Concepción materialista de la Historia

El primer trabajo que emprendí fue una revisión crítica de la «Rechtsphilosophie» de Hegel, trabajo cuyos preliminares aparecieron en los «Anales Franco-alemanes» publicados en París en 1844. Mis investigaciones dieron este resultado: que las relaciones jurídicas, así como las formas de Estado, no pueden explicarse por sí mismas, ni por la llamada evolución general del espíritu humano; que se originan más bien en las condiciones materiales de existencia que Hegel, siguiendo el ejemplo de los ingleses y franceses del siglo XVIII, agrupaba bajo el nombre de «sociedad civil»; pero que la anatomía de la sociedad hay que buscarla en la economía política. Había comenzado el estudio de ésta en París y lo continuaba en Bruselas, donde me había establecido a consecuencia de una sentencia de expulsión dictada por el señor Guizot contra mí. El resultado general al que llegué y que, una vez obtenido, me sirvió de guía para mis estudios, puede formularse brevemente de este modo:

En la producción social de su existencia, los hombres entran en relaciones determinadas, necesarias, independientes de su voluntad; estas relaciones de producción corresponden a un grado determinado de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales.

El conjunto de estas relaciones de producción constituye la estructura económica de la sociedad, la base real, sobre la cual se eleva una superestructura jurídica y política y a la que corresponden formas sociales determinadas de consciencia. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de vida social, política e intelectual en general. No es la consciencia de los hombres la que determina la realidad; por el contrario, la realidad social es la que determina su consciencia.

Durante el curso de su desarrollo, las fuerzas productoras de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes, o, lo cual no es más que su expresión jurídica, con las relaciones de propiedad en cuyo interior se habían movido hasta entonces. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas que eran, estas relaciones se convierten en trabas de estas fuerzas. Entonces se abre una era de revolución social. El cambio que se ha producido en la base económica trastorna más o menos lenta o rápidamente toda la colosal superestructura. Al considerar tales trastornos importa siempre distinguir entre el trastorno material de las condiciones económicas de producción -que se debe comprobar fielmente con ayuda de las ciencias físicas y naturales- y las formas jurídicas, políticas, religiosas, artísticas o filosóficas; en una palabra, las formas ideológicas, bajo las cuales los hombres adquieren consciencia de este conflicto y lo resuelven. Así como no se juzga a un individuo por la idea que él tenga de sí mismo, tampoco se puede juzgar tal época por la consciencia de sí misma; es preciso, por el contrario explicar esta consciencia por las contradicciones de la vida material, por el conflicto que existe entre las fuerzas productoras sociales y las relaciones de producción.

Una sociedad no desaparece nunca antes de que sean desarrolladas todas las fuerzas productoras que pueda contener, y las relaciones de producción nuevas y superiores no se sustituyen jamás en ella antes de que las condiciones materiales de existencia de esas relaciones hayan sido incubadas en el seno mismo de la vieja sociedad. Por eso la humanidad no se propone nunca más que los problemas que puede resolver, pues, mirando de más cerca, se verá siempre que el problema mismo no se presenta más que cuando las condiciones materiales para resolverlo existen o se encuentran en estado de existir.

Esbozados a grandes rasgos, los modos de producción asiáticos, antiguos, feudales y burgueses modernos pueden ser designados como otras tantas épocas progresivas de la formación social económica. Las relaciones burguesas de producción son la última forma antagónica del proceso de producción social, no en el sentido de un antagonismo individual, sino en el de un antagonismo que nace de las condiciones sociales de existencia de los individuos; las fuerzas productoras que se desarrollan en el seno de la sociedad burguesa crean al mismo tiempo las condiciones materiales para resolver este antagonismo. Con esta formación social termina, pues, la prehistoria de la sociedad humana.

Carlos Marx. Prefacio a «Contribución a la Crítica de la Economía Política», enero de 1859.

Los párrafos anteriores forman seguramente uno de los textos más importantes de la Historia de la Humanidad. Integran el materialismo y el análisis dialéctico convirtiendo en súbitamente comprensible la Historia; hasta entonces, y con demasiada frecuencia todavía, reducida a un fantasmal relato de las ideas y ocurrencias de una estirpe de filósofos, técnicos e intelectuales, cuando no a las gestas de poderosos y sus huestes, sin otro hilo conductor que supuestas aspiraciones intemporales de pueblos perennes como dioses, sinos desgraciados de identidades y familias reinantes, felices casualidades y desgracias aparentemente impredecibles.

El descubrimiento de la concepción materialista de la historia, o mejor dicho, la consecuente aplicación y extensión del materialismo al campo de los fenómenos sociales, acaba con los dos defectos fundamentales de las teorías de la historia anteriores a Marx. En primer lugar, en el mejor de los casos, estas teorías solo consideraban los móviles ideológicos de la actividad histórica de los hombres sin investigar el origen de esos móviles, sin percibir las leyes objetivas que rigen el desarrollo del sistema de las relaciones sociales, sin advertir que las raíces de estas relaciones están en el grado de progreso de la producción material; en segundo lugar las viejas teorías no abarcaban con precisión las acciones de las masas de la población, mientras que el materialismo histórico permitió por primara vez el estudio, con la exactitud del naturalista, de las condiciones sociales de la vida de las masas y de los cambios experimentados por estas condiciones.

La «sociología» y la historiografía anteriores a Marx acumularon, en el mejor de los casos, datos no analizados y fragmentarios, y expusieron algunos aspectos del proceso histórico. El marxismo señaló el camino para una investigación universal y completa del proceso de nacimiento, desarrollo y decadencia de las formaciones económico-sociales, examinando el conjunto de todas las tendencias contradictorias y concentrándolas en las condiciones, exactamente determinables, de vida y de producción de las distintas clases de la sociedad, eliminando el subjetivismo y la arbitrariedad en la elección de las diversas ideas «dominantes» o en su interpretación y poniendo al descubierto las raíces de todas las ideas y de todas las diversas tendencias manifestadas en el estado de las fuerzas materiales productivas, sin excepción alguna.

Son los hombres los que hacen su propia historia, pero ¿qué determina los móviles de estos hombres, y, más exactamente, de las masas humanas? ¿a qué se deben los choques de las ideas y aspiraciones contradictorias? ¿qué representa el conjunto de todos estos choques que se producen en la masa toda de las sociedades humanas? ¿cuáles son las condiciones objetivas de producción de la vida material que forman la base de toda la actuación histórica de los hombres? ¿cuál es la ley que preside el desenvolvimiento de estas condiciones? Marx se detuvo en todo esto y trazó el camino del estudio científico de la historia concebida como un proceso único y lógico, pese a toda su imponente complejidad y a todo su carácter contradictorio.

Lenin. «Carlos Marx», julio-noviembre de 1914

La clase universal

Aterrizando el modelo general a nuestra realidad, el capitalismo, Marx y Engels llegan pronto a la perspectiva de que las principales fuerzas productivas creadas por el capitalismo (capital y trabajo) verán su desarrollo limitado, coartado, por las mismas relaciones e instituciones del capitalismo que las habían creado.

En el desarrollo de las fuerzas productivas se llega a una fase en la que surgen fuerzas productivas y medios de comunicación e intercambio que, bajo las relaciones existentes, solo pueden ser fuentes de males, que no son ya tales fuerzas productivas sino más bien fuerzas destructivas (maquinaria y dinero); y, a la vez, surge una clase condenada a soportar todos los inconvenientes de la sociedad sin gozar de sus ventajas, que se ve expulsada de la sociedad y obligada a colocarse en la más resuelta contradicción con todas las demás clases; una clase que se formaría de todos los miembros de la sociedad y de la que nace la consciencia de que es necesaria una revolución radical, la consciencia comunista

Marx y Engels. La Ideología alemana, 1846

La idea de que todas esas fuerzas productivas, potencialmente creadoras de riqueza, habrían de tornarse destructivas porque el capitalismo llegaría a un momento en el que ya no podría darles curso, era chocante en 1845, en plena expansión del capitalismo en Europa. Hoy convivimos con masas gigantescas de capital ficticio que intentan sobrevivir creando burbujas especulativas, burbujas que destruyen a su paso países enteros y reducen la producción durante años; los robots y las máquinas que permiten producir más con menos trabajo, en vez de generar riqueza, alimentan la crisis industrial, el paro estructural y la exclusión de millones. Pero el capital solo es una de las fuerzas productivas características del sistema. La mayor fuerza productiva de la sociedad capitalista es el trabajo. Y el trabajo se materializa en el proletariado.

El proletariado es la clase de la sociedad que saca su subsistencia de la venta de su trabajo exclusivamente y no del interés de un capital cualquiera; cuyas condiciones de existencia y su existencia misma dependen de la demanda de trabajo y, por consecuencia, de la sucesión de los períodos de crisis y de prosperidad industrial, de las oscilaciones de una concurrencia sin freno. El proletariado, o la clase de los obreros, es, en una palabra, la clase trabajadora de la época actual.

Engels. Principios de Comunismo, 1847

Marx y Engels remarcan la novedad histórica del proletariado desde sus primeros textos. No es una clase laboriosa más. En primer lugar porque por primera vez en la historia, una clase trabajadora es universal, porque el sistema que la ha creado es él mismo global y se articula a través de una estructura que en aquel momento se está abriendo paso hasta el último rincón de la Tierra: el mercado mundial. El mercado mundial no es algo abstracto, sino una estructura material y concreta que afecta a todos y cada uno de los trabajadores, produciendo una experiencia común que es por tanto universal e histórica -producto de la sociedad humana

La masa de los simples trabajadores (…) y por tanto, la pérdida no puramente temporal de ese mismo trabajo como fuente segura de vida, presupone, a través de la competencia, el mercado mundial. Por tanto el proletariado solo puede existir en el plano histórico-mundial, lo mismo que el comunismo, su acción, sólo puede llegar a cobrar realidad como existencia histórico-universal. Existencia histórico-universal de los individuos, es decir, existencia de los individuos directamente vinculada a la historia universal.

Marx y Engels. La Ideología alemana, 1846

El movimiento del capitalismo hacia la globalización desde sus orígenes, globaliza y «sincroniza» a su vez, a través del mercado mundial -y sus crisis- el movimiento de los trabajadores modernos… y su horizonte: el comunismo.

El comunismo, empíricamente, sólo puede darse como la acción «coincidente» o simultánea de los pueblos dominantes, lo que presupone el desarrollo universal de las fuerzas productivas y el intercambio universal que lleva aparejado.

Marx y Engels. La Ideología alemana, 1846

Pero el proletariado es «clase universal» también en un sentido más profundo que el geográfico. Es «universal» en la medida en que sus intereses últimos pasan por la destrucción de todo sistema de explotación y de toda forma de opresión.

Si los autores socialistas atribuyen al proletariado ese papel mundial, no es debido, como la crítica afecta creerlo, porque consideren a los proletarios como a dioses. Es más bien lo contrario.

En el proletariado plenamente desarrollado se hace abstracción de toda humanidad, hasta de la apariencia de la humanidad; en las condiciones de existencia del proletariado se condensan, en su forma más inhumana, todas las condiciones de existencia de la sociedad actual; el hombre se ha perdido a sí mismo, pero, al mismo tiempo, no sólo ha adquirido consciencia teórica de esa pérdida, sino que se ha visto constreñido directamente, por la miseria en adelante ineluctable, imposible de paliar, absolutamente imperiosa -por la expresión práctica de la necesidad-, a rebelarse contra esa inhumanidad; y es por todo esto que el proletariado puede libertarse a sí mismo.

Pero no puede él libertarse sin suprimir sus propias condiciones de existencia. No puede suprimir sus propias condiciones de existencia sin suprimir todas las condiciones de existencia inhumanas de la sociedad actual que se condensan en su situación. No en vano pasa por la escuela ruda, pero fortificante, del trabajo.

Marx y Engels. La Sagrada Familia, 1844

Ese carácter universal de los intereses de clase del proletariado se manifiesta en todo su recorrido histórico, desde la reivindicación más «inmediata» hasta sus expresiones políticas más complejas. ¿Dónde ven eso? En las reivindicaciones más básicas. Porque espontáneamente y desde los orígenes del movimiento obrero, los trabajadores no luchan en tanto que clase por nuevos privilegios o medidas que apunten a explotar a otros, sino por satisfacer necesidades humanas universales, genéricas, es decir, compartidas por todo el género humano: bienestar, alojamiento, tiempo para vivir más allá de la producción, acceso al conocimiento, etc.

Este es el sentido último del carácter universal de la clase: una experiencia universal que genera una lucha por necesidades universales. Por eso el «comunismo», la forma social que ha de nacer del colapso del capitalismo, no es una «utopía», una idea a imponer a la realidad, sino una tendencia que está ya presente desde el primer momento del capitalismo a través del proletariado.

El comunismo no es un estado que debe implantarse, un ideal al que ha de sujetarse la realidad. Nosotros llamamos comunismo al movimiento real que anula y supera al estado de cosas actual.

Marx y Engels. La Ideología alemana, 1846

En el proletariado no hay una oposición, una contradicción entre el «objetivo inmediato» y el «objetivo final». Todas sus manifestaciones políticas, desde la huelga más pequeña a la revolución, están unidas por un hilo visible a quien quiera descubrirlo: la afirmación de las necesidades humanas sobre la lógica del capital, última forma posible de explotación. El comunismo no es una organización alternativa de la división del trabajo, es el fin de la división del trabajo; no es el intento de sustituir una clase dominante por otra, es el fin de las clases sociales; no es una mera reorganización del trabajo, sino el fin del trabajo esclavo de la necesidad; no es la sustitución de las viejas identidades nacidas de las necesidades de una sociedad escindida -como la nación, el sexo, la raza o la profesión- sino su disolución en una única identidad humana genérica.

Todas las anteriores revoluciones dejaban intacto el modo de actividad y sólo trataban de lograr otra distribución de ésta, una nueva distribución del trabajo entre otras personas, al paso que la revolución comunista va dirigida contra el carácter anterior de actividad, elimina el trabajo y suprime la combinación de todas las clases, al acabar con las clases mismas, ya que esta revolución es llevada a cabo por la clase a la que la sociedad no considera como tal, no reconoce como clase y expresa ya de por sí la disolución de todas las clases, nacionalidades, etc., dentro de la actual sociedad

Marx y Engels. La Ideología alemana, 1846

El comunismo

Estando limitados por las relaciones sociales de nuestra época, tenemos un límite en el alcance de nuestras predicciones. Por eso, a pesar del tamaño de su obra, Marx y Engels no dedicaron demasiados textos a describir las características del comunismo. No pretendían vender utopías ni planes geniales, pretendían hacer un análisis científico de la transformación del capitalismo que se planteaba históricamente como una necesidad.

Tenían claro, eso sí, que el comunismo es una sociedad de abundancia. No hay comunismo sin desmercantilización total. Todas las relaciones humanas serán desmercantilizadas. El trabajo, los alimentos, el conocimiento, los objetos cotidianos, las casas, la información... dejarán de ser mercancía. En una sociedad comunista no es necesario el dinero, no existe el trabajo forzado por la necesidad; hay de todo, todo está disponible para todos y todo es «gratis», si es que la palabra tiene algún sentido en ese contexto.

Resulta obvio que una sociedad así vendrá precedida de una verdadera liberación de las fuerzas productivas, un incremento de la productividad brutal durante la transición abierta por la revolución. En «El Capital» Marx insiste para hacernos entender hasta qué punto y de qué manera el comunismo, en tanto que movimiento que se materializará en la organización de la producción de acuerdo a las necesidades humanas, está llamado a representar una liberación de las fuerzas productivas, y al mismo tiempo, en su sentido estricto, alcanzará la liberación general de nuestra especie del trabajo impuesto por la necesidad.

La supresión de la forma capitalista de producción permite restringir la jornada laboral al trabajo necesario. Este último, sin embargo, bajo condiciones en lo demás iguales, ampliaría su territorio. Por un lado, porque las condiciones de vida del obrero serían más holgadas, y mayores sus exigencias vitales. Por otro lado, porque una parte del plustrabajo actual se contaría como trabajo necesario, esto es, el trabajo que se requiere para constituir un fondo social de reserva y de acumulación.

Cuanto más se acrecienta la fuerza productiva del trabajo, tanto más puede reducirse la jornada laboral, y cuanto más se la reduce, tanto más puede aumentar la intensidad del trabajo. Socialmente considerada, la productividad del trabajo aumenta también con su economía. Ésta no sólo implica que se economicen los medios de producción, sino el evitar todo trabajo inútil. Mientras que el modo capitalista de producción impone la economización dentro de cada empresa individual, su anárquico sistema de competencia genera el despilfarro más desenfrenado de los medios de producción sociales y de las fuerzas de trabajo de la sociedad, creando además un sinnúmero de funciones actualmente indispensables, pero en sí y para sí superfluas.

Una vez dadas la intensidad y la fuerza productiva del trabajo, la parte necesaria de la jornada social de trabajo para la producción material será tanto más corta, y tanto más larga la parte de tiempo conquistada para la libre actividad intelectual y social de los individuos, cuanto más uniformemente se distribuya el trabajo entre todos los miembros aptos de la sociedad.

Carlos Marx. El Capital, libro I, capítulo XV, 1866.

Marx pone el acento en lo que hoy llamaríamos «robotización» e «Inteligencia Artificial». Imagina el desarrollo de las «máquinas» mucho más allá de lo que era evidente en su época. Piensa en su fusión con sistemas de información automatizados y el cambio que eso significa en la propia definición de máquina y se maravilla ante ese capitalismo por venir que es el nuestro.

Son órganos del cerebro humano creados por la mano humana; fuerza objetivada del conocimiento. El desarrollo del capital revela hasta qué punto el conocimiento social general se ha convertido en fuerza productiva inmediata, y, por lo tanto, hasta qué punto las condiciones del proceso de la vida social misma han entrado bajo los controles del intelecto general y remodeladas conforme al mismo. Hasta qué punto las fuerzas productivas sociales son producidas no sólo en la forma del conocimiento, sino como órganos inmediatos de la práctica social, del proceso vital real.

Carlos Marx. Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse), 1857-1858

Marx no se engaña. Un desarrollo de las fuerzas productivas así, bajo el capitalismo, supone una exacerbación radical de sus contradicciones. El capitalismo necesita reducir la cantidad de trabajo humano necesario, pero no por generosidad con la Humanidad sino como forma de mantener la reproducción del capital en marcha. Crea esas fuerzas inmensas para después intentar encajar sin éxito sus resultados en la mezquindad de sus objetivos. Genera tecnologías prodigiosas capaces de llevar hasta el límite de la desmercantilización la producción de algunas cosas… para acto seguido intentar retrotraer la sociedad y las leyes a una situación anterior con tal de obtener ganancias y remunerar el capital.

Cada vez más sectores se acercan a una situación en la que producir más no supone en la práctica incorporar nuevas cantidades significativas de trabajo y recursos. ¿No hemos visto ya acaso algo así en Internet con tantos y tantos bienes informacionales -libros, discos, planos, periódicos, etc.- en los que el coste de producir millones de copias extra es nulo o prácticamente nulo?

El capitalismo por un lado despierta a la vida todos los poderes de la Ciencia y de la Naturaleza, así como de la cooperación y del intercambio sociales, para hacer que la creación de la riqueza sea (relativamente) independiente del tiempo de trabajo empleado en ella. Por el otro lado se propone medir con el tiempo de trabajo esas gigantescas fuerzas sociales así creadas y reducirlas a los límites requeridos para que el valor ya creado se conserve como valor. Las fuerzas productivas y las relaciones sociales -unas y otras aspectos diversos del desarrollo del individuo social- se le aparecen al capital únicamente como medios, y no son para él más que medios para producir fundándose en su mezquina base. Pero de hecho, constituyen las condiciones materiales para hacer saltar a esa base por los aires. Como dice Charles Wentworth Dilke «una nación es verdaderamente rica cuando en vez de 12 horas se trabajan 6. Riqueza no es disposición de tiempo de plustrabajo , «sino tiempo disponible, aparte del usado en la producción inmediata, para cada individuo y toda la sociedad».

Carlos Marx. Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse), 1857-1858

Es esta socialización de la producción a través del conocimiento, que se esboza de forma inevitablemente problemática en el capitalismo que vivimos, la que hace posible la desaparición de la división del trabajo.

La división del trabajo nos brinda ya el primer ejemplo de cómo, mientras los hombres viven en una sociedad primitiva, mientras se da, por tanto, una separación entre el interés particular y el interés común, mientras las actividades, por consiguiente, no aparecen divididas voluntariamente, sino por modo natural, los actos propios del hombre se erigen ante él en un poder ajeno y hostil, que lo sojuzga, en vez de ser él quien los domine. En efecto, a partir del momento en que comienza a dividirse el trabajo, cada cual se mueve en un determinado círculo exclusivo de actividades, que le es impuesto y del que no puede salirse; el hombre es cazador, pescador, pastor o crítico, y no tiene más remedio que seguir siéndolo, si no quiere verse privado de los medios de vida; en el comunismo en cambio, cada individuo no tiene acotado un círculo exclusivo de actividades, sino que puede desarrollar sus aptitudes en la rama que mejor le parezca, la sociedad se encarga de regular la producción general, con lo que hace cabalmente posible que yo pueda dedicarme hoy a esto y mañana a aquello, que pueda por la mañana cazar, por la tarde pescar y por la noche apacentar el ganado, y después de comer, si me place, dedicarme a criticar, sin necesidad de ser exclusivamente cazador, pescador, pastor o crítico, según los casos.

Marx y Engels. La ideología alemana, 1845

Una sociedad sin división del trabajo y sin división de clases, «el verdadero comienzo de la historia humana», supone el fin de la alienación social. Marx se da cuenta muy pronto, en 1844, cuando está preparando las notas que servirán de base al núcleo de su trabajo en la Liga de los Comunistas..

El comunismo como superación positiva de la propiedad privada en cuanto autoextrañamiento del hombre, y por ello como apropiación real de la esencia humana por y para el hombre; por ello como retorno del hombre para sí en cuanto hombre social, es decir, humano; retorno pleno, consciente y efectuado dentro de toda la riqueza de la evolución humana hasta el presente. Este comunismo es, como completo naturalismo = humanismo, como completo humanismo = naturalismo; es la verdadera solución del conflicto entre el hombre y la naturaleza, entre el hombre y el hombre, la solución definitiva del litigio entre existencia y esencia, entre objetivación y autoafirmación, entre libertad y necesidad, entre individuo y género [humano]. Es el enigma resuelto de la historia y sabe que es la solución.

Carlos Marx. Manuscritos económicos y filosóficos, 1844

El tema volverá una y otra vez a lo largo de su obra. La experiencia humana, lo que vivimos como especie y se refleja en cada uno de nosotros, se transformará y desarrollará necesariamente. La experiencia humana en una sociedad de la abundancia será, en cierta medida, una experiencia artística.

La concentración exclusiva del talento artístico en individuos únicos y la consiguiente supresión de estas dotes en la gran masa es una consecuencia de la división del trabajo (…) en todo caso, en una organización comunista de la sociedad desaparece la inclusión del artista en la limitación local y nacional, que responde pura y únicamente a la división del trabajo, y la inclusión del individuo en este determinado arte, de tal modo que sólo haya exclusivamente pintores, escultores, etc. y ya el nombre mismo expresa con bastante elocuencia la limitación de su desarrollo profesional y su supeditación a la división del trabajo. En una sociedad comunista, no habrá pintores, sino, a lo sumo, hombres que, entre otras cosas, se ocupan también de pintar.

Marx y Engels. La ideología alemana, 1845

Marx desarrollará esta idea en «El capital», apuntando que el desarrollo de la productividad que genera el capitalismo «contribuye a crear tiempo social disponible para el esparcimiento de todos y cada uno», aunque sea mediante el paro forzoso. El camino hacia el comunismo pasa por «apropiarse» progresivamente de los incrementos de productividad, hasta reducir el trabajo «forzado por la necesidad».

El tiempo de trabajo necesario se alineará por una parte con las necesidades del individuo social, mientras que por otro lado asistiremos a un crecimiento tal de las fuerzas productivas que el ocio aumentará para cada uno, mientras la producción será calculada en función de la riqueza de todos. Y por ser la verdadera riqueza, la plena potencia productiva de todos los individuos, el patrón de medida será entonces no el tiempo de trabajo sino el tiempo disponible.

Carlos Marx. El Capital, 1857

En el mismo libro volverá a esta idea de la sociedad de la abundancia como una sociedad hiperproductiva en la que las capacidades humanas son tales que no tiene sentido mantener una vida divida entre entre ocio y trabajo.

En resumen, cae en el sentido que el tiempo de trabajo inmediato no podrá estar siempre opuesto al tiempo libre, como es el caso en el sistema económico burgués. (…) El tiempo libre -que es a la vez ocio y actividad superior- transformará naturalmente a su poseedor en un sujeto diferente, y en tanto que sujeto nuevo entrará en el proceso de la producción inmediata.

Carlos Marx. El Capital, 1857

No son fantasías mesiánicas ni delirios, no es el «elemento de fe» del marxismo. Si la abundancia se plantea como problema bajo el capitalismo -y la plantean hasta sus propios apologetas como Keynes- es porque «las condiciones materiales para resolverlo existen o se encuentran en estado de existir». El objetivo de la acción política del proletariado, el objetivo de su programa, es imponer las transformaciones que lo convertirán en una posibilidad inmediata.

Cuando haya desaparecido la subordinación esclavizadora de los individuos a la división del trabajo, y con ella, la oposición entre el trabajo intelectual y el trabajo manual; cuando el trabajo no sea solamente un medio de vida, sino la primera necesidad vital; cuando, con el desarrollo de los individuos en todos sus aspectos, crezcan también las fuerzas productivas y corran a chorro lleno los manantiales de la riqueza colectiva, sólo entonces podrá rebasarse totalmente el estrecho horizonte del derecho burgués y la sociedad podrá escribir en sus banderas: ¡De cada cual, según sus capacidades; a cada cual según sus necesidades!

Carlos Marx. Crítica del programa de Gotha, 1875

Por eso hasta el final de su vida Marx insistirá en retratar la sociedad comunista como un estadio de desarrollo socio-económico producto del crecimiento sostenido de la productividad en el que:

Habrá desaparecido la avasalladora sujeción de los individuos a la división del trabajo, y con ella también la oposición entre el trabajo intelectual y el trabajo manual, el trabajo no será ya sólo medio de vida, sino que incluso se habrá convertido en la primera necesidad vital, (y) con el desarrollo multifacético de los individuos habrán crecido también sus capacidades productivas y todos los manantiales de la riqueza colectiva fluirán con plenitud.

Carlos Marx. Crítica del programa de Gotha, 1875.

La perspectiva del comunismo como una sociedad de abundancia, que no es sino la solución de lo que la economía vulgar llama «el problema económico», es lo que define al «comunismo» como movimiento y perspectiva de la acción política de los trabajadores.

El proceso de constitución en clase

Es importante remarcar que el comunismo no es una ideología, sino un movimiento real producido por las contradicciones de la sociedad capitalista. El comunismo, el horizonte del programa comunista, se insinúa, está presente en potencia, en las luchas cotidianas del trabajo contra el capital.

El comunismo no es un estado que debe implantarse, un ideal al que ha de sujetarse la realidad. Nosotros llamamos comunismo al movimiento real que anula y supera al estado de cosas actual.

Si en la más modesta expresión de la lucha de clases no podemos ver la abundancia abriéndose paso, nada realmente revolucionario podrá ser construido. Lo que no quiere decir que, ni siquiera dentro de un enfrentamiento frente a la burguesía, los trabajadores vayan a ser, en términos de individuos o grupos, conscientes de ese potencial y aun menos que vayan a afirmarlo abiertamente.

No se trata de saber lo que tal o cual proletario, o aun el proletariado íntegro, se propone momentáneamente como fin. Se trata de saber lo que el proletariado es y lo que debe históricamente hacer de acuerdo a su ser. Su finalidad y su acción histórica le están trazadas, de manera tangible e irrevocable, en su propia situación de existencia, como en toda la organización de la sociedad burguesa actual.

Marx y Engels. La sagrada familia, 1844

Es decir, lo que el proletariado «es», el modo en que le definen las relaciones de producción, le impulsa a combatir -aun en el conflicto menos dramático- por necesidades universales. Afirma en los hechos la necesidad de una sociedad organizada de acuerdo a las necesidades humanas... aunque esa afirmación por los hechos no se refleje necesariamente en la opinión, el discurso o los objetivos declarados de las luchas.

Este desfase entre las posibilidades abiertas por la acción de clase y la consciencia de lo que significa para muchos o incluso la mayoría de los trabajadores en un momento dado, es el resultado necesario de ser la clase explotada.

Las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época; o, dicho en otros términos, la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante. La clase que tiene a su disposición los medios para la producción material dispone con ello, al mismo tiempo, de los medios para la producción espiritual, lo que hace que se le sometan, al propio tiempo, por término medio, las ideas de quienes carecen de los medios necesarios para producir espiritualmente.

Las ideas dominantes no son otra cosa que la expresión ideal de las relaciones materiales dominantes, las mismas relaciones materiales dominantes concebidas como ideas; por tanto, las relaciones que hacen de una determinada clase la clase dominante, o sea, las ideas de su dominación. Los individuos que forman la clase dominante tienen también, entre otras cosas, la consciencia de ello y piensan a tono con ello; por eso, en cuanto dominan como clase y en cuanto determinan todo el ámbito de una época histórica, se comprende de suyo que lo hagan en toda su extensión, y, por tanto, entre otras cosas, también como pensadores, como productores de ideas, que regulan la producción y distribución de las ideas de su tiempo; y que sus ideas sean; por ello mismo, las ideas dominantes de la época.

Marx y Engels. La ideología alemana, 1845

Se trata de una bonita contradicción. Por un lado el proletariado es la primera clase que tiene el comunismo, el fin de las divisiones de clase, como horizonte de su programa. Su representación de la realidad no tiene que ocultar un interés explotador para presentarse como universal. Su representación de la realidad puede, por primera vez en la historia de la Humanidad, no ser «ideología», sino adelantar una verdadera consciencia humana, un conocimiento no mediado por los intereses de clase.

Por otro, esto es posible precisamente por ser la clase explotada del modo de producción capitalista. La clase que, privada de los medios de producción material y espiritual, es negada por la sociedad actual en todas sus expresiones. Lo mismo que hace al proletariado la clase revolucionaria, hace de ella una clase subalterna, subordinada y sometida en su visión del mundo.

Dada su naturaleza de clase explotada y oprimida, la perspectiva de la desmercantilización, la posibilidad de la abundancia y sobre todo, la consciencia de que solo el proletariado puede hacerlo realidad solo puede desarrollarse masivamente cuando la clase se libera, siquiera momentaneamente, de su yugo como clase explotada y subalterna mediante su propia lucha. Es decir, la contradicción se resuelve en un proceso histórico que transforma al mismo proletariado.

Tanto para engendrar en masa esta consciencia comunista como para llevar adelante la cosa misma, es necesaria una transformación en masa de los hombres que solo podrá conseguirse mediante un movimiento práctico, mediante una revolución, y que por consiguiente, la revolución no solo es necesaria porque la clase dominante no puede ser derrocada de otro modo, sino también porque únicamente por medio de una revolución logrará la clase que derriba salir del cieno en que se hunde y volverse capaz de fundar la sociedad sobre nuevas bases.

Marx y Engels. La ideología alemana, 1845

El día antes de la reunión constitutiva de la Iª Internacional (AIT), Marx insiste sobre esta idea a los comunistas discuten en Londres cuál es el mensaje que la AIT debería transmitir a los trabajadores del mundo.

Tenéis que sostener quince, veinte, cincuenta años de luchas sociales, no solo para cambiar las condiciones sociales, sino para transformaros vosotros mismos y haceros dignos del poder.

Carlos Marx. Proceso verbal de la Comisión Central de la Unión Comunista, Londres, 15 de septiembre de 1850

De lo que nos está hablando Marx es del proceso de constitución de la clase de clase explotada y atomizada a clase dirigente capaz de organizar el conjunto social bajo su programa. Un proceso que comienza con las luchas salariales aisladas y se desarrolla a partir del momento en el que un nuevo tipo de reivindicaciones -como la jornada de ocho horas- afirman la unidad de intereses de todos los trabajadores. La clase se descubre a través de ellas como tal. De «clase frente al capital» pasa a convertirse en clase... frente a sí misma.

En la lucha, de la cual hemos señalado algunas fases, esta masa se reúne, constituyéndose en clase para sí misma. Los intereses que defienden llegan a ser intereses de clase.

Carlos Marx. Miseria de la Filosofía, 1847

Pero el tipo de confrontaciones de clase que desde principios del siglo XX permite la constitución de la clase en sujeto político, la huelga de masas, tiene además la potencialidad de organizar masivamente al conjunto de la clase al punto de que ésta puede llegar a sustituir con su autoorganización al estado burgués. Estamos ya ante la Revolución: El proletariado se constituye entonces como clase dirigente de la sociedad todavía burguesa destruyendo el estado existente y llevando a la práctica su programa hasta la desmercantilización completa de las relaciones sociales.

En todo este proceso con zenit en la revolución, los elementos dinámicos son la combatividad y la consciencia de la clase. Claro, que el que sean dinámicos no quiere decir que sean siempre crecientes, ni continuas ni mucho menos acumulativas.

Definimos consciencia de clase como:

El conocimiento y afirmación de las necesidades y posibilidades máximas abiertas históricamente a la clase revolucionaria y de los medios necesarios para realizarlas.

Es decir, la consciencia de clase no se mide solo en comparación con la perspectiva de una sociedad comunista, sino por el desarrollo del programa de clase como un todo. Tiene por tanto dos dimensiones: su profundidad y su extensión. Su profundidad es la medida de su utilidad, de su capacidad de dar respuesta a las necesidades de las luchas reales de clase para hacerlas avanzar. Profundidad es profundidad programática. Su extensión es la medida en que ese programa se hace consciente entre los miembros de la clase.

La relación entre la clase y su consciencia no es la de un autómata mecánico, no existe una cadena necesaria de causas y efectos con resultados predecibles. No hay un «procedimiento», un protocolo predeterminado que nos lleve a la revolución y el comunismo. Solo podemos saber que el proletariado se ve obligado a reaccionar, a afirmar las necesidades humanas luchando contra un sistema que las niega y que esta reacción tiene fundamentalmente dos expresiones:

  1. Segrega continuamente conversaciones y redes en las que, de una manera u otra, se pone en cuestión la ideología dominante y la interpretación de la realidad que ésta le ofrece. Una parte de estos grupos informales acendrará1 sus posiciones convirtiéndose en núcleos organizados que se darán por objetivo estudiar y desarrollar el programa comunista. En conjunto y en un momento dado, todos estos grupos, forman el partido de clase, partido que es partido en proceso formación, en devenir, durante la mayor parte del proceso de constitución de la clase como sujeto político.
  2. Desarrolla una combatividad que madura en sectores amplios de la clase y que se expresa en luchas y reivindicaciones abiertas de manera espontánea.

La utilidad de las minorías más conscientes en el proceso no es «introducir la consciencia» en la masa de trabajadores sino servir de «acumulador» de la experiencia de la clase como un todo que es capaz de convertirla en herramienta al servicio de cada nueva batalla. La consciencia no es una opinión, ni una idea abstracta, es la expresión de una necesidad histórica que se hace concreta en la lucha del proletariado, por eso no la consciencia solo puede extenderse a sectores más amplios de la clase como consecuencia, como resultado de sus propias luchas.

La validez teórica es importantísima a la larga, como lo es también, en lo inmediato, para la formación de organizaciones aptas. No obstante, ni la mejor de éstas conseguirá introducir consciencia en la clase revolucionaria. En tal empeño, la escuela del proletariado no será jamás la reflexión teórica, ni la experiencia acumulada y bien interpretada, sino conquista de sus propias realizaciones en plena lucha

G. Munis. Consciencia revolucionaria y clase para sí, 1976

La necesidad material del partido radica en su utilidad concreta para hacer avanzar los combates de clase. En el curso de los enfrentamientos contra el capital, las propias necesidades de la lucha obligan a los trabajadores, so pena de verse derrotados, a resolver nuevos problemas. Solo pueden resolverlos extendiendo y escalando sus auto-organización y sus reivindicaciones. Es decir, solo pueden avanzar desplegando en la práctica el programa comunista... ganando las mayorías la consciencia de haberlo hecho solo después.

La combatividad de la clase mana irresistiblemente, explosiva en determinados momentos, de su propio trasfondo histórico. Se cristaliza en hechos que sólo después son pensados por ella y le dan base y energía para ulteriores avances. Procede pues, en los hechos como en la consciencia, por saltos en el desarrollo, la continuidad de cuyo discontinuo ha de asegurarla su sector deliberadamente revolucionario. La propia victoria decisiva será para la mayoría de la clase una realización antes que una intención consumada. No en balde es la clase revolucionaria forjada por la historia a despecho de la opresión y el dirigismo intelectual que acompañan su vida cotidiana. Por lo mismo, en los núcleos obreros revolucionarios recae, mucho más que hace 150 años, un cometido en fin de cuentas determinante.

G. Munis. Consciencia revolucionaria y clase para sí, 1976

Es esta naturaleza de las luchas de clase como proceso que comienza como un conflicto concreto y explosivo por lo inmediato y culmina como organización de la clase como tal para la desmercantilización de la sociedad, la que da forma al programa mismo como un «escalado», un conjunto de tareas y reivindicaciones que esas minorías organizadas más conscientes, el partido, han de ir proponiendo para su despliegue en cada momento del proceso de constitución en clase.

Postular la revolución comunista, incluso flanqueada por la abolición del trabajo asalariado, no pasa de ser noción borrosa, aún suponiéndola –esperanza vana en el mundo presente– compartida por la mayoría. Porque la eliminación del salariato en cuanto objetivo directo una vez arrancado el poder al capital, está lejos de ser un acto único, cual la abolición de las leyes del mismo o el desmantelamiento de su armatoste estatal. Se descompone o subdivide en una serie de medidas, de cuyos efectos inmediatos y mediatos resultará la dicha eliminación, estructura social básica de la sociedad comunista. Las principales medidas, las más transcendentes se desprenden de la situación actual de la clase, de sus posibilidades máximas en contraste con un capitalismo apabullador y decadente, ya sin derecho a la existencia. ¿Donde, en qué sino en la formulación y defensa de las mismas cerca del proletariado puede aparecer la consciencia de una organización revolucionaria? Se condenan al bullicio inocuo, cuando no al charlatanismo, las tendencias que rehúyen hacerlo, cualquiera sea su cuantía numérica.

G. Munis. Consciencia revolucionaria y clase para sí, 1976

Si esperásemos que toda la clase o una sección masiva de ella «acumulase» consciencia a lo largo de las subidas y bajadas de las luchas, no habríamos entendido lo fundamental: el proletariado es la última clase revolucionaria porque es la clase explotada universalmente. Y como clase explotada no puede ganar una consciencia masiva más que cuando ya ha quebrado el orden capitalista. Durante todo ese recorrido, y especialmente en las derrotas y los retrocesos, la consciencia de clase solo puede desarrollarse en la minoría militante que la propia clase segrega.

El objetivo final del socialismo es el único factor decisivo que distingue al movimiento socialdemócrata de la democracia y el radicalismo burgueses, el único factor que transforma la movilización obrera de conjunto de vano esfuerzo por reformar el orden capitalista, en lucha de clases contra ese orden, para suprimir ese orden.

Rosa Luxemburgo. Reforma y Revolución, 1900

Tanto es así, que es en relación con esa perspectiva que se define la existencia política del proletariado. Ni la clase ni el partido, en tanto que grupo más avanzado de la clase que batalla por su constitución como sujeto político, pueden existir más que como movimiento, como «tendencia a una finalidad». Finalidad que no es otra cosa que la eliminación de la mercancía y el estado, la instauración de una sociedad comunista.

El concepto de clase no debe pues suscitar en nosotros una imagen estática, sino una imagen dinámica. Cuando distinguimos una tendencia social, un movimiento hacia determinadas finalidades, podemos reconocer la existencia de una clase en el verdadero sentido de la palabra. Sin embargo, entonces existe, de manera substancial si no aún de manera formal, el partido de clase. Un partido vive cuando viven una doctrina y un método de acción. Un partido es una escuela de pensamiento político y, por consiguiente, una organización de lucha. El primero es un hecho de consciencia, el segundo es un hecho de voluntad, más precisamente, de tendencia a una finalidad. Sin estos dos caracteres nosotros no poseemos ni siquiera la definición de una clase. El frío registrador de datos puede, repitámoslo, constatar afinidades en las condiciones de vida de agrupamientos más o menos grandes, pero sin aquéllos ninguna huella se graba en el devenir de la historia.

Amadeo Bordiga. Partido y Clase, 1921

El Manifiesto

Marx y Engels empiezan a escribir el Manifiesto Comunista en 1847 y lo entregan en vísperas de la revolución de febrero de 1848. La primera parte del primer capítulo despliega con una fuerza y una belleza extraordinarias la expansión capitalista, remarcando su carácter global, universal y al mismo tiempo su capacidad para crear, por primera vez en la Historia, una experiencia humana universal.

La burguesía ha desempeñado en la historia un papel altamente revolucionario.

Dondequiera que ha conquistado el poder, la burguesía ha destruido las relaciones feudales, patriarcales, idílicas. Las abigarradas ligaduras feudales que ataban al hombre a sus «superiores naturales» las ha desgarrado sin piedad para no dejar subsistir otro vínculo entre los hombres que el frío interés, el cruel «pago al contado». Ha ahogado el sagrado éxtasis del fervor religioso, el entusiasmo caballeresco y el sentimentalismo del pequeño burgués en las aguas heladas del cálculo egoísta. Ha hecho de la dignidad personal un simple valor de cambio. Ha sustituido las numerosas libertades escrituradas y adquiridas por la única y desalmada libertad de comercio. En una palabra, en lugar de la explotación velada por ilusiones religiosas y políticas, ha establecido una explotación abierta, descarada, directa y brutal.

La burguesía ha despojado de su aureola a todas las profesiones que hasta entonces se tenían por venerables y dignas de piadoso respeto. Al médico, al jurisconsulto, al sacerdote, al poeta, al hombre de ciencia, los ha convertido en sus servidores asalariados.

La burguesía ha desgarrado el velo de emocionante sentimentalismo que encubría las relaciones familiares, y las ha reducido a simples relaciones de dinero.

La burguesía ha revelado que la brutal manifestación de fuerza en la Edad Media, tan admirada por la reacción, tenía su complemento natural en la más relajada holgazanería. Ha sido ella la primera en demostrar lo que puede realizar la actividad humana; ha creado maravillas muy distintas a las pirámides de Egipto; a los acueductos romanos y a las catedrales góticas, y ha realizado campañas muy distintas a las migraciones de pueblos y a las Cruzadas.

La burguesía no puede existir sino a condición de revolucionar incesantemente los instrumentos de producción y, por consiguiente, las relaciones de producción, y con ello todas las relaciones sociales. La conservación del antiguo modo de producción era, por el contrario, la primera condición de existencia de todas las clases industriales precedentes. Una revolución continua en la producción, una incesante conmoción de todas las condiciones sociales, una inquietud y un movimiento constantes distinguen la época burguesa de todas las anteriores. Todas las relaciones estancadas y enmohecidas, con su cortejo de creencias y de ideas veneradas durante siglos, quedan rotas; las nuevas se hacen añejas antes de llegar a osificarse. Todo lo estamental y estancado se esfuma; todo lo sagrado es profanado, y los hombres, al fin, se ven forzados a considerar serenamente sus condiciones de existencia y sus relaciones recíprocas.

Espoleada por la necesidad de dar cada vez mayor salida a sus productos, la burguesía recorre el mundo entero. Necesita anidar en todas partes, establecerse en todas partes, crear vínculos en todas partes.

Mediante la explotación del mercado mundial, la burguesía ha dado un carácter cosmopolita a la producción y al consumo de todos los países. Con gran sentimiento de los reaccionarios, ha quitado a la industria su base nacional. Las antiguas industrias nacionales han sido destruidas y están destruyéndose continuamente. Son suplantadas por nuevas industrias, cuya introducción se convierte en cuestión vital para todas las naciones civilizadas, por industrias que ya no emplean materias primas indígenas, sino materias primas venidas de las más lejanas regiones del mundo, y cuyos productos no sólo se consumen en el propio país, sino en todas las partes del globo. En lugar del antiguo aislamiento y la amargura de las regiones y naciones, se establece un intercambio universal, una interdependencia universal de las naciones. Y eso se refiere tanto a la producción material, como a la intelectual. La producción intelectual de una nación se convierte en patrimonio común de todas. La estrechez y el exclusivismo nacionales resultan de día en día más imposibles; de las numerosas literaturas nacionales y locales se forma una literatura universal.

Merced al rápido perfeccionamiento de los instrumentos de producción y al constante progreso de los medios de comunicación, la burguesía arrastra a la corriente de la civilización a todas las naciones, hasta a las más bárbaras. Los bajos precios de sus mercancías constituyen la artillería pesada que derrumba todas las murallas de China y hace capitular a los bárbaros más fanáticamente hostiles a los extranjeros. Obliga a todas las naciones, si no quieren sucumbir, a adoptar el modo burgués de producción, las constriñe a introducir la llamada civilización, es decir, a hacerse burgueses. En una palabra: se forja un mundo a su imagen y semejanza.

La burguesía ha sometido el campo al dominio de la ciudad. Ha creado urbes inmensas; ha aumentado enormemente la población de las ciudades en comparación con la del campo, substrayendo una gran parte de la población al idiotismo de la vida rural. Del mismo modo que ha subordinado el campo a la ciudad, ha subordinado los países bárbaros o semibárbaros a los países civilizados, los pueblos campesinos a los pueblos burgueses, el Oriente al Occidente.

La burguesía suprime cada vez más el fraccionamiento de los medios de producción, de la propiedad y de la población. Ha aglomerado la población, centralizado los medios de producción y concentrado la propiedad en manos de unos pocos. La consecuencia obligada de ello ha sido la centralización política. Las provincias independientes, ligadas entre sí casi únicamente por lazos federales, con intereses, leyes, gobiernos y tarifas aduaneras diferentes han sido consolidadas en una sola nación, bajo un solo Gobierno, una sola ley, un solo interés nacional de clase y una sola línea aduanera.

La burguesía, a lo largo de su dominio de clase, que cuenta apenas con un siglo de existencia, ha creado fuerzas productivas más abundantes y más grandiosas que todas las generaciones pasadas juntas. El sometimiento de las fuerzas de la naturaleza, el empleo de las máquinas, la aplicación de la química a la industria y a la agricultura, la navegación de vapor, el ferrocarril, el telégrafo eléctrico, la asimilación para el cultivo de continente enteros, la apertura de ríos a la navegación, poblaciones enteras surgiendo por encanto, como si salieran de la tierra. ¿Cuál de los siglos pasados pudo sospechar siquiera que semejantes fuerzas productivas dormitasen en el seno del trabajo social?

Marx y Engels. Manifiesto del Partido Comunista, 1848

Del tono, el contenido y hasta de los tiempos verbales se deriva que la burguesía ha concluido ya lo esencial de su labor: destruir el viejo régimen feudal, crear un régimen mundial de explotación basado en la mercantilización de todas las relaciones sociales y desarrollar las fuerzas productivas hasta el límite marcado por su propia gran obra expansiva, el mercado mundial.

Marx y Engles han recibido de la organización en la que militan, la Liga de los Comunistas, el encargo de redactar el programa revolucionario de los trabajadores y saben, porque comparten una concepción materialista de la Historia, que «una sociedad no desaparece nunca antes de que sean desarrolladas todas las fuerzas productoras que pueda contener». Tienen que argumentar que las relaciones capitalistas «de formas de desarrollo de las fuerzas productivas que eran, se convierten en trabas de estas fuerzas»

Ante nuestros ojos se está produciendo un movimiento análogo. Las relaciones burguesas de producción y de cambio, las relaciones burguesas de propiedad, toda esta sociedad burguesa moderna, que ha hecho surgir como por encanto tan potentes medios de producción y de cambio, se asemeja al mago que ya no es capaz de dominar las potencias infernales que ha desencadenado con sus conjuros. Desde hace algunas décadas, la historia de la industria y del comercio no es más que la historia de la rebelión de las fuerzas productivas modernas contra las actuales relaciones de producción, contra las relaciones de propiedad que condicionan la existencia de la burguesía y su dominación.

Basta mencionar las crisis comerciales que, con su retorno periódico, plantean, en forma cada vez más amenazante, la cuestión de la existencia de toda la sociedad burguesa. Durante cada crisis comercial, se destruye sistemáticamente, no sólo una parte considerable de productos elaborados, sino incluso de las mismas fuerzas productivas ya creadas. Durante las crisis, una epidemia social, que en cualquier época anterior hubiera parecido absurda, se extiende sobre la sociedad: la epidemia de la superproducción. La sociedad se encuentra súbitamente retrotraída a un estado de súbita barbarie: diríase que el hambre, que una guerra devastadora mundial la han privado de todos sus medios de subsistencia; la industria y el comercio parecen aniquilados. Y todo eso, ¿por qué? Porque la sociedad posee demasiada civilización, demasiados medios de vida, demasiada industria, demasiado comercio. Las fuerzas productivas de que dispone no favorecen ya el régimen burgués de la propiedad; por el contrario, resultan ya demasiado poderosas para estas relaciones, que constituyen un obstáculo para su desarrollo; y cada vez que las fuerzas productivas salvan este obstáculo, precipitan en el desorden a toda la sociedad burguesa y amenazan la existencia de la propiedad burguesa.

Las relaciones burguesas resultan demasiado estrechas para contener las riquezas creadas en su seno. ¿Cómo vence esta crisis la burguesía? De una parte, por la destrucción obligada de una masa de fuerzas productivas; de otra, por la conquista de nuevos mercados2 y la explotación más intensa de los antiguos. ¿De qué modo lo hace, pues? Preparando crisis más extensas y más violentas y disminuyendo los medios de prevenirlas.

Marx y Engels. Manifiesto del Partido Comunista, 1848

Tras esta presentación y en plena lógica con lo que hemos estudiado hasta ahora, Marx y Engels describen cómo el propio desarrollo capitalista engendra su antítesis, la clase revolucionaria.

Las armas de que se sirvió la burguesía para derribar el feudalismo se vuelven ahora contra la propia burguesía. Pero la burguesía no ha forjado solamente las armas que deben darle muerte; ha producido también los hombres que empuñarán esas armas: los obreros modernos, los proletarios.

En la misma proporción en que se desarrolla la burguesía, es decir, el capital, desarróllase también el proletariado, la clase de los obreros modernos, que no viven sino a condición de encontrar trabajo, y lo encuentran únicamente mientras su trabajo acrecienta el capital. Estos obreros, obligados a venderse al detall, son una mercancía como cualquier otro artículo de comercio, sujeta, por tanto, a todas las vicisitudes de la competencia, a todas las fluctuaciones del mercado

Marx y Engels. Manifiesto del Partido Comunista, 1848

Las siguientes páginas describen las primeras fases de la constitución en clase del proletariado.

Al principio, la lucha es entablada por obreros aislados, después, por los obreros de una misma fábrica, más tarde, por los obreros del mismo oficio de la localidad contra el burgués individual que los explota directamente. No se contentan con dirigir sus ataques contra las relaciones burguesas de producción, y los dirigen contra los mismos instrumentos de producción: destruyen las mercancías extranjeras que les hacen competencia, rompen las máquinas, incendian las fábricas, intentan reconquistar por la fuerza la posición perdida del artesano de la Edad Media.

En esta etapa, los obreros forman una masa diseminada por todo el país y disgregada por la competencia. Si los obreros forman masas compactas, esta acción no es todavía consecuencia de su propia unión, sino de la unión de la burguesía, que para alcanzar sus propios fines políticos debe -y por ahora aún puede- poner en movimiento a todo el proletariado. Durante esta etapa, los proletarios no combaten, por tanto, contra sus propios enemigos, sino contra los enemigos de sus enemigos, es decir, contra los restos de la monarquía absoluta, los propietarios territoriales, los burgueses no industriales y los pequeños burgueses. Todo el movimiento histórico se concentra, de esta suerte, en manos de la burguesía; cada victoria alcanzada en estas condiciones es una victoria de la burguesía.

Pero la industria, en su desarrollo, no sólo acrecienta el número de proletarios, sino que los concentra en masas considerables; su fuerza aumenta y adquieren mayor consciencia de la misma. Los intereses y las condiciones de existencia de los proletarios se igualan cada vez más a medida que la máquina va borrando las diferencias en el trabajo y reduce el salario, casi en todas partes, a un nivel igualmente bajo. Como resultado de la creciente competencia de los burgueses entre sí y de las crisis comerciales que ella ocasiona, los salarios son cada vez más fluctuantes; el constante y acelerado perfeccionamiento de la máquina coloca al obrero en situación cada vez más precaria; las colisiones entre el obrero individual y el burgués individual adquieren más y más el carácter de colisiones entre dos clases. Los obreros empiezan a formar coaliciones contra los burgueses y actúan en común para la defensa de sus salarios. Llegan hasta formar asociaciones permanentes para asegurarse los medios necesarios, en previsión de estos choques eventuales. Aquí y allá la lucha estalla en sublevación.

A veces los obreros triunfan; pero es un triunfo efímero. El verdadero resultado de sus luchas no es el éxito inmediato, sino la unión cada vez más extensa de los obreros. Esta unión es propiciada por el crecimiento de los medios de comunicación creados por la gran industria y que ponen en contacto a los obreros de diferentes localidades.

Y basta ese contacto para que las numerosas luchas locales, que en todas partes revisten el mismo carácter, se centralicen en una lucha nacional, en una lucha de clases. Mas toda lucha de clases es una lucha política. Y la unión que los habitantes de las ciudades de la Edad Media, con sus caminos vecinales, tardaron siglos en establecer, los proletarios modernos, con los ferrocarriles, la llevan a cabo en unos pocos años.

Esta organización del proletariado en clase y, por tanto, en partido político, vuelve sin cesar a ser socavada por la competencia entre los propios obreros. Pero resurge, y siempre más fuerte, más firme, más potente. Aprovecha las disensiones intestinas de los burgueses para obligarles a reconocer por la ley algunos intereses de la clase obrera; por ejemplo, la ley de la jornada de diez horas en Inglaterra.

Marx y Engels. Manifiesto del Partido Comunista, 1848

Y finalmente el capítulo nos cuenta cómo, en tanto que clase universal, está abocada a agrupar al resto de clases en torno suya, enfrentar a la burguesía y acabar con el capitalismo, y al hacerlo abrir paso al comunismo, destruyendo toda forma de explotación y toda división artificial (de sexo, de nacionalidad, etc.), divisiones y explotación que, por sufrir la forma más estilizada de explotación -ver reducido su trabajo a una mercancía- ya no existen en su «ser», sus intereses como clase.

Las condiciones de existencia de la vieja sociedad están ya abolidas en las condiciones de existencia del proletariado. El proletariado no tiene propiedad; sus relaciones con la mujer y con los hijos no tienen nada de común con las relaciones familiares burguesas; el trabajo industrial moderno, el moderno yugo del capital, que es el mismo en Inglaterra que en Francia, en Norteamérica que en Alemania, despoja al proletariado de todo carácter nacional. Las leyes, la moral, la religión son para él meros prejuicios burgueses, detrás de los cuales se ocultan otros tantos intereses de la burguesía.

Todas las clases que en el pasado lograron hacerse dominantes trataron de consolidar la situación adquirida sometiendo a toda la sociedad a las condiciones de su modo de apropiación. Los proletarios no pueden conquistar las fuerzas productivas sociales, sino aboliendo su propio modo de apropiación en vigor, y, por tanto, todo modo de apropiación existente hasta nuestros días. Los proletarios no tienen nada que salvaguardar; tienen que destruir todo lo que hasta ahora ha venido garantizado y asegurando la propiedad privada existente.

Todos los movimientos han sido hasta ahora realizados por minorías o en provecho de minorías. El movimiento proletario es un movimiento propio de la inmensa mayoría en provecho de la inmensa mayoría. El proletariado, capa inferior de la sociedad actual, no puede levantarse, no puede enderezarse, sin hacer saltar toda la superestructura formada por las capas de la sociedad oficial.

Marx y Engels. Manifiesto del Partido Comunista, 1848

Establecidas las bases, el segundo capítulo, «Proletarios y comunistas», define la posición de los comunistas en tanto que corriente programática (partido) dentro del conjunto de la clase y la definición del camino que van a proponerle a través de su acción política.

El objetivo inmediato de los comunistas es el mismo que el de todos los demás partidos proletarios: constitución de los proletarios en clase, derrocamiento de la dominación burguesa, conquista del poder político por el proletariado. (…)

El rasgo distintivo del comunismo no es la abolición de la propiedad en general, sino la abolición de la propiedad burguesa.

Pero la propiedad privada burguesa moderna es la última y más acabada expresión del modo de producción y de apropiación de lo producido basado en los antagonismos de clase, en la explotación de los unos por los otros.

En este sentido, los comunistas pueden resumir su teoría en esta fórmula única: abolición de la propiedad privada.(…)

Ser capitalista significa ocupar no sólo una posición puramente personal en la producción, sino también una posición social. El capital es un producto colectivo; no puede ser puesto en movimiento sino por la actividad conjunta de muchos miembros de la sociedad y, en última instancia, sólo por la actividad conjunta de todos los miembros de la sociedad.

El capital no es, pues, una fuerza personal; es una fuerza social. En consecuencia, si el capital es transformado en propiedad colectiva, perteneciente a todos los miembros de la sociedad, no es la propiedad personal la que se transforma en propiedad social. Sólo cambia el carácter social de la propiedad. Esta pierde su carácter de clase. (…)

El primer paso de la revolución obrera es la elevación del proletariado a clase dominante, la conquista de la democracia3.

El proletariado se valdrá de su dominación política para ir arrancando gradualmente a la burguesía todo el capital, para centralizar todos los instrumentos de producción en manos del Estado, es decir, del proletariado organizado como clase dominante, y para aumentar con la mayor rapidez posible la suma de las fuerzas productivas.

Esto, naturalmente, no podrá cumplirse al principio más que por una violación despótica del derecho de propiedad y de las relaciones burguesas de producción, es decir, por la adopción de medidas que desde el punto de vista económico parecerán insuficientes e insostenibles, pero que en el curso del movimiento se sobrepasarán a sí mismas y serán indispensables como medio para transformar radicalmente todo el modo de producción.

Estas medidas, naturalmente, serán diferentes en los diversos países. Sin embargo, en los países más avanzados podrán ser puestas en práctica casi en todas partes las siguientes medidas:

  1. Expropiación de la propiedad territorial y empleo de la renta de la tierra para los gastos del Estado.
  2. Fuerte impuesto progresivo.
  3. Abolición del derecho de herencia.
  4. Confiscación de la propiedad de todos los emigrados y sediciosos.
  5. Centralización del crédito en manos del Estado por medio de un Banco nacional con capital del Estado y monopolio exclusivo.
  6. Centralización en manos del Estado de todos los medios de transporte.
  7. Multiplicación de las empresas fabriles pertenecientes al Estado y de los instrumentos de producción, roturación de los terrenos incultos y mejoramiento de las tierras, según un plan general.
  8. Obligación de trabajar para todos; organización de ejércitos industriales, particularmente en la agricultura.
  9. Combinación de la agricultura y la industria; medidas encaminadas a hacer desaparecer gradualmente la diferencia entre la ciudad y el campo.
  10. Educación pública y gratuita de todos los niños; abolición del trabajo de éstos en las fábricas tal como se practica hoy, régimen de educación combinado con la producción material, etc., etc.

Una vez que en el curso del desarrollo hayan desaparecido las diferencias de clase y se haya concentrado toda la producción en manos de los individuos asociados, el poder público perderá su carácter político. El poder político, hablando propiamente, es la violencia organizada de una clase para la opresión de otra. Si en la lucha contra la burguesía el proletariado se constituye indefectiblemente en clase; si mediante la revolución se convierte en clase dominante y, en cuanto clase dominante, suprime por la fuerza las viejas relaciones de producción, suprime, al mismo tiempo que estas relaciones de producción, las condiciones para la existencia del antagonismo de clase y de las clases en general, y, por tanto, su propia dominación como clase.

En sustitución de la antigua sociedad burguesa, con sus clases y sus antagonismos de clase, surgirá una asociación en que el libre desenvolvimiento de cada uno será la condición del libre desenvolvimiento de todos.

Marx y Engels. Manifiesto del Partido Comunista, 1848

El programa del Manifiesto está claramente orientado a «la elevación del proletariado a clase dominante», se trata de liderar «la conquista de la democracia». Pero atención: el programa en sí es contingente. No es que después de sintetizar la historia de la transformación del mundo por la burguesía y afirmar todo el trabajoso proceso de constitución de la clase para culminar fundando en todo ello por qué el objetivo de los comunistas es la destrucción violenta del orden social, se pase sin ruptura a creer que la revolución puede conformarse con la eliminación de la herencia, un banco central estatal y unos cuantos impuestos progresivos. Esas medidas del programa, ese programa como un todo, es un corolario táctico y contingente. Su objetivo es agrupar a las clases laboriosas en torno a un programa democrático a medida del desarrollo del capitalismo -y por tanto de la correlación de fuerzas entre las clases existentes en cada país- para, una vez en el poder, enfrentar al capital desde el estado.

Aunque las condiciones hayan cambiado mucho en los últimos veinticinco años, los principios generales expuestos en este Manifiesto siguen siendo hoy, en su conjunto, enteramente acertados. Algunos puntos deberían ser retocados. El mismo Manifiesto explica que la aplicación práctica de estos principios dependerá siempre y en todas partes de las circunstancias históricas existentes, y que, por tanto, no se concede importancia exclusiva a las medidas revolucionarias enumeradas al final del capítulo II. Este pasaje tendría que ser redactado hoy de distinta manera, en más de un aspecto.

Marx y Engels. Prefacio a la edición alemana del Manifiesto Comunista, 1872

Pero si el programa es lo más llamativo hay varias cuestiones más que se hacen inevitables. En primer lugar, la más obvia: ¿el capitalismo había alcanzado la cúspide de su desarrollo? ¿Había una contradicción tal entre fuerzas productivas y relaciones de producción como para que el proletariado no tuviera otra forma de defender sus intereses directos que tomar el poder y transformar radicalmente las relaciones productivas? ¿No era la misma fortaleza relativa de las clases intermedias, reflejada en el programa, expresión de que el capitalismo aun tenía cuerda por delante? Marx y Engels se darán cuenta no mucho después.

En la primavera de 1850 (…), la evolución de la república burguesa, nacida de la revolución «social» de 1848, había concentrado la dominación efectiva en manos de la gran burguesía -que además abrigaba ideas monárquicas-, agrupando en cambio a todas las demás clases sociales, lo mismo a los campesinos que a los pequeños burgueses, en torno al proletariado; de tal modo que, en la victoria común y después de ésta, no eran ellas, sino el proletariado, escarmentado por la experiencia, quien había de convertirse en el factor decisivo. ¿No se daban pues todas las perspectivas para que la revolución de la minoría se trocase en la revolución de la mayoría?

La historia nos ha dado un mentís, a nosotros y a cuantos pensaban de un modo parecido. Ha puesto de manifiesto que, por aquel entonces, el estado del desarrollo económico en el continente distaba mucho de estar maduro para poder eliminar la producción capitalista; lo ha demostrado por medio de la revolución económica que desde 1848 se ha adueñado de todo el continente, dando por vez primera, verdadera carta de naturaleza a la gran industria en Francia, Austria, Hungría, Polonia y últimamente en Rusia, y haciendo de Alemania un verdadero país industrial de primer orden. Y todo sobre la base capitalista, lo cual quiere decir que esta base tenía todavía, en 1848, gran capacidad de extensión.

Federico Engels. Introducción a «La lucha de clases en Francia», 1895

Pero por otro lado, ¿cómo iba a hacerlo? Por lo que dice el Manifiesto parece que se trataba «tan solo» de tomar el poder, hacerse con el aparato del estado burgués y utilizar este para estatalizar poco a poco los bienes de producción y el capital. Pero... ¿Eliminar la propiedad privada, la propiedad forma jurídica de las relaciones que genera el capital y estatalizar son la misma cosa? ¿El estado burgués es una herramienta válida para desmantelar el capitalismo que el proletariado simplemente tendría que hacer suya?

Cuando estalló la revolución de febrero [de 1848], todos nosotros nos hallábamos, en lo tocante a nuestra manera de representarnos las condiciones y el curso de los movimientos revolucionarios, bajo la fascinación de la experiencia histórica anterior, particularmente la de Francia. (…)

Hasta aquella fecha todas la revoluciones se habían reducido al derrocamiento y sustitución de una determinada dominación de clase por otra; pero todas las clases dominantes anteriores sólo eran pequeñas minorías, comparadas con la masa del pueblo dominada. Una minoría dominante era derribada y otra minoría empuñaba en su lugar el timón del Estado y amoldaba a sus intereses las instituciones estatales. Este papel correspondía siempre al grupo minoritario capacitado para la dominación y llamado a ella por el estado del desarrollo económico y, precisamente por esto y solo por esto, la mayoría dominada, o bien intervenía a favor de aquella en la revolución o aceptaba la revolución tranquilamente. Pero, prescindiendo del contenido concreto de cada caso, la forma común a todas estas revoluciones era la de ser revoluciones minoritarias. Aun cuando la mayoría cooperase a ellas, lo hacía -consciente o inconscientemente- al servicio de una minoría; pero esto, o simplemente la actitud pasiva, la no resistencia por parte de la mayoría, daba al grupo minoritario la apariencia de ser el representante del todo el pueblo.

Federico Engels. Introducción a «La lucha de clases en Francia», 1895

Efectivamente, los «fallos» del Manifiesto son la expresión de la falta de experiencia de la clase. Y en este tema en concreto, de las ideas golpistas del jacobinismo heredadas, a través del bauvismo, de la gran revolución francesa de 1879.

Todas las revoluciones de los tiempos modernos, a partir de la gran revolución inglesa del siglo XVII, presentaban estos rasgos, que parecían inseparables de toda lucha revolucionaria. Y estos rasgos parecían aplicables también a las luchas del proletariado por su emancipación; tanto más cuanto que precisamente en 1848 eran contados los que comprendían más o menos en qué sentido había que buscar esa emancipación.

Federico Engels. Introducción a «La lucha de clases en Francia», 1895

Pero para poder superar la idea de tomar el estado burgués y utilizarlo como una herramienta propia, el proletariado tenía que enfrentarse en la práctica a la toma del poder, algo que no ocurriría hasta 1871 con la Comuna de París.

Dado el desarrollo colosal de la gran industria en los últimos veinticinco años, y con éste, el de la organización del partido de la clase obrera; dadas las experiencias, primero de la revolución de febrero, y después, en mayor grado aún, de la Comuna de París, que eleva por primera vez al proletariado, durante dos meses, al Poder político, este programa ha envejecido en alguno de sus puntos. La Comuna [de París en 1871] ha demostrado, sobre todo, que «la clase obrera no puede simplemente tomar posesión de la máquina estatal existente y ponerla en marcha para sus propios fines».

Marx y Engels. Prefacio a la edición alemana del Manifiesto Comunista, 1872

Es decir, el Manifiesto no es sino un momento, especialmente valioso, del proceso de constitución en clase del proletariado. Pero desde luego no su fin. Especialmente en lo que hace a la relación de la clase con el estado en la revolución, algo que se iba a ver claro veintitrés años más tarde, cuando se desarrollara la primera experiencia de poder obrero: la Comuna de París.

La Liga y la AIT

Como vimos antes, el concepto marxista de clase no es el de la sociología. No es una identidad ni un estrato de ingresos, ni siquiera es un conjunto de personas que comparten un lugar común en la estructura de producción. El concepto de clase marxista es histórico y dialéctico: la clase se constituye como tal cuando actúa de acuerdo con su naturaleza histórica de clase universal. Por eso el comunismo no es solo el resultado esperado de ese proceso, sino el proceso mismo, el movimiento que enfrenta a la explotación y apunta a su desaparición material, real y por tanto histórica, porque que ha de tener lugar en un momento dado, no en el limbo de la especulación o los buenos deseos.

Toda la historia (desde la disolución del régimen primitivo de propiedad común de la tierra) ha sido una historia de la lucha de clases, de lucha entre clases explotadoras y explotadas, dominantes y dominadas, en las diferentes fases del desarrollo social; ahora esta lucha ha llegado a una fase en que la clase explotada y oprimida (el proletariado) no puede ya emanciparse de la clase que la explota y la oprime (la burguesía), sin emancipar, al mismo tiempo y para siempre, a la sociedad entera de la explotación, la opresión y las luchas de clases.

Federico Engels. Prefacio a la edición alemana del Manifiesto del Partido Comunista, 1883

Y es en ese proceso, que como hemos visto tiene avances y retrocesos, donde tenemos que colocar el significado y las tareas del partido para el marxismo. El partido es parte y reflejo de ese proceso de constitución. Significa cosas distintas en cada momento histórico porque refleja distintos momentos de ese proceso de constitución en clase política. Lo vemos ya en el Manifiesto.

A veces los obreros triunfan; pero es un triunfo efímero. El verdadero resultado de sus luchas no es el éxito inmediato, sino la unión cada vez más extensa de los obreros. Esta unión es propiciada por el crecimiento de los medios de comunicación creados por la gran industria y que ponen en contacto a los obreros de diferentes localidades. Y basta ese contacto para que las numerosas luchas locales, que en todas partes revisten el mismo carácter, se centralicen en una lucha nacional, en una lucha de clases. Mas toda lucha de clases es una lucha política. Y la unión que los habitantes de las ciudades de la Edad Media, con sus caminos vecinales, tardaron siglos en establecer, los proletarios modernos, con los ferrocarriles, la llevan a cabo en unos pocos años

Esta organización del proletariado en clase y, por tanto, en partido político, vuelve sin cesar a ser socavada por la competencia entre los propios obreros. Pero resurge, y siempre más fuerte, más firme, más potente.

Marx y Engels. Manifiesto del Partido Comunista, 1848.

Pero ¿Qué quiere decir ese «por tanto»? ¿Que espontáneamente va a aparecer una organización formal con sus cuadros, sus estructuras, sus mecanismos del mismo modo que aparecen las cajas de resistencia y los comités de huelga? No, desde luego que no. A lo que se refiere el manifiesto es a la aparición del proletariado como sujeto político, ese «fantasma» que en el 48 es ya «reconocido como una fuerza por todas las potencias de Europa». Por eso, la constitución de la clase en partido, en sujeto político autónomo con el que todos tienen que contar, es distinto de la aparición de una organización, un partido comunista en el sentido político al que estamos acostumbrados. Por eso:

Los comunistas no forman un partido aparte, opuesto a los otros partidos obreros.

No tienen intereses que los separen del conjunto del proletariado. No proclaman principios especiales a los que quisieran amoldar el movimiento proletario.(…)

El objetivo inmediato de los comunistas es el mismo que el de todos los demás partidos proletarios: constitución de los proletarios en clase, derrocamiento de la dominación burguesa, conquista del poder político por el proletariado.

Marx y Engels. Manifiesto del Partido Comunista, 1848.

La cita nos obliga a llevar más allá las distinciones. Por un lado tenemos la clase constituida en partido, es decir, convertida en un sujeto político. Por otro, a los comunistas -el socialismo científico- y a los demás «partidos obreros». ¿Quienes son estos? ¿Son partidos que se dicen proletarios, que están compuestos por trabajadores, que se dirigen fundamentalmente a ellos? Una vez más, no. Lo que hace a una organización formal ser parte del proceso de constitución en clase es su relación con el movimiento y su utilidad para el propio proceso.

A mediados de los años 40 del siglo XIX la «Liga de los Justicieros» era una de las mayores organizaciones obreras de Europa. Fundada originalmente por Weitling, contaba con unos cientos de miembros, casi todos germanófonos, repartidos por una docena de capitales europeas y ciudades alemanas. Tenía su base en París, que en ese momento se consideraba la capital revolucionaria del mundo. Algunos de sus miembros más destacados habían llegado allí en los años 30 huyendo de la represión en Alemania y se habían integrado en el ambiente comunista de la época. Este estaba formado por los comunistas icarianos por un lado y por los babeuvistas y blanquistas por otro. Los primeros eran radicalmente pacifistas, creían que la república burguesa evolucionaría hacia el socialismo por pura presión de la opinión pública una vez se alcanzara el sufragio universal. Los segundos, descendientes directos de la «Conjura de los Iguales» de Babeuf, creían que había que tomar el estado por métodos violentos. La primera era una sociedad de propaganda, organizada en torno a periódicos y actividades sociales y educativas; la segunda formaba sociedades de conspiradores con todos los elementos místicos, parafernalia y nombres fantasiosos propios propios del carbonarismo y otros movimientos afines de la época característicos de la burguesía radical.

En 1843 la Liga había invitado a unirse a Engels, pero este los rechazó. En 1847, la evolución del grupo, en parte por sus discusiones con Marx y Engels, les lleva a plantearse una evolución ideológica, pero sobre todo un cambio organizativo. Invitan a Marx y a Engels a unirse y ayudarles en la reestructuración. Marx se une a la «comuna» de Bruselas y Engels participa en las tres existentes en ese momento en París. Ambos participarán, ese verano, en el Congreso de Londres.

En el verano de 1847, se celebró en Londres el primer Congreso de la Liga, al que W. Wolff acudió representando a las comunas de Bruselas y yo a las de París. En este Congreso se llevó a cabo, ante todo, la reorganización de la Liga. Se suprimió lo que quedaba todavía de los viejos nombres místicos de la época conspirativa; la Liga se organizó en forma de comunas, círculos, círculos directivos, Comité Central y Congreso, denominándose a partir de entonces Liga de los Comunistas.

«La finalidad de la Liga es el derrocamiento de la burguesía, la dominación del proletariado, la supresión de la vieja sociedad burguesa, basada en los antagonismos de clase, y la creación de una nueva sociedad, sin clases y sin propiedad privada»

Tal era el texto del artículo primero. En cuanto a la organización, ésta era absolutamente democrática, con comités elegidos y revocables en todo momento, con lo cual se cerraba la puerta a todas las veleidades conspirativas que exigen siempre un régimen de dictadura, y la Liga se convertía —por lo menos para los tiempos normales de paz— en una sociedad exclusivamente de propaganda. Estos nuevos estatutos —véase cuán democráticamente se procedía ahora— se presentaron a las comunas para su discusión, volviendo a examinarse en el segundo Congreso, que los aprobó definitivamente el 8 de diciembre de 1847.

Federico Engels. Contribución a la historia de la Liga de los Comunistas, 1885

Así, el primer momento del movimiento obrero moderno tiene que hacer dos cosas como deslinde, como salto a un nivel superior para poder ser de utilidad al proceso de constitución de clase:

  1. Afirmar la naturaleza de clase universal del proletariado, el objetivo que se deriva de ella y el medio para alcanzarlo: la toma del poder.
  2. Eliminar, a pesar de las duras condiciones impuestas por la clandestinidad, la estructura y las taras de las sociedades secretas, sustituyéndolos por un sistema basado en la participación democrática de todos.

Solo entonces es posible dar un salto adelante: discutir el papel central de la estructura económica en la formación de las clases, sus antagonismos y sus expresiones políticas, es decir, ganar una concepción materialista de la Historia que poder usar para preparar al resto de las vanguardias de clase en las tareas de su constitución como sujeto político.

El segundo Congreso se celebró a fines de noviembre y comienzos de diciembre del mismo año. A este Congreso asistió también Marx, que defendió en un largo debate —el Congreso duró, por lo menos, diez días— la nueva teoría. Por fin, todas las objeciones y dudas quedaron despejadas, los nuevos principios fueron aprobados por unanimidad y Marx y yo recibimos el encargo de redactar el manifiesto.

Federico Engels. Contribución a la historia de la Liga de los Comunistas, 1885

Ni siquiera el cambio de nombre fue casual o producto de una ocurrencia, sino de la discusión abierta y la necesidad de deslindar campos con los distintos movimientos que en el momento pretendían representar el cambio social.

En 1847, se comprendía con el nombre de socialista a dos categorías de personas. De un lado, los partidarios de diferentes sistemas utópicos, particularmente los owenistas en Inglaterra y los fourieristas en Francia, que no eran ya sino simples sectas en proceso de extinción paulatina. De otro lado, los más diversos curanderos sociales que aspiraban a suprimir, con sus variadas panaceas y emplastos de toda suerte, las lacras sociales sin dañar en lo más mínimo al capital ni a la ganancia. En ambos casos, gentes que se hallaban fuera del movimiento obrero y que buscaban apoyo más bien en las clases «instruidas».

En cambio, la parte de los obreros que, convencida de la insuficiencia de las revoluciones meramente políticas, exigía una transformación radical de la sociedad, se llamaba entonces comunista. Era un comunismo apenas elaborado, sólo instintivo, a veces algo tosco; pero fue asaz pujante para crear dos sistemas de comunismo utópico: en Francia, el «icariano», de Cabet, y en Alemania, el de Weitling. El socialismo representaba en 1847 un movimiento burgués; el comunismo, un movimiento obrero. El socialismo era, al menos en el continente, muy respetable; el comunismo era todo lo contrario. Y como nosotros ya en aquel tiempo sosteníamos muy decididamente el criterio de que «la emancipación de la clase obrera debe ser obra de la clase obrera misma», no pudimos vacilar un instante sobre cuál de las dos denominaciones procedía elegir. Y posteriormente no se nos ha ocurrido jamás renunciar a ella.

Federico Engels. Prefacio a la edición alemana del Manifiesto del Partido Comunista, 1883

Hay pues dos distinciones:

  1. Entre los partidos de ese socialismo que representa «un movimiento burgués» y «el comunismo, un movimiento obrero», dentro del que se inscribe el partido comunista. Esta distinción refleja una divisoria de clase: lo que salga de los movimientos burgueses va a descarrilar el proceso de constitución política del proletariado. Poco se puede hacer con ellos, salvo orillarlos y denunciarlos.
  2. La segunda, entre partidos comunistas utópicos (comunistas icarianos de Cabet y «justicieros» de Weitling) y científicos, refleja distintos momentos del proceso de constitución de la clase. Por eso pueden convivir dentro del partido como proceso de confluencia entre núcleos militantes, como «partido en devenir».

El hecho de crear un sistema utópico no convierte a los icarianos y los weitlinianos en pequeñoburgueses, del mismo modo que el utopismo no convierte a los owenitas o los fourieristas en parte del movimiento de clase. Un sistema utópico es tan solo una propuesta, un deseo de futuro, puede expresar fantasías pequeñoburguesas de «asociación» interclasista o, por el contrario, las aspiraciones últimas de la clase trabajadora. Por ejemplo, en un primer momento, el utopismo obrero de los icarianos, significó la primera afirmación de la clase de un proyecto de dar forma al estado y la sociedad entera. Fueron ellos, lastrados en tantas cosas por las tradiciones republicanas francesas, los que afirmaron por primera vez el lema «de cada cual según sus fortalezas, a cada cual según sus necesidades» y fueron conscientes de la necesidad de un desarrollo de las fuerzas productivas supeditado al trabajo a través de un estado controlado por los trabajadores.

El marxismo, en contraposición, representa un momento más alto en el proceso de constitución de clase: no es ya un deseo sino una previsión que demuestra la posibilidad de un futuro que empuja hacia la materialidad. Y dado que es el resultado de aplicar la dialéctica y el materialismo a la historia, supone un salto adelante en el proceso de constitución de clase, el momento en el que ese movimiento que llamamos comunismo, se apropia del conocimiento científico y se convierte en:

El heredero legítimo de lo mejor que la humanidad creó en el siglo XIX: la filosofía alemana, la economía política inglesa y el socialismo francés.

Lenin. Tres fuentes y tres partes integrantes del marxismo, 1913

Ahora volvamos al Manifiesto. En dos párrafos nos resume aquello que distingue al marxismo, aquello que agrega, en la práctica de la lucha de clases, al movimiento de constitución del proletariado:

Los comunistas sólo se distinguen de los demás partidos proletarios en que, por una parte, en las diferentes luchas nacionales de los proletarios,destacan y hacen valer los intereses comunes a todo el proletariado, independientemente de la nacionalidad; y, por otra parte, en que,en las diferentes fases de desarrollo por las que pasa la lucha entre el proletariado y la burguesía, representan siempre los intereses del movimiento en su conjunto.

Prácticamente, los comunistas son, pues, el sector más resuelto de los partidos obreros de todos los países, el sector que siempre impulsa adelante a los demás; teóricamente, tienen sobre el resto del proletariado la ventaja de su clara visión de las condiciones de la marcha y de los resultados generales del movimiento proletario.

Marx y Engels. Manifiesto del Partido Comunista, 1848.

«Impulsa adelante a todos los demás» porque tiene esa visión de conjunto del proceso de constitución como clase, del movimiento hacia el comunismo. Y lo consigue haciendo valer «los intereses comunes a todo el proletariado, independientemente de la nacionalidad». Perspectiva del comunismo y afirmación del proletariado como un sujeto político universal con unos intereses únicos en todo el mundo. Eso es lo fundamental de lo que aportan los comunistas, la guía de su acción en el conjunto de la clase.

Detengámonos un momento en esta idea. Que Marx y Engels remarquen en el Manifiesto que los comunistas aportan la perspectiva del proletariado como clase mundial con unos únicos intereses, es especialmente llamativo en el contexto de 1848, porque en ese momento la burguesía todavía se prepara para hacerse con el poder en buena parte de Europa y el antagonismo principal de clases no es burguesía-proletariado… por lo que el proletariado debe apoyar la revolución de la burguesa como parte de su propio proceso de constitución como clase política y llevarla hasta el punto en el que el antagonismo con la burguesía ocupe el primer lugar:

Finalmente, en Alemania está todavía por delante la lucha decisiva entre la burguesía y la monarquía absoluta. Pero, como los comunistas no pueden contar con una lucha decisiva con la burguesía antes de que ésta llegue al poder, les conviene a los comunistas ayudarle a que conquiste lo más pronto posible la dominación, a fin de derrocarla, a su vez, lo más pronto posible. Por tanto, en la lucha de la burguesía liberal contra los gobiernos [absolutistas], los comunistas deben estar siempre del lado de la primera, precaviéndose, no obstante, contra el autoengaño en que incurre la burguesía y sin fiarse en las aseveraciones seductoras de ésta acerca de las benéficas consecuencias que, según ella, traerá al proletariado la victoria de la burguesía. Las únicas ventajas que la victoria de la burguesía brindará a los comunistas serán: 1) diversas concesiones que aliviarán a los comunistas la defensa, la discusión y la propagación de sus principios y, por tanto, aliviarán la cohesión del proletariado en una clase organizada, estrechamente unida y dispuesta a la lucha, y 2) la seguridad de queel día en que caigan los gobiernos absolutistas, llegará la hora de la lucha entre los burgueses y los proletarios. A partir de ese día, la política del partido de los comunistas será aquí la misma que en los países donde domina ya la burguesía.

Federico Engels. Principios del Comunismo, 1847

Es decir, incluso en el momento en el que el proletariado debe luchar junto a la burguesía para barrer el estado absolutista, último bastión del poder feudal, los comunistas introducen la unidad de la perspectiva de clase y luchan contra las ilusiones con las que pretende engatusarlos la burguesía, ilusiones que al final se resumen en la ilusión de la «comunidad nacional».

Por su forma, aunque no por su contenido, la lucha del proletariado contra la burguesía es primeramente una lucha nacional. Es natural que el proletariado de cada país deba acabar en primer lugar con su propia burguesía. (…)

Los obreros no tienen patria. No se les puede arrebatar lo que no poseen. Mas, por cuanto el proletariado debe en primer lugar conquistar el poder político, elevarse a la condición de clase nacional, constituirse en nación, todavía es nacional, aunque de ninguna manera en el sentido burgués.

Marx y Engels. Manifiesto del Partido Comunista, 1848.

¿Qué significa «constituirse en nación»? Nación es el cuerpo social generado por la burguesía cuando lidera de forma efectiva el conjunto de la sociedad en un territorio determinado. Para el proletariado «constituirse en nación» es tomar la dirección de las demás clases sociales distintas de la burguesía en el territorio del estado. Precisamente lo contrario de aceptar y encuadrarse en la «comunidad nacional».

Es obvio que en 1848 en cada lugar, la «organización del proletariado en clase y, por tanto, en partido político» ocurrirá en primer lugar dentro de las fronteras nacionales, en el espacio del estado nacional. Pero no bajo la «comunidad nacional» burguesa, no bajo la ilusión de que existe una comunidad de intereses con la burguesía, sino al contrario, destruyéndola. El proletariado lidera al resto de clases no explotadoras que entienden que para defender de manera efectiva sus intereses deben unirse a él en la destrucción del estado nacional.

Cuando esto ocurre y funciona, el proletariado se «constituye en nación», es decir en líder de todas las clases oprimidas por el estado nacional; y toma a éste en sus manos… para destruirlo y en su lugar levantar un estado de nuevo tipo, que «se extingue», concebido como parte de una «República mundial», como veremos en el París de la Comuna.

Es decir, la constitución en «clase nacional», en sujeto político capaz de disputar el poder al estado nacional, no se encamina a crear o encerrarse en un estado nacional ni «propio» ni mucho menos en comandita con la burguesía. Cada revolución misma será «solo nacional en la forma, no en el contenido» y en cualquier caso solo podrá mantenerse en ese estadio temporalmente.

XIX. ¿Es posible esta revolución en un solo país?

No. La gran industria, al crear el mercado mundial, ha unido ya tan estrechamente todos los pueblos del globo terrestre, sobre todo los pueblos civilizados, que cada uno depende de lo que ocurre en la tierra del otro. Además, ha nivelado en todos los países civilizados el desarrollo social a tal punto que en todos estos países la burguesía y el proletariado se han erigido en las dos clases decisivas de la sociedad, y la lucha entre ellas se ha convertido en la principal lucha de nuestros días. Por consecuencia,la revolución comunista no será una revolución puramente nacional, sino que se producirá simultáneamente en todos los países civilizados, es decir, al menos en Inglaterra, en América, en Francia y en Alemania. Ella se desarrollará en cada uno de estos países más rápidamente o más lentamente, dependiendo del grado en que esté en cada uno de ellos más desarrollada la industria, en que se hayan acumulado más riquezas y se disponga de mayores fuerzas productivas. Por eso será más lenta y difícil en Alemania y más rápida y fácil en Inglaterra. Ejercerá igualmente una influencia considerable en los demás países del mundo, modificará de raíz y acelerará extraordinariamente su anterior marcha del desarrollo. Es una revolución universal y tendrá, por eso, un ámbito universal.

Federico Engels. Principios del Comunismo, 1847

Ahora juntemos las piezas: los comunistas se distinguen por poner por delante los intereses finales y la existencia de unos intereses únicos y universales de la clase. ¿No deberían organizarse para esa revolución universal en un ámbito universal con una estructura igualmente universal? Y por otro lado, si el nivel de desarrollo del capitalismo era tan distinto en distintas las distintas regiones como hemos visto que era en 1848 ¿no deberían caber distintas organizaciones obreras, con distintas formas propias de esas diferencias de desarrollo, en ese partido universal, desde los cartistas británicos a los comunistas alemanes? ¿No debería partirse en cualquier caso de un programa común con ciertos mínimos que «impulse adelante» la constitución de la clase en fuerza política? La respuesta a todas estas preguntas era positiva y su resultado práctico fue la fundación de la AIT el 28 de septiembre de 1864 con unos estatutos que comenzaban:

Considerando:

que la emancipación de la clase obrera debe ser obra de los obreros mismos; que la lucha por la emancipación de la clase obrera no es una lucha por privilegios y monopolios de clase, sino por el establecimiento de derechos y deberes iguales y por la abolición de todo privilegio de clase;

que el sometimiento económico del trabajador a los monopolizadores de los medios de trabajo, es decir de las fuentes de vida, es la base de la servidumbre en todas sus formas, de toda miseria social, degradación intelectual y dependencia política;

que la emancipación económica de la clase obrera es, por lo tanto, el gran fin al que todo movimiento político debe ser subordinado como medio;

que todos los esfuerzos dirigidos a este gran fin han fracasado hasta ahora por falta de solidaridad entre los obreros de las diferentes ramas del trabajo en cada país y de una unión fraternal entre las clases obreras de los diversos países;

que la emancipación del trabajo no es un problema nacional o local, sino un problema social que comprende a todos los países en los que existe la sociedad moderna y necesita para su solución el concurso teórico y práctico de los países más avanzados;

que el movimiento que acaba de renacer entre los obreros de los países más industriales de Europa, a la vez que despierta nuevas esperanzas, da una solemne advertencia para no recaer en los viejos errores y combinar inmediatamente los movimientos todavía aislados:

Por todas estas razones ha sido fundada la Asociación Internacional de los Trabajadores.

Estatutos de la AIT, 1864

Los estatutos remarcan ya el objetivo del que se dota la AIT. Si la Liga de los Comunistas y el Manifiesto habían servido como perspectiva y apoyo a la constitución del proletariado en clase política nacional, especialmente en Alemania, la AIT debía de servir al siguiente salto: la constitución de la clase como sujeto político mundial. Y al igual que la Liga había reconocido campos y niveles de desarrollo, la AIT agruparía todo tipo de sociedades obreras: sindicatos, grupos de revolucionarios, mutuas, movimientos por la reducción de jornada…

La Asociación es establecida para crear un centro de comunicación y de cooperación entre las sociedades obreras de los diferentes países y que aspiren a un mismo fin, a saber: la defensa, el progreso y la completa emancipación de la clase obrera.

Estatutos de la AIT, 1864

Estamos a años luz de Kautsky y la teoría de la consciencia «inyectada desde el exterior» por intelectuales desclasados, una teoría que, como ya veremos, vendrá de la mano de las mismas condiciones que harían brotar el reformismo en los partidos de la II Internacional. La AIT tiene claro qué es y para qué existe.

Incluso en las condiciones políticas más favorables, todo éxito serio de la clase obrera depende de la madurez de la organización y de la disciplina y concentración de sus fuerzas.

Incluso su organización nacional fracasa fácilmente por los defectos de su organización al otro lado de las fronteras, ya que todos los países compiten en el mercado mundial y se influyen, por tanto, mutuamente. Solamente el nexo internacional de la clase obrera puede asegurar su victoria definitiva. Y ha sido esta necesidad la que ha creado la Asociación internacional de Trabajadores. Esta no es planta de estufa de una secta o de una teoría.Es la creación natural del movimiento proletario que, a su vez, brota de las tendencias normales e irresistibles de la moderna sociedad. Profundamente compenetrada por la grandeza de su misión, la AIT no se deja intimidar ni extraviar. Su suerte se halla inseparablemente unida desde ahora al progreso histórico de la clase que encierra en su entraña el renacimiento de la humanidad.

Robert Shaw (Presidente del Consejo General) y J. George Eccarius (Secretario General). Cuarto informe al Consejo General de la AIT, 1 de septiempre de 1868

El desarrollo orgánico de ese proceso no es un «todo cabe», sino todo lo contrario. La batalla en la AIT será, como la de la Liga frente a los utópicos, doble: por un lado buscará deslindar, separar y finalmente alejar a los nacionalistas de Mazzini, místico y héroe nacional italiano de tremenda popularidad en toda Europa. Por otro batallará contra las tendencias anticentralistas que, materializadas en la corriente bakuninista, representaban no una fase anterior, sino sobre todo, la influencia destructiva de la pequeña burguesía intelectual.

La batalla entre bakuninistas y marxistas que agotó a la AIT no fue en realidad una batalla programática. Los argumentos pueriles contra la «lucha política» no se sostenían en una época en la que la constitución del proletariado en clase pasaba por objetivos como la reducción legal de jornada.

Todo movimiento en que la clase obrera se enfrenta como clase a las clases dominantes y trata de coaccionarlas mediante presión externa es un movimiento político. Por ejemplo, el empeño de arrancar a los capitalistas sueltos una limitación de la jornada de trabajo, mediante huelgas, etc. en una determinada fábrica o incluso en una rama de la industria, es un movimiento puramente económico; en cambio,el movimiento encaminado a imponer una ley sobre las ocho horas, constituye un movimiento político, es decir, un movimiento de clase para hacer valer sus intereses bajo una forma dotada de vigencia general, socialmente obligatoria. Y si esos movimientos presuponen cierta organización, son a su vez otros tantos medios para que ésta se desarrolle.

Carta de Marx a Bolte, 27 de noviembre de 1871

La Comuna mostrará en 1871 hasta qué punto la «conquista del poder político» era la definición misma de revolución, desmintiendo los argumentos anarquistas originales. Poco después de la expulsión de Bakunin y su mano derecha Guillaume, el desastre de la revolución cantonal española dejará en evidencia el coste en vidas, aprendizaje y resultados políticos del interclasismo y el golpismo que en la práctica significaba el «bakuninismo en acción». Pero ninguna de las dos cosas fueron decisivas para la ruptura orgánica con los bakuninistas ni dejaron exhaustos a los militantes de la AIT en todo el mundo.

La batalla agotadora se dio en el campo organizativo. Bakunin pedía a sus seguidores que, en principio no se identificaran como tales y creó una organización secreta paralela, con iniciaciones y grados, la «Alianza para la Democracia Socialista», cuyo objetivo era tomar el control del Consejo General bajo la excusa de que la ilegalización del derecho de asociación en países como Italia obligaban a tener organizaciones «secretas».

Mientras los bakuninistas proponían la descentralización, enaltecían el individualismo militante y denunciaban el «autoritarismo» del Consejo General, alimentaban en secreto un verdadero culto al líder y una centralización extrema mediada y asegurada por el misticismo de los «grados» y la contingentación de los grupos locales bajo la excusa de la clandestinidad. El informe escrito por Marx y Engels por encargo del Congreso de La Haya, que había expulsado por fin a los bakunisnistas, hace públicos todos los materiales de «la Alianza» de Bakunin y llama a la «más total y absoluta publicidad» como forma de evitar la gangrena.

Estamos aquí ante una sociedad, que bajo la máscara del más extremo anarquismo, dirige sus ataques, no contra los gobiernos existentes, sino contra los revolucionarios que no se someten a su ortodoxia ya su dirección. Esta sociedad, creada por la minoría de un Congreso burgués, se desliza en las filas de la organización internacional de la clase obrera, trata primero de apoderarse de su dirección y, cuando ve que este plan no prospera, trabaja por desorganizarla. Maquina descaradamente para meter de contrabando su programa sectario y sus ideas limitadas en el amplio programa y las grandes aspiraciones de nuestra Asociación,; organiza dentro de las Secciones públicas de la Internacional sus secciones secretas, que, obedientes a una sola consigna y por medio de manejos comunes urdidos de antemano, prevalecen en muchos casos sobre aquellas; ataca públicamente en sus periódicos a cuantos elementos se niegan a plegarse a su jefatura; provoca la guerra abierta -son sus propias palabras- dentro de nuestras filas. Para conseguir sus fines, no retorocede ante ningún medio, ante ninguna canallada; la mentira, la calumnia, la intimidación, la violencia a mansalva; todo es igualmente bueno para ella.(…) Para desbaratar todas estas intrigas, no hay más que un medio, de efectos demoledores: la más total y absoluta publicidad.

Marx y Engels. Un complot contra la AIT. Informe sobre los manejos de Bakunin y la Alianza de la Democracia Socialista, redactado por encargo del Congreso de la Haya, 1872.

La Alianza, al fin, suponía dar por buenas las formas burguesas de organización: la sociedad secreta, las jerarquías partidarias, el culto a la personalidad, la centralización invisible y por tanto incriticable… cuando lo que sirve al proceso de constitución de la clase es precisamente lo contrario: educación política, discusión abierta, hablar franco, cargos electos y revocables, delegados con mandato imperativo… Incluso en aquellos lugares donde el derecho de asociación no existe.

Pero sobre todo centralismo, la tendencia hacia la unificación organizativa que expresa el carácter del proletariado como clase universal. El centralismo de los trabajadores es el de una asamblea que organiza una huelga no el de un consejo de administración erguido sobre un organigrama. Cuando hay una huelga, la tendencia espontánea es a que su organización recaiga en un único centro: la asamblea de todos los trabajadores y que esa asamblea reúna a todos los trabajadores con independencia de su nacionalidad, su sexo, el contrato de trabajo que tengan -sea fijo o temporal- y quién se lo firme -la empresa principal o una auxiliar. Cuando la huelga se extiende, los comités (electos, con mandato directo y revocables en cualquier momento) se unen a su vez en «comités de delegados» que, cuando las movilizaciones se generalizan, integran a su vez todo tipo de representaciones de las clases no explotadoras a través de asambleas de barrio, ciudad, etc.

En la clase trabajadora, «centralismo» no significa la adhesión a un principio formal, la defensa de una cierta tipología de estructuras de mando. Y desde luego, no significa concentrar el poder en una única persona o grupo, sino por el contrario, extender el ámbito de cualquier organización de lucha de la clase a todos sus miembros, reflejando el carácter universal que late bajo cada expresión de clase y anteponiéndolo a cualquier particularismo, a cualquier sentimiento o prejuicio, privilegio imaginario u opresión real. Dicho de otra manera, el centralismo es la expresión organizativa de la idea de unidad de la clase del proletariado como sujeto político universal.

En Francia e Italia, donde existe una situación política en que el derecho de reunión constituye un acto punible, la gente tiende con mucha fuerza a dejarse agrupar en sociedades secretas, cuyo resultado es siempre negativo. Por lo demás, este tipo de organización se halla en contradicción con el desarrollo del movimiento proletario, puesto que estas sociedades, en vez de educar a los trabajadores, los supeditan a las leyes místicas y autoritarias que entorpecen su independencia y dirigen su consciencia por derroteros falsos.

Marx. Discurso sobre las sociedades secretas. Sesión de la AIT en Londres el 22 de septiembre de 1871

La Comuna

Para entender las circunstancias que llevan a la proclamación de la Comuna de París en 1871, dejaremos que Engels nos cuente la revolución de 1848 y sus consecuencias.

Gracias al desarrollo económico y político de Francia a partir de 1789, la situación en París desde hace cincuenta años [los años 40 del siglo XIX] ha sido tal que no podía estallar allí ninguna revolución que no asumiese un carácter proletario, es decir, sin que el proletariado, que había pagado la.victoria con su sangre, presentase sus propias reivindicaciones después del triunfo conseguido. Estas reivindicaciones eran más o menos faltas de claridad y hasta del todo confusas, conforme al grado de desarrollo de los obreros de París en cada ocasión, pero, en último término, se reducían siempre a la eliminación del antagonismo de clase entre capitalistas y obreros. Claro está, nadie sabía cómo se podía conseguir esto. Pero la reivindicación misma, por vaga que fuese la manera de formularla, encerraba ya una amenaza al orden social existente; los obreros que la planteaban aún estaban armados; por eso, el desarme de los obreros era el primer mandamiento de los burgueses que se hallaban al timón del Estado. De aquí que después de cada revolución ganada por los obreros estalle una nueva lucha, que termina con la derrota de éstos.

Así sucedió por primera vez en 1848. Los burgueses liberales de la oposición parlamentaria organizaban banquetes en los que abogaban por una reforma electoral que debía garantizar la dominación de su partido. Viéndose cada vez más obligados a apelar al pueblo en la lucha que sostenían contra el gobierno, no tenían más remedio que ceder la primacía a las capas radicales y republicanas de la burguesía y de la pequeña burguesía. Pero detrás de estos sectores estaban los obreros revolucionarios, que desde 1830 habían adquirido mucha más independencia política de lo que los burgueses e incluso los republicanos se imaginaban. Al producirse la crisis entre el gobierno y la oposición, los obreros comenzaron la lucha en las calles. Luis Felipe desapareció y con él la reforma electoral, viniendo a ocupar su puesto la República, y una república que los mismos obreros victoriosos calificaron de República «social». Sin embargo, nadie sabía con claridad, ni los mismos obreros, qué había que entender por la susodicha República social. Pero los obreros tenían ahora armas y eran una fuerza dentro del Estado. Por eso, tan pronto como los republicanos burgueses, que empuñaban el timón del gobierno, sintieron que pisaban terreno más o menos firme, se propusieron como primer objetivo desarmar a los obreros. Esto tuvo lugar cuando se les empujó a la Insurrección de Junio de 1848 violando manifiestamente la palabra dada, lanzándoles una burla abierta e intentando desterrar a los parados a una provincia lejana. El gobierno había cuidado de asegurarse una aplastante superioridad de fuerzas Después de cinco días de lucha heroica, los obreros fracasaron. A esto siguió un baño de sangre entre prisioneros indefensos como jamás se había visto desde los días de las guerras civiles con las que se inició la caída de la República Romana. Era la primera vez que la burguesía mostraba a cuán desmedida crueldad de venganza es capaz de recurrir tan pronto como el proletariado se atreve a enfrentársele, como clase aparte con sus propios intereses y reivindicaciones.

Federico Engels. Introducción a «La Guerra Civil en Francia», 1891

La división de la burguesía permite a un aventurero, Luis Napoleón Bonaparte, colocarse en una posición de juez y equilibrio entre las facciones burguesas, que le aceptan porque entienden que la «unidad» de su clase en el estado es fundamental para conjurar el peligro social. El proletariado, derrotado en junio, no tiene fuerzas para afirmar su autonomía y ve como un alivio la llegada al poder de Luis Bonaparte, que se hará primero con la Presidencia para luego acabar con el Parlamento y ser coronado como Napoleón III, un agente aparentemente independiente que promete protegerlo con vagas promesas de reforma social.

Declaraba apoyarse en los campesinos, amplia masa de productores no envuelta directamente en la lucha entre el capital y el trabajo. Decía que salvaba a la clase obrera destruyendo el parlamentarismo y, con él, la descarada sumisión del Gobierno a las clases poseedoras. Decía que salvaba a las clases poseedoras manteniendo en pie su supremacía económica sobre la clase obrera, y, finalmente, pretendía unir a todas las clases, al resucitar para todos la quimera de la gloria nacional. En realidad, era la única forma de gobierno posible, en un momento en que la burguesía había perdido ya la facultad de gobernar la nación y la clase obrera no la había adquirido aún.

Carlos Marx. La Guerra Civil en Francia, 1871.

De este modo, el resultado final de la revolución del 48 es un proletariado masacrado y una burguesía dividida y asustada ante un «peligro obrero» que puede despertar en cualquier momento. De esas condiciones, de ese equilibrio paralizante entre clases surgirá en 1851 un nuevo régimen político, el «bonapartismo», que se presenta como único y necesario equilibrador de las clases en sus diferentes niveles de conflicto.

Si el proletariado no era todavía capaz de gobernar a Francia, la burguesía tampoco podía seguir gobernándola. Por lo menos en aquel momento, cuando la mayor parte de ella era aún de espíritu monárquico y se hallaba dividida en tres partidos dinásticos, más un cuarto partido, el republicano. Sus disensiones internas permitieron al aventurero Luis Bonaparte apoderarse de todos los puestos de mando -ejército, policía, aparato administrativo- y hacer saltar, el 2 de diciembre de 1851, el último baluarte de la burguesía: la Asamblea Nacional. El Segundo Imperio inauguró la explotación de Francia por una cuadrilla de aventureros políticos y financieros, pero al mismo tiempo también inició un desarrollo industrial como jamás hubiera podido concebirse bajo el mezquino y asustadizo sistema de Luis Felipe, en las condiciones de la dominación exclusiva de sólo un pequeño sector de la gran burguesía. Luis Bonaparte quitó a los capitalistas el Poder político con el pretexto de defenderlos a ellos, los burgueses, de los obreros, y, por otra parte, a éstos de aquéllos; pero, como contrapartida, su régimen estimuló la especulación y la actividad industrial; en una palabra, el auge y el enriquecimiento de toda la burguesía en proporciones hasta entonces desconocidas. Se desarrollaron todavía en mayores proporciones, claro está, la corrupción y el robo en masa, que pulularon en torno a la Corte imperial y obtuvieron buenos dividendos de este enriquecimiento.

Federico Engels. Introducción a «La Guerra Civil en Francia», 1891

Como cualquier régimen burgués que pretende recuperar el liderazgo político de los trabajadores, el Segundo Imperio de Napoleón Bonaparte hará del nacionalismo y de las apelaciones al orgullo y la «gloria nacional» su bandera. Nacionalismo y expansionismo irán de la mano con el desarrollo capitalista acelerado durante el Segundo Imperio: es la época de la colonización de Argelia, de la ocupación de Vietnam y de la famosa expedición a México, pero también de la reivindicación permanente de la orilla izquierda del Rin, perdida tras la caída de Napoleón, entonces el mercado capitalista más rico de Europa continental.

El Segundo Imperio era la apelación al chovinismo francés (…) Proclamado el Segundo Imperio, la reivindicación de la orilla izquierda del Rin, fuese de una vez o por partes, era simplemente una cuestión de tiempo. Y el tiempo llegó con la Guerra Austro-prusiana de 1866. (…) Napoleón no tenía otra salida que la guerra, que estalló en 1870 y le empujó primero a Sedán y después a Wilhelmshöhe.

Federico Engels. Introducción a «La Guerra Civil en Francia», 1891

Sedán sigue siendo hoy sinónimo de derrota militar desastrosa y Wilhelmshöhe símbolo de capitulación.

La consecuencia inevitable fue la Revolución de París del 4 de Septiembre de 1870. El Imperio se derrumbó como un castillo de naipes y nuevamente fue proclamada la República. Pero el enemigo estaba a las puertas. Los ejércitos del Imperio estaban sitiados en Metz sin esperanza de salvación o prisioneros en Alemania. En esta situación angustiosa, el pueblo permitió a los diputados parisinos del antiguo Cuerpo Legislativo constituirse en un «Gobierno de Defensa Nacional». Lo que con mayor gusto lo llevó a acceder a esto fue que, para los fines de la defensa, todos los parisinos capaces de empuñar las armas se habían alistado en la Guardia Nacional y estaban armados, de modo que los obreros representaban dentro de ella una gran mayoría. Pero el antagonismo entre el gobierno, formado casi exclusivamente por burgueses, y el proletariado en armas, no tardó en estallar. El 31 de octubre, batallones obreros tomaron por asalto el Hôtel de Ville y capturaron a algunos miembros del Gobierno. Gracias a una traición, a la violación descarada por el Gobierno de su palabra y a la intervención de algunos batallones pequeñoburgueses, aquéllos fueron puestos nuevamente en libertad y, para no provocar el estallido de la guerra civil dentro de una ciudad sitiada por un ejército extranjero, se permitió que el Gobierno hasta entonces en funciones siguiera actuando.

Por fin, el 28 de enero de 1871, la ciudad de París, vencida por el hambre, capituló. Pero con honores sin precedentes en la historia de las guerras. Los fuertes fueron rendidos, las murallas desarmadas, las armas de las tropas de línea y de la Guardia Móvil entregadas, y sus hombres, considerados prisioneros de guerra. Pero la Guardia Nacional conservó sus armas y sus cañones y se limitó a sellar un armisticio con los vencedores. Y éstos no se atrevieron a entrar triunfalmente en París. Sólo osaron ocupar un pequeño rincón de la ciudad, el cual, además, se componía parcialmente de parques públicos, y eso ¡sólo por unos cuantos días! Y durante este tiempo, ellos, que habían tenido cercado a París por espacio de 131 días, estuvieron cercados por los obreros armados de la capital, que velaban la guardia celosamente para que ningún «prusiano» traspasase los estrechos límites del rincón cedido al conquistador extranjero. Tal era el respeto que los obreros de París infundían a un ejército ante el cual habían rendido sus armas todas las tropas del Imperio. Y los junkers prusianos, que habían venido a tomar venganza en el hogar de la revolución, ¡no tuvieron más remedio que pararse respetuosamente y saludar a esta misma revolución armada!

Durante la guerra, los obreros de París habíanse limitado a exigir la enérgica continuación de la lucha. Pero ahora, sellada la paz después de la capitulación de París, Thiers, nuevo jefe del Gobierno, se vio obligado a entender que la dominación de las clases poseedoras -grandes terratenientes y capitalistas- estaba en constante peligro mientras los obreros de París tuviesen las armas en sus manos. Lo primero que hizo fue intentar desarmarlos. El 18 de marzo envió tropas de línea con orden de robar a la Guardia Nacional la artillería de su pertenencia, pues había sido construida durante el asedio de París y pagada por suscripción pública. El intento falló; París se movilizó como un solo hombre para la resistencia y se declaró la guerra entre París y el Gobierno francés, instalado en Versalles.

Federico Engels. Introducción a «La Guerra Civil en Francia», 1891

El Comité Central de la Guardia Nacional lanza un manifiesto el 18 de marzo donde expresa claramente la naturaleza de lo que está sucediendo.

Los proletarios de París, en medio de los fracasos y las traiciones de las clases dominantes, se han dado cuenta de que ha llegado la hora de salvar la situación tomando en sus manos la dirección de los asuntos públicos (…) Han comprendido que es su deber imperioso y su derecho indiscutible hacerse dueños de dus propios destinos, tomando el poder.

Manifiesto del Comité Central de la Guardia Nacional, 18 de marzo de 1871

A partir de ahí los acontecimientos se suceden a gran velocidad.

El 26 de marzo fue elegida la Comuna de París, y proclamada dos días más tarde, el 28 del mismo mes. El Comité Central de la Guardia Nacional, que hasta entonces había ejercido el gobierno, dimitió en favor de la Comuna, después de haber decretado la abolición de la escandalosa «policía de moralidad» de París.

El 30, la Comuna abolió la conscripción y el ejército permanente y declaró única fuerza armada a la Guardia Nacional, en la que debían enrolarse todos los ciudadanos capaces de empuñar las armas. Condonó los pagos de alquiler de viviendas desde octubre de 1870 hasta abril de 1871, abonando a futuros pagos de alquileres las cantidades ya pagadas, y suspendió la venta de objetos empeñados en el Monte de Piedad de la ciudad.

El mismo día 30 fueron confirmados en sus cargos los extranjeros elegidos para la Comuna, pues «la bandera de la Comuna es la bandera de la República mundial».

El 1 de abril se acordó que el sueldo máximo que podría percibir un funcionario de la Comuna, y por tanto los mismos miembros de ésta, no excedería de 6.000 francos (4.800 marcos) [el salario medio de un obrero]. Al día siguiente, la Comuna decretó la separación de la Iglesia y el Estado y la supresión de todas las asignaciones estatales para fines religiosos, así como la transformación de todos los bienes de la Iglesia en propiedad nacional; como consecuencia de esto, el 8 de abril se ordenó que se eliminasen de las escuelas todos los símbolos religiosos, imágenes, dogmas, oraciones, en una palabra, «todo lo que pertenece a la órbita de la consciencia individual», orden que fue aplicándose gradualmente.

El día 5, en vista de que las tropas de Versalles fusilaban diariamente a los combatientes de la Comuna que capturaban, se dictó un decreto ordenando la detención de rehenes, pero éste nunca se puso en práctica. El día 6, el 137 Batallón de la Guardia Nacional sacó a la calle la guillotina y la quemó públicamente en medio de la aclamación popular.

El 12, la Comuna acordó que la Columna Triunfal de la plaza Vendôme, fundida con los cañones tomados por Napoleón después de la guerra de 1809, se demoliese por ser un símbolo de chovinismo e incitación al odio entre naciones. Esto fue cumplido el 16 de mayo.

El 16 de abril, la Comuna ordenó un registro estadístico de las fábricas cerradas por los patronos y la elaboración de planes para ponerlas en funcionamiento con los obreros que antes trabajaban en ellas, organizándolos en sociedades cooperativas, y que se planease también la agrupación de todas estas cooperativas en una gran unión.

El 20, la Comuna declaró abolido el trabajo nocturno de los panaderos y suprimió también las bolsas de empleo, que durante el Segundo Imperio eran un monopolio de ciertos sujetos designados por la policía, explotadores de primera fila de los obreros. Esas bolsas fueron transferidas a las alcaldías de los veinte arrondissements [distritos] de París.

El 30 de abril, la Comuna ordenó el cierre de las casas de empeño, que eran una forma de explotación privada a los obreros, y estaban en contradicción con el derecho de éstos a disponer de sus instrumentos de trabajo.

Federico Engels. Introducción a «La Guerra Civil en Francia», 1891

Quedémonos con una primera idea importante: el 18 de marzo de 1871, por primera vez en la Historia, el proletariado toma poder. Lo ha «tomado» y se ha puesto a gobernar constituyendo un poder altamente centralizado, no ha destruido el estado burgués y declarado la anarquía, dejando todo lo demás a la espontaneidad de las masas y la libre voluntad de los individuos, como propugnaban por aquel entonces los bakuninistas. Pero ocurre algo esencial. Algo que contradecía las expectativas que había recogido el Manifiesto y que Marx va a distinguir con claridad desde la primera frase de su análisis:

Pero la clase obrera no puede limitarse simplemente a tomar posesión de la máquina del Estado tal como está, y a servirse de ella para sus propios fines.

El Poder estatal centralizado, con sus órganos omnipresentes: el ejército permanente, la policía, la burocracia, el clero y la magistratura -órganos creados con arreglo a un plan de división sistemática y jerárquica del trabajo-, procede de los tiempos de la monarquía absoluta y sirvió a la naciente sociedad burguesa como un arma poderosa en sus luchas contra el feudalismo.(…)

Al paso que los progresos de la moderna industria desarrollaban, ensanchaban y profundizaban el antagonismo de clase entre el capital y el trabajo, el Poder estatal fue adquiriendo cada vez más el carácter de poder nacional del capital sobre el trabajo, de fuerza pública organizada para la esclavización social, de máquina del despotismo de clase. Después de cada revolución, que marca un paso adelante en la lucha de clases, se acusa con rasgos cada vez más destacados el carácter puramente represivo del Poder del Estado.

La Revolución de 1830, al dar como resultado el paso del Gobierno de manos de los terratenientes a manos de los capitalistas, lo que hizo fue transferirlo de los enemigos más remotos a los enemigos más directos de la clase obrera. Los republicanos burgueses, que se adueñaron del Poder del Estado en nombre de la Revolución de Febrero [de 1848], lo usaron para provocar las matanzas de Junio, para probar a la clase obrera que la República «social» era la República que aseguraba su sumisión social y para convencer a la masa monárquica de los burgueses y terratenientes de que podían dejar sin peligro los cuidados y los gajes del gobierno a los «republicanos» burgueses.

Sin embargo, después de su única hazaña heroica de Junio, no les quedó a los republicanos burgueses otra cosa que pasar de la cabeza a la cola del Partido del Orden, coalición formada por todas las fracciones y fracciones rivales de la clase apropiadora, en su antagonismo, ahora abiertamente declarado, contra las clases productoras. La forma más adecuada para este gobierno de capital asociado era la República Parlamentaria, con Luis Bonaparte como presidente. Fue éste un régimen de franco terrorismo de clase y de insulto deliberado contra la vile multitude. Si la República Parlamentaria, como decía el señor Thiers, era «la que menos los dividía» (a las diversas fracciones de la clase dominante), en cambio abría un abismo entre esta clase y el conjunto de la sociedad situado fuera de sus escasas filas. Su unión venía a eliminar las restricciones que sus discordias imponían al Poder del Estado bajo regímenes anteriores, y, ante el amenazante alzamiento del proletariado, se sirvieron del Poder estatal, sin piedad y con ostentación, como de una máquina nacional de guerra del capital contra el trabajo. Pero esta cruzada ininterrumpida contra las masas productoras les obligaba, no sólo a revestir al Poder Ejecutivo de facultades de represión cada vez mayores, sino, al mismo tiempo, a despojar a su propio baluarte parlamentario -la Asamblea Nacional-, de todos sus medios de defensa contra el Poder Ejecutivo, uno por uno, hasta que éste, en la persona de Luis Bonaparte, les dio un puntapié. El fruto natural de la República del Partido del Orden fue el Segundo Imperio.

Carlos Marx. La Guerra Civil en Francia, 1871.

Es decir, el estado y sus instituciones han evolucionado como instrumentos de opresión de clase y han tomado forma en esa evolución de acuerdo a su función. Pero las funciones para las que la clase universal necesita un estado son justamente las contrarias.

La antítesis directa del Imperio era la Comuna. El grito de «República social», con que la Revolución de Febrero fue anunciada por el proletariado de París, no expresaba más que el vago anhelo de una República que no acabase sólo con la forma monárquica de la dominación de clase, sino con la propia dominación de clase. La Comuna era la forma positiva de esta República.

Carlos Marx. La Guerra Civil en Francia, 1871.

Y la primera y más urgente de esas funciones es desarrollar su proceso de constitución en clase política.

Así, el carácter de clase del movimiento de París, que antes se había relegado a segundo plano por la lucha contra los invasores extranjeros, apareció desde el 18 de marzo en adelante con rasgos enérgicos y claros. Como los miembros de la Comuna eran todos, casi sin excepción, obreros o representantes reconocidos de los obreros, sus decisiones se distinguían por un carácter marcadamente proletario. Estas, o bien decretaban reformas que la burguesía republicana sólo había renunciado a implantar por cobardía pero que constituían una base indispensable para la libre acción de la clase obrera, como, por ejemplo, la implantación del principio de que, con respecto al Estado, la religión es un asunto puramente privado; o bien la Comuna promulgaba decisiones que iban directamente en interés de la clase obrera, y en parte abrían profundas brechas en el viejo orden social.

Federico Engels. Introducción a «La Guerra Civil en Francia», 1891

Las acciones de la Comuna aparecen como el despliegue, en rápidas etapas, de un programa de clase que se estaba confeccionando sobre la marcha.

París, sede central del viejo Poder gubernamental y, al mismo tiempo, baluarte social de la clase obrera de Francia, se había levantado en armas contra el intento de Thiers y los «rurales» de restaurar y perpetuar aquel viejo Poder que les había sido legado por el Imperio. Y si París pudo resistir fue únicamente porque, a consecuencia del asedio, se había deshecho del ejército, substituyéndolo por una Guardia Nacional, cuyo principal contingente lo formaban los obreros. Ahora se trata de convertir este hecho en una institución duradera. Por eso, el primer decreto de la Comuna fue para suprimir el ejército permanente y sustituirlo por el pueblo armado.

La Comuna estaba formada por los consejeros municipales elegidos por sufragio universal en los diversos distritos de la ciudad. Eran responsables y revocables en todo momento. La mayoría de sus miembros eran, naturalmente, obreros o representantes reconocidos de la clase obrera. La Comuna no había de ser un organismo parlamentario, sino una corporación de trabajo, ejecutiva y legislativa al mismo tiempo. (…)

Una vez suprimidos el ejército permanente y la policía, que eran los elementos de la fuerza física del antiguo Gobierno, la Comuna tomó medidas inmediatamente para destruir la fuerza espiritual de represión, el «poder de los curas», decretando la separación de la Iglesia y el Estado y la expropiación de todas las iglesias como corporaciones poseedoras. Los curas fueron devueltos al retiro de la vida privada, a vivir de las limosnas de los fieles, como sus antecesores, los apóstoles. Todas las instituciones de enseñanza fueron abiertas gratuitamente al pueblo y al mismo tiempo emancipadas de toda intromisión de la Iglesia y del Estado. Así, no sólo se ponía la enseñanza al alcance de todos, sino que la propia ciencia se redimía de las trabas a que la tenían sujeta los prejuicios de clase y el poder del Gobierno.

Los funcionarios judiciales debían perder aquella fingida independencia que sólo había servido para disfrazar su abyecta sumisión a los sucesivos gobiernos, ante los cuales iban prestando y violando, sucesivamente, el juramento de fidelidad. Igual que los demás funcionarios públicos, los magistrados y los jueces habían de ser funcionarios electivos, responsables y revocables.

Como es lógico, la Comuna de París había de servir de modelo a todos los grandes centros industriales de Francia. Una vez establecido en París y en los centros secundarios el régimen comunal, el antiguo Gobierno centralizado tendría que dejar paso también en las provincias a la autoadministración de los productores. En el breve esbozo de organización nacional que la Comuna no tuvo tiempo de desarrollar, se dice claramente que la Comuna habría de ser la forma política que revistiese hasta la aldea más pequeña del país y que en los distritos rurales el ejercito permanente habría de ser reemplazado por una milicia popular, con un período de servicio extraordinariamente corto. Las comunas rurales de cada distrito administrarían sus asuntos colectivos por medio de una asamblea de delegados en la capital del distrito correspondiente y estas asambleas, a su vez, enviarían diputados a la Asamblea Nacional de Delegados de París, entendiéndose que todos los delegados serían revocables en todo momento y se hallarían obligados por el mandato imperativo (instrucciones formales) de sus electores.

Las pocas, pero importantes funciones que aún quedarían para un gobierno central, no se suprimirían, como se ha dicho, falseando intencionadamente la verdad, sino que serían desempeñadas por agentes comunales que, gracias a esta condición, serían estrictamente responsables. No se trataba de destruir la unidad de la nación, sino por el contrario, de organizarla mediante un régimen comunal, convirtiéndola en una realidad al destruir el Poder del Estado, que pretendía ser la encarnación de aquella unidad, independiente y situado por encima de la nación misma, de la cual no era más que una excrecencia parasitaria. Mientras que los órganos puramente represivos del viejo Poder estatal habían de ser amputados, sus funciones legitimas serían arrancadas a una autoridad que usurpaba una posición preeminente sobre la sociedad misma, para restituirlas a los servidores responsables de esta sociedad. En vez de decidir una vez cada tres o seis años qué miembros de la clase dominante habían de «representar» al pueblo en el parlamento, el sufragio universal habría de servir al pueblo organizado en comunas, como el sufragio individual sirve a los patronos que buscan obreros y administradores para sus negocios. Y es bien sabido que lo mismo las compañías que los particulares, cuando se trata de negocios saben generalmente colocar a cada hombre en el puesto que le corresponde y, si alguna vez se equivocan, reparan su error con presteza. Por otra parte, nada podía ser más ajeno al espíritu de la Comuna que sustituir el sufragio universal por una investidura jerárquica.

Carlos Marx. La Guerra Civil en Francia, 1871.

La revocabilidad de los cargos y la centralización de lo común en el estado y de los «poderes» del estado en manos de las clases trabajadoras, es un hecho no solo importantísimo desde el punto de vista de clase sino además radicalmente novedoso, porque respondía de nuevo mediante una antítesis a la tendencia a la aparición de una «élite política» irremediablemente corrupta.

La Comuna tuvo que reconocer desde el primer momento que la clase obrera, al llegar al Poder, no puede seguir gobernando con la vieja máquina del Estado; que, para no perder de nuevo su dominación recién conquistada, la clase obrera tiene, de una parte, que barrer toda la vieja máquina represiva utilizada hasta entonces contra ella, y, de otra parte, precaverse contra sus propios diputados y funcionarios, declarándolos a todos, sin excepción, revocables en cualquier momento.

¿Cuáles habían sido las características del Estado hasta entonces? En un principio, por medio de la simple división del trabajo, la sociedad se creó los órganos especiales destinados a velar por sus intereses comunes. Pero, a la larga, estos órganos, a cuya cabeza estaba el Poder estatal persiguiendo sus propios intereses específicos, se convirtieron de servidores de la sociedad en señores de ella.

Esto puede verse, por ejemplo, no sólo en las monarquías hereditarias, sino también en las repúblicas democráticas. No hay ningún país en que los «políticos» formen un sector más poderoso y más separado de la nación que en los EE.UU. Aquí cada uno de los dos grandes partidos que se alternan en el Poder está a su vez gobernado por gentes que hacen de la política un negocio, que especulan con los escaños de las asambleas legislativas de la Unión y de los distintos Estados Federados, o que viven de la agitación en favor de su partido y son retribuidos con cargos cuando éste triunfa. Es sabido que los estadounidenses llevan treinta años esforzándose por sacudir este yugo, que ha llegado a ser insoportable, y que, a pesar de todo, se hunden cada vez más en este pantano de corrupción. Y es precisamente en los EE.UU. donde podemos ver mejor cómo progresa esta independización del Estado frente a la sociedad, de la que originariamente estaba destinado a ser un simple instrumento. Allí no hay dinastía, ni nobleza, ni ejército permanente -fuera del puñado de hombres que montan la guardia contra los indios-, ni burocracia con cargos permanentes y derecho a jubilación. Y, sin embargo, en los EE.UU. nos encontramos con dos grandes cuadrillas de especuladores políticos que alternativamente se posesionan del Poder estatal y lo explotan por los medios más corruptos y para los fines más corruptos; y la nación es impotente frente a estos dos grandes consorcios de políticos, pretendidos servidores suyos, pero que, en realidad, la dominan y la saquean.

Contra esta transformación, inevitable en todos los Estados anteriores, del aparato estatal y sus órganos, de servidores de la sociedad en amos de ella, la Comuna empleó dos remedios infalibles. En primer lugar, cubrió todos los cargos administrativos, judiciales y educacionales por elección, mediante sufragio universal, concediendo a los electores el derecho a revocar en todo momento a sus elegidos. En segundo lugar, pagaba a todos los funcionarios, altos y bajos, el mismo salario que a los demás trabajadores. El sueldo máximo asignado por la Comuna era de 6.000 francos. Con este sistema se ponía una barrera eficaz al arribismo y a la caza de cargos, y esto sin contar con los mandatos imperativos que, por añadidura, introdujo la Comuna para los diputados a los cuerpos representativos.

[Fue] esta [una] labor de destrucción del viejo Poder estatal y de su reemplazo por otro nuevo y verdaderamente democrático.

Federico Engels. Introducción a «La Guerra Civil en Francia», 1891

La clase trabajadora crea y se sirve de instrumentos propios pero esos instrumentos solo son la forma política de la que la clase se dota para emancipar al trabajo, y con él a la sociedad entera, del poder del capital.

La variedad de interpretaciones a que ha sido sometida la Comuna y la variedad de intereses que la han interpretado a su favor, demuestran que era una forma política perfectamente flexible, a diferencia de las formas anteriores de gobierno que habían sido todas fundamentalmente represivas. He aquí su verdadero secreto: la Comuna era, esencialmente, un gobierno de la clase obrera, fruto de la lucha de la clase productora contra la clase apropiadora, la forma política al fin descubierta que permitía realizar la emancipación económica del trabajo.

Sin esta última condición, el régimen comunal habría sido una imposibilidad y una impostura. La dominación política de los productores es incompatible con la perpetuación de su esclavitud social. Por tanto, la Comuna había de servir de palanca para extirpar los cimientos económicos sobre los que descansa la existencia de las clases y, por consiguiente, la dominación de clase. Emancipado el trabajo, todo hombre se convierte en trabajador, y el trabajo productivo deja de ser un atributo de una clase.

Es un hecho extraño. A pesar de todo lo que se ha hablado y escrito con tanta profusión durante los últimos sesenta años acerca de la emancipación del trabajo, apenas en algún sitio los obreros toman resueltamente la cosa en sus manos, vuelve a resonar de pronto toda la fraseología apologética de los portavoces de la sociedad actual, con sus dos polos de capital y esclavitud asalariada (hoy, el propietario de tierras no es más que el socio sumiso del capitalista), como si la sociedad capitalista se hallase todavía en su estado más puro de inocencia virginal, con sus antagonismos todavía en germen, con sus engaños todavía encubiertos, con sus prostituidas realidades todavía sin desnudar. ¡La Comuna, exclaman, pretende abolir la propiedad, base de toda civilización! Sí, caballeros, la Comuna pretendía abolir esa propiedad de clase que convierte el trabajo de muchos en la riqueza de unos pocos. La Comuna aspiraba a la expropiación de los expropiadores. Quería convertir la propiedad individual en una realidad, transformando los medios de producción -la tierra y el capital- que hoy son fundamentalmente medios de esclavización y de explotación del trabajo, en simples instrumentos del trabajo libre y asociado. ¡Pero eso es el comunismo, el «irrealizable» comunismo! Sin embargo, los individuos de las clases dominantes que son lo bastante inteligentes para darse cuenta de la imposibilidad de que el actual sistema continúe -y no son pocos- se han erigido en los apóstoles molestos y chillones de la producción cooperativa. Ahora bien, si la producción cooperativa ha de ser algo más que una impostura y un engaño; si ha de substituir al sistema capitalista; si las sociedades cooperativas unidas han de regular la producción nacional con arreglo a un plan común, tomándola bajo su control y poniendo fin a la constante anarquía y a las convulsiones periódicas, consecuencias inevitables de la producción capitalista, ¿qué será eso entonces, caballeros, sino comunismo, comunismo «realizable»?

La clase obrera no esperaba de la Comuna ningún milagro. Los obreros no tienen ninguna utopía lista para implantar par decret du peuple. Saben que para conseguir su propia emancipación, y con ella esa forma superior de vida hacia la que tiende irresistiblemente la sociedad actual por su propio desarrollo económico, tendrán que pasar por largas luchas, por toda una serie de procesos históricos, que transformarán las circunstancias y los hombres. Ellos no tienen que realizar ningunos ideales, sino simplemente liberar los elementos de la nueva sociedad que la vieja sociedad burguesa agonizante lleva en su seno. Plenamente consciente de su misión histórica y heroicamente resulta a obrar con arreglo a ella, la clase obrera puede mofarse de las burdas invectivas de los lacayos de la pluma y de la protección profesoral de los doctrinarios burgueses bien intencionados, que vierten sus perogrulladas de ignorantes y sus sectarias fantasías con un tono sibilino de infalibilidad científica.

Cuando la Comuna de París tomó en sus propias manos la dirección de la revolución; cuando, por primera vez en la historia, simples obreros se atrevieron a violar el privilegio gubernamental de sus «superiores naturales» y, en circunstancias de una dificultad sin precedentes, realizaron su labor de un modo modesto, concienzudo y eficaz, con sueldos el mas alto de los cuales apenas representaba una quinta parte de la suma que según una alta autoridad científica es el sueldo mínimo del secretario de un consejo de instrucción pública de Londres, el viejo mundo se retorció en convulsiones de rabia ante el espectáculo de la Bandera Roja, símbolo de la República del Trabajo, ondeando sobre el Hôtel de Ville.

Carlos Marx. La Guerra Civil en Francia, 1871.

Y tras contarnos cómo la Comuna supo encuadrar a la pequeña burguesía -artesanado, comerciantes y campesinos- Marx insiste en que en realidad, en lo que toca al programa de transición propiamente dicho…

La gran medida social de la Comuna fue su propia existencia, su labor. Sus medidas concretas no podían menos de expresar la línea de conducta de un gobierno del pueblo por el pueblo. Entre ellas se cuentan la abolición del trabajo nocturno para los obreros panaderos, y la prohibición, bajo penas, de la práctica corriente entre los patronos de mermar los salarios imponiendo a sus obreros multas bajo los más diversos pretextos(…). Otra medida de este género fue la entrega a las asociaciones obreras, bajo reserva de indemnización, de todos los talleres y fábricas cerrados, lo mismo si sus respectivos patronos habían huido que si habían optado por parar el trabajo.

Carlos Marx. La Guerra Civil en Francia, 1871.

Sí, «la gran medida social de la Comuna fue su propia existencia». Porque en realidad no puede sino maravillarnos la cantidad y coherencia de las medidas tomadas en tan solo dos meses para hacer avanzar, más allá incluso de lo imaginable unas semanas antes, el proceso de constitución en clase. Y si este avance asombroso, resulta aun más deslumbrante cuando lo contrastamos con los sectores y grupos militantes consolidados que proveyeron de dirigentes a los barrios y a la Guardia Nacional.

Los miembros de la Comuna estaban divididos en una mayoría integrada por los blanquistas, que habían predominado también en el Comité Central de la Guardia Nacional, y una minoría compuesta por afiliados a la Asociación Internacional de los Trabajadores, entre los que prevalecían los adeptos de la escuela socialista de Proudhon. En aquel tiempo, la gran mayoría de los blanquistas sólo eran socialistas por instinto revolucionario y proletario, sólo unos pocos habían alcanzado una mayor claridad de principios, gracias a Vaillant, que conocía el socialismo científico alemán.(…) Pero aún es más asombroso el acierto de muchas de las cosas que se hicieron, a pesar de estar compuesta la Comuna de proudhonianos y blanquistas. Por supuesto, cabe a los proudhonianos la principal responsabilidad por los decretos económicos de la Comuna, tanto en lo que atañe a sus méritos como a sus defectos; a los blanquistas les incumbe la responsabilidad principal por las medidas y omisiones políticas. Y, en ambos casos, la ironía de la historia quiso -como acontece generalmente cuando el Poder cae en manos de doctrinarios- que tanto unos como otros hiciesen lo contrario de lo que la doctrina de su escuela respectiva prescribía.

Proudhon, el socialista de los pequeños campesinos y maestros artesanos, odiaba positivamente la asociación. Decía de ella que tenía más de malo que de bueno; que era por naturaleza estéril y aun perniciosa, como un grillete puesto a la libertad del obrero; que era un puro dogma, improductivo y gravoso, contrario por igual a la libertad del obrero y al ahorro de trabajo; que sus inconvenientes crecían más de prisa que sus ventajas; que, frente a ella, la concurrencia, la división del trabajo y la propiedad privada eran fuerzas económicas. Sólo en los casos excepcionales -como los llama Proudhon- de la gran industria y las grandes empresas como los ferrocarriles, tenía razón de ser la asociación de los obreros (véase «Idée générale de la révolution», 3er. estudio).

Pero hacia 1871, incluso en París, centro de la artesanía artística, la gran industria había dejado ya hasta tal punto de ser un caso excepcional, que el decreto más importante de cuantos dictó la Comuna dispuso una organización para la gran industria, e incluso para la manufactura, que no se basaba sólo en la asociación de los obreros dentro de cada fábrica, sino que debía también unificar a todas estas asociaciones en una gran unión; en resumen, en una organización que, como Marx dice muy bien en La Guerra Civil, forzosamente habría conducido finalmente al comunismo, o sea, al contrario directo de la doctrina proudhoniana.

No fue mejor la suerte que corrieron los blanquistas. Educados en la escuela de la conspiración y mantenidos en cohesión por la rígida disciplina que esta escuela supone, los blanquistas partían de la idea de que un grupo relativamente pequeño de hombres decididos y bien organizados estaría en condiciones, no sólo de adueñarse en un momento favorable del timón del Estado, sino que, desplegando una acción enérgica e incansable, podría mantenerse hasta lograr arrastrar a la revolución a las masas del pueblo y congregarlas en torno al pequeño grupo dirigente. Esto suponía, sobre todo, la más rígida y dictatorial centralización de todos los poderes en manos del nuevo gobierno revolucionario. ¿Y qué hizo la Comuna? (…) La Comuna tuvo que reconocer desde el primer momento que la clase obrera, al llegar al Poder, no puede seguir gobernando con la vieja máquina del Estado; que, para no perder de nuevo su dominación recién conquistada, la clase obrera tiene, de una parte, que barrer toda la vieja máquina represiva utilizada hasta entonces contra ella, y, de otra parte, precaverse contra sus propios diputados y funcionarios, declarándolos a todos, sin excepción, revocables en cualquier momento.

Federico Engels. Introducción a «La Guerra Civil en Francia», 1891

Esta reflexión sobre los blanquistas y proudhonianos será importantísima más adelante para explicar la relación entre Marx y Engels y los partidos socialdemócratas, en especial los alemanes. Anotémosla y dejémosla de momento de lado.

Mientras, volvamos a lo esencial: las lecciones de la Comuna en relación al estado. En primer lugar la Comuna cierra definitivamente las ilusiones de que el proletariado va a poder utilizar el aparato del estado o parte de él al hacerse con el poder. En segundo lugar queda claro que el nuevo estado que levanta el proletariado es el primero orientado y destinado a representar los intereses de toda la sociedad, como no podía ser menos en una clase universal y que por lo mismo, desde el primer día comienza a socavar la relación capital-trabajo, es decir, a abrir paso al comunismo, a la abundancia. Sobre la forma concreta quedan tan solo unos esbozos: la combinación de centralización política democrática, directa, con la conversión de las unidades productivas en verdaderas cooperativas de trabajo unidas en una estructura central bajo la comuna.

En los meses y años siguientes, Marx y Engels llevarán aun más lejos el análisis de esa «forma política al fin descubierta que permitía realizar la emancipación económica del trabajo». La Comuna estaba muy cerca de ser ese «representante de toda la sociedad» que todos los estados pretenden falsamente ser. A fin de cuentas era una estructura meramente funcional y electiva, sin burocracia ni cargos profesionales, que se sostuvo sobre el trabajo asociado y que lo centralizó preparándose para tomar formalmente la propiedad de los bienes de producción… Y eso, en realidad, ya no es un estado propiamente dicho. Porque…

En realidad, el Estado no es más que una máquina para la opresión de una clase por otra, lo mismo en la República democrática que bajo la monarquía; y en el mejor de los casos, un mal que el proletariado hereda luego que triunfa en su lucha por la dominación de clase. El proletariado victorioso, tal como hizo la Comuna, no podrá por menos de amputar inmediatamente los peores lados de este mal, hasta que una generación futura, educada en condiciones sociales nuevas y libres, pueda deshacerse de todo ese trasto viejo del Estado.

Federico Engels. Introducción a «La Guerra Civil en Francia», 1891

¿Y cómo se desharía? Eliminando completamente las clases y por tanto desapareciendo el propio proletariado como clase. Así, conforme el capital desapareciera como relación dominante en la producción y la sociedad, desaparecería el conflicto social, articulado alrededor de la relación capital-trabajo, conflicto que es el que da la razón de ser al estado.

Cuando el Estado se convierta finalmente en representante efectivo de toda la sociedad será por sí mismo superfluo. Cuando ya no exista ninguna clase social a la que haya que mantener sometida; cuando desaparezcan, junto con la dominación de clase, junto con la lucha por la existencia individual, engendrada por la actual anarquía de la producción, los choques y los excesos resultantes de esto, no habrá ya nada que reprimir ni hará falta, por tanto, esa fuerza especial de represión que es el Estado. El primer acto en que el Estado se manifiesta efectivamente como representante de toda la sociedad: la toma de posesión de los medios de producción en nombre de la sociedad, es a la par su último acto independiente como Estado. La intervención de la autoridad del Estado en las relaciones sociales se hará superflua en un campo tras otro de la vida social y cesará por sí misma. El gobierno sobre las personas es sustituido por la administración de las cosas y por la dirección de los procesos de producción. El Estado no es «abolido»; se extingue.

Federico Engels. Del Socialismo Utópico al Socialismo Científico, 1878.

¿Por qué «se extingue»? ¿Por qué no desaparece en tanto que estado en el momento en que asume la propiedad de los bienes de producción?

Estatalizar la producción elimina el poder directo de la burguesía, pero no elimina el salariado, la relación capital-trabajo, de la cual la división en clases es solo una consecuencia. Para deshacerse del estado hay que eliminar completamente la dependencia del trabajo respecto al capital, independizarlo real e irreversiblemente… es decir, llegar a un estadio muy cercano a la abundancia, hacer posible una desmercantilización efectiva. Un proceso que, ya sabíamos, no puede imponerse en un decreto una vez alcanzado el poder porque depende del desarrollo de las fuerzas productivas.

XVII. ¿Será posible suprimir de golpe la propiedad privada?

No, no será posible, del mismo modo que no se puede aumentar de golpe las fuerzas productivas existentes en la medida necesaria para crear una economía colectiva. Por eso, la revolución podrá transformar paulatinamente la sociedad actual, y acabará con la propiedad privada únicamente cuada haya creado la necesaria cantidad de medios de producción.

Federico Engels. Principios del comunismo, 1847

Conforme cada sector vaya alcanzando una productividad lo suficientemente elevada como para poder eliminar el valor de cambio en sus relaciones con el resto del tejido productivo, el mismo estado, en tanto que gestor social de la escasez, simplemente se volvería innecesario. No habría que decidir quién puede y quién no acceder a un bien (que es lo que hacemos al ponerle un precio) y por tanto, la base última del conflicto, la escasez, perdería relevancia. Con ella, el estado se extinguiría.

Estamos ante la fase final de la clase, el paso del socialismo al comunismo propiamente dicho y que se resume en el viejo lema de los comunistas icarianos.

El nacimiento de la Socialdemocracia

Para entender el papel de Marx y Engels en la formación de la socialdemocracia alemana, tenemos que volver de nuevo a 1850 y recuperar a grandes trazos la historia de la Liga tras la revolución de 1848.

En 1850 Marx escribe una comunicación en nombre del Comité Central, desde Londres haciendo balance organizativo y político. En lo político constata la debilidad del proletariado, Alemania sigue siendo un país atrasado, dividido en infinitud de principados y pequeños reinos cada uno con su aduana y su moneda. Con una estructura productiva fundamentalmente agraria, la burguesía, para crear un mercado nacional, debe liderar la unificación reuniendo alrededor suya a las clases medias y a los trabajadores en una revolución democrática.

Hemos visto que los demócratas llegarán al Poder en la primera fase del movimiento, y que se verán obligados a proponer medidas más o menos socialistas (…) Los obreros deberán llevar al extremo las propuestas de los demócratas, que, como es natural no actuarán como revolucionarios, sino como simples reformistas. Estas propuestas deberán ser convertidas en ataques directos contra la propiedad privada. (…)

Aunque los obreros alemanes no puedan alcanzar el poder ni ver realizados sus intereses de clase sin haber pasado íntegramente por un prolongado desarrollo revolucionario, pueden por lo menos tener la seguridad de que esta vez el primer acto del drama revolucionario que se avecina coincidirá con el triunfo directo de su propia clase en Francia, lo cual contribuirá a acelerarlo considerablemente.

Pero la máxima aportación a la victoria final la harán los propios obreros alemanes cobrando consciencia de sus intereses de clase, ocupando cuanto antes una posición independiente de partido e impidiendo que las frases hipócritas de los demócratas pequeñoburgueses les aparten un solo momento de la tarea de organizar con toda independencia el partido del proletariado. Su grito de guerra debe ser: la revolución permanente.

Carlos Marx. Mensaje del Comité Central a la Liga de los Comunistas, marzo de 1850.

Pero resulta difícil que los obreros alemanes «cobren consciencia de sus intereses de clase» y el proletariado emerja como un sujeto político independiente, si sus grupos más conscientes se atomizan y dedican a lo local, donde casi inevitablemente acabarán bajo el liderazgo de la pequeña burguesía radical.

Mientras el partido democrático, el partido de la pequeña burguesía, fortalecía más y más su organización en Alemania, el partido obrero perdía su única base firme, a lo sumo conservaba su organización en algunas localidades, para fines puramente locales, y por eso, en el movimiento general, cayó por entero bajo la influencia y la dirección de los demócratas pequeñoburgueses. Hay que acabar con tal estado de cosas, hay que restablecer la independencia de los obreros.

Carlos Marx. Mensaje del Comité Central a la Liga de los Comunistas, marzo de 1850.

Lo que ocurrió en la práctica, como en 1852 contó Engels en «Revolución y Contrarrevolución en Alemania», fue que la burguesía, más temerosa de las fuerzas populares que interesada en romper el poder de las clases feudales que le habían oprimido hasta entonces, se alió con estas; y que la pequeña burguesía democrática fue absolutamente cobarde -y por tanto incompetente- para conducir al movimiento democrático a un enfrentamiento decisivo y abierto con el nuevo bloque reaccionario, perdiendo la confianza de los obreros y llevando al fin de la revolución

El resultado final fue que la unificación alemana la encabezará Bismarck a la cabeza del bloque reaccionario, no el primer parlamento democrático alemán. La contrarrevolución abrirá un periodo de represión abierta del movimiento obrero.

El grupo más activo de la Liga, el de Colonia, sufrió especialmente: buena parte de su documentación interna fue incautada por la policía, once de sus miembros fueron detenidos y se organizó un juicio espectacular que pretendía presentar a los comunistas como conspiradores a las órdenes de un malvado Marx londinense. Solo cuatro fueron absueltos y los restantes siete sufrieron penas de prisión. Marx escribió un librito destinado a la agitación durante el juicio, «Revelaciones sobre el proceso de los comunistas de Colonia» y Engels otro después resumiendo su curso y resultados, «El reciente proceso de Colonia»; pero ninguno de los dos tuvieron ya impacto. La victoria de la contrarrevolución va seguida siempre de la represión y el desánimo. El juicio y las leyes represivas que le siguieron fueron el verdadero final de la Liga en Alemania.

En 1863, en plena resaca y desmovilización de la ola revolucionaria, se crea en Leipzig la «Asociación General de Trabajadores de Alemania» recogiendo antiguos militantes de la Liga y ex-combatientes de la revolución del 48. Su fundador, Ferdinand de Lassalle, la presenta como el «primer partido obrero independiente alemán». Lassalle es un abogado brillante, carismático y polémico con ambiciones de político profesional, que ve la oportunidad de cabalgar un movimiento que está todavía desarticulado. Toma ideas de Marx, las mezcla con consignas antiguas del socialismo francés y las adapta para su aceptabilidad por Bismarck, cabeza de la reacción que está conspirando para reunificar Alemania en torno a los intereses de los «junkers», los aristócratas latifundistas y protestantes prusianos. Bismarck ve en un movimiento obrero domesticado la oportunidad de mantener debilitados y temerosos a sus aliados burgueses.

[Lassalle] Hasta 1862 fue, en su actuación práctica, un demócrata vulgar específicamente prusiano con marcadas inclinaciones bonapartistas (precisamente acabo de releer sus cartas a Marx); luego cambió súbitamente por razones puramente personales y comenzó sus campañas de agitación; y no habían transcurrido dos años, cuando propugnaba que los obreros debían tomar partido por la monarquía contra la burguesía, y se enzarzó en tales intrigas con Bismarck, afín a él en carácter, que forzosamente le habrían conducido a traicionar de hecho el movimiento si, por suerte para él, no le hubiesen pegado un tiro a tiempo. En sus escritos de agitación, las verdades que tomó de Marx están tan embrolladas con sus propias elucubraciones, generalmente falsas, que resulta difícil separar unas cosas de otras.

Federico Engels. Carta a Kautsky, 23 de febrero de 1891

En 1869, en el pueblo de Eisenach, en Turingia, dos discípulos de Marx en Londres, Wilhem Liebknech y August Bebel, lideran un reagrupamiento de grupos y militantes que quedan de la Liga en Alemania. El resultado es el Partido Socialdemócrata Obrero de Alemania («SDAP»). El nuevo partido, construido alrededor de las tesis marxistas, sufre las leyes de excepción bismarckianas y la represión constante de la policía prusiana. Pero la ola de la contrarrevolución está acabando y la nueva organización es expresión de un nuevo proceso de constitución de la clase de la que la fundación de la AIT ha sido la primera expresión y que acabará en la Comuna, la primera dictadura del proletariado.

La nueva organización, que crece en paralelo al desarrollo de los sindicatos, consigue éxitos históricos: en 1867 Bebel y Liebknecht son los primeros obreros elegidos miembros del parlamento alemán. En 1870 ambos irán -durante cuatro años- a la cárcel por defender la posición del partido sobre la guerra con Francia: es una guerra imperialista entre dos naciones ya capitalistas en la que el proletariado, clase universal, solo pondrá los muertos.

La guerra será seguida en Alemania de la proclamación del Imperio. Lassalle ha muerto y, con la burguesía aterrorizada por lo que ha visto en la Comuna en París y el Imperio ya constituido, los lassalleanos dejan de ser interesantes a la estrategia de Bismarck. El lassalleanismo entra en descomposición y se acerca a los marxistas. Liebknecht y los militantes alemanes ven la oportunidad de agrupar a todos los obreros atraídos por el socialismo en una única organización. Se llegan a acuerdos y se prepara un congreso de unificación en Gotha en 1875. En ese momento, con la Internacional agonizante pero aun en plena batalla contra los desastre creados por los bakuninistas, Marx y Engels descubren con pavor que el programa que se piensa aprobar es una reivindicación póstuma del lassalleanismo e intervienen con una serie de cartas y escritos.

La «Crítica del programa de Gotha» es famosa por su definición del comunismo bajo la fórmula cabetiana y su insistencia en que el comunismo, como estadio económico, significa necesariamente desmercantilización. Pero lo que nos interesa en este momento es qué lleva a Marx y Engels a intervenir e incluso amenazar con desvincularse públicamente del partido si aprueba ese programa. Dicho de otro modo: qué es más importante que crecer en número, multiplicar la estructura de la organización de los militantes y representar al proletariado como una fuerza política nacional, que es lo que ofrecía la unificación de Gotha.

En primer lugar, Marx pone en valor la teoría. En el proceso de constitución del proletariado en clase política, la teoría no es un adorno de ocasión, sino una verdadera conquista. No pueden hacerse concesiones y marchas atrás esperando que puedan compensarse con otras cosas sin comprometer el proceso en su conjunto.

Cada paso de movimiento real vale más que una docena de programas. Por lo tanto, si no era posible -y las circunstancias del momento no lo consentían- ir más allá del programa de Eisenach, habría que haberse limitado, simplemente, a concertar un acuerdo para la acción contra el enemigo común. Pero, cuando se redacta un programa de principios (en vez de aplazarlo hasta el momento en que una más prolongada actuación conjunta lo haya preparado), se colocan ante todo el mundo los jalones por los que se mide el nivel del movimiento del Partido.

Carlos Marx. Carta a Bracke, 5 de mayo de 1875.

Engels se expresa en términos similares en su correspondencia con Bebel.

En general, importan menos los programas oficiales de los partidos que sus actos. Pero un nuevo programa es siempre, a pesar de todo, una bandera que se levanta públicamente y por la cual los de fuera juzgan al partido. No debería, por tanto, en modo alguno, representar un retroceso como el que representa éste, comparado con el de Eisenach. Y habría también que tener en cuenta lo que los obreros de otros países dirán de este programa; la impresión que ha de producir esta genuflexión de todo el proletariado socialista alemán ante el lassalleísmo.

Federico Engels. Carta a Bebel 18-28 de marzo de 1875

Pero la crítica de Marx y Engels, que puede parecer incluso excesivamente suspicaz en una lectura descontextualizada, en realidad tiene una línea argumental clara: el lassallianismo que impregna el programa de Gotha orienta a los trabajadores a abandonar la idea de la centralidad de la producción y el trabajo. Al poner la «distribución» (el consumo y la capacidad de consumo) en el centro de lo que el programa llama púdicamente «el problema social», acepta una superstición legalista y democrática cuyo resultado a medio plazo no puede ser otro que el chalaneo con el nacionalismo y la consecuente renuncia al internacionalismo.

Es equivocado, en general, tomar como esencial la llamada distribución y poner en ella el acento principal. La distribución de los medios de consumo es, en todo momento, un corolario de la distribución de las propias condiciones de producción. Y ésta es una característica del modo mismo de producción. Por ejemplo, el modo capitalista de producción descansa en el hecho de que las condiciones materiales de producción les son adjudicadas a los que no trabajan bajo la forma de propiedad del capital y propiedad del suelo, mientras la masa sólo es propietaria de la condición personal de producción, la fuerza de trabajo. Distribuidos de este modo los elementos de producción, la actual distribución de los medios de consumo es una consecuencia natural. Si las condiciones materiales de producción fuesen propiedad colectiva de los propios obreros, esto determinaría, por sí solo, una distribución de los medios de consumo distinta de la actual. El socialismo vulgar (y por intermedio suyo, una parte de la democracia) ha aprendido de los economistas burgueses a considerar y tratar la distribución como algo independiente del modo de producción, y, por tanto, a exponer el socialismo como una doctrina que gira principalmente en torno a la distribución.

Carlos Marx. Glosas marginales al programa del partido obrero alemán, 1875.

La orientación lassalliana hacia el consumo no es inocente, lleva el foco hacia un lugar «sujeto a derecho», regulable por el estado y por tanto limitado a sus intereses.

¿Acaso las relaciones económicas son reguladas por los conceptos jurídicos? ¿No surgen, por el contrario, las relaciones jurídicas de las relaciones económicas? ¿No se forjan también los sectarios socialistas las más variadas ideas acerca del reparto «equitativo»? (…) El derecho no puede ser nunca superior a la estructura económica ni al desarrollo cultural de la sociedad por ella condicionado.

Carlos Marx. Glosas marginales al programa del partido obrero alemán, 1875.

Y a partir de ahí el Lassallianismo desactiva el papel de la lucha de clases y reduce el avance del socialismo a… las subvenciones públicas y el cooperativismo creado desde el estado.

Después de la «ley de bronce» de Lassalle, viene la panacea del profeta. Y se le «prepara el camino» de un modo digno. La lucha de clases existente es sustituida por una frase de periodista: «el problema social», para cuya «solución» se «prepara el camino». La «organización socialista de todo el trabajo» no resulta del proceso revolucionario de transformación de la sociedad, sino que «surge» de «la ayuda del Estado», ayuda que el Estado presta a las cooperativas de producción «creadas» por él y no por los obreros. ¡Es digno de la fantasía de Lassalle eso de que con empréstitos del Estado se puede construir una nueva sociedad como se construye un nuevo ferrocarril! (…)

El que los obreros quieran establecer las condiciones de producción colectiva en toda la sociedad y ante todo en su propio país, en una escala nacional, sólo quiere decir que laboran por subvertir las actuales condiciones de producción, y eso nada tiene que ver con la fundación de sociedades cooperativas con la ayuda del Estado. Y, por lo que se refiere a las sociedades cooperativas actuales, éstas sólo tienen valor en cuanto son creaciones independientes de los propios obreros, no protegidas ni por los gobiernos ni por los burgueses.

Carlos Marx. Glosas marginales al programa del partido obrero alemán, 1875.

Por eso Engels le dice a Bebel, que:

En el aspecto teórico, es decir, en lo que es decisivo para el programa, nuestro partido no tiene absolutamente nada que aprender de los de Lassalle, pero ellos sí que tienen que aprender de él; la primera condición para la unidad debía haber sido que dejasen de ser sectarios, que dejasen de ser lassalleanos, y, por tanto y ante todo, que renunciasen a la panacea universal de la ayuda del Estado, o por lo menos, que la reconociesen como una de tantas medidas transitorias y secundarias.

Federico Engels. Carta a Bebel 18-28 de marzo de 1875

Dicho con toda la contundencia propia de Marx:

Pese a todo su cascabeleo democrático, el programa está todo él infestado hasta el tuétano de la fe servil de la secta lassalleana en el Estado; o -lo que no es nada mejor- de la superstición democrática; o es más bien un compromiso entre estas dos supersticiones igualmente lejanas del socialismo.

Carlos Marx. Glosas marginales al programa del partido obrero alemán, 1875.

Como no podía ser menos, el remate del programa de Gotha es «reclamar» al estado que tome en sus manos la nacionalización de las consciencias a través del sistema de educación pública universal.

Eso de «educación popular a cargo del Estado» es absolutamente inadmisible. ¡Una cosa es determinar, por medio de una ley general, los recursos de las escuelas públicas, las condiciones de capacidad del personal docente, las materias de enseñanza, etc., y, como se hace en los Estados Unidos, velar por el cumplimiento de estas prescripciones legales mediante inspectores del Estado, y otra cosa completamente distinta es nombrar al Estado educador del pueblo! Lo que hay que hacer es más bien substraer la escuela a toda influencia por parte del gobierno y de la Iglesia.

Carlos Marx. Glosas marginales al programa del partido obrero alemán, 1875.

El resultado final y verdaderamente esencial es aun más mezquino. Lassalle abría las puertas a apoyar el proteccionismo que se entreveía como uno de los pilares de la política económica bismarckiana. Apoyar el proteccionismo no es en realidad sino diluir la práctica política de la clase obrera al apoyo de una parte de la burguesía frente a otra, confundir los intereses de clase -mundiales y globalizadores- con los de las secciones más dependientes del estado de la burguesía local.

Naturalmente, la clase obrera, para poder luchar, tiene que organizarse como clase en su propio país, ya que éste es la palestra inmediata de su lucha. En este sentido, su lucha de clases es nacional, no por su contenido, sino, como dice el Manifiesto Comunista, «por su forma». Pero «el marco del Estado nacional de hoy», por ejemplo, del imperio alemán, se halla a su vez, económicamente, «dentro del marco» del mercado mundial, y políticamente, «dentro del marco» de un sistema de Estados. Cualquier comerciante sabe que el comercio alemán es, al mismo tiempo, comercio exterior, y la grandeza del señor Bismarck reside precisamente en algún tipo de política internacional.

¿Y a qué reduce su internacionalismo el Partido Obrero Alemán? A la consciencia de que el resultado de sus aspiraciones «será la fraternización internacional de los pueblos», una frase tomada de la Liga burguesa por la Paz y la Libertad, que se quiere hacer pasar como equivalente de la fraternidad internacional de las clases obreras, en su lucha común contra las clases dominantes y sus gobiernos. ¡De los deberes internacionales de la clase obrera alemana no se dice, por tanto, ni una palabra! ¡Y esto es lo que la clase obrera alemana debe contraponer a su propia burguesía, que ya fraterniza contra ella con los burgueses de todos los demás países, y a la política internacional de conspiración del señor Bismarck!

La profesión de fe internacionalista del programa queda, en realidad, infinitamente por debajo de la del partido librecambista. También éste afirma que el resultado de sus aspiraciones será «la fraternización internacional de los pueblos». Pero, además, hace algo por internacionalizar el comercio, y no se contenta, ni mucho menos, con la consciencia de que todos los pueblos comercian dentro de su propio país.

Carlos Marx. Glosas marginales al programa del partido obrero alemán, 1875.

Muerto el internacionalismo, muerto el carácter de clase del programa. No es posible un programa ni una sola acción de clase que niegue por activa o por pasiva la naturaleza universal de la clase. Y sin embargo no se están reclamando cosas ajenas o fantásticas a la imaginación y cotidianidad de los trabajadores: la coordinación de las luchas, la respuesta unida contra la guerra, la no culpabilización al obrero de otro país de la explotación propia…

Se reniega prácticamente por completo, para el presente, del principio internacionalista del movimiento obrero, ¡y esto lo hacen hombres que por espacio de cinco años y en las circunstancias más duras mantuvieron de un modo glorioso este principio! La posición que ocupan los obreros alemanes a la cabeza del movimiento europeo se debe, esencialmente, a la actitud auténticamente internacionalista mantenida por ellos durante la guerra; ningún otro proletariado se hubiera portado tan bien. ¡Y ahora va a renegar de este principio, en el momento en que en todos los países del extranjero los obreros lo recalcan con la misma intensidad que los gobiernos tratan de reprimir todo intento de imponerlo en una organización! ¿Y qué queda en pie del internacionalismo del movimiento obrero? ¡La pálida perspectiva, no ya de una futura acción conjunta de los obreros europeos para su emancipación, sino de una futura «fraternidad internacional de los pueblos», de los «Estados Unidos de Europa» de los burgueses de la Liga por la Paz!

No había, naturalmente, por qué hablar de la Internacional como tal. Pero al menos no debía haberse dado ningún paso atrás respecto al programa de 1869 y decir, por ejemplo, que aunque el Partido Obrero Alemán actúa, en primer término, dentro de las fronteras del Estado del que forma parte (no tiene ningún derecho a hablar en nombre del proletariado europeo, ni, sobre todo, a decir, nada que sea falso), tiene consciencia de su solidaridad con los obreros de todos los países y estará siempre dispuesto a seguir cumpliendo, como hasta ahora, con los deberes que esta solidaridad impone. Estos deberes existen, aunque uno no se considere ni se proclame parte de la Internacional; son, por ejemplo, el deber de ayudar en caso de huelga y paralizar el envío de esquiroles, preocuparse de que los órganos del partido informen a los obreros alemanes sobre el movimiento extranjero, organizar campañas de agitación contra las guerras dinásticas inminentes o que han estallado ya, una actitud frente a éstas como la mantenida ejemplarmente en 1870 y 1871, etc.

Federico Engels. Carta a Bebel 18-28 de marzo de 1875

Todo esto es tanto más llamativo como que se escribe y se dice en mitad de la ola contrarrevolucionaria que siguió al aplastamiento de la Comuna de París. En un momento en el que la Internacional está a punto de disolverse formalmente. Pero es que Marx y Engels tienen claro que:

La acción internacional de las clases obreras no depende, en modo alguno, de la existencia de la «Asociación Internacional de los Trabajadores». Esta fue solamente un primer intento de crear para aquella acción un órgano central; un intento que, por el impulso que dio, ha tenido una eficacia perdurable, pero que en su primera forma histórica no podía prolongarse después de la caída de la Comuna de París.

Carlos Marx. Glosas marginales al programa del partido obrero alemán, 1875.

Haciendo un balance, el abordaje que Marx y Engels hacen del programa de Gotha nos muestra que:

  1. Los programas y la teoría no son adornos ni deberían estar sometidos a criterios de «oportunidad», son elementos fundamentales en el proceso de toma de consciencia y por tanto de la constitución de la clase a nivel mundial.
  2. Por eso ante cualquier acción conjunta de militantes o fusión organizativa es preferible hacer un programa de «mínimo común» que no renuncie a nada y desarrollar luego a partir de las lecciones de la práctica, que hacer un concesiones que comprometan lo aprendido históricamente.
  3. Las ilusiones pequeñoburguesas heredadas del siglo XIX se han transformado pero básicamente apuntan una y otra vez a los mismos temas: el fin de la centralidad de la producción y el trabajo, la superstición legalista y democratista, las falsas esperanzas en una «revolución desde arriba» o en una catástrofe que nos quite la responsabilidad del trabajo por hacer, etc. Al final todas estas «ideas» llevan siempre a distintas formas de aceptación del nacionalismo y por tanto a la negación de la clase mundial como sujeto político.
  4. La frontera infranqueable a la hora de aceptar el trabajo conjunto entre militantes o la integración de grupos es el internacionalismo. La toma de partido por sectores de la burguesía dentro de un mismo país o de un país contra la de otros, implica descarrillar la constitución de la clase en sujeto político independiente y universal.

De fondo siempre queda la pregunta de si los militantes deben tomarse tan en serio su propia actividad. ¿Es tan grave lo que unos cuantos puedan pensar y hacer, acertar o equivocarse cuando no tiene una repercusión inmediata en la lucha de clases? Es verdad que los debates entre militantes parecen sencillamente intrascendentes en los periodos de contrarrevolución y retroceso, meras «cuestiones teóricas» que pueden pasarse por alto ante oportunidades políticas reales de «cambiar las cosas». Y sin embargo no hay un solo avance real en toda la historia del movimiento que no se haya basado en la aplicación por la clase como un todo de lo aprendido por sus grupos más conscientes en sus batallas y derrotas. Aplicación que habría sido impensable sin la existencia de organizaciones independientes de internacionalistas -es decir de anti-nacionalistas obreros- dedicadas a la reflexión y la difusión, que se lo tomaban lo suficientemente en serio como para «transportar lo aprendido» a través de las subidas y bajadas del proceso de constitución como clase.

Socialismo pequeñoburgués y oportunismo

En 1875 la crítica de Marx al programa de Gotha no tuvo un efecto directo. El programa se aprobó tal cual y aunque en las bases erosionó la confianza en la nueva dirección, sirvió para legitimar el lassallianismo y por tanto para mostrar que el movimiento obrero alemán era mucho más débil en sus fundamentos ideológicos de lo que parecía. El resultado no se hizo esperar: una cohorte de académicos se lanzó sobre el joven movimiento socialista dispuesto a vender sus teorías y sublime capacidad de liderazgo intelectual. De todo aquello nos ha quedado, a pesar de todo, una joya: el «Anti-Dühring» de Engels.

Desde hace algún tiempo, en Alemania brotan por docenas, como las setas después de la lluvia, de la noche a la mañana, los sistemas filosóficos, y principalmente los sistemas de filosofía de la naturaleza, para no hablar de los innumerables sistemas nuevos de política, economía política, etc. (…) Hasta el socialismo alemán, sobre todo desde que el señor Dühring dio el buen ejemplo, ha hecho últimamente grandes progresos en este arte del sublime absurdo.

Federico Engels. Prólogo al Anti-Dühring, 1878.

Engels escribe el «Anti-Dühring» forzado por el eco que Dühring y otros émulos tienen sobre un socialismo debilitado por la integración acrítica del lassalleanismo. En una clase que solo se puede constituir en tal en la medida en que es capaz de afirmarse como proyecto universal, contemporizar en vez de clarificar es retroceder, debilitarse. No solo los intelectuales universitarios captan la flaqueza expresada en Gotha, sino el estado. Poco menos de cuatro meses después de que Engels acabe sus artículos contra el plúmbeo y pretencioso Dühring, el 21 de octubre de 1878, Bismarck consigue aprobar en el Parlamento las famosas Leyes Antisocialistas. Básicamente un estado de excepción permanente contra la expresión política del Proletariado. Pero al espantar a buena parte de la pequeña burguesía intelectual, el efecto paradójico es un fortalecimiento del partido.

Nuestros muchachos de Alemania, son realmente tipos magníficos, ahora que la Ley Antisocialista los ha librado de los caballeros «cultos» que antes de 1878 habían intentado enseñarles a los obreros desde las alturas de su ignorante confusión universitaria, intento al que desgraciadamente se prestaron demasiados dirigentes. Esa podrida basura todavía no ha sido barrida del todo, pero de todos modos el movimiento ha vuelto a un cauce netamente revolucionario. Eso es justamente lo espléndido de nuestros muchachos, el que la masa es mucho mejor que casi todos sus líderes, y ahora que la Ley Antisocialista obliga a las masas a hacer el movimiento por sí mismas, y que la influencia ha quedado reducida al mínimo, las cosas van mejor que nunca.

Federico Engels. Carta a J.P. Becker, 22 mayo de 1883.

Aunque hoy nos resulte difícil imaginarlo, Alemania es entonces todavía un país agrario, con grandes masas campesinas y por tanto pequeñoburguesas. La pequeña burguesía es una clase que está siendo triturada continuamente por el desarrollo y concentración del capital e impulsada hacia la proletarización. Cuando actúa adelantando su posición de la que tiene a la que va a tener, cuando piensa como parte del proletariado al que se ve abocada, puede unirse a este y ser clave en el proceso revolucionario. Pero cuando propone medidas para intentar sostener su posición como clase, cuando se enfrenta a la burguesía para frenar la expansión del capital, entonces es una clase reaccionaria y su influencia sobre los trabajadores es sencillamente venenosa, extendiendo ideas sobre la concordia entre clases. Este es el carácter del «socialismo» y la «socialdemocracia» pequeñoburguesas cuando se organizan como partido. Como escribía ya Marx en 1852 sobre la socialdemocracia francesa:

El carácter peculiar de la socialdemocracia consiste en exigir instituciones democrático-republicanas, no para abolir a la par los dos extremos, capital y trabajo asalariado, sino para atenuar su antítesis y convertirla en armonía. Por mucho que difieran las medidas propuestas para alcanzar este fin, por mucho que se adorne con concepciones más o menos revolucionarias, el contenido es siempre el mismo. Este contenido es la transformación de la sociedad por la vía democrática, pero una transformación dentro del marco de la pequeña burguesía. No vaya nadie a formarse la idea limitada de que la pequeña burguesía quiere imponer, por principio, un interés egoísta de clase. Ella cree, por el contrario, que las condiciones especiales de su emancipación son las condiciones generales fuera de las cuales no puede ser salvada la sociedad moderna y evitarse la lucha de clases. Tampoco debe creerse que los representantes democráticos son todos shopkeepers [tenderos] o gentes que se entusiasman con ellos. Pueden estar a un mundo de distancia de ellos, por su cultura y su situación individual. Lo que les hace representantes de la pequeña burguesía es que no van más allá, en cuanto a mentalidad, de donde van los pequeños burgueses en modo de vida; que, por tanto, se ven teóricamente impulsados a los mismos problemas y a las mismas soluciones a que impulsan a aquéllos prácticamente, el interés material y la situación social. Tal es, en general, la relación que existe entre los representantes políticos y literarios de una clase y la clase por ellos representada.

Carlos Marx. El 18 Brumario de Napoleón Bonaparte, 1852

En la situación de la Alemania de las leyes antisocialistas, con un partido proletario en alza, es a cierto punto inevitable que la pequeña burguesía se introduzca en el partido obrero y reproduzca en el los discursos que en su ausencia haría en un partido independiente.

La pelea ocurrida en el partido alemán no me ha sorprendido. En un país pequeñoburgués como Alemania, el Partido no tiene más remedio que tener un ala derecha pequeñoburguesa y «culta» de la que se zafe en el momento decisivo. El socialismo pequeñoburgués data en Alemania de 1844, y ya fue criticado en el Manifiesto Comunista. Es tan inmortal como la pequeña burguesía alemana misma. Mientras estén en vigor las leyes antisocialistas, no estoy en favor de que nosotros provoquemos la escisión, porque nuestras armas no son parejas. Pero si los caballeros provocan por sí mismos la escisión al suprimir el carácter proletario del partido y al tratar de remplazarlo por unas filantropía estético-sentimental y artesanal, sin fuerza ni vida ¡entonces debemos tomarlo como venga!

Federico Engels. Carta a J.P. Becker, 15 de junio de 1885.

El caso es que al aligerar el peso de la pequeña burguesía sobre el partido, este se fortaleció y supo aprovechar las debilidades del estado y los huecos de la ley que le prohibía. El Imperio alemán era en realidad una federación de principados con notable autonomía local y no todos reprimieron con igual saña a los socialistas. Estos además aprendieron a cumplir formalmente las leyes. Se publicaba y hablaba en público dentro de los límites del estado de excepción permanente, es decir, sin prensa propia y con la amenaza permanente de la represión, presentando a las elecciones candidatos a título de independientes o por candidaturas locales sin vinculación formal con el partido ahora ilegal. Esta añagaza sirvió, como cuenta Engels, para hablar con una libertad mucho mayor a los trabajadores de la que se permitía en los mítines pero también con «mayor autoridad» al poder imperial y sus partidos. Por desgracia también explica la característica independencia del grupo parlamentario respecto al partido alemán

El partido fue temporalmente destrozado y, en 1881, el número de votos descendió a 312.000. Pero se sobrepuso pronto y ahora, bajo el peso de la ley de excepción, sin prensa; sin una organización legal, sin derecho de asociación ni de reunión, fue cuando comenzó verdaderamente a difundirse con rapidez 1884: 550.000 votos; 1887: 763.000; 1890: 1.427.000. Al llegar aquí, se paralizó la mano del Estado. Desapareció la ley contra los socialistas y el número de votos socialistas ascendió a 1.787.000, más de la cuarta parte del total de votos emitidos. El Gobierno y las clases dominantes habían apurado todos los medios; estérilmente, sin objetivo y sin resultado alguno. Las pruebas tangibles de su impotencia, que las autoridades, desde el sereno hasta el canciller del Reich, habían tenido que tragarse —¡y que venían de los despreciados obreros!—, estas pruebas se contaban por millones. El Estado había llegado a un atolladero y los obreros apenas comenzaban su avance.

El primer gran servicio que los obreros alemanes prestaron a su causa consistió en el mero hecho de su existencia como Partido Socialista que superaba a todos en fuerza, en disciplina y en rapidez de crecimiento. Pero además prestaron otro: suministraron a sus camaradas de todos los países un arma nueva, una de las más afiladas, al hacerles ver cómo se utiliza el sufragio universal.

El sufragio universal existía ya desde hacía largo tiempo en Francia, pero se había desacreditado por el empleo abusivo que había hecho de él el Gobierno bonapartista. Y después de la Comuna no se disponía de un partido obrero para emplearlo. También en España existía este derecho desde la República, pero en España todos los partidos serios de oposición habían tenido siempre por norma la abstención electoral. Las experiencias que se habían hecho en Suiza con el sufragio universal servían también para todo menos para alentar a un partido obrero. Los obreros revolucionarios de los países latinos se habían acostumbrado a ver en el derecho de sufragio una añagaza, un instrumento de engaño en manos del Gobierno. En Alemania no ocurrió así. Ya el «Manifiesto Comunista» había proclamado la lucha por el sufragio universal, por la democracia, como una de las primeras y más importantes tareas del proletariado militante, y Lassalle había vuelto a recoger este punto. Y cuando Bismarck se vio obligado a introducir el sufragio universal como único medio de interesar a las masas del pueblo por sus planes, nuestros obreros tomaron inmediatamente la cosa en serio y enviaron a Augusto Bebel al primer Reichstag Constituyente. Y, desde aquel día, han utilizado el derecho de sufragio de un modo tal, que les ha traído incontables beneficios y ha servido de modelo para los obreros de todos los países. Para decirlo con las palabras del programa marxista francés, han transformado el sufragio universal de «moyen de duperie qu’il a été jusqu’ici en instrument d’émancipation» —de medio de engaño, que había sido hasta aquí, en instrumento de emancipación. Y aunque el sufragio universal no hubiese aportado más ventaja que la de permitirnos hacer un recuento de nuestras fuerzas cada tres años; la de acrecentar en igual medida, con el aumento periódicamente constatado e inesperadamente rápido del número de votos, la seguridad en el triunfo de los obreros y el terror de sus adversarios, convirtiéndose con ello en nuestro mejor medio de propaganda; la de informarnos con exactitud acerca de nuestra fuerza y de la de todos los partidos adversarios, suministrándonos así el mejor instrumento posible para calcular las proporciones de nuestra acción y precaviéndonos por igual contra la timidez a destiempo y contra la extemporánea temeridad; aunque no obtuviésemos del sufragio universal más ventaja que ésta, bastaría y sobraría. Pero nos ha dado mucho más. Con la agitación electoral, nos ha suministrado un medio único para entrar en contacto con las masas del pueblo allí donde están todavía lejos de nosotros, para obligar a todos los partidos a defender ante el pueblo, frente a nuestros ataques, sus ideas y sus actos; y, además, abrió a nuestros representantes en el parlamento una tribuna desde lo alto de la cual pueden hablar a sus adversarios en la Cámara y a las masas fuera de ella con una autoridad y una libertad muy distintas de las que se tienen en la prensa y en los mítines. ¿Para qué les sirvió al Gobierno y a la burguesía su ley contra los socialistas, si las campañas de agitación electoral y los discursos socialistas en el parlamento constantemente abrían brechas en ella?

Pero con este eficaz empleo del sufragio universal entraba en acción un método de lucha del proletariado totalmente nuevo, método de lucha que se siguió desarrollando rápidamente. Se vio que las instituciones estatales en las que se organizaba la dominación de la burguesía ofrecían nuevas posibilidades a la clase obrera para luchar contra estas mismas instituciones. Y se tomó parte en las elecciones a las dietas provinciales, a los organismos municipales, a los tribunales de artesanos, se le disputó a la burguesía cada puesto, en cuya provisión mezclaba su voz una parte suficiente del proletariado. Y así se dio el caso de que la burguesía y el Gobierno llegasen a temer mucho más la actuación legal que la actuación ilegal del partido obrero, más los éxitos electorales que los éxitos insurreccionales.

Federico Engels. Introducción a «La lucha de clases en Francia de 1848 a 1850», 1895.

En 1890 muere Guillermo I. Caen con él Bismarck y las leyes antisocialistas. Los candidatos socialistas suman casi millón y medio de votos. Es el momento de un nuevo congreso. Tendrá lugar en Erfurt en 1891. La redacción del programa se encarga a Kautsky, asistido por Berstein, entonces considerado un discípulo ortodoxo de Engels. El programa pretende no solo resolver lo que se había dejado sin hacer en Gotha, pretende ser un modelo para la socialdemocracia de toda Europa.

Engels, cuyo aporte será recogido casi en su totalidad, descubre que bajo las cicatrices de Gotha sigue estando el pus del oportunismo y la contemporización lassalliana con Bismarck. Se da cuenta de que el problema de fondo va más allá de incomprensiones concretas o expresiones más o menos afortunadas: hay una tendencia oportunista en el partido que bajo la excusa de cumplir con la ley antisocialista, está dispuesta a poner el propio cuerpo para «cubrir la desnudez» del régimen absolutista germano.

El proyecto actual se distingue muy ventajosamente del programa anterior. Los numerosos restos de una vieja tradición —tanto la específicamente lassalleana, como la socialista vulgar— han sido eliminados en lo fundamental; desde el punto de vista teórico, el proyecto ha sido redactado, en conjunto, sobre la base de la ciencia actual, lo que hace posible discutirlo sobre dicha base. (…)

Las reivindicaciones políticas del proyecto tienen un gran defecto. No dicen lo que precisamente debían decir. Si todas esas 10 reivindicaciones fuesen satisfechas, tendríamos en nuestras manos más medios para lograr nuestro objetivo político principal, pero no lograríamos ese objetivo. (…) Hasta qué punto eso es necesario lo prueba precisamente ahora el oportunismo que comienza a propagarse en una gran parte de la prensa socialdemócrata. Por temor a un restablecimiento de la ley contra los socialistas o recordando ciertas opiniones emitidas prematuramente en el período de la vigencia de dicha ley, se quiere ahora que el partido reconozca el orden legal actual de Alemania suficiente para el cumplimiento pacífico de todas sus reivindicaciones. Quieren convencer a sí mismos y al partido de que «la sociedad actual se integra en el socialismo», sin preguntarse si con ello no está obligada a rebasar el viejo orden social; si no debe hacer saltar esta vieja envoltura con la misma violencia con que un cangrejo rompe la suya; si, además, no tiene que romper en Alemania las cadenas del régimen político semiabsolutista y, por añadidura, indeciblemente embrollado (…) en Alemania, donde el gobierno es casi omnipotente, donde el Reichstag y todas las demás instituciones representativas carecen de poder efectivo, proclamar en Alemania tales cosas y, además, sin necesidad, significa quitar la hoja de parra al absolutismo y colocarse uno mismo para encubrir la desnudez.

Federico Engels. Contribución a la crítica del proyecto de programa socialdemocrata de 1891, 1891

Esa tendencia conciliadora se manifestaría ya en aquel mismo congreso cuando los grupos parlamentarios de Württemberg, Baviera y Baden propongan participar en la negociación de los presupuestos, contradiciendo la línea general del partido que rechazaba toda colaboración parlamentaria en la gestión del estado. Los bávaros, que tendrán un duro enfrentamiento con Liebknecht llevarán congreso tras congreso la propuesta y acabarán rompiendo la disciplina y comenzando la colaboración de clases en el parlamento de su lander.

La diferencia entre el socialismo pequeñoburgues de los «cultos» de años anteriores y el oportunismo que brota en el partido con los avances parlamentarios es que si el primero se expresa teóricamente como una utopía armonista, el segundo se desarrolla en la banalidad y la insustancialidad teórica apelando a la sensatez y las necesidades técnicas, organizativas, de crecimiento del propio partido o a las características particulares de algunas regiones. El oportunismo es más una actitud que «se hace pero no se dice» que un programa abierto, aunque cuando gana el terreno de la práctica acaba imponiéndose como un «reconocimiento de la realidad». Este carácter escurridizo del oportunismo limita la capacidad de respuesta del partido, pues las actitudes son, en principio, intangibles y su corrección difícil si no se quiere convertir a la organización en una máquina dogmática y autoritaria que ahogue el debate abierto. Sin embargo la ocasión de un debate abierto y claro surgirá y lo hará, no por casualidad, allí donde el partido obrero hace un programa específicamente para la pequeña-burguesía: a raíz del «problema campesino».

El líder de los socialdemócratas en Baviera, Georg von Vollmar, al que Bebel ya había intentado expulsar del partido en 1891 por votar en los presupuestos regionales bávaros en nombre de las «condiciones particulares de Baviera», defenderá que para ganar al campesinado bávaro habría que hacer «concesiones» en el programa agrario a las ilusiones de los pequeños campesinos.

Por pequeño campesino entendemos aquí el propietario o arrendatario —principalmente el primero— de un pedazo de tierra no mayor del que pueda cultivar, por regla general, con su propia familia, ni menor del que pueda sustentar a ésta. Este pequeño campesino es, por tanto, como el pequeño artesano, un obrero que se distingue del proletario moderno por el hecho de hallarse todavía en posesión de sus medios de trabajo; es, por consiguiente, un vestigio de un modo de producción propio de tiempos pretéritos. (…)

La familia, y más aún la aldea, se bastaba a sí misma, producía casi todo lo necesario. Era casi una economía natural pura, en la que apenas se sentía la necesidad del dinero. La producción capitalista puso fin a esto mediante la economía monetaria y la gran industria. Pero, si el disfrute de los bienes comunales era una de las condiciones fundamentales para la existencia de estos pequeños campesinos, otra era la producción industrial accesoria. Y así vemos cómo el campesino va decayendo más y más. Los impuestos, las malas cosechas, las particiones hereditarias, los pleitos echan a un campesino tras otro en brazos del usurero, el agobio de deudas se generaliza cada vez más, y cada campesino individual se hunde más y más en él. En una palabra, nuestro pequeño campesino, como todo lo que es vestigio de un modo de producción caduco, esta condenado irremisiblemente a perecer. El pequeño labrador es un futuro proletario.

Federico Engels. El problema campesino en Francia y Alemania, 1894

¿Cuáles eran las concesiones oportunistas defendidas al respecto por Georg von Vollmar y el congreso bávaro del partido?

En primer lugar separaban el trabajo en el campo de la dirección del partido, creando una organización especial bajo la dirección del grupo parlamentario en el parlamento bávaro. Es interesante destacar esto porque todo el desarrollo del oportunismo se dará ligado a la autonomía del grupo parlamentario, la dirección sindical, etc.

En segundo lugar, los socialistas habían defendido tradicionalmente ante el pequeño campesino que luchar por mantener su posición social de micro-propietario era reaccionario, era ponerse contra la Historia y enfrentarse -sin ninguna posibilidad de éxito- al desarrollo del capitalismo en el campo. El único salto posible a partir de las viejas tierras comunales era la cooperativización. O eso o dejar el camino expedito al capital y la expropiación por vía financiera. Pero los socialistas bávaros se daban cuenta de que el «pequeño campesino bávaro», bien adoctrinado por los curas católicos, rechazaba la cooperativización y se aferraba al fetiche de la propiedad.

Como futuro proletario, debiera prestar oído a la propaganda socialista. Pero hay algo que se lo impide, por el momento y es el instinto de propiedad que lleva en la masa de la sangre. Cuanto más difícil se le hace la lucha por su jirón de tierra en peligro, más violenta es la desesperación con que se aferra a él y más tiende a ver en el socialdemócrata, que habla de entregar la propiedad del suelo a la colectividad, un enemigo tan peligroso como el usurero y el abogado. ¿Cómo debe la socialdemocracia vencer este prejuicio? ¿Qué puede ofrecer al pequeño campesino llamado a desaparecer, sin ser desleal para consigo misma?

Federico Engels. El problema campesino en Francia y Alemania, 1894

Pero la lógica del desarrollo electoral empujaba al partido a ganar imperiosamente campesinos. Bajo la excusa de que en países como Francia o Baviera era difícil hacer nada políticamente sin ellos y mirando con las lentes miopes del objetivo electoral, el socialismo francés de la época dio una definición de libro de oportunismo.

En el Congreso de Marsella de 1892 fue aprobado el primer programa agrario del Partido. En este programa se exige para los obreros agrícolas sin tierra (es decir, para los jornaleros y los criados de campo y plaza) lo siguiente: salarios mínimos fijados por los sindicatos y los ayuntamientos; tribunales industriales rurales, cuya mitad deberá estar integrada por obreros; prohibición de vender los terrenos comunales y arriendo de los terrenos del Estado a los municipios, quienes a su vez deberán dar en arriendo todos sus terrenos propios y arrendados a asociaciones de familias de obreros agrícolas sin tierras para que los cultiven en común, con prohibición de emplear obreros asalariados y bajo la fiscalización de los municipios; pensiones de vejez e invalidez, sostenidas mediante un impuesto especial sobre la gran propiedad del suelo. (…)

Como se ve, las reivindicaciones establecidas en interés de los campesinos —las que se refieren a los obreros no nos interesan, por el momento, aquí— no tienen un alcance muy grande. Una parte de ellas están ya realizadas en otros países. Los tribunales de arbitraje para arrendatarios se remiten expresamente al precedente irlandés. Las cooperativas de campesinos existen ya en la región del Rin. La revisión catastral es, en todo el occidente de Europa, un pío deseo constante de todos los liberales y hasta de la burocracia. Los demás puntos pueden ser llevados también a la práctica sin inferir ningún daño esencial al orden capitalista existente. Y decimos esto simplemente para caracterizar el programa. No hay en ello reproche alguno; antes al contrario.

El Partido hizo con este programa tantos progresos entre los campesinos de las más diversas regiones de Francia, que —como el apetito se abre comiendo— se vio movido a adaptarlo todavía más al gusto de los campesinos. Se advirtió, ciertamente, que al hacer esto, se pisaba terreno peligroso. En efecto, ¿cómo era posible ayudar al campesino, concebido no como futuro proletario, sino como campesino propietario actual, sin infringir los principios fundamentales del programa general socialista? Para salir al paso de esta objeción, se encabezaron las nuevas propuestas prácticas con una fundamentación teórica encaminada a demostrar que en los principios del socialismo va implícito el proteger a la propiedad de los pequeños campesinos contra la ruina que significa para ella el modo de producción capitalista, aunque se comprenda perfectamente que esta ruina es inevitable. Esta fundamentación, al igual que las reivindicaciones mismas, aprobadas en septiembre de este año en el Congreso de Nantes, son las que queremos examinar aquí de cerca. (…)

En todo caso, hemos llegado al extremo de que la fundamentación pueda declarar redondamente como deber del socialismo, y además como deber imperioso,

mantener a los campesinos que cultivan su tierra en posesión de sus pequeñas parcelas y protegerlos frente al fisco, a la usura y a los atentados de los nuevos grandes terratenientes.

Con esto, la fundamentación confiere al socialismo el deber imperioso de llevar a cabo algo que en el apartado anterior había declarado imposible. Le encomienda «proteger» la propiedad parcelaria de los campesinos, a pesar de que ella misma dice que esta propiedad está «fatalmente llamada a desaparecer». ¿Qué son el fisco, la usura y los nuevos grandes terratenientes más que los instrumentos mediante los cuales la producción capitalista lleva a cabo esta inevitable desaparición? Por qué medios debe el «socialismo» proteger al campesino contra esta trinidad, lo veremos más abajo.

Pero no es sólo el pequeño campesino el que debe ser amparado en su propiedad. Es también

conveniente hacer extensiva esta protección a los productores que cultivan tierras ajenas bajo el nombre de arrendatarios o aparceros (métayers) y que si explotan a jornaleros es porque se ven forzados en cierto modo a hacerlo por la explotación de que se les hace objeto a ellos mismos.

Aquí, entramos ya en un terreno completamente peregrino. El socialismo se dirige de un modo especialísimo contra la explotación del trabajo asalariado. ¡Y aquí se declara como deber imperioso del socialismo amparar a los arrendatarios franceses que —así dice literalmente— «explotan a jornaleros»! ¡Y esto, porque se ven forzados en cierto modo a hacerlo «por la explotación de que se les hace objeto a ellos mismos»!

¡Qué fácil y qué agradable es dejarse ir cuesta abajo, una vez que se pone el pie en la pendiente! Supongamos que se presenten los labradores grandes y medianos de Alemania y que pidan a los socialistas franceses que intercedan cerca de la dirección del partido alemán para que el Partido Socialdemócrata de Alemania los ampare en la explotación de sus criados, invocando para ello «la explotación de que les hacen objeto a ellos mismos» los usureros, los recaudadores de contribuciones, los especuladores de cereales y los tratantes de ganado, ¿cuál sería su respuesta? ¿Y quién les garantiza que nuestros grandes terratenientes del partido agrario no les enviarán también a un conde Kanitz (que ha presentado, en efecto, una propuesta de nacionalización de las importaciones de trigo semejante a la suya), demandando también el amparo de los socialistas para su explotación de los obreros agrícolas en vista de la «explotación de que les hacen objeto a ellos mismos» la Bolsa, los usureros y los especuladores de trigo?

Federico Engels. El problema campesino en Francia y Alemania, 1894

Vollmar llevó al congreso de Frankfurt de 1894 de la socialdemocracia alemana un proyecto de programa campesino muy similar. La idea era defender la propiedad campesina e integrar así en el movimiento socialdemócrata a los propietarios con menos de 30Ha, propietarios que tenían siervos y jornaleros. El congreso no supo defender una posición clara aunque tampoco aprobó aquel despropósito, a lo que los socialdemócratas bávaros respondieron que igualmente lo incorporarían a nivel local. Bebel respondió inmediatamente y denunció la «penetración en el partido de elementos pequeñoburgueses»; Engels, que seguía de cerca todo lo que sucediera con movimiento alemán, participó escribiendo en dos días «El problema campesino en Francia y Alemania». Al día siguiente de terminarlo envió una carta a Liebknecht reprobándole por haber acusado a Bebel de poner en peligro la unidad del partido.

Dices que Vollmar no es un traidor. Tal vez. Tampoco yo pienso que se vea a sí mismo así. Pero ¿cómo puedes llamar a alguien que pretende de un partido proletario que de apoyo a los campesinos medianos y grandes, propietarios de entre diez y treinta hectáreas, para perpetuar el estado de cosas basado en la explotación de siervos y jornaleros? ¡¡Un partido proletario, fundamentando expresamente la perpetuación de la esclavitud salarial!! El tipo será un antisemita, un demócrata burgués, un particularista bávaro y o lo que tu quieras llamarle, menos un socialdemócrata. Dicho esto, en un partido obrero en crecimiento, la adhesión de elementos pequeñoburgueses es inevitable y tampoco hace daño. O no más que la adhesión de «académicos», estudiantes fracasados, etc. Hace unos años todavía constituían un peligro. Ahora somos capaces de digerirlos. Pero hay que permitir que la digestión siga su curso. Y para este en concreto hace falta ácido hidroclórico; si no hay suficiente (como vino a mostrar [el congreso de] Franckfurt), deberíamos estar agradecidos a Bebel por darnos una dosis extra y así permitirnos digerir a los elementos no proletarios.

Federico Engels. Carta a Liebknecht, 24 de noviembre de 1894.

Hagamos finalmente un balance sobre la naturaleza del oportunismo:

La pequeña burguesía es una clase con sectores muy diversos: campesinos, profesores universitarios, tenderos, pequeños propietarios industriales, empleados medios y medio-altos de grandes empresas, etc. Su visión del mundo está condicionada por la presión destructiva del gran capital sobre sus condiciones de vida. Hoy por ejemplo por la desaparición del comercio independiente a manos de las grandes superficies, la del minifundio por las multinacionales agrícolas y los desarmes tarifarios o los trabajos comerciales de banca por la «robotización» de los servicios.

Cuando la pequeña burguesía trata de defender su posición social y evitar la temida proletarización, manteniendo las condiciones que le sostengan frente al gran capital, es una clase reaccionaria. El gran capital centraliza, concentra y tecnifica aumentando la productividad y acentuando la contradicción principal del sistema, es decir, el enfrentamiento entre capital y trabajo. Frente a eso, la pequeña burguesía en su bis reaccionaria propondrá todo tipo de defensas ilusorias y protecciones para su situación particular: la restricciones en horarios comerciales, los impuestos a los robots o la prohibición de la comercialización de especies vegetales transgénicas; medidas de restricción, de «equilibrio», que según ella construiría un «socialismo» armonista, basado no en la desaparición de la relación capital-trabajo, sino en el fin de la lucha de clases por una mágica armonía entre clases.

Los estamentos medios —el pequeño industrial, el pequeño comerciante, el artesano, el campesino—, todos ellos luchan contra la burguesía para salvar de la ruina su existencia como tales estamentos medios. No son, pues, revolucionarios, sino conservadores. Más todavía, son reaccionarios, ya que pretenden volver atrás la rueda de la Historia. Son revolucionarios únicamente por cuanto tienen ante sí la perspectiva de su tránsito inminente al proletariado, defendiendo así no sus intereses presentes, sino sus intereses futuros, por cuanto abandonan sus propios puntos de vista para adoptar los del proletariado.

Marx y Engels. Manifiesto del Partido Comunista, 1848

Es pues lógico que la pequeña burguesía se adhiera al proletariado en su proceso de constitución de clase. Pero es siempre una adhesión problemática en la que el partido obrero tiene que estar vigilante para «digerir» las inevitables tendencias reaccionarias, conciliadoras y armonistas que le acompañan.

Como toda clase explotada y por tanto dominada, el proletariado, en su proceso de constitución como clase política, sufre una tensión permanente hacia la regresión, a la puesta en duda de su carácter como clase universal. Está en una sociedad de la que es la negación y que le niega permanentemente. La expresión de esta fuerza erosionadora y permanente entre las filas de sus organizaciones toma la forma primaria, actitudinal, del oportunismo, oportunismo que reproduce y alienta una práctica que al final resulta indistinguible del socialismo pequeñoburgués.

No tienen razón quienes con tanta frecuencia consideran esta palabra un «simple insulto», sin tratar de reflexionar en su significado. El oportunista no traiciona a su partido, no le es desleal, no se retira de él. Sigue sirviéndolo, sincera y celosamente. Pero su rasgo típico y característico es que cede al estado de ánimo de momento, es su incapacidad de oponerse a lo que está en boga, es su miopía y abulia políticas. Oportunismo significa sacrificar los intereses prolongados y esenciales del Partido en aras de sus intereses momentáneos, transitorios y secundarios. (…)

Allí donde prevalecen tales estados de ánimo, típicos de la intelectualidad, es imposible adoptar una política firme, digna de la clase auténticamente revolucionaria, que conduzca resueltamente a través de todas las pequeñas desviaciones y vacilaciones hacia la preparación de la batalla decisiva y abnegada contra el enemigo. Por eso el proletariado consciente debe saber mantener una actitud crítica hacia los intelectuales que pasan a su lado, debe aprender a librar una lucha implacable contra el oportunismo en política.

Lenin. ¡El radical ruso reflexiona con retardo!, 1906.

El oportunismo vacía de dentro a fuera la acción de clase, paraliza el desarrollo de la consciencia convirtiendo el significado del comunismo y su invocación en una cáscara vacía, en un fetiche, manteniendo símbolos, terminos y banderas pero llamando a una acción que cada vez más, va a ser la del socialismo pequeñoburgués.

No se renuncia al programa; lo único que se hace es aplazar su realización… por tiempo indefinido. Se acepta el programa, pero esta aceptación no es en realidad para sí mismo, para seguirlo durante la vida de uno, sino únicamente para dejarlo en herencia a los hijos y a los nietos. Y mientras tanto, «todas las fuerzas y todas las energías» se dedican a futilidades sin cuento y a un remiendo miserable del régimen capitalista, para dar la impresión de que se hace algo, sin asustar al mismo tiempo a la burguesía.

Marx y Engels. De la carta circular a A. Bebel, W. Liebknecht, W. Bracke y otros, 1879.

El oportunismo es una tendencia permanente a lo largo de toda la historia de la clase que expresa las debilidades que la propia clase ha de vencer. Sin embargo, en la fase imperialista del capitalismo, sobre la estructura y los errores de los partidos de la II Internacional, va a tomar cuerpo de una manera peculiar e intensa que va a ser crucial en la historia del proletariado.

La crítica de la teoría económica

Durante casi nueve años, de 1850 a 1859 Marx elabora sistemáticamente los fundamentos de la crítica de la teoría económica: las famosas «Grundisse». A toda esa primera investigación seguirán casi 1.500 páginas organizadas en 23 cuadernos que Marx concluye en el verano de 1863: la «Contribución a la crítica de la economía política», la base de lo que quería fuera «El Capital» y sobre la que trabajará durante los años siguientes. En medio de las batallas de la AIT y del comunismo alemán, presionado por todo su círculo y en una situación familiar y económica harto difícil, Marx trabajará intensamente sobre esos materiales con vistas a elaborar un texto «publicable». Finalmente en 1866 dará a imprenta el primer libro de «El Capital».

Cuando Marx utiliza la expresión «crítica» en realidad deberíamos leer «demolición». No solo se trata de encontrar las contradicciones y limitaciones de una teoría determinada o un conjunto de teorías, sino la pertenencia y posibilidad de cualquier conocimiento separado del conocimiento de la globalidad. La división en «ciencias» es un reflejo de la división del trabajo; la crítica de la teoría económica, para ser útil al desarrollo de la consciencia de la clase revolucionaria, debe verse liberada de las restricciones que imponen los intereses que condicionan toda la aprehensión del mundo de la burguesía. Empezando por la idea misma de una «ciencia específica». Para entender la economía capitalista no basta con la teoría económica, por mucho que se afine o purgue ésta. De ahí el carácter «titánico» del empeño tras «El Capital».

Después de su muerte, Engels reordenará materiales de los manuscritos de la «Contribución» para dar a imprenta el libro II primero y el III en 1894. Kautsky hará lo propio después para editar las «Teorías de la plusvalía». Solo décadas más tarde se publicarán las «Grundisse», distintos pedazos de la «Contribución» y tras ellos el capítulo VI que debía haber cerrado el primer tomo de «El Capital». En ese momento, la dificultad de llegar a los materiales, el carácter de apuntes de buena parte de ellos, las diferencias de traducción y mil cosas más han servido ya al mundo académico para apoderarse de Marx y colocarle encima una losa de inaccesibilidad.

Lo que Marx pretendía que fuera su legado, una crítica de la teoría económica capaz de entender y predecir la evolución histórica del capitalismo y desmontar al mismo tiempo las ideologías que, bajo la forma de teoría económica, producen las universidades, quedaba seriamente limitado. Marx no quería hacer una teoría económica alternativa y le hubiera espantado ver la suya en la universidad, verdadero «think tank» de la clase enemiga. La crítica, la demolición que elaboró pretendía, como todo cuanto hizo, servir al proceso de constitución en clase del proletariado, era un trabajo militante.

Por eso, la generación que tuvo que enfrentar, explicar y sacar consecuencias políticas de la evolución del capitalismo y el comienzo de su fase imperialista -Rosa Luxemburgo, Lenin, Riazanov, Bordiga, etc.- desconfiaba, no sin razón, hasta de las selecciones de Engels y Kautsky y se ancló en el primer libro de «El Capital» como verdadero fundamento de una crítica de clase a la teoría económica. Su trabajo de educación económica, los cursos que impartían a militantes (la «Introducción a la economía política» de Rosa Luxemburgo o los «Elementos de la economía marxista» de Amadeo Bordiga) son síntesis del primer libro con comentarios sobre el tercero (elaborado casi completamente por Marx). Luxemburgo centrará «La acumulación del capital», en dar una conclusión satisfactoria al mecanismo de la reproducción ampliada descrito en el engelsiano libro II e incluso Bordiga, dejará caer en las notas al pie de sus «Elementos» su aceptación de las consecuencias de la crítica luxemburguista.

No es magro armamento en cualquier caso el libro I cuando, a pesar de no tener siquiera tener acceso a la mayoría de la obra económica marxiana, sirvieron para elaborar críticas de los fundamentos económicos del imperialismo. Críticas que, especialmente en el caso de Luxemburgo, siguen siendo útiles para entender por qué a principios del siglo XX comienzan a emerger una serie de fenómenos -las «huelgas de masas» sustituyen a las huelgas clásicas, la liberación nacional no da lugar a estados burgueses viables, etc.- que siguen siendo fundamentales en el proceso de la organización y desarrollo de la clase.

Mercancía y valor

Comencemos por el primer capítulo de «El Capital»

La riqueza de las sociedades en las que domina el modo de producción capitalista se presenta como un «enorme cúmulo de mercancías», y la mercancía individual como la forma elemental de esa riqueza. Nuestra investigación, por consiguiente, se inicia con el análisis de la mercancía.

Carlos Marx. El Capital, libro I, capítulo I, 1866.

Pero no todo producto del trabajo humano es mercancía. De hecho, hasta muy recientemente la mayor parte de la producción no se realizó para el mercado. Ni siquiera cabe considerar a los primeros intercambios neolíticos como comercio mercantil. Por lo que sabemos, las experiencias originales del intercambio tomaban la forma de donaciones más o menos simbolizadas y ritualizadas de regalos cruzados entre comunidades. Los bienes y servicios intercambiados no establecían un valor de cambio entre ellos, no se pretendían equivalentes y por tanto no eran mercancía.

Mercancía es todo producto del trabajo humano que se produce para ser intercambiado en el mercado.

Todas las mercancías tienen un valor de uso, son útiles en un contexto social determinado en una cierta medida y de una manera precisa. Sin embargo, pueden intercambiarse entre sí, luego tienen algo común a todas ellas que permite considerar que su valor es equivalente, no para los individuos subjetivamente, sino para la sociedad que las produce. |

Salta a la vista que es precisamente la abstracción de sus valores de uso lo que caracteriza la relación de intercambio entre las mercancías. (…) En cuanto valores de uso, las mercancías son, ante todo, diferentes en cuanto a la cualidad; como valores de cambio sólo pueden diferir por su cantidad, y no contienen, por consiguiente, ni un solo átomo de valor de uso.

Ahora bien, si separamos el valor de uso, del cuerpo de las mercancías, únicamente les restará una propiedad: la de ser productos del trabajo. No obstante, también el producto del trabajo se nos ha transformado entre las manos. Si hacemos abstracción de su valor de uso, abstraemos también los componentes y formas corpóreas que hacen de él un valor de uso. Ese producto ya no es una mesa o casa o hilo o cualquier otra cosa útil. Todas sus propiedades sensibles se han esfumado. Ya tampoco es producto del trabajo del ebanista o del albañil o del hilandero o de cualquier otro trabajo productivo determinado. Con el carácter útil de los productos del trabajo se desvanece el carácter útil de los trabajos representados en ellos y, por ende, se desvanecen también las diversas formas concretas de esos trabajos; éstos dejan de distinguirse, reduciéndose en su totalidad a trabajo humano indiferenciado, a trabajo abstractamente humano.

Esas cosas tan sólo nos hacen presente que en su producción se empleó fuerza humana de trabajo, se acumuló trabajo humano. En cuanto cristalizaciones de esa sustancia social común a ellas, son valores.

En la relación misma de intercambio entre las mercancías, su valor de cambio se nos puso de manifiesto como algo por entero independiente de sus valores de uso. Si luego se hace efectivamente abstracción del valor de uso que tienen los productos del trabajo, se obtiene su valor, tal como acaba de determinarse. Ese algo común que se manifiesta en la relación de intercambio o en el valor de cambio de las mercancías es, pues, su valor. El desenvolvimiento de la investigación volverá a conducirnos al valor de cambio como modo de expresión o forma de manifestación necesaria del valor, al que por de pronto, sin embargo, se ha de considerar independientemente de esa forma.

Un valor de uso o un bien, por ende, sólo tiene valor porque en él está objetivado o materializado trabajo abstractamente humano. ¿Cómo medir, entonces, la magnitud de su valor? Por la cantidad de «sustancia generadora de valor» —por la cantidad de trabajo— contenida en ese valor de uso. La cantidad de trabajo misma se mide por su duración, y el tiempo de trabajo, a su vez, reconoce su patrón de medida en determinadas fracciones temporales, tales como hora, día, etcétera.

