Escrito por Friedrich Engels el 25 de octubre de 1886 y publicado en francés en Le Socialiste (París), n.º 63, 6 de noviembre de 1886. El original francés no está disponible en una edición libre; traducimos de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 21 (Berlín, 1962, pp. 310-318), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
En marzo de 1878 Disraeli envió cuatro acorazados al Bósforo; su sola presencia bastó para detener la marcha triunfal de los rusos sobre Constantinopla y para romper el tratado de San Stefano. La paz de Berlín1 arregló por algún tiempo la situación en Oriente. Bismarck logró un acuerdo entre el gobierno ruso y el austriaco. Austria ejercería bajo mano el dominio sobre Serbia, mientras que Bulgaria y Rumelia quedarían sobre todo bajo la influencia de Rusia. Esto hacía suponer que Bismarck, si más adelante permitía a los rusos apoderarse de Constantinopla, reservaría Salónica y Macedonia a los austriacos.
Pero además se dio Bosnia a Austria, igual que Rusia había cedido en 1794 a los prusianos y a los austriacos la mayor parte de la Polonia propiamente dicha, para volver a quitársela en 1814. Bosnia era una sangría permanente para Austria, una manzana de la discordia entre Hungría y la Austria occidental y, sobre todo, la prueba para Turquía de que los austriacos, lo mismo que los rusos, le preparaban la suerte de Polonia. A partir de entonces Turquía ya no podía tener confianza en Austria: una victoria importante de la política del gobierno ruso.
Serbia tenía, es cierto, inclinaciones eslavófilas y, por tanto, rusófilas, pero desde su emancipación saca de Austria todos los medios de su desarrollo burgués. Los jóvenes estudian en universidades austriacas; el sistema burocrático, las leyes, la justicia, las escuelas, todo se ha copiado de modelos austriacos. Era completamente natural. Pero Rusia tenía que impedir esa imitación en Bulgaria; no quería sacarle a Austria las castañas del fuego. Por eso se hizo de Bulgaria una satrapía rusa. La administración, los oficiales y suboficiales, los funcionarios, en una palabra, todo el sistema se volvió ruso: Battenberg, al que se había impuesto a Bulgaria, era primo de Alejandro III.2
El dominio del gobierno ruso, primero directo y luego indirecto, bastó para sofocar en menos de cuatro años toda simpatía de los búlgaros por Rusia, por grande y cordial que hubiera sido. La población se resistía cada vez más a la insolencia de los «libertadores»; e incluso Battenberg, un hombre sin ideas políticas y de carácter blando, que no deseaba otra cosa que servir al zar pero que pretendía que se le respetara, se volvía cada vez más reacio.
Entretanto, en Rusia las cosas seguían su curso; el gobierno logró, con medidas de fuerza, dispersar y desorganizar por algún tiempo a los nihilistas.3 Pero eso no bastaba: necesitaba un apoyo en la opinión pública, tenía que desviar la atención de la creciente miseria social y política en el interior; en una palabra, necesitaba un poco de fantasmagoría patriótica. Bajo Napoleón III, la orilla izquierda del Rin había servido para desviar hacia fuera las pasiones revolucionarias; exactamente del mismo modo, el gobierno ruso presentó al pueblo inquieto y excitado la conquista de Constantinopla, la «liberación» de los eslavos oprimidos por los turcos y su unión en una gran federación bajo la égida de Rusia. Pero no bastaba con evocar esta fantasmagoría; también había que hacer algo para acercarla al terreno de la realidad.
Las circunstancias eran favorables. La anexión de Alsacia y Lorena había sembrado entre Francia y Alemania gérmenes de discordia que, al parecer, tenían que neutralizar a estas dos potencias. Austria sola no podía luchar contra Rusia, porque su arma ofensiva más eficaz, el llamamiento a los polacos, siempre la neutralizaría Prusia. Y la ocupación de Bosnia, ese robo, era una Alsacia entre Austria y Turquía. Italia estaba a disposición del mejor postor, a saber, Rusia, que le ofrecía Trieste e Istria con Dalmacia y Trípoli. ¿E Inglaterra? El pacífico y rusófilo Gladstone había prestado oídos a las palabras seductoras de Rusia; en plena paz había ocupado Egipto,4 lo que le valió a Inglaterra un conflicto permanente con Francia y trajo consigo, además, la imposibilidad de una alianza de los turcos con los ingleses, que acababan de robarles: se habían apropiado del feudo turco de Egipto. Por añadidura, los preparativos rusos en Asia estaban lo bastante avanzados para dar mucho que hacer a los ingleses en la India en caso de guerra. Nunca se les habían ofrecido a los rusos tantas posibilidades: su diplomacia triunfaba en toda la línea.
