Alarma, nueva serie, n.º 5, junio 1964 (págs. 7-23). PDF del número completo
El resquebrajamiento de la contrarrevolución stalinista es mucho más hondo e irreparable de lo que a primera vista parece. Su derrumbe podría producirse bruscamente en cualquier instante, porque lo anhela la totalidad de la población; sin embargo, dada la tremenda obra destructora de ideas y hombres revolucionarios por aquella efectuada y el consecuente desamparo ideológico de la juventud, lo probable es que presenciemos aun una o varias fases mas agudas de resquebrajamiento, preludio al desenlace (1).
Antaño, la crisis del despotismo zarista duró decenios, a despecho de la existencia ora clandestina, ora pública de partidos revolucionarios con arraigo en la población obrera. Y en el último instante, el sacrificio de Rasputín por los palaciegos erró el designio de conservar el zarismo asesinando al más odiado de sus representantes. Así también, los nuevos palaciegos del Kremlin, asustados del abismo que les circunda, errarán el designio de salvar su contrarrevolución sacrificando... "el culto de la personalidad de Stalin, sujeto tan execrado por las masas como otrora Rasputín. El monje mistagogo de la orgía y el sanguinario mistagogo de la policía tienen, a más de un estrecho parentesco de bestialidad psíquica, un destino análogo como símbolos exultantes de un despotismo en vísperas de su catástrofe. Si a la denuncia de Stalin por sus criaturas no ha seguido de cerca el hundimiento del régimen débese, no a solidez de éste, sino a su peculiar negatividad, rasgo el más temible de la contrarrevolución stalinista, cuyas repercusiones se hacen sentir de polo a polo y en Rusia con redoblada fuerza.
El exterminio meticuloso de todos los hombres —y las mujeres— leales en cualquier grado que fuere a la revolución proletaria, la implacable y constante represión llevada a cabo contra millones y millones de trabajadores, la confesión, la delación, la calumnia convertidas en honroso principio de ciudadanía, el servilismo y la cobardía premiados con privilegios contantes y moneda sonante, la supresión total de libertades y derechos, la reducción del proletariado a un ilotismo asalariado a destajo, los campos de trabajo forzado llamados de reeducación, la transformación de todas las instituciones existentes, partido, ejército, sindicatos, diversas iglesias, escuelas, centros intelectuales y deportivos en otros tantos auxiliares del terror policíaco, la falsificación de la historia del proletariado ruso e internacional, y de remate la del pensamiento revolucionario machaconamente practicada con fabulosos recursos durante 40 años, todo eso que constituye la nocividad del stalinismo, ha degradado la conciencia social rusa en medida nunca vista en parte alguna, salvo en sociedades pretéritas legalmente basadas en la esclavitud y decadentes. Esa colosal operación de envilecimiento de las mentes y tullición de los ánimos ha satisfecho, en lo inmediato al menos, su propósito: hacer imposible la acción organizada y la orientación ideológica de las masas. De ahí que el colapso mortal de la contrarrevolución se haga esperar. Durante decenios, los explotados no han tenido otro recurso de defensa que la resistencia pasiva individual, y aun esa expuesta a la represión gracias a un Código tan trapacero como draconiano.
Tal situación sin precedente acusa la profundidad de la crisis, y también su naturaleza. En efecto, la supresión física e intelectual de la oposición revolucionaria, desideratum de la reacción tradicional casi alcanzado por el stalinismo, aboca a la asfixia de cuanto existe de valía, a la atrofia de los resortes vitales del individuo y de la sociedad, y con tiempo a la descomposición de ésta. Los mismos creadores de esa situación se han alarmado. Por otra parte, la resistencia pasiva de millones y millones de trabajadores, acentuándose despues de la guerra, descarándose en algunos casos hasta convertirse en huelgas, protestas, motines, muchos otros en indisciplina y agresión a los burócratas responsables, siempre en desinterés de los trabajadores por la producción, sobresaltaron finalmente a los gobernantes, provocando la pequeña y muy stalinista revolución de Palacio de Khrutchef y los suyos.
Tampoco es ajena a la lentitud de descomposición del stalinismo relativamente a la del zarismo en su última etapa la diferencia entre victoria y derrota militar para gobiernos explotadores. La causa principal, siembargo, reside en el apretado entrelazamiento entre contrarrevolución rusa y contrarrevolución mundial que cimenta la mencionada negatividad del stalinismo. Mas el alargamiento de la crisis, lejos de contener su peoría va haciéndola más palpable, consentirá a las masas cierta conciencia política, tal vez organización clandestina propia, mientras cunde la discordia entre los gobernantes enfebleciendo su absolutismo, y creará finalmente las condiciones de un derrumbe estrepitoso.
Van transcurridos 40 años pletóricos de acontecimientos tan importantes cual ninguna otra época presenciara, desde que Stalin formuló el credo del "socialismo en un sólo país". Y desde entonces no ha cesado la colaboración económica y política de ese país con el capital en todo el mundo, chitacallando hasta el frente popular, sin lacha luego, con las armas en la mano y policías mediante a partir del período supremo de la revolución española, 1936-37, colaboración generalizada ya con el Eje, ya con los imperialismos occidentales. La acusación de Trotzky afirmando que "el socialismo en un sólo país" era señuelo burocrático conservador que llevaría sus partidarios a desentenderse de la revolución mundial, se ha visto confirmada muy allende la previsión. El desentendimiento se transformó sin solución de continuidad en beligerancia contra la revolución en todos los países. Para gozar sin trabas de su omnímodo poderío, el stalinismo necesitaba no tanto la paz entre las naciones cuanto la tranquilidad política inter-clases. Cualquier revolución victoriosa habría exaltado de nuevo al proletariado ruso, cuya domesticación condicionaba el poderío burocrático. Por ello, de China en 1926 a Alemania en 1932 y España en 1936-37, la intervención de Moscú contra la revolución se transforma de política en policíaca, de colaborante en dirigente. Mientrastanto, Moscú hacinaba, atraillando al proletariado, un capitalismo de Estado y una industria de guerra que le consentirían tratar de potencia a potencia con los gobiernos fuertes y afirmarse candidato nuevo al reparto imperialista del mundo.
En poco más de un decenio se había pasado del Credo del socialismo en un sólo país a la devastadora realidad del socialismo en ninguno, y después a la infeudación del mundo a los dos grandes imperialismos americano y ruso. Las etapas de la revolución internacional vencida gracias a los hombres de Moscú, fueron anudando las alianzas militares con los antiguos imperialismos así salvados y reforzados, pero también echando los jalones de una capacidad imperialista rusa aun más temible, como rival, que la del Reich hitleriano. En Yalta y Postdam, el antiguo imperialismo reconoce su igual en el nuevo y lo retribuye poniendo a su discreción buena parte del botín de guerra, desde Alemania oriental y Rumania hasta China, donde le fué concedida mano libre. Sobre tal base, los reunidos simbólicamente en la que fuera residencia de los reyes de Prusia —Truman, Stalin y Churchill— se comprometieron al "mantenimiento del orden" en cualquier parte donde se hiciese necesario, compromiso mutuamente honrado por los signatarios en cuanto se ha tratado de la alteración del orden capitalista respectivo por los trabajadores. Grecia, Alemania del este, Hungría y Polonia lo atestiguan. Ello no impide, sino que por el contrario supone, contínuas tentativas de cada bloque para sustraer al dominio del otro determinadas zonas. Tal es el caso de Yugoslavia, Cuba, Indochina y de todas las guerras y movimientos nacionalistas, quienquiera los auxilie, y en general de la pretensa ayuda a los países atrasados.
La propia porfía de cada bloque por modificar en favor suyo la correlación de potencias, y de manera no menos imperiosa la carrera a la acumulación ampliada del capital, de donde en definitiva depende cual de los dos grandes haya de encaramársele al otro, los aunan contra la lucha de clases y la revolución proletaria que pondría fin a su contienda. Como cualquier otra potencia capitalista tradicional, Rusia no puede permitirse contra su rival exterior otros procedimientos de lucha que los ajenos a la sublevación del proletariado. Si desde la aparición del stalinismo hasta 1939 rechazó la revolución a sabiendas de que significaría otra guerra, ahora que es parte primerísima del equilibrio imperialista resultante de ella, su suerte como sistema político y económico está definitivamente ligada a la del bloque adverso, con el cual forma un todo frente al proletariado y frente a las exigencias del devenir humano.
La euforia de la industrialización durante tan largo tiempo alimentada a fuerza de propaganda, ha demostrado ya su deliberada falacia en cuanto "construcción del socialismo", y en cuanto simple industrialización su mezquindad. No griten a escándalo los devoradores de estadísticas y demás paletos gagarinescos; la estimación cuantitativa de la industrialización rusa, referida al monto de plusvalía arrancado a las masas desde principios del Plan hasta hoy, única mesuración válida, es pobre y ciertamente inferior en proporción a la de la mayoría de los países de mediano desarrollo. Es el gigantismo demogeográfico y su posición militar de potencia vencedora lo que acrece el peso específico de Rusia en los asuntos mundiales, no su capacidad industrial.