Podría parecer que si el valor de una mercancía se determina por la cantidad de trabajo gastada en su producción, cuanto más perezoso o torpe fuera un hombre tanto más valiosa sería su mercancía, porque aquel necesitaría tanto más tiempo para fabricarla. Sin embargo, el trabajo que genera la sustancia de los valores es trabajo humano indiferenciado, gasto de la misma fuerza humana de trabajo. El conjunto de la fuerza de trabajo de la sociedad, representado en los valores del mundo de las mercancías, hace las veces aquí de una y la misma fuerza humana de trabajo, por más que se componga de innumerables fuerzas de trabajo individuales. Cada una de esas fuerzas de trabajo individuales es la misma fuerza de trabajo humana que las demás, en cuanto posee el carácter de fuerza de trabajo social media y opera como tal fuerza de trabajo social media, es decir, en cuanto, en la producción de una mercancía, sólo utiliza el tiempo de trabajo promedialmente necesario, o tiempo de trabajo socialmente necesario. El tiempo de trabajo socialmente necesario es el requerido para producir un valor de uso cualquiera, en las condiciones normales de producción vigentes en una sociedad y con el grado social medio de destreza e intensidad de trabajo. Tras la adopción en Inglaterra del telar de vapor, por ejemplo, bastó más o menos la mitad de trabajo que antes para convertir en tela determinada cantidad de hilo. Para efectuar esa conversión, el tejedor manual inglés necesitaba emplear ahora exactamente el mismo tiempo de trabajo que antes, pero el producto de su hora individual de trabajo representaba únicamente media hora de trabajo social, y su valor disminuyó, por consiguiente, a la mitad del que antes tenía.

Es sólo la cantidad de trabajo socialmente necesario, pues, o el tiempo de trabajo socialmente necesario para la producción de un valor de uso, lo que determina su magnitud de valor.

Carlos Marx. El Capital, 1857

El valor de una mercancía es la cantidad de trabajo necesario para producir su valor de uso en las condiciones normales de producción vigentes en una sociedad y con el grado social medio de destreza e intensidad de trabajo. Esa cantidad de trabajo es el «trabajo socialmente necesario».

El dinero y el fetichismo de la mercancía

Veíamos que ya en la más simple expresión del valor —x mercancía A = y mercancía B— la cosa en la cual se representa la magnitud del valor de otra cosa parece poseer su forma de equivalente independientemente de esta relación, como propiedad natural de carácter social. Hemos analizado la consolidación de esa falsa apariencia. La misma llega a su plenitud cuando la forma de equivalente general se identifica con la forma natural de una clase particular de mercancías, cristalizándose así en la forma dineraria. Una mercancía no parece transformarse en dinero porque todas las demás mercancías representen en ella sus valores, sino que, a la inversa, éstas parecen representar en ella sus valores porque ella es dinero. El movimiento mediador se desvanece en su propio resultado, no dejando tras si huella alguna. Las mercancías, sin que intervengan en el proceso, encuentran ya pronta su propia figura de valor como cuerpo de una mercancía existente al margen de ellas y a su lado. Estas cosas, el oro y la plata, tal como surgen de las entrañas de la tierra, son al propio tiempo la encarnación directa de todo trabajo humano.

De ahí la magia del dinero. El comportamiento puramente atomístico de los hombres en su proceso social de producción, y por consiguiente la figura de cosa que revisten sus propias relaciones de producción —figura que no depende de su control, de sus acciones individuales conscientes—, se manifiesta ante todo en que los productos de su trabajo adoptan en general la forma de mercancías.

El enigma que encierra el fetiche del dinero no es más, pues, que el enigma, ahora visible y deslumbrante, que encierra el fetiche de la mercancía.

Carlos Marx. El Capital, libro I, capítulo II, 1866.

Durante el desarrollo del esclavismo como modo de producción, se amplía por primera vez el intercambio mercantil sin llegar a ser el objetivo principal de la producción social. A fin de cuentas, la principal fuerza productiva, el trabajo esclavo, solo era mercancía en un sentido muy limitado. El feudalismo que le siguió tampoco fue un sistema mercantil y de hecho las acuñaciones de moneda fueron prácticamente inexistentes en Europa durante los siglos VIII al X y muy escasas hasta el siglo XII. Los siervos feudales no pueden considerarse, más que muy marginal y tardíamente, como productores de mercancías: la mayor parte de su trabajo producía objetos útiles para su propio consumo o el de sus señores que no estaba destinado al intercambio ni se medía por un valor de cambio. Ni siquiera la fuerza de trabajo del campesino y la tierra sobre la que trabajaba, podía venderse o intercambiarse a cambio de otras mercancías o dinero.

El capitalismo es el primer modo de producción que requiere la mercantilización de todos los productos y relaciones sociales. Su extensión ha convertido a la mercancía en la forma universal del trabajo y sus productos, y al hacerlo ha revestido a las relaciones sociales del falso igualitarismo del intercambio entre equivalentes, presentando las relaciones entre personas como relaciones entre cosas, el famoso fetichismo de la mercancía.

El intercambio de mercancías en el mercado es por definición intercambio de equivalentes. Equivalentes en valor de cambio, es decir en trabajo social abstracto. El valor, que es una relación social entre personas, difumina entonces su naturaleza representándose como una relación social entre cosas, entre bienes -sean tangibles o intangibles- que se encuentran en el mercado.

¿De dónde brota, entonces, el carácter enigmático que distingue al producto del trabajo no bien asume la forma de mercancía? Obviamente, de esa forma misma. La igualdad de los trabajos humanos adopta la forma material de la igual objetividad de valor de los productos del trabajo; la medida del gasto de fuerza de trabajo humano por su duración, cobra la forma de la magnitud del valor que alcanzan los productos del trabajo; por último, las relaciones entre los productores, en las cuales se hacen efectivas las determinaciones sociales de sus trabajos, revisten la forma de una relación social entre los productos del trabajo.

Lo misterioso de la forma mercantil consiste sencillamente, pues, en que la misma refleja ante los hombres el carácter social de su propio trabajo como caracteres objetivos inherentes a los productos del trabajo, como propiedades sociales naturales de dichas cosas, y, por ende, en que también refleja la relación social que media entre los productores y el trabajo global, como una relación social entre los objetos, existente al margen de los productores. (…)

La forma de mercancía y la relación de valor entre los productos del trabajo en que dicha forma se representa, no tienen absolutamente nada que ver con la naturaleza física de los mismos ni con las relaciones, propias de cosas, que se derivan de tal naturaleza. Lo que aquí adopta, para los hombres, la forma fantasmagórica de una relación entre cosas, es sólo la relación social determinada existente entre aquéllos. De ahí que para hallar una analogía pertinente debamos buscar amparo en las neblinosas comarcas del mundo religioso. En éste los productos de la mente humana parecen figuras autónomas, dotadas de vida propia, en relación unas con otras y con los hombres. Otro tanto ocurre en el mundo de las mercancías con los productos de la mano humana. A esto llamo el fetichismo que se adhiere a los productos del trabajo no bien se los produce como mercancias, y que es inseparable de la producción mercantil.

Carlos Marx. El capital, 1857

La fractura de la comunidad humana en clases con intereses antagónicos supuso el comienzo de la alienación: lo humano, lo social, se presentan como ajenos a lo humano, huyen a los cielos de la ideología para mantener unido en las fantasías del intelecto lo que es antagónico en el mundo social material. La alienación no es más que la separación imaginaria de la especie respecto a las propias relaciones que definen su organización social.

Sin embargo, a diferencia de las clases explotadoras que le precedieron, la explotación capitalista es completamente «económica». El señor feudal tomaba un pedazo de la producción y el trabajo social «por derecho» en el marco de una relación personal, concreta, con sus siervos. No hay fetichismo alguno en lo que en realidad no es más que una exacción extra-económica.

La forma natural del trabajo, su particularidad, y no, como sobre la base de la producción de mercancías, su generalidad, es lo que aquí constituye la forma directamente social de aquél. La prestación personal servil se mide por el tiempo, tal cual se hace con el trabajo que produce mercancías, pero ningún siervo ignora que se trata de determinada cantidad de su fuerza de trabajo personal, gastada por él al servicio de su señor. El diezmo que le entrega al cura es más diáfano que la bendición del clérigo. Sea cual fuere el juicio que nos merezcan las máscaras que aquí se ponen los hombres al desempeñar sus respectivos papeles, el caso es que las relaciones sociales existentes entre las personas en sus trabajos se ponen de manifiesto como sus propias relaciones personales y no aparecen disfrazadas de relaciones sociales entre las cosas, entre los productos del trabajo.

Carlos Marx. El capital, 1857

El salto del trabajo personal concreto al trabajo social abstracto en la relación de explotación, hace del fetichismo de la mercancía un salto cualitativo en el proceso de abstracción propio de toda forma de alienación. Es su forma específicamente capitalista y completamente abstracta. Mientras esclavistas y señores feudales debían fundar su explotación sobre la voluntad externa de los dioses, la mercancía hace aparecer por sí mismas a las relaciones sociales como relaciones entre cosas, entre objetos sociales ajenos a los que los produjeron, del mismo modo que la plusvalía aparece como un resultado espontáneo del trabajo humano cuando se vende como mercancía bajo la forma de fuerza de trabajo.

El fetichismo de la mercancía, verdadera base de la religión capitalista, es la representación «espontánea» de las relaciones de producción entre personas como relaciones entre equivalentes en el mercado, es decir, relaciones entre objetos equivalentes igualados en su valor de cambio.

Circulación de mercancías y acumulación de capital

El fetichismo de la mercancía afecta toda la percepción de las relaciones sociales. La economía misma se nos presenta como un ciclo en el que circulan mercancías. El poseedor la lleva al mercado, la cambia por una cierta cantidad de dinero -que no le vale para satisfacer, en sí, ninguna necesidad- por lo que lo usa para adquirir otra mercancía. El ciclo es: M➡D➡M. La segunda parte del ciclo, D➡M, es la primera para el poseedor de la segunda mercancía y así sucesivamente.

M~1~➡D➡ M~2~ ➡D➡ M~3~ ➡D➡ M~4~...

Lo interesante es que las mercancías (M~1~,M~2~, etc.) llegan al mercado y salen de él tan pronto como tiene lugar el intercambio, pero el dinero -en términos generales, salvo acaparación o ahorro- se queda.

Con todo, ambas partes del ciclo miradas de cerca no pueden ser iguales. No es lo mismo M➡D➡M que D➡M➡D. En el primer caso llevo al mercado una mercancía y la cambio por dinero con el cual comprar otra, si lo hago es porque ambas tienen distinto valor de uso pero igual valor de cambio (es decir, D). Pero D➡M➡D parece absurdo si D tiene el mismo valor en ambas partes habré comprado algo para venderlo al mismo precio. Querría decir que hay unos agentes que con tal de dar vida al mercado se dedican a la compraventa sin obtener nada a cambio. Pero el mercado no funciona por filantropía. En realidad lo lógico es pensar que para ellos el ciclo es D➡M➡D’ siendo D’>D en una cierta cantidad.

El ciclo real sería pues D➡M➡D’➡M➡D’’➡M➡ etc. La plusvalía se reintegra al ciclo para producir nueva plusvalía en mayor cantidad. Lo que estamos viendo es la conversión del dinero en capital.

El cambio en el valor del dinero que se ha de transformar en capital, no puede operarse en ese dinero mismo, pues como medio de compra y en cuanto medio de pago sólo realiza el precio de la mercancía que compra o paga, mientras que, si se mantiene en su propia forma, se petrifica como magnitud invariable de valor. La modificación tampoco puede resultar del segundo acto de la circulación, de la reventa de la mercancía, ya que ese acto se limita a reconvertir la mercancía de la forma natural en la de dinero.

El cambio, pues, debe operarse con la mercancía que se compra en el primer acto, D➡M, pero no con su valor, puesto que se intercambian equivalentes, la mercancía se paga a su valor. Por ende, la modificación sólo puede surgir de su valor de uso en cuanto tal, esto es, de su consumo. Y para extraer valor del consumo de una mercancía, nuestro poseedor de dinero tendría que ser tan afortunado como para descubrir dentro de la esfera de la circulación, en el mercado, una mercancía cuyo valor de uso poseyera la peculiar propiedad de ser fuente de valor, cuyo consumo efectivo mismo, pues, fuera objetivación de trabajo, y por tanto creación de valor. Y el poseedor de dinero encuentra en el mercado esa mercancía específica: la capacidad de trabajo o fuerza de trabajo.

Carlos Marx. El Capital, 1866.

Fuerza de trabajo y plusvalía

Y es que lo que se compra y vende en el mercado no es el trabajo social abstracto, sino la fuerza de trabajo -trabajo concreto, individual, mensurable.

Por fuerza de trabajo o capacidad de trabajo entendemos el conjunto de las facultades físicas y mentales que existen en la corporeidad, en la personalidad viva de un ser humano y que él pone en movimiento cuando produce valores de uso de cualquier índole.

Carlos Marx. El Capital, 1866.

El valor de la fuerza de trabajo refleja, como en toda mercancía, su coste de reproducción social. ¿Cuánto trabajo social abstracto es necesario para que los trabajadores de una cierta categoría y formación no pierdan su cualificación y puedan volver a vender una fuerza de trabajo equivalente?

Toda la magia de la acumulación de capital consiste en que existe una diferencia entre el valor global generado por la fuerza de trabajo y valor de la fuerza de trabajo misma. Es decir, entre el coste social de su reproducción en calidad y cantidad similar a la usada y el valor generado por el conjunto de la fuerza de trabajo.

La plusvalía es la diferencia entre el valor global generado por la fuerza de trabajo y valor de la fuerza de trabajo misma, es decir, el coste social de su reproducción en calidad y cantidad similar a la usada.

Para que exista plusvalía, debe existir primero la posibilidad de conversión del dinero en capital, es decir la fuerza de trabajo debe ser una mercancía que se compre y venda libremente en el mercado. Para ello el vendedor debe poder encontrarse con el comprador como personas que intercambian mercancías bajo «iguales derechos». El trabajador debe ser «libre», ésto es, dueño de la mercancía que va a vender y estar dispuesto a vender su fuerza de trabajo durante un tiempo determinado como algo separado de sí mismo -si se vendiera a sí mismo sería un esclavo y si su fuerza de trabajo no le perteneciera por derecho sería un siervo. Para todo lo cual debe además de no tener alternativas, estar desposeído de los medios de producción que le permitirían convertir su fuerza de trabajo en mercancías por sí mismo.

Para que el poseedor de dinero encuentre la fuerza de trabajo en el mercado, como mercancía, deben cumplirse diversas condiciones. El intercambio de mercancías, en sí y para sí, no implica más relaciones de dependencia que las que surgen de su propia naturaleza. Bajo este supuesto, la fuerza de trabajo, como mercancía, sólo puede aparecer en el mercado en la medida y por el hecho de que su propio poseedor —la persona a quien pertenece esa fuerza de trabajo— la ofrezca y venda como mercancía. Para que su poseedor la venda como mercancía es necesario que pueda disponer de la misma, y por tanto que sea propietario libre de su capacidad de trabajo, de su persona. Él y el poseedor de dinero se encuentran en el mercado y traban relaciones mutuas en calidad de poseedores de mercancías dotados de los mismos derechos, y que sólo se distinguen por ser el uno vendedor y el otro comprador; a ambos, pues, son personas jurídicamente iguales.

Para que perdure esta relación es necesario que el poseedor de la fuerza de trabajo la venda siempre por un tiempo determinado, y nada más, ya que si la vende toda junta, de una vez para siempre, se vende a si mismo, se transforma de hombre libre en esclavo, de poseedor de mercancía en simple mercancía. Como persona tiene que comportarse constantemente con respecto a su fuerza de trabajo como con respecto a su propiedad, y por tanto a su propia mercancía, y únicamente está en condiciones de hacer eso en la medida en que la pone a disposición del comprador —se la cede para el consumo— sólo transitoriamente, por un lapso determinado, no renunciando, por tanto, con su enajenación a su propiedad sobre ella.

La segunda condición esencial para que el poseedor de dinero encuentre en el mercado la fuerza de trabajo como mercancía, es que el poseedor de ésta, en vez de poder vender mercancías en las que se haya objetivado su trabajo, deba, por el contrario, ofrecer como mercancía su fuerza de trabajo misma, la que sólo existe en la corporeidad viva que le es inherente.

Para que alguien pueda vender mercancías diferentes de su fuerza de trabajo, ese alguien tendrá que poseer, naturalmente, medios de producción, por ejemplo materias primas, instrumentos de trabajo, etc. No se puede hacer botines sin cuero. Necesita, además, medios de subsistencia.

Nadie puede a vivir de los productos del porvenir, y por ende tampoco de valores de uso cuya producción aún no ha finalizado, y al igual que en el primer día de su aparición sobre el escenario terrestre, el hombre cada día tiene que consumir antes de producir y mientras produce. Si los productos se fabrican en calidad de mercancías, es necesario venderlos después de producirlos, y las necesidades del productor sólo podrán ser satisfechas después de la venta.

Al tiempo de producción se añade el necesario para la venta. Para la transformación del dinero en capital el poseedor de dinero, pues, tiene que encontrar en el mercado de mercancías al obrero libre; libre en el doble sentido de que por una parte dispone, en cuanto hombre libre, de su fuerza de trabajo en cuanto mercancia suya, y de que, por otra parte, carece de otras mercancias para vender, está exento y desprovisto, desembarazado de todas las cosas necesarias para la puesta en actividad de su fuerza de trabajo.

Carlos Marx. El Capital, libro I, capítulo IV, 1866.

Como se ve, el capital y el trabajo asalariado, aparecen en un marco de relaciones sociales históricamente muy preciso y en realidad muy reciente. Es decir, sin «trabajadores libres» no hay plusvalía propiamente dicha. El comerciante medieval aumentaba el valor del producto porque era, básicamente, un transportista, y por eso no tenía una consideración muy distinta del artesano. El prestamista prestaba para el consumo y su ciclo era D➡D’. Trabajo libre y formación de capital son las dos caras de la sociedad capitalista, unidas por la plusvalía.

Lo que caracteriza; pues, a la época capitalista, es que la fuerza de trabajo reviste para el obrero mismo la forma de una mercancía que le pertenece, y su trabajo la forma de trabajo asalariado. Por otro lado, a partir de ese momento se generaliza por primera vez la forma mercantil de los productos del trabajo.

Carlos Marx. El Capital, 1866.

La mera producción de plusvalor no completa el ciclo de acumulación de capital. El producto ha de ser vendido para que la plusvalía aparezca de nuevo como dinero. Ha de existir por tanto un mercado solvente para los bienes producidos. Pero para que se realice toda la plusvalía creada, este mercado ha de ser mayor que el generado por los salarios. Es decir, el mercado capitalista necesita de mercados no capitalistas para poder realizar la plusvalía producida.

Puesto que el fin del capital no es la satisfacción de las necesidades, sino la producción de ganancias, y puesto que sólo logra esta finalidad en virtud de métodos que regulan el volumen de la producción con arreglo a la escala de la producción, y no a la inversa, debe producirse constantemente una escisión entre las restringidas dimensiones del consumo sobre bases capitalistas y una producción que tiende constantemente a superar esa barrera que le es inmanente. Por lo demás, el capital se compone de mercancías, y por ello la sobreproducción de capital implica la sobreproducción de mercancías.

Carlos Marx. Capítulo XV del libro III de «El Capital», 1867.

Esta necesidad de realizar la plusvalía será el motor de la expansión capitalista -dentro y fuera del territorio de origen del capital nacional- durante el capitalismo ascendente… y el motor del ciclo perenne de crisis, guerras y reconstrucciones cuando, en su decadencia, le sea posible expandirse aun más.

Pero una vez realizada la ganancia, y ampliado el capital, este tiene que poder ser invertido de nuevo. Eso significa que los bienes de producción, a su vez tienen que estar en el mercado y formar un mercado. El capitalismo no puede imponerse sin mercantilizar a toda la sociedad. Por ejemplo, la aparición de trabajo asalariado y plusvalía en las ciudades medievales no sirvió de base a la expansión del sistema capitalista en tanto que la tierra, el principal medio de producción de la época, no se convirtió ella misma en mercancía y los capitales excedentarios en la ciudad pudieron invertirse en ella.

Cuando la tierra se convierta en inversión y las relaciones feudales agrarias pasen a ser sustituidas por relaciones mercantiles -arriendos- y capitalistas -aparición del primer proletariado agrario, los jornaleros- la productividad del campo se multiplicará generándose el excedente de mano de obra que permitirá la industrialización -y alimentarla a bajos precios. A partir de ahí, la reproducción ampliada del capital llevará nuevos capitales a las industrias, mejorando la tecnología, la escala y la productividad, aumentando la plusvalía relativa y la composición orgánica del capital y haciendo efectiva por tanto la tendencia a la baja de la tasa de ganancia.

El ciclo de circulación del dinero

En el ciclo de circulación del dinero (D➡M➡D’➡M➡D”➡ etc.) el capital compra fuerza de trabajo que usa para producir mercancías y luego vende, obteniendo una cantidad de dinero mayor que vuelve a invertir.

La acumulación de capital es el ciclo en el que la plusvalía a) se produce, extrayendo plusvalía de la fuerza de trabajo, b) se realiza en el mercado y c) se reincorpora a la producción como capital ampliado

El misterio bajo la circulación de mercancías en el sistema capitalista (dinero que se utiliza para comprar mercancías que, en una forma nueva, se vuelven a vender por una cantidad mayor de dinero) resulta no ser otra cosa que la conversión del dinero en capital. Es decir, el ciclo de circulación de mercancías que en economías mercantiles anteriores producía todo lo más «atesoramiento», acumulación de dinero que se separaba del ciclo de la producción, en el capitalismo se convierte en ciclo de acumulación de capital.

En su condición de vehículo consciente de ese movimiento, el poseedor de dinero se transforma en capitalista. Su persona, o, más precisamente, su bolsillo, es el punto de partida y de retorno del dinero. El contenido objetivo de esa circulación —la valorización del valor— es su fin subjetivo, y sólo en la medida en que la creciente apropiación de la riqueza abstracta es el único motivo impulsor de sus operaciones, funciona él como capitalista, o sea como capital personificado, dotado de conciencia y voluntad. Nunca, pues, debe considerarse el valor de uso como fin directo del capitalista. Tampoco la ganancia aislada, sino el movimiento infatigable de la obtención de ganancias. Este afán absoluto de enriquecimiento, esta apasionada cacería en pos del valor de cambio, es común a capitalista y atesorador, pero mientras el atesorador no es más que el capitalista insensato, el capitalista es el atesorador, racional. La incesante ampliación del valor, a la que el atesorador persigue cuando procura salvar de la circulación al dinero, la alcanza el capitalista, más sagaz, lanzándolo a la circulación una y otra vez.

Las formas autónomas, las formas dinerarias que adopta el valor de las mercancías en la circulación simple, se reducen a mediar el intercambio mercantil y desaparecen en el resultado final del movimiento. En cambio, en la circulación D – M – D funcionan ambos, la mercancía y el dinero, sólo como diferentes modos de existencia del valor mismo: el dinero como su modo general de existencia, la mercancía como su modo de existencia particular o, por así decirlo, sólo disfrazado. El valor pasa constantemente de una forma a la otra, sin perderse en ese movimiento, convirtiéndose así en un sujeto automático. Si fijamos las formas particulares de manifestación adoptadas alternativamente en su ciclo vital por el valor que se valoriza, llegaremos a las siguientes afirmaciones: el capital es dinero, el capital es mercancía. Pero, en realidad, el valor se convierte aquí en el sujeto de un proceso en el cual, cambiando continuamente las formas de dinero y mercancía, modifica su propia magnitud, en cuanto plusvalor se desprende de sí mismo como valor originario, se autovaloriza. El movimiento en el que agrega plusvalor es, en efecto, su propio movimiento, y su valorización, por tanto, autovalorización. Ha obtenido la cualidad oculta de agregar valor porque es valor. Pare crías vivientes, o, cuando menos, pone huevos de oro.

Como sujeto dominante de tal proceso, en el cual ora adopta la forma dineraria o la forma mercantil, ora se despoja de ellas pero conservándose y extendiéndose en esos cambios, el valor necesita ante todo una forma autónoma, en la cual se compruebe su identidad consigo mismo. Y esa forma sólo la posee en el dinero. Es por eso que éste constituye el punto de partida y el punto final de todo proceso de valorización. Era £ 100, y ahora es £ 110, etcétera. Pero el dinero mismo sólo cuenta aquí como una forma del valor, ya que éste tiene dos formas. Sin asumir la forma mercantil, el dinero no deviene capital. El dinero, pues, no se presenta aquí en polémica contra la mercancía, como ocurre en el atesoramiento. El capitalista sabe que todas las mercancías, por zaparrastrosas que parezcan o mal que huelan, en la fe y la verdad son dinero, judíos interiormente circuncidados, y por añadidura medios prodigiosos para hacer del dinero más dinero.

Carlos Marx. «El Capital», libro I, capítulo IV

Herramientas para entender el capital

Antes de hacer una anatomía del ciclo de acumulación del capital y entender sus condicionantes internos nos detendremos a analizar los componentes del capital y las diferentes formas que tiene de aumentar la plusvalía producida entre un ciclo y otro.

Marx recurre a una abstracción: desarrollará sus herramientas desde la mirada de un capital individual único. No hay más que una empresa y tiene toda la demanda que necesita. Al dejar de lado el mercado, tanto el de mercancías como el de capitales, valores y precios coinciden y no tenemos que preocuparnos de la realización de la plusvalía.

El plusvalor generado en el proceso de producción por C, el capital adelantado, o en otras palabras, la valorización del valor del capital adelantado C, se presenta en un primer momento como excedente del valor del producto sobre la suma de valor de sus elementos productivos.

El capital C se subdivide en dos partes: una suma de dinero, c, que se invierte en medios de producción, y otra suma de dinero, v, que se gasta en fuerza de trabajo; c representa la parte de valor transformada en capital constante, v la convertida en capital variable. En un principio, pues, C = c + v; ; por ejemplo, el capital adelantado,

£ 500 = £ 410 + £ 90 C = c + v

Al término del proceso de producción surge una mercancía cuyo valor es = c + v + p, donde p es el plusvalor; por ejemplo

£ 410 + £ 90 + £ 90. c + v + p

El capital originario C se ha transformado en C’; ha pasado de £ 500 a £ 590. La diferencia entre ambos es = p, un plusvalor de £ 90. Como el valor de los elementos de la producción es igual al valor del capital adelantado, es en realidad una tautología decir que el excedente del valor del producto sobre el valor de sus elementos productivos es igual a la valorización del capital adelantado o igual al plusvalor producido.(…)

Ya sabemos, en realidad, que el plusvalor es una simple consecuencia del cambio de valor que se efectúa con v, la parte del capital convertida en fuerza de trabajo, y por tanto que

v + p = v más el incremento de v.

Pero el cambio efectivo de valor y la proporción en que ese valor varía, se oscurecen por el hecho de que a consecuencia del crecimiento de su parte constitutiva variable, también se acrecienta el capital global adelantado. Era de 500 y pasa a ser de 590. El análisis puro del proceso exige, por tanto, prescindir totalmente de aquella parte del valor del producto en la que sólo reaparece el valor constante del capital.

Carlos Marx. El Capital, libro I, capítulo VII, 1866.

Así llegamos al cálculo de la tasa de plusvalía. Marx no calculará la tasa de plusvalía (s) sobre el total de capital adelantado sino solo sobre su parte variable, aquella que genera directamente la plusvalía

Tasa de plusvalía
plusvalía / capital variable
s = p/ v

Tasa de plusvalía y tasa de beneficio no son la misma cosa, pues la tasa de ganancia se calcula utilizando el total de la inversión -capital fijo adelantado + capital variable adelantado- y la tasa de plusvalor solo el capital variable, de modo que la tasa de plusvalor siempre será mayor que la tasa beneficio.

Veámoslo ahora desde el punto de vista del tiempo de trabajo.

El capitalista paga trabajo necesario el valor de la fuerza de trabajo (o su precio, divergente de su valor) y a cambio de ello obtiene el derecho a disponer de la fuerza viva de trabajo. Su aprovechamiento de esta fuerza de trabajo se descompone en dos períodos.

Durante uno de esos períodos el obrero no produce más que un valor = al valor de su fuerza de trabajo, o sea, sólo un equivalente. A cambio del precio adelantado de la fuerza de trabajo, el capitalista, de esta suerte, obtiene un producto del mismo precio. Es como si hubiera adquirido en el mercado el producto terminado. En el período del plustrabajo, por el contrario, el aprovechamiento de la fuerza de trabajo forma valor para el capitalista, sin que ese valor le cueste un sustituto de valor. Obtiene de balde esa movilización de fuerza de trabajo. Es en este sentido como el plustrabajo puede denominarse trabajo impago.

El capital, por tanto, no es sólo la posibilidad de disponer de trabajo, como dice Adam Smith. Es, en esencia, la posibilidad de disponer de trabajo impago. Todo plusvalor, cualquiera que sea la figura particular — ganancia, interés, renta, etc.— en que posteriormente cristalice, es con arreglo a su sustancia la concreción material de tiempo de trabajo impago. El misterio de la autovalorización del capital se resuelve en el hecho de que éste puede disponer de una cantidad determinada de trabajo ajeno impago.

Carlos Marx. El Capital, libro I, capítulo XVI, 1866.

Llamaremos «tiempo de trabajo necesario» al tiempo de trabajo necesario para que el valor del producto sea igual al valor adelantado por el capitalista, el tiempo que bastaría para reproducir el valor del salario. El restante será el «tiempo de plustrabajo». Como los valores son proporcionales a los tiempos de trabajo en que se producen...

Tasa de plusvalía
plusvalía / capital variable = p/v =
plusvalía / valor de la fuerza de trabajo =
plustrabajo / trabajo necesario =
= tiempo de plustrabajo / tiempo de trabajo necesario

Así que para aumentar la plusvalía total efectivamente producida, el capitalista individual puede hacer dos cosas:

  1. Aumentar el tiempo de plustrabajo, de modo que la hora de trabajo le salga más barata.
  2. Aumentar la tasa de plusvalía mediante alguna mejora técnica haciendo que la hora de trabajo produzca mayor cantidad de producto, es decir que su productividad física sea mayor.

Denomino plusvalor absoluto al producido mediante la prolongación de la jornada laboral; por el contrario, al que surge de la reducción del tiempo de trabajo necesario y del consiguiente cambio en la proporción de magnitud que media entre ambas partes componentes de la jornada laboral, lo denomino plusvalor relativo.

Carlos Marx. El Capital, libro I, capítulo X, 1866.

Al aumentar la productividad, el capitalista aumenta el valor de uso del trabajo de sus obreros sobre la media social, aumentando también su beneficio en tanto la extensión de la tecnología y la competencia le obligan a reducir precios de venta o la acción obrera a subir salarios. En este periodo transitorio aumenta lógicamente el plusvalor simplemente porque aumenta el plustrabajo.

Marx pasa después, a la luz del crecimiento de la plusvalía relativa, a estudiar la lógica del desarrollo tecnológico bajo el capitalismo. Explica por qué compensa siempre al capital la sustitución de trabajo vivo por trabajo muerto en forma de máquinas -que no generan valor- y hace todo un recorrido histórico de la cooperación a la manufactura y de esta al maquinismo.

La paradoja, la contradicción aparente del desarrollo tecnológico bajo el capitalismo es que debería ahorrar trabajo social aumentando la producción, deberíamos trabajar menos horas y sin embargo obtener mayor bienestar… pero el capitalismo no es eso, su objetivo no es minimizar el trabajo humano obligado por la necesidad, sino aumentar el plusvalor. El capitalismo no pretende ser otra cosa que una gran máquina social, un autómata, para la producción de plusvalor.

En sus Principios de economía política dice John Stuart Mill: «Es discutible que todos los inventos mecánicos efectuados hasta el presente hayan aliviado la faena cotidiana de algún ser humano». Pero no es éste, en modo alguno, el objetivo de la maquinaria empleada por el capital. Al igual que todo otro desarrollo de la fuerza productiva del trabajo, la maquinaria debe abaratar las mercancías y reducir la parte de la jornada laboral que el obrero necesita para sí, prolongando, de esta suerte, la otra parte de la jornada de trabajo, la que el obrero cede gratuitamente al capitalista. Es un medio para la producción de plusvalor.

Carlos Marx. El Capital, libro I, capítulo XIII, 1866.

Leyes y tendencias de la acumulación de capital

Marx culmina el primer libro de «El Capital» estudiando las formas históricas de la acumulación y adelantando las tendencias al desarrollo creciente de la tasa de plusvalor y la productividad del trabajo, la relación entre acumulación e infraestructuras y la magnitud del capital anticipado.

Al tiempo que trabajaba en acabar el primer libro, Marx avanzaba en el tercero. En él sintetiza un modelo estilizado donde solo existen trabajadores y capitalistas para profundizar su conocimiento en las leyes de la acumulación. Llegará entonces a la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia, es decir a derivar de las fórmulas del valor y de la definición misma de «tasa de ganancia» una tendencia histórica decreciente que el capital debe compensar con un aumento de la «masa de producto»... que impulsa su propia expansión modificando las condiciones de la acumulación en cada ciclo.

Tasa de Ganancia
plusvalor / (capital fijo adelantado + capital variable adelantado)
G’ = p / ( c~a~ + v~a~)

Un concepto importante relacionado con la tasa de ganancia es la composición orgánica del capital, la relación entre capital fijo y variable adelantados por el capitalista.

Composición orgánica del capital
capital fijo adelantado / capital variable adelantado
c~a~ / v~a~

Para aumentar el total de plusvalía producida, el capitalista se ve empujado bien a reducir salarios, bien a invertir en nuevas máquinas, para aumentar la tasa de plusvalía.

Suponiendo que haya mercados suficientes para absorber la producción, esta será la vía seguida para dar colocación a los incrementos de la masa de capital que se colocarán en cada ciclo de acumulación... y la evolución de la productividad del trabajo y con ella de la tecnolhogía será brutal, como de hecho lo fue durante todo el capitalismo ascendente.

Pero esta vía significa aumentar la composición orgánica del capital: hay más valor acumulado en máquinas por hora de salario pagadal, es decir aumenta la inversión en capital fijo en relación a los salarios.

Aunque la ganancia bruta aumente -porque se produce más empleando el mismo trabajo- el valor creado en cada ciclo tenderá a crecer menos que el invertido. La tasa de ganancia por tanto se reduce.

Entonces, para mantener sus ganancias absolutas -o aumentarlas- el capital aumentará la producción total -la masa de producto- y las unidades de producto serán cada vez más baratas. El resultado es una tendencia al trabajo cada vez más productivo -con mayor tasa de plusvalor es decir, más explotado- con unos capitales cada vez más concentrados y con tasas de ganancia menores.

Dicho de otra manera: si damos por hecha la capacidad de los mercados para absorber la producción: para mejorar su ganancia el capitalista necesita invertir en tecnologías que aumenten su productividad. Al hacerlo aumentará la composición orgánica de su capital (aumentará el peso de lo que adelanta en máquinas sobre lo que adelanta en salarios). El resultado inevitable es que su tasa de ganancia (el plusvalor por unidad de inversión) será más baja. ¿Cómo compensará eso? Produciendo más cantidad de producto para que la ganancia absoluta, el plusvalor total obtenido, sea mayor.

Es más como hemos dado por hecho que hay mercado para la masa de productos más baratos, irá acompañado de un aumento del número de trabajadores y por tanto de la escala total de la empresa.

El desenvolvimiento de la producción y acumulación capitalistas condiciona procesos laborales en una escala cada vez mayor, y por ende de dimensiones constantemente crecientes y los adelantos de capital correspondientemente en aumento para cada establecimiento en particular. Por ello, una creciente concentración de los capitales (acompañada al mismo tiempo, aunque en menor medida, de un creciente número de capitalistas) es tanto una de sus condiciones materiales como uno de los resultados producidos por ella misma. Al mismo tiempo y en interacción con esto, avanza una progresiva expropiación de los productores más o menos directos. Se entiende así que los diversos capitalistas individuales comanden ejércitos obreros de creciente magnitud (aunque también para ellos disminuya el capital variable en relación con el capital constante), que aumente la masa del plusvalor, y por consiguiente de la ganancia, de la cual se apropian, simultáneamente con la baja de la tasa de ganancia y a pesar de ella. Pues las mismas causas que concentran las masas de ejércitos obreros bajo el mando de diversos capitalistas individuales, son precisamente las que hacen que la masa del capital fijo empleado, así como la de las materias primas y auxiliares, aumente en proporción creciente con respecto a la masa del trabajo vivo empleado.

Carlos Marx. El Capital. Libro III, capítulo XIII, 1867

¿Por qué es necesaria esa «expropiación de los trabajadores más o menos directos» es decir de la producción independiente, que no utiliza trabajo asalariado? En el modelo general de la acumulación ampliada, tal y como aparece en el libro II, estamos dando por hecho que el capitalista puede vender todo el producto. Pero la plusvalía no es el beneficio....

De la plusvalía al beneficio

Plusvalía y ganancia pertenecen a dos planos diferentes del sistema económico. La ganancia se produce en el plano de los precios, el plusvalor en el del valor. Valores y precios se comunican a través del mercado de capitales, no del mercado de bienes y servicios que regula los precios entre distintos productos de distintas ramas.

Los precios son relaciones entre cosas, los valores en cambio reflejan relaciones entre clases implicadas en la producción. Dicho de otro modo, el valor es una relación social, entre clases sociales, no una relación entre mercancías. Esta confusión, otra vertiente del fetichismo de la mercancía, nos llevaría a pensar erróneamente que la explotación de un trabajador o un grupo de trabajadores varía al variar los precios de aquello que produce.

La cuestión de fondo es que la plusvalía, como apuntaba una cita anterior, es el objeto del sistema: el capitalismo es un sistema de producción de plusvalía. Por eso los precios entre mercancías y por tanto la ganancia particular de una empresa determinada, están supeditados a la organización de la extracción general de plusvalor.

Repasando lo visto hasta ahora:

  1. el valor de una mercancía -sea un producto físico o un servicio- viene determinado por el «trabajo socialmente necesario» para su producción, es decir, el requerido para producir un valor de uso cualquiera, en las condiciones normales de producción vigentes en una sociedad y con el grado social medio de destreza e intensidad de trabajo. El valor mide el esfuerzo medio necesario para producir algo en una sociedad.
  2. Eso aplica también para entender cual es el coste de reproducción de esa mercancía particular que es la fuerza de trabajo. El salario es el coste de reproducción de la fuerza de trabajo: el trabajo social necesario para mantener un determinado grado de habilidad, conocimientos técnicos, etc. en una determinada categoría de trabajadores necesaria para la producción de un objeto o servicio determinado. La diferencia entre ese coste -el salario expresado en términos de valor– y el valor producido es la plusvalía.

¿Pero y si medimos la media de ganancia de un sector, industria o país? Tampoco. Para el capital como un todo, lo importante a la hora de colocarse no es la plusvalía en sí arrancada en cada empresa particular, sino la tasa de ganancia, es decir, la relación entre la plusvalía producida y el capital total adelantado.

Las distintas empresas no son sino colocaciones posibles del capital que compiten entre sí en el mercado de capitales por ser más atractivas, es decir, ofrecer mejores tasas de ganancia a los capitales que buscan colocación. La función del mercado de capitales es precisamente homogeneizar las tasas de ganancia de las distintas colocaciones. Como dice Marx:

Se comportan entre sí como se comportarían si nos representasemos la suma global de los capitales que forman el capital de las clases capitalistas como una magnitud sobre la que se calculara la plusvalía total[…] No cabe duda de que, calculado así, cada fragmento de este capital global percibiría una parte alícuota de la plusvalía total, con arreglo a la proporción en la que participara de ella.[…] El volumen de ganancia depende del volumen del capital, del numero de shares in that general capital which are owned by the capitalist, de ahí que la competencia entre los capitales trate de considerar cada capital de por sí como un fragmento del capital global, regulando a tono con ello su participación en la plusvalía y, por tanto, en la ganancia.

Los capitalistas tienden a repartirse entre ellos (tendencia en la que consiste precisamente la competencia) la cantidad de trabajo no retribuido que estrujan a la clase trabajadora -o los productos de esa cantidad de trabajo- no en la proporción en que un capital específico produce directamente plustrabajo, sino, primero, en aquella en que este capital específico representa una parte alícuota del capital global y, segundo, en la proporción en que el capital global produce plustrabajo. Los capitalistas se reparten el botín del trabajo ajeno apropiado como enemigos fraternales, de tal modo que por término medio, el uno se apropia de la misma cantidad de trabajo no retribuido que el otro.

Carlos Marx. Teorías de la Plusvalía, capítulo VIII.

Al igualar -o tender a igualar- las tasas de ganancia de las posibles colocaciones del capital, la equivalencia entre la plusvalía extraída y la ganancia obtenida por el capital en un país o un ramo industrial salta por los aires, ni hablemos de una empresa particular. Se vuelve en el mejor de los casos una casualidad, un anómalo estadístico. De hecho, de forma general, la plusvalía será diferente de la ganancia en cada empresa particular4.

La acumulación de capital

Para que la plusvalía pueda realizarse como beneficio, el capitalista ha de poder vender el producto en el mercado y acabar el ciclo. A fin de cuentas, el capitalismo es un sistema de creación de plusvalor, pero el plusvalor en sí no vale nada para el capitalista si no puede realizarlo, convertirlo en ganancia.

El producto del proceso de producción capitalista no es ni un mero producto (valor de uso), ni una mera mercancía, es decir un producto que tiene valor de cambio; su producto específico es la plusvalía. Su producto son mercancías que poseen más valor de cambio, esto es, que representan más trabajo que el que para su producción ha sido adelantado bajo la forma de dinero o mercancías. En el proceso capitalista de producción el proceso de trabajo sólo se presenta como medio, el proceso de valorización o la producción de plusvalía como fin. En cuanto el economista reflexiona sobre ello, el capital es proclamado como riqueza que se transforma en la producción para obtener «beneficio»

Carlos Marx. El Capital, Libro I, capítulo VI (inédito).

Pero en el modelo de una acumulación que se produce en un mundo donde solo hay capitalistas y obreros esto es sencillamente imposible: por definición el valor de cambio de los salarios no puede comprar la totalidad del plusvalor producido. Es una idea que Marx ha dejado bien claro en sus estudios sobre el capital y la acumulación ya en los Grundisse, cuadernos que, por desgracia, no se publicaran por primera vez hasta los años cincuenta y por tanto no estuvieron al alcance de las generaciones siguientes (Kautsky primero, Lenin, Rosa Luxemburgo, Bujarin, etc. después), dando pie a un largo debate de consecuencias políticas profundas, que estudiaremos en los siguientes capítulos.

  1. La existencia misma de un beneficio sobre una mercancía cualquiera presupone una demanda exterior a la del trabajador que la produjo.
  2. Demanda del propio obrero nunca puede ser una demanda adecuada.

Carlos Marx. Grundisse, volumen I, cuaderno IV, Del proceso de producción al proceso de circulación, 1858

La acumulación ampliada implica por tanto la posibilidad de un mercado ampliado entre ciclo y ciclo. En términos históricos esta ampliación se produce de modo ilusorio mediante el crédito mientras se amplían de forma efectiva los mercados, y el excedente irrealizable en el mercado interno puede encontrar una demanda en mercados extracapitalistas.

Pero, ¿no puede el consumo de la propia clase capitalista absorber este plusvalor excedentario? En ese caso estaríamos en una mera reproducción simple del capital, un caso teórico que de haber existido realmente hubiera mostrado una burguesía incapaz de acumular, incapaz de formar capitales mayores.

En la necesidad de conquistar continuamente nuevos mercados acabamos de encontrar la fuerza implacable que llevaba a la expansión del sistema vívidamente relatada en el Manifiesto. La misma fuerza que produce irremediablemente crisis de sobreproducción cuando no encuentra mercados externos en los que realizar la plusvalía acumulada.

Adelantándose a los defensores del «capitalismo en un solo país», que intentarán reducir la crisis a un «desequilibrio entre sectores», subsanable mediante la planificación o mediante la posibilidad de que la burguesía -o el estado- autoconsuman el excedente de valor irrealizable, Marx escribe un largo argumentario en lo que luego será el capítulo XV del libro III. Nos vamos a permitir una larga cita porque muestra, sin género de dudas, hasta que punto Marx incluía la «cuestión de los mercados» y las necesidades expansivas del capitalismo en su concepción global de la expansión y la crisis capitalista. O, visto desde la perspectiva inversa, como las tendencias inmanentes a la baja de la tasa de ganancia se disparaban al saturarse mercados dando impulso a la dinámica de expansión mundial del capitalismo mientras fue posible... y un cambio de la naturaleza del ciclo a partir de que el mercado global se cerró.

Es decir, Marx veía en la baja de la tasa de ganancia el síntoma de que el capitalismo se acercaba al límite de su expansión global, dentro y fuera de los estados capitalistas del momento. Y lo hacía porque sabía que existía un límite al desarrollo progresivo del capitalismo a partir del momento en que tales expansiones regulares fueran imposibles.

Por otra parte, la baja de la tasa de ganancia, vinculada con la acumulación, provoca necesariamente una lucha competitiva. La compensación de la mengua de la tasa de ganancia mediante el incremento de la masa de la ganancia sólo tiene validez para el capital global de la sociedad y para los grandes capitalistas, sólidamente instalados.

El nuevo capital adicional, que funciona en forma autónoma, no se encuentra con ninguna de esta clase de condiciones supletorias, debe luchar por conquistarlas, y de este modo la baja en la tasa de ganancia suscita la lucha de competencia entre los capitales, y no a la inversa. Sin embargo, esta lucha competitiva se halla acompañada por un transitorio aumento salarial y una temporaria disminución de la tasa de ganancia, mengua que deriva de ese aumento.

Otro tanto se manifiesta enla sobreproducción de mercancías, en el abarrotamiento de los mercados. Puesto que el fin del capital no es la satisfacción de las necesidades, sino la producción de ganancias, y puesto que sólo logra esta finalidad en virtud de métodos que regulan el volumen de la producción con arreglo a la escala de la producción, y no a la inversa, debe producirse constantemente una escisión entre las restringidas dimensiones del consumo sobre bases capitalistas y una producción que tiende constantemente a superar esa barrera que le es inmanente.

Por lo demás, el capital se compone de mercancías, y por ello la sobreproducción de capital implica la sobreproducción de mercancías. De ahí el curioso fenómeno de que los mismos economistas que niegan la sobreproducción de mercancías, admitan la de capital. Si se dice que dentro de los diversos ramos de la producción no se da una sobreproducción general, sino una desproporción, ello no significa sino que, dentro de la producción capitalista, la proporcionalidad entre los diversos ramos de la producción se establece como un proceso constante a partir de la despro­porcionalidad, al imponérsele aquí la relación de la producción global, como una ley ciega, a los agentes de la producción, y no sometiéndose a su control colectivo como una ley del proceso de producción captada por su intelecto asociado, y de ese modo dominada. Además, de esa manera se exige que países en los cuales el modo capitalista de producción no está desarrollado, hayan de consumir y producir en un grado adecuado a los países del modo capitalista de producción.

Si se dice que la sobreproducción es sólo relativa, ello es totalmente correcto; pero ocurre que todo el modo capitalista de producción es sólo un modo de producción relativo, cuyos límites no son absolutos, pero que sí lo son para él, sobre su base. ¿Cómo, de otro modo, podría faltar la demanda de las mismas mercancías de que carece la masa del pueblo, y cómo sería posible tener que buscar esa demanda en el extranjero, en mercados más distantes, para poder pagar a los obreros del propio país el promedio de los medios de subsistencia imprescindibles? Porque sólo en este contexto específico, capitalista, el producto excedentario adquiere una forma en la cual su poseedor sólo puede ponerlo a disposición del consumo en tanto se reconvierta para él en capital.

Por último, si se dice que, en última instancia, los capitalistas sólo tienen que intercambiar entre sí sus mercancías y comérselas, se olvida todo el carácter de la producción capitalista, y se olvida asimismo que se trata de la valorización del capital, y no de su consumo.

En suma, todos los reparos contra las manifestaciones palpables de la sobreproducción (manifestaciones éstas que no se preocupan por tales reparos) apuntan a señalar que los límites de la producción capitalista no son limitaciones de la producción en general, y por ello tampoco lo son de este modo específico de producción, el capitalista. Pero la contradicción de este modo capitalista de producción consiste precisamente en su tendencia hacia el desarrollo absoluto de las fuerzas productivas, la cual entra permanentemente en conflicto con las condiciones específicas de producción dentro de las cuales se mueve el capital, y que son las únicas dentro de las cuales puede moverse.

No se producen demasiados medios de subsistencia en proporción a la población existente; por el contrario. Se producen demasiado pocos como para satisfacer decente y humanamente al grueso de la población.

No se producen demasiados medios de producción para ocupar a la parte de la población capaz de trabajar; por el contrario. En primer lugar, se produce una parte demasiado grande de la población que de hecho no es capaz de trabajar, que por sus circunstancias se ve reducida a la explotación del trabajo ajeno o a ejecutar trabajos que sólo pueden considerarse tales dentro de un modo miserable de producción.

En segundo lugar no se producen suficientes medios de producción como para que toda la población capaz de trabajar pueda hacerlo bajo las condiciones más productivas, es decir como para que su tiempo absoluto de trabajo resulte abreviado por la masa y la eficacia del capital constante empleado durante el tiempo de trabajo.

Pero periódicamente se producen demasiados medios de trabajo y de subsistencia como para hacerlos actuar en calidad de medios de explotación de los obreros a determinada tasa de ganancia. Se producen demasiadas mercancías para poder realizar el valor y el plusvalor contenidos o encerrados en ellas, bajo las condiciones de distribución y consumo dadas por la producción capitalista y reconvertirlo en nuevo capital, es decir para llevar a cabo este proceso sin explosiones constantemente recurrentes.

No se produce demasiada riqueza. Pero periódicamente se produce demasiada riqueza en sus formas capitalistas, antagónicas.

La limitación del modo capitalista de producción se manifiesta:

  1. En el hecho de que el desarrollo de la fuerza productiva del trabajo genera, en el caso de la baja de la tasa de ganancia, una ley que en cierto punto se opone con la mayor hostilidad al propio desarrollo de esa fuerza productiva, por lo cual hay que superarla constantemente por medio de crisis.
  2. En el hecho de que la apropiación de trabajo impago y la proporción entre ese trabajo impago y el trabajo objetivado en general o, expresado en términos capitalistas, que la ganancia y la proporción entre esa ganancia y el capital empleado — es decir, determinado nivel de la tasa de ganancia— decidan acerca de si se debe expandir o restringir la producción, en lugar de ser lo decisivo a este respecto la relación entre la producción y las necesidades sociales, las necesidades de los seres humanos socialmente desarrollados. Por ello surgen limitaciones para la producción, ya en un punto de expansión de la misma que, a la inversa, bajo el otro supuesto aparecería como sumamente insuficiente. La producción se detiene no allí donde esa detención se impone en virtud de la satisfacción de las necesidades, sino donde lo ordena la producción y realización de ganancias

Carlos Marx. El Capital, libro III, capítulo XV, 1867

El propio Engels nos cuenta en el prólogo de 1886 a «El Capital» cómo los problemas de la acumulación van asociados a un «problema de los mercados», una contradicción entre las fuerzas productivas desarrolladas y las capacidades expansivas del propio capitalismo en un mundo de población y territorios finitos.

La marcha del sistema industrial de Inglaterra, imposible sin una expansión constante y rápida de la producción y por ende de los mercados, tiende a paralizarse. El librecambio ha agotado ya sus arbitrios; hasta Manchester pone en duda a ese su añejo evangelio económico. La industria extranjera, en rápido desarrollo, por todas partes mira con gesto de desafío a la producción inglesa, y no sólo en las zonas protegidas por aranceles aduaneros, sido también en los mercados neutrales y hasta de este lado del Canal. Mientras que la fuerza productiva crece en progresión geométrica, la expansión de los mercados avanza, en el mejor de los casos, conforme a una progresión aritmética.

Federico Engels. Prólogo a «El Capital», 5 de noviembre de 1886.

Resumiendo el modelo de acumulación y la lógica de expansión y crisis del capitalismo tal y como lo descubrimos en Marx en «El Capital»:

  1. La reproducción del capital implica que siempre y de forma necesaria el resultado del proceso está «desequilibrado»: en la esencia misma del plusvalor está producir una carencia de demanda efectiva para realizarlo en el mercado, pues la «demanda del propio obrero nunca puede ser una demanda adecuada».
  2. El mecanismo del crédito -en el que no nos hemos sumergido en este curso introductorio- compra tiempo permitiendo que el ciclo de acumulación se repita pero no modifica el proceso de acumulación ni genera per se una demanda efectiva solvente.
  3. La acumulación, en ausencia de nuevos mercados, acaba necesariamente en la «sobreproducción de mercancías, en el abarrotamiento de los mercados». La crisis, por efecto de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia, se manifestará pareja a una sobre-acumulación de capital. El fenómeno en su conjunto tomará probablemente la forma de una crisis financiera, una crisis de solvencia e impagos, dado que la forma de esquivar la falta de demanda durante el proceso fue la huida hacia el crédito.
  4. La salida progresiva de la crisis no es otra que la expansión del mercado capitalista a mercados que previamente no lo son, mercados extracapitalistas internos -restos de producción precapitalista fuera del ciclo del capital- y externos -colonias, apertura forzada de mercados como hizo EEUU con Japón en 1853, etc.
  5. Esa expansión de mercados, producto de la sobreproducción de mercancías y capital, toma la forma no solo de exportación de mercancías... sino de capitales, de modo que «se exige que países en los cuales el modo capitalista de producción no está desarrollado, hayan de consumir y producir en un grado adecuado a los países del modo capitalista de producción».
  6. Cada ciclo «largo» de acumulación implica pues la expansión geográfica y social del capitalismo y el comienzo de un nuevo ciclo a mayor escala y con mayores escalas productivas.
  7. Cuando esos mercados extracapitalistas empiecen a dar signos de no tener capacidad suficiente como para suplir la carencia endémica de demanda interna el capitalismo estará llegando al límite de su desarrollo progresivo

El imperialismo en Rosa Luxemburgo

Hemos visto en Marx cómo el ciclo de reproducción ampliada del capital necesita de mercados extracapitalistas para realizar la plusvalía. El estudio más completo sobre el tema se lo debemos a Rosa Luxemburgo. Su libro «La Acumulación de Capital», subtitulado «Una contribución a la explicación económica del imperialismo», es considerado la principal obra económica marxista tras la muerte del revolucionario de Treveris. El él desarrolla teórica e históricamente la idea esbozada por Marx en el Libro III de «El Capital».

La existencia de adquirentes no capitalistas de la plusvalía es una condición vital directa para el capital y su acumulación. En tal sentido, tales adquirentes son el elemento decisivo en el problema de la acumulación del capital. Pero de un modo o de otro, de hecho, la acumulación del capital como proceso histórico, depende, en muchos aspectos, de capas y formas sociales no capitalistas. (…) El capitalismo necesita, para su existencia y desarrollo, estar rodeado de formas de producción no capitalistas. (…)

La segunda condición previa fundamental, tanto para la adquisición de medios de producción, como para la realización de la plusvalía, es la ampliación de la acción del capitalismo a las sociedades de economía natural.

Rosa Luxemburgo. La acumulación de capital, 1913.

Lo que Rosa Luxemburgo observa es que el incremento y el cambio de forma de las tensiones entre estados, la posibilidad, cada vez más cercana, de un conflicto mundial y toda una serie de cambios profundos en la estructura económica debidos a las limitaciones del proceso de acumulación se ajusta a los resultados previsibles de una carencia de mercados extracapitalistas suficientes.

Mercado interior, desde el punto de vista de la producción capitalista, es mercado capitalista; es esta producción misma como compradora de sus propios productos y fuente de adquisición de sus propios elementos de producción. Mercado exterior para el capital, es la zona social no capitalista que absorbe sus productos y le suministra elementos de producción y obreros. Desde este punto de vista, económicamente, Alemania e Inglaterra, en su mutuo cambio de mercancías, son, principalmente, mercado interior, capitalista, mientras que el cambio entre la industria alemana y los consumidores campesinos alemanes, como productores para el capital alemán, representa relaciones de mercado exterior. Como se ve por el esquema de la reproducción, estos son conceptos rigurosamente exactos. En el comercio capitalista interior, en el mejor de los casos, sólo pueden realizarse determinadas partes de producto social total: el capital constante gastado, el capital variable y la parte consumida de la plusvalía; en cambio, la parte de la plusvalía que se destina a la capitalización ha de ser realizada «fuera».

Si la capitalización de la plusvalía es un fin propio y un motivo impulsor de la producción, por otra parte, la renovación del capital constante y variable (así como la parte consumida de la plusvalía) es la amplia base y la condición previa de aquélla. Y al mismo tiempo que, con el desarrollo internacional del capitalismo, la capitalización de la plusvalía se hace cada vez más apremiante y precaria, la amplia base del capital constante y variable, como masa, es cada vez más potente en términos absolutos y en relación con la plusvalía. De aquí un hecho contradictorio: los antiguos países capitalistas constituyen mercados cada vez mayores entre sí, y son cada vez más indispensables unos para otros, mientras al mismo tiempo combaten cada vez más celosamente, como competidores, en sus relaciones con países no capitalistas. Las condiciones de la capitalización de la plusvalía y las condiciones de la renovación total del capital, se hallan cada vez más en contradicción entre ellas, lo cual no es, después de todo, más que un reflejo de la ley contradictoria de la tasa decreciente de ganancia.

Rosa Luxemburgo. La acumulación de capital, 1913.

Lo que Rosa Luxemburgo observa y que, como vimos, Marx ya había señalado, es que un fenómeno parejo a la búsqueda de mercados para realizar la plusvalía es la exportación de capitales. Conforme el ciclo del capital se hace más difícil en el mercado de origen, cuanto más cerca está el mercado de la saturación no solo es más difícil «vender» para el capitalista industrial, también es más difícil para el rentista y especulador, encontrar negocios en los que invertir que realicen su plusvalía «normalmente» en los países desarrollados.

La «colocación» de capitales en el extranjero es pues la otra cara de la captura de mercados para la exportación y se reaviva cada vez que hay síntomas de la saturación de mercados internos. Su reverso en los países de destino no es otro que la famosa «deuda externa»: lo que para los británicos fue la «crisis latinoamericana de 1825» para Sudamérica fue su primera crisis de deuda externa (1826).

Hay que salir al paso de una mala interpretación, que se refiere a la colocación de capitales en países extranjeros y a la demanda procedente de estos países. La exportación del capital inglés a América desempeñó, ya a comienzos del tercer decenio del siglo XIX, un enorme papel, y fue en gran parte culpable de la primera genuina crisis industrial y comercial inglesa en el año 1825. (…)

El súbito florecimiento y la apertura de los mercados sudamericanos determinaron por su parte un gran aumento de la exportación de mercancías inglesas hacia los estados de América del Sur y del Centro. La exportación de mercancías británicas a aquellos países ascendió:

  • En 1821 2,9 millones libras esterlinas
  • En 1825 6,4 millones libras esterlinas

El principal artículo de esta exportación lo constituían los tejidos de algodón. Bajo el impulso de la gran demanda, se amplió rápidamente la producción algodonera inglesa y se fundaron muchas fábricas nuevas. El algodón elaborado en Inglaterra ascendió:

  • En 1821 129 millones libras esterlinas
  • En 1825 167 millones libras esterlinas

De este modo, se hallaban preparados todos los elementos de la crisis. Tugan-Baranowski formula ahora esta pregunta: «¿De dónde han sacado los Estados sudamericanos los recursos para comprar en 1825 doble cantidad de mercancías que en 1821?» Estos recursos se lo suministraron los ingleses mismos. Los empréstitos contratados en la Bolsa de Londres sirvieron para pagar las mercancías importadas. Los fabricantes ingleses se engañaron con la demanda creada por ellos mismos, y hubieron de convencerse pronto, por propia experiencia, de lo infundadas que habían sido sus esperanzas exageradas (…)

En realidad, el proceso de la crisis del año 1825 ha continuado siendo típico para los períodos de florecimiento y expansión del capital hasta el día de hoy, y la «extraña» relación constituye una de las bases más importantes de la acumulación del capital. Particularmente, en la historia del capital inglés, la relación se repite regularmente antes de todas las crisis, como demuestra Tugan-Baranowski con las siguientes cifras y hechos. La causa inmediata de la crisis de 1836 fue la saturación de mercancías inglesas en los mercados de los Estados Unidos. Pero también, aquí, estas mercancías se pagaron con dinero inglés.

Rosa Luxemburgo. La acumulación de capital, 1913.

Conforme la expansión global del capitalismo continúe y los británicos encuentren cada vez más competencia por los mercados extra-capitalistas, no ya solo dentro de Europa sino, cada vez más, fuera, lo que originalmente se presentaba como un fenómeno puntual, un síntoma de crisis, se va a convertir en un estadio general, en una cierta forma de vida del capitalismo.

El imperialismo es la expresión política del proceso de la acumulación del capital en su lucha para conquistar los medios no capitalistas que no se hallen todavía agotados. Geográficamente, estos medios abarcan, todavía hoy, los más amplios territorios de la Tierra. Pero comparados con la potente masa del capital ya acumulado en los viejos países capitalistas, que pugna por encontrar mercados para su plusproducto, y posibilidades de capitalización para su plusvalía; comparados con la rapidez con la que hoy se transforman en capitalistas territorios pertenecientes a culturas precapitalistas, o en otros términos: comparados con el grado elevado de las fuerzas productivas del capital, el campo parece todavía pequeño para la expansión de éste. Esto determina el juego internacional del capital en el escenario del mundo. Dado el gran desarrollo y la concurrencia cada vez más violenta de los países capitalistas para conquistar territorios no capitalistas, el imperialismo aumenta su agresividad contra el mundo no capitalista, agudizando las contradicciones entre los países capitalistas en lucha. Pero cuanto más violenta y enérgicamente procure el capitalismo el hundimiento total de las civilizaciones no capitalistas, tanto más rápidamente irá minando el terreno a la acumulación del capital. El imperialismo es tanto un método histórico para prolongar la existencia del capital, como un medio seguro para poner objetivamente un término a su existencia. Con eso no se ha dicho que este término haya de ser alegremente alcanzado. Ya la tendencia de la evolución capitalista hacia él se manifiesta con vientos de catástrofe.

La esperanza en un desarrollo pacífico de la acumulación del capital, en el «comercio e industria que sólo con la paz prosperan»; toda la ideología oficiosa de Manchester de la armonía de intereses entre las naciones del mundo (el otro aspecto de la armonía de intereses entre capital y trabajo) procede del período optimista de la economía política clásica, y pareció encontrar una confirmación práctica en la breve era de librecambio de Europa, durante los años 60 y 70. Contribuyó a extender el falso dogma de la escuela librecambista inglesa, conforme al cual el cambio de mercancías es la única base y condición de la acumulación del capital, que identifica a ésta con la economía de mercancías.

Rosa Luxemburgo. La acumulación de capital, 1913.

El debate teórico, que como veremos, está pasando ya del enfrentamiento con los académicos burgueses a debate interno en la socialdemocracia de la época, no es en absoluto bizantino. Si la causa última de las crisis está en la raíz misma del plusvalor, si son necesarios mercados extracapitalistas para la reproducción ampliada del capital, entonces existe un límite al carácter progresivo del capitalismo, el famoso momento en el que «de formas de desarrollo de las fuerzas productivas que eran, estas relaciones [capitalistas de producción] se convierten en trabas de estas fuerzas» de un modo no puntual sino permanente. Es decir, las famosas «condiciones objetivas» de la revolución comunista. Por el contrario, si el ciclo de la acumulación puede seguir desarrollando las fuerzas productivas indefinidamente, si la crisis es un problema puntual o incluso de gestión, el camino se ve expedito al reformismo.

Así, pues, la solución del problema en torno al cual gira la controversia en la economía política desde hace casi más de un siglo, se halla entre los dos extremos: entre el escepticismo pequeñoburgués de Sismondi, Von Kirchmann, Woronzof, Nicolai-on, que consideraban imposible la acumulación, y el simple optimismo de Ricardo-Say-Tugan Baranowski, para los cuales el capitalismo puede fecundarse a sí mismo ilimitadamente, y (en consecuencia lógica) – tiene una duración eterna. En el sentido de la doctrina marxista, la solución se halla en esta contradicción dialéctica: la acumulación capitalista necesita, para su desarrollo, un medio ambiente de formaciones sociales no capitalistas; va avanzando en constante cambio de materias con ellas, y sólo puede subsistir mientras dispone de este medio ambiente.

Rosa Luxemburgo. La acumulación de capital, 1913.

Pero no es solo el reformismo bersteiniano, que ha abierto las puertas de la socialdemocracia alemana a los académicos de moda, el que negará el imperialismo. A partir de 1910 hay una división clara entre el «centro» representado por Kautsky y la izquierda liderada por Luxemburgo. En principio el debate -ya llegaremos a él- se centra en la aparición de la «huelga de masas» (como en la revolución de 1905 en Rusia). A Luxemburgo le resulta obvio que la aparición de nuevas formas de lucha corresponde a una nueva etapa en la vida del capitalismo, el imperialismo; Kautsky, para defender el parlamentarismo argumentará que el imperialismo es tan solo una política gubernamental, no un imperativo económico y que era posible «convencer» a los partidos burgueses para revertirla. Rosa Luxemburgo replica no solo mostrando la necesidad del imperialismo para el capital a partir de un cierto grado de desarrollo sino mostrando como este produce militarismo, inaugurando una era de intervencionismo estatal… que es también y necesariamente una era de «empréstitos estatales» (deuda pública) y sobre-acumulación dirigida o cuando menos, articulada desde el estado.

Prácticamente, el militarismo, sobre la base de los impuestos indirectos, actúa en ambos sentidos: asegura, a costa de las condiciones normales de vida de la clase trabajadora, tanto el sostenimiento del órgano de la dominación capitalista (el ejército permanente) como la creación de un magnífico campo de acumulación para el capital (…)

[Además] El moderno sistema de impuestos es, en gran medida, lo que ha obligado a los campesinos a producir mercancías. La presión del impuesto obliga al campesino a transformar en mercancías una parte cada vez mayor de su producto, pero al mismo tiempo le convierte, cada vez más, en comprador; lanza a la circulación el producto de la economía campesina y transforma al campesino en comprador forzado de productos capitalistas. Por otra parte, incluso bajo el supuesto de una producción agrícola de mercancías, el sistema tributario hace que la economía campesina despliegue un mayor poder de compra del que desplegaría en otro caso. Lo que de otro modo se acumularía, como ahorro de los campesinos y de la clase media modesta, para aumentar en cajas de ahorros y bancos el capital disponible, se encuentra ahora, por obra del impuesto, en poder del Estado como una demanda y una posibilidad de inversión para el capital. Además, en vez de un gran número de pedidos de mercancías diseminadas y separadas en el tiempo, que en buena parte serían satisfechos por la simple producción de mercancías y, por tanto, no influirían en la acumulación del capital, surge aquí un solo y voluminoso pedido del Estado. (…) Merced a ello, este campo específico de la acumulación del capital parece tener, al principio, una capacidad ilimitada de extensión. Mientras cualquiera otra ampliación del mercado y de la base de operación del capital depende, en gran parte, de elementos históricos, sociales, políticos, que se hallan fuera de la influencia del capital, la producción para el militarismo constituye una esfera cuya ampliación sucesiva parece hallarse ligada a la producción del capital.

Cuanto más enérgicamente emplee el capital al militarismo para asimilarse los medios de producción y trabajadores de países y sociedades no capitalistas, por la política internacional y colonial, tanto más enérgicamente trabajará el militarismo en el interior de los países capitalistas para ir privando, sucesivamente, de su poder de compra a las clases no capitalistas de estos países, es decir, a los sostenedores de la producción simple de mercancías, así como a la clase obrera, para rebajar el nivel de vida de la última y aumentar en grandes proporciones, a costa de ambos, la acumulación del capital. Sólo que, en ambos aspectos, al llegar a una cierta altura, las condiciones de la acumulación se transforman para el capital en condiciones de su ruina.

Cuanto más violentamente lleve a cabo el militarismo, tanto en el exterior como en el interior, el exterminio de capas no capitalistas, y cuanto más empeore las condiciones de vida de las capas trabajadoras, la historia diaria de la acumulación del capital en el escenario del mundo se irá transformando más y más en una cadena continuada de catástrofes y convulsiones políticas y sociales que, junto con las catástrofes económicas periódicas en forma de crisis, harán necesaria la rebelión de la clase obrera internacional contra la dominación capitalista, incluso antes de que haya tropezado económicamente con la barrera natural que se ha puesto ella misma.

Rosa Luxemburgo. La acumulación de capital, 1913.

Pero en 1913 el ciclo bélico, la forma reaccionaria, decadente del capitalismo imperialista, aun no es una evidencia. Rosa Luxemburgo se da cuenta de que en realidad, el imperialismo está llevando a su límite la época progresiva del imperialismo pero todavía no ha cruzado el Rubicón definitivamente. Se da cuenta de que el imperialismo -no uno concreto, sino en tanto que estadio de desarrollo del capital- «dificulta y hace más lento [el] curso victorioso» de las grandes revoluciones burguesas de esa década -la rusa de 1905, la turca de 1909 y la china de 1912. Como todo marxista, entiende que la llamada «liberación nacional» no es otra cosa que la «emancipación capitalista» y que no consiste en otra cosa que:

Hacer saltar las formas de estado procedentes de las épocas de la economía natural y la economía simple de mercancías, y crear un aparato estatal apropiado a los fines de la producción capitalista.

Rosa Luxemburgo. La acumulación de capital, 1913.

A lo largo de todo el libro Luxemburgo muestra algo especialmente importante: el imperialismo no es un estadio en el desarrollo del capitalismo nacional, sino un estadio del capitalismo como sistema.

No habría por tanto naciones imperialistas y naciones no imperialistas pues el imperialismo no es más que la consecuencia de la dificultad para encontrar mercados suficientes para realizar el plusvalor. Si bien en los años diez China, Rusia y Turquía tienen todavía mercados campesinos lo suficientemente grandes como para dar respiro a un desarrollo capitalista independiente, una vez en el poder la burguesía nacional:

  1. Va a tener que disputarlos a las propias burguesías extranjeras que le hicieron nacer
  2. Va a convertirse ella misma, irremediablemente en imperialista… y en breve plazo, en la medida que la unión de «empréstitos exteriores, concesión de ferrocarriles, revoluciones y guerra» incorporen al ciclo de reproducción a los restos pre-capitalistas. De modo que nos deja ver estados que serán al tiempo imperialistas y mantendrán «todo género de elementos precapitalistas anticuados». ¿Y no es acaso eso lo que luego se llamó «tercer mundo»?

La conclusión principal de todo el trabajo de Rosa Luxemburgo es que hay un límite objetivo al carácter progresivo del capitalismo. Según la concepción materialista de la historia, las relaciones sociales capitalistas, como las propias de los sistemas que le precedieron, habían de llegar a un nivel de desarrollo en el que:

De formas de desarrollo de las fuerzas productivas que eran, estas relaciones se convierten en trabas de estas fuerzas. Entonces se abre una era de revolución social.

Carlos Marx. Prefacio a «Contribución a la Crítica de la Economía Política», enero de 1859.

Es decir, el imperialismo es el prólogo del conflicto entre capitalismo y comunismo, entre burguesía y proletariado, en su forma más radical y clara. Luxemburgo cierra su libro adelantando que, en ese momento, el antagonismo no dejará otra opción progresista, en todos lados, que la revolución proletaria.

El capitalismo es la primera forma económica con capacidad de desarrollo mundial. Una forma que tiende a extenderse por todo el ámbito de la Tierra y a eliminar a todas las otras formas económicas; que no tolera la coexistencia de ninguna otra. Pero es también la primera que no puede existir sola, sin otras formas económicas de qué alimentarse, y que al mismo tiempo que tiene la tendencia a convertirse en forma única, fracasa por la incapacidad interna de su desarrollo. Es una contradicción histórica viva en sí misma.Su movimiento de acumulación es la expresión, la solución constante y, al mismo tiempo, la graduación de la contradicción. A una cierta altura de la evolución, esta contradicción sólo podrá resolverse por la aplicación de los principios del socialismo; de aquella forma económica que es, al mismo tiempo, por naturaleza, una forma mundial y un sistema armónico, porque no se encaminará a la acumulación, sino a la satisfacción de las necesidades vitales de la humanidad trabajadora misma y a la expansión de todas las fuerzas productivas del planeta.

Rosa Luxemburgo. La acumulación de capital, 1913.

Pero ¿cuál sería ese límite material? ¿En qué momento el imperialismo pasaría la línea roja? La respuesta la dará el propio capitalismo poco más de un año después de publicarse el libro de Rosa Luxemburgo: el paso al conflicto imperialista generalizado. ¿Qué signo más claro puede llegar a haber de que el capitalismo como un todo no puede expandirse y acompañar al crecimiento de las fuerzas productivas sin consecuencias cataclísmicas?

Federico Engels dijo una vez: «La sociedad capitalista se halla ante un dilema: avance al socialismo o regresión a la barbarie». ¿Qué significa «regresión a la barbarie» en la etapa actual de la civilización europea? Hemos leído y citado estas palabras con ligereza, sin poder concebir su terrible significado. En este momento basta mirar a nuestro alrededor para comprender qué significa la regresión a la barbarie en la sociedad capitalista. Esta guerra mundial es una regresión a la barbarie. El triunfo del imperialismo conduce a la destrucción de la cultura, esporádicamente si se trata de una guerra moderna, para siempre si el periodo de guerras mundiales que se acaba de iniciar puede seguir su maldito curso hasta las últimas consecuencias. Así nos encontramos, hoy tal como lo profetizó Engels hace una generación, ante la terrible opción: o triunfa el imperialismo y provoca la destrucción de toda cultura y, como en la antigua Roma, la despoblación, desolación, degeneración, un inmenso cementerio; o triunfa el socialismo, es decir, la lucha consciente del proletariado internacional contra el imperialismo, sus métodos, sus guerras. Tal es el dilema de la historia universal, su alternativa de hierro, su balanza temblando en el punto de equilibrio, aguardando la decisión del proletariado. De ella depende el futuro de la cultura y la humanidad. En esta guerra ha triunfado el imperialismo. Su espada brutal y asesina ha precipitado la balanza, con sobrecogedora brutalidad, a las profundidades del abismo de la vergüenza y la miseria. Si el proletariado aprende a partir de esta guerra y en esta guerra a esforzarse, a sacudir el yugo de las clases dominantes, a convertirse en dueño de su destino, la vergüenza y la miseria no habrán sido en vano.

Rosa Luxemburgo. La crisis de la socialdemocracia alemana, 1915.

Este tipo de planteamiento, por lo demás confirmado después y hasta hoy por dos guerras mundiales, la amenaza de la guerra nuclear, la crisis perenne y más, hizo que incluso en 1913, a un año de la guerra mundial, Rosa Luxemburgo fuera tachada de catastrofista. Pero la posición de Rosa Luxemburgo no lo era en absoluto. Catastrofismo significa dejar en manos de una presunta catástrofe inevitable la transformación del mundo. Nada más lejos ni más opuesto al «socialismo o barbarie».

De hecho, la revolución paró la primera guerra mundial, pero su derrota, su incapacidad para poner fin al capitalismo en la fase de imperialismo decadente que le siguió, se tornó catastrófica para la especie humana en su conjunto. Porque catastrófico es que el ciclo largo del capital se convierta en un ciclo guerra – crisis -reconstrucción- nueva crisis – nueva guerra.

Es interesante considerar cómo una solución «conservadora», es decir, que prolongue los tiempos del ciclo capitalista, consiste en la destrucción del capital constante producido, es decir, instalaciones y recursos, y en la reducción de países ya ricos, avanzados en el sentido industrial, a países verdaderamente devastados, destruyendo sus instalaciones (fábricas, ferrocarriles, barcos, maquinaria, construcciones de todo tipo, etc.). De este modo la reconstitución de esa enorme masa de capital muerto permite una ulterior carrera alocada en la inversión de capital variable, es decir, de trabajo humano viviente y explotado.

Las guerras llevan a la práctica esta eliminación de instalaciones, recursos y mercancías, mientas que la destrucción de brazos obreros no sobrepasa a su producción, debido al incremento del prolífico animal-hombre.

Se entra después en la civilizadísima reconstrucción (el mayor negocio del siglo para los burgueses: un aspecto todavía más criminal de la barbarie capitalista que la propia destrucción bélica) basada en la insaciable creación de nueva plusvalía.

Amadeo Bordiga. Elementos de economía marxista, 1929.

El imperialismo será el primer síntoma de que la decadencia capitalista está a la vuelta de la esquina. Y la esquina será la primera guerra imperialista mundial.

De los ciclos de acumulación en los que las crisis eran precedidas por desarrollos de las fuerzas productivas y precedían en poco a una nueva expansión del mercado mundial, se pasa al verdadero ciclo de la barbarie que describe Bordiga: crisis - guerra - reconstrucción - nueva crisis.

La posibilidad de que aparezcan formas del capitalismo -entre ellas las independencias nacionales progresivas-, se ha agotado definitivamente. Ya no hay ni son posibles para Rosa Luxemburgo «revoluciones nacionales anti-imperialistas», «guerras defensivas» o verdaderas «independencias nacionales»: todos los estados burgueses -jóvenes, viejos o recién nacidos- son imperialistas y se ven definidos, guiados por el imperialismo del mismo modo que «las leyes de la competencia económica determinan imperiosamente las condiciones de producción del empresario aislado»:

La política imperialista no es la obra de un Estado cualquiera o de varios Estados, sino que es el producto de un determinado grado de maduración en el desarrollo mundial del capital, un fenómeno internacional por naturaleza, un todo indivisible que sólo se puede reconocer en todas sus relaciones cambiantes y del cual ningún Estado puede sustraerse.

Sólo desde este punto de vista puede valorarse correctamente la cuestión de la «defensa nacional» en la guerra actual. El Estado nacional, la unidad nacional y la independencia; tales eran el escudo ideológico bajo el que se constituían los grandes Estados burgueses en la Europa central del siglo pasado. El capitalismo no es compatible con la dispersión estatal, con la desmembración económica y política; necesita para su desarrollo un territorio lo más extenso y unido posible y una cultura espiritual, sin los cuales no pueden elevarse las necesidades de la sociedad al nivel exigido por la producción mercantil capitalista ni puede hacer funcionar el mecanismo del moderno poder de clase burgués. Antes de que el capitalismo pudiese convertirse en una economía mundial que abarcara a toda la Tierra, trató de crearse un territorio unido en los límites nacionales de un Estado. Ese programa —ya que sólo podía llevarse a cabo por vía revolucionaria sobre el tablero de ajedrez político y nacional que nos dejó el Medioevo feudal— sólo fue realizado en Francia durante la gran revolución. En el resto de Europa se quedó a medias, y, como la revolución burguesa en general, se detuvo a mitad del camino. El Reich alemán y la Italia actual, la continuidad hasta hoy de Austria-Hungría y de Turquía, del Imperio ruso y del Imperio mundial británico, son vivas pruebas al respecto. El programa nacional sólo ha desempeñado un papel histórico como expresión ideológica de la burguesía en ascenso y que buscaba el poder en el Estado, hasta que la dominación de clase de la burguesía quedó, mal que bien, instalada en los grandes Estados de la Europa central y creó los instrumentos y las condiciones indispensables para desarrollar su política.

Desde entonces el imperialismo ha enterrado completamente el viejo programa democrático burgués; la expansión más allá de las fronteras nacionales (cualesquiera que fuesen las condiciones nacionales de los países anexionados) se convirtió en la plataforma de la burguesía de todos los países. Si el término «nacional» permaneció, su contenido real y su función se han convertido en su contrario; actúa sólo como mísera tapadera de las aspiraciones imperialistas y como grito de batalla de sus rivalidades, como único y último medio ideológico para lograr la adhesión de las masas populares y desempeñar su papel de carne de cañón en las guerras imperialistas.

La tendencia general de la actual política capitalista domina como ley ciega y todopoderosa los diversos Estados, como las leyes de la competencia económica determinan imperiosamente las condiciones de producción del empresario aislado.

Rosa Luxemburgo. La crisis de la socialdemocracia, 1915.

El imperialismo en Lenin

El análisis de Rosa Luxemburgo en realidad solo era discutido por los fabricantes de ideología, desde la economía universitaria a Kautsky, porque necesitaban poder refutar que el capitalismo estaba acercándose al momento en que iba a pasar a ser reaccionario en términos históricos.

Sin embargo, cuando John A. Hobson, un liberal inglés partidario de la «little Britain», escribe en 1902 su famoso «Estudio sobre el imperialismo», el primer «best seller» sobre el tema, y pone en boca de los defensores del imperialismo sus argumentos, que considera justos, dice en términos burgueses casi exactamente lo que el modelo marxista de la circulación preveía.

Necesitamos ineludiblemente mercados para nuestra creciente producción industrial, necesitamos nuevas salidas para invertir nuestros sobrante de capital (…) Nuestros rivales se estaban apropiando y anexionando territorios con la misma finalidad y, cuando se los hablan anexionado, los cerraban a nuestros productos.

Tuvieron que emplearse la diplomacia y las armas de Gran Bretaña para obligar a los propietarios de los nuevos mercados a comerciar con nosotros. La experiencia mostró que la manera mas segura de afianzar y desarrollar dichos mercados era la creación de protectorados o la anexión. El valor de dichos mercados en 1905 no debe considerarse como prueba definitiva de la eficacia de la citada política, el proceso de creación de necesidades civilizadas que Gran Bretaña pueda satisfacer es necesariamente un proceso gradual, y el coste de ese tipo de imperialismo ha de considerarse como un desembolso de capital, cuyos frutos recogerán las futuras generaciones. Los nuevos mercados puede que no fueran grandes, pero brindaban útil salida al superávit de nuestras grandes industrias textiles y metalúrgicas, y cuando se llegó a entrar en contacto con las poblaciones del interior de Asia y África, lo normal era que se produjera una rápida expansión del comercio.

Mucho mayor y mas importante es la urgencia que tiene el capital de encontrar en el extranjero negocios en los que invertir. Ademas, mientras el fabricante y el comerciante se contentan con comerciar con las naciones extranjeras el inversor tiene una decidida tendencia a procurar la anexión política de los países en los que radican sus inversiones más especulativas. Esta fuera de toda duda que los capitalistas presionan.en este sentido. Se ha acumulado un gran volumen de ahorro que no puede invertirse lucrativamente en Inglaterra y tiene que encontrar salida en otros lugares. Naturalmente, redunda en beneficio de la nacion que ese ahorro se utilice hasta donde sea posible, en tierras en las que pueda servir para abrir nuevos mercados al comercio británico y crear empleo’para la iniciativa privada.

Por costosa que sea, y por llena de peligros que este, la expansión imperial es necesaria para que nuestra nación continué existiendo y progresando. Si renunciamos a ella, dejaremos la dirección del desarrollo del mundo en manos de otras naciones, que entorpecerán nuestro comercio e incluso pondrán en peligro los suministros de alimentos y materias primas que precisamos para la supervivencia de nuestra población. El imperialismo resulta por tanto no una preferencia sino una necesidad.

John A. Hobson, «Estudio sobre el imperialismo», 1902.

Ante este discurso, que considera fundado porque, a fin de cuentas es compartido por la mayoría de los capitalistas británicos de la época, Hobson se rebela… ¡¡porque en la práctica las colonias apenas tienen poder de compra para absorber el excedente!! Pero es consciente de que se trata de un fenómeno global. Hobson, que es una mezcla de ingenuidad liberal pequeñoburguesa y confianza ciega el la «raza británica» y sus mercaderes, se da cuenta de una dimensión importantísima del imperialismo: la captura masiva de rentas del estado por el gran capital. Su denuncia del imperialismo se reduce al final al escándalo del asalto de las cuentas públicas por los grandes capitales para financiar una «inversión» que es cada vez más difícil rentabilizar porque los famosos mercados extracapitalistas se agotan o están ya controlados por otras potencias. Se da cuenta de que aunque es obvio que el militarismo y la conquista es negocio para unos cuantos a costa de los impuestos de todos, incluso la joven y democrática república americana se ve abocada a seguir una política expansionista por la presión de los grandes grupos de capital.

Esta súbita necesidad de mercados extranjeros para las manufacturas y las inversiones norteamericanas fue claramente la causa de que se adoptara el imperialismo como línea política y como practica por el partido republicano, al que pertenecían los grandes jefes de la industria y las finanzas norteamericanas, y que, a su vez, era un partido que les pertenecía a ellos. El intrépido entusiasmo del presidente Theodore Roosevelt y sus planteamientos sobre el «destino manifiesto» y la «misión civilizadora» no deben engañarnos. Fueron las Compañías Rockefeller, Pierpont Morgan y sus asociadas las que necesitaban el imperialismo y lo cargaron a hombros del gran pals norteamericano. Necesitaban el imperialismo porque deseaban utilizar los fondos públicos de su patria para encontrar inversiones lucrativas a su capital privado que, de otro modo, permanecería inactivo.

John A. Hobson, «Estudio sobre el imperialismo», 1902.

Siguiendo por esa línea, Hobson se da cuenta de que existe una relación entre concentración de capital e imperialismo. Uno alimenta al otro.

Lo importante es que esta concentración de la industria en trusts, cartels, etc. ocasiona de inmediato una limitación de la cantidad de capital que puede utilizarse de manera eficiente y una elevación del nivel de beneficios que, a su vez, dará lugar a mas ahorro y mas capitalización. Como es evidente, el trust, resultado de la competencia a muerte causada por el exceso de capital, no podra, por lo general encontrar empleo dentro de las empresas del grupo para aquella parte de los beneficios que los que han creado el trust desearían ahorrar e invertir. Puede que las innovaciones tecnológicas u otras mejoras realizadas dentro de las empresas del ramo en la producción o la distribución, absorban parte del nuevo capital; pero esta absorción esta rígidamente limitada. El gran capitalista del petroleo o del azúcar ha de buscar otras inversiones para sus ahorros. Si aplica pronto los principios de la fusion de empresas a su negocio, dedicará naturalmente el superavit de su capital a crear trusts parecidos en otras industrias, con lo que economizará todavía mas capital, y hará cada vez mas difícil para las personas corrientes que tienen ahorros el encontrar inversiones adecuadas para ellos.

John A. Hobson, «Estudio sobre el imperialismo», 1902.

Hoy recordamos a Hobson porque es el primer autor al que cita Lenin en «El imperialismo fase superior del capitalismo» (1916), casi el único texto que sigue circulando de los muchos que el marxista ruso dedicó a sus investigaciones sobre el tema. Esta falta de fuentes accesibles ha hecho común pensar que Lenin desconocía o no compartía el modelo de la acumulación. Nada menos cierto. Lenin ve perfectamente la necesidad de nuevos mercados como motor original del imperialismo, comparte la posición de la izquierda alemana en los congresos de la Internacional, forma parte del agrupamiento de los internacionalistas alrededor suyo… pero desde muy pronto apunta que el énfasis de estos en las consecuencias «hacia fuera» de la sobre-acumulación resta visibilidad a los cambios en la organización del capital «hacia dentro» en los países centrales. Esta preocupación de Lenin por no perder de vista las consecuencias «hacia dentro» del imperialismo va a verse ya en la discusión sobre el militarismo en el seno de la II Internacional.

Las premisas de principio para resolver con tino este problema fueron establecidas hace mucho con toda firmeza y no suscitan discrepancias. El militarismo moderno es resultado del capitalismo. Es, en sus dos formas, una «manifestación vital» del capitalismo: como fuerza militar utilizada por los Estados capitalistas en sus choques externos («Militarismus nach aussen», según dicen los alemanes) y como instrumento en manos de las clases dominantes para aplastar todo genero de movimientos (económicos y políticos) del proletariado («Militarismus nach innen»). Diversos congresos internacionales (el de París de 1889, el de Bruselas de 1891, el de Zurich de 1893 y, por ultimo, el de Stuttgart de 1907) dieron en sus resoluciones una expresión acabada de este punto de vista 247 . A pesar de que el Congreso de Stuttgart, en consonancia con su orden del dia (Los conflictos internacionales), dedico mas atención al aspecto del militarismo que los alemanes denominan «Militarismus nach aussen» («externo»), su resolución es la que muestra de modo mas detallado esta conexión del militarismo y el capitalismo. He aquí el pasaje correspondiente de dicha resolución:

Las guerras entre los Estados capitalistas son por lo común consecuencia de su competencia en el mercado mundial, ya que cada Estado trata no solo de asegurarse una zona de venta, sino de conquistar nuevas zonas, desempeñando en ello el papel principal el sojuzgamiento de pueblos y países ajenos. Estas guerras son originadas, ademas, por los constantes armamentos bélicos a que da lugar el militarismo, instrumento principal de la dominación de clase de la burguesía y del sometimiento político de la clase obrera.

Lenin. El militarismo belicoso y la táctica antimilitarista de la socialdemocracia, 1908

La publicación de «El capital financiero» de Hilferding en 1910, subtitulado «un estudio sobre el desarrollo reciente del capitalismo», supone un nuevo punto de arranque en la profundización del imperialismo para Lenin. Hilferding, el protegido de Kautsky, está lejos del ánimo revolucionario de Rosa Luxemburgo o Lenin. Hilferding parece ver en el capital financiero una solución capitalista a las contradicciones fundamentales del capitalismo. Su propia teoría del dinero, que relata en el primer capítulo del libro, le permite llegar a la conclusión de que la formación del capital financiero elimina las contradicciones en la producción para situarlas en la distribución, es decir en el consumo. De ese modo la solución del conflicto de clases podría ser exclusivamente política y el objetivo del socialismo simplemente redistributivo… que era lo que el reformismo y el centrismo, en su defensa de un parlamentarismo adocenado y cada vez más patriota, querían escuchar en la época.

Todavía puede plantearse la cuestión de dónde se da realmente el límite de la cartelización. Y esta pregunta tiene que contestarse diciendo que no existe ningún límite absoluto para la cartelización. Más bien existe una tendencia a la extensión continua de la cartelización. Como ya hemos visto, las industrias independientes caen, cada vez más, bajo la dependencia de las cartelizadas para, al fin, ser absorbidas por ellas. Como resultado del proceso se daría entonces un «cartel» general. Toda la producción capitalista es regulada por una instancia que determina el volumen de la producción en todas sus esferas. Entonces la estipulación de precios es puramente nominal y no significa más que la distribución del producto total entre los magnates del cartel de un lado y entre la masa de los demás miembros de la sociedad de otro. De ahí que el precio no sea el resultado de una relación objetiva, contraída por los hombres, sino un modo simplemente aritmético de la distribución de cosas por personas a las personas. El dinero no juega entonces ningún papel. Puede desaparecer por completo, pues ser trata de distribución de cosas y no de valores. Con la anarquía de la producción desaparece la apariencia objetiva, desaparece la objetividad valorativa de la mercancía, esto es, el dinero. El cartel distribuye el producto. Los elementos de producción objetivos se han vuelto a producir y se transforman en nueva producción. De la nueva producción se distribuye una parte a la clase obrera y a los intelectuales, la otra reae sobre el cartel para el empleo que guste.Es la sociedad regulada conscientemente en forma antagónica. Pero este antagonismo es antagonismo de la distribución. La distribución misma está regulada conscientemente y, con ello, se supera la necesidad del dinero. En su perfección, el capital financiero está separado del foco de donde ha nacido. La circulación del dinero se ha hecho inncesaria, la incansable circulación del dinero ha alcanzado su meta, la sociedad regulada y elperpetuum mobile de la circulación encuentra su descanso. (…)

El capital bancario se convierte cada vez más en la simple forma -forma de dinero- del capital realmente activo, esto es, del capital industrial. Al mismo tiempo, la independencia del capital comercial se elimina cada vez más, mientras que la separación del capital bancario y del productivo se elimina en el el capital financiero. Dentro del mismo capital industrial se suprimen los límites de los sectores individuales mediante la asociación progresiva de ramas de la producción antes separadas e independientes, se reduce continuamente la división social del trabajo- es decir, la división en los distintos sectores de la producción, que sólo están unidos por la acción de cambio como partes de todo el organismo social- mientras que, por otro lado, se acentúa cada vez más la división técnica del trabajo dentro de las empresas unidas.

Así se extingue en el capital financiero el carácter específico del capital. El capital aparece como poder unitario que domina soberano el proceso vital de la sociedad, como poder que nace directamente de la propiedad den los medios de producción, los tesoros naturales y todo eltrabajo pasado acumulado, y la disposición del trabajo vivo aparece como directamente nacida de las relaciones de propiedad. Al mismo tiempo, se presenta la propiedad concentrada y centralizada en manos de algunas grandes asociaciones de capital, contrapuesta directamente a la enorme masa de los desposeídos. La cuestión de las relaciones de propiedad recibe así su expresión más clara, inequívoca y agudizada, mientras que la cuestión de la organización de la economía social se soluciona cada vez mejor con el desarrollo del mismo capital financiero.

Rudolph Hilferding. El capital financiero, 1910.

¿Qué es lo que podía atraer a Lenin de un planteamiento así? Lenin destacará la idea de que el capital financiero centraliza la economía entera y al introducir la planificación prepara la estructura económica del capitalismo para su toma por el proletariado. La concentración, llegada a un punto es la expresión de una la industria está madura para su expropiación. La transformación de la competencia en monopolio, la «cara B» de la ausencia de mercados para realizar la plusvalía, sería el barómetro de la posibilidad y necesidad de la revolución en cada país.

Esta transformación de la competencia en monopolio constituye uno de los fenómenos más importantes, -por no decir el más importante- de la economía del capitalismo en los últimos tiempos. (…)

El resumen de la historia de los monopolios es el siguiente:

  1. Décadas del 60 y 70, punto culminante de desarrollo de la libre competencia. Los monopolios no constituyen más que gérmenes apenas preceptibles.
  2. Después de la crisis de 1873, largo período de desarrollo de los cárteles, los cuales sólo constituyen todavía una excepción, no son aun sólidos, aun representan un fenómeno pasajero.
  3. Auge de fines del siglo XIX y crisis de 1900 a 1903: los cárteles se convierten en una de las bases de toda la vida económica. El capitalismo se ha transformado en imperialismo

(…)La competencia se convierte en monopolio. De ahí resta un gigantesco progreso de socialización de la producción. Se socializa también, en particular, el proceso de los inventos y perfeccionamientos técnicos.

Esto no tiene nada que ver con la antigua libre competencia de patronos dispersos, que no se conocían y que producían para un mercado ignorado. La concentración ha llegado a tal punto que se puede hacer un inventario aproximado de todas las fuentes de materias primas (por ejemplo, yacimientos de minerales de hierro) de un país, y aun, como veremos, de varios países y de todo el mundo. No solo se realiza este cálculo, sino que asociaciones monopolistas gigantescas se apoderan de dichas fuentes. Se efectúa el cálculo aproximado de la capacidad del mercado, que las asociaciones mencionadas se «reparten» por contrato. Se monopoliza la mano de obra capacitada, se contratan los mejores ingenieros, y las vías y los medios de comunicación -las líneas férreas de América y las compañías navieras en Europa y América- van a parar a manos de monopolistas. El capitalismo en su fase imperialista, conduce de lleno a la socialización de la producción en sus más variados aspectos; arrastra, por decirlo así, a los capitalistas, en contra de su voluntad y su consciencia, a cierto régimen social nuevo, de transición de la absoluta libertad de competencia a la socialización completa.

Lenin. El imperialismo fase superior del capitalismo, 1916

Cuando descubre cómo las empresas sobre-escaladas privan de materias primas, trabajadores, transporte, etc. a los capitalistas independientes para obligarles a someterse a su planificación industrial vertical, es inevitable pensar que está pensando en que los propios medios creados por la burguesía servirán al proletariado en el poder para conducir a la burguesía.

Nos hallamos en presencia, no ya de la lucha competitiva entre grandes y pequeñas empresas, entre establecimientos atrasados y establecimientos adelantados en el aspecto técnico. Nos hallamos ante la estrangulación por los monopolistas de todos los que no se someten al monopolio, a su yugo, a su arbitrariedad.

Lenin. El imperialismo fase superior del capitalismo, 1916

Porque aun siguiendo el guión de Hilferding, Lenin no se hace ninguna ilusión, ni sobre que el sistema monopolista pueda conducir a otra cosa que a la explotación intensificada de la plusvalía, ni sobre que pueda o deba ser revertido, ni aun menos sobre que sea una solución a las contracciones que conducen a las crisis:

El desarrollo del capitalismo ha llegado a un punto tal que, aunque la producción mercantil sigue «reinando» como antes y es considerada base de toda la economía, en realidad se halla ya quebrantada y las ganancias principales van a parar a los «genios» de las maquinaciones financieras. Estas maquinaciones y estos chanchullos tienen su asiento en la socialización de la producción; pero el inmenso progreso de la humanidad, que ha llegado a esa socialización, beneficia… a los especuladores. Más adelante veremos cómo, «basándose en esto», la crítica pequeñoburguesa y reaccionaria del imperialismo capitalista sueña con volver atrás, a la competencia «libre», «pacífica» y «honrada». (…)

La supresión de las crisis por los cárteles es una fábula de los economistas burgueses, los cuales ponen todo su empeño en embellecer el capitalismo. Al contrario, el monopolio que se crea en varias ramas de la industria aumenta y agrava el caos propio de toda la producción capitalista en su conjunto.

Lenin. El imperialismo fase superior del capitalismo, 1916

Pero sobre todo Lenin entiende que el aparato hilferdiniano, una vez despojado de su teoría del dinero, le da las claves para un análisis concreto de la concentración del capital y sus consecuencias para el estado y las alianzas entre clases. Su primer foco estará pues en la concentración bancaria y en el nuevo papel de los banqueros, directores de economías enteras.

Los capitalistas dispersos vienen a formar un capitalista colectivo. Al llevar una cuenta corriente para varios capitalistas, el banco realiza, aparentemente, una operación puramente técnica, únicamente auxiliar. Pero cuando esta operación crece hasta alcanzar proporciones gigantescas, resulta que un puñado de monopolistas subordina las operaciones comerciales e industriales de toda la sociedad capitalistas, colocándose en condiciones -por medio de sus relaciones bancarias, de las cuentas corrientes y otras operaciones financieras- primero, de conocer con exactitud, la situación de los distintos capitalistas, después, controlarlos, ejercer influencia sobre ellos mediante la ampliación o la restricción del crédito facilitándolo o dificultándolo, finalmente decidir enteramente su destino, determinar su rentabilidad, privarles de capital o permitirles acrecentarlo rápidamente y en proporciones inmensas, etc.

Lenin. El imperialismo fase superior del capitalismo, 1916

El mundo que está describiendo y que se despliega por primera vez hace un siglo, un mundo de colusiones y participaciones está a años luz del capitalismo de libre competencia que había operado durante la era progresiva del capitalismo. Es nuestro mundo. Está tomando forma por primera vez una nueva forma de organización del capital nacional, el «capitalismo de estado».

Paralelamente se desarrolla, por decirlo así, la unión personal de los bancos con las más grandes empresas industriales y comerciales, la fusión de los unos y de las otras mediante la posesión de las acciones, mediante la entrada de los directores de los bancos en los consejos de supervisión (o directivas) de las empresas industriales y comerciales, y viceversa.(…)

La «unión personal» de los bancos y la industria se completa con la «unión personal» de unas y otras sociedades con el gobierno. «Los puestos en los consejos de supervisión -escribe Jeidels- son confiados voluntariamente a personalidades de renombre, así como a antiguos funcionarios del Estado, los cuales pueden facilitar en grado considerable (!!) las relaciones con las autoridades». (…)

Resulta, de una parte, una fusión cada día mayor, o según la acertada expresión de N.I. Bujarin, el engarce de los capitales bancario e industrial y, de otra, la transformación de los bancos en instituciones de un verdadero «carácter universal». (…)

En los medios comerciales e industriales se oyen con frecuencia lamentaciones contra el «terrorismo» de los bancos (…) En el fondo, se trata de las mismas lamentaciones del pequeño capital con respecto del yugo del grande, solo que en este caso la categoría de «pequeño» capital corresponde a ¡todo un consorcio! La vieja lucha entre el pequeño y el gran capital se reproduce en un grado de desarrollo nuevo e inconmensurablemente más elevado.(…)

Concentración de la producción; monopolios que se derivan de la misma; fusión o engarce de los bancos con la industria: tal es la historia de la aparición del capital financiero y lo que dicho concepto encierra. (…)

La gestión de los monopolios capitalistas se convierte indefectiblemente, en las condiciones generales de la producción mercantil y de la propiedad privada, en la dominación de la oligarquía financiera (…)

[Mientras] los apologistas del imperialismo y del capital financiero no ponen al descubierto sino que disimulan y embellecen el mecanismo» de la formación de las oligarquías, sus procedimientos, la cuantía de sus ingresos «lícitos e ilícitos», sus relaciones con los parlamentos etc., etc.

Lenin. El imperialismo fase superior del capitalismo, 1916

Bien construidas las repercusiones internas del imperialismo, Lenin comienza a trabajar las «externas»: cómo el imperialismo modifica la relación de cada estado capitalista con los demás. Su fórmula se hará famosa:

Lo que caracterizaba al viejo capitalismo, en el cual dominaba por completo la libre competencia, era la exportación de mercancías. Lo que caracteriza al capitalismo moderno, en el que impera el monopolio, es la exportación de capitales.

Lenin. El imperialismo fase superior del capitalismo, 1916

No nos engañemos, no está en contradicción con el modelo de la acumulación de Marx y Luxemburgo: en el capitalismo pre-imperialista, de libre mercado, cada crisis se resolvía recurriendo a nuevos mercados extracapitalistas -dentro y fuera de las fronteras nacionales- en los que realizar la plusvalía que no podía ser realizada en el mercado «interno». Conforme la escala de la producción capitalista y la plusvalía absoluta crecen, estos mercados se van agotando tanto en términos relativos como absolutos.

Pero mientras hay abundancia de mercados extracapitalistas en el mundo, cada crisis puede ser superada con relativa facilidad con un nuevo empellón a favor del «libre comercio» seguido de una marea de exportaciones hacia los nuevos mercados. La exportación de capital es parte del proceso pero, todavía prescindible. Consciente de que mantener una base de consumo en las colonias puede entrar en contradicción con la exportación de capitales productivos, Gran Bretaña prohíbe abrir fábricas de hilado en la India. Se trata de exportar paños de Mánchester, no de que la industria británica compita consigo misma. Durante un tiempo la maquinaria del capital en los países capitalistas, especialmente en Gran Bretaña, se siente relativamente cómoda con esa división y no presiona al gobierno para que le permita hacer inversiones y abrir nuevas empresas en la gigantesca colonia ultramarina.

Cuando la escasez de mercados llega a hacerse acuciante al final de cada ciclo, la exportación de capitales empieza a tomar protagonismo también. Lógico: si las empresas establecidas tienen problemas para encontrar mercado y la competencia interna crece, la tasa de ganancia cae y el riesgo inversor en ellas aumenta. Y así, cuando se abren nuevos mercados, no basta con celebrar el libre comercio, no basta con exportar y esperar el efecto en la industria nacional. Hay que llevarse parte del capital al nuevo mercado para mantener viva su reproducción. Las fábricas textiles de Bélgica, los ferrocarriles y las bodegas de Portugal y España y sobre todo las minas y transportes de Sudamérica serán los primeros destinos de la fiebre de exportación de capitales británicos. Con todo la burguesía inglesa será contraria a la expansión colonial y mantendrá su esperanza en el libre comercio. Esta política tendrá de hecho su momento álgido entre 1840 y 1860.

Sin embargo hay un problema. Cuando hablamos en el capítulo exterior de la primera gran crisis financiera británica, eco de la primera oleada de exportaciones masivas de capital en la década de 1820 hacia Sudamérica, estamos hablando de un fenómeno exclusivamente británico. No todos los estados capitalistas agotaron tan pronto sus reservas de valor no capitalistas. Y aunque es cierto que los volúmenes de capital exportado fueron suficientes para producir una crisis financiera en 1825 (y otra en 1836) Lenin no pensaba que el imperialismo, como fase capitalista global, hubiera comenzado tan pronto. Otros capitales nacionales llegarán más tarde a la exportación de capitales -Japón por ejemplo- y otros como Turquía no tendrán necesidad hasta ya bien metidos en el siglo XX.

Este es la verdadera diferencia entre las concepciones del imperialismo en Rosa Luxemburgo y Lenin: al caracterizar el imperialismo por la exportación de capitales, al pivotar su modelo sobre el resultado -la tasa de ganancia- y no en la causa -los mercados extracapitalistas- el imperialismo pasa a ser una fase en la vida de cada capital nacional primero, y solo después, una fase del capitalismo como sistema.

Se deriva del enfoque de Lenin, que existe un periodo entre el momento en que solo los grandes capitales nacionales son imperialistas y el momento en el que un capital nacional «joven» devenga a su vez imperialista. Lenin se da cuenta perfectamente de que el mapa del mundo se está «cerrando» pero no ve en ello

El rasgo característico del periodo que nos ocupa es el reparto definitivo del planeta, definitivo no en el sentido de que sea imposible repartirlo de nuevo -al contrario, nuevos repartos son posibles e inevitables-, sino en el de que la política colonial de los países capitalistas ha terminado ya la conquista de todas las tierras no ocupadas que había en nuestro planeta. Por vez primera, el mundo se encuentra ya repartido, de modo que lo que en adelante pueden efectuar se es nuevos repartos, es decir, el paso de territorios de un «propietario» a otro, y no el de un territorio sin propietario a un «dueño». (…)

Lenin. El imperialismo fase superior del capitalismo, 1916

La aceptación de la posibilidad de un desarrollo progresivo del capital nacional en los países coloniales, lleva a Lenin a hacer múltiples distinciones. Distingue entre «países imperialistas» y «países no imperialistas». Y entre estos diferencia entre países pequeños países que son protectorados de facto (Portugal), dependientes financieramente (Argentina), semicolonias y colonias. Incluso dentro de los grandes países imperialistas hace tres grupos.

Por vigorosa que haya sido durante los últimos decenios la nivelación del mundo, la igualación de las condiciones económicas y de vida de los distintos países bajo la presión de la gran industria, del cambio y del capital financiero, la diferencia sigue siendo, sin embargo, respetable, y entre los seis países mencionados encontramos, por una parte países capitalistas jóvenes, que han progresado con una rapidez extraordinaria (Norteamérica, Alemania y el Japón); por otra parte, hay países capitalistas viejos que durante los últimos años han progresado con mucha mayor lentitud que los anteriores (Francia e Inglaterra); en tercer lugar figura un país, el más atrasado desde el punto de vista económico (Rusia), en el que el imperialismo capitalista moderno se halla envuelto, por así decirlo, en una red particularmente densa de relaciones precapitalistas.

Lenin. El imperialismo fase superior del capitalismo, 1916

En en análisis de Lenin prima lo nacional porque para él el imperialismo es, ante todo, la emergencia de los monopolios. Éstos nacen como monopolios nacionales y se expanden globalmente gracias a su captura previa del estado nacional. Sus movimientos quedan registrados entonces como exportaciones de capital. Es pues un fenómeno propio de los estados capitalistas independientes con capitalismos desarrollados.

Se trataba de una línea de argumentación en la que era plausible que, que vencido el yugo colonial, las burguesías nacionales de la perifería pudieran tener un desarrollo capitalista propio, independiente de las grandes potencias y, al menos durante un tiempo, no monopolista, no brutalmente concentrado. Esto significaba que para Lenin la burguesía podía ser progresista localmente aun cuando el capitalismo como sistema global fuera reaccionario.

Por el contrario, en el análisis de Rosa Luxemburgo es el capitalismo en su conjunto el que ha dado el salto al imperialismo y lo determinante no es lo que cada capital nacional haga efectivamente -que, lleva razón Lenin, en buena medida va a depender de la correlación de fuerzas con otros estados-, sino las condiciones que globalmente le son impuestas históricamente a todas y cada una de las burguesías nacionales por el sistema de reproducción del capital en su conjunto.

En la década siguiente sin embargo, fenómenos como el nacionalismo de Kemal Ataturk en Turquía -que tendría pronto sus equivalentes afgano y persa- que construían un estado burgués conjugando la más brutal política antiproletaria y la creación de monopolios desde el estado, mostrarían a los bolcheviques, involucrados entonces en la enmarañada política asiática, que bajo las nuevas condiciones del imperialismo las nuevas naciones pasaban directamente a la fase monopolista del capitalismo nacional sin pasar por una etapa de competencia entre pequeños productores en mercados libres. Un modelo que se convertiría en norma evidente tras la descolonización que siguió a la segunda guerra mundial como demostrarían todos los «socialismos» tercermundistas: Nehru, Sukarno, Burguiba, Gadafi, Nasser, Castro, Mobutu…

Al seguir a Hilferding y centrarse en las manifestaciones del imperialismo para explicarlo, para Lenin son las partes (los monopolios nacionales) las que crean el todo (imperialismo). El problema es que al no tratar las causas últimas del imperialismo, relacionándolo directamente con la teoría marxista del valor -como hace Luxemburgo- lo que podría haber sido el cierre de una teoría marxista sobre el imperialismo se trunca, porque se le hace invisible la consecuencia dialéctica de la primera proposición: la nueva totalidad (el imperialismo) conforma a su vez las partes (burguesías y nuevos estados nacionales) de una forma nueva.

En cualquier caso, su aporte sobre el imperialismo y su funcionamiento en tanto que sistema nacional, estatal y monopolista, es impecable y en su dimensión nacional llega más lejos que el de Rosa Luxemburgo.

Conviene dar una definición del imperialismo que contenga sus cinco rasgos fundamentales, a saber:

  1. la concentración de la producción y del capital llega hasta un grado tan elevado desarrollo que crea los monopolios, los cuales desempeñan un papel decisivo en la vida económica;
  2. la fusión del capital bancario con el industrial y la creación en el terreno de este «capital financiero» de la oligarquía financiera.
  3. la exportación de capitales, a diferencia de la exportación de mercancías, adquiere una importancia particularmente grande.
  4. se forman asociaciones internacionales monopolistas de capitalistas, las cuales se reparten el mundo y
  5. ha terminado el reparto territorial del mundo entre las potencias capitalistas más importantes.

Lenin. El imperialismo fase superior del capitalismo, 1916

Y aunque su forma de ligar el imperialismo con el paso a un nuevo estadio histórico, es lógicamente mucho más débil, no deja de ser fundamentalmente cierta:

Como hemos visto, el imperialismo es, por su esencia económica, el capitalismo monopolista. Esto determina ya el lugar histórico del imperialismo., pues el monopolio, que nace única y precisamente de la libre competencia, es el tránsito del capitalismo a una estructura económica y social más elevada. (…)

Es notorio hasta qué punto el capitalismo monopolista ha exaerbado todas las contradicciones del capitalismo. Basta indicar la carestía de la vida y el yugo de los cárteles. Esta exacerbación de las contradicciones ees la fuerza motriz más potente del período histórico de transición iniciado con la victoria definitiva del capital financiero mundial.

Los monopolios, la oligarquía, la tendencia a la dominación en vez de de la tendencia a la libertad, la explotación de un número cada vez mayor de naciones pequeñas o débiles por un puñado de naciones riquísimas o muy fuertes: todo esto ha originado los rasgos distintitvos del imperialismo que obligan a calificarlo de capitalismo parasitario o en estado de descomposición.

Lenin. El imperialismo fase superior del capitalismo, 1916

El revisionismo

Tan solo dos años después de la muerte de Engels, Berstein, uno de sus albaceas literarios, publica en el «Neue Zeit», la revista teórica del SPD, una serie de artículos que luego aparecerían como libro bajo el título «Las premisas para el socialismo y las tareas de la socialdemocracia». Es la primera argumentación teórica del reformismo. Su conclusión final: «El partido debería presentarse como lo que es: un partido democrático de reformas sociales».

En un primer momento, la dirección del partido, pareció no tomarse en serio la embestida. Kautsky, director de la revista, dio el plácet a la publicación, pero tampoco se molestó en plantear una respuesta aduciendo falta de tiempo y ganas de polemizar. A fin de cuentas, Berstein era un amigo de «los años duros de las leyes antisocialistas».

Muertos Marx y Engels, la teoría había perdido centralidad y peso en la vida cotidiana del partido. La dirección real del movimiento recaía en el grupo parlamentario, que se confundía con el grupo directivo orgánico y los popes sindicales. El papel de los debates científicos se consideraba ya poco menos que como un programa cultural del partido, una actividad especializada y en el fondo inútil como unos juegos florales que, en el mejor de los casos, tenía la virtud de mantener ocupados a jóvenes impetuosos e intelectuales con aspiraciones políticas... sin afectar a las bases.

El propio secretario del partido, Auer, un viejo demagogo que ocupaba el cargo desde 1875 y a esas alturas era ya un «pope» feliz y bien asentado, mandó una famosa carta secreta a Berstein, que se haría pública décadas después, reconviniéndole al modo jesuítico y cínico de los burócratas de todos los tiempos:

Mi querido Edu, uno no toma formalmente la decisión de hacer las cosas que tú sugieres, uno no dice esas cosas, simplemente las hace.

Ignacio Auer. Carta privada a Eduardo Bernstein, 1898

Así que el reproche silencioso de la vieja cúpula socialdemócrata a Bernstein no se producía por «revisar», como pretendía su libro, el programa marxista, sino por dar forma teórica a la realidad del oportunismo que lo había carcomido y cuyo centro estaba en el grupo parlamentario y la dirección sindical.

El verdadero peligro para ellos estaba en un debate público sobre bases teóricas serias: no querían colocar a la masa de miembros del partido, a las famosas bases, como jueces, no fueran a poner en cuestión el confortable ambiente de conciliación de clases que reinaba de manera creciente en las instituciones del estado alemán. Ninguno entre ellos veía tampoco la necesidad de arriar la bandera revolucionaria como planteaba Bernstein. El oportunismo permitía conjugar una práctica reformista indistinguible de la de un partido pequeño burgués sin dejar de mantener encuadrada a la parte más consciente de la clase.

La primera respuesta vendría de una joven polaca, y por tanto súbdita rusa, recién refugiada y nacionalizada alemana, que entonces tenía 27 años: Rosa Luxemburgo. Fueron dos artículos, el primero publicado en septiembre de 1898 en Leipzig. Se republicarían como libro en 1900 bajo el título de «Reforma o Revolución». La introducción es en sí misma un potente acendramiento. El énfasis recae sobre la debilidad por la que sangra la herida oportunista, la separación entre «teóricos», dirigentes y base. Luxemburgo denuncia el desprecio por las bases que late bajo la aseveración de la dirección oportunista según la cual «la teoría es cosa de académicos» que no interesa realmente a los obreros.

No hay insulto más grosero o calumnia más infame contra la clase obrera que la afirmación de que las controversias teóricas son sólo una cuestión para «académicos». Ya Lassalle dijo que únicamente cuando la ciencia y los trabajadores, esos polos opuestos de la sociedad, lleguen a ser uno, destruirán entre sus potentes brazos todos los obstáculos a la cultura. Toda la fuerza del movimiento obrero moderno descansa sobre el conocimiento teórico.

Este conocimiento teórico es doblemente importante para los obreros en el caso que nos ocupa porque precisamente se trata de ellos mismos y de su influencia en el movimiento; es su cabeza a la que se pone precio en esta ocasión. La corriente oportunista en el partido, formulada teóricamente por Bernstein, no es otra cosa que un intento inconsciente de garantizar la preponderancia de los elementos pequeñoburgueses que se han unido al partido, esto es, amoldar la política y los objetivos del partido al espíritu pequeñoburgués. La cuestión de reforma o revolución, del movimiento o el objetivo último, es básicamente la cuestión del carácter pequeñoburgués o proletario del movimiento obrero.

Por este motivo, es de interés para la base proletaria del partido ocuparse, con la mayor dedicación y profundidad, de la controversia teórica actual con el oportunismo. Mientras el conocimiento teórico siga siendo el privilegio de un puñado de «académicos», el partido correrá el riesgo de extraviarse. Únicamente cuando las amplias masas trabajadoras empuñen el arma afilada y eficaz del socialismo científico habrán naufragado todas las inclinaciones pequeñoburguesas, todas las corrientes oportunistas. Entonces será cuando el movimiento se asiente sobre bases firmes. «La masa lo conseguirá».

Rosa Luxemburgo. Introducción a «Reforma o Revolución», 1899

La «revisión» bernsteiniana del marxismo, la adecuación a «nuevos tiempos» es de especial interés porque esos tiempos nuevos, tal cual los describe, no son otra cosa que el imperialismo y el desarrollo de los monopolios que lleva asociado. Solo que Bernstein, con una economía alemana todavía montada el la ola de crecimiento abierta por la guerra franco-prusiana y por una expansión imperialista que parece sin fin, es incapaz de ver que acabará en crisis hecatómbica y la primera de una serie de guerras mundiales. De hecho, muy al contrario, Bernstein es el primero en enunciar la famosa tesis del «fin de las crisis».

Según Bernstein, el desarrollo del capitalismo hace cada vez más improbable su hundimiento general, debido a que, por un lado, el sistema capitalista muestra cada vez mayor capacidad de adaptación y, por otro lado, la producción se diversifica cada día más. La capacidad de adaptación del capitalismo se manifiesta, según Bernstein, en:

  1. la desaparición de las crisis generales, gracias al desarrollo del sistema crediticio, las alianzas empresariales y el avance de los medios de transporte y comunicación;
  2. la resistencia demostrada por las clases medias, a consecuencia de la creciente diferenciación de las ramas de la producción y del ascenso de amplias capas del proletariado a las clases medias;
  3. y finalmente, la mejora de la situación económica y política del proletariado, como resultado de la lucha sindical.

La conclusión de todo esto es que la socialdemocracia ya no debe orientar su actividad cotidiana a la conquista del poder político, sino a la mejora de las condiciones de la clase obrera dentro del orden existente. La implantación del socialismo no sería consecuencia de una crisis social y política, sino de la paulatina ampliación de los controles sociales y de la gradual aplicación de los principios cooperativistas.

Rosa Luxemburgo. Reforma o Revolución, 1900

Rosa Luxemburgo muestra como, aunque todas estas aseveraciones fueran ciertas, son incompatibles con cualquier concepción del socialismo que no sea meramente idealista.

Como único fundamento del socialismo nos queda la consciencia de clase del proletariado. Pero, en este caso, ya no es el simple reflejo intelectual de las cada vez más agudas contradicciones del capitalismo y su próximo hundimiento —que será evitado por los medios de adaptación—, sino un mero ideal cuyo poder de convicción reside en la perfección que se le atribuye.

En pocas palabras, lo que aquí tenemos es una justificación del programa socialista a través de la «razón pura», es decir, una explicación idealista del socialismo, que elimina la necesidad objetiva del mismo como resultado del desarrollo material de la sociedad.

Rosa Luxemburgo. Reforma o Revolución, 1900

Pasa después a demoler la base material de las aseveraciones de Bernstein sobre la «adaptabilidad» del capitalismo. Según Bernstein, los medios más importantes que posibilitan la adaptación de la economía capitalista son «el crédito» -lo que hoy llamaríamos economía financiera-, los medios de transporte y comunicación -¿recuerdan cómo en los 90 se hablaba de cómo Internet y la globalización del transporte aéreo a bajo coste iban a abrir una época de prosperidad sin fin?- y los cárteles empresariales, a los que hoy la prensa y los economistas suelen llamar «empresas sistémicas».

Empecemos con la economía financiera:

El crédito cumple diversas funciones en la economía capitalista, siendo las más importantes la expansión de la producción y la facilitación del intercambio. Cuando la tendencia inherente a la producción capitalista a expandirse ilimitadamente choca con los límites de la propiedad privada o con las restringidas dimensiones del capital privado, el crédito aparece como el medio de superar, de modo capitalista, esos obstáculos. El crédito fusiona en uno solo muchos capitales privados (sociedades por acciones) y permite que cualquier capitalista disponga del capital de otros (crédito industrial). Como crédito comercial, acelera el intercambio de mercancías, es decir, el retorno del capital a la producción, ayudando así a todo el ciclo del proceso productivo. Es fácil comprender la influencia que estas dos funciones principales del crédito tienen sobre la formación de las crisis. Si bien es verdad que las crisis surgen de la contradicción entre la capacidad de expansión —la tendencia al aumento de la producción— y la limitada capacidad de consumo, el crédito es precisamente, a la vista de lo dicho más arriba, el medio de conseguir que esa contradicción estalle con la mayor frecuencia posible. Para empezar, incrementa desproporcionadamente la capacidad de expansión, convirtiéndose así en el motor interno que constantemente empuja a la producción a rebasar los límites del mercado. Pero el crédito es un arma de dos filos: primero, como factor del proceso productivo, origina la sobreproducción, y después, como factor del intercambio de mercancías, destruye durante las crisis las fuerzas productivas que él mismo creó. A las primeras señales de estancamiento, el crédito se contrae y abandona el intercambio precisamente cuando a éste más indispensable le sería; y allí donde todavía subsiste, resulta inútil e ineficaz. Y reduce al mínimo la capacidad de consumo del mercado.

Además de estos dos resultados principales, el crédito también influye de otras maneras en la formación de las crisis: constituye el medio técnico para hacer accesible a un capitalista los capitales ajenos y es un acicate para el empleo audaz y sin escrúpulos de la propiedad ajena, es decir, para la especulación. Como medio alevoso de intercambio mercantil, el crédito no sólo agrava las crisis, también facilita su aparición y expansión, al transformar todo el intercambio en un mecanismo extremadamente complejo y artificial que es fácilmente perturbado a la menor ocasión, dada la escasa cantidad de dinero en metálico sobre la que se sustenta.

Por tanto, lejos de ser un instrumento de eliminación o atenuación de las crisis, es un factor especialmente poderoso para la formación de las mismas. Y no puede ser de otro modo si pensamos que la función del crédito, en términos generales, es eliminar las rigideces de las relaciones capitalistas e imponer por doquier la mayor elasticidad posible, a fin de hacer a todas las fuerzas capitalistas lo más flexibles, relativas y mutuamente sensibles que se pueda. Con esto, el crédito facilita y agrava las crisis, que no son otra cosa que el choque periódico de las fuerzas contradictorias de la economía capitalista.

Esto nos lleva a otra cuestión: ¿Cómo es posible que el crédito aparezca, en general, como un «medio de adaptación» del capitalismo? Al margen de cómo se conciba, dicha «adaptación» únicamente puede consistir en la capacidad para eliminar cualquiera de las relaciones contrapuestas de la economía capitalista, es decir, para eliminar o debilitar alguna de sus contradicciones, proporcionando así campo libre, en un momento u otro, a las otrora fuerzas reprimidas. De hecho, es el crédito precisamente el que agudiza al máximo las contradicciones de la economía capitalista actual. Agudiza la contradicción entre el modo de producción y el modo de distribución, dado que intensifica al máximo la producción, pero paraliza el intercambio al menor pretexto. Agudiza la contradicción entre el modo de producción y el modo de apropiación, dado que separa la producción de la propiedad, es decir, convierte el capital que interviene en la producción en capital «social», pero al mismo tiempo transforma una parte del beneficio en un simple título de propiedad, bajo la forma de interés del capital. Agudiza la contradicción entre las relaciones de propiedad y las relaciones de producción, dado que expropia a muchos pequeños capitalistas y concentra en muy pocas manos una cantidad enorme de fuerzas productivas. Y finalmente, agudiza la contradicción entre el carácter social de la producción y la propiedad privada capitalista, en la medida en que hace necesaria la intervención del Estado en la producción.

En una palabra, el crédito reproduce las contradicciones fundamentales del capitalismo, las lleva al paroxismo y acelera su desarrollo, empujando así al mundo capitalista a su propia destrucción.

Rosa Luxemburgo. Reforma o Revolución, 1900

Sigamos con el segundo elemento: los cárteles y monopolios, las famosas «empresas sistémicas» de las que hablaron tanto los medios durante la crisis actual, que según Bernstein conseguirán contener la anarquía y evitar las crisis mediante la regulación de la producción. Aquí entramos de lleno en la esencia del imperialismo, como vimos con Lenin, pero lo hacemos en su relación con los mercados exteriores, según la teoría clásica de la acumulación que Luxemburgo desarrolló a partir de Marx, es decir desde la comprensión del capitalismo como un sistema único y global:

El objetivo económico real y el resultado de las alianzas empresariales es eliminar la competencia dentro de una determinada rama de la producción, puesto que dicha eliminación influye en la distribución de los beneficios obtenidos en el mercado, haciendo que aumente la porción correspondiente a esa rama. La alianza sólo puede elevar los porcentajes de beneficios dentro de una rama industrial a costa de las otras, por lo cual ese aumento no puede ser general. La extensión de las alianzas a todas las ramas importantes de la producción hace desaparecer su influencia.

Además, dentro de los límites de su aplicación práctica, las alianzas empresariales tienen un efecto contrario al de la eliminación de la anarquía industrial. En el mercado interior, suelen obtener un incremento de su tasa de beneficio, al hacer producir para el extranjero, con una tasa de beneficio mucho más baja, las cantidades suplementarias de capital que no pueden emplear para las necesidades internas, o sea, vendiendo las mercancías en el extranjero mucho más baratas que en el mercado doméstico. El resultado es la agudización de la competencia en el extranjero, el aumento de la anarquía en el mercado mundial, es decir, precisamente lo contrario de lo que se pretendía conseguir.

Al intensificar la lucha entre productores y consumidores, como podemos observar especialmente en Estados Unidos, los cárteles agudizan la contradicción entre el modo de producción y el modo de distribución. Agudizan asimismo la contradicción entre el modo de producción y el modo de apropiación, por cuanto enfrentan de la forma más brutal al proletariado con la omnipotencia del capital organizado y, de esta manera, agudizan la contradicción entre capital y trabajo. Agudizan, por último, la contradicción entre el carácter internacional de la economía mundial capitalista y el carácter nacional del Estado capitalista, dado que siempre van acompañados por una guerra arancelaria general, lo que agrava las diferencias entre los diversos países capitalistas. A todo esto hay que añadir el efecto directo y altamente revolucionario de los cárteles sobre la concentración de la producción, el progreso técnico, etc.

Por tanto, desde el punto de vista de sus efectos finales sobre la economía capitalista, los cárteles y los trusts no sirven como «medios de adaptación». Al contrario, aumentan la anarquía de la producción, estimulan contradicciones y aceleran la llegada de un declive general del capitalismo.

Rosa Luxemburgo. Reforma o Revolución, 1900

Topa entonces con una pregunta obvia: ¿Y entonces por qué no ha habido crisis? Su respuesta es importantísima para entender el mundo que la fase imperialista del capitalismo está construyendo entonces y se hará realidad a partir de 1914: el del fin del significado progresista del capitalismo, el mundo en el que la revolución socialista es, sencillamente, necesaria en términos históricos.

Ahora bien, si el crédito, los cárteles y demás no consiguen eliminar la anarquía de la economía capitalista, ¿por qué durante dos decenios, desde 1873, no hemos tenido ninguna gran crisis comercial? ¿No es ésta una señal de que, en contra del análisis de Marx, el modo de producción capitalista ha logrado «adaptarse», al menos en sus líneas generales, a las necesidades de la sociedad? En nuestra opinión, la actual bonanza en el mercado mundial tiene otra explicación. En general se cree que las grandes crisis comerciales globales ocurridas hasta ahora son las crisis seniles del capitalismo esquematizadas por Marx en su análisis. La periodicidad más o menos decenal del ciclo de producción parecía ser la mejor confirmación de este esquema. Esta concepción, sin embargo, descansa sobre lo que, a nuestro juicio, es un malentendido. Si se hace un análisis más exhaustivo de las causas que han provocado las grandes crisis internacionales acontecidas hasta el momento, se podrá advertir que, en conjunto, no son la expresión del envejecimiento de la economía capitalista, sino todo lo contrario, son el producto de su crecimiento infantil.(…)

Si analizamos la situación actual de la economía, tendremos que reconocer que todavía no hemos llegado a la etapa de la madurez completa del capitalismo que se presupone en el esquema marxista de la periodicidad de las crisis. El mercado mundial aún se está creando: Alemania y Austria sólo entraron en la fase de la auténtica gran producción industrial a partir de 1870, Rusia ha ingresado a partir de 1880, Francia continúa siendo en gran parte un país de producción artesanal, los países balcánicos aún no han roto en gran medida las cadenas de la economía natural y América, Australia y África tan sólo a partir de 1880 han entrado en un régimen de intercambio comercial vivo y regular con Europa. Si bien es cierto, por un lado, que ya hemos superado las crisis, por así decirlo, juveniles producidas hasta 1870 a consecuencia del desarrollo brusco y repentino de nuevas ramas de la economía capitalista, también lo es que, por otro lado, aún no hemos alcanzado el grado de formación y agotamiento del mercado mundial que puede producir un choque fatal y periódico de las fuerzas productivas contra los límites del mercado, es decir, que puede producir las verdaderas crisis seniles del capitalismo. Nos encontramos en una fase en que las crisis ya no son el producto del ascenso del capitalismo, pero todavía tampoco son el producto de su decadencia. Este período de transición se caracteriza por el ritmo débil y lento de la vida económica desde hace casi veinte años, en el que cortos períodos de crecimiento se alternan con largos períodos de depresión.

Pero de los mismos fenómenos que han ocasionado la ausencia temporal de crisis se deriva que nos acercamos inevitablemente al comienzo del final, al período de las crisis últimas del capitalismo. Una vez que el mercado mundial haya alcanzado, en líneas generales, un alto grado de desarrollo y que ya no pueda crecer por medio de ningún aumento brusco, al tiempo que crece sin parar la productividad del trabajo, se inicia un conflicto más o menos largo entre las fuerzas productivas y las barreras del intercambio, que, al repetirse, será cada vez más violento y tormentoso. Y si algo resulta especialmente adecuado para acercarnos a ese período, para establecer con rapidez el mercado mundial y agotarlo también con igual rapidez, ello es precisamente esos mismos fenómenos, el crédito y los cárteles, sobre los que Bernstein construye su teoría de los «medios de adaptación» del capitalismo.

Rosa Luxemburgo. Reforma o Revolución, 1900

Es decir, en 1899 Rosa Luxemburgo ve ya claramente que lejos del pacífico desarrollo de los indicadores económicos, se está acercando el momento de cambio de un sistema económico progresivo a un sistema decadente, en contradicción permanente con el desarrollo de las fuerzas productivas, en el que las condiciones objetivas de la revolución estarán permanentemente al orden del día.

Y finalmente Rosa Luxemburgo remata la crítica económica de los supuestos del revisionismo desmontando la idea de que esté triunfando un proceso de reducción de las escala y desarrollo basado en PYMES. No hay «democratización del emprendimiento», no hay expansión de las capas medias y bajas de la burguesía a través de la innovación en el medio plazo. Usando de nuevo el libro III de El Capital muestra el verdadero carácter, temporal y subalterno del «emprendimiento»; siempre supeditado a una mayor centralización y concentración del capital.

Todavía hay un fenómeno que, según Bernstein, contradice la evolución del capitalismo como se ha expuesto: la «resuelta infantería» de las medianas empresas. En ellas ve Bernstein un signo de que el desarrollo de la gran industria no actúa de un modo tan revolucionario y no concentra tanto la industria como se derivaría de la teoría del hundimiento. Bernstein es aquí, de nuevo, víctima de su propia falta de comprensión. Porque es entender muy erróneamente el proceso de desarrollo de la gran industria esperar del mismo que vaya a hacer desaparecer la mediana empresa.

De acuerdo con Marx, la misión de los pequeños capitales en la marcha general del desarrollo capitalista es ser los pioneros del avance técnico, y ello en dos sentidos: introduciendo nuevos métodos de producción en ramas ya arraigadas de la producción y creando ramas nuevas todavía no explotadas por los grandes capitales. Es completamente falso creer que la historia de la mediana empresa capitalista es una línea recta hacia su gradual desaparición. Por el contrario, el curso real de su desarrollo es puramente dialéctico y se mueve constantemente entre contradicciones. Las capas medias capitalistas, al igual que la clase obrera, se encuentran bajo la influencia de dos tendencias opuestas, una que tiende a elevarla y otra que tiende a hundirla. La tendencia descendente es el continuo aumento en la escala de la producción, que periódicamente supera las dimensiones de los capitales medios, expulsándolos repetidamente de la arena de la competencia mundial. La tendencia ascendente es la desvalorización periódica de los capitales existentes, que durante cierto tiempo rebaja la escala de la producción, en proporción al valor de la cantidad mínima de capital necesaria, y además paraliza temporalmente la penetración de la producción capitalista en nuevas esferas. No hay que imaginarse la lucha entre la mediana empresa y el gran capital como una batalla periódica en la que la parte más débil ve mermar directamente el número de sus tropas cada vez más, sino, más bien, como una siega periódica de pequeñas empresas, que vuelven a surgir con rapidez solamente para ser segadas de nuevo por la guadaña de la gran industria. Ambas tendencias juegan a la pelota con las capas medias capitalistas, pero al final acaba por triunfar la tendencia descendente, a diferencia de lo que ocurre con el proletariado.

Sin embargo, este triunfo no se manifiesta necesariamente en una disminución del número absoluto de medianas empresas, sino en el progresivo aumento del capital mínimo necesario para la subsistencia de las empresas en las ramas viejas de la producción y en la constante reducción del lapso de tiempo durante el que los pequeños capitalistas se benefician de la explotación de las ramas nuevas. De todo esto se deriva, para el pequeño capitalista individual, un cada vez más corto plazo de permanencia en las nuevas industrias y un cada vez más rápido ritmo de cambio en los métodos de producción y en la naturaleza de las inversiones; y para las capas medias en su conjunto, un proceso cada vez más rápido de cambio en la posición social.

Esto último lo sabe muy bien Bernstein y procede a comentarlo. Pero lo que parece olvidar es que en eso consiste la ley misma del movimiento de la mediana empresa capitalista. Si se admite que los pequeños capitales son los pioneros del progreso técnico y si es verdad que éste es el pulso vital de la economía capitalista, entonces resulta que los pequeños capitales son parte integral del desarrollo capitalista y que únicamente podrán desaparecer cuando dicho desarrollo desaparezca. La desaparición gradual de la mediana empresa —en el sentido absoluto de la estadística matemática, que es de lo que habla Bernstein— no significaría el avance revolucionario del desarrollo capitalista, como Bernstein cree, sino su ralentización y estancamiento:

La tasa de ganancia, es decir, el crecimiento relativo de capital, es importante ante todo para los nuevos inversores de capital, que se agrupan por su cuenta. En cuanto la formación de capital recayera exclusivamente en manos de algunos grandes capitales (…) el fuego vivificador de la producción acabaría apagándose, se consumiría.

Carlos Marx. El Capital, Libro III

Rosa Luxemburgo. Reforma o Revolución, 1900

Refutados los supuestos uno a uno, Rosa Luxemburgo pasa a desmontar las ilusiones sobre «el papel creciente de los sindicatos en la producción» y la idea de una paulatina evolución hacia el socialismo de la mano del control sindical. Estamos hablando de lo que hoy se llama todavía «capitalismo bávaro» en el que los sindicatos forman parte de los consejos de administración de las empresas.

Su función más importante (…) consiste en proporcionar a los trabajadores un instrumento para realizar la ley capitalista del salario, es decir, la venta de su fuerza de trabajo a precio de mercado. Los sindicatos permiten al proletariado aprovecharse en cada momento de la coyuntura del mercado. Pero los factores de la coyuntura misma —la demanda de fuerza de trabajo (determinada por el desarrollo de la producción), la oferta de fuerza de trabajo (originada por la proletarización de las capas medias y la reproducción natural de la clase obrera) y, finalmente, el momentáneo nivel de productividad del trabajo— quedan fuera de la esfera de influencia del sindicato. Los sindicatos, por tanto, no pueden abolir la ley capitalista del salario. En las circunstancias más favorables pueden reducir la explotación capitalista hasta los límites «normales» de un momento dado, pero no pueden eliminarla, ni siquiera gradualmente.(…)

Por «regulación de la producción» sólo cabe entender dos cosas: la intervención en el aspecto técnico del proceso productivo o la determinación del volumen mismo de la producción. ¿De qué tipo puede ser la influencia de los sindicatos en estos dos casos? Es claro que, por lo que respecta a la técnica de la producción, el interés de los capitalistas coincide, en cierta medida, con el progreso y el desarrollo de la economía capitalista. Su propio interés lleva al capitalista a mejorar sus técnicas. Pero el trabajador individual afectado se encuentra en una posición opuesta. Cada transformación técnica entra en conflicto con sus intereses, ya que empeora su situación inmediata porque deprecia el valor de su fuerza de trabajo y hace el propio trabajo más intensivo, más monótono y más penoso. Si el sindicato puede intervenir en el aspecto técnico de la producción, evidentemente tiene que hacerlo en defensa de los grupos de trabajadores afectados directamente, es decir, oponiéndose a las innovaciones. En este caso, pues, el sindicato no actúa en interés de la totalidad de la clase obrera y de su emancipación —que coincide, más bien, con el progreso técnico, esto es, con el interés del capitalista aislado—, sino que actúa en un sentido reaccionario. (…)

¿A qué equivale la participación activa del sindicato en la determinación del volumen y los precios de la producción? A la formación de un cártel de trabajadores y empresarios contra los consumidores y contra los empresarios de la competencia, utilizando además medidas coercitivas que nada tienen que envidiar a las de los cárteles empresariales. Esto ya no es una lucha entre el capital y el trabajo, sino una alianza solidaria de ambos contra los consumidores. En cuanto a su valor social, es una aspiración reaccionaria que no puede ser una etapa de la lucha del proletariado por su emancipación porque representa justamente lo contrario a la lucha de clases. En cuanto a su valor práctico, es una utopía que nunca podrá extenderse a las grandes ramas industriales que produzcan para el mercado mundial, como se puede apreciar con una pequeña reflexión.

Por tanto, el campo de actuación de los sindicatos se limita esencialmente a la lucha por el aumento de salarios y la reducción de la jornada laboral, es decir, a regular la explotación capitalista según las condiciones del mercado. (…)

Y tampoco dentro de los límites reales de su influencia camina el movimiento sindical hacia su expansión ilimitada, como supone la teoría de la adaptación del capital. Todo lo contrario: si examinamos los principales factores del desarrollo social, se percibe que en términos generales no nos aproximamos a una época de expansión victoriosa, sino más bien de dificultades crecientes para el movimiento sindical. Una vez la industria haya alcanzado el punto álgido de su desarrollo y el capitalismo comience su fase de declive en el mercado mundial, la lucha sindical se hará doblemente difícil. En primer lugar, la coyuntura objetiva del mercado será menos favorable para la fuerza de trabajo en la medida en que la demanda de la misma aumente a un ritmo menor que su oferta. En segundo lugar, a fin de compensar las pérdidas sufridas en el mercado mundial, los capitalistas harán un esfuerzo incluso mayor que en el presente para reducir la parte del producto que va a los trabajadores. La reducción de los salarios es uno de los medios más importantes para contener la caída de la tasa de beneficio.

Rosa Luxemburgo. Reforma o Revolución, 1900

Esta aparente alineación entre ordenación del capitalismo e interés social que confunde a los oportunistas, está condenada además a romperse conforme el desarrollo imperialista nos acerca a la entrada en la decadencia capitalista. Rosa Luxemburgo da dos ejemplos claros: las protecciones arancelarias y el militarismo.

Pero, por otro lado, el mismo desarrollo capitalista ocasiona otro cambio en la esencia del Estado. El Estado actual es, ante todo, una organización de la clase capitalista dominante, y si ejerce diversas funciones de interés general en beneficio del desarrollo social es únicamente en la medida en que dicho desarrollo coincide en general con los intereses de la clase dominante. La legislación laboral, por ejemplo, se promulga tanto en beneficio inmediato de la clase capitalista como de la sociedad en general. Pero esta armonía solamente dura hasta un cierto momento del desarrollo capitalista. Cuando éste alcanza cierto punto, los intereses de la burguesía como clase y las necesidades del progreso económico comienzan a separarse, incluso en sentido capitalista. En nuestra opinión, ya hemos entrado en esta fase, como manifiestan dos importantísimos fenómenos de la vida social contemporánea: las barreras arancelarias y el militarismo. Ambos fenómenos han cumplido una función imprescindible —y, por lo tanto, progresista y revolucionaria— en la historia del capitalismo.(…)

Los aranceles ya no sirven como medio de defensa de una producción capitalista incipiente frente a otra más madura, sino como medio de lucha de un grupo capitalista nacional contra otro. Además, los aranceles ya no son necesarios como protección de la industria a fin de crear y conquistar un mercado interior, pero en cambio son imprescindibles para la «cartelización» de la industria, es decir, para la lucha de los productores capitalistas contra los consumidores. (…)

El militarismo ha sufrido un cambio similar. Si consideramos la historia tal como fue, no como pudo ser o debería haber sido, tenemos que aceptar que la guerra constituyó un rasgo indispensable del desarrollo capitalista. Estados Unidos, Alemania, Italia, los países balcánicos, Rusia, Polonia, todos le deben a la guerra la creación de las condiciones o el impulso del desarrollo capitalista, al margen de que el resultado bélico concreto fuera la victoria o la derrota. Mientras existieron países cuya división interna o aislamiento económico era necesario suprimir, el militarismo cumplió, desde un punto de vista capitalista, un cometido revolucionario. Hoy también en esto las cosas son diferentes. El militarismo ya no puede incorporar ningún nuevo país al capitalismo. (…)

Los combatientes que hoy se enfrentan, con las armas en la mano, tanto en Europa como en otras partes del mundo ya no son, por un lado, países capitalistas y, por otro, países con economía natural, sino países empujados al conflicto precisamente por la equivalencia de su elevado desarrollo capitalista. En estas circunstancias, el estallido de un conflicto tiene un resultado fatal para el desarrollo mismo, dado que provoca una profunda conmoción y transformación de la vida económica en todos los países. Pero desde la perspectiva de la clase capitalista, las cosas se ven de otro modo. Para ella, el militarismo se ha hecho hoy imprescindible, por tres razones:

  1. como medio de lucha para defender los intereses «nacionales» frente a la competencia de otros grupos nacionales;
  2. como importante destino de la inversión tanto del capital financiero como del capital industrial; y
  3. como instrumento de dominación de clase en el interior del país sobre la clase obrera.

(…)En esta dualidad entre el desarrollo social y los intereses de la clase dominante, el Estado toma partido por estos últimos. Al igual que la burguesía, el Estado aplica una política contraria al desarrollo social, y con ello pierde cada vez más su carácter de representante del conjunto de la sociedad y se va convirtiendo progresivamente en un puro Estado de clase; o, dicho más correctamente, estas dos características se van distanciando entre sí hasta llegar a ser contradictorias dentro de la propia esencia del Estado, contradicción que se hace cada día más aguda. Por un lado, crecen las funciones de carácter general del Estado, su injerencia en la vida social, así como el «control» sobre ésta. Pero, por otro lado, su carácter de clase le obliga a concentrar más y más su actividad y sus medios coercitivos en aspectos que son de utilidad para la burguesía, como el militarismo y las políticas aduanera y colonial, pero que para la sociedad son negativos. Es más, el «control social» que el Estado ejerce va impregnándose y siendo dominado por su carácter de clase (piénsese en cómo se aplica en todos los países la legislación laboral).

La extensión de la democracia, que es vista por Bernstein como un medio de implantación gradual del socialismo, no se contradice con el cambio señalado en la naturaleza del Estado, sino que concuerda perfectamente con él.

Según Konrad Schmidt, la consecución de una mayoría parlamentaria socialdemócrata en el Reichstag conduce directamente a la «socialización gradual de la sociedad». No hay duda de que las formas democráticas de la vida política son un fenómeno que expresa claramente el proceso de conversión del Estado en sociedad y, en esta medida, son una etapa en la transformación socialista.

Pero precisamente la dualidad señalada en la naturaleza del Estado capitalista se manifiesta, del modo más crudo, en el moderno parlamentarismo. Es cierto que, formalmente, el parlamentarismo sirve para expresar los intereses de toda la sociedad dentro de la organización del Estado. Sin embargo, realmente, sólo expresa los de la sociedad capitalista, es decir, una sociedad en la que predominan los intereses capitalistas. Las instituciones, aunque democráticas en su forma, son en su contenido instrumentos de los intereses de la clase dominante. Esto se demuestra del modo más palpable en el hecho de que, en cuanto la democracia muestra una tendencia a negar su carácter de clase y a convertirse en un instrumento de los intereses reales de las masas populares, la burguesía y sus representantes en el aparato del Estado sacrifican las formas democráticas. (…)

La teoría de la implantación gradual del socialismo descansa sobre la idea de una reforma paulatina de la propiedad y del Estado capitalistas en un sentido socialista. Sin embargo, debido a los procesos objetivos de la sociedad contemporánea, ambos, propiedad y Estado, se desarrollan precisamente en direcciones opuestas. El carácter social de la producción es cada vez mayor y la intervención y control del Estado en la misma, también. Pero, al mismo tiempo, la propiedad privada va adquiriendo cada vez más la forma de una cruda explotación capitalista del trabajo ajeno y el Estado ejerce cada vez más su control guiado exclusivamente por los intereses de la clase dominante. Así pues, el Estado (la organización política del capitalismo) y las relaciones de propiedad (su organización jurídica) se convierten, a medida que el capitalismo se desarrolla, cada vez más en capitalistas, y no en socialistas, con lo que crean dos obstáculos insalvables para la teoría de la implantación gradual del socialismo.

La idea de Fourier de convertir en limonada todo el agua de los mares por medio del sistema de falansterios fue fantasiosa. La idea de Bernstein de vaciar botellas de limonada socialreformista en el mar de amarguras capitalistas, para así convertirlo en un mar de dulzuras socialistas, es más insípida que la anterior pero no menos fantasiosa. Las relaciones de producción capitalistas se aproximan cada vez más a las socialistas. Pero sus relaciones políticas y jurídicas, en cambio, levantan un muro infranqueable entre la sociedad capitalista y la socialista. Ni las reformas sociales ni la democracia debilitan dicho muro, sino que lo hacen más recio y más alto. Sólo el martillazo de la revolución, es decir, la conquista del poder político por el proletariado, podrá derribarlo.

Rosa Luxemburgo. Reforma o Revolución, 1900

El remate del trabajo es, como no podía ser de otra manera, la articulación dialéctica, contradictoria, de reforma y revolución desde el punto de vista de clase. Las reformas y las luchas salariales son necesarias en tanto que herramientas para la constitución en clase. Por eso el movimiento socialdemócrata, nombre que en la época tiene el movimiento de los trabajadores conscientes para alimentar y acelerar la constitución en clase, es siempre un proceso incompleto cuya esencia misma es apoyarse en las contradicciones del capitalismo -en vez de intentar amortigüarlas- para señalar en cada una de ellas la necesidad del comunismo, un horizonte que pasa por la toma revolucionaria del poder político.

El socialismo no surge automáticamente y bajo cualquier circunstancia de la lucha cotidiana de la clase obrera, sino que sólo puede ser consecuencia de las cada vez más agudas contradicciones de la economía capitalista y del convencimiento, por parte de la clase obrera, de la necesidad de superar tales contradicciones a través de una revolución social. Si se niega lo primero y se rechaza lo segundo, como hace el revisionismo, el movimiento obrero se ve reducido a mero sindicalismo y reformismo, lo que, por su propia dinámica, acaba en última instancia llevando al abandono del punto de vista de clase. (…)

La reforma legal y la revolución no son, por tanto, distintos métodos de progreso histórico que puedan elegirse libremente en el mostrador de la historia, como cuando se eligen salchichas calientes o frías, sino que son momentos distintos en el desarrollo de la sociedad de clases, que se condicionan y complementan entre sí y al mismo tiempo se excluyen mutuamente, como el Polo Norte y el Polo Sur o la burguesía y el proletariado. (…)

La doctrina marxista no solamente puede rebatir teóricamente el oportunismo, sino que es la única capaz de explicarlo como una manifestación histórica en el proceso de construcción del partido. El avance histórico a escala mundial del proletariado hasta su victoria no es, desde luego, «un asunto sencillo». La particularidad de este movimiento reside en que, por primera vez en la historia, las masas populares imponen su voluntad contra las clases dominantes, aunque es verdad que tienen que realizar esa voluntad más allá de la presente sociedad. Pero las masas sólo pueden forjar esa voluntad en la lucha continua contra el orden establecido, dentro por tanto del contexto de éste. La unión de las amplias masas populares con una meta que trasciende todo el orden social existente, la unión de la lucha cotidiana con la gran transformación mundial es la principal tarea del movimiento socialdemócrata, que se ve obligado a avanzar entre dos peligros: entre la renuncia al carácter de masas del partido y la renuncia al objetivo último, entre la regresión a la secta y la degeneración en un movimiento burgués reformista, entre el anarquismo y el oportunismo.

A causa de la enorme difusión del movimiento en los últimos años y de la mayor complejidad de las condiciones en que se lleva a cabo la lucha, tenía que llegar el momento en que dentro del movimiento surgieran el escepticismo acerca de la posibilidad de alcanzar los grandes objetivos últimos y las vacilaciones ideológicas. (…) El movimiento proletario todavía no es completamente socialdemócrata, ni siquiera en Alemania. Pero lo va siendo día a día, al tiempo que va superando las desviaciones extremas del anarquismo y el oportunismo, que no son más que fases del desarrollo de la socialdemocracia entendida como un proceso. (…)

El movimiento se hace socialdemócrata mientras y en la medida en que supera las desviaciones anarquistas y oportunistas que necesariamente surgen en su crecimiento. Pero superar no quiere decir dejarlo todo tranquilamente a la buena de Dios. Superar la corriente oportunista actual quiere decir precaverse frente a ella. Bernstein remata su libro con el consejo al partido de que se atreva a aparecer como lo que en realidad es: un partido reformista demócrata-socialista. A nuestro juicio, el partido, es decir, su máximo órgano, el congreso, tendría que pagar este consejo con la misma moneda, sugiriendo a Bernstein que aparezca formalmente como lo que en realidad es: un demócrata pequeñoburgués progresista.

Rosa Luxemburgo. Reforma o Revolución, 1900

Por desgracia eso fue lo que pasó. Lejos de darse paso a un debate sincero y real, la burocracia del partido cerró filas contra Bernstein como forma de no someter a discusión su propio oportunismo. El congreso del partido de 1889 en Hannover se abrió con un informe de seis horas de Bebel que convirtió los cuatro días de debates en un verdadero juicio, casi linchamiento, a Bernstein que estuvo a punto de ser expulsado. El espectáculo de hipócrita profesión pública de fe del partido se repitió luego en los sindicatos, reafirmándose sin excepción todas las organizaciones socialdemócratas alrededor de la lucha de clases y la perspectiva de la revolución.

La gran derrota teórica y pública del revisionismo de Bernstein fue la gran victoria del oportunismo de los popes del partido y los sindicatos. Como Auer, todos pensaban y reconocían en la intimidad que en realidad el partido ya era como Bernstein proponía. Pero aceptarlo frente a la masa de militantes y votantes les privaba de la poderosa imagen de ser revolucionarios contenidos solo por un ejercicio de responsabilidad histórica. En realidad todos creían la discusión fútil porque prácticamente ninguno compartía ya las predicciones marxistas. Nunca pensaron que se iban a enfrentar a una crisis hecatómbica del capitalismo, a una guerra mundial de exterminio y mucho menos aun a una revolución obrera mundial. Y sin embargo, cuando llegó el momento, cuando la guerra estalló y tuvieron que tomar bando, ninguno de ellos dudó ni por un solo instante de cerrar filas con la burguesía y su estado.

Esa debilidad dramática costó millones de vidas en toda Europa y, en menor medida, en América, Asia, Africa y hasta en Oceanía. La socialdemocracia alemana fue el epicentro del colapso de la II Internacional, tras ella siguieron todos los grandes partidos socialdemócratas.

Una nueva forma de organización militante

Las expresiones teóricas del oportunismo en la II Internacional no se limitaron en realidad al revisionismo de Bernstein. En Kautsky, Plejanov, Labriola y en general en los grandes popes teóricos de la II Internacional tendrá un reflejo, aunque siempre ambiguo y escurridizo, bajo la forma de una sobre-valoración del papel de la dirección del partido y sus élites parlamentarias en el proceso de constitución en clase.

El proletariado llega a ser la clase más numerosa y en el estado y también en el ejército, sobre el cual reposa el poder del estado. En un estado tan industrial como Alemania o Inglaterra, el proletariado tendría desde hoy la fuerza para conquistar el poder y las condiciones económicas, de le permitirían, desde luego, servirse de él para sustituir la producción capitalista por la producción social.

Pero lo que falta al proletariado es la consciencia de su fuerza. Alguna categoría de proletarios la poseen; falta al conjunto del proletariado. El partido socialista hace lo posible para inculcársela. Esto siempre por la propaganda teórica, pero no solamente por ella. Para hacer que el proletariado adquiera consciencia de su fuerza, la acción será siempre superior a cualquier teoría. Por los éxitos que consigue en la lucha contra el adversario, el partido socialista muestra más claramente al proletariado la fuerza de que él dispone y es el modo más eficaz para aumentar en él el sentimiento de esa fuerza.

Carlos Kautsky. El camino del poder, 1909.

No solo es llamativo que en 1909 Kautsky difumine la principal lección de la Comuna de París -que el estado proletario no puede ser el estado burgués con una nueva dirección- sino que nos viene a decir que el partido tiene la teoría -que elaboran sus dirigentes- y sin ella la clase no puede ser consciente de su fuerza. Pero que son, sobre todo las victorias del «políticas» del partido -los «triunfos» parlamentarios- las que cumplen esta función. Es decir coloca a la clase en una situación de dependencia respecto al partido y el parlamentarismo y al partido como un elemento externo a este proceso. Aparece nebulosamente la idea de que el partido mismo y su teoría -más allá del crecimiento numérico- no es tampoco producto y reflejo de la lucha de clases. Según no pocos autores y manuales «leninistas» ésta manifestación de oportunismo sería el origen de la teoría de la «exterioridad de la consciencia» e impregnaría el «¿Qué hacer?» de Lenin.

Pero ¿realmente Lenin creía que la consciencia de clase no es producto de la propia clase y que solo puede ser «llevada desde el exterior» es decir, desde otras clases sociales?

En 1902, el año en que escribe el «¿Qué hacer?», Rusia es el último gran país europeo que ha comenzado su industrialización. Ha sido tan tardía que ha tenido marxistas antes que concentraciones obreras. Gobierna todavía una autocracia sobre un estado feudal en el que el crecimiento de la burguesía -y con ella de proletariado- está generando contracciones cada vez más agudas que apuntan a una revolución democrática en los años siguientes (llegará en 1905).

Pero en ese momento Lenin no puede ver cómo la lucha por crear sindicatos -la famosa «lucha económica» de los «economicistas» contra quienes polemiza- puede animar a los obreros a ponerse a la cabeza del resto de clases en una lucha estrictamente política contra la autocracia.

«Todos están de acuerdo» con que es preciso desarrollar la consciencia política de la clase obrera. Pero, ¿cómo hacerlo y qué es necesario para hacerlo? La lucha económica «hace pensar» a los obreros sólo en las cuestiones concernientes a la actitud del gobierno ante la clase obrera; por eso, por más que nos esforcemos en «dar a la lucha económica misma un carácter político», jamás podremos, en los límites de esta tarea, desarrollar la consciencia política de los obreros (hasta el grado de consciencia política socialdemócrata), pues los propios límites son estrechos.

Al obrero se le puede dotar de consciencia política de clase sólo desde fuera, es decir, desde fuera de la lucha económica, desde fuera del campo de las relaciones entre obreros y patronos. La única esfera de que se pueden extraer esos conocimientos es la esfera de las relaciones de todas las clases y sectores sociales con el Estado y el gobierno, la esfera de las relaciones de todas las clases entre sí.

Lenin. ¿Qué hacer?, 1902

Lenin lleva razón. La lucha por crear sindicatos con los que defenderse de la burguesía en el marco de una autocracia feudal, no conduce de forma espontánea a los trabajadores hacia un frente común con ella y con la pequeña burguesía para impulsar la revolución democrático-burguesa.

Menos de tres años después, como veremos, la primera gran huelga de masas y la formación del primer soviet en Petrogrado, cambiará el panorama. Entonces, la lucha contra la guerra imperialista y sus consecuencias para la clase trabajadora llevarán a esta a un enfrentamiento directo con el estado zarista que acabará articulando al resto de sectores revolucionarios: estudiantes, pequeña burguesía, y partes del campesinado. La «consciencia política» a la que se refería Lenin, aparecerá como una necesidad directa de la confrontación con el estado y en ella los militantes socialdemócratas -incluidos aunque no principalmente, los bolcheviques- serán fundamentales... entre otras cosas gracias al nuevo modelo organizativo que Lenin está esbozando en 1902.

Pero en ese momento a Lenin «se le va la mano» en la polémica contra los sindicalistas que ponen todo en la «lucha económica» derivando de ella mecánicamente la constitución en clase.

Hemos dicho que los obreros no podían tener consciencia socialdemócrata. Esta sólo podía ser traída desde fuera. La historia de todos los países demuestra que la clase obrera está en condiciones de elaborar exclusivamente con sus propias fuerzas sólo una consciencia tradeunionista, es decir, la convicción de que es necesario agruparse en sindicatos, luchar contra los patronos, reclamar al gobierno la promulgación de tales o cuales leyes necesarias para los obreros, etc. En cambio, la doctrina del socialismo ha surgido de teorías filosóficas, históricas y económicas elaboradas por intelectuales, por hombres instruidos de las clases poseedoras. Por su posición social, los propios fundadores del socialismo científico moderno, Marx y Engels, pertenecían a la intelectualidad burguesa. De igual modo, la doctrina teórica de la socialdemocracia ha surgido en Rusia independiente por completo del crecimiento espontáneo del movimiento obrero, ha surgido como resultado natural e ineludible del desarrollo del pensamiento entre los intelectuales revolucionarios socialistas.

Lenin. ¿Qué hacer?, 1902

Lenin olvida que en los años cuarenta del siglo XIX los partidos proletarios, con todas sus limitaciones, habían sido las fuerzas políticas más vivas de Alemania y Francia. Fueron su capacidad organizativa, sus intensos debates sobre el comunismo y la acción política, su vida pública tanto como la clandestina, la que atrajo a Marx y Engels. Ambos se convirtieron en militantes de organizaciones de vanguardia segregadas por una clase todavía muy joven. Y como militantes, respondiendo a sus necesidades, no llevando nada «desde fuera» al estilo de un Dühring, ambos habían hecho su aporte fundamental... y habían seguido haciéndolo el resto de sus vidas.

La «cuestión rusa» además, no se entiende sin tener presente que el proletariado es la clase universal y por tanto no tiene que repetir el mismo proceso «país por país, fábrica por fábrica». No solo la teoría, sino la AIT y la Comuna de París preceden al desarrollo de una burguesía y un proletariado moderno en los países periféricos. No hay nada particular en el hecho de que buena parte del fundamento teórico de la consciencia de clase preceda al desarrollo de un destacamento local. Tampoco en que los primeros núcleos del partido en un lugar atrasado no reúnan a la vanguardia de unas luchas que no han tenido la ocasión de desarrollarse al nivel suficiente todavía. No hay en ningún caso «consciencia» viajando entre clases, sino el partido de clase haciendo de puente entre cada nuevo destacamento local y la experiencia histórica del proletariado como sujeto universal.

Lo que era peculiar a los núcleos marxistas rusos no era el origen de sus miembros, una debilidad expresión de las atrasadas condiciones locales, sino las tareas del proletariado ruso.

A diferencia de los intentos primitivos y utópicos del socialismo, el movimiento socialdemócrata no considera la cuestión de la organización como un resultado artificial de la propaganda, sino como un producto histórico de la lucha de clases al que la socialdemocracia se limita a aportar la consciencia política.

En circunstancias normales, es decir, allí donde el desarrollo del poder político de clase de la burguesía precede al movimiento socialdemócrata, el primer movimiento de fusión del proletariado viene procurado por la propia burguesía. «En esta etapa -dice el Manifiesto Comunista- si los obreros forman en masas compactas, esta acción no es todavía la consecuencia de su propia unidad sino de la unidad de la burguesía».

En Rusia ha correspondido a la socialdemocracia la tarea de sustituir un período del proceso histórico por una actividad consciente para extraer al proletariado del estado de atomización -que es la base del régimen absoluto- y dirigirlo, como clase consciente y luchadora, hasta la forma más elevada de organización. Así pues, la cuestión de la organización es especialmente difícil para la socialdemocracia rusa y no solamente porque tiene que resolverla sin la cobertura formal de la democracia burguesa, sino porque, hasta cierto punto, tiene que hacer como el buen Dios, crear una organización «de la nada», en el vacío y sin la materia prima que, en otros casos, viene preparada por la sociedad burguesa.

Rosa Luxemburgo. Problemas de organización en la socialdemocracia rusa, 1904

Por eso aunque parte del argumentario de Lenin esté equivocado, el objetivo y los medios que propone son correctos. Lenin quiere hacer un gran periódico para todo el imperio que agite recogiendo las quejas de las clases trabajadoras (campesinado, artesanos, etc.) sin importarle que no sean ni siquiera mayoritariamente obreras. Y quiere que la estructura de ese periódico sea en sí mismo el esqueleto alrededor del cual se crezca el partido del proletariado en Rusia, un partido cuya principal preocupación es convertir a los trabajadores en vanguardia de una revolución democrático-burguesa que abra paso al desarrollo capitalista en Rusia.

En nuestros días podrá convertirse en vanguardia de las fuerzas revolucionarias sólo el partido que organice campañas de denuncias de verdad ante todo el pueblo. Las palabras «todo el pueblo» encierran un gran contenido. (...)

Si debemos encargarnos de organizar denuncias verdaderamente ante todo el pueblo sobre los abusos cometidos por el gobierno, ¿en qué se manifestará entonces el carácter de clase de nuestro movimiento? ¡Pues, precisamente, en que seremos nosotros, los socialdemócratas, quienes organizaremos esas campañas de denuncias ante todo el pueblo; en que todos los problemas planteados en nuestra agitación serán esclarecidos desde un punto de vista socialdemócrata firme, sin ninguna indulgencia para las deformaciones, intencionadas o no, del marxismo; en que esta polifacética agitación política será realizada por un partido que une en un todo indivisible la ofensiva contra el gobierno en nombre del pueblo entero, la educación revolucionaria del proletariado —salvaguardando al mismo tiempo su independencia política—, la dirección de la lucha económica de la clase obrera y la utilización de sus conflictos espontáneos con sus explotadores, conflictos que ponen en pie y atraen sin cesar a nuestro campo a nuevos sectores proletarios!

Lenin. ¿Qué hacer?, 1902

El oportunismo es siempre el camino más fácil, el menos comprometido en términos históricos, el que menos esfuerzo de autoconfianza y disciplina exige a la clase y sus militantes. Por eso, Lenin identifica correctamente al «economicismo», es decir al sindicalismo local, como la tendencia oportunista del momento.

Cuando se habla de lucha contra el oportunismo, no hay que olvidar nunca un rasgo característico de todo el oportunismo contemporáneo en todos los terrenos: su carácter indefinido, difuso, inaprensible. El oportunista, por su misma naturaleza, esquiva siempre plantear los problemas de un modo preciso y definido, busca la resultante, se arrastra como una culebra entre puntos de vista que se excluyen mutuamente, esforzándose por «estar de acuerdo» con uno y otro, reduciendo sus discrepancias a pequeñas enmiendas, a dudas, a buenos deseos inocentes, etc., etc.

El camarada E. Bernstein, oportunista en cuestiones programáticas, «está de acuerdo» con el programa revolucionario del Partido, y aunque, probablemente, desearía una «reforma cardinal» del mismo, considera que esta reforma no es oportuna ni conveniente, ni tan importante como la aclaración de los «principios generales» de «crítica» (que consisten, principalmente, en aceptar sin crítica alguna los principios y los terminajos de la democracia burguesa).

El camarada von-Vollmar, oportunista en problemas de táctica, está también de acuerdo con la vieja táctica de la socialdemocracia revolucionaria y más bien se limita igualmente a declamaciones, a ligeras enmiendas e ironías, no proponiendo nunca ninguna táctica «ministerialista» determinada.

Los camaradas Mártov y Axelrod, oportunistas en problemas de organización, tampoco han dado hasta ahora tesis determinadas de principio que puedan ser «fijadas en unos estatutos», a pesar de que se les ha llamado directamente a hacerlo; también ellos desearían, indudablemente que la desearían, una «reforma cardinal» de los estatutos de nuestra organización; pero con preferencia hubieran empezado por ocuparse de «problemas generales de organización» (porque una reforma efectivamente cardinal de nuestros estatutos que, a pesar del artículo primero, tienen un carácter centralista, si se hiciera en el espíritu de la nueva Iskra, conduciría inevitablemente al autonomismo, y el camarada Mártov, claro está, no quiere reconocer ni aun ante sí mismo su tendencia en principio al autonomismo). De aquí que su posición «en principio», en cuanto al problema de organización, tenga todos los colores del arco iris: predominan inocentes y patéticas declamaciones sobre la autocracia y el burocratismo, sobre la obediencia ciega, sobre tornillos y ruedecitas, declamaciones tan inocentes, que en ellas es aún sumamente difícil distinguir lo que son efectivamente principios de lo que es en realidad cooptación.

Pero cuanto más se adentra uno en el bosque tanta más leña se encuentra: los intentos de analizar y definir exactamente el odioso «burocratismo» conducen inevitablemente al autonomismo; los intentos de «profundizar» y fundamentar, llevan indefectiblemente a justificar el atraso, llevan al seguidismo, a la fraseología girondina. Por último, como único principio efectivamente definido, y que por ello mismo se manifiesta con peculiar claridad en la práctica (la práctica precede siempre a la teoría), aparece el principio del anarquismo. Ridiculización de la disciplina – autonomismo – anarquismo: he ahí la escalera por la que ora baja ora sube nuestro oportunismo en materia de organización, saltando de peldaño en peldaño y evitando hábilmente toda formulación precisa de sus principios. Exactamente la misma gradación presenta el oportunismo en cuanto al programa y a la táctica: burla de la «ortodoxia», de la estrechez y de la inflexibilidad -«crítica» revisionista y ministerialismo – democracia burguesa.

Lenin. Un paso adelante, dos atrás, 1904

El debate sobre la organización del partido en Rusia tendrá dos niveles. Uno afirmará el centralismo frente al oportunismo materializado en la defensa de la «autonomía» de los grupos locales, nacionales o étnicos. Otro entrará en la forma de organización concreta del partido-periódico propuesto por Lenin.

En el primer nivel del debate, el objetivo de Rosa Luxemburgo era integrar el partido que había fundado en su Polonia natal -el «Partido Socialdemócrata del Reino de Polonia y Lituania»- en el Partido Obrero Socialdemócrata Ruso (POSDR). La unión nunca se produjo porque Lenin defendía un supuesto «derecho a la autodeterminación del pueblo polaco» cuyo rechazo era la seña de identidad de la vanguardia de los trabajadores en Polonia. Profundizaremos en este debate más adelante.

Desde el punto de vista organizativo sin embargo, Luxemburgo no solo coincide con Lenin sino que, con él, afirma el centralismo como frontera de clase.

En toda la socialdemocracia se da un espíritu centralista pronunciado. Por haber crecido en el suelo económico del capitalismo, que es centralista por tendencia, y por estar obligada a presentar su batalla en el marco político del gran Estado centralizado burgués, la socialdemocracia es, ya de nacimiento, una enemiga decidida de todo particularismo y todo federalismo. Como quiera que la socialdemocracia tiene que defender los intereses generales del proletariado en cuanto clase en el marco de un Estado concreto, frente a los intereses parciales y de grupo en el proletariado, manifiesta la tendencia lógica de fusionar en un solo partido unitario a todos los grupos nacionales, religiosos y profesionales de la clase obrera. (…) El centralismo socialdemócrata tiene que ser de un carácter esencialmente distinto al blanquista; no puede ser otra cosa más que la concentración impetuosa de la voluntad de la vanguardia consciente y militante de la clase obrera frente a sus grupos e individuos aislados, es, por así decirlo, el «autocentralismo» del sector dirigente del proletariado.

Rosa Luxemburgo. Problemas de organización en la socialdemocracia rusa, 1904

El partido no puede organizarse como una federación de particularismos, de «intereses parciales», de orígenes religiosos o nacionales, de grupos por sexo, situación laboral o sector industrial, en suma de «autonomías», porque no es un frente de grupos identitarios, de sujetos políticos en lucha contra distintas opresiones. El centralismo del partido consiste en afirmar la centralidad de la lucha contra el trabajo asalariado sobre las situaciones e intereses particulares.

Los comunistas sólo se distinguen de los demás partidos proletarios en que, por una parte, en las diferentes luchas nacionales de los proletarios, destacan y hacen valer los intereses comunes a todo el proletariado, independientemente de la nacionalidad; y, por otra parte, en que, en las diferentes fases de desarrollo por las que pasa la lucha entre el proletariado y la burguesía, representan siempre los intereses del movimiento en su conjunto.

Lenin llevaba en campaña desde 1903 para llevar al Bund, el partido socialista mayoritario en las concentraciones obreras judías del imperio ruso, a la integración plena en el POSDR. En aquella época, los judíos dentro del imperio ruso solo podían vivir en las zonas rurales de una región llamada «el área de confinamiento», legalmente tenían restringidos sus derechos políticos, educativos y económicos y sufrían regularmente «pogroms» azuzados por el propio aparato represivo que liberaba así tensiones sociales.

Con un antisemitismo convertido en ideología de estado, si había unas víctimas arquetípicas de la opresión zarista eran los judíos. El Bund reclamaba autonomía dentro del partido en nombre de su identidad diferenciada, basada en esa opresión específica. El partido, con Lenin -y no pocos dirigentes de origen judío- a la cabeza entendía que esa autonomía no debía pasar de la lógica autonomía de un grupo de trabajo especializado: el de lengua yidish. Para los bundistas significaba por contra una «federación» de facto. Los problemas no tardarían en surgir.

Se acusa al Comité de Ekaterinoslav de no estar suficientemente «orientado» en el problema del antisemitismo. El Comité de Ekaterinoslav habla del movimiento antisemita internacional de las últimas décadas y observa que «este movimiento se extendió de Alemania a otros países, y en todas partes encontró prosélitos precisamente entre las capas burguesas, y no entre las capas obreras de la población». «Esta es una fábula no menos dañiña» (que las fábulas sionistas), espeta, muy enfadado, el Comité del Bund en el Extranjero. El antisemitismo «ha echado raíces entre la masa obrera» y para demostrarlo el Bund, que se siente «orientado», cita dos hechos: 1) la participación de obreros en el pogrom de Czenstochowa y 2) la conducta de 12 (¡doce!) obreros cristianos de Zhitomir, que hicieron de rompehuelgas y amenazaron con «degollar a todos los judíos». ¡Esas sí son pruebas de peso, sobre todo la segunda! (…) El carácter social del antisemitismo actual no cambia porque participen en tal o cual pogrom, no ya decenas, sino incluso centenares de obreros desorganizados, nueve décimas partes de los cuales se encuentran sumidos en la más completa ignorancia.(…)

El Comité de Ekaterinoslay se subleva (y con razón) contra las fábulas de los sionistas acerca del carácter eterno del antisemitismo, en tanto que el Bund, con su airada rectificación, no hace más que embrollar el problema y sembrar entre los obreros judíos ideas que conducen a ofuscar su conciencia de clase. Desde el punto de vista de la lucha de toda la clase obrera de Rusia por la libertad política y por el socialismo, la diatriba del Bund contra el Comité de Ekaterinoslav es el colmo del absurdo. Desde el punto de vista del Bund como «partido político independiente», la diatriba se vuelve comprensible: ¡no se atrevan a organizar en ninguna parte a los obreros «judíos» junta e inseparablemente con los «cristianos»! ¡No se atrevan, en nombre del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia o de sus comités, a hablar directamente a los obreros judíos «pasando por alto» al Bund, sin su mediación y sin mencionarlo!

Y este hecho profundamente lamentable no es casual. Desde el momento que en vez de la autonomía para los asuntos que afectan al proletariado judío, reclamaban ustedes la «federación», tendrían que proclamar al Bund «partido político independiente», para poder implantar esa federación, a costa de lo que sea. Ahora bien, declarar al Bund partido político independiente significa, precisamente, llevar hasta el absurdo el error principal en el problema nacional, lo cual servirá infalible e inevitablemente de punto de partida de un viraje en las concepciones del proletariado judío y de los socialdemócratas judíos en general.

La «autonomía» de los Estatutos de 1898 asegura al movimiento obrero judío todo lo que puede necesitar: propaganda y agitación en yiddish, publicaciones y congresos, presentación de reivindicaciones particulares como desarrollo del programa socialdemócrata único común y satisfacción de las necesidades y demandas locales que dimanan de las peculiaridades del modo de vida judío. En todo lo demás es imprescindible la fusión más completa y estrecha con el proletariado ruso, es imprescindible en interés de la lucha de todo el proletariado de Rusia. Y carece de fundamento, por el fondo mismo del asunto, el temor a toda «mayorización» en caso de fusión, pues precisamente la autonomía es una garantía contra la mayorización en las cuestiones particulares del movimiento judío. Pero en las cuestiones relativas a la lucha contra la autocracia, a la lucha contra la burguesía de toda Rusia, debemos actuar como una organización de combate única y centralizada; debemos apoyarnos en todo el proletariado, sin diferencias de idioma ni de nacionalidad, cohesionado por la solución mancomunada y constante de los problemas teóricos y prácticos, tácticos y de organización, en vez de crear organizaciones que marchen aisladamente, cada una por su propio camino; en vez de debilitar las fuerzas de nuestro embate, fraccionándonos en multitud de partidos políticos independientes; en vez de introducir el aislamiento y la separación para curar después con emplastos de la cacareada «federación» la enfermedad que nos inoculamos artificialmente.

Lenin. «¿Necesita el proletariado judío un partido político independiente?», 1903

Aunque en la época no recibieran este nombre, vemos ya todos los ingredientes de los debates con el identitarismo y sus trampas. Al definir a una parte del proletariado como «judío», el resto empieza a ser definido como «gentil» (goyim) o «cristiano» e insinuarse que es «partícipe a título lucrativo» de la opresión ajena. Algo muy parecido a los discursos culpabilizadores de hoy sobre supuesto el «privilegio blanco» o el «privilegio masculino» entre los trabajadores. Lenin responde airadamente en una nota:

A «organizar la impotencia» sirve el Bund cuando emplea, por ejemplo, esta expresión: nuestros camaradas de las «organizaciones obreras cristianas». Esto es algo tan absurdo como toda la diatriba contra el Comité de Ekaterisnoslav. No conocemos ninguna organización obrera «cristiana». Las organizaciones pertenecientes al Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia nunca han hecho distinción alguna entre sus miembros según su religión, jamás les han preguntado por ésta ni lo harán jamás. ni siquiera cuando el Bund en realidad, «se constituya en partido político independiente».

Como es previsible, el argumento bundista sobre la necesidad de la autonomía dentro del partido, tenía su paralelo programático en su reclamación de «autonomía cultural» para los judíos en el imperio. Tanto para Lenin como para Rosa Luxemburgo ese identitarismo judío era pura y simplemente reaccionario, expresión de la resistencia de la pequeña burguesía aldeana del área de confinamiento a su asimilación, a su integración en las corrientes culturales generadas por el desarrollo capitalista. Si no existe una «cultura nacional» burguesa judía, no hace ninguna falta crearla. «No pueden tomarse en serio» los llamamientos de traductores y escritores nacionalistas a «desarrollar la cultura judía» apunta Rosa Luxemburgo. Si se quiere promover la cultura moderna entre los obreros judíos, la referencia ha de ser el movimiento socialdemócrata ruso que «representa en sí mismo una fase genuinamente internacional y proletaria del desarrollo cultural». Una vez más, en el marxismo, el futuro primaba y determinaba la posición política del presente: el proletariado del presente es en realidad, a través de su movimiento hacia el comunismo, el portador de la cultura anacional del conocimiento universal de mañana.

No es de extrañar pues que Rosa Luxemburgo, desconfiara de todo el desarrollo organizativo «sectorial» de la II Internacional en Alemania. Cuando su amiga y militante Clara Zetkin les invita por primera vez a un congreso de mujeres socialistas protesta bromeando: «¿Es que acaso ahora somos feministas?». Por supuesto, no había ni rastro de feminismo en lo que Luxemburgo y Zetkin harían. Las «organizaciones femeninas», igual que la organización juvenil creada por Carlos Liebcknecht, otro de los puntales de la izquierda del partido, tenían la misma función que Lenin proponía al Bund en el partido ruso: servir a la formación socialista y a la difusión del programa del partido en un entorno específico.

Años después este enfoque será llevado aun más allá por la III Internacional en su I y II Congreso. La lógica era la misma para minorías lingüísticas, jóvenes, cooperativistas y mujeres. En un documento de directrices redactado para la Internacional para clarificar sus tomas de posición por la propia Zetkin, deja bien claro que no existirán «organizaciones separadas» ni programas diferenciados, sino «órganos específicos» de la Internacional a todos los niveles -de la fábrica al Secretariado- dedicados a promover la formación, la participación y la formación de cuadros femeninos dado el «retraso histórico y la particular posición que a menudo asume debido a su actividad doméstica» la mujer trabajadora de la época.

Las mujeres miembros del partido comunista de un determinado país no deben reunirse en asociaciones particulares, sino que deben estar inscritas como miembros con igualdad de derechos y deberes en las organizaciones locales del partido, y deben ser llamadas a la colaboración en todos los órganos y en todas las instancias del partido. El partido comunista, sin embargo, adopta regulaciones particulares y crea órganos especiales que se encarguen de la agitación, organización y educación de las mujeres

Clara Zetkin. Directrices para el movimiento comunista femenino, 19207

Pero, si estaban a la espera de una revolución burguesa y lo que pretendía Lenin era precisamente constituir a los núcleos que aspiraban a ser el partido de la clase trabajadora como vanguardia de todos los oprimidos ¿no era la mejor forma de organización un «frente» de todos cuantos sufrían opresión? Rosa Luxemburgo, Lenin, Zetkin y todos los grandes marxistas del periodo revolucionario respondieron de la misma forma: «No». La posición marxista será la de luchar por el centralismo, impulsando organizaciones de clase unitarias tanto para la organización de la clase y sus luchas -de las asambleas de huelga a los soviets- como en el proceso de construcción del partido.

Pero volvamos al debate original. Rosa Luxemburgo y Lenin defendían el centralismo y se oponían a «autonomías» dentro del partido. Pero el debate no acababa ahí ni mucho menos. Las posiciones se fueron enconando hasta el IIº Congreso del partido y acabó en escisión. Por un lado, alrededor de las posiciones de Lenin los «mayoritarios» («bolcheviki» en ruso) y por otro los minoritarios («mencheviki») que incluían a las grandes figuras del partido como Plejanov -el Kautsky ruso-, a Martov, a Trotski -que abandonaría el grupo más adelante- o a Vera Zazulich autora de un famoso intercambio electoral con Marx cuando era joven.

Lenin haría el relato de la ruptura en «Un paso adelante, dos atrás» (1904). Recibiría la crítica de Rosa Luxemburgo desde las páginas de «Iskra», el hasta entonces órgano oficial que había quedado bajo dirección menchevique.

La concepción que se manifiesta en esta obra del modo más penetrante y exhaustivo es la de un centralismo sin contemplaciones. Su principio vital es, por un lado, poner claramente de manifiesto la separación entre los destacamentos organizados de revolucionarios decididos y activos y el medio que los rodea, desorganizado pero activo revolucionariamente; por otro lado, la disciplina férrea y la injerencia directa, decisiva y determinante de las autoridades centrales en todas las manifestaciones de las organizaciones locales del partido. Bastará con señalar que, según esta concepción el comité central, por ejemplo, tiene atribuciones para organizar todos los comités inferiores del partido, para determinar la composición personal de cada organización local rusa desde Ginebra a Lüttich, de Tomsk a lrkutsk, para dar a cada una un estatuto local ya redactado, disolverla por entero y crearla de nuevo por medio de una sentencia y finalmente, del mismo modo e indirectamente, capacidad de influir en la instancia superior del partido, el congreso. Según todo esto, el comité central resulta ser el núcleo realmente activo del partido, mientras que las demás organizaciones se limitan a ser instrumentos de ejecución de sus designios.(…)

El movimiento socialdemócrata es el primero en la historia de las sociedades de clase que, en cada uno de sus estadios y, en el conjunto de su desarrollo, depende de la organización y de la acción directa autónoma de las masas. Por este motivo, la socialdemocracia origina una forma de organización completamente distinta a la de los movimientos socialistas anteriores, por ejemplo, los de carácter jacobino-blanquista.

Lenin parece subestimar esta cuestión al sostener en su libro que el revolucionario socialdemócrata no es otra cosa que un «jacobino inseparablemente unido a la organización del proletariado con consciencia de clase». Lenin considera que la organización y la consciencia de clase del proletariado constituyen los escalones diferenciadores principales entre la socialdemocracia y el blanquismo, partidario de la conjura de una minoría. Olvida con ello Lenin que esto implica una valoración absolutamente distinta de los conceptos de organización, un contenido completamente nuevo para el concepto del centralismo y una concepción también absolutamente nueva de la relación mutua entre la organización y la lucha.

Rosa Luxemburgo. Problemas de organización en la socialdemocracia rusa, 1904

Rosa Luxemburgo critica que el ultra-centralismo, el centralismo vertical y autoritario que divide al partido entre una élite gobernante y una militancia ejecutora, es propio de un grupo de conspiradores y no corresponde a las necesidades de una organización que agrupa a los sectores más avanzados de la clase; no sirve para acendrar posiciones y favorece el desarrollo de tendencias conservadoras y oportunistas una vez broten en la dirección. Lleva razón.

Pero Lenin y los bolcheviques no están todavía ahí. Lo que quieren es acelerar el proceso de formación de una vanguardia en una clase atomizada. Persiguen crear ante todo llevar un único mensaje, igual y coherente, de punta a punta del imperio ruso; un mensaje igual en cada fábrica y cada capital, un guión, un armazón coherente sobre el que poder agrupar a esa vanguardia atomizada y dispersa propia de un proletariado débil. No están creando una organización política para los trabajadores más conscientes y dontándola con un medio de prensa. Están creando una organización desde la que sostener un periódico. Del periódico y sus prácticas surgirá la masa crítica que hará realidad el partido sobre unas posiciones que originalmente solo están acendradas en el núcleo dirigente.

Lo que lleva a los bolcheviques a este modelo son las «condiciones particulares rusas», pero el resultado va mucho más allá. No es casualidad que el POSDR-bolchevique fuera uno de los pocos partidos de la IIª Internacional que no se embarcaron en la carnicería imperialista de 1914. En más de un sentido el atraso ruso fue una bendición para los bolcheviques: sin una ligazón orgánica a unos sindicatos por lo demás débiles y sin grupo parlamentario ni tejido «cultural», el POSDR-b se veía libre de los terrenos en los que un inconfeso ambiente de colaboración de clases iba pudriendo al SPD alemán, la SFIO francesa y el PSI italiano. El foco doctrinario, la gimnasia cotidiana de una actividad propagandística que tenía que acendrar a los trabajadores más conscientes y al mismo tiempo agrupar alrededor suya a los sectores en proletarización, le salvaron de la pusilanimidad teórica de un PSOE. Y el papel dirigente del exilio, con Lenin a la cabeza, aportó además una perspectiva internacional de la que la mayoría de los partidos socialdemócratas europeos, ni hablar de los americanos, carecían. Además, por la debilidad numérica de la socialdemocracia rusa, el debate se dio desde el principio en un plano organizativo. A diferencia de lo que estaba pasando en Alemania, la lucha contra el oportunismo solo podía traducirse en una escisión orgánica.

De ese modo, sobre unos principios correctos aunque sostenidos a veces en argumentos errados, el POSDR-b llegará a las revoluciones rusas con una estructura independiente, un cierto desarrollo númerico y un compromiso programático real. Cuando estalle la revolución de 1917 tendrá todo para convertirse en el la espina dorsal de un verdadero partido de clase.

Las nuevas formas de la lucha de clases

1905 comienza con casi un año de guerra imperialista entre Rusia y Japón a las espaldas. Puerto Arturo, el objeto teórico de la guerra, el único «puerto de aguas cálidas» en el Pacífico ruso y por tanto la única salida de mercancías del Imperio en Asia durante los meses de invierno, cae en manos japonesas el 2 de enero. La batalla ha sido terrible y generosa en bajas tanto en el ejército imperial ruso como en el japonés.

La burguesía rusa aspiraba desde siempre a una revolución burguesa que acabara con los amplios restos de legislación feudal y diera paso a un régimen parlamentario. Tiene la esperanza de que el colapso militar de paso al colapso político y que este lleve a que el propio zarismo le entregue el poder, así que lamenta la derrota en público y la celebra en privado.

El último semestre del ministerio Pleve [primer ministro absolutista] coincidió con el comienzo de la guerra. La sedición se apaciguó o, por decir mejor, se recogió. […] Se observaba un enloquecimiento cercano a la desesperación. «¡esto no puede seguir así!» (…)

La sociedad es del todo impotente. Es inútil pensar en un movimiento revolucionario procedente del pueblo, e incluso si este movimiento se produjese estaría dirigido no contra el poder, sino contra los amos en general.

¿Cuál era, pues, la posible salvación? Estábamos ante la bancarrota financiera y el desastre militar. Hugo Hantz, que pasó en Petersburgo los tres primeros meses de la guerra, afirma que la rogativa común de liberales moderados y numerosos conservadores se formulaba así: «Gott, hilf uns, damit wir geschlagen werden» («Dios, ayúdanos, para que seamos derrotados»). Lo cual naturalmente no impedía que la sociedad liberal adoptase el tono del patriotismo oficial. (…) Fue una táctica basada siempre sobre un único principio: el acercamiento cueste lo que cueste. (…) Se organizaron, no para combatir a la autocracia, sino para servirla; no se trataba de vencer al gobierno, sino de seducirle. Se aspiraba a merecer su gratitud y su confianza, convirtiéndose en indispensable para él. Esta táctica es tan vieja como el liberalismo ruso y no ha ganado con los años ni en inteligencia, ni en dignidad. (…)

La flota de Port Arthur había sido derrotada, muerto el almirante Makarov, la guerra proseguía ahora en tierra firme (…). La posición del gobierno era más difícil que nunca, la desmoralización de los gobernantes hacía imposibles toda continuidad de ideas y toda firmeza en la política interior. Las vacilaciones, los intentos de acomodación y de apaciguamiento se hacían inevitables. La muerte de Pleve fue una ocasión favorable para modificar el curso de la política.

La «primavera» gubernamental debía ser obra del príncipe Sviatopolsk Mirski, antiguo jefe de la gendarmería.(…) El príncipe Sviatopolsk intentó conservar el justo medio: la autocracia, pero suavizada por la legalidad; la burocracia, pero apoyada sobre las fuerzas sociales. (…) El ministro, cuyas buenas intenciones no encontraban eco alguno entre la camarilla que dominaba al zar, intentó tímidamente apoyarse sobre los miembros de los zemstvos: a este objeto, tenía la intención de utilizar la conferencia que se anunciaba y que debía reunir a los representantes de las administraciones locales. (…)

Mientras que el ala derecha de la «sociedad», vinculada, por intereses materiales o por las ideas, al liberalismo censitario, se encargaba de mostrar la moderación y el carácter leal de las mociones del congreso y apelaba al sentido político del príncipe Sviatopolsk, los intelectuales radicales y principalmente los estudiantes, se unían a la campaña de noviembre con el fin de sacarla del atolladero en que estaba atascada, darle un carácter más combativo y vincularla al movimiento revolucionario de los obreros en las ciudades. Es así como se produjeron dos grandes manifestaciones en la calle: la de Petersburgo, el 28 de noviembre, y la de Moscú, los días 5 y 6 de diciembre. Estas demostraciones eran para los «hijos» radicales la conclusión directa y necesaria de las consignas lanzadas por los «padres» liberales: puesto que se había decidido reclamar un régimen constitucional, había que comprometerse en la lucha. Pero los «padres» no mostraban intención alguna de seguir las ideas políticas con tanta perseverancia. Bien al contrario, creyeron su deber mostrarse asustados: demasiada prisa, demasiada fogosidad, podrían romper la frágil tela de araña de la confianza. Los «padres» no apoyaron a los «hijos»; los abandonaron a los cosacos y a la gendarmería del príncipe liberal.

Los estudiantes no fueron apoyados tampoco por los obreros. (…) La profunda evolución que se efectuaba entonces en la consciencia de las masas no tenía lógicamente nada en común con las demostraciones apresuradas de la juventud revolucionaria. Así los estudiantes fueron, a fin de cuentas, abandonados casi exclusivamente a sus propias fuerzas.(…)

1905 se abrió con acontecimientos que establecieron un corte fatal entre el pasado y el presente. Subrayaron con un trazo sangriento la época de la «primavera», periodo en que la consciencia política del país había vivido su infancia. El príncipe Sviatopolsk, su bondad, sus planes, su confianza, sus circulares, todo fue echado atrás, todo olvidado

León Trotski. 1905: Resultados y perspectivas, 1906

El cambio súbito tendrá lugar el nueve de enero. Una manifestación de obreros, con un pope a la cabeza, se abre paso hacia el Krenlim para entregar un, aparentemente quejumbroso, rogatorio al Zar.

Soberano, nosotros, los obreros, nuestras mujeres y nuestros débiles ancianos, nuestros padres, hemos venido a ti, soberano, para pedir justicia y protección. Estamos reducidos a la miseria, somos oprimidos, abrumados con un trabajo superior a nuestras fuerzas, injuriados, no se quiere reconocer en nosotros a hombres, somos tratados como esclavos que deben sufrir su suerte y callar. Hemos esperado con paciencia, pero se nos precipita cada vez más en el abismo de la indigencia, la servidumbre y la ignorancia. El despotismo y la arbitrariedad nos aplastan, nos ahogamos. ¡Las fuerzas nos faltan, soberano! Se ha alcanzado el límite de la paciencia; para nosotros, éste es el terrible momento en que la muerte vale más que la prolongación de insoportables tormentos

Las peticiones incluyen la separación entre iglesia y estado, la jornada de ocho horas, el derecho de huelga y por supuesto la Asamblea Constituyente elegida por sufragio universal. El ejército carga contra ellos provocando una matanza. Es el «domingo sangriento», bautizo del proletariado como clase política en Rusia y fin de la «particularidad rusa» que trabajamos en el capítulo anterior.

Nuestra revolución acabó con nuestro particularismo, mostrando que la historia no había creado para nosotros leyes de excepción. (…)

La petición de los obreros oponía a la fraseología confusa de las resoluciones liberales los términos precisos de la democracia política; además, introducía el espíritu de clase al exigir el derecho de huelga y la jornada de ocho horas. Su significación política no reside empero en el texto, sino en el hecho. La petición servía de prólogo a una acción que había de unir a las masas obreras ante el fantasma de una monarquía idealizada, con el resultado de oponer inmediatamente al proletariado y la monarquía real como enemigos mortales. (…)

La marcha de los acontecimientos ha quedado en todas las memorias. Los incidentes se sucedieron, durante algunos días, con una notable moderación, persiguiendo siempre el mismo objetivo. El 3 de enero, estalló la huelga en la fábrica Putilov. El 7 de enero, el número de huelguistas se elevaba a 140.000. La huelga alcanzó su apogeo el 10 de enero. El 13 se volvió al trabajo. De suerte que estamos en presencia de un movimiento antes que nada económico que tiene por causa un motivo ocasional. El movimiento se extiende, arrastra a decenas de millares de obreros y se transforma por consiguiente en un acontecimiento político. A la cabeza del movimiento se encuentra la «Sociedad de Obreros de Talleres y Fábricas», organización de origen policial. Los radicales, cuya política de banquetes ha entrado en un callejón sin salida, arden de impaciencia. Se hallan descontentos por el carácter puramente económico de la huelga y empujan hacia delante al conductor del movimiento, Gapón. El cual se compromete en la vía política y encuentra, en las masas obreras, tal desbordamiento de descontento, irritación y energía revolucionaria, que los planes de sus inspiraciones se pierden y ahogan con él. La socialdemocracia pasa a primer plano. Es acogida con manifestaciones hostiles, pero pronto se adapta a su auditorio y le subyuga. Sus enseñas se convierten en las de la masa y quedan fijadas en la petición. (…)

La histórica manifestación del 9 de enero se presentó bajo un aspecto que nadie, lógicamente hubiera podido prever. El sacerdote a quien la historia había puesto a la cabeza de la masa obrera, durante algunos días, de manera tan inesperada, marcó los acontecimientos con el sello de su personalidad, de sus opiniones, de su dignidad eclesiástica. Y estas apariencias disimularon, ante los ojos de muchas personas, el sentido real de los acontecimientos. Pero la significación esencial del 9 de enero no reside en el cortejo simbólico que avanzó hacia el Palacio de Invierno. La sotana de Gapón era algo accesorio. El verdadero actor fue el proletariado. Comienza por una huelga, se unifica, formula exigencias políticas, baja a la calle, atrae hacia sí todas las simpatías, todo el entusiasmo de la población, choca con la fuerza armada y abre la Revolución Rusa. (…)

«No existe todavía un pueblo revolucionario en Rusia». Eso escribía Peter Struve, en el órgano que publicaba en el extranjero bajo el título de Emancipación, el 7 de enero de 1905, es decir, dos días antes de que los regimientos de la guardia aplastasen la manifestación de los obreros petersburgueses. «No existe un pueblo revolucionario en Rusia», declaraba por la boca de un renegado socialista el liberalismo ruso que, durante un periodo de tres meses, en sus banquetes, había adquirido la convicción de ser el principal personaje en el escenario político. Y esta declaración no había tenido tiempo de llegar hasta Rusia cuando ya el telégrafo transmitía a todos los puntos del mundo la gran noticia del comienzo de la Revolución Rusa…

La esperábamos, no dudábamos de ella. Había sido para nosotros, durante largos años, una simple deducción de nuestra «doctrina» que excitaba las burlas de todos los cretinos de todos los matices políticos. No creían en la eficacia de las peticiones de los zemstvos, en Witte, en Sviatopolsk Mirski, en cajas de dinamita… No había prejuicio político que no aceptasen a ojos cerrados. Sólo la fe en el proletariado les parecía un prejuicio.

La matanza de enero tuvo una influencia especialmente notable y profunda sobre el proletariado de toda Rusia. De un extremo a otro del país corrió una oleada grandiosa de huelgas que estremecieron el cuerpo de la nación. Según un cálculo aproximado, la huelga se extendió a 122 ciudades y localidades, a varias minas del Donetz y a diez compañías de ferrocarriles. Las masas proletarias fueron removidas hasta sus cimientos. El movimiento arrastró a un millón de almas. Sin tener un plan determinado, incluso frecuentemente sin formular exigencia alguna, interrumpiéndose y comenzando de nuevo, guiada sólo por el instinto de solidaridad, la huelga reinó en el país por espacio de unos dos meses.

León Trotski. 1905: Resultados y perspectivas, 1906

Esa huelga, «inesperada» y no planificada, verdadera negación del fetiche anarquista y sindicalista de la «huelga general», esa huelga de masas que se confunde con la revolución, es la forma que toma la constitución en clase en la era imperialista. No hay una macro-organización convocante, no hay una estructura de liberados ni una gigantesca caja de resistencia. Simplemente es.

Después del 9 de enero, la revolución no conocerá descanso. No se limita ya a un trabajo subterráneo oculto a la vista, para sublevar incesantemente nuevos estratos; ha llegado a hacer abiertamente, con prisa, el llamamiento de sus compañías, sus batallones, sus regimientos y sus cuerpos de ejército. La fuerza principal de esta inmensa tropa se halla constituida por el proletariado; por eso la revolución procede al llamamiento de sus soldados mediante la huelga.

León Trotski. 1905: Resultados y perspectivas, 1906

Toda la previsión teórica sobre la capacidad de la clase universal para hacer de vanguardia del conjunto de clases no explotadoras, cobra de repente cuerpo material.

Una tras otra, las profesiones, las fábricas, las ciudades abandonan el trabajo. Los ferroviarios son los iniciadores del movimiento, las vías férreas sirven de transmisor a esta epidemia. Son formuladas exigencias económicas, satisfechas casi de inmediato, en todo o en parte. Pero ni el comienzo de la huelga, ni su término dependen exclusivamente de las reivindicaciones presentadas, ni de las satisfacciones que se obtienen. La huelga comienza, no porque la lucha económica haya llegado a exigencias determinadas, sino, por el contrario, al hacerse una selección de exigencias que se formulan porque se tiene necesidad de la huelga. Existe la necesidad de comprobar por sí mismo, por el proletariado de otros lugares y en fin por el pueblo entero, las fuerzas que se han acumulado, la solidaridad de la clase, su ardor combativo; es preciso pasar una revista general de la revolución. Los propios huelguistas y quienes los apoyan, y quienes por ellos sienten simpatía, y los que les temen, y los que les odian, todos comprenden o sienten confusamente que esta curiosa huelga que corre localmente de un lugar a otro, recupera su impulso, y pasa como un torbellino; todos comprenden o, sienten que no obra por sí misma, que se limita a cumplir la voluntad de la revolución que la envía. Sobre el campo de operaciones de la huelga, es decir, sobre toda la extensión del país, está suspendida una fuerza amenazadora, siniestra, cargada de una insolente temeridad.

León Trotski. 1905: Resultados y perspectivas, 1906

Cuando Rosa Luxemburgo lleve a discusion el modelo de la «huelga de masas» en Alemania, en un momento en el que la tensión de clase es fuerte, el partido aceptará a regañadientes su «uso» y supeditada solo a una eventual prohibición del derecho al voto de los obreros. Los sindicatos, se cerrarán entonces en banda. Rosa Luxemburgo terciará en el debate intentando aclarar, en primer lugar, que la huelga de masas no es la huelga general en el sentido no de universalidad, al revés, sino en el de la posibilidad de reducirla a una herramienta, la posibilidad misma de «convocarla».

Lo primero que la experiencia de Rusia nos lleva a revisar es la concepción general del problema. En la actualidad, cuando ya todo se ha dicho y hecho, nos encontramos con que la posición de los más fervientes defensores de «ensayar la huelga de masas» en Alemania, como Bernstein, Eisner, etcétera, y la de los más enconados adversarios de esta idea, como por ejemplo Bomelburg en el campo sindical, en la práctica resultan lo mismo, es decir la concepción anarquista.

Pues el modo de pensar anarquista es la especulación directa sobre el gran «Kladderadatsch», sobre la revolución social simplemente como característica externa e inesencial. Lo esencial del anarquismo es la concepción abstracta, ahistórica, de la huelga de masas y de las condiciones en que generalmente se libra la lucha proletaria.

Este caprichoso modo de razonar tuvo como resultado que hace sesenta años se concibiera la huelga de masas como el camino más breve, seguro y fácil para saltar a un futuro social mejor. El mismo modo de razonar originó recientemente la idea de que la lucha sindical era la única y verdadera «acción directa de las masas», y también la única lucha revolucionaria verdadera. Esta, como sabemos, es la última posición de los «sindicalistas» franceses e italianos [sindicalismo revolucionario que luego mutará en el anarcosindicalismo de la CNT]. Lo fatal para el anarquismo fue siempre que los métodos de lucha improvisados en el aire son como invitaciones a una casa cuyo dueño está ausente, es decir, son puramente utópicos. Además, estas especulaciones que en un momento dado fueron en general revolucionarias, al no contar con la despreciable y vil realidad, son transformadas por ésta, de hecho, en instrumentos de la reacción.

Los que hoy fijan un día en el calendario para la huelga de masas en Alemania, como si se tratara de un compromiso anotado en la agenda de un ejecutivo; los que, como los participantes del congreso sindical de Colonia, pretenden eliminar por medio de una prohibición «propagandística» el problema de la huelga de masas de la faz de la tierra, se guían por estos mismos métodos de observación abstractos y ahistóricos. Ambas tendencias se basan en el supuesto netamente anarquista de que la huelga de masas es un medio de lucha puramente técnico, que puede «decidirse» a placer y de modo estrictamente consciente, o que puede ser «prohibido», una especie de navaja que se guarda cerrada en el bolsillo «lista para cualquier emergencia», y se puede abrir y utilizar cuando uno lo decida. (…)

Por lo tanto, si algo nos enseña la Revolución Rusa, es, sobre todo, que la huelga de masas no se «fabrica» artificialmente, que no se «decide» al azar, que no se «propaga»; es un fenómeno histórico que, en un momento dado, surge de las condiciones sociales como una inevitable necesidad histórica. Por lo tanto, no se puede entender ni discutir el problema basándose en especulaciones abstractas sobre la posibilidad o la imposibilidad, sobre lo útil o lo perjudicial de la huelga de masas. Hay que examinar los factores y condiciones sociales que originan la huelga de masas en la etapa actual de la lucha de clases. En otras palabras, no se trata de la crítica subjetiva de la huelga de masas desde la perspectiva de lo que sería deseable, sino de la investigación objetiva de las causas de la huelga de masas desde la perspectiva de lo históricamente inevitable.

Rosa Luxemburgo. Huelga de masas partido y sindicatos, 1906

Pero el rechazo que la huelga de masas provoca en la dirección socialdemócrata se debe a que la huelga de 1905 ha superado a la burocracia sindical y su fantasía de organizar al proletariado como un ejército piramidal.

El proletariado ruso no ha creado centrales sindicales, ha creado un nuevo tipo de órgano: el consejo obrero, el soviet. Y este órgano ha colocado a los sindicatos bajo su mando natural sin contar con popes ni burócratas. La peor pesadilla para la dirección sindical.

A medida que se desarrollaba la huelga de octubre, el soviet se convertía naturalmente en el centro que atraía la atención general de los hombres políticos. Su importancia crecía literalmente de hora en hora. El proletariado industrial había sido el primero en cerrar filas en torno a él. La unión de los sindicatos que se había adherido a la huelga a partir del 14 de octubre, tuvo casi inmediatamente que reconocer el protectorado del soviet. Numerosos comités de huelga –los de ingenieros, abogados, funcionarios del gobierno– regulaban sus actos por las decisiones del soviet. Sometiendo a las organizaciones independientes, el soviet unificó en torno suyo la revolución.

León Trotski. 1905: Resultados y perspectivas, 1906

El soviet se había formado por la unión de delegados de los comités de huelga. Desde el primer momento respondía a las asambleas de los trabajadores y sus delegados eran revocables en todo momento.