La rebelión de los búlgaros contra el despotismo ruso fue el pretexto para empezar la campaña. En el verano de 1885 se hizo creer a búlgaros y rumelios en la posibilidad de la unión prometida en la paz de San Stefano y anulada por el tratado de Berlín. Si volvían a echarse en brazos de Rusia, la libertadora, se les decía, el gobierno ruso cumpliría su misión y llevaría a cabo esa unión; pero para conseguirlo los búlgaros tenían que echar primero a Battenberg. A este se le había advertido a tiempo. Contra su costumbre, actuó con rapidez y energía; realizó, eso sí, en su propio interés, la unión que Rusia había querido llevar a cabo contra él.5 De ahí data la lucha implacable entre él y el zar.
Esta lucha se llevó al principio de manera encubierta e indirecta. Se sacó para los pequeños Estados balcánicos una nueva edición de la hermosa doctrina de Luis Bonaparte: cuando un pueblo hasta entonces dividido, digamos Italia o Alemania, se une y se constituye en nación, otros Estados, digamos Francia, tienen derecho —según esta doctrina— a compensaciones territoriales. Serbia cayó en el cebo y declaró la guerra a los búlgaros.6 Rusia, en cambio, celebraba que esta guerra, encendida en su interés, se desarrollara ante el mundo bajo los auspicios de Austria, que, por miedo a que el partido ruso llegara al poder en Serbia, no se atrevió a intervenir. Rusia, por su parte, desorganizó el ejército búlgaro: llamó de vuelta a todos los oficiales rusos, es decir, a todo el Estado Mayor y a todos los oficiales superiores, hasta los jefes de batallón.
Pero contra toda expectativa, los búlgaros, sin oficiales rusos y en una proporción numérica de dos contra tres, derrotaron por completo a los serbios y se ganaron así el respeto y la admiración de la asombrada Europa. Estas victorias se deben a dos causas. En primer lugar, Alejandro de Battenberg era un político débil, pero un buen soldado; hizo la guerra como la había aprendido en la escuela prusiana, mientras que los serbios seguían la estrategia y la táctica de sus modelos austriacos. Fue, pues, una nueva edición de la campaña de 1866 en Bohemia.7 Además, los serbios llevaban sesenta años viviendo bajo el régimen burocrático austriaco. Este régimen, sin darles una burguesía fuerte ni un campesinado independiente (todos los campesinos están cargados de deudas hipotecarias), había destruido y desorganizado los restos de la organización gentilicia que constituía su fuerza en las luchas contra los turcos. Entre los búlgaros, en cambio, los turcos no habían tocado estas instituciones primitivas; eso explica también su extraordinaria valentía.
Así pues, una nueva derrota para Rusia; había que empezar de nuevo. El chovinismo eslavófilo, atizado como contrapeso del elemento revolucionario, crecía de día en día y se convertía ya en un peligro para el gobierno. El zar se traslada a Crimea, y los periódicos rusos anuncian que va a emprender algo grande; se esfuerza por ganarse al sultán demostrándole que sus antiguos aliados (Austria e Inglaterra) lo traicionan y lo saquean, que Francia navega a remolque de Rusia y depende de su gracia. Pero el sultán se hace el sordo, y los enormes armamentos del oeste y del sur de Rusia no encuentran por ahora empleo.
El zar vuelve de Crimea (el pasado junio). Entretanto la marea chovinista sube, y el gobierno, incapaz de reprimir el movimiento que se extiende, se ve cada vez más arrastrado por él, hasta el punto de que hay que permitir al alcalde de Moscú hablar en voz alta de la conquista de Constantinopla en su discurso al zar. La prensa que está bajo la influencia y la protección de los generales declara abiertamente que espera del zar una acción enérgica contra Austria y Alemania, porque estas le ponen obstáculos en el camino, y el gobierno no se atreve a imponer silencio a la prensa. El chovinismo eslavófilo es más poderoso que el zar; este se ve obligado a ceder por miedo a una revolución, por miedo a que los eslavófilos se unan con los constitucionalistas, con los nihilistas y, por último, con todos los descontentos.
