Escrito por Friedrich Engels el 19 y el 20 de junio de 1873 y publicado en Der Volksstaat (Leipzig), núm. 53, del 2 de julio de 1873. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels: Werke, tomo 18 (Berlín, 1962, pp. 472-475), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Desde hace bastante tiempo el Volksstaat no ha publicado sobre el estado de las cosas en la Asociación Internacional de los Trabajadores nada más que los comunicados oficiales del Consejo General de Nueva York.1 Ha hecho, sin más, lo mismo que todos los demás periódicos internacionales y que la gran masa de los miembros de la propia Asociación. Mientras los órganos de la minoría de La Haya,2 dirigidos por la Alianza secreta bakuninista, removían cielo y tierra para presentarse como representantes de la verdadera mayoría de la Internacional, para denigrar y calumniar en todos los tonos a la mayoría del congreso, al antiguo Consejo General y en particular a Marx, y para reunir a su alrededor a los genios incomprendidos de todas las naciones, los atacados se limitaron a dejar sentados de una vez por todas los hechos del Congreso de La Haya y a oponer los hechos mismos solo a las más grandes e infames de las calumnias. Por lo demás, se confió en el buen sentido de los obreros y en la acción del Consejo General, que por cierto se ha mostrado del todo a la altura de su puesto.

Lo que sigue demostrará que esta forma de proceder, observada en todas partes espontáneamente, sin necesidad de acuerdo alguno, ha dado sus frutos.

En Inglaterra, unos cuantos miembros ingleses del último Consejo General, a quienes Marx había arrojado a la cara en La Haya la acusación de corrupción —sobre la base de pruebas documentales y de su propia confesión, y sin que se atrevieran a replicar una palabra—, provocaron en diciembre pasado una escisión en el Consejo Federal británico. Se retiraron y convocaron un congreso aparte, que constaba de once hombres en total, de los que ni siquiera se atrevieron a decir si representaban a alguna sección, ni a cuáles. Los once se declararon con indignación contra los acuerdos de La Haya y se alinearon bajo la bandera de los secesionistas; a la cabeza de ellos, dos extranjeros, Eccarius y Jung.3 Desde entonces hubo dos consejos federales, pero con la diferencia de que uno, el internacional, tenía detrás a casi todas las secciones, mientras que el otro, el secesionista, no representaba a nadie más que a sus propios miembros. Este último representó esa comedia durante varios meses, pero al final se ha dormido para siempre. Con los obreros ingleses, a los que ha educado un movimiento de cincuenta años, no se pueden representar semejantes farsas. En cambio, el 1 y el 2 de junio se celebró en Manchester el congreso de la Internacional británica, que ha hecho época sin duda en el movimiento obrero inglés. Estuvieron presentes 26 delegados, que, además de algunas localidades menores, representaban a los principales centros de la industria inglesa. El informe del Consejo Federal se distinguió de todos los documentos anteriores de este tipo en que —en este país de la legalidad hereditaria— reivindicó para la clase obrera el derecho a imponer sus reivindicaciones por la fuerza.

El congreso aprobó el informe y acordó: la bandera roja es la bandera de la Internacional británica; la clase obrera reclama la devolución al pueblo trabajador no solo de toda la propiedad de la tierra, sino también de todos los medios de trabajo en general; como medida provisional se exige la jornada normal de trabajo de ocho horas; se felicita a los obreros españoles por la instauración de la república y la elección de diez obreros a las Cortes; se exhorta al gobierno inglés a poner inmediatamente en libertad a los fenianos irlandeses que siguen presos.4 Quien conozca la historia del movimiento obrero inglés admitirá que nunca un congreso obrero inglés había planteado reivindicaciones de tanto alcance. Y en todo caso, con este congreso y con el lamentable final del Consejo Federal separatista, inventado por sí mismo, la posición de la Internacional inglesa está decidida.

En Suiza a los sonderbundistas5 no les va mejor. Ya se sabe que la Federación del Jura fue desde siempre el alma de todo el separatismo en la Internacional. Ya en el Congreso de La Haya sus delegados declararon que representaban a la verdadera mayoría de la Internacional y que lo demostrarían en el próximo congreso. Pero el tiempo trae consejo, también para quienes se llenan la boca. El 27 y el 28 de abril la Federación del Jura celebró su congreso en Neuchâtel. De los debates se desprende que la Federación cuenta con once secciones suizas, de las que estuvieron representadas nueve. Cómo están esas once secciones, qué fuerza tienen, etc., de eso el informe del comité no dice una palabra; en cambio, declara que, por así decir, la Internacional entera se ha adherido a su Sonderbund. ¿Así que esa enorme mayoría se presentará en el próximo congreso general y echará abajo los acuerdos de La Haya? No, eso precisamente no. Al contrario, el mismo comité propone —y estos delegados «autónomos» lo aprueban, naturalmente, en el acto—: para que el nuevo congreso no vuelva a caer en los peligrosos extravíos del Congreso de La Haya, las federaciones sonderbundistas celebrarán un congreso propio en una ciudad suiza cualquiera y no reconocerán ningún congreso que pueda convocar el Consejo General de Nueva York.

