionable hacerse dueños de sus propios destinos, adueñándose del poder gubernamental.»
Pero la clase obrera no puede limitarse a tomar posesión de la máquina del Estado tal como está y servirse de ella para sus propios fines.
El poder centralizado del Estado, con sus órganos omnipresentes —ejército permanente, policía, burocracia, clero y magistratura—, órganos forjados según el plan de una división del trabajo sistemática y jerárquica, procede de los tiempos de la monarquía absoluta, cuando sirvió a la naciente sociedad de clase media como arma poderosa en sus luchas contra el feudalismo. Sin embargo, su desarrollo seguía entorpecido por toda clase de escombros medievales: derechos señoriales, privilegios locales, monopolios municipales y gremiales, constituciones provinciales. La escoba gigantesca de la Revolución francesa del siglo XVIII barrió todas esas reliquias de tiempos pasados y limpió así, al mismo tiempo, el suelo social de los últimos obstáculos que se oponían a la superestructura del edificio del Estado moderno, levantado bajo el Primer Imperio, que era a su vez fruto de las guerras de coalición de la vieja Europa semifeudal contra la Francia moderna.
Bajo los regímenes siguientes, el gobierno, puesto bajo el control del parlamento, es decir, bajo el control directo de las clases poseedoras, no solo se convirtió en un vivero de enormes deudas nacionales y de impuestos agobiantes; con sus irresistibles atractivos de cargos, prebendas y favores, no solo se convirtió en la manzana de la discordia entre las facciones rivales y los aventureros de las clases dominantes, sino que su carácter político cambió a la par que los cambios económicos de la sociedad. Al mismo ritmo con que el progreso de la industria moderna desarrollaba, ensanchaba y ahondaba el antagonismo de clase entre el capital y el trabajo, el poder del Estado fue adquiriendo cada vez más el carácter de poder nacional del capital sobre el trabajo, de fuerza pública organizada para la esclavización social, de máquina del despotismo de clase.
Después de cada revolución que señala un paso adelante en la lucha de clases, el carácter puramente represivo del poder del Estado se destaca con un relieve cada vez más acusado. La revolución de 1830, al transferir el gobierno de los terratenientes a los capitalistas, lo transfirió de los antagonistas más lejanos de los obreros a sus antagonistas más directos. Los republicanos burgueses, que en nombre de la revolución de febrero se apoderaron del poder del Estado, lo utilizaron para las matanzas de junio, a fin de convencer a la clase obrera de que la república «social» era la república que aseguraba su sometimiento social, y de convencer a la masa monárquica de la clase burguesa y terrateniente de que podía dejar tranquilamente los cuidados y los emolumentos del gobierno en manos de los «republicanos» burgueses.
Sin embargo, tras su única hazaña heroica de junio, los republicanos burgueses tuvieron que pasar de la cabeza a la cola del «partido del orden», coalición formada por todas las fracciones y facciones rivales de las clases apropiadoras. La forma adecuada de su gobierno en sociedad anónima fue la república parlamentaria, con Luis Bonaparte como presidente. Fue un régimen de terrorismo de clase declarado y de insulto deliberado a la «vil multitud».
Si la república parlamentaria, como decía el señor Thiers, era la que «menos los dividía», abrió en cambio un abismo entre esa clase y el conjunto de la sociedad situado fuera de sus escasas filas. Los frenos que sus propias divisiones habían puesto todavía al poder del Estado bajo los regímenes anteriores desaparecieron con su unión; y ante la amenaza de un levantamiento del proletariado, se sirvieron entonces del poder del Estado sin piedad y con ostentación, como máquina nacional de guerra del capital contra el trabajo.
Pero en su cruzada ininterrumpida contra las masas productoras se vieron obligados no solo a investir al poder ejecutivo de facultades de represión cada vez mayores, sino también a despojar a su propio baluarte parlamentario, la Asamblea Nacional, uno por uno, de todos sus medios de defensa frente al ejecutivo. El ejecutivo, en la persona de Luis Bonaparte, los echó a la calle. El fruto natural de la república del «partido del orden» fue el Segundo Imperio.
El Imperio, con el golpe de Estado por partida de nacimiento, el sufragio universal por sanción y la espada por cetro, pretendía apoyarse en el campesinado, la gran masa de productores que no estaba directamente envuelta en la lucha entre el capital y el trabajo. Pretendía salvar a la clase obrera acabando con el parlamentarismo y, con él, con la sumisión descarada del gobierno a las clases poseedoras. Pretendía salvar a las clases poseedoras manteniendo su supremacía económica sobre la clase obrera; y pretendía, por último, unir a todas las clases resucitando para todas la quimera de la gloria nacional.
En realidad, era la única forma de gobierno posible en un momento en que la burguesía había perdido ya la facultad de gobernar la nación y la clase obrera aún no la había adquirido. Fue aclamado en el mundo entero como el salvador de la sociedad. Bajo su dominio, la sociedad burguesa, libre de preocupaciones políticas, alcanzó un desarrollo que ni ella misma esperaba. Su industria y su comercio crecieron hasta dimensiones colosales; la especulación financiera celebró orgías cosmopolitas; la miseria de las masas contrastaba con un despliegue impúdico de lujo suntuoso, chabacano y degradado. El poder del Estado, que aparentemente flotaba muy por encima de la sociedad, era al mismo tiempo el mayor escándalo de esa sociedad y el vivero mismo de todas sus corrupciones. Su propia podredumbre, y la podredumbre de la sociedad que había salvado, quedaron al desnudo bajo la bayoneta de Prusia, deseosa ella misma de trasladar de París a Berlín la sede suprema de ese régimen. El imperialismo102 es a la vez la forma más prostituida y la forma última de aquel poder del Estado que la naciente sociedad de clase media había empezado a elaborar como medio de su propia emancipación del feudalismo, y que la sociedad burguesa plenamente desarrollada había acabado convirtiendo en un medio para la esclavización del trabajo por el capital.
La antítesis directa del Imperio fue la Comuna. El grito de «república social» con que el proletariado de París inauguró la revolución de febrero no expresaba más que el deseo vago de una república que no solo acabara con la forma monárquica de la dominación de clase, sino con la propia dominación de clase. La Comuna fue la forma positiva de esa república.
París, sede central del viejo poder gubernamental y, al mismo tiempo, baluarte social de la clase obrera francesa, se había levantado en armas contra el intento de Thiers y de los rurales de restaurar y perpetuar ese viejo poder gubernamental que les había legado el Imperio. París pudo resistir solo porque, a consecuencia del asedio, se había librado del ejército y lo había sustituido por una Guardia Nacional cuyo grueso estaba formado por obreros. Ahora se trataba de convertir ese hecho en una institución. Por eso el primer decreto de la Comuna fue la supresión del ejército permanente y su sustitución por el pueblo armado.103
La Comuna estaba formada por los consejeros municipales elegidos por sufragio universal en los distintos distritos de la ciudad, responsables y revocables en cualquier momento. La mayoría de sus miembros eran, naturalmente, obreros o representantes reconocidos de la clase obrera. La Comuna había de ser no un organismo parlamentario, sino una corporación de trabajo, ejecutiva y legislativa al mismo tiempo.
En vez de seguir siendo un instrumento del gobierno central, la policía fue despojada en el acto de sus atributos políticos y convertida en instrumento de la Comuna, responsable ante ella y revocable en todo momento. Lo mismo se hizo con los funcionarios de todas las demás ramas de la administración. Desde los miembros de la Comuna para abajo, el servicio público tenía que desempeñarse por salarios de obrero. Los intereses creados y los gastos de representación de los altos dignatarios del Estado desaparecieron junto con los propios altos dignatarios. Los cargos públicos dejaron de ser propiedad privada de los instrumentos del gobierno central. No solo la administración municipal, sino toda la iniciativa ejercida hasta entonces por el Estado pasó a manos de la Comuna.
Una vez suprimidos el ejército permanente y la policía, los elementos de la fuerza física del antiguo gobierno, la Comuna se apresuró a romper la fuerza espiritual de la opresión, el «poder de los curas», mediante la separación de la Iglesia y el Estado y la expropiación de todas las Iglesias en cuanto corporaciones poseedoras. Los sacerdotes fueron devueltos al retiro de la vida privada, a vivir de las limosnas de los fieles, a imitación de sus predecesores, los apóstoles.
Todos los establecimientos de enseñanza se abrieron gratuitamente al pueblo y quedaron al mismo tiempo libres de toda injerencia de la Iglesia y del Estado. Así, no solo se puso la enseñanza al alcance de todos, sino que la propia ciencia se liberó de las trabas que le imponían los prejuicios de clase y el poder del gobierno.
Los funcionarios judiciales debían perder aquella falsa independencia que solo había servido para encubrir su abyecta sumisión a todos los gobiernos sucesivos, a los que, uno tras otro, habían prestado y violado juramento de fidelidad. Como los demás servidores públicos, los magistrados y los jueces habían de ser electivos, responsables y revocables.
La Comuna de París había de servir, naturalmente, de modelo a todos los grandes centros industriales de Francia. Una vez establecido el régimen comunal en París y en los centros secundarios, el viejo gobierno centralizado tendría que ceder también en las provincias el paso al autogobierno de los productores.
En un breve esbozo de organización nacional que la Comuna no tuvo tiempo de desarrollar,104 se dice claramente que la Comuna había de ser la forma política hasta de la aldea más pequeña del país, y que en los distritos rurales el ejército permanente había de sustituirse por una milicia nacional con un plazo de servicio extremadamente corto. Las comunas rurales de cada distrito administrarían sus asuntos comunes por medio de una asamblea de delegados en la capital del distrito, y estas asambleas de distrito enviarían a su vez diputados a la Delegación Nacional de París; cada delegado sería revocable en todo momento y estaría sujeto al mandat impératif (instrucciones formales) de sus electores.105 Las pocas pero importantes funciones que aún quedarían para un gobierno central no se suprimirían, como se ha afirmado falseando adrede las cosas, sino que serían desempeñadas por agentes comunales y, por tanto, estrictamente responsables.
No se trataba de destruir la unidad de la nación, sino, por el contrario, de organizarla mediante la Constitución comunal, y de hacerla realidad mediante la destrucción del poder del Estado, que pretendía ser la encarnación de esa unidad, independiente de la nación misma y superior a ella, cuando no era más que una excrecencia parasitaria suya.
Mientras que los órganos puramente represivos del viejo poder gubernamental habían de ser amputados, sus funciones legítimas habían de ser arrancadas a una autoridad que usurpaba una posición preeminente sobre la sociedad misma, y restituidas a los agentes responsables de la sociedad. En lugar de decidir una vez cada tres o seis años qué miembro de la clase dominante había de representar falsamente106 al pueblo en el parlamento, el sufragio universal había de servir al pueblo, constituido en comunas, como el sufragio individual sirve a cualquier otro patrono para buscar los obreros y los encargados de su negocio. Y es bien sabido que las empresas, como los individuos, en materia de negocios reales saben por lo general colocar a cada hombre en su sitio y, si alguna vez se equivocan, corregir pronto el error. Por otra parte, nada podía ser más ajeno al espíritu de la Comuna que sustituir el sufragio universal por una investidura jerárquica.
Por lo general, las creaciones históricas completamente nuevas están destinadas a que se las tome por una réplica de formas anteriores, e incluso difuntas, de la vida social, con las que pueden guardar cierto parecido. Así, esta nueva Comuna, que rompe con el poder del Estado moderno, ha sido tomada por una reproducción de las comunas medievales, que primero precedieron a ese mismo poder del Estado y luego se convirtieron en su sustrato. La Constitución comunal ha sido tomada por un intento de fragmentar en una federación de pequeños Estados, como soñaron Montesquieu y los girondinos,107 esa unidad de las grandes naciones que, si en su origen fue fruto de la fuerza política, se ha convertido hoy en un poderoso factor de la producción social. El antagonismo entre la Comuna y el poder del Estado ha sido tomado por una forma exagerada de la vieja lucha contra el exceso de centralización. Circunstancias históricas particulares pueden haber impedido el desarrollo clásico de la forma burguesa de gobierno, como en Francia, y pueden haber permitido, como en Inglaterra, completar los grandes órganos centrales del Estado con juntas parroquiales corrompidas, concejales trapisondistas y feroces administradores de la beneficencia en las ciudades, y con magistrados prácticamente hereditarios en los condados.
La Constitución comunal habría devuelto al cuerpo social todas las fuerzas que hasta entonces absorbía el Estado parásito, que se alimenta de la sociedad y entorpece su libre movimiento. Con este solo hecho habría iniciado la regeneración de Francia.