Política y economía se influencian y modifican recíprocamente, sobretodo en esta época tan larvada y sujeta a cambios bruscos. El arrellanamiento económico de la burocracia "comunista" a principios del decenio 20, fárrago de intereses retrógrados post y pre-octubrinos, llevó al abandono de la revolución mundial y enseguida a la lucha contra ella. Bién entendido, la lucha contra la revolución empezó en Rusia antes que en el exterior, y al paso de su derrollo iba concretizándose allí mismo en explotación de las masas trabajadoras y en plusvalía capitalizada, causando ésta, a su vez, por la inercia de su propio movimiento, medidas y "teorías" políticas aun más reaccionarias. Siempre que una acometida revolucionaria del proletariado ha sido rechazada, la economía capitalista entra en período de bonanza y acumulación acelerada, produciendo formas de centralización del capital tanto más oprimentes cuanto menos puede defenderse contra la explotación el trabajador. Los mismos efectos de consolidación y expansión del capital acarreó, en el resto del mundo, la derrota de los sucesivos intentos revolucionarios de que fué clave la política de Moscú.
En resumen, la crisis de la contrarrevolución rusa es parte, muy importante cierto, pero parte sólo, de la crisis del capitalismo internacional. Todas las contradicciones internas de éste las padece Rusia, la mayoría enconadas, más algunas otras peculiares a su monolitismo stalinista. La propaganda puede todavía engañar a muchos hablando de "economía socialista", pero las leyes y hechos del capitalismo aparecen en carne viva apenas se mira de cerca esa economía e invaden las estructuras y superestructuras del bloque ruso entero, China incluida. Sin esa abrumadora realidad, ante la cual la propaganda se revelará impotente, no existiría crisis en Rusia ni en el seno de su bloque.
Esta última es en realidad efecto de aquella otra, manifestación la más espectacular de la crisis de la contrarrevolución, la más amenazante también en lo inmediato para la posición de Rusia como potencia mundial. Pero Mao Tse-tung y secuaces no pueden llamarse a engaño. Durante 40 años han servido en cuerpo y alma a la contrarrevolución y el sistema de ésta impusieron en China a sabiendas de lo que hacían. No podían esperar otro trato que el reservado a un mayordomo de casa grande. El chovinismo de gran potencia de que ahora se quejan es el mismo que les ha consentido existir y despotizar sobre China. Es sí, odioso y despreciable a ojos de revolucionario; para los hombres de Pekín es sólo un papel codiciado. Sus gesticulaciones y soponcios "teóricos" no tienen otro objeto que desempeñarlo. Por el momento se conformarían con que Rusia les permitiese desplegar su propio chovinismo de gran potencia asiática. Pero Rusia misma siente "vocación asiática", y los rublos, las mercancías y las armas indispensables para disputarle allí el terreno a Estados Unidos entiende colocarlos y sacarles fruto directamente. Por lo demás, como nación aliada o protectora de otras más débiles China no hace mejor papel que Rusia. Quizás antes de mucho lo digan voces de Corea o de Vietnam del Norte, ya que las de Manchuria, Sing Kiang, el Tibet, etc., son cortadas en los pescuezos mismos de quienes hablan. Solo con un retraso de años, cuando ha convenido al Kremlin revelar una parte de la verdad, dejó éste correr noticias sobre sublevaciones en el Sing Kiang y sobre la ejecución de nacionalistas en Mandchuria, incluyendo un general que sin duda alguna se entendía con Khrutchef.
Aparece ya evidente, cual previsto en Alarma desde 1959, que la jácara anti-imperialista de Pekín alude a Moscú tantas veces como no nombra a Washington, y a menudo a los dos Grandes. Desde el acuerdo de Moscú sobre suspensión de experiencias nucleares hasta la conferencia afro-asiática de Argel (marzo), las alusiones a Rusia como imperialismo han ido perdiendo vaguedad. En esa conferencia la delegación china ha hablado de la política reaccionaria seguida por Rusia, favorable a la ocupación por los imperialismos de territorios pertenecientes a otros. En ese aspecto, la indignación del stalinismo pekinés es más sincera que en otros. La suscita una reivindación varias veces formulada en público después de haber sido denegada, con toda seguridad, en negociaciones secretas, a saber, la revisión de tratados del siglo XIX que trasfirieron al imperio zarista territorios del imperio chino. Trátase de vastas zonas de Extremo oriente sobretodo, de las cuales Mao Tse-tung y secuaces se consideran legítimos propietarios, pero también sus interlocutores moscovitas por derecho de "obra histórica" según dicen. De ahí la tensión y los incidentes contínuos en la larga frontera de los dos países, que ha llegado al acantonamiento de divisiones de ambos ejércitos en determinados puntos. A su vez, el delegado Ruso en la asamblea de Argel, a su paso por París, alertó visiblemente a los gobiernos occidentales contra la política china tachándola de fascista. Así van las relaciones entre los falsarios del comunismo. Tocante al litigio territorial, puede asegurarse sin miedo a errar que antes de concederle "el partido hermano" lo que pide, China recibirá Formosa como presente del imperialismo americano (2).
El gobierno de Pekín se encuentra en la situación del estafador estafado, que denunciando se dencia. Tiene conciencia —y cifras que no publica— de la rapacidad imperialista de Rusia. Pero esa conciencia es la misma que tiene de sí como explotador del pueblo chino y organizador del capitalismo de Estado. Sus quejas velan la verdad, pero no pueden silenciarla por entero. Los 25 puntos del Comité Central chino dan de esa verdad una idea vaga, aposta deformada pero no invisible. El punto nº 21, al cual se reduce en realidad todo el conflicto, divergencias "ideológicas" comprendidas, declara:
"Si un país socialista, cualquiera sea, partiendo únicamente de sus necesidades particulares exige unilateralmente a los otros países hermanos que se sometan a sus necesidades...
Si, so pretexto de 'división internacional del trabajo' y de 'especialización' se impone su voluntad a los otros, se atenta a la independencia y a la soberanía de los otros países hermanos y se perjudican los intereses de sus pueblos, se tratará entonces de chovinismo de gran potencia.
Aun más absurdo es trasponer a las relaciones entre países socialistas la práctica consistente en realizar beneficios a costa de otros, práctica que caracteriza las relaciones entre países capitalistas, y llegar incluso a considerar que la 'integración económica' y el 'Mercado Común' puestos en pié por los grupos monopolistas a fin de acaparar salidas y distribuir beneficios, podría servir de ejemplo a los países socialistas en su asistencia mutua y cooperación económica". (versión oficial francesa de Pekin Information, 24 junio 1963).
Así pues, un país, Rusia, exige de China someterse a sus necesidades, atenta a su soberanía e independencia y realiza beneficios a su costa. Los quejosos no pueden decir que esa conducta no depende de la buena o mala voluntad de quienes gobiernen en Moscú (Stalin habría tratado a China con más rigor que Khrutchef), sino del sistema económico por ellos representado. Un sistema socialista no tiene medios de imponerse a otro, ni de atentar a soberanía alguna, ni de explotar a nadie, pero en cambio un sistema capitalista no puede dejar de hacerlo sin debilitarse. La queja es un reconocimiento tácito de la naturaleza capitalista de Rusia y de China conjuntamente. Permite verlo de otro modo, y más claro, el mismo punto 21 proponiendo:
"... el principio consistente en apoyarse para la edificación esencialmente en las fuerzas propias y desarrollar la economía de manera independiente" cada país, que "es la expresión concreta del internacionalismo proletario".
En suma, Pekín llama internacionalismo proletario aquello que es práctica inmemorial de los países capitalistas fuertes entre sí: el intercambio de mercancías en el respeto mutuo de la soberanía, etc. Rusia ha dado a China el trato de los países capitalistas fuertes a los débiles, el del imperialismo a la semi-colonia, y China reclama la paridad. El principio de la unanimidad que rige entre los monopolios europeos del Mercado Común no se lo consiente Rusia a China y demás "hermanos". Los quejosos han de ir a buscarlo si pueden, Tito ayer, hoy Mao Tse-tung, al otro bloque imperialista, más rico. Mientras palabrea en torno a la lucha contra el imperialismo americano, el gobierno de Pekín va dando la espalda al pretenso "bloque socialista", pisa de hecho terreno neutral, se conchaba con el gobierno francés y colea ante el japonés, que figuran entre los primeros imperialismos y son importantes aliados de Estados Unidos. Orientando hacia occidente sus relaciones comerciales, sus requerimientos de ayuda técnica etc., no ocurre en China ningún cambio cualitativo, pero sí obtiene cierta ventaja cuantitativa, reduciendo los márgenes de beneficios que el capitalismo extranjero percibe sobre el capitalismo chino.
