Alarma, n.º 16, enero 1971 (págs. 1-3). PDF del número completo

E F E C T O Y R E T O R S I O N

En la España dictatorial no puede producirse huelga o movimiento de protesta sin tomar un viso político más o menos acusado. Por el hecho de su prohibición, cualquiera de ellos se convierte en una agresión al gobierno, quiéranlo o no sus participantes. Ha habido si, algunas manifestaciones y huelgas intencionalmente políticas, pero eran locales y diseminadas en el tiempo. Por primera vez, el consejo sumarísimo de guerra contra los nacionalistas vascos, y sobretodo la petición de seis penas de muerte, ha suscitado una protesta política abierta y simultánea en buen número de ciudades, a más de paros huelguísticos. La ocasión era importante y propicia, pero se cometería error viendo en ella el motivo exclusivo, o siquiera principal de las manifestaciones, protestas, huelgas y choques con la policía. Se situan éstas en una proceso de reactivación política lento y discontinuo, pero con tendencia a extenderse y enardecerse, proceso que arranca, no de este o aquel atropello o problema, sino de las profundidades de la sociedad en fermentación. Las luchas de hoy están directamente enlazadas con las de ayer y a su vez generarán mañana otras de envergadura mayor. El motivo inmediato que origina cada una de ellas irá difuminándose a medida que adelante el conjunto de la lucha y vaya resaltando con mayor claridad la causa única de la zozobra social: la necesidad de poner fin al sistema capitalista, no tan sólo al régimen de Franco.

La imperiosa obligación de atacar en todo momento la sucia justicia franquista, la valentía de los procesados ante el tribunal militar, la importancia de salvar la vida de los seis amenazados, el propio efecto de polarización política y de acometividad que el proceso tuvo, no deben ser abonados en cuenta de la ETA y menos aplacar la crítica revolucionaria del nacionalismo vasco, o de los procesados mismos. Es lo que haremos aquí.

Reivindicar un nacionalismo cualquiera es renunciar, quiérase que no, a la lucha revolucionaria, que es fundamentalmente proletaria y siempre anacional, aunque se quede circunscrita dentro de las fronteras impuestas por el capitalismo. "La revolución es el arco iris" --hemos dicho en Alarma--; no conoce blanco ni negro, y menos pardas tonalidades nacionalistas. Por eso la ETA no conseguirá ser otra cosa, por mucho que alce el grito, rapte o haga explotar, que una organización capitalista impregnada de los prejuicios patrióticos y añagazas creados por la alienación. En su seno, los automotejados marxistas-leninistas --en bagazo pro-chinos-- representan la inclinación al capitalismo estatal, siempre conjugada con un anti-imperialismo falso, porque favorable a otro imperialismo.

Corrobora lo dicho la interviú de uno de los dirigentes nacionalistas publicada en Le Monde el 16-12-70:

"Nosotros no entraremos en un frente anti-franquista simplemente porque no somos anti-franquistas: somos anti-españoles, estamos contra la colonización por España, cualquiera sea su gobierno (...) El único frente que queremos constituir es un frente vasco (...) los burgueses comprendidos. Lo que cuenta para nosotros no es derrocar tal o cual régimen, sino formar un Estado vasco con fuerzas vascas (...) los vascos, quienesquiera sean, tienen prioridad absoluta en nuestra estrategia".

Con mente tan obtusa y reaccionaria, no es de extrañar que los lugares predilectos de reunión y depósito de la ETA sean las sacristías, los obispados y los propios locales docentes del "imperialismo madrileño" en Vasconia. No nos extrañaría que el cónsul alemán raptado hubiese sido puesto en lugar divino, pero, eso sí, muy vasco. En todo caso, puede tenerse por seguro que el Papa no es ajeno a su liberación.

Por su parte, los principales acusados de Burgos declaráronse "soldados de Euzcadi", es decir, de una nación contra otra nación, lo propio de cualquier guerra imperialista. Alguno habló de "pueblo español"; ninguno del proletariado como clase, cuya causa en país vasco, español o turco es una y la misma, en irreconciliable oposición a todas las patrias. Allí donde había que poner explotados contra capitalismo, ellos pusieron patria contra patria. La frontera entre patriotas la marcaba en Burgos el estrado. Confiemos, sinembargo, en que eso sea para algunos de los procesados accidente malaventurado. Muchísimos hombres de la España actual, carentes de información, caen en organizaciones que desvían su dinamismo y deforman sus aspiraciones potencialmente revolucionarias. Lo peor es que no se puede permanencer en ellas mucho tiempo sin quedar contrahecho.

Las manifestaciones contra el gobierno adquirieron una virulencia nueva. La gente hacía frente a la policía, apedreándola. Hubo heridos y muertos no sólo en el país vasco. En algunos sitios empezaron a levantarse barricadas. La mayoría abrumadora de los manifestantes, fueren obreros, estudiantes o intelectuales, nada tienen en común con la ETA ni con su nacionalismo trasnochado. Hacían cara a la represión militaro-policíaca del régimen. La ETA retuerce la verdad abonando a su cuenta esas luchas. La verdad entera --digámosela-- es que al principio de una gran tormenta social, quienes aparecen como causa directa de los primeros estremecimientos pertenecen todavía, por ideas y por intereses, al mundo llamado a desaparecer. Recuérdese el papel artificial desempeñado por Alcalá Zamora y Maura poco antes y después de la caída de la monarquía.

Precisamente por ser la ETA una organización que merece el respeto de mucha "gente de orden", encontró internacionalmente concursos poderosísimos. Pidieron clemencia para ella los dos colosos imperialistas, el Papa, coloso de la superstición, casi todos los gobiernos occidentales. En ninguna ocasión anterior, prensa, radio y televisión oficiales describieron tan veraz e insistentemente lo que son la represión y la justicia franquistas. Incluso los órganos más reaccionarios descubrían de súbito la "barbarie" de una justicia que durante 35 años ha causado millones de víctimas sin que ellos se escandalizasen. El olor a incienso desató lenguas de costumbre lisonjeras para Franco.

El sobresalto de la vieja reacción fascista, monárquica, clerical, adquirió caractéres de pánico. Percibieron en barrunto el desquite de "los rojos", de los vencidos que ellos siguen tratando por ley de guerra. Periódicos como YA y ABC, que figuran entre los moderados, estallaron furibundos pidiendo sangre, igual que los militares y falangistas de las contra-manifestaciones. Ver en esa sed de represión y sangre un simple efecto de rivalidad entre militares y falangistas, de un lado, y el Opus Dei del otro, es una manera de tranquilarse engañándose a sí mismo. Cierto, esa rivalidad existe y desempeñó un papel en la ocasión, agudizándola de paso, pero debemos tener siempre presente que el dilema histórico que va emergiendo otra vez del abismo en que lo sumió el terrorismo del régimen es: revolución socialista o continuidad del capitalismo en cualquiera de sus formas, occidental u oriental. Es la reaparición de tal dilema, que los gobernantes creían suprimido por virtud de su bestial represión, lo que, asustándolos, los divide, aunque el hecho se produzca al azar de intereses satisfechos o envidiosos de las diferentes camarillas. Ha sido el ejército, al que tanto zalamea y promete Santiago Carrillo, cien veces designado por Franco como guardian de sus instituciones, el que más pronta y estridentemente reaccionó contra las manifestaciones anti-gubernamentales. Su asonada de la plaza de Oriente, a destiempo de lo que este momento conviene a la mayoría del capitalismo español y su Caudillo, le han valido reprimendas en voz baja, algunas censuras públicas, y la destitución del capitán general de Granada. Las rencillas harán presa entre los altos mandos. Pero la advertencia queda hecha y los primeros en comprenderla deben ser los revolucionarios: el proceso de lucha apenas iniciado no podrá continuar hasta su vértice sin paralizar en un momento u otro al ejército y disolverlo.

Por ahora, todos los estratos dirigentes están en fase de división. La iglesia, Falange y sus sindicatos, el ejército y la burguesía propiamente dicha. Y la mejor manera de agrandar esa división es ampliar las luchas obreras y radicalizarlas en lo económico y en lo político, dándoles al mismo paso simultaneidad. Es la medrosidad y el carácter reaccionario de los partidos más conocidos de la clandestinidad lo que obstruye el desenvolvimiento revolucionario. Por eso van a ciegas y lentamente, desorientados, no sólo los trabajadores, sino también los estudiantes, los intelectuales, cuantos se declaran enemigos del sistema de explotación.

Cada acontecimiento exige con mayor premura la extensión de un partido revolucionario basado en la riquísima experiencia española y mundial cual se encuentra sintetizada en nuestro Pro SEGUNDO MANIFIESTO COMUNISTA. "Sin teoría revolucionaria no hay movimiento revolucionario triunfante".

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