La clase media de provincias vio en la Comuna un intento de restaurar el predominio que su estamento había ejercido sobre el campo bajo Luis Felipe y que, bajo Luis Napoleón, había sido suplantado por el pretendido dominio del campo sobre las ciudades. En realidad, la Constitución comunal ponía a los productores rurales bajo la dirección intelectual de las capitales de sus distritos y les aseguraba en ellas, en los obreros, los defensores naturales de sus intereses. La simple existencia de la Comuna implicaba, como cosa natural, la autonomía municipal, pero ya no como contrapeso a un poder del Estado que ahora sobraba. Solo a un Bismarck —que, cuando no está ocupado en sus intrigas de sangre y hierro, gusta de volver a su viejo oficio, tan a la medida de su calibre intelectual, de colaborador del Kladderadatsch (el Punch de Berlín)108—, solo a una cabeza así podía ocurrírsele atribuir a la Comuna de París la aspiración a esa caricatura de la vieja organización municipal francesa de 1791 que es la constitución municipal prusiana,109 la cual reduce los gobiernos de las ciudades a simples ruedas secundarias de la maquinaria policial del Estado prusiano. La Comuna hizo realidad ese tópico de las revoluciones burguesas, el gobierno barato, al acabar con las dos mayores fuentes de gasto: el ejército permanente y el funcionarismo del Estado. Su simple existencia suponía la inexistencia de la monarquía, que, al menos en Europa, es el lastre normal y el disfraz indispensable de la dominación de clase. La Comuna dotó a la república de una base de instituciones verdaderamente democráticas. Pero ni el gobierno barato ni la «verdadera república» eran su objetivo último; no eran más que sus acompañantes.
La multiplicidad de interpretaciones a que ha sido sometida la Comuna, y la multiplicidad de intereses que la han interpretado en su favor, demuestran que era una forma política plenamente expansiva, mientras que todas las formas anteriores de gobierno habían sido marcadamente represivas. Su verdadero secreto era este. Era esencialmente un gobierno de la clase obrera, el producto de la lucha de la clase productora contra la clase apropiadora, la forma política al fin descubierta bajo la cual podía realizarse la emancipación económica del trabajo.
Sin esta última condición, la Constitución comunal habría sido una imposibilidad y un engaño. La dominación política del productor no puede coexistir con la perpetuación de su esclavitud social. La Comuna había de servir, pues, de palanca para arrancar de raíz los fundamentos económicos sobre los que descansa la existencia de las clases y, por tanto, de la dominación de clase. Emancipado el trabajo, todo hombre se convierte en trabajador, y el trabajo productivo deja de ser un atributo de clase.
Es un hecho extraño. Pese a toda la palabrería y a toda la inmensa literatura de los últimos sesenta años sobre la emancipación del trabajo, en cuanto los obreros de algún lugar toman resueltamente el asunto en sus manos, se levanta en el acto toda la fraseología apologética de los portavoces de la sociedad actual, con sus dos polos, el capital y la esclavitud asalariada (el terrateniente no es ya más que el socio comanditario del capitalista), como si la sociedad capitalista se encontrase todavía en su más pura inocencia virginal, con sus antagonismos aún sin desarrollar, sus ilusiones aún sin desvanecer y sus prostituidas realidades aún sin poner al desnudo. ¡La Comuna, exclaman, quiere abolir la propiedad, base de toda civilización!
Sí, señores: la Comuna pretendía abolir esa propiedad de clase que convierte el trabajo de muchos en la riqueza de unos pocos. Aspiraba a la expropiación de los expropiadores. Quería hacer de la propiedad individual una realidad transformando los medios de producción, la tierra y el capital, que hoy son ante todo medios de esclavizar y explotar el trabajo, en simples instrumentos del trabajo libre y asociado. ¡Pero eso es el comunismo, el «imposible» comunismo! Y sin embargo, los miembros de las clases dominantes que son lo bastante inteligentes para darse cuenta de la imposibilidad de mantener el sistema actual —y no son pocos— se han convertido en apóstoles importunos y vocingleros de la producción cooperativa. Si la producción cooperativa no ha de quedarse en farsa y en engaño; si ha de sustituir al sistema capitalista; si las sociedades cooperativas unidas han de regular la producción nacional con arreglo a un plan común, tomándola así bajo su control y poniendo fin a la anarquía constante y a las convulsiones periódicas que son la fatalidad de la producción capitalista, ¿qué otra cosa sería eso, señores, sino comunismo, comunismo «posible»?
La clase obrera no esperaba milagros de la Comuna. No tiene ninguna utopía lista para implantar par décret du peuple.110 Sabe que para conseguir su propia emancipación, y con ella esa forma superior hacia la que tiende irresistiblemente la sociedad actual por la acción de sus propios agentes económicos, tendrá que pasar por largas luchas, por toda una serie de procesos históricos que transformarán las circunstancias y los hombres. No tiene que realizar ningún ideal, sino liberar los elementos de la nueva sociedad de que está preñada la vieja sociedad burguesa que se derrumba. Plenamente consciente de su misión histórica y heroicamente resuelta a estar a su altura, la clase obrera puede permitirse sonreír ante las groseras invectivas de los lacayos de pluma y tintero de los señores y ante el pedante paternalismo de los doctrinarios burgueses bienintencionados, que vierten sus ignorantes vulgaridades y sus manías sectarias en el tono oracular de la infalibilidad científica.
Cuando la Comuna de París tomó en sus manos la dirección de la revolución; cuando simples obreros se atrevieron por primera vez a violar el privilegio gubernamental de sus «superiores naturales» y, en circunstancias de una dificultad sin precedentes, desempeñaron su tarea con sueldos el más alto de los cuales apenas llegaba a una quinta parte de lo que, según una alta autoridad científica,111 es el mínimo que necesita el secretario de cierto consejo escolar de la metrópoli, el viejo mundo se retorció en convulsiones de rabia al ver la bandera roja, símbolo de la República del Trabajo, ondear sobre el Hôtel de Ville.
Y sin embargo, esta fue la primera revolución en que la clase obrera fue reconocida abiertamente como la única clase capaz de iniciativa social, incluso por la gran masa de la clase media de París —tenderos, artesanos, comerciantes—, con la sola excepción de los capitalistas ricos. La Comuna la había salvado mediante un sabio arreglo de esa causa siempre renovada de disputa dentro de la propia clase media: las cuentas entre deudores y acreedores.112 Esa misma parte de la clase media, después de haber contribuido a aplastar la insurrección obrera de junio de 1848, había sido sacrificada sin más miramientos a sus acreedores por la Asamblea Constituyente de entonces. Pero no era ese su único motivo para agruparse ahora en torno a la clase obrera. Sentía que no había más que una alternativa: la Comuna o el Imperio, con el nombre que fuera que reapareciese. El Imperio la había arruinado económicamente con su dilapidación de la riqueza pública, con la especulación financiera en gran escala que fomentaba, con el apoyo que prestaba a la centralización artificialmente acelerada del capital y a la consiguiente expropiación de sus propias filas. La había oprimido políticamente, la había escandalizado moralmente con sus orgías, había ofendido su volterianismo entregando la educación de sus hijos a los frères Ignorantins,113 había sublevado su sentimiento nacional de franceses al precipitarla de cabeza en una guerra que no dejó más compensación por las ruinas que causó que la desaparición del Imperio. De hecho, tras el éxodo de París de la alta bohème bonapartista y capitalista, el auténtico partido del orden de la clase media apareció bajo la forma de la «Union Républicaine»,114 que se alistó bajo las banderas de la Comuna y la defendió contra las tergiversaciones deliberadas de Thiers. El tiempo dirá si la gratitud de esta gran masa de la clase media resiste la dura prueba actual.
La Comuna tenía toda la razón cuando decía a los campesinos que «su victoria era su única esperanza». De todas las mentiras incubadas en Versalles y repetidas por los gloriosos plumíferos europeos a tanto la línea, una de las más monstruosas era que los rurales representaban al campesinado francés. ¡Imagínese el amor del campesino francés por los hombres a quienes, después de 1815, tuvo que pagar la indemnización de mil millones!115 A los ojos del campesino francés, la mera existencia de un gran propietario de tierras es ya de por sí un atentado contra sus conquistas de 1789. El burgués, en 1848, había gravado su parcela con el impuesto adicional de 45 céntimos por franco,116 pero entonces lo hizo en nombre de la revolución; mientras que ahora había fomentado una guerra civil contra la revolución para echar sobre los hombros del campesino el peso principal de los cinco mil millones de indemnización que había que pagar al prusiano. La Comuna, en cambio, declaró en una de sus primeras proclamas que se haría pagar los costes de la guerra a sus verdaderos causantes. La Comuna habría librado al campesino del tributo de sangre, le habría dado un gobierno barato y habría convertido a los que hoy le chupan la sangre, el notario, el abogado, el agente ejecutivo y demás vampiros judiciales, en agentes comunales asalariados, elegidos por él y responsables ante él. Lo habría liberado de la tiranía del garde champêtre,117 del gendarme y del prefecto; habría puesto la ilustración por el maestro de escuela en lugar del embrutecimiento por el cura. Y el campesino francés es, ante todo, un hombre que sabe echar cuentas. Le parecería de lo más razonable que el sueldo del cura, en vez de serle arrancado por el recaudador de impuestos, dependiera solo de la manifestación espontánea del instinto religioso de los feligreses. Tales eran los grandes beneficios inmediatos que el gobierno de la Comuna, y solo él, ofrecía al campesinado francés. Por eso es del todo superfluo extenderse aquí sobre los problemas más complicados, pero vitales, que solo la Comuna era capaz de resolver en favor del campesino, y que al mismo tiempo se veía obligada a resolver: la deuda hipotecaria, que pesaba como una pesadilla sobre su parcela; el prolétariat foncier (el proletariado rural), que crecía en ella día a día, y su expropiación de la tierra, impuesta a un ritmo cada vez más rápido por el desarrollo mismo de la agricultura moderna y la competencia de la explotación agrícola capitalista.
El campesino francés había elegido a Luis Bonaparte presidente de la República; pero fue el partido del orden el que creó el Imperio. Lo que de verdad quiere el campesino francés empezó a mostrarlo en 1849 y 1850, oponiendo su alcalde al prefecto del gobierno, su maestro de escuela al cura del gobierno y su propia persona al gendarme del gobierno. Todas las leyes que hizo el partido del orden en enero y febrero de 1850 fueron medidas declaradas de represión contra el campesino.118 El campesino era bonapartista porque la Gran Revolución, con todos los beneficios que le había traído, se personificaba a sus ojos en Napoleón. Esta ilusión, que se derrumbaba rápidamente bajo el Segundo Imperio (y que por su propia naturaleza era hostil a los rurales), este prejuicio del pasado, ¿cómo habría podido resistir el llamamiento de la Comuna a los intereses vivos y a las necesidades apremiantes del campesinado?
Los rurales —este era, de hecho, su principal temor— sabían que tres meses de libre comunicación del París de la Comuna con las provincias provocarían un levantamiento general de los campesinos; de ahí su afán por tender un cordón policial alrededor de París para detener la propagación de la peste bovina.
Si la Comuna era, pues, la verdadera representante de todos los elementos sanos de la sociedad francesa y, por tanto, el gobierno verdaderamente nacional, era al mismo tiempo, como gobierno obrero, como campeón audaz de la emancipación del trabajo, un gobierno decididamente internacional. A la vista del ejército prusiano, que se había anexionado para Alemania dos provincias francesas, la Comuna anexionó a Francia a los trabajadores del mundo entero.
El Segundo Imperio había sido el jubileo de la estafa cosmopolita: los calaveras de todos los países acudían a su llamada para participar en sus orgías y en el saqueo del pueblo francés. Todavía hoy la mano derecha de Thiers es Ganesco, el infame valaco, y su mano izquierda Markovski, el espía ruso.119 La Comuna admitió a todos los extranjeros al honor de morir por una causa inmortal. Entre la guerra exterior, perdida por su traición, y la guerra civil, fomentada por su conspiración con el invasor extranjero, la burguesía había encontrado tiempo para demostrar su patriotismo organizando batidas policiales contra los alemanes residentes en Francia. La Comuna nombró a un obrero alemán su ministro de Trabajo.120 Thiers, la burguesía y el Segundo Imperio habían engañado una y otra vez a Polonia con ruidosas manifestaciones de simpatía, mientras en realidad la traicionaban a Rusia y le hacían el trabajo sucio. La Comuna honró a los heroicos hijos de Polonia poniéndolos al frente de los defensores de París.121 Y para marcar claramente la nueva era histórica que tenía conciencia de inaugurar, bajo la mirada de los prusianos vencedores, por un lado, y del ejército bonapartista mandado por generales bonapartistas, por otro, la Comuna derribó ese símbolo colosal de la gloria guerrera que era la columna Vendôme.122
La gran medida social de la Comuna fue su propia existencia y su obra. Sus medidas concretas no podían sino expresar la tendencia de un gobierno del pueblo por el pueblo. Tales fueron la abolición del trabajo nocturno de los oficiales panaderos; la prohibición, bajo sanción, de la práctica patronal de rebajar los salarios imponiendo a los trabajadores multas con los pretextos más variados, un procedimiento en el que el patrono reúne en su persona los papeles de legislador, juez y verdugo, y encima se embolsa el dinero. Otra medida de este tipo fue la entrega a asociaciones obreras, con reserva de indemnización, de todos los talleres y fábricas cerrados, tanto si los capitalistas correspondientes habían huido como si habían preferido suspender el trabajo.