A despecho de sus ataques a Tito, los stalinistas chinos se ven impelidos, quiéranlo que no, en la misma dirección de aquel después de 1948. Al principio, Tito atacaba sólo al Kominform, loando a Stalin y apelando a él. Luego intentó maniobrar con los otros partidos stalinistas contra la metrópoli, y no sin cierto éxito, cual lo testimonian los procesos y ejecuciones de los seides del gran criminal, que se veían atados demasiado corto. A continuación, Tito vociferó en terminología pseudo-revolucionaria, publicó cifras sobre la extorsión económica practicada por Rusia, dejó que la IV Internacional, ya vacía de contenido revolucionario, lo jalease como trotzkista. Fracasados sus intentos de permanecer en el bloque ruso con cierta independencia económica, acayó fraseología y abrió la mano a la tesorería yankee.
Es muy probable que dentro de China, cual ayer en Yugoslavia, la campaña contra Rusia tenga aplauso, puesto que las masas han visto lo que significa estar en su órbita. No obstante, tanto dentro de sus fronteras como en los "países hermanos" Mao Tse-tung y Chu En-lai serán menos venturosos que Tito, a pesar de la fuerza nacional y económica incomparablemente mayor que representan. En cambio, se verán obligados a ir más allá en la denuncia de Rusia y en el entendimiento con los antiguos imperialismos. Aunque todos los gobernantes stalinistas de Europa resienten duramente las condiciones económicas que les son impuestas so capa de "división socialista del trabajo", centralización militar, etc., y de que desearían apaciguar la reyerta con China, su propia existencia como poderes les veda la secesión. A los sumo sacarán partido de la situación para recabar o tomarse alguna libertad de movimiento. Ejemplo el gobierno rumano. Por otra parte, los satélites europeos representan un territorio comercial rentable en lo inmediato para Moscú y la influencia exterior que puedan ejercer concuerda con su estrategia de largo alcance, mientras toda influencia afroasiática de China va a contrasentido. Añadamos que los afro-asiáticos y demás remedadores del gran capitalismo en los que Pekín deposita todas sus esperanzas, preferirán siempre los millones rusos a la calderilla china. Así lo han manifestado sin muchos circunloquios en la asamblea de Argel.
El revés allí sufrido por los delegados chinos ha repercutido sin tardanza en nuevas y tremebundas declaraciones, otro importante paso en la crisis de la contrarrevolución stalinista. En efecto, por primera vez públicamente Pekín hace llamamiento para derrocar a Khrutchef, el "mayor revisionista y capitulador" y "arrojarlo al estercolero de la historia". En cuanto a Khrutchef, que sabe armar ruido sin obrar y obrar sin ruido, probablemente no ha esperado la nueva perorata para desplegar en China trabajos de zapa contra el equipo de Mao Tse-tung. Pero lo mismo Moscú en China que Pekín en Rusia, no actuarán sino entre la alta burocracia, contraponiendo determinadas camarillas o grupos de intereses a los que dominan hoy. La naturaleza reaccionaria de los respectivos partidos y gobiernos, origen el uno y producto el otro de la contrarrevolución, circunscribe el conflicto en la esfera de la misma capa social explotadora de dos Estados principalmente. Está absolutamente excluido que ninguno organice o favorezca siquiera la rebelión del proletariado en el otro. La gente de Pekín quisiera, claro está, disponer cual antaño Stalin y todavía Khrutchef, de partidos "comunistas" como factor de maniobra y chantage políticos en otros países. Su fracaso es seguro, por carencia de las condiciones que consintieron al Kremlin usurpar en favor de su contrarrevolución el prestigio de una revolución por él mismo aniquilada. El "marxismo-leninismo-stalinismo" de Mao Tse-tung tiene que contentarse compitiendo con Khrutchef en la distribución de certificados de "socialistas" y "revolucionarios" a toda clase de bellacos y de burgueses nacionalistas. Y así hasta lo grotesco. Por ejemplo, en Cambodia funciona una "Juventud Socialista" real o de Su Majestad, capitaneada por el príncipe Narodom Sihanuk, muy compinche de los dirigentes chinos. Ello está en conformidad con el punto número 9 de la respuesta de Pekín a Moscú antes citada, según el cual se hallan englobados en la lucha contra el imperialismo, además del proletariado y los campesinos, "La burguesía nacional patriota, e incluso ciertos reyes, príncipes y aristócratas patriótas".
En medio de sus desplantes y de sus embaucadoras invocaciones de Lenin, el partido capitalista-colectivo de Mao Tse-tung sabe cómo tranquilizar a su parigual ruso, y no sólo a él. Un artículo del Diario del Pueblo de Pekín indicaba el 30 de marzo lo que debe entenderse por "violencia revolucionaria":
"En febrero de 1948 los reaccionarios checoslovacos habían proyectado un golpe de Estado contrarrevolucionario y el derrocamiento del gobierno por la fuerza de las armas. El gobierno, dirigido por el partido comunista, puso entonces en acción sus propias fuerzas armadas".
La verdad es que esa "revolución violenta" fué meticulosamente organizada desde el ministerio de gobernación por su titular stalinista, a fin de dejar en el poder a su partido sólo, operación desplegada al grito de "¡La policía defiende los derechos del pueblo!". En efecto, sin una intensa acción policíaca ningún partido pseudo-comunista se mantendría en el poder.
Más explícito, otro párrafo del mismo artículo halaga los intereses reaccionarios de la alta burocracia rusa, cuyo concurso contra Khrutchef busca Pekín:
"La única conclusión lógica es que el revisionismo de Khrutchef no solamente está cortado en el mismo paño que el kautskismo, sino que converge con el trotzkismo. La etiqueta de trozkista conviene pues mucho mejor a Khrutchef mismo". "El trotzkismo, avanzadilla de la burguesía contrarrevolucionaria".
Palabras semejantes darán a Khrutchef un predicamento entre los trabajadores rusos que está muy lejos de merecer. No lo ignoran sus autores, pero lo único que les interesa es mostrarse por entero solidarios de la alta burocracia que cercenó simultáneamente la obra revolucionaria de 1917 y las cabezas de los trotzkistas. Para los explotados rusos, trozkismo y revolución son sinónimos, y correlativamente anti-trotzkismo y contrarrevolución para los gobernantes. Por eso mismo, Khrutchef, que no anduvo ocioso durante el asesinato de los trotzkistas, ha tenido buén cuidado de calificar de trotzkista a Mao Tse-tung y al trotzkismo de "enemigo de clase". En boca de los gobernantes de Moscú o de Pekín, esa definición tiene el mismo significado que en boca de Rothschild o Franco. Los revolucionarios no pueden sino sentirse satisfechos de verse así considerados por los embolsadores de beneficios del capitalismo estatal, y desdeñarán a quienes, diciéndose trotzkistas, pordiosean de éstos camaradería.
La amalgama y la falsificación consustanciales del stalinismo, así como las decisiones y votos unánimes, infalible ciencia policíaca, siguen siendo denominador común a los dos bandos nacionales. No pueden desprenderse de esos procedimientos sin reconocer que donde ellos dicen "dictadura del proletariado" hay que poner esclavitud del proletariado, y donde dicen "comunismo", hay que entender capitalismo en monopolio estatal. Amalgamas irrisorias son también las acusaciones de revisionismo y de dogmatismo lanzadas por Pekín sobre Moscú y por Moscú sobre Pekín. No estamos en presencia de dos concepciones de las tareas y posibilidades del proletariado mundial, oportunista la una y ultra-izquierdista la otra, tampoco ante apoltronados capituladores y aventuristas exaltados; estamos ante un mismo movimiento reaccionario cuyos apremios de conservación exigen en lo inmediato pausa digestiva para Rusia, leva patriotera expansionista para China. El argumento más revelador de tal "divergencia" lo dió Walter Ulbricht el año pasado, en presencia de Khrutchef, durante el congreso stalinista reunido en Berlín-este: "Todavía no ha llegado el momento en que podamos considerar al imperialismo como un tigre de papel". Se trata de un balance evidente de potenciales destructivos. En tales condiciones, Rusia no puede dar su aval a las correrías militares que necesita China, ni en Formosa, ni en la India, ni en los diversos países de la península indochina. Ahora bién, la contradicción imperialista entre Rusia y Estados Unidos es mucho más amplia y duradera que cuanto alegue China, comprendida su algarabía anti-colonialista. Pasárase el gobierno chino al bando yankee, lo que podría hacer con medro, y la contienda ruso-americana proseguiría, pues dadas las condiciones actuales del mundo no cesará sino con la revolución proletaria generalizada, y a falta de ella desemboracará en la guerra. Mientrastanto, cuando digan, callen o hagan los dos bloques y sus respectivos amigos díscolos, son meras maniobras tácticas dentro de una estrategia a largo plazo.
No es la menor de las dificultades del gobierno ruso que sus criaturas de Pekín se le solivianten. Impedirlo caía fuera de la voluntad de los protagonistas, pues el conflicto no es más que una de las manifestaciones de la crisis irremediable de la contrarrevolución rusa, que ya lleva plomo en el ala. El estrangulamiento de la revolución de Octubre, la liquidación de la revolución mundial, la creación del capitalismo de Estado, la victoria militar sobre las potencias del Eje y las posiciones territoriales y económicas así adquiridas, no podían evitar que apareciesen en Rusia y su zona de dominio todas las contradicciones propias del capitalismo y algunas otras engendradas por la tremenda tiranía stalinista. A despecho de lo que ocurra en la periferia asiática o europea del bloque oriental, el epicentro de la crisis, la causa del mal está en la naturaleza del sistema económico y político de la contrarrevolución.
