Alarma, n.º 9, julio 1966 (pág. 15). PDF del número completo
Característica de casi todos los paros actuales es el espíritu de solidaridad que reina en favor de los represaliados por los patronos o la policía, y también de las categorías de obreros peor pagadas. Las últimas huelgas en Barcelona y en la región bilbaína empezaron o se prolongaron exigiendo la reintegración de los despedidos. En la empresa Wabcox Willcox, una comisión obrera pidió que las primas de producción fuesen distribuidas igualitariamente entre todos los trabajadores. Como la empresa despidiera del trabajo a algunos obreros y suspendiera provisionalmente a otros, dos mil de sus camaradas hicieron la huelga de brazos caídos, mientras los despedidos y suspendidos se introducían subrepticiamente a la fábrica y ocupaban sus puestos de trabajo. Casos semejantes se han presentado en Madrid, Asturias y Cataluña, y hace más de un año también entre los trabajadores agrícolas de Andalucía. No dejarán de volver a producirse en todo el país.
Vemos ahí dos problemas reivindicativos y uno orgánico en los cuales se orientan los obreros con un tino que consiente esperar luchas muy amplias en el mismo sentido. Las primas por cualquier concepto que sean son un cebo para forzar la productividad, mermar el consumo relativo del proletariado como clase, aumentar beneficios, abreviar la amortización e invertir capitales más fuertes. Reclamando su distribución equitativa u oponiéndose a su introducción, cosa ocurrida en otros casos, el proletariado tiende a la supresión de esa forma de paga incorporándola al salario fijo. Es esta la reivindicación defensiva más inmediata, cuya obtención representará un aumento efectivo absoluto y no relativo del salario, por disminución del tiempo y de la intensidad de trabajo, cosa esta importantísima para organizar luchas de gran alcance. Además, quitará un motivo importante de la competencia entre obreros, tan ventajosa para sus enemigos. Pero en esa lucha ya comenzada instintivamente, los trabajadores van a hacer descubrimientos sorprendentes. Además de la resistencia esperada del capitalismo, tendrán que vencer la oposición de casi todos los que solicitan su confianza para fundar los sindicatos dichos libres, que ofrecerán a los obreros "para mejorar su nivel de vida" más primas y más destajos.
La manera como los obreros bilbainos han procurado reintegrar al trabajo los sancionados y despedidos sugiere todo un programa revolucionario. Es indispensable, en efecto, acabar con el despotismo del capital, que sanciona o despide a su antojo. Pero hay que ir más allá. Mientras el proletariado no niegue al capital el derecho de despedir y emplear, aún sometiéndose a ciertas reglas o en collaboración con los sindicatos a la manera de Europa occidental, seguirá estando indefenso ante las exigencias de la acumulación ampliada presentadas como interés general, por encima de las clases. En realidad los instrumentos de producción, cualesquiera sean, constiuyen patrimonio de la sociedad que sólo un derecho ya retrógrado mantiene como propiedad privada ó estatal, sobre cuya base la dependencia de los trabajadores aumentará con la concentración capitalista. En consecuencia, lo que el problema de la reintegración de los despedidos plantea es en el fondo el de la gestión completa de la economía. Hay que llevar esa idea a los trabajadores, hay que reivindicarla desde ahora y sin tapujos.
En fin, las comisiones que los trabajadores se han ingeniado en crear aquí y allí, podrían transformarse en una forma muy adecuada de organización. Pero con tres requisitos: ser formalmente designadas y revocadas por elección libre de todos los interesados, que sus comitentes aprueben o desaprueben mediante debate en asamblea general los tratos para que fueren designadas, y no abdicar sus funciones en el sindicato u organismo cualquiera, actual o futuro. Es de temer, por el contrario, que algunas de dichas comisiones sean ya, veladamente, embriones de otros sindicatos preparadores de un post-franquismo no revolucionario. Con una cuarta condición: inspirarse en la necesidad de acabar con capital privado y estatal, las comisiones se transformarían en órganos potenciales del poder político proletario, en expresión social de la revolución comunista.