Las dificultades financieras complican la situación. Nadie quiere prestar nada a este gobierno, que de 1870 a 1875 tomó prestados en Londres 1.750 millones de francos8 y que amenaza la paz europea. Hace dos o tres años, Bismarck le ayudó a conseguir en Alemania un empréstito de 375 millones de francos; pero hace mucho que se gastó, y sin la firma de Bismarck los alemanes no dan ni un céntimo. Además, esa firma ya solo se obtiene en condiciones humillantes. La fábrica estatal de papel moneda ha producido demasiado: el rublo de plata vale 4 francos; el rublo de papel, 2 francos 20. Los armamentos se tragan sumas enormes.
En una palabra, hay que actuar. O un éxito en dirección a Constantinopla, o la revolución. Giers9 fue a ver a Bismarck y le explicó la situación, que este comprendió muy bien. Por consideración a Austria, Bismarck habría querido moderar el apetito del gobierno zarista, cuya insaciabilidad le inquietaba. Pero la revolución en Rusia significa la caída del régimen de Bismarck. Sin Rusia, ese enorme ejército de reserva de la reacción, el dominio de los junkers de aldea en Prusia no duraría ni un día. La revolución en Rusia cambiaría de inmediato la situación en Alemania; destruiría de un golpe esa fe ciega en la omnipotencia de Bismarck que le asegura el apoyo de las clases dominantes; aceleraría la maduración de la revolución en Alemania.
Bismarck, que sabe que la existencia del zarismo es la base de todo su sistema, se traslada a toda prisa a Viena para comunicar a sus amigos que, ante semejante peligro, no es momento de detenerse en cuestiones de amor propio, que hay que permitir al zar un triunfo aparente y que Austria y Alemania, en su propio interés bien entendido, tienen que inclinarse ante Rusia. Si, por lo demás, los señores austriacos se empeñaran en inmiscuirse en los asuntos de Bulgaria, él se lavaría las manos; ya verían adónde los llevaba eso. Kálnoky10 cede, Alejandro de Battenberg es sacrificado y Bismarck se apresura a llevarle la noticia en persona a Giers.
Por desgracia, los búlgaros demostraron una capacidad política y una energía que nadie esperaba y que son inadmisibles en una nación eslava «liberada por la santa Rusia». Battenberg es detenido de noche, pero los búlgaros detienen a los conjurados y nombran un gobierno capaz, enérgico e insobornable, cualidades del todo inadmisibles en un pueblo recién emancipado; llaman de vuelta a Battenberg; este muestra su lado débil y se da a la fuga.11 Pero los búlgaros son incorregibles. Con Battenberg o sin él, oponen resistencia a las órdenes soberanas del zar y obligan al heroico Kaulbars12 a hacer el ridículo ante toda Europa.
Imagínese la furia del zar. Bismarck ganado para su causa, la resistencia austriaca quebrada, y ahora se ve detenido por este pequeño pueblo, un pueblo de ayer, que le debe a él o a su padre su «independencia» y no quiere entender que esa independencia solo significa obediencia ciega a las órdenes del «libertador». Los griegos y los serbios ya habían sido ingratos; pero los búlgaros pasan de toda raya. ¿Tomarse en serio su independencia? ¡Qué crimen!
Para salvarse de la revolución, el pobre zar se ve obligado a dar un nuevo paso adelante. Pero cada paso hace más peligroso el asunto, porque no hace más que aumentar el riesgo de una guerra europea, que la diplomacia rusa siempre ha procurado evitar. Es seguro que, si el gobierno ruso interviene directamente en Bulgaria y esto lleva a complicaciones extremas, llegará el momento en que la hostilidad entre los intereses rusos y los austriacos estalle abiertamente. Entonces será imposible localizar la guerra; se convertirá en una guerra general. Dada la honradez de los granujas que gobiernan Europa, es imposible prever cómo se agruparán los dos bandos. Bismarck es capaz de ponerse del lado de los rusos contra Austria si no puede detener de otro modo la revolución en Rusia. Pero es más probable que, si estalla una guerra entre Rusia y Austria, Alemania acuda en ayuda de esta para salvarla de la destrucción completa.
