Alarma, n.º 9, julio 1966 (pág. 16). PDF del número completo

En la comarca de Palomares, el pueblo al que mejor valiera seguir siendo desconocido en el mundo, la explosión de dos detonadores de bombas termonucleares, al producirse el choque entre los aviones militares americanos, difluyó plutonio 239 y uranio 235. Nadie ignora la tremenda nocividad de las radiaciones producidas por el segundo de esos elementos, pero no muchas personas saben que el plutonio 239 es 30.000 veces más nocivo y que su radiactividad dura unos venticinco milenios. Es la verdad oficial, reconocida a principios de marzo, cuando todavía yacía en el fondo del mar la cuarta de las bombas perdidas, por el portavoz del State Department, Robert MacCloskey. La verdad monda podría ser mucho peor. El mismo individuo aseguraba que la población no corría peligro alguno, cuando eso no pueden saberlo con certeza siquiera los expertos, pues a pesar de la remoción de seis mil toneladas de tierra irradiada es imposible que no queden en el suelo miriadas de partículas de plutonio y uranio en actividad. En vano el ministro español de información y el embajador de Estados Unidos quisieron corroborar la inocuidad de Palomares y su zona exhibiéndose en la playa. El peligro reside en la exposición contínua, o siquiera prolongada a las radiaciones, no en la dosis insignificante que de ellas puedan recibir dos bañistas en acto de servicio.

No por tratarse de un accidente el choque de Palomares es menos criminal; al contrario, nos pone ante una crimilidad de orden supremo, en la cual incurren minuto a minuto todos los gobiernos de los dos bloques militares que mantienen el equilibrio del terror y entre los cuales el de Franco es peón de ínfima categoría. En nuestras latitudes, la personificación de esa criminalidad es el gobierno de Washington, y contra él y su inconmensurable dispositivo bélico debe enderezarse nuestra lucha. Pero no nos dejaremos sorprender por la indignación interesada de quienes silencian la criminalidad paralela del otro bloque, ni caeremos en el cepo de reclamar la prohibición de las armas nucleares. Lo que nosotros reclamamos es la destrucción, por los trabajadores de cada país, de todas las armas, atómicas y clásicas, la supresión de las industrias de guerra, la disolución de los ejércitos. Y al proletariado español sólo podemos recomendarle prepararse a poner por obra todo eso, incluso en las bases americanas. Lo hemos declarado hace tiempo: la revolución triunfante en España no debe devolver a Estados Unidos sino la chatarra de sus aviones y submarinos. Será la mejor manera de incitar los trabajadores del otro bloque a hacer otra tanto con los amamentos de su bordo.