Las medidas financieras de la Comuna, notables por su sensatez y su moderación, solo podían ser las compatibles con la situación de una ciudad sitiada. Teniendo en cuenta los robos colosales cometidos contra la ciudad de París por las grandes compañías financieras y los contratistas bajo la protección de Haussmann,123 la Comuna habría tenido un título incomparablemente mejor para confiscar sus bienes que el que tuvo Luis Napoleón contra la familia de Orleans.124 Los Hohenzollern y los oligarcas ingleses, que han sacado buena parte de sus fincas del saqueo de la Iglesia, se escandalizaron mucho, naturalmente, de que la Comuna solo obtuviera 8.000 francos de la secularización.
Mientras el gobierno de Versalles, en cuanto recobró algo de ánimo y de fuerzas, empleaba los medios más violentos contra la Comuna; mientras suprimía la libre expresión de opiniones en toda Francia, hasta el punto de prohibir las reuniones de delegados de las grandes ciudades; mientras sometía a Versalles y al resto de Francia a un espionaje que superaba con mucho al del Segundo Imperio; mientras sus gendarmes inquisidores quemaban todos los periódicos impresos en París y abrían toda la correspondencia que llegaba de París o iba a París; mientras en la Asamblea Nacional los intentos más tímidos de decir una palabra en favor de París eran acallados a gritos de un modo desconocido incluso en la Chambre introuvable de 1816; con la guerra salvaje de Versalles fuera y sus tentativas de corrupción y conspiración dentro de París, ¿no habría traicionado vergonzosamente la Comuna su misión si hubiera fingido guardar todas las formas y apariencias del liberalismo como en tiempos de paz profunda? Si el gobierno de la Comuna se hubiera parecido al del señor Thiers, no habría habido más motivo para suprimir en París los periódicos del partido del orden que para suprimir en Versalles los periódicos de la Comuna.
Era ciertamente irritante para los rurales que, en el mismo momento en que proclamaban la vuelta a la Iglesia como el único medio de salvación para Francia, la Comuna descreída sacara a la luz los misterios peculiares del convento de Picpus y de la iglesia de Saint-Laurent.125 Era una sátira del señor Thiers que, mientras él colmaba de grandes cruces a los generales bonapartistas en reconocimiento de su maestría en perder batallas, firmar capitulaciones y liar cigarrillos en Wilhelmshöhe,126 la Comuna destituyera y arrestara a sus generales en cuanto se sospechaba que descuidaban sus deberes. La expulsión y el arresto por la Comuna de uno de sus miembros,127 que se había deslizado en ella con nombre falso y había sufrido en Lyon seis días de prisión por simple quiebra, ¿no era un insulto deliberado lanzado al falsificador Jules Favre, entonces todavía ministro de Asuntos Exteriores de Francia, que seguía vendiendo Francia a Bismarck y seguía dictando sus órdenes a ese gobierno modelo de Bélgica? Pero la Comuna no pretendía ciertamente la infalibilidad, atributo invariable de todos los gobiernos de viejo cuño. Publicaba sus actos y sus palabras, daba a conocer al público todas sus deficiencias.
En toda revolución se cuelan, junto a sus verdaderos agentes, hombres de otra calaña; algunos son supervivientes de revoluciones pasadas y devotos de ellas, que no comprenden el movimiento presente, pero conservan su influencia sobre el pueblo por su reconocida honradez y su valor, o por la simple fuerza de la tradición; otros son simples vocingleros que, a fuerza de repetir año tras año las mismas declaraciones estereotipadas contra el gobierno del día, se han colado con la fama de revolucionarios de primera fila. También después del 18 de marzo aparecieron algunos hombres así, y en ciertos casos consiguieron desempeñar papeles destacados. En la medida en que se lo permitió su poder, entorpecieron la verdadera acción de la clase obrera, exactamente igual que los hombres de esa especie han entorpecido el pleno desarrollo de todas las revoluciones anteriores. Son un mal inevitable: con el tiempo uno se los quita de encima; pero a la Comuna no se le dio tiempo.
¡Maravilloso fue, en verdad, el cambio que la Comuna había obrado en París! ¡Ni rastro ya del París prostituido del Segundo Imperio! París había dejado de ser el punto de cita de los terratenientes británicos, los absentistas irlandeses,128 los antiguos esclavistas y los shoddy men129 norteamericanos, los antiguos dueños de siervos rusos y los boyardos valacos. No más cadáveres en la morgue, no más robos con escalo nocturnos, apenas hurtos; de hecho, por primera vez desde los días de febrero de 1848, las calles de París eran seguras, y eso sin policía de ninguna clase.
«Ya no se oye hablar», decía un miembro de la Comuna, «de asesinatos, robos ni agresiones; se diría que la policía se ha llevado consigo a Versalles a todos sus amigos conservadores.»
Las cocottes habían vuelto a encontrar el rastro de sus protectores, los fugitivos hombres de la familia, de la religión y, sobre todo, de la propiedad. En su lugar volvían a salir a la superficie las verdaderas mujeres de París, heroicas, nobles y abnegadas como las mujeres de la Antigüedad. París trabajaba, pensaba, combatía y sangraba, casi olvidado, mientras incubaba una nueva sociedad, de los caníbales que tenía a sus puertas, ¡radiante en el entusiasmo de su iniciativa histórica!
Frente a ese mundo nuevo de París, ved el viejo mundo de Versalles: esa asamblea de vampiros de todos los regímenes difuntos, legitimistas y orleanistas, ávidos de alimentarse del cadáver de la nación, con una cola de republicanos antediluvianos que con su presencia en la Asamblea sancionaban la rebelión de los esclavistas, que confiaban el mantenimiento de su república parlamentaria a la vanidad del saltimbanqui senil que la presidía y que caricaturizaban 1789 celebrando sus reuniones fantasmales en el Jeu de Paume.130 Allí estaba esa Asamblea, representante de todo lo que estaba muerto en Francia, sostenida en una apariencia de vida únicamente por las espadas de los generales de Luis Bonaparte. París, todo verdad; Versalles, todo mentira; y esa mentira salía por boca de Thiers.
Thiers dice a una delegación de alcaldes del Sena y Oise: «¡Podéis confiar en mi palabra, que nunca he faltado a ella!».
Dice a la Asamblea misma que es «la Asamblea más libremente elegida y más liberal que Francia ha tenido nunca»; dice a su abigarrada soldadesca que es «la admiración del mundo y el mejor ejército que Francia ha tenido nunca»; dice a las provincias que el bombardeo de París por él es un mito: «Si se han disparado algunos cañonazos, no ha sido obra del ejército de Versalles, sino de algunos insurrectos que quieren hacer creer que combaten, cuando no se atreven a dar la cara». Vuelve a decir a las provincias que «la artillería de Versalles no bombardea París, sino que solo lo cañonea». Dice al arzobispo de París131 que las pretendidas ejecuciones y represalias (!) atribuidas a las tropas de Versalles son puras patrañas. Dice a París que solo desea «liberarlo de los odiosos tiranos que lo oprimen» y que, en realidad, el París de la Comuna no es «más que un puñado de criminales».
El París del señor Thiers no era el París real de la «vil multitud», sino un París fantasma, el París de los francs-fileurs,132 el París de los bulevares, masculino y femenino; el París rico, capitalista, dorado y ocioso, que se agolpaba ahora en Versalles, Saint-Denis, Rueil y Saint-Germain con sus lacayos, sus estafadores, su bohème literaria y sus cocottes; que consideraba la guerra civil como una agradable distracción, contemplaba con anteojos la batalla en curso, contaba los cañonazos y juraba por su honor y por el de sus prostitutas que la función estaba mucho mejor montada que las que solían darse en la Porte-Saint-Martin.133 Los que caían estaban muertos de verdad; los gritos de los heridos iban en serio; y, además, ¡todo era tan intensamente histórico!
Este es el París del señor Thiers, como la emigración de Coblenza era la Francia del señor de Calonne.134
IV
El primer intento de la conspiración de los esclavistas para someter a París consiguiendo que los prusianos la ocuparan fracasó por la negativa de Bismarck.
El segundo intento, el del 18 de marzo, terminó con la derrota del ejército y la huida a Versalles del gobierno, que ordenó a toda la administración disolverse y seguirle.
Con la apariencia de negociaciones de paz con París, Thiers ganó tiempo para preparar la guerra contra ella. Pero ¿dónde encontrar un ejército? Los restos de los regimientos de línea eran escasos en número y poco seguros en su ánimo. Su apremiante llamamiento a las provincias para que socorrieran a Versalles con sus guardias nacionales y sus voluntarios chocó con una negativa rotunda. Solo Bretaña aportó un puñado de chuanes135 que combatían bajo bandera blanca, cada uno de ellos con el corazón de Jesús en tela blanca sobre el pecho y gritando «Vive le Roi!» («¡Viva el rey!»).
Thiers se vio, por tanto, obligado a reunir a toda prisa una tropa abigarrada, compuesta de marineros, infantes de marina, zuavos pontificios,136 gendarmes de Valentin y sergents-de-ville y mouchards de Pietri. Pero este ejército habría sido ridículamente ineficaz sin los contingentes de prisioneros de guerra imperiales que Bismarck fue soltando en número justo suficiente para mantener en marcha la guerra civil y tener al gobierno de Versalles en una dependencia abyecta de Prusia. Durante la propia guerra, la policía de Versalles tenía que vigilar al ejército de Versalles, mientras los gendarmes tenían que arrastrarlo exponiéndose ellos mismos en todos los puestos de peligro. Los fuertes que cayeron no fueron tomados, sino comprados. El heroísmo de los federados convenció a Thiers de que la resistencia de París no iba a quebrarse con su propio genio estratégico y las bayonetas de que disponía.
Mientras tanto, sus relaciones con las provincias se hacían cada vez más difíciles. Ni un solo mensaje de aprobación llegó para alegrar a Thiers y a sus rurales. Todo lo contrario. Delegaciones y mensajes que exigían, en un tono nada respetuoso, la conciliación con París sobre la base del reconocimiento inequívoco de la república, el reconocimiento de las libertades comunales y la disolución de la Asamblea Nacional, cuyo mandato había expirado, llegaban de todas partes, y en tal número que Dufaure, ministro de Justicia de Thiers, en su circular del 23 de abril a los fiscales, les ordenó tratar «el grito de conciliación» como un delito.137 Sin embargo, ante las perspectivas sin esperanza que ofrecía su campaña, Thiers resolvió cambiar de táctica ordenando que se celebraran en todo el país elecciones municipales el 30 de abril,138 sobre la base de la nueva ley municipal que él mismo había dictado a la Asamblea Nacional. Entre las intrigas de sus prefectos y la intimidación policial, confiaba plenamente en conferir a la Asamblea Nacional, mediante el veredicto de las provincias, la fuerza moral que nunca había tenido, y en obtener por fin de las provincias la fuerza material necesaria para la conquista de París.
Thiers estuvo desde el principio deseoso de acompañar su guerra de bandolero contra París, exaltada en sus propios boletines, y los intentos de sus ministros de instaurar en toda Francia un reinado del terror, con una pequeña pantomima de conciliación que debía servir a más de un propósito. Se trataba de engañar a las provincias, de embaucar a los elementos de la clase media de París y, sobre todo, de ofrecer a los republicanos declarados de la Asamblea Nacional la ocasión de ocultar su traición a París detrás de su fe en Thiers.
El 21 de marzo, cuando todavía no tenía ejército, había declarado a la Asamblea: «Pase lo que pase, no enviaré un ejército a París».
El 27 de marzo volvió a tomar la palabra: «He encontrado la república como un hecho consumado, y estoy firmemente resuelto a mantenerla».
