Moral social y maquinaria de propaganda se conjugan y alimentan en un juego de hipocresía y barbarie. Esta semana la reacción mediática a un bofetón en los Oscars, los silencios del feminismo en Ucrania, las reivindicaciones de los agricultores europeos o las derivas de los contrarios a la guerra en Rusia, nos lo dejaron claro: de la clase dirigente como de la pequeña burguesía en todas sus facciones y ocurrencias no cabe esperar otra cosa que inhumanidad y decadencia.
La banalidad de la moral esencialista
La familia Smith va a los Oscars
Ceremonia de entrega de los Oscar. Todo está diseñado para convertirse en una exaltación de la «diversidad», es decir de los distintos identitarismos con los que el partido demócrata jugó a reconstruir su base durante el trumpismo. En el escenario, Chris Rock prodiga pequeñas agresiones humillantes que la etiqueta obliga a tomarse como «chistes».
Hasta que ofende a la actriz Jada Pinkett, que no oculta el gesto de disgusto. Su pareja, Will Smith, que está interpretando el papel que se espera de los presentes -tener la «piel dura» y sonreír a todo- siente subir la furia. Se levanta y le da una bofetada perfectamente cinematográfica al cómico antes de volver a su asiento y espetarle dos veces que mantuviera el nombre de la esposa de Smith «fuera de su puta boca».
El incidente aumenta en más de medio millón de personas la audiencia del espectáculo. La maquinaria mediática se pone en marcha como tribunal moral presto a utilizar todas las herramientas de las nuevas ideologías de estado que, desde los sesenta vienen afirmando que «lo personal es político».
En Europa es fácil. En España, primer país que hizo del feminismo ideología de estado, El País se tira rápidamente a la piscina de la «masculinidad tóxica» y le siguen todos los medios oficialistas. En Gran Bretaña la BBC sigue rápidamente el mismo camino. Pero en EEUU el juego identitarista es un poco más complejo y no escapa de la agenda política inmediata cuando refleja ciertos intereses de clase.
El imperativo de «defender a una mujer negra»
El día 21 comenzaron las audiencias del Senado a la jueza Ketanji Brown Jackson, propuesta por Biden para el Tribunal Supremo. El partido republicano convirtió el ritual en un intento de juicio a la ideología «woke» que representaría la jueza, atacándola de paso por su supuesta mano blanda ante los abusos sexuales a niños -una referencia implícita a la teoría de la conspiración Qanon.
Lo que en otro momento hubiera resultado indignante y se hubiera usado como argumento partidario para mostrar el bajísimo nivel moral y cultural de los senadores, se interpretó en la prensa demócrata de nuevo desde el identitarismo. Sin mostrar el más mínimo recato sobre los objetivos y el motor del feminismo y el racialismo, el conflicto se presentó desde un franco punto de vista de clase: la audiencia en el Senado sería la representación viviente de la discriminación que sufren las mujeres negras de la pequeña burguesía con título de la Ivy League cuando aspiran a cargos directivos.
Es más, buena parte de la condena se reservó inmediatamente para los senadores demócratas por no salir en auxilio de la jueza nominada por Biden. Sólo el senador Cory Booker habría salvado los papeles al hacer lo que supuestamente le tocaba: dejar de lado cualquier otra consideración y «defender a una mujer negra» bajo ataque.
Así que cuando los grandes medios estadounidenses montaron sus tribunales de moral pública para juzgar a Will Smith, la supuesta «masculinidad tóxica» quedó de lado: ¿no estaba defendiendo a «una mujer negra»?
La peligrosa banalidad moral del identitarismo
1 La primera cosa moralmente escandalosa en este incidente ha sido la argumentación misma del escándalo. Sin recato, los «jueces morales» identitarios comenzaron señalando que la «complejidad» de la situación derivaba de que sus tres protagonistas son negros. Porque como celebraba con sorna un comentarista, «en las ecuaciones identitarias todo suma y todo resta, pero al compartir rasgos, tenemos tablas».
