Escrito por Friedrich Engels a comienzos de enero de 1873 y publicado en Der Volksstaat (Leipzig) el 15 de enero de 1873. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 18 (Berlín, 1962, pp. 290-295), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

En efecto, la «gran nación» Francia ha sido desplazada con toda razón por la «gran nación» Alemania. En Versalles surge una crisis política porque los hidalgüelos rurales franceses conspiran para poner la monarquía en el lugar de la república existente;1 en Berlín estalla al mismo tiempo una crisis porque los hidalgüelos rurales prusianos no quieren sacrificar la vieja policía feudal señorial que, ochenta años después de la Revolución francesa, todavía les corresponde. ¿Puede dudarse un instante más de la superioridad de la «cultura» alemana sobre la civilización francesa? Los franceses riñen, con su acostumbrada superficialidad, sobre meras formas como república y monarquía. Los concienzudos prusianos van al fondo de la cuestión poniendo por fin, por fin, en 1872, los últimos de Europa salvo Mecklemburgo y Rusia, el fundamento de la sociedad, las posaderas de los campesinos, a salvo de los bastonazos señoriales... ¡o tampoco!

Nada caracteriza mejor la actitud miserable de la burguesía prusiana que toda esta farsa de la ley de los distritos.2 En 1848 Prusia tuvo su revolución; la burguesía tenía el poder en la mano; el juramento del ejército a la Constitución, fuera cual fuese, habría bastado para conservárselo. El terror de los feudales y los burócratas era tan grande que entonces la abolición de los restos todavía existentes del feudalismo parecía cosa obvia. En efecto, los primeros proyectos de Constitución de 1848, e incluso de 1849, contenían, aunque en la habitual forma miserable, todo lo esencial en ese sentido. La más mínima resistencia de la burguesía habría bastado para hacer imposible el regreso de los derechos feudales; aparte de unos cuantos hidalgüelos rurales, a nadie le importaba más que al romántico Federico Guillermo IV. Pero en cuanto triunfó la reacción europea, la burguesía prusiana se arrastró a los pies de Manteuffel3 y respondió a cada uno de sus latigazos meneando el rabo, llena de gratitud. No solo devolvió a los junkers del este del Elba la policía señorial y toda clase de trastos feudales; se castigó a sí misma por su pecaminoso liberalismo destruyendo con sus propias manos hasta la libertad de industria instaurada en 1808 y restableciendo los gremios en pleno siglo XIX.

La burguesía es, en el mejor de los casos, una clase nada heroica. Ni siquiera sus conquistas más brillantes, las inglesas del siglo XVII y las francesas del XVIII, las conquistó ella, sino que las conquistó para ella la masa plebeya del pueblo, los obreros y los campesinos. También en Francia la burguesía se salvó del terror de las jornadas de junio de 1848 arrojándose a los pies de un comediante;4 también en Inglaterra se abrió después de 1848 un largo período de reacción; pero en ambos países esa reacción se apoyaba en el pretexto de proteger los fundamentos de la sociedad burguesa contra los ataques del proletariado. En Prusia, el resultado de la revolución fue permitir por fin al romántico Federico Guillermo IV cumplir sus deseos medievales más íntimos, pues la reacción victoriosa barrió una multitud de instituciones antirrománticas que, desde Federico II hasta Stein y Hardenberg,5 se habían colado de contrabando en el Estado prusiano. Con el pretexto de proteger la sociedad burguesa contra el proletariado, se la volvió a someter a la dominación del feudalismo. Ninguna burguesía del mundo puede preciarse de un período de oprobio como el que atravesó la prusiana bajo Manteuffel. ¿En qué otro país habría sido posible celebrar a un Hinckeldey6 como paladín y mártir de la libertad?