En la primera sesión no había más que varias docenas de hombres. Y a mediados de noviembre el número de diputados llegaba a 56, entre ellos 6 mujeres. [Al final de la revolución el soviet] representaba a 147 fábricas, 34 talleres y 16 sindicatos [de empresa o ramo]. La mayor parte de los diputados -351- pertenecían a la industria del metal. Desempeñaron un papel decisivo en el soviet, la industria textil envió 57 diputados, la del papel e imprenta 32, los empleados de comercio tenían 12 y los contables y farmacéuticos 7. Se eligió un comité ejecutivo el 17 de octubre, compuesto por 31 miembros: 22 diputados y 9 representantes de los partidos (6 para las dos fracciones de la socialdemocracia y 3 para los socialistas revolucionarios).

León Trotski, Conclusiones de 1905, 1909

Trotski que es elegido secretario de este primer soviet de la historia, se da pronto cuenta de que la naturaleza del nuevo órgano no es en realidad un producto del particularismo y el atraso rusos. Al revés, los soviets son en realidad, como órganos de la insurrección y «expresión organizada de la voluntad de clase del proletariado», que la organización de revolucionarios no necesita ni quiere absorber porque es la forma concreta, material, el lugar preciso en la que se fusiona con el conjunto de la clase, usando la teoría revolucionaria para «orientar pensamiento político» de una clase que por el hecho de auto-organizarse en él se ha constituido ya como sujeto político a un nuevo nivel: la toma y el ejercicio del poder.

El soviet organizaba a las masas obreras, dirigía huelgas y manifestaciones, armaba a los obreros y protegía a la población contra los pogromos. Sin embargo, hubo otras organizaciones revolucionarias que hicieron lo mismo antes, al mismo tiempo y después de él, y nunca tuvieron la misma importancia. El secreto de esta importancia radica en que esta asamblea surgió orgánicamente del proletariado durante una lucha directa, determinada en cierto modo por los acontecimientos, que libró al mundo obrero «por la conquista del poder». Si los proletarios, por su parte, y la prensa reaccionaria por la suya dieron al soviet el título de «gobierno proletario» fue porque, de hecho, esta organización no era otra cosa que el embrión de un gobierno revolucionario. El soviet detentaba el poder en la medida en que la potencia revolucionaria de los barrios obreros se lo garantizaba; luchaba directamente por la conquista del poder, en la medida en que éste permanecía aún en manos de una monarquía militar y policíaca.

Antes de la aparición del soviet encontramos entre los obreros de la industria numerosas organizaciones revolucionarias, dirigidas sobre todo por la socialdemocracia. Pero eran formaciones «dentro del proletariado», y su fin inmediato era luchar «por adquirir influencia sobre las masas». El soviet, por el contrario, se transformó inmediatamente en «la organización misma del proletariado»; su fin era luchar por «la conquista del poder revolucionario».

Al ser el punto de concentración de todas las fuerzas revolucionarias del país, el soviet no se disolvía en la democracia revolucionaria; era y continuaba siendo la expresión organizada de la voluntad de clase del proletariado. En su lucha por el poder, aplicaba métodos que procedían, naturalmente, del carácter del proletariado considerado como clase: estos métodos se refieren al papel del proletariado en la producción, a la importancia de sus efectivos y a su homogeneidad social. Más aún, al combatir por el poder, a la cabeza de todas las fuerzas revolucionarias, el soviet no dejaba ni un instante de guiar la acción espontánea de la clase obrera; no solamente contribuía a la organización de los sindicatos sino que intervenía incluso en los conflictos particulares entre obreros y patronos. Y, precisamente porque el soviet, en tanto que representación democrática del proletariado en la época revolucionaria, se mantenía en la encrucijada de todos sus intereses de clase, sufrió desde el principio la influencia todopoderosa de la socialdemocracia. Este partido tuvo entonces la posibilidad de utilizar las inmensas ventajas que le daba su iniciación al marxismo; este partido, por ser capaz de orientar pensamiento político en el «caos» existente, no tuvo que esforzarse en absoluto para transformar al soviet, que no pertenecía formalmente a ningún partido, en aparato organizador de su influencia.

León Trotski, Conclusiones de 1905, 1909

La experiencia de la revolución de 1905 acaba con una serie de ideas bien alimentadas por el oportunismo en el seno de la II Internacional, pero sobre todo es el primer «ensayo general» de una revolución obrera bajo las condiciones del imperialismo.

  1. La revolución es insurreccional y arranca bajo la forma de una huelga «espontánea» que se extiende territorialmente hasta hacerse general.
  2. Los comités de huelga y organizaciones territoriales obreras de un determinado lugar forman un «consejo obrero» (soviet), que es ya, en sí, un órgano de poder de clase, un órgano insurreccional.
  3. Los consejos obreros tienen un funcionamiento ágil y ejecutivo, sus sesiones son abiertas y sus representantes y cargos son revocables en cualquier momento.
  4. La función de la organización de militantes en el soviet es sobre todo impulsar la clarificación política en la lucha por la toma del poder por parte de los propios consejos.

Autodeterminación e independencia nacional

La historia del socialismo polaco es ejemplificadora. En 1892 se funda el Partido Socialista Polaco alrededor del grupo «Proletariado», la primera expresión organizada seria del marxismo en el imperio ruso a la que se unirá en 1893 una joven Rosa Luxemburgo. El grupo, claramente internacionalista, es decir anti-nacionalista, será duramente perseguido por la policía zarista. Sus principales dirigentes serán juzgados y finalmente ahorcados en 1896.

En 1893 las tendencias revolucionarias de la socialdemocracia polaca se reagrupan en el «Partido Socialdemócrata del Reino de Polonia y Lituania» dirigido por León Jogiches y Rosa Luxemburgo, mientras que las tendencias oportunistas tomarán por bandera el independentismo consolidando el «Partido Socialista Polaco» una organización nacionalista con lenguaje socialista o como acuñó Rosa Luxemburgo, «socialpatriota» -socialista de palabra y patriota en los hechos- que cuando llegó la oleada revolucionaria dio cuadros y dirigentes nacionalistas a la reacción tan famosos como el mismísimo dictador Pilsudski.

El socialpatriotismo postulaba que dado que la revolución democrática en Rusia era improbable, si no imposible a corto plazo, la lucha contra el zarismo debía tomar la forma de una independencia nacional polaca. El argumento sobre la «imposibilidad rusa», no solo se demostró falso -como hemos visto– sino que llevó a un argumentario anti-ruso que era en lo fundamental racista y chovinista.

La prueba más antigua y al mismo tiempo la más frecuentemente citada, es la que arguye que la debilidad del movimiento obrero, así como la ausencia de una fuerza revolucionaria en Rusia capaz de derrocar al zarismo muy a corto plazo, hace ilusoria toda esperanza de conquistar las libertades democráticas. (…) [El socialpatriotismo considera] el movimiento obrero ruso como una empresa impotente y abandonada, que nos resulta más un estorbo que un digno aliado. Si quisiéramos tomar en serio este argumento sin comprometernos, por tanto, en una crítca seria, constataríamos un extraño desorden en la concepción del programa socialpatriota. Así, debemos separarnos de Rusia porque le somos superiores en el plano cultural y social. (…)

Las pruebas de los social patriotas no proporcionan ninguna indicación sobre las tendencias históricas objetivas hacia la unificación de Polonia, no son más que «rencores» y «quejas», por consiguiente, motivos puramente subjetivos. Supongamos realmente que las afirmaciones de los socialpatriotas en lo que concierne al estado desesperado de las condiciones sociales en Rusia sean exactas. Ahora bien, ni siquiera las más tristes de las perspectivas para los países hoy dominados por el zarismo constituye por sí una prueba histórica de la necesidad y aun de la posibilidad de una separación violenta [de Polonia] del zarismo. La necesidad de la restuauración polaca frente a la situación deplorable de Rusia es una idea que solo tiene su origen en la cabeza de los especuladores políticos socialpatriotas y no resulta en absoluto del desarrollo de Polonia y Rusia.

Rosa Luxemburgo. La acrobacia programática de los socialpatriotas, 1902

La argumentación de Rosa Luxemburgo y los internacionalistas se basaba en el estudio de las tendencias económicas de fondo. En 1897 publica «El desarrollo industrial de Polonia» y su principal conclusión la repetirá una y otra vez en todos sus análisis siguientes.

La fusión capitalista de Polonia y Rusia conduce a un resultado final que está muy lejos del que habían previsto tanto el gobierno ruso como la burguesía y los nacionalistas polacos: la unión del proletariado polaco y ruso para liquidar, en primer lugar, la dominación del zarismo ruso y, a continuación, el capitalismo polaco-ruso.

Rosa Luxemburgo. El desarrollo industrial de Polonia, 1897

Conclusión que se vería corroborada por el desarrollo económico de la década siguiente tanto en Rusia como en Polonia que culminarían en la revolución de 1905.

El desarrollo capitalista en Polonia une cada vez más estrechamente al país con Rusia a través de los intereses económicos de las clases dominantes.(…) El análisis objetivo del desarrollo social de Polonia nos lleva a la conclusión de que las tendencias a favor de la independencia de Polonia son una utopía de pequeños burgueses y como tales, solo puede perturbar la lucha de clases del proletariado o conducirla a un callejón sin salida.

Rosa Luxemburgo. Prefacio a «La cuestión polaca y el movimiento socialista», 1905

El carácter reaccionario del socialpatriotismo lo probaría la acción revolucionaria sincrónica de los trabajadores bálticos, polacos y rusos en la revolución de 1905, en la que en los hechos desaparecerían los socialpatriotas polacos como fuerza política mínimamente influyente en el proletariado. Por desgracia también se demostraría cierto a la inversa, cuando el imperialismo alemán cree en 1918 la «República Polaca» como forma de ahogar la revolución proletaria en Polonia y cercar al poder de los consejos obreros en nombre de una independencia nacional antiobrera dirigida por reaccionarios feudalizantes y socialpatriotas. Una estrategia que, sangrienta guerra civil mediante, le daría frutos también al imperialismo alemán en Finlandia.

Pero volvamos a la época final del imperialismo antes de la revolución. La perspectiva marxista general, compartida por todos, nos la recordará Lenin en un artículo polémico contra las posiciones de Rosa Luxemburgo escrito en 1914.

La época del triunfo definitivo del capitalismo sobre el feudalismo estuvo ligada en todo el mundo a movimientos nacionales. La base económica de estos movimientos estriba en que, para la victoria completa de la producción mercantil, es necesario que la burguesía conquiste el mercado interior, es necesario que territorios con población de un solo idioma adquieran cohesión estatal, eliminándose cuantos obstáculos se opongan al desarrollo de ese idioma y a su consolidación en la literatura. El idioma es el medio principal de comunicación entre los hombres; la unidad de idioma y el libre desarrollo del mismo es una de las condiciones más importantes de una circulación mecantil realmente libre y amplia, correspondiente al capitalismo moderno, de una agrupación libre y amplia de la población en cada una de las diversas clases; es, por último, la condición de un estrecho nexo del mercado con todo propietario, grande o pequeño, con todo vendedor y comprador.

Por ello, la tendencia de todo movimiento nacional es formar Estados nacionales, que son los que mejor cumplen estas exigencias del capitalismo contemporáneo. Impulsan a ello factores económicos de lo más profundos, y para toda la Europa Occidental, es más, para todo el mundo civilizado, el Estado nacional es por ello lo típico, lo normal en el período capitalista.

Lenin. El derecho de las naciones a la autodeterminación, 1914

Rosa Luxemburgo compartía por supuesto este punto de partida, pero le agrega la perspectiva del estudio del imperialismo.

La necesidad de la burguesía de controlar el mercado interno no es el único fundamento material de los movimientos nacionales. Existen otros factores: el militarismo, que garantiza la soberanía del país al mismo tiempo que ayuda a abrir un pasaje hacia el mercado mundial; el proteccionismo aduanero; una jurisprudencia, una educación y nuevos medios de comunicación. El capitalismo necesita asegurar las condiciones económicas de su crecimiento y establecer íntegramente el aparato de un estado moderno. La burguesía, para expandirse, necesita tanto desarrrollar sus medios de producción, como reforzar su poder de clase.

Así, el estado independiente constituye la forma de gobierno, históricamente indispensable, que permite a la burguesía pasar de la defensiva a la ofensiva, de la lucha por la centralización a la política imperialista.

Rosa Luxemburgo. La cuestión nacional y la autonomía, 1908

Pero precisamente porque no basa su posición en la defensa de un idealista «derecho de la nación», Rosa Luxemburgo veía inconsecuente el apoyo a la formación de estados nacionales no viables o que fueran producto de la división de grandes estados capitalistas. Una posición que continuaba una larga tradición marxista, comenzada por Engels en su análisis del nacimiento de Suiza como un triunfo de la reacción, Kautsky y su denuncia del nacionalismo checo o la unión de los partidos socialistas austriaco e italiano contra la emergencia del nacionalismo triestino y véneto.

El desarrollo hacia el Gran Estado que caracteriza la época moderna y que gana en importancia con el progreso del capitalismo, condena de entrada al conjunto de mini y micronacionalidades a la debilidad política. Al lado de algunas naciones muy potentes, que son los auténticos gerentes del desarrollo capitalista porque disponen de los medios materiales e intelectuales indispensables para preservar su independencia económica y olítica, la «autodeterminación», la existencia autónoma de las mini y micronaciones, es cada vez más ilusoria. Este retorno a la existencia autónoma de todas o, al menos, de la gran mayoría de las naciones actualmente oprimidas solo sería posible si la existencia de pequeños estados tuviera posibilidades y perspectivas de futuro en la época capitalista. Por ahora son tan necesarias las condiciones económicas y políticas propias de un gran estado en la lucha por la existencia de las naciones capitalistas, que incluso los pqueñeos estados políticamente independientes, formalmente iguales en derechos, que existen en Europa, solo desempeñan un papel simbólico y la mayor para de las veces son títeres de otros estados. ¿Puede hablarse formalmente de autodeterminación» para los montenegrinos, los búlgaros, los rumanos, los serbios o los griegos, formalmente independientes, o incluso, en cierta forma para los suizos? (…)

El segundo aspecto fundamental de la evolución reciente, que hace utópica esta consigna, es el imperialismo capitalista. (…) El resultado de esta tendencia es la liquidación permanente de la independencia de unj número cada vez mayor de países, de pueblos y de continentes enteros. (…) Teniendo en cuenta esta evolución y la necesidad que tienen los grandes estados capitalistas de la lucha por la existencia en el mercado internacional, de la política universal y de las posesiones coloniales, «lo más adecuado para realizar sus funciones en las condiciones actuales», es decir, lo que mejor corresponde a las necesidades de la explotación capitalista, no es el «estado nacional» -como supone Kautsky- sino el estado imperialista. (…)

Tal como lo entienden los socialistas, este derecho [la autodeterminación] debe tener, por su misma naturaleza, un carácter universal, y el solo hecho de reconocerlo así basta para poner de manifiesto que la esperanza de realizar este «derecho» en el sistema existente es una utopía en contradicción directa con la tendencia del desarrollo capitalista, sobre cuya base se ha constituido la socialdemocracia. Volver al objetivo de dividir todos los estados existentes en unidades nacionales y limitarlas mutuamente según el modelos de los estados y los pequeños estados nacionales es una tentativa desesperada y, desde un punto de vista histórico, reaccionaria.

Rosa Luxemburgo. La cuestión nacional y la autonomía, 1908

Pero si Rosa Luxemburgo ve ya con claridad en 1908 que el imperialismo está modificando las condiciones de posibilidad de la independencia nacional, Lenin no espera, todavía en 1914, que los nuevos estados vayan a pasar directamente de la fase revolucionaria al imperialismo.

En Europa Oriental y en Asia, la época de las revoluciones democráticas burguesas no comenzó hasta 1905. Las revoluciones de Rusia, Persia, Turquía y China, las guerras en los Balcanes: tal es la cadena de los acontecimientos mundiales ocurridos en nuestra época en nuestro «Oriente». Y en esta cadena de acontecimientos sólo un ciego puede no ver el despertar de toda una serie de movimientos nacionales democráticos burgueses, de tendencias a crear Estados independientes y unidos en le aspecto nacional. Precisa y exclusivamente porque Rusia y los países vecinos suyos atraviesan por esa época necesitamos nosotros en nuestro programa un apartado sobre el derecho de las naciones a la autodeterminación. (…)

Rusia es un Estado con un centro nacional único, ruso. Los rusos ocupan un gigantesco territorio compacto, y su número asciende aproximadamente a 70 millones. La peculiaridad de este Estado nacional reside, primero, en que los «alógenos (que en conjunto constituyen la mayoría de la población, el 57%) pueblan precisamente la periferia; segundo, en el hecho de que la opresión de estos alógenos es mucho más fuerte que en los países vecinos (incluso no tan sólo en los europeos); tercero, en que hay toda una serie de casos en que los pueblos oprimidos que viven en la periferia tienen compatriotas al otro lado de la frontera, y estos últimos gozan de mayor independencia nacional (basta recordar, aunque sólo sea en las fronteras occidental y meridional del Estado, a finlandeses, suecos, polacos, ucranios y rumanos); cuarto, en que el desarrollo del capitalismo y el nivel general de cultura son con frecuencia más altos en la periferia alógena que en el centro del Estado. Por último, precisamente en los Estados asiáticos vecinos presenciamos el comienzo de un período de revoluciones burguesas y de movimientos nacionales que comprenden en parte a los pueblos afines dentro de las fronteras de Rusia.

Así pues, son precisamente las peculiaridades históricas concretas del problema nacional en Rusia las que hacen entre nosotros urgente en especial el reconocimiento del derecho de las naciones a la autodeterminación en la época que atravesamos.

Lenin. El derecho de las naciones a la autodeterminación, 1914

Lo curioso es que todavía en 1914, cuando Lenin discute con los textos de Rosa Luxemburgo de 1908, sigue sin ver la relación entre imperialismo y autodeterminación. El ejemplo que toma, uno de los muchos citados por Rosa Luxemburgo, aunque apenas argumentado, es la independencia noruega de Suecia en 1905.

La cuestión consistía y consiste en si la socialdemocracia necesita, en un Estado de composición nacional heterogénea, un programa que reconozca el derecho a la autodeterminación o a la separación

¿Qué nos dice sobre esto el ejemplo de Noruega, escogido por la misma Rosa Luxemburgo?(…)

Es indudable que los pequeños burgueses de Noruega, que han querido tener rey propio por su dinero y han hecho fracasar en plebiscito popular el proyecto de instauración de la República, han puesto de manifiesto cualidades pequeñoburguesas bastante malas.(…)

Noruega está ligada a Suecia por lazos geográficos, económicos y lingüísticos no menos estrechos que los lazos que unen a muchas naciones eslavas no rusas a los rusos. Pero la unión de Noruega a Suecia no era voluntaria, de modo que Rosa Luxemburgo habla de «federación» completamente en vano, sencillamente porque no sabe qué decir. Noruega fue entregada a Suecia por los monarcas durante las guerras napoleónicas, contra la voluntad de los noruegos, y los suecos hubieron de llevar a Noruega tropas para someterla.

Después de eso hubo durante largos decenios, a pesar de la autonomía de extraordinaria amplitud de que gozaba Noruega (Dieta propia, etc.), constantes roces entre Noruega y Suecia, y los noruegos procuraron con todas las fuerzas sacudirse el yugo de la aristocracia sueca. En agosto de 1905 se lo sacudieron por fin: la Dieta noruega decidió que el rey de Suecia dejara de ser rey de Noruega, y el referéndum del pueblo noruego, celebrado más tarde, dio una aplastante mayoría de votos (cerca de doscientos mil, contra algunos centenares) a favor de la completa separación de Suecia. Los suecos, después de algunas vacilaciones, se resignaron con la separación.

Este ejemplo nos muestra en qué terrenos son posibles y se producen casos de separación de naciones, manteniéndose las relaciones económicas y políticas contemporáneas, y qué forma toma a veces la separación en un ambiente de libertad política y democracia.

Ni un solo socialdemócrata, si no se decide a declarar que le son indiferentes la libertad política y la democracia (y en tal caso, naturalmente, dejaría de ser socialdemócrata), podrá negar que este ejemplo demuestra de hecho que los obreros conscientes tienen la obligación de desarrollar una labor constante de propaganda y preparación a fin de que los posibles choques motivados por la separación de naciones se ventilen sólo como se ventilaron en 1905 entre Noruega y Suecia y no «al modo ruso». Esto es precisamente lo que expresa la reivindicación programática de reconocer el derecho de las naciones a la autodeterminación. Y Rosa Luxemburgo, ante un hecho desagradable para su teoría, ha tenido que escudarse con temibles invectivas a la mentalidad de los pequeños burgueses noruegos y al Naprzód [periódico socialpatriota polaco] de Cracovia, porque comprendía perfectamente hasta qué punto desmiente de un modo irrevocable ese hecho histórico sus frases, según las cuales el derecho a la autodeterminación de las naciones es una «utopía», equivale al derecho «a comer en plato de oro», etc. Semejantes frases sólo expresan una fe oportunista de lamentable presunción en la inmutabilidad de la correlación de fuerzas dada entre las naciones de Europa Oriental.

Prosigamos. En el problema de la autodeterminación de las naciones, lo mismo que en cualquier otro, nos interesa, ante todo y sobre todo, la autodeterminación del proletariado en el seno de las naciones. Rosa Luxemburgo ha dejado modestamente a un lado también este problema, comprendiendo cuán desagradable resulta para su «teoría» examinarlo en el aducido ejemplo de Noruega.

¿Cuál fue y debió ser la posición del proletariado noruego y sueco en el conflicto motivado por la separación? Los obreros conscientes de Noruega, desde luego, hubieran votado después de la separación por la República, y si hubo socialistas que votaron de otro modo, eso no demuestra sino que hay a veces mucho oportunismo obtuso, pequeñoburgués, en el socialismo europeo. Sobre esto no puede haber dos criterios, y sólo nos referimos a este punto porque Rosa Luxemburgo intenta velar el fondo de la cuestión con disquisiciones que no vienen al caso. No sabemos si, en lo que se refiere a la separación, el programa socialista noruego obligaba a los socialdemócratas noruegos a atenerse a un criterio determinado. Supongamos que no, que los socialistas noruegos dejaron en suspenso la cuestión de hasta qué punto era suficiente para la libre lucha de clase la autonomía de Noruega y hasta qué punto frenaban la libertad de su vida económica los eternos roces y conflictos con la aristocracia sueca. Pero es indiscutible que el proletariado noruego debía haber ido contra esa aristocracia, por una democracia campesina noruega (aun con toda la estrechez de miras pequeñoburguesas de esta última).

¿Y el proletariado sueco? Sabido es que los terratenientes suecos, apoyados por el clero sueco, predicaban la guerra contra Noruega; y como Noruega es mucho más débil que Suecia, como ya había sufrido una invasión sueca, como la aristocracia sueca tiene un peso muy considerable en su país, esta prédica era una amenaza muy seria. Puede asegurarse que los Kokoshkin suecos corrompieron larga y empeñadamente a las masas suecas, exhortándolas a «proceder con prudencia» en lo referente a las «fórmulas elásticas de la autodeterminación política de las naciones», pintándoles los peligros de «disgregación del Estado» y asegurándoles que la «libertad popular» es compatible con los principios de la aristocracia sueca. No cabe la menor duda de que la socialdemocracia sueca habría hecho traición a la causa del socialismo y a la causa de la democracia si no hubiera luchado con todas sus fuerzas contra la ideología y contra la política tanto de los terratenientes como de los Kokoshkin [jurista del partido kadete ruso, burguesía liberal], si no hubiera propugnado, además de la igualdad de las naciones en general (igualdad que también reconocen los Kokoshkin), el derecho de las naciones a la autodeterminación, la libertad de separación de Noruega.

La estrecha unión de los obreros noruegos y suecos y su plena solidaridad de camaradas de clase ganaban, al reconocer de este modo los obreros suecos el derecho de los noruegos a la separación. Porque los obreros noruegos se convencían de que los obreros suecos no estaban contagiados de nacionalismo sueco, de que la fraternidad con los proletarios noruegos estaba, para ellos, por encima de los privilegios de la burguesía y de la aristocracia suecas. La ruptura de los lazos impuestos a Noruega por los monarcas europeos y los aristócratas suecos fortaleció los lazos entre los obreros noruegos y suecos. Los obreros suecos han demostrado que, a través de todas las vicisitudes de la política burguesa -¡bajo las relaciones burguesas es perfectamente posible que renazca la sumisión de los noruegos a los suecos por la fuerza!-, sabrán mantener y defender la completa igualdad de derechos y la solidaridad de clase de los obreros de ambas naciones en la lucha tanto contra la burguesía sueca como contra la noruega. (…)

Para los socialdemócratas polacos, naturalmente, el «derecho a la autodeterminación» no tiene una importancia tan grande como para los rusos. Es perfectamente comprensible que la lucha contra la pequeña burguesía de Polonia, cegada por el nacionalismo, haya obligado a los socialdemócratas polacos a «forzar la nota» con particular empeño (a veces quizá un poco exagerado). Ni un solo marxista de Rusia ha pensado nunca en acusar a los socialdemócratas polacos de estar en contra de la separación de Polonia. Estos socialdemócratas se equivocan sólo cuando, a semejanza de Rosa Luxemburgo, intentan negar la necesidad de que en el programa de los marxistas de Rusia se reconozca el derecho a a la autodeterminación.

En el fondo, eso significa trasladar relaciones, comprensibles desde el punto de vista del horizonte de Cracovia, a la escala de todos los pueblos y naciones de Rusia, incluidos los rusos. Eso significa ser «nacionalistas polacos al revés», y no socialdemócratas de Rusia, internacionalistas.

Lenin. El derecho de las naciones a la autodeterminación, 1914

Es cierto que el ejemplo noruego contraría la tendencia general detectada por Rosa Luxemburgo. Es más dudoso que se pueda hablar, después de 1905, de que los proletariados noruego y sueco mantuvieran su unidad de clase en un grado similar al que tenían antes de la secesión. Llama la atención que el sujeto de toda la argumentación sea la nación y no la clase, cuya división se trata como un hecho anterior a la independencia.

La fórmula del «derecho de las naciones» no justifica la actitud de los socialistas ante la cuestión de las nacionalidades, no solo porque no tiene en cuenta las distintas condiciones históricas (de espacio y tiempo) ni la dirección general del desarrollo de las condiciones universales, sino también porque ignora totalmente la teoría fundamental del socialismo moderno: la teoría de la sociedad de clases.

Cuando se habla del «derecho de las naciones a la autodeterminación», se usa el concepto de nación como un todo, como una unidad social y política homogénea. Pero ese concepto de «nación» es precisamente una de las categorías de la ideología burguesa que la teoría marxista ha sometido a una revisión radical, demostrando que detrás del velo misterioso de los conceptos de «libertad burguesa», «igualdad ante la ley», etc., se oculta siempre un contenido histórico concreto.

En la sociedad de clases no existe la nación como entidad sociopolítica homogénea, sino que en cada nación hay clases con intereses y «derechos» antagónicos.

No existe absolutamente ningún terreno social, desde el de las condiciones materiales más primarias hasta las más sutiles condiciones morales, en el que las clases poseedoras y el proletariado consciente opten la misma actitud y aparezcan como un «pueblo» indiferenciado. En el terreno de las condiciones económicas, las clases burguesas defienden los intereses de la explotación, y el proletariado, los del trabajo. En el terreno de las condiciones jurídicas, la propiedad privada es la piedra angular de la sociedad burguesa; los intereses del proletariado exigen que los que no tienen nada sean emancipados de la dominación de la propiedad. En el terreno de la administración de justicia, la sociedad burguesa representa la «justicia de clase», la justicia de los aposentados y los gobernantes; el proletariado defiende la humanidad y el principio que consiste en tener en cuenta las influencias sociales en el individuo. En las relaciones internacionales, la burguesía lleva a cabo una política de guerra y de anexiones, es decir, en la fase actual del sistema, una política aduanera restrictiva y de guerra comercial; el proletariado, en cambio, una política de paz generalizada y de libertad de intercambios. En el terreno de la sociología y de la filosofía, las escuelas burguesas y la escuela que representa el proletariado están en abierta contradicción (…) Incluso en el terreno de las supuestas relaciones humanas, de la ética, de las opiniones sobre arete, educación, etc., los intereses, la visión del mundo y los ideales de la burguesía, por un lado, y los del proletariado consciente, por otro, constituyen dos campos separados entre sí por un profundo abismo. En aquellos aspectos en que las aspiraciones formales y los intereses del proletariado y de la burguesía en su conjunto, o de su sector progresista, parecen idénticos o comunes, como, por ejemplo, en las aspiraciones democráticas, la identidad de formas y consignas encubre una ruptura total de contenido y de política práctica.

En una sociedad de este tipo no puede existir una voluntad colectiva y unitaria, no puede haber autodeterminación de la «nación». Cuando en la historia de las sociedades modernas se han desarrollado luchas y movimientos «nacionales», se ha tratado, en general de movimientos de clase de la capa burguesa dirigente, que, en el mejor de los casos, puede representar hasta cierto punto los intereses de otras capas populares en la medida en que defienda, como «intereses nacionales», formas progresistas del desarrollo histórico, en los que la clase trabajadora aun no se haya separado de la masa del «pueblo» dirigido por la burguesía para constituirse en una clase políticamente consciente e independiente.(…)

Todos estos hechos son suficientes para demostrar que el «derecho de las naciones» no puede ser determinante, desde el punto de vista de un partido socialista, de la cuestión nacional. La misma existencia de eses partido es la prueba de que la burguesía ha dejado de ser el representante de todo el pueblo, de que la clase proletaria ya no se cubre con el manto protector de la burguesía, sino que se ha separado de ella para convertirse en una clase independiente con sus propios objetivos sociales y políticos. Siendo la concepción de «pueblo», de «derechos» y de «voluntad popular» como un todo homogéneo, una reliquia de la época del antagonismo latente en inconsciente entre el proletariado y burguesía, sería una contradicción flagrante que el proletariado consciente y organizado se sirviera de ellas; una contradicción no en el terreno de la lógica escolástica, sino una contradicción histórica. (…)

Para la socialdemocracia, la cuestión de las nacionalidades es, ante todo, como todas las demás cuestiones sociales y políticas, una cuestión de intereses de clase.(…)

Recapitulemos: el desarrollo capitalista y los intereses de la burguesía necesitan la creación de un estado nacional independiente, que más tarde se convierte en un instrumento de conquista imperialista. Los intereses del proletariado tienen únicamente a los objetivos democráticos y culturales del movimiento nacional, es decir, al establecimiento de instituciones políticas que garanticen, por medios pacíficos, e libre desarrollo de la cultura de todas las nacionalidades que conviven en el mismo estado. La clase obrera reivindica firmemente la igualdad de derechos de todas [las personas de todas] las nacionalidades. El programa nacional de clase obrera es esencialmente distinto del nacionalismo de la burguesía.

Rosa Luxemburgo. La cuestión nacional y la autonomía, 1908

El malabarismo de cambiar la fórmula de «derecho de las naciones» a «derecho de los pueblos», tampoco sirve a Rosa Luxemburgo. «Pueblo» es, fundamentalmente, el proletariado junto o bajo la dirección de la pequeña burguesía. Si es la pequeña burguesía la que dirige, no cambia el sentido utópico y reaccionario que ésta le da a la «autoderminación nacional».

Después de la bancarrota de los partidos burgueses, nuevos fuerzas sociales -la intelectualidad y la pequeña burguesía, que buscan refugio en el movimiento obrero- tienden a imponer a éste sus deseos irrealizables. Si los partidos socialistas no hubieran tenido la posibilidad de verificar objetivamente lo que corresponde en realidad a las necesidades de la clase obrera y se hubieran limitado a imaginar lo «bueno» y lo «útil», su programa hubiera resultado un conjunto de utopías.

Rosa Luxemburgo. La cuestión nacional y la autonomía, 1908

Y si es el proletariado el que dirige, ¿qué sentido tendría que marchara hacia atrás, hacia la creación de un estado nacional creado para organizar su explotación?

La idea de que el proletariado consciente de sí mismo pueda crear un estado moderno es tan absurda como la de proponer a la burgessía una nueva instauración del feudalismo.

Rosa Luxemburgo. La cuestión nacional y la autonomía, 1908

Pero la cuestión de fondo que está señalando Rosa Luxemburgo y que Lenin no ve, aunque escribe su artículo a pocos meses del estallido de la guerra mundial, es que una vez desarrollado el mercado capitalista mundial, una vez entrados en la fase imperialista del desarrollo capitalista, no puede haber un desarrollo independiente del capitalismo nacional y no hay, por tanto, espacio para una verdadera independencia nacional. En ese marco, la independencia deja de tener un sentido históricamente progresivo por lo que con ella la«autodeterminación nacional» pasa a ser una consigna reaccionaria.

Esto se radicaliza definitivamente con la guerra mundial y la revolución, momento a partir del cual el capitalismo se convierte en un sistema globalmente decadente. Si, como señaló Carlos Liebknecht, la principal contradicción del imperialismo a partir del estallido de la guerra mundial se produce entre estado nacional y mercado mundial, ¿qué sentido puede tener crear contra corriente nuevos estados nacionales?

El argumento final de Rosa Luxemburgo afirmará que lo mismo que hace de la consigna de la «defensa sin anexiones» una consigna imposible, reaccionaria y de facto, imperialista, es lo que convierte la consigna de «apoyo a la autodeterminación nacional» en un regalo al imperialismo y un tiro en el pié al propio movimiento revolucionario:

Mientras existan los Estados capitalistas, mientras la política mundial imperialista determine y configure la vida interna y externa de los Estados, el derecho a la autodeterminación nacional no tendrá nada que ver con su práctica, ni en la guerra, ni en la paz.

Más aún: en el medio imperialista actual no puede existir en modo alguno ninguna guerra de defensa nacional, y toda política socialista que haga abstracción de ese determinado medio histórico, que quiera guiar en medio de este torbellino mundial sólo por los puntos de vista unilaterales de su país, no será desde un principio otra cosa que un castillo de naipes.

Rosa Luxemburgo. La crisis de la socialdemocracia, 1916

Desde el análisis marxista de Rosa Luxemburgo, que incluye una perspectiva global del imperialismo de la que carecía Lenin, la consigna leninista y su hincapié en los «movimientos de liberación nacional» no pueden ser sino una manifestación de optimismo sin límites y tener, como tuvo, consecuencias funestas.

¿Qué se supone que significa este derecho? Que el socialismo se opone a toda forma de opresión, incluso la de una nación por otra, constituye el ABC de la política socialista.

A pesar de esto, políticos tan serios y críticos como Lenin, Trotski y sus amigos, que responden sólo con un irónico encogerse de hombros a cualquier tipo de fraseología utópica como desarme, Liga de las Naciones, etcétera, en este caso hicieron de una frase hueca exactamente del mismo tipo su hobby preferido. Ello se debe, me parece, a una política fabricada para la ocasión. Lenin y sus camaradas calcularon que no había método más seguro para ganar a los pueblos extranjeros del Imperio Ruso para la causa de la revolución, para la causa del proletariado socialista, que el de ofrecerles, en nombre de la revolución y el socialismo, la libertad más extrema e ilimitada para determinar sus propios destinos. Es una política análoga a la que se dieron los bolcheviques con el campesinado ruso, satisfaciendo su hambre de tierra con la consigna de apropiación directa de las propiedades nobles, en el supuesto de que así se los ganaría para la revolución y el gobierno proletario. En ambos casos, desafortunadamente, el cálculo resultó completamente erróneo.

Está claro que Lenin y sus amigos esperaban que, al transformarse en campeones de la libertad nacional hasta el punto de abogar por la «separación», harían de Finlandia, Ucrania, Polonia, Lituania, los países bálticos, el Cáucaso, etcétera, fieles aliados de la Revolución Rusa.

Pero sucedió exactamente lo contrario. Una tras otra, estas «naciones» utilizaron la libertad recientemente adquirida para aliarse con el imperialismo alemán como enemigos mortales de la Revolución Rusa y, bajo la protección de Alemania, llevar dentro de la misma Rusia el estandarte de la contrarrevolución. Un ejemplo perfecto lo constituye el jueguito que se hizo en Brest con Ucrania, que provocó un giro decisivo en las negociaciones y sacó a luz la situación política, tanto interna como externa, a la que se ven enfrentados en la actualidad los bolcheviques. La actitud de Finlandia, Polonia, Lituania, los países del Báltico, los pueblos del Cáucaso, nos demuestra de manera convincente que aquél no es un caso excepcional sino un fenómeno típico.

Seguramente, en todos estos casos no fue realmente el «pueblo» el que impulsó esta política reaccionaria sino las clases burguesas y pequeñoburguesas. Estas, en total oposición a sus propias masas proletarias, pervirtieron el «derecho nacional a la autodeterminación», transformándolo en un instrumento de su política contrarrevolucionaria. Pero (y llegamos al nudo de la cuestión), aquí reside el carácter utópico, pequeñoburgués de esta consigna nacionalista: que en medio de las crudas realidades de la sociedad de clases, cuando los antagonismos se agudizan al máximo, se convierte simplemente en un instrumento de dominación de la burguesía. Los bolcheviques aprendieron, con gran perjuicio para ellos mismos y para la revolución, que bajo la dominación capitalista no existe la autodeterminación de los pueblos, que en una sociedad de clases cada clase de la nación lucha por «determinarse» de una manera distinta, y que para las clases burguesas la concepción de la liberación nacional está totalmente subordinada a la del dominio de su clase. La burguesía finesa, al igual que la de Ucrania, prefirió el gobierno violento de Alemania a la libertad nacional si ésta la ligaba al bolchevismo.

La esperanza de transformar estas relaciones de clase reales en su opuesto, de ganar el voto de la mayoría para la unión con la Revolución Rusa, haciéndolo depender de las masas revolucionarias, tal como seriamente lo pretendían Lenin y Trotsky, refleja un grado de optimismo incomprensible.

Y si solamente se trataba de un recurso táctico en el duelo entablado con la política de fuerza de Alemania, entonces era un juego con fuego muy peligroso. Incluso sin la ocupación militar de Alemania, el resultado del famoso «plebiscito popular», suponiendo que se hubiera llegado hasta allí en los estados limítrofes, hubiera proporcionado pocos motivos de alegría a los bolcheviques. Tenemos que tener en cuenta la psicología de las masas campesinas y de grandes sectores de la pequeña burguesía, y las miles de maneras con que cuenta la burguesía para influir sobre el voto. Por cierto, debe considerarse una ley absoluta que en estos asuntos de plebiscitos sobre la cuestión nacional la clase dominante siempre sabrá evitarlos cuando no sirven a sus propósitos, o, cuando se realizan, utilizará todos los medios para influir sobre sus resultados, los mismos medios que hacen imposible introducir el socialismo mediante el voto popular.

El simple hecho de que la cuestión de las aspiraciones nacionales y tendencias a la separación fuera introducida en medio de la lucha revolucionaria, incluso puesta sobre el tapete y convertida en el santo y seña de la política socialista y revolucionaria como resultado de la paz de Brest, produjo la mayor confusión en las filas socialistas y realmente destruyó las posiciones ganadas por el proletariado en los países limítrofes.

En Finlandia, donde el proletariado luchó formando parte de la estrecha falange socialista rusa, logró una posición predominante en el poder; tenía la mayoría en el Parlamento y el ejército, redujo a su burguesía a una impotencia completa y, dentro de sus fronteras, era dueño de la situación.

O tomemos Ucrania. A comienzos de siglo, antes de que se inventaran la tontería del «nacionalismo ucraniano» con sus rublos de plata y sus «universales», o el hobby de Lenin de una Ucrania independiente, Ucrania era la columna vertebral del movimiento revolucionario ruso. Allí, en Rostov, Odesa, la región del Donetz, brotaron los primeros ríos de lava de la revolución, que encendieron todo el sur de Rusia en un mar de llamas (ya en 1902-1904), preparando así el alzamiento de 1905. Lo mismo sucedió en la revolución actual, en la que el sur de Rusia proveyó las tropas selectas de la falange proletaria.

Polonia y las tierras del Báltico fueron desde 1905 los núcleos revolucionarios más poderosos e importantes, y en ellos el proletariado jugó un rol de primera magnitud.

¿Cómo puede ser entonces que en todos estos países triunfe la contrarrevolución? El movimiento nacionalista, justamente porque alejó de Rusia al proletariado, lo mutiló y lo entregó a manos de la burguesía de los países limítrofes.

Los bolcheviques no actuaron guiándose por la misma genuina política internacionalista de clase que aplicaron en otros asuntos. No trataron de lograr la unión compacta de las fuerzas revolucionarias de todo el imperio. No defendieron con uñas y dientes la integridad del Imperio Ruso como área revolucionaria, oponiendo a todas las formas del separatismo la solidaridad e inseparabilidad de los proletarios de todos los países que están bajo la esfera de la Revolución Rusa, haciendo funcionar a ésta como el comando político superior. En lugar de eso, los bolcheviques, con su hueca fraseología nacionalista sobre «el derecho a la autodeterminación hasta la separación», lograron todo lo contrario, y le dieron a la burguesía de los países limítrofes los pretextos más refinados, más deseables, para sus esfuerzos contrarrevolucionarios.

En vez de prevenir al proletariado de los países limítrofes de que todas las formas del separatismo son simples trampas burguesas, no hicieron más que confundir con su consigna a las masas de esos países y entregarlas a la demagogia de las clases burguesas.

Con esta reivindicación nacionalista produjeron la desintegración de la misma Rusia y pusieron en manos del enemigo el cuchillo que se hundiría en el corazón de la Revolución Rusa. Seguramente, sin la ayuda del imperialismo alemán, sin «los rifles alemanes en los puños alemanes», como decía el Neue Zeit de Kautsky, los Lubinski y otros bribonzuelos de Ucrania, los Erich y Mannerheim de Finlandia, los barones bálticos, nunca hubieran ganado a lo mejor de las masas trabajadoras socialistas de sus respectivos países. Pero el separatismo nacional fue el caballo de Troya dentro del cual los «camaradas» alemanes, bayoneta en mano, hicieron su entrada en todas esas tierras.

Los antagonismos de clase reales y la verdadera relación de fuerzas en el plano militar provocaron la intervención alemana. Pero los bolcheviques proporcionaron la ideología con la que se enmascaró esta campaña de la contrarrevolución; fortalecieron la posición de la burguesía y debilitaron la del proletariado.

Rosa Luxemburgo. La revolución rusa, 1918

Guerra y Revolución Mundial

El estallido de la guerra mundial en agosto de 1914 marcó un punto de no retorno en el desarrollo imperialista.

El imperialismo ha enterrado completamente el viejo programa democrático burgués; la expansión más allá de las fronteras nacionales (cualesquiera que fuesen las condiciones nacionales de los países anexionados) se convirtió en la plataforma de la burguesía de todos los países. Si el término «nacional» permaneció, su contenido real y su función se han convertido en su contrario; actúa sólo como mísera tapadera de las aspiraciones imperialistas y como grito de batalla de sus rivalidades, como único y último medio ideológico para lograr la adhesión de las masas populares y desempeñar su papel de carne de cañón en las guerras imperialistas.

Rosa Luxemburgo. La crisis de la socialdemocracia, 1916

Los estados europeos mandan uno tras otro a sus propios trabajadores a morir y matar en masa a otros trabajadores en una guerra de exterminio que expresa a qué punto se ha llegado en la sobre-acumulación y hasta qué punto los mercados nacionales y coloniales son ya insuficientes para todos y cada uno de los grandes capitalismos mundiales. La guerra es mundial porque el capitalismo ya no «cabe» en el mercado nacional, porque el capital ha entrado en contradicción aguda con el estado nacional.

La guerra precipita la ruptura entre la izquierda y el oportunismo en el seno de la Internacional. Con una excusa u otra -la guerra para Francia tendría solo un carácter defensivo, para Alemania el objetivo sería acabar con el régimen feudal zarista, etc.- prácticamente todos los grandes partidos socialistas cierran filas en torno al esfuerzo de guerra de sus burguesías. El grupo parlamentario del SPD vota en bloque aprobar los créditos de guerra. Solo Carlos Liebknecht vota en contra y se le impide leer su argumentación, incorporarla al orden de sesiones y publicarla en cualquier periódico.

Mi voto contra el proyecto de Ley de Créditos de Guerra del día de hoy se basa en las siguientes consideraciones: Esta guerra, deseada por ninguno de los pueblos involucrados, no ha estallado para favorecer el bienestar del pueblo alemán ni de ningún otro. Es una guerra imperialista, una guerra por el reparto de importantes territorios de explotación para capitalistas y financieros. Desde el punto de vista de la rivalidad armamentística, es una guerra provocada conjuntamente por los partidos alemanes y austríacos partidarios de la guerra, en la oscuridad del semifeudalismo y de la diplomacia secreta, para obtener ventajas sobre sus oponentes. Al mismo tiempo la guerra es un esfuerzo bonapartista por desorganizar y escindir el creciente movimiento de la clase trabajadora.

Carlos Liebknecht. Voto contra los créditos de guerra, 1914

Cuando Lenin, en Zurich, lee el «Vorwarts», el periódico oficial de la socialdemocracia alemana, apoyando la guerra y los créditos, piensa que el ejemplar que tiene entre sus manos es una falsificación creada por la inteligencia alemana. El colapso de la Internacional es total y es hora de darla por muerta.

La traición al socialismo cometida por la mayoría de los jefes de la IIª Internacional (1889-1914) significa la bancarrota política e ideológica de esta Internacional. La causa principal de dicha bancarrota está en el predominio efectivo en ella del oportunismo pequeñoburgués, cuyo carácter burgués y cuyo peligro vienen señalando desde hace largo tiempo los mejores representantes del proletariado revolucionario de todos los países. Los oportunistas venían preparando hace ya tiempo la bancarrota de la IIª Internacional, al negar la revolución socialista y sustituirla con el reformismo burgués; al negar la lucha de las clases y su indispensable transformación, en determinados momentos, en guerra civil, y al propugnar la colaboración entre las clases; al preconizar el chovinismo burgués con los nombres de patriotismo y defensa de la patria y al omitir o negar la verdad fundamental del socialismo, expuesta ya en el Manifiesto Comunista, de que los obreros no tienen patria; al limitarse en la lucha contra el militarismo al punto de vista sentimental pequeñoburgués en lugar de reconocer la necesidad de la guerra j de los proletarios de todos los países contra la burguesía de todos los países; al convertir la utilización ineludible del parlamentarismo burgués y de la legalidad burguesa en un fetichismo de esta legalidad y en el olvido de que, en épocas de crisis, son obligadas las formas clandestinas de organización y de agitación.

Lenin. Tareas de la socialdemocracia revolucionaria en la guerra europea, 1914

La socialdemocracia revolucionaria, la izquierda de la Segunda Internacional, se pone en marcha bajo un nivel de represión general desconocido hasta entonces. Son pocos, poquísimos, luchan contra un ambiente belicista histérico promovido machaconamente por los medios de comunicación y resguardado por la censura más estricta.

La absurda consigna «aguantemos» ha tocado fondo. Sólo nos lleva más y más hondo dentro del vórtice del genocidio. La lucha de clases del proletariado internacional contra el genocidio imperialista internacional es el mandato socialista de la hora.

¡El enemigo principal de cada uno de los pueblos está en su propio país!

El enemigo principal del pueblo alemán está en Alemania. El imperialismo alemán, el partido alemán de la guerra, la diplomacia secreta alemana. Este enemigo que está en casa debe ser combatido por el pueblo alemán en una lucha política, cooperando con el proletariado de los demás países cuya lucha es contra sus propios imperialistas.

Carlos Liebknecht, El enemigo principal está en casa, 1915

Volver las armas contra el verdadero enemigo, transformar la guerra en revolución. Suena irreal en medio del ambiente opresivo del hooliganismo patriótico. Cuando Lenin elabora el primer programa bolchevique para la nueva situación, sigue pensando en el marco de una revolución democrática.

En la actualidad deben ser consignas de la socialdemocracia:

  1. Organizar obligatoriamente células y grupos clandestinos entre las tropas de todas las naciones para relizar esa propaganda en todas las lenguas. Combatir implacablemente el chovinismo y el «patriotismo» de los pequeños burgueses y burgueses de todos los países sin excepción. Contra los cabecillas de la Internacional actual, que han traicionado el socialismo, apelar obligatoriamente a la consciencia revolucionaria de las masas obreras, las cuales soportan sobre sus espaldas todo el peso de la guerra y, en la mayoría de los casos, son enemigas del oportunismo y el chovinismo.
  2. Hacer propaganda, como una de las consignas inmediatas, de la república alemana, polaca, rusa, etc., a la par con la transformación de todos los estados de Europa en los Estados Unidos republicanos de Europa.
  3. Luchar especialmente contra la monarquía zarista y contra el chovinismo ruso, paneslavo, y propugnar la revolución en Rusia, así como la liberación y la autodeterminación de los pueblos oprimidos por Rusia, con las consignas inmediatas de república democrática, confiscación de las tierras de los terratenientes y jornada de ocho horas.

Lenin. Tareas de la socialdemocracia revolucionaria en la guerra europea, 1914

La matanza se despliega sin aparente oposición en las masas populares. Las bajas, que se contabilizan ya en cientos de miles, pasarán a ser millones en breve. Los socialistas que no han caído en el nacionalismo son pocos, los que mantienen posiciones revolucionarias aun menos. En 1915 el partido italiano, el suizo y el búlgaro, los únicos que no han caído en bloque en la orgía patriótica, convocan una conferencia internacional contra la guerra.

[Grimm, el encargado de la organización,] había elegido para la reunión un lugar situado a diez kilómetros de Berna, un pueblecillo llamado Zimmerwald, en lo alto de las montañas. Nos acomodamos como pudimos en cuatro coches y tomamos el camino de la sierra. La gente se quedaba mirando, con gesto de curiosidad, para esta extraña caravana. A nosotros no dejaba de hacernos tampoco gracia que, a los cincuenta años de haberse fudado la Primera Internacional, todos los internacionalistas del mundo pudieran caber en cuatro coches. Pero en aquella broma no había el menor escepticismo. El hilo histórico se rompe con harta frecuencia. Cuando tal ocurre, no hay sino anudarlo de nuevo. Esto precisamente era lo que íbamos a hacer a Zimmerwald.

León Trotski. Mi vida, 1929

La conferencia se abre con un mensaje enviado por Liebknecht desde prisión que concluye con una consigna que marca la posición de la izquierda: «¡No a la paz civil! ¡Sí a la guerra civil!». Sin embargo, la minoría revolucionaria quedará en una exigua docena entre los 38 representantes en el congreso. Su boceto de resolución será derrotado por 18 votos a 12. Pero a pesar de todo, la «izquierda de Zimmerwald» resulta fundamental para entender lo que vino después.

A finales de 1916 los motines se multiplican en el ejército francés. En Rusia el descontento es cada vez mayor y con él aparecen los primeros episodios de confraternización entre soldados de ejércitos contrarios. En Rusia el movimiento culminará en febrero con la formación de soviets de soldados que se unen a los de los obreros sublevados en las capitales de todo el Imperio Ruso, desde Bakú hasta Finlandia.

Cuando, a principios de abril, Lenin vuelve desde Finlandia, aporta dos ideas que serán clave en el curso de la revolución. La primera, que esos soviets que acababan de derribar al zarismo con solo organizarse y estaban entregando su poder a una burguesía renuente, pensando que «a Rusia le espera una revolución burguesa», eran ya un estado obrero en embrionario. Es decir, que la forma contemporánea de la Comuna y el «Estado-Comuna», como le llama Lenin, es el consejo obrero, el soviet. Con su democracia directa y ejecutiva, con su centralización de poderes, con su funcionamiento antiburocrático, con la participación directa de miles de obreros… el soviet es «la forma al fin encontrada» de la dictadura del proletariado.

En la medida en que los soviets existen, en la medida en que son un poder, existe un Estado del tipo de la Comuna de París. Subrayo «en la medida», pues solo se trata de un poder en estado embrionario.

Lenin. La dualidad de poderes, abril 1917

Así que los soviets son mucho más que organizaciones para la insurrección: son el estado obrero.

Los Soviets de diputados obreros, soldados, campesinos, etc., son incomprendidos no solo en el sentido de que la mayoría no ve con claridad su significación de clase ni su papel en la revolución rusa; son incomprendidos también en el sentido de que representan una nueva forma, o mas exactamente, un nuevo tipo de Estado.

El tipo mas perfecto, mas avanzado de Estado burgués es la república democrática parlamentaria. El poder pertenece al Parlamento; la maquina del Estado, el aparato y los órganos de gobierno son los usuales: ejercito permanente, policía y una burocracia prácticamente inamovible, privilegiada y situada por encima del pueblo.

Pero desde finales del siglo XIX, las épocas revolucionarias hacen surgir un tipo superior de Estado democrático; un Estado que, en ciertos aspectos, deja ya de ser, según la expresión de Engels, un Estado. «no es ya un Estado en el verdadero sentido de la palabra». Nos referimos al Estado del tipo de la Comuna de Paris, que sustituye el ejercito y la policia, separados del pueblo, con el armamento directo e inmediato del pueblo. En esto reside la esencia de la Comuna, calumniada por los escritores burgueses, y a la que, entre otras cosas, atribuían erróneamente la intención de «implantar» en el acto el socialismo.

La revolución rusa comenzó a crear, primero en 1905, y luego en 1917, un Estado precisamente de ese tipo. La República de los Soviets de diputados obreros, soldados, campesinos, etc., congregados en la Asamblea Constituyente de los representantes del pueblo de toda Rusia, o en el Consejo de los Soviets, etc.: he ahí lo que esta encarnando ya en la vida de nuestro país, ahora, en este momento, por iniciativa de un pueblo de millones y millones de hombres, que crea la democracia, sin previa autorización, a su manera, sin esperar a que los señores profesores demócratas-constitucionalistas escriban sus proyectos de ley para crear una república parlamentaria burguesa, y sin esperar tampoco a que los pedantes y rutinarios de la «socialdemocracia» pequeñoburguesa, como los señores Plejanov o Kautsky, renuncien a sus tergiversaciones de la teoria marxista del Estado. (…)

La república parlamentaria burguesa dificulta y ahoga la vida política independiente de las masas, su participación directa en la edificación democrática de todo el Estado, de abajo arriba. Los Soviets de diputados obreros y soldados hacen lo contrario.

Los Soviets reproducen el tipo de Estado que iba formando la Comuna de Paris y que Marx califico de «la forma política al fin descubierta para llevar a cabo dentro de ella la emancipation económica del trabajo».

Lenin. Las tareas del proletariado en nuestra revolución.

Por eso la consigna de octubre, «¡Todo el poder a los soviets!», resume y limita exactamente en qué consiste una revolución socialista en la era actual.

Claro que, esta idea no habría tenido sustento sin otra igualmente fundamental y rompedora. En el Imperio Ruso, el proletariado acaba de destruir el estado feudal. Pero, a pesar de contar con una de las regiones más industrializadas de Europa, Rusia tomada en su conjunto es un país atrasado, con una transformación democrática necesaria y todavía pendiente. Es evidente a los ojos de muchos, que esas transformaciones democráticas han de ser lideradas por el proletariado, que la burguesía no es capaz ya de liderar al conjunto de la sociedad. Pero ¿hasta dónde puede llegar? ¿Es posible para el proletariado ruso darle un carácter socialista a la revolución?

Esta es la segunda idea clave. En los países en los que la revolución democrático-burguesa no ha triunfado en el momento ascendente del capitalismo, como Rusia, el proletariado puede darle a la revolución democrática un carácter socialista e incluso puede triunfar temporalmente, en espera de la revolución mundial, si es capaz de establecer una alianza con ese sector masivo de la pequeña-burguesía que es el campesinado.

Con la benévola colaboración de los señores Plejanov, Breshkovskaya, Tsereteli, Chernov y Cia., los capitalistas y terratenientes han hecho todo lo posible para envilecer la república democrática, para prostituirla sirviendo a los ricos. Hasta el punto de que el pueblo cae en la apatía y la indiferencia y todo le da igual, pues el hambriento no puede distinguir la república de la monarquía, y el soldado que tirita de frió, descalzo y martirizado, que se ve lanzado a la muerte para defender intereses ajenos, no puede sentir cariño por la república.

Pero cuando el ultimo peón, cualquier parado forzoso, cada cocinera y cada campesino arruinado vean -y no por los periódicos, sino por sus propios ojos- que el poder proletario no se humilla ante la riqueza, sino que ayuda a los pobres; cuando vean que este poder no vacila en adoptar medidas revolucionarias, que despoja a los parasitos de los productos sobrantes para entregárselos a los que tienen hambre, que instala por la fuerza en las viviendas de los ricos a quienes carecen de techo, que obliga a los ricos a pagar la leche, sin darles una gota de ella mientras no tengan cuanta necesiten los ninos de todas las familias pobres; cuando vean que la tierra pasa a manos de los trabajadores, que las fabricas y los bancos son puestos bajo el control de los obreros y que se castiga inmediatamente y con severidad a los millonarios que ocultan sus riquezas; cuando la poblacion pobre vea y sienta todo eso, ninguna fuerza de los capitalistas ni de los kulaks, ninguna fuerza del capital fmanciero mundial, que maneja miles de millones, podrá derrotar a la revolución popular; sera esta la que triunfe en el mundo entero, pues la revolución socialista madura en todos los países.

Nuestra revolución será invencible, si no tiene miedo de si misma y pone todo el poder en manos del proletariado. Porque detrás de nosotros estan las fuerzas incomparablemente mayores, mas desarrolladas, y mejor organizadas del proletariado mundial, agobiadas de momento por la guerra, pero no aniquiladas, sino, al reves, multiplicadas por ella.

Lenin. ¿Se sostendrán los bolcheviques en el poder?, octubre de 1917

Y de forma obvia, esta segunda idea, condición de posibilidad de una revolución proletaria triunfante en Rusia, solo tiene sentido si la superación del capitalismo es una necesidad histórica inmediata, si aceptamos que el mundo ha entrado en una era de guerras y revoluciones mundiales. Y eso supone aceptar que la guerra mundial marca una frontera en la historia del capitalismo.

Ahora, camaradas, alcanzamos el punto donde podemos decir: nos hemos reencontrado de nuevo con Marx, volvimos de nuevo bajo su bandera. Hoy día, declaramos en nuestro programa: el proletariado no tiene otra tarea inmediata -en pocas palabras- que hacer del socialismo una verdad y un hecho y destruir el capitalismo por completo; retornamos así sobre el terreno que ocupaban Marx y Engels en 1848 y que ellos básicamente nunca han dejado. (…)

Setenta años de desarrollo del gran capitalismo han bastado para poder pensar seriamente en hacer desaparecer el capitalismo de la superficie terrestre de una vez por todas. Y más aún: no solamente estamos hoy día en condiciones de solucionar esta tarea, no solamente es nuestro deber para con el proletariado, sino nuestra solución es hoy día la única salida posible para que sobreviva la sociedad humana y escape de la destrucción.

Rosa Luxemburgo. Discurso en la fundación de la Liga Espartaquista, 1 de enero de 1919.

¿Qué fue la Revolución rusa de 1917?

Desarrollo capitalista y revolución

Cuando el capitalismo global estaba llegando ya a los límites del mercado mundial, la situación de Rusia era social y económicamente, la de un país semicolonial sometido políticamente a un estado autocrático feudal.

Es esta situación la que explica la debilidad de la burguesía en la hora de la revolución democrático-burguesa. La industria rusa...

...nacida tarde, no repite la evolución de los países avanzados, sino que se incorpora a éstos, adaptando a su atraso propio las conquistas más modernas. Si la evolución económica general de Rusia saltó sobre los períodos del artesanado gremial y de la manufactura, algunas ramas de su industria pasaron por alto toda una serie de etapas técnico-industriales que en Occidente llenaron varias décadas. Gracias a esto, la industria rusa pudo desarrollarse en algunos momentos con una rapidez extraordinaria. Entre la revolución de 1905 y la guerra, Rusia dobló, aproximadamente, su producción industrial. [...]

En el año 1914 las pequeñas industrias con menos de cien obreros representaban en los Estados Unidos un 35 por 100 del censo total de obreros industriales, mientras que en Rusia este porcentaje era tan sólo de 17,8. La mediana y la gran industria, con una nómina de 100 a 1.000 obreros, representaban un peso específico aproximadamente igual; los centros fabriles gigantescos que daban empleo a más de mil obreros cada uno y que en los Estados Unidos sumaban el 17,8 por 100 del censo total de la población obrera, en Rusia representaban el 41,4 por 100. En las regiones industriales más importantes este porcentaje era todavía más elevado: en la zona de Petrogrado era de 44,4 por 100; en la de Moscú, de 57,3 por 100. A idénticos resultados llegamos comparando la industria rusa con la inglesa o alemana. Este hecho, que nosotros fuimos los primeros en registrar en el año 1908, se aviene mal con la idea que vulgarmente se tiene del atraso económico de Rusia. Y, sin embargo, no excluye este atraso, sino que lo complementa dialécticamente.

También la fusión del capital industrial con el bancario se efectuó en Rusia en proporciones que tal vez no haya conocido ningún otro país. Pero la mediatización de la industria por los Bancos equivalía a su mediatización por el mercado financiero de la Europa occidental. La industria pesada (metal, carbón, petróleo) se hallaba sometida casi por entero al control del capital financiero internacional , que se había creado una red auxiliar y mediadora de Bancos en Rusia. La industria ligera siguió las mismas huellas. En términos generales, cerca del 40 por 100 del capital acciones invertido en Rusia pertenecía a extranjeros, y la proporción era considerablemente mayor en las ramas principales de la industria. Sin exageración, puede decirse que los paquetes de acciones que controlaban los principales bancos, empresas y fábricas de Rusia estaban en manos de extranjeros, debiendo advertirse que la participación de los capitales de Inglaterra, Francia y Bélgica representaba casi el doble de la de Alemania.

Las condiciones originarias de la industria rusa y de su estructura informan el carácter social de la burguesía de Rusia y su fisonomía política. La intensa concentración industrial suponía, ya de suyo, que entre las altas esferas capitalistas y las masas del pueblo no hubiese sito para una jerarquía de capas intermedias. Añádase a esto que los propietarios de las más importantes empresas industriales, bancarias y de transportes eran extranjeros que cotizaban los beneficios obtenidos en Rusia y su influencia política en los parlamentos extranjeros, razón por la cual no sólo no les interesaba fomentar la lucha por el parlamentarismo ruso, sino que muchas veces le hacían frente: bate recordar el vergonzoso papel que desempeñaba en Rusia la Francia oficial. Tales eran las causas elementales e insuperables del aislamiento político y del odio al pueblo de la burguesía rusa. Y si ésta, en los albores de su historia, no había alcanzado el grado necesario de madurez para acometer la reforma del Estado, cuando las circunstancias le depararon la ocasión de ponerse al frente de la revolución demostró que llegaba ya tarde.

León Trotski, Historia de la Revolución rusa

Como es característico de los países semicoloniales, esto se traducía en un proletariado joven y muy concentrado geográficamente en el Occidente del país - que incluía además del área de Petrogrado y Moscú, las regiones industriales de los Urales y el Donest, Polonia, Ucrania, Finlandia y las hoy «repúblicas bálticas»-, rodeado literalmente de lo que Lenin describiría como un «océano de cien millones de campesinos».

A principios del siglo XX Rusia tenía cerca de ciento cincuenta millones de habitantes, más de tres millones de los cuales se concentraban en Petrogrado y Moscú. [...] En Rusia la clase obrera contaba, en 1905, incluyendo la ciudad y el campo, no menos de diez millones de almas, que, con sus familias, venían a representar más de veinticinco millones de almas.

León Trotski, Historia de la Revolución rusa

Antes de 1905 resultaba claro que la única revolución que podía plantearse en Rusia era una revolución burguesa que, con un programa democrático, culminara y extendiera el desarrollo capitalista. Pero esto no suponía que la revolución -burguesa- fuera o pudiera ser dirigida por la burguesía.

En las filas de la socialdemocracia rusa -entonces todos nos llamábamos socialdemócratas- nadie dudaba de que la revolución que se acercaba era precisamente burguesa; es decir, una revolución engendrada por la contradicción entre el desarrollo adquirido por las fuerzas productivas de la sociedad capitalista y las condiciones políticas y de casta semifeudales y medievales ya caducas. En la lucha sostenida por aquel entonces contra los populistas y los anarquistas, tuve ocasión de explicar, en no pocos discursos y artículos, de acuerdo con el marxismo, el carácter burgués de la revolución que se avecinaba.

Pero el carácter burgués de la revolución no prejuzgaba qué clases habrían de realizar los fines de la revolución democrática y qué relación guardarían entre sí. En este punto era precisamente donde empezaban los problemas estratégicos fundamentales.

Plejanov, Axelrod, la Zasulich, Martov, y con ellos, todos los mencheviques rusos, partían del punto de vista de que, en la revolución burguesa inminente, el papel directivo sólo podía pertenecer a la burguesía liberal, en su condición de pretendiente natural al poder. Según este esquema, al proletariado no le correspondía más papel que el de ala izquierda del frente democrático: la socialdemocracia debería apoyar a la burguesía liberal contra la reacción, y, al mismo tiempo, defender los intereses del proletariado contra la propia burguesía. En otros términos, los mencheviques concebían la revolución burguesa principalmente como una reforma de tipo liberal-constitucional.

Lenin planteaba la cuestión en términos completamente distintos. Para él, la emancipación de las fuerzas productivas de la sociedad burguesa de los cepos en que las tenía aprisionadas el régimen servil, significaba ante todo la solución del problema agrario, con la liquidación completa de la clase de los grandes hacendados y la transformación revolucionaria de la propiedad de la tierra. Con esto, estaba íntimamente ligada la destrucción de la monarquía. Lenin planteó con una audacia verdaderamente revolucionaria el problema agrario, que tocaba a los intereses vitales de la inmensa mayoría de la población, y condicionaba al mismo tiempo el problema del mercado capitalista. Como la burguesía liberal, hostil a los obreros, está unida por numerosos lazos a la gran propiedad agraria, la verdadera emancipación democrática de los campesinos sólo podía realizarse, lógicamente, por medio de la unión revolucionaria de los campesinos y los obreros, y, según Lenin, el alzamiento conjunto de ambos contra la vieja sociedad conduciría, caso de triunfar, a la instauración de la «dictadura democrática de los obreros y campesinos».

León Trotski, «La revolución permanente»

Los acontecimientos de 1905 darían fe de la imposibilidad de que la burguesía dirigiera el proceso revolucionario. En la hora de la verdad, la burguesía -como había ocurrido en la última ola de revoluciones burguesas europeas- temerosa en mayor medida del proletariado que de la autocracia, no estaba dispuesta a llevar la revolución hasta su conclusión lógica.

Los acontecimientos de 1905 fueron el prologo de las dos revoluciones de 1917: la de Febrero y la de Octubre. El prólogo contenía ya todos los elementos del drama, aunque éstos no se desarrollasen hasta el fin.

La guerra ruso-japonesa hizo tambalearse al zarismo. La burguesía liberal se valió del movimiento de las masas para infundir un poco de miedo desde la oposición a la monarquía.

Pero los obreros se emanciparon de la burguesía, organizándose aparte de ella y frente a ella en los soviets, creados entonces por vez primera. Los campesinos se levantaron, al grito de «¡tierra!», en toda la gigantesca extensión del país. Los elementos revolucionarios del ejército sentíanse atraídos, tanto como los campesinos, por los soviets, que, en el momento álgido de la revolución, disputaron abiertamente el poder a la monarquía.

Fue entonces cuando actuaron por primera vez en la historia de Rusia todas las fuerzas revolucionarias: carecían de experiencia y les faltaba la confianza en sí mismas. Los liberales retrocedieron ostentosamente ante la revolución en el preciso momento en que se demostraba que no bastaba con hostigar al zarismo, sino que era preciso derribarlo.

La brusca ruptura de la burguesía con el pueblo, que hizo que ya entonces se desprendiese de aquélla una parte considerable de la intelectualidad democrática, facilitó a la monarquía la obra de selección dentro del ejército, le permitió seleccionar las fuerzas fieles al régimen y organizar una sangrienta represión contra los obreros y campesinos. Y, aunque con algunas costillas rotas, el zarismo salió vivo y relativamente fuerte de la prueba de 1905.

León Trotski. Historia de la Revolución rusa

Continuidad y ruptura entre 1905 y 1917

1917, como 1905, arranca ante todo de un proceso de desarrollo, auto-organización y extensión de las luchas obreras contra la guerra y sus consecuencias, que confluye con una rebelión campesina generalizada y amorfa y que culmina en febrero con la caída del zarismo. El prólogo contenía ya todos los elementos del drama como apunta Trotski, pero hay un nuevo factor que permite que se desarrollen hasta el fin.

Es imposible entender la naturaleza de la Revolución rusa sin haber reparado antes en el significado profundo de la primera guerra imperialista mundial. La gran guerra es mundial porque el imperialismo ha cerrado ya la expansión del mercado mundial. Marca una frontera clara a partir de la cual podemos decir que la gran obra progresista del capitalismo ha concluido en lo fundamental. A partir de ahí la acumulación podrá proseguir -habrá largas etapas de crecimiento- habrá, obviamente, desarrollo de las fuerzas productivas, pero este desarrollo, incluso más allá de los espasmos crónicos de las crisis, será un desarrollo monstruoso, deforme, hipotecado e incompetente para producir verdadero desarrollo social. El estancamiento -cuando no incremento- de la jornada de trabajo, el desarrollo del capitalismo de estado y el militarismo, de la guerra como modo de vida del capital nacional, el derroche y destrucción sistemática de fuerzas productivas -los propios trabajadores los primeros-, la extenuación del arte y la cultura... El capitalismo a partir de 1914 cruza una línea de no retorno, es ya y sin remedio, un sistema decadente. Y al mismo tiempo, las capacidades productivas son ya, por primera vez, universalizables a escalas masivas. Las condiciones objetivas de la revolución están dadas.

Será la posibilidad material, la necesidad histórica y la actualidad inmediata la revolución proletaria mundial la que transforme las perspectivas de la Revolución de 1917. En marzo, todavía en Suiza, escribiendo el resumen de un discurso que ha dado para militantes socialdemócratas locales, Lenin avanza el programa de un gobierno de los soviets que declare la paz sin condiciones, llame a los obreros del mundo a derrocar a sus gobiernos y confisque la tierra de los terratenientes.

Esto no sería aun el socialismo. Sería la victoria de los obreros y de los campesinos pobres que garantiza la paz, la libertad y el pan. Por tales condiciones de paz también nosotros estamos dispuestos a librar una guerra revolucionaria! La ayuda del proletariado de todos los países estaría asegurada. Los viles llamamientos de los socialpatriotas se desvanecerían como humo.

¡Viva la revolución rusa! ¡Viva la revolución obrera mundial que ha comenzado!

Lenin, «Sobre las tareas del POSDR en la revolución rusa», marzo 1917

Ese será el mensaje de las tesis de abril de Lenin y ese será el cambio que permita el desarrollo de la revolución proletaria mundial en Rusia.

Con la revolución rusa de febrero-marzo de 1917, la guerra imperialista comenzó a transformarse en guerra civil. Esta revolución ha dado el primer paso hacia el cese de la guerra. Pero solo un segundo paso puede asegurar ese cese, a saber: el paso del poder del estado a manos del proletariado. Eso será el comienzo de la «ruptura del frente» en todo el mundo, del frente de los intereses del capital, y solo rompiendo ese frente, puede el proletariado redimir a la humanidad de los horrores de la guerra y asegurarse el bien de una paz duradera.

Lenin. Las tareas del proletariado en nuestra revolución, 10 de abril 1917

Naturaleza y límites de la Revolución rusa

¿Qué es por tanto la revolución rusa en su conjunto? Una revolución permanente, una revolución democrática, es decir, burguesa, en la que el proletariado dirige a un campesinado en rebelión para derrotar la autocracia y a la que la revolución proletaria mundial permite dotarse, inmediatamente, de una perspectiva socialista. Perspectiva que necesitaba para materializarse de la extensión de la revolución socialista al menos en Europa.

La derrota de la revolución en Europa no permitirá a la revolución rusa alcanzar nunca el estadio socialista hacia el que se orientaba y dirigía: quedará en revolución política. No es, como veremos, un triunfo menor. El proletariado destruyó el estado zarista y levantó las herramientas de su propia dictadura: los soviets. Como veremos en el siguiente cuaderno, serán disueltos en la práctica por la guerra civil y sustituidos paulatinamente por el propio entramado burocrático creado para sostenerlos, que acabará dirigiendo una contrarrevolución -también exclusivamente política- que liquidará finalmente a los soviets y destruirá como herramienta útil a la clase al partido de la revolución.

La revolución rusa no destruyó la estructura económica del capital, que no reside en el burgués ni en los monopolios, sino en lo que Marx llamaba la relación social capital-salariato; tras un momento de vacilación, la modificó de privada en estatal, y en torno a ella y para ella fueron reacomodándose luego lo judicial, lo político... y los cuerpos represivos, ejército nacional comprendido, hasta que la relación social capital-salariado adquirió la virulencia que continúa distiguiéndola.

Fue pues una revolución democrática o permanente, hecha por un poder proletario, y muerta como tal antes de alcanzar el estadio socialista que la motivó y constituía su mira. Por ende, no pasó de ser una revolución política. Y si bien en ese aspecto fue más cabal que la revolución española, la persistencia de la mencionada relación social capitalista dio a la contrarrevolución la facilidad de ser sólo política también, si bien cruelísima, en proporción al apremio de revolución mundial.

G. Munis. «Reafirmación», 1979

Soviets y partido

Nos resta un elemento importantísimo en la caracterización de la revolución rusa: la auto-organización de la clase. Nunca antes una parte tan numerosa del proletariado había desarrollado tal grado de organización y consciencia. Las herramientas fueron fundamentalmente dos: los soviets y el partido.

La primera, los soviets, fueron órganos de lucha primero, de insurrección después y finalmente de ejercicio fugaz de la dictadura de clase. La segunda, el partido fue el enzima que sirve al acendramiento, a través de consignas y argumentos claros y concretos, de miles y miles de los trabajadores más decididos y comprometidos... muchas veces, como veremos, a pesar de la propia dirección del partido..

Como también veremos, no hubo otro método para ello que el debate constante y extenso, bien pegado a la acción, sustentado en la voluntad revolucionaria de una organización que paulatinamente creció hasta agrupar, dar voz y claridad la dirección espontánea segregada por la masa de la clase.

Las masas tienen millones de caras; no son homogéneas; están dominadas por los intereses de clases, variados y contradictorios; no llegan a alcanzar la verdadera consciencia -sin la cual no es posible ninguna acción fecunda- sino mediante la organización. Las masas sublevadas de la Rusia de 1917 se elevan hasta alcanzar la consciencia neta y clarividente de la acción que se impone, de los medios a emplear y de los objetivos a conseguir, sirviéndose del partido bolchevique como de un órgano. No se trata de una teoría; es simplemente el enunciado de un hecho. Las relaciones entre el partido, la clase obrera, las masas laboriosas, se nos presentan aquí con un relieve admirable. El partido expresa en términos claros -y lo realiza- todo aquello que anhelan confusamente los marinos de Cronstadt, los soldados de Kazán, los obreros de Petrogrado, de Ivanovo-Voznesensk, de Moscú y de todas partes, los campesinos que saquean las residencias señoriales; en suma, lo que quieren todos, sin que puedan expresar con claridad sus aspiraciones, confrontarlas con las posibilidades económicas y políticas, señalar los fines más razonables, elegir los medios más apropiados para alcanzarlos, señalar el momento más favorable para la acción, ponerse de acuerdo de un lado a otro del país, informarse los unos a los otros, disciplinarse, coordinar sus esfuerzos innumerables, constituir, en una palabra, una fuerza única e inteligente, instruida, voluntaria, prodigiosa. El partido les revela lo que ellos piensan. El partido es el lazo que los une entre ellos, de un extremo a otro del país. El partido es su consciencia, su inteligencia, su organización.

Cuando los artilleros de los acorazados del mar Báltico, llenos de ansiedad por los peligros que amenazan a la revolución, buscan un camino, allí está el agitador bolchevique para indicárselo. Y no hay otro camino que aquél; eso es la evidencia misma. Cuando algunos soldados que se encuentran en las trincheras quieren dar expresión a su voluntad de acabar con aquella matanza, eligen para formar el comité del batallón a los candidatos del partido bolchevique. Cuando los campesinos, hartos ya de las dilaciones de «su partido» socialista-revolucionario, se preguntan si no ha llegado ya la hora de actuar ellos mismos, llega hasta ellos la voz de Lenin: «¡Labrador, coge tú mismo la tierra!» Cuando los obreros sienten que la intriga contrarrevolucionaria ronda por todas partes a su alrededor, el diario Pravda les suministra el santo y seña que presentían ya y que es la que imponen las necesidades de la revolución. La gente que pasa por la calle, en estado lastimoso, como un rebaño, se detiene frente a las pancartas pegados por los bolcheviques, y exclama: «¡Justo! ¡Eso mismo!». Eso mismo. Aquella voz es la suya propia.

De ahí que la marcha de las masas hacia la revolución se traduzca en un gran hecho político: los bolcheviques, que eran el mes de marzo una pequeña minoría revolucionaria, pasan a ser durante los meses de septiembre-octubre el partido de la mayoría. Es ya imposible distinguir entre las masas y el partido. Se trata de una sola marca. Hay también, sin duda, entre la muchedumbre, otros revolucionarios dispersos, socialistas-revolucionarios de izquierda -los más numerosos-, anarquistas, marximalistas, que también quieren la revolución: puñado de hombres arrastrados por los acontecimientos. Agitadores empujados por la agitación general. Tendremos ocasión de ver en varios detalles cuán confusa era su consciencia de la realidad. Los bolcheviques, por el contrario, merced a su exacta comprensión teórica del dinamismo de los acontecimientos, se identifican a la vez con las masas de trabajadores y con la necesidad histórica. «Los comunistas no tienen otros intereses que los del proletariado en su conjunto», dice el Manifiesto de Marx y Engels. ¡Qué exacta nos parece ahora esta frase, que se escribió el año 1847!

A partir de las algaradas de julio, el partido, que acababa de salir de un período de ilegalidad y de persecución, es solamente tolerado. Se forma en columna de asalto. Pide a sus miembros abnegación, fervor y disciplina: como compensación no les proporciona otra cosa que la satisfacción de servir al proletariado. Véase, sin embargo, cómo crecen sus efectivos. En abril contaba con 72 organizaciones, que alcanzaban un total de 80 000 miembros. A fines de julio sus efectivos alcanzaban la cifra de 200.000 afiliados, distribuidos en 162 organizaciones.

Victor Serge. «El año I de la Revolución rusa»

Las fases de la Revolución

Nota del editor. En el relato de los hechos haremos un uso intensivo de la Historia de la Revolución rusa de Trotski. Todas las citas son por defecto de tal obra. Para no ser redundantes no pondremos la fuente al pie de las citas en tal caso.

El proletariado en la guerra

La guerra imperialista, sostenida por la burguesía rusa con la avaricia y la alegría de los grandes negocios garantizados, interrumpe un proceso de lucha de largo aliento, continuidad directa de la revolución de 1905.

Nuestros datos, reducidos a su más simple expresión, se contraen a las empresas sometidas a la inspección de fábricas. Dejamos a un lado los ferrocarriles, la industria minera, el artesano y las pequeñas empresas en general, y, mucho más naturalmente, la agricultura, por diversas razones en que no hay para qué entrar. Con esto no pierden el menor relieve los cambios que acusa la curva de huelgas durante ese período.

AñosNúmero de huelguistas
190387.000
190425.000
19051.843.000
1906651.000
1907540.000
190893.000
19098.000
19104.000
19118.000
1912550.000
1913502.000
1914 (primera mitad)1.059.000
1915156.000
1916310.000
1917 (enero-febrero)575.000

El período de prosperidad industrial que se inicia en el año 1910 pone otra vez en pie a los obreros e imprime nuevo impulso a sus energías. Las cifras de 1913-1914 repiten casi los datos de 1905-1907, sólo que en un orden inverso: ahora, el movimiento no tiende a remitir, sino que va en ascenso. Comienza la nueva ofensiva revolucionaria sobre bases históricas más altas: esta vez, el número de obreros es mayor, y mayor también su experiencia. Los seis primeros meses de 1914 pueden equipararse casi, por el número de huelguistas políticos, al año de apogeo de la primera revolución. Pero se desencadena la guerra y trunca bruscamente este proceso. Los primeros meses de la guerra se caracterizan por la inactividad política de la clase obrera. Pero el estancamiento empieza ya a ceder en la primavera de 1915, y se abre un nuevo ciclo de huelgas políticas que, en febrero de 1917, produce la explosión del alzamiento de los obreros y los soldados.

Estos flujos y reflujos bruscos de la lucha de masas hacen que el proletariado ruso parezca cambiar de filosofía en el transcurso de unos cuantos años. Fábricas que dos o tres años antes se lanzaban unánimemente a la huelga con motivo de cualquier acto de arbitrariedad policíaca pierden de pronto su empuje revolucionario y dejan sin respuesta los crímenes más monstruosos del poder. Las grandes derrotas producen un abatimiento prolongado. Los militantes revolucionarios pierden autoridad sobre las masas. En la conciencia de éstas vuelven a aflorar los viejos prejuicios y las supersticiones aún no esfumadas. Al mismo tiempo, la penetración de los elementos grises procedentes del campo en las filas obreras hacen que se destiña -por decirlo así- el carácter de clase de ésta. Los escépticos menean irónicamente la cabeza. Tal fue lo que aconteció en los años 1907 a 1911. Pero los procesos moleculares se encargan de curar en las masas las lesiones síquicas. Un nuevo giro de los acontecimientos o un impulso económico subterráneo abre un nuevo ciclo político. Los elementos revolucionarios vuelven a encontrar quien les preste oídos, y la lucha se enciende de nuevo y con mayores bríos.[...]

El movimiento revolucionario se paralizó al primer redoble de los tambores guerreros. Los elementos obreros más activos fueron movilizados. Los militantes revolucionarios fueron trasladados de las fábricas al frente. Toda declaración de huelga era severamente castigada. La prensa obrera fue suprimida; los sindicatos estrangulados. En las fábricas entraron cientos de miles de mujeres, de jóvenes, de campesinos. Políticamente, la guerra, unida a la bancarrota de la Internacional, desorientó extraordinariamente a las masas y permitió a la dirección de las fábricas, que había levantado cabeza, hablar patrióticamente en nombre de la industria, arrastrando consigo a una parte considerable de los obreros y obligando a los más audaces y decididos a adoptar una actitud expectante. La idea revolucionaria había ido a refugiarse en grupos pequeños y silenciosos. En las fábricas, nadie se atrevía a llamarse bolchevique, sí no quería verse al punto detenido e incluso apaleado por los obreros más retrógrados.

En el momento de estallar la guerra, la fracción bolchevique de la Duma, foja por las personas que la componían, no estuvo a la altura de las circunstancias. Se juntó a los diputados mencheviques para formular una declaración en la que se comprometía a «defender los bienes culturales del pueblo contra todo atentado, viniera de donde viniese». La Duma subrayó con aplausos aquella capitulación. No hubo entre todas las organizaciones y grupos del partido que actuaban en Rusia ni uno solo que abrazase la posición claramente derrotista que Lenin mantenía desde el extranjero. Sin embargo, entre los bolcheviques, el número de patriotas era insignificante: muy al contrario de lo que hicieron los narodniki y mencheviques, los bolcheviques empezaron ya en el año 1914 a agitar entre las masas de palabra y por escrito contra la guerra.

Los bolcheviques se habían constituido como fracción formalmente independiente en 1912, casi una década después del estallido del «Partido Obrero Socialdemócrata Ruso» (POSDR). Desde entonces firmaban como POSDR(b) (la be era por «mayoritarios», «bolcheviki» en ruso). Sin embargo estaban lejos de formar un cuerpo -de organización y de doctrina- monolítico. Como cuenta Trotski arriba, desde el primer momento, la dirección bolchevique en el interior de Rusia tomara posiciones tibias, incluso defensistas, que se re-emergerán en las distintas fases del proceso revolucionario. Se puede afirmar sin temor que si hubiera sido por su dirección durante la guerra, los bolcheviques nunca hubieran podido llegar a ser otra cosa que el ala izquierda del menchevismo, a su vez ala izquierda de una burguesía ya reaccionaria.

Pero el POSDR(b) era más que su dirección formal. Por supuesto, estaba Lenin en el exilio. Había sido con Rosa Luxemburgo, Karl Liebknecht, Jogiches, Trotski y algunos más parte de la exigua minoría de dirigentes de la Internacional que había tomado una posición internacionalista clara al estallido de la guerra. Es más, había sido el primero en enarbolar la consigna del derrotismo revolucionario, haciendo del llamamiento a convertir la guerra imperialista en guerra civil revolucionaria el eje de acendramiento de los revolucionarios en una nueva etapa.

¡En alto la bandera de la guerra civil! El imperialismo ha apostado a una carta los destinos de la cultura europea: a esta guerra, si no hay una serie de revoluciones victoriosas, no tardarán en seguir otras guerras; la fábula de la «última guerra» es una ficción vana y perniciosa, un «mito» filisteo. La bandera proletaria de la guerra civil, si no hoy, mañana -si no en esta guerra después de ella-, si no en esta guerra , en la próxima que siga, agrupará alrededor de ella no solo a cientos de miles de obreros conscientes, sino a millones de semiproletarios y pequeños burgueses embaucados por el chovinismo, a quienes los horrores de la guerra no solo les han de intimidar y aturdir sino que les han de instruir, enseñar, despertar, organizar, templar y preparar para la guerra contra la burguesía, tanto de «su propio» país como de los países «ajenos».

La IIª Internacional ha muerto, vencida por el oportunismo. ¡Abajo el oportunismo y viva la IIIª Internacional!

Lenin. La situación y las tareas de la Internacional Socialista. 1 de noviembre de 1914. OOCC T26, pp 441 y 42.

Pero la imagen de un Lenin profético que teledirige desde el exilio a un partido monolítico es una fantasía stalinista creada muy posteriormente con fines espurios. Lenin, admirado y escuchado en la base del partido, estuvo lejos de ser incuestionado. Al revés, muchas veces aislado estuvo habitualmente en minoría en momentos críticos y la propia dirección del partido le cortó en no pocas veces -hasta vísperas de Octubre- el acceso a la prensa y las comunicaciones internas.

Sin embargo, la exaltación del centralismo en el debate con los agrupamientos obreros étnicos y la gimnasia de las constantes reorganizaciones tras las detenciones y olas represivas, habían configurado a los bolcheviques como una organización centralizada en un sentido muy diferente al burocrático: a pesar de la importancia de los órganos centrales, la organización entera acaba formando parte determinante de todas las tomas de decisión estratégicas.

Y la guerra cambió la fisonomía y composición social de la base de la organización. Buena parte de la intelectualidad y los estudiantes desertaron. Los comités locales quedaron aislados en momentos críticos, sin poder contar con buenos redactores mejor formados que los trabajadores militantes ni relación con el centro. El derrotismo revolucionario germinó pronto en ellos, no por influjo de una dirección defensista, sino como expresión directa de la experiencia de los trabajadores que habían vivido 1905. Shliapnikov, que dirigirá el comité de Petrogrado, recupera las consignas del comité local del principal centro obrero de Rusia en julio de 1914 -recién comenzada la guerra- muy lejanas del defensismo.

¡Abajo la guerra! ¡Guerra a la guerra! deben difundirse con fuerza a lo largo y ancho de Rusia. Los trabajadores deben recordar que no tienen enemigos al otro lado de la frontera; en todos lados la clase trabajadora está oprimida por los ricos y el poder de los propietarios… ¡¡Viva la solidaridad mundial del trabajo!!

Citado en «On the Eve of 1917» por Alejandro Shliapnikov, pp. 20-1

Pero no hay que hacerse ilusiones. La militarización de la producción, la represión directa, el mandar al frente como castigo a los obreros huelgistas, la detención de los diputados bolcheviques en la Duma y la caída de moral general desarticularon temporalmente al POSDR(b)

La guerra causó terribles estragos en las organizaciones clandestinas. Después del encarcelamiento de su fracción en la Duma, los bolcheviques viéronse privados de toda organización central. Los comités locales llevaban una existencia episódica y no siempre se mantenían en contacto con los distritos. Sólo actuaban grupos dispersos, elementos sueltos. Sin embargo, el auge de la campaña huelguística les infundía fuerza y ánimos en las fábricas, y poco a poco fue estableciéndose el contacto entre ellos y se anudaron las necesarias relaciones.

La consigna de ¡Abajo la guerra! solo empezará a encontrar eco un año después, cuando las condiciones impuestas por la guerra transformen la percepción de ésta entre los trabajadores.

En agosto de 1915, los ministros zaristas se comunican unos a otros que los obreros «acechan por todas partes, venteando traiciones y sabotajes en favor de los alemanes, y se entregan celosamente a la busca y captura de los culpables de nuestros fracasos en el frente». En efecto, durante este período, la crítica de las masas que empieza a resurgir se apoya, en parte sinceramente y en parte adoptando ese tinte protector, en la «defensa de la patria». Pero esta idea no era más que el punto de partida. El descontento obrero va echando raíces cada vez más profunda, sella los labios de los capataces, de los obreros reaccionarios y de los adulones de los patronos, y permite volver a levantar cabeza a los bolcheviques.

Las masas pasan de la crítica a la acción. Su indignación se traduce principalmente en los desórdenes producidos por la escasez de subsistencias, desórdenes que, en algunos sitios, toman la forma de verdaderos motines. Las mujeres, los viejos y los jóvenes se sienten más libres y más audaces en el mercado o en la plaza pública que los obreros movilizados en las fábricas. En mayo, el movimiento deriva, en Moscú, hacia el saqueo de casas de alemanes. Y aunque sus autores obren bajo el amparo de la policía y procedan de los bajos fondos de la ciudad, la sola habilidad del saqueo en una urbe industrial como Moscú atestigua que los obreros no están aún lo bastante despiertos para poder infiltrar sus consignas y su disciplina en la parte de la población urbana sacada de sus casillas. Al correrse por todo el país estos desórdenes, destruyen el hipnotismo de la guerra y preparan el terreno a las huelgas. La afluencia de mano de obra inepta a las fábricas y el afán de obtener grandes beneficios de guerra se traducen en todas partes en un empeoramiento de las condiciones de trabajo y resucitan los más burdos métodos de explotación. La carestía de la vida va reduciendo automáticamente los salarios. Las huelgas económicas se tornan en un reflejo inevitable de las masas, tanto más tumultuoso cuanto más se le ha querido contener. Las huelgas van acompañadas de mítines, de votación de acuerdos políticos, de encuentros con la policía y, no pocas veces, de tiroteos y de víctimas.

La lucha se corre, en primer término, por la región textil central. El 5 de junio, la policía dispara sobre los obreros tejedores de Kostroma: cuatro muertos y nueve heridos. El 10 de agosto, las tropas hacen fuego sobre los obreros de Ivanovo-Vosnesenk: dieciséis muertos, treinta heridos. En el movimiento de los obreros textiles aparecen complicados soldados del batallón destacado en aquella plaza. Como respuesta a los asesinos de Ivanovo-Vosnesenk, estallan huelgas de protesta en distintos puntos del país. Paralelamente a este movimiento, se va extendiendo la lucha económica. Los obreros de la industria textil marchan, en muchos sitios, en primera fila.

Comparado con la primera mitad de 1914, este movimiento representa, así en lo que se refiere a la intensidad del ataque como en lo que afecta a la claridad de las consignas, un gran paso atrás. No tiene nada de particular: es una huelga en la que toman parte principal las masas grises; además, en el sector obrero dirigente reina el desconcierto más completo. Sin embargo, ya en las primeras huelgas que estallan durante la guerra se pulsa la proximidad de los grandes combates. El 16 de agosto declara el ministro de Justicia, Ivostov: «Si actualmente no estallan acciones armadas es, sencillamente, porque los obreros no disponen de organización». Pero todavía se expresaba más claramente Goremikin: «El único problema con que tropiezan los caudillos obreros es la falta de organización, pues la detención de los cinco diputados de la Duma se la ha destruido». Y el ministro del Interior añadía: «No es posible amnistiar a los diputados de la Duma (los bolcheviques), pues son el centro de la organización del movimiento obrero en sus manifestaciones más peligrosas». Por lo menos, aquellos señores sabían muy bien dónde estaban sus verdaderos enemigos: en esto, no se equivocaban.

Al tiempo que el gobierno, aun en los momentos de mayor desconocimiento, en que se mostraba propicio a hacer concesiones a los liberales, creía imprescindible dirigir los tiros a la cabeza de la revolución obrera, es decir, a los bolcheviques, la gran burguesía pugnaba por llegar a una inteligencia con los mencheviques. Alarmados por las proporciones que iban tomando en las huelgas, los industriales liberales hicieron una tentativa para imponer una disciplina patriótica a los obreros, metiendo a los representantes elegidos por éstos en los comités industriales de guerra. El ministro del Interior se lamentaba de lo difícil que era luchar contra la iniciativa de Guchkov: «Todo esto se lleva a cabo bajo la bandera del patriotismo y en nombre de los intereses de la defensa nacional». Conviene tener en cuenta, sin embargo, que la policía se guardaba muy mucho de detener a los socialpatriotas, en quienes veía unos aliados indirectos en la lucha contra las huelgas y los «excesos» revolucionarios. Todo el convencimiento de la policía de que, mientras durase la guerra, no estallarían insurrecciones, se basaba en la confianza excesiva que había puesto en la fuerza del socialismo patriótico.[...]

El 9 de enero, aniversario tradicionalmente conmemorado de la manifestación obrera ante el palacio de Invierno, que el año anterior había pasado casi inadvertido, hace estallar, en el año 1916, una huelga de extensas proporciones. En estos años, el movimiento de huelgas se duplica. No hay huelga importante en que no se produzcan choques con la policía. Los obreros hacen gala de su simpatía por los soldados, y la Ocrana apunta más de una vez este hecho inquietante.

La consigna de ¡Abajo la guerra! movilizada desde la base empieza a incorporarse a las plataformas reivindicativas de unas huelgas que lejos de ser frenadas por las concesiones de los patrones son propulsadas por ellas. En el POSDR(b) empiezan a aparecer nuevas perspectivas.

Resurgió la actuación clandestina. El Departamento de policía había de escribir más tarde: «Los leninistas, a los que sigue en Rusia la gran mayoría de las organizaciones socialdemócratas, han lanzado desde el principio de la guerra, en los centros más importantes (tales como Petrogrado, Moscú, Jarkov, Kiev, Tula, Kostroma, provincia de Vladimir y Samara) una cantidad considerable de proclamas revolucionarias exigiendo el término de la guerra, el derrocamiento del régimen y la instauración de la República. Los frutos más palpables de esta labor son la organización de huelgas y desórdenes obreros».

La particular forma y aceleración de las crisis enmascaradas bajo las guerras, no lleva en sí misma a la lucha a los trabajadores pero, una vez planteadas éstas, impulsa su confluencia y anima a su unificación.

La industria de guerra se desarrolla desmesuradamente, devorando todos los recursos a su alcance y minando sus propios fundamentos. Las ramas de la producción de paz languidecían y caminaban hacia su muerte. A pesar de todos los planes elaborados, no se consiguió reglamentar la economía. La burocracia era incapaz ya para tomar el asunto por su cuenta: chocaba con la resistencia de los poderosos comités industriales de guerra: no accedía, sin embargo, a entregar un papel regulador a la burguesía. No tardaron en perderse las minas de carbón y las fábricas de Polonia. Durante el primer año de guerra, Rusia perdió cerca de la quinta parte de sus fuerzas industriales. Un 50 por 100 de la producción total y cera del 75 por 100 de la textil hubieron de destinarse a cubrir las necesidades del ejército y de la guerra. Los transportes, agobiados de trabajo, no daban abasto a la necesidad de combustible y materias primas de las fábricas. La guerra, después de devorar toda la renta nacional líquida, amenazaba con disipar también el capital básico del país.

Los industriales mostrábanse cada vez menos propicios a hacer concesiones a los obreros, y el gobierno seguía contestando a las huelgas, fuesen las que fuesen, con duras represiones. Todo esto empujaba el pensamiento de los obreros y lo hacía remontarse de lo concreto a lo general, de las mejoras económicas a las reivindicaciones políticas: «tenemos que lazarnos a la huelga todos de una vez». Así resurge la idea de la huelga general. La estadística de huelgas acusa de modo insuperable el proceso de radicalización de las masas. En el año 1915, toman parte en las huelgas políticas dos veces y media menos obreros que las puramente económicas. Basta apuntar una sola cifra para poner de relieve el papel desempeñado por Petrogrado en este movimiento: durante los años de la guerra, corresponden a la capital el 72 por 100 de los huelguistas políticos. [...]

A fines de 1916, los precios empiezan a subir vertiginosamente a saltos. A la inflación y a la desorganización de los transportes viene a unirse la gran escasez de mercancías. El consumo de la población se reduce durante este período a más de la mitad. La curva del movimiento obrero sigue ascendiendo bruscamente. Con el mes de octubre, la lucha entra en su fase decisiva. Todas las manifestaciones de descontento se mancomunan: Petrogrado toma carrerilla para lanzarse al salto de Febrero. En todas las fábricas se celebran mítines. Temas: La cuestión de las subsistencias, la carestía de la vida, la guerra, el gobierno. Circulan hojas bolcheviques. Se plantean huelgas políticas. Se improvisan manifestaciones a la salida de las fábricas y talleres. Aquí y allá obsérvanse casos de fraternización de los obreros de las fábricas con los soldados. Estalla una tumultuosa huelga de protesta contra el Consejo de guerra formado a los marinos revolucionarios de la escuadra del Báltico. El embajador francés llama la atención del primer ministro, Sturmer, sobre el hecho de que unos soldados dispararan contra la policía. Sturmer tranquiliza a Paleologue con estas palabras: «La represión será implacable». En noviembre envían al frente a un grupo numeroso de obreros movilizados en las fábricas de Petrogrado. El año acaba bajo un cielo de tormenta.

La revolución de febrero

El nuevo año lejos de romper el proceso, lo acelera. La moral crece con las huelgas: Shliapnikov escribe a Lenin: algunos camaradas toman la posición de que estamos viviendo una era de revolución social. Y sin embargo, la posibilidad de una salida revolucionaria parece distante... incluso para sus protagonistas.

El 23 de febrero era el Día Internacional de la Mujer. Los elementos socialdemócratas se proponían festejarlo en la forma tradicional: con asambleas, discursos, manifiestos, etc. A nadie se le pasó por las mentes que el Día de la Mujer pudiera convertirse en el primer día de la revolución. Ninguna organización hizo un llamamiento a la huelga para ese día. La organización bolchevique más combativa de todas, el Comité de la barriada obrera de Viborg, aconsejó que no se fuese a la huelga. Las masas -como atestigua Kajurov, uno de los militantes obreros de la barriada- estaban excitadísimas: cada movimiento de huelga amenazaba convertirse en choque abierto. Y como el Comité entendiese que no había llegado todavía el momento de la acción, toda vez que el partido no era aún suficientemente fuerte ni estaba asegurado tampoco en las proporciones debidas el contacto de los obreros con los soldados, decidió no aconsejar la huelga, sino prepararse para la acción revolucionaria en un vago futuro. Tal era la posición del Comité, al parecer unánimemente aceptada, en vísperas del 23 de febrero. Al día siguiente, haciendo caso omiso de sus instrucciones, se declararon en huelga las obreras de algunas fábricas textiles y enviaron delegadas a los metalúrgicos pidiéndoles que secundaran el movimiento. Los bolcheviques -dice Kajurov- fueron a la huelga a regañadientes, secundados por los obreros mencheviques y socialrevolucionarios. Ante una huelga de masas no había más remedio que echar a la gente a la calle y ponerse al frente del movimiento. Tal fue la decisión de Kajurov, que el Comité de Viborg hubo de aceptar.

La idea de la acción había madurado ya en las mentes obreras desde hacía tiempo, aunque en aquel momento nadie suponía el giro que había de tomar.

Retengamos esta declaración de uno de los actores de los acontecimientos, muy importante para comprender la mecánica de su desarrollo

Dábase por sentado, desde luego, que, en caso de manifestaciones obreras, los soldados serían sacados de los cuarteles contra los trabajadores. ¿A dónde se hubiera ido a parar con esto? Estábamos en tiempo de guerra y las autoridades no se mostraban propicias a gastar bromas. Pero, por otra parte, el «reservista» de los tiempos de guerra no era precisamente el soldado sumiso del ejército regular. ¿Era más o menos peligroso? Entre los elementos revolucionarios se discutía muchísimo ese tema, pero más bien de un modo abstracto, pues nadie, absolutamente nadie -como podemos afirmar categóricamente, basándonos en todos los datos que poseemos- pensaba en aquel entonces que el día 23 de febrero señalaría el principio de la ofensiva declarada contra el absolutismo. Tratábase -en la mente de los organizadores- de simples manifestaciones con perspectivas vagas, pero en todo caso sin gran trascendencia.

Es evidente, pues, que la Revolución de Febrero empezó desde abajo, venciendo la resistencia de las propias organizaciones revolucionarias; con la particularidad de que esta espontánea iniciativa corrió a cargo de la parte más oprimida y cohibida del proletariado: las obreras del ramo textil, entre las cuales hay que suponer que habría no pocas mujeres casadas con soldados. Las colas estacionadas a la puerta de las panaderías, cada vez mayores, se encargaron de dar el último empujón. El día 23 se declararon en huelga cerca de 90.000 obreras y obreros. Su espíritu combativo se exteriorizaba en manifestaciones, mítines y encuentros con la policía. El movimiento se inició en la barriada fabril de Viborg, desde donde se propagó a los barrios de Petersburgo. Según los informes de la policía, en las demás partes de la ciudad no hubo huelgas ni manifestaciones. Este día fueron llamados ya en ayuda de la policía destacamentos de tropa poco numerosos al parecer, pero sin que se produjesen choques entre ellos y los huelguistas. Manifestaciones de mujeres en que figuraban solamente obreras se dirigían en masa a la Duma municipal pidiendo pan. Era como pedir peras al olmo. Salieron a relucir en distintas partes de la ciudad banderas rojas, cuyas leyendas testimoniaban que los trabajadores quería pan, pero no querían, en cambio la autocracia ni la guerra. El Día de la Mujer transcurrió con éxito, con entusiasmo y sin víctimas. Pero ya había anochecido y nadie barruntaba aún lo que este día fenecido llevaba en su entraña.

Al día siguiente, el movimiento huelguístico, lejos de decaer, cobra mayor incremento: el 24 de febrero huelgan cerca de la mitad de los obreros industriales de Petrogrado. Los trabajadores se presentan por la mañana en las fábricas, pero se niegan a entrar al trabajo, organizan mítines y a la salida se dirigen en manifestación al centro de la ciudad. Nuevas barriadas y nuevos grupos de la población se adhieren al movimiento. El grito de «¡Pan!» desaparece o es arrollado por los de «¡Abajo la autocracia!» y «¡Abajo la guerra!» La perspectiva Nevski contempla un continuo desfilar de manifestaciones: son masas compactas de obreros cantando himnos revolucionarios; luego, una muchedumbre urbana abigarrada, entre la que se destacan las gorras azules de los estudiantes.

El público nos acogía con simpatía, y desde algunos lazaretos los soldados no saludaban agitando lo que tenían a mano.

[...] Durante todo el día [siguiente] la muchedumbre se volcaba de unos barrios en otros. Veíase dispersada por la policía, contenida y rechazada por las fuerzas de Caballería y algunos destacamentos de Infantería. Con el grito de «¡Abajo la policía!» alternaban cada vez con más frecuencia los hurras a los cosacos. Era un detalle significativo. La multitud exteriorizaba un odio furioso contra la policía. La policía montada era acogida con silbidos, piedras, pedazos de hierro. Muy distinta era la actitud de los obreros respecto de los soldados. En los alrededores de los cuarteles, cerca de los centinelas y las patrullas, veíanse grupos de obreros y obreras que charlaban amistosamente con ellos. Era una nueva etapa que tomaban las huelgas en su desarrollo y un fruto del hecho de poner frente a frente al ejército y a las masas obreras. Esta etapa, inevitable en toda revolución, parece siempre nueva, y la verdad es que cada vez se plantea de un modo distinto. Los que han leído y escrito sobre ella no la reconocen.[...]

Intentemos representarnos con más claridad la lógica interna del movimiento. El 23 de febrero se inicia, bajo la bandera del «Día de la Mujer», la insurrección de las masas obreras de Petrogrado, latente desde hacía mucho tiempo y desde hacía mucho tiempo también contenida. El primer peldaño de la insurrección es la huelga. A lo largo de tres días, ésta va ganando terreno y se convierte de hecho en general. No hacía falta más para infundir confianza a las masas e impulsarlas a seguir. La huelga, que va tomando cada vez más decididamente carácter ofensivo, se combina con manifestaciones callejeras, que ponen en contacto a la masa revolucionaria con las tropas. Esto impulsa al objetivo del movimiento, en su conjunto, hacia un plano más elevado, donde el pleito se dirime por la fuerza de las armas. Los primeros días se señalan por una serie de éxitos parciales, aunque de carácter más sintomático que efectivo.

Un alzamiento revolucionario que dure varios días sólo se puede imponer y triunfar con tal de elevarse progresivamente de peldaño en peldaño, registrando todos los días nuevos éxitos. Una tregua en el desarrollo de los éxitos es peligrosa. Si el movimiento se detiene y patina, puede ser el fracaso. Pero tampoco los éxitos de por sí bastan; es menester que la masa se entere de ellos a su debido tiempo y aprecie antes de que sea tarde su importancia para no dejar pasar de largo el triunfo en momentos en que le bastaría alargar la mano para cogerle. En la historia se han dado casos de éstos.

Durante los tres primeros días, la lucha fue exacerbándose constantemente. Pero esto hizo precisamente que las cosas alcanzasen un nivel en que los éxitos sintomáticos ya no bastaban. Toda la masa activa se había echado a la calle. Con la policía liquidó eficazmente y sin grandes dificultades. En los últimos dos días hubieron de intervenir ya las tropas: en el segundo fue sólo la Caballería; al tercero, la Infantería también. Las tropas dispersaban a la gente o la contenían, manifestando a veces una condescendencia evidente y sin recurrir casi nunca a las armas de fuego. En las alturas no se apresuraban a modificar el plan represivo, en parte porque no daban a los acontecimientos toda la importancia que tenían -el error de visión de la reacción completaba simétricamente el de los caudillos revolucionarios-, y en parte porque no estaban seguros de las tropas. Al tercer día, constreñido por la fuerza de las cosas y por la de la orden telegráfica del zar, el gobierno no tiene más remedio, quiéralo o no, que echar mano de las tropas ya de una manera decidida. Los obreros lo comprendieron así, sobre todo los elementos más avanzados, tanto más cuanto que la víspera los dragones habían disparado sobre las masas. Ahora la cuestión se planteaba en toda su magnitud ante ambas partes. [...]

Los dirigentes de ambos campos vacilaban y conjeturaban, pues nadie podía medir a priori la proporción de fuerzas. Los signos exteriores perdieron definitivamente su valor de criterios de medida: no hay que olvidar que uno de los rasgos principales de toda crisis revolucionaria consiste precisamente en la aguda contradicción entre la nueva conciencia y los viejos moldes de las relaciones sociales. La nueva correlación de fuerzas anidaba misteriosamente en la conciencia de los obreros y soldados. Pero precisamente el tránsito del gobierno a la ofensiva de las masas revolucionarias hizo que la nueva correlación de fuerzas pasara de su estado potencial a un estado real. El obrero miraba ávida e imperiosamente a los ojos del soldado, y éste rehuía, intranquilo e inseguro, su mirada: esto significaba que el soldado no respondía ya de sí. El obrero se acercaba a él valerosamente. El soldado, sombría, pero no hostilmente, más bien sintiéndose culpable, guardaba silencio, y, a veces, contestaba con una serenidad forzada para ocultar los latidos inquietos de su corazón. Está operándose en él una gran transformación. El soldado se libraba a todas luces del espíritu cuartelero sin que él mismo se diera cuenta de ello. Los jefes decían que el soldado estaba embriagado por la revolución; al soldado le parecía, por el contrario, que iba volviendo en sí de los efectos del opio del cuartel. Y así se iba preparando el día decisivo, el 27 de febrero.

[...]las barriadas obreras y los cuarteles estaban abandonados a sí mismos. Hasta el día 26 no apareció el primer manifiesto a los soldados, lanzado por una de las organizaciones socialdemócratas, afín a los bolcheviques. Este manifiesto, que tenía un carácter muy indeciso y ni siquiera hacía un llamamiento a los soldados para que se pusieran al lado del pueblo, empezó a repartirse por todos los barrios el día 27 por la mañana. «Sin embargo -atestigua Fureniev, uno de los directivos de la organización-, los acontecimientos revolucionarios se desarrollaban con tal rapidez, que nuestras consignas llegaban ya con retraso. En el momento en que las hojas llegaban a manos de los soldados, éstos entraban ya en acción."

Por lo que al centro bolchevique se refiere, conviene advertir que, hasta el día 27 por la mañana, Schliapnikov no se decidió a escribir, a instancias de Chugurin, uno de los mejores caudillos obreros de las jornadas de febrero, un manifiesto dirigido a los soldados. ¿Fue impreso ese manifiesto? En todo caso, vería la luz cuando su eficacia era ya nula. En modo alguno pudo tener influencia sobre los sucesos del día 27. No hay más remedio que dejar sentado que, por regla general, en aquellos días los dirigentes, cuanto más altos estaban, más a la zaga de las cosas iban.

[...] En la reunión celebrada por la mañana [del día 27] en casa del incansable Kajurov, a la cual acudieron hasta cuarenta representantes de las fábricas, la mayoría se pronunció por llevar adelante el movimiento. La mayoría, pero no todos. Es lástima que no se conserve testimonio de la proporción de votos. Pero no eran aquéllos momentos de actas. Por lo demás, el acuerdo llegó con retraso: la Asamblea se vio interrumpida por la noticia fascinante de la sublevación de los soldados y de que habían sido abiertas las puertas de las cárceles.

Doble poder y tesis de abril

La revolución de febrero había barrido el viejo aparato político zarista de un manotazo sin que ningún partido lo viera venir, ni siquiera los bolcheviques, cuya dirección -incluso en San Petersburgo- se vio superada por los acontecimientos y su base social. Pero si ningún partido lo esperaba. ¿En manos de quién cayó el poder?

La burguesía sentía, con justicia, que el poder le había caído en las manos sin haber tenido siquiera que luchar por ello... es más, estando al otro lado de la barricada de los insurrectos. El proletariado se lo había entregado al derrocar al zarismo con una revolución estrictamente política -es decir sin tocar la relación capital-trabajo- ni plantear un poder alternativo, ya que no tenía una organización insurreccional propia.

Los partidos burgueses y pequeñoburgueses (los socialistas-revolucionarios y los mencheviques), mayoritarios en la Duma, reunieron a toda prisa un comité para elegir un «gobierno provisional». Su función principal era asentar el régimen convocando elecciones y poner en marcha una república burguesa parlamentaria democrática... que mantuviera el esfuerzo de guerra que había elevado la fortaleza económica de la burguesía sobre la aristocracia dominante, apoyada en sus relaciones internacionales.

Pero el mismo día 28, cuando aun había combates dispersos en las calles de Petrogrado y buena parte de Rusia ni siquiera era consciente de que el zarismo había caído, tuvieron lugar las elecciones a soviets.

La iniciativa había partido -antes de las jornadas de febrero- de los mencheviques que habían visto en la vieja institución insurreccional una oportunidad para convertir el órgano de la huelga de masas y la insurrección de 1905 en un instrumento del encuadramiento para la guerra. Su forma de elección daba un voto a cada fábrica, lo que -en teoría- les aseguraba la mayoría de la representación obrera, pues su fuerza estaba en las pequeñas empresas, mientras permitía que la pequeña burguesía ganara la mayoría al dar dos tercios de la representación a los soviets de soldados, campesinos en su inmensa mayoría como correspondía a la demografía social del país, a menudo representados por sus oficiales.

Objetivamente se estaban constituyendo dos poderes de clase diferente, dos sujetos de una guerra civil. Pero subjetivamente la revolución -o lo que es lo mismo, el proletariado que la había conducido- no se planteaba siquiera la posibilidad.

Sin embargo, los objetivos de febrero no son solo ¡Abajo la autocracia! (la consigna de la revolución democrático-burguesa); febrero es también !Abajo la guerra!, una consigna que la burguesía rusa y la pequeña burguesía agraria -el campesinado- no podían hacer propia y de la que el campesinado pobre desconfiaba. Solo los trabajadores la sentían en el centro de su propia lucha. !Abajo la guerra! es la consigna transitoria, la consigna anticapitalista en sí que impulsa la lucha más allá de donde la lucha se coloca por sus propios protagonistas.

Rusia es el país más pequeñoburgués, y las capas superiores de la pequeña burguesía están directamente interesadas en en la continuación de esta guerra. El campesino rico, al igual que los capitalistas, saca beneficios de ella.

Lenin, discurso del 27 de abril de 1917 sobre la resolución sobre la guerra.

La contradicción subyacente entre las dos institucionalidades de clase que aparecen en febrero, es en realidad una contradicción fundamental entre los objetivos burgueses de la revolución y los objetivos de clase del proletariado que la hace, y a fin de cuentas entre el desarrollo ruso -al punto para una revolución burguesa- y el desarrollo mundial -que convierte la revolución socialista en necesidad histórica inmediata. Es esa tensión, esa contradicción en la que el elemento dominante que define la situación es, evidentemente, el global, la que convierte a la revolución rusa en una revolución permanente.

Contradicciones históricas de semejante profundidad no pueden salvarse con componendas, pero tampoco son evidentes en un primer momento a sus protagonistas.

El primer mes de la revolución fue para el bolchevismo un período de desconcierto y vacilaciones. En el manifiesto del Comité central de los bolcheviques, escrito inmediatamente después de triunfar el movimiento de Febrero, decíase:

Los obreros de las fábricas, así como los soldados sublevados, deben elegir inmediatamente sus representantes en el gobierno revolucionario provisional.

El manifiesto vio la luz en el órgano oficial del Soviet, sin comentario ni objeciones, como si se tratara de un documento académico. Y es que hasta los propios dirigentes bolcheviques a atribuían a su consigna un valor meramente demostrativo. No hablaban como representantes de un partido proletario que se dispone a afrontar una lucha imponente por la conquista del poder, sino como el ala izquierda de la democracia que, al proclamar sus principios, tiende a abrazar el cometido de oposición leal durante un período de tiempo indefinido. [...]

Sujánov afirma que en la sesión celebrada por el Comité ejecutivo el 1º de marzo sólo se discutieron las condiciones de traspaso del poder. Contra el hecho mismo de la constitución de un gobierno burgués no se alzó ni una sola voz, a pesar de que, de los 39 miembros del Comité ejecutivo, 11 eran bolcheviques y simpatizantes: tres de ellos, Zalutski, Chliapnikov y Mólotov, pertenecían al centro.

Al día siguiente, según cuenta el propio Chliapnikov, de los 400 diputados presentes en la sesión del Soviet, sólo votaron en contra de la entrega del poder a la burguesía 19, cuando la fracción bolchevique contaba ya con 40. Esta votación se desarrolló en medio de la mayor tranquilidad, en medio de un orden parlamentario perfecto, sin que los bolcheviques formulasen proposición alguna clara en contra, y sin provocar lucha ni agitación de ninguna clase en la prensa bolchevique.

El 4 de marzo, el buró del Comité central votó una resolución acerca del carácter contrarrevolucionario del gobierno provisional y la necesidad de orientarse hacia la dictadura democrática del proletariado y de los campesinos. El Comité de Petrogrado, para quien esta resolución no tenía, como así era, más que un valor puramente académico, puesto que no indicaba qué era lo que había de hacerse, enfocó el problema desde el extremo opuesto. «Teniendo en cuenta la resolución acerca del gobierno provisional votada por el Soviet», declara que «no se opone al poder del gobierno provisional en la medida en que era, en esencia, la posición de los mencheviques y socialrevolucionarios, sólo que replegada sobre la segunda línea. Esta posición abiertamente oportunista del Comité de Petrogrado no contradecía más que en la forma a la adoptada por el Comité central, cuyo carácter académico no significaba escuetamente más que la avenencia política con el hecho consumado.

Esta predisposición a allanarse silenciosamente o con reserva al gobierno burgués no halló, ni mucho menos, una acogida incondicional entre los elementos del partido. Los obreros bolcheviques se estrellaron inmediatamente contra el gobierno provisional como contra una fortaleza enemiga que se alzase inesperadamente en su camino.

El Comité de Viborg celebraba mítines de miles de obreros y soldados, en los que se votaban, casi por unanimidad, resoluciones haciendo resaltar la necesidad de que el Soviet tomara en sus manos el poder. Digelstedt, que participó activamente en esta campaña de agitación, atestigua:

No hubo un solo mitin, una sola asamblea obrera que rechazara nuestras proposiciones, si había alguien que se las presentara.

En los primeros días, los mencheviques y los socialrevolucionarios no se atrevían a plantear abiertamente ante el auditorio de obreros y soldados la cuestión del poder tal como ellos la concebían. En vista del éxito que obtuvo la resolución de los obreros de Viborg, fue impresa y fijada por las esquinas como un pasquín. Pero el Comité de Petrogrado le puso el veto y los bolcheviques de Viborg no tuvieron más remedio que someterse.

En lo tocante al contenido social de la revolución y a las perspectivas de su desarrollo, la posición de los dirigentes bolcheviques no era menos confusa. Chliapnikov cuenta:

Coincidíamos con los mencheviques en que estábamos atravesando un momento revolucionario que se caracterizaba por la destrucción del régimen feudal, el cual debía ser sustituido por las «libertades» propias del régimen burgués.

En su primer número, la Pravda escribía:

La misión fundamental consiste... en la instauración del régimen democrático republicano.

En su mandato a los diputados obreros, el Comité de Moscú declaraba:

El proletariado aspira a conseguir las libertades necesarias para luchar por el socialismo, que es su objetivo final.

La tradicional alusión al «objetivo final» subraya suficientemente la distancia histórica que separaba esta posición del socialismo. Nadie iba más allá. El miedo a rebasar lo límites de la revolución democrática dictaba una política expectante, de adaptación y de retirada manifiesta ante las consignas de los conciliadores.

No es difícil comprender la grave repercusión que tenía en provincias esta alta de decisión política por parte del centro. Nos limitaremos a traer aquí el testimonio de uno de los dirigentes de la organización de Saratov:

Nuestro partido, que había tomado una participación activa en el movimiento revolucionario, había dejado escapar, evidentemente, la influencia que tenía sobre las masas, las cuales fueron a parar a manos de los mencheviques y los socialrevolucionarios. Nadie sabía cuáles eran las consignas de los bolcheviques... Un cuadro muy poco agradable.

Los bolcheviques de izquierda, empezando por los obreros, hacían cuanto podían por romper el cerco. Pero tampoco ellos sabían cómo hacer frente a los argumentos acerca del carácter burgués de la revolución y de los peligros de aislamiento del proletariado, y se sometían a regañadientes a las orientaciones de la dirección. Las distintas tendencias que se dibujaban en el bolchevismo chocaron con bastante violencia, unas contra otras, desde el primer día, pero sin que ninguna de ellas llevase sus ideas hasta las últimas consecuencias.

El Pravda reflejaba este estado confuso y vacilante de las ideas del partido, sin contribuir en lo más mínimo a armonizarlas. Hacia mediados de marzo se complicó aún más la situación, al llegar del destierro Kámenev y Stalin, que imprimieron un giro francamente derechista a la política oficial del partido.

El armonismo, especialidad histórica de la pequeña burguesía, llegó a calar en toda la dirección bolchevique. El concepto que intentó sostener esta armonía imposible giró, como no podía ser de otra manera, alrededor de la actitud frente a la guerra. Se conoció como defensismo.

En febrero de 1917 el derrocamiento del zarismo constituía, sin duda, un salto gigantesco hacia adelante. Pero, considerada en sí misma y no como un paso hacia Octubre, la Revolución de Febrero significaba únicamente una aproximación de Rusia al tipo de república burguesa que existe, por ejemplo, en Francia.

Claro que los partidos revolucionarios de la pequeña burguesía no la consideraron una revolución burguesa; pero tampoco la estimaron como una etapa de la revolución socialista, considerándola una adquisición «democrática» que tenía por sí misma un valor independiente. Sobre esta premisa fundaron la ideología del defensismo revolucionario. No defendían la dominación de tal o cual clase, sino la «revolución» y la «democracia».

Dentro de nuestro partido, inclusive, la Revolución de Febrero ocasionó al principio una mudanza notable de las perspectivas revolucionarias. En marzo, Pravda se hallaba más cerca del defensismo «revolucionario» que de la posición de Lenin.

Cuando dos ejércitos están frente a frente –decía un artículo– sería la política más absurda la que propusiera a uno de ellos rendir las armas y regresar a sus hogares. No sería ésta una política de paz, sino de esclavitud, que rechazaría con indignación un pueblo libre. No, el pueblo se mantendrá en su puesto con firmeza y devolverá balazo por balazo, proyectil por proyectil

«Ninguna diplomacia secreta», Pravda Nº 9, 15 de marzo de 1917.

Nótese que aquí no se trata de las clases dominantes u oprimidas, sino del pueblo libre; no son las clases las que luchan por el poder, sino el pueblo libre que está «en su puesto». Tanto las ideas como la manera de formularlas son puramente defensistas. En el mismo artículo leemos:

Nuestra consigna no es la desorganización del ejército revolucionario o que se revoluciona, ni la vacua divisa de «¡Abajo la guerra!» Nuestra consigna es: presión (!) sobre el gobierno provisional para forzarle a que intente resueltamente, ante la democracia del mundo (!), obligar (!) a todos los países beligerantes el comienzo inmediato de negociaciones respecto a la manera de terminar la guerra mundial. Hasta entonces cada uno (!) permanecerá en su puesto de combate.

Este programa de presión sobre el gobierno imperialista para obligarlo a seguir un camino de paz era el de Kautsky y Ledebur en Alemania, Longuet en Francia, Mac Donald en Inglaterra; pero no el del bolchevismo. En su artículo, la redacción no se contenta con aprobar el famoso manifiesto del Soviet de Petrogrado: «A los pueblos del mundo entero» –manifiesto impregnado del espíritu del defensismo «revolucionario»–; se solidariza con las resoluciones francamente defensistas adoptadas en dos mítines de Petrogrado y de las cuales declara:

Si las democracias alemana y austriaca no oyen nuestra voz –es decir, la voz del gobierno provisional y del soviet conciliador [LT]–, defenderemos nuestra patria hasta verter la última gota de nuestra sangre.

El artículo al que aludimos no supone una excepción, sino que expresa con exactitud la posición de Pravda hasta que regresó Lenin a Rusia. Así, en otro artículo «Sobre la guerra» (Pravda N° 10, 16 de marzo de 1917), que contiene, sin embargo, algunas observaciones críticas acerca del manifiesto a los pueblos, encontramos la siguiente declaración:

No se puede por menos de aclamar el llamamiento de ayer, con el que el Soviet de Petrogrado de Diputados Obreros y Soldados invita a los pueblos del mundo entero a forzar a sus gobiernos para que cese la carnicería.

¿Cómo hallar una salida a la guerra? El mismo artículo responde:

La salida consiste en una presión sobre el gobierno provisional con el fin de hacerle declarar que accede a iniciar inmediatamente negociaciones de paz.

Podríamos dar buen acopio de citas análogas de carácter defensivo y conciliador más o menos disfrazado.

En este momento, Lenin, que no había conseguido aún escapar de Zurich, se pronunciaba vigorosamente, en sus «Cartas desde lejos» , contra toda sombra de concesión a defensistas y conciliadores.

Es inadmisible, absolutamente inadmisible –escribía el 8 de marzo–, disimularse y disimular al pueblo que este gobierno quiere la continuación de la guerra imperialista, que es el agente del capital inglés, que persigue la restauración de la monarquía y la consolidación de la dominación de los terratenientes, así como la de los capitalistas.

Después, el 12 de marzo, insiste:

Pedir que este gobierno concluya una paz democrática equivale a predicar virtud al explotador de un burdel.

Mientras Pravda exhorta a ejercer presión sobre el gobierno provisional para obligarlo a intervenir en pro de la paz ante «la democracia del mundo», Lenin escribe:

Dirigirse al gobierno Guchkov-Miliukov para proponerle concluir cuanto antes una paz honrosa, democrática, es actuar como un buen pope de aldea que propusiera a los terratenientes y a los mercaderes vivir según la ley de Dios, amar a su prójimo y brindar la mejilla derecha cuando se les abofetee la izquierda.

El 4 de abril, al día siguiente de llegar a Petrogrado, Lenin se manifestó resueltamente contra la posición de Pravda en la cuestión de la guerra y la paz:

No se debe otorgar apoyo alguno –escribía– al gobierno provisional; hay que explicar la mentira de todas sus promesas, en particular la que concierne a la renuncia a las anexiones. Es menester desenmascarar a este gobierno en vez de pedirle (reivindicación sólo apropiada para provocar ilusiones) que «cese» de ser imperialista.

Huelga añadir cómo Lenin califica de «famoso» y «confuso» el llamamiento de los conciliadores del 14 de marzo, acogido de tan favorable modo por Pravda. Constituye una hipocresía imponderable invitar a los demás pueblos a romper con sus banqueros y crear simultáneamente un gobierno de coalición con ellos.

Los hombres del centro –dice Lenin en su proyecto de bases– juran que son marxistas e internacionalistas que quieren la paz, así como toda suerte de presiones sobre su gobierno con el objetivo de que «manifieste la voluntad pacifista del pueblo»

¿Pero acaso –se podría objetar desde luego– un partido revolucionario renuncia a ejercer presión sobre la burguesía y su gobierno? Evidentemente, no. La presión sobre el gobierno burgués es el camino de las reformas. Un partido marxista revolucionario no renuncia a ellas, aunque éstas se refieran a cuestiones secundarias y no a cuestiones esenciales. No se puede obtener el poder por medio de reformas ni se puede, por medio de una presión, forzar a la burguesía a cambiar su política en una cuestión de la que depende su suerte. Precisamente por no haber dado lugar a una presión reformista, la guerra creó una situación revolucionaria. Era necesario seguir a la burguesía hasta el fin o sublevar a las masas contra ella para arrancarle el poder. En el primer caso, podrían obtenerse ciertas concesiones de política interior, a condición de apoyar sin reservas la política exterior del imperialismo. Por eso el reformismo socialista se transformó abiertamente en socialimperialismo desde el principio de la guerra. Por eso se vieron obligados los elementos revolucionarios verdaderos a crear una nueva Internacional.

El punto de vista de Pravda no era proletario-revolucionario, sino demócrata-defensista, aunque equívoco en su defensismo.

Hemos derrocado el zarismo –se decía–, y ejercemos una presión sobre el gobierno democrático. Este debe proponer la paz a los pueblos. Si la democracia alemana no puede pesar sobre su gobierno, defenderemos nuestra «patria» hasta verter la última gota de nuestra sangre.

La realización de la paz no se había planteado como tarea exclusiva de la clase obrera –tarea que debía llevarse a cabo por encima de la cabeza del gobierno provisional burgués–, porque la conquista del poder por el proletariado no se había planteado como tarea revolucionaria práctica. Sin embargo, ambas cosas eran inseparables.

León Trotski, «La lucha contra la guerra y el defensismo» en «Lecciones de Octubre»

Trotski nos ha llevado de la mano del defensismo hasta la estación de Finlandia de Petersburgo el tres de abril de 1917. La famosa llegada de Lenin.

Lenin, que ha leído el Pravda en Zurich y luego durante su tránsito por Suecia, está horrorizado con el contenido defensista de los artículos y en el tren mismo ha comenzado discutir airadamente con Kamenev que ha acudido a la frontera finlandesa a encontrarse con él.

Tan pronto como entramos en el vagón y nos sentamos -cuenta Raskolnikov, joven oficial de la Marina y bolchevique-, Vladimir Ilich se lanzó sobre Kámenev:

¿Qué diablos estáis escribiendo en la Pravda? Hemos visto algunos números, ¡y os hemos puesto buenos!...

Raskolnikov citado por Trotski en la «Historia de la Revolución rusa».

Se está escenificando una diferencia profunda entre Lenin -que conecta con la perspectiva que intuye la izquierda en la base del partido- y la dirección de Pravda -es decir, la dirección del partido en el interior- los que luego serían conocidos como viejos bolcheviques.

Todos ellos, sin excepción, adoptaron, al estallar la Revolución de Febrero de 1917, una posición de izquierda democrática. Ninguno defendió la consigna de la lucha del proletariado por el poder. Todos ellos consideraban el hecho de poner proa hacia la revolución socialista como un absurdo, o peor aún, como un pecado «trotskista».

En este espíritu se inspiraron los dirigentes del partido antes de que llegase Lenin del extranjero y saliesen a luz sus famosas tesis del 4 de abril. Después de esto, Kamenev, ya en lucha franca con Lenin, intenta formar abiertamente un ala democrática dentro del partido. Más tarde, se une a él Zinoviev, que había llegado con Lenin de la emigración. Stalin, gravemente comprometido por su posición socialpatriótica, se pone al margen, a fin de que el partido olvide sus deplorables discursos y sus artículos lamentables durante las semanas decisivas de marzo.

A pesar de lo que la mitología stalinista ha querido contar, Lenin no era esperado como un mesías por masas hambrientas de dirección, sino por un partido en celebración pero confuso y dividido cuya dirección lo colocaba ya a «las puertas del menchevismo». Al parar el tren en el andén de la estación en Petersburgo, la banda arranca con la Marsellesa, el himno de la revolución burguesa. Es la gota que colma el vaso: Lenin les pide que paren y toquen la Internacional. Muy pocos saben la letra.

El relato de la recepción oficial, que tuvo lugar en el llamado «salón del zar» de la estación de Finlandia, es una página muy animada en las voluminosas y casi siempre monótonas Memorias de Sujánov.

Lenin, tocado con un gorro redondo de piel, el rostro helado y empuñando un magnífico ramo de flores, entró en el salón del zar o, por mejor decir, se precipitó en él. Al llegar al centro del salón se detuvo ante Cheidse como si hubiera tropezado con un obstáculo completamente inesperado. Y entonces Cheidse, sin perder su aspecto sombrío pronunció el siguiente discurso de «salutación», que tenía más de prédica moral que de otra cosa, no sólo por el tono, sino también por el espíritu que lo animaba:

Camarada Lenin:

Le saludamos al llegar a Rusia, en nombre del Soviet de Petersburgo y de toda la revolución... Pero entendemos que en la actualidad la principal misión de la democracia revolucionaria consiste en defender nuestra revolución contra todo ataque, tanto de dentro como de fuera... Confiamos en que usted abrazará con nosotros estos mismos fines.

Cheidse calló. Yo, sorprendido, estaba desconcertado... Pero Lenin sabía muy bien, por lo visto, qué actitud había de adoptar ante aquello. De pie en medio del salón, parecía como si todo lo que estaba ocurriendo allí no tuviera nada que ver con él. Miraba a derecha e izquierda, se fijaba en los que le rodeaban, clavaba los ojos en el techo, arreglaba su ramo de flores, «que armonizaba muy mal con su figura», y después, volviendo completamente la espalda a la delegación del Comité ejecutivo, «contestó» del modo siguiente:

Queridos camaradas, soldados, marineros y obreros:

Me siento feliz al saludar en vosotros a la revolución rusa triunfante, al saludaros como a la vanguardia del ejército proletario internacional...

No está lejos ya el día en que, respondiendo al llamamiento de nuestro camarada Carlos Liebknecht, los pueblos volverán las armas contra sus explotadores capitalistas...

La revolución rusa, hecha por vosotros, ha iniciado una nueva era.

¡Viva la revolución socialista mundial!

Sujánov tenía harta razón: el ramo de flores armonizaba mal con la figura de Lenin, le estorbaba y cohibía, indudablemente, desentonando sobre el fondo severo de los acontecimientos que se estaban desarrollando. A Lenin no le gustaban las flores en ramo. Pero todavía tenía que cohibirle mucho más aquella hipócrita recepción oficial, celebrada en el salón regio. Cheidse era algo mejor que su discurso de salutación. A Lenin le temía un poco. Pero le habían advertido, indudablemente, que era menester hacer entrar en razón, desde el principio, a aquel «sectario». Completando el discurso de Cheidse, que demuestra el lamentable nivel de los que dirigían la política, a un joven comandante de la escuadra que habló en nombre de los marineros se le ocurrió expresar el deseo de que Lenin entrase a formar parte del gobierno provisional. Así era como la revolución de Febrero, endeble, verbosa y un poco simple también, recibía a un hombre que llegaba con el firme propósito de ponerse al frente de ella con el pensamiento y la acción. Estas primeras impresiones, que decuplicaban el sentimiento de inquietud que ya traía consigo Lenin, provocaron en él una indignación difícil de contener. Había que poner manos a la obra inmediatamente. En la estación de Finlandia, al volver la espalda a Cheidse para volverse de cara a los marineros y los obreros, al abandonar la defensa de la patria para apelar a la revolución mundial y trocar el gobierno provisional por Liebknecht, Lenin anticipaba como un pequeño ensayo la que había de ser toda su política ulterior.

A pesar de todo, aquella revolución, un poco chapucera, recibió inmediatamente en sus brazos al guía con efusión. Los soldados exigieron que Lenin se subiera a uno de los autos blindados, y Lenin no tuvo más remedio que complacerles. Las sombras de la noche deben a aquel desfile un carácter imponente. Los autos blindados llevaban todas las luces apagadas, y el reflector del automóvil en que iba Lenin hendía las tinieblas. La luz recortaba sobre las sombras de la calle a la masa de obreros, soldados y marineros que habían hecho una magna revolución, pero dejándose luego arrebatar el poder de las manos. La música militar dejó de tocar varias veces durante el trayecto, para que Lenin pudiese repetir su discurso de la estación, en diversas variantes, ante la muchedumbre que salía a su paso. «Fue una recepción triunfal y brillante -dice Sujánov-, y hasta muy simbólica». [...]

Así era como la revolución de Febrero, endeble, verbosa y un poco simple también, recibía a un hombre que llegaba con el firme propósito de ponerse al frente de ella con el pensamiento y la acción. Estas primeras impresiones, que decuplicaban el sentimiento de inquietud que ya traía consigo Lenin, provocaron en él una indignación difícil de contener. Había que poner manos a la obra inmediatamente. En la estación de Finlandia, al volver la espalda a Cheidse para volverse de cara a los marineros y los obreros, al abandonar la defensa de la patria para apelar a la revolución mundial y trocar el gobierno provisional por Liebknecht, Lenin anticipaba como un pequeño ensayo la que había de ser toda su política ulterior.

A pesar de todo, aquella revolución, un poco chapucera, recibió inmediatamente en sus brazos al guía con efusión. Los soldados exigieron que Lenin se subiera a uno de los autos blindados, y Lenin no tuvo más remedio que complacerles. Las sombras de la noche deben a aquel desfile un carácter imponente. Los autos blindados llevaban todas las luces apagadas, y el reflector del automóvil en que iba Lenin hendía las tinieblas. La luz recortaba sobre las sombras de la calle a la masa de obreros, soldados y marineros que habían hecho una magna revolución, pero dejándose luego arrebatar el poder de las manos. La música militar dejó de tocar varias veces durante el trayecto, para que Lenin pudiese repetir su discurso de la estación, en diversas variantes, ante la muchedumbre que salía a su paso. «Fue una recepción triunfal y brillante -dice Sujánov-, y hasta muy simbólica».

En el palacio de la Kchesinskaya, donde se hallaba instalado el Estado Mayor bolchevista en el nido de sedas de una bailarina palaciega -mezcolanza fortuita que había de regocijar la ironía siempre despierta de Lenin-, empezaron de nuevo los discursos de salutación. [...] Apenas se habían disipado las palabras del último saludo cuando el insólito viajero lanzó sobre el auditorio el torrente de sus ideas apasionadas, que no pocas veces restallaban como latigazos. [...] Aquel discurso de Lenin no se ha conservado; no quedó más huella de él que la impresión general que dejó en el recuerdo de los que le oyeron. Además, el tiempo se ha encargado de refundirlo, añadiendo entusiasmo y quitando miedo. Pues en realidad la impresión fundamental del discurso, aun en los más allegados, fue de eso, de miedo. Todas las fórmulas habituales que se creían arraigadas, a fuerza de repetirse una vez y otra durante un mes seguido, veíanse destruidas unas tras otra ante los ojos del auditorio. La breve réplica de Lenin en la estación, lanzada por encima de los hombros del estupefacto Cheidse, se desarrollaba ahora en un discurso de dos horas destinado directamente a los militantes bolcheviques petersburgueses. [...]

«Cuando me puse en camino con los camaradas -dijo Lenin, según Sujánov- me figuré que desde la estación me llevarían directamente a la fortaleza de Pedro y Pablo. Como vemos, no hay nada de eso. Pero no perdamos la esperanza. ¡Ya llegará ese día!» Mientras que para los demás los derroteros de la revolución tendían a reforzar la democracia, para Lenin la perspectiva inmediata representaba la fortaleza de Pedro y Pablo. Aquello parecía una broma de mal augurio. Pero no, Lenin y con él la revolución no estaban para bromas.

«Lenin -se lamenta Sujánov- echó por la borda la reforma agraria en forma legislativa, así como la política del Soviet, y proclamó la expropiación organizada de la tierra por los campesinos, sin esperar a que se la concediese ningún poder del Estado».

«¡No nos interesa nada la república parlamentaria, la democracia burguesa! ¡No nos interesa ningún gobierno que no sea el de los soviets de diputados obreros, soldados y campesinos!»

Al propio tiempo, Lenin trazaba una línea divisoria clara entre él y la mayoría del Soviet, arrojando a ésta al campo enemigo. «Bastaba esto, en los tiempos que corrían, para que el vértigo se apoderara de los oyentes».

«Sólo la izquierda zimmerwaldiana defiende los intereses proletarios y los de la revolución mundial -dijo Lenin, según la transcripción irritada de Sujánov-. Los demás son oportunistas como los otros, de los que dicen buenas palabras y, en la práctica..., traicionan al socialismo y a las masas obreras».

«Lenin atacó decididamente la táctica de los elementos dirigentes del partido y los diferentes camaradas antes de llegar él -dice Raskolnikov-, completando la referencia de Sujánov-. Estaban presentes los militares más responsables del partido. pero para ellos el discurso de Ilich fue un verdadero descubrimiento y tendió un Rubicón entre la táctica de ayer y la de hoy». El Rubicón, como veremos, no se tendió tan pronto.

El discurso no suscitó discusión: todo el mundo estaba como apabullado y quería poner un poco de orden en sus ideas. «Salí a la calle -termina Sujánov- con la sensación de que me habían golpeado la cabeza con un hierro. Sólo veía una cosa clara: ¡No, yo no podría seguir jamás el camino trazado por Lenin!» ¡Claro que no! ¡Pues no faltaba más!

Al día siguiente, Lenin sometió al partido una breve exposición por escrito de sus puntos de vista y que con el nombre de «tesis del 4 de abril» había de convertirse en uno de los documentos más importantes de la revolución. Las tesis expresaban ideas sencillas en palabras no menos sencillas, accesibles a todo el mundo. La república, fruto de la insurrección de Febrero, no es nuestra república, ni la guerra que mantiene es nuestra guerra. La misión de los bolcheviques consiste en derribar al gobierno imperialista. Éste se sostiene gracias al apoyo de los socialrevolucionarios y mencheviques, que a su vez se apoyan en la confianza que en ellos tienen depositada las masas populares. Nosotros representamos una minoría. En estas condiciones no se pude ni siquiera hablar del empleo de la violencia por nuestra parte. Hay que enseñar a la masa a desconfiar de los conciliadores y defensistas. «Hay que aclarar la situación pacientemente». El éxito de esta política, impuesta por la situación, es seguro y nos conducirá a la dictadura del proletariado, y con ella a la superación del régimen burgués. Romperemos completamente con el capital, publicaremos sus tratados secretos y llamaremos a los obreros de todo el mundo a romper con la burguesía y a poner fin a la guerra. Iniciaremos la revolución internacional. Sólo el triunfo de ésta consolidará el nuestro y asegurará el tránsito al régimen socialista».

Las tesis de Lenin fueron publicadas exclusivamente como obra suya. Los organismos centrales del partido las acogieron con una hostilidad sólo velada por la perplejidad. Nadie, ni una organización, ni un grupo, ni una persona, estampo su firma al pie de ese documento. [...]

Lo que ya sabemos respecto a la actuación del partido en el transcurso del mes de marzo nos revela la existencia de discrepancias profundísimas entre Lenin y los dirigentes petersburgueses. Precisamente en el momento de llegar Lenin a Petrogrado estas discrepancias cobraban su máxima tensión. A la par que la asamblea de representantes de los 82 soviets, en que Kámenev y Stalin votaron por la proposición acerca del poder presentada por los socialrevolucionarios y los mencheviques, celebrábase en Petrogrado una reunión de bolcheviques llegados de todos los puntos de Rusia. Esta reunión, a la que Lenin sólo asistió hacia el final, tiene excepcional interés, pues revela el estado de espíritu y las opiniones del partido, o, por mejor decir, de su sector dirigente tal y como había salido de la guerra. La lectura de las actas, que hasta hoy nos deja a menudo perplejos, sugiere esta pregunta: ¿es posible que un partido representado por aquellos delegados pudiera tomar el poder con mano férrea siete meses después?

Ha transcurrido ya un mes desde el derrumbamiento de la autocracia, plazo considerable tanto para la revolución como para la guerra. Sin embargo, en el partido no se han definido aún las posiciones acerca de los problemas más candentes de la revolución. Los patriotas extremos como Voitinski, Eliava y otros tomaban parte en la reunión al lado de los que se consideraban internacionalistas. El tanto por ciento de patriotas declarados, aunque incomparablemente inferior al de los mencheviques, era considerable. La conferencia dejó en pie la cuestión que se planteaba: ¿separarse los patriotas del partido, o unirse a los patriotas mencheviques? En los intervalos de las sesiones de la asamblea bolchevista celebrábanse otras en que tomaban parte conjuntamente los bolcheviques y los mencheviques delegados a la conferencia soviética, con el fin de deliberar acerca de la guerra. El más exaltado de los patriotas mencheviques, Líber, declaró en esta reunión:

Hay que dejar a un lado la antigua división en bolcheviques y mencheviques y tratar exclusivamente nuestra actitud ante la guerra.

El bolchevique Voitinski se apresuró a proclamar que estaba dispuesto a poner su firma debajo de todas y cada una de las palabras de Líber. Todos revueltos, bolcheviques y mencheviques, patriotas e internacionalistas, buscaban una fórmula común para expresar su actitud ante la guerra.

Donde las opiniones de la asamblea bolchevique hallaron, indudablemente, su expresión más adecuada fue en el informe de Stalin acerca de la actitud que habría de mantenerse frente al gobierno provisional. No hay más remedio que reproducir aquí la idea central de este informe, que, al igual que las citadas actas, no ha visto hasta ahora la luz.

El poder está compartido por dos órganos, ninguno de los cuales tiene su plenitud. Entre ellos hay, y necesariamente tiene que haber, rozamientos y luchas. Los papeles se han repartido. El Soviet ha asumido, de hecho, la iniciativa de las transformaciones revolucionarias; el Soviet es el guía revolucionario del pueblo insurreccionado, un órgano destinado a controlar al gobierno provisional. Este, por su parte, ha abrazado, en la práctica, la misión de consolidar las conquistas del pueblo revolucionario. El Soviet moviliza las fuerzas, controla. El gobierno provisional, resistiendo, tropezando, se asigna por cometido consolidar las conquistas del pueblo arrancadas ya de un modo efectivo por éste. Esta situación tiene aspectos negativos, pero también positivos: no nos convendría forzar por ahora los acontecimientos, acelerando el proceso de eliminación de los sectores burgueses, que más tarde deberán inevitablemente apartarse de nosotros.

El ponente, pasando por alto el concepto de clase, enfoca las relaciones entre la burguesía y el proletariado como una simple división del trabajo. Los obreros y soldados hacen la revolución, Guchkov y Miliukov la «consolidan». Es exactamente la concepción tradicional del menchevismo, una mala copia de los acontecimientos de 1789. Esta actitud de mera observación expectativa ante el proceso histórico, la asignación de «misiones» a las distantes clases y la vigilancia crítica y tutelar de su cumplimiento, no puede ser más menchevique. La idea de que no es conveniente acelerar el desplazamiento de la burguesía por la revolución fue siempre el criterio supremo de toda la política del menchevismo. Esto, en la práctica, significaba frenar, poner sordina al movimiento de las masas para no asustar a los aliados liberales. Finalmente, las conclusiones de Stalin respecto al gobierno provisional entran de lleno en la fórmula equívoca de los conciliadores:

Hay que apoyar al gobierno provisional en la medida en que éste consolide los avances de la revolución; por el contrario, no se le deberá apoyar en aquello en que sea contrarrevolucionario.

Las tesis de Lenin no fueron recibidas como un rayo de luz que de repente hace visible a todos un paisaje oculto frente a ellos. Al revés, la recepción es hostil, temerosa, y no solo por la dirección del Pravda de Stalin y Kamenev.

El 4 de abril, Lenin se presenta en la conferencia bolchevista. Su discurso, encaminado a comentar las «tesis», equivale, dentro de las tareas prácticas de la conferencia, a la esponja húmeda del maestro que borra todo lo escrito en el encerado por el alumno sin preparación. «¿Por qué no se ha tomado el poder?», pregunta Lenin. Poco antes, Stieklov había explicado confusamente, en la asamblea del Soviet, las causas de la abstención: el carácter burgués de la revolución, la «primera etapa», la guerra, etc. «

Esto absurdo -declara Lenin-. La única razón es que el proletariado no es lo bastante consciente todavía ni está suficientemente organizado. Hay que reconocerlo. La fuerza material reside en manos del proletariado; pero la burguesía ha resultado ser más consciente y estar mejor preparada. Es un hecho monstruoso, pero hay que reconocerlo franca y abiertamente y decir al pueblo que si no ha tomado el poder, ha sido por su desorganización y la falta en él de una consciencia clara.

Lenin sacó el problema de la madriguera de falso objetivismo en que se atrincheraban los elementos del partido que habían capitulado políticamente, para situarla en el terreno subjetivo. El proletariado no había tomado el poder en febrero, porque le partido de los bolcheviques no estuvo a la altura de su misión objetiva y no pudo impedir que los conciliadores expropiaran políticamente a las masas del pueblo en provecho de la burguesía.

Todavía el día anterior, el abogado Krasikov decía, en tono de reto:

Si entendemos que ha llegado el momento de implantar la dictadura del proletariado, hay que plantear la cuestión así. La fuerza física, en el sentido de la toma del poder, está indudablemente con nosotros.

Al llegar aquí, el presidente quitó la palabra a Krasikov, alegando que se estaban discutiendo objetivos prácticos y que el problema de la dictadura no figuraba en el orden del día. Pero Lenin estimaba que el único problema verdaderamente práctico que se planteaba era precisamente el de preparar la dictadura del proletariado.

La característica del momento actual en Rusia -decía en sus «tesis»- consiste en el tránsito de la primera etapa de la revolución, que ha dado el poder a la burguesía por carecer el proletariado de la organización y la claridad de conciencia necesarias a la segunda, que deberá entregar el poder al proletariado y a los campesinos pobres.

La conferencia bolchevique, siguiendo las huellas del Pravda, circunscribía los objetivos de la revolución a las transformaciones democráticas que habrían de realizarse por medio de la Asamblea constituyente. Lenin, por el contrario, declaraba:

La realidad viva y la revolución relegan la Asamblea constituyente a segundo término... La dictadura del proletariado existe, pero no se sabe qué hacer con ella.

Los delegados se miraban unos a otros, se decían que Ilich había pasado demasiado tiempo en el extranjero, que no se había dado plena cuenta de la situación, que estaba orientada. Pero el informe de Stalin acerca de una prudente división del trabajo entre el gobierno provisional y el Soviet se hundió para siempre y sin remedio en el pasado que no vuelve. Stalin, después de aquello, sello los labios. Estará largo tiempo callado. Sólo Kámenev se alzará para defenderse.[...]

Refiriéndose al manifiesto del Soviet «A todos los pueblos del mundo», que había dado pie al periódico liberal «Riech» a declarar que el pacifismo se transformaba en Rusia en una ideología común a «nosotros y a nuestros aliados», Lenin se expresa todavía con más precisión y de un modo más contundente: «Lo que caracteriza a Rusia es el tránsito gigantescamente rápido de la violencia brutal a la añagaza más refinada».

Si este manifiesto -escribía Stalin, hablando de él- llega hasta las grandes masas de Occidente, hará indudablemente a miles de obreros volver los ojos al grito olvidado: ¡Proletarios de todos los países, uníos!

«En el manifiesto del Soviet -objeta Lenin- no hay ni una palabra impregnada de conciencia de clase, frases todo y nada más que frases». Este documento, del que tanto se enorgullecían los zimmerwaldianos domesticados, no era a los ojos de Lenin, más que un instrumento de aquella «refinada añagaza».

Antes de llegar Lenin, el Pravda no hablaba para nada de la izquierda zimmerwaldiana. Al referirse a la Internacional, no indicaba concretamente cuál. Esto era lo que Lenin calificaba de «kautskismo» de la Pravda.

En Zimmerwald y Kienthal -declaraba, en la conferencia del partido- prevaleció el centro... Nosotros declaramos que constituíamos la izquierda y rompimos con el centro. Las tendencias de la izquierda zimmerwaldiana existen en todos los países del mundo. Las masas deben comprender que el socialismo se ha escindido en todas partes....

Tres días antes, Stalin proclamaba en aquella misma asamblea que estaba dispuesto a liquidar las discrepancias de criterio con Tsereteli [líder menchevique] sobre las bases de Zimmerwald-Kienthal, es decir, sobre las bases del «kautskismo». «He oído decir que en Rusia hay una tendencia unificadora -decía Lenin- de unificación con los defensistas, y declaro que sería una traición contra el socialismo. A mi juicio, vale más quedarse solo, como Liebknecht. ¡Uno contra ciento diez!» La acusación de traición contra el socialismo, que, por ahora, se lanza todavía contra alguien a quien no se nombra, es algo más que una «palabra fuerte», pues expresa perfectamente la actitud de Lenin frente a los bolcheviques que tendían un dedo a los socialpatriotas. Al contrario de Stalin, que juzgaba posible la unión con los mencheviques, Lenin considera inadmisible seguir compartiendo con ellos el nombre de socialdemócratas. «Personalmente propongo -dice- que modifiquemos el nombre del partido, llamándolo partido comunista». «Personalmente» quería decir que ninguno de los que tomaban parte en la conferencia estaba de acuerdo con aquel gesto simbólico de ruptura definitiva con la II Internacional.

«¿Teméis traicionar los viejos recuerdos? -dice el orador a los delegados, confusos, perplejos, algunos indignados-. Ha llegado el momento de cambiar de ropa interior, el momento de quitarse la camisa sucia y ponerse otra limpia». E insiste nuevamente: «No os aferréis a un viejo término podrido hasta la médula. Constituid un nuevo partido... y todos los oprimidos del mundo vendrán a vuestro lado».

Ante la grandiosidad de la misión aún no iniciada, ante la confusión ideológica que reina en las propias filas, la idea fija del tiempo precioso, estúpidamente malgastado en recepciones, saludos, homenajes, acuerdos rituales, arranca un grito al orador:

¡Basta de saludos y de resoluciones; es hora ya de poner manos a la obra de entregarse a una labor práctica y sobria!

[...]Uno de los militantes provinciales de más relieve, Lebedev, escribe: «Al llegar Lenin a Rusia, su posición, incomprensible en un principio aun para los propios bolcheviques, a los cuales nos parecía utópica e informada por su prolongado apartamiento de la vida rusa, fue asimilada poco a poco por nosotros, hasta que acabamos, por decirlo así, por impregnarnos de ella». Zalechski, miembro del Comité de Petrogrado y uno de los organizadores de la recepción, se expresa de un modo más concreto: «Las tesis de Lenin cayeron como una bomba». Zalechski confirma completamente el aislamiento absoluto en que se dejó a Lenin después de la recepción calurosa e imponente que se le tributó. «En aquel día (4 de abril), el camarada Lenin no encontró un partidario resuelto ni aun dentro de nuestras filas».

El 8 de abril cuatro días después de publicarse las tesis, cuando había ya la posibilidad de explicarse sin empacho y de comprenderse mutuamente, la redacción de la Pravda decía:

Por lo que se refiere al esquema general del camarada Lenin, lo juzgamos inaceptable, en cuanto arranca del principio de que la revolución democrático-burguesa ha terminado ya y se orienta en el sentido de transformarla inmediatamente en revolución socialista.

Como se ve, el órgano central del partido declaraba abiertamente ante la clase obrera y ante sus enemigos que discrepaba del jefe universalmente reconocido del partido en punto al problema fundamental de la revolución, para la cual habían estado preparándose durante tantos años los cuadros bolcheviques. Basta eso para apreciar en toda su hondura la crisis del partido en el mes de abril, crisis que se produjo como resultado del choque de dos tendencias irreductibles. De no haberse vencido esta crisis, la revolución no hubiera podido seguir adelante.

Lo cierto es que la advertencia de Pravda al texto no puede ser más certera. exactamente éso es lo que decía Lenin: la revolución democrático-burguesa ha terminado ya y se orienta en el sentido de transformarla inmediatamente en revolución socialista.

Ese era el núcleo de las tesis de abril: al plantear la guerra la necesidad histórica de la revolución proletaria mundial, la revolución rusa, en principio una revolución democrático-burguesa dirigida por un proletariado minoritario en una sociedad semi-colonial y atrasada, podía dotarse de un objetivo socialista y aspirar al poder político apoyándose en ella. Al estar al día la revolución mundial, la revolución rusa se convertía -aunque pocos fueran conscientes de ello todavía- en revolución permanente.

Que la fase democrático-burguesa de la revolución pudiera darse por terminada no quería decir que el golpe político de febrero hubiera llenado de repente de fábricas Rusia, creado una infraestructura moderna, un campo capitalista y transformado la cultura. Ni siquiera que existiera algo parecido a un estado burgués moderno.

Lo que quería decir es que ninguno de esos objetivos, los clásicos de la revolución burguesa, estaban ya a la orden del día para el proletariado en una época de Revolución mundial, una época donde el desarrollo capitalista solo podía tomar las formas monstruosas del imperialismo y el capitalismo de estad. La revolución, encabezada por los trabajadores, solo podía avanzar sobre el programa histórico de éstos. No tenía sentido apoyar desde la izquierda a la burguesía para construir un estado burgués, necesariamente deforme y decadente -como atestiguaba su orientación hacia la guerra desde el primer momento- cuando los trabajadores estaban organizados en soviets, organización del conjunto de la clase que podía convertirse en herramientas insurreccionales y base del estado proletario que organizara su propia dictadura de clase. No es un problema táctico ruso, es una concepción completa de lo que significa la decadencia capitalista y de cómo se traduce en la política del proletariado en los países coloniales, semicoloniales y atrasados1.

Sigamos al propio Lenin en Las tareas del proletariado en nuestra revolución, un texto del 10 de abril de 1917 que subtituló como Proyecto de plataforma del partido proletario.

1. La revolución democrático burguesa ha culminado

El poder del Estado ha pasado en Rusia a manos de una nueva clase: la clase de la burguesía y de los terratenientes aburguesados. En esa medida, la revolución democrática burguesa en Rusia está terminada.

2. El estado de la burguesía en el poder solo puede estar orientado hacia la continuación de la guerra imperialista

El nuevo gobierno es un gobierno de continuación de la guerra imperialista, de una guerra en alianza con las potencias imperialistas, con Inglaterra, Francia, etc., por el reparto del botín capitalista y por la estrangulación de los pueblos pequeños y débiles. [...]

El nuevo gobierno no sólo no merece la más mínima confianza en su política exterior, sino que seguir exigiéndole que proclame los deseos de paz de los pueblos de Rusia, que renuncie a las anexiones, etc., etc., significa, en realidad, engañar al pueblo, hacerle concebir esperanzas irrealizables, retrasar el esclarecimiento de su conciencia; significa contribuir indirectamente a conciliar al pueblo con la continuación de la guerra, cuyo verdadero carácter social no está determinado por las buenas intenciones, sino por el carácter de clase del gobierno que la hace, por los nexos que ligan a la clase representada por ese gobierno con el capital financiero imperialista de Rusia, Inglaterra, Francia, etc., por la política real y efectiva que esa clase sigue.

3. Solo la revolución proletaria puede parar la guerra imperialista

La guerra no ha sido engendrada por la voluntad maligna de los bandidos capitalistas, aunque es indudable que se hace sólo en interés suyo y sólo a ellos enriquece. La guerra es el producto de medio siglo de desarrollo del capital mundial, de sus miles de millones de hilos y vínculos. Es imposible salir de la guerra imperialista, es imposible conseguir una paz democrática, una paz no impuesta por la violencia, sin derribar el poder del capital y sin que el poder del Estado pase a manos de otra clase, del proletariado.

4. Los soviets son ya la forma de organización estatal socialista

Los Soviets reproducen el tipo de Estado que iba formando la Comuna de París y que Marx calificó de «forma política al fin descubierta para llevar a cabo dentro de ella la emancipación económica del trabajo».

5. La existencia de soviets que controlan al gobierno provisional significa que se ha establecido un doble poder... temporal y frágil que se resolverá en el sentido de los intereses de una de las dos clases en conflicto

Otra peculiaridad importantísima de la revolución rusa consiste en que el Soviet de diputados soldados y obreros de Petrogrado, el cual goza, según todos los indicios, de la confianza de la mayoría de los Soviets locales, entrega voluntariamente el poder del Estado a la burguesía y a su Gobierno Provisional, le cede voluntariamente la primacía suscribiendo con él el compromiso de apoyarle, y se contenta con el papel de observador, de fiscalizador de la convocatoria de la Asamblea Constituyente (hasta hoy, el Gobierno Provisional no ha señalado siquiera el plazo de su convocatoria).

Esta circunstancia extraordinariamente original, que la historia no había conocido bajo semejante forma, ha entrelazado, formando un todo dos dictaduras: la dictadura de la burguesía (pues el gobierno de Lvov y Cía. es una dictadura, es decir, un poder que no se apoya en la ley ni en la voluntad previamente expresada del pueblo, sino que ha sido tomado por la fuerza y, además, por una clase determinada, la burguesía) y la dictadura del proletariado y de los campesinos (el Soviet de diputados obreros y soldados).

No cabe la menor duda de que ese entrelazamiento no está en condiciones de sostenerse mucho tiempo. En un Estado no pueden existir dos poderes. Uno de ellos tiene que reducirse a la nada, y toda la burguesía de Rusia labora ya con todas sus fuerzas, por doquier y por todos los medios, para eliminar, debilitar y reducir a la nada los Soviets de diputados obreros y soldados, para crear el poder único cicla burguesía.

La dualidad de poderes no expresa más que un momento transitorio en el curso de la revolución, el momento en que ésta ha rebasado ya los cauces de la revolución democrática burguesa corriente, pero no ha llegado todavía al tipo «puro» de dictadura del proletariado y de los campesinos.

6. La función principal del partido es extender el desarrollo de la consciencia en la clase... especialmente cuando está en minoría

Destaca a primer plano la necesidad de «echar vinagre y bilis en el jarabe de las frases democrático-revolucionarias»[...]. Es necesaria, por tanto, una labor de crítica y esclarecimiento de los errores de los partidos pequeñoburgueses—el eserista y el socialdemócrata—, una labor de preparación y cohesión de los elementos del partido proletario consciente, del Partido Comunista, una labor de liberación del proletariado de la embriaguez pequeñoburguesa «general».

Aparentemente, esto «no es más» que una labor de mera propaganda. Pero, en realidad,es la labor revolucionaria más práctica, pues es imposible impulsar una revolución que se ha estancado, que se ahoga entre frases y se dedica a «marcar el paso sin moverse del sitio», no por obstáculos exteriores, no porque la burguesía emplee contra ella la violencia (por el momento, Guchkov sólo amenaza con emplear la violencia contra la masa de soldados), sino por la inconsciencia confiada de las masas.

Sólo luchando contra esa inconsciencia confiada (lucha que puede y debe librarse únicamente con las armas ideológicas, por la persuasión amistosa, invocando la experiencia de la vida), podremos desembarazarnos del desenfreno de frases revolucionarias imperante e impulsar de verdad tanto la conciencia del proletariado como la conciencia de las masas, la iniciativa local, audaz y resuelta, de las mismas y fomentar la realización, desarrollo y consolidación no autorizados de las libertades, de la democracia, del principio de posesión de toda la tierra por la totalidad del pueblo.[...]

Los líderes de la pequeña burguesía «tienen» que enseñar al pueblo a confiar en la burguesía. Los proletarios tienen que enseñarle a desconfiar de ella.[...]

Cuanto más rápidamente nos desembaracemos de los viejos prejuicios del seudomarxisrno, del marxismo desnaturalizado por los señores Plejánov, Kautsky y Cía.; cuanto más celosamente ayudemos al pueblo a crear sin demora y por doquier Soviets de diputados obreros y campesinos, a que éstos se hagan cargo de toda la vida; cuanto más largas den los señores Lvov y Cía. a la convocatoria de la Asamblea Constituyente, más fácil resultará al pueblo pronunciarse a favor de la República de los Soviets de diputados obreros y campesinos (por medio de la Asamblea Constituyente o sin ella, si Lvov tarda mucho en convocarla). En esta nueva labor de organización del pueblo mismo serán inevitables al principio ciertos errores, pero es mejor equivocarse y avanzar que esperar a que los profesores y juristas reunidos por el señor Lvov escriban las leyes acerca de la convocatoria de la Asamblea Constituyente, de la perpetuación de la república parlamentaria burguesa y cíe la estrangulación de los Soviets de diputados obreros y campesinos.

Si nos organizamos y hacemos con habilidad nuestra propaganda, conseguiremos que no sólo los proletarios, sino nueve décimas partes de los campesinos estén contra la restauración de la policía, contra la burocracia inamovible y privilegiada y contra el ejército separado del pueblo. Y precisamente en eso, y sólo en eso, estriba el nuevo tipo de Estado.

Hagamos un inciso en esta serie de citas de Lenin para añadir un trozo de Trotski que apunta bien por dónde venían las resistencias en este punto.

Los bolcheviques representan una pequeña minoría en los soviets, y Lenin piensa en tomar el poder. ¿Qué era esto más que aventurerismo? No; en el modo como Lenin planteaba la cuestión no había ni un ápice de aventurerismo. Lenin no cierra ni un momento los ojos ante el estado de espíritu «honradamente» defensista que reina en las masas. Sin fundirse con ellas, no se dispone a obrar a sus espaldas.

Nosotros no somos unos charlatanes -dice, saliendo al paso de los futuros reproches y objeciones, y sólo hemos de apoyarnos en la consciencia de las masas. No importa que nos veamos obligados a estar en minoría. Si es así, vale la pena renunciar por algún tiempo al papel de dirigentes; no, no temamos quedarnos en minoría.

«No temamos quedarnos en minoría, aunque ésta sea sólo ¡de uno contra ciento diez!», como Liebknecht. He aquí el leit motiv de todo el discurso.

El verdadero gobierno es el Soviet de diputados obreros... En el Soviet, nuestro partido representa una minoría... ¡Qué le vamos a hacer! No tenemos mas remedio que explicar pacientemente, con insistencia, de un modo sistemático lo erróneo de la táctica desplegada. Mientras seamos minoría, realizaremos una labor de crítica para librar a las masas del engaño. No queremos que éstas den crédito exclusivamente a nuestras palabras. Nosotros no somos unos charlatanes. Queremos que las masas se libren de sus errores de la mano de la experiencia.

No hay que temer quedarse en minoría. No para siempre, sino por algún tiempo. Ya llegará el tiempo del bolchevismo.

La experiencia demostrará que nuestra orientación es acertada... La guerra traerá a nuestro lado a todos los oprimidos. Es el único camino que les queda.

León Trotski, «Historia de la Revolución rusa»

7. Hace falta un nuevo partido y una nueva Internacional porque la guerra abre la época de la Revolución mundial y el internacionalismo es una frontera de clase cruzada sin remisión por la socialdemocracia

No importan los matices, que se dan también en la izquierda [de la Internacional]. Lo esencial es la corriente misma. El fondo de la cuestión está en que, en estos tiempos de espantosa guerra imperialista, no es fácil ser intemacionalista de hecho. Estos elementos no abundan, pero solo ellos representan el porvenir del socialismo, sólo ellos son los jefes de las masas y no sus corruptores.

Era objetivamente forzoso que la guerra imperialista hiciese cambiar de aspecto las diferencias establecidas entre los reformistas y los revolucionarios en el seno de la socialdemocracia y de los socialistas en general. Todo el que se contenta con «exigir» de los gobiernos burgueses que concierten la paz o que «manifiesten la voluntad de paz de los pueblos», etc., se desliza en realidad al campo de las reformas. Porque, objetivamente considerado, el problema de la guerra sólo se plantea de modo revolucionario.

Para acabar con la guerra, para conseguir una paz democrática y no una paz impuesta por la violencia, para liberar a los pueblos del tributo esclavizador que suponen los intereses de miles de millones pagados a los señores capitalistas enriquecidos en la guerra, no hay más salida que la revolución del proletariado.

Se puede y se debe exigir a los gobiernos burgueses las más diversas reformas; lo que no se puede, sin caer en el espejismo, en el reformismo, es pedir a estas gentes y a estas clases envueltas una y mil veces en la red del capital imperialista que desgarren esa red; y si esa red no se desgarra, cuanto pueda predicarse sobre la guerra contra la guerra no serán más que frases vacuas y engañosas.[...]

No nos hagamos ilusiones. Nada de engañarnos a nosotros mismos. Esperar congresos y conferencias internacionales sería traicionar al internacionalismo [...]

No «esperar», sino proceder inmediatamente a fundar la III Internacional: tal es la misión de nuestro partido. Cientos de socialistas, recluidos en cárceles alemanes e inglesas, respirarán con alivio; miles y miles de obreros alemanes que hoy se lanzan a la huelga y organizan manifestaciones con gran horror de Guillermo II, ese canalla y bandolero, se enterarán por las proclamas clandestinas de nuestra decisión, de nuestra confianza fraternal en Carlos Liebknecht y sólo en él, de nuestra resolución de luchar también ahora contra el «defensismo revolucionario». Y esto reforzará en ellos el espíritu del internacionalismo revolucionario.

A quien mucho se le ha dado, mucho se le exige. No hay en el mundo país en que reine, actualmente, la libertad que reina en Rusia. Aprovechemos esta libertad no para predicar el apoyo a la burguesía o al «defensismo revolucionario» burgués, sino para dar un paso valiente y honrado, proletario, digno de Liebknecht, fundando la III Internacional, una Internacional que se alce resueltamente y de un modo irreconciliable, no sólo contra los traidores, contra los socialchovinistas, sino también contra los personajes vacilantes del «centro».

Después de lo que antecede, creo innecesario gastar muchas palabras para demostrar que no puede ni hablarse de una unificación de los socialdemócratas de Rusia.

Antes quedarnos solos, como Liebknecht —y quedarse solos así significa quedarse con el proletariado revolucionario—, que abrigar, aunque sólo sea un minuto, la idea de una unión con el partido del Comité de Organización, con Chjeídze y Tsereteli, los cuales toleran un bloque con Potrésov en la Rabóchaya Gazeta, votan en el Comité Ejecutivo del Soviet de diputados obreros a favor del empréstito y han rodado al terreno del «defensismo».

¡Dejad que los muertos entierren a sus muertos!

Quien quiera ayudar a los vacilantes, debe comenzar por dejar de serlo él mismo.

8. El proletariado a través de los proletarios del campo tiene un papel que jugar en la revolución campesina

En los momentos actuales no podemos saber con precisión si se desarrollará en un futuro próximo una poderosa revolución agraria en el campo ruso. No podemos saber hasta dónde llega la división de clase en el campo —acentuada indudablemente en los últimos tiempos—en braceros, obreros asalariados y campesinos pobres («semiproletarios»), de un lado, y campesinos ricos y medios (capitalistas y pequeños capitalistas), de otro. Sólo la experiencia puede dar, y dará, respuestas a estos interrogantes.

Pero como partido del proletariado, tenemos la obligación absoluta no sólo de presentar sin demora un programa agrario (un programa de la tierra), sino también de propugnar, en interés de la revolución agraria campesina en Rusia, diversas medidas prácticas de realización inmediata.

Debemos exigir la nacionalización de todas las tierras: es decir, que todas las tierras existentes en el país pasen a ser propiedad del poder central del Estado. [...]

Sin escindir inmediata y obligatoriamente los Soviets de diputados campesinos, el partido del proletariado debe explicar la necesidad de organizar Soviets especiales de diputados braceros y Soviets especiales de diputados campesinos pobres (semiproletarios), o, por lo menos, asambleas especiales permanentes de los diputados de estos sectores de clase, como fracciones o partidos especiales dentro de los Soviets generales de diputados campesinos. De otro modo, todas esas melifluas frases pequeñoburguesas de los populistas acerca de los campesinos en general servirán para encubrir el engaño de las masas desposeídas por parte de los campesinos ricos, que no son otra cosa que una variedad de capitalistas. [...]

9. La revolución socialista es la solución proletaria al problema de las naciones y las nacionalidades

Todas las manifestaciones, declaraciones y proclamas renunciando a las anexiones, pero que no lleven aparejada la realización efectiva de la libertad de separación, no son más que un engaño burgués del pueblo o ingenuos deseos pequeñoburgueses.

El partido del proletariado aspira a crear un Estado lo más grande posible, ya que eso beneficia a los trabajadores; aspira al acercamiento y la sucesiva fusión de las naciones; mas no quiere alcanzar ese objetivo por la violencia, sino exclusivamente por medio de una unión libre y fraternal de los obreros y las masas trabajadoras de todas las naciones.

Cuanto más democrática sea la República Rusa, cuanto mejor consiga organizarse como una República de los Soviets de diputados obreros y campesinos, tanto más poderosa será la fuerza de atracción voluntaria hacia esta república para las masas trabajadoras de todas las naciones.

Plena libertad de separación, la más amplia autonomía local (y nacional), garantías detalladas de los derechos de las minorías nacionales: tal es el programa del proletariado revolucionario.

10. No se trata de implantar el socialismo ni de atacar la relación capital-trabajo antes de la extensión de la revolución mundial, el horizonte inmediato es un capitalismo de estado dirigido por los soviets

El partido del proletariado no puede proponerse, en modo alguno, «implantar» el socialismo en un país de pequeños campesinos mientras la inmensa mayoría de la población no haya tomado conciencia de la necesidad de la revolución socialista.

Pero sólo los sofistas burgueses, que se esconden tras tópicos «casi marxistas», pueden deducir de este axioma la justificación de una política que diferiría la aplicación inmediata de medidas revolucionarias plenamente maduras desde el punto de vista práctico, realizadas no pocas veces, en el transcurso de la guerra, por toda una serie de Estados burgueses y perentoriamente necesarias para luchar contra la completa desorganización económica que nos amenaza y contra el hambre inminente.

Medidas como la nacionalización de la tierra y de todos los bancos y consorcios de los capitalistas, o, por lo menos, el establecimiento urgente del control de los mismos por los Soviets de diputados obreros, etc., que no significan en modo alguno la «implantación» del socialismo, deben ser defendidas incondicionalmente y aplicadas, dentro de lo posible, por vía revolucionaria.

El cambio de rumbo

La campaña interna de Lenin fue intensa y encontró mucha resistencia por parte de la dirección, como hemos visto. Sin embargo, acabo obteniendo un triunfo completo, tensó a la base del partido y atrajo sobre el nuevo programa a los grupos de militantes que ya en 1905 habían rechazado tanto la posición menchevique (que pretendía que el proletariado actuara como ala izquierda de la burguesía) como la bolchevique con su teoría de la dictadura democrática del proletariado y el campesinado.

Lenin halló un punto de apoyo contra los viejos bolcheviques en otro sector del partido, ya templado, pero más lozano y más ligado con las masas. Como sabemos, en la revolución de Febrero los obreros bolcheviques desempeñaron un papel decisivo. Estos consideraban cosa natural que tomase el poder la clase que había arrancado el triunfo. Estos mismos obreros protestaban ruidosamente pidiendo la expulsión de los «jefes» del partido. El mismo fenómeno podía observarse en provincias. Casi en todas partes había bolcheviques de izquierda acusados de maximalismo2 e incluso de anarquismo. Lo que les faltaba a los obreros revolucionarios para defender sus posiciones, eran recursos teóricos, pero estaban dispuestos a acudir al primer llamamiento claro que se les hiciese.

Cuando finalmente una nueva conferencia del POSDR se reúne los últimos días de abril. El triunfo de las posiciones de Lenin es total. Solo hay dos notas discordantes. La primera es el luxemburguista Dzerchinski que capta la contradicción entre la posición leninista que defiende para las naciones oprimidas el derecho a la autodeterminación -o lo que es lo mismo, la actualidad de la revolución burguesa- mientras la niega en Rusia.

Como discípulo de Rosa Luxemburgo, Dzerchinski se pronunció contra el derecho de soberanía de las naciones oprimidas, acusando a Lenin de alentar las tendencias separatistas que debilitaban al proletariado de Rusia. A la acusación de que él, por su parte, apoyaba el chauvinismo ruso. Dzerchinski contestó: «Yo puedo echarle en cara (a Lenin) que abraza el punto de vista de los chauvinistas polacos, ucranianos, etc». [...]

La oposición se iba extinguiendo, a todas luces. En el debate sobre las cuestiones discutidas no reunió más que siete votos. Hubo, sin embargo, una excepción uy curiosa, en lo tocante a las relaciones internacionales del partido. Cuando las tareas de la conferencia tocaban a su término, en la sesión nocturna del 20 de abril, Zinóviev presentó, en nombre de la Comisión, una proposición concebida así: «Se acuerda tomar parte en la conferencia internacional de los zimmerwaldianos, convocada en Estocolmo para el 18 de mayo». El acta dice: «Aprobada con un solo voto en contra». Este voto era el de Lenin, que sostenía la necesidad de romper con Zimmerwald, donde tenían definitivamente mayoría los independientes alemanes y los pacifistas neutrales del tipo del suizo Grimm. Pero para os militares ruso del partido, Zimmerwald durante la guerra era casi sinónimo del bolchevismo. Los delegados no se decidían aún a abandonar el nombre de socialdemocracia ni a romper con Zimmerwald, que era, a sus ojos, un medio de mantenerse en contacto con los elementos de la II Internacional. [...]

A nadie se le ocultaba el viraje en redondo que había dado la política del partido. Schmidt, un obrero bolchevique, futuro comisario del pueblo en el departamento del Trabajo, decía en la conferencia de abril: «Lenin ha orientado en un sentido nuevo el carácter de nuestra actuación». Según las palabras de Raskolnikov, pronunciadas, cierto es, algunos años después de los acontecimientos, «Lenin, en abril de 1917, llevó la revolución de Octubre a la conciencia de los dirigentes del partido... La táctica de éste no representa una línea recta; después de llegar Lenin, vira marcadamente a izquierda». La vieja bolchevique Ludmila Stal aprecia de un modo más directo, y al propio tiempo más preciso, el cambio: «Antes de llegar Lenin -decía el 14 de abril, en la conferencia de Petrogrado-, los camaradas erraban todos, ciegos, por las tinieblas. No había más fórmulas que las de 1905. Veíamos que el pueblo obraba por cuenta propia, pero no podíamos enseñarle nada. Nuestros camaradas se limitaban a preparar la Asamblea constituyente por el procedimiento parlamentario y no creían posible ir más allá. Si aceptamos las consignas de Lenin, no haremos más que lo que nos indica la vida misma. No hay que temer a la Comuna, viendo ya en ella un gobierno obrero. La Comuna de París o fue sólo obrera, fue también pequeñoburguesa». Podemos convenir con Sujánov en que el cambio radical de orientación del partido «fue el triunfo principal y fundamental de Lenin, obtenido en los primeros días de mayo». Mas conviene advertir que, a juicio de Sujánov, Lenin, para conseguir esto, trocaba las armas marxistas por las anarquistas.

Queda todavía por preguntar -y no es pregunta de poca monta, aunque es más fácil formularla que contestarla-: ¿Cómo se habría desarrollado la revolución, suponiendo que Lenin no hubiera podido llegar a Rusia en abril de 1917? Si nuestra exposición enseña y demuestra algo, este algo es precisamente -al menos así lo esperamos- que Lenin no fue ningún demiurgo del proceso revolucionario, que su misión consistió pura y simplemente en empalmarse a la cadena de las fuerzas históricas objetivas. Pero en esta cadena él era un eslabón muy importante. La dictadura del proletariado se deducía de la lógica de la situación. Mas era necesario instaurarla, y esto no hubiera sido posible sin el partido. Y éste sólo podía cumplir su misión comprendiéndola. Precisamente para esto, para infundirle esta conciencia, hacía falta un Lenin. Antes de llegar él a Petrogrado, ninguno de los jefes bolcheviques había sido capaz de pronosticar el rumbo de la revolución. El curso de los acontecimientos empujaba al partido dirigido por Kámenev y Stalin hacia la derecha, hacia el campo socialpatriótico: la revolución no dejaba sitio para una posición intermedia entre Lenin y los mencheviques. La lucha intestina en el seno del partido bolchevique era de todo punto inevitable. La llegada de Lenin no hizo más que forzar el proceso. Su ascendiente personal redujo las proporciones de la crisis.

Las jornadas de abril y el gobierno de coalición

Mientras, la revolución seguía su curso marcada por los espasmos que producía la tensión fundamental entre el rechazo a la guerra entre el proletariado que la había hecho la revolución, y la necesidad de continuarla de la burguesía que empezaba a intentar usufructuarla desde el gobierno provisional.

Uno de estos espasmos será fundamental para entender el viraje del conjunto del partido alrededor de Lenin: las jornadas de abril.

Las jornadas de abril arrancan con una provocación de Miliukov, el líder kadete del gobierno provisional. Publica una nota belicista que intenta mandar una señal clara a los gobiernos aliados, medir fuerzas con los soviets -mayoritariamente eseristas y mencheviques- y, eventualmente, reprimir militarmente a los trabajadores y derrotarlos estratégicamente. El comité del Soviet vacila, busca una respuesta conciliadora que no encuentra... y los soldados, regimiento a regimiento, abren manifestaciones armadas a las que se unen los obreros que finalmente toman el protagonismo. Miliukov ve su oportunidad y aparece en escena por primera vez Kornilov, el gobierno provisional evalúa dar un golpe sangriento a los trabajadores y asentar el orden... pero no tiene con qué.

Es el primer choque entre el gobierno provisional y los trabajadores. Tiene dos importantes repercusiones políticas: la primera, los trabajadores se desplazan por primera vez en masa hacia el bolchevismo.

Los obreros acudían a los comités del partido y preguntaban lo que tenían que hacer para pasar del partido menchevique al bolchevique. En las fábricas interrogábase con insistencia a los diputados soviéticos acerca de la política exterior, de la guerra, de la dualidad de poderes, de las subsistencias, y, como resultado de estos sondeos, lo más frecuente era que los diputados socialrevolucionarios o mencheviques fueran sustituidos por los bolcheviques. Fue en los soviets de barriada, los que más cerca se hallaban de las fábricas, donde se inició con más rapidez el viraje. A finales de abril, en los soviets de los barrios de Viborg, de Narva y de la Isla de Vasíliev, los bolcheviques se encontraban súbita e inesperadamente con que tenían mayoría. Era éste un hecho de gran importancia, pero los jefes del Comité ejecutivo, absorbidos por la política de altura, miraban de arriba abajo lo que pudieran hacer los bolcheviques de los barrios obreros. Sin embargo, éstos empezaron a ejercer una presión cada vez más sensible sobre el centro. Sin que interviniese para nada el Comité de Petrogrado, se inició en las fábricas una campaña enérgica y fructífera en torno a la reelección de representantes en el Soviet general de diputados obreros. Sujánov opina que, a principios de mayo, la tercera parte del proletariado petersburgués seguía a los bolcheviques. La tercera parte, por lo menos, entre la que se contaban, por añadidura, los elementos más activos. La incoherencia del mes de marzo iba desapareciendo, y la orientación política del partido tomaba formas más definidas; las «fantásticas» tesis de Lenin iban tomando cuerpo y echando raíces en las barriadas de Petrogrado.

La segunda, el gobierno de coalición.

Para salir de esta crisis, provocada por el ensayo hecho en abril de los combates que se avecinaban, se concebían teóricamente tres salidas. Cabía que el poder pasase íntegramente a manos de la burguesía, lo cual no podría conseguirse más que mediante una guerra civil; Miliukov lo intentó, pero fracasó. Otra solución era entregar todo el poder a los soviets: para conseguir esto, no hacía falta ninguna guerra civil, basta con alargar la mano, con quererlo. Pero los conciliadores no querían querer, y las masas no habían perdido todavía la fe en ellos, aunque esta fe estuviese ya un poco quebrantada. Es decir, que las dos salidas principales, la burguesa y la proletaria, estaban cerradas. Quedaba una tercera posibilidad, una solución a medias, confusa, proindiviso, tímida, cobarde: un gobierno de coalición. [...]

El 26 de abril, cuando el terreno estaba ya lo bastante preparado, el gobierno provisional proclamó en un manifiesto la necesidad de incorporar a las tareas del Estado a las «fuerzas creadoras activas del país que no participaban en ellas». La cuestión se planteaba sin ambages.

Había todavía, sin embargo, una gran opinión contraria a la coalición. A fines de abril se pronunciaron contra la entrada de los socialistas en el gobierno los soviets de Moscú, de Tiflis, de Odesa, de Yekaterinburg, de Nijni-Novgorod, de Tver y otros. Los motivos de esta actitud fueron expuestos de un modo harto claro por uno de los caudillos mencheviques de Moscú: si los socialistas entran en el gobierno, no habrá nadie que pueda encauzar el movimiento de las masas. pero no era fácil que aceptaran esta razón los obreros y los soldados, contra los cuales precisamente se enderezaba. Las masas que aún no seguían a los bolcheviques se inclinaban a favor de la entrada de los socialistas en el gobierno. Parecíales muy bien que Kerenski fuese ministro, pero todavía mejor que hubiese en el gobierno seis Kerenskis. Las masas no sabían que aquello se llamaba coalición con la burguesía, a la que sólo interesaba tomar a los socialistas de tapadera contra el pueblo. Vista desde los cuarteles, la coalición presentaba un cariz distinto, al que presentaba vista desde el palacio de Marinski. Las masas aspiraban a desplazar a la burguesía del gobierno por medio de los socialistas. Y así, estas dos presiones, la de la burguesía y la del pueblo, partiendo de dos polos distintos, convergían, por un momento, en un punto único. [...]

El 5 de mayo fueron aprobados por el Soviet de Petrogrado la lista del gobierno de coalición y su programa. Los bolcheviques no lograron reunir contra la coalición más que cien votos. «La Asamblea saludó calurosamente a los oradores ministros», relata irónicamente Miliukov, hablando de aquella sesión. Pero con ovaciones no menos estrepitosas fue recibido también Trotski, que había llegado de Norteamérica el día antes. Trotski, antiguo caudillo de la primera revolución, condenó la entrada de los socialistas en el gobierno, afirmando que la coalición no acababa con el «doble poder»; que lo que hacía era «trasladarlo al ministerio', y que el único poder verdadero que «salvaría» a Rusia no se instauraría hasta que se diese un nuevo paso hacia adelante: la entrega del poder a los diputados, obreros y soldados. Entonces comenzaría «una nueva era, era de la clase que sufre, de la clase oprimida alzándose contra las clases dominantes». Hasta aquí, Miliukov. Y sigue. Al terminar su discurso, Trotski formuló las tres normas que habían de presidir la política de masas: «Tres preceptos revolucionarios: desconfiar de la burguesía, vigilar a los jefes, no confiar más que en las propias fuerzas». Sujánov observa, hablando de esta intervención: «Es evidente que no podía contar con que su discurso fuera bien acogido». Y, en efecto, la despedida fue bastante más fría que el recibimiento. Sujánov, extraordinariamente sensible para cuantas murmuraciones venían de los pasillos intelectuales, añade: «Corrían rumores de que Trotski, que no se había afiliado todavía al partido bolchevique, era «aún peor que Lenin»».

De quince carteras, los socialistas se quedaron con seis, para ser minoría. Todavía después de participar abiertamente en el poder seguían jugando al escondite.

La ofensiva en el frente

La burguesía estaba dispuesta a sacrificar a Miliukov en el gobierno -y en cualquier otro lugar- si eso servía para apaciguar a los obreros y continuar la guerra. No tanto ya porque creyera en la posibilidad de un triunfo, sino porque esperaba sacar fuerzas de la guerra -su punto de unión con la burguesía aliada- para acabar con la revolución.

En el ejército, lo mismo que en el país, se estaba operando un constante desplazamiento político de fuerzas: la base evolucionaba hacia la izquierda, la cúspide hacia la derecha. A la par que el Comité ejecutivo se convertía en un instrumento de la Entente para dominar la revolución, los comités del ejército, que habían surgido como una representación de los soldados contra el mando, convertíanse en auxiliares de éste contra los soldados.

La composición de los comités era muy heterogénea. Había en ellos no pocos elementos patrióticos de buena fe que identificaban la guerra con la revolución y que se lanzaron valerosamente a la ofensiva ordenada desde arriba, jugándose la cabeza por una causa que no era la suya. Junto a ellos estaban los héroes de la frase, los Kerenski de división y de regimiento. Finalmente, los comités albergaban a no pocos pequeños aventureros y bribones que se instalaban en ellos para esquivar las trincheras y al acecho de privilegios y prerrogativas. Todo movimiento de masas, sobre todo en su primera fase, saca inevitablemente a flote a todas esas variedades de la fauna humana. Lo que hay es que el período conciliador fue fecundísimo en toda suerte de charlatanes y camaleones. Los hombres hacen los programas, pero también los programas hacen a los hombres. En las revoluciones, las escuelas de contacto se convierten siempre en escuelas de intrigas y de maniobras.

El régimen de la dualidad de poderes imposibilitaba la creación de un instrumento militar eficiente. Los kadetes eran blanco del odio de las masas populares, y dentro del ejército veíanse obligados a adoptar el nombre de socialrevolucionarios. La democracia no podía poner en pie al ejército, por la misma razón por la cual no podía tomar en sus manos el poder; lo uno era inseparable de lo otro. Como detalle curioso y que, sin embargo, da una idea bastante clara de la situación. Sujánov observa que el gobierno provisional no organizó en Petrogrado ni un solo desfile militar; ni los liberales ni los generales querían participar en un desfile organizado por el Soviet, pero comprendían perfectamente que sin él el desfile era irrealizable.[...]

«Es un hecho evidente -escribía, el 26 de septiembre de 1851, un alemán inteligente a otro- que la desorganización del ejército y la completa descomposición de la disciplina han sido siempre la condición, a la par que el fruto, de toda revolución triunfante». Toda la historia de la humanidad confirma esta ley tan sencilla y tan indiscutible. Pero no eran sólo los liberales, sino también los socialistas rusos que habían pasado por la experiencia de 1905, los que no comprendían esto, a pesar de haber proclamado, más de una vez, como sus maestros, a estos dos alemanes a que nos referimos, uno de los cuales era Federico Engels y el otro Carlos Marx. Los mencheviques creían seriamente que el ejército que había hecho la revolución iba a continuar la guerra bajo el viejo mando. ¡Y esos hombres acusaban de utopistas a los bolcheviques! [...]

El 4 de junio, menos de dos semanas antes de que se iniciara la ofensiva, el jefe de Estado Mayor del Cuartel general comunicaba: «El frente norte continúa en estado de efervescencia; los soldados siguen confraternizando y en la Infantería la actitud ante la ofensiva es desfavorable... En el frente occidental la situación es incierta. En el suroccidental se nota una cierta mejoría en la moral de las tropas... En el frente rumano no se observa ninguna mejoría sensible: la Infantería no quiere atacar».[...]

En la sesión celebrada el 8 de junio por el Congreso de los soviets, Trotski preguntó cómo se explicaba que en «aquella escuadra modelo del mar negro, que había enviado delegaciones patrióticas por todo el país, en aquel hogar del patriotismo organizado hubiera podido producirse, en un momento tan crítico, una explosión de este género. ¿Qué significa esto?» La pregunta se quedó sin contestar. La ausencia del mando y de dirección traía de cabeza a todo el mundo: a los soldados, a los jefes y a los vocales de los comités. No había más remedio que buscar una salida a aquella situación, fuera la que fuese. A los de arriba se les antojaba que la ofensiva pondría fin al desconcierto y daría un carácter definido a las cosas. Y esto era verdad hasta un cierto punto. Si Tsereteli y Chernov en Petrogrado predicaban la ofensiva, dando a su voz todas las inflexiones de la retórica democrática, era natural que en el frente los miembros de los comités, mano a mano con la oficialidad, emprendiesen dentro del ejército la lucha contra el nuevo régimen, sin el cual no era concebible la revolución, pero que era incompatible con la guerra. Pronto este cambio dio sus frutos. «Los miembros del comité iban evolucionando, día a día, hacia la derecha de un modo cada vez más acentuado -cuenta uno de los oficiales de la Marina-; pero, al mismo tiempo, veíase cómo disminuía por momentos su prestigio entre los marineros y los soldados». Y daba la casualidad de que para guerrear lo que hacia falta eran, precisamente, soldados y marineros.[...]

La ofensiva que el Cuartel general había garantizado a los aliados para principios de primavera iba aplazándose semana tras semana. Pero ahora la Entente no toleraba ya más aplazamientos. [...]

La burguesía rusa, sin perjuicio de apoyar las pretensiones de los aliados y desplegar una furiosa campaña en favor de la ofensiva, no abrigaba confianza alguna en ésta, razón por la cual se abstenía de suscribirse al «Empréstito de la Libertad» [lanzado por el gobierno provisional con el apoyo del comité del Soviet].[...]

Justo es consignar que en los países aliados no todo el mundo estaba de acuerdo con Vandervelde, Thomas y Cachin en su prisa por empujar al abismo al ejército ruso. Alzábanse también voces advirtiendo del peligro. «El ejército ruso no es más que una fachada -decía el general Pétain-, que se derrumbará en cuanto se menee un poco». En el mismo sentido se expresaba, por ejemplo, la misión americana. Pero triunfaron otras consideraciones. Era preciso robar a la revolución el alma. «La campaña de confraternización germano-rusa -explicaba posteriormente Painlevé- producía tales estragos (faisait de tels ravages), que al dejar inactivo al ejército ruso podía correrse el riesgo de una rápida descomposición».[...]

Huelga decir que la preparación de la ofensiva hacía que se redoblasen las persecuciones contra los bolchevique, a quienes se acusaba, cada vez con mayor insistencia, de ser partidarios de la paz por separado. La conciencia de que esta paz era la única salida, deducíase directamente de la situación misma del país, esto es, de la debilidad y del agotamiento de Rusia comparada con los demás países beligerantes; pero nadie se había preocupado aún de medir las fuerzas del nuevo factor: la revolución. Los bolcheviques entendían que la perspectiva de la paz por separado sólo podía evitarse en el supuesto de que se alzaran audazmente y hasta donde fuese necesario la fuerza y el prestigio de la revolución frente a la guerra. Mas para esto era ineludible, ante todo, romper la alianza con la burguesía. El 9 de junio Lenin declaraba en el Congreso de los soviets: «Los que dicen que nosotros aspiramos a la paz separada faltan a la verdad. Lo que nosotros mantenemos es: nada de paz separada con ningún capitalista, y con los capitalistas rusos menos que con nadie. ¡Abajo esta paz separada!» «Aplausos», acota el acta de la sesión. Era una pequeña minoría del Congreso la que aplaudía; por esos los aplausos eran doblemente entusiastas.

En el Comité ejecutivo, los unos carecían de la decisión suficiente; los otros querían que el organismo que gozaba de más prestigio les sirviese de tapadera. A última hora se tomó la resolución de comunicar a Kerenski que no era aconsejable circular las órdenes para la ofensiva antes de que decidiera la cuestión el Congreso de los soviets. La declaración, presentada por la fracción bolchevique y que estaba sobre la mesa desde la primera sesión del Congreso, decía que «con la ofensiva no se conseguiría más que desorganizar definitivamente el ejército, enfrentando una parte de él con la otra» y que «el Congreso debía oponerse inmediatamente a la presión contrarrevolucionaria, o asumir íntegra y abiertamente la responsabilidad de esta política».

La resolución votada por el Congreso a favor de la ofensiva no pasó de ser una formalidad democrática. Todo estaba preparado de antemano. Hacía ya tiempo que los artilleros tenían enfiladas las baterías sobre las posiciones enemigas. El 16 de junio, en una orden circulada al ejército y a la flota, Kerenski, después de invocar el nombre del generalísimo, «este caudillo aureolado por las victorias», demostraba la necesidad de asestar «un golpe rápido y decisivo», y terminaba con estas palabras: «¡Adelante: ésta es la orden que os doy!».

En un artículo escrito en vísperas de la ofensiva y dedicado a comentar la declaración presentada por la fracción bolchevique al Congreso de los soviets, decía Trotski: «La política del gobierno imposibilita toda acción militar eficaz... Las premisas materiales de que parte la ofensiva no pueden ser más desfavorables. La organización del avituallamiento del ejército refleja el desastre económico general del país, contra el cual el presente gobierno no puede tomar ninguna medida radical. Y aún son más desfavorables las premisas morales. El gobierno ha puesto al desnudo ante el ejército... su incapacidad para regentar la política de Rusia sin contar con la voluntad de sus aliados imperialistas. El resultado de esto tenía que ser inevitablemente la progresiva descomposición del ejército. Las deserciones en masa... no son ya, en las circunstancias actuales, un simple fruto de la voluntad individual: se han convertido en indicio de la completa incapacidad del gobierno para cohesionar al ejército revolucionario por la unidad interna de los fines perseguidos». Después de indicar que el gobierno no se decidía «a la inmediata abolición de la propiedad de la tierra, única medida que persuadiría al campesino más atrasado de que esta revolución es su revolución», el artículo termina así: «En estas condiciones materiales y morales, la ofensiva tiene que degenerar, inevitablemente, en una aventura».

Estaba claro que la ofensiva de junio y el comportamiento de los soldados -esto es, del campesinado armado y encuadrado en el ejército- iba a determinar la correlación de fuerzas en la revolución, lo que al final de traducía en la correlación de delegados entre socialistas y bolcheviques en los soviets.

Entretanto, los periódicos publicaban una noticia jubilosa: «La Bolsa de París saluda la ofensiva con el alza de todos los valores rusos». Los socialistas pulsaban, por lo visto, la estabilidad de la revolución por los boletines de cotización: pero la historia nos enseña que cuando más a gusto se siente la Bolsa es cuando peor marchan las revoluciones.

Los obreros y la guarnición de la capital no se sintieron arrastrados ni un momento por aquella oleada artificial de patriotismo recalentado. Su palestra seguía siendo la avenida Nevski. «Hemos salido a la Nevski -cuenta en sus Memorias el soldado Chinenov- intentando hacer campaña contra la ofensiva. Los burgueses se han lanzado contra nosotros esgrimiendo sus paraguas... Nosotros hemos cogido a los burgueses, los hemos llevado a los cuarteles... y les hemos dicho que, al día siguiente, los expediríamos al frente». Eran ya los síntomas de la explosión de la guerra civil que se avecinaba: las jornadas de julio estaban próximas.

El 21 de junio, el regimiento de ametralladoras tomaba en asamblea general el acuerdo siguiente: «En lo sucesivo, sólo mandaremos fuerzas al frente cuando la guerra tenga un carácter revolucionario». En contestación a la amenaza de disolución, el regimiento declaró que él, por su parte, no se detendría ante la disolución «del gobierno provisional y demás organizaciones que lo apoyan». Otra vez volvemos a percibir las notas de una amenaza que va mucho más allá que las campañas de los bolcheviques.

El 23 de junio, la crónica de los acontecimientos señala: «Las unidades del 11º ejército se han apoderado de la primera y segunda líneas de trincheras del enemigo». Junto a esta noticia, léese esta otra: «En la fábrica de Baranovski (seis mil obreros) se han celebrado las elecciones al Soviet de Petrogrado. Para sustituir a los tres diputados socialrevolucionarios han sido elegidos tres bolcheviques».

A fines de mes, la fisonomía del Soviet de Petrogrado había cambiado ya considerablemente. Es cierto que el 20 de junio el Soviet tomaba el acuerdo de saludar al ejército que había emprendido la ofensiva. Pero, ¿por qué mayoría? Por 472 votos contra 271 y 39 abstenciones. Es un nuevo balance de fuerzas que nos salta a la vista. Los bolcheviques, con los grupos de mencheviques y socialrevolucionarios de izquierda, representan ya las dos quintas partes del Soviet. Ello significa que en las fábricas y en los cuarteles los adversarios de la ofensiva forman ya una mayoría indiscutible.

El Soviet de la barriada de Viborg vota el 24 de junio un acuerdo en el que cada palabra es como un martillazo: «Protestamos contra la aventura del gobierno provisional, que emprende la ofensiva al servicio de los viejos tratados expoliadores... y descargamos toda la responsabilidad por esa política de ofensiva sobre el gobierno provisional y los partidos de los mencheviques y socialrevolucionarios que le sostienen». Relegada a segundo término después de la revolución de Febrero, la barriada de Viborg va avanzando con paso seguro hacia los primeros puestos. En el Soviet de Viborg predominaban ya completamente los bolcheviques.

Ahora todo dependía del resultado de la ofensiva, es decir, de los soldados de las trincheras. ¿Qué cambios determinó la ofensiva en la conciencia de los que tenían que llevarla a cabo? Los soldados anhelaban, de un modo irresistible, la paz. Sin embargo, los dirigentes consiguieron durante algún tiempo hasta cierto punto o, por lo menos, lo consiguieron de una parte de los soldados, convertir este anhelo en una buena disposición respecto a la ofensiva.

Después de la revolución, los soldados esperaban que el nuevo régimen firmase cuanto antes la paz, y hasta que ese día llegase estaban dispuestos a montar la guardia en el frente. Pero ese día no llegaba. Los soldados rusos empezaron a confraternizar con los alemanes y los austríacos, influidos en parte por las campañas de los bolcheviques, pero sobre todo buscando por propia iniciativa la senda de la paz. Estos escarceos de confraternización fueron ferozmente perseguidos. Además, se pudo observar que los soldados alemanes no habían sacudido todavía, ni mucho menos, la carga de la obediencia a sus oficiales. Y la confraternización, que no había traído la paz, disminuyó considerablemente. [...]

Viendo que no conseguían sus fines, ni por medio de la diplomacia del gobierno provisional ni a fuerza de confraternización, una parte de los soldados empezó a creer que convenía dar aquel empujón de que les hablaban y que acabaría de una vez con la guerra. Uno de los delegados enviados por el frente al Congreso de los soviets, expresaba en estos términos el estado de espíritu de los soldados: «Ahora nos encontramos ante un frente alemán desarmado, desartillado, y si tomamos la ofensiva y derrotamos al enemigo, nos acercaremos a la anhelada paz».

Y, efectivamente, en un principio, el enemigo se reveló extraordinariamente débil y se retiraba sin dar batalla, que, por su parte, los atacantes no hubieran podido tampoco librar. Pero el enemigo no se dispersaba, sino que, por el contrario, se agrupaba y se concentraba. Cuando habían avanzado veinte o treinta kilómetros, los soldados rusos presenciaron un espectáculo que conocían harto bien por su experiencia de los años precedentes: el enemigo los esperaba atrincherado en nuevas posiciones reforzadas. Y entonces fue cuando se puso de manifiesto que, si bien los soldados estaban aún dispuestos a dar un empujón para conseguir la paz, no querían tener absolutamente nada ya que ver con la guerra. Arrastrados a ella por la fuerza, por la presión moral, y sobre todo por el engaño, viraron en redondo indignados. [...]

El generalísimo del frente sudoccidental, habiéndose puesto de acuerdo con los comisarios y los comités, publicó un decreto ordenando que se abriera el fuego contra los desertores.

El 12 de julio, el generalísimo del frente occidental, Denikin, volvía al estado mayor «con la desesperación clavada en el alma y la conciencia neta del desmoronamiento completo de la última tenue esperanza en... el milagro».

Los soldados no querían batirse. Los soldados de la retaguardia, a quienes se pidió que reemplazaran a las fuerzas exhaustas después de la ocupación de las trincheras enemigas, contestaron: «¿Para qué habéis tomado la ofensiva? ¿Quién os ha dado permiso para ello? Lo que hay que hacer no es organizar ofensivas, sino poner término a la guerra». El jefe del primer cuerpo siberiano, considerado como uno de los mejores, comunicaba que, al caer la noche, los soldados se retiraban en compañías enteras de la primera línea, no atacada. «Comprendí que nosotros, los jefes, éramos impotentes para cambiar la psicología de la masa de los soldados, y rompí a llorar larga y amargamente».

Las condiciones propias de una guerra larga y desdichada no podían hacer otra cosa que acelerar e imprimir un carácter más agudo al proceso revolucionario de disgregación del ejército. La funesta y criminal ofensiva de la democracia se encargó del resto. Ahora, los soldados decían ya abiertamente y por todas partes, a quien quería oírlos: «¡Basta de verter sangre! ¿Para qué nos sirven la libertad y la tierra si tenemos que morir de un balazo?» Esos intelectuales pacifistas que intentan suprimir la guerra a fuerza de argumentos racionalistas son sencillamente ridículos. Pero cuando las masas armadas aducen los argumentos de su razón, no hay guerra que no se acabe.

La guerra concentraba la contradicción fundamental que movía la revolución, impulsando el enfrentamiento entre el proletariado y la burguesía. Estando movilizada como tropa buena parte del campesinado, acabó poniendo en marcha la revolución campesina que hasta entonces los bolcheviques habían pronosticado.

Lenin, en abril, creía necesario estar prevenido para la hipótesis peor, para la perspectiva de un sólido bloque entre los terratenientes, la burguesía y los vastos sectores campesinos. «Pretender atraerse ahora al mujik -dice- valdría tanto como entregarse a Miliukov». De aquí la conclusión: «Desplazar el centro de gravedad a los soviets de jornaleros del campo».