Dicho de otra manera: la moral identitarista no juzga los comportamientos, juzga la pertenencia a comunidades imaginarias. Se lleva razón por tener la raza, el sexo o el género adecuado y conveniente... y a sus propios voceros les parece lo más natural del mundo.
En estos días la pequeña burguesía, en plena deriva política, reivindica la «sátira», la «ausencia de límites del humor», etc. La burguesía y el estado, que tratan, a menudo sin demasiado éxito, de disciplinarla mediante juicios y castigos, hacen por contra un discurso de las «sensibilidades» y las «víctimas» que, enlazando con el identitarismo pequeñoburgués, en realidad refuerza aquello que quiere reprimir.
El debate entre ambas partes es, evidentemente, una trampa de bizantinismo estúpido. Legitimar la represión de la palabra por el estado está muy lejos de nuestros intereses. Pero también dar por buena la sobradez, el deseo de humillar y la soberbia típicamente pequeñoburguesa que apenas se oculta bajo la celebración de «zascas» y «chistes» humillantes.
La buena educación es revolucionaria, 23/12/2017
2 En segundo lugar, al unirse abiertamente a la audiencia de la jueza Jackson Brown, los intereses debajo de tal aparato moral se hicieron explícitos: para el racialismo y el feminismo (interseccional, por supuesto) es bueno lo que sirve a los intereses de los distintos segmentos identitarios de la pequeña burguesía para obtener rentas o acceder a la dirección del capitalismo de estado en cualquier ámbito.
Hasta ayer mismo, un varón saliendo en defensa de su pareja era «masculinidad tóxica» en acción que «robaba la voz» de las mujeres. Pero con la jueza Jackson Brown insuficientemente apoyada por los senadores demócratas, la cosa gira 180º y «defender a una mujer negra» se convierte en un imperativo moral universal.
Hasta ayer mismo la «nueva stand up» feminista y racialista, era sagrada, una expresión de «libertad» y «cambio». Daba igual que aquello oliera a goebbelsianismo adoctrinante hasta la nausea. El predicador podía humillar a quien quisiera para afirmar los credos y casuísticas escolásticas salidos de los departamentos universitarios. Estaba parapetado bajo la impunidad del «humor», trinchera de vanguardia de la revuelta de la pequeña burguesía.
Hoy ya no conviene y el discurso moral identitarista gira: no pasa nada si las mujeres y en especial las mujeres negras tienen lo que hasta ahora llamaban «piel fina» y saltan ante un supuesto chiste humillante: «solo somos humanos, y también lo son las personas que nos aman» sentenciaba una de las columnistas estrellas de temas morales en el New York Times.
La moral identitarista no tiene otro principio rector que la utilidad de los comportamientos para el asalto al poder dentro de las clases dirigentes. No es una moral universal ni humana, es una herramienta de ascenso social para segmentos específicos de las clases burguesas. Y no se molestan demasiado en ocultarlo.
La inhumanidad de la moral bélica feminista ante los abusos a las mujeres y las niñas de clases subalternas
Como es obvio, quién se quede finalmente el puesto de juez federal es estratégico y simbólico para la pequeña burguesía racialista y feminista estadounidense, pero también para todo el partido demócrata. Así que los medios de aquel país, como siempre, irradiaron portadas a toda la prensa mundial que, como vimos intentó «tropicalizar» argumentos y moral a medida del patrón.
Pero no podemos dejar de lado que todos estos medios, desde el New York Times a El País pasando por la BBC o Le Monde, son las naos capitanas de la Armada Invencible de la propaganda de guerra «occidental».
No es que haya habido nunca contradicción alguna entre el feminismo y el militarismo. Al revés, como denunciaron militantes comunistas como Luxemburgo, Zetkin, Pankhurst o Kollontai, han ido de la mano desde los orígenes del movimiento, a través de la primera y la segunda guerras mundiales primero y la guerra fría después, hasta las guerras de Afganistán, Irak o, ahora, Ucrania.