Por fin llega, a consecuencia de intrigas palaciegas que se entrecruzan, la Nueva Era.7 Un ministerio liberal de vieja escuela le cae a la burguesía del cielo, sin esperarlo. Y ella, que no había movido un dedo para traerlo al mundo, ella, la más cobarde de todas las burguesías, se figura de repente que está al timón del Estado, que el viejo Estado prusiano militar y policíaco ha desaparecido, que puede nombrar y destituir ministros e imponer su voluntad a la corte a fuerza de terquedad. Si el período de Manteuffel había demostrado su cobardía, la Nueva Era puso al descubierto su incapacidad política.

El precio a cambio del cual se había admitido el ministerio liberal de vieja escuela era la realización de la reorganización del ejército. La guerra de Italia8 ofreció la ocasión deseada para exigírsela a la Dieta. Por un lado, la movilización de 1859 había demostrado que la vieja organización del ejército estaba totalmente caduca. Por otro, la indiferencia con que en Francia se había acogido la anexión de Saboya y Niza demostraba que el chovinismo francés solo podía ponerse eficazmente en movimiento con la perspectiva de conquistas en el Rin, es decir, mediante una guerra contra Prusia. Era, pues, seguro que, en cuanto el Imperio de Luis Bonaparte volviera a peligrar por acontecimientos internos de Francia, ese peligro solo podría desviarse mediante una guerra contra Prusia, que, sin alianzas, solo podía tener por consecuencia la derrota del viejo ejército prusiano. Por otro lado, Prusia, aunque era esencialmente un Estado militar, no había creado la necesidad de los grandes ejércitos modernos. Para eso era demasiado débil. Pero tanto menos podía sustraerse a la necesidad general del continente, cuanto que su ambigua «política de manos libres» le había cerrado todas las alianzas seguras. Y por último, fuera como fuese la reorganización del ejército, la burguesía prusiana tenía que saber que no podía impedirla. Su único plan de operaciones acertado solo podía consistir, por tanto, en arrancar, a cambio de aprobar la inevitable reorganización, todas las concesiones políticas que pudiera regatear. Pero a la burguesía prusiana, todavía llena de cardenales por las patadas del régimen de Manteuffel, se le había hinchado la cresta de la noche a la mañana. De pronto se creyó el poder decisivo del Estado; rechazó la reorganización del ejército. Con eso se acabó otra vez el sueño. Llegó Bismarck a enseñarle que su Constitución de papel y sus votaciones en las Cámaras eran simplemente paja hueca, que en Prusia reina el rey y que las Cámaras solo están para decir amén. La reorganización del ejército se llevó a cabo a pesar de la Constitución, y a los diputados se los volvió a tratar a lo Manteuffel. Tras una breve resistencia aparente, de la que ella misma se cansó antes que su adversario Bismarck, la burguesía encontró en la guerra danesa el primer pretexto para tímidos intentos de reconciliación; y después de Sadowa9 ya no se avergonzó en absoluto, se postró entusiasmada a los pies de Bismarck y ya solo figuró en su séquito; después de la guerra francesa su entusiasmo no conoció límites, desde entonces perteneció a Bismarck en cuerpo y alma, quedó literalmente anulada en él.