Hasta la primavera —porque en invierno, antes de abril, los rusos no podrán embarcarse en una gran campaña en el Danubio—, el zar trabaja para atraer a los turcos a sus redes, y la traición de Austria y de Inglaterra a Turquía le facilita la tarea. Su objetivo es ocupar los Dardanelos, convertir así el mar Negro en un lago ruso y hacer de este un refugio inaccesible para construir una flota poderosa; esta saldría de él para dominar lo que Napoleón llamaba un «lago francés», el Mediterráneo. Pero todavía no ha llegado tan lejos, aunque sus partidarios en Sofía han delatado ese pensamiento secreto suyo.
Esa es la situación. Para prevenir una revolución en Rusia, el zar tiene que tener Constantinopla. Bismarck vacila; le gustaría encontrar el medio de esquivar tanto una eventualidad como la otra.
¿Y Francia?
Los patriotas franceses, que llevan dieciséis años soñando con la revancha, creen que no hay nada más natural que aprovechar la ocasión que quizá se les presente. Para nuestro partido, sin embargo, la cuestión no es tan sencilla, y tampoco lo es para los señores chovinistas. Una guerra de revancha emprendida con ayuda de Rusia y bajo su égida podría traer consigo en Francia o una revolución o una contrarrevolución. En caso de una revolución que llevara a los socialistas al poder, la alianza rusa saltaría en pedazos. En primer lugar, los rusos harían enseguida la paz con Bismarck para lanzarse con los alemanes sobre la Francia revolucionaria. Y además, los socialistas, llegados al poder en Francia, no se arriesgarían a impedir con una guerra la revolución en Rusia. Pero este caso apenas se dará; más probable es la contrarrevolución monárquica. El zar desea la restauración de los Orleans, sus amigos íntimos, el único gobierno que le ofrece las condiciones de una alianza buena y duradera. Una vez empezada la guerra, se hará buen uso de los oficiales monárquicos para preparar la restauración. A la menor derrota parcial —y no faltarán— se gritará que la culpa es de la república; que para conseguir victorias y obtener el apoyo sin reservas de Rusia hace falta un gobierno monárquico estable, en una palabra, un Felipe VII;13 los generales monárquicos actuarán con desgana para poder cargar su falta de éxitos a la cuenta del gobierno republicano; y hete aquí que la monarquía queda restablecida. Una vez repuesto Felipe VII, los reyes y los emperadores se pondrán de acuerdo enseguida y, en lugar de despedazarse unos a otros, se repartirán Europa, tragándose de paso a los Estados pequeños. Muerta la república francesa, se celebrará un nuevo Congreso de Viena, en el que quizá se tomen como pretexto los pecados republicanos y socialistas de Francia para negarle Alsacia-Lorena en todo o en parte. Y los príncipes se burlarán de los republicanos que fueron lo bastante ingenuos para creer en la posibilidad de una alianza sincera entre el zarismo y la república.
Por lo demás, ¿es cierto lo que el general Boulanger14 dice a todo el que quiera oírlo: «Hace falta una guerra para impedir la revolución social»? Si es cierto, que le sirva de advertencia al partido socialista. El bueno de Boulanger tiene unos aires fanfarrones que se le pueden perdonar a un militar, pero que dan una imagen bastante pobre de su perspicacia política. En todo caso, él no salvará la república. Puesto entre socialistas y orleanistas, posiblemente se entienda con estos últimos, siempre que le aseguren la alianza rusa. En cualquier caso, los republicanos burgueses de Francia se encuentran en la misma situación que el zar: ven ante sí el espectro de la revolución social y no conocen más que un medio de salvación: la guerra.
En Francia, en Rusia y en Alemania los acontecimientos se vuelven de tal modo a nuestro favor que por el momento no podemos desear sino la continuación del statu quo. Si la revolución estalla en Rusia, provocará un concurso de condiciones extremadamente favorables. En cambio, una guerra general nos devolvería al terreno de lo imprevisto. La revolución en Rusia y en Francia se retrasaría, y nuestro partido en Alemania correría la suerte de la Comuna de 1871. Sin duda los acontecimientos acabarán por volverse a nuestro favor, ¡pero cuánto tiempo perdido, cuántos sacrificios y cuántos obstáculos nuevos habría que superar!