Pero aquí aplica el principio de utilidad y moral instrumental también. En la preparación de la retirada de EEUU de Afganistán, acordar con los talibanes que mantendrían el acceso a la educación pública de las niñas se convirtió en una nueva hoja de parra del imperialismo estadounidense. Su función era tan instrumental para la retirada como había sido para la ocupación. Y si quedaban dudas, ahora, cuando como era previsible, los talibanes han cerrado las escuelas a las niñas, el departamento de Estado simplemente «confía» en que el gobierno afgano lo «reconsiderará»... sin que el feminismo se movilice ni se indigne.
¿Escándalo? Ninguno. Noticias menores en los medios. Toda la pasión dedicada en su día a la ocupación -cuando el esfuerzo bélico podía prometer algún reparto extra de cuadros y de hecho distribuyó centenares de millones de dólares y euros entre ONGs feministas- se ha desvanecido.
Ahora lo que toca es celebrar la militarización patriótica de las mujeres ucranianas y su ferocidad a la hora de masacrar soldados rusos. ¿Qué importa que el reclutamiento forzoso, masculino y femenino, haya abierto una verdadera caza del «desertor» que no quiere participar en la matanza imperialista sea varón o mujer?
Igual para el racialismo: ahora lo que toca es celebrar la apertura de fronteras a los refugiados y negar lo evidente: el tratamiento discriminatorio a los demás refugiados, incluso a los refugiados que salen de Ucrania con otra nacionalidad... y color de piel.
No es sólo cuestión de denunciar la hipocresía flagrante y habitual. Es que la moral mercantilizadora del feminismo hegemónico, evidente en su relación con la prostitución y la gestación subrogada se convierte en complicidad activa con el horror en el contexto de la guerra. Y no sólo por la floreciente industria de «vientres de alquiler» que una parte del feminismo y el identitarismo gay euro-estadounidense han engordado y loado como un «bien social» para Ucrania.
Sino porque es absolutamente inhumano hacer distinciones morales sobre las distintas formas en que el tráfico de personas para la prostitución se está cebando con las mujeres refugiadas de clases subalternas tanto en la frontera como en los países de acogida.
No se puede condenar y denunciar de forma coherente a las mafias que intentan captar cuando no secuestrar a jóvenes refugiadas y al mismo tiempo bendecir -aunque sea con el silencio- como «transacciones voluntarias» las formas contractuales de auto-venta que van desde la prostitución informal a los portales de matrimonios concertados para pequeños propietarios agrícolas que quieren «comprar» una esposa sumisa.
Ambas cosas muestran bien hasta qué punto el feminismo está incapacitado desde su núcleo moral más íntimo para defender o mejorar la situación de las mujeres de clases subalternas. Es la esencia misma de la moral capitalista lo que dan por bueno: la sacralidad de los «intercambios voluntarios», la pieza ideológica central de la religión capitalista que permite argumentar como fundamentalmente igualitaria y justa la venta de la fuerza de trabajo y la explotación salarial.
Todo el feminismo comparte esta ideología que al final se resume en la afirmación de la realidad o la posibilidad del «salario justo». Sólo una parte, descendiente de los debates de la «segunda ola» de feministas académicas norteamericanas, hoy hegemónica, la lleva más allá ampliándola a nuevos campos de mercantilización empezando por el propio cuerpo y la sexualidad. Son sin duda, más coherentes con sus presupuestos de partida, pero ser coherente con una ideología anti-humana no es ninguna virtud.
La impotencia de la moral pacifista y el derrotismo nacionalista
La inanidad del panorama moral de estos días no acaba en el feminismo y el racialismo. El resto de movimientos de la pequeña burguesía también ponen su parte en la desolación. Es evidente entre los agricultores y los conductores cuando protestan contra la inflación sin olvidarse de recordarnos que pagar el salario mínimo va en menoscavo de su patrimonio, pero también cuando celebran la reducción de barbechos en la UE a sabiendas de sus resultados para la salud pública y la mismísima sostenibilidad de los cultivos.
