Alarma, n.º 9, julio 1966 (págs. 12-13). PDF del número completo
Reformas. Reformas. Reformas. La consigna está siendo propagada en grandes carteles murales por el P.S.I. (Partido Socialista Italiano). Son estos los años rojilleros del pretenso reformismo. En realidad todo sigue como siempre. Grandes monopolios dominan sin estorbo el campo económico-político; incluso si las empresas de electricidad han sido absorbidas por el capital de Estado pagándolas su valor entero y haciéndolas así potentísmos holdings financieros. Resultado: la fusión de las dos mayores empresas químico-eléctricas del país, Montecatini-Edison para el control económico e industrial del mercado, acto ocurrido con la bendición del gobierno de centro-izquierda. Así pues, refuerzo de la concentración capitalista, mayor presión política, amplia posibilidad de determinar y condicionar el costo de la mano de obra.
La Italia del centro-izquierda es como la Italia del centro-derecha. Los ministros socialistas y social-demócratas desempeñan su funciones como sus predecesores dichos de derecha, y en la misma medida. Un presidente social-demócrata que ejerce su mandato ni más ni menos que como cualquier presidente democristiano: discursos patrióticos a las fuerzas armadas, celebra las festividades del Estado católico, exalta los valores de la patria y de sus sagrados confines y guerras. En fin, corta las acostumbradas cintas y pone las acostumbradas primeras piedras de la gloria capitalista. Se inclina ante el Papa y besa su anillo. Un presidente de la república ex-marxista (?), un vice primer ministro secretario del Partido socialista, un montón de ministros que se definen como socialistas, y la policía que carga impertérrita, apalea, arresta a los trabajadores que hacen huelga o manifiestan contra el hambrear del capitalismo.
Las huelgas de cada categoría asalariada se suceden de cerca. No tienen cuento: metalúrgicos, textiles, tipógrafos, sanitarios, correos, teléfonos, vigilantes urbanos. Un surtidor de huelgas declaradas de modo irracional, fuerzas desperdiciadas por ser esparciadas. Huelgas de una hora o dos, de un día o dos cuando la presión de los obreros es bastante aguda para forzar los burócratas sindicales a manifestaciones al menos algo más dignas.
Ni una gran manifestación colectiva, ni una gran huelga que bloquee toda actividad productiva y que deje sentir la fuerza del proletariado. Todo es entrecortado y desviado por canales que resuelven las demostraciones, de hecho, en nada. Un millón de metalúrgicos espera de larga fecha que se firmado un contrato. Durante meses, los tratos se interrumpen y luego se reanudan. Centenares de horas de huelgas, trabajadores cargados de deudas por las numerosísimas jornadas perdidas, violentos encuentros con la policía que proteje a los esquiroles, sindicatos que hacen de escudo y apaciguadores entre obreros y policías para evitar conflictos que podrían perjudicar su posición de perros pastores encargados de mantener en calma la grey huelguística, que ya aguanta mal la tutela de una casta de burócratas infiltrada en el tejido obrero, tan sólo deseosa cháchara contractual en torno a la mesa de los patronos. La plaga del sindicalismo ha encontrado terreno ideal en el nuevo curso reformista que definitivamente inspira a todos los partidos cuya base es obrera. Se han convertido en factores clave los burócratas sindicales, con su nuevo lenguaje social-econonómico y escupe-estadísticas que encubre un vacío ideológico espantoso, leguleyos sin diploma, y ahora en muchos casos con él, que interpretan las huelgas tan sólo en términos administrativos. Su sueño sería el referendum del sindicalismo alemán, solución ideal para la castración de la virilidad proletaria. En una sociedad política envilecida bajo el modelo de un parlamentarismo bufonesco, cualquier solución que trascienda la legalidad espanta a una casta formada y templada para la salvaguarda del Estado de derecho.
La oposición oficial, la del P.C.I. (Partido Comunista Italiano) se limita a consignas como: "El P.C.I. por una preparación pronta y solícita de la política de plan", y "Apliquemos la constitución". Con tal de obtener cualquier puestecillo en un gobierno u otro estaría dispuesto a cambiar su propio nombre y a renunciar a seguir diciéndose marxista. Propone el partido único de todas las tendencias que se definen como socialistas. Amendola es el teórico de la gran operación cuyo parto sería un Partido Laborista italiano. La operación debiera realizarse prestamente, a fin de eludir el revés electoral en perspectiva, vista la próxima fusión del P.S.I. y del P.S.D.I. (Partido Social-Demócrata Italiano), como en las recientes elecciones municipales se entrevió.
Considerar seriamente la presencia política de un P.C. en Italia es absurdo. Se le tiene como un elemento corruptor y reaccionario, al par de los verdaderos patronos del Estado que son los grandes grupos monopolísticos: Fiat, Edison, Montecatini. De esa potencia financiera industrial es de donde ha salido el Centro-izquierda y la que ha elevado al P.S.I. a partido de gobierno. La Fiat sobretodo, gran potencia industrial, es la que ha sabido imponer un poder ejecutivo a ella conveniente. Se trata de una larga operación concretizada en los años del BOOM económico. Comenzó en la postguerra y en la persecución sistemática de todos los mejores elementos obreros arrojados fuera de las cancelas de su imperio industrial. La Fiat se ha creado su sindicato privado, ha sabido inflar la expansión industrial y a través del océano de letras de cambio y el curso frenético a la motorización ha acumulado un giro enorme de capitales que alcanzan a todos los pliegues de una economía en crisis constante. En el país en que la renta por cabeza de habitante es apenas superior a la de España y Grecia, el automóvil ha invadido la calle. Firmando un contrato con la Fiat, quienquiera puede, en 30 meses, tener su automóvil. El boom ha terminado ya, la carrera del Sur a Eldorado del Norte ha cesado, notándose un reflujo en el sentido opuesto. Los parados van en aumento. Muchas industrias cierran o recapitulan su número de obreros; pero la Fiat ha vencido. Con la oleada de la motorización por ella impuesta ha levantado el telón de hierro, obra de muchos millares de millones, milagro italiano del automóvil. Va a construir una fábrica de automóviles en Rusia, y en sus plantas se trabajo a tiempo completo y no se hace huelga. Ministros, viceministros y técnicos rusos de visita en las fábricas Fiat de Torino, declararon que el patrono era un gran hombre y así se lo dijeron a los proletarios de Torino. A ese mismo proletariado que 20 años atrás quería fusilarlo, y que en 1919 ocupó la fábrica, izó la bandera roja y cantó un himno revolucionario. El P.C.I. bendice.
Pero la lucha de clases no la acaban los acuerdos entre Rusia y la Fiat, e incluso los enjuagues de fusión entre contrarrevolucionarios serán más árduos en tales condiciones.
La clase existe y crece en la medida en que crece la concentración capitalista. Conserva íntegra su carga revolucionaria. Falta el instrumento para que el proletariado se concretice como clase, para guiarlo. Esto lo veremos en otra misiva.
Luca