Alarma, n.º 20, 1.er trimestre 1972 (pág. 3). PDF del número completo
Como es sabido y tantos católicos fingen ignorar, Franco fué semi-canonizado en vida por el antepenúltimo santón del Vaticano nombrándolo Caballero de Cristo. Nombramiento bien merecido, habida cuenta del papel nefasto y a menudo criminal del cristianismo en la historia humana y precisamente en la de España durante los últimos 40 años.
Quizás no transcurran ya muchos años —indicios hay de ello— antes de que la revolución victoriosa esté en condiciones de investigar con precisión el número de personas asesinadas fuera y dentro de la legalidad existente, en pleno apareamiento cristiano-falangista, la cantidad de encarcelamientos desde 1936 y de años de condenas fallados por los tribunales. Ascenderán los primeros a más de un millón y a varios millones de años las segundas. Pero nunca podrán contarse, desgraciadamente, los sufrimientos que esa incesante represión ha causado, en lo físico y en lo moral, a los familiares de encarcelados y asesinados. La textura psíquica del régimen aparecerá entonces en toda su sangrienta realidad.
Barruntándose ya su caída, el régimen recrudece y extiende su represión, se hace aún más policíaco y "chivateril". Pero ve, asombrado y tembloroso, que la represión produce ahora escaso efecto, cuando no contrario al esperado. Los trabajadores y la población en general, lejos de amedrentarse y permanecer pasivos, actúan contra él o se le insolentan en número creciente. Entonces, tiene que echar mano a recursos terroristas extralegales, lo que ya es decir, vista la calculada ferocidad terrorista de dicha legalidad.
El Caballero de Cristo y la continuidad de sus instituciones despóticas se ven entonces defendidos por los Guerrilleros de Cristo, cuyas bestiales hazañas empiezan a ser conocidas: anónimos con amenazas graves a los opositores conocidos, agresión en banda, con armas contundentes y cortantes, a grupos de opositores manifestantes, de huelguistas, a reuniones meramente culturales por los mismos organizadas. De las amenazas pasan esos persignados émulos de Mao Tse-tun a vías de hecho. Actuando con nocturnidad, han secuestrado a personas activas contra el régimen, apaleándolas hasta dejarlas desmayadas, en algunos casos con rotura deliberada de brazos y piernas o con otras fracturas. La policía, quién puede dudarlo, no sabe nada ni ha conseguido detener a ningún culpable. La prensa pone punto en boca. Las altas jerarquías cristianas, rezan para hacernos perdonar nuestros pecados, pero mirando de reojo a la salvación del franquismo.
¿De dónde pueden salir esos energúmenos sino de la policía mismo o de los medios falangistas y cristianos? ¿Y cómo pueden actuar repetidamente sin complicidades altas indirectas o directas en el gobierno, gobierno del Opus Dei, no se olvide? La respuesta se la dará cada lector y quienquiera se formule la pregunta.
Mas eso también se revelará ineficaz para hacer retroceder un proceso de rebelión que en la etapa actual no puede no ir generalizándose y haciéndose cada vez más fuerte y decidido, pese a la desorientación política reinante. Por lenta que sea, la recuperación social frente a la dictadura no cejará ya hasta la caída de la misma. Los energúmenos cristeros, los de la propia represión "legal", no conseguirán sino satisfacer sus instintos vesánicos, de tarados mentales, torturando a algunos hombres. El recurso se mostrará pronto contraproducente.
No obstante, es indispensable denunciar por escrito cada acto de los Guerrilleros de Cristo, indicar los nombres de sus víctimas, señalarlos al desprecio y a la vindicta pública, en conjunto e identificados por nombre y domicilio si es posible. Hay que atacarlos físicamente, y en los barrios donde viven hay que informar a sus vecinos de lo que son y lo que hacen.
La contienda contra el régimen la llevan de antemano ganada las masas trabajadoras, pero las tensiones y los intereses acumulados por tantos años de despotismo son muy grandes. Sólo la explosión de las primeras forzará el retroceso de los segundos.