Carta de Friedrich Engels a Karl Marx, que vivía en Londres, escrita en Manchester el 9 de mayo de 1854. Se conserva completa. Traducida de la primera MEGA (MEGA¹ III/2, Berlín, 1930, carta n.º 310, pp. 30-33) por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original.
Manchester, 9 de mayo de 1854.
Querido Marx:
La llegada tardía del artículo para la Tribune me resulta incomprensible. La carta se llevó a correos a las siete y cuarto, junto con las cartas comerciales y con un encargo especial al recadero; las cartas comerciales enviadas al mismo tiempo han llegado a su hora. Aunque hubiera salido con el segundo correo, tendría que haber estado en tus manos a las dos como muy tarde. No puedo ver en ello más que una prueba de la solicitud del señor Palmerston por ti. Como entretanto la historia de la batalla no se ha confirmado, espero que no hayas mandado el artículo.
Sobre las Militaria de Urquhart, próximamente. Este asunto, naturalmente, solo puedo despacharlo en notas, que te escribiré directamente en inglés; luego tendrás que entretejerlas tú mismo en tu artículo.
La historia del doctor Wiss1 es muy edificante y en manos de Cluß llegará sin duda a la gente adecuada.
En cuanto al pobre diablo de Miskowski,2 el Noble3 dirá ahora que, al fin y al cabo, ha «desaparecido sin dejar rastro». Cuando vi la historia en los periódicos de Londres, pensé enseguida que los que se habían quemado tenían que ser refugiados.
A Heise4 lo pondré a trabajar en lo posible, cosa que le será imposible evitar en cuanto yo me retraiga un poco. El tipo está ahora en Bradford, adonde lo ha llamado el pequeño5 aprovechando la ausencia de su principal, y de donde volverá en todo caso borracho perdido, de modo que tendrá que pasar unos días de cuarentena antes de servir para algo. El articulito del pequeño me ha divertido mucho por la exactitud con que trae y repite todos los chistes de siempre de la Neue Rheinische Zeitung sobre Schleswig-Holstein, Bélgica, etc.
Campaña del ejército y de la marina de Schleswig-Holstein en 1850, de A. Lütgen, antiguo comandante,6 es el primer libro sensato y de conjunto sobre el episodio Willisen.7 Confirma por completo lo que yo ya había deducido de mis estudios previos sobre esta historia. El plan original de monsieur Willisen era muy bueno, solo que algo demasiado extenso; tan bueno, que hasta el intento mutilado y tardío de volver a él llevó ya a los daneses —que eran 36.000 contra 26.000 y tenían comprometidas casi todas sus tropas, mientras que a los de Schleswig-Holstein todavía les quedaba sin comprometer, seguro, una quinta parte— a pensar en la retirada. Pero cuando monsieur Willisen se vio de verdad frente al enemigo, perdió la cabeza entre los partes contradictorios y las propuestas, aún más confusas, que le hacían. La misma noche antes de la batalla destaca sus propias reservas hacia la izquierda, a un punto donde quedaban totalmente fuera de alcance, contra un enemigo imaginario, y suspende al mismo tiempo la orden de ofensiva ya dada, sobre la que estaban calculadas todas las disposiciones. O sea: concentración de las reservas a la izquierda, donde no había enemigo; desguarnecimiento del centro, sobre el que cayó el ataque principal; confusión en el ala derecha, que debía asestar el contragolpe principal. Eso solo basta para explicar el resultado, y a pesar de todo habría vencido si no lo hubiera dado todo por perdido tan precipitadamente, ya a las ocho de la mañana. Todavía a las once podía ganar, pero el susto ante la noticia de que dos batallones daneses estaban a espaldas de su flanco izquierdo (dos escuadrones y cuatro cañones bastaban para batirlos) le recordó al «estratega del envolvimiento con todas las fuerzas» el teorema: «Quien envuelve queda él mismo envuelto», y entonces decidió salir corriendo con todas sus fuerzas. Frente al teórico estaba un general de polainas, viejo y cerrado, encanecido en el mando —aunque casi siempre en el mando de tiempo de paz—, que no respondía ante una lugartenencia filistea y moderada sin poder alguno, sino ante un rey y un ministerio de verdad, y que ya por eso aguantó con más tenacidad. Por eso ganó la batalla; el éxito con que pequeños destacamentos de Schleswig-Holstein se batieron contra fuerzas danesas dos y tres veces superiores (según el propio parte oficial danés) basta para demostrar que los 26.000 de Schleswig-Holstein estaban perfectamente a la altura de los 36.000 daneses. Los tipos se batieron de maravilla, a pesar de los muchos reclutas que había entre ellos, y a pesar de la confusión que Willisen, todavía quince días antes de empezar la campaña, había provocado en todo el ejército con sus nuevas disposiciones, y sobre todo a pesar de lo deficiente de los cuadros. Este ejército habría arrollado con gusto al doble de prusianos.
El bombardeo de Odesa los aliados tenían que emprenderlo por el ultraje a la bandera de parlamento.8 No parece que haya hecho mucho daño, y como no han desembarcado ni ocupado la ciudad, es más una derrota que una victoria. Lo más bonito es el camelo de que han «zarpado en dirección a Sebastopol». Por lo demás, con cada acto ruso y con las represalias, al menos aparentes e intentadas, que hace necesarias, la guerra se va escapando más y más de las manos de Aberdeen y de Palmerston y acabará tomando, poco a poco, un curso algo más bélico. De todos modos, Bonaparte tiene que conseguir pronto alguna gloire algo más tangible, aunque su fiel Fridolin Saint-Arnaud9 es precisamente el hombre indicado para meterlo hasta el cuello en la salsa. Si este noble no tuviera que refaire10 una fortuna, una fortuna ya despilfarrada en estafas varias veces desde 1851, nunca habría ido a Oriente. Pero los de esta clase son los más indicados para arruinar a las mejores tropas con contratos de suministro fraudulentos y luego meterlas de lleno en el fango con estupideces militares. Me prometo muy bonitos resultados de la campaña de este Bayardo del Bajo Imperio.11
Tu F. E.
Véase la carta de Marx del 6 de mayo de 1854. ↩
Oficial polaco emigrado, muerto en el incendio de una barraca de refugiados en Whitechapel; en el manuscrito, Michowski. ↩
Willich, a quien Marx había llamado «el caballero de la noble conciencia». ↩
Hermann Heise, demócrata alemán emigrado, en Manchester. ↩
Ernst Dronke, antiguo redactor de la Neue Rheinische Zeitung, que trabajaba entonces en una casa de comercio de Bradford. ↩
A. Lütgen, Feldzug der schleswig-holsteinischen Armee und Marine 1850. ↩
Karl Wilhelm von Willisen, general prusiano y teórico militar, que mandó el ejército de Schleswig-Holstein y fue derrotado por los daneses en Idstedt el 24-25 de julio de 1850. ↩
Los rusos habían disparado en Odesa contra un barco británico que llevaba bandera de parlamento. ↩
Armand-Jacques Leroy de Saint-Arnaud, mariscal francés, uno de los ejecutores del golpe de Estado de 1851, comandante en jefe del ejército francés en Oriente. Fridolin: el criado fiel de la balada de Schiller Der Gang nach dem Eisenhammer. ↩
«Rehacer». ↩
Pierre Terrail, señor de Bayard, el «caballero sin miedo y sin tacha»; «Bajo Imperio», el Imperio romano de la decadencia, aquí el Segundo Imperio. ↩