En realidad, aplastó la revolución en Lyon y en Marsella139 en nombre de la república, mientras los rugidos de sus rurales ahogaban en Versalles la mera mención de ese nombre. Después de esta hazaña, rebajó el «hecho consumado» a hecho hipotético. A los príncipes de Orleans, a los que había apartado prudentemente de Burdeos, se les permitió ahora, con flagrante violación de la ley, intrigar en Dreux.140 Las concesiones que Thiers ofrecía en sus interminables entrevistas con los delegados de París y de las provincias, aunque variaban constantemente de tono y de color según el momento y las circunstancias, nunca pasaron en realidad de la restricción eventual de la venganza al «puñado de criminales implicados en el asesinato de Lecomte y Clément Thomas», con la premisa bien entendida de que París y Francia aceptaran sin reservas al propio señor Thiers como la mejor de las repúblicas posibles, igual que él, en 1830, había hecho con Luis Felipe y, en 1849, bajo la presidencia de Luis Bonaparte. Fuera del gobierno, había hecho fortuna defendiendo como abogado a los capitalistas de París y había hecho capital político defendiendo causas contra las leyes que él mismo había promovido. Ahora hizo aprobar a toda prisa por la Asamblea Nacional no solo una serie de leyes represivas que, tras la caída de París, debían extirpar los últimos restos de libertad republicana en Francia; anunció de antemano la suerte de París abreviando el procedimiento de los consejos de guerra, demasiado lento para él, y con un código de deportación draconiano y de nuevo cuño.141 La revolución de 1848, al abolir la pena de muerte por delitos políticos, la había sustituido por la deportación. Luis Bonaparte no se atrevió, al menos en teoría, a restablecer el régimen de la guillotina. La Asamblea rural, que todavía no tenía la osadía ni de insinuar que los parisienses no eran rebeldes, sino asesinos, tuvo por tanto que limitar su venganza futura contra París al nuevo código de deportación de Dufaure. En todas estas circunstancias, el propio Thiers no habría podido proseguir su comedia de conciliación si esta no hubiera arrancado, como él pretendía, gritos de rabia a los rurales, cuya mente rumiante no entendía ni la comedia ni sus necesidades de hipocresía, tergiversación y dilación.
Ante la inminencia de las elecciones municipales del 30 de abril, Thiers representó el 27 de abril una de sus grandes escenas de conciliación. En medio de un torrente de retórica sentimental, exclamó desde la tribuna de la Asamblea:
«No existe más conspiración contra la república que la de París, que nos obliga a derramar sangre francesa. Lo repito una y otra vez. Que caigan esas armas impías de las manos que las empuñan, y el castigo se detendrá enseguida con un acto de paz del que solo quedará excluido el pequeño número de criminales».
A la violenta interrupción de los rurales, replicó:
«Señores, decidme, os lo ruego, ¿me equivoco? ¿Lamentáis de verdad que haya podido afirmar que los criminales son solo un puñado? ¿No es una suerte, en medio de nuestras desgracias, que quienes han sido capaces de derramar la sangre de Clément Thomas y del general Lecomte sean solo raras excepciones?».
Francia, sin embargo, hizo oídos sordos a lo que Thiers se figuraba que era un canto de sirena parlamentario. De los 700.000 concejales elegidos por los 35.000 municipios que todavía le quedaban a Francia, los legitimistas, orleanistas y bonapartistas juntos no obtuvieron 8.000.
Las elecciones complementarias que siguieron fueron todavía más decididamente hostiles.
Así, en lugar de obtener de las provincias la fuerza material que tanto necesitaba, la Asamblea Nacional perdió incluso su último título de fuerza moral: el de ser la expresión del sufragio universal del país. Para completar la derrota, los consejos municipales recién elegidos de todas las ciudades de Francia amenazaron abiertamente a la Asamblea usurpadora de Versalles con una contraasamblea en Burdeos.
Entonces le llegó por fin a Bismarck el momento, largamente esperado, de la acción decisiva. Conminó perentoriamente a Thiers a enviar plenipotenciarios a Fráncfort para el arreglo definitivo de la paz. En humilde obediencia a la llamada de su amo, Thiers se apresuró a despachar a su fiel Jules Favre, secundado por Pouyer-Quertier. Pouyer-Quertier, un «eminente» hilandero de algodón de Ruán, partidario ferviente y hasta servil del Segundo Imperio, nunca le había encontrado más defecto que su tratado comercial con Inglaterra, perjudicial para los intereses de su propia tienda. Apenas instalado en Burdeos como ministro de Hacienda de Thiers, denunció aquel tratado «impío», insinuó su próxima derogación y tuvo incluso la desfachatez de intentar, aunque en vano (había hecho la cuenta sin Bismarck), la aplicación inmediata de los antiguos aranceles protectores contra Alsacia, donde, según decía, no se interponía ningún tratado internacional anterior. Este hombre, que consideraba la contrarrevolución como un medio para bajar los salarios en Ruán, y la cesión de provincias francesas como un medio para subir el precio de sus mercancías en Francia, ¿no era el predestinado a ser elegido por Thiers como compañero de Jules Favre en su última y suprema traición?
A la llegada a Fráncfort de esta exquisita pareja de plenipotenciarios, el matón de Bismarck los recibió enseguida con esta alternativa imperiosa: «¡O la restauración del imperio o la aceptación incondicional de mis propias condiciones de paz!». Esas condiciones incluían el acortamiento de los plazos en que debía pagarse la indemnización de guerra y la ocupación continuada de los fuertes de París por tropas prusianas hasta que Bismarck se diera por satisfecho con el estado de cosas en Francia; ¡Prusia quedaba así reconocida como árbitro supremo de la política interior francesa! A cambio, ofrecía soltar para el exterminio de París al ejército bonapartista y prestarle la ayuda directa de las tropas del emperador Guillermo. Empeñó su buena fe haciendo depender el pago del primer plazo de la indemnización de la «pacificación» de París. Semejante cebo, por supuesto, se lo tragaron con avidez Thiers y sus plenipotenciarios. Firmaron el tratado de paz el 10 de mayo y lo hicieron ratificar por la Asamblea de Versalles el 18.142
En el intervalo entre la conclusión de la paz y la llegada de los prisioneros bonapartistas, Thiers se sintió tanto más obligado a reanudar su comedia de conciliación cuanto que sus instrumentos republicanos necesitaban con urgencia un pretexto para cerrar los ojos ante los preparativos de la matanza de París. Todavía el 18 de mayo respondía a una delegación de conciliadores de la clase media:
«Cuando los insurrectos se decidan a capitular, las puertas de París se abrirán de par en par durante una semana para todos, excepto para los asesinos de los generales Clément Thomas y Lecomte».
Pocos días después, violentamente interpelado por los rurales sobre estas promesas, se negó a dar explicación alguna, aunque no sin hacerles esta significativa advertencia:
«Os digo que hay entre vosotros hombres impacientes, hombres que tienen demasiada prisa. Necesitan otros ocho días; al cabo de esos ocho días ya no habrá peligro, y la tarea estará a la altura de su valor y de su capacidad».
En cuanto MacMahon143 pudo asegurarle que pronto podría entrar en París, Thiers declaró a la Asamblea que
«entraría en París con las leyes en la mano y exigiría una expiación completa a los miserables que habían sacrificado la vida de los soldados y destruido los monumentos públicos».
Al acercarse el momento decisivo, dijo a la Asamblea: «¡Seré implacable!»; a París, que estaba condenada; y a sus bandidos bonapartistas, que tenían licencia del Estado para vengarse de París a su antojo.
Por fin, cuando la traición abrió el 21 de mayo las puertas de París al general Douay,144 Thiers reveló el 22 a los rurales la «meta» de su comedia de conciliación, que ellos se habían obstinado tanto en no comprender:
«Os dije hace unos días que nos acercábamos a nuestra meta; hoy vengo a deciros que la meta se ha alcanzado. ¡La victoria del orden, de la justicia y de la civilización está por fin conseguida!».
Así era. La civilización y la justicia del orden burgués aparecen bajo su luz siniestra en cuanto los esclavos y los parias de ese orden se levantan contra sus amos. Entonces esa civilización y esa justicia se muestran como salvajismo desembozado y venganza sin ley. Cada nueva crisis de la lucha de clases entre el apropiador y el productor pone de relieve este hecho con mayor crudeza. Hasta las atrocidades de la burguesía en junio de 1848 palidecen ante la infamia de 1871. El heroísmo abnegado con que la población de París (hombres, mujeres y niños) combatió durante ocho días después de la entrada de los versalleses145 refleja la grandeza de su causa tanto como las hazañas infernales de la soldadesca reflejan el espíritu innato de esa civilización, ¡cuyo gran problema, en efecto, es cómo deshacerse de los montones de cadáveres que ha producido una vez terminada la batalla!
Para encontrar un paralelo a la conducta de Thiers y sus sabuesos hay que remontarse a los tiempos de Sila y de los dos triunviratos de Roma.146 La misma matanza en masa a sangre fría; el mismo desprecio, en la masacre, de la edad y el sexo; el mismo sistema de torturar a los prisioneros; las mismas proscripciones, pero esta vez de toda una clase; la misma caza salvaje de los jefes escondidos, no fuera a escaparse uno solo; las mismas denuncias de enemigos políticos y privados; la misma indiferencia ante la carnicería de personas del todo ajenas a la contienda.
No hay más que esta diferencia: que los romanos no tenían mitrailleuses para despachar a los proscritos en masa, y que no tenían «la ley en la mano» ni en los labios el grito de «civilización».
¡Y después de estos horrores, mirad la otra cara, todavía más repugnante, de la civilización burguesa, tal como la describe su propia prensa!
«Con disparos sueltos que todavía resuenan a lo lejos», escribe el corresponsal en París de un periódico tory de Londres, «y con heridos desdichados que agonizan sin atención entre las lápidas del Père-Lachaise; con 6.000 insurrectos aterrados que vagan en una angustia desesperada por el laberinto de las catacumbas,147 y con desgraciados a los que se arrastra por las calles para abatirlos a docenas con la mitrailleuse, resulta repugnante ver los cafés llenos de devotos del ajenjo, el billar y el dominó; la prostitución femenina paseándose por los bulevares, y el ruido de las juergas que turba la noche desde los cabinets particuliers de los restaurantes de moda».
El señor Édouard Hervé escribe en el Journal de Paris,148 periódico versallés suprimido por la Comuna:
«La manera en que la población de París (!) manifestó ayer su satisfacción fue algo más que frívola, y nos tememos que irá a peor con el tiempo. París tiene ahora un aire de día de fête que está tristemente fuera de lugar; y, si no queremos que nos llamen los Parisiens de la décadence, esta clase de cosas tiene que acabar».
Y a continuación cita el pasaje de Tácito:
«Sin embargo, al día siguiente de aquella horrible lucha, incluso antes de que hubiera terminado del todo, Roma, degradada y corrompida, empezó de nuevo a revolcarse en el lodazal voluptuoso que destruía su cuerpo y mancillaba su alma: alibi proelia et vulnera, alibi balnea popinaeque».149
El señor Hervé solo se olvida de decir que la «población de París» de la que habla no es más que la población del París del señor Thiers: los francs-fileurs que regresan en tropel de Versalles, Saint-Denis, Rueil y Saint-Germain; el París de la «decadencia».
En todos sus sangrientos triunfos sobre los abnegados defensores de una sociedad nueva y mejor, esa civilización infame, basada en la esclavización del trabajo, ahoga los gemidos de sus víctimas en un clamor de calumnias al que un eco mundial devuelve la resonancia. El París obrero de la Comuna, sereno, se convierte de repente en un pandemónium en manos de los sabuesos del «orden».
¿Y qué prueba este tremendo cambio a la mente burguesa de todos los países? ¡Pues que la Comuna ha conspirado contra la civilización! El pueblo de París muere con entusiasmo por la Comuna en un número que no tiene igual en ninguna batalla conocida por la historia. ¿Qué prueba eso? ¡Pues que la Comuna no era el gobierno propio del pueblo, sino la usurpación de un puñado de criminales! Las mujeres de París dan alegremente la vida en las barricadas y en el lugar de ejecución. ¿Qué prueba esto? ¡Pues que el demonio de la Comuna las ha convertido en Megeras y Hécates!150
La moderación de la Comuna durante los dos meses de su dominio indiscutido solo es comparable al heroísmo de su defensa.
¿Qué prueba eso? ¡Pues que durante meses la Comuna ocultó cuidadosamente, bajo una máscara de moderación y humanidad, la sed de sangre de sus instintos diabólicos, para darle rienda suelta en la hora de su agonía!
El París obrero, en el acto de su heroico holocausto de sí mismo, envolvió en sus llamas edificios y monumentos. Al despedazar el cuerpo vivo del proletariado, sus gobernantes ya no deben esperar volver triunfalmente a la arquitectura intacta de sus mansiones. El gobierno de Versalles grita: «¡Incendio!», y susurra esta consigna a todos sus agentes, hasta la aldea más remota, para que persigan a sus enemigos en todas partes como sospechosos de incendiarios profesionales. La burguesía del mundo entero, que contempla complacida la matanza en masa después de la batalla, ¡se estremece de horror ante la profanación del ladrillo y la argamasa!