Pero, afortunadamente, se realizó la hipótesis mejor. El movimiento agrario, que antes no era más que un pronóstico, se convirtió en un hecho que puso de manifiesto por breves instantes, pero con una fuerza extraordinaria, el predominio de los lazos que unían a los campesinos «como clase» sobre los antagonismos capitalistas. Los soviets de braceros del campo sólo adquirieron importancia en algunos sitios, principalmente en las regiones del Báltico. En cambio, los comités agrarios convirtiéronse en órganos de todos los campesinos, que con su tenaz presión los convertían de cámaras de arbitraje en instrumentos de la revolución agraria.

El hecho de que los campesinos se encontraran una vez más, la última en su historia, con la posibilidad de actuar en bloque como factor revolucionario, prueba, a la vez, la falta de vigor del régimen capitalista en el campo y su fuerza. La economía burguesa no había liquidado todavía por completo con el régimen agrario medieval servil. Pero, al mismo tiempo, la evolución capitalista había hecho tales avances que estructuraba las viejas formas de la propiedad agraria de un modo igualmente insoportable para todos los sectores del campo. El entrelazamiento, muchas veces consciente, de la gran propiedad agraria y de la propiedad campesina, con que se tendía a convertir el derecho de los terratenientes en una trampa para toda la comunidad; y, finalmente, el antagonismo reinante entre el régimen comunal de los pueblos y los colonos individualistas; todo contribuía a crear, en conjunto, una confusión intolerable dentro de las relaciones agrarias, de la cual no había modo de salir por medio de disposiciones legales. Esto lo comprendían mejor los campesinos que todos los teóricos agrarios. La experiencia de la vida, desarrollada a lo largo de una misma conclusión: la de que había que extirpar los derechos heredados y adquiridos sobre la tierra, echar por tierra los mojones y entregar esta tierra, limpia de toda tara histórica, a quien la trabajase. No era otro el sentido de los aforismos campesinos: «la tierra no es de nadie», «la tierra es de Dios». Y con ese mismo espíritu interpretaban ellos la reivindicación programática socialrevolucionaria de la socialización de la tierra. Pese a las teorías de los narodniki, aquí no se deslizaba ni una pizca de socialismo. Todavía no ha habido una sola revolución agraria, por audaz que fuese, que haya rebasado por sí misma los linderos del régimen burgués. Se convendrá en que un régimen de socialización que había de garantizar a todo bracero el «derecho a la tierra» representaba ya de suyo, manteniéndose un régimen de mercado sin trabas, una utopía manifiesta. Los mencheviques criticaban esta utopía desde el punto de vista liberal-burgués. Los bolcheviques, por el contrario, señalaban la tendencia democrática progresiva que se encerraba, expresada utópicamente, en la teoría de los socialrevolucionarios. Uno de los más grandes servicios prestados por Lenin consistió precisamente en haber descubierto el verdadero sentido histórico del problema agrario ruso.[...]

Los bolcheviques no eran culpables de que los grandiosos movimientos campesinos de los siglos pasados no consiguieran instaurar en Rusia la democratización de las relaciones sociales -sin la dirección de las ciudades era imposible conseguirlo-, como tampoco de que la llamada emancipación de los campesinos, llevada a cabo en 1861, se organizase a base del robo de las tierras comunales, de la sujeción de los campesinos al Estado y de la integridad del régimen de castas. Por todo esto, los bolcheviques se vieron ante la necesidad de acabar, en el primer cuarto del siglo XX, lo que los siglos XVII, XVIII y XIX habían hecho a medias o no habían hecho. Antes de emprender la realización de su propios y gigantescos objetivos, los bolcheviques no tuvieron más remedio que pararse a barrer el estiércol histórico de las viejas clases gubernamentales y de los siglos anteriores, y justo es reconocer que realizaron a conciencia esta tarea apremiante y nueva. Seguramente que ni el propio Miliukov se atrevería a negarlo.

La mayoría del proletariado petersburgués pasa al bolchevismo

El arranque de la revolución agraria coincidiendo con el desastre de la ofensiva no podían sino agravar la situación económica e imprimir una sensación de urgencia en la consciencia de los trabajadores. A mediados de junio,

La situación de las ciudades, desde el punto de vista del abastecimiento, era cada día más grave. El movimiento agrario había prendido ya en cuarenta y tres provincias. El suministro de cereales a los centros urbanos y al ejército iba reduciéndose de un modo alarmante. [...]La mecánica del mercado, rota por la guerra, no fue suplida por el régimen centralizado a que no tuvieran más remedio que recurrir los países capitalistas avanzados, y gracias al cual pudo sostenerse Alemania durante los cuatro años de guerra.[...]

En conjunto, la burguesía abrazaba la senda del derrotismo económico. Las pérdidas pasajeras experimentadas a consecuencias de la parálisis económica del país eran, a sus ojos, una especie de gastos generales que les imponía la lucha contra la revolución y contra lo que ésta suponía de peligro para los cimientos de la «cultura».

La burguesía estaba radicalizándose también, abogando cada vez más abiertamente por la imposición de una dictadura contrarrevolucionaria y presionando mediante sus armas económicas.

A mediados de junio, el Congreso de la Industria y del Comercio exige del gobierno provisional que «rompa abiertamente con el actual modo de llevar adelante la revolución». Esta demanda, «¡suspended la revolución!», la hemos oído ya de labios de los generales. Pero los industriales concretan más sus deseos. «El origen del mal no está solamente en los bolcheviques, sino que está también en los partidos socialistas. Sólo una mano firme, una mano férrea puede salvar a Rusia».

Después de preparar el terreno políticamente, los industriales pasaron de las palabras a las obras. Durante los meses de marzo y abril se cerraron ciento veintinueve pequeñas fábricas, que daban trabajo a nueve mil obreros; en el mes de mayo, ciento ocho, con igual número de trabajadores; en junio se clausuran ya ciento veinticinco con un contingente de treinta y ocho mil obreros; en julio, doscientas seis, que daban ocupación a cuarenta y ocho mil. El lockout avanza en progresión geométrica. Pero esto no era más que el principio. A Petrogrado siguió la industria textil de Moscú, y tras ésta vinieron las provincias. Los patronos justificaban el cierre por la falta de combustible, de materias primas, de materiales auxiliares, de créditos. Los comités de fábrica intervenían en el asunto y, en muchos casos, demostraban de un modo irrefutable que la producción se desorganizaba deliberadamente, con el designio de presionar a los obreros a conseguir una ayuda financiera del Estado. [...]

En una carta dirigida al ministro de Hacienda, los banqueros «profetizaban» la emigración de capitales al extranjero y la reclusión de los valores en las cajas de caudales, caso de que se tomaran medidas financieras de carácter radical. Dicho en otros términos, los patriotas de los Bancos amenazaban con el lockout financiero como complemento del industrial. El gobierno se apresuró a ceder. No hay que olvidar que los organizadores del sabotaje eran gente honorables que habían tenido que arriesgar sus capitales amenazados por la guerra y la revolución, y no unos marineruchos de Kronstadt como otros cualesquiera, que no arriesgaban más que su cabeza, lo único que tenían que perder.

La peculiaridad de la revolución rusa se ve aquí con claridad: a pesar de estar una revolución obrera en marcha, la burguesía conserva, en forma directa buena parte de su poder económico. Los soviets, los comités de fábrica, son órganos políticos. La revolución no se ha despojado de su impulso democrático-burgués original. Dentro de la fábrica o el taller el patrón manda. Los trabajadores no han tomado la producción, mucho menos han subvertido las relaciones capital-trabajo. Frente al lock-out solo pueden oponer el control de los comités de fábrica que poco a poco arman con pequeñas milicias. Pero aunque se presione al patrón, se sigue produciendo -y se hará a lo largo de toda la revolución- bajo la ley del valor... entre otras cosas porque si no era imposible el engarce con una revolución campesina que está todavía en el marco de la revolución burguesa. Solo la extensión de la revolución obrera al propio campo ruso cuando menos, o a los países del centro capitalista sobre todo, hubiera podido permitir que la lógica del intercambio fuera subvertida. Dicho de otro modo, a diferencia de la revolución española, la revolución rusa fue una revolución exclusivamente política, que dejó intacta la ley del valor, porque era una revolución permanente.

El nexo entre la economía y la política habíase puesto al desnudo. Ahora, el Estado, acostumbrado a obrar en calidad de principio místico, obraba, cada vez con más frecuencia, en su forma más primitiva, es decir, personificado por destacamentos armados. En distintas partes del país, los obreros hacían comparecer por la fuerza ante el Soviet o arrestaban en sus domicilios a los patronos que se negaban a hacer concesiones y algunos hasta a negociar. Se explica perfectamente que las clases poseedoras distinguiesen con sus odios a la milicia obrera.

Pero aunque la necesidad histórica -el engarce con la revolución burguesa del campesinado- se manifieste en la imposibilidad de la subversión -siquiera germinal- de las relaciones productivas, bajo el carácter estrictamente político de la revolución, y aceptando éste, bajo la hegemonía del eserismo y el menchevismo en los soviets, se esconden condiciones materiales nacidas de la propia guerra y la situación del capitalismo ruso en un capitalismo mundial que le daba forma y entraba de lleno en decadencia. Detengámonos un momento a trazar una perspectiva.

Hay que indagar en el propio proletariado, en su composición, en su nivel político, los motivos que contribuyen a explicar el predominio temporal de que gozaron los mencheviques y socialrevolucionarios. La guerra operó enormes variaciones en la composición y estado de espíritu de la clase obrera. Los años que precedieron a la guerra se caracterizaron por el progreso del movimiento revolucionario, pero este proceso viose interrumpido por aquélla. La movilización fue concebida y llevada a la práctica con un criterio que no era estrictamente militar, sino que tenía mucho de policíaco. El gobierno se apresuró a retirar de las cuencas industriales a los obreros más activos e inquietos. Puede sentarse como hecho indiscutible que en los primeros meses de la guerra la movilización arrancó de la industria hasta un 40 por 100 de los obreros, principalmente obreros calificados. Su alejamiento, que tan desastrosamente repercutía en la marcha de la producción, levantaba calurosas protestas por parte de los industriales, sobre todo cuando mayores eran los beneficios que la industria de guerra reportaba. Gracias a esto, se contuvo la destrucción total de los cuadros obreros. La industria retenía los trabajadores de que necesitaba, en calidad de movilizados. Las brechas abiertas por la movilización fueron tapadas con elementos procedentes del campo, gente pobre de las ciudades, obreros poco expertos, mujeres, jóvenes. El tanto por ciento de las mujeres empleadas en la industria era de un 32 a un 40 por 100.

El proceso de renovación y de enrarecimiento del proletariado tomaba en la capital proporciones muy considerables. Durante los años de la guerra, desde 1914 hasta 1917, el número de fábricas que daban trabajo a más de quinientos obreros aumentó en la provincia de Petrogrado en casi el doble. Por efecto del cierre de las fábricas de Polonia y sobre todo las de los países bálticos, y a causa también, muy principalmente, del auge de la industria de guerra, en 1917 concentrábanse en las fábricas de Petrogrado cerca de cuatrocientos mil obreros, de los cuales treinta y cinco mil se distribuían entre ciento cuarenta fábricas gigantescas. Los elementos más combativos del proletariado petersburgués desempeñaban en el frente un papel muy considerable, contribuyendo no poco a formar el estado de espíritu revolucionario del ejército. Pero los elementos procedentes del campo que los reemplazaban y que eran, con frecuencia, campesinos acomodados y tenderos, que buscaban en las fábricas un asidero para no ir al frente, y con ellos las mujeres y los jóvenes, eran mucho más sumisos que los obreros corrientes. Añádase a esto que los obreros expertos, que continuaban en sus puestos en concepto de movilizados -y eran cientos de miles los que estaban en esta situación-, observaban una prudencia extraordinaria por miedo a que les llevasen al frente. Tal era la base social del ambiente patriótico que, ya bajo el zarismo, reinaba en ciertos sectores obreros.

Pero este patriotismo no tenía ninguna firmeza. Las despiadadas represiones militar y policíaca, la redoblada explotación, las derrotas sufridas en el frente y el desbarajuste económico del país, empujaban a los obreros a la lucha. Sin embargo, durante la guerra las huelgas tenían casi todas un carácter económico y eran mucho más moderadas que antes. La postración del partido contribuía y eran mucho más moderadas que antes. La postración del partido contribuía a acentuar más todavía la de la clase. Después de la detención y el destierro de los diputados bolcheviques se desplegó, con ayuda de todo un cuerpo de provocadores preparados de antemano, una batida general contra las organizaciones bolchevistas, de la que el partido no pudo rehacerse hasta la revolución de Febrero. En el transcurso de los años 1915 y1916, la clase obrera diluida tuvo que pasar por la escuela elemental de la lucha antes de que, en febrero de 1917, las huelgas económicas parciales y las manifestaciones de las mujeres hambrientas pudieran fundirse en una huelga general y arrastrar al ejército a la insurrección.

Al estallar la revolución de Febrero, la estructura del proletariado de Petrogrado era en extremo heterogénea y, además, su nivel político, aun en los sectores más avanzados, bastante bajo. En provincias, las cosas estaban aún peor. Sin este retroceso determinado por la guerra en la formación de la conciencia política del proletariado, que la hizo caer otra vez en un estado de analfabetismo o semianalfabetismo político, no hubiera podido concebirse tampoco aquel predominio temporal de los partidos conciliadores.

Toda revolución enseña y, además, con gran rapidez. En eso está su fuerza. Cada semana revelaba a las masas algo nuevo. Dos meses equivalían a una época. A fines de febrero, la insurrección. A fines de abril, las manifestaciones armadas de los obreros y los soldados en Petrogrado. A principios de julio, nueva acción, con proporciones mucho más vastas y con consignas más atrevidas. A fines de agosto, la intentona contrarrevolucionaria de Kornílov, que las masas hicieron abortar. A fines de octubre, la conquista del poder por los bolcheviques. Bajo estos acontecimientos, que sorprenden por la regularidad de su ritmo, se operan profundos procesos moleculares, que funden a los elementos heterogéneos de la masa obrera en un todo político coherente. También en esto la huelga desempeñaba un papel decisivo.

Durante las primeras semanas, los industriales, atemorizados por los truenos de la revolución, que retumbaban entre la bacanal de los beneficios de guerra, hicieron concesiones a los obreros. Los fabricantes de Petrogrado accedieron incluso, con ciertas reservas y restricciones, a conceder la jornada de ocho horas., Pero esto a los obreros no les bastaba, ya que el nivel de vida descendía constantemente. En mayo, el Comité ejecutivo viose obligado a reconocer que, ante el aumento ininterrumpido de los precios de subsistencia, la situación de los trabajadores «lindaba, para muchos, con el hambre crónica». En los barrios obreros crecía el nerviosismo. Lo que más angustiaba a la gente era la falta de perspectivas, la incertidumbre. Las masas son capaces de soportar las más duras privaciones cuando saben en nombre de qué hacen el sacrificio. Pero el nuevo régimen se les revelaba, cada vez más marcadamente, como la máscara de la vieja realidad contra la cual se habían alzado en febrero. Y esto no tenían por qué soportarlo.

Las huelgas cobran un carácter especialmente turbulento en los sectores obreros más atrasados y explotados. A lo largo de todo el mes de junio abandonan el trabajo, unos detrás de otros, las lavanderas, los tintoreros, los toneleros, los dependientes de comercio, los obreros de la construcción, los pintores, los peones, lo zapateros, los obreros del cartón, los tocineros, los ebanistas. Por el contrario, los metalúrgicos tienden más bien a contener el movimiento. Los obreros avanzados empezaban a ver, cada vez más claramente, que en las condiciones económicas parciales no se conseguiría ninguna mejora sensible, que era necesario remover los cimientos mismos. El lockout no sólo hacía que a los obreros se les alcanzase mejor la necesidad de implantar el control de la industria, sino que les sugería la conveniencia de que el Estado tomase en sus manos las fábricas. La cosa parecía tanto más lógica cuanto que la mayoría de las fábricas particulares trabajaban para la guerra, colaborando con fábricas idénticas pertenecientes al Estado. ya en el verano de 1917 empiezan a hacer acto de presencia en la capital delegaciones de obreros y empleados, que acuden de las distintas partes de Rusia a solicitar que el Estado se haga cargo de las fábricas, ya que los accionistas se niegan a seguir dando dinero. Pero el gobierno no quería ni oír hablar de esto. La conclusión era clara: había que cambiar de gobierno. Y como los conciliadores se oponían a esto, los obreros les volvían la espalda.

En los primeros meses de la revolución, la fábrica de Putilov, con sus cuarenta mil obreros, parecía una fortaleza de los socialrevolucionarios. Pero su guarnición no resistió durante mucho tiempo los ataques de los bolcheviques. A la cabeza de los atacantes veíase casi siempre a Volodarski. Volodarski, un antiguo sastre judío, que había vivido en Norteamérica muchos años y conocía muy bien el inglés, era un excelente orador de masas, lógico, expeditivo y audaz. La entonación americana daba una gran fuerza de expresión a su voz potente, que resonaba con acento claro y preciso en aquellas asambleas, en que se congregaban miles de obreros. «Al aparecer Volodarski en el barrio de Narva -cuenta el obrero Minichev-, en la fábrica de Putilov, los obreros de esa fábrica empezaron a írseles de las manos a los señores socialrevolucionarios, y, a la vuelta de unos meses, se pasaron a los bolcheviques».

El incremento que tomaban las huelgas y la lucha de clases en general robustecía casi automáticamente la autoridad de los bolcheviques. En todos aquellos casos en que se planteaban intereses vitales para los obreros, éstos convencíanse de que los bolcheviques no abrigaban segundas intenciones, de que no ocultaban nada y de que se podía confiar en ellos. Cuando estallaba algún conflicto, todos los obreros sin partido, los socialrevolucionarios y los mencheviques, se iban con ellos. Así se explica que los Comités de fábrica que batallaban contra el sabotaje ejercido por la administración y por los patronos, se pusieran al lado de los bolcheviques mucho antes que el Soviet. En la reunión celebrada a principios de junio por los Comités de fábrica de Petrogrado y sus alrededores, la proposición bolchevista obtuvo 335 votos por 421 votantes. Y, sin embargo, era un hecho revelador, pues demostraba que, en las cuestiones fundamentales de la vida económica, el proletariado de Petrogrado, que aún no había roto con los conciliadores, se había pasado de un modo efectivo al campo bolchevique.

En la asamblea sindical celebrada en junio pudo comprobarse que en Petrogrado había más de cincuenta sindicatos y que sus afiliados no bajaban de doscientos cincuenta mil. El sindicato metalúrgico contaba con cerca de cien mil obreros. En el transcurso del mes de mayo, el número de obreros sindicados se dobló. La influencia de los bolcheviques en los sindicatos crecía aún más rápidamente.

En todas la elecciones parciales a los soviets triunfaban los bolcheviques. El primero de junio había ya en el Soviet de Moscú doscientos seis bolcheviques por ciento setenta y dos mencheviques y ciento diez socialrevolucionarios. Idénticos cambios se producían en provincias, aunque con mayor lentitud. Los efectivos del parido crecían sin cesar. A finales de abril, la organización de Petrogrado contaba con cerca de quince mil miembros; a finales de junio, el número de afiliados era ya de treinta y dos mil.

¿Y en todo ésto? ¿Qué hacía, qué era el partido?

Los soviets iban rezagados con respecto a los comités de fábrica, los comités de fábrica marchaban a la zaga de las masas, los soldados a la zaga de los obreros y, en proporciones aún mayores, las provincias a la zaga de la capital. Era la dinámica inevitable del proceso revolucionario, que engendraba miles de contradicciones para luego superarlas como el azar, sin esfuerzo, jugando casi, y engendrar inmediatamente otras nuevas. Asimismo iba a la zaga de la dinámica revolucionaria el partido, es decir, la organización que menos derecho tiene a rezagarse, sobre todo en momentos revolucionarios. En los centros obreros, en Yekaterinburg, Perm, Tula, Nijni-Novgorod, Sormov, Kolomna, Ysovka, los bolcheviques no se separaron de los mencheviques hasta fines de mayo. En Odessa, Nikolayev, Yelisavetgrad, Poltava y otros centros de Ucrania, estábamos a mediados de junio, y aún no contaban con organizaciones independientes. En Bakú, Ziatoust, Bejetsk, Kostroma, no se separaron definitivamente de los mencheviques hasta fines de junio. Estos hechos no pueden por menos de parecer sorprendentes, teniendo en cuenta que, a los cuatro meses de esto, los bolcheviques tomaban el poder. ¡Cuán alejado había estado el partido durante la guerra del proceso molecular que se estaba operando en la masa, y cuán al margen se hallaba, en el mes de marzo, la dirección Kámenev-Stalin de los grandes objetivos históricos! Los acontecimientos de la revolución cogieron desprevenido al partido más revolucionario conocido hasta hoy por la historia humana. Pero este partido se rehizo bajo el fuego y apretó sus filas bajo el empuje de los acontecimientos. En estos momentos decisivos, las masas se hallaban «cien veces más a la izquierda» (Lenin) que el partido de izquierda más extremo.

Examinando de cerca cómo crecía el ascendiente, el incremento de los bolcheviques con la fuerza de un proceso histórico natural, se ponen al descubierto sus contradicciones y zigzagueos, sus flujos y reflujos. Las masas son heterogéneas y, además, sólo aprenden a manejar el fuego de las revoluciones chamuscándose los dedos en él y dando marcha atrás. Los bolcheviques no podían hacer más que acelerar este proceso de adiestramiento de las masas. Para ello, su táctica era explicar, aclarar, paciente y sistemáticamente. Cierto es que, en esta ocasión, no puede decirse que la historia no recompensase su paciencia.

Un último remate para culminar el cuadro: el parlamentarismo y las elecciones movilizan por primera vez a la pequeña burguesía urbana. Aquí vemos por primera vez -se verá en menos de dos años en Alemania- el uso del sufragio y el parlamentarismo, de la democracia, contra la revolución, atacando directamente la legitimidad de los órganos de clase y buscando desmoralizar a los trabajadores.

Mientras que los bolcheviques se iban apoderando de las fábricas y de los regimientos, sin que nada pudiese contener su avance, las elecciones a las Dumas democráticas daban un predominio enorme y, al parecer, cada vez mayor a los conciliadores. Era ésta una de las contradicciones más agudas y enigmáticas de la revolución. Cierto es que la Duma de la barriada de Viborg, totalmente proletaria, se enorgullecía de su mayoría bolchevique. Pero esto era una excepción. En las elecciones municipales celebradas en Moscú en junio, los socialrevolucionarios obtuvieron más del sesenta por ciento de los votos. Esta cifra les asombró a ellos mismos, pues no podían por menos de tener la sensación de que su influencia decrecía rápidamente. Las elecciones de Moscú ofrecen un interés extraordinario para quien quiera estudiar las relaciones que median entre el desarrollo efectivo de la revolución y su reflejo en los espejos de la democracia. Los sectores avanzados de los obreros y campesinos sacudíanse apresuradamente las ilusiones conciliadoras. Entre tanto, las grandes capas de la pequeña burguesía urbana empezaban apenas a moverse. A estas masas dispersas, las elecciones democráticas les brindaban tal vez la primera, en todo caso, una de las raras posibilidades de manifestarse políticamente. Mientras que el obrero, todavía ayer menchevique o socialrevolucionario, votaba por el partido bolchevique, arrastrando consigo al soldado, el cochero, el portero, el tendero, el dependiente, el maestro de escuela, realizando un acto tan heroico como era votar por los socialrevolucionarios, salían por primera vez, políticamente de la nada. Los sectores pequeño-burgueses votaban fuera de tiempo ya por Kerenski, porque éste encarnaba a sus ojos la revolución de Febrero, que hasta hoy, hasta el momento de votar, no había llegado a ellos. Con su sesenta por ciento de mayoría socialrevolucionaria, la Duma de Moscú brillaba con el último resplandor de una vela que se iba apagando. Y lo mismo acontecía en los demás órganos de administración democrática. Apenas nacer, veíanse ya paralizados por la impotencia del retraso con que venían al mundo. Claro indicio de que la marcha de la revolución dependía de los obreros y de los soldados, y no de aquel polvo humano que el huracán de la revolución haría danzar en remolinos.

Tal es la dialéctica profunda, y a la par sencilla, del despertar revolucionario de las clases oprimidas. la más peligrosa de las aberraciones de la revolución consiste en que la mecánica aritmética de la democracia suma en el día de ayer el de hoy y el de mañana, con lo cual impulsa a los desorientados demócratas formales a buscarle la cabeza a la revolución en donde en realidad no tiene más que la cola. Lenin enseñó a su partido a distinguir la cola de la cabeza.

A todo esto, el Primer Congreso Panruso de los Soviets estaba reunido desde el 3 de junio en Petersburgo y había oficiado una auténtica misa conciliadora, apoyando la unión con la burguesía, rechazando la jornada de ocho horas y fiándolo todo a la elección de una Duma, a la que esperaban entregar el poder y poder disolver de una vez a los soviets.

Pero un incidente menor el día nueve -el desalojo de una finca ocupada por organizaciones culturales- pone en pie a Viborg y tras él a decenas de fábricas contra el Congreso. Las asambleas aprueban una manifestación al día siguiente frente al Congreso con el lema Todo el poder a los soviets. Los bolcheviques dudan, temen que pueda tomar un carácter insurreccional prematuro. El Congreso prohíbe todas las manifestaciones durante tres días y advierte -entre líneas- de que puede disparar una reacción armada

Ante la categórica decisión del Congreso y la misteriosa alusión a la amenaza de un golpe de derecha, los bolcheviques decidieron revisar la cuestión. Lo que ellos querían era una manifestación pacífica y no una insurrección, y no tenían motivos para convertir en seminsurrección la manifestación prohibida. La presidencia del Congreso, por su parte, decidió tomar medidas. Unos cuantos centenares de delegados fueron organizados en grupos de diez y enviados a los barrios obreros y a los cuarteles con el fin de evitar la manifestación y volver después al palacio de Táurida para dar cuenta del cumplimiento de su cometido. El Comité ejecutivo de los diputados campesinos se asoció a esta expedición destinando a ella setenta hombres.

Aunque de un modo inesperado, los bolcheviques consiguieron lo que se proponían: los delegados del Congreso veíanse obligados a ponerse en contacto con los obreros y soldados de la capital. No se dejó que la montaña se acercara a los profetas, pero los profetas no tuvieron más remedio que acercarse a la montaña. Aquel encuentro resultó fecundo en alto grado. En las Izvestia del Soviet de Moscú, el corresponsal -un menchevique- traza el siguiente cuadro: «La mayoría del Congreso, más de quinientos miembros del mismo, se pasaron la noche en blanco, dividiéronse en grupos de a diez, que recorrieron las fábricas y los cuarteles de Petrogrado invitando a los obreros y a los soldados a no acudir a la manifestación... El Congreso no goza de prestigio en una parte considerable de las fábricas, como tampoco en algunos regimientos de la guarnición... Muy a menudo, los miembros del Congreso no eran acogidos con simpatía, ni mucho menos; a veces, se les recibía con hostilidad y hasta con rencor». El órgano soviético oficial no exagera, ni mucho menos; al contrario, da una idea bastante atenuada de aquel encuentro nocturno entre los dos mundos.

Desde luego, después de ponerse al habla con las masas de Petrogrado, los delegados no podían abrigar ya ninguna duda respecto a quién podía, en lo sucesivo, acordar una manifestación o prohibirla. Los obreros de la fábrica de Putílov no accedieron a fijar el manifiesto del Congreso contra la manifestación hasta persuadirse, por la lectura de la Pravda, de que no contradecía al acuerdo de los bolcheviques. El primer regimiento de ametralladoras, que desempeñaba el papel de vanguardia en la guarnición, como lo desempeñaba la fábrica Putílov en los medios obreros, después de conocidos los informes de Cheidse y Avksentiev, presidentes de los dos Comités ejecutivos, votó la siguiente resolución: «De acuerdo con el Comité central de los bolcheviques y de la organización militar, el regimiento decide aplazar su acción..».[...]

Las masas se sometieron a la resolución de los bolcheviques, pero no sin protestas y manifestaciones de indignación. En algunas fábricas se votaron resoluciones censurando al Comité central. En los barrios obreros los miembros más fogosos del partido rompieron sus carnets. Era un aviso serio.

El Congreso discute después desarmar a los obreros, desarticular a los bolcheviques... pero todavía es prematuro... para ambos bandos.

La mayoría y la minoría del Soviet se enfrentaron durante aquellos días, como preparándose a librar la batalla decisiva. Pero, en el último momento, los dos bandos dieron un paso atrás. Los bolcheviques renunciaron a celebrar la manifestación: los conciliadores, a desarmar a los obreros. [...]

En la misma sesión del Congreso de los soviets, que conoció, en rebeldía, del proceso contra los bolcheviques, el representante del menchevismo propuso, cuando menos se esperaba, que para el próximo domingo, 18 de junio, se organizase en Petrogrado y en las ciudades más importantes una manifestación de obreros y soldados, para patentizar a los enemigos la unidad y la fuerza de la democracia. La proposición, aunque dejó un poco perplejo al Congreso, fue aceptada. Un mes después, Miliukov explicaba de un modo bastante plausible este inesperado cambio de frente de los conciliadores: «Después de pronunciar en el Congreso de los soviets discursos de tono liberal, después de hacer fracasar la manifestación armada del 10 de junio..., los ministros socialistas tuvieron la sensación de que habían ido demasiado lejos en su acercamiento a nuestro campo, de que empezaba a faltarles el terreno en que pisaban. Entonces se asustaron y dieron un viraje hacia los bolcheviques». Claro está que aquel acuerdo de organizar una manifestación para el 18 de junio no era precisamente un viraje hacia los bolcheviques, sino algo muy distinto: una tentativa de viraje hacia las masas contra el bolchevismo. El encuentro nocturno con los obreros y los soldados les había producido una impresión bastante fuerte a los elementos dirigentes de los soviets. Así se explica que, abandonando los propósitos imperantes al abrirse el Congreso, se publicase atropelladamente, en nombre del gobierno, un decreto disolviendo la Duma y convocando la Asamblea constituyente para el 30 de septiembre próximo. Las divisas de la manifestación habían sido concebidas de modo que no suscitaran la irritación de las masas:»Paz general», «Convocación inmediata de la Asamblea constituyente», «República democrática». Ni una palabra acerca de la ofensiva ni de la coalición. Lenin preguntaba en la Pravda: «¿Qué se ha hecho, señores, de aquella confianza absoluta en el gobierno provisional? ¿Por qué la lengua se os pega al paladar?» Estas ironías daban en el blanco: en efecto, los conciliadores no se atrevían a exigir de las masas que depositasen su confianza en el gobierno de que formaban parte.

Los delegados soviéticos, después de recorrer por segunda vez las barriadas obreras y los cuarteles, en vísperas de la manifestación, dieron informes muy alentadores al Comité ejecutivo. Tsereteli, a quien estos informes devolvieron la serenidad y la afición a desempeñar el papel de mentor, se dirigió en estos términos a los bolcheviques: «Ahora tenemos ocasión de pasar revista a nuestras fuerzas de un modo franco y honrado... Ha llegado la hora de que sepamos todos a quién sigue la mayoría: si a vosotros o a nosotros». Los bolcheviques aceptaron el reto aun antes de que fuera formulado de un modo tan imprudente. «Acudiremos a la manifestación del 19 -decía la Pravda- para luchar por las mismas consignas por las que queríamos manifestarnos el día 10».[...]

Los delegados del Congreso, congregados en el Campo de Marte, iban leyendo las pancartas que desfilaban ante ellos. Las primeras divisas bolcheviques fueron acogidas medio en broma. Era natural que así fuese; no en vano la víspera, Tsereteli había lanzado su reto con tanta firmeza. Lo malo era que estas consignas se repetían profusamente: «¡Abajo los diez ministros capitalistas!», «¡Abajo la ofensiva!», «¡Todo el poder a los Soviets!» La sonrisa irónica fue borrándose de los rostros. Las banderas bolchevistas iban desfilando, unas tras otras, en procesión inacabable. Los delegados no las tenían todas consigo. El triunfo de los bolcheviques era demasiado evidente para negarlo. «De vez en cuando -dice Sujánov- aparecían entre las banderas y las columnas bolcheviques las divisas específicamente socialrevolucionarias y soviéticas. Pero se perdían entre la masa.» Al día siguiente, el órgano oficioso del Soviet daba cuenta del furor con que en algunos sitios habían sido destrozadas las banderas con las consignas pidiendo un voto de confianza para el gobierno provisional. En estas palabras hay una evidente exageración. Por la sencilla razón de que sólo tres pequeños grupos portaban pancartas de homenaje al gobierno provisional: eran los amigos de Plejánov, el regimiento de cosacos y un grupo de intelectuales judíos afiliados al «Bund». Este trío combinado que, por los elementos que lo integraban, producía la impresión de un hecho político raro, parecía no tener más finalidad que poner al descubierto, para que todo el mundo lo viese, la impotencia del régimen. Ante los gritos de protesta de la multitud, los amigos de Plejánov y los del «Bund» se vieron obligados a retirar las pancartas. La bandera de los cosacos que mostraron más tozudez fue, en efecto, arrebatada y destrozada por el público.

«Lo que hasta ahora no era más que un arroyuelo -comentan las Izvestia- se ha convertido en un caudaloso río, cada vez más hinchado y que amenaza con desbordarse.» Se trataba de la barriada de Viborg, cubierta toda ella de banderas bolcheviques con la inscripción: «¡Abajo los diez ministros capitalistas!» Una de las fábricas tremolaba una pancarta que decía así: «El derecho a la vida está por encima del derecho de propiedad.» Esta divisa no obedecía a órdenes del partido.

Los delegados de provincias, aturdidos, buscaban a los jefes con los ojos. Éstos rehuían la mirada o se escabullían buenamente. Los bolcheviques asediaban a preguntas a los provincianos. ¿Se parece esto, acaso, a un puñado de conspiradores? Los delegados de provincias convenían en que no, en que no lo parecían. «No pude negarse que en Petrogrado sois una fuerza -reconocían en un tono bastante distinto del adoptado en la sesión oficial del Congreso-; pero no ocurre lo mismo en las provincias ni en el frente.» Esperad, les contestaban los bolcheviques, que pronto os llegará también a vosotros el turno y se alzarán en provincias las mismas pancartas.[...]

Los últimos días de junio se caracterizan por un estado constante de efervescencia. El regimiento de Ametralladoras está dispuesto a lanzarse inmediatamente al ataque contra el gobierno provisional. Los huelguistas recorren los cuarteles invitando a los soldados a echarse a la calle. Una manifestación de protesta, formada por campesinos con uniforme de soldados, muchos ya canosos, recorre las calles: son hombres de cuarenta años, que exigen que les dejen marcharse a los trabajos del campo. Los bolcheviques se pronuncia contra la acción inmediata: la manifestación del 18 de junio ha dicho todo lo que tenía que decir: para obtener un cambio, no bastaba con manifestaciones, y la hora del golpe decisivo no había sonado aún. El 22 de junio, los bolcheviques dirigen un llamamiento a la guarnición: «No atendáis a las invitaciones que os hagan para que os echéis a la calle, en nombre de la organización militar.» Del frente llegan delegados que se lamentan de los actos violentos y de las sanciones de que son víctimas los soldados. La amenaza de disolver los regimientos insumisos no consigue más que echar leña al fuego. «En muchos regimientos, los soldados duermen con las armas al brazo», dice una declaración elevada por los bolcheviques al comité ejecutivo. Las manifestaciones patrióticas, no pocas veces armadas, provocan colisiones en las calles. Son pequeñas descargas de la electricidad acumulada. Ninguno de los bandos se decide a emprender la ofensiva: la reacción es demasiado débil y la revolución no tiene aún una confianza absoluta en sus fuerzas. Pero tal parece que las calles de la ciudad están regadas con materias explosivas. Flota en el ambiente la inminencia del choque. La prensa bolchevique explica y frena. La prensa patriótica exterioriza su inquietud lanzándose a una campaña desenfrenada contra los bolcheviques. El 25 de junio, Lenin escribe:

Los salvajes aullidos de furor y de rabia contra los bolcheviques son el gemido de los kadetes, los socialrevolucionarios y los mencheviques por su propia impotencia. Tienen la mayoría. Están en el poder. Forman un bloque. Y ven que, a pesar de todo, no pueden nada. ¿Cómo no han de ponerse furiosos contra los bolcheviques?

Las jornadas de julio

Julio comienza con la dimisión de los ministros kadetes. La burguesía quiere forzar a mencheviques y eseristas al enfrentamiento con los bolcheviques que se ha insinuado en junio. La ofensiva militar ha sido derrotada y para ellos era urgente rearmarse políticamente.

La elección del momento la indicó el fracaso de la ofensiva, no reconocido aún oficialmente, pero que no ofrecía la menor duda para los enterados. Los liberales consideraron que había llegado el momento oportuno de dejar a sus aliados de izquierda enfrentarse con la derrota y con los bolcheviques.

El rumor de la dimisión de los ministros kadetes se propagó rápidamente por la capital y redujo políticamente todos los conflictos políticos a una sola consigna, o, más propiamente, a un alarido:

¡Hay que acabar con el tira y afloja de la coalición!

Los obreros y los soldados entendían que los problemas de salarios, del precio del pan, de si había que morir en el frente sin saber, por qué, estaban subordinados al problema de saber quién dirigiría el país en lo sucesivo: si la burguesía o los soviets. En esta actitud de espera había una parte de ilusión, ya que las masas confiaban en obtener, con el cambio de gobierno, la solución inmediata de los problemas más agudos. Pero, en fin de cuentas, tenían razón: la cuestión del poder decidía todo el giro de la revolución y, por tanto, trazaba el destino de todos los problemas concretos. Suponer que los kadetes podían no prever las consecuencias que tendría el acto de sabotaje que realizaban contra los Soviets, significaría no apreciar en su justo valor a Miliukov. El jefe del liberalismo aspiraba evidentemente a empujar a los conciliadores a una situación difícil, de la cual únicamente se podría salir con ayuda de las bayonetas: por aquellos días, estaba firmemente convencido de que era posible salvar la situación mediante un golpe audaz de fuerza.

Entre los soldados la cuestión es literalmente de vida o muerte: el enfrentamiento entre el gobierno provisional y el soviet es inminente, y la primera jugada del gobierno provisional pasa por mandar las tropas acantonadas a la capital a un frente que se derrumba. Un sentimiento de angustia y urgencia prende entre los soldados.

El 3 de julio por la mañana, unos cuantos millares de ametralladoras irrumpieron en la reunión de los Comités de compañía y de regimiento, eligieron a un presidente propio y exigieron que se discutiera inmediatamente la cuestión del levantamiento armado. El mitin tomó un carácter turbulento. La cuestión del frente se confundió con la del poder. El bolchevique Golovin, que presidía, intentó contener a la gente proponiendo entrevistarse antes de nada con los demás regimientos y con la Organización militar. Pero toda alusión a un aplazamiento exasperaba a los soldados.

De hecho, los soldados y los obreros lo que quieren es exigir a los soviets y a los bolcheviques, que consideran propios, que se lancen a por el poder.

Delegados elegidos especialmente recorrían ya fábricas y cuarteles en demanda de apoyo. Naturalmente, los ametralladores no se olvidaron de mandar delegados a Cronstadt. Así, por debajo de las organizaciones oficiales, se iba extendiendo temporalmente una nueva red de relaciones entre los regimientos y las fábricas más excitadas. Las masas no se proponían romper con el Soviet; al contrario querían que éste tomase el poder. Y mucho menos se proponían romper con el partido bolchevique. Pero les parecía que pecaba de indeciso. Querían ejercer sobre él presión, amenazar al Comité ejecutivo, empujar a los bolcheviques.

La movilización crece rápidamente a pesar de las resistencias de los agitadores bolcheviques y los trabajadores se suman a los regimientos que toman la calle.

A las tres de la tarde se presentaron en la conferencia local de los bolcheviques, reunida aquel día en el palacio de la Kchesinskaya, dos delegados del regimiento de ametralladoras para comunicar que este regimiento había decidido echarse a la calle. Nadie lo esperaba ni lo quería. Tomski declaró:

Los regimientos que se lanzan a la calle no han obrado como compañeros al no invitar al Comité de nuestro partido a examinar previamente la cuestión. El Comité central propone a la conferencia: primero, lanzar un manifiesto con el fin de contener a las masas; segundo, redactar un mensaje al Comité ejecutivo pidiendo que tome el poder en sus manos. En estos momentos, no se puede hablar de acción si no se desea una nueva revolución.

Tomski, viejo obrero bolchevique, que había sellado su fidelidad al partido con luengos años de presidio, posteriormente cabeza visible de los sindicatos, se inclinaba más bien, por su carácter, a contener la acción que a incitar a la misma. Pero en circunstancias tales, no hacía más que desarrollar el pensamiento de Lenin:

En estos momentos no se puede hablar de acción si no se desea una nueva revolución.

No hay que olvidar que los conciliadores habían calificado de complot hasta la tentativa de manifestación pacífica del 10 de junio. La aplastante mayoría de la conferencia se solidarizó con Tomski. Era preciso retrasar a toda costa el desenlace. La ofensiva en el frente tenía en tensión a todo el país. Su fracaso estaba descontado, así como el propósito del gobierno de hacer recaer la responsabilidad de la derrota sobre los bolcheviques. Había que dar tiempo a los conciliadores para que se desacreditaran definitivamente. Volodarski, en nombre de la conferencia, contestó a los delegados del regimiento de ametralladoras en el sentido de que éste debía someterse a la decisión del partido.

La movilización es prematura, adelanta una insurrección que el proletariado petersburgués ve ya como necesaria pero para la que el propio soviet no está preparado. Las consignas de julio, que son las de junio, son las justas. El tiempo es el error: una movilización armada solo puede iniciarse con el ánimo de tomar el poder. Pero ¿están preparados los soviets, todavía con mayoría conciliadora para tomar el poder?

Remarquemos una vez más: se trata de una acción justa pero prematura. No es una trampa, no se hace bajo consignas que debilitan a la clase per se, no compromete el programa de la revolución, simplemente adelanta su puesta en marcha antes de que las condiciones estén dadas. Confunde la perspectiva -a dos meses, no indefinida ni nebulosa- con las tareas inmediatas -entre otras, ganar los soviets-, amenazando con dejar estas por hacer y hacer imposible lo que ya puede tocarse con los dedos.

Sin embargo, en menos de cuatro horas, se ve que el movimiento es incontenible. ¿Cuál es el lugar del partido de clase? Obviamente está con los sectores más decididos. No puede oponerse a una acción prematura, sino abrazarla e intentar conducirla para que se convierta en generadora de las condiciones ausentes.

A las ocho se presentó ante el palacio de la Kchesinskaya [sede de los bolcheviques] el regimiento de ametralladoras, y, tras él, el de Moscú. Nevski, Laschevich, Podvoiski, bolcheviques que gozaban de popularidad, intentaron desde el balcón persuadir a los regimientos de que se reintegraran a sus cuarteles. Desde abajo no se oían más que gritos de: «¡Fuera!»

Hasta entonces, desde el balcón de los bolcheviques no se habían oído jamás gritos semejantes de los soldados. Era un síntoma inquietante. Detrás de los regimientos aparecieron los obreros de las fábricas:

¡Todo el poder a los soviets! ¡Abajo los diez ministros capitalistas!

Eran las banderas del 18 de junio. Pero ahora, rodeadas de bayonetas. La manifestación se convertía en un hecho de enorme importancia. ¿Qué hacer? ¿Era concebible que los bolcheviques permanecieran al margen? Los miembros del Comité de Petrogrado, con los delegados a la conferencia y los representantes de los regimientos, toman el acuerdo siguiente: anular las decisiones tomadas, poner término a los esfuerzos estériles para contener el movimiento, orientar este último en el sentido de que la crisis gubernamental se resuelva en beneficio del pueblo; con este fin, incitar a los soldados y a los obreros a dirigirse pacíficamente al palacio de Táurida, a elegir delegados y presentar sus demandas, por mediación de los mismos, al Comité ejecutivo. Los miembros del Comité central que se hallaban presentes sancionaron la rectificación de la táctica acordada.

La nueva resolución, proclamada desde el balcón, es acogida con gritos de júbilo y con La Marsellesa. El movimiento ha sido sancionado por el partido: los ametralladores pueden respirar tranquilos. Una parte del regimiento se dirige inmediatamente a la fortaleza de Pedro y Pablo para tratar de ganarse la guarnición, y, en caso de necesidad, proteger el palacio de la Kchesinskaya, separado de la fortaleza por el angosto canal de Kronverski.

Cuando las manifestaciones llegan al soviet la situación se aclara en todas sus dimensiones... dejando en evidencia a los conciliadores y dando pie a la nueva mayoría bolchevique que estaba cuajando en la sección obrera del soviet.

El menchevique Voitinski, al cual se había confiado la misión de proteger al Comité ejecutivo, ha dicho, en sus relatos retrospectivos, con toda franqueza, cuál era en aquellos días la situación real:

El 3 de julio fue consagrado enteramente a la adopción de medidas para proteger, aunque no fuera más que con unas cuantas compañías, el palacio de Táurida... Hubo un momento en que no disponíamos absolutamente de ninguna fuerza. En las puertas del palacio de Táurida no había más que seis hombres, incapaces de contener a la multitud...

Y más adelante:

El primer día de la manifestación sólo disponíamos de 100 hombres; no contábamos con nada más. Mandamos comisarios a todos los regimientos con la petición de que nos facilitaran soldados para organizar el servicio de centinelas... Pero cada regimiento volvía la vista hacia el vecino para ver cómo había de proceder. Era preciso acabar a toda costa con este escandaloso estado de cosas, y llamamos tropas del frente.

Sería difícil, aun proponiéndoselo, imaginar una sátira más malévola contra los conciliadores. Centenares de miles de manifestantes exigen la entrega del poder a los soviets. Cheidse, que se halla al frente del sistema soviético, y que es por ello mismo el candidato a la presidencia, busca por todas partes fuerzas militares para lanzarlas contra los manifestantes. El grandioso movimiento en favor de la democracia es calificado por los jefes de ésta como un ataque de bandas armadas contra la democracia.

En aquel mismo palacio de Táurida se hallaba reunida, después de una prolongada pausa, la sección obrera del Soviet, la cual, en el transcurso de dos meses, mediante elecciones parciales en las fábricas, se había renovado hasta tal punto, que el Comité ejecutivo temía, no sin fundamento, que los bolcheviques dominaran en la misma. La reunión de la sección, artificialmente aplazada, y convocada, al fin, por los propios conciliadores unos días antes, coincidió casualmente con la manifestación armada: los periódicos veían asimismo en esto la mano de los bolcheviques. Zinóviev desarrolló en su discurso, en una forma convincente, la idea de que los conciliadores, aliados de la burguesía, no querían ni sabían luchar contra la contrarrevolución, pues entendían por tal las fechorías aisladas de los «cien negros» y no la cohesión política de las clases poseedoras, con el fin de aplastar a los soviets, centros d resistencia de los trabajadores. El discurso dio en el blanco. Los mencheviques, al darse cuenta de que por primera vez se hallaban en minoría en los soviets, propusieron no tomar ningún acuerdo y recorrer los barrios obreros con el fin de mantener el orden. Pero ¡ya era tarde! La noticia de que han llegado al palacio de Táurida los obreros armados y los soldados del regimiento de ametralladoras provoca en la sala una extraordinaria excitación. Aparece en la tribuna Kámenev.

Nosotros -dice- nos hemos incitado a la acción; pero las masas populares se han lanzado a la calle por propia iniciativa... Y puesto que las masas han salido, nuestro sitio está junto a ellas... Nuestra misión consiste ahora en dar el movimiento un carácter organizado.

Kámenev termina su discurso proponiendo que se designe una Comisión de 25 miembros encargada de dirigir el movimiento. Trotsky apoya esta petición. Cheidse teme a la Comisión bolchevique e insiste inútilmente para que la cuestión pase la Comité ejecutivo. Los debates toman un carácter tumultuoso. Convencidos definitivamente de que no tienen más que el tercio de los votos, los mencheviques y los socialrevolucionarios abandonan la sala. Esta táctica se convierte en la táctica favorita de los demócratas: empiezan a boicotear los Soviets a partir del momento en que pierden la mayoría en ellos. La resolución en que se incita al Comité central ejecutivo a hacerse cargo del poder es aprobada por 276 votos. No hay oposición. Se procede inmediatamente a elegir los 15 vocales de la Comisión. Se reservan 10 puestos para la minoría, puestos que nadie ocupará. El hecho de que saliese elegida una Comisión bolchevique significaba, para amigos y adversarios, que la sección obrera del Soviet de Petrogrado se convertía, a partir de aquel momento, en la base del bolchevismo. Se había dado un gran paso. En abril, la influencia de los bolcheviques se extendía aproximadamente a la tercera parte de los obreros petersburgueses; por aquellos días representaban en el Soviet un sector insignificante. Ahora, a principios de julio, los bolcheviques tienen en la sección obrera cerca de los dos tercios de delegados: esto significaba que su influencia entre las masas había adquirido un carácter decisivo. [...]

De las calles adyacentes al palacio de Táurida afluyen columnas de obreros, obreras y soldados con banderas, cantos y música. Aparece la artillería ligera, cuyo jefe provoca el entusiasmo general al declarar que todas las baterías de su división están con los obreros. La calle en que está emplazado el palacio de Táurida y el muelle correspondiente al mismo están atestados de gente. Todo el mundo quiere acercarse a la tribuna situada en la puerta principal del palacio. Se presenta a los manifestantes Cheidse, con el aspecto malhumorado del hombre a quien se ha arrancado inútilmente a sus ocupaciones. El popular presidente de los soviets es acogido con un silencio hostil. Con voz cansada y ronca, Cheidse repite los lugares comunes habituales, que todo el mundo se sabe ya de memoria. No se dispensa mejor acogida a Voitinski, que ha acudido en su auxilio.[...]

Por los oradores bolchevistas, los manifestantes se enteraron del triunfo que acababa de ser alcanzado en la sección obrera del Soviet, y este hecho les dio una satisfacción casi tangible, como si hubieran entrado ya en la época del régimen soviético.

Poco antes de medianoche abrióse nuevamente la sesión mixta de los Comités ejecutivos: en aquel momento los granaderos se echaban al suelo en la perspectiva Nevski. A propuesta de Dan, se decidió que sólo puedan asistir a la reunión los que se comprometiesen de antemano a defender y poner en práctica los acuerdos tomados. ¡Esto era algo nuevo! Los mencheviques intentaban convertir el Soviet, declarado por ellos Parlamento de los obreros y soldados, en órgano administrativo de la mayoría conciliadora. Cuando se queden en minoría -lo cual ocurrirá dentro de dos meses-, los conciliadores defenderán apasionadamente la democracia soviética. Hoy, como en general en todos los momentos decisivos de la vida social, la democracia queda arrinconada. Algunos meirayontsi3 abandonaron la reunión protestando; bolcheviques no había ninguno: estaban en el palacio de la Kchesinskaya deliberando sobre la conducta que había de seguirse al día siguiente. Más tarde, los meirayontsi y los bolcheviques se presentaron en la sala y declararon que nadie podía despojarles del mandato que les habían dado los electores. La mayoría se calló, y la proposición de Dan cayó insensiblemente en el olvido. La reunión fue larga como una agonía. Los conciliadores intentan persuadirse mutuamente, con voz débil, de la razón que les asiste. [...] Los delegados de los manifestantes que rodeaban el palacio de Táurida exigieron que se les permitiera el acceso a la reunión. Se les dejó entrar con inquietud y malevolencia. Los delegados creían sinceramente que esta vez los conciliadores no podrían dejar de acoger favorablemente sus aspiraciones. ¿Acaso los periódicos menchevistas y socialrevolucionarios de hoy, excitados por la dimisión de los kadetes, no denuncian las intrigas y el sabotaje de sus aliados burgueses? Además, la sección obrera se ha pronunciado por la entrega del poder a los soviets. ¿Qué se espera? Pero los ardientes llamamientos, en los cuales la indignación respira aún esperanza, caen impotentes en la atmósfera estancada del Parlamento conciliador.

3: Miembros del «Comité Interdistritos», organización fundada en 1913 dirigida por Ovitsky, Fedorov, Joffe, Lunacharski y otros, a la que se une Trotski a su llegada a Rusia, cuando tiene ya unos 4.000 miembros, la mayoría en Petersburgo. Formada por miembros del POSDR, defiende durante la guerra un internacionalismo estricto y la reconstitución del POSDR como una fusión de bolcheviques, mencheviques internacionalistas (Martov) y ellos mismos. Adhieren a las Tesis de Abril antes que la dirección bolchevique y en mayo Lenin les propone como el otro componente principal -junto a los bolcheviques- para fundar el Partido Comunista sobre la base del programa de abril, en ese momento todavía no aceptado por los viejos bolcheviques.

A los jefes no les preocupa más que una idea: cómo librarse lo más rápidamente posible de aquellos huéspedes indeseables. Se les invita a tomar asiento en la galería: sería demasiado imprudente echarlos a la calle, al lado de los manifestantes. Desde la galería, los ametralladores escuchan asombrados los debates que se estaban desarrollando y que no perseguían más fin que ganar tiempo, a fin de que pudieran llegar los regimientos de confianza.

En las calles está el pueblo revolucionario -dice Dan-, pero este pueblo hace obra contrarrevolucionaria...

Dan se ve apoyado por Abramovich, uno de los líderes del Bund, un pedante conservador cuyos instintos se sentían ofendidos por la revolución. «Estamos en presencia de un complot», afirma, faltando a toda evidencia, y propone a los bolcheviques que declaren abiertamente que la cosa «es obra suya». Tsereteli profundiza el problema:

Salir a la calle con la demanda de Todo el poder a los soviets» significa sostener a estos últimos. Si los soviets quisieran, el poder pasaría a sus manos. Ningún obstáculo se opone a su voluntad... Manifestaciones como ésta hacen el luego no a la revolución, sino a la contrarrevolución.

Los delegados no acababan de comprender este razonamiento. Les parecía que sus elevados jefes no estaban en su sano juicio. Al final, la asamblea confirmó una vez más, con 11 votos en contra, que la manifestación armada era una puñalada trapera al ejército revolucionario, etcétera. La reunión terminó a las cinco de la madrugada.

Poco a poco las masas fueron retirándose a sus barriadas. Durante toda la noche recorrieron la ciudad automóviles armados, estableciendo el contacto entre los regimientos, las fábricas y los centros de barriada.

Como en Febrero, las masas, por la noche, hacían el balance del día. Pero ahora lo hacían con la participación de un complejo sistema de organizaciones de fábrica, de partido, militares, que estaban reunidos con carácter permanente. En las barriadas se opinaba como algo que no admitía ya discusión, que el movimiento no podía detenerse a medio camino. El Comité ejecutivo aplazó la resolución acerca del traspaso del poder. Las masas interpretaron esto como una vacilación. La conclusión era clara: había que apretar más.

La reunión nocturna de los bolcheviques y meirayontsi, que tenía lugar en el palacio de Táurida a la vez que la de los Comités ejecutivos, sacaba también el balance del día e intentaba anticipar lo que traería consigo el día siguiente. Los informes de las barriadas atestiguaban que la manifestación no había hecho más que poner en movimiento a las masas, planteando ante ellas por primera vez en toda su agudeza el problema del poder. Mañana, las fábricas y los regimientos querrán obtener una contestación y no habrá fuerza humana capaz de retenerlos en los suburbios. No se discutía si debía o no tomarse el poder, como habían de afirmar más tarde los adversarios, sino si debía hacerse o no una tentativa para liquidar la manifestación o ponerse al frente de la misma al día siguiente.

A hora avanzada de la noche, hacia las tres, llegaban al palacio de Táurida los obreros de la fábrica Putilov, una masa de 30.000 hombres, muchos de ellos con sus mujeres y niños. La manifestación se puso en marcha a las once, y por el camino se unieron a los manifestantes otras fábricas. En el portal de Narva había tanta gente, a pesar de lo avanzado de la hora que se hubiera dicho que la barriada había quedado completamente vacía. Las mujeres gritaban: «Todo el mundo tiene que ir... ¡Nosotras guardaremos las casas!...» Del campanario de Spasa partieron unos disparos, al parecer de ametralladora. Desde abajo se hizo una descarga contra el campanario. En Gostini Dvor se lanzaron contra los manifestantes un grupo de estudiantes y de junkers, que les arrebataron una pancarta.

Los obreros ofrecieron resistencia, se produjo un gran tumulto, sonaron disparos, y al autor de estas líneas le rompieron la cabeza y le pisotearon el pecho y los costados.

Nos cuenta esto el obrero Yefimov, ya conocido del lector. Atravesando la ciudad, ya silenciosa, los obreros de Putilov llegaron por fin al palacio de Táurida. Gracias a la insistente intervención de Riazanov, muy íntimamente ligado en aquel entonces con los sindicatos, la delegación de la fábrica fue recibida por el Comité ejecutivo. La masa obrera, hambrienta y terriblemente fatigada, se sentó a esperar en la calle y en el jardín, con la esperanza de obtener una contestación. Estos obreros de la fábrica de Putilov, acampados a las tres de la madrugada en los alrededores del palacio de Táurida, en el que los líderes de la democracia esperaban la llegada de tropas del frente, es uno de los espectáculos más conmovedores de la revolución en el período turbulento que va desde Febrero a Octubre. Doce años antes, no pocos de estos obreros habían tomado parte en la manifestación de enero ante el palacio de Invierno, con imágenes y estandartes. En aquellos doce años habían pasado siglos enteros. En el transcurso de los cuatro meses próximos transcurrieron otros cuantos más.

Sobre la reunión de los líderes y organizadores bolcheviques que discuten sobre lo que ha de hacerse al día siguiente flota la sombra grávida de los obreros de la fábrica de Putilov, acampados en plena calle. Mañana los obreros de la fábrica de Putilov no irán al trabajo. ¿Cómo van a trabajar después de una noche pasada en vela? Entre tanto, es llamado Zinóviev por teléfono, Raskolnikov comunica, desde Cronstadt, que mañana a primera hora la guarnición de la fortaleza se dirigirá a Petrogrado, y que no hay nada ni nadie capaz de contenerla. Desde el otro extremo del hilo telefónico, el joven oficial pregunta:

¿Es posible que el Comité central le ordene dejar abandonados a los marinos, desacreditándose completamente a sus ojos?

A la imagen de los obreros de la fábrica de Putilov acampados delante del palacio de Táurida se une a otra, no menos impresionante: la de los marinos de la isla, que en esta noche de vela se aprestan a apoyar a los obreros y soldados de Petrogrado. No, la cosa es demasiado ciara. No se puede seguir vacilando. Trotsky pregunta por última vez: «¿Y si se intentara dar a la manifestación el carácter de una manifestación sin armas?» No, ni de eso se puede ya siquiera hablar. Un pelotón de junkers bastaría para dispersar, como a un rebaño de ovejas, a millares de hombres desarmados. Los soldados y obreros acogerían indignados, considerándola como una encerrona, semejante proposición. La contestación es categórica y convincente. Por unanimidad se decide incitar mañana a las masas, en nombre del partido, a continuar la manifestación. Zinóviev corre al teléfono, donde espera frenético Raskolnikov, para comunicarle la noticia que le permitirá respirar con desahogo. Se redacta inmediatamente un manifiesto a los obreros y soldados: ¡a la calle! El manifiesto del Comité central, que había sido escrito durante el día, y en el que se invitaba a las masas a cesar la manifestación, es sacado de las prensas; pero ya es tarde para reemplazarlo por el nuevo texto. La página blanca de la Pravda será mañana un indicio mortal contra los bolcheviques. Evidentemente, en el último momento, asustados, han retirado el llamamiento a la insurrección, o, acaso al revés: han renunciado a su llamamiento a la manifestación pacífica para incitar a la insurrección. La verdadera resolución de los bolcheviques apareció en una hoja que invitaba a los obreros y soldados a «expresar su voluntad ante los Comités ejecutivos reunidos, mediante una manifestación pacífica y organizada». No, aquello no era precisamente un llamamiento a la insurrección.

A partir de este momento, la dirección inmediata del movimiento pasa a manos del Comité del partido de Petrogrado, cuyo principal agitador era Volodarski. De movilizar a la guarnición se encargó la Organización militar. [...]

Los ametralladores no regresaron a sus barracones hasta el amanecer, fatigados y ateridos, a pesar de estar en el mes de julio. La lluvia nocturna había calado hasta los huesos a los obreros de Putilov. Los manifestantes se reúnen cerca de las once de la mañana. Las fuerzas militares no entran en escena hasta más tarde. Hoy, el 1.er Regimiento de ametralladoras se ha echado también a la calle en toda su integridad. Pero ya no desempeña el papel de instigador que desempeñara en la víspera. El primer plano lo ocupan hoy los obreros de las fábricas. Se unen al movimiento los que en el día anterior se habían quedado al margen. Allí donde los dirigentes titubean o se resisten, la juventud obrera obliga al vocal de turno del comité de fábrica a hacer sonar la sirena para dar la señal de paralizar el trabajo. En la fábrica del Báltico, donde predominaban los mencheviques y socialrevolucionarios, de los cinco mil obreros que trabajan en la misma secundan el movimiento cerca de cuatro mil. En la fábrica de calzado Skorojod, que durante mucho tiempo había sido considerada como el reducto de los socialrevolucionarios, el estado de espíritu de los obreros habíase cambiado tan rápidamente, que el diputado de la fábrica, un socialrevolucionario, estuvo algunos días sin poder aparecer por allí. Estaban en huelga todas las fábricas; por todas partes se celebraban mítines. Elegíanse dirigentes de la manifestación y delegados encargados de presentar las reivindicaciones del Comité ejecutivo. Cientos de miles de hombres volvieron a ponerse en marcha hacia el palacio de Táurida, y docenas de miles de manifestantes volvieron a encaminarse hacia la villa de la Kchesinskaya. El movimiento de hoy es más imponente y está mejor organizado que el de ayer: se ve la mano dirigente del partido. La atmósfera es también más candente; los soldados y los obreros quieren provocar el desenlace de la crisis. El gobierno, angustiado, espera. Su impotencia es aún más evidente que ayer. El Comité ejecutivo espera tropas leales y recibe noticias de todas partes anunciando que avanzan sobre la capital fuerzas militares hostiles. De Cronstadt, de Novi-Peterhof, de Krasni-Selo, del fuerte de Krasnaya Gorka, de toda la periferia próxima, por mar y por tierra, avanzan marinos y soldados, con bandas de música, con armas, y, lo que es peor, con pancartas bolcheviques. Algunos regimientos, exactamente lo mismo que en Febrero, traen por delante a sus oficiales, como si entraran en acción bajo su mando. [...]

El día 4, por la mañana, el general Polovtsiev anunciaba que Petrogrado iba a quedar limpio de tropas armadas, y ordenaba severamente a la población que cerrase los portales y no saliera a la calle no siendo en caso de extrema necesidad.

Aquella terrible orden no pasó de ser una vacua amenaza. El jefe de las tropas de la región sólo pudo lanzar contra los manifestantes a pequeños destacamentos de junkers y de cosacos, que durante todo el día provocaron tiroteos sin ton ni son y sangrientas escaramuzas. [...] Las tropas «rebeldes» salen de los cuarteles formadas en compañías y regimientos, tomaban posesión de las calles y de las plazas. Las fuerzas del gobierno operan por medio de emboscadas, ataques por sorpresa realizados por destacamentos poco numerosos, es decir, por los métodos con que suelen operar los guerrilleros insurrectos. El cambio de papeles se explica por la circunstancia de que casi todas las fuerzas armadas del gobierno le son hostiles o en el mejor de los casos, guardan una actitud neutral. El gobierno vive de la confianza que le otorga el Comité ejecutivo, el cual, por su parte, se apoya en la confianza que abrigan las masas de que acabarán por variar de criterio y tomará, por fin, el poder.

Lo que dio mayor impulso a la manifestación fue el hecho de que aparecieran los marinos de Cronstadt en la palestra de Petrogrado. [...] Hasta la noche no se supo en Petrogrado que los bolcheviques invitaban a las masas a echarse a la calle. Esto resolvía la cuestión. Los socialrevolucionarios de izquierda -¡en Cronstadt no los había ni podía haber de derecha!- declararon que se proponían tomar parte en la manifestación. Esta gente formaba parte de un mismo partido con Kerenski, quien, en aquellos mismos momentos, reunía tropas en el frente para aplastar a los manifestantes. El estado de espíritu dominante en la Asamblea nocturna de las organizaciones de Cronstadt era tal, que incluso el tímido comisario del gobierno provisional, Parchevski, votó en favor de la marcha sobre Petrogrado. Se trazó un plan, se movilizaron los medios de transporte marítimo, se entregaron 75 puds de municiones. A las doce de la noche, cerca de diez mil marinos, soldados y obreros armados, entraban en la embocadura del Neva, conducidos por remolcadores y vapores de pasajeros. Después de desembarcar en ambas orillas del río, se unen a la manifestación, fusil al hombro y al son de las orquestas. Detrás, los marinos y soldados, van las columnas de obreros de los barrios de Petrogrado y de la isla de Vasili, entre los cuales avanzan también destacamentos de la guardia roja. A los lados, automóviles blindados; flotando por encima de las cabezas, banderas y pancartas innumerables.

El palacio de la Kchesinskaya está a dos pasos. Pequeño, enjuto, negro como la pez, Sverdlov, uno de los principales organizadores del partido, incorporado al Comité central en la conferencia de abril, da órdenes desde el balcón con su poderosa voz de bajo: «Hacer avanzar la cabeza de la manifestación, apretad las filas, contened las filas de atrás». Desde el balcón, saluda a los manifestantes Lunacharski, siempre dispuesto a contagiarse del estado de espíritu de los que le rodean, imponente de aspecto, de voz y de elocuencia declamatoria, no muy seguro, pero frecuentemente insustituible. Desde abajo le aplauden ruidosamente. Pero a quien sobre todo querían oír los manifestantes era a Lenin -al cual, dicho sea de paso, habían hecho venir por la mañana de su refugio de Finlandia- y los marinos expresaron con tanta insistencia su deseo, que, a pesar de su mal estado de salud, Lenin no pudo negarse a satisfacerlo. Una ola de entusiasmo desbordante acogió la aparición del jefe en el balcón. Lenin, impaciente y esperando, con cierta confusión, como siempre, que cesaran las aclamaciones, empezó a hablar antes de que éstas se acallaran. Su discurso, que, durante varias semanas enteras, la prensa enemiga había de tergiversar en todos los tonos, estaba hecho de unas cuantas frases simples: saludo a los manifestantes, expresión de la seguridad de que la consigna «todo el poder a los Soviets» acabará por triunfar; llamamiento a la serenidad y a la firmeza. La manifestación se pone nuevamente en marcha en medio de las aclamaciones y a los acordes de las bandas. [...]

Cerca de las ocho de la noche, cuando la manifestación estaba en su apogeo, dos centurias de cosacos se dirigieron con artillería ligera al palacio de Táurida, con el fin de protegerlo. Los cosacos, que, al pasar por las calles, se negaban obstinadamente a entablar conversación con los manifestantes, lo cual era ya un mal síntoma, se apoderaron, donde les fue posible, de los automóviles blindados y desarmaron a pequeños grupos sueltos. Los cañones de los cosacos en las calles, ocupados por los obreros y soldados, fueron considerados como un reto intolerable. Todo hacía prever el choque. En el puente de Liteini, los cosacos se acercaron a las masas compactas del enemigo, el cual había conseguido levantar aquí, en el camino que conducía al palacio de Táurida, algunos obstáculos. Un minuto de silencio siniestro, interrumpido por los disparos que parten de las casas cercanas. «Los cosacos abren un fuego graneado -cuenta el obrero Metelev-, los obreros y soldados, distribuyéndose en pelotones o de bruces en las aceras, contestan en la misma forma». El fuego de los soldados obliga a los cosacos a retirarse. Al llegar a la orilla del Neva, uno de los cañones hace tres disparos -señalados asimismo por las Izvestia-, pero los cosacos, alcanzados por el fuego de fusilaría, se repliegan sobre el palacio de Táurida. Uña columna de obreros que les sale al encuentro les asesta un golpe definitivo. Abandonando cañones, caballos y fusiles, los cosacos buscan refugio en los portales de las casas burguesas, o se dispersan.

La colisión de la Liteinaya, un verdadero combate, fue el episodio militar más importante de las jornadas de julio. [...] En la colisión de la Liteinaya resultaron muertos siete cosacos y diecinueve heridos. Los manifestantes tuvieron seis muertos y cerca de una veintena de heridos. Aquí y allá yacían caballos muertos.[...]

Los manifestantes volvieron a sitiar el palacio de Táurida y exigieron una respuesta. En el momento en que llegaban los manifestantes de Cronstadt, un grupo reclamó la presencia de Chernov. Dándose cuenta del estado de espíritu de la multitud, este ministro, tan locuaz de costumbre, se limitó en esa ocasión a pronunciar un lacónico discurso, en el que aludió superficialmente a la crisis del poder y, refiriéndose a los kadetes, que habían salido del gobierno, dijo en tono de menosprecio: «A enemigo que huye, puente de plata». «¿Por qué antes no hablaba usted así?», le interrumpieron varias voces. Miliukov cuenta incluso que «un obrero de elevada estatura, acercando el puño al rostro del ministro, le gritó, furioso: «¡Toma el poder, hijo de perra, puesto que te lo dan!» Y aunque esto no pase de ser una anécdota, expresa, con un relieve un poco grosero, pero bastante claro, el verdadero fondo de la situación de julio. Las respuestas de Chernov no ofrecen interés; en todo caso, no le conquistaron los corazones de Cronstadt...

Dos o tres minutos después entraba corriendo en la sala de sesiones del Comité ejecutivo un hombre que anunciaba a gritos que los marinos habían detenido a Chernov y se disponían a tomar represalias contra él. El Comité ejecutivo, en un estado de excitación indescriptible, delegó, para rescatar al ministro, a algunos de sus miembros más destacados, exclusivamente internacionalistas y bolcheviques. Chernov declaró posteriormente ante la Comisión gubernamental, que, al bajar de la tribuna, observó un movimiento hostil en un grupo que estaba situado en la entrada, detrás de las columnas...

Me rodearon, cerrándome el paso hacia la puerta... Un sujeto sospechoso, que mandaba los marineros que me habían detenido, señalaba constantemente a un automóvil que se hallaba allí cerca... En aquellos momentos, Trotsky, que salía del palacio de Táurida, se acercó al automóvil, y, subiéndose al estribo del mismo, pronunció un breve discurso. Trotsky propuso que se dejara en libertad a Chernov, y pidió que los que no estuvieran conformes con ello levantaran la mano. No se levantó ni una sola mano; entonces, el grupo que me había acompañado al automóvil se apartó del mismo con aire descontento. Si no recuerdo mal, Trotsky dijo: «Ciudadano Chernov, nadie le impide volverse atrás libremente...» Para mí, no hay la menor duda de que lo sucedido no era más que una tentativa, preparada de antemano por gente sospechosa que nada tenía que ver con la masa de los obreros y marinos, para provocarme y detenerme.

Una semana antes de su detención, Trotsky decía en la reunión de ambos Comités ejecutivos:

Estos hechos pasarán a la historia, e intentaremos describirlos tal como fueron... Vi que cerca de la puerta había un grupo de sujetos de mala catadura. Dije a Lunacharski y a Riazanov que aquellos sujetos eran agentes de la Ocrana, que intentaban penetrar en el palacio de Táurida... (Lunacharski: «Es verdad».) Los hubiera reconocido entre diez mil hombres.

En sus declaraciones del 24 de julio, escritas ya en la celda de Kresti, Trotsky dice:

En un principio, había decidido salir de entre la multitud en el automóvil con Chernov y los que querían detenerle, a fin de evitar conflictos y que se produjera el pánico en la multitud. Pero Raskolnikov se me acercó precipitadamente y, muy excitado, exclamó: «Esto es imposible... Si sale usted con Chernov, mañana se dirá que la gente de Cronstadt le ha detenido. Hay que poner en libertad a Chernov inmediatamente». Tan pronto como un toque de corneta hizo el silencio de la multitud y me dio la posibilidad de pronunciar un breve discurso, que terminó con la siguiente proposición: «El que vote por la violencia, que levante la mano». Chernov pudo volver al palacio sin obstáculos.

La declaración de estos dos testigos, que eran al mismo tiempo los dos actores principales de la aventura, dejan las cosas completamente en claro. Pero esto no impidió que la prensa enemiga de los bolcheviques describiera lo sucedido con Chernov y el «intento» de detención de Kerenski como las pruebas más convincentes de la organización del levantamiento armado por los bolcheviques. [...]

Después que las centurias cosacas, único obstáculo con que se tropezaba en el camino que conducía al palacio de Táurida, fueron barridas, muchos manifestantes se imaginaron que la victoria estaba asegurada. En realidad, el mayor obstáculo se hallaba en el propio palacio de Táurida. En la reunión de ambos ejecutivos, que empezó a las seis de la tarde, tomaban parte 90 representantes de 54 fábricas y talleres. Los cinco oradores que, según lo convenido, hicieron uso de la palabra, empezaron protestando contra el hecho de que en las proclamas del Comité ejecutivo los manifestantes fueran calificados de contrarrevolucionarios.

Ya habéis visto -argüían- lo que se dice en las pancartas. Es lo que los obreros han decidido... Exigimos la retirada de los diez ministros capitalistas. Tenemos confianza en los soviets, pero no en quien éstos depositan la suya... Exigimos que se tome inmediatamente posesión de las tierras, que se instaure el control de la industria; exigimos la lucha contra el hambre que nos amenaza.

Otro añadía:

No os halláis en presencia de un motín, sino de una acción completamente organizada. Exigimos la entrega de la tierra a los campesinos, la abolición de las órdenes dirigidas contra el ejército revolucionario... Ahora que los kadetes se han negado a colaborar con vosotros, os preguntamos: ¿Con quién os disponéis a entrar en tratos? Exigimos que el poder pase a manos de los soviets.

Las consignas de propaganda de la manifestación del 18 de junio se convertían ahora en un ultimátum de las masas armadas. Pero los conciliadores estaban ya atados con cadenas demasiado pesadas a las ruedas del carro de los potentados. ¿Entregar el poder a los soviets? Pero esto significaba, ante todo, una política audaz de paz, la ruptura con los aliados, con la propia burguesía, significaba el completo aislamiento, la ruina al cabo de pocas semanas. No ¡la democracia responsable no abraza la senda de la aventura!

Las actuales circunstancias -decía Tsereteli- hacen imposible, en la atmósfera de Petrogrado, tomar ninguna nueva resolución.

Por esto no queda más recurso que

aceptar el gobierno tal como ha quedado constituido... y convocar un congreso extraordinario de los soviets para dentro de dos semanas... en un sitio en que pueda funcionar sin obstáculos. En Moscú mejor que en ninguna parte.

Pero la sesión se ve constantemente interrumpida. Los obreros de Putilov, que llegan ya al atardecer, cansados, irritados, en un estado de extraña excitación, llaman a la puerta del palacio de Táurida: «¡Que salga Tsereteli!» Los treinta mil hombres de la calle envían sus representantes al palacio, una voz grita que si Tsereteli no quiere salir de grado habrá que hacerlo salir por la fuerza. De las amenazas a los actos hay todavía una gran distancia, pero las cosas van tomando un carácter demasiado agudo y los bolcheviques se apresuran a intervenir. Zinóviev lo ha relatado posteriormente:

Nuestros camaradas me propusieron que fuera a hablar a los obreros de Putilov... Un mar de cabezas como nunca lo había visto... Algunas docenas de miles de hombres se apretujaban ante el palacio. Los gritos de «¡Tsereteli!» continuaban... Yo empecé así: «En vez de Tsereteli, he salido yo». Risas. Esto determinó un cambio en el estado de espíritu de los manifestantes. Pude pronunciar un discurso bastante extenso... Como conclusión, incité al auditorio a que se disolviese en seguida, pacíficamente, en completo orden, y sin dejarse provocar en modo alguno a una acción agresiva. Los manifestantes aplauden ruidosamente y empiezan a retirarse.

Este episodio revela de un modo inmejorable el profundo descontento de las masas, la carencia de un plan de ataque por su parte y el verdadero papel desempeñado por el partido en los acontecimientos de julio.

Mientras Zinóviev hablaba en la calle a los obreros de Putilov, un grupo de delegados de estos últimos, algunos de ellos con fusiles, irrumpía tumultuosamente en el salón de sesiones. Los miembros del Comité ejecutivo saltan de sus sitios. «Algunos de ellos no demuestran el valor ni el dominio de sí mismos suficientes», dice Sujánov, el cual nos ha dejado una viva descripción de estos momentos dramáticos. Uno de los obreros,

un sansculotte clásico, con gorra, blusa corta sin cinturón y el fusil en la mano», salta a la tribuna de los oradores temblando de agitación y de rabia...:

¡Camaradas! ¿Soportaremos los obreros por más tiempo esta traición? Estáis pactando con la burguesía y los terratenientes... ¡Hemos venido aquí treinta mil hombres de la fábrica de Putilov y conseguiremos que se respete nuestra voluntad...!

Cheidse, ante cuya nariz se agitaba el fusil, dio pruebas de sangre fía. Inclinándose tranquilamente desde su sitio, metió un manifiesto impreso en la mano temblorosa del obrero: «Haga el favor de tomar esto y de leerlo, camarada. Ahí se dice lo que deben hacer los camaradas de Putilov ...

En el manifiesto no se decía otra cosa sino que los manifestantes debían volver a sus casas y que, de lo contrario, serían unos traidores a la revolución. ¿Es que los mencheviques podían decir otra cosa?[...]

El combate de la Liteinaya imprimió un carácter completamente distinto al desarrollo de la manifestación. Nadie la contemplaba ya desde los balcones y las ventanas. La gente más acomodada, invadiendo las estaciones, abandonaba la ciudad. La lucha en las calles se convertía en escaramuzas esporádicas sin finalidad determinada. Durante la noche se desarrollan encuentros cuerpo a cuerpo entre los manifestantes y los patriotas, se efectúan desarmes de un modo desordenado, los fusiles pasan de unas manos a otras. Grupos de soldados de los regimientos indisciplinados obraban por cuenta propia, sin obedecer a ningún plan. «Los elementos sospechosos y provocadores que se unían a ellos les incitaban a las acciones anárquicas», añade Podvoiski. Grupos de marinos y soldados efectuaban registros por todas partes, con el fin de encontrar a los culpables de los disparos. So pretexto de registro, en algunos sitios se cometieron robos. Por el otro bandose iniciaron pogromos. Los tenderos se arrojaban furiosamente sobre los obreros en aquellas partes de la ciudad en que se sentían fuertes, y los apaleaban despiadadamente.

La multitud se lanzó contra nosotros gritando: «¡Mueran los judíos y los bolcheviques! ¡Al agua con ellos!», y nos apeló brutalmente - cuenta Afanasiev, obrero de la fábrica de Novi Lesner.

Uno de los agredidos murió en el hospital; al propio Afanasiev los marinos lo sacaron del canal Yekaterinski lleno de cardenales y ensangrentado.

Las colisiones, las víctimas, la esterilidad de la lucha y la ausencia de un objetivo práctico: todo aconsejaba liquidar el movimiento. El Comité central de los bolcheviques tomó el acuerdo de invitar a los obreros y soldados a que pusieran fin a la manifestación. Esta invitación, comunicada inmediatamente al Comité ejecutivo, ahora, no tropezó ya casi con ninguna resistencia entre las masas, las cuales se retiraron a los suburbios, dispuestas a no reanudar la lucha al día siguiente. Los obreros y los soldados tuvieron la sensación de que la toma del poder por los soviets era un problema mucho más complejo de lo que se imaginaran.

Fue levantado el sitio del palacio de Táurida y las calles adyacentes quedaron desiertas. Pero los Comités ejecutivos continuaban en su puesto y proseguían con breves interrupciones los interminables discursos, sin sentido ni objeto. Hasta más tarde no se supo que los conciliadores esperaban algo. En las dependencias contiguas había aún delegados de las fábricas y de los regimientos.

Era ya mas de medianoche -cuenta Metelev-, y seguíamos esperando una «resolución»... Atormentados por el hambre y el cansancio, vagábamos por la sala Alexandrovski... A las cuatro de la madrugada del 5 de julio terminaron nuestras esperanzas... Oficiales y soldados armados irrumpieron ruidosamente por la puerta principal del palacio.

Resuenan ensordecedoras en el interior del edificio las notas metálicas de La Marsellesa. El ruido de pasos y el estruendo de los instrumentos provocan, en aquella hora matutina, una agitación extraordinaria en el salón de sesiones. Los diputados se levantan bruscamente de sus escaños. Pero Dan aparece en la tribuna...

¡Compañeros -dice-, tranquilizaos! No hay ningún peligro. Acaban de llegar regimientos leales a la revolución.

Sí; acababan de llegar, en efecto, las tropas tanto tiempo esperadas; los soldados recién llegados ocupan las entradas y las salidas, se lanzan rabiosamente sobre los pocos obreros que aún quedan en el palacio, quitan las armas a los que las tienen, detienen a los que pueden y se llevan a los detenidos.

Sube a la tribuna el teniente Kuchin, menchevique destacado, con uniforme de campaña. Dan, que preside, le estrecha en sus brazos entre las notas triunfales de la orquesta. Locos de entusiasmo y pulverizando a los izquierdistas con miradas victoriosas, los conciliadores se cogen del brazo y, abriendo la boca desmesuradamente, vierten su entusiasmo en las notas de La Marsellesa.

«Una escena clásica del principio de la contrarrevolución», prorrumpe irritado Mártov, que sabía observar y comprender muchas cosas. El sentido político de la escena, registrada por Sujánov, aparecerá y cobrará aún más significativo relieve si se recuerda que Mártov figuraba en el mismo partido que Dan, para el cual esta escena representaba la victoria suprema de la revolución.

Sólo ahora, al observar el desbordante júbilo de la mayoría, el ala izquierda empezó a comprender hasta qué punto se había visto aislado el órgano supremo de la democracia oficial cuando la democracia auténtica se lanzó, a la calle. En el transcurso de treinta y seis horas, aquellos hombres iban desapareciendo por turno para ir a la cabina del teléfono y ponerse en contacto con el Estado Mayor, con Kerenski, que estaba en el frente, pedir tropas, persuadir, implorar, enviar nuevamente agitadores y otra vez a esperar. El peligro había pasado, pero la inercia del miedo subsistía. Y las recias pisadas de los «leales» cerca de las cinco de la madrugada resonaban en sus oídos como una sinfonía de liberación. Pronunciáronse, al fin, desde la tribuna discursos en los cuales se hablaba abiertamente del feliz aplastamiento del motín armado y de la necesidad de acabar de una vez con los bolcheviques.

La contrarrevolución se ha puesto, efectivamente, en marcha. La ofensiva militar va acompañada de una ofensiva de propaganda. El gobierno provisional presenta documentos que prueban que Lenin es un espía alemán. La sede bolchevique es arrasada, comienza la represión. Se observan dos fenómenos: por un lado las vacilaciones del los batallones que hasta entonces han sido neutrales en lo que consideran una pelea dentro del soviet. Es el campesinado, la pequeña burguesía, dudando instintivamente en cada cambio de la correlación de fuerzas. Por otro, el proletariado está sacando lecciones de la experiencia a toda velocidad, lecciones capaces de imponerse sobre el efecto de las difamaciones y recuperar a indecisos y dudosos. También de animar a los aventureros, que esta vez, aprendida la lección, hacen caso al comité militar del partido y evitan lanzarse a la insurrección que la contrarrevolución quería.

Ya desde abril los mencheviques y socialrevolucionarios apelaban a provincias contra Petrogrado, a los soldados contra los obreros, a la caballería contra los regimientos de ametralladoras. En los soviets daban una representación más privilegiada a los regimientos que a las fábricas; protegían los establecimientos pequeños y dispersos contra las empresas metalúrgicas gigantescas. Representantes como eran del pasado, buscaban un punto de apoyo en el atraso, en todos sus aspectos. Al perder el terreno, lanzaban la retaguardia contra la vanguardia. La política tiene su lógica, sobre todo durante la revolución. Apretados por todas partes, los conciliadores viéronse obligados a encargar al almirante Verdenoski que echara a pique los buques más avanzados. Desgraciadamente para los conciliadores, los elementos atrasados en que querían apoyarse iban acercándose cada día más a los avanzados: la tripulación de los submarinos mostró no menos indignación que la de los acorazados ante la orden de Dudariev.

¿Qué significan las jornadas de julio?

Julio es ante todo la ruptura de las ilusiones del régimen de febrero y por tanto un momento importantísimo en el desarrollo de la consciencia entre la clase.

A pesar de todo, lo que tenía de paradójico el régimen de Febrero, cubierto, por añadidura, con jeroglíficos marxistas y populistas por los conciliadores, la correlación real de las clases era harto diáfana. Lo único que no hay que perder de vista es la doble naturaleza de los partidos conciliadores. Los pequeños burgueses ilustrados se apoyaban en los obreros y campesinos, pero fraternizaban con los terratenientes y azucareros de alcurnia. El Comité ejecutivo, que formaba parte del sistema soviético, a través del cual las exigencias de abajo llegaban hasta el Estado oficial, servía, al mismo tiempo, de mampara política para la burguesía. Las clases poseedoras se «sometían» al Comité ejecutivo en la medida en que éste ponía el poder de su parte. Las masas se sometían al Comité ejecutivo en la medida en que confiaban que éste se convertiría en el órgano de dominación de los obreros y campesinos. En el palacio de Táurida se entrecruzaban las tendencias antagónicas de clase, con la particularidad de que la una y la otra se cubrían con el nombre del Comité ejecutivo: la una, por inconsciencia y credulidad, la otra, por cálculo frío. La lucha se desarrollaba nada menos que en torno a la cuestión de quién había de dirigir el país: la burguesía o el proletariado.

Lo más importante. La consciencia es como el buho de Atenea. Sin las jornadas de junio y sobre todo sin las de julio, era imposible avanzar. El proletariado no «recibe» la consciencia, la «saca» de las consecuencias de su acción.

Tenían la posibilidad de tomar el poder y, sin embargo, lo ofrecieron al Comité ejecutivo. El proletariado de la capital, cuya aplastante mayoría se inclinaba ya del lado de los bolcheviques, no había roto todavía el cordón umbilical de Febrero, que le unía con los conciliadores. Existían todavía no pocas ilusiones en el sentido de que con la palabra y la manifestación se podía obtener todo; de que, intimidando un poco a los mencheviques y a los socialrevolucionarios, se les podía incitar a una política común con los bolcheviques. Incluso la parte avanzada de la clase no tenía una idea clara de cómo se podía llegar al poder. Lenin decía poco después de aquellos días:

El verdadero error de nuestro partido en los días 3 y 4 de julio, puesto ahora de manifiesto por los acontecimientos, consistió en que... consideraba aún posibles las transformaciones políticas por la vía pacífica, mediante la modificación de los soviets, cuando, en realidad, los mencheviques y los socialrevolucionarios, gracias a su espíritu de conciliación, se hallaban ya tan atados con la burguesía y ésta se había convertido, hasta tal punto, en contrarrevolucionaria, que no se podía ni siquiera pensar en una solución pacífica.

Suele presentarse el resultado de las jornadas de julio como un desastre. En el partido, el ala derecha reavivó su enfrentamiento con Lenin en un creciente que no acabará hasta octubre. El partido revelaba en su interior las mismas tensiones que estaba sufriendo la clase en su conjunto.

Tuvimos que batirnos en retirada. Al prepararse para la insurrección y para la toma del poder, Lenin y el partido sólo vieron en la intervención de julio, un episodio donde habíamos pagado bastante caro el profundo reconocimiento efectuado entre las fuerzas enemigas, pero que no podría hacer desviar la línea general de nuestra acción. Por el contrario, los camaradas hostiles a la política de tomar el poder verían en el episodio una aventura perjudicial. Reforzaron su movilización los elementos del ala derecha, y su crítica se volvió más categórica.[...]

La actitud oportunista en la cuestión del poder y de la guerra predeterminaba, evidentemente, una actitud análoga respecto a la Internacional. Los derechistas intentaron hacer participar al partido en la Conferencia de Estocolmo de los socialpatriotas. [...] La vía que llevaba a Estocolmo conducía, realmente, a la II Internacional, lo mismo que la participación en el Preparlamento llevaba a la república burguesa. Lenin optó por el boicot a la Conferencia de Estocolmo, como más tarde optó por el boicot al Preparlamento.

León Trotski. «Lecciones de octubre»

El resultado de julio en cualquier caso fue costoso, pero el primer zarpazo de la represión no había sido ni mucho menos decisivo, a pesar la confusión que siguió entre las filas obreras y, sobre todo, entre los soldados.

El fracaso de la ofensiva en el frente tomó un carácter catastrófico el 6 de julio, día en que las tropas alemanas rompieron el frente ruso en una extensión de 12 verstas de ancho y 10 de profundidad. La noticia llegó a la capital el 7, cuando las acciones represivas se hallaban en su apogeo.[...]

Si el 3 y el 4 de julio se hubiera conseguido evitar la manifestación, la acción habríase inevitablemente desarrollado como consecuencia del descalabro de Tarnopol. Sin embargo, este aplazamiento de algunos días habría determinado modificaciones importantes en la situación política. El movimiento hubiera tomado inmediatamente proporciones más vastas, extendiéndose no sólo a las provincias, sino también, en gran parte, al frente. El gobierno hubiera quedado al desnudo políticamente, y le habría sido infinitamente más difícil hacer recaer la culpa sobre los «traidores» del interior. La situación del partido bolchevique hubiera sido más ventajosa desde todos los puntos de vista. Sin embargo, aun en este caso, no se hubiera podido ir a la conquista inmediata del poder. Lo único que se puede afirmar sin vacilación es que si el movimiento se hubiera desencadenado una semana más tarde, la reacción no habría podido desenvolverse en julio de un modo tan victorioso. Era precisamente la «enigmática sucesión lógica» de las fechas de la manifestación y del descalabro en el frente lo que se volvía por completo contra los bolcheviques. La ola de indignación y de desesperación que llegaba del frente, choca con la ola de esperanzas frustradas que partía de Petrogrado. La lección recibida por las masas en la capital había sido demasiado dura para que se pudiera pensar en la reanudación inmediata de la lucha. Con todo ello, el sentimiento agudo provocado por la absurda derrota reclamaba una salida. Y los patriotas consiguieron hasta cierto punto dirigirlo contra los bolcheviques.[...]

En los días de la revolución de Febrero se puso de manifiesto toda la labor realizada anteriormente por los bolcheviques, durante muchos años, y hallaron un sitio en la lucha los obreros avanzados educados por el partido; pero no hubo aún una dirección inmediata por parte de este último. En los acontecimientos de abril, las consignas del partido pusieron de manifiesto su fuerza dinámica, pero el movimiento se desarrolló espontáneamente. En junio se exteriorizó la inmensa influencia del partido, pero las masas entraban en acción todavía dentro del marco de una manifestación organizada oficialmente por los adversarios. Hasta julio, el partido bolchevique, impulsado por la fuerza de presión de las masas, no se lanza a la calle contra todos los demás partidos y define el carácter fundamental del movimiento, no sólo con sus consignas, sino también con su dirección organizada. La importancia de una vanguardia compacta aparece por primera vez con toda su fuerza durante las jornadas de julio, cuando el partido evita, a un precio muy elevado, la derrota del proletariado y garantiza el porvenir de la revolución y el propio.

Como prueba técnica -decía Miliukov, refiriéndose a la importancia de las jornadas de julio para los bolcheviques- la experiencia fue sin ningún género de duda extraordinariamente útil para ellos. Les mostró con qué elementos había que tratar; cómo había que organizar a estos últimos y, finalmente, qué resistencia podían oponerles el gobierno, el Soviet y las tropas... Era evidente que cuando se presentara la ocasión de repetir el experimento, la realizarían de un modo más sistemático y consciente.

Estas palabras valoran acertadamente la importancia del experimento de julio para el desarrollo ulterior de la política de los bolcheviques. Pero antes de poder utilizar las lecciones de julio, el partido hubo de pasar por unas cuantas semanas duras, durante las cuales los miopes enemigos se imaginaban que habían quebrantado definitivamente la fuerza del bolchevismo.

Antes de poder pasar al ataque directo y sangriento contra los trabajadores, el gobierno de Kerenski sabe que tiene que profundizar su confusión y sobre todo, la que le es más accesible, la de los soldados. La vieja campaña de injurias contra Lenin se resucita y extiende a todo el partido usando nuevas pruebas y testimonios que probaban que toda la política bolchevique estaba guiada por el alto mando Alemán.

El mismo estado que era incapaz de centralizar el capitalismo ruso para asegurar los básicos de la producción y distribución, demostró tener una singular capacidad para crear una campaña abrumadora de injurias. Y estas demostraron ser capaces de debilitar y paralizar a la clase con más efectividad y durante más tiempo que las escasas fuerzas cosacas que el Ejecutivo del soviet había intentado movilizar durante las jornadas de julio.

La calumnia de los años de guerra y revolución, ya lo hemos dicho, asombra por su monotonía. Sin embargo, hay una diferencia. De la cantidad acumulada se obtiene una nueva calidad. La lucha de los demás partidos entre sí parecía casi una disputa de familia en comparación con su campaña común contra los bolcheviques. En las reyertas entre sí parecía como si se entrenaran únicamente para otra lucha, de carácter decisivo. Aun al lanzarse mutuamente la acusación de estar en contacto con los alemanes, nunca llevaban las cosas hasta las últimas consecuencias. Julio nos ofrece otro espectáculo. En su ataque contra los bolcheviques, todas las fuerzas dominantes: gobierno, justicia, contraespionaje, Estados Mayores, funcionarios, municipios, partidos de la mayoría soviética, su prensa, sus oradores, constituyen un todo único y grandioso. Las mismas divergencias entre ellos, al igual que la diversidad de instrumentos en una orquesta, no hacen más que aumentar el efecto general. La invención absurda de dos sujetos despreciables se convierte en un factor de importancia histórica. La calumnia se despeña como el Niágara. Si se toma en consideración la situación de entonces -la guerra y la revolución- y el carácter de los acusados, caudillos revolucionarios de millones de hombres que conducían a su partido al poder, puede decirse sin exageración que julio de 1917 fue el mes de la mayor calumnia que ha conocido la historia del mundo.

Cada día que pasaba los costes para el partido y la clase crecían. Haciendo balance global, la principal lección táctica de aquellas semanas y meses es que lo importante ante el reflujo es no dejarse arrastrar.

En la historiografía soviética oficial ha quedado establecida la opinión, convertida en una especie de lugar común, de que el ataque realizado en julio contra el partido -la represión combinada con la calumnia- no tuvo apenas consecuencias para las organizaciones obreras. Esto es completamente erróneo. Es verdad que la depresión en las filas del partido y el abandono de las mismas por gran parte de los obreros y soldados no pasó de algunas semanas, y que la resurrección se produjo muy pronto y de un modo tan impetuoso, que borró en gran parte el recuerdo mismo de los días de opresión y decaimiento. Pero a medida que se van publicando las actas de las organizaciones locales del partido, se ve con mayor claridad el descenso de la revolución en julio, descenso que se echaba de ver en aquellos días de un modo tanto más doloroso cuanto que la curva ascendente precedente había tenido un carácter ininterrumpido.

Toda derrota que se desprende de una determinada correlación de fuerzas modifica, a su vez, esa correlación de un modo desventajoso para los vencidos, toda vez que el vencedor adquiere una mayor confianza en sí mismo, al paso que la del vencido decrece. La evaluación de la propia fuerza constituye un elemento extraordinariamente importante de la correlación de fuerza objetiva. Los obreros y soldados de Petrogrado, que en su impulso hacia adelante chocaron, por una parte, con la falta de claridad y el carácter contradictorio de sus mismos objetivos, y, por otra, con el atraso de las provincias del frente, sufrieron una derrota directa. Por esto fue en la capital donde las consecuencias de la derrota se pusieron de manifiesto en primer lugar y de un modo más acentuado. Sin embargo, son completamente erróneas las afirmaciones de la literatura oficial, según las cuales la derrota de julio pasó casi inadvertida para las provincias. Esto, poco verosímil aun desde el punto de vista teórico, queda refutado por el testimonio de los hechos y de los documentos. Cada vez que se trataba de grandes cuestiones, todo el país volvía involuntariamente la cabeza hacia Petrogrado. Precisamente la derrota de los obreros y soldados de la capital había de producir una impresión enorme en los sectores más avanzados de provincias. El miedo, el desengaño, la apatía, no se manifestaron por igual en los distintos puntos del país, pero se observaron por todas partes.

El descenso de la revolución se manifestó, ante todo, en una relajación extraordinaria de la resistencia de las masas frente al enemigo. Al mismo tiempo que las tropas dirigidas contra Petrogrado realizaban expediciones punitivas oficiales para desarmar a los soldados y a los obreros, bandas semivoluntarias, protegidas por aquéllas, atacaban impunemente a las organizaciones obreras. Al saqueo de la redacción de la Pravda y de la imprenta de los bolcheviques siguió la devastación del local del sindicato metalúrgico. Después, los golpes fueron dirigidos contra los soviets de barriada. Ni los conciliadores escaparon al ataque: el 10 fue asaltada una de las instituciones del partido, a cuyo frente se hallaba el ministro de la Gobernación, Tsereteli. Dan tuvo que hacer gala de no poco espíritu de sacrificio para escribir con motivo de la llegada de las tropas:

En vez de asistir a la catástrofe de la revolución, somos testigos de una nueva victoria de la misma.

La victoria había ido tan lejos, que, según cuenta el menchevique Pruchiski, los transeúntes corrían grave riesgo de ser cruelmente apaleados si tenían el aspecto de obreros o eran sospechosos de bolchevismo. ¡Qué síntoma inequívoco de las profundas modificaciones sufridas por la situación!

El miembro del Comité petrogradés de los bolcheviques, Latsis, que llegó a ser ulteriormente uno de los más destacados elementos de la Cheka, consignaba en su dietario:

9 de julio. En la ciudad han sido devastadas todas nuestras imprentas. Nadie se atreve a imprimir nuestros periódicos y hojas. Emprendemos la organización de una imprenta clandestina. La barriada de Viborg se ha convertido en un refugio para todos. Allí se han trasladado el Comité de Petrogrado y los miembros perseguidos del Comité central. En la garita del vigilante de la fábrica Renault celebró sus reuniones el Comité con Lenin. Se plantea la cuestión de la huelga general. En el Comité no hay unanimidad en las opiniones. Yo sostengo el punto de vista de la huelga. Lenin, teniendo en cuenta la situación, propone renunciar a la huelga... 12 de julio. La contrarrevolución triunfa. Los soviets no tienen ningún poder. Los junkers, desenfrenados, atacan incluso a los mencheviques. Se nota inseguridad en algunos sectores del partido. Ha cesado la afluencia de miembros.... pero la gente no ha empezado aún a abandonar nuestras filas.

[...] La acusación lanzada contra los bolcheviques, de que estaban al servicio de Alemania, no podía dejar de producir impresión incluso entre los obreros de Petrogrado, por lo menos entre una considerable parte de los mismos. El que vacilaba se apartaba; el que estaba dispuesto a adherirse al partido, no se decidía a hacerlo. En la manifestación de julio tomaron parte, al lado de los bolcheviques, un gran número de obreros que estaban con los socialrevolucionarios y los mencheviques. Después del revés sufrido, volvieron nuevamente a colocarse bajo las banderas de sus respectivos partidos: ahora les parecía que al infringir la disciplina habían cometido efectivamente un error. El gran número de obreros sin partido que seguían al bolchevismo se apartó igualmente de éste bajo la influencia de la calumnia lanzada oficialmente y formulada jurídicamente. [...]

La reacción de julio diríase que venía a establecer una línea divisoria definitiva entre la revolución de Febrero y la de Octubre. Los obreros, las guarniciones del interior, el frente y, en parte, más adelante, como se verá, los mismos campesinos, retrocedieron, dieron un salto como si hubieran recibido un golpe en el pecho. En realidad, el golpe tenía un carácter más bien psicológico que físico, pero no por ello era menos efectivo. Durante los cuatro primeros meses, las masas evolucionaban en una sola dirección: hacia la izquierda. El bolchevismo crecía, se fortalecía, se volvía más audaz. Pero el movimiento, al llegar al umbral, tropezó. Y se vio con toda evidencia que no cabía ir más lejos por la senda de la revolución de Febrero. A muchos les parecía que la revolución había dado ya cuanto podía dar de sí. Esto era verdad por lo que a la revolución de Febrero se refería. Esta crisis interna de la conciencia colectiva, combinada con la represión y la calumnia, produjo la confusión y la retirada, que, en algunos casos, tuvo caracteres de pánico. Los adversarios cobraron ánimos. En la masa misma afloró a la superficie todo lo que en ella había de atrasado, de estático, de descontento por las sacudidas y las privaciones. En el torrente de la revolución, ese reflujo manifiesta una fuerza irresistible: dijérase que está sometido a las leyes de una hidrodinámica social. Detenerlo oponiéndole el pecho es imposible; lo único que se puede hacer es no dejarse arrastrar por él, sostenerse en tanto no desaparece la ola de la reacción y preparar, al mismo tiempo, puntos de apoyo para la nueva ofensiva.

La contrarrevolución recupera terreno

En los dos meses siguientes, el Soviet se debilitó: parte de su influencia sobre las masas pasó a los bolcheviques, ni más ni menos que los ministros socialistas llevaron en sus carteras parte del poder al gobierno de coalición. Al iniciarse la preparación de la ofensiva, reforzóse automáticamente la importancia del mando, de los órganos del capital financiero y del partido kadete. Antes de verter la sangre de los soldados, el Comité ejecutivo realizó una considerable transfusión de su misma sangre a las arterias de la burguesía. Entre bastidores, los hilos se concentraban en las manos de las embajadas y de los gobiernos de la Entente. [...]

La correlación de fuerzas se había modificado de un modo evidentemente desventajoso para el pueblo, pero nadie podía decir hasta qué punto. En todo caso, los apetitos de la burguesía habían aumentado mucho en medida más considerable que sus posibilidades. El choque era el resultado de ese estado indefinido, pues las fuerzas de las clases se someten a prueba en la acción, y los acontecimientos de la revolución se reducen a esas pruebas repetidas. Cualquiera que fuese, sin embargo, la importancia de la revolución realizada por el poder de la izquierda a la derecha, poca repercusión tuvo en el gobierno provisional, que seguía siendo un lugar vacío. [...]

En realidad, durante las jornadas de julio, lo mismo que en todos los momentos críticos, en general, los componentes de la coalición perseguían fines distintos. Los conciliadores hubieran estado completamente dispuestos a permitir el aplastamiento definitivo de los bolcheviques, de no haber sido evidente que después de haber acabado con los bolcheviques, los oficiales, cosacos, Caballeros de San Jorge y brigadas de asalto, acabarían con los mismos conciliadores. Los kadetes querían ir hasta las últimas consecuencias para barrer no sólo a los bolcheviques, sino también a los soviets. Sin embargo, no tenía nada de casual la particularidad de que, en los momentos más difíciles, sin excepción, se hallaran fuera del gobierno los kadetes. De él los echaba, en fin de cuentas, la presión de las masas, irresistible a pesar de todas las barreras opuestas por los conciliadores. Los liberales, aun en el caso de que hubieran conseguido adueñarse del poder, no habrían podido conservarlo, como lo demostraron posteriormente los acontecimientos de un modo que no deja lugar a dudas. La idea de que en julio se había dejado pasar una posibilidad favorable no representa más que una ilusión retrospectiva. En todo caso, la victoria de julio no sólo no consolidó el poder, sino que, por el contrario, abrió un período de crisis gubernamental prolongada que no se resolvió formalmente hasta el 24 de julio y, en el fondo, no fue más que el inicio de la agonía, que duró cuatro meses, del régimen de febrero. [...]

Los conciliadores luchaban con la necesidad de reconstituir la semiamistad con la burguesía y atenuar la hostilidad de las masas. El nadar entre dos aguas se convierte para ellos en forma de existencia; los zig-zags se transforman en un devaneo febril, pero la orientación fundamental se orienta reciamente hacia la derecha. El 7 de julio, el gobierno adopta una serie de medidas represivas. Pero en la misma sesión, de un modo subrepticio, aprovechándose de la ausencia de los «mayores», esto es, de los kadetes, los ministros socialistas propusieron al gobierno la realización inmediata del programa adoptado por el congreso de los soviets celebrado en junio. Esto contribuyó inmediatamente a acentuar la disgregación del gobierno.[...]

Al asestar sus golpes a la izquierda, los conciliadores pretenden justificar la represión con el peligro que amenaza desde la derecha:

Rusia está amenazada de una dictadura militar -dice Dan en la sesión del 9 de julio-. Tenemos el deber de arrancar la bayoneta de las manos de la dictadura militar; pero esto no podemos hacerlo más que convirtiendo al gobierno provisional en Comité de Salud pública. Debemos conferirle atribuciones ilimitadas para que pueda arrancar de raíz la anarquía de la izquierda y la contrarrevolución de la derecha...

Como si ese gobierno, que luchaba contra los obreros, soldados y campesinos, hubiera podido tener en sus manos otra bayoneta que no fuera la de la contrarrevolución.[...]

Los movimientos de masas, aun derrotados, nunca pasan sin dejar huella. El sitio que ocupaba antes al frente del gobierno un señor con título, lo ocupó un abogado radical; del Ministerio de la Gobernación se encargó un ex presidiario. La renovación plebeya del poder era un hecho. Kerenski, Tsereteli, Chernov, Skobelev, jefes del Comité ejecutivo, determinaban ahora la fisonomía del gobierno. ¿Acaso no podía considerarse esto como la realización de la consigna de las jornadas de junio: «Abajo los diez ministros capitalistas»? No; esto no hacía más que poner de manifiesto su inconsistencia. Los ministros socialistas tomaron el poder con el solo fin de devolverlo a los ministros capitalistas. «La coalition est morte, vive la coalition!»

En la plaza de Palacio se representa la comedia vergonzosa y solemne del desarme de los soldados del regimiento de ametralladoras. Se procede al licenciamiento de varios regimientos. Se envía parcialmente al frente a los soldados. Los hombres de cuarenta años son mandados a las trincheras. Todos ellos no son más que agitadores contra el régimen de Kerenski. Se cuentan por docenas de miles, y hasta el otoño llevan a cabo una gran labor. Se desarma, paralelamente, a los obreros, aunque con menos éxito. Bajo la presión de los generales -ya veremos las formas que esa presión tomaba- se instituye la pena de muerte en el frente. Pero aquel mismo día, 12 de julio, se publica un decreto que limita la compra-venta de tierras. Esa medida retrasada, adoptada bajo la amenaza del hacha campesina, suscitó la zumba de la izquierda, la rabia de la derecha. Al mismo tiempo se prohibían las manifestaciones en la calle -amenaza a la izquierda- y Tsereteli se decidía a poner coto a las detenciones arbitrarias -tentativas de asestar un golpe a la derecha-. Al destituir al comandante de las tropas de la región, Kerenski explicaba a los elementos de la izquierda que el motivo de esta medida era la persecución de las organizaciones obreras, motivo que, en sus explicaciones a la derecha, pasaba a ser la falta de decisión.[...]

El gobierno exigió del Comité ejecutivo de Cronstadt que pusiera inmediatamente a disposición de las autoridades militares a Raskolnikov, Roschal y el teniente Remniev, bajo la amenaza de bloquear la isla. En Helsingfors fueron detenidos en el primer momento no sólo los bolcheviques, sino también los socialrevolucionarios de izquierda.

El príncipe Lvov, después de presentar su dimisión, se lamentaba en la prensa de que «los soviets se hallan por debajo de la moral del Estado y no han limpiado sus filas arrojando a los leninistas, esos agentes de los alemanes»... Los conciliadores consideraron punto de honra demostrar su moralidad como hombres de Estado. El 13 de julio, los comités ejecutivos adoptan la siguiente resolución, presentada por Dan:

Todas las personas inculpadas por la autoridad judicial quedan privadas del derecho de participar en los comités ejecutivos hasta que los tribunales dicten sentencia.

Con esto, los bolcheviques quedaban de hecho fuera de la ley. Kerenski suspendió toda la prensa bolchevique. En provincias se detenía a los comités agrarios. La Izvestia vertía lágrimas de impotencia:

Hace pocos días fuimos testigos de la anarquía desencadenada en las calles de Petrogrado. Hoy resuena en esas mismas calles, sin que nadie la contenga, la palabra de los contrarrevolucionarios y de los «cien negros».[...]

Después del licenciamiento de los regimientos más revolucionarios y del desarme de los obreros, la actuación del gobierno se orientó aún más hacia la derecha. Una considerable parte de las atribuciones reales del poder se concentró en manos de los elementos dirigentes de los grupos militares, industrial-bancarios y liberales. Otra parte del poder continuó en manos de los soviets. Existía el poder dual, pero no ya el poder dual legalizado, de contacto o coalición, de los meses anteriores, sino el poder dual de dos camarillas: la militarburguesa y la conciliadora, las cuales se temían mutuamente, bien que al mismo tiempo se necesitasen. ¿Qué podía hacerse? Resucitar la coalición.

Después de la insurrección del 3-5 de julio -dice con justicia Miliukov-, la idea de la coalición no sólo no desapareció, sino que, lejos de ello, adquirió temporalmente una fuerza y una significación mayores que antes.

El Comité provisional de la Duma de Estado resucitó inesperadamente y adoptó una violenta resolución contra el gobierno de salvación. Era el último empujón. Todos los ministros entregaron sus carteras a Kerenski, convirtiéndole con ello en el punto de concentración de la soberanía nacional. [...] El Comité ejecutivo ratificó su resolución relativa a la asignación de «todas las atribuciones» al gobierno, que equivalía a aceptar la independencia del gobierno respecto de los soviets. Aquel mismo día, Tsereteli, como ministro de la Gobernación, expidió circulares en que se ordenaba la adopción «de medidas rápidas y decisivas para poner término a todas las acciones espontáneas en la esfera de las relaciones agrarias». Por su parte, el ministro de Abastos, Peschejonov, exigió que se pusiera término «a los actos criminales y de violencia contra los terratenientes».

El gobierno de salvación de la revolución aparecía, ante todo, como un gobierno de salvación de la propiedad agraria. Pero no era sólo esto. El ingeniero y hombre de negocios Palchinski, que desempeñaba la triple función de director del Ministerio del Comercio y de la Industria, de encargado principal del combustible y del metal y de director de la Comisión de Defensa, practicaba enérgicamente la política del capital sindicado. El economista menchevique Cherevanin se lamentaba, en la sección económica del Soviet, de que las buenas iniciativas de la democracia se estrellaran ante el sabotaje de Palchinski. El ministro de Agricultura, Chernov, acusado por los kadetes de estar en relaciones con los alemanes, se vio obligado, «para rehabilitarse», a presentar la dimisión. El 18 de junio el gobierno, en el que predominaban los socialistas, publica un manifiesto disolviendo el «Seim» finlandés [parlamento regional NdE] insumiso, que contaba con una mayoría socialdemócrata. En una solemne nota a los aliados, con motivo de cumplirse el tercer año de la guerra mundial, el gobierno no sólo repite el juramento ritual de fidelidad, sino que da cuenta del feliz aplastamiento del motín provocado por los agentes enemigos. ¡Inaudito documento de adulación! Al mismo tiempo se publica una ley feroz contra la infracción de la disciplina en los ferrocarriles.[...]

Para amedrentar definitivamente a los miembros de los comités ejecutivos, ya suficientemente asustados sin necesidad de acudir a este recurso, facilitan los datos más recientes sobre el empeoramiento de la situación en el frente. Los alemanes aprietan a las tropas rusas. Los liberales aprietan a Kerenski, Kerenski aprieta a los conciliadores. Las fracciones de los mencheviques y socialrevolucionarios, sumidas en la más desoladora impotencia, permanecen reunidas toda la noche del 23 al 24 de julio. Al fin, los comités ejecutivos, por una mayoría de 147 votos contra 46 y 42 abstenciones -oposición nunca vista hasta entonces-, sancionan la entrega del poder a Kerenski sin condiciones ni limitaciones. En el congreso de los kadetes, que se estaba celebrando simultáneamente, resonaron voces en favor del derrumbamiento de Kerenski, pero Miliukov hizo callar a los impacientes, proponiendo que, de momento, no se fuera más allá de la presión. Esto no significa que Miliukov se forjara ilusiones con respecto a Kerenski, sino que veía en él un punto de apoyo para las fuerzas de las clases poseedoras. Después de librar de los soviets al gobierno, no ofrecería dificultad alguna librarlo de Kerenski.[...]

Entretanto, los dioses de la coalición seguían teniendo sed. El acuerdo de detener a Lenin precedió a la formación del gobierno transitorio del 7 de julio. Ahora era necesario marcar con un acto de firmeza la resurrección de la coalición. [...] La noche en que se estaba constituyendo el nuevo Ministerio, fueron detenidos en Petrogrado Trotsky y Lunacharski, y, en el frente, el teniente Krilenko, futuro generalísimo de los bolcheviques.[...]

La reacción atacaba, la democracia retrocedía. Las clases y los grupos, amedrentados en los primeros momentos de la revolución, levantaban la cabeza. Los intereses que ayer se ocultaban, hoy salían a la superficie. Los comerciantes y los especuladores exigían el exterminio de los bolcheviques y la libertad de comercio, y levantaban la voz contra todas las limitaciones, incluso las que habían sido instituidas bajo el zarismo, impuestas a las transacciones comerciales. Los organismos administrativos de subsistencias que intentaban luchar contra la especulación, eran declarados culpables de la insuficiencia de productos. El odio que inspiraban esos organismos se hacía extensivo a los soviets. [...]

Los bolcheviques consiguieron reunir su congreso, semiclandestinamente, a fines de julio. Se prohibieron los congresos del ejército. Empezaron a recorrer el país únicamente los que antes permanecían en sus casas: los terratenientes, los comerciantes e industriales, los elementos cosacos dirigentes, el clero, los Caballeros de San Jorge. Sus voces resonaban de un modo uniforme, distinguiéndose sólo por el grado de su insolencia. La batuta, aunque no siempre de un modo descarado, la manejaba inequívocamente el partido kadete. [...]

La reacción atacaba, el gobierno retrocedía. El 7 de agosto fueron sacados de la cárcel los miembros de los «cien negros» más conocidos, que habían formado parte de los círculos rasputinianos y participado en los pogromos judíos. Los bolcheviques permanecían en los «Krestí», donde se anunciaba la huelga del hambre de los obreros, soldados y marinos detenidos. Aquel mismo día, la sección obrera del Soviet de Petrogrado mandaba un saludo a Trotsky, Lunacharski, Kolontay y otros detenidos.

Los industriales, los comisarios de provincia, el congreso de los cosacos celebrado en Novocherkask, la prensa patriótica, los generales, los liberales, todos consideraban que era completamente imposible celebrar las elecciones a la Asamblea constituyente en septiembre: lo mejor era aplazarlas hasta que terminara la guerra. Sin embargo, el gobierno no podía acceder a ello. Pero se llegó a un compromiso: la convocación de la Asamblea constituyente fue demorada hasta el 28 de noviembre. Los kadetes aceptaron el aplazamiento no sin rechistar, pues estaban firmemente convencidos de que en los tres meses que faltaban se producirían acontecimientos decisivos que plantearían en términos completamente distintos la cuestión de la Asamblea constituyente. Estas esperanzas se relacionaban cada vez más declaradamente con el nombre de Kornílov.

La publicidad alrededor de la figura del nuevo generalísimo pasaba a ocupar el centro de la política burguesa. La biografía del «primer generalísimo popular» fue difundida en una cantidad inmensa de ejemplares, con la cooperación activa del Cuartel general. [...] Entretanto, el programa de Kornílov, que comprendía la militarización de las fábricas y de las líneas férreas, la aplicación de la pena de muerte en el interior y la subordinación de la zona militar de Petrogrado, junto con la guarnición de la capital, al Cuartel general, llegó a conocimiento de los círculos conciliadores. Detrás del programa oficial se entreveía otro, que no por no haber sido publicado dejaba de ser más efectivo. La prensa de izquierda dio la voz de alarma. El Comité ejecutivo propuso una nueva candidatura para el mando supremo, la del general Cheremisov. La reacción se puso en guardia.[...]

La candidatura de Kornílov al papel de salvador del país fue abiertamente propugnada por los representantes más autorizados de las clases poseedoras e ilustradas de Rusia. [...] En los días de abril intentó, no sin intervención de Miliukov, hacer la primera sangría a la revolución; pero chocó con la resistencia del Comité ejecutivo, presentó la dimisión, se le confió el mando de un ejército y, luego, el del frente sudoccidental. Sin esperar la instauración legal de la pena de muerte, Kornílov dio la orden de fusilar a los desertores y dejar sus cadáveres en los caminos, con un letrero; amenazó con adoptar severas medidas contra los campesinos, en caso de que violaran los derechos de los propietarios agrarios; formó batallones de choque y aprovechó todas las ocasiones para mostrar el puño a Petrogrado. Esto rodeó inmediatamente su nombre de una aureola a los ojos de los oficiales y de las clases poseedoras. Pero también hubo muchos comisarios de Kerenski que se dijeron: ya no queda otra esperanza que Kornílov. Unas cuantas semanas después, este general, que contaba con la triste experiencia de su mando al frente de una división, fue nombrado generalísimo de un ejército en descomposición, formado por millones de hombres, al cual quería obligar la Entente a combatir hasta la victoria completa.

Temeroso de verse desplazado por Kornilov, Kerenski no puede esperar a las elecciones y convoca una Conferencia Nacional en la que las clases serán representadas por invitación del gobierno y todas con igual número de representantes. La hostilidad que recibe de los trabajadores es franca. La conferencia va a tener lugar en Moscú y en Moscú la huelga general, animada por los bolcheviques consigue un éxito total. Es el primer síntoma de la vuelta de la clase al centro de la revolución.

La Conferencia de Moscú empeoró la situación del gobierno, poniendo de manifiesto, según las justas palabras de Miliukov, que «el país se dividía en dos bandos, entre los cuales no podía haber en el fondo conciliación ni acuerdo». La conferencia animó a la burguesía y acentuó su impaciencia. Por otra parte, dio un nuevo impulso al movimiento de las masas. La huelga de Moscú abre un período que se caracteriza por la rápida evolución de los obreros y soldados hacia la izquierda. A partir de ese momento, los bolcheviques progresan de un modo irresistible. Sólo los socialrevolucionarios de izquierda y, en parte, los mencheviques radicales, consiguen conservar cierta influencia entre las masas. [...] Los acontecimientos en el frente hicieron aún más irrespirable la atmósfera política.[...]

Las líneas directivas del Comité ejecutivo y de Kerenski, en los días que siguieron inmediatamente a la Conferencia, siguieron divergiendo: los conciliadores temían a las masas; Kerenski, a las clases pudientes. Las masas populares exigían la abolición de la pena de muerte en el frente. Kornílov, los kadetes, las embajadas de la Entente, exigían su implantación en el interior.

El 19 de agosto, Kornílov telegrafió al ministro presidente: «Insisto en la necesidad de que la región de Petrogrado me sea subordinada». El Cuartel general ponía francamente su mano sobre la capital. El 24 de agosto, el Comité ejecutivo se armó de valor para exigir públicamente que el gobierno pusiera fin a los «procedimientos contrarrevolucionarios» y emprendiera, «sin pérdida de tiempo y con toda energía», la realización de las transformaciones democráticas. Era éste un nuevo lenguaje. Kerenski tuvo que elegir entre la adaptación a la plataforma democrática, que, a pesar de toda su mezquindad, podía determinar la ruptura con los liberales y los generales, y el programa de Kornílov, que conducía inevitablemente al choque con los soviets. Kerenski decidió tender mano a Kornílov, a los kadetes y a la Entente. Quería a toda costa evitar la lucha declarada con la derecha.[...]

Según Miliukov, para el gobierno «había llegado el momento de obrar, aun corriendo el riesgo de impulsar a los bolcheviques a lanzarse a la calle». Savinkov decía abiertamente, que con dos regimientos era fácil sofocar la sublevación de los bolcheviques y disolver las organizaciones de los mismos.

Tanto Kerenski como Savinkov, comprendían perfectamente, sobre todo después de la conferencia de Moscú, que en ningún caso aceptarían el programa de Kornílov los soviets conciliadores. El de Petrogrado, que todavía la víspera exigía la abolición de la pena de muerte en el frente, habrá de levantarse con redoblado vigor, al día siguiente, contra la aplicación de esa misma pena en el interior. El peligro consistía, por tanto, en que el movimiento contra el golpe de Estado proyectado por Kerenski, se viera capitaneado, no por los bolcheviques, sino por los soviets; pero no era cosa de detenerse ante esto: se trataba de salvar al país.[...]

A fin de evitar todo equívoco y de no provocar «antes de tiempo» la acción de los bolcheviques, se estableció un acuerdo para actuar en la forma siguiente: concentrar previamente en Petrogrado el cuerpo de Caballería, luego declarar el estado de guerra en la capital y sólo después de esto publicar las nuevas leyes que habían de provocar el levantamiento de los bolcheviques. En las actas del Cuartel general, este plan está consignado en todos sus puntos:

Para que el gobierno provisional sepa con precisión cuándo hay que declarar el estado de guerra en Petrogrado y publicar la nueva ley, es preciso que el general Kornílov comunique telegráficamente a Savinkov la fecha precisa en que el cuerpo de Caballería estará a las puertas de Petrogrado.

Los generales conjurados comprendieron, según Stankievich,

que Savinkov y Kerenski... querían llevar a cabo un golpe de Estado con auxilio del Cuartel general. No tenían necesidad de nada más, y por esto accedieron apresuradamente a todas las demandas y condiciones

[...]Se fija la fecha del 26, por la tarde, para la adopción por el gobierno del proyecto de ley relativo a las medidas en el interior, que debía servir de prólogo a las acciones decisivas del cuerpo de Caballería. Todo está preparado. No hay más que apretar el botón.

Los acontecimientos, los documentos, las declaraciones de los participantes y, finalmente, la confesión del propio Kerenski, atestiguan que el presidente del gobierno, sin que parte del propio gobierno lo supiera, a espaldas de los soviets que le habían dado el poder y del partido de que se consideraba miembro, se había puesto de acuerdo con los generales que mandaban el ejército, para transformar radicalmente el régimen del Estado con ayuda de la fuerza armada. [...]

Pero Kerenski descubre -no era tan difícil- que Kornilov y el alto mando piensan deshacerse de él tan pronto como asesten lo que esperan sea un golpe decisivo a la revolución.

En la mañana del esperado día, que debía señalar la salvación del país, el generalísimo en jefe recibió la orden telegráfica del presidente del Consejo de ministros de resignar el cargo de jefe de Estado Mayor y ponerse inmediatamente en camino para Petrogrado. Las cosas tomaron inmediatamente un giro completamente imprevisto. El general comprendió, según sus propias palabras, «que se llevaba un doble juego». Hubiera podido decir con más derecho que se había descubierto su propio doble juego. Kornílov decidió no ceder. Las exhortaciones hechas por Savinkov por hilo directo no surtieron efecto alguno.

Obligado a entrar en acción abiertamente -decía el generalísimo en el manifiesto dirigido al pueblo-, yo, el general Kornílov, declaro que el gobierno provisional, bajo la presión de la mayoría bolchevique de los soviets, obra de completo acuerdo con los planes del Estado Mayor alemán, y que, con miras al próximo desembarco de fuerzas enemigas en la orilla de Riga, destruye el ejército y perturba al país desde el interior.

[...] Kerenski destituyó a Kornílov por sí y ante sí. En aquel momento, el gobierno provisional no existía ya. El día 26, por la noche, los señores ministros habían presentado la dimisión, la cual, por una feliz coincidencia de circunstancias, respondía a los deseos de todos. [...]

El telegrama cifrado dirigido por el príncipe Trubetskoi, ya conocido de nosotros, al ministro de Estado, da una idea bastante fiel del optimismo de los dirigentes e inspiradores del complot:

Si se examina severamente la situación, hay que reconocer que todo el mando, la mayoría aplastante de la oficialidad y los mejores cuerpos de ejército, seguirán a Kornílov. En el interior, se pondrán a su lado todos los cosacos, la mayoría de las Escuelas militares y, asimismo, los mejores elementos del ejército. A la fuerza física hay que añadir... la simpatía moral de todos los sectores no socialistas de la población, y abajo... la indiferencia que se somete a todo latigazo. Es indudable que un número inmenso de socialistas de marzo se apresurará a ponerse al lado de Kornílov, en caso de que éste triunfe.

Trubetskoi reflejaba, no sólo las esperanzas del Estado Mayor, sino también el estado de ánimo de las misiones aliadas. En el destacamento de Kornílov, que iba a la conquista de Petrogrado, había automóviles blindados ingleses, con personal asimismo inglés. El jefe de la misión militar inglesa en Rusia, general Nox, censuraba al coronel norteamericano Robins por el hecho de que éste no apoyara a Kornílov.

No siento interés alguno por el gobierno Kerenski -decía el general británico-, es demasiado débil; lo que hace falta es una dictadura militar, se necesita a los cosacos; este pueblo tiene necesidad del látigo. Lo que se impone aquí es una dictadura.

Todas estas voces llegaban al palacio de Invierno y ejercían un efecto fulminante sobre sus moradores. El éxito de Kornílov parecía inevitable.

Efectivamente, mientras Kornilov llevaba sus tropas a Petersburgo, Kerenski es definitivamente abandonado por todos sus ministros, incluidos los kadetes. Comenta él mismo que vaga casi solo durante la noche por el Palacio de Invierno. La burguesía se ha decidido, con sus aliados británicos, por el golpe militar.

Pero el golpe fracasa estrepitosamente. En primer lugar la desorganización es total. Los 2.000 hombres con los que Kornilov cree contar dentro de la ciudad no se presentan. La unidad encargada de organizar una provocación para hacer salir a las calles a los obreros en un conato de insurrección se precipita. Varios de los responsables, tanto civiles como militares del golpe, huyen con los fondos.

El soviet, asustado, sabe que necesita de los bolcheviques que son mayoritarios entre el proletariado. Se organiza un Comité de Defensa en el que tienen tres de ocho puestos.

Al mismo tiempo que Kerenski, agobiado bajo el peso de una «responsabilidad sobrehumana», medía, solitario, el parquet del palacio de Invierno, el Comité de defensa, llamado también Comité militar revolucionario, desarrollaba una vasta labor. Desde por la mañana, se mandaron instrucciones telegráficas a los empleados de ferrocarriles, Correos y Telégrafos y a los soldados.

Todos los movimientos de tropas -como informaba Dan aquel mismo día- se efectúan por orden del gobierno provisional y están avalados por el Comité de defensa popular.

Dejando a un lado todas las fórmulas convencionales, estas palabras significaban que el Comité de defensa disponía a las tropas bajo la firma del gobierno provisional. Simultáneamente se emprendió la destrucción de los nidos kornilovianos, se efectuaron registros y detenciones en las Academias militares y en las organizaciones de oficiales. La mano del Comité se echaba de ver por todas partes. No había quien se interesara por el general gobernador.

Tampoco las organizaciones soviéticas de la base esperaban, por su parte, órdenes de arriba. La labor principal se hallaba concentrada en los barrios obreros. En los momentos de mayores vacilaciones del gobierno y de las negociaciones interminables del Comité ejecutivo con Kerenski, los soviets de barriada establecían relaciones más estrechas entre sí y decidían: dar carácter permanente a las reuniones comunes de las organizaciones de los distintos barrios; mandar representantes propios al Estado Mayor formado por el Comité ejecutivo; constituir una milicia obrera; instituir el control de los soviets de barriada sobre los comisarios gubernamentales; organizar destacamentos volantes encargados de detener a los agitadores contrarrevolucionarios. Estas medidas, tomadas en conjunto, representaban la apropiación de funciones importantes, no sólo del gobierno, sino del mismo Soviet de Petrogrado. La lógica de la situación obligó a los órganos soviéticos superiores a restringir considerablemente sus atribuciones para ceder el puesto a las organizaciones de abajo. La entrada de las barriadas de Petrogrado en el campo de batalla modificó inmediatamente la dirección y las proporciones de la contienda. Una vez más, se puso de manifiesto la inagotable vitalidad de la organización soviética, que, paralizada arriba por la dirección de los conciliadores, en el momento crítico resucitaba abajo merced a la presión de las masas.

Para los bolcheviques, que eran el alma de los barrios obreros, la sublevación de Kornílov no había tenido nada de inesperada. La habían previsto, se habían puesto en guardia contra ella y fueron los primeros que estuvieron en su puesto. En la reunión de ambos Comités ejecutivos, celebrada el 27 de agosto, Sokolnikov comunicó que el partido bolchevique había tomado ya todas las medidas que estaban a su alcance para informar al pueblo del peligro y para preparar la defensa; los bolcheviques sé declaraban dispuestos a realizar su labor, en el terreno de la organización del combate, de acuerdo con los órganos del Comité ejecutivo. En la reunión nocturna de la Organización militar de los bolcheviques, en que participaron delegados de numerosos regimientos, se acordó exigir la detención de todos los conspiradores, armar a los obreros, facilitar soldados a estos últimos, en calidad de instructores, asegurar la defensa de la capital desde abajo y prepararse al mismo tiempo para la creación de un régimen revolucionario de obreros y soldados. La Organización militar celebró mítines en toda la guarnición. A los soldados se les exhortaba a estar sobre las armas, con objeto de que pudieran echarse a la calle a la primera señal de alarma.

«A pesar de que estaban en minoría -dice Sujánov-, era completamente claro que en el Comité militar revolucionario la hegemonía pertenecía a los bolcheviques». He aquí cómo explica la causa de ello: «Si el Comité quería obrar seriamente, tenía que hacerlo de un modo revolucionario», y sólo los bolcheviques contaban con recursos reales para acometer una acción revolucionaria, «pues las masas les seguían». La tensión de la lucha ponía por doquier, en primer término, a los elementos más activos y audaces. Esta selección automática favorecía, naturalmente, el desarrollo de los bolcheviques, reforzaba su influencia, concentraba la iniciativa en sus manos, dándoles la dirección efectiva aun en aquellas organizaciones en que se hallaban en minoría. Cuanto más cerca estaban de la barriada obrera, de la fábrica, del cuartel, más incontestable y absoluto era el predominio de los bolcheviques. Todos los grupos del partido están en pie. En todos los talleres de las grandes fábricas, los bolcheviques han organizado un servicio permanente de vigilancia. En el comité del partido de cada barriada se ha establecido un servicio permanente de representantes de las fábricas poco importantes. La organización del servicio de comunicaciones parte de abajo, de la fábrica, y se eleva, a través de los comités de barriada, hasta el Comité central del partido.

Bajo la presión directa de los bolcheviques y de las organizaciones por ellos dirigidas, el Comité de defensa se mostró favorable a que fuesen armados grupos de obreros destinados a custodiar los barrios proletarios y las fábricas. Esta sanción era lo único que faltaba a las masas. En los barrios obreros se formaron inmediatamente, según la prensa obrera, «colas de gente que deseaba alistarse en las filas de la guardia roja». Se abrieron inmediatamente cursos de tiro e instrucción militar, dirigidos por soldados expertos. El 29, en casi todas las barriadas había ya grupos armados. La guardia roja anunció su propósito de formar inmediatamente un destacamento de 40.000 hombres. Los obreros desarmados formaban brigadas destinadas a cavar trincheras, construir reductos, extender alambradas. El nuevo general gobernador, Palchinski, que había sustituido a Savinkov -Kerenski no había conseguido mantener en ese puesto a su cómplice más de tres días-, no pudo menos de reconocer en una declaración especial que, cuando se presentó la necesidad de llevar a cabo trabajos de zapa para la defensa de la ciudad,

millares de obreros... han realizado, sin gratificación alguna en el transcurso de unas pocas horas, un trabajo inmenso, que, sin su ayuda, hubiera exigido varios días.

Esto no impidió que Palchinski, siguiendo el ejemplo de Savinkov, suspendiera el órgano de los bolcheviques, el único periódico que los obreros consideraban como suyo propio.

La gigantesca fábrica de Putilov se convierte en el centro de resistencia del barrio de Peterhof. Fórmense apresuradamente destacamentos armados. La fábrica trabaja día y noche: se montan nuevos cañones para la formación de divisiones de artillería proletaria. El obrero Minichev cuenta que

en aquellos días se trabajó hasta dieciséis horas diarias y se montaron cerca de cien cañones.

El «Vikjel», recién creado por entonces, tuvo que entrar inmediatamente en acción. Los ferroviarios tenían motivos especiales para temer la victoria de Kornílov, el cual había introducido en su programa la instauración del estado de guerra en ferrocarriles. También aquí, la gente de abajo se adelantó con mucho a sus dirigentes. Los ferroviarios levantaron los rieles y pusieron obstáculos en las vías para contener el avance de las tropas de Kornílov. Poníase a contribución la experiencia de la guerra. Tomáronse asimismo medidas para aislar el foco del complot Mohilev, interceptando todo el movimiento de trenes con el Cuartel general. Los empleados de Correos y Telégrafos detenían y mandaban al Comité los telegramas y órdenes que partían del Cuartel general o copia de los mismos. Los generales se habían acostumbrado durante la guerra a considerar que el transporte y las comunicaciones eran una cuestión de técnica. Ahora tenían ocasión de persuadirse de que eran una cuestión de política.

Los sindicatos, nada inclinados a la neutralidad política, no esperaron exhortaciones especiales para ocupar sus posiciones de combate. El Sindicato Ferroviario armó a sus miembros, los mandó a las líneas para examinar y levantar los rieles, vigilar los puentes, etc.; con su ardor y su decisión, los obreros impulsaron adelante al «Vikjel», más burocrático y moderado. El sindicato metalúrgico puso al servicio del Comité de defensa sus numerosos empleados y una suma importante para sus gastos. El sindicato de chóferes puso a disposición del Comité sus medios técnicos y de transporte. El sindicato de tipógrafos llevó a la práctica el control efectivo de la prensa. El general sublevado golpeó el suelo con el pie y surgieron legiones de debajo de la tierra; pero eran legiones de enemigos.

Alrededor de Petrogrado, en las guarniciones vecinas, en las estaciones importantes y en la escuadra se trabajaba día y noche; pasábase revista a las propias filas, se establecía contacto con los puntos próximos y con el Smolni. El Comité de defensa, más que exhortar e incitar, registraba y dirigía. Las masas se adelantaban siempre a sus planes. La resistencia contra el general sublevado se convertía en una batida popular de los conspiradores.

En Helsingfors, en la asamblea de todas las organizaciones soviéticas, se creó un comité revolucionario, que mandó sus comisarios al general gobernador, a la comandancia, al contraespionaje y otras instituciones importantes Ninguna orden se hacía efectiva si no llevaba la firma de ese comité. Se estableció el control de los teléfonos y telégrafos. Los representantes oficiales del regimiento de cosacos, que se hallaba en Helsingfors y que eran en su mayoría oficiales, intentan proclamar la neutralidad: se trata de kornilovianos ocultos. Al día siguiente se presentan en el comité cosacos de fila y declaran que todo el regimiento está contra Kornílov. Por primera vez entran representantes cosacos en el Soviet. En éste, como en los demás casos, el violento choque de las clases empuja a los oficiales a la derecha y a los soldados de fila a la izquierda.

El Soviet de Cronstadt, que había restañado ya completamente las heridas sufridas en junio, declaró telegráficamente que

la guarnición de Cronstadt estaba dispuesta a defender como un solo hombre la revolución al primer llamamiento del Comité ejecutivo.

Los de Cronstadt no sabían aún en aquellos días -sólo podían adivinarlo- hasta qué punto la defensa de la revolución significaba la defensa de ellos mismos contra el exterminio.[...]

Poco después de las jornadas de julio, el gobierno provisional había decidido suprimir la fortaleza de Cronstadt, por considerarla un foco bolchevista. Esta medida, tomada de acuerdo con Kornílov, se justificaba oficialmente por «motivos estratégicos». Los marinos, presintiendo que se tramaba algo malo, se resistieron. «La leyenda de la traición en el Cuartel general -escribía Kerenski, después que el mismo había acusado ya de traición a Kornílov- había arraigado hasta tal punto en Cronstadt, que toda tentativa de sacar la artillería provocaba el furor de la masa». El gobierno había confiado a Kornílov la misión de buscar los medios de acabar con Cronstadt. Kornílov había encontrado esos medios; inmediatamente después de la conquista de la capital, Krimov debía mandar a Oranienbaum una brigada provista de artillería y, bajo la amenaza de los cañones, exigir de la guarnición de Cronstadt el desarme de la fortaleza y el paso a tierra, donde los marinos debían ser víctimas de represalias en masa. Pero en el mismo momento en que Krimov se disponía a cumplir la misión que le había encomendado el gobierno, éste se veía obligado a pedir a los marinos de Cronstadt que le salvaran de Krimov.

El Comité ejecutivo pidió telefónicamente a Cronstadt y Viborg que se mandaran fuerzas considerables a Petrogrado. A partir del 29, por la mañana, empezaron a llegar tropas. Eran, principalmente, regimientos bolchevistas; para dar fuerza al llamamiento del Comité ejecutivo fue necesaria la confirmación del Comité central de los bolcheviques. Un poco antes, hacia el mediodía del 28, por orden de Kerenski, orden que se parecía mucho a una humilde súplica, se encargaban de la protección del palacio de Invierno los marinos del crucero Aurora, parte de cuya tripulación seguía encarcelada en el «Kresti» por su participación en la manifestación de julio. En las horas que tenían libres de servicio, los marinos iban a la cárcel a ver a sus compañeros detenidos, a Trotsky, Raskolnikov y otros. «¿Es que no ha llegado el momento de detener al gobierno?» -preguntaban los visitantes-. «No, no ha llegado aún -se les contestaba-; apoyad el fusil sobre el hombro de Kerenski y disparad contra Kornílov. Después le ajustaremos las cuentas a Kerenski». En junio y julio, esos mismos marinos no estaban muy inclinados a prestar atención a los argumentos de la estrategia revolucionaria. En estos dos meses escasos habían aprendido mucho. La pregunta sobre la detención del gobierno la formulaban más bien para descargar su conciencia. Ellos mismos se daban cuenta de la consecuencia inexorable con que se desarrollaban los acontecimientos. En la primera mitad de julio eran derrotados, condenados, calumniados; a fines de agosto se convirtieron en la defensa más segura del palacio de Invierno contra los kornilovianos; a últimos de octubre dispararán contra el palacio de Invierno con los cañones del Aurora.

Pero los marinos, si bien acceden a esperar un poco para liquidar sus cuentas con el régimen de febrero, no quieren soportar ni un día más a los oficiales kornilovianos. Los jefes que les habían sido impuestos por el gobierno después de las jornadas de julio estuvieron casi en todas partes al lado de los conspiradores. El Soviet de Cronstadt destituyó inmediatamente al comisario del gobierno y designó en su lugar a uno propio. Ahora, los conciliadores no gritaban ya a propósito de la separación de la República de Cronstadt. Sin embargo, no en todas partes se limitaron las cosas a la sustitución; en algunos sitios se llevaron a cabo sangrientas represalias.

«La cosa empezó en Viborg -dice Sujánov- con el exterminio de los generales y oficiales por las masas enfurecidas de los marinos y soldados presas del pánico». No, no era una multitud enfurecida, ni se puede hablar en este caso de pánico. El 29, por la mañana, el «Tsentroflot» había mandado un telegrama al comandante de Viborg, general Oranovski, para que lo comunicara a la guarnición, dando cuenta de la sublevación del Cuartel general. El comandante retuvo el telegrama todo un día, y a las preguntas que se le hicieron sobre los acontecimientos que se estaban desarrollando contestó que no había recibido noticia alguna. Los marinos efectuaron un registro y encontraron el telegrama. El general, cogido in fraganti, se declaró partidario de Kornílov; los marinos fusilaron al comandante y a otros dos oficiales que habían declarado estar de acuerdo con él. Los marinos de la escuadra del Báltico hacían firmar a los oficiales una declaración de fidelidad a la revolución, y cuando cuatro oficiales del crucero Petropavlovsk se negaron a firmar y se declararon kornilovianos fueron inmediatamente fusilados por acuerdo de la tripulación.

Sobre los soldados y marinos flotaba un peligro mortal. No sólo Petrogrado y Cronstadt, sino todas las guarniciones del país, serían víctimas de represalias sangrientas. Por la conducta de sus oficiales, por su tono, por sus miradas torcidas, los soldados y marinos podían prever inequívocamente su suerte en el caso de que triunfara el Cuartel general. En aquellos sitios en que la atmósfera era particularmente ardiente se apresuraban a cortar el camino al enemigo, oponiendo a las represalias proyectadas por los oficiales las suyas propias. Corno es sabido, la guerra civil tiene sus leyes, que nunca han sido consideradas como humanitarias.

Cheidse transmitió inmediatamente a Viborg y Helsingfors un telegrama, en que condenaba estos actos como «un golpe mortal para la revolución». Kerenski, por su parte, telegrafió a Helsingfors: «Exijo que se ponga fin inmediatamente a esos repugnantes actos de violencia». Si se busca la responsabilidad política por los casos aislados en que las masas se tomaron la justicia por su mano -sin olvidar que, en general, la revolución no es otra cosa que eso mismo-, la responsabilidad buscada recae enteramente sobre el gobierno y los conciliadores, que en los momentos de peligro recurrían a las masas revolucionarias para volver a entregarlas luego a la oficialidad contrarrevolucionaria.

Lo mismo que durante la Conferencia nacional en Moscú, cuando se esperaba el golpe de Estado de un momento a otro, ahora, tras la ruptura con el Cuartel general, Kerenski se dirigía a los bolcheviques pidiéndoles que hicieran uso de su influencia sobre los soldados, para que éstos «defendieran la revolución». Kerenski, si bien reclamó la ayuda de los marinos bolcheviques para la defensa del palacio de Invierno, no puso en libertad a sus prisioneros de julio. Sujánov dice, a ese propósito: «Aquella situación, caracterizada por el hecho de que, mientras Trotsky estaba en la cárcel, Alexéiev cuchicheaba con Kerenski, era absolutamente intolerable». No es difícil imaginarse la excitación que reinaba en las cárceles, atiborradas de presos. «Ardíamos de indignación -cuenta Raskolnikov- contra el gobierno provisional, que en unos días de peligro..., seguía mandando a la cárcel a revolucionarios tales como Trotsky..». «¡Qué cobardes qué cobardes! -decía este último, paseando con nosotros por el patio-; es preciso que coloquen inmediatamente a Kornílov fuera de la ley, para que cualquier soldado fiel a la revolución se considere con derecho a matarlo».

La entrada de las tropas de Kornílov en Petrogrado hubiera significado, ante todo, el exterminio de los bolcheviques detenidos. En la orden dada al general Bagration, que debía entrar en la capital con la vanguardia, Krimov no se olvidó de indicar de un modo especial: «Establecer un servicio de vigilancia en las cárceles, pero en ningún caso dejar salir a los que se hallan detenidos actualmente en las mismas». Era todo un programa, el mismo que había inspirado Miliukov desde los días de abril: «No ponerles en libertad en ningún caso». No había en aquellos días en Petrogrado ni un solo mitin en que no se exigiera la liberación de los detenidos de julio. Comisión tras comisión, se presentaban en el Comité ejecutivo, el cual mandaba, a su vez, a sus líderes a entablar negociaciones con el palacio de Invierno. ¡Todo resultaba inútil! La obstinación de Kerenski en este punto es tanto más digna de notar, cuanto que en el transcurso de los dos primeros días consideraba como desesperada la situación del gobierno y se reservaba, por tanto, el papel de carcelero mayor, encargado de guardar a los bolcheviques para cuando llegara la hora de ahorcarlos.

Nada tiene de sorprendente que las masas dirigidas por los bolcheviques, al mismo tiempo que luchaban contra Kornílov, no tuvieran ni un ápice de confianza en Kerenski. Para ellas se trataba no de defender al gobierno, sino a la revolución. De aquí la abnegación y la decisión con que luchaban. La resistencia contra la sublevación surgía de los raíles, de las piedras, del aire. Los ferroviarios de la estación de Luga, a la que llegó Krimov, se negaron tenazmente a poner en marcha los trenes militares, con el pretexto de que no disponían de locomotoras. Las tropas cosacas se vieron inmediatamente rodeadas por soldados armados de la guarnición de Luga, compuesta de 20.000 hombres. No hubo combate, pero sí algo más peligroso: contacto, interpenetración. El Soviet de Luga había impreso la declaración del gobierno destituyendo a Kornílov, y este documento fue profusamente difundido entre las tropas expedicionarias. Los oficiales trataban de persuadir a los cosacos de que no dieran crédito a los agitadores. Pero el hecho mismo de que se vieran obligados a persuadirles era ya un mal presagio.

Al recibirse la orden de Kornílov de avanzar, Krimov exigió, con la amenaza de las bayonetas, que las locomotoras estuvieran preparadas para media hora después. La amenaza parecía haber surtido efecto: aunque con nuevos retrasos, se suministraron las locomotoras; pero, a pesar de todo, no pudieron ser puestas en marcha, ya que la vía había sido levantada e interceptada por algunos días. Huyendo de la propaganda que desmoralizaba sus tropas, Krimov las trasladó, el 28 por la tarde, a pocas verstas de Luga. Pero los agitadores entraron asimismo en el pueblo: eran soldados, obreros, ferroviarios, lo que no había manera de evitar, pues se metían por todas partes. Los cosacos empezaron incluso a asistir a los mítines. Acorralado por la propaganda y maldiciendo de su impotencia, Krimov esperaba inútilmente a Bagration; los ferroviarios habían detenido a la división «salvaje», que había de ser sometida también, pocas horas más tarde, a un peligrosísimo ataque moral.

Por abúlica y aun cobarde que en sí misma fuera la democracia conciliadora, las masas en que se apoyaba, a medias, nuevamente en la lucha contra Kornílov, abría ante ella inagotables manantiales de acción. Los socialrevolucionarios y los mencheviques consideraban que su misión consistía no en vencer a las tropas de Kornílov en combate abierto, sino en ganarlas a su causa. Era justo que así fuera. Los mismos bolcheviques no tenían nada que objetar, naturalmente, en este sentido, a los conciliadores; por el contrario, ése era precisamente su método fundamental; lo único que los bolcheviques exigían era que detrás de los agitadores y parlamentarios estuvieran los obreros y soldados con el arma al brazo. Para influenciar moralmente a las tropas de Kornílov, apareció inmediatamente una variedad ilimitada de procedimientos. Así, por ejemplo, se mandó al encuentro de la división «salvaje» a una comisión musulmana, de la que formaban parte prestigiosos indígenas, tales como el nieto del famoso Chamil, que había defendido heroicamente al Cáucaso contra el zarismo. Los montañeses no permitieron a sus oficiales que detuvieran a los delegados, pues esto se hallaba en contradicción con sus seculares tradiciones de hospitalidad. Se iniciaron las negociaciones, que fueron el principio del fin. Los oficiales de las tropas de Kornílov justificaban la marcha sobre Petrogrado alegando los motines iniciados en la capital por los agentes alemanes. Los delegados, que acababan de llegar de la capital, no sólo negaron el hecho del motín, sino que con documentos en la mano demostraron que Kornílov era un rebelde y mandaba sus tropas contra el gobierno. ¿Qué podían objetar a esto los oficiales de Kornílov?

Los soldados enarbolaron en el vagón del Estado Mayor de la división «salvaje» una bandera roja, con la inscripción: «Tierra y Libertad». El comandante del Estado Mayor dio la orden de retirar la bandera: «únicamente para evitar que se confunda con una señal ferroviaria», según explicó el buen señor. Los soldados no se dieron por satisfechos con la cobarde explicación y detuvieron al comandante. ¿No andarían equivocados en el Cuartel general cuando decían que a los montañeses caucasianos lo mismo les daba a quién degollar?

Al día siguiente, por la mañana, se presentó a Krimov un coronel mandado por Kornílov, con la orden siguiente: «Concentrar el cuerpo de ejército, avanzar rápidamente hacia Petrogrado y ocuparlo «por sorpresa»». En el Cuartel general intentaban aún cerrar los ojos ante la realidad. Krimov contestó que las fuerzas del cuerpo estaban diseminadas por distintas líneas férreas; que, por el momento, no tenía a su disposición más que ocho centenares de cosacos; que las líneas férreas estaban deterioradas, llenas de obstáculos, fortificadas, y que sólo se podía avanzar a pie; finalmente, que ni siquiera cabía pensar en la ocupación de Petrogrado por sorpresa, en unos momentos en que los obreros y soldados estaban bajo las armas en la capital y sus alrededores. [...]

Entre tanto, los ferroviarios iban haciendo su labor. De un modo misterioso, las tropas mandadas por ferrocarril avanzaban, pero no por las líneas que se les había señalado. Los regimientos no iban a parar a sus divisiones. Los trenes con artillería se hallaban de repente, como por encanto, en un apartadero; los Estados Mayores perdían el contacto con sus tropas. En todas las estaciones importantes había soviets ferroviarios y militares. Los telegrafistas les tenían al corriente de todos los acontecimientos, de todos los movimientos de tropas. Esos mismos telegrafistas interceptaban las órdenes de Kornílov. Las informaciones desfavorables a los kornilovianos se hacían circular inmediatamente, con gran profusión, se pegaban en carteles en las paredes, pasaban de boca en boca. El maquinista, el guardagujas, el engrasador, se convertían en agitadores. En esta atmósfera avanzaban, o, lo que aún era peor, permanecían en el sitio, los trenes militares de Kornílov. El mando, que pronto se dio cuenta de la desesperada situación en que se hallaba, era evidente que no tenía ninguna prisa por avanzar, y con su pasividad facilitaba el trabajo de los contraconspiradores del ramo de transportes. Las fuerzas del ejército de Krimov se vieron diseminadas en esta forma por las estaciones, enlaces y apartaderos de ocho líneas férreas. Si se siguen en un mapa los movimientos de las tropas de Kornílov, se saca la impresión de que los conspiradores jugaban al escondite en las líneas férreas.

Casi por todas partes veíamos el mismo espectáculo -dice el general Krasnov, relatando sus observaciones en la noche del 30 de agosto-. En las vías, en los vagones, podían encontrar de continuo grupos de dragones, en pie al lado de sus caballos o sentados en las monturas de los mismos y entre los cuales había siempre un entrometido con capote de soldado.

Esos entrometidos se convirtieron bien pronto en legión. Seguían llegando de Petrogrado numerosas comisiones de los regimientos enviados al encuentro de las tropas de Kornílov; antes de hacer uso de las armas, querían explicarse. Las tropas revolucionarias tenían la firme esperanza de que no se llegaría a la lucha. Esta esperanza se vio confirmada: los cosacos les recibieron de buen grado. Un grupo de soldados del cuerpo de comunicaciones se apoderó de unas cuantas locomotoras y envió delegados por toda la línea. A cada tren militar se le explicaba la situación creada. Celebrábanse incesantes mítines, en los que se alzaba un solo clamor: «¡Nos han engañado!»

No ya los jefes de división -dice el mismo Krasnov-, sino que ni aun los mismos comandantes de los regimientos sabían exactamente dónde se hallaban sus escuadrones y centenas... La falta de víveres y de forraje irritaba aún más, como es natural, a la gente. Los soldados, viendo la desorganización y el desconcierto que reinaba a su alrededor, empezaron a detener a jefes y oficiales». La delegación del Soviet, que había organizado su Estado Mayor, comunicaba: «La fraternización es un hecho general... Estamos plenamente persuadidos de que el conflicto puede darse por liquidado. Están llegando delegaciones de todas partes.

Los jefes eran sustituidos por los comités. Se creó rápidamente un Soviet de delegados del Ejército, que designó una comisión compuesta de cuarenta miembros para enviarla al gobierno provisional. Los cosacos empezaron a decir en voz alta que no esperaban más que la orden de Petrogrado para detener a Krimov y a los demás oficiales.

Stankievich describe el espectáculo que observó el 30, al dirigirse a Pskov en unión de Voitinski. En Petrogrado creían que Trarskoie había sido ocupado por las fuerzas de Kornílov; pero resultó que allí no había nadie. «En Gachina, ni un alma... En el camino de Luga, nadie. En Luga, calma y tranquilidad... Llegamos a la aldea en que debía hallarse el Estado Mayor del cuerpo. No había nadie... A primera hora de la mañana, los cosacos se habían marchado en dirección opuesta a la de Petrogrado». La sublevación retrocedía, se diseminaba, se la tragaba la tierra.[...]

En Petrogrado, en Moscú, en el Don, en el frente, en el trayecto seguido por los trenes militares, tenía por todas partes Kornílov partidarios y amigos. A juzgar por los telegramas, los mensajes de salutación y los artículos de los periódicos, el número de esos amigos y partidarios había de ser inmenso. Pero, ¡cosa extraña!: al llegar el momento de dar la cara, todos ellos habían desaparecido. En muchos casos, la causa de semejante eclipse no era, ni muchos menos, la cobardía personal. Entre los oficiales partidarios de Kornílov había no pocos hombres valerosos. Pero estos hombres no sabían qué empleo dar a ese valor. A partir del momento en que se pusieron en movimiento las masas, los elementos aislados no tuvieron posibilidad de intervenir, sino los mismos estudiantes e incluso los oficiales en activo, se vieron lanzados al margen y obligados a observar, como desde un balcón, los acontecimientos que ante ellos se desarrollaban.

De la derrota de julio a la victoria sobre la korniloviada

Una de las claves para entender cómo pudo pasarse del reflujo brutal tras las jornadas de julio al ejercicio de poder de clase que derrota a la korniloviada, es la propia naturaleza de la revolución: sometida al desequilibrio permanente entre el proletariado y la pequeña burguesía rural, el campesinado que representaban los soldados... mucho más voluble y sensible al bombardeo nacionalista.

Si los sentimientos y las ideas de las masas se modificaran realmente bajo la influencia de circunstancias accidentales, no podría explicarse la poderosa lógica que preside el desarrollo de las grandes revoluciones. Cuantos más son los millones de hombres arrastrados por el movimiento, más sistemático es el desarrollo de la revolución y con mayor seguridad puede predecirse la sucesión lógica de las etapas ulteriores. Lo único que importa tener presente, además, es que el desarrollo político de las masas no sigue una trayectoria recta, sino que se efectúa en zigzag; pero tampoco hay que olvidar que, en el fondo, ésa es la órbita de todo proceso material. Las condiciones objetivas impulsaban poderosamente a los obreros, soldados y campesinos a agruparse bajo la bandera de los bolcheviques. Pero las masas se lanzaban por ese camino en lucha con su propio pasado, con sus creencias de ayer y, en parte, con las de hoy. Al llegar a un recodo difícil, en el momento del fracaso y del desengaño, los antiguos prejuicios, aún no superados por entero, salen a la superficie, y los adversarios se aferran, naturalmente, a ellos como a un ancla de salvación. Todo lo que había en los bolcheviques de oscuro, de inusitado, de enigmático -la novedad de las ideas, la audacia temeraria, la falta de respeto ante todos los prestigios viejos o nuevos-, hallaba ahora una explicación simple y convincente por lo que en sí misma tenía de absurda: ¡Son unos espías alemanes! La acusación lanzada contra los bolcheviques inspirábase, en el fondo, en el pasado de esclavitud del pueblo, en la herencia de ignorancia, de barbarie, de superstición, y este cálculo no dejaba de tener fundamento. Durante los meses de julio y agosto, la gran calumnia patriótica fue un factor político de primordial importancia, el acompañamiento obligado de todas las cuestiones candentes. La prensa liberal difundía la calumnia por todo el país, haciéndola penetrar hasta los puntos más recónditos del mismo. A finales de julio, la organización bolchevique de Ivanov-Vosnesensk exigía aún que se emprendiera una campaña más enérgica contra la calumnia. La cuestión del peso específico de la calumnia en la lucha política de la sociedad ilustrada aguarda todavía el sociólogo que la estudie.

A pesar de todo, la relación entre los obreros y soldados, nerviosa, impetuosa, no tenía nada de profunda ni de consistente.

Las fábricas avanzadas de Petrogrado empezaron ya a recobrarse pocos días después de la derrota, protestando contra las detenciones y la calumnia, llamando a las puertas del Comité ejecutivo reanudado sus relaciones. En la fábrica de armas de Sestroretsk, que había sido asaltada y desarmada, los obreros no tardaron en empujar nuevamente el timón: el 20 de julio, la asamblea general tomó el acuerdo de que se pagaran a los obreros los jornales devengados por los días de la manifestación, con objeto de destinar íntegramente el montante de esos jornales a las publicaciones para el frente. Entre el 20 y el 30 de julio, según atestigua Olga Ravich, los bolcheviques reanudan en Petrogrado su labor pública de agitación. En los mítines, a los que asisten, a lo sumo, de doscientas a trescientas personas, hablan, en los distintos puntos de la ciudad, tres compañeros: Slutski, asesinado más tarde por los blancos en Crimea; Volodarski, asesinado por los socialrevolucionarios en Petrogrado, y Evdokimov, obrero metalúrgico de Petrogrado y uno de los oradores más destacados de la revolución. En agosto, la agitación del partido adquiere proporciones más vastas. Según las Memorias de Raskolnikov, Trotsky, detenido el 23 de julio, describió, en la cárcel, la situación de la ciudad en los términos siguientes:

Los mencheviques y socialrevolucionarios... prosiguen su furiosa campaña contra los bolcheviques. Continúan las detenciones de camaradas nuestros, pero en los círculos del partido no se nota depresión alguna. Por el contrario, todo el mundo contempla esperanzado el porvenir, por considerar que la represión no hace más que reforzar la popularidad del partido... En los barrios obreros tampoco han decaído los ánimos.

En efecto, muy pronto una asamblea de los obreros de 27 fábricas y talleres del distrito de Peterhof adoptó una resolución de protesta contra el gobierno irresponsable y su política contrarrevolucionaria. Los barrios obreros iban reanimándose.

Poco a poco, la moral vuelve a levantarse. A finales de julio la crisis se ha superado en las principales fábricas y la militancia vuelve a crecer en los barrios. El comité militar se recompone y el trabajo entre los soldados empieza a dar frutos, especialmente en los regimientos patrióticos que habían sido más adversos. En agosto, la influencia del partido se ha recompuesto, pero ahora los trabajadores y los regimientos más combativos han ganado solidez y autodisciplina, los anarquistas han desaparecido o no tienen ya influencia. De manera invisible para la reacción, la clase ha salido fortalecida de la dura experiencia de las jornadas de julio.

La calumnia, recurso de decisivos efectos, resultó un arma de dos filos. Si los bolcheviques son espías de los alemanes, ¿por qué quienes difunden principalmente esas calumnias son los hombres más odiados del pueblo? ¿Por qué precisamente la prensa de los kadetes, que con cualquier motivo atribuye los más bajos móviles a los obreros y soldados, es la que en voz más alta y con mayor decisión acusa a los bolcheviques? ¿Por qué el ingeniero o el contramaestre reaccionario, que se había ocultado desde la revolución, ha cobrado ahora nuevos bríos y condena abiertamente a los bolcheviques? ¿Por qué los oficiales más reaccionarios se han vuelto más insolentes en los regimientos y por qué, al mismo tiempo que acusan a Lenin y a sus amigos, agitan los puños en las mismas narices de los soldados, como si fueran éstos precisamente los traidores?

En todas las fábricas había bolcheviques. «¿Es que me parezco a un espía alemán, amigos?», preguntaba un cerrajero o un tornero, perfectamente conocido de todos los obreros. Frecuentemente, los mismos conciliadores, en su lucha contra el ataque de la contrarrevolución, iban más lejos de lo que querían ,y, sin desearlo, desbrozaban el camino a los bolcheviques. El soldado Pireiko cuenta cómo el médico militar Markovich, partidario de Plejánov, rechazó en un mitin de soldados la acusación de espionaje lanzada contra Lenin, para combatir con más decisión sus opiniones políticas como inconsistentes y ruinosas. ¡Vano esfuerzo! «Si Lenin es inteligente y no un espía, si no es un traidor y quiere la paz, también nosotros le seguiremos», decían los soldados después del mitin.

El bolchevismo, cuyo avance había sido contenido temporalmente, empezó de nuevo a adiestrar sus alas con más seguridad.

La recompensa no tardará -escribía Trotsky a mediados de agosto-. Nuestro partido, perseguido, calumniado, nunca había crecido tan rápidamente como en estos últimos tiempos. Y este proceso no tardará en pasar de la capital a la provincia, de las ciudades a las aldeas y al ejército... Todas las masas trabajadoras del país aprenderán, en las nuevas pruebas que se acercan, a asociar su suerte a la de nuestro partido.

Los soviets

La derrota de la korniloviada abre un fortalecimiento no solo moral sino también político de los trabajadores. La consciencia, hay que decirlo una vez más, va a la zaga de los avances de la clase, interpretando los cambios y resultados que su propia acción ha generado.

La sublevación de Kornílov da un poderoso impulso a la radicalización de las masas. Slutski recordaba las palabras de Marx:

Hay momentos en que la revolución necesita ser estimulada por la contrarrevolución.

El peligro despertaba no sólo la energía, sino la clarividencia. El pensamiento colectivo trabajaba a un alto grado de tensión. No faltaban materiales que permitiesen extraer las consecuencias de la situación. Habíase afirmado que la coalición era necesaria para la defensa de la revolución; ahora bien, el que era aliado en la coalición se habla puesto al lado de la contrarrevolución. Se habla dicho que la Conferencia de Moscú sería una manifestación de la unidad nacional. Sólo el Comité central de los bolcheviques había advertido que «la Conferencia... se convertirá en órgano del complot de la contrarrevolución». Los acontecimientos habían confirmado plenamente la justeza de esta advertencia. Ahora era el propio Kerenski quien declaraba:

La Conferencia de Moscú... fue el prólogo del 27 de agosto... Allí fue donde se llevó a cabo el recuento de fuerzas.... donde por primera vez fue presentado a Rusia su futuro dictador, Kornílov...

¡Como si no hubiera sido Kerenski el iniciador, el organizador y el presidente de esa Conferencia! ¡Como si no hubiera sido él quien había presentado a Kornílov como el «primer soldado» de la revolución! ¡Como si no hubiera sido el gobierno provisional quien había dado a Kornílov el arma de la pena de muerte contra los soldados, y como si la advertencia de los bolcheviques no hubiera sido calificada de demagógica!

La guarnición de Petrogrado se acordaba asimismo de que, dos días antes de la sublevación de Kornílov, los bolcheviques habían expresado en la reunión de la sección de soldados la sospecha de que si se retiraba de la capital a los regimientos conocidos por su significación avanzada, fuera con miras contrarrevolucionarias. Los representantes de los mencheviques y socialrevolucionarios habían respondido a esto con una exigencia amenazadora: que no se discutiesen las órdenes militares del general Kornílov. En este espíritu estaba inspirada la resolución que se adoptó. «¡Bien se ve que los bolcheviques no lanzan las palabras al viento!», debían decirse ahora el obrero o el soldado sin partido.[...]

Los hechos eran simples, claros, estaban presentes en la memoria de todos, eran accesibles a todo el mundo, inexorables y aniquiladores. La división «salvaje», los raíles levantados, las recíprocas acusaciones del palacio de Invierno y del Cuartel general, las declaraciones de Savinkov y Kerenski eran hechos que hablaban por sí solos. ¡Qué acta de acusación irrefutable contra los conciliadores y su régimen! Se vio definitivamente, de un modo claro, el sentido de la furiosa campaña desencadenada contra los bolcheviques: semejante campaña era un elemento necesario en la preparación del golpe de Estado.

Los obreros y soldados, al empezar a ver claro, se sintieron dominados por un agudo sentimiento de vergüenza. ¿Es decir, que Lenin se ocultaba únicamente porque le han calumniado de un modo ignominioso? ¿Es decir, que los demás están en la cárcel para dar gusto a los kadetes, a los generales, a los banqueros, a los diplomáticos de la Entente? ¿Es decir, que los bolcheviques no corren tras de los cargos, y si en las alturas se les odia es precisamente porque no quieren formar parte de la sociedad anónima llamada coalición? Esto fue lo que acabaron por comprender los trabajadores, las gentes simples, los oprimidos. Y este estado de ánimo, unido a la sensación de culpabilidad respecto de los bolcheviques, hizo que surgiera una inquebrantable adhesión al partido y una fe indestructible en sus jefes.

Hasta los últimos días, los soldados veteranos, los cuadros del ejército, los suboficiales, los artilleros, resistieron con todas sus fuerzas. No querían renunciar a sus esfuerzos, a sus sacrificios, a sus hazañas: ¿era posible que todo aquello no tuviera ningún sentido? Pero cuando perdieron su último punto de apoyo viraron en redondo hacia la izquierda, hacia los bolcheviques. Ahora entraban en la revolución con sus galones de suboficial, con su temple de veteranos y con las mandíbulas apretadas: en la guerra se habían equivocado en sus cálculos, pero ahora llevarán a cabo la empresa hasta sus últimas consecuencias.

En las comunicaciones de las autoridades locales, tanto militares como civiles, el bolchevismo se convierte en sinónimo de acción de masas, de exigencia decidida, de lucha contra la explotación, de impulso hacia adelante; en una palabra, pasa a ser otro nombre de la revolución. ¿Conque es esto el bolchevismo? -se dicen los huelguistas, los marinos que protestan, las mujeres descontentas de los soldados, los campesinos amotinados-. Parece como que las masas se veían obligadas desde arriba a identificar sus pensamiento íntimos y sus demandas a las consignas del bolchevismo. De esta manera, la revolución ponía a su servicio el arma que había sido dirigida contra ella. En la historia no sólo se convierte en absurdo lo razonable, sino que, inversamente, cuando el desarrollo de los acontecimientos lo exige, lo absurdo se convierte en razonable.

El cambio sufrido por la atmósfera política se puso de manifiesto con poderoso relieve en la sesión común de los Comités ejecutivos, celebrada el 30 de agosto, al exigir los delegados de Cronstadt que se les otorgara un puesto en aquella elevada institución. ¿Era concebible esto? ¿Es que allí, donde la gente desenfrenada de Cronstadt era condenada y excomulgada, iban a tomar parte ahora en las deliberaciones los representantes de esa misma gente? ¿Pero, ¿cómo se les podía contestar con una negativa? Los marinos y soldados de Cronstadt habían llegado la víspera para defender a Petrogrado. Los marinos del Aurora hacían centinela en el palacio de Invierno. Los jefes, después de cuchichear entre sí, propusieron a la gente de Cronstadt cuatro puestos con voz, pero sin voto. La concesión fue aceptada secamente, sin ninguna efusión de gratitud.

Después de la rebelión de Kornílov -cuenta Chinenov, soldado de la guarnición de Moscú- todos los regimientos adquirieron ya un matiz bolchevique. Todos estaban admirados al ver confirmadas por la realidad las palabras de los bolcheviques, de que el general Kornílov no tardaría en estar ante los muros de Petrogrado.

[...] Crecen las organizaciones del partido, pero su fuerza de atracción crece con rapidez incomparablemente más grande. La desproporción entre los recursos técnicos de los bolcheviques y su peso específico político halla su expresión en el número relativamente reducido de los miembros del partido, en comparación con el grandioso aumento de su influencia. Los acontecimientos arrastran en su torbellino a las masas de un modo tan rápido e imperioso, que los obreros y soldados no tienen tiempo de organizarse en el partido, ni de comprender la necesidad de contar con un partido organizado. Se penetran de las consignas bolchevistas tan naturalmente como respiran el aire. No ven todavía con claridad que el partido es un complejo laboratorio en que esas consignas se elaboran mediante la experiencia colectiva. Más de 20.000.000 de almas están de parte de los soviets. El partido, que aún en vísperas de la revolución de Octubre contaba con no más de 240.000 miembros, arrastra tras de sí, con más firmeza cada vez, a millones de hombres a través de los sindicatos, comités de fábrica y soviets.[...]

En septiembre, los bolcheviques rompieron el cordón y obtuvieron el acceso al frente, del que habían permanecido separados por espacio de dos meses. Oficialmente, la prohibición subsistía. Los Comités conciliadores hacían todo lo posible para impedir la penetración de los bolcheviques en sus regimientos; pero todos sus esfuerzos resultaban vanos. Los soldados habían oído hablar tanto de su propio bolchevismo, que todos ellos, sin excepción, deseaban ávidamente ver y oír a un bolchevique de carne y hueso. Los obstáculos formales inventados por los miembros de los comités eran barridos por los soldados tan pronto como recibían la noticia de haber llegado un bolchevique. La vieja revolucionaria Eugenia Bosch, que había llevado a cabo una gran labor en Ucrania, ha dejado unas Memorias muy elocuentes sobre sus audaces incursiones por las selvas primitivas del frente. Las alarmadas advertencias de los amigos sinceros y falsos resultaban inútiles una vez y otra. En una división que había sido caracterizada como encarnizadamente hostil a los bolcheviques, el orador, que había enfocado su tema con gran cautela, no tardó en quedar convencido de que el auditorio estaba con él. «Nada de gargajear, ni de toser, ni de sonarse, primeros síntomas de cansancio de un auditorio de soldados; orden y silencio completos». La asamblea acabó en una turbulenta apoteosis de la audaz agitadora. Toda la excursión de Eugenia Bosch por el frente fue algo muy parecido a un viaje triunfal. [...]

La flota se bolchevizaba de in modo aún más acentuado, más concreto, más elocuente. El día 8 de septiembre, los marinos del Báltico izaron en todos los buques las banderas de combate para expresar su decisión de luchar por el paso del poder a las manos del proletariado y de los campesinos. La flota exigía el armisticio inmediato en todos los frentes, la entrega de la tierra a los comités campesinos, y la implantación del control obrero de la producción. Tres días después, un Comité central más atrasado y moderado, el de la escuadra del Mar Negro, apoyaba a los marinos del Báltico, propugnando la entrega del poder a los soviets. A mediados de septiembre alzan su voz en defensa de esa misma divisa veintitrés regimientos de Infantería siberianos y letones del doce ejército. Cada día siguen su ejemplo nuevos regimientos. La exigencia de que se entregue el poder a los soviets no desaparece ya del orden del día en el ejército y en la flota.

Las asambleas de marinos, cuenta Stankievich, estaban compuestas en sus nueve décimas partes de bolcheviques.

En Reval, al nuevo comisario cerca del Cuartel general se le ocurrió defender ante los marinos al gobierno provisional. A las primeras palabras tuvo la sensación de que sus tentativas eran inútiles.

Al oír la palabra «gobierno», la sala adoptó una actitud hostil: una ola de indignación, de odio y desconfianza se apoderó inmediatamente de la multitud. Era algo vigoroso, espléndido, apasionado e irresistible, que se fundía en un alarido unánime: «¡Fuera!»

No es posible menos que hacer justicia al narrador, que no se olvida de hacer notar la belleza del ataque de unas masas mortalmente hostiles a él.

La cuestión de la paz, que por espacio de dos meses había quedado relegada al olvido, surge ahora a la superficie con decuplicada fuerza. En una sesión del Soviet de Petrogrado, el oficial Dubasov, que acababa de llegar del frente, declaró: «Podéis decir aquí lo que queráis, los soldados no combatirán más». Se oyeron exclamaciones: «¡Eso no lo dicen ni los bolcheviques!»...; pero el oficial, que no era bolchevique, añadió: «No hago más que decir lo que sé y lo que los soldados me han encargado que os transmitiera».

Un soldado sombrío, con un capote impregnado de la suciedad y el hedor de las trincheras, declaró al Soviet de Petrogrado, en esos mismos días de septiembre, que los soldados necesitaban a todo trance la paz, aunque fuera «una paz hedionda». Estas ásperas palabras de soldado produjeron el estupor del Soviet. ¡Hasta qué extremo se había llegado! Los soldados que estaban en el frente no eran unos chiquillos. Comprendían perfectamente que, con la «carta de guerra» que existía, la paz no podía ser más que una paz de violencia, y para expresar esta concepción suya había escogido deliberadamente el delegado de las trincheras la palabra más grosera, capaz de expresar toda la fuerza de su repugnancia por la paz que los Hohenzollern impondrían. Pero gracias precisamente a esa descarnada apreciación, obligó el soldado a sus oyentes a comprender que no había otro camino, que la guerra había devanado el alma del ejército, que a toda costa se imponía la paz inmediata. La prensa burguesa acogió con alborozo las palabras del orador de las trincheras, que atribuyó a los bolcheviques. La frase referente a la paz «hedionda» no salió ya, a partir de ese momento, del orden del día, como expresión culminante del salvajismo y de la corrupción a que había llegado el pueblo.[...]

Una notable imagen del qui pro quo existente entre los conciliadores y las masas es la que nos ofrece el juramento que a principios de julio prestaron, de hinojos y descubiertos, 2.000 mineros del Donetz, en presencia de una multitud de 50.000 personas y con la participación de la misma.

Juramos ante nuestros hijos, ante Dios, el cielo, la tierra y todo lo que hay de sagrado para nosotros en este mundo, que jamás cederemos la libertad conquistada con sangre el día 28 de febrero de 1917; como creemos en los socialrevolucionarios y en los mencheviques, juramos no dar nunca oídos a los leninistas, porque los bolcheviques-leninistas llevan a Rusia a la ruina con su agitación, mientras que los socialrevolucionarios y los mencheviques dicen al unísono: la tierra para el pueblo, la tierra sin indemnización; después de la guerra, el régimen socialista... Juramos seguir luchando al lado de estos partidos sin detenernos ni ante la muerte.

El juramento de los mineros, dirigido contra los bolcheviques, les llevaba directamente, en realidad, a la revolución bolchevique. La envoltura de Febrero y el núcleo de Octubre aparecen en este cuadro ingenuo y ardiente con tanto relieve, que, a su manera, resuelven hasta sus últimas consecuencias el problema de la revolución permanente.

En septiembre, los mineros del Donetz, sin traicionarse a sí mismos ni faltar a su juramento, se volvieron ya de espaldas a los conciliadores. Lo mismo sucedió con los elementos más atrasados de los mineros de los Urales. [...]

No sólo perdía la influencia el partido de los socialrevolucionarios, sino que su misma composición social se modificaba. Los obreros revolucionarios, o bien se habían pasado ya a los bolcheviques, o atravesaban una crisis interna. Inversamente, los hijos de tenderos, los kulaks y los pequeños funcionarios que durante la guerra habían buscado refugio en las fábricas, se habían convencido de que su puesto estaba precisamente en el partido de los socialrevolucionarios. Pero ni aun ellos se decidían ya en septiembre a llamarse socialrevolucionarios, por lo menos en Petrogrado. Abandonaban el partido los obreros y los soldados, e incluso, en algunas provincias los campesinos, y no quedaban en él más que los funcionarios conservadores y los sectores pequeño-burgueses.

Cuando las masas, a las que la revolución había despertado, otorgaban su confianza a los socialrevolucionarios y a los mencheviques, estos dos partidos no se hartaban de ensalzar el nivel elevado de conciencia del pueblo. Cuando esas mismas masas, después de pasar por la escuela de los acontecimientos, se volvieron bruscamente hacia los bolcheviques, los conciliadores atribuyeron su fracaso a la ignorancia del pueblo. Pero las masas no creían haberse vuelto más ignorantes; lejos de ello, les parecía que ahora se daban perfecta cuenta de lo que antes era incomprensible para ellas.

En esta nueva oleada de ascenso, acendrado el proletariado en la experiencia de la derrota de julio y el triunfo de agosto, cambian las tornas en los soviets que va en paralelo a la pérdida de relevancia del Comité ejecutivo de los soviets que ahora ha dejado el Palacio Tauride a la futura constituyente y se ha mudado al más modesto Instituto Smolni (antigua escuela para señoritas de la aristocracia).

La resurrección política de los soviets, que coincidió con su bolchevización, empezó desde abajo. En Petrogrado fueron las barriadas obreras las primeras que alzaron la voz. El 21 de julio, la delegación de una asamblea de soviets de barriada presentó una serie de demandas al Comité ejecutivo: disolver la Duma, confirmar mediante un decreto del gobierno la inviolabilidad de las organizaciones del ejército, reautorizar la publicación de la prensa de izquierda, poner fin al desarme de los obreros y a las detenciones en masa, tomar medidas contra la prensa de derechas, suspender la disolución de los regimientos y abolir la pena de muerte en el frente. El tono de las reivindicaciones políticas es evidentemente más bajo que el de las de la manifestación de julio; pero esto no era más que el primer paso de un convaleciente. Las barriadas, al mismo tiempo que limitaban sus consignas, tendían a ampliar la base. Los dirigentes del Comité ejecutivo hicieron constar diplomáticamente su satisfacción por la «sensibilidad» demostrada por los soviets de barriada, pero se limitaron a decir que todas las desdichas provenían de la insurrección de julio. Los dos bandos se separaron cortésmente, pero con frialdad.

Se inicia una campaña imponente en favor del programa de los soviets de barriada. Las Izvestia publican todos los días resoluciones de los soviets, de los sindicatos, de las fábricas, de los buques de guerra y de los regimientos, exigiendo la disolución de la Duma, el fin de las represiones contra los bolcheviques y de toda indulgencia para la contrarrevolución. En ese fondo general se alzan voces más radicales. El 22 de julio, el Soviet de la provincia de Moscú, adelantándose considerablemente al de la misma capital, adoptó una resolución en favor del traspaso del poder a los soviets. El 26 de julio, el Soviet de Ivanovo-Vosnesensk «condena al desprecio» los medios empleados en la lucha contra el partido de los bolcheviques y envía un saludo a Lenin «el glorioso jefe del proletariado revolucionario».

Las elecciones celebradas en muchos puntos del país a finales de julio y en la primera quincena de agosto determinaron, en general, el robustecimiento de las fracciones bolchevistas en los soviets. En Cronstadt, en el Cronstadt famoso en toda Rusia, que la reacción pretendía haber aplastado, el nuevo Soviet estaba compuesto de cien bolcheviques, setenta y cinco socialrevolucionarios de izquierda, doce mencheviques-internacionalistas, siete anarquistas y más de noventa sin partido, ni uno solo de los cuales se decidía a confesar abiertamente sus simpatías por los conciliadores. En el Congreso regional de los soviets de los Urales, que se abrió el 18 de agosto, el número de delegados bolcheviques era de 87; el de socialrevolucionarios de 40; el de mencheviques, de 23. Tsaritsin -donde no sólo el Soviet había pasado a ser bolchevista, sino que habían elegido para alcalde al caudillo de los bolcheviques locales, Min- es blanco de un odio particular por parte de la prensa burguesa. Kerenski, sin ningún motivo serio, mandó una expedición de castigo contra Tsaritsin -que era un orzuelo en el ojo del atamán del Don, Kaledin-, con el solo fin de destruir aquel nido revolucionario. En Petrogrado, en Moscú, en todas las regiones industriales, se alza un número cada vez mayor de brazos en favor de las resoluciones bolcheviques.

Los acontecimientos de finales de agosto pusieron a prueba a los soviets. Bajo el peligro que les amenazaba, la labor de reagrupación interna se llevó a cabo en todas partes con extraordinaria celeridad y con roces relativamente pequeños. En provincias, lo mismo que en Petrogrado, ocuparon el proscenio los bolcheviques, los hijastros del sistema soviético oficial. Pero hasta en los partidos conciliadores, los socialistas «de marzo», los políticos de las salas de espera ministeriales y de las oficinas, se vieron postergados de momento por elementos más combativos, templados en la clandestinidad. La nueva reagrupación de fuerzas requería una nueva forma de organización. En ninguna parte se concentró en manos de los Comités ejecutivos la dirección de la defensa revolucionaria; los Comités, en la forma en que les sorprendió la sublevación, resultaban poco adecuados para las acciones de combate. Por todas partes se crearon Comités de defensa, Comités revolucionarios, Estados Mayores especiales, organismos que se apoyaban en los soviets o eran responsables ante los mismos, pero que representaban una nueva selección de elementos y nuevos métodos de acción en armonía con el carácter revolucionario de la misión que tenían a cargo.[...]

Este espectáculo, con unas u otras diferencias, a veces esenciales, se observaba en casi todas partes. Y no se trataba, ni mucho menos, de una simple imitación de Petrogrado: el carácter de masa de los soviets daba una lógica extraordinaria a su evolución interna, provocando idéntica reacción de los mismos ante los grandes acontecimientos. Mientras que entre las dos fracciones de la coalición se interponía el frente de la guerra civil, los soviets agrupaban, efectivamente, en torno suyo todas las fuerzas vivas del país. La ofensiva de los generales se estrelló al chocar contra ese muro. No se podía pedir una lección más elocuente.

A pesar de todos los esfuerzos del poder, para eliminar o reducir a la impotencia a los soviets -decía una declaración de los bolcheviques-, éstos han puesto de manifiesto la invencibilidad..., la fuerza, la iniciativa de las masas populares en el período de la sofocada sublevación de Kornílov... Después de esta nueva prueba, que nadie podrá arrancar ya de la conciencia de los obreros, soldados y campesinos, el grito lanzado por nuestro partido desde los comienzos mismos de la revolución «Todo el poder a los soviets»- se ha convertido en la voz de todo el país revolucionario

[...] A raíz de las jornadas de Kornílov, se abrió un nuevo capítulo para los soviets. Los conciliadores conservaban aún no pocos puestos, sobre todo en la guarnición; pero el Soviet de Petrogrado manifestó tal firmeza bolchevista, que asombró a los dos campos, tanto al de la derecha como al de la izquierda. En la noche del primero de septiembre, el Soviet, presidido por Cheidse, votó en favor de la entrega del poder a los obreros y campesinos. Los miembros de fila de las fracciones conciliadoras apoyaron casi unánimemente la resolución de los bolcheviques. La proposición opuesta, presentada por Tsereteli, no obtuvo arriba de una quincena de votos. La Mesa conciliadora no daba crédito a sus ojos. La derecha exigió votación nominal, que duró hasta las tres de la madrugada. Muchos de los delegados se marcharon para no votar francamente contra los partidos a que pertenecían. Y así y todo, a pesar de todas las formas de presión empleadas, la resolución de los bolcheviques obtuvo, en la votación definitiva, 279 votos contra 105. Era un hecho de gran importancia, que señalaba el principio del fin. La Mesa, aturdida, anunció que presentaba la dimisión.[...]

El Soviet de Petrogrado, que había sido el padre de todos los demás, estaba ahora dirigido por los bolcheviques, esos bolcheviques que aún ayer no eran más que un «insignificante puñado de demagogos». Trotsky recordó desde la mesa que no había levantado aún la acusación lanzada contra los bolcheviques, de que estaban al servicio del Estado Mayor alemán.

Que los Miliukov y los Guchkov nos cuenten su vida, día por día. No lo harán, pero nosotros estamos dispuestos a dar cuenta de nuestros actos; nada tenemos que ocultar al pueblo ruso...

El Soviet de Petrogrado, en una resolución especial,

condenó al desprecio a los autores, propagadores y cómplices de la calumnia.

Los bolcheviques tomaron posesión de la herencia. Esta resultó grandiosa y extraordinariamente mezquina, a un mismo tiempo. El Comité ejecutivo central había privado oportunamente al Soviet de Petrogrado de los dos periódicos creados por él, así como de todas las secciones administrativas, de todos los recursos técnicos y monetarios, de las máquinas de escribir, de los tinteros inclusive. Los numerosos automóviles puestos al servicio del Soviet, desde los días de febrero, habían sido puestos, todos ellos, a la absoluta disposición del Olimpo conciliador. Los nuevos directivos no tenían ni caja, ni periódicos, ni aparato burocrático, ni medios de transporte, ni plumas, ni lápices. No tenían nada, como no fueran las paredes desnudas y la ardiente confianza de los obreros y soldados. Con eso hubo más que suficiente.

El nacimiento del Partido Comunista de Rusia

¿Cómo se explica que con un aparato tan débil y una insignificante tirada de prensa pudieran penetrar en el pueblo las ideas y las consignas del bolchevismo? La solución de este enigma es muy sencilla: que las consignas que responden a las necesidades agudas de una clase y de una época se crean por sí solas miles de canales. La ardiente atmósfera de la revolución es un agente conductor de ideas extraordinariamente elevado. Los periódicos bolchevistas se leían en voz alta, pasaban de mano en mano; los artículos principales se aprendían de memoria, se transmitían de boca en boca, se copiaban y, allí donde era posible, se reimprimían.[...]

La prensa del partido no exageraba los éxitos, no deformaba la correlación de fuerzas, no intentaba imponerse a gritos. La escuela de Lenin era una escuela de realismo revolucionario. Los datos de la prensa bolchevique del año 1917 se revelan, a la luz de los documentos de la época y de la crítica histórica, como incomparablemente más verídicos que los de los demás periódicos. La veracidad se desprendía de la fuerza revolucionaria de los bolcheviques, pero, al mismo tiempo, consolidaba esa fuerza. La renuncia a esta tradición ha constituido posteriormente uno de los peores rasgos que han caracterizado a los epígonos.

No somos unos charlatanes -decía Lenin, inmediatamente después de su llegada-. Hemos de basarnos únicamente en la conciencia de las masas. No importa que nos veamos obligados a quedarnos en minoría... El quedarse en minoría no debe causar ningún temor... Ejercemos la crítica para librar a las masas del engaño... Estas acabarán por convencerse de que nuestra orientación es acertada. Todos los oprimidos se acercarán a nosotros... No tienen otra salida.

La política bolchevique, comprendida en su integridad, se aparece ante nosotros como la antítesis directa de la demagogia y del aventurismo.[...]

Un miembro del Comité central de los bolcheviques -¿sería Sverdlov?- escribe a provincias:

Nos hemos quedado sin periódico temporalmente... La organización no ha sido destruida... El Congreso no se aplazará.

Lenin sigue atentamente, en la medida en que se lo permite su obligado aislamiento, la preparación del Congreso del partido, y señala sus decisiones fundamentales: se trata del plan de una nueva ofensiva. El Congreso es calificado previamente de "Congreso de unificación", puesto que en él debe consagrarse la inclusión en el partido de algunos grupos revolucionarios autónomos, ante todo, de la organización petrogradesa de los meirayontsi, a la cual pertenecen Trotsky, Yofe, Uritski, Riazanov, Lunacharski, Pokrovski, Manuilski, Karajan, Yurénev y algunos otros revolucionarios conocidos por su pasado o que pronto habían de adquirir notoriedad.

El 2 de julio, precisamente el día antes de la manifestación, tuvo lugar la Conferencia de los meirayontsi, en la que estaban representados cerca de cuatro mil obreros.

La mayoría -dice Sujánov, que se hallaba entre el público- eran obreros y soldados, para mí desconocidos... Se trabajaba febrilmente y los progresos de ese trabajo podía notarios todo el mundo. Sólo estorbaba una cosa: ¿En qué os distinguís de los bolcheviques y por qué no estáis con ellos?

Para acelerar la unificación, que algunos dirigentes de la organización no tenían gran prisa en efectuar, Trotsky publicó en la Pravda una declaración concebida en estos términos:

A mi ver, no existen, en la actualidad, divergencias ni de principios ni de táctica entre los meirayonsti y la organización bolchevista. No hay, por consiguiente, ningún motivo que pueda justificar la existencia separada de dichas organizaciones.

El 26 de julio se abrió el Congreso de unificación, que en el fondo no era más que el VI Congreso del Partido bolchevique, que transcurrió semilegalmente, refugiándose alternativamente en dos barrios obreros. 175 delegados, entre ellos 157 con voz y voto, representaban a 112 organizaciones con 176.750 miembros. En Petrogrado había 41.000 miembros: 36.000 en la organización bolchevique, 4.000 en la de los meirayontsi, cerca de 1.000 en la organización militar. En la región industrial central, que tenía por capital a Moscú, el partido contaba con 42.000 miembros; en los Urales, con 25.000; en la cuenca del Don, con cerca de 15.000. En el Cáucaso existían organizaciones bolcheviques de importancia, en Baku, Grozni y Tiflis: las dos primeras eran casi puramente obreras; en la de Tiflis predominaban los soldados.

Por su composición personal, el Congreso llevaba el sello del pasado prerrevolucionario del partido. De los 171 delegados que llenaron las encuestas, 110 habían pasado en la cárcel doscientos cuarenta y cinco años; 10 habían sufrido cuarenta y un años de trabajos forzados; 24 habían sufrido setenta y tres años de deportación. En total, habían estado en el destierro 55 delegados, cuyas condenas sumaban 127 años, 27 habían estado en la emigración ochenta y nueve años; 150 habían sido detenidos 549 veces.

En aquel Congreso -ha recordado posteriormente Piatnitski, uno de los actuales secretarios de la Internacional Comunista- no participaron ni Lenin, ni Trotsky, ni Zinóviev, ni Kámenev... A pesar de que la cuestión del programa fue retirada del orden del día, el Congreso transcurrió sin los jefes del partido en un ambiente de trabajo práctico...

La base de la labor del Congreso eran las tesis de Lenin. Los ponentes fueron Bujarin y Stalin. La ponencia de Stalin da idea, con bastante exactitud, de la distancia recorrida por el propio ponente, junto con todos los cuadros del partido, durante los cuatro meses transcurridos desde la llegada de Lenin. Teóricamente vacilante, pero políticamente decidido, Stalin intenta enumerar los rasgos que determinan «el carácter profundo de la revolución socialista, de la revolución obrera». La unanimidad del Congreso, si se compara a éste con la Conferencia de abril, salta inmediatamente a la vista.

Con respecto a las elecciones para el Comité central, el acta del Congreso dice:

Se da cuenta de los nombres de los cuatro miembros del Comité central, que han obtenido el mayor número de votos: Lenin, 133 de los 134; Zinóviev, 132; Kámenev, 131; Trotsky, 131; además de ellos, son elegidos para el Comité central: Noguín, Kolontay, Stalin, Sverdlov, Ríkov, Bujarin, Artium, Jofe, Aritzki, Miliutin, Lómov.

Importa tomar nota de la composición de este Comité central: bajo la dirección del mismo habrá de llevarse a cabo la revolución de Octubre.

El último gobierno burgués y el pre-parlamento

La primera reacción de mencheviques y eseristas al cambio que se estaba operando en los soviets fue asegurar a Kerenski a toda costa en un nuevo gobierno de coalición con los kadetes legitimado por una «Conferencia democrática» diseñada para obtener mayorías y con la que tener una institución de la democracia que oponer a los soviets. Pero les sale mal. La Conferencia se desmorona.

Para los conciliadores, el espectáculo de la democracia, celebrado en Petrogrado, vino a ser lo que para Kerenski había sido el de la unidad nacional en Moscú: una confesión pública de inconsistencia, una demostración de marasmo político. Si la Conferencia nacional dio un impulso a la sublevación de Kornílov, la Conferencia democrática allanó definitivamente el camino a la sublevación de los bolcheviques.

Antes de dar fin a sus tareas, la Conferencia eligió de su mismo seno un órgano permanente, mediante la representación en el mismo del 15 por 100 de la composición de cada uno de los grupos: en total, unos 350 delegados. Las instituciones de las clases poseedoras debían obtener, además, 120 puestos. El gobierno añadió 20 para los cosacos. Todos juntos debían constituir el Consejo de la República o Preparlamento, destinado a representar a la nación hasta que se convocase la Asamblea constituyente. [...]

Se trataba de que el partido adaptara su misión al desarrollo de la República burguesa, o de que se propusiera realmente como fin la conquista del poder. Por una mayoría de 77 votos contra 50, la Conferencia del partido rechazó la consigna del boicot. El 22 de septiembre tuvo Riazanov ocasión de declarar en la Conferencia democrática, en nombre del partido, que los bolcheviques enviaban sus representantes al Preparlamento para «denunciar, en esa nueva fortaleza de los conciliadores, toda tentativa de coalición con la burguesía». Esto parecía radical, pero en el fondo implicaba la sustitución de la política de acción revolucionaria por la política de oposición.

Las tesis de abril de Lenin habían sido aceptadas formalmente por todo el partido; pero a propósito de cada gran cuestión volvían a salir a la superficie las concepciones de marzo, vigorosísimas todavía en el sector dirigente, que en muchos puntos del país no había empezado hasta entonces a separarse de los mencheviques. Lenin no pudo intervenir en el debate hasta más tarde. El 23 de septiembre escribía:

Hay que boicotear el Preparlamento; hay que ir a los soviets de diputados, obreros, soldados y campesinos; hay que ir a los sindicatos; hay que ir, en general, a dondequiera que estén las masas. Hay que incitarlas a la lucha. Hay que darles una consigna justa y clara: disolver la banda bonapartista de Kerenski con su Preparlamento amañado... Los mencheviques y los socialrevolucionarios no han aceptado, ni aun después de la sublevación de Kornílov, nuestro compromiso... Hay que luchar implacablemente contra ellos. Hay que echarlos sin piedad de todas las organizaciones revolucionarias... Trotsky era partidario del boicot. ¡Bravo, compañero Trotsky! El boicotismo ha sido vencido en la fracción de los bolcheviques de la Conferencia democrática. ¡Viva el boicot!

[...]«O Kornílov, o Lenin»; así definía Miliukov la alternativa, Lenin, por su parte, escribía: «O el poder de los soviets o Kornílov. No hay término medio». Miliukov y Lenin coincidían, y no de un modo casual, en la manera de apreciar la situación. Ambos, contrariamente a los conciliadores; héroes de la frase, eran dos representantes serios de las clases fundamentales de la sociedad. La Conferencia nacional de Moscú había puesto ya de manifiesto, según las palabras de Miliukov, que «el país se divide en dos campos, entre los cuales no puede haber, en el fondo, conciliación ni acuerdo». Pero cuando no puede haber conciliación entre dos campos sociales, la guerra civil se encarga de resolver la cuestión.

Ni los kadetes ni los bolcheviques retiraban, sin embargo, la consigna de la Asamblea constituyente. Los kadetes necesitaban de ella como de una última instancia contra las reformas sociales inmediatas, contra los soviets, contra la revolución. La burguesía se aprovechaba de la sombra que la democracia proyectaba ante sí en forma de Asamblea constituyente, para obrar contra la democracia viva. La burguesía sólo podía rechazar sin rebozo la Asamblea constituyente después de haber aplastado a los bolcheviques. Pero de momento no se podía pensar en semejante cosa. En aquella etapa, los kadetes se esforzaban en garantizar la independencia del gobierno respecto de las organizaciones ligadas a las masas, con la mira de poder subordinar del todo así al gobierno más adelante, con mayor seguridad.

Pero los bolcheviques, que no veían salida alguna por la senda de la democracia formal, tampoco renunciaban todavía, por su parte, a la idea de la Asamblea constituyente. No hubieran podido hacerlo sin romper con el realismo revolucionario. No era posible prever con absoluta certeza si el ulterior desarrollo de los acontecimientos crearía condiciones favorables para la victoria completa del proletariado. Pero fuera de la dictadura de los soviets y antes de esta dictadura, la Asamblea constituyente debía ser la conquista suprema de la revolución. De la misma manera que los bolcheviques habían defendido a los soviets conciliadores y a los municipios democráticos contra Kornílov, estaban dispuestos a defender a la Asamblea constituyente contra los ataques de la burguesía.

[...] El día en que se formó el nuevo gobierno, compuesto de seis ministros burgueses y diez semisocialistas, terminaba la formación del nuevo Comité ejecutivo del Soviet de Petrogrado, compuesto de 13 bolcheviques, seis socialrevolucionarios y tres mencheviques. El Soviet acogió la coalición gubernamental con una resolución presentada por su nuevo presidente, Trotsky:

El nuevo gobierno... entrará en la historia de la revolución como el gobierno de la guerra civil... La noticia de la formación del nuevo gobierno será acogida por toda la democracia revolucionaria con una sola respuesta: ¡la dimisión! Apoyándose en este clamor unánime de la auténtica democracia, el Congreso de los soviets creará un poder revolucionario verdadero.

Los adversarios no querían ver en esta resolución más que uno de los acostumbrados votos de desconfianza. En realidad, era el programa de la revolución. Para llevarlo a la práctica iba a hacer falta exactamente un mes.

Octubre

Octubre comenzó con la guerra llamando a las puertas de Petersburgo. La flota, sin mandos ni almirantazgo, defendió la capital de la revolución en el Báltico a costa de no pocas vidas. Los kadetes respondieron planteando la evacuación del gobierno y el pre-parlamento de la capital.

Los kadetes inspiradores de la evacuación se daban cuenta de que nada resolvía el simple traslado del gobierno. Pero confiaban en que podrían acabar con el foco del contagio revolucionario mediante el hambre y el agotamiento. El bloqueo interior de Petrogrado se hallaba ya en su apogeo. Retirábanse los pedidos a las fábricas; se disminuía en cuatro veces el aprovisionamiento de combustible, el Ministerio de Abastos retenía el ganado que se mandaba a la capital; a los carros con víveres no se les dejaba pasar del canal de Marinski. [...]

El 6 de octubre, la sección de soldados del Soviet adoptó, con unanimidad nunca vista hasta entonces, una resolución presentada por Trotsky:

Si el gobierno provisional es incapaz de defender Petrogrado, tiene el deber de concertar la paz o dejar libre el puesto a otro gobierno.

No fue menos intransigente la actitud que adoptaron los obreros. Consideraban a Petrogrado como a su fortaleza, asociaban a ella sus esperanzas revolucionarias, y no querían, en consecuencia, ceder la capital. Amedrantados por el peligro militar, por la evacuación, por la indignación de los soldados y obreros y por la excitación de toda la población, los conciliadores, por su parte, dieron la voz de alarma: no se puede dejar a Petrogrado abandonado a su suerte. Persuadido de que la tentativa de evacuación tropezaba con la resistencia general, el gobierno empezó a ceder, diciendo que no le preocupaba tanto su propia seguridad como el lugar en que habría de reunirse la futura Asamblea constituyente. Pero tampoco le fue posible mantenerse en esta postura.

Kerenski inaugura el pre-Parlamento y los bolcheviques lo abandonan.

la decisión de abandonar demostrativamente el palacio de Marinski había sido tomada el día 5, en la reunión de la fracción bolchevista por totalidad de votos menos uno: ¡tan grande había sido el impulso hacia la izquierda en el transcurso de las dos semanas últimas! Sólo Kámenev se mantuvo fiel a su posición primitiva, o para decirlo con más exactitud, fue el único que se atrevió a defenderla. En una declaración especial, dirigida al comité central, Kámenev caracterizaba sin ambages la orientación adoptada como «llena de peligros para el partido».

La clave de la situación sigue siendo la guerra. El pre-parlamento se centra en ella. Los conciliadores quieren seducir a los soldados con la idea de que defienden la revolución, la burguesía quiere obligarles. Ni una cosa ni otra es ya posible.

La fraternización, que después de las jornadas de julio había desaparecido casi por completo, se reanudó y creció rápidamente. Tras el breve período de calma volvieron a repetirse a menudo los casos, no sólo de detención de oficiales por los soldados, sino de asesinato de los más odiados de aquéllos. Las represalias se llevaban a cabo poco menos que abiertamente, a la vista de los demás soldados. Nadie salía a la defensa de los oficiales: la mayoría no quería; la minoría -muy reducida- no se atrevía a hacerlo. El asesino conseguía escapar indefectiblemente, desapareciendo entre la masa de soldados sin dejar rastro. Uno de los generales escribía:

Nos agarramos convulsivamente a no sabemos qué, imploramos un milagro, pero la mayoría comprende que ya no hay salvación.

El mismo ministro de la guerra, kadete, llega a la conclusión de que solo la paz unilateral puede evitar el desmoronamiento total del ejército y el estado. La burguesía le injuria y echa del gobierno.

La evolución en las masas de trabajadores y soldados sigue adelante. La consciencia de clase no es algo etéreo, ni una quimera. Es la claridad, el acendramiento que nace, ahora, en un tejido denso de conversaciones entrelazadas.

En este último período que precedió al golpe decisivo, era incomparablemente más efectiva la agitación molecular que llevaban a cabo los obreros, marinos y soldados anónimos, haciendo prosélitos mediante una labor de propaganda individual destruyendo las últimas dudas, venciendo las postreras vacilaciones. Aquellos meses de febril vida política, habían creado numerosos cuadros de militantes de fila, educando a centenares y miles de trabajadores que estaban acostumbrados a observar la política desde abajo y no desde arriba, y que precisamente por ello apreciaban los hechos y los hombres con un acierto no siempre accesible a los oradores de tipo académico. Ocupaban el primer lugar, en este respecto, los obreros de Petrogrado, proletarios de estirpe, de cuyo seno surgían agitadores y organizadores de un temple revolucionario excepcional, de una elevada cultura política, independientes en la idea, en la palabra y en la acción. Los torneros, los cerrajeros, los herreros, educadores de talleres y fábricas, tenían ya en torno a sí sus escuelas, sus discípulos, futuros organizadores de la República de los soviets. Los marinos del Báltico, compañeros de armas inmediatos de los obreros de Petrogrado y que, en gran parte, habían salido de su propio medio, formaban brigadas de agitadores, que conquistaban a pulso los regimientos atrasados, las capitales de distrito, las comarcas agrarias. Una fórmula general lanzada en el Circo Moderno por uno de los caudillos revolucionarios tomaba cuerpo en centenares de mentes y daba luego la vuelta a todo el país.

La función del partido se va haciendo clara conforme el propio movimiento lo puebla de los trabajadores más decididos. Donde falla, por falta de convicción o claridad de las consignas, por una dirección que quedó atrás o desmoralizada, falla la moral general y la fuerza del movimiento.

La masa no toleraba ya en sus filas a los vacilantes, a los neutrales; afanábase por atraer, por persuadir, por conquistar a todo el mundo. Fábricas y regimientos mandaban delegados al frente. Las trincheras se ponía en relación con los obreros y campesinos del frente interior inmediato. En las ciudades del frente se celebraban innumerables mítines y conferencias en que soldados y marinos coordinaban su acción con la de los obreros y campesinos; así fue conquistada para el bolchevismo la atrasada Rusia blanca.

Allí donde la dirección local del partido estaba indecisa o se mantenía a la expectativa, como ocurría, por ejemplo, en Kiev, Voronej y otros muchos sitios, las masas caían a menudo en la pasividad. Para justificar su política, los dirigentes citaban como pretexto el decaimiento que ellos mismos provocaban. E inversamente:

Cuando más decidido y audaz era el llamamiento a la insurrección -dice Povoljski, uno de los agitadores de Kazán-, con más confianza y afecto acogía al orador la masa de los soldados.

El desarrollo de la organización de lo más decidido de los trabajadores como partido se traduce en moral y consciencia y ésta en el fortalecimiento de la organización del conjunto de la clase... lo que a su vez arrastra a las clases oprimidas intermedias.

