Coincidiendo con el funeral de Shinzo Abe la policía y el Ministerio de interior japonés han comenzado a liberar información sobre el asesino, Tetsuya Yamagami. Según las fuentes oficiales, se trataría de un ex-soldado desequilibrado realizando lo que en su mente, perturbada por las fake news y las redes sociales, habría parecido una venganza justa. Yamagami culpaba a Abe de la ruina de su familia tras la donación por su abuela de una fuerte suma a la Iglesia de la Unificación, también conocida como secta Moon.
Pero las cosas son en realidad más complicadas y a poco que escarbemos aparecen los elementos de un juego más denso, oscuro y profundo: Un magnicidio que cambia la correlación de fuerzas en el poder en un momento político histórico, una Iglesia de la guerra fría vinculada a la CIA, un fallo de seguridad y un asesino inverosimil.
Una improbable sucesión de eventos desafortunados
Tetsuya Yamagami en el momento de ser detenido, cuando su arma cae al suelo
El que se convertiría en el último discurso de Abe no estaba en su agenda oficial. Fue una decisión de última hora. No se programó hasta el día anterior. Yamagami no supo de la convocatoria hasta leerlo en la web del candidato del PLD por Nara esa misma mañana. No está claro por qué Yamagami habría seguido la web de un candidato menor a 200Km de su domicilio, pero según contó él mismo a la policía, la información acabó de decidirle y tomó el tren inmediatamente.
Llevaba consigo un arma casera que dijo haber probado anteriormente, aunque la policía lo duda, en unas instalaciones de la secta Moon. El arma en cuestión, la habría fabricado siguiendo vídeos de Youtube. Es un mamotreto de 40x20 cm, capaz de realizar seis disparos con pequeños cartuchos de perdigones.
Durante hora y media «deambuló», según sus propias palabras, por los alrededores, pero no fue detectado por guardaespaldas y policías por «problemas con la coordinación de la seguridad», que según el secretario en jefe del gobierno, impidieron actuar a las fuerzas del orden antes del primer disparo a pesar de que la policía «detectó movimientos sospechosos».
El error de unos y la suerte de otro acabaron en las imágenes del asesinato que dieron la vuelta al mundo. Como si respondiera a un resorte, de inmediato estallaron olas de rumores en la red culpando a «los surcoreanos».
Un móvil poco sólido
Si la prensa insiste en el breve paso de Yamagami, más de una década antes, por la marina de guerra japonesa es para explicar cómo pudo manufacturar un arma casera tan sofisticada y burlar la seguridad de un ex-primer ministro como Abe.
En realidad, Yamagami, de 41 años, trabajaba en una fábrica operando un toro en el almacén. Es «un tipo serio» y «perfectamente normal» según sus compañeros de trabajo. Hasta el día del atentado, un trabajador común con una vida modesta y rutinaría sólo alterada en los últimos meses, cuando había comenzado a quejarse de problemas de salud y faltar indebidamente al trabajo. A todas luces, el candidato más improbable a magnicida.
Y de hecho, él mismo insistió desde el primer momento a los investigadores que su crimen no tenía motivaciones políticas. Su móvil habría sido la venganza familiar. Afectado por relatos leídos en redes sociales, habría culpado al abuelo de Abe, el ex-primer ministro Nobusuke Kishi, de haber invitado a la Iglesia de la Unificación, los moonies, a instalarse en Japón durante los años 80.
Tomihiro Tanaka, presidente de la rama japonesa de la organización religiosa, declaró el lunes en una conferencia de prensa en Tokio que la madre de Yamagami se convirtió en seguidora de su grupo alrededor de 1998 y que la familia sufrió problemas económicos arruinándose en algún momento alrededor de 2002. Yamagami culpa de esta ruina a una donación que su abuela habría hecho a la secta.
Pero la relación entre Abe y aquello fue inexistente. Tampoco desarrolló vínculos posteriores con la secta. En una entrevista separada con el Mainichi Shimbun el 10 de julio, un dirigente del grupo religioso aseguró que «aunque no teníamos una relación cercana (con Abe), era un político que nos gustaba». Veinte años después de la quiebra de la abuela de Yamagami, la conexión entre Abe y los moonies, parece demasiado débil incluso para el crimen de un perturbado.
¿Quién era Abe?
Abe y su abuelo cuando éste era ministro
Abe no sólo tenía vinculación con el poder político a través de Nobusuke Kishi. Su tío abuelo, Eisaku Sato, también ocupó la jefatura de gobierno. Y su padre no era otro que el famoso ex ministro de Asuntos Exteriores Shintaro Abe.
En 2006, a los 52 años, se convirtió en el primer ministro más joven del Japón de la posguerra. De aquella sólo ocupó el cargo un año. Pero en 2012 volvió a la jefatura de gobierno tras llevar al PLD a una victoria aplastante. Después de casi ocho años, renunció debido a un brote de enfermedad intestinal crónica y fue sucedido por su secretario jefe de gabinete, Yoshihide Suga. Nadie hasta ahora ha ocupado el cargo durante tanto tiempo.