Cuando los gobiernos dan a sus flotas licencia oficial para «matar, quemar y destruir», ¿es eso licencia para el incendio? Cuando las tropas británicas incendiaron por capricho el Capitolio de Washington y el palacio de verano del emperador de China,151 ¿fue eso incendio? Cuando los prusianos, no por razones militares, sino por puro despecho vengativo, quemaron con ayuda del petróleo ciudades como Châteaudun152 e innumerables aldeas, ¿fue eso incendio? Cuando Thiers bombardeó París durante seis semanas con el pretexto de que solo quería incendiar las casas en las que hubiera gente, ¿fue eso incendio? En la guerra, el fuego es un arma tan legítima como cualquier otra. Los edificios ocupados por el enemigo se bombardean para incendiarlos. Si sus defensores tienen que retirarse, ellos mismos les prenden fuego para impedir que los atacantes se sirvan de ellos. Arder ha sido siempre la suerte inevitable de todos los edificios situados en el frente de batalla de todos los ejércitos regulares del mundo.
¡Pero en la guerra de los esclavizados contra sus esclavizadores, la única guerra justificable de la historia, esto no debe valer en absoluto! La Comuna usó el fuego estrictamente como medio de defensa. Lo usó para cerrar a las tropas de Versalles aquellas largas avenidas rectas que Haussmann había abierto expresamente para el fuego de artillería; lo usó para cubrir su retirada, del mismo modo que los versalleses, en su avance, usaron sus obuses, que destruyeron por lo menos tantos edificios como el fuego de la Comuna. Todavía hoy se discute qué edificios fueron incendiados por la defensa y cuáles por el ataque. Y la defensa solo recurrió al fuego cuando las tropas de Versalles ya habían empezado a asesinar en masa a los prisioneros.
Además, la Comuna había advertido públicamente, mucho antes, que si se la llevaba al extremo se enterraría bajo las ruinas de París y haría de París un segundo Moscú,153 como había prometido hacer el Gobierno de la Defensa Nacional, aunque solo como tapadera de su traición. Para ello Trochu les había procurado el petróleo. La Comuna sabía que a sus adversarios no les importaba nada la vida del pueblo de París, pero sí mucho sus propios edificios de París. Y Thiers, por su parte, les había advertido que sería implacable en su venganza. En cuanto tuvo su ejército preparado por un lado, y a los prusianos cerrando la trampa por el otro, proclamó: «¡Seré implacable! ¡La expiación será completa y la justicia será severa!». Si los actos de los obreros de París fueron vandalismo, fue el vandalismo de la defensa desesperada, no el vandalismo del triunfo, como el que los cristianos perpetraron con los tesoros artísticos, verdaderamente inapreciables, de la Antigüedad pagana; y hasta ese vandalismo lo ha justificado el historiador como un acompañamiento inevitable y relativamente insignificante de la lucha titánica entre una sociedad nueva que surge y una vieja que se derrumba. ¡Y menos aún fue el vandalismo de Haussmann, que arrasó el París histórico para dejar sitio al París de los turistas!
¡Pero la ejecución por la Comuna de los 64 rehenes, con el arzobispo de París a la cabeza!154 La burguesía y su ejército restablecieron en junio de 1848 una costumbre que había desaparecido hacía mucho de la práctica de la guerra: fusilar a sus prisioneros indefensos. Esta costumbre brutal la han observado desde entonces más o menos estrictamente los represores de todas las conmociones populares en Europa y en la India, demostrando así que constituye un verdadero «progreso de la civilización».
Por otra parte, los prusianos habían restablecido en Francia la práctica de tomar rehenes: hombres inocentes que respondían ante ellos con su vida de los actos de otros. Cuando Thiers, como hemos visto, impuso desde el comienzo mismo del conflicto la humanitaria práctica de fusilar a los prisioneros comunalistas, la Comuna, para proteger sus vidas, se vio obligada a recurrir a la práctica prusiana de tomar rehenes. La vida de los rehenes había quedado perdida una y otra vez por los continuos fusilamientos de prisioneros por parte de los versalleses. ¿Cómo podían respetarse por más tiempo después de la carnicería con que los pretorianos de MacMahon celebraron su entrada en París?
¿Iba a convertirse también en una mera farsa el último freno a la ferocidad sin escrúpulos de los gobiernos burgueses, la toma de rehenes?
El verdadero asesino del arzobispo Darboy es Thiers. La Comuna había ofrecido una y otra vez canjear al arzobispo, y a un buen número de curas de propina, por Blanqui solo, que estaba entonces en manos de Thiers. Thiers se negó obstinadamente. Sabía que con Blanqui daría una cabeza a la Comuna, mientras que el arzobispo serviría mejor a sus fines en forma de cadáver.
Thiers siguió el precedente de Cavaignac.155 ¡Cómo no pusieron el grito en el cielo en junio de 1848 Cavaignac y sus hombres del orden, estigmatizando a los insurrectos como asesinos del arzobispo Affre! Sabían perfectamente que al arzobispo lo habían matado los soldados del orden. El señor Jacquemet, vicario general del arzobispo, presente en el lugar, les había entregado inmediatamente después su testimonio en ese sentido.156
Todo el coro de calumnias que el partido del orden nunca deja de levantar, en sus orgías de sangre, contra sus víctimas solo demuestra que el burgués de nuestros días se considera el sucesor legítimo del barón de antaño, que tenía por lícita cualquier arma en su propia mano contra el plebeyo, mientras que en manos del plebeyo un arma de cualquier clase constituía ya de por sí un crimen.
La conspiración de la clase dominante para aplastar la revolución mediante una guerra civil librada bajo el patrocinio del invasor extranjero, una conspiración que hemos seguido desde el mismo 4 de septiembre hasta la entrada de los pretorianos de MacMahon por la puerta de Saint-Cloud, culminó en la matanza de París. Bismarck se recrea en las ruinas de París, en las que quizá ha visto el primer plazo de aquella destrucción general de las grandes ciudades por la que rezaba cuando todavía era un simple rural en la Chambre introuvable prusiana de 1849.157 Se recrea en los cadáveres del proletariado de París. Para él, esto no es solo el exterminio de la revolución, sino la extinción de Francia, ahora decapitada de verdad, y por el propio gobierno francés. Con la superficialidad propia de todos los estadistas afortunados, solo ve la superficie de este tremendo acontecimiento histórico. ¿Cuándo ha ofrecido antes la historia el espectáculo de un vencedor que corona su victoria convirtiéndose no solo en el gendarme, sino en el sicario a sueldo del gobierno vencido? No había guerra entre Prusia y la Comuna de París. Al contrario, la Comuna había aceptado los preliminares de paz, y Prusia había anunciado su neutralidad. Prusia no era, por tanto, beligerante. Hizo el papel de un sicario; de un sicario cobarde, porque no corría ningún peligro; de un sicario a sueldo, porque estipuló de antemano el pago de su precio de sangre, 500 millones, a la caída de París.158 ¡Y así se reveló por fin el verdadero carácter de la guerra, ordenada por la Providencia como castigo de la Francia impía y corrompida por la Alemania piadosa y moral! Y esta violación sin precedentes del derecho de gentes, incluso tal como lo entendían los juristas del viejo mundo, en lugar de mover a los gobiernos «civilizados» de Europa a declarar fuera de la ley de las naciones al criminal gobierno prusiano, mero instrumento del gabinete de San Petersburgo, ¡solo los incita a considerar si las pocas víctimas que escapen al doble cordón en torno a París no deben ser entregadas al verdugo de Versalles!
Que después de la guerra más tremenda de los tiempos modernos los ejércitos vencedor y vencido confraternicen para la matanza común del proletariado: este acontecimiento sin precedentes indica, no, como piensa Bismarck, el aplastamiento definitivo de una sociedad nueva que se levanta, sino el desmoronamiento de la sociedad burguesa. El mayor esfuerzo heroico del que todavía es capaz la vieja sociedad es la guerra nacional; y esta ha resultado ser ahora un mero engaño de los gobiernos, destinado a aplazar la lucha de clases y que se arroja a un lado en cuanto esa lucha de clases estalla en guerra civil. La dominación de clase ya no puede disfrazarse con un uniforme nacional; ¡los gobiernos nacionales son uno solo frente al proletariado!
Después del domingo de Pentecostés de 1871159 no puede haber ni paz ni tregua posible entre los obreros de Francia y los apropiadores de su producto. La mano de hierro de una soldadesca mercenaria podrá mantener a ambas clases atadas por un tiempo en una opresión común. Pero la batalla tiene que estallar una y otra vez en proporciones cada vez mayores, y no puede haber duda sobre quién será al final el vencedor: la minoría apropiadora o la inmensa mayoría trabajadora. Y la clase obrera francesa no es más que la vanguardia del proletariado moderno.
Mientras los gobiernos europeos atestiguan así, ante París, el carácter internacional de la dominación de clase, denuncian a la Asociación Internacional de los Trabajadores (la contraorganización internacional del trabajo frente a la conspiración cosmopolita del capital) como el manantial de todos estos desastres. Thiers la denunció como el déspota del trabajo que pretende ser su libertador. Picard ordenó cortar toda comunicación entre los internacionalistas franceses y los del extranjero; el conde Jaubert,160 el momificado cómplice de Thiers en 1835, declara que extirparla es el gran problema de todos los gobiernos civilizados. Los rurales rugen contra ella, y toda la prensa europea se une al coro. Un honorable escritor francés,161 completamente ajeno a nuestra Asociación, se expresa así:
«Los miembros del Comité Central de la Guardia Nacional, así como la mayor parte de los miembros de la Comuna, son las mentes más activas, inteligentes y enérgicas de la Asociación Internacional de los Trabajadores…, hombres absolutamente honrados, sinceros, inteligentes, abnegados, puros y fanáticos en el buen sentido de la palabra».
La mente burguesa, teñida de policía, se figura naturalmente a la Asociación Internacional de los Trabajadores actuando a la manera de una conspiración secreta, cuyo órgano central ordena de vez en cuando explosiones en distintos países. Nuestra Asociación no es, de hecho, más que el lazo internacional entre los obreros más avanzados de los distintos países del mundo civilizado. Dondequiera, bajo cualquier forma y en cualesquiera condiciones que la lucha de clases adquiera alguna consistencia, es natural que los miembros de nuestra Asociación estén en primera fila. El suelo del que brota es la propia sociedad moderna. No puede ser aplastada por ninguna carnicería, por grande que sea. Para aplastarla, los gobiernos tendrían que aplastar el despotismo del capital sobre el trabajo, la condición de su propia existencia parasitaria.
El París obrero, con su Comuna, será celebrado eternamente como el glorioso heraldo de una sociedad nueva. Sus mártires tienen su santuario en el gran corazón de la clase obrera. A sus exterminadores la historia los ha clavado ya en esa picota eterna de la que no lograrán redimirlos todas las preces de sus curas.
El Consejo General:
M. J. Boon, Fred. Bradnick, G. H. Buttery, Caihil, Delahaye, William Hales, A. Herman, Kolb, Fred. Lessner, Lochner, J. P. MacDonnell, George Milner, Thomas Mottershead, Ch. Mills, Charles Murray, Pfänder, Roach, Rochat, Rühl, Sadler, A. Serraillier, Cowell Stepney, Alf. Taylor, William Townshend.
Secretarios corresponsales: Eugène Dupont, para Francia; Karl Marx, para Alemania y Holanda; Fred. Engels, para Bélgica y España; Hermann Jung, para Suiza; P. Giovacchini, para Italia; Zévy Maurice, para Hungría; Antoni Zabicki, para Polonia; James Cohen, para Dinamarca; J. G. Eccarius, para los Estados Unidos.
Hermann Jung, presidente; John Weston, tesorero; George Harris, secretario de finanzas; John Hales, secretario general.
Oficina: 256, High Holborn, Londres, W.C., 30 de mayo de 1871.
Notas
I
«La columna de prisioneros se detuvo en la avenida Uhrich y se formó, en cuatro o cinco filas, sobre la acera, de cara a la calzada. El general marqués de Galliffet y su estado mayor desmontaron y empezaron una inspección por la izquierda de la línea. Avanzando despacio y observando las filas, el general se detenía aquí y allá, daba un golpecito en el hombro a un hombre o le hacía señas para que saliera de las últimas filas. En la mayoría de los casos, sin más trámite, al individuo así elegido lo llevaban al centro de la calzada, donde pronto se formó de este modo una pequeña columna suplementaria… Un oficial a caballo señaló al general Galliffet a un hombre y una mujer por alguna falta particular. La mujer, saliendo precipitadamente de las filas, se arrojó de rodillas y, con los brazos extendidos, protestó apasionadamente de su inocencia. El general esperó a que hiciera una pausa y luego, con el rostro más impasible y sin inmutarse, dijo: “Señora, he visitado todos los teatros de París; su actuación no tendrá ningún efecto sobre mí” (ce n’est pas la peine de jouer la comédie)… Aquel día no era bueno ser notablemente más alto, más sucio, más limpio, más viejo o más feo que los vecinos. Un individuo en particular me pareció que debía probablemente su rápida liberación de los males de este mundo a tener la nariz rota… Una vez elegidos así más de cien, se destacó un pelotón de fusilamiento y la columna reanudó la marcha, dejándolos atrás. Pocos minutos después empezó a nuestra espalda un fuego graneado que duró más de un cuarto de hora. Era la ejecución de aquellos desgraciados condenados sumariamente». (Corresponsal en París, Daily News, 8 de junio.)