La Conferencia de los Comités de fábrica de Moscú reconoció la necesidad de que el Soviet local resolviera en lo sucesivo por decreto todos los conflictos huelguísticos, abriera por propia iniciativa las fábricas cerradas por los patronos que hubieran declarado el lockout y, mediante el envío de sus delegados a Siberia y a la cuenca del Donetz, garantizar el pan y el carbón a las fábricas. La Conferencia de los comités de fábrica de Petrogrado consagra su atención al problema un manifiesto a los campesinos: el proletariado se siente ya, no sólo como clase particular, sino como caudillo del pueblo.

Sin embargo hay límites objetivos, históricos, dados por el carácter de la revolución rusa como revolución permanente. Las relaciones capitalistas de producción no se ven cuestionadas nunca en la fábrica. Lo que da la perspectiva socialista a los trabajadores es la revolución mundial, omnipresente a través de la guerra. No su propia práctica... que les alienaría de los campesinos (pequeña burguesía) alejándoles de la toma del poder. La raíz de la revolución como revolución democrático-burguesa nunca deja de estar presente. La revolución se detiene en el control obrero de una producción que sigue respondiendo a la ley del valor, la única ley incuestionada en todo el curso de la revolución hasta octubre. La producción es todavía gestionada por la burguesía, mañana lo será por un estado excretado por los soviets. Sin revolución mundial o revolución obrera en el campo -para la que no había bases- era imposible otra cosa.

La Conferencia nacional de los comités de fábrica, reunida en la segunda quincena de octubre, eleva la cuestión del control obrero a la categoría de objetivo nacional.

Los obreros están más interesados que los patronos en el trabajo regular e ininterrumpido de los establecimientos.

El control obrero

responde a los intereses de todo el país y debe ser sostenido por los campesinos y el ejército revolucionarios

La resolución que abría la puerta a un nuevo orden de cosas económico es adoptada por los representases de todos los establecimientos industriales de Rusia contra cinco votos y nueve abstenciones. Los pocos delegados que se abstienen son los viejos mencheviques, que no pueden ya marchar con su partido, pero que todavía no se deciden a lazar francamente el brazo en favor de la revolución bolchevique. Mañana lo harán.

El orden del día de la revolución no está en atacar la ley del valor, sino en tomar el poder y derruir el estado.

No, el poder de los soviets no era una quimera, una construcción arbitraria, inventada por los teóricos del partido, sino que surgía irresistiblemente desde abajo. Como consecuencia del desmoronamiento de la economía, de la impotencia de las clases pudientes y de las necesidades de las masas, los soviets se convertían en un poder efectivo. No les quedaba otro camino que seguir a los obreros, soldados y campesinos. El poder de los soviets no era ya un tema bueno para discutir y razonar sobre él: era preciso llevarlo a la práctica.

El Comité Ejecutivo (nacido del primer congreso panruso de los soviets y controlado por mencheviques y eseristas) anula las resoluciones que convocan un nuevo congreso. Saben que mermaría las posibilidades de éxito de la Asamblea Constituyente. Es la expresión dentro de los propios órganos de la clase de la incompatibilidad entre democracia parlamentaria y democracia soviética, entre la dictadura de los intereses de clase de los trabajadores -siempre modulados, al menos mientras la revolución no se extienda, por los de los campesinos- y la de la burguesía.

Izvestia [órgano oficial de los soviets] enterraba a los soviets en un artículo de fondo, calificándolos de barracas provisionales que deberían ser retiradas tan pronto como la Asamblea constituyente coronara el «edificio del nuevo régimen». [...]

La lucha por y contra el Congreso dio el último impulso a la bolchevización de los soviets locales. En una serie de provincias atrasadas -así, por ejemplo, en la de Smolensk-, los bolcheviques, solos o unidos a los socialrevolucionarios de izquierda, no obtuvieron por primera vez mayoría hasta que se llevó a cabo la campaña en favor del Congreso, o al efectuarse las elecciones de delegados. Aún en el Congreso de los soviets de Siberia, a mediados de octubre, consiguieron los bolcheviques, en unión de los socialrevolucionarios de izquierda, reunir una mayoría sólida que influyó fácilmente en todos los Soviets locales. El 15, el Soviet de Kiev, por 159 votos contra 28 y tres abstenciones, reconoció al futuro Congreso de los soviets como "órgano soberano del poder". El 16, el congreso de los soviets de la región del noroeste, celebrado en Minsk -esto es, en el centro del frente oriental-, afirmó que era inaplazable convocar el Congreso. El 18, el Soviet de Petrogrado procedió a la elección de delegados al Congreso: la candidatura bolchevista (Trotsky, Kámenev, Volodarski, Yuréniev y Laschevich) obtuvo 443 votos; la de los socialrevolucionarios, 162; eran éstos socialrevolucionarios de izquierda que se inclinaban del lado de los bolcheviques. La candidatura de los mencheviques obtuvo 44 votos. El Congreso de los soviets de los Urales, presidido por Krestinski, y en el cual, de los 110 delegados, 80 eran bolcheviques, exigió, en nombre de 223.900 obreros y soldados organizados, que se procediese a convocar el Congreso de los soviets en el plazo señalado. Aquel mismo día, 19 de octubre, la Conferencia nacional de los Comités de fábrica, la representación más directa e indiscutible del proletariado de todo el país, se pronunció por el pase inmediato del poder a manos de los soviets. El 20, Ivanovo-Vosnesensk proclamaba «el estado de lucha franca e impecable entre el gobierno provisional» y todos los soviets de la provincia, incitaba a los mismos a resolver por cuenta propia todos los problemas económicos y administrativos planteados. Sólo un voto y una abstención se pronunciaron contra esa resolución, que implicaba el derrumbamiento de los órganos gubernamentales locales. El 22, la prensa bolchevista publicó una nueva lista de 56 organizaciones que exigían el poder para los soviets: se trataba de masas auténticas, en gran parte armadas.

Esta poderosa manifestación de los destacamentos de la futura revolución no impidió a Dan informar, ante la Mesa del Comité central ejecutivo, en el sentido de que, de las 917 organizaciones soviéticas existentes, sólo 50 se habían manifestado conformes con mandar delegados, y eso «sin ningún entusiasmo». Sin dificultad puede creerse que los pocos soviets que todavía consideraban necesario manifestar su afecto al Comité central ejecutivo, no sentían entusiasmo alguno por el Congreso. Sin embargo, la mayoría aplastante de los soviets locales y de los Comités del ejército hacían caso omiso, sencillamente, del Comité central ejecutivo.

A pesar de todo, los conciliadores, que se habían comprometido y puesto en evidencia con su sabotaje del Congreso, no se atrevieron a llevar las cosas hasta sus últimas consecuencias. Cuando se vio claramente que no se conseguiría evitar el Congreso, hicieron un viraje en redondo, invitando a todas las organizaciones locales a elegir delegados, con objeto de no dar la mayoría a los bolcheviques. Pero como habían despertado demasiado tarde, el Comité central ejecutivo, tres días antes del plazo fijado, se vio en la precisión de aplazar el Congreso hasta el 25 de octubre.

Gracias a esta última maniobra de los conciliadores el régimen de febrero, y con él la sociedad burguesa, obtuvieron una dilación inesperada, de la cual, sin embargo, nada sustancial podían sacar ya. Los bolcheviques, en cambio, como más tarde hubieron de reconocer sus mismos enemigos, se aprovecharon con gran fruto de esos cinco días suplementarios.

Los bolcheviques -dice Miliukov- aprovecharon el aplazamiento de la acción, ante todo, para reforzar sus posiciones entre los obreros y soldados de Petrogrado. Trotsky hacía una aparición en los mítines que se celebraban en los distintos regimientos de la guarnición de la capital. Para formarse ideal del estado de ánimo creado por esa agitación, bastará hacer notar, por ejemplo, que en el regimiento de Semenov no se dejó hablar a los miembros del Comité ejecutivo, Skobelev y Gotz, que intentaron hacerlo a continuación de Trotsky.

Todo se estaba preparando para que la Asamblea Constituyente sustituyera al gobierno provisional como órgano de la dictadura de clase de la burguesía... aun a pesar de la incomprensión de la vieja burguesía. Total, para eso estaban los nuevos partidos burgueses, ex-proletarios, como los mencheviques, mucho más conscientes de que el poder de clase necesita ante todo, de la ilusión y el engaño que permiten encuadrar y convertir la explotación de una clase por otra en consenso generalmente aceptado y organizado en el estado. En eso, los mencheviques y eseristas representaban no la democracia revolucionaria de ayer -como ellos mismos creían- sino la democracia de hoy que entonces nacía, organizada y orientada no a dar cabida en el estado a las clases y las fuerzas sociales, sino a encuadrarlas, no a representarlas en su conflicto el interior del estado sino a representar al estado como su expresión mística, negándolas.

El Congreso de los soviets fue el problema político central durante las cinco semanas que separaron a la Conferencia democrática del levantamiento de octubre. La declaración de los bolcheviques en la Conferencia mencionada proclamaba ya al futuro Congreso de los soviets como el órgano supremo del país.

Podrán llevarse a la práctica únicamente aquellas decisiones y proposiciones de esta conferencia... que sean adoptadas por el Congreso general de los diputados obreros, campesinos y soldados.

La resolución en favor el boicot al Preparlamento, sostenida por la mitad de los miembros del Comité central contra la otra mitad, decía:

Para nosotros, la participación de nuestro partido en el Preparlamento depende directamente de las medidas que el Congreso general de los soviets adopte para instituir un poder revolucionario.

La apelación al Congreso de los soviets constituye, casi sin excepción, la nota dominante de todos los documentos bolcheviques de ese período.

En la situación creada por la guerra campesina, cada vez más encendida, por la recrudescencia del movimiento nacional, por la ruina económica más y más profunda de día en día, por la disgregación del frente y la inestabilidad del gobierno, los soviets se convierten en el único reducto de las fuerzas creadoras. Todo problema se convierte en el problema del poder, y éste conduce al Congreso de los soviets, el cual debe dar respuesta a todas las cuestiones, la de la Asamblea constituyente inclusive.

Los bolcheviques se dan cuenta de la transformación que está teniendo lugar en la democracia... pero solo en la medida en que resulta del acendramiento entre clases por el impulso de la propia revolución. Esta falta de penetración se volverá dramática en el tiempo, cuando la IIIª Internacional apoye participaciones electorales que sistemáticamente servirán ya solo para deslegitimar la auto-organización de clase en sus primeras fases... empezando por Alemania.

Ningún partido, sin excluir a los bolcheviques, había retirado aún la consigna de la Asamblea constituyente. Pero, de un modo casi imperceptible, en el curso de los acontecimientos de la revolución, la consigna democrática principal, que por espacio de quince años había brillado en la heroica lucha de las masas, palidecía, desvaneciase como aplastada entre dos muelas, se convertía en una forma huera, en una tradición, y no en una perspectiva. Semejante proceso no tenía nada de extraño. El desarrollo de la revolución se basaba en la lucha directa por el poder entre las dos clases fundamentales de la sociedad: la burguesía y el proletariado. Nada podía dar ya a la primera ni al segundo la Asamblea constituyente. En esta contienda, la pequeña burguesía urbana y rural no podía desempeñar más que un papel secundario y auxiliar. De todas maneras, como se habían encargado de demostrarlo los meses precedentes, era incapaz de tomar en sus manos el poder. Sin embargo, la pequeña burguesía podía hacerse aún con la mayoría en la Asamblea constituyente. Más tarde la obtuvo, en efecto; mas ¿para qué? únicamente para no saber qué uso había de hacer de ella. En todo esto hallaba su expresión la inconsistencia de la democracia formal, en un momento de honda transformación histórica. La fuerza de la tradición se manifestó en el hecho de que, en vísperas de la última batalla en torno a la Asamblea constituyente, ninguno de los bandos había abjurado todavía de la misma. Pero, en realidad, la burguesía dejaba a un lado la Asamblea constituyente para apelar a Kornílov, como los bolcheviques al Congreso de los soviets.

La burguesía, bien consciente de la que se avecina, jugará su última carta: sacar a la guarnición de Petersburgo para desarmar a la revolución. Conciliadores y kadetes organizarán una nueva campaña patriótica culpabilizadora de los soldados que no quieren salir de la capital.

Los conciliadores, buscando reanimar el patriotismo de las masas con la amenaza de la pérdida de Petrogrado, el día 9 de octubre presentaron al Soviet la proposición de crear un «Comité de defensa revolucionaria» que tuviera como fin participar obreros. Sin embargo, el Soviet, al mismo tiempo que se negaba a echar sobres sí la responsabilidad «de la pretendida estrategia del gobierno provisional y, en particular de la retirada de tropas de Petrogrado», no se apresuraba a pronunciarse sobre la orden dada, sino que decidía estudiar los motivos y fundamentos de la misma. Los mencheviques intentaron protestar: es inadmisible la intromisión en las disposiciones operativas del mando. Pero aún no hacía mes y medio que decían lo mismo respecto de las órdenes de Kornílov, que perseguían como fin preparar la sublevación, y no faltó quien se lo recordara así. Había que crear un órgano competente que se encargase de comprobar si el envío de regimientos al frente era dictado por consideraciones militares o políticas. Con gran asombro de los conciliadores, los bolcheviques aceptaron la idea del Comité de defensa: precisamente ese Comité era el que había de concentrar en sus manos todos los datos relativos a la defensa de la capital. Con ello se daba un paso importante. El Soviet, al arrancar esa peligrosa arma de las manos del adversario, se reservaba la posibilidad, según fueran las circunstancias, de orientar la resolución relativa a la retirada de los regimientos en un sentido o en otro, aunque, de todas maneras, contra el gobierno y los conciliadores.

Los bolcheviques aceptaron tanto más naturalmente el proyecto menchevista de crear un Comité militar, cuanto que en sus propias filas se había hablado ya, más de una vez, de la necesidad de constituir oportunamente un órgano soviético autorizado para dirigir la revolución futura. En la Organización militar del partido se había elaborado incluso el correspondiente proyecto. La dificultad que hasta entonces no había sido posible vencer estribado en la combinación del órgano de la insurrección con el Soviet, que tenía carácter electivo y que actuaba abiertamente, y del cual, por añadidura, formaban parte representantes de los partidos enemigos. La iniciativa patriótica de los mencheviques no podía surgir más oportunamente para facilitar la creación del Estado Mayor y de la revolución, que no tardó en adoptar la denominación de Comité militar revolucionario, convirtiéndose en la palanca principal de levantamiento. [...]

Ese mismo día, el Comité ejecutivo del Soviet de Petrogrado, dio cuenta de la creación de una sección especial de la guardia roja cerca del mismo. El armamento de los obreros, abandonado e incluso perseguido por los conciliadores, convirtióse en uno de los objetivos más importante del Soviet bolchevista. La recelosa actitud de los soldados respecto de la guardia roja, desapareció por completo. En casi todas las resoluciones de los regimientos, muy al contrario de lo que sucedía antes, se exige el armamento de los obreros. En lo sucesivo, la guardia roja y la guarnición obran de perfecto acuerdo y no han de tardar en estar ligadas más estrechamente todavía por la común subordinación al Comité militar revolucionario.

El vértigo crece. Incluso dentro del propio partido se enquistan los viejos dirigentes (Kamenev, Zinoviev) contrarios a la insurrección, temerosos de la guerra civil. Es un hecho propio de la naturaleza como clase explotada de la clase revolucionaria de hoy.

La clase obrera lucha y madura con la conciencia de que su adversario es más fuerte que ella. Es lo que se observa continuamente en la vida cotidiana. El adversario tiene la riqueza, el poder estatal, todos los medios de presión ideológica y todos los instrumentos de represión. Forma parte integrante de la vida y de la actividad de un partido revolucionario, en época preparatoria, la costumbre de pensar que el enemigo nos aventaja en fuerza. Además, las consecuencias de los actos imprudentes o prematuros a los que pueda dejarse llevar el partido, le recuerdan de modo brutal, a cada instante, la fuerza de su enemigo. Pero llega un momento en que este hábito de considerar más poderoso al adversario se convierte en el principal obstáculo para la victoria.

León Trotski. «Lecciones de Octubre»

La discusión sobre las fuerzas era franca. La Revolución se armaba y organizaba, pero sobre todo se discutía abiertamente incluso en sus aspectos técnicos. El soviet de Petersburgo aprobó con la presencia de todos los partidos conciliadores el estatuto del Comité Militar. Los cálculos, incluso los meramente técnicos, se aireaban en la prensa. Lenin, desde Finlandia,

El gobierno se inquietó. El día 14, por la mañana, se celebró en el gabinete de Kerenski un Consejo de ministros, en el que se aprobaron las medidas adoptadas por el Estado Mayor contra el «golpe» que se preparaba. Los gobernantes hacían toda clase de conjeturas para tratar de saber si en esa ocasión no se iría más allá de una manifestación armada o si se llegaría a la insurrección. El jefe de la región militar decía a los representantes de la prensa: «En todo caso, estamos preparados». A menudo, en vísperas de la muerte, los enfermos desahuciados se sienten revivir bajo el influjo de una nueva afluencia de fuerzas. En la sesión de ambos Comités ejecutivos, Dan, imitando el tono empleado en junio por Tsereteli, refugiado ahora en el Cáucaso, exigió de los bolcheviques que dieran respuesta a la pregunta siguiente: ¿Piensan hacer algo y, en caso afirmativo, cuándo? De la respuesta de Riazanov sacó, no sin fundamento, el menchevique Bogdanov, la conclusión de que los bolcheviques preparaban la insurrección y que se pondrían al frente de la misma. El diario de los mencheviques decía:

Por lo visto, con lo que cuentan los bolcheviques para adueñarse del poder es con la permanencia de la guarnición en la capital.

Pero las palabras alusivas a la toma del poder iban impresas entre comillas; los conciliadores no creían aún seriamente en el peligro, y temían no tanto la victoria de los bolcheviques como el triunfo de la contrarrevolución, como resultado de las nuevas escaramuzas de la guerra civil. [...]

[Dos días después en] el Soviet se discutió el estatuto del Comité militar revolucionario. Esta institución, apenas creada, se convertía a los ojos de los adversarios en un organismo cada vez más odiado.

Los bolcheviques -exclamó el orador de la oposición- no contestan a la pregunta directa que se les ha hecho: ¿Preparan algo o no? Esta actitud hay que atribuirla a cobardía o a desconfianza en sus propias fuerzas.

La Asamblea acoge estas palabras con una carcajada general. La cosa no es para menos: el representante del partido gubernamental pide que el partido de la insurrección le abra su pecho. El nuevo Comité, prosigue el orador, no es más que «un Estado Mayor revolucionario para la toma del poder». Ellos, los mencheviques, no formarán parte del mencionado Comité. «¿Cuántos sois?», les gritan de la sala. Los mencheviques, a decir verdad, no son muy numerosos -una cincuentena- en el Soviet; pero, en cambio, saben con absoluta certeza que «las masas no sienten ninguna simpatía por el golpe que se prepara». Trotsky, en su réplica, no niega que los bolcheviques se preparen a la toma del poder: «Eso para nadie es un secretox. Pero de lo que ahora se trata es de otra cuestión. El gobierno exige la retirada de las tropas revolucionarias de Petrogrado ¡y nosotros hemos de decir: sí o no! El proyecto de Lazimir es adoptado por una mayoría de votos abrumadora. El presidente propone que el Comité militar revolucionario empiece a funcionar a partir del día siguiente. Se acaba de dar otro paso adelante.[...]

La lucha en torno a la guarnición se entretejía con la lucha por el Congreso de los soviets. Sólo cuatro o cinco días faltaban ya para la fecha primitivamente señalada. Esperábase que el «golpe» se produciría con ocasión del Congreso. Se suponía que, al igual que durante las jornadas de julio, el movimiento se desarrollaría en forma de manifestación armada de las masas, acompañada de refriegas callejeras. [...]

En estos últimos días -dice Trotsky, al final de la sesión nocturna del Soviet- la prensa aparece llena de anuncios, rumores y artículos referentes a la inminencia de la acción... Las decisiones del Soviet de Petrogrado se publican para conocimiento de todos. El Soviet es una institución electiva y... no puede tomar decisiones que no sean conocidas de los obreros y soldados... En nombre del Soviet declaro que no hemos señalado ninguna acción armada. Pero si el Soviet, por la marcha de las cosas, se viera obligado a hacerlo, los obreros y soldados entrarían en acción a su llamamiento, como un solo hombre... Se dice que he firmado una orden de entrega de 5.000 fusiles... Sí, la he firmado... El Soviet seguirá en lo sucesivo organizando y armando la guardia obrera.

Los delegados comprendieron que la batalla estaba cerca, pero que no se daría la señal sin ellos y sin contar con ellos.

Sin embargo, a más de la explicación o de la aclaración tranquilizadora, las masas tenían necesidad de una perspectiva revolucionaria clara.

El orador reduce a una sola las dos cuestiones: la retirada de la guarnición y el próximo Congreso de los soviets.

Tenemos un conflicto con el gobierno, que puede adquirir un carácter extremadamente agudo... No permitiremos... que se prive a Petrogrado de su guarnición revolucionaria.

Este conflicto está a su vez subordinado a otro conflicto inminente.

La burguesía sabe que el Soviet de Petrogrado propondrá al Congreso de los soviets que tome el poder en sus manos... En previsión de la lucha inevitable, las clases burguesas intentan desarmar a Petrogrado.

Por primera vez se pone en este discurso al descubierto, de un modo completamente definido, el nudo político del golpe que se prepara: nos disponemos a tomar el poder, tenemos necesidad de la guarnición, y no la cederemos.

A la primera tentativa de la contrarrevolución para disolver el Congreso, responderemos con un contraataque que será implacable y que llevaremos hasta sus últimas consecuencias.

Esta vez la declaración decidida en favor de la acción política termina asimismo con la fórmula de la defensa militar.[...]

El Soviet es suficientemente poderoso para proclamar abiertamente el programa de cambio de régimen e incluso para señalar la fecha de su realización. Al mismo tiempo, hasta el día señalado por él mismo para la victoria completa, se muestra impotente en millares de grandes y pequeñas cuestiones. Kerenski, reducido ya a cero, políticamente, sigue publicando decretos en el palacio de Invierno. Lenin, inspirador del movimiento irresistible de las masas, se oculta en la clandestinidad, y el ministro de Justicia, Maliantovich, da orden nuevamente, en esos días, al fiscal para que decrete la detención de Lenin. Aun en el Smolni, en su propio territorio, parece como si el omnipotente Soviet de Petrogrado viviese puramente de misericordia. La administración del edificio, la caja, el servicio de expedición, los automóviles, los teléfonos, todo se halla aún en manos del Comité central ejecutivo, que, por su parte, sí se sostiene todavía, no es más que por inercia. [...]

No sólo no quiso limitarse el Soviet a desmentir formalmente los rumores relativos a la insurrección, sino que anunció abiertamente para el día 22 una revista de sus fuerzas, pero no en forma de manifestaciones en las calles, sino de mítines en las fábricas, en los cuarteles, en todos los grandes locales de la capital.

El soviet y el Comité Militar se organizan contra provocadores, aseguran el Smolni, redoblan la propaganda en las guarniciones cosacas. Ambos bandos pasan revista a sus fuerzas, pulsan el nervio de sus bases sociales. El soviet mediante asambleas, el gobierno mediante reuniones de mandos.

Para el proletariado la discusión franca, abierta y por tanto pública es fundamental.

Derribar el antiguo poder es una cosa. Otra diferente es adueñarse de él. En una revolución, la burguesía puede tomar el poder, no porque sea revolucionaria, sino porque es la burguesía: tiene en sus manos la propiedad, la instrucción, la prensa, una red de puntos de apoyo, una jerarquía de instituciones. En muy diferente situación se encuentra el proletariado: desprovisto de los privilegios sociales que existen en su exterior, el proletariado insurrecto sólo puede contar con su propio número, su cohesión, sus cuadros, su Estado Mayor.

Del mismo modo que un herrero no puede tomar con su mano desnuda un hierro candente, el proletariado tampoco puede conquistar el poder con las manos vacías: le es necesaria una organización apropiada para esta tarea.[...]

La organización con la que el proletariado pudo no sólo derribar el antiguo régimen, sino también sustituirlo, es el soviet. Lo que más adelante se convirtió en el resultado de la experiencia histórica, hasta la insurrección de Octubre, no era más que un pronóstico teórico, aunque se apoyaba, es cierto, sobre la experiencia previa de 1905. Los soviets son los órganos de preparación de las masas para la insurrección, los órganos de la insurrección y, después de la victoria, los órganos del poder.

Sin embargo, los soviets no resuelven por sí mismos la cuestión. Según su programa y dirección, pueden servir para diversos fines. El partido es quien da a los soviets el programa. Si en una situación revolucionaria -y fuera de ella son generalmente imposibles- los soviets engloban a toda la clase, a excepción de las capas completamente atrasadas, pasivas o desmoralizadas, el partido revolucionario está a la cabeza de la clase. El problema de la conquista del poder sólo puede ser resuelto por la combinación del partido con los soviets, o con otras organizaciones de masas más o menos equivalentes a los soviets.

Porque quien dice partido dice dirección, orientación centralizada y claridad de los objetivos políticos de la acción masas. No se puede oponer la dirección, el partido, a la clase, presentando la alternativa «dirección de partido o auto-organización». Porque el partido es una parte y un momento esencial de la auto-organización de la clase. Hacerlo sería simplemente decir que es mejor que la parte más consciente de la clase, la que tiene un programa más claro, no debe organizarse ni centralizar su actividad. Y eso, al final, es lo mismo que negar que la revolución haga conscientes sus objetivos, porque la dirección no existe en el mundo de las ideas: o tiene una realidad organizativa... o deja de existir como factor material en el desarrollo de los acontecimientos y de la consciencia que le siguen. No es por capricho que el objetivo primario y confeso de la burguesía en todo el proceso de la revolución rusa de abril a octubre fuera desbandar a los bolcheviques y detener -o asesinar- a sus dirigentes a todos los niveles, desde las fábricas y los barrios al comité central.

El contraste de la Revolución española es esclarecedor. Fue capaz de llegar mucho más lejos contra el capital simplemente porque no era una revolución permanente, sino una revolución proletaria. Al acompañar la revolución proletaria en el campo a la insurrección masiva de los trabajadores de las ciudades, la relación capital-trabajo asalariado desapareció o se subvirtió en amplias regiones. Y la insurrección misma no solo derrotó al golpe militar, desbarató en todo el país al estado republicano, lo tornó aparente y factualmente irrelevante... pero el proletariado, auto-organizado en mil comités dispersos y milicias armadas unidas solo por el entusiasmo común, fue sin embargo incapaz de finiquitarlo. Y eso en una revolución significa ser finiquitado y masacrado. Muchas son las causas por las que el proletariado español fue incapaz de entender que necesitaba centralizar sus organizaciones unitarias -los comités y milicias- y acabar con el estado republicano en el territorio que la revolución controlaba. No tiene sentido desgranarlas aquí, pero fue clave que la mayor parte de los trabajadores más conscientes y decididos siguieran apegados al apoliticismo y el anticentralismo de la tradición anarquista. Los revolucionarios nunca consiguieron convertirse en dirección efectiva, ni siquiera impulsar un verdadero proceso de organización de la clase como tal, equivalente al Congreso Panruso de los Soviets. La imposibilidad de organización de los revolucionarios en partido y de la clase en una organización unitaria capaz de destruir el estado burgués son la misma cosa.

El proceso de preparación de la revolución consiste en que las tareas objetivas, producto de las contradicciones económicas y de clase, logran abrirse un camino en la conciencia de las masas humanas, modifican aspectos y crean nuevas relaciones entre las fuerzas políticas.

Como resultado de su incapacidad manifiesta para sacar al país del callejón, las clases dirigentes pierden fe en sí mismas, los viejos partidos se descomponen, se produce una lucha encarnizada entre grupos y camarillas y se centran todas las esperanzas en un milagro o en un taumaturgo. Todo esto constituye una de las premisas políticas de la insurrección, extremadamente importante aunque pasiva.

La nueva conciencia política de la clase revolucionaria, que constituye la principal premisa táctica de la insurrección, se manifiesta por una furiosa hostilidad al orden establecido y por la intención de realizar los esfuerzos más heroicos y estar dispuesta a tener víctimas para arrastrar al país a un camino de rehabilitación.

Los dos campos principales, los grandes propietarios y el proletariado, no representan, sin embargo, la totalidad de la nación. Entre ellos se insertan las amplias capas de la pequeña burguesía, que recorren toda la gama del prisma económico y político. El descontento de las capas intermedias, sus desilusiones ante la política de la clase dirigente, su impaciencia y su rebeldía, su disposición a apoyar la iniciativa audazmente revolucionaria del proletariado, constituyen la tercera condición política de la insurrección, en parte pasiva en la medida que neutralice a los estratos superiores de la pequeña burguesía, y en parte activa en la medida que empuje a los sectores más pobres a luchar directamente codo a codo con los obreros.

La reciprocidad condicional de esas premisas es evidente: cuanto más resuelta y firmemente actúe el proletariado y, por tanto, mayores sean sus posibilidades de arrastrar a las capas intermedias, tanto más aislada quedará la clase dominante y más se acentuará su desmoralización. Y, en cambio, la disgregación de los grupos dirigentes lleva agua al molino de la clase revolucionaria.

El proletariado sólo puede adquirir esa confianza en sus propias fuerzas -indispensable para la revolución- cuando descubre ante él una clara perspectiva, cuando tiene la posibilidad de verificar activamente la relación de fuerzas que cambia a su favor y cuando se siente dirigido por una dirección perspicaz, firme y audaz. Esto nos conduce a la condición, última en su enumeración pero no en su importancia, de la conquista del poder: al partido revolucionario como vanguardia estrechamente única y templada de la clase.

Gracias a una combinación favorable de las condiciones históricas, tanto internas como internacionales, el proletariado ruso tuvo a su cabeza un partido excepcionalmente dotado de una claridad política y de un temple revolucionario sin igual: únicamente esto permitió a una clase joven y poco numerosa cumplir una tarea histórica de gran envergadura. En general, como lo atestigua la historia -la Comuna de París, las revoluciones alemana y austríaca de 1918, los soviets de Hungría y de Baviera, la revolución italiana de 1919, la crisis alemana de 1923, la revolución china de los años 1925-1927, la revolución española de 1931-, el eslabón más débil en la cadena de las condiciones ha sido hasta ahora el del partido: lo más difícil para la clase obrera consiste en crear una organización revolucionaria que esté a la altura de sus tareas históricas. En los países más antiguos y más civilizados, hay fuerzas considerables que trabajan para debilitar y descomponer la vanguardia revolucionaria. Una importante parte de este trabajo se ve en la lucha de la socialdemocracia contra el «blanquismo», denominación bajo la cual se hace figurar la esencia revolucionaria del marxismo.

Por numerosas que hayan sido las grandes crisis sociales y políticas, la coincidencia de todas las condiciones indispensables para una insurrección proletaria victoriosa y estable no se ha visto hasta ahora en la historia más que una sola vez: en octubre de 1917, en Rusia. Una situación revolucionaria no es eterna. De todas las premisas de una insurrección, la más inestable es el estado de ánimo de la pequeña burguesía. En los momentos de crisis nacionales, la pequeña burguesía sigue a la clase que, no sólo por la palabra sino por la acción, le inspira confianza. Capaz de fuertes impulsos, e incluso de delirios revolucionarios, la pequeña burguesía no tiene resistencia, pierde fácilmente el valor en caso de fracaso y sus ardientes esperanzas se transforman en desilusiones. Son precisamente los violentos y rápidos cambios de su estado de ánimo los que dan esa inestabilidad a cada situación revolucionaria. Si el partido proletario no es lo suficientemente resuelto como para transformar a tiempo la expectativa y las esperanzas de las masas populares en una acción revolucionaria, el flujo será pronto reemplazado por un reflujo: las capas intermedias apartarán su mirada de la revolución y buscarán su salvación en el campo opuesto. Así como en la marea ascendente el proletariado arrastra con él a la pequeña burguesía, en el momento del reflujo la pequeña burguesía arrastra consigo a importantes capas del proletariado. Tal es la dialéctica de las olas comunistas y fascistas en la evolución política de la Europa de posguerra.

La insurrección

Las insurrecciones exitosas reflejan más que imponen cambios en las correlaciones de fuerzas. El verdadero esfuerzo revolucionario lo hace el proletariado ruso de finales de julio a octubre. La insurrección lo consagra. Pero es tan potente y profundo el cambio desde febrero que la burguesía y las clases dominantes no tienen ya fuerzas reales que oponer.

La fuerza social del otro campo estaba constituida por las clases dominantes. Ello determinaba su debilidad militar. ¿Cuánto y dónde se habían batido los importantes personajes del capital, de la prensa, de las cátedras universitarias? Tenían la costumbre de informarse por teléfono o telégrafo del resultado de los combates en los que se decidió su propia suerte. ¿La joven generación, los hijos, los estudiantes? Casi todos eran hostiles a la insurrección de Octubre. Pero la mayor parte de ellos, como sus padres, esperaban a distancia el resultado de los combates. Una parte se adhirió más tarde a los oficiales y a los junkers, que ya antes eran reclutados en gran parte entre los estudiantes. Los propietarios no tenían al pueblo con ellos, Los obreros, soldados y campesinos se habían vuelto contra ellos. El derrumbe de los partidos conciliadores mostraba que las clases dominantes se habían quedado sin ejército. [...]

Las patrullas, los automóviles blindados, los destacamentos de obreros armados, las instituciones ocupadas, todo atestiguaba por modo fehaciente que «la cosa había empezado». Pero resultaba que los acontecimientos se desarrollaban de un modo completamente distinto del que se esperaba. Las calles centrales no habían sido invadidas por centenares de miles de obreros de los suburbios. No había choques entre los obreros y las tropas. No había combates. La población empezó a salir a la calle. De atardecida, la alarma era menor en la vía pública que en los días precedentes. La ocupación de las instituciones gubernamentales había terminado. Pero muchas tiendas seguían abiertas: algunas habían cerrado, pero más por prudencia que por necesidad. ¿Dónde estaba la insurrección? Lo que estaba ocurriendo era, sencillamente, el relevo de los centinelas de Febrero por los de Octubre.[...]

A las dos y treinta y cinco minutos de la tarde -los periodistas extranjeros miraban el reloj; los rusos no tenían tiempo para ello- se abrió la sesión extraordinaria del Soviet de Petrogrado con un informe de Trotsky, el cual anunció, en nombre del Comité militar revolucionario, que el gobierno provisional había dejado de existir.

Se nos decía que la insurrección ahogaría a la revolución en torrentes de sangre... No sabemos que haya habido ni una sola víctima.

La historia no conoce un ejemplo de movimiento revolucionario en que intervinieran masas tan inmensas y que transcurriera de un modo tan incruento.

El palacio de Invierno no ha sido ocupado aún, pero su suerte estará decidida dentro de breves minutos.

Las doce horas siguientes pondrán de manifiesto que esta predicción pecaba de optimista.

Trotsky comunica: desde el frente mandan fuerzas contra Petrogrado; es necesario enviar inmediatamente comisarios del Soviet al frente, y a todo el país, para dar cuenta de la revolución efectuada. Del escaso sector de la derecha surgen algunas voces:

¡Está usted adelantándose a la voluntad del Congreso de los soviets!

El ponente contesta:

La voluntad del Congreso está predeterminada por el inmenso hecho de la insurrección de los obreros y soldados de Petrogrado. Ahora, lo único que debemos hacer es desarrollar nuestra victoria.

El autor del presente libro escribe en su autobiografía:

Cuando di cuenta del cambio de régimen llevado a cabo durante la noche, reinó por espacio de algunos segundos un silencio tenso... Al entusiasmo irrazonable sucedió la reflexión inquieta. En esto se puso asimismo de manifiesto el certero instinto histórico de los reunidos. Todavía podían esperarnos la resistencia encarnizada del viejo mundo, la lucha, el hambre, el frío, la ruina, la sangre, la muerte. ¿Venceremos?, se preguntaban muchos mentalmente. De ahí el minuto de reflexión inquieta. ¡Venceremos!, contestaban todos. Los nuevos peligros aparecían en una lejana perspectiva. Pero en aquel instante teníamos la sensación de una gran victoria, y esta sensación, que hervía en la sangre, se expansionó en la tempestuosa ovación que se tributó a Lenin cuando, al cabo de casi cuatro meses de ausencia, apareció por primera vez en esta asamblea.

En su discurso, Lenin trazó brevemente el programa de la revolución: destruir el viejo aparato estatal; crear un nuevo sistema administrativo a través de los soviets; tomar medidas para la terminación inmediata de la guerra, apoyándose en el movimiento revolucionario de los demás países; abolir la gran propiedad agraria y conquistar con ello la confianza de los campesinos; instituir el control obrero de la producción.

La tercera revolución rusa debe conducir, en fin de cuentas, a la victoria del socialismo.

El IIº Congreso Panruso de los Soviets

Mientras los rojos cercaban el Palacio de Invierno, se reunía el Soviet de Petrogrado. Lenin sale de la sombra. Lenin y Trotski anuncian la toma del poder. Los Soviets van a ofrecer una paz justa a todos los paíeses; se harán públicos los textos de los tratados secretos. Las primeras palabras de Lenin subrayan la importancia que tiene la unión de los obreros y de los campesinos, unión que no se ha sellado todavía.

El congreso panruso de los Soviets no se abre hasta la noche, en el gran salón de actos de Smolny, cuya total blancura resplandece con los raudales de luz que brotan de las enormes arañas. Se hallan presentes quinientos sesenta y dos delegados: trescientos ochenta y dos son socialdemócratas bolcheviques, treinta y uno independientes, pero simpatizantes con los bolcheviques; setenta socialistas-revolucionarios de izquierda, treinta y seis socialistas-revolucionarios del centro, diez y seis socialistas-revolucionarios de derecha, tres socialistas-revolucionarios nacionales, quince socialdemócratas internacionalistas unidos, veintiún socialdemócratas mencheviques partidarios de la defensa nacional, siete delegados socialdemócratas de las organizaciones nacionales y cinco anarquistas. Sala rebosante, febril. El menchevique Dan abre el congreso en nombre del anterior Comité Ejecutivo panruso; mientras se procede a elegir la mesa truena el cañón sobre el Neva. La resistencia del Palacio de Invierno está en los últimos estertores. Kamenev, «alegre y como endomingado»,48 sustituye a Dan en la presidencia. Presenta un orden del día dividido en tres puntos:

  1. Organización del poder;
  2. La guerra y la paz;
  3. Asamblea constituyente.

En los comienzos de la sesión actúan los partidos de la oposición menchevique y socialistas-revolucionarios. Habla en nombre de los primeros Martov, el líder más honrado y de mayores capacidades, cuya extremada debilidad física parecía denotar, no obstante toda su energía, el debilitamiento de la idea a cuyo servicio se había consagrado.

Martov, con la mano apoyada en la cadera, postura habitual en él, una mano temblorosa, exangüe, con su silueta retorcida y extravagante, moviendo de un lado a otro su cabeza desgreñada, exige que se dé al conflicto una solución pacífica...

¡A buena hora! Mstislavski toma la palabra en nombre de los socialistas-revolucionarios de izquierda. Su partido sentía desprecio por el gobierno provisional, estaba en favor de que los Soviets se hiciesen cargo del poder, pero había rehusado intervenir en el golpe de fuerza. Todo su discurso está lleno de matices. Que los Soviets asuman todo el poder, ¡desde luego!, tanto más que se trata de un hecho consumado. Pero que cesen en el acto las operaciones militares. ¿Cómo van a deliberar entre el estampido de los cañones? A lo cual replica Trotski con vivacidad:

Pero ¿hay alguien a quien le moleste el ruido del cañón? ¡Todo lo contrario, se trabaja mejor!

Los cañonazos hacen retemblar los cristales. Y he aquí que cuando mencheviques y socialistas-revolucionarios de derecha denuncian «el crimen que se está cometiendo contra la Patria y la Revolución», aparece en la tribuna, para contestarles, un marino del Aurora:

Figura de bronce -relata Mstislavski-, además sobrio, agresivo, sin titubeos, palabra que corta el aire como un cuchillo, de los que no se paran en barras, así era aquel hombre.

Apenas se irguió en la tribuna, ágil y macizo, con el pecho velludo encuadrado bajo un cuello marinero que ondulaba con gracia alrededor de su cabeza crespa, cuando toda la sala estalló en aclamaciones.

Se acabó el Palacio de Invierno -dijo-. El Aurora hace fuego casi a bocajarro.

«¡Oh!» -gimió a sus pies el menchevique Abramovich, con la mirada extraviada y retorciéndose las manos. Y el hombre del Aurora, contestando a aquella lamentación, con gesto magnánimo, pero de una inimitable desenvoltura, le tranquilizó con voz confidencial que vibraba con una risa interior:

Tiran con pólvora sola. No se necesita más para asustar a los ministros y a las mujeres del batallón escogido.

Se produce un tumulto. Los mencheviques de la defensa nacional y los socialistas-revolucionarios de derecha marchan a «morir con el gobierno provisional». Pero no fueron muy lejos. Su pequeña comitiva encontró las calles cortadas por los guardias rojos y se fue disgregando por sí misma... Era ya noche avanzada cuando los socialistas-revolucionarios de izquierda se resolvieron a «seguir» a los bolcheviques y a permanecer en el congreso.

Lenin no subió a la tribuna hasta la sesión del día 26, en que se votaron los grandes decretos acerca de las tierras, la paz y el control obrero de la producción. No bien apareció, le envolvió una aclamación inmensa. Esperó tranquilo a que terminase, paseando la mirada por aquella multitud victoriosa. Y luego, apoyando ambas manos en el pupitre, sus anchos hombros ligeramente inclinados hacia el auditorio, con sencillez, sin un ademán, dijo:

Damos comienzo a la tarea de construir la sociedad socialista.

Victor Serge, «El año I de la Revolución rusa»

Una victoria pírrica en una fortaleza asediada

La idea de que el estado obrero nacido de la revolución pudiera tener opciones a crear una economía socialista había sido, durante los primeros años de la revolución, una ilusión más o menos frecuente en algunos sectores del proletariado y, seguramente, fuera de Rusia, pero desde luego no entre los bolcheviques y sus dirigentes.

Ningún comunista ha negado tampoco, a mi parecer, que la expresión «República Socialista Soviética» significa la decisión del Poder soviético de llevar a cabo la transición al socialismo; mas en modo alguno el reconocimiento de que el nuevo régimen económico es socialista.

Lenin. La tarea principal de nuestros días, 1918

Porque la realidad es que el poder de los soviets tuvo que enfrentarse desde el primer momento a la guerra civil y la invasión de potencias extranjeras. Perdiendo en cada momento más bases económicas y siendo cada vez más dependientes de una revolución mundial que, aun destellando, no alcanzó el triunfo en ningún otro lugar, la única opción era ganar tiempo y para ello ganar la guerra, aunque para ello hubiera que organizarse «como un cuartel» en lo que se llamó popularmente «comunismo de guerra». E igual que el «comunismo de guerra» no fue visto más que como una imposición de las circunstancias, el fin de la guerra civil y la ocupación de las potencias no se percibieron como un triunfo sino como solo una derrota evitada, pues la desolación y el aislamiento en la que quedó el país obligaba, tras ella, a un nuevo pacto con la pequeña burguesía, la NEP («Nueva Política Económica»).

¿Quien puede sorprenderse de que Rusia, este campo de batalla y plaza fuerte asediados, haya tenido que vivir como un cuartel? Mientras los soldados de la revolución sufrían hambre y miseria, ¿podían éstos dejar la másp pequeña parcela de poder, algún privilegio, a la clase que, con la ayuda de la Entente, los bombardeaba sin cesar? Las necesidades de la guerra, las necesidades de la lucha se transformaron en la mente de las masas, en religión del comunismo. Y cada una de nuestras medidas, incluso cuando servíann fines muy limitados y transitorios, fue integrada e imbricada en un sistema general del comunismo. (…) ¿Por qué se ha hablado de comunismo? (…) La revolución no solo engendra la frialdad de los razonamientos, sino también las ilusiones que no son «errores», sino que impulsan a la ofensiva, le dan la fuerza y la conducen hasta los objetivos que le han sido asignados históricamente. Sería ridículo negar que hemos cometido muchos errores en la lucha, que hemos llevado una política errónea; de la misma manera que sería ridículo negar que la ideología, convertida en autónoma, no ha transformado muchas veces las medidas provisionales y transitorias en un sistema que influyó a su vez en las medidas y las prolongó más allá de lo necesario. (…)

Hemos vencido al adversario, hemos hecho fracasar sus objetivos y hemos impedido nuestra derrota; de este modo hemos creado las condiciones que permiten intentar concluir un compromiso con él, lo cual es necesario para la reconstrucción del país.

Carlos Radek. Las vías de la Revolución Rusa, 1921

El punto de partida de la NEP no era otro que el reconocimiento de que la guerra había destruido las bases materiales del proletariado ruso, empezando por el intercambio con la gran masa campesina, pequeñoburguesa, de bienes industriales -casi inexistentes ya- por alimentos.

[El sistema de requisas del «comunismo de guerra»] fue originado por la extrema penuria, por la desesperada situación. Ustedes saben que, durante varios años después del triunfo de la revolución obrera en Rusia, tuvimos que hacer frente a la guerra civil, después de la guerra imperialista, y ahora se puede decir sin sin exageración que entre todos los países que fueron arrastrados a la guerra imperialista incluso aquellos que más padecieron porque se luchó en su territorio, Rusia fue la que más sufrió, por cuanto tras una guerra imperialista de cuatro años soportamos tres años de guerra civil que trajo más estragos, destrucciones y empeoramiento de las condiciones de producción que cualquier guerra externa, porque se libró en el centro del Estado. Esta terrible devastación es la causa fundamental por la cual al principio, durante la guerra -especialmente cuando la guerra civil nos aisló de regiones cerealistas como Siberia, el Cáucaso y todo Ucrania, y de nuestras fuentes de carbón y petróleo, y redujo la posibilidad de obtener otros tipos de combustible-, solo hayamos podido sostenernos, en una fortaleza asediada mediante el sistema de contingentación, o sea, requisando todos los excedentes a los campesinos, tomando a veces no solo los excedentes sino también una parte de lo que el campesino necesitaba, a fin de mantener la capacidad combativa del ejército e impedir el desmoronamiento total de la industria.(…)

Jamás la clase obrera padeció tal subalimentación, tal hambre como en los primeros años de su dictadura. (…) No se podía pensar en restablecer la industria sin asegurar un mínimo de víveres y de combustible. Conservar los restos de la industria para que los obreros no acabaran de dispersarse y mantener el ejército: esta era la tarea que nos planteábamos.

Lenin. Informe sobre el impuesto en especie, 9 de abril de 1921.

En ese panorama desolador, en el que la industria, y con ella la clase obrera que había hecho la revolución ha desaparecido no es en absoluto negado ni exagerado. Es aceptado como parte de una situación históricamente anómala que se mantiene en la esperanza de que un cambio de las condiciones externas.

Ustedes saben mejor que nadie, porque lo observan en la vida diaria, lo que nos ha quedado de nuestra gran industria, que ya de por sí era débil. Por ejemplo, en la cuenca del Donets, base fundamental de nuestra gran industria, ha habido tantas destrucciones en la guerra civil y han pasado por el poder tantos gobiernos imperialistas (¡Cuantos no habrá conocido Ucrania!) que de nuestra gran industria no quedan mas que restos insignificantes. (…)

Existiendo la gran industria a escala mundial, es indudable que se puede pasar directamente al socialismo, cosa que nadie podrá negar, como tampoco negará que esta gran industria o bien se congestiona y da lugar al paro forzoso en los países vencedores más prósperos y ricos, o bien no hará sino fabricar proyectiles para el exterminio de seres humanos. Y si en nuestro país, dadas las condiciones de atraso en que estábamos, al hacer la revolución, no existe hoy el necesario desarrollo industrial, ¿qué debemos hacer? ¿Renunciar al camino emprendido? ¿Desanimarnos? No. Emprenderemos una labor ímproba, porque el camino iniciado es certero. Indudablemente, el camino de la alianza de las masas popullares es el único que conduce a que el trabajo de los campesinos y el de los obreros sea un trabajo para ellos mismos y no para los explotadores. Mas, para llegar a esto en nuestra situación, necesitamos entablar las únicas relaciones económicas posibles: las relaciones a través de la economía.

Esa es la causa de nuestro repliegue. Esa es la razón de que debamos replegarnos hacia el capitalismo de Estado, hacia la explotación de empresas en régimen de concesión, hacia el comercio. Sin eso, dado el actual estado de ruina, no podremos restablecer los debidos nexos con el campesinado. (…) Una tal política está dictada por nuestro estado de miseria y de ruina y por el tremendo debilitamiento de nuestra gran industria. (…)

En vez de eso, lo que se hace es escribir flamantes resoluciones sobre las materias primas y decir que somos los representantes del Partido Comunista, de los sindicatos, del proletariado. Perdonen que les diga: ¿Qué es el proletariado? Es la clase ocupada en la gran industria. ¿Y dónde está la gran industria? ¿Qué proletariado es este? ¿Dónde está su industria? ¿Por qué está paralizada? ¿Por qué no hay materias primas? ¿Pero han sabido conseguirlas? No. Escriban resoluciones para conseguirlas y harán el ridículo.

Lenin. Informe de gestión al IX Congreso de los Soviets de toda Rusia, diciembre 1921.

Lenin se dirige en este último párrafo a los sindicalistas del partido, a los que acusa de hablar en nombre de una clase realmente inexistente en ese momento. El debate viene de tan solo unos meses antes. Tras acabar la guerra civil, a principios de marzo, hay una ola de huelgas en las fábricas de Petrogrado. Es cierto que los trabajadores que quedan en esa magra industria ya no son los que hicieron Octubre, sino campesinos migrados a la ciudad por las destrucciones de la guerra, igual que en ejército y en buena medida en los nuevos miembros de un partido que ha multiplicado su militancia de 114.000 afiliados en 1918 a casi seis millones en 1920 -más que el número total de proletarios en Rusia 1917- absorbiendo de paso a miles de cuadros «expertos» provenientes de la burguesía y la pequeña burguesía urbana.

En esas condiciones el Partido celebra su X Congreso donde la «oposición obrera» presentará sus tesis. Tesis que eran en muchas de sus respuestas toscamente «obreristas» pero que en sus cuestionamientos señalaban los problemas reales que la larga y devastadora guerra había dejado instalados en los soviets, el propio partido y por supuesto las fábricas, de cuya destrucción y sus resultados -la dispersión o disolución de buena parte del proletariado- se parte como base en todo el argumento.

Teniendo en cuenta el hundimiento total de nuestras industrias, respetando el sistema capitalista de producción (remuneración del trabajo con dinero, escala de salarios según el trabajo realizado) los dirigentes del partido, desconfiando de las capacidades creadoras de las colectividades obreras, buscan la salvación para salir del caos industrial, pero ¿dónde? Entre los discípulos de los antiguos hombres de negocios, técnicos, burgueses capitalistas cuyas capacidades creadoras en la producción están sometidas a la rutina, a las costumbres y a los métodos de la producción y de la economía capitalistas. Son ellos los que introducen la idea, ridículamente ingenua, de que es posible construir el comunismo por medios burocráticos. Son ellos los que “decretan” dónde es necesario ahora crear e impulsar la investigación.

Cuanto más se desvanece el frente militar ante el frente económico, más urgentes se hacen nuestras necesidades, más se acrecienta la influencia de este grupo que no es sólo intrínsecamente extraño al comunismo, sino absolutamente incapaz de desarrollar las cualidades necesarias para la introducción de nuevas formas de organización del trabajo, de nuevas motivaciones para aumentar la producción, de nuevas maneras de afrontar la producción y la distribución. Todos estos técnicos, hombres prácticos, experimentados en los negocios, que aparecen ahora en la superficie de la vida soviética, presionan a los dirigentes de nuestro Partido en el interior de las instituciones soviéticas por la influencia que ejercen en la política económica. (…)

No puede haber actividad autónoma sin libertad de pensamiento y de opinión, pues la actividad autónoma no se expresa sólo en la acción y el trabajo, sino también en el pensamiento independiente. No damos ninguna libertad a la actividad de la clase, tenemos miedo de la crítica, hemos dejado de apoyarnos en las masas. Por eso está entre nosotros la burocracia. Por eso la Oposición obrera considera que la burocracia es nuestro enemigo, nuestra peste y el peligro más grave para la existencia futura del Partido comunista mismo. Para expulsar la burocracia que se alberga en las instituciones soviéticas, es necesario desembarazarse primero de la burocracia en el Partido mismo. Es ahí donde debemos afrontar la lucha inmediata contra el sistema. Desde el momento en que el Partido, no en teoría sino prácticamente, reconozca que la actividad autónoma de las masas es la base de nuestro estado, entonces las instituciones soviéticas volverán a ser automáticamente esas instituciones vivas encargadas de aplicar el programa comunista y dejarán de ser las instituciones del papeleo, los laboratorios de decretos nacidos muertos en que han degenerado muy rápido.

Alejandra Kollontai. Documento presentado al X Congreso del Partido Comunista (bolchevique), 1921

Mientras está celebrándose el Congreso van llegando a los delegados los rumores y las noticias de las huelgas de la insurrección de los marinos de la base naval de Kronstadt, un símbolo de las revoluciones del 17. La prensa de los soviets, los sindicatos y el partido, poniendo la lógica propia de un periodo de guerra por encima de la de los comunistas frente a la clase, intentan ocultar y difuminar lo que está pasando. Como consecuencia los rumores se esparcen y empeoran la situación. Kronstadt se radicaliza y de la solidaridad con los huelguistas, a los que cree brutalmente reprimidos, pasa a reivindicar elecciones a los soviets y libertad de propaganda para todos los grupos obreros -libertad que también había sido prohibida durante la guerra, convirtiendo de hecho al Partido Comunista en el único legal.

La verdad se filtraba poco a poco, hora a hora, a través de la cortina de humo de la prensa, literalmente dedicada a la mentira. Y era nuestra prensa, la prensa de nuestra revolución, la primera pren­sa socialista, es decir incorruptible y desinteresada del mundo. Había utilizado antes alguna demagogia, apasionadamente sincera por lo demás, y alguna violencia con respecto a los adversarios. Esto podía ser legítimo, comprensible en todo caso. Ahora mentía sistemáticamente. El Pravda de Leningrado publicó que el comisario ante la flota y el ejército, Kuzmin, que había sido hecho prisionero46 en Kronstadt, había sido apaleado y había escapado apenas a una ejecución sumaria, ordenada por escrito por los contrarrevolucionarios. Yo conocía a Kuzmin, de oficio profesor, soldado enérgico y laborioso, gris de la cabeza a los pies, del uniforme al rostro arrugado. Se «escapó» de Kronstadt y re­gresó a Smolny. «Me cuesta trabajo creer –le dije– que hayan que­rido fusilarlo. ¿Vio usted verdaderamente la orden?» Vaciló, confuso. «¡Oh!, siempre se exagera un poco, hubo algún papel conminatorio…» En resumen, había pasado un buen susto, nada más. Pero mientras Kronstadt sublevado no había vertido una gota de sangre, no había detenido más que a algunos funcionarios comunistas, tratados con miramientos (la gran mayoría de los comunistas, varios centenares, se habían adherido al movimiento, lo cual mostraba bastante la ines­tabilidad de la base del partido), se creaba una leyenda de ejecu­ciones fallidas. Los rumores, en todo ese drama, desempeñaron un papel funesto. Como la prensa oficial ocultaba todo lo que no era éxito y alabanza del régimen y la Cheka actuaba en las tinieblas absolutas, nacían a cada instante rumores desastrosos. A consecuencia de las huelgas de Petrogrado, había corrido el rumor en Kronstadt de que detenían en masa a los huelguistas y de que la tropa intervenía en las fábricas. A grandes rasgos, era falso, aunque la Cheka, como de costumbre, había procedido sin duda a arrestos estúpidos y generalmente de corta duración. Yo veía casi todos los días al secretario del comité de Petrogrado, Serguei Zorin, y sabía cuánto lo inquietaban las perturbaciones, cuán resuelto estaba a no utilizar la represión en los medios obreros, y que la agitación le parecía la única arma eficaz en esas circunstancias: para reforzarla, conseguía vagones de víveres. Me contó riendo que había ido a caer él mismo en un barrio donde los socialistas revolucionarios de derecha lograban hacer gritar a la gente: «¡Viva la Constituyente!» (traducción clara de «¡Muera el bolchevismo!»). «Anuncié –me dijo– la llegada de varios vagones de víveres e invertí la situación en un abrir y cerrar de ojos.» En todo caso la insubordi­nación de Kronstadt comenzó por un movimiento de solidaridad con las huelgas de Petrogrado y gracias a rumores de represión, falsas en conjunto. (…)

Con muchas vacilaciones y una angustia inexpresable, mis amigos comunistas y yo nos pronunciamos finalmente por el partido. He aquí por qué. Kronstadt tenía razón. Kronstadt iniciaba una nueva revolución liberadora, la de la democracia popular. «¡La III revolución!», decían algunos anarquistas atiborrados de ilusiones infantiles. Pero el país estaba completamente agotado, la producción casi detenida, no quedaban ya reservas de ninguna clase, ni siquiera reservas nerviosas en el alma de las masas. El proletariado de elite, formado en las luchas del antiguo régimen, estaba literalmente diezmado. El partido, engrosado por la afluencia de los que se adherían al poder, inspiraba poca confianza. De los otros partidos sólo subsistían cuadros ínfimos, de una capacidad más que dudosa. Podían sin duda reconstituirse en algunas semanas, pero incorporando a millares de amargados, descontentos, exasperados –y ya no como en 1917 entusiastas de la nueva revolución. La demo­cracia soviética carecía de impulsos, de cabezas, de organizaciones y sólo tenía tras de sí masas hambrientas y desesperadas.

La contrarrevolución popular traducía la reivindicación de los sóviets libremente elegidos por la reivindicación de los «sóviets sin comunistas». Si la dictadura bolchevique caía, era a corto plazo el caos, a través del caos el desbordamiento campesino, la matanza de los comunistas, el regreso de los emigrados y finalmente otra dictadura antiproletaria por la fuerza de las cosas. Los cables de Estocolmo y de Tallin mostraban que los emigrados contemplaban las mismas perspec­tivas. Entre paréntesis, esos cables confirmaron a los dirigentes en su voluntad de reducir pronto a Kronstadt, costase lo que costase. No razonábamos en lo abstracto. Sabíamos que había, tan sólo en la Rusia europea, unos cincuenta focos de insurrecciones campesinas. Al sur de Moscú, el instituto socialista-revolucionario de izquierda Antonov, que proclamaba la abolición del régimen soviético y el restablecimiento de la Constituyente, disponía en la región de Tambov de un ejército per­fectamente organizado de varias decenas de millares de campesinos. Había negociado con los Blancos. (Tujachevski redujo a esa Vendea a mediados del año 1921.) En estas condiciones, el partido debía ceder, reconocer que el régimen económico era intolerable, pero no abandonar el poder.

«A pesar de sus faltas y de sus abusos» –escribí–, «el partido bolchevique es en este momento la gran fuerza organizada, inteligente y segura en la que, a pesar de todo, hay que confiar. La revolución no tiene otro andamiaje y no es susceptible de renovarse a fondo».

Víctor Serge. Memorias de un revolucionario, 1951

Pero el Partido en su conjunto, como se verá en el X Congreso, solo entiende a medias la situación. Sigue en la lógica de sitio, de fortaleza sitiada, temeroso ante la contrarrevolución blanca que hasta unas semanas antes y aun en aquellos momento organizaba ejércitos campesinos contra lo que quedaba de proletariado y sus instituciones.

Al mismo tiempo que ponían a los anarquistas fuera de la ley inmediatamente después de la victoria común, la Cheka, a fines del otoño o a principios del invierno, había puesto fuera de la ley a los social-demócratas mencheviques, acusados por ella, en un texto oficial simplemente escandaloso, de «conspirar con el enemigo, organizar el sabotaje de las vías férreas», y otras enormidades de este odioso género. Los dirigentes mismos se ruborizaban de ello; se encogían de hombros: «¡Delirio de la Cheka!», pero no rectificaron nada y se limitaron a prometer a los mencheviques que no habría arrestos y que todo se arreglaría. (…)

A principios de marzo, el Ejército Rojo desencadenó sobre el hielo un ataque contra Kronstadt y la flota. La artillería de los navíos y de los fuertes abrió fuego contra los asaltantes. El hielo se rajó en algunos lugares bajo la infantería que avanzaba por oleadas de asaltos, los hombres revestidos de sudarios blancos. Enormes carámbanos se vol­tearon, arrastrando hacia las ondas negras su carga humana. Comienzo del peor fratricidio.

El X Congreso del partido, reunido entre tanto en Moscú, abolía, a propuesta de Lenin, el régimen de las incautaciones, es decir el «comunismo de guerra», y proclamaba la Nueva Política Económica; ¡todas las reivindicaciones económicas de Kronstadt quedaban satisfechas! El Congreso coartaba así las oposiciones. La Oposición Obrera fue cali­ficada de «desviación anarco-sindicalista incompatible con el partido», aunque no tuviese nada que ver con el anarquismo y reclamase únicamente la administración de la producción por los sindicatos (un gran paso hacia la democracia obrera). El Congreso movilizó a sus miembros –y entre ellos a muchos opositores– para la batalla contra Kronstadt. El ex marino de Kronstadt Dybenko, de extrema izquierda, y el líder del grupo de la «centralización democrática», Bubnov, escri­tor y soldado, vinieron a pelear sobre el hielo contra unos insurgentes a los que en su fuero interno daban la razón. Tujachevski preparaba el asalto final. Lenin, en esas jornadas negras, dijo textualmente a uno de mis amigos: «Esto es Termidor. Pero no nos dejaremos guillotinar. Haremos nuestro Termidor nosotros mismos».

Víctor Serge. Memorias de un revolucionario, 1951

Kronstadt no fue la contrarrevolución como siguen clamando los anarquistas… pero si la constatación de que la guerra civil, producto exclusivo de la reacción y el imperialismo, se había cobrado una baja importantísima: la democracia soviética. Solo el partido quedaba como garante del estado obrero ruso, en espera de una extensión de la revolución mundial, pero el mismo partido había quedado malherido por la guerra y sobre todo por la debilidad general de una clase obrera en práctica desbandada industrial.

Una idea que era reiterativa en las plataformas de las fracciones que se acababan de prohibir y que buscaban renovar la base de clase del Partido impulsando cosas tan básicas como la elección democrática de los cargos.

Cuanto más fuerte se hace la autoridad soviética, mayor es el número de elementos de la clase media, a veces incluso abiertamente hostil, que se unen al Partido. La eliminación de estos elementos debe ser completa (…)

La Oposición obrera propone registrar todos los miembros que no son obreros y que se han unido al Partido después de 1919, y reservarles el derecho de recurrir en un plazo de tres meses contra las decisiones que se tomen, de manera que puedan volver al Partido. (…)

El Partido debe volver al principio de la elegibilidad de los responsables. Los nombramientos no deben tolerarse más que a título de excepción; recientemente han comenzado a convertirse en la regla. El nombramiento de los responsables es una característica de la burocracia; sin embargo, actualmente esta práctica es general, legal, cotidiana, reconocida. El procedimiento de nombramiento crea una atmósfera malsana en el Partido y destruye la relación de igualdad entre sus miembros por la recompensa de los amigos y el castigo de los enemigos, así como también por otras prácticas no menos dañinas en la vida del Partido y de los Soviets. El principio del nombramiento disminuye el sentido del deber y la responsabilidad ante las masas. Los que son nombrados no son responsables ante las masas, lo que agrava la división entre los dirigentes y los militantes de base. De hecho, toda persona nombrada está por encima de todo control, pues los dirigentes no pueden vigilar en detalle su actividad, mientras que las masas no pueden pedirle cuentas y revocarlo, si fuese necesario. Como regla, todo responsable nombrado se rodea de una atmósfera de oficialidad, de servilismo, de subordinación ciega que infecta a todos los subordinados y desacredita al Partido. La práctica de los nombramientos se opone completamente al principio del trabajo colectivo; alimenta la irresponsabilidad. Es necesario, pues, acabar con los nombramientos por los dirigentes y volver al principio de la elegibilidad en todos los niveles del Partido. Sólo las conferencias y los Congresos deben elegir los candidatos que puedan ocupar puestos administrativos responsables.

Alejandra Kollontai. Documento presentado al X Congreso del Partido Comunista (bolchevique), 1921

Pero si resultaban claras y razonables muchas de las quejas de Kronstadt y de hecho eran compartidas por muchos en el Partido, el paso a revuelta y el horizonte que abría una posible derrota bolchevique tras cuatro años de guerra civil y con un proletariado desarticulado y desbandado por la propia guerra exigía poner fin cuanto antes a la revuelta. Aunque las formas y alcance de la represión dejaran ver las propias derivas y carencias del estado obrero y del Partido en el nuevo marco posbélico.

Había que terminar antes del deshielo. El asalto final fue desencadenado por Tujachevski el 17 de marzo y terminado por una audaz victoria sobre el hielo. No disponiendo de buenos oficiales, los marinos de Kronstadt no supieron utilizar su artillería (había sin duda entre ellos un ex oficial llamado Kozlovski, pero no hacía gran cosa y no ejercía ninguna autoridad). Una parte de los rebeldes pasó a Finlandia. Otros se defendieron con encarnizamiento, de fuerte en fuerte y de calle en calle. Se dejaban fusilar gritando «¡Viva la revolución mundial!». Hubo algunos que murieron gritando: «¡Viva la Internacional Comunista!». Centenares de prisioneros fueron traídos a Petrogrado y entregados a la Cheka que, meses más tarde, los fusilaba todavía por pequeños paque­tes, estúpidamente, criminalmente. Esos vencidos pertenecían en cuerpo y alma a la revolución, habían expresado el sufrimiento y la voluntad del pueblo ruso, la NEP les daba la razón, eran, en fin, prisioneros de guerra civil, y desde hacía mucho tiempo el gobierno había prometido la amnistía a sus adversarios, si se adherían a él. Dzerzhinski decidió o permitió esa larga matanza. (…)

Kronstadt abrió en el partido un periodo de consternación y de duda. En Moscú un bolchevique que se había distinguido durante la guerra civil, Paniushkin, abandonaba demostrativamente el partido para intentar fundar una nueva organización política, el «Partido Soviético», creo. Abría un club en una calle obrera. Lo toleraron un momento, luego lo detuvieron. Unos camaradas vinieron a pedirme que intercedie­se por su mujer y su hijo, expulsados del alojamiento que ocupaban; se guarecían ahora en un pasillo. No pude hacer nada útil. Otro viejo bolchevique, Miasnikov, un obrero, insurgente del alto Volga en 1905, personalmente ligado con Lenin, exigía la libertad de prensa «para todo el mundo, de los anarquistas a los monárquicos». Rompía con Lenin, después de un encendido intercambio de cartas, y pronto habrían de deportarlo a Eriván, en Armenia, de donde pasó a Turquía. Lo encontré veinte años más tarde en París. La «Oposición Obrera» parecía orientarse hacia la ruptura con el partido.(…)

La mayoría de los dirigentes y de los militantes del partido, revisando sus ideas sobre el comunismo de guerra, llegaban a considerarlo como un expediente económico análogo a los regímenes centralizados que se habían creado durante la guerra en Alemania, en Francia, en Inglaterra, y que eran llamados «capitalismo de guerra». Esperaban que, una vez llegada la pacificación, el estado de sitio desaparecería por sí mismo y que regresaríamos a cierta democracia soviética sobre la que nadie tenía ya ideas claras. Las grandes ideas de 1917 que habían permitido al partido bolchevique arrastrar a la masa campesina, al ejército, a la clase obrera y a la intelligentsia marxista, estaban evidentemente muertas. ¿No proponía Lenin una libertad soviética de prensa, tal que cada agrupación sostenida por diez mil voces pudiese editar su órgano a cargo de la comunidad? (1917). Había escrito que en el seno de los sóviets los desplazamientos de poder de partido a partido podrían realizarse sin conflictos agudos. Su doctrina del Estado soviético prometía un Estado totalmente diferente de los antiguos estados burgueses, «sin funcionarios ni policía distintos del pueblo», en el cual los trabajadores ejercerían directamente el poder por sus consejos elegidos y mantendrían ellos mismos el orden gracias a un sistema de milicias. El monopolio del poder, la Cheka, el Ejército Rojo no dejaban ya subsistir del «Estado-comuna» soñado sino un mito teórico. La guerra, la defensa interior contra la contrarrevolución, el hambre, creadora de un aparato burocrático de racionamiento, habían matado a la democracia soviética. ¿Cómo renacería? ¿Cuándo? El partido vivía con el sentimiento justificado de que el más mínimo abandono del poder daría ventajas a la reacción.

Víctor Serge. Memorias de un revolucionario, 1951

Todas esas condiciones adversas seguirían en pie mientras la revolución mundial no se extendiera y solo podían revertirse si esta triunfaba, al menos en uno o dos países del centro capitalista. Pero si la revolución quedaba en impassse, el peligro era, en realidad, todavía mayor: el vaciamiento final de los soviets y la irremediable burocratización del Partido.

Los efectos para los soviets y el partido

El año de 1921 trajo por fin la paz a la Rusia bolchevique. El eco de los últimos disparos se apagó en los campos de batalla de la guerra civil. Los Ejércitos Blancos se hablan disuelto y esfumado. Los ejércitos de la intervención se hablan retirado, Se firmó la paz con Polonia. Las fronteras europeas de la Federación Soviética fueron trazadas y fijadas.

En medio del silencio que se había hecho en los campos de batalla, la Rusia bolchevique escuchó con atención los sonidos que provenían del mundo exterior y fue cobrando una aguda conciencia de su aislamiento. Durante el verano de 1920, cuando el Ejército Rojo fue derrotado a las puertas de Varsovia, la fiebre revolucionaria en Europa había cedido. El antiguo orden encontró cierto equilibrio, inestable pero lo bastante real para permitir que las fuerzas conservadoras se recuperaran de la confusión y el pánico. Los comunistas no podían contar con acontecimientos revolucionarios inminentes, y los intentos de provocarlos sólo podían acabar en fracasos costosos. Esto quedó demostrado en marzo de 1921 cuando un levantamiento comunista desesperado y mal preparado tuvo lugar en Alemania central. El alzamiento había sido estimulado y en parte instigado por Zinóviev, el Presidente de la Internacional Comunista y por Bela Kun, el desafortunado jefe de la revolución húngara de 1919, quienes creían que el levantamiento «electrizaría» e impulsaría a la acción a la apática masa de la clase obrera alemana. La masa, sin embargo, no respondió; y el gobierno alemán reprimió el levantamiento sin gran dificultad. El fiasco sumió al comunismo alemán en la confusión, y, en medio de amargas recriminaciones, al jefe del Partido Comunista alemán, Paul Levy, rompió con la Internacional. El levantamiento de marzo debilitó así más aún a las fuerzas del comunismo en Europa y profundizó la sensación de aislamiento en la Rusia bolchevique.

La nación gobernada por el partido de Lenin se hallaba en un estado próximo a la disolución. Las bases materiales de su existencia estaban destrozadas. Baste recordar que a fines de la guerra civil el ingreso nacional de Rusia sumaba solamente una tercera parte de su ingreso en l913, que la industria producía menos de una quinta parte de los bienes producidos antes de la guerra, que las minas de carbón producían menos de una décima parte de su rendimiento normal, que los ferrocarriles estaban destruidos, que todas las existencias y reservas de las que depende cualquier economía para su funcionamiento estaban completamente agotadas, que el intercambio de productos entre la ciudad y el campo se había paralizado, que las ciudades y los pueblos de Rusia Se habían despoblado a tal punto que en 1921 Moscú tenía sólo la mitad y Petrogrado una tercera parte de sus antiguos habitantes, y que los moradores de las dos capitales habían vivido durante muchos meses a base de una ración de dos onzas de pan y unas cuantas papas congeladas y habían calentado sus viviendas con la madera de sus muebles, y así nos formaremos una idea de la situación en que se hallaba el país en el cuarto año de la revolución.

Los bolcheviques no estaban en actitud de celebrar la victoria. El levantamiento de Kronstadt les había obligado finalmente a renunciar al comunismo de guerra y a promulgar la NEP o Nueva Política Económica. Su propósito inmediato consistía en inducir a los campesinos a vender alimentos y a los comerciantes privados a traer los alimentos del campo a la ciudad, del productor al consumidor. Este fue el comienzo de una larga serie de concesiones a la agricultura y el comercio privados, el comienzo de la «retirada forzosa» que: según lo reconoció Lenin, se vio obligado a emprender su gobierno ame los elementos anárquicos de la pequeña propiedad que predominaban en el país.

Poco después la calamidad golpeó a la nación. Una de las peores carestías de alimentos que recuerda la historia se produjo en los populosos territorios agrícolas del Volga. Ya en la primavera de 1921, inmediatamente después del levantamiento de Kronstadt, Moscú había recibido con alarma las noticias sobre las sequías, las tormentas de arena y una plaga de langosta en las provincias del sur y el sudeste. El gobierno se tragó su orgullo y Solicitó la ayuda de las organizaciones de beneficencia burguesas en el extranjero. En julio se temió que diez millones de campesinos fueran afectados por el hambre… A fines del año el número de víctimas se había elevado a treinta y seis millones. Incontables multitudes huyeron de las tormentas de arena y de las langostas y erraron sin rumbo sobre las vastas llanuras. El canibalismo hizo su reaparición, como un espantoso escarnio de los altos ideales y aspiraciones socialistas que emanaban de las ciudades capitales.

Siete años de guerra mundial, revolución, guerra civil, intervención y comunismo de guerra habían producido tales cambios en la sociedad, que las nociones, ideas y consignas políticas habían llegado a perder casi todo significado. La estructura social de Rusia no sólo había sido trastocada, sino desarmada y destruida. Las clases sociales que habían luchado entre sí tan implacable y furiosamente en la guerra civil se hallaban todas ellas, con la excepción parcial del campesinado, agotadas y postradas, o pulverizadas. La aristocracia terrateniente había sucumbido en sus mansiones incendiadas y en los campos de batalla de la guerra civil, y los sobrevivientes huyeron al extranjero con los residuos de los Ejércitos Blancos dispersados a los cuatro vientos. De la burguesía, que nunca había sido muy numerosa ni políticamente segura de si, una gran parte también había perecido emigrada. Quienes lograron salvarse, permaneciendo en Rusia y tratando de adaptarse al nuevo régimen, no eran más que «las ruinas de su clase». La antigua intelectualidad, y en menor grado la burocracia, compartieron la suerte de la burguesía propiamente dicha: algunos comían el pan del exilio en el Occidente y otros servían a los nuevos amos de Rusia como «especialistas». Con el resurgimiento del comercio privado hizo su aparición una nueva clase media incipiente. Sus miembros, llamados despectivamente los «nepistas», se dedicaron a explotar rápidamente las oportunidades que la NEP les ofrecía, amasaron fortunas de la noche a la mañana y gozaron el momento con la sensación de que a sus espaldas había quedado un diluvio y más adelante les esperaba otro. Despreciada incluso por los sobrevivientes de la antigua burguesía, esta nueva clase media no aspiraba a desarrollar una mentalidad politica propia. La sujarevka, el creciente y escuálido mercado negro de Moscú, era el símbolo de su existencia y de su moral.

El hecho de que la clase obrera industrial, que ahora supuestamente ejercía su dictadura, estuviera también pulverizada, fue una sombría y paradójica consecuencia de la lucha. Los obreros más valerosos y politizados habían sucumbido en la guerra civil u ocupaban puertos de responsabilidad en la nueva administración, el ejército, la policía, las empresas industriales y una legión de instituciones y organismos públicos recién creados. Orgullosamente conscientes de su origen, estos proletarios convertidos en comisarios no pertenecían ya en realidad a la clase obrera. Con el transcurso del tiempo muchos de ellos se habían apartado de los trabajadores y se habían asimilado al medio ambiente burocrático. El grueso del proletariado también se desclasó. Masas de obreros huyeron de la ciudad al campo durante los años del hambre, y como en lo mayoría eran citadinos de la primera generación y no habían perdido sus raíces en el campo, fueron reabsorbidos fácilmente por el campesinado. En los primeros años de la NEP le inició una emigración en sentido contrario, un éxodo del campo a la ciudad. Algunos viejos obreros regresaron a las ciudades, pero la mayoría de los recién llegados eran campesinos toscos y analfabetos sin ninguna tradición política, no digamos cultural. Sin embargo, en 1921 y 1922 la emigración del campo a la ciudad fue sumamente reducida.

La dispersión de la antigua clase obrera creó un vacío en la Rusia urbana. El antiguo movimiento obrero, seguro de sí y con conciencia de clase, con sus muchas instituciones y organizaciones, sindicatos, cooperativas y clubs educativos, que solían resonar con vigorosas y apasionadas discusiones y eran un hervidero de actividad política, era ahora un cascarón vacío. Aquí y allá pequeños grupos de veteranos de la lucha de clases se reunían y discutían sobre las perspectivas de la revolución. Otrora habían formado la verdadera «vanguardia» de la clase obrera. Ahora eran solo un puñado, y no podían ver tras de sí al grueso de su clase, que antes los había escuchado, había acatado sus directivas y los había seguido a los combates de la lucha social.

La dictadura proletaria triunfaba, pero el proletariado casi había desaparecido. Nunca había sido más que una pequeña minoría de la nación y si había desempeñado un papel decisivo en tres revoluciones, ello no se debía a un fuerza numérica, sino al extraordinario vigor de su mentalidad, iniciativa y organización políticas. En su mejor momento, la industria de gran escala de Rusia no empleó mucho más de tres millones de obreros. Después de la guerra civil, sólo millón y medio, aproximadamente, seguían empleados. Y aun entre éstos, muchos se mantenían inactivos de hecho porque sus fábricas no trabajaban. El gobierno continuaba pagándoles jornales por razonjes de política social, a fin de salvar un núcleo de la clase obrera para el futuro. Estos trabajadores eran, en realidad, mendigos. Si un obrero recibía sus jornales en efectivo, éstos carecían de valor debido a la catastrófica depreciación del rublo. El obrero se ganaba la vida, tal como se lo permitía la situación, haciendo trabajos ocasionales, comerciando en el mercado negro y recorriendo las aldeas vecinas en busca de alimentos. Si recibía sus jornales en especie, especialmente en productos de su fábrica, corría de ésta al mercado negro para permutar un par de zapatos o una pieza de tela por pan y papas. Cuando no le quedaba nada que permutar, volvía a la fábrica a robar una herramienta, unos cuantos clavos o un saco de carbón, y volvía a] mercado negro. Los robos en las fábricas eran tan comunes que, según los cálculos, la mitad de los obreros robaban normalmente las cosas que ellos mismos producían. Lozovsky [en informes oficiales de la época] sostuvo que en algunas fábricas los obreros robaban el 50% de la producción; y según los cálculos, los salarios cubrían solo una quinta parte del costo de la vida de un obrero. Es fácil imaginarse qué efectos tenían el hambre, el frío, la aterradora inactividad en los centros de producción y el ajetreo del mercado negro, el fraude y el robo —la lucha casi zoológica por la supervivencia—, en la moral de la gente que se suponía era la clase gobernante del nuevo Estado.

Como clase social, sólo el campesinado salió incólume de la prueba. La guerra mundial, la guerra civil y el hambre cobraron sus víctimas, por supuesto; pero no quebrantaron los cimientos de la vida del campesinado. No redujeron su capacidad de resistencia y de regeneración. Ni siquiera las peores calamidades pudieron dispersar la densa masa del campesinado que, indestructible (así como la naturaleza misma, sólo necesitaba el contacto con la naturaleza en su trabajo para mantenerse vivo, en tanto que los obreros industriales se dispersaban cuando la maquinaria industrial artificial de la que dependía su existencia sufría un colapso. El campesinado había conservado su carácter y su lugar en la sociedad. Había mejorado su posición a expensas de la aristocracia terrateniente. Y ahora podía permitirse hacer el recuento de las ganancias y de las pérdidas que la revolución le había acarreado. Al cesar las requisas, los campesinos abrigaron la esperanza de poder recoger por fin la cosecha completa de sus posesiones agrandadas. Cierto es que vivían en una gran pobreza. Pero ésta y el atraso que la acompañaba eran parte integrante de su herencia social. Liberados de la dominación señorial, los campesinos preferían la pobreza en sus propias pequeñas propiedades a los incomprensibles panoramas de abundancia bajo el comunismo que los agitadores urbanos desplegaban ante ellos… A los muzhiks no les preocupaban ya gran cosa las peroratas de los agitadores. Se dieron cuenta de que éstos, últimamente, se cuidaban de no ofenderles e incluso trataban de ganarse su amistad y de halagarlos. Por el momento, el muzhik era en verdad el consentido del gobierno bolchevique que, que ansiaba restablecer el «vinculo» entre la ciudad y el campo y la «alianza entre los obreros y los campesinos”». Puesto que la clase obrera no podia hacer sentir su peso, el del campesinado se hacia patente con tanto mayor fuerza. Cada mes, cada semana le traían al agricultor mil nuevas pruebas de su reciente importancia, y su confianza en sí mismo aumentaba en la misma proporción.

Sin embargo, esta clase social, la única que había conservado su carácter y su lugar en la sociedad, era por su naturaleza misma políticamente impotente… Karl Marx describió una vez, por medio de una vivida imagen, la «idiotez de la vida rural» que en el último siglo le impidió al campesinado francés «hacer valer su interés de clase en su propio nombre»; y su imagen es aplicable al campesinado ruso de los años veinte.

Los campesinos parcelarios forman una masa inmensa, cuyos individuos viven en idéntica situación, pero sin que entre ellos existan muchas relaciones. Su modo de producción los aísla a unos de otros, en vez de establecer relaciones mutuas entre ellos. Este aislamiento es fomentado por los malos medios de comunicación de Francia y por la pobreza de los campesinos. Su campo de producción, la parcela, no admite en su cultivo división alguna del trabajo, ni aplicación alguna de la ciencia; no admite, por tanto, multiplicidad de desarrollo, ni diversidad e talentos, ni riqueza de relaciones sociales. Cada familia campesina se basta, sobre poco más o menos, a sí misma, produce directamente ella misma la mayor parte de lo que consume y obtiene así sus materiales de existencia más bien en intercambio con la naturaleza que en contacto con la sociedad. La parcela, el campesino y su familia; y al lado, otra parcela, otro campesino y otra familia. Unas cuantas unidades de éstas forman una aldea, y unas cuantas aldeas, un departamento. Así se forma la gran masa de la nación francesa, por la simple suma de unidades del mismo nombre, al modo como, por ejemplo, las patatas de un saco forman un saco de patatas».

Carlos Marx. El 18 Brumario de Luís Napoleón Bonaparte, 1852.

El enorme saco de patatas que era la Rusia rural también resultó ser completamente incapaz de hacer valer sus intereses «en su prºpio nombre». Antaño la intelectualidad populista o social-revolucionaria, la había representado y había hablado en su nombre. Pero el Partido Social-Revolucionario, desprestigiado por su propia negativa a apoyar la revolución agraria y después arrojado a la clandestinidad y destruido por los bolcheviques, había agotado su papel. El saco de patatas permaneció allí, enorme, formidable y mudo. Nadie podía apartarlo de su vista, nadie podía ignorarlo o pisotearlo con impunidad: ya había golpeado en la cabeza a la Rusia urbana: y los gobernantes bolcheviques tuvieron que inclinarse ante él. Pero el saco de patatas no podía darle columna vertebral, forma, voluntad y voz a una sociedad informe y desintegrada.

Así, unos pocos años después de la revolución, la nación era incapaz de manejar sus propios asuntos y de hacer valer sus intereses a través de sus propios representantes auténticos. Las antiguas clases gobernantes estaban aplastadas, y la nueva clase gobernante, el proletariado, era sólo una sombra de su viejo ser. Ningún partido podía reclamar la representación de la clase obrera dispersada, y los obreros no podían controlar al partido que pretendia hablar por ellos y gobernar al pais en su nombre.

¿A quién representaba el partido bolchevique? Sólo le presentaba a sí mismo, es decir, a su pasada vinculación con la clase obrera, a su aspiración actual de actuar como el custodio de los intereses de clase del proletariado, y a su intención de reagrupar, en el transcurso de la construcción económica, una nueva clase obrera que seria capaz, andando el tiempo, de tomar los destinos del país en sus manos. Mientras tanto, el partido bolchevique $e mantenía en el poder mediante la usurpación. No sólo sus enemigos lo veían como un usurpador: el partido aparecía como tal incluso a la luz de tus propios criterios y de su propia concepción del Estado revolucionario.

Los enemigos del bolchevismo, como recordará el lector, habían denunciado desde el principio a la Revolución de Octubre y después a la disolución de la Asamblea Constituyente en 1918 como actos de usurpación. Los bolcheviques no tomaban en Serio esta acusación; replicaban que el gobierno al que ellos le habían arrebatado el poder en octubre no se basaba en ningún cuerpo representativo elegido, y que la revolución le había hecho entrega del poder a un gobierno respaldado por la abrumadora mayoría de los Consejos de Diputados de Obreros y Soldados, elegidos y representativos. Los Soviets habían sido una representación clasista y, por definición, un órgano de la dictadura proletaria. No habían sido elegidos sobre la base del sufragio univcrsal. La aristocracia y la burguesía habían sido privadas del derecho al voto, y el campesinado estaba representado sólo en la proporción que era compatible con la hegemonía de los obreros urbanos. Los obreros no habían emitido sus votos como individuos en los distritos electorales tradicionales, sino en las fábricas y los talleres como miembros de las unidades de producción en que consistía su clase. Esta representación de clase era lo único que los bolcheviques habían considerado válido y legítimo desde 1917.

Sin embargo, era precisamente en los términos de la concepción bolchevique del Estado obrero como el gobierno de Lenin había dejado gradualmente de ser representativo. Nominalmente, todavía se basaba en los Soviets. Pero los Soviets de 1921 y 1922, a diferencia de los de 1917, no eran ni podían ser representativos: no podían representar a una clase obrera virtualmente inexistente. Eran las criaturas del partido bolchevique, y así, cuando el gobierno de Lenin pretendía derivar sus prerrogativas de los Soviets, las derivaba en realidad de sí mismo.

El papel de usurpador le fue impuesto al partido bolchevique. Una vez que la clase obrera se desintegró, al partido le resultó imposible mantenerse a la altura de sus principios. ¿Qué podía o debía a hacer el partido bajo tales circunstancias? ¿Debía renunciar al poder? Un gobierno revolucionario que ha librado una guerra civil cruel y devastadora no abdica al día siguiente de su victoria y no se entrega a sus enemigos derrotados y a su venganza, aun cuando descubra que no puede gobernar de acuerdo con sus propias ideas y que ya no goza del apoyo con que contó al comenzar la guerra civil. Los bolcheviques no perdieron ese apoyo a causa de algún cambio claro en la actitud de sus seguidores de antaño, sino como resultado de la dispersión de éstos. Los bolcheviques sabían que su mandato para gobernar a la república no había sido renovado en forma adecuada por la clase obrera, no digamos ya por el campesinado. Pero también sabían que se hallaban rodeados de un vacío, que el vacío sólo podría llenarse lentamente a lo largo de los años y que por el momento nadie era capaz de prolongar ni de invalidar su mandato. Una catástrofe social, una fuera mayor, los había convertido en usurpadores, y en consecuencia ellos se negaron a considerarse tales.

La desaparición del escenario político, en tan breve tiempo, de una clase social vigorosa y militante y la atrofia de la sociedad como resultado de la guerra civil, constituyeron un fenómeno histórico extraño, pero no único. También en otros grandes revoluciones la sociedad, agotada. sufrió un colapso, y el gobierno revolucionario se vio transformado de manera similar. La Revolución Puritana inglesa y la Gran Revolución Francesa enarbolaron ambas al comienzo un nuevo principio de gobierno representativo contra el ancien régime. Los Puritanos afirmaron los derechos del Parlamento contra la Corona. Los dirigentes del Tercer Estado francés hicieron lo propio cuando se constituyeron en Asamblea Nacional. A continuación se produjeron la insurrección y la guerra civil como consecuencia de las cuales las fuerzas del ancien régime ya no fueron capaces de dominar a la sociedad, mientras que las clases que habían apoyado a la revolución estaban demasiado divididas entre sí y demasiado agotadas para ejercer el poder. No fue posible, por consiguiente, crear un gobierno representativo. El ejército era el único cuerpo con suficiente unidad de voluntad, organización y disciplina para imponerse al caos. Se proclamó guardián de lo sociedad e instauró el mando de la espada, una forma de gobierno abiertamente usurpadora. En Inglaterra, las dos fases generales de la revolución quedaron encarnadas en la misma persona: Cromwell encabezó primero a los Comunes contra la Corona y después, como Lord Protector, usurpó las prerrogativas tanto de la Corona como de los Comunes. En Francia hubo un hiato definido entre las dos fases, y en cada una de ella hombres diferentes ocuparon el primer plano: el usurpador Bonaparte no desempeñó ningún papel importante en los primeros actos de la revolución.

En Rusia, el partido bolchevique constituía el grupo de hombres compacto y disciplinado, inspirado por una sola voluntad, que era capaz de gobernar y unificar a la nación desintegrada. En las revoluciones anteriores no había existido un partido de ese tipo. La fuerza principal de los Puritanos residía en el ejército de Cromwell, y por ello cayeron baja el dominio del ejército. El partido jacobino no nació sino en el transcurso de la lucha. Era parte de la fluctuante marea revolucionaria, y se deshizo y desapareció con el reflujo de esa marea. El partido bolchevique, por el contrario, formaba una organización válida y centralizada mucho antes de 1917. Ello le permitió asumir la jefatura de la revolución y, después del reflujo de la marea, desempeñar durante muchas décadas el papel que el ejercito había desempeñado en la Inglaterra y la Francia revolucionarias para asegurar un gobierno estable y avanzar hacia la integración y reorganización de la vida nacional.

Por su mentalidad y su tradición política, el partido bolchevique estaba sumamente bien preparado, y sin embargo peculiarmente mal adaptado, para desempeñar el papel de usurpador. Lenin había formado a sus discípulos como la «vanguardia» y la élite del movimiento obrero. Los bolcheviques nunca se habían contentado con dar expresión a los estados de ánimo o a las aspiraciones concretas de la clase obrera. Consideraban que su misión era moldear esos estados de ánimo y alentar y desarrollar esas aspiraciones. Se veían a sí mismos como tutores politicos de la clase obrera y estaban convencidos de que, como marxistas consecuentes, sabían mejor que la clase obrera oprimida y poco esclarecida cuál era el verdadero interés histórico de la clase y la forma de defenderlo. (…) En 1917, como en 1905, (…) Lenin y sus colaboradores analizaron con actitud realista y sobria las más ligeras fluctuaciones en la actitud política de los trabajadores, adaptando cuidadosamente su política a tales fluctuaciones. Nunca se les ocurrió pensar que podrían tomar el poder o sostenerse en él sin la aprobación de la mayoría de los obreros o de los obreros y campesinos. Antes de la revolución, en el transcurso de ésta y durante algún tiempo después, siempre estuvieron dispuestos a someter sus directivos al «veredicto de la democracia proletaria», es decir, al voto de la clase obrera.

A fines de la guerra civil, sin embargo, el «veredicto de la democracia proletaria» se había convertido en una frase carente de significado. ¿Cómo podía expresarse ese veredicto cuando la clase obrera se hallaba dispersa y desclasada? ¿Por medio de elecciones a los Soviets? ¿A través de los procedimientos «normales» de la democracia soviética? Los bolcheviques pensaron que sería el colmo de la locura por su parte dejarse orientar en sus acciones por el voto de un residuo desesperado de la clase obrera y por los estados de ánimo de las mayorías accidentales que podían formarse dentro de los Soviets irreales. Así llegaron -y Trotski junto a ellos- a sustituir de hecho a la clase obrera por su propio partido. Identificaron su voluntad y sus ideas con lo que juzgaron que habrían sido la voluntad y las ideas de una clase obrera en pleno vigor, si tal clase obrera hubiera existido.

Su hábito de considerarse a sí mismos como los intérpretes por excelencia del interés de clase proletario hizo que esa sustitución resultara tanto más fácil. Como antigua vanguardia, el partido consideró natural actuar como el locum tenens de la clase obrera durante aquel extraño y, según sus esperanzas, breve intervalo en que la clase obrera se hallaba en estado de disolución. De esta suerte los bolcheviques extrajeron, de su propia tradición y del estado real de la Sociedad, una justificación moral para su papel de usurpadores.

La tradición bolchevique, sin embargo, era una combinación sutil de diversos elementos. La confianza moral del Partido en sí mismo, su superioridad, su sentido de misión revolucionaria, su disciplina interna y su arraigada convicción de que la autoridad le era indispensable a la revolución proletaria, todas estas cualidades habían formado las actitudes autoritarias en el bolchevismo. Tales actitudes, sin embargo, habían sido mantenidas a raya gracias a la intima vinculación del Partido con la clase obrera real, no meramente teórica, a su genuina devoción a la clase, a su ardiente creencia de que el bienestar de los explotados y los oprimidos era el comienzo y el fin de la revolución y de que el obrero sería, a la larga, el verdadero amo en el nuevo Estado, porque a fin de cuentas la Historia pronunciaría por boca del obrero mismo un severo y justo veredicto sobre todos los partidos, incluidos los bolcheviques, y sobre todos sus actos. La idea de la democracia proletaria era inseparable de ezsta actitud. Cuando el bolchevique invocada esta idea, expresaba su desdén por la democracia formal y engañosa de la burguesía: su disposición a pasar por encima, si fuese necesario, de todas las clases no proletarias, pero también su convicción de que estaba obligado a respetar la voluntad de la clase obrera aun cuando momentáneamente disintiera de ella.

En las primeras etapas de la revolución, la actitud democrático-proletaria tuvo preeminencia en el carácter bolchevique. Ahora el viraje hacia la jefatura autoritaria logró imponerse. Al actuar sin la clase obrera normal en el trasfondo, el bolchevique, por la fuerza de su viejo hábito, siguió invocando la voluntad de esa clase para justificar todo lo que hacía. Pero la invocaba sólo como un supuesto teórico y como una norma ideal de conducta: en suma, como una especie de mito. Empezó a ver en su partido al depositario no sólo del ideal del socialismo en abstracto, sino de los deseos de la clase obrera en concreto. Cuando un bolchevique, desde el miembro del Politburó hasta el más modesto militante de base, declamaba que «el proletariado insiste» o «exige» o «nunca aceptaría» esto o aquello lo que quería decir era que su partido o los dirigentes de éste «insistían», «exigían» o «nunca aceptarían» esto o aquello. Sin esta mistificación semiconsciente la mentalidad bolchevique no podía funcionar. El Partido no podía admitir. ni siquiera ante sí mismo, que no tenia ya ninguna base en la democracia proletaria. Cierto es que, a intervalos de cruel lucidez, los propios dirigentes bolcheviques hablaban con franqueza sobre su situación. Pero abrigaban la esperanza de que el tiempo, la recuperación económica y la reconstitución de la clase obrera le pondrían remedio: y continuaban hablando como si la situación nunca se hubiera producido y como si ellos todavía obraran sobre la base de un mandato claro y válido de la clase obrera.

Los bolcheviques habían suprimido ya, finalmente, a todos los demás partidos y establecido su propio monopolio político. Vieron que sólo exponiéndose y exponiendo la revolución al más grave peligro podían permitir que sus adversarios se expresaran libremente y apelaran al electorado soviético. Una oposición organizada podría explotar en su provecho el caos y el descontento, tanto más fácilmente cuanto que los bolcheviques eran incapaces de movilizar las energías de la clase obrera. Así, pues, se negaron a a exponerse y a exponer la revolución a este peligro. A medida que el Partido sustituyó al proletariado, sustituyó también la dictadura del proletariado por la suya propia. La «dictadura proletaria» dejó de ser el gobierno de la clase obrera que, organizada en Soviets, había delegado el poder en los bolcheviques pero conservaba el derecho constitucional destituirlos o «revocarlos» como gobernantes. La dictadura proletaria convirtió ahora en sinónimo del gobierno exclusivo del partido bolchevique. El proletariado no podía «revocar» ni destituir a los bolcheviques más de lo que podia destituirse y revocarse a sí mismo.

Al suprimir a todos los partidos, los bolcheviques efectuaron un cambio tan radical en su medio ambiente político que ellos mismos no pudieron quedar inafectados. Su desarrollo había tenido lugar bajo el régimen zarista, dentro de un sistema multipartidista semilegal y semiclandestino, en una atmósfera de intensa controversia y competencia política. Aunque por ser un cuerpo combativo de revolucionarios habían tenido sus propia doctrina y disciplina, que aun entonces los distinguía de todos los demás partidos, habían respirado sin embargo el aire de su medio ambiente y el sistema multipartidista había determinado la vida interna de su propio partido. Empeñados constantemente en controversias con sus adversarios, los bolcheviques cultivaban asimismo la controversia en sus propias filas. Antes de que un miembro del Partido ocupara la tribuna para oponerse a un «cadete» o a un menchevique, ventilaba dentro de su propia célula o comité las cuestiones que le preocupaban, los argumentos de] adversario, la réplica que habría de darles y la actitud y las medidas tácticas del Partido. Si pensaba que el Partido estaba equivocado en algún punto o que su jefatura era inadecuada, lo decía sin temor y sin rodeos, y trataba de convencer a sus camaradas. Mientras el Partido luchaba por los derechos democráticos de las trabajadoras, no podía negarles esos mismos derechos a sus propios miembros dentro de su propia organización.

Al destruir el sistema multipartidista, los bolcheviques no se imaginaron las consecuencias que eso tendría para ellos mismos. Pensaron que fuera del sistema seguirían siendo lo que siempre habían sido: una asociación disciplinada, pero libre, de marxistas militantes. Dieron por sentado que la mentalidad Colectiva del Partido seguiría siendo formada por el acostumbrado intercambio de opiniones, el toma y daca de argumentos teóricos y políticos. No comprendieron que no podían suprimir toda controversia fuera de $us filas y mantenerla viva dentro de ellas: no podían abolir los derechos democráticos para la sociedad en general y conservar esos mismos derechos sólo para sí.

El sistema unipartidista representaba una contradicción esencial: el partido único no podía seguir siendo un partido en el sentido aceptado. Su vida estaba destinada a reducirse y marchitarse. De] «centralismo democrático», el principio básico de la organización bolchevique, sólo sobrevivió el centralismo. El Partido mantuvo su disciplina, no su libertad democrática. No podía ser de otra manera. Si los bolcheviques se empeñaban ahora libremente en controversias, si sus dirigentes ventilaban sus diferencias en público, y sí los militantes de base criticaban a los dirigentes y a su política, tales cosas serian un ejemplo para los no bolcheviques y no podría esperarse entonces que éstos se abstuvieran de discutir y criticar. Si se permitía que los miembros del partido gobernante formaran facciones y grupos para defender opiniones especificas dentro del Partido, ¿cómo podría prohibírsele a la gente fuera del Partido que formara sus propias asociaciones y formara sus propios programas políticos? Ninguna Sociedad política puede ser muda en nueve décimas partes y hablante en la otra décima. Después de imponerle el silencio a la Rusia no bolchevique, el partido de Lenin tuvo que acabar por imponérselo a sí mismo.

El Partido no podía resignarse a esto fácilmente. Los revolucionarios acostumbrados a no dar por sentada ninguna autoridad, a impugnar la verdad aceptada y a examinar críticamente a su propio partido, no podían inclinarse súbitamente ante la autoridad con muda obediencia. Aun mientras obedecían, siguieron impugnando. Después de que el décimo Congreso prohibiera, en 1921, las facciones dentro del Partido, las controversias siguieron resonando en las asambleas bolcheviques. Los miembros de ideas afines continuaban agrupándose en ligas, produciendo «programas» y «tesis» y atacando duramente a los dirigentes. Al hacer tales cosas, amenazaban socavar la base del sistema unipartidisia. Después de suprimir a todos los enemigos y adversarios, el partido bolchevique no podia seguir existiendo, si no era mediante un proceso de autosupresión permanente.

Las mismas circunstancias de su desarrollo y su éxito obligaron al Partido a seguir este curso. A principios de 1917 no tenia, más de 23.000 miembros en toda Rusia. Durante la revolución la militancia se triplicó y cuadruplicó. En el período culminante de la guerra civil, en 1919, un cuarto de millón de personas habían ingresado en sus filas. Este crecimiento reflejaba la genuina atracción que el Partido ejercía sobre la clase obrera. Entre 1919 y 1922 la militancia se triplicó una vez más, aumentando de 250.000 a 700.000 miembros. La mayor parte de este crecimiento, sin embargo, ya era espurio. Los oportunistas se volcaban en alud Sobre el campo de los vencedores. El Partido tenia que llenar innumerables puestos en el gobierno, la industria, los sindicatos, etc., y era ventajoso llenarlos con personas que aceptaran la disciplina partidaria. En una masa de recién llegados, los bolcheviques auténticos quedaron reducidos a una pequeña minoria. Sintíendose ahogados por la masa de elementos extraños, se alarmaron y reconocieron la necesidad de separar la paja del grano.

Pero, ¿cómo hacerlo? Resultaba difícil distinguir sobre quienes ingresaban al Partido por convicciones desinteresadas y los oportunistas y arribistas. Más difícil aún era determinar si incluso aquellos que solicitaban afiliación con buenos motivos comprendían realmente los objetivos y las aspiraciones del Partido y estaban dispuestos a luchar por ellos. Mientras varios partidos exponían sus programas y reclutaban miembros, su contienda permanente aseguraba la selección adecuada del material humano y su distribución entre los partidos. El recién llegado a la política tenia entonces: todas las oportunidades de comparar los programas, los métodos de acción y las consignas en competencia. Si se unía a los bolcheviques, lo hacia como un acto de elección consciente. Pero quienes ingresaron en la política en los años de 1921 y 1922 no podían hacer tal elección. Sólo conocían al partido bolchevique. En otras circunstancias, sus inclinaciones tal vez los habrían llevado a unirse a los mencheviques, a los Social-revolucionarios o a cualquier otro grupo. Ahora su necesidad de acción política los llevaba al único partido que existia. el único que ofrecía una salida a su energía y su ardor. Muchos de los nuevos afiliados eran, como los llamó Zinóviev, «mencheviques inconscientes» o «social-revolucionarios inconscientes» que Sinceramente se consideraban a sí mismos «buenos bolcheviques». El ingreso de tales elementos amenazaba adulterar el carácter del Partido y diluir su tradición. En el undécimo Congreso del Partido, en 1922, Zinóviev sostuvo que ya había dentro de la organización bolchevique dos o más partidos potenciales formados por quienes honrada pero erróneamente se creían bolcheviques. Así, por el mero hecho de ser el partido único, el Partido iba perdiendo su mentalidad única, y los sustitutos rudimentarios de los partidos que él había proscrito empezaron a aparecer en su propio seno. El trasfondo social, con toda su reprimida diversidad de intereses y mentalidades políticas, volvió a hacerse patente y a presionar sobre la única organización política existente, infiltrándose en ella desde todos lados.

Los dirigentes se resolvieron a defender al Partido contra esta infiltración. iniciaron una purga. La exigencia de una purga la había hecho la Oposición Obrera en el décimo Congreso, y la primera purga tuvo lugar en 1921. La policía y los tribunales no tuvieron nada que ver con el procedimiento. En asambleas públicas, las Comisiones de Control —es decir, los tribunales del Partido— examinaban los antecedentes y la moral de cada miembro del Partido, sin tomar en cuenta su jerarquía. Cualquier hombre o mujer en el público podía adelantarse y testificar en favor o en contra del individuo investigado, al que la Comisión de Control declaraba entonces digno o indigno de seguir perteneciendo al Partido. A los indignos no se les imponía ningún castigo, pero la pérdida de la condición de miembro del partido gobernante tendía a vedar las oportunidades de ascenso o de ocupar un puesto de responsabilidad.

En un breve término fueron expulsados de esa manera 200,000 miembros, o sea la tercera parte del total de militantes. La Comisión de Control clasificó a los expulsados en varias categorías: los oportunistas vulgares; los antiguos miembros de partidos antibolcheviques, especialmente antiguos mencheviques que ingresaron después de la guerra civil; los bolcheviques corrompidos por el poder y los privilegios; y, finalmente. los políticamente inmaduros que carecían de una comprensión elemental de los principios del Partido. Parece ser que no se expulsó a nadie cuyo único delito hubiese sido criticar la política del Partido o a sus dirigentes. Pero pronto se hizo claro que la purga, con todo y ser necesaria, era un arma de dos filos. Ofrecía a los inescrupulosos oportunidades para intimidar y pretextos para ajustar cuentas personales. Los militantes de base aplaudieron la expulsión de los oportunistas y los comisarios corrompidos, pero se sintieron anonadados por la magnitud de la purga. Se sabia que las purgas se repetirían periódicamente. y la gente empezó a pensar que si en un solo año podía expulsarse una tercera parte de los miembros, no era posible predecir lo que sucedería uno o dos años después. Los tímidos y los cautelosos empezaron a pensar dos veces antes de aventurarse a hacer un comentario arriesgado o a dar un paso que en la siguiente purga pudiera acarrearle el reproche de inmadurez o atraso politico. iniciada como un medio de sanear al Partido y salvaguardar su carácter, la purga estaba destinada a servir al Partido como el más mortal de los instrumentos de autorrepresión.

Ya hemos visto que cuando la clase obrera desapareció como fuerza social efectiva, el Partido en toda su formidable realidad sustituyó a la clase. Pero ahora el Partido también pareció convertirse en un ente tan huidizo y fantasmal como al que había sustituido. ¿Había alguna sustancia real y podía haber alguna vida autónoma, en un partido que en un solo año declaraba indignos de pertenecer a él a una tercera parte de sus miembros y los expulsaba? Los 200.000 hombres y mujeres purgados habían participado hasta entonces, presumiblemente, en todos los procedimientos normales de la vida partidaria, habían votado para aprobar resoluciones, habían elegido delegados a los Congresos y habían tenido así una considerable participación formal en la determinación de la política del Partido. Sin embargo, su expulsión no produjo ningún cambio o modificación perceptible de esa política. En la posición del Partido no podía advertirle una sola huella de la gran operación quirúrgica mediante la cual se le había amputado una tercera parte de su cuerpo. Este solo hecho demostraba que, desde hacía algún tiempo, la masa de miembros no había ejercido influencia alguna en la dirección de los asuntos del Partido. La política bolchevique la determinaba un reducido sector de Partido que sustituía al todo.

¿Quiénes constituían ese rector? El propio Lenin dio repuesta a la pregunta en términos muy claros. En marzo de 1922 escribió a Molotov, que entonces era secretario del Comité Central:

Si no cerramos los ojos a la realidad, debemos admitir que en la actualidad la política proletaria del Partido no está determinada por el carácter de sus componentes, sino por el enorme prestigio, sin reservas, de que goza ese pequeño grupo que podría ser llamado la vieja guardia del Partido

En esa Guardia veía Lenin ahora la única depositaria del ideal del socialismo, el guardián del Partido y en última instancia el locum tenens de la clase obrera. La Guardia constaba de unos cuantos millares de auténticos veteranos de la revolución. El grueso del Partido era, según la opinión de Lenin en el momento, una excrecencia expuesta a todas las influencias corruptoras de una sociedad trastornada y anárquica. Aun los mejores miembros jóvenes necesitaban un adiestramiento y una educación política pacientes antes de que pudieran llegar a ser «verdaderos bolcheviques». De esta suerte, la identificación del proletariado con el Partido resultó ser una identificación todavía más estrecha del proletariado con la Vieja Guardia.

Con todo, ni siquiera esa Guardia podía mantenerse fácilmente en la vertiginosa altura que había escalado; ella también podría ser incapaz de resistir las influencias degradantes del tiempo, la fatiga, la corrupción por el poder y las presiones del medio ambiente social. Ya entonces había grietas en la unidad de la Vieja Guardia. En la carta a Mólotov, Lenin observó:

Bastaría con que se produjese en este sector una pequeña lucha interna, para que su prestigio quedara, si no quebrantado, por lo menos debilitado hasta tal punto que la decisión ya no dependiera de él

…y se volviera incapaz de dominar los acontecimientos. Era necesario, por tanto, mantener a toda costa la solidaridad de la Vieja Guardia, mantener vivo en ella el sentido de su elevada misión y asegurar su supremacía política. Las purgas periódicas en el Partido no bastaban. Es menester restringir severamente la admisión de nuevos miembros y estos «deberían ser sometidos a las pruebas más rigurosas Por último, sugería Lenin, era preciso establecer dentro del Partido una jerarquía especial basada en los méritos y la veteranía revolucionaria. Ciertos puestos importantes sólo podían ocuparlos personas que hubiesen ingresado en el Partido cuando menos en los primeros tiempos de la guerra civil. Otros puestos que implicaban una responsabilidad todavía mayor sólo estarían en disposición de quienes habían servido al Partido desde el comienzo de la Revolución. Las posiciones más altas se reservaban a los veteranos de la lucha clandestina contra el zarismo.

Estas reglas estaban exentas todavía de todo favoritismo vulgar. La Vieja Guardia aún vivía de acuerdo con su austero código de moralidad revolucionaria. Bajo el partmaximum, un miembro del Partido, incluso uno que ocupara la posición más elevada, no podía percibir ingresos mayores que los de un obrero industrial especializado. Es cierto que algunos dignatarios se aprovechaban ya de ciertas deficiencias en los reglamentos y complementaban sus escasos ingresos mediante todo tipo de subterfugios. Pero tales casos eran todavía la excepción. Las nuevas reglas sobre la retribución de los puestos no tenía por objeto sobornar a la Vieja Guardia, sino garantizar que el Partido y el Estado siguieran siendo, en sus manos, instrumentos seguros para la construcción del socialismo.

La Vieja Guardia era un formidable grupo de hombres, unidos por los recuerdos de luchas heroicas libradas en común, por una fe inquebrantable en el socialismo y por la convicción de que, en medio de la disolución y la apatía generales, las oportunidades de triunfo del socialismo dependían de ellos y casi exclusivamente de ellos. Los miembros de la Vieja Guardia obraban con autoridad, pero también, a menudo, con arrogancia. Eran abnegados, mas al mismo tiempo ambiciosos estaban animados por los sentimientos más elevados y eran capaces de incurrir en la crueldad inescrupulosa. Se identificaban con el destino histórico de la revolución, pero también identificaban ese destino con ellos mismos. En su intensa devoción al socialismo, llegaron a considerar la lucha por alcanzarlo como un asunto de su exclusiva pertenencia y casi como una cuestión personal; y se inclinaban a justificar su conducta y aun sus ambiciones privadas en los términos teóricos del socialismo.

En medio de las tribulaciones de aquellos años, la fuerza moral de la Vieja Guardia representaba un haber inestimable para el bolchevismo. El resurgimiento del comercio privado y la rehabilitación parcial de la propiedad privada hicieron cundir el desaliento en las filas del Partido. Muchos comunistas ye preguntaban con inquietud adónde habría de conducir a la revolución la «retirada» que Lenin había ordenado. Este parecía dispuesto a no detenerse ante nada con tal de estimular al comerciante y al agricultor privado. Puesto que el campesino se negaba a vender alimentos a cambio de papel moneda carente de valor, el dinero, despreciado bajo el Comunismo de Guerra como un vestigio de la vieja sociedad, fue «rehabilitado» y luego estabilizado. Nada podía obtenerse sin él. El gobierno redujo los subsidios que habla otorgado a las empresas de propiedad estatal, y los trabajadores que no habían desertado de las fábricas durante los peores tiempos perdieron sus empleos. Los bancos estatales utilizaron sus escasos recursos para estimular a la iniciativa privada con créditos. El Comité Central le aseguró al Partido que, no obstante todo ello, el Estado, al conservar «los altos puestos de mando» de la industria en gran escala, sería capaz en todo caso de controlar la economia nacional. Pero los «altos puestos de mando» tenían un aspecto triste y poco prometedor: la industria de propiedad estatal se hallaba paralizada mientras el comercio privado empezaba a florecer. Entonces Lenin invitó a los antiguos concesionarios e inversionistas extranjeros a que volvieran a hacer negocios en Rusia, y sólo porque los inversionistas no respondieron dejó de reaparecer un importante elemento del capitalismo. Pero, ¿qué sucederia, se preguntaban los bolcheviques, sí los concesionariosse decidieran al fin y al cabo a aceptar la invitación? Mientras tanto, el «nepista» crecía lleno de confianza en sí mismo, se enriquecía en las ciudades hambrientas y se mofaba de la revolución. En el campo, el kulak trataba de poner nuevamente bajo tu férula al campesino asalariado; y aquí y allá él y sus subordinados empezaban a dominar el Soviet rural, mientras su hijo se hacía cabecilla en la filial local de la Juventud Comunista. En las universidades. profesores y estudiantes llevaban a cabo manifestaciones y huelgas anticomunistas, y los comunistas eran golpeados por cantar La Internacional, el himno de la revolución ¿Dónde terminarla la retirada? La Oposición Obrera se lo preguntó a Lenin durante las sesiones del Comité Central y en las asambleas públicas. Una y otra vez Lenin prometió ponerle término a la retirada, y una y otra vez los acontecimientos lo obligaron a retirarse más aún. Los idealistas se escandalizaron. Desde las filas se hicieron acusaciones de «traición». A menudo un obrero, veterano de las Guardias Rojas, se presentaba ante su comité del Partido, rompía con indignación su carnet de miembro y se lo arrojaba a la cara al Secretario. A tal grado era esto característico de la época, que la descripción de tales escenas puede hallarse en muchas novelas contemporáneas y los jefes del Partido se refirieron a ellas con indisimulada preocupación.

En medio de todo este desaliento, parecía que la revolución sólo podía apoyarse en la Vieja Guardia, en su fe indomeñable y en su voluntad de hierro. Pero, ¿podía hacerlo, en efecto?

Isaac Deutscher. El profeta desarmado, 1959

El último combate de Lenin

La «alianza obrero-campesina» fue fundamental para que el proletariado pudiera tomar el poder en Rusia. La táctica del 17 fue simplemente aceptar tal cual el programa campesino -la reforma agraria y la pequeña propiedad- y compartir la dirección del estado asegurándose que el peso de los soviets campesinos estuviera ponderado para que los obreros -sobrerrepresentados- pudieran ejercer la dictadura. Nadie se hacía ilusiones sobre ellos: el campesinado no era otra cosa que una masa de 100 millones de pequeñoburgueses. Los primeros intentos de «contagiar» el campo con elementos proletarios sin tocar las estructuras campesinas fue ya criticado por Rosa Luxemburgo.

A fin de introducir algunos fundamentos socialistas en las relaciones agrarias, el gobierno soviético trató entonces de crear comunas agrarias compuestas por proletarios, principalmente elementos urbanos y parados. De antemano puede decirse que los resultados de tales esfuerzos tenían que ser mínimos en comparación con la magnitud de las relaciones agrarias y que no se podían tener en cuenta para una comprensión del problema. (Una vez que se ha despedazado el latifundio, punto inicial más adecuado para la economía socialista, en explotaciones pequeñas, se intenta crear explotaciones comunistas modelos a partir de las parcelas pequeñas). En las circunstancias actuales esas comunas tan sólo tienen el valor de un experimento y no el de una reforma social amplia. Un monopolio de cereales con cuota. Ahora quieren llevar la lucha de clases post festum a las aldeas.

La reforma agraria leninista ha convertido en enemigo del socialismo a un sector nuevo y poderoso del pueblo en el campo, cuya resistencia será más peligrosa y más tenaz que la de la nobleza terrateniente.

Rosa Luxemburgo. La Revolución rusa, 1918.

Una vez más, la guerra civil y la no extensión de la Revolución mundial se unieron en una «tormenta perfecta». Al final de la guerra, la NEP, no era otra cosa que una nueva cesión al campesinado. La visión de Lenin era «aguantar» el empuje del capitalismo campesino y contrapesándolo con un capitalismo de estado controlado políticamente por las estructuras soviéticas supervivientes. Pero el equilibrio, que ya de por sí sería difícil por el vaciamiento de los soviets, implicaba una cierta alianza con el gran capital internacional para poder exportar. De ahí la importancia del monopolio del comercio internacional y las concesiones en precios y en las negociaciones internacionales postbélicas.

Los obreros tienen en sus manos el poder del Estado, tienen la absoluta posibilidad jurídica de «tomar» todo el miliar, es decir, de no entregar un solo kopek que no este destinado a fines socialistas. Esa posibilidad jurídica, que se asienta en el paso efectivo del poder a los obreros, es un elemento de socialismo.

Pero los elementos de la pequeña propiedad y del capitalismo privado se valen de muchos medios para minar la situación jurídica, para abrir paso a la especulación y frustrar el cumplimiento de los decretos soviéticos. El capitalismo de Estado significaría un gigantesco paso adelante incluso si pagáramos mas que ahora (he tornado adrede un ejemplo con cifras para mostrarlo con claridad), pues merece la pena pagar «por aprender», pues eso es util para los obreros, pues vencer el desorden, el desbarajuste y el relajamiento tiene mas importancia que nada, pues continuar la anarquía de la pequeña propiedad es el peligro mayor y mas temible, que nos hundirá sin duda alguna (si no lo vencemos), en tanto que pagar un tributo mayor al capitalismo de Estado, lejos de hundirnos, nos llevara por el camino mas seguro hacia el socialismo. La clase obrera, después de aprender a proteger el orden estatal frente a la anarquía de la pequeña propiedad, después de aprender a organizar la producción a gran escala, a escala de todo el país, basándola en el capitalismo de Estado, tendrá entonces a mano -perdón por la expresión- todos los triunfos, y el afianzamiento del socialismo estará asegurado.

El capitalismo de Estado es incomparablemente superior, desde el punto de vista economico, a nuestra economia actual.

Lenin. Sobre el impuesto en especie, mayo 1921

En principio la NEP se entendía como una de las muchas medidas de urgencia en una recién estrenada paz que no se vivía como tal. Y había razones para ello: Kronstadt había mostrado al Xº Congreso, inmediatamente posterior a la guerra civil, que el campesinado y el nuevo proletariado germinal de origen campesino podían poner en marcha una nueva guerra civil. Ese es el marco de la prohibición de las tendencias en el partido pareja a la propia NEP. El agotamiento y el disgusto se hacen palpables entre los «viejos bolcheviques»: abandonan el Secretariado del Comité Central Kretinski, Serebriakov y Preobrazhenski, uno de los grandes economistas marxistas, todos futuros opositores de izquierda. Ascienden la futura guardia personal de Stalin: Kaganovitch, Uglanov, Jaroslavski y Molotov, convertido ahora en secretario general precisamente por representar el tipo humano que sobrevive a una guerra de desgaste en un partido cada vez más verticalizado: gris, obediente, efectivo, preocupado sobre todo por la salud y fortaleza del propio aparato del estado y en absoluto preocupado por el significado teórico de las decisiones tomadas. El burócrata ideal.

Paradójicamente Lenin, que a partir de 1921 ya estará muy tocado por la enfermedad y tendrá que pasar periodos cada vez más largos sin trabajar, tendrá que pasar a través de Molotov sus notas y correspondencia. En esa época, el SG no era otra cosa que un organizador, un secretario encargado de distribuir la información y las propuestas entre el conjunto de miembros de lo que seguía siendo un órgano colegiado en el que Lenin era «primero entre pares» y a menudo se veía contrariado. Separado de la vorágine, intentando entender las tendencias de fondo a través de las comunicaciones y los papeles que el SG reparte entre los miembros del CC, Lenin se da cuenta de que el Partido, tras la guerra, ya no es el partido de la revolución.

No hay duda de que ahora nuestro Partido no es, por la mayoría de sus componentes, lo suficientemente proletario. Creo que nadie podrá discutir esto, pues la simple consulta de la estadística lo confirmará. Desde la guerra, los obreros industriales de Rusia son mucho menos proletarios de lo que eran antes, pues durante la guerra todos aquellos que querían eludir el servicio militar entraron en las fábricas. Esto es del conocimiento público. Por otra parte, es igualmente indudable que, en términos generales (si consideramos el nivel de la inmensa mayoría de los militantes), nuestro Partido tiene ahora una educación política mucho menor que la necesaria para una genuina dirección proletaria en esta situación tan difícil, especialmente en vista de la inmensa preponderancia del campesinado, que despierta con rapidez a una política de clase independiente. Además, debe tenerse en cuenta que en la actualidad es muy grande la tentación de ingresar en el partido gobernante. Es suficiente recordar toda la literatura de los adeptos de «Smena Vej» para ver que un sector de la población que ha estado muy alejado de todo lo proletario se entusiasma ahora con los éxitos políticos de los bolcheviques. Si la Conferencia de Génova nos da otro nuevo éxito político, habrá una intensificación del esfuerzo de los elementos pequeñoburgueses y directamente hostiles a todo lo proletario por entrar en el Partido. (…)

Si no cerramos los ojos a la realidad, debemos admitir que en la actualidad la política proletaria del Partido no está determinada por el carácter de sus componentes, sino por el enorme prestigio, sin reservas, de que goza ese pequeño grupo que podría ser llamado la vieja guardia del Partido.

Lenin. Carta a Molotov sobre las condiciones de admisión de nuevos militantes en el Partido, 26 de marzo de 1922.

No es solo que el crecimiento del partido lo esté volviendo romo. Lenin empieza a intuir la consolidación de una forma de hacer, hija de la guerra, que convierte los procedimientos administrativos del ejército en modos de ser del partido.

La resolución del CC para el Congreso debe ser redactada en la forma siguiente (aproximadamente):

Los hechos muestran, y la comisión especial del Congreso lo confirma, que el principal defecto del trabajo del Partido en el campo es la falta de estudio de la experiencia práctica. Esta es la raíz de todos los males y de la burocracia. El Congreso encomienda al CC que luche contra esto ante todo.

Lenin. Carta al Buró Político, 16 de marzo de 1922.

Dos días después escribe una carta al Buró a través de Molotov en el que se muestra indignado por el trato de favor a los miembros del partido en el sistema de justicia. Otra consecuencia de lo mismo.

No es la primera vez que el Comité de Moscú (incluido el camarada Zelenski) se muestra indulgente en la práctica con comunistas delincuentes que merecen la horca. (…) Colmo de la vergüenza y el escándalo: ¡¡el Partido en el poder defiende a «sus» canallas!!!

Lenin. Carta al Buró Político, 18 de marzo de 1922.

Siempre buscando crear diques al proceso en tanto la revolución mundial avanza, plantea al Partido recuperar una división entre instituciones soviéticas -que sabe vacías- y un partido que sabe, a estas alturas de aluvión y dependiente para tener una dirección clasista tan solo de la cohesión de la «vieja guardia». Dados los magros recursos intelectuales e ideológicos que imponen que la vieja guardia dirija el partido y los soviets, piensa Lenin, al menos salvemos al partido de embrollarse «con demasiada frecuencia» en la pura gestión estatal para que pueda mantener la tensión ideológica.

Es necesario delimitar con mucha más precisión las funciones del Partido (y de su CC) y del Gobierno soviético; elevar la responsabilidad y la independencia de las instituciones de los Soviets y sus funcionarios, dejando para el Partido la dirección general de la actividad de conjunto de los organismos estatales, sin intervenir con demasiada frecuencia, o de un modo irregular y a menudo innecesario, como sucede en la actualidad.

Carta a Molotov para el pleno del CC del PCR(b), 23 de marzo.

Cuando llega la hora del XI Congreso del PCR(b) el marco de la NEP lo ocupa todo… porque toca «empezar de cero» otra vez. Y sin embargo al Partido le cuesta contorsionarse y adaptarse a la nueva situación impuesta por las rémoras de la guerra y el retraso de la Revolución Mundial. La guerra había convertido a la Rusia soviética en un cuartel y la dirección del partido, a todos los niveles, en dirigentes con poderes militares de excepción. La paz y la NEP convertían a Rusia ahora en un capitalismo de estado y la tendencia natural de los dirigentes -liberados del control de unos soviets exánimes– era a dirigir ese capitalismo de estado con el sentido crítico de un coronel de intendencia.

Yo estoy profundamente convencido (y nuestra nueva política económica permite sacar esta conclusión con toda claridad y firmeza), que si nos percatamos de todo el inmenso peligro que representa la nueva política económica y concentramos todas nuestras fuerzas en los puntos débiles, resolveremos el problema. (…) Hasta ahora escribíamos un programa y prometíamos. En su tiempo esto era completamente indispensable. Sin programa y sin promesas no se puede propugnar la revolución mundial. (…) Pero ahora las cosas se hallan de tal manera que debemos comprobar ya en serio nuestro trabajo, y no como suelen hacerlo las instituciones de control creadas por los mismos comunistas, aunque estas sean magníficas y estén incluidas en el sistema de las instituciones de los Soviets y en el sistema de las instituciones del Partido, aunque sean instituciones de control casi ideales (…)

En el transcurso de este año hemos demostrado con entera claridad que no sabemos administrar la economía. Esta es la enseñanza principal. O en el año próximo demostramos lo contrario, o el Poder soviético no podrá existir. Y el peligro mayor es que no todos se dan cuenta de eso. Si todos los comunistas que ocupan puestos de responsabilidad reconocieran claramente: no sabemos, comencemos a aprender desde el principio y saldremos ganando, sería a juicio mío, la conclusión principal, fundamental. Pero no lo reconocen y están convencidos de que si alguien piensa así es gente poco desarrollada que no ha estudiado, según dicen ellos, el comunismo, puede ser que lo estudien y lo lleguen a comprender. Pero nada de eso, perdonen, no se trata de que el campesino o el obrero sinpartido no haya estudiado el comunismo, sino de que han pasado los tiempos en que bastaba con desarrollar un programa y hacer un llamamiento al pueblo para que cumpliera este gran programa. (…)

A pesar de todo, aun no hemos dejado de ser revolucionarios (aunque muchos dicen, y hasta no sin cierto fundamento, que nos hemos burocratizado) y podemos comprender esta cosa sencilla: que en la obra nueva, extraordinariamente difícil, hay que comenzar desde el principio varias veces. Si después de haber comenzado uno se ve en un atolladero, comienza de nuevo, y así diez veces si es necesario, hasta que uno salga con la suya. No cabe envanecerse ni presumir de ser comunista, porque puede haber allí cualquier dependiente de comercio sinpartido, quizá algún guardia blanco y, seguramente, un guardia blanco que sabe hacer las cosas que necesariamente deben hacerse en orden económico, en tanto que uno no lo sabe. Si uno, un comunista que ocupa un puesto de responsabilidad, con centenares de categorías y títulos, incluso con el de «caballero» comunista y soviético, llega a comprender eso, habrá conseguido su objetivo, pues eso se puede aprender. (…)

Según todas las publicaciones de economía, el capitalismo de Estado es el existente bajo un régimen capitalista, en el que el poder estatal tiene supeditadas directamente a tales o cuales empresas capitalistas. Pero nuestro Estado es proletario, se apoya en el proletariado, da al proletariado todas las ventajas políticas y se gana mediante el proletariado a los campesinos por abajo (recordarán ustedes que comenzamos esta labor por los comités de campesinos pobres). Por eso el capitalismo de Estado desorienta a tantísimos. Para que eso no ocurra, hay que recordar lo fundamental: que en ninguna teoría ni en publicación alguna se analiza el capitalismo de Estado en la forma en que lo tenemos aquí, por la sencilla razón de que todas las nociones comunes relacionadas con estas palabras se refieren al poder burgués en la sociedad capitalista. Y la nuestra es una sociedad que se ha salido ya de los raísles capitalistas, pero que no ha entrado aun en los nuevos raíles; pero este Estado no lo dirige la burguesía sino el proletariado. No queremos comprender que cuando decimos «Estado», este Estado somos nosotros, es el proletariado, es la vanguardia de la clase obrera. El capitalismo de Estado es el capitalismo que nosotros sabremos limitar, al que sabremos poner límites, este capitalismo de Estado está relacionado con el Estado, y el Estado son los obreros, es la parte más avanzada de los obreros, es la vanguardia, somos nosotros.

Lenin. Informe político del CC del PC(b) de Rusia, 27 de marzo de 1922

Dicho de otro modo, el capitalismo de estado era, obviamente, peligroso, también la última salida en espera de que llegara la revolución mundial. Solo podía controlarse y contenerse en favor de la clase desde el poder soviético, pero el poder soviético había muerto de extenuación y su lugar lo había ocupado el partido, que aguantaba en solitario la estructura en espera de un cambio de las condiciones. Pero el partido a su vez, inflado por las adhesiones masivas durante y tras la guerra, tenía ya un contenido de clase y un nivel político y teórico que solo se garantizaba por la «vieja guardia». Esta era, a fin de cuentas, quien debía sostenerlo todo. Es decir, gestionar el capitalismo de estado sin convertirse en una burocracia, la nueva forma de burguesía sin propiedad individual que ya había surgido en el mundo capitalista. Resumiendo: la élite dentro del partido tenía que contrapesarse a sí misma: pensar como capitalista y responderse como comunista.

Lenin -y todos los marxistas- tuvieron siempre clara la idea de que un alma/superestructura política socialista -el estado obrero- podía mantenerse viva solo muy temporalmente en un cuerpo/estructura capitalista -una economía basada en la relación capital salario fuera de quien fuera la propiedad. De ahí la urgencia de la extensión de la revolución mundial. Extender ese tiempo, rodeados por el imperialismo de un lado y por una masa campesina pequeñoburguesa de otro, estaba resultando heroico y restringiendo el espíritu proletario del partido cada vez más a su cima. Esa cima que ahora, además tenía que aprender a pensar como un eficiente capitalista de estado sin dejar de ser comunista. Tal cual en las palabras finales del informe anterior:

Hay que reconocer, sin temor de confesarlo, que en el 99 por 100 de los casos los comunistas que ocupan cargos de responsabilidad no están en sus sitios, no saben ejercer sus funciones y ahora tienen que aprender. Si lo reconocemos, y puesto que tenemos para ello la suficiente posibilidad -pues a juzgar por la situación internacional general, nos alcanzará el tiempo para poder aprender-, es preciso realizarlo a toda costa.

Lenin. Informe político del CC del PC(b) de Rusia, 27 de marzo de 1922

La contradicción era insalvable si no llegaba pronto el socorro de la revolución europea, y Lenin lo iba a experimentar de forma directa con tanta intensidad que según no pocos contemporáneos, aceleró su muerte. La primera era una cuestión de principio -el monopolio del comercio exterior-, la segunda fue, en realidad, una cuestión de formas dentro de un debate estratégico: la llamada «cuestión georgiana».

En marzo de 1922 se produjo una brecha en el Comité central sobre el monopolio del comercio exterior. Como hemos visto, el monopolio del comercio exterior era un pilar de la NEP, una línea de defensa frente a la tendencia de las privatizaciones y la apertura al comercio desigual con los imperialistas. Para Lenin debilitar ese monopolio supondría unir al campesinado con el capital mundial de una manera irreversible. Además, sabía que si los capitalistas extranjeros con los que se negociaba en Génova tenían la perspectiva de poder hacer negocios en Rusia sin el estado, esperarían a que se hiciera realidad antes de cerrar ningún acuerdo. Abrir esa ventana suponía en la práctica alargar el bloqueo primero para acto seguido insertar a la pequeña burguesía rusa en el mercado mundial de forma independiente. Lo que ha llamado la atención de Trotski y de los historiadores es que aunque la propuesta original es de Sokolnikov, a su alrededor, y por diferentes motivos, apareció por primera vez una fracción stalinista en el Comité Central. Lo que es muy interesante porque como veremos en siguientes entregas, los avances de la fracción stalinista irán ligados siempre a derrotas internacionales del proletariado.

He meditado bastante tiempo sobre nuestra conversación (con usted, Stalin y Zinóviev) a propósito del Comisariado del Pueblo de Comercio Exterior y de la línea de Krasin y de Sokólnikov.

Mi conclusión es que sin duda tiene razón Krasin. Ahora no podemos retroceder del monopolio del comercio exterior más de lo que proponía y sigue proponiendo Lezhava en sus tesis. Si lo hacemos, los extranjeros acapararán y exportarán todo lo valioso.

Sokólnikov somete aquí, y en todo su trabajo, un error colosal, que nos llevará a la ruina sin falta si el CC no corrige a tiempo su línea y no consigue que la línea corregida sea aplicada en realidad. Este error consiste en la abstracción, en el apasionamiento por un esquema (de lo que ha pecado siempre Sokólnikov como periodista talentoso y político dispuesto a apasionarse). Ejemplo: Sokólnikov propone un proyecto de decreto sobre la importación de víveres del extranjero a Rusia. Y de paso dice en el decreto: las «garantías» son una cuestión aparte (o sea, las garantías de que los valores que se exporten de Rusia, supuestamente a trueque de víveres, se invertirán en efecto y por entero en víveres).

¡Esto es verdaderamente pueril! Todo el meollo del problema está en las garantías (…) ¿Dónde están las «garantías» de que, al transferir al extranjero 100.000 rublos oro, no transfiero 20.000 de ellos ficticiamente? ¿Comprobar los precios? ¿Quién lo haría? ¿De qué modo? ¡Es una utopía burocrática!(…)

Por esto:

  1. no socavar en ningún caso el monopolio del comercio exterior;
  2. aceptar mañana mismo las tesis de Lezhava;
  3. publicar en seguida (hemos perdido infinidad de tiempo) en nombre del presidium del CEC de toda Rusia una declaración firme, fría y furiosa de que no retrocederemos más en la economía y quienes intenten engañarnos (o soslayar el monopolio, etc.) encontrarán el terror; no se debe emplear esta palabra, pero «aludir con finura y cortesía» a ello.

Lenin. Carta a Kamenev, 3 de marzo de 1922

Lenin prosigue dando un ejemplo concreto: una compra de latas de conserva solicitada por el comité del soviet de Moscú y frustrada por el Comisariado de Comercio Exterior (en ese momento, dirigido por Molotov) cuyos procedimientos burocráticos inhibieron a los moscovitas de proseguir. El enfado de Lenin -las quejas de desabastecimiento de latas llegan incluso hasta su retiro en la casa de Gorki- y los medios que propone para enfrentar la burocracia habla del estado de la organización de los soviets, el partido y el estado en general.

Encargar luego a la prensa que ponga en ridículo y mancille a los unos y los otros. Porque aquí el oprobio estriba precisamente en que los moscovitas (¡en Moscú!) no supieron combatir el papeleo. Hay que dar una paliza por esto. «No supieron» despachar un telefonema: «negocio ventajoso urgente. Exigimos respuesta del Comisariado de Comercio Exterior dentro de 3 horas. Copia a Molótov para el CC y a Tsiurupa y Enukidze para el CCP y el CEC de toda Rusia». ¿Han pasado 3 horas y la respuesta no llega? Unas cuatro líneas, también, de queja por teléfono.

¡Pero los idiotas deambulan y hablan durante dos semanas! Hay que hacer pudrirse en la cárcel por ello, en vez de considerarlo como una excepción. Para moscovitas, 6 horas de calabozo por estupidez. Para colaboradores del Comisariado de Comercio Exterior, 36 horas de calabozo, por su estupidez más su «responsabilidad central».

Se debe enseñar así, y solo así. De otro modo, los funcionarios de organismos soviéticos, locales y centrales, no aprenderán. No podemos comerciar libremente: esto es la perdición de Rusia.

Lenin. Carta a Kamenev, 3 de marzo de 1922

Habíamos llegado a un punto en el que solo se podía «enseñar así», con los métodos de un ejército en guerra, al partido-estado, que abrumado por los métodos y procedimientos burocráticos prefería armar económicamente a la reacción campesina, uniéndola a la burguesía internacional, antes que modificar sus procedimientos, papeleos y demás. Métodos burocráticos contra la burocracia.

La imposición pasiva de la erosión del monopolio sulfura a Lenin, que el 15 de mayo envía una nota a Stalin, que ya era SG del CC, en términos imperativos proponiendo al CC una ratificación del monopolio. Pero Stalin está cambiando la naturaleza del cargo: añade sus propias notas antes de entregar copias de los documentos a los miembros («cekistas»). Lo utiliza para resaltar su propia posición burocrática como si estuviera por encima del viejo líder y socavar la firmeza de las posiciones aprobadas. A la comunicación de Lenin añade:

En esta etapa, no me opongo a la prohibición formal de las medidas que tiendan a debilitar el monopolio del comercio exterior. Creo, sin embargo, que la debilitación se hace inevitable.

El plenario toma, una vez más, una posición ambigua, tendente al fin del monopolio. Lenin se pone a trabajar frenéticamente, convoca a distintos grupos, envía nuevas notas -que Stalin vuelve a entregar con agregados propios impertinentes del tipo:

La carta del camarada Lenin no me ha hecho cambiar de opinión sobre lo acertado de la decisión del pleno

Y finalmente Lenin organiza con Trotski como su portavoz, la agitación dentro del CC. Da tanta importancia ya a este debate que incluso llega a proponer a Trotski organizarse como fracción en el Congreso y dirigirse a «la fracción comunista»1 si no consiguen sacarlo adelante antes en el CC.

Yo también considero absolutamente necesario acabar de una vez y para siempre con esta cuestión. Si existe el temor a que ella me conmueva e incluso pueda reflejarse en mi estado de salud, creo que es del todo erróneo, pues me conmueve diez mil veces más la dilación que hace completamente inestable nuestra política respecto a uno de los problemas cardinales. Por ello llamo su atención sobre la carta adjunta y ruego mucho pronunciarse en apoyo a la discusión inmediata de esta cuestión. Tengo la certidumbre de que si estamos amenazados por un fracaso, fracasar antes del Congreso del Partido, y dirigirnos inmediatamente al grupo del Congreso, será mucho más ventajoso que fracasar después del mismo. Tal vez sea aceptable el siguiente compromiso: ahora aprobamos una resolución que confirme el monopolio, pero plantearemos sin embargo la cuestión en el Congreso del Partido, y lo acordamos ahora mismo. A mi modo de ver, nuestros intereses y los de nuestra causa no nos permiten en ningún caso aceptar otro compromiso cualquiera que sea.

Lenin. Carta a Trotski, 15 de diciembre 1922

Viendo el avance del tandem Lenin-Trotski, Stalin, que cada vez más abiertamente aparece como líder bajo la resistencia a las posiciones de Lenin, recula en términos similares a los de la primera nota. Lenin, se siente fortalecido y escribe exultante a Trotski animándole a proseguir, creando de hecho una fracción en el partido con visibilidad en el congreso de los soviets.

Parece que se ha logrado conquistar la posición sin un solo disparo por medio de una simple maniobra. Propongo no detenernos y llevar adelante la ofensiva aprobando la propuesta de plantear en el Congreso del Partido la cuestión del afianzamiento del comercio exterior y de las medidas que puedan mejorar su realización. Dar a conocerlo en el grupo partidista del Congreso de los Soviets. Espero que usted no ponga objeciones ni se niegue a hacer un informe en el grupo.

Lenin. Carta a Trotski, 21 de diciembre de 1922.

En marzo Lenin escribe de nuevo a Trotski (carta del 5 de marzo del 23) que se haga cargo de «la defensa del asunto georgiano» (que veremos ahora). Stalin, que de algún modo intercepta la carta, pierde los nervios, insulta y amenaza telefónicamente a Nadezhda Krupskaya por dejar que Lenin se comunique. Lenin le responde con una famosa carta en la que exige una retractación y le espeta:

No estoy dispuesto a olvidar tan fácilmente lo hecho contra mi

Esta carta, junto con otra del 6 de marzo a los dirigentes georgianos con copia a Trotski y Kamenev serán las últimas añadidas a las Obras Completas después de la muerte de Stalin. La carta, decía concisamente:

Estimados camaradas,

Sigo con toda el alma su asunto. Estoy indignado por la brutalidad de Ordzhonikidze y las indulgencias de Stalin y Dzerzhinski. Preparo para ustedes notas y un discurso.

Lenin. Carta a Mdviani, Majaradze y otros. 6 de marzo de 1923

¿Qué había pasado en Georgia? En 1918, en el curso de la guerra civil, los mencheviques, con la aquiescencia de la Iglesia y los nacionalistas proclaman en Tiflis la «República Democrática de Georgia». El 11 de febrero de 1921, a pesar de las dudas del CC y de no haber avisado siquiera a los bolcheviques georgianos -algunos de gran peso como Majaradze- Ordzhonikidze, con el apoyo de Stalin, inicia la invasión con el ejército rojo. Tras la formación de un gobierno soviético con soviets creados ad hoc, vendrá una discusión, no limitada a Georgia, sobre la estructura del estado obrero. Los georgianos insistirán en mantener una república independiente y soberana dentro de una unión de estados soviéticos, la postura que defenderá Lenin.

Stalin, a la sazón Comisario de las Nacionalidades, pretenderá unificar todas las repúblicas nacidas durante la guerra en la federación Rusa, dándoles un estado de «autonomías» o «repúblicas autónomas» no soberanas. Sobre el terreno, para imponer este modelo, Stalin contaba con Ordzhonikidze, convertido de facto en una especie de gobernador soviético de todo el Caúcaso por su dirección del ejército en la campaña de Georgia. Las tensiones, choques, imposiciones y humillaciones diversas que Ordzhonikidze impuso a los georgianos llegaron a Moscú pero Stalin no informó de ellas al CC. El partido entiende el debate en los términos que se lo presenta Stalin: restos nacionalistas georgianos frente a centralismo socialista. Y todo está apunto de pasar sin pena ni gloria.

Pero como hemos visto, la batalla en defensa del monopolio del comercio exterior había acercado a Lenin y Trotski una vez más y seguramente convencido a Lenin de una tesis de Trotski a la que hasta entonces había permanecido impermeable: para Trotski el principal peligro de burocratización nacía del Partido, no del comercio. Algo de eso se intuye ya cuando quiere mandar a Molotov y el círculo de Stalin al calabozo para que aprendan a hacer comercio exterior.

Así que Lenin abandona su reclusión en la casa de Gorki y se traslada al Kremlin. La excusa la da la vuelta de Rikov de Georgia. No sabemos qué contenía el informe de Rikov, solo que tres días después Lenin llama a Dzerzhinski, que acaba de volver de Georgia por cuenta del CC, para contrastar con él. Dzerzhinski le cuenta la versión oficial elaborada por Stalin, pero esta vez está alerta y descubre dos cosas que le dejan helado: se ha mandado llamar a Moscú a todo el CC del partido en Georgia para imponerle algún tipo de castigo y Ordzhonikidze ha golpeado con un «guantazo» a un dirigente comunista georgiano en el curso de una discusión.

Me ha dado tiempo solo a conversar con el camarada Dzerzhinski, que ha vuelto del Caúcaso y me ha contado cómo se plantea este problema en Georgia. También me ha dado tiempo de intercambiar unas palabras con el camarada Zinoviev y expresarle mis temores sobre el particular. Por lo que me ha contado el camarada Dzerzhinski, que ha presidido la comisión enviada por el Comité Central para «investigar» lo relativo al incidente de Georgia, yo no podía tener más que los mayores temores. Si las cosas tomaron tal cariz que Ordzhonikidze pudo perder los eestribos y llegar a emplear la violencia física, como me ha hecho saber el camarada Dzerzhinski, podemos imaginarnos en qué charca hemos caído. Al parecer todo este fenómeno de «autonomización» era erróneo e intespectivo por completo.

Se dice que era necesario unir la administración. ¿De dónde han salido esos asertos? ¿No será de esa misma administración rusa que, como indicaba ya en uno de los anteriores números de mi diario, hemos tomado del zarismo habiéndonos limitado a ungirlo ligeramente con el óleo de los soviets?

Es indudable que se debería demorar la aplicación de esta medida hasta que pudiéramos decir que respondemos de nuestra administración como de algo propio. Pero ahora, poniéndonos la mano en el pecho, debemos decir lo contrario, que denominamos nuestra una administración que, en realidad, aun no tiene nada que ver con nosotros y constituye un batiburrillo burgués y zarista que no ha habido posibilidad alguna de transformar en cinco años sin la ayuda de otros países y en unos momentos en que predominaban las «ocupaciones» militares y la lucha contra el hambre.

En estas circunstancias es muy natural que la «libertad de abandonar la unión», con la que nosotros nos justificamos sea un papel mojado inservible para defender a los no rusos de la invasión del ruso genuino, del ruso chovinista, miserable en el fondo y dado a la violencia, como es el típico burócrata ruso. No cabe duda de que el insignificante porcentaje de obreros soviéticos y sovietizados se hundiría en este mar de inmundicia chovinista rusa como las moscas en la leche.

Lenin. Apuntes, 30 de diciembre de 1922

Es decir, tenemos a Lenin entrando en el último año de su vida viendo cada vez más claramente que:

  1. el estado soviético es inane, cayó exánime con la descomposición del proletariado ante la guerra y en ausencia de la «ayuda» del proletariado de otros países, es decir, la extensión de la revolución;
  2. en su lugar lo que existe es una estructura administrativa que por las mismas causas resulta ser un «batiburrillo burgués y zarista que no ha habido posibilidad alguna de transformar» y que genera, como expresión ideológica nacionalismo panruso, «inmundicia chovinista»;
  3. que esa estructura, el estado obrero, tiene cada vez más difícil mantener su naturaleza de clase porque «el insignificante porcentaje de obreros soviéticos y sovietizados se hundiría en este mar de inmundicia chovinista rusa como las moscas en la leche»

Lenin había explicado una y otra vez desde el inicio de la NEP el frágil equilibrio que permitía, temporalmente, la supervivencia de la revolución en dos planos simultáneos:

  1. Por un lado el imperialismo y la Revolución Mundial. Si los nuevos partidos comunistas eran un avance, y empezaban a limitar a los gobiernos imperialistas, tampoco la revolución avanzaba tras las derrotas de 1920-21, al revés.
  2. Por otro, tras la guerra, la NEP suponía una retirada en pos de reforzar la alianza con la pequeña burguesía -los 100 millones de campesinos. Esa alianza, de por sí peligrosa, necesitaba a su vez dos cosas para no convertirse en sustento de la contrarrevolución:
    1. Evitar que el campesinado y el imperialismo se conectaran en un frente común (de ahí la importancia del monopolio del comercio exterior).
    2. Reavivar desde el partido el estado obrero, los soviets exánimes por la guerra.

Por un lado hemos visto, como Lenin cifra las posibilidades de mantener al partido en posiciones de clase en la vieja guardia, pero teme cada vez más una división en ésta y hasta el último aliento luchará por evitarla, no teniendo claro si ahondar la batalla contra Stalin o llamar a un arreglo con Trotski, de quien por cierto, también temía su tendencia a centrarse en lo pequeño y lo meramente procedimental de los problemas. Por otro, ahora incorpora un nuevo elemento: descubre que la burocracia no es solo un vicio contraído por el partido en la militarización de la guerra, sino que es la forma en que están reviviendo, a partir de la burda estructura administrativa del estado soviético, las viejas clases heredadas del zarismo, «hundiendo en ese mar» a los escasos cuadros obreros.

Durante sus últimos periodos de actividad, con Stalin interfiriendo y evitando -con la excusa de su salud- sus comunicaciones, Lenin identificará cada vez más esa burocracia emergente con la «brutalidad», el «encono» rusificante y «el poder inmenso concentrado por Stalin». Los textos son sobradamente conocidos pues fueron incorporados a las ediciones rusas de las obras completas posteriores a 1959. La historiografía trotskista ha querido ver en ellos una suerte de premonición fatal del desenlace de las luchas por el poder en el partido en los años siguientes. Al hacerlo ha transmitido un idealismo inaceptable según el cual se trata de transmitir la idea de que «si Lenin hubiera vivido dos años más…» la contrarrevolución habría sido derrotada o evitada.

A pesar del papel impresionante de Lenin, de su innegable peso histórico, no son ni las grandes individualidades ni su ausencia las que dan forma y ocasión a los grandes movimientos de la Historia. La correlación entre clases y su situación subjetiva es, con precisión casi aritmética, la que lo hace. Ese es el sentido del verdadero «testamento político» de Lenin, resumido en los puntos anteriores, más que las recomendaciones y miedos sobre personas concretas como Stalin y su grupo.

Y si algo en esas ecuaciones -donde como hemos visto, el «estado soviético» se pone ya al final en duda en tanto que «estado obrero» o «estado obrero y campesino»- era determinante para Lenin, era el curso y el destino de la Revolución Mundial.

Hacia el Termidor soviético

El primer congreso del partido sin Lenin -que estaba ya en la última fase de su enfermedad- dio la tónica de la pendiente por la que caería en los siguientes tres años. Zinóviev, Kámenev y Stalin habían formado dentro del Politburó -que tenía solo seis miembros- un «bloque», el famoso «triunvirato», cuyo primer objetivo fue dejar a Trotski fuera de la posible sucesión como líder del partido. Es importante señalar que hasta ese momento Lenin simplemente «lideraba» y que cuando había posiciones encontradas, lo que, como hemos visto, ocurría con cierta frecuencia, se decidía por mayoría simple. Lenin era un «primero entre pares». Así que liderar suponía obtener un reconocimiento también como teórico marxista solvente, capaz de guiar al partido con la claridad de un Lenin. Obviamente solo Trotski tenía estas condiciones. Trotski conocía ya el «testamento» de Lenin, no solo sus instrucciones para quitar a Stalin de posiciones de mando y dar una batalla abierta y sin componendas contra las tendencias burocráticas y chovinistas, sino su profundo asco ante la forma que había tomado el estado. Pero Trotski tendió una mano al triunvirato y en particular a Stalin. Trotski, que como Lenin temía que el partido se rompiera por la división de su «vieja guarda», prefirió apostar por un compromiso de silencio ante el triunvirato a cambio de poder centrarse, hablando en nombre de toda la dirección, en lo que para él era el meollo del problema ruso: el desarrollo de la NEP y la necesidad de comenzar la planificación económica.

Los triunviros se comportaron con deliberada modestia. Declararon que su única razón para aspirar a la confianza del Partido era su condición de discípulos leales y probados de Lenin. Fue en este Congreso donde Zinóviev y Kámenev iniciaron la exaltada glorificación de Lenin que posteriormente habría de convertirse en un culto estatal. No cabe duda de que la exaltación, en parte, era sincera: éste era el primer Congreso bolchevique sin Lenin, y el Partido ya se sentía huérfano. Los triunviros explotaron este estado de ánimo, sabiendo que la glorificación de Lenin relejaría gloria sobre aquellos a quienes el Partido había conocido como sus discípulos más antiguos. Con todo tuvieron que trabajar arduamente para convencer al Congreso de que ellos hablaban con la voz de Lenin. Los delegados estaban inquietos. Recibieron a Zinóviev con un hosco silencio cuando éste se adelanto a presentar el informe principal. Sus exageradas y hasta ridículas expresiones de adoración por Lenin disgustaron a los delegados más conscientes y de mayor sentido crítico; pero éstos eran una minoría y no protestaron por temor a ser mal interpretados.

Los triunviros hicieron a continuación exhortaciones a la disciplina, la unidad y la unanimidad. Cuando el Partido se veía privado de su jefe, tenía que cerrar sus filas. «Toda crítica a la línea del Partido», exclamó Zinóviev, «incluso una llamada crítica de izquierda, es ahora, objetivamente, una crítica menchevique». Lanzó esta advertencia a Kolontai, Shliápnikov y sus seguidores; excitándose a a medida que hablaba les dijo que ellos eran más perniciosos aun que los mencheviques. Aunque ostensiblemente iban dirigidas solo contra la Oposición Obrera, sus palabras tenían implicaciones más amplias: le hacía ver a cualquier crítico potencial el tipo de denuncia que tendría que enfrentarse. La máxima de que toda crítica sería considerada a priori como una herejía menchevique era una novedad: nunca antes se había declarado nada parecido.(…)

Interesado únicamente en las circunstancias inmediatas de la lucha por el poder y lleno de confiannza en sí mismo, Zinóviev fue ahora un paso más lejos y describió a todo adversario del grupo dirigente como un portavoz potencial de aquellos mencheviques «inconscientes» e inarticulados. De ellos se desprendía que los dirigentes, fuesen quienes fuesen, tenían el derecho e incluso el deber de suprimir a los adversarios dentro del Partido en la misma forma en que habían suprimido a los verdaderos mencheviques. De esta manera formuló Zinóviev lo que habría de seer el canon de la autosupresión bolchevique.

Este llamado a la disciplina y la nueva concepción de la unidad no dejaron de ser impugnados. Los miembros de la Oposición Obrera y otros disidentes subieron a la tribuna para denunciar al triunvirato y exigir su disolución. Lutovínov, un militante distinguido, protestó contra la «infalibilidad papal» y la inmunidad a la crítica que Zinóviev había reclamado para el Politburó. Kossior, otro viejo bolchevique, sostuvo que el Partido estaba gobernado por una camarilla, que la Secretaría General perseguía a los críticos, que Stalin, durante su primer año al frente de ese organismo, había destituido y persieguido a los dirigentes de organizaciones tan importantes como las de los Urales y Petrogrado, y que las declaraciones sobre la dirección colectiva eran un fraude. En medios de una gritería, Kossior exigió que el Congreso revocara la prohibición, aprobada en 1921, de los agrupamientos internos en el Partido.

Los triunviros, sin embargo, dominaron el Congreso: Kámenev lo presidió, Zinóviev enunció la línea política y Stalin manipuló el aparato del Partido. (…) Incluso algunos de los descontentos apelaron al sentido común de Stalin contra la extravagancia y la demagogia de Zinoviev.

La posición de Stalin ganó mayor realce en el debate sobre la política que debía seguirse frente a las nacionalidades no rusas, el mismo debate que hubiese podido acarrear su ruina. Los georgianos habían ido a Moscú con la esperanza de obtener el fuerte apoyo que Lenin les había prometido. No lo obtuvieron. Rakovski que era el jefe del gobierno ucraniano pero no tenía suficiente influencia en Moscú, se hizo cargo de su defensa. ¿Se proponía Moscú, preguntó, rusificar a las pequeñas nacionalidades del mismo modo que los gendarmes zaristas? Los georgianos quedaron perplejos y confundidos cuando escucharon al propio Stalin hablar con virtuosa indignación contra la violación de los derechos de las nacionalidades no rusas y cuando descubrieron que sus propias denuncias del chovinismo gran ruso figuraban en el texto de las «tesis» de Stalin. Este espectáculo, resultado de la transacción entre Trotski y Stalin, es pareció una mofa de todas sus quejas y protestas. En vano exigieron que, cuando menos, se diera lectura a las notas de Lenin. Los miembros del Politburó se mostraron enigmáticamente reticentes. Solo uno de ellos, Bujarin, rompió la conspiración del silencio y en gran y conmovedor discurso -que hubo de ser el canto del cisne de Bujarin como jefe del comunismo de izquierda- defendió a las pequeñas nacionalidades y denunció las simulaciones de Stalin. Exclamó que el rechazo del chovinismo ruso por parte de Stalin era pura hipocresía y que la atmósfera del Congreso, donde estaba reunida la élite del Partido, lo demostraba: cada una de las palabras pronunciadas desde la tribuna contra el nacionalismo georgiano o ucraniano suscitaban tempestuosos aplausos, mientras que la más moderada alución al chovinismo gran ruso era recibida con ironía o con un silencio helado. Fue con un silencio helado que los delegados recibieron el discurso del propio Bujarin. Stalin, envalentonado por la actitud del Congreso, pudo permitirse ahora atenuar el significado y el alcance del ataque de Lenin contra su política y derrotar a los «desviacionistas».

Trotski siguió los debates con actitud impasible o ausentándose de la sala. Observó escrupulosamente los términos de su transacción con los triunviros y el principio de «solidaridad de gabinete» del Politburó. Este principio no impidió a Zinóviev hacer a Trotski objeto de pullas alusivas a su «obsesión con la planificación». Trotski no reaccionó. (…)

Cuando finalmente, el 20 de abril, Trotski se dirigió al Congreso, dejó de lado las cuestiones que habían suscitado tanto calor y pasión y se refirió exclusivamente a la política económica. Éste, sin duda, era un gran tema, en el que Trotski veía la clave de todos los demás problemas; y al fin tuvo oportunidad de presentar en forma cabal y ante un auditorio en escala nacional las ideas que hasta entonces solo había elaborado con poca cohesión o únicamente dentro del círculo cerrado de los dirigentes. Era parte de su convenio con los triunviros el que se le autorizara a presentar sus concepciones como una declaración de política oficial, aunque el Politburó disintiera de sus concepciones tanto como él disentía de la política de Stalin respecto a las nacionalidades no rusas. Trotski concedía la mayor importancia a la oportunidad de presentar su política económica como la «línea oficial» del Partido (…)

Trotski exhortó al Partido a convertirse en dueño del destino económico del país y aplicarse a la grande y difícil tarea de la acumulación primitiva socialista. Pasó revista a la experiencia de dos años de la NEO y redefinió sus principios. El doble propósito de la NEP, sostuvo, consistía en desarrollar los recursos económicos de Rusia y en encauzar ese desarrollo por vías socialistas. El aumento de producción industrial todavía era lento e iba a la zaga de la recuperación en la agricultura privada. Así surgía una discrepancia entre los dos sectores de la economía, y la discrepancia se reflejaba en las «tijeras» que se abrían entre los altos precios industriales y lso bajos precios agrícolas. (…) Las «tijeras» debían cerrarse mediante la reducción de los precios industriales más bien que mediante la elevación de los agrícolas. Era necesario racionalizar, modernizar y concentrar la industria; y ello requería planificación.

Isaac Deutscher. El profeta desarmado, 1959

Una frase muy citada por entonces de Lenin decía que la NEP había sido concebida «seriamente y para largo tiempo». Trotski vino a desarrollar esa idea:

La NEP es el campo de batalla que nosotros mismos hemos creado para la lucha entre nosotros y el capital privado . Lo hemos creado, lo hemos legalizado y en él nos proponemos librar la lucha seriamente y durante largo tiempo. Si, seriamente y para largo tiempo, pero no para siempre. Hemos introducido la NEO para derrotarla en su propio terreno y utilizando en buena medida sus propios métodos. ¿En qué forma? Haciendo uso efectivo de la economía de mercado… y también interviniendo, a través de nuestra industria de propiedad estatal, en el juego de esas leyes y ampliando sistemáticamente la esfera de la planificación. A la larga extenderemos la planificación a toda la esfera del mercado, absorbiendo y aboliendo así el mercado.

Trotski. Informe económico al XII Congreso del PCR(b), 1923

La cuestión es que el concepto de «acumulación socialista primitiva» implicaba que las empresas estatalizadas eran renombradas como «sector socialista» de la economía en vez de, como Lenin había remarcado, sector «capitalista de estado». Este desliz tenía una intencionalidad política pero constituía un serio error teórico que tendría consecuencias dramáticas a largo plazo.

¿Por que llamarle «socialista»? Reducir los precios industriales no era otra cosa que aumentar la productividad de la industria, es decir tecnificarla, capitalizarla. Ese capital, esa «acumulación primitiva socialista» solo podía salir de los trabajadores. Pero estos no estaban para más sacrificios ni recortes.

En el verano, estuvo a punto de estallar una gran huelga general al margen de los sindicatos en Moscú y Petrogrado. Los obreros, hartos de los atrasos acumulados en los salarios y de las formas torticeras de reducirles derechos, comenzaron huelgas aisladas. La GPU de Dzerzhinski se puso a buscar agitadores. En las fábricas habían resurgido grupos de viejos obreros bolcheviques -como el «Grupo obrero» de Miasnikov o «La verdad obrera»- que volvían a las formas de la clandestinidad. Mientras discutían si hacer propaganda por la huelga general, Miasnikov y su equipo más cercano, 20 personas, fueron detenidos. Dzerzhinski descubrió que el grupo clandestino tenía ya 300 miembros solo en Moscú. Por viejos bolcheviques que fueran, eran considerados ahora como «contrarrevolucionarios», «peores que mencheviques» como había dicho Zinoviev. Con todo decenas de viejos bolcheviques con cargos en el partido y la administración se negaron a testificar para la acusación y centenares de miembros de base del partido les habían escuchado con simpatía e incluso colaborado. Dzerzhinski pidió al CC que hiciera obligatorio a los miembros del partido informar a la GPU de actividades fraccionales en la base.

Gracias a la revolución de octubre se han superado todas las barreras en el camino del desarrollo económico de Rusia, no hay yugo opresor alguno de terratenientes, de la burocracia zarista y de idéntico signo, fundadas en los grupos reaccionarios del capital europeo. Tras la gloriosa revolución y la guerra civil se han abierto a Rusia amplias perspectivas para su rápido cambio en un país de capitalismo avanzado. En elo consiste la gran hazañam, indiscutible, de la Revolución de octubre.

Pero frente a esto, ¿en qué medida se ha cambiado la situación de la clase obrera? La clase obrera de Rusia está desorganizada, en las cabezas de los trabajadores reina la confusión; ¿viven ellos en un país de «dictadura del proletariado», como repite el partido comunista en cualquier momento oralmente y por escrito, o viven en un país de capricho y explotación, como les dice la realidad a cada paso? La clase obrera lleva una existencia mientras que la nueva burguesía (es decir, los funcionarios responsables, los directores de fábricas, los dirigentes de trusts, los presidentes del comité ejecutivo, etc.) y los nepistas llevan una vida lujuriosa que nos recuerda a la burguesía de todos los tiempos.

Llamada del grupo «La verdad de los trabajadores» al proletariado revolucionario

Así estábamos. El partido, que a esas alturas solo tenía 1/6 de obreros, estaba en la práctica desarticulado como organismo pensante. El remate de la situación en 1924 lo daba la extensión de la política de nombramientos de Stalin, que desde la secretaría general remozó la estructura del partido primando a sus simpatizantes personales y ahondando así la separación entre bases y cuadros medios. En el cuadro, solo faltaba Trotski dando carta de «socialismo» al capitalismo de estado, impulsando la planificación y dando así un ser económico definitivo, orgánico y centralizado a lo que hasta entonces había sido «solo» una peligrosa excrecencia del estado soviético: la burocracia.

En rigor de la verdad, la burocracia bolchevique era ya la única fuerza organizada y políticamente activa tanto en la sociedad como en el Estado. Se había apropiado el poder político que se le había escapado de las manos a la clase obrera, se había colocado por encima de todas las clases sociales y era políticamente independiente de ellas. (…) Objetivamente también, por la fuerza de las circunstancias, tenía que operar como el principal agente y promotor del desarrollo del país hacia el colectivismo. Lo qu en última instancia gobernaba la conducta y los lineamientos políticos de la burocracia era el hecho de que ésta tenía a su cargo los recursos de propiedad pública de la Unión Soviética. Ella representaba los intereses del «sector socialista» [es decir capitalista de estado] de la economía contra los del «sector privado», más que los intereses de cualquier [otra] clase social; y solo en la medida en que el interés general del «sector socialista» coincidía con el interés general o «histórico» de la clase obrera, podía la burocracia bolchevique pretender que actuaba en nombre de esa clase.

Isaac Deutscher. El profeta desarmado, 1959

Por un camino original el capitalismo de estado ruso estaba produciendo una clase no tan distinta de la nueva burguesía de los capitalismos de estado europeos que Lenin ya había intuido y descrito con vívidos ejemplos alemanes en su famoso folleto sobre el imperialismo.

En Europa la nueva «burguesía de estado» amalgamaba a los viejos burgueses individuales a través de los consorcios financieros y el estado, que en la guerra había aprendido a alinear en un único interés y de forma expeditiva a los distintos sectores de las clases propietarias. El fenómeno se daba incluso en países neutrales, como España, en los que la aparición del capital financiero liga a burguesía y terratenientes en el estado ya desde las postrimerías de la primera guerra mundial.

Muchos burgueses industriales cambiaban la propiedad clásica de la empresa por la participación en organismos financieros, donde se fundían con los viejos intereses latifundistas -importantísimos todavía en países donde la revolución burguesa nunca había triunfado en plenitud como Alemania o España- y con la alta administración del estado. De esa amalgama de capitanes de industria, restos de la nobleza, banqueros y alto funcionariado del estado, saldría la forma contemporánea de la burguesía: la burocracia, burgueses que no son propietarios personales de las grandes empresas -propiedad teórica de grandes fondos y cotizaciones libres- ni muchas veces del gran capital -al que a veces participan y siempre gestionan. Pocos son «empresarios» -una antigualla de escala dificilmente alcanzable por un recién llegado sin apoyo estatal y financiero- y la mayoría de ellos consejeros, altos directivos, diplomáticos, funcionarios de alto nivel del estado, etc. ligados por lazos familiares y sociales, que cooptan políticos y hacen política, que copan y se nutren de la alta burocracia estatal en un toma y daca que les revela tan ligados a los ministerios y a los gobiernos como a los consejos de administración de empresas mastodónticas que son la base de su poder colectivo como clase y que constituyen verdaderos monopolios nacionales y, a veces, globales.

En Rusia la burocracia nació como clase de una forma retorcida y al tiempo mucho más estilizada gracias a la ausencia de la vieja burguesía. Nació directamente en la gestión del sector público y se constituyó en clase a través del aparato del partido-estado. Es una clase política y autoconsciente desde sus orígenes, en parte y paradójicamente gracias a los restos de análisis marxista y libertad de debate que quedaban en el Partido, todavía en 1924 para algunos dirigentes como Trotski.

El 15 de octubre de 1923, 46 dirigentes bolcheviques hicieron pública una declaración demandando el fin de los poderes extraordinarios de los funcionarios del partido y quejándose de la represión interna, es la llamada «declaración de los 46», comienzo de la «Oposición de Izquierdas». Trotski en principio dudó y permaneció al margen como había hecho en el congreso, pero finalmente se solidarizó con ella en una serie de artículos llamados «El Nuevo Curso».

El burocratismo no es una característica momentánea de algunas organizaciones provinciales sino un fenómeno general. No va del distrito a la organización central por intermedio de la organización regional sino más bien de la organización central al distrito por intermedio de la organización regional. No es de ningún modo un «resabio» del período de guerra Sino que surge a raíz de haberse transferido al partido los métodos y los procedimientos administrativos acumulados durante estos últimos años. Por más exageradas que fuesen algunas veces las formas que revistió, el burocratismo del período de guerra era insignificante en comparación con el actual burocratismo, que se ha desarrollado en tiempos de paz mientras que el aparato, a pesar de la madurez ideológica del partido, continuaba obstinadamente pensando y decidiendo por sí mismo. (…)

El peligro fundamental del «viejo curso», resultante de causas históricas generales así como de nuestros errores particulares, consiste en que el aparato manifiesta una tendencia progresiva a oponer a algunos millares de camaradas que forman los cuadros dirigentes con el resto de la masa que se convierte para ellos sólo en un medio de acción. Si ese estado de cosas persistiese, se correría el riesgo de provocar a la larga una degeneración del partido en sus dos polos, es decir entre los jóvenes y los cuadros. En lo que concierne a la base proletaria del partido, las células de fábrica, los estudiantes, etc., el peligro es evidente. Al no sentir que participan activamente en el trabajo general del partido y no ver satisfechas sus aspiraciones, numerosos comunistas buscarían un sucedáneo de actividad bajo la forma de grupos y de fracciones de toda clase. Precisamente en ese sentido hablamos de la importancia sintomática de grupos tales como el «grupo obrero».

Pero no menos grande es, en el otro extremo, el peligro de ese régimen que ha durado demasiado y que se ha convertido para el partido en sinónimo de burocratismo. Sería ridículo no comprender, o negarse a ver, que la acusación de burocratismo formulada en la resolución del comité central está dirigida contra los cuadros del partido. No se trata, con relación a la línea ideal, de desviaciones aisladas en el plano práctico sino de política general del aparato, de su tendencia profunda. ¿El burocratismo implica un peligro de degeneración? Sólo un ciego podría negarlo. En su desarrollo gradual, el burocratismo amenaza con separar a los dirigentes de la masa, con llevarlos a concentrar únicamente su atención en los problemas administrativos, en las designaciones; amenaza también con restringir su horizonte, debilitar su sentido revolucionario, es decir, provocar una degeneración más o menos oportunista de la vieja guardia o al menos de un sector considerable de ésta. Esos procesos se desarrollan lenta y casi insensiblemente, pero se revelan de manera brusca. Para considerar a esta advertencia, basada en la previsión marxista objetiva, como un «ultraje», un «atentado», etc., es preciso en realidad la susceptibilidad recelosa y la altanería de los burócratas.

Trotski. El Nuevo Curso, 1923

La esperanza del «Nuevo Curso», cita literal de una frase del informe oficial del Comité Central, era un cambio de dirección en la relación entre el partido y el estado, entre la administración y los comunistas. Para Trotski era especialmente importante porque estaba convencido de la inevitabilidad del salto, tarde o temprano, hacia la planificación económica y sabía de los peligros que ésta conllevaba tanto si la burocracia se mostraba reticiente -inclinándose hacia el campesinado como hizo en un principio- como si la adoptaba como propia, como haría después.

De hecho, esta serie de Trotski llevará a la famosa campaña del tandem Zinoviev-Stalin «contra el trotskismo» cuya principal acusación sera «subestimar al campesinado» y poner en peligro la NEP. La campaña, que tuvo sus elementos difamatorios, no merece a estas alturas mayor comentario. El «triunvirato» simplemente aceleraba una caída que ya había empezado mucho antes. El momento simbólico vino dado quizás por las exequias y momificación de Lenin y los síntomas evidentes por el XIII congreso en 1924.

Este comenzó con el CC decidiendo no dar lectura al «testamento» de Lenin, que dejaba al descubierto la patochada de la sacralización de la figura del líder y sus palabras al tiempo que entronizaba al «triunvirato» y especialmente a Stalin. Es el congreso en el que Zinoviev exige a Trotski una «retractación». La mera idea -luego una constante en el stalinismo- produjo repulsión incluso entre los contrarios al dirigente. Krupskaya fue aclamada al protestar por la estulticia y violencia totalitaria bajo tal pretensión. Todos los precedentes se estaban sentando: la ocultación, la negación del debate, la humillación de los críticos en nombre de la supuesta necesidad de «monolitismo».

En este momento seguramente, la suerte ya estaba echada, pero quedaban dos últimas manos: la Internacional Comunista, a la que en ese momento se consideraba todavía por encima del partido ruso y sobre todo las últimos cartuchos de la oleada revolucionaria.

La derrota de la revolución en Alemania

Ya para entonces [1923] toda la Internacional Comunista estaba envuelta en la controversia. Los triunviros tuvieron que explicar y justificar su actitud ante los comunistas extranjeros, de quienes ansiaban obtener un claro apoyo a la condenación de Trotski para presentárselo al Partido ruso. Pero los comunistas europeos —y en aquellos años la influencia de la Internacional se limitaba todavía virtualmente a Europa— se sentían alarmados por lo que sucedía en Moscú y conturbados por la violencia de los ataques contra Trotski. Para ellos Trotski había sido la encarnación de la revolución rusa, de su leyenda heroica y del comunismo internacional. Debido a su estilo europeo de expresión, se habían sentido más cerca de él que de cualquier otro dirigente ruso. Él había sido el autor de los vibrantes manifiestos de la Internacional, que en sus ideas, su lenguaje y su impacto hacían recordar el Manifíesto Comunista de Marx y Engels. Él había sido el estratega y el táctico de la Internacional, así como su inspirador. Los comunistas europeos no podían comprender qué era lo que hacía volverse a Zinóviev, el Presidente de la Internacional, y a los otros dirigentes rusos contra Trotski; y temían a las consecuencias que el conflicto pudiera tener para Rusia y para el comunismo internacional. Su primer impulso, por consiguiente, fue defender a Trotski.

Antes de terminar el año de 1923 los comités Centrales de dos Partidos Comunistas importantes, el francés y el polaco, protestaron ante Moscú contra la difamación de Trotski y exhortaron a los antagonistas a zanjar sus diferencias en un espíritu de camaradería. Esto sucedió poco después de que Brandler, en nombre de su Partido, le pidiera a Trotski que asumiera la dirección de la proyectada insurrección comunista en Alemania. Los triunviros resintieron las protestas y temieron que Trotski, derrotado en el Partido ruso, pudiera todavía movilizar a la Internacional contra ellos. Zinóviev vio en la acción de los tres Partidos un desafío a su autoridad presidencial.

En aquel momento la Internacional estaba agitada por la derrota que acababa de sufrir en Alemania. Las cuestiones relacionadas con la derrota, la crisis que condujo a ésta y la política del Partido alemán, cuestiones que en sí mismas constituían asunto suficiente para un debate, quedaron ligadas inmediatamente a la disputa en el Partido ruso.

La crisis alemana se inició cuando los franceses ocuparon el Ruhr a principios de 1923. La región se convirtió en un foco de intensa resistencia alemana; y pronto todo el Reich fue presa de un vigoroso movimiento nacionalista de protesta contra el Tratado de Versalles y sus consecuencias. En un principio los partidos burgueses encabezaron el movimiento, y los comunistas se vieron marginados. Pero más tarde esos partidos, poco seguros del resultado final, empezaron a vacilar y a replegarse, especialmente cuando los conflictos sociales amenazaron eon profundizar la inquietud política. La economía de Alemania quedó desquiciada. La devaluación de la moneda tuvo lugar con catastrófica rapidez. Los obreros, cuyos salarios eran devorados por la inflación, estaban furiosos e impacientes por pasar a la acción. Los comunistas, que no habían vuelto a levantar cabeza desde el levantamiento de marzo de 1921, sintieron que un fuerte viento inflaba sus velas. En julio su Comité Central llamó a la clase obrera a prepararse para una decisión revolucionaria. Sin embargo, la confianza en su fuerza y sufiente capacidad para la acción revolucionaria no era muy profunda, y tampoco la compartían todos aquellos que tenían que ver con ella. Rádek, que se encontraba en Alemania como representante del Ejecutivo de la Internacional, advirtió a Moscú que el Partido alemán era exageradamente optimista y corría el peligro de incurrir en un nuevo aborto insurreccional. Zinóviev y Bujarin alentaban a los alemanes, sin proponer ningún curso de acción definida. En esta etapa, en julio, Trotski dijo que no estaba suficientemente informado sobre la situación en Alemania para expresar un juicio.

Posteriormente, Trotski llegó a la conclusión de que Alemania estaba en efecto a punto de entrar en una situación agudamente revolucionaria y de que al Partido alemán no sólo se le debía alentar a que siguiera una línea audaz, sino que se le debía ayudar a elaborar un plan claro de acción revolucionaria que culminara en una insurrección armada. La fecha de la insurrección debía señalarse de antemano de modo que el Partido alemán pudiera desarrollar la lucha a través de las fases preliminares, preparar a la clase obrera y desplegar sus fuerzas con vistas al desenlace final. El Ejecutivo vaciló. No sólo Rádek, sino Stalin también, ponían en duda la realidad de la «situación revolucionaria» y sostenían que era necesario sofrenar a los alemanes. Zinóviev continuó incitándolos, pero sin comprometerse a apoyar el plan «insurreccional». El Politburó, embebido en sus problemas internos, discutió el asunto con cierta ligereza; y Zinóviev comunicó la posición general del organismo a los dirigentes de la Internacional. Un tanto desganadamente se decidió señalarle al Partido alemán el camino de la revolución, ayudarlo en los preparativos militares y, por último, incluso fijar una fecha para el levantamiento. La fecha debía ser lo más próxima posible al aniversario de la insurrección bolchevique, de modo que fuera «el Octubre alemán».

En septiembre, el jefe del Partido alemán, llegó a Moscú para consultar al Ejecutivo. Albañil en sus años juveniles y discípulo de Rosa Luxemburgo, táctico sagaz y cauteloso y organizador de talento, Brandler no estaba convencido de que las circunstancias favorecieran ala revolución. Cuando le expresó sus dudas a Zinóviev —dudas muy similares a las que el propio Zinóviev había abrigado en vísperas del Octubre ruso—, éste, desgarrado entre la vacilación y el deseo de actuar resueltamente, optó por vencer las objeciones de Brandler con razonamientos acalorados y puñetazos sobre el escritorio. Brandler cedió. En su propio partido, especialmente en la organización de Berlín que dirigían Ruth Fischer y Arkadi Máslov, la impaciencia por pasar a la acción y la confianza en el triunfo habían ganado mucho terreno. Brandler creyó haber encontrado la misma confianza en Moscú, pues supuso que Zinóviev hablaba en nombre de todo el Politburó. Y, sin abandonar del todo sus reservas, llegó a la conclusión de que si los dirigentes del único Partido Comunista victorioso pensaban, al igual que los berlineses, que la hora había sonado, él debía retirar sus objeciones.

Fue en este momento, al sentir, como él mismo lo expresó, que no era «un Lenin alemán», cuando Brandler pidió al Politburó que comisionara a Trotski para dirigir la insurrección. En lugar de Trotski, el Politburó delegó a Rádek y Piatakov. Se formuló un plan de acción que se centraba en Sajonia, la provincia natal de Brandler, donde la influencia comunista era poderosa y los socialdemócratas encabezaban el gobierno provincial, y donde éstos y los comunistas habían actuado ya en un frente unido. Brandler y algunos de sus camaradas debían ingresar en el gobierno de Sajonia y usar su influencia para armar a los trabajadores. De Sajonia el levantamiento habría de propagarse a Berlín, Hamburgo, Alemania central y el Ruhr. Según Brandler —y su testimonio sobre este punto lo confirman otras fuentes—, tanto Zinóviev como Trotski le impusieron la aceptación de este plan. Más aún, Zinóviev, a través de sus agentes en Alemania, forzó el desarrollo de los acontecimientos a tal grado que el gobierno de coalición en Sajonia se formó por órdenes telegrafiadas desde Moscú; fue mientras viajaba de regreso a Alemania cuando Brandler se enteró, leyendo un periódico comprado en una estación de ferrocarril en Varsovia, de que ya era ministro.

Aun cuando las condiciones en Alemania hubiesen favorecido a la revolución, la artificialidad y la torpeza del plan y la lejanía de su dirección y su control habrían bastado para producir un fracaso. Las condiciones eran probablemente menos favorables y la crisis social en Alemania menos profunda de lo que se suponía. Desde el verano la economía había empezado a recuperarse, el marco se estabilizó y la atmósfera política se hizo más tranquila. El Comité Central no logró agitar a la masa obrera y prepararla para la insurrección. El proyecto de armar a los trabajadores abortó: los comunistas hallaron vacíos los arsenales en Sajonia. Desde Berlín el gobierno central envió una expedición militar contra la provincia roja. Y así, cuando llegó el momento del levantamiento, Brandler, apoyado por Rádek y Piatakov, canceló las ordenes de batalla. Sólo debido a una falla en los enlaces, los insurgentes entraron en acción en Hamburgo. Lucharon solos y después de un combate desesperado que duró varios días fueron aplastados.

Estos acontecimientos habían de tener un poderoso impacto en la Unión Soviética. Ellos destruyeron las posibilidades de una revolución en Alemania y Europa por muchos años, desmoralizaron y dividieron al Partido alemán y, al coincidir con reveses Similares en Polonia y Bulgaria., tuvieron el mismo efecto sobre la Internacional en su conjunto. Le impartieron al comunismo ruso una profunda y definida sensación de aislamiento, una falta de fe en la capacidad revolucionaria de las clases obreras europeas y aun cierto desdén por éstas. De este estado de ánimo se derivó gradualmente una actitud de autosuficiencia revolucionaria y de egocentrismo por parte de los rusos, actitud que habría de encontrar su expresión en la doctrina del «socialismo en un solo país». El desastre alemán se convirtió inmediatamente en uno de los puntos de controversia en la lucha por el poder en Rusia. Tanto los comunistas rusos como los alemanes se abocaron al análisis de las causas de la derrota a fin de fijar las responsabilidades. En el Politburó, los triunviros y Trotski se inculparon mutuamente.

A primera vista, no existía ninguna relación entre el fiasco alemán y la controversia rusa. Las líneas de división eran diferentes e incluso se cruzaban. Rádek y Piatakov, los dos «trotskistas», habian sido desde el principio cuando menos tan escépticos como Stalin acerca de las posibilidades de triunfo en Alemania; fueron ellos quienes respaldaron a Brandler cuando éste canceló las órdenes para la insurrección. Por otra parte, Zinóviev, después de vacilar, había aprobado el plan para el levantamiento, cuyo iniciador había sido Trotski ; pero también aprobó la cancelación de las órdenes de marcha. Trotski estaba convencido de que el Partido alemán y la Internacional habían desperdiciado una oportunidad excepcional; y sostuvo que Zinóviev y Stalin eran cuando menos tan responsables de ello como Brandler. Los triunviros replicaron que el levantamiento había sido estropeado localmente por los dos trotskistas, e insistieron en el «oportunismo» de Brandler y en la necesidad de destituirlo de la dirección del Partido alemán.

En lo tocante a Brandler, la actitud de los triunviros obedecía a motivos diversos. Los miembros de base del Partido alemán se habían vuelto enconadamente contra Brandler, y la organización de Berlín clamaba por su destitución. Zinóviev estaba ansioso por aplacar el clamor y salvar su prestigio y el de la Internacional convirtiendo a Brandler en chivo expiatorio. Al destituir a éste e instalar a Fischer y Máslov en la dirección del Partido alemán, Zinóviev convirtió a este Partido en su feudo personal.

Zinóviev tenía otra razón para insistir en el castigo ejemplar de Brandler: sospechaba que éste y sus amigos en el Comité Central alemán simpatizaban con Trotski. Al denunciar a Brandler como partidario de Trotski, Zinóviev también se proponía culpar a éste de la «capitulación» de aquél.

Finalmente, Brandler, incapaz de descifrar las rivalidades, deseoso de desligar la cuestión alemana de los problemas rusos y de salvar su posición, declaró su apoyo a la dirección oficial rusa, es decir, a los triunviros. Ello, sin embargo, no lo salvó.

Tal era la Situación en enero de 1924, cuando el Ejecutivo de la Internacional se reunió para investigar formalmente la derrota alemana. La reunión fue precedida por muchas maniobras y sustituciones en los Comités Centrales de los Partidos extranjeros, con el fin de asegurar de antemano el apoyo del Ejecutivo a Zinóviev. Cuando el Ejecutivo se reunió, Trotski se encontraba enfermo en una aldea no muy distante de Moscú. No dio a conocer sus opiniones, pero le pidió a Rádek que hiciera constar su protesta conjunta contra la destitución de Brandler y los cambios en el Comité Central alemán, Rádek comunicó la protesta, pero como le interesaba primordialmente defender la política seguida por él y Brandler, le dio al Ejecutivo la impresión de que Trotski se solidarizaba con esa política ; y ello permitió a los triunviros vincular una vez más a Trotski con el «ala derecha» del Partido alemán. En honor a la verdad Trosky nunca dejó de criticar la conducta de Brandler, y el hecho de que éste hubiese declarado ahora su apoyo a los triunviros no podía ganarle las simpatías de Trotski. Ello no obstante, Trotski se opuso por principio a la instalación en Moscú de una «guillotina» para los dirigentes comunistas extranjeros. Los partidos extranjeros, sostuvo, debían estar en libertad de aprender de sus propias experiencias y errores, de manejar sus propios asuntos y eligir sus propios dirigentes. La destitución de Brandler establecía un precedente pernicioso.

Así, Trotski exigió para la Internacional la misma libertad interna que reclamaba para el Partido ruso ; y lo hizo con el mismo resultado. Zinóviev tenía ya el dominio absoluto de la Internacional. Había destituido a algunos de aquellos dirigentes extranjeros que instaron al Politburó a moderar su vehemencia contra Trotski. Otros se dejaron intimidar y ofrecieron disculpas por su paso en falso. En consecuencia, el Ejecutivo, aunque no logró llevar su investigación sobre Alemania a una conclusión clara, dejó inmaculada la reputación de Zinóviev y aprobó las destituciones y los ascensos que éste había ordenado. Esto le permitió posteriormente obtener el respaldo de la Internacional para la acción de los triunviros contra Trotski y los cuarenta y seis.

En mayo, en el XIII Congreso del Partido ruso, los dirigentes viejos y nuevos de todos los partidos europeos aparecieron en la tribuna para hacerse eco del anatema contra Trotski. Un solo delegado extranjero, Boris Souvarine, director de L’Humanité, medio ruso y medio francés, elevó su voz de protesta declarando que el Comité Central francés había decidido, por veintidós votos contra sólo dos, protestar contra los ataques a Trotski, sin que ello implicara necesariamente su solidaridad con la oposición; pero que él, personalmente, compartía las opiniones de Trotski y no abjuraría de ellas. La voz solitaria de Souvarine no hizo más que subrayar la derrota de Trotski.

Un mes más tarde, el V Congreso de la Internacional —el llamado «Congreso de bolchevización»— se reunió en Moscú para sellar la excomunión de Trotski, a la que se añadió una «denuncia» contra Rádek y Brandler. Característico de la actitud del Congreso fue un discurso pronunciado por Ruth Fischer, la nueva jefe del Partido alemán. Joven, estridente, sin ninguna experiencia ni mérito revolucionario, y sin embargo, idolatrada por los comunistas de Berlín, la Fischer hizo llover vítuperios sobre Trotski, Rádek y Brandler, esos mencheviques, oportunistas y «liquidadores de los principios revolucionarios» que habían «perdido la fe en la revolución alemana y europea». Pidió una Internacional monolítica, basada en el modelo del Partido ruso, en la cual no tendrían cabida el disenso y la confrontación de opiniones.

Este congreso mundial no debe permitir que la Internacional sea trasformada en una, aglomeración de todo tipo de tendencias; debe lanzarse con audacia por el camino que conduce a un solo partido bolchevique mundial»

Portavoces de los partidos francés, inglés y norteamericano siguieron el ejemplo; y, sin escatimar insultos ni injurias, desafiaron a Trotski a que. compareciera ante el Congreso y presentara sus opiniones. Trotski se negó a participar en ninguna disputa. Por una parte, consideraba que toda disputa era inútil ahora. Y, por otra, habiendo sido amenazado ya con la expulsión del Partido si insistía en la controversia, tal vez sospechó que el desafío era una trampa. Así, pues, declaró que aceptaba el veredicto del Partido ruso y que no tenía intenciones de recurrir en apelación a la Internacional. Sin embargo aun su silencio fue recibido como prueba de su actitud reprobable: haciéndose eco de Zinóviev, varios delegados le exigieron, como mínimo, la retractación. Él puso oídos sordos a la exigencia; y durante las tres semanas completas que duró el Congreso éste no oyó más que vituperios soeces contra el hombre al que los cuatro Congresos anteriores habían escuchado con profundo respeto y adoración. Esta vez ni una sola voz se levantó para vindicarlo. Souvarine ya había sido expulsado del Partido francés por haber traducido y publicado «El nuevo curso» de Trotski. Con todo, Trotski todavía escribió el último de sus grandes manifiestos de la Comintern para este Congreso, Pero no fue reelegido como miembro del Ejecutivo. Stalin tomó su lugar.

¿Qué explicación tenia el cambio ocurrido en la Internacional? Sólo unos cuantos meses antes, sus tres partidos más importantes tuvieron suficiente coraje y dignidad para oponerse a los triunviros. Ahora todos ofrecieron un espectáculo de sometimiento y degradación de sí mismos.

Zinóviev, como ya sabemos, en el transcurso de esos meses había reorganizado, dislocado o deshecho a voluntad los Comités Centrales alemán, francés y polaco. Pero, ¿por qué aceptaron sus dictados esos Comités y los Partidos que había tras ellos? La mayoría de los dirigentes destituidos habían guiado a sus Partidos desde el día de su fundación y habían gozado de gran autoridad moral; empero, en ninguna parte los miembros de base se alzaron para defenderlos y para negarse a aceptar las órdenes del Ejecutivo y reconocer como dirigentes a los hombres designados por Zinóviev. Éste sólo necesitó unas cuantas semanas, o a la sumo unos cuantos meses, para llevar a cabo lo que tenía el aspecto de un completo trastrocamiento en todo el movimiento comunista. Pero la facilidad con que lo llevó a cabo indicaba una profunda debilidad en la Internacional.

Sólo un organismo enfermo podía dejarse subvertir así de un solo golpe. Lenin y Trotski habían fundado la Internacional con la esperanza de que ésta atraería bajo sus banderas a la mayoría, cuando menos, del movimiento obrero europeo. Esperaban que se convirtiera en lo que su nombre proclamaba: un partido mundial Situado por encima de fronteras e intereses nacionales, no una recatada y platónica asociación de partidos nacionales al estilo de la Segunda Internacional. Lenin y Trotski creían en la unidad fundamental de los procesos revolucionarios en el mundo; y esta unidad, a su juicio, hacía esencial que la nueva organización poseyera una vigorosa dirección y disciplina internacionales. Las Veintiuna Condiciones de afiliación, que el II Congreso adoptó en 1920, tenían por objeto darle a la Internacional una Constitución apropiada a este propósito, y establecer, entre otras cosas, una dirección centralizada y fuerte: en el Ejecutivo. Trotski había apoyado esa Constitución con todo su entusiasmo. Por sí misma, la Constitución no estaba concebida para asegurar la preponderancia del Partido ruso en la Internacional. Todos los Partidos estaban representados en el Ejecutivo de una manera democrática. Sus escasos miembros rusos no disfrutaban, en principio, de ningún privilegio. El internacionalismo implicaba la subordinación de los puntos de vista nacionales al interés más general del movimiento en su conjunto, pero no, ciertamente, a ningún punto de vista nacional ruso. Si la revolución hubiese triunfado en cualquiera de los países europeos importantes, o sí cuando menos los Partidos Comunistas en éstos hubiesen crecido en fuerza y confianza, tales dirección y disciplina internacionales podrían haber cobrado realidad. Pero el reflujo de la revolución en Europa tendió a transformar a la Internacional en un apéndice del Partido ruso. La seguridad de sus secciones europeas en sí mismas era débil y fue menguando de año en año. Los Partidos derrotados desarrollaron un sentimiento de inferioridad y se acostumbraron a recurrir a los bolcheviques, que eran los únicos practicantes victoriosos de la revolución, para que se enfrentaran a sus problemas, resolvieran sus dilemas y tomaran sus decisiones por ellos. Los bolcheviques respondieron, en un principio, por razones de solidaridad, después por hábito y finalmente por propio interés, hasta que llegaron a sentirse excesivamente bien dispuestos a tirar de los hilos que los Partidos extranjeros se habían atado ellos mismos. La dirección y la disciplina internacionales se convirtieron en realidad en dirección y disciplina rusas; y todas las amplias prerrogativas que los Veintiún Puntos le habían conferido al Ejecutivo internacional en que Lenin y Trotski habías puesto sus esperanzas, pasaron casi imperceptiblemente a los miembros rusos del Ejecutivo.

Este estado de cosas suscitó las aprensiones de Lenin. Éste recordó los recelos de Engels sobre la preponderancia del Partido alemán en la Segunda Internacional y señaló que la supremacía del Partido ruso podría ser no menos nociva… Trató de infundirles mayor confianza en sí mismos a los comunistas extranjeros e incluso sugirió el traslado del Ejecutivo de Moscú a Berlín u otra capital europea a fin de alejarlo de la constante presión de los intereses y preocupaciones rusos. Sin embargo, la mayoría de los comunistas extranjeros prefirieron tener el centro de su Internacional al abrigo del Moscú Rojo en lugar de exponerlo a la persecución y a los asaltos de la policía en las capitales burguesas.

Las aprensiones de Lenin resultaron del todo justificadas. A medida que transcurrieron los años la intervención de los miembros rusos del Ejecutivo en los asuntos del comunismo extranjero fue adquiriendo un carácter de intromisión cada vez más marcado. Zinóviev gobernaba a la Internacional con fruición, extravagancia y falta de tacto y escrúpulos. Pero aún el mismo Trotski se encontró, como miembro del Ejecutivo, implicado en el ejercicio de una tutela que era inherente a la situación.

Isaac Deutscher. El profeta desarmado, 1959

De un modo muy significativo y tristemente previsible, el IVº Congreso es el primero en ruso. Sobre el significado práctico de la «bolchevización» y la «proletarización» en las distintas secciones tendremos un ejemplo concreto en el siguiente cuaderno al estudiar la historia del partido español. Porque no era una cuestión de «prestigio» ni de mera subordinación de los dirigentes de los partidos locales a la guía del partido ruso.

Pensemos: ¿cómo se manifestaría en el plano internacional el triunfo de una burocracia, de una burguesía de estado, en la dirección de la Internacional? Como una supeditación de los intereses del proletariado mundial, es decir del proletariado de cada país, a los intereses del estado ruso cuando unos y otros fueran contradictorios.

Esto es lo que empieza a tomar forma en 1924 con la teoría del «socialismo en un solo país» y acaba, en un crescendo que entre otras cosas derrotará la revolución en China y llevará a Hitler al poder, aplastará a sangre y fuego la Revolución proletaria en España y rematará con el llamamiento a los obreros de los países aliados a alistarse en los ejércitos de sus burguesías durante la IIª Guerra Mundial y a los de los países ocupados a hacerlo en la «resistencia nacional» mano a mano con los sectores aliadófilos de sus clases dominantes.

La política exterior siempre ha sido la continuación de la política interior, pues la dirige la misma clase dominante y persigue los mismos fines. La degeneración de la casta dirigente de la URSS tenía que introducir una modificación correspondiente en los fines y en los métodos de la diplomacia soviética. La «teoría» del socialismo en un solo país, enunciada por primera vez durante el otoño de 1924, se debió al deseo de liberar la política extranjera de los soviets del programa de la revolución internacional. Sin embargo, la burocracia no quería romper sus relaciones con la Internacional Comunista, pues ésta se hubiera transformado inevitablemente en una organización de oposición internacional, lo que hubiera sido bastante desagradable para la URSS por la relación de las fuerzas. Al contrario, mientras la política de la URSS se apartaba más del antiguo internacionalismo, los dirigentes se aferraban con mayor fuerza al timón de la III Internacional. Con su antigua denominación, la Internacional Comunista sirvió a nuevos fines. Estos fines nuevos exigían hombres nuevos. A partir de 1923, la historia de la Internacional Comunista es la de la renovación de su estado mayor moscovita y de los estados mayores de las secciones nacionales, por medio de revoluciones palaciegas, de depuraciones, de exclusiones, etc. En la actualidad, la Internacional Comunista no es más que un aparato perfectamente dócil, dispuesto a seguir todos los zig zags de la política extranjera soviética.

León Trotski. La revolución traicionada, 1937.

La cuestión es que estos zigs zags tienen una constante: fortalecen en el interior de Rusia a la burocracia, a costa de llevar una y otra vez a la derrota al proletariado en Alemania, Gran Bretaña, China y finalmente España... hasta hacer posible una nueva guerra imperialista mundial.

Es esta subordinación del movimiento de clase internacional al estado ruso lo que se teoriza con el «socialismo en un solo país», una formulación que aparece por primera vez en el año 1924 y que irá tomando importancia conforme sirva para describir una práctica abiertamente contrarrevolucionaria: el sacrificio sangriento de los movimientos de clase ante los miedos de la burocracia rusa a una respuesta imperialista contra la URSS.

¿Pero de dónde vino? ¿Era un «error»? ¿Una degeneración teórica con consecuencias materiales?

Cuando, ya en 1924, la camarilla stalinista llegada a la dirección del partido, se pronuncia a favor de la construcción del llamado «socialismo en un solo país», todo lo que tenemos que interpretar es una reacción nacionalista del capitalismo de Estado ruso, y absolutamente nada más. No se trataba en absoluto de construir el socialismo después de la retirada mercantil de la NEP en 1921. En efecto, esta nueva política económica fue consignada, en los hechos y en los textos, como capitalismo de estado tolerando sin embargo todavía una cierta libertad de comercio, así como algunas iniciativas privadas altamente reguladas.

Como sabemos, en 1927 la burocracia la terminará y concentrará todas las actividades económicas en manos del Estado. En la mente de un Lenin o de un Trotski, la NEP, que había sentado las bases materiales para la contrarrevolución política dirigida por Stalin, había sido concebida previamente como una retirada táctica a la esfera económica para hacer frente al aislamiento del poder revolucionario en Rusia.

Para explicar el origen del fracaso ruso, [hay quien quiere] quedarse solo con este aislamiento. Esto es de nuevo insuficiente porque la otra herida también debe ser completamente caracterizada. Los bolcheviques cometieron un error al sustituir el poder de la clase por el suyo[...]. Pero si lo hicieron, fue creyendo erróneamente, por otro lado, que podrían dominar las relaciones de producción capitalista en anticipación de la revolución mundial. [...]

Ahora, en interés de la revolución mundial, habría sido cien veces mejor si la revolución rusa hubiera perecido por lo que no había sido, una revolución inmediatamente socialista, en lugar de por lo que realmente fue, una revolución permanente detenida en su curso abruptamente por la NEP. Así, los contornos de la contrarrevolución habrían sido más obvios, y probablemente habría tomado la forma de una contrarrevolución burguesa ciertamente anclada fuera del territorio dominado por la revolución. La reacción stalinista no fue éso y engañó a todos.

No podemos recuperar el tiempo perdido si no es aprendiendo lecciones. La fuerza del mito de la patria socialista, que hay que poner en perspectiva, viene precisamente del hecho de que la burocracia y la burguesía, aunque sean capitalistas, no son idénticas. Y el proletariado mundial estaba confundido por la desaparición de la segunda en Rusia. [...]

[Si no se registran] los errores del pasado, [se acaba] defendiendo la idea de una revolución futura únicamente política (a primera vista) y no social, independientemente del grado de desarrollo que se encuentre en cada país. Esta concepción no puede atribuirse a los bolcheviques, para quienes la agitación social, anticapitalista, no solo estaba ciertamente condicionada por la extensión de la revolución, sino que sólo hay que tener en cuenta que Rusia era un país atrasado. De ahí su concepción de revolución permanente, la trascendencia de la revolución burguesa en revolución socialista bajo la égida de la dictadura proletaria. Citando a Lenin sobre el futuro de la revolución social en Rusia, los bolcheviques esperaban que, más favorecidos, los trabajadores occidentales pudieran mostrarles «cómo se hacen estas cosas». En consecuencia, el deseo de ser «ortodoxo» [en el sentido sectario] lleva a la eliminación de cualquier deseo de transformación social de los revolucionarios del pasado. Por lo tanto, a la inversa, habría que postular que la camarilla stalinista realmente quería construir el socialismo. [...]

Por su parte, el FOR rechaza la revolución permanente para los países atrasados, el capitalismo de estado como solución para un estado obrero aislado en espera, y la idea de que el estado, un partido o un grupo de partidos puedan ser los organizadores de la transformación social que recae sobre toda la clase obrera. Además, adopta ejes de ataque, uno de los cuales es que el Estado, por muy obrero y dictatorial que sea, debe marchitarse desde los primeros pasos de la revolución. Esto está estrechamente relacionado con la capacidad del proletariado de negarse a sí mismo como clase en su lucha anticapitalista.

«Otro plato picante», FOR, 1990

El socialismo en un solo país

La primera señal de la muerte de la Internacional vino de la experiencia del «Comité anglo-ruso» (1925–27). Se trataba de un órgano para la colaboración entre los sindicatos rusos y los británicos, creado a iniciativa rusa y que implicaba que la Internacional reconocía la jefatura de los burócratas sindicales laboristas sobre el proletariado británico, absteniéndose de intervenir en la lucha de clases en aquel país. El engendro se formalizó en una conferencia anglo-rusa de sindicatos en Londres en abril de 1925 y su objetivo declarado era hacer presión para evitar una nueva guerra contra la Rusia soviética. En la práctica, una huelga de los mineros ingleses, con la oposición de la dirección sindical, que se convirtió en huelga de masas y paralizó todo el país, obligó a los dirigentes de la Internacional a tomar partido entre los intereses de la URSS (mantener el comité y las relaciones indirectas con el gobierno británico) y los de la lucha obrera (denunciar a la dirección sindicalista y unirse a la huelga).

En 1926, un evento importante alterará tanto el análisis de la situación dada por el V Congreso de la Internacional (1924) como la política establecida en Rusia y en otros países. La situación mundial se describía bajo la fórmula de la «estabilización», que obviamente no excluía la posibilidad de una vuelta de la ola revolucionaria. Pero lejos de facilitar la orientación de la Internacional hacia una reanudación de la lucha proletaria, habría de hacerla prisionera de formulaciones tácticas y organismos, que no se modifican ni se rompen de la noche a la mañana.(…)

Cuando en 1924 se hablaba de «estabilización», obviamente no se limitaba a un examen puramente estadístico y técnico de la evolución económica. A partir de la evidencia indiscutible del descenso de la ola revolucionaria como resultado de la derrota de la evolución alemana de 1923, se había hecho necesario aceptar una conclusiones políticas centradas en el objetivo fundamental de mantener la influencia comunista entre las grandes masas. Y dado que en esta situación desfavorable, el contacto con las grandes masas no era posible más que a través del desarrollo de relaciones políticas con las organizaciones socialdemócratas que se beneficiaron del reflujo revolucionario, la fórmula de «estabilización» implicó la táctica del «entrismo» en las direcciones de partidos y sindicatos socialdemócratas.

Cuando, en 1926, estalló la gigantesca huelga de los mineros británicos, la Internacional no podía hacer otra cosa que sacar las consecuencias de las premisas tácticas establecidas. Los líderes sindicales se apresuraron a establecer acuerdos permanentes con los líderes de la Unión Soviética, y el Comité anglo-ruso se vio obligado a ejercer la función que los eventos les imponían.

La huelga se generalizó, y si todo el análisis económico realizado por el V Congreso se desvaneció, este no fue el caso con las tácticas que habían surgido de él. La Internacional no solo se encontró ante la imposibilidad revelar a las masas el papel contrarrevolucionario de los dirigentes sindicalistas, sino que tuvo que llegar hasta el final y mantener su solidaridad con ellos durante toda esta importante agitación proletaria en una de las áreas fundamentales del capitalismo mundial.

Para comprender mejor las tácticas de la Internacional sobre esta cuestión, es necesario recordar que, al mismo tiempo, triunfaba en Rusia la tendencia derechista de Bujarin-Rykov. Esta tendencia se había desarrollado en el marco general de una táctica que, después de haber asimilado el destino del Estado ruso en el destino del proletariado mundial, pasaba en un segundo nivel a hacer depender la política de los partidos comunistas de las necesidades de este estado. Por eso Bujarin pudo justificar la táctica seguidas en el Comité Anglo-Ruso por [la preminencia de] los «intereses diplomáticos de la URSS» (Ejecutivo de la Internacional, mayo de 1927).

