Carta de Friedrich Engels a Karl Marx, que vivía en Londres, escrita en Manchester el 7 de mayo de 1852. Se conserva completa. Traducida de la primera MEGA (MEGA¹ III/1, Berlín, 1929, carta n.º 172, pp. 350-352) por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original.

Querido Marx:

Te devuelvo, adjunta, la carta de Cluss. Se me ocurre a propósito que ahora que el señor Dana se ha puesto en contacto con B. Bauer y con Simon de Tréveris1 y que, al mismo tiempo, te ha recortado el espacio por las elecciones presidenciales,2 sería sin duda oportuno dar contra el señor Dana unos cuantos pasos a la yanqui. Cluss y algunos otros deberían escribir al señor Dana desde distintos lados preguntando cómo es que esos artículos incomparables aparecen tan de tarde en tarde y con interrupciones, y que esperan que eso no se deba a la redacción, que, por el contrario, como es de esperar, sabrá ponerle remedio y publicar con más frecuencia artículos de K. M., etc. Weydemeyer podría organizarlo muy fácilmente; bastaría con darle como motivo que Dana quiere recortarte el espacio y que por eso conviene una manifestación de este tipo, para mantenernos abierto ese órgano. A Barnum, Barnum et demi.3 Si te parece bien, puedo ponerlo en marcha con Weydemeyer en el próximo vapor.

La circular del Convento a las secciones es divertida.4 Que me ahorquen si las secciones de San Petersburgo, Varsovia, Berlín, Roma, etc., tienen su domicilio a más de cuatro millas de Charing Cross. Este modo de presentarse a golpe de orden del día, carbonario,5 solemne y de aire enérgico, delata hasta qué punto estos señores vuelven a engañarse sobre sus fuerzas supuestamente organizadas. Proponerse ahora un golpe es una bêtise y una infamia. Pero claro, «¡algo tiene que pasar! ¡algo hay que hacer!». Sería de desear que los jefes que tienen que dirigir la cosa fueran todos apresados y fusilados; pero claro, los grandes hombres se guardarán mucho, y el héroe Willich se quedará tranquilamente en Londres mientras quede dinero en la caja, crédito en casa de Schärttner6 y levitas y botas gratis ad libitum en la «sastrería y zapatería». ¡Así entiende el señor Willich el avituallamiento de los ejércitos!

Lo de las semblanzas va bien de momento. En cuatro semanas puede estar terminado. Ocúpate solo de encontrar a alguien de confianza que lo pase a limpio, para que salga al mundo con una letra completamente desconocida. Cuando vengas, tráete los Americana, la Neue Rheinische Zeitung completa y los documentos escritos necesarios. Mi viejo llega mañana y difícilmente podrá quedarse aquí más de ocho o diez días.

Por fin me han llegado de Alemania mis cosas de ciencia militar. Lo que he leído hasta ahora es poco. El señor Gustav von Hofstetter, el tan celebrado,7 no me parece precisamente un Napoleón, sino de momento solo un jefe de batallón bastante útil, o algo así, en el pequeño combate. Pero todavía no he terminado su libro. En cambio, una cosa bastante bonita es un folleto sobre las nuevas fortificaciones a gran escala, de un capitán de ingenieros prusiano, Küntzel, más histórico y materialista que nada de lo que he leído hasta ahora in militaribus.8 En cuanto al señor Willisen,9 hay que decir que en Idstedt no fueron los daneses los que vencieron a los de Schleswig-Holstein, sino la táctica corriente del sentido común la que venció a la especulación hegeliana.10 El libro de Willisen debería titularse en realidad Filosofía de la gran guerra. Con eso se entiende por sí solo que en el libro haya más filosofeo que ciencia de la guerra, que las cosas que más se entienden por sí solas se construyan a priori con la más prolija y profunda minuciosidad, y que entre medias aparezcan disertaciones de lo más escolásticas sobre la simplicidad y la diversidad y otras antítesis por el estilo. ¿Qué se puede decir de una ciencia de la guerra que empieza con el concepto del arte en général, demuestra luego que también la cocina es un arte, se extiende largamente sobre la relación entre arte y ciencia y, por último, hace desembocar todas las reglas, relaciones, posibilidades, etc., del arte de la guerra en ese único principio absoluto de que el más fuerte siempre tiene que vencer al más débil? Aquí y allá hay algunos aperçus bonitos y algunas reducciones útiles a reglas fundamentales sencillas; también sería grave que no fuera así. A su aplicación a la práctica todavía no he llegado; pero no habla mucho en favor de Willisen que los mayores éxitos de Napoleón se lograran siempre despreciando las primeras reglas de Willisen, un resultado que, desde luego, un hegeliano versado en la Biblia puede explicarse muy bien sin que las reglas sufran lo más mínimo.

Según veo, acaban de salir las memorias de Görgei;11 pero cuestan 6 táleros, así que de momento no podré comprármelas. Con ellas, el material sobre lo militar de la guerra de Hungría puede considerarse cerrado por ahora. Sobre la guerra de Hungría haré algo de todos modos, quizá sobre todas las guerras de 1848-1849. En cuanto me haya aclarado un poco con la historia militar anterior, buscaré un editor que pueda cargar también con la mayor parte del coste de las fuentes.

Los 30 chelines que te mandé el sábado pasado ya los habrás recibido.

Tuyo, F. E.

Manchester, 7 de mayo de 1852.

  1. Ludwig Simon (1810-1872), abogado de Tréveris, diputado de la extrema izquierda en el Parlamento de Fráncfort, emigrado en Suiza. ↩

  2. Las elecciones presidenciales de los Estados Unidos de noviembre de 1852. ↩

  3. «Para Barnum, Barnum y medio», como el refrán francés à corsaire, corsaire et demi («a pícaro, pícaro y medio»). Phineas Taylor Barnum (1810-1891), el empresario de espectáculos estadounidense, rey de la propaganda. ↩

  4. La circular de Kinkel y Willich que Marx le había mandado con la carta del 6 de mayo de 1852. Engels la llama burlonamente «del Convento», como la Convención de la Revolución francesa. ↩

  5. De los carbonarios, la sociedad secreta revolucionaria italiana de principios del siglo XIX. ↩

  6. August Schärttner, antiguo combatiente de 1849, que tenía en Londres una taberna donde se reunía la fracción Willich-Schapper. ↩

  7. Gustav von Hoffstetter (1818-1874), oficial suizo que combatió en 1849 con Garibaldi en la defensa de la República romana y escribió un diario de aquella campaña. ↩

  8. «En materia militar». ↩

  9. Karl Wilhelm von Willisen (1790-1879), general prusiano, autor de una Theorie des großen Krieges (1840). En 1850 mandó el ejército de Schleswig-Holstein contra Dinamarca. ↩

  10. En la batalla de Idstedt (24-25 de julio de 1850) los daneses derrotaron al ejército de Schleswig-Holstein mandado por Willisen. ↩

  11. Artúr Görgei, Mein Leben und Wirken in Ungarn in den Jahren 1848 und 1849 (Leipzig, 1852), dos tomos. ↩