A los 40 años de absolutismo stalinista, más de 30 después de la "liquidación de los kulaks" y de la sedicente colectivización de la tierra, las contradicciones entre el campo y la ciudad, entre producción agrícola y producción industrial siguen presentes y con igual virulencia. El rendimiento de koljoses y sovjoses es bajísimo comparado a los cultivos de la mayoría de las países europeos y al del propio suelo en Rusia trabajado al margen de los dictados gubernamentales. En efecto, los minúsculos lotecitos de tierra que la ley consiente cultivar personalmente a cada obrero de los koljoses, rinden proporcionalmente bastante más que éstos. Los obreros no disponen de otros implementos que los rudimentarios utilizables con los brazos, a lo sumo con una yunta; los koljoses disponen de tractores y máquinas, peritos agrícolas, administradores, etc. No consiguen, sinembargo, igualar siquiera la productividad del trabajo agrícola primitivo. Un hombre y su familia con el azadón en la mano, labrando un girón insignificante de tierra, se revelan economicamente más eficaces que la planificación agrícola "socialista". La razón de ese hecho increible es que koljoses y sovjoses representan, para el obrero agrícola, el trabajo asalariado —y muy mal pagado—, la explotación capitalista, mientras que en su mota de tierra es dueño de sus instrumentos de trabajo y de sus productos. En tal sentido, está menos alejado de una economía socialista que los establecimientos estatales, donde la separación entre instrumentos de trabajo y hombre adquiere una de las formas más desgarradoras y alienantes.
En los antiguos países capitalistas siquiera de mediano desarrollo material, los cultivos familiares y los propios minifundios labrados en cierta escala con mano de obra asalariada, tienen rendimiento inferior al de la gran propiedad que admite numerosos obreros y maquinaria. Rusia entraría en la misma regla si las condiciones de trabajo de los obreros agrícolas en koljoses y sovjoses fuesen por lo menos las normales de la contratación del trabajo por el capital. Pero los salarios, siempre a destajo, son impuestos al trabajador y no pagados directamente en dinero, sino en género a precio de venta una parte, y la otra en bonos convertibles en dinero al cabo de meses. Por añadidura, el cobre de tales bonos requiere papeleos engorrosos, prefiriendo muchas veces los así asalariados vender sus bonos a cualquier burócrata, dándole a ganar un descuento. Recientemente, apoyando la campaña pro-agricultura de Khrutchef, la revista Komunist (Moscú, febrero 1964) reconocía que los koljosianos reciben su salario "con un retraso de tres a tres y medio meses", lo que sólo indica a partir de la fecha en que los bonos hubieran debido ser convertidos en dinero. No es de extrañar que el autor de dicho artículo, K. Karpof, reconozca que en muchísimos casos los koljoses no alcanzan rentabilidad.
La explotación extremada no va siempre de par con el mayor beneficio. Una increible proliferación de burócratas, contralores y supuesto técnicos abruma a los koljoses igual que toda otra empresa del sistema stalinista. Y esos no están ciertamente pagados a destajo, ni con avaricia como los obreros. Ellos, que en numerosos casos constituyen un grupo de propietarios absolutos cual si dispusiesen de escrituras catastrales, dilapidan gran parte de la plusvalía, encima de la que el Estado les confiere en calidad de sueldo. Como unidad capitalista agrícola están, por añadidura, en contradicción con el Estado capitalista central pues éste les encajá caro los productos industriales, comprándoles sus cosechas a bajo precio, sin que ello impida a ese mismo Estado vender los comestibles a la población con gran margen de beneficio. A esa devaluación de los precios agrícolas por relación a los industriales, contradicción existente en mayor o menor grado en todo el mundo, se agrega el pobre, a menudo rudimentario nivel científico de la labranza rusa. El esfuerzo técnico y científico del Estado lo acapara la industria de guerra y sus adyacentes en detrimento de la producción de consumo, la industrial tanto como la agrícola. Esa distribución de las inversiones cuadra a la perfección con los intereses económicos y políticos, nacionales e internacionales, de la burocracia capitalista-colectivo. Por más que la propaganda siga presentándola (ese fué ya el argumento de la reacción stalinista incipiente) como necesidad de defensa del "mundo socialista", es cualitativamente de la misma naturaleza que las inversiones bélicas de Estados Unidos o de Europa occidental, cuantitativamente más gravosa para las masas trabajadoras.
A pesar de las inversiones agrícolas patrocinadas por Khrutchef en los últimos años y de la roturación de numerosas tierras vírgenes, la penuria de cereales estuvo a punto de causar una oleada de pánico el otoño último. El gobierno acorrió a prevenirla comprando en Canadá, Estados Unidos, Australia, Argentina etc., decenas de millones de toneladas de trigo y harina. A los mismos graneros han tenido que recurrir los satélites européos y la propia China. Déficit tan enorme no tiene explicación climatológica como pretenden los únicos que hablan. En realidad es permanente en proporciones diversas, según las cosechas. La vasta superficie arable del país, cuya capacidad podría alimentar en cereales al mundo entero, no llega nunca a cubrir con holgura las necesidades interiores. Las exportaciones han sido siempre a costa de los consumidores y en ciertos casos causando hambruna. Khrutchef mismo lo ha reconocido así, culpando como de costumbre a Stalin sólo. Ahora que el abatimiento y la pasividad de la población están virando en sus contrarios, es preferible para el gobierno cambiar lingotes de oro por trigo. Hostilizar a la población presenta peligros inexistentes en tiempos de Stalin.
No obstante, Khrutchef será pródigo en palabras y en acusaciones a la fracción que él llama anti-partido con tanta razón como ésta, si estiviese en el poder, se lo llamaría a la suya (3), pero de realizaciones será avaro. Sabe por sus estadísticas, función cerebral casi exclusiva de los hombres de cepa stalinista, que la sequía tiene tan poco que ver con la falta de pan y demás alimentos, como con la escasez de medias, camisas, etc. El apenas podrá hacer otra cosa que comprar trigo al "enemigo" imperialista, porque el mal está en la médula, ya putrescente, del sistema económico-político, y dentro de sus normas es insuperable, gobiérnelo quien lo gobernare; reside en la destructora antítesis entre la necesidad de una distribución socialista a la cual se armonicen crecimiento industrial y agrícola, y el aplanador capitalismo de Estado que la contrarrevolución ha impuesto. Por eso las preocupaciones y medidas agrícolas de Khrutchef aspiran sólo a menguar las desproporciones entre producción urbana y campesina, entre industria ligera e industria pesada, exacerbadas en Rusia más que en ningún otro país capitalista. Pero las decisiones tomadas con tal fin se revelarán de poco o nula eficacia.
Empieza el "agricultor" Khrutchef por desdoblar los aparatos del partido y del Estado, ya pesadísimos enjambres parasitarios, en sendos sectores respectivamente al cuidado de la industria y de la agricultura, lo que hace cuatro sistemas burocráticos en lugar de dos. Los costes por concepto administrativo se elevan en 100 %. La medida consentirá sin duda a su promotor seleccionar personal adicto, es maniobra política antes que medida económica, como siempre ha ocurrido desde que Stalin se soltó con sus métodos. Enseguida Khrutchef propone conceder mayor independencia en la aplicación del plan a quienes él llama los "agricultores", no los hombres que trabajan la tierra, sino los dirigentes y administradores locales, que si bién están estrechamente subordinados a los burócratas superiores ejercen ya un despotismo irrestricto sobre los obreros. A tales "agricultores", patronos inmediatos de los obreros, el primer patrono actual aconseja imitar "lo que hay de precioso en los procedimientos americanos, que es el sentido de las realidades y de los negocios". (Informe de Khrutchef al Comité Central, el 28 febrero 1964). Para despertar ese sexto sentido burgués, la remuneración de los dirigentes locales estará en relación directa con los resultados, a imitación de los especialistas yankees. Se trata pues de darles participación en los beneficios de la explotación, según el rendimiento que consigan arrancar a los trabajadores, regla vigente en la industria desde hace largo tiempo. En los sueldos muy altos que el capital asigna a especialistas y directores, el movimiento revolucionario ha visto siempre un dividendo sobre la explotación, si bién fijo e independiente del volumen de la misma. Cuando ese dividendo representa un porcentaje de la plusvalía, o sea, del trabajo impagado al obrero, sus beneficiarios resultan ser copropietarios del capital y pondrán máximo empeño en aumentar la parte de trabajo no pagado.