Pero también está entre los sectores bienintencionados e incluso heroicos de la pequeña burguesía rusa opuesta a la guerra. El antimilitarismo ruso en vez de buscar a los trabajadores y fundirse con la resistencia a la guerra y sus consecuencias que bulle en los centros de trabajo, ha expresado por las claras su incapacidad -cuando no su resistencia activa y consciente- a salir del marco de la clase en la que nació: la pequeña burguesía intelectual.
El resultado es una exacerbación de los componentes pacifistas y tolstoianos de su discurso. Les basta con jugar al individualismo moralizante y la autoinmolación tras el «bello gesto» de retratarse en solitario en un lugar público lleno de policías con un cartelito de «No a la guerra». Esta reducción de la política al esteticismo moralizante, de matriz cristiana, que encara feliz de 3 a 5 años de carcel, expresa en realidad una profunda impotencia política. La esterilidad de la apuesta «ciudadanista» no es sino la versión falsamente igualitaria del clasismo habitual.
Tampoco es mejor el resultado de la masiva migración rusa a Georgia, Armenia, Turquía o los países de Asia Central durante estas semanas. La mayoría, más de 60.000 han pedido asilo en Georgia. Son en su mayoría estudiantes y jóvenes de la pequeña burguesía corporativa. Marcados por el nacionalismo, su rechazo a la guerra ha mutado en no pocos casos en su contrario: apoyo en la guerra al gobierno ucraniano. El derrotismo, cuando no es revolucionario, es belicismo del otro bando.
Y ahí, de nuevo, el feminismo que es parte de la ideología de guerra tanto de EEUU como de la UE, vuelve a hacer su función: ¿qué vas a hacer en Georgia contra la guerra que no sea escenificar akelarres contra Putin? Nada mejor que invocar mágicas fuerzas femeninas ancestrales para parar una matanza. ¿Para qué perder el tiempo acercándose a unas luchas obreras a las que rehuyeron en casa?
Destellos materiales de una moral alternativa
Mientras, en Rusia, a pesar del pesado aparato de propaganda de guerra, de los despidos masivos a consecuencia de las sanciones y de la represión incrementada en todo el país, empezamos a ver como vuelven las luchas de trabajadores que habían quedado paralizadas con el estallido de la guerra.
La primera de ellas que conseguimos detectar y registrar: enfermeras y conductores en Vladivostok. Es decir, una huelga que avanza uniendo en una única asamblea contratas diferentes que además emplean categorías diferentes cada una con mayoría de un sexo diferente y con diferente presencia de trabajadores de distintas razas y grupos étnicos. ¡Vaya!
Lo que hace de los trabajadores una clase universal no es sólo que lo que los define como clase es ser explotados bajo la misma relación social en todos los países del mundo, sino que la situación en que les pone les lleva a afirmar en cada lucha, por pequeña que sea, necesidades humanas universales.
Esa universalidad tiende por un lado a afirmar la primacía de las necesidades humanas universales, planteando en los hechos -de manera más o menos consciente- la necesidad y posibilidad de una nueva organización social en el que satisfacerlas sea el principio rector.
Por otro, al reconocer los trabajadores un interés común basado en necesidades compartidas y universales, tiende a romper, en cada huelga, las mil categorías, identidades y cajitas con las que la ideología destilada por el sistema -y sus sindicatos- intenta fracturarlas y confinarlas.
Es decir, las bases de una moral universal superadora de toda opresión y discriminación se abren cada vez que una lucha, por modesta que sea, despunta. Es más, las luchas de los trabajadores, para prosperar necesitan desarrollar esa moral superadora de lo que nos dejaron miles de años de sistemas de explotación con sus mil formas de opresión y discriminación. Para los trabajadores como clase -y por tanto para sus sectores más conscientes en todo momento- moral y consciencia van de la mano y en el límite, convergen en la misma cosa.
Esa es la única luz y horizonte moral posible hoy. De la clase dirigente como de la pequeña burguesía en todas sus facciones y ocurrencias no cabe esperar otra cosa que inhumanidad y decadencia. A fin de cuentas, hace mucho que el crecimiento del sistema que les privilegia es cada vez más antagónico con el desarrollo humano.