El Congreso de La Haya encargó expresamente al Consejo General que fijara la ciudad suiza en la que había de celebrarse el próximo congreso. El acuerdo de la Federación del Jura no significa, por tanto, más que una nueva retirada escondida tras frases altisonantes.

En efecto, ya era hora de que estos señores se cubrieran las espaldas. El 1 y el 2 de junio —días fatales para los sonderbundistas— se celebró en Olten el congreso obrero suizo. De 80 delegados, estaban presentes cinco jurasianos en total. Se propuso fundar una Liga Obrera suiza centralizada.

Los cinco jurasianos propusieron en cambio un sistema federativo lleno de cláusulas artificiosas, que habría dejado sin efecto toda la organización. Como estaban en una minoría sin esperanza, se dedicaron, como en La Haya, a hacer perder el tiempo a los demás. El congreso perdió el domingo entero con el debate sobre esta llamada «cuestión de principios». Al final la mayoría, exactamente igual que en La Haya, se vio obligada a tapar la boca a estos oradores interminables, para poder ponerse por fin a trabajar. El lunes se acordó sencillamente fundar una liga centralizada, tras lo cual los cinco predicadores, después de leer una declaración que no decía nada, abandonaron la sala y se fueron a sus casas. ¡Y esta gente, que en su propio país es un cero tan absoluto, viene proclamando desde hace años su vocación de reorganizar la Internacional!

Pero las desgracias nunca vienen solas. En Italia, donde los anarquistas del separatismo llevan de momento la voz cantante, uno de los suyos, Crescio, de Piacenza, había enviado su nuevo periódico, L'Avvenire Sociale (El porvenir social), a Garibaldi, al que estos señores reclaman continuamente como uno de los suyos. El periódico estaba lleno de gritos de cólera contra lo que ellos llaman «el principio de autoridad», que en su opinión es la raíz de todos los males. A lo que Garibaldi contestó:

«Querido Crescio: Muchas gracias, etc. Queréis hacer la guerra en vuestro periódico a la mentira y a la esclavitud; es un programa muy bonito. Pero yo creo que combatir el principio de autoridad es uno de los errores de la Internacional, que impide sus progresos. La Comuna de París cayó porque en París no había autoridad, sino solo anarquía».

El viejo luchador por la libertad, que en el solo año 1860 consiguió más de lo que todos los anarquistas intentarán jamás en su vida,6 sabe apreciar tanto más el valor de la disciplina cuanto que siempre tuvo que disciplinar él mismo a sus fuerzas, y no lo hizo como los soldados oficiales, a fuerza de instrucción y de la amenaza constante del fusilamiento, sino frente al enemigo.

Por desgracia, aún no hemos terminado de enumerar los contratiempos que han sufrido los sonderbundistas. Solo les faltaba una cosa, y también les ha ocurrido. El Neuer,7 cuyo olfato policiaco había descubierto ya hace tiempo en estos perturbadores primordiales de la Internacional cierto olor dulzón, se pasa ahora por completo a su lado. En su número 68 encuentra que el proyecto de estatutos redactado por los belgas —que de hecho han salido de la Internacional— corresponde enteramente a sus opiniones, y anuncia su adhesión a los sonderbundistas.8 Con esto se han cumplido todos nuestros deseos. Si Hasselmann y Hasenclever9 comparecen en el congreso del Sonderbund, este Sonderbund adquirirá su verdadero carácter. ¡A la derecha Bakunin, a la izquierda Hasenclever, y en medio los desgraciados belgas, a los que se lleva de la nariz con sus frases proudhonianas!

  1. El Congreso de La Haya (2-7 de septiembre de 1872) trasladó la sede del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores de Londres a Nueva York. ↩

  2. La minoría del Congreso de La Haya, formada sobre todo por los partidarios de Bakunin (delegados del Jura suizo, de España, de Bélgica y de Holanda), que tras el congreso rechazó sus acuerdos. ↩

  3. Johann Georg Eccarius (1818-1889), sastre alemán, y Hermann Jung (1830-1901), relojero suizo, ambos residentes en Londres y antiguos miembros del Consejo General, se pasaron en 1872 a la oposición contra Marx y Engels. La escisión del Consejo Federal británico se produjo en diciembre de 1872, y el congreso de los secesionistas se reunió en Londres en enero de 1873. ↩

  4. Los fenianos, miembros de la Hermandad Republicana Irlandesa, condenados tras la insurrección de 1867. ↩

  5. Alusión al Sonderbund, la liga separatista de los cantones católicos suizos derrotada en la guerra civil de 1847. Engels llama así a los bakuninistas que se separaron de la Internacional tras el Congreso de La Haya. ↩

  6. En 1860 Garibaldi conquistó Sicilia y Nápoles con la expedición de los Mil. ↩

  7. El Neuer Social-Demokrat (Berlín, 1871-1876), órgano de la Asociación General de Trabajadores Alemanes, la organización lassalleana. ↩

  8. El congreso de la Federación belga (Bruselas, diciembre de 1872) rechazó los acuerdos de La Haya, y la Federación preparó un proyecto de nuevos estatutos generales sin Consejo General. ↩

  9. Wilhelm Hasselmann (1844-1916) y Wilhelm Hasenclever (1837-1889), dirigentes de la Asociación General de Trabajadores Alemanes; Hasenclever era su presidente. ↩