Este Galliffet, «el mantenido de su mujer, tan célebre por sus exhibiciones impúdicas en las orgías del Segundo Imperio», era conocido durante la guerra con el nombre de «alférez Pistol» francés.162
«El Temps,163 que es un periódico cuidadoso y nada dado al sensacionalismo, cuenta una historia espantosa de personas mal fusiladas y enterradas antes de que se hubiera extinguido la vida. Gran número de ellas fueron enterradas en la plaza ajardinada que rodea Saint-Jacques-la-Boucherie,164 algunas muy superficialmente. Durante el día, el estruendo de las calles concurridas impedía que se advirtiera nada; pero en el silencio de la noche, los vecinos de las casas de alrededor se despertaban con gemidos lejanos, y por la mañana se vio una mano crispada que asomaba de la tierra. A consecuencia de ello se ordenaron exhumaciones… No tengo la menor duda de que muchos heridos han sido enterrados vivos. Puedo responder de un caso. Cuando Brunel165 fue fusilado con su amante el 24 del mes pasado en el patio de una casa de la plaza Vendôme, los cuerpos quedaron allí hasta la tarde del 27. Cuando los enterradores llegaron para retirar los cadáveres, encontraron a la mujer todavía con vida y la llevaron a un puesto de socorro. Aunque había recibido cuatro balas, ahora está fuera de peligro». (Corresponsal en París, Evening Standard, 8 de junio.)
II
La carta siguiente apareció en el Times de Londres el 13 de junio:
Al director de The Times:
Señor: El 6 de junio de 1871, el señor Jules Favre dirigió una circular a todas las potencias europeas, llamándolas a perseguir a muerte a la Asociación Internacional de los Trabajadores. Bastarán unas pocas observaciones para caracterizar ese documento.
En el mismo preámbulo de nuestros estatutos consta que la Internacional se fundó «el 28 de septiembre de 1864, en un mitin público celebrado en St. Martin’s Hall, Long Acre, Londres». Por motivos propios, Jules Favre retrotrae la fecha de su origen a antes de 1862.
Para explicar nuestros principios, pretende citar «su hoja (de la Internacional) del 25 de marzo de 1869». ¿Y qué cita? La hoja de una sociedad que no es la Internacional. A esta clase de maniobra ya recurrió cuando, siendo todavía un abogado relativamente joven, tuvo que defender al periódico National, demandado por difamación por Cabet.166 Entonces fingió leer extractos de los folletos de Cabet mientras leía interpolaciones suyas, un truco que se descubrió en plena sesión del tribunal y que, de no ser por la indulgencia de Cabet, habría sido castigado con la expulsión de Jules Favre del colegio de abogados de París. De todos los documentos que cita como documentos de la Internacional, ni uno solo pertenece a la Internacional. Dice, por ejemplo:
«La Alianza se declaró atea, dice el Consejo General, constituido en Londres en julio de 1869».
El Consejo General nunca publicó semejante documento. Al contrario, publicó un documento que anulaba los estatutos originales de la «Alianza» (L’Alliance de la Démocratie Socialiste, de Ginebra)167 que cita Jules Favre.
A lo largo de toda su circular, que pretende en parte ir dirigida también contra el Imperio, Jules Favre no hace más que repetir contra la Internacional las invenciones policiales de los fiscales del Imperio, que fracasaron miserablemente incluso ante los tribunales de ese mismo Imperio.
Es sabido que en sus dos manifiestos (de julio y septiembre pasados) sobre la última guerra, el Consejo General de la Internacional denunció los planes prusianos de conquista contra Francia. Más tarde, el señor Reitlinger,168 secretario particular de Jules Favre, se dirigió, naturalmente en vano, a algunos miembros del Consejo General para que el Consejo organizara una manifestación contra Bismarck en favor del Gobierno de la Defensa Nacional; se les pidió expresamente que no mencionaran la república. Los preparativos para una manifestación con motivo de la llegada prevista de Jules Favre a Londres se hicieron, sin duda con la mejor de las intenciones, a despecho del Consejo General, que en su manifiesto del 9 de septiembre había prevenido claramente a los obreros de París contra Jules Favre y sus colegas.
¿Qué diría Jules Favre si la Internacional, a su vez, enviara a todos los gabinetes de Europa una circular sobre Jules Favre, llamando especialmente su atención sobre el documento publicado en París por el difunto señor Millière?169
Quedo de usted, señor, su atento servidor,
John Hales,170
secretario del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores
Londres, 12 de junio de 1871
En un artículo sobre «La Sociedad Internacional y sus fines», ese piadoso delator que es el Spectator de Londres171 (24 de junio), entre otras artimañas parecidas, cita, todavía más extensamente que Jules Favre, el mencionado documento de la «Alianza» como obra de la Internacional, y eso once días después de que se publicara la refutación en The Times. No nos sorprende. Federico el Grande solía decir que de todos los jesuitas los peores son los protestantes.172
El Manifiesto inaugural de la Asociación Internacional de los Trabajadores, redactado por Marx y aprobado por el Consejo provisional en octubre de 1864, se publicó en Londres en noviembre de ese año. La Internacional se había fundado en el mitin del St. Martin's Hall de Londres, el 28 de septiembre de 1864. ↩
Luis Napoleón Bonaparte (1808-1873), sobrino de Napoleón I, presidente de la Segunda República francesa desde diciembre de 1848 y emperador, con el nombre de Napoleón III, de 1852 a 1870. ↩
El plebiscito del 8 de mayo de 1870 sobre las reformas «liberales» del Imperio, que el gobierno ganó con amplia mayoría. En vísperas de la votación, la policía detuvo a miembros de la Internacional en París y en otras ciudades acusándolos de conspirar contra la vida del emperador; en el tercer proceso contra la Internacional en París (junio-julio de 1870) fueron condenados por pertenecer a una sociedad no autorizada, no por conspiración. ↩
El golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851, con el que Luis Bonaparte, entonces presidente de la República, disolvió la Asamblea Legislativa; un año después se proclamó emperador. ↩
El Cuerpo Legislativo, cámara baja del Segundo Imperio, elegida por sufragio universal masculino bajo una fuerte tutela del gobierno. ↩
Adolphe Thiers (1797-1877), historiador y político, ministro y jefe de gobierno con Luis Felipe; diputado de la oposición liberal bajo el Segundo Imperio. En febrero de 1871 la Asamblea Nacional lo nombró jefe del poder ejecutivo, y en agosto, presidente de la República. ↩
Le Réveil (1868-1871), periódico republicano radical dirigido por Charles Delescluze. La Marseillaise (1869-1870), diario republicano radical de Henri Rochefort, en el que escribían miembros de la Internacional. ↩
La Sociedad del 10 de Diciembre, organización bonapartista fundada en 1849, formada en buena parte por elementos desclasados, que sirvió de tropa de choque a Luis Bonaparte. Su nombre recuerda su elección como presidente el 10 de diciembre de 1848. Marx la describe en El 18 Brumario de Luis Bonaparte. ↩
Joseph Marie Pietri (1820-1902), prefecto de policía de París de 1866 a 1870. ↩
Otto von Bismarck (1815-1898), presidente del gobierno prusiano desde 1862, canciller de la Confederación de Alemania del Norte desde 1867 y del Imperio alemán de 1871 a 1890. ↩
En Sadowa (Königgrätz, Bohemia), el 3 de julio de 1866, Prusia derrotó a Austria y decidió la guerra austro-prusiana. ↩
Las guerras de 1813-1815 contra la dominación napoleónica. A la victoria siguió en Alemania la restauración de los príncipes y la Santa Alianza, bajo la tutela del zar. ↩
El río Prut formaba entonces parte de la frontera entre el Imperio ruso y los principados danubianos (Rumanía). ↩
El 2 de septiembre de 1870, el ejército francés de Mac-Mahon capituló en Sedán y Napoleón III cayó prisionero. El 4 de septiembre, ante la presión del pueblo de París, se proclamó la república y se formó el Gobierno de la Defensa Nacional. ↩
Guillermo I (1797-1888), rey de Prusia desde 1861 y emperador alemán desde el 18 de enero de 1871. ↩
Estrasburgo, sitiada por los alemanes desde agosto de 1870, sufrió un intenso bombardeo que destruyó buena parte de la ciudad; capituló el 28 de septiembre. ↩
El ducado de Prusia (la Prusia oriental), heredado por los electores de Brandeburgo en 1618, fue feudo de la corona polaca hasta 1657. ↩
Por los tratados de Tilsit (julio de 1807), Napoleón impuso a Prusia la pérdida de cerca de la mitad de su territorio, una fuerte indemnización y la limitación de su ejército. ↩
Alusión a los contactos de Bismarck con Napoleón III en Biarritz (octubre de 1865), en los que obtuvo la neutralidad francesa ante la guerra con Austria a cambio de vagas promesas de compensaciones territoriales, y a los acuerdos con Rusia, representada por su canciller, el príncipe Alexandr Gorchakov (1798-1883), que aseguraron la neutralidad rusa en 1870. Alejandro es el zar Alejandro II (1818-1881). ↩
La guerra austro-prusiana de 1866, que excluyó a Austria de los asuntos alemanes y dio paso a la Confederación de Alemania del Norte (1867), dirigida por Prusia. ↩
El Partido Obrero Socialdemócrata, fundado en Eisenach en 1869 por Bebel y Liebknecht. Su comité central, con sede en Brunswick, publicó el 5 de septiembre de 1870 un manifiesto contra la anexión de Alsacia y Lorena; sus miembros fueron detenidos poco después. ↩
El palacio de las Tullerías, en París, residencia de Napoleón III. ↩
Partidarios de la casa de Orleans, la rama menor de los Borbones, que reinó en Francia con Luis Felipe de 1830 a 1848. Orleanista era, entre otros, el general Trochu, presidente del Gobierno de la Defensa Nacional. ↩
La insurrección de los obreros de París del 23 al 26 de junio de 1848, aplastada por el general Cavaignac por encargo de la Asamblea Constituyente de mayoría republicana burguesa. Varios miembros del gobierno de septiembre de 1870, como Jules Favre, habían apoyado aquella represión. ↩
La guerra de las coaliciones contra la Francia revolucionaria, en la que Inglaterra participó desde 1793. ↩
La guerra de Secesión norteamericana (1861-1865). Gran parte de la prensa inglesa apoyó a los estados esclavistas del Sur, mientras que los obreros ingleses se opusieron a la intervención a favor de la Confederación. ↩
Louis Jules Trochu (1815-1896), general francés, gobernador militar de París y presidente del Gobierno de la Defensa Nacional desde el 4 de septiembre de 1870 hasta enero de 1871. ↩
El ayuntamiento de París, sede tradicional de los gobiernos revolucionarios de la ciudad y, en 1871, de la Comuna. ↩
Jules Favre (1809-1880), abogado y diputado republicano moderado, ministro de Asuntos Exteriores del Gobierno de la Defensa Nacional y luego de Thiers; negoció el armisticio de enero y la paz de Fráncfort de mayo de 1871. ↩
Claude Anthime Corbon (1808-1891), obrero y publicista republicano, alcalde del distrito XV de París durante el sitio. ↩
Léon Gambetta (1838-1882), abogado y diputado republicano, ministro del Interior del Gobierno de la Defensa Nacional; salió de París en globo en octubre de 1870 para organizar la resistencia en las provincias desde Tours y Burdeos. ↩
El Journal officiel de la République française, diario oficial que la Comuna siguió publicando en París mientras el gobierno de Versalles editaba el suyo. ↩
El 28 de enero de 1871 el Gobierno de la Defensa Nacional firmó con Bismarck el armisticio que entregaba los fuertes de París y desarmaba al ejército regular, dejando sus armas a la Guardia Nacional. ↩
«Capituladores»: nombre que el pueblo de París daba a los partidarios de la capitulación durante el sitio. ↩
Jean-Baptiste Millière (1817-1871), periodista socialista y diputado por París en la Asamblea Nacional de 1871; fue fusilado por las tropas de Versalles el 26 de mayo de 1871 en las escaleras del Panteón. ↩
Pic y Taillefer, directores del periódico bonapartista L’Étendard, fueron condenados bajo el Segundo Imperio por estafas y falsificaciones ligadas a ese periódico. ↩