En cuanto a esta táctica, baste recordar que, después de la conferencia anglo-rusa de París en julio de 1926 y de la de Berlín en agosto de 1926, los delegados rusos, que habían reconocido en el Consejo General «el único representante y portavoz del movimiento sindical en Inglaterra», se comprometieron «no rebajar la autoridad« de los jefes sindicalistas» y a «no dedicarse a los asuntos internos de los sindicatos británicos» incluso después de la abierta traición a la huelga general por parte de la dirección socialdemócrata. Vale la pena recordar que el capitalismo británico, tan pronto como pudo liquidar la huelga general, recompensará con la gratitud de costumbre a los líderes rusos que habían sido tan pródigos en sus servicios. Y directamente en Londres, indirectamente, en Beijing, el Gobierno Baldwin pasará a la ofensiva contra los representantes diplomáticos soviéticos.

Ottorino Perrone. La táctica de la Comintern (1926-1940), 1947

El debate en Rusia sobre las consecuencias del comité anglo-soviético aunó a la derecha (Bujarin) con Stalin contra lo que entonces cuajaba como «oposición unificada» (Kamenev-Zinoviev-Trotski). Stalin aparecía con voz propia como líder de la burocracia comparando la crítica de Trotski con su actitud inicial ante Brest-Litovsk en 1918 -no firmar el draconiano tratado de paz y apostar por un alzamiento del proletariado alemán.

Caricaturizando las esperanzas de la oposición en la revolución mundial, Stalin se alineaba con el ansia de paz y tranquilidad de la burocracia del partido, que sentía que gracias a la NEP estaba por fin reconstruyéndose una cotidianidad mínimamente aceptable… para sí. Describiendo a Trotski machaconamente a través de los órganos del partido como un «enemigo del campesinado», Stalin azuzaba los miedos de la pequeña burguesía y de los cuadros del partido a una nueva guerra civil. Los excesos histrionicos de Zinoviev en los años anteriores y el desastre alemán del 23 no ayudaban a dar enganche a la oposición.

Pero el problema ya era mucho más profundo que la comunicación de las ideas a un partido desestructurado. La masa de cuadros medios y superiores del partido formaban ya un cuerpo administrativo del estado. Para ellos la «teoría del socialismo en un solo país», era mucho más que una boutade, mucho más que una forma de expresar su frustración ante una revolución mundial que no llegaba y el paralelo orgullo -cada vez más cargado de tintes chovinistas rusos- por las propias realizaciones en la posguerra.

El «socialismo en un solo país» se estaba convirtiendo en su bandera como clase social, del mismo modo que la triada revolucionaria francesa (Libertad, Igualdad, Fraternidad) se había convertido en la divisa de la vieja burguesía revolucionaria: un lema que reflejaba su propia auto-imagen épica nacida de la guerra civil y que al mismo tiempo daba un manto común a las necesidades contradictorias del resto de clases sociales.

Estaban formando una nueva «burguesía de estado» que hacía suyas las necesidades del capital estatal: aumentar la productividad del trabajo. El «socialismo en un solo país» era su primera forma de «autoconsciencia ideológica».

Por eso Trotski quedará tan descolocado, esperando por un Termidor que nunca, según él, acababa de culminar a pesar de que hiciera ya demasiado que no hubiera soviets reales para frenarlo. Tan muertos estaban que no hubo la más mínima resistencia, ni siquiera formal, cuando Stalin los abolió legalmente en 1937. Trotski había apostado por aumentar la productividad del trabajo como forma de reequilibrar la relación con el campesinado nepista, había «inventado» la planificación, incluso había sido uno de los primeros en llamar «socialista» al sector estatal del que Lenin y él mismo habían caracterizado tantas veces como «capitalismo de estado».

Pero en Lenin y en Trotski ese sector estatal tenía, cierto es, una perspectiva socialista: su el objetivo de aumentar la productividad era acercarse a la abundancia, supeditar la economía a las necesidades materiales de los trabajadores, reducir el tiempo de trabajo… En 1923 la burocracia solo podía ver todo eso como utópico y peligroso, un llamamiento a los instintos revolucionarios inmediatos de los trabajadores que socavaba su poder y sus esfuerzos por racionalizar la producción. El «socialismo en un solo país» en 1927 en cambio daba un marco de sacrificios que permitía el desarrollo capitalista: «reinstaurar» la disciplina capitalista en las fábricas, planificar la producción e incluso atreverse a someter de una vez al campesinado mediante la colectivización. El «socialismo en un solo país» no era otra cosa que la consagración del Temidor ruso, la pérdida del «alma» socialista a falta del cuerpo de los soviets y la clase obrera organizada, la afirmación de un nuevo alma que correspondía al cuerpo realmente existente: el de un capitalismo de estado cada vez más totalitario y explotador.

La gran batalla del XV Congreso tuvo lugar en torno a la nueva teoría del «socialismo en un país» y la incompatibilidad entre pertenecer al Partido y a la Internacional y la negativa a aceptar ésta tesis.

En este punto crucial, el Séptimo Ejecutivo Ampliado de la Internacional (noviembre-diciembre de 1926) expresó en estos términos:

El partido parte del punto de vista según el cual nuestra revolución es una revolución socialista, la revolución de octubre no sólo es la señal para un salto hacia adelante, y el punto de partida de la revolución socialista en Occidente, sino:

  1. representa una base para el desarrollo futuro de la revolución mundial;
  2. abre el período de transición del capitalismo al socialismo en la Unión Soviética (la dictadura del proletariado), en la que el proletariado tiene la capacidad de construir con éxito, mediante una política correcta hacia el campesinado, la sociedad socialista completa. Esta edificación será sin embargo solo se logrará si la fuerza del movimiento obrero internacional, por un lado, y la fuerza del proletariado de la Unión Soviética por el otro, son lo suficientemente potentes como para proteger el estado soviético de una intervención militar.

Obsérvese cómo la realización de la «sociedad socialista completa» ya no depende, como en la época de Lenin, del triunfo de la revolución en otros países, sino de la capacidad del movimiento obrero internacional para «proteger al estado soviético por una intervención militar». Los acontecimientos han probado que quienes protegerán a la «Rusia Soviética» serán los dos estados imperialistas más poderosos: Gran Bretaña y los Estados Unidos.

Tanto en el VII Ejecutivo ampliado como en las otras numerosas reuniones del Partido Ruso y el Ejecutivo de la Internacional, el proletariado ruso e internacional perdió su batalla. La consagración de esta derrota se produjo en el XV Congreso del Partido Ruso (diciembre de 1927), cuando fue proclamada la incompatibilidad de la pertenencia al Partido y la negación de la «posibilidad de construir el socialismo en un solo país».

Pero esta derrota había de tener consecuencias decisivas tanto en el seno de Rusia como en el movimiento comunista mundial. La guerra de clases no permite rutas intermedias, especialmente en los momentos culminantes, como son los de nuestro tiempo. La proclamación de la teoría del socialismo en un solo país no podía convertirse en realidad sacando a Rusia de un mundo en el que -después de la derrota de la revolución china- el capitalismo pasaba al contraataque. Y por el hecho mismo de romper el enlace requerido entre la lucha de la clase trabajadora de todos los países contra sus capitalismos respectivos y la lucha por el socialismo en el seno de Rusia, negaba el elemento de clase proletario [como un pilar en el que sostenerse]. Así que inevitablemente, tuvo que admitir otro, en la que cada vez se basó Rusia: el capitalismo mundial . Evidentemente, este paso del estado ruso solo era posible bajo dos condiciones:

  1. que los partidos comunistas dejan de representar una amenaza para el capitalismo;
  2. que en el interior de Rusia se reestableciera el objetivo de la economía capitalista, la explotación [creciente] de los trabajadores.

(…) El plan económico concebido por Lenin y aprobado en el IX Congreso del Partido Comunista de Rusia en abril de 1920 fiaba todo al aumento de la industria de consumo: significaba que la finalidad esencial de la economía soviética era la mejora de las condiciones de vida de masas trabajadoras. Por contra, la teoría de los planes quinquenales apunta al mayor desarrollo de la industria pesada a expensas del consumo. Los planes quinquenales desembocan en la economía de guerra y la guerra era por ello tan inevitable como la orientación correspondiente de la economía en el resto del mundo capitalista.

De manera correspondiente a la modificación sustancial que se producirá en los fines de producción, que sólo serán las de una acumulación constante de capital en la industria pesada, otra modificación se hará en la concepción de la «industria socialista» (socialista según el criterio de que no tenga forma privada sino estatal): el estado patrón se convertirá en el dios al que serán inmolados no solo millones de trabajadores rusos llamados a rivalizar en celo en la cantidad y calidad de la producción con el fin de evitar la acusación y la condena como «trotskistas», sino también los cadáveres de los arquitectos de la revolución rusa.

El principio económico de la creciente explotación de los trabajadores propio del capitalismo, se volverá a imponer en Rusia en paralelo a las leyes generales del desarrollo histórico que conducen a una intervención del Estado cada vez más totalitario. Incluso el derechista Bujarin y su compañero Rikov serán ejecutados. Quien triunfó en Rusia fue quién había de triunfar en todos los países: el totalitarismo estatal; y la consecuencia no podía ser otra en Rusia: la preparación y la gigantesca participación en el segundo conflicto mundial.

Ottorino Perrone. La táctica de la Comintern (1926-1940), 1947

El «socialismo en un solo país» se aprobará a prisa y corriendo para evitar que las noticias de la masacre de la revolución china socavaran a Stalin. Dará paso a la expulsión masiva de la oposición de izquierdas y el asesinato de decenas de miles de opositores de izquierda a lo largo de los años siguientes, los años de la contrarrevolución que precedieron a una nueva guerra mundial.

La revolución china

Pero ¿qué fue y cuál fue la responsabilidad del stalinismo en la Revolución China?

En la primavera de 1927 la lucha interna en el Partido se exacerbó una vez más en relación con un problema que hasta entonces casi no había desempeñado ningún papel en ella, pero que habría de permanecer en el centro hasta el final, hasta la expulsión definitiva y la disolución de la Oposición Conjunta. Ese problema fue la Revolución China.

Fue por entonces cuando la Revolución China entró en una grave crisis que había sido preparada por acontecimientos que se remontaban al término de la era de Lenin. Los bolcheviques habían puesto los ojos desde muy temprano en los movimientos antimperialistas de las naciones coloniales y semicoloniales, en la creencia de que estos movimientos constituían una «reserva estratégica» capital para la revolución proletaria en Europa. Tanto Lenin como Trotski estaban convencidos de que el capitalismo occidental sufriría un debilitamiento decisivo si se le aislaba del hinterland colonial que le suministraba mano de obra barata, materias primas y oportunidades de hacer inversiones excepcionalmente ventajosas. En 1920 la Comintern proclamó la alianza del comunismo occidental y los movimientos emancipadores del Oriente. Pero no fue más allá de la enunciación del principio. Dejó sin definir las formas de la alianza y los métodos por medio de los cuales ésta habría de ponerse en práctica. Reconoció las luchas de las naciones del Asia por su independencia como el equivalente histórico de las revoluciones burguesas en Europa; y reconoció al campesinado y, hasta cierto punto, a la burguesía de esas naciones como aliados de la clase obrera. Pero la Comintern leninista no intentó todavía definir claramente la relación entre los movimientos antimperialistas y la lucha por el socialismo en la propia Asia, o la actitud de los Partidos Comunistas chino e hindú frente a sus propias burguesías «antimperialistas».

Era demasiado pronto para resolver esas cuestiones. El impacto de la Revolución de Octubre en el Oriente era todavía demasiado reciente. Su fuerza y su profundidad no podían medirse aún. En los países más importantes de Asia, los Partidos Comunistas sólo empezaban a constituirse, las clases obreras eran numéricamente débiles y carecían de tradición política, e incluso el antimperialismo burgués estaba todavía en un período de formación. No fue sino en 1921 cuando el Partido Comunista chino, basado en pequeños círculos propagandísticos, celebró su primer Congreso. Pero no bien acababa de hacerlo y de empezar a formular su programa y darle forma a su organización, cuando Moscú comenzó a instarlo a que buscara un acercamiento con el Kuomintang. El Kuomintang contaba con la autoridad moral de Sun Yat-sen, que entonces se encontraba en su apogeo. El propio Sun Yat-sen deseaba ávidamente llegar a un acuerdo con Rusia que le fortalecería en su lucha contra el imperialismo occidental; y dentro de su vago socialismo populista «sin clases», estaba dispuesto a cooperar con los comunistas chinos también, pero con la condición de que éstos aceptaran su jefatura sin reservas y apoyaran al Kuomintang. Sun Yat-sen firmó un pacto de amistad con el gobierno de Lenin, pero descubrió que le era más difícil obtener la cooperación de los comunistas chinos bajo sus condiciones.

Los comunistas estaban dirigidos por Chen Tu—hsiu, uno de los precursores intelectuales del marxismo en Asia, su primer gran propagandista en China y la figura más destacada de la Revolución China (…). Chen Tu—hsiu había sido el iniciador de la gran campaña contra los privilegios de que gozaban en China las potencias occidentales: la campaña, comenzada en la Universidad de Pekín, donde Chen Tu-hsiu era profesor, cobró tal fuerza que bajo su presión el gobierno chino se negó a firmar el Tratado de Versalles que ratificaba los privilegios. Fue en gran medida bajo la influencia de Chen Tu-hsiu como se desarrollaron los círculos propagandísticos marxistas que formaron el Partido Comunista chino. Chen fue el jefe indiscutido del Partido desde el momento de su fundación hasta fines de 1927, a través de todas las fases decisivas de la revolución. Desde el comienzo vio con aprensión los consejos políticos que su partido recibía de Moscú. Reconocía la necesidad de que los comunistas cooperaran con el Kuomintang, pero temía que una alianza demasiado estrecha le impidiera al comunismo establecer su propia identidad; prefería que su partido se irguiera sobre sus propios pies antes de marchar junto al Kuomintang. Moscú, sin embargo, lo instó insistentemente a prescindir de sus escrúpulos; y Chen no poseía ni la fuerza de carácter ni la astucia (…). Chen Tu—hsiu era un hombre recto, blando y falto de confianza en sí mismo ; y estas cualidades hicieron de él una figura trágica. En cada momento enunciaba francamente sus objeciones a la política de Moscú; pero no las sostenía. Cuando su opinión era rechazada, se sometía a la autoridad de la Comintern y seguía la política de Moscú en contra de su propia voluntad basada en un mejor conocimiento de los hechos.

Ya desde 1922-1923 dos hombres que posteriormente ocuparon una posición destacada en la Oposición trotskista, Yoffe y Maring-Sneevliet, desempeñaron un papel decisivo en la asociación del joven Partido Comunista chino con el Kuomintang y en la preparación del terreno para la política que Stalin y Bujarin habrían de seguir. Yoffe, como embajador del gobierno de Lenin, negoció el pacto de amistad con Sun Yat-sen. Deseoso de facilitar su tarea y sobrepasando sin duda sus atribuciones, le aseguró a Sun Yat-sen que los bolcheviques no estaban interesados en fomentar el comunismo chino y que usarían toda su influencia para lograr que los comunistas chinos cooperaran con el Kuomintang bajo las condiciones de Sun Yat-sen, Maring asistió, como delegado de la Internacional Comunista, al II Congreso del Partido Comunista chino en 1922. Fue por iniciativa suya que el Partido estableció contacto con el Kuomintang y empezó a discutir las condiciones de su adhesión a éste. Pero las condiciones de Sun Yat-sen eran onerosas y las negociaciones fracasaron.

Más tarde ese mismo año, Maring regresó a China y les dijo a Chen Tu-h-siu y a sus camaradas que la Internacional Comunista les ordenaba que se unieran al Kuomintang, sin tomar en cuenta las condiciones. Chen se mostró renuente a acatar la orden, pero cuando Maring invocó el principio de la disciplina comunista internacional, él y sus camaradas se sometieron. Sun Yat-sen insistió, al igual que Chiang Kai-shek posteriormente, en que el Parido Comunista debía abstenerse de criticar abiertamente la política del Kuomintang y debía aceptar su disciplina; de lo contrario, expulsaría a los comunistas del Kuomintang y consideraría nula su alianza con Rusia. A comienzos de 1924 el Partido Comunista se unió al Kuomintang. En un principio no tomó en serio el cumplimiento de las condiciones de Sun Yat-sen: mantuvo su independencia y siguió una política inequívocamente comunista, provocando así el disgusto del Kuomintang.

La influencia comunista creció rápidamente. Cuando en 1925 el gran «movimiento del 30 de mayo» se propagó por el sur de China, los comunistas estaban en su vanguardia, inspirando el boicot contra las concesiones y las empresas occidentales y encabezando la huelga general de Cantón, la más importante hasta entonces en la historia de China. A medida que la fuerza del movimiento fue aumentando, los jefes del Kuomintang se atemorizaron, trataron de frenarlo y chocaron con los comunistas. Éstos sintieron la proximidad de la guerra civil, quisieron desatarse las manos a tiempo e hicieron gestiones ante Moscú. En octubre de 1925 Chen Tu-hsiu propuso preparar la salida de su partido del Kuomintang. El Ejecutivo de la Internacional Comunista, sin embargo, vetó el plan y le ordenó, al Partido chino que hiciera todo lo posible por evitar la guerra civil. En el cuartel general de Chiang Kai-shek prestaban sus Servicios asesores militares y diplomáticos soviéticos —Borodín, Blucher y otros—, armando y adiestrando a las tropas del Kuomintang. Ni Bujarin ni Stalin, que ya dirigían efectivamente la política soviética, creían que el comunismo chino tuviera alguna posibilidad de tomar el poder en un futuro próximo; y ambos estaban ansiosos por mantener la alianza soviética con el Kuomintang. El aumento de la influencia comunista amenazaba destruir esa alianza, y así Bujarin y Stalin decidieron mantener al Partido Comunista chino en su lugar.

Moscú instó, pues, a Chen Tu-hsiu y a su Comité Central a que se abstuvieran de librar la lucha de clases contra la burguesía «patriótica», de fomentar movimientos agrarios revolucionarios y de criticar al sunyatsenismo, que a partir de la muerte de Sun Yat—sen había sido canonizado como la ideología del Kuomintang. Para justificar su actitud en términos marxistas, Bujarin y Stalin desarrollaron la teoría de que la revolución que se había iniciado en China, siendo de carácter burgués, no podía proponerse objetivos socialistas ; que la burguesía antimperialista que apoyaba al Kuomintang desempeñaba un papel revolucionario;- y que el deber de los comunistas era, por consiguiente, mantener la unidad con ella y no hacer nada que pudiera suscitar su antagonismo. Tratando de afianzar más aún su teoría sobre bases doctrinales, invocaron la opinión que Lenin había expuesto en 1905 en el sentido de que en la revolución «burguesa» de Rusia, dirigida contra el zarismo, los socialistas debían fijarse como objetivo una «dictadura democrática de obreros y campesinos», no una dictadura proletaria. Este precedente tenía poca o ninguna pertinencia respecto a la situación en China: en 1905 Lenin y su partido no buscaban una alianza con la burguesía liberal contra el zarismo. Por el contrario, Lenin predicaba incansablemente que la revolución burguesa sólo podría triunfar en Rusia bajo la dirección de la clase obrera, en hostilidad irreconciliable con la burguesía; e incluso los mencheviques, que sí buscaban una alianza con la burguesía, no soñaban con aceptar la dirección y. la disciplina de una organización dominada por ésta. La política de Bujarin y Stalin era, como señaló Trotski posteriormente, una parodia no sólo de la actitud bolchevique, sino hasta de la menchevique, en 1905.

Sin embargo, estos sofismas doctrinales tenían una finalidad: adornaban ideológicamente la política de Moscú y calmaban la conciencia de los comunistas a quienes esa política causaba intranquilidad. El oportunismo de esa línea se puso de manifiesto en forma alarmante cuando, a principios de 1926, el Kuomintang fue admitido en la Internacional Comunista en calidad de partido asociado y el Ejecutivo de la Internacional eligió al general Chiang Kai-shek como miembro honorario.

Con este gesto, Stalin y Bujarin le demostraron su «buena voluntad» al Kuomintang e intimidaron a los comunistas chinos. El 20 de marzo, sólo unas semanas después que el «Estado Mayor de la Revolución Mundial» lo había elegido miembro honorario, Chiang Kai—shek llevó a cabo su primer golpe anticomunista. Excluyó a los comunistas de todos los puestos en el cuartel general del Kuomintang, prohibió sus críticas a la filosofía política de Sun Yat—sen y le exigió a su Comité Central que sometiera una lista de todos los miembros del Partido que habían ingresado en el Kuomintang. Presionados por los asesores soviéticos, Chen Tu-hsiu y sus camaradas accedieron. Pero, convencidos de que Chiang Kai-shek estaba preparando la guerra civil contra ellos, juzgaron necesario organizar fuerzas armadas dirigidas por los comunistas para enfrentarse, en caso de necesidad, a las de Chiang; y solicitaron la ayuda soviética. Los representantes soviéticos en Cantón vetaron categóricamente el plan y negaron toda ayuda. Una vez más Chen Tu—hsiu se doblegó ante la autoridad de la Comintern. Los periódicos de Moscú no hicieron ningún comentario sobre el golpe de Chiang Kai—shek ; ni siquiera publicaron la noticia. El Politburó, temiendo complicaciones, envió a Bubnov, el ex—decemista, a China para aplicar su política y convencer a los comunistas chinos de que su deber revolucionario consistía en «servirle como coolies» al Kuomintang.(…)

A principios de 1926 [Trotski] presidió una comisión especial, cuyos otros miembros eran Chicherin, Dzerzhinsky y Voroshílov, encargada de preparar recomendaciones para el Politburó en cuanto a la línea que la diplomacia soviética debía seguir en China. Es poco lo que se conoce del trabajo de la comisión aparte de su informe, que Trotski presentó ante el Politburó el 25 de marzo de 1926. (…) La comisión hizo sus recomendaciones en términos estrictamente diplomáticos, sin referirse a los objetivos del Partido Comunista chino. (…) Trotski sostuvo posteriormente que en el Politburó, durante la discusión del informe, Stalin presentó una enmienda en el sentido de que los asesores militares soviéticos disuadieran a Chiang Kai-shek de emprender su expedición. La comisión rechazó la enmienda, pero en términos más generales instruyó a los representantes soviéticos en la China que le «aconsejaran moderación» a Chiang Kai-shek. La principal preocupación del Politburó consistía en salvaguardar la posición de Rusia en Manchuria contra la expansión japonesa. La comisión, por consiguiente, recomendó que los emisarios rusos en el norte de China estimularan a Chang Tso-lin a seguir una política de equilibrio entre Rusia y el Japón. Moscú, demasiado débil para eliminar la influencia japonesa en Manchuria y no creyendo en la capacidad del Kuomintang para hacer tal cosa, estaba dispuesto a resignarse al predominio del Japón en el sur de Manchuria, siempre y cuando Rusia, conservando su posesión del Ferrocarril del Nordeste de China, mantuviera su posición en la parte norte de la provincia. La comisión instó a los emisarios soviéticos a que prepararan a la opinión pública «con cuidado y tacto» para este arreglo, que con toda probabilidad habría de herir los sentimientos patrióticos en China. Las motivaciones del Politburó eran diversas y complejas. Le preocupaba Manchuria, pero también temía que la expedición de Chiang Kai-shek contra el norte pudieran provocar la intervención de las potencias occidentales en China con mayor energía que hasta entonces. Y también sospechaba que Chiang estaba planeando la expedición como un medio de desviar a la revolución, absorbiendo y dispersando las energías revolucionarias del sur.

En abril el Politburó aceptó el informe de la comisión de Trotski. En este momento, sin embargo, Trotski planteó el problema de la política estrictamente comunista en China. Ésta, sostuvo, debería ser independiente de las consideraciones diplomáticas soviéticas: la tarea de los diplomáticos consistía en pactar acuerdos con los gobiernos burgueses existentes —incluso con los viejos señores feudales—, pero el deber de los revolucionarios consistía en derrocarlos. Protestó contra la admisión del Kuomintang en la Comintern. El sunyatsenismo, dijo, exaltaba la armonía de todas las clases, y por consiguiente era incompatible con el marxismo que se basaba en la lucha de clases. Al elegir a Chiang Kai-shek como miembro honorario, el Ejecutivo de la Comintern había jugado una mala broma. Finalmente, repitió sus viejas objeciones a la adhesión de los comunistas chinos al Kuomintang. Una vez más, todos los miembros del Politburó, incluidos Zinóviev y Kámenev, que entonces estaban a punto de formar la Oposición Conjunta, defendieron la dirección oficial de los asuntos comunistas chinos. Este conflicto de opiniones fue también incidental. Tuvo lugar tras las puertas cerradas del Politburó y no produjo consecuencias.

A continuación, durante todo un año, desde abril de 1926 hasta fines de marzo de 1927, ni Trotski ni los otros jefes de la Oposición volvieron a plantear el problema. Sólo Rádek, que desde mayo de 1925 había dirigido la Universidad Sun Yat-sen en Moscú y tenía que explicar la política del Partido a los desconcertados estudiantes chinos, «acosaba» al Politburó en demanda de orientación; y como no la obtenía, expresaba ciertas aprensiones no muy alarmantes. Pero éste fue el año más decisivo y crítico en la historia de la Revolución China. El 26 de julio, cuatro meses después que el Politburó discutiera el informe de la comisión de Trotski, Chiang Kai—shek, haciendo caso omiso de los «consejos de moderación» de los soviéticos, dio la orden de marcha a la expedición contra el norte. Sus tropas avanzaron rápidamente. Contrariamente a lo que Moscú esperaba, su aparición en la China central obró como un tremendo estímulo para un movimiento revolucionario en escala nacional. Las provincias septentrionales y centrales se agitaban en levantamientos contra la administración de Chang Tso—lin y los corruptos señores feudales que la apoyaban. Los trabajadores urbanos constituían el elemento más activo en el movimiento político. El Partido Comunista iba en ascenso: encabezaba e inspiraba los levantamientos y sus miembros dirigían los sindicatos que habían surgido de la noche a la mañana y encontraban un entusiasta apoyo de masas en las ciudades y poblaciones liberadas. A lo largo de toda la ruta de avance de Chiang Kai-shek el campesinado recibía con júbilo a sus tropas y, contando con su apoyo, se levantaba contra los señores feudales, los terratenientes y los usureros, listos para expropiarlos.

Chiang Kai-shek se atemorizó ante la marea de la revolución y trató de contenerla. Prohibió las huelgas y las manifestaciones, suprimió los sindicatos y envió expediciones punitivas a someter a los campesinos y a requisar alimentos. Una intensa hostilidad se desarrolló entre su cuartel general y el Partido Comunista. Al informar sobre estos acontecimientos a Moscú, Chen Tu-hsiu pidió que a su partido se le permitiera cuando menos salirse del Kuomintang. Todavía estaba en favor de un frente unido de los comunistas y el Kuomintang contra los señores feudales del norte y los instrumentos de las potencias occidentales; pero sostenía que era imperativo que su partido se liberara de la disciplina del Kuomintang, recobrara su libertad de movimientos, apoyara la lucha de los campesinos por la tierra y se preparara para un conflicto abierto con Chiang Kai—shek. El Ejecutivo de la Internacional volvió a contestarle a Chen Tu—hsiu con una repulsa. Bujarin rechazó su petición como una peligrosa herejía «ultraizquierdista». Como informante del Comité Central en la Conferencia del Partido efectuada en octubre, Bujarin ratificó la necesidad de «mantener un frente nacional revolucionario único» en China, donde «la burguesía comercial industrial desempeña actualmente un papel objetivamente revolucionario». A los comunistas tal vez les sería difícil, añadió, satisfacer el clamor de los campesinos por la tierra. El Partido chino tenía que mantener un equilibrio entre los intereses del campesinado y los de la burguesía antimperialista que se oponía a un movimiento agrarista revolucionario. El deber principal de los comunistas consistía en «salvaguardar la unidad de todas las fuerzas anti-imperialistas y repudiar todos los intentos de destruir el Kuomintang». Paciencia y circunspección eran las consignas, tanto más cuanto que la atmósfera revolucionaria estaba afectando también al Kuomintang, «radicalizándolo» y «reduciendo a su ala derecha a la impotencia».

Algún tiempo después Stalin, hablando ante la comisión china de la Comintern, también hizo el elogio de los «ejércitos revolucionarios» de Chiang Kai-shek, exigió de los comunistas una completa subordinación al Kuomintang y los previno contra cualquier intento de establecer Soviets en el momento de auge de una «revolución burguesa».

A primera vista, las predicciones de Stalin y Bujarin sobre un «viraje a la izquierda en el Kuomintang» se cumplieron al cabo de cierto tiem-po. En noviembre, el gobierno del Kuomintang fue reestructurado en una amplia coalición en la que los grupos izquierdizantes encabezados por Wang Ching—wei, el rival de Chiang Kai-shek. pasaron al primer plano, y la cual incluía dos ministros comunistas en las carteras de agricultura y trabajo. El nuevo gobierno se trasladó de Cantón a Wuján. El ala derecha del Kuomintang, sin embargo, distaba mucho de hallarse «reducida a la impotencia». Chiang Kai-shek conservó el mando supremo de las fuerzas armadas y se dedicó a preparar el terreno para la instauración de su dictadura. Eran más bien los comunistas dentro del gobierno quienes habían quedado reducidos a la impotencia. El Ministro de Agricultura se esforzó por contener la marea de la rebelión agraria, y el Ministro del Trabajo tuvo que tragarse los decretos antiobreros de Chiang. Desde Moscú siguieron llegando más y más emisarios para calmar a los comunistas: después de la partida de Bubnov, el destacado dirigente comunista hindú M. N. Roy apareció en Wuján con esta misión a fines de 1926.

El Politburó aún estaba predicando la unidad con el Kuomintang cuando, en la primavera de 1927. Chiang Kai-shek. Todavía miembro honorario del Ejecutivo de la Comintern, llevó a cabo otro golpe por medio del cual inició la contrarrevolución abierta. El escenario fue Shangai, la ciudad y centro comercial más importante de China, dominado por las zonas extraterritoriales de las potencias occidentales y sus buques de guerra anclados en la bahía. Poco antes de que entraran las tropas de Chiang Kai-shek, los obreros de Shangai se levantaron, derrocaron a la antigua administración y se apoderaron de la ciudad. Una vez más el desamparado Chen Tsu—hsiu recurrió al Ejecutivo de la Comintern para tratar de hacerle ver la significación del acontecimiento -el mayor levantamiento proletario que el Asia insurgente había presenciado— y de liberar a su partido de sus compromisos con el Kuomintang. Y una vez más él y sus camaradas fueron presionados para que reafirmaran su lealtad al Kuomintang y para que le cedieran el control de Shangai a Chiang Kai-shek. Desconcertados pero disciplinados, rechazando la ayuda que les ofrecían los destacamentos del propio Chiang, los comunistas de Shangai acataron esas instrucciones, depusieron las armas y capitularon. A continuación, el 12 de abril, sólo tres semanas después de su alzamiento victorioso, Chiang Kai—shek ordenó una matanza en la que perecieron decenas de miles de comunistas y de los obreros que los habían seguido.

Así fueron obligados los comunistas chinos a pagar su tributo al sagrado egoísmo del primer Estado obrero, el egoísmo que la doctrina del socialismo en un solo país había elevado al rango de principio. Las implicaciones ocultas de la doctrina quedaron al descubierto y fueron inscritas en sangre en las calles de Shangai. Stalin y Bujarin se sentían autorizados a sacrificar a la Revolución China en aras de lo que ellos consideraban beneficioso para la consolidación de la Unión Soviética. (…)

Hasta fines de 1926 Zinóviev y Kámenev habían tenido poco que reprochar a la política oficial. Aferrados a las ideas del «viejo bolchevismo» de 1905, ellos también sostenían que la Revolución China debía limitarse necesariamente a sus objetivos burgueses y antimperialistas. Aprobaron el ingreso del Partido chino en el Kuomintang. En sus días de poder, el propio Zinóviev desempeñó probablemente su papel en la aplicación de esta política y en el rechazo de las objeciones de Chen Tu-hsiu. Pero incluso los oposicionistas de izquierda más importantes, como Preobrazhensky, Rádek y también, según parece, Piatakov y Rakovsky, se sorprendieron cuando Trotski aplicó el esquema de la revolución permanente a China. No pensaban que la dictadura proletaria pudiera instaurarse y que el Partido Comunista pudiera tomar el poder en un país más atrasado aún que Rusia. Sólo cuando Trotski amenazó con plantear el asunto bajo «su propia responsabilidad» y escindir virtualmente a la Oposición por tal motivo, y sólo después de haberse hecho meridianamente claro que los obreros eran en realidad la «principal fuerza impulsora» de la Revolución China y de que, al obstruirla, Stalin y Bujarin habían dejado atrás hacía mucho el punto en que la teoría y el dogma del «viejo bolchevismo» tenían algún significado, consintieron los jefes de la Oposición en iniciar una controversia sobre China en el Comité Central. Y aún entonces estaban dispuestos a impugnar la política oficial, pero no sus premisas. Convenían en atacar el celo excesivo con que Stalin y Bujarin habían hecho del Partido chino el córn- plice de Chiang Kai-shek en el aplastamiento de las huelgas, manifestaciones y levantamientos campesinos; pero aún sostenía que los comunistas debían permanecer dentro del Kuomintang, y que esta revolución «burguesa» no podría dar origen a una dictadura proletaria en China. Ésta era una actitud que se contradecía y se derrotaba a sí misma, pues una vez que se concedía que los comunistas debían permanecer dentro del Kuomintang, era una inconsecuencia «esperar» que no pagaran el precio que ello imponía. (..) Trotski era consciente de lo sombrías que eran las perspectivas. El 22 de marzo; el mismo día en que los obreros de Shangai luchaban con las armas en la mano y las tropas de Chiang Kai-shek entraban en la ciudad—, comentó en sus papeles privados que habíaz «el peligro de que el Comité Central convirtiera el asunto en una disputa faccional en lugar de díscutirlo seriamente». Independientemente de que así fuera, el problema tenía que plantearse, pues, «¿Cómo puede uno guardar silencio cuando lo que está en juego es nada menos que la cabeza del proletariado chino?» (…)

En su carta al Politburó del 31 de marzo, quejándose de que no había tenido acceso a los informes de los asesores soviéticos y de los emisarios de la Comintern, señaló el auge del movimiento obrero y del comunismo en China como el rasgo dominante de esta fase de la revolución. ¿Por qué —preguntó— no llamaba el Partido a los obreros a elegir Soviets, cuando menos en los principales centros industriales como Shangai y Hankow? ¿Por qué no alentaba la revolución agraria? ¿Por qué no trataba de establecer la cooperación más estrecha entre los obreros y los campesinos insurgentes? Sólo esto podría salvar a la revolución, que, insistió, se enfrentaba ya al peligro de un golpe militar contrarrevolucionario.

Tres días más tarde, el 3 de abril, se pronunció contra una declaración editorial publicada en La Internacional Comunista en el sentido de que la cuestión decisiva en China era «el desarrollo ulterior del Kuomintang». Esta cuestión era precisamente la que no era decisiva, replicó Trotski. El Kuomintang no podía llevar la revolución a la victoria. Los obreros y los campesinos deberían ser organizados urgentemente en Consejos. Día tras día protestó contra los discursos de Kalinin, Rudzutak y otros, quienes afirmaban que todas las clases de la sociedad china «ven al Kuomintang como su partido y deben prestar al gobierno kuomintanista su apoyo irrestricto». El 5 de abril, una semana antes de la crisis de Shangai, escribió enfáticamente que Chiang Kai-shek estaba preparando un golpe cuasi—bonapartista o fascista y que sólo los Consejos de Obreros podrían frustrarlo. Tales Consejos, o Soviets, deberían actuar primero como un contrapeso a la administración kuomintanista, y después, al cabo de un período de «dualidad de poder», deberían convertirse en los órganos de insurrección y gobierno revolucionario. El 12 de abril, el día de la matanza de Shangai, escribió una candente refutación a un elogio del Kuomintang que había aparecido en Pravda. Su autor, Martínov, había sido durante veinte años el más derechista de los mencheviques, había ingresado en el Partido Comunista sólo algunos años después de la guerra civil y en aquel momento era una de las lumbreras de la Comintern. En los días Siguientes Trotski le escribió a Stalin, pidiéndole en vano que se le mostraran los informes confidenciales enviados desde China. Grotescamente, el 18 de abril, una semana después de la matanza de Shangai, el secretario oriental de la Comintern lo invitó a autografiar junto con otros dirigentes soviéticos, un retrato que se le enviaría a Chiang Kai-shek en prenda de amistad. Él se negó e increpó con airado desprecio a los funcionarios de la Comintern y a sus inspiradores.

Para esas fechas ya habían llegado a Moscú los informes sobre la carnicería de Shangai. Los alegatos de Stalin y Bujarin estaban todavía frescos en la memoria de todos. Afortunadamente para ellos, las críticas de la Oposición no eran de conocimiento público: sólo algunos cuadros del Partido, funcionarios de la Comintern y estudiantes chinos en Moscú estaban enterados de la controversia. Stalin y Bujarin hicieron todo lo posible por restar importancia a los sucesos y los presentaron como un revés episódico de la Revolución China. Se vieron obligados, sin embargo, a modificar su política. Habiendo tocado a su fin la «alianza» con Chiang Kai-shek, ordenaron a los comunistas chinos que se adhirieran más estrechamente aún a la «izquierda del Kuomintang», es decir, al gobierno de Wuján, encabezado por Wang Ching-wei. La izquierda del Kuomintang estaba provisionalmente en conflicto con Chiang Kai—shek y deseosa de beneficiarse del apoyo comunista. Moscú concedió ese apoyo de buena gana y prometió que Chen Tu—hsiu y sus camaradas se abstendrían, como antes, de la acción revolucionaria «provocativa» y se someterían a la disciplina de Wang Ching-wei.

Trotski afirmó que la nueva política no hacía más que reproducir los viejos errores en una escala mayor. Los comunistas, dijo, deberían ser instados a adoptar por fin una política franca, a formar Consejos de Obreros y Campesinos, y a apoyar con toda su fuerza al campesinado rebelde en el sur de China, donde no imperaba la autoridad de Chiang Kai-shek y los comunistas todavía podían actuar. Cierto era que él veía sumamente reducidas las posibilidades de acción revolucionaria: el golpe de Chiang Kai-shek constituía, pese a los esfuerzos oficiales por restarle importancia, un «desplazamiento básico» de la revolución a la contrarrevolución y un «golpe aplastante» a las fuerzas revolucionarias urbanas. (…)

La reanudación de los ataques de la Oposición en lo relativo a China lanzó a las facciones gobernantes a una actividad febril. Su Situación era sumamente comprometida, pues nunca antes se había revelado de manera tan notoria la futilidad de su política y nunca antes se habían cubierto de ignominia sus dirigentes en forma tan escandalosa y ridícula.

Isaac Deutscher. El profeta desarmado. 1959

Al mismo tiempo que ésto sucedía el «comité anglo-ruso» se disolvía. Ambas cosas, especialmente unidas, debían de haber sido un duro revés para la fracción stalinista: el «socialismo en un solo país» no solo había abandonado a la represión al proletariado inglés y al chino en apenas unos meses, evitando su desarrollo revolucionario y la culminación lógica de la huelga de masas, es que ni siquiera había sido útil en ninguno de los casos para el objetivo chovinista que perseguían: la relación con Gran Bretaña era peor que nunca y la URSS ya no podía apoyarse en la mayor de las fuerzas feudal-burguesas chinas.

Sin embargo Stalin se negó a hacer públicas las discusiones e incluso a que estas tuvieran lugar en el Comité Central o el Politburó a puerta cerrada. Y cuando Trotski llevó el tema a la Internacional Comunista, el aparato del partido ruso convirtió lo que era un procedimiento normal en una prueba de «faccionalismo» y deslealtad, abortando el debate y dando el empujón final a la expulsión y represión de la oposición de izquierda en bloque.

El 24 de mayo Trotski habló ante el Ejecutivo de la Comintern. Irónicamente, tuvo que empezar haciendo una protesta contra el trato desconsiderado que el Ejecutivo le habia dado en esta ocasión a Zinóviev, el antiguo Presidente de la Internacional que no hacía mucho lo había acusado ante aquel mismo Ejecutivo: a Zinóviev no se le permitió ahora ni siquiera asistir a la sesión. Trotski habló sobre la «debilidad e incertidumbre intelectual» que llevaban a Stalin y Bujarin a ocultarle a la Internacional la verdad acerca de China y a denunciar la apelación de la Oposición como un crimen. El Ejecutivo debería publicar las actas del presente debate: «los problemas de la revolución china no podían meterse en una botella y sellarse». El Ejecutivo debería precaverse de los graves peligros que encerraba el «régimen» de la Internacional, copiado del que imperaba en el Partido ruso. Algunos dirigentes comunistas extranjeros se impacientaban con la Oposición e imaginaban que el Partido ruso y la Internacional reanudarían su vida normal una vez que Trotski y Zinóviev fueran eliminados. Quienes así pensaban se engañaban. «Sucederá lo contrario… Este camino sólo conducirá a nuevas dificultades y convulsiones». Nadie en la Internacional se atrevía a exponer sus opiniones con franqueza por temor a que sus críticas perjudicaran a la Unión Soviética. Pero nada era tan perjudicial como la falta de crítica. El desastre chino lo había demostrado. La preocupación principal de Stalin y Bujarin consistía en justificar sus acciones y en encubrir sus desastrosos errores. Ambos alegaban que lo habían previsto todo y habían tomado las precauciones necesarias.

Sin embargo, sólo una semana antes de la crisis en Shangai, Stalin se había jactado en una reunión del Partido de que «utilizaremos a la burguesía china y luego la tiraremos como un limón exprimido». Este discurso nunca se hizo público porque unos pocos días después el «limón exprimido» tomó el poder. Los asesores soviéticos y los emisarios de la Comintern, especialmente Borodin, se comportaban «como sí representaran a alguna especie de Kuomintern»:

obstruían la política independiente del proletariado, su organización independiente y especialmente la entrega de armas a los obreros.¡No quiera el cielo que los obreros, armas en mano, asusten a esa gran quimera de una revolución nacional que abarca a todas las clases de la sooiedad chinal… El Partido Comunista chino es un partido maniatado. ¿Por qué no ha tenido y por qué no tiene hasta el día de hoy su propio diario? Porque el Kuomintang no lo quiere… Pero en esta forma se ha mantenido desarmada políticamente a la clase obrera.

Mientras el Ejecutivo se encontraba reunido, la tensión entre la Gran Bretaña y la Unión Soviética llegó a un punto crítico: la policía británica allanó las oficinas de la misión comercial Soviética en Londres y el gobierno británico rompió relaciones con Rusia. Stalin explotó esta circunstancia.

Debo declarar, camaradas, [le dijo al Ejecutivo al concluir su discurso] que Trotski ha escogido un momento muy inoportuno para sus ataques… Acabo de recibir la noticia de que el gobierno conservador inglés ha decidido romper relaciones con la URSS. Huelga demostrar que ahora comenzará una cruzada general contra los comunistas. Esa cruzada ha empezado ya. Unos amenazan al Partido con la guerra y la intervención. Otros, con la escisión. Se forma una especie de frente único, que va desde Chamberlain hasta Trotski… Podéis tener la seguridad de que sabremos destrozar también este nuevo «frente».

Stalin puso todas sus esperanzas en el Kuomintang de izquierda con la misma confianza con que anteriormente las había puesto en el Kuomintang de derecha:

Únicamente los ciegos pueden negarle al Kuomintang de izquierda el papel de órgano de la lucha revolucionaria, el papel de órgano de la insurrección contra las supervivencias feudales y el imperialismo en China

[Y Stalin] exigió, en efecto, que la Oposición guardara silencio so pena de ser acusada de ayudar al enemigo.(…) En respuesta al llamado de Stalin en favor del Kuomintang de izquierda, Trotski dijo:

Stalin asume y quiere que la Internacional asuma la responsabilidad por la política del Kuomintang y del gobierno de Wuján del mismo modo que él asumió repetidas veces la responsabilidad por la política de Chiang Kai-shek. Nosotros no tenemos nada en común con esto, No deseamos asumir ni una sombra de la responsabilidad por la conducta del gobierno de Wuján y el liderato del Kuomintang; y le aconsejamos urgentemente a la Comintern que rechace esa responsabilidad. A los campesinos chinos les decimos directamente: los jefes del Kuomintang de izquierda… inevitablemente os traicionarán sí los seguís… en lugar de formar vuestros propios Soviets independientes… [Ellos] se unirán diez veces con Chiang Kai-shek contra los obreros y los campesinos.

El debate proseguía aún en el Kremlin cuando en el remoto sur de China la predicción de Trotski se convertía ya en realidad. En mayo tuvo lugar el llamado golpe de Chan-Sha. El gobierno de Wuján, a su vez, empezó a reprimir a los sindicatos, envió tropas a sofocar los levantamientos campesinos y se lanzó contra los comunistas. Durante casi un mes la prensa soviética guardó silencio acerca de estos acontecimientos. Las resoluciones del Ejecutivo de la Internacional, dictadas por Stalin y Bujarin, iban grotescamente a la zaga de los sucesos aun antes de ser publicadas; y Stalin se apresuró a formular nuevas instrucciones para el Partido chino. Todavía le ordenó que permaneciera dentro del Kuomintang y siguiera apoyando al gobierno de Wuján; pero le indicó que protestara por el empleo de tropas contra los campesinos y que le aconsejara al gobierno de Wuján buscar el apoyo de los Consejos Campesinos para frenar el movimiento agrario en lugar de recurrir a las armas. Para entonces, sin embargo, el Kuomintang de izquierda estaba expulsando a los comunistas de sus filas. Durante junio y julio la escisión entre éstos y aquél se profundizó, y el camino quedó abierto para una reconciliación entre el Kuomintang de izquierda y Chiang Kai-shek.

Las repercusiones se dejaron sentir inmediatamente en Moscú, Trotski protestó casi diariamente contra la supresión de las noticias. Zinóviev pidió que un tribunal del Partido juzgara a Bujarin, que como director de Pravda era el responsable de la supresión. Por fin Zinóviev y Rádek con- vinieron en exigir, junto con Trotski, que los comunistas abandonaran el Kuomintang de izquierda. Esto ya no tenía pertinencia, pues desde que el Kuomintang de izquierda rompió con los comunistas, ni siquiera Stalin podía hacer otra cosa que aconsejarles el rompimiento con el Kuomin-tang de izquierda.

Stalin, en realidad, estaba preparándose ya para llevar a cabo uno de sus grandes virajes y tomar el rumbo «ultraizquierdista» que, a fines de año, habría de llevar a los comunistas chinos a efectuar, en el momento de reflujo de la revolución, el fútil y sangriento levantamiento de Cantón. En julio sacó a Borodín y a Roy de China y envió a Lominadze, un secretario de la Komsomol Soviética, y a Heinz Neumann, un comunista alemán, ninguno de los cuales tenía conocimientos serios sobre los asuntos chinos pero sí una inclinación al «putschismo», para que llevaran a cabo un golpe en el Partido chino. Lominadze y Neumann hicieron de Chen Tu—hsiu, ejecutor renuente pero leal de las órdenes de Stalin y Bujarin, el villano «oportunista» de la obra y el chivo expiatorio de todos los fracasos.

Isaac Deutscher. El profeta desarmado. 1959

El «broche final» de la política stalinista en la revolución China sería el giro «utraizquierdista», el paso de la comunión de clases llevada a matanza, a la insurrección sin posibilidades que remata el trabajo. Un verdadero adelanto de lo que vendría luego con la política del «socialfascismo».

En un Cantón aislado, rodeado militarmente por las fuerzas del Kuomintang, derrotados ya los obreros por Chan-Kai-shek en las zonas más densamente pobladas por trabajadores y con las armadas imperialistas en la bahía, Stalin ordena el alzamiento. Es la puntilla final de la revolución china, como relata el entonces enviado por la Comintern, el dirigente de los comunistas indios, M.N. Roy.

El día 10 [de diciembre] tuvo lugar en Cantón una insurrección, que dio por resultado el establecimiento en la ciudad de un Gobierno obrero—campesino. Los insurrectos fueron, durante tres días, dueños de la gran ciudad. La insurrección fue ahogada en sangre, gracias al auxilio de las potencias extranjeras, cuyos barcos de guerra sirvieron, desde el río, de cobertura del Ejército contra- revolucionario. Una cuarta parte de la ciudad quedó destruida por efecto del bombardeo, realizado bajo la protección de los barcos de guerra extranjeros. Aparte de las muertes producidas por la batalla, fueron ejecutados sumariamente, una vez capturada la ciudad por el Ejército contrarrevolucionario, más de 2.000 personas.

La insurrección de Cantón fue el acontecimiento más trágico de toda la historia de la revolución china; su mayor error, porque la supresión sangrienta era inevitable. Fue un acto de ofensiva cuando la clase obrera había Sido ya definitivamente derrotada, realizando a la desesperada, mal pensado, peor preparado y, por tanto, completamente inútil. La insurrección de Nanchang tuvo un Significado histórico, porque señaló la ruptura del partido comunista con el fatal oportunismo anterior. Llegada demasiado tarde, la ruptura no debió haber constituido el punto de partida de una ofensiva en todo el frente. El verdadero camino para una rectificación de los errores hasta entonces cometidos, era no arrojarse de cabeza a una ofensiva desesperada, sino realizar una retirada estratégica con el fin de preservar las fuerzas desmoralizadas y derrotadas y poder tenerlas listas para el ataque en cuanto se presentara una nueva oportunidad. La incapacidad para conservar a Nanchang y la falta de los campesinos en acudir a afiliarse bajo la bandera del ejército insurrecto durante su larga marcha a través de la provincia de Kiangsi, la fracasada ocupación de Swatow, etc., todos éstos eran hechos que indicaban que los gritos de «insurrección armada en todas partes» y «República Soviética», no lograban ya el apoyo de las masas. Habida cuenta de tal situación, fue un grave error el organizar una insurrección en Cantón, bajo la bandera del «soviet». Aun apreciando en todo su valor el heroísmo de los insurrectos caídos en Cantón y rindiendo el debido homenaje a su memoria, hay que reconocer que semejante equivocación causó un inmenso daño a la revolución, porque completó la derrota de la clase obrera, dejándola fuera de combate para lo futuro.

M.N. Roy. Revolución y Contrarrevolución en China, 1930

Pero, ¿no contradecía este giro ultraizquierdista la lógica del «socialismo en un solo país»? ¿No significaba un cambio radical y la vuelta a la primera línea de objetivos de la revolución aunque el stalinismo no se percatara -increíblemente- de que la clase obrera estaba en retirada?

La respuesta solo puede ser negativa. La fantasía de la burocracia según la cual, a través de su control de la Internacional podía establecer un intercambio «leal» con las burguesías externas, frenando o abortando los movimientos autónomos de clase y obteniendo a cambio seguridad para la URSS, había dejado a la Comintern fuera de juego en Alemania, Inglaterra y China, y finalmente incrementado la tensión bélica con Gran Bretaña, Alemania y los militaristas chinos.

Es muy posible que la burocracia no supiera ver que la oleada revolucionaria estaba en retroceso, que pensara que podía mover a la clase obrera a voluntad. Pero lo que parece claro es que el giro «ultraizquierdista» era primariamente un intento de recuperar protagonismo y peso en ese diálogo, siempre violento, con las burguesías nacionales externas.

Lo que seguramente no supieran ver en un primer momento, y sin embargo les fue utilísimo a medio plazo, fue que la previsible derrota final del proletariado tras semejante estrategia, cambiaría la composición de clase de los partidos comunistas en todo el mundo -permitiendo más adelante el paso a la estrategia de conciliación y alianza de con la burguesía «democrática» en los «frentes populares»- y, en el caso chino, cambiando la naturaleza misma de la revolución.

En 1930, Roy, entonces todavía fiel a la Comintern stalinista, describe ya ese proceso en el que se ven con claridad las características de la revolución china que haría el PCCh stalinista dirigido por Mao: una revolución campesina en la que la estructura del partido tomaría el papel y las tareas de una inexistente burguesía revolucionaria clásica, convirtiéndose finalmente en la burocracia -es decir, la forma estatal moderna de la burguesía- de un gigantesco capitalismo de estado.

La nueva política del partido comunista, inaugurada desde la insurrección de Nanchang, estaba basada sobre la teoría de que, como consecuencia de su traición por la burguesía, la revolución nacional se desenvolvería como una revolución proletaria socialista. Los hechos se encargaron de probar la falsedad de teoría semejante. Las masas no respondieron al grito de «soviet». Aun en la misma Cantón, apenas participaron en el movimiento y apoyaron al Poder del Soviet unos 10.000 obreros, a pesar de que desde 1925, casi todos los obreros de Cantón, alrededor de unos 150.000 habían sido organizados en sindicatos bajo la dirección del partido comunista. La nueva política Siguió rigiendo aun después de la cruenta derrota de Cantón. Durante el año 1928, fueron organizados levantamientos locales de chesinos en Kwantung, Kiangsi, Hunan y Hupeh, que, gracias a los primitivos medios de comunicación y a la enorme extensión del territorio, no pudieron ser fácilmente sofocados por las fuerzas contrarrevolucionarias. Sin embargo, no pudiendo concertárseles en una insurección general, continuaron sus operaciones de simple guerra de guerrillas. Poco a poco, sus actividades fueron que- dando reducidas a las provincias de Hunan y Kwan— tung, y en éstas a algunas regiones solamente. Todavía actualmente quedan pequeñas extensiones de tales provincias que siguen ocupadas por campesinos insurrectos, dirigidos por comunistas.

Aunque sus gritos de «insurrección armada» y «República Soviética» no hallaron entusiastas res- puestas de parte de las masas, el partido comunista sobrevivió al prolongado reinado de terror, inaugurado para exterminarlo. Así, tuvo que refugiarse en la ilegalidad, mientras sus miembros más activos fueron sucumbiendo como víctimas del terror sanguinario, al propio tiempo que sus cuadros dirigentes quedaban casi por completo destruidos. Por consiguiente, dejó de ser para lo sucesivo inmediato un factor eficaz en la vida política del país. Estaba derrotado y bien derrotado, pero no destruido. A pesar del terror despiadado y en condiciones harto difíciles de ilegalidad, el partido comunista fue aumentando en número de afiliados.

Desde la primavera de 1927, el terror aniquiló a más de 25.000 comunistas y, a pesar de ello, según datos fidedignos, el número de afiliados había llegado a 130.000 a mediados de 1929. Aparte del gran número de víctimas producidas por la contrarrevolución entre sus miembros, millares de pequeños intelectuales burgueses abandonaron el partido durante los días de la sangrienta represión. De tal suerte, más de 100.000 individuos debieron de adherirse al partido comunista, precisamente en los momentos en que se hallaba bajo el azote del terror y en que se le denunciaba como algo extraño imposible de adaptar a las condiciones de China. Las masas [obreras] no siguieron, pues, a los comunistas [en Cantón] bajo la bandera del «soviet» […]

Durante los dos últimos años, el partido comunista ha sufrido una metamorfosis, cambiando su composición social. Actualmente, el grueso de sus componentes está en las aldeas. De 130.000 miembros que el partido tenía a mediados de 1929, sólo 5.000 trabajaban en regiones industriales (International Presse Korrespondence, 2 julio 1929.) Habida cuenta de que las condiciones del terror impiden la restauración del partido en las ciudades, ya que en ellas la represión puede resultar mucho más eficaz que en los remotos distritos rurales, se puede afirmar que, por su composición social, el partido comunista se ha convertido en un partido de campesinos. Aun en los distritos urbanos, el 30 por 100 de sus afiliados se recluta entre los pequeños burgueses, artesanos, pequeños comerciantes, empleados, intelectuales, etc., los cuales, a su vez, forman parte de agrupaciones rurales. (…)

Los «soviets» creados en China por la insurrección campesina pueden convertirse en medios de que la burguesía se valga para ejercer el Poder. Después de todo, estos «Soviets», tal como están socialmente compuestos, no son órganos de dictadura proletaria, sino organismos democráticos revolucionarios. Un poder central estable en China sólo puede surgir de la federación de tales Soviets.

El carácter social del Estado central lo determinará la clase bajo cuya dirección se realice tal federación. Hasta ahora, tales órganos locales de poder democrático van naciendo espontáneamente de la lucha de los campesinos.

Les dan el nombre de «soviets» los comunistas que tienen algo que ver con ellos, así como dan también el de «ejércitos rojos» a las formaciones bélicas, bajo cuyos auspicios van naciendo. Pero no están claramente bajo la dirección del proletariado, pues éste no ha podido todavía reponerse de la aplastante derrota sufrida en 1927. El proletariado sólo puede dirigir la revolución agraria como parte de su propia lucha por el Poder. No hay indicios de que el proletariado chino se halle en la actualidad empeñado en semejante lucha. Así, el movimiento revolucionario de los campesinos es espontáneo y podría, acaso, proporcionar la base para la aparición de la democracia burguesa, si, en conjunto, las condiciones de China no le fueron tan desfavorables. Si los burgueses fueran realmente capaces de querer de veras la convocatoria de una Asamblea nacional del tipo propuesto por Wang Chin-wei, podrían, sin duda alguna, hacer sentir su influencia decisiva sobre el levantamiento democrático de las masas rurales.(…)

Las masas campesinas se encuentran en el fragor de una revolución agraria que se ha desenvuelto hasta un punto ya muy agudo. La burguesía sólo podría dirigir la revolución agraria considerándola como una parte de su lucha para derribar al feudalismo y otras formas de relaciones sociales precapitalistas. Sin embargo, Wan Chin-wei sigue siendo tan enemigo de la lucha de clases como siempre. Al poder y no querer emprender en contra de la reacción feudal la lucha por el Poder decisivo, los burgueses chinos no pueden apoderarse de la dirección de las masas campesinas, en tanto que éstas se hallan empeñadas en llevar a cabo la revolución agraria. De tal suerte, su plan no pasa de ser un plan que jamás se verá realizado. (…)

En semejante situación, los términos de «Ejército rojo» y «soviet» resultan harto engañadores. El verdadero Ejército rojo y el soviet son creaciones de la revolución proletaria. Ni los insurrectos chinos luchan por el comunismo ni los órganos locales de poder popular por ellos establecidos son órganos que ejerzan la dictadura del proletariado.

La composición social de los llamados Ejércitos rojos «aclara completamente su carácter político». Tal composición es: el 58% de campesinos pobres; el 27% de ex soldados, es decir, de campesinos pobres también; el 2% de pobres urbanos, es decir, de pobres sin clase, y el 4% de obreros, muy probablemente de jornaleros rurales o artesanos arruinados de una u otra forma. Tales fuerzas armadas no las crea el proletariado después de adueñarse del Poder del Estado. Por el contrario, [en la revolución china], el soviet queda instaurado en un determinado territorio cuando éste ha sido tomado por tales fuerzas armadas. Por consiguiente, por la composición de clase del «Ejército rojo», se determina el carácter social del órgano revolucionario del Poder. El órgano para la dictadura del proletariado jamás podrá crearlo una insurrección campesina.

M.N. Roy. Revolución y Contrarrevolución en China, 1930

Roy no podía ser consciente, pero estaba haciendo la descripción canónica de la situación en la que, con el proletariado derrotado definitivamente y fuera de juego, un partido de la pequeña burguesía campesina, como el que describía -el PCCh- podía tomar con ventaja en papel de una burguesía revolucionaria y, cabalgando la lucha de clases en el campo, hacerse con el poder del estado para instaurar un capitalismo estatal centralizado que la convirtiera finalmente en burguesía «de nuevo tipo». Pero eso vino después y fue uno de los hijos más notables de la contrarrevolución stalinista, se llamó maoismo.

La mentira desconcertante

Cuando estudiamos los grandes discursos de la época, las decisiones de los congresos y los relatos de los movimientos de masas, irremediablemente nos sumergimos en una cierta irrealidad. ¿Qué significan 3.000 obreros muertos en Hamburgo o 10.000 en Shaghai? Nuestra propia imaginación se bloquea porque las escalas nos sobrepasan. Por eso, los testimonios de jóvenes comunistas de la época que llegaban, muchos de ellos huyendo de la represión, a la Rusia que habían imaginado tantas veces, son un contrapunto útil y necesario para entender qué era y cómo se vivía la contrarrevolución en todas las facetas de la vida.

Ante Ciliga era un comunista croata de la generación que se había unido en 1919, en plena ola revolucionaria. Se había convertido en miembro del CC del Partido Comunista en Yugoslavia y había sido expulsado del país. Se refugió en Viena pero de ahí tuvo que huir a su vez. Llegó a Moscú en calidad de asilado político en 1926, en vísperas del Termidor. Ciliga mira a la URSS con los ojos de un militante europeo de la época, la compara con la teoría y con los relatos de la prensa, se une inmediatamente al Partido bolchevique y comienza a integrarse y conocer la realidad social rusa de aquellos años.

En aquella época [1926] se encontraban en Moscú entre treinta y cuarenta militantes del partido comunista yugoslavo. Para mantener el contacto con las masas obreras y estudiar la experiencia del bolchevismo en la práctica, debían pasar un día a la semana en la fábrica. Trabajaban como los obreros, asistían a las reuniones de los sindicatos y del partido, organizaban el trabajo del M.O.P.R (Socorro Rojo). Los parecidos entre la lengua yugoslava y la rusa les permitían implicarse en la vida obrera rápidamente. La mayor parte de mis camaradas yugoslavos eran obreros que habían recibido formación política y pertenecían al núcleo del partido yugoslavo. Habían ido a Rusia para aprender allí el arte revolucionario del bolchevismo, para luego volver a casa con las prácticas hechas.

Estos camaradas, unos abiertamente, otros en secreto, se pusieron a relatar cosas terroríficas sobre la situación de los obreros en las fábricas. Uno de ellos, Risto Samardjitch-Noskov, un viejo militante sindical de Bosnia, que más tarde sería empujado a la muerte por la reacción yugoslava, me describió con detalle los ultrajes y las injusticias de las que eran objeto los obreros de su fábrica. Los obreros fabriles soviéticos –decía– son prisioneros de sus contramaestres y directores, como en los países capitalistas. Es más, allí el obrero puede protestar en la prensa y en las reuniones. Aquí no hay nadie a quien dirigirse. Esto no es socialismo, es esclavitud, concluía.

Por supuesto, había camaradas que sacaban conclusiones totalmente diferentes de esos mismos hechos. Sí, decían, el látigo, el knut es el amo y señor en la fábrica soviética, pero el obrero ruso está tan atrasado, hasta tal punto es inconsciente, que no sabe mantener el utillaje, no tiene el orgullo de mejorar el rendimiento de su trabajo; por tanto nos hemos visto obligados a emplear la coerción para que la fábrica marche y para educar al propio obrero. (…)

Los testimonios «a favor y en contra» se acumulaban. Empecé a comprender el espíritu que reinaba en la sociedad soviética. Las contradicciones que constataba me parecían inadmisibles, pero sin embargo la realidad las toleraba. El agitado ritmo de la vida soviética estaba impregnado de una profunda inmoralidad social. Grupos enteros de campesinos y obreros ascendían a la cima de la sociedad y se aseguraban todo tipo de funciones dirigentes, económicas, políticas y administrativas. Un gran número de jóvenes obreros y campesinos, gracias a la instrucción media y superior, se adueñaban de las palancas de mando de la nueva sociedad. Y esta dichosa evolución no sólo implicaba ciertos trazos desagradables y aislados, sino que era toda una parte la que estaba completamente viciada. Las capas que se elevaban se impregnaban al mismo tiempo de un cierto espíritu burgués, de un espíritu de estrecho egoísmo, de cálculos mezquinos. Uno notaba que tenían la firme determinación de labrarse un buen puesto sin preocuparse del prójimo, un arribismo ciego y espontáneo. Para lograrlo, todos demostraban una capacidad de adaptación sin escrúpulos, una actitud desvergonzada y adulación hacia los poderosos. Esto es lo que se veía en cada gesto, en cada rostro, en todas las miradas. Esto es lo que reflejaban todos los actos y los discursos, generalmente llenos de burda fraseología revolucionaria. Este espíritu era el amo y señor, no sólo entre los sin-partido, sino también y sobre todo entre aquellos comunistas que, lejos de ser los mejores, eran los peores de todos.

¿Esta es nuestra «vanguardia»?, me decía. Lo que me parecía más grave era que este aburguesamiento, lejos de declinar, crecía y se reforzaba, inundando todo a su paso. La ola destructora no hallaba ningún obstáculo, nadie trataba de ponerle diques. Las masas y los dirigentes lo aceptaban como algo inevitable. (…)

En la primavera de 1928 se celebró en Moscú el IV Congreso del Profintern (Internacional Sindical). En la delegación yugoslava a este congreso me encontré con un viejo amigo, ferroviario y probado militante revolucionario que había sido mi camarada desde mi actividad ilegal en 1919. Él ya había estado en Rusia en 1917-1918, como prisionero de guerra austriaco. Había podido observar los inicios de la revolución y había participado activamente en ella. Tras haber sido el huésped de los ferroviarios moscovitas, tras haber tenido tiempo de observar toda la vida pública y privada, me resumió sus nuevas impresiones sobre Rusia en los siguientes términos:

La situación hoy es completamente distinta a la de mi época; el obrero ha caído de nuevo en la trampa, los burócratas viven como vivían antes los burgueses, sus señoras se las dan de burguesas. Hace falta una nueva revolución.

¿Hemos llegado ya a ese punto?, me preguntaba yo. (…) En esa época conocí en Moscú a un grupo de obreros extranjeros. Eran obreros alemanes especializados que trabajaban en las grandes empresas de Moscú. Les pregunté sobre sus condiciones de trabajo. Me dijeron que bajo el régimen capitalista jamás se habían visto en tan malas condiciones. Uno de ellos, que también había estado trabajando en Francia, Suiza y Austria, me dijo que el sistema de trabajo a destajo se había llevado en Rusia mucho más lejos de lo que había estado nunca en Occidente. Le pregunté sobre las reacciones de los obreros en las fábricas. Los obreros, por supuesto, no están contentos, me dijo; pero el trabajador ruso está tan atrasado, tan dócil, tan poco capaz para la acción, que el descontento es estéril. (…)

La mayor parte de los extranjeros que se establecían en Rusia (…), a pesar de ser obreros, revolucionarios, emigrados políticos, se hallan en una situación algo paradójica. Se les confía un trabajo interesante, se les paga convenientemente, son bien alojados, pueden irse de vacaciones y disfrutar del mejor confort. Les cuidan, les organizan reuniones obreras donde pueden tomar la palabra, les honran y gozan de reconocimiento social. Por otra parte, estos extranjeros descubren en las fábricas, en el partido y las administraciones, un modo de existencia que contradice su idea de socialismo. Empiezan a indignarse, a amargarse. Los representantes del partido comunista ruso, acostumbrados a considerar esto como una «enfermedad infantil» que afecta a todos los extranjeros, les responden con una paciencia barnizada de desprecio:

Sí, ya conocemos todo eso; todos los extranjeros que vienen a Rusia empiezan emitiendo opiniones de extrema-izquierda. Tienen una idea demasiado romántica del socialismo; no saben lo que es la disciplina bolchevique, no se dan cuenta de las dificultades que uno encuentra cuando quiere edificar el socialismo, cuando se conduce a las masas de un país atrasado y pequeño-burgués.

La administración trata a los extranjeros de forma relativamente liberal, pero al mismo tiempo crea una especie de vacío a su alrededor. Si el extranjero «rebelde» logra el apoyo de algún obrero ruso entonces se le empieza a «hablar en ruso» para que se le pasen las ganas de pelear contra el régimen.

Por otra parte, los obreros rusos han tenido oportunidad de aprender lo que se puede decir y lo que se debe callar en las reuniones. Así, aunque sean bastante comunicativos en las conversaciones privadas con los extranjeros, guardan un silencio glaciar en las reuniones públicas y dejan la tribuna para los entusiastas profesionales.

El extranjero generalmente ignora que los obreros rusos llevan sufriendo esta presión burocrática desde hace dieciséis años. No sabe que el poder ha tenido que reprimir numerosas huelgas de masas. No se da cuenta de lo que han significado los cañonazos de Kronstadt, cuyo fracaso conmovió profundamente a todo el conjunto de las masas obreras de Rusia. Este extranjero no puede comprender por qué el obrero ruso se ve obligado a callarse, por qué esta clase obrera que ha hecho tres revoluciones se ve hoy impotente e incapaz de reaccionar, incluso en sus propias fábricas, contra la arbitraria desvergüenza de la burocracia. Los extranjeros no se dan cuenta de que la burocracia ha golpeado al obrero sin descanso para lograr reducirle a su estado de mutismo actual; en lugar de indignarse contra la administración, comienzan a subestimar a la clase obrera rusa.

Ante Ciliga. En el país de la mentira desconcertante, 1937

Ciliga vive las horas finales de la Internacional, el deterioro económico del último periodo de la NEP, el giro izquierdista del stalinismo y la campaña contra los campesinos ricos que acabará en la colectivización forzosa de la pequeña burguesía agraria. Este giro izquierdista -cuyos repercusiones internacionales ya vimos en Cantón y en España- le hace volver a confiar en el el aparato del partido, pero pronto se da cuenta de que el «giro ultraizquierdista» no es más que un gran teatro orquestado por el partido.

La Rusia de la N.E.P. agonizaba. La producción se disolvía y no llegaba a cubrir las necesidades de los diversos grupos sociales; los intercambios se habían paralizado, la economía del país llegaba a un punto muerto. El mundo soviético acababa de descarrilar y para sacarlo del apuro había que emplear medios heroicos.

Fue entonces cuando se descubrió que el camino de la salvación era el que había señalado la oposición, y el partido terminó adoptándolo: lucha contra los elementos capitalistas privados en la ciudad y la aldea, concentración de recursos en el Estado encaminada a llevar a cabo una industrialización acelerada, creación de grandes unidades rurales orientadas a la colectivización total, movilización para estos fines de la clase obrera y de todas las masas laboriosas, y ante todo, de los elementos comunistas revolucionarios.

Por un instante estuve a punto de olvidar todos los feos que había estado viendo durante diez meses, a olvidar los privilegios de los dirigentes, la opresión y los sufrimientos de las masas, el espíritu de dominio, la adulación y la sumisión que impregnaban toda la vida soviética. Estuve a punto de creer, creí por un instante, que era posible que las masas y la administración se reconciliasen, que los trabajadores y los dirigentes se unieran para conquistar un mundo nuevo. En el partido se sabía que un grupo de elementos de derecha estaba tomando cuerpo para oponerse a esta nueva política. En este terreno también se confirmaron las previsiones de la oposición. Había llegado a prever los nombres de los dirigentes de la fracción de derecha: Rýkov, Bujarin y Tomski. Había razones para pensar que como Stalin había adoptado la política de la oposición, haría un bloque con el grupo de Trotski-Zinoviev contra la derecha.

Esta esperanza llegó a su punto culminante cuando el Comité Central del partido publicó su manifiesto a la clase obrera del 3 de junio, anunciando la lucha contra la burocracia, la autocrítica y la democracia obrera. Yo creí que estas consignas directas y decisivas iban a despertar a los obreros y a liquidar la plaga de la burocracia.(…)

En muchas células, los simples militantes trataron de poner en práctica las nuevas consignas de autocrítica y democracia obrera. Esperaban así desembarazarse de los defectos del burocratismo en sus propias organizaciones y en sus propias fábricas.

Pude comprobar que estos esfuerzos eran estériles a menos que se coordinaran con la acción de las instancias superiores. Para tener éxito, estas instancias tenían que dar el visto bueno en cada caso particular en que se intervenía contra personas o hechos determinados. Si los militantes de base, si los simples militantes del partido se permitían tomar la palabra por propia iniciativa, esta audacia bastaba –al margen de cualquier otra consideración– para asegurar su fracaso y ser acusados de «actividades desorganizadoras».

Asistí a un caso verdaderamente paradójico. Dos miembros del partido, que no formaban parte de la oposición, se ganaron una severa reprimenda por parte de la comisión de control por haber acordado en su domicilio privado la actitud a adoptar para atacar a la burocracia local en la próxima reunión. La comisión de control del partido resolvió que los miembros sólo tenían derecho a decir lo que quisieran en las reuniones; consultarse entre sí y preparar sus discursos antes de pronunciarlos era una prueba de «fraccionalismo»; lo cual era condenable, aunque las supuestas «fracciones» no tienen nada que ver con la oposición. El derecho a preparar las reuniones, a examinar con anticipación los temas de los debates, sólo lo tenían las diversas instancias de la administración. Así es como se conservaba y se sistematizaba también la distinción entre los derechos de la masa militante y los del aparato administrativo.

Mientras, la lucha contra la derecha, los partidarios de la reconciliación con los kuláks, seguía su curso. Pero se notaba que un director de orquesta invisible se encargaba de moderar el tono. Parecía que alguien conducía a la masa del partido como se lleva a un niño de la mano: adelante, un paso más, prohibido ir más lejos, detente. ¿Pero por qué se podía dar este paso y no aquel otro?, ¿dónde se quería llegar?, ¿cuál era la meta? Todo esto el «aparato» lo mantenía en secreto. Las masas ni siquiera se atrevían a plantear la cuestión. A pesar de las solemnes declaraciones de los periódicos respecto a la autocrítica y la democracia, no hubo ningún cambio real en la vida del partido y de las masas. ¿Qué sucedía?, ¿acaso era un colosal engaño?, ¿o es que la nueva política de Stalin contra la derecha aún no podía –por razones de táctica interna del partido– desplegarse del todo? (…)

La tensión de los ánimos en Moscú llegó al máximo en el verano de 1928, tras el «pleno» de julio del Comité Central del partido comunista. (…) La derecha, aunque disponía de la mayoría, vacilaba a la hora de apartar a Stalin de su cargo como secretario general. Stalin, en minoría, no temía el riesgo que suponía hacer intervenir a los obreros. A pesar de la importancia de los factores individuales que ciertamente influían en la táctica de las partes en disputa, en última instancia, ésta estaba determinada por causas sociales. Las vacilaciones de la derecha ante Stalin se debían al temor de que su salida desatara el peligro de los «kulaks» [campesinos ricos] y barriera a la burocracia. La derecha temía las consecuencias de sus propias intenciones. En cuanto a Stalin, ligaba su suerte al triunfo definitivo de la burocracia en la vida económica y política del país. La idea de crear una agricultura y una industria poderosas le daban alas.

En las luchas internas del partido, el papel de las masas se limitaba al de meros espectadores, o como mucho instrumentos. El destino del partido y del país se decidía en la sombra; las masas tenían que esperar a ver quién salía vencedor para sacarle a hombros. Mis camaradas y yo no comprendíamos cómo era posible semejante situación, pero sabíamos que sin embargo era eso lo que sucedía. Sabíamos que las masas permanecían en segundo plano y que fuese quien fuese el vencedor su papel social se reduciría.

Ante Ciliga. En el país de la mentira desconcertante, 1937

El vencedor final fue Stalin, que se deshizo primero de la oposición unificada (Trotski, Zinoviev, Kamenev) y luego de la derecha (Bujarin, Rikov) que defendía mantener la NEP sin tocar a los sectores altos de la burguesía rural nacida de ésta… para finalmente hacer la política de la primera (planificación, colectivización) con todos los signos de la brutalidad que le caracterizaban.

Ciliga mientras tanto se ha unido a la oposición de izquierdas (clandestina), a sabiendas de que la actividad de oposición acaba generalmente en encarcelamiento y bien puede acabar en el «aniquilamiento», palabra que no era en absoluto una metáfora.

[En 1927] a pesar de esta enérgica represión, tras la crisis que reinaba en este país y en el partido, se notaba en Moscú un cierto recrudecimiento de la actividad de la oposición. La influencia del trotskismo entre los cuadros del partido aumentaba cada día. En algunos medios del partido, los escritos de la oposición se difundían con un éxito fulminante. Eran los únicos escritos en los que se podían conocer hechos auténticos sobre la marcha de las hostilidades entre los grupos de Stalin y de Rykov. Por otra parte, los documentos de la oposición, particularmente las cartas de Trotski, trataban los problemas económicos y políticos corrientes con una audacia y una claridad que invitaban a la admiración.(…)

Ante Ciliga. En el país de la mentira desconcertante, 1937

Pero pronto desarrolla puntos de vista propios frente a la colectivización agraria y la industrialización planificada.

Los frutos del trabajo de los koljoses, así como de la industria, los acaparaba la burocracia, empezando por los funcionarios inferiores de los koljoses (o de la fábrica) y terminando en los empingorotados burócratas del Kremlin. El grado de explotación al que estaban sometidos los diferentes grupos de trabajadores variaba, al igual que los privilegios de los que disfrutaban las distintas capas de la burocracia. Pero esto no afectaba a la división fundamental del país en dos campos: las masas laboriosas y explotadas por una parte y los dirigentes explotadores por la otra. (…)

Ni el trotskismo ni el stalinismo veían en los acontecimientos más que una lucha entre dos sistemas sociales: el socialismo y el capitalismo privado, una lucha entre dos clases: el proletariado y la burguesía, que incluía a los kuláks y los restos de todas las viejas clases dirigentes. Por mi parte, llegué a la conclusión de que había tres sistemas sociales que participaban en la lucha: el capitalismo de Estado, el capitalismo privado y el socialismo, y que estos tres sistemas representaban tres clases: la burocracia, la burguesía (incluidos los kuláks) y el proletariado. La diferencia estribaba en que los stalinistas y los trotskistas identificaban el capitalismo de Estado con el socialismo y a la burocracia con el proletariado. Tanto Trotski como Stalin identificaban al Estado con el proletariado, la dictadura burocrática sobre el proletariado con la dictadura del proletariado, la victoria del capitalismo de Estado sobre el capitalismo privado y el socialismo con una victoria de este último. La diferencia entre Stalin y Trotski consistía en que Stalin consideraba esto como un socialismo puro, la pura dictadura del proletariado, mientras que Trotski se daba cuenta y señalaba las lagunas y las deformaciones burocráticas del sistema. (…)

Los más diversos fenómenos capitalistas y burocráticos que se manifestaban en la industria soviética estatal se atribuían siempre a la influencia de elementos capitalistas y pequeño-burgueses, o bien se explicaban como concesiones inevitables y provisionales a estos elementos, cuya importancia en los tiempos de la N.E.P. era considerable y se reconocía oficialmente. Ahora que se había suprimido la N.E.P., extirpando todo capitalismo privado y destruyendo sin piedad a la pequeña burguesía, estos fenómenos capitalistas y burocráticos, lógicamente, tendrían que desaparecer de la industria y ceder su puesto a la organización socialista de la producción industrial.

Pero en realidad no sucedió nada de esto. Es más, los métodos capitalistas y burocráticos salieron fortalecidos: trabajo a destajo, separación entre trabajadores y dirección, concentración de todas las funciones dirigentes en manos de la administración, las funciones de los obreros reducidas a las de simples ejecutantes, consolidación del sistema asalariado y aumento de las diferencias salariales para beneficio de los burócratas.

Todo esto demostraba que el carácter burocrático y capitalista de la industria soviética estatal no se debía únicamente a la influencia que ejercían los restos del viejo capitalismo privado, sino que constituían el propio fundamento orgánico de esta industria estatal. Por tanto, era en el conjunto de la economía soviética, tanto en la industria como en la agricultura, donde había que plantear la cuestión de saber cuál era el nuevo sistema social y económico, ya que no se trataba de capitalismo privado ni tampoco de socialismo.

Ante Ciliga. En el país de la mentira desconcertante, 1937

Ciliga recoge en sus memorias opiniones y testimonios de obreros de todo el país, más o menos acertadas pero siempre significativas de lo que supuso la derrota del estado soviético a manos de la burocracia y de la «gran mentira», la aceptación de que capitalismo de estado y socialismo eran la misma cosa.

Un viejo obrero cualificado que trabajaba en una de las principales fábricas de Leningrado me decía, por ejemplo:

Ahora vivimos peor que en tiempos de los capitalistas. Si hubiésemos sufrido tanta hambre, si en la época de nuestros viejos patrones los salarios hubiesen sido tan bajos, habríamos hecho miles de huelgas. ¿Pero qué podemos hacer ahora? Somos nosotros quienes queríamos el poder soviético, ¿Cómo podemos combatirlo? Si nos ponemos hoy en huelga, nuestras propias mujeres se burlarían de nosotros diciendo: «Ahí tenéis vuestro poder soviético»

Cuando se reclutó a 25.000 obreros para llevarlos al campo, este trabajador fue uno de los voluntarios. Volvió disgustado al cabo de unos meses:

Hay demasiadas injusticias; no es colectivización, es pillaje.

Como obrero cualificado, no pedía ningún favor al poder. Su cualificación le daba seguridad y cierta independencia. Era un sin partido, pero había estado varios años en el frente durante la guerra civil. La angustia y el asombro que le sacudían ahora me parecía que reflejaban los sentimientos de las capas más profundas del proletariado. «Nos hemos equivocado de puerta», esa era la conclusión que sacaban de la revolución. Cuando terminaba el Plan Quinquenal, en la época de la «vida alegre» proclamada por la burocracia, estas capas terminaron dándose cuenta de lo que era el sistema vigente en la URSS.

Escuché el mismo tipo de reflexiones en boca de un obrero comunista extranjero que trabajaba en la industria textil. De origen meridional, se expresaba más apasionadamente:

En mi vida he visto esclavitud semejante a la que reina en mi fábrica. ¡Si esto ocurriera en un país burgués, hace tiempo que habría lanzado una bomba!

Pero en Rusia se callaba, pues no veía ninguna salida: las masas obreras son pasivas y el poder no es «nuestro poder». Desesperado, trataba de que le repatriaran a Europa: allí al menos sabría contra qué y cómo luchar. Logró que le repatriaran, pero sólo tras pasar por enormes dificultades, pues conocían su «falta de entusiasmo por el régimen soviético». Hoy, aunque ha perdido la fe, continúa trabajando en el partido comunista oficial. De todas formas, no hay nada «mejor», me confesó más tarde, cuando los dos habíamos vuelto a Europa.

Me acuerdo también de una conversación con un obrero que acababa de hacer una reparación en mi cuarto. Al ir a pagarle a su domicilio, le hallé distraído leyendo un periódico. Apenas le conocía, y le pregunté: «¿Qué dicen los periódicos?». Me señaló la noticia acerca de la limitación de la legislación social en Alemania, que la prensa soviética había trasformado en una abolición de los seguros sociales.

«Igual que nosotros», dijo el obrero sin más comentarios. Esta sencillez y sinceridad hablaban más claro que cualquier discurso sobre los sentimientos que la burocracia soviética inspira a los obreros.

Mi humilde interlocutor parecía querer decir, en un tono calmado y descorazonado: «No sólo soy yo, todos pensamos así»

Ante Ciliga. En el país de la mentira desconcertante, 1937

Ciliga, como era inevitable, acaba en las prisiones de la GPU. Sin entrar en el relato de las iniquidades de los campos de internamiento para presos políticos comunistas -que acabarían en la matanza de decenas de miles de bolcheviques oposicionistas- lo interesante hoy de su relato es ligarlo a lo anterior para entender la debilidad de la oposición clandestina. No era solo una cuestión de ferocidad represiva y de derrota de las masas, es que esa derrota había calado a la propia oposición. La «mentira desconcertante», la equiparación entre socialismo y capitalismo de estado, inutiliza la concepción de Trotski y paraliza a la oposición que sigue atada a un partido que le masacra. Solo una pequeña minoría que sin saberlo espera en realidad la muerte, mantiene la reflexión de clase en las prisiones.

El ambiente de oposición de nuestra prisión, a pesar del lenguaje violento que se escuchaba hacia Stalin, era fundamentalmente conservador. Cuando había que criticar al régimen, a la gente le entraba una timidez insospechada. Preferían quedarse con las palabras vacías y las fábulas más groseras antes que ponerse a buscar algo nuevo. Decididamente, era difícil atisbar una diferencia psicológica entre el partido comunista ruso y su oposición…

–¿Cómo?, ¿usted dice que nosotros ya no somos miembros del partido? ¡Razona igual que Stalin!, exclamaba el simpático viejo Gorlov.

–Veamos –replicaba yo–, ¿cómo vamos a considerarnos miembros de un partido que nos ha expulsado y que ha hecho que la G.P.U. nos meta en prisión?

Pero Gorlov seguía pensando que el partido comunista panruso no había dejado de ser «nuestro partido» y que Stalin no era más que un usurpador, ¡un vulgar estafador!… Esta postura implicaba un aspecto que no era tan inofensivo.

Un día que yo estaba alegrándome de que hubiera disminuido la extracción de hulla en el Donbass, según decía el Pravda, dos georgianos miembros de la oposición, Tsivtsivvazde y Kiknazde, me atacaron con violencia:

Nuestro deber es alertar de cualquier signo de debilitamiento del poder soviético. Ciertamente debemos persuadir al partido de que la política de Stalin es nefasta, ¡pero no debemos hacer derrotismo con nuestro propio gobierno soviético!

Intenté que se calmaran explicándoles que no se trataba de derrotismo, sino que únicamente me alegraba de la resistencia que oponían los obreros del Donbass a la arbitrariedad burocrática. Pero este argumento no les convenció. Cualquier golpe al poder, aunque lo llevaran a cabo los obreros, les parecía un progreso de la contrarrevolución.

Además, constaté con inquietud que había una laguna en las cartas y los escritos de Trotski que nos llegaban a prisión: Trotski nunca hablaba de organizar huelgas, de incitar a los obreros a que lucharan contra la burocracia, de movilizar a la clase obrera a favor del programa económico trotskista. Su crítica, sus argumentos y sus consejos parecía que iban dirigidos al Comité Central, al aparato del partido. Recordando la caída vertical del nivel de vida de los obreros, Trotski llegaba a esta conclusión, como un buen patrón que aconseja a la administración: «Ustedes están derrochando el capital más valioso, la fuerza de trabajo». Para Trotski el sujeto activo seguía siendo «el partido», con su Politburó y su Comité Central, el proletariado no era más que un «objeto». (…)

Todas mis esperanzas estaban puestas en la «minoría», que en 1931 y 1932 discutía apasionadamente las cuestiones de principio que planteaba el Plan Quinquenal y el régimen soviético en su conjunto.

La primera cuestión que se discutió fue la del carácter del Estado soviético. ¿Se trataba de un Estado obrero y socialista? Y si no era así, ¿a qué clase representaba? La discusión duró más de seis meses. Albergábamos además una segunda intención que nos desaconsejaba las prisas: estábamos esperando que Trotski cruzara el Rubicón y negara el carácter obrero del Estado stalinista. Muchos de nosotros estaban convencidos de que ya no quedaban restos de la dictadura del proletariado en la URSS, pero pensaban que no era oportuno declararlo en público antes de que Trotski se pronunciara. Por mi parte, aunque esperaba como el resto un gesto político decisivo por parte de Trotski, que parecía inevitable dadas sus anteriores declaraciones: “la preparación para la instauración del bonapartismo en el partido ha concluido”, pensaba al igual que otros camaradas que debíamos pronunciarnos sin esperar a sus palabras. ¿Acaso no le sería más fácil formular las conclusiones esperadas si veía que en el espíritu de los propios militantes éstas ya se estaban plasmando espontáneamente? Por otra parte, ¿debíamos estar siempre a la espera de ver cuáles eran las palabras del «jefe», como vulgares stalinistas?

Al final se sometieron a votación tres resoluciones diferentes. La primera admitía el carácter obrero del Estado, a pesar de sus numerosas «desviaciones burocráticas», pues aún sobrevivían «vestigios de la dictadura del proletariado», como la nacionalización de la propiedad privada y la represión contra la burguesía.

Quienes negaban que hubiese dictadura del proletariado en la URSS presentaron dos resoluciones distintas. Unos pensaban que aunque no hubiera dictadura del proletariado en la URSS aún «subsistían los fundamentos económicos de la Revolución de Octubre». Su conclusión era que había que hacer una revolución política además de una «profunda reforma económica».

Los otros «negadores» de la dictadura del proletariado –entre los cuales estaba yo– pensaban que no sólo era el orden político, sino también el social y el económico, el que era extraño y hostil al proletariado. Así, no sólo nos situábamos en la perspectiva de una revolución política, sino también social, que abriera el camino al desarrollo del socialismo. Para nosotros la burocracia era una verdadera clase, y una clase hostil al proletariado.

Ante Ciliga. En el país de la mentira desconcertante, 1937

Resulta apasionante hoy leer el relato de la implantación de toda la estructura de explotación y la superestructura ideológica propia de la burguesía de estado contada desde una prisión de la época.

Durante el año 1930 y comienzo de 1931, para llevar a cabo su plan de industrialización y producción, el gobierno se valió principalmente de métodos administrativos coercitivos hacia los trabajadores: «emulación« obligatoria en las fábricas, las obligadas gestas de los udarniks (obreros de élite), abolición del derecho del obrero a abandonar la fábrica en la que trabajaba, «derecho« de las mujeres y adolescentes al trabajo nocturno en las minas, etc. Estas medidas provocaron en el extranjero una campaña contra el «trabajo forzado«, pero por otra parte la fraseología oficial daba pie a que los occidentales pensaran que el gobierno soviético estaba levantando, aunque fuera con medios bárbaros, algo parecido al socialismo.

Las reformas que se sucedieron a partir de junio de 1932 revelaron el verdadero rostro del régimen. Stalin empezó anatemizando una de las aspiraciones más deseadas por los obreros, una de las pocas conquistas de octubre que aún no les habían arrebatado: el principio de igualdad económica en el proletariado. Sobre un orden dictatorial, se instauró un nuevo evangelio: la jerarquía obrera, la «reforma del sistema de salarios» con el objetivo de crear «mayores diferencias en la remuneración entre grupos diferentes». Este principio esencialmente capitalista se declaró conforme al socialismo y el comunismo. ¡Al antiguo principio se le declaró una guerra sin cuartel y se le estigmatizó con el nombre de «nivelacionismo» pequeño-burgués!…

Ya no era el colectivismo ni la solidaridad, aunque fuese obligatoria, lo que debía estimular al obrero para producir, sino el viejo principio capitalista del egoísmo y el beneficio. Además se introdujo un sistema de trabajo a destajo –el «destajo con primas progresivas»– que hacía mucho tiempo que había sido abolido en occidente gracias a los esfuerzos del movimiento obrero. Tras doblar la coerción administrativa con un nuevo sweating system, los dirigentes soviéticos proclamaron que la intensidad del trabajo no tenía límites: el límite fisiológico que tiene la producción capitalista «nosotros lo hemos abolido en el país del socialismo gracias al entusiasmo de los obreros». El «ritmo de las galeras» en el trabajo en serie de los países capitalistas a partir de ahora había que… acelerarlo.

Si se esforzaban en crear «mayores diferencias en la remuneración» entre los obreros según su cualificación, ¿qué decir del abismo que existía entre los obreros y los funcionarios, fueran comunistas o no? La «vida alegre» de la que disfrutaban las capas superiores en prejuicio de las masas miserables no deja de sorprender al turista extranjero que visita la URSS y se preocupa en mirar un poco a su alrededor. Esta «vida alegre» se legalizó por vez primera tras el discurso de Stalin de junio de 1931. Para aumentar aún más los privilegios que tenían en el abastecimiento y el alojamiento se creó una nueva red de distribución cerrada y unos restaurantes reservados a los altos administradores comunistas o sin partido. En fin, se crearon «almacenes estatales» para su uso exclusivo en los que se podía comprar absolutamente todo a unos precios inaccesibles para el obrero. Los restos del «comunismo de guerra», como le gustaba llamarlos a la burocracia al comienzo del Plan Quinquenal, se tiraron a la basura. Todo esto olía a puro egoísmo de clase, y los relatos de los presos recientemente llegados a la prisión confirmaban la impresión de que esta nueva política respondía a una tendencia profunda y duradera. El pueblo no se engañaba cuando definía la situación con estas amargas palabras: «No hay clases entre nosotros, sólo hay categorías». En efecto, toda la población de Rusia estaba repartida en cinco o seis categorías desde el punto de vista de su nivel de vida, que situaban a cada uno en el lugar que le correspondía en la sociedad. Pero en la época de la que hablamos la etiqueta de «dictadura del proletariado» aún no se había reemplazado por la de «pueblo soviético»; los obreros más favorecidos aún pertenecían a la Categoría Nº 1 y la burocracia designaba sus privilegios con el anodino título de «categoría número cero».

Sin embargo el giro era tan manifiesto y brutal que quienes estaban en libertad no podían estar equivocados. Un director de una fábrica de Moscú que llegó a 1932 a nuestra prisión definía de esta forma la situación del personal comunista: «Durante el día hacemos propaganda entre los obreros a favor de la línea general y les explicamos que el socialismo está a punto de triunfar; pero por la tarde, entre colegas, mientras tomamos el té, nos preguntamos si realmente representamos al proletariado o a una nueva clase explotadora…»

La tendencia a consolidar este nuevo orden de cosas surgido del Plan Quinquenal también se manifestaba mediante un deseo de conciliar los diversos elementos que componían la élite social. Los «especialistas sin partido», a los que ayer aún se acosaba si piedad, hoy se proclamaba que eran aliados de la burocracia comunista. «Hay evidentes síntomas de que estos medios intelectuales están cambiando su actitud», decía Stalin. «Estos intelectuales que antes simpatizaban con los saboteadores hoy apoyan al poder soviético… Es más: una parte de los viejos saboteadores empieza a colaborar con la clase obrera.»

El «nuevo estilo» de las ciudades soviéticas, la reapertura de elegantes tiendas, restaurantes y clubs nocturnos, la fácil y relajada vida de los dirigentes, todo esto recordaba a la N.E.P. Pero no había iniciativa privada, ni comerciantes ni nepistas… La N.E.P. sin los nepistas era el símbolo de la nueva Rusia que sustituía el comercio privado por el estatal, al comerciante por el burócrata, ¡la N.E.P. privada por la N.E.P. de Estado!

Ante Ciliga. En el país de la mentira desconcertante, 1937

Es este desarrollo, que había permanecido invisible al exilio el que finalmente lleva a la ruptura de las minorías defensoras de la tesis del capitalismo de estado con el trotskismo cuando Trotski publica su «programa» de 1930.

Hay que decir que desde el punto de vista social y político el «Programa» de Trotski acababa con todas las esperanzas de la «izquierda». Habían estado esperando desde 1930 a que su jefe se posicionara y declarara que el actual Estado soviético ya no es un Estado obrero. Y he aquí que desde el primer capítulo del «programa» Trotski ya lo definía claramente como «Estado proletario». La derrota era aún más grave en lo que respecta al Plan Quinquenal: su carácter socialista, el carácter socialista de sus objetivos e incluso de sus métodos se afirmaba insistentemente en el «Programa». Toda su polémica en el terreno social se reducía a una mala disputa: «La Unión Soviética aún no ha entrado aún la fase socialista, tal y como demuestra la fracción stalinista en el poder, sino tan sólo en una primera fase de la evolución hacia el socialismo.» Es más, el Plan Quinquenal, que se basaba en el exterminio de los campesinos y la explotación implacable de los obreros, se interpretaba como «un intento de la burocracia de adaptarse al proletariado». En resumen, la URSS se desarrollaba «sobre los fundamentos de la dictadura proletaria…».

Ahora ya era inútil esperar a que Trotski distinguiera algún día entre burocracia y proletariado, entre capitalismo de Estado y socialismo. Lo mejor que podían hacer aquellos «negadores» de izquierda que no veían nada de socialismo en lo que se estaba construyendo en Rusia era romper con Trotski y abandonar el «colectivo trotskista». Hubo una decena, yo entre ellos, que resolvieron dar el paso. Como era costumbre, hicimos una declaración escrita explicando los motivos de nuestra salida. (…)

La posterior evolución de Trotski terminó confirmando este pronóstico. La Revolución traicionada que Trotski publicó en 1936 es fiel a las grandes líneas trazadas en el «Programa» de 1930. Aunque critica con ánimo y severamente algunos aspectos de la sociedad soviética, Trotski no modifica su perspectiva de conjunto sobre la URSS como «Estado obrero»; contribuye así a mantener en el espíritu del proletariado internacional la mayor mentira y la más peligrosa de las ilusiones contemporáneas.

Ante Ciliga. En el país de la mentira desconcertante, 1937

Finalmente, en 1935 Ciliga es expulsado del país gracias a las campañas internacionales organizadas a partir de los «juicios de Moscú» para rescatar a oposicionistas presos. A diferencia tantos otros miles, pudo librarse de la muerte a manos de la GPU gracias a poseer un pasaporte italiano.

Su principal aporte fue dar a conocer la vida y los intensos debates del único lugar donde, durante unos años aun existió discusión política en la URSS stalinista: las cárceles. Aunque también, cómo no, su famosa expresión para explicar el motor de lo que estaba paralizando a la clase: «la mentira desconcertante» de un capitalismo de estado producto de la contrarrevolución, vestido de socialismo y pretendiendo ser el «estado obrero».

Medianoche en el siglo

La consagración de la burocracia en el poder con un programa propio y una perspectiva internacional que sacrificaba el movimiento de clase a sus intereses locales, no fue precisamente tranquila. Como hemos visto en parte a través del testimonio de Ciliga, la falta de claridad de la oposición en general y de Trotski en particular tampoco ayudaban.

Nadie quería ver el mal en todo su tamaño. Que la contrarrevolución burocrática había llegado al poder y que un nuevo Estado despótico salía de nuestras manos para aplastarnos reduciendo al país al silencio absoluto, nadie, nadie de nosotros quería admitirlo. Desde el fondo de su exilio de Alma Ata, Trotski sostenía que aquel régimen seguía siendo el nuestro, proletario, socialista, aunque enfermo; el partido que nos excomulgaba, nos encarcelaba, empezaba a asesinarnos, seguía siendo el nuestro y seguíamos debiéndole todo; no había que vivir sino por él, no pudiendo servir a la revolución sino por él. Estábamos vencidos por el patriotismo del partido; suscitaba nuestra rebeldía y nos levantaba contra nosotros mismos.

Memorias de un revolucionario. Victor Serge, 1941

A partir de 1928 los picos represivos y las matanzas, primero de opositores, luego de grupos dentro de la propia burocracia en el poder y finalmente de segmentos enteros de la clase y hasta de grupos étnicos, van a crecer en hasta eliminar cualquier atisbo de esperanza. Los desastres de la la colectivización mezclarán la represión política y la social en un crescendo que acabará en millones de muertos.

Terror en los más pequeños pueblecitos. Hubo hasta trescientos focos de sublevación campesina a la vez en la Eurasia soviética. En trenes llenos, los campesinos deportados partían hacia el Norte glacial, los bosques, las estepas, los desiertos, poblaciones despojadas de todo; y los viejos reventaban en el camino, enterraban a los recién nacidos en los taludes de las carreteras, sembraban en todas las soledades pequeñas cruces de ramas o de leña blanca. Algunas poblaciones, arrastrando en carricoches todo su pobre haber, se lanzaban hacia las fronteras de Polonia, de Rumanía, de China y pasaban –no enteras, claro– a pesar de las ametralladoras. En un largo mensaje al gobierno, de noble estilo, la población de Abjasia solicitó autorización para emigrar a Turquía. He visto y sabido tantas cosas sobre el drama de aquellos años negros que necesitaría todo un libro para dar testimonio de ellas. Recorrí varias veces la Ucrania hambrienta, la Georgia en duelo y duramente racionada, viví un tiempo en Crimea durante el hambre, viví toda la miseria y la ansiedad de las dos capitales sumidas en la indigencia, Moscú y Leningrado. ¿Cuántas víctimas produjo la colectivización total, resultado de la imprevisión, de la incapacidad y de la violencia totalitarias?

Un científico ruso, el señor Prokopóvich , hizo el siguiente cálculo según las estadísticas soviéticas oficiales –en los tiempos, por lo demás, en que se encarcelaba y se fusilaba a los estadísticos: hasta 1929, el número de hogares campesinos no cesa de crecer: 1928: 24.500.000 hogares. 1929: 25.800.000 hogares. Al terminar la colectivización en 1936, no hay ya más que 20.300.000 hogares: en seis años cerca de cinco millones de familias han desaparecido.

Los transportes se agotaban, todos los planes de la industrialización eran trastornados para hacer frente a las nuevas necesidades. Era, según una frase justa de Boris Souvarine , «la anarquía del plan». Ingenieros agrónomos y científicos denunciaban valerosamente los errores y los excesos; los detuvieron por millares, les hicieron grandes procesos de sabotaje para desviar hacia alguien las responsabilidades. El rublo se desvanecía: fusilaron a los acaparadores de moneda-plata (1930). Crisis de la industria hullera y proceso de sabotaje de Shakty, cincuenta y tres técnicos acusados, ejecuciones (1928). Faltaba la carne naturalmente: ejecución del profesor Karatiguin y de sus cuarenta y siete co-acusados por sabotaje del abastecimiento de carne. Ejecución sin proceso. El día de la matanza de aquellos cuarenta y ocho, Moscú recibía a Rabindranath Tagore y se hablaba abundantemente, en una hermosa velada oficial, del nuevo humanismo. En noviembre de 1930, proceso del «partido industrial» del que reconocía ser el líder el ingeniero-agente provocador Ramsin (indultado); reconocía haber preparado una intervención militar contra la URSS en Londres, París, Varsovia. Delirio, cinco fusilados. En la misma época, un «partido campesino», con los profesores Makárov y Kondrátiev, adversarios de la colectivización total, es liquidado en las tinieblas. Proceso delirante de los viejos socialistas (menchevizantes) de la Comisión del Plan, Groman, Guinzburg, el historiador Sujánov, Rubin, Sher… Proceso secreto de los funcionarios de la Comisaría de Finanzas, Iurovski y otros. Proceso secreto de los bacteriólogos. Varios de ellos muertos en la cárcel. Ejecución de los treinta y cinco dirigentes de la Comisaría de Agricultura, todos acusados de sabotaje; entre ellos, varios comunistas conocidos (Connor, Wolfe, vicecomisarios del pueblo, Kovarski). Proceso secreto de los físicos y deportación del académico Lazárev. Proceso secreto de los historiadores Tarlé, Platónov, Karéiev…

No puedo, en estas páginas de recuerdos, dar un testimonio completo sobre estos acontecimientos y el ambiente aterrador en el que se desarrollaron. Conocía a intelectuales de todas las categorías, estaba ligado por una vieja simpatía con varios de los acusados y de los desaparecidos de aquellos dramas. Sólo quiero consignar aquí algunos hechos:

  • Además se apeló constantemente al patriotismo de los técnicos para arrancarles confesiones. Todo sucedía en la industrialización en medio de tal despilfarro y bajo un régimen autoritario tan intratable que era posible encontrar «sabotaje» en cualquier parte, en cualquier momento. Podría citar ejemplos innumerables. Mi cuñado difunto, el ingeniero-constructor Jayn, diplomado en Lieja, construía un gran sovjoz no lejos de Leningrado. Me decía: «En verdad, no debería construir. Me faltan materiales, llegan tarde, son de una calidad lamentable. Si me niego a trabajar en esas condiciones insensatas, me llamarán contrarrevolucionario y me enviarán a un campo de concentración. Construyo pues como puedo, con lo que consigo, pues todos los proyectos están falseados, y un día u otro puedo ser acusado de sabotaje. Estaré retrasado con respecto al plan, lo que permitirá una vez más acusarme de sabotaje. Cuando dirijo informes detallados a mis dirigentes, me responden que tomo contra ellos precauciones burocráticas y que vivimos en una época de lucha encarnizada: ¡su deber es superar los obstáculos!». Caso típico. (…)

  • El «partido industrial» –como el «partido campesino» de los grandes agrónomos– no fue sino una invención policial sancionada por el Buró Político. (…) Muchos fueron castigados por haber previsto en realidad las consecuencias desastrosas de ciertas decisiones del gobierno. El viejo socialista Groman fue detenido después de un vivo altercado con Miliutin en la Comisión del Plan. Groman, con los nervios deshechos, gritaba que llevaban al país al abismo.

  • Aunque había espionaje extranjero, los complots de los técnicos con los gobiernos de Londres, París, Varsovia y la Internacional Socialista existían únicamente en la psicosis del complot y de la impostura política.(…)

  • El Buró Político sabía exactamente la verdad. Los procesos sólo le servían para manipular la opinión en el interior y en el extranjero. (…)

  • Viví durante años en el ambiente de aquellos procesos. Cuántas veces oí a parientes o amigos de acusados comentar sus confesiones con un estupor desesperado: «¿Pero por qué miente así?». He oído discutir en detalle tales o cuales puntos de la acusación que nunca resistían a un análisis. Nadie, por lo menos en la sociedad instruida, creía en esas comedias judiciales cuyo objeto se veía perfectamente. El número de técnicos que se negaban a confesar y desaparecían en las cárceles sin proceso era por lo demás mucho mayor que el de los acusados complacientes. La Guepeú sabía sin embargo quebrantar las resistencias. Conocí a hombres que habían pasado por «el interrogatorio ininterrumpido» durante veinte o treinta horas, hasta el agotamiento completo de las fuerzas nerviosas. Otros a los que habían interrogado bajo amenaza de ejecución inmediata. Recuerdo a los que, como el ingeniero Jrennikov, murieron «en el transcurso de la instrucción». Palchinski, tecnócrata, acusado de sabotaje en la industria próspera del oro y del platino, había sido matado de un tiro de revólver por el juez de instrucción al que acababa de abofetear. Después se le declaró fusilado, con Von Mekk, viejo administrador de los ferrocarriles, cuya probidad era reconocida por Rykov, presidente del Consejo de los Comisarios del Pueblo, prometiendo su liberación.

  • Yo estaba muy ligado a varios colaboradores científicos del Instituto Marx-Engels, dirigido por David Borísovich Riazánov, que había hecho de él un establecimiento científico de gran clase. Riazánov, uno de los fundadores del movimiento obrero ruso, alcanzaba hacia los sesenta años la cúspide de un destino que podría parecer un éxito excepcional en tiempos tan crueles. Había consagrado una gran parte de su vida al estudio más escrupuloso de la biografía y de los textos de Marx –y la revolución lo colmaba; en el partido, su independencia de espíritu era respetada. Era el único que había elevado incesantemente su voz contra la pena de muerte, incluso durante el terror, reclamando sin cesar la estricta limitación de los derechos de la Cheka y luego de la Guepeú. Los heréticos de todas clases, socialistas, mencheviques u opositores de izquierda o de derecha, encontraban paz y trabajo en su Instituto, con tal de que tuviesen amor al conocimiento. Seguía siendo el hombre que había dicho en plena conferencia: «Yo no soy de esos viejos bolcheviques a los que durante veinte años Lenin trató de viejos imbéciles…». Me había encontrado con él varias veces: corpulento, de brazos fuertes, barba y bigote tupidos y blancos, mirada tensa, frente olímpica, temperamento tormentoso, palabra irónica… Naturalmente detenían a menudo a sus colaboradores heréticos y él los defendía con circunspección. Tenía entrada en todas partes, los dirigentes temían un poco su hablar franco. Acababan de consagrar su fama festejando sus sesenta años y su obra, cuando el arresto del menchevizante Sher, un intelectual neurótico, que hizo inmediatamente todas las confesiones que tuvieron a bien dictarle, puso a Riazánov fuera de sí. Habiéndose enterado de que montaban un proceso contra viejos socialistas imponiéndoles confesiones grotescamente monstruosas, Riazánov se sulfuró, repitió ante miembros del Buró Político que era deshonrar al régimen, que todo aquel delirio organizado no tenía pies ni cabeza y que Sher, además, estaba medio loco. Durante el proceso llamado del «Centro Menchevique», el acusado Rubin, protegido de Riazánov, pone de pronto a este en tela de juicio y lo acusa de haber ocultado en el Instituto documentos elaborados por la Internacional Socialista sobre la guerra contra la URSS. Todo lo que se decía en la audiencia estaba concertado de antemano; aquella revelación sensacional tenía lugar por una orden. Convocado esa misma noche el Buró Político, Riazánov tuvo un violento altercado con Stalin. «¿Dónde están los documentos?», gritaba el secretario general. Riazánov respondía con violencia: «¡No los encontrarán en ninguna parte a menos que los traigan ustedes mismos!». Fue detenido, encarcelado, deportado a pequeñas ciudades del Volga, condenado a la miseria y a la decadencia física; los bibliotecarios recibieron la orden de expurgar de las bibliotecas sus obras y sus ediciones de Marx. Para quien conoce la política de la Internacional Socialista y el carácter de sus dirigentes, Fritz Adler, Vandervelde, Abrámovich, Otto Bauer, Bracke, la acusación forjada es de un grotesco absolutamente inverosímil. Si hubiera habido que admitirla, Riazánov, traidor, merecía la muerte; se limitaron a exiliarlo. Al escribir este libro me entero de que murió hace un par de años (¿en 1940?) en la soledad y el cautiverio, nadie sabe exactamente dónde2.

Memorias de un revolucionario. Victor Serge, 1941

Serge prosigue con la serie inacabable de procesos, desapariciones, muertes sumarias de dirigentes. La burocracia se está dando forma a sí misma, creando un lenguaje a su medida, destruyendo los significados de todo. No queda ya más que Stalin del viejo Comité Central que había hecho la revolución.

Los hitos de la contrarrevolución prosiguen: el 1928 el VI Congreso de la Comintern convierte en universal el insensato «giro izquierdista» que ha llevado a la matanza de Cantón. Su efecto en Alemania será el golpe final al movimiento revolucionario del proletariado alemán ya muy debilitado por las derrotas del 19 al 26. Los militantes del KPD, atados a los «socialistas independientes» por mor de la consigna de convertirse en «partido de masas», desnortados políticamente, no podían ser un freno al desarrollo del nazismo. No, porque deberían haberse unido a la socialdemocracia, como pensaba Trotski, sino simplemente porque Moscú les empujaba al aventurerismo y al efectismo continuamente para recuperar peso internacional.

Como vimos en el caso chino y se vería pronto en el español, la derrotas del proletariado y la práctica desintegración de los partidos comunistas oficiales que le siguió, solo llevó al stalinismo a modificar la composición de clase de estos y buscar alianzas políticas con los sectores de la burguesía que pudieran alinearse en lo único que era realmente importante para ellos: la seguridad del estado ruso. Eso es lo que generalizará el VIIº y último congreso de la Internacional con los frentes populares: la alianza, país a país, con los sectores «democráticos» de la burguesía y la defensa del estado burgués democrático, propiedad privada incluida y a penas decorada por un falso reformismo estatalizante.

Como en todo este proceso, cada avance de la contrarrevolución fuera de Rusia va acompañado de un avance de la burocracia dentro de Rusia. 1936 es el año en que el stalinismo aprueba una Constitución soviética a su medida. Hecho relevante, desaparecen los soviets que a partir de ahora ya no son asambleas de delegados obreros libremente electos y revocables, sino que aúnan solo a representantes de los sindicatos y organizaciones sectoriales del partido único. Era solo un reconocimiento legal, los soviets llevaban muertos mucho tiempo, pero atreverse a escribirlo y proclamarlo es sintomático de la seguridad que la burocracia en sí misma por esas fechas.

Estamos en la época en la que las «minorías» pasan a ser consideradas sujetos políticos y por tanto potenciales objetos de represión. El concepto de «minoría» no está restringido a las minorías nacionales, se hace extensivo a grupos masivos de trabajadores. Un ejemplo: en 1935 se acaba de construir el ferrocarril transmanchuriano. Unos 25.000 trabajadores, familias enteras que habían sido deportadas para su construcción, sobreviven a la obra. Cientos, tal vez miles, han muerto de hambre, agotamiento o frío en esta línea que se considera estratégica y que ha estado en el corazón de las consideraciones y vaivenes sobre China en 1929. Pero en 1932 los japoneses crean el «Manchukuo» sobre sus conquistas chinas: un estado títere a cuya cabeza ponen a PuYi, el último descendiente de la dinastía mongol. En 1935 Stalin decide vender al Manchukuo el ferrocarril y su gestión. Los trabajadores vuelven saludados como héroes por el camino. El régimen tapaba así, festejando a los trabajadores, una retirada ante el imperialismo japonés. Pero en septiembre aparecen las dudas. ¿Qué contarán y qué efecto tendrá lo que cuenten? Se emite la orden 00593 de «operaciones nacionales». Los 25.000 supervivientes -hombres, mujeres y niños- serán considerados una «minoría». La orden se define como «gran campaña para arrestar y eliminar» a estos miles de supuestos «espías germano japoneses». Las operaciones comienzan el 1 de octubre de 1937 y se prolongarán hasta noviembre del 38. En el proceso, que se extiende por toda la URSS, algunos consiguen escapar o librarse. Todavía hoy siguen apareciendo cadáveres y fosas.

Pero si cupiera alguna duda a esas alturas sobre la naturaleza del stalinismo, la insurrección revolucionaria del proletariado español el 19 de julio de 1936 que para en seco el golpe militar-fascista y derrumba al estado republicano, demostrará el verdadero significado de la política de «frente popular». El PCE stalinista, alimentado y dirigido desde Moscú reorganizará el estado republicano, reestablecerá la propiedad privada, desarmará a los trabajadores y masacrará a los insurgentes, presentándose por primera vez en la escena de la Revolución mundial no como el facilitador de la contrarrevolución, sino como protagonista principal y verdugo de la contrarrevolución misma.

Tras la derrota del proletariado español aun habría una última demostración del significado del «socialismo en un solo país» antes de la nueva guerra imperialista. En 1939 Stalin y Hitler aprueban una alianza de facto: el «pacto Ribbentrop-Mólotov» por el que se dividen Polonia, Finlandia y Bielorrusia y comienzan una colaboración que llevará a decenas de comunistas alemanes refugiados en Moscú a ser entregados a la Gestapo. Cuando Alemania invade Francia y Bélgica, los partidos comunistas stalinizados se abstienen y comienzan a tener una posición activa contra todo tipo de huelgas en las zonas ocupadas. Son consignas de Moscú. Es plenamente coherente con la doctrina del «socialismo en un solo país» y así lo teorizan: era su forma de contribuir a defensa de la «patria socialista» cuyo pacto de no-agresión no debía verse en peligro por ningún movimiento obrero en el resto del mundo.

Cuando finalmente Alemania invada la URSS, sobrevendrá un último giro: el llamamiento a los trabajadores de los países aliados a alistarse en los ejércitos de sus burguesías. Era la vuelta definitiva y evidente al punto original: la traición de la II Internacional en 1914 y su colaboración en la guerra imperialista con la burguesía. Natalia Sedova, esposa de Trotski, asegurará después que éste era el momento que Trotski estaba esperando para denunciar al estado y la burocracia rusas como definitivamente burguesas.

Pero si echamos la vista atrás nos damos cuenta de que en la base, desde el comité anglosoviético a las huelgas francesas de 1940, pasando por la revolución china y España, está una y otra vez el famoso «socialismo en un solo país». Si el socialismo es la misión histórica del proletariado y este puede construirse en un solo país, los trabajadores del resto del mundo deben «apoyar incondicionalmente» al «estado proletario». No es ya solo que se reconozca así una posible oposición de intereses entre entre la revolución mundial y el estado «soviético», es que se teoriza y se practica la supeditación y el sacrificio de la revolución -y las masas trabajadoras- al encaje del estado y la burocracia rusas en la burguesía mundial, convirtiendo lo que queda de la Internacional y de los Partidos comunistas en los agentes y protagonistas directos de la contrarrevolución, enfrentados a cualquier movimiento de clase independiente. Todo con tal de evitar que el movimiento obrero pueda contrariar las estrategias del estado ruso en su relación con estados capitalistas. Ni hablemos por tanto de convertir la guerra imperialista en revolución, la vieja consigna de Liebknecht, Luxemburgo y Lenin… los partidos stalinistas en Francia, Italia y tantos otros países fusilarán y masacrarán huelguistas e internacionalistas como había hecho ya el PCE en 1937-39.

El exilio de Trotski y el ocaso de la Oposición rusa

Como hemos visto en el cuaderno anterior, el ascenso del stalinismo no quedó incontestado dentro del partido comunista ruso. A partir de 1923, a veces en medio de una gran confusión, las tendencias que resisten al vaciamiento de los soviets en favor de los aparatos estatales y la afirmación pareja de los intereses del capital nacional sobre la Revolución mundial, se van a ir agrupando en torno a la Oposición de Izquierda que ve en Trotski y Rakovski sus portavoces más cualificados.

La lucha de la Oposición de Izquierda en los años 23-28 se da en distintos planos. No entraremos en un análisis detallado. Recordemos brevemente los temas principales:

  1. En el plano interior: lucha contra la burocratización crecientte del partido y del Estado, lucha contra el peligro kulak [burguesía agraria] y de forma crecientemente abierta contra los «nepman» [pequeña burguesía privada nacida al calor del capitalismo de estado de la NEP].

    La Oposición preconiza un nuevo curso de medidas antiburocráticas, una política hacia el campesinado apoyándose en los campesinos pobres y dirigida contra los kulaks, una colectivización progresiva del campo fundamentada en un desarrollo industrial mayor y planificación económica.

  2. En el plano internacional: lucha contra el curso stalino-bujarinista (Comité anglo-ruso, alianza con Chang Kai Chek en la revolución china).

  3. En el plano teórico, que guiaba toda la política internacional, lucha contra la teoría del «socialismo en un solo país», y defensa del programa bolchevique que Trotski reclama en la teoría de la «revolución permanente».

Jacques Roussel. «Les enfants du prophete»

Desde el momento en que llega desterrado a Prinkipo, Trotski intenta crear lazos clandestinos con la oposición rusa que en ese momento vive cautiva en los campos punitivos. Es un momento de debates vivos y desmoralización creciente alentada por el giro a la izquierda de la fracción stalinista.

Tanto los oposicionistas como Trotski, y antes que ellos Lenin, esperaban un nuevo estallido contrarrevolucionario y quizás una guerra civil impulsados por la burguesía agraria (el kulak) apoyada en los nepman y las potencias imperialistas. Veían, con razón, en el derechismo económico asociado al socialismo en un solo país un debilitamiento de los trabajadores en relación a ésa burguesía, una política de conciliación de clases típicamente centrista y al final suicida pues preparaba las condiciones de una contrarrevolución triunfante. Por eso llaman termidoriana a la burocracia (prepara la contrarrevolución pero no es la contrarrevolución) y por eso su política económica había puesto el acento en el monopolio del comercio exterior y en la colectivización del campo como forma de conjurar el peligro constante del kulak y sus alianzas.

Hacía ya varios años que el abismo entre la ciudad y el campo se había hecho más ancho y profundo. Los 25 o 26 millones de pequeñas, y en su mayor parte diminutas y arcaicas, granjas no podían alimentar a la población urbana que aumentaba rápidamente. Las ciudades vivían bajo una amenaza casi constante de hambre. En última instancia, la crisis solo podía resolverse mediante la sustitución de la pequeña propiedad improductiva por la moderna granja en gran escala. En un país enorme, acostumbrado a la agricultura extensiva esto podía lograrse mediante una de dos políticas: o el fomento enérgico del capitalismo agrario o mediante la colectivización. No había otra alternativa. No había otra alternativa. Ningún gobierno bolchevique podía actuar como padrastro del capitalismo agrario: si lo hubiese hecho, habría desencadenado formidables fuerzas hostiles a si mismo y habría comprometido las perspectivas de la industrialización planificada.

Así, pues, solo quedaba un camino abierto: el de la colectivización, aun cuando todavía quedaran por resolver los problemas capitales de la escala, el método y el tempo. Años de vacilación oficial habían desembocado en el hecho de que ahora las decisiones tendrían que tomarse bajo condiciones mucho peores que aquellas bajo las cuales pudieron haberse tomado anteriormente. Los intentos de Stalin por combinar las líneas políticas más contradictorias, apaciguar a los agricultores ricos y después requisarles sus cosechas, habían enfurecido al campesinado. Su prolongada renuencia a llevar adelante el desarrollo industrial no había sido menos desastrosa. Mientras el campo no podía ni quería alimentar a la ciudad, la ciudad era incapaz de suministrarle al campo productos industriales. El campesino, al no poder obtener zapatos, ropas e implementos agrícolas, no tenia incentivos para elevar su producción, menos aún para venderla. Y así, tanto la ciudad hambrienta como el campo privado de productos industriales eran presa del descontento.

Las decisiones sobre el tempo y la escala de la industrialización y la colectivización se tomaron en condiciones de aguda escasez de todos los elementos humanos y materiales necesarios para la doble empresa. Mientras los obreros carecían de pan, la industria carecía de mano de obra capacitada. También carecía de maquinaria. Y, sin embargo, las máquinas permanecían paradas por falta de combustible y de las materias primas cuyo suministro dependía de la economía rural. Los transportes estaban desorganizados y no podían satisfacer las necesidades del tráfico industrial incrementado. El suministro de casi todos los productos y servicios era lastimosamente inadecuado a la demanda. La inflación era incontrolable. Los precios reglamentados no guardaban ninguna relación con los no reglamentados, y ni unos ni otros reflejaban valores económicos genuinos.

Todos los lazos y vínculos entre las diversas partes del organismo social estaban rotos, con excepción de los eslabones de la miseria y la desesperación. No sólo había vuelto a quebrantarse el intercambio económico entre la ciudad y el campo, sino que lo mismo había sucedido con todas las relaciones normales entre la ciudadanía y el Estado e incluso entre el Partido y el Estado. No había engaño ni violencia al que tanto los gobernantes como los gobernados no estuvieran dispuestos a recurrir en su contienda. Los kulaks, y muchos campesinos «medianos» e incluso pequeños, eran implacables en su odio a los «comisarios». Los incendios y los asesinatos de agentes y agitadores del Partido eran sucesos cotidianos en las aldeas. El estado de ánimo del campesinado contagiaba a la clase obrera, entre la cual abundaban los recién llegados del campo. En el duodécimo año de la revolución, la pobreza del país y las negligencias y abusos del gobierno provocaban una reacción tan adversa y generalizada que algo grande y terrible tenia que suceder o tenía que hacerse a fin de reprimir o de dar salida a las emociones acumuladas.

Isaac Deutscher. «El profeta desterrado»

La puesta en marcha de la colectivización podría haber parecido un triunfo de la izquierda, a fin de cuentas era la base de su programa. Precisamente por éso Stalin la compagina con un endurecimiento de la represión de miembros de la Oposición.

Sin persecución rigurosa, el viraje hacia la izquierda solo habría traído nuevos partidarios a las filas de la Oposición porque ponía de manifiesto la bancarrota [del stalinismo]. Y la persecución por sí sola, sin el viraje a la izquierda, no habría tenido efecto.

Rakovski, Boletín interno de la Oposición, 1929

El giro hacia la izquierda, la colectivización, desmoraliza a buena parte de la Oposición que sigue discutiendo -como vimos en el cuaderno anterior- en los campos punitivos. Paradojicamente, las capitulaciones forzadas de trotskistas y la liberación de cientos de ellos, da paso a los fusilamientos y el terror abierto. Stalin desconfía de los capituladores y su efecto en la ciudad. Los campos volverán a llenarse pronto y se convertirán cada vez más y más rápidamente en campos de exterminio para una decena de millar de oposicionistas de primera fila, la mayoría viejos miembros del partido.

Pero, a pesar de todo, la mayoría de la Oposición con el propio Trotski a la cabeza sigue viendo a la burocracia como una excrecencia del proletariado no como expresión de las necesidades del capital nacional estatalizado, es decir, como una deformación del poder de los soviets, no como una capa burguesa.

La diferencia política entre la burocracia stalinista y la Oposición trotskista solo es reconocible para los trabajadores en la consigna de democracia socialista. No es una consigna fácil, como vimos en el cuaderno anterior, el proletariado se ha renovado, la mayoría de los trabajadores no han pertenecido a los soviets que hicieron la Revolución. A ella, el stalinismo opondrá masas de cifras, muchas veces escandalosamente falsas, para demostrar el desarrollo socialista de las fuerzas productivas que de paso demostraría la posibilidad del socialismo en un solo país. Trotski insistirá en que la colectivización y la industrialización tienen significados opuestos en una perspectiva nacional y en otra de revolución mundial, en un marco de dictadura burocrática y en un marco de poder soviético real.

De hecho, para 1932 el proletariado ruso se había ya duplicado pasando de 10 a 20 millones de trabajadores industriales. La colectivización había acelerado la acumulación de capital, industrializando Rusia a toda velocidad. Pero a costa de una explotación inédita de los trabajadores que vivirán en el racionamiento y la escasez más brutal. Es una huida hacia delante del capital estatal luchando a dos frentes entre un campesinado al que desarticula y proletariza y un proletariado nuevo, de campesinos llegados a la ciudad, despojado de continuidad y memoria, al que niega incluso a expresarse en el que todavía es teóricamente su propio estado.

Mientras el campesinado está siendo proletarizado, nuestra clase obrera va quedando completamente infectada por el espíritu del campesinado.

Y. Grev. Boletín de la Oposición, 1930

No es ninguna exageración. En ese año, en la cuenca del Donetz, el 40% de los mineros eran kulaks expropiados. El volumen y la velocidad de la transformación abocan a la burocracia a recurrir al terror generalizado para sostenerse. Cuanto más crece y se concentra el proletariado, más le teme la burocracia, de menos libertades disfruta en su estado y más se endurece el régimen disciplinario. Las huelgas se reprimen sin contemplaciones. Los trabajadores críticos son acusados de traición. Los campos punitivos se amplían para albergar a centenares de miles de trabajadores no politizados. Los trabajos forzados se convierten en un recurso productivo habitual.

La burocracia ya no es centrista, a diferencia de lo que espera la Oposición, no está dando un bandazo a la izquierda como antes había dado a la derecha, en un intento por conciliar a la burguesía agrícola y al estado proletario. Identificada ya abiertamente a través del Plan Estatal con la acumulación y reconstitución del capital nacional en el estado, es ya incapaz de convivir incluso con la letra de las leyes que lo constituyeron como herramienta de la clase explotada. En 1936 Stalin aprobará una nueva constitución. Los soviets desaparecerán ya formalmente como asambleas delegados electos y revocables. Se convertirán ya, formal y legalmente, en comités de representantes del partido de la burocracia y sus órganos.

Los primeros mimbres de la Izquierda Comunista Internacional

Volvamos a 1928. La otra tarea que se da Trotski al llegar a Prinkipo es organizar a nivel global la lucha contra el stalinismo. Su mirada sobre la Internacional irá en paralelo con su mirada sobre el estado ruso. Para Trotski, en la medida en que formalmente seguían existiendo soviets -y seguirían existiendo sobre el papel hasta 1936- el estado ruso era un Estado obrero y el capitalismo de estado construido por la NEP y acelerado por la burocracia a costa de los trabajadores y sus órganos, una conquista del proletariado en el ejercicio de su dictadura. Y del mismo modo que en el estado ruso seguía viendo el estado de los soviets, su visión en ese momento era que los PCs seguían agrupando a la vanguardia militante de la clase y de lo que se trataba era de recuperarlos para recuperar la Internacional. El objetivo de la clase debía de ser recuperar sus organizaciones, en Rusia las del estado, en el resto del mundo las derivadas de la Internacional, en especial los PCs. Por eso, la idea de Trotski en ese momento, y lo será por mucho tiempo, es crear una fracción de izquierda de la Internacional, al modo de la Oposición de Izquierda en el partido ruso.

El primer foco de los esfuerzos de Trotski estará en Francia. Anima desde el primer momento la formación de un único polo de oposición para recuperar en el PC francés la democracia interna y las bases programáticas de la III Internacional (los cuatro primeros congresos), incluyendo a Souvarine, a los zinovietistas de Treint y a los exiliados bordiguistas italianos.

No se trata de crear una plataforma política superadora de la III Internacional, no se trata de organizar un nuevo partido... se trata de defender los partidos creados al calor de la revolución ¡tan solo ocho años antes!

Porque, dejémoslo claro, no está tampoco tratando de hacer de coche escoba recogiendo cualquier posición anti-stalinista, busca aquellas en las que se parta de la reivindicación de la Revolución rusa y del marxismo, rechazando las que, como Souvarine en Francia, el choque con el stalinismo les lleva a afirmar una revisión del marxismo, de la necesidad de partido e incluso de la idea de revolución proletaria. Trotski en ningún momento pierde la perspectiva global: el retroceso de la revolución en Rusia y las dificultades del proletariado en el resto del mundo forman parte del mismo proceso y en consecuencia, bajo las tendencias en cada partido laten fuerzas contradictorias. No todas ellas son revolucionarias, ni en el partido ruso ni en los demás.

No tengo aún posibilidades de trabajar en forma sistemática. Hasta el momento no pude ponerme bien al tanto de las publicaciones de la oposición europea. Por eso me veo obligado a dejar para más adelante la evaluación general de las tendencias de oposición. Nos aguardan tiempos tan difíciles que todo compañero, aun, todo compañero potencial, posee para nosotros un valor incalculable. Sería un error imperdonable alejar a un compañero, más aun a un grupo, por una evaluación hecha a la ligera, por una crítica prejuiciosa o por exagerar las diferencias.

No obstante, considero que es absolutamente necesario expresar algunas consideraciones generales que, en mi opinión, son decisivas para caracterizar a tal o cual grupo o tendencia de oposición.

En la actualidad, la Oposición se constituye sobre la base de una diferenciación ideológica principista, no sobre la base de acciones de masas. Esto tiene que ver con el carácter de la etapa. Hubo procesos similares en la socialdemocracia rusa durante los años de contrarrevolución, y en la socialdemocracia internacional en los años de guerra. Por regla general, las acciones de masas tienden a liquidar las diferencias secundarias y episódicas y a ayudar a la fusión de tendencias afines y próximas. El corolario de esto es que en épocas de estancamiento o reflujo los agrupamientos ideológicos muestran una gran tendencia hacia la diferenciación, la ruptura y las luchas internas. No podemos saltar sobre la etapa que vivimos, tenemos que atravesarla. La diferenciación ideológica clara y precisa es un sine qua non que prepara los éxitos del futuro.

Más de una vez hemos calificado de centrista la línea general de la dirección de la Comintern. Es evidente que el centrismo, más aun el centrismo armado con todo un arsenal represivo, terminará por empujar a la oposición, no sólo a los elementos consecuentemente marxistas sino también a los oportunistas más consecuentes.

El oportunismo comunista se expresa en la lucha por restablecer, con las condiciones que imperan hoy, la socialdemocracia de preguerra, lo que se nota con suma claridad en Alemania. La socialdemocracia de hoy está a años luz de distancia del partido de Bebel. Pero la historia es testigo de que el partido de Bebel se transformó en la socialdemocracia contemporánea. Eso significa que el partido de Bebel ya se había vuelto totalmente inoperante en la época de preguerra. Tanto más inútil resulta tratar de reconstituir el partido de Bebel, o siquiera un ala izquierda del mismo, en las condiciones imperantes. Sin embargo, por lo que puedo juzgar, los esfuerzos de Brandler, Thalheimer y sus amigos tienden a esa dirección. En Francia, Souvarine aparentemente apunta a lo mismo, aunque con menos consecuencia.

Considero que hay tres problemas clásicos que establecen el criterio decisivo para caracterizar las tendencias del comunismo mundial:

  1. la política del Comité Anglo-Ruso;
  2. el proceso de la revolución china;
  3. la política económica de la URSS, junto con la teoría del Socialismo en un solo país.

Quizás algunos camaradas se sorprendan de que no mencione aquí el problema del régimen partidario. No se trata de un olvido, sino de una omisión deliberada. Un régimen partidario no tiene un significado independiente, auto suficiente, es una magnitud que deriva de la política partidaria. La lucha contra el burocratismo stalinista cuenta con la simpatía de los elementos más heterogéneos. Hasta los mencheviques suelen aplaudir algunos de nuestros ataques contra la burocracia. Digamos de paso que en esto se apoya la estúpida charla de los stalinistas, que tratan de hacer ver que nuestra política es afín a la de los mencheviques. Para un marxista, la democracia de un país no es una abstracción. La democracia está siempre condicionada por la lucha de las fuerzas vivas. Para los oportunistas el centralismo revolucionario es burocratismo. Es obvio que éstos no pueden ser militantes nuestros. En este caso, cualquier indicio de solidaridad es producto de la confusión ideológica o, más frecuentemente, de la especulación maliciosa.

  1. Respecto del Comité Anglo-Ruso escribí mucho. No sé cuanto se publicó en el exterior. Me dijeron que circulan rumores de que yo me oponía a la ruptura del Comité Anglo-Ruso, y que sólo cedí cuando me presionaron Zinoviev y Kamenev. En realidad, lo cierto es lo contrario. La política stalinista en el Comité Anglo-Ruso es un ejemplo clásico del centrismo que se desplaza a la derecha, les sostiene el estribo a los traidores descarados y recibe a cambio tan sólo golpes y puntapiés. Al comunista europeo le cuesta mucho comprender los problemas chinos y rusos, debido a las condiciones peculiares de esos países. El caso del bloque político con los líderes de los sindicatos británicos es diferente. Aquí estamos ante un problema elemental de la política europea. La línea stalinista respecto de este problema constituye la más flagrante violación de los principios bolcheviques y del abecé teórico del marxismo. La experiencia del Comité Anglo-Ruso redujo a cero el valor pedagógico de las grandes huelgas de 1926 y retrasó en años el desarrollo del movimiento obrero británico. Quien no lo haya comprendido no es un marxista, no es un político revolucionario del proletariado. Las protestas de ese individuo por el burocratismo stalinista, para mí, carecen de todo valor. La orientación oportunista del Comité Anglo-Ruso sólo podía concretarse en lucha contra los auténticos elementos revolucionarios de la clase obrera. Y esta lucha, por su parte, es inconcebible si no se apela a la coerción y a la represión, sobre todo tratándose de un partido con el pasado revolucionario del Partido Bolchevique.
  2. También escribí mucho sobre la cuestión china los últimos dos años. Tal vez pueda reunir todo ese material en un solo tomo. El estudio de los problemas de la revolución china es una condición necesaria para la educación de la Oposición y la diferenciación ideológica en sus filas. Los elementos que no adoptaron una posición clara y precisa sobre esta cuestión revelan con ello su estrechez nacional, lo que de por sí es un síntoma inequívoco de oportunismo.
  3. Por último, la cuestión rusa. Debido a la situación creada por la Revolución de Octubre, las tres tendencias clásicas del socialismo - la marxista, la centrista y la oportunista- encuentran en las condiciones soviéticas su expresión más clara y precisa, su indiscutible contenido social. En la URSS vemos un ala derecha ligada a la intelectualidad técnica y a los pequeños propietarios, el centro, que oscila entre las clases haciendo equilibrio en la cuerda floja del aparato, y el ala izquierda, que representa a la vanguardia proletaria en el período de reacción. Naturalmente, no quiero decir con esto que la izquierda está exenta del error y que podemos progresar sin una crítica interna seria y franca. Pero esta crítica debe tener un claro fundamento de clase, es decir, debe tomar en cuenta las tendencias históricas arriba mencionadas. Cualquier intento de negar la existencia de dichas tendencias y su carácter de clase, cualquier intento de elevarse por encima de las mismas, culminará inexorablemente en un miserable fracaso. Este es el camino que siguen, sobre todo, los derechistas que aún no lo son conscientemente o que no quieren ahuyentar demasiado pronto a su propia ala izquierda.

Por lo que sé, durante todos estos años Brandler y Thalheimer consideraron muy correcta la política económica del Comité Central del PCUS. Así estaban las cosas hasta el momento del viraje a la izquierda. Por lógica, ahora deberán simpatizar con el programa que se aplicó abiertamente de 1924 a 1927 y que en este momento está representado por el ala derecha de Rikov, Bujarin y demás. Souvarine, aparentemente, se orienta en la misma dirección.

Es obvio que aquí no puedo plantear en toda su envergadura el problema económico de la URSS. Lo dicho al respecto en nuestro programa mantiene toda su validez. Sería muy útil que la Oposición de Derecha hiciera una crítica clara y precisa de lo que dice nuestra plataforma sobre este tema. Para facilitar este trabajo, permítaseme adelantar aquí algunas consideraciones.

La derecha cree que si las empresas campesinas individuales tuvieran mayor margen de maniobra, se podrían superar las dificultades actuales. No me propongo negarlo. El apostar a favor del farmer capitalista (versión europea o norteamericana del kulak) indudablemente rendirá frutos, pero serán frutos capitalistas que conducirán en la etapa siguiente al derrumbe político del poder soviético. Entre 1924 y 1926 se dieron solamente los primeros pasos de esa apuesta a favor del farmer capitalista. Sin embargo, se fortaleció tremendamente la pequeña burguesía urbana y rural, que se apropió de muchos soviets atrasados, se incrementaron el poderío y la autosuficiencia de la burocracia, se desató una presión mayor contra los obreros y se liquidó por completo la democracia partidaria. Quienes no comprenden la dependencia recíproca de todos estos hechos, generalmente son incapaces de comprender una política revolucionaria. La orientación tendiente a hacer surgir el farmer capitalista es absolutamente incompatible con la dictadura del proletariado. Es necesario escoger.

Veamos, empero, el aspecto puramente económico de la cuestión. Entre la industria y la economía campesina existe una interacción dialéctica. Pero la fuerza motriz es la industria, en mucho el factor más dinámico. El campesino necesita bienes manufacturados a cambio de sus granos. La revolución democrática dirigida por los bolcheviques entregó la tierra a los campesinos. La revolución socialista, bajo la misma conducción, sigue entregando a los campesinos menos bienes a precios más elevados que los que le exigía el capitalismo. Precisamente por eso, la revolución socialista, a diferencia de su cimiento democrático, se encuentra amenazada. Frente a la escasez de bienes manufacturados el campesino reacciona con la huelga agraria pasiva; no lleva sus granos al mercado ni aumenta la superficie sembrada. La Derecha considera necesario otorgar un mayor margen de maniobra a las tendencias capitalistas de la aldea, quitarles menos y desacelerar el ritmo de crecimiento industrial. Pero en definitiva esto significa el aumento de la cantidad de mercancías agrícolas en el mercado y la disminución de la cantidad de mercancías industriales. La desproporción entre ambas, que constituye la raíz de la actual crisis económica, se acrecentaría en ese caso. Una salida posible sería la de exportar los cereales del farmer e importar a cambio bienes manufacturados europeos para el farmer, es decir, el campesino de mayores recursos. En otros términos, en lugar de una smichka (vínculo) entre la economía cooperativa campesina y la industria socialista, se crearía una smichka entre una economía farmer de exportación y el capitalismo mundial. De esta manera el estado no sería el constructor de la economía socialista sino un intermediario entre el capitalismo local y el capitalismo extranjero. Demás está decir que los contratistas no tardarían en dejar de lado al intermediario, empezando, claro está, con el monopolio del comercio exterior. Porque el libre desarrollo de una economía farmer, que recibe lo que necesita desde el exterior a cambio de la exportación de sus granos, presupone una libre circulación de mercancías, no una circulación exterior monopolizada por el estado.

La Derecha suele afirmar que Stalin aplicó la plataforma de la Oposición y demostró su ineficacia. La verdad es que Stalin se asustó cuando su empírica cabeza se estrelló contra las consecuencias de la política farmer (kulak) que tan ciegamente fomentó entre 1924 y 1927. Al dar el salto a la izquierda, utilizó retazos del programa de la Oposición. La plataforma de la Oposición, en primer término, excluye la política tendiente a crear una economía cerrada y aislada. Es absurdo querer erigir un muro de ladrillos para separar la economía soviética del mercado mundial. La suerte de la economía soviética (incluida la de la agricultura) estará determinada por el ritmo general de su desarrollo, de ninguna manera por su grado de «independencia» respecto de la división mundial del trabajo. Hasta el momento, todos los planes económicos de la dirección stalinista se basaron en la reducción del comercio exterior en el curso de los próximos cinco o diez años, lo que sólo podemos calificar como cretinismo pequeñoburgués. La Oposición no tiene nada que ver con esa política. Pero esa posición sí surge de la teoría del socialismo en un solo país.

Aparentemente, el intento de Stalin de incrementar la industrialización lo acerca a la Oposición. Pero sólo en apariencia. La industrialización socialista presupone un plan de gran alcance y muy cuidadosamente elaborado, en el que el desarrollo interno, está estrechamente ligado a una creciente utilización del mercado mundial y a la defensa implacable del monopolio del comercio exterior. Esta es la única manera en que se podrán paliar -no liquidar ni eliminar- las contradicciones del desarrollo socialista dentro del cerco capitalista; ésta es la única manera de incrementar el poderío económico de la república soviética, de mejorar las relaciones económicas entre la ciudad y el campo y de fortalecer la dictadura del proletariado.

Estos son, pues, los tres criterios fundamentales para la diferenciación interna de la Oposición. Surgen de la experiencia viva de tres países. Naturalmente, cada uno de los países atrasados tiene sus problemas peculiares y la actitud hacia los mismos determinará la posición de cada grupo y de cada comunista individual. Es posible que mañana alguno de estos problemas nuevos surja y desplace a todos los demás. Pero me parece que hoy los problemas decisivos son los mencionados. Quien no tenga una posición clara y precisa al respecto no puede ubicarse en alguno de los tres agrupamientos básicos del comunismo.

A pesar de todas las dificultades con los grupos de la izquierda comunista francesa, la continua correspondencia de Trotski consigue que se forme un mínimo polo de agrupamiento en septiembre de 1929 en torno a Le Verité del que surgirá casi inmediatamente la Ligue Communiste con Molinier, Naville, Frank y Rosmer, que consigue empezar a tener un cierto eco en la base sindical organizada en la Union Ouvrière. Pero ya en 1930 los sindicalistas marcan distancias con la Liga y en 1931 Rosmer y Collinet se separan para crear la Gauche Communiste. En solo unos meses resulta evidente que no hay manera. Reinan diversas manifestaciones de desmoralización entre los distintos grupitos a los que ha quedado reducida la oposición zinovietista y trotskista al ser expulsada del partido. Como le escribe Rosmer:

La gran desgracia de todos estos grupos es que se encuentran al margen de toda acción y esto acentúa fatalmente su carácter sectario.

Lo más triste es que la actitud de los distintos grupos no es más que una expresión de la desmoralización de una oposición que ni siquiera ha empezado a luchar. Un ejemplo clarísimo podemos verlo en Maurice Paz. Paz, que era un abogado ideológicamente comunista, había publicado en Francia los textos de la Oposición rusa durante los años anteriores a cuenta de fondos de ésta y actuado de hecho como delegado de ésta en París. Cuando se encuentra con Trotski en Prinkipo y Trotski le plantea comenzar a organizar a la Oposición alrededor de un semanario conjunto, los problemas morales se manifiestan inmediatamente: Paz exige dirigir al tiempo que asegura que no se dan las condiciones para el trabajo. Trotski descubre el problema sin dificultad.

Camarada Paz, le hablo con franqueza y aun con brutalidad para salvar lo que pueda ser salvado. La situación es demasiado seria como para andar con remilgos. No soy un fanático ni un sectario. Soy perfectamente capaz de comprender a una persona que simpatiza con la causa comunista sin abandonar su medio. Ese tipo de ayuda nos puede resultar muy valiosa, pero es la ayuda de un simpatizante. Me referí a esta cuestión en una carta a mis amigos norteamericanos. Eastman me había escrito, sin remilgos, que ésa era su situación personal. Se auto-titula «compañero de ruta», afirma que no aspira a ocupar ningún cargo de dirección en el movimiento de la Oposición y se contenta con ayudarla. Hace traducciones, otorga sus derechos de autor a The Militant, etcétera; ¿por qué? Porque no se puede brindar por entero al movimiento. Y actúa correctamente.

Usted debe comprender que la persona que es el «eje», es decir, el dirigente o uno de los dirigentes del movimiento revolucionario, se adjudica el derecho de llamar a los obreros a hacer los mayores sacrificios, incluso el de sus vidas. Este derecho entraña las responsabilidades concomitantes. En caso contrario, todo obrero inteligente inevitablemente se preguntará:

Si Fulano, que me exige los mayores sacrificios, utiliza las cuatro quintas o las dos terceras partes de su tiempo, no para asegurar mi victoria sino para asegurar su existencia burguesa, demuestra que no tiene confianza en la inminencia de la revolución próxima.

Ese obrero tendría razón.

¡Olvídese del programa, por favor! No se trata del programa. Se trata de la actividad revolucionaria en general. Marx dijo una vez que un solo paso adelante del movimiento vale más que diez programas. Y eso que Marx era un experto en la elaboración de programas, e inclusive de manifiestos, ¡tan experto, al menos, como usted y yo!

En conclusión. Sus cartas y sobre todo su actitud política me demuestran que para usted el comunismo es una idea sincera más que la convicción que guía su vida. Y sin embargo esta concepción es muy abstracta. Ahora, justamente cuando es necesario (y lo es desde hace tiempo) realizar una actividad que ocupa absolutamente todo su tiempo, usted instintivamente comienza a oponerse, porque emplea un criterio doble de conducta. Cuando se lo invita a participar, responde «no hay recursos, las fuerzas son insuficientes». Y cuando otros comienzan a buscar los recursos y las fuerzas, dice «si no soy el eje me opongo». ¡Es inaudito! ¡ Si no tiene confianza en el semanario, quédese quieto y no sabotee! ¡Usted no tiene experiencia en estas cuestiones, y camina ciegamente hacia una nueva catástrofe! Mañana invocará diferencias teóricas, filosóficas, políticas y filológicas para justificar su posición. ¡No resulta difícil adivinar adónde lo conducirá eso! Si no quiere salir a la palestra, quédese quieto, mantenga una amistosa neutralidad y no dé el triste espectáculo de una oposición sin principios, basada exclusivamente en razones de índole personal.

Es interesante que los únicos en ese momento que plantean que la burocracia sea una capa burguesa, excrecencia del capitalismo de estado, sean los zinovietistas alemanes y Souvarine en Francia. Para Trotski, como para las demás tendencias marxistas en aquel momento, resulta incomprensible pensar en una contrarrevolución burocrática en la misma medida en que no pueden imaginar un capitalismo sin burgueses individuales.

¿Cómo puede alguien pensar o creer que el poder podría pasar de las manos del proletariado ruso a las de la burguesía pacíficamente, por medio de un tranquilo e imperceptible cambio burocrático? Semejante concepción del Termidor no es más que reformismo al revés. Los medios de producción que antaño pertenecieron a los capitalistas, siguen en manos del Estado soviético hasta el día de hoy. La tierra está nacionalizada. Los elementos sociales que viven de la explotación del trabajo siguen fuera de los Soviets y del Ejército.

Una de las entonces más beligerantes al respecto era la fracción italiana, dirigida por Bordiga, que publica Prometeo desde 1928 y que seguiría considerando «centrista» al stalinismo hasta más allá de la segunda guerra imperialista mundial. El 25 de setiembre de 1929 Trotski les escribe por primera vez y constata el acuerdo programático entre la oposición rusa y la italiana.

Hemos observado en los últimos años que para muchos revolucionarios franceses importantes, la Oposición sólo fue un peldaño en el camino de alejamiento del marxismo, de retroceso hacia el reformismo, el sindicalismo o el simple y llano escepticismo. [...]

La Liga Sindicalista que dirige Monatte es un partido embrionario, que no selecciona a sus militantes según criterios sindicalistas sino ideológicos, sobre la base de una plataforma determinada, y trata de influir en los sindicatos desde afuera o, si se quiere, de «someterlos» a su influencia ideológica. Pero es un partido que no se organiza como tal ni tiene una forma definida, que carece de una teoría y un programa claros, que no es consciente de sí, que oculta su naturaleza y con ello se priva de la posibilidad de desarrollarse.

En su lucha contra el burocratismo y la deslealtad del aparato oficial de la Internacional Comunista, también Souvarine llegó, aunque por otra vía, a la negación de la actividad política y del propio partido. Proclama que la Internacional y su sección francesa están muertas, a la vez que considera innecesaria la existencia de la Oposición puesto que, según él, no existen las condiciones políticas necesarias. En otras palabras, niega la necesidad de que exista el partido -en cualquier momento y circunstancia- como expresión de los intereses revolucionarios del proletariado.

Por eso le doy tanta importancia a nuestra solidaridad en el problema del partido, su papel histórico, la continuidad de su actividad, su obligación de batallar por ejercer su influencia sobre todas y cada una de las formas del movimiento obrero. Un bolchevique, es decir, un marxista que pasó por la escuela de Lenin, no puede hacer la menor concesión al respecto.

No solo la actitud hacia el partido le entusiasma, también lo hará la caracterización del estado ruso

Observo con agrado, en base a la carta de Prometeo, que existe un acuerdo total entre ustedes y la Oposición rusa respecto del problema del carácter de clase del estado soviético.

El entusiasmo sin embargo durará poco. El 21 de abril de 1930 enviará un segundo mensaje, descorazonado por el plantón de los italianos a la conferencia de París que ha reunido por primera vez a la oposición internacional:

Hace poco ustedes me dirigieron una carta abierta a la que respondí. Ahora considero que ha llegado el momento de dirigir una carta abierta a vuestro grupo.

La Oposición de Izquierda Internacional celebró recientemente una conferencia preliminar en París. Esta conferencia representa un importante avance y fue posible gracias a un prolongado trabajo preparatorio de tipo ideológico. A vuestro grupo, que presenció el desarrollo de todo este trabajo, le resultó imposible participar en dicha conferencia. Este hecho tan importante (vuestra ausencia) me impulsa a hacerles las siguientes preguntas:

  1. ¿Consideran ustedes que el socialismo puede tener un carácter nacional? Esta es, por ejemplo, la posición de Urbahns, quien, a la vez que repite ritualmente las fórmulas del internacionalismo ha creado una secta exclusivamente alemana, sin vínculos internacionales y, por consiguiente, sin perspectivas revolucionarias. Por lo tanto: ¿se consideran ustedes una tendencia nacional o parte de una corriente internacional?

  2. Si responden afirmando que les basta con existir como organización nacional aislada, no cabría formular más preguntas. Pero no dudamos que ustedes se consideran internacionalistas. En ese caso, surge una segunda pregunta: ¿a qué tendencia internacional en particular pertenecen ustedes? Hoy hay tres tendencias fundamentales en el comunismo internacional: el centrismo, la derecha y la izquierda (leninista). Existe además toda clase de grupúsculos que oscilan a los tumbos entre el marxismo y el anarquismo. Hasta ahora creíamos que ustedes se encontraban más próximos a la Oposición de Izquierda. Atribuimos vuestra actitud de espera al deseo de familiarizarse con el desarrollo de la Oposición de Izquierda. Pero aquella no puede ser permanente. La vida no espera, ni en Italia ni en el resto del mundo. Para ingresar a la Izquierda Internacional no se requiere un falso «monolitismo», al estilo de la burocracia stalinista. Lo que se necesita es una auténtica solidaridad con las posiciones fundamentales de estrategia revolucionaria internacional que hayan salido airosas de la prueba de los últimos años. Los desacuerdos tácticos parciales son absolutamente inevitables y no pueden constituir un obstáculo para el trabajo estrechamente compartido en el marco de una organización internacional. ¿Cuáles son vuestras diferencias con la Oposición de Izquierda? ¿Tienen un carácter principista o son episódicos? Es indispensable que respondan esta pregunta de manera clara y precisa.

  3. La no participación de ustedes en la conferencia preliminar internacional puede interpretarse políticamente en el sentido de que existen diferencias principistas que los separan de la Oposición de Izquierda. De ser así, surge una tercera pregunta: ¿por qué no organizar una fracción internacional de vuestra propia corriente? Porque no pensaran ustedes que los principios revolucionarios que son válidos para el mundo entero no lo son para Italia, o viceversa. La actitud pasiva y conciliadora hacia la Oposición de Izquierda, combinada con la renuncia a unirse a ella y la negativa a intervenir en la vida de la vanguardia comunista de otros países es característica del socialismo nacionalista o del comunismo nacionalista, que no tiene nada que ver con el comunismo marxista.

Su respuesta a estas preguntas tienen una gran importancia desde el punto de vista internacional sobre todo, desde el punto de vista italiano, en la medida en que se puedan contraponer ambos. Es difícil seguir de cerca el desarrollo del Partido Comunista Italiano debido a su carácter ilegal. Sin embargo, no cabe duda de que en el marco del comunismo italiano existen, junto con su grupo y el de la derecha (Tasca), numerosos elementos revolucionarios que todavía no se han definido. En estas circunstancias ustedes son uno de los factores de indefinición. Sin embargo, es precisamente la existencia ilegal del partido lo que obliga a los grupos más importantes a definirse con toda claridad respecto de los principios.

Su respuesta facilitará y acelerará la cristalización ideológica de la vanguardia proletaria en Italia. Demás está decir que la Oposición rusa recibiría con mucho agrado la noticia de su decisión de unirse a la Izquierda internacional.

La ruptura es en realidad inevitable porque nunca ha habido voluntad de trabajo internacional por parte de los italianos. Cuando se recibe su respuesta queda ya claro ya, además de sus recurrentes problemas postales, el método jesuítico que les hace famosos. Como el calamar «molestado» por el movimiento de clase en la paz de sus exclusivas y quejumbrosas profundidades, optan por echar tinta, confundir con argumentos formarles vacíos y nadar corriendo de vuelta cuanto antes a la tranquila soledad de su aislamiento sectario. Todos los acercamientos de la Izquierda Comunista Internacional a la corriente italiana que entonces empieza a conocerse como bordiguismom, encontrarán desde entonces el mismo patrón de respuesta.

Recibimos la extensa carta de ustedes fechada el 3 de junio. Lamentablemente, en lugar de aclarar malentendidos sirvió para agravarlos.

  1. No existe el menor «contraste» entre mi última Carta abierta y mi respuesta del año pasado a la carta abierta de ustedes. Lo único que las separa son varios meses de intensa actividad desplegada por la Izquierda Comunista Internacional. En ese momento, una cierta dosis de ambigüedad en su posición podía haber parecido algo circunstancial, incluso parcialmente inevitable. Es perfectamente obvio que las condiciones en que se hallaba el camarada Bordiga, el dirigente principal de la fracción de ustedes, podían haber explicado el carácter contemporizador de su posición (sin disminuir, desde luego, sus efectos perjudiciales). Al responder a su Carta abierta, tuve muy en cuenta esta circunstancia tan importante, aunque personal. Conozco y valoro al camarada Bordiga lo suficiente como para apreciar el papel excepcional que desempeña en la vida de su fracción. Pero, como ustedes indudablemente reconocerán esta consideración no puede eclipsar a todas las demás:

Suceden acontecimientos, surgen nuevos interrogantes y se necesita respuestas claras. Hoy, la ambigüedad conservadora de la posición de ustedes es un síntoma cada vez más peligroso.

  1. Ustedes dicen que en todo este tiempo no se han desviado en un ápice de la plataforma de 1925, a la que caractericé como un documento excelente en varios sentidos. Pero a una plataforma no se la crea para «no desviarse de ella» sino para aplicarla y desarrollarla. La plataforma de 1925 fue un buen documento para el año 1925. En los cinco años siguientes, se produjeron grandes acontecimientos. La plataforma no da respuesta a ninguno de ellos. Querer responder a los interrogantes planteados por la situación de 1930 con referencias a la plataforma de 1925 es sostener una política ambigua y evasiva.

  2. Ustedes atribuyen el no haber participado en la conferencia de París al hecho de que nuestra carta de invitación se extravió en el correo. Si esa fue la única razón, había que plantearlo abiertamente en la prensa. Su grupo no publicó ninguna nota por el estilo en La Verité. ¿Le hizo, quizás, en Prometeo? De la lectura de la carta, empero, surge claramente que no se trata de un error provocado por el correo.

  3. Ustedes dicen que «la conferencia careció totalmente de preparación ideológica». Para mí, esta afirmación no sólo es falsa sino directamente fantasiosa. En Francia, más que en ningún otro lado, la preparación ideológica fue intensa y fructífera (La Verité, La Lutte de Classes, folletos). En el transcurso del año pasado, tuvo lugar en todos los países, una intensa lucha ideológica que nos llevó a separarnos de supuestos «compañeros». La ruptura con Souvarine y Paz en Francia, con Urbahns en Alemania, con el grupito de Pollack en Checoslovaquia y con otros, fue el elemento más importante en la preparación ideológica de la conferencia de auténticos comunistas revolucionarios. Ignorar esta obra tan importante es enfocar el problema con un criterio sectario, no revolucionario.

  4. Considero que su concepción del internacionalismo es errónea. En última instancia, ustedes conciben a la internacional como una suma de secciones nacionales o como el producto de la influencia recíproca de secciones nacionales. Esta concepción de la Internacional es, en el mejor de los casos, unilateral, no dialéctica y, por consiguiente, errónea. Si la izquierda comunista de todo el mundo agrupara solamente a cinco individuos, estos tendrían igualmente la obligación de construir una organización internacional simultáneamente con una o más organizaciones nacionales.

Es erróneo considerar que la organización nacional es el cimiento y la internacional el techo. La relación entre ambas es totalmente distinta. Marx y Engels iniciaron el movimiento comunista en 1847 con un documento internacional y con la creación de una organización internacional. Lo propio ocurrió en la creación de la Primera Internacional. La Izquierda de Zimmerwald recorrió la misma senda al preparar la Tercera Internacional. Es mucho más imperioso seguir esta senda hoy que en la época de Marx. Desde luego, es posible, en la época del imperialismo, que surja una tendencia proletaria revolucionaria en tal o cual país, pero ésta no puede florecer y desarrollarse en un país aislado; al día siguiente de su creación debe buscar o establecer vínculos internacionales, una plataforma internacional, una organización internacional, porque éste es el único camino que puede garantizar la corrección de la línea nacional. Una tendencia que se encierre en los marcos nacionales durante años, se condena irremediablemente a la degeneración.

  1. Ustedes se niegan a responder a la pregunta sobre el carácter de sus diferencias con la Oposición Internacional, con el argumento de que no existe un documento internacional principista. Considero que este enfoque del problema es puramente formal, muerto, ni político ni revolucionario. Una plataforma o programa es el resultado de las amplias experiencias que son fruto de las actividades conjuntas, basadas en una serie de ideas y métodos compartidos. La plataforma de 1925 no nació el primer día que surgieron como fracción. La Oposición rusa elaboró su plataforma en su quinto año de lucha y, aunque apareció dos años y medio después que la de ustedes, también está perimida en muchos aspectos.

Posteriormente, cuando apareció el programa de la Internacional Comunista, la Oposición rusa escribió una crítica al mismo. Esta crítica, que fue -por su esencia, no por su forma- fruto de un trabajo colectivo, apareció, igual que la mayoría de los documentos recientes de la Oposición, en varios idiomas. En este terreno se produjo una importante lucha ideológica (en Alemania, en Estados Unidos). Los problemas de táctica sindical, el «tercer período», el plan quinquenal, la colectivización, la actitud de la Oposición de Izquierda hacia los partidos oficiales, etcétera: todas estas cuestiones de principio fueron tema de una seria discusión y elaboración teórica en la prensa comunista internacional. Esta es la única manera de elaborar una plataforma o, dicho más correctamente, un programa. Cuando ustedes afirman que no les han ofrecido un «documento programático» ya elaborado y que, por lo tanto, no pueden responder a las preguntas relativas a sus diferencias con la Izquierda Internacional, demuestran una concepción sectaria de los métodos y medios para llegar a la unificación ideológica; demuestran lo aislados que están de la vida ideológica de la Izquierda comunista.

  1. Los grupos que se unificaron en la conferencia de París no aspiraban al monolitismo mecánico, ni se lo propusieron como objetivo. Pero los une la convicción de que la experiencia viva de los años recientes garantiza su unidad, por lo menos en la medida en que puedan seguir colaborando organizadamente a escala internacional y, en particular, seguir elaborando una plataforma en común con todas las fuerzas internacionales a su disposición. Cuando yo preguntaba sobre la profundidad de sus diferencias con la Izquierda Internacional no esperaba una respuesta formal sino una respuesta política y revolucionaría del siguiente tenor: «Si, creemos que se puede empezar a trabajar con los grupos mencionados, entre los cuales defenderemos nuestras propias posiciones sobre una serie de problemas».

Pero, ¿cuál fue la respuesta? Dicen que no participarán en el Secretariado Internacional hasta que reciban un documento programático. Esto significa que otros deben elaborar un documento programático sin su participación, mientras que ustedes se reservan el derecho a la revisión final. Esto nos parece el colmo de la contemporización, la evasión y el aislamiento nacional.

  1. Es igualmente formal la declaración de que los estatutos de la Liga Comunista Francesa les resultan inaceptables porque se solidarizan con los cuatro primeros congresos mundiales de la Internacional Comunista. Es muy probable que no haya un solo camarada en Francia que considere que todas las resoluciones de los cuatro primeros congresos son infalibles e inmutables. Lo importante aquí es la línea estratégica fundamental. Si ustedes se niegan a construir sobre los cimientos puestos por los cuatro primeros congresos, ¿qué les queda?

Por un lado se niegan a aceptar como fundamento las resoluciones de los cuatro primeros congresos. Por otro, rechazan o ignoran olímpicamente el trabajo programático y táctico desarrollado por la Izquierda Internacional en los últimos años. A cambio de eso, ¿qué proponen? ¿acaso la plataforma de 1925? Pero, a pesar de todas sus virtudes, esta plataforma no es más que un documento circunstancial que no responde uno solo de los problemas planteados en la actualidad.

  1. Lo que más me extraña en la carta de ustedes es la parte en la que expresan su indignación ante el «intento» de crear una Nueva Oposición en Italia. Hablan de una «maniobra», «un experimento destinado a crear confusión», etcétera. Por lo que puedo juzgar, se refieren a una nueva ruptura en la fracción centrista dominante en el Partido Comunista Italiano, una de cuyas alas brega por acercarse a la Izquierda Internacional. ¿Dónde está la «maniobra»? ¿En qué consiste la «confusión»? ¿De dónde surge? El hecho de que un grupo, al separarse de una fracción antagónica, busque unirse a nosotros es una conquista importante. La fusión, naturalmente, sólo puede llevarse a cabo sobre bases principistas, es decir, sobre la base de la teoría y la práctica de la Izquierda Internacional. Los camaradas que pertenecen a la Oposición Italiana me han enviado cartas personales y una serie de documentos. Respondí a las preguntas de los camaradas en forma exhaustiva y explícita. Seguiré haciéndolo en el futuro. Yo, por mi parte, también les formulé preguntas. Cuando les pregunté, en particular, qué actitud tenían hacia los bordiguistas, me respondieron que, a pesar de las diferencias existentes, consideraban que la colaboración era tan posible como necesaria. ¿Dónde está la «maniobra»?

Por un lado la Oposición Internacional no les merece la suficiente confianza como para participar en su trabajo colectivo. Por el otro, es evidente que consideran que la Oposición Internacional no tiene derecho a ponerse en contacto con los comunistas italianos que se declaran solidarios con ella. Queridos camaradas, ustedes pierden todo sentido de la proporción y van demasiado lejos. Esta es, en general, la suerte que corren los grupos encerrados y aislados.

Naturalmente, podemos lamentar que las relaciones y negociaciones con la Nueva Oposición Italiana se realicen sin la participación de ustedes. Pero la culpa es suya. Para participar en estas negociaciones, tendrían que haber participado en toda la actividad de la Oposición Internacional, es decir, tendrían que haber ingresado a sus filas.

  1. En lo que concierne al grupo de Urbahns, piden un informe de toda su actividad para poder definir una posición. Y en este sentido recuerdan que la plataforma de la Oposición rusa menciona al grupo de Urbahns como una organización ideológicamente cercana. Sólo me queda lamentar que hasta el momento no hayan considerado su deber definir una posición respecto de una cuestión que agitó a la Oposición Internacional durante muchos meses, provocó una ruptura en Alemania y luego condujo a la formación de una Oposición de Izquierda Unificada, totalmente separada de Urbahns. ¿Qué está implícito en la mención que hacen del programa ruso? Sí, en su momento defendimos al grupo de Urbahns (como defendimos al de Zinoviev) contra Stalin. Sí, una vez creímos que podríamos enderezar la línea política del grupo de Urbahns en conjunto.

Pero la historia no se detuvo. No lo hizo en 1925 ni en 1927. Después de que publicamos nuestra plataforma, ocurrieron acontecimientos importantes. Los zinovievistas capitularon. La dirección de la Leninbund Comenzó a alejarse del marxismo. Puesto que no actuamos a la ligera cuando se trata de cortar vínculos políticos, escribimos decenas de artículos y cartas para tratar de convencer a la Leninbund de que cambiara su política. Fracasamos. Una serie de acontecimientos nuevos alejó aun más al grupo de Urbahns. Un sector importante de la propia organización rompió con él. La evolución política está repleta de contradicciones. El pasado ha mostrado, y el futuro seguirá mostrando, no pocos casos en que los compañeros o semicompañeros de ayer son los enemigos de hoy. Las causas de la ruptura entre la Oposición Internacional y la Leninbund fueron discutidas públicamente en toda la prensa de oposición. Personalmente, dije todo lo que tenía que decir al respecto en un folleto especial. No tengo nada que agregar, sobre todo porque lo que discutimos aquí son hechos consumados. Ustedes no deplantean esta cuestión en relación a los hechos, sino a mi carta esto demuestra una vez más hasta qué punto ignoran la vida política y teórica real de la Oposición Internacional.

La evolución de la Oposición en el mundo anglosajón no resulta más prometedora. Trotski intenta llevar a un terreno materialista a Ridley y Chandu Ram que lanzan unas tesis sobre la situación en Inglaterra, la Oposición de Izquierda y sus relaciones con la Comintern impregnadas del idealismo y el esquematismo más lamentable, proclaman -contra toda evidencia material- la inminencia del fascismo en Gran Bretaña y el desmoronamiento de los sindicatos.

Según las tesis, desde su origen los sindicatos son «organizaciones imperialis­tas». Solo pueden vivir en la medida en que se benefi­cian de las superganancias del capitalismo británico; ahora, perdida definitivamente su posición privilegia­da, deben desaparecer. No tiene sentido luchar por ga­nar los actuales sindicatos. En el momento adecuado, la dictadura revolucionaria construirá nuevas «organiza­ciones económicas».

Trotski les recuerda que la idea según la cual Gran Bretaña está en este momento en una fase transicional entre la democracia y el fascismo solo es verdad en un plano tan general que no está, en absoluto, a la orden del día.

Se considera aquí a la democracia y al fascismo como dos abstracciones sin determinantes sociales. Evidentemente los autores quieren decir: el imperialismo británico se dispone a librar a su dictadura de la decadente cobertura parlamentaria y a tomar el rumbo de la violencia abierta y desnuda. En general esto es cierto, pero sólo en general. El actual gobierno no es «antiparlamentario»: por el contrario, recibió de «la nación» un apoyo parlamentario sin precedentes. Sólo el alza del movimiento revolucionario de Inglaterra puede obligar al gobierno a tomar el camino de la violencia desnuda, ex­traparlamentaria. Esto ocurrirá sin dudas; pero en la actualidad no es así. No hay motivos aceptables para poner hoy en primer plano la cuestión del fascismo. Aun desde el punto de vista de una perspectiva distan­te no se sabe en qué medida es correcto hablar de «fascismo» para Inglaterra. En nuestra opinión, los marxistas deben partir de la idea de que el fascismo constituye una forma diferente y específica de la dictadura del capital financiero, pero no es en absoluto idéntico a la dictadura imperialista como tal. Si el «partido» de Mosley y la «Corporación de San Miguel» representan los comienzos del fascismo, como declaran las tesis, precisamente la debilidad total de ambos grupos demuestra lo absurdo de plantear hoy la inminencia del advenimiento del fascismo.

El tono general de las tesis lleva a la defensa del fin de la lucha por recuperar los partidos de la Komintern, especialmente el alemán, y enfrentar la desmoralización de los trabajadores que les siguen. Trotski, enfadado, les responde que

Los obreros revolucionarios no saltan ciegamente de organización en organización como muchos estudiantes

La situación de los grupos en EEUU no es mucho mejor. Trotski se asusta de las posiciones de Shachtman sobre la situación europea, especialmente la alemana, y pide a la Liga Comunista de EEUU que aclare cuales son posiciones de la organización y cuales posiciones personales de sus dirigentes.

Sé muy bien que desde Norteamérica no les resulta fácil comprender inmediatamente las luchas internas de la Oposición europea y adoptar una posición precisa al respecto. Y nadie puede exigírselos. Sin embargo tienen que comprender que aquí no cae muy bien que el camarada Shachtman, presumiblemente con el apoyo de la sección norteamericana, adopte en los momentos críticos una posición que se contrapone totalmente con la lucha que desde hace tiempo vienen librando los ele­mentos progresivos de la Oposición y sobre cuya base se llevó a cabo una determinada selección.

¿Qué estaba pasando? ¿Por qué el mapa de la oposición internacional, dentro o fuera del núcleo principal era tan desastroso?

Las Internacionales habían tenido hasta entonces un núcleo curtido en luchas de clase reales y masivas: la Liga había sido el núcleo dirigente de la I Internacional, el SPD de Bebel y Liebknecth había creado una organización de masas en mitad de las leyes antisocialistas de Bismarck, el partido bolchevique había sido el corazón de la Revolución rusa... El núcleo teórico y moral de la oposición internacional había sido la oposición rusa, pero ésta solo estaba presente en el escenario europeo a través de Trotski y su núcleo familiar (Natalia, Liova)

Trotski fue expulsado del partido en 1927 y después de Rusia. La mayor parte de los miembros de la oposición de izquierda son obligados a someterse y «arrepentirse» tras sufrir la exclusión del partido. Unos y otros serán enviados a prisión y a campos de deportación «socialistas», donde acabarán siendo, todos ellos, asesinados o ejecutados por traidores y agentes extranjeros. La oposición rusa fue liquidada físicamente. Después llegó el turno de los propios stalinistas que habían conocido la revolución de Octubre. El partido bolchevique fue también liquidado físicamente.

Para la Revolución y para la Oposición Internacional fue una pérdida inmensa. En ningún otro lugar había existido un partido revolucionario comparable al bolchevique, templado en las rudas penurias de la clandestinidad, de la revolución, de la guerra civil, del poder. Con su exterminio perecen todas las tradiciones revolucionarias comunistas. La desaparición de los opositores de izquierda rusos fue, en particular, una pérdida irremediable, pues ellos fueron los portadores hasta el final del capital revolucionario, teórico y organizativo amasado en muchos años.

La continuidad comunista era asumida prácticamente en solitario por Trotski.

Jacques Roussel. «Les enfants du prophete»

La cuestión real no era la fragilidad de los pequeños núcleos que surgían aquí y allí, la desmoralización de franceses y alemanes ni el sectarismo de los italianos o la banalidad estudiantil de los anglosajones. La cuestión era que Trotski no podía suplir a una generación militante entera que estaba pereciendo en los campos stalinistas. Bastante hacía con evitar ser capturado como un fetiche por las batallas sectarias en el magma de la izquierda expulsada de la Komintern, e intentar reconducir sus derivas. Pinzado entre las tendencias más o menos delirantes o sectarias de los oposicionistas y la ofensiva falsificadora stalinista, Trotski acentuaba un cierto conservadurismo bolchevique alrededor del cual organizar un esqueleto de organización internacional.

La salida del estancamiento de la Izquierda Comunista Internacional solo podía abrirse paso allá donde la oposición naciera ligada, por primera vez fuera de Rusia, a un movimiento revolucionario de masas. En 1931 eso limitaba la expectativa fundamentalmente a dos países: Alemania y España.

Alemania: Hitler o revolución

El panorama que encuentra Trotski entre los grupos opositores alemanes no es alagüeño tampoco.

El llamado grupo de Wedding comprendía a los trotskistas propiamente dichos, pero era mucho menos influyente que el Leninbund, que publicaba el «Fahne des Kommunismus» y estaba encabezado' por Hugo Urbahns.

Había también otras sectas minúsculas y «ultra-izquierdistas» como la de los korschistas o seguidores de Karl Korsch, un teórico que en 1923 había sido ministro en el gobierno comunista-socialista de Turingia.

Los zinovietistas, Maslov y Fischer, eran con mucho el grupo más fuerte; pero, paradójicamente, después que su inspirador capitulara ante Stalin, asumieron una actitud anti-stalinista extrema, similar a la de los sobrevivientes de la Oposición Obrera en la Unión Soviética, y en sus ataques al comunismo oficial iban «mucho más lejos» de lo que Trotsky estaba dispuesto a ir. Sostenían que la Revolución Rusa había recorrido todo su camino y que la Unión Soviética había entrado en una época de contrarrevolución, que nada quedaba allí de la dictadura proletaria, que la burocracia gobernante era una nueva clase explotadora y opresora basada en el capitalismo de estado de una economía nacionalizada, que, en suma, el Termidor ruso había triunfado. Añadían que incluso la política exterior del stalinismo se estaba volviendo indistinguible de la del imperialismo zarista. En consecuencia, ninguna reforma podría hacer resucitar el gobierno de la clase obrera: sólo otra revolución proletaria podría lograr tal cosa. También consideraban inútil el intento de reformar la Tercera Internacional, que era «un instrumento de los termidorianos rusos» y explotaban la heroica leyenda de Octubre para impedir que los trabajadores se enfrentaran a las realidades y para alimentar con su energía revolucionaria el motor de una contrarrevolución. Sobraba decir que quienes sostenían esta opinión no se sentían obligados por ningún vinculo de solidaridad con la Unión Soviética, menos aún por el deber de defenderla, y señalaban el hecho mismo del destierro de Trotsky como evidencia concluyente en su favor. «La expulsión de Trotsky», escribían, «marca la linea en la que la Revolución Rusa se ha detenido definitivamente».

Isaak Deustscher, «El profeta desarmado»

Pero el problema una vez más es la desmoralización resultante de las derrotas provocadas una y otra vez por la dirección del KPD desde 1919.

Cuando hacemos el balance de la historia de Alemania a partir de 1914, debemos decir que el Partido Comunista actual es el más débil de cuantos hubieran podido conformarse en las condiciones excepcionales del proceso alemán. Las condiciones objetivas obraron en favor del comunismo; la dirección partidaria en contra. El resultado: un partido profundamente conmocionado, desilusión y desconfianza hacia la dirección, el escepticismo que reina en todas partes, etcétera. Todo esto origina, en el seno de la clase obrera, a una masa de elementos descontentos, que protestan en forma dispersa, algunos totalmente fatigados, agotados (sólo una revolución los reflotará), mientras otros mantienen su vitalidad revolucionaria pero no pueden encontrar una línea correcta y una dirección digna de confianza. Debemos agregar: no sólo la historia del partido en su conjunto sino también la de su fracción de izquierda está llena de contradicciones, oscilaciones, errores y desilusiones; de ahí el gran número de sectas, con sus conocidos anatemas «contra» la participación en los sindicatos, «contra» el parlamentarismo, etcétera. Eso significa que debemos construir la Oposición de Izquierda sobre un terreno plagado de los vestigios y despojos de viejos fracasos. En estas condiciones, el papel de la dirección reviste una importancia excepcional.

Los obreros de izquierda, con mentalidad crítica, tanto dentro como fuera del partido, no le exigen en la actualidad a la dirección la infalibilidad política ‑que es imposible‑ sino, sobre todas las cosas, abnegación revolucionaria, firmeza personal, objetividad revolucionaria, honradez. Estos criterios, que antes se daban por sentados en el partido revolucionario, adquieren hoy una importancia excepcional en vista de la decadencia burocrática de los últimos años: dirigentes elegidos desde arriba, empleados de aparato contratados como un negociante contrata a sus secretarios, funcionarios del Partido que cambian sus posiciones, reprimen o mienten cuando se les ordena hacerlo, etcétera.

No es imposible que este proceso de desintegración alcance a sectores intermedios de la oposición, ya que ésta, sobre todo en sus primeras etapas, no sólo atrajo a revolucionarios sino también a toda clase de arribistas. Esto a su vez suscita un sentimiento de indiferencia escéptica entre los obreros oposicionistas en lo tocante a la cuestión de la dirección: «Todos son más o menos arribistas pero uno, por ejemplo, sabe escribir artículos, mientras que el otro ni siquiera sabe eso». Así se explica, en primer término, por qué tantos obreros con espíritu crítico pueden aceptar el régimen partidario: ¡no conocen otro! En segundo lugar, por qué la mayoría de los obreros oposicionistas permanecen fuera de la organización. En tercer lugar, por qué dentro de la Oposición los obreros menos pretenciosos aceptan la presencia de intrigantes, pues los consideran «especialistas» como un mal inevitable, con la misma actitud del obrero ruso hacia los ingenieros burgueses. Todo esto es resultado, por un lado, de grandes derrotas, y por el otro, del régimen burocrático en desintegración.

La Oposición alemana no se desarrolla en el vacío. En el curso de los dos últimos años he podido observar, no sólo en la Leninbund sino también en la organización de los bolcheviques leninistas, métodos que no tienen absolutamente nada en común con el régimen que debe imperar en una organización proletaria revolucionaria. Más de una vez me pregunté con asombro: ¿creerán que éstos son los métodos de educación bolchevique? ¿Cómo es posible que los inteligentes obreros alemanes toleren en su organización la deslealtad y el absolutismo? Traté de manifestar mis objeciones a través de cartas dirigidas a distintos camaradas, pero me he convencido de que los fundamentos, que en mi opinión debían ser elementales para cualquier revolucionario proletario, no despertaban ecos entre algunos dirigentes de la Oposición que desarrollaron decididamente una psicología conservadora muy definida, la cual puede caracterizarse de la siguiente manera: una susceptibilidad extrema, frecuentemente enfermiza, frente a todo lo que concierne al círculo propio, y una soberana indiferencia en relación a todo lo que concierne al resto del mundo. A través de las cartas y circulares, sin mencionar nombres, o para no herir el amor propio de los camaradas más jóvenes, traté de llamar la atención sobre la necesidad de una revisión completa del régimen interno de la Oposición de Izquierda. No tropecé con la menor objeción; al contrario, encontré exactamente las mismas expresiones en la prensa de la oposición alemana. Sin embargo, en la práctica se hacía lo contrario. Cuando volví a abordar en la correspondencia la cuestión de esta incongruencia, sólo encontré fastidio.

Durante un año entero continuaron estos intentos de fijar determinadas normas sin provocar una crisis organizativa aguda. En ese lapso, los camaradas cuya política me parecía la más peligrosa se ocuparon principalmente de consolidar las posiciones de su camarilla. Sus esfuerzos se vieron coronados, en cierta medida, por el éxito... a expensas de los intereses ideológicos y organizativos de la Oposición alemana. En el trabajo general de ésta es posible observar cierta falta de iniciativa, estancamiento, relajamiento. No obstante, se está librando una lucha feroz por la supervivencia de su camarilla dirigente. Esto conduce, en última instancia, a una profunda crisis interna, cuya base está constituida por la contradicción entre las crecientes necesidades de desarrollo de la Oposición de Izquierda y las tácticas conservadoras de su dirección.

León Trotski. «La crisis en la oposición de izquierda alemana», 17 de febrero de 1931

En ese momento aun no resulta evidente hasta que punto la desmoralización que apunta Trotski en su análisis afecta al conjunto del proletariado alemán. Y sin embargo será la clave para entender la reacción pequeñoburguesa y el ascenso del nazismo que está germinando ya en ese momento.

Sólo unos cuantos meses habían transcurrido desde el comienzo de la crisis económica mundial, el pánico de Wall Street en octubre de 1929, cuando todo el edificio de la República de Weimar se vino abajo. La Gran Depresión había golpeado a Alemania con fuerza devastadora y arrojado al desempleo a seis millones de trabajadores. En marzo de 1930 Hermann Miller, el Canciller socialdemócrata, se vio obligado a renunciar: la coalición socialista-católica en que se había apoyado su gobierno quedó deshecha, Los integrantes de la coalición no pudieron ponerse de acuerdo sobre la continuación o la reducción del subsidio que su gobierno pagaba a los desempleados, El mariscal de campo Hindenburg, reliquia y símbolo del Imperio de los Hohenzollern, ahora Presidente de la República, disolvió el Parlamento y nombró Reichskanzler a Heinrich Brüning. Brüning gobernó por decreto, instauró una política rígidamente «deflacionaria», redujo las erogaciones del seguro social, despidió empleados gubernamentales en masa, redujo los sueldos y salarios y abrumó a los pequeños comerciantes con impuestos, agravando así 'la angustia y la desesperación de todos. En las elecciones celebradas el 14 de septiembre de 1930, el partido de Hitler, que sólo había obtenido 800.000 votos en 1928, sacó ahora seis millones y medio de votos, convirtiéndose, del más pequeño de los partidos representados en el Reichstag, en el segundo. El Partido Comunista también aumentó su votación de unos tres millones a más de cuatro y medio. Los socialdemócratas, que durante varios años habían gobernado la República de Weimar, sufrieron pérdidas; y lo mismo sucedió con el Deutschnazionale y los demás partidos de la derecha tradicional. Las elecciones revelaron la inestabilidad y la crisis aguda de la democracia parlamentaria.

Los dirigentes de la República de Weimar se negaron a tomar nota de los malos presagios. Los conservadores contemplaron el surgimiento del movimiento nazi con sentimientos encontrados: desconcertados por sus propias pérdidas y por la violencia del nazismo, sentíanse sin embargo reconfortados por el ascenso de un gran partido que les hacía la guerra implacablemente a todas las organizaciones de la clase obrera; y abrigaban la esperanza de encontrar en el nazismo un aliado contra la izquierda y posiblemente un socio menor en el gobierno. Los socialdemócratas, atemorizados por las amenazas de Hitler —que recorría el país proclamando que «las cabezas de los marxistas y los judíos pronto rodarán por la arena»-decidieron «tolerar» el gobierno de Brüning como «el mal menor». El Partido Comunista, entusiasmado por el aumento de su votación, tomó a la ligera el enorme incremento de la de Hitler. Al día siguiente de las elecciones, el Rote Fahne, que era entonces el periódico comunista más importante de Europa, declaró: «Ayer fue el gran día de Herr Hitler, pero la llamada victoria electoral de los nazis es sólo el comienzo de su fin». «El 14 de septiembre [repitió Rote Fahne, pocas semanas después] marcó el auge del movimiento nacional-socialista en Alemania; a continuación sólo pueden venir el reflujo y la decadencia».

Varios meses más tarde, después que los pueblos y ciudades de Alemania habían conocido por primera vez el terror de los grupos de asalto de Hitler, Ernst Thaelmann, el jefe del Partido Comunista, declaró ante el Ejecutivo de la Comintern en Moscú:

Después del 14 de septiembre, a raíz del éxito sensacional de los nacional-socialistas, sus partidarios en toda Alemania esperaron grandes cosas de ellos. Nosotros, sin embargo, no nos dejamos confundir por el pánico que se manifestó... en la clase obrera, cuando menos entre los seguidores del Partido Socialdemócrata. Afirmamos serena y seriamente que el 14 de septiembre fue en cierto sentido el mejor día de Hitler, después del cual no podía haber días mejores, sino sólo días peores.

El Ejecutivo de la Comintern aprobó esta opinión, felicitó a Thaelmann y confirmó su política del Tercer Periodo que comprometía al Partido Comunista a rechazar la idea de cualquier coalición socialista-comunista contra el nazismo y lo obligaba a «concentrar el fuego sobre los social-fascistas».

Isaac Deutscher. El profeta desterrado

Trotski responde tan pronto como tiene los resultados proponiendo evaluar la victoria parlamentaria del partido comunista a la luz de las tareas revolucionarias. El resultado, obviamente, no es triunfalista sino alarmante... y en su base está la incapacidad, más que justificada, del proletariado alemán para confiar en el KPD. Incapacidad que aliena a la pequeña burguesía del partido de la esperanza revolucionaria (el comunismo) echándola en brazos del partido de la desesperanza contrarrevolucionaria (el fascismo). Pero ¿qué puede hacer la Internacional que viene de proclamar una fase de insurrección y toma del poder -el «tercer periodo»- en mitad de una fase de reflujo y recuperación económica?

En la actualidad, la prensa oficial de la Internacional Comunista presenta los resultados de las elecciones en Alemania como una grandiosa victoria del comunismo; esta victoria pondría a la orden del día la consigna de la «Alemania soviética». Los burócratas optimistas se niegan a reflexionar sobre la significación de la relación de fuerzas que revelan las estadísticas electorales. Analizan el aumento de los votos comunistas con independencia de las tareas revolucionarias y de los obstáculos originados por la situación objetiva.

El partido comunista ha obtenido alrededor de 4.600.000 votos, frente a 3.300.000 en 1928. Este aumento de 1.300.000 votos es enorme si se mira desde el punto de vista de la mecánica parlamentaria «normal», teniendo en cuenta el aumento general del número de electores. Pero las ganancias del partido comunista se quedan muy pálidas comparadas con el progreso fulgurante de los fascistas que pasan de 800.000 votos a 6.400.000. El hecho de que la socialdemocracia, a pesar de importantes pérdidas, haya conservado sus cuadros principales y haya recogido más votos obreros que el partido comunista, tiene también una gran importancia en la valoración de las elecciones.

Sin embargo, si tratamos de averiguar cuáles son las condiciones internas e internacionales capaces de hacer bascular con el máximo de fuerza a la clase obrera del lado del comunismo, no se puede encontrar mejor ejemplo que el de la actual situación en Alemania: el nudo corredizo del plan Young, la crisis económica, la decadencia de los dirigentes, la crisis del parlamentarismo, la manera asombrosa en que se desenmascara a sí misma la socialdemocracia en el poder. El espacio del partido comunista en la vida social del país, a pesar de haber ganado 1.300.000 votos, continúa siendo débil y desproporcionado desde el punto de vista de las condiciones históricas concretas.

La debilidad de la posición del comunismo está indisolublemente ligada a la política y al funcionamiento interno de la Internacional Comunista; se muestra de manera aún más estridente si comparamos el papel social actual del partido comunista y sus tareas concretas y urgentes en las condiciones históricas presentes.

Es cierto que el partido comunista mismo no contaba con un crecimiento semejante. Pero eso prueba que, con sus repetidos errores y derrotas, la dirección del partido comunista se ha desacostumbrado a las perspectivas y objetivos ambiciosos. Ayer subestimaba sus propias posibilidades; hoy subestima de nuevo las dificultades. Un peligro se ve así multiplicado por el otro.

La primera cualidad de un partido revolucionario es saber mirar cara a cara la realidad.

En cada giro del camino de la historia, en cada crisis social, hay que volver a examinar siempre y una vez más el problema de las relaciones existentes entre las tres clases de la sociedad actual: la gran burguesía con el capital financiero a su cabeza, la pequeña burguesía oscilando entre los dos campos principales y, por último, el proletariado.

La gran burguesía, que no constituye más que una fracción ínfima de la nación, no puede mantenerse en el poder sin el apoyo de la pequeña burguesía de las ciudades y el campo, es decir, entre los últimos representantes de las antiguas clases medias y entre las masas que constituyen hoy las nuevas clases medias. En la actualidad, este apoyo reviste dos formas fundamentales, políticamente antagónicas, pero históricamente complementarias: la socialdemocracia y el fascismo. En la persona de la socialdemocracia, la pequeña burguesía, que va a remolque del capital financiero, arrastra tras de sí a millones de trabajadores.

La gran burguesía alemana, hoy, vacila; está dividida. Los desacuerdos internos son solamente sobre el tratamiento a aplicar a la crisis social actual. La terapéutica socialdemócrata repugna a una parte de la gran burguesía, ya que sus resultados son inciertos y trae consigo el riesgo de unos costes demasiado elevados (impuestos, legislación social, salarios). La intervención quirúrgica fascista le parece a la otra parte demasiado arriesgada y no justificada por la situación. En otras palabras, la gran burguesía financiera en su conjunto vacila en cuanto a la apreciación de la situación porque no encuentra todavía razones suficientes para proclamar el advenimiento de su "tercer periodo", en el que la socialdemocracia debe imperativamente ceder el puesto al fascismo; además, todos saben que, después del arreglo general de cuentas, la socialdemocracia será recompensada por los servicios prestados con un pogrom general. Las vacilaciones de la gran burguesía -a la vista del debilitamiento de los grandes partidos- entre la socialdemocracia y el fascismo son el síntoma más evidente de una situación prerevolucionaria. Es evidente que estas vacilaciones terminaran sobre la marcha desde el momento en que aparezca una situación realmente revolucionaria.

Para que la crisis social pueda desembocar en la revolución proletaria es indispensable, aparte de otras condiciones, que las clases pequeñoburguesas se inclinen de forma decisiva del lado del proletariado. Eso permite al proletariado tomar la cabeza de la nación y dirigirla.

Las últimas elecciones revelan una tendencia en sentido inverso, y ahí es donde reside lo esencial de su valor sintomático. Bajo los golpes de la crisis, la pequeña burguesía ha basculado, no del lado del proletariado, sino del lado de la reacción imperialista más extremista, arrastrando a capas importantes del proletariado.

El crecimiento gigantesco del nacionalsocialismo refleja dos hechos esenciales: una crisis social profunda, que arranca a las masas pequeñoburguesas de su equilibrio, y la ausencia de un partido revolucionario que, desde este momento, juegue a los ojos de las masas un papel de dirigente revolucionario reconocido. Si el partido comunista es el partido de la esperanza revolucionaria, el fascismo, en tanto que movimiento de masas, es el partido de la desesperanza contrarrevolucionaria. Cuando la esperanza revolucionaria se apodera de toda la masa del proletariado, éste arrastra inevitablemente tras de sí, por el camino de la revolución, a capas importantes y cada vez más amplias de la pequeña burguesía. Sin embargo en este dominio, las elecciones ofrecen precisamente la imagen opuesta: la desesperación contrarrevolucionaria se ha apoderado de la masa pequeñoburguesa con tal fuerza que ha arrastrado tras de sí a capas importantes del proletariado.

¿Qué explicación puede tener esto? En el pasado hemos podido ver un reforzamiento brusco del fascismo (Italia, Alemania), victorioso o, al menos, amenazante, después de una situación revolucionaria agotada o echada a perder, a la salida de una crisis revolucionaria en el curso de la cual la vanguardia proletaria había mostrado su incapacidad para ponerse a la cabeza de la nación, para transformar la suerte de todas las clases, incluida la de la pequeña burguesía. Es precisamente esto lo que ha dado su enorme fuerza al fascismo italiano. Pero hoy, en Alemania, no se trata de la salida de una crisis revolucionaria, sino de su aproximación. Los funcionarios dirigentes del partido, optimistas por su oficio, sacan la conclusión de que el fascismo, llegado «demasiado tarde», está condenado a una derrota rápida e inevitable (Die Rote Fahne) . Esta gente no quiere aprender nada. El fascismo llega «demasiado tarde» si nos referimos a las crisis revolucionarias pasadas. Pero aparece «demasiado pronto» -en el alba- con relación a la nueva crisis revolucionaria. Que haya tenido la posibilidad de ocupar una posición de partida tan fuerte en la víspera de un período revolucionario, y no al final del mismo, no es una debilidad del fascismo, sino una debilidad del comunismo. La pequeña burguesía, por consiguiente, no tiene necesidad de nuevas desilusiones en cuanto a la incapacidad del partido comunista para mejorar su suerte; se basa en la experiencia del pasado, se acuerda de las elecciones del año 1923, de los saltos caprichosos del curso ultraizquierdista de Maslow-Thaelmann, de la impotencia oportunista del mismo Thaelmann, de la bravuconada del «tercer periodo», etc. El fin, y esto es lo esencial, su desconfianza con respecto a la revolución proletaria se nutre de la desconfianza que millones de obreros socialdemócratas experimentan frente al partido comunista. La pequeña burguesía, a pesar incluso de que los acontecimientos la han apartado completamente de la rutina conservadora, no puede ponerse del lado de la revolución social más que si esta última cuenta con la simpatía de la mayoría de los obreros. Esta condición, muy importante, se echa de menos precisamente en Alemania, y no es por azar.

La declaración programática del partido comunista alemán antes de las elecciones estaba entera y únicamente consagrada al fascismo como enemigo principal. Sin embargo, el fascismo ha salido vencedor de las elecciones, habiendo reunido no solamente a millones de elementos semiproletarios, sino también a cientos de millares de obreros industriales. Esto demuestra que, a pesar de la victoria parlamentaria del partido comunista, la revolución proletaria ha sufrido globalmente en estas elecciones una grave derrota, que evidentemente no es decisiva, pero que es un preliminar, y que debe servir como advertencia y puesta en guardia. Puede convertirse en decisiva, e inevitablemente lo hará, si el partido comunista no es capaz de valorar su victoria parlamentaria parcial en relación con esta derrota «preliminar» de la revolución, y de sacar todas las conclusiones necesarias.

El fascismo se ha convertido en un peligro real; es la expresión del estrecho callejón sin salida en que se encuentra el régimen burgués, del papel conservador de la socialdemocracia frente a este régimen y de la debilidad acumulada del partido comunista, incapaz de derribar dicho régimen. Quien quiera que niegue esto es un ciego o un fanfarrón.

En 1923, Brandler, a pesar de todas nuestras advertencias, sobrestimó monstruosamente la fuerza del fascismo. De esta apreciación errónea de la correlación de fuerzas ha nacido una política defensiva, compuesta de atentismo, evasionismo y cobardía. Esto es lo que ha perdido a la revolución. Semejantes acontecimientos no pasan sin dejar huella en la conciencia de todas las clases de la nación. La sobrestimación del fascismo por la dirección comunista ha dado origen a una de las causas del reforzamiento posterior de aquél. El error contrario, es decir, la subestimación del fascismo por la dirección actual del partido comunista, puede llevar a la revolución a una derrota todavía mucho más grave para muchos años.

El problema del ritmo de desarrollo que, evidentemente no depende solamente de nosotros, confiere a este peligro una particular agudeza. Los accesos de fiebre registrados por la curva de la temperatura política y revelados por las elecciones permite pensar que el ritmo de desarrollo de la crisis nacional puede ser muy rápido. En otras palabras, el curso de los acontecimientos puede, en un futuro muy próximo, hacer resurgir en Alemania, a un nivel histórico nuevo, la contradicción trágica entre la madurez de la situación revolucionaria, por una parte, y la debilidad e insuficiencias estratégicas del partido revolucionario por la otra. Hay que decirlo de un modo claro, abierto, y, sobre todo, suficientemente pronto.

Sería un error monstruoso consolarse diciéndose que el partido bolchevique, que en abril de 1917, después de la llegada de Lenin, comenzaba a prepararse para la conquista del poder, tenía menos de 80.000 militantes y arrastraba tras de sí, incluso en Petrogrado, apenas a la tercera parte de los obreros y a una parte todavía pequeña de los soldados. La situación en Rusia era totalmente diferente. Los revolucionarios no lograron salir de la clandestinidad hasta marzo, después de tres años de interrupción de la vida política, incluso sofocada, que existía antes de la guerra. Durante la guerra, la clase obrera se había renovado aproximadamente en un 40%. La mayoría aplastante de la masa proletaria no conocía a los bolcheviques, ni siquiera había oído hablar de ellos. El voto por los mencheviques y los socialistas revolucionarios, en marzo y en junio, era simplemente la expresión de sus primeros pasos vacilantes después del despertar. En este voto, no había ni la sombra de una decepción con respecto a los bolcheviques, ni de una desconfianza acumulada, que no puede ser más que el resultado de los errores del partido, verificados concretamente por las masas. Por el contrario, cada día de experiencia revolucionaria del año 1917 separaba a las masas de los conciliadores y las empujaba del lado de los bolcheviques. De ahí el crecimiento tumultuoso e irresistible del partido y, sobre todo, de su influencia.

La situación en Alemania se diferenciaba fundamentalmente en este punto y en muchos otros. La aparición en la escena política del partido comunista no es cosa de ayer ni de anteayer. En 1923, la mayoría de la clase obrera estaba detrás de él, abiertamente o no. En 1924, en un período de reflujo, recogió 3.600.000 votos, lo que significaba un porcentaje de la clase obrera superior al de hoy. Esto quiere decir que los obreros que han continuado con la socialdemocracia, como los que han votado esta vez por los nacionalsocialistas, no han actuado así por simple ignorancia, ni porque su despertar date solamente de ayer, ni porque no sepan todavía qué es el partido comunista, sino porque no creen en él, basándose en su propia experiencia de estos últimos años. [...]

En el interior del partido, y sobre todo entre los obreros que lo apoyan o simplemente votan por él, se ha acumulado una desconfianza sorda respecto a la dirección. Esto aumenta lo que se llama la «desproporción» entre la influencia del partido y sus efectivos; en Alemania existe sin duda alguna tal desproporción, y es particularmente clara al nivel del trabajo dentro de los sindicatos. La explicación oficial de la desproporción es hasta tal punto errónea que el partido no está en condiciones de «reforzar» su influencia a nivel organizativo. La masa es considerada como un material puramente pasivo, cuya adhesión o no al partido depende únicamente de la capacidad del secretario para agarrar por el cuello a cada obrero. El burócrata no comprende que los obreros tienen su propio pensamiento, su propia experiencia, su propia voluntad y su propia política activa o pasiva con respecto a un partido. Al votar por el partido, el obrero vota por su bandera, por la revolución de Octubre, por su revolución futura. Pero, al negarse a adherirse al partido comunista o a seguirlo en la lucha sindical, expresa su desconfianza con respecto a la política cotidiana del partido. Esta «desproporción» es, a fin de cuentas, uno de los canales por donde se expresa la desconfianza de las masas hacia la dirección actual de la Internacional Comunista. Y esta desconfianza, creada y reforzada por los errores, las derrotas, el bluff y los engaños cínicos a las masas desde 1923 hasta 1930, representa uno de los principales obstáculos en el camino hacia la victoria de la revolución proletaria.[...]

El giro táctico normal y natural, correspondiente al cambio actual de la situación en Alemania, habría debido ser una aceleración del ritmo, una progresión de las consignas y de las formas de lucha. Pero este giro táctico no habría sido normal y natural más que si el ritmo y las consignas de lucha de ayer hubieran correspondido a las condiciones del período precedente. Pero no podía ser así. La contradicción aguda entre la política ultraizquierdista y la estabilización de la situación es una de las causas del giro táctico. Es por lo que, en el momento en que el nuevo giro de la situación objetiva, paralelamente al reagrupamiento general desfavorable de las fuerzas políticas, ha aportado al comunismo un aumento importante de votos, el partido se ha mostrado estratégica y tácticamente más desorientado, embarazado y desviado de lo que jamás había estado.

Para explicar la contradicción en la que ha caído el partido comunista alemán, como la mayoría de las otras secciones de la Internacional Comunista, pero mucho más profundamente que ellas, tomemos la comparación más sencilla. Para saltar una barrera, más importante es comenzar a correr a tiempo, ni demasiado tarde ni demasiado pronto, para llegar al obstáculo con la fuerza necesaria. Sin embargo, desde febrero de 1928, y sobre todo desde junio de 1929, el partido comunista alemán no hace más que tomar impulso. No hay nada de asombroso en que el partido haya comenzado a sofocarse y a arrastrar las piernas. La Internacional Comunista dio por fin una orden: «¡Más despacio!» Pero apenas el partido, sin aliento, había vuelto a lograr un ritmo más normal, apareció ante él una barrera no imaginaria, muy real, que presentaba el riesgo de exigir un salto revolucionario. ¿Sería suficiente la distancia para tomar impulso? ¿Habría que renunciar al giro y hacer un contragiro? -ésas son las cuestiones estratégicas y tácticas que se le presentan al partido alemán con toda su agudeza.

Para que los cuadros dirigentes del partido puedan encontrar una respuesta correcta a estas preguntas, deben tener la posibilidad de apreciar el camino a seguir, en relación con el análisis de la estrategia de los últimos años y de sus consecuencias, tal como ha aparecido en las elecciones. Si, contrapesando esto, la burocracia lograse con sus gritos de victoria ahogar la voz de la autocrítica política, el proletariado sería inevitablemente arrastrado a una catástrofe más espantosa que la de 1923.[...]

El giro de la Internacional Comunista, en relación con el cambio de la situación, coloca a la Oposición Comunista de Izquierda ante tareas nuevas y extremadamente importantes. Sus fuerzas son reducidas. Pero cada corriente se desarrolla paralelamente a sus tareas. Comprenderlas claramente es poseer una de las garantías más importantes de la victoria.

León Trotski, «El giro de la Internacional Comunista y la situación en Alemania», 26 de septiembre de 1930.

En enero de 1932 la situación es cada vez más alarmante. En un capitalismo dopado desde el estado pero ahogado en su mercado interno, abocado casi inmediatamente a la guerra, los métodos de dominación democrática ya no bastan a la burguesía. Tampoco basta un gobierno conservador como el de Brüning en aquel momento, que gobierna a golpe de decreto, apoyado indirectamente por los socialdemócratas. Al identificarlo ya con el fascismo, los stalinistas no hacen sino quitar hierro al triunfo de Hitler colaborando así a su triunfo.

Hay un umbral por debajo del cual la clase obrera alemana no puede descender por mucho tiempo. No obstante, el régimen burgués que lucha por su existencia no quiere reconocer este umbral. Los decretos de excepción de Brüning no son más que un principio, para tantear el terreno. El régimen de Brüning se mantiene gracias al apoyo cobarde y pérfido de la burocracia socialdemócrata, la cual, a su vez, se apoya sobre la confianza mitigada y llevada con desagrado de una parte del proletariado. El sistema de los decretos burocráticos es inestable, incierto y poco viable. El capital necesita una política distinta y más decisiva. El apoyo de la socialdemocracia, que no puede olvidar a sus propios obreros, no solo es insuficiente para que pueda alcanzar sus objetivos, sino que empieza ya incluso a molestarle. El periodo de las medidas a medias ya ha pasado. Para intentar encontrar una salida, la burguesía debe librarse definitivamente de la presión de las organizaciones obreras, debe barrerlas, aniquilarlas, dispersarlas.

Aquí comienza la misión histórica del fascismo. Vuelve a meter en cintura a las clases que se encuentran inmediatamente por encima del proletariado y que temen ser precipitadas a sus filas, las militariza gracias a los medios del capital financiero, bajo la cobertura del Estado oficial, y las envía a aplastar las organizaciones proletarias, desde las más revolucionarias hasta las más moderadas.

El fascismo no es solamente un sistema de represión, violencia y terror policiaco. El fascismo es un sistema particular de Estado basado en la extirpación de todos los elementos de la democracia proletaria en sociedad burguesa. La tarea del fascismo no es solamente destruir a la vanguardia comunista, sino también mantener a toda la clase en una situación de atomización forzada. Para esto no basta con exterminar físicamente a la capa más revolucionaria de los obreros. Hay que aplastar todas las organizaciones libres e independientes, destruir todas las bases de apoyo del proletariado y aniquilar los resultados de tres cuartos de siglo de trabajo de la socialdemocracia y los sindicatos. Porque es sobre este trabajo sobre lo que, en última instancia, se apoya el partido comunista. La socialdemocracia ha preparado todas las condiciones para la victoria del fascismo. Pero, por eso mismo, ha preparado las condiciones de propia liquidación política. Es totalmente correcto achacar a la socialdemocracia la responsabilidad de la legislación de excepción de Brüning, como de la amenaza de la barbarie fascista. Pero es absurdo identificar socialdemocracia con el fascismo.