Ya en su segundo periodo en el poder, Abe destacó como la cabeza de los halcones del PLD. No sólo protagonizó sucesivos desaires a los coreanos honrando como héroes a criminales de guerra japoneses de la Segunda Guerra Mundial, sino que hizo bandera de la reforma constitucional.
Su objetivo era incluir en ella a las «Fuerzas de Autodefensa» y establecer el principio de que podrían entrar en acción frente a terceros países en caso de que aliados japoneses fueran atacados y no sólo si el suelo japonés sufría una agresión. Una condición legal necesaria para poder incorporarse o liderar el QUAD para convertirlo en la «OTAN asiática» por la que apostaron tanto él mismo como los sucesivos presidentes de EEUU con los que trató.
Abe, sin embargo, no era simplemente pro-americano. Japón no es un país semicolonial. Su concepción estratégica pasaba no sólo por contener a China, sino por separarla de Rusia y disciplinar y supeditar al capital coreano, lo que le llevó a sucesivos roces con EEUU, agravados por la obsesión trumpista por equilibrar la balanza comercial y los conatos de guerra económica y tensiones militares con Corea del Sur.
Los halcones, Kishida, Komeito y los efectos políticos del asesinato de Abe
Las elecciones de la semana pasada impulsaron la participación... pero tampoco drásticamente. Superó el 52%, claramente por encima del 48,8% de las anteriores legislativas de 2019 pero después de todo, fue la segunda cifra más baja registrada hasta ahora.
Con todo, el PLD y su socio de coalición, Komeito, aumentaron su mayoría, aunque los analistas japoneses apuntan más que a la simpatía causada por la muerte de Abe, a la inquietud causada por la guerra de Ucrania y sus consecuencias inmediatas para la seguridad japonesa tras imponer sanciones a Rusia.
Pero paradójicamente, aunque la prensa extranjera da por hecho que el nuevo escenario tras el asesinato se traducirá en un pronto cambio constitucional, los analistas japoneses opinan lo contrario.
Lo que para los periodistas europeos queda «lost in traslation» es que buena parte del poder industrial japonés es mucho más activo -e influyente- que sus pares alemanes a la hora de evitar una ruptura energética con Rusia. Y que, sin Abe, la facción belicista de la burguesía japonesa se ve seriamente debilitada.
Todos esperan que la facción Abe, entre ahora en una lucha intestina por el liderazgo que la eclipse políticamente. Kishida, líder de una facción rival, se verá mucho menos atado por los equilibrios internos en su partido... y aunque pueda llegar a apoyar la reforma de forma más o menos sutil, no parece que vaya a ir más allá de lo declarativo.
Todo apunta más bien a que sacrificará el proyecto de su viejo rival fallecido a cambio de una alianza más fuerte con su socio de gobierno, Komeito, que incluya un sustancial aumento del gasto de defensa.
Komeito es el brazo político de Soka Gakkai, la antítesis de los moonies, una organización budista japonesa de alcance global que hace del pacifismo su principal argumento de reclutamiento y del artículo 9 de la constitución japonesa -que Abe quería reformar- el fetiche de la paz en Asia.
Para los legisladores de Komeito aceptar la reforma del artículo 9 supondría renunciar a la razón de ser de su partido y una derrota histórica del budismo pacifista japonés. Por eso, hasta ahora, incluso en el momento de máxima presión militarista que siguió al estallido de la guerra en Ucrania, no se había comprometido más que a «tratar cuidadosamente» las propuestas de reforma constitucional del PLD.
La muerte de Abe y la debilidad de la facción más militarista del PLD les está permitiendo recuperar posiciones. Son, en realidad, sus beneficiarios directos.
Ecos de otra época
En Japón, el magnicidio y su contexto no pueden dejar de levantar fantasmas del pasado. El auge de la facción militarista de los años 30, ligada a los sectores jóvenes del ejército de tierra colonial y alimentada ideológicamente por el budismo místico, se consolidó entre 1931 y 1936 a base de atentados y asesinatos de los líderes de otras facciones en el seno del estado y las fuerzas armadas.
Hoy el sentido de la muerte de Abe es el contrario. O eso parece. Pero el fondo que se adivina sin mucho esfuerzo, no es muy diferente: luchas dentro del estado entre facciones de la clase dirigente, sectas religiosas, y alianzas con potencias imperialistas extranjeras. La burguesía japonesa, pionera del capitalismo de estado, nunca ha abandonado la división en esos viejos círculos de pertenencia.
Por eso, la pregunta no es quién sino qué mató a Shinzo Abe: la improbable buena suerte de un trastornado llevando a cabo una venganza inverosimil, o las fracturas, cada vez más dramáticas, de una clase dominante cada vez más dividida ante la perspectiva de una guerra en el Pacífico.