La fuerza que empuja a la guerra en Europa es grande. El sistema militar prusiano, adoptado en todas partes, necesita de doce a dieciséis años para su pleno desarrollo; pasado ese tiempo, los cuadros de la reserva están formados por hombres adiestrados en el uso de las armas. Esos doce a dieciséis años han pasado en todas partes; en todas partes se cuenta con doce a dieciséis reemplazos que han servido. Se está, pues, preparado en todas partes, y los alemanes no tienen en este aspecto ninguna ventaja particular. Eso quiere decir que la guerra que nos amenaza lanzaría al campo de batalla a diez millones de soldados. Además, el viejo Guillermo15 probablemente morirá. Bismarck verá más o menos quebrantada su posición y quizá empuje a la guerra para mantenerse. De hecho, la Bolsa cree en todas partes en la guerra para cuando el viejo cierre los ojos.
Si hay guerra, solo se hará con el fin de prevenir la revolución: en Rusia, para adelantarse a la acción común de todos los descontentos, eslavófilos, constitucionalistas, nihilistas y campesinos; en Alemania, para sostener a Bismarck; en Francia, para hacer retroceder el movimiento victorioso de los socialistas y restablecer la monarquía.
Entre los socialistas franceses y alemanes no hay cuestión alsaciana. Los socialistas alemanes saben demasiado bien que las anexiones de 1871, contra las que siempre han protestado, han sido el eje de la política reaccionaria de Bismarck tanto en el interior como en el exterior. Los socialistas de los dos países están igualmente interesados en el mantenimiento de la paz, porque serían ellos quienes tendrían que pagar todos los costes de la guerra.
F. Engels
El tratado de San Stefano (3 de marzo de 1878) puso fin a la guerra ruso-turca de 1877-1878 y creaba una Gran Bulgaria bajo influencia rusa; el Congreso de Berlín (junio-julio de 1878) lo revisó: Bulgaria quedó reducida a un principado vasallo de Turquía, Rumelia Oriental siguió siendo provincia turca autónoma y Austria-Hungría recibió la administración de Bosnia-Herzegovina. ↩
Alejandro de Battenberg (1857-1893), príncipe de Bulgaria de 1879 a 1886, sobrino de la zarina María Alexándrovna y, por tanto, primo de Alejandro III. ↩
Tras el asesinato de Alejandro II por Naródnaya Volia en marzo de 1881, la represión desmanteló la organización en los años siguientes. ↩
En 1882, bajo el gobierno de Gladstone. ↩
El 18 de septiembre de 1885 una sublevación en Plovdiv proclamó la unión de Rumelia Oriental con Bulgaria, y Alejandro de Battenberg la asumió de inmediato. ↩
El 14 de noviembre de 1885. Los búlgaros vencieron a los serbios en Slivnitsa (17-19 de noviembre) y entraron en Serbia; la intervención de Austria detuvo la guerra. ↩
La guerra austro-prusiana de 1866, decidida en Sadowa (Königgrätz). ↩
La copia de la MEW de la que partimos dice «1 Milliarde 750.000 Francs»; entendemos mil setecientos cincuenta millones. ↩
Nikolái Karlovich Giers (1820-1895), ministro de Asuntos Exteriores de Rusia de 1882 a 1895. ↩
Gustav Kálnoky (1832-1898), ministro de Asuntos Exteriores de Austria-Hungría de 1881 a 1895. ↩
En la noche del 20 al 21 de agosto de 1886 oficiales prorrusos obligaron a abdicar a Alejandro de Battenberg y lo sacaron del país; un contragolpe dirigido por Stefan Stambolov lo hizo volver, pero, desautorizado por el zar, abdicó definitivamente el 7 de septiembre de 1886. ↩
El general Nikolái Kaulbars (1842-1905), enviado a Bulgaria por el zar en septiembre de 1886 para imponer la política rusa; fracasó y Rusia rompió relaciones con Bulgaria en noviembre. ↩
Felipe de Orleans, conde de París (1838-1894), nieto de Luis Felipe y pretendiente orleanista, al que sus partidarios llamaban Felipe VII. ↩
Georges Boulanger (1837-1891), ministro de la Guerra de enero de 1886 a mayo de 1887, figura del revanchismo; en 1888-1889 encabezó un movimiento cesarista contra la república parlamentaria. ↩
Guillermo I, emperador de Alemania, nacido en 1797; murió en marzo de 1888. ↩