Sin embargo la teoría del socialfascismo sigue sin establecer la diferencia. Al identificar socialdemocracia y fascismo ignora la contradicción entre dos formas de dominación y por tanto la batalla que va a serle impuesta de forma inmediata al proletariado alemán.

El XI pleno del comité ejecutivo de la Internacional Comunista ha admitido la necesidad de terminar con las visiones erróneas que se basan en la

construcción liberal de la contradicción entre el fascismo y la democracia burguesa, entre las formas parlamentarias de la dictadura de la burguesía y sus formas abiertamente fascistas...

El fondo de esta filosofía stalinista es muy simple: partiendo de la negación marxista de la existencia de una contradicción absoluta, saca corno consecuencia una negación de la contradicción en general, incluso en términos relativos. Es el error típico del izquierdismo vulgar. Porque si no existe ninguna contradicción entre la democracia y el fascismo, ni siquiera al nivel de las formas que toma la dominación de la burguesía, estos dos regímenes deberán simplemente coincidir. De ahí la conclusión socialdemocracia = fascismo. Pero, ¿por qué se llama entonces a la socialdemocracia socialfascismo? Hasta el momento no hemos recibido ninguna explicación de lo que significa en esta relación el término «social».

No obstante, las decisiones de los plenos del comité ejecutivo de la Internacional Comunista no modifican en nada las cosas. Existe una contradicción entre el fascismo y la democracia. No es absoluta, o, para utilizar el lenguaje del marxismo, no expresa la dominación de dos clases irreductibles. Pero designa dos sistemas de dominación de una única y misma clase. Estos dos sistemas, parlamentario democrático y fascista, se apoyan sobre diferentes combinaciones de las clases oprimidas y explotadas y entran inevitablemente en conflicto agudo el uno con el otro.

La socialdemocracia, el principal representante hoy del régimen parlamentario burgués, se basa en los obreros. El fascismo se basa en la pequeña burguesía. La socialdemocracia no puede tener influencia sin las organizaciones obreras de masas. El fascismo no puede instaurar su poder sino una vez destruidas las organizaciones obreras. El parlamento es la arena principal de la socialdemocracia. El sistema fascista se basa en la destrucción del parlamentarismo. Para la burguesía monopolista, los regímenes parlamentario y fascista no son más que instrumentos diferentes de su dominación: recurre a uno o a otro según las condiciones históricas. Pero tanto para la socialdemocracia como para el fascismo, la elección de un instrumento u otro tiene una significación independiente, más aún, es para ellos una cuestión de vida o muerte política.

El régimen fascista ve llegar su turno porque los medios «normales», militares y policiales de la dictadura burguesa, con su cobertura parlamentaria, no son suficientes para mantener a la sociedad en equilibrio. A través de los agentes del fascismo, el capital pone en movimiento a las masas de la pequeña burguesía irritada, a las bandas del lumpenproletariado desclasadas y desmoralizadas, a todos esos innumerables seres humanos a los que el mismo capital financiero ha empujado a la rabia y la desesperación. La burguesía exige del fascismo un trabajo completo: puesto que ha aceptado los métodos de la guerra civil, quiere lograr la calma para varios años. Y los agentes del fascismo, utilizando a la pequeña burguesía como ariete y destruyendo todos los obstáculos a su paso, desempeñarán bien su trabajo. La victoria del fascismo conduce a que el capital financiero coja directamente en sus tenazas de acero todos los órganos e instrumentos de dominación, de dirección y de educación: el aparato del Estado con el ejército, los municipios, las universidades, las escuelas, la prensa, las organizaciones sindicales, las cooperativas. La fascistización del Estado no implica solamente la «mussolinización» de las formas y los métodos de gobierno -en este terreno, los cambios juegan a fin de cuentas un papel secundario- sino, antes que nada y sobre cualquier otra cosa, el aplastamiento de las organizaciones obreras: hay que reducir al proletariado a un estado de apatía completa y crear una red de instituciones que penetren profundamente en las masas, para obstaculizar toda cristalización independiente del proletariado. Es precisamente aquí donde reside la esencia del régimen fascista.[...]

Las contradicciones del capitalismo alemán han alcanzado hoy tal tensión que es inevitable una explosión. La capacidad de adaptación de la socialdemocracia ha alcanzado el techo que precede a la autoliquidación. Los errores de la burocracia estalinista han alcanzado los límites de la catástrofe. Esos son los tres términos de la ecuación que caracteriza la situación en Alemania Todo se mantiene sobre el filo de una navaja de afeitar.

Resulta obvio que la relación socialdemocracia-fascismo, era en realidad, desde un punto de vista de clase, la relación entre democracia y fascismo. No porque el proletariado deba elegir entre ellas -al revés, debe imponer su propia alternativa- sino porque si la burguesía daba vía libre a la ofensiva fascista, las bases de su organización de masas, el legado entonces todavía existente de la socialdemocracia, se vería atacado violenta y quizás decisivamente.

Entre la democracia y el fascismo no hay «diferencias de clase». Eso debe significar, evidentemente, que tanto la democracia como el fascismo tienen un carácter burgués. Nosotros no habíamos esperado has enero de 1932 para adivinarlo. Pero la clase dominante no vive en un recipiente cerrado. Mantiene unas relaciones determinadas con las demás clases. En el régimen «democrático» de la sociedad capitalista desarrollada, la burguesía se apoya en primer lugar sobre la clase obrera domesticada por los reformistas. En Inglaterra es donde este sistema encuentra su expresión más acabada, tanto bajo los gobiernos laboristas como bajo los gobiernos conservadores. En el régimen fascista, al menos en un primer estadio, el capital se apoya en la pequeña burguesía para destruir las organizaciones del proletariado. ¡Italia, por ejemplo! ¿Existe diferencia en el «contenido de clase» de los dos regímenes? Si se plantea la pregunta a propósito solamente de la clase dominante, no existe diferencia. Pero si se toma la situación y las relaciones recíprocas entre todas las clases desde el punto de vista del proletariado, la diferencia es muy grande.

A lo largo de varias decenas de años, los obreros han construido (en el interior de la democracia burguesa, utilizándolo todo en la lucha contra ella, sus bastiones, sus bases, sus focos de democracia proletaria: los sindicatos, los partidos, los clubs de formación, las organizaciones deportivas, las cooperativas, etc. El proletariado puede llegar al poder no en el marco formal de la democracia burguesa, sino por la vía revolucionaria: esto está demostrado tanto por la teoría como por la experiencia Pero es precisamente por esta vía revolucionaria que el proletariado tiene necesidad de bases de apoyo de democracia proletaria en el interior del Estado burgués. El trabajo de la II Internacional se ha reducido a creación de esas bases de apoyo, en la época en que desempeñaba todavía un papel progresista.

El fascismo tiene como función principal y única la de destruir todos los bastiones de la democracia proletaria hasta sus mismos cimientos. ¿Tiene o no eso una «significación de clase» para el proletariado? Que se inclinen sobre este problema los grandes teóricos. Tras haber calificado al régimen de burgués -lo que es indiscutible-, Hirsch, al igual que sus maestros, olvida un detalle: el lugar del proletariado en ese régimen. Sustituyen el proceso histórico por una abstracción sociológica estéril. Pero la lucha de clases se desarrolla en el terreno de la historia y no en la estratosfera de la sociología. El punto de partida de la lucha contra el fascismo no es la abstracción del Estado democrático, sino organizaciones vivas del proletariado, en las que está concentrada toda su experiencia y que preparan el porvenir.

Es interesante aquí remarcar la conclusión que aparece indirectamente y que sobrevolará sobre las discusiones de los años 40. Una vez esos focos de democracia proletaria desaparecen como una realidad relevante, es decir, cuando el legado de la socialdemocracia ha desaparecido -o no ha llegado siquiera a existir- el lugar del proletariado en el régimen democrático no responde a las conclusiones trazadas en la Alemania. Esto no solo atañerá a las Alemanía o Italia de postguerra o a la España post-franquista. La cuestión tiene mucho más fondo pues plantea la cuestión de la relación entre los sindicatos y la universalización del capitalismo de estado, que se haría inevitable e irreversible no solo en el fascismo o el stalinismo, sino en las democracias parlamentarias si la Revolución no triunfaba antes del fin de una nueva guerra imperialista mundial.

En el número de enero de la revista francesa «Les cahiers du bolchevisme», leemos:

Los trotskistas, que actúan en la práctica como Breitscheid, aceptan la célebre teoría socialdemócrata del mal menor, según la cual Bruning no es tan malo como Hitler, según la cual es menos desagradable morir de hambre bajo Bruning que bajo Hitler, e infinitamente preferible ser fusilado por Groener que por Frick.

Esta cita no es la más estúpida, aunque, si hemos de hacerle justicia, es bastante estúpida. A pesar de ello expresa, ¡ay! la esencia misma de la filosofía política de los dirigentes de la Internacional Comunista.

El hecho es que los stalinistas comparan dos regímenes desde el punto de vista de la democracia vulgar. De hecho, si se aplica al régimen de Brüning el criterio «democrático» formal, la conclusión que se saca es indiscutible: no quedan más que los huesos y la piel de la altiva Constitución de Weimar. Pero, para nosotros, el problema no se resuelve con simplemente eso. Hay que considerar la cuestión desde el punto de vista de la democracia proletaria. Es el único criterio seguro cuando se trata de saber dónde y cuándo el régimen fascista remplaza a la reacción policial «normal» del capitalismo en putrefacción.[...]

Bruning está obligado a tolerar la existencia de organizaciones obreras en la medida en que no está todavía decidido a entregar el poder a Hitler, o en que no tiene la fuerza independiente necesaria para liquidarlas. Bruning está obligado a tolerar y proteger a los fascistas en la medida en que teme mortalmente la victoria de los obreros. El régimen de Brüning es un régimen de transición, que no puede durar mucho tiempo y que anuncia la catástrofe. El gobierno actual solo se mantiene porque los campos principales no han medido todavía sus fuerzas. El verdadero combate no ha comenzado todavía. Todavía está por llegar. Se trata de una dictadura de la impotencia burocrática que llena la pausa antes del combate, antes del enfrentamiento abierto de los dos campos.

Los sabios que se pavonean de no ver la diferencia «entre Bruning y Hitler», dicen de hecho: importa poco que nuestras organizaciones existan todavía o que estén ya destruidas. Bajo esta fanfarronada seudoradical se esconde la pasividad más innoble: ¡de todas maneras no podemos evitar la derrota! Hay que fijarse atentamente en la cita de la revista de los stalinistas franceses: todo el problema consiste en saber si es mejor tener hambre con Brüning o con Hitler. Nosotros no planteamos el problema de cómo y en qué condiciones es mejor morir, sino el de cómo luchar y vencer. Nuestra conclusión es la siguiente: hay que lanzarse al combate general antes de que la dictadura burocrática de Brüning sea remplazada por el régimen fascista, es decir, antes de que sean aplastadas las organizaciones obreras. Hay que prepararse para el combate general desarrollando, ampliando y acentuando los combates particulares. Pero para esto hay que tener una perspectiva correcta y, sobre todo, no proclamar vencedor a un enemigo que todavía se encuentra lejos de la victoria.

Pero ¿qué proponía Trotski entonces? ¿La alianza con la socialdemocracia? Más bien todo lo contrario.

O el apoyo a Brüning o la lucha por la dictadura del proletariado. No existe una tercera solución. El voto de la socialdemocracia contra Bruning habría modificado inmediatamente la correlación de fuerzas, no solo sobre el tablero de ajedrez parlamentario, donde los peones se habrían visto de nuevo bajo la mesa, sino en la arena de la lucha de clases revolucionaria. Con un giro semejante, las fuerzas de la clase obrera se habrían visto multiplicadas no por dos, sino por diez, porque el factor moral no ocupa el último lugar en la lucha de clases, y menos en los momentos de los grandes giros históricos. (una corriente moral de alta tensión habría atravesado a todos los estratos del pueblo. El proletariado se habría dicho a si mismo, con seguridad, que era el único capaz de dar una nueva orientación, superior, a la vida de esta gran nación. La desagregación y la descomposición del ejército de Hitler habían comenzado antes incluso de los combates decisivos. Efectivamente, no se habrían podido evitar los enfrentamientos; pero la firme voluntad de ganar y una dura ofensiva habrían hecho la victoria infinitamente más fácil de lo que pueda imaginársela hoy el revolucionario más optimista.

Para eso falta solo una cosa: el paso de la socialdemocracia a la vía de la revolución. Después de la experiencia de los años 1914-1932, sería una ilusión ridícula esperar un giro voluntario por parte de los dirigentes. En lo que concierne a la mayoría de los obreros socialdemócratas, esto es ya otro asunto: pueden dar el giro y lo harán; solo hace falta ayudarles. Pero será un giro no solamente contra el Estado burgués, sino también contra las esferas dirigentes de su propio partido.[...]

Luchamos contra la dirección de la Internacional Comunista precisamente porque es incapaz de hacer estallar la socialdemocracia, de arrancar a las masas a su influencia y de liberar la locomotora de la historia de su freno oxidado. Con sus actuaciones, con sus errores, la burocracia stalinista permite a la socialdemocracia mantenerse y caer cada vez de nuevo sobre los pies.

El partido comunista es un partido proletario, antiburgués, aunque esté dirigido de forma errónea. La socialdemocracia, a pesar de su composición obrera, es un partido enteramente burgués, dirigido en condiciones «normales» de forma muy hábil desde el punto de vista de los objetivos de la burguesía; pero este partido no sirve de nada en condiciones de crisis social. Los dirigentes socialdemócratas se ven completamente forzados, incluso contra su voluntad, a admitir el carácter burgués de su partido.

León Trotski. «¿Y ahora? - Problemas vitales del proletariado alemán», 25 de enero de 1932.

Pero no hay manera: el KPD y el SPD paralizan a sus propias bases. Como Trotski ha pronosticado viene una capitulación en toda regla.

Hasta el último momento, Trotsky se negó a creer que el movimiento obrero alemán estuviera tan privado de toda capacidad de autodefensa que no pudiera oponer casi ninguna resistencia al nazismo y sucumbiera ignominiosamente al primer embate de éste. Durante casi tres años había sostenido que era inconcebible que Hitler ganara sin una guerra civil. Lo inconcebible había sucedido ahora: el 30 de enero de 1933 Hitler se convirtió en Canciller, antes de que los socialistas y los comunistas hubiesen empezado siquiera a movilizar sus inmensos recursos para dar una batalla. Una semana más tarde Trotsky declaró:

El acceso de Hitler al poder es un golpe terrible para la clase obrera. Pero ésta no es todavía la derrota final, irremediable. El enemigo, al que ha sido imposible derrotar mientras ascendía, ha ocupado ahora toda una serie de puestos de mando, Ha ganado así una gran ventaja, pero la batalla no se ha librado todavía.

Aun ahora quedaba tiempo, pues Hitler no se había apoderado aún de todo el poder; tenía que compartirlo con Hugenberg y el Deutschnazionale. La coalición que encabezaba era inestable y estaba plagada de contradicciones. Aún tenía que despojar a sus aliados de toda influencia y obtener el control exclusivo de todos los recursos del Estado. Hasta entonces su posición seguía siendo vulnerable.Los socialistas y los comunistas aún podían contraatacar, pero era desesperadamente tarde:

lo que está en juego es la cabeza de la clase obrera alemana, la cabeza de la Internacional Comunista y... ¡la cabeza de la República soviética!

Ahora sabemos, gracias a numerosos archivos y diarios alemanes, cuán grande era en efecto la vulnerabilidad del primer gobierno de Hitler en el momento de su creación.” Incluso un mes más tarde, el 5 de marzo, después del asalto de los nazis a la Casa Karl Liebknecht en Berlín y después del incendio del Reichstag, en unas elecciones celebradas bajo el desenfrenado tersor nazi, los socialistas y los comunistas obtuvieron aún 12 millones de votos, aparte de los casi 6 millones de votos que recibió la oposición católica a Hitler. También sabemos de las disputas, los altercados y la mutua desconfianza entre Hitler y sus aliados, que bien podrían haber dado al traste con su coalición si esós millones de socialistas y comunistas hubiesen pasado a la acción. En fecha tan temprana como el 6 de febrero Trotsky observaba que la clase obrera «no estaba librando ninguna batalla defensiva, sino que se estaba replegando, y que mañana el repliegue bien puede convertirse en una desbandada producida por el pánico». Concluía un tanto abruptamente con este grave pasaje:

A fin de exponer más claramente la significación histórica de las decisiones del Partido... en estos días y semanas es necesario, a mi juicio, plantear el problema ante los comunistas... con la máxima energía e irreconciliabilidad: la [continua] negativa del Partido a formar un frente unido y a establecer comités de defensa locales, comités que mañana podrían convertirse en Soviets, no será menos que una rendición al fascismo, un crimen histórico equivalente a la liquidación del Partido y de la Internacional Comunista. Si llegara a ocurrir tal desastre, la clase obrera tendrá que ponerse en camino hacia una Cuarta Internacional, y tendrá que hacerlo entre montañas de cadáveres y años de insoportables sufrimientos y calamidades.

Aun antes de que estas palabras fueran publicadas, las grandes organizaciones de masas del movimiento obtero alemán, sus partidos y sindicatos, sus numerosos periódicos, instituciones culturales y organizaciones deportivas yacían en ruinas.

Isaac Deutscher. «El profeta desterrado»

La historiografía filoburocrática -Deutscher entre ellos- da mucha importancia a la afirmación de Trotski asegurando que la capitulación ante el nazismo de la Komintern abriría necesariamente el camino hacia una IVª Internacional. Es una obviedad: no podía quedar duda ya de que la Komintern estaba muerta y de que si el KPD no había podido ser «recuperado», tampoco lo iba a poder ser ningún otro partido comunista stalinizado. Sin embargo Trotski no siguió inmediatamente ese camino.

Desesperado por la inminencia de una derrota histórica y también por incapacidad de la Oposición para influir en las bases del partido, Trotski se dirigirá de forma directa a los obreros socialdemócratas, agitándoles, empujándoles al frente único y demostrando lo que es el frente único, que no implica ni concesión programática ni la más mínima aceptación del culto nacional o democrático.

El Vorwärts se enorgullece cada día de que cientos de miles de socialdemócratas muriesen durante la guerra «por el ideal de una Alemania mejor y más libre...». Solamente se olvida de explicar por qué esta Alemania mejor se convirtió en la Alemania de Hitler Hugenberg. En realidad, los obreros alemanes, como los obreros de los demás países beligerantes, murieron como carne de cañón, como esclavos del capital. Idealizar este hecho es proseguir la traición del 4 de agosto de 1914.

El Vorwärts sigue recurriendo a Marx, a Engels, a Wilhelm Liebknecht, a Bebel, quien desde 1848 hasta 1871 habló de la lucha por la unidad de la nación alemana. ¡Falsos recursos! En esa época era cuestión de concluir la revolución burguesa. Todo revolucionario proletario tenía que luchar contra el particularismo y el provincianismo heredado del feudalismo. Todo revolucionario proletario tenía que luchar contra este particularismo y provincianismo en nombre de la formación de un Estado nacional. En la época actual, tal objetivo está investido con un carácter progresivo sólo en China, en Indochina, en India, en Indonesia y demás países coloniales atrasados y semicoloniales. Para los países avanzados de Europa, las fronteras nacionales son exactamente las mismas cadenas reaccionarias que fueron en otro tiempo las fronteras feudales.

«La nación y la democracia son gemelos», dice el Vorwärts de nuevo. ¡Totalmente cierto! Pero esos gemelos se han vuelto viejos, achacosos y han llegado a la senilidad. La nación, como un todo económico, y la democracia, como forma de la dominación de la burguesía, se han convertido en grilletes para el desarrollo de las fuerzas productivas y la civilización. Recordemos una vez más a Goethe: «Todo lo que nace está destinado a perecer».

Unos cuantos millones más pueden ser sacrificados por el «corredor», por Alsacia Lorena, por Malmedy. Estos trozos de tierra disputados pueden estar cubiertos por tres, cinco o diez hileras de cadáveres. Todo esto puede llamarse defensa nacional. Pero la humanidad no progresará a causa de ello; por el contrario, caerá a cuatro patas en la barbarie. La salida no está en la «liberación nacional» de Alemania, sino en la liberación de Europa de las fronteras nacionales. Es un problema que la burguesía no puede resolver, menos aún de lo que en su época pudieron los señores feudales poner fin al particularismo. De aquí que la coalición con la burguesía sea doblemente censurable. Una revolución proletaria es necesaria. Una federación de las repúblicas proletarias de Europa y de todo el mundo es necesaria.

El social-patriotismo es el programa de los doctores del capitalismo; el internacionalismo es el programa de los enterradores de la sociedad burguesa. Este antagonismo es irreductible. [...]

Muy bien, pero nosotros, los socialdemócratas, proponemos no obstante llegar al poder democráticamente. Vosotros, comunistas, consideráis eso una utopía absurda. En ese caso, ¿es posible el frente único defensivo? Para ello es necesario tener una idea clara de lo que hay que defender. Si nosotros defendemos una cosa y vosotros otra, ¿no acabaremos con las acciones comunes? ¿Aceptáis vosotros, los comunistas, defender la Constitución de Weimar?"

La pregunta es adecuada, y yo intentaré responderla sinceramente. La Constitución de Weimar representa todo un sistema de instituciones, de derechos y de leyes. Comencemos por arriba. La república tiene a su frente un presidente. ¿Aceptamos nosotros, los comunistas, defender a Hindenburg contra el fascismo? Pienso que esa necesidad deja de sentirse por sí misma, después de que Hindenburg haya llamado a los fascistas al poder. Luego viene el gobierno, presidido por Hitler. El gobierno no necesita ser defendido contra el fascismo. En tercer lugar, viene el parlamento. Cuando aparezcan estas líneas, la suerte del parlamento surgido de las elecciones del 5 de marzo probablemente haya sido decidida. Pero incluso en esta coyuntura puede decirse con certeza que si la composición del Reichstag demuestra ser hostil al gobierno; si Hitler piensa suprimir el Reichstag, y la socialdemocracia muestra determinación para luchar a favor del Reichstag, los comunistas ayudarán a la socialdemocracia con toda su fuerza.

Nosotros, los comunistas, no podemos ni queremos establecer la dictadura del proletariado contra vosotros ni sin vosotros, obreros socialdemócratas. Queremos llegar a esta dictadura junto con vosotros. Y nosotros contemplamos la defensa común contra el fascismo como el primer paso en este sentido. Evidentemente, a nuestros ojos, el Reichstag no es una conquista histórica capital que el proletariado deba defender contra los vándalos fascistas. Hay cosas más valiosas. Dentro del marco de la democracia burguesa y paralela a la incesante lucha contra ella, los elementos de la democracia proletaria se han formado en el curso de muchas décadas: partidos políticos, prensa obrera, sindicato, comités de fábrica, clubs, cooperativas, sociedades deportivas, etc. La misión del fascismo no es tanto completar la destrucción de la democracia burguesa como aplastar los primeros esbozos de democracia proletaria. En cuanto a nuestra misión, consiste en situar esos elementos de democracia proletaria, ya creados, en la base del sistema soviético del Estado obrero. Para este fin, es necesario romper la cáscara de la democracia burguesa y liberar de ella el meollo de la democracia obrera. En eso reside la esencia de la revolución proletaria. El fascismo amenaza el núcleo vital de la democracia obrera. Esto mismo dicta claramente el programa del frente único. Estamos dispuestos a defender vuestras imprentas y las nuestras, pero también el principio democrático de la libertad de prensa; vuestros locales y los nuestros, pero también el principio democrático de la libertad de reunión y asociación. Somos materialistas, y por eso no separamos el alma del cuerpo. En tanto no tengamos todavía la fuerza para establecer el sistema soviético, nos situamos en el terreno de la democracia burguesa. Pero, al mismo tiempo, no abrigamos ninguna ilusión.

León Trotski, «El Frente único defensivo: Carta a un obrero socialdemócrata», 23 de febrero de 1933

En estas últimas reacciones desesperadas para evitar una derrota alemana sin lucha está la clave para entender uno de los giros tácticos más costosos, por no decir dañinos, de la historia del movimiento revolucionario: el giro francés.

El giro francés

Después del desastre alemán Trotski está convencido de que en Francia -y en toda Europa- «los acontecimientos conducen inevitable e irresistiblemente a un conflicto entre el proletariado y el fascismo»... aunque el camino, por las peculiaridades de las expresiones políticas de la pequeña burguesía francesa fuera diferente.

El fascismo francés todavía hoy no representa una fuerza de masas. Por el contrario, el bonapartismo tiene un apoyo, por cierto no muy seguro ni muy estable, pero de masas, en la persona de los radicales. Entre estos dos hechos, existe un nexo interno. Por el carácter social de su apoyo, el radicalismo es un partido de la pequeña burguesía. Y el fascismo no puede convertirse en fuerza de masas, más que conquistando a la pequeña burguesía. otras palabras: en Francia, el fascismo puede desarrollarse principalmente a expensas de los radicales. Este proceso se produce en la actualidad, pero se encuentra aún en su primera etapa.[...]

¿Quién presentará primero, más ampliamente y con mayor fuerza, a las clases medias el programa más convincente, y —lo más importante— conquistará su confianza, mostrando con palabras y hechos que es capaz de eliminar todos los obstáculos en el camino de un porvenir mejor: el socialismo revolucionario o la reacción fascista? De esta cuestión depende la suerte de Francia por muchos años. No solo de Francia: de Europa. No sólo de Europa: del mundo entero.[...]

La sociedad contemporánea se compone de tres clases: la gran burguesía, el proletariado y las «clases medias» o pequeña burguesía. Las relaciones entre estas tres clases determinan en última instancia la situación política del país. Las clases fundamentales de la sociedad son la gran burguesía y el proletariado. Estas dos clases son las únicas que pueden tener una política independiente, clara y consecuente. La pequeña burguesía se distingue por su dependencia económica y su heterogeneidad social. Su capa superior toca inmediatamente a la gran burguesía. Su capa inferior se mezcla con el proletariado y llega a caer incluso al estado del lumpenproletariado. Conforme a su situación económica, la pequeña burguesía no puede tener una política independiente. Oscila siempre entre los capitalistas y los obreros. Su propia capa superior La empuja hacia la derecha; sus capas inferiores, oprimidas y explotadas, son capaces, en ciertas condiciones, de virar bruscamente a la izquierda, es por esas relaciones contradictorias de las diferentes capas de las «ciases medias» que ha estado siempre determinada la política confusa y absolutamente inconsistente de los radicales, sus vacilaciones entre el bloque con los socialistas, para calmar a la base, y el bloque nacional con la reacción capitalista, para salvar a la burguesía. La descomposición definitiva del radicalismo comienza desde el momento en que la gran burguesía, ella misma en un callejón sin salida, no le permite seguir oscilando. La pequeña burguesía, las masas arruinadas de las ciudades y del campo, comienza a perder la paciencia. Toma una actitud cada vez más hostil hacia su propia capa superior; se convence en los hechos de la inconsistencia y perfidia de su dirección política. El campesino pobre, el artesano, el pequeño comerciante, se convencen en los hechos de que un abismo los separa de todos esos intendentes, de todos esos abogados, de todos esos arribistas políticos, del estilo de Herriot, Daladier, Chautemps y Cia. que, por su forma de vida y por sus concepciones, son grandes burgueses. Es precisamente esta desilusión de la pequeña burguesía, su impaciencia, su desesperación, lo que explota el fascismo. Sus agitadores estigmatizan y maldicen a la democracia parlamentaria, que respalda a los arribistas y «staviskratas», pero que nada da a los pequeños trabajadores. Estos demagogos blanden el puño en dirección a los banqueros, los grandes comerciantes, los capitalistas. Esas palabras y es gestos responden plenamente a los sentimientos de los pequeños propietarios, caídos en una situación sin salida. Los fascistas muestran audacia, salen a la calle, enfrentan a la policía, intentan barrer el Parlamento por la fuerza. Esto impresiona al pequeño burgués sumido en la desesperación. Se dice:

Los radicales, entre los que hay muchos estafadores, se han vendido definitivamente a los banqueros; los socialistas prometen desde hace mucho eliminar la explotación, pero nunca pasan de las palabras a los hechos; a los comunistas no se los puede entender: hoy una cosa, mañana otra; hay que ver si los fascistas no pueden portarnos la salvación.

[...]¿Significa esto que el paso de la pequeña burguesía por el camino al fascismo será inevitable, ineluctable? No, tal conclusión sería de un vergonzoso fatalismo. Lo que es realmente inevitable es el fin del radicalismo y de todas las agrupaciones políticas que liguen su suerte a la de éste. En las condiciones de la decadencia capitalista, no hay más lugar para un partido de reformas democráticas y de progreso «pacífico». Cualquiera que sea la vía por la que pase el futuro desarrollo de Francia, el radicalismo desaparecerá de la escena, de todos modos, rechazado y despreciado por la pequeña burguesía, a la que traicionó definitivamente. Todo obrero consciente se convencerá desde ahora de que nuestra predicción responde a la realidad, sobre la base de los hechos y de la experiencia de cada día., Nuevas elecciones traerán derrotas para los radicales. De ellos van a desprenderse unas capas tras otras, las masas populares abajo, los grupos de arribistas asustados arriba. Deserciones, escisiones, traiciones, van a seguirse ininterrumpidamente. Alguna maniobra o algún bloque no salvarán al partido radical. Este arrastrará consigo al abismo al «partido» de Renaudel, Déat y Cia. El fin del partido radical es el resultado inevitable del hecho de que la sociedad burguesa no puede alcanzar el fin de sus dificultades con la ayuda de métodos supuestamente democráticos. La escisión entre la base de la pequeña burguesía y sus direcciones es inevitable.[...]

La pequeña burguesía es económicamente dependiente y está políticamente atomizada. Por eso no puede tener una política propia. Necesita un «jefe» que le inspire confianza. Ese jefe individual o colectivo (es decir, una persona o un partido) puede ser provisto por una u otra de las clases fundamentales, sea por la gran burguesía, sea por el proletariado. El fascismo unifica y arma a las masas dispersas; de una «polvareda humana» —según nuestra expresión— hace destacamentos de combate. Así, da a la pequeña burguesía la ilusión de ser independiente. Comienza a imaginarse que realmente, manejará el Estado. ¡No hay nada de sorprendente en que esas ilusiones y esas esperanzas se le suban a la cabeza!

Pero la pequeña burguesía puede también encontrar un caudillo en el proletariado. Lo ha demostrado en Rusia, y parcialmente en España. Ha tendido a ello en Italia, en Alemania y en Austria.

Pero los partidos del proletariado no han estado a la altura de su tarea histórica. Para atraer a su lado a la pequeña burguesía, el proletariado debe conquistar su confianza. Y, para ello, debe comenzar por tener él mismo confianza en sus propias fuerzas. Necesita tener un programa de acción clara y estar dispuesto a luchar por el poder por todos los medios posibles. Templado por su partido revolucionario para una lucha decisiva e implacable, el proletariado dice a los campesinos y a los pequeños burgueses de la ciudad:

Lucho por el poder; he aquí mi programa; no emplearé la fuerza más que contra el gran capital y sus lacayos; pero con ustedes, trabajadores, quiero hacer una alianza sobre la base de un programa dado.

El campesino comprenderá semejante lenguaje. Hace falta, solamente, que tenga confianza en la capacidad del proletariado para tomar el poder. Para eso, es indispensable depurar el frente único de todo equívoco, de toda indecisión, de frases vacías; es indispensable comprender la situación y ponerse seriamente en la ruta de la lucha revolucionaria.[...]

El Partido Obrero belga, por ejemplo, ha adoptado el pomposo plan De Man, con todas las «nacionalizaciones»; pero, ¿qué sentido tiene ese plan, si no quieren mover un meñique por su realización? Los programas del fascismo son fantásticos, mentirosos, demagógicos. Pero el fascismo libra una lucha rabiosa por el poder. El socialismo puede lanzar el programa más sabio; pero su valor será igual a cero si la vanguardia del proletariado no despliega una dura lucha para apoderarse del Estado. La crisis social, en su expresión política, es la crisis del poder. El viejo amo de la sociedad está en quiebra. Hace falta un nuevo amo. ¡Si el proletariado revolucionario no se hace dueño del poder lo hará inevitablemente el fascismo!

Un programa de reivindicaciones transitorias para las «clases medias» puede alcanzar una gran importancia, naturalmente, si ese programa responde, por una parte, a las necesidades reales de las clase medias, y por la otra, a las exigencias del desarrollo hacia el socialismo. Pero una vez más el centro de gravedad no se encuentra actualmente en un programa especial. Las «clases medias» han visto demasiados programas; Lo que necesitan es tener confianza en que ese programa será realizado. En el momento en que el campesino se diga: «Esta vez, parece que el partido obrero no retrocederá», la causa del socialismo estará ganada. Pero, para eso, hay que mostrar en los hechos que estamos firmemente dispuestos a eliminar todos los obstáculos de nuestro camino.

León Trotski, ¿Adónde va Francia?, 9 de noviembre de1934

El PCF y la SFIO (el partido socialista) acaban de formar un Frente Unico tras la asonada fascista que tira al gobierno Dadalier e impone una solución bonapartista. Pero Trotski tiene claro a dónde conduce: octubre del 34 y las Alianzas Obreras españolas controladas por el ministerialismo socialista

En España como en Austria sufrieron la derrota, no los métodos de la revolución, sino los métodos oportunistas en una situación revolucionaria. ¡No es lo mismo! [...]

León Trotski, ¿Adónde va Francia?, 9 de noviembre de1934

Y para qué hablar de la trayectoria del PCE durante la república que trataremos inmediatamente.

En una situación política excepcionalmente favorable, los Partidos Comunistas austríaco y español, trabados por la teoría del «tercer período», del «socialfascismo», etc., se encontraron sentenciados a un completo aislamiento. Comprometiendo los métodos de la revolución por la autoridad de «Moscú», cerraron por sí mismos el camino a una política verdaderamente marxista, verdaderamente bolchevique. La propiedad fundamental de la revolución es someter a un examen rápido e implacable a todas las doctrinas y a todos los métodos. El castigo sigue casi inmediatamente al crimen. La responsabilidad de la Internacional Comunista por las derrotas del proletariado en Alemania, en Austria, en España, es incalculable. No basta con tener una política «revolucionaria» (de palabra). Hay que tener una política correcta. Nadie ha encontrado todavía otro secreto para la victoria.

León Trotski, ¿Adónde va Francia?, 9 de noviembre de1934

Ni el stalinismo ni la socialdemocracia son partidos revolucionarios ya. El resultado previsible del FU entre socialistas y stalinistas es la conducción de la masa de la clase, bien organizada, a la entrega del poder al fascismo sin lucha alguna, como hubiera pasado en España de no responder espontáneamente el proletariado con la vigorosa insurrección del 19 de julio de 1936 al levantamiento militar.

Si la vanguardia proletaria, representada por el frente único, traza con corrección el camino de la lucha, todos los obstáculos levantados por la burocracia sindical, serán barridos por el torrente vivo del proletariado. La clave de la situación está hoy en el frente único. Si éste no utiliza esa llave, jugará el lamentable papel que habría jugado inevitablemente el frente único de los social-revolucionarios y los mencheviques en 1917 en Rusia, si los bolcheviques no se lo hubieran impedido.

León Trotski, ¿Adónde va Francia?, 9 de noviembre de 1934

Es decir, la única salida, pasa por entrar en el Frente Único como si fuera una organización unitaria de clase, es decir, un soviet... por la única puerta que estaba abierta: la SFIO. Fue el comienzo del entrismo y en apariencia dio resultados a corto.

los camaradas franceses han ganado para nuestro programa de acción a la Federación del Sena, que cuenta con 6.000 miembros; ni que nuestra juventud es la dirección de la Alianza del Sena, organización de 1.450 integrantes. No queremos exagerar el peso revolucionario de este triunfo. Aún queda por hacer mucho más de lo que hemos logrado en los tres meses y medio transcurridos desde nuestra entrada. Pero realmente, es necesario ser sordo y ciego para no darse cuenta del cambio radical operado en la actividad de nuestra sección francesa y para no ver las grandes posibilidades que se han abierto ante ella.

León Trotski, «Una vez más a cuenta de nuestro giro», 15 de diciembre de 1934

Pero había cambios de fondo que Trotski no estaba sabiendo ver. Aunque la parte más joven del proletariado francés fuera sensible a los argumentos de los bolchevique-leninistas y consiguiera transmitir ese empuje puntualmente a organizaciones locales de sindicatos y SFIO, ni el partido ni los sindicatos eran ya organizaciones unitarias comparables a las de la IIª Internacional, menos aun a un soviet. Pero no dejaba de ser un momento de transición histórica. El Frente Único era percibido por unos y otros como un paso forzado por las circunstancias que podía llevar, alternativamente, a una radicalización que superara a las direcciones o a reconducir la inquietud obrera hacia un gobierno de coalición con la pequeña burguesía republicana. Las direcciones del PC y la SFIO, como las de PSOE-UGT en las Alianzas Obreras, se veían sistemáticamente puestas en cuestión donde las bases de las organizaciones se encontraban. La certidumbre de que no eran hechos aislados había determinado la política de sabotaje socialista en la fallida huelga general insurreccional del 34.

Por eso el frente único entre socialdemócratas y stalinistas solo podía empujar a las direcciones de PCs y PSs hacia su conversión en frentes populares, es decir, a reforzar sus posiciones de poder a base de agregar a radicales y republicanos al tiempo que amagaban una fusión orgánica1. Si el giro francés tuvo una virtud fue precipitar los acontecimientos.

El resultado es claro en las resoluciones del VII Congreso de la Komintern: frentes populares y supeditación directa e inmediata de todos los PCs a las necesidades derivadas de la preparación de la guerra imperialista.

La decisiva traición de Stalin y su pandilla de la Comintern nos abre grandes posibilidades, tanto dentro de la misma Comintern como en todas las organizaciones obreras, especialmente en los sindicatos. Hasta hace muy poco, cada nueva etapa en la radicalización de las masas implicaba inevitablemente un acercamiento de ellas a los stalinistas. Precisamente ésta era la causa de nuestro aislamiento y de nuestra debilidad. Ir hacia la izquierda significaba ir hacia Moscú, y se nos veía como un obstáculo en este sentido. Hoy Moscú significa apoyar al imperialismo en Francia, Checoslovaquia, etcétera. Para nosotros ya no se trata de discutir las sutilezas de la teoría del socialismo en un solo país o de la revolución permanente sino de plantear directamente esta cuestión: ¿somos los esclavos voluntarios de nuestro propio imperialismo o sus enemigos mortales? Aun si no se da tan rápido como sería necesario la diferenciación dentro del Partido Comunista (aunque tenemos que esperar catastróficas rebeliones, sobre todo si sabemos cómo intervenir), la afluencia elemental de las masas hacia él disminuirá inevitablemente o incluso se detendrá.

León Trotski, «Es necesario un nuevo giro», 10 de junio de 1935

Al ponerse en el orden del día la guerra imperialista, las condiciones para la formación de partidos revolucionarios empiezan a vislumbrarse de nuevo.

La lucha de las distintas tendencias contra nosotros coincide hoy en día casi totalmente con el adoctrinamiento ideológico en favor de la nueva guerra imperialista. La oposición a la guerra debe significar cada vez en mayor medida simpatizar con la Cuarta Internacional. La condición para lograrlo es la lucha implacable contra la menor concesión a la teoría de la defensa nacional. El inevitable reagrupamiento en las distintas organizaciones obreras (Partido Comunista, sindicatos, etcétera) tiene que abrirnos el camino hacia las masas trabajadoras. Es necesario orientarnos en esta dirección con toda la independencia que haga falta. Este reagrupamiento puede resultar en la creación de un partido revolucionario en un lapso determinado bastante próximo.

Es absolutamente esencial acelerar el trabajo preparatorio de la Cuarta Internacional. Los elementos revolucionarios que se separen durante el reagrupamiento general dentro de la clase obrera tienen que contar con la posibilidad de unirse directamente a una organización internacional que se apoye en toda la experiencia de las luchas revolucionarias.

León Trotski, «Es necesario un nuevo giro», 1935

La etapa entrista no puede sino cerrarse.

El grupo bolchevique leninista tiene que saber efectuar un nuevo giro, consecuencia lógica de la etapa anterior. Sin hacer, por supuesto, ninguna concesión, hay que concentrar las nueve décimas partes de las fuerzas en denunciar la traición stalinista.

León Trotski, «Es necesario un nuevo giro», 1935

Haciendo balance, el giro francés ha servido para mejorar a la base de la Izquierda Comunista, enfrentándola a las discusiones reales en el seno de la clase, pero no ha cumplido su propósito último. Ahora resulta claro que el Frente Único de partidos supuestamente obreros no era en nada equivalente a un soviet. Los partidos socialistas, incluso las Juventudes, ya no son aquellas organizaciones de masas del proletariado de tiempos de Bebel: su naturaleza es diluir a las partes más atrasadas y conservadoras del proletariado en una mezcla en la que el elemento dominante es cada vez más la pequeña burguesía corporativa.

La SFIO no sólo no es un partido revolucionario sino que ni siquiera es proletario. Es pequeñoburgués por su política y también por su composición social. Este partido nos abrió algunas posibilidades, y fue correcto formularlas y utilizarlas. Pero son posibilidades limitadas. El Congreso de Mulhouse y su consiguiente repercusión limitará materialmente, aun más, estas posibilidades. El prestigio ganado por el grupo bolchevique-leninista tiene que transformarse esclareciendo a los obreros. Pero éstos están fundamentalmente fuera del PS, en el PC, en las organizaciones sindicales o en ninguna organización.

León Trotski, «Es necesario un nuevo giro», 1935

Ni Trotski ni la Internacional mientras sea tal, defenderán ya más el entrismo. La experiencia ha sido aleccionadora... pero las cicatrices quedan. En Argentina trunca la consolidación de la Izquierda Comunista local2, dando entrada a los elementos nacionalistas que acabarán encontrando su par en el SI degenerado de los cuarenta. En EEUU y Gran Bretaña, a diferencia de Francia, el entrismo proveerá a los nuevos partidos con unos cuantos miles de militantes y una sólida base... pequeñoburguesa. Un aprendizaje en falso que cimentará el oportunismo más descarado e incubará a los futuros enterradores de la IVª Internacional: desde Cannon y el SWP a Pablo (Raptis).

Pero mientras Trotski se centraba en Francia, el centro de gravedad del conflicto de clases se había trasladado a España.

La Revolución española

El fin de la guerra mundial había golpeado en la cuenta de resultados a la burguesía española con una fuerza brutal. Si a eso le unimos el desastre de la guerra colonial, las crecientes contradicciones en el seno de la clase dominante y la incapacidad del terrorismo patronal para acabar con la movilización obrera entendemos la apuesta de la burguesía catalana -que en ese momento teme quedar fuera del grupo dominante- y de la monarquía por la dictadura de Primo de Rivera (1921-1930).

Su papel histórico será ganar tiempo para la burguesía en su proceso de unificación y reorganización del estado. Primo remacha el primer capitalismo de estado español no solo protegiendo a la burguesía catalana sino, lo que a la larga sería más importante, incorporando por primera vez a una organización que había representado al movimiento obrero, el PSOE.

Siete años prolongó su vida la dictadura. No porque contara con un apoyo nacional efectivo, aparte de los cuartos de banderas, las sacristías, los círculos de la nobleza y la gran burguesía, sino porque coincidió con el mejor período financiero mundial después de la guerra 1914-1918. Esto le permitió asociarse la gran burguesía, neutralizar la pequeña y asegurarse la contemporización de la organización obrera más fuerte de España, el Partido Socialista. Ya se ha indicado bajo otro título hasta qué punto éste sirvió de bordón a la dictadura, ofreciéndole consejeros de Estado y asambleístas nacionales. Pero la monarquía estaba condenada. En lo más profundo de las masas se acumulaban enormes energías. La dictadura había aplazado, no evitado la apertura del período revolucionario.

G. Munis. Jalones de Derrota promesa de victoria, 1947

Por eso bastarán los primeros embates de la crisis de 1929 para que la dictadura quede sin apoyos entre la clase dominante.

La dictadura de Primo de Rivera ha caído sin revolución, por agotamiento interior. Esto quiere decir, en otros términos, que en su primera etapa la cuestión fue resuelta por las enfermedades de la vieja sociedad y no por las fuerzas revolucionarias de una sociedad nueva. (…) Después de este acontecimiento, las clases dirigentes, en la persona de sus grupos políticos, se encuentran obligadas a adoptar una posición neta ante las masas populares. Y así observamos un fenómeno paradójico. Los mismos partidos burgueses que, gracias a su conservadurismo, renunciaban a llevar a cabo alguna lucha seria contra la dictadura militar, rechazan actualmente toda la responsabilidad de esta dictadura sobre la monarquía y se declaran republicanos. En efecto, se podría creer que la dictadura ha estado durante todo el tiempo suspendida de un fino hilo del balcón del Palacio real, y que sólo se apoyaba sobre el sostén, en parte pasivo, de las capas más sólidas de la burguesía, que paralizaban con todas sus fuerzas la actividad de la pequeña burguesía y pisoteaban a los trabajadores de las ciudades y de los campos. (…) Si bien Primo sólo mantenía de un hilo a la monarquía, ¿de qué hilo se mantendrá la monarquía, incluso en un país tan «republicano»? A primera vista esto parece un enigma insoluble. Pero el secreto no es en manera alguna tan complicado. La misma burguesía que «sufría» a Primo de Rivera, lo sostenía, en efecto, como sostiene actualmente a la monarquía mediante los únicos medios que le quedan, es decir, declarándose republicana y adaptándose así a la psicología de la pequeña burguesía, para engañarla y paralizarla lo mejor posible. (…)

España ha dejado muy lejos tras de sí el estadio de una revolución burguesa. Si la crisis revolucionaria se transforma en revolución, superará fatalmente los límites burgueses y, en caso de victoria, deberá entregar el poder al proletariado.

León Trotski. Carta a la redacción de «Contra la Corriente», 1930

Es en ese escenario marcado por la descomposición de la monarquía y con un partido comunista que había quedado prácticamente desarticulado3 en el que se forma la Oposición de Izquierda en España.

En Luxemburgo uno de los fundadores del núcleo vizcaíno del primer PCE, García Lavid, que trabajaba como metalúrgico escondido bajo el pseudónimo de Henri Lacroix, había adherido a la Oposición de Izquierda Internacional y desde 1929 trataba de reorganizar a sus viejos compañeros de la tendencia de izquierda como Esteban Bilbao que organiza a una decena de compañeros en Vizcaya, la mayoría de los cuales habían sido expulsados por la dirección zinovietista primero y stalinista después de Bullejos, Trilla e Ibarruri. En una activa correspondencia les llamaba a volver a la acción...

contra la degeneración de la revolución rusa y de la IC, por la pureza de las ideas comunistas, por la revolución internacional y contra la idea bastarda del socialismo en un solo país proclamada por Stalin y todos los que con él marchan a remolque de la nueva burguesía rusa hacia el oportunismo socialdemócrata

De esta agitación, surgió la conferencia del 18 de febrero de 1930 en Lieja en la que nace la Oposición Comunista Española (OCE).

Quienes pusimos todo nuestro entusiasmo, nuestra fe y esperanza en la defensa de la plataforma política de la Oposición Comunista de Izquierda Internacional hemos de reconocer que no solamente se han equivocado los que diariamente declararon que la izquierda comunista había sido liquidada al ser deportados, encarcelados o asesinados los oposicionistas rusos, sino que nosotros mismos sufrimos un error cuando creímos que la lucha por nuestras ideas había de ser durísima y difícil, y que nuestros progresos serían lentos.

Henri Lacroix (García Lavid). Algunas consideraciones sobre la oposición comunista. Comunismo #5, septiembre, 1931

Se puede decir que la OCE es la única organización de la oposición española con una perspectiva internacional, después de haber acendrado posiciones y realizado una crítica de la trayectoria del PCE y la IC.

La Oposición de Izquierda, lo mismo que su organización internacional, no situaba sus problemas únicamente en el plano político nacional español sino en el terreno internacional, y su oposición era contra la propia política del CE de la IC. Por lo cual, tanto la Agrupación de Madrid como la Federación Catalano-balear querían separarse totalmente de la Oposición de Izquierda para no «comprometerse» con la IC.

Juan Andrade. Apuntes para la historia del PCE, 1981

Pero si la aislaba del resto de la oposición, le sirvió para reorganizar a la corriente fundadora del partido. El grupo empezará a tener actividad en el interior en septiembre de 1930 conformando pronto un radio en Vizcaya alrededor de Lavid y Esteban Bilbao y otro en Madrid alrededor de Andrade y su entorno. A partir de un joven asistente a la conferencia de Lieja, Manuel Fernández Grandizo (G. Munis), surgirá un radio en Llerena que llegará a tener más de 400 miembros en 1935 y ser políticamente decisivo regionalmente4. Núcleos menores se formarán en Salamanca y Asturias.

En Barcelona, Nin, que se compromete a organizar la Oposición a la vuelta de Rusia, retrasa la constitución de la Oposición, y se une solo después de haber jugado a convertirse en la mano derecha de Maurín, escribir su programa y finalmente ser rechazado. Nin, a pesar de las invectivas de Trotski a actuar con la bandera desplegada, evitará en la práctica la formación de la ICE en Cataluña como fuerza política, aunque se guardará mucho de perder su representación. En la perspectiva global se puede decir que Nin no fue más que un agente del catalanismo en la ICE y que si se enfrentó a Maurín y Arquer fue desde la defensa centrista y vergozante de un regionalismo sindicalista que compartían y cuya expresión final no fue otra que el POUM5.

La OCE publicará primero Contra la Corriente en 1930 desde Lieja y desde 1931, ya en España, la revista Comunismo, que se convertirá pronto en la principal revista marxista española con una tirada, soprendente para la España de la época, de 1.600 ejemplares. Comunismo será la principal referencia teórica de la izquierda comunista que surge después en Argentina, Uruguay y Chile6.

Llegados a 1930, la burguesía española es un todo mucho más sólido y poderoso de lo que ha sido nunca hasta entonces. En España quedan residuos feudales en el campo, pero no hay ni mucho menos una oposición entre la burguesía y los terratenientes herederos de la feudalidad. Tampoco hay ya siquiera la ilusión de un desarrollo independiente del capital nacional en caso de un fantaseado triunfo revolucionario de la burguesía. El imperialismo es una realidad inmediata para el capital español, excluido de los mercados coloniales e internacionales por las grandes potencias en una época de nuevas guerras comerciales y de divisas.

La trabazón de intereses entre el capitalismo y los viejos elementos feudales era redonda en 1930. No se podía hacer una división de la economía en capitalista y feudal, sino abstrayéndose de su evolución y de sus relaciones cotidianas, considerando categorías aisladas lo que era un compuesto de dos elementos de origen diferente. Ni uno solo de los componentes de la nobleza terrateniente podía ser calificado de puramente feudal; menos aún en conjunto. En mayor o menor grado todos habían invertido y acrecido sus fondos en empresas capitalistas. La Compañía de Jesús era a la vez gran terrateniente y el más rico empresario capitalista. Romanones, el conocido gobernante monárquico, era gran terrateniente en Guadalajara, el más importante arrendador de casas en Madrid, copropietario de las minas de Peñarroya y accionista de las principales instituciones financieras. Los duques de Alba y Medinaceli, primeros entre los terratenientes de prosapia feudal, estaban igualmente mezclados a empresas financieras e industriales. A la Iglesia pertenecían las más importantes compañías navieras, las ricas fábricas de aceites Ybarra, los ferrocarriles del norte y algunas industrias textiles de Cataluña. También estaba mezclada a compañías mineras, siderúrgicas y financieras. Por su parte, la burguesía se convertía fácilmente en terrateniente, poniendo a veces en ejecución métodos de explotación feudales. Para poder hablar propiamente de dos economías, feudal y capitalista, sería necesario hacer entrar en conflicto y lucha a Romanones terrateniente con Romanones empresario y financiero; a la Iglesia, sostén político y terreno económico de la feudalidad, con la Iglesia gran capitán de industria; sería necesario lo imposible; suponer antagónicas e irreductibles dos partes de la misma unidad. (…)

¿Y qué podía esperar, en cuanto a expansión exterior, la burguesía española, que acababa de dejarse arrebatar, tras unos cuantos cañonazos, los últimos restos de su decrépito imperio? El mercado mundial estaba ya perfectamente agarrado por otras burguesías; las nacionalidades oprimibles, oprimidas por Inglaterra, Estados Unidos, Francia, Alemania, o por sus vasallos. Demasiado tarde para competir en el mercado exterior. La talla enana de la burguesía española constituía para ella plenitud al iniciarse la crisis revolucionaria (…)

Así pues, las dos condiciones fundamentales que determinan la revolución democrático-burguesa, oposición entre la clase feudal y la clase capitalista, más grandes posibilidades de expansión para la segunda, estaban totalmente ausentes. La revolución democrático-burguesa era imposible. Hablar de ella, más que utópico, era demagógicamente reaccionario.

G. Munis. Jalones de Derrota promesa de victoria, 1947

En esas condiciones, ¿cómo podía pensarse que la proclamación de la II República el 14 de abril era el súbito y final triunfo de una «revolución burguesa» esquiva durante todo el siglo anterior? Solo la pequeña burguesía fantaseaba realmente con eso el 14 de abril. El PSOE era más discreto, el relato del 14 de abril como una revolución era a todas luces una aberración, pero una aberración conveniente que le permitía lavar las vergüenzas de su participación institucional en la dictadura. En un artículo publicado en el número 1 de «Comunismo», la revista teórica de la Izquierda Comunista española, y redactado durante la semana que siguió a la proclamación de la nueva forma de estado, Esteban Bilbao señalaba con claridad que no es el estado feudal el que tenemos delante, sino el capitalismo burgués con todas sus armas; aquí no hay siervos que redimir del yugo del despotismo aristócrata, sino obreros de la ciudad y del campo que tratan de romper las cadenas de la explotación burguesa.

Contra la opinión de la pequeña burguesía ideóloga, teóricamente representada en el Gobierno provisional (…) afirmamos rotundamente que la monarquía española no es, ni mucho menos, un estado feudal. Es esta una mentira política de la democracia «revolucionaria» que, para fingir una lucha libertadora que no existe, se crea un fantasma con el que desviar de la verdadera ruta de la revolución a las masas populares. Se trata de una maniobra por medio de la cual el bloque gobernante procura ocultar su reaccionarismo al servicio del gran capital. Creen, los muy necios, que se pueden burlar de los designios históricos escamoteando la formidable verdad social mediante ejercicios de prestidigitación lírica. No, la monarquía española no constituye un estado feudal. El fundamento del estado monárquico español, todo a partir de septiembre de 1923, no es la propiedad de la aristocracia, considerada como tal, sino la propiedad del burgués capitalista. Poco importa que la aristocracia, rancia o fresca, se haya conservado, en calidad de tejidos fiambres, en el cuerpo del estado. En las esferas dominantes de la máquina estatal los residuos semifeudales solo son eficaces por lo que tienen de burgueses, no por lo que tienen de aristócratas. El estado español monárquico actúa en función del aparato capitalista, no en función de privilegio de casta aristocrática. El mismo Alfonso no era ya otra cosa que un funcionario al servicio de la exploración del capital monopolista, por cuyo «trabajo» cobraba sus buenas dietas de la burguesía a quien servía. La Dictadura de Primo de Rivera fue la escoba que barrió los restos de la inmundicia aristocrática poniendo íntegra la máquina del estado en manos del capitalismo industrial y financiero.

Verdad que en la campiña española es de toda urgencia una revolución liquidadora de la propiedad latifundista. Los campesinos habrán de repartirse la tierra despojando violentamente de todos sus privilegios a sus actuales detentadores semifeudales. Hay en este problema, debido al atraso del campo español algo de «revolución democrática». Pero una revolución democrática ¿dirigida por quién ¿Por la intelectualidad pequeñoburguesa? Hoy no estamos, pese a la chochez «doctrinal» de Marcelino Domingo y compañía, en la época de la «reunión del juego de la pelota». Son muy distintas las cosas que hay en la España actual a las que había en la Francia de 1789. Entonces la burguesía era la vanguardia revolucionaria que tenía tras sí toda la masa general del campo sometida al yugo feroz del estado feudal integrado por la aristocracia y la iglesia y, de coronamiento, la monarquía absoluta de derecho divino. Entonces la ideología burguesa era, sí, la teoría, viva y dinámica, de las necesidades revolucionarias de una clase que ascendía hacia el poder. Por eso el campesino pudo, dirigido por la burguesía, llevar a cabo su revolución democrática destruyendo el estado feudal. Esto ocurrió en Francia hace ya siglo y medio. De entonces acá las cosas han cambiado un «poquito», aun para España. La burguesía ya no es el campeón de la revolución «nacional». Celosa de sus privilegios, vive atrincherada en los reductos del estado dedicando todas sus energías no a redimir a los campesinos, sino a explotarlos., De esta explotación saca no pocos recursos con que alimentar su dominación. La fórmula para el campesino no es ya: «con la burguesía a la destrucción del estado feudal» sino esta otra: «con el proletariado a la destrucción del estado burgués». ¿Cómo va a poder ser la burguesía, ni grande ni pequeña, la iniciadora de la revolución democrática campesina?

Esteban Bilbao. Despejando la niebla, 1931

El 14 de abril no fue un súbito espasmo revolucionario de la burguesía. Ya se había fundido con el estado. Tampoco fue una imposible toma del poder por una pequeña burguesía -rural y urbana- sin fuerzas propias. Y desde luego no fue, ni nadie lo pretendió nunca, el resultado político de la lucha de la clase trabajadora. Fue, eso sí, un recambio en el aparato político de la burguesía española, cohesionada por fin en un capitalismo de estado, que pensaba que prescindiendo del monarca y entregando a la pequeña burguesía un aparato parlamentario, podría enfrentar mejor a un movimiento obrero en alza desde principios de siglo.

Es decir, que no fuera una revolución de febrero a la meridional, no quitaba que bajo la algarabía pequeñoburguesa no estuvieran madurando condiciones revolucionarias. El análisis de Trotski en el momento coincidía de pleno con el de la OCE.

  1. La monarquía ha perdido el poder, pero espera reconquistarlo. Las clases poseedoras están todavía firmes en sus estribos. El bloque de republicanos y socialistas se ha colocado en el terreno del cambio republicano para evitar que las masas tomen el camino de la revolución socialista. ¡Desconfiad de las palabras! ¡Actuar es lo que hace falta! ¡Para comenzar: detención de los dirigentes más destacados y sostenedores del antiguo régimen, confiscación de los bienes de la dinastía y de sus lacayos más comprometidos! ¡Armamento para los obreros!

  2. El gobierno, apoyándose en republicanos y socialistas, se esforzará por todos los medios por ampliar sus bases hacia la derecha, en dirección de la gran burguesía, e intentará capitular a fin de neutralizar a la Iglesia. El gobierno es un gobierno de explotadores creado para protegerles de los explotados. El proletariado está en oposición irreconciliable con el gobierno de los agentes republicanos «socialistas» de la burguesía.

  3. La participación de los socialistas en el poder significa que irán acrecentándose los choques violentos entre obreros y jefes socialistas. Esto abre amplias posibilidades a la política revolucionaria del frente único. Cada huelga, cada manifestación, cada acercamiento de los obreros a los soldados, cada paso de la masa hacia la verdadera democratización del país, se va a enfrentar de ahora en adelante con la resistencia de los jefes socialistas como hombres «del orden». Por consiguiente, es tanto más importante para los obreros comunistas el participar en el frente único con los obreros socialistas, sindicalistas y sin partido, y arrastrarles más tarde detrás de ellos.

  4. Los obreros comunistas constituyen hoy una pequeña minoría en el país. No pueden aspirar al poder de una manera inmediata. Actualmente no pueden proponerse como objetivo práctico la caída violenta del gobierno republicano-socialista. Toda tentativa en este sentido sería una aventura catastrófica. Es necesario que las masas de obreros, soldados y campesinos atraviesen la etapa de las ilusiones republicanas «socialistas» a fin de liberarse de ella más radical y definitivamente. No engañarse con frases, observar los hechos con los ojos muy abiertos, preparar tenazmente la segunda revolución, la revolución proletaria.

  5. La tarea de los comunistas en el periodo actual, consiste en ganarse a la mayoría de los obreros, la mayoría de los soldados,la mayoría de los campesinos. ¿Qué hace falta para eso? Agitar, educar a los cuadros, «explicar con paciencia» (Lenin), organizar. Todo eso a base de la experiencia de las masas y de la participación activa de los comunistas en esta experiencia: la política amplia y audaz del frente único.

  6. Con el bloque republicano-socialista o bien con partes de éste, los comunistas no deben hacer ninguna transacción que pueda limitar o debilitar de una forma directa o indirecta la libertad de crítica y de agitación comunista. Los comunistas explicarán, por todas partes y sin descanso, a las masas populares que en las luchas contra todas las variedades de la contrarrevolución monárquica estarán en primera fila, pero que para semejante lucha no es necesario ninguna alianza con los republicanos y los socialistas, cuya política estará inevitablemente basada en concesiones a la reacción e intentarán ocultar las intrigas de ésta.

  7. Los comunistas emiten las más radicales consignas democráticas: libertad completa para las organizaciones proletarias, libertad de auto administración local, elegibilidad de todos los funcionarios por el pueblo, admisión al voto de hombres y mujeres a partir de 18 años, etc., creación de una milicia obrera y, más tarde, de una milicia campesina. Confiscación de todos los bienes de la dinastía y de los bienes de la Iglesia en favor del pueblo, en primer lugar en favor de los parados, de los campesinos pobres y para el mejoramiento de la situación de los soldados. Separación completa de la Iglesia y del Estado. Todos los derechos cívicos y libertades a los soldados. Elegibilidad de los oficiales en el ejército. El soldado no es un verdugo del pueblo, tampoco un mercenario armado de los ricos, ni un pretoriano, sino un ciudadano revolucionario, hermano de sangre del obrero y del campesino.

  8. La consigna central del proletariado es la de soviet obrero. Esta consigna deberá anunciarse, popularizarse incansable y constantemente, y a la primera ocasión hay que proceder a su realización. El soviet obrero no significa la lucha inmediata por el poder. Es ésa sin duda la perspectiva, pero a la que la masa sólo puede llegar por el camino de su experiencia y con la ayuda del trabajo de clarificación de los comunistas. El soviet obrero significa hoy la reunión de las fuerzas diseminadas del proletariado, la lucha por la unidad de la clase obrera, por su autonomía. El soviet obrero se encarga de los fondos de huelga, de la alimentación de los parados, del contacto con los soldados a fin de evitar encuentros sangrientos entre ellos, de los contactos entre la ciudad y el pueblo, con objeto de asegurar la alianza de los obreros con los campesinos pobres. El soviet obrero incorpora representantes de los contingentes militares. Es así solamente, como el soviet llegará a ser el órgano de la insurrección proletaria y, más tarde, el órgano del poder.

  9. Los comunistas deben elaborar inmediatamente un programa agrario revolucionario. La base de éste tiene que ser la confiscación de las tierras de las clases privilegiadas y ricas, de los explotadores, empezando por la dinastía y la Iglesia, a favor de los campesinos pobres y de los soldados. Este programa debe adaptarse concretamente a las diferentes zonas del país. Teniendo particularidades económicas e históricas singulares, es necesario crear inmediatamente en cada provincia una comisión para la elaboración concreta del programa agrario en estrecha relación con los campesinos revolucionarios de la región. Es necesario saber comprender la voz de los campesinos para formularla de una manera clara y precisa.

  10. Los socialistas que se dicen de izquierda (entre los cuales hay honrados obreros) invitarán a los comunistas a hacer un bloque e incluso a unificar las organizaciones. A esto los comunistas responden:

    Estamos dispuestos, en el interés de la clase obrera y para la solución de determinadas tareas concretas, a trabajar unidos con todo grupo y con toda organización proletaria. Con este fin proponemos correctamente la creación de soviets. Representantes obreros, pertenecientes a diferentes partidos, discutirán en esos soviets sobre todas las cuestiones actuales y todas las tareas inmediatas. El soviet obrero es la forma más natural, más abierta, más honesta y más sana de la alianza en vista del trabajo común. En el soviet obrero, nosotros los comunistas, propondremos nuestras consignas y nuestras soluciones y nos esforzaremos para convencer a los obreros de lo correcto de nuestro camino. Cada grupo debe gozar en el seno del soviet obrero de una entera libertad de crítica. En la lucha para los objetivos prácticos propuestos por el soviet, nosotros, los comunistas, estaremos siempre en primera fila.

Esta es la forma de colaboración que los comunistas proponen fraternalmente a los obreros socialistas, sindicalistas y sin partido.

Asegurando la unidad en sus propias filas, los comunistas ganarán la confianza del proletariado y de la gran mayoría de campesinos pobres, con su brazo armado ellos tomarán el poder, y abrirán la era de la revolución socialista.

León Trotski. «Los diez mandamientos del comunista español», 12 de abril de 1931

La OCE vive a partir de 1932 una crisis en dos planos que van paulatinamente polarizándose entre el grupo Lacroix y el eje Andrade-Nin por un lado y la dirección española y la Internacional por otro. El maniobrerismo de Nin, Andrade y Gorkin evitará en todo momento que los debates españoles conecten con los internacionales, lo que le será duramente reprobado una y otra vez por Trotsk

La crisis estallará sin embargo en un plano común que revelaba parcialmente las intenciones estratégicas de Nin. Mientras el cambio de nombre de OCE a ICE (Izquierda Comunista Española) desespera a Trotski, que entiende su significado político, a García Lavid -y tras él Munis y Bilbao- se revelan contra la idea de presentar candidatos electorales de manera generalizada en las elecciones del 32 y no solo donde el PCE haya sido superado por la OCE o esté ausente. Nin y Andrade están dando pasos para presentar la fundación de un partido político de la mano del BOC como un hecho consumado supeditando el desarrollo de la OCE a la conveniencia del grupo de Maurín, que sigue aspirando a un reagrupamiento a posteriori con el PCE sin romper con la Komintern stalinista. La crisis, que se hará evidente con la dimisión de buena parte del CC siguiendo a la de García Lavid, se saldará burocráticamente con el traslado del CC de Madrid a Barcelona.

La clave de la Revolución española no pasaba desde luego por el pequeño y pueblerino BOC y su estalinismo con reservas sino por el entorno del viejo partido socialista. El apoliticismo y la inconsecuencia de la CNT, entregaban al PSOE la dirección política de la gran mayoría de la clase trabajadora y condenaban al sindicato a ir a la zaga de los enjuagues parlamentarios de los dirigentes socialistas sin menoscavar nunca de manera efectiva las ilusiones democráticas y republicanas con las que los adornaba. Por eso la política de frente único tal y como definía arriba Trotski, era clave en la Revolución española. La OCE/ICE solo la desarrollará de manera consecuente en las comarcas de la falda Norte de Sierra Morena, a caballo de Badajoz y Sevilla4, donde el PSOE comienza la etapa republicana con una hegemonía política total. Allí, efectivamente, la izquierda obtendrá muy pronto la dirección del movimiento huelguístico y consolidará una nutrida organización que arrastrará tras de sí a las bases de la UGT y CNT e incluso al PCE stalinizado. En ese año de 1933 la federación de sindicatos creada por la ICE será ya mayoritaria en Llerena y las comarcas adyacentes.

En el resto del territorio, la ICE no pasa de grupo propagandista y juega su suerte a impulsar la formación de Alianzas Obreras, organismos de frente único que se hacen posibles a partir de la radicalización de la base socialista y que los dirigentes socialistas tratan de inutilizar desde el primer día.

La socialdemocracia, que veía escapársele los puestos y canongías de que disfrutaba por su tradicional sumisión al capitalismo, sintió necesidad de defenderlos. Necesitó recurrir a las masas con un lenguaje radicalizante, si bien en el fondo totalmente exento de propósitos revolucionarios. Trataba solamente de impedir la desaparición de la democracia capitalista, de la cual sus dirigentes eran colaboradores y funcionarios cómodamente retribuidos. En toda Europa, la Segunda Internacional fue sacudida por esa necesidad de defenderse. A la situación internacional se añadía la particular de España, donde la reacción filofascista ganaba terreno y los socialistas corrían el peligro de ser definitivamente despedidos. Miel sobre hojuelas. El esfuerzo de lucha de la socialdemocracia tenía que ser mayor en España, por ser mas directo el peligro. Así sucedió, en efecto.

Convirtiéndose en exponente de la defensa, Largo Caballero llegó a hablar de la superación de la democracia burguesa, y de la necesidad de instaurar la dictadura del proletariado. El eco formidable que suscitaron las palabras de Caballero prueba hasta qué punto el proletariado y los campesinos, sufrida la experiencia de la República, estaban maduras para llevar adelante su ofensiva por la revolución socialista, la necesidad histórica existía; incapaces de aprovecharla anarquistas y comunistas, irrumpió, como una catarata represada, por la brecha de la relumbrosa radicalización socialista. Cierto que para ésta no se trataba de un movimiento real por la revolución proletaria, y que su máximo alcance era obligar nuevamente la burguesía a admitir la colaboración socialista. Sin embargo, para las masas lo que contaba era la promesa de revolución social. Apenas vieron ante sí una perspectiva de luchar por algo mejor que la democracia burguesa, su laxitud desapareció casi de la noche a la mañana. No se debía, en realidad, sino a la incapacidad de todas organizaciones obreras para orientarlas a la lucha.[...]

En realidad, los socialistas no querían ni órganos de poder obrero, ni movimiento ofensivo de masas. Sus deseos parecían perfectamente satisfechos con la tensión política existente. Ponían a contribución toda su fuerza orgánica y su capacidad de argumentación para trabar las luchas obreras y campesinas. A tal efecto, inventaron una teoría de la insurrección digna del premio Nobel de la estupidez: Nada de movimientos parciales, nada de gasto de energía; las huelgas, las demostraciones, son inútiles, perjudiciales. Todo el mundo a callar, obedecer y aguardar a que los novísimos estrategas socialistas den la orden de insurrección. El conspiracionismo utópico y romántico del siglo XIX encontraba en los recién radicalizados dirigentes una grotesca caricatura. Armados con ese argumento: dándose aires de conspiradores de antaño, los socialistas impidieron crecer al movimiento de masas, sabotearon y llevaron a la pérdida huelgas de triunfo fácil e importante para el porvenir del movimiento produciendo en las masas desconfianza e incluso desaliento y rompiendo el equilibrio revolucionarlo entre el campo y la ciudad. Para ilustrar lo funesto de la táctica socialista (en realidad cálculo político perfectamente medido) me referiré rápidamente' a la principal de las huelgas saboteadas y llevadas a la derrota: la huelga campesina de julio.

Consciente o inconscientemente, la Federación de Trabajadores de la Tierra, había elegido para declararla el mejor momento, tanto considerado desde el punto de vista económico como político, los apremios de la siega permitían escasa resistencia a los patronos; la tensión y capacidad de lucha entre los jornaleros había llegado a su punto álgido; el campo no podía esperar sin batirse en retirada ante los patronos y sufrir la desorganización consecuente. Políticamente, la ocasión era también la mas propicia. La reacción gilroblista habíase visto obligada a dar un paso atrás, a resultas de la huelga política contra su manifestación en El Escorial (abril). El propio gabinete Lerroux fue dimitido y substituido por el de Samper, prototipo de gobierno débil destinado a desaparecer rápidamente por la izquierda, o por la derecha, según el movimiento obrero se mostrase mas fuerte o mas débil. Tras el gobierno Samper sólo cabía, el paso a otro gobierno fuerte con representantes directos de la mayoría filofascista de la cámara, o la disolución de ésta y convocatoria a nuevas elecciones, lo que hubiese supuesto una derrota formidable para la reacción, dejando el camino libre de obstáculos para, desenvolver el movimiento revolucionario hasta la dualidad de poderes.

Alrededor de cien mil trabajadores de la tierra holgaron desde el primer día de la declaración del movimiento. El gobierno mandó a combatirlos millares de guardias previamente concentrados en las zonas agrícolas. La huelga iba a ser un fracaso cierto sin la solidaridad del proletariado urbano. Dejando derrotar a los campesinos, las ciudades quedarían aisladas, privadas de su poderoso apoyo para los movimientos revolucionarios posteriores. Aunque la huelga campesina hubiese sido realmente inoportuna, lo que estaba muy lejos de ser, el proletariado tenía que apoyarla con huelgas de solidaridad para reducir las proporciones de la derrota y que los campesinos no se sintieran abandonados y traicionados. Era el ABC de la estrategia revolucionaria en aquel momento. Argumentando así, el delegado de la Izquierda Comunista en la Alianza obrera, madrileña presentó un plan de huelgas de solidaridad escalonadas en las principales ciudades del país y limitadas a un plazo de 48 horas, lo que aseguraba de antemano su éxito. La huelga campesina se hubiese extendido de las regiones mas avanzadas a las retrasadas, abarcando 300, 400, 500 mil hombres. El gobierno habría sido forzado a dispersar sus fuerzas represivas en el campo y a concentrar una parte muy importante en las ciudades. Su capacidad de contención hubiese sufrido una importante merma. Y los trabajadores de la tierra, respaldados por las ciudades, habrían elevado hasta el máximo la intensidad de su ofensiva. En las excelentes condiciones políticas de las masas, la solidaridad de la ciudad con el campo habría impedido, en el peor de los casos, que los huelguistas sufriesen una derrota grave. El agro debía sentirse acompañado por la fábrica.

Pero los burócratas socialistas, aterrorizados por la importancia y el carácter ofensivo del movimiento, se negaron rotundamente a hacer el menor gesto en favor de los huelguistas. Todos los razonamientos, todas las representaciones del peligro de aislamiento del proletariado y de reforzamiento de la reacción encontraron oídos sordos en los representantes socialistas. Y en contra de ellos era difícil declarar las huelgas de solidaridad. Se corría el riesgo de un fracaso también en las ciudades, lo que hubiese aumentado las proporciones de la derrota. Como de costumbre, al voto del delegado de la Izquierda Comunista, se sumó únicamente el voto sindicalista (la Federación Tabaquera aun no pertenecía a la Alianza). Los trabajadores de la tierra sufrieron una derrota terrible. Docenas de ellos, cayeron muertos y millares dieron con sus huesos en la cárcel. El campo en su totalidad se desgajó del movimiento revolucionario ascendente. Ninguna ayuda podía esperarse de él en el período inmediata, como se demostró palmariamente durante, el movimiento de Octubre. No solamente se sintieron traicionados los campesinos, los propios obreros de la ciudad vieron como un precedente fatal la forma en que fueron abandonados aquellos.

De manera, semejante, los socialistas propiciaron la derrota de otras huelgas obreras, principalmente la de Artes gráficas de Madrid. Las varias huelgas generales políticas que con éxito completo se declararon en la capital entre los meses de marzo y octubre, lo fueron casi a despecho de los socialistas, que resistieron hasta el último momento las proposiciones de la Izquierda Comunista. Cuando finalmente se velan obligados a aceptar la, declaración de huelga, lo hacían en su nombre, robando la iniciativa a la Alianza obrera, con el objeto de impedir que se convirtiese realmente en organismo dirigente y que las masas la consideraran como tal. Un robo semejante cometió la Comisión administrativa de la U.G.T. con ocasión del magnífico movimiento de solidaridad con los huelguistas de Zaragoza, que les dio rápidamente el triunfo. También esa iniciativa fue presentada a la Alianza por el delegado de la Izquierda Comunista. Tras muchos regates por parte de los socialistas, fue aceptada, pero al día siguiente apareció en El Socialistacorno propuesta privativa de la U.G.T. En toda esa miserable y desleal actitud se veía la intención deliberada de reducir a ficción burocrática el frente único, de cortar el desarrollo de las Alianzas obreras en organismos de poder revolucionario, y de limitar el movimiento de masas a las conveniencias de los socialistas, es decir, a su vuelta a la colaboración gubernamental.

Octubre lo puso bien de manifiesto. El Partido socialista, y Largo Caballero personalmente, habían anunciado la insurrección si el presidente de la República daba acceso al gobierno a los representantes de Gil Robles. Esa condicionalidad prueba cuan lejos estaban sus patrocinadores de un verdadero criterio revolucionario y de pensar firmemente en la insurrección, que no admite más condición que las necesidades mismas de la revolución. Como lo había anunciado el delegado de la Izquierda Comunista en la Alianza de Madrid, la derrota de los campesinos envalentonó a la reacción, la convenció aun mas de la impotencia revolucionaria de los socialistas, y marcó una evolución del poder a la derecha. Retirada la marioneta Samper, Alcalá Zamora llamó nuevamente a Lerroux, introduciendo en el gobierno varios representantes, de Gil Robles.

La noticia se conoció, en la tarde del día 4 de Octubre. Según la solemne promesa socialista, la entrada de los filofascistas en el gobierno significaba, automáticamente, la insurrección. Tanto la masa proletaria de Madrid como la de todas las ciudades importantes del país creyó firmemente que se trataba de la lucha armada. Las huelgas políticas anteriores habían mantenido un gran espíritu de lucha y de confianza en la victoria. Al conocerse la composición del nuevo gobierno, la huelga general se produjo espontáneamente. Cayendo el día, varias decenas de millares de trabajadores invadían las calles de Madrid esperando la señal del combate, 'decididos a batirse hasta la muerte, confiantes en que se les distribuiría un mínimo de armas indispensable para lanzarse al ataque de los cuarteles, de correos, telégrafos, ministerios y demás centros vitales. El gobierno mismo se sintió aterrorizado y paralizado por la inmensa masa que invadía las calles. Los guardias de asalto y civiles, armados incluso de ametralladoras, pasaban junto a los grupos obreros sin atreverse a disolverlos ni registrarlos siquiera. Los suponían armados y no osaban hostilizarlos. En realidad, los obreros no disponían sino de escasas pistolas viejas, punto menos que inutilizables. El Partido socialista, que meses antes había alborotado mas y mejor en torno a las armas, no distribuyó sino muy contadas pistolas y fusiles a pequeños grupos que nada serio podían intentar con ellas. Los grupos, o mejor dicho, los individuos así armados, se limitaron a hostilizar a la fuerza pública, a paquear diseminados por los tejados, lejos de toda intención ofensiva o insurreccional. Ya estaba bastante avanzada la noche, cuando se conoció la decisión del Partido socialista. Sus olímpicas baladronadas conspirativas y sus promesa de desencadenar la revolución se redujeron a esta orden: huelga general pacífica, hasta que el presidente de la República fuerce la dimisión del gobierno. Pero esta vez, el Partido socialista daba la orden en nombre de la Alianza obrera. Al fin se descubría lo que los socialistas entendían por Alianza obrera: un parapeto tras el cual descargar responsabilidades jurídicas si acaso se iba mas allá de la oposición política, permitida por las leyes burguesas. Pero la Alianza de Madrid no se reunió ni una sola vez durante las nueve jornadas de Octubre. A las reuniones convocadas se presentó, sólo, el representante de la Izquierda Comunista, la organización trotzkista.

Lanzadas a la calle en espera de acciones decisivas, las masas obreras no daban crédito a lo que veían y oían. Durante la noche nada ocurrió, salvo algún tiroteo sin importancia. Concentraciones de varios miles de obreros, totalmente desarmadas, habían intentado asaltar algunos cuarteles. Las ametralladoras los dispersaron rápidamente. Al día siguiente las masas volvieron a inundar las calles, buscando noticias, esperando aun armas y órdenes de lucha, pensando, para no considerarse todavía traicionadas, que la orden del día anterior y la falta de acción eran un ardid de guerra de los que tanto se habían vanagloriado los socialistas. La actitud de la fuerzas policiales las hizo caer pronto de su ilusión. Debilidades, y temores de la víspera habían desaparecido en las fuerzas gubernamentales, que ahora se mostraban insolentes, brutales, agresivas. El gobierno se sentía mas firme, evidentemente. Estaba ya seguro de dominar la situación en Madrid. Las amenazas y conspiraciones socialistas se terminaban, en fin de cuentas, con una deserción vergonzosa, en medio de condiciones excelentes para presentar al gobierno batalla en toda regla. No le faltaban al Partido socialista las armas mínimas indispensables; la asistencia de las masas no podía ser mayor. Con todo ello no supo, ni quiso, hacer mas que una prolongada huelga de nueve días, alborotada con un paqueo estéril que recomenzaba todas las tardes. El misterioso plan conspirativo que debía dar el triunfo, el que tanto utilizaron para contener el movimiento revolucionario en los meses anteriores e impedir su desarrollo dialéctico, no apareció por ninguna parte. Ni podía aparecer, porque no existía. Lo único conspirativo en la tramoya da la radicalización socialista era el pánico ante la eventualidad da tener que poner por obra las palabras. Esa conspiración si que apareció en Octubre claramente y por todas partes.

En Cataluña, el gobierno de la Generalidad, que se había aventurado a proclamar la soñada república catalana, capitulaba rápidamente ante las tropas gubernamentales, sin tratar de movilizar sus importantes recursos. Su resistencia simbólica se satisfizo con cuatro cañonazos y bandera blanca. Ni siquiera se dio a los soldados, una vez fuera de los cuarteles, la oportunidad de volver sus armas contra el gobierno, en lo que había no pocas posibilidades de éxito. La Alianza obrera local, fundamentalmente dirigida por un antepasado del P.O.U.M., el Bloque Obrero y Campesino, habla sido incapaz de practicar una política que indujese los anarquistas a aceptar el frente único. Utilizó la Alianza como instrumento contra la C.N.T., en lugar de utilizarla para atraérsela y vencer su apoliticismo. El resultado fue la desorganización y la división del proletariado catalán. Imitando desde otro plano a la Generalidad, la Alianza catalana se limitó a organizar una manifestación de petición simbólica de armas a la Generalidad, y viendo que ésta, no se las daba, disolvió la manifestación y dio por terminada su acción. Era criterio de los dirigentes aliancistas que nada podía intentarse sin la Generalidad. En esa idea estaba, de antemano, contenida la derrota.

Solo en Asturias tomó el movimiento de Octubre un verdadero carácter insurreccional. ¿Por iniciativa del Partido socialista, o porque las condiciones particulares de la región permitiesen a los mineros pasar a la acción antes de que los altos dirigentes pudieran contrarrestarla? Estoy firmemente convencido de lo segundo. En el libro a que me he referido creo demostrarlo detalladamente. En los límites de éste artículo no cabe sino citar los hechos mas salientes que en tal sentido me persuaden:

  1. Los mineros disponían de algunas armas y de abundante dinamita, tomada en las propias, minas. Sabían manipularla perfectamente como arma de guerra.
  2. Los dirigentes medios e inferiores del socialismo asturiano, directamente en contacto con los mineros y mineros ellos mismos a menudo, eran de los más revolucionarios del Partido socialista español. Esos hombres tomaban la radicalización y la marcha hacia la dictadura del proletariado en serio, y no como maniobra política.
  3. El movimiento insurreccional comenzó en Asturias precisamente en la periferia, donde la decisión pertenecía a los dirigentes bajos y medios. Mientras que en la capital de la provincia, Oviedo, sede del Comité regional se produjo, como en Madrid, sólo una huelga pacifica. Fueron los mineros quienes, concentrándose en torno a Oviedo, tomaron la ciudad por asalto.
  4. Finalmente, el carácter no insurreccional del movimiento en Madrid y el resto de España obliga a creer que lo de Asturias se produjo contra la voluntad de la alta dirección socialista, tanto nacional como regional. No es concebible que se diera una orden de insurrección para Asturias y otra de huelga pacífica para el resto del país. Y repitámoslo, quienes hayan vivido las jornadas de Octubre en Madrid no podrán negar de buena fe que existieron posibilidades de insurrección y de triunfo de la misma. No hubo allí insurrección porque la dirección del movimiento no lo quiso, porque desertó de las masas en el momento requerido. La insurrección de Asturias fue, con toda seguridad, una sorpresa para los altos dirigentes socialistas.

Los mineros se les desmandaron. Bien provistos de dinamita, al conocer la orden de huelga general y la composición del nuevo gobierno, se lanzaron sobre los cuarteles de la guardia civil y los tomaron casi todos. Los burócratas socialistas asturianos, los Belarmino Tomás, González Peña, etc. tenían que aceptar el hecho consumado; ¿no estaban los mineros allí, frente a ellos, cercando Oviedo?

La Alianza obrera asturiana, a pesar de ser la mejor constituida, debido a la participación de los anarquistas, mostró también su inadaptación como organismo dé poder obrero e incluso como centro director insurreccional. En el transcurso de la lucha, la primitiva Alianza, que junto con numerosos comités se dio a la fuga, hubo de ser substituida por otra. El modo de representación era mucho mas democrático y los representantes mucho mas cerca de las masas que los bonzos socialistas que constituían la anterior. Las necesidades de la lucha indicaban el sentido en que tenían que ser modificadas las Alianzas. Tal cual los socialistas se habían esforzado en conservarlas eran apretados nudos burocráticos que paralizaban la iniciativa de las masas en lugar de darle curso organizado.

G. Munis. «Octubre Rojo en el proceso de la revolución española», 1943

Y es que de hecho, las Alianzas Obreras, desmintiendo las aspiraciones de los internacionalistas españoles, nunca llegan ni a acercarse a ser soviets. Actuar desde ellas frente al conjunto de la clase es actuar desde fuera aceptando en el mejor de los casos el filtro esterilizador de los popes socialistas (Asturias) y en el peor (Cataluña) la supeditación a las memeces de la pequeña burguesía y su Generalitat. La conclusión que saca Trotski es que si en algún lugar el giro francés tenía sentido era precisamente en España.

Por nuestra parte, lo repetiremos siempre: el mayor de los errores cometidos por cualquiera de las secciones ha sido el de la sección española que no supo entrar a tiempo en el Partido Socialista, en el comienzo de la lucha armada.

Trotski, 28 de febrero de 1935

El eje Andrade-Nin va por el camino opuesto. Ya en 1933, para escándalo de Trotski y la naciente minoría de la ICE, el Comité Central -ya atornillado en Barcelona- anuncia su participación en el Congreso del Frente Único Antifascista organizado por el PCE. El tal congreso nunca llegó a realizarse pero apuntaba a lo que vendría después: el Frente Popular. Desde el traslado del CC a Barcelona, Nin maneja la organización sin problemas. El debate interno está muy acallado, el debate internacional no llega a los militantes y el relato de la situación catalana y del papel BOC de va blanqueando a pesar de alguna admonición.

La radicalización de las bases del PSOE se percibe incluso entre las filas de los seguidores de Nin y Andrade, pero en realidad, les piden que se desgajen del viejo partido por sí mismos:

Esa tendencia sincera que se aprecia en un gran sector del PS, tiene que concretarse lógicamente en algo positivo y distinto de su organización para que sea eficaz. Sus energías y sus esperanzas deben ser orientadas en otra dirección.

José Luís Arenillas. La crisis del partido socialista español, 1934.

Según el argumento de Andrade, la necesidad para la clase de dotarse de una dirección revolucionaria es justo lo opuesto a integrarse en el PSOE... o en cualquier otra organización.

El futuro reside en el frente único, pero también en la independencia orgánica de la vanguardia del proletariado. De ninguna manera, por un utilitarismo circunstancial, podemos fundirnos con un conglomerado amorfo, llamado a romperse al primer contacto con la realidad. Por triste y penoso que nos resulte, estamos dispuestos a mantenernos en estas posiciones de principio que hemos aprendido de nuestro jefe, aun a riesgo de tener que andar parte de nuestro camino hacia el triunfo separados de él.

Comunismo, 1934.

Y así, en 1935, en un momento de retroceso de la lucha y por lo mismo, crítico, la ICE rompe con la disciplina de la Oposición Internacional y se disuelve en el BOC para formar el POUM. El BOC tenía todos los contras del PSOE y al menos tres más: su nacionalismo, la limitación de su ámbito geográfico, y el que a pesar de diluir 10 a 1 a los miembros de la ICE, no les daba a estos posibilidades reales de influir en la masa alguna pues solo tenía 5.000 miembros. Sin embargo tenía tres grandes atractivos burocráticos para poner el valor el accionar de Nin desde 1931: mantenía intactas las organizaciones locales -siendo el BOC catalán y estando la ICE voluntariamente atrofiada en Cataluña, no se solapaban-; a pesar de lo cual los respectivos comités centrales ya estaban en Barcelona; y la intimidad de Nin con Maurín permitió que el trámite del programa común se solventara sin mayores problemas.

Ante una disolución disfrazada de fusión, la ruptura de la minoría era inevitable.

Estimados camaradas:

Os suponemos enterados ya de nuestra decisión de darnos de baja de la Izquierda Comunista, pero si no lo estáis sirva esta como comunicado oficial.

Hemos agotado todos los recursos de persuasión para evitar que os metierais en un callejón sin salida; hemos hecho todo lo posible para no envenenar la discusión con cuestiones personales, a fin de que a todos les fuera fácil venir a la posición justa, pero hemos llegado a la conclusión de la inutilidad de nuestros esfuerzos. Se ha cumplido el peor de nuestros temores: que la organización en lugar de reaccionar con audacia y arrostrar todos los riesgos de una situación difícil, vacila, se cruza de brazos y se sienta, prefiriendo caer en la pasividad sectaria antes que moverse políticamente. Alentar estas vacilaciones con un concepto sentimental de la unidad e invocando una disciplina artificial, sería un crimen.

Al darnos de baja, esperamos que los que estén de acuerdo con nosotros tengan la suficiente energía para decidirse, y así podremos reorganizar nuestro movimiento ideológico sobre nuevas bases.

No deja de apenarnos que una organización que se creía revolucionaria haya dado muestras bochornosas de indecisión en una situación difícil. ¿Para qué queremos todo nuestro temple ideológico, sino para arrostrar las grandes situaciones?

La solución última de convertirnos en prolongación del Bloque Obrero y Campesino, que como realidad nacional no existe, nos parece un disfraz lamentabilísimo de la vacilación. Ya nadie se atreve a sostener nuestra organización independiente, pero como nadie tampoco se atreve a moverse en el sentido necesario, se quedan en la misma posición, queriendo escamotear ante sí mismo y ante los demás el gran problema con un simple cambio de nombre. Es decir pasando a llamarse prolongación del nuevo partido catalán o BOC, en lugar de Izquierda Comunista.

Nosotros en este caso nos decidimos por la ruptura, sin la menor acritud, en la seguridad de que la decisión de unos pocos será la que salve la indecisión de los demás y en la seguridad también de que pronto estaremos de nuevo colaborando unidos.

Cordiales saludos comunistas.

Esteban Bilbao, Fersen, G. Munis, Alfonso G. Rodríguez, Antonino Alvarez, Gil Chaves, Esteban Barrios, Jesús Blanco.

La respuesta de Nin es escribir al Secretariado Internacional de la Oposición Internacional exigiendo sanciones contra Fersen por romper la disciplina de la organización. La respuesta del SI, está firmada por Martín (A. Leonetti), fundador del PC italiano y primer editor de l'Unitá que, por cierto, era contrario al entrismo. Leonetti le comienza recordando a Nin que quien ha roto la disciplina es él y le pide una reconsideración de la fusión.

La cuestión de la «disciplina de organización». Decís que la organización ha rechazado las dos proposiciones y se ha pronunciado por el punto de vista del BOC. Hay que deplorar una decisión semejante de la organización; pero sabéis tan bien como nosotros que, si existe una disciplina nacional de organización, también existe una disciplina internacional de organización; en nuestra opinión, vuestra organización debería discutir de nuevo esta cuestión, volver a tomar de nuevo total independencia respecto al BOC y hacernos conocer vuestra decisión. El futuro de vuestra organización depende enteramente de esto.

Asunto Fersen. No tenemos ningún contacto con estos camaradas, así pues no hemos podido tocarles para influir en ellos en uno u otro sentido. Estamos contrariados por el hecho de que hayan actuado por propia disciplina, sin llegar, en primer lugar, a un acuerdo con la organización internacional y el SI. Pero no podemos asumir la responsabilidad de ningún tipo de sanción contra ellos. El prestigio y la autoridad de nuestra organización deben establecerse por medio de una política clara, firme y correcta. Si por una parte, habéis llegado tan lejos como para buscar la fusión con el Partit Català Proletari, no podéis negaros a colaborar con estos camaradas que están tan próximos a vosotros y se proclaman de vuestras ideas. Si pensáis que esto puede ser útil, podéis invitar al camarada Fersen y a los demás a tomar contacto con nosotros, para que podamos invitarles a trabajar en común con la organización, tal y como había hecho hasta ahora.

La respuesta de Nin, que marca la ruptura de la mayoría con la organización internacional, está llena de insolencias infantiles y mezquindades variadas, entre las que no deja oportunidad de intentar manchar a la minoría del mismo modo que ya había hecho con García Lavid año y pico antes.

Para acabar, una palabra sobre el asunto Fersen. Su salida no ha tenido la menor repercusión en nuestra organización, que unánimemente ha condenado su conducta; su influencia es nula. Por otra parte, tenemos razones para sospechar que él y los camaradas que le han seguido han actuado más por motivos pragmáticos que idealistas. Además, a pesar de sus esfuerzos no han sido capaces de obligar al Partido Socialista a admitirles en sus filas. Si queréis guardar contacto con ellos es asunto vuestro, nuestra organización no está en absoluto interesada. Faltos de tiempo, no podemos enviaros las informaciones que pedís. Por otro lado, dada vuestra incomprensión de base en los asuntos españoles no creemos que os fuesen útiles.

Nin por el CEN de la ICE

En realidad, el nuevo POUM de Andrade, Nin y Maurín van de cabeza al Frente Popular que el stalinismo está levantando como bandera ese mismo año tras el VII Congreso de la Komintern; como cuenta el propio Andrade casi medio siglo más tarde:

A mediados de 1935, se celebró en Moscú el VII Congreso de la Internacional Comunista. Fue el de la culminación del proceso de degeneración del comunismo oficial internacional, el gran viraje hacia la táctica de los Frentes Populares. Dimitrov propuso modificar la táctica y hasta la estrategia de los PC. Era necesario establecer un sistema flexible de alianza, no solo con los Partidos Socialistas y las otras organizaciones obreras, sino también con los partidos democráticos de la burguesía. Era preciso luchar por la democracia en general y por los intereses nacionales de cada país. Los comunistas empezaron a aplicarse desde entonces el título de patriotas y no de revolucionarios.

Naturalmente, el PC español emprendió en seguida su transformación de lobo ultrarrevolucionario en pacífica oveja democrática, y sincronizó su acción en virtud de orden. Inmediatamente de conocidos los acuerdos de Mosccú, el Buró Político español dirigió una carta al Partido Socialista proponiendo: realizar la unidad sindical mediante el ingreso de la CGTU (creación artificial del PC) en la UGT, desarrollar las AO, crear el Bloque Popular, marchar hacia la unidad orgánica de los dos partidos. Se renunciaba al Frente Único de los Trabajadores por el Frente Popular.(…)

Se hizo de Largo Caballero el «Lenin español», el jefe de la inminente revolución. Eran conocidos los defectos de vanidad del viejo jefe socialdemócrata, y se trataa de halagarlo para que realizase la política definida por Dimitrov. La política del Frente Popular no podía encontrar entonces una gran hostilidad por parte del Partido Socialista porque no era más que practicar la misma táctica que había practicado desde la proclamación de la República: prestar la colaboración de las masas obreras y campesinas para realizar la política de la burguesía democrática.

Juan Andrade. Apuntes para la historia del PCE, 1981

Pero en 1935 es el propio Andrade quien firma la entrada del POUM en el Frente Popular. La indignación en la minoria y en la organización internacional es inmensa.

Juan Andrade me ha dirigido su libro dos veces, las dos veces con dedicatorias muy calurosas, en las que me llamaba su «jefe y maestro». Este gesto, que en otras circunstancias seguramente no hubiera podido más que alegrarme, me obliga ahora a declarar con tanta mayor firmeza que no he enseñado nunca, jamás he enseñado a nadie, la traición política. Y la conducta de Andrade no es otra cosa que una traición al proletariado en provecho de una alianza con la burguesía.

León Trotski, «La traición del POUM español», 22 de enero de 1936

La revolución española se ha desarrollado con un ritmo muy lento. Los revolucionarios se han beneficiado así de un plazo relativamente importante para reunir alrededor de ellos a la vanguardia a fin de estar a la altura de sus tareas en el momento decisivo. Hoy, debemos decir abiertamente que los «comunistas de izquierda» españoles han dejado pasar completamente este plazo muy favorable y que no se han mostrado en nada mejores a los traidores socialistas y «comunistas». ¡Sin embargo no les habla faltado advertencias! Tanto más grande es la responsabilidad de un Andrés Nin, o de un Andrade. Con una política justa, la izquierda comunista hubiera podido encontrarse hoy, como sección de la IVª Internacional, a la cabeza del proletariado español. En lugar de ello, vegeta en la organización confusionista de un Maurin, sin programa, sin perspectivas, sin ninguna importancia política. La acción de los marxistas en España comienza por la condena del conjunto de la política de Andrés Nin y Andrade, que era y sigue siendo, no sólo errónea, sino criminal.

León Trotski. «¿Qué deben hacer los bolchevique-leninistas en España», 22 de abril de 1936

El BOC mientras tanto se había convertido en la mayor organización política comunista catalana. Programáticamente su trayectoria era una sucesión de desastres: desde el concepto mismo de un partido obrero y campesino a la idea de que las «agrupaciones obreras» del propio BOC podían sustituir a los soviets en una revolución, pasando por el apoyó a Macià y su actitud ante la insurrección de octubre de 34.

Al decir que la A.O. supeditó los intereses del movimiento revolucionario a los de la Generalidad, me apoyo en palabras de Joaquín Maurín, palabras que por ser posteriores a los acontecimientos tienen mayor significación reveladora. Maurín era el dirigente del Bloque Obrero y Campesino, partido el más fuerte de la A.O., y por consecuencia principalísimo inspirador de ésta. He aquí como, según él, se planteaba la A.O., durante los días culminantes, 4, 5 y 6 de Octubre, el problema del movimiento revolucionario en sus relaciones con el conflicto entre los gobiernos Lerroux-Gil Robles y Companys-Dencás:

La Generalidad tiene en sus manos, pues, la posibilidad de que la contrarrevolución quede estrellada. El éxito o el fracaso depende de la Generalidad, a quien se le presenta el siguiente dilema: rebelarse y luchar hasta vencer, o someterse y ser triturada en unas horas o en unos días. La Generalidad pequeño-burguesa y con ella el Estatuto de Cataluña sólo tienen una perspectiva de salvación: ponerse a marchar hacia adelante con todas las consecuencias. Es muy probable que la Generalidad tema las derivaciones que pueda adquirir el movimiento insurreccional, que la pequeña burguesía desconfíe de las masas trabajadoras. Hay que procurar, en lo posible, que este temor no surja para lo cual el movimiento obrero se colocará al lado de la Generalidad para presionarla y prometerle ayuda sin ponerse delante de ella, sin aventajarla en los primeros momentos. Lo que interesa es que la insurrección comience y que la pequeña burguesía con sus fuerzas armadas no tenga tiempo para retroceder. Después ya veremos.

Joaquín Maurín. «Hacia la segunda revolución», págs. 124 y 125. Subrayados de G. Munis.

Ese era el guión de conducta de la A.O., la noche del 4 de Octubre, mientras el movimiento se iniciaba en todo el país. Siguiéndolo, la A.O. cortaba sus grandes posibilidades de acción, reduciéndose al pobre papel de reflejo radicalizante de la Generalidad. ¿Qué movimiento revolucionario victorioso puede haber cuando los dichos representantes obreros empiezan por admitir que la iniciativa y la decisión dependan no del proletariado, sino de las querellas secundarias de una parte de la burguesía contra otra?

Burguesa, plenamente burguesa, más que pequeñoburguesa como pretende Maurín, era la Generalidad. Partir de la premisa: «La Generalidad tiene en sus manos, pues, la posibilidad de que la contrarrevolución quede estrellada», equivalía a proclamar: «el proletariado es impotente sin el patronato de la burguesía regional, grande o pequeña». La A.O. se basaba en ideas rechazadas por el movimiento revolucionario internacional desde la experiencia rusa de 1905. Simultáneamente, las reivindicaciones específicamente obreras dejaron de existir, poniendo por centro de gravitación del movimiento, la sola reivindicación de supervivencia del gobierno regional. La A.O. no concebía los acontecimientos que se le venían encima como un movimiento esencialmente obrero, que debía buscar el apoyo de la pequeña burguesía regional, sino a la inversa, un movimiento de ésta, al que la Alianza otorgaba el apoyo del proletariado y los campesinos. Maurín mismo lo admite en la misma página del libro citado:

Si bien es cierto que un movimiento insurreccional exclusivo de la clase trabajadora no podía triunfar en Cataluña, porque no estaban cumplidas las premisas fundamentales, si se produce, transitoriamente, un bloque revolucionario de obreros, campesinos y pequeña-burguesía con un gobierno de la Generalidad, la insurrección tiene casi absoluta seguridad de triunfar, porque la Generalidad cuenta con la organización militar: 3.000 policías armados…

Maurín hubiera escrito más claramente diciendo un bloque de pequeña-burguesía, obreros y campesinos, porque lo único que trata de justificar con tal análisis es la imposibilidad de una acción obrera independiente —absolutamente indispensable inclusive si no podía salir de ella la dictadura del proletariado— y la necesidad de supeditarse a la Generalidad. El eje debía de ser la pequeña-burguesía nacionalista. Mal análisis; consecuencias peores.

El problema regionalista tendió una espesa cortina de humo entre la A.O. catalana y el movimiento revolucionario español. El razonamiento que Maurín nos refiere prescinde por completo del proletariado español. Lo único que existe es Cataluña y la Generalidad; el resto de la península sólo es caracterizado por la presencia de un gobierno central ávido de aniquilar al regional. Esta miopía localista ha sido un grave defecto permanente del Bloque, y más tarde del P.O.U.M., origen de sus peores errores. Pero el límite de la existencia no termina con el radio visual de los miopes.

G.Munis. Jalones de derrota, promesas de victoria, 1947.

La debilidad de la A.O. catalana frente a la Generalitat y la pequeña burguesía catalanista se vestía con el argumentario de la autodeterminación nacional. Hay que decir que la sucesión de despropósitos sobre la cuestión nacional de los grupos comunistas españoles partía de un listón muy alto: el PCE de Bullejos reivindicaba al proclamarse la República, la autodeterminación e independencia inmediata de Euskadi, Galicia y Cataluña. Y, paradójicamente, mientras la Izquierda Comunista Argentina, resultado directo de la influencia de la ICE, tomaba una posición clara sobre el significado de la liberación nacional, en España el prestigio del pasado moscovita de Nin conseguía hacer pasar una y otra vez, aunque cada vez con más reticencias, sus tesis sobre la cuestión nacional en las conferencias de la ICE. Pero el BOC se pasaba incluso desde la perspectiva de Nin, que en 1933, desde las páginas de «Comunismo», auguraba al BOC que su catalanismo le destinaba a

convertirse definitivamente en una extrema izquierda pequeñoburguesa, sucesora de la izquierda de Macià y, como ésta, destinada a fracasar ruidosamente tras un período -inevitable- de grandes y rápidos progresos

La verdad es que tanto la FCCb como el BOC que la prolongaba eran, organizaciones de un oportunismo inveterado y un nivel teórico bajísimo, unidas por el chovinismo y el culto al líder local.

El BOC, principalmente su jefe de hecho, buscaba también una táctica que le procurase la realización de los mismos propósitos de una mayor audiencia nacional entre la clase obrera y le permitiera transformarse en un partido nacional, ibérico y no solamente catalán como había sido hasta entonces. A pesar de que había tenido casi el mismo origen que nosotros, o sea que procedía de una escisión con el Partido Comunista, había bastante que nos separaba de él por nuestra formación, educación teórica y concepción táctica diferentes y sobre todo en el pensamiento político, como se había manifestado a través de una dura polémica (…) considerábamos al BOC como una especie de federación de grupos de amigos, que tenía como norte de orientación política únicamente las «genialidades» de su jefe.

El BOC sufría una grave crisis interna, algunos dirigentes y militantes obreros lo abandonaban para ingresar en el PC y someterse al stalinismo, por lo que estimamos que para garantizar la existencia de una fuerza independiente de la socialdemocracia y del comunismo oficial con voz y voto ante la situación, la fusión entre las dos organizaciones se imponían. Considerábamos que aunque se resentía el BOC de un cierto espíritu de frivolidad y de culto al jefe, y que padecía de muchos resabios de nacionalismo catalán, lo que nos era completamente ajeno, un nuevo partido de carácter nacional surgido de la fusión, con perspectivas de extensión a todas las regiones y sin que la mentalidad catalanista del BOC hiciera gran peso, terminaría por imponerse como la necesaria organización revolucionaria española, y haría prevalecer finalmente la claridad política que faltase al comienzo.

Juan Andrade. Prefacio a «Los problemas de la Revolución española» de Andrés Nin, 1971.

Y es que, en realidad Nin, Andrade y demás dirigentes de la mayoría nunca estuvieron confundidos sobre el BOC y Maurín, fueron simple y llanamente oportunistas. La mayoría de la ICE, que voluntariamente había renunciado a desarrollarse en Cataluña, confiaba en corregir su rumbo apoyándose precisamente en lo que hacía del BOC un cuerpo muerto desde el punto de vista de clase: su dependencia absoluta de un líder falto de discurso y táctica.

La insurrección obrera del 19 de julio de 1936 que frustra el golpe de estado militar del día anterior, encuentra al POUM en plena campaña de afiliciaciones y a la minoría de la ICE preparando la constitución de un grupo de la Oposición Internacional en torno a G. Munis.

Lo que es cierto es que en la estrategia de guerra de clases con la que los militares condujeron la guerra que comenzaba, las plazas fuertes de la ICE se convierten en objetivo prioritario por ser los principales focos insurreccionales. El resultado es que en los primeros días de guerra la composición del POUM lo reduce prácticamente al BOC.

Un ejemplo nos lo da el radio de Llerena. Tras la fusión con el BOC los llerenenses, se han convertido en la segunda sección local más numerosa del POUM, solo superada por Barcelona. Podríamos discutir hasta qué punto la política centrista del nuevo partido debilitó su capacidad de organización y respuesta. Aunque algunos consiguieron llegar a la defensa de Badajoz, la mayoría de los antiguos militantes de la ICE, en ese momento convertidos en poumistas casi todos, fueron asesinados en la brutal represión y las matanzas que siguieron a la caída de Sevilla. Solo entre la plaza y el cementerio de Llerena capital se contaron 200 militantes fusilados. Siem que estaba organizando el POUM en Santiago de Compostela sería apresado y asesinado por los franquistas allí. Félix Galán es fusilado en la plaza y Pablo Grandizo, impresor de casi todo lo publicado por la ICE, en las puertas del cementerio como José Martín. Solo se salva Munis, que en ese momento estaba en México de donde volvería con el primer cargamento de armas para la insurrección obrera.

Las escasas posibilidades del POUM para evolucionar desde el centrismo a posiciones de clase, han sido en lo fundamental truncadas en un nuevo momento álgido de la Revolución española.

Desde los primeros momentos de la sublevación militar del 18 de julio de 1936 se produjo una decantación de las fuerzas políticas. El PCE y el PSOE fueron los primeros en cerrar filas con el estado y el gobierno republicanos.

El momento es difícil pero no desesperado. El gobierno está seguro de que posee los medios suficientes para aplastar esta tentativa criminal. En caso de que sus medios fuesen insuficientes, la República cuenta con la promesa solemne del Frente Popular. Está dispuesto a intervenir en la lucha a partir del momento en que se reclame su ayuda. El gobierno manda y el Frente Popular obedece.

Nota conjunta PSOE-PCE, 19 de julio de 1936

Pero lo que estaba pasando tenía una naturaleza muy distinta. El 19 de julio, en todo el país los trabajadores se levantan y enfrentan directamente a los golpistas. El estado republicano colapsa en la mayor parte de la «España republicana». El tapón del Frente Popular se disuelve como un azucarillo ante el empuje de la clase. El ejército es derrotado en prácticamente todo el país.

Con la Revolución afirmándose, lo que queda del estado y la burguesía intentan reunir fuerzas formando un gobierno alrededor de Martínez Barrio, alentado por el Frente Popular, que ofrece capitular a los golpistas.

Desde días antes, las masas, movilizadas espontáneamente, por iniciativa de la C.N.T., de militantes medios socialistas y stalinistas, y por otras organizaciones pequeñas, eran materialmente dueñas de la calle en las principales ciudades. El poder real había quedado polarizado en las masas y en los cuarteles. El choque era inevitable. Apenas notificada por la radio la constitución del nuevo Gobierno, estalló en violentas manifestaciones una explosión de cólera, al grito de ¡Abajo Martínez Barrio! Los propios partidos socialistas y stalinista hubieron de acceder al deseo de las masas, y secundar, como partidos, las manifestaciones. Así, humillantemente repudiada por la reacción, ante cuya espada se inclinaba, combatida e injuriada por las masas, la intentona capituladora de Martínez Barrio quedó ahogada en el seno del frente popular que la alentó. La situación no admitía medias tintas. Para someter a las masas desbordadas, al Gobierno le hacía falta la misma fuerza militar que se sublevaba contra las masas y contra el Gobierno; para someter a los militares era preciso armar las masas. (…)

Fracasada la conciliación, nada podía evitar que las masas se armaran y arremetieran contra los militares. Al contrario, los propios partidos obreros del frente popular tenían que correr de la cola a la cabeza de las masas, para no ser desarticulados ellos mismos, y para que el armamento quedara bajo su deletéreo control, en la medida de lo posible.

G.Munis. Jalones de derrota promesa de victoria, 1948

La clase colectiviza fábricas y campos y enfrenta al fascismo con sus milicias, el país se llena de comités que toman de facto el poder local y de la producción. Pero confundida por la CNT y el peso del anarquismo, ausente una organización política de dimensiones y trayectoria suficiente, la miriada de comités no se centraliza, no afirma un poder de clase, e inevitablemente... las estructuras del Estado descubren una inesperada tregua a partir de la que reconstituirse. Especialmente desde la Generalitat.

Las masas, aunque rechazadas continuamente por el FP, estaban decididas a disputar el terreno a la reacción. Armándose a despecho del Gobierno, vencieron a los militares en la mayoría del territorio. Desde luego, dondequiera pudieron conquistar, en el momento preciso, un mínimo de armas. El resultado de las jornadas del 19 de Julio y siguientes, fue la destrucción casi completa del Estado burgués. El Gobierno, llamado legal -o los Gobiernos, teniendo en cuenta el de Cataluña y más tarde el de Euzkadi- no representaban nada ni poseían apenas poder real. La derrota de los cuerpos armados burgueses a manos del proletariado y los campesinos, llevaba automáticamente aparejada la desaparición del Estado burgués. Formidable revelación de lo que es el Estado burgués en épocas revolucionarias. Desarmando a sus cuerpos coercitivos, la burguesía desaparece.

Paralelamente, toda España quedó tachonada de Comités formados por obreros, campesinos y milicianos, que ejercían el poder político, ejecutaban justicia contra los reaccionarios, expropiaban a la burguesía, patrullaban calles y carreteras. Cualquiera de estos Comités tenía más poder real que el famoso Gobierno legal del Frente Popular. Porque no hay más legalidad que la sancionada por los acontecimientos históricos. La falacia de la teoría democrático-burguesa sustentada por el FP, aparecía con toda claridad. El proceso histórico -sin que ningún factor consciente le ayudara, insistamos- destruía el estado burgués, creando simultáneamente las células de un nuevo Estado proletario. El Frente Popular fue sorprendido en infragante delito de acción anti-histórica. Y todo lo anti- histórico, en mayor o menor grado, es contrarrevolucionario.

En diversas ocasiones, el autor de este artículo ha calificado la situación resultante de las jornadas de Julio de atomización del poder. Me parece más adecuada, para la situación de España, que la conocida de dualidad de poderes, heredada de la revolución rusa. Esta supone la existencia de dos poderes que se disputan respectivamente el poder total. Muy otra cosa ocurría en España. El poder burgués, pese a su supervivencia formal, carecía de poder efectivo, a pesar de que los partidos stalinista y socialista proclamaban a los cuatro vientos: El Gobierno manda, el Frente Popular obedece. Así era en efecto, con la salvedad de que al FP no le obedecían las masas, ni siquiera la mayoría de los militantes de sus propios partidos. En cambio, a los comités constituidos por las masas les faltó coordinación y capacidad colectiva para reclamar todo el poder para sí y apoderarse de él. Cada Comité era un pequeño Gobierno, un minúsculo Estado obrero dentro de su radio de acción. El poder que perdió el gobierno burgués del FP, lo tenían, distribuido desigualmente entre sí, los Comités. De ahí deduzco, que para caracterizar más exactamente la situación en las semanas siguientes al 19 de Julio, es preciso definirla como atomización del poder en manos del proletariado y los campesinos. Estos tenían plena conciencia de su poder local, aunque les faltara conciencia de la necesidad de coordinar su poder nacionalmente. Por su parte, durante las primeras semanas, al gobierno burgués le faltó capacidad y voluntad de lucha contra el naciente poder obrero. De dualidad no puede hablarse sino hasta después, cuando el Gobierno del FP vuelve en sí, se da cuenta de que vive, reagrupa en su torno a las fuerzas armadas de que puede disponer y empieza a disputarle el poder a los Comités del proletariado y los campesinos.

G. Munis. «Significado histórico del 19 de julio», 1938

El PCE, en continuidad con la línea trazada desde Moscú trata de defender el estado republicano no solo contra el fascismo, también contra las colectivizaciones. El resultado es que el PCE, beneficiario además de la ayuda soviética, se convierte en el nuevo partido del orden y multiplica su reclutamiento entre la pequeña burguesía. Como informa el dirigente del PCE Fernando Claudín:

A las filas del PCE acuden numerosos elementos pequeñoburgueses, atraídos por el renombre que adquiere el partido de defensor del orden, de la legalidad y de la pequeña propiedad. Y al PCE afluyen sobre todo – o se ponen bajo su dirección a través de la JSI- un gran contingente de la juventud no formada aun en los sindicatos y organizaciones obreras tradicionales.

El informe de José Díaz al CC en mayo del 37 arroja que frente a los 150.000 asalariados que encuadra el partido (y que incluyen además de obreros agrícolas e industriales, funcionarios y cuadros empresariales) existen ya más de 100.000 pequeños propietarios (profesionales y agricultores) junto a 20.000 mujeres de las que no figura adscripción social. Los testigos exteriores, vinculados al PCE en la época, refuerzan estos datos en sus testimonios.

El PC es hoy, en primer lugar, el partido del personal administrativo y militar, en segundo lugar el partido de la pequeña burguesía y de ciertos grupos campesinos acomodados, en tercer lugar el partido de los empleados públicos y solo en cuarto lugar el partido de los trabajadores.

Frank Burkenau. El reñidero español, 1971.

El análisis sociológico de la militancia refleja hasta qué punto la política frentepopulista y el partido correa de transmisión han conseguido atraer a unos sectores sociales cuyo objetivo es salvar el estado democrático republicano y no hacer la revolución socialista.

¿Qué ha pasado mientras tanto con el recién nacido POUM? Al producirse la sublevación militar Maurín está en Galicia, es capturado por los insurrectos y se le da por asesinado. Solo Nin tiene talla para asumir la Secretaría. El culto a la personalidad y la mentalidad bloquista es tan ridícula, tan antimarxista, que asume la «secretaría ejecutiva» porque la «secretaría general» pertenece ad eternum al -supuesto- muerto.

Desgraciadamente, la guerra civil estalló antes de que se hubiera establecido la soldadura interna en la concepción de los problemas de las dos organizaciones fusionadas. (…) La ausencia de su jefe Maurín, había creado entre los antiguos bloquistas un reflejo de defensa preventiva contra los dirigentes del partido procedentes de la ICE, en los que suponnían la intención de «apoderarse del POUM» y de «imponer el trotskismo». Por esta situación, Andrés Nin fue un secretario político disminuido en sus funciones, lo que le afectó dolorosamente durante el año de guerra civil que vivió, y contra cuyo estado de cosas yo estimaba que no quería ni acertaba a reaccionar resueltamente.

Juan Andrade. Prefacio a «Los problemas de la Revolución española» de Andrés Nin, 1971.

En Cataluña el POUM, que ya había entrado en el 36 en el pacto electoral del Frente Popular aduciendo que entraba para convertirlo en un frente único de partidos obreros, estaba colocándose al otro lado de la frontera de clase irremisiblemente. El propio Nin entró en el gobierno de la Generalitat durante la guerra, el mismo gobierno que sirvió de estructura base para la reconstitución del estado republicano y el aplastamiento de la autonomía obrera y sus colectivizaciones.

El P.O.U.M., rebotando del frente popular a la oposición y de la oposición al frente popular, carecía de línea política propia; se guarecía a la sombra sin contornos de la izquierda socialista, o a la sombra del anarco-sindicalismo, artificialmente alargada por el ocaso automático del sol capitalista. Resultado: en el momento de la insurrección militar, las organizaciones obreras, o bien sostenían con todas sus fuerzas el Estado capitalista, cual el reformismo y el stalinismo, o bien se acercaban a él, cual la C.N.T., la F.A.I. y el P.O.U.M. Pese a todo, el Estado y la sociedad capitalista, sin que nadie se lo propusiera deliberadamente, cayeron por tierra, desmoronados como consecuencia del triunfo obrero sobre la insurrección reaccionaria.

La teoría marxista que proclama la necesidad de destruir el Estado capitalista y de crear un Estado obrero basado en relaciones de producción y distribución socialistas de las clases productoras, en posesión de los instrumentos de trabajo, recibió en España, el 19 de Julio, la más brillante demostración. En la Rusia de 1917, el doble proceso social de destrucción del viejo Estado y creación del nuevo fue consciente y poderosamente auxiliado por el Partido bolchevique. Pero en España se consumó el mismo proceso no sólo sin auxilio de ninguna organización, sino con auxilios deliberadamente adversos por parte del reformismo y del stalinismo, inconscientemente adversos, aunque en menor grado, por parte del anarco-sindicalismo y del centrismo poumista. La prueba tiene un valor irrecusable y aleccionador para el proletariado mundial. De la colisión armada salía reforzado el Estado burgués allí donde triunfaban los militares; totalmente destrozado donde triunfaba el proletariado y rudimentariamente creados los organismos básicos de un nuevo Estado proletario. Por repercusión, el hecho constituye una acusación de criminalidad para los partidos obreros infeudados a la fórmula: ni revolución social ni fascismo, sino democracia burguesa. Pues si ésta hubiese representado, por poco que fuera, una verdadera necesidad de la evolución histórica, la derrota de los militares el 19 de Julio la habría confirmado vigorizando espontáneamente el parlamentarismo, el frente popular, y en general todas las instituciones del Estado burgués. La vida fantasmal a que todas ellas quedaron súbitamente reducidas demuestra el carácter anti-histórico, reaccionario de aquella fórmula, y por consecuencia de los partidos obreros que la hacían suya.

Anarquismo y poumismo, aunque no dejaron de conciliar con el frente popular, aparecían a la izquierda de él, encontrándose así en excelentes condiciones para asegurar a los Comités-gobierno la completa posesión del poder político. Por sí sola, la numerosa y excelente militancia anarquista habría garantizado fácilmente el éxito, si su espontánea actividad hacia la creación de un nuevo Estado no hubiese sido frenada y desviada hacia el Estado burgués por la propia dirección anarquista. Por su parte, El P.O.U.M., aunque incomparablemente menos influyente, contaba con recursos y fuerza numérica suficiente para conquistar la mayoría proletaria mediante una enérgica política revolucionaria, y frustrar la torva intención de stalinistas y reformistas. Pero ya se ha visto que desde la constitución del frente popular, en las organizaciones obreras no se divisaban más que los Kerensky; faltaban los Lenin y los Trotsky. En el momento en que el frente popular, con el Estado burgués, recibía un golpe mortal, cuando, señoreando las masas todas las relaciones sociales, podía ser rápidamente desarraigada la traicionera influencia del stalinismo y el reformismo, se suman a éstos el anarquismo y el poumismo, acceden a sus maniobras reaccionarias, les dan viabilidad, cortan a los Comités-gobierno el paso hacia el poder en escala nacional, y salvan al Estado burgués del tiro de gracia. Es el entrelazamiento de dos tendencias deliberadamente pro-capitalistas, y de otras dos semirrevolucionarias, lo que impidió que la obra de Julio cristalizase y se consolidase, lo que más tarde causó el retroceso de la revolución y el triunfo de Franco.

G.Munis. Jalones de derrota promesa de victoria, 1948

El 19 de julio el proletariado destruye el poder de la burguesía; al no centralizarse el poder de clase, el estado comienza a reorganizarse y concentrar las pocas fuerzas que le quedan. Es entonces y hasta las jornadas de mayo, que existe un doble poder. Estado republicano y clase obrera -organizada en mil comités y milicias- lo ejercerían temporalmente mientras los trabajadores no acababan de encontrar una dirección revolucionaria.

El equilibrio entre clases acabaría en mayo del 37, cuando el estado republicano y el PCE se sientan con fuerzas para tomar el poder de nuevo en solitario destruyendo completamente las expresiones autónomas de la clase, comenzando por las milicias y el control obrero.

Durante las jornadas de Mayo de 1937, todo el mundo quedó situado en su verdadero puesto. Ese resultado solo valía la lucha, porque hace prometedora la derrota. (…)

En su segunda etapa, la dualidad de poderes habíase desenvuelto muy favorablemente al extremo capitalista, cuyo Estado, montado sobre fusiles y ametralladoras hechos en Rusia, penaba por reconstituir «el orden». Pero los elementos de poder dual obrero resistían, y no se resignaban a dejarse disolver pacíficamente, pese a las presiones ejercidas incluso desde la dirección de las organizaciones más radicales. La reacción stalino-capitalista buscaba continuamente ocasiones para atacar la revolución. A fines de abril, la consejería de Orden Público, queriendo poner en práctica el acuerdo de la Generalidad referido en el capítulo anterior, prohibió la circulación y el ejercicio de sus funciones a las Patrullas de Control. Los trabajadores armados que las constituían, se apostaron en puntos estratégicos y desarmaron 250 guardias mandados por la Generalidad a substituirles. Por la misma fecha, la Generalidad envió legiones de carabineros a la frontera, para reemplazar los Comités obreros que la controlaban desde Julio. Fueron rechazados y desarmados la mayoría. La Generalidad envió nuevos refuerzos, y la lucha por el control de la frontera entre el poder capitalista y el poder obrero se generalizó, desarrollándose con particular intensidad en Puigcerdá. Antón Martín, uno de los mejores militantes cenetistas de la comarca, enemigo de la colaboración, fue asesinado por las tropas del orden. La resistencia era obstinada y frecuentemente victoriosa para el proletariado, pero el poder capitalista tendía a imponerse, porque mientras los Comités obreros que controlaban la frontera pertenecían casi todos a la C.N.T., esta misma C.N.T. colaboraba lealmente es su propia expresión con el poder capitalista. La victoria se transformaba así en derrota.

Otros muchos choques armados entre fuerzas capitalistas y obreras ocurrían en diversas poblaciones. Pero aunque en Cataluña, contrariamente al resto de España, todavía no existía la censura, la prensa cenetista los silenciaba o les quitaba significación, convirtiéndolos en «incidentes lamentables», cual si se tratara de errores gubernamentales u obreros. La prensa stalinista, no hay que decirlo, los interpretaba con toda la perfidia de sus designios reaccionarios, presentando como fascistas o bandidos los obreros resistentes. Antes de ser desarmado materialmente, el proletariado ya lo había sido ideológica y orgánicamente. Pero a un proletariado que un año antes había vencido y desbaratado el ejército español, no se le podían arrebatar todas sus posiciones sin una lucha seria. Los choques aislados entre revolución y contrarrevolución, si bien debilitaban paulatinamente a la primera, dejaban insatisfecha a la segunda, cada vez más ansiosa de imponer por completo su dominio. Se presentía un choque general y decisivo; la reacción stalino-capitalista lo quería, lo buscaba y lo provocaría.

En efecto, el día 3 de Mayo de 1937, a las 2 horas y 45 minutos de la tarde, el comisario de Orden Público, Rodríguez Salas (stalinista), amparado por una orden del consejero de la Generalidad, Aiguadé (Esquerra Republicana), irrumpió con una banda de guardias en el edificio central de teléfonos. Funcionaba en perfectas condiciones, desde Julio, bajo la supervisión del comité elegido por los propios trabajadores. Pero la nueva reacción, ya bastante avanzada, no podía desenvolverse libremente sabiendo que los teléfonos estaban en manos del polo obrero del poder. Por otra parte, decidida a buscar la oportunidad de ametrallar las masas y humillarlas, daba deliberadamente a sus exigencias la forma más brutal posible. El stalinista Salas invadió la central telefónica con mayor despliegue de fuerzas que el necesario para tomar una posición avanzada del enemigo. Los obreros se negaron terminantemente a deponer la autoridad de su Comité, y contestaron a las armas con las armas. Sorprendidos en pleno trabajo, hubieron de replegarse a los pisos superiores del edificio, dejando la planta baja en poder de las dos compañías de guardias mandadas por Salas.

El ruido de los primeros disparos extendió por Barcelona un latigazo eléctrico: «¡Traición, traición!» el pensamiento que desde meses atrás roía la mente y los nervios del proletariado, crispaba ahora las caras pálidas de ira, y los brazos en busca de armas. El grito se propagó de esquina a esquina, hasta llegar a los barrios obreros y las fábricas, hasta las demás ciudades y pueblos catalanes. La huelga general se produjo inmediata, espontánea, sin otra aprobación, a lo sumo, que la de dirigentes inferiores y medios de la C.N.T. Barcelona se cubrió de barricadas con rapidez taumatúrgica, cual si, ocultas las barricadas bajo el pavimiento desde el 19 de Julio, un mecanismo secreto las hubiese sacado de golpe a la superficie. La ciudad quedó en seguida en poder de los insurrectos, salvo un pequeño sector del centro. Respuesta unánime del proletariado, acción vertiginosa y apasionada. La provocación stalinista se convertía en un triunfo más del proletariado, igual que la provocación de los militares, en Julio del año anterior, se había convertido en un gran triunfo revolucionario. El dominio del proletariado no admitía la menor duda ni para los enemigos de la revolución. En los barrios obreros, las fuerzas gubernamentales se rendían sin resistencia o se adelantaban al emplazamiento entregando sus armas a los hombres de las barricadas. Incluso en el centro, puestos de guardias civiles y carabineros se declararon prudentemente neutrales. El mismo hotel Colón, madriguera central stalinista, llegó a sacar bandera de neutralidad.

En poder del Gobierno no quedaba más que un pequeño triángulo teniendo por vértice el edificio de la Telefónica, en cuyos pisos superiores resistieron hasta el fin los trabajadores, y por base la línea comprendida entre la dirección de Seguridad y el palacio de la Generalidad. Fuera de esto no quedaban a la reacción stalino-capitalista sino escasos focos de fácil reducción. Ni siquiera contaba, como en otras insurrecciones barcelonesas, con la artillería de Montjuich. Las baterías del castillo seguían en manos obreras, y a partir de los primeros tiros encañonaron precisamente la Generalidad, listas para hacer fuego a la primera orden de la C.N.T.

No faltó a los trabajadores insurrectos decisión para tomar el triángulo gubernamental, ni los detuvo tampoco el fuego del adversario; los detuvo la propia dirección de la C.N.T. A ella pertenecía la inmensa mayoría de los sublevados. Aunque en ellos había despertado ya muy serios recelos la conducta de la dirección anarquista, todavía tenían confianza en la C.N.T. Era su organización; con ella y por ella habían luchado durante muchos años. Era natural, era forzoso, dada la falta de otra organización con bastante fuerza para improvisar la dirección necesaria, que los obreros, formando un estrecho cerco de barricadas en torno a la zona de la Generalidad, esperaran la palabra de la C.N.T. ¿Quién de entre ellos no estaba persuadido de que la C.N.T. se pondría a su cabeza con el objeto de desarmar definitivamente al enemigo e incapacitarlo para nuevas asechanzas reaccionarias?

La C.N.T. habló; pero no como esperaban los obreros, para ponerse a su cabeza; habló desde la barricada y para la barricada comprendida en el triángulo Telefónica-dirección de Seguridad-Generalidad. Desde el día 3, los dirigentes de Barcelona se habían esforzado en contener el torrente insurreccional. El día 4, García Oliver y Federica Montseny, ministros en el gobierno de Largo Caballero, llegaban en avión desde Valencia, junto con un representante de la U.G.T., Hernández Zancajo, con el objeto de emplear su influencia conjunta en levantar el cerco obrero a los poderes capitalistas. Inmediatamente se colgaron al micrófono de la radio, condenando la acción de los obreros y ordenando: «el fuego». García Oliver en particular, exaltado por sus responsabilidades con el poder capitalista, enviaba por los aires besos a los guardias de asalto. Durante largo tiempo, la voz de García Oliver martilleó los oídos obreros en las barricadas: «el fuego; besos a los guardias de asalto».

El mismo día 4, se distribuía en las barricadas este manifiesto:

C.N.T. F.A.I

¡Deponed las armas; abrazaos como hermanos! Tendremos la victoria si nos unimos: hallaremos la derrota si luchamos entre nosotros. Pensadlo bien. Pensadlo bien; os tendemos los brazos sin armas; haced lo mismo y todo terminará. Que haya concordia entre nosotros.

Momentos después la C.N.T. hacía radiar:

Que sea el gobierno de la Generalidad el que depure en su seno la mala labor que haya podido realizar quienquiera que sea, y por muy consejero que se diga.

Y seguía un nuevo llamamiento a deponer las armas.

Los obreros no daban crédito a sus oídos ni a sus ojos. ¡La C.N.T. de la que esperaban todo, del otro lado de la barricada! En el momento de asaltar el cielo como diría Marx , el cielo se les venía encima. Sin duda, en ninguna revolución han recibido los insurrectos tan inesperada y brutal decepción. Se dilucidaba en aquel momento la suerte de la revolución y de la guerra, capitalismo o socialismo, esclavitud o libertad, triunfo de Franco por medio de los buenos oficios, stalinianos y reformistas o triunfo del proletariado; se dilucidaba, incluso, si Europa sería irremediablemente condenada a la catástrofe de la guerra imperialista o sería salvada de ella por la revolución internacional. ¡Y la alta dirección de la C.N.T. vino a calificar la lucha de fraticida y enviar besos a los sicarios del capitalismo! No era la revolución, sino la contrarrevolución quien encontraba en ella a un aliado. Fue una devastadora prueba para la dirección anarquista, una de esas pruebas supremas dadas por las necesidades de la acción histórica, de las que una organización sale modificada, cualesquiera que sean sus tradiciones y méritos anteriores. Más de una vez, principalmente el 19 de Julio, el anarquismo español había mostrado un canto oportunista, pero hasta las jornadas de Mayo de 1937 estuvo a tiempo de corregirse a sí mismo. La espontánea y formidable insurrección proletaria sometió al contraste de lo vivo su capacidad para mover el proceso humano, pues las ideas han de ser hechos o se niegan como tales ideas. El anarquismo se negó a sí mismo en las jornadas de Mayo. (…)

La dirección anarquista, pues ya ejercitada en la colaboración sólo veía tinieblas fuera de ella. No ignoraba que el proletariado se batía en aquel momento por la revolución, y que la contrarrevolución, principalmente representada por el stalinismo, sería implacable caso de triunfar. Precisamente porque lo sabía, al stalinismo iban dirigidas aquellas palabras del manifiesto C.N.T.-F.A.I. «… os tendemos los brazos sin armas; haced lo mismo y todo terminará. Que haya concordia entre nosotros». ¿Qué habría sido de la gran revolución francesa, si cuando los prusianos y los emigrados franceses estaban a las puertas París, los jacobinos hubiesen tendido los brazos sin armas a los girondinos, en lugar de expulsarlos del poder, desembarazándose enérgicamente, al mismo tiempo, de cuantos conspiraban contra la revolución? Indudablemente, Luis XVI habría sido repuesto en el trono. Así nuestros anarquistas, habiéndoles faltado la resolución de los jacobinos, salvaron a los girondinos españoles en el momento mismo en que las masas se disponían a exterminarlos, y por conducto de ellos vino la restauración: Franco. (…)

No es posible pasar en silencio la actitud del P.O.U.M. durante las jornadas de Mayo. Fue la última prueba política de la que salió definitivamente marcado como partido centrista impotente, colocado como un travesaño inerte en el camino de las masas. Durante el infame proceso gepeista que el gobierno Negrín-Stalin siguió a los líderes del P.O.U.M., después de la derrota de Mayo, descartadas por insostenibles las falsificadas acusaciones de espionaje, se les condenó por haber querido substituir «el Gobierno legalmente constituido» por otro revolucionario. Nada más lejos de la realidad. Como por entonces tuve ocasión de decir a algunos militantes poumistas, el tribunal stalinianonegrinista hizo al P.O.U.M. la gracia de darle, elaborado, el programa revolucionario que le faltaba y de atribuirle una actividad política durante las jornadas de Mayo de la que careció por completo

La actitud del P.O.U.M. durante la lucha de barricadas fue un reflejo dócil de la de la C.N.T; Sus militantes, como los de esta última, empuñaron las armas y se comportaron valientemente. La organización como cuerpo político fue absolutamente inexistente… o existió peligrosamente inclinada hacia el triángulo Telefónica-dirección de Seguridad Generalidad, desde donde hablaban de concordia los líderes anarquistas. Una vez desencadenada la lucha, el comité ejecutivo del P.O.U.M. fue a entrevistarse con el comité regional de la C.N.T. Este, absolutamente decidido a obligar a los trabajadores a deponer las armas, envió el P.O.U.M. a su domicilio asegurándole que se le llamaría en caso necesario. Mientras tanto, los apaciguadores, los «bomberos», emplean do el término despectivo con que los designaban los trabajadores, seguían arrojando, desde la radio y desde Solidaridad Obrera, sus chorros de fraternidad. El significado efectivo de esta fraternidad se deduce de dos hechos entresacados de mil. El día 4, habiendo decretado la C.N.T. una tregua en la lucha, mientras negociaba en la Generalidad con los jefes contrarrevolucionarios, fuerzas gubernamentales de la guardia civil aprovecharon la tregua «fraternal» para apoderarse de la estación de Francia. Al día siguiente la C.N.T. dio orden de retirarse de las barricadas, declarando: Ni vencedores, ni vencidos; todo el mundo en paz. Pero fue el día de mayores bajas obreras. Sin embargo, tras las vacilaciones naturales al conocerse la orden, los obreros optaron por desobedecerla. Algunas barricadas abandonadas fueron recuperadas inmediatamente. El divorcio entre la dirección y la masa no podía ser más total.

¿Qué hizo el P.O.U.M. con tan excelentes oportunidades? Sus líderes refieren haber hecho proposiciones muy combativas y revolucionarias en la entrevista con el comité regional. Creámosles sin más prueba. Pero una dirección revolucionaria no se distingue sólo por sus proposiciones revolucionarias, sino ante todo por su actividad para llevarlas a la práctica cuando los demás dirigentes se oponen a ellas. La dirección del P.O.U.M. se mantuvo constantemente a remolque de la dirección anarquista, temiendo separarse de ella cuando ella se negaba a marchar con las masas. El tercer día de lucha, al dar la C.N.T. orden de abandonar las barricadas, la dirección poumista repitió la orden. Rectificó en seguida, una vez que, habiendo dado contraorden los «amigos de Durruti» y la Sección Bolchevique-leninista de España (trotskistas), los trabajadores desobedecieron las instrucciones de la C.N.T. Finalmente, al desaparecer las últimas barricadas, Solidaridad Obrera anunciaba la terminación de la lucha como un triunfo para los trabajadores. Eco lúgubre, La Batalla repetía: «Habiendo sido aplastada la tentativa (de provocación) por la magnífica reacción de la clase obrera, la retirada se impone». ¿Qué valor político, qué idoneidad para dirigir la revolución pueden atribuir los trabajadores a un partido que pretendió hacer pasar por victoria la derrota que semanas después produciría su propia ilegalidad y el asesinato de su secretario general? Evidentemente, en ese momento el P.O.U.M. se engañaba deliberadamente a sí mismo, y engañaba a las masas, para no verse obligado a renunciar a toda colaboración y a emprender una lucha a muerte contra los traidores. Así se redujo al triste papel de cómplice de los cómplices.

Únicamente los dos grupos nuevos ya mencionados, la Sección bolchevique-leninista de España y los «Amigos de Durruti», se colocaron íntegramente al lado del proletariado durante las jornadas de Mayo. Ninguna de esas organizaciones había participado, ni poco ni mucho, en la iniciación del movimiento. Pero ambas lo apoyaron enérgicamente desde el primer instante, se esforzaron por cohesionarlo y por darle objetivos políticos.

G.Munis. Jalones de derrota promesa de victoria, 1948

Tras los «sucesos de mayo» se desencadena una represión salvaje contra los marxistas. El PCE y el servicio secreto ruso, que controlan además la inteligencia militar republicana (el SIM), mantienen centros irregulares de tortura y detención. Pronto comienzan los desaparecidos. Entre los más famosos: Nin, cuyo cuerpo no se descubrirá hasta 2008 en Alcalá de Henares.

El PCE quiere montar además un espectáculo al estilo de los juicios stalinistas en Rusia. Es el famoso proceso al POUM en el que se quiere presentar, en un juicio amañado, al POUM como trotskista y al trotskismo como una herramienta consciente del fascismo para forzar una derrota de la República.

La mayoría de la Sección Bolchevique-leninista cae entre enero y principios de febrero. Son incomunicados durante un mes en una cárcel del PCE -las llamadas checas- dirigida por Grimau y duramente torturados. Se les acusa de ser espías de Franco, de asesinar a un agente polaco del GPU y de proyectar los asesinatos de Negrín, de los principales dirigentes en aquel momento del PCE (Díaz, Ibárruri, Comorera) y del PSOE (Prieto, Largo Caballero, etc.). Se hace un paripé de juicio a puerta cerrada y sin defensa. Finalmente, en marzo se les traslada a la Modelo para que descansen antes de testificar en el juicio contra el POUM. Munis lo hace el 11 de marzo, se presenta ante el tribunal como el líder del trotskismo español y descarga de la acusación de trotskismo al POUM, estropeándoles el juicio. En la Modelo impulsa el reagrupamiento de poumistas y miembros de la sección española de la todavía Oposición de Izquierdas Internacional, que está a punto de declararse ya IVª Internacional. Acuerda con los primeros

la necesidad de una lucha política de clarificación en el seno del POUM, con la intervención de los bolcheviques-leninistas

Trasladado en diciembre a la prisión de estado será uno de los cabecillas del motín de los presos revolucionarios y confinado en el calabozo de los condenados a muerte en Monjuic. Su vista se traslada al 26 de enero de 1939 para separarla de la del POUM. En el caos de las deserciones masivas que acompañó la retirada de Barcelona, Munis y algunos miembros del POUM y la SB-l consiguen escapar, salvándose de ser fusilados a última hora y pasando a distintos campos de refugiados en Francia.

En los campos de concentración franceses comienza ya la publicación de balances y análisis y se desarrolla el debate, comenzado en las cárceles republicanas, sobre la actitud a tomar ante la IVª Internacional. La mayoría de la corriente, agrupada en torno a la revista Nuevo Curso, cree que no existen condiciones para que la proclamación de una Internacional sea algo más que un brindis al sol, especialmente porque todos están de acuerdo en que la derrota de la revolución española, supone la derrota del proletariado mundial y abre las puertas a una nueva guerra imperialista. A pesar de todo, la sección entera, es decir, los supervivientes en los campos, se constituye como sección española de la IVª Internacional.

Munis, que tiene pasaporte mexicano por nacimiento, consigue salir de Francia para reunirse con Trotski en el DF e intentar conseguir visados. La batalla contra la campaña de calumnias stalinistas que le presenta, junto a Victor Serge y otros exiliados europeos como agente de la Gestapo se da en un ambiente cada vez más violento que preludia el asesinato de Trotski en mayo del 40.

La IVª Internacional

Si no haber ofrecido resistencia a la toma del poder por Hitler dejó claro que la III Internacional estaba muerta desde un punto de vista de clase, la Revolución española dejaba claro que el stalinismo ya no era simplemente termidoriano, no era tan solo una excrecencia reaccionaria de la Revolución que abría las puertas a la contrarrevolución burguesa...

Precisamente cuando la revolución alcanzaba su pináculo en España, en 1936, la contrarrevolución stalinista consolidaba en Rusia su poder para muchos años, mediante el exterminio de millones de hombres. En consecuencia, su ramal español tuvo deliberadamente, desde el 19 de Julio, un comportamiento de abanderado de la contrarrevolución, solapado al principio, descarado a partir de Mayo de 1937. Con toda premeditación y por órdenes estrictas de Moscú, se abalanzó sobre un proletariado que acababa de aniquilar el capitalismo. Ese hecho, atestiguado por miles de documentos stalinistas de la época, representa una mutación reaccionaria definitiva del stalinismo exterior, en consonancia con la mutación previa de su matriz, el stalinismo ruso.

Un reflejo condicionado de los diferentes trozos de IV Internacional y de otros que la miran con desdén, asigna al stalinismo un papel oportunista y reformista, de colaboración de clases, parangonable con el de Kerensky o Noske. Yerro grave, pues lo que el stalinismo hizo fue dirigir políticamente la contrarrevolución, y ponerla en ejecución con sus propias armas, sus propios esbirros y su propia policía uniformada y secreta. Se destacó enseguida como el partido de extrema derecha reaccionaria en la zona roja, imprescindible para aniquilar la revolución. Igual que en Rusia, y mucho antes que en Europa del Este, China, Vietnam, etc., el pretendido Partido Comunista actuó como propietario del capital, monopolizado por un Estado suyo. Es imposible imaginar política más redondamente anti-comunista. Lejos de colaborar con los partidos republicanos burgueses o con el socialista, que todavía conservaba sesgo reformador, fueron éstos los que colaboraron con él y pronto aparecieron a su izquierda, como demócratas tradicionales. Unos y otros estaban atónitos y medrosos a la vez, contemplando la alevosa pericia anti-revolucionaria de un partido que ellos reputaban todavía comunista. Pero otorgaban, pues con sus propias mañas flaqueaban ante la ingente riada obrera.

G. Munis. «Reafirmación», 1977

Es decir, el stalinismo era ya la cabeza de la contrarrevolución misma y como tal la clase trabajadora había pasado de defenderse con las armas de la crítica de la Oposición, en escasos círculos y organizaciones minoritarias; a ejercer la crítica de las armas. Cuando el proletariado español, fusil en mano, defiende su Revolución frente al stalinismo, algo muy profundo ha cambiado.

La derrota del proletariado español dejaba a la burguesía expedito el camino a una nueva guerra imperialista mundial. Los trabajadores y el mundo tenían por delante una nueva matanza. No solo la Izquierda Comunista Internacional lo veía con claridad. También Stalin. La memoria de Lenin seguía estando cercana y tanto Trotski como él recordaban el contraste entre la soledad de los interncionalistas en agosto de 1914 y las primeras reacciones contra la guerra del proletariado solo dos años después. La guerra había sido la comadrona de la Revolución. Trotski sacaba consecuencias revolucionarias: a pesar la de la miseria de las fuerzas revolucionarias que agrupaba la Oposición, una nueva Internacional era más urgente que nunca. Stalin, por su lado, sabía la inmensa presión de las fuerzas sociales que a duras penas mantenía comprimidas en una caja cada vez opresiva y violenta. Temía una nueva revolución más que nadie y también se daba cuenta de que el resultado de la guerra, su conversión o no en guerra civil revolucionaria, dependería en buena medida, como en 1917, de la existencia de una organización política de clase.

En la Rusia de Stalin lo que quedaba el partido de Lenin formaba parte de las masas, literalmente, esclavas. Miles, decenas de miles de militantes al parecer, llevaban más de una década en campos de trabajo forzado, sufriendo torturas y abusos. A pesar de todo, luchaban, organizaban huelgas, mantenían su cohesión como grupo y daban cuerpo a una viva discusión y elaboración política.

Después de tantos años, Stalin se daba cuenta de que ni siquiera los métodos más brutales y los asesinatos masivos doblegarían a los trotskistas y ordenó la masacre al jefe del GPU, Yezhov. Más allá de la parodia siniestra de los juicios de Moscú, el stalinismo culminaba el exterminio sistemático y masivo de los cuadros que quedaban del viejo partido bolchevique.

Durante más de diez años Stalin había mantenido a los trotskistas tras las rejas y las alambradas y los había sometido a una persecución inhumana, desmoralizando a muchos de ellos, dividiéndolos y casi logrando aislarlos de la sociedad. Hacia 1934 el trotskismo parecía haber sido completamente erradicado. Sin embargo, dos o tres años más tarde le temía más que nunca. Paradójicamente, las grandes purgas y las deportaciones en masa que habían seguido al asesinato de Kírov le infundieron nueva vida al trotskismo. Con decenas y hasta centenares de miles de nuevos desterrados a su alrededor, los trotskistas dejaron de estar aislados. A ellos se unió nuevamente la masa de capituladores que ahora pensaban con arrepentimiento que las cosas tal vez serían diferentes si ellos hubiesen resistido junto con los trotskistas. Los oposicionistas más jóvenes, miembros de la Komsomol que se enfrentaron a Stalin mucho después de la derrota del trotskismo, «desviacionistas» de todos los matices, obreros ordinarios deportados por faltas triviales a la disciplina del trabajo, y descontentos y quejosos que emperazon a pensar políticamente sólo cuando se encontraron tras las alambradas, formaron un nuevo e inmenso público para los veteranos trotskistas.

El régimen de vida en los campos de concentración era cada vez más cruel: los reclusos tenían que trabajar como esclavos diez o doce horas diarias, sufrían hambre y se consumían en medio de las enfermedades y la suciedad indescriptible. Con todo, los campos se iban convirtiendo una vez más en escuelas y centros de adiestramiento de la oposición, con los trotskistas como tutores sin rival. Eran ellos quienes encabezaban a los deportados en casi todas las huelgas y en las huelgas de hambre, quienes planteaban a la administración demandas de mejoras en las condiciones de vida en los campos, y quienes mediante su comportamiento desafiante, y en ocasiones heroico, inspiraban la resistencia de los demás. Sólidamente organizados, disciplinados y políticamente bien informados, ellos eran la verdadera élite de aquel enorme segmento de la nación que había sido arrojado tras las alambradas.

Stalin comprendió que no lograría nada aumentando la persecución. No era posible incrementar los tormentos y la opresión que sólo habían servido para rodear a los trotskistas con la aureola del martirio. Estos constituían una amenaza para él mientras vivieran; y con la inminencia de la guerra y sus peligros, la amenaza potencial podría hacerse real. Ya hemos visto que, a partir del momento en que conquistó el poder, Stalin tuvo que reconquistarlo una y otra vez. Ahora decidió liberarse de la necesidad de seguir reconquistándolo; se propuso asegurárselo de una vez por todas y contra todos los riesgos. Esto sólo podía hacerlo de una manera: mediante el exterminio en masa de sus adversarios, sobre todo de los trotskistas. Los procesos de Moscú se habían efectuado para justificar este designio, cuya parte principal se realizó ahora, no en el escenario de los juzgados, sino en las mazmorras y en los campos del Oriente y el Extremo Norte.

Un testigo presencial, antiguo recluso del gran campo de concentración de Vorkuta, pero no trotskista él mismo, describe de la siguiente manera las últimas actividades de los trotskistas y su aniquilamiento.

En su campo solamente, dice él, había alrededor de mil viejos trotskistas, que se llamaban a sí mismos «bolcheviques leninistas». Quinientos de ellos, aproximadamente, trabajaban en la mina de carbón de Vorkuta. En todos los campos de la provincia de Pechora había varios millares de «trotskistas ortodoxos» que «habían vivido deportados desde 1927» y «permanecieron fieles a sus ideas políticas y a sus dirigentes hasta el fin». [...]

«Aparte de estos trotskistas genuinos», continúa diciendo, «había por aquel entonces más de cien mil reclusos en el campo de Vorkuta y otros, que, como miembros del Partido o de la Komsomol, habían ingresado en la Oposición trotskista y a continuación, en diversos periodos y por diversas razones... habían sido obligados a «retractarse y admitir sus errores y a abandonar las filas de la Oposición». Muchos deportados, que nunca habían sido miembros del Partido, se consideraban asimismo trotskistas. Estas cifras también deben de incluir a los Oposicionistas de todos los matices, incluso algunos de los partidarios de Ríkov y Bujarin y recién llegados de las generaciones más jóvenes, como lo indica nuestro propio testigo.

«De todos modos», apunta éste, «los trotskistas propiamente dichos, los seguidores de L. D. Trotsky, formaban el grupo más numeroso». Entre sus jefes, el testigo menciona a V. V, Kossior, Vladímir Ivánov y otros trotskistas auténticos de vieja militancia.

Llegaron a la mina de carbón en el verano de 1936 y fueron alojados... en dos grandes barracones. Rehusaban categóricamente a trabajar en los pozos. Trabajaban únicamente en las bocaminas y no más de ocho horas diarias, no diez o doce como lo exigía el reglamento y como laboraban los demás reclusos. Hacían caso omiso del reglamento en forma ostentosa y organizada. Los más de ellos habían vivido alrededor de diez años en aislamiento, primero en cárceles, después en campos de las islas Solovky, y por último en Vorkuta. Los trotskistas eran los únicos grupos de presos políticos que criticaban abiertamente la línea general stalinista y resistían a los carceleros en forma abierta y organizada.

Seguían proclamando, como lo hacía Trotsky en el extranjero, que en caso de guerra defenderían a la Unión Soviética incondicionalmente, pero que tratarían de derrocar al régimen de Stalin; y aun los «ultraizquierdistas», como los partidarios de Saprónov, compartían esa actitud, aunque con reservas.

En el otoño de 1936, después del proceso de Zinóviev y Kámenev, los trotskistas organizaron reuniones y manifestaciones en los campos, en honor de sus camaradas y jefes ejecutados. Poco después, el 27 de octubre, declararon una huelga de hambre (ésta fue la huelga en que, según los informes antes citados, participó Serguei, el hijo menor de Trotsky). Los trotskistas de todos los campos de Pechora se unieron a la huelga y ésta duró 132 días. Los huelguistas protestaban contra su traslado de anteriores lugares de deportación y contra los castigos que les habían impuesto sin celebración de proceso público. Exigían una jornada de trabajo de ocho horas, la misma alimentación para todos los reclusos (independientemente de que hubieran cumplido las normas de producción o no), la separación de los presos políticos y los delincuentes comunes, y el traslado de los inválidos, las mujeres y los ancianos de las regiones subpolares a lugares de clima más benigno. La decisión de ir a la huelga se adoptó en una asamblea pública. Los prisioneros enfermos y ancianos fueron eximidos, pero «estos últimos rechazaron categóricamente la exención».

En casi todas las barracas los que no eran trotskistas respondieron al llamado, pero sólo «en los barracones de los trotskistas fue completa la huelga».

La administración, temerosa de que la acción pudiera propagarse, trasladó a los trotskistas a unas chozas semiarruinadas y desiertas a cuarenta kilómetros de distancia del campo. De un total de mil huelguistas, varios murieron y sólo dos abandonaron la huelga; pero ninguno de los dos era trotskista. En marzo de 1937, por órdenes de Moscú, la administración del campo cedió en todos los puntos, y la huelga terminó. Durante los meses siguientes, antes de que el terror de Yezhov alcanzara su clímax, los trotskistas gozaron de los derechos que habían ganado, y esto fortaleció la moral de todos los demás deportados a tal punto que muchos de ellos abrigaron la esperanza de que se promulgara una amnistía parcial en ocasión del vigésimo aniversario de la Revolución de Octubre.

Pero poco después el terror se reanudó con renovada furia. La ración alimenticia fue reducida a 400 gramos de pan al día. La GPU armó a los delincuentes comunes con garrotes y los incitó contra los oposicionistas. Hubo fusilamientos indiscriminados y todos los presos políticos fueron aislados en un campo dentro del campo, rodeado por alambradas de púas y custodiado día y noche por cien soldados perfectamente armados.

Una mañana, hacia fines de marzo de 1938, veinticinco hombres, en su mayoría trotskistas connotados, fueron sacados de su encierro, recibieron un kilogramo de pan cada uno y la orden de recoger sus pertenencias y prepararse para una marcha.

Después de despedirse afectuosamente de sus amigos, salieron de sus barracones; un oficial pasó lista de los presentes y éstos salieron marchando del campo. Al cabo de quince o veinte minutos se escuchó una súbita descarga de fusilería a medio kilómetro de los barracones, cerca de la margen empinada de un pequeño río, el Alto Vorkuta. A continuación sonaron unos cuantos disparos aislados y después se hizo el silencio. Poco más tarde los hombres de la escolta regresaron y pasaron junto a los barracones. Todo el mundo comprendió a qué clase de marcha habían sido enviados los veinticinco hombres.

Al día siguiente no menos de cuarenta personas fueron sacadas de los barracones en la misma forma, recibieron su ración de pan y la orden de prepararse.

Algunos estaban tan exhaustos que no podían caminar, y se les prometió que serían llevados en carretas. Con la respiración contenida, los reclusos que quedaron en los barracones escucharon el crujir de la nieve bajo los pies de los que abandonaban el campo. Cuando todos los ruidos se habían apagado ya, los reclusos siguieron escuchando con el ánimo en suspenso. Al cabo de una hora aproximadamente los disparos resonaron sobre la tundra.

Los que permanecían en los barracones supieron entonces lo que les esperaba; pero después de la prolongada huelga de hambre del año anterior y de sufrir frío y hambre durante muchos otros meses, no tenían fuerza para resistir.

Durante todo abril y parte de mayo continuaron las ejecuciones en la tundra. Cada día o cada segundo día treinta o cuarenta personas eran sacadas...

Los altavoces del campo transmitían los comunicados:

Por agitación contrarrevolucionaria, sabotaje, bandidaje, negativa a trabajar e intentos de fuga, las siguientes personas han sido ejecutadas...

Una vez un grupo numeroso, formado por unas cien personas, trotskistas en su mayoría, fue sacado del campo... Mientras se alejaban, entonaron La Internacional, y centenares de voces en los barracones se unieron al coro.

El testigo describe las ejecuciones de las familias de los oposicionistas: la esposa de un trotskista caminó con sus muletas hasta el lugar de la ejecución. A los niños se les permitía vivir sólo si tenían menos de doce años. La matanza prosiguió en todos los campos de la provincia de Pechora y duró hasta mayo. En Vorkuta

sólo poco más de cien personas quedaron vivas en las chozas. Unas dos semanas transcurrieron sin incidentes. Entonces los sobrevivientes fueron enviados nuevamente a la mina donde les informaron que Yezhov había sido destituido y que Beria había asumido el mando de la GPU.

Para entonces apenas quedaba vivo alguno de los trotskistas o zinovievistas auténticos. Cuando dos años más tarde centenares de miles de nuevos deportados —polacos, lituanos, latvios y estonios— llegaron a los campos, encontraron entre los viejos reclusos a muchos stalinistas en desgracia e incluso unos cuantos bujarinistas, pero ningún trotskista ni zinovievista. Un viejo deportado les contaba la historia de su exterminio por medio de susurros o alusiones, porque nada era más peligroso, aun para un infeliz deportado, que hacerse sospechoso de abrigar simpatías por los trotskistas.

El terror del periodo de Yezhov fue equivalente al genocidio político: destruyó toda la especie de los bolcheviques antistalinistas. Durante los siguientes quince años del régimen de Stalin no quedó en la sociedad soviética, ni siquiera en las cárceles y los campos de concentración, ningún grupo capaz de plantearle un desafío. No se permitió la supervivencia de ningún centro de pensamiento político independiente. En la conciencia de la nación se produjo un tremendo hiato; su memoria colectiva fue despedazada; la continuidad de sus tradiciones revolucionarias fue liquidada; y su capacidad de formar y cristalizar cualquier noción anticonformista fue destruida. La Unión Soviética quedó finalmente, no sólo en su política práctica, sino incluso en sus procesos mentales ocultos, sin ninguna alternativa frente al stalinismo. (Tal era la naturaleza amorfa de la mentalidad popular, que aun después de la muerte de Stalin ningún movimiento antistalinista pudo surgir desde abajo, desde el fondo de la sociedad soviética; y la reforma de los rasgos más anacrónicos del régimen stalinista sólo pudieron emprenderla desde arriba los secuaces y cómplices de Stalin.)

Mientras los procesos de Moscú atraían la asombrada atención del mundo, la gran matanza en los campos de concentración pasó casi inadvertida. Fue realizada con tanto secreto que la verdad no pudo filtrarse sino al cabo de varios años. Trotsky sabía mejor que nadie que sólo una pequeña parte del terror se revelaba a través de los procesos, y coligió lo que estaba sucediendo tras bastidores. Con todo, ni siquiera él pudo conjeturar o visualizar toda la verdad; y, de haber podido hacerlo, su mente difícilmente habría sido capaz de absorber su plena enormidad y todas sus implicaciones durante el breve tiempo que le quedaba de vida. Siguió suponiendo que las fuerzas antistalinistas resurgirían al cabo de cierto tiempo, organizadas y políticamente efectivas; y, en particular, creía que serían capaces de derrocar a Stalin en el transcurso de la guerra y de llevar la guerra a un término victorioso y revolucionario. Siguió contando con la regeneración del viejo bolchevismo, a cuya amplia y profunda influencia parecian rendir homenaje las incesantes campañas de Stalin. Ignoraba el hecho de que todas las fuerzas antistalinistas habían sido aniquiladas; que el trotskismo, el zinovievismo y el bujarinismo, ahogados en sangre, habían desaparecido, como una Atlántida, de todos los horizontes políticos; y que él mismo era entonces el único sobreviviente de la Atlántida.

Isaac Deutscher. «El profeta desarmado»

No es ninguna coincidencia que las jornadas de mayo, el arranque de la masacre final del bolcheviques en Rusia y la fundación de la IVª Internacional se sucedieran en el plazo de tan solo 18 meses. Al ser derrotada la Revolución española se abría el camino hacia la guerra sí, pero también se abría inmediatamente la posibilidad de su transformación en guerra civil, en una nueva oleada revolucionaria mundial. La respuesta de Stalin fue masacrar al partido bolchevique, la de la Izquierda Comunista Internacional intentar constituir cuanto antes y a toda costa la Internacional de la que carecieron Lenin, Luxemburgo y Liebknecht en 1914.

La IVª Internacional tuvo un congreso constituyente modesto: 21 delegados representando organizaciones de 11 países hacinados durante un día entero en el piso de los Rosmer en París. La mayor parte de las discusiones se centraron en la oportunidad o no de proclamar la Internacional. La oposición la encabezaba la delegación polaca -continuadora del partido refundado por Rosa Luxemburgo y Leo Jogiches. Su posición, aunque minoritaria, aparecía en buena parte de las secciones: las anteriores internacionales estaban ligadas a procesos ascendentes de lucha de clases, fundar una internacional después de la derrota española podría fácilmente quedar en un gesto vacío, había que consolidar organizaciones en procesos revolucionarios reales y sobre desarrollos capaces de generar una tracción semejante a la que ejerció Octubre sobre los trabajadores del mundo, proclamar la nueva Internacional. Es decir, los contrarios a la proclamación proponían esperar de forma activa y forjar organizaciones válidas antes de plantear una alternativa mundial a la clase.

Dado el estado real de la oposición, era verdad que proclamar la Internacional en 1938 no era equivalente a botar un carguero en mitad del temporal, sino a botar una flotilla de botes de pesca mal calafateados. Schatman, que presidía la reunión -Trotski estaba ya recluido en México y Lev Sedov acababa de ser asesinado en París por la GPU el 16 de febrero- hizo cuanto pudo por cerrar el debate sin excesivas argumentaciones acusando a los polacos de mencheviques entre nosotros. Su actitud improcedente fue el primer signo de uno de los peligros que implicaba proclamar la Internacional en aquellas condiciones. Los partidos que más opciones tenían de crecer y pesar eran los que más lejos estaban de foguearse y forjarse en la lucha de clases real, mientras que los más activos, inevitablemente diezmados por la ferocidad de una contrarrevolución triunfante, tendían a estar infrarrepresentados. Es decir cuanto más llamativos fueran los resultados organizativos de un dirigente y más henchido estuviera por ellos, más probable era que no representara más que la inercia burocrática o el aventurerismo intelectual. Schatman, Canon, Frank o su protegido Mandel, serían un buen ejemplo de un lado de esta escora; del otro, todo lo que devendría en ala izquierda en los cuarenta y dentro de ésta la fracción internacionalista.

Pero en 1938, Trotski que aseguraba a Natalia Sedova que lo que más deseaba era tener solo dos años más para construir una heredera de las internacionales históricas, pensaba que lo importante en ese momento era fundar sobre bases políticas sólidas y se aplicaba a escribir el texto definitorio de aquel congreso: el Programa de transición. Este, como antes que él el programa de la III Internacional en 1919 y en buena medida el de la II Internacional en 1889 estaba sobrepasado por los acontecimientos mundiales desde el momento mismo de su aprobación (G.Munis). Si bien no apareció claro -no podía hacerlo- sino después.

León Trotsky incurrió en el error de afirmar que la propiedad estatizada en Rusia fue introducida por la revolución de 1917. En realidad lo fue por la no transformación de esa revolución permanente en revolución socialista, su única razón de ser. El capital pasó al Estado, y lejos de perder su naturaleza fue acendrándola con caracteres cada día más brutales a medida que surgía y se redondeaba la contrarrevolución; contrarrevolución política, sí, porqué sólo en política se quedó, antes de ser anulada, la revolución de 1917

Partiendo de tal error, Trotsky creía que, hallándose en guerra, el stalinismo usurpador del poder se vería obligado a hacer concesiones al proletariado y que éste reanudaría la revolución. El Kremlin, por el contrario, fue reforzando su terrorismo al mismo paso que los ejércitos nazis avanzaban suelo ruso adentro. Y lejos de aparecer contradicción alguna entre el sistema de propiedad ruso y el viejo capitalismo, el sector occidental del mismo corrió en su auxilio y lo salvó de la derrota desdeñando las ofertas de paz que simultáneamente le hacía Hitler. En otros términos, las contradicciones internas del capitalismo, causa de la guerra entre Alemania y los Occidentales, fueron muy superiores a lo que se suponía ser oposición irreductible entre el sistema de propiedad capitalista y el sistema ruso. La prueba quedó hecha: no existía tal oposición. Rusia estaba incursa en las contradicciones internas del sistema capitalista mundial, y nada más.

G. Munis. «Análisis de un vacío», 1971-72

No es, ni mucho menos que Trotski -y con él la mayoría de la nueva Internacional- no fuera consciente de que tal escenario pudiera ser el que estaban viviendo. Sencillamente necesitaba más para reconsiderar la idea -defendida por Lenin durante la NEP- de que la propiedad estatal, bajo un estado dirigido por los soviets, es decir por la clase obrera organizada, tuviera carácter socialista.

Si, contra todo pronóstico, la Revolución de Octubre no encuentra algún continuador en los países avanzados durante la guerra o inmediatamente tras ella; si, por el contrario, el proletariado es derrotado en todos los frentes, tendremos que replantearnos nuestra concepción de la época actual y sus fuerzas motoras. No se trataría sólo de poner una etiqueta en la denominación de la URSS y de la banda de Stalin, sino como valorar la perspectiva histórica mundial de las próximas décadas, quizá de los próximos siglos; ¿hemos entrado en la época de la revolución social y la sociedad socialista o, por el contrario, en la de la decadencia y la burocracia totalitaria?

León Trotski. «La URSS y la guerra», 1939

Trotski, para quien la defensa incondicional de la URSS solo tenía sentido si se entendía como derrocamiento revolucionario de la burocracia, era bien consciente de que si efectivamente, la burocracia se había convertido en una clase independiente en tanto queforma estatal de la burguesía, una Internacional revolucionaria lo descubriría en la práctica. Es decir, se vería en la necesidad de elegir entre su fidelidad a la revolución y su defensa de la propiedad estatal. Trotski daba por sentado que optaría por lo primero.

Por otra parte, Trotsky esperaba también que otras revoluciones triunfarían y liquidarían el stalinismo hasta las raíces. Lo que se produjo fue una extensión territorial enorme del dominio stalinista, su apoteosis. El análisis de Trotsky era evidentemente errado, como se había adelantado a reconocer él mismo, para caso de que sus previsiones no se verificasen.

G. Munis. «Análisis de un vacío», 1971-72

La realidad, tras su asesinato, fue que la Internacional se partió en dos: entre los internacionalistas y los partidos principales, como el SWP norteamericano.

El camino hacia el desmoronamiento de la Internacional comenzó, vivo Trotski todavía, con la Conferencia de Urgencia. Las tropas alemanas habían entrado en París y nada parecía más prudente que llevar los órganos de la Internacional a EEUU, un país entonces neutral que todavía tardaría dos años en incorporarse a la guerra. Hacerlo significaba que el SWP se convertiría en en centro de la organización, centro solo compensado y supervisado desde lejos, en un momento en el que los viajes y las comunicaciones eran poco menos que heroicas, por un Trotski que vivió acosado y asediado en México hasta su asesinato por agentes stalinistas en 1940.

A las pocas semanas de la muerte de Trotski, el S.W.P. comienza a hacer un discurso cada vez más «defensista» y cercano al «antifascismo». La guerra a la guerra, la conversión de la guerra imperialista en guerra civil revolucionaria se troca en un ambiguo no-apoyo y no-intervención. Cannon, el principal dirigente del S.W.P. se ofrece a apoyar al gobierno de Roosevelt si entra en la guerra si la formación militar de los trabajadores antes de ir al frente, encuadrados en el ejército regular, se deja en manos de los sindicatos. Con todo y a pesar de que es obvio que el S.W.P. bajo esa política no va a suponer ningún peligro para el esfuerzo de guerra de la burguesía americana, en 1941 los principales dirigentes del partido son juzgados en Minneapolis. Su defensa, a diferencia de la de Luxembugo o Liebknecht, resulta vergonzosa. En un momento del juicio llega a decir:

Tanto nuestros miembros como los obreros a quienes influenciamos tienen que ir a la guerra y hacer lo que le digan los gobernantes de este país. Mientras no tengamos una mayoría tras de nosotros, no estamos en condiciones de hacer otra cosa que obedecer órdenes.

En vez de convertir el juicio en un juicio al militarismo y al imperialismo, juegan a la ambigüedad reduciendo las aspiraciones del partido a una oposición política que Cannon resume en seguir escribiendo y hablando por una política exterior diferente para América.

Todavía estaba ausente de la guerra Rusia, cuando en el partido americano (Socialist Workers Party) apuntaron_los primeros síntomas de descarrío. Poco después, ya todo el mundo en la degollina, el S.W.P. retraía deliberadamente las formulaciones revolucionarias contra la guerra imperialista, y se negaba a hacer acto de lucha contra ella. Se justificaba pretendiendo camuflarse al ojo policíaco y adaptar sus tonos a lo receptible por los oídos entonces patrióticos del proletariado. Pero lo más despreciable y al mismo tiempo trágico del oportunismo es que, cortándose el acceso a la educación y la movilización revolucionaria de las masas, no elude, sin embargo, los golpes de la reacción a menos de sometérsele por entero. Así los dirigentes del S.W.P. se vieron sarcásticamente acusados por su gobierno de internacionalismo y derrotismo revolucionario, aquello mismo a que daban esquinazo, y fueron a la cárcel durante año y medio o dos por un delito que tenían la obligación de haber cometido, pero que ellos se guardaron siempre de cometer.[...]

Los dirigentes americanos del S.W.P. tenían poco de la fibra y la consistencia mental de un Liebknecht. Proclamaron ante sus jueces, no la necesidad de transformar la guerra imperialista en guerra civil, sino en verdadera guerra contra el fascismo. Acusaban torpemente al gobierno americano de incapacidad para dar cuenta de Berlín, y su prensa presentaba estupendos programas para derrotar a Hitler. Las palabras, derrotismo revolucionario les daban grima y les pusieron el veto. Todas las formulaciones internacionalistas fueron cuidadosamente tachadas de revista y periódico, incluyendo la simple voz imperialismo a menos que se refiriese al enemigo nacional. Durante toda la guerra -argumento por sí solo abrumador- no organizaron un sólo acto contra ella, ni tiraron un sólo volante. En fin, comparando su política con la de los partidos centristas de entonces. el I.L.P. inglés y el P.O.U.M. español, la similitud entre ambas llegaba incluso a la identidad terminológica. En una palabra, el S.W.P. substituyo la política revolucionaria por la política burguesa y stalinista del antifascismo, mero truco de leva imperialista gemelo de la hitleriana lucha contra la plutocracia.

Todo eso fue hecho en nombre de la táctica y de la eficiencia educativa. Es costumbre vieja en los oportunistas presentar su abandono de los principios como un practicismo o facilidad dada a las masas, al mismo tiempo que; en momentos de represión, como un legalismo protector insoslayable. Pretenden engañar al enemigo de clase cuando en realidad reciben su influencia; se jactan de educar y ganar las masas, mientras reblandecen el contenido revolucionario de sus propios militantes. Las masas no pueden ser atraídas a los principios y la acción revolucionarias sino por formulaciones y actitudes de la mayor netitud.

El ejemplo del S.W.P. cundió. Poco después de su giro oportunista, la sección inglesa de la IVª Internacional, que había conseguido un desarrollo considerable apoyando las huelgas que laboristas y Trade Union condenaban patrióticamente, fue sometida también a proceso. Su principal dirigente y acusado eligió para defenderse, invocando también razones practicas, el mísero palabreo oportunista del Socialist Worker's Party.

No se comprenderá bien la perniciosa repercusión de estos dos ejemplos sin tener en cuenta que Estados Unidos era entonces sede del Comité Ejecutivo mundial y que debido a la guerra la prensa del partido americano -la del inglés en menor grado- era la única susceptible de llegar a todas las secciones y grupos en los países no ocupados por Alemania y Japon

Pose a todo, se hicieron sentir en seguida gritos de alerta y de indignación. El autor de estas líneas, entonces miembro del Comité Ejecutivo mundial, dio la alerta ya en 1941, al esbozarse los primeros síntomas premonitorios del oportunismo, antes del vergonzoso descaro a que dio lugar el proceso. Después de este, el Grupo español emigrado en Méjico; que comprendía militantes franceses y de otros países, se des-solidarizaba públicamente de la mayoría americana y del Comité ejecutivo, practicando a partir de entonces una política independiente. Al mismo tiempo, redactó un enérgico documento crítico y vindicador del internacionalismo proletario, sometiéndolo a discusión en todas las secciones con vistas a un futuro congreso mundial. Veremos mas adelante cual fue su suerte. Pero no fue ese el único vituperio del oportunismo. Otros surgieron en la China, América del Sur, en el seno propio del S.W.P. Después se sabría que también en Francia.

Así pues, todavía en plena guerra mundial e indecisa la victoria de un bando u otro, la política de la IVª Internacional principalmente expuesta por el partido americano, aparecía en grave abandono de los principios y tareas internacionalistas. Ese fallo, esa capitulación, cabe decir sin atenuaciones, determinó en los responsables de él un subterfugio deleznable. Siéndoles a todas luces imposible aprontar fidelidad al internacionalismo proletario, se inventaron su propia fidelidad a los principios en la defensa de Rusia como Estado obrero degenerado, mas confortable cuanto que Rusia, tras la amistad con Hitler había pasado e ser la entrañable aliada de las respectivas patrias de los oportunistas.

En la IVª Internacional, la defensa de Rusia nunca fue otra cosa que que una opinión contestable sujeta al contraste de la experiencia. En su seno vivían tendencias radicalmente contrarias a la noción estado obrero degenerado sin que nadie les echase los perros; como hicieron después de su rendición al antifascismo patriotero S.W.P. y comité ejecutivo. En cambio, la carencia de internacionalismo, a mayor abundancia, su abandono durante la guerra, era incompatible con la pertenencia a la organización, pues evidentemente, quienes no se han mantenido indemnes frente a las inmensas presiones y añagazas de la defensa nacional se descalifican para toda acción revolucionaria decisiva. En Nueva York, el internacionalismo de la Cuarta fue descabezado, convirtiéndose la defensa de Rusia en criterio principal de filiación. Las consecuencias de esa contrahechura habían de ser devastadoras.

G. Munis. «La IVª Internacional»». 1959

La respuesta política vendrá, ya en 1941, de Natalia Sedova -vieja militante y reciente viuda de Trotski- a la que se sumará el grupo exiliado en México de la sección española. Sedova, Munis y Peret intentan imponer un debate denunciando la actitud primero del SWP y luego del Secretariado Internacional. Exigen la celebración del segundo congreso que es obligatorio por estatutos y que los norteamericanos y sus aliados en Francia y Gran Bretaña conseguirán retrasar hasta 1948. Sus críticas van acendrando un conjunto de posiciones que acabarán generando una fracción de izquierda en la organización a partir de la crítica de la traición del internacionalismo en marcha por la dirección americana.

No es casualidad si la fracción internacionalista se nutre además de españoles, es decir, de militantes que vivieron la revolución española con la sección en el exilio -incluida la que está en los campos en Francia- en pleno, de griegos, vietnamitas, italianos... es decir de aquellos países en los que el proletariado está enfrentado revolucionariamente la guerra: Italia en el 43, Grecia en el 44, Vietnam en el 46... el papel del stalinismo como cabeza de la contrarrevolución que se vio por primera vez en España, se repite país por país... y la Internacional no consigue colocarse a la vanguardia revolucionaria. Cuando en 1946 el SI publica un Manifiesto para la pre-conferencia con la que quiere atar el II Congreso, rebajándolo de paso a Conferencia, la izquierda responde con lo que en los cuatro años anteriores se ha convertido ya en una alternativa programática prácticamente completa.

La IVª Internacional no será capaz de cumplir su misión revolucionaria si no abandona sin reservas la defensa de la URSS en favor de una política de lucha sin cuartel contra el capitalismo y su cómplice, el stalinismo. Para conducir victoriosamente esta lucha, hay que desvelar a cada paso y en la práctica el carácter contrarrevolucionario de la burocracia rusa que se erige en el interior como una clase en vías de formación, que oprime a Europa oriental y Asia. Hay que desenmascarar la mentira de sus «nacionalizaciones» y «reformas» agrarias, desarrollar la fraternización entre ocupantes y ocupados, declarando claramente que ni unos ni otros no tiene nada que defender en Rusia, sino que destruirlo todo igual que en cualquier Estado capitalista, así como a los agentes del Kremlin participen o no en el gobierno. La fraternización entre ocupantes y ocupados debe ser el tema central de nuestra agitación en los territorios ocupados, sea cual fuere la potencia ocupante. Es la única forma de combatir el chovinismo tanto entre los vencidos como entre los vencedores, y de preparar en frente internacional de los explotados contra los explotadores. Al mismo tiempo, la evacuación de todos los territorios ocupados, incluidos los ocupados por los rusos, debe exigirse con una creciente insistencia

En el resto del mundo, debemos mostrar en todo momento que el stalinismo sólo es el agente nacional de la política exterior del Kremlin, cuyos intereses son siempre opuestos a los de la revolución socialista, que sería su definitiva ruina; que la suerte de los trabajadores le es totalmente indiferente; que es el mejor defensor de la burguesía nacional porque no prevé más porvenir que el ligado a la suerte de la contrarrevolución rusa.

Por lo tanto, la consigna del gobierno PS-PC-CGT para Francia, y toda consigna similar en cualquier otro país, debe ser abandonada pues no apunta más que a romper el empuje revolucionario de las masas entregando la vanguardia a la Gepeú.

La política de frente único de organización a organización en la etapa presente, debe ser abandonada en lo que concierne a los partidos «obreros» tradicionales. Debe ser sustituida, desde ahora, por proposiciones de frente único a las organizaciones obreras minoritarias que sean susceptibles de dar resultados inmediatos, como por ejemplo los anarquistas. Sin embargo, el frente único, en tareas precisas e inmediatas debe ser preconizado sin desfallecer en la fábrica, en la localidad y si fuera posible en la región.

Nuestro programa transitorio debe ser podado del mismo modo. Debe desaparecer por el momento, la reivindicación relativa a la Constituyente, y también todas las consignas que reposan en una concepción progresiva de nuestro programa para las masas en la actual etapa. El mundo atraviesa hoy una crisis revolucionaria aguda y nuestra organización debe prepararse para las luchas decisivas que se avecinan, ya que no puede esperarse ningún desarrollo del capitalismo, sea o no sosegado. Así pues debemos plantear, popularizar y explicar sin descanso la consigna de la formación de consejos obreros democráticamente elegidos en los lugares de trabajo, a fin de que pueda ser aplicada a la primera ocasión. A esta consigna deben añadirse todas las consecuencias que implica: formación de milicias obreras que obedecen únicamente a los comités elegidos por las masas, desarme de las fuerzas burguesas, congreso de los comités obreros, disolución del Estado burgués y creación del Estado obrero

Al mismo tiempo, en el plano económico, la agitación debe insistir fundamentalmente en la escala móvil de salarios, unida a la escala móvil de horas de trabajo sin disminución de salario, y en todas sus ramificaciones: puesta en marcha por los obreros de fábricas cerradas por los capitalistas, embargo del haber de los capitalistas por los obreros empezando por los beneficios de guerra y del mercado negro, y por último la confiscación de las fábricas y las tierras por los comités obreros democráticamente elegidos en los lugares de trabajo.

Benjamin Péret. «El manifiesto de los exegetas», 1946

Cuando por fin se celebra el IIº Congreso de la IV Internacional en 1948, las secciones y grupos que a partir de 1943 han ido tomado una posición independiente del Secretariado Internacional (SI), son una minoría mermada por la represión y por las maniobras infames del propio SI para reducir su representación. La dirección impide que la renuncia al internacionalismo de sus grupos de referencia durante la guerra pasada se discuta tan siquiera. La denuncia y ruptura es tan inevitable como la deriva de la mayoría que acabaría aprobando en el tercer congreso de la ya no internacional que la principal contradicción del capitalismo ya no sería la lucha de clases (burguesía contra proletariado) sino el enfrentamiento entre EEUU y la Rusia stalinista, renuncia explícita a la continuidad marxista, al comunismo, al internacionalismo... y hasta a la decencia.

el Congreso de 1948 se negó a condenar la participación en la defensa nacional capitalista so capa de resistencia, y aprobó una resolución política que elevaba la rivalidad Rusia-Estados Unidos al grado de principal contradicción mundial. Se desentendía en realidad de la irreductible contraposición proletariado-capitalismo, en escala terrestre, guía exclusiva de una organización revolucionaria. Por lo uno y por lo otro, la IVª Internacional dejaba de serlo a partir de dicho congreso. En lo sucesivo podría deformar, en manera alguna formar revolucionarios.

G. Munis. «Cincuenta años después del trotskismo», 1982

Y es que la renuncia al internacionalismo desmorona y esteriliza cualquier evolución o posición que no parta de la rectificación más radical. No son los errores de Trotski los que producen la degeneración de la Internacional, como no fueron los de Lenin los que condujeron a los de la III, es la renuncia al internacionalismo la que imposibilita cualquier corrección programática y solo les da lugar como ala izquierda, democratista, de la contrarrevolución stalinista.

No obstante lo irrecusable de la experiencia, los principales partidos trotskistas, aligerados de internacionalismo durante la guerra, comprometidos en la defensa nacional resistencia mediante, sacaron conclusión opuesta; el stalinismo extiende la propiedad socialista, mal que le pese al propio proletariado. Sencillamente, les era imprescindible tapar con algo sus graves carencias revolucionarias. De ahí que su posición actual, que la Liga adopta, tenga mucho más de engañifa stalinista que de error político o sociológico.

Los errores de los maestros conviértense a menudo en mortal llaga para los discípulos. Así lo que en Trotsky era un desacierto, a lo sumo una ofuscación del pensamiento, alcanza en el trotskismo hogañero proporciones de falsía, de craso oportunismo y hasta de capitulación. Pero es menester recalcar que en esa metamorfosis la existencia precede también a la consciencia. Habiéndose desentendido, en plena contienda mundial, del principio: «contra la guerra imperialista, guerra civil», ese troskismo se despojaba de lo esencial y más vivificador del pensamiento revolucionario, vedándose la posibilidad de enmendar errores y de hacer el menor progreso teórico. A partir de sus componendas con la defensa nacional (resistencia), ya no se descubre en él conocimiento o siquiera tentativa de conocimiento teórico, sino una ristra de argucias y actitudes justificativas cada vez más bajunas a medida que una llama a la siguiente. Y ha terminado dando en su actual postura. En lo formal y orgánico ha retrocedido hasta lo que fue Oposición de Izquierda a la III Internacional durante la mitad del decenio 20 y los dos primeros años del 30, pese a la criminalidad e inmundicia que desde entonces ha ido hacinándose en el stalinismo; políticamente, está lelo y cabeza gacha ante la extensión de ese mismo stalinismo (para él proezas) en Europa oriental, en China, Corea, Vietnam, Cuba y hasta en Egipto, donde 15 o 20.000 militares rusos aguantan el sacro estandarte del Islam frente al de Israel.

En suma, la retrogresión del troskismo fue originada por su ruptura con el internacionalismo, no por el error de Trosky tocante a la naturaleza del sistema ruso, cual afirman críticos livianos. La defensa práctica y teórica de aquel exigía durante la guerra mundial y continua exigiendo hoy una rectificación terminante de la idea de Estado obrero degenerado y de cuantas presuposiciones la engendraron. Por el contrario, ni la defensa de Rusia ni la de cualquier país stalinista puede practicarse sin dar esquinazo al internacionalismo, es decir, al proletariado mundial, para ir a enrolarse a las órdenes de los enemigos de ese mismo proletariado.

G. Munis. «Análisis de un vacío», 1971-72

La ruptura de la Internacional y la salida de su tendencia internacionalista coincide con el momento en que en el programa de ésta está culminando la fase abierta con la formación de la Izquierda Comunista Internacional en 1929-30:

  • El programa de transición ha sido podado de todas las derivadas de la concepción de la propiedad estatal como elemento socialista o tendente al socialismo, una concepción heredada de la III y la II Internacionales.
  • La naturaleza del stalinismo y de la burocracia se han ido aclarando en la crítica y superación del concepto de estado obrero degenerado y la consideración de la Rusia stalinista es ya la de un capitalismo de estado imperialista.
  • El programa de la III Internacional, por su parte ha visto podarse el control obrero y la inmediata posguerra ha hecho necesaria una crítica de la táctica del frente único con socialdemócratas y stalinistas integrados ya de forma definitiva en el estado.
  • La imposibilidad de liberación nacional, ni hablar de liberación nacional progresiva no contradictoria con la clase trabajadora en los países coloniales, ha quedado clara en China primero y en Vietnam después.

La crítica de la naturaleza obrera del stalinismo y la afirmación, por primera vez, de un programa que toma como base lo que es distintivo del capitalismo en decadencia, marca que está culminándose la labor de la etapa de Izquierda Comunista abierta por Trotski en 1929. Queda todavía, sin embargo, un elemento importantísimo para la definición de la táctica comunista: los sindicatos. Pero su debate, que comienza ya al final de la guerra, tendrá que desarrollarse en un nuevo marco internacional.

Reanudamos, porque nunca interrumpimos

La ruptura, adelantada en el II Congreso, se hace formal en el VII Pleno de abril de 1949. En septiembre se hace pública y definitiva con la publicación de la Explicación y llamamiento a los militantes, grupos y secciones de la IV Internacional de la sección española.

El Llamamiento congrega a su alrededor a militantes de todo el mundo: vietnamitas que están refugiándose en Francia tras la persecución y masacre a manos de los stalinistas con la complicidad del gobierno colonial francés, como Ngô Văn; franceses que provienen de los grupos que han intentado practicar el derrotismo revolucionario durante la ocupación y en la Francia de Vichy, como Maximilen Rubel, la corriente Pennetier-Gallienne del trotskismo francés con militantes conocidos como Sonia Gontarbert, Sophie Moen o Edgar Petsch. Contando a Munis y Benjamin Peret -que han vuelto desde México- y al núcleo de militantes españoles que vienen la lucha durante la revolución española y que en ese momento están refugiados en Francia -Esteban Bilbao, Jaime Fernández, Paco Gómez, Agustín Rodríguez- el agrupamiento suma más de medio centenar de personas solo en Francia. Pronto se acercarán el Partido Obrero Comunista de Italia y fracciones revolucionarias de México, Dinamarca, Yugoslavia, Grecia y Alemania.

Publican un Manifiesto que concluye afirmando que:

La crisis de la sociedad actual es la crisis revolucionaria más importante y decisiva de toda la historia de la Humanidad. Hasta el presente, la evolución social y las revoluciones que la han confirmado y desarrollado siempre han llevado al ascenso al poder de una nueva clase dominante. Pero la evolución, las revoluciones, la decadencia y los renacimientos anteriores han producido todos los elementos materiales y humanos necesarios para poner fin a toda explotación de una clase por otra y permitir al Hombre enfrentarse, sin divisiones sociales, al mundo exterior, a la Naturaleza y ponerlos a su servicio. El instrumento de esta convulsión social es el proletariado, la clase obrera que no puede ser emancipada por la opresión de otra clase, sino sólo por la liberación de toda la Humanidad. Hace un siglo el proletariado comenzó su heroica lucha revolucionaria, pero desde entonces siempre ha sido traicionado por las organizaciones que lo habían llamado a la lucha por la revolución. La Primera Internacional sólo señaló el camino antes de su disolución; la Segunda Internacional saltó repentinamente al campo del capitalismo en 1914 después de un largo período de adaptación burocrática y parlamentaria; la Tercera Internacional, que realmente representó la revolución mundial durante unos años, se transformó rápidamente en un instrumento externo de la contrarrevolución rusa y su traición fue, por esta misma razón, infinitamente más grave que todas las anteriores. Pero la traición de estas organizaciones, principalmente las llamadas organizaciones comunistas que durante mucho tiempo usurparon el prestigio de la revolución rusa, no fue sólo una deserción en medio de la batalla, sino que significó que toda la fuerza orgánica e ideológica de estas organizaciones estaba al servicio de la contrarrevolución mundial, sin importar las rivalidades imperialistas. A partir de entonces, estas organizaciones, desde un factor revolucionario, se transformaron en un factor conservador, convirtiéndose en auxiliares de la policía, los tribunales y el Estado en general. Así, el proletariado se encuentra encuadrado en organizaciones comunistas, socialistas y sindicales cuyo objetivo último es ayudar a la policía, al ejército, a los tribunales y al Estado a hacer imposible la revolución proletaria. Esto es todo lo que impide que el proletariado se rebele y permite que el capitalismo arrastre una existencia decadente.

El capitalismo de hoy sólo ofrece a la sociedad un futuro más oscuro, un futuro de guerras, un régimen policial y burocrático dirigido por fascistas, stalinistas o ambos, una degradación continua del nivel de vida y de la cultura, una esclavitud acentuada de los trabajos en cadena sin sentido y de los campos de trabajos forzados, la destrucción de la cultura y del conocimiento técnico por medio de la tecnología misma (bomba atómica), el hundimiento de la Humanidad en una nueva barbarie. Ya no tiene derecho a existir. Todas las energías del proletariado y de las clases explotadas en general deben apuntar a un solo objetivo: su destrucción.

En realidad, sería una tarea relativamente fácil si el proletariado sólo tuviera que derrotar a los capitalistas individuales y a las fuerzas armadas de su estado. Clase contra clase, revolución contra reacción, la victoria pertenecería indudable y rápidamente al proletariado, ya que la burguesía está degenerada y, psicológicamente, se sabe vencida de antemano. Pero las fuerzas del orden y la contrarrevolución han encontrado nuevas fuentes de irradiación y están sacando nuevas energías de las organizaciones que un día fueron de los trabajadores. Los antiguos partidos socialistas ya no son, como decía Blum, más que los leales gestores de los asuntos capitalistas y los llamados partidos comunistas (en realidad, los partidos más anticomunistas que existen) sólo son los representantes leales y los gestores de la contrarrevolución rusa, como han demostrado en muchas ocasiones y admitido en cientos de declaraciones. Vinculado a la democracia burguesa, el reformismo socialista degenera con ella; vinculado a la contrarrevolución rusa, el stalinismo se corrompe con ella y vivirá, o perecerá, con ella. Pero la característica de la contrarrevolución rusa es la concentración y exacerbación de la vieja explotación capitalista en manos del Estado, lo que produce una concentración de violencia, de los métodos policiales y burocráticos del totalitarismo, que el capitalismo tradicional nunca ha logrado ni siquiera con Mussolini, Hitler o Franco. En efecto, el régimen existente en Rusia concentra en sus manos la propiedad de los medios de producción y, en consecuencia, la explotación y la violencia judicial y policial que salvaguardan los dos primeros, hasta un punto que la historia nunca ha conocido, incluso en el declive del antiguo Egipto y de la Roma imperial. La propiedad privada de los medios de producción, un signo del viejo capitalismo, ha dado lugar en Rusia, bajo la égida de la contrarrevolución stalinista, a la propiedad capitalista por parte del Estado, que transfiere todo el poder y la mayor parte de los beneficios de la explotación a las manos de los burócratas stalinistas. En los países de Europa Occidental, particularmente en Francia, son los partidos stalinistas y sus burócratas sindicales (CGT) los que tienen el control de la clase obrera y se imponen a ella por todos los medios, desde la demagogia hipócrita en nombre del socialismo y la Revolución rusa, hasta la coerción en todas sus formas en las fábricas y el asesinato de revolucionarios. Sabiendo que la evolución natural del capitalismo (concentración automática de la propiedad en la propiedad estatal) favorece sus intereses, el stalinismo pretende afirmar la dominación de sus burócratas sobre la clase obrera para imponerse a los capitalistas individuales como el mejor representante del capitalismo en general, es decir, como el mejor defensor del sistema que consiste en hacer trabajar a las masas en beneficio de los privilegiados, en mantener la separación del Hombre de los medios de producción, como salvador de todas las fuerzas podridas del orden en general, frente al desorden y la anarquía de las masas rebeldes.

Así, el verdadero enemigo del proletariado y de la revolución social no está constituido principalmente por los capitalistas individuales, a quienes el proletariado podría derrotar con una simple bofetada, ni por su policía, su ejército, sus tribunales totalmente desacreditados y prostituidos, sino por los cuadros políticos y sindicales stalinistas que sustituyen al Estado, donde es incapaz de cumplir su tarea: mantener a la clase obrera en escepticismo y desmoralización. Actualmente, en nuestra época de degeneración del capitalismo, son los verdaderos representantes del Estado. Sin embargo, la tarea histórica más importante del proletariado es destruir la maquinaria estatal, tarea sin la cual la revolución social nunca será.

De ello se deduce que, sin destruir el poder stalinista en tanto que partido y burocracia sindical (CGT) y el de la burocracia reformista (CGT-FO) o sus contrapartes en los demás países, el proletariado está condenado a la impotencia y la esclavitud, no habrá revolución social, sino decadencia y barbarie.

El gran problema de esta época, la terrible tragedia del proletariado, consiste precisamente en la contradicción temporal entre la madurez más que completa de las condiciones históricas, objetivas y subjetivas, de la revolución social y su incapacidad orgánica y práctica para llevarla a cabo. Por lo tanto, la unión entre las posibilidades y los hechos históricos sólo puede lograrse mediante una organización revolucionaria del proletariado. Es a esta tarea a la que nosotros, Unión obrera internacionalista, pretendemos contribuir. Todas las pequeñas organizaciones que existen fuera del reformismo y el stalinismo se han mostrado impotentes para reunir al proletariado bajo una bandera combativa, incluidas las organizaciones oficiales de la IVª Internacional de la que acabamos de salir. La IVª Internacional no ha mantenido integralmente las tradiciones del internacionalismo proletario y sigue apoyando la defensa de Rusia sin ver que la contrarrevolución se ha llevado a cabo plenamente allí. Constituye así una izquierda del stalinismo en todos los países. De esta manera, la IVª Internacional Oficial sólo anula su propio potencial revolucionario. Esto es lo que dio origen a nuestro movimiento, la Unión Obrera Internacional, que tiene como objetivo organizar al proletariado francés, europeo y mundial para lograr su gran meta histórica: la revolución socialista.

Manifiesto de la Unión Obrera Internacional. París, 1949

La organización hace esfuerzos notables: comienza la publicación de prensa por las secciones y de una revista internacional, establece relaciones con grupos que se mantuvieron fieles al internacionalismo durante la guerra, debate vivamente con alguno de ellos, como Socialismo y Barbarie.

En 1952 Benjamin Péret comienza la publicación de un debate con anarcosindicalistas internacionalistas sobre la naturaleza de los sindicatos. Es la base de lo que en 1960, se publicará, junto con una serie de artículos posteriores de Munis como Los sindicatos contra la revolución. No toda la UOI comparte la evolución antisindical de la sección española, los italianos y especialmente los franceses están involucrados en el las estructuras sindicales de base. No podrá sin embargo hacerse un debate como hubiera sido necesario.

La sección española está cada vez más volcada en la creación de una estructura clandestina en la península. Péret, haciéndose pasar por viajante comercio francés, ha hecho varios viajes y despertado a antiguos compañeros de la ICE y el GBLE. Los esfuerzos tienen un primer éxito con una destacada intervención del grupo en la huelga de tranvías del 51 en Barcelona. Deseoso de reforzar la presencia, Munis, Costa y algunos otros quieren pasar clandestinamente al interior. Bilbao, viejo fundador del primer PCE, que es el mayor de todos en edad, lo considera aventurerista e irresponsable y se opone con dureza. Finalmente la policía española desarticula el grupo entero en diciembre de 1952. Munis es condenado a diez años y Costa a ocho, el resto de militantes tan solo a uno porque ninguno de entre todos canta durante las torturas. El grupo no comenzará a recuperarse de la caída hasta 1957 cuando, Munis salga de prisión con libertad provisional y escape a Francia.

Mientras tanto la UOI si no desaparecida formalmente, en la práctica está cada vez más falta del empuje. Las diferencias sobre los sindicatos llevarán a la salida del grupo francés que se reorientará hacia el sindicalismo y del vietnamita que evolucionará en los años hacia el consejismo. El grupo no se reconstituye hasta 1957-58 de la mano, de nuevo, de la sección española.

Nace el Fomento Obrero Revolucionario (FOR), sigla que se mantendrá hasta nuestra década y que en el número 1 de su boletín en español se presentaba así:

Ideológicamente no empezamos, sino que reanudamos, porque nunca interrumpimos. Venimos de muy lejos, desde el primer tiempo en que hubo hombres sublevados; vamos de camino, mucho más lejos todavía. Entroncamos con los revolucionarios más cabales de antaño y suscitamos ya los de mañana. De idea en idea, de hombre en hombre, somos el instante imperecedero de la energía reivindicativa del individuo a través de la historia, el continuo afirmativo de las exigencias humanas frente a las contingencias del reaccionario acaecer político. Ser hombre, en nuestra época más perentoriamente que nunca, es comportarse revolucionariamente. Nosotros ejercemos nuestro oficio de hombres sin trapacerías, tembliques ni adulteraciones. Así pues, no empezamos, continuamos; lo que empieza es nuestra publicación, Alarma, y una jornada nueva en el persistente duelo contra la tétrica reacción española.

Somos hombres de la guerra civil y hombres de después, unidos por un ideario que sobrepasa las fronteras, que las suprime ya virtualmente, requisito indispensable a la acción socialista hoy. Buena parte de nosotros, los veteranos y los nuevos, hemos conocido las prisiones de la España sagrada; algunos también las de la policía rusa. Ninguno somos arrepentidos, ni del franquismo ni del stalinismo. La tiranía, la explotación, no nos engañaron nunca, aun embozadas de comunismo o de democracia.

Nuestro abolengo político viene desde Marx y Engels, la Primera Internacional, los años revolucionarios de la Segunda y la Tercera, Liebknecht, Luxemburgo, Lenin, Daniel de León, Trotsky, la oposición a la contrarrevolución stalinista en Rusia. Por los acontecimientos entroncamos con la Comuna de París, la revolución rusa del 17, la alemana del 18-23, los centenares de miles de hombres asesinados por el actual sistema ruso, en su destrucción de las tendencias revolucionarias; con la insurrección española del 19 de julio de 1936 frente a la reacción clérigo-militar y la insurrección de mayo de 1937 contra stalinismo y Frente Popular; con las centenas de millares de hombres asesinados por el franquismo. Reivindicamos igualmente la acción insurgente del proletariado alemán, polaco, húngaro, etc., contra los régulos de Moscú.

Por sí solo, lo dicho comporta un programa revolucionario sin mitigaciones, programa cuya amplitud, facetas y modalidades tácticas se deduce de este hecho, consecuencia de la historia reciente: Washington y Moscú, Moscú y Washington son factores simétricos y complementarios de la contrarrevolución mundial. Necesitamos decirlo de la manera más inequívoca posible, porque nosotros no jugamos al demócrata anti-franquista. Aspiramos a agrupar hombres revolucionarios, no figurantes de tablao. Nuestro anti-franquismo perfora hasta las raíces del sistema, y nuestra exigencia de libertad, inconforme con ficciones jurídicas, reclama la igualdad económica. No tenemos nada que ver, ni aceptaremos tenerlo jamás, con los anti-franquistas de inspiración rusa, que nos deparan otra tiranía, ni con los demócratas aroma Washington, que para competir con Rusia nos proponen unas libertades secreteadas en los confesionarios y apuntaladas en las bases americanas. Si hace 26 años la victoria de Franco se debió a la colusión de Stalin, Roosevelt y Hitler contra la revolución obrera, hoy que el siniestro bufón pierde pie, cuando el proletariado reanuda su actividad y el capitalismo español zozobra de nuevo, nosotros consideramos obligación primera alertar contra toda política que incline a Washington o a Moscú.

El triunfo de Franco no ha invalidado ninguno de los factores sociales que produjeron la gran conmoción revolucionaria del decenio 30, antes al contrario, los ha ensanchado y exacerbado.[...]

Lo que los acontecimientos nos traen de nuevo, es la contraposición irreductible entre la revolución socialista, necesidad inmediata, y la conservación del capitalismo en cualquiera de sus formas, en el fondo la misma gran contienda que el decenio 30, pero mucho más premiosa. Nos importa dejarlo sentado desde ahora y con tanta mayor netitud cuanto que la revolución encuentra otra vez atravesados en su camino los mismos partidos que durante la guerra civil la hicieron recular en beneficio de Franco. Pero ahora todo es más descarado: esos partidos quieren, buscan, tienen adquirida en parte la alianza directa de elementos franquistas, militares, clericales, falangistas. [...]

En el fondo de la crisis política española no hay nada más que la necesidad de revolución socialista, reafirmémoslo. Soterrada por largos decenios de teocracia y soldadesca, renegada, descarriada o carnavalescamente disfrazada por hombres y organizaciones que deberían auspiciarla si sus designaciones no fuesen falsas, esa necesidad sigue presente y el dilema es inconcuso: ella o cualquier tiranía en la gama que va de Moscú a Washington.

Empezando, 1958

La muerte, casi inmediata, en 1959 de Bilbao y Péret, supone un golpe muy duro para el grupo español. Munis mismo está a punto de ser entregado a las autoridades españolas y vive clandestinamente a caballo entre París, Génova y Milán en una situación sumamente precaria. A pesar de todo, se constituye el núcleo M, el ejecutivo de la organización (Munis, Costa, Paco).

En 1960 en una imprenta milanesa se publicarán Los sindicatos contra la revolución y en 1961 Pro Segundo Manifiesto Comunista, verdadero resumen programático de todo lo aprendido por la vanguardia de clase desde 1929.

Al núcleo M se unirán varios núcleos en París y Sur de Francia primero y en Asturias (Núcleo Felix Galán, en honor al revolucionario de la Llerena de la ICE) después. Este último tendrá una intervención activa en las protestas y huelgas mineras asturianas de 1961 y 1962 -un nuevo eclosionar de asambleas y comités, llamados ahora comisiones obreras7-, que abren un periodo de ascenso de lucha de clases que, arrancando entonces en España, se extenderán por el mundo hasta finales de los años ochenta.

A partir de 1970, desarrollará nuevos núcleos en España (Barcelona), Francia, Italia, Grecia y un grupo de simpatizantes en la costa Oeste de EEUU. Todos ellos desarrollando publicaciones más o menos regulares. La expulsión del inmaduro núcleo barcelonés en 1988, marcará sin embargo el paso a una nueva fase de debilitamiento pareja al callejón sin salida al que ha llegado la lucha de clases globalmente.

Solo la sección francesa seguirá activa durante la siguiente década, abandonando las publicaciones en papel en 1993 y pasando a publicar exclusivamente en su web hasta 2006. Ese año comienzan una serie de iniciativas de reconstitución alrededor de FOR-continuité en Francia y a partir de 2017 en España, que acabarán en 22 de junio de 2019 con la fundación de Emancipación como organización política mundial e internacionalista.

Apéndices

1. El PCE de la fundación a su stalinización completa

La historia de la burguesía y el capitalismo español es paradójica. Comienza probablemente antes que en ningún otro lugar de Europa, o al menos bajo las mejores condiciones. Tras la conquista de América y la apertura de redes comerciales regulares en distintos regímenes de monopolio compartido con la corona, una parte de la burguesía comercial crece al amparo del nuevo imperio. Todo parecía dado para un arranque fulgurante del ciclo de acumulación capitalista. Jerónimo de Ayanz inventa la máquina de vapor en 1606 para aplicarla a la minería, se prodigan los «ingenios»... Pero la pujante economía manufacturera burguesa de las villas castellanas, que ya en 1520 pudo plantear la primera revolución burguesa del continente y que hubiera podido crear la primera nación europea, había muerto ahogada en el flujo de metales preciosos que el viejo sistema feudal necesitaba como el aire.

Ningún otro estaba en esa época (fines del siglo XV) tan uniformemente preparado como España, para lanzarse al torbellino de la acumulación capitalista que siguió al descubrimiento de América y de la ruta de la India doblando el África; ningún otro tampoco, salió tan quebrantado de la empresa. Mientras Holanda e Inglaterra, Francia y Alemania en menor grado, se enriquecían y hacían de la extensión del comercio la base de su prosperidad y primacía en los siglos posteriores, España se arruinaba, se despoblaba, perdía sus conocimientos técnicos, desaparecía su industria, quedaban baldíos los campos, deshabitadas las ciudades, o superpobladas las de la costa sur por un gentío en el que dominaba sobre el artesano y el mercader, el buscón que inspiró obras maestras.

