Alarma, n.º 9, julio 1966 (págs. 1-2). PDF del número completo
Desde finales de año, acontecimientos secretos en parte y del dominio público otros han venido a ilustrar la importancia creciente del envite sindical para cuantas tendencias no contraponen directamente al franquismo la revolución proletaria como solución única. Y ha correspondido a hombres de la C.N.T. protagonizar una de las escaramuzas más turbias de la lucha por la futura hegemonía sindical. Miembros de su Comité Nacional establecieron un acuerdo con los sindicatos falangistas y lo hicieron aprobar por un Pleno celebrado en Madrid con el consentimiento evidente de las autoridades. Todas las delegaciones regionales asintieron a lo hecho, excepto la de Asturias, que sin llegar a oponerse se abstuvo de votar.
Antes que nada, digamos que la representatividad de dichos Comité y Pleno es más que dudosa, debido a la forma misma en que son designados desde que la dictadura existe. Y en segundo lugar, declaremos que nuestra oposición a cualquier sindicalismo en la hora actual no nos impide reconocer que sería injusto arrojar sobre toda la militancia confederal el baldón de los tratos con Solís y sus círculos de altos burócratas sindicales amenazados de paro por la agonía del régimen. La ignominia de ese compromiso con los torsionarios gobernantes recae exclusivamente sobre quienes lo han contraído y aprobado. Añadamos que la C.N.T. en el exilio mantiene una posición equívoca, si bien formalmente desaprobatoria, mientras que dentro de España, por el contrario, algunas regionales de la C.N.T. que se dicen más representativas que las reunidas en Madrid, han reaccionado contra éstas, acusándolas de capitulación. De todas maneras, por la fuerza de las condiciones policíacas la mayoría de los cenetistas militantes del interior no pueden haber tenido arte ni parte en el asunto.
Hechas esas preciones, preguntemos: ¿Cómo es posible que antiguos militantes anarcosindicalistas se hayan prestado a hacer el juego puerco de los estamentos sindicales falangistas y precisamente en sus horas postreras? Tratarlos de simples trepadores vendidos es insatisfactorio, por cuanto algunos de ellos hubieran podido evitarse persecuciones y "darse la gran vida" poniéndose al servicio de los sindicatos verticales tiempo atrás, y porque de todas maneras no les faltarían puestos de buen vivir en cualquier futura central post-franquista. No, la motivación principal, no es esa, sino de índole política, que implica la moral personal, estando ambas, a su vez, determinadas por un factor más general: la pobreza de las nociones históricas, filosóficas y económicas del anarcosindicalismo, que tantas veces ha desquiciado a sus partidarios en momentos cruciales. De ese fon- do tan vasto como inconsciente surge lo que a los protagonistas del acuerdo se les aparece como factores concretos determinantes: por una parte la posición actual de la C.N.T. y de la U.G.T. en la Alianza Sindical o separadamente, por otra parte, la presencia del stalinismo en el alboroto por el futuro dominio sindical.
Es el caso que a pesar del título que se otorgan —o gracias a él— de centrales obreras históricas, C.N.T. y U.G.T. tienen por norte para "después de Franco" socolor de modernización del país, el dirigismo económico implantado hoy en toda Europa, que es inseparable de sindicatos sujetos al Estado en cuanto es decisivo para la acumulación ampliada del capital. En tal caso, el propio derecho de huelga se convierte en prerrogativa de los sindicatos, mientras los obreros como grupo en cualquier fábrica y como clase en escala nacional e internacional pierden ese derecho e incluso el de libre representación. En nuestro continente desde los Urales hasta Irlanda se ve eso todos los días; y mucho más allá, hasta en el Japón pasando por los Estados Unidos. La realidad es que las únicas huelgas que merezcan llamarse tales son saboteadas y combatidas por los sindicatos. Y bien dígase lo que se quiera, esa perspectiva moderna no es radicalmente distinta de la trazada por los cenetistas en conchabanza con Solís. Ven ellos, por añadidura, que la fuerza efectiva de la C.N.T. y la U.G.T. entre la juventud y en las fábricas es demasiado limitada para ofrecer garantías de futuro control sindical de las masas, que es de lo que se trata. Metiéndose en los sindicatos falangistas por la puerta grande, creen —segundo cálculo, pero no el menos importante— ganarle por la mano al stalinismo, que se cuela por todos los intersticios del régimen, falangistas, eclesiásticos, patronales y otros menos honrosos aún.
Dicho en su forma más desnuda, las rivalidades inter-imperialistas mundiales han estado muy presentes en el enjuague de Madrid. No en balde, una de las justificaciones de mayor peso ofrecidas por los en él implicados es la necesidad de cortar el paso el partido de Moscú, cuyo dominio sindical correría el riesgo de empujar el país de su órbita actual a la órbita rusa. De ahí también que C.N.T. y U.G.T. del exilio hayan sido invitadas a sumarse al acuerdo.
Pero incluso desde ese punto de vista enteramente ajeno al proletariado, los cenetistas implicados cometen una enorme estupidez, porque su ignominia podrá ser explotada a fondo por el stalinismo, y también porque, de todas maneras, los sindicatos falangistas desaparecerán con el régimen si no antes. A lo único que puede aspirar parte de su burocracia es, al contrario de lo que quisiera el acuerdo de Madrid, a incorporarse en los futuros sindicatos poniéndose al servicio de quienes los controlen. Y en ese juego de tramposos el más ducho es el stalinismo; peor, es también, sin comparación posible, el que más ofrece a cualquier clase de tránsfugas. A él están arrimados desde hace tiempo numerosos falangistas e hijos de papá en ansias tecnocráticas. Otra parte de falangistas en desbande forma lo que se titula sindicatos católicos.
En fin de cuentas, el insólito episodio es otra de las innumerables manifestaciones de la agonía del régimen, que se prolonga debido a que ninguna de las organizaciones que disponen de muchos recursos materiales pone en juego una política revolucionaria. Tiene, al menos, la virtud de evidenciar sin equívoco posible la importancia que para el capitalismo español, ya casi post-franquista, tiene el dominio de los sindicatos futuros. Desde ahora son llamados "libres", pero, domínelos quien los dominare, no lo serán, porque eso es cosa imposible en la etapa actual de degeneración capitalista, que el equilibrio del terror circunscribe.
Lo que le importa a la clase trabajadora, no es estar sindicalmente encajonada por estos o por aquellos, sino disponer de plena libertad para organizar sus luchas inmediatas y su lucha decisiva, sin supervesión de organización alguna, sindical o lo que fuere. El derecho de huelga, el de libre asamblea, el de libre representación en cada instante, son condiciones indespensables no sólo para ganar huelgas reivindicativas, sino para organizar la supresión del capitalismo y del trabajo asalariado. Los postulantes sindicales no tienen otra mira que dejar al capital intacto, vendiéndole ellos la mano de obra explotada. La maniobra no podrá ser burlada sino orientándose el proletariado a la toma del poder político, para lo cual es aún más indispensable su libérrima organización.