Ernest Picard (1821-1877), abogado y diputado republicano moderado, ministro de Hacienda del Gobierno de la Defensa Nacional y ministro del Interior con Thiers en 1871. ↩
Joe Miller (1684-1738), actor inglés cuyo nombre se dio a una famosa colección de chistes publicada tras su muerte; aquí, el bufón o el chistoso del gobierno. ↩
Jules Ferry (1832-1893), abogado y diputado republicano, alcalde de París durante el sitio; los parisinos lo apodaban «Ferry el Hambriento» por el racionamiento. ↩
Ticket-of-leave men: en Inglaterra, los condenados liberados antes de cumplir la pena, con un permiso que los dejaba bajo vigilancia de la policía. ↩
Jacques Laffitte (1767-1844), banquero y político liberal, jefe de gobierno en 1830-1831 y protector de Thiers en sus comienzos. ↩
El 14 y 15 de febrero de 1831, en respuesta a una misa legitimista en memoria del duque de Berry, la multitud saqueó la iglesia de Saint-Germain-l’Auxerrois y el palacio del arzobispo de París. ↩
Thiers, ministro del Interior en 1832, hizo detener a la duquesa de Berry, madre del pretendiente legitimista, tras su intento de sublevar la Vendée; en prisión se hizo vigilar su embarazo y su parto para desacreditarla políticamente. ↩
El 14 de abril de 1834, durante la represión de la insurrección republicana de París, las tropas mataron a todos los habitantes de una casa de la rue Transnonain. ↩
Leyes de septiembre de 1835, que endurecieron las penas por delitos de prensa y restringieron el derecho de asociación y los juicios con jurado. ↩
El proyecto de Thiers de rodear París de una muralla y de fuertes destacados se aprobó en 1841; los republicanos veían en él un instrumento contra el propio París. ↩
Fernando II de las Dos Sicilias (1810-1859), llamado el rey Bomba por el bombardeo de Palermo en enero de 1848 y de Mesina en septiembre del mismo año. ↩
En diciembre de 1842 el regente Baldomero Espartero hizo bombardear Barcelona, sublevada contra su gobierno, desde el castillo de Montjuïc. ↩
En 1849 un cuerpo expedicionario francés sitió y bombardeó Roma para derribar la República romana y restablecer el poder temporal del papa. ↩
François Guizot (1787-1874), historiador y jefe del gobierno de Luis Felipe de 1840 a 1848, rival de Thiers. ↩
«Mirabeau mosca»: apodo burlón de Thiers, por su baja estatura y su pretensión de oratoria a lo Mirabeau. ↩
Coalición conservadora de orleanistas y legitimistas que dominó la Segunda República tras las jornadas de junio de 1848. ↩
Alusión a Don Carlos (1787), drama de Friedrich Schiller sobre el infante don Carlos, hijo de Felipe II. ↩
«El Imperio está hecho». La república parlamentaria del partido del orden, que Thiers dirigía, desembocó en el golpe de Estado de Luis Bonaparte del 2 de diciembre de 1851 y en el Segundo Imperio. ↩
El 15 de julio de 1840 Inglaterra, Rusia, Prusia, Austria y Turquía firmaron en Londres, sin Francia, un convenio en apoyo del sultán contra Mehmet Alí de Egipto, aliado de Francia; el gobierno de Thiers, tras amenazar con la guerra, tuvo que ceder. ↩
Charles Beslay (1795-1878), diputado en 1830, industrial y proudhoniano, miembro de la Comuna y su delegado ante el Banco de Francia. ↩
Lucio Cornelio Sila (138-78 a. C.), dictador romano célebre por sus proscripciones de enemigos políticos. ↩
Partidarios de la rama primogénita de los Borbones, derrocada en 1830; en 1871 apoyaban al conde de Chambord. ↩
Nombre que se dio a la Cámara de Diputados ultrarrealista elegida en 1815, tras la segunda Restauración, y disuelta en 1816. ↩
El señor de Pourceaugnac, hidalgo provinciano necio y ridículo de la comedia homónima de Molière (1669). ↩
La Asamblea Nacional elegida el 8 de febrero de 1871 y reunida en Burdeos, con mayoría monárquica de terratenientes y notables rurales; de ahí el apodo. ↩
Los preliminares de paz de Versalles, de 26 de febrero de 1871, impusieron a Francia, además de la cesión de Alsacia y parte de Lorena, una indemnización de guerra de cinco mil millones de francos. ↩
La ley de 10 de marzo de 1871 exigía el pago de los efectos de comercio vencidos durante la guerra con plazos muy cortos, y la Asamblea se negó a aplazar los alquileres atrasados; muchos pequeños comerciantes y artesanos de París quedaron abocados a la quiebra. Jules Dufaure (1798-1881) era ministro de Justicia de Thiers. ↩
Augustin Pouyer-Quertier (1820-1891), industrial algodonero de Ruan y proteccionista, ministro de Hacienda de Thiers en 1871. ↩
Louis-Auguste Blanqui (1805-1881), revolucionario francés que pasó más de treinta años en prisión; condenado a muerte en rebeldía por el levantamiento del 31 de octubre de 1870, fue detenido el 17 de marzo de 1871 y no pudo participar en la Comuna, que lo eligió miembro. ↩
Gustave Flourens (1838-1871), naturalista y revolucionario, jefe de batallón de la Guardia Nacional; condenado a muerte en rebeldía por el 31 de octubre, fue miembro de la Comuna y murió asesinado por un gendarme el 3 de abril de 1871. ↩
Charles Cousin-Montauban, conde de Palikao (1796-1878), general y último jefe de gobierno del Segundo Imperio, en agosto de 1870. ↩
Joseph Vinoy (1800-1880), general bonapartista que había participado en el golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851; de ahí Décembriseur, «decembrista». ↩
Louis Valentin, general bonapartista, prefecto de policía de París en marzo de 1871. ↩
Louis d’Aurelles de Paladine (1804-1877), general clerical y monárquico, nombrado comandante de la Guardia Nacional de París en marzo de 1871. ↩
Jules Simon (1814-1896), filósofo y político republicano moderado, ministro de Instrucción Pública del Gobierno de la Defensa Nacional y de Thiers. ↩
En Fráncfort se firmó el 10 de mayo de 1871 el tratado de paz definitivo entre Francia y Alemania; Bismarck pasó por la ciudad a su vuelta y habló en público de las negociaciones. ↩
El Comité Central de la Guardia Nacional se formó en febrero y marzo de 1871 con delegados elegidos por los batallones de la Guardia Nacional de París, federados entre sí; de ahí el nombre de «federados» que se dio a sus combatientes. Tras el 18 de marzo ejerció el poder en París hasta la elección de la Comuna. ↩
Cayena, en la Guayana Francesa, era lugar de presidio y de deportación de condenados políticos. ↩
En la madrugada del 18 de marzo de 1871, las tropas enviadas por Thiers intentaron llevarse los cañones de la Guardia Nacional concentrados en Montmartre. La población del barrio y los guardias nacionales se lo impidieron, los soldados confraternizaron con ellos y el gobierno huyó a Versalles. Es el comienzo de la revolución que dio paso a la Comuna. ↩
Claude-Martin Lecomte (1817-1871), general que mandaba las tropas enviadas a Montmartre el 18 de marzo; fue fusilado ese mismo día por sus soldados y la multitud. ↩
Jacques Léon Clément-Thomas (1809-1871), republicano moderado, general en 1848 y jefe de la Guardia Nacional de París en noviembre de 1870-febrero de 1871; fue reconocido y fusilado el 18 de marzo en Montmartre. ↩
Le National, diario parisiense de los republicanos burgueses moderados, fundado en 1830; sus hombres formaron parte del gobierno provisional de 1848. ↩
El 31 de octubre de 1870, al conocerse la capitulación de Metz y las negociaciones de armisticio, los batallones obreros y los blanquistas ocuparon el Hôtel de Ville y retuvieron a miembros del gobierno, que prometieron elecciones a una comuna; la promesa no se cumplió y los dirigentes del movimiento fueron perseguidos. ↩
Los «bretones» eran los guardias móviles de Bretaña que Trochu, bretón él mismo, empleó como fuerza de orden en París; los corsos formaban una parte considerable de la gendarmería y de la policía del Segundo Imperio. ↩
Alphonse Tamisier (1809-1880), general republicano, comandante en jefe de la Guardia Nacional de París desde septiembre de 1870; dimitió tras el 31 de octubre. ↩
Adolphe Le Flô (1804-1887), general, ministro de la Guerra del Gobierno de la Defensa Nacional y del gobierno de Thiers hasta junio de 1871. ↩
En la entrada en Londres de la princesa Alejandra de Dinamarca, prometida del príncipe de Gales, el 7 de marzo de 1863, varias personas murieron aplastadas por la multitud. ↩
El 22 de enero de 1871, una manifestación ante el Hôtel de Ville contra la capitulación que se preparaba fue dispersada a tiros por los guardias móviles bretones; hubo varios muertos. ↩
Petits crevés: nombre que se daba en el Segundo Imperio a los jóvenes ociosos y afectados de la buena sociedad. ↩
Georges-Charles d’Anthès, barón de Heeckeren, el conde de Coëtlogon y el periodista Henri de Pène, bonapartistas notorios, figuraban entre los organizadores de la manifestación de «los amigos del orden» del 22 de marzo de 1871 en la rue de la Paix. ↩
Sommations: intimaciones legales a dispersarse que la autoridad tenía que repetir antes de emplear la fuerza contra una aglomeración. La Riot Act inglesa (1714) obligaba a leer en voz alta una proclama con el mismo fin. ↩
El 13 de junio de 1849, la Montaña pequeñoburguesa convocó en París una manifestación pacífica contra la expedición francesa que había ido a derribar la República romana; fue dispersada por la tropa y sirvió de pretexto para una nueva ola de represión. ↩
Nicolas Changarnier (1793-1877), general monárquico, jefe de la guarnición y de la Guardia Nacional de París en 1848-1851. ↩
Jean Saisset (1810-1879), almirante, nombrado jefe de la Guardia Nacional de París por el gobierno de Versalles el 20 de marzo de 1871; intentó organizar a los batallones de los barrios burgueses contra el Comité Central y abandonó París a los pocos días. ↩
El 26 de marzo de 1871 se celebraron las elecciones municipales convocadas por el Comité Central, de las que salió el Consejo de la Comuna, proclamado el 28 de marzo. ↩
Émile-Victor Duval (1840-1871), fundidor, miembro de la Internacional y de la Comuna; capturado en la salida del 4 de abril de 1871, fue fusilado sin juicio por orden del general Vinoy. ↩
Gaston de Galliffet (1830-1909), general de caballería, célebre por su crueldad en la represión de la Comuna. ↩
Gustave Flourens fue capturado en Rueil el 3 de abril de 1871 y muerto a sablazos por el capitán de gendarmería Desmarets. ↩
Pulgarcito («Tom Thumb»), personaje del cuento popular inglés, de tamaño diminuto. Tamerlán (Timur, 1336-1405), conquistador mongol de Asia central, proverbial por su crueldad. ↩
En Cándido (cap. 22), Voltaire describe a los franceses como una mezcla de mono y de tigre. ↩
El decreto de la Comuna sobre los rehenes, adoptado el 5 de abril de 1871 y publicado en la prensa inglesa con fecha del 7, disponía que los cómplices de Versalles quedaran como rehenes y que a cada ejecución de un prisionero de la Comuna respondiera la de rehenes. ↩
La ambulancia de la Prensa era un servicio sanitario de voluntarios organizado por los periodistas de París durante el sitio. Les Ternes era entonces un barrio del oeste de París. ↩
Henri Tolain (1828-1897), cincelador, uno de los fundadores de la Internacional en Francia, diputado en la Asamblea Nacional; se puso del lado de Versalles y fue expulsado de la Internacional. ↩
En el reducto de Moulin-Saquet, cerca de Vitry, los versalleses sorprendieron de noche y pasaron a la bayoneta a guardias nacionales el 4 de mayo de 1871; en Clamart, al sur de París, fusilaron en masa a prisioneros a comienzos de mayo. ↩
Manifiesto del Comité Central de la Guardia Nacional fechado el 18 de marzo de 1871 y publicado el 21 de marzo en el Journal officiel de la República Francesa editado en París por la Comuna. ↩
«Imperialism»: aquí, el régimen del Segundo Imperio de Napoleón III, no el imperialismo en el sentido que la palabra tomó a finales del siglo XIX. ↩
Decreto adoptado por la Comuna el 29 de marzo de 1871 y publicado al día siguiente, que suprimía la conscripción y declaraba que no podía crearse ni introducirse en París ninguna fuerza armada distinta de la Guardia Nacional, de la que formaban parte todos los ciudadanos válidos. ↩