Pero hay una cosa en el mundo que Hegel descubrió y llamó «la ironía de la historia». Esa ironía de la historia ha jugado con gentes más grandes que Bismarck, y también el Estado prusiano y Bismarck han caído en sus manos. Desde el momento en que se fueron alcanzando, uno tras otro, los objetivos largamente anhelados de la política prusiana, desde ese mismo momento empezaron a tambalearse los fundamentos del Estado prusiano. La vieja Prusia descansa esencialmente en el junkerismo, del que se nutren principalmente los oficiales y la burocracia. El junkerismo solo existe en plena flor en las seis provincias orientales y necesita, dada la propiedad territorial casi siempre limitada de los junkers, cierta medida de privilegios feudales para existir; sin ellos, la mayoría de los junkers pronto se rebajarían a simples propietarios rurales. Mientras solo tuvo enfrente dos provincias occidentales, el junkerismo no corrió peligro. Pero ya las anexiones de 1866 reforzaron en medida enorme el elemento burgués y campesino del Estado. No era una simple patraña legitimista, era mucho más la conciencia certera de su propia posición amenazada lo que provocó la resistencia del partido de Stahl y Gerlach10 contra esas anexiones. La incorporación de los pequeños Estados a la Confederación de Alemania del Norte, la transferencia a esa Confederación de las funciones decisivas del Estado, la consiguiente mediatización de la Cámara de los Señores prusiana, la incorporación final de los Estados del sur: todo eso fueron otros tantos duros golpes para el junkerismo, que en el Imperio ya solo formaba una minoría insignificante. Y no acaba ahí la cosa. Todo Gobierno, aun el más despótico, está obligado a gobernar teniendo en cuenta las condiciones existentes; si no, se rompe él mismo la crisma. Prusia podía someter a la Pequeña Alemania, pero no podía imponer su junkerismo a veinticinco millones de alemanes del oeste del Elba. Al contrario: el junkerismo, que para la vieja Prusia era una necesidad, se convirtió para el «Imperio» en un freno. Así como Bismarck se había visto obligado a llevar a cabo, contra sus opiniones anteriores, la libertad de industria, la libertad de residencia entre los distintos Estados y otras reformas burguesas, aunque en forma burocráticamente mutilada, así la ironía de la historia lo condenó por fin a él, al junker por excelencia, a meter el hacha en el junkerismo mediante la ley de los distritos.

Esta ley de los distritos es una de las leyes más lamentables que se han hecho nunca. Su contenido se resume en dos palabras. Quita al junker individual el poder que le corresponde en virtud del privilegio feudal para devolvérselo, bajo la apariencia de autogobierno de los distritos, a la clase de los junkers. Como antes, la propiedad territorial mediana y grande dominará en los distritos agrícolas de las provincias orientales; incluso recibe un nuevo aumento de poder por la adición de atribuciones que hasta ahora correspondían al Estado. Pero el junker individual pierde la posición excepcional que tenía como señor feudal. Desciende a simple propietario rural moderno, y con eso deja de ser junker. Pero con ello queda también socavado el fundamento de la vieja Prusia, y por eso la Cámara de los Señores tenía, desde su punto de vista, toda la razón en su resistencia contra la ley de los distritos. Con la ley de los distritos, no hay junkerismo; y sin junkerismo, ya no hay una Prusia específica.

La burguesía prusiana, en este asunto, siguió siendo digna de sí misma. Primero se dijo que la ley de los distritos no era más que un pago a cuenta del autogobierno, que había que aceptarla porque de momento no se podía conseguir nada mejor, que era un compromiso con el Gobierno, pero que ahora no había que dejarse regatear ni una pulgada más. La Cámara de los Señores rechaza la ley de los distritos. El Gobierno, aunque ya estaba atado por el compromiso con la Cámara de Diputados, exige a esta nuevas concesiones. La Cámara tiene el valor de concederlas sin más; a cambio se promete a los burgueses una hornada de pares y se deja entrever una reforma de la Cámara de los Señores. La hornada de pares se produce —veinticinco generales y burócratas—, la Cámara de los Señores aprueba. El compromiso está salvado, pero... la reforma de la Cámara de los Señores ha desaparecido. Precisamente cuando uno se consuela pensando que la ley de los distritos es, pese a todo, un progreso formidable, llega la noticia de la crisis ministerial. Roon, Selchow, Itzenplitz quieren dimitir:11 victoria de los liberales en toda la línea; inevitabilidad de un ministerio ¿liberal? No, eso precisamente no: ¡de un ministerio homogéneo! ¡Nuestros burgueses se contentan con tan poco! Se contentan incluso con menos todavía. Bismarck deja la presidencia del Consejo de Ministros, Roon, el adversario de la ley de los distritos, ocupa su lugar, otro general más entra en el ministerio, Selchow e Itzenplitz se quedan, el ministerio homogéneo es menos homogéneo que nunca, los elementos feudales en él se han reforzado, y el burgués sigue bebiéndose tranquilo su jarra con la orgullosa conciencia de que, a fin de cuentas, Bismarck es el alma de todo.

