Alarma, n.º 2, tercera serie, agosto 1977 (pág. 9). PDF del número completo

(Fragmento de nuestras previsiones en Alarma, de Octubre de 1970)

El señorito Juan Carlos, hijo de su papá, el príncipe sano Juan de Borbón, sigue ascendiendo en el escalafón político, siempre agarrado a los faldones de Franco. El sujeto de los centenares de miles de asesinatos, de los tribunales militares permanentes, de los millones de años de condenas, el de los grandes latrocinios financieros, inculca su oficio al señorito real. Con él espera entronizar dinastía nueva, borbónica por la herencia genética, franco-bahamóndica por la legislación criminal y la herencia sádica del régimen. La usurpación dignificada por la legitimidad; el desafuero elevado a Derecho; el advenedizo haciendo rey que encubra sus atrocidades, cargue con ellas y las continua. Tal es en efecto, el compromiso adquirido por el señorito real.

En realidad, legitimidad y usurpación son intercambiables. Están hechas la una para la otra, lo mismo para entenderse cuando se trata de meter en cintura a la clase trabajadora, que para hacerles jugarretas una vez tranquilas en ese aspecto. Hace 34 años, el papa corrió a las trincheras fascistas en uniforme de Falange. El mismo impulso e idénticos intereses llevan hoy al hijo a hacerse cargo del monstruoso legado de Franco. Hace 34 años la revolución dominaba en casi todo el territorio español, hoy, y pese a tantísima represión, la revolución reaparece en el horizonte como tormenta que ronda. Y el sanguinario "caballero de Cristo", a imitación de otros reaccionarios de viejo y de nuevo cuño, cree que una legislación terrorista como la suya es el antídoto infalible. De ahí que la legitimidad dinástica y la criminalidad del régimen se ayunten en el mismo designio.

¿Van a lograrlo?. De antemano puede asegurarse que no. Los propios intereses guarecidos tras el franquismo, el capital, la iglesia, el ejército, más sus esbirros policíacos, se verán en la necesidad, llegado el momento, de desprenderse del régimen, y hasta el principillo sucesor renegará de su apoyo con tal de contemplarse la testa coronada.

Las contradicciones acumuladas por una continuación del capitalismo indebida desde el decenio 30 acá, no dejarán de manifestar su explosividad. La caida del régimen (no solo la de Franco, o su desaparición, sino la de sus procedimientos tiránicos jurídicos y extra-jurídicos) está inscrita dentro de lo que una lucha obrera indiferenciada puede alcanzar, sin que ningún problema esencial quede resuelto, ningún peligro para el porvenir eliminado. Porque los problemas del país los causa y renueva sin cesar el sistema capitalista, del cual la tiranía franquista ha sido efecto e instrumento a la vez. Y mientras el sistema viva persistirán, agravados, aquellos problemas, además de la amenaza de otra dictadura.

De preparar dicha solución mediante organización nueva es de lo que deben preocuparse principalmente los revolucionarios. Ahora bien, para tal empeño no sirve ninguna de las antiguas del Frente Popular. La más conocida de todas, la organización stalinista, está tramando de antiguo, con toda suerte de burgueses y reaccionarios, un post-franquismo anti-obrero. Haciendo méritos de futuro ministro (de la policía), su secretario general, Carrillo, declara: "Nadie piensa en España hacer una revolución comunista, y menos que nadie el Partido Comunista".

De lo que el proletariado tiene imprescindible y urgente necesidad es precisamente de la revolución comunista, para la cual es menester una lucha revolucionaria muy diferenciada frente al capitalismo de hoy, y de cualquier otra forma que quiera dársele mañana. Si tampoco esta vez consiguiera el proletariado realizar su revolución, puede asegurarse sin riesgo a mucho error, que será sometido a un régimen como el de Italia o como el de Polonia. En Italia, la iglesia saca avante los negocios de la explotación auxiliada por el Partido stalinista y por el "Socialista"; en Polonia, a la inversa, la explotación es regida por el partido stalinista secundado por la Iglesia.