Se refiere a la «Declaración al pueblo francés» aprobada por la Comuna el 19 de abril de 1871, que exponía el programa de autonomía de las comunas y de su federación. ↩
Mandat impératif: mandato imperativo, es decir, instrucciones vinculantes de los electores, que el elegido debe cumplir bajo pena de revocación. ↩
«To misrepresent the people»: a la vez representar al pueblo y falsearlo. En la versión alemana de 1871 Marx lo vertió como «ver- und zertreten», representar y pisotear. ↩
Montesquieu había elogiado en Del espíritu de las leyes (1748) la república federativa como forma capaz de unir las ventajas de las pequeñas repúblicas y de los grandes Estados. A los girondinos, durante la Revolución francesa, los acusaron los jacobinos de «federalismo», es decir, de querer romper la unidad de la República en beneficio de los departamentos. ↩
Kladderadatsch: semanario satírico ilustrado fundado en Berlín en 1848. El Punch era su equivalente londinense. ↩
La ordenanza municipal prusiana (Städteordnung) de 1808, obra de las reformas de Stein, revisada en sentido restrictivo en 1853, que dejaba la administración de las ciudades bajo la tutela del Estado. ↩
«Por decreto del pueblo». ↩
En la edición alemana de 1871 Marx precisa en nota que se trata del profesor Huxley: el naturalista Thomas Henry Huxley (1825-1895), miembro del primer School Board (consejo escolar) de Londres, elegido en 1870. ↩
Decreto de la Comuna del 16 de abril de 1871, que aplazaba tres años, sin intereses, el pago de las deudas vencidas. En 1848, el 22 de agosto, la Asamblea Constituyente había rechazado el proyecto de concordats à l’amiable (arreglos amistosos entre deudores y acreedores), lo que arruinó a buena parte de la pequeña burguesía de París. ↩
«Hermanos ignorantinos»: apodo de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, congregación fundada por Juan Bautista de La Salle en Reims en 1680 para la enseñanza de los niños pobres. ↩
Según los editores de las obras de Marx y Engels, se trata de la Alliance républicaine des Départements, asociación de republicanos de las provincias residentes en París que llamó a sostener la Comuna. ↩
El llamado «milliard des émigrés»: la ley del 27 de abril de 1825 concedió unos mil millones de francos de indemnización a los antiguos emigrados cuyas tierras habían sido confiscadas y vendidas durante la Revolución. ↩
En marzo de 1848 el Gobierno provisional aumentó en 45 céntimos por franco, es decir, en un 45 %, las cuatro contribuciones directas; el recargo recayó sobre todo en los campesinos y les hizo hostiles a la República. ↩
Guarda rural. ↩
Alusión, entre otras, a la ley de enero de 1850 que sometió a los maestros de escuela a la autoridad de los prefectos y a las medidas que dieron al gobierno el nombramiento de los alcaldes. ↩
Grégoire Ganesco, periodista de origen valaco, bonapartista durante el Imperio y después al servicio de Thiers. De Markovski la prensa de la Comuna afirmaba que era un agente de la policía rusa. ↩
Leó Frankel (1844-1896), joyero húngaro que había trabajado en Alemania, miembro de la Internacional, elegido a la Comuna y delegado en la comisión de Trabajo, Industria e Intercambio. ↩
Jarosław Dąbrowski (1836-1871) y Walery Wróblewski (1836-1908), emigrados tras la insurrección polaca de 1863, generales de la Comuna. Dąbrowski murió en las barricadas el 23 de mayo de 1871. ↩
La columna de la plaza Vendôme, levantada entre 1806 y 1810 con el bronce de cañones tomados al enemigo para glorificar las victorias napoleónicas, fue derribada el 16 de mayo de 1871 en cumplimiento de un decreto de la Comuna del 12 de abril. ↩
Georges Eugène Haussmann (1809-1891), prefecto del Sena de 1853 a 1870, dirigió la gran transformación urbanística de París, con abundantes negocios especulativos. ↩
Por los decretos del 22 de enero de 1852, Luis Napoleón confiscó buena parte de los bienes de la familia de Orleans. ↩
En el convento de Picpus se encontraron monjas recluidas durante años en celdas y objetos que se tomaron por instrumentos de tortura; en la iglesia de Saint-Laurent apareció un osario con restos humanos. ↩
Castillo cerca de Kassel donde estuvo prisionero Napoleón III tras Sedán; los oficiales franceses prisioneros en Alemania pasaban el tiempo, según la prensa, liando cigarrillos. ↩
Stanislas Pourille, que se hacía llamar Blanchet, antiguo fraile y confidente de la policía, expulsado de la Comuna y detenido en mayo de 1871. ↩
Terratenientes que vivían fuera de Irlanda y hacían explotar sus fincas por administradores o arrendatarios. ↩
Los enriquecidos con los suministros al ejército durante la guerra de Secesión norteamericana, en particular de paño de desecho (shoddy). ↩
La sala del Juego de Pelota de Versalles, donde los diputados del Tercer Estado juraron el 20 de junio de 1789 no separarse hasta dar una constitución a Francia. ↩
Georges Darboy (1813-1871), arzobispo de París, tomado como rehén por la Comuna y fusilado el 24 de mayo de 1871. ↩
«Los que se escabullen»: juego de palabras con francs-tireurs, los francotiradores voluntarios; así se llamó a los burgueses que huyeron de París durante el asedio. ↩
Teatro parisino del bulevar Saint-Martin, famoso por sus melodramas. ↩
Coblenza fue durante la Revolución francesa el centro de la emigración contrarrevolucionaria de la nobleza; Charles Alexandre de Calonne (1734-1802), antiguo ministro de Hacienda de Luis XVI, fue uno de sus dirigentes. ↩
Los chuanes fueron los campesinos realistas que se sublevaron contra la Revolución en el oeste de Francia en la década de 1790. El nombre se aplicó por analogía a los voluntarios bretones de convicciones legitimistas que se unieron al ejército de Versalles. ↩
Cuerpo de voluntarios católicos formado en 1860-1861 para defender los Estados Pontificios. Tras la toma de Roma por Italia en 1870, muchos de sus miembros combatieron en Francia. ↩
Jules Dufaure (1798-1881), abogado y político orleanista, ministro de Justicia de Thiers de 1871 a 1873. Su circular del 23 de abril de 1871 ordenaba perseguir como delito los llamamientos a la conciliación con París. ↩
Las elecciones municipales del 30 de abril de 1871, celebradas con la nueva ley municipal de abril, dieron en la mayor parte de las ciudades la victoria a los republicanos. ↩
En Lyon se proclamó la Comuna el 22 de marzo de 1871 y en Marsella el 23; ambos movimientos fueron sofocados en pocos días, en Marsella con un bombardeo y la entrada de las tropas el 4 de abril. Hubo intentos parecidos en Saint-Étienne, Toulouse, Narbona y Le Creusot. ↩
El duque de Aumale y el príncipe de Joinville, hijos de Luis Felipe, fueron elegidos diputados en febrero de 1871, cuando seguía vigente la ley que desterraba a la familia de Orleans; esta ley no se derogó hasta el 8 de junio de 1871. ↩
Dufaure presentó en la primavera de 1871 proyectos para abreviar el procedimiento de los consejos de guerra y endurecer la pena de deportación. Tras la caída de la Comuna, miles de condenados fueron deportados a Nueva Caledonia. ↩
Por el tratado de Fráncfort, firmado el 10 de mayo de 1871, Francia cedía al Imperio alemán Alsacia y parte de Lorena y se comprometía a pagar una indemnización de 5.000 millones de francos. ↩
Patrice de MacMahon (1808-1893), mariscal de Francia, vencido y hecho prisionero en Sedán; mandó el ejército de Versalles contra la Comuna y fue presidente de la República de 1873 a 1879. ↩
Félix Douay (1816-1879), general. Sus tropas entraron en París el 21 de mayo de 1871 por la puerta de Saint-Cloud, que un informante les indicó como desguarnecida. ↩
La «Semana Sangrienta», del 21 al 28 de mayo de 1871, en la que el ejército de Versalles reconquistó París barrio por barrio y fusiló a miles de comuneros, muchos sin juicio. ↩
Sobre Sila, véase la nota del apartado I. El primer triunvirato (César, Pompeyo y Craso, 60 a. C.) y sobre todo el segundo (Octavio, Antonio y Lépido, 43 a. C.) recurrieron también a las proscripciones en masa. ↩
El Père-Lachaise, gran cementerio del este de París, fue escenario de los últimos combates el 27 de mayo y de fusilamientos en masa junto a uno de sus muros. Las catacumbas son antiguas canteras subterráneas de París, convertidas en osario a finales del siglo XVIII. ↩
Édouard Hervé (1835-1899), periodista orleanista, fundador en 1867 del Journal de Paris. ↩
«Aquí combates y heridas, allá baños y tabernas». Tácito, Historias, III, 83, sobre la lucha en Roma entre las tropas de Vitelio y las de Vespasiano, en el año 69. ↩
Megera es una de las Erinias, las furias vengadoras de la mitología griega; Hécate, una diosa asociada a la noche y a la brujería. ↩
Las tropas británicas incendiaron el Capitolio y otros edificios públicos de Washington en agosto de 1814, durante la guerra angloamericana. En octubre de 1860, durante la segunda guerra del Opio, tropas británicas y francesas saquearon e incendiaron el Palacio de Verano de los emperadores chinos, cerca de Pekín. ↩
Ciudad del departamento de Eure-et-Loir, incendiada por los prusianos en octubre de 1870 tras la resistencia que les opusieron sus habitantes y los francotiradores. ↩
Moscú ardió en septiembre de 1812, poco después de la entrada de Napoleón, en un incendio atribuido a las autoridades rusas. ↩
La Comuna tomó rehenes a raíz de su decreto de abril de 1871. Durante la Semana Sangrienta fueron fusilados varias decenas de ellos; el arzobispo de París, Georges Darboy (1813-1871), lo fue el 24 de mayo en la prisión de La Roquette. La Comuna había propuesto repetidamente canjearlo por Blanqui. ↩
Louis-Eugène Cavaignac (1802-1857), general republicano, ministro de la Guerra en 1848; dirigió con plenos poderes la represión de la insurrección obrera de junio de 1848. ↩
Denis Affre (1793-1848), arzobispo de París, fue herido de muerte el 25 de junio de 1848 en una barricada del arrabal de Saint-Antoine, adonde había acudido para mediar. Jacquemet era su vicario general. ↩
La segunda cámara de la Dieta prusiana elegida en 1849, dominada por los conservadores, de la que Bismarck fue diputado. Marx la compara con la Chambre introuvable francesa de 1815-1816. ↩
El tratado de Fráncfort fijaba el pago de los primeros 500 millones de francos de la indemnización en los treinta días siguientes al restablecimiento de la autoridad del gobierno francés en París. ↩
El 28 de mayo de 1871, último día de la Semana Sangrienta, en que cayeron las últimas barricadas de Belleville. ↩
Hippolyte-François Jaubert (1798-1874), conde, político conservador, ministro de Obras Públicas en el gabinete de Thiers de 1840; en 1835 había apoyado las leyes de septiembre contra la prensa. ↩
Jean-François Eugène Robinet (1825-1899), médico positivista e historiador de la Revolución francesa. ↩
Pistol, alférez fanfarrón y cobarde de Enrique IV, Enrique V y Las alegres comadres de Windsor, de Shakespeare. ↩
Le Temps, diario liberal moderado fundado en París en 1861. ↩
Iglesia de París derribada después de la Revolución, de la que solo queda la torre de Saint-Jacques, rodeada de una plaza ajardinada. ↩
Paul-Antoine Magloire Brunel (1830-1904), general de la Comuna. En realidad sobrevivió a sus heridas y logró huir a Inglaterra. ↩
Étienne Cabet (1788-1856), comunista utópico, autor de Viaje a Icaria. Le National, diario republicano moderado fundado en 1830. ↩
La Alianza de la Democracia Socialista, fundada por Bakunin en Ginebra en 1868. En diciembre de ese año el Consejo General rechazó su ingreso en la Internacional como organización internacional con estatutos propios. ↩
Frédéric Reitlinger, secretario particular de Jules Favre, enviado a Inglaterra en el otoño de 1870 para buscar apoyos al Gobierno de la Defensa Nacional. ↩
Los documentos sobre las falsificaciones de Jules Favre que Millière publicó en enero de 1871 (véase el apartado I). ↩
John Hales (1839-?), sindicalista inglés, secretario general del Consejo General de la Internacional de 1871 a 1872. ↩
The Spectator, semanario político londinense fundado en 1828. ↩
Federico II de Prusia (1712-1786), que acogió a los jesuitas en sus dominios cuando el papa suprimió la orden en 1773. ↩