Por tal procedimiento del más brutal carácter capitalista, Khrutchef puede estar seguro de granjearse la simpatía de la burocracia koljosiana, envite nada secundario para él. Pero es dudo que consiga disminuir a proporciones "occidentales" las contradicciones entre agricultura e industria, pues ello depende de ésta tanto como de aquella, y además de condiciones políticas que se le auguran mal. Fuere lo que fuere, la enemiga de las masas a la contrarrevolución stalinista y a su capitalismo de Estado no dejará de exacerbarse. En efecto, Khrutchef les depara trabajo más intenso con menor paga. El jornal a destajo medido por la extensión de tierra labrada, regla hasta ahora, queda substituido a partir de este año por el destajo según la cosecha de esa tierra. El gobierno hace recaer así sobre los obreros agrícolas las consecuencias de las malas temperies o de la incompetencia de sus peritos, mientras que la norma determinante del nuevo sistema de destajo forzará los obreros a mayor esfuerzo sólo para conservar la actual mezquina paga. A fin de amortiguar la pésima impresión que las disposiciones mencionadas causan, se habla a los trabajadores agrícolas de pensiones de vejez, alojamientos, vacaciones, estancias en los establecimientos de reposo reservados a la burocracia. Pero todo ello pendiente del rendimiento y de la buena conducta personal incritos en una cartilla o "pasaporte de trabajo" de que me ocuparé líneas adelante.
La extracción de plusvalía a la clase trabajadora y su conversión en capital fué llevada a efecto desde el primer plan quinquenal por procedimientos tan bárbaros que venializaban los de la acumulación primitiva en Europa occidental, que Marx ha descrito. Añadiéndose a la novedad anacrónica de la operación, de contornos vagos al principio, el azoramiento causado por un fenómeno reaccionario de rasgos completamente imprevistos y la falsificación oficial de cifras y hechos, resultaba dificilísimo discernir en él las debilidades y contradicciones capitalistas. Mas después de la guerra, a favor de los fabulosos beneficios económicos y territoriales de la victoria, el Estado ruso alcanza un grado de acumulación del capital y se ve acuciado por problemas que ponen de relieve las contradicciones internas del capitalismo y lo retrógrado de toda economía basada en el trabajo asalariado.
Ya se ha visto que en el aspecto agrícola y en el de las relaciones con sus "aliados", el Kremlin se ve asediado por dificultades de naturaleza idéntica, si bién agudizadas, que los constantes de la vieja sociedad. Otro tanto acontece en el dominio industrial, hogaño circo predilecto del charlatanismo político. Así, la preeminencia concedida a todas las industrias no destinadas a la producción de artículos de consumo —salvo algunos de lujo—, uno de los rasgos más peculiares del capitalismo moderno, alcanza en Rusia proporciones aterradoras. Los gobernantes han tenido que inquietarse de ello y el problema mismo se convierte en argumento de lucha inter-burocrática. Procurando achicar el foso abierto entre una producción de consumo debilísima pese la mejoría de los últimos años, y la industria de los elementos de producción, más la de guerra tan inútil como enorme, Moscú pide auxilio al capital y a la técnica extranjeros. Estados Unidos, Japón, Alemania occidental, Inglaterra, Francia, Suiza e Italia, han contratado o están en vías de hacerlo la creación en Rusia de diversas empresas destinadas a una producción de consumo. Los datos concretos, sin interés aquí, han sido ofrecidos por la prensa especializada y parte por la diaria. El hecho tiene mayor significación política que económica. Por primera vez desde que ahogó la revolución, la nueva casta explotadora se halla en la necesidad de ceder al clamor de las masas, todavía furtivo e inorgánico. Con todo, aunque lograse reducir el desnivel entre las dos ramas de la industria más o menos como el capitalismo occidental, remota perspectiva, descubrirá resultados opuestos a los que busca. La aparición de artículos adquisibles sin otra limitación que la del salario cobrado, redoblará la oposición de las masas, aguzando también su intuición revolucionaria. El hambre y la penuria tan prolongadas, no son muy favorables a la rebelión. La necesidad de una industria única y exclusivamente consagrada a saciar las necesidades de consumo y de ocio, resaltará contrastando con las largas horas de faena y el racionamiento por el salario de las mentidas "economías de abundancia" a las cuales quisiera acceder el capitalismo ruso. Pero antes hablarán las masas.
Tampo está exenta Rusia de la calamidad endémica mundial: el ejército de reserva proletario, la multitud de hombres y mujeres sin oficio ni beneficio, necesitados de vender su fuerza de trabajo en cualquier peonaje, al précio que les ofrezcan. La población rural parece inagotable como cantera de materia prima humana. En ella vuelven a reabsorberse gran parte de los sin trabajo, costumbre de la época zarista que la contrarrevolución ha estimulado a fin de amañar sus cifras de propaganda exportada. Un criterio económico estricto, a mayor abundancia un criterio revolucionario, ha de juzgar como parados a los obreros llegados del agro y a cuantas personas se hallan en los campos de concentración. Eran muchos millones, más de diez según avaluo cauto. Khrutchef se ha guardado de publicar la cifra verdadera, de indicar cuantos han sido libertados y cuantos quedan, además de que la dictadura "colegial" continua condenando a trabajos forzados por toda clase de motivos. La demanda normal de fuerza de trabajo no daría cabida a cuantos penan sin otra paga que el rancho y el petate. Por horrenda que sea Una jornada de Ivan Denissovitch, de Alejandro Soljetszin, la verdad cruda sobre los campos de concentración nos vendrá de quienes no consienten acicalarla según dictados oficiales.
A pesar de que el abarrotamiento de mercancias invendibles, primer manifestación de una crisis cíclica, no corre riesgo de producirse en una economía tan carente de ellas como la rusa, sus planificadores apenas están en condiciones de medirse con el capitalismo occidental y el japonés en cuanto a asignación de inversiones en las diversas ramas, encauce del mercado y demás dirigismos auxiliares para evitar la crísis o quitarle gravedad. La mayoría del paro obrero en los países industrializados lo origina actualmente la automación. Ahora bién, mientras que en el capitalismo la automación arroja a la calle dos tercios o más de los trabajadores en cada industria y a los restantes les destruye músculos y mente, en sociedad socialista la reducción de dos tercios correspondería a las horas de trabajo, y no con disminución de paga, sino con aumento. Las máquinas al servicio de consumo y libertad, no de la acumulación de capital. Lejos de eso, en Rusia la automación echa proletariado a la calle, e igual que en Estados Unidos constituye un instrumento de explotación y opresión redobladas.
La concatenación de los acontecimientos ha querido —con cuanta parsimonia llega!— que las masas se solivianten contra sus condiciones de vida material y política cuando los tecnócratas del Kremlin planean someterlas a la automación generalizada, a fin de realizar su sueño imperial de sobrepasar la producción yankee y subordinarse a Estados Unidos por el capital y si no por las armas. A eso es a lo que los dominadores llaman "construir las bases del comunismo en grande". Por fortuna para los trabajadores rusos y de todo el mundo, los falsarios del Kremlin encuentra cada vez mayores dificultades para mantenerse. Al despertar y al espíritu de rebeldía naciente en la población oprimida agréganse la insostenible situación de la agricultura, la venenosa querella con China, preñada de repercusiones en el bloque ruso y allende, más la suprema contradicción entre la automación según reglas capitalistas ("controlada por el rublo", puntualiza el programa del XXII° congreso), y las necesidades de las masas, que requieren imperiosamente subordinársela con vistas a una distribución socialista, única manera de acabar con la acumulación ampliada del capital. Como consecuencia de todo ello, el monolitismo contrarrevolucionario de la casta gobernante, sin par en la historia, irá agrietándose sin remisión. El proceso está ya iniciado, pues tras el relumbrón optimismo de congresos, discursos y piruetas espaciales las bases del régimen estan carcomidas por su propia naturaleza anti-histórica. Quienes, sin motivos interesados, lo consideran sistema socialista, o siquiera a cubierto de las negatividades del viejo capitalismo, despertarán tal vez de su modorra al estruendo del tiroteo insurreccional.
El restablecimiento de la pena de muerte por delitos económicos recuerda los peores tiempos de Stalin y permite entrever la corrupción imperante entre los "natchalniks" que constituyen la jerarquía opresora en todos los escalafones de cada institución. De seguro que Khrutchef no ha recurrido de buén grado a tal medida, pues él aspira a normalizar el disfrute del poder poniendo los individuos que lo ejercen a recaudo de encarcelamientos y de ejecuciones capitales. Pero en achaques de organización estable de una nueva clase poseyente, querer no es ciertamente poder. Aun suponiendo lo peor, que la revolución proletaria desaparezca del horizonte histórico columbrable, transcurrirán siglos antes de que el magma social fragüe otra clase dominadora representante del devenir. La burocracia rusa no es mas que la continuadora del capitalismo, una burocracia burguesa por su función económica y por su mentalidad política, sin más porvenir que la aventura del advenedizo en las postrimerías del capitalismo. La prevaricación ideológica y el monolitismo lacayuno que la auparon al absolutismo, son inseparables de la corrupción material, y esta la justificación individual de aquellas. Además de la corrupción legal, nada escasa, cada director de esto o de lo otro, potentado en su dominio, irresponsable ante los de abajo, está en situación de trapichear bienes y cifras estadísticas en porporción a su rango. En los últimos meses, menudean los procesos por malversación, venta clandestina de mercancías y robo. Los nombres a menudo judíos de los fusilados o encarcelados sugieren el sacrificio de algunos testaferros, responsables menores, para reafirmar el prestigio de las instituciones. Pero es innegable que en un sistema donde nada se hace sino bajo mandato o supervisión del partido gobernante, los principales responsables son miembros y comités de éste. La concusión es congénita a la victoria del stalinismo y se ramifica de arriba abajo en toda la estructura gubernamental.