Este ejemplo retrata con exactitud la posición de la burguesía prusiana. Se atribuye el mérito de que Bismarck, por la situación histórica en que ha puesto a Prusia y por el progreso industrial de los últimos veinte años, se vea obligado a hacer lo que ella misma fue demasiado cobarde para imponer de 1848 a 1850. Ni siquiera tiene el valor de obligar a su Bismarck a llevar a cabo esas pequeñas reformas de manera sencilla, abiertamente burguesa, sin estropicios de Estado policíaco; lanza gritos de júbilo porque Bismarck se ve obligado a... castrar sus propias reivindicaciones de 1846. Y eso, bien entendido, solo sus reivindicaciones económicas, cosas cuya realización no podrían impedir mil Bismarcks aunque quisieran. De las reivindicaciones políticas, de la transferencia del poder político a la burguesía, de eso, sí, a lo sumo se habla todavía por guardar las formas. La burguesía prusiana no quiere la dominación política; podrida antes de madurar, como la Rusia oficial ya en tiempos de Voltaire, ha llegado, sin haber gobernado nunca, al mismo grado de degeneración que la burguesía francesa alcanzó tras ochenta años de luchas y una larga dominación. Panem et circenses, pan y espectáculos, pedía la corrompida plebe romana a sus emperadores; panem et circenses, ganancias de especulación y lujo brutal, pide no el pueblo prusiano, sino la burguesía prusiana a los suyos. Los plebeyos romanos, junto con sus emperadores, fueron barridos por los bárbaros germánicos; detrás de los burgueses prusianos se alzan amenazadores los obreros alemanes.

  1. La Asamblea Nacional francesa, con sede en Versalles, de mayoría monárquica, que en esas semanas se enfrentaba a Thiers, presidente de la república, y preparaba su caída (mayo de 1873). ↩

  2. La Kreisordnung (ley de los distritos) para las seis provincias orientales de Prusia, aprobada en diciembre de 1872, que suprimió la policía señorial de los grandes propietarios y reorganizó la administración local de los distritos (Kreise). ↩

  3. Otto von Manteuffel (1805-1882), ministro del Interior y presidente del Consejo de Ministros prusiano de 1850 a 1858, en la época de la reacción. ↩

  4. Luis Bonaparte, presidente de la república francesa desde diciembre de 1848 y emperador desde 1852. ↩

  5. Federico II, rey de Prusia (1740-1786); Karl vom Stein (1757-1831) y Karl August von Hardenberg (1750-1822), ministros que dirigieron las reformas prusianas de 1807-1815. ↩

  6. Carl Ludwig von Hinckeldey (1805-1856), jefe de la policía de Berlín en la época de la reacción, muerto en duelo y celebrado entonces por los liberales como víctima de la camarilla feudal. ↩

  7. Nombre dado al período abierto en 1858, cuando el príncipe Guillermo asumió la regencia y llamó a un ministerio liberal moderado. ↩

  8. La guerra de Francia y el Piamonte contra Austria en 1859. ↩

  9. La batalla de Sadowa o Königgrätz (3 de julio de 1866), que decidió la guerra de Prusia contra Austria. ↩

  10. Friedrich Julius Stahl (1802-1861) y Ernst Ludwig von Gerlach (1795-1877), jefes del partido conservador prusiano de la Kreuzzeitung. ↩

  11. Albrecht von Roon (1803-1879), ministro de la Guerra, que en enero de 1873 sucedió a Bismarck en la presidencia del Consejo de Ministros prusiano; Werner von Selchow, ministro de Agricultura; Heinrich von Itzenplitz, ministro de Comercio. ↩