G.Munis. «Jalones de derrota, promesas de victoria», 1947

Es más, a grandes rasgos se puede decir que si no emerge entonces la nación, esto es, la dirección efectiva de la sociedad por la burguesía alrededor de un mercado propio, es porque el flujo de metales desde América debilita a la burguesía hasta su postración total.

La decadencia de España no es otra cosa que una bancarrota gigantesca producida por la primera crisis del capitalismo, al experimentar el choque económico de los descubrimientos geográficos. Aún no sólidamente instalado el sistema manufacturero, los cargamentos de oro y plata de las Indias vertiéronse sobre la península produciendo una violentísima conmoción, que la estructura económica del país no pudo resistir. Defendióse durante algún tiempo, el imperio se extendió aún y vivió o vegetó por siglos, pero la bancarrota económica era ya total a la muerte de Felipe II, y desde muchos años antes la sociedad se descomponía en su base. Los esfuerzos de las clases progresivas para nivelar la organización política con la nueva situación económica, fueron vencidos uno tras otro y la parálisis se instaló en el cuerpo social para un largo período que aún no ha terminado por completo.

G.Munis. «Jalones de derrota, promesas de victoria», 1947

La postración de la burguesía española frente a las viejas clases señoriales posterga la constitución de la nación y convierte el siglo XIX en un asalto agónico por imponer su realidad.

El siglo XIX en España es, desde las Cortes de Cádiz (1810), el siglo de la revolución burguesa. Pero tras el empuje original, que da lugar a las constituciones liberales de 1812 -«la Pepa»- y 1833, la burguesía española se da cuenta de que no tiene fuerza suficiente para imponer un nuevo orden frente al absolutismo si no es aliándose con los sectores aristocráticos que apoyan a la reina Isabel, contra su tío Carlos. La forma política del núcleo de esta alianza, el «moderantismo», estaba contrapesado a la izquierda por el partido progresista, representación de las clases medias urbanas. El partido progresista se hará con el poder tras la revolución de 1854 que abrió el «bienio progresista» y puso a Espartero en el poder. El bienio mostró la incapacidad de la pequeña burguesía y los sectores democráticos para consolidarse y llevar hasta el final la revolución burguesa. Cuando en 1856, con el apoyo de Napoleón III, O’Donell da su golpe de estado, todo el aparato «revolucionario» cae sin resistencia como un castillo de naipes.

Espartero desertó. Abandonando a las Cortes, las Cortes a los dirigentes, los dirigentes a la clase media, y ésta al pueblo. Esto da una nueva ilustración sobre el carácter de la mayor parte de las luchas europeas de 1848-1849 y de las que ha habido desde entonces en la parte occidental de dicho continente. Por un lado, existen la industria y el comercio modernos, cuyos jefes naturales, las clases medias, son enemigos del despotismo militar; por otro lado, cuando las clases medias emprenden la batalla contra este despotismo, entran en escena los obreros, producto de la moderna organización del trabajo, y entran dispuestos a reclamar la parte que les corresponde de los frutos de la victoria. Asustadas por las consecuencias de una alianza que se le ha venido encima de este modo contra su deseo, las clases medias retroceden para ponerse de nuevo bajo la protección de las baterías del odiado despotismo. Este es el secreto de la existencia de los ejércitos permanentes en Europa, incomprensible de otro modo para los futuros historiadores. Así, las clases medias de Europa se ven obligadas a comprender que no tienen más que dos caminos: o someterse a un poder político que detestan y renunciar a las ventajas de la industria y del comercio modernos y a las relaciones sociales basadas en ellos, o bien sacrificar los privilegios que la organización moderna de las fuerzas productivas de la sociedad, en su fase primaria, ha otorgado a una sola clase. Que esta lección se dé incluso desde España es tan impresionante como inesperado.

Carlos Marx. La Revolución en España, 1856

Las clases medias, la pequeña burguesía, habían quedado doblemente pinzadas. Pinzadas políticamente entre el naciente proletariado que le aterrorizaba y la alianza «moderada» y monárquica de la vieja burguesía, la burocracia isabelina y el latifundismo aristocrático. Pero sobre todo pinzadas económicamente, pues sin la revolución no podría generar las bases económicas de su propia transformación en burguesía industrial. Hay que pensar que aunque el bienio liberal acabó con las aduanas interiores sentando las bases de una unidad de mercado que sellaría la abolición de los fueros vascos (1876), en la práctica España es entonces un país de pueblos incomunicados, con una red de caminos mínima: todavía en 1931 solo un 30% de la población española vivía en una población con acceso por carretera. La red de ferrocarriles al mismo tiempo es inconexa y, desde el principio, orientada a la exportación, es decir, sometida a las necesidades de Gran Bretaña y en menor medida de Francia. Solo en las regiones costeras (Málaga, Santander) y cercanas a la frontera (Barcelona, Vizcaya) la pequeña burguesía podrá dar un raquítico salto industrial por su cuenta que décadas más tarde cuajará en las desigualdades regionales que persisten hasta hoy.

En la segunda mitad del siglo XIX esta impotencia histórica hará a la pequeña burguesía española republicana, pues no tenía nada que esperar de cualquier alternativa monárquica sostenida por la burguesía aristocratizada. Pero también la dividirá entre «federales» y «unitarios». Los unitarios siguen manteniendo la posibilidad de articular el país en un único mercado, creando un estado centralizado para culminar la revolución. Los federalistas en cambio apuestan por consolidar legalmente el poder donde ya lo tienen o pueden tenerlo, en las capitales comerciales costeras, dividiendo el país en una serie de cantones soberanos y básicamente independientes. La diferencia hará saltar por los aires a la débil I República, resucitando de paso y por última vez el fantasma del alzamiento carlista y mostrando hasta el ridículo el carácter centrífugo e impotente de la pequeña burguesía radical localista española cuando el cantón de Cartagena solicite a EEUU ser anexionado por la potencia ultramarina8.

El régimen de «la Restauración» que se instala con Alfonso XII tras la derrota del alzamiento cantonal, desarrollará durante medio siglo la fusión entre las clases tardo-feudales y la burguesía que se venía insinuando desde el moderantismo. El régimen tuvo, desde el principio, la vocación de unificar a la clase dominante en un único cuerpo social. Partía de un hecho: la desarticulación territorial del país se calcaba a la estructura de clases entera. No solo la pequeña burguesía sufría la atomización, también la burguesía. Por eso necesitaba de la monarquía.

La preponderancia de las tendencias centrífugas sobre las centrípetas, tanto en la economía como en la política, ha privado de base al parlamentarismo español. La presión del gobierno sobre los electores ha tenido un carácter decisivo: durante todo el siglo pasado, las elecciones daban invariablemente la mayoría al gobierno. Como las Cortes dependían del ministerio de turno, el ministerio mismo caía de un modo natural bajo la dependencia de la monarquía. Madrid hacía las elecciones y el poder caía en manos del rey. La monarquía era doblemente indispensable a las clases dominantes desunidas y descentralizadas, incapaces de dirigir el país en su propio nombre. Y esa monarquía, que reflejaba la debilidad de todo el Estado, era -entre dos sublevaciones- suficientemente fuerte para imponer su voluntad al país. En suma, el sistema estatal de España puede ser calificado de absolutismo degenerativo limitado por pronunciamientos periódicos.

León Trotski. La revolución española y la táctica de los comunistas, 1931

Esta «España invertebrada» llegará a su cénit en 1898. La guerra con EEUU marcó para la burguesía española un antes y un después. No por la «pérdida» de Cuba, Puerto Rico y Filipinas en sí, cuyo impacto económico fue mucho menor del lamentado por la propaganda oficial. Sino sobre todo porque evidenció el fracaso de la nacionalización del campesinado y el proletariado. Las clases populares no solo no secundaron la guerra sino que no fueron permeadas por el fervor nacionalista de la pequeña burguesía. Para esta clase la guerra fue el desastre, la confirmación dolorosa de que el empuje de la nacionalización de las clases subalternas, el último resto que quedaba a la burguesía de su proyecto revolucionario, había fracasado.

Empieza entonces ese nacionalismo victimista y autodenigratorio que sigue apareciendo hoy en los discursos de la izquierda pequeñoburguesa. Aparecen también el nacionalismo vasco y el catalán, como formas alternativas de asegurar la identificación nacional de los trabajadores. La misma monarquía se asusta y, por fin, tras décadas de cesión rutinaria a la Iglesia, toma en sus manos el sistema educativo, enfrenta el analfabetismo y crea, más allá del papel, la escuela pública universal prometida por todos los gobiernos desde el bienio progresista.

Las limitaciones de la mirada «educacionista» del nacionalismo español emergerán pronto. En 1909 una insurrección obrera responderá a las levas forzosas para la aventura colonial marroquí. Es la Semana Trágica. La sección española de la IIª Internacional, el PSOE nacido en 1879, legitimará los aires revolucionarios del nacionalismo de la pequeña burguesía, presentándose por primera vez en una lista común con sus partidos a unas elecciones en la «conjunción republicano-socialista». El relato socialdemócrata tras la conjunción exageraba el componente feudal de las clases dominantes, invisibilizaba a la burguesía real y presentaba a la pequeña burguesía republicana como una suerte de burguesía revolucionaria. Lejos de ser así, la pequeña burguesía se irá desvaneciendo progresivamente entre un proletariado que en 1912 es capaz de organizar por primera vez una gran huelga nacional -la de ferroviarios- y una burguesía que va a transformarse profundamente con la guerra mundial.

La Guerra Mundial transformará profundamente España. Los sectores extractivos -sobre todo la hulla y el hierro- conseguirán multiplicar sus pedidos; pero la siderometalurgia y el naval cantábricoss consiguen resultados realmente extraordinarios. El capital español por primera vez disfruta de una acumulación que, en un mundo en guerra, solo puede reinvertir en sí mismo.

Siguiendo la tendencia a la formación de monopolios y concentraciones de capital propia del imperialismo, los grandes capitalistas industriales toman el poder de los bancos que a su vez se convierten en propietarios de los grupos industriales y de grandes latifundios que explotarán mediante la primera industria masiva de agrotransformación. La burocracia del estado, ya muy entrenada en pasteleos, se une por primera vez a los consejos de administración y engrasa la coordinación entre el capital, el campo y el aparato político. El Madrid por el que se abre paso la Gran Vía, celebra las sedes bancarias como nuevas catedrales. El capitalismo español cobra por primera vez volumen cuando la hegemonía está pasando ya al capital financiero. Pasa directamente de la incapacidad para crear un mercado nacional unificado viable, al capitalismo de estado.

Y mientras la burguesía española está recibiendo nueva sangre y convirtiéndose en burguesía de estado, el proletariado se está convirtiendo por primera vez en un sujeto político independiente. Durante el llamado «trienio bolchevique» (1917-19), el impacto de la Revolución Rusa se conjuga con las condiciones impuestas por la producción de guerra en una movilización permanente y cada cada vez más potente. Por primera vez se apunta la superación de las limitaciones de un anarcosindicalismo sin estrategia y de un PSOE empeñado en llevar las luchas hacia la República como si la historia no hubiera avanzado y estuviera a la orden del día una revolución democrático-burguesa que abriera paso a un ya utópico capitalismo liberal.

La guerra europea, que estalló en los primeros días de agosto de 1914, y que más tarde rebasaría los límites de nuestro continente y sería la primera guerra mundial, tuvo considerables repercusiones en España. De entrada, se produjo una notoria escasez de aquellos productos de los que nuestro país era importador. Después, en un proceso de signo inverso, los países beligerantes comenzaron a adquirir en España todo lo que les era necesario y hallaron aquí, y no solo productos del campo, sino también industriales. A consecuencia de ello, la industria nacional conoció una actividad inusitada, sobre todo en algunos ramos de la producción. Comerciantes, industriales y navieros obtuvieron pingües beneficios, que repercutieron muy poco en los salarios de los trabajadores, en tanto subía sin parar el nivel de los precios a lo que contribuía el acaparamiento masivo de víveres, y aun de otros productos, realizado con el fin de provocar su escasez y, con ella, una elevación de precios. Y así fueron creciendo como bola de nieve, el descontento y el malestar entre los trabajadores y aun en otros sectores de la sociedad que se consideraban situados por encima de la clase obrera.

Esta situación dio lugar a que se estableciese un pacto de acción común entre las dos centrales sindicales: UGT y CNT, el primero que a lo largo de su historia se establecía entre ellas. Tras una campaña de mítines, realizados en toda España, para reclamar del Gobierno medidas que frenasen el alza de los precios y la agravación de las condiciones de vida de los trabajadores, se llegó, el 18 de diciembre de 1916, a una huelga general de veinticuatro horas en toda España. Y como los poderes públicos siguieron sin abordar siquiera el problema, en marzo de 1917 las dos centrales sindicales decidieron preparar una huelga general nacional de duración indefinida. El Gobierno hizo detener y un juez encarceló y procesó a los firmantes del manifiesto en que se hicieron públicos los acuerdos adoptados. Surge en Valladolid, como respuesta a la acción del Gobierno, una huelga general que da lugar a enfrentamientos sangrientos entre obreros y Policía y Ejército. Los detenidos en Madrid son puestos en libertad.

Por estas mismas fechas, el pueblo ruso derriba el régimen zarista. Y pocas semanas después, el 1 de junio, los españoles conocen el manifiesto de las Juntas de Defensa Militares, en el que se expresan anhelos que difusamente comparten amplios sectores de la clase media y de la pequeña burguesía. El ejemplo de los oficiales del ejército es seguido por otros sectores del país; tras ellos constituyen sus juntas de defensa los sargentos, los guardias de seguridad, los funcionarios públicos, -particularmente los de Correos, Telégrafos y Hacienda-, los jueces, hasta hubo una tentativa de crearlas en el clero. El Gobierno, que, después de tolerarlas durante un tiempo, había decidido enfrentarse a las Juntas de Defensa Militares y hecho arrestar a sus directivos, hubo de capitular ante un ultimátum de los cuartos de banderas y poner en libertad a los arrestados. Se abre entonces una situación revolucionaria, que hace correr grave riesgo a la monarquía de Alfonso XIII, salvada más que por su propia fuerza por la impreparación e irresolución de sus adversarios. La Lliga Regionalista de Cataluña, expresión política de la burguesía catalana, cuyo poder económico había crecido considerablemente gracias a la guerra , pretende intervenir directamente en el gobierno del Estado, y habiéndose negado éste a reunir las Cortes, como se le había pedido, toma la iniciativa de congregar a los parlamentarios de la oposición de Barcelona el 19 de julio. El Gobierno hace disolver la reunión, sin que ni el gobernador civil ni los parlamentarios pierdan los buenos modales. Antes de que terminase el año, la Lliga entró a formar parte del Gobierno, que era, en suma, lo que se proponía.

Con motivo de esta asamblea de parlamentarios, y por solidaridad con ella, se produce en Valencia una huelga general en la que participan los ferroviarios de la red del Norte. La compañía despide a un grupo de ellos, lo que provoca una acción de solidaridad de sus compañeros. Los ferroviarios del Norte van a la huelga general el 10 de agosto y arrastran, antes de los previsto, a todo el proletariado español tres días más tarde. La lucha, que tiene clara finalidad política, se mantiene durante una semana, y en Asturias hasta finales del mes. Hay numerosos muertos y heridos y gran cantidad de encarcelados. La represión es muy dura, aunque no de larga duración. Los miembros del comité que, por parte de la UGT y del Partido Socialista, asume la dirección del movimiento son condenados a reclusión perpetua. Elegidos, primero, concejales en Madrid, y después diputados, menos de nueve meses después de ser apresados son amnistiados y ocupan sus escaños en el Parlamento.

En noviembre de 1917 en Rusia, y por primera vez en la Historia, la clase trabajadora había conquistado el poder en un gran país, hecho que tendría en todo el mundo, y también por tanto, en España, enormes repercusiones.

En 1918, una huelga general de funcionarios de Correos, Telégrafos y Hacienda pone al rey al borde de la abdicación. En este mismo año y en el siguiente, en toda España, pero particularmente en Cataluña, la clase obrera sostiene batallas heroicas. En Andalucía, los obreros agrícolas luchan a su vez con vigor indomable. Pero la represión en todo el país y en Cataluña, el terrorismo iniciado por la organización patronal sirviéndose de bandas de mercenarios, y más tarde institucionalizado, contiene primero y rechaza después la ofensiva del proletariado.

Luís Portela. El nacimiento y primeros pasos del movimiento comunista en España, 1980

¿Cómo responde tanto a la guerra como a la movilización de la clase su partido, La primera reacción no fue el internacionalismo revolucionario, pero sí tuvo, al menos, un sano instinto anti-imperialista y anti-militarista.

Declarada la guerra, el Comité Nacional, sin consultar al Partido por lo urgente del caso, publicaba -2 de agosto- un manifiesto en el que se señalaban al capitalismo y al imperialismo como responsables de la guerra; se indicaba que nuestro país sufriría las consecuencias por la paralización de la producción y circulación que originaría la guerra, aun en el caso más favorable, que era el de la no intervención, y se hacía un llamamiento a la clase trabajadora para que celebrase actos de protesta y formulase las siguientes peticiones:

La paz entre los pueblos y, como consecuencia, el término de la guerra de Marruecos. Que el Gobierno español expresase a las demás naciones el deseo de nuestro país de que se resuelvan por procedimientos pacíficos las diferencias entre las naciones. Y en el caso de que los países principalmente interesados se lanzasen a la guerra, mantuviera España la más estricta neutralidad, sin dejar por esto de hacer cuando pudiera para poner término a la lucha.

Juan José Morato. El Partido Socialista Obrero, 1918

Sin embargo, esta posición se vería pronto matizada por la expresión del deseo del triunfo aliado de Pablo Iglesias, fundador y secretario del partido. El tal deseo no era más que la proyección internacional de la conjunción republicana y la tradicional supeditación al partido francés, que había caído de pleno en el socialpatriotismo.

Cuando estalló la guerra europea [Pablo Iglesias] dijo clara su opinión, que era la de la mayoría del partido, no de todo él:

Hemos manifestado nuestro deseo de que España se mantenga neutral; pero también hemos manifestado nuestras simpatías y nuestros deseos de que triunfen aquellos cuya victoria entendemos que es beneficiosa para los pueblos. Nuestro criterio respecto de la neutralidad se funda en las circunstancias en que se encuentra España. De no encontrarse en estas circunstancias, seguramente procuraríamos que donde van nuestras simpatías fuera también lo que nosotros juzgamos eficaz para el triunfo de nuestra causa.

Juan José Morato. Pablo Iglesias educador de muchedumbres, 1931

La verdad es que el partido español estaba prácticamente aislado en la IIª Internacional. Muy pocos leían alemán, la lengua de los grandes debates socialistas. Los únicos actos en común con otros partidos en los años anteriores a la guerra fueron telegramas mandados junto con el partido francés en protesta por la guerra de Marruecos. Y si se leía poco y por pocos, aun menos eran los que viajaban en un partido que mantuvo a su líder y único diputado con una suscripción popular, pasando penurias incluso durante sus últimos años.

Por supuesto nadie tenía noticias de Rosa Luxemburgo y la izquierda alemana y nadie había oído hablar de Lenin o Trotski. Kautsky se conocía por una traducción de Mella y Pablo Iglesias publicada en 1909: La doctrina socialista, una réplica a Bernstein que fue el único esfuerzo teórico reseñable del partido. Sin embargo, Mella e Iglesias tradujeron de la edición francesa, no de la alemana y no parece que la edición del libro suscitara mayor correspondencia con el autor. Los traductores presentaban el libro señalando que, no existiendo en español más que una traducción de El Capital y un resumen realizado a cuenta del propio PSOE, y como ni siquiera había críticas serias del marxismo en el mundo académico, la anti-crítica kautskista serviría de exposición del marxismo, de sus críticos reformistas y de la refutación kautskista de éstos con la que, según parece, se identificaban los dos dirigentes socialistas. Todo en uno.

Las carencias ideológicas se suplían con un sentimental culto a la personalidad del abuelo y un respeto reverencial por los intelectuales, casi todos ellos con fuertes vinculaciones en Francia como la cabeza del socialismo catalán, Fabra Ribas, que había militado con Jaurés en su juventud. El resultado, de un oportunismo lamentable que abría las puertas a un apoyo a la entrada en la guerra en el bando aliado, se evidenció en el Congreso de 1915 en el que un ya muy mayor y enfermo Jaime Vera redactó la ponencia oficialista finalmente aprobada.

[En el Congreso de 1915] se discutió mucho acerca de la guerra; 4.090 votos contra 1.218 aprobaron el siguiente dictamen redactado por Fabra Ribas, Besteiro y Araquistain:

El Congreso declara: Que sin dejar de señalar al capitalismo de todos los países en lucha como responsable estamos obligados a examinar las causas de la guerra actual, la situación que crea y sus consecuencias, ajustándonos a la realidad presente y con el pensamiento puesto siempre en las aspiraciones del proletariado.

Y el examen de esta realidad nos dice que en la lucha trágica, preparada y ejecutada por el capitalismo, se manifiestan dos tendencias, y que según venza la una o la otra, saldrá mejor o peor librada la causa de los trabajadores.

De los dos bandos que mantienen la sangrienta lucha, uno, el provocador de ella y la expresión más acabada del odioso imperialismo, se ha movido por propósitos y aspiraciones que, de triunfar, causarían honda herida al proletariado y al partido que el mismo representa; el otro, aunque llevado a la lucha principalmente por el interés capitalista, está mucho menos tocado de imperialismo, y por lo tanto, más incluido por un espíritu democrático.

De vencer el imperialismo austro germano, habrá un retroceso o un alto para el socialismo y la democracia; de obtener la victoria los páises aliados, nuestra causa realizará grandes progresos, incluso en Alemania y Austria.

En cuanto a solicitar la paz e influir con lo que nuestras fuerzas permitan para alcanzarla, el Congreso cree que eso existe que la oportunidad ayude, y que ayude para hacerla en condiciones provechosas para la Humanidad.

Juan José Morato. El Partido Socialista Obrero, 1918

De este modo en el PSOE pablista, la influencia de los «intelectuales», ninguno de ellos marxista, sobre el abuelo, reforzaba un oportunismo a la francesa que es el que explica la aparente paradoja de que los socialistas españoles fueran al mismo tiempo pro-imperialistas en la guerra mundial -en la que no participaba España- y se mantuvieran intransigentemente internacionalistas en la guerra de Marruecos -un viejo empeño colonial de la burguesía y el militarismo español.

El partido socialista español tomaba el oportunismo francés como prácticamente única referencia internacional y reaccionando saludablemente contra el chovinismo propio adoptaba sin problemas los argumentos del chovinismo vecino, lo que a su vez fortalecía el oportunismo propio crecido por la larga alianza electoral con los republicanos.

En agosto de 1914, cuando se desencadena la primera gran guerra de nuestro siglo, España queda dividida en dos grandes corrientes de opinión: germanófilos y aliadófilos. En el primer bando se alinean casi todos los militares profesionales, la gente de la iglesia -pese a que la mayoría de alemanes son protestantes- y la gente que simpatiza y sigue más o menos los partidos de derecha, lee su prensa y le otorga su sufragio en las elecciones. En el otro sector se sitúan la inmensa mayoría de los intelectuales, la gente de tendencias liberales y democráticas -incluso los liberales monárquicos que siguen al conde de Romanones- es decir, en conjunto, a todo lo que podríamos denominar la izquierda española. (…)

El Partido Socialista, por su composición social esencialmente obrera, no había perdido su conciencia de clase, pero muy pocos de sus miembros -y no solo los obreros- tenían una formación marxista sólida. Aunque mucho después que otros partidos socialistas, también en el español se había ido desarrollando una corriente reformista. Por otra parte, su larga alianza con los republicanos, iniciada después de las jornadas de julio de 1909 en Barcelona y de la represión que las siguió, y que desde 1913 no pasó de ser una coalición que se renovaba ante cada consulta electoral, había contribuido a difuminar la fisonomía obrera del partido. Así pues, la actitud del Partido Socialista ante la guerra no fue distinta de la de las demás fuerzas de la izquierda. La gran mayoría del partido se pronunció a favor de los aliados, que decían luchar por la libertad y la democracia, y no comprendió que lo que estaba en juego en los campos de batalla eran los intereses de las burguesías que ejercían de hecho el poder, con uno u otra matiz, en los dos bandos contendientes. Ni siquiera le puso en guardia el hecho de que la Rusia zarista estuviese en el campo de los aliados.

Luís Portela. El nacimiento y primeros pasos del movimiento comunista en España, 1980

Lo cual no quiere decir que no hubiera resistencias.

Añadamos que no era éste sentir unánime del Partido. Muchos y muy significados y probados socialistas no veían más que una guerra entre dos capitalismos, a la que había que poner fin cuanto antes. Respecto del militarismo, seguían considerándole como un auxiliar pagado la burguesía correspondiente. Entre los viejos socialistas que así opinaban recordamos a los fundadores Quejido y Matías Gómez, y entre los «intelectuales» a Verdes Montenegro y a Recaséns. Este en «La Justicia Social» alentó la tendencia pacifista, dando noticias de Congresos y tentativas que no hallaron eco en el órgano oficial.

Juan José Morato. El Partido Socialista Obrero, 1918

Verdes Montenegro era en realidad un Kautsky español sin la relevancia partidaria del original. Amigo de Unamuno, había evolucionado del republicanismo federal al socialismo reformista que crecía en la IIª Internacional y era habitualmente tachado de doctrinario. Con todo, era de los pocos dirigentes con una cierta formación y su voz era escuchada como contrapunto a los otros intelectuales que, con Besteiro en el comité nacional y Fabra en Cataluña, marcaban la tónica reformista y republicana del cada vez más desvaído socialismo pablista.

El ala izquierda fue en todo el curso de la guerra minoría dentro de su partido. José Verdes Montenegro, profesor entonces en el Instituto de Segunda Enseñanza de Alicante, que conocía bien la teoría marxista y fue un excelente divulgador de ella, aunque a veces la interpretase de manera demasiado estrecha y rígida, fue el hombre de más talla intelectual de la izquierda socialista. Juanto a él estuvieron ent todos los congresos del Partido, Rafael Millá, un honrado e inteligente tipógrafo alicantino y que desde su fundación militó en el Partido Comunista; Ramón Lamoneda, también tiógrafo, buen organizador y orador, y que tras haber desempeñado tareas de dirección en el Partido Comunista hasta 1924, se reintegró, ya proclamada la República, al Partido Socialista, que le llevó al Parlamento y le confió su Secretaría General; Mariano Gómez Latorre, tipógrafo también, uno de los hombres de la primera hora, y Mariano García Cortés, abogado y periodista, al que el hecho de ser redactor jefe del diario germanófilo «España Nueva» restaba autoridad moral.

Luís Portela. El nacimiento y primeros pasos del movimiento comunista en España, 1980

La izquierda, además de a los contrarios a la guerra, incluía además a algunos que, como un joven Andrés Nin o Fabra en la federación catalana del PSOE, veían la «conjunción republicano-socialista» como un lastre.

Ahora más que nunca es preciso que el Partido Socialista realice en toda España una intensa y activísima campaña de propaganda de sus ideales. Ahora más que nunca es preciso que el pueblo se convenza de la inutilidad y de la ineficacia de los partidos republicanos.

Hay que convencerle de la bondad de nuestros ideales y de la ignominia del régimen capitalista a que está sujeto; hay que realizar una campaña de agitación revolucionaria, roja, muy roja, como pedía el amigo Fabra. Y hay que desengañarse: solo el Partido Socialista, desligado de todo pacto o compromiso con ningún otro partido político burgués, está capacitado para realizar en España esta labor.

Para esto se impone, de una manera inaplazable, la ruptura de la Conjunción, cuya subsistencia representará siempre un obstáculo para que el Partido Socialista pueda realizar su implacable labor de crítica del régimen capitalista y de los partidos burgueses -monárquicos y republicanos-, ya para la realización independiente y fecunda de su obra de proselitismo cerca de las masas obreras.

Andrés Nin. El Partido Socialista ante la crisis republicana, 18 de abril de 1914 en «La Justicia Social»

Es de destacar que la guerra y la inoperancia de la conjunción con los republicanos no aparecieran ligadas en el debate socialista español. Eran dos caras de un mismo cambio histórico del capitalismo global reflejándose en España, pero nadie lo veía todavía así. Era algo que ni siquiera cabía comprender el marco ideológico del pablismo. La primera reacción del partido socialista frente a la guerra no fue el internacionalismo revolucionario, pero sí tuvo, al menos, un sano instinto anti-imperialista y anti-militarista.

Declarada la guerra, el Comité Nacional, sin consultar al Partido por lo urgente del caso, publicaba -2 de agosto- un manifiesto en el que se señalaban al capitalismo y al imperialismo como responsables de la guerra; se indicaba que nuestro país sufriría las consecuencias por la paralización de la producción y circulación que originaría la guerra, aun en el caso más favorable, que era el de la no intervención, y se hacía un llamamiento a la clase trabajadora para que celebrase actos de protesta y formulase las siguientes peticiones:

La paz entre los pueblos y, como consecuencia, el término de la guerra de Marruecos. Que el Gobierno español expresase a las demás naciones el deseo de nuestro país de que se resuelvan por procedimientos pacíficos las diferencias entre las naciones. Y en el caso de que los países principalmente interesados se lanzasen a la guerra, mantuviera España la más estricta neutralidad, sin dejar por esto de hacer cuando pudiera para poner término a la lucha.

Juan José Morato. El Partido Socialista Obrero, 1918

Sin embargo, esta posición se vería pronto matizada por la expresión del «deseo» del triunfo aliado de Pablo Iglesias, fundador y secretario del partido.

Cuando estalló la guerra europea [Pablo Iglesias] dijo clara su opinión, que era la de la mayoría del partido, no de todo él:

Hemos manifestado nuestro deseo de que España se mantenga neutral; pero también hemos manifestado nuestras simpatías y nuestros deseos de que triunfen aquellos cuya victoria entendemos que es beneficiosa para los pueblos. Nuestro criterio respecto de la neutralidad se funda en las circunstancias en que se encuentra España. De no encontrarse en estas circunstancias, seguramente procuraríamos que donde van nuestras simpatías fuera también lo que nosotros juzgamos eficaz para el triunfo de nuestra causa.

Juan José Morato. Pablo Iglesias educador de muchedumbres, 1931

Y la posición de Iglesias sería inmediatamente hecha propia por el partido.

El día 7 suscribían el Partido y la Unión General un documento parecido, y, finalmente Iglesias declaraba en el Parlamento lo siguiente, que el Comité Nacional suscribió:

Hemos manifestado nuestro deseo de que España se mantenga neutral, pero también hemos manifestado nuestras simpatías y nuestros deseos de que triunfen aquellos cuya victoria entendemos que es beneficiosa para todos los pueblos. Nuestro criterio respecto a la neutralidad se funda en las circunstancias en que se encuentra España. De no encontrarse en estas circunstancias, seguramente procuraríamos que donde van nuestras simpatías fuera también todo lo que nosotros juzgamos eficaz para el triunfo de aquella causa.

Juan José Morato. El Partido Socialista Obrero, 1918

La verdad es que el partido español estaba prácticamente aislado en la IIª Internacional. Muy pocos leían alemán, la lengua de los grandes debates socialistas. Los únicos actos en común con otros partidos en los años anteriores a la guerra fueron telegramas mandados junto con el partido francés en protesta por la guerra de Marruecos. Y si se leía poco y por pocos, aun menos eran los que viajaban en un partido que mantuvo a su líder y único diputado con una suscripción popular, pasando carencias básicas aun durante sus últimos años.

Por supuesto nadie tenía noticias de Rosa Luxemburgo y la izquierda alemana y nadie había oído hablar de Lenin. Kautsky se conocía por una traducción de Mella y Pablo Iglesias publicada en 1909: «La doctrina socialista», una réplica a Bernstein que fue el único esfuerzo teórico reseñable del partido. Sin embargo, Mella e Iglesias tradujeron de la edición francesa, no de la alemana y no parece que la edición del libro suscitara mayor correspondencia con el autor. Los traductores presentaban el libro señalando que, no existiendo en español más que una traducción de «El Capital» y un resumen realizado a cuenta del propio PSOE, y como ni siquiera había críticas serias del marxismo en el mundo académico, la anti-crítica kautskista serviría de exposición del marxismo, de sus críticos reformistas y de la refutación kautskista de éstos con la que, según parece, se identificaban los dos dirigentes socialistas. Todo en uno.

Las carencias ideológicas se suplían con un sentimental culto a la personalidad del «abuelo» y un respeto reverencial por los «intelectuales», casi todos ellos con fuertes vinculaciones en Francia como la cabeza del socialismo catalán, Fabra Ribas, que había militado con Jaurés en su juventud. El resultado, de un oportunismo lamentable que abría las puertas a un apoyo a la entrada en la guerra en el bando aliado, se evidenció en el Congreso de 1915 en el que un ya muy mayor y enfermo Jaime Vera redactó la ponencia oficialista finalmente aprobada.

[En el Congreso de 1915] se discutió mucho acerca de la guerra; 4.090 votos contra 1.218 aprobaron el siguiente dictamen redactado por Fabra Ribas, Besteiro y Araquistain:

El Congreso declara: Que sin dejar de señalar al capitalismo de todos los países en lucha como responsable estamos obligados a examinar las causas de la guerra actual, la situación que crea y sus consecuencias, ajustándonos a la realidad presente y con el pensamiento puesto siempre en las aspiraciones del proletariado.

Y el examen de esta realidad nos dice que en la lucha trágica, preparada y ejecutada por el capitalismo, se manifiestan dos tendencias, y que según venza la una o la otra, saldrá mejor o peor librada la causa de los trabajadores.

De los dos bandos que mantienen la sangrienta lucha, uno, el provocador de ella y la expresión más acabada del odioso imperialismo, se ha movido por propósitos y aspiraciones que, de triunfar, causarían honda herida al proletariado y al partido que el mismo representa; el otro, aunque llevado a la lucha principalmente por el interés capitalista, está mucho menos tocado de imperialismo, y por lo tanto, más incluido por un espíritu democrático.

De vencer el imperialismo austro germano, habrá un retroceso o un alto para el socialismo y la democracia; de obtener la victoria los páises aliados, nuestra causa realizará grandes progresos, incluso en Alemania y Austria.

En cuanto a solicitar la paz e influir con lo que nuestras fuerzas permitan para alcanzarla, el Congreso cree que eso existe que la oportunidad ayude, y que ayude para hacerla en condiciones provechosas para la Humanidad.

Juan José Morato. El Partido Socialista Obrero, 1918

De este modo en el PSOE pablista, la influencia de los «intelectuales», ninguno de ellos marxista, sobre «el abuelo», reforzaba un «oportunismo a la francesa» que es el que explica la aparente paradoja de que los socialistas españoles fueran al mismo tiempo pro-imperialistas en la guerra mundial -en la que no participaba España- y se mantuvieran intransigentemente internacionalistas en la guerra de Marruecos -un viejo empeño colonial de la burguesía y el militarismo español.

El partido socialista español tomaba el oportunismo francés como prácticamente única referencia internacional y reaccionando saludablemente contra el chovinismo propio adoptaba sin problemas los argumentos del chovinismo vecino, lo que a su vez fortalecía el oportunismo propio crecido ya por la larga alianza electoral con los republicanos.

En agosto de 1914, cuando se desencadena la primera gran guerra de nuestro siglo, España queda dividida en dos grandes corrientes de opinión: germanófilos y aliadófilos. En el primer bando se alinean casi todos los militares profesionales, la gente de la iglesia -pese a que la mayoría de alemanes son protestantes- y la gente que simpatiza y sigue más o menos los partidos de derecha, lee su prensa y le otorga su sufragio en las elecciones. En el otro sector se sitúan la inmensa mayoría de los intelectuales, la gente de tendencias liberales y democráticas -incluso los liberales monárquicos que siguen al conde de Romanones- es decir, en conjunto, a todo lo que podríamos denominar la izquierda española. (…)

El Partido Socialista, por su composición social esencialmente obrera, no había perdido su conciencia de clase, pero muy pocos de sus miembros -y no solo los obreros- tenían una formación marxista sólida. Aunque mucho después que otros partidos socialistas, también en el español se había ido desarrollando una corriente reformista. Por otra parte, su larga alianza con los republicanos, iniciada después de las jornadas de julio de 1909 en Barcelona y de la represión que las siguió, y que desde 1913 no pasó de ser una coalición que se renovaba ante cada consulta electoral, había contribuido a difuminar la fisonomía obrera del partido. Así pues, la actitud del Partido Socialista ante la guerra no fue distinta de la de las demás fuerzas de la izquierda. La gran mayoría del partido se pronunció a favor de los aliados, que decían luchar por la libertad y la democracia, y no comprendió que lo que estaba en juego en los campos de batalla eran los intereses de las burguesías que ejercían de hecho el poder, con uno u otra matiz, en los dos bandos contendientes. Ni siquiera le puso en guardia el hecho de que la Rusia zarista estuviese en el campo de los aliados.

Luís Portela. El nacimiento y primeros pasos del movimiento comunista en España, 1980

Lo cual no quiere decir que no hubiera resistencias.

Añadamos que no era éste sentir unánime del Partido. Muchos y muy significados y probados socialistas no veían más que una guerra entre dos capitalismos, a la que había que poner fin cuanto antes. Respecto del militarismo, seguían considerándole como un auxiliar pagado la burguesía correspondiente. Entre los viejos socialistas que así opinaban recordamos a los fundadores Quejido y Matías Gómez, y entre los «intelectuales» a Verdes Montenegro y a Recaséns. Este en «La Justicia Social» alentó la tendencia pacifista, dando noticias de Congresos y tentativas que no hallaron eco en el órgano oficial.

Juan José Morato. El Partido Socialista Obrero, 1918

Verdes Montenegro era en realidad un Kautsky español sin la relevancia partidaria del original. Amigo de Unamuno, había evolucionado del republicanismo federal al socialismo reformista que crecía en la IIª Internacional y era habitualmente tachado de «doctrinario». Con todo, era de los pocos dirigentes con una cierta formación y su voz era escuchada como contrapunto a los otros intelectuales que, con Besteiro en el comité nacional y Fabra en Cataluña, marcaban la tónica reformista y republicana del cada vez más desvaído socialismo pablista.

El ala izquierda fue en todo el curso de la guerra minoría dentro de su partido. José Verdes Montenegro, profesor entonces en el Instituto de Segunda Enseñanza de Alicante, que conocía bien la teoría marxista y fue un excelente divulgador de ella, aunque a veces la interpretase de manera demasiado estrecha y rígida, fue el hombre de más talla intelectual de la izquierda socialista. Juanto a él estuvieron ent todos los congresos del Partido, Rafael Millá, un honrado e inteligente tipógrafo alicantino y que desde su fundación militó en el Partido Comunista; Ramón Lamoneda, también tiógrafo, buen organizador y orador, y que tras haber desempeñado tareas de dirección en el Partido Comunista hasta 1924, se reintegró, ya proclamada la República, al Partido Socialista, que le llevó al Parlamento y le confió su Secretaría General; Mariano Gómez Latorre, tipógrafo también, uno de los hombres de la primera hora, y Mariano García Cortés, abogado y periodista, al que el hecho de ser redactor jefe del diario germanófilo «España Nueva» restaba autoridad moral.

Luís Portela. El nacimiento y primeros pasos del movimiento comunista en España, 1980

La izquierda, además de a los contrarios a la guerra, incluía además a algunos que, como un joven Andrés Nin o Fabra en la federación catalana del PSOE, veían la «conjunción republicano-socialista» como un lastre.

Ahora más que nunca es preciso que el Partido Socialista realice en toda España una intensa y activísima campaña de propaganda de sus ideales. Ahora más que nunca es preciso que el pueblo se convenza de la inutilidad y de la ineficacia de los partidos republicanos.

Hay que convencerle de la bondad de nuestros ideales y de la ignominia del régimen capitalista a que está sujeto; hay que realizar una campaña de agitación revolucionaria, roja, muy roja, como pedía el amigo Fabra. Y hay que desengañarse: solo el Partido Socialista, desligado de todo pacto o compromiso con ningún otro partido político burgués, está capacitado para realizar en España esta labor.

Para esto se impone, de una manera inaplazable, la ruptura de la Conjunción, cuya subsistencia representará siempre un obstáculo para que el Partido Socialista pueda realizar su implacable labor de crítica del régimen capitalista y de los partidos burgueses -monárquicos y republicanos-, ya pra la realización independiente y fecunda de su obra de proselitismo cerca de las masas obreras.

Andrés Nin. El Partido Socialista ante la crisis republicana, 18 de abril de 1914 en «La Justicia Social»

Es de destacar que la guerra y la inoperancia de la conjunción con los republicanos no aparecieran ligadas en el debate socialista español. Eran dos caras de un mismo cambio histórico del capitalismo global reflejándose en España, pero nadie lo veía todavía así. Era algo que ni siquiera cabía comprender el marco ideológico del pablismo. Eso fue lo que cambió en el PSOE con la revolución rusa, poniendo en marcha una cadena de acendramientos que acabarían en la formación del primer partido comunista en España.

Con la Revolución rusa fue precisamente este tipo de cuestionamientos el que se hizo posible, poniendo en marcha una cadena de acendramientos que acabarían en la formación del primer partido comunista en España.

Para buena parte de los contemporáneos, la situación social rusa y española eran equiparables, si no prácticamente iguales.

Al estallar la primera guerra mundial, España era un país de una economía preponderantemente agrícola. La industria, que ocupaba un lugar secundario, estaba concentrada en Cataluña (industria textil), y en Vizcaya-Asturias (industria minero-metalúrgica). Políticamente, la nación estaba bajo el dominio de una oligarquía agraria, agrupada en dos partidos, conservador y liberal, cuyo turno regular daba al poder de la oligarquía una apariencia de estabilidad democrática. La burguesía industrial no participaba de una manera directa en el poder: tenía que aceptar, sometida, la dirección político-económica del país por parte de los terratenientes. Esta situación de inferioridad originaba en la burguesía industrial, sobre todo en la catalana, tendencias regionalistas, bordeando a veces el separatismo.

Joaquín Maurín. Sobre el comunismo en España, 1965.

Maurín desde su perspectiva catalanista, es incapaz de ver, incluso medio siglo después, el proceso de fusión en el que venían empeñadas las clases dirigentes españolas y no se da cuenta de que la guerra lo hace avanzar a velocidad acelerada. Confunde la raquítica burguesía textil catalana, una rama de la pequeña burguesía a la que solo el atraso general español daba ínfulas de burguesía plena, con la burguesía industrial. Pero si hubiera podido haber dudas todavía en 1910, en 1917 era claro ya que el textil catalán está quedando fuera de la gran acumulación y concentración de la guerra, protagonizada por la burguesía industrial real, ligada al naval y la siderometalurgia y a través de ésta a los bancos y el estado. Toda su mirada sobre el periodo revolucionario se verá deformada por esta perspectiva, confluyente al final con la de la dirección del PSOE y la pequeña burguesía republicana capitalina.

La revolución rusa de marzo repercutió en España, produciendo un efecto catalítico. Los sectores descontentos de la población se agruparon, y por primera vez la burguesía industrial, las clases medias y el movimiento obrero -anarcosindicalismo y socialismo- marcharon juntos durante algún tiempo formando un bloque de oposición a la oligarquía agraria dominante. Ahora bien, el bloque de oposición al régimen era fluido, inconsistente, y carecía de un objetivo preciso. Relejaba históricamentente el descontento político, económico y social reinante; pero su capacidad revolucionaria era prácticamente nula. Después de una serie de escaramuzas políticas, la acción de protesta culminó, en agosto, en una huelga general, que no logró hacer conmover las bases del régimen. (…)

Vistas las cosas a distancia, con la perspectiva que da el tiempo, es sorprendente observar el paralelo que existe entre lo que ocurre en Rusia y en España en verano y otoño de 1917. Cuando en septiembre, después del fracaso del golpe contrarrevolucionario de Kornilov, los bolcheviques avanzaron rápidamente hacia la conquista del poder, en España, simultáneamente, la burguesía industrial rompió el frente de que había formado parte en los meses anteriores con la clase media y el movimiento obrero y, asustada, se unió sin pérdida de tiempo con la oligarquía agraria. La formación de un gobierno de coalición agraria-industrial coincide con el triunfo de la revolución bolchevique.

La clase trabajadora, que había puesto alguna esperanza en el bloque democrático, se encontró de nuevo sola, y tuvo que mirar adelante contando solo con sus propias fuerzas.

Joaquín Maurín. Sobre el comunismo en España, 1965.

En realidad la clase obrera española no parece haber sentido una gran soledad al despegársele la pequeña burguesía industrial catalana. Al contrario, las noticias de la revolución de octubre, reavivan las fuerzas motrices de la huelga general de agosto del 17 elevando el grado de confrontación entre las clases.

El impacto se debió, al menos en parte, a un error cálculo del partido socialista. Los redactores y dirigentes del partido habían dado por hecho hasta entonces que la Rusia revolucionaria mantendría todos los compromisos del antiguo régimen con las democracias de fuera. Es decir, que mantendría su participación en la matanza, con un gobierno provisional que no podía identificar sino como una versión exótica de la conjunción republicano-socialista española. La nota con la que, en noviembre El Socialista, diario oficial del partido, dio noticia del triunfo de los soviets es significativa:

En Rusia ~ El triunfo de los maximalistas

La lucha que a raíz del derrocamiento del zarismo surgió en el campo revolucionario ruso entre los partidarios del todo o nada, maximalistas, y los que defendían una transformación más lenta, inteligentemente preparada para ir disolviendo en ella poco a poco todas las voluntades e intereses del país y todos los compromisos del antiguo régimen con las democracias de fuera, había llegado en los últimos días a una exacerbación extrema.

Así las cosas, el triunfo del desconocido grupo maximalista de los socialdemócratas, ponía todo el discurso del PSOE a la clase obrera en España en jaque. La transformación lenta de la monarquía y la alianza con la inane pequeña burguesía urbana para ir disolviendo en ella poco a poco todas las voluntades e intereses del país, descubría tener en la lejana Rusia una alternativa socialista distinta del anarcosindicalismo. Porque el triunfo de la revolución de octubre, por escasa e incompleta que fuera la información que llegaba, no solo acababa con la dicotomía entre aliados y potencias de eje en la guerra, sino que barría de un plumazo el credo pablista que había presentado la política de conciliación de clases de la dirección socialista como única alternativa al apoliticismo anarquista. Por eso la aparición de una referencia internacional impulsó el aspecto revolucionario de la crisis del llamado trienio bolchevique.

Supimos los españoles que la izquierda del movimiento socialista ruso, los bolcheviques, había tomado el poder en Petrogrado en los primeros días de noviembre de 1917. Comenzamos a leer en la prensa unos nombres -Lenin y Trotski- que nos eran desconocidos. El Socialista, el 10 de noviembre, en un artículo editorial que, por su estilo, cabe atribuir a Torralba Beci, se alarma ante el peligro que los bolcheviques triunfantes puede hacer correr a los aliados, cuya victoria militar, tras la intervención norteamericana en la contienda, parece segura y aun próxima. Pasaría tiempo antes de que comenzásemos a saber algo de lo que habían sido aquellos días que, según John Reed, estremecieron al mundo. Rusia estaba muy lejos y las noticias que nos llegaban sobre lo que acontecía en aquel país eran pocas y, lo que es peor, falseadas. ¿Cuántas veces no anunció la prensa la muerte de Lenin, la de Trotski, la caída del gobierno de los Soviets?

Pero poco a poco la bruma se fue disipando. Fernando Durán, médico y escritor, que formaba parte del equipo de redacción de la revista «España», al que los jóvenes iconoclastas del Ateneo llamaban irónicamente «los siete sabios de Grecia», fue el primero que descorrió el velo. En el Ateneo de Madrid dio una interesante y muy documentada conferencia sobre la Revolución rusa y sobre sus primeras realizaciones. Verdes Montenegro, que ya se había trasladado a Madrid, habló poco después desde la misma tribuna y sobre el mismo tema. La revista «España», que durante bastante tiempo había sido muy hostil a la Revolución de octubre, le dedicó un número especial. Así poco a poco, se fueron conociendo en España los acontecimientos que se estaban desarrollando en el Este de Europa.(…)

Lo que iba sabiéndose de la Revolución rusa, el ejemplo que el proletariado ruso había dado a los trabajadores del mundo entero vino a echar aceite al fuego. La clase obrera se radicalizaba por momentos.

Luís Portela. El nacimiento y primeros pasos del movimiento comunista en España, 1980

El 6 de agosto de 1918 aparece el primer hito de una fracción de izquierda dentro del PSOE: la publicación de «Nuestra Palabra», encabezada por Fabra -que abandonaba su aliadofilia- y Verdes Montenegro. El periódico está dirigido por Mariano García Cortés y en él aparecen por primera vez nombres que en poco menos de año y medio se convertirán en cabeza de la fracción «tercerista» del PSOE; lo que es reseñable dado que en España -si dejamos de lado individualidades como Verdes Montenegro- lo que configurará la divisoria con el reformismo no será la guerra imperialista sino la pertenencia a la Internacional.

Dicho de otro modo, en España no era tema aquello que justificaba históricamente el nacimiento de una nueva Internacional: la participación de la socialdemócracia en la guerra. Que el partido proletario mundial hubiera mandado a los obreros a matarse entre ellos bajo las banderas nacionales burguesas no estaba en el centro del orden del día de los críticos del PSOE. Lo que era central para ellos era la pertinencia o no de la conjunción republicano-socialista. El pablismo había hecho tan dependiente toda la estrategia del partido de la alianza con la pequeña burguesía y ésta se había evidenciado tan caduca e inoperante que solo un movimiento «externo» podía servir para agitar al partido. En consecuencia, buena parte de los viejos socialistas que se descubren «terceristas», imaginarán el partido comunista que acabarán formando esencialmente idéntico al PSOE; un PSOE eso sí, liberado de la conjunción republicana y tal vez más activo en la unidad sindical, pero en lo fundamental un partido socialdemócrata nacional, idéntico al original.

La Revolución rusa estaba conmocionando a todos y convirtiéndose en sí misma en tema de acendramiento porque se interpretaba en términos españoles: ¿era el momento de pensar en un gobierno socialista o había que supeditar el movimiento obrero, al estilo del pablismo, a una revolución burguesa que no movilizaba a la burguesía y que solo vivía en los sueños de un republicanismo renqueante? El debate se daba en todo el país y pasaba por encima de la estructura de clases de las distintas regiones y de la división entre socialistas y anarcosindicalistas.

Uno de los anarquistas más exaltadamente bolchevique -que más adelante sería firmemente anticomunista-, Manuel Buenacasa, secretario general de la CNT en 1918-19, reflejando el pensar y el sentir del anarcosindicalismo en los comienzos de la revolución rusa, escribió en su libro El movimiento obrero español (1928):

La revolución rusa vino a fortalecer aun más el espíritu subversivo, socialista, y libertario de los anarquistas españoles… Para muchos de nosotros -para la mayoría- el bolchevique ruso era un semidios, portador de la libertad y de la felicidad comunes… ¿Quién en España -siendo anarquista- desdeñó el motejarse a sí mismo de bolchevique? Hubo pocos a quienes no cegara el fogonazo de la gran explosión».

Otro testigo de gran valor, J. Díaz del Moral, escribió en su «Historia de las agitaciones andaluzas»9:

En las últimas semanas de 1917 llegó a España la noticia del triunfo bolchevista. Las masas obreras desconocían los detalles del hecho y no sabían tampoco con precisión la ideología de los vencedores; pero la certeza de que en una gran nación se había hundido el capitalismo y gobernaban los asalariados produjo en todos los sectores obreros un entusiasmo indescriptible… Entonces se inició la agitación obrera más potente que registra la historia de nuestro país. Como siempre, fue Andalucía la que tomó la delantera.​

La excitación va más allá del proletariado. Aparecen espontáneamente publicaciones confusas, de número único como El Soviet (diciembre de 1918) o La chusma encanallada (enero de 1919). Son más cercanas al republicanismo exaltado que al socialismo, reúnen brevemente a pequeñoburgueses y militares expulsados del ejército por su participación en las Juntas de defensa, pero se declaran bolchevistas y decididas a acabar con el imperio de los borbones siguiendo el ejemplo ruso.

Pero el acendramiento necesario para formar una organización revolucionaria se va a dar en tres ámbitos muy distintos: los jóvenes socialistas madrileños, las tendencias contrarias a la conjunción en el PSOE y los grupos sindicalistas -no anarquistas- en la CNT.

Durante la Guerra Mundial del 14-18, se había manifestado ya una corriente internacionalista en el seno del Partido Socialista, frente a la posición a favor de los aliados de sus dos jefes más influyentes, Pablo Iglesias y Julián Besteiro, que incluso llegaron a mantener el criterio de que si no se pronunciaban por la intervención en la guerra era únicamente porque España no se encontraba preparada para ella. La corriente internacionalista se manifestó en la Juventud Socialista de Madrid, que fue la única organización socialista española adherida a la Conferencia de Zimmerwald.

Juan Andrade. Apuntes para la historia del PCE, 1981

El acendramiento, acelerado por la Revolución rusa, se estaba dando y cortaba a los jóvenes socialistas en dos: por un lado la dirección pablista, por otro las nuevas bases atraídas por la Revolución rusa. Hasta finales de 1919 será una lucha sorda, casi invisible, aparentemente casual… que desde el exterior aparecerá como una sucesión incomprensible de bandazos.

No podría afirmarse que los jóvenes socialistas madrileños hubiesen seguido a todo lo largo de la guerra mundial una política coherente. Al estallar la contienda publicó la Juventud un manifiesto condenándola, que le valió un proceso. En 1916 expresó oficialmente su adhesión a la conferencia de Kienthal, que reunió a representantes de algunos partidos socialistas y de minorías de otros, contrarios todos a la guerra y a la política de unión nacional practicada por los partidos de la Segunda Internacional en los países beligerantes y apoyada por otros de países neutrales, como el Partido Socialista Español. Pero, cambiando de postura política, en mayo de 1917 dio su adhesión oficial al mitin, a favor de los aliados, organizado por las fuerzas de la izquierda española, cosa que el Partido no hizo, aunque sí permitió a Andrés Ovejero participar en él.

Luís Portela. El nacimiento y primeros pasos del movimiento comunista en España, 1980

El proceso, al calor de las intensas luchas obreras y de las noticias llegadas de Rusia, fue tomando fuerza a lo largo de 1918.

Naturalmente, la Revolución Rusa intensificó la crisis interna. No al principio, porque fue recibida y defendida por todo el mundo obrero con entusiasmo y adhesión (la propia Confederación Nacional del Trabajo llegó a adherirse a ella en su célebre Congreso del Teatro de la Comedia de Madrid), sino hasta que se planteó en escala internacional la ruptura con la II Internacional, la denuncia de las traiciones de la socialdemocracia y la constitución de la III Internacional. La adhesión a ésta quedó planteada a través de discusiones internas que los jefes socialdemócratas frenaban al comienzo, pero sin oponerse francamente.

La Revolución Rusa y la fundación de la III Internacional produjeron también una profunda transformación en el seno de las Juventudes Socialistas, principalmente en la de Madrid. La J.S. de Madrid había estado integrada hasta entonces principalmente por hijos de militantes socialistas, impregnados del espíritu reformista del partido, viviendo en el culto parternalista del «Abuelo» (Pablo Iglesias). La Revolución Rusa y el entusiasmo que despertó en el porvernir del proletariado internacional dio lugar a que se incorporasen a la Juventud numerosos jóvenes obreros, no ligados con el pasado, ajenos al espíritu familiar que reinaba en la Juventud Socialista hasta entonces y que, preocupados por los problemas que planteaba la III Internacional, se entregaron a estudiarlos para aplicarlos a la situación concreta de España.

Por otra parte, en 1919, se constituyó en Madrid el Grupo de Estudiantes Socialistas y, por primera vez, jóvenes intelectuales se incorporaron al socialismo pero inspirados en las nuevas ideas, en cuya propaganda y por cuya adhesión trabajaban con los jóvenes obreros de las Juventudes.

La lucha entablada por las Juventudes Socialistas tuvo su culminación en el Congreso de la Federación de fines [noviembre] de 1919, en el que los antiguos dirigentes ligados al reformismo del partido fueron barridos tatalmente de la dirección nacional. La nueva dirección estaba constituida por jóvenes obreros e intelectuales, dispuestos a defender hasta las últimas consecuencias la adhesión a la III Internacional.

Juan Andrade. Apuntes para la historia del PCE, 1981

Esta novedad de su composición social y generacional, unida al primer esfuerzo de traducción de textos marxistas, en la que es clave un joven Andrade, es lo que explica que la verdadera «fracción» comunista del PSOE fueran sus juventudes.

El nuevo Comité comenzó su andadura con grandes bríos. Desarrolló considerable actividad y dio a Renovación, su órgano en la prensa, un tono más vivo y una línea política más socialista. En esta época ya prestó su colaboración a Renovación Juan Andrade, que no pertenecía ni había pertenecido nunca a las Juventudes, aunque animara el Grupo de Estudiantes Socialistas. El órgano juvenil llevó incluso su audacia al extremo de permitirse criticar a un hombre como Pablo Iglesias del que decía Morato que era «no indiscutible, pero sí indiscutido». Lo que no dejó de producir notorio enfado a muchos miembros del Partido.

Luís Portela. El nacimiento y primeros pasos del movimiento comunista en España, 1980

Llegamos así a finales de 1919 con una Juventud Socialista que, en Madrid, está haciendo a toda velocidad la crítica de la II Internacional, un PSOE que tiene ya una tendencia «tercerista» pero que no ha revisado su propia trayectoria y dos congresos convocados para diciembre con la adhesión a la III Internacional en la agenda: el del PSOE (9 al 16 de diciembre) y el de CNT (10 al 17 de diciembre).

¿Qué estaba pasando en la CNT? El Congreso del Teatro de la Comedia, del 10 al 17 de diciembre de 1919, fue su segundo congreso confederal. CNT tenía en ese momento entre 750 y 800.000 afiliados, muchos de los cuales veían, correctamente, en la toma del poder por los soviets la refutación del parlamentarismo y el reformismo socialdemócrata. La mayor parte de los cuadros anarquistas ya tenían noticias del divorcio entre anarquistas y bolcheviques. Pero, conscientes de la expectación generarda entre los trabajadores por los soviets rusos, hacían interpretaciones públicas de la revolución como una corroboración de sus propios postulados apoliticistas y kropotkinianos, asimilando el soviet al sindicato o explicándolos como una consecuencia de la ausencia de una gran confederación sindical en Rusia.

El resultado fue, en la práctica, una adhesión oportunista que dejaba al PSOE debatirse en sus contradicciones durante el congreso, y ganaba para el sindicato el «punto» de ser la primera gran organización española vinculada orgánicamente a la Internacional. Eso sí, sin comprometerse en absoluto e intentando presentarse como el centro mundial de la revolución en marcha. Esta actitud oportunista, que podía prosperar solo gracias a la falta de información y sobre todo a la ausencia de una verdadera izquierda organizada en el PSOE a nivel nacional se resume muy bien en la declaración que se aprobó por aclamación al cierre del congreso10.

El Comité Nacional, como resumen de las ideas expuestas acerca de los temas precedentes por los diferentes oradores que han hecho uso de la palabra en el día de hoy, propone:

  1. Que la CNT de España se declare firme defensora de los principios de la Primera Internacional sostenidos por Bakunin y
  2. Declarar que se adhiere provisionalmente a la Internacional Comunista por el carácter revolucionarios que la informa, mientras y tanto la CNT de España organiza y convoca el Congreso obrero universal que acuerde y determine las bases por las que deberá regirse la verdadera Internacional de los trabajadores.

II Congreso Confederal de CNT, 17 de diciembre de 1919.

La urgencia de la decantación en torno a la III Internacional a lo largo de 1919 había sido acelerada por la Juventud Socialista, que ya en febrero había adherido a la Internacional aun antes de su primer congreso mundial.

En febrero de 1919 publicó «El Socialista» el texto de la convocatoria del primer Congreso de la Tercera Internacional. Aquella noche se reunía en asamblea la juventud [madrileña]. Hallábanse todos los miembros de su comité en la secretaría preparándose para la reunión que pronto iba a empezar cuando, recién leído el llamamiento que publicaba el órgano del Partido, el secretario propuso a sus compañeros someter a la asamblea la adhesión de la juventud a la nueva Internacional. No se debatió la iniciativa, que fue aceptada por unanimidad. Sometida a la asamblea, sin debate se aceptó unánimemente. Acabábamos de dar el paso, sin ser todavía conscientes de ello, hacia la constitución del Partido Comunista de España.

Luís Portela. El nacimiento y primeros pasos del movimiento comunista en España, 1980

Cuando el 9 de diciembre de 1919 el PSOE llega a su congreso tiene una fracción «tercerista» bien organizada que llega hasta su Comité Nacional. Son terceristas en ese momento dirigentes muy conocidos como Daniel Anguiano, Núñez de Arenas, Virginia Gonzalez o Torralba Beci. Pero la verdad es que una cosa era ser «tercerista», es decir partidario de la entrada del partido en la nueva Internacional, y otra muy distinta estar en las coordenadas ideológicas y organizativas del comunismo tras toda una vida en el pablismo. El resultado final arrojó 14.010 votos a favor de seguir en la IIª Internacional frente a 12.498 terceristas. No se produjo ruptura. Era duro romper el partido y no perdían la esperanza de forzar un segundo congreso en el que ganar la mayoría. De hecho, un nuevo congreso extraordinario fue convocado para el 20 de junio de 1920.

Mientras tanto, en enero de 1920 tienen lugar los primeros contactos con la IC. Tres representantes de la Internacional -Borodin, Roy y Ramírez- llegan a Madrid desde Méjico camino de Moscú. Borodin, que como Roy pasará a la historia por su papel en la revolución china, acabará asesinado en una purga stalinista; Ramírez -alias del norteamericano Charles Shipman- venía con Borodin de fundar el Partido en EEUU, en los siguientes años llevará una vida novelesca como organizador de la IC que seguirá hasta 1930 cuando deje el movimiento asqueado ante las purgas y la represión stalinista.

Borodin causó muy fuerte impresión en los socialistas españoles con quienes habló. Fueron estos, en particular, Anguiano, García Cortés, Virginia González y Núñez de Arenas, de la izquierda del partido y Merino Gracia, Ugarte, Rito Esteban y Andrade, de las Juventudes. Borodin abordó en sus entrevistas el tema de la creación del Partido Comunista en España. Los socialistas partidarios de la Tercera Internacional aspiraban a alcanzar en él la mayoría y llevar el Partido en bloque a la nueva organización mundial de los trabajadores. Borodin debió de llegar a la conclusión de que aquellos hombres vacilarían demasiado a la hora de adoptar una decisión que, de cualquier manera, implicaría la división de su partido. Sin duda, esperaba más de los jóvenes, que, por su edad, todavía no habían echado raíces profundas en el Partido. Al marchar dejó en Madrid a Ramírez para que prosiguiese el trabajo solo iniciado. A partir de aquel momento los jóvenes del Comité Nacional, de la Federación y Ramírez trabajaron en estrecho acuerdo preparando la constitución del Partido Comunista.

Luís Portela. El nacimiento y primeros pasos del movimiento comunista en España, 1980

El resultado fue la aparición del primer partido comunista español antes del segundo congreso extraordinario del PSOE

La constitución el 15 de abril de 1920 del Partido Comunista Español. El Comité Nacional de la Federación de Juventudes Socialistas, que se encontraba ya en estado de ruptura completa con la dirección del partido, había entrado en contacto a primeros de 1920 con Borodin y Roy, que representaban a la III Internacional y que, camino de Rusia, procedentes de Estados Unidos, tenían la misión de proponer la constitución de un partido comunista en España. La idea fue aceptada fácil e inmediatamente por el Comité Nacional de las JJSS, tanto más porque coincidía con su propósito, que sólo retrasaba el temor a las dificultades económicas para mantener un órgano propio y la propaganda. Ante la promesa de una ayuda financiera, la decisión fue aceptada sin vacilación. (…)

Fue lo que pudiéramos llamar un verdadero golpe de estado del Comité Nacional de las Juventudes, con el asentimiento, claro está, de la mayoría de los militantes. Puestos de acuerdo todos los integrantes del CN menos dos, a los que se eliminaba de las reuniones, y la totalidad del comité de la organización de Madrid, se acoptó la resolución secreta de transformar la Federación de JJSS en Partido Comunista Españal. El CN comunicó esta decisión a todas las secciones por medio de una «carta cerrada», que solo debían abrir en una fecha determinada, que se les comunicaba en una circular adjunta, para «conocer y discutir una proposición del Comité Nacional». La fecha señalada era la del 15 de abril de aquel año 1920.

Juan Andrade. Apuntes para la historia del PCE, 1981

Es decir, llegamos a la constitución del primer grupo comunista español tres años después de la Revolución Rusa y más de un año después de que la socialdemocracia alemana ahogue en sangre la revolución alemana.

Habíamos decidido constituirnos en Partido Comunista, sin aguardar más, porque estábamos convencidos de que el ala izquierda del Partido, que tras la visita de Borodin a España había creado un Comité por la Tercera Internacional que coordinaba su acción, estaba perdiendo un tiempo precioso por sus vacilaciones y por la esperanza, que no llegó a ser un hecho, de llevar al Partido Socialista en bloque a la nueva Internacional. Ya el paso que dimos era tardío. En 1920 la ola revolucionaria iniciada en Rusia en 1917 había perdido empuje, y la clase obrera comenzaba a batirse en retirada. La socialdemocracia había dejado solo al proletariado ruso y en Alemania había contribuido a ahogar en sangre las tentativas revolucionarias de los espartaquistas. En nuestro país la represión era cada vez más fuerte y el proletariado se replegaba tras las grandes batallas sostenidas a lo largo del año anterior. Todo permitía prever que cuanto más esperase, peor sería la situación.

Luís Portela. El nacimiento y primeros pasos del movimiento comunista en España, 1980

Pero en el desarrollo de un partido de clase las prisas se pagan. Solo había habid debate en Madrid y allí casi toda la agrupación local, 200 personas, se unió al partido. En conjunto el nuevo partido arrancaba con 2.000 miembros, la mitad de la JJSS. Pero mirado más de cerca, los resultados territoriales informaban de la soledad madrileña: prácticamente nadie se unió desde Asturias, donde el diputado local Saborit, pura vieja escuela pablista, pertenecía a JJSS. En otros lugares Vizcaya, donde sí hubo un desplazamiento significativo de militancia, solo Esteban Bilbao hará un esfuerzo por dotarle de sustento ideológico. También se unieron a primera hora algunos militantes cenetistas relevantes como el alicantino Hilario Arlandis, funerario y director de «Acción Sindicalista», que en el futuro ejemplificaría -con Maurín- la atracción del nacionalismo para entre los sindicalistas revolucionarios.

Otra consecuencia desoladora del insuficiente acendramiento fue que militantes destacados del momento como el mismo Merino Gracia, primer secretario del partido, tras sufrir prisión, acabarían pasando con armas y bagajes a la reacción católica. Como se vería pronto, en el núcleo directivo original solo unos cuantos habían interiorizado la militancia comunista como algo diferente a una socialdemocracia más activista.

El partido comunista español se formó en medio de circunstancias particularísimas del movimiento obrero general; circunstancias que determinaron el retraso de su formación y las crisis posteriores. Por una parte, en el seno del viejo partido socialista no había existido ni la más mínima tradición teórica; por otro lado, nos encontrábamos con que cuando el sindicalismo revolucionario había fracasado en sus pruebas en todos los países, en España se hallaba, por una contradicción histórica, en su pleno esplendor. Estos dos hechos daban lugar a dos consecuencias; a una lentitud de la educación marxista del partido y a una gran dificultad para atraer hacia el partido a las masas obreras, demasiado ilusionadas con los éxitos esporádicos y relumbrantes del anarcosindicalismo.

Juan Andrade. La crisis del partido español como consecuencia de la crisis de la IC, publicado en la revista «Comunismo» nº2, 1931

Gracias sobre todo a Andrade, el nuevo partido contó pronto con una gran velocidad de respuesta y una cierta capacidad teórica. Inmediatamente después de la constitución prepararon el último número de Renovación, que en adelante se llamaría El Comunista, con el titular La Federación de Juventudes se transforma en el Partido Comunista español.

La distribución de aquel número de transición comenzó por la Agrupación Socialista Madrileña, donde se había convocado una asamblea general para discutir la expulsión del hasta entonces secretario general de las Juventudes en represalia por las críticas de estas a la dirección socialista. El número incluía el Manifiesto de constitución del partido.

Los cuatro años de guerra y la revolución rusa han modificado mucho la ideología , el punto de vista, la táctica y los fines del proletariado en la lucha social. La II Internacional ha fracasado (…) Los socialistas rusos, acérrimos enemigos de la guerra imperialista y ardientes marxistas, han roto en la teoría y en la práctica con los socialistas europeos traidores de la II Internacional y han fundado la Internacional Comunista (…) Hemos llegado a un momento en que seríamos cómplices de tal estado de cosas si titubeásemos en dar el paso que hoy damos constituyendo el Partido Comunista español.

PC español. Manifiesto de constitución, 1920.

El «partido de los 100 niños», como lo llamaban despectivamente en el PSOE, era mayoritariamente obrero y pronto tuvo una activa presencia sindical. Si interpretamos los votos a favor del ingreso de la UGT en la Internacional Sindical Roja como producto de su influencia, casi un 15% de los representantes en su congreso de 1920 pertenecían o simpatizaban con el PC. Los influyentes sindicatos de la madera de UGT se unieron en un sindicato de industria bajo el liderazgo de Chicharro, Arroyo y otros jóvenes del partido; la dirección de los sindicatos de dependientes de comercio, pintores, sastres, colchoneros, etc. fue pronto a parar a las manos de unos jóvenes militantes entre lo que nunca hubo ningún liberado ni existieron las marrullerías y disputas internas típicas del PSOE que solo reaparecerían en 1922 de la mano del grupo vizcaíno del partido unificado. Pero aun faltaba para eso. Al poco tiempo de la constitución del PC, en junio, se celebraba el segundo congreso extraordinario del PSOE.

En el segundo Congreso extraordinario, reunido para tratar la misma cuestión, la división de los votos cambió bastante fundamentalmente: 8.268 votos a favor de la III Internacional, 5.016 contra y 1.615 abstenciones. Ante este resultado, los dirigentes reformistas del partido lograron hacer prosperar una maniobra para demorar la aplicación del acuerdo: enviar a Moscú una delegación para que se informase directamente de la situación, delegación integrada por Fernández de los Ríos y Daniel Anguiano o sea, un representante de la derecha y otro de la izquierda. Esta delegación debía someter al Comité Ejecutivo de la III Internacional tres condiciones para la adhesión del partido español:

  1. el PSOE pedía una plena autonomía para determinar la táctica a adoptar en España;
  2. derecho para el PSOE de revisar en sus Congresos los acuerdos que se adoptasen por la III en los suyos;
  3. que en el PSOE existía la tendencia a unificar a todos los partidos como lo hacía el Partido Socialista Francés y el Partido Socialista Independiente Alemán. Lo que quería decir conformidad con la Internacional de Viena, a la que se denominaba entonces Internacional Segunda y Media, lo cual era una trampa para evitar la adhesión a la III Internacional sin solidarizarse totalmente, de manera pública, con la II Internacional, que estaba demasiado desacreditada entre los trabajadores.

Como puede comprenderse fácilmente, estas condiciones ultimatistas hacían inaceptable la adhesión, pero permitíana los reformistas aplazar el acuerdo y maniobrar todavía más para el próximo congreso del partido, que debía adoptar la decisión definitiva.

Juan Andrade. Apuntes para la historia del PCE, 1981

Pero lo sorprendente no es el manejo burocrático y dilatorio de la dirección sino que la fracción tercerista jugara en el mismo plano y no fundamentara la ruptura en un programa más amplio y profundo. Llegaron a abril de 1921, fecha del tercer y definitivo congreso socialista sobre la IIIª Internacional, en medio de un claro retroceso del movimiento obrero dentro y fuera de España, sin haber hecho un esfuerzo teórico para entender la situación mundial. Por lo que, aunque lo hubieran intentado, tampoco hubieran podido discutir y trabajar con las bases del PSOE más allá de la apelación sentimental.

En abril de 1921 se celebró el tercer congreso extraordinario del PSOE para oir el informe sus delegados a Moscú y decidir sobre la adhesión a la III Internacional. Fernández de los Ríos, naturalmente, hizo un informe violentamente en contra. Explotó de mala fe la expresión con que le había respondido Lenin al preguntarle el profesor español: «¿Y la libertad?», contestándole: «¿Libertad para qué?», lo que, por otra parte, toda la prensa reaccionaria española explotó para explicar «el carácter antidemocrático de la revolución bolchevique». El profesor docto en marxismo no había comprendido el sentido de la frase, no sabía que, para el marxismo, libertad genérica sin libertad econó>mica no es nada. Pero Fernández de los Ríos fue toda su vida ajeno al socialismo, aunque militó en el partido.

Daniel Anguiano, según su costumbre, hizo un informe lleno de sentimentalismo, haciendo reparos a la adhesión, pero aconsejándola. Lo que más le acongojaba era que las 21 condiciones llevaban implícitamente otra haciendo incompatible la militancia comunista con pertenecer a la masonería. Y él era, ante todo, masón. Su intervención y el carácter dubitativo de su propuesta, restó bastantes votos a la adhesión a la III Internacional.

Como resultado, fue rechazada la adhesión a la III Internacional en el congreso socialista, por 8.858 votos contra 6.094. Durante un año los dirigentes socialistas habían maniobrado bien el partido. Al conocerse el resultado, los delegados partidarios de la III Internacional hicieron una declaración (…) Se agregaba que a partir de ese momento se constituían en el Partido Comunista Obrero Español, para distinguirse así del primero. Desde entonces existieron dos partidos comunistas en España, y dos órganos de prensa distintos: «El Comunista» y «Guerra Social».

No ofrecía duda que era absolutamente diferente la mentalidad de los dirigentes de los dos partidos y la manera de enfocar los problemas. A pesar de su juventud, los del primero tenían una formación teórica más seria, como reconocían los delegados de la Internacional.

Juan Andrade. Apuntes para la historia del PCE, 1981

En esa época Andrade estaba traduciendo El Estado y la Revolución de Lenin con ayuda de Geers. Gerardus Johannes Geers era un joven comunista holandés que había llegado a Madrid en abril de 1918. Ambos se habían conocido en el Ateneo. Se puede decir que Geers fue la ventana a través de la que el marxismo revolucionario llegó a España. Hasta 1920 en vivo y después mediante correspondencia les puso al día de las tendencias en la Internacional y les hizo de contacto con Pannekoek, Henriette Roland Holst y Herman Gorter, cuyos artículos tradujo para El Comunista. Gracias a Geers, se cartearon con Rutgers, Wijnkoop, Van Overstraeten y Bordiga, es decir, con los dirigentes de las tendencias de izquierda entonces nacientes en Alemania, Holanda, Bélgica e Italia.

A principios de mayo de 1920, El Comunista dedica unos cuantos artículos a defender la táctica anti-parlamentarista de Bordiga ligándola a la historia y el posicionamiento mayoritario del proletariado español. Es el momento en el que Lenin arranca su luego famosa campaña contra el izquierdismo. Además de su famoso folleto sobre la enfermedad infantil, el Buró de Amsterdam de la IC es «desafiliado».

Las declaraciones de Lenin son completamente oportunistas y las del Com. Ejec. de Moscú no reflejan tampoco un criterio muy acertado. Como nosotros mantenemos una posición de izquierda, no podemos solidarizarnos con eso.

Carta de Andrade a Geers, 3 de julio de 1920.

A punto estuvo Andrade de publicar un artículo sobre el oportunismo de la campaña anti-izquierda de Lenin, pero la presión de la Internacional, que empujaba hacia una fusión con el PCO, llevó a que el comité desaconsejara hacerlo. La Internacional se está centralizando, reclamando la capacidad de imponer la táctica a cada uno de sus miembros en cada momento. Y como se percibe una fase de repliegue y debilidad de la oleada revolucionaria en Occidente, trata de evitar el aislamiento de los partidos de la Internacional redoblando su actividad en los sindicatos y en la liza electoral.

En cualquier caso la joven dirección, bajo una represión creciente y en batalla con el PCO, decide acatar a la línea de la Internacional, primando la batalla contra el centrismo que denunciaban en el PCOE e intentando a toda costa evitar la fusión. Finalmente, cuando la IC interviene para forzarles enviando a Antonio Graziadei -un «independiente» de la derecha15 de diciembre de 1934 del Partido italiano- el esfuerzo se concentrará en asegurar el liderazgo orgánico en el partido fusionado.

La existencia de los dos partidos comunistas se manifestó inmediatamente por un combate violento, llevado a cabo especialmente por el PCE que era el reconocido por la III Internacional, contra el PCOE. Se denunciaba el él a los viajeros reformistas -inasimilables, decíamos- que habían sido y eran los dirigentes del PCOE, y su inadaptación a la nueva orientación revolucionaria del movimiento obrero. Declarábamos nuestra incompatibilidad total con ellos.

Pocos meses después, el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista resolvió intervenir en la situación española para lograr la fusión de los dos partidos. Del 7 al 14 de noviembre de 1921, se celebraron en Madrid las reuniones para la unificación. (…)

El I Congreso del Partido unificado, llamado desde entonces Partido Comunista de España, se celebró en marzo de 1922. Al hacerse la fusión, según los informes de los delegados de la IC, el PCE tenía 20.50 afiliados y el PCOE 4.500. (…)

Pero muy pronto volvió a abrirse una nueva crisis en el partido fusionado. De los nueve miembros del Comité Ejecutivo procedentes de las Juventudes Socialistas, cinco comenzaron a identificarse casi totalmente con los dirigentes del PCOE. Los otros cuatro, ante nuestra imposibiliad de influenciar positivamente la orientación del partido, decidimos la constitución de un grupo en el interior partido llamado «Oposición Comunista de España».

Juan Andrade. Apuntes para la historia del PCE, 1981

Los cuatro «oposicionistas» fueron temporalmente excluidos. Pero el ambiente de discusión era sano y franco. Las tendencias antiparlamentarias se discutieron abiertamente en El Comunista durante algún tiempo más y cuando el cuarto congreso de la IC (diciembre 1922) lanzó las tesis del frente único, obtuvo resistencia y crítica.

Pero el verdadero problema del partido seguía estando en el atraso y aislamiento intelectual de muchas provincias. Los comunistas vizcaínos, dirigidos por Bullejos, mostraban una propensión al matonismo y el pistolerismo que pronto se haría célebre. No solo andaban a tiros en las huelgas con los pistoleros patronales y la policía, sino que ensayaban una guerra civil particular con los obreros socialistas. La práctica de la violencia del grupo vizcaíno acabó costando al partido la expulsión de sus sindicatos de la UGT en 1922, cuando un militante vasco, en una de las frecuentes broncas del congreso, disparó y mató a un delegado obrero socialista.

Durante los años 22 y 23, hasta la proclamación de la dictadura de Primo de Rivera en septiembre, la izquierda seguía creciendo. Cuando se celebró el segundo congreso, en julio del 23, tenía ya la mayoría. Aunque el delegado de la Internacional, el suizo y antiguo pastor protestante, Humbert Drotz, se asegurase de darle el control del congreso a los centristas ex-PCOE, casi todos los excluidos fueron reincorporados a la dirección y por fin las heridas de la fusión parecieron haber sanado definitivamente.

Pero a pesar de todo, el balance histórico, siendo meritorio, no da para echar las campanas al vuelo: el PCE no era, ni podía ser ya, un partido de masas como los de la II Internacional por mucho que se empeñara la IC, pero tampoco había sabido convertirse en un partido de vanguardia y menos aun servir de guía a la clase en su acción política.

Los partidos comunistas se han formado en todos los países a través de las minorías de oposición revolucionaria que existieron antes, durante y después de la guerra en el seno de los partidos socialdemócratas. Estas minorías mantenían ya dentro de los partidos, de manera más o menos acertada, los principios del marxismo revolucionario. Constituían núcleos de afinidad marxista revolucionaria dentro de la socialdemocracia. Batallaban diariamente contra la oligarquía reformista y se esforzaban por dar una interpretación coherente marxista a la política del partido. Cuando surgieron los partidos comunistas, es decir, cuando surgió la escisión dentro de los partidos socialdemócratas, los nuevos partidos comunistas que surgieron de esta separación se encontraron con un estado mayor teóricamente capacitado a consecuencia de las luchas desarrolladas en el seno del viejo partido. La constitución en estos países del partido comunista fue la derivación lógica de toda una actuación contra el reformismo oficial.

No puede de ninguna manera decirse que éste fuera el caso de España. País de menos tradición marxista, incluso en el sentido equívoco que los socialdemócratas daban a la palabra, no ha existido en Europa. El «pablismo», única definición específica que puede darse a lo que en España ha pasado por socialismo, era una mezcla de obrerismo reformista a secas y de democratismo pequeñoburgués. La divulgación de los trabajos de Lafargue realizada por los viejos socialistas era en el fondo solo la necesidad de dar un barniz teórico a su política. Los grandes problemas planteados en la socialdemocracia europea no encontraban eco en las filas del socialismo español. Este se hallaba políticamente aislado del mundo.

En medio de esta especie de socialismo doméstico, de este obrerismo sin contenido teórico, no surgieron los grupos marxistas revolucionarios que en otros países libraban batalla contra la política oficial en el seno de los partidos. Solo durante la guerra se dibujó algo esta tendencia en el movimiento pacifista, pero no internacionalista, del cual era intérprete la Juventud Socialista de Madrid, partidaria de la conferencia Zimmerwald. Pero la escasez de fundamento teórico de esta tendencia hacía que su posición fuera el eco de un sentimiento humanitario de sus adheridos y no la consecuencia lógica de una comprensión clasista del problema. Indica esto la misma derivación política que los grupos zimmerwaldianos tuvieron en otros países y la que tuvieron aquí. En los demás países fueron el núcleo director de los partidos comunistas; en España se disolvieron como azucarillos en el vaso de agua y no fueron capaces de encauzar la corriente partidaria de la Tercera Internacional.

Faltos de este desenvolvimiento preliminar en el seno del viejo partido, los integrantes del partido comunista se encontraron sin esa experiencia teórica y práctica que a modo de bagaje revolucionario llevaron los militantes de otros países al seno de los nuevos partidos. La interpretación revolucionaria del marxismo que la IC representaba fue como la aparición ante sus ojos de un nuevo mundo. De aquí surgió aquel horror fatal hacia las veintiuna condiciones, que solo en último caso se aceptaron por un movimiento sentimental de fervor a la revolución rusa. No podía formarse del día a la mañana una nueva concepción revolucionaria; pesaba mucho el pasado y, además, era una grave cuestión improvisarlo todo. Este núcleo, es decir, el procedente del partido socialista, después de varios años de permanencia en él y de no haberse librado del lastre de la educación «pablista», fue el grupo director de mas personalidad dentro del partido comunista.

A este núcleo fundamental vinieron a unirse otros dos en el seno de la sección española de la IC. Uno, el de los que se habían iniciado en la actividad política después de la revolución rusa y que habían deglutido apresuradamente la interpretación leninista del marxismo, sin la menor experiencia política ni organizativa; otro, el de los procedentes del anarcosindicalismo, que traían al partido los prejuicios libertarios. El primero de estos dos últimos grupos estaba representado por los que fundamos el Partido Comunista Español. Gente joven, sin experiencia ni sindical ni política, tendíamos a dogmatizar y hacia el sectarismo. Nuestra palabra no hallaba eco más que en camaradas de nuestra misma condición.

De estos elementos tan dispares nació el partido comunista español unificado, en el mes de septiembre de 1921. Hay que advertir que, al localizar el análisis en España, no olvidamos que de elementos de procedencias similares se han nutrido todas las secciones de la IC. Pero la diferencia esencial que trato de establecer cons15 de diciembre de 1934iste en que, mientas en los demás países se encontraban con un núcleo director (el procedente del viejo partido), en España no sucedió lo mismo. Esto contribuyó en gran parte a las crisis que ha atravesado el partido desde 1924.

Otro factor vino a agregarse, factor que hemos insinuado en las primeras líneas de este artículo. Cuando en todos los países se había evidenciado a la luz de los acontecimientos la insuficiencia política del sindicalismo revolucionario en España éste se encontraba en pleno delirio de triunfos, consecuencia del retraso con que el movimiento capitalista y proletario se han desenvuelto en nuestro país siempre. La demagogia apolítica del anarcosindicalismo había prendido en las masas españolas. Cuando después de la guerra el papel predominante de los partidos comunistas se había evidenciado en toda su necesidad, los dirigentes anarcosindicalistas españoles pregonaban a los cuatro vientos como suprema panacea la organización sindical con carácter «apolítico». El primer partido comunista español surgió en pleno apogeo del anarcosindicalismo, el cual dejaba sentir su influencia hasta en el propio seno del partido. Se tropezaba con la inmensa dificultad de hacer comprender a las masa, influenciadas por el cretinismo «apolítico», la importancia y necesidad del partido disciplinado del proletariado. Debido a esto en gran parte, el desarrollo del partido ha sido lento hasta estos últimos tiempos, en que ya se ha hecho la experiencia sindicalista y se ha visto su insuficiencia.

Formado en estas circunstancias y con individuos de tan diferente educación política, era natural que en el interior del partido se exteriorizasen estas contradicciones. De una manera más o menos práctica, constantemente, hasta el año 1924 la sección española vivió en permanente crisis. Pero entendámonos bien; al referirme a crisis me refiero a las naturales en el proceso normal del desenvolvimiento de un partido, a las platadas en el terreno de la honradez política y no en el campo de Agramante de la concupiscencia, del arribismo y del aventurerismo. Dos de estos grupos directores, el procedente del viejo partido y el de los nuevos militantes, se enfrentaban principalmente en Madrid y en el seno del Comité Central. El grupo de procedencia sindicalista, actuando unas veces como fracción del partido y otras desde fuera, pero queriendo influenciar y ganar su dirección desarrollaba su actividad frente a estas dos tendencias manifestadas en Madrid y en el Comité Central, A este grupo se agregaba, por necesidades de estrategia circunstancial, el núcleo bullejista de Bilbao, que reaccionaba así contra los ataques que a su política aventurerista dirigían las dos fracciones del Comité Central, compenetradas en reconocer la necesidad de acabar con la mala política llevada a cabo en Bilbao.

Juan Andrade. La crisis del partido español como consecuencia de la crisis de la IC, publicado en la revista «Comunismo» nº2, 1931

Paralelamente, surge en el seno de CNT una corriente de opinión que poco a poco se va orientando hacia el sindicalismo revolucionario y en la misma medida mirando si no hacia la Internacional Comunista, si a su organización sindical, la Profintern.

No se trata ya del inicial entusiasmo por la Revolución de octubre que llevó al acuerdo adoptado en el Congreso del teatro de la Comedia de adherirse a la Tercera Internacional. Esa corriente de opinión, más consciente y que va más lejos, supone la ruptura con las concepcAventurerismo, dictadura y desarticulación del PCE iones y las prácticas anarquistas que han venido prevaleciendo en la organización confederal. Primero en «Acción Socialista», de Valencia, dirigía Hilario Arlandis, y en «Lucha Social», de Lérida, dirigida por Maurín, al que prestó valiosa colaboración Pedro Bonet, recientemente fallecido en París, y después en «La Batalla», que aparecía en Barcelona la tendencia sindicalista-comunista expone sus concepciones cada día con mayor claridad. Andrés Nin, que milita en esa tendencia, es nombrado secretario del Comité Nacional de la CNT. Esta está en aquellos momentos en una situación crítica, desangrada por los atentados de las bandas de los sindicatos libres y por la aplicación de la llamada ley de fugas.

Maurín representa en el Comité Nacional de la CNT a la Confederación Regional de Cataluña y, más tarde, durante algún tiempo, asume las funciones de secretario de la Confederación Nacional del Trabajo. En una reunión celebrada en Lérida, en la clandestinidad, en abril de 1921, los delegados de los comités regionales deciden enviar una delegación a Moscú para participar en el congreso constitutivo de la Internacional Sindical Roja (ISR). Son elegidos Maurín, Nin, Arlandis y Jesús Ibañez, a los que se agrega, como representante de los grupos anarquistas, el francés Gaston Leval. Terminado el congreso, Nin, activamente buscado y reclamado por la Policía, es detenido en Berlín, si bien puesto a poco en libertad, y retorna a Moscú donde ejercería durante varios años importantes funciones en la nueva organización sindical internacional. Cuando aun no han regresado a España todos los delegados que han asistido al Congreso de la Internacional Sindical Roja, el sector anarquista de la CNT consigue, en una reunión celebrada en Zaragoza en junio de 1922, dejar en suspenso el acuerdo adoptado en el Congreso del teatro de la Comedia de Madrid, sobre la adhesión de la organización confederal a la Internacional Comunista, hasta que un congreso se pronuncie sobre el tema, pero de hecho la ruptura con los comunistas es desde entonces definitiva.

Luís Portela. El nacimiento y primeros pasos del movimiento comunista en España, 1980

Los «comunistas» o «sovietistas» como les llamaban en la época, en realidad no eran tales sino sindicalistas-revolucionarios «terceristas», partidarios de ligarse a la III Internacional y la Profintern. Esa posición a caballo de dos mundos hará que pronto el grupo de Maurín se reorganice como una fracción externa de la CNT, dedicada, ante todo a luchar contra la decisión del plenario de Zaragoza desde el exterior de la organización.

En junio, habiendo cambiado la situación política, con una actuación legal posible del movimiento obrero, la CNT celebró una Conferencia en Zaragoza, en la que se tomó el acuerdo de separarse de la Internacional Comunista.

Una minoría -la influenciada por «Lucha Social», de Lérida- no acepto la decisión de la Conferencia de Zaragoza por dos razones principales: primera, la adhesión de la CNT a la Internacional Comunista había sido acordada en un Congreso, y solo un Congreso estaba facultado para rectificar el acuerdo; segunda, la ruptura con la Internacional Sindical Roja era el sector anarquista de la CNT la que la imponía, y el sector sindicalista no debía dejarse dominar por los anarquistas.

Este punto de vista, sostenido por Maurín, Nin, Arlandis e Ibañez, contaba con muchos partidarios, sobre todo en Cataluña, Asturias y Valencia.

Los sindicalistas partidarios de la Internacional Sindical Roja se organizaron en Comités Sindicalistas Revolucionarios, en una conferencia nacional que se celebró en Bilbao a fines de 1922. En diciembre de ese mismo año, empezó a publicarse en Barcelona el semanario «La Batalla», portavoz de los Comités Sindicalistas Revolucionarios.

En los meses que siguieron, los Comités Sindicalistas Revolucionarios -parecidos a la organización del mismo nombre, en Francia, cuyo órgano era «La Vie Ouvrière» dirigida por Pierre Monatte- hicieron grandes progresos. En Barcelona, por ejemplo, las direcciones de los tres sindicatos más importantes -Transporte, Metalurgia y Textil- estaban en manos de partidarios suyos.

Joaquín Maurín. Sobre el comunismo en España, 1964

Pero al mismo tiempo que actuaban como fracción externa de CNT, intentado reconducir esta hacia la Internacional Sindical Roja, actuaban también como fracción externa del PCE intentando empujar a este hacia postulados sindicalistas-revolucionarios, lo que implicaba oponerse activamente a la dirección formada por antiguos miembros del Partido Comunista español y del PCOE. Sin llegar a adherir todavía formalmente, se hacían sentir en el partido como una fuerza de oposición. Años después, Maurín escribe con cierto desprecio:

Durante los dos años escasos en que el Partido Comunista de España pudo actuar legalmente -desde su fundación, en el otoño de 1921, hasta el golpe de estado del general Primo de Rivera, en septiembre de 1923- ayudado económicamente por el Comintern, aunque en proporciones muy reducidas- no solo no hizo progresos, sino que fue perdiendo posiciones. Su núcleo más importante, el de Vizcaya, imitó el terrorismo expropiador de los anarquistas, y se desprestigió.

Joaquín Maurín. Sobre el comunismo en España, 1964

No será el deseo de relanzar el comunismo español lo que oriente a Maurín y el grupo «La Batalla» a ingresar formalmente en el partido, sino el agotamiento de la estrategia fraccional en CNT.

En el verano de 1924 se celebró en Moscú el nuevo Congreso de la Internacional Sindical Roja. Para participar en él fue invitada la organización de los Comités Sindicalistas Revolucionarios, que se agrupaba en torno a «La Batalla». La delegación la formaban, junto a Maurín, Desiderio Trilles, y José Grau, de la dirección del Sindicato de Transporte de Barcelona, José Jover y José Valls, de la dirección del Sindicato Metalúrgio de Barcelona.

En 1924 el clima político y moral era en Moscú muy distinto del que prevalecía en 1921, y la impresión general produjo un gran desagrado en la delegación. Ninguno de los cuatro obreros que la integraban se sintió atraído por el comunismo. A su regreso a España, unos antes, otros después, se orientaron en dirección opuesta.

Joaquín Maurín. Sobre el comunismo en España, 1964

Y es que tras el congreso de la Internacional Sindical Roja, se ha celebrado el IV Congreso de la Internacional Comunista, el primero sin Lenin, que pasó a la historia por ser también el primero en ruso y el de la «bolchevización» y «proletarización» zinovietista… que encontró fuertes resistencias en muchos partidos, incluido el español.

Se impuso a los partidos la «bolchevización». Surgieron también reparos sobre todo porque bajo el imperio de Zinoviev se establecía un porcentaje de obreros e intelectuales en las direcciones de los partidos. Estimábamos algunos que, después del ingreso en el PC con las condiciones que se imponían para ser miembro en él, no se podía establecer ninguna discriminación entre los militantes. Una vez en el interior del partido, un ingeniero tenía los mismos derechos que un obrero metarlúrgico, y no se le podía considerar como un militante disminuido.

Y, cuando se estableció la organización por células, se manifestaron prevenciones porque, si bien se aceptaban como medios de trabajo directo entre los obreros y para la ilegalidad, considerábamos que las asambleas generales de militantes eran la suprema expresión de la democracia interna, donde las opiniones debían manifestarse y en las que se podía reconocer a los camaradas de más valor político. La práctica ha demostrado después que, tal y como se aplica, el régimen de células es el mejor mecanismo para ahogar toda crítica y establecer sólidamente el dominio del aparato dirigente.

Juan Andrade. Apuntes para la historia del PCE, 1981

Y es en este PCE seriamente tocado por la represión, con su capacidad formativa y de debate bajo mínimos, forzado a tomar las bases organizativas que luego servirán de base para la stalinización… en el que el grupo La Batalla pedirá finalmente la integración formal, constituyéndose como Federación Catalano-Balear del PCE en ese mismo verano.

¿Qué podía ver Maurín de interesante en un Partido que había despreciado hasta entonces y que desagradaba a los dirigentes sindicales que había ganado con tanto esfuerzo y llevado a Moscú en vano? Con la CNT disuelta, el trabajo de fracción sindical externa carecía de sentido: los CSR, en realidad agrupamientos de dirigentes que simpatizaban con la Revolución rusa, sin CNT ni sindicatos activos, no podían tener impacto en los trabajadores ni representar nada para la IC. La forma más sensata de seguir en relación con la Internacional era integrarse en su brazo en España, por maltrecho que estuviere. Además, los CSR agrupaban a casi un centenar de militantes catalanes y baleares, mientras que el PCE apenas tenía una treintena en ese mismo territorio. Es decir, el grupo de «La Batalla» se cubre bajo el manto del PCE y de la Internacional, pero no se disuelve en una organización mayor, recibe en realidad una franquicia local.

Aceptarlos en esas condiciones y sin bases comunes en lo ideológico, lo organizativo e incluso lo ético, fue fatal para una dirección y un partido que, a pesar de estar cayendo continuamente en prisión, había conseguido mantener La Antorcha con una tirada de 12.000 ejemplares, porque en la práctica supuso dar una herramienta definitiva para hacerse con el poder a los dos grupos aventureristas que dirigían el partido en Vizcaya y Barcelona. El aventurerismo de la dirección zinovietista de la IC que veía al magullado PC Español como un mero instrumento para legitimar la política del PC Francés de exaltación de Abdelkrim como líder de las masas oprimidas árabes11. Fue la gota que colmó el vaso.

La represión de la dictadura mantenía en prisión a todos los militantes más activos, que apenas permanecíamos algunos días en libertad cuando ya éramos encarcelados de nuevo durante meses como «gubernativos» [=preventivos]. «La Antorcha» se hacía en la cárcel, recurriendo a toda clase de habilidades para sacar el original y recibir información y documentación de la calle.

Pero en 1924 brotó una nueva crisis en el partido, en apariencia por razonamientos casi geográficos pero, en el fondo, profundamente políticos porque ya se sometía a discusión la táctica de la Internacional en España, a lo que se agregaban ambiciones personales bien definidas. Se habían constituido dos grupos de oposición al Comité Central: uno en Bilbao y otro en Barcelona que, aunque en desacuerdo en sus posiciones políticas, coincidían en su hostilidad al Comité Central nombrado en el Congreso. Según ellos, el Comité Central, por motivos tanto de orden geográfico como político, se encontraba en Madrid; el órgano central del partido por las mismas razones se publicaba en la capital; el núcleo más capacitado del partido militaba también en Madrid. En cambio los elementos más destacados de la oposición residían en provincias, es decir, en centros más específicamente industriales que Madrid. Sobre la residencia de la dirección del partido se constituyeron los dos grupos de oposición, el de Bilbao, que pedía que la dirección estuviera allí y el de Barcelona que lo demandaba para su ciudad.

Jacques Doriot era en aquella época el delegado de la IC en España, en nombre de Zinoviev. Doriot, el de tan nefasto fin12, pedía al partido la realización de un plan de trabajo inmediato sobre la guerra de Marruecos («¡Viva Abdelkrim!» era el lema), plan imposible de llevar a cabo porque no estaba en proporción con la importancia numérica y organizativa de la sección española. El CC fue unánime al reconocer lo disparatado de la propuesta y convocó a una conferencia nacional del partido para exponer ante ella su actitud, creyendo que ésta suscribiría su conducta. Pero la conferencia les cayó como llovida del cielo a los dos grupos de la oposición; por adhesión a la Internacional, la mayoría de los delegados a la conferencia aceptaron la política que ésta preconizaba a través de Doriot, que no se llevó nunca a cabo porque superaba las fuerzas del partido. El CC presentó la dimisión, pasó a residir en Bilbao (por pocos días porque en seguida fueron detenidos todos sus miembros) y después en Barcelona, donde ocurrió lo mismo.

A principios de 1925 el partido estaba desarticulado, no había posibilidad de establecer una dirección y de reorganizarlo. El contacto entre camaradas se limitaba a la correspondencia que se mantenía entre nosotros de prisión a prisión. Fue entonces cuando, como último recurso, creo recordar que por iniciativa de los que se encontraban presos en Barcelona, pero respondiendo a una necesidad que todos sentíamos, se acordó que la Internacional designase una dirección en París puesto que allí se encontraban emigrados camaradas de valía. Andrés Nin fue nombrado por el CE de la Internacional para organizarlo, tarea que no pudo cumplir porque al poco de llegar a París fue detenido, condenado a un mes de prisión y expulsado de Francia. Pero el nuevo CC quedó constituido en 1925, bajo la dirección de José Bullejos, que asumió los plenos poderes y que así llegó al pináculo de sus ambiciones.

No quiero extenderme sobre las luchas intestinas que se produjeron en París hasta que Bullejos logró eliminar a todos los discrepantes, ni sobre la política sectaria desarrollada, consistente en querer imponer a las docenas de militantes que había en España tareas que superaban sus fuerzas y posibilidades. Desde París se era muy activo y muy rígido en la disciplina.

En realidad, la mayor actividad de este comité consistía en sus informes a la IC, valorizando la importancia del partido y adjudicándose toda oposición que comenzaba a manifestarse en España. A título anecdótico, citaré dos ejemplos: el número de un periódico clandestino que no llegó siquiera a circular llevaba el número 5, y no habían aparecido los otros cuatro. La prensa comunista internacional publicó una fotografía de «una gran manifestación comunista», que se decía celebrada en Madrid, facilitada por el Comité de París, que no era más que la salida de los espectadores de la Plaza de Toros de Madrid.

Es posible que estos informes influyeran sinceramente en el CE de la IC, si, tal como creía, a la caída de la dictadura primorriverista, el PC español estaba en condiciones de formar los soviets y tomar el poder. Esto explicaría, aunque es dudoso, que Moscú impusiera una política ultrademagógica, y como tal negativa, cuando comenzaron a recobrarse las libertades.

Puede decirse que, prácticamente, durante los cuatro últimos años de la dictadura militar no existía PCE en España. La represión y la política sectaria de su dirección, de hecho lo habían liquidado.

Juan Andrade. Apuntes para la historia del PCE, 1981

Después de hacerse con la secretaría del partido en París en 1925, Bullejos, que en un primer momento tiene a Portela como secretario de organización y a Andrade como director nominal de La Antorcha, lanza a los restos del PCE a una política aventurerista contra la dictadura. Constituye un comité revolucionario con la CNT, Macià y el fascista Estat Català bajo el beneplácito de Moscú, pero lo disuelve cuando Moscú no envía fondos para el intento de invasión armada de España que propone.

Lógicamente arrecian las críticas de Andrade y los comunistas de la corriente fundadora en el interior. Portela es enviado a la península y sustituido a su vuelta por un afín al Secretario. Bullejos inicia una campaña de expulsiones y eliminación de toda oposición interna. A partir de 1926 se suceden los artículos en La Antorcha justificándolo con los primeros argumentarios del activismo stalinista.

Los partidos comunistas, a diferencia de los socialdemócratas, son por esencia y fundamentalmente partidos de acción. Las discusiones entre los afiliados no se abren en virtud del principio democrático de la «igualdad», sino exclusivamente para fortalecer, para reforzar la acción de la vanguardia del proletariado consciente. Por eso nuestros partidos son partidos disciplinados; se entra en ellos, no para imponer su punto de vista particular, sino para consagrar todas sus energías a la defensa de los intereses supremos del partido. Por eso no queda lugar en ellos para las discusiones ociosas.(…)

En todas las situaciones críticas, la reivindicación de la democracia ha sido lo propio de los elementos reformistas, incapaces de comprender y, sobre todo, de aplicar o de soportar la disciplina de hierro bolchevique, sin la cual la clase obrera no puede forjar su partido político de clase.

Gabriel León Trilla. Democracia burguesa y disciplina proletaria, 1926.

El tono va subiendo con los meses. Es la primera stalinización del partido español, la eliminación de la socialdemocracia en el Partido según el lenguaje stalinista de la época que la dirección española repite una y otra vez cada vez que expulsa a algún viejo militante o miembro de las anteriores direcciones del partido. En menos de dos años no quedará ninguno dentro de la organización. Los nuevos militantes, cuando lleguen años después, lo harán bajo el paradigma sectario conspirativo forjado entonces: en el partido solo se discute como ejecutar mejor las directrices del nivel superior, no se discute la línea a seguir.

La concepción poequeñoburguesa de la democracia, que ha penetrado hasta en los Partidos Comunistas, consagra un respeto sacrosanto a «la libertad de discusión», al derecho del libre ejercicio de crítica. (…)

Y cuando se les dice que los Partidos Comunistas no han sido creados para rendir culto a la democracia, cuando rechazamos el fetichismo de la «libertad de crítica y discusión», surgen los anatemas y las acusaciones.

Cuando se les afirma que lo esencial para nosotros es la obtención de los fines políticos que nos proponemos y que si la democracia estorba, nos impide avanzar, restringimos o suprimimos la democracia, nos tachan, escandalizados, de querer ahogar el pensamiento humano, y aun si el escandalizado es algún pequeñoburgués que se ha introducido en el PArtido, afirma que «dictatorialmente y por la violencia queremos ahogar la voz de la oposición».

«La Antorcha». Las fracciones y el partido, 1926

La evolución política de la dictadura y las fuerzas de oposición dieron sin embargo algún éxito simbólico a Bullejos. El primero, en 1927, fue la integración de la CNT sevillana. Militantes obreros sin formación que serán la cantera ideal de una nueva generación de dirigentes stalinistas (José Díaz, Adame, Delicado, Mije…). Por otro lado, su participación en la huelga general de Vizcaya, convocada el mismo día en el que se inauguraba la asamblea parlamentaria de la dictadura y en la primera huelga minera asturiana que enfrentaba el régimen, le devolvió cierta presencia entre la oposición, a costa del encarcelamiento de Bullejos y de no conseguir parar la sangría del ya magro número de militantes. Desarticulado de facto, dirigido como una mera central de correspondiencia por Bullejos desde la cárcel y por delegados franceses de la IC desde París, el congreso de 1929, transcribió docilmente las tesis de la stalinización.

Por las condiciones que concurrieron a su celebración, por las pocas delegaciones que asistieron y por su deficiente preparación, fue muy poco importante. En realidad, sus resoluciones se limitaron a transcribir para España los acuerdos que un año antes había tomado el VI Congreso de la Comintern.

José Bullejos. La Comintern en España, recuerdos de mi vida. 1972

El hecho más reseñable del congreso fue que no se permitiera entrar a la Federación Catalano-balear. No había debajo ningún debate ideológico, estaban prohibidos, así que es posible que Bullejos temiera un golpe de Maurín similar al que le había llevado a él mismo a la secretaría general. A partir de ese momento la FCCb de Maurín será una organización política independiente. Otra de las innovaciones del VI Congreso había sido cambiar la política de frente único por el frente único por la base, pero en su traducción española significaba poco más que calificar como socialfascistas al PSOE y anarcofascistas a la CNT en la correspondencia interna y propugnar el escisionismo sindical.

En estas, la caída de la dictadura no cogió por sorpresa a nadie, salvo a Moscú y a Bullejos, que trasladaron el CC al interior e integraron en su dirección por primera vez a Dolores Ibárruri, mano derecha de Bullejos en Vizcaya.

Al formarse en 1930 el gobierno Berenguer, que concedió algunas libertades, el comité de París se trasladó a España y celebró en Bilbao lo que se denominó por razones conspirativas «Conferencia de Pamplona». Entonces, el equipo Bullejos se disponía a hacer la revolución en España y continuar la misma política sectaria y demagógica que había llevado a cabo desde París, pero ahora en gran escala.

Juan Andrade. Apuntes para la historia del PCE, 1981

Lo harán, a lo grande, con las elecciones municipales del 31 y la proclamación de la República.

Finalmente nos detendremos a pasar revista grupos en oposición a Bullejos antes de la constitución de la Oposición de Izquierda en 1930.

Cuando se implantó la República, había ya en España cuatro organizaciones comunistas independientes entre sí: el PC oficial, la Federación Comunista Catalano-balear, la Agrupación Comunista Autónoma de Madrid y la Oposición Comunista de Izquierda.

La Agrupación Comunista de Madrid se había formado con la mayoría de los que integraban el CC de 1924 y que habían sido expulsados del partido, y, bajo el impulso de Luís Portela, militante de gran autoridad moral que también estuvo emigrado en París, estaba en oposición a Bullejos y su equipo. La Agrupación de Madrid llegó a reunir a la mayoría de los comunistas que había en la capital pero, políticamente sus posiciones no eran muy diferentes de las del partido oficial, y su acatamiento a la IC era completo. Luchaba únicamente por la celebración de un congreso que restaurase la democracia interna y eligiera honradamente su Comité director.

Juan Andrade. Apuntes para la historia del PCE, 1981

El problema de Portela es que, desde París, había legitimado primero el discurso demagógico y chovinista que sirvió de cobertura al golpe de Bullejos y Maurín para aislar a la dirección madrileña y luego se había integrado brevemente en la dirección bullejista de París, lo que le comprometía con la concepción del sectaria y conspirativa del partido y las fanfarronadas de Bullejos tanto como con el ultraizquierdismo de la IC.

La Federación Catalano-balear mantenía puntos de vista originales, pero siempre haciendo promesa de fidelidad a la Internacional. Los que seguían a Maurín en Barcelona, aunque se habían adherido al partido oficial, verdaderamente nunca se habían integrado en él. Al proclamarse la República y reorganizarse, tenía más fuerza numérica que el PC oficial. Pero se distinguía por una política ambigua, en manera alguna quería pronunciarse sobre las cuestiones políticas más importantes en el plano de la Internacional y sus posiciones iban solo encaminadas a apoderarse de la dirección del partido oficial. La Federación Catalano-balear deseaba reservarse una absoluta independencia y establecer su propia política, que era ecléctica y muy variable, y solamente determinada por los caprichos políticos de las circunstancias de su jefe reconocido. Y, sobre todo, su posición sobre la cuestión de las nacionalidades era básica para él, pero le divorciaba de las verdadera posiciones comunistas. Realizaba una propaganda exterior en pro de la unificación comunista, pero ni la comprendía ni la deseaba si no se realizaba a su favor. Después de sufrir varias crisis originadas por elementos favorables al partido oficial, se consolidó orgánicamente y puso seguir su propia política y destino.

Juan Andrade. Apuntes para la historia del PCE, 1981

La prueba de esta incomprensión fue que cuando Andrés Nin volvió de Moscú, la Federación le negó el ingreso para no comprometerse con alguien bien conocido en Moscú como trotskista. Nin había sido secretario de Trotski hasta el año anterior. Y desde luego las tendencias chovinistas catalanistas fueron innegables cuando en 1930 se funden con el Partit Comunista Català de Jordi Arquer, un partido nacionalista nacido en el ateneo de Lérida. El resultado de la fusión será el «Bloc Obrer y Camperol» (BOC). Originalmente el BOC no era un nuevo partido, sino un «frente de masas» de la FCCb ampliada con el grupo de Arquer.

La FCCb seguía existiendo con Maurín y Arquer a la cabeza y pretendía dirigir a un conglomerado de masas pequeñoburguesas campesinas y obreros capitalinos organizados en el BOC hacia una independencia vendida como primera fase de una revolución catalana. En 1935 agrupaba a unas 3.000 personas. En la práctica nunca se separaron del proyecto nacionalista de Macià y en el 34 intentaron desarrollar una huelga general en contra de los sindicatos obreros en apoyo de Companys tras la proclamación de la República Catalana y la represión de la República. El BOC en el 34 fue el brazo popular de la unidad nacional catalana anhelada por la pequeña burguesía local.

¿Qué hacía el PCE stalinista mientras la OCE lanzaba los primeros números de Comunismo y Maurín transformaba la FCC-b en el BOC tras fundirla con los nacionalistas del PCC? Como escribía en una carta personal Humbert-Droz, que había sido castigado con representar a la IC en España por su amistad con Bujarin:

Resulta poco interesante trabajar por la simple razón de que no existe partido y lo que aquí se denomina Partido Comunista es una pequeña secta sin posibilidad de irradiación.

Humbert-Droz recoge en sus memorias: aunque comienzan a reclutar nuevos miembros, en Madrid el PCE tenía tan solo 10, en Bilbao 14… de hecho, con la política de clase contra clase propugnada por el stalinismo en aquel momento y ejecutada burocráticamente por los restos del partido español, la situación no hace sino empeorar.

Las elecciones municipales han revelado la extrema debilidad del partido, su completo aislamiento, su mínima influencia sobre las masas. (…) Los resultados están por debajo de las previsiones más pesimistas. En Barcelona, es una verdadera tragedia. Tenemos 50 militantes para más de 500 centros electorales. Es decir, que solo un 10% de los locales tenían listas de candidatos comunistas. No hemos recogido ni 100 votos, mientras que los maurinistas, que han hecho una propaganda mucho más intensa que nosotros, reúnen mś de 3.000 votos (…) En Sevilla, donde nuestros camaradas esperaban un mínimo de 2.000 a 2.500 votos, no tenemos ni 800. En Madrid, donde Bullejos esperaba unos 5.000 votos, no tenemos ni 200.

Jules Humbert-Droz. Memorias, tomo III, «Entre Lenin y Stalin», 1964

Un gesto reseñable: la propaganda política y los textos de orientación del PCE se escribe en francés por los delegados de la Internacional y se traduce luego al español. En honor a la verdad hay que decir que el PCE stalinista no se engañaba respecto al carácter burgués de la nueva república... aunque lo hiciera, y mucho, sobre la táctica a seguir.

El 14 de abril mientras la multitud celebraba la República, el pequeño grupo del PCE gritaba ¡Abajo la República burguesa!, ¡Vivan los Soviets!. Humbert-Droz cuenta:

Los comunistas que intentaban manifestarse, repartir octavillas o dirigir la palabra a la multitud fueron silbados, abroncados y acogidos con hostilidad amenazadora.

Jules Humbert-Droz. Memorias, tomo III, «Entre Lenin y Stalin», 1964

Bullejos lo recuerda en uno de sus libros de memorias:

Esta actitud duró varios días, manifestándose en agresiones a nuestras banderas comunistas, carteles de propaganda y periódicos. Nuestro aislamiento aquellos días era total. Sin embargo, no cambiamos nuestra posición, ni modificamos el tono de nuestra propaganda. Nos sentíamos orgullosos de navegar contra corriente.

José Bullejos. La Comintern en España, recuerdos de mi vida. 1972

Y no había nada malo en navegar contra corriente, la cuestión era que hasta para navegar contracorriente hace falta un trabajo teórico y un trabajo político que evite el ridículo de tener por consigna vitorear unos soviets que no existían.

Y es que aunque denunciara el carácter burgués de la República, lo hacía desde una perspectiva profundamente errada: la incompetencia de la Constituyente para culminar una revolución burguesa tan inexistente como los soviets para los que reclamaba el poder.

Sin embargo, muchas cosas habían cambiado para el proletariado español y el mundial. La burguesía no llegaba al poder contra las clases latifundistas y la burocracia del Antiguo régimen sino con ellas, liderándolas por primera vez en mucho tiempo. Estaba recomponiéndose y reorganizándose en torno al estado de una forma conflictiva y contradictoria, apoyándose en una parte de la pequeña burguesía radicalizada para modernizarlo y aprovechando la debilidad de un proletariado que, sin partido, oscilaba entre la ilusión democrática del PSOE y el apoliticismo de grandes gestos estériles de la CNT.

El único éxito reseñable del PCE en aquellos primeros meses de 1931 se produjo en Sevilla. El partido se unió a un motín espontáneo donde se liberó a todos los presos y se quemaron las sedes de los partidos de la derecha. Unos días después pudo reunir en el frontón del Betis a un par de millares de personas que aprobaron por aclamación su programa táctico. La cuestión es que no era un programa táctico, sino un batiburrillo de consignas económicas que respondían a la situación y consignas políticas que no tenían correspondiencia con los hechos políticos reales, como un referendum de autodeterminación en Cataluña y Euskadi o el Gobierno Obrero y Campesino.

Bullejos viajará a Moscú donde analizará la situación con las grandes figuras del stalinismo, en especial Manuilski. Se aprueba la idea de que España está en un momento similar a Rusia en 1917 y se mandan nuevas directrices.

  1. Quitar a las fuerzas monárquicas su base material: confiscación de bienes a la Corona, detención de los oficiales monárquicos, confiscación de las tierras de los terratenientes, etc.
  2. Desarmar las fuerzas reaccionarias y armar a las masas obreras y campesinas, y
  3. Creación de soviets de obreros, soldados y campesinos.

Carta abierta de la IC al PCE, 1931

La carta después lanzaba una serie de recomendaciones insistiendo en que:

El Partido no debe, en ninguna circunstancia, hacer pactos o alianzas, ni siquiera momentáneamente, con ninguna otra fuerza política. (…) En ningún caso debe defender al gobierno republicano ni sostenerlo.

Pero la verdad es que aunque había un resurgir de las luchas obreras, la situación española distaba mucho de la constitución masiva de soviets y ni hablemos de la constitución de un partido de clase. Eso sí, la tendencia centrista bujarinista-zinovietista desaparecerá absorbida definitivamente en el stalinismo y despejando un tanto el panorama.

En junio de 1931, la Agrupación de Madrid y la Federación Catalano-balear convocaron a una conferencia nacional de unificación comunista, prescindiendo de la Oposición de Izquierda. Esta conferencia no llegó a celebrarse porque rápidamente la Agrupación de Madrid entró en descomposición minada por el partido oficial, la FCCb y la Izquierda Comunista. La mayoría de los militantes madrileños decidieron ingresar en el partido sin condiciones y solo un pequeño grupo de militantes decidió resistir algún tiempo más. La FCCb prosigió su existencia y llegó a constituir una verdadera fuerza con todos sus defectos.

Juan Andrade. Apuntes para la historia del PCE, 1981

Aprovechando ese apoyo económico masivo, el PCE se dedicó sobre todo a preparar las elecciones del 28 de junio en las que consiguió 190.605 votos en un censo de 4.348.691 votantes, aunque ni un solo diputado. Más de 100.000 de esos votos los obtuvo en Andalucía, donde el proletariado estaba en ebullición.

Las elecciones fueron seguidas en Andalucía en julio de una huelga de masas que acabó con una represión brutal que costó la vida, entre otros, a cuatro militantes sevillanos del PCE. Mientras los diputados de la derecha abandonaban las Cortes Constituyentes con tal de no secundar el fin de los privilegios eclesiásticos en la nueva constitución, las huelgas, tomas de tierra y motines se intensificaban por todo el país.

Y en esto, llegó el golpe de Sanjurjo que llevaría a un giro final en el PCE impuesto desde Moscú.

La sublevación militar de Sanjurjo en Sevilla en el mes de agosto de 1932, provocó la crisis interior del partido español, que culminó con la ruptura entre el Buró Político y la Internacional, y nuestra expulsión posterior. (…)

Esta vez los miembros del secretariado del partido que estábamos en Madrid (…) no quisimos repetir las faltas extremistas que el 14 de abril se cometieron, y en el manifiesto redactado por mí después de analizar las causas de los sucesos, que atribuíamos a la política de contemporización del gobierno, lanzamos la consigna de «Defensa de la República». (…)

Días después celebraba reunión el Buró Político para examinar la situación creada por los recientes sucesos. La delegación de la Internacional reiteró sus declaraciones de que los acontecimientos del 10 de agosto confirmaban su punto de vista respecto a que el enemigo principal de la revolución no eran los monárquicos, sino el gobierno de Azaña y el Partido Socialista. A estas afirmaciones opuse mi punto de vista favorable a un cambio de política en el partido. La reacción se había demostrado demasiado poderosa el 10 de agosto, y había que hacer pasar a plano preferente la lucha contra ésta. No se trataba de apoyar incondicionalmente al gobierno de Azaña, sino de provocar una coalición de todas las fuerzas democráticas populares sobre las bases de un un programa revolucionario de defensa de la República, que comprendiera en primer lugar el desarme militar, político y económico de todos los elementos reaccionarios.

José Bullejos. Entre dos guerras, 1945.

A las pocas semanas, el equipo de dirección del Partido en pleno -Bullejos, Adame, Vega y Trilla- eran expulsados por el secretariado de la Internacional. A eso siguió una campaña de descrédito del «grupo Bullejos» por la nueva dirección de José Díaz y Dolores Ibarruri -que había sido la persona de confianza de Bullejos en Vizcaya- y luego de todos los partidos europeos, que sacaron resoluciones sumándose al linchamiento.

Ciertamente, toda la política del partido bajo la dirección de Bullejos había sido de puro aventurerismo, sin tener en cuenta las etapas de la revolución, sobrevalorando su fuerza respecto a las tareas a llevar a cabo, inutilizando incluso a los militantes en acciones esporádicas sin sentido, y estableciendo un régimen interno de la más completa arbitrariedad. Pero esta dirección había sido avalada y aprobada durante un largo período por la propia Internacional, era verdaderamente la política de ésta. (…)

Para la Internacional, cuando descubrió el proceso revolucionario español, el primer interés fue domesticar una dirección nacional que frecuentemente escapaba a su disciplina. Era un hecho insólito porque todas las otras direccciones de Europa estaban ya totalmente sometidas a sus mandatos. Y ésta fue, en realidad, la verdadera significación del grupo Bullejos. Con ellos se acabó con la determinación de la táctica política por la dirección nacional y se estableció el imperio de los delegados de Moscú, la omnipotencia de Codovila, Togliatti, Geroe, etc.; se acabó con lo que ellos llamaban «el espíritu anarquista de los comunistas españoles». (…)

El nuevo equipo, el de José Díaz, que dirigió desde 1932 el partido, seguía una táctica similar a la del «grupo sectario», porque en su extremismo era la misma de la Internacional. Esto se demostró en la crisis gubernamental del mayo de 1933, en que volvió a formular la consigna de «todo el poder a los soviets», precisamente cuando la reacción comenzaba, una vez reorganizada, a atacar y el peligro era más grave. El 14 de abril de 1931 no había soviets, el partido no tenía fuerza y la consigna de dictadura del proletariado circulaba en el vacío. En mayo de 1933 era igualmente improcedente.

Juan Andrade. Apuntes para la historia del PCE, 1981

2. Llerena

Situada en la frontera siempre cambiante entre Andalucía y Extremadura, Llerena es la capital de una región económica que se extiende desde Guadalcanal (Sevilla) a Tierra de Barros (Badajoz), sustentada en la minería, la industria de transformación agraria y la explotación capitalista del campo. Es difícil encontrar una región europea con una continuidad mayor en la explotación bajo la relación capital trabajo. Las vecinas minas de Guadalcanal, fueron junto con las minas alemanas y jienenses, el principal foco de explotación de trabajo asalariado en la época esclavista (desde el siglo I). Administradas a finales del siglo XVII por Jerónimo de Ayanz, inventor de la máquina de vapor, fueron las primeras en el mundo (1720) en incorporar una máquina de vapor para reducir la temperatura y desalojar el agua, más de medio siglo antes del comienzo de la Revolución industrial inglesa. De 1900 a 1920, un grupo de capitalistas belgas pone de nuevo en marcha la mina de hierro de la Jayona, uniéndola a Guadalcanal con un teleférico y empleando a 400 jornaleros.

La estructura social y económica de Llerena y las comarcas circundantes es representativa de la de toda la España (y Portugal) meridional: un proletariado agrario altamente precarizado (trabajo temporal y a destajo) con ocupaciones agroindustriales (harinera, cervecera) y mineras minoritarias. En 1930 y hasta los años 60 así es la gran mayoría del proletariado español.

Al iniciarse la experiencia republicana, Llerena presentaba unas características socioeconómicas similares a las del resto de la región. Esta localidad, situada al sureste de la provincia pacense, contaba con 7.888 habitantes (3.854 hombres y 4.034 mujeres) y tenía una dedicación eminentemente agraria. Una característica fundamental en cuanto a la explotación agrícola era el predominio del latifundio, así a los 12 grandes propietarios (el 1,2 % de los propietarios) les correspondía el 50,9% de la riqueza rústica imponible, o por ejemplo las siete fincas de más de 250 hectáreas representaban el 46,53% del termino municipal.

Junto a esta desequilibrada distribución de la propiedad, otra nota determinante de la realidad llerenense al iniciarse la República era la existencia de una importante masa de jornaleros y yunteros cuyas condiciones de trabajo mejoraron durante los primeros años republicanos, aunque sus condiciones de trabajo seguirían siendo duras. Así el salario diario de un segador de la localidad habría pasado de las 4 ó 5 pesetas del año 1930 a unos jornales máximos de 10 pesetas en 1932 [después de las huelgas]. Sin embargo no podemos olvidar que estas tareas (siega) tenían un carácter meramente estacional (de dos a tres meses) y las retribuciones del resto de trabajos agrícolas (la mayoría también estacionales) disminuían a unas 5 pesetas, además el resto del año la inmensa mayoría de los trabajadores agrícolas sufrían el paro forzoso. Por otro lado, los precios de determinados productos básicos hacían más crítica la situación de penuria económica en la que se encontraba la mayoría de la población del campo extremeño y por tanto también de Llerena.

A nivel político local destacaba la importancia de las organizaciones socialistas (PSOE y UGT) al iniciarse la etapa republicana, organizaciones que tenían ya una importante trayectoria. No en vano, antes de la dictadura de Primo de Rivera se habían desarrollado en esta zona algunos importantes núcleos socialistas (Azuaga, Berlanga, Granja de Torrehermosa, Llerena, Malcocinado, etc.). En el XII congreso ordinario del PSOE, celebrado a finales de 1928, tres de las seis agrupaciones socialistas de la provincia de Badajoz que participaron eran de la zona (Azuaga, Granja de Torrehermosa y Llerena).

Esta implantación socialista tendría un importante respaldo en las elecciones municipales de abril y mayo de 1931, siendo la mayoría de los alcaldes elegidos en el distrito miembros del PSOE. En Llerena en las elecciones municipales del 12 de abril había triunfado la candidatura monárquica; no obstante, tras el advenimiento del régimen republicano, se convocaron nuevas elecciones municipales en numerosas localidades para el 31 de mayo de 1931, una de ellas Llerena. En esta ocasión, los quince concejales elegidos fueron en su totalidad socialistas, el predominio político del PSOE en la población era evidente.

José Hinojosa. El núcleo trotskista de Llerena durante la II República

En los años finales de la dictadura de Primo y la monarquía, Llerena es un pueblo ilustrado: sabemos que el instituto de primera enseñanza tiene en los años veinte dos microscopios, dos máquinas de escribir y una nutrida biblioteca que compite con las del Casino Llerenense (3.500 volúmenes) y con la de Casa del Pueblo que además reciben prensa de todo tipo desde Madrid, Córdoba y Sevilla. A pesar del mito -y la realidad desoladora de los años franquistas- el campo pacense y andaluz de principios de siglo está lejos de ser el mundo atrasado e inculto que ha retratado el mito racista. La pequeña burguesía local dirige una verdadera cruzada alfabetizadora y los ayuntamientos de la monarquía impulsarán todo tipo de equipamientos y obras públicas modernizadoras, expresión de una burguesía local que se siente firme en el territorio y mantiene sus caserones y almacenes en pleno centro de una ciudad que considera suya, cuyo patrimonio histórico -de los restos romanos a la Orden de Santiago y Zurbarán- mantiene y para la que proyecta incluso museos.

Llerena es un microcosmos de la España de la época, con una burguesía aristocrática que está ligada todavía al territorio, una pequeña burguesía que ha cambiado la lucha política por la instrucción pública y un proletariado masivo que comienza a ser consciente de su propia fuerza.

En el núcleo local de Juventudes Socialistas destaca un joven Manuel Fernández Grandizo -luego conocido como Munis. Munis era sobrino del impresor local, Pablo Grandizo, cuya familia regentaba además la tienda de tallas y objetos religiosos y la importación de vino a granel. Sus padres habían migrado a México, a Torreón de Coahuila, donde él había nacido en 1912. La familia retorna a Llerena en 1915, después de que la ciudad sea destruida por segunda vez por el general Villa, a tiempo para que su primeros recuerdos infantiles sean los del pueblo tomado por la organización espontánea de los jornaleros y mineros durante el trienio bolchevique.

En 1929 Munís que tenía solo 18 años, entra en contacto por correspondencia con el primer núcleo oposicionista que se articula en torno a los vizcaínos García Lavid -emigrado a Luxemburgo- y Esteban Bilbao, que había sido uno de los fundadores del PCE y que será referente de la Izquierda Comunista hasta su muerte en vísperas de la fundación de FOR. Munís viajará al congreso fundacional de Lieja, donde será el participante más joven.

A la vuelta en Llerena inicia una serie de charlas sobre la Revolución Rusa en las que hace grupo con Luís Rastrollo (Sem) que es de una finca de Fuente del Arco, Guadalcanal y tiene 22, al grupo se unen otros jóvenes como Felix Galan y José Martín. Munís pondrá en contacto a Sem, que es hijo de pequeños propietarios y estudia Derecho en Madrid, con Fersen. Sem será también el que gane para la izquierda comunista a un joven argentino compañero suyo de Derecho: Antonio Gallo, pronto figura clave de la Izquierda Comunista Argentina.

El pequeño grupo en Llerena comienza a atraer a cada vez más jornaleros y obreros de las comarcas circundantes en un momento en el que el proceso de la Revolución española va en ascenso.

A principios de marzo se desarrollaron graves desórdenes en la localidad. Su origen se encontraba en el desacuerdo existente entre los representantes de los patronos y los obreros sobre las soluciones que debían darse a la grave crisis de trabajo atravesada por el pueblo. En las negociaciones, que presidió el alcalde (Rafael Maltrana), los representantes obreros pretendían que los patronos alojaran durante quince días a los trabajadores en paro, mientras la delegación empresarial ofertaba sólo diez jornadas.

Paralelamente al desarrollo de esta reunión se concentró un grupo numeroso de obreros en la puerta del ayuntamiento, que al tener conocimiento de la negativa de los patronos, inició una serie de actuaciones de carácter violento. Así, mientras algunos de ellos se quedaron en la puerta del ayuntamiento para evitar la salida de los patronos, otros se dirigieron a las casas de los grandes propietarios que estaban reunidos, asaltándolas y llevándose alimentos. Tras el asalto volvieron al ayuntamiento hasta que los patronos firmaron las bases propuestas por los obreros. Sin embargo, fruto de los desmanes cometidos, la autoridad gubernativa hizo intervenir a la Guardia Civil, que detuvo a más de treinta personas, muchos de ellos jóvenes, entre los que se encontraban tanto Luis Rastrollo como Ventura Castelló [llerenense, aparejador y miembro del Comité sevillano de la Juventud Comunista].

Al día siguiente, los obreros no aceptaron «ser repartidos» y se negaron a recibir subsidio alguno hasta que no fueran puestos en libertad los detenidos. Además, trabajadores de otras localidades acudieron en apoyo de los de Llerena a pesar del dispositivo establecido por la Guardia Civil para evitarlo. La situación volvió a la normalidad al ser puestos en libertad los detenidos y firmarse un acuerdo entre el delegado del Gobernador Civil, el Alcalde y la representación patronal por el cual todas las partes se comprometían a aportar medios económicos para solucionar la crisis obrera.

José Hinojosa. El núcleo trotskista de Llerena durante la II República

El liderazgo de Sem le causará un juicio por sedición y prisión hasta junio, pero acabará con el monopolio de la organización socialista. El 20 de agosto de 1932 se constituirá formalmente el Radio de la Izquierda Comunista en Llerena. Solo en Maguilla el número de afiliados había pasado de veinte en abril a más de cincuenta en junio. La UGT se romperá en dos y los oposicionistas acabarán formando una Federación Local de Sindicatos Obreros.

Si las tareas de la siega transcurrieron en 1932 con relativa tranquilidad en la provincia de Badajoz, el último trimestre de este año se caracterizaría por una intensa conflictividad. Su origen debemos buscarlo en la precaria situación por la que atravesaban entonces los trabajadores agrícolas, casi todos en paro y con muy escasos recursos económicos, lo que llevó a algunos de ellos a protagonizar acciones consideradas por las autoridades republicanas claramente ilegales (invasión de fincas, robo de ganado y frutas, etc.).

Esta conflictividad tuvo su máximo exponente en el distrito de Llerena, donde a principios de octubre se producía la convocatoria de una huelga general, a la que no eran ajenos los militantes llerenenses de la ICE. La situación de los jornaleros llerenenses no era nada halagüeña desde los primeros días de septiembre. El propio Ayuntamientos afirmaba que en varios centenares de hogares de trabajadores se pasaba hambre y a pesar de sus gestiones ante los patronos de la localidad para conseguir fondos para evitar el paro forzoso, la situación empeoraba por momentos como lo reflejaba el escrito remitido por la alcaldía al Presidente del Consejo de Ministros:

Ante aguda crisis de trabajo por intransigencia de la clase patronal y sin auxilio económico (del) Gobierno, celébrase manifestación pacífica de obreros parados en número de 800 aproximadamente, interesando esta alcaldía rápida solución pavoroso problema...

No cabe duda que esta crítica situación de los trabajadores y la proximidad de las tareas de la siembra, motivó la convocatoria de una huelga por parte de la denominada Federación Local de Sindicatos Obreros, el nuevo organismo sindical creado tras los sucesos de marzo y de clara influencia trotskista, oponiéndose a esta acción la sección local de la UGT. Desde el primer momento, los organizadores pretendieron extenderla a toda la comarca, convocando para ello una reunión a la que asistieron representantes obreros de once pueblos y donde se acordó llevarla a cabo. Únicamente se opuso el delegado de Berlanga, si bien éste aceptó someterse a la voluntad de la mayoría

Conocedores de esta reunión, los dirigentes provinciales de la UGT llamaron al orden a sus organizaciones consiguiendo que el acuerdo adoptado en la reunión celebrada en Llerena fuera papel mojado al someterse a ellas la mayoría de las sociedades. Sólo los obreros de Llerena, Berlanga y Maguilla apostaron por la huelga, es decir, aquellas localidades donde la ICE tenía una cierta implantación.

Por su parte, el Gobernador declaró ilegal esta huelga dado su carácter «revolucionario», desplegando un importante número de guardias civiles en la zona. El conflicto tenía su origen inmediato, tal y como hemos visto más arriba, en la precaria situación económica que atravesaban los obreros agrícolas de la zona. Así, la reivindicación más sobresaliente del movimiento de protesta no era otra que la petición de un jornal mínimo de 4,50 pesetas para las labores de la siembra.

A pesar de las medidas gubernativas la huelga se inició el día 6 de octubre en las localidades de Llerena, Berlanga y Maguilla, teniendo un importante seguimiento entre los trabajadores de las tres localidades. Este hecho motivó que el Gobernador enviara más guardias civiles a la zona, además de cursar las órdenes convenientes para averiguar quiénes eran los miembros de los comités de huelga a fin de proceder a su inmediata detención y amenazar con la clausura de las Casas del Pueblo y las sociedades obreras.

[...]La consecuencia inmediata del conflicto fue la detención de numerosos dirigentes campesinos de las localidades donde se desarrolló la huelga, casi todos comunistas de izquierda. Los detenidos permanecieron en la cárcel hasta mayo de 1933, aunque unos meses más tarde se inició un proceso judicial en el que el fiscal pidió una condena de diecisiete años para cada uno de los encausados.

José Hinojosa. El núcleo trotskista de Llerena durante la II República

El desarrollo de la lucha jornalera fuera de los cauces conciliadores del PSOE, dirigida ya abiertamente por la Izquierda Comunista que lideraba a buena parte de la base socialista y al pequeño PCE local, no dejó de tener consecuencias. La más llamativa tal vez en el pueblo fue que la burguesía lllerenense fue poco a poco abandonado sus residencias para instalarse en Sevilla y Madrid. Sin embargo, politicamente, la repercusión más sorpredente fue el efecto sobre las bases obreras del stalinismo en Sevilla y Badajoz.

A principios de enero de 1933 se desplazaban a la localidad Ventura Castelló (miembro del Comité Regional del PCE de Andalucía), Trigo y Jesús Ruiz (miembros del Radio Comunista de Sevilla) con el propósito de conseguir que los militantes de la ICE llerenenses ingresaran en el Partido Comunista, pidiendo para ello una «controversia» con los dirigentes oposicionistas de la localidad. En esta controversia participaron por parte del Radio de Llerena de la ICE Munis (Manuel Fernández Grandizo), Carlos Llarza (Julián Gómez) y Félix Galán, asegurando el propio Llarza que:

La Oposición venía intentando inútilmente no ya ingresar en el Partido, máxima aspiración, sino establecer contacto con él. Todas nuestras peticiones a este respecto eran rechazadas sistemáticamente, sin otra razón que la de considerarnos contrarrevolucionarios, enemigos de la clase obrera. El acto significa y debía significar que los obreros del Partido Comunista empezaban a ver claro el asunto y que iniciaban una fase de concordia, que el radio de Llerena esperaba cuajara en una realidad

Tras esta intervención inicial, tuvo lugar un largo e intenso debate donde cada una de las partes expusieron sus puntos de vista. Al finalizar el acto se tomaron las siguientes conclusiones:

Por el Radio de la Izquierda Comunista de Llerena:

  1. Que se admita a la 1.C.E. en bloque, nacionalmente;
  2. Que de serlo sólo regionalmente, someterían el caso al C.E. de nuestra organización;
  3. Que ya fuera nacional o regionalmente, debían ingresar los militantes inscritos en nuestra organización, sin distinciones caprichosas o impuestas, sin exigírsenos abjuración de nuestros «errores trotskistas», dándose amplia libertad de crítica a cambio de aceptar la disciplina impuesta por la mayoría;
  4. Como ya ha manifestado nuestra organización, en caso de ingreso nacional, y sin excepciones, entregaríamos nuestra revista, la editorial y todo el material de propaganda que poseemos al Partido.

Por los delegados del Partido: Someter las peticiones del Radio de la 1.C. de Llerena al C.C. del Partido y comunicarnos la decisión que se adopte, comprometiéndose los tres camaradas delegados a defender nuestro ingreso sin excepciones

Que sepamos, es el único lugar de Europa donde la Izquierda Comunista gana la dirección de un amplio movimiento de luchas de dimensión regional, plantea una huelga revolucionaria, consolida una estructura política mayoritaria y es capaz de arrastrar no solo a las bases socialdemócratas sino al partido stalinista y a sus cuadros políticos.

Evidentemente el CC del PCE hizo oídos sordos a las resoluciones de su comité sevillano, pero en las elecciones de 1933...

los militantes de la Izquierda Comunista de Extremadura no sólo defendieron el voto a la candidatura del PCE sino que dudaron en intervenir en actos electorales de este partido y organizar un mitin para este partido en la propia Llerena. Además, uno de sus militantes, Pedro Corraliza Pequero, formó parte de la candidatura del PCE en la provincia de Badajoz. Por otra parte, un buen número trotskistas llerenenses asistieron al mitin socialista que tuvo lugar en la localidad, interrumpiendo en repetidas ocasiones a los oradores y teniendo el propio Luis Rastrollo un gran protagonismo en este acto electoral.

Al éxito de la política de fracción externa del PCE seguiría la formación inmediata del frente único de todas las organizaciones políticas y sindicales del proletariado que culminaría en diciembre con una de las primeras alianzas obreras y los esfuerzos por extenderlas a toda la provincia de Badajoz .

A principios de febrero de 1934, el diario Hoy informaba de la celebración en Llerena de «un acto de los socialistas, comunistas, de los sindicatos autónomos y elementos de extrema izquierda» autorizado por el gobernador civil, y que este diario caracterizaba como «un mitin llamado antifascista, organizado por elementos de izquierda y en el que tomaron parte varios individuos de la localidad».

Esta experiencia trató de extenderse a otras localidades de la comarca, así unos días más tarde se autorizaba por parte de la alcaldía la celebración para el día 10 de una nueva asamblea de representantes de las organizaciones obreras, sindicales y políticas de diferentes pueblos para abordar cuestiones relacionadas con el frente único obrero. Esta asamblea tendría lugar en la Casa del Pueblo, donde después de la reunión se realizaría un mitin de frente único en el que intervendrían oradores de diferentes tendencias tanto de Llerena como de otras poblaciones .

José Hinojosa. El núcleo trotskista de Llerena durante la II República

Todos estas actividades de frente único no solo servían al desarrollo de la ICE, que crecía en militantes y superaba ya al PCE en la región, sino que sobre todo se encaminaban al desarrollo a un nuevo nivel del proceso revolucionario. El momento clave: la huelga campesina convocada para el cinco de junio de 1934 y llamada a extenderse durante la siega que había de acompañar a una insurrección general del proletariado dirigida por las Alianzas Obreras. La huelga tendría su mayor impacto en Badajoz -sobre todo en Llerena, Olivenza y Fuente de Cantos- y la campiña de Jaén, extendiéndose hasta el día 14 sin encontrarse con eco en las ciudades gracias, sobre todo, al sabotaje del PSOE que contendría y retrasaría el movimiento de las ciudades hasta Octubre para desmadejarlo igual.

Consciente o inconscientemente, la Federación de Trabajadores de la Tierra, había elegido para declararla el mejor momento, tanto considerado desde el punto de vista económico como político, los apremios de la siega permitían escasa resistencia a los patronos; la tensión y capacidad de lucha entre los jornaleros había llegado a su punto álgido; el campo no podía esperar sin batirse en retirada ante los patronos y sufrir la desorganización consecuente. Políticamente, la ocasión era también la mas propicia. La reacción gilroblista habíase visto obligada a dar un paso atrás, a resultas de la huelga política contra su manifestación en El Escorial (abril). El propio gabinete Lerroux fue dimitido y substituido por el de Samper, prototipo de gobierno débil destinado a desaparecer rápidamente por la izquierda, o por la derecha, según el movimiento obrero se mostrase mas fuerte o más débil. Tras el gobierno Samper sólo cabía, el paso a otro gobierno fuerte con representantes directos de la mayoría filofascista de la cámara, o la disolución de ésta y convocatoria a nuevas elecciones, lo que hubiese supuesto una derrota formidable para la reacción, dejando el camino libre de obstáculos para, desenvolver el movimiento revolucionario hasta la dualidad de poderes.

Alrededor de cien mil trabajadores de la tierra holgaron desde el primer día de la declaración del movimiento. El gobierno mandó a combatirlos millares de guardias previamente concentrados en las zonas agrícolas. La huelga iba a ser un fracaso cierto sin la solidaridad del proletariado urbano. Dejando derrotar a los campesinos, las ciudades quedarían aisladas, privadas de su poderoso apoyo para los movimientos revolucionarios posteriores. Aunque la huelga campesina hubiese sido realmente inoportuna, lo que estaba muy lejos de ser, el proletariado tenía que apoyarla con huelgas de solidaridad para reducir las proporciones de la derrota y que los campesinos no se sintieran abandonados y traicionados. Era el ABC de la estrategia revolucionaria en aquel momento. Argumentando así, el delegado de la Izquierda Comunista en la Alianza obrera madrileña presentó un plan de huelgas de solidaridad escalonadas en las principales ciudades del país y limitadas a un plazo de 48 horas, lo que aseguraba de antemano su éxito. La huelga campesina se hubiese extendido de las regiones mas avanzadas a las retrasadas, abarcando 300, 400, 500 mil hombres. El gobierno habría sido forzado a dispersar sus fuerzas represivas en el campo y a concentrar una parte muy importante en las ciudades. Su capacidad de contención hubiese sufrido una importante merma. Y los trabajadores de la tierra, respaldados por las ciudades, habrían elevado hasta el máximo la intensidad de su ofensiva. En las excelentes condiciones políticas de las masas, la solidaridad de la ciudad con el campo habría impedido, en el peor de los casos, que los huelguistas sufriesen una derrota grave. El agro debía sentirse acompañado por la fábrica.

Pero los burócratas socialistas, aterrorizados por la importancia y el carácter ofensivo del movimiento, se negaron rotundamente a hacer el menor gesto en favor de los huelguistas. Todos los razonamientos, todas las representaciones del peligro de aislamiento del proletariado y de reforzamiento de la reacción encontraron oídos sordos en los representantes socialistas. Y en contra de ellos era difícil declarar las huelgas de solidaridad. Se corría el riesgo de un fracaso también en las ciudades, lo que hubiese aumentado las proporciones de la derrota. Como de costumbre, al voto del delegado de la Izquierda Comunista, se sumó únicamente el voto sindicalista (la Federación Tabaquera aun no pertenecía a la Alianza). Los trabajadores de la tierra sufrieron una derrota terrible. Docenas de ellos, cayeron muertos y millares dieron con sus huesos en la cárcel. El campo en su totalidad se desgajó del movimiento revolucionario ascendente. Ninguna ayuda podía esperarse de él en el período inmediata, como se demostró palmariamente durante, el movimiento de Octubre. No solamente se sintieron traicionados los campesinos, los propios obreros de la ciudad vieron como un precedente fatal la forma en que fueron abandonados aquellos.

G. Munis. Octubre Rojo en el proceso de la revolución española (1943)

La represión costó solo en la provincia de Badajoz 8.000 detenidos, 400 de ellos solo en Llerena, incluidos 40 dirigentes locales de la ICE. Ya antes de la huelga Munís había dejado Llerena y se había incorporado al trabajo en Madrid donde será el representante de la ICE en la Alianza Obrera. Por su lado, después de la derrota de la huelga campesina, Sem marchará como maestro a Santiago de Compostela donde se dedicará a organizar la ICE en Galicia.

Pero el núcleo de Llerena y su región no decae por eso. En 1935 el Comité Ejecutivo de la ICE apunta que:

Contamos hasta 400 camaradas; esta cifra debe reducirse si se tiene en cuenta que, debido al nivel político de ciertos camaradas, se ha tenido que realizar un agrupamiento en los últimos tiempos. En el radio de Llerena, nuestros camaradas tienen una influencia real en las masas en la vida política y profesional de la región; los sindicatos de trabajadores de la tierra, los artesanos (panaderos, cordeleros), están bajo su dirección.

Prácticamente toda la sección llerenense y extremeña de la ICE apoyará la fusión con el BOC que llevará a la fundación del POUM. Solo Munís seguirá a Bilbao, Fersen y otros en las posiciones de la dirección internacional.

La revolución estallaría finalmente en Llerena el mismo día 18 de julio, al llegar las primeras noticias del levantamiento militar. La traición de la Guardia Civil el ocho de agosto -que se había mantenido al margen- a las primeras señales de la invasión de las tropas de Queipo de Llano, que marchaban hacia Badajoz, marcan el comienzo de un breve episodio de la guerra revolucionaria que acaba con los militares prendiendo fuego a la Iglesia de la Granada, cuyo campanario será el último foco de resistencia y refugio de las obras de arte. Seguirá una represión masiva y generalizada que acaba de cientos de obreros fusilados en la misma plaza del pueblo, en la tapia cementerio y casa por casa. Entre ellos los dirigentes de la izquierda. En los mismos días, Sem es capturado y fusilado por los sediciosos en Santiago mientras Munís vuelve a toda prisa de México con uno de los primeros cargamentos de armas para la revolución.

A mis camaradas Luís Rastrollo, Félix Galán, José Martín, recios e inteligentes luchadores de la revolución socialista asesinados por el verdugo Franco; a mi tío, Pablo Grandizo, asesinado por el mismo; a todos los muertos por la revolución durante las batallas de España, nobles representantes de una generación que supo emplear su vida.

Esta dedicatoria no es solo un cálido recuerdo; en ella va la tenacidad combativa de quienes hemos quedado en pie. ¡Vosotros los caídos generosamente; salvaremos vuestro esfuerzo con nuestro esfuerzo o con vosotros iremos a disolvernos en la tierra!

G. Munis. Dedicatoria de «Jalones de derrota, promesa de victoria», 1948

3. La Izquierda Comunista en Argentina

El argentino es el primer grupo suramericano de la Oposición de Izquierda. Surge de una escisión del Partido Comunista, el Partido Comunista de la Región Argentina que había planteado su escisión sobre bases políticas locales. Cuando el PCRA rechaza alinearse con la Oposición de Izquierda Internacional, tres trabajadores, miembros de su dirección, lo abandonan y fundan el Comité Comunista de Oposición. Estamos en 1929. El pequeño grupo sobrevive a la dictadura uriburista y en 1932 se constituye como Izquierda Comunista Argentina (ICA). Abren un localito y publican un «Boletín de Oposición» en línea con los temas y perspectivas de la oposición internacional (comité anglo-ruso, revolución china, rechazo del socialismo en un solo país, etc.).

En 1932 ganan su primer grupo de trabajadores encabezado por Pedro Milessi. En agosto de 1933, un joven socialista que ha estado estudiando en España y hecho contacto con la Izquierda Comunista Española, Antonio Gallo, funda el periódico Nueva Etapa. Los dos grupos se fusionan a principios de 1935 bajo la sigla Liga Comunista Internacionalista. Sus publicaciones, Nueva Etapa y Tribuna Leninista son sustituidas por la revista IV Internacional.

Gallo (que firma como Ontiveros) es el primer teórico de aquella joven izquierda comunista argentina. El debate con el entorno stalinista y socialista se plantea en términos de alternativa: alianza con la burguesía nacional -ya sea bajo la forma de liberación nacional o de frente popular- o revolución socialista. Rechazan abiertamente la alianza con los sectores burgueses y plantean que de tener algún significado la liberación nacional no sería otro que la ruptura con el capital monopolista, algo que solo la revolución de los trabajadores puede plantear.

Gallo había estado en España estudiando Derecho en la Universidad Complutense. Allí conoce a Luís Rastrollo (Sem) a quien Munís había puesto en contacto con Fersen. Alrededor de Rastrollo y Fersen se formó un pequeño grupo universitario de la ICE en Madrid.

Cuando Gallo vuelve a Argentina serán las diferencias sobre la liberación nacional que apuntaban Bilbao, Munis y los llerenenses (es decir el origen de la minoría que permanecería con Trotski y rechazaría unirse al BOC para formar el POUM) las que marquen lo realmente característico de su posición sobre el Frente Popular y en general de su caracterización de Argentina y de la posición a tomar ante un eventual conflicto que enfrentara a la burguesía argentina con un imperialismo exterior.

No hay más burguesías revolucionarias. El ejemplo de la República Española de 1931 es abrumador. La burguesía, una vez en el poder no puede ni quiere resolver los problemas democráticos de su revolución; solo la clase obrera erigida en poder puede llevarlas a término. Otro ejemplo típico es la revolución rusa de febrero. Sin formular este problema con claridad no se delimitará nunca una política revolucionaria, porque se deja sin solución o se lo soluciona en el sentido del bloque con la burguesía, el problema del poder. Los principios no son un lujo de «trotskistas». Se traducen inmediatamente en la práctica.

Mariátegui admite no obstante estas contradicciones, que el único modo de liberar al país de la dominación del capital monopolista es mediante la lucha revolucionaria del proletariado. ¿Entonces que significa la lucha por la liberación nacional? ¿Acaso el proletariado como tal no representa los intereses históricos de la nación en el sentido en que tiende a liberar todas las clases sociales por su acción y a superarlas por su desaparición? Pero para ello necesita, precisamente, no confundirse con los intereses nacionales (que son de la burguesía, pues esta es la clase dominante) que en el terreno interior y exterior se contradicen agudamente. De manera que esa consigna [liberación nacional] es rotundamente falsa.

Antonio Gallo. «¿Adónde va la Argentina? ¿Frente Popular o lucha por el Socialismo?», 1935

En mayo de 1936, este análisis, tan cercano a Rosa Luxemburgo, se convierte en base de su aporte al programa de la IV Internacional, donde la consigna «contra el social-patriotismo y la defensa nacional, por el derrotismo revolucionario ante la guerra y sus preparativos» se fundamenta en el

reconocimiento del carácter internacional y por lo tanto permanente de la revolución proletaria; rechazo de la teoría del «socialismo en un solo país» así como de la política del nacional-comunismo que la completa (liberación nacional).

La izquierda comunista argentina entendía que la consigna de liberación nacional, en el contexto mundial del imperialismo, solo podía producir una deriva hacia el nacional-comunismo, a la supeditación abierta y franca de los intereses internacionales, universales, de los trabajadores al capital nacional.

Los dos trabajos más importantes de Gallo cimentan este análisis, pero además permiten una interpretación marxista de la historia argentina que trasciende el momento en el que fueron escritos. De hecho, es fundamental para comprender el peronismo que se impondrá una década después.

En Sobre el movimiento de septiembre de 1932 y en ¿Adónde va la Argentina? ¿Frente Popular o lucha por el Socialismo?, de 1935 Gallo argumenta que a partir de la llamada revolución de septiembre, un golpe de estado que derriba al radicalismo y coloca al general Uriburu, una parte de la burguesía argentina se empeña en buscar una salida fascista que permita a las necesidades del capital nacional -en plena crisis del 29- derrotar al movimiento obrero.

Las circunstancias económicas promotoras del golpe de estado determinaban para el capitalismo la necesidad de un poder fuerte, cualquiera que fuera su naturaleza, democrático (como lo es ahora el Gobierno de Justo), dictatorial o fascista. Todo poder, incluso dictatorial, necesita aún, en lo mínimo, una base popular. La dictadura de Uriburu no contaba con ella de ninguna manera.

Antonio Gallo. «El desarrollo de la Oposición de Izquierda en Hispanoamérica», 1933

Carente de esa base popular, la burguesía oscilará entre un fascismo sin sustento y la vuelta de un radicalismo cuyo interclasismo le vale, pero cuyo liberalismo pequeñoburgués le aleja de poder construir un capitalismo de estado moderno.

El sector civilista, democrático, juzgó de conveniencia despedir el radicalismo y no ir más allá. El sector fascista, minoritario, pero más audaz y decidido a virtud de la fuerza de que disponía, juzgó lo opuesto. Y el desenvolvimiento posterior del golpe de Estado se nutre de completo por esta diferencia que había de terminar con el triunfo del sector democrático.

Antonio Gallo. Sobre el movimiento de septiembre, 1932

Una fractura que determinará toda la política argentina hasta el golpe militar de 1943. En medio de luchas de clase cada vez más acentuadas dentro de la propia clase dominante, la oportunidad llegará con la nueva guerra imperialista mundial. La sustitución de las migraciones europeas masivas -que venían con la lucha de clases «puesta»- por la migración del interior movilizada por el boom exportador de la propia guerra, cambiará entonces la composición de la clase trabajadora. El nuevo proletariado, esos a los que con paternalismo repugnante Evita llamará mis cabecitas negras, es mucho más jóven y débil políticamente. Viene de dejar el campo, no tiene experiencia de luchas y compra el nacionalismo como una forma de integración social. El resultado es una derrota ideológica en toda regla

Perón no intentará vestir una dictadura militar al gusto de la gran burguesía agraria con elementos fascistas, sino que se enfrentará a ésta, dando rienda suelta al elemento revolucionarista del nacionalismo pequeñoburgués y, sobre todo, la aspiración estatista de la estructura sindical, convirtiendo la conciliación de clases (la justicia social que da nombre al movimiento) y la retórica de la liberación nacional en la base de un estado que ya no tiene por objetivo primordial la contrarrevolución -que había triunfado globalmente- ni la destrucción de las organizaciones de masas -a las que había supeditado de modo efectivo- sino la afirmación de un capitalismo de estado –planes quinquenales y utopía planificadora incluida– con sus propios intereses imperialistas.

Fue esta ruptura, continuidad de las aspiraciones del fascismo original, las que hicieron del peronismo de los setenta, en deriva ultraderechista, la matriz de una izquierda burguesa revolucionarista (Montoneros) que alimentaría a la izquierda nacional y popular del kirchnerismo de los 90 y al tan traído y llevado populismo de Laclau y Mouffe.

Cuando llegue el momento del giro francés y se plantee el entrismo dentro de los partidos socialistas, Gallo encabeza en Argentina la oposición a tal política. Pero la de por sí magra LCI se consumirá en la división que seguirá a este debate que fraccionará a la organización en una pléyade de grupos entristas, primero en el PS y luego en el PSO formado por su izquierda. En diciembre de 1937 aparecerá el último boletín de la LCI.

El primer grupo en ensayar el entrismo en el PS y el fraccionalismo en su escisión de izquierda, el PSO, será el de Carlos Liacho. A pesar de la desaparición de los internacionalistas como fuerza organizada independientemente de los partidos de la burguesía, las posiciones teóricas seguían abogando claramente por la independencia de clase. Incluso para los entristas de Liacho, la lucha antiimperialista es, en primer término, una lucha contra la burguesía nacional en la que no cabe ponerse a buscar sectores progresivos.

En la lucha contra el imperia­lismo, el partido debe sostener la consigna siguiente en la República Argentina: de acuerdo a las condiciones obje­tivas, económicas y políticas, no hay lucha contra el imperialismo desligada de la lucha contra la burguesía nacional en su conjunto. La liberación nacional la realizará únicamente el proletariado tomando el poder político, y el peligro de una intervención imperialista terminará cuando sea derribado el capitalismo por la revolución proletaria internacional.

Entre el 37 y el 38, el PSO procederá a expulsar a las fracciones entristas que habían llegado a tener cierto peso político y organizativo, produciendo una nueva oleada de desánimo e incluso de desmoralización. Liacho abandonará la militancia por ejemplo. El internacionalismo queda desarbolado.

Es en esta época cuando se acercaron a lo que ya no era sino una corriente de opinión, figuras que después serán famosas en la política argentina como Hornero Cristalli (conocido como J. Posadas) y Liborio Justo (Quebracho) a cuya tendencia se unirá después Hugo Miguel Bressano (Nahuel Moreno). Serán todos ellos padres fundadores del mal llamado trotskismo argentino. Y lo serán precisamente en la medida en que pongan en cuestión el internacionalismo heredado de la década anterior que seguía por entonces representando Gallo.

Liborio Justo, Quebracho, aventurero, hijo de un ex-presidente y dado a la descalificación fácil, será el líder y el acelerador del proceso. Con grupos de estudiantes afines, restos anarquistas y expulsados del PSO, creará el GOR (Grupo Obrero Revolucionario) que a pesar de tener solo 17 miembros será la primera organización a la izquierda del stalinismo en hacer grandes tiradas (entre 5.000 y 10.000 ejemplares).

La reconstitución de la sección argentina de la Internacional parecía que iba a dirimirse entre dos polos. Por un lado el propìo Justo y su GOR, por otro Gallo, que había reiniciado la publicación de Nueva Etapa y reconstituido la LCI, liderará el reagrupamiento en la Liga Obrera Socialista (LOS). Partiendo de todo tipo de confusiones, las posiciones de Justo evolucionarán en el GOR hacia el nacionalismo mientras los contrarios a la aceptación de la teoría de la liberación nacional se harán hegemónicos en la LOS.

Toda posición que trate de justificar la liberación nacional tiene que demostrar primero la opresión de la propia burguesía y después la factibilidad y el carácter progresivo del programa de ésta. Para resolver la primera parte Justo creará un modelo luego repetido mil veces: la oligarquía ganadera, en alianza con el imperialismo inglés, oprimirían a la burguesía industrial y al hacerlo «deformarían» el capitalismo patrio evitando la aparición de un mercado interior dinámico.

La Argentina es un país semicolonial sometido al imperialismo. Esta situación se deriva, en primer térmi­no, de su condición de país agropecuario que la coloca frente a los grandes países industriales, en una situación de dependencia análoga a la que se encuentra el campo respecto a la ciudad. La Argentina ha sido, durante largos años, una especie de apéndice económico de Europa y particular- mente de Inglaterra, que absorbía buena parte de su producción. Esta situación deformó por completo el desarrollo armónico de las fuerzas productivas del país, paralizando su evolución industrial la consiguiente creación de un mercado interno, al mismo tiempo que permitiendo a la oligarquía ganadera argentina con intereses pa- ralelos al imperialismo inglés eternizarse en el poder hasta llegar a constituir el principal freno al progreso de la República

La segunda parte sin embargo se esquiva. No hay manera de retratar una burguesía nacional revolucionaria. La burguesía revolucionaria es sustituida por el pueblo argentino, cuya vanguardia, el proletariado argentino, tendría que realizar el programa nacional de una burguesía inexistente sin poner en cuestión las relaciones de producción capitalistas.

Aprovechemos la declinación evidente y posible caída definitiva del impe­rialismo inglés, que tiene engrillado al país y paraliza su pro- greso, para alcanzar nuestra liberación económica. En ninguna forma es posible permanecer impasible ante la perspectiva de que esas compañías de servicios públicos, empresas industriales, sociedades agrícolas y Bancos ingleses cambien de dueños y vayan a parar, como herencia de guerra, a manos de los EE.UU., según todas las posibilidades parecen indicarlo. Lo mismo puede decirse de territorios que legítimamente pertenecen a la Argentina, como las Islas Malvinas. El pueblo argentino debe exigir y tomar medidas para que le sea restituído todo lo que le pertenece (…) El pueblo tiene ante sí un doble camino en que se abre esta doble perspectiva: luchar por la liberación nacional o someterse e ir a morir al servicio del imperialismo que lo oprime y explota. Su vanguardia el proletariado revolucionario, debe hacerle elegir su ruta.

Gallo, que es consciente de las implicaciones de la defensa de la «liberación nacional» en Argentina, responde reafirmando la caracterización de la sociedad argentina como capitalista, una conquista teórica defini­tiva heredada de los tiempos de la II Internacional.

Hace treinta años, el dirigente reformista Juan B. Justo afirmó lo que constituye una conquista teórica irrenunciable del proletariado argentino en su conjunto ratificada por centristas del tipo Del Valle Iberlucea, enriquecida y completada por los distintos movimientos marxistas habidos en el país y defendida sobre todo, por los dirigentes de la IV Internacional en Argentina: el carácter capitalista de la evolución del país y el carácter socialista de la revolución. Este principio es la piedra fundamental de la lucha de clases del proletariado argentino, su mejor conquista en el terreno teórico (…) El que niegue esto es un vulgar traidor al proletariado.

Porque al final, bajo el programa de la liberación nacional, toda alianza con la burguesía «progresista» supone supeditar el movimiento obrero al programa de la pequeña burguesía representado por el radicalismo, pretendiendo empujarlo hacia una revolución «anti-imperialista» que ni siquiera estaba en su agenda real.

La burguesía argentina, a diferencia de la de los demás estados indoamericanos se basa en una economía de cierto grado propio, tiene una gran experiencia, cuenta con un Estado bien organizado y un aparato de represión formidable. Ya ha hecho su revolución y está dispuesta a gozar de sus beneficios. No tiene el menor propósito de lanzarse a ninguna revolución «antiimperia­lista». (…) El radicalismo y la oligarquía son cómplices por igual del capitalismo financiero internacional que domi­na económicamente a la Argentina (…) No hay más revoluciones democráticas, sino revoluciones socialistas. La IV Internacional no admite ninguna consigna de «liberación nacional» que tienda a subordinar al proleta­riado a las clases dominantes y, por el contrario, asegura que el primer paso de la liberación nacional proletaria es la lucha contra las mismas

Para Gallo la liberación nacional es una consecuencia de la Revolución Mundial, no un paso previo, una fase inicial de la famosa «revolución permanente». Lo ve claro en la medida además que, de no ser así, se convertiría inmediatamente en la práctica en una variante del Frente Popular.

Hace poco el señor Marianetti [líder del PSO] reeditó esta consigna stalinista y últimamente la han hecho suya un señor Quebracho [Liberio Justo] y los fascistas de la Alianza de la Juventud Nacionalista. Pero en las filas de la IV Internacional no se logrará introducir la menor confusión al respecto. En un articulo reciente de La Nueva Internacional (enero de 1940), el camarada J. Lagos califica de «Variante del Frente Popular» a la consigna de «liberación nacional», posición que es exactamente idéntica a la de los fascistas (…) La «liberación nacional» no tiene nada que ver con nuestro movimiento. ¡Por la lucha de clases! ¡Por la revolución socialista!

Jorge Lagos, que en ese momento transita del GOR a la LOS precisamente por la defensa del carácter socialista de la revolución en Argentina, escribe en 1940:

Así como valoramos en su verdadera importan­cia el rol combativo de la clase media urbana y rural, nos negamos terminantemente a condicionar el carácter, la intensidad, la forma del movimiento social de la clase obrera a las veleidades, inconsecuencia y debilidad de la pequeña burguesía, tal como lo pretenden los panegiris­tas del antiimperialismo. Hay que tener la audacia del ignorante y el desparpajo del charlatán para referirse del modo general que lo hace el autor del folleto [Justo] a la paralización de la evolución industrial del país, como si el país no tuviera industrias e igualmente a la creación del mercado interno, como si éste no existiera. Las características de nuestros países no denuncian deformación alguna de la economía capitalista -por el contrario, la suya es la forma natural de existencia del capitalismo en las semicolonias en la época del «capitalis­mo moribundo».

En las tesis de la LOS, tituladas «¿Revolución Socialista o liberación nacional?» aprobadas en su conferencia nacional a finales de ese año se avanza aun más.

El movimiento de la independencia fue en la Argentina una revolución burguesa, a diferencia de otros países del continente donde no tuvo características tan nítidas, como en Perú, por ejemplo. En la República Argentina hay proletariado y capitalis­mo, beneficio y plusvalía, y por lo tanto lucha de clases y la estrategia del proletariado debe ser la de la revolu­ción socialista (…)

Los formalistas pedantes y los oportunistas… reemplazan la dinámica de clases por nociones puramente nacionales. En consecuencia, si la Argentina es un país semicolonial por mucho que hace más de un siglo goce de una independencia política, se convierten en abanderados de la «liberación nacional». La teoría y la estrategia marxistas rechazan terminantemen­te, en todos los casos, la estúpida idea de que el proletariado deba convertirse en abanderado de ideas y de movimientos burgueses de liberación nacional. (…)

[La LOS] Como partido defiende siempre y en primer término la revolución socialista y la contrapone dialécticamente a la independencia nacional. Es una miserable concesión reac­cionaria abandonar la lucha de clases y la revolución socialista para lanzarse a agitar una consigna que, aparte de sernos ajena, es principal motivo de agitación demagógica de fascistas y stalinistas y que, por lo tanto es resistida por todos

¿Que es la liberación nacional? ¿El pago de las expropiaciones, o sea el más pingüe negocio de sus agentes radicales y conservadores? En nuestro país la liberación nacional no es ni puede ser otra cosa que la coordinación monopolista de los transportes o la compra de los ferrocarriles propuesta por Pinedo. El «antiimpe­rialismo» que implica la liberación nacional de fascistas, stalinistas y quebrachistas es una superchería reacciona­ria. El mundo debe regirse conforme al capital financiero internacional o conforme al régimen socialista interna­cional… El único antifascismo de buena ley es el socialismo. Que los advenedizos y aventureros como Quebracho funden la quinta internacional. (…)

Las características de país semicolonial avanzado, la relativa evolución industrial, el alto porcentaje de obreros, las características de la explotación agraria, las tradiciones teóricas, políticas y organizativas del proletariado y, sobre todo, las condiciones de la actual época imperialista de madurez para una economía socialista mundial, determinan la estrategia de la vanguardia proletaia, sección argentina de la IV internacional en formación. Es decir, la estrategia de la lucha de clases y de la revolución socialista. La revolución no puede detenerse en las medidas democráticas ni en los límites nacionales. Se extenderá a los demás países americanos y buscará la solidaridad de los trabajadores estadounidenses. El pro­blema así planteado elimina toda consideración oportu­nista y demagógica de «liberación nacional».

Lo dramático de todo este debate, polarizado entre el GOR y la LOS, es que se discutía algo mucho más profundo que la táctica y la estrategia revolucionaria en Argentina: se discutía el internacionalismo mismo en su significado más básico.

En caso de participación argentina en la guerra que comenzaba, el GOR planteaba la defensa nacional revolucionaria. Es más, defendía que tal debía ser el caso ante cualquier guerra de un país semicolonial con un país imperialista. Dejando de lado el artificio de la distinción -el carácter semicolonial de un capitalismo nacional no resta para que sea tan imperialista como los demás en la actual fase del capitalismo- estamos hablando de los fundamentos mismos del internacionalismo. En la práctica el resultado de las posiciones que defendían la pertinencia de la liberación nacional llevaban de cabeza a participar en el encuadramiento de los trabajadores para la matanza imperialista.

Este resultado se materializaría en dos momentos históricos críticos: el estallido en 1947-48 de la IVª Internacional ante el apoyo de varias de sus secciones a las «resistencias nacionales» y la «guerra antifascista»; y durante la guerra de las Malvinas en 1982, cuando prácticamente todo el trotskismo argentino, heredero de aquel debate, apoye la guerra contra Gran Bretaña por el control de las islas, uniéndose unos alegremente al reclutamiento, proponiendo otros la «extensión de la guerra a todo el territorio» mediante las confiscaciones y nacionalizaciones de las empresas británicas.

Volviendo a los 40, la década comienza con el asesinato de Trotski en agosto de 1940. Las tropas alemanas han entrado en París y el Comité Ejecutivo de la Internacional (CEI) se traslada a EEUU, país en aquel momento todavía neutral, donde la dirección de la IVª es tomada por el sector centrista, el más oportunista y filostalinista del SWP (Cannon). El nuevo CEI, mediotíntico en relación al stalinismo, tendrá mano de hierro con los críticos que comienzan a cuestionar la defensa incondicional de la URSS y su caracterización como estado obrero degenerado. Tal es el caso de Schachtmann y Burnham en el SWP y de Pedro Milessi -sindicalista integrado en la ICA desde 1933- en Argentina. No será el único de los dirigentes históricos en abandonar la militancia ni el más importante. Antonio Gallo, el principal nexo y dirigente histórico de la Izquierda Comunista Argentina durante los diez años anteriores, abandona desmoralizado la militancia en agosto del 41 al verse desautorizado por la propia Internacional.

En ese momento «Quebracho» ha convertido el debate sobre la liberación nacional en un debate continental en el que solo el grupo uruguayo -que también ponía en duda la defensa incondicional- y una parte del POR boliviano toman posiciones internacionalistas. El CEI, sin entrar en la cuestión principal, ve con preocupación la extensión de la consigna de neutralidad defendida por la LOR y redacta en mayo del 41 unas tesis que pretenden corregirla. En la consigna, apunta el CEI:

Está completamente ausente el espíritu de lucha contra los dos campos imperialistas. En su aparente actitud de indiferencia a la victoria de ninguno de ambos campos, no puede ser detectada la actitud proletaria de que ambos campos son en realidad uno y el mismo y deben ser destruídos.

Hasta aquí la posición internacionalista se expresa con claridad… pero el CEI centrista no podía dejar pasar la oportunidad de echar a perder los principios.

Ni que decir tiene, por supuesto, que las fuerzas de la IV Internacional no pueden ser nunca neutrales en una lucha entre un pueblo colonial o semicolonial contra un poder imperialista. Entendemos perfectamente que los camaradas que utilizan el eslogan de neutralidad no quieren dar a entender que serían neutrales en tal caso.

No es de extrañar que la LOS en general y Antonio Gallo en particular se sintieran desautorizados. Sin entrar siquiera a discutir la caracterización de Argentina, que no se sabe si dan por hecha o simplemente prefieren ignorar, refuerzan la perspectiva de la defensa nacional revolucionaria de Liborio Justo y sus seguidores. Corrigen sí, la consigna de neutralidad, coincidente con la burguesía nacional que veía el negocio de proveer de carne e intendencia al ejército británico, pero orientan a los partidos sudamericanos a centrarse en atacar a EEUU.

Los partidos revolucionarios de los países sudameri­canos, secciones sudamericanas de la IV Internacional deben utilizar eslóganes que movilicen a los obreros y campesinos de esos países contra todos los imperialismos (…) Atacando no mediante la neutralidad, sino median­te una activa lucha antiimperialista, al imperialismo en general, debe ser dirigido hacia el principal peligro imperialista del momento. En este caso el imperialismo yanqui está alineando a todo Latinoamérica detrás de sus propios fines. Debemos atacar sobre todo al imperialis­mo yanqui. El proletariado debe distinguirse claramente de su propia burguesía que juega la neutralidad sólo para ganar un lugar para negociar una parte mayor del botín de la explotación imperialista, o para venderse a sí misma por un precio más elevado a uno de los poderes. Hoy es el imperialismo americano quien está siendo ayudado por la burguesía latinoamericana. La ayuda bajo el disfraz de la defensa de la democracia contra el fascismo, debe ser expuesta y atacada por nuestras fuerzas. Debe ser claro que sólo mediante la alianza de las masas latinoamericanas con el proletariado americano podrán ser derrotados tanto el imperialismo americano como las burguesías nativas en sus comunes maquinacio­nes para guardar a los pueblos latinoamericanos bajo su sujeción.

Como sustitutos al slogan de neutralidad propone­mos: ¡abajo la guerra imperialista! ¡abajo el imperialismo yanqui! ¡Contra todos los explotadores imperialistas! Por la unidad socialista de América Latina!”

Las consignas de la CEI quedan muy lejos del derrotismo revolucionario de Gallo y la LOS. Esquivando la discusión sobre la caracterización del significado de la fase histórica para Argentina, proclamando al mismo tiempo la lucha contra todos los imperialismos y abriendo la puerta a la defensa nacional revolucionaria, el CEI da una demostración de libro de qué significa centrismo. Mientras, los informes del delegado del CEI en Argentina en 1941 muestran el oportunismo galopante que corre tras la censura de la LOS y de Gallo cuando escribe que

el total rechazo de la neutralidad por la LOS, no sólo como eslogan sino como tema de conversación, impresiona a este observador, pues contiene un gran sectarismo y ultraizquierdismo

Para culminar la confusión, poco después otro dirigente del CEI, Loris, publicará una carta a título personal, criticando las posiciones nacionalistas de Liborio Justo. Frente a la posición de Justo que plantea

Que pasen a poder de nuestro pueblo todas las grandes compañías de servicios públicos; empresas industriales, sociedades agrícolas y bancos extranjeros que actualmente nos esquilman y dominan

Loris responde:

¿Y la burguesía nacional? ¿Qué se quiere decir con la fórmula que pasen a poder de nuestro pueblo? Esto es parte del arsenal fuera de época y superado de todos los demagogos pequeños burgueses

Loris sí entra en la caracterización de Argentina del GOR:

El panfleto habla asimismo de la economía argentina como deformada por la opresión imperialista. ¿Será cuestión de restaurar la economía argentina, de hacerla normal? ¿En el cuadro del capitalismo imperialista, es posible esperar para ella que siga un curso armonioso de desarrollo?

Son objeciones obvias. Pero una vez más, recae en el centrismo cuando trata de equilibrar las críticas respondiendo a la tesis central de la LOS. Para la LOS:

La guerra entre uno de nuestros países y uno de los sectores imperialistas será una guerra imperialista

Para Loris «puede ser» en cambio una «guerra defensiva antiimperialista». Una de cal y una de arena.

La carta levantará la furia de Quebracho y dificultará los intentos del CEI de forzar bajo su dirección una fusión entre la LOS y el GOR (reconvertido en Liga Obrera Revolucionaria, LOR). La fusión tendrá finalmente lugar en diciembre del 41. El programa ecléctico y centrista impulsado por el CEI para hacer hueco a los quebrachistas, es desplazado en lo fundamental por las tesis de la LORS.

Nace el «Partido Obrero de la Revolu­ción Socialista» (PORS) con una resolución en la que se destaca que:

preciso es reconocer que la guerra de la República Argentina, cualquiera que sea el sector bur­gués que detente el poder y uno de los sectores imperialistas, sería una guerra imperialista.

Quebracho, que se ha autoexcluido de la fusión, no deja de acosar y descalificar a la dirección del PORS, acusando al delegado de la CEI, que trabajaba como periodista de Time de agente del imperialismo yankee. La escalada ahuyenta a buena parte de sus propias filas y culmina en julio del 42 con la denuncia del SWP y de la IVª como agentes de Wall Street. En el camino intenta arrastrar a miembros del PORS con algún éxito. Un joven, Hugo Miguel Bressano, abandona el partido y escribe para la LOR un folleto al que titula Tres meses de vida en el confusionismo, en el que explicaba su ruptura como resultado de sostener las posiciones de Liborio Justo en tomo a la liberación nacional. Justo le premia con un pseudónimo, «Nahuel Moreno», que conservará toda su vida.

Pero lo que sale por la puerta en el congreso de proclamación de la primera sección argentina reconocida por el CEI, entra de nuevo por la ventana. El debate: la actitud ante las elecciones del año 43. El secretario general, las regionales y la base apuestan coherentemente por el abstencionismo, se enfrentan al la redacción del periódico, financiada por el CEI, que pretende apoyar al Partido Socialista. El Secretario General, Narvajas, acusa a las secciones partidarias de la participación electoral de inflar su representatividad. Estas votan su expulsión. Carente de sus líderes históricos, el PORS se descompone en grupitos locales aislados por la trifulca.

El golpe de estado de 1943 y la represión que le siguió, acabarán de dispersar lo que quedaba de él. El «cuartismo» argentino vuelve al estadio de pequeños grupos, algunos a la práctica del entrismo y finalmente, en 1945, con la aparición del peronismo como movimiento masivo, a una reafirmación de la centralidad de la liberación nacional y un reagrupamiento en torno a los dos líderes que mantienen a las posiciones de Quebracho: Posadas, que integra a su grupo en el movimiento peronista, y Moreno, que sin ponerse a las órdenes del General como rezaba el periódico del grupo de Posadas, se consagra en el desarrollo de sus sindicatos peronistas.

Moreno y Posadas serán las nuevas figuras de lo que ya, separado de las tradiciones internacionalistas de la Izquierda Comunista Argentina, se viene en llamar el «trotskismo argentino». En tal calidad participarán en 1948 en el IIº Congreso de la IVª Internacional en el que los internacionalistas denuncian la traición de algunas de las secciones principales y del mismo SI.

Ambos tomarán partido por la dirección que quiere tapar cuanto antes el debate. Ninguno, es obvio, se conmueve porque buena parte de la IVª haya apoyado el reclutamiento en la carnicería en nombre de la liberación nacional. Moreno incluso llega a definir la situación en los países ocupados simultáneamente por los aliados y Rusia como de doble poder, como si los ejércitos rusos -que estaban reprimiendo huelgas y movilizaciones obreras a sangre y fuego en todo el Este europeo- fueran equivalentes a soviets y representaran la voluntad consciente de la clase obrera. Posadas, que establece una identidad política con Michel Raptis (M. Pablo) escribe aquí encontré gente como nosotros.

Addenda: Uruguay

En Uruguay la Izquierda Comunista había nacido en 1929 como una escisión del Partido Comunista. Su evolución será similar a la Izquierda Comunista Argentina. Cuando Liborio Justo, Quebracho, crea su grupo en Argentina, el GOR, sobre posiciones n#acionalistas, anima también una escisión entre los uruguayos, forzando la creación de un GOR local en 1937.

Cuando en mayo de 1940 se reúne la «Conferencia Urgente» de la IVª Internacional para reorganizarse tras la entrada de las tropas alemanas en París, donde hasta ese momento había estado su sede, el informe sobre Latinoamérica destaca el confusionismo de los quebrachistas y la debilidad organizativa del grupo que seguía en torno a las posiciones originales, la Liga Bolchevique-Leninista, que sin embargo fue uno de los pocos grupos continentales en responder a la guerra sobre una base netamente internacionalista.

Esta claridad internacionalista les llevará a entrar en contacto a través de Mario Pedrosa con los grupos antidefensistas que en la época ponían en cuestión el apoyo incondicional a la URSS. Pedrosa había fundando con Benjamin Peret el primer grupo de la Oposición de Izquierda Internacional en Brasil y desde la fundación de la Cuarta en 1938 hasta su expulsión en octubre de 1940 había sido el representante de América del Sur en el Comité Ejecutivo de la Internacional. Tras su expulsión por antidefensista decide volver desde EEUU a Río por el Pacífico, haciendo escala en Perú, Bolivia, Chile, Argentina y Uruguay para discutir con los grupos locales sobre el debate en voga en aquel momento en EEUU. Aunque Pedrosa quedará descolgado, la posición básica de los antidefensistas, la insostenibilidad de la defensa incondicional de la URSS, será adoptada por el grupo uruguayo en pleno.

Sabemos que la Liga se reunirá con los antidefensistas en Lima en 1942 en casa del fundador del APRA Victor Raúl Haya de la Torre, solo para constatar las profundas diferencias que los separaban. Los norteamericanos estaban en deriva abierta hacia el apoyo al imperialismo estadounidense; los uruguayos, habían llegado hasta ahí en coherencia con en el derrotismo revolucionario. La conferencia resultó pues infructuosa, pero es una buena muestra del aislamiento de las posiciones internacionalistas en Sudamérica en aquel momento en el que la guerra se acercaba a una nueva fase y el internacionalismo da su canto del cisne en Argentina con la fundación del PORS en 1943… para desaparecer casi inmediatamente después a los primeros golpes de la depresión y la división interna.

El camino de la Liga no será muy diferente. Tras el fracaso de su contacto antidefensista sufren de lleno la caza de brujas organizada contra los trotskistas por el gobierno mano a mano con el partido stalinista. No tienen referentes internacionales: el SI solo les deja opción de abjurar de su crítica de la defensa incondicional de la URSS y no saben que en la misma casa de Trotski en México, alrededor de Natalia Sedova y la sección española, está surgiendo una crítica al centrismo y el defensismo del SI.

El grupo se desbanda y solo algunos miembros a título individual se integran en la corriente ahora principal. De los dos grupos que habían integrado la IVª en Uruguay solo quedará el GOR, que ha pasado a denominarse LOR («Liga Obrera Revolucionaria») y que desde el primer día había pivotado sobre las posiciones nacionalistas y de colaboración de clases de Liborio Justo. Es en éste momento cuando podemos decir que la Izquierda Comunista, el internacionalismo organizado, ha colapsado en Uruguay.

4. Presentación del FOR

Fomento Obrero Revolucionario (F.O.R.) nació en 1959 con bases aproximadas a las de la escisión de los miembros de la sección española exiliados en Méjico, respecto a la IVª Internacional, en el Congreso de 1948.

Esta escisión se basó en el tema del internacionalismo proletario frente a la guerra imperialista; una reconsideración de la naturaleza del estado ruso, de la situación internacional (consecuentemente de la actuación de los revolucionarios) y del «programa de transición».

Estas posiciones fueron desarrolladas en el seno de la IVª Internacional por un grupo de revolucionarios entre los que se encontraban dos de los iniciadores de F.O.R. : Benjamín Péret (poeta surrealista francés) y G. Munis, antiguo miembro del grupo bolchevique-leninista español (pro-IVª Internacional) que participó al igual que Los Amigos de Durrutien las jornadas de Mayo del 37 en Barcelona, oponiéndose a los republicanos y stalinistas.

Tras una efímera tentativa de construcción de la organización y haberse abatido la represión franquista sobre los compañeros que lo iniciaron, FOR se constituyó como organización. Actualmente existe un grupo FOR en España, otro en Francia y un núcleo FOR en los EEUU.

He aquí sucintamente nuestra historia. Con esta exposición, que quede claro, sólo pretendemos orientar sobre el origen de nuestro grupo; nada más lejos de nuestra intención el querer reivindicar una herencia histórica o un derecho de antigüedad/fiabilidad.

Lo realmente importante son las posiciones que nuestro grupo defiende y el afirmar (y poner en práctica) que estamos dispuestos a revisarlas si se demuestran inadaptadas respecto a la evolución del sistema capitalista y las fuerzas que lo sostienen.

Presentamos a continuación un breve resumen de nuestras posiciones señalando previamente que este resumen es, como tal, incompleto y que sólo podrá ser profundizado por medio de la lectura de nuestras publicaciones.

  1. El sistema capitalista está en decadencia. Con esta afirmación expresamos la disociación y oposición existentes entre progreso social y sistema capitalista. En este sentido Ja decadencia del sistema no se mide sólo por tablas económicas; está también exp esada en la larga lista de crímenes que el sistema comete contra lahumanidad y en los peligros cada vez mayores que la amenazan . Los genocidio y las destrucciones sucedidos tras la guerra mundial, el poder cada día mayor del estado y sus apéndices, la destrucción de las relaciones humanas tanto en los países de capitalismo occidental como en los de capitalismo de estado, los peligros de la polución y la utilización anti-humana de la técnica, la desfertilización de grandes áreas de la superficie de la tierra... todas estas evidencias que a veces son señaladas aisladamente por movimientos o por personas que o se equivocan en sus análisis o se sirven de ellos para demostrar la posible evolución del sistema que las engendra negando así la revolución que las elimine, todas estas evidencias demuestran la nocividad cada vez mayor del sistema para toda la sociedad.

    El capitalismo decadente tal, como ha demostrado la acción de la clase obrera, ha perdido su papel progresista y ahora más que antes es un freno a la evolución de la sociedad.

  2. La extensión del capitalismo de estado al mismo tiempo que marca una tendencia del capitalismo en su evolución mundial es otra muestra de la decadencia del sistema. El capitalismo de estado presenta formas de explotación sin precedentes en la historia; subyuga a la clase obrera bajo el señuelo de socialista y se sirve de ella para sus afanes imperialistas. El proletariado en estos países, como en todos, deberá realizar la revolución social destruyendo al mismo tiempo las relaciones existentes en el terreno económico, social y político.

  3. La constatación de la decadencia del capitalismo implica que ya no se puede hablar de desarroliar el sistema en ninguna parte sino de destruirlo en todas(Pro-Segundo Manifiesto).

  4. Por esto y por la división del mundo en dos bloques imperialistas, la ac- ción del proletar ado sólo puede realizarse a escala mundial y de la misma forma en todos los países es decir sobre el terreno de la revolución comunista y no en el de la propia nación. Las luchas de liberación nacional, la industrialización de los países subdesarrollados por el medio de la revolución nacional etc. no son más que mixtificaciones con las que se intenta desviar al proletariado de su terreno de clase y servirse de él como instrumento de un imperialismo contra otro. «Sin la revolución social se puede tan sólo pasar de la órbita de Washington a la de Moscú o viceversa» (Pro-Segundo Manifiesto).

  5. Nuestra postura de rechazo ante la mixtificadora idea de que hoy existe alguna posibilidad de progreso social en el sistema capitalista nos conduce a considerar la acción parlamentaria y la acción sindical como opuestas totalmente a la revolución social. La utilización del sindicalismo y/o del parlamentarismo (prácticas en absoluto revolucionarias) permitió, antes de que el capitalismo entrase en su fase decadente, lograr reformas progresistas que se transformaron para la clase obrera en mejores condiciones económicas, sociales y políticas, pero sólo porque el capitalismo en su propia dinámica era capaz de concederlas.

    Hoy, por el contrario, no solo el capitalismo ha recuperado la mayor parte de aquellas concesiones sino que las condiciones de vida social del proletariado y de la humanidad se degradan día a día. Por su función específica el sindicalismo de ha integrado en el aparato estatal capitalista. Actualmente los sindicatos tienen una única función: encuadrar a la clase obrera, aislar sus luchas, domesticarla. El sindicato consigue lo mínimo posible pero suficiente para calmar cualquier conato de rebeldía, así como reprimir a la clase si se subleva y atacar a sus elementos más combativos. Los sindicatos son tentáculos del capital situados en medio de la clase obrera asumiendo frente a ella el papel de guardianes y policías; por lo tanto la revolución no podrá realizarse más que fuera de ellos y contra ellos. De lo dicho se deduce que el terreno de lucha del proletariado no es ni el parlamentarismo ni el sindicalismo sino el organizarse independientemente para hacer la subversión social en cualquier momento y lugar en que existan posibilidades.

  6. La revolución social será realizada por el proletariado y por su abolición como clase al igual que cualquier otra, dominante o dominada, instaurando la comunidad humana mundial, sin fronteras ni clases. El proletariado, desde el inicio de la revolución, después de destruir el estado capitalista e instaurar sus propios órganos (los que se habrá dado a lo largo de la lucha: consejos obreros, comités, milicias obreras etc,) deberá —lo más rápidamente posible y de acuerdo con la situación del país en que se realice la revolución- imponer el principio de a cada uno según sus necesidades es decir, destruir la base económica sobre la que descansa la existencia de clases, al tiempo que actúa para que el proletariado de los otros países siga su ejemplo ya que la victoria de la revolución no podrá completarse más que a escala mundial. La abolición del trabajo asalariado y de la ley del valor servirán de acicate para que el proletariado mundial siga el ejemplo. Cuando la dictadura del proletariado se establezca a nivel mundial desaparecerá al ritmo y en la medida en que se forme la comunidad humana, perdiendo su carácter coercitivo. La instauración del comunismo se realizará cuando la mentalidad clasista haya desaparecido del espíritu humano, sustituida por la mentalidad comunista, propia de una humanidad unida. El trabajo dejará de ser una carga para todos los hombres y el principio de a cada uno según sus necesidades se conjugará con el de de cada uno según sus capacidades. Analizando el nivel alcanzado por las fuerzas productivas y la influencia que este desarrollo tiene en la transformación de las mentalidedes el proceso evolutivo de la revolución que desembocará en el comunismo puede afirmarse que es factible rápidamente.

  7. FOR se plantea participar en la acción del proletariado -del que forma parte-; impulsar las luchas a un grado cada vez superior; socializar la experiencia de las luchas obreras e impulsar la generalización de la conciencia de clase combatiendo en todo lugar y momento, tanto en periodo de reflujo de la lucha como en el seno de la dictadura del proletariado, a las fuerzas que se oponen al triunfo de la revolución social.

  8. El partido comunista es decir el conjunto (al cual FOR pertenece) de grupos o individuos comunistas logrará su unidad en la práctica es decir en el movimiento revolucionario de la clase obrera de la cual dicho partido comunista no es más que la fracción más avanzada. (K. Marx. Manifiesto del Partido Comunista).

Tareas de nuestra época

Las propuestas de lucha que bajo forma de consignas aparecen aquí haa sido concebidas con una doble finalidad:

  1. Remarcar el sentido pro-capitalista (y por consiguiente anti-obrero) de las consignas y reivindicaciones utilizadas por los sindicatos para manejar a la clase obrera, especialmente en las hueigas domesticadas y pacíficas.
  2. Señalar bajo la forma más rápidamente comprensible las principales líneas de ataque al sistema de explotación.

Basta comparar estas líneas de actuación con las reivindicaciones sindicales para comprender que éstas -las sindicales- no son más que momentos de la programación capitalista a fin de perpetuar día a día el sometimiento de la clase a la explotación. Por el contrario las aquí señaladas expresan las necesidades y las posibilidades de la clase; cada una se refiere a un problema particular y el conjunto ataca un sólo objetivo: la esencia misma del sistema capitalista que, puestas en práctica por el proletariado, ellas destruirán.

Desde hace tiempo el capitalismo es reaccionario. Ya no se trata de mejorar la existencia de los oprimidos sino de hacer volar en pedazos el sistema; cualquier mejora de las condiciones de vida es ya imposible.

La «defensa de la clase obrera por los sindicatos» no es más que un burdo engaño. Basta para demostrarlo su alianza con la patronal y con el poder; ahí están sus reivindicaciones para confirmarlo; todo ello no es en realidad más que una defensa cada vez más programada del capitalismo en la que los sindicatos juegan un papel importante. El Programa Común en Francia o los Pactos de la Moncloa en España y la actuación en todos los países -del Este y del Oeste- de los sindicatos en las luchas obreras son una demostración irrefutable de lo que afirmamos.

Hacer volar en pedazos el capitalismo significa arrancarlo de raíz y su raíz principal no es otra que la venta cotidiana, de padres a hijos repetida, de la capacidad de trabajo de cada obrero al capital. La esclavitud del trabajo asalariado es la base del sistema actual, bajo todas sus formas, bajo todas las mercancías, incluida la mercancía-consciencia tan abundante hoy.

A pesar de que la posibilidad material de suprimir el trabajo asalariado está ya madura, los sindicatos guardan un silencio total sobre el tema. Ellos, a instancias de los partidos (sus inspiradores y rectores) hablan de socialismo, autogestión y otras lindezas por el estilo con las que intentan encubrir el capitalismo de estado en el que la totalidad de la clase, como vil mercancía, estará sometida a un único patrón: el estado.

Todas las luchas de los sindicatos son falsas; todas sus actuaciones van encaminadas a reforzar el capitalismo, dominando, engañando y dividiendo a la clase obrera. Por lo tanto, ésta debe rechazar a los sindicatos de sus luchas y atacarlos, a su vez, como elementos activos de la represión capitalista. Sólo así la clase obrera encontrara el camino revolucionario.

Las líneas de actuación que señalamos servirán para esclarecer el contenido real de las luchas; para denunciar a los sindicatos y como polo de cohesión de los elementos más combativos de la clase. Sin embargo, la realización de una, o incluso varias de las reivindicaciones expuestas no comportará necesariamente consecuencias revolucionarias sino culminan en la toma del poder, las armas y la economía por el proletariado. Es a partir de aquí cuando enmarcarán realmente la transformación del capitalismo en comunismo.

A. Menos trabajo; más salario real
  1. Supresión de los destajos y del salario base que conduce a ellos.
  2. Reducción de la jornada laboral sin que esto implique disminución del salario real al que deben ser incorporadas las primas, los pluses etc.
  3. Eliminación de cronometrajes y controles que intensifican la explotación, agotan al trabajador y rebajan su dignidad personal.
  4. Cualquier aumento de la producción y provenga de la causa que fuere, debe revertir íntegramente y colectivamente a sus autores, los trabajadores; el reparto de este aumento es competencia de la clase obrera ; sólo así atacaremos frontalmente la acumulación capitalista y lograremos elevar el nivel de vida económico pero sobre todo social de los explotados.
  5. Trabajo para todos, parados y jóvenes y disminución de las horas laborables proporcionalmente al número de trabajadores y las aplicaciones técnicas. Luchando por esta consigna, desarrollando la solidaridad de clase el proletariado actuará como una fuerza unida que, al reivindicar el derecho al trabajo, reivindicará también el supremo derecho a la pereza hoy en día inexistente.
  6. Distribución gratuita de los alimentos y productos de consumo guarda dos o destruidos como excedentes de producción; distribución que debe efectuarse en cualquier país, sin distinción de bloques.
B. Derecho de palabra y de organización del proletariado
  1. Libertad política, de palabra y de distribución de la prensa obrera en todos los lugares; libertad de reunión.
  2. Rechazo de cualquier reglamento de régimen interior en las empresas, sea determinado por el patrón, por el estado o por los sindicatos.
  3. Soberanía total de les trabajadores; eliminación de cualquier ley que castigue o limitee la participación en huelgas económicas o políticas.
  4. Derecho de palabra y de voto sin requisito alguno formal de afiliación política o sindical.
  5. Derecho en las condiciones anteriores- de elegir delegados de taller, empresa, barrio, pueblo etc para representar a los trabajadores frente a sus explotadores. Estos delegados serán elegidos en asambleas, para cuestiones concretas y podrán ser revocados en cualquier momento por el conjunto de trabajadores, es decir por la asamlea que les eligió.
  6. Derecho de contactar con los trabajadores de otras empresas, barrios, ciudades, etc. por medio de los delegados elegidos y esto no sólo a nivel nacional sino internacionalmente.

El imponer estos derechos permitirá al proletariado recuperar e incrementar su libertad de expresión y acción suprimida hoy en la mayor parte de lOs países o mixtificada en los democráticos por un monopolio de partidos y sindicatos.

Las consignas que ahora se enumeran permitirán la puesta en marcha de la . actividad proletaria en todo el mundo, sin distinción de países avanzados o atrasados. Pero como no se trata de mejorar o de desarrollar la economía basa- da en el Trabajo asalariado sino de destruirla es indispensable ligarlas a las medidas a adoptar en la revolución proletaria.

C. Eliminación del capital y del trabajo asalariado
  1. El poder político en manos de los trabajadores que lo ejercerán por medio de comités elegidos democráticamente y revocables en cualquier momento.
  2. Expropiación del capital industrial, financiero y agrícola no por el Estado, los sindicatos, el partido o cualquier otra institución (lo que daría lugar a un capitalismo más brutal, tipo la URSS) sino por el conjunto de la clase obrera.
  3. Gestión obrera de la producción y de la distribución de los productos, lo que implica una planificación dictada exclusivamente por la necesidad de la desaparición de clases.
  4. Destrucción de todos los instrumentos de guerra, disolución de los ejércitos, de la policía... reconversión de las industrias de guerra en productos _de Consumo.
  5. Entrega individual de armas a los explotados por el capitalismo, organizados territorialmente según el esquema de comités democráticos de gestión y de distribución. He aquí una de las mejores garantías de que la revolución social puede dotarse.
  6. Incorporación a la actividad útil de toda la población que hoy realiza trabajos parasitarios o claramente perjudiciales; ésto permitirá, utilizando al máximo la técnica y al mínimo el esfuerzo humano, aumentar continuamente la producción reduciendo el tiempo de trabajo. Es también el único medio para eliminar la división entre trabajo manual y trabajo intelectual.
  7. Supresión del trabajo asalariado empezando por elevar el nivel social de vida de las ciases más explotadas y llegando finalmente a la libre distribución de productos según las necesidades de cada uno. Esta es la única prueba (no hay otra) de la transformación del capitalismo en socialismo y de la desaparición de las clases.
  8. Supresión de las fronteras y constitución de una sola organización social y de la economía al ritmo y medida que la victoria proletaria se extienda en los diversos países.

Finalmente es obligatorio señalar que la transformación del capitalismo en comunismo, la dictadura del proletariado, es un concepto sociológico marxista inseparable de la total democracia en el seno de la clase trabajadora que, a su vez, estará inmersa en un proceso de desaparicióm en tanto que clase. La emancipación de los trabajadores será obra de los mismos trabajadores.

Los que identifican la dictadura del proletariado con la dictadura de un partido o (caso de la mal llamada democracia parlamentaria) con la de varios partidos obran contra este principio: son contra-revolucionarios.

Sólo la abolición de la ley mercantil del valor, basada totalmente en el trabajo asalariado, traerá consigo la abolición del Estado.

El no orientarse hacia esta desaparición desde el primer momento de la revolución hace que el estado se transforme rápidamente en organizador de la contrarrevolución.

Las condiciones históricamente necesarias para la realización del comunis- mo, a nivel objetivo, están ya presentes y maduras a escala mundial.

Sin embargo, sólo sobre las alas de la subjetividad revolucionaria podrá el hombre franquear la distancia que existe entre el reino de la necesidad y el de la libertad.

Proletarios de todos los países: ¡Uníos! Suprimid ejércitos, policías, producción de guerra, fronteras, trabajo asalariado

Fomento Obrero Revolucionario Marzo/ Abril. 1979.

  1. Esto último es siempre difícil entre burocracias y por eso su único resultado duradero en España sería el nacimiento de la JSU primero y el PSUC después. ↩ ↩ ↩ ↩

  2. Véase el apéndice sobre Llerena al final de este cuaderno. ↩ ↩ ↩ ↩

  3. Véase el apéndice 1 al final de este documento. ↩ ↩ ↩ ↩

  4. Véase el apéndice 2, sobre Llerena, al final de éste documento. ↩ ↩ ↩

  5. Nin jugó desde el principio a supeditar la oposición de izquierda al BOC y sus objetivos nacionales que suscitaron numerosas advertencias y puntualizaciones de Trotski en su correspondencia y rifirafes con los núcleos de Vizcaya y Extremadura. De forma muy significativa, mientras Nin intentaba convencer a Trotski de que el motor de los obreros catalanes era la afirmación nacional catalana (¡¡en la Barcelona de la CNT!!) y que «aquí [en Cataluña] el partido se formará fuera del partido oficial», remarcando que «la Federación Catalana [que organizaba el BOC] cuenta con la simpatía de los mejores elementos del resto de España» (17/6/1931), Lavid escribía en La Verité del 13 de junio que el grupo Maurín era la «fracción más perjudicial al desarrollo del partido comunista», recordando que Maurín debía ser considerado como un «estalinista con reservas». Trotski aunque aceptó alguna de las escoradas valoraciones de Nin se daba cuenta del juego manipulador de ambigüedades y silencios de éste y ya en mayo le había respondido: «El resultado final de mis intervenciones para lograr una claridad elemental a través de esta correspondencia, ha sido que he llegado a la conclusión de que usted no desea esa claridad. ¿Por qué? Evidentemente se debe a que usted ha tomado una postura contradictoria y deja correr las cosas hasta que se resuelvan por ellas mismas». En 1933 el balance es ya inapelable y el tono de los reproches de Trotski acabará en denuncia abierta y reiterada del maniobrerismo de Nin: «Es cierto que el camarada Nin aceptaba formalmente las premisas fundamentales, pero, si se presentaba el caso, se negaba siempre a extraer las conclusiones necesarias. Durante bastante tiempo frenó la formación de sección española. Hizo todo lo posible por aislarla y enfrentarla a la Oposición de Izquierda Internacional». ↩

  6. Véase el apéndice 3, sobre las izquierdas comunistas en Argentina y Uruguay, al final de este documento. ↩

  7. Desarticuladas por las detenciones masivas de mineros por la policía franquista y la guardia civil, el partido stalinista pudo capturarlas y convertirlas en lo contrario de lo que eran: sindicato. Bajo esa forma, negación de su contenido original, han llegado hasta hoy. ↩

  8. La debilidad industrial de la burguesía y el carácter centrífugo de los movimientos más radicales de la pequeña burguesía tendrán una influencia nefasta en el naciente movimiento obrero. El bakuninismo se presentará como representante de la I Internacional durante la revuelta cantonal y su propia incongruencia llevará a la desarticulación sistemática de las expresiones políticas de los trabajadores que intentaban ganar su independencia frente al radicalismo pequeñoburgués. Puede leerse sobre esto Los bakuninistas en acción de Federico Engels. ↩

  9. Es interesante que Maurín en su libro sobre la revolución española, que ya hemos citado, incorpore este mismo párrafo de Díaz del Moral, reconociendo que el contingente central del proletariado, además del más combativo durante el periodo revolucionario (1917-37), estuvo hasta las masacres de 1936, en Andalucía y Extremadura. Se trata de una clave fundamental para entender el fracaso de la insurrección de julio y la estrategia de aniquilamiento seguida por Franco que emerge a simple vista del mapa de muertos y fosas comunes. ↩

  10. En aquel congreso se manifestó por primera vez un militante socialista que llevaba un año en el sindicato y el día antes había abandonado el PSOE ante los resultados de los debates y la pobreza del tercerismo en su seno. Se trataba de Andrés Nin, quien más tarde se convertirá en Secretario General del sindicato, visitará Rusia como cabeza de la delegación cenetista en el primer congreso de la Internacional Sindical Roja (ISR), dejará el sindicato tras el rechazo del congreso de Zaragoza (1922) de integrarse en la ISR, formará con Joaquín Maurín los «Comités Sindicalistas Revolucionarios» (CSR) al modelo del sindicalismo revolucionario francés y tras el segundo congreso de la ISR se quedará en Rusia, trabajando con Bujarin y Trotski, de quien fue secretario personal, hasta la represión de éste por Stalin. Vuelve entonces, 1930, a España donde tras ser rechazado por el BOC de Maurín se incorporará a la Izquierda Comunista Española. Persona clave en la orientación hacia la fusión con el BOC mayoritaria en la ICE, acabará siendo finalmente Secretario del POUM (1935-37) hasta su secuestro, tortura y asesinato por el SIM stalinista. ↩

  11. Abdelkrim era bereber, no árabe, y su programa político se centraba en la defensa de la estructura tribal-patriarcal pre-moderna de los bereberes, la «kabila», frente a los conatos de relaciones capitalistas llevados e impuestos por franceses y españoles. Aunque ha sido luego reivindicado por el nacionalismo rifeño, su ideología no era nacionalista ni burguesa, sino islamista feudalizante. Acabó su vida en Alejandría bajo la protección de los Hermanos Musulmanes. ↩

  12. Expulsado del PCF por proponer el frente popular dos años antes de que fuera política oficial, se convirtió en un parásito que flotaba alrededor del PCF, creando un partido político «nacional y popular» que, falto de hueco ante el nacionalismo creciente del PCF y buscando socavar la base de éste, evolucionará hacia el fascismo. Se convierte en colaboracionista durante la ocupación y finalmente se integra en las SS, muriendo en Alemania en 1944. ↩