No se trata de una característica de los niveles inferiores o medianos de la burocracia. Alcanza de diversas maneras a las más elevadas jerarquías, sin excluir en ciertos casos la venta a los servicios de información extranjeros. Los asuntos de espionaje juzgados en Moscú el pasado año, han descorrido un poco el velo, a pesar de que el Kremlin no da al público sino noticias muy expurgadas. Poco antes de ser juzgado y fusilado por espía, Oleg Penkovsky era vicepresidente de la sección extranjera del Comité de Estado pro-coordinación de la investigación científica. Estaba pues al tanto de los principales secretos militares rusos. Era tambien héroe nacional, amigo o compañero de grandes personajes, yerno de un mariscal, protegido de otro, colaborador personal de Khrutchef durante la guerra, en uno de los comités militares de Ukrania. Se había puesto al servicio de Estados Unidos. El jefe del Estado Mayor, mariscal Zakharof hubo de ser destituido, otro mariscal, Nadine, dejado en general. Era el jefe de la sección de cohetes balísticos de alcance intercontinental. Las medidas ocultas son ciertamente mucho mas graves. Sin citar otros casos de corrupción de la alta burocracia, vale la pena recordar la deserción a Estados Unidos, en febreo último, de uno de los miembros de la delegación rusa a la conferencia del desarme en Ginebra, Yuri Nosenko. La lista completa de casos semejantes sería larga. No se trata de espías ordinarios, de los que siempre encuentran las potencias interesadas, sino de dirigentes de primera línea de la casta gobernante, lo que denota tanto la extremada venalidad de la misma como el relajamiento incesante de su poderío. Tal es la calaña de los hombres que asesinaron, difamándolos, a los revolucionarios de 1917.
Otra seria dificultad con que tropieza la contrarrevolución es la organización económica de sus territorios. El COMECON no es hasta ahora sino una mala imitación del Mercado común europeo. Pero mientras aquí desaparecen gradualmente los arenceles y reina el principio de la unanimidad para todas las decisiones, en correspondencia con un nivel no muy disímil de desarrollo capitalista, y sobretodo con una concentración supranacional previa de los principales trusts, el COMECON quiere empezar estableciendo "la división socialista del trabajo". Despojado de hojarasca terminológica, eso significa implantamiento de la concentración supranacional de capitales, que de hecho exige supeditación al más poderoso de los trusts estatales. Realizada tal división del trabajo a partir de las inversiones, los Estados stalinistas quedarán convertidos en provincias de Moscú, incluyendo Checoslovaquia, cuyo desarrollo medio es superior al de Rusia. El gobierno rumano ha protestado en tal sentido al socaire del alboroto chino, y por su parte el yugoslavo prefiere "la división internacional del trabajo". Con los americanos los negocios, con Khrutchef el compadreo socializante. Los otros capitalismos estatales del COMECON agachan las orejas, pero en un momento u otro se verán obligados a gruñir. Las obligaciones financieras e industriales que Rusia desempeña sin suficiente acumulación de capital, han de ser cubiertas con índices superiores de explotación. Y los países "hermanos" no van a ser tratados mejor que el proletariado ruso. De ahí surgirán conflictos que desgarrarán a la casta dictatorial, y en determinadas condiciones choques que propiciarán la sublevación de las masas en esos países y en Rusia misma.
La rebeldía de que aquí dan ya muestra nos la cuentan las leyes proyectadas o recientemente decretadas y el mismísimo programa del XXII congreso. Sabido es que la disciplina del trabajo es impuesta en toda Rusia mediante reglamentos de fábrica, taller, etc., de severidad máxima, que refuerzan sanciones administrativas y condenas penales que pueden ir hasta varios años de trabajo forzado. Sinembargo, la renuencia de los obreros es tan obstinada que el gobierno ha añadido otras leyes represivas. A principios de 1962 fueron sucesivamente publicadas en el Boletín Oficial dos de ellas, a cual más bárbara. Dicta una condenas de 2 a 5 años de trabajo forzado (4) para "los ociosos, holgazanes, parásitos y otros elementos antisociales"; la otra, pena de muerte en los casos de "ataque a la policía, corrupción y violación". Ambas leyes van incuestionablemente dirigidas contra la clase trabajadora, como lo corrobora la campaña de toda la prensa del país, simultánea a la publicación de aquellos, contra los obreros que roban productos en fábricas y koljoses, faltan al trabajo, renuncian por completo a él o no rinden la norma. El número de éstos, en particular de desertores de las fábricas, aumenta año tras año; deben contarse por decenas, si no por centenares de miles, sin que la violación cuente en la ley sino para disimular su reaccionario carácter. Para esos hombres, huir del trabajo es la única manera de disfrutar de alguna libertad. En él no sólo están sometidos a normas y destajos agotadores, sino expuestos de contínuo a que la dirección o la célula del partido dictador les imponga multas, castigos disciplinarios, o los mande a un campo de concentración en calidad de "holgazanes", si no de "enemigos del pueblo". Recuérdese que por simples retrasos reiterados en la llegada a la fábrica pueden verse condenados a 6 meses de trabajo obligatorio con paga reducida. Al agobio físico añádese la asfixia policíaca. Sin medio legal de contrarrestar uno ni otra, excluida la defensa colectiva mediante huelgas, agitación oral o escrita, es natural que numerosos obreros prefieran escabullirse, vivir al azar o de los muchos expedientes que todavía ofrece la circulación económica no estatal. Es una forma de resistencia a la opresión, de igual manera que el hurto de mercancías es un paliativo a los jornales miserables.
En vista de tal situación, la última charranada gubernamental constituye una declaración de guerra a las masas en general, a los hombres más recalcitrantes y avisados en particular. El secretario general, jefe del gobierno, generalísimo de todos los ejércitos, Khrutchef en persona laureado con todos los títulos de Stalin, se pronunció en favor del establecimiento de una libreta o "cartilla de trabajo" obligatoria como documento de identidad (5). Habrán de consignarse en ella los méritos y deméritos del titular, el trabajo que desempeña, los medios de vida con que cuenta, mas su ficha policíaca o judicial. La presentación del documento será indispensable para toda gestión, desde la más trivial hasta la más importante. Quedará así convertida en documento de identidad obligatorio una ficha policíaca tan completa como no existe siquiera en los archivos judiciales de ningún país del mundo. En efecto, comprenderá, además de las notaciones que correspondieren de la policía, calificaciones patronales de este jaez: "falta al trabajo", "viola la disciplina", "haragán", "criticón", "no cubre la norma de producción", o bién, por el contario: "disciplinado", "sobrepasa la norma", "obrero de choque", etc.
Los gobernantes no se han atrevido aun a decretar su proyecto, pese a sus poderes absolutos, señal cierta de la repulsa general que encuentran. Han de preparar el terreno mediante campañas propagandísticas en que la falsificación de ideas y la intimidación van de par, a fin de obtener "aprobaciones unánimes y entusiásticas" en asambleas de asistencia obligatoria, en las cuales hacer acto de oposición es señalarse a represalias patronales y policíacas. Discurseando el 28 de febrero, el sucesor de Stalin daba la pauta a la campaña de falsificación y engaño, comparando su proyecto con el carnet del trabajo establecido en tiempos de Lenin. El carnet de 1919, en medio de la guerra civil y de una carencia rigurosa de productos, concedía a los obreros precedencia y equidad en el racionamiento de suministros, sin notación alguna susceptible de perjudicar o aventajar a ninguno de sus titulares. La cartilla de "trabajo" ideada, pretende colocar a cada trabajador un marbete que especifique su grado de oposición, de sumisión pasiva o de servilismo respecto de la contrarrevolución imperante; privará a unos de derechos y posibilidades, concederá a otros ventajas materiales y poderes, pondrá la mayoría ante el dilema de someterse calladamente o incurrir en represalias, y todo el mundo quedará a merced de cualquier burócrata. En suma, y al contrario de lo que Khrutchef pretende, se trata de una extensión policíaca y terrorista de la cartilla del trabajo establecida por Stalin en 1938.
Es imprescindible recalcar la trascendencia reaccionaria del susodicho proyecto. Una vez aplicado, distribuidas las cartillas policíacas con sus notaciones a la totalidad de los habitantes, la capacidad represiva del régimen, ya enorme, no conocerá otro límite que el desbarajuste de los 16 o 18 millones de funcionarios de todas categorías y actividades, líderes políticos y sindicales, polizontes, militares, científicos e intelectuales rampantes que constituyen el aparato económico-estatal. Cuantos resisten o hayan resistido de cualquier manera que fuere a la explotación y al absolutismo, cuantos abandonan el trabajo, falta a él, no cumplen o cumplen mal la norma de producción, se verán convertidos en ciudadanos de ínfima categoría, privados de derechos, de posibilidades de trabajo, de alojamiento, de suministros, hostigados como bestias o enviados al trabajo forzado. Y las propias campañas de la prensa rusa indican un crecimiento de la rebeldía proletaria que hará ascender a centenares de miles, a millones el número de obreros que llevarán notas infamantes en la cartilla de identidad. La aplicación del proyecto empujará gran parte de ellos al bagabundaje, o a echarse al monte y vivir en guerrilla. Probablemente ambas cosas están ocurriendo ya. Así lo sugiere el decreto penando de muerte los ataques a la policía.
En vano la prensa presenta el odioso proyecto como correspondiente a una "civilización del trabajo" y un paso "hacia el comunismo". El género de vida que las masas padecen las inmuniza contra el parloteo. Tienen plena conciencia de que el gobierno, los sindicatos y el partido único son sus enemigos y la sede de la explotación. Su odio a éstos arreciará con motivo de la cartilla policíaco-patronal, es evidente. La medida es tan amenazante que bién podría dar ocasión a que los trabajadores más valerosos transformen la oposición pasiva en oposición activa. Los gobernantes se verán quizás en la necesidad de recular. Mas aunque así no fuere, el conflicto de clases irá ganando amplitud y vigor, hasta que rebrote el espíritu revolucionario de 1917. No se puede contemplar la aplicación del proyecto durante largo tiempo, sin ver convertida legalmente la sociedad en una sociedad de esclavos.
Mientras la prensa y la radio repiten machaconamente el programa del XXII° congreso, las disposiciones administrativas y policíacas van encaminadas a persuadir de grado o por fuerza al proletariado de que es necesario trabajar y rendir más con igual paga, en realidad inferior proporcionalmente. En el país entero resuena día a día la amenaza: "Quién no trabaja no come". El lema tradicional del proletariado contra la burguesía y los estratos parasitarios de la sociedad, la burocracia capitalista rusa, ella misma parasitaria de todo en todo, lo convierte en antífrasis y lo aplica a los desposeidos. Todo obrero sabe que si no trabaja no come y que carecer de trabajo es tragedia temible. Sólo en determinadas circunstancias históricas muchos de ellos han preferido esa tragedia a una paga miserable en condiciones de trabajo insufribles. Por ejemplo, en la España del siglo XVII, cuando gran número de trabajadores de la ciudad y del campo preferían ser buscones errantes o ir a la cárcel antes que trabajar para malcomer y bajo la amenaza de la Inquisición. Evidentemente, los trabajadores rusos aguantan cada vez peor las condiciones económicas y políticas que el Kremlin les impone.
La "construcción del comunismo en grande para 1980", señuelo del Programa nuevo, no contrarrestará la situación descrita, antes al contrario, ni sucitará la aparición de otros "obreros de choque" que los acostumbrados capataces y limpiabotas de la dirección. Más y mejor que el equipo de Khrutchef había prometido Stalin para una fecha ya bastante pretérita. Hartas de escarmientos, las masas trabajadores no retendrán como verdad sino la letra de las leyes represivas y los números de la hoja de paga. El ideal de la alta burocracia sigue siendo igualar y sobrepasar la producción actual de Estados Unidos, o sea su volumen capitalista. A tal fin, ni más ni menos que hace 30 años:
"... se hace necesario aumentar la productividad del trabajo en la la industria, de más del doble en los próximos 10 años, de cuatro a cuatro veces y media en 20 años" (6).
Contretamente, ello requiere:
"Ritmos más elevados de aumento del rendimiento del tratabjo relativamente a su retribución, fijación más sensata de las normas de trabajo, eliminación de las pérdidas de tiempo".... y "perfeccionar constantemente las normas técnicas, los sistemas de salarios y de primas, Controlar mediante el rublo la cantidad y la calidad de trabajo, rechazar la nivelación de la retribución, reforzar las formas colectivas de incentivo material que estimulan el interés de cada trabajador..."
"En la edificación comunista es indispensable utilizar a fondo las relaciones mercantiles y monetarias conforme a un contenido nuevo que les es propio en período de socialismo. Para ello se atribuirá un gran papel a la utilización de medios de desarrollo de la economía tales como: gestión equilibrada, la moneda, el precio, el precio de coste, el beneficio, el cormercio, el crédito, las finanzas".
El contenido "nuevo" en todo eso, pero nuevo a partir de Stalin es el obsceno descoco con que semezcla la palabra comunismo, a nociones y prácticas capitalistas entre las más capitalistas. El régimen stalinista —decía Trotzky— es susceptible de deshonrar la idea misma de comunismo. A estas alturas y analizados los métodos y objetivos de lo que el Programa designa como "construcción del comunismo", no puede caber duda de que denigrar el contenido verdadero del comunismo es propósito nada involuntario para los oligarcas del Kremlin.
Los gobernantes y economistas de todos los países están tan familiarizados con los procedimientos relatados en el Programa ruso como los redactores del mismo. Baste citar palabras de un representante del capitalismo tan oscurantista como lo es el dictador Francisco Franco. Durante las huelgas de 1962 decía en su discurso del monte Garabitas reprochando a los obreros pedir aumento de salario:
"Las mejoras que las remuneraciones del trabajo hayan de tener han de salir principalmente de las mejoras de producción, de la modernización de la maquinaria, del perfeccionamiento de la organización del trabajo y del esfuerzo del propio trabajador".
Y el programa del XXII° congreso:
"Elevación de la remuneración individual de los trabajadores según el trabajo cumplido".
Personalmente, Khrutchef se mide bién con Franco en un discurso a los obreros de Yugoslavia en agosto de 1963:
"Frecuentemente la gente quiere tener más bienes, pero se rebelan cuando son aumentadas las normas de rendimiento. ¿Pero, se puede consumir más sin producir más?".
Ninguno de los muchos tópicos característicos de las clases explotadores es tan manido como ese. Marx lo refutó en su tiempo reiteradamente, y en el opúsculo Precios, salarios y ganancias demuestra que no es verdad ni siquiera bajo el capitalismo. En este mismo, la clase trabajadora puede, dentro de ciertos límites dados por su lucha política y por la técnica, consumir más sin producir más, y sobretodo trabajando menos. Pero, claro está, no sin mermar la parte del producto social que se apropia el capital, cuyos poseyentes, gobernantes, polizontes, etc., sí que consumen sin relación alguna con el trabajo útil que suministren y a menudo en relación inversa de él.
Sentando nuevamente por escrito el camelo económico consuetudinario de la burguesía, el vigésimosegundo Congreso se limita a programatizar la realidad rusa, ya vieja. El trabajo asalariado y pagado según criterio mercantil, ayer presentado como provisional, se transmuta en ley definitiva, palanca del devenir.
Ni qué decir tiene que si por tales procedimientos se llegase a la sociedad comunista, la mayoría de los países occidentales y el Japón se encontrarían hoy mucho más cerca de ella que Rusia. Por su parte, los Estados Unidos estarían ya abordando el comunismo, puesto que dar alcance a su nivel general es lo que el programa tilda de "bases del comunismo en grande".
Como signo de orientación al comunismo, el Programa no presenta otra cosa que índices de producción, además futuros la mayoría. Rellenar así de cifras la sesera de la gente, los "milagros" alemán, italiano, japonés, no digamos el milagro ruso, lo han convertido en plaga. Pero no se trata sino del economismo lerdo que ha sido siempre la médula espinal de la sociedad de explotación, hoy elevado a la enésima potencia por el reflujo del proletariado y la rivalidad inter-bloques. Ahora bién, lo que ha de distinguir de cualquier otra a una sociedad en marcha hacia el comunismo son los índices de consumo, y ni siquiera ellos sólos, sino como consumo en aumento a partir de los estratos más pobres y tendente a la desaparición de clases. En Rusia la diferenciación de ingresos va desde la indigencia hasta la opulencia ultrajante, y los planes favorecen la contraposición de categorías obreras, instrumento reaccionario por excelencia.
La meta de la supresión de las clases, ideal revolucionario, es una necesidad y una posibilidad inmediata del momento histórico y de la técnica misma. Sin una distribución que rompa la ley del valor a partir de la paga según el trabajo realizado, la humanidad no podrá dar un sólo paso hacia adelante. Crecerá el número de técnicos y hombres de ciencia, pero serán otros tantos chupadores del sudor ajeno; se perfeccionarán los planes de producción, pero para mejor racionar el consumo de la masa rigurosamente separada en categorías, y para dar suelta al despilfarro de la "intelligentzia"; se pondrá en funciones la automación, pero sólo para agrandar el abismo entre instrumentos de trabajo y trabajo humano. En una palabra, no podrá pasarse del desenvolvimiento económico raquítico y de la regimentación de la pretensa sociedad de consumo, alias de abundancia, alias "fluent society" misma por que suspiran en el Kremlin.
Ahora bién, la dolencia de la humanidad reside precisamente en esa enquistación del capitalismo que los dirigistas llaman "fluent society", cuyo secreto es la aplicación premeditada de la ley del valor en todos los planos sociales, inseparable de las fisgas policíacas y los lavativos cerebrales altamente organizados. La "fluent society" no atenúa ciertas contradicciones del capitalismo liberal (la importancia de las crisis cíclicas) mas que para ahincar la contradicción histórica entre éste y la sociedad. Hace un siglo que Marx consideraba el desarrollo económico de Inglaterra asaz amplio para permitir al proletariado emprender la etapa de transición al comunismo, es decir, el período en que la ley económica del valor es quebrada en su base misma, la venta del trabajo humano, y finalmente liquidada. Tán sólo ese tajo revolucionario al mercantilismo consentirá disminuir las horas de trabajo de 50 % o más, asimilar al trabajo útil millones y millones de personas emboscadas de tantísimas maneras en la actualidad, poner en juego la automación a fin de colmar las inagotables exigencias de consumo y cultura adrede extranguladas en la actualidad, acabar en poco tiempo con las clases y el Estado, y también ofrecer a los trabajadores de los países rezagados, sin contrapartida mercantil, cuanto necesitan para alcanzar a los otros.
Para adentrarse en la senda del comunismo hay que derribar en la economía rusa los mismos obstáculos que en la occidental. Precísase que el rublo pierda el "control de la cantidad y la calidad del trabajo", lo que supone como acto previo, arrebatarle el dominio de la sociedad a quienes lo detentan hoy, hombres e instituciones. La revolución de 1917 quiso romper la ley del valor. No pudo o no supo, es cuestión que no toca elucidar aquí. La resaca de esa tentativa que estremeció al mundo, trayendo a flote la escoria de la vieja sociedad, restituyó a aquella su entera función, con una fuerza coactiva y premeditada jamás vista. Mas por tal camino los éxitos económicos, éxitos pírricos desde el punto de vista revolucionario, habrían de abocar en un momento u otro, según su propia cuantía y el ámbito mundial, a un tope a partir del cual reaparecería con nueva rudeza y en sus múltiples indicios, la incompatibilidad original, puesta de relieve en 1917, entre el capitalismo y el devenir colectivo. El rotar dialéctico de la historia es más contumaz y lúcido que los hombres. A estos los doblega a menudo el terror o los desquician situaciones contingentes; aquel carcome por sí sólo terror y contingencias y vuelve a arrojar luz más viva sobre sus verdaderos problemas.
El perído de triunfo de la contrarrevolución rusa y el de su desbordamiento en Europa y Asia, es en el resto del mundo período de derrotas para el proletariado, de reconstrucción y nuevo auge del viejo y maltrecho capitalismo. No se trata de dos procesos diferentes, sino concomitantes, que de contínuo se han auxiliado a la recíproca, hasta parar en la colaboración-rivalidad de un sólo imperialismo con dos capitales. Cuarenta años de derrotas del proletariado jalonan ese resultado, que sella la unidad del capitalismo americano-ruso, para bién y para mal, frente a la futura revolución comunista; y déjese a agiotistas y falsarios hablar de revolución allí donde no hay otra cosa que transferencia o redistribución de dividendos. Nunca se sintieron tan optimistas y seguros de sí los representantes del capital. Quizas sus cerebros electrónicos, interrogados al respecto, les hayan vaticinado luengos lustros de expansión. Pero no será sin reducir cada hombre a mecanismo de servidumbre de los aparatos electrónicos. En cambio, un cerebro humano sin teclas de mando —demasiados las tienen ya— ve diáfano que la economía capitalista ha sobrepasado con creces los límites compatibles con el devenir del individuo, base de la sociedad, los límites indispensables para acometer su organización comunitaria. Ello a tal punto, que está en condiciones de destruir en pocos minutos la totalidad de los habitantes del Planeta sin ser capaz de darles siquiera proteinas y calzoncillos, no digámos libérrimo florecimiento de sus áptitudes. El cénit industrial del capitalismo es esa amenaza de muerte que desde Washington y Moscú amaga la vida noche y día.
Característico de la contrarrevolución stalinista es haber recorrido todo su camino atrás, hasta primer potencia militar, prevaliéndose del comunismo. De ahí se deducen matices importantes en lo inmediato. En occidente, los partidos "comunistas", después de haber contribuido decisivamente a la derrota de la revolución comunista, aparecen en la oposición, siquiera modosamente burguesa, engañan todavía a muchos, y con ayuda de leyes y propaganda de los poderes constituidos aprisionan orgánicamente a las masas. Son grave obstáculo para el renacimiento del proletariado como clase combativa y aún podrían volver a destruir la revolución resurgente. En Rusia y doquier gobiernen esos partidos, su nombre no engaña a nadie. Se mantienen allí sobretodo mediante el terror policíaco, comprendiendo el del ejército. No están pués en condiciones de empujar a una vía muerta cualquier posible movimiento de masas. Eso podrían hacerlo sólo un trotzkismo prevaricador, incapaz de desmantelar todas las instituciones stalinistas, u otra tendencia que a ojos de las masas tampoco esté vinculada con el poder actual. En Rusia y sus territorios, las masas no pueden dejar de chocar frontalmente con el partido pseudo-comunista; será esa su primera acción, como ya se ha visto en Alemania, Polonia y Hungría. En Europa occidental, América y demás países, el choque inicial será contra el poder existente, y enseguida actuarán como fuerza reaccionaria de reserva los secuaces de Moscú, o los de Pekín, tanto da. Pero mientras en occidente y ciertos países de Asia quedan a pesar de todo núcleos revolucionarios que llegado el momento podrán ganar la confianza del proletariado y dar cima a la revolución, en Rusia no existe uno siquiera de esos grupos, por razón de completo exterminio. Fué sinembargo en los presidios y aisladores políticos rusos donde sonaron las primeras voces, hacia 1930, estigmatizando al stalinismo como contrarrevolución ya instalada, no sólo en cierne como creían entonces Trotzky y la mayoría de la Oposición. En esas fuentes hoy cegadas por el lodo de la propaganda oficial deberá buscar hálito inspirador la rebelión de la juventud.
Esos matices subrayan la unidad de la contrarrevolución mundial y de la crísis histórica del capitalismo. Si en el bloque ruso es el terror policíaco y el asesinato de los revolucionarios la principal dificultad para la sublevación del proletariado y lo que prolonga el desenlace, en el bloque americano es la obra anterior del stalinismo, que ha desmoralizado las masas, y su dominio orgánico, que el Estado respalda en la mayoría de los casos, sobre el proletariado. El capitalismo occidental no sobreviviría a la toma del poder, de las armas y de la economía por el proletariado ruso, ni la contrarrevolución stalinista a la revolución en occidente.
Un eslavófilo del siglo XIX predicaba: "Dos Romas han caído, la tercera será Moscú y ya no habrá una cuarta". No sospechaba que la caída de Moscú a manos del proletariado sería andando el tiempo condición para acabar con Roma y expulsar a dios del Arbol de la Ciencia.
Mayo 1964
(1) La primera parte de este trabajo fué publicada en Alarma nº 9, serie primera y bajo el mismo título irá siendo completado a medida que los acontecimientos lo requieran. Antecedentes: Los revolucionarios ante Rusia y el stalinismo mundial, y La antigua China de los Mao Tse-tung, Alarma nº 5 serie 1ª.
(2) A última hora, declaraciones de Chu En-lai indican la posibilidad de un entendimiento con Chiang Kai-chek.
(3) En el informe de Souslof contra Pekín se achaca a Molotof la ejecución de un grupo de "esposas de enemigos del pueblo", o sea de opositores a Stalin. La desfachatez con que esa gente acusa a sus antiguos cómplices de crímenes en los que colaboraron con el entusiasmo de rigor, revela su catadura moral. Se ven en la obligación de salpicarse a si mismos de criminalidad confirmando lo denunciado por los revolucionarios desde hace 30 años. Espléndida demostración del resquebrajamiento gubernamental. Mucho más vendrá.
(4) Las condenas son prorrogables por otro tanto, por decisión policíaca comunicada al reo en vísperas de la fecha en que debiera irse libre.
(5) La idea de tal librta procede, según decir oficial, de tres obreros de la cuenca del Don. El ritual hipócrita del régimen exige que las leyes más antiobreras sean sugeridas por los mismos que las sufren. Es tradición desde los primeros tiempos de Stalin, de igual forma que los acusados han de confesar sus culpas ante los tribunales, especialmente cuando no tienen ninguna.
(6) Esta y las siguientes citas del Programa las tomo de la traducción francesa del órgano central del stalinismo en Francia, l'Humanité, de los dias 31 de julio y 1 de agosto de 1961. El primer subrayado es original, los otros mios.