Alarma, n.º 4, primavera 1978 (págs. 1-2). PDF del número completo
Nadie ignora que los tres principales partidos stalinistas de Europa occidental se beben los vientos más hediondos por colarse a los ministerios de sus respectivos países. Varios decenios de ostracismo, aunque jugosos por muchos conceptos contantes y sonantes, son demasiado largos para no impacientar a los ministeriables. A ese escozor de por sí acuciante, agréganse otras causas que les hacen bailar ante las narices las poltronas gubernamentales, las unas originarias de su propia esfera política mundialmente considerada, las otras de la esfera occidental misma.
La deterioración interna del poder contrarrevolucionario en Rusia y sucursales está haciendo cada vez menos rentable y más arriesgada la dependencia absoluta de él, que ha sido la constante única de sus partidos exteriores. Para éstos, ha venido a ser precaución útil tomar distancia, no respecto de la contrarrevolución, que siguen fingiendo ignorar, sino respecto de un Kremlin desacreditado y cuyos moradores en el inmediato mañana no se sabe si serán más gorilescos aún o de jesuítica “faz humana”. La incertidumbre sobre el futuro provoca, no sólo numerosas deserciones individuales, sino también, en los partidos, una reserva crítica de naturaleza tan stalinista como lo fué, años atrás, la denuncia del mismísimo Stalin por sus allegados.
Al mismo tiempo, en el mundo occidental los partidos que han ocupado el poder están gastados, desprestigiados, corrompidos hasta la médula, mientras el descontento y la irritación cunden entre los gobernados, amagando transformarse aquí o allí en acción revolucionaria. Y empuja poderosamente en igual sentido la crisis del capitalismo mundial —Rusia comprendida— crisis insoslayable, que irá agravándose en todos los casos, incluso con un nuevo auge económico. Se trata, en efecto, de la crisis del sistema de civilización, no engendrada por las cifras industriales buenas, malas o pésimas, sino por el sistema de producción y de distribución basado en la incompatibilidad capital-salariato.
Y se da en apariencia una paradoja: mientras los partidos stalinistas gobernantes, a comenzar por el ruso, representan en sus respectivos países la extrema derecha reaccionaria, en Occidente sientan plaza de izquierda obrera. Es totalmente falsa, mas por ello mismo posible dispensadora del poder. Con una condición, no obstante, que el capitalismo nacional y su potencia tutelar, o sea Estados Unidos, asientan o dejen hacer. De ahí el charlatanismo democrático, pluralista, nacional, no stalinista y otros señuelos, de los partidos español, italiano y francés, los más contiguos a los ansiados ministerios. Se precaven así de lo que pueda ocurrir en Rusia y semicolonias, y simultáneamente hacen zalemas tranquilizadoras al imperialismo yankee. Por lo claro están diciéndole: “Si llegamos al poder no seremos, como hasta ahora, partidos vasallos de Moscú”. No otra cosa significa, en su jerga mendaz, “abandono del internacionalismo”.
Halagado, pero muy lejos de tenerlas todas consigo, Washington se acantona en su tradicional pragmatismo: “wait and see” (esperar a ver). Ahora bien, para ver con certidumbre es indispensable la experiencia previa, y el tiempo no se estira a gusto del Departamento de Estado. Este mismo año o el venidero podrían verse señores ministros “eurocomunistas” en Roma, París y Madrid, si no en Lisboa también. Ante esa posibilidad inminente en Italia, aquél ha manifestado su disgusto en la declaración que todo el mundo conoce. Nótese de pasada que, según Berlingüer, la declaración ha sido hecha a demanda del Vaticano, no por iniciativa de Carter. Poco importa. Ateniéndose a la interpretación de la misma por Carrillo (Mundo Obrero del 19 de enero), lo que el imperialismo americano cree y teme, no es que el “eurocomunismo” siga estando al servicio del Kremlin, sino la posibilidad de que su designio pluralista y socialista repercuta en la crisis de la sociedad capitalista americana.
La imperturbable desfachatez con que la verdad es vuelta del revés por esos euro-tales, deja al desnudo su profundo, indefectible, stalinismo. ¿Proyecto socialista?. Cuando nuestro proletariado aniquiló la economía burguesa, en 1936, y en todos los dominios ponía en práctica la revolución social, Carrillo personalmente y todos los alquilones de su partido tildaron de robo la expropiación de los capitalitas, y de obra de agentes fascistas la revolución. Fueron más allá: destruyeron la revolución en marcha mediante una represión paralela a la de Franco. En Washington saben a qué atenerse. Sin hablar mas que de los recientes proyectos a la Carrillo, el órgano de la más poderosa finanza mundial, “Wall Street Jurnal”, ha comentado el Programa Común francés considerándolo mejor que el programa del gobierno Barre para restablecer la buena marcha del capitalismo. La propia nacionalización parcial o total de la economía tampoco asusta a Washington... salvo en la medida en que fuese puesta a girar en torno al rublo, abandonando el dólar. Lo mismo, pero al revés, es decir, que la economía occidental siguiese girando en torno al dólar, es lo único que el Kremlin recela en los proyectos del pretenso eurocomunismo.
Cualquier atajo lleva a la OTAN, la organización militar defensora de la zona americana. Tampoco ignora el liderazo español las diversas declaraciones de altos jerarcas civiles y militares sobre el problema que les crearían ministros de su bordo en países de la OTAN. Esta y su Estado Mayor han consagrado al asunto sesiones especiales. Su temor es que una vez en los ministerios sirvan de quinta columna en todos los dominios, o simplemente de correveidiles al Kremlin los secretos de la OTAN, de que no pueden dejar de estar informados los gobiernos pertenecientes. Dicho por lo claro: temen, en primer lugar, servicios de espionaje, en segundo la penetración económica del bloque rival.
A la inversa de lo que pretende Carrillo, la esperanza de Washington es que la ruptura con Moscú de él y sus semejantes sea verdadera y completa, de manera que estén en condiciones de ejercer sus marrullerías anti-revolucionarias, no en ventaja de Moscú, como hasta la fecha, sino de Washington y compañía. La verdadera actitud de éstos, no se encuentra en la declaración vocinglera con ocasión de la crisis gubernamental italiana, sino en lo resuelto, con escasa publicidad, en una asamblea (en Bonn, octubre 1977) de la asociación llamada Trilateral por componerla altos dirigentes financieros, políticos e industriales de Estados Unidos, Europa occidental y Japón. Con saber que acudieron a ella Rockefeller, Kissinger y Brzezinsky, se adivina la categoría de los demás.
Vale la pena precisar que el tal Brzezinsky es amigo personal de Carter, su más escuchado consejero y perito en asuntos rusos. Orden del día: el “eurocomunismo” y la actitud conveniente a adoptar caso de participación gubernamental del mismo. Después de haber debatido sobre los matices que unen o separan a los partidos euro-tales de Italia, Francia y España, los asistentes resolvieron, sin otra excepción que la de Kissinger, más reservón, no hacer obstáculo ni negar asistencia económica a los gobiernos en que colaboren los partidos de Berlingüer, Marchais y Carrillo. En una palabra, lejos de ponerles un veto irrevocable, Washington los acepta en calidad de meritorios; a reserva de que demuestren haberse desprendido del imperialismo rival.
Que lleguen o no a entenderse bien, no depende sólo de la prostitución política de los interesados, sino de factores más complejos y de situaciones internacionales independientes de la voluntad de todos ellos. En ninguno de los dos casos tiene nada que ganar el proletariado. Acogido a Washington, el partido carrillero sería tan enemigo suyo como acogido a Moscú.